Francisco de Aldana

   
 
 

 

 

 

 

 

 

BIOGRAFÍA

Poeta español, hijo de padres extremeños, nacido en Italia (probablemente en Nápoles) en 1537, y muerto en la batalla de Alcazalquivir (en la provincia de Tánger, en Marruecos) en 1578. Su producción poética, heredera en un principio de los temas y las formas italianizantes introducidas por Boscán y Garcilaso, supera el petrarquismo y el neoplatonismo para adentrarse en una concepción naturalista del amor, aportando una moderada dosis de sensualidad que enriquece lo que, en los poetas anteriores, era un mero proceso espiritual.


Vida

Su padre, Antonio Villela de Aldana, era capitán de caballos y alcaide de las fortalezas de Aquila, Gaeta y Manfredonia. Se había casado en Parma con la hija del coronel Gonzalo de Aldana, primo hermano de su madre. En 1540 la familia se trasladó a Florencia de manera definitiva; allí el padre recibió el mando de la caballería española y, en 1546, los cargos de castellano de Liorna y de San Miniato. En esta ciudad se desarrolló la juventud de Francisco de Aldana, sin que sepamos nada de su formación intelectual (aunque Elias L. Rivers afirma que escribió sus primera obras bajo el influjo del erudito Benedetto Varchi).

Allí se empapó del neoplatonismo que predominaba en la literatura florentina de su época. En un memorial escrito al final de su vida afirmaba que su carrera militar había empezado en 1553, y su hermano Cosme recuerdó que había participado en la batalla de San Quintín, en 1557. En 1563 fue nombrado lugarteniente de su padre, alcaide de la fortaleza de San Miniato. Siguiendo las órdenes de Felipe II, abandonó Italia para servir en Flandes al mando de Francisco Álvarez de Toledo, tercer duque de Alba, nombrado gobernador de los Países Bajos.

En Flandes sirvió como camarero del Duque, de lo que se quejó en la epístola II que dirigió a su hermano Cosme. Sabemos que participó en la campaña contra el conde Luis de Nassau. En 1571 marchó a Madrid con una carta del duque de Alba dirigida al presidente del Consejo de Castilla. En 1572 participó como sargento mayor en una expedición de don Juan de Austria contra los turcos.

Al año siguiente intervino en el asedio y conquista de la ciudad de Harlem. En el sitio de Alkmaar fue herido de un mosquetazo y, según contaba él mismo, tuvo que pasar siete meses de cama. En julio de 1574 escribió una carta al duque de Alba, que había sido relevado de su cargo en Flandes, en la que manifestó su deseo de volver a España, aunque en agosto de ese año se hallaba en el sitio de Leiden, que se levantó en octubre de 1574. Requesens le encargó las negociaciones con los soldados de los tercios para evitar los motines que tanto daño hacían a las tropas españolas. Por fin, en marzo de 1576 regresó a España con el propósito de conseguir alguna recompensa a sus veinte y cuatro años de servicio.

A su llegada a España, fue encargado provisionalmente de la tenencia de la fortaleza de San Sebastián. Al año siguiente, se le mandó que viajase con el aventurero Diego de Torres al norte de África, de forma clandestina, para reconocer las marinas y sus fortalezas y enterarse de lo que más cumplía. Vuelto a Madrid, viajó a Lisboa para presentar sus informes al rey don Sebastián, y quedó profundamente impresionado por el monarca portugués. De regreso a Madrid, quedó a cargo de la custodia del conde de Bura, hijo de Guillermo de Orange, al que acompañó hasta la fortaleza de Arévalo; desde allí, pasó a San Sebastián.

A finales de junio de 1578 Felipe II ordenó a Aldana que fuera a servir al rey de Portugal. El 31 de julio, Aldana llegó con quinientos soldados castellanos a Arcila, pero el ejército portugués se había internado ya en África. Considerando el desastre que se avecinaba, manifestó su intención de volver a España, pero fue convencido para que no lo hiciera y entregara al rey una carta del Duque de Alba y decidió ir al encuentro del rey portugués.

Su hermano cuenta que don Sebastián lo nombró maestre de campo general. Organizó la infantería y en la batalla, que tuvo lugar el 4 de agosto, murió luchando como un auténtico héroe. Pero en su época no fue sólo recordado como un héroe, sino que su obra literaria fue muy apreciada por sus contemporáneos que le dieron el título de "Divino", reservado únicamente a los grandes escritores. Antes de su muerte, Gil Polo le dedicó un elogio en su Diana enamorada (publicada en 1564). También Cervantes lo menciónó junto a Boscán y Garcilaso en La Galatea (1585), y Lope de Vega alabó tanto su carrera militar como su obra poética en su Laurel de Apolo (1630).

Obra

Como es el caso de la mayoría de los poetas españoles del Siglo de Oro, Aldana nunca publicó sus poesías. Su hermano Cosme fue el encargado de darlas a la luz en dos tomos: el primero bajo el título de Primera parte de las obras, impreso en Milán, con dedicatoria fechada en 1589; el segundo, titulado Segunda parte de las obras, en Madrid en 1591. Estas dos colecciones contienen una gran cantidad de errores, como lo demuestra el juicio de Quevedo: ?Si alcanzo sosiego algún día bastante, pienso enmendar y corregir sus obras deste nuestro poeta español, tan agraviadas de la emprenta, tan ofendidas del desaliño de un su hermano, que sólo quien de cortesía le creyere al que lo dice creerá que lo es?.

La edición de su hermano está plagada de errores e incluye poemas que no fueron escritos por Francisco de Aldana. La mayor parte de su poesía incorpora el repertorio temático-formal típico de su época: sonetos amorosos, con ambientación pastoril muchos de ellos; poemas mitológicos ("Fábula de Faetonte"); una reelaboración de un un texto de Ariosto ("Medoro y Angélica"); poemas religiosos ("Canción a Cristo crucificado"); epístolas en verso ("Epístola a Arias Montano"); poemas patrióticos ("Al rey don Felipe, nuestro señor"). Pero se han perdido muchas de sus obras, y no sólo de su primera época en Florencia; Cosme ofrece una lista de estas obras: tratados sobre el Santísimo Sacramento y sobre el Amor platónico; un diálogo en prosa y verso, titulado Cyprigna, de varios caballeros que vivían en soledad en Chipre; octavas sobre el Génesis y sobre la Virgen; traducción de las Epístolas de Ovidio; y "una Obra de Amor y Hermosura a lo sensual".

Su nacimiento en Italia, y el prestigio de la literatura italiana, explican el hecho de que Aldana, como también lo había hecho Figueroa, escribiera poemas en italiano; se han conservado dos sonetos escritos totalmente en esa lengua, o con mezcla de italiano y castellano; un ejemplo lo tenemos en las octavas que comienzan ?Esta es la mano alabastrina y bella / per cui spari dal cor lo antico gelo?, en la que alternan un verso en castellano con el siguiente en italiano.

Pero la mayor parte de la producción poética de Aldana está escrita en castellano, aunque siguiendo las formas métricas y la temática que había impuesto la tradición italiana, sobre todo la del Cinquecento. Dentro de esta tradición se inserta su poesía amorosa, aunque con una característica que no aparece en los poetas anteriores a su generación: el sensualismo.

Aldana no sigue ni el petrarquismo ni el neoplatonismo de poetas como Garcilaso o Acuña; él ya no considera el amor como fenómeno únicamente espiritual. Su concepción es naturalista, de un naturalismo en el que sigue a los humanistas como Equicola, que analiza con realismo la psicología amorosa e indaga las raíces de la sensualidad. El poema que mejor ejemplifica este naturalismo es el que comienza ?¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando?, en el que se establece un diálogo entre los dos amantes Damón y Filis, en que se destaca la necesidad de la unión entre los cuerpos para alcanzar el auténtico sentimiento amoroso: ?Amor, mi Filis bella, que allá dentro / nuestras almas juntó, quiere en su fragua / los cuerpos ajuntar también?.

Pero esta unión (de las almas y de los cuerpos) nunca satisface del todo a los amantes, con lo que el movimiento se perpetúa en el siempre insatisfecho deseo de recuperar el androginismo primero. Esta insatisfacción llega a su final, en el que el poeta, cansado, se considera muerto para el amor, como lo manifiesta en la epístola a Galanio, donde confiesa: ?y el tributo pagué de aquellos años / que al niño arquero son más agradables, / mas ya podré decir: ?pasó, solía?, / que el ébano del pelo ya blanquea?. Es entonces cuando se plantea el retiro de las vanidades del mundo, cuando desea pasar de la vida activa de la milicia a la contemplación de Dios y de su obra. En el soneto que comienza ?Clara fuente de luz, nuevo y hermoso? el poeta describe los sentimientos de su alma, que desea liberarse de la cárcel del cuerpo para ir a encontrarse en el cielo con el Creador. Pero esta vida contemplativa refleja el viejo tópico horaciano de la vida retirada. El poeta desea vivir en un lugar en el que estén ausentes ?cuidados, / muertes, ansias, dolor, temor y enojos?. Sólo la contemplación divina mueve a partir de entonces su ánimo, todo lo diseña y dirige hacia Dios. Pero vida contemplativa no implica aislamiento: el amor ha sido sustituido por la amistad, con ecos horacianos en versos como el que dirige a su amigo: ?con vos que sois de mí la mejor parte?. Aldana rechaza el estilo de vida de los anacoretas, porque él cree en la indisolubilidad de las almas amistadas.

Escucha -
Reconocimiento de la vanidad del mundo

Aldana también compuso sonetos y canciones religiosas, basados, la mayor parte de ellos, en la doctrina central del Cristianismo: la de la Encarnación. Un ejemplo de esto lo tenemos en el soneto ?Sacrosanta, inmortal fuente que sales?. Pero no son estos los únicos temas religiosos que trata, ya que también conservamos un soneto a la Virgen o la canción que dedica a la soledad de Nuestra Señora.

Un género en el que destaca su vena poética es el de las epístolas. Se pueden dividir en dos grupos: el amoroso, que tiene como modelo a Ovidio, y el moral, en que el modelo lo brinda Horacio. Del primer grupo sólo tenemos la ?Epístola a una dama?; en ella el poeta refleja una idea ya tópica: la obediencia a la que está sometido el amante a los deseos de su dama, idea que se expresa ya en el primer terceto: ?¡Ay dura ley de amor que así me obliga / a no tener más voluntad de aquella / que me ordena el rigor de mi enemiga!?. Las demás epístolas, de clara influencia horaciana, se dirigen todas ellas a varones: a su hermano Cosme o a Benito Arias Montano, entre otros. Todas, a excepción de la III, se basan en la amistad sincera que profesan los corresponsales.

Así, en la "Epístola II" el poeta escribe a su hermano Cosme contándole su situación fastidiosa en la corte: ?La vida que ora paso aquí no es otra / que trafagar en esta corte ibera?. La más conocida e importante de las epístolas es la dirigida al erudito escriturario Benito Arias Montano, en la que trata de la contemplación de Dios y los requisitos della; ha sido denominada como ?epístola horaciana a lo divino? y ?autobiografía espiritual?. En esta epístola, escrita en 1577 desde Madrid, Aldana muestra su cansancio de la vida que lleva: ?mi vida temporal anda precita / dentro el infierno del común trafago?, y su deseo de alcanzar una vida retirada que le permita reflexionar sobre él mismo: ?entrarme en el secreto de mi pecho / y platicar en él mi interior hombre, / dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho?.

Vida retirada, pero en compañía del propio Montano, ?en recíproco amor juntos tratando?; vida contemplativa, de observación de la Naturaleza, máxima obra de Dios. Es, por tanto, esta epístola otra muestra del deseo de Aldana de alcanzar la unión divina a través de la amistad y de la contemplación. Son esenciales en la epístola el tono de humildad, siempre dependiente de la gracia de Dios, y el concepto de la vida interior, del espíritu. Pero no es sólo una carta en la que Aldana expone sus ideas olvidándose del receptor, sino que en determinados momentos se dirige a él, invitándolo a acompañarlo (?verás?, ?bajaremos allá?, ?miraremos?) para que satisfaga su curiosidad de humanista y observe los ?retorcidos caracoles?, ?el nácar, el almeja y la purpuria / veneria?.

La vida contemplativa no le hace olvidar sus preocupaciones patrióticas, en las que también se hallan huecos de esa espiritualidad que informa otras poesías. El ejemplo más claro de ello lo tenemos en el soneto dirigido ?al rey don Felipe, nuestro señor?. En él se describe la misión divina del monarca español, misión que ya le había sido asignada antes de su nacimiento; es la monarquía mesiánica. El poema presenta al rey como al monarca que desde los tiempos bíblicos estaba anunciado, aquél que va a conducir al hombre a unirlo detrás de la palabra de Dios; es el mismo mensaje que emite Hernando de Acuña en su famoso soneto: el soberano español, elegido por Dios, para ser el pastor que va a gobernar su grey: ?y va tras tu estandarte / la gente, el mundo, el tiempo y la fortuna?. El mismo mensaje es el que aparece en las Octavas dirigidas al rey don Felipe Nuestro Señor, en el que dos figuras femeninas alegóricas le comunican al monarca la que creen debe ser la política militar del imperio español, centrada sobre todo en la defensa de la verdadera fe; todo ello con gran cantidad de referencias bíblicas: ?A ti los Faraones, los Golías, / los Nembrotes vencer tan sólo toca?.

La "Fábula de Faetonte" consta de 1214 versos y es una adaptación al castellano de la "Favola di Fetonte" del poeta italiano Luigi Alamanni, quien, a su vez, la había adaptado de la versión de Ovidio. Al texto original Aldana le proporciona análisis científico y descripción realista. El resto de los poemas narrativos de Aldana utilizan como estrofa las octavas reales. Podemos destacar la glosa que hace del soneto XXIV de Garcilaso, ?Pasando el mar Leandro el animoso?, que corría impreso en pliegos sueltos desde 1536, poema que le permitía expresar la insatisfacción del deseo amoroso.

Otro poema narrativo en octavas reales es el dedicado al "Parto de la Virgen", que tiene como modelo el "De partu Virginis" de Sannazaro; con este poema Aldana intenta crear una épica culta religiosa en la conjunción de virgilianismo y materia bíblica, con abundantes referencias a la mitología clásica: hay alusiones a Febo o a Venus, entre otros personajes del panteón pagano. También de temática religiosa son las ?Octavas sobre el Juicio Final?, que para Rivers dan una impresión surrealista; en ellas, Aldana presenta una primera parte que glorifica a la divinidad a través de su creación de belleza y armonía, hasta la quinta octava en que empiezan a describirse los desastres que provoca el momento final: ?A la gran madre antigua veo, / Naturaleza, estar toda turbada, / ... / estéril ya, decrépita y cansada?; el final del poema describe perfectamente mediante el asíndeton el caos que produce el Juicio Final y las trompetas que lo anuncian: ?¡Qué de estantiguas veo, nieblas y horrores, / carátulas, fantasmas y visajes, / desmayos, sobresaltos y temores, / fríos de muerte, estímulos y ultrajes, / penas, calambres, ansias y temblores?.

Dentro de estas octavas también nos encontramos con otras en las que no tenemos elementos narrativos, sino que son poemas didácticos o morales. Tal es el caso de las ?Octavas sobre el bien de la vida retirada", poema en el que Aldana trata los temas que ya había fijado Horacio: riqueza mal ganada, la búsqueda de la verdad desnuda, la aurea mediocritas, el poder de la palabra para otorgar la fama al poeta (?los soberbios trofeos de que está llena, / por do a la eternidad pienso subirme, / las Musas son, y las que no han podido / escurecer las aguas del olvido?), etc.

Por último, también cultivó Aldana el estilo cancioneril, aunque en menor medida que los poetas de la generación anterior y que algunos de la suya, como es el caso de Fernando de Herrera. Quizá su formación italiana tuviese que ver con este hecho, ya que no tuvo el mismo acceso a los temas y metros cancioneriles que sus contemporáneos educados en España. De esta tradición tomó la forma métrica y el humorismo, elementos que aparecen en el ?Diálogo entre cabeza y pie?, que se ha relacionado con la tradición del debate cancioneril, aunque Lara Garrido piensa que ?se parece más a la variante dialogada y humorística del capriccio bernesco en cuya materia... el poeta ocupa el primer plano?.

Otros dos ejemplos los tenemos en dos poesías que nos han llegado en estado fragmentario. Estos dos poemas tienen como elemento común el tema amoroso, aunque uno de ellos, el que comienza ?Sin tantas filosofías?, trata de distinguir entre dos tipos diferentes de amor: uno ?que entretiene al servidor / en necias hipocresías?, aunque hay ?otro más humano, / más blando y de más holgura?. Nos encontramos, pues, ante la sensualidad que predica en sus poesías amorosas serias, pero en este caso el tema es tratado de una forma desenfadada, por lo que recurre al metro y al estilo cancioneril. El otro poema, que comienza ?Tan dulcemente profiere?, se mueve, con recursos conceptistas tomados de la poesía del siglo XV, entre el querer del amante y el no querer de la amada.

Poesías de este autor

Al cielo / ¿Cuál es la causa, mi Damón / El ímpetu cruel de mi destino / Reconocimiento de la vanidad del mundo / Pocos tercetos escritos a un amigo / Mil veces callo, que romper deseo  / Otro aquí no se ve que frente a frente / Glosa del soneto... Pasando el mar Leandro... / Soneto 01 / Soneto 02 / Soneto 03 / Epístola a una dama / A una dama / Por un bofetón dado a una dama / Alma Venus gentil, que al tierno arquero / Mil veces digo entre los brazos / Es tanto en bien que derramó en mi seno / Cual nunca osó mortal tan alto el vuelo / En fin...

AL CIELO

Clara fuente de luz, nuevo y hermoso,
rico de luminarias, patrio Cielo,
casa de la verdad sin sombra o velo,
de inteligencias ledo, almo reposo:

¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,
tan lejos del mortal caduco velo,
casi un Argos divino alzado a vuelo,
de nuestro humano error libre y piadoso!

¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora
esta en su cárcel alma peregrina,
llevada errando de uno en otro instante;

esa cierta beldad que me enamora
suerte y sazón me otorgue tan benina
que, do sube el amor, llegue el amante.

¿CUÁL ES LA CAUSA,MI DAMÓN,QUE ESTANDO

«¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

»y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?»

«Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

»que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte».

EL ÍMPETU CRUEL DE MI DESTINO

El ímpetu cruel de mi destino
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otra gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!

¡Oh, si tras tanto mal grave y contino,
roto su velo mísero y doliente,
el alma, con un vuelo diligente,
volviese a la región de donde vino!

Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte.

¡Oh, qué montón de cosas le diría,
cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!

RECONOCIMIENTO DE LA VANIDAD DEL MUNDO

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;

tras tanto acá y allá, yendo y viniendo
cual sin aliento, inútil peregrino;
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino
yo mismo de mi mal ministro siendo,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido;

y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.

POCOS TERCETOS ESCRITOS A UN AMIGO

Mientras estáis allá con tierno celo,
de oro, de seda y púrpura cubriendo
el de vuestra alma vil terrestre velo,

sayo de hierro acá yo estoy vistiendo,
cota de acero, arnés, yelmo luciente,
que un claro espejo al sol voy pareciendo.

Mientras andáis allá lascivamente
con flores de azahar, con agua clara
los pulsos refrescando, ojos y frente,

yo de honroso sudor cubro mi cara
y de sangre enemiga el brazo tiño
cuando con más furor muerte dispara.

Mientras que a cada cual con su desiño
urdiendo andáis allá mil trampantojos,
manchada el alma más que piel de armiño,

yo voy acá y allá, puestos los ojos
en muerte dar al que tener se gloria
del ibero valor ricos despojos.

Mientras andáis allá con la memoria
llena de las blanduras de Cupido,
publicando de vos llorosa historia,

yo voy aca de furia combatido,
de aspereza y desdén, lleno de gana
que Ludovico al fin quede vencido.

Mientras cual nuevo sol por la mañana
todo compuesto andáis ventaneando
en haca, sin parar, lucia y galana,

yo voy sobre un jinete acá saltando
el andén, el barranco, el foso, el lodo,
al cercano enemigo amenazando.

Mientras andáis allá metido todo
en conocer la dama, o linda o fea,
buscando introducción por diestro modo,

yo reconozco el sitio y la trinchea
deste profano a Dios vil enemigo,
sin que la muerte al ojo estorbo sea.

MIL VECES CALLO, QUE ROMPER DESEO

Mil veces callo, que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar a mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.

Anda cual velocísimo correo
por dentro el alma el suelto pensamiento,
con alto, y de dolor, lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.

No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.

Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.

OTRO AQUÍ NO SE VE QUE FRENTE A FRENTE

Otro aquí no se ve que frente a frente
animoso escuadrón moverse guerra,
sangriento humor teñir la verde tierra
y tras honroso fin correr la gente.

Este es el dulce son que acá se siente:
«¡España, Santïago, cierra, cierra!»
y por süave olor que el aire atierra
humo que azufre dar con llama ardiente.

El gusto envuelto va tras corrompida
agua, y el tacto sólo apalpa y halla
duro trofeo de acero ensangrentado,

hueso en astilla, en él carne molida,
despedazado arnés, rasgada malla...
¡Oh sólo, de hombres, digno y noble estado!

GLOSA DEL SONETO PSANDO EL MAR LEANDRO...

Entre el Asia y Europa es repartido
un estrecho de mar, do el fuerte Eolo,
con ímpetu terrible embravecido,
muestra revuelto el uno y otro polo:
de aquí la triste moza, desde Abido,
siente a su amigo entre las ondas solo;
aquí dio fin al último reposo,
pasando el mar, Leandro el animoso.

De un ardiente querer, de un mozo ardiente
la más ardiente llama aquí se muestra,
que de un pecho gentil, noble y valiente,
da aquel furor que el fiero niño adiestra.
¡Oh milagro de amor, que tal consiente!
¡Oh estrella en rodear mil glorias diestra,
pues mansa le aguardaste feneciendo,
en amoroso luego todo ardiendo.

No torbellino de aire ni nublado,
no por las aguas, con helado viento,
subirse el ancho mar al cielo airado,
temblar el alto y bajo firmamento,
al animoso mozo enamorado
pudieron detener solo un momento;
el cual, la blanca espuma ya partiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo.

Los brazos y las piernas ya cansadas
mueve el mozo gentil con pecho fuerte
y lucha con las ondas alteradas,
mas antes con el fin ya de su suerte.
¡Oh Parcas!, ¿cómo sois tan mal miradas
en no aguardarle, a la tornada, muerte?,
pues ya cortando va el pecho amoroso
las aguas con un ímpetu furioso.

Déjale, ¡oh Parca!, ver dentro en los brazos
de su querida y de su amada Hero,
concédeles que den sendos abrazos
en remembranza de su amor primero;
aplaca el mar que en tantos embarazos
por evitar, se puso, un gozo entero;
¿ya no le ves sin fuerza y sin reposo,
vencido del trabajo presuroso?
[...]

[...]
Los brazos con flaqueza y pesadumbre,
ya de puro cansado, mueve apenas:
ora se ve del cielo allá en la cumbre,
ora revuelto en medio a las arenas.
Dice, volviendo a ver su clara lumbre:
«Luz que tan dulce escuridad me ordenas»;
mostrando por tal fin ser más dichoso,
que de su propia vida congojoso.

En esto el viento, con furioso asalto,
hiere la torre de la bella Hero,
que, muerta y desmayada, en lo más alto
está esperando a su amador primero,
mas viendo al mar tan intratable y falto
y el mundo triste, al espantable agüero,
regando sus mejillas, casi helada,
como pudo esforzó su voz cansada.

Probó esforzar su voz, mas cuando quiso
detúvola el dolor que la ocupaba,
y el órgano, forzado, al improviso,
en sospirar profundo lo exhalaba;
de aquí tomó la desdichada aviso
que su caro Leandro ya faltaba,
y tornando a cobrar la voz primera,
a las ondas habló desta manera:

«¡Oh turbias aguas que so el gran tridente
del repentino dios vais gobernadas.
paz a mi bien metido en la corriente,
paz ya, por Dios, corrientes alteradas;
socorro al dulce esposo prestamente,
socorro, que en mi mal vais concertadas,
socorro -dice- a mi Leandro y vida!»
Mas nunca fue su voz dellas oida.

Mas ¿quién podrá contar, ¡oh avaro cielo!
las quejas que en el viento el mozo pierde
viendo, presente tanto desconsuelo,
quebrarse el tronco de su vida verde?
Dijo a la mar, forzando el sutil velo
del aliento vital que al alma muerde:
«Dejadme allá llegar, ondas, siquiera,
ondas, pues no se excusa que yo muera.»

Y procediendo con el ruego honesto:
« ¡Hero, Hero! -pasito profería-
¡oh cara Hero, oh Hero!, ¿qué es aquesto?
¿quién nos aparta, oh cara Hero mía?»
Un golpe muy furioso le dio en esto
que el aliento postrero en él desvía;
queriendo hablar, su voz fue aquí acabada:
«Dejadme allá llegar, y a la tornada.»

No pudo más porque en el pecho helado
el alma fuerza tanta no cobraba,
y queriendo salir del cuerpo amado
a la fria boca un poco de aire daba.
Al fin, con sospirar breve y cortado
que el nombre de Hero casi pronunciaba,
dijo difuto y muerto en su salida:
«Vuestro furor esecutá en mi vida.»

SONETO  01

Es tanto el bien que derramó en mi seno,
piadoso de mi mal, vuestro cuidado,
que nunca fue tras mal bien tan preciado
como este tal, por mí de bien tan lleno.

Mal que este bien causó jamás ajeno
sea de mí, ni de mí quede apartado,
antes, del cuerpo al alma trasladado,
se reserve de muerte un mal tan bueno.

Mas paréceme ver que el mortal velo,
no consintiendo al mal nuevo aposento,
lo guarda allá en su centro el más profundo;

sea, pues, así: que el cuerpo acá en el suelo
posea su mal, y al postrimero aliento
gócelo el alma y pase a nuevo mundo.

SONETO 02

¿Cuál nunca osó mortal tan alto el vuelo
subir, o quién venció más su destino,
mi clara y nueva luz, mi sol divino,
que das y aumentas nuevo rayo al cielo,

cuanto el que pudo en este bajo suelo,
¡oh estrella amiga, oh hado peregrino!)
los ojos contemplar que de contino
engendran paz, quietud, guerra y recelo?

Bien lo sé yo, que Amor, viéndome puesto
do no sube a mirar con mucha parte
olmo, pino, ciprés, ni helado monte,

de sus ligeras alas diome presto
dos plumas y me dijo. «Amigo,¡guarte
del mal suceso de Ícaro o Fetonte!»

SONETO 03

Hase movido, dama, una pasión
entre Venus, Amor y la Natura
sobre vuestra hermosísima figura,
en la cual todos tres tienen razón;

buscan quien les absuelva esta quistión
con viva diligencia y suma cura,
y es tan alta, tan honda y tan oscura
que no hay quien dalle pueda solución

Ponen estas querellas contra vos:
Venus, que le usurpáis su sacrificio,
Amor, que no lo conocéis por dios,

Natura dice, y jura por su oficio,
que de vuestra impresión nunca hizo dos
y que ingrata le sois del beneficio.

EPÍSTOLA A UNA DAMA

¡Ay dura ley de amor que así me obliga
a no tener más voluntad de aquella
que me ordena el rigor de mi enemiga!

Navío que en alto mar perdió la estrella
es, de tan rico don desnuda, el alma,
siendo la voluntad nueva alma della.

Tiene de mí la vitoriosa palma
otro querer, cual suele otro elemento
distribuir al mar tormenta o calma:

es el incontrastable mandamiento
de mi señora, rayo presuroso
a quien se humilla y tiembla el firmamento.

Perder la voluntad caso es lloroso,
mas ¿cómo llora aquel que para el llanto,
sin ajeno poder, no es poderoso?

¡Extrañeza de amor digna de espanto,
que tras tan largo mal sin resentirme,
quiere que el mismo mal no sienta tanto!

Y no sólo me impide el descubrirme,
mas quiere que no pueda y que no quiera,
y mata y, tras matar, niega herirme.

Pues digo que así quiero y que quisiera
poderme anticipar con la obediencia
al mandamiento, aunque más duro fuera,

y pues desnudo estoy de la potencia
para negar, conviértase mi vida
en alta ejecución de la sentencia,

que aquella voluntad, ya reducida
en otra, espero yo que el tiempo vea
negociarme piedad nueva y crecida.

Mas ¿cómo podrá ser que así no sea,
pues forzosa piedad me tiene y debe
la voluntad que allá se está y emplea?

No es corazón humano tan de nieve,
¡oh duro pecho fuerte y de diamante
a quien tanto penar no le conmueve!)

¡ay!, que el que ve a un miserable amante
vivir, morir y amar, luego se inflama
de celo en tanto ardor firme y constante.

Mas nueva voz me acude y me reclama,
dentro del más secreto pensamiento,
que rompedor de fe me nombra y llama,

diciendo: «El mandamiento y juramento
rompes, de no escribir antes ni agora
la causa y ocasión de tu tormento.»

Entiende, pues, hermosa usurpadora
de mi albedrío, cuán libre, sin mentirte,
está de culpa el alma que te adora,

pues si te escribo, es sólo por decirte
que ella obedecerá cuanto quisieres,
y no por ofenderte ni escribirte.

Sola una cosa no querría, si quieres,
y no podré querer, que es el no amarte,
lo cual no está en poder, siendo quien eres.

Y así de nuevo torno a consagrarte
la dada fe, que nunca desconcierte
del punto adonde está por observarte;

puede muy bien la inexorable muerte
romper la nueva estambre de mi vida,
mas no el deseo de siempre obedecerte.

Y no pienses que agora obedecida
dejas de ser porque te escribo, siendo
tu voluntad de mí tan bien cumplida,

pues juro por los ojos do me enciendo
que solamente escribo porque veas
con cuántas fes fundar mi fe pretendo,

y, sólo porque tengas y, poseas
con más seguridad mi fe firmada
y lo que en lengua oíste en carta leas,

no por duda o temor que quebrantada
será jamás de mí ni ha jamás sido,
mas sólo por razón bien ordenada.

Y porque no la cubra ciego olvido
de vil costumbre, bien será que quede
esto por ley de amor establecido,

pues siempre renovar se me concede
la escrita fe, que en el discurso humano
tanto con Dios, y en ti tan poco, puede;

y tú también, con más piadoso y llano
trato, me escribirás que yo confirme
la nueva obligación de propria mano,

y no te agraviarás por escribirme
si escribes por usar tu cetro y mando,
siendo lo ya mandado repetirme.

De nuevo yo mi fe saldré obligando
de jamás escribirte, aunque, escribiendo
uno y otro, escribir fuese alcanzando,

y así, la fe y el mando repitiendo,
imposible será después quebrarse
tan alta convención cual voy tejiendo.

No porque el fuerte pino, al comenzarse
de su nueva raíz, si un brazo extiende,
deja con mil raíces de arraigarse,

con quien después se ampara y se defiende
del riguroso y descortés invierno,
que apenas hoja dél daña y ofende;

tu mandamiento así, pues, blando y tierno
dentro mi pecho está cual niño en cuna,
conservando el poder largo y eterno

para que el tiempo, al fin, muerte, y fortuna,
caso, destino, providencia y arte
no me puedan entrar en suerte alguna.

Aquí verás quien tanto sabe amarte,
si es bien que de Boscán robe el sujeto
para mejor sus males declararte:

así como al más noble y alto efeto
excede amor, del cielo y de natura,
así es más alto y noble mi conceto.

No tiene mi verdad sincera y pura,
cierta, abundante, y de sí misma llena,
necesidad de ajena compostura:

sería de Libia a la quemada arena
agua pedir el húmido oceano,
y a la ortiga su olor el azucena,

del seco invierno el dulce abril temprano
flores coger, y la desierta cumbre
de hierba enriquecer al fértil llano,

robar el claro sol belleza, lumbre,
a la noche, sería, más triste y fea,
y el mundo renovar suerte y costumbre.

Permita Amor que esta verdad se lea
de ti, que siendo así, no dudo cierto
que con más alta luz se entienda y crea:

a pecho que es de amor guarida y puerto,
a frente de valor tan rica y llena,
cualquier cerrado abismo es aire abierto;

a ojos cuya luz viva y serena
al mismo sol, según los alza y mueve
toda niebla de error se le enajena,

a púrpura tan fina y fresca nieve,
tan largo oro sotil, tan ondeado,
esle cualquier secreto cierto y breve;

a encendido coral tan bien cortado,
entre el claro marfil muy liso y puro,
todo le debe ser claro y tratado;

a cuello de cristal, coluna y muro
de todo bien, a mano tan hermosa,
será lo más incierto más seguro.

Quédese, pues, aquí mi dolorosa
y baja pluma, sólo con decirte
que, mientras no mandares otra cosa,
siempre te serviré de no escribirte.

A UNA DAMA

Pues tan piadosa luz de estrella amiga
del cielo en mi favor baja y se emplea,
que por premio especial de mi fatiga
ordena esta ocasión que os hable y vea,
mis ojos mueva amor, y amor bendiga
mi lengua, cuya voz tan dulce os sea
que en vos haga el lugar que acá en mi pecho
vuestra gracia y beldad tienen ya hecho.

Mas ¿para qué invocar de la gran diosa
el niño arquero, estando vos presente?
Es toda luz oscura y tenebrosa
en pareciendo el sol en el oriente;
así pues, vos, mi sol, con luz hermosa
herís mi corazón tan altamente.
De vos para con vos el bien yo tenga,
sin que todo otro bien es bien que venga.

Pues ¡sus!, querida y dulce usurpadora
de mi albedrío, volved, piadoso y blando,
ese rostro gentil que me enamora
hacia estos ojos que le están mirando.
¡Oh sobre todas venturosa el hora
que os di mi libertad, dichoso el cuándo
me llamé vuestro, pues tan dulce y cara
me fue y será vuestra hermosa cara!

Dificultad no veo, cosa no siento
debajo el cielo ya que me resista,
pues vuela el animoso pensamiento
con alas del favor de vuestra vista.
Paraíso total de mi contento,
agora, porque el bien perfeto asista,
os pido que escuchéis lo que procura
deciros mi afición sincera y pura.

Paréceme también que en vos ya veo
grata y dulce atención por colocarme
donde apenas llegar puede el deseo,
y que fortuna al fin llegue a envidiarme;
pues digo, así, que el bien que yo poseo,
en la seguridad de vos amarme,
es tal que triste yo si tal no fuera
mil millares por él de vidas diera.

No llamo vida yo, mas baja muerte
el tiempo que viví sin conoceros;
más sin comparación, más noble suerte
es que el vivir el veros y quereros;
mas ¿cuánto y cuál será si alguno acierte
a voluntad recíproca volveros?
No sabe merecer tan rica palma
si no habilita el mismo bien el alma.

Ya que en tan alta silla de fortuna
con las alas de Amor me veo subido,
dos vidas gozo, porque vive en una
la que me aseguró de vuestro olvido;
mas ved cómo debajo de la luna
no hay acabado mal ni bien cumplido,
y cómo la tristeza a la alegría
siguiendo va, como la noche al día.

Mi día sereno y claro es verme amado
de vos, a quien me doy con fuerza tanta
que Amor de su poder queda espantado
(¡ved cuál será mi amor si Amor se espanta!);
la noche, que cubierta de ñublado
tras tanto bien me afloja y me quebranta,
es ver que por mi causa Amor ordena
el destino crüel, congoja y pena.

Bien sé que ese pesar tan descubierto,
ese vivo dolor que os atormenta,
es porque a nuestro amor el hado incierto
dificultades mil nos representa,
llevando, sin tomar playa ni puerto,
nuestro navío cercado de tormenta.
¡Ay hado descortés, cuánta amargura
celaste en el dulzor de mi ventura!

Pero destruya Amor, con dulce celo,
tan amargo pesar que así me alcanza,
no pueda ese atrevido desconsuelo
el fresco abril dañar de mi esperanza.
Muy lejos de los ángeles del cielo
vive el deseo, la pena y la mudanza;
¡sus, haga vuestra luz que me gobierna
en ambas almas primavera eterna!

Huye con el calor de vuestra lumbre
cualquiera tempestad lluviosa y fría;
no puede la terrena pesadumbre
los rayos eclipsar de mi alegría;
los ojos, donde amor tiene costumbre
venir para ilustrar el alma mía,
contra el duro desdén que los indina
harán su tierna aurora matutina.

Si por amarme vos puedo seguro
estar de cualquier pena (pues cualquiera
menos es que ésta) os juro y os conjuro,
por la encendida fe que amando espera,
que más no dure en vos pesar tan duro,
huya cual niebla al sol vana y ligera,
y no queráis que siendo vos mi vida
venga a ser cosa vuestra mi homicida.

Vendrá mi propia vida a ser mi muerte,
viniendo a ser en mí vuestro cuidado,
de más rigor, más poderosa y fuerte,
como rayo del sol reverberado;
después os causará mi dura suerte
pena mayor, más lamentable estado,
por ver de vuestra mano en mis heridas
cortado el rico hilo de dos vidas.

Así vuestra piedad dura adversaria
me verná a ser, en sí no concediendo
dulce y atenta oreja a mi plegaria,
y el mal irá por términos creciendo.
Huye un contrario la virtud contraria,
como la escuridad la luz viniendo,
mas ¿quién vido jamás daño tamaño
quererse así juntar con mayor daño?

No quiero que penseis que pida o hable
cosa tocante a vos, pero si pude
seros en cosa mía nunca agradable
(lo cual mi pura fe no es bien que dude),
con afeto de amor todo entrañable,
por esa misma os pido que en vos mude
nuevo estilo el dolor, porque siquiera
cosa agradable a vos por vos no muera.

No quiero que penséis que pida o hable
nace de la piedad que me tenéis,
piedad podéis tener del sentimiento
que con vuestro dolor me causaréis;
si viene, porque amor tarda, el contento
con las dificultades que sabéis,
el Amor fuerce a la Fortuna y pueda
nuestra conformidad más que su rueda.

Contra el velo mortal Fortuna extiende
su brazo, el cual no llega contra el alma,
mas vos, cuya beldad hiere, arde y prende
todo albedrío que esté en tormenta o calma,
siendo fuerza menor la que pretende
llevar de vos la triunfante palma,
con sólo el revolver de ojos airados
hacéis temblar las suertes y los hados.

Pues no me pienso yo que Amor obrando
y Fortuna crüel que fuese vuestro
me negarán (aquél dichoso cuándo
por quien es mi deseo tan gran maestro);
pueden andarme el tiempo dilatando
mas no el hilo cortar del gozo nuestro,
pues, a dos voluntades hecha una,
se rinde amor, el tiempo y la fortuna.

No tardará, mi bien, por más que tenga
difícil ocasión, nuestro deseo;
do no hay contradición fuerza es que venga
el bien, o por atajo o por rodeo;
aunque en invierno el sol más se detenga
allá con los antípodas, no veo,
por eso, que amanezca a nuestro mundo
menos hermoso, claro y, rubicundo.

Si a nuestro desear menos hiciese
esta dificultad que os turba el seno,
o que después el bien, cuando viniese,
por la tardanza, fuese menos bueno,
admito la razón que se sintiese,
por no perder un bien, de bienes lleno,
pero si el bien está todo en un punto,
¿por qué a mi bien el mal viene tan junto?

No niego que el deseo mientras más crece
tanto más el placer queda encogido,
mas esto es en el bien que compadece,
mas en el desear ni es bien cumplido;
no sólo a un bien cual vos, mi bien, empece
ni le debe empecer mal atrevido,
mas al mismo pesar vestir debría
de alegre luz, cual viste al alma mía.

Por ese oro sutil, nuevo y luciente,
que por mano de Amor se ordena y mueve,
por esa de marfil graciosa frente
donde tiene el abril perpetua nieve,
mi sol, os pido, y por la llama ardiente
que en mí la luz de vuestros ojos llueve,
que abráis a rato más gracioso y tierno
el alma, y gozarán las del infierno.

Salgan por esos ojos, de improviso,
amigos y amorosos resplandores,
el aire al derredor, hecho un Narciso,
trate lleno de luz consigo amores,
descubra mi terreno paraíso
en la desierta arena alegres flores,
y por él arda en amoroso celo
la tierra, el agua, el aire, el fuego, el cielo.

Sabroso idolo mio, vivid sin duda,
que agora, aunque Fortuna áspera y fiera,
con punta de dolor viva y aguda,
a vos, y a mí por él, maltrate y hiera,
aquella inclinación, que vuelve y muda
su rueda en torno, fácil y ligera,
por fuerza acudirá donde podamos
gozar de todo el bien que deseamos.

No siempre el aire está de nubes lleno,
no siempre el viento mueve a la mar guerra,
no siempre con furor de rayo o trueno
hiere Jove inmortal la baja tierra;
también su manto azul, claro y sereno,
suele el cielo mostrar, también se encierra
el viento, el mar también se pone quieto,
y Jove es apacible y mansüeto.

Después de un gran viaje, el peregrino
vuelve al albergue, de su vida incierto;
corre la nave el húmido camino,
de un polo al otro, y goza al fin del puerto;
a segura salud dudoso vino
el que poco antes se tenía por muerto:
así terná, después de un largo ultraje,
puerto alegre y salud nuestro viaje.

Desdeñan los espíritus gentiles
empresa a su valor no conviniente;
tienen dificultad las cosas viles,
las grandes no se alcanzan fácilmente;
sus obras, la natura, más sutiles
ser muchas y comunes no consiente,
y así sola una Fénix tiene el mundo,
y solo un sol, a vos sóla segundo.

Mirad ¡cuánta afición, el mozo hebreo
(aquél que con el ángel vino a brazos)
pasó con su Raquel, cuánto rodeo
del tiempo y trabajosos embarazos!
Dio venturoso fin a su deseo,
después que amor le puso entre los brazos
de la que le hizo andar siete y siete años
amoroso pastor de sus rebaños.

Mirad con cuánta fuerza y cuánta pena,
el mancebo real convierte y tira
en uso alegre la vencida Helena,
tras quien fue lo demás fuego y mentira.
El mismo Jove sale en el arena,
nadando sobre el mar que Creta mira,
hecho un valiente toro, con la bella
ninfa que Europa fue su nombre della.

Mas recogiendo, en suma, lo que quiero,
y lo que con el alma os pido y ruego,
es que huya de vos todo severo
cuidado, usurpador de mi sosiego,
y no pueda pesar, grave o ligero,
escurecer la luz de nuestro fuego;
cosa no valga más, pues todo cuanto
mira acá bajo el sol no vale tanto.

Así como en saber, gracia y belleza,
nacistes para el mundo único ejemplo,
así mi fe, por última riqueza,
por honra suya Amor cuelga en su templo.
No me pudiera dar naturaleza
bien diferente del que yo contemplo,
pues tan nacidamente sois vos mía;
yo vuestro soy, cual es del sol el día.

De aquí podéis hacer cierto argumento
que, contra nuestro amor, jamás ventura
tendrá poder, pues tiene fundamento
en la necesidad de la natura.
Siempre fue claro el sol, movible el viento,
húmida el agua, fresca la verdura:
así, contra el crüel hado siniestro,
vos siempre mía seréis, yo siempre vuestro.

Mil cosas os diría desta manera
si, en tan dulce ocasión, no me abreviase
el tiempo y alegría perecedera.
¡Cuán tarde vino y cuán temprano vase!
Todo aquello demás que yo dijera,
y escucharlo de vos, por carta pase.
Mi vida, adiós, quedad tan persuadida
de mí cuanto de vos está mi vida.

POR UN BOFETÓN DADO A UNA DAMA

¡Oh, mano convertida en duro hielo,
turbadora mortal de mi alegría!
¿Pudiste, mano, oscurecer mi día,
turbar mi paz, robar su luz al cielo?

El rubio dios que nos alumbra el suelo
corre con más placer que antes solía,
cubierta viendo a quien su luz vencía
de un mal causado, indigno y turbio velo.

¡Goza, envidiosa luz, goza de aquesto!
¡Goza de aqueste daño, oh, luz avara!
¡Oh, luz, ante mi luz breve y escasa!;

que aún pienso ver, y créeme, luz, muy presto,
cual antes a mi luz serena y clara,
y entonces me dirás, luz, lo que pasa.

ALMA VENUS GENTIL, QUE AL TIERNO ARQUERO

Alma Venus gentil, que al tierno arquero
hijo puedes llamar, y el niño amado
madre puede llamarte, encadenado
al cuello alabastrino el brazo fiero:

yo, tu siervo Damón, pobre cabrero,
más no pudiendo dar de mi ganado,
a tus aras y altar santo y sagrado
ofrezco el corazón de este cordero;

en memoria del cual, benigna diosa,
por el Amor te pido, y juntamente
pedirte quiero Amor, por Venus tuya,

que el pecho helado y frío de mi hermosa
pastora enciendas todo en llama ardiente
tal que su curso enfrene y no más huya.

MIL VECES DIGO, ENTRE LOS BRAZOS

Mil veces digo, entre los brazos puesto
de Galatea, que es más que el sol hermosa;
luego ella, en dulce vista desdeñosa,
me dice: "Tirsis mío, no digas eso".

Yo lo quiero jurar, y ella de presto,
toda encendida de un color de rosa,
con un beso me impide y, presurosa,
busca tapar mi boca con un gesto.

Hágole blanda fuerza por soltarme,
y ella me aprieta más y dice luego:
"No lo jures, mi bien, que yo te creo".

Con esto, de tal fuerza a encadenarme
viene que Amor, presente al dulce juego,
hace suplir con obras mi deseo.

ES TANTO EL BIEN QUE DERRAMÓ EN MI SENO

Es tanto el bien que derramó en mi seno,
piadoso de mi mal, vuestro cuidado,
que nunca fue tras mal bien tan preciado
como este tal, por mí de bien tan lleno.

Mal que este bien causó jamás ajeno
sea de mí, ni de mí quede apartado,
antes, del cuerpo al alma trasladado,
se reserve de muerte un mal tan bueno.

Mas paréceme ver que el mortal velo,
no consintiendo al mal nuevo aposento,
lo guarda allá en su centro el más profundo;

sea, pues, así: que el cuerpo acá en el suelo
posea su mal, y al postrimero aliento
gócelo el alma y pase a nuevo mundo.

CUÁL NUNCA OSÓ MORTAL TAN ALTO EL VUELO

¿Cuál nunca osó mortal tan alto el vuelo
subir, o quién venció más su destino,
mi clara y nueva luz, mi sol divino,
que das y aumentas nuevo rayo al cielo,

cuanto el que pudo en este bajo suelo,
¡oh estrella amiga, oh hado peregrino!)
los ojos contemplar que de contino
engendran paz, quietud, guerra y recelo?

Bien lo sé yo, que Amor, viéndome puesto
do no sube a mirar con mucha parte
olmo, pino, ciprés, ni helado monte,

de sus ligeras alas diome presto
dos plumas y me dijo. «Amigo, ¡guarte
del mal suceso de Ícaro o Fetonte!»

EN FIN

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino
pensar todo apretar, nada cogiendo,

tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido,

y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.

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