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HISTORIA DE LA POESÍA
- VERSO
- ESTROFA - COPLA - COMPOSICIÓN
¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¿Qué es poesía?, ¿y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú. Gustavo Adolfo Bécquer.
La historia dice que la palabra poesía viene del griego y también
del latín. Sirve para expresar los sentimientos de los poetas y de
lo que ellos desean mostrar al mundo. Su elaboración esta basada en
una forma correcta de escribir. Casi siempre su forma habitual es el
verso y buscar nuevas formas ha sido un reto que ha iniciado en el
siglo XIX.
___________________________________
LA VOZ
POESÍA PRECEDE DEL GRIEGO...
La voz poesía procede del griego poiesis y del latín poésis,
que en su definición contiene las nociones de fabricación y
confección. Es decir, desde el mismo origen de la poesía,
ésta queda vinculada al fenómeno de la elaboración artesanal
en la expresión de los sentimientos del poeta. Esta
elaboración se apoya en la forma métrica. Aunque su forma
más habitual es el verso, a partir de la segunda mitad del
siglo XIX, sin dejar de utilizar los recursos clásicos, la
poesía buscará formas nuevas con que expresar el discurso
poético.
A diferencia de lo que ocurre con otras literaturas, la
literatura poética se caracteriza por la importancia que en
ella tiene la relación entre la forma y el contenido. En la
literatura científica, por ejemplo, el contenido es la base
fundamental: poco importa la forma con que quede expresado,
si alcanza la verdad en su exposición. En cambio, la lengua
literaria está constituida por un sistema de formas que se
representa en su vocabulario, su gramática y en una
determinada retórica. Este sistema se ha ido consolidando
con el paso del tiempo a base de los procesos de creación y
selección, en los esquemas rítmicos, sintácticos, palabras,
flexiones y pronunciaciones de las obras poéticas que hemos
recibido de los escritores.
Según Amado Alonso, en este proceso de creación hay un
momento lingüístico fundamental en que los materiales
reciben una configuración determinada por la que adquieren
la forma de un poema. En el lenguaje de la creación poética
no hay elementos superfluos o añadidos. Todo elemento es
portador de significación. Por tanto, el proceso de creación
poética precisamente se define por esa "unión entre una
materia y una forma".
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Poesías Sin Fronteras
FUNCIÓN DE LA POESÍA ENTRE ESTÉTICA Y MORAL
La discusión sobre la función de la poesía también ha dado
lugar a numerosas controversias que fueron especialmente
enconadas durante el Renacimiento. Originariamente, su
función era el acompañamiento coral en las representaciones,
pero Platón habla ya de una poesía que ha de estar siempre
subordinada a un fin pedagógico y de utilidad civil. En la
Poética de Aristóteles se expone la corriente de pensamiento
que contempla el arte como imitación o "mimesis" de la
Naturaleza. Pronto surge una nueva polémica que intenta
definir la función de la poesía: los defensores del docere y
los defensores del delectare.
La Epistula ad Pisones de Horacio ofrece una postura
conciliadora entre ambas opiniones, mostrándose partidario
de compaginar el enseñar (docere) y el deleitar (delectare).
Es decir, frente a los defensores de una poesía como
instrumento útil para la enseñanza, con intenciones morales,
sociales o políticas, y frente a los que piensan que la
poesía es puro placer estético, Horacio propone una solución
ecléctica del conflicto docere-delectare. Pero los
partidarios de una y otra función de la literatura no
agotarán aquí la discusión, sino que será motivo de nuevas
polémicas, especialmente recrudecidas en el Renacimiento y
durante el ilustrado y pedagógico siglo XVIII.
Otra de las cuestiones que desatarían la polémica es el
pleito estético en torno a la falsedad y la verdad de la
poesía. Ya Aristóteles había expuesto las diferencias entre
Historia y Poesía. Según Aristóteles, la primera se ocupa de
hechos que realmente han ocurrido, mientras que la segunda
se ocupa de hechos que no han ocurrido, pero son
verosímiles. Los hechos históricos son experiencias que
pueden probarse documentalmente, y los hechos históricos son
ficciones creadas por el autor. Estas cuestiones
aristotélicas volverán a causar reacciones en la Italia
renacentista desde las perspectivas estética y moral. Lo que
plantean figuras como Tomás de Aquino o Conrado de Hirsau,
entre otros, es el problema de la licitud de la mentira
literaria.
Es decir, estos pensadores cuestionan la moralidad o
inmoralidad de la creación de un mundo literario y, por lo
tanto, ficticio, pues no pertenece al ámbito del mundo real.
Desde ese punto de vista, el arte se presentaría como
pernicioso para el hombre, ya que la realidad que ofrece es
una mentira. Esta discusión estuvo de moda en varios
momentos históricos: en los años de los Padres de la
Iglesia, en pleno Trecento y con Petrarca (ahí están sus
Invective contra medicum) y, por fin, en los años próximos a
la Contrarreforma.
Los filósofos cristianos se plantearon el arte desde muy
distintos puntos de vista. El platonismo de ideas imperante
en los primeros tiempos contribuyó a la confusión entre lo
hermoso y lo bueno; por su parte, los cristianos de los
primeros siglos de nuestra era se mostraron temerosos del
culto a las formas humanas del arte pagano y despreciaron
ciertas formas de la sensualidad en el arte. De ahí, la
peculiar idea, que se extendió durante los primeros siglos
del cristianismo, de que Cristo no era hermoso físicamente.
Incluso San Cirilo de Alejandría, San Basilio o San Cipriano
llegaron a afirmar que el aspecto de Cristo era deforme.
Pronto, no obstante, la belleza comenzó a interpretarse como
una manifestación de otra hermosura más espiritual.
Entonces, los doctores eclesiásticos llegan a la estética a
través de la ética, exhortando a conseguir una belleza que
se evidencia allí donde habita Dios. Autores como San
Agustín o el Pseudo-Dionisio Areopagita insisten en estas
ideas heredadas de la tradición platónica. La belleza
sensible se convierte en reflejo de la belleza inteligible
emanada de Dios. Según San Agustín: "Nulla essent pulchra,
nisi essent abs te" (ninguna cosa habría bella, si no
hubiese recibido de ti la hermosura). Esta confusión entre
lo hermoso y lo bueno no permite discernir claramente si se
consideraba la belleza como fruto del amor o de la
inteligencia.
Así, los conceptos de lo bello y lo amable se mantuvieron
indistinguibles hasta la Escolástica de la Edad Media; en
ella, Santo Tomás, por medio de su libro De honestate,
diferencia claramente entre lo honesto y lo hermoso. Santo
Tomás no intenta abordar una estética, sino procurar definir
la noción de honestidad, para él entendida como hermosura
únicamenta espiritual. A. Varela Olea
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Poesías Sin Fronteras
MATERIAL: FORMA, VERSO, RITMO Y RIMA
Un determinado material,
eminentemente sentimental, adquiere un aspecto o forma
lingüística por el que el lenguaje se convierte en lenguaje
literario. Esa unión entre materia y forma constituye el
proceso de creación poética (Amado Alonso). En la unidad
métrica que constituye un verso se distribuyen los acentos,
pausas y cantidades que dotan de ritmo al lenguaje poético.
La pausa entre un verso y el siguiente no indica
necesariamente la separación de sentido. El verso no es
esencial en la poesía, aunque sí es la forma poética más
propia y habitual.
El movimiento regulado y medido, definición de la palabra
griega rhythmos -ritmo-, se basa en la cantidad, el tono y
la intensidad con que se presenta el material poético. El
ritmo es considerado un elemento peculiar de la lengua
poética, cuya función es distribuir coherentemente la
energía. La poética formalista ha destacado la importancia
del ritmo, incluso afirmando que cada poeta posee el suyo
propio y peculiar. La poesía grecolatina era muy exigente en
cuanto al ritmo poético al que sometía el verso, pero en
cambio, apenas se interesó por la rima.
La igualdad de sonidos finales a partir de la última vocal
acentuada entre dos o más versos no se convierte en un
procedimiento habitual hasta las literaturas romances (no
obstante, la lírica mediolatina afianzó este principio de
creación poética con los goliardos; véase goliardo). Si esta
coincidencia se da sólo en las vocales desde el acento, se
trata de una rima asonante; si también coinciden las
consonantes, se llama rima consonante o perfecta (aunque sea
sólo una coincidencia fónica y no gráfica); sin embargo, la
rima tampoco es imprescindible. La estrofa sáfica está
formada por tres endecasílabos, que suelen ser sáficos, y un
pentasílabo o incluso a veces un heptasílabo entre los que
no hay rima. Los versos sueltos, libres o blancos eran
endecasílabos carentes de rima, un tipo de metro muy usado
en el Renacimiento como consecuencia de la admiración que se
sentía por la antigüedad clásica.
La consagración del verso libre suele asociarse al
simbolismo francés, aunque su aparición se debe al espíritu
individualista y rebelde del hombre romántico que deseaba
liberar al verso de las imposiciones métricas. Como
contrapartida, el verso libre tiende a buscar el apoyo en
otros elementos fónicos como la rima o la regularidad
silábica y acentual. No obstante, incluso a veces carece de
estos apoyos, por los que ha de buscarlos en los factores
sintácticos o léxico-semánticos. En la actualidad, además de
la preferencia por la rima asonante, el poeta siente una
mayor inclinación hacia la ausencia total de rima o el
verso libre.
REPETICIÓN Y POESÍA: LA FUNCIÓN POÉTICA DE
JAKOBSON
Según la corriente formalista de
la poética moderna, el objeto de la teoría literaria no es
la literatura, sino sus rasgos distintivos, que son los que
permiten que un texto alcance la categoría de literario
(aquella que, en principio, se llamó literariedad, del ruso
literaturnost´). En palabras de Roman Jakobson "...hasta
ahora, los historiadores de la literatura lo que han hecho
sobre todo ha sido remedar a la policía que, cuando debe
detener a una persona, por si acaso apresa a cualquiera que
esté allí, requisa cualquier cosa que esté en el lugar de
autos y además a ese señor que pasaba por casualidad por la
calle de al lado. Lo mismo sucedía con los historiadores de
la literatura, todo les servía para hacer su ensalada:
costumbres, psicología, política, filosofía."
El objetivo de los formalistas ruso era hacer una ciencia de
la literatura que la estudiase específicamente. Los
formalistas consideraron que el camino correcto para su
estudio era la comparación entre el lenguaje poético y el
lenguaje cotidiano. Así, se llega a la conclusión de que el
"rasgo distintivo de la poesía reside en el hecho de que, en
ella, una palabra es percibida como una palabra, y no
meramente como un mandatario de los objetos denotados, ni
como la explosión de una emoción; reside en el hecho de que,
en ella, las palabras y su disposición, su significado, su
forma externa e interna, adquieren peso y valor por sí
mismas".
Por eso, esta corriente encabezada por R. Jakobson, se
encargó de estudiar la literariedad y los dos procedimientos
a través de los cuales se manifiesta en un texto. Este
teórico, señaló que un texto poético tiende, por un lado, a
la repetición -de elementos sonoros, estructuras e ideas-, y
por otro, al apartamiento o desvío de la lengua no literaria
(lengua práctica).
La escuela de Praga es considerada continuadora de la labor
y orientación de los formalistas rusos. Incluso varios de
sus miembros, como Trubetzkoy o Jakobson, se exiliaron a
Praga cuando el régimien comunista soviético endureció las
normas contra el arte. Entonces, a partir de 1921, el
concepto de literariedad cambia su nombre por el de función
poética. Otro de los integrantes de la escuela, Mukarovski,
abordó el estudio de las obras de arte desde varios
criterios, entre ellos la llamada función estética, que
consideraba como la responsable de los valores estéticos de
las obras de arte en general.
En la ponencia "La poética y la lingüística" hecha en 1958,
Jakobson afirmó que la función poética forma parte de la
lingüística, pues las estructuras verbales en las que reside
esta cualidad especificamente literaria (función poética)
pertenecen al conjunto más extenso de estructuras verbales
en general, objeto del estudio de la ciencia lingüística.
Así se crea una nueva corriente conocida como Poética
Lingüística.
El propio Jakobson desarrollaría esta idea señalando qué
rasgos caracterizan la manifestación en los textos de la
función poética: la función lingüística -en el lenguaje- y
la función recurrente, por la cual el escritor, a diferencia
del hablante, no evita la repetición. Es decir, el poeta
intenta captar la atención del receptor mediante la
repetición de estructuras, ideas, palabras... La efectividad
de las investigaciones llevadas a cabo por esta escuela han
hecho posible la permanencia de los dos modelos vigentes en
ese momento, la Gramática Estructural y la Generativa.
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Poesías Sin Fronteras
POÉTICA Y MÚSICA: ENTRE LA MELODÍA Y LA
SALMODÍA
Tanto los antiguos pueblos
orientales, como los griegos, llamaban lírica a la poesía
que era cantada con el acompañamiento de los instrumentos de
cuerda. La poesía se asociaba con la música en los himnos en
honor de los dioses, en los himeneos o cantos nupciales y en
los cantos religiosos propios del campo. La poesía lírica
griega se llamaba mélica, ya que, canto en griego se dice ?melos?.
Podía ser mélica coral, es decir, interpretada por un coro,
o monódica si era interpretada por un solista. La mélica
monódica emplea el dialecto del escritor en grupos de
estrofas de cuatro o cinco versos. La mélica coral es
siempre en lengua dórica y procede por estancias, estrofas,
antiestrofas y épodos.
Platón condena el ritmo lidio y el miso-lidio por su
carácter quejumbroso, y el jónico por lo afeminado, mientras
que considera al ritmo dorio como el más apropiado y viril
para infundir el valor épico. También indica qué
instrumentos son los adecuados en estas interpretaciones: la
lira y la cítara. En cambio, Platón desdeña el
acompañamiento de la flauta y de todo instrumento que tenga
muchas cuerdas. Aristóteles, en los Problemas, también hace
una reflexión sobre diversas cuestiones que atañen a la
relación entre la poesía y la música. Medita, por ejemplo,
sobre sus cualidades y se plantea por qué las sensaciones
del oido tienen valor y significación moral, y en cambio, no
ocurre así con las de los otros sentidos.
También la poesía religiosa ha sabido aprovechar siempre los
beneficiosos efectos que la música ejerce sobre el
individuo. Los cincos libros del Salterio o Libro de los
Salmos son un ejemplo de cómo la poesía religiosa hace uso
de la musicalidad para crear composiciones de alabanza a
Dios, eucarísticas, deprecativas, de peregrinación,
procesionales, de entronización, mesiánicas e imprecatorias.
La palabra griega psállein, de la que proviene salmo,
significa ?tocar un instrumento de cuerda? o ?cantar al son
de dicho instrumento?. La gran mayoría de los salmos
incluidos en la Biblia le son atribuidos al rey David,
tradicionalmente considerado como un gran poeta y músico.
El Salterio se formó poco a poco, añadiéndose con el paso
del tiempo nuevas composiciones de distintas épocas. Los
salmos conservan algunas indicaciones musicales, como los
instrumentos con que se ejecutaba la pieza, el maestro de
capilla o la melodía a la que debía adaptarse el canto.
Aunque las salmodias tienen generalmente un carácter
lírico-religioso, también hay cantos épicos, didácticos e
incluso proféticos. Durante el renacimiento carolingio fue
muy censurado el hábito del intérprete de cantos religiosos
que buscaba el placer de su auditorio en lugar de perseguir
un fin puramente religioso. Las mejoras introducidas en este
período buscaron la perfección de una manifestación
espiritual (el canto religioso), no la de una manifestación
únicamente artística.
Gracias al interés de Carlomagno, se produjo un renacimiento
cultural durante el cual se fomentó la enseñanza del canto
litúrgico, que hasta esos momentos carecía de la necesaria
sistematización en la lectura de las melodías. Para ello,
Carlomagno hizo llamar a maestros de la escuela pontificia
de canto, quienes lograron aunar los dispersos criterios de
interpretación de las melodías que se habían mantenido hasta
entonces. Este apoyo fue el hecho definitivo que logró
consagrar la tradición del canto gregoriano.
La mayor parte de los tratadistas medievales mantuvieron la
teoría de que la ciencia de la música no se adquiría por el
oído, la memoria o el ejercicio, sino que pertenecía a la
razón. El interés de los hombres religiosos se dirigió hacia
los efectos que la melodía podía causar en el alma de un
individuo. San Agustín hablaba de la correspondencia de los
modos musicales con los diferentes afectos de nuestra alma,
y le atribuía a la música poderes para unir las almas o para
ahuyentar demonios y atraer ángeles. En el prólogo de las
Ennarrationes in Psalmos define la música como el "escudo en
los terrores nocturnos, descanso de las fatigas diarias,
amparo y tutela para los niños, ornato para los jóvenes,
consuelo para los ancianos, y para las mujeres ocupación la
más propia, y, finalmente, ejercicio de espíritus
bienaventurados".
Incluso, una vez separadas música y poesía, quedaron en ésta
los frutos de ese vínculo: ritmo, rima y distribución
estrófica. La poesía debe adecuar el lenguaje a lo
sentimental, y para eso concede a la expresión un valor
emotivo. Dicha emoción se puede lograr por medio de la
musicalidad, con la que se aleja de la estructura lógica del
lenguaje. Por lo tanto, queda clara la relación habida entre
poesía y música desde su mismo origen; relación en virtud
del ritmo de ambos, puesto que la poesía recurre a la
exaltación de la musicalidad interna.
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LÍMITES ENTRE POESÍA Y PROSA
La diferenciación entre ambas
modalidades del discurso literario, ya era evidente durante
la antigüedad como queda demostrado por la existencia de una
disciplina para cada uno de los modos del discurso. Así, la
prosa le era confiada a la disciplina Retórica y el verso a
la Poética. Por lo general, suele admitirse que la prosa es
la forma de expresión literaria más semejante al lenguaje
usual, ya que respeta las irregularidades inherentes de
éste, aunque se aleja de él por el hecho de fomentar su
musicalidad y armonía interna. La poesía, o la creación
artística en verso, se distancia del lenguaje usual
imponiendo formas lingüísticas medidas, como el metro y la
rima, y buscando la ornamentación expresiva. En cambio, el
discurso en prosa tiende hacia una representación del mundo
más objetiva y precisa (Hegel).
Hasta mediados del siglo XIX ha predominado la idea clásica
de que la expresión literaria alcanzaba sus mayores cotas
alejándose del lenguaje usual y adoptando una forma más
elaborada. Por eso, el discurso literario debía ser en
verso, tanto si se trataba de obras líricas, como dramáticas
o narrativas. Las exigencias musicales del verso
recompensaban al poeta con nuevos hallazgos expresivos, ya
que la necesidad de rimar empujaba a la imaginación del
creador hacia la metáfora. Pero, al mismo tiempo, imponía
ciertas limitaciones que dificultaban la creación poética e
incluso podían llegar a convertir a la poesía en un mero
ejercicio métrico.
No obstante, a partir de este siglo XIX, los límites entre
la poesía y la prosa se rompen con frecuencia, dando lugar a
géneros intermedios como la novela lírica o el poema en
prosa. Entonces, empieza a considerarse más importante la
adecuación de la forma al contenido que la del contenido a
la forma. Los Petits poèmes en prose, de Baudelaire, las
Leyendas de Bécquer o Platero y yo de Juan Ramón Jiménez son
ejemplos de cómo estos límites se transgreden para poder
llevar a la creación en prosa el cuidado y selección de la
creación poética. Por otra parte la transformación narrativa
del siglo XX busca nuevas formas de expresión como la novela
lírica o poética en que el autor representa un mundo
subjetivo, concediendo mucho valor a los elementos estéticos
aunque eso pueda conllevar el alejamiento de la realidad
objetiva.
Los elementos musicales no son privativos de la expresión
poética. También la prosa posee un ritmo, aunque éste sea
irregular. Tradicionalmente se acepta que hay ciertos temas
más propios de la expresión poética, y otros, como los
referentes a pensamientos especulativos o prácticos, que son
más propios de la prosa. Sin embargo, ambos tienen recursos
en común, de ahí el antiguo cruce entre las disciplinas
retórica y poética.
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Poesías Sin Fronteras
LA
COMPOSICIÓN POÉTICA
El poeta
El poeta, poietés, se define etimológicamente como el
artífice de obras poéticas. Pero la imagen que de él se ha
tenido ha ido evolucionando según la época o la mentalidad.
Una de las ideas más antiguas que tenemos sobre el creador
poético es la visión homérica del autor necesitado de la
invocación a las musas para que le sean concedidos los dones
propicios, y lograr, así, la correcta narración de los
hechos. Según Platón, no es el arte el guiador del poeta,
sino una fuerza divina que le mueve del mismo modo que un
imán atrae a los anillos de hierro. A esa fuerza la denominó
el "divino furor" de los poetas.
El poeta sólo puede poetizar cuando está lleno de fuerza
divina, y por tanto, no es él quien se expresa, sino que lo
hace al dictado de de un dios cuando entra en trance. Para
Aristóteles, que definía el arte como un hábito poético o
creador por medio de razón verdadera, el principio de tal
creación se encuentra en el artista y no en el objeto. Si
bien Aristóteles definía el arte como una imitación de la
Naturaleza, también consideraba que su papel en la creación
poética es fundamental, pues son su sensibilidad o
inteligencia las que sirven de filtro en la recreación de la
realidad. La obra es resultado de la idea que existe en la
mente de su artífice: es una imitación de la realidad pero a
través de la reflexión del poeta.
La poética romana indica también otros aspectos que deben
caracterizar a un buen poeta. Éste es un artesano cuya
destreza artística está relacionada con el ejercicio
continuo. Otro de los aspectos a los que se hace referencia
es la necesidad de una normativización a la que el poeta
debe someterse, además de recomendar la lectura frecuente de
los autores consagrados y la corrección constante del texto
(esta recomendación la hace Quintiliano).
La estética de los primeros cristianos veía al poeta como el
artífice de obras procedentes de Dios. Si inspiración y
creación poética según la estética platónica eran dones
concedidos por una musa o un dios, según la estética
cristiana continúan siendo dones trascendentes, pero ahora
provinientes del Dios cristiano. En sus Confesiones, San
Agustín afirma que los artífices "que fabrican y aman estas
obras tan delicadas y hermosas, toman y reciben de aquella
hermosura suprema el buen gusto, idea y traza de formarlas".
Una de las afirmaciones más contundentes de Santo Tomás
sobre la obra de arte es la que hace al negarle méritos a su
artífice. Él no habla de la acción creadora del autor,
porque piensa que la obra artística pre-existía ya en
potencia. El bien del arte no se ha de buscar en su autor,
sino en el producto artístico resultante. La obra no es la
perfección de su artífice, es la perfección del resultado,
de lo artificiado, pues, en definitiva, Dios es el creador
de todas las cosas y el auténtico responsable del arte.
Los prólogos de los cancioneros medievales, que nos han
transmitido una cultura eminentemente cristiana, también
hacen referencias al papel del poeta. En el prólogo del
Cancionero de Alfonso de Baena, la poesía es considerada
como la ciencia o doctrina recibida "por gracia infusa del
Señor Dios que la da e la embya e influye en aquel o
aquellos que byen e sabya e sotil e derechamente la saben
facer e ordenar e componer e limar...".
Esta misma idea es compartida por el Marqués de Santillana,
quien afirma algo semejante en su famoso Prohemio. El poeta
es el encargado de fingir cosas útiles de la manera más
hermosa y conveniente, y así "los omnes bien nascidos e
doctos, a quien estas sciencias de arriba son infusas, usan
d?aquellas e del tal exercicio, según las edades". En la
segunda mitad del siglo XV, el platonismo resurgió entre los
humanistas florentinos, sustituyendo el origen en las musas
de la inspiración poética por el origen divino. Para Ficino
el sacerdos musarum o poeta es un privilegiado que tiene un
don y una intuición especial.
Valores tan apreciados antes por los poetas, como el
seguimiento de las reglas y el ejercicio constante, pierden
valor frente al entusiasmo del creador. Estas teorías
tuvieron mucha repercusión en la Europa del siglo XVI, sobre
todo en su segunda mitad, y en el siglo XVII, con la
reivindicación del genio con el Barroco. La poesía se
empieza a considerar como un don absoluto. El poeta no
alcanzará la excelencia poética si sólo cuenta con el
esfuerzo o el estudio de reglas.
La estética clásica ya se había atrevido a hablar de la
existencia de un elemento indefinible en el hecho de la
creación poética. Un teórico literario tan reconocido como
Bouhours, mencionó la existencia de un je ne sais quoi, un
misterioso no-sé-qué que presagiaba la teoría del genio
natural. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII
empieza a hablarse de la creación poética como una fuerza
misteriosa e irreprimible. Esa fuerza se manifiesta en el
poeta sin establecer relación con la cultura, el arte o la
razón. Ahora se reconoce en el poeta unas dotes especiales y
se le aplica el calificativo de genio. Para Diderot, el
genio es la fuerza de la imaginación, el entusiasmo que late
en el espíritu del creador poético. El genio es un don de la
naturaleza, mientras que el gusto es el resultado de la
cultura y del estudio.
Durante el Romanticismo el poeta es considerado como un
creador, no un imitador como opinaban los aristotélicos.
Empieza a valorarse el poder de la imaginación como una
fuerza creadora a través de la que el individuo rompe los
límites del mundo sensible. El hombre del romántico ve en la
imaginación la base del arte. Coleridge distingue entre la
fantasía, facultad de la memoria capaz de acumular y asociar
la información que recibe, y la imaginación. En ésta, radica
el verdadero motor de la creación: es la misma fuerza que
creó el universo pero en el plano humano.
El poeta usa de su facultad imaginativa para elaborar la
poesía, que se convierte de este modo en el acto divino de
la creación poética. También se valora el mundo de los
sueños, entendido como un universo de potencialidades
carentes de las limitaciones del ser humano. Los sueños se
entienden como una especie de poesía involuntaria de la que
el poeta es un contemplador, para luego, durante la vigilia,
transportar las imágenes y apariciones producidas durante el
ensueño al poema. Por eso algunos poetas buscan
artificialmente, mediante el opio, el láudano o una droga
semejante, ese estado onírico que les permita alcanzar el
acto creador. En cosecuencia, el poeta romántico desdeña
reglas, esfuerzo y método, pues a cambio prefiere valorar el
inconsciente y el éxtasis poético. El poeta se ve a sí mismo
como el divino exiliado, el hombre incomprendido y maldito.
A principios del siglo XX, el psicoanálisis freudiano cambia
la imagen del poeta. Freud busca una explicación racional a
las manifestaciones artísticas, que para él son una
realización simbólica de deseos e impulsos inconscientes. El
poeta sufre durante la creación, participa de la neurosis
provocada por unas tendencias inconscientes formadas durante
su infancia. Al igual que el hombre satisface durante los
sueños deseos inconscientes, también el escritor busca una
realidad menos hostil en su mundo literario para proyectar
en él sus complejos y actuar terapéuticamente.
Jung hace otra tentativa psicoanalítica para indagar sobre
el poeta y su creación. Según su teoría del inconsciente
colectivo, el poeta es un individuo provisto de modo
inconsciente de un legado colectivo, unos rasgos físicos y
psíquicos heredados de generaciones anteriores. En su obra,
el poeta reencuentra y plasma esa herencia, esas imágenes
primordiales comunes a toda la humanidad. Las teorías
psicocríticas sobre el poeta y el papel que desempeña la
creación poética, se han ido sucediendo a lo largo del siglo
XX. Todavía hoy surgen nuevas teorías que intentan estudiar
el influjo del inconsciente en el momento de la creación,
pero ahora no se limitan a considerar los elementos
inconscientes como los únicos válidos. En la actualidad, se
admite la necesidad de contemplar la obra poética y la
imagen de su creador desde varias perspectivas que alcancen,
en conjunto, una visión más completa.
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Poesías Sin Fronteras
INSPIRACIÓN
VERSUS APRENDIZAJE
Ésta es una de las controversias
más productivas en el campo de la poética: el poeta, ¿nace o
se hace? Es decir, el poeta, ¿posee unas facultades innatas
para la creación artística o un individuo se convierte en
poeta tras el aprendizaje y estudio de normas, reglas y
métodos?
La Poética de Aristóteles hace referencia a este problema al
contemplar la obra de Homero, considerado el poeta por
excelencia. En él, según Aristóteles, se conjugan
magníficamente ambas características, el genio natural y el
conocimientos de las doctrinas. También Horacio, en su
Epistula ad Pisones, ofrece una visión conciliadora entre lo
que él expresa en la pareja antitética ingenium-ars. Los
partidarios del ingenium son aquellos que confían en un don
innato, una inspiración que empuja a la creación artística.
Ésta es la misma postura que los barrocos, pero sobre todo
los románticos, parnasianos o los simbolistas adoptaron al
exaltar el talento natural del ser humano.
Por el contrario, los partidarios del ars son aquellos que
conciben el arte como un producto del ejercicio continuado
que debe atenerse a unas normas establecidas; pensamiento
mantenido en el barroco por la tendencia culterana o en los
elaborados poemas del vanguardismo. La epistola de Horacio
traza la caricatura de los poetas malditos, los desaliñados
que pretenden hacer creer que su aspecto exterior es
producto de una genialidad interior. El poeta no ha de ser
el hombre poseso, afectado por el furor del que hablaba
Platón, sino un hombre que además de tener un don, es
juicioso, trabajador y con buen sentido.
La teoría neoplatónica del furor poético volvió a tener
crédito en muchos autores del Renacimiento. Pero también
hubo algunos círculos humanistas que se hicieron eco de las
apreciaciones horacianas y, a la afirmación de la existencia
de unos dones naturales, sumaron la necesidad de la cultura.
El racionalismo, que va imponiéndose poco a poco, revaloriza
el papel que desempeñan los conocimientos y el esforzado
trabajo del poeta. El artífice ya no es el hombre extático
que entra en trance, sino el conocedor de unos saberes que
aplica a la hora de escribir el poema minuciosamente.
Desde el siglo XVI el racionalismo se va imponiendo
progresivamente, por lo que el poema se considera fruto de
la inspiración, pero también del aprendizaje. El Art
poétique de Boileau afirma que el temerario autor que no
haya sido formado poeta por su astro no podrá alcanzar el
noble santuario de las Musas. Pero al genio natural le es
imprescindible un saber sólido, cuya corporeización se
intenta realizar a través de las reglas. Precisamente este
ideal clásico llevó a algunos poetas menos dotados al
academicismo y al seguimiento automático de las normas, con
un resultado poco afortunado de aquellos casos limitados a
una insuficiente aplicación de las reglas.
Contra el intelectualismo neoclásico aparece el concepto de
genialidad, cuya importancia será especialmente destacada a
partir de la segunda mitad siglo XVIII. Primero en Francia y
luego en Alemania, movimientos literarios como el Sturm und
Drang proclamaron la rebeldía contra el aprendizaje de las
reglas y exaltaron la poesía producto de la fecundidad del
genio. La doctrina romántica recupera la teoría expresiva de
la creación poética. El poema es la manifestación de la
subjetividad del creador, la experiencia vivida e inspirada
por las emociones reales de su "yo".
En cambio, movimientos literarios como el parnasianismo,
defenderán la "impasibilidad" del autor y la defensa de su
intimidad. En contra de la teoría expresiva, el poeta
parnasiano siente un rechazo por aquella poesía producto de
las confesiones personales del poeta. La estética moderna
abrenuncia de la obra literaria creada utilizando los
saberes adquiridos sólo a través del estudio y aprendizaje
de la teoría literaria. Pero también es discutible el valor
poético de las obras que son únicamente consecuencia de la
inspiración fortuita.
POESÍA CONCRETA O EXPERIMENTAL
Manifestación por excelencia del
arte vanguardista, apela a los recursos y experimentos más
diversos para lograr su propósito artístico. El punto de
partida para este tipo de pesquisas artísticas se sitúa
tradicionalmente en Apollinaire y sus caligramas; desde ahí,
el experimentalismo poético no ha cesado hasta nuestros
días, con momentos especialmente fructíferos en los años
cincuenta y sesenta, en que nace la poesía concreta
propiamente dicha, que muestra esa misma preocupación por la
palabra desnuda en relación con su soporte tras liberarse de
la tiranía de la sintaxis. Este arte, en España, tiene su
nombre principal en Ignacio Gómez de Liaño; en Italia, la
poesía concreta cuenta con A. Lora Totino; en Brasil, por su
parte, fue el grupo Noigrandes el encargado de impulsar la
poesía concreta en los límites cronológicos indicados, al
cierre de los cincuenta y primeros sesenta.
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Poesías Sin Fronteras
POESÍA
DIECIOCHESCA
Evolución de los estilos poéticos en el siglo XVIII español
Realizar un estudio coherente de la poesía dieciochesca
implica hoy, todavía, excesivas dificultades, debido a la
visión negativa que nos legara de esta época la crítica
romántica y a la necesidad de estudios profundos y
desapasionados que la recuperen. La crítica tradicional
distinguía en la lírica del XVIII dos períodos bien
diferenciados, coincidentes en su evolución diacrónica con
otros géneros literarios: la poesía de tradición barroca y
la nueva poesía. Las investigaciones recientes han intentado
analizar con mayor hondura esta lírica nueva, aunque sigue
existiendo una cierta confusión.
Los estudios más innovadores, en este sentido, fueron los
realizados por los profesores Joaquín Arce y Francisco
Aguilar Piñal. Aquél examinó en profundidad los temas, el
lenguaje literario y los estilos poéticos, estableciendo a
partir de este análisis una periodización generacional que
refleja las distintas sensibilidades nacidas al calor de
similares estímulos sociales y culturales:
1. Primera mitad de siglo: reinado
de Felipe V (l700-l746).
2. Escritores que escribieron y
publicaron en torno a medio siglo: reinados de Fernando VI
(1746-1759) y principios del de Carlos III (1759-1788).
3. Poetas de la Ilustración:
desde, aproximadamente, l770 hasta principios del XIX, época
que corresponde a la plenitud del reinado de Carlos III y al
de Carlos IV (1788-1808). Sin embargo, confiesa su
impotencia a la hora de establecer un orden cronológico
entre escuelas o tendencias poéticas, que a veces viven en
confusa algarabía, y que estudia aparte precisando sus señas
de identidad temáticas y formales: Posbarroco, Rococó,
Neoclasicismo, poesía de la Ilustración y lírica de
sensibilidad prerromántica.
Por su parte, el investigador Aguilar Piñal distingue en la
segunda mitad de la centuria nuevos estilos poéticos que
llama Neoclasicismo, Racionalismo y primer Romanticismo.
Resulta difícil, como se ve, presentar un panorama coherente
en el que se conjuguen períodos y estilos. Evitaremos con
todo caer en la errada equivocación de hablar de la poesía
de este siglo como una simple época de transición entre
Barroco y Romanticismo, sin personalidad ni señas de
identidad propias, ni menos como un ejercicio poético en
vistas al futuro Romanticismo. Pueden establecerse varios
estilos que nacen al calor de situaciones sociales y
estéticas distintas, y por eso es posible aislarlos y
definirlos en la preferencia de sus modelos, géneros
predominantes, temas y aspectos formales. Bastaría coger uno
de los géneros que atraviesan el siglo de un extremo a otro
para constatar esta evolución: es lo que se ha dado en
llamar "la ruptura de los géneros". Justamente por ese
motivo no es posible encasillar a los autores exclusivamente
en un estilo único. Los escritores, salvo casos de
persistencia del período barroco, van emparejando su
experiencia vital con la social y con la estética dominante.
Por eso su obra sólo es posible estudiarla desde una
perspectiva diacrónica y no como visión de conjunto. El vate
Meléndez Valdés sería la síntesis más representativa de los
nuevos estilos. Sin embargo, en ocasiones se suele asimilar
un autor a un estilo determinado, o por ser un defensor
conocido o porque la mayor parte de su producción se engloba
en ese estilo.
Igualmente conviene tener en cuenta que cada uno de esos
períodos tiene una larga vida: un nacimiento titubeante en
los comienzos, un momento de esplendor, y el olvido, a veces
envuelto en duras críticas, cuando va siendo sustituido por
otras maneras. Por eso es posible la convivencia de estilos
y su mutuo influjo: lo clasicista del neoclásico se tiñe a
veces con el regusto decorativo del rococó, o incluso las
formas insustanciales del rococó expresan, en época tardía,
temas didácticos o reflexivos.
Se puede definir el contenido de cada uno de los períodos,
pero es difícil precisar su cronología (a no ser que
simplemente se indiquen sus momentos de esplendor y nos
olvidemos de señalar los límites, más difusos, entre los que
vive), sobre todo si conocemos la dificultad añadida para
datar muchos de los poemas. Cada uno de estos momentos se
puede analizar en relación a ciertas polémicas, publicación
de textos críticos en la prensa, presencia de determinadas
poéticas, y quizá cierto grupo de poetas, que reunidos en
tertulias literarias, recogen lo mejor de ese estilo. Eso no
es impedimento para que encontremos, como en cualquier otro
momento de la Historia de la Literatura, escritores
rezagados, atípicos o premonitores de nuevos estilos en
época de predominio de otra manera distinta.
PERÍODOS
-
1. Poesía barroca: El final de
siglo y el cambio de dinastía no supuso una transformación
social en profundidad ni una nueva consideración estética.
La situación de decadencia no fue favorable a la cultura
que, después de los grandes genios del Barroco, vivía un
estado de incuria y abandono. La poesía del XVII, que llegó
a cotas importantísimas en las plumas de Lope, Quevedo y
Góngora, se continuó a lo largo de un cierto período del
siglo XVIII, perdiendo la profundidad ideológica y
cultivando sólo sus aspectos más superficiales. Practican
nuestros poetas un barroquismo intrascendente, recargado e
inútil, en el que se acumulan violentas metáforas,
hipérbatos disparatados, juegos de palabras...
Entre los autores que
escriben por estos años los hay con conciencia de poetas
cultos, y quienes dirigen sus versos a un público más
iletrado y popular. Estos últimos cultivan una poesía que
trata asuntos del momento, generalmente pobre de estilo.
Estaría formada por romances de temas varios (historias de
santos, amores trágicos, asuntos contemporáneos,
bandoleros...), villancicos, divertidas coplas de carácter
satírico, burlesco, erótico, crítico... Tiene un gran
arraigo en el pueblo e incluso mereció la publicación en
pliegos sueltos. La nómina de poetas es abundantísima:
Esteban Cabrera, Gabriel de León y Luna, Ignacio de Loyola
Oyanguren, fray Pedro Reinoso, el padre José Antonio Butrón,
José Joaquín Benegasi, etc.
Frente a esta poesía popular aparecen las creaciones de los
poetas más elitistas, medidores de la palabra, idealizados
en sus temas, que evitan cualquier contagio con esta poesía
vulgar. Amantes del hecho poético en sí, practican un
neo-conceptismo o un neo-gongorismo cuyos destinatarios son
ellos mismos y su grupo social y cultural. Cultivan estos
poetas temas y géneros conocidos en el Barroco: poesía
amorosa, heroica, mitológica... Pero se nota un interés
peculiar por asuntos de política e historia actuales, de
crítica social, de religión y vidas de santos, de temas
insignificantes que presagian detalles pintorescos del
rococó o simplemente versos burlescos con aliento de grandes
poemas o de coplas inocentes. Figuras destacadas fueron
Gabriel Álvarez de Toledo (1662-1714), Eugenio Gerardo Lobo
(1679-1750) y Diego de Torres Villarroel (1694-1770).
-
2. Poesía rococó: las reacciones
críticas contra el Barroco llegan a concretarse en 1737 con
la publicación de la Poética de Luzán, de claro carácter
clasicista. Sus ideas venían preparadas por la labor crítica
del padre Feijoo, más moderada, y se vieron favorecidas por
la defensa del Diario de los literatos y la famosa Sátira
contra los malos escritores de este siglo de Jorge Pitillas
publicada en 1742. Tuvo un primer efecto purificador de lo
barroco y fue de marcado carácter cortesano.
De la renovación estética que va afianzándose en el mundo
literario español surgen dos estilos, ambos clasicistas:
Rococó y Neoclasicismo. El primero supone una purificación
formal, con simplificación expresiva del período anterior.
La poesía se carga de un sensualismo que viene a nuestros
poetas de las filosofías europeas (Condillac, Locke) y,
también, de la sensación de bienestar unida a las nuevas
conquistas científicas y sociales: el amor, la buena mesa y
la vida cortesana. La poesía rococó es una poesía de salón,
despreocupada y frívola, que tiene su expresión en la
anacreóntica y en la versificación de temas intrascendentes.
Utiliza preferentemente composiciones como la letrilla, el
romance o la silva. Es elegante y culta. Uno de los
principales cultivadores fue José Cadalso (1741-1782), que
llevó la moda al grupo salmantino en su época de estancia en
la ciudad del Tormes. Meléndez Valdés (1754-1817) se
convirtió en maestro consumado de la anacreóntica con sus
cantos al amor, a la amada, con palabras delicadas y un
intimismo superficial. También la cultivaron fray Diego
Tadeo González, Iglesias de la Casa, León Arroyal y casi
todos los poetas de la época.
-
3. Poesía neoclásica: abundando en
el movimiento anterior, y casi simultáneo en su origen
aunque no en su evolución, tiene un mayor interés por una
pureza más clasicista en formas y temas. El poeta domina su
imaginación y somete el texto a la armonía y la regularidad,
lo cual implica mitigar el ornato poético, usar los recursos
literarios sin excesos. Busca, a través de la naturalidad,
en imitación de la naturaleza, la sencillez y la armonía
expresiva. Es, además, una poesía sujeta a normas, que busca
siempre la adecuación natural y preceptiva entre lenguaje y
contenido, métrica y temas, dando a cada composición el tono
conveniente. En este sentido esta producción no puede ser
muy innovadora. En cuanto a los conceptos, los poetas
rehúyen las intrascendencias y chabacanerías. Vuelven a
repetirse, como temas centrales, los grandes motivos del
Renacimiento, aunque se ven aspectos novedosos que nos
hablan de ideas, moral y modos de vivir distintos. En líneas
generales podemos encontrar:
-
- poesía
mitológica: los temas paganos habían vuelto a
resurgir después de unos años de depreciación. Esto provocó
en la sociedad de la época posturas encontradas sobre el uso
de la mitología que, a pesar de las protestas de los
conservadores, siguió utilizándose de manera habitual. Desde
el Endimión de García de la Huerta (1734-1787) hasta
Terpsícore de Juan Bautista Arriaza (1770-1837) hallamos una
tradición ininterrumpida.
-
- poesía amorosa:
hunde sus raíces en la tradición Petrarca-Garcilaso. Podemos
encontrar excelentes ejemplos en Nicolás Fernández de
Moratín, Iriarte, Jovellanos, García de la Huerta y, sobre
todo, en Meléndez Valdés. La artificiosidad rococó aparece
aquí sustituida por una mayor armonía de tipo renacentista.
-
- poesía épica:
tuvo un amplio cultivo, de forma paralela a la tragedia
neoclásica. Son poemas de carácter histórico, y generalmente
escritos en romance. Entre sus practicantes debemos recordar
a Nicolás Fernández de Moratín, García de la Huerta, Vaca de
Guzmán, y Montengón.
-
- poesía bucólica:
la poesía pastoril tuvo un amplio cultivo. Es sabido que la
mayor parte de nuestros poetas estaban organizados en
Arcadias poéticas y que su personalidad y la de sus amadas
se disfrazaban bajo nombres pastoriles. Se repite la afición
por la vida campestre, que se va impregnando del nuevo
pensamiento ilustrado, sobre todo de las ideas de Rousseau.
Entonces se menosprecia realmente la ciudad y se alaba la
vida primitiva de campesinos y pastores o se busca en la
naturaleza un refugio de las penas. La bucólica dieciochesca
toma dos direcciones representadas en la égloga y el idilio,
según se valoren los modelos clásicos (Virgilio-Garcilaso) o
modernos (Gessner). Figuras destacadas de este tipo de
poesía son Iriarte y Meléndez Valdés.
-
4. Poesía ilustrada: la famosa
carta de Jovellanos a sus amigos en 1776 es el punto de
partida hacia una poesía que muestra una preocupación por lo
civil, filosófico y didáctico, aunque ya en fechas
anteriores podemos encontrar algunos poemas dentro de este
estilo. El poeta ilustrado desprecia la poesía inútil, de
temas gastados y triviales, mientras que quiere conferirle
una misión educativa y doctrinal. El tono lírico se rebaja y
la poesía pasa de la belleza a la utilidad, con una
proyección social. El vulgar prosaísmo, que algunos críticos
recusan, puede ser para sus cultivadores su principal
virtud. La poesía ilustrada tiene un cierto tono peculiar en
su expresión dentro del clasicismo: desnudez poética, rigor
expresivo, claridad de ideas y la presencia de un
vocabulario peculiar, que comunica las nuevas conquistas y
proyectos de la Ilustración. Pero lo que realmente de nuevo
hay en esta poesía son los temas, que sistematizados dan
lugar a los siguientes grupos:
-
- poesía filosófica: utiliza temas
en los que se desarrollan ideas relacionadas con el mundo,
el hombre, la libertad... Iniciada por Cándido María
Trigueros (El poeta filósofo o Poesías filosóficas en verso
pentámetro), fue seguida por Diego T. González (Las edades),
Meléndez Valdés (Odas filosóficas y sagradas), Forner
(Discursos filosóficos sobre el hombre), Cadalso, Jovellanos...
-
- poesía político-social: extiende
las ideas del despotismo ilustrado (desarrollo de la
cultura, valoración del trabajo, protección de la
agricultura...) al mismo tiempo que critica la sociedad.
Recordaremos aquí algunas composiciones de Cadalso, Forner
y, sobre todo, las de Meléndez Valdés y Jovellanos.
-
- poesía religioso-moral: no es
muy abundante por ser éste un período laico, por lo menos en
la intelectualidad que propicia el cambio. Se escriben
algunos versos fervorosos por parte de clérigos como Diego
T. González o Iglesias de la Casa, aunque es raro
encontrarlos en otros escritores.
-
- poesía didascálica: la
disposición en forma métrica para un mejor aprendizaje de
cualquier tema fue hábito común en el siglo XVIII. La
acomodación de cualquier materia en largas tiradas de versos
tuvo como consecuencia la superficialidad en la exposición y
la falta de precisión por exigencias de ritmo y métrica.
Fueron poetas didascálicos Nicolás Fernández de Moratín (La
Diana o Arte de la caza), Iriarte (La música, Fábulas
literarias), entre otros.
-
- poesía de circunstancias: fue la
de más amplio cultivo. El orgullo ilustrado, la promoción de
obras culturales y sociales, la vida cortesana, los actos
públicos... quedaron recogidos en poemas de tono elevado
para la posteridad. Casi todos los poetas la practicaron.
-
- poesía de crítica literaria:
habiéndose tomado la literatura como uno de los medios de
corrección de la sociedad, era preciso purificar primero la
expresión poética existente para hacerla útil. Esto provocó
ingentes polémicas, que tuvieron con frecuencia el verso
como vehículo de expresión. Pocos escritores quedaron al
margen de esta literatura, pero destacaron Forner, Iriarte y
Leandro Fernández de Moratín.
-
- poesía realista: es propia de la
literatura burguesa, aunque, debido a la seriedad de los
ilustrados, estuvo marginada de las manifestaciones más o
menos oficiales. Debemos señalar dos corrientes ligadas al
realismo: la erótica, cultivada por N. Fernández de Moratín
(Arte de las putas), Samaniego (El jardín de Venus),
Meléndez Valdés (Los besos de amor)...; y la poesía
costumbrista, que nos presenta aspectos curiosos de la
sociedad como el mundo taurino (N. Fernández de Moratín), la
gente a la moda (Forner)...
-
5. Poesía prerromántica: el
fracaso de los ideales ilustrados, por la política regresiva
de los gobiernos de Carlos IV tras la Revolución Francesa,
trajo notas tristes a la poesía de los escritores que más se
habían significado en el proyecto reformista. Muchos de
ellos acabarían en el destierro y aun en el exilio, como
Jovellanos o Meléndez Valdés. La poesía de la Ilustración
empezó a tomar otros caracteres, a hacerse más reflexiva, a
personalizar los problemas, a cargarse de sensibilidad. Se
revaloriza la figura del Quevedo perseguido y ejerce una
influencia espiritual Horacio y fray Luis de León. Esta
poesía de lamentos y tristeza encontró su cauce expresivo en
el lenguaje del Romanticismo europeo e inició la poesía
prerromántica española.
De todas formas, podemos afirmar que en 1808 queda cerrado
en sus líneas generales el período que estudiamos con la
definitiva culminación del movimiento romántico, aunque el
empeño neoclásico durará más tiempo en algunos escritores
aislados.
Poesía Lírica
tradicional
& Para algunos, género literario; para los más, ingente corpus
de poesía lírica que abarca desde el momento en que nacen las
primeras manifestaciones literarias de la humanidad hasta el
presente. El origen de la lírica tradicional, o de la canción
folclórica acompañada e inseparable de la melodía musical, se
sitúa en épocas preliterarias antiquísimas. Ha habido autores
(filósofos y musicólogos especialmente), que han defendido que
el primer lenguaje humano era modal, es decir, con entonación
musical. De lo que no hay duda, porque se ha constatado en todas
las culturas primitivas conocidas en la actualidad, es de que la
canción tradicional ha vivido con el hombre desde los estadios
culturales más primitivos, acompañando sus juegos infantiles,
sus ritos de iniciación, de cortejo amoroso o funerales, sus
labores agrarias y manuales, sus prácticas religiosas y
festivas, etc.
Incluso es un hecho universalmente comprobado que la cultura
oral, y dentro de ella la lírica tradicional, desempeña una
función social más importante cuanto más primitiva y menos
condicionada esté la sociedad por la cultura de transmisión
escrita y, por supuesto, por la moderna cultura audiovisual de
masas. Poquísimas referencias y sólo indirectas, a través de
historiadores romanos o latino-medievales, tenemos de la lírica
tradicional hispánica anterior a la documentación de las jarchas
romances de los siglos XI y XII. Las jarchas son unas pequeñas
cancioncillas en romance mozárabe vulgar insertas como desenlace
de muwashahas o moaxajas, complejos y elaborados poemas en árabe
clásico y hebreo.
Se cree que los autores árabes y judíos, que conocían la lengua
y la tradición folclórica vulgar, incluían esas cancioncillas
atraídos por su hermosa y elemental belleza poética, aparte de
en cumplimiento de una moda literaria que, en ocasiones, también
les llevaba a rematar sus composiciones con cancioncillas en
árabe vulgar. Las jarchas mozárabes, de compleja y polémica
transcripción y muy difícil interpretación para los filólogos,
constituyen la primera documentación románica de la lírica
tradicional. Muy poco después empiezan a documentarse los
refrains franceses y las cantigas de amigo galaico-portuguesas,
que tienen en común con las jarchas, aparte de ciertas imágenes
y rasgos estilísticos, el ser lírica femenina puesta en boca de
mujeres y reflejar sus puntos de vista sobre el amor y la vida.
La lírica de mujer es una constante en
la cultura universal de todas las épocas. Mientras la épica, sus
héroes, sus difusores o transmisores y su función se ha asociado
preferentemente al mundo masculino, la lírica, desde sus
orígenes hasta hoy, ha estado estrecha aunque no exclusivamente
ligada a la mujer como creadora y transmisora, por cuanto
refleja su sensibilidad e ideología. Fuera del corpus de las
jarchas y de las cantigas de amigo galaico-portuguesas (véase
LITERATURA GALLEGA y cantiga), es muy poco lo que conocemos de
la canción folclórica hispanomedieval antes de finales del siglo
XV, y es a través, fundamentalmente, de crónicas u obras mayores
que aquí y allá llevaban insertos pasajes líricos.
No obstante, desde antiguo se aprecia la creciente influencia de
la canción folklórica sobre obras y autores cultos, que llegan a
crear subgéneros, como la serranilla, directamente inspirados en
la tradición popular (de todos modos, los límites y razón de ser
de poemas encuadrados en la pastorela cortesana pueden resultar
harto confusos). Esta influencia o más bien interacción entre
lírica tradicional y poesía culta o escolar es otro fenómeno tan
constante en nuestra literatura que sin él no es posible
explicar la poesía, de un Juan del Encina, Lope, Machado, Lorca,
Alberti y otros tantos creadores.
A fines del siglo XV, comienza un fecundo período de
recuperación y dignificación de la lírica tradicional. Los
músicos y poetas a sueldo de las cortes españolas y portuguesas
las recopilan, a menudo las armonizan, y las incluyen a veces
con notación musical en colecciones habitualmente llamadas
Cancioneros. Algunos, como el Cancionero musical de Palacio o el
Cancionero de Uppsala, han preservado una enorme cantidad de
cancioncillas, de raigambre seguramente medieval, compuestas
habitualmente en los dos metros más tradicionales de la época,
que muchas veces aparecían combinados: el zéjel y el villancico
glosado.
Desde la primera mitad del siglo XVI, ritmos importados de
América renuevan el perfil de la lírica cantada. Y hacia 1580
surge una nueva moda poético-musical, la de la seguidilla
«moderna», que acentúa la decadencia de los metros arcaicos y
adquiere enorme difusión. Paralelamente, el teatro, la novela,
los vocabularios, las recopilaciones de refranes comentados y
las misceláneas de casos curiosos dan acogida a multitud de
canciones tradicionales. Los autores cultivados, por su parte,
las glosan en forma poética, con lo que la lírica tradicional se
convierte en uno de los géneros más importantes y mejor
conocidos durante los llamados Siglos de Oro.
En el siglo XVIII, disminuye el aprecio y la documentación
literaria de la lírica tradicional; sin embargo, el Romanticismo
vuelve a reivindicarla vigorosamente (ya, por lo general, por
razones eruditas y a menudo nacionalistas), e incluso a plantear
su recopilación a través de un trabajo de campo: desde el
Cancionero popular (1865) de E. Lafuente y Alcántara, o los
Cantos populares españoles de F. Rodríguez Marín (1882-1883),
hasta hoy, han visto la luz miles de recopilaciones folklóricas
pertenecientes a España y América, donde se muestra un género
tradicional de vitalidad, riqueza de formas y de temas, e
interés literario, sociológico y antropológico extraordinarios.
Frutos de una importancia extraordinaria ha dado el estudio de
la poesía tradicional en el mundo sefardita, a través de viejos
impresos o en las encuestas llevadas a cabo a lo largo del siglo
XX en los principales centros de la Diáspora, de la Segunda
Diáspora (o lo que es lo mismo, Estados Unidos, Canadá) y el
moderno estado de Israel.
Poesía épica
Para Aristóteles, la epopeya es imitación de hechos nobles,
realizada con la palabra; utiliza un metro homogéneo y es de
carácter narrativo; además, no tiene límites temporales.
Cualquier poema épico debe ser dramático y de acción única,
entera y completa, con comienzo, medio y fin. Aunque esto no
quiere decir que los poemas épicos se tengan que ocupar de un
acontecimiento en toda su complejidad, desde los orígenes hasta
el desenlace final: basta con tomar un episodio y desarrollarlo
de la forma adecuada y con coherencia narrativa. Por eso, Homero
le parece divino frente a los demás poetas épicos, pues no se
puso a representar la guerra de Troya entera, a pesar de que
tuvo principio y fin; al contrario, se limitó a uno de sus
episodios, sobre el que construyó otros muchos.
La epopeya, al ser narrativa, puede presentar a la vez varios
asuntos parciales que se desarrollan de forma simultánea al
resto de la acción, con lo que las dimensiones de la epopeya
pueden llegar a ser muy amplias. En cuanto al metro, Aristóteles
señala que la experiencia muestra que los versos largos son los
más adecuados para llevar a cabo la narración de los poemas
épicos, y no conviene mezclar metros, pues el hacerlo resulta
superfluo y fuera de lugar. Aristóteles establece esta
teorización basándose en los textos épicos que se conocían en
Grecia durante el siglo IV a. J.C. El conocimiento de materiales
más variados y de distintas épocas y culturas apenas ha alterado
los fundamentos aristotélicos, como prueban las definiciones de
términos como épico o epopeya que dan los lexicógrafos.
El primer testimonio recogido en español del adjetivo épico se
remonta al año 1580, en que lo utiliza Fernando de Herrera: se
trata de un neologismo directamente tomado del latín epicus, que
a su vez procedía del griego epikós, término derivado del
sustantivo epos 'palabra', 'recitado', 'verso'. A partir de
Herrera, no resulta extraño hallar el adjetivo épico, pues se
vuelve a encontrar en el Quijote y en Covarrubias, aunque hay
que advertir que las abundantes ausencias en vocabularios del
siglo XVI y del XVII indican que no es, todavía, un término
usual, ni siquiera entre los estudiosos de la lengua. Algo
posterior es la primera documentación de epopeya, pues es Polo
de Medina (muerto hacia 1650) el que recurre al helenismo (epopoiía
'composición de un poema épico', formado con epos y poiein
'hacer').
En general, los lexicógrafos no coinciden al definir la palabra
épica, ya que se puede encontrar explicada como el "género de
poesía en que el autor expresa lo objetivo, a diferencia del
subjetivismo propio de la lírica", mientras que en otros casos
las definiciones se limitan a convertir el término épico en
simple sinónimo de "heroico" y, de forma similar, la epopeya se
convierte en el "poema en el que se refieren hechos heroicos,
históricos o legendarios", o bien se define como "poema
narrativo extenso, de elevado estilo, acción grande y pública,
personajes heroicos o de suma importancia y en el cual
interviene lo sobrenatural o maravilloso", o como "poema
narrativo extenso, cuyo asunto es de carácter nacional o en el
cual intervienen personajes heroicos o de suma importancia".
Durante la Edad Media se designaba con el nombre de gesta (en
latín, gesta; en francés, geste ), los hechos realizados por
alguien y, algo más tarde, la historia de esos mismos hechos.
Recibía el nombre de "cantar de gesta" cuando se trataba de una
narración destinada a ser cantada y, por tanto, reunía las
características fundamentales de este tipo de transmisión:
empleo del verso y presencia de una melodía o -al menos- de una
cierta cadencia musical (monodia).
Por lo general, los poemas épicos suelen seguir unas pautas para
el desarrollo de la acción: el paso de pruebas peligrosas o
encarnizados combates para restituir un orden primitivo, que
había quedado roto por la intervención del traidor o del
enemigo. En unos casos, el héroe vence, pero el final feliz no
debe ponerse en relación con el protagonista, sino con los
hechos, pues en otras ocasiones el héroe puede morir (Beowulf,
Roland...) y su muerte ayuda a que las aguas vuelvan al cauce
primitivo.
Nos situamos así ante algunos de los aspectos más importantes de
la poesía épica y nos hallaríamos en disposición de definirla
con C.M. Bowra como el género literario dedicado a ensalzar en
verso la actividad de unos seres superiores -dioses, héroes-
cuya única meta es recuperar el honor mediante las más nobles
acciones y arriesgados esfuerzos.
La poesía épica "sólo podrá existir cuando los hombres crean que
los seres humanos son, por sí mismos, objeto suficiente de
interés y que su aspiración suprema consiste en perseguir el
honor a través del peligro". Estas premisas no se dan a la vez
en todos los países, ni en todos los tiempos: por eso, la poesía
épica tampoco existirá siempre y en todo lugar: las coordenadas
geográficas y cronológicas son muy variadas y van desde el año
2000 a. J.C., en que se escribieron algunas de las tablillas
conservadas del Gilgamesh, a nuestro siglo, con la presencia de
V. I. Lenin en un poema ruso (La leyenda de Lenin, de Marfa
Krjukova) en el que se recogen diversos episodios de la
Revolución de 1917 y de la biografía del estadista soviético, o
la alusión al "Hombre de París" (es decir, Charles De Gaulle) en
la interpretación de Kambili que llevó a cabo en 1973 el cantor
llamado Seydou Camara. Y desde un extremo de Asia hasta el
extremo más occidental de Europa, incluyendo el norte africano:
es innecesario señalar que tal amplitud permite extraer muy
pocas conclusiones de validez general y escasos rasgos comunes;
sin embargo, y a pesar de todo, se han emprendido diversos
estudios de conjunto que han ofrecido nuevas perspectivas sobre
las invariantes del género.
Así, la épica se presenta como poesía narrativa, de carácter
objetivo, impersonal y dramática, que tiene como tema principal
las hazañas realizadas por una colectividad (a veces
representada por el héroe) que se siente agredida y que intenta
volver a la situación inicial, anterior a la agresión. Es
poesía, pues utiliza habitualmente el verso como medio de
expresión, aunque por lo general no suele organizarse en
estrofas regulares, sino que los versos se agrupan en series de
una sola rima; la norma habitual es que no haya alternancia de
rimas en una misma tirada, ni versos de distinto número de
sílabas en un mismo poema.
Como narración, cuenta un hecho, que puede ser tanto un episodio
como una sucesión de episodios, con un protagonista claramente
diferenciado, al que se le encomienda la transformación del
desequilibrio inicial. Al ser poesía narrativa, la épica
presenta un notable carácter objetivo, ausente de la lírica: el
narrador se limita a exponer unos hechos, que conoce
perfectamente y que considera pasado remoto, lejos del presente;
esos hechos -además- son conocidos en gran medida por el
público, que acepta el relato si se mantiene dentro de las
pautas de la materia heredada, tradicional.
El narrador, el público y el héroe avanzan a la vez,
solidariamente, en el conocimiento de los obstáculos que se
deben superar y ello supone que la omnisciencia del narrador
queda convertida en punto de referencia de la objetividad del
relato; el poeta en cuanto tal debe decir lo mínimo posible por
su propia cuenta: también aquí Homero es digno de imitación,
porque "tras un breve proemio, introduce de inmediato a un
hombre o a una mujer o a cualquier otro personaje", que será
quien tome la palabra y lleve adelante la narración de los
hechos ocurridos, mientras que él se mantiene distante del
material que ofrece, sin participar en modo alguno en la acción.
El distanciamiento del autor-intérprete provoca de forma
inevitable la impersonalidad del género, ya que son muy pocas
las huellas propias que deja el creador en su obra, como
señalaba Aristóteles. Pero además, el avance de la narración
queda confiado a los personajes mismos que en ella participan,
de tal modo que el diálogo y los parlamentos en primera persona
constituyen otra de las marcas del género, haciendo que los
poemas épicos muestren características claramente dramáticas: no
es el narrador el que plantea los acontecimientos, sino que
éstos son el resultado del conflicto que opone a los personajes.
Autor y público quedan equidistantes de la acción: el poeta
queda desplazado por unos héroes que adquieren vida propia y
narran sus propias vivencias, y, como el resto del público, el
autor participa con la imaginación en los acontecimientos
narrados y los acepta sin titubeos.
La búsqueda en los poemas épicos de unas características comunes
que permitan establecer el común denominador del género, ha
revelado notables diferencias en la extensión de las obras y,
por tanto en la estructura interna de las narraciones y en otros
varios aspectos. Hay poemas épicos que oscilan entre 23 versos
(como una bylina rusa sobre la invasión napoleónica de 1812) y
los 40.000 versos que tiene el Poema de Manas, de Sagymbai
Orozbakov en turno. La Ilíada está formada por 15.000
hexámetros, frente a los 4.000 decasílabos de la Chanson de
Roland o a los 3.700 versos del Poema del Cid . Algunos
estudiosos han pretendido poner en relación el tamaño de los
poemas con las necesidades del espectáculo y el tiempo
disponible, pero son muchos los que discuten este punto de
vista, ya que no se debe confundir el medio con el fin y, sobre
todo, porque los testimonios tomados en directo entre
intérpretes contemporáneos han puesto de relieve la
especialización en uno de los dos tipos de poemas épicos, y aun
cuando hay tiempo para recitar poemas muy extensos, algunos
prefieren variar frecuentemente de materia y cantar muchos
textos breves, en vez de uno solo más largo.
Según el tamaño, se ha hablado de canciones breves, epopeyas
cortas y epopeyas largas, aunque esta clasificación presenta
dificultades dada la relatividad de los conceptos referentes al
tamaño, sobre todo cuando se estudian obras literarias de las
más variadas culturas y épocas. Ello hace pensar que resulta más
adecuada la clasificación de los poemas épicos en dos grandes
grupos: "baladas" y epopeyas extensas. En el primer grupo se
suelen incluir los romances épicos, las bylinas rusas y las
baladas y poemas que dieron origen al Kalevala, por ejemplo:
todos ellos son textos que presentan el relato de un único
episodio o muchos episodios breves yuxtapuestos; generalmente,
el protagonista también actúa solo y se tiene que enfrentar con
fuerzas de todo tipo muy superiores a él. La brevedad de estas
composiciones obliga a prescindir de numerosos detalles y de
elementos decorativos: su arte descansará en la preparación de
la crisis y la rápida exposición dramática de la historia. De
estas características se deduce que las "baladas" tienen
estructura lineal y no ofrecen mayores complicaciones
narrativas, pues representan un claro esfuerzo por la concisión
y economía del relato.
Los estudios de M. Parry y A. B. Lord sobre la epopeya
serbo-croata han dado un importante impulso para el conocimiento
detallado de la formación de estos cantares: al parecer, los
poemas extensos suelen construirse sobre una trama bien
estructurada, en la que adquieren excepcional importancia
recursos técnicos como las fórmulas que sirven de bordón al
poeta y los discursos en estilo directo, lo que hace que el
texto adquiera una gran amplitud sin perder su carga dramática.
En el grupo de la epopeyas largas se incluyen, evidentemente,
los poemas homéricos, pero también forman parte de este conjunto
los cantares de gesta románicos, que por lo general giran en
torno a los 4.000 versos: para el conocimiento de la épica
medieval los estudiosos se ven obligados en muchos casos a
recurrir a las analogías con la situación de la epopeya en
sociedades contemporáneas de cultura pre-literaria y de marcada
tradición oral. Los poetas modernos que aún componen o recitan
largos poemas épicos generalmente no saben leer ni escribir y,
en muchos casos, se pueden apreciar rasgos de composición oral,
haciendo innecesaria o superflua la escritura. Este tipo de
composición debió apoyarse en una técnica narrativa muy
concreta, que permitiera al poeta (bardo, scopa, aedo,
juglar...) recordar o reconstruir aquellos versos que la memoria
no hubiera retenido.
El paso del texto recitado a la escritura es accidental y no
siempre se ha verificado: es enorme el número de poemas épicos
que han desaparecido sin dejar huellas; y son muchos los que
conocemos gracias a testimonios indirectos, alusiones y
referencias que atestiguan que una vez existieron, y que han
desaparecido. Escritores latinos como Tácito, Jordanes, Sidonio
Apolinar, etc. hablan de los cantos guerreros de los pueblos
germánicos, y Carlomagno ordenó que se recogieran por escrito;
sin embargo, son muy pocos los poemas que pervivieron.
Al ser un género de transmisión oral, primordialmente al menos,
la épica se realiza como obra literaria en cada representación,
y como literatura de carácter oral, responde a señales y códigos
distintos de la literatura escrita, pues se apoya no sólo en el
código literario verbalmente realizado, sino también en signos
paraverbales y extraverbales de gran importancia (musicales,
cinésicos, proxénicos, paralingüísticos...); del mismo modo,
este código tan extenso se ha ido conformando de acuerdo con una
tradición, que se puede enriquecer, pero no alterar: las
condiciones de la representación (formación del intérprete,
realización concreta, público) y la abundancia de fórmulas
esterotipadas adquieren un papel especial para comprender en su
plenitud ciertos rasgos característicos del género.
El conocimiento, cada vez más profundo, de la epopeya viviente
ha permitido a los estudiosos acercarse a estas cuestiones con
nuevos materiales, procedentes en muchos casos de la observación
directa y de testimonios de primera mano. Así, la figura del
intérprete constituye el núcleo central de numerosos trabajos,
casi todos ellos de críticos anglosajones. Apoyándose en la
colección de textos grabados por M. Parry, A. B. Lord llega a la
conclusión de que los intérpretes de poemas épicos yugoslavos
-que no se aprenden de memoria los textos- son capaces de
componer sus obras a lo largo del recitado a un ritmo de
locución constante, que oscila entre los diez y los veinte
versos decasílabos por minuto. Semejante virtuosismo sólo puede
ser fruto de una especial técnica de composición, y en modo
alguno puede descansar en habilidades innatas, dada la
pervivencia de intérpretes con el paso del tiempo, y en los
lugares más variados.
Parecen ser características comunes, muy generalizadas, el
analfabetismo de los intérpretes y su tendencia a adquirir
reconocimiento cantando poesía épica, el arte oral más difícil.
Para llegar al mayor grado de perfección, es necesario un primer
período de aprendizaje, durante el cual el futuro intérprete
escucha canciones de otros más viejos, familiarizándose de este
modo con los héroes y sus hazañas, con el vocabulario y el
ritmo. En segundo lugar, comienza a practicar -con
acompañamiento musical o sin él- y, por último, entona las
canciones ante un auditorio de mayores y más expertos; al menos,
así reconocía haberlo hecho uno de los informantes de M. Parry:
Cuando era pastor, niño todavía, venía
gente a casa por la tarde, o íbamos nosotros a pasar la velada a
casas de otros en el pueblo. Entonces, un cantor tomaba la gusla
y yo escuchaba su canto. El día siguiente, en el campo con el
ganado, empezaba a cantar la canción, palabra por palabra, sin
gusla y de memoria, palabra por palabra, según la había cantado
el cantor [...] Luego, poco a poco, fui aprendiendo a tocar el
instrumento y a ajustar el sonido a las palabras, y mis dedos
obedecían cada vez mejor [...] No empecé a cantar ante otros
hombres hasta que me hube perfeccionado, y entonces sólo me
atrevía a hacerlo ante jóvenes de mi grupo, y no ante gente
mayor o mejor...
Las palabras de este intérprete son significativas; por una
parte, en ningún momento alude a una posible autoría, sino a un
esfuerzo de memorización de poemas cantados por otros; en cuanto
al instrumento, desempeña un papel de cierto relieve: no se
trata de un simple modo de acompañamiento musical; es más bien
un apoyo para recordar la letra; orgulloso de su esfuerzo, el
informante de M. Parry advierte que empezó sin más ayuda que su
propia memoria, y otros muchos intérpretes reconocen que, con la
gusla, son capaces de repetir un poema oído algunas horas antes
o el día anterior. En otras culturas el fenómeno es similar: en
Africa occidental, la historia de la casa real de los Dagomba y
la de los Estados de Akan se conserva en parte con señales de
tambor, y lo mismo se puede decir de los mongo del Congo, o de
los luba-kasai, por ejemplo. En definitiva, se trata de medios
mnemotécnicos para no olvidar determinados textos de la
tradición oral. El respeto a la tradición impide las
alteraciones que puedan afectar directamente a la materia de los
poemas:
-Después de aprenderse mi canción, ¿la podría cantar...
exactamente igual que yo lo hice?
-Podría hacerlo.
-¿No añadiría algo... o dejaría alguna cosa?
-No lo haría..., por Alá, cantaría exactamente lo que había
oído... No es bueno cambiar o añadir cosas.
La calidad de los intérpretes, pues, no depende de sus vínculos
con el arte aprendido, con la tradición, que deben respetar en
grado supremo, sino que depende de la habilidad que muestran en
el recital, y del número de poemas que son capaces de recordar.
La habilidad es el resultado de la experiencia y la práctica; es
decir, es una técnica que se va perfeccionando con el paso del
tiempo, y cuyo dominio posibilita un aprendizaje más rápido de
nuevos temas.
La técnica de los poemas épicos se aprecia tanto en la
composición como en la narración, y está directamente
relacionada con la oralidad: composición e interpretación son
inseparables, pues el poeta crea la obra en cada recital e
introduce las variantes que considera pertinentes en cada
situación concreta, siempre que no alteren las líneas esenciales
del relato y de la tradición. Sólo la llegada de la escritura
fija un texto. Los elementos más característicos de la técnica
adquirida por el intérprete para poder llevar a cabo el recital
-la composición- sin interrupciones graves y manteniendo en todo
momento el ritmo de improvisación, son las fórmulas y los
clichés, que suministran un material de cierta calidad para
adornar el tema, a la vez que permiten una coherencia elemental.
La fórmula aparece cada vez que se repite una situación, o que
entra en escena un personaje y está formada por una serie de
palabras que van del epíteto épico a descripciones que ocupan
varios versos. Con la aparición de la escritura, o al ser
puestos por escrito los poemas, cede la improvisación y se
aprecia un claro esfuerzo en la redacción, pero se siguen
manteniendo abundantes fórmulas como muestra de cierto arcaísmo
y antigüedad, premisa fundamental para el éxito del poema, que
de esta manera se adscribe a la tradición.
Junto a las fórmulas fijas, otros recursos también son útiles al
poeta-intérprete: así, por ejemplo, la repetición de versos y
tiradas, las comparaciones extensas, la ampliación de
determinados temas que pueden considerarse tópicos en la poesía
heroica (la actividad del héroe, la descripción detallada de
cómo se arma, los banquetes con cada uno de sus manjares, los
pormenores de la marcha y acogida del héroe, etc.); el empleo de
todos estos elementos, que se hallan más o menos fijados en la
tradición, permite un momentáneo descanso mental al poeta, a la
vez que da un aspecto de realismo y objetividad a la obra, ya
que incluye materiales conocidos por todos, y el público se
siente solidario con el intérprete al identificar estos
materiales hasta en sus mínimos detalles.
Según los testimonios recogidos por Parry y otros, en la primera
mitad de nuestro siglo, los intérpretes aprenden los textos por
dos medios diferentes: o por tradición oral, o gracias a los
libros (que se hacen leer). Evidentemente, se trata de dos
niveles de cultura muy distintos, no comparables ni con la
situación de la Antigüedad y de la Edad Media, ni con el estado
de cosas en regiones menos civilizadas al modo occidental.
La tradición oral -que es la que ahora más nos interesa- tampoco
debe considerarse homogénea: entre determinados pueblos, el
intérprete es simple depositario de la memoria colectiva; ha
aprendido de sus antecesores los cantos heroicos, que son
fragmentos relevantes de la propia historia, que no se deben
olvidar, ni alterar. Sin embargo, en otras ocasiones, los cantos
no están tan próximos a la memoria de la colectividad; es cuando
los poemas permiten mayores adornos y se conciben como una forma
de entretenimiento. En este segundo caso no es necesario que el
poema proceda de la tradición: basta que conserve el aire de
antigüedad o, mejor, de tradicionalidad. Estos poemas pueden
haberse aprendido de intérpretes procedentes de otros lugares o
gracias a los viajes del propio poeta: sólo es necesaria la
pertinente comprensión lingüística.
La epopeya medieval
El mundo medieval cuenta con una epopeya de características muy
diferentes de la clásica. Los pueblos bárbaros, nuevos
pobladores del occidente europeo, llegaron con sus propias
tradiciones heroicas, y continuaron cultivándolas con vigor. La
pervivencia y constancia se debe, fundamentalmente, a un interés
por mantener la identidad nacional y por recordar las
dificultades pasadas y vencidas gracias a las proezas que habían
realizado.
La mezcla cultural y lingüística de los pueblos llegados a
partir del siglo IV, muy poco o nada romanizados, fue dando paso
paulatinamente a una unificación y, en algunos casos, a un
abandono de la lengua hablada en beneficio del latín, que era
utilizado por la población autóctona y que, sobre todo, era la
lengua empleada en la Administración y por la Iglesia: Sidonio
Apolinar (c. 430-480), Boecio (c. 480-524), S. Benito (c.480-c.
544), Casiodoro (c. 480-c. 570), Orosio, Prisciano, y otros
muchos muestran la pervivencia de algunas corrientes clásicas
bajo el dominio de los germanos, y también prueban la
preeminencia del latín como lengua escrita por los cultos.
Sin embargo, la lengua vernácula se mantuvo entre la población
que no tenía intereses literarios o eclesiásticos: una gran
parte de la nobleza continuó usando la lengua germánica que
hablaban sus mayores, mientras que los habitantes de sus
dominios empleaban un latín cada vez más alterado. Hubo una
situación de bilingüismo -y por tanto en equilibrio inestable-
hasta bien entrado el siglo IX, según atestiguan los abundantes
glosarios de esta época (Reichenau, Kassel, etc.), según prueban
el canon XVII del Concilio de Tours (813), los Juramentos de
Estrasburgo (14 de febrero del año 842), y según manifiestan las
palabras que Eginhardo, el biógrafo de Carlomagno, dedica al
emperador (entre los años 829 y 836):
No contento sólo con el idioma de su país, se aplicó al estudio
de las lenguas de otros lugares y, entre éstas, aprendió tan
bien la latina, que solía hablar indistintamente en esta lengua
o en su lengua materna...
Por eso no debe extrañar la coexistencia de poesía heroica en
lenguas germánicas, en latín y en lenguas románicas, aunque la
aparición de la epopeya en romance sea posterior. La situación
en el límite inferior de la Romania no debía ser muy distinta,
aunque los testimonios que poseemos son mucho más escasos: negar
la existencia de narraciones de carácter épico en el mundo árabe
va en contra de lo habitual en las más diversas culturas y
épocas.
La epopeya
germánica
Las migraciones e invasiones germánicas, que se sucedieron
ininterrumpidamente desde el siglo IV hasta el siglo VII, no
sólo causaron la desmembración del Imperio Romano, sino que
fueron la fuente de inspiración de numerosos poemas heroicos, y
se puede afirmar que justamente en ese período nació la epopeya
germánica conocida. Apenas se han conservado poemas heroicos de
los pueblos germánicos: el anglosajón Beowulf, el Cantar de Finn
(o Batalla de Finnsburh), dos fragmentos de Wálder, el Lamento
de Déor, Wídsid, La batalla de Brunanburh (o Vínheid), La
batalla de Maldon y los 68 versos del Cantar de Híldebrand
alemán: en total, algo menos de 4000 versos.
Otros materiales poéticos, vinculados con los primitivos cantos
heroicos, son más tardíos y resultan de validez limitada: es el
caso de las Eddas, que parecen ser del siglo XIII, pero que
incluyen algunos poemas heroicos muy antiguos, como el Cantar de
Volund, el Cantar de Atli yLos Dichos de Hámdir, compuestos
antes del año 900, o como el Cantar II de Gudrun, posiblemente
del siglo X.
Al margen de la cronología, que no siempre resulta tan exacta
como sería deseable, la epopeya germánica remite a
acontecimientos ocurridos en la época de las migraciones y aún
antes. Una vez más hay que recordar que ya Cornelio Tácito el
año 98 d.J.C. decía de los germanos que celebraban a sus dioses
"con antiguos cantos, que son la única forma de memorias y de
anales que poseen". Es muy posible que esos cantos se refirieran
a los orígenes míticos de distintas tribus, como se atestigua en
gran parte de la Edda en verso; pero -sin duda- algunos cantos
se referían, también a personajes reales, como el Arminio citado
por el mismo Tácito, y que a pesar de haber vivido cien años
antes, aún era recordado por los bárbaros a principios del siglo
II d. J.C.
La expansión de las diferentes tribus germánicas hizo que
también se difundiera con rapidez su poesía heroica. El
historiador latino Jordanes, de origen ostrogodo, da cuenta a
mediados del siglo VI, de numerosas tradiciones godas, y entre
ellas señala el hábito que tienen estos germanos de cantar,
acompañándose con el arpa, las hazañas de sus héroes, como si se
tratara de historia real; los testimonios que aporta el mismo
Jordanes, se remontan a las migraciones de los godos hacia el
Mar Negro, guiados por Filimer (¿siglo II?) y a algunos
episodios que se situarían con relativa seguridad en los siglos
III y IV. Nada se sabe de las características formales de esos
cantos, aunque es probable que guardaran cierta similitud con
las canciones descritas por el emperador Juliano:
Los bárbaros, al otro lado del Rin, cantan salvajes canciones,
compuestas en una lengua parecida al graznar de roncos pájaros,
y se complacen en sus melodías.
A partir del siglo IV se multiplican los testimonios indirectos
sobre cantos longobardos, vándalos, francos, bávaros... A lo
largo del siglo V y en el siglo VI, los anglos y los sajones
llevaron la epopeya germánica a Inglaterra, mientras que otros
grupos del mismo pueblo llegaban a Noruega y, después, a
Islandia y a Groenlandia, manteniendo viva la tradición de la
poesía heroica germánica en cada nuevo asentamiento: la métrica
y los temas apenas sufrieron más alteraciones que las
lógicamente impuestas por la separación del tronco común y la
lejanía de los orígenes. El recuerdo heroico continuaba teniendo
como modelo la época de máximo esplendor germánico, entre la
muerte de Ermanarico (h. 370) y la del rey longobardo Albuino
(572); en definitiva, había sido el período de la destrucción
del Imperio Romano y el del hallazgo de sus nuevas y,
presumiblemente, definitivas tierras.
El origen común de estas narraciones épicas explica la presencia
de abundantes rasgos compartidos por todos los textos
conservados, independientemente de la región, lengua o siglo en
que han llegado a la escritura, y que revelan las condiciones
sociales y la ideología del momento de su nacimiento.
Posiblemente el rasgo que más llama la atención del lector
moderno es el sentimiento de un destino inexorable, contra el
que el héroe lucha a sabiendas de que nunca logrará vencer.
Sobre esa base se construyen los poemas, que parten del valor
del protagonista, capaz de luchar y morir sin el menor asomo de
reproches o de queja. El motor de la acción es, invariablemente,
la lealtad al jefe y a la familia: del respeto a estos dos
elementos o del enfrentamiento de los mismos surge una enorme
tensión que lleva al desenlace trágico, resaltado por el drama
individual del protagonista, que a veces tiene que escoger entre
continuar siendo leal a su jefe o defender a su propia familia:
siempre triunfa el deber y la elección trágica se salda con la
muerte de padre e hijo en el combate.
Y, del mismo modo, de los dos factores citados nace la
obligación de la venganza de la sangre y del combate por nuevos
territorios, dando origen a una cadena que podría llegar a ser
inacabable, y en la que la crueldad va en aumento; cuando los
hombres han muerto, toman su lugar las mujeres, dispuestas a
demostrar que nada las arredra y que, al ser privadas de sus
maridos o hijos, el miedo carece de sentido, pues la vida poco
importa ya.
Nada se sabe de los autores de estos poemas. Los testimonios de
Tácito y Jordanes, o de Pablo Diácono, Gregorio de Tours,
Fredegario y otros, permiten pensar en la existencia de una
larga tradición; sin embargo, algunos textos aluden a la
composición de poemas de tono épico por parte de autores bien
conocidos: así, Prisco, embajador bizantino en la corte de Atila,
cuenta cómo en cierta ocasión, estando él presente el año 448,
dos bárbaros recitaron ante el rey de los hunos poemas,
compuestos por ellos mismos, en los que exhaltaban sus
victorias:
Llegada la noche, se alumbraron con antorchas y dos bárbaros se
presentaron ante Atila y recitaron poemas que habían compuesto
ellos mismos, en los que narraban las victorias y sus valientes
acciones en el combate. Los invitados los miraban fijos: algunos
estaban fascinados por los cantos, otros se sentían cada vez más
excitados a medida que iban recordando sus campañas en la
guerra; otros estallaron en lágrimas, pues sus miembros se les
habían debilitado con la edad y su ardor marcial habría quedado
inevitablemente insatisfecho.
De forma parecida habría que interpretar una alusión de Venancio
Fortunato (hacia el año 580), que compuso un poema en honor de
Lupo, duque franco de Aquitania: se trata de una obra
encomiástica, no épica, pero en la que los rasgos heroicos no
pueden faltar. Y con mayor claridad aún se expresa Beowulf, al
hablar de la técnica de un bardo:
A veces un hombre,
un vasallo elocuente y de rica memoria,
que sabía muy bien incontables leyendas
de tiempos antiguos, componía un cantar
con su justo trabado. Hábil entonces
la hazaña gloriosa cantó de Beowulf
disponiendo la historia y cambiando las palabras
con mucha soltura.
No obstante, las palabras del poema anglosajón pueden referirse
al acto puntual del recitado, y en ese caso habrían de ser
examinadas de acuerdo con lo dicho acerca de los intérpretes de
la poesía épica en general.
Sea como fuere, los versos de Beowulf plantean algunos aspectos
de la poética vigente en la epopeya germánica: casi todos los
textos conservados (Beowulf, Hildebrandslied, Edda Mayor y otros
poemas menores) tienen unas mismas características formales,
basadas en versos aliterativos, cuyo ritmo queda marcado por la
presencia de cuatro acentos principales, distribuidos por igual
en ambos hemistiquios; no existe la rima y tampoco un número de
sílabas determinado por verso, y, por tanto, la técnica descansa
en la cadencia y en la musicalidad, aunque no sólo.
Otro rasgo común de los poemas conservados es la utilización de
epítetos -que no sólo afectan a los personajes- construidos de
forma perifrástica, en los que no se puede recurrir al nombre
que sirve de referencia, y que tienen que variar con asiduidad;
así, el "barco" se convierte en el 'corcel del mar', el "cielo"
en el 'yelmo de los vientos', la "sangre" en las 'lágrimas de
las heridas', o la "batalla" en la 'danza de las espadas', por
ejemplo. La complejidad formal en la que se apoyan los poemas
épicos de los germanos en modo alguno puede ser el resultado de
una improvisación, y exige un largo aprendizaje y un
entrenamiento continuo.
Es evidente que una epopeya tan difundida empieza a desarrollar
pronto ciertos elementos diferenciadores y que el influjo culto
se hará notar desde época temprana, apenas entren en contacto
paganismo y cristianismo, tradición oral y literatura escrita. A
partir del siglo XII, junto a las huellas de poemas clásicos o
medievales en latín, se encontrarán rasgos pertenecientes a la
epopeya francesa y también se hallarán abundantes materiales
llegados del mundo de la novela cortés (del roman ), a la vez
que se irán haciendo más numerosas las muestras de una
concepción de la vida más próxima del civilizado Mediodía.
También los poetas líricos, los Minnesinger, habían empezado ya
a imitar a los trovadores con Kürenberger y, sobre todo,
Heinrich von Veldeke.
Del mismo modo ocurre con el Cantar de los Nibelungos (Nibelungenlied),
compuesto hacia 1203 en Austria y que obtuvo una rapidísima
difusión por el mundo germánico, como atestigua la treintena de
manuscritos que lo conservan. Son muy numerosos los problemas
que plantea esta extensa obra, y de los que ahora no podemos
ocuparnos; sin embargo, sí que debemos hacer algunas reflexiones
sobre los precursores y el resultado final.
Andreas Heusler habla de la existencia de breves cantos
independientes referidos a Sigfrido y Brunilda, por una parte, y
al final de los Nibelungos, por otra; posiblemente la presencia
de Crimilda, personaje común en ambas sagas, facilitó el cruce
de los textos y el nacimiento de la versión de mediados del
siglo XII y, especialmente, de la de principios del XIII. Tal
idea se sustenta en el hecho de que la Edda en verso todavía
mantiene la independencia total entre ambas sagas; así, la
hipotética formación del Cantar de los Nibelungos se podría
esquematizar de acuerdo con el siguiente esquema:
Historia de Brunilda Historia de los Burgundos
(Materiales mitológicos (Materiales históricos del
y folklóricos) siglo V; leyendas)
| |
| |
Fase I Fase I
Cantar franco sobre Cantar franco sobre los Brunilda . Versos
aliterativos; Burgundos. Vv. aliterativos
ss. V-VI ss. V-VI
|___________________________________ |
| |
Saga de Atli |
(Saga de Atila) |
| |
| Fase II
|
| Cantar bávaro de los Burgundos
| Versos aliterativos. S. VIII.
| Modificaciones.
| |
|
Saga de Thidrek |
(Saga de Teodorico de Verona) |
______________________________|
Fase II Fase III
Cantar tardío de Brunilda Poema épico austro-burgundo.
muy modificado. Dísticos Hacia 1160
rimados. Finales s. XII.
| ________________________________|
Cantar de los Nibelungos
Sin embargo, un esquema de este tipo no es aceptado por todos
los estudiosos, entre otras razones porque se apoya en hipótesis
difíciles de probar: ninguno de los testimonios conservados, ni
ninguna alusión justifica la existencia de los poemas del siglo
XII. Y del mismo modo, resulta dudoso que la primera fusión de
las dos leyendas sea, justamente, la del Cantar del siglo XIII.
En cualquier caso, el Cantar de los Nibelungos presenta notables
modificaciones con respecto de la tradición: así, la métrica se
apoya en estrofas de cuatro versos de rima masculina, de acuerdo
con el esquema a a b b; y aunque sigue existiendo la tendencia a
mantener cuatro acentos en cada verso, la antigua regla no
siempre se cumple. El autor ha reelaborado los materiales de una
vieja tradición, atenuándolos parcialmente de acuerdo con los
hábitos de la literatura cortés, que se encontraba ya bien
arraigada en los dominios del alemán; la misma extensión del
poema ya denota un cambio de estética con respecto a la épica en
general, y una clara inclinación hacia los modelos literarios
más cultos. Pero a pesar de todos los esfuerzos, la épica ya
estaba cediendo paso a otras formas de narración en todo el
occidente europeo.
La descendencia del Cantar de los Nibelungos fue abundante,
iniciándose con el poema de Kudrun y continuando con un gran
número de cantares que siguen el modelo establecido por el
anónimo autor de la Nibelungenlied y que ven la luz a lo largo
de la segunda mitad del siglo XIII. El avance de la novelística
cortés, en detrimento de los ideales épicos, resulta evidente, y
resulta evidente también la sustitución de Sigfrido por
Teodorico.
Tal es el caso del Waltharius, escrito en latín alrededor del
año 930, en 1456 hexámetros, y que presenta leyendas burgundas y
nibelungas, inspiradas remotamente en las hazañas de Walter de
Aquitania.
Poesía
Épica hispánica
Sorprende la pobreza de textos épicos castellanos conservados.
La escasez de cantares de gesta no es prueba de su inexistencia:
de forma continua se pueden rastrear leyendas épicas en la
historiografía medieval ya desde finales del siglo IX. En este
sentido, hay que reconocer -una vez más- el ingente esfuerzo
realizado por R. Menéndez Pidal, que consiguió establecer una
larga sucesión de temas épicos en las crónicas.
Según Menéndez Pidal, ya en las Crónicas astur-leonesas pueden
hallarse alusiones a leyendas épicas: en la Chronica
Visegothorum, ordenada por Alfonso III y concluida hacia el 880,
se introduce una larga narración sobre don Pelayo y la batalla
de Covadonga, relato considerablemente reducido en la segunda
versión de la Chronica ; el hecho de que en ella aparezcan
abundantes elementos novelescos y de que se presente una
estructura bien definida, lleva a Menéndez Pidal a pensar que se
trata de la prosificación de una leyenda épica, similar a las
citadas por San Isidoro. La pauta marcada por el autor de la
Chronica Visegothorum, a instancias de Alfonso III, permanece
inalterada a lo largo de varios siglos: las Crónicas admitirán
determinadas leyendas, siempre que no rompan con el tono
descarnado y lacónico de la historiografía: en las Crónicas de
Sampiro (hacia el año 1000), de Pelayo Ovetense (primer cuarto
del siglo XII) o, incluso, en la Historia Silense (hacia 1118)
se mantendrá el msmo criterio.
Cuando en Castilla surge una historiografía diferente, aunque
todavía escrita en latín, empiezan a abandonarse las viejas
directrices trazadas por Alfonso III, a la vez que se admiten,
cada vez con mayor abundancia, narraciones de carácter épico. En
este sentido, son dos las crónicas más importantes: una, la
Najerense (mediados del siglo XIII), desconocida por los
cronistas posteriores; en ella se recogen algunos temas ya
presentes en la Chronica Visegothorum y en la de Sampiro, pero
se admiten además varias leyendas basadas -en mayor o menor
grado- en hechos históricos ocurridos a finales del siglo X y a
lo largo del siglo XI: están relacionadas con los últimos condes
castellanos y los inicios del reino de Castilla.
La otra crónica importante es la de Lucas de Tuy (el Tudense),
Chronicon Mundi, terminada en 1236; es el eslabón entre la
historiografía astur-leonesa y la castellana posterior, que
cuajará en la obra de Alfonso X: por una parte, compila las
obras de Alfonso III, Sampiro y Pelayo, añadiendo algunas
ampliaciones a las leyendas recogidas por éstos, y, por otra
parte, introduce nuevos relatos -a veces muy novelescos- sobre
acontecimientos ocurridos en los siglos XI y XII (la leyenda más
tardía de las que acoge es la de la Peregrinación del rey Luis
VII de Francia, que pudo tener como fundamento el viaje de este
rey entre 1153 y 1154 a Santiago de Compostela). Poco a poco se
va engrosando el caudal de leyendas en las Crónicas. El eslabón
siguiente en la cadena lo pone Rodrigo Jiménez de Rada (el
Toledano) con su De Rebus Hispaniae, anterior a 1243, donde da
cabida a un total de once leyendas épicas, añadiendo cinco a las
narradas por el Tudense y modificando notablemente algunos
relatos de su predecesor, como el de Bernardo del Carpio.
En esta situación, la historiografía latina deja paso en
Castilla a la redacción de crónicas en castellano, bajo los
auspicios de Alfonso X y -posiblemente- por influjo de la
historiografía de la casa real francesa, desarrollada en la
misma dirección por los monjes de la abadía de Saint-Denis.
Alfonso X planea la Primera Crónica General, que se acabará en
1289, después de su muerte, tras casi veinte años de redacción.
Como es característico del Rey Sabio, en esta Crónica se
acarrean todos aquellos materiales capaces de dar cualquier
información: reúne las crónicas anteriores y alude con
frecuencia a juglares y a cantares de gesta. El resultado es la
prosificación de poemas completos sobre Fernán González y sobre
el Cid y el empleo de fragmentos procedentes de otros cantares
de gesta (Bernardo del Carpio, Infantes de Salas, etcétera). En
la Primera Crónica General se hallan, por lo menos, trece temas
épicos.
A partir de este momento, y a lo largo de medio siglo, las
Crónicas pugnarán en introducir novedades con respecto a los
relatos que incluyen: la Crónica de Castilla (o Crónica del
Campeador ), a comienzos del siglo XlV, admite un ciclo completo
sobre el Cid, formado por un Cantar del rey Fernando y otro de
las Mocedades de Rodrigo y por la refundición del Cantar de
Sancho el de Zamora y de Mío Cid . Muy poco tiempo más tarde, la
Crónica de Veinte Reyes incluye la misma materia, aunque con
versiones diferentes.
Sin duda la obra historiográfica más importante del siglo XIV es
la Segunda Crónica General o Crónica de 1344, donde encontramos
las prosificaciones no sólo del, sino también del Fernán
Gonçález y de los Infantes de Lara : el autor ha empleado
versiones nuevas, cotejándolas con las de la Primera Crónica
General . La Crónica de 1344 fue resumida por Diego Rodríguez de
Almela en el Compendio Historial a fines del siglo XV (1474),
quien añadió -posiblemente tomándolo de otro lugar- la última
leyenda épica que se recoge en las Crónicas, la del Abad don
Juan de Montemayor.
Por último, en la Tercera Crónica General, impresa por Ocampo en
1541, pero que pertenece a la segunda mitad del siglo XIV, se
halla la reelaboración del «ciclo del Cid», la abreviación de la
leyenda de los Infantes de Salas y la adaptación del relato de
Bernardo del Carpio, según era contado por la Primera Crónica
General . La importancia de esta Tercera Crónica estriba en que
es la última que mantiene el espíritu alfonsí, pero, sobre todo,
en que fue muy difundida en el siglo XVI y XVII y suministra
abundantes materiales a las obras de tema histórico del Siglo de
Oro y, seguramente, también a más de un romance.
Las Crónicas del siglo XV ( General de 1404, Toledana de 1460, o
la Cuarta Crónica General, posterior a 1455) se limitan a
recoger la tradición historiográca anterior, que se va
empobreciendo paulatinamente. Ya no aparecen prosificaciones de
cantares de gesta ni se introducen nuevas leyendas épicas; todo
lo más, comienza a darse cabida a algunos romances.
De forma similar a lo que ocurre en las Crónicas castellanas,
aunque en menor proporción, también una crónica aragonesa, la
Crónica de San Juan de la Peña (anterior a 1359), incluye alguna
leyenda épica: sólo se ha podido reconstruir fragmentariamente
un cantar de gesta a partir de la prosificación de la leyenda de
la Campana de Huesca, que hace referencia a un acontecimiento
ocurrido hacia 1135 ó 1136, al que aluden con el laconismo
habitual los Annales Toledanos («Mataron las potestades en
Huesca, Era MCLXXIV»).
Basta recorrer, aunque sea superficialmente, la presencia de
temas épicos en las crónicas para que, de inmediato, surjan
algunas observaciones: entre el hecho histórico y la aparición
del tema en la historiografía suele transcurrir, por lo menos,
un siglo, periodo de gestación de la leyenda y de su acuñación
como verdad histórica; es posible que la épica castellana
naciera con valor noticiero, pero cuando la noticia ha dejado de
serlo se converte en historia; en vano se buscan leyendas sobre
grandes acontecimientos: el criterio de historia es mucho más
localista, más cercano a un determinado marco geográfico y,
además, las causas que provocan el suceso deben ser
perfectamente comprensibles y asimilables por el público: no se
hablará de treguas pactadas entre reyes, sino de promesas rotas,
de insultos y -cómo no- de pasiones.
Menéndez Pidal consigue aislar una larga lista de temas épicos
(en la Primera Crónica General son por lo menos trece); sin
embargo, cada uno de esos temas no responde a un cantar de
gesta: sin duda se trata de leyendas -recogidas y ampliadas por
los cronistas-, pero no todas las leyendas fructifican; así nos
hace pensar el hecho de que en los cronistas del siglo XIV la
lista se haya reducido de forma elocuente: hay, en efecto, un
ciclo completo dedicado al Cid (formado posiblemente por un
Cantar del rey Fernando, otro de las Mocedades de Rodrigo, otro
del Rey Sancho y eI cerco de Zamora y, por último, otro con las
hazañas del Cid, próximo al Poema conservado) y se puede
encontrar también un Cantar de Bernardo del Carpio (quizá con
dos versiones distintas, debido a la contaminación con una
leyenda pirenaica), otro Cantar de Fernán Gonçález y, por
último, un Cantar de los Infantes de Salas (con varias versiones
también). Del resto no hay nada, y resulta sorprendente porque,
según todos los indicios, el siglo XIV es el más abundante en
prosificaciones: esto hace pensar que muchas de las leyendas
citadas por Menéndez Pidal no llegaron vivas a los últimos años
del siglo XIII, sino que se habían heredado de Crónica en
Crónica, como otros tantos datos.
La información más antigua que poseemos de una leyenda épica de
las conservadas aún en el siglo XIV se remonta a la Crónica
Najerense (hacia 1150), donde se recogen historias sobre la
prisión de Fernán González y sobre Sancho, el de Zamora; en el
Chronicon Mundi (acabado en 1236), del Tudense, hay elementos
que permiten pensar en el embrión de las Mocedades y de algunos
episodios del Poema del Cid y en esta misma Crónica se ofrece,
por primera vez, la leyenda de Bernardo del Carpio, con dos
versiones diferentes. La primera alusión a los Infantes de Salas
no aparece hasta la Primera Cronica General (1270-1289).
Ciertamente, estos datos sólo pueden considerarse de forma
relativa, pero son sintomáticos, pues muestran los períodos de
mayor o menor interés por los temas épicos; por otra parte, nos
sirven para apreciar el grado de difusión de algunas leyendas:
teniendo en cuenta el carácter local de muchos de estos temas,
la llegada a las crónicas significa un gran éxito.
De otros poemas no se ha podido reconstruir ningún verso, pero
hay razones para pensar que existieron: es el caso del Cantar de
la Condesa Traidora y del Romanz del Infant García, ambos
relacionados con el ciclo de los condes de Castilla y de los que
hallamos algunas noticias en la Najerense y en la crónica del
Toledano, respectivamente; sin embargo, no consiguieron remontar
el siglo XIII, y en el siglo XIV las crónicas no recuerdan estas
leyendas.
La conservación de los cantares de gesta en las Crónicas,
gracias a las prosificaciones, es un hecho de extraordinaria
importancia: por una parte, los recopiladores de las crónicas
consideran textos históricos los narrados por los juglares y les
dan la misma credibilidad que a las crónicas en latín; así
ocurre especialmente en el momento de mayor auge de las
prosificaciones épicas en las crónicas, es decir, en el siglo
XIV; los historiadores en latín son mucho más sobrios al
respecto. Por otra parte, el correr del tiempo influirá tanto en
los textos cronísticos como en el cantar de gesta: el poema
épico, que tiene vida independiente de la Crónica en que ha sido
prosificado, sufre las vicisitudes propias de la tradición oral
y, por esto, cuando años más tarde otro historiador vuelve a dar
cabida al poema en su crónica, se encuentra con una versión
notablemente evolucionada o alterada en algunas ocasiones,
mientras que otras veces se encuentra con un cantar que
contradice los testimonios que ha obtenido en obras anteriores,
y así lo expresa.
El ejemplo más ilustrativo -y mejor estudiado- es el del Cantar
de los Siete Infantes de Lara . Los historiadores castellanos
que escriben en latín (Najerense, Tudense y Toledano, de
mediados del siglo XII a mediados del siglo XIII) no aluden
ninguna vez al asunto. Es Alfonso X, en la Primera Crónica
General, quien recoge los primeros testimonios; en la
Abreviación (no conservada) de esta Crónica, que sirvió de base
a la Crónica de Veinte Reyes y a la Tercera Crónica General,
debieron existir algunas variantes, aunque de poca importancia.
Mucho más profunda fue la reelaboración prosificada en la
Crónica de 1344, y que afectó a toda la parte posterior a la
ejecución de los Infantes. El Poema, que debió ser reelaborado a
comienzos del siglo XIV, sufrió otras alteraciones y fue
utilizado en su nueva versión por la Crónica General Toledana .
R. Menéndez Pidal, en su temprana y magistral obra sobre los
Infantes de Lara, estudió este aspecto, ofreciendo un esquema
que se podría simplificar de la forma siguiente:
:
GESTA=============>>
(s. XIII)
PRIMERA CRONICA GENERAL (Alfonso X, ant. 1271)
_________|__________
Versión extensaVersión breve
o regia (1289) o vulgar
|
*Abreviación (no conservada)
_________|_____________
Crónica Veinte Reyes Vulgata (1512)
GESTA====>>|
|_________
Crónica 1344 (Segunda Crónica General)
|
Crónica General Toledana (hacia 1460) |
_____ Romancero III Crónica General Ocampo (1541)
(s. XV-XVI)
En las sucesivas reelaboraciones, la parte más alterada es el
final de la narración, que afecta a la venganza de Mudarra: es
lógico que esto sea así, pues la conclusión es, siempre, la
parte más novelesca, la menos apegada a la verdad histórica y la
que presenta mayores interferencias con otras formas narrativas
de carácter oral (especialmente el cuento).
En muchas ocasiones el cantar se somete a ciertas modificaciones
exigidas por el carácter general de la crónica o por el punto de
vista particular del historiador: así ha ocurrido, según Ch.
Fraker, con el Cantar de Sancho II prosificado en la Primera
Crónica General, en el que se critican de forma sistemática e
implacable las leyes y costumbres germánicas, consideradas como
ridículas o injustas. Del mismo modo se puede hablar con
respecto a las prosificaciones de la Historia del Cid conservada
en las Crónicas del siglo XIV: en este caso concreto se halla
una profunda intervención a favor del monasterio de San Pedro de
Cardeña. Igual sucede en otros poemas, como el de Fernán
Gonçález, en el que las distintas reelaboraciones han ido
añadiendo episodios novelescos, acercándolo cada vez más al
monasterio de Arlanza, frente a las pretensiones de los monjes
de San Millán de la Cogolla. Hay que advertir, sin embargo, que
la presencia monástica en los cantares de gesta y en las
prosificaciones ulteriores pertenece a una época relativamente
tardía: los centros monacales aprovechan el éxito de un género
del que fueron originariamente ajenos; la leyenda precedió al
culto eclesiástico.
Los núcleos épicos
Son muchos los que piensan que la epopeya castellana está
formada por tres ciclos: el de los condes de Castilla, el del
Cid y el ciclo francés.
(1) El ciclo de los condes de Castilla está formado por el
Cantar de los Siete Infantes de Lara, Cantar de la Condesa
traidora, el Romanz del Infant García y el Cantar de Fernán
Gonçález.
(2) El ciclo del Cid está constituido por el Cantar de Mío Cid,
Cantar de Sancho II y la Gesta de las Mocedades de Rodrigo.
(3) Por último, en el ciclo francés se
incluyen distintas obras relacionadas de una forma o de otra con
la épica del norte de los Pirineos: a este grupo pertenecen el
Roncesvalles, el Mainete y el Bernardo del Carpio.
Los datos que poseemos de una epopeya aragonesa se limitan al
Cantar de la Campana de Huesca, que se debe poner en relación
con los diversos problemas que surgieron a la muerte de Alfonso
I y la cesión que éste hizo de sus dominios a las órdenes
militares. No quedan testimonios de la existencia de otros
cantares de gesta relacionados con este rey o con sus sucesores.
La existencia de otros núcleos épicos en la Península es más
difícil de probar. En el dominio del catalán se especula con un
ciclo dedicado a Jaime I, y más concretamente, a la toma de
Mallorca y Valencia en 1229 y 1238. Por lo que respecta al
dominio gallego-portugués, se suele considerar que hubo una
leyenda épica -tal vez un cantar de gesta- relacionado con
Afonso Henriques (Alfonso Enríquez), primer rey de Portugal.
Resultaría abusivo hablar de un ciclo épico sobre la
independencia del reino vecino basándolo en un cantar de gesta
de dudosa existencia. En Galicia el panorama es más pobre, pues,
a pesar de los esfuerzos realizados por estudiosos como J.
Filgueira Valverde, no se ha podido recomponer ningún poema y ni
siquiera se han podido establecer leyendas autóctonas de
carácter realmente épico.
Los textos conservados.
El Poema de Mío Cid.
El Poema de Mío Cid se conserva en un manuscrito copiado en el
siglo XIV, al que le faltan desde antiguo tres hojas, una de las
cuales afecta al comienzo del texto. Actualmente el manuscrito
se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid (vitr. 7/17).
En esta redacción, el Poema consta de 153 tiradas, con 3.730
versos, más otro verso de jaculatoria y un problemático explicit,
compuesto por un dístico asonantado en el que se alude a Per
Abbat y se da una fecha:
Per Abbat le escrivio en el mes de mayo,
en era de mill e CC XLV años.
La primera cuestión se plantea al intentar datar el Poema: no se
debe olvidar que la fecha de copia en ocasiones dista mucho de
la fecha de composición del texto y que interesa en especial
este dato, pues nos situaría en el momento en que la obra
conservada adquiere su aspecto definitivo (o, al menos, el
aspecto con que ha llegado a la escritura y, por tanto, a
nosotros). La fecha del explicit (1245) corresponde al año 1207
d. J.C., aunque R. Menéndez Pidal señaló que en el manuscrito se
podía observar el espacio en blanco de una C que había sido
raspada: tal indicación venía a atestiguar que el manuscrito de
la Biblioteca Nacional de Madrid fue escrito en el siglo XIV y
que Per Abbat fue el copista que llevó a cabo el trabajo
material. Sin embargo, estudios posteriores ponen de manifiesto
que la C en litigio nunca fue escrita y que, por tanto, el texto
conservado (que es del siglo XIV) es copia de un manuscrito
acabado en 1207, que era el que incluyó el explicit en cuestión,
obra de Per Abbat: el explicit y la alusión a Per Abbat fueron
copiados de forma mecánica por el amanuense del siglo XIV.
El interés que tenía R. Menéndez Pidal en prescindir del texto
del siglo XIII se debía, fundamentalmente, a una razón doble:
por una parte, Per Abbat quedaría relegado a ser copista tardío;
por otra resultaría clara la transmisión oral del Poema, desde
su composición hasta que fue fijado por escrito. Los más firmes
defensores del individualismo (como C. Smith, por ejemplo) se
oponen a la tesis de R. Menéndez Pidal, considerando la
existencia de una cadena escrita que mostraría sus eslabones en
el manuscrito de la Biblioteca Nacional (siglo XIV) y en el
explicit (siglo XIII). Si el texto fue firmado en 1207, nada
impediría que Per Abbat fuera el autor que dio forma a la
leyenda, convirtiéndola en el cantar de gesta conservado, al
margen de toda transmisión oral y, por tanto, lejos de las ideas
de los neotradicionalistas.
Así pues, se puede considerar que el Poema ha llegado a nuestros
días gracias a una copia realizada en el siglo XIV, a partir de
un manuscrito del año 1207 elaborado por Per Abbat. Pero los
problemas que plantea el explicit no terminan ahí: otra cuestión
delicada surge de la interpretación del verbo escrivio, que
puede ser «copió», «compuso» o «transcribió». Es decir, según el
punto de vista que se adopte, Per Abbat será «genial autor» o
«creador» delPoema (individualistas), o «simple escribano» del
dictado de un juglar (neotradicionalistas). En el primer caso,
se supondrá que Per Abbat era hombre culto, formado fuera de
España, con conocimientos profundos de varias materias, que tuvo
acceso a cierta documentación relacionada con Rodrigo Díaz de
Vivar y que, a imitación de las modas literarias ultrapirenaicas,
decidió escribir un cantar de gesta sobre el héroe castellano.
En el segundo caso, Per Abbat sería un sencillo y paciente
notario, que se limitó a poner por escrito un poema ya existente
en la tradición, conocido por todos: el origen del texto habriá
que buscarlo mucho antes de ese mes de mayo de 1207 con que
cierra su trabajo.
Para los individualistas, identificar a Per Abbat y justificar
sus motivos creadores sería la clave y el fundamento de sus
ideas; por eso, no extraña el júbilo de C. Smith cuando descubre
un abogado del siglo XIII con ese nombre, involucrado en la
falsificación de ciertos documentos relacionados con la figura
del Cid: los datos utilizados para las falsificaciones procedían
-sin duda- de una «colección de materiales cidianos» (legales,
literarios, orales, monásticos... ). Ese Per Abbat,
falsificador, pudo haber utilizado los mismos materiales en 1207
para realizar la versión del Poema copiada después en el siglo
XIV. La cuestión no se puede resolver y cada cual debe tomar el
partido que considere más conveniente, ya que no caben
demostraciones empíricas en el estado actual de nuestros
conocimientos. Sería posible, sin embargo, una solución
ecléctica, apuntada por Jules Horrent: Per Abbat reelaboró y
estructuró artística y literariamente unos materiales que ya
existían en embrión o de forma tosca.
Para quienes consideran el Poema creación de Per Abbat, es
evidente que la obra nació en 1207. Sin embargo, son muchos los
que piensan que en esa fecha se produjo una actualización del
texto. En efecto, el examen atento y detenido del manuscrito
descubre contradicciones cronológicas, cambios de estilo,
errores históricos, choques lingüísticos, que resultan muy
dificiles de unificar: por eso no extraña que se le haya dado
una datación que oscila en un arco de cien años y aún más (entre
1105 y 1245), o que se haya hablado de la existencia de dos
autores distintos (de S. Esteban de Gormaz y de Medinaceli), por
poner casos bien conocidos.
El Poema toma como base una parte de las hazañas de Rodrigo Díaz
de Vivar, noble castellano que vivió en la segunda mitad del
siglo XI, conquistó Valencia en 1094 y murió en 1099. El cantar
de gesta alude a la toma de la ciudad levantina, aunque sin
concederle especial importancia, quizá porque los almorávides la
recuperaron muy pronto (1102), y cita de forma lacónica la fecha
de la muerte del héroe, en un verso posiblemente tardío (Passado
es deste sieglo el dia de Çinqaeesma, v. 3.726), pero que es
bastante exacto, pues corresponde a finales del mes de mayo,
cuando el héroe murió realmente el 10 de junio.
Todo esto hace pensar que entre el año 1099 y el año 1207 se
produjo la formación del Poema de Mío Cid; para ello fue
necesaria la fusión de diversos materiales preexistentes y la
adición de versos alusivos a nuevas situaciones (sobre todo, al
final de la copia). En cualquier caso, no hay duda de que ya
existía un texto con planteamientos parcialmente análogos a los
del manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid a mediados
del siglo XII, pues en el Poema de Almería, inserto en la
Chronica Adefonsi Imperatoris y escrito entre 1147 y 1157, se
alude a Rodrigo Díaz de Vivar llamándolo «Mio Cidi» y se
menciona la pareja épica Cid-Alvar Fáñez. Esto no quiere decir
que el Poema estuviera plenamente configurado en 1150; es
posible que para entonces hubiera algún cantar breve en lengua
romance, que se engrosó fundamentalmente en tiempos de Alfonso
VIII y se puso por escrito en 1207, aunque, sin duda, siguió
teniendo vida oral, como atestigua el hecho de que un texto
distinto del de Per Abbat fue utilizado por el redactor de la
Crónica de Veinte Reyes, a comienzos del siglo XIV.
Al ocuparse del autor, R. Menédez Pidal habló primero de la
existencia de un escritor único, pero en su último libro sobre
el Poema defendió la tesis de dos juglares: uno de San Esteban
de Gormaz, más próximo a los hechos, que estableció el plan
general de la obra y escribió el «Cantar del destierro»; otro,
de Medinaceli, más moderno, menos apegado a la realidad, que
elaboró los otros dos «cantares» . Pero no todos los estudiosos
están de acuerdo con estas ideas, ya que la lengua y estilo, la
estructura y unidad de la obra parecen demostrar la presencia de
un autor único. De nuevo, la solución ecléctica podría ser la
más válida: las divergencias internas se deben a la pluralidad
de autores en que se basa la tradición; la unidad del conjunto
se debe, sin duda, al reelaborador último, Per Abbat.
El Poema de Mío Cid se divide en tres cantares de extensión
similar (1.084 versos, 1.193 y 1.453 versos, respectivamente),
con un total de 153 tiradas o lasses (63 en el primer cantar, 49
en el segundo y 41 en el tercero). La división tripartita de la
obra -según el texto conservado en la Biblioteca Nacional- no se
corresponde con una estructuración similar del contenido:
aproximadamente la mitad del Poema se dedica a narrar las
proezas del Cid, sin olvidar detalles que completan el retrato
del protagonista (valor, astucia, generosidad...). La otra mitad
no incluye casi ninguna escena bélica, sino que se centra en las
relaciones de los Condes de Carrión y las hijas del Cid. Por eso
se puede considerar -como hace I. Michael- que el Poema está
construido sobre dos ejes: «el deshonor moral y político» y «el
descédito personal y familiar». El resultado es que la acción
constituye el elemento fundamental para recuperar la honra y el
crédito, hasta la plena reivindicación a los ojos del rey.
Es importante señalar que la conquista de Valencia -hecho
crucial de la biografía histórica del protagonista- es la linea
divisoria de las dos partes: ciertamente, el acontecimento se
narra con un laconismo más propio de la historiografía que de la
épica; sin embargo, el lugar que ocupa en el conjunto del Poema
es de gran relieve, pues marca el final de un período y el
comienzo del otro.
Las tiradas son de extensión muy variable, pues oscilan entre
los dos versos de las tiradas 42, 42 bis y 73 bis, o los tres
versos de las tiradas 20, 55, 70, 71, 73 y 120, y los 263 versos
de la tirada 151, los 188 de la tirada 139 o los 145 de la
tirada 104. A pesar de que estos datos son superficiales y
extremos, parece elocuente la concentración de tiradas breves en
la primera parte del Poema, mientras que las tiradas más
extensas abundan al final de la obra.
En cuanto a la versificación, sorprende su gran irregularidad y
el carácter fluctuante que presenta: el cómputo silábico oscila
entre la diez y las veinte sílabas por verso, aunque son los
versos de catorce sílabas los más abundantes: la base parece
ser, pues, la que marcan estos versos, idea que podrá hallar
cierto apoyo en la frecuencia con que se presentan cesuras tras
la séptima sílaba y hemistiquios con un cómputo similar. Según
el recuento que realizó R. Menéndez Pidal, los hemistiquios de
siete sílabas se documentan en el 39,4% de los casos, seguidos a
gran distancia por los de ocho sílabas (24 %); y casi en la
mitad de los 987 versos que no plantean dudas métricas, la
cesura marca un hemistiquio de siete silabas: 7 + 7 (en el
15,19% de los casos), 6 + 7 (en el 12,15%) y 7 + 8 (en el 11,34
%).
La fluctuación es evidente, pero también resultan claras las
tendencias, y las anomalías podrían ser consecuencia de las
interferencias en la transmisión del texto: habría que postular,
pues, un momento en la existencia del Poema en el que el texto
sufrió ciertas alteraciones métricas: eso sólo pudo ocurrir en
un período de transmisión oral, lejos de las normas
indudablemente más estrictas de la escritura. Si el manuscrito
de la Biblioteca Nacional copia un texto escrito en 1207 -como
todo parece indicar-, las irregularidades ya estaban en el
original del siglo XIII y, por tanto, se debe pensar que Per
Abbat elaboró y puso por escrito un cantar de gesta que le llegó
por tradición oral.
Las rimas son siempre asonantes: el primer cantar presenta una
mayor variedad de rimas y una preocupación estilística mayor que
los otros dos; este cuidado se relaja a lo largo del segundo
cantar y la tendencia hacia soluciones fáciles aumenta
considerablemente en el último.
Al hablar de estilo en los cantares de gesta es inevitable
remitir a la técnica juglaresca, ya que el elevado grado de
formalización del género así lo impone. Nuestro Poema destaca, a
pesar de todo, por su extraordinaria sobriedad y sencillez
expresivas, que es donde se apoya su mayor efectividad. En
primer lugar, la acción se desarrolla de forma rectilínea, sin
rodeos ni digresiones; en segundo lugar, hay un personaje
central -el Cid- en torno al cual girarán todos los demás,
colaborando con sus acciones al encumbramiento del héroe, que es
-en definitiva- el encumbramiento de todos ellos.
Para llevar a cabo su labor, el poeta recurre al empleo de
fórmulas y expresiones formularias, utilizadas con gran
habilidad, al evitar la repetición mecánica de las mismas,
adaptándolas en cada momento a las necesidades del relato:
resulta elocuente la aparición de determinados epítetos «Mio Cid
Roy Diaz, el que en buena cinxó espada», «Martín Antolínez, el
burgalés de pro», que sirven para dar mayor intensidad a la
narración, para expresar la importancia del ascenso del héroe,
para manifestar los cambios de actitud en el ánimo del rey, en
gradación perfectamente establecida, como han señalado -entre
otros- Rita Hamilton y E. De Chasca. Aquí se puede apreciar la
originalidad y fuerza del poeta, que logra imponerse y superar
los tópicos del género.
Rodrigo Díaz de Vivar fue muy pronto objeto de leyendas
variadas. Algunas fueron contemporáneas suyas, fruto de la
admiración de sus hombres; otras, más tardías, fueron el
resultado de manipulaciones interesadas. Autores latinos, árabes
y romances aluden al caballero, acrecentando de este modo la
aureola legendaria que le rodeaba.
Anteriores al Poema son el fragmentario Carmen Campidoctoris
(hacia 1090), de origen catalán; las alusiones de Ben Bassam en
su Tesoro (o Dajira, fechado en 1109); la historia de la pérdida
de Valencia escrita por Ben Alcama (hacia 1110), que no se ha
conservado, pero cuyo contenido se puede suponer a partir de las
citas de la Primera Cróxica General y de otros autores árabes;
la Historia Roderici, de la misma fecha, basada en abundante
documentación escrita, cuya lengua modifica el biógrafo en
alguna ocasión.
Es probable que a lo largo del siglo XII se fuera reuniendo en
el monasterio de Cardeña una colección de materiales sobre el
Cid, denominada Estoria del Cid: a mediados del siglo XIII esta
obra ya había sido concluida y presentaba parte del Poema. La
Estoria fue ampliamente utilizada por la Primera Crónica General
(anterior a 1289), que se apartaba de este modo de las noticias
de D. Lucas de Tuy y de D. Rodrigo Jiménez de Rada ( 1236 y
1243, respectivamente). La información de la Estoria pasó de la
Primera Crónica General a otros textos, junto con
reelaboraciones del mismo Poema . Así se explican las
prosificaciones contenidas en la Crónica de Castilla (o Crónica
Particular del Cid, en la Crónica de Veinte Reyes, en la Crónica
de 1344 (o Segunda Crónica General ), en la Tercera Crónica
General (publicada por Ocampo en 1541)... En todos estos textos,
la figura del Cid ocupa un lugar central, a la vez que sus
hazañas se vieron enriquecidas con la adición de nuevos
personajes y episodios que buscaban hacer del protagonista no
sólo un héroe castellano, vinculado al monasterio de Cardeña
-donde estaba enterrado-, sino un héroe de la Cristiandad,
vencedor del Islam.
La fama alcanzada por el Cid amplió el horizonte de interés del
público y, al lado de las hazañas que realizó bajo el reinado de
Alfonso VI, empezaron a aparecer textos que narraban proezas de
la juventud del héroe, que preludiaban las victorias que
lograría en su madurez. Rodrigo pasó a desempeñar un papel
importante en las obras que aludían al reparto de los reinos que
llevó a cabo Fernando I entre sus hijos y los enfrentamientos a
que dieron lugar, fundamentalmente entre el rey de Castilla,
Sancho II, y el de León, Alfonso VI: había nacido el ciclo épico
del Cid. La unión de unos cantares con otros exigiría crear
episodios nuevos, como la Jura de Santa Gadea; y la fama le dio
longevidad, para que pudiera aparecer como consejero de Fernando
I, a pesar de su juventud. El paso siguiente consistiría en
crear un Rodrigo Díaz joven, pero seguro de sí mismo, como en su
madurez, dispuesto a defender a su rey ante cualquier agresión
fisica o moral: ése será el motivo principal de Las Mocedades de
Rodrigo .
Las Mocedades de Rodrigo.
Este cantar de gesta ha recibido títulos variados: Rodrigo,
Mocedades de Rodrigo, Refundición de las Mocedades de Rodrigo,
Rodrigo y el rey Fernando y Crónica rimada del Cid . Se conserva
en un manuscrito tardío de la Biblioteca Nacional de París (ms.
espagnol, 12), de finales del siglo XIV, redactado posiblemente
en Palencia o en algún lugar dependiente de esta diócesis.
Alan Deyermond, que ha estudiado con meticulosidad este poema,
sitúa la redacción original del texto conservado entre 1350 y
l360, obra de un autor culto -posiblemente clérigo- que
reelaboró un cantar de gesta anterior (Gesta de las mocedades de
Rodrigo, perdido), en actitud similar a la del anónimo
reelaborador del Poema de Fernán Gonzalez, con el que tiene no
pocas deudas; pero, a diferencia de éste, el autor de Las
Mocedades no ha recurrido a un metro regular, perfectamente
culto, sino que ha empleado la versificación propia de la
juglaría, de extraordinaria irregularidad.
Consta el texto conservado de una introducción en prosa y de
1.164 versos, que se reparten en 33 tiradas, con absoluto
predominio de asonancias a-o (que aparecen en quince tiradas con
un total de 972 versos). El número de versos por tirada oscila
entre los 264 (de la laisse XVII) y los dos versos de varias
tiradas (11, IV, V, etc.): en estos casos es probable que se
trate de restos de tiradas, pues se insertan en medio de otra
más extensa, rompiendo la asonancia, como si se tratara de
islotes que perviven; así, las tiradas III, V y VII (con
asonancia en á ), y que cuentan con 13, 2 y 7 versos,
respectivamente, alternan con otras tantas tiradas seguidas con
asonancia -o (la IV, de 2 versos; la VI, de 12, y la VIII, de
108 versos).
Igual que en otros cantares de gesta, resulta imposible dejar un
número determinado de sílabas por verso, aunque hay una marcada
tendencia a los versos de 16, 15 y 14 sílabas, con cesura tan
pronunciada que el copista de finales del siglo XIV copió los
hemistiquios en dos renglones consecutivos, como si se tratara
de sendos versos. Es significativa la tendencia hacia los versos
de 16 sílabas y la presencia de la cesura tras la octava, pues
muestra el camino recorrido desde el Poema de Mio Cid y la
fijación de la norma que será habitual en el Romancero.
La introducción del texto conservado es de carácter histórico
sobre los Jueces de Castilla, Nuño Rasura y Lain Calvo. El verso
comienza con el pleito de Fernán González y el rey de León, que
concluiría con la independencia de Castilla; descendiente del
belicoso conde fue Sancho Abarca, primer rey castellano, que
halló la tumba de S. Antolín junto a Palencia: el hallazgo da
pie al autor para narrar la historia de la diócesis palentina.
Del otro Juez descienden Rodrigo Díaz, «el buen gobernador», y
las principales familias castellanas. Durante el reinado de
Fernando I se produjeron roces entre los descendientes de ambos
jueces; como consecuencia de uno de ellos, Rodrigo Díaz mata a
D. Gómez de Gormaz y apresa a sus dos hijos varones. Las tres
hijas acuden al padre de Rodrigo (Diego Laínez) a pedir
clemencia para sus hermanos, y obtienen su liberación. Jimena,
una de las hijas de D. Gómez, pide en matrimonio a Rodrigo, para
apaciguar los ánimos. El rey convoca a Diego Lainez y a Rodrigo
para comunicárselo, pero éstos recelan traición y toman
precauciones, que sorprenden al mismo rey. Al recibir por esposa
a doña Jimena, también se sorprende Rodrigo, pues no lo
esperaba, y promete no consumar el matrimonio hasta después de
haber vencido en cinco batallas campales: derrota al moro Burgos
de Ayllón; acepta el reto del mensajero del rey aragonés, pero
aplazan el encuentro, porque Rodrigo quiere ir como peregrino a
Santiago y a Santa María de Rocamador: al regresar se encuentra
con un leproso, Lázaro, que le anuncia que cuenta con el apoyo
divino. Cumple la segunda lid, venciendo a un conde navarro. La
tercera batalla es contra cinco reyes moros. En la cuarta,
derrota a los traidores condes de Campó y repone al obispo
Bernaldo al frente de la diócesis de Palencia. En esto llegan
cartas del emperador, del rey de Francia y del Papa exigiéndole
tributo al rey castellano.
Las tropas de los cinco reinos españoles van a Francia; allí,
Rodrigo nombra alférez a su sobrino Pedro Vermúdez y derrota
(quinta lid) al conde de Saboya, que paga el rescate de su
prisión entregándole su hija a Rodrigo; éste se la da al rey
Fernando para que embarragane con ella a Francia.
Llegan a las puertas de París; Rodrigo, que ya recibe el nombre
honorífico de Ruy Díaz, reta a los Doce Pares. Son recibidos por
el Emperador, el Papa y el rey de Francia; acuerdan dirimir sus
diferencias en combate campal, pero, cuando van a enfrentarse,
la hija del conde Saboyano da a a luz un niño varón, hijo del
rey de Castilla, que es bautizado por el Papa y apadrinado por
el Emperador y el rey de Francia. Deciden treguas para doce
años. (Y aquí se interrumpe el texto del manuscrito.)
El cantar de gesta que acabamos de resumir da la impresión de
que contiene importantes alteraciones y desajustes
estructurales, atribuibles en algún caso a las lagunas de la
copia (que son, por lo menos, una decena); pero es muy posible
que parte de las incongruencias ya se encontraran en el poema
que sirvió de base para el texto de finales del siglo xiv. En
efecto, la presencia de islotes de asonancias -como indicamos
más arriba- atestigua que el cantar de gesta que conocemos es la
refundición de otro anterior, posiblemente más rico desde el
punto de vista de la forma.
Al analizar la estructura de Las Mocedades, da la impresión de
que nos hallamos ante sustanciales alteraciones del poema
original. Desde el punto de vista temático, es indudable la
existencia de varios núcleos bien definidos: la introducción
histórica, las hazañas de Rodrigo en la Península y las proezas
en Francia. Por eso no extraña que, desde que lo sugirió S.
Armistead, muchos estudiosos consideren que el cantar de gesta
debe ser dividido en dos partes que tendrían como finalidad el
encumbramiento del rey Fernando entre los demás reyes
peninsulares, de forma que todos lo tienen por «emperador», y el
encumbramiento del castellano entre los príncipes más poderosos
de la Cristiandad, de tal modo que acaba siendo «par de
emperador».
La única traba que hay a que esta división sea unánimemente
aceptada, la constituye la quinta batalla campal, con la que se
cumple el voto de Rodrigo. Es posible que S. Armistead y A.
Deyermond tengan razón al considerar que la promesa quedaba
cumplida con la reposición del obispo Bernaldo en la sede
palentina, pues la ausencia de Rodrigo debería interpretarse
como que el héroe había ido a consumar su matrimonio con doña
Jimena. Sin embargo, una laguna en este episodio impide aceptar
de forma decidida la hipótesis: es cierto que el desplazamiento
de la quinta batalla (que sería la del conde Saboyano) rompe el
equilibrio estructural bimembre del poema y resta fuerza al
episodio del obispo de Palencia, pero no es menos cierto que nos
encontramos ante un texto muy deturpado y que no brilla
precisamente por sus logros estéticos o artísticos en general.
Las alteraciones son más significativas aún si se tiene en
cuenta que debieron existir otros cantares de gesta sobre la
juventud del Cid, a juzgar por los testimonios de las Crónicas y
del Romancero: ese poema perdido (o esos poemas perdidos) se
denomina -siguiendo a S. Armistead- Gesta de las mocedades de
Rodrigo y se encuentra prosificado en la Crónica de Castilla y
en la Crónica de 1344, ambas de la primera mitad. del siglo XIV
y, por tanto, anteriores al texto copiado en el manuscrito de la
Biblioteca Nacional de París. El silencio de la Primera Crónica
General -que recoge abundantes cantares de gesta- y las
alusiones escuetas y poco relevantes de otros textos cronísticos
del siglo XIII hacen pensar que la perdida Gesta nació muy a
finales de la centuria o a principios de la siguiente. De esta
Gesta debió surgir una versión en la que se exageraban algunos
rasgos (especialmente de la personalidad de Rodrigo); de esta
nueva reelaboración descenderían, por una parte, las citadas
prosificaciones; por otra, Las mocedades de Rodrigo; por otra,
los romances que presentan al orgulloso y soberbio Rodrigo
joven; y, finalmente, distintos ecos contenidos en obras del
siglo xv y xvi (como el Libro de las bienandanzas e fortunas de
Lope García de Salazar, de 1471, y la amplificación anónima del
Compendio Historial de Diego Rodríguez de Almela, que es
anterior a 1516).
El texto de Las mocedades presenta curiosas divergencias con
respecto a los otros testimonios conservados: Rodrigo es más
violento y soberbio, y, sobre todo, la diócesis de Palencia
adquiere un protagonismo desconocido en las prosificaciones de
las Crónicas, claro testimonio de los intereses que movían al
anónimo autor.
Las mocedades de Rodrigo, texto tardío de la épica castellana,
muestran la huella de los cantares de gesta en que se inspira,
pudiéndose distinguir entre sus versos la presencia de cinco
poemas épicos, por lo menos: Poema de Mío Cid, Cantar de Sancho
II, Cantar de los Infantes de Lara, La Condesa traidora y Poema
de Fernán Gonçález (que es ampliamente utilizado). Pero los
materiales empleados por el anónimo reelaborador incluyen
también elementos procedentes del folklore (como la fuga del
prisionero ayudado por una mujer o el tributo anual de quince
doncellas, entre otros muchos ejemplos); alusiones a personajes
de cantares de gesta franceses (Almerique de Narbona o el
palazin de Blaya). Por otra parte, Las mocedades presentan
curiosas coincidencias, difíciles de aclarar, con obras
literarias de su época, como el Libro de Buen Amor y, sobre
todo, el Poema de Alfonso XI de Rodrigo Yáñez. No todo este
material fue aportado por el clérigo palentino; hay que suponer
que desde que nació la Gesta cada nueva versión se vio
enriquecida con elementos nuevos, no siempre homogéneos, que
alteraron notablemente el poema original, sin mejorarlo.
Roncesvalles
Los únicos cien versos conservados de este cantar de gesta
fueron copiados hacia 1310 (como el Poema de Mío Cid y
constituyen dos folios sueltos que aparecieron entre las hojas
de un censo o registro de vecinos de Navarra, el Libro de fuegos
de todo el Reyno, y se custodia actualmente en el Archivo
Provincial de Pamplona. El pergamino presenta costuras que
indican que en tiempos pretéritos fue utilizado como carpeta o
bolsa: el deterioro que ha sufrido el texto debido al roce ha
sido grave y las posibilidades de recuperar el resto del cantar
son prácticamente nulas.
El texto original copiado en el pergamino pamplonés debió ser
redactado a finales del siglo XIII, según Jules Horrent, aunque
R. Menéndez Pidal pensaba en una antigüedad mayor que situaría
el poema en el primer tercio del mismo siglo. Este texto fue
copiado en Navarra y presenta los rasgos propios de la tradición
gráfica de la región aunque los dialectalismos
navarro-aragoneses son muy escasos en los cien versos
conservados.
Los dos folios narran el planto que realiza Carlomagno por
algunos de sus vasallos en el campo de Roncesvalles: Turpín,
Oliveros, Roldán. Carlomagno se desmaya a continuación.
Mientras, Aimón lamenta la muerte de su hijo Renalte de
Montalbán. Luego, Aimón, Salomón de Bretaña y Berard, hijo de
Thierry de Ardenne, consuelan y reaniman al emperador.
El texto consta de seis tiradas muy desiguales tanto por el
número de versos (64 la segunda, cinco la tercera, seis la
cuarta, 13 la quinta; las tiradas primera y sexta -obviamente-
están incompletas) como por las sílabas que constituyen esos
versos, aunque hay una indudable tendencia a las catorce sílabas
repartidas en dos hemistiquios de siete. La rima es asonante.
El anisosilabismo presenta notables coincidencias con las
inclinaciones métricas del Poema de Mío Cid, ya que en ambos
casos el predominio de hemistiquios heptasilábicos es absoluto
(39% de los casos seguros en ambos poemas), a la vez que los
hemistiquios de ocho silabas constituyen una cuarta parte del
total. Igual que en el Poema de Mio Cid, en el Roncesvalles se
podría considerar un principio rítmico -no métrico- como
organizador de los versos: en ambos casos estaríamos ante
resultados similares de una misma estética.
El Roncesvalles está emparentado con algunas versiones rimadas
de la Chanson de Roland como el Ronsasvals provenzal, y tiene
puntos de contacto con la Crónica de Pseudo-Turpín y el Carmen
de Prodicione Guenonis, entre otros. Es, además, un texto de
extraordinaria importancia, pues es el único cantar de gesta que
muestra de forma clara e inequívoca la presencia de la materia
épica francesa en la Península Ibérica.
Frente a la tradición transpirenaica, el Roncesvalles tiene
rasgos de sorprendente originalidad, como la alusión a la
lanzada recibida por Carlomagno ante Zaragoza (verso 76), que le
impidió conquistar la ciudad; o como la presencia de Reinaldos
de Montalbán entre los combatientes muertos en Roncesvalles, que
remite a una tradición ajena a la épica rolandiana, aunque
conocida en algunos textos italianos siglo y medio posteriores.
Reinaldos -a juzgar por el fragmento conservado- debió ser héroe
de indudable relieve en el Roncesvalles, donde desempeñaría un
puesto destacado en la hueste franca, pero antagónico con
Roldán.
Junto a los personajes citados, hay otros que tampoco pertenecen
a la tradición de la Chanson de Roland (Aymón, Berard o Beart,
Terrín d'Ardayna...) y que se encuentran vinculados con Renaud
de Montauban, gesta francesa que posiblemente tuvo una versión
española a lo largo del siglo XIII.
El llanto de Carlomagno sobre las cabezas de sus hombres
recuerda no poco algunos trozos del Cantar de los Infantes de
Lara: ni en la Chanson de Roland, ni en otros textos
relacionados con ella existen nobles decapitados en la batalla
de los Pirineos. También aquí se trata de un cruce con cantares
de gesta de la misma época: el recuento de textos latinos y en
lengua romance, cronísticos y épicos, pone de relieve la mezcla
de fuentes y el acopio de materiales de la más diversa índole:
ello no quiere decir necesariamente que el autor fuera un hombre
versado en la historiografía de su momento; bastaba con que
fuera un juglar conocedor de los textos más habituales.
Los textos reconstruidos
Cantar de los Infantes de Lara
En la Primera Crónica General, redactada antes de 1289, se
narran por extenso los hechos que dieron lugar a la cólera de
doña Lambra y la venganza que tomó. La Crónica de 1344 y una
Interpolación de la Tercera Crónica General (copiada en 1512)
recogen los mismos hechos, con abundancia de detalles nuevos y
con un desenlace más extenso: gracias a estos dos textos, que
prosifican un cantar de gesta perdido sin alterar demasiado los
versos, se ha podido reconstruir parte del poema que les sirvió
de base, contando además con el apoyo de alguna otra obra de
carácter historiográfico, como la Crónica General Toledana
(hacia 1460).
Según la Primera Crónica General, durante las bodas de doña
Lambra con Ruy Velázquez, tío materno de los Infantes, se
produjo un enfrentamiento entre Alvar Sánchez, primo de la
novia, y Gonzalo González, el menor de los hermanos, debido a la
alabanza que hizo doña Lambra de su primo por la habilidad que
había mostrado al arrojar la lanza contra el tablado. En la
discusión que sigue al triunfo mayor aún de Gonzalo, éste mata
al pariente de la novia. Algún tiempo más tarde, en Barbadillo,
Gonzalo se baña desnudo, pensando estar a solas, pero doña
Lambra lo ve y se siente afrentada, considerando tal actitud
como un intento de seducción por parte del menor de los
infantes, y responde con otro insulto: ordena a un criado suyo
que arroje un cohombro ensangrentado al pecho de Gonzalo; éste
mata al ofensor, que se había refugiado bajo el manto de doña
Lambra. La dama se siente gravemente afrentada tanto por la
muerte de su pupilo como por la sangre que le ha salpicado. Y
pide venganza por la deshonra.
La venganza tiene una doble vertiente: por una parte, Gonzalo
Gústioz, padre de los infantes, es enviado a Córdoba ante
Almanzor con cartas que piden su propia muerte; por otra, se
tiende una emboscada a los hermanos que, a pesar de su valerosa
resistencia, son decapitados y las cabezas enviadas a Córdoba,
donde el padre las identifica con profundo dolor.
Una mora consuela a don Gonzalo, y Almanzor le da la libertad;
antes de regresar a sus tierras, se entera de que la mora espera
un hijo suyo: para que pueda reconocerlo, le da medio anillo y
guarda la otra mitad. Mudarra -ése es el nombre del hijo- crece
y marcha a Salas para conocer a su padre y vengar a sus
hermanos. Así lo hace: mata al traidor Ruy Veláquez y quema,
tiempo después, a doña Lambra.
La Crónica de 1344 añade algunos detalles reveladores, que
faltan en la historia alfonsí y que demuestran, por tanto, que
el recopilador utilizaba fuente distinta a la empleada por el
equipo de Alfonso X. En especial, los capítulos que la Crónica
de 1344 dedica a los acontecimientos a partir del envío de las
cabezas a Córdoba son completamente distintos a los de la
Primera Crónica General, con una mayor riqueza de detalles,
técnica que se mantiene hasta el final de la narración, que
además se completa con elementos procedentes del folklore y de
la narrativa oral (como es el nuevo carácter del bastardo
Mudarra o las virtudes maravillosas del anillo).
El estudio profundo de la leyenda, según las variantes
contenidas en las crónicas, muestra que el texto más extenso y
detallado, el de la Crónica de 1344, tiene dos partes bien
diferenciadas, que responden a costumbres sociales y políticas
muy distintas en el tiempo, a la vez que presenta dos
concepciones diferentes de la sociedad, como ha señalado con
sagacidad C. Acutis: en la primera dominan ideas y actitudes
propias del siglo XI y aun anteriores, con elementos
característicos de la épica germánica, entre los que destaca la
venganza familiar y los vínculos de sangre. En la segunda parte,
el código antiguo ha caído en desuso y ha sido reemplazado por
otro sistema de valores, en el que -entre otras cosas- la
justicia la imparte la colectividad y no el individuo o la
familia: el mundo germánico es sustituido por el románico. Tal
situación se extiende a lo largo del siglo XII y triunfa en el
siglo XIII. De ser exacto este planteamiento, la historia de
Mudarra, recogida de forma esquemática en la Primera Crónica
General, estaba empezando a desarrollarse, mientras que en la
Crónica de 1344 ya había adquirido su fisonomía madura.
Estas ideas suponen -con R. Menéndez Pidal- la existencia de
tres versiones distintas, por lo menos: la primera, de finales
del siglo X y, por tanto, cercana a los hechos históricos que se
fechan en 974 ó 990; la segunda, de hacia 1250; y la tercera,
compuesta alrededor de 1320. La suposición del primer cantar,
perfectamente justificable por sorprendentes detalles
cronológicos e históricos, es arriesgada, pues no hay
testimonios anteriores a 1289.
El Cantar de los Infantes de Lara llama la atención por la
violencia de las pasiones: las agresiones y malentendidos de
claras connotaciones sexuales del comienzo, o la cruel venganza
de doña Lambra, primero, y de doña Sancha después (en la versión
recogida por la Crónica de 1344 ), pertenecen más al espíritu de
la epopeya germánica que al de los cantares de gesta románicos.
En este sentido, E. von Richthofen ha revelado sorprendentes
paralelismos con textos escandinavos y germánicos en general,
que pudieron haber llegado a Castilla a través de crónicas
latinas, con el séquito de Cristina de Noruega -que llegó a la
Península en 1257 para casarse con uno de los hermanos de
Alfonso X- o con los contingentes nórdicos que tomaron parte en
las Cruzadas y que, en ocasiones, se detuvieron largo tiempo en
la Península, interviniendo en acciones bélicas.
Cantar de Sancho II.
Ya en la Crónica Najerense (segunda mitad del siglo XII)
aparecen datos sobre la muerte del rey castellano Sancho II
durante el asedio de Zamora, el año 1072. En los cien años que
separan el acontecimiento histórico y el relato de la Najerense
surgió un poema épico en latín (Carmen de morte Sanctii Regis )
y, posiblemente, también un cantar de gesta en lengua vulgar.
En la Primera Crónica General se encuentra de nuevo la narración
detallada de los sucesos zamoranos. En el siglo que separa esta
obra alfonsí de la Crónica Najerense, se han producido nuevas
alteraciones, de forma que el planteamento y los personajes son
distintos: según la versión de la Primera Crónica General, es
García, rey de Galicia, el principal motor de los hechos,
quedando libre de toda culpa Sancho, la víctima, que en la
Najerense había atacado a sus hermanos. No menos importante es
que en la crónica de Alfonso X, Rodrigo Díaz desempeña un papel
de primera magnitud, siendo protagonista esencial de algún
episodio como el de la Jura de Santa Gadea, muestra evidente del
prestigio alcanzado por el Poema de Mío Cid y del proceso de
formación del ciclo cidiano.
Así pues, es muy probable que existieran dos versiones distintas
del Cantar de Sancho II : la más antigua, recogida en la
Najerense, debía concluir con la muerte del rey castellano a
manos de Bellido Adolfo (Vellido Dolfos), de modo que la promesa
de mantener la división de los reinos, que Sancho había hecho a
su padre y que, evidentemente, no había mantenido, le hacía
culpable de perjurio y era castigado con violenta muerte. Tras
el asesinato, el ejército castellano levantaba el sitio. En esta
primera versión, García Ordóñez (García de Cabra) y Rodrigo Díaz
compartían fama y prestigio, como compañeros y amigos.
En la segunda versión, recogida en la Primera Crónica General,
la muerte del rey don Sancho provoca el curioso reto de Diego
Ordóñez a los zamoranos y el ambiguo resultado del duelo
judicial en el que participan Arias Gonzalo y sus hijos: la duda
sobre la culpabilidad de los sitiados, de doña Urraca y de don
Alfonso no se disipa y, por eso, Rodrigo Díaz, antes de hacerse
vasallo del nuevo rey, le exige que jure que no «tuvo parte» en
la muerte de su hermano Sancho. En esta segunda versión, la
responsabilidad del rey castellano queda mitigada, aunque ello
no supone una mayor carga de culpa sobre los leoneses.
El análisis del Cantar de Sancho II permite entrever algunos
aspectos significativos de su contenido: el equilibrio -en la
primera versión- entre el pecado de Sancho, al no cumplir la
promesa, y el castigo, con el arrepentimiento final: sin duda,
la magnitud del perjurio y del perjuro eran suficientes para
mantener el interés del público. Por otra parte, el
planteamiento exculpatorio -en la segunda versión-, que reduce
el motor del crimen a la persona de doña Urraca, haciéndose eco,
sin duda, de una larga tradición acusatoria, como atestiguan el
epitafio del sepulcro de Sancho II, publicado por C. Reig, junto
con otros testimonos no menos representativos:
Sanctius, forma Paris et ferox Hector in armis,
Clauditur hac tumba jam factus pulvis et umbra
Femina mente dira, soror, hunc vita expoliavit
Iure quidem dempto, non flevit, fratre perempto.
Rex iste occisus est proditore consilio sororis suae Urracae,
apud Numantiam civitatem, per manu Belliti Adelfis, magni
traditoris. In era MCII, nonis octobris, rapuit me cursus ab
horis.
[Yace en esta tumba el polvo y la sombra de Sancho; era un Paris
por lo hermoso, un Héctor por lo fiero en las armas. Le quitó la
vida su hermana, mujer de ánimo cruel, que no le lloró. Fue
muerto este rey junto a la ciudad de Zamora, el 9 de octubre de
1072, por el traidor consejo de su hermana Urraca y por mano de
Vellido Dolfos, gran traidor.]
En el Cantar de Sancho II se pueden apreciar, además, otros
elementos no menos sobresalientes, como la crueldad de Urraca,
que podría recordar a doña Lambra de los Infantes de Lara; o la
actitud de Rodrigo Díaz, vasallo fiel de un señor perjuro: la
lealtad a su rey le obliga a faltar a la promesa que hizo a
Fernando I, que le había pedido que fuera consejero de sus
hijos. En este sentido, la elección trágica es comparable a la
de Bernier, fiel vasallo del violento Raoul de Cambrai, en el
cantar de gesta francés que recibe el nombre de este héroe.
Del mismo modo, las premoniciones y advertencias juegan un papel
de primera magnitud para acrecentar la tensión de los
acontecimientos: primero, la profecía de Arias Gonzalo sobre las
calamidades de la partición del reino; luego, el aviso de los
zamoranos con la advertencia sobre la persona de Vellido Dolfos.
El resultado ambiguo de los duelos judiciales y la actitud no
menos ambigua de los principales personajes ayudan a crear una
atmósfera de duda sobre la rectitud del comportamiento del rey
castellano y de sus hermanos, sin verter acusaciones directas.
La reconstrucción parcial del Cantar, los restos del Romancero y
las prosificaciones sólo dan una pálida idea del valor real y
del profundo dramatismo de este poema lamentablemente perdido.
Los textos perdidos.
A lo largo de las páginas precedentes hemos hablado de distintas
versiones de cantares de gesta, cuya existencia se deduce a
partir del cotejo de las prosificaciones contenidas en las
crónicas de los siglos XIII-XIV. Gracias a estas noticias se
puede recomponer de forma aproximada el poema que sirvió de base
o los episodios fundamentales del mismo. La situación es más
delicada cuando se trata de otros cantares de gesta, de los que
apenas queda algo más que un título vago o una referencia
escueta; en estos casos hay un peligro grave: pensar que son
cantares de gesta algunas narraciones que sólo recogen leyendas
locales o anécdotas en las que se mezcla el folklore con
recuerdos literarios difusos. La combinación de datos
suministrados por fuentes distintas, independientes entre sí,
permite pensar en la existencia de algunos de estos textos
épicos. En este sentido, la confrontación de la Crónica
Najerense (mediados del siglo XII) con otros textos latinos
(Tudense, antes de 1236; Toledano, antes de 1243) y con la
Primera Crónica General (antes de 1289), la pervivencia de
ciertos temas en la epopeya y en el Romancero viejo, los rasgos
épicos de algunos episodios..., todo ello unido contribuye a
hacer pensar en la existencia de cantares de gesta que se han
perdido, pero cuyo contenido puede reconstruirse, con todo tipo
de salvedades, a partir de los testimonios indirectos.
La Condesa traidora.
En el denominado ciclo de los Condes de Castilla se incluye este
cantar de abundantes motivos folklóricos y apasionados
sentimientos. El asunto aparece por primera vez en la Crónica
Najerense y reaparece en el De rebus Hispaniae del Toledano y en
la Primera Crónica General, de donde pasa a otros textos
históricos.
Según la Najerense, el rey árabe Almanzor seduce a la mujer del
conde Garci Fernández, que dispuesta a acabar con su marido, le
alimenta mal el caballo y engaña al conde para hacer que caiga
en manos de los árabes. Sancho García, hijo de la víctima,
consigue regresar de la emboscada; su madre le da una copa
envenenada para que sacie la sed, pero una esclava le avisa: el
hijo obliga a la madre a beber y así muere la condesa traidora.
Luego, Almanzor es derrotado y Córdoba destruida.
Esta narración, simple y efectista, adquiere nuevos tonos en la
crónica del Toledano y en la alfonsí. El texto de Ximénez de
Rada procura ser crítico con la información que tiene y renuncia
a los detalles que le resultan dudosos o poco probados, a la vez
que racionaliza la relación de causalidad entre los sucesos:
aprovechando las discordias entre Garci Fernández y su hijo, los
árabes atacan Castilla. El conde muere en Medinaceli pocos días
después del combate, a consecuencia de las heridas recibidas, y
es enterrado en Cardeña. la condesa viuda se enamora de un rey
árabe y, para poder casarse con él más fácilmente, intenta
envenenar a su hijo Sancho, pero éste hace que su madre beba la
pócima y muera; luego el conde conquista Córdoba.
En la Primera Crónica General, el contenido se complica,
aproximándose a una narración novelesca. El conde Garci
Fernández se casa con Argentina, noble francesa que al cabo de
seis años abandona a su marido, que está enfermo, y regresa a su
tierra con un conde francés que tenía una hija llamada Sancha.
El castellano decide vengarse, para lo que cuenta con la ayuda
de la hija de su antagonista: decapita a los amantes y se casa
con Sancha, de la que nace Sancho García.
La nueva condesa aborrece a su marido y le provoca la muerte de
forma astuta. Después de haberse enfrentado con su hijo, Garci
Fernández tiene que combatir a los árabes, es hecho prisionero y
muere cerca de Medinaceli: la condesa fue culpable, pues había
alimentado el caballo de su marido con salvado, por lo que el
animal aparentaba estar fuerte, pero carecía de resistencia.
Tras quedarse viuda, la condesa decide casarse con un rey árabe;
intenta envenenar a su hijo, pero a éste le avisa un escudero
que había conocido la traición gracias a una doncella que lo
quería bien. Sancho obliga a su madre a que beba y ésta muere.
Luego el hijo hace que la entierren en el monasterio de Oña,
construido para ese propósito. Sancho lleva a cabo una incursión
contra Toledo y conquista Córdoba.
Alfonso X ha seguido en su narración el texto del Toledano, pero
no sólo. Algunos detalles pueden tener su origen en la
imaginación del historiador; otros, en el folklore; otros, en
obras cultas; pero algunos detalles parecen remitir a la
tradición épica. Es posible que la Primera Crónica General (y,
más tarde, la Crónica de 1344 ) se haga eco de un cantar de
gesta que ya existía en la segunda mitad del siglo XII, a juzgar
por su inclusión en la Najerense, y que debió ser elaborado a
comienzos del siglo XIII, de acuerdo con unas nuevas modas: así
se explica la organización estructural en dos momentos,
profundamente marcados en la crónica alfonsí por una separación
de treinta capítulos (en los que se cuentan las batallas de
Gonzalo Gústioz). Las dos partes serían las vicisitudes del
padre y la venganza realizada por el hijo. La reelaboración de
principios del siglo XIII explicaría también la presencia del
prólogo histórico, semejante al de Los Infantes de Lara, del
Cantar de Sancho II, de Las Mocedades de Rodrigo o el Poema de
Fernán González.
Pensamos, en definitiva, que, desde el punto de vista de la
estructura, La Condesa Traidora, tal como la ha transmitido la
Primera Crónica General, se ajusta a la estética de los cantares
de gesta del siglo XIII. La importancia de las dos condesas
traidoras (Argentina y Sancha) recuerda la importancia de otras
dos condesas, Lambra y Sancha. Es muy posible que la sombra del
Cantar de los Infantes de Lara alcanzara a esta narración épica
que tiene por protagonistas al mismo conde castellano (Garci
Fernández) y al mismo paladín árabe (Almanzor) que el cantar de
los siete hermanos de Salas.
Romanz del Infant Garcia
El 13 de mayo de 1029 fue asesinado en León el infante García,
hijo del conde castellano Sancho García. Los autores del crimen
eran, al parecer, miembros de la familia Vela. La víctima
contaba veinte años y se encontraba en la ciudad para contraer
matrimonio con doña Sancha, hermana del rey Vermudo III de León.
La Crónica Najerense narra lo ocurrido, sin distanciarse
demasiado de los hechos históricos, pero añadiendo no pocos
detalles -reales o ficticios- sobre los sucesos: el conde Vela y
sus hijos matan a todos los castellanos que encuentran dentro
del recinto amurallado de León; toman el palacio y asesinan al
infante, que estaba indefenso hablando con Sancha. Un poco
después, la Najerense nos informa de que Sancho de Navarra
castigó a los asesinos.
La narración de los hechos reaparece en el Tudense, en el
Toledano y, naturalmente, en la Primera Crónica General, de
donde pasará a la Crónica de Veinte Reyes, a la Tercera Crónica
General, etc. La Crónica de 1344 también recoge esta narración,
sin grandes modificaciones. La crónica alfonsí es la que reúne
mayor número de detalles significativos y la que contiene
información más amplia. Comienza el texto recogido en la Primera
Crónica General con una breve introducción de carácter
histórico. Los Vela acuden a León cuando se enteran de la
llegada del infante castellano, dispuestos a vengarse, pues su
padre los había desterrado de Castilla años antes. García entra
en León con un importante séquito (cuarenta hombres); los
hermanos Vela (Ruy, Diego e Iñigo) le besan la mano en señal de
sumisión y recuperan la amistad del joven. García se entrevista
con Sancha, que le pide que tenga cuidado ante una previsible
traición. Mientras, los hermanos Vela deciden construir un
tablado para que bohorden los castellanos, esperando que de allí
surja un motivo para discutir y matarlos. Ante la puerta de la
iglesia de San Juan Bautista, Ruy Vela mata al joven, que tenía
trece años. Luego, castellanos y leoneses caen en una emboscada
y mueren. Doña Sancha se lamenta amargamente al ver el cuerpo
del desdichado infante. Aunque «assi fue como el arçobispo et
don Lucas de Tuy lo cuentan en su latín, dize aquí en el
castellano la estoria del Romanz dell Infant García d'otra
manera»: según el texto ahora aducido por el compilador alfonsí,
el infante había salido a la calle al oír ruido y vio a todos
sus caballeros muertos. Entonces apresaron al joven conde; de
nada sirvieron sus súplicas y las de doña Sancha. Murió García y
escarnecieron a su desposada. Luego, al pedirles el rey Sancho
de Navarra -que estaba fuera de la ciudad- el cuerpo del
infante, se lo arrojaron desde la muralla. El rey lo mand
enterrar en el monasterio de Oña, junto a su padre (aunque
-apostilla el compilador- don Rodrigo dice que lo enterraron en
León).
Los condes traidores fueron a Monzón, donde los sorprendieron el
rey navarro y sus dos hijos, don García y don Fernando. Los
apresaron, les dieron tormento y luego los quemaron. Sólo uno
consiguió escapar, Fernán Laínez, que se refugió en los montes.
El infante navarro, don Fernando, se casó con la viuda leonesa,
que prometió que no permitiría que se le acercara su esposo
hasta haberse vengado del traidor Fernán Laínez, que la
escarneció cuando el asesinato. Lograron encontrar y apresar al
fugitivo y se lo entregaron a doña Sancha para que hiciera
justicia con él: la misma infanta tomó un cuchillo, le cortó
manos y pies, le arrancó la lengua y le sacó los ojos. Luego
ordenó que lo llevaran en una mula por ciudades y mercados de
Castilla y León y que pregonaran sobre él por qué había recibido
tal suplicio.
Toda la narración de la venganza falta en los cronistas latinos
y parece proceder del cantar de gesta. Es posible que a raíz de
los hechos del año 1029, y tomando como modelo algún poema
existente, surgiera el cantar de gesta que sería reelaborado
según las pautas habituales del género en el siglo XIII:
introducción histórica y estructura bipartita, con la narración
de la fechoría y la venganza detallada, que mantiene un perfecto
equilibrio estructural.
Mainete
En el denominado ciclo de tema francés, además del fragmento de
Roncesvalles, se incluyen otros poemas cuyo contenido se puede
reconstruir parcialmente gracias a los testimonios de las
crónicas: tal es el caso del Cantar de Mainete y de Bernardo del
Carpio. El asunto del Cantar de Mainete no sería otro que el de
las hazañas de Carlomagno joven: siendo mancebo abandona Francia
y se pone al servicio del rey árabe de Toledo, Galafre. En esta
ciudad consigue el amor de Galiana, hija de su protector. Se
enfrenta en combate singular a Braimont y conquista Durandarte,
su célebre espada. Finalmente escapa de la corte de Toledo,
ayudado por Galiana, a cambio de la promesa de matrimonio. Al
morir su padre, Carlos regresa a Francia, donde se casa con su
amada.
Las mocedades de Carlomagno son objeto de un grupo de poemas muy
nutrido en el occidente europeo: el tema se encuentra en
narraciones latinas, francesas, franco-italianas, italianas y
alemanas; en la base de todas estas versiones habría un cantar
de gesta francés perdido, como ha indicado con precisión Jacques
Horrent.
También en España se conoció el tema, y es posible que
constituyera un cantar de gesta. A lo largo del siglo XIII
distintos autores se hacen eco de la juventud de Carlomagno: el
Toledano es el primero en referirse -con gran brevedad- al
destierro del noble francés. El fragmento de Roncesvalles dedica
trece versos al asunto; la Primera Crónica General (con
distintas versiones, según los manuscritos), Johannis Aegidius
Zamorensis (Juan Gil de Zamora) en su Liber illustrium
personarum (hacia 1280) y la Gran Conquista de Ultramar (final
del siglo XIII o principio del XIV) también acogen alusiones a
la leyenda, muy extensas en algunos casos, como en la Primera
Crónica General o en la Gran Conquista de Ultramar.
El interés reside en que las versiones recogidas en estos textos
peninsulares diferen notablemente unas de otras, llegando a
formar tres familias independientes entre sí por lo que se
refiere a los motivos que impulsaron a Carlomagno a abandonar
Francia. Sin embargo, todos ellos muestran gran homogeneidad al
situar los hechos en Toledo; la divergencia que presenta la Gran
Conquista de Ultramar en los nombres se debe -sólo- a que el
autor de esta obra ha arabizado los nombres propios de los
protagonistas. La abundancia de variantes y la documentación de
Toledo, Zamora y Salamanca, fechada en el siglo XIII, que
presenta nombres emparentados con los de los personajes del
Mainete, hicieron pensar a algunos estudiosos que la obra era
originariamente un cantar de gesta escrito por un autor
toledano, quizá un francés asentado en esta ciudad, y que, de
España, el poema pasó al resto de Europa. Para llevar a cabo su
labor, el juglar en cuestión se debió inspirar en el destierro
que sufrió Alfonso VI en Toledo al ser derrotado por Sancho II
(1072). Los estudios de Jacques Horrent hacen más verosímil
considerar una adaptación hispánica del poema francés, al amparo
del recuerdo histórico de la presencia del rey leonés en la
ciudad árabe: la diferencia con el original francés quedaría
marcada especialmente por el papel primordial que adquiere
Galiana y por la hispanización del entorno.
Las variantes que presentan la Primera Crónica General y la Gran
Conquista de Ultramar parecen indicar que proceden de fuentes
distintas. En el primer caso, la información alfonsí derivaría
de un cantar de gesta castellano, adaptación del perdido poema
épico francés. La Gran Conquista de Ultramar, por su parte,
deriva de un texto francés que ya habia reelaborado la chanson
de geste original, dándole matices más novelescos. Sea como
fuera, el Mainete no debió tener una vida demasiado intensa en
la tradición oral: ni la Crónica de 1344 lo recoge, ni han
quedado testimonios de estas mocedades carolingias en el
Romancero viejo.
Bernardo del Carpio
Los problemas que plantea la leyenda de Bernardo del Carpio son
diferentes de los que hemos tratado hasta ahora. De todas las
cuestiones que suscita, una de las más importantes es la
derivada de la heterogeneidad del contenido mismo según nos lo
han conservado las crónicas. En este sentido, hay que señalar la
existencia de dos tradiciones distintas, por lo menos, que hacen
de Bernardo hijo de Jimena, hermana del rey de España, y del
conde San Díaz; o bien lo convierten en hijo ilegítimo de Tiber,
hermana de Carlomagno, y de un conde español. Es decir, en el
primer caso se trataría de un héroe hispánico, mientras que en
el otro es medio francés. A partir de ahí, todo se complica.
El relato más extenso es el incluido en la Primera Crónica
General, que, apoyándose en cantares e fablas, presenta al héroe
como sobrino natural de Alfonso II o de Carlomagno. Bernardo
derrota a las tropas francesas en Roncesvalles, pero luego ayuda
a Carlomagno a conquistar Zaragoza. A continuación se subleva
contra Alfonso III para conseguir la libertad de su padre, pero
accede finalmente a entregar su castillo a cambio de que el rey
lo saque de la prisión: Alfonso III le devuelve sólo el cadáver,
pues el conde había muerto unos días antes. Bernardo, a
continuación, se refugia en París, pero abandona esta ciudad
para regresar a España; arrasa todo a su paso y vence a los
árabes.
Las abundantes incongruencias internas de los hechos narrados en
la Primera Crónica General no encuentran explicación en sus
precursores (Tudense y Toledano) ni en el Poema de Fernán
González, que también se ocupa del héroe y de sus hazañas en la
introducción histórica.
La única explicación coherente ya fue señalada por Jules Horrent
en 1951: la Primera Crónica General recibe una tradición en la
que se habían unido dos cantares de gesta distintos con
protagonistas homónimos (Bernardo, Alfonso, Carlos), lo que
había facilitado la confusión. Uno de estos cantares de gesta
presentaba un drama de familia, mientras que el otro era de
asunto carolingio y situaba los hechos en relación con la
batalla de Roncesvalles.
El «drama de familia» tenía lugar en el reino leonés, bajo
Alfonso III (rey desde el año 866), e incluiría la prisión del
padre de Bernardo por sus amores ilícitos con la hermana del
rey, las hazañas de Bernardo y, posiblemente, la escena final de
la entrega del cadáver del prisionero.
El cantar de asunto carolingio tenía como protagonista a un
noble pirenaico, vencedor en Roncesvalles, aliado de los árabes
(según el Tudense, el Toledano y la Primera Crrónica General ),
o vencido en Roncesvalles y compañero de Carlomagno, figura
decisiva en la conquista de Zaragoza frente al rey árabe
Marsilio.
La fusión del héroe leonés y del pirenaico pudo deberse a la
animadversión que mostraron los cronistas hispanolatinos frente
a las hazañas ficticias de Carlomagno y sus Pares. La
francofobia existente en los medios clericales de finales del
siglo XII y principios del XIII justificaría la «españolización»
de Bernardo, que acabará convirtiéndose en símbolo de la
resistencia nacional (según prueba el Poema de Fernán González).
Tras tantas modificaciones -cultas e interesadas, en general-,
buscar la identidad histórica de los protagonistas es labor
arriesgada y poco relevante.
Otros cantares de gesta perdidos.
Si es discutible la existencia de ciertos cantares de gesta de
los que tenemos noticia por referencias indirectas contenidas
fundamentalmente en cronistas e historiadores, más discutible
aún es la existencia de los cantares de gesta recuperados por
los estudiosos a partir de simples intuiciones o de deducciones
más o menos fundadas. La inclusión en las crónicas de los siglos
XIII y XIV de narraciones y leyendas de carácter «épico» no
justifica que esos relatos existieran como cantares de gesta, y
mucho menos en lengua romance. La cautela se impone más aún que
en el caso de los poemas que se perdieron, pero de cuya
existencia como cantares de gesta hay certidumbre porque los
cronistas los citan como tales. La cuestión que se plantea ahora
es si existieron alguna vez esos otros cantares de gesta de los
que no queda más noticia que el carácter "épico" que atribuyen
los estudiosos a los relatos contenidos en las crónicas. Una
respuesta afirmativa no es válida en todos los casos.
Se ha hablado de la existencia de poemas épicos sobre la Pérdida
de España (o Vitiza ), Todmir (Leyenda de Teodomiro ), Covadonga
(o El rey Rodrigo ), La abdicación de Alfonso III, Los Condes de
Castilla Rebeldes, Los Jueces de Castilla, Cantar de Fernán
González, Cantar de Fernando el Magno (o Cantar de la partición
del reino o D. Fernando, par de Emperador), La Jura de Santa
Gadea, La Mora Zaida, la Peregrinación de Luis de Francia y
algún otro. Sin embargo, las crónicas sólo dejan traslucir
leyendas eclesiásticas o cultas y motivos folklóricos en la
mayor parte de éstos. Y no todos los textos de esta lista tienen
las mismas posibilidades de haber existido: el Cantar de Fernán
González parece ser el precursor del Poema de Fernán González
conservado, como indicamos al hablar de esta obra.
Se ha discutido en reiteradas ocasiones sobre el Cantar de
Fernando el Magno o de la partición del reino, en el que se
narraría el final de Fernando I y el reparto del reino
castellano-leonés entre sus hijos Sancho, Alfonso, García,
Elvira y Urraca. La Crónica de Veinte Reyes, la de 1344 y otros
textos cronísticos del siglo XIV relatan el asunto -a veces con
gran extensión- e incluso la primera de estas crónicas se
refiere al cardenal don Fernando indicando que «algunos dizen en
sus cantares» que era hijo natural del rey: de todo ello podría
deducirse la existencia de este cantar de gesta; pero no es
menos cierto que la Crónica de Veinte Reyes es la primera en
dedicar alguna atención a los hechos ocurridos en los últimos
días de vida de Fernando I, por lo que habría que deducir que el
hipotético Cantar de Fernando el Magno, centrado en el reparto
del reino y en el enfrentamiento de los hermanos, debió formarse
después de la redacción de los capítulos correspondientes de la
Primera Crónica General, es decir, a finales del siglo XIII. Sin
embargo, surgen varias dudas: una, si se trataba realmente de un
cantar de gesta; otra, si es necesario suponer ese cantar de
gesta, en vez de considerar la posibilidad de que fuera el
enlace necesario entre la Gesta de las mocedades de Rodrigo
(precursora del poema conservado) y el Cantar de Sancho II;
finalmente, se podría pensar que el denominado Cantar de
Fernando el Magno, y sobre todo el episodio de la partición del
reino, no era más que la introducción histórica frecuente en los
cantares de gesta castellanos. En el estado actual de los
estudios, cualquiera de estas opciones cuenta con argumentos
válidos, aunque no unívocos y convincentes.
En cuanto al Cantar de la Jura de Santa Gadea, parece ser más un
episodio de unión entre el Cantar de Sancho II y el Poema de Mío
Cid, pero debió tener vida independiente, pues ninguno de estos
dos textos necesita -al menos en las versiones conservadas o
reconstruidas- el merecidamente famoso episodio, ya conocido por
la Primera Crónica General. Tanto el Cantar de Fernando el Magno
como el de la Jura de Santa Gadea constituirían nexos oportunos
para la perfecta articulación de un ciclo cidiano. Creemos que
no fueron cantares de gesta, al menos con las características
habituales (entre 2.500 y 3.500 versos), pues su función de
enlace y la materia narrada exigían mayor brevedad.
La existencia de los demás textos citados en la lista no es más
que una hipótesis difícil de mantener, y no es éste el lugar
oportuno para demostrarlo.
El final de la épica.
Las transformaciones del género: la nueva épica.
Entrado el siglo XIV aparece en la Península un nuevo tipo de
poesía narrativa de tono heroico: las crónicas particulares
rimadas. No cabe olvidar que el propósito de una crónica y el de
un poema épico pueden coincidir, pues ambos sirven en ocasiones
para probar la nobleza (o divinidad, como ocurre en la Eneida )
de un linaje o familia, o bien para animar el espíritu guerrero
de una colectividad (recuérdese que el Poema de Mío Cid tal vez
quería resucitar el espíritu de cruzada, como ha señalado J.M.
Fradejas), o de un grupo (las crónicas se presentan como lectura
obligada para nobles desde Alfonso X, con testimonios tan
importantes como el de Alonso de Cartagena en su Epístola al
Conde de Haro); además, no debemos olvidar que algunos poemas
épicos tienen un diseño biográfico, como ocurre con el Poema de
Mío Cid o con la leyenda del primer conde de Castilla tal como
se nos muestra en el Poema de Fernán González.
El Poema de Alfonso XI
Conservado en dos manuscritos incompletos del siglo XV
estrechamente relacionados entre sí, el Poema de Alfonso XI ha
planteado durante mucho tiempo algunos problemas referidos a su
autor, a su fecha, a la lengua del original e, incluso, al
género literario en el que debe ser encuadrado.
Se trata de una narración de 2459 cuartetas octosilábicas (con
numerosas lagunas), con rimas abab en la mayoría de los casos,
en la que se relatan varios hechos del reinado de Alfonso XI
(1311, 1312-1350), -en los que desempeñó un papel importante el
levantisco don Juan Manuel- y en especial la batalla del Salado
(1340).
En el texto el autor deja claro su nombre, "yo, Rodrigo Yannez,
la noté / en lenguaje castellano" (estr. 1844 de la ed. de Yo
ten Cate). Sin embargo, son tan numerosos los leonesismos y los
lusitanismos -que afectan a la rima- que resulta ineludible la
idea de que el autor escribiera en alguna modalidad occidental,
no en "lenguaje castellano"; por otra parte, la actitud de
Rodrigo o Ruy Yáñez con respecto a los asuntos de Portugal no es
la de un caballero portugués, sino que más bien coincide con la
actitud de los castellanos. Y así, la conclusión generalmente
aceptada es que el autor fue un portugués desnaturalizado, que
viviría en Castilla: a esa doble circunstancia se deberían los
occidentalismos tan frecuentes, que no siempre pudieron ser
corregidos por el copista castellano.
El Poema fue escrito en vida del rey Alfonso XI, poco tiempo
después de la batalla del Salado (1340), en la que los reyes de
Castilla y Portugal vencieron a los árabes; se puede precisar,
incluso, que la fecha de composición fue entre enero y
septiembre de 1348. La proximidad de los acontecimientos
relatados y la cercanía a la corte del rey suministraron a
Rodrigo Yáñez meteriales ricos que serán utilizados después por
el autor de la Gran crónica de Alfonso XI. Las analogías que se
pueden establecer entre el Poema de Alfonso XI y el portugués
Poema da batalha do Salado, del desconocido Afonso Giraldes
(apenas se conserva medio centenar de versos) llegan a ser
literales en ocasiones, además de utilizar las mismas formas
estróficas y de ocuparse de la misma batalla; sin embargo, no se
puede concluir que se trate de una traducción (en cualquiera de
las dos direcciones), más bien, parece ser que los dos poemas
pertenecen a una misma tradición y que se apoyan en fórmulas
orales, próximas a las empleadas por los pregoneros de mediados
del siglo XIV. La utilización de fórmulas, el carácter noticiero
del Poema de Alfonso XI y su espíritu nacionalista le dan
aspecto de cantar de gesta, pero las innovaciones métricas y los
rasgos eruditos distancian al Poema de los viejos modelos, por
lo que se ha dado en considerarlo el primer representante de la
nueva épica, género en el que habrá que incluir otras obras, ya
de finales del siglo XV, como la Crónica de Fernán González, del
abad Gonzalo de Arredondo o la Consolatoria de Castilla, de Juan
Barba.
Poesía improvisada
Poesía que se crea y que se expresa de forma simultánea,
normalmente por vía oral.
La poesía improvisada puede crearse en forma de monólogo, cuando
es un solo poeta el que la realiza; en forma de diálogo, cuando
son dos poetas los que la crean (a veces en forma de contienda);
de trilogía, cuando son tres los repentistas, etc. Por lo
general, se expresa mediante el canto, acompañado a veces por
uno o por varios instrumentos musicales.
El de la poesía improvisada es un fenómeno estético documentado
desde épocas históricas muy antiguas y en pueblos de todo el
mundo. Se cree que su época de más intenso cultivo y arraigo
debió de coincidir con los períodos históricos en que la
transmisión de la cultura y de la información se realizaba de
forma fundamentalmente oral (hasta la invención de imprenta en
el siglo XV). Posteriormente, y hasta la actualidad, la poesía
oral improvisada ha seguido cultivándose entre pueblos y
culturas de todos los continentes, pero ha sufrido la dura
competencia de la transmisión escrita de la cultura, que ha ido
ganando progresivamente terreno a la transmisión oral desde el
siglo XV; y después, ha sufrido la presión de los modos de
transmisión audiovisuales e informáticos, cuyo auge a partir del
siglo XX se ha hecho también en detrimento de la cultura de
transmisión oral.
A pesar de eso, la poesía oral improvisada sigue siendo un
fenómeno no sólo literario, sino también social, en diversos
ámbitos culturales de todo el mundo. En el dominio hispánico, es
sobre todo en Hispanoamérica donde ha mantenido, hasta hoy, una
extraordinaria vitalidad.
Historia de la poesía oral improvisada
El cultivo de poesía oral improvisada debe de remontar a
períodos no sólo preliterarios, sino también prehistóricos de la
vida del hombre. Su documentación en numerosas sociedades no
desarrolladas y tradicionales contemporáneas de todo el mundo
así lo sugiere. Y el hecho de que en estas sociedades haya
cumplido y esté cumpliendo un papel cultural y social de primer
orden invita a pensar que también entre los primitivos pueblos
de Occidente debió de desempeñar una función muy importante, de
la que quedarían ya sólo ecos o restos lejanos y precarios.
Entre los antiguos griegos, la poesía oral improvisada, a veces
en forma de diálogo agresivo e insultante, debió de tener rango
de costumbre. No sólo obras literarias como la de Teócrito dan
fe de ello, sino que además, tenemos valiosas descripciones de
las pullas y agudezas que se intercambiaban ritualmente los
peregrinos que cada mes de octubre acudían a los ritos
mistéricos de Eleusis. La contienda en verso de la Égloga III de
Virgilio, o la célebre alusión de Horacio al "desenfreno de los
fesceninos, que, en versos alternados, derramaba rústicos
insultos", prueban también el arraigo de la poesía oral
improvisada en la antigua Roma. En lo que respecta a la Biblia,
se ha señalado muchas veces la presencia de la improvisación
poética en el llanto de David por Saúl y Jonatás, en los
diálogos entre Job y sus amigos, etc. En cuanto a la tradición
oriental, obras como Las mil y una noches contienen repertorios
y descripciones abundantísimas del arte de la improvisación
poética en el Oriente de entre el primer y el segundo milenio de
la era cristiana. Algunos cuentos de la gran colección oriental,
como la historia de Harún al-Rasid y los tres poetas, incluida
en la Noche 386, permite apreciar una técnica de improvisación
sobre pies forzados claramente relacionada con la de muchas
modalidades de improvisación muy cercanas a la tradición moderna.
A las Noches 385 y 386 de la misma colección pertenece otra
bellísima historia protagonizada por Harún Al-Rasid y Zubayda,
que muestra al Califa proporcionando una "cabeza" forzada al
habilísimo improvisador Abu Nuwás, quien, como buen cantor
juglaresco, recibía al final un magnífico pago por la
extraordinaria perfección de sus versos.
El testimonio más antiguo conocido de poesía improvisada en el
mundo hispánico lo ofrece la descripción de un duelo poético
entre un arriero leal a Abd al-Rahman II y un caudillo árabe
alzado contra la autoridad califal en una fortaleza de las
Alpujarras en el año 912. Los duelos poéticos improvisados están
muy bien documentados en las cortes de la España musulmana,
igual que en las de Francia y del norte de España estaba
arraigado el género poético de la "tenzó", que consistía en una
especie de diálogo poético entre trovadores, que a veces
adquiría tanta acritud y violencia como las que suelen traslucir
también las "cantigas de escarnio y maldecir" de la tradición
galaico-portuguesa. En los siglos XV y XVI, la escuela de poesía
cancioneril desarrolló formas como el mote, los juegos de
preguntas y respuestas, etc., claramente inspiradas por la
tradición de contiendas poéticas folclóricas improvisadas. En la
propia Celestina (1499) de Fernando de Rojas, cuando escucha
trovar a su amo Calixto, el criado Sempronio lo compara con "el
gran Antípater Sidonio, el gran poeta Ovidio, los quales de
improviso se les venian las razones metrificadas a la boca".
Poco después, las "pullas" incluidas por Diego de Ávila en
algunas de sus obras teatrales proporcionan un precioso ejemplo
de la popularidad de los intercambios de vejámenes poéticos
entre personas de toda clase y condición social.
Un hermosísimo
librito renacentista que puede ser considerado, con gran
diferencia, como el mejor anecdotario sobre improvisaciones y
sobre improvisadores poéticos de la época, es El buen aviso
(1564) de Joan de Timoneda, lleno de divertidas escenas en que
toda clase de personajes, desde reyes y obispos hasta ladrones y
mendigos, se dedican entusiastamente a repentizar poemas, muchas
veces en forma de agudas preguntas y respuestas, y a ofrecer de
este modo un panorama precioso del arte improvisatorio de la
época. Otras obras en que abundan las escenas de improvisación
poética son El cortesano (ca. 1535) de Luis de Milán o la
Floresta española de Melchor de Santa Cruz (1574). Rodrigo Caro,
Quevedo o Lope de Vega describieron o crearon escenas de
improvisación poética llenas de interés. Recuérdese, por ejemplo,
el Entremés del poeta de Lope de Vega, protagonizado por una
dama que, tras decidir esposarse con algún hombre que acredite
su calidad de poeta, admite a competición a tres pretendientes.
Su secretario impone a cada uno que improvise versos de alabanza
a diversas partes del cuerpo de la dama, no sin antes
advertirles que "para saber si son suyos o hurtados los versos,
diga cada uno una copla de repente en alabanza de mi señora doña
Libia". En relación con la misma época, algunos críticos
literarios, como Noël Salomon y Augustin Redondo, han puesto de
relieve que el nombre de Ginés se tenía por típico del campesino
"echador de pullas" poéticas, y que en el perfil del cervantino
Ginés de Pasamonte, uno de los personajes clave de El Quijote,
se trasluce tal característica. Célebre improvisador (posiblemente
fabuloso) citado en algunas fuentes literarias de los Siglos de
Oro fue Landinejo. Y una obra que ofrece interesantísimos
ejemplos de improvisación poética fue La tragicomedia de los
Jardines y Campos Sabeos, de la dramaturga sevillana del siglo
XVII Feliciana Enríquez de Guzmán. En la novela costumbrista
Gustos y disgustos de Lentiscar de Cartagena, de Campillo de
Bayle, se habla también de los "diálogos de poesía cantada entre
los entretenimientos de los campesinos" murcianos.
En lo que respecta al siglo XVIII, los testimonios sobre
improvisaciones poéticas son también abundantes. Así, el padre
fray Martín Sarmiento señalaba que "con gracejo dijo Manuel
Faria... que cada fuente de Portugal, y cada monte, son
Hippocrenes, y Parnasos. Quiere decir que en Portugal es tan
connatural la Poesía de que se habla, que cada Pastor es Poeta,
y cada moza de cántaro, Poetisa. Esto que es común en toda
España, es mas particular en Portugal, y Galicia, en donde,
segun el ya citado testimonio del Marqués de Santillana, era
inmemorial semejante exercicio, hasta llamar á los de aquellos
paises, Inventores del Arte comun, y del Arte mayor de
versificar, por lo mismo que estos metros les son mas
connaturales. Además de esto, he observado que en Galicia las
mugeres no solo son Poetisas, sino tambien Músicas naturales.
Generalmente hablando, así en Castilla como en Portugal, y en
otras Provincias, los hombres son los que componen las coplas, é
inventan los tonos, ó ayres; y así se vé que en este género de
coplas populares, hablan los hombres con las mugeres, ó para
amarlas, ó para satyrizarlas. En Galicia es al contrario. En la
mayor parte de las coplas Gallegas, hablan las mugeres con los
hombres; y es porque ellas son las que componen las coplas, sin
artificio alguno; y ellas mismas inventan los tonos, ó ayres á
que las han de cantar, sin tener idea del Arte Músico".
En aquel siglo, la improvisación poética no era patrimonio
únicamente del vulgo rústico, y su moda estaba también
arraigadísima entre las clases elevadas, como prueba el caso del
Marqués de Méritos, admiradísimo en la corte porque improvisaba
con tanta facilidad en español como en italiano. El viajero
italiano Giuseppe Baretti, y el francés J. F. Bourgoing han
dejado extraordinarias descripciones de las técnicas
improvisatorias de los campesinos españoles del XVIII. Y en el
XIX, el nacimiento de una vitalísima literatura costumbrista
permite documentar numerosas escenas de improvisación poética
espigadas en numerosas fuentes literarias. En el XX, algunos
grandes poetas españoles se distinguieron también por su
facilidad para improvisar versos. El más sobresaliente fue,
posiblemente, Federico García Lorca, que en una carta de 1925 a
Melchor Fernández Almagro le decía: "Tengo unos deseos enormes
de darte un banquete con los amigos. Yo haría un brindis en
verso".
En lo que respecta a Hispanoamérica, las crónicas de la
conquista dan cuenta de que los indígenas que encontraron los
españoles al invadir el Nuevo Continente eran aficionados a
improvisar cantos. Con la cada vez más intensa colonización, las
modas improvisatorias españolas, asociadas fundamentalmente al
metro de la décima, arraigaron de forma muy profunda en toda la
geografía hispanoamericana. En los siglos XIX y XX, la cada vez
mayor atención prestada por los autores cultos a los metros y
estilos populares, y los inicios de la labor de descripción
etnográfica y de recopilación folclórica, han hecho aumentar de
forma considerable nuestros conocimientos sobre la tradición de
improvisar poesía oral en Hispanoamérica. A modo de anécdota se
puede decir que un poeta tan célebre como Rubén Darío fue muy
conocido, desde su más temprana juventud, por sus grandes dotes
de improvisador.
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La primavera es
amor, el verano es canción, el otoño es invención
de quien en invierno sueña, y los sueños sueños son...
(Inspirado en un
trecho de Pedro Calderón de la Barca)
FUENTE:
ENCICLONET
- La Enciclopedia Universal
y los siguientes autores: A. Varela Olea / E. Palacios Fernández
/ A. Gómez Moreno / Carlos
Alvar /
José Manuel Pedrosa.
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español que he encontrado en internet. Estos artículos no
han sido escritos por mí y tampoco me pertenecen, los he
recopilado desde de la red. En el caso de que me
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