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BIOGRAFÍA
Poeta, narrador,
ensayista, periodista y traductor francés, nacido en París el 3 de
octubre de 1897 y fallecido en su ciudad natal el 24 de diciembre de
1982. Autor de una original y renovadora producción poética que le
sitúa entre las figuras cimeras de la Vanguardia, fue uno de los
fundadores y difusores -junto a André Breton (1896-1966), Paul
Éluard (1895-1952) y otros grandes poetas franceses de su tiempo-
del movimiento surrealista, y uno de los creadores más influyentes
en la literatura occidental del siglo XX. Sobresalió, además, por su
obra narrativa -bien es verdad que un tanto eclipsada por la
brillantez de su corpus lírico-, así como por su constante labor de
agitador político e ideológico, plasmada en numerosos ensayos y
artículos periodísticos.
Perteneciente a una
familia de la clase media que regentaba una pensión en la capital
francesa, desarrolló desde su infancia una precoz afición al cultivo
de la creación literaria, que le impulsó a escribir una novela
-publicada mucho tiempo después- cuando sólo contaba siete años de
edad. Cursó su formación secundaria en el Lycée Carnot, y emprendió
luego estudios superiores de Medicina, carrera que hubo de
interrumpir en 1914, al poco de haberla iniciado, debido al
estallido de la Primera Guerra Mundial. Durante la contienda bélica
internacional, fue movilizado para que ejerciera como auxiliar de
los equipos médicos que atendían a los heridos, con lo que adquirió
la experiencia suficiente como para empezar a advertir que la
ciencia de Hipócrates no era su principal vocación. A pesar de ello,
a su regreso a París reanudó sus estudios de Medicina, y en 1917,
antes de haber concluido la carrera, empezó a trabajar en el Hôtel-Dieu,
un gran hospital parisino en el que prestó servicios como
practicante. Poco después, abandonó definitivamente el legado de
Galeno y se consagró de lleno a la escritura, primero en calidad de
periodista y, ya en pleno furor vanguardista, por medio de su
estrecha relación con otros jóvenes escritores como el ya citado
Breton y Philippe Soupault (1897-1990), con los que fundó la revista
Littérature en 1919. En las páginas de esta publicación, enfocada en
un principio como el órgano de difusión del Dadaísmo, apareció, en
1923, aquella prematura novela que Aragon había escrito a la
temprana edad de siete años, por la que fue comparado por los
redactores de la revista -en su condición de niño prodigio- con
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791).
Inmerso, en fin, en los principales foros y cenáculos literarios del
París del primer tercio del siglo XX, Louis Aragon se dio a conocer
como escritor merced a un poemario titulado Feu de joie (Fuego de
alegría, 1920), opera prima que sorprendió gratamente a la crítica
especializada, que subrayó la audacia creativa del joven poeta
parisino y su empeño en destruir -desde criterios estéticos aún
cercanos al Dadaísmo- los valores tradicionales de la cultura y la
sociedad de su tiempo. Un año después de la aparición de este
poemario, su nombre volvió a los anaqueles de las librerías impreso
en la cubierta de la novela Anicet ou Le panorama (1921),
protagonizada por un pintor, Bleu, que en medio del espíritu
anarquista que se apoderó del París de 1911, representa la figura
consagrada de un genio del arte contemporáneo, frente al pobre y
miserable Jean Chipre, cuya obra ha sido relegada al olvido. Algunos
críticos han señalado que el protagonista de esta novela -pionera,
por lo demás, en el empleo de las técnicas cinematográficas
aplicadas a la narración literaria- encarna el trasunto paródico del
pintor español Pablo Picasso (1881-1973).
Entretanto, Aragon había subscrito -junto a Breton, Soupault,
Tristan Tzara (1896-1963) y otros jóvenes representantes de la
Vanguardia- el Manifiesto Dadaísta, dando así carta de naturaleza a
un movimiento que, más que por unos postulados estéticos concretos y
bien definidos, abogaba por una actitud rebelde y transgresora
frente a cualquier manifestación de la cultura tradicional (actitud
bien plasmada en los comportamientos extravagantes de todos sus
seguidores, que lanzaban huevos podridos en el transcurso de una
conferencia o rompían los cristales de las galerías donde se
exhibían obras de arte poco acordes con la línea rupturista de la
Vanguardia). Esta inconsistencia teórica del Dadaísmo dio paso a su
fragmentación en otros movimientos vanguardistas mucho más densos en
ideas y formulaciones estéticas, entre los que triunfó singularmente
el Surrealismo, a cuyos postulados se adhirió el joven Louis Aragon
-al igual que la mayor parte de sus compañeros de aventura dadaísta-
con desbordado entusiasmo. Su nueva poética quedó bien plasmada en
las historias cortas que conformaron el volumen titulado Le
libertinage (El libertinaje, 1924), compuestas por episodios
fragmentarios que se unen entre sí a la manera de un collage
pictórico; así como en su poemario Le mouvement perpétuel (El
movimiento perpetuo, 1925), una de las piezas más representativas de
la lírica surrealista.
Aragon, como el resto de los jóvenes artistas y escritores que por
aquellos años estaban consolidando dicha corriente, puso especial
énfasis en un automatismo psíquico que, llevado al campo de la
creación literaria, servía para expresar el funcionamiento real del
pensamiento, al rescatar las dudas, los anhelos, los traumas, los
temores y el resto de los sentimientos que anidan en lo más hondo
del subconsciente. En esa línea experimental cabe situar el
espléndido relato fantástico que también publicó a mediados de la
década de los veinte, titulado Le paysan de Paris (El campesino de
París, 1926). Obsesionado aún con el proyecto de crear una nueva
novela que rompiera con todas las reglas tradicionales de la prosa
de ficción -para lo cual era necesario rechazar el relato de una
historia (es decir, la narración) y el retrato psicológico de los
personajes (o sea, el estudio de los caracteres)-, Aragon convirtió
la Ciudad del Sena en el protagonista central de esta obra, y
ambientó en sus calles, parques y cafés esa búsqueda afanosa de un
progreso intelectual gobernado por la liberación de la conciencia
postulada por el Surrealismo.
Por aquel tiempo, continuaba plenamente integrado en la vida
cultural parisina -todavía convulsionada por cualquier secuela de la
Vanguardia-, aunque ya empezaba a mostrar unas inquietudes
socio-políticas que se hicieron patentes en su afiliación, junto a
otros muchos colegas surrealistas, al Partido Comunista Francés.
Esta militancia activa era fruto de un convicción común a todos
ellos: la revolución de las ideas sólo era posible en el marco de
una gran ruptura que renovara por completo las anquilosadas
estructuras sociales del pasado. Tras la publicación de dos nuevos
poemarios -Voyageur (Viajero, 1927) y Le grande Gaieté (1929)- y
algunos textos ensayísticos -como Traité du style (Tratado de
estilo, 1928)-, Aragon asistió en 1930 al II Congreso Internacional
de Escritores Revolucionarios, celebrado en la localidad rusa de
Karkhov; allí conoció a la autora soviética Elsa Bougmolova, más
conocida por su pseudónimo literario de Elsa Triolet, cuñada del
gran poeta georgiano Vladimir Mayakovsky (1893-1930), con la que
habría de contraer matrimonio. Otro notable escritor soviético, el
ucraniano de ascendencia judía Iliá Ehrenburg (1891-1967), ensalzó a
Louis Aragon como el legítimo sucesor de Victor Hugo (1802-1885).
A su regreso a Francia, fuertemente influido por esta estancia en la
URSS, el poeta parisino renovó sus vínculos con el marxismo y aceptó
el cargo de director del rotativo vespertino Ce Soir, uno de los
principales órganos de expresión del comunismo francés. Poco
después, colaboró en el famoso número 3 de la revista Le Surréalisme
au Service de la Révolution, fundada y dirigida por André Breton con
el propósito de ahondar en ese compromiso ideológico adquirido por
la mayor parte de los seguidores del Surrealismo. La persecución
desatada por las autoridades judiciales francesas contra este número
provocaron que Breton se disculpara públicamente por los contenidos
políticos que había publicado y mostrara su rechazo al Partido
Comunista, retractación que despertó las iras de Aragon, quien a
partir de entonces cortó drásticamente sus relaciones con los
surrealistas. Integrado, pocos días después, en la "Asociation des
Artistes et Écrivains Révolutionnaires" ("Asociación de los Artistas
y Escritores Revolucionarios") -recién fundada por Vaillant-Couturier
y Jean Fréville-, se entregó con ardor a la defensa de las causas
sociales y políticas abanderadas por su ideología marxista, e
imprimió un giro radical a su estilo literario, abrazando los
modelos formales y temáticos del realismo social que imperaba en la
URSS. Para dejar bien patente esta tajante mutación estilística,
escribió y difundió el célebre poema "Front Rouge" ("Frente Rojo"),
que acusaba notoriamente el influjo de la poética del susodicho
Mayakovsky, y publicó, en la misma línea, los poemarios Persécuté
persécuteur (Perseguidor perseguido, 1931) y Hourra l´Oural (1934).
Consagrado, en fin, como el líder del "Movimiento del Realismo
Socialista", durante los primeros años de la década de los treinta
viajó en varias ocasiones a la Unión Soviética, donde se empapó de
los nuevos criterios estéticos promovidos tras la revolución
bolchevique. Definitivamente alejado del Surrealismo, emprendió la
redacción de una serie de novelas centradas en los conflictos
socio-políticos de su tiempo o en otras circunstancias históricas
que estudió sirviéndose del análisis marxista, narraciones cuyo
realismo quedó subrayado por el título general bajo el que quedaron
englobadas: "Le monde réel" ("El mundo real"). Entre ellas, cabe
destacar las tituladas Les cloches de Bâle (Las campanas de Basilea,
1934), Les beaux quartiers (Los hermosos barrios, 1937) y Les
voyageurs de l´Impériale (Los viajeros del Imperial, 1942). Esta
defensa de su actitud estético-ideológica quedó plasmada también en
su ensayo Pour un réalisme socialiste (Por un realismo socialista,
1934).
Nombrado secretario de la "Asociación Internacional de Escritores en
Defensa de la Cultura", durante la Guerra Civil Española se
significó por su público apoyo al bando republicano y participó en
el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, celebrado
en Valencia en 1937. Dos años después, cuando se hallaba enfrascado
en la preparación de una nueva novela que no habría de ver la luz
hasta mediados de la década siguiente, hubo de interrumpir todas sus
actividades políticas e intelectuales debido al estallido de la
Segunda Guerra Mundial, que le llevó a vestir nuevamente el uniforme
militar en el otoño de 1939. A pesar de que había cumplido ya los
cuarenta y dos años de edad, recibió la noticia de su movilización
con verdadero entusiasmo, tanto por un sincero sentimiento de fervor
patriótico que le alentaba a luchar en defensa de su Francia natal,
como por el hecho de sentirse rejuvenecido por este llamamiento.
Durante la conflagración bélica, experimentó un rapto de inusitada
fecundidad poética, y escribió numerosas composiciones centradas en
sus dos grandes pasiones: su mujer Elsa -a la que dedicaba
invariablemente todas sus obras- y su compromiso político con la
izquierda progresista. Antes de entrar en combate, se convirtió en
uno de los líderes carismáticos de la Resistencia, que utilizó
algunos de sus poemas de inflamado ardor patriótico -como la famosa
"Leyenda de Gabriel Pén"- para levantar el ánimo de la población
civil, mediante su reiterada emisión radiofónica; además, sus versos
fueron recitados en la Comedia Francesa, y aprendidos de memoria por
centenares de soldados que los iban declamando o cantando por los
cuarteles, trincheras y campos de batalla. Gozaba ya de una
popularidad inmensa -llegó, incluso, a ser aclamado en alguna
ocasión como "el único poeta de la guerra en Francia"- cuando vivió
sus experiencias bélicas más arriesgadas, dentro de las primeras
tropas francesas que entraron en Bélgica -una vez concluida la lucha
armada en Francia- y emprendieron la valerosa campaña de Flandes en
condiciones ciertamente extremas. Cercadas por el ejército alemán,
las tropas en las que militaba Aragon llegaron milagrosamente a
Dunkerque y se hicieron a la mar para huir de sus perseguidores;
tras haber pasado dos días en Inglaterra, regresaron a Francia y
desembarcaron en el puerto de Brest, desde donde se dirigieron hacia
el sur de Angulema, constantemente amenazadas por las escaramuzas
del ejército alemán. Una vez en Angulema, Louis Aragon fue hecho
prisionero por los nazis en el último día de la guerra, pero un
golpe de fortuna le ayudó a zafarse de sus captores y logró huir con
otros treinta compañeros de armas oculto en un convoy de camiones.
Poco después, fue condecorado con la Cruz de Guerra y la Medalla
Militar; por aquel entonces, muchos de sus poemas de guerra se
habían popularizado ya, convertidos en letras de canciones, por toda
Francia, casi todos ellos firmados bajo el pseudónimo de François-la-Colère.
En el París recién liberado, Louis Aragon, sustentado en la
popularidad que había adquirido durante la guerra, se erigió en una
de las figuras más prestigiosas e influyentes del ámbito político y
cultural. Reanudó su brillante trayectoria periodística, desplegada
a lo largo de toda su vida en medios tan relevantes como el diario
comunista L´Humanité -a cuya Redacción perteneció durante muchos
años-, Ce Soir y Europe, amén de otras publicaciones culturales como
las ya citadas anteriormente o las revistas Les Lettres Françaises e
Inquisitons -órgano del autodenominado "grupo de estudios de la
fenomenología humana"-, dirigida por Tzara, Monnerot, Callois y el
propio Aragon. Durante su etapa como director de Ce Soir -diario que
había sido clausurado durante la guerra por sus ataques al mariscal
Pétain (1856-1951)-, se responsabilizó de una serie de publicaciones
polémicas que provocaron su procesamiento judicial, en el que fue
privado de sus derechos civiles por espacio de diez años. Elegido
miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés en 1950,
desde su privilegiada posición de intelectual con acceso directo a
las más prestigiosas tribunas periodísticas de Francia desató
numerosos ataques contra otros creadores y pensadores que no
compartían sus posiciones ideológicas, lo que le acarreó un buen
puñado de enemigos y, a la postre, una merma considerable del
reconocimiento que se le había tributado tras su valiente
participación en la II Guerra Mundial.
A pesar de sus firmes convicciones comunistas y de que había sido
galardonado en 1957 con el Premio Lenin de la Paz, Louis Aragon
denunció algunos excesos del estalinismo y, en 1968, condenó
públicamente la intervención soviética en Checoslovaquia.
Entretanto, siguió desplegando una intensa actividad literaria que
continuó fluyendo con soltura por los tres géneros que venía
cultivando desde sus comienzos como escritor (poesía, narrativa y
ensayo), y dejó a la postre un extenso legado impreso en el que,
junto a sus centenares de artículos periodísticos, también cabe
anotar sus brillantes traducciones al francés de algunas obras de
Lewis Carroll (1832-1898) -La chasse au Snark (1928)-, Francesco
Petrarca (1304-1374) -Cinq sonnets (1947)- y Tchinghiz Aïmatov -Djamilia
(1959).
Obra
Dos temas recurrentes -el amor y el compromiso político- dan sentido
y unidad a toda la producción literaria de Louis Aragon, del mismo
modo que, en su vida cotidiana, su relación con Elsa Triolet ("la
más bella, la más dulce", la que, según el propio poeta parisino
"flota sola sobre la roja bruma de octubre") y su militancia en las
filas del comunismo gobernaron todos sus actos, llegando a
consolidar una sólida armonía ideológico-sentimental que no tiene
parangón en la historia de la literatura occidental del siglo XX.
Obra poética
En sus primeros compases, los versos del joven Aragon acusan una
notable influencia de los grandes maestros del Simbolismo, y en
particular de la obra de Stéphane Mallarmé (1842-1898). Poco
después, su deslumbramiento ante las propuestas rupturistas y
transgresoras de la Vanguardia le llevó a asumir, en un primer
momento, los postulados estéticos del Cubismo, de donde pronto pasó
a ese "estado de ánimo" que era el Dadaísmo, para asimilar
finalmente los modelos formales y temáticos del Surrealismo, en los
que alcanzó la categoría de maestro indiscutible y, en cierto modo,
guía y mentor de los jóvenes poetas que venían por detrás.
A raíz de su ruptura con los surrealistas y su entrega incondicional
al realismo social impuesto por los críticos y escritores marxistas,
su poesía de madurez -tan importante o más que la de su primera
etapa- se fue nutriendo poco a poco de elementos sentimentales y
románticos ligados a la afectividad sencilla y cotidiana del hombre
de la calle, al tiempo que se despojaba de alambicados juegos
experimentales para intentar rescatar ese sentido de lo narrativo
que desde siempre ha brillado en la lírica popular. Con los horrores
de la guerra, Aragon enriqueció su temática recurrente (el amor a
Elsa y las inquietudes políticas) con una serie de motivos
circunstanciales (el destierro, la clandestinidad, la privación de
libertad, los campos de concentración, etc.) que intentaban
despertar la conciencia y devolver la esperanza al pueblo ocupado,
envueltos en un lenguaje sencillo y natural que, con su vigor y
espontaneidad, llegó directamente al sentimiento de los lectores. De
aquel período datan algunos de sus poemarios más célebres, como los
titulados Le crève-coeur (La congoja, 1941) y Les yeux d´Elsa (Los
ojos de Elsa, 1942). En líneas generales, la tendencia al prosaísmo
y las concesiones populares presentes en esta poesía de madurez de
Aragon se compensan con su vuelta a los modelos formales del legado
clásico (rima perfecta, cómputo silábico, estrofas regulares, etc.).
Al margen de los poemarios citados en parágrafos anteriores, Louis
Aragon dio a la imprenta otras muchas colecciones de versos, entre
las que cabe destacar las tituladas Cantique à Elsa (1941),
Brocéliande (1942), Le Musée Grévin (1943) -publicada bajo el "alias
bélico" de "François-la-Colère"-, En français dans le texte (1943),
France, écoute (1944), Je te salue, ma France (1944), Contribution
au cycle de Gabriel Péri (1944), La Diane française (1944), Neuf
chansons interdits (1944), En étrange pays dans mon pays lui-même
(1945), La nouveau crève-coeur (1948), La naissance de la paix
(1949) -obra en prosa poética, editada junto a un poema de R.
Descartes-, Le pays des mines (1950), Mes caravanes et autres poèmes
(1954), Les Yeux de la mémoire (1954), Le roman inachevé (1956),
Elsa (1959), Poèmes (1959), Les poètes (1960), Poésies (1960),
Paroles peintes (1962), Le fou d´Elsa (1963), Il ne m´est Paris que
d´Elsa (1964), Le voyage de Hollande et autres poèmes (1964) y
Elégie à Pablo Neruda (1966).
Narrativa
Les cloches de Bále (Las campanas de Basilea, 1933) -primera entrega
de esa serie de novelas insertas en los postulados estéticos e
ideológicos del realismo socialista, y agrupadas bajo el título
colectivo de "Le monde réel" ("El mundo real")- está ambientada en
el París de los años anteriores a la I Guerra Mundial, convulsionado
por el marxismo y el anarquismo. Con la huelga de los taxistas como
telón de fondo, desfilan por sus páginas diferentes tipos humanos
extraídos de todas las capas sociales (financieros, prestamistas,
obreros, agitadores políticos...), cuyas peripecias ponen de relieve
las inquietudes políticas del autor. En medio de todas estas figuras
tomadas directamente de la vida cotidiana, se alza el protagonismo
de tres personajes femeninos: Diana y Catherine -entes de ficción- y
Clara Zetkin (1857-1933) -la feminista alemana que desempeñó un
relevante papel dentro del Partido Comunista de su nación.
Les beaux quartiers (Los hermosos barrios, 1937) está protagonizada
por los hermanos Edmond y Armand Barbentane, hijos del Alcalde de
Sérienne-le-Vieux, una pequeña localidad próxima a Marsella. Tras la
presentación inicial de una atmósfera provinciana cargada de rémoras
tradicionales (la hipocresía localista, la intransigencia clerical,
el aferramiento ciego al espíritu chauvinista...), Edmond, siguiendo
los designios de su familia, se traslada a París para cursar
estudios de Medicina. Allí entra en contacto con grupúsculos
católicos que trabajan al servicio del capitalismo industrial, con
el objetivo de infiltrarse entre los obreros y desbaratar las
huelgas. En su inexperiencia, Edmond pronto cae víctima del
entramado social que le rodea: es utilizado por la amante de un
adinerado industrial, abandona sus estudios universitarios tentado
por el mundo de las finanzas y vive una desastrosa aventura en los
bajos fondos del juego clandestino. Entretanto, la vida de su
hermano Armand no ha corrido mejor suerte: expulsado del hogar
familiar por sus escándalos amorosos, llega a París sin apenas
recursos económicos y entra en contacto con el hampa y la
prostitución. Los acontecimientos que presencia durante su
progresiva degradación social -como el asesinato de un obrero o la
celebración proletaria del aniversario de la Comuna de París-,
unidos a la arrogancia de su hermano Edmond -que ha logrado,
finalmente, hacerse un hueco en el ámbito del poder financiero- le
llevarán a despojarse de su educación cristiana y a solidarizarse
con las reivindicaciones políticas de las clases menos favorecidas.
Les Voyageurs de l´Impériale (Los viajeros del Imperial, 1942) -para
muchos, la obra maestra de Louis Aragon- relata la historia de
Pierre Mercadier, un profesor de historia en un instituto
provinciano, quien, al lado de su esposa Paulette d´Ambérieux, lleva
una vida gris y monótona en la comarca de Les Landes. Su hastío se
acentúa aún más cuando su amante lo abandona, después de que la hija
de ésta haya intentado suicidarse tras haberlos descubierto juntos.
El protagonista, que por su espíritu inquieto y sentimental debería
haber escogido una vida de acción, sólo logra evadirse de la
atmósfera asfixiante que le rodea por medio de su desmedida afición
al mercado de acciones, derivada de la fascinación que despierta en
él la figura de John Law, el inventor del papel-moneda, sobre el que
Pierre Mercadier prepara un libro que nunca llegará a publicar. Tras
haberse arruinado con una mala inversión en las acciones del Canal
de Panamá, el protagonista desaparece de su casa sin dejar rastro y
emprende una vertiginosa peripecia que, a través de amantes y
casinos, acabará en su completa degeneración física y moral. Al
final de la obra, anciano y paralítico, sobrevive en París merced a
los extraños desvelos de Madame Tavernier, la propietaria de un bar.
Paralelamente, el lector ha ido conociendo las respectivas andanzas
de los personajes que se han ido cruzando en el camino de Pierre
Mercadier, andanzas que permiten a Aragon reconstruir los
principales acontecimientos históricos de la Europa de finales del
siglo XIX y comienzos de la siguiente centuria.
Tras la II Guerra Mundial, Louis Aragon se apartó momentáneamente
del realismo socialista con la publicación de Aurélien (1945), una
extraña novela de amor en la que el escritor parisino intentó
ofrecer su particular análisis psicológico de la pasión. Aurélien
Leurtillois, el personaje que da título a la obra, conoce en 1921, a
sus treinta y un años de edad, a Bérénice, esposa de un químico de
provincias y prima del industrial Edmond Barbentane, que había
luchado en las trincheras junto al protagonista durante la I Guerra
Mundial. Aurélien y Bérénice se enamoran, pero las circunstancias
impiden una y otra vez que puedan compartir felizmente su pasión.
Mientras Bérénice entabla una relación amorosa con un joven poeta
que resulta herido en un incidente callejero, Aurélien se arruina
arrastrado por el desmoronamiento de la industria de su amigo
Barbentane; sin embargo, el protagonista logra enderezar el rumbo
económico de su vida al contraer un ventajoso matrimonio. Al cabo de
unos años, en plena ocupación alemana, Aurélien y Bérénice vuelven a
encontrarse; pero la imposibilidad de su amor queda definitivamente
sellada cuando una bala disparada por las tropas nazis atraviesa el
brazo del hombre y hiere mortalmente a su amada. En medio de esta
rocambolesca peripecia amorosa -ciertamente extraña en el conjunto
de la prosa de Aragon-, brilla con singular fulgor la descripción
del París activo y bullicioso de los surrealistas, recorrido por
algunos personajes reales -como Claude Monet, Picasso, Cocteau y
Diaghilev- que se entrecuzan con los entes de ficción.
Cuatro años después del "paréntesis" en su literatura de compromiso
que había supuesto Aurélien, Louis Aragon volvió con renovados bríos
al realismo socialista por medio de los cinco tomos que configuraban
su monumental narración titulada Les communistes (Los comunistas,
1949-1951), cuya acción, iniciada en febrero de 1939, intentaba
abarcar todos los aspectos de la vida en Francia durante la II
Guerra Mundial. Su producción novelística se completa con otros
títulos menores como Le neveu de M. Duval (1958), La Semaine Sante
(La Semana Santa, 1958), La mise à mort (Condena a muerte, 1965),
Blanche ou l´oubli (Blanche o el olvido, 1967) y Théâtre/roman
(Teatro/novela, 1974). También fue autor de un libro de relatos
titulado Le mentir-vrai (El mentir-verdad, 1980).
Ensayo
Las inquietudes políticas, sociales y culturales que animaron
siempre a Aragon le impulsaron a dejar plasmadas sus ideas en una
ingente colección de textos ensayísticos que situaron al escritor
parisino entre los autores más influyentes de la intelectualidad
europea de su tiempo. Además de Le libertinage (1924), Traité du
Style (1938) y Pour un réalisme socialiste (1934) -obras ya citadas
más arriba-, cabe destacar otros textos reflexivos suyos como Les
aventures de Télémaque (1922), Les plaisirs de la capitale (1923),
Une vague de rêves (1924), La peinture au défi (1930), Le témoin des
martyrs (1942), Le crime contre l´esprit (1943), Matisse en France
(1943), Les bons voisins (1943) -publicado bajo el pseudónimo de "Arnaud
de Saint-Roman"-, Servitude et grandeur des francais (1945), Saint-Pol-Roux
ou l´espoir (1945), L´homme communiste I (1946), L´Enseigne de
Gersaint (1946), Apologie du luxe (1946), Chroniques du bel canto
(1947), Diana (1947), La culture et les hommes (1947), La lumière et
la paix (1950), L´art et le sentiment national (1951), Avez-vous lu
Victor Hugo? (1952), Hugo, poète réaliste (1952), L´exemple de
Courbert (1952), La vrai liberté de la culture (1952), Les Egmonts
d´aujourd´hui s´appellent André Stil (1952), L´homme communiste II
(1953), La lumière de Stendhal (1954), L´art de parti en France
(1954), Littératures soviétiques (1955), Journal d´une poésie
nationale (1955), Introduction aux littératures soviétiques (1956),
Entretiens sur le Musée de Dresde (1957) -obra escrita en
colaboración con Jean Cocteau (1889-1963)-, Il faut appeler les
choses par leur nom (1959), L´un ne va pas sans l´autre (1959),
Entretiens avec Francis Crémieux (1964), Les collages (1965) y
Shakespeare (1965).
DEL POETA A SU "ESTRELLA"
"Dirá alguien que un hombre
no debe exponer su amor
en la plaza pública.
Yo responderé que un hombre
no tiene nada mejor,
más puro y más digno
de ser perpetuado, que su amor..."
Versión de: María Dolores Sartorio
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AUTOR
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X... frances
CÁNTICO A ELSA
(Obertura)
Te toco y veo tu cuerpo y tú respiras,
ya no es el tiempo de vivir separados.
Eres tú; vas y vienes y yo sigo tu imperio
para lo mejor y para lo peor.
Y jamás fuiste tan lejana a mi gusto.
Juntos encontramos en el país de las maravillas
el serio placer color de absoluto.
Pero cuando vuelvo a vosotros al despertarme
si suspiro a tu oído
como palabras de adiós tú no las oyes.
Ella duerme. Profundamente la escucho callar.
Ésta es ella presente en mis brazos, y, sin embargo,
más ausente de estar en ellos y más solitaria
de estar cerca de su misterio,
como un jugador que lee en los dados
el punto que le hace perder.
El día que parecerá arrancarla a la ausencia
me la descubre más conmovedora y más bella que él.
De la sombra guarda ella el perfume y la esencia.
Es como un sueño de los sentidos.
El día que la devuelve es todavía una noche.
Zarzales cotidianos en que nos desgarramos.
La vida habrá pasado como un viento enfadoso.
Jamás saciado de esos ojos que me dan hambre.
Mi cielo, mi desesperación de mujer,
trece años habré espiado tu silencio cantando.
Como las madréporas inscriben el mar,
embriagando mi corazón trece años, trece inviernos,
trece veranos;
habré temblado trece años sobre un suelo de quimeras,
trece años de un miedo dulce amargo,
y conjurado peligros aumentados trece años.
¡Oh niña mía!, el tiempo no está a nuestra medida
que mil y una noche son poco para los amantes.
Trece años son como un día y es fuego de paja
El que quema a nuestros pies malla por malla
el mágico tapiz de nuestra soledad.
Versión de: María Dolores Sartorio
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CARLITOS
MÍSTICO
El ascensor descendía siempre hasta perder aliento
y la escalera subía siempre
Esta dama no entiende lo que se habla
es postiza
Yo que ya soñaba con hablarle de amor
Oh el dependiente
tan cómico con su bigote y sus cejas
artificiales
Dio un grito cuando yo tiré de ellos
Qué raro
Qué veo Esa noble extranjera
Señor yo no soy una mujer liviana
Uh la fea
Por suerte nosotros
tenemos valijas de piel de cerdo
a toda prueba
Ésta
Veinte dólares
Y contiene mil
Siempre el mismo sistema
Ni medida
ni lógica
mal tema
Feu de joie
Versión de Aldo Pellgrini
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CE
Todo empezará en el CE,
el puente que yo crucé.
Habla un romance perdido
del buen caballero herido;
de una rosa en la calzada
y una túnica soltada;
de un castillo misterioso
y albos cisnes en el foso,
y una pradera en que danza
la novia sin esperanza.
Como una noche de hielo,
el lay de glorias en duelo.
Se van con mis pensamientos
por el Loire los armamentos;
y los convoyes volcados
y llantos mal enjugados.
¡Oh Francia, mi bien-amada!
iOh mi dulce abandonada!
qué sola yo te dejé
cruzando el puente de CE.
Versión de: Carlos López Narváez
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LA ROSA Y
LA RESEDA
El que en el Cielo creía,
el que no creía en él,
los dos con idolatría
amaban a la rehén.
Uno a mirarla subía,
otro tendíase al pie:
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él.
Nada importa cuál sería
la luz que alumbrando fue;
uno del templo salía,
otro esquivó su dintel:
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él.
Cuerpo y alma en alegría,
cada cual amante fiel,
que Ella vive se decía,
y quien viva lo ha de ver:
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él.
Loco pedir cortesía
viendo arrasada la mies,
rumiando melancolía
de la metralla al vaivén:
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él.
Desde lo alto el vigía
tiró una y otra vez;
uno tras otro caía;
¿cuál de ellos muerto fue:
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él?
¿En la prisión cuál sería
el de más duro yacer;
cuál de los dos prefería
de las ratas el tropel:
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él?
Sollozar de rebeldía,
¿a quién puede conmover?
Dejan la terrena vía
al rayar el alba cruel
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él.
Al caer, nombrar se oía
a la que adorada fue;
con brillo igual relucía
la roja sangre al caer
del que en el Cielo creía,
del que no creía en él.
Cárdeno arroyo teñía
la tierra de su nacer
para que madure un día
vendimias de moscatel
el que en el Cielo creía,
el que no creía en él.
Corren, vuelan a porfía
el bretón y el lorenés;
vuelve el grillo a su tonía
en el huerto y el vergel.
Flauta o viola en melodía,
en doble amor van a arder
las aves entre la umbría,
rosa y reseda también.
Versión de: Carlos López Narváez
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LICANTROPÍA CONTEMPORÁNEA
El grado más alto de la tristeza tanto puede ser
un general ciego mendigando a través de las islas
Como hacia las 3 de la mañana la avenida
de la Ópera
No hay límites para la melancolía humana
Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la
pirámide
de las lágrimas
Estáis seguros de padecer tanto como una mujer
estrangulada
en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y
desea acabar
Estáis seguros de que no valdría más ser
ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las
horas que se acercan
Desde hace tiempo vivo mi último minuto
La arena que mastico es la de una agonía invisible y
perpetua
Las llamas que hago recortar de tiempo en tiempo por el
peluquero
son las únicas en delatar el negro infierno interior que
me habita
Como cuerpos privados de sepultura
los hombres se pasean por el jardín de mi mirada
Soñadores inexplicables
o soy el único a quien golpea una mano desecada
en este desierto poblado entre estas flores áridas
Amo y soy amado Nada nos separa
Por qué entonces estar triste en el corazón espléndido
del amor
El mundo sacude su estúpida cabeza Sabelotodo
Amo aunque la vida sea mortalmente intolerable
Amo aunque luego me vea obligado a aullar
se extiende por el horizonte donde graznan inútilmente
los cuervos
Sin embargo en cada árbol hay un ahorcado que se
balancea
en cada hoja una mancha de sangre
Qué puede haber peor que el cielo al amanecer o el betún
de la tarde
Qué es eso que me impide morder a los paseantes en los
bulevares
La amargura que siento crecer en mí puede ser el primer
torrente de un diluvio
a cuyo lado el otro parece un vulgar desborde de cloacas
Recuerdo que en mil quinientos cuarenta y uno
cerca de Pavía
cuando me apresaron en la campiña por donde deambulaba
víctima de los primeros efectos del mal
los campesinos no quisieron creerme cuando les dije la
verdad
Rehusaron tomarme por lobo furioso
a causa de mi piel humana y Santos Tomases
eternos de la ciencia experimental
cuando les confesé que mi piel lupina estaba oculta
entre pellejo y carne
con sus puñales me hicieron tajos en los miembros y el
cuerpo
para verificar mis melancólicas afirmaciones
no me tocaron la cara
espantados por la atroz poesía de mis rasgos
Qué es eso que me impulsa a aullar en las tumbas
qué es eso que me obliga a escarbar irresistiblemente en
el polvo
donde duermen los enamorados en descomposición
Qué vas tú a exhumar como si la luz viviente
no tuviera bastante con las heridas de los vivos
Dadme el lenguaje tenebroso de los ajusticiados en la
silla eléctrica
el vocabulario último de los guillotinados
La existencia es un ojo reventado Que se me entienda
bien un ojo que hacen reventar a cada instante
O lo haré examinar con engaños por un médico alienista
o bien lo mataré fríamente
amor mío
durante su sueño mientras yace pálido y desnudo
mientras los lobos surgen en torno de los cementerios
donde duermen
los bellos días que pasamos juntos amor mío.
De Persécuté Persécuteur
Versión de Aldo Pellegrini
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LO QUE DICE
ELSA
Me dices que estos versos son oscuros, y acaso
lo son, sin embargo, menos de lo que he querido.
Cerremos nuestra ventana sobre la felicidad robada,
por miedo a que entre el día,
y vele para siempre la foto que deseaste.
Me dices nuestro amor si es que inaugura un mundo,
es un mundo en el que la gente gusta de hablar
sencillamente.
Deja allá a Lancelot, deja la Tabla Redonda,
Ireo Virnana Esclarnionda,
que por espejo tenía una espada deformadora.
Lee el amor en mis ojos y no en las sombras.
No trastornes tu corazón con sus antiguos filtros.
Las ruinas a mediodía son solamente escombros.
Ésa es la hora en que tenemos dos sombras
para mejor estorbar el arte de los románticos.
Tendría acaso la noche más encanto que el día.
Vergüenza para aquellos que ante el puro cielo no
suspiran.
Vergüenza para aquellos que, un niño de golpe no
desarma.
Vergüenza para aquellos que no tienen lágrimas
para un canto callejero una flor en los prados.
Tú me dices si tú quieres que te ame y te ame.
Es preciso que ese retrato que vas a pintarme
tenga como un verde nido sobre fondo de crisantemo.
Un tema escondido en su tema.
Y une al amor el sol que ha de venir.
Versión de: María Dolores Sartorio
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LOS OJOS DE
ELSA
Inclinando a tus ojos los míos sitibundos
en su fondo vi todos los soles reflejados,
y el salto hacia la muerte de los desesperados,
como el de mis recuerdos a tus ojos profundos.
Es un mar en tinieblas bajo el palio de un vuelo;
de pronto el día plácido de tus pupilas sube;
en los linos del ángel recorta el sol la nube
y sobre las espigas se azula más el cielo.
Vuelve al azul la bruma del viento perseguida;
-más diáfanos tus ojos abiertos bajo el llanto;
ni aún tras de la lluvia los cielos fulgen tanto;
el vaso azul no es tan azul como en la herida.
Madona de Dolores, humedecida lumbre,
siete espadas rompieron el prisma de colores;
el día es más punzante nacido entre clamores,
y el nocturno relente, más azul en quejumbre.
De las melancolías en la plácida fiebre
reabres con tus ojos sendas de epifanía.
Latiendo el corazón, el manto de María
al tiempo los Tres Magos vieron en el pesebre.
Al Mayo de las voces basta con un salterio
para todos los ayes y todas las canciones;
guarda un trozo de cielo luceros por millones,
donde faltan tus ojos con su doble misterio.
El infante absorbido por miríficos viajes
desmesuradamente menos asombro espacia
que si agrandas tus ojos -insoluble falacia-
como racha que abriera dos capullos salvajes.
¿Escondes tus relámpagos en medio del espliego
donde el insecto vive su voluptuoso instante?
Preso estoy en el lazo de la estrella filante,
como ahogado marino bajo estival sosiego.
Yo extraje ese metal sutil de su pechblenda;
yo calciné mis dedos en su fuego prohibido;
paraíso mil veces recobrado y perdido,
tus ojos mi Golconda, mi dorada leyenda.
Y sucedió que el mundo bajo la tarde excelsa
rompiose en arrecifes de pérfidos fanales,
en tanto yo veía desde los litorales
sobre lívidas ondas brillar los ojos de Elsa.
Versión de: Carlos López Narváez
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LOS VIEJOS
PUENTES
Yo pasé por los viejos puentes
Todo allí comenzó después
Una canción del tiempo ido
Habla de un herido doncel
De un traje que fué desceñido
Y de un desangrado clavel
Del castillo de un duque loco
De los negros cisnes de un rey
De la pradera donde canta
La eterna novia del ayer
Yo bebí el canto de las glorias
Falsas conmo una helada miel
El Loira arrastra mis recuerdos
Con el ejército francés
Con las armas ya disparadas
Y el llanto sin borrar también
Oh abandonada oh Francia mía!
Yo los viejos puentes pasé
Versión de: Andrés Holguín
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MÁS
BELLA QUE LAS LÁGRIMAS
Mi respiro perturba la vida a cierta gente:
como vago reproche los mantiene despiertos;
tal vez porque mi canto cual un cobre estridente
pudiera despertar con su clangor los muertos.
Ah! si os hiere mi verso con su tonada bélica
-rugir que a vuestro oído no queréis que se acerque-
es que en el arpa el treno mató la voz angélica
y resurgen los ecos pávidos de Dunkerque.
Verdad: en recordarlo mi mal gusto compendio...
Así somos algunos: en sus cuerpos quizás
perduran los mordiscos del infernal incendio
que los faros del Norte contemplaran jamás.
Si te nombro, Amor mío, burla y odio concitas;
si alabo el sol, vosotros el invernal derroche;
decís que en mi pradera sobran las margarita,
azules en mi cielo y estrellas en mi noche.
Buscáis en mis palabras a ver qué se descubre,
como fino escalpelo que escarba un corazón...
Tal vez me fuera poco perder Pont-neuf y el Louvre,
que aún vuestra venganza pide satisfacción.
De alados cancioneros podréis hacer galeotes;
ahuyentar al poeta podrá vuestra elegancia;
pero nunca podrán vuestros serviles brotes
arrebatar el don de nuestro amor a Francia.
Oye tú, pasajera que vas de puerta en puerta:
tal vez yo soy el hombre que vuelve de tu olvido;
colma tu delantal la primavera muerta,
y de un color de parvas tus ojos se han teñido.
¿Mintió nuestro embeleso? ¿Mintió nuestra ternura?
Mirad aquesta frente nublada por el sol...
Pero el ansia renace cual se ve en la llanura
por entre las espigas surgir el ababol.
¿Y no son estos brazos los de las Afroditas
que entre la mies dorada coronan el peñón?
Plenitud encantada que eterna resucitas
la sombra de Racine en la Ferté-Milón.
La sonrisa de Reims con sus labios perfectos
es el sol que se apaga sobre una tarde eximia;
y para perdición de profetas y electos
sus trenzas de champaña trascienden a vendimia.
Ingres de Montalbán trazó la arquitectura
y el cuenco de esos hombros donde para tranquilo
el ansiado tesoro .de la linfa más pura
filtrada en las raíces del álamo y el tilo.
Oh Laura! como a ti, Petrarca habría cantado
a esta Francia que sangra por nuestro corazón;
sangrante corza en fuga que lleva en el costado
la jabalina de los monteros de Aviñón.
Invoca el espejismo de mil y una grandezas
que sosieguen fantasmas, donde el gemir acalles:
Brantome, San Juan de Acre -cavas y fortalezas,
laderas y gargantas- Vercors y Roncesvalles.
Con el viento que llega de Arlés vuelven los sueños
-el corazón apenas los nombra en un rumor-.
En Aunis y en Saintonge los marjales trigueños
muestran aún el surco brutal del invasor.
Alta ronda de urbes, de villas y comarcas,
erguidas como flores de un esplendor rival,
y en pos de la galante huella de los monarcas
Razón y Sueño cifran en un solo ideal.
Oh cautiva Durance, oh cielo encadenado.
Suelo pastor vestido de racimos maduros;
país con cuyo nombre tan dulcemente amado
marcaba el Rey de Francia los sarracenos muros.
Como tú misma es dulce la locura en desvelo
porque te reconozcan de mi canto a la luz;
y pues entre dos mares vacila nuestro duelo,
detenga nuestros pasos el umbral de Naurouze.
¡Mas, no! Tornas al vuelo, clamor insosegable...
¿A dónde vas? asado Mont-Ventoux, allá el Sena
en lo hondo se fuga, y entre un deleitable
manzanar, Lamartine sueña en la Magdalena.
Mujer, vinos fragantes, madrigales, montaña:
¿cuáles pintaré? ¿cuáles más vivamente adoro?
¿Son esos los pomares de tu seno, Bretaña,
y esas gemas tus pinos en ponientes de oro?
Alba gorguera donde los labios abrasados
mendigan cidra y leche. Plenitud que suspira,
Normandía secreta, por ti los desterrados
caballeros poblaron las ruinas de Palmira.
En verdad ya no sé dónde empieza el encanto...
Hay nombres que son carne como los de Andelyz.
Oh rostro que te vuelves por no mostrar el llanto,
pliega tus labios. ..Cálla, oh París, mi Parísl
París de las canciones, París de la Bastilla;
hoy sólo tus albercas están embanderadas...
Como estrella polar no ya tu frente brilla:
París lo eres tan sólo formando barricadas.
París de nuestros bienes, París de nuestros males;
París del Cours-la-Reine, Corte de Flor-de-lys;
de suburbio en suburbio por todos los umbrales,
tu nombre, más que un grito nos desgarra, PARIS.
Huyamos de este sitio donde la atroz germina;
la vida aún aguarda su amanecer incierto;
del Oise y el Marne falta la epopeya leonina;
y Sylvia ya no cruza por el Valois desierto.
Almenar del recuerdo donde alzaran sus llamas
los sueños de veinte años a un cielo que mintió;
y en vez de amor, el negro Camino de las Damas,
y el crepitar del rojo molino de Laffaux.
Atraviesa la ruta polvorienta y famosa
de país en país persiguiendo incansada
por la selva de Argonne y en los Altos del Mosa
que renazca perenne tu gloria traicionada.
Como ciervo flechado que trémulo agoniza,
bajo el bosque se azulan los ojos de la charca...
Descanso de destierro que va camino a Suiza,
la que amara Courbet, la plácida comarca.
Te he perdido, Alsacia, donde si el Rhin desborda,
faisanes deslumbrados caen de los encinos;
donde Werther su treno por un instante asorda,
compasándolo al júbilo de coros campesinos.
De Port~Vendre a Dunkerque la tromba de tortura
no podrá enmudecer la voz de nuestras venas;
nadie podrá romper la mágica armadura
que Aymon forjó en el rojo cubil de las Ardenas.
A los férvidos labios no habrá quien arrebate
la flauta que a los siglos entrega su raudal;
tras la siega de lauros, aún llama al combate,
hermanos en la espiga, la hierba y el rosal.
Se oye entre las hojas un galopar que avanza...
Hilandera, suspénde: mi pecho va a estallar.
Hablan en voz de fuente la noche y la esperanza...
Si fuera Duguesclin volviendo a batallar...
Qué importa que yo muera sin que la veneranda
faz mire dibujarse bajo el solar fulgor.
Dancemos, hijo mío, la loca zarabanda.
Mi patria es la Miseria y el Hambre y el Amor.
Versión de: Carlos López Narváez
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NO HAY
NINGÚN AMOR FELIZ
El hombre nada adquiere jamás Ni su ternura
Ni su amor ni su fuerza Y cuando abre loa brazos
La sombra que proyecta es una cruz oscura
Y si abraza su dicha la destroza en pedazos
Su vida es una extraña y espantable locura
No hay ningún amor feliz
Su vida se parece a un inerme soldado
Que para otra estrategia ha sido preparado
Que madruga y de noche sufre de hambre y de sed
Y que en la tarde tiembla deshecho y desarmado
Decid «mi pobre vida» y el llanto contened
No hay ningún amor feliz
Mi bello amor mi dulce amor mi amor perdido
Dentro de mí te llevo como un pájaro yerto
Y aquellos que de lejos nos vieron no han sabido
Que mis propios poemas tras de mí han repetido
Y que ya por tus ojos varias veces han muerto
No hay ningún amor feliz
El tiempo de aprender a vivir ya ha pasado
Que lloren en la noche nuestros dos corazones
Por el dolor que esconde cada recuerdo amado
Las tragedias que nutren el éxtasis soñado
Los sollozos que impregnan las menores canciones
No hay ningún amor feliz
No hay amor que no aflija al par que desespera
No hay amor que no se halle mezclado a su dolor
No hay amor que no espante No hay amor que no hiera
No hay amor que no viva de lágrimas y espera
Y el amor de la patria lo mismo que tu amor
No hay ningún amor feliz
Pero este es nuestro amor
Versión de: Andrés Holguín
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PALABRAS DE HENRI MATISSE
Mil manos entreabren todas las cabelleras,
de mis manos recoge sus colores el día;
un suspiro es la brisa de mis barcas veleras;
del sueño que perdura parte mi lejanía.
Toda flor por desnuda parece una cautiva
que hace temblar el tacto con su esplendor celeste;
escucho, miro y pienso, y el cielo a la deriva
es para mi sencillo como quitada veste.
Explico mis palabras al paso de la ronda;
aplico el pie desnudo por el viento borrado;
desvelo para el mundo lo que el instante ahonda,
y el sol que se levanta del hombro deseado.
Explico la silueta que enmarca la ventana;
doy la clave de árboles, pájaros y estaciones,
la del sellado júbilo de la planta lozana,
la del sigilo extraño que habita los rincones.
Explico en infinitos negrura y transparencia;
descifro el destellante roce de las mujeres,
y en la cósmica cifra la individual presencia,
y la razón que aúna las cosas y los seres.
Me entregan su perfume las formas pasajeras,
y la página en blanco su musical acento;
y explico lo que hace las hojas más ligeras,
y de la rama un brazo levemente más lento.
Innoble en la tormenta de la época gris;
avasalla mi norma la lumbre justiciera;
yo pinto la esperanza... Yo soy Henri Matisse
que le anticipa al mundo lo que del tiempo espera.
Versión de: Carlos López Narváez
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PERSONA PÁLIDA
Más mísero que las piedras
triste a más no poder
el hombre escuálido
el atril hubiera querido aniquilarse
Qué frío El viento me penetra en el sitio
de las hojas
de las orejas muertas
Solo cómo patalear para ahuyentar el frío
con qué pie iniciar la semana
Un silencio que nunca acaba
Ni una palabra tierna para engañar al invierno
La sombra del alma del amigo La escritura
Tan sólo las señas
Mi sangre daría una sola vuelta
Los sonidos se pierden en el espacio,
como dedos congelados.
Nada más
que un patín abandonado en el hielo
El fulano
A través de él se ve el día
De Feu de joie
Versión de Aldo Pellegrini
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QUE NO
HAY AMOR FELIZ
Nada tiene seguro
El hombre ni flaqueza
Ni fuerza ni corazón
Si cree abrir los brazos
Una cruz es su sombra
Cuando quiere ceñir
Su vida la destruye
Es su vida un extraño
Doloroso divorcio
Que no hay amor feliz
Se parece su vida
A soldados sin armas
Que se hubiera vestido
Para muy otro fin
De qué puede servirles
Alzarse de mañana
Para hallarse a la tarde
Desarmados sin fe
Repetid «vida mía»
Y contened el llanto
Que no hay amor feliz
Amor mi bello amor
Desgarradura mía
Yo te llevo en mi ser
Como pájaro herido
y aquéllos sin saber
Miran cómo pasamos
Diciendo tras de mí
Palabras que he trenzado
y por tus grandes ojos
Murieron sin vivir
Que no hay amor feliz
De aprender a vivir
No hay tiempo es tarde
Lloremos en la noche
Nuestro llanto al unísono
Con cuántas pesadumbres
Pagamos un temblor
Y con cuántos dolores
La mínima canción
Por un son de guitarra
Cuánto hay que gemir
Que no hay amor feliz
Que no hay nunca amor
Que no sea un dolor
Que no hay nunca amor
Que no nos llegue a herir
Que no hay nunca amor
Que no pueda humillar
Ni el amor a la patria
Más que el amor a ti
Que no hay nunca amor
Que no haga llorar
Que no hay amor feliz
Nuestro amor es así
Versión de: José Ángel Valente
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TODAS LAS
HABITACIONES DE MI VIDA
Todas las habitaciones de mi vida
Me habrán estrangulado con sus paredes
Aquí los murmullos se ahogan
Los gritos se rompen
Aquellas en las que viví solo
Con grandes pasos vacíos
Aquellas
Que guardaban sus espectros antiguos
Las habitaciones de indiferencia
Las habitaciones de la fiebre y aquella que
Había yo instalado para ahí fríamente morir
El placer alquilado Las noches extranjeras
Hay habitaciones más hermosas que las heridas
Hay habitaciones que os parecerán banales
Hay habitaciones de súplicas
Habitaciones de luz baja
Habitaciones dispuestas a todo excepto a la felicidad
Hay habitaciones para mí de mi sangre para siempre
salpicadas
En todas las habitaciones viene un día en que el hombre
se despelleja vivo
En que cae de rodillas que pide piedad
Que balbucea y se vuelca como un vaso
Y padece el suplicio espantoso del tiempo
Derviche lento es redondo el tiempo que gira sobre sí
mismo
Que mira con ojo circular
El descuartizamiento de su destino
Y el pequeño ruido de angustia antes de las
Horas antes de las medias
No sé nunca si eso va a sonar por mi muerte
Todas las habitaciones son habitaciones de justicia
Aquí conozco mi medida y el espejo
No me perdona
Todas las habitaciones cuando por fin me he dormido
Han lanzado sobre mí el castigo de los sueños
Porque no sé de los dos lo peor soñar o vivir.
Versión de: Claire Deloupy
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X... FRANCES
Un nombre como sangre de trivial cortadura
sencillo por demás para ser retenido;
se dice sin pensarlo cual se bebe agua pura;
lo pudiera llevar cualquier desconocido.
Un nombre, corazón isócrono en que radie
la quietud de las horas si de pronto se altera;
un nombre que no haría volver el rostro a nadie:
como el que los soldados llevan en la pulsera.
Un nombre como tantos que destiñen los vientos
en las tablas, las tumbas y las actas civiles;
un nombre y apellido -punzantes y sangrientos
zuecos donde se estrujan unos pies infantiles.
Ayer como nosotros era un adolescente
aquel cuyos verdugos llegaron con el día;
decían las mujeres su nombre dulcemente
sin saber que al nombrarlo la gloria sonreía.
Ese nombre trivial como tierra sin amos,
con devoción ahora nuestra gente lo nombra:
sobre el asfalto, al pie de su escritura hay ramos
y damas de rodillas ataviadas de sombra.
Nombre bello, incoloro: como se dan en Francia
para cruzar la turba y morir sin reproche;
un nombre silencioso como la vigilancia;
nombre como las luces de una aldea en la noche.
Versión de: Carlos López Narváez |
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