HISTORIA DE
LOS SATÉLITES ARTIFICIALES
Dr. Dionisio M. Tun
Molina
dtun@satmex.com
Director Ejecutivo de Ingeniería y Opeación Satelital
Satélites Mexicanos S.A. de C.V.
Enero, 2002.
El origen de los satélites artificiales está íntimamente ligado al
desarrollo de los cohetes que fueron creados, primero, como armas de
larga distancia; después, utilizados para explorar el espacio y
luego, con su evolución, convertidos en instrumentos para colocar
satélites en el espacio.
Las actividades en el espacio, incluyendo la tecnología satelital,
se remonta a tiempos muy remotos, cuando el hombre empezó a medir
los movimientos de las estrellas, dando origen a una de las ramas
más antiguas de la ciencia, la Mecánica Celeste. Mucho después, se
empezaron a realizar los primeros cálculos científicos sobre la tasa
de velocidad necesaria para superar el tirón gravitacional de la
Tierra.
No fue sino hasta 1945, cuando el entonces Secretario de la Sociedad
Interplanetaria Británica, Arthur C. Clarke, publicó un artículo
-que muchos calificaron como fantasioso- acerca de la posibilidad de
transmitir señales de radio y televisión a través de largas
distancias (transatlánticas) sin la necesidad de cables coaxiales (en
el caso de la televisión o relevadores en el de la radio),
proponiendo un satélite artificial ubicado a una altura de 36 mil
km, que girara alrededor de la Tierra una vez cada 24 horas, de tal
forma que se percibiera como fijo sobre un punto determinado y, por
lo tanto, cubriendo en su transmisión una fracción de la superficie
terrestre. Este artefacto estaría equipado con instrumentos para
recibir y transmitir señales entre él mismo y uno o varios puntos
desde tierra; también, añadía que para hacer posible la cobertura de
todo el planeta habrían de colocarse tres de estos satélites de
manera equidistante a la altura mencionada, en la línea del Ecuador.
El artículo presentaba, además, algunos cálculos sobre la energía
que se requeriría para que dichos satélites funcionaran, y para ello
proponía el aprovechamiento de la energía solar.
Con esos elementos en mente, la Marina de los Estados Unidos de
América (E.U), unos años más tarde, utilizó con éxito el satélite
natural de la Tierra -la Luna- para establecer comunicación entre
dos puntos lejanos en el planeta, transmitiendo señales de radar que
dicho cuerpo celeste reflejaba, logrando con ello comunicar a la
ciudad de Washington con la Isla de Hawai. Esto comprobó que se
podrían utilizar satélites artificiales con los mismos fines, pero
salvando la desventaja de depender de la hora del día para obtener
las señales reflejadas. Se emprendió, un ambicioso proyecto
denominado Echo, el cual consistía en utilizar un enorme globo
recubierto de aluminio para que sirviera como espejo y reflejara las
señales emitidas desde la Tierra. El artefacto, visible a simple
vista, fue el primer satélite artificial de tipo pasivo -por su
característica de servir solamente como reflejo y no tener aparatos
para retransmisión-; los llamados satélites activos vendrían después,
con los avances tecnológicos y las experiencias que poco a poco
fueron enriqueciendo el conocimiento en este campo.
En la siguiente década, el Año Geofísico Internacional (1957-1958),
marcó el banderazo de salida de una carrera espacial que durante
muchos años protagonizaron E.U. y la Unión Soviética, siendo está
última la que se llevó la primicia al lanzar al espacio, el 4 de
octubre de 1957, el satélite Sputnik I, el cual era una esfera
metálica de tan solo 58 cm de diámetro. En diciembre de ese mismo
año, E.U. también lanzó su propio satélite, el Vanguard, aunque sin
éxito, pues se incendió en el momento de su lanzamiento.
La Unión Soviética siguió su camino e instaló en órbita la segunda
versión del Sputnik, en noviembre de 1957, ahora con un ser vivo
como pasajero: la perra Laika. Después, hubo una tercera versión del
Sputnik que se lanzó en 1958.
Unos meses antes, E.U. -continuando con el reto impuesto- lanzó el
satélite Explorer l, y con ello se apuntó un tanto en el mundo de la
ciencia al descubrir los cinturones de radiación que rodean a la
Tierra, a los que llamaron Van Allen en honor al líder de los
científicos responsables de esa misión. Posterior a ese satélite,
siguieron sus versiones II, III y IV, de los cuales el Explorer II
falló.
El primer experimento en comunicaciones desde el espacio también fue
en 1958, cuando un cohete Atlas-B, equipado con un transmisor y un
reproductor, emitió hacia la Tierra un mensaje grabado con
anterioridad por el presidente Eisenhower. El Atlas-Score permitió
demostrar que la voz humana podía propagarse superando la
considerable distancia existente entre el planeta y el satélite. El
concepto fundamental era sencillo: un repetidor colocado en un lugar
suficientemente elevado podría dominar mucha mayor superficie que
sus homólogos terrestres. El repetidor, por supuesto, sería colocado
en órbita, aunque su limitación principal sería la movilidad del
objeto en el espacio.
Todos esos satélites aportaron importantes conocimientos al mundo
científico, pues al ser equipados cada vez con mejores y más
sofisticados instrumentos de medición, permitieron conocer las
condiciones del espacio que rodea a la Tierra y, con ello, promover
nuevos experimentos.
Fue así que el primer satélite activo que se puso en órbita fue el
Courier, de propiedad estadounidense (lanzado en 1960), equipado con
un paquete de comunicaciones o repetidor que recibía las señales de
la Tierra, las traducía a frecuencias determinadas, las amplificaba
y después las retransmitía al punto emisor.
Dr. Dionisio M. Tun
Molina - dtun@satmex.com - Director Ejecutivo de Ingeniería y
Opeación Satelital - Satélites Mexicanos S.A. de C.V. - Enero, 2002.
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