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SOBRE LA
POESÍA
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LA VOZ
POESÍA PRECEDE DEL GRIEGO...
La voz poesía procede del griego poiesis y del latín poésis,
que en su definición contiene las nociones de fabricación y
confección. Es decir, desde el mismo origen de la poesía,
ésta queda vinculada al fenómeno de la elaboración artesanal
en la expresión de los sentimientos del poeta. Esta
elaboración se apoya en la forma métrica. Aunque su forma
más habitual es el verso, a partir de la segunda mitad del
siglo XIX, sin dejar de utilizar los recursos clásicos, la
poesía buscará formas nuevas con que expresar el discurso
poético.
A diferencia de lo que ocurre con otras literaturas, la
literatura poética se caracteriza por la importancia que en
ella tiene la relación entre la forma y el contenido. En la
literatura científica, por ejemplo, el contenido es la base
fundamental: poco importa la forma con que quede expresado,
si alcanza la verdad en su exposición. En cambio, la lengua
literaria está constituida por un sistema de formas que se
representa en su vocabulario, su gramática y en una
determinada retórica. Este sistema se ha ido consolidando
con el paso del tiempo a base de los procesos de creación y
selección, en los esquemas rítmicos, sintácticos, palabras,
flexiones y pronunciaciones de las obras poéticas que hemos
recibido de los escritores.
Según Amado Alonso, en este proceso de creación hay un
momento lingüístico fundamental en que los materiales
reciben una configuración determinada por la que adquieren
la forma de un poema. En el lenguaje de la creación poética
no hay elementos superfluos o añadidos. Todo elemento es
portador de significación. Por tanto, el proceso de creación
poética precisamente se define por esa "unión entre una
materia y una forma".
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Poesías Sin Fronteras
FUNCIÓN DE LA POESÍA ENTRE ESTÉTICA Y MORAL
La discusión sobre la función de la poesía también ha dado
lugar a numerosas controversias que fueron especialmente
enconadas durante el Renacimiento. Originariamente, su
función era el acompañamiento coral en las representaciones,
pero Platón habla ya de una poesía que ha de estar siempre
subordinada a un fin pedagógico y de utilidad civil. En la
Poética de Aristóteles se expone la corriente de pensamiento
que contempla el arte como imitación o "mimesis" de la
Naturaleza. Pronto surge una nueva polémica que intenta
definir la función de la poesía: los defensores del docere y
los defensores del delectare.
La Epistula ad Pisones de Horacio ofrece una postura
conciliadora entre ambas opiniones, mostrándose partidario
de compaginar el enseñar (docere) y el deleitar (delectare).
Es decir, frente a los defensores de una poesía como
instrumento útil para la enseñanza, con intenciones morales,
sociales o políticas, y frente a los que piensan que la
poesía es puro placer estético, Horacio propone una solución
ecléctica del conflicto docere-delectare. Pero los
partidarios de una y otra función de la literatura no
agotarán aquí la discusión, sino que será motivo de nuevas
polémicas, especialmente recrudecidas en el Renacimiento y
durante el ilustrado y pedagógico siglo XVIII.
Otra de las cuestiones que desatarían la polémica es el
pleito estético en torno a la falsedad y la verdad de la
poesía. Ya Aristóteles había expuesto las diferencias entre
Historia y Poesía. Según Aristóteles, la primera se ocupa de
hechos que realmente han ocurrido, mientras que la segunda
se ocupa de hechos que no han ocurrido, pero son
verosímiles. Los hechos históricos son experiencias que
pueden probarse documentalmente, y los hechos históricos son
ficciones creadas por el autor. Estas cuestiones
aristotélicas volverán a causar reacciones en la Italia
renacentista desde las perspectivas estética y moral. Lo que
plantean figuras como Tomás de Aquino o Conrado de Hirsau,
entre otros, es el problema de la licitud de la mentira
literaria.
Es decir, estos pensadores cuestionan la moralidad o
inmoralidad de la creación de un mundo literario y, por lo
tanto, ficticio, pues no pertenece al ámbito del mundo real.
Desde ese punto de vista, el arte se presentaría como
pernicioso para el hombre, ya que la realidad que ofrece es
una mentira. Esta discusión estuvo de moda en varios
momentos históricos: en los años de los Padres de la
Iglesia, en pleno Trecento y con Petrarca (ahí están sus
Invective contra medicum) y, por fin, en los años próximos a
la Contrarreforma.
Los filósofos cristianos se plantearon el arte desde muy
distintos puntos de vista. El platonismo de ideas imperante
en los primeros tiempos contribuyó a la confusión entre lo
hermoso y lo bueno; por su parte, los cristianos de los
primeros siglos de nuestra era se mostraron temerosos del
culto a las formas humanas del arte pagano y despreciaron
ciertas formas de la sensualidad en el arte. De ahí, la
peculiar idea, que se extendió durante los primeros siglos
del cristianismo, de que Cristo no era hermoso físicamente.
Incluso San Cirilo de Alejandría, San Basilio o San Cipriano
llegaron a afirmar que el aspecto de Cristo era deforme.
Pronto, no obstante, la belleza comenzó a interpretarse como
una manifestación de otra hermosura más espiritual.
Entonces, los doctores eclesiásticos llegan a la estética a
través de la ética, exhortando a conseguir una belleza que
se evidencia allí donde habita Dios. Autores como San
Agustín o el Pseudo-Dionisio Areopagita insisten en estas
ideas heredadas de la tradición platónica. La belleza
sensible se convierte en reflejo de la belleza inteligible
emanada de Dios. Según San Agustín: "Nulla essent pulchra,
nisi essent abs te" (ninguna cosa habría bella, si no
hubiese recibido de ti la hermosura). Esta confusión entre
lo hermoso y lo bueno no permite discernir claramente si se
consideraba la belleza como fruto del amor o de la
inteligencia.
Así, los conceptos de lo bello y lo amable se mantuvieron
indistinguibles hasta la Escolástica de la Edad Media; en
ella, Santo Tomás, por medio de su libro De honestate,
diferencia claramente entre lo honesto y lo hermoso. Santo
Tomás no intenta abordar una estética, sino procurar definir
la noción de honestidad, para él entendida como hermosura
únicamenta espiritual. A. Varela Olea
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MATERIAL: FORMA, VERSO, RITMO Y RIMA
Un determinado material,
eminentemente sentimental, adquiere un aspecto o forma
lingüística por el que el lenguaje se convierte en lenguaje
literario. Esa unión entre materia y forma constituye el
proceso de creación poética (Amado Alonso). En la unidad
métrica que constituye un verso se distribuyen los acentos,
pausas y cantidades que dotan de ritmo al lenguaje poético.
La pausa entre un verso y el siguiente no indica
necesariamente la separación de sentido. El verso no es
esencial en la poesía, aunque sí es la forma poética más
propia y habitual.
El movimiento regulado y medido, definición de la palabra
griega rhythmos -ritmo-, se basa en la cantidad, el tono y
la intensidad con que se presenta el material poético. El
ritmo es considerado un elemento peculiar de la lengua
poética, cuya función es distribuir coherentemente la
energía. La poética formalista ha destacado la importancia
del ritmo, incluso afirmando que cada poeta posee el suyo
propio y peculiar. La poesía grecolatina era muy exigente en
cuanto al ritmo poético al que sometía el verso, pero en
cambio, apenas se interesó por la rima.
La igualdad de sonidos finales a partir de la última vocal
acentuada entre dos o más versos no se convierte en un
procedimiento habitual hasta las literaturas romances (no
obstante, la lírica mediolatina afianzó este principio de
creación poética con los goliardos; véase goliardo). Si esta
coincidencia se da sólo en las vocales desde el acento, se
trata de una rima asonante; si también coinciden las
consonantes, se llama rima consonante o perfecta (aunque sea
sólo una coincidencia fónica y no gráfica); sin embargo, la
rima tampoco es imprescindible. La estrofa sáfica está
formada por tres endecasílabos, que suelen ser sáficos, y un
pentasílabo o incluso a veces un heptasílabo entre los que
no hay rima. Los versos sueltos, libres o blancos eran
endecasílabos carentes de rima, un tipo de metro muy usado
en el Renacimiento como consecuencia de la admiración que se
sentía por la antigüedad clásica.
La consagración del verso libre suele asociarse al
simbolismo francés, aunque su aparición se debe al espíritu
individualista y rebelde del hombre romántico que deseaba
liberar al verso de las imposiciones métricas. Como
contrapartida, el verso libre tiende a buscar el apoyo en
otros elementos fónicos como la rima o la regularidad
silábica y acentual. No obstante, incluso a veces carece de
estos apoyos, por los que ha de buscarlos en los factores
sintácticos o léxico-semánticos. En la actualidad, además de
la preferencia por la rima asonante, el poeta siente una
mayor inclinación hacia la ausencia total de rima o el
verso libre.
REPETICIÓN Y POESÍA: LA FUNCIÓN POÉTICA DE
JAKOBSON
Según la corriente formalista de
la poética moderna, el objeto de la teoría literaria no es
la literatura, sino sus rasgos distintivos, que son los que
permiten que un texto alcance la categoría de literario
(aquella que, en principio, se llamó literariedad, del ruso
literaturnost´). En palabras de Roman Jakobson "...hasta
ahora, los historiadores de la literatura lo que han hecho
sobre todo ha sido remedar a la policía que, cuando debe
detener a una persona, por si acaso apresa a cualquiera que
esté allí, requisa cualquier cosa que esté en el lugar de
autos y además a ese señor que pasaba por casualidad por la
calle de al lado. Lo mismo sucedía con los historiadores de
la literatura, todo les servía para hacer su ensalada:
costumbres, psicología, política, filosofía."
El objetivo de los formalistas ruso era hacer una ciencia de
la literatura que la estudiase específicamente. Los
formalistas consideraron que el camino correcto para su
estudio era la comparación entre el lenguaje poético y el
lenguaje cotidiano. Así, se llega a la conclusión de que el
"rasgo distintivo de la poesía reside en el hecho de que, en
ella, una palabra es percibida como una palabra, y no
meramente como un mandatario de los objetos denotados, ni
como la explosión de una emoción; reside en el hecho de que,
en ella, las palabras y su disposición, su significado, su
forma externa e interna, adquieren peso y valor por sí
mismas".
Por eso, esta corriente encabezada por R. Jakobson, se
encargó de estudiar la literariedad y los dos procedimientos
a través de los cuales se manifiesta en un texto. Este
teórico, señaló que un texto poético tiende, por un lado, a
la repetición -de elementos sonoros, estructuras e ideas-, y
por otro, al apartamiento o desvío de la lengua no literaria
(lengua práctica).
La escuela de Praga es considerada continuadora de la labor
y orientación de los formalistas rusos. Incluso varios de
sus miembros, como Trubetzkoy o Jakobson, se exiliaron a
Praga cuando el régimien comunista soviético endureció las
normas contra el arte. Entonces, a partir de 1921, el
concepto de literariedad cambia su nombre por el de función
poética. Otro de los integrantes de la escuela, Mukarovski,
abordó el estudio de las obras de arte desde varios
criterios, entre ellos la llamada función estética, que
consideraba como la responsable de los valores estéticos de
las obras de arte en general.
En la ponencia "La poética y la lingüística" hecha en 1958,
Jakobson afirmó que la función poética forma parte de la
lingüística, pues las estructuras verbales en las que reside
esta cualidad especificamente literaria (función poética)
pertenecen al conjunto más extenso de estructuras verbales
en general, objeto del estudio de la ciencia lingüística.
Así se crea una nueva corriente conocida como Poética
Lingüística.
El propio Jakobson desarrollaría esta idea señalando qué
rasgos caracterizan la manifestación en los textos de la
función poética: la función lingüística -en el lenguaje- y
la función recurrente, por la cual el escritor, a diferencia
del hablante, no evita la repetición. Es decir, el poeta
intenta captar la atención del receptor mediante la
repetición de estructuras, ideas, palabras... La efectividad
de las investigaciones llevadas a cabo por esta escuela han
hecho posible la permanencia de los dos modelos vigentes en
ese momento, la Gramática Estructural y la Generativa.
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POÉTICA Y MÚSICA: ENTRE LA MELODÍA Y LA
SALMODÍA
Tanto los antiguos pueblos
orientales, como los griegos, llamaban lírica a la poesía
que era cantada con el acompañamiento de los instrumentos de
cuerda. La poesía se asociaba con la música en los himnos en
honor de los dioses, en los himeneos o cantos nupciales y en
los cantos religiosos propios del campo. La poesía lírica
griega se llamaba mélica, ya que, canto en griego se dice ?melos?.
Podía ser mélica coral, es decir, interpretada por un coro,
o monódica si era interpretada por un solista. La mélica
monódica emplea el dialecto del escritor en grupos de
estrofas de cuatro o cinco versos. La mélica coral es
siempre en lengua dórica y procede por estancias, estrofas,
antiestrofas y épodos.
Platón condena el ritmo lidio y el miso-lidio por su
carácter quejumbroso, y el jónico por lo afeminado, mientras
que considera al ritmo dorio como el más apropiado y viril
para infundir el valor épico. También indica qué
instrumentos son los adecuados en estas interpretaciones: la
lira y la cítara. En cambio, Platón desdeña el
acompañamiento de la flauta y de todo instrumento que tenga
muchas cuerdas. Aristóteles, en los Problemas, también hace
una reflexión sobre diversas cuestiones que atañen a la
relación entre la poesía y la música. Medita, por ejemplo,
sobre sus cualidades y se plantea por qué las sensaciones
del oido tienen valor y significación moral, y en cambio, no
ocurre así con las de los otros sentidos.
También la poesía religiosa ha sabido aprovechar siempre los
beneficiosos efectos que la música ejerce sobre el
individuo. Los cincos libros del Salterio o Libro de los
Salmos son un ejemplo de cómo la poesía religiosa hace uso
de la musicalidad para crear composiciones de alabanza a
Dios, eucarísticas, deprecativas, de peregrinación,
procesionales, de entronización, mesiánicas e imprecatorias.
La palabra griega psállein, de la que proviene salmo,
significa ?tocar un instrumento de cuerda? o ?cantar al son
de dicho instrumento?. La gran mayoría de los salmos
incluidos en la Biblia le son atribuidos al rey David,
tradicionalmente considerado como un gran poeta y músico.
El Salterio se formó poco a poco, añadiéndose con el paso
del tiempo nuevas composiciones de distintas épocas. Los
salmos conservan algunas indicaciones musicales, como los
instrumentos con que se ejecutaba la pieza, el maestro de
capilla o la melodía a la que debía adaptarse el canto.
Aunque las salmodias tienen generalmente un carácter
lírico-religioso, también hay cantos épicos, didácticos e
incluso proféticos. Durante el renacimiento carolingio fue
muy censurado el hábito del intérprete de cantos religiosos
que buscaba el placer de su auditorio en lugar de perseguir
un fin puramente religioso. Las mejoras introducidas en este
período buscaron la perfección de una manifestación
espiritual (el canto religioso), no la de una manifestación
únicamente artística.
Gracias al interés de Carlomagno, se produjo un renacimiento
cultural durante el cual se fomentó la enseñanza del canto
litúrgico, que hasta esos momentos carecía de la necesaria
sistematización en la lectura de las melodías. Para ello,
Carlomagno hizo llamar a maestros de la escuela pontificia
de canto, quienes lograron aunar los dispersos criterios de
interpretación de las melodías que se habían mantenido hasta
entonces. Este apoyo fue el hecho definitivo que logró
consagrar la tradición del canto gregoriano.
La mayor parte de los tratadistas medievales mantuvieron la
teoría de que la ciencia de la música no se adquiría por el
oído, la memoria o el ejercicio, sino que pertenecía a la
razón. El interés de los hombres religiosos se dirigió hacia
los efectos que la melodía podía causar en el alma de un
individuo. San Agustín hablaba de la correspondencia de los
modos musicales con los diferentes afectos de nuestra alma,
y le atribuía a la música poderes para unir las almas o para
ahuyentar demonios y atraer ángeles. En el prólogo de las
Ennarrationes in Psalmos define la música como el "escudo en
los terrores nocturnos, descanso de las fatigas diarias,
amparo y tutela para los niños, ornato para los jóvenes,
consuelo para los ancianos, y para las mujeres ocupación la
más propia, y, finalmente, ejercicio de espíritus
bienaventurados".
Incluso, una vez separadas música y poesía, quedaron en ésta
los frutos de ese vínculo: ritmo, rima y distribución
estrófica. La poesía debe adecuar el lenguaje a lo
sentimental, y para eso concede a la expresión un valor
emotivo. Dicha emoción se puede lograr por medio de la
musicalidad, con la que se aleja de la estructura lógica del
lenguaje. Por lo tanto, queda clara la relación habida entre
poesía y música desde su mismo origen; relación en virtud
del ritmo de ambos, puesto que la poesía recurre a la
exaltación de la musicalidad interna.
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LÍMITES ENTRE POESÍA Y PROSA
La diferenciación entre ambas
modalidades del discurso literario, ya era evidente durante
la antigüedad como queda demostrado por la existencia de una
disciplina para cada uno de los modos del discurso. Así, la
prosa le era confiada a la disciplina Retórica y el verso a
la Poética. Por lo general, suele admitirse que la prosa es
la forma de expresión literaria más semejante al lenguaje
usual, ya que respeta las irregularidades inherentes de
éste, aunque se aleja de él por el hecho de fomentar su
musicalidad y armonía interna. La poesía, o la creación
artística en verso, se distancia del lenguaje usual
imponiendo formas lingüísticas medidas, como el metro y la
rima, y buscando la ornamentación expresiva. En cambio, el
discurso en prosa tiende hacia una representación del mundo
más objetiva y precisa (Hegel).
Hasta mediados del siglo XIX ha predominado la idea clásica
de que la expresión literaria alcanzaba sus mayores cotas
alejándose del lenguaje usual y adoptando una forma más
elaborada. Por eso, el discurso literario debía ser en
verso, tanto si se trataba de obras líricas, como dramáticas
o narrativas. Las exigencias musicales del verso
recompensaban al poeta con nuevos hallazgos expresivos, ya
que la necesidad de rimar empujaba a la imaginación del
creador hacia la metáfora. Pero, al mismo tiempo, imponía
ciertas limitaciones que dificultaban la creación poética e
incluso podían llegar a convertir a la poesía en un mero
ejercicio métrico.
No obstante, a partir de este siglo XIX, los límites entre
la poesía y la prosa se rompen con frecuencia, dando lugar a
géneros intermedios como la novela lírica o el poema en
prosa. Entonces, empieza a considerarse más importante la
adecuación de la forma al contenido que la del contenido a
la forma. Los Petits poèmes en prose, de Baudelaire, las
Leyendas de Bécquer o Platero y yo de Juan Ramón Jiménez son
ejemplos de cómo estos límites se transgreden para poder
llevar a la creación en prosa el cuidado y selección de la
creación poética. Por otra parte la transformación narrativa
del siglo XX busca nuevas formas de expresión como la novela
lírica o poética en que el autor representa un mundo
subjetivo, concediendo mucho valor a los elementos estéticos
aunque eso pueda conllevar el alejamiento de la realidad
objetiva.
Los elementos musicales no son privativos de la expresión
poética. También la prosa posee un ritmo, aunque éste sea
irregular. Tradicionalmente se acepta que hay ciertos temas
más propios de la expresión poética, y otros, como los
referentes a pensamientos especulativos o prácticos, que son
más propios de la prosa. Sin embargo, ambos tienen recursos
en común, de ahí el antiguo cruce entre las disciplinas
retórica y poética.
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LA
COMPOSICIÓN POÉTICA
El poeta
El poeta, poietés, se define etimológicamente como el
artífice de obras poéticas. Pero la imagen que de él se ha
tenido ha ido evolucionando según la época o la mentalidad.
Una de las ideas más antiguas que tenemos sobre el creador
poético es la visión homérica del autor necesitado de la
invocación a las musas para que le sean concedidos los dones
propicios, y lograr, así, la correcta narración de los
hechos. Según Platón, no es el arte el guiador del poeta,
sino una fuerza divina que le mueve del mismo modo que un
imán atrae a los anillos de hierro. A esa fuerza la denominó
el "divino furor" de los poetas.
El poeta sólo puede poetizar cuando está lleno de fuerza
divina, y por tanto, no es él quien se expresa, sino que lo
hace al dictado de de un dios cuando entra en trance. Para
Aristóteles, que definía el arte como un hábito poético o
creador por medio de razón verdadera, el principio de tal
creación se encuentra en el artista y no en el objeto. Si
bien Aristóteles definía el arte como una imitación de la
Naturaleza, también consideraba que su papel en la creación
poética es fundamental, pues son su sensibilidad o
inteligencia las que sirven de filtro en la recreación de la
realidad. La obra es resultado de la idea que existe en la
mente de su artífice: es una imitación de la realidad pero a
través de la reflexión del poeta.
La poética romana indica también otros aspectos que deben
caracterizar a un buen poeta. Éste es un artesano cuya
destreza artística está relacionada con el ejercicio
continuo. Otro de los aspectos a los que se hace referencia
es la necesidad de una normativización a la que el poeta
debe someterse, además de recomendar la lectura frecuente de
los autores consagrados y la corrección constante del texto
(esta recomendación la hace Quintiliano).
La estética de los primeros cristianos veía al poeta como el
artífice de obras procedentes de Dios. Si inspiración y
creación poética según la estética platónica eran dones
concedidos por una musa o un dios, según la estética
cristiana continúan siendo dones trascendentes, pero ahora
provinientes del Dios cristiano. En sus Confesiones, San
Agustín afirma que los artífices "que fabrican y aman estas
obras tan delicadas y hermosas, toman y reciben de aquella
hermosura suprema el buen gusto, idea y traza de formarlas".
Una de las afirmaciones más contundentes de Santo Tomás
sobre la obra de arte es la que hace al negarle méritos a su
artífice. Él no habla de la acción creadora del autor,
porque piensa que la obra artística pre-existía ya en
potencia. El bien del arte no se ha de buscar en su autor,
sino en el producto artístico resultante. La obra no es la
perfección de su artífice, es la perfección del resultado,
de lo artificiado, pues, en definitiva, Dios es el creador
de todas las cosas y el auténtico responsable del arte.
Los prólogos de los cancioneros medievales, que nos han
transmitido una cultura eminentemente cristiana, también
hacen referencias al papel del poeta. En el prólogo del
Cancionero de Alfonso de Baena, la poesía es considerada
como la ciencia o doctrina recibida "por gracia infusa del
Señor Dios que la da e la embya e influye en aquel o
aquellos que byen e sabya e sotil e derechamente la saben
facer e ordenar e componer e limar...".
Esta misma idea es compartida por el Marqués de Santillana,
quien afirma algo semejante en su famoso Prohemio. El poeta
es el encargado de fingir cosas útiles de la manera más
hermosa y conveniente, y así "los omnes bien nascidos e
doctos, a quien estas sciencias de arriba son infusas, usan
d?aquellas e del tal exercicio, según las edades". En la
segunda mitad del siglo XV, el platonismo resurgió entre los
humanistas florentinos, sustituyendo el origen en las musas
de la inspiración poética por el origen divino. Para Ficino
el sacerdos musarum o poeta es un privilegiado que tiene un
don y una intuición especial.
Valores tan apreciados antes por los poetas, como el
seguimiento de las reglas y el ejercicio constante, pierden
valor frente al entusiasmo del creador. Estas teorías
tuvieron mucha repercusión en la Europa del siglo XVI, sobre
todo en su segunda mitad, y en el siglo XVII, con la
reivindicación del genio con el Barroco. La poesía se
empieza a considerar como un don absoluto. El poeta no
alcanzará la excelencia poética si sólo cuenta con el
esfuerzo o el estudio de reglas.
La estética clásica ya se había atrevido a hablar de la
existencia de un elemento indefinible en el hecho de la
creación poética. Un teórico literario tan reconocido como
Bouhours, mencionó la existencia de un je ne sais quoi, un
misterioso no-sé-qué que presagiaba la teoría del genio
natural. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII
empieza a hablarse de la creación poética como una fuerza
misteriosa e irreprimible. Esa fuerza se manifiesta en el
poeta sin establecer relación con la cultura, el arte o la
razón. Ahora se reconoce en el poeta unas dotes especiales y
se le aplica el calificativo de genio. Para Diderot, el
genio es la fuerza de la imaginación, el entusiasmo que late
en el espíritu del creador poético. El genio es un don de la
naturaleza, mientras que el gusto es el resultado de la
cultura y del estudio.
Durante el Romanticismo el poeta es considerado como un
creador, no un imitador como opinaban los aristotélicos.
Empieza a valorarse el poder de la imaginación como una
fuerza creadora a través de la que el individuo rompe los
límites del mundo sensible. El hombre del romántico ve en la
imaginación la base del arte. Coleridge distingue entre la
fantasía, facultad de la memoria capaz de acumular y asociar
la información que recibe, y la imaginación. En ésta, radica
el verdadero motor de la creación: es la misma fuerza que
creó el universo pero en el plano humano.
El poeta usa de su facultad imaginativa para elaborar la
poesía, que se convierte de este modo en el acto divino de
la creación poética. También se valora el mundo de los
sueños, entendido como un universo de potencialidades
carentes de las limitaciones del ser humano. Los sueños se
entienden como una especie de poesía involuntaria de la que
el poeta es un contemplador, para luego, durante la vigilia,
transportar las imágenes y apariciones producidas durante el
ensueño al poema. Por eso algunos poetas buscan
artificialmente, mediante el opio, el láudano o una droga
semejante, ese estado onírico que les permita alcanzar el
acto creador. En cosecuencia, el poeta romántico desdeña
reglas, esfuerzo y método, pues a cambio prefiere valorar el
inconsciente y el éxtasis poético. El poeta se ve a sí mismo
como el divino exiliado, el hombre incomprendido y maldito.
A principios del siglo XX, el psicoanálisis freudiano cambia
la imagen del poeta. Freud busca una explicación racional a
las manifestaciones artísticas, que para él son una
realización simbólica de deseos e impulsos inconscientes. El
poeta sufre durante la creación, participa de la neurosis
provocada por unas tendencias inconscientes formadas durante
su infancia. Al igual que el hombre satisface durante los
sueños deseos inconscientes, también el escritor busca una
realidad menos hostil en su mundo literario para proyectar
en él sus complejos y actuar terapéuticamente.
Jung hace otra tentativa psicoanalítica para indagar sobre
el poeta y su creación. Según su teoría del inconsciente
colectivo, el poeta es un individuo provisto de modo
inconsciente de un legado colectivo, unos rasgos físicos y
psíquicos heredados de generaciones anteriores. En su obra,
el poeta reencuentra y plasma esa herencia, esas imágenes
primordiales comunes a toda la humanidad. Las teorías
psicocríticas sobre el poeta y el papel que desempeña la
creación poética, se han ido sucediendo a lo largo del siglo
XX. Todavía hoy surgen nuevas teorías que intentan estudiar
el influjo del inconsciente en el momento de la creación,
pero ahora no se limitan a considerar los elementos
inconscientes como los únicos válidos. En la actualidad, se
admite la necesidad de contemplar la obra poética y la
imagen de su creador desde varias perspectivas que alcancen,
en conjunto, una visión más completa.
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INSPIRACIÓN
VERSUS APRENDIZAJE
Ésta es una de las controversias
más productivas en el campo de la poética: el poeta, ¿nace o
se hace? Es decir, el poeta, ¿posee unas facultades innatas
para la creación artística o un individuo se convierte en
poeta tras el aprendizaje y estudio de normas, reglas y
métodos?
La Poética de Aristóteles hace referencia a este problema al
contemplar la obra de Homero, considerado el poeta por
excelencia. En él, según Aristóteles, se conjugan
magníficamente ambas características, el genio natural y el
conocimientos de las doctrinas. También Horacio, en su
Epistula ad Pisones, ofrece una visión conciliadora entre lo
que él expresa en la pareja antitética ingenium-ars. Los
partidarios del ingenium son aquellos que confían en un don
innato, una inspiración que empuja a la creación artística.
Ésta es la misma postura que los barrocos, pero sobre todo
los románticos, parnasianos o los simbolistas adoptaron al
exaltar el talento natural del ser humano.
Por el contrario, los partidarios del ars son aquellos que
conciben el arte como un producto del ejercicio continuado
que debe atenerse a unas normas establecidas; pensamiento
mantenido en el barroco por la tendencia culterana o en los
elaborados poemas del vanguardismo. La epistola de Horacio
traza la caricatura de los poetas malditos, los desaliñados
que pretenden hacer creer que su aspecto exterior es
producto de una genialidad interior. El poeta no ha de ser
el hombre poseso, afectado por el furor del que hablaba
Platón, sino un hombre que además de tener un don, es
juicioso, trabajador y con buen sentido.
La teoría neoplatónica del furor poético volvió a tener
crédito en muchos autores del Renacimiento. Pero también
hubo algunos círculos humanistas que se hicieron eco de las
apreciaciones horacianas y, a la afirmación de la existencia
de unos dones naturales, sumaron la necesidad de la cultura.
El racionalismo, que va imponiéndose poco a poco, revaloriza
el papel que desempeñan los conocimientos y el esforzado
trabajo del poeta. El artífice ya no es el hombre extático
que entra en trance, sino el conocedor de unos saberes que
aplica a la hora de escribir el poema minuciosamente.
Desde el siglo XVI el racionalismo se va imponiendo
progresivamente, por lo que el poema se considera fruto de
la inspiración, pero también del aprendizaje. El Art
poétique de Boileau afirma que el temerario autor que no
haya sido formado poeta por su astro no podrá alcanzar el
noble santuario de las Musas. Pero al genio natural le es
imprescindible un saber sólido, cuya corporeización se
intenta realizar a través de las reglas. Precisamente este
ideal clásico llevó a algunos poetas menos dotados al
academicismo y al seguimiento automático de las normas, con
un resultado poco afortunado de aquellos casos limitados a
una insuficiente aplicación de las reglas.
Contra el intelectualismo neoclásico aparece el concepto de
genialidad, cuya importancia será especialmente destacada a
partir de la segunda mitad siglo XVIII. Primero en Francia y
luego en Alemania, movimientos literarios como el Sturm und
Drang proclamaron la rebeldía contra el aprendizaje de las
reglas y exaltaron la poesía producto de la fecundidad del
genio. La doctrina romántica recupera la teoría expresiva de
la creación poética. El poema es la manifestación de la
subjetividad del creador, la experiencia vivida e inspirada
por las emociones reales de su "yo".
En cambio, movimientos literarios como el parnasianismo,
defenderán la "impasibilidad" del autor y la defensa de su
intimidad. En contra de la teoría expresiva, el poeta
parnasiano siente un rechazo por aquella poesía producto de
las confesiones personales del poeta. La estética moderna
abrenuncia de la obra literaria creada utilizando los
saberes adquiridos sólo a través del estudio y aprendizaje
de la teoría literaria. Pero también es discutible el valor
poético de las obras que son únicamente consecuencia de la
inspiración fortuita.
POESÍA CONCRETA O EXPERIMENTAL
Manifestación por excelencia del
arte vanguardista, apela a los recursos y experimentos más
diversos para lograr su propósito artístico. El punto de
partida para este tipo de pesquisas artísticas se sitúa
tradicionalmente en Apollinaire y sus caligramas; desde ahí,
el experimentalismo poético no ha cesado hasta nuestros
días, con momentos especialmente fructíferos en los años
cincuenta y sesenta, en que nace la poesía concreta
propiamente dicha, que muestra esa misma preocupación por la
palabra desnuda en relación con su soporte tras liberarse de
la tiranía de la sintaxis. Este arte, en España, tiene su
nombre principal en Ignacio Gómez de Liaño; en Italia, la
poesía concreta cuenta con A. Lora Totino; en Brasil, por su
parte, fue el grupo Noigrandes el encargado de impulsar la
poesía concreta en los límites cronológicos indicados, al
cierre de los cincuenta y primeros sesenta.
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Poesías Sin Fronteras
POESÍA
DIECIOCHESCA
Evolución de los estilos poéticos en el siglo XVIII español
Realizar un estudio coherente de la poesía dieciochesca
implica hoy, todavía, excesivas dificultades, debido a la
visión negativa que nos legara de esta época la crítica
romántica y a la necesidad de estudios profundos y
desapasionados que la recuperen. La crítica tradicional
distinguía en la lírica del XVIII dos períodos bien
diferenciados, coincidentes en su evolución diacrónica con
otros géneros literarios: la poesía de tradición barroca y
la nueva poesía. Las investigaciones recientes han intentado
analizar con mayor hondura esta lírica nueva, aunque sigue
existiendo una cierta confusión.
Los estudios más innovadores, en este sentido, fueron los
realizados por los profesores Joaquín Arce y Francisco
Aguilar Piñal. Aquél examinó en profundidad los temas, el
lenguaje literario y los estilos poéticos, estableciendo a
partir de este análisis una periodización generacional que
refleja las distintas sensibilidades nacidas al calor de
similares estímulos sociales y culturales:
1. Primera mitad de siglo: reinado
de Felipe V (l700-l746).
2. Escritores que escribieron y
publicaron en torno a medio siglo: reinados de Fernando VI
(1746-1759) y principios del de Carlos III (1759-1788).
3. Poetas de la Ilustración:
desde, aproximadamente, l770 hasta principios del XIX, época
que corresponde a la plenitud del reinado de Carlos III y al
de Carlos IV (1788-1808). Sin embargo, confiesa su
impotencia a la hora de establecer un orden cronológico
entre escuelas o tendencias poéticas, que a veces viven en
confusa algarabía, y que estudia aparte precisando sus señas
de identidad temáticas y formales: Posbarroco, Rococó,
Neoclasicismo, poesía de la Ilustración y lírica de
sensibilidad prerromántica.
Por su parte, el investigador Aguilar Piñal distingue en la
segunda mitad de la centuria nuevos estilos poéticos que
llama Neoclasicismo, Racionalismo y primer Romanticismo.
Resulta difícil, como se ve, presentar un panorama coherente
en el que se conjuguen períodos y estilos. Evitaremos con
todo caer en la errada equivocación de hablar de la poesía
de este siglo como una simple época de transición entre
Barroco y Romanticismo, sin personalidad ni señas de
identidad propias, ni menos como un ejercicio poético en
vistas al futuro Romanticismo. Pueden establecerse varios
estilos que nacen al calor de situaciones sociales y
estéticas distintas, y por eso es posible aislarlos y
definirlos en la preferencia de sus modelos, géneros
predominantes, temas y aspectos formales. Bastaría coger uno
de los géneros que atraviesan el siglo de un extremo a otro
para constatar esta evolución: es lo que se ha dado en
llamar "la ruptura de los géneros". Justamente por ese
motivo no es posible encasillar a los autores exclusivamente
en un estilo único. Los escritores, salvo casos de
persistencia del período barroco, van emparejando su
experiencia vital con la social y con la estética dominante.
Por eso su obra sólo es posible estudiarla desde una
perspectiva diacrónica y no como visión de conjunto. El vate
Meléndez Valdés sería la síntesis más representativa de los
nuevos estilos. Sin embargo, en ocasiones se suele asimilar
un autor a un estilo determinado, o por ser un defensor
conocido o porque la mayor parte de su producción se engloba
en ese estilo.
Igualmente conviene tener en cuenta que cada uno de esos
períodos tiene una larga vida: un nacimiento titubeante en
los comienzos, un momento de esplendor, y el olvido, a veces
envuelto en duras críticas, cuando va siendo sustituido por
otras maneras. Por eso es posible la convivencia de estilos
y su mutuo influjo: lo clasicista del neoclásico se tiñe a
veces con el regusto decorativo del rococó, o incluso las
formas insustanciales del rococó expresan, en época tardía,
temas didácticos o reflexivos.
Se puede definir el contenido de cada uno de los períodos,
pero es difícil precisar su cronología (a no ser que
simplemente se indiquen sus momentos de esplendor y nos
olvidemos de señalar los límites, más difusos, entre los que
vive), sobre todo si conocemos la dificultad añadida para
datar muchos de los poemas. Cada uno de estos momentos se
puede analizar en relación a ciertas polémicas, publicación
de textos críticos en la prensa, presencia de determinadas
poéticas, y quizá cierto grupo de poetas, que reunidos en
tertulias literarias, recogen lo mejor de ese estilo. Eso no
es impedimento para que encontremos, como en cualquier otro
momento de la Historia de la Literatura, escritores
rezagados, atípicos o premonitores de nuevos estilos en
época de predominio de otra manera distinta.
PERÍODOS
-
1. Poesía barroca: El final de
siglo y el cambio de dinastía no supuso una transformación
social en profundidad ni una nueva consideración estética.
La situación de decadencia no fue favorable a la cultura
que, después de los grandes genios del Barroco, vivía un
estado de incuria y abandono. La poesía del XVII, que llegó
a cotas importantísimas en las plumas de Lope, Quevedo y
Góngora, se continuó a lo largo de un cierto período del
siglo XVIII, perdiendo la profundidad ideológica y
cultivando sólo sus aspectos más superficiales. Practican
nuestros poetas un barroquismo intrascendente, recargado e
inútil, en el que se acumulan violentas metáforas,
hipérbatos disparatados, juegos de palabras...
Entre los autores que
escriben por estos años los hay con conciencia de poetas
cultos, y quienes dirigen sus versos a un público más
iletrado y popular. Estos últimos cultivan una poesía que
trata asuntos del momento, generalmente pobre de estilo.
Estaría formada por romances de temas varios (historias de
santos, amores trágicos, asuntos contemporáneos,
bandoleros...), villancicos, divertidas coplas de carácter
satírico, burlesco, erótico, crítico... Tiene un gran
arraigo en el pueblo e incluso mereció la publicación en
pliegos sueltos. La nómina de poetas es abundantísima:
Esteban Cabrera, Gabriel de León y Luna, Ignacio de Loyola
Oyanguren, fray Pedro Reinoso, el padre José Antonio Butrón,
José Joaquín Benegasi, etc.
Frente a esta poesía popular aparecen las creaciones de los
poetas más elitistas, medidores de la palabra, idealizados
en sus temas, que evitan cualquier contagio con esta poesía
vulgar. Amantes del hecho poético en sí, practican un
neo-conceptismo o un neo-gongorismo cuyos destinatarios son
ellos mismos y su grupo social y cultural. Cultivan estos
poetas temas y géneros conocidos en el Barroco: poesía
amorosa, heroica, mitológica... Pero se nota un interés
peculiar por asuntos de política e historia actuales, de
crítica social, de religión y vidas de santos, de temas
insignificantes que presagian detalles pintorescos del
rococó o simplemente versos burlescos con aliento de grandes
poemas o de coplas inocentes. Figuras destacadas fueron
Gabriel Álvarez de Toledo (1662-1714), Eugenio Gerardo Lobo
(1679-1750) y Diego de Torres Villarroel (1694-1770).
-
2. Poesía rococó: las reacciones
críticas contra el Barroco llegan a concretarse en 1737 con
la publicación de la Poética de Luzán, de claro carácter
clasicista. Sus ideas venían preparadas por la labor crítica
del padre Feijoo, más moderada, y se vieron favorecidas por
la defensa del Diario de los literatos y la famosa Sátira
contra los malos escritores de este siglo de Jorge Pitillas
publicada en 1742. Tuvo un primer efecto purificador de lo
barroco y fue de marcado carácter cortesano.
De la renovación estética que va afianzándose en el mundo
literario español surgen dos estilos, ambos clasicistas:
Rococó y Neoclasicismo. El primero supone una purificación
formal, con simplificación expresiva del período anterior.
La poesía se carga de un sensualismo que viene a nuestros
poetas de las filosofías europeas (Condillac, Locke) y,
también, de la sensación de bienestar unida a las nuevas
conquistas científicas y sociales: el amor, la buena mesa y
la vida cortesana. La poesía rococó es una poesía de salón,
despreocupada y frívola, que tiene su expresión en la
anacreóntica y en la versificación de temas intrascendentes.
Utiliza preferentemente composiciones como la letrilla, el
romance o la silva. Es elegante y culta. Uno de los
principales cultivadores fue José Cadalso (1741-1782), que
llevó la moda al grupo salmantino en su época de estancia en
la ciudad del Tormes. Meléndez Valdés (1754-1817) se
convirtió en maestro consumado de la anacreóntica con sus
cantos al amor, a la amada, con palabras delicadas y un
intimismo superficial. También la cultivaron fray Diego
Tadeo González, Iglesias de la Casa, León Arroyal y casi
todos los poetas de la época.
-
3. Poesía neoclásica: abundando en
el movimiento anterior, y casi simultáneo en su origen
aunque no en su evolución, tiene un mayor interés por una
pureza más clasicista en formas y temas. El poeta domina su
imaginación y somete el texto a la armonía y la regularidad,
lo cual implica mitigar el ornato poético, usar los recursos
literarios sin excesos. Busca, a través de la naturalidad,
en imitación de la naturaleza, la sencillez y la armonía
expresiva. Es, además, una poesía sujeta a normas, que busca
siempre la adecuación natural y preceptiva entre lenguaje y
contenido, métrica y temas, dando a cada composición el tono
conveniente. En este sentido esta producción no puede ser
muy innovadora. En cuanto a los conceptos, los poetas
rehúyen las intrascendencias y chabacanerías. Vuelven a
repetirse, como temas centrales, los grandes motivos del
Renacimiento, aunque se ven aspectos novedosos que nos
hablan de ideas, moral y modos de vivir distintos. En líneas
generales podemos encontrar:
-
- poesía
mitológica: los temas paganos habían vuelto a
resurgir después de unos años de depreciación. Esto provocó
en la sociedad de la época posturas encontradas sobre el uso
de la mitología que, a pesar de las protestas de los
conservadores, siguió utilizándose de manera habitual. Desde
el Endimión de García de la Huerta (1734-1787) hasta
Terpsícore de Juan Bautista Arriaza (1770-1837) hallamos una
tradición ininterrumpida.
-
- poesía amorosa:
hunde sus raíces en la tradición Petrarca-Garcilaso. Podemos
encontrar excelentes ejemplos en Nicolás Fernández de
Moratín, Iriarte, Jovellanos, García de la Huerta y, sobre
todo, en Meléndez Valdés. La artificiosidad rococó aparece
aquí sustituida por una mayor armonía de tipo renacentista.
-
- poesía épica:
tuvo un amplio cultivo, de forma paralela a la tragedia
neoclásica. Son poemas de carácter histórico, y generalmente
escritos en romance. Entre sus practicantes debemos recordar
a Nicolás Fernández de Moratín, García de la Huerta, Vaca de
Guzmán, y Montengón.
-
- poesía bucólica:
la poesía pastoril tuvo un amplio cultivo. Es sabido que la
mayor parte de nuestros poetas estaban organizados en
Arcadias poéticas y que su personalidad y la de sus amadas
se disfrazaban bajo nombres pastoriles. Se repite la afición
por la vida campestre, que se va impregnando del nuevo
pensamiento ilustrado, sobre todo de las ideas de Rousseau.
Entonces se menosprecia realmente la ciudad y se alaba la
vida primitiva de campesinos y pastores o se busca en la
naturaleza un refugio de las penas. La bucólica dieciochesca
toma dos direcciones representadas en la égloga y el idilio,
según se valoren los modelos clásicos (Virgilio-Garcilaso) o
modernos (Gessner). Figuras destacadas de este tipo de
poesía son Iriarte y Meléndez Valdés.
-
4. Poesía ilustrada: la famosa
carta de Jovellanos a sus amigos en 1776 es el punto de
partida hacia una poesía que muestra una preocupación por lo
civil, filosófico y didáctico, aunque ya en fechas
anteriores podemos encontrar algunos poemas dentro de este
estilo. El poeta ilustrado desprecia la poesía inútil, de
temas gastados y triviales, mientras que quiere conferirle
una misión educativa y doctrinal. El tono lírico se rebaja y
la poesía pasa de la belleza a la utilidad, con una
proyección social. El vulgar prosaísmo, que algunos críticos
recusan, puede ser para sus cultivadores su principal
virtud. La poesía ilustrada tiene un cierto tono peculiar en
su expresión dentro del clasicismo: desnudez poética, rigor
expresivo, claridad de ideas y la presencia de un
vocabulario peculiar, que comunica las nuevas conquistas y
proyectos de la Ilustración. Pero lo que realmente de nuevo
hay en esta poesía son los temas, que sistematizados dan
lugar a los siguientes grupos:
-
- poesía filosófica: utiliza temas
en los que se desarrollan ideas relacionadas con el mundo,
el hombre, la libertad... Iniciada por Cándido María
Trigueros (El poeta filósofo o Poesías filosóficas en verso
pentámetro), fue seguida por Diego T. González (Las edades),
Meléndez Valdés (Odas filosóficas y sagradas), Forner
(Discursos filosóficos sobre el hombre), Cadalso, Jovellanos...
-
- poesía político-social: extiende
las ideas del despotismo ilustrado (desarrollo de la
cultura, valoración del trabajo, protección de la
agricultura...) al mismo tiempo que critica la sociedad.
Recordaremos aquí algunas composiciones de Cadalso, Forner
y, sobre todo, las de Meléndez Valdés y Jovellanos.
-
- poesía religioso-moral: no es
muy abundante por ser éste un período laico, por lo menos en
la intelectualidad que propicia el cambio. Se escriben
algunos versos fervorosos por parte de clérigos como Diego
T. González o Iglesias de la Casa, aunque es raro
encontrarlos en otros escritores.
-
- poesía didascálica: la
disposición en forma métrica para un mejor aprendizaje de
cualquier tema fue hábito común en el siglo XVIII. La
acomodación de cualquier materia en largas tiradas de versos
tuvo como consecuencia la superficialidad en la exposición y
la falta de precisión por exigencias de ritmo y métrica.
Fueron poetas didascálicos Nicolás Fernández de Moratín (La
Diana o Arte de la caza), Iriarte (La música, Fábulas
literarias), entre otros.
-
- poesía de circunstancias: fue la
de más amplio cultivo. El orgullo ilustrado, la promoción de
obras culturales y sociales, la vida cortesana, los actos
públicos... quedaron recogidos en poemas de tono elevado
para la posteridad. Casi todos los poetas la practicaron.
-
- poesía de crítica literaria:
habiéndose tomado la literatura como uno de los medios de
corrección de la sociedad, era preciso purificar primero la
expresión poética existente para hacerla útil. Esto provocó
ingentes polémicas, que tuvieron con frecuencia el verso
como vehículo de expresión. Pocos escritores quedaron al
margen de esta literatura, pero destacaron Forner, Iriarte y
Leandro Fernández de Moratín.
-
- poesía realista: es propia de la
literatura burguesa, aunque, debido a la seriedad de los
ilustrados, estuvo marginada de las manifestaciones más o
menos oficiales. Debemos señalar dos corrientes ligadas al
realismo: la erótica, cultivada por N. Fernández de Moratín
(Arte de las putas), Samaniego (El jardín de Venus),
Meléndez Valdés (Los besos de amor)...; y la poesía
costumbrista, que nos presenta aspectos curiosos de la
sociedad como el mundo taurino (N. Fernández de Moratín), la
gente a la moda (Forner)...
-
5. Poesía prerromántica: el
fracaso de los ideales ilustrados, por la política regresiva
de los gobiernos de Carlos IV tras la Revolución Francesa,
trajo notas tristes a la poesía de los escritores que más se
habían significado en el proyecto reformista. Muchos de
ellos acabarían en el destierro y aun en el exilio, como
Jovellanos o Meléndez Valdés. La poesía de la Ilustración
empezó a tomar otros caracteres, a hacerse más reflexiva, a
personalizar los problemas, a cargarse de sensibilidad. Se
revaloriza la figura del Quevedo perseguido y ejerce una
influencia espiritual Horacio y fray Luis de León. Esta
poesía de lamentos y tristeza encontró su cauce expresivo en
el lenguaje del Romanticismo europeo e inició la poesía
prerromántica española.
De todas formas, podemos afirmar que en 1808 queda cerrado
en sus líneas generales el período que estudiamos con la
definitiva culminación del movimiento romántico, aunque el
empeño neoclásico durará más tiempo en algunos escritores
aislados.
Poesía Lírica
tradicional
& Para algunos, género literario; para los más, ingente corpus
de poesía lírica que abarca desde el momento en que nacen las
primeras manifestaciones literarias de la humanidad hasta el
presente. El origen de la lírica tradicional, o de la canción
folclórica acompañada e inseparable de la melodía musical, se
sitúa en épocas preliterarias antiquísimas. Ha habido autores
(filósofos y musicólogos especialmente), que han defendido que
el primer lenguaje humano era modal, es decir, con entonación
musical. De lo que no hay duda, porque se ha constatado en todas
las culturas primitivas conocidas en la actualidad, es de que la
canción tradicional ha vivido con el hombre desde los estadios
culturales más primitivos, acompañando sus juegos infantiles,
sus ritos de iniciación, de cortejo amoroso o funerales, sus
labores agrarias y manuales, sus prácticas religiosas y
festivas, etc.
Incluso es un hecho universalmente comprobado que la cultura
oral, y dentro de ella la lírica tradicional, desempeña una
función social más importante cuanto más primitiva y menos
condicionada esté la sociedad por la cultura de transmisión
escrita y, por supuesto, por la moderna cultura audiovisual de
masas. Poquísimas referencias y sólo indirectas, a través de
historiadores romanos o latino-medievales, tenemos de la lírica
tradicional hispánica anterior a la documentación de las jarchas
romances de los siglos XI y XII. Las jarchas son unas pequeñas
cancioncillas en romance mozárabe vulgar insertas como desenlace
de muwashahas o moaxajas, complejos y elaborados poemas en árabe
clásico y hebreo.
Se cree que los autores árabes y judíos, que conocían la lengua
y la tradición folclórica vulgar, incluían esas cancioncillas
atraídos por su hermosa y elemental belleza poética, aparte de
en cumplimiento de una moda literaria que, en ocasiones, también
les llevaba a rematar sus composiciones con cancioncillas en
árabe vulgar. Las jarchas mozárabes, de compleja y polémica
transcripción y muy difícil interpretación para los filólogos,
constituyen la primera documentación románica de la lírica
tradicional. Muy poco después empiezan a documentarse los
refrains franceses y las cantigas de amigo galaico-portuguesas,
que tienen en común con las jarchas, aparte de ciertas imágenes
y rasgos estilísticos, el ser lírica femenina puesta en boca de
mujeres y reflejar sus puntos de vista sobre el amor y la vida.
La lírica de mujer es una constante en
la cultura universal de todas las épocas. Mientras la épica, sus
héroes, sus difusores o transmisores y su función se ha asociado
preferentemente al mundo masculino, la lírica, desde sus
orígenes hasta hoy, ha estado estrecha aunque no exclusivamente
ligada a la mujer como creadora y transmisora, por cuanto
refleja su sensibilidad e ideología. Fuera del corpus de las
jarchas y de las cantigas de amigo galaico-portuguesas (véase
LITERATURA GALLEGA y cantiga), es muy poco lo que conocemos de
la canción folclórica hispanomedieval antes de finales del siglo
XV, y es a través, fundamentalmente, de crónicas u obras mayores
que aquí y allá llevaban insertos pasajes líricos.
No obstante, desde antiguo se aprecia la creciente influencia de
la canción folklórica sobre obras y autores cultos, que llegan a
crear subgéneros, como la serranilla, directamente inspirados en
la tradición popular (de todos modos, los límites y razón de ser
de poemas encuadrados en la pastorela cortesana pueden resultar
harto confusos). Esta influencia o más bien interacción entre
lírica tradicional y poesía culta o escolar es otro fenómeno tan
constante en nuestra literatura que sin él no es posible
explicar la poesía, de un Juan del Encina, Lope, Machado, Lorca,
Alberti y otros tantos creadores.
A fines del siglo XV, comienza un fecundo período de
recuperación y dignificación de la lírica tradicional. Los
músicos y poetas a sueldo de las cortes españolas y portuguesas
las recopilan, a menudo las armonizan, y las incluyen a veces
con notación musical en colecciones habitualmente llamadas
Cancioneros. Algunos, como el Cancionero musical de Palacio o el
Cancionero de Uppsala, han preservado una enorme cantidad de
cancioncillas, de raigambre seguramente medieval, compuestas
habitualmente en los dos metros más tradicionales de la época,
que muchas veces aparecían combinados: el zéjel y el villancico
glosado.
Desde la primera mitad del siglo XVI, ritmos importados de
América renuevan el perfil de la lírica cantada. Y hacia 1580
surge una nueva moda poético-musical, la de la seguidilla
«moderna», que acentúa la decadencia de los metros arcaicos y
adquiere enorme difusión. Paralelamente, el teatro, la novela,
los vocabularios, las recopilaciones de refranes comentados y
las misceláneas de casos curiosos dan acogida a multitud de
canciones tradicionales. Los autores cultivados, por su parte,
las glosan en forma poética, con lo que la lírica tradicional se
convierte en uno de los géneros más importantes y mejor
conocidos durante los llamados Siglos de Oro.
En el siglo XVIII, disminuye el aprecio y la documentación
literaria de la lírica tradicional; sin embargo, el Romanticismo
vuelve a reivindicarla vigorosamente (ya, por lo general, por
razones eruditas y a menudo nacionalistas), e incluso a plantear
su recopilación a través de un trabajo de campo: desde el
Cancionero popular (1865) de E. Lafuente y Alcántara, o los
Cantos populares españoles de F. Rodríguez Marín (1882-1883),
hasta hoy, han visto la luz miles de recopilaciones folklóricas
pertenecientes a España y América, donde se muestra un género
tradicional de vitalidad, riqueza de formas y de temas, e
interés literario, sociológico y antropológico extraordinarios.
Frutos de una importancia extraordinaria ha dado el estudio de
la poesía tradicional en el mundo sefardita, a través de viejos
impresos o en las encuestas llevadas a cabo a lo largo del siglo
XX en los principales centros de la Diáspora, de la Segunda
Diáspora (o lo que es lo mismo, Estados Unidos, Canadá) y el
moderno estado de Israel.
Poesía épica
Para Aristóteles, la epopeya es imitación de hechos nobles,
realizada con la palabra; utiliza un metro homogéneo y es de
carácter narrativo; además, no tiene límites temporales.
Cualquier poema épico debe ser dramático y de acción única,
entera y completa, con comienzo, medio y fin. Aunque esto no
quiere decir que los poemas épicos se tengan que ocupar de un
acontecimiento en toda su complejidad, desde los orígenes hasta
el desenlace final: basta con tomar un episodio y desarrollarlo
de la forma adecuada y con coherencia narrativa. Por eso, Homero
le parece divino frente a los demás poetas épicos, pues no se
puso a representar la guerra de Troya entera, a pesar de que
tuvo principio y fin; al contrario, se limitó a uno de sus
episodios, sobre el que construyó otros muchos.
La epopeya, al ser narrativa, puede presentar a la vez varios
asuntos parciales que se desarrollan de forma simultánea al
resto de la acción, con lo que las dimensiones de la epopeya
pueden llegar a ser muy amplias. En cuanto al metro, Aristóteles
señala que la experiencia muestra que los versos largos son los
más adecuados para llevar a cabo la narración de los poemas
épicos, y no conviene mezclar metros, pues el hacerlo resulta
superfluo y fuera de lugar. Aristóteles establece esta
teorización basándose en los textos épicos que se conocían en
Grecia durante el siglo IV a. J.C. El conocimiento de materiales
más variados y de distintas épocas y culturas apenas ha alterado
los fundamentos aristotélicos, como prueban las definiciones de
términos como épico o epopeya que dan los lexicógrafos.
El primer testimonio recogido en español del adjetivo épico se
remonta al año 1580, en que lo utiliza Fernando de Herrera: se
trata de un neologismo directamente tomado del latín epicus, que
a su vez procedía del griego epikós, término derivado del
sustantivo epos 'palabra', 'recitado', 'verso'. A partir de
Herrera, no resulta extraño hallar el adjetivo épico, pues se
vuelve a encontrar en el Quijote y en Covarrubias, aunque hay
que advertir que las abundantes ausencias en vocabularios del
siglo XVI y del XVII indican que no es, todavía, un término
usual, ni siquiera entre los estudiosos de la lengua. Algo
posterior es la primera documentación de epopeya, pues es Polo
de Medina (muerto hacia 1650) el que recurre al helenismo (epopoiía
'composición de un poema épico', formado con epos y poiein
'hacer').
En general, los lexicógrafos no coinciden al definir la palabra
épica, ya que se puede encontrar explicada como el "género de
poesía en que el autor expresa lo objetivo, a diferencia del
subjetivismo propio de la lírica", mientras que en otros casos
las definiciones se limitan a convertir el término épico en
simple sinónimo de "heroico" y, de forma similar, la epopeya se
convierte en el "poema en el que se refieren hechos heroicos,
históricos o legendarios", o bien se define como "poema
narrativo extenso, de elevado estilo, acción grande y pública,
personajes heroicos o de suma importancia y en el cual
interviene lo sobrenatural o maravilloso", o como "poema
narrativo extenso, cuyo asunto es de carácter nacional o en el
cual intervienen personajes heroicos o de suma importancia".
Durante la Edad Media se designaba con el nombre de gesta (en
latín, gesta; en francés, geste ), los hechos realizados por
alguien y, algo más tarde, la historia de esos mismos hechos.
Recibía el nombre de "cantar de gesta" cuando se trataba de una
narración destinada a ser cantada y, por tanto, reunía las
características fundamentales de este tipo de transmisión:
empleo del verso y presencia de una melodía o -al menos- de una
cierta cadencia musical (monodia).
Por lo general, los poemas épicos suelen seguir unas pautas para
el desarrollo de la acción: el paso de pruebas peligrosas o
encarnizados combates para restituir un orden primitivo, que
había quedado roto por la intervención del traidor o del
enemigo. En unos casos, el héroe vence, pero el final feliz no
debe ponerse en relación con el protagonista, sino con los
hechos, pues en otras ocasiones el héroe puede morir (Beowulf,
Roland...) y su muerte ayuda a que las aguas vuelvan al cauce
primitivo.
Nos situamos así ante algunos de los aspectos más importantes de
la poesía épica y nos hallaríamos en disposición de definirla
con C.M. Bowra como el género literario dedicado a ensalzar en
verso la actividad de unos seres superiores -dioses, héroes-
cuya única meta es recuperar el honor mediante las más nobles
acciones y arriesgados esfuerzos.
La poesía épica "sólo podrá existir cuando los hombres crean que
los seres humanos son, por sí mismos, objeto suficiente de
interés y que su aspiración suprema consiste en perseguir el
honor a través del peligro". Estas premisas no se dan a la vez
en todos los países, ni en todos los tiempos: por eso, la poesía
épica tampoco existirá siempre y en todo lugar: las coordenadas
geográficas y cronológicas son muy variadas y van desde el año
2000 a. J.C., en que se escribieron algunas de las tablillas
conservadas del Gilgamesh, a nuestro siglo, con la presencia de
V. I. Lenin en un poema ruso (La leyenda de Lenin, de Marfa
Krjukova) en el que se recogen diversos episodios de la
Revolución de 1917 y de la biografía del estadista soviético, o
la alusión al "Hombre de París" (es decir, Charles De Gaulle) en
la interpretación de Kambili que llevó a cabo en 1973 el cantor
llamado Seydou Camara. Y desde un extremo de Asia hasta el
extremo más occidental de Europa, incluyendo el norte africano:
es innecesario señalar que tal amplitud permite extraer muy
pocas conclusiones de validez general y escasos rasgos comunes;
sin embargo, y a pesar de todo, se han emprendido diversos
estudios de conjunto que han ofrecido nuevas perspectivas sobre
las invariantes del género.
Así, la épica se presenta como poesía narrativa, de carácter
objetivo, impersonal y dramática, que tiene como tema principal
las hazañas realizadas por una colectividad (a veces
representada por el héroe) que se siente agredida y que intenta
volver a la situación inicial, anterior a la agresión. Es
poesía, pues utiliza habitualmente el verso como medio de
expresión, aunque por lo general no suele organizarse en
estrofas regulares, sino que los versos se agrupan en series de
una sola rima; la norma habitual es que no haya alternancia de
rimas en una misma tirada, ni versos de distinto número de
sílabas en un mismo poema.
Como narración, cuenta un hecho, que puede ser tanto un episodio
como una sucesión de episodios, con un protagonista claramente
diferenciado, al que se le encomienda la transformación del
desequilibrio inicial. Al ser poesía narrativa, la épica
presenta un notable carácter objetivo, ausente de la lírica: el
narrador se limita a exponer unos hechos, que conoce
perfectamente y que considera pasado remoto, lejos del presente;
esos hechos -además- son conocidos en gran medida por el
público, que acepta el relato si se mantiene dentro de las
pautas de la materia heredada, tradicional.
El narrador, el público y el héroe avanzan a la vez,
solidariamente, en el conocimiento de los obstáculos que se
deben superar y ello supone que la omnisciencia del narrador
queda convertida en punto de referencia de la objetividad del
relato; el poeta en cuanto tal debe decir lo mínimo posible por
su propia cuenta: también aquí Homero es digno de imitación,
porque "tras un breve proemio, introduce de inmediato a un
hombre o a una mujer o a cualquier otro personaje", que será
quien tome la palabra y lleve adelante la narración de los
hechos ocurridos, mientras que él se mantiene distante del
material que ofrece, sin participar en modo alguno en la acción.
El distanciamiento del autor-intérprete provoca de forma
inevitable la impersonalidad del género, ya que son muy pocas
las huellas propias que deja el creador en su obra, como
señalaba Aristóteles. Pero además, el avance de la narración
queda confiado a los personajes mismos que en ella participan,
de tal modo que el diálogo y los parlamentos en primera persona
constituyen otra de las marcas del género, haciendo que los
poemas épicos muestren características claramente dramáticas: no
es el narrador el que plantea los acontecimientos, sino que
éstos son el resultado del conflicto que opone a los personajes.
Autor y público quedan equidistantes de la acción: el poeta
queda desplazado por unos héroes que adquieren vida propia y
narran sus propias vivencias, y, como el resto del público, el
autor participa con la imaginación en los acontecimientos
narrados y los acepta sin titubeos.
La búsqueda en los poemas épicos de unas características comunes
que permitan establecer el común denominador del género, ha
revelado notables diferencias en la extensión de las obras y,
por tanto en la estructura interna de las narraciones y en otros
varios aspectos. Hay poemas épicos que oscilan entre 23 versos
(como una bylina rusa sobre la invasión napoleónica de 1812) y
los 40.000 versos que tiene el Poema de Manas, de Sagymbai
Orozbakov en turno. La Ilíada está formada por 15.000
hexámetros, frente a los 4.000 decasílabos de la Chanson de
Roland o a los 3.700 versos del Poema del Cid . Algunos
estudiosos han pretendido poner en relación el tamaño de los
poemas con las necesidades del espectáculo y el tiempo
disponible, pero son muchos los que discuten este punto de
vista, ya que no se debe confundir el medio con el fin y, sobre
todo, porque los testimonios tomados en directo entre
intérpretes contemporáneos han puesto de relieve la
especialización en uno de los dos tipos de poemas épicos, y aun
cuando hay tiempo para recitar poemas muy extensos, algunos
prefieren variar frecuentemente de materia y cantar muchos
textos breves, en vez de uno solo más largo.
Según el tamaño, se ha hablado de canciones breves, epopeyas
cortas y epopeyas largas, aunque esta clasificación presenta
dificultades dada la relatividad de los conceptos referentes al
tamaño, sobre todo cuando se estudian obras literarias de las
más variadas culturas y épocas. Ello hace pensar que resulta más
adecuada la clasificación de los poemas épicos en dos grandes
grupos: "baladas" y epopeyas extensas. En el primer grupo se
suelen incluir los romances épicos, las bylinas rusas y las
baladas y poemas que dieron origen al Kalevala, por ejemplo:
todos ellos son textos que presentan el relato de un único
episodio o muchos episodios breves yuxtapuestos; generalmente,
el protagonista también actúa solo y se tiene que enfrentar con
fuerzas de todo tipo muy superiores a él. La brevedad de estas
composiciones obliga a prescindir de numerosos detalles y de
elementos decorativos: su arte descansará en la preparación de
la crisis y la rápida exposición dramática de la historia. De
estas características se deduce que las "baladas" tienen
estructura lineal y no ofrecen mayores complicaciones
narrativas, pues representan un claro esfuerzo por la concisión
y economía del relato.
Los estudios de M. Parry y A. B. Lord sobre la epopeya
serbo-croata han dado un importante impulso para el conocimiento
detallado de la formación de estos cantares: al parecer, los
poemas extensos suelen construirse sobre una trama bien
estructurada, en la que adquieren excepcional importancia
recursos técnicos como las fórmulas que sirven de bordón al
poeta y los discursos en estilo directo, lo que hace que el
texto adquiera una gran amplitud sin perder su carga dramática.
En el grupo de la epopeyas largas se incluyen, evidentemente,
los poemas homéricos, pero también forman parte de este conjunto
los cantares de gesta románicos, que por lo general giran en
torno a los 4.000 versos: para el conocimiento de la épica
medieval los estudiosos se ven obligados en muchos casos a
recurrir a las analogías con la situación de la epopeya en
sociedades contemporáneas de cultura pre-literaria y de marcada
tradición oral. Los poetas modernos que aún componen o recitan
largos poemas épicos generalmente no saben leer ni escribir y,
en muchos casos, se pueden apreciar rasgos de composición oral,
haciendo innecesaria o superflua la escritura. Este tipo de
composición debió apoyarse en una técnica narrativa muy
concreta, que permitiera al poeta (bardo, scopa, aedo,
juglar...) recordar o reconstruir aquellos versos que la memoria
no hubiera retenido.
El paso del texto recitado a la escritura es accidental y no
siempre se ha verificado: es enorme el número de poemas épicos
que han desaparecido sin dejar huellas; y son muchos los que
conocemos gracias a testimonios indirectos, alusiones y
referencias que atestiguan que una vez existieron, y que han
desaparecido. Escritores latinos como Tácito, Jordanes, Sidonio
Apolinar, etc. hablan de los cantos guerreros de los pueblos
germánicos, y Carlomagno ordenó que se recogieran por escrito;
sin embargo, son muy pocos los poemas que pervivieron.
Al ser un género de transmisión oral, primordialmente al menos,
la épica se realiza como obra literaria en cada representación,
y como literatura de carácter oral, responde a señales y códigos
distintos de la literatura escrita, pues se apoya no sólo en el
código literario verbalmente realizado, sino también en signos
paraverbales y extraverbales de gran importancia (musicales,
cinésicos, proxénicos, paralingüísticos...); del mismo modo,
este código tan extenso se ha ido conformando de acuerdo con una
tradición, que se puede enriquecer, pero no alterar: las
condiciones de la representación (formación del intérprete,
realización concreta, público) y la abundancia de fórmulas
esterotipadas adquieren un papel especial para comprender en su
plenitud ciertos rasgos característicos del género.
El conocimiento, cada vez más profundo, de la epopeya viviente
ha permitido a los estudiosos acercarse a estas cuestiones con
nuevos materiales, procedentes en muchos casos de la observación
directa y de testimonios de primera mano. Así, la figura del
intérprete constituye el núcleo central de numerosos trabajos,
casi todos ellos de críticos anglosajones. Apoyándose en la
colección de textos grabados por M. Parry, A. B. Lord llega a la
conclusión de que los intérpretes de poemas épicos yugoslavos
-que no se aprenden de memoria los textos- son capaces de
componer sus obras a lo largo del recitado a un ritmo de
locución constante, que oscila entre los diez y los veinte
versos decasílabos por minuto. Semejante virtuosismo sólo puede
ser fruto de una especial técnica de composición, y en modo
alguno puede descansar en habilidades innatas, dada la
pervivencia de intérpretes con el paso del tiempo, y en los
lugares más variados.
Parecen ser características comunes, muy generalizadas, el
analfabetismo de los intérpretes y su tendencia a adquirir
reconocimiento cantando poesía épica, el arte oral más difícil.
Para llegar al mayor grado de perfección, es necesario un primer
período de aprendizaje, durante el cual el futuro intérprete
escucha canciones de otros más viejos, familiarizándose de este
modo con los héroes y sus hazañas, con el vocabulario y el
ritmo. En segundo lugar, comienza a practicar -con
acompañamiento musical o sin él- y, por último, entona las
canciones ante un auditorio de mayores y más expertos; al menos,
así reconocía haberlo hecho uno de los informantes de M. Parry:
Cuando era pastor, niño todavía, venía
gente a casa por la tarde, o íbamos nosotros a pasar la velada a
casas de otros en el pueblo. Entonces, un cantor tomaba la gusla
y yo escuchaba su canto. El día siguiente, en el campo con el
ganado, empezaba a cantar la canción, palabra por palabra, sin
gusla y de memoria, palabra por palabra, según la había cantado
el cantor [...] Luego, poco a poco, fui aprendiendo a tocar el
instrumento y a ajustar el sonido a las palabras, y mis dedos
obedecían cada vez mejor [...] No empecé a cantar ante otros
hombres hasta que me hube perfeccionado, y entonces sólo me
atrevía a hacerlo ante jóvenes de mi grupo, y no ante gente
mayor o mejor...
Las palabras de este intérprete son significativas; por una
parte, en ningún momento alude a una posible autoría, sino a un
esfuerzo de memorización de poemas cantados por otros; en cuanto
al instrumento, desempeña un papel de cierto relieve: no se
trata de un simple modo de acompañamiento musical; es más bien
un apoyo para recordar la letra; orgulloso de su esfuerzo, el
informante de M. Parry advierte que empezó sin más ayuda que su
propia memoria, y otros muchos intérpretes reconocen que, con la
gusla, son capaces de repetir un poema oído algunas horas antes
o el día anterior. En otras culturas el fenómeno es similar: en
Africa occidental, la historia de la casa real de los Dagomba y
la de los Estados de Akan se conserva en parte con señales de
tambor, y lo mismo se puede decir de los mongo del Congo, o de
los luba-kasai, por ejemplo. En definitiva, se trata de medios
mnemotécnicos para no olvidar determinados textos de la
tradición oral. El respeto a la tradición impide las
alteraciones que puedan afectar directamente a la materia de los
poemas:
-Después de aprenderse mi canción, ¿la podría cantar...
exactamente igual que yo lo hice?
-Podría hacerlo.
-¿No añadiría algo... o dejaría alguna cosa?
-No lo haría..., por Alá, cantaría exactamente lo que había
oído... No es bueno cambiar o añadir cosas.
La calidad de los intérpretes, pues, no depende de sus vínculos
con el arte aprendido, con la tradición, que deben respetar en
grado supremo, sino que depende de la habilidad que muestran en
el recital, y del número de poemas que son capaces de recordar.
La habilidad es el resultado de la experiencia y la práctica; es
decir, es una técnica que se va perfeccionando con el paso del
tiempo, y cuyo dominio posibilita un aprendizaje más rápido de
nuevos temas.
La técnica de los poemas épicos se aprecia tanto en la
composición como en la narración, y está directamente
relacionada con la oralidad: composición e interpretación son
inseparables, pues el poeta crea la obra en cada recital e
introduce las variantes que considera pertinentes en cada
situación concreta, siempre que no alteren las líneas esenciales
del relato y de la tradición. Sólo la llegada de la escritura
fija un texto. Los elementos más característicos de la técnica
adquirida por el intérprete para poder llevar a cabo el recital
-la composición- sin interrupciones graves y manteniendo en todo
momento el ritmo de improvisación, son las fórmulas y los
clichés, que suministran un material de cierta calidad para
adornar el tema, a la vez que permiten una coherencia elemental.
La fórmula aparece cada vez que se repite una situación, o que
entra en escena un personaje y está formada por una serie de
palabras que van del epíteto épico a descripciones que ocupan
varios versos. Con la aparición de la escritura, o al ser
puestos por escrito los poemas, cede la improvisación y se
aprecia un claro esfuerzo en la redacción, pero se siguen
manteniendo abundantes fórmulas como muestra de cierto arcaísmo
y antigüedad, premisa fundamental para el éxito del poema, que
de esta manera se adscribe a la tradición.
Junto a las fórmulas fijas, otros recursos también son útiles al
poeta-intérprete: así, por ejemplo, la repetición de versos y
tiradas, las comparaciones extensas, la ampliación de
determinados temas que pueden considerarse tópicos en la poesía
heroica (la actividad del héroe, la descripción detallada de
cómo se arma, los banquetes con cada uno de sus manjares, los
pormenores de la marcha y acogida del héroe, etc.); el empleo de
todos estos elementos, que se hallan más o menos fijados en la
tradición, permite un momentáneo descanso mental al poeta, a la
vez que da un aspecto de realismo y objetividad a la obra, ya
que incluye materiales conocidos por todos, y el público se
siente solidario con el intérprete al identificar estos
materiales hasta en sus mínimos detalles.
Según los testimonios recogidos por Parry y otros, en la primera
mitad de nuestro siglo, los intérpretes aprenden los textos por
dos medios diferentes: o por tradición oral, o gracias a los
libros (que se hacen leer). Evidentemente, se trata de dos
niveles de cultura muy distintos, no comparables ni con la
situación de la Antigüedad y de la Edad Media, ni con el estado
de cosas en regiones menos civilizadas al modo occidental.
La tradición oral -que es la que ahora más nos interesa- tampoco
debe considerarse homogénea: entre determinados pueblos, el
intérprete es simple depositario de la memoria colectiva; ha
aprendido de sus antecesores los cantos heroicos, que son
fragmentos relevantes de la propia historia, que no se deben
olvidar, ni alterar. Sin embargo, en otras ocasiones, los cantos
no están tan próximos a la memoria de la colectividad; es cuando
los poemas permiten mayores adornos y se conciben como una forma
de entretenimiento. En este segundo caso no es necesario que el
poema proceda de la tradición: basta que conserve el aire de
antigüedad o, mejor, de tradicionalidad. Estos poemas pueden
haberse aprendido de intérpretes procedentes de otros lugares o
gracias a los viajes del propio poeta: sólo es necesaria la
pertinente comprensión lingüística.
La epopeya medieval
El mundo medieval cuenta con una epopeya de características muy
diferentes de la clásica. Los pueblos bárbaros, nuevos
pobladores del occidente europeo, llegaron con sus propias
tradiciones heroicas, y continuaron cultivándolas con vigor. La
pervivencia y constancia se debe, fundamentalmente, a un interés
por mantener la identidad nacional y por recordar las
dificultades pasadas y vencidas gracias a las proezas que habían
realizado.
La mezcla cultural y lingüística de los pueblos llegados a
partir del siglo IV, muy poco o nada romanizados, fue dando paso
paulatinamente a una unificación y, en algunos casos, a un
abandono de la lengua hablada en beneficio del latín, que era
utilizado por la población autóctona y que, sobre todo, era la
lengua empleada en la Administración y por la Iglesia: Sidonio
Apolinar (c. 430-480), Boecio (c. 480-524), S. Benito (c.480-c.
544), Casiodoro (c. 480-c. 570), Orosio, Prisciano, y otros
muchos muestran la pervivencia de algunas corrientes clásicas
bajo el dominio de los germanos, y también prueban la
preeminencia del latín como lengua escrita por los cultos.
Sin embargo, la lengua vernácula se mantuvo entre la población
que no tenía intereses literarios o eclesiásticos: una gran
parte de la nobleza continuó usando la lengua germánica que
hablaban sus mayores, mientras que los habitantes de sus
dominios empleaban un latín cada vez más alterado. Hubo una
situación de bilingüismo -y por tanto en equilibrio inestable-
hasta bien entrado el siglo IX, según atestiguan los abundantes
glosarios de esta época (Reichenau, Kassel, etc.), según prueban
el canon XVII del Concilio de Tours (813), los Juramentos de
Estrasburgo (14 de febrero del año 842), y según manifiestan las
palabras que Eginhardo, el biógrafo de Carlomagno, dedica al
emperador (entre los años 829 y 836):
No contento sólo con el idioma de su país, se aplicó al estudio
de las lenguas de otros lugares y, entre éstas, aprendió tan
bien la latina, que solía hablar indistintamente en esta lengua
o en su lengua materna...
Por eso no debe extrañar la coexistencia de poesía heroica en
lenguas germánicas, en latín y en lenguas románicas, aunque la
aparición de la epopeya en romance sea posterior. La situación
en el límite inferior de la Romania no debía ser muy distinta,
aunque los testimonios que poseemos son mucho más escasos: negar
la existencia de narraciones de carácter épico en el mundo árabe
va en contra de lo habitual en las más diversas culturas y
épocas.
La epopeya
germánica
Las migraciones e invasiones germánicas, que se sucedieron
ininterrumpidamente desde el siglo IV hasta el siglo VII, no
sólo causaron la desmembración del Imperio Romano, sino que
fueron la fuente de inspiración de numerosos poemas heroicos, y
se puede afirmar que justamente en ese período nació la epopeya
germánica conocida. Apenas se han conservado poemas heroicos de
los pueblos germánicos: el anglosajón Beowulf, el Cantar de Finn
(o Batalla de Finnsburh), dos fragmentos de Wálder, el Lamento
de Déor, Wídsid, La batalla de Brunanburh (o Vínheid), La
batalla de Maldon y los 68 versos del Cantar de Híldebrand
alemán: en total, algo menos de 4000 versos.
Otros materiales poéticos, vinculados con los primitivos cantos
heroicos, son más tardíos y resultan de validez limitada: es el
caso de las Eddas, que parecen ser del siglo XIII, pero que
incluyen algunos poemas heroicos muy antiguos, como el Cantar de
Volund, el Cantar de Atli yLos Dichos de Hámdir, compuestos
antes del año 900, o como el Cantar II de Gudrun, posiblemente
del siglo X.
Al margen de la cronología, que no siempre resulta tan exacta
como sería deseable, la epopeya germánica remite a
acontecimientos ocurridos en la época de las migraciones y aún
antes. Una vez más hay que recordar que ya Cornelio Tácito el
año 98 d.J.C. decía de los germanos que celebraban a sus dioses
"con antiguos cantos, que son la única forma de memorias y de
anales que poseen". Es muy posible que esos cantos se refirieran
a los orígenes míticos de distintas tribus, como se atestigua en
gran parte de la Edda en verso; pero -sin duda- algunos cantos
se referían, también a personajes reales, como el Arminio citado
por el mismo Tácito, y que a pesar de haber vivido cien años
antes, aún era recordado por los bárbaros a principios del siglo
II d. J.C.
La expansión de las diferentes tribus germánicas hizo que
también se difundiera con rapidez su poesía heroica. El
historiador latino Jordanes, de origen ostrogodo, da cuenta a
mediados del siglo VI, de numerosas tradiciones godas, y entre
ellas señala el hábito que tienen estos germanos de cantar,
acompañándose con el arpa, las hazañas de sus héroes, como si se
tratara de historia real; los testimonios que aporta el mismo
Jordanes, se remontan a las migraciones de los godos hacia el
Mar Negro, guiados por Filimer (¿siglo II?) y a algunos
episodios que se situarían con relativa seguridad en los siglos
III y IV. Nada se sabe de las características formales de esos
cantos, aunque es probable que guardaran cierta similitud con
las canciones descritas por el emperador Juliano:
Los bárbaros, al otro lado del Rin, cantan salvajes canciones,
compuestas en una lengua parecida al graznar de roncos pájaros,
y se complacen en sus melodías.
A partir del siglo IV se multiplican los testimonios indirectos
sobre cantos longobardos, vándalos, francos, bávaros... A lo
largo del siglo V y en el siglo VI, los anglos y los sajones
llevaron la epopeya germánica a Inglaterra, mientras que otros
grupos del mismo pueblo llegaban a Noruega y, después, a
Islandia y a Groenlandia, manteniendo viva la tradición de la
poesía heroica germánica en cada nuevo asentamiento: la métrica
y los temas apenas sufrieron más alteraciones que las
lógicamente impuestas por la separación del tronco común y la
lejanía de los orígenes. El recuerdo heroico continuaba teniendo
como modelo la época de máximo esplendor germánico, entre la
muerte de Ermanarico (h. 370) y la del rey longobardo Albuino
(572); en definitiva, había sido el período de la destrucción
del Imperio Romano y el del hallazgo de sus nuevas y,
presumiblemente, definitivas tierras.
El origen común de estas narraciones épicas explica la presencia
de abundantes rasgos compartidos por todos los textos
conservados, independientemente de la región, lengua o siglo en
que han llegado a la escritura, y que revelan las condiciones
sociales y la ideología del momento de su nacimiento.
Posiblemente el rasgo que más llama la atención del lector
moderno es el sentimiento de un destino inexorable, contra el
que el héroe lucha a sabiendas de que nunca logrará vencer.
Sobre esa base se construyen los poemas, que parten del valor
del protagonista, capaz de luchar y morir sin el menor asomo de
reproches o de queja. El motor de la acción es, invariablemente,
la lealtad al jefe y a la familia: del respeto a estos dos
elementos o del enfrentamiento de los mismos surge una enorme
tensión que lleva al desenlace trágico, resaltado por el drama
individual del protagonista, que a veces tiene que escoger entre
continuar siendo leal a su jefe o defender a su propia familia:
siempre triunfa el deber y la elección trágica se salda con la
muerte de padre e hijo en el combate.
Y, del mismo modo, de los dos factores citados nace la
obligación de la venganza de la sangre y del combate por nuevos
territorios, dando origen a una cadena que podría llegar a ser
inacabable, y en la que la crueldad va en aumento; cuando los
hombres han muerto, toman su lugar las mujeres, dispuestas a
demostrar que nada las arredra y que, al ser privadas de sus
maridos o hijos, el miedo carece de sentido, pues la vida poco
importa ya.
Nada se sabe de los autores de estos poemas. Los testimonios de
Tácito y Jordanes, o de Pablo Diácono, Gregorio de Tours,
Fredegario y otros, permiten pensar en la existencia de una
larga tradición; sin embargo, algunos textos aluden a la
composición de poemas de tono épico por parte de autores bien
conocidos: así, Prisco, embajador bizantino en la corte de Atila,
cuenta cómo en cierta ocasión, estando él presente el año 448,
dos bárbaros recitaron ante el rey de los hunos poemas,
compuestos por ellos mismos, en los que exhaltaban sus
victorias:
Llegada la noche, se alumbraron con antorchas y dos bárbaros se
presentaron ante Atila y recitaron poemas que habían compuesto
ellos mismos, en los que narraban las victorias y sus valientes
acciones en el combate. Los invitados los miraban fijos: algunos
estaban fascinados por los cantos, otros se sentían cada vez más
excitados a medida que iban recordando sus campañas en la
guerra; otros estallaron en lágrimas, pues sus miembros se les
habían debilitado con la edad y su ardor marcial habría quedado
inevitablemente insatisfecho.
De forma parecida habría que interpretar una alusión de Venancio
Fortunato (hacia el año 580), que compuso un poema en honor de
Lupo, duque franco de Aquitania: se trata de una obra
encomiástica, no épica, pero en la que los rasgos heroicos no
pueden faltar. Y con mayor claridad aún se expresa Beowulf, al
hablar de la técnica de un bardo:
A veces un hombre,
un vasallo elocuente y de rica memoria,
que sabía muy bien incontables leyendas
de tiempos antiguos, componía un cantar
con su justo trabado. Hábil entonces
la hazaña gloriosa cantó de Beowulf
disponiendo la historia y cambiando las palabras
con mucha soltura.
No obstante, las palabras del poema anglosajón pueden referirse
al acto puntual del recitado, y en ese caso habrían de ser
examinadas de acuerdo con lo dicho acerca de los intérpretes de
la poesía épica en general.
Sea como fuere, los versos de Beowulf plantean algunos aspectos
de la poética vigente en la epopeya germánica: casi todos los
textos conservados (Beowulf, Hildebrandslied, Edda Mayor y otros
poemas menores) tienen unas mismas características formales,
basadas en versos aliterativos, cuyo ritmo queda marcado por la
presencia de cuatro acentos principales, distribuidos por igual
en ambos hemistiquios; no existe la rima y tampoco un número de
sílabas determinado por verso, y, por tanto, la técnica descansa
en la cadencia y en la musicalidad, aunque no sólo.
Otro rasgo común de los poemas conservados es la utilización de
epítetos -que no sólo afectan a los personajes- construidos de
forma perifrástica, en los que no se puede recurrir al nombre
que sirve de referencia, y que tienen que variar con asiduidad;
así, el "barco" se convierte en el 'corcel del mar', el "cielo"
en el 'yelmo de los vientos', la "sangre" en las 'lágrimas de
las heridas', o la "batalla" en la 'danza de las espadas', por
ejemplo. La complejidad formal en la que se apoyan los poemas
épicos de los germanos en modo alguno puede ser el resultado de
una improvisación, y exige un largo aprendizaje y un
entrenamiento continuo.
Es evidente que una epopeya tan difundida empieza a desarrollar
pronto ciertos elementos diferenciadores y que el influjo culto
se hará notar desde época temprana, apenas entren en contacto
paganismo y cristianismo, tradición oral y literatura escrita. A
partir del siglo XII, junto a las huellas de poemas clásicos o
medievales en latín, se encontrarán rasgos pertenecientes a la
epopeya francesa y también se hallarán abundantes materiales
llegados del mundo de la novela cortés (del roman ), a la vez
que se irán haciendo más numerosas las muestras de una
concepción de la vida más próxima del civilizado Mediodía.
También los poetas líricos, los Minnesinger, habían empezado ya
a imitar a los trovadores con Kürenberger y, sobre todo,
Heinrich von Veldeke.
Del mismo modo ocurre con el Cantar de los Nibelungos (Nibelungenlied),
compuesto hacia 1203 en Austria y que obtuvo una rapidísima
difusión por el mundo germánico, como atestigua la treintena de
manuscritos que lo conservan. Son muy numerosos los problemas
que plantea esta extensa obra, y de los que ahora no podemos
ocuparnos; sin embargo, sí que debemos hacer algunas reflexiones
sobre los precursores y el resultado final.
Andreas Heusler habla de la existencia de breves cantos
independientes referidos a Sigfrido y Brunilda, por una parte, y
al final de los Nibelungos, por otra; posiblemente la presencia
de Crimilda, personaje común en ambas sagas, facilitó el cruce
de los textos y el nacimiento de la versión de mediados del
siglo XII y, especialmente, de la de principios del XIII. Tal
idea se sustenta en el hecho de que la Edda en verso todavía
mantiene la independencia total entre ambas sagas; así, la
hipotética formación del Cantar de los Nibelungos se podría
esquematizar de acuerdo con el siguiente esquema:
Historia de Brunilda Historia de los Burgundos
(Materiales mitológicos (Materiales históricos del
y folklóricos) siglo V; leyendas)
| |
| |
Fase I Fase I
Cantar franco sobre Cantar franco sobre los Brunilda . Versos
aliterativos; Burgundos. Vv. aliterativos
ss. V-VI ss. V-VI
|___________________________________ |
| |
Saga de Atli |
(Saga de Atila) |
| |
| Fase II
|
| Cantar bávaro de los Burgundos
| Versos aliterativos. S. VIII.
| Modificaciones.
| |
|
Saga de Thidrek |
(Saga de Teodorico de Verona) |
______________________________|
Fase II Fase III
Cantar tardío de Brunilda Poema épico austro-burgundo.
muy modificado. Dísticos Hacia 1160
rimados. Finales s. XII.
| ________________________________|
Cantar de los Nibelungos
Sin embargo, un esquema de este tipo no es aceptado por todos
los estudiosos, entre otras razones porque se apoya en hipótesis
difíciles de probar: ninguno de los testimonios conservados, ni
ninguna alusión justifica la existencia de los poemas del siglo
XII. Y del mismo modo, resulta dudoso que la primera fusión de
las dos leyendas sea, justamente, la del Cantar del siglo XIII.
En cualquier caso, el Cantar de los Nibelungos presenta notables
modificaciones con respecto de la tradición: así, la métrica se
apoya en estrofas de cuatro versos de rima masculina, de acuerdo
con el esquema a a b b; y aunque sigue existiendo la tendencia a
mantener cuatro acentos en cada verso, la antigua regla no
siempre se cumple. El autor ha reelaborado los materiales de una
vieja tradición, atenuándolos parcialmente de acuerdo con los
hábitos de la literatu |