|
|
BIOGRAFÍA
Sus vidas
Los Álvarez
Quintero populares
dramaturgos españoles, nacidos en Utrera (Sevilla) y fallecidos en Madrid.
Representan un extraño caso de simbiosis literaria: escribieron todas sus obras
en tan estrecha colaboración que resulta imposible saber lo que se debe a uno o
a otro. Siendo todavía estudiantes, estrenaron Esgrima y amor (1888), pieza que
contiene en germen todas las características del teatro quinteriano: la
simplicidad de trama, el diálogo chispeante, lleno de modismos andaluces, y un
humor sano y bien intencionado.
Trasladados a vivir a Madrid, tuvieron al principio algunas
dificultades; pero, a partir del primer triunfo en la
capital, El ojito derecho (1897), su éxito y su popularidad
fueron en aumento. A lo largo de cincuenta años dieron a la
escena más de doscientos títulos. He aquí algunos de los más
significativos: La reja (1898), El traje de luces (1899),
Las flores (1901), Abanicos y panderetas (1902), El amor que
pasa (1904), El agua milagrosa (1908), Las de Caín (1908),
Malvaloca (1912), Pipiola (1918), El mundo es un pañuelo
(1920), La prisa (1921), Tambor y cascabel (1927), Los
mosquitos (1927) y Mariquilla Terremoto (1930).
Lo que mejor define la obra de los hermanos Quintero es
cierto realismo poético. Son auténticos maestros en el arte
de componer cuadros rápidos, graciosos y llenos de vida. Por
ello lo mejor de su obra son las piezas en que describen las
costumbres y la vida de Andalucía. Las
obras de mayor ambición adolecen, en cambio, de cierta
limitación ideológica y acusan una tendencia hacia lo
sensiblero y lo dulzón. De estas últimas la mejor es
Malvaloca, que fue premiada por la Real Academia Española.
El teatro de los Quintero ocupa 42 tomos en la edición hecha
por Espasa-Calpe (Madrid, 1918-47). Existe, además, una
antología: Comedias escogidas, 5 vols., Madrid, 1910-12.
Más sobre
los Alvarez Quintero
Era un jardín
sonriente;
era una tranquila fuente de cristal;
era, a su borde asomada
una rosa inmaculada de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro para él...
El radioyente que escucha con admiración, una vez más, el
gran dominio de voz que el cantaor demuestra tener para
cantar esta copla, normalmente ignora que la letra es una
poesía de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Y
es que estos literatos sevillanos apenas son conocidos por
las jóvenes generaciones. Su teatro, tan famoso y popular en
toda la primera mitad del siglo XX, hoy apenas se representa.
En todo caso ha quedado casi relegado para los cuadros de
teatro aficionado.
Los Álvarez Quintero formaron un tandem literario fuera de
lo común. Cosecharon extraordinarios éxitos tanto en los
escenarios como en los radioteatros de la naciente
radiodifusión. Un dúo estrechamente ligado y compenetrado,
no solo por los vínculos de sangre, sino también por la
literatura y por sus apariciones personales. Escribían
juntos, saludaban juntos desde las candilejas tras sus
estrenos y asistían juntos a las tertulias al uso. Para los
críticos y periodistas siempre fue un misterio qué parte de
la obra pertenecía a cada uno de ellos. Incluso cuando
falleció Serafín (1938) su hermano Joaquín, que le
sobrevivió seis años, continuó publicando con el nombre de
ambos. No se pudo saber si lo último había sido escrito a
dúo o solo por el sobreviviente.
Por aquella época, algunos se arriesgaron a suponer que
Serafín, el primogénito, aportaba a la obra común, la
reflexión, la "arquitectura" de las obras y el matiz
estilístico, como parece corresponder al hermano mayor. En
cambio, Joaquín sería al que le correspondía poner la chispa,
la vivacidad y la gracia del diálogo. En cierta medida, que
el hermano pequeño dictaba sus ocurrencias y las situaciones
y el mayor tomaba notas para dar la forma definitiva.
También se rumoreaba por aquel entonces, que un tercer
hermano, Pedro, mayor que ellos dos, era el árbitro
definitivo de cada una de sus creaciones y juez inapelable
en sus discrepancias.
Pero si la participación de cada uno de ellos en la obra
común ha quedado celosamente guardado ¿qué criterio siguió
la Real Academia Española para nombrar a miembro a Serafín
en 1920? ¿Sería por ser el mayor y considerarlo más
representativo? De todas formas, cinco años después se
corrigió esta desconcertante decisión y Joaquín fue también
elevado a los altares de la lengua.
Pero los "hermanos
de oro" del teatro español, que escribieron más de 200
títulos entre sainetes, comedias, dramas y zarzuelas, que
triunfaron llenando teatros durante casi medio siglo y no
conocieron un solo fracaso, tuvieron también
irreconciliables detractores.
Se les acusaba de llevar a los escenarios una Andalucía
falsa y dulzona, representada en unas obras en las que un
débil argumento estaba cuidadosamente revestido con diálogos
chispeantes y alegres, pleno de equívocos, modismos
andaluces y sano humor. Una fórmula que encajaba exactamente
con lo que el público deseaba ver. En cierta forma un teatro
hecho bajo demanda; un teatro optimista y de evasión, sin
pretensiones de ser innovador. Un teatro naturalista con una,
posiblemente, premeditada ingenuidad en el que se esquivaban
las situaciones conflictivas y se aceptaban sólo algunas
mínimas dosis de dramatismo, imprescindibles para dar una
mayor consistencia a los argumentos.
En el otro lado de la balanza, entre sus defensores, podían
situarse a Azorín y a Luis Cernuda. El primero escribía:
"Los Álvarez Quintero han traído al arte dramático -y esa es
su originalidad- un perfecto equilibrio entre el sentimiento
individual y el sentimiento colectivo, entre la persona y la
sociedad". Buen piropo del que fue considerado un maestro
del lenguaje en su época. Azorín resalta, además, el empleo
de la bondad como ingrediente positivo de toda la obra de
los escritores sevillanos.
Luis Cernuda,
posiblemente más certero en sus críticas, afirmaba que en
los Álvarez Quintero era muy aguda la observación de la
realidad, y deliciosa la representación dramática, solamente
viciada, en ocasiones, por el optimismo pueril y
apriorístico con que pretendían idealizarla.
Los hermanos Álvarez Quintero ensayaron todos los géneros
teatrales de moda: entremeses, juguetes, sainetes, libretos
de zarzuela, apropósitos, pasos de comedia, pasillos,
comedias con diferentes actos -en uno, en dos, en tres y en
cuatro- y algún drama. Algunos títulos alcanzaron notable
popularidad, como: El Patio, La Reja, Las Flores, El Genio
Alegre (1906), Amores y Amoríos (1908), Doña Clarines,
Malvaloca (1912), Puebla de las mujeres, y las comedias de
sabor castizo madrileño como Las de Caín (1908) y Mariquilla
Terremoto (1930).
Entre sus colaboraciones en el género lírico pueden contarse:
La buena sombra (1898), música de Brull; para el maestro
Caballero El traje de luces (1899); para Giménez, Los
Borrachos (1899) y El patinillo (1909); para Serrano La
reina mora (1903), El mal de amores (1905) y La mala sombra
(1906); para Chapí varios libretos, siendo uno de los más
populares La patria chica (1907). Los más famosos maestros,
como Vives, Guerrero, Luna y Torroba también estuvieron en
su lista de clientes.
El patente declive de asistentes al teatro -y más aún a la
zarzuela, y a los anacrónicos entremeses, sainetes, etc.- y
el gusto cambiante del publico, han arrinconado a unos
indiscutibles triunfadores de la primera mitad de reciente
siglo XX. Sus apellidos aún siguen siendo conocidos, pero no
así su obra que, a pesar de adolecer de una cierta
superficialidad, posee una construcción elegante y poética,
y una gran riqueza de términos y giros empleados en
Andalucía
Escucha
-
Joaquín
Álvarez Quintero -
voz
original. (106 Kb)
Poesías de estos autores
La rosa del jardinero
/
Año nuevo
/
Autorretrato
/
Dolor de dolores
/
La siesta /
Guadalquivir
/
La
mejor copla
/
Abril...
|
LA ROSA DEL
JARDINERO
Era un jardín sonriente;
era una tranquila fuente
de cristal;
era a su borde asomada,
una rosa inmaculada
de un rosal.
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero
del vergel,
y era la rosa un tesoro
de más quilates que el oro
para él.
A la orilla de la fuente
un caballero pasó,
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba así, plañidero,
receloso de su mal:
Rosa la más delicada
que por mi amor cultivada
nunca fue;
rosa, la más encendida,
la más fragante y pulida
que cuidé;
blanca estrella que del cielo
curiosa del ver el suelo
resbaló;
a la que una mariposa
de mancharla temerosa
no llegó.
¿Quién te quiere? ¿Quién te llama
por tu bien o por tu mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
¿Tú no sabes que es grosero
el mundo? ¿Que es traicionero
el amor?
¿Que no se aprecia en la vida
la pura miel escondida
en la flor?
¿Bajo qué cielo caíste?
¿A quién tu tesoro diste
virginal?
¿En qué manos te deshojas?
¿Qué aliento quema tus hojas
infernal?
¿Quién te cuida con esmero
como el viejo jardinero
te cuidó?
¿Quién por ti sólo suspira?
¿Quién te quiere? ¿Quién te mira
como yo?
¿Quién te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quién te llevó de la rama,
que no estás en tu rosal?
¿Por qué te fuiste tan pura
de otra vida a la ventura
o al dolor?
¿Qué faltaba a tu recreo?
¿Qué a tu inocente deseo
soñador?
En la fuente limpia y clara
¿espejo que te copiara
no te di?
¿Los pájaros escondidos,
no cantaban en sus nidos
para ti?
¿Cuando era el aire de fuego,
no refresqué con mi riego
tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo
protector?
¿Quién para sí te reclama?
¿te hará bien o te hará mal?
¿Quién te llevó de la rama
que no estás en tu rosal?
Así un día y otro día,
entre espinas y entre flores,
el jardinero plañía
imaginando dolores,
desde aquel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó.
AÑO NUEVO
De su ventana, tras el verde herraje,
entre flores de invierno prisionera,
una mujer, humana primavera,
teje, soñando, delicado encaje.
Sus manos, palomitas sin plumaje,
hacen labor paciente y duradera,
y su alma, mariposa volandera,
libre va de un paraje a otro paraje.
Se lleva un año muertas ilusiones:
ni amor de novio, ni amistad de amigo...
¿Dónde están los amantes corazones?
Y entristecida, y sola, y sin testigo,
piensa, al calor de ocultas emociones:
"¡Ven, Año Nuevo! ¡Y el amor contigo!"
AUTORRETRATO
Fuimos... entre espigas y olivares:
el uno esperó al otro en la lactancia,
y en el primer pinito de la infancia
ya escribimos comedias y cantares
Después... libros, y novias y billares
¡memorias que ilumina la distancia!
luego... una juventud cuya fragancia
envenenan agobios y pesares.
Fuimos... cuanto hay que ser: covachuelistas,
estudiantes, "diablillos", editores,
críticos, "pintamonos", retratistas...
Y hoy, como ayer, sencillos escritores
que siguen, a la luz de sus conquistas,
sembrando sueños por que nazcan flores.
DOLOR DE DOLORES
Dime, «¿por qué es ese llanto?»
«Por una ilusión perdida,
por una reciente herida,
por un nuevo desencanto...»
«Pues no llores más... y olvida»
«¿Porqué lloras, flor de flores?»
«Porque él era dueño mío,
el que me hablaba de amores,
me hiere con desvío...»
«Pues olvídalo... y no llores.»
«¿Porqué sollozas ahora?»
«¡Ay! Ya no alumbra la aurora
ni dará flores mi huerto...
Lloro por mi niño muerto...»
«Pues, no lo olvides... y llora».
LA SIESTA
En un rincón de un patio fresco y ameno,
que alegran y perfuman aves y flores,
una niña morena, que tiene amores,
duerme, puestas las manos sobre su seno.
Sueña, y al grato hechizo de cuanto mira
a través de la bruma de lo soñado,
se dilata su seno blanco y rosado,
y su boca de grana se abre y suspira.
Luz del alma ilumina su rostro hermoso:
se encienden sus mejillas, tiembla y sonríe,
y más con lo que sueña su amor se engríe,
y es cada vez su aliento más anheloso...
Murmura luego su nombre: nadie contesta...
Abre sus ojos negros con mudo espanto,
y al ver de sus quimeras roto el espanto
volviendo al sueño dice: ¡Bendita siesta!
GUADALQUIVIR
En su nacimiento, en Cazorla.
¡Detente aquí, viajero! En estas peñas
nace el que es y será rey de los ríos,
entre pinos gigantes y bravíos,
que arrullan su nacer y ásperas breñas.
El reflejo otro tiempo las enseñas,
las armas, los corceles y atavíos
de razas imperiosas, cuyos bríos
postráronse en sus márgenes risueñas
ensancha entre olivos y trigales,
y al mar corre a rendirle sus cristales.
Mas coma lleva sal de Andalucía,
sus aguas vuelve a las del mar iguales,
para llegar mas lejos todavía...
Y así van sus caudales,
triunfantes en el seno de las olas,
a las p]ayas de América españolas.
LA MEJOR COPLA
En el descanso de una jornada,
que si fue dura, si fue sangrienta,
por ha Victoria fue coronada,
junta a la hoguera que los calienta,
enardecidos y decidores
con fe en la vida y alma contenta,
varios soldados cantan amores,
como quien quiere buscando flores
borrar el daño de la tormenta.
Harto seguro de su donaire,
toca uno de ellos una guitarra,
y una garganta que se desgarra
lanza esta copla, que roba el aire:
La heridita que me han hecho
es chiquitita y es roja:
¡bendiga Dios esta herida,
que me recuerda tu boca!
Con recios gritos y ¡oles! ardientes
al que ha cantado premia el cornillo:
porque la copla lleva a las frentes,
en su lenguaje puro y sencillo
la imagen viva de las ausentes
cuyo retrato guarda el hatillo.
Y aun no repuestos los campeones
de esta alegría que en sentimiento
tiene anegados los corazones
cuando quejosa como un lamento
de ha vihuela siempre a los sones,
salta otra copla que roba el viento:
Aquel base de mi madre me
dio miedo de la guerra,
y en la guerra soy valiente
por devolvérselo a ella
¡Amor de madre! Rico tesoro
que late dentro de las entrañas,
como en el centro de las montañas
oculto el oro:
al evocarte con voz dolida,
sienten los héroes como encendida
sobre su rostro la intensa huella
de aquellos besos de despedida
que da tan sólo la boca de ella.
En algún pecho brota un sollozo;
algunos ojos anubla el llanto;
y al advertirlo sagaz el mozo
de las cantares, por el quebranto
volver en gozo,
para la patria tiene este canto:
Que cuál patria era su patria
le preguntaron a Dios,
y sin pararse a pensarlo,
Él dijo que era español.
Estallan risas frescas y locas
de honda alegría;
gritan a un tiempo todas las bocas,
y amortiguando la algarabía
con su apostura serena y pía,
pasa una virgen de blancas tocas.
Lleva en sus ojos, dulces y bellos,
por el insomnio martirizados
de amor cristiano dulces destellos;
lleva sus dedos ensangrentados,
porque amorosos tocaron ellos
en las heridas de los soldados.
¡Amor de todos! Este as su emblema,
éste es su norte y éste su aliento,
y amando a todos viva el poema
de la ternura y el sufrimiento.
La mira el mozo, su ardor extrema,
y con el alma puesta en su acento,
canta esta copla, que luego el viento
lleva a más alta región suprema:
La caridad no pregunta
ni las nombres ni las tierras:
como la mar llama al río,
el llanto la llama a ella.
Canto de penas del mundo entero,
por generoso, por lastimero,
conmueve a todos... Noble y augusta
sigue la hermana por el sendero.
Y otro muchacho dice al coplero
con voz velada, pero robusta:
-Tengo una patria por la que muero,
tengo una novia que es un lucero,
tengo una madre cristiana y justa,
y, sin embargo, mi compañero,.
ése es el canto que yo prefiero,
¡ésa es la copla que más me gusta!
ABRIL
Con sus nieves y aguas mil
al invierno el sol destierra;
suspira alegre la tierra
y ese suspiro es abril.
¡Abril!, el primer albor
de la mañana en el cielo;
¡abril!, el primer anhelo;
¡abril!, la primera flor.
El primer ímpetu ardiente
de la vida, antes en calma;
el primer grito en el alma;
el primer sueño en la frente.
Abril es por maravilla
flor de eterna juventud;
abril es fuerza y salud;
abril sabe a manzanilla.
Abril es aura que cruza
entre flores a escoger;
abril es una mujer,
y una mujer andaluza.
Abril ama, sueña, engríe
canta, bulle y alborota;
abril es clavel que brota,
abril es boca que ríe.
¡Abril! ¿A quién no has dejado
el recuerdo de un amor
y las hojas de una flor
en el libro más preciado?
|
Volver al inicio
|