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BIOGRAFÍA
Poeta, político,
diplomático y aventurero peruano, nacido en Lima en 1875 y fallecido
en Chile en 1934. Hombre arrogante, romántico, impulsivo, ambicioso,
inquieto, inspirado, cosmopolita y polifacético, dejó impreso un
desigual legado poético que, en ocasiones, se remonta a la más altas
cotas de pirotecnia expresiva que alcanzó el Modernismo, y otras
veces, incurre en graves excesos de altisonante y hueca verbosidad
que deslucen, en parte, la grandeza de una producción lírica que
-según su propia e inmodesta intuición- estaba llamada a convertirle
en "el poeta de América", "un Colón del verso", "el cantor de
América, autóctono y salvaje", algo así como el Walt Whitman del
subcontinente hispanoamericano ("Walt Whitman -llegó a dejar escrito
el propio Chocano- tiene el Norte; pero yo tengo el Sur").
Su rocambolesca peripecia
vital, trufada de numerosos lances peregrinos que para sí hubiera
deseado cualquier protagonista de un folletín romántico, eclipsa en
ocasiones el luminoso resplandor de sus mejores aciertos poéticos y
le convierte en uno de los más claros paradigmas de esa figura del
escritor impetuoso, torrencial, disperso y desconcertante (en el
fondo, confuso y desubicado) que abundó a finales del siglo XIX y
comienzos de la centuria siguiente. Absorbido, desde su temprana
juventud, por una apasionada vocación literaria y una no menos
impetuosa ambición político-social, con tan solo quince años de edad
llegó a ocupar -bien es verdad que de forma interina- la dirección
de la revista cultural El Perú Ilustrado, cuyas páginas le sirvieron
de trampolín para zambullirse de lleno en el panorama literario,
político y social de su nación. Pocos meses después, obtuvo el
certificado que acreditaba su brillante paso por la enseñanza
secundaria y formalizó su ingreso en la facultad de Letras de la
prestigiosa universidad de San Marcos, donde pronto se distinguió
tanto por sus fecundas inquietudes literarias como por su incesante
actividad política. Así, tras la publicación de unos versos
satíricos en los que, arropándose bajo el elocuente pseudónimo de
Juvenal, criticaba con dureza el régimen dictatorial del general
Andrés Avelino Cáceres (1833-1923), fue detenido, condenado a
muerte, sometido a un tétrico simulacro de ajusticiamiento (en el
que llegó a estar frente a un pelotón de fusileros) y, a la postre,
encerrado en un calabozo de El Callao. Allí, imposibilitado para el
ejercicio de sus actividades políticas, se entregó de lleno a su
otra pasión y compuso la mayor parte de los poemas que habrían de
configurar sus dos primeras colecciones de versos, En la aldea:
poesías americanas (Lima: Imprenta del Estado, 1895) e Iras santas:
poesías americanas (Lima: Imprenta del Estado, 1895).
De este primer episodio turbulento de su vida salió, pues, reforzado
en su dimensión de agitador político y, sobre todo, en su condición
de poeta, reconocidas ambas por las nuevas autoridades peruanas que
habían sustituido al evadido Cáceres tras la rebelión de Piérola (17
de marzo de 1895). En efecto, José Santos Chocano se benefició de
los favores otorgados a quienes se habían opuesto públicamente al
dictador y consiguió un ventajoso empleo en la Imprenta del Estado,
lo que le permitió sacar a la luz no sólo las dos obras citadas en
el parágrafo anterior, sino sus dos poemarios siguientes, publicados
bajo los títulos de Azahares (Lima: Imprenta del Estado, 1896) y
Selva virgen: poemas y poesías (Lima: Imprenta del Estado, 1898).
Además, volvió a adquirir un relevante protagonismo en los foros y
cenáculos literarios de Lima, merced a su nombramiento como editor
de la revista La Neblina (1895-1897).
Entretanto, su novelesca andadura política y literaria le había
dejado tiempo para no descuidar la parcela sentimental de su vida,
que ocupó un primer plano en 1896, cuando, prácticamente recién
salido del presidio, contrajo nupcias con Consuelo Bermúdez y
Velázquez. Comenzó a viajar después por el interior del país y
siguió entregado febrilmente a la creación poética, hasta que en
1898 concluyó el poemario que habría de consolidarle definitivamente
como una de las grandes voces de la poesía hispanoamericana de su
tiempo. Se trata de La epopeya del Morro: poema americano (Lima: Ed.
Iquique, 1899), basado en un reciente episodio bélico entre Chile y
Perú, y adobado con fuertes dosis de fervor patriótico que le
hicieron acreedor del primer premio del certamen poético convocado
por el Ateneo de Lima.
Alentado por este primer gran éxito de su carrera literaria, José
Santos Chocano dio a la imprenta en el transcurso de aquel mismo año
una nueva colección de versos, El derrumbe: poema americano (Lima:
Imprenta de El Comercio, 1899), a la que pronto siguieron otras
notables entregas líricas que vinieron a subrayar su privilegiada
ubicación en el proteico "parnaso" hispanoamericano de la época,
como El canto del siglo: poema finisecular (Lima: Imprenta La
Industria, 1901) y El fin de Satán y otros poemas (Guatemala:
Imprenta Tip. Nacional, 1901). En el momento de la aparición de este
último poemario, el autor limeño se hallaba instalado en Guatemala,
en donde había sido nombrado Comisionado Especial en Centroamérica
por el presidente del gobierno peruano Eduardo López de Romaña
(1847-1912), a quien José Santos Chocano -siempre atento a los
vaivenes políticos de su entorno- había dedicado su inflamado "poema
finisecular". Tuvo así ocasión de conocer algunos de los territorios
cuya belleza paisajística y riqueza humana habrían de dejar una
acusada impronta en su producción poética, y de entablar contacto
con algunas de las figuras precipuas del Modernismo centroamericano,
entre ellas el genial vate nicaragüense Rubén Darío (1867-1916).
Simultáneamente, aprovechó la altura diplomática de su cargo para
dar rienda suelta a sus inquietudes políticas, que le empujaron a
mediar por su cuenta y riesgo en un grave conflicto fronterizo entre
El Salvador y Guatemala. La casi inmediata firma de la paz entre
ambos países, alcanzada en buena medida merced a la intercesión de
José Santos Chocano, otorgó el poeta limeño un gran prestigio social
en todo el ámbito geo-cultural hispanoamericano, y propició que el
gobierno peruano le abriera definitivamente las puertas de la
carrera diplomática, al tiempo que le nombraba encargado de negocios
en Centroamérica.
Con poco más de medio siglo de existencia, puede afirmarse que, en
aquellos primeros compases del siglo XX, José Santos Chocano había
rozado ya la cúspide de sus ambiciones políticas y culturales, lo
que no dio pie a que el bullicioso e intrigante poeta limeño se
quedase "dormido en los laureles". En 1903, destinado en misión
legataria a Bogotá, continuó ampliando sus relaciones de amistad con
las principales figuras de las letras hispanoamericanas. Entre éstas
podemos destacar al gran poeta colombiano Guillermo Valencia
(1873-1943) -otra de las cumbres cimeras del Modernismo- y al
escritor, pedagogo y político Baldomero Sanín Cano (1861-1957)
-maestro y amigo del anterior-, egregios literatos que sumaron sus
elogios a los numerosos testimonios de apoyo y entusiasmo con que ya
contaba la obra de José Santos Chocano. Así, estaba el excelso poeta
e ideólogo peruano Manuel González Prada (1848-1918), quien se había
complacido en prologar, un año antes, la primera recopilación de la
obra lírica de su precoz compatriota, publicada en España bajo el
título de Poesías completas (Barcelona: Ed. Maucci, 1902). Respaldos
tan autorizados como éstos justifican, en parte, algunos de los
delirios de grandeza que pronto habrían de apoderarse del poeta
limeño, cuya obra volvió cruzar el Atlántico en 1904 para
presentarse en recopilación selecta ante los lectores franceses,
bajo el título de Los cantos del Pacífico (París/México: Ed. Vda. de
Ch. Bouret, 1904)
Alentado, pues, por esta proyección internacional de sus versos, el
que ya empezaba a proclamarse "el poeta de América" -repárese en las
altas pretensiones de quien se atrevía a usar este título estando
vivo el citado Rubén Darío, amén del mejicano Amado Nervo
(1870-1919), el boliviano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), el
argentino Leopoldo Lugones (1874-1934) y, entre otros, el uruguayo
Julio Herrera y Reissig (1875-1910)- cruzó el océano en 1905 para
afincarse en Madrid, donde fue saludado con alborozo por algunos de
los recién citados -Darío y Nervo-, por otros autores
hispanoamericanos afincados también, a la sazón, en la capital
española -como el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927)-,
y por algunos de los escritores más relevantes del panorama
literario español de la época -como el poeta modernista Salvador
Rueda (1857-1933), o el "eximio escritor y extravagante ciudadano"
Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936)-. Fue el mismísimo
Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912) quien, acompañado nada menos
que por Miguel de Unamuno (1864-1936), presentó ante los lectores
españoles la nueva colección de poemas del peruano recién arribado a
Madrid, significativamente titulada Alma América: poemas
indo-españoles (Madrid: Ed. Suárez, 1906), obra que, en el
transcurso de aquel mismo año, fue objeto de una edición
franco-mexicana (París/México: Ed. Vda. de Ch. Bouret, 1906). En
todo su esplendor sonoro y colorista, no exento de cierta
pretenciosa grandilocuencia, el bello soneto alejandrino titulado
"Blasón" se erige, dentro de este poemario, en una especie de
manifiesto estético-ideológico de la poética y el pensamiento que,
por aquel entonces, albergaba José Santos Chocano, quien se
presentaba ante la "plana mayor" de las letras hispánicas como el
mejor exponente de esa brillante síntesis resultante del encuentro
entre los españoles y los indígenas, y configuradora, en última
instancia, de la auténtica identidad sincrética del pueblo
hispanoamericano: "Soy el cantor de América, autóctono y salvaje; /
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal. / Mi verso no se mece
colgado de un ramaje / con un vaivén pausado de hamaca tropical...
// Cuando me siento Inca, le rindo vasallaje / al Sol, que me da el
cetro de su poder real; / cuando me siento hispano y el evoco el
Coloniaje, / parecen mis estrofas trompetas de cristal... // Mi
fantasía viene de un abolengo moro: / los Andes son de plata, pero
el León de oro: / y las dos astas fundo con épico fragor. // La
sangre es española e incaico es el latido; / ¡y de no ser poeta,
quizás yo hubiese sido / un blanco aventurero o un indio
emperador!".
La espléndida acogida que le había dispensado la comunidad
intelectual y artística madrileña le convirtió en uno de los
personajes habituales en cuantos foros y cenáculos literarios se
convocaban en la Villa y Corte. Y, con singular recurrencia, se le
veía en la tertulia organizada por Pueyo, un afanoso y eficaz
librero, editor y animador cultural que publicó las otras dos obras
de José Santos Chocano impresas en España. Una era una curiosa
-aunque no demasiado afortunada- incursión en la escritura teatral,
titulada Los conquistadores (Madrid: Imp. Pueyo, 1906) y
estructurada en forma de drama heroico, escrito en verso y compuesto
de tres actos. Y la otra era una minuciosamente revisada y corregida
selección de sus mejores poemas, publicada bajo el epígrafe de ¡Fiat
lux!: poemas varios (Madrid: Pueyo, 1908) y prologada -en esta
edición española- por el poeta y prosista conquense Andrés González
Blanco (1886-1924), que por aquellos años gozaba de gran
predicamento en la República de las letras hispanas. Esta última
compilación de sus mejores poemas, publicada también en territorio
galo en el transcurso de aquel mismo año (París: Ollendorff, 1908),
fue saludada unánimemente por críticos y lectores como la mayor
aportación del poeta limeño a la lírica hispanoamericana
contemporánea. Este juicio vino a subrayar la importancia de esa
rigurosa labor de poda, revisión y selección que el propio José
Santos Chocano había aplicado al conjunto de su producción poética,
y descubría también el origen de los defectos detectados en otros
poemarios suyos que había salido de los tórculos con excesiva
premura, sin pasar antes por ese necesario proceso de criba y reposo
que para sí requiere cualquier cosecha de versos con pretensiones de
excelencia. Por lo demás, se aprecia en las composiciones de ¡Fiat
lux! -algunas muy descargadas de la suntuosa, exuberante y ya
fatigosa alharaca modernista- ese aliento indiscutiblemente
romántico que, al margen de las modas y corrientes literarias de la
época que le tocó vivir, constituye la verdadera esencia de la voz
poética de José Santos Chocano: "Era un camino negro. / La noche
estaba loca de relámpagos. Yo iba / en mi potro salvaje / por la
montaña andina. // [...] // Y hasta mí llegó, entonces, / una voz
clara y fina / de mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto / una
lenta... muy lenta... melodía: / algo como un suspiro que se alarga
/ y se alarga y se alarga... y no termina. // [...] // Y formándole
dúo, / otra voz femenina / completó así la endecha / con ternura
infinita: / -El amor es tan sólo una posada / en mitad del camino de
la Vida..." ("La canción del camino").
Pero las mieles y los laureles del reconocimiento literario
alcanzado en España quedaron de repente eclipsados por la desmedida
ambición del escritor peruano, quien, no satisfecho con el aprecio
de que gozaba entre creadores e intelectuales, se vio tentado a
probar fortuna en el tortuoso mundo de los negocios, en busca de
nuevas satisfacciones para su desmedida egolatría. Así las cosas,
implicado en turbias operaciones financieras que amenazaban con
llevarle de nuevo a presidio -cuando no con otros riesgos aún más
peligrosos para su integridad física-, se vio forzado a huir
precipitadamente de Madrid en el transcurso de aquel mismo año de
1908. A partir de entonces, su trayectoria vital entró en una
espiral de lances y episodios a cual más extravagante y peregrino,
vivencias irregulares y estrafalarias que -salvo en muy particulares
excepciones- son difíciles de asimilar a la existencia de un
exquisito y laureado hombre de letras. Instalado en los Estados
Unidos de América, recorrió algunas de las principales ciudades del
país (como Nueva Orleans y Nueva York) al tiempo que se ocupaba, a
distancia, de la publicación en Chile de un nuevo poemario, El
Dorado: epopeya salvaje (Santiago de Chile: Ed. Beltrán, 1908), para
pasar a continuación a Centroamérica (Guatemala) y las Antillas
(Cuba), donde parece ser que generó suculentos beneficios económicos
merced a la organización de continuos recitales de su obra. En 1909
contrajo segundas nupcias con Margot Batres Jáuregui. Con ella
regresó a Guatemala para hacerse cargo del rotativo La Prensa, que
él mismo había fundado, y para compartir amistad y complicidades
políticas con el dictador Manuel Estrada Cabrera (1857-1924), quien
se sirvió de la antigua experiencia del poeta en misiones
diplomáticas -y, sin duda alguna, de su abusivo afán de
protagonismo- para convertirlo en una especie de agente encubierto
de los servicios secretos guatemaltecos.
Así las cosas, en 1910, ante el estallido de la Revolución Mexicana,
José Santos Chocano se trasladó a la capital azteca y, tras hacer
público su fervoroso apoyo a los insurrectos, buscó una
participación activa en el conflicto en calidad de consejero de
Francisco Madero (1873-1913), quien le agradeció la propaganda
ideológica que, en favor de la revolución, había desplegado en los
Estados Unidos, sin saber que, al mismo tiempo, el tracista poeta
limeño realizaba misiones de espionaje para el gobierno dictatorial
de Guatemala. En 1913, el asesinato de Madero provocó una nueva
huida precipitada de José Santos Chocano, quien después de
refugiarse otra vez en Cuba y permanecer luego durante un tiempo en
Puerto Rico -donde publicó el poemario Puerto Rico lírico y otros
poemas (1914)-, regresó a México para alistarse en las huestes de
Pancho Villa (1878-1923) y tomar parte activa -ahora parece ser que
con auténticas convicciones revolucionarias- en la lucha armada.
Finalmente, en 1920, con el asesinato de Venustiano Carranza
(1859-1920), la elevación al poder presidencial mejicano de Álvaro
Obregón (1880-1928) y la subsiguiente pacificación del país, Chocano
abandonó el territorio azteca y regresó a su Lima natal. Allí, a
pesar de su larguísimo período de ausencia y de que llevaba más de
seis años sin dar a la imprenta libro alguno, fue recibido con
honores de eximio literato y coronado, solemne y pomposamente, en
1922 como el gran poeta nacional del momento. Con los textos que
generó este notable episodio de su vida, el propio autor limeño
publicó, dos años después, un volumen titulado La coronación de José
Santos Chocano (Lima: Imprenta La Opinión Pública, 1924).
Incapaz de alcanzar una estabilidad psicológica y emocional que le
permitiera gozar sin sobresaltos de ese reconocimiento tributado por
sus compatriotas, en 1925 se enzarzó en una agria -y, a la postre,
trágica- polémica con el joven escritor Edwin Elmore, quien se había
empecinado en sacar a la luz pública los turbios vaivenes
político-ideológicos de algunas de las grandes voces modernistas de
la generación anterior, entra las que figuraba José Santos Chocano.
Curiosamente, a pesar de que fue el argentino Leopoldo Lugones el
creador censurado con mayor dureza por Elmore, Chocano se sintió tan
ofendido por las acusaciones del joven intelectual que no dudó en
presentarse ante él y darle muerte a balazos. Esto le acarreó su
inmediata detención y una nueva condena a prisión, que, dadas las
prerrogativas de que gozaba en Perú, quedó al final reducida a menos
de dos años de privación de libertad.
Excarcelado, pues, en 1927, decidió abandonar nuevamente su país
natal para intentar rehacer su vida en un escenario distinto donde,
por fin, pudiera integrarse plenamente sin arrastrar esa conciencia
de inadaptado o desarraigado que pesaba sobre él como una losa. Se
estableció, así, en Santiago de Chile en 1928, e intentó allí, en
efecto, recuperar su antiguo aliento poético, plasmado al cabo de
seis años en los que habrían de ser sus dos últimos volúmenes de
versos: Primicias de oro de lndias: poemas neo-mundiales (Santiago
de Chile: Imprenta Siglo XX, 1934) y Poemas del amor doliente
(Santiago de Chile: Nascimento, 1937). Pocas semanas después de la
aparición de este poemario, mientras cruzaba el centro de la capital
chilena a bordo de un tranvía, José Santos Chocano recibió por
sorpresa varias puñaladas que pusieron fin a su azarosa y agitada
existencia. Corría, a la sazón, el día 13 de diciembre de 1934,
fecha en la que en los foros oficiales de la administración político-cultural
chilena se difundió la noticia de que el gran poeta peruano afincado
en Santiago había perecido víctima del ataque inesperado de un
demente. Sin embargo, en los mentideros literarios de la bella
capital andina -y, muy pronto, en todos los cenáculos poéticos de
Hispanoamérica- se supo de inmediato que el auténtico responsable
del asesinato de José Santos Chocano era un ingenuo y encolerizado
obrero santiaguino que, tiempo atrás, había sido víctima de un
fraudulento negocio puesto en marcha en la capital chilena por la
incesante ambición fabuladora del poeta limeño: la búsqueda de
tesoros ocultos.
Obra
En opinión de José Olivio Jiménez -uno de los más lúcidos analistas
de ese vasto movimiento estético e ideológico que fue el Modernismo-,
"es Chocano, sin duda, el modernista hispanoamericano que más lejos
ha quedado de nuestra sensibilidad pues fue la suya una poesía que
encarnó, como la de ningún otro coetáneo, esa línea exterior y
grandílocua del modernismo que más pronto quedó arrumbada por el
tiempo. En rigor, claves suyas fueron algunas actitudes que en
principio ocuparon un lugar central en la estética modernista (antes
de que ésta comenzara a cuestionarse a sí misma, y a abrirse hacia
la más estricta modernidad): el amor a la palabra hermosa, la
confianza plena en el lenguaje, el gusto por los ritmos potentes.
Mas Chocano estaba dotado de unos robustos pulmones de romántico;
pero tal como el romanticismo había sido entendido en la tradición
hispánica del XIX, nunca del todo despojada del lastre oratorio de
la retórica neoclásica [...]". Ciertamente, esta altanera y
grandilocuente sensibilidad romántica está ya bien presente en su
primera entrega lírica, Iras santas (1895), un libro impreso en
tinta roja en el que José Santos Chocano se presenta con un acento
desgarrado y combativo que, desde su condición natural de voz del
pueblo, clama en defensa de la libertad de los suyos y pone al
servicio de tan romántico ideal patriótico todo el vigor juvenil y
desordenado de su soberbia y altanería.
Algo más sosegada y sistematizada se muestra la verbosidad del vate
limeño en su segunda colección de versos, En la aldea (1895), donde
es ahora una tinta azul la que permite estampar sobre el papel los
anhelos bucólicos de Chocano, quien recoge aquí el viejo tópico
renacentista del "menosprecio de corte y alabanza de aldea" para
pasarlo por el tamiz idealista del Romanticismo y usarlo como
vehículo expresivo de la exaltación de la naturaleza y el ansia de
libertad que nace de su contemplación ("Como hastiado de luchas
beber quiero / nuevo raudal de fuerzas, / echar el ancla y arrojar
la pica, / huyo de la ciudad, parto a la aldea"). Anuncia, pues, el
poeta desde este segundo poemario la que parecía habría de ser la
línea temática central de su cuarta entrega poética, Selva virgen
(1898), en la que aquel deseo de retirarse al sosiego de los
espacios naturales -hecho realidad en la propia experiencia vital de
Chocano por vía de un prolongado recorrido por la región amazónica
de Chanchamayo- queda bien plasmado en el largo poema que abre el
volumen. Pero, a la postre el libro avanza por otros derroteros
temáticos de lo más variado, perdiendo así la unidad que hasta
entonces había caracterizado sus poemarios -incluida su tercera
colección de versos, Azahares (1896), de temática erótico-amorosa y
consagrada por entero a Consuelo Bermúdez, la mujer con la que
acababa de contraer matrimonio.
Retoma luego el poeta limeño su fervor patriótico con La epopeya del
Morro (1899), cuyo argumento central -servido por el reciente
episodio bélico de la defensa del fuerte emplazado en el Morro de
Arica (1880), a la postre tomado por los chilenos- da pie a una
recuperación de la retórica épica heredada del Neoclasicismo y el
Romanticismo. Y, en el transcurso de aquel mismo año, vuelve Chocano
a mostrar su interés por la Naturaleza a través de los poemas que
configuran El derrumbe (1899), su sexta entrega poética, cuya corta
extensión no es óbice para que quede bien patente la admiración que
siente el autor por la furia desatada de los elementos naturales (nueva
muestra, asimismo, de ese espíritu del Romanticismo que late por
debajo de casi todos sus versos).
A ojos de un poeta de tan largo recorrido versificador como José
Santos Chocano, la llegada del nuevo siglo constituye un pretexto
inmejorable para pasar revista a los principales acontecimientos
históricos y a las grandes corrientes de pensamiento de la centuria
recién rebasada, con especial atención a la idea positivista de
avance o progreso (tanto en la investigación científico-técnica como
en la creación artística) y algunos eventos históricos de proyección
universal (como la expansión napoleónica o la emancipación de las
naciones hispanoamericanas). Esta visión complaciente y un tanto
exagerada -en lo que a la exaltación de los logros decimonónicos se
refiere- del pasado inmediato constituye el material poético sobre
el que se forja El canto del siglo (1901), título al que se suma, en
el transcurso de aquel mismo año, El fin de Satán (1901), donde
Chocano reelabora algunos temas y motivos ya presentes en poemarios
anteriores (v. gr., en Selva virgen). Sus dos publicaciones
siguientes -Poesías completas (1902) y Los cantos del Pacífico
(1904)- tampoco añaden grandes innovaciones al conjunto de su obra
ya impresa, con la excepción de los ocho poemas inéditos que recoge
la citada en último lugar.
Ya ha quedado apuntado más arriba que la pausada selección, lima,
poda y revisión de los poemas recopilados en ¡Fiat luz! convierten
este volumen poético en la muestra más acabada del quehacer
literario de José Santos Chocano. Sin embargo, es su poemario
anterior, Alma América (1906), la auténtica tarjeta de presentación
y consagración del autor limeño en Europa, y, sin lugar a dudas, la
obra que continua fascinando poderosamente a quienes siguen siendo
capaces de apurar, de un sorbo, esas copiosas y lujuriantes
libaciones de alta graduación que vertió en diamantinas copas quien,
por aquel entonces, era sin lugar a dudas uno de los más altos e
inspirados poetas modernistas. Al margen de esas bellísimas señas de
identidad cinceladas en poemas de tan rigurosa factura formal como
el ya copiado "Blasón" o el soneto "Troquel" ("No beberé en las
linfas de la castalia fuente, / ni cruzaré los bosques floridos del
Parnaso / ni tras las nueve musas dirigiré mi paso: / pero, al
cantar mis himnos, levantaré la frente. // [...] // Yo beberé en las
aguas de caudalosos ríos; / yo cruzaré otros bosques lozanos y
bravíos; / yo buscaré a otra Musa que asombre al Universos. // Yo de
una rima frágil haré mi carabela; / me sentaré en la popa; desataré
la vela; / y zarparé a las Indias, como un Colón del verso"), en
Alma América estalla, suntuosa y rutilante, esa visión poética de la
naturaleza hispanoamericana que convierte a José Santos Chocano en
uno de los más felices y fecundos cantores de la riqueza y variedad
autóctonas del subcontinente, ya sea en su armoniosa descripción
metafórica de su grandiosidad orográfica ("Los volcanes son túmulos
de piedra, / pero a sus pies los valles que florecen / fingen
alfombras de irisada yedra; // y por eso, entre campos de colores, /
al destacar en el azul, parecen / cestas volcadas derramando flores"),
ya sea en su mágica y visionaria contemplación de algunos de los
elementos más representativos de su flora y su fauna, como las
orquídeas ("Ánforas de cristal, airosas galas / de enigmáticas
formas sorprendentes; / diademas propias de apolíneas frentes, /
adornos dignos de fastuosas salas. // En los nudos de un tronco
hacen escalas, / y ensortijan sus tallos de serpientes, / hasta
quedar en la altitud pendientes, / a manera de pájaros sin alas. //
Tristes como cabezas pensativas, / brotan ellas sin torpes ligaduras
/ de tirana raíz, libres y altivas; // porque también, con lo
mezquino en guerra, / quieren vivir, como las almas puras, / sin un
sólo contacto con la tierra") o el sigiloso y mayestático caimán ("Enorme
tronco que arrastró la ola, / yace el caimán varado en la ribera: /
espinazo de abrupta cordillera, / fauces de abismo y formidable
cola. // El sol lo envuelve en fúlgida aureola / y parece lucir cota
y cimera, / cual monstruo de metal que reverbera / y que al
reverberar se tornasola. // Inmóvil como un ídolo sagrado, / ceñido
en mallas de compacto acero, / está ante el agua extático y sombrío,
// a manera de un príncipe encantado / que vive eternamente
prisionero / en el palacio de cristal de un río").
Tras este espléndido ejercicio de exuberancia expresiva, sensual y
colorista (el recién copiado soneto "El sueño del caimán" es, sin
lugar a dudas, una de las cumbres cimeras de la lírica modernista, y
como tal, figura en todas las muestras antológicas de esta vastísima
y fructífera corriente), poco añaden a la estatura literaria
alcanzada por Chocano el resto de sus entregas poéticas, salvo en
ese aspecto de revisión y reelaboración iniciado por el poeta limeño
con ¡Fiat lux!, y sostenido luego en sus postreras publicaciones. De
hecho, el título de su penúltima entrega -Primicias de oro de Indias-
anuncia el adelanto (de ahí lo de "primicias") de un ambicioso
proyecto que no llegó a ver concluido José Santos Chocano: la
edición corregida y revisada, bajo el elocuente epígrafe de Oro de
Indias, de toda su producción poética. Sí vio la luz, en cambio,
póstumamente, la narración -entre verista y novelesca- de su
rocambolesca trayectoria vital (Memorias. Las mil y una aventuras
[Santiago de Chile; Nascimento, 1940]), así como una valiosísima
edición, veinte años después de la desaparición del poeta, de sus
Obras completas (México: Aguilar, 1954), realizada por el escritor,
político y crítico literario peruano Luis Alberto Sánchez
(1900-1994).
POESÍAS DE ESTE AUTOR
Caupolicán
/
El Sueño del Caimán /
Nostalgia
/
¡Quién Sabe! /
La canción del camino
/ De viaje
/ Blasón
/
Los caballos de los
conquistadores /
La tristeza del inca
/ La
cruz del sur /
Los volcanes /
La
magnolia /
Orquideas /
Tríptico
criollo
/
Nocturno de la copla callejera
/
Notas del alma indígena
/
El romance de la felicidad
/
El idilio de los volcanes
/
Café, tabaco y caña /
El amor de las selvas
CAUPOLICÁN
Ya todos los caciques probaron el madero.
«¿Quién falta», y la respuesta fue un arrogante: «¡Yo!»
«¡Yo!», dijo; y, en la forma de una visión de Homero,
del fondo de los bosques Caupolicán surgió.
Echóse el tronco encima, con ademán ligero,
y estremecerse pudo, pero doblarse no.
Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero,
y estuvo andando... andando... y andando se durmió.
Anduvo, así, dormido, vio en sueños al verdugo:
él muerto sobre un tronco, su raza con el yugo,
inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual.
Por eso, al tercer día de andar por valle y sierra,
el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra
¡como si el tronco fuese su propio pedestal!
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EL SUEÑO
DEL CAIMÁN
Enorme tronco que arrastró la ola,
yace el caimán varado en la ribera;
espinazo de abrupta cordillera,
fauces de abismo y formidable cola.
El sol lo envuelve en fúlgida aureola;
y parece lucir cota y cimera,
cual monstruo de metal que reverbera
y que al reverberar se tornasola.
Inmóvil como un ídolo sagrado,
ceñido en mallas de compacto acero,
está ante el agua estático y sombrío,
a manera de un príncipe encantado
que vive eternamente prisionero
en el palacio de cristal de un río.
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NOSTALGIA
Hace ya diez años
que recorro el mundo.
¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!
Quien vive de prisa no vive de veras,
quien no echa raíces no puede dar frutos.
Ser río que recorre, ser nube que pasa,
sin dejar recuerdo ni rastro ninguno,
es triste y más triste para quien se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.
Quisiera ser árbol mejor que ser ave,
quisiera ser leño mejor que ser humo;
y al viaje que cansa
prefiero terruño;
la ciudad nativa con sus campanarios,
arcaicos balcones, portales vetustos
y calles estrechas, como si las casas
tampoco quisieran separarse mucho...
Estoy en la orilla
de un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que en cada montaña da vueltas a un nudo;
y entonces comprendo que el camino es largo,
que el terreno es brusco,
que la cuesta es ardua,
que el paisaje es mustio...
¡Señor! ¡Ya me canso de viajar! ¡Ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de los míos!... Todos rodearán mi asiento
para que les diga mis penas y mis triunfos;
y yo, a la manera del que recorriera
un álbum de cromos, contaré con gusto
las mil y una noches de mis aventuras
y acabaré en esta frase de infortunio:
—¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!
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¡QUIÉN SABE!
Indio que asomas a la puerta
de esa tu rústica mansión,
¿para mi sed no tienes agua?,
¿para mi frío, cobertor?,
¿parco maíz para mi hambre?,
¿para mi sueño, mal rincón?
¿breve quietud para mi andanza?...
—¡Quién sabe, señor!
Indio que labras con fatiga
tierras que de otro dueño son:
¿ignoras tú que deben tuyas
ser, por tu sangre y tu sudor?
¿Ignoras tú que audaz codicia,
siglos atrás, te las quitó?
¿Ignoras tú que eres el amo?
—¡Quién sabe, señor!
Indio de frente taciturna
y de pupilas sin fulgor,
¿qué pensamiento es el que escondes
en tu enigmática expresión?
¿Qué es lo que buscas en tu vida?,
¿qué es lo que imploras a tu Dios?,
¿qué es lo que sueña tu silencio?
—¡Quién sabe, señor!
¡Oh raza antigua y misteriosa
de impenetrable corazón,
y que sin gozar ves la alegría
y sin sufrir ves el dolor;
eres augusta como el Ande,
el Grande Océano y el Sol!
Ese tu gesto, que parece
como de vil resignación,
es de una sabia indiferencia
y de un orgullo sin rencor...
Corre en mis venas sangre tuya,
y, por tal sangre, si mi Dios
me interrogase qué prefiero,
—cruz o laurel, espina o flor,
beso que apague mis supiros
o hiel que colme mi canción—
responderíale dudando:
—¡Quién sabe, Señor!
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LA
CANCIÓN DEL CAMINO
Era un camino negro.
La noche estaba loca de relámpagos. Yo iba
en mi potro salvaje
por la montañosa andina.
Los chasquidos alegres de los cascos,
como masticaciones de monstruosas mandíbulas
destrozaban los vidrios invisibles
de las charcas dormidas.
Tres millones de insectos
formaban una como rabiosa inarmonía.
Súbito, allá, a lo lejos,
por entre aquella mole doliente y pensativa
de la selva,
vi un puñado de luces, como un tropel de avispas.
¡La posada! El nervioso
látigo persignó la carne viva
de mi caballo, que rasgó los aires
con un largo relincho de alegría.
Y como si la selva
comprendiese todo, se quedó muda y fría.
Y hasta mí llegó, entonces,
una voz clara y fina
de mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto
una lenta... muy lenta... melodía:
algo como un suspiro que se alarga
y se alarga y se alarga... y no termina.
Entre el hondo silencio de la noche,
y a través del reposo de la montaña,
oíanse los acordes
de aquel canto sencillo de una música íntima,
como si fuesen voces que llegaran
desde la otra vida..
Sofrené ml caballo;
y me puse a escuchar lo que decía:
- Todos llegan de noche,
todos se van de día...
Y, formándole dúo,
otra voz femenina
completó así la endecha
con ternura infinita:
- El amor es tan sólo una posada
en mitad del camino de la vida.
Y las dos voces, luego,
a la vez repitieron con amargura rítmica:
- Todos llegan de noche,
y todos se van de día ...
Entonces, yo bajé de mi caballo
y me acosté en la orilla
de una charca.
Y fijo en ese canto que venía
a través del misterio de la selva,
fui cerrando los ojos al sueño y la fatiga.
Y me dormí, arrullado; y, desde entonces,
cuando cruzo las selvas por rutas no sabidas,
jamás busco reposo en las posadas;
y duermo al aire libre mi sueño y mi fatiga,
porque recuerdo siempre
aquel canto sencillo de una música íntima:
- Todos llegan de noche,
todos se van de día!
El amor es tan sólo una posada
en mitad del camino de la vida...
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DE VIAJE
Ave de paso,
fugaz viajera desconocida:
fue sólo un sueño, sólo un capricho, sólo un acaso;
duró un instante, de los que llenan toda una vida.
No era la gloria del paganismo,
no era el encanto de la hermosura plástica y recia:
era algo vago, nube de incienso, luz de idealismo.
No era la Grecia:
¡era la Roma del cristianismo!
Alrededor era de sus dos ojos ¡oh, qué ojos, ésos!
que las fracciones de su semblante desvanecidas
fingían trazos de un pincel tenue, mojado en besos,
rediviviendo sueños pasados y glorias idas...
Ida es la gloria de sus encantos,
pasado el sueño de su sonrisa.
Yo lentamente sigo la ruta de mis quebrantos;
¡ella ha fugado como un perfume sobre la brisa!
Quizás ya nunca nos encontremos;
quizás ya nunca veré a mi errante desconocida;
quizás la misma barca de amores empujaremos,
ella de un lado, yo de otro lado, como dos remos,
¡toda la vida bogando juntos y separados toda la vida!
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BLASÓN
Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.
Mi verso no se mece colgado de un ramaje
con vaivén pausado de hamaca tropical...
Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
al Sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje
parecen mis estrofas trompetas de cristal.
Mi fantasía viene de un abolengo moro:
los Andes son de plata, pero el león, de oro,
y las dos castas fundo con épico fragor.
La sangre es española e incaico es el latido;
y de no ser Poeta, quizá yo hubiera sido
un blanco aventurero o un indio emperador.
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LOS
CABALLOS DE LOS CONQUISTADORES
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales...
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
¡No! No han sido los guerreros solamente,
de corazas y penachos y tizonas y estandartes,
los que hicieron la conquista
de las selvas y los Andes:
Los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los húmedos pantanos,
en los ríos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los
valles.
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Un caballo fue el primero,
en los tórridos manglares,
cuando el grupo de Balboa caminaba
despertando las dormidas soledades,
que de pronto dio el aviso
del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
al olfato le trajeron
las salinas humedades;
y el caballo de Quesada, que en la cumbre
se detuvo viendo, en lo hondo de los valles,
el fuetazo de un torrente
como el gesto de una cólera salvaje,
saludo con un relincho
la sabana interminable...
y bajó con fácil trote,
los peldaños de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Y aquel otro, de ancho tórax,
que la testa pone en alto
cual queriendo ser más grande,
en que Hernán Cortés un día
caballero sobre estribos rutilantes,
desde México hasta Honduras
mide leguas y semanas entre rocas y boscajes,
es más digno de los lauros
que los potros que galopan
en los cánticos triunfales
con que Píndaro celebra
las olímpicas disputas
entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires
Y es más digno todavía
de las odas inmortales
el caballo con que Soto, diestramente,
y tejiendo las cabriolas como él sabe,
causa asombro, pone espanto, roba fuerzas,
y entre el coro de los indios,
sin que nadie haga un gesto de reproche,
llega al trono de Atahualpa y salpica con espumas
las insignias imperiales.
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
El caballo del beduino
que se traga soledades.
El caballo milagroso de San Jorge,
que tritura con sus cascos los dragones infernales.
El de César en las Galias.
El de Aníbal en los Alpes.
El Centauro de las clásicas leyendas,
mitad potro, mitad hombre,
que galopa sin cansarse,
y que sueña sin dormirse,
y que flecha los luceros,
y que corre como el aire,
todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre,
que los épicos caballos andaluces
en las tierras de la Atlántida salvaje,
soportando las fatigas,
las espuelas y las hambres,
bajo el peso de las férreas armaduras,
cual desfile de heroísmos,
coronados entre el fleco de los anchos estandartes
con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante.
En mitad de los fragores del combate,
los caballos con sus pechos arrollaban
a los indios, y seguían adelante.
Y, así, a veces, a los gritos de "¡Santiago!",
entre el humo y e fulgor de los metales,
se veía que pasaba, como un sueño,
el caballo del apóstol a galope por los aires
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Se diría una epopeya
de caballos singulares
que a manera de hipogrifos desolados
o cual río que se cuelga de los Andes,
llegan todos sudorosos, empolvados, jadeantes,
de unas tierras nunca vistas,
a otras tierras conquistables.
Y de súbito, espantados por un cuerno
que se hincha con soplido de huracanes,
dan nerviosos un soplido tan profundo,
que parece que quisiera perpetuarse.
Y en las pampas y confines
ven las tristes lejanías
y remontan las edades
y se sienten atraídos
por los nuevos horizontes:
Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.
Detrás de ellos, una nube,
que es la nube de la gloria,
se levanta por los aires.
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
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LA
TRISTEZA DEL INCA
Este era un Inca triste, de soñadora frente,
de ojos siempre dormidos y sonrisa de hiel,
que recorrió su imperio, buscando inutilmente
a una doncella hermosa y enamorada de él.
Por distraer sus penas, el Inca dió en guerrero;
puso a su tropa en marcha y el broquel requirió;
fue sembrando despojos sobre cada sendero
y las nieves mas altas con su sangre manchó.
Tal, sus flechas cruzaron inviolables regiones,
en que apenas los rios se atrevian a entrar;
y tal fue, derramando sus heroicas legiones:
de la selva a los andes de los andes al mar.
Fue gastando las flechas que tenía en su aljaba,
una vez y otra y otra, de región en región,
porque cuando salía victorioso, lograba
levantar la cabeza, pero no el corazón.
Y cansado de tanto levantar la cabeza,
celebró bailes magnos y banquetes sin fin,
pero no logra nada disipar su tristeza,
ni la sangre del choque, ni el licor del festín.
Nada entraba en el fondo de su espiritu oculto:
ni las cándidas ñustas de dignástico rol,
ni los cirios de Quito, consagradas al culto,
ni del Cuzco, tampoco, los vestales del sol.
Fue llamado el más viejo sacerdote; Adivina
este mal que me aqueja y el remedio del mal;
dijo al gran sacerdote, con voz trémula y fina,
aquel joven monarca, displicente y sensual.
-Ay,senor! - dijo el viejo sacerdote -
Tus penas remediarse no pueden; tu pasión es mortal.
La mujer que has ideado tiene anil en las venas
un trigal en los bucles y en la boca un coral.
- Ay, senor! - ciertos dias vendran hombres muy blancos,
Ha de oirse en los bosques el marcial caracol:
cataratas de sangre colmaran los barrancos,
y entrarán otros dioses en el Templo del Sol.
La mujer que has ideado pertenece a tal raza,
vanamente la buscas en tu innumera grey,
y servirte no pueden oración ni amenaza,
porque tiene otra sangre, otro dios y otro rey
Cuando el rito sagrado le mando optar esposa,
hizo astillas el cetro con vibrante dolor,
y aquel joven monarca se enterró en una fosa
y pensando en la rubia fue muriendo de amor.
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LA CRUZ DEL SUR
Cuando las carabelas voladoras
al fin trazaron sobre el mar sus huellas,
fueron rasgando por delante de ellas
la inmensidad con sus tremantes proas.
Entonces, Dios, en las nocturnas horas,
tras el misterio de las tardes bellas,
una cruz dibujó con cuatro estrellas
en el lienzo en que pinta sus auroras.
Quedó la cruz como argentado broche
que en la punta de un velo resplandece,
dejando ver radiantes simbolismos.
Y hoy, sobre el terciopelo de la noche,
en la profunda obscuridad, parece
la condecoración de los abismos...
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LOS VOLCANES
Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura.
La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
cual sobre una pasi6n un alma dura.
Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombras de irisada yedra;
y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azul, parecen
cestas volcadas derramando flores.
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LA MAGNOLIA
En el bosque, de aromas y de músicas lleno,
la magnolia florece delicada y ligera,
cual vellón que en las zarpas enredado estuviera,
o cual copo de espuma sobre lago sereno.
Es un ánfora digna de un artífice heleno,
un marm6reo prodigio de la Clásica Era:
y destaca su fina redondez a manera
de una dama que luce descotado su seno.
No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto.
Hay entre ella y la luna cierta historia de encanto,
en la que una paloma pierde acaso la vida:
porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve,
como un rayo de luna que se cuaja en la nieve,
o como una paloma que se queda dormida.
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ORQUÍDEAS
Anforas de cristal, airosas galas
de enigmáticas formas sorprendentes,
diademas propias de apolíneas frentes,
adornos dignos de fastuosas salas.
En los nudos de un tronco hacen escalas;
y ensortijan sus tallos de serpientes,
hasta quedar en la altitud pendientes,
a manera de pájaros sin alas.
Tristes como cabezas pensativas,
brotan ellas, sin torpes ligaduras
de tirana raíz, libres y altivas;
porque también, con lo mezquino en guerra,
quieren vivir, como las almas puras,
sin un solo contacto con la tierra.
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TRÍPTICO
CRIOLLO
I. El charro
Viste de seda: alhajas de gran tono;
pechera en que el encaje hace una ola,
y bajo el cinto, un mango de pistola,
que él aprieta entre el puño de su encono.
Piramidal sombrero, esbelto cono,
es distintivo en su figura sola,
que en el bridón de enjaezada cola
no cambiara su silla por un trono.
Siéntase a firme; el látigo chasquea;
restriega el bruto su chispeante callo,
y vigorosamente se pasea...
Dúdase al ver la olímpica figura
si es el triunfo de un hombre en su caballo
o si es la animación de una escultura.
II. El llanero
En su tostada faz algo hay sombrío:
tal vez la sensación de lo lejano,
ya que ve dilatarse el océano
de la verdura al pie de su bohío.
El encuadra al redor su sembradío
y acaricia la tierra con su mano.
Enfrena un potro en la mitad de un llano
o a nado se echa en la mitad de un río.
El, con un golpe, desjarreta un toro;
entra con su machete en el boscaje
y en el amor con su cantar sonoro,
porque el amor de la mujer ingrata
brilla sobre su espíritu salvaje
como un iris sobre una catarata...
III. El gaucho
Es la Pampa hecha hombre: es un pedazo
de brava tierra sobre el sol tendida.
Ya a indómito corcel pone la brida,
ya lacea una res: él es el brazo.
Y al son de la guitarra, en el regazo
de su "prenda", quejoso de la vida,
desenvuelve con voz adolorida
una canción como si fuera un lazo...
Cuadro es la Pampa en que el afán se encierra
del gaucho, erguido en actitud briosa,
sobre ese gran cansancio de la tierra.
porque el bostezo de la Pampa verde
es como una fatiga que reposa
o es como una esperanza que se pierde...
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NOCTURNO DE LA COPLA CALLEJERA
Tiempo ha quemé mis naves
como el conquistador,
y me lancé al trajín de la aventura
de un corazón en otro corazón;
pero...
confieso yo
que he tenido también mi noche triste.
¡Oh noche triste en que llorando estoy!
¡Oh noche en que, vagando
por los barrios oscuros de aspecto evocador,
donde en casas humildes sueña el romanticismo
de vírgenes enfermas de Luna y de canción,
me ha interrumpido el paso
una copla escapada por el hueco traidor
de una ventana, a sólo
clavárseme a mitad del corazón...
Y la copla a mí vino
lanzada, entre el rezongo de un viejo acordeón,
por algún mozalbete presumido
según era el descaro de su engolada voz.
No me llegó la copla redondeada;
no me llegó,
sino algo en que ponía su miel un primer beso
o en que abría su rosa quizá un primer rubor..
Pero...
¡ay de mí! sí estoy
seguro del final que en lo más hondo
su envenenada punta me clavó.
Tales palabras
son:
-"Pienso en aquél que te quiso
antes de quererte yo"-.
Ya que lejos de ti, siéntote acaso
más adentro que nunca de mi amor,
ha venido esta copla destemplada
a destemplar también mi corazón:
yo no he sido el primer hombre que amaste...
No he sido, no,
amor primero de mujer ninguna...
No he despertado en nadie la primera emoción...
No he probado la miel de un primer beso,
ni abrí la rosa de un primer rubor..
¿Comprendes tú qué sangre
lloro en mi noche triste? ¿Comprendes qué canción
es la que me sugiere aquella copla
venida a mí quizá como la voz
que detuvo, camino de Damasco,
también a un pecador?
La primera mujer que amé en la vida,
al oír que la amaba, colérica me huyó;
la segunda mujer, sonrisas tuvo
para mí que antes tuvo para otros tal vez... y luego
adiós
díjome desde lo alto de un navío
en que de mí por siempre se alejó;
la tercera mujer no pudo nunca,
desde su ostentación
de estrella, percatarse
de mi apasionamiento de pastor;
una me dio una cita en cierta noche
en que, para burlarme, se murió;
otra me dijo con los ojos algo
que todavía descifrando estoy,
porque en ningunos ojos volví a hallar tal mirada,
con que piadosamente me ha de ver quizá hoy Dios...
Después... téngolo dicho:
he quemado mis naves como el conquistador
y me he entrado también a sangre y fuego
de un corazón a otro corazón;
y en esta noche triste,
tengo un orgullo sabio, porque no he sido yo
amor primero de mujer ninguna,
pero el último sí: ¡seguro estoy!
Y, así, como amor último que he sido,
de más de una mujer, pienso en tu amor;
y pensando en la copla callejera,
la hago decir con todo mi orgullo indoespañol:
¡Pienso en aquél que te quiera
después de quererte yo!
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NOTAS
DEL ALMA INDÍGENA
¡Quién sabe!
Indio que asomas a la puerta
de esta tu rústica mansión: .
para mi sed no tienes agua?
¿para mi frío, cobertor?
¿parco maíz para mi hambre?
¿para mi sueño, mal rincón?
¿breve quietud para mi andanza?...
-¡Quién sabe, señor!
Indio que labras con fatiga
tierras que de otros dueños son:
¿ignoras tú que deben tuyas
ser, por tu sangre y tu sudor?
¿ignoras tú que audaz codicia,
siglos atrás, te las quitó?
¿ignoras tú que eres el Amo?...
-¡Quién sabe, señor!
Indio de frente taciturna
y de pupilas sin fulgor:
¿qué pensamiento es el que escondes
en tu enigmática expresión?
¿qué es lo que buscas en tu vida?
¿qué es lo que imploras a tu Dios?
¿qué es lo que sueña tu silencio?
-¡Quién sabe, señor!
¡Oh raza antigua y misteriosa
de impenetrable corazón,
que sin gozar ves la alegría
y sin sufrir ves el dolor:
eres augusta como el Ande,
el grande Océano y el Sol.
Ese tu gesto que parece
como de vil resignación,
es de una sabia indiferencia
y de un orgullo sin rencor..
Corre en mis venas sangre tuya,
y, por tal sangre, si mi Dios
me interrogase qué prefiero
- cruz o laurel, espina o flor,
beso que apague mis suspiros
o hiel que colme mi canción
responderíale dudando:
-¡Quién sabe, señor!
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EL
ROMANCE DE LA FELICIDAD
Felicidad: yo te he encontrado
más de una vez en mi camino;
pero al tender hacia ti el ruego
de mis dos manos... has huido,
dejando en ellas, solamente,
cual una dádiva, cautivo
algún mechón de tus cabellos
o algún jirón de tus vestidos...
Tanto mejor fuera no haberte
hallado nunca en mi camino.
Por ser tu dueño, siento a veces
que no soy dueño de mí mismo...
Toda esperanza es un engaño;
todo deseo es un martirio...
Felicidad: te vi de cerca;
pero no pude hablar contigo.
Ya voy sintiéndome cansado...
Cuando en la orilla del camino
me siento a ver pasar a muchos
que hacia ti vayan cuál yo he ido,
tal vez te atraiga mi reposo,
mi displicente escepticismo,
mi resignada indiferencia,
mi corazón firme y tranquilo;
y, paso a paso, a mí te acerques,
sin que yo llegue a percibirlo,
y, al fin, sentándote a mi lado,
hablarme empieces: - Buen amigo...
¿Será mejor el no buscarte?
¿Será mejor el ser altivo
en la desgracia y no sentirse
juguete vil de tus caprichos?
Yo sólo sé que cuantas veces
con más afán te he perseguido,
más fácilmente, hacia más lejos,
más desdeñosa, huir te he visto.
Yo sólo sé que cuantas veces
tornó perfil un sueño mío,
Felicidad, te vi de cerca,
pero no pude hablar contigo...
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EL
IDILIO DE LOS VOLCANES
El Ixtlacíhuatl traza la figura yacente
de una mujer dormida bajo el Sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos
como una apocalíptica visión;
y estos dos volcanes solemnes
tienen una historia de amor,
digna de ser cantada en las compilaciones
de una extraordinaria canción.
Ixtacíhuatl --hace miles de años--
fue la princesa más parecida a una flor,
que en la tribu de los viejos caciques
del más gentil capitán se enamoró.
El padre augustamente abrió los labios
y díjole al capitán seductor
que si tornaba un día con la cabeza
del cacique enemigo clavada en su lanzón,
encontraría preparados, a un tiempo mismo,
el festín de su triunfo y el lecho de su amor.
Y Popocatépetl fuese a la guerra
con esta esperanza en el corazón:
domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
el motín de los riscos contra su paso vencedor,
la osadía despeñada de los torrentes,
la acechanza de los pantanos en traición;
y contra cientos y cientos de soldados,
por años gallardamente combatió.
Al fin tornó a tribu (y la cabeza
del cacique enemigo sangraba en su lanzón).
Halló el festín del triunfo preparado,
pero no así el lecho de su amor;
en vez de lecho encontró el túmulo
en que su novia, dormida bajo el Sol,
esperaba en su frente el beso póstumo
de la boca que nunca en la vida besó.
Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
el haz de flechas; y, en una solo voz,
conjuró la sombra de sus antepasados
contra la crueldad de su impasible Dios.
Era la vida suya, muy suya,
porque contra la muerte ganó:
tenía el triunfo, la riqueza, el poderío,
pero no tenía el amor...
Entonces hizo que veinte mil esclavos
alzaran un gran túmulo ante el Sol
amontonó diez cumbres
en una escalinata como alucinación;
tomó en sus brazos a la mujer amada,
y el mismo sobre el túmulo la colocó;
luego, encendió una antorcha, y, para siempre,
quedóse en pie alumbrando el sarcófago de su dolor.
Duerme en paz, Ixtacíhuatl nunca los tiempos
borrarán los perfiles de tu expresión.
Vela en paz. Popocatépetl: nunca los huracanes
apagarán tu antorcha, eterna como el amor...
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CAFE,
TABACO Y CAÑA
Esta es la historia de tres princesas,
que parece una fábula de esas
en que se impone verso español...
¡Esta es la historia o el cuento de Hadas
de tres princesas enamoradas
-a un mismo tiempo las tres- del Sol!
La una es negra, de ojos ardientes
y labios rojos, en que los dientes
jáctanse de una risa cruel:
limpio azabache su carne dura,
por un milagro se hace escultura,
porque en tal carne no entra el cincel.
India es la otra, de faz cobriza,
por sobre cuya tez Se desliza
y se difunde gota de miel:
temblor de plumas le hace guirnalda
cruje haz de flechas sobre su espalda
corren tatuajes bajo su piel...
la otra es blanca como la nieve;
por sus cabellos oro llueve
sobre los hombros en plenitud.
Ella es la rubia virgen incauta:
sus labios piden sólo una flauta;
sus manos sueñan con un laúd.,.
(El Sol las llama... Las tres amantes
salen un día de sus distantes
tierras en busca del dulce bien;
y, así, la suerte juntarlas quiso
donde el Sol puso su paraíso,
en el que luego formó un harén.)
Cuando el Sol, harto ya de su noche,
saltaba a tierra, pasar la noche,
solía en juegos de tanto afán,
que al fin, tejía red de placeres,
con que, en los brazos de tres mujeres,
se iba él durmiendo como un sultán...
La amante negra entretenía
con cuentos de ardua filosofía;
la india, siempre danzando a un son;
la rubia, apenas con el hechizo
que por los labios en un carrizo
le iba fluyendo del corazón...
-Cuenta tus cuentos, amada mía.
Te los oyera yo hasta que el día
me hiciese, al cabo, volver en mi..
(El Sol le hablaba, y ella no oía.)
Responde. ¡Tu eres la poesía?
-Ella temblando murmuró: _Si...
-Baila tus bailes, mi amada bella.
Sabré con besos borrar la huella
que en mis alfombras dejen tus pies....
(el Sol corría siempre tras ella.)
¿Tu eres la danza? -Ya tu lo ves...
-Sopla el carrizo, mi bien amada.
¿ Quien no es, si te oye, sierpe encantada?..
(El Sol la urgía con intención..)
¿Tu eres la Música? -Ella apegada
contra el carrizo, no dijo nada,
rnás siguió dándole es corazón...
Sucedió entonces que el Sol -tal quiso
volver el trópico un Paraíso-
por arte mágico hizo ante el
echar raíces a sus amantes;
y las princesas que fueron antes,
néctar se hicieron y aroma y miel...
Besó en los ojos a la de obscura faz,
e infundióle sacra locura:
la fiebre insomne del Ideal...
Su cabellera soltó ella al viento,
y a sus espaldas, en un momento.
brotó el prodigio de un cafetal...
El café lírico es la princesa
que nunca duerme y acaba presa
dentro de un grano como un coral:
el sueño quita y hace derroches
de fantasía mil y una noches,
como el bello libro oriental.
A la cobriza princesa, el fuego
del Sol un ósculo impuso luego
sobre los leves y ágiles piés ;
y retorciéndose en espirales,
se hundió ella en tierra: sus funerales
fueron ceniza y humo después...
En el tabaco duerme escondida
una princesa que huye a otra vida
entre chispazos de Intimo hogar:
sale del trágico encantamiento,
y en el velo blanco se arroja al viento,
y a paso lento rompe a bailar...
A la princesa rubia, en la frente,
por fin, besóla trémulamente
el Sol: ella hubo tanta emoción,
que clavó en tierra la flauta, en donde
desde ese instante su miel esconde
la melodía de una canción.
Caña de azúcar es soñadora
princesa, en cuyos labios ya ahora
la flauta no hace ritual papel;
mas si en obsequio de los sentidos
no da esa caña dulces sonidos,
es porque en cambio destila miel...
Una princesa borda el desvelo,
otra en su danza sacude un velo
y otra ha una torre de albo cristal.
El café iluso provoca el vuelo...
El tabaco hace mirar al cielo..
La caña triunfa sobre el panal.
Esta es la historia de tres princesas,
que parece una fábula de esas
en que se impone verso español.
Esta es la historia o el cuento de hadas
de tres princesas enamoradas
-a un mismo tiempo las. tres del Sol!
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EL AMOR
DE LAS SELVAS
Yo apenas quiero ser humilde araña
que en torno tuyo su hilazón tejiera
y que, como explorando una montaña,
se enredase en tu misma cabellera.
Yo quiero ser gusano, hacer encaje;
dar mi capullo a las dentadas ruedas;
y así poder, en la prisión de un traje,
sentirte palpitar bajo mis sedas...
¡Y yo quiero también, cuando se exhala
toda esta fiebre que mi amor expande,
ir recorriendo la salvaje escala
desde lo más pequeño hasta lo más grande!
Yo quiero ser un árbol: darte sombra;
con las ramas, la flor, hacerte abrigo;
y con mis hojas secas una alfombra
donde te hecharas a soñar conmigo...
Yo quiero ser un río: hacer un lazo
y envolverte en las olas de mi abismo,
para poder ahogar con un abrazo
y sepultarte en el fondo de mí mismo.
Yo soy bosque sin trocha: abre el sendero,
yo soy astro sin luz: prende la tea.
Cóndor, boa, jaguar, ¡yo apenas quiero
ser lo que quieras tú, que por ti sea!
Yo quiero ser un cóndor, hacer gala
de aprisionar un rayo entre mi pico;
y así soberbio..., regalarte un ala,
¡para que te hagas de ella un abanico!
Yo quiero ser una boa: en mis membrudos
lazos ceñirte la gentil cintura;
envolver las pulseras de mis nudos;
y morirme oprimiendo tu hermosura...
Yo quiero ser caimán de los torrentes;
y de tus reinos vigilar la entrada,
mover la cola y enseñar los dientes,
como un dragón ante los pies de un hada.
Yo quiero ser jaguar de tus montañas,
arrastrarte a mi propia madriguera,
para poder abrirte las entrañas...
¡y ver si tienes corazón siquiera...!
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