La Novela de Cervantes

   
 
 

 

 

 

 

 

 

NOVELA

Don Quijote - Resumen

El carácter de las relaciones de Cervantes con su propia obra va marcada por su extremada conciencia crítica, que convierte al Quijote en modelo de la novela ensayo y, por su redacción estrictamente cronológica, carente de regresos para replantear lo que ya está escrito.

Es de gran importancia tener en cuenta que la publicación de las dos partes en que está dividida la obra están separadas entre sí por diez años, desde el año 1605 al 1615. Parece que con el regreso de don Quijote a casa, al final de la primera parte, y una vez confiados sus cuidados a la sobrina y al ama, Cervantes inicia los epitafios de la novela, aunque al final, sesgadamente, aludirá a una posible continuación que ya dejaría en manos de otros. Sin embargo, diez años después nos lo encontramos terminando una segunda parte de la novela que es incluso algo más larga.

Ya en 1614 se había anticipado un tal Avellaneda que, al parecer, aceptó la invitación propuesta en la primera parte. Ambos rivalizarán, aunque Cervantes sabrá emplear su segunda parte del Quijote también como argumentación de su defensa. De lo que no cabe duda es de que nuestro autor hizo coincidir la redacción de la novela con su estructuración, siendo prueba de ello, por ejemplo, la distinta amplitud temporal de las dos primeras salidas del caballero andante.

Don Quijote da muestras de dudar entre dos modelos culturales de la época como son las novelas de caballerías y los romances populares, y además en la primera aún no va acompañado de su escudero, Sancho Panza. En la segunda sí se pueden apreciar ya algunas de las constantes del Quijote. En la segunda parte de la novela, se aprecia un leve cambio narrativo y una caracterización más diferencial del protagonista, justificada en parte por la polémica surgida con el ya mencionado Avellaneda.

No debemos olvidar que en esta parte son más que frecuentes las alusiones despreciativas. La práctica literaria de Cervantes y su manifiesta modernidad se pueden apreciar, entre otros muchos aspectos, en el complicado sistema de mediaciones que el autor pone con su obra. Inicialmente se presenta firmando las dedicatorias de la obra y mencionándose como autor en los prólogos, aunque más adelante (I,1,2) se manifiesta como recopilador de tradiciones.

Por fin (I,8) reconocerá ser el segundo autor de un relato anónimo que se había recogido en escritos anteriores, lo que dará pie al comienzo de una pretendida apelación a un manuscrito de un árabe llamado Cide Hamete Benengeli que dura hasta el final de la primera parte (I,52), concluyendo con la mención de sucesivas aventuras que están basadas en tradiciones orales y con los epitafios y elogios localizados en el pergamino de los académicos de Argamasilla.

Sin ninguna justificación, Cide Hamete volverá a aparecer en la segunda parte como única fuente del relato. Incluso antes de que ese árabe se nos presente como primer autor de la novela, ya don Quijote dice para sí: <<¡Oh, tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante...>>, (I,2). De esta manera, queda conformado un triángulo formado por un escritor, que es Cervantes, el cual inventa a un personaje llamado don Quijote y a un autor llamado Cide Hamete, el cual resultará quedar como fuente del propio escritor. Cervantes saca irónico partido a esta situación, pues aprovechará para volcar todas las responsabilidades de lo narrado en la obra sobre un autor no creyente y mago.

El Quijote no trata sólo de don Quijote y de Sancho Panza, y de hecho sería inútil negar la evidencia de que son muchos los capítulos en los que éstos se hayan ausentes, si bien es cierto que se les debe reconocer el mérito de acaparar la atención y la memoria de los lectores. La novela se desarrolla entre interrupciones narrativas que en unas ocasiones permanecen ajenas a la trama mientras que en otras se insertan en ella. Son cortes en la serie de aventuras que viven el caballero y su escudero. En esta línea se utilizan, sobre todo en la primera parte, desde "los manuscritos encontrados", como el del "Curioso impertinente" (I,33-35), pasando por las narraciones que harán los protagonistas de la interrupción, como en la "Historia del cautivo" (I,39-41), o por las narraciones de los propios protagonistas de la novela, como en Cardenio (I,24 y 27) y Dorotea (I,28), y llegando hasta un narrador ajeno que se encarga de presentar el relato, como en la historia de Marcela (I,12,13). Todas estas intervenciones facilitan una mayor riqueza de personajes pero además sirven para que en algunas ocasiones se aviven la locura o la sabiduría de don Quijote. Ya en la segunda, parte las interrupciones serán menos frecuentes y todas estarán ligadas al desarrollo de la trama principal. Entre ellas están las "Bodas de Camacho" (II,20-21), las historias de Claudia Jerónima (II,9), o la inocente escapada de la hija de don Diego (II,49), entre otras. Cabe destacar que todos los personajes representados en estas interrupciones no vuelven a reencontrarse con don Quijote en ningún caso. La temática de la obra es compleja, aunque dentro de esa complejidad cobra un papel relevante el amor, que lo podríamos clasificar dentro del género literario pastoril o sentimental. Don Quijote nos hace vivir con él un culto fantástico y pasional por Dulcinea del Toboso, de cuya verdadera existencia se duda.

El protagonista llega a unos extremos en ese amor idealista que se nos antoja lejano e inalcanzable, negándose en cualquier ocasión a la mínima concesión a la galantería. La concepción de las aventuras por don Quijote es de similares rasgos a la del amor. Éstas deben ser gratuitas y tener como fin último la gloria. Su dirección va orientada casi exclusivamente a la consecución de las metas soñadas, adoptando para ello una postura de autosuficiencia sólida como una roca. Él tiene un destino prefijado y sus pasos se dirigen únicamente hacia allí. Así, el Quijote se desarrollará en dos planos diferenciados, siendo uno el de la irrealidad o ficción quijotesca y el otro el de la realidad o veracidad, que continuamente es ocupado por el resto de personajes de la novela; recordemos la intervención de Dorotea en la afectuosa conjuración con la que se busca que el héroe vuelva de nuevo al redil.

Don Quijote es un hidalgo sumido en la pobreza y un caballero falso, mientras que Sancho Panza no sale de su condición de labrador. El resto del campo social no queda abandonado, siendo para ello utilizada toda una completa gama de personajes que representan tanto personas de clase social y de instrucciones inferiores, como personas representantes de la nobleza, de la propiedad territorial, de la administración o del clero. En la primera parte, éstos irán apareciendo y desapareciendo a lo largo de toda la trama, mientras que en la segunda, los personajes de alcurnia acapararán ampliamente al Caballero de la Triste Figura participando de forma determinante en sus aventuras. Ellos no van en busca de don Quijote sino que él mismo se acerca a la sociedad señorial aceptando su hospitalidad y, lamentablemente, sus condiciones. Hemos de recordar aquí las figuras del Duque o, más tarde, de don Antonio Moreno.

Otro aspecto destacable del Quijote es su carácter de muestra de los géneros literarios de su época. De forma paródica, se refleja el libro de caballerías, asistido por los esquemas básicos de la novela picaresca, así como el género pastoril, las novelas de aventuras, los cuentos, los diálogos literarios o la poesía amorosa, la cual se hace habitual en las aventuras del caballero. El acierto de Cervantes se encuentra en su intención de combinar todos estos géneros, sin tratar de mezclarlos. En la segunda parte, don Quijote tendrá una presencia mucho más destacada y dominante aunque, curiosamente, ésta llevará consigo la irónica situación de que la deformación de la realidad ya no competerá exclusivamente a él y a su locura, sino también a la cruel fantasía de los personajes que participan en la misma trama.

El autor deberá, así, tutelar la propia sabiduría para narrar las locuras de don Quijote a través de una poética renacentista que consiga potenciar, canalizar y consolidar las visiones barrocas del personaje. Al contrario de la primera parte, que se configura sobre cómo el héroe no puede llegar a serlo de las novelas de caballerías y sí de su propia novela, en la segunda parte, todos los personajes conocerán el éxito de la primera entrega del Quijote. Por eso, a partir de este momento las aventuras de don Quijote se podrán presentar como verdaderas, pues realmente existen, tienen historia. Esto ayuda a que el protagonista vaya tomando conciencia de que se ha hecho a sí mismo y de que, por lo tanto, es ya un "personaje", comenzando también a actuar, de manera que cada vez se enriquece y perfecciona de manera más consciente dejando atrás al final la locura que lo había mantenido tan alejado de la realidad. Esta locura queda ya diagnosticada por medio del autor en el primer capítulo del primer libro, y se presenta claramente como una lesión de la imaginación.

Las imágenes que percibe nuestro caballero andante le llegan adulteradas, tal y como nos explica el propio autor: <<A nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído>>. El engaño en que vive no es realmente de sus sentidos sino de su ánimo. Desde el inicial avistamiento de una venta en la que se encontraban a la puerta dos rameras-y que el verá como un magnífico castillo que tiene dos doncellas que se solazan a la puerta-hasta llegar hasta la última de todas las visiones maravillosas por las que pasa, se nos representa la mayor parte de la esencia de la obra.

Sancho Panza, el aldeano manchego que permanece fielmente al lado de su amo con la esperanza de una desproporcionada recompensa, la ínsula, será también completamente elaborado por el autor, que en él se encargará de enfrentar los vicios a las virtudes, con esta obra Cervantes se pone incluso por encima de don Quijote, con su continua tergiversación de la realidad, y de Sancho Panza, con su escéptica visión del quijotismo. Su libertad artística es tanta que él mismo la representa fingiendo desconocer determinados aspectos de la obra.

Al fin, recordemos el discurso de la pluma que se encargó de eternizar los pensamientos del cronista, que finaliza con estas palabras: <<Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno>>.

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Análisis dela obra

Desde los tiempos de Platón y Aristóteles el concepto de español melancólico se había forjado como un tópico considerado como una enfermedad y a la vez como un don intelectual privilegiado de creación poética, que al llegar la época de Cervantes fue transformado con un nuevo enfoque más moderno de la melancolía.

El propio Don Quijote se nos presenta con una imagen en la que se mezclan los rasgos melancólicos y coléricos, y precisamente esto nos facilitará la configuración psíquica y el carácter temperamental del personaje, evolucionando de la cólera durante su madurez a la melancolía en su vejez, aplicando a esta última una clara visión poética y un elemento teórico que se asocia indudablemente al carácter positivo neoaristotélico. 

El carácter melancólico dl personaje implicará un determinado comportamiento, ciertas capacidades creativas, facultades de memoria que transforman al personaje de genio a loco, tendencias extremas al sacrificio y a la penitencia, y una muy particular concepción del amor. Todo esto se une en una internalización compleja que provoca consecuencias muy variadas e incluso contradictorias, que por ello no dejan de provocar la risa del lector, el cual se consuela ante el conocimiento de un héroe con similares características a él mismo y capaz de cumplir sus deseos y sueños.

En cuanto a la memoria, esta será, en contraste con su concepción retórica tradicional, tratada desde un punto de vista médico y filosófico que se acerca más a los presupuestos de una nueva corriente, iniciada en España por Luis Vives, que la consideraba como una potente facultad humana imprescindible para el desarrollo de todas las artes y no sólo de la retórica. A su vez la imaginación, de la que dependen las percepciones de los sentidos, se establece completamente diferenciada de la inteligencia, a la que se le atribuye la facultad de recibir y ordenar los datos sensoriales. La jerarquización realizada entre intelecto e imaginación en la I parte del Quijote queda completamente transformada en la segunda, donde también se cuestiona la oposición entre realidad y ficción. Don Quijote será el encargado de agudizar una ingeniosa inventiva novedosa, que aunque teniendo un carácter ilimitado pudo ser también modelada en Sancho, sobre todo en la segunda parte, donde el fiel escudero nos demuestra una inusitada capacidad imaginativa, transformando elementales falsedades en complicadas visiones y encantamientos. Este rasgo de Sancho se explica básicamente por su aprendizaje de un modelo, que al principio será literalmente aplicado, pero que conforme se desarrolla la trama nos revelará incluso sus enseñanzas al propio Don Quijote.

Cervantes valora en esta obra la rara invención, conseguida gracias a la aplicación realizada de la memoria con fines narrativos, innovando pues tanto los modelos retóricos y poéticos como los fisiológicos y psicológicos de la época. Don Quijote reflejará en sus actos y en sus formas las hazañas caballerescas que ha resumido y seleccionado de determinados modelos, de los cuales serán principales Amadís de Gaula y Orlando. El reflejo será reiterativo, lo que explica el afianzamiento memorístico, y provocará el aprendizaje de Sancho Panza.

El olvido también será utilizado por el autor como una técnica desarrollable de creación literaria. Se manifiesta por medio de silencios y elipsis que se intercalan en el relato y que serán también elementos característicos para conseguir una relación con la locura, conforme a la tradición erasmiana de ligar olvido y locura, logrando creaciones artísticas en base a silencios y omisiones.

·Una vez que el protagonista pierde el juicio se genera una fantasía que provocará en él el establecimiento de convicciones en base a originales invenciones literarias. La memoria alimentará su imaginación ocasionando una confusa situación para el personaje en la que no es capaz de distinguir las situaciones vividas y las leídas. El problema se fundamenta en la recreación de lecturas que llevan a la fidelización de unos modelos ficticios a los cuales queda tan obligado como para llegar inventar hasta un enfermizo amor. Desde luego la memoria no es tan primordial en su función como cabría esperar, y su tratamiento en el Quijote no es sino una rememoración del modelo seguido a la hora de establecer las cinco potencias del alma, el entendimiento, la imaginativa, la reminiscencia, el sentido común y la memoria, según una clasificación ya consolidada por autores como Santo Tomás, Boecio, y otros.

·El tema caballeresco guarda una importancia fundamental a la hora de entender el sentido de toda la historia, la cual gira en torno a la imitación literal por parte del protagonista de los esquemas generales y concretos de ese género literario, que permanecen inalterables en su memoria, aunque al final la realidad haga que sus planes iniciales deban ser alterados, reinventando por lo tanto sus historias recordadas. Es destacable también el afán y la obsesión de Don Quijote por conseguir fama y que sus hazañas se mantengan en la memoria futura, jugando así la obra con la continuación de una eternidad heroica que quede a su vez reflejada igualmente en libros.

El contraste temporal que se produce tiene una explicación si consideramos todo lo expuesto anteriormente pues el ingenioso protagonista identifica sin lugar a dudas cualquiera de las imágenes y lugares que vive con todas las imágenes y lugares que guarda en su mente. Así, en lugar de producirse una afectación de la realidad sobre la imaginación, se produce una afectación de la imaginación sobre la realidad, que provoca ineludiblemente la tergiversación de todo lo percibido por medio de la conjugación de la memoria y la fantasía. El personaje representa sus recuerdos y no lo que realmente está percibiendo a través de sus sentidos.

El desarrollo de su imaginación supone una prueba fehaciente de la fusión aristotélica entre el alma y el cuerpo y el sometimiento de los sentidos a una vida superior intelectiva y libre. Esta capacitación memorística suplirá la manifiesta falta de juicio que es representada. El ingenio de este complejo fondo de la trama radica en el contraste que se produce cuando otros personajes son testigos de las acciones del caballero andante y no dudan en ningún momento en reconocer la realidad de lo que están viendo y no lo que la mente del protagonista está recreando, que no son sino recuerdos selectivos de todos los textos que han absorbido su seso. Por otra parte no se puede negar el valioso archivo caballeresco que supone el protagonista, pues además seleccionará el modelo a imitar según la ocasión y el lugar, en similar forma que lo hace el narrador o narradores, que eligen pero no cuentan.

Los desajustes entre sus recuerdos caballerescos y la realidad nos hacen disfrutar de un relato más completo y entretenido, aunque el mundo de los libros que dirige sus pasos no le hará, de todos modos, olvidarse de cumplir con sus necesidades vitales. Sancho Panza, el escudero, se representa como un acompañante más esperanzado que fortuito, es decir, desde un principio nos queda claro que el móvil de su fidelidad para con el caballero no es otro que el recuerdo de la promesa de una ínsula y no realmente ninguna inicial afinidad que le moviera a creer todas las imaginarias aventuras de su señor. El conocido pasaje de los molinos de viento sirve perfectamente para ilustrar este contraste.

La memoria de Don Quijote juega un papel importante en sus aventuras, siendo en alguna ocasión paso previo de preparación a las mismas y en otros casos configuradora de ellas. El problema radica en la inexistencia de sentido común, que no hace sino provocar confusiones entre las imágenes nuevas y las que ya están impresas en la memoria por experiencias anteriores. La carencia de esta facultad sensitiva común se une a la falta de capacitación para distinguir las percepciones presentes del tiempo pasado de sus lecturas. El determinismo de su mente se impondrá sobre la realidad y la transformará, mientras que Sancho poco a poco irá aleccionándose con la memoria caballeresca de su amo y empezará también a actuar en concordancia. La preocupación mayor por los héroes que por los autores nos ayuda a comprender la subordinación del plano retórico al de los modelos épicos de fama.

·El género pastoril también contará con referencias en esta obra, refiriéndose por supuesto a los enamorados pastores que vagan recitando y cantando sus dramas. Las ocasiones también serán propicias para un enfrentamiento cultural ventajoso del caballero con personajes ignorantes o iletrados, que serán ilustrados sobre un mundo desconocido para ellos, y donde se les presentarán las autoridades de sus caballeros. En alguna ocasión el planteamiento se realizará desde un enfoque más igualitario, donde las posiciones provocarán el debate y la contradicción, llevándonos así al descubrimiento de la verdad. Una de las técnicas empleadas para perfeccionar el carácter paródico de la obra consiste en la representación de unos linajes grandilocuentes y extraños que quedan fuera de todo orden lógico.

Un elemento literario empleado en numerosas ocasiones consiste en la descripción detallista de las circunstancias de las acciones. El dibujo del narrador en cuanto a todo lo que rodea el ambiente corresponde a una clara intención de justificar las consecuencias, consiguiéndose además un cierto grado de verosimilitud en las reacciones y conclusiones de un personaje que, aunque sin juicio, hace una relación y asociación de la oscuridad y el silencio de una situación con el encantamiento, o de el silencio y quietud de una venta que queda así transformada en la imaginación de don Quijote como un majestuoso castillo.

Este recurso literario queda perfeccionado en algunos pasajes por medio de la inventiva, a través de la cual ya no se consigue únicamente representar una transformación mental de la realidad, sino también unas complicadas creaciones imaginativas que por su erudición son irrebatibles por Sancho. Este no obstante jugará un papel importante a la hora de conjugar la memoria de los libros con la memoria de las experiencias reales, ocasionando así una alteración de los hechos cotidianos y de las esperanzas futuras de ambos personajes.

Sancho Panza ganará fácilmente las simpatías de los lectores y no obstante su concepción estará marcada por la representación de un sustrato folklórico que sobre todo con los refranes, aunque también con los cuentos que son insertados de forma natural en el relato de los personajes, conformará una personalidad que refleja los contenidos de la voz y sabiduría popular. Su función se complementará con el Lincenciado Vidriera, que en determinados aspectos nos acercará a la locura que remite a la tradición bufonesca. Curiosamente don Quijote evolucionará a un acercamiento al uso del refranero y por lo tanto se apartará progresivamente del ámbito libresco, con lo cual se pone de manifiesto que la influencia, aunque principal del caballero sobre el escudero, no deja de ser mutua.

Cervantes aclara en varias oportunidades su visión de la literatura, la cual es claramente fingida y una pura invención, aunque sólo engañará al que lo desea. Dentro de ésta concepción se ejecutará un medido proceso creador que se inicia en la soledad, seguida de la elección de unos modelos y de una invención que luego serán procesadas en un discurso que las representará. En esta transformación participan otros personajes que también treatalizarán sus invenciones.

El tema del amor tendrá un tratamiento típicamente enfocado desde la perspectiva de la tradición pastoril. El amor se refleja en el continuo recuerdo de la amada que provoca una acusada melancolía y nostalgia dramáticas, que en su realidad contrastarán con la falsedad de los amores fingidos. La aplicación en la novela caballeresca encontrará una perfecta base.

A lo largo de la obra Cervantes va trazando una red muy sutil entre los aspectos psicológicos y fisiológicos de la persona, que se entremezclan claramente con su elocuente retórica. Paralelamente tanto el narrador como los héroes narran las aventuras, desarrollando perfectamente unos recuerdos que se optimizan con la correcta manera en que son contados, como por ejemplo en la maravillosa historia del cautivo. A veces la vida superará a la literatura y es entonces cuando se percibe la fidelidad con que se habían seguido los modelos y el contraste que se produce en Don Quijote al captar la vulgaridad que representan el resto de personajes que le rodean, pues él además había pretendido confirmar una fama de su invención que se encarga de difundir por sí mismo, de forma muy similar a como ocurre en La Galatea o en el Persiles.

A través de Sancho Panza Cervantes realizará al final de la primera parte una síntesis de todas las aventuras pasadas, síntesis que tiene también una finalidad de recordatorio para los lectores del libro. Esto no lo podemos entender como una recreación por parte del autor en resúmenes propios, sino como una serie alusiva exenta de retórica y encaminada más bien a figurar la naturaleza del personaje que se encarga del relato. Las acciones son recordadas de forma novelística y con una gran riqueza y variedad no exenta de retórica, lo que confiere a los recuerdos una viveza que nos ayuda a intuir su volatilidad y su posibilidad de transformación.

Ya en la segunda parte el autor aplica a la mentalidad del personaje principal la consciencia de que sus hazañas ya han sido impresas, que junto con la circunstancia de su estado melancólico avivarán lógicamente los deseos de nuevas aventuras. El recuerdo realizado entre el bachiller y Sancho hará que el lector vaya madurando una historia ya constituida íntegramente por don Quijote, sirviendo además para entender la particular y novedosa elocuencia erudita de un escudero alimentado de la fuente de su amo que, aún manteniendo las consonancias propias de su origen en cuanto a sus sentencias, incluirá un matiz ético referido al engaño de los sentidos y a la falsa moral de las apariencias. ·La continua búsqueda de la inmortalidad por parte del caballero andante nos hará entender como prima en su mente el linaje y prestigio de antiguos virtuosos que él mismo también desea conseguir, volcándose así en la aventura a costa incluso de confundir sus sentidos.

Uno de los particulares contrastes producidos en esta segunda parte de la obra será la diversión que provoca Sancho frente a la melancolía de su amo. El juego irónico y paródico se hará así constante, empleándose también una afilada burla entre el recuerdo y el olvido, el cual no dependerá nada más que del interés personal. Esto lo podemos observar claramente cuando don Quijote alega no recordar las promesas en que su escudero insiste verse recompensado. ·Con la evolución de la novela se producirán curiosos intercambios de papeles entre los personajes, como por ejemplo cuando la melancolía se apodera también del escudero como consecuencia lógica de su proceso de quijotización que ya hemos citado con anterioridad. Estos recursos junto con la obligada participación del lector harán que la relación de éste con el libro no sea simplemente la de un espectador ajeno a la historia, sino que se involucre y participe activamente de ella, siendo complicado que se sienta desmotivado a la hora de enfrentarse con un libro complejo pero a la vez entretenido y con el que fácilmente se puede llegar a considerar identificado.

La exposición de los personajes al contexto de los duques y su corte, en el capítulo XXXI, significará un notable elemento en el desarrollo de la trama. Don Quijote y Sancho se convierten en dos bufones de excepción a los que se enfrentarán sus propias historias ironizadas. El encantamiento de Dulcinea será profundamente martirizado por las críticas sarcásticas, juzgándose al enamorado como un platónico visionario de una belleza inexistente, aunque no por esto el caballero andante dejará de defender la hermosura de su dama.

El entorno será una farsa cortesana en la que se incluyen en su carácter festivo teatralizaciones y poesías dramatizadas de corte melancólico que conjuntamente sintetizarán todos los conocimientos de la novela caballeresca y cortesana de los personajes puestos a representar una comedia improvisada. Los recuerdos e historias de nuestros protagonistas buscarán la credibilidad y la verosimilitud por medio de un pacto entre amo y criado. La continuación de esta cerrada relación se pone en numerosas oportunidades de manifiesto, como por ejemplo cuando ambos quedan separados por el gobierno de Sancho de su ínsula.

El libro en su conjunto ha sido considerado un concepto pedagógico, lo cual se pone de manifiesto en el manual de gobierno quijotesco del que se sirve Sancho para guiarse en el código de su amo, el cual en todos sus aspectos llega a ser ilustrativo en cuanto a su entendimiento sobre la razón y el juicio, la justicia, y otras concepciones, como por ejemplo la validez de la experiencia en el desarrollo completo de la profesión de los jueces o los médicos. De aquí se deduce el sentido de la consecución del buen ingenio por medio de los continuos errores y disparates.

Llegará un momento en que don Quijote irá precedido por sus historias, siendo reconocido por donde va. Tendrá que sufrir burlas y jocosidades, mientras que Sancho irá acrecentando la memoria heroica y repasando todos los lugares y acciones recorridos. El narrador a su vez se encargará de avivar la memoria del lector. Con la derrota de nuestro protagonista por el Caballero de la Blanca Luna se detalla su melancolía y la creciente esperanza de volver, aunque el hecho de alejarse cada vez más del pasado hará que se entienda su renuncia al futuro y a una aventura posible, lo que lógicamente le conducirá a la inacción y a la muerte. Los recuerdos se agolpan y se recrean, convirtiendo el pasado en pura reliquia. El pasado deja lugar a un futuro incierto y en el que se esperan malos destinos, aunque Sancho insista reiteradamente en cambiarlo. Todo esto se produce en el marco de inicio de la obra, en un lugar de la Mancha.

Tras un sueño solitario cobra su juicio y renuncia a su pasado, acabando con sus memorias y con su propio nombre. Su muerte será una locura para el escudero que la considera consecuencia de su abandono a la melancolía. Hasta este final la novela conservará el doble matiz tragicómico. Cervantes se preocupará de consolidar la fama de su personaje a través del epitafio de Sansón Carrasco y de la personificación de la pluma de Cide Hamete. ·El Quijote significó la ruptura con la teoría erasmista que oponía la figura del sabio melancólico y envejecido a la del necio orondo y satisfecho. El héroe cervantino fusiona ambas figuras e incluye una imaginativa portentosa que se une a otras capacidades que facilitan la risa del lector, consolidándose así como una personalidad evolutiva y realista, capaz de cambiar. La novela no es sino un gran adelanto en la evolución de la narrativa hacia su desligamiento de todo lo alegórico y retórico, pudiéndose comprobar como la poética va claramente dirigida hacia la búsqueda de la invención y a la huida de una imitación servil, convirtiendo al personaje también en alguien imitable, del que su ingenio es uno de los rasgos más destacables.

Los temperamentos coléricos y melancólicos en relación con los vicios y las virtudes son genialmente tratados y conjugados en la particular figura del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Situándonos ante una de la obras maestras de la literatura universal no podemos olvidar su valor como invención de la novela moderna y su fama y memoria imperecederas que, curiosamente, nacieron con voluntad de olvido.

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PERSONAJES

Don Quijote

Es el protagonista de la novela y constituye un consagrado mito de la literatura universal, y el más universal y profundo de la literatura española. Cervantes lo concibe, en su aspecto más externo, como herramienta para ridiculizar los libros de caballerías, cuyo género, ya superado en la época en que vivió el gran novelista español, provocaba particulares prevenciones estéticas en el autor, que veía tales obras como disparatadas, inverosímiles y escritas con un estilo falso e innecesariamente ampuloso.

Esta posición didáctica justifica la actitud cruel y burlesca adoptada por el autor, imponiéndose el personaje de tal modo a su función parodíca que se lleva de la mano a su propio creador haciéndole enorgullecerse de haberle dado vida y no perdonando en la segunda parte a Avellaneda por haberle querido usurpar su paternidad. Al representar en su locura al viejo héroe de aventuras caballerescas que fracasa fuera de su ambiente y de su mundo, el profundo humorismo cervantino resuelve la situación con un auténtico sentimiento trágico que palpita imperiosamente bajo la vestidura cómica de la novela. Don Quijote es el prototipo del hombre bueno y noble que quiere imponer su ideal por encima de las convenciones sociales y de las bajezas de la vida cotidiana, actuando a modo de redentor humano de una prosaica realidad que todos los días le hiere y ofende, erigiéndose campeón de las más puras esencias del amor, el honor y la justicia.

Su mismo peregrinar por los polvorientos caminos de la tierra manchega, entre mesoneros, arrieros y esbirros, en lucha con la realidad dura y mezquina, contribuye a su profunda simpatía humana, aun con sus equívocos y extravagancias. Alonso Quijano, convertido por sus sueños en don Quijote de la Mancha, es ante todo un hombre de carne y hueso, y así, y precisamente en virtud de su misma humanidad, penetra en el mundo de lo universal y de lo simbólico. Era un hidalgo campesino <<de los de lanza de astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor>>.

Su historia empieza en la edad crítica de los cincuenta años, cuando, como decía un humorista contemporáneo, los hombres se enamoran de las sirenas. Tenía recia complexión, <<seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza>>. Un leve recuerdo de afecto juvenil le hace acordarse de una muchacha de El Toboso, a la que automáticamente convierte en su Dulcinea, o dama de sus pensamientos. Sus rasgos físicos y su alucinada "triste figura", cargado con las viejas armas que porta en sus huesudos miembros, le rodean de un aura de heroísmo que se sobrepone irremediablamente a la caricatura.

Es una interpretación irónica del mundo caballeresco que Cervantes conoció y amó. Existieron casos reales de locura que pudieron sugerir, exteriormente, la idea del gran protagonista de la novela. Se ha pensado en varios personajes apellidados Quijada, como por ejemplo don Luis Quijada, secretario de Carlos V y preceptor de don Juan de Austria, que tenía unos rasgos curiosamente coincidentes con los quijotescos, o un pariente de la esposa de Cervantes que llevaba aquel apellido; Zapata, en su Miscelánea, refiere el caso de un caballero que enloqueció y que quiso imitar las aventuras de Orlando, como ocurre en el Quijote de Avellaneda, y cuya demencia se explica como una tara hereditaria.

Don Quijote, en su primera salida, va solo contra el mundo, aunque posteriormente su necesidad de una figura que a la vez le sirva de contraste y le preste su hermandad se cubrirá con Sancho Panza, que a partir del capítulo VII será representante del buen sentido, el reclamo a las cosas de la tierra, y que si alguna vez frena la fantasía de su errante señor, otras la deja más profundamente abandonada a su primera e infantil humanidad. Desde entonces, Don Quijote y Sancho permanecen unidos y opuestos, hermanos pero a la vez jerárquicamente distintos, dentro de los cánones de la variedad y el claroscuro barrocos.

Esta unión provoca una doble corriente de mutuas influencias que perfecciona y humaniza la unión de las figuras extremas que mejor han encarnado el idealismo más desenfrenadamente puro y la realidad más simpáticamente limitada y doméstica. Don Quijote irradia esplendores de su grandeza, en contraste con la técnica del humorismo, desde su primera salida solitaria por los campos de la Mancha, durante el duro mes de julio, presentándonos las imágenes de su investidura de caballero en la venta, entre arrieros y mozas del partido, y de las brutales palizas que sufre de parte de maldicientes y arrogantes, montado en su seco y estilizado Rocinante.

He aquí a don Quijote, hermano nuestro y símbolo de amor y de justicia que se enfrenta contra los eternos castillos españoles que son los molinos de viento, consolidando uno de los mitos literarios más arraigados. Estas imágenes contrastan después con su espíritu doctrinal, cuando habla a los cabreros o cuando proyecta su sombra de místico ante la mesa de una venta, entre soldados, nobles y artesanos, exponiendo, en el discurso de las armas y de las letras, la teoría de las dos Españas del siglo XVI, las dos posiciones del tiempo de Carlos V: la heredada de don Juan de Austria, el héroe de Lepanto, y la de la burocracia escolástica y teológica del enlutado Felipe II

En la oscuridad de la noche se destaca su figura, entre las antorchas de la aventura del muerto, sugerida quizá por el traslado a Castilla del cadáver de San Juan de la Cruz. Así se aproxima la divina locura del poeta mayor y más iluminado de los místicos españoles con la locura humana del más justiciero y casto enamorado de los caballeros. Su figura oscila entre el dolor de los palos de los arrieros y de los segovianos, las befas de los duques superficiales y la victoria sobre el Caballero de los Espejos, en los campos más verdes y floridos o en la doble luz de ficción y novela de las figuras de retablo de maese Pedro.

Además, dejará la doliente grupa de su buen caballo de carne para montar a Clavileño, el cual le transporta en su fantasía, por encima de las nubes y de las estrellas, como un nuevo Pegaso del soñador de las más bellas ilusiones, al igual que también penetra en las entrañas de la tierra para descubrir los alocados secretos de la novela de la cueva de Montesinos, juntamente con la obsesión por el encanto de Dulcinea. Precisamente porque es un hombre concreto, tanto en sus acciones magistrales como en sus aspectos grotescos, don Quijote puede elevarse a la categoría de símbolo y de mito literario.

Los aspectos personales de don Quijote aparecen, en función de la novela en que se hallan, de maneras distintas en sus dos partes. En la primera, se combinan los episodios que de un modo directo se refieren a las dos figuras centrales y que en gran parte son los más famosos, como mito literario, de toda la obra -molinos de viento, rebaños de ovejas, aventura del muerto, conquista del yelmo de Mambrino, liberación de los galeotes, acontecimientos diversos en la venta, etc.-, y luego una gran variedad de temas que se insertan de forma ya indirecta y completamente lateral y extraña.

Esos episodios no son sino un resumen de todos los géneros novelescos que estaban de moda: el pastoril, el amoroso a la manera italiana, el morisco, la "novela ejemplar", etc. En la segunda parte, será el mismo Cervantes quien nos dice que el lector, indudablemente con penetrante intuición, preferiría las hazañas y las conversaciones de don Quijote y de su escudero a los demás asuntos, apenas relacionados con ellos, como la intervención de los protagonistas, por ejemplo, en las bodas de Camacho, donde se cae de lleno en la misma línea de la acción.

Una vez alcanzada la cumbre de la madurez, el novelista disfruta presentando a don Quijote tanto en episodios triunfales, como en la victoria sobre Sansón Carrasco bajo la apariencia de Caballero de los Espejos, o en la aventura del carro de los leones, como en la suave intimidad de la casa del Caballero del Verde Gabán, o al recoger la rebelión del personaje ante su falso autor Avellaneda. Podemos observar cómo, hacia el final de la novela, va triunfando el "quijotismo", en la manera de ser de Sancho y en toda la inmensa red de aventuras del capítulo de los duques, donde el mundo caballeresco se impone en la vida y en los sentimientos, con la simulación de la burla, con lo que se constituye una formidable puesta en escena de toda una sociedad que entra en aventuras y puebla campos, castillos y aldeas; de ínsulas, cabalgatas y seres fantásticos y grotescos.

Además, en toda la segunda parte en general se observa una evolución hacia la cordura de don Quijote desviada por la propia fantasmagoría construida a propósito en los episodios de los duques. Vencido el protagonista en Barcelona, la novela termina con el dolor de la peor derrota que sufre el caballero errante y su angustioso regreso a su aldea, recobrando la razón en su lecho de muerte.

Entre la primera y segunda partes que realmente escribió Cervantes apareció el segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote... del licenciado Alonso Fernández de Avellaneda. Cervantes se disgustó mucho con la usurpación y con el tono de desdén empleado por Avellaneda en sus observaciones, y, en el prólogo de su segunda parte y en los capítulos finales, satirizó muy duramente al autor apócrifo que se ocultaba bajo un seudónimo.

El Quijote de Avellaneda no deja de ser una vulgar falsificación de la concepción fundamental de la novela, convirtiendo a don Quijote en un carácter brutal y monomaníaco, carente de flexibilidad y gracia. Sus contemporáneos sólo comprendieron a don Quijote en su aspecto más superficial y cómico, si bien el Romanticismo, especialmente el alemán, valorizó el tipo de don Quijote interpretándolo como un carácter humanamente melancólico y de profundo contenido filosófico.

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Sancho Panza

Figura fundamental que complementa la del protagonista, con la que constituye el máximo y natural contraste, en la más poderosa técnica de paralelismo. Sancho, escudero del loco caballero andante, es un pueblerino lleno de fe y también de astucia, de materialismo y de bondad, de ambición ingenua y de sentido común. Su personaje nace necesariamente para contener y refutar la fantasía desviada de su señor.

En la primera salida, en la que don Quijote va solo, nos damos cuenta de que a su lado falta una figura que le relacione con la verdadera realidad de las cosas y le ofrezca su simpática compañía. Es necesario el escudero, que, a partir de la segunda salida, acompañará en todo momento a don Quijote. En adelante, Sancho se halla en un constante "devenir" con respecto a su figura física, como si el pensamiento cervantino aún no la tuviera precisada.

Así, en el episodio del vizcaíno, le llama "Sancho Zancas", o piernas largas, mostrándolo muy diferente del tipo que más adelante se perfilará, esto es, de aquella "personilla" baja y barriguda que fue captada por los pintores y grabadores modernos, y que verdaderamente corresponde mejor a su restringido campo psicológico y a sus reacciones vitales. Del mismo modo, existe indecisión en cuanto a los nombres que se dan a su esposa, entre los cuales se impone el de Teresa Panza en la segunda parte de la obra.

Sancho Panza ha venido a convertirse en el signo del materialismo, en contraste con el idealismo de don Quijote, aunque, al igual que el caballero, conviene advertir que se trata de un carácter humano y no abstracto, y por lo tanto dotado de una gama de matices concretos que no pueden encerrarse en la mecánica de un arquetipo. Contra los típicos personajes de la novela picaresca, aquí se nos describe a un Sancho, hombre del pueblo, infantil y egoísta, pero a la vez leal, y, a pesar de su especial escepticismo, confiado en los sueños de su señor.

En su perfecta realización humana, Sancho cumple una función trascendental. Observando por ejemplo el episodio ejemplar de los molinos de viento, nos podemos dar cuenta de que Sancho capta la apariencia y la impresión de las cosas mientras su buen sentido le lleva a no separar la apariencia del fundamento real, aunque luego siempre creerá en la promesa de la ínsula. Cuando para diversión de los duques le vemos transformado en gobernador de Barataria, a lo largo de algunos sabrosos capítulos él es el auténtico protagonista de la novela, hasta el punto que dura ese episodio.

Así, es lógico que en muchas ocasiones se haya interpretado a Sancho como una transposición de don Quijote a un tono distinto. Ambos, el intelectual señor y el empírico escudero, pierden al soplo de una ilusión el equilibrio de su vivir y de su penar. La ínsula es para Sancho lo que Dulcinea es para don Quijote. En la compleja concepción cervantina, todo el mundo de la época se reagrupa en torno a las dos figuras del libro.

En la España caballeresca de los siglos XVI y XVII, existían dos tipos de hombres que se lanzaban al inmenso campo de batalla de la colonización de Europa y América: los españoles que combatían por una idea y los que simplemente buscaban un modo de lucro o de mando. Sancho, al encarnar esta segunda forma de ambición, nos brinda la lección de la inutilidad de su gobierno en Barataria, precisamente por las excelentes pruebas de capacidad política y de buen sentido que nos da y que se quiebran ante el desdén de la camarilla del duque, que no llega a comprender el auténtico fervor del pueblo ante las primitivas e ingeniosas sentencias del pacífico Sancho, merecedoras en algunos casos de la calificación de salomónicas.

Ante esto, el lector sin perjuicios se pone a favor de los ideales de don Quijote, aunque reconoce también la noble actitud de Sancho como gobernador. Uno de los tópicos más frecuentes al definir las figuras cervantinas es el de considerar al escudero como un cobarde. Sin embargo, lo viril de sus acciones queda patente en su pelea con el cabrero, en el episodio del loco Cardenio en Sierra Morena, y en algún otro pasaje. No se puede negar, por otra parte, que Sancho no comprende el afán de la lucha por la lucha que mueve a su señor, ni las cosas de caballerías. Como auténtico hombre del pueblo, sentirá mucho temor ante todo lo sobrenatural. Sancho encarna rudamente la virtud de la prudencia, pero no la tara de la cobardía.

El afecto y lealtad de Sancho por don Quijote se manifiestan en momentos como aquel de la segunda parte en que hablando con el escudero del Caballero de los Espejos dice: <<No hace mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día; y por esa sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle por más disparates que haga>>. Tampoco hay que olvidar, por otro lado, que en la concepción cervantina, siempre cargada de humorismo, Sancho desempeña un papel muy semejante al del típico gracioso de la obra, dentro del fundamento humano de la novela.

De hecho muchos de los rasgos caricaturescos que han contribuido a que se le tachara de "villanía" vienen por el contraste cómico, como son el miedo de Sancho ante los batanes, episodio en el cual se unen el misterio y el más grotesco realismo. También es una caricatura don Quijote, cuyos deseos idealistas le exaltan hasta la estilizada cumbre de los sueños señoriales del espíritu, a menudo más allá incluso de las propias intenciones del propio autor. Pero no hay que temer que se mecanice en las maneras de los graciosos de las comedias.

Tanto Sancho Panza como su amo, no vienen a darnos una lección de estética o de moral, ni a seguir las imposiciones de una moda. Existen porque su humanidad llena de desigualdades, sus expresivas salidas y la gracia de sus intervenciones en la acción viven su vida dentro del más sencillo y mejor modelo de arte. También hay que señalar la riqueza del lenguaje popular de Sancho, especialmente en sus proverbios, ensartándolos con suma gracia ante la irritación que su modo de hablar provoca en don Quijote. Ésto, junto a aquella intuición popular de profunda visión del mundo tan adecuada a un hombre sin letras, es el lado más encantador de su tipo y del libro.

Pero también puede añadirse que el humano sentimiento de Sancho al darse cuenta de que don Quijote, tras recobrar la cordura, se aproxima a la muerte, se manifiesta precisamente en la insistencia con que entonces vuelve a recordar a su amo sus sueños caballerescos, siendo por ello falsa la actitud de Sancho ante la muerte de don Quijote, como es falsa su actitud triste en todo el drama de Dulcinea.

En tiempo de Cervantes, tampoco lo comprendió Avellaneda, que sólo supo ver en Sancho un aspecto brutal, contra el cual el Sancho auténtico reaccionó en la segunda parte cervantina.

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Sansón Carrasco

Es uno de los personajes secundarios más importantes del Quijote. El bachiller Sansón Carrasco es un hombre amable y alegre que estudia a Aristóteles y que está lleno de fe en la infalibilidad de sus sistemas de lógica y de estética. Es tan robusto de alma y de cuerpo como el héroe cuyo nombre lleva y es un sincero amigo de Alonso Quijano el Bueno. Siendo incapaz de comprender la sublimidad de una creación poética como es la vida espiritual del Caballero de la Triste Figura, Sansón Carrasco vive, como los demás, en la tragedia de la incomprensión.

Y la vive con tanta mayor gravedad cuanto que él es el único que se para a razonar según un preciso sistema de antemano determinado. Además, su incomprensión le hace considerar que la creación poética es una locura, y por eso, lógicamente, será el más implacable enemigo de don Quijote. Sansón Carrasco es presentado en el umbral de la segunda parte de la obra. De regreso a su lugar, el mismo del que no se quería acordar don Quijote, lleva a él el eco del estrepitoso éxito que la Historia de don Quijote ha logrado en el mundo.

En un memorable diálogo con el protagonista, expone todas las críticas más o menos sinceras que acompañan el triunfo del libro. Con pocas palabras, serias, sensatas, aunque con algunos toques de burla, él mismo condena todas las habladurías. Pero a la vez adopta también la postura de crítico, de uno de esos críticos cultos e inteligentes a quienes falta lo esencial para apreciar una obra de arte, es decir, la capacidad de poder verla como tal y de considerar la crítica como un acto en el cual se revive la pasión del autor.

A Sansón Carrasco le falta el amor hacia el personaje, aunque si alguien se lo dijera seguro que se sorprendería y molestaría, pues él ama profundamente a Alonso Quijano y cree amar a don Quijote, y precisamente porque le ama es por lo que quiere curarle de su locura. En realidad, es rasgo común de los amigos y parientes que cuando se dan cuenta de que don Quijote es, más que nunca, víctima de su idea fija, se ponen a inventar una manera de hacerle recobrar la cordura.

El bachiller se decide a animar al caballero a reemprender su vida de aventuras y luego él se disfraza de guerrero, el Caballero de los Espejos, con la intención de desafiarle y vencerle, obligándole después a renunciar a las empresas caballerescas. Don Quijote posee un tan alto sentido del honor que de seguro no faltaría a su juramento. Pero la primera tentativa de Carrasco está a punto de acabar trágicamente, pues su caballo contribuye a que sea derribado con toda su brillante armadura. Don Quijote no tarda en arrojársele encima y sólo por milagro la cosa se resuelve sin derramamiento de sangre.

La segunda tentativa es un triunfo para el caballero de la Blanca Luna, último disfraz de Sansón. El héroe manchego es vencido, prestando el juramento que se le impone y regresando completamente aniquilado a su tierra. Lo que para Sansón y los razonadores había sido únicamente una carnavalada era en realidad una tragedia. La derrota es para don Quijote como la muerte de Dulcinea y de todo un mundo. Alonso Quijano desaparecerá poco después, una vez cumplida su misión.

En vista del sistema ideológico del poema cervantino, Sansón Carrasco aparece como lo racional en enfrentamiento directo contra lo irracional, el sistema de la lógica contra la encarnación del sentimiento puro. La lucha es fatal porque la realidad de don Quijote es para el aristotélico bachiller la negación de la realidad. La razón que ignora el sentimiento prevalece contra el sentimiento que prescinde de la razón, aunque mientras su espíritu esté libre, don Quijote no puede caer. La realidad verdadera es la que él mismo se ha creado. Pero en el preciso instante en que el espíritu cae prisionero, don Quijote muere, pues el vivía de la libertad y de la autodeterminación.

La victoria de Sansón Carrasco es la mayor derrota, ya que representa la negación de los valores máximos del espíritu. El bachiller es un fracasado tanto como crítico de la obra de arte como personaje. Vive ignorando el amor en su verdadera entidad y, por lo mismo, desconoce la poesía pura.

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Dorotea

Personaje principal de una risueña comedia que se incluye en el desarrollo del Quijote. Su finalidad fundamental es la de manifestar el odio a la usurpación, entendiéndola como un abuso irreparable sobre el que se basa el orden feudal. Dorotea es una gran aficionada a los libros de caballerías, lo que justifica su inmediata disponibilidad para desempeñar su papel en la comedia doncellil que la proponen, siendo su actuación como princesa Micomicona un juego burlesco en el que se reflejarán todos los elementos típicos del tema de "la doncella menesterosa".

Todas las claves que Cervantes nos enseña configuran para el personaje una naturaleza compleja y específica que nos invita a identificarnos con él, siendo esto parte del secreto del autor para recrear un personaje profundo y con su propia personalidad, invitándonos así a hacernos más partícipes de su historia. Su origen es campesino, pero su inteligencia la convertirá en la encargada de administrar la hacienda y las cuentas de sus padres.

Lo más importante de su historia es que se foma como un perfecto reflejo de lo que ocurre en la vida real del personaje. El noble don Fernando es un traidor que la ha desposeído de su reino amoroso, aprovechándose de su superioridad social. En la época en que se crea el personaje hay una gran divulgación del tipo de "mujer vestida de hombre", precisamente como antítesis de la "doncella menesterosa".

Este nuevo carácter también quedará reflejado en Dorotea, por lo que nos hará disfrutar de una ingeniosa paradoja irónica que enfrentará los dos arquetipos de la mujer literaria de ese tiempo.

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Dulcinea

Nombre literario de la dama de los pensamientos de don Quijote en la inmortal novela. Actualmente es el símbolo o mito literario de la mujer ideal tal como el poeta o el enamorado, aunque sea partiendo de un ser real-tal vez el más prosaico y cotidiano-la configura en sus sueños. La inefable validez poética del concepto de Dulcinea reside en el hecho de que el propio Cervantes deje su figura en una misteriosa penumbra respecto a su auténtica realidad.

Cuando don Quijote se decide a salir de su aldea y emprender las aventuras propias de un caballero errante, al reflexionar sobre la necesidad de una dama ideal, <<porque el caballero... sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma>>, quiere, como Amadís de Gaula respecto a Oriana, elegir a una señora a cuyos pies pueda poner los triunfos y trofeos de sus victorias, y a tal efecto piensa <<que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo>>.

Se llamaba Aldonza Lorenzo, pero el caballero trocó su nombre por el poético de Dulcinea, apellidándola "del Toboso" por ser éste su lugar. Pero a través de la obra veremos cómo la Dulcinea de sus sueños era sobre todo un "ser ideal". Aunque se citen los nombres de sus padres, Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, grotescos de la aldea, a la "sayagüesa", don Quijote, al terminar sus alambicadas alabanzas, dice a Sancho Panza: <<Me imagino que todo cuanto digo sea así, sin poner ni quitar nada, y la pinté en mi imaginación como la deseo, lo mismo por su belleza que por su nacimiento>>; y en la segunda parte de la novela dice significativamente a la duquesa: <<Dios sabe si Dulcinea existe o no en el mundo y si es fantástica o no; pero éstas no son cosas que deban apurarse hasta el fondo...>>.

Su amor, afirma, ha sido puramente platónico <<sin ir más allá de una sencilla mirada>>. A su vez Sancho, que dice conocerla, la transforma según los rasgos domésticos y triviales de su propio carácter: recia y de gruesa voz, con la cabeza en su sitio y bien hecha, nada melindrosa y dispuesta a reír de todo y de tomarlo todo a chanza.

Cuando Sancho finge a su señor haber llevado una carta a Dulcinea, el novelista intuye el doble plano de las dos realidades de ese personaje, según sea imaginado por el caballero o por el escudero, ya que en realidad ninguno de los dos había visto la escena que comenta; pues tampoco Sancho había ido aquella vez al Toboso. Don Quijote imagina a su dama ensartando perlas o bordando en oro; Sancho inventa haberla visto <<ahechando dos fanegas de trigo en un corral de su casa>>.

Para don Quijote los granos de trigo, al ser tocados por su mano, se convertían en perlas, y cuando Sancho afirma que exhalaba un olor algo hombruno, Don Quijote le responde profundamente: <<Te debiste oler a ti mismo>>. La visita al Toboso, de noche en busca de la casa de Dulcinea, tiene el mismo hechizo de la doble verdad, y cuando, a la mañana siguiente, Sancho, como auténtico pícaro, finge ante dos vulgares campesinas el encantamiento de Dulcinea, el episodio se enriquece con un nuevo aspecto de humorismo y dolor.

Dulcinea es, pues, a través de todo el libro -y sólo se disuelve en la niebla del desengaño ante el umbral de la muerte- el símbolo de la gloria a que debe sacrificarse un caballero errante, y una creencia firme como la fe. Lo importante es -viene a decir don Quijote a los mercaderes toledanos- que sin verla debéis creer, confesar, asegurar, jurar y confirmar; pero al mismo tiempo es también la mujer de carne y hueso de la que el viejo don Quijote se enamoró. Unamuno vio profundamente que todo el heroísmo de don Quijote nace de ese amor a una mujer. Don Quijote se dijo siembre enamorado de la especie <<de los castos y continentes>>, y si perpetuó en su amada en <<empresas del espíritu>> <<se lanzó al mundo - añade Unamuno - a la conquista de glorias y lauros para ir después a depositarlo a los pies de su amada>>.

A través de la obsesión del desencanto de Dulcinea nacen las dos figuras: la ideal o perfecta y la dolorosamente encantada, como símbolo del choque entre la perfección soñada y la dura realidad. Es sumamente significativo que en un sueño caballeresco, narrado junto a la Gruta de Montesinos, don Quijote mezcle junto a fantasías medievales, el tema de su pobreza de hidalgo miserable y el tema de la villana Dulcinea encantada. Ricardo Rojas observa que, del mismo modo que en varios cuadros de Velázquez junto al tema central aparece otro reflejado en un espejo, también en la novela <<dentro de la realidad... vemos otras imágenes ilusorias reflejadas en el espejo de la fantasía del héroe, tales como la efigie de Dulcinea>>.

En Dulcinea, más "esencial" que Melibea, Julieta o Margarita, precisamente por la misma imprecisión de sus contornos literarios, Cervantes intuyó la más bella entelequia de mujer ideal. Las interpretaciones esotéricas del Quijote en el siglo XIX lograron hallar en ella las más insólitas significaciones. El simbolismo filosófico creyó ver en Dulcinea <<el alma objetiva de Don Quijote>>, y en otras interpretaciones sectarias se quiso hacer de ella la sátira del culto a la Virgen o aun de todas las verdades de la fe católica, según una postura hoy completamente abandonada.

Nuestro siglo tiende a rebajar el nivel real de Dulcinea, llegando incluso a confundirlo con el tipo de Maritornes, aparte de su fealdad, como en la película, por lo demás notable, en que don Quijote fue representado por el famoso bajo Chaliapine; concepción ésta, arbitraria y vulgar, ni más ni menos que la "vivificación del Quijote" en el contemporáneo drama efectista Dulcinea de Gaston Baty, sobre el que se ha filmado una película española interpretada por Ana Mariscal. La misma imprecisión que constituye el secreto de la Dulcinea de Cervantes condenó fatalmente al fracaso las imitaciones que pretenden definir con líneas, palabras o imágenes un mito inefable que sólo se puede vislumbrar en las palabras a veces paradójicas del propio Don Quijote.

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Rui Pérez

Es el protagonista de la novela de El Capitán Cautivo. Cervantes elabora este personaje desde tres aspectos muy ligados a su persona: el familiar, el social y el geográfico. Pertenece a una modesta nobleza campesina situada en las montañas de León, representando así la honradez castellana. Las interpretaciones del origen de este militar cautivo son variadas y van desde su identificación con el propio Cervantes, hasta las teorías que lo suponen sacado de modelos reales que compartieron el cautiverio con el autor, concretamente de un soldado llamado Alonso López.

El refrán <<Iglesia, o mar, o casa real>> dice mucho de la decisión que toma el personaje lanzándose a la milicia. Posteriormente elegirá la lucha contra el turco, lo que refleja sus nobles intenciones, pues es un acto personal y voluntario que no es provocado por las circunstancias. Cae prisionero en la batalla de Lepanto y, a partir de aquí, gracias a la experiencia de su cautividad, Cervantes nos ofrece un testimonio irrefutable de todos los errores que se cometieron al juzgar la pérdida de la Goleta y el Fuerte de Túnez en 1574.

El capitán, con su postura, demuestra ser justo, inteligente y honrado, sabiendo dar la correcta medida entre las razones de despacho que anulan las decisiones de un guerrero y la patriotera opinión del vulgo, que ve la guerra sólo como símbolo de valentía, sin tener en cuenta su trasfondo político y militar.

La pasividad del personaje ante la posibilidad de ejecutar un plan de fuga se explica por su subordinación a los azares adversos y a las voluntades más poderosas de otras personas quizás menos nobles que él, lo cual dice mucho también de sus particularidades como individuo dueño de sus propias reacciones y decisiones.

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Zara

Este personaje participa en la historia del capitán cautivo. Si algo hay que destacar de la hija de Agi Morato es, sobre todo, su ya comprobada creación en base al modelo real de una joven mora que verdaderamente existió y que vivió durante algún tiempo cerca del "baño" donde Cervantes sufrió su cautiverio. Esto implica una relativa exactitud histórica que es rasgo común de las creaciones cervantinas.

Zara es de ascendencia cristiana tanto por la rama paterna como por la materna. Está comprometida con el futuro sultán de Marruecos, Muley Maluco, el cual, una vez que están casados, debe ausentarse por razones políticas. Dos años después de su muerte en la batalla de Alcazarquivir, la mujer vuelve a contraer matrimonio, esta vez con Azán Agá.

En cualquier caso, la importancia de este personaje no radica en su historia, más o menos real, sino en la leyenda que se forma a su alrededor en cuanto a su inclinación al cristianismo o su devoción mariana, que serán provocadas en buena parte por sus orígenes.

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