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UN RÍO LE LLAMAN
CARLOS
Yo me senté en la orilla; quería preguntarte,
preguntarme tu secreto;
convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;
y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te
llaman Carlos).
Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives. Dímelo,
río,
y dime, di, por qué te llaman Carlos.
Ah, loco, yo, loco,
quería saber qué eras, quién eras
(genero, especie) y qué eran, qué significaban «fluir»,
«fluido», «fluente»;
qué instante era tu instante cuál de tus mil reflejos, tu
;reflejo absoluto
yo quería indagar el último recinto de tu vida tu unicidad,
esa alma de agua única,
por la que te conocen por Carlos.
Carlos es una tristeza,
muy mansa y gris, que fluye
entre edificios nobles, a Minerva sagrados y entre hangares
que anuncios y consignas coronan.
Y el río fluye y fluye, indiferente. A veces, suburbana,
verde, una sonrisilla
de hierba se distiende, pegada a la ribera. Yo me he sentado
allí, sobre la hierba quemada del invierno para pensar por qué los ríos
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.
Y tu fluías,
fluías, sin cesar, indiferente
y no escuchabas a tu amante extático que te miraba
preguntándote
como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye
un alma por los ojos, y si en su sima el mundo será todo luz blanca
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa.
Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de los quince años,
entre fiebres oscuras y los días—qué verano— tan lentos.
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida y de tu
vida, y por qué te llamaban Carlos.
Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando el
fluir de este río Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
Pero sé que la tristeza es gris y fluye. Porque sólo fluye
en el mundo la tristeza. Todo lo que fluye es lágrimas.
Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la
tristeza. Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
como yo no sé por qué eres una tristeza ni por qué te llaman
Carlos.
Era bien de mañana cuando yo me he sentado a contemplar el
misterio fluyente de este río, y he pasado muchas horas preguntándome,
preguntándote.
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un río? Dime, dime qué eres,
qué buscas,
río, y por qué te llaman Carlos.
Y ahora me fluye dentro
una tristeza,
un río de tristeza gris, con lentos puentes grises, como
estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies. Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo. Han debido
pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente. Ha debido pasar
mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo
desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas de esta
tristeza, de este
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.
MUJER
CON ALCUZA / A LEOPOLDO PANERO
¿Adónde va esa mujer, arrastrándose por la acera, ahora
que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?
Acercaos: no nos ve. Yo no
sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos, si el gris desvaído de ese
chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza, o si el
paisaje desolado de su alma.
Va despacio, arrastrando los pies, desgastando suela,
desgastando losa,
pero llevada por un terror oscuro, por una voluntad
de esquivar algo horrible.
Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad, esta mujer va por un campo yerto, entre
zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones, de humana dimensión, de tierra
removida,
de tierra que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas, llenas de barro y agua fangosa y
sudarios harapientos del color de la desesperanza.
Oh sí, la
conozco. Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo; ha viajado durante muchos días y
durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío, otras veces lucía el
sol y sacudía el viento
arbustos juveniles en los campos en donde incesantemente
estallan extrañas flores encendidas.
Y ella ha viajado y ha
viajado,
mareada por el ruido de la conversación, por el traqueteo de
las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia. ¡Oh!:
noches y días,
días y noches, noches y días, días y noches, y
muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.
Pero el horrible tren ha ido
parando
en tantas estaciones diferentes, que ella no sabe con
exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios, ni las épocas.
Ella recuerda sólo
que en todas hacía frío, que en todas estaba oscuro, y
que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre cuán bestial es el topetazo de la
injusticia absoluta,
ha sentido siempre una tristeza que era como un ciempiés
monstruoso que le colgara de la mejilla, como si con el arrancar
del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables
margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del
pueblo, como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a
Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban, y ella se asomaba
frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose, solo para ver alejarse en la
infinita llanura
eso, una solitaria estación, un lugar señalado en las
tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz bajo las estrellas.
Y por fin se ha
dormido,
sí, ha dormitado en la sombra, arrullada por un fondo de
lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas, como de gentes que
hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso por lloros de niños que se
despiertan mojados a la media noche, o por cortantes chillidos
de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.
Y ha viajado noches y días, sí, muchos días, y
muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes, siempre con una
ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay, para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.
...No ha sabido cómo. Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando, casi habían cesado por fin los ruidos a su
alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en
las sombras, algún cuchillo como un limón agrio que pone
amarilla un momento la noche. Y luego nada. Solo la
velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro del tren, solo el
ruido del tren.
Y esta mujer se ha despertado en la noche, y estaba
sola,
y ha mirado a su alrededor, y estaba sola, y ha
comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro, y estaba sola, y ha buscado al
revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado, a algún mendigo que viajara oculto bajo un
asiento,
y estaba sola, y ha gritado en la oscuridad, y estaba
sola,
y ha preguntado en la oscuridad, y estaba sola, y ha
preguntado
quién conducía, quién movía aquel horrible tren. Y no le
ha contestado nadie,
porque estaba sola, porque estaba sola. Y ha seguido
días y días,
loca, frenética, en el enorme tren vacío, donde no va
nadie,
que no conduce nadie.
...Y esa es la terrible, la
estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas, entre zanjas abiertas a un lado y
otro,
entre caballones de tierra, de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos. Ah, por eso esa mujer
avanza
(en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza), abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces, de cercanas
cruces,
de cruces lejanas.
Ella, en este crepúsculo que cada
vez se ensombrece más,
se inclina, va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo. ¿Es que se asoma por el marco de su propio
cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla de un tren, al ver
alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado? ¿Es que le pesan, es que le
cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción, y se le tensan
tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas? ¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?
3A.
PALINODIA: DETRÁS DE LOS GRIS
Ah, yo quiero vivir
dentro del orden general
de tu mundo. Necesito vivir entre los hombres. Veo un
árbol: sus brazos ya en angustia
o ya en delicia lánguida proclaman su verdad: su alma de
árbol se expresa,
irreductiblemente única. Pero el hombre que pasa junto a mí
el hombre moderno con sus radios, con sus quinielas, con sus
películas sonoras
con sus automóviles de suntuosa hojalata o con sus tristes
vitaminas,
mudo tras su etiqueta que dice «comunismo» o «democracia» dice,
con apagados ojos y un alma de ceniza ¿que es?, ¿quién es?
¿Es una mancha gris, un monstruo gris?
Monstruo gris,
gris profundo,
profundamente oculta sus amores, sus odios, gris en su casa,
gris en su juego, en su trabajo, gris, hombre gris, de
gris alma.
Yo quiero, necesito, mirarle allá a la hondura de los ojos,
conocerle,
arrancarle su careta de cemento, buscarle por detrás de sus
tristes rutinas.
Por debajo de sus fórmulas de lorito real (¡Pase usted!
¡Tanto gusto!),
aventarle sus tumbas de ceniza huracanarle su cloroformo
diario.
Un día llegará en que lo gris se rompa, y tus bandos
resuenen arcangéíicos,
oh gran Dios.
Dime, Dios mío, que tu amor refulge
detrás de la ceniza.
Dame ojos que penetren tras lo gris la verdad de las almas,
la hermosa desnudez de tu imagen: el hombre.
AMOR
¡Primavera
feroz! Va mi ternura
por las más hondas venas derramada, fresco hontanar, y furia
desvelada,
que a extenuante pasmo se apresura.
¡Oh qué acezar, qué
hervir, oh, qué premura
de hallar, en la colina clausurada, la llaga roja de la
cueva helada,
y su cura más dulce, en la locura!
¡Monstruo fugaz,
espanto de mi vida,
rayo sin luz, oh tú, mi primavera, mi alimaña feroz, mi
arcángel fuerte!
¿Hacia qué hondón sombrío me convida, desplegada y astral,
tu cabellera?
¡Amor. amor, principio de la muerte!
CALLE DEL ARRABAL
Se me quedó en lo hondo una visión tan clara, que
tengo que entornar los ojos cuando intento recordarla.
A un lado, hay un calvero de solares en frente, están las
casas alineadas porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas, aún goteantes,
penden
de todas las ventanas, el viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas
bonitas
que se peinan al aire 1ibre.
Cantan los chicos de una
escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.
CANCIONCILLA
Otros querrán mausoleos donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,
y yo no los quiero, no (que
lo digo en un cantar)
porque yo
morir quisiera en el viento, como la gente
de mar
en el mar.
Me podrían enterrar en la ancha fosa del
viento.
Oh, qué dulce descansar ir sepultado en el viento como
un capitán del viento
como un capitán del mar, muerto en medio de la mar.
¿CÓMO ERA? ¿Cómo era Dios mío, cómo era?
JUAN R. JIMÉNEZ
La puerta, franca. Vino queda y suave. Ni materia ni
espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave y una luz matinal de claro
día.
No era de ritmo, no era de armonía ni de color. El
corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría porque no es forma, ni en la
forma cabe.
Lengua, barro mortal, cincel inepto, deja la flor
intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,
y canta mansamente,
humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente, mientras ella me
llena el alma toda.
DE PROFUNDIS
Si vais por la carretera del arrabal, apartaos, no os
inficione mi pestilencia. El dedo de mi Dios me ha señalado:
odre de putrefacción quiso que fuera este mi cuerpo, y una ramera
de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor al
príncipe sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes, que
ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada. Yo
soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo, y
el perro del mendigo arroja al muladar. Pero desde la mina de
las maldades, desde el pozo de la miseria, mi corazón se ha
levantado hasta mi Dios, y le ha dicho: Oh Señor, tú que has
hecho también la podredumbre, mírame, Yo soy el orujo
exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso, el zapato sin suela en
el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie
compra y donde casi ni escarban las gallinas. Pero te amo,
pero te amo frenéticamente. ¡Déjame, déjame fermentar en tu
amor,
deja que me pudra hasta la entraña, que se me aniquilen
hasta las últimas briznas de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!
MADRIGAL DE LAS ONCE
Desnudas han caído las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas y un enjambre de abejas va
rezumbando encima.
La mañana ha roto su collar desde la torre. En los
troncos, se rascan las cigarras. Por detrás de la verja del
jardín,
resbala, quieta, tu sombrilla blanca.
DESTRUCCIÓN
INMINENTE
A una rama de avellano
¿Te
quebraré, varita de avellano,
te quebraré quizás? ¡Oh tierna vida, ciega pasión en verde
hervor nacida,
tú, frágil ser que oprimo con mi mano!
Un chispazo fugaz,
sólo un liviano
crujir en dulce pulpa estremecida, y aprenderás, oh rama
desvalida,
cuánto pudo la muerte en un verano.
Mas, no; te dejaré...
Juega en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo, tu verde frenesí, hoja
tras hoja.
Dame otoño también, Señor, que siento no sé qué hondo
crujir, qué espanto mudo. Detén, oh Dios, tu llamarada roja.
GOTA PEQUEÑA, MI
DOLOR
Gota pequeña, mi dolor. La tiré al mar.
Al hondo mar. Luego me dije: ¡A tu sabor ya puedes
navegar!
Más me perdió la poca fe... La poca fe de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué. Y era un dolor inmenso el mar.
HOMBRE Y DIOS
Hombre es amor. Hombre es un haz, un centro donde se
anuda el mundo. Si Hombre falla otra vez el vacío y la batalla
del primer caos y el Dios que grita «¡Entro!»
Hombre es
amor, y Dios habita dentro
de ese pecho y profundo, en él se acalla; con esos ojos
fisga, tras la valla,
su creación, atónitos de encuentro.
Amor-Hombre, total
rijo sistema
yo (mi Universo). ¡Oh Dios, no me aniquiles tú, flor inmensa
que en mi insomnio creces!
Yo soy tu centro para ti, tu tema de hondo rumiar, tu
estancia y tus pensiles.
Si me deshago, tú desapareces.
INSOMNIO
Madrid es una ciudad de más
de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). A
veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el
que hace 45 años que me pudro, y paso largas horas oyendo gemir
al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la
luna. Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando
como un perro enfurecido, '
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca
amarilla. Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se
pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes
azucenas letales de tus noches?
MONSTRUOS
Todos los días rezo esta oración
al levantarme:
Oh Dios, no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean. Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan,
igual, igual, que yo les interrogo a ellos. Que tal vez te
preguntan,
lo mismo que yo en vano perturbo el silencio de tu
invariable noche
con mi desgarradora interrogación. Bajo la penumbra de las
estrellas
y bajo la terrible tiniebla de la luz solar, me acechan ojos
enemigos,
formas grotescas que me vigilan, colores hirientes lazos me
están tendiendo:
¡son monstruos, estoy cercado de monstruos!
No me
devoran.
Devoran mi reposo anhelado, me hacen ser una angustia que se
desarrolla a sí misma,
me hacen hombre, monstruo entre monstruos.
No,
ninguno tan horrible
como este Dámaso frenético, como este amarillo ciempiés que
hacia ti clama con todos sus tentáculos enloquecidos, como esta
bestia inmediata transfundida en una angustia fluyente;
no, ninguno tan monstruoso como esa alimaña que brama hacia
ti,
como esa desgarrada incógnita que ahora te increpa con
gemidos articulados,
que ahora te dice: «Oh Dios, no me atormentes más,
dime qué significan
estos monstruos que me rodean y este espanto íntimo que
hacia ti gime en la noche».
MUJERES
Oh,
blancura. ¿Quién puso en nuestras vidas
de frenéticas bestias abismales este claror de luces
siderales estas nieves, con sueño enardecidas?
Oh dulces
bestezuelas perseguidas. Oh terso roce. Oh signos cenitales.
Oh músicas. Oh llamas. Oh cristales. Oh velas altas, de la
mar surgidas.
Ay, tímidos fulgores, orto puro, quién os trajo a este pecho
de hombre duro,
a este negro fragor de odio y olvido?
Dulces espectros,
nubes, flores vanas...
¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas, tristes mujeres, de
aire o de gemido!
ORACIÓN POR LA BELLEZA DE UNA MUCHACHA
Tú le diste esa ardiente simetría de los labios, con brasa
de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura, simas de infinitud, luz
de tu día;
esos bultos de nieve, que bullía al soliviar del lino la
tersura,
y, prodigios de exacta arquitectura, dos columnas que cantan
tu armonía.
Ay, tú, Señor, le diste esa ladera que en un álabe dulce
se derrama,
miel secreta en el humo entredorado.
¿A qué tu poderosa
mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama. ¡Dale la eternidad que le
has negado!
PREPARATIVOS DEL
VIAJE
Unos se van quedando estupefactos,
mirando sin avidez, estúpidamente, más allá, cada vez más allá,
hacia la otra ladera otros voltean la cabeza a un lado y otro
lado,
sí, la pobre cabeza, aún no vencida, casi con gesto de
dominio,
como si no quisieran perder la última página de un libro de
aventuras, casi con gesto de desprecio cual si quisieran
volver con despectiva indiferencia las espaldas a una cosa
apenas si entrevista,
mas que no va con ellos.
Hay algunos que agitan con
angustia los brazos por fuera del embozo,
cual si en torno a sus sienes espantaran tozudos moscardones
azules o cual si bracearan en un agua densa, poblada de
invisibles medusas. Otros maldicen a Dios, escupen al Dios
que los hizo
y las cuerdas heridas de sus chillidos acres atraviesan como
una pesadilla las salas insomnes del hospital, hacen oscilar
como viento sutil las alas de las tocas
y cortan el torpe vaho del cloroformo.
Algunos llaman con
débil voz
a sus madres las pobres madres, las dulces madres entre
cuyas costillas hace ya muchos años que se pudren las tablas del
ataúd.
Y es muy frecuente que el moribundo hable de
viajes largos,
de viajes por transparentes mares azules, por archipiélagos
remotos, y que se quiera arrojar del lecho porque va a
partir el tren, porque ya zarpa el barco.
(Y entonces se les hiela el alma a aquellos que rodean al
enfermo. Porque comprenden.) Y hay algunos, felices,
que pasan de un sueño rosado, de un sueño dulce, tibio y dulce,
al sueño largo y frío.
Ay, era ese engañoso sueño,
cuando la madre, el hijo, la hermana han salido con enorme
emoción, sonriendo, temblando, llorando, han salido de
puntillas, para decir: « ¡Duerme tranquilo, parece que duerme
muy bien!»
Pero, no: no era eso.
... Oh sí; las madres lo saben muy
bien: cada niño se duerme de una manera distinta...
Pero
todos, todos se quedan
con los ojos abiertos. Ojos abiertos, desmesurados en el
espanto último,
ojos en guiño, como una soturna broma, como una mueca ante un
panorama grotesco, ojos casi cerrados, que miran por fisura, por
un trocito de arco, por el segmento inferior de las pupilas.
No hay mirada más triste.
Sí, no hay mirada más profunda ni más triste.
Ah,
muertos, muertos, ¿qué habéis visto
en la esquinada cruel, en el terrible momento del tránsito?
Ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo con el camión
gris de la muerte? No sé si cielos lejanísimos de desvaídas
estrellas, de lentos cometas solitarios hacia la torpe nebulosa
inicial,
no sé si un infinito de nieves, donde hay un rastro de sangre,
una huella de sangre inacabable, ni si el frenético color de una
inmensa orquesta convulsa cuando se descuajan los orbes, ni si
acaso la gran violeta que esparció por el mundo la tristeza como un
largo perfume de enero, ay, no sé si habéis visto los ojos
profundos, la faz impenetrable. Ah, Dios mío, Dios mío, ¿qué han
visto un instante esos ojos que se quedaron abiertos?
SONETO
SOBRE LA LIBERTAD HUMANA
Qué hermosa eres,
libertad. No hay nada
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento. Más brilla y en más
puro firmamento
libertad en tormento acrisolada.
¿Que no grite? ¿Mordaza
hay preparada?
Venid: amordazad mi pensamiento. Grito no es vibración de
ondas al viento:
grito es conciencia de hombre sublevada.
Qué hermosa
eres, libertad. Dios mismo
te vio lucir, ante el primer abismo sobre su pecho,
solitaria estrella.
Una chispita del volcán ardiente tomó en su mano. Y te
prendió en mi frente,
libre llama de Dios, libertad bella.
EJEMPLOS La veleta, la cigarra. Pero el
molino, la hormiga.
Muele pan, molino, muele. Trenza, veleta, poesía.
Lo
que Marta laboraba se lo soñaba María.
Dios, no es verdad, Dios no supo cuál de las dos prefería.
Porque Él era sólo el viento que mueve y pasa y no mira.
SUEÑO DE LAS DOS
CIERVAS
¡Oh terso claroscuro
del durmiente! Derribadas las lindes, fluyó el sueño. Sólo el
espacio.
Luz y sombra, dos ciervas velocísimas, huyen hacia la hontana
de aguas frescas, centro de todo.
¿Vivir no es más que el roce de su viento? Fuga del viento,
angustia, luz y sombra: forma de todo.
Y las ciervas, las ciervas incansables, flechas emparejadas
hacia el hito, huyen y huyen.
El árbol del espacio. (Duerme el hombre) Al fin de cada rama
hay una estrella. Noche: los siglos.
...El árbol del espacio. Duerme el hombre. Al fin de cada
rama hay una estrella. Noche: los siglos.
Duerme y se agita con terror: comprende. Ha comprendido, y se
le eriza el alma. ¡Gélido sueño!
Huye el gran árbol que florece estrellas, huyen las ciervas
de los pies veloces, huye la fuente.
¿Por qué nos huyes, Dios, por qué nos huyes? Tu veste en
rastro, tu cabello en caudal, ¿dónde se anegan?
¿Hay un hondón, bocana del espacio, negra rotura hacia la
nada, donde viertes tu aliento?
Ay, nunca formas llegarán a esencia, nunca ciervas a fuente
fugitiva. ¡Ay, nunca, nunca!
VOZ DEL ÁRBOL
¿Qué me quiere tu mano? ¿Qué deseas de mí, dime, árbol mío?
...Te impulsaba la brisa: pero el gesto era tuyo, era tuyo.
Como el niño, cuajado de ternura que le brota en la entraña y
que no sabe expresar, lentamente, tristemente,
me pasaste la mano por el rostro, me acaricié tu rama.
¡
Qué suavidad había
en el roce! ¡Cuán tersa debe de ser tu voz! ¿Qué me
preguntas?
Di, ¿qué me quieres, árbol, árbol, mío?
La terca piedra
estéril,
concentrada en su luto -frenética mudez o grito inmóvil-,
expresa duramente, llega a decir su duelo a fuerza de
silencio atesorado.
El hombre -oh agorero croar, oh aullido inútil es voz
en viento: sólo voz en aire.
Nunca el viento y la mar oirán sus quejas. Ay, nunca el cielo
entenderá su grito;
nunca, nunca, los hombres.
Entre el hombre y la roca,
¡con qué melancolía sabes comunicarme tu tristeza,
árbol, tú, triste y bueno, tú el más hondo, el más oscuro de los
seres! ¡ Torpe
condensación soturna de tenebrosos jugos minerales,
materia en suave hervor lento, cerrada
en voluntad de ser, donde lo inerte con ardua afinidad de
fuerzas sube
a total frenesí! ¡Tú, genio, furia, expresión de la tierra
dolorida,
que te eriges, agudo, contra el cielo, como un ay, como
llama,
como un clamor! Al fin monstruo con brazos, garras y
cabellera:
¡oh suave, triste, dulce monstruo verde, tan verdemente
pensativo,
con hondura de tiempo, con silencio de Dios!
No sé
qué altas señales
lejanas, de un amor triste y difuso, de un gran amor de
nieblas y luceros,
traer querría tu ramita verde que, con el viento ahora
me está rozando el rostro.
Yo ignoro su mensaje profundo. La he cogido, la he besado.
(Un largo beso.)
HERMANOS
Hermanos, los que estáis en lejanía tras las aguas
inmensas, los cercanos
de mi España natal, todos hermanos porque habláis esta
lengua que es la mía:
yo digo «amor», yo digo «madre mía», y atravesando mare,>
sierras, llanos, —oh gozo— con sonidos castellanos,
os llega un dulce efluvio de poesía.
Yo exclamo «amigo»,
y en el Nuevo Mundo,
«amigo» dice el eco, desde donde cruza todo el Pacífico, y
aún suena.
Yo digo «Dios», y hay un clamor profundo; y «Dios», en
español, todo responde,
y «Dios», sólo «Dios», «Dios», el mundo llena.
VIENTO DE NOCHE
El
viento es un can sin dueño, que lame la noche inmensa. La
noche no tiene sueño. Y el hombre, entre sueños, piensa.
Y el hombre sueña, dormido, que el viento es un can sin
dueño, que aúlla a sus pies tendido para lamerle el ensueño.
Y aun no ha sonado la hora.
La noche no tiene sueño:
¡alerta, la veladora!
AY, TERCA NIÑA!...
¡Ay, terca niña!
Le dices que no al viento,
a la niebla y al agua:
rajas al viento,
partes la niebla,
hiendes el agua.
Te niegas a la luz profundamente:
la rechazas,
ya teñida de ti: verde, amarilla,
- vencida ya - gris, roja, plata.
Y celas de la noche,
la ardua
noche de horror de tus entrañas sordas.
Cuando la mano intenta poseerte,
siente la piel tus límites:
la muralla, la cava
de tu enemiga fe, siempre en alerta.
Nombre te puse, te marcó mi hierro,
«cáliz», «brida», «clavel», «cenefa», «pluma»...
(Era tu sombra lo que aprisionaba.)
Al interior sentido
convoqué contra ti. Y, oh burladora,
te deshiciste en forma y en color,
en peso o en fragancia.
¡Nunca tú: tú, caudal, tú, inaprehensible!
¡Ay, niña terca.
Ay, voluntad del ser, presencia hostil,
límite frío a nuestro amor! ¡Ay turbia
bestezuela de sombra,
que palpitas ahora entre mis dedos,
que repites ahora entre mis dedos
tu dura negativa de alimaña.
CIENCIA DE AMOR
No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.
¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.
yo no sé si eres muerte o eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.
CREACIÓN DELEGADA
Qué maravilla, libertad. Soy dueño
de mi albedrío. Me forjo (y forjo) obrando.
Yo me esculpo, hombre libre. Pero, ando.
hablo, callo, me río, pongo ceño,
yo, Dámaso, cual Dámaso. Pequeño
agente, yo, del Dios enorme, cuando
pienso, obro, río. Creación creando
le prolongo a mi Dios su fértil sueño.
Dios me sopla en la piel la vaharada
creadora. Padre, madre, sonriente,
se mira (¡Vamos! ¡Ea!) en mis pinitos.
Niño de Dios, Creación plasmado de nada,
yo, punto libre, voluntad crujiente
entre atónitos orbes infinitos.
DOLOR
Hacia la madrugada
me despertó de un sueño dulce
un súbito dolor,
un estilete
en el tercer espacio intercostal derecho.
Fino, fino,
iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.
Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban, crujiendo, los tendones,
perforaban, sin astillar, los obstinados huesos,
durísimos
y de él surgía todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,
como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,
según los galgos-nubes galopan sobre el campo
en la mañana primaveral.
Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,
como un sutil dibujo,
como un sauce temblón, todo delgada tracería,
largas ramas eléctricas,
que entrechocaban con descargas breves,
entrelazándose, disgregándose,
para fundirse en nódulos o abrirse
en abanico.
¡Ay!
Yo, acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de seis años
que contemplara absorto
a su hermano menor, recién nacido,
y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer,
hacerse adulto, crecer
y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes,
pujar, pujar, y ser como la vía láctea,
pero de fuego,
crecer aún, aún,
ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.
Y fue como un incendio,
como si mis huesos ardieran,
como si la médula de mis huesos chorreara fundida,
como si mi conciencia se estuviera abrasando,
y abrasándose, aniquilándose,
aún incesantemente
se repusiera su materia combustible.
Fuera, había formas no ardientes,
lentas y sigilosas,
frías:
minutos, siglos, eras:
el tiempo.
Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio
universal, inextinguible.
Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo
sin cesar,
mientras ardía con virutas de llamas,
con largas serpientes de azufre,
con terribles silbidos y crujidos,
siempre,
mi gran hoguera.
Ah, mi conciencia ardía en frenesí,
ardía en la noche,
soltando un río líquido y metálico
de fuego,
como los altos hornos
que no se apagan nunca,
nacidos para arder, para arder siempre.
EN LA SOMBRA
Sí: tú me buscas.
A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.
Sí: tú me buscas.
Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el
agua salobre.
Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.
No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche,
indiferente y sordo.
Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.
YO
Mi portento inmediato,
mi frenética pasión de cada día,
mi flor, mi ángel de cada instante,
aun como el pan caliente con olor de tu hornada,
aun sumergido en las aguas de Dios,
y en los aires azules del día original del mundo:
dime, dulce amor mío,
dime, presencia incógnita,
45 años de misteriosa compañía,
¿aún no son suficientes
para entregarte, para desvelarte
a tu amigo, a tu hermano,
a tu triste doble?
¡No, no! Dime, alacrán, necrófago,
cadáver que se me está pudriendo encima
desde hace 45 años,
hiena crepuscular,
fétida hidra de 800.000 cabezas,
¿por qué siempre me muestras sólo una cara?
Siempre a cada segundo una cara distinta,
unos ojos crueles,
los ojos de un desconocido,
que me miran sin comprender
(con ese odio del desconocido)
y pasan:
a cada segundo.
Son tus cabezas hediondas, tus cabezas crueles,
oh hidra violácea.
Hace 45 años que te odio,
que te escupo, que te maldigo,
pero no sé a quién maldigo,
a quién odio, a quién escupo.
Dulce,
dulce amor mío incógnito,
45 años hace ya
que te amo.
De "Hijos de la ira"
EXISTES? ¿NO EXISTES?
I
¿Estás? ¿No estás? Lo ignoro; sí, lo ignoro.
Que estés, yo lo deseo intensamente.
Yo lo pido, lo rezo. ¿A quién? No sé
¿A quién? ¿a quién? Problema es infinito.
¿A ti? ¿Pues cómo, si no sé si existes?
Te estoy amando, sin poder saberlo.
Simple, te estoy rezando; y sólo flota
en mi mente un enorme «Nada» absurdo.
Si es que tú no eres, ¿qué podrás decirme?
¡Ah!, me toca ignorar, no hay día claro;
la pregunta se hereda, noche a noche:
mi sueño es desear, buscar sin nada.
Me lo rezo a mi mismo: busco, busco.
Vana ilusión buscar tu gran belleza.
Siempre necio creer en mi cerebro:
no me llega más dato que la duda.
¿Quizá tú eres visible? ¿O quizá sólo
serás visible, a inmensidad soberbia?
¿Serás quizá materia al infinito,
de cósmica sustancia difundida?
¿Hallaré tu existir si intento, atónito,
encontrarte a mi ver, o en lejanía?
La mayor amplitud, cual ser inmenso,
buscaré donde el mundo me responda.
II
¿Pedir sólo lo inmenso conocido?
¿Pedir o preguntar al Universo?
No al universo de la tierra nuestra,
bajo, insensible, monstruoso, duro;
sí al Universo enorme, ya sin límites,
con planetas, los astros, las galaxias:
tal un dios material, flotando luces
en billones de años, sin fronteras.
Allí hay humanidades infinitas;
las llamo tal, mas son de extrañas formas:
nada igual a los hombres de esta tierra,
que aquí lloramos nuestra vida inmunda.
¡Extremado universo, inmenso, hermoso!
Con eterna amplitud, materias cósmicas,
avanzan infinitas las galaxias,
nebulosas: son gas, sólidas, líquidas.
III
Inmensidad, cierto es.
Mas yo no quiero
inmensidad-materia; otra es la mía,
inmateria que exista ( ¡ay, si no existe! ),
eterna, de omnisciencia, omnipotente.
No material, ¿pues que? Te llamo espíritu
( porque en mi vida espíritu es lo sumo ).
Yo ignoro si es que existes; y si espíritu.
Yo, sin saber, te adoro, te deseo.
esto es máximo amor; mi amor te inunda;
el alma se me irradia en adorarte;
mi vida es tuya sólo ( ¿ya no dudo? ).
Amor, no sé si existes. Tuyo, te amo.
GOZO DEL TACTO
Estoy vivo y toco
Toco, toco, toco.
Y no, no estoy loco.
Hombre, toca, toca
lo que te provoca:
seno, pluma, roca,
pues mañana es cierto
que ya estarás muerto,
tieso, hinchado, yerto.
Toca, toca, toca,
¡qué alegría loca!
Toca. Toca. Toca.
SOLO
Como perro sin amo, que no tiene
huela ni olfato, y yerra
por los caminos...
Antonio Machado
Hiéreme. Sienta
mi carne tu caricia destructora.
Desde la entraña se eleva mi grito,
y no me respondías. Soledad
absoluta. Solo. Solo.
Sí, yo he visto estos canes errabundos,
allá en las cercas últimas,
jadeantes huir a prima noche,
y esquivar las cabañas
y el sonoro redil, donde mastines
más dichosos, no ignoran
ni el duro pan ni el palo del pastor.
Pero ellos huyen,
hozando por las secas torrenteras,
venteando luceros, y si buscan
junto a un tocón del quejigal yacija,
pronto otra vez se yerguen:
se yerguen y avizoran la hondonada
de las sombras, y huyen
bajo la indiferencia de los astros,
entre los cierzos finos.
VIDA
Entre mis manos cogí
un puñadito de tierra.
Soplaba el viento terrero.
La tierra volvió a la tierra.
Entre tus manos me tienes,
tierra soy.
El viento orea
tus dedos, largos de siglos.
Y el puñadito de arena
-grano a grano, grano a grano-
el gran viento se lo lleva.
MAÑANA LENTA
Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde,
tierra vinariega.
Y tú, mañana, que me llevas.
carreta
demasiado lenta,
carreta demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,
que ha de llegar sin darme cuenta
seca.
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