

Literatura argentina, recorrido histórico a través de las obras
literarias (narrativa, poesía, ensayo) escritas en la República
Argentina.
El nombre mismo del país tiene un origen literario, muy anterior a
la existencia de la nación y el Estado. En 1602 apareció un poema
descriptivo, La Argentina, de
Martín del Barco Centenera
(1544-1605), que creó el latinismo equivalente a
Río de la Plata y cuyo contenido invoca la vida en las Indias
meridionales. La palabra es retomada en 1612 en Argentina
manuscrita, crónica en prosa de
Ruy Díaz de
Guzmán.
Hubo
sin duda una cultura y una literatura que precedieron a los
movimientos de emancipación de los diversos países
hispanoamericanos, organizadas casi siempre bajo el prisma de un
título: "Período colonial". Sin embargo, su abordaje despierta de
inmediato inquietudes. ¿Cómo discriminar entre literatura española y
literatura hispanoamericana durante los siglos XVI, XVII y XVIII?
¿Con qué argumentos recortar determinados textos y asumirlos en el
interior de una literatura nacional cuando la nación no existía como
tal y no hay criterios estables para ordenar un corpus? Las
fronteras geográficas, la nacionalidad de los autores, la lengua
misma no permiten el trazado de límites precisos y estables; incluso
la categoría de "literatura" se torna vacilante ante el heterogéneo
conjunto de crónicas, poemas, relaciones, cartas y memorias que
constituyen la bibliografía colonial.
Oficialmente, estas regiones que configuran el mapa actual de
Argentina y otros países vecinos- fueron descubiertas en el año
1516, cuando
Juan Díaz de Solís llegó a Paraná Guazú.
En 1526 Sebastián Gaboto empezó la exploración de la zona y diez
años más tarde se fundó por primera vez la ciudad de Buenos Aires.
El territorio argentino integró el virreinato del Perú hasta 1776,
año en que se estableció el virreinato del Río de la Plata con la
ciudad de Buenos Aires como sede de las autoridades. Tierras por
mucho tiempo doblemente remotas (respecto a la metrópoli y a las
principales ciudades virreinales, México y Lima), tierras sin oro ni
plata que sedujeran a los conquistadores. La colonización fue lenta,
así como la creación de una vida literaria.
El primer gran historiador de la literatura argentina,
Ricardo Rojas, mientras dedica dos tomos a
la "Literatura colonial" en su fundacional Historia de la literatura
argentina, admite que su existencia resulta casi una "ilusión
retrospectiva": crónicas originariamente escritas en inglés o
alemán; libros didácticos en latín; "una" elegía sobre la fundación
de Buenos Aires; relaciones de autoría dudosa encargadas por los
conquistadores; infinidad de textos producidos con el objeto de
desarrollar "la conquista espiritual"; a veces, pocas páginas
dedicadas a esta zona de América del Sur, en referencias fugaces de
obras donde la fascinación se posa con mayor detenimiento sobre los
grandes imperios de los indios aztecas (México) e incas (Perú). En
gran parte, la literatura colonial argentina se establece sobre
textos que asumen como objeto de relato la conquista, evangelización
y fundación de ciudades en el territorio argentino, más allá de la
lengua en que fueran escritos, la nacionalidad o la intención
original de sus autores al redactarlos.
Parte de esta "precariedad" puede asociarse a la instalación del
Santo Oficio en América y a las Leyes de Indias, mediante las cuales
España controló la circulación de libros en sus colonias. Fueron
prohibidos, durante siglos, textos religiosos que no encuadraban con
la ortodoxia de la religión católica, gran parte de la producción de
los enciclopedistas del siglo XVIII, los libros de imaginación
considerados malsanos y también aquellos que se referían a América.
Si la circulación de obras fue accidentada, y en gran medida
clandestina, también su adquisición era costosa, en parte porque la
impresión (aun de libros americanos) se realizaba en España, lo que
los encarecía todavía más; los manuscritos mismos se perdían con
frecuencia en largos y arriesgados viajes o quedaban olvidados en
lejanas oficinas tras largas tramitaciones de licencias. Sin
embargo, las regulaciones de la metrópoli no impidieron que surgiera
una literatura muy vasta en otras zonas de América, especialmente en
México y Perú, ciudades de mayor actividad administrativa, económica
y cultural desde la entrada misma del conquistador español en
América, con sus cronistas oficiales tanto religiosos como de la
corona.
Con frecuencia, la crítica literaria argentina, al referirse a la
literatura colonial, despliega relatos de pérdidas, minusvalías y
carencias: autorías orales de textos nunca hallados, manuscritos
perdidos, quejas por la escasez de obras y desanimados comentarios
sobre el valor estético de las que sí se han publicado o recopilado.
Este universo de textos, sin embargo, resulta apasionante y ha sido
poco explorado por la crítica literaria moderna.
La fundación de la primera universidad en territorio argentino en la
ciudad de Córdoba (1613), la instalación de dos colegios
preparatorios universitarios (el de Monserrat en Córdoba 1659 y el
San Carlos en Buenos Aires -1773-), la introducción de la imprenta
por la Compañía de Jesús (1765), la creación del virreinato del Río
de la Plata (1776), la organización en 1780 en Buenos Aires de la
Imprenta de los niños expósitos, dieron los impulsos decisivos a la
producción cultural. La educación colonial se realizó en los
conventos de franciscanos, dominicos o mercedarios, donde se
dictaban las primeras letras y en los colegios universitarios y
universidades que funcionaban como seminarios. El teatro fue escaso,
reducido en gran parte a representaciones litúrgicas hasta que, bajo
el virreinato de Vértiz, se funda el primer teatro estable en Buenos
Aires . Hasta 1800, sin embargo, no hubo en el Plata periódicos ni
asociaciones literarias. Breves referencias a esta zona de América
del Sur pueden hallarse en las historias producidas por los
"cronistas oficiales" de la Corona: en la Historia natural y general
de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (1535) de
Gonzalo Fernández de Oviedo,
en la Historia general de las Indias Occidentales (1601) de Antonio
de Herrera y en la historia de las iglesias americanas de Gil
González Dávila encargada por el rey. Si conquistadores y
encomenderos se transforman en la figura central de la historia de
la conquista militar del territorio, la figura del evangelizador se
recorta en la abundante documentación a través de la cual las
órdenes religiosas fundamentalmente, aquí, jesuitas y franciscanos
registran el desarrollo de la "conquista espiritual" de estas
tierras.
Una trama trágica de asesinatos, hambre, enfermedad y asedio
indígena se enhebra alrededor de la primera fundación de la ciudad
de Buenos Aires en 1536, realizada por la expedición del adelantado
Pedro de Mendoza.
Esta trama deviene en asunto privilegiado de las crónicas del Plata
y es materia central del "Romance elegíaco" de
Luis de Miranda,
fraile español integrante de la expedición. Se considera que este
romance, fechable entre 1541 y 1546, es la primera producción
poética en la región: 150 versos octosílabos de pie quebrado en los
que su autor recrea la imagen de las tierras del Plata como una
traidora cruel, que se sustrae a la conquista y deglute, en este
repudio, seis "maridos" y mil ochocientos hombres. En el poema, el
hambre atormenta a los primeros pobladores. Éstos se ultrajan tras
un alimento cada vez más degradante (cardos, raíces, estiércol,
heces, "carne de hombre", "asadura de hermano") y, a la vez, el
lenguaje mismo se corroe hasta transformarse apenas en llanto,
tartamudeo o mudez de expedicionarios que se arrastran a través de
las calles de una pequeña y desolada ciudad fortín.
En 1555 se publica en Valladolid un libro que reúne, junto con la
reedición de los Naufragios de
Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1542),
otro texto que elige como protagonista también a Álvar Núñez y se
presume escrito por
Pedro Hernández,
su secretario en el Plata: Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de
Vaca. Naufragios era un texto de tono autobiográfico, donde el
funcionario real (tesorero del gobernador
Pánfilo de Narváez)
relataba la singular experiencia de alguien que convive con los
indios y realiza un extenso periplo a pie a través de las tierras
del sur de los Estados Unidos y México; los Comentarios son, en
cambio, el testimonio de su actuación en las tierras del Río de la
Plata, registrada por Pedro Hernández,
en gran medida una probanza de servicios ante el rey y un alegato de
defensa ante el Real Consejo de Indias. Después de sus aventuras en
Florida, Álvar Núñez Cabeza de Vaca es designado por la corona
"segundo adelantado del Río de la Plata", en reemplazo de Pedro
Hernández. Sin embargo, al llegar a las tierras de Asunción, donde
se habían refugiado los primeros pobladores de la destruida ciudad
de Buenos Aires, la legitimidad de su gobierno es cuestionada y los
soldados, encabezados por
Domingo Martínez de Irala,
se rebelan, lo encarcelan y lo envían a España procesado. Estos
hechos dan origen a un texto presentado por Álvar Núñez Cabeza de
Vaca ante sus jueces para su defensa en 1552 (Relación general), y a
los Comentarios, que se publican tres años más tarde en busca de un
público más amplio, donde se hace la crónica de este viaje que lo
lleva a internarse en la inhóspita pero asombrosa naturaleza
americana, a la vez que a registrar los episodios que rodean su
encuentro con las diversas tribus de indios del litoral argentino.
Los Comentarios -a la vez que se constituyen como una denuncia de la
actuación de Domingo de Irala- apelan desde el comienzo a los
"derechos" de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recreando un catálogo de
las inversiones económicas y detalles de las tareas de gobierno
realizadas, siempre bajo la letra del derecho: pacificación de
indios y frailes, "pago" a las tribus indígenas en retribución por
sus trabajos y por el alimento del que lo proveen, deslinde de
responsabilidades en relación a la muerte de cristianos. La marca de
una escritura administrativa se imprime sobre este texto donde, a la
vez, se da cuenta de un gobierno realizado fundamentalmente a través
de la palabra: apercibimientos, amonestaciones, toma de posesión de
la tierra, prohibiciones, requerimientos, instrucciones. Quizás por
esto, el desconocimiento de las lenguas indígenas y la necesidad de
guías e intérpretes aparece para su protagonista como una zona de
conflicto especialmente dramática.
En los Comentarios, así como en la crónica que escribe el soldado
alemán
Ulrico Schmidel,
Derrotero y viaje a España y las Indias (1567), puede leerse la
conflictiva relación que, ya en el siglo XVI, se establece entre las
disposiciones originadas en una lejana metrópoli y los procesos
autónomos que comienzan a tener lugar en América, procesos que, en
gran medida, quedan fuera del control monárquico. Si el texto de
Pedro Hernández se escribe desde la perspectiva de una autoridad
originada en la corona, que finalmente resulta desconocida, el
Derrotero de Schmidel (que toma, también, como núcleo de relato los
episodios de la primitiva fundación de Buenos Aires, el incendio de
la ciudad, la marcha hacia Asunción, la rebelión contra la autoridad
del segundo adelantado) se produce desde la perspectiva de un
soldado raso que percibe la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca
casi como la usurpación de una autoridad más legítima, surgida de la
elección de los mismos subalternos.
El texto escrito originariamente en alemán, posteriormente traducido
al latín y finalmente al español recorre los veinte años que
Schmidel permanece en estas tierras desde una visión original: para
él también las ciudades españolas de Cádiz o Sevilla (puntos de
partida) son parte del mundo desconocido. La desnudez de las mujeres
charrúas, el recurso desesperado de los indios querandíes de beber
sangre, el ímprobo trabajo de los pobladores de Buenos Aires
levantando muros un día para verlos desmoronarse al día siguiente,
el hambre y la desesperación que lleva a algunos españoles a comerse
los caballos y a padecer por ello la horca, y a otros a comer el
cuerpo de los ahorcados: infinidad de sucesos como éstos se deslizan
bajo su pluma en frases escuetas. El narrador no deja de explicitar
en sus páginas su asombro, subrayando que él mismo ha vivido y
presenciado esos sucesos; pero también se extraña y maravilla ante
la mirada de tribus que jamás habían visto antes a un cristiano o su
arcabuz. Schmidel, a través de la letra, organiza un mapa textual de
estas tierras, registrando las distancias y el tiempo que lleva
cubrirlas, los escollos naturales, el modo de hacer la guerra de los
indios; busca quizás un lector que podría seguir sus pasos, guiado
por sus páginas. La escritura de este texto persigue, a través de la
analogía, atrapar un mundo fugaz en su novedad que a veces aparece
en la descripción proliferante de un detalle, mientras otras
desaparece ante una frase lacónica que naturaliza el servicio, la
tortura o el asesinato de indios. Las crónicas de Pedro Hernández y
Schmidel son las más trabajadas dentro de la bibliografía colonial.
Sin embargo, como una modalidad particular del género, podría leerse
una copiosa literatura administrativa que, en gran parte, permanece
inédita en diversos archivos de España.
-
Ricardo Rojas sistematiza esta literatura administrativa en
cuatro grandes zonas:
a) actas y protocolos (retórica formular, propia de la prosa
notarial, documentación donde se consigna la vida municipal de
las ciudades fundadas en territorio argentino);
b) informaciones y probanzas (textos cuya escritura se desliza
entre la biografía y el discurso judicial, narrando la vida de
un conquistador para dar testimonio de servicios o probar
acusaciones;
c) cartas y memoriales (dos variantes del género epistolar,
textos donde, de un modo espontáneo, los corresponsales informan
sobre episodios de la conquista, denuncian abusos, solicitan
reconocimientos);
d) descripciones y relaciones (una escritura también epistolar
sobre asunto geográfico o histórico, cuya escritura se origina
en la solicitud del rey o sus Consejos).
La carta remitida por Isabel de Guevara en 1556 a la princesa doña
Juana (hija de Carlos V y gobernadora de Castilla y los reinos de
ultramar entre 1554 y 1559) es una de las más difundidas y aparece
como un ejemplo de esta "literatura administrativa", sobre todo
porque abre otra perspectiva alrededor de la cotidianidad de las
expediciones conquistadoras.
Isabel de Guevara llega al Río de la Plata junto con la expedición
de Pedro de Mendoza. En su carta solicita un repartimiento perpetuo
para ella y su marido, en recompensa por los trabajos realizados. El
lavado de ropa, la cura de los enfermos y la preparación de
alimentos son sólo algunas de las tareas que recayeron sobre las
mujeres alega, quienes, al mismo tiempo, hicieron también de
centinelas, prepararon las ballestas durante los enfrentamientos con
los indios, sargentearon, pusieron orden entre los soldados,
acarrearon leña, gobernaron las naves, remaron, arengaron a los
hombres, sembraron y salieron en busca de alimento. Isabel de
Guevara se presenta en esta carta bajo la figura de una
"conquistadora", figura singular en el drama de la conquista. Su
reclamo es que, precisamente, a la hora de premiar servicios, las
autoridades de Asunción no la hubieran considerado como tal. Más
distante de esta prosa administrativa, puede leerse la Descripción
breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605),
escrita por el fraile de la orden de Santo Domingo,
Reginaldo de Lizárraga.
Aunque el texto se origina en los viajes que, como visitador de los
conventos de su orden el autor realiza a pie desde Lima hasta el
Tucumán (recorriendo las comarcas y pueblos de las provincias de
Salta, Santiago, Córdoba y Mendoza), su texto casi un libro de
viaje- recupera anécdotas y observaciones heterogéneas. El trato que
mantiene con gobernantes y prelados, caciques y conquistadores,
maestros y bandidos, le permite observar, desde diferentes
perspectivas, la sociedad de esos pequeños poblados coloniales entre
1586 y 1591. Sus desplazamientos a pie lo familiarizan con el
paisaje, y éste -más que en un espectáculo se transforma en el
escenario de una experiencia del espacio y la sociedad americana, a
través de la escucha de anécdotas de cautivos, las dificultades para
transitar a través del territorio, los asaltos de los indios a las
carreteras. La escritura del texto (dedicado al conde de Lemos y
Andrada, presidente del Consejo de Indias) acusa una producción a
través de la yuxtaposición de fragmentos, escritos en diferentes
lugares (Perú, Chile) y épocas (alrededor de 1591 una zona y de 1603
otra). La Descripción del padre Lizárraga puede asociarse con una
extensa bibliografía habitualmente denominada bajo la expresión
común de textos de la "conquista espiritual" (un uso del término
acuñado por el jesuita
Antonio
Ruiz de Montoya
en su libro Conquista espiritual hecha por los religiosos de la
Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y
Tape, 1639). Son fundamentalmente las órdenes de jesuitas y
franciscanos las que llevan adelante la empresa evangelizadora en
territorio argentino, y estas órdenes como casi todas producían una
bibliografía copiosa. En conjunto, ese corpus de obras incluye:
vidas de evangelizadores; estudios de diversa índole sobre el ámbito
en el que se desarrolla la labor religiosa (ciencias naturales,
medicina, geografía, etc., sobre las regiones en las que actúan);
cartas denominadas annuas por su periodicidad, o edificantes por su
influencia moral; y gramáticas o vocabularios bilingües, escritos
por los mismos sacerdotes (en Argentina es particularmente
importante la adopción, para la prédica, de la lengua guaraní,
hablada por los indios de la región del litoral).
En 1607,
los jesuitas (que tenían su propio modo de
distribución del territorio) dividen la primitiva
provincia peruana y crean la "provincia paraguaya"
con sede en la ciudad "argentina" de Córdoba (esta
provincia religiosa comprendía entonces no sólo las
tierras argentinas, sino también las chilenas,
paraguayas y uruguayas). Desde ese año hasta su
expulsión, en 1767, se suceden nueve cronistas
oficiales de la orden jesuítica, tres de los cuales
resultan particularmente importantes por sus obras
históricas: Nicolás del Techo, autor de un libro
originalmente escrito en latín y mucho más tarde
traducido al español, Historia Paraquariae (1673,
1897);
Pedro Lozano con sus
Historia de la Compañía de Jesús (1754) e Historia
de la conquista (publicada en 1873-75, aunque fue
escrita junto con la anterior); y, finalmente, José
Guevara, quien escribió la Historia del Paraguay,
Río de la Plata y Tucumán, obra inédita hasta que el
italiano
Pedro de Angelis
la publicó en 1836 en su colección de documentos
referentes al Río de la Plata. Otras obras de los
jesuitas, de especial relevancia para la Argentina,
son: Una descripción de la Patagonia y sus
adyacencias en Sud América, del padre
Tomás Falkner
(inglés); Arte y vocabulario, gramática toba, del
español
Alonso de Barzana;
e Historia civil del virreynato del Río de la Plata,
del santafecino Francisco Iturri.
Ricardo Rojas
señaló el carácter colectivo de la producción
intelectual de los jesuitas, a la vez que destacó
que "son los libros e instituciones nacidos de la ´conquista
espiritual´ los que primero mostraron, en la alianza
cristiana de las dos razas, la lenta impregnación".
Más recientemente, el investigador Julio Schvartzman
analiza en "Entrada misional y correría evangélica:
la lengua de la conquista espiritual" (segunda parte
del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la
conquista, 1987) las operaciones lingüísticas e
ideológicas realizadas por los misioneros en sus
gramáticas, vocabularios, catecismos y
confesionarios bilingües: la vinculación que existe
entre una teoría misional específica para estas
regiones y la creación de una jurisprudencia sobre
repartimientos y encomiendas; el modo en que la
labor lexicográfica y gramática va extirpando
palabras del vocabulario americano, resemantizando
términos, estimulando o imponiendo ciertos préstamos,
desalentando otros; el modo en que la lengua de
conquista fue ocupando posiciones ideológicas
dominantes en la lengua conquistada. La conquista
espiritual tuvo como objeto imperar sobre los
cuerpos de los indígenas pero, ante todo, sobre sus
costumbres, su lengua y sus credos. Las empresas de
los conquistadores al Río de la Plata, en cambio,
persiguieron con perseverante confianza la quimera
de fabulosas riquezas de oro y plata, jamás
encontradas. La literatura, a la vez que da cuenta
del desencanto de tantos aventureros soñadores,
lexicaliza esta fantasía en un nombre, "Argentina"
(del latín, argentum, que significa ´plata´) con el
que el clérigo
Martín del Barco Centenera
titula un extenso poema publicado en Lisboa en 1602:
Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros
acaescimientos de los Reynos del Perú, Tucumán y
estado del Brasil, texto comúnmente conocido como La
Argentina. El poema de Centenera (estructurado en
veintiocho cantos y compuesto por más de diez mil
versos endecasílabos, dispuestos en octavas reales)
acuña así el nombre de estas tierras, al tiempo que
se ofrece no como obra lírica, sino como una "historia"
veraz. "Poema histórico", en parte reitera los
sucesos narrados por Luis de Miranda, Ulrico
Schmidel y Pedro Hernández, pero se remonta también
al descubrimiento del Plata y se extiende hasta la
segunda fundación de Buenos Aires por
Juan de Garay
(1580), héroe paradigmático de este texto, como lo
era Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el de Pedro
Hernández, y Domingo de Irala en el de Schmidel.
Esta intención histórica está subrayada por las
numerosas notas en prosa del autor, donde el texto
se expande en precisiones o citas de fuentes. Sin
embargo, el objetivo de "hacer historia" se cruza
con la incorporación de episodios cuya lógica parece
guiada por un recorte autobiográfico, haciendo
derivar el texto hacia sucesos que tienen lugar en
Perú -como la realización del primer concilio de
Lima o un maremoto en el Callao-, episodios cuya
inclusión se asienta en la fuerza del "yo vide". La
inserción de relatos fantásticos, de leyendas y
mitos de probable origen indígena y la
transfiguración de sucesos, a través de hipérboles,
corroen también la intención histórica, en
fragmentos donde el poema se desliza hacia la
invención. El carácter épico que busca la
descripción de hazañas militares y combates se
construye sobre la asimetría entre caciques indios
que el texto evoca por sus nombres pero presenta
invariablemente como traidores, siempre en fuga, y
una heroicidad incuestionable por parte de los
conquistadores españoles. La toponimia del Río de la
Plata, con sus voces de origen indígena, se
encabalga en estos versos junto a las referencias a
la mitología clásica. "Poema del desencanto", según
el rótulo propuesto por el crítico
David Viñas,
los sueños de oro y plata se revelan finalmente de
piedra y barro.
Bajo un título similar La Argentina manuscrita, el
militar
Ruy Díaz de Guzmán
finaliza en 1612 un escrito que deviene en la
primera historia argentina. Este texto permaneció
inédito durante más de dos siglos. Fue un italiano,
el ya mencionado Pedro de Angelis, residente de
Buenos Aires, quien, en 1835, lo publicó por primera
vez en el interior de una importantísima y
fundacional colección de documentos referentes al
Río de la Plata. Ruy Díaz de Guzmán, mestizo, es el
primer escritor criollo que, al proponerse escribir
una historia, está investigando y narrando el pasado
de su patria en una lengua nacional, producto del
proceso de cruce entre el español peninsular y las
lenguas indígenas. Hijo de padre español (Alonso
Riquel de Guzmán) y madre india (Úrsula Irala), la
genealogía de Ruy Díaz de Guzmán condensa gran parte
de las tensiones que atravesaron el proceso de
conquista y colonización americana. Ruy Díaz es
nieto de Domingo de Irala y una de las siete indias
paraguayas con las que éste convivió por rama
materna, y sobrino nieto de Álvar Núñez Cabeza de
Vaca por rama paterna. Encomenderos e indias, pues,
se cruzan en su genealogía, al igual que enemistades
políticas casi míticas (la de Irala y Álvar Núñez).
Incluso el matrimonio de sus padres fue un recurso
ideado para transformar a un enemigo político en
yerno: Alonso Riquel, próximo a ser ejecutado por
intentar el asesinato de Irala, recibe por parte de
éste la promesa de un indulto si acepta el enlace
con Úrsula, una de sus hijas mestizas.
La Argentina manuscrita está precedida por una
dedicatoria al duque de Medina Sidonia como "fruta
primera de tierra tan inculta y estéril y falta de
educación y disciplina". El autor, orgulloso de sus
ascendientes españoles, silencia su otro origen, el
indígena, y como gesto ofrece el texto al
destinatario aristócrata.
A pesar de que el manuscrito original se ha perdido,
el libro se conoce a través de varios códices. Entre
ellos se registran divergencias, pero todos
concuerdan en la división del texto en tres partes:
la primera comienza con el descubrimiento del Plata
hasta la actuación de Irala; la segunda se inicia
con la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y
finaliza con la del obispo Latorre; la tercera
abarca el período entre 1555 hasta la fundación de
la ciudad de Santa Fe. Se maneja la hipótesis de que
existía todavía una cuarta parte, pero de ser así,
fue extraviada. Si un plan certero de investigación
y exploración en el pasado guía la escritura de esta
historia, ésta incluye también episodios de
veracidad incierta: son estos episodios,
precisamente, los que mostrarán una indudable
productividad literaria. Los capítulos XII y XIII
narran la historia de "La Maldonada", una mujer que,
desesperada por el hambre, abandona el fuerte,
auxilia a una leona en su parto y es defendida y
cuidada por ella cuando las autoridades -en castigo
por el abandono del fuerte la atan a un árbol a
leguas de la ciudad para que perezca de sed y hambre.
Esta trama será recreada en el siglo XIX, aunque no
con la recurrencia con que se reescribe la historia
de Lucía Miranda (capítulo VII), una española que
provoca la "pasión desordenada" de uno de los
caciques indios. Este amor según el relato de Guzmán-
desencadena primero la destrucción del fuerte
fundado por Sebastián Gaboto y el asesinato de los
españoles que lo ocupaban, sólo con el objeto de
secuestrar a Lucía, quien tiempo después muere en
una hoguera, castigada por el cacique que no pudo
tolerar que ésta no lo amara, mientras el marido
español (Sebastián Hurtado) era "fusilado" a
flechazos.
En "Conquista y mito blanco", primera parte del
libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la
conquista (1987), la investigadora Cristina Iglesia
analiza el mito de Lucía Miranda y las diversas
reescrituras que, a lo largo de varios siglos y en
géneros muy diferentes (el teatro, la crónica, la
novela), se realizaron a partir de su inclusión en
La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán. El
equilibrio imposible entre las razones blancas y las
razones indias -propone Cristina Iglesia- se conjuga
en el mito de una cautiva blanca que nace, en la
literatura argentina, sobre la abrumadora realidad
de la cautiva india. (La figura de la cautiva blanca
será retomada, en el siglo XIX, por los escritores
Esteban Echeverría,
Lucio V. Mansilla,
Eduardo Mansilla; y en el XX por
Jorge Luis Borges
y
César Aira,
entre muchos otros)
Si el "Romance elegíaco" de Luis de Miranda y La
Argentina de
Barco Centenera
resultan las primeras producciones en verso de la
literatura colonial, el cordobés Luis de Tejeda
(1604-1680) puede ser considerado el primer poeta
argentino. Hijo de un rico encomendero, Tejeda tuvo
una educación cuidada en el colegio de los jesuitas:
fue militar en los primeros años de su juventud y,
ya viudo y con sus cinco hijos lejos, entró de lego
en el Convento de Predicadores, para dedicarse a la
vida religiosa. Escribió una obra en verso, El
peregrino en Babilonia, probablemente hacia 1663, y
una serie de poesías de carácter religioso
comúnmente denominadas bajo el título Poesías
místicas. Según su propio testimonio, debió de
dedicarse a la producción poética desde su juventud,
pero estas obras fueron publicadas por primera vez
en 1916, cuando Ricardo Rojas las descubre; hasta
este año, sus versos circularon a través de unas
pocas copias manuscritas.
El peregrino en Babilonia es una suerte de confesión
autobiográfica en verso. El sujeto poético recuerda
las aventuras eróticas de su juventud, en episodios
casi novelescos donde se narran las peripecias que
rodean sus conquistas y amoríos -aun después de
haber contraído matrimonio y su vida militar en
enfrentamientos contra los holandeses que habían
invadido Buenos Aires (1625), portugueses y
distintas tribus de indios. Suerte de confesión
pública de intención didáctico-moralizadora, a esta
zona del poema escrita a modo de romance (1332
octosílabos), le suceden versos más solemnes (silvas
que reúnen endecasílabos y heptasílabos rimados),
que evocan su conversión y arrepentimiento; el tono
lírico sucede entonces al tono narrativo del
comienzo.
Manuel José de Lavardén (1754-1810) es la figura
literaria más representativa de la Buenos Aires
virreinal. En 1778, de regreso de la Universidad de
Chuquisaca, se presenta ante los círculos porteños
con un Discurso en el colegio carolino. En 1786
escribe una "Sátira" contra el ambiente literario de
Buenos Aires, donde se expresan las tensiones entre
la ausencia de un ambiente cultural la ciudad
porteña y el hueco prestigio de los versificadores
de Lima: "Pues cualquier mulatillo palangana/ con
décimas sinnúmero remite/ a su padre el Márqués una
banana". En 1789 estrena en el teatro recientemente
creado por el virrey
Vértiz la primera
pieza dramática "argentina", que lleva por título
Siripo. La obra (hoy en gran parte extraviada, a
excepción de un segundo acto) recrea el mito de
Lucía Miranda y se presenta con un éxito persistente,
pues todavía varios años más tarde (1813, 1816)
continúa siendo representada en los teatros de
Buenos Aires y Montevideo. El 1º de abril de 1801,
en el primer periódico de Buenos Aires, El telégrafo
mercantil, se publica su poema más famoso, la "Oda
al Paraná", texto neoclásico donde se incorpora a la
vez la geografía rioplatense e invocaciones a los
monarcas españoles. En 1801, también, Lavardén
escribe el Nuevo aspecto del comercio en el Río de
la Plata, ensayo de economía política.
Innumerables coplas, décimas, letrillas, romances,
cielitos y glosas (en gran parte anónimas)
circularon, reunidas en lo que se suele englobar
como "Cancionero de las invasiones", a raíz de los
ataques de los ingleses a Buenos Aires (1806-1807) y
la reconquista de la ciudad, episodio que dio lugar,
por ejemplo, a un "Romance" del padre
Pantaleón
Rivarola.
En 1824, Ramón Díaz publica una antología de poesías
(muchas anónimas, otras de poetas ocasionales o con
una obra moderada) donde recopila parte de una
tardía producción poética virreinal y de los
primeros años de la independencia. En ruptura con la
cronología, La lira argentina se inicia y se cierra
con dos textos de Vicente López y Planes
(1785-1856): se inaugura con el "Himno Nacional"
(1813) y se clausura con "El triunfo argentino"
(1808), oda a través de la cual el autor celebraba
la victoria sobre el invasor británico
Las
primeras décadas del siglo XIX, a la vez que exponen el desarrollo
de una intensa vida cultural, estimulada por la lucha contra el
invasor inglés y el proceso de emancipación de España (25 de mayo de
1810 - 9 de julio de 1816), revelan también una fuerte continuidad
con la cultura colonial: paradójicamente, por ejemplo, la poesía
patriótica que clama contra España asume modulaciones neoclásicas o
muestra la fuerte impronta española de autores como
Quevedo,
Góngora,
Calderón,
Jovellanos,
etc. En esas décadas persiste opacado el influjo barroco y
gongorista, que convive con el prestigio de la normativa neoclásica
y la seducción por el pensamiento iluminista.
Desde 1801 se organizan diversos tipos de sociedades de corte
liberal sobre el modelo de las sociedades filantrópicas europeas: la
Sociedad Patriótica y Literaria (1801), editora del periódico el
Telégrafo Mercantil; la Sociedad Patriótica (1811), que se reunía en
el café de Marcos y apoyaba la política de Mariano Moreno; la
Sociedad del Buen Gusto en el Teatro (1817), destinada a fomentar la
creación dramática bajo el lema "El teatro es instrumento de
gobierno" e intentaba asociar, a través de la escena, los triunfos
militares de la revolución con un público popular; la Sociedad
Valeper de Buenos Aires (1821); la Sociedad de Amigos del País
(1822), que publicó el periódico El ambigú, de Buenos Aires; La
Sociedad Literaria de Buenos Aires (1822), editora del periódico El
argos, de Buenos Aires, y de la revista La abeja argentina. La
emergencia de estas sociedades coincidió con una incesante
producción de periódicos y revistas que, aunque de circulación
efímera, acompañaban las diversas coyunturas políticas y, a la vez,
creaban un canal de difusión para una emergente literatura nacional;
sin hacer un catálogo de ellos, baste decir que entre las décadas
del veinte y el treinta circularon en Buenos Aires casi dos
centenares de hojas, diarios y periódicos.
Entre los poetas llamados "de la revolución", porque sus textos
tenían como objeto fundamental la difusión de triunfos militares o
la celebración de acontecimientos patrióticos -casi siempre a través
de una retórica formular, conservadora, que apelaba a referencias
mitológicas- pueden citarse a
Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823),
José A. Molina
(1772-1838),
Juan Ramón Rojas (1784-1824),
Vicente López y
Planes,
Esteban de Luca
(1786-1824). Entre
los ensayistas y políticos más importantes, se destacan
Mariano Moreno (1778-1811)
con su Representación a nombre de los hacendados (1809) y sus
ensayos periodísticos;
Bernardo Monteagudo
(1787-1825), con su
prosa polémica; y la oratoria política de
Castelli.
Si los escritores mencionados son protagonistas literarios de las
luchas por la emancipación política de España, un poco más tarde, en
la década del 20 y como parte de una nueva promoción de jóvenes
liberales, se destaca el poeta y periodista
Juan Cruz Varela
(1794-1839), un
ferviente defensor de la política de
Bernardino Rivadavia.
En 1823 escribió una tragedia, Dido, en romance endecasílabo, que
dramatizaba el libro IV de la Eneida; un año más tarde, otra
tragedia de corte clásico, Argia, ambientada en la ciudad de Tebas.
En 1831, ya exiliado, Juan Cruz Varela
publica en Montevideo sus Poesías, una colección que recopila
tempranos versos amatorios, textos de corte épico exaltando las
acciones militares de los revolucionarios de la independencia-,
poesías "civiles" destinadas a celebrar los progresos de Buenos
Aires o las reformas liberales introducidas por Rivadavia,
invectivas contra el gobernador
Juan Manuel de Rosas.
El libro mismo, a través de los diversos temas escogidos (no de su
unánime retórica) puede leerse como representativo de los pasajes
que se están operando en la literatura argentina.
La
denominación habitual de "Generación del 37" para designar
grupalmente a escritores como
Esteban Echeverría,
Domingo Faustino Sarmiento,
Juan Bautista Alberdi,
José Mármol,
oscurece, bajo la forma de cierta unidad sin fisuras, la
heterogeneidad de los escritores a los que se alude. En términos
generales, sin embargo, es cierto que los escritores proyectaron una
sólida imagen como generación, presentándose a sí mismos como
ciudadanos, jóvenes y exiliados, tres figuras muy instaladas en el
imaginario europeo de comienzos del siglo XIX (a través de
asociaciones como la Joven Italia o la Joven Europa), o de los
escritos de los diversos exiliados en el interior del continente
europeo (los españoles liberales, los aristócratas franceses).
En 1837, en la librería porteña de
Marcos Sastre,
se constituye el Salón Literario, espacio donde escritores como
Esteban Echeverría
y
Juan Bautista Alberdi
realizan lecturas de sus ensayos. Cada uno de los trabajos muestra
la focalización en la patria como objeto central de reflexión y la
convicción de que son los escritores quienes deben asumir la tarea
de pensar un destino para el país naciente. La modificación de las
costumbres, la propuesta de un sistema legislativo y constitucional
coherente, la búsqueda de una teoría política, la necesidad de crear
una literatura nacional son algunas de las cuestiones que preocupan
a estos intelectuales. "Busco una razón argentina dice
Esteban Echeverría
y no la encuentro". La reflexión toma dos direcciones: por un lado
para observar al pueblo (al que se busca educar y dirigir, a la vez
que se lo registra como una turba semisalvaje); por el otro, hacia
una teoría de gobierno, cuyo propósito inmediato sería concluir
definitivamente con la anarquía política y la improductividad
económica. Estos intelectuales se miran a sí mismos como "hijos de
los héroes de la independencia" y se arrogan la tarea de alcanzar la
emancipación intelectual para concluir la tarea comenzada en mayo de
1810 por la emancipación política: a la etapa desorganizadora y
destructiva de la espada -sostienen-, debe sucederle la de la
inteligencia, la razón y la letra. El énfasis sobre la necesidad de
una adaptación de las ideas europeas para resolver los problemas
específicamente americanos y la búsqueda de cierto pragmatismo
político mensura la distancia que quieren instaurar respecto de los
liberales rivadavianos de la década del veinte (unitarios), con los
que mantienen un enfrentamiento soterrado que por momentos explota
en rótulos que los congelan como la "ignorancia titulada" o la "vejez
impotente", aunque en general deban buscar alianzas con ellos.
La posición frente al gobierno de
Juan Manuel de Rosas,
en cambio, resulta todavía vacilante en el Salón Literario. Mientras
unos tientan la asunción de su figura como la del "gran hombre",
destinado a pacificar y unificar a la nación, otros, ya con
reticencias, señalan que ese rol está aun vacante. El Salón
Literario, si bien se desarrolló por pocos meses en un ámbito
limitado, porteño, resulta representativo de las discusiones que
otros intelectuales, como el sanjuanino
Domingo Faustino Sarmiento,
estaban llevando adelante en otras provincias argentinas. En los
años posteriores, sobre todo después de 1840, los escritores de esta
generación, proscriptos por Rosas, irán partiendo uno a uno hacia el
exilio y se refugiarán en las ciudades de Montevideo (ciudad
uruguaya donde se congregará el mayor número de exiliados), Santiago
de Chile, Río de Janeiro (Brasil), en el vecino país del norte,
Bolivia, o en Perú, según la zona del país desde la cual se exilien.
Si el exilio y la discusión en común de un destino para la nación
agrupa a estos escritores como generación, el otro gran factor
aglutinante será la adscripción generalizada a la estética romántica.
La relación ya la había precisado Víctor Hugo en una frase que
circuló mucho entre los intelectuales argentinos: "El romanticismo,
si se lo considera en su aspecto militante, no es otra cosa que el
liberalismo en literatura". En esta frase vieron los escritores una
síntesis que abarcaba también otra de sus búsquedas: la libertad
formal en literatura, a través de la emancipación de la opresiva
normativa retórica de los neoclásicos; la libertad temática que les
permitiera alejarse de la transitada mitología clásica para prestar
mayor atención a asuntos nacionales y americanos.
Esteban Echeverría,
de regreso en 1830 de su viaje a Europa, difunde en el Río de la
Plata la producción de los románticos europeos (Schlegel, Staël,
Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Scott, Byron). Él mismo, en el marco
de esta elección estética, publica tres libros en verso a lo largo
de la década del treinta: Elvira o la novia del Plata (1832), Los
consuelos (1834) y Rimas (1837), donde incluye uno de sus textos más
importantes, "La cautiva". En el exilio publica también La
insurrección del Sur (1837), en 1842 el poema "La guitarra" y su
continuación, el largo poema El ángel caído; más tarde el Avellaneda
dedicado a
Alberdi, sobre
el proyecto y el itinerario de
Marco Avellaneda,
quien intentó organizar una Liga del Norte para derribar a Rosas.
José Mármol, a
lo largo de las décadas del cuarenta y cincuenta, publica también
durante su exilio en Montevideo poemas románticos que se difunden
primero a través de periódicos y luego en libros: El peregrino
(1846-1847), Armonías (1851) y Poesías (1854); obras teatrales en
verso: El poeta (1842) y El cruzado (1842).
Es la producción poética la que, durante esos años, consolida los
prestigios literarios: los escritores entienden ante todo la
literatura como poesía. La prosa, en cambio, resulta para ellos
instrumento de pensamiento y arma de combate político. Sin embargo,
tanto
Esteban Echeverría
como
José Mármol,
trascienden más por sus obras en prosa que por sus versos:
Echeverría, a
través de un relato escrito probablemente hacia 1839 que no publicó
en vida, El matadero;
José Mármol, a
través de una novela política, Amalia, publicada por entregas en
1851 y, como libro, en 1855. Estos dos textos, marcados por la lucha
contra el tirano Rosas, con fuertes adscripciones políticas, se
apartan de la estética romántica cuando representan el universo de
sus enemigos rosistas. El detalle realista irrumpe entonces para
retratar al pueblo adicto a Rosas y a sus funcionarios, y
degradarlos a través de su pintura. Paradójicamente, esta inmersión
en el mundo de sus enemigos los lleva a explorar y a descubrir las
modulaciones de la estética realista, desvío que para el lector
contemporáneo del siglo XX se transforma en su mejor hallazgo,
porque redunda en una mayor eficacia y originalidad literarias. La
historia de la literatura argentina lee, aun hoy, en El matadero
difundido en 1871 por un discípulo de
Esteban Echeverría,
Juan María Gutiérrez, (1809-1878) el origen del género narrativo en
la Argentina, mientras en Amalia vislumbra los orígenes de la novela.
El género novelístico tuvo, hasta la publicación de Amalia en 1851,
algunos exponentes poco significativos, o bien porque la circulación
de los textos fue muy acotada o porque su eficacia literaria resulta
escasa: hacia 1788 el cordobés Miguel Learte escribe Las aventuras
de Learte (publicada por primera vez en 1927), mientras en 1822 Juan
Justo Rodríguez escribe Alejandro Mencikou, príncipe y ministro del
estado ruso, sabio en la desgracia y ayo de sus hijos, dos
curiosidades bibliográficas desconocidas -en general- para el lector
argentino. Apenas más atención merecieron las incursiones
novelísticas de Juana Manso (Los misterios del Plata, 1851; y La
familia del comendador, 1854), las novelas de Miguel Cané padre
(Esther, 1851; Una noche de bodas, y La familia Sconner, 1858) y las
de los historiadores Bartolomé Mitre (Soledad, 1847) y Vicente Fidel
López (La novia del hereje, 1846; y La loca de la guardia, concluida
en 1890). Aunque pueden rastrearse muchos otros exponentes
secundarios del género, habrá que esperar hasta la década del
ochenta para encontrar un proyecto novelístico del relieve de la
Amalia de
José Mármol.
Tampoco, curiosamente, proliferan los relatos. Si la postulación de
El matadero de
Esteban Echeverría
como primer cuento argentino no es producto de una fatalidad
cronológica sino de una operación crítica, apenas podrían citarse
hacia esos años los cuentos de Juana Manuela Gorriti (1819-1892)
recopilados en Sueños y realidades (1865) -hasta la década del
ochenta, única escritora que perseveró en el género-; alguna
incursión de Bartolomé Mitre ("Memorias de un joven botón de rosa",
1848) o de ("Tobías o La cárcel
a la vela", 1851; y "Peregrinación de Luz del día", 1878); y textos
que encuadran mejor en el marco del género de costumbres como "El
hombre hormiga" (1838), de Juan María Gutiérrez. En 1838, ya cerrado
el Salón Literario, se funda La Asociación de Mayo. A
Esteban Echeverría
se le encomienda redactar el programa de la asociación, llamado
Código o Declaración de principios que constituyen la creencia
social de la República Argentina, luego difundida con el nombre de
Dogma socialista de la Asociación de Mayo. Este texto, junto con el
Fragmento preliminar al estudio del Derecho, difundido por el
escritor tucumano
Juan Bautista Alberdi
en el Salón Literario el año anterior, resultan fundamentales como
condensación del pensamiento de la generación. Alberdi en 1837
también publica en el periódico La Moda, una serie de artículos de
costumbres, bajo el pseudónimo de "Figarillo", homenaje al muy
admirado escritor español Mariano José de Larra, que escribía usando
el pseudónimo de "Fígaro". En realidad, el ensayo sobre derecho y
los artículos de costumbres de Alberdi podrían pensarse como dos
caras de la misma búsqueda: siguiendo a Tocqueville, desde la
perspectiva de Alberdi, la letra del derecho debe asentarse sobre
las leyes no escritas de las costumbres; y si en el Fragmento hace
propuestas teóricas, en los artículos busca reformar las leyes no
escritas, reformando a sus lectores a través de la sátira y el
ridículo. Alberdi escribe también obras dramáticas (La revolución de
Mayo y El gigante de Amapolas) e incursiona en el relato, pero son
sus ensayos los que más se destacan: en 1852 luego de la caída de
Rosas escribe
un texto fundamental en el derecho constitucional argentino, Bases y
puntos de partida para la organización nacional, entre muchos otros
textos como Elementos de derecho público provincial para la
República Argentina o El imperio del Brasil ante las democracias de
América (1869).
Sin duda uno de los escritores más importantes del siglo XIX
argentino es el escritor sanjuanino
Domingo Faustino Sarmiento.
En su ciudad natal
Sarmiento
se adhirió a la Sociedad Literaria, filial de la porteña asociación
de Mayo, aunque en parte su pensamiento y su escritura adoptaron
rasgos divergentes a los de Alberdi y
Echeverría.
Desde muy joven se desenvolvió como periodista y maestro (fundó un
colegio de señoritas y se inició escribiendo en el periódico El
Zonda) y en 1840 se exilia en el país limítrofe de Chile, donde en
1842, junto a V. F. López, funda nuevamente un periódico, El
Progreso. La obra de este escritor es extensísima (sobre todo su
labor periodística) y, en este sentido, es importante recordar que
la edición de sus obras completas ocupa cincuenta y dos gruesos
volúmenes. Entre sus libros más importantes pueden destacarse tres
de carácter más profundamente autobiográfico, aunque la crítica
literaria ha señalado con frecuencia que casi la totalidad de la
escritura de
Sarmiento
puede
leerse como una autobiografía: Mi defensa (1843), Recuerdos de
Provincia (1849) y Vida de Dominguito (1886). Es en estos textos
donde
Sarmientoorganiza
con mayor intensidad su figura de intelectual y escritor, aunque
esta imagen está también muy presente en sus biografías de caudillos
provinciales: Vida del general Fray Félix Aldao (1845), El Chacho,
último caudillo de la montonera de los llanos de La Rioja (1886) y
en uno de sus libros más importantes por la incidencia persistente
que tuvo sobre la cultura argentina, Civilización y barbarie. Vida
de Juan Facundo Quiroga, más tarde conocido simplemente bajo el
título de Facundo. En Aldao y Facundo el escritor, a través de la
biografía de los caudillos protagonistas, desarrolla una versión de
la historia patria mientras, a la vez, alude en forma militante
contra
Juan Manuel de Rosas.
La dicotomía "civilización y barbarie" (que titulaba la vida de
Facundo Quiroga en su primera edición) organiza otras polarizaciones:
la ciudad en confrontación con la campaña, los federales con los
unitarios y en última instancia a
Rosas con el
mismo
Sarmiento. Este
modo dicotómico de sistematización de la sociedad argentina, aunque
corroído en la escritura del texto por la fascinación que, a la vez,
le provoca la figura de su biografiado, será uno de los modelos que
con más ardor se adoptarán o impugnarán en la historia de la cultura
argentina.
Sarmiento
publica en 1849 sus Viajes en Europa, África y América, donde reseña
las impresiones que le suscita el periplo emprendido desde Chile en
1845. Entre las cartas que integran ese volumen de viajes resulta
especialmente sugestiva la que remite desde España. Como gran parte
de la generación del 37,
Sarmiento
visualiza en la antigua metrópoli el origen del mal nacional. Pero
interesa en ella sobre todo su escritura, porque allí el escritor
adopta la pose de un inquisidor americano y pone en marcha los
mecanismos que a la vez denuncia: España es escudriñada a través de
una maquinaria de interrogatorios, imputaciones y hostigamientos,
porque en ella se está también mirando un mal que marcó a la patria
americana y no puede ser removido en su presente. Si en la carta a
España
Sarmiento lee
las limitaciones que impone la historia a las antiguas colonias
americanas, en Francia ve desmoronarse un modelo; en África rebusca,
en cambio, analogías con América, mientras en Estados Unidos
redescubre los brillos de un nuevo modelo político y económico.
Parte de ese deslumbramiento todavía reluce en su libro Argirópolis
(1850).
La
caída de
Juan Manuel de Rosas
en febrero de 1852 apenas logra sosegar al incansable
Sarmiento. El
mismo año publica su Campaña en el ejército grande, texto donde
narra su conflictiva relación con el caudillo que venció a
Rosas, Urquiza.
Nuevamente exiliado en Chile, mantiene (también en 1852) una de las
más estruendosas polémicas del siglo XIX con
Juan Bautista Alberdi,
a través de cartas: las de
Sarmiento se
publican bajo el título de Las ciento y una, mientras las de Alberdi
se imprimen como Cartas quillotanas.
Entre 1862 y 1864
Sarmiento es
gobernador de la provincia de San Juan; renuncia y parte hacia los
Estados Unidos como ministro plenipotenciario; en 1868, de regreso a
su país, confirma durante el viaje en barco que ha sido elegido
Presidente de la República. Su obra se hace cargo, todavía, del
ambiente intelectual de la década del ochenta: Conflicto y armonía
de las razas en América (1883) redefine, desde una perspectiva
positivista, una descripción de la Argentina, pensada -esta vez- a
través del drama del enfrentamiento de la raza blanca y la indígena,
a través de las leyes de la herencia.
La gauchesca fue señalada, por críticos como
Ricardo Rojas
y Ángel Rama, como un sistema "paralelo" que se
desarrolla a lo largo del siglo XIX. Es, en cierto
modo, el gran género de la literatura argentina (con
un trabajo específico sobre la lengua y sobre las
formas), aunque al mismo tiempo es un género que
resultó por mucho tiempo ilegible como literatura.
Sin modelo europeo, la gauchesca nace y alcanza su
plenitud en el siglo XIX y presenta dos rasgos que,
en su simultaneidad, la definen contradictoriamente.
Por su materia y por su pretensión mimética de la
oralidad rural, remite a prácticas, saberes y
decires tradicionales. Por su sistema de circulación,
por su cruce con los grandes problemas sociales y
políticos de su tiempo y por las operaciones que
realiza en y con la lengua, se diría que está por
delante de otras formas literarias coetáneas con las
cuales, sin embargo, siempre parece colocarse en una
posición de minoridad. La operación que define a la
literatura gauchesca es la cesión, por parte del
autor, de la voz al personaje gaucho. Esta lengua
gauchesca en verso no es -como con sagacidad señaló
Jorge Luis Borges-
una mímesis de la lengua hablada por los gauchos
como sujetos sociales, sino un producto retórico y
literario, creado en y por el género. Se afirma que
la gauchesca organiza un sistema literario paralelo
porque, a pesar de que el texto más reconocido es el
Martín Fierro (1872-1879) de
José Hernández,
hay una línea de textos y autores que organizan una
tradición propia, desde las primeras hasta las
última décadas del siglo XIX, aunque en muchos casos
se trate de producciones anónimas. Un breve
itinerario del género podría iniciarse en el
virreinato. El canónigo
Juan Baltazar Maciel (1727-1788)
escribe en 1777 el romance "Canta un guaso en estilo
campestre los triunfos del Excmo. señor don Pedro de
Cevallos". El poema se aparta de la lírica culta
para tentar una veta popular. Sus primeros versos ("Aquí
me pongo a cantar / debajo de aquestas talas")
presentan una fórmula que será común a la gauchesca
y que llegará ya consagrada hasta el Martín Fierro.
Los textos de Bartolomé Hidalgo (1788-1822) fueron
clasificados según dos especies genéricas diferentes:
los diálogos y los cielitos. El cielito proviene del
estribillo "cielo, cielito, cielo", con numerosas
variantes en su formación lírica. A través de ellos
Hidalgo desarrolló su poesía militante durante las
luchas por la independencia entre 1811 y 1816. Los
diálogos (1821 y 1822), más escenográficos,
presentan interlocutores gauchos que conversan
(Jacinto Chano y Ramón Contreras) y una estructura
más o menos similar: una introducción y una plática
confidencial entre la gente del pueblo. Hidalgo deja
marcado el camino para otras expresiones gauchescas.
En la década del veinte pueden registrarse,
funcionando en el interior del sistema gauchesco,
los periódicos encendidos del Padre Castañeda; en la
década del treinta los de Luis Pérez, rosistas,
acompañan la lucha de facciones: El Torito de los
Muchachos, El gaucho, La gaucha, El negrito, El toro
del once, etc.
Hubo, también, gauchesca unitaria, a través de
Hilario Ascasubi (1807-1875),
versos que el autor recopiló en 1872 bajo el título
Paulino Lucero (del período 1839-1851) y Aniceto el
gallo (del año 1854 e inéditos). Una obra
significativa es el Fausto (1866) de
Estanislao del Campo,
texto paródico, en el que Anastacio el Pollo relata
a su compadre Laguna, como si se tratara de sucesos
verdaderos, lo que ha visto en una representación
del Fausto en el teatro Colón.
En 1872
José Hernández
(1834-1886) publica, con inesperado suceso, el mayor
exponente del género, El gaucho Martín Fierro. Siete
años más tarde, en 1879, presenta la edición de La
vuelta de Martín Fierro. Aunque son muchos los
relatos y novelas que toman como protagonistas de
sus obras a personajes gauchos, por ejemplo
Eduardo Gutiérrez en sus
folletines, estos textos, llamados criollistas
construyen sólo de una manera muy limitada (a través
de algunas voces o giros) una voz del gaucho.
Los escritores y la época
El
período de luchas y de divergencias políticas que siguió a la
derrota de Rosas llegó a su término el 21 de setiembre de 1880,
cuando un congreso en minoría, reunido en el pueblo de Belgrano,
sancionó una ley que declaraba a la cercana ciudad de Buenos Aires
capital de la República Argentina. Había llegado a su fin un viejo
pleito entre porteños y provincianos y se iniciaba una nueva época
en nuestra evolución histórica, con grandes cambios en el panorama
material y cultural. Ese mismo año ocupó la presidencia el joven
militar Julio Argentino Roca que dispuso asentar al país sobre
nuevas bases. Desde esa época el crecimiento de Buenos Aires fue
asombroso. En la década comprendida entre 1880 y 1890, la población
de la capital aumentó en un 84 por ciento, mientras que en el resto
del país, sólo creció en un 29 por ciento. La gran ciudad absorbió
riquezas y derechos en perjucio de las provincias y dio origen a un
desequilibrio que es visible en la época actual. Las sucesivas
oleadas de inmigrantes se detuvieron en Buenos Aires,mientras que
sólo en escasa proporción esos europeos avanzaron sobre la desolada
campaña para poblarla.
El
gobierno y los cargos públicos de importancia fueron ocupados por
una minoría con capacidad ejecutiva y mentalidad semejante al
antiguo despotismo ilustrado, que se propuso engrandecer al país sin
que el pueblo participara con sus decisiones. De ideología liberal y
progresista, partidaria de la cultura europea, la minoría dirigente
emprendió su labor con el lema de paz y administración para fomentar
el desarrollo en todas sus manifestaciones, desde la conquista del
desierto en poder de los indios y el trazado de vías férreas, hasta
la radicación de capitales extranjeros.
En torno a la epoca de la federalización de Buenos Aires, un grupo
de escritores se destaca en este período de la nación organizada, al
lado de las personalidades sobrevivientes de la proscripción. Casi
todos ellos participaron en política por medio de la pluma o en
importantes cargos públicos y otras veces, su actividad literaria
fue un mero pasatiempo. Se los conoce como integrantes de la
generación del 80 porque sus principales figuras alcanzaron la
madurez a partir de ese año de profundos cambios, que convirtieron a
la "gran aldea" de Buenos Aires, en una ciudad cosmopolita.
Siempre resulta difícil agrupar con categoría absoluta y bajo un
común denominador acontecimientos de carácter cultural, por esto, el
concepto de generación ha sido discutido y aun negado por estudiosos
de mérito. En el aspecto literario, se parte del principio que los
escritores nacidos y educados dentro de una misma época y que
actuaron bajo semejantes influencias políticas, sociales y
económicas, reflejan en sus obras una unidad de criterio de acuerdo
con el período cronológico en que desarrollaron su actividad. No
siempre se encuentra respuesta positiva a este principio, y además,
es sabido que algunas figuras sobrepasan con su prestigio los
límites cronológicos de una época literaria o científica.
Con todo y sometiendo el concepto de generación a cautelosos reparos,
puede admitirse que en torno al eje cronológico del año 1880, actuó
en nuestro país una pléyade de intelectuales que dieron una
fisonomía característica a las letras y a la política y que se
conoce con criterio muy amplio como la generación del 80.
Integran el grupo literario más importante Miguel Cané, Lucio V.
Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López (1848-1894), Eugenio Cambaceres, Martín García Mérou, José S. Alvarez con el seudónimo
de Fray Mocho y Paul Groussac. No tan representativo de la época,
pero un gran valor dentro de nuestras letras fue el riojano Joaquín
V. González. También debe citarse a los parlamentarios católicos José Manuel Estrada y Pedro Goyena. Con respecto a los poetas,
integran entre las figuras representativas del 80 una segunda
generación romántica. Puede mencionarse a Ricardo Gutiérrez,
Olegario V. Andrade (1839-1882), Rafael Obligado y Carlos Guido y Spano . Aunque perteneciente por su edad a la generación del 80,
pero apartado de ella, figura el poeta de los humildes, Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) conocido con el arrogante seudónimo
de Almafuerte y sin duda, una de las más discutidas y
desconcertantes personalidades de nuestra literatura.
Caracteres de la generación literaria
Ricardo
Rojas agrupó a los escritores de la generación del 80 con el título
de prosistas fragmentarios debido a la falta de continuidad en sus
pensamientos, reflejado en obras carentes de unidad orgánica. Fueron
hombres de mundo que viajaron a Europa y alternaron las amenas
conversaciones de los elegantes clubes con los libros y la labor
política e intelectual. Escribieron ensayos, artículos periodísticos,
recuerdos autobiográficos, anécdotas, breves narraciones y juicios
sobre la época en que vivieron. No fueron autores de obras
doctrinales, ni tampoco dejaron investigaciones ni largas novelas.
En su gran mayoría pertenecieron a la clase social gobernante y su
mentalidad y posición económica les hizo admirar la cultura europea,
con sus tesoros artísticos y su mundana sociabilidad. Muy idealistas,
abrazaron con vehemencia las ideas liberales y el positivismo,
mientras algunos de ellos al ocuparse de la historia patria trataron
de demostrar el fracaso de los grandes proyectos de la generación
anterior. Negaron principios y creencias de la mayoría y con
escepticismo sostuvieron un cambio en el rumbo social y cultural de
la Argentina.
Sobre
la generación del 80 escribió Carlos Ibarguren: "Fue de escépticos y
de materialistas, cuyo pensamiento seguía la acción cambiante y
apresurada de un país en formación y de una sociedad que
evolucionaba. El positivismo filosófico, las corrientes científicas
predominantes a fines del siglo pasado, el enorme desarrollo
industrial y económico europeo, las masas de hombres y de oro que
empezaron a venir a estas playas, trasformando velozmente nuestra
tierra, dieron al núcleo director argentino la visión utilitaria y
sensual de la vida.
El
humor y la ironía constituyen dos rasgos característicos de los
escritores de este período. La figura más representativa del
humorismo fue Eduardo Wilde hombre extravagante y de prosa familiar
que sin preocuparle el estilo, dejó pruebas de su originalidad e
ingenio en ocurrentes frases.
La
critica literaria contó con destacados representantes en la época
que nos ocupa. Calixto Oyuela (1857-1935) fue autor de dos tomos
sobre Estudios Literarios y de la amplia Antología de poetas
hispanoamericanos (1919-1920); Martín García Mérou, que en sus obras
de crónica y crítica literaria reflejó el movimiento intelectual de
la generación del 80 y Paul Groussac, un escritor incisivo y
satírico, de muy variada producción y certeros juicios críticos.
Existió
también una tendencia a la evocación o recuerdo del pasado, con
anécdotas y reminiscencias de episodios en gran parte presenciados
por sus autores. Aunque sin base documental, constituyen páginas de
apreciable valor, debido a su intimidad. José Antonio Wilde
(1813-1885) obtuvo gran éxito con un libro de recuerdos que tituló
Buenos Aires desde 70 años atrás al igual que Vicente G. Quesada
(1830- 1913) con el seudónimo de Víctor Gálvez, autor de Memorias de
un viejo, publicadas en 1889. Dentro de esta literatura evocativa
también figuran Juvenilia, el conocido libro de Miguel Cané y el
escrito por Santiago Calzadilla titulado Las beldades de mi tiempo,
que se editó en 1891.
La
prosa del 80 expresó la hostilidad de las clases aristocráticas de
la sociedad porteña hacia los inmigrantes extranjeros. Esta actitud
xenófoba se advierte con nitidez en algunos novelistas como Eugenio
Cambaceres en su obra titulada En la sangre (1887) y también en
Antonio Argerich con ¿Inocentes o culpables? (1884), que señalan en
esencia una especie de hartazgo hacia lo europeo. La gran llegada de
inmigrantes a Buenos Aires favoreció a las corrientes ideológicas
del liberalismo y del materialismo, para dar origen a un amplio
movimiento destinado a secularizar todos los estratos sociales. Se
enfrentaron entonces el laicismo contra la fe católica a través de
memorables debates originados al discutirse la ley de enseñanza
laica (año 1884) y proyecto sobre el matrimonio civil (1888). Entre
los pensadores católicos se destacó José Manuel Estrada (1842-
1894).
La
campaña al desierto realizada por el general Roca en el año 1879
actualizó el tema del indio y el problema derivado sobre la posesión
de sus tierras. Si bien Lucio V. Mansilla se anticipó con su obra
Una excursión a los indios ranqueles, la temática sobre el aborigen
adquiere el carácter de novela de aventuras con Estanislao S.
Zeballos, autor de una trilogía de tono rornántico.
La prosa de imaginación
La novela no existió en nuestra literatura del periodo hispánico,
durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En épocas de los "proscritos"
siglo XIX se considera a El matadero de Echeverría como nuestro
primer cuento y Amalia de Mármol, la obra que inicia la novela. Pero
sólo en la década del 80, la prosa de imaginación adquiere verdadera
importancia en la vida literaria argentina. Bajo la influencia de un
naturalismo heredado del escritor francés Emilio Zola con la pintura
detallista de ambientes y caracteres y también del realismo, la
imaginación culmina en este período con Eugenio Cambaceres,
reconocido por la crítica como uno de los fundadores de la novela en
nuestro medio.
En
épocas de la Organizacion Nacional las más difundidas novelas de
autores extranjeros entre ellos Zola y Flaubert eran ya conocidas en
nuestros círculos intelectuales. Los escritores argentinos salvo
algunos intentos no habían incursionado por el género literario de
la imaginación.
Al
comentar una obra del norteamericano Cooper, escribió Mariano
Pelliza en 1879: "Pobre es la América del Sur y pobre la República
Argentina de libros propios destinados a reflejar sus costumbres, su
natura!eza o su historia en la forma de la novela."
El proceso de evolución hacia una novela nacional lo inició con sus
folletines Eduardo Gutiérrez (1851-1899), cuya obra recién en la
actualidad ha sido valorada en su real importancia. Demostró su
capacidad literaria a través de artículos aparecidos en diversos
periódicos, entre ellos " La Tribuna", "La Época" y " Sud-América".
Pasó buena parte de su vida componiendo cuartillas sobre una
reiteración temática: el paisano honrado que debido a las
injusticias policiales se convierte en matrero. Su folletín más
popular titulado Juan Moreira basado en un personaje real fue
llevado a escena por el actor José Podestá en 1886, año que marca un
proceso de gran importancia en el teatro nacional. Era evidente que
Gutiérrez había incorporado el populismo a nuestra literatura, pero
sus dramones de suspenso policial estaban al margen de la novela
culta.
Hacia
1884, el género novelesco inicia en Buenos Aires su marcha
ascendente. En la corriente del naturalismo debe ubicarse al médico
Antonio Argerich (1862-1924), que en su obra ¿Inocentes o culpables?
(1884) se ocupó de la inmigración y de los problemas sociales
derivados de los conventillos. Francisco Sicardi (1856-1927) se
graduó de médico en 1883 e incursionó por la literatura con varias
novelas, entre ellas la titulada Libro extraño, que se compone de
varias partes. Evocó cuadros de costumbres con personajes
patológicos hundidos en la miseria, el dolor, la enfermedad y el
crimen. Otro médico, Manuel T. Podestá (1853-1918), escribió
Irresponsable, cuyo protagonista es un incapacitado enfermo mental
que enfrenta a la sociedad que lo rodea. La principal figura de la
novela naturalista en la generación del 80 fue Eugenio Cambaceres,
que fue el novelista más importante del período, escribió cuatro
textos. Pot-Pourri (1881) y Música sentimental (1884), aunque toman
como núcleo narrativo el adulterio, se recortan de la producción
naturalista por su estilo conversador, y su estructura fragmentaria
y de collage; el mal social en ellas, además, está depositado en la
corrupción, la hipocresía y la impericia de la clase dirigente. Sin
rumbo (1885), aunque más compleja, es ya una novela naturalista, y
En la sangre (1887) resulta, en su denuncia del inmigrante arribista,
paradigmática hasta la caricatura.
La obra
que expresa con mayor exactitud los cambios sociales y culturales de
la ciudad porteña en el período que nos ocupa, se titula La gran
aldea debida a la pluma de Lucio Vicente López (1848-1894), nieto
del autor de la letra del Himno Nacional e hijo del historiador
Vicente Fidel. La novela fue conocida primeramente por folletines a
través del diario "Sud-América" y editada en forma de libro en 1884.
En torno a la historia de los desparejos amores de un anciano y una
joven —don Ramón y Blanca— se ocupa en animadas páginas evocativas
del desarrollo de Buenos Aires con tipos característicos, manejos
políticos y costumbres. A pesar de sus imperfecciones de lenguaje y
excesos en la temática —un final truculento— La gran aldea no ha
perdido su gran valor documental.
Una
novela breve escrita por José María Cantilo (1840-1891) y titulada
La familia Quillango, satiriza a un rico estanciero que se traslada
del campo a Buenos Aires, donde compra una casa y habita con su
mujer y tres hijos. El autor describe el esfuerzo de un hombre
rústico que pretende adaptarse a la vida urbana.
La crisis económico financiera producida en el trascurso de la
presidencia de Juárez Celman, a causa de la fiebre del dinero y de
la especulación, así como también al afán de enriquecimiento,
culminó en 1890 con la quiebra de la Bolsa de Comercio. Algunos
literatos inspiraron sus novelas en la embriaguez corruptora de
aquella época, en que se extendió por doquier la ganancia segura
basada en promesas y papeles carentes de valor.
El
bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián
Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un
estudio social titulado La Bolsa. Obra realista —fue testigo de los
episodios como cronista bursátil describe la sociedad envilecida por
la especulacion y el ansia de lujo y riquezas. En el mismo año,
Segundo Villafane (1860-1337) dio a conocer Horas de fiebre, novela
en parte semejante a la anterior pues documenta el proceso de
crisis. Carlos María Ocantos (1860-1949), un autor de importancia,
miembro de la Academia Española de la Lengua, escribió Quilito
(1891), en que relata el drama de una familia arruinada por la
crisis de la Bolsa, con sus problemas domésticos, pasiones y
virtudes.
Los relatos fantásticos (y policiales) de Eduardo Ladislao Holmberg
(1852-1937), publicados en diversos periódicos y semanarios porteños
entre 1875 y 1898, muestran un uso literario del saber científico
divergente al de otros escritores del ochenta. La ciencia (psiquiatría,
frenología, sociología, biología) no aparece en sus textos como
digresión erudita y diletante, tampoco como sistema de
interpretación que sistematiza y cierra las tensiones del universo
novelesco o narrativo. El saber científico se transforma en sus
cuentos en núcleo productivo a partir del cual la ficción se
desencadena en forma autónoma. Entre los relatos más interesantes
pueden citarse: "Dos partidos en lucha" (1875), "Viaje maravilloso
del señor Nic-Nac" (1875), "Horacio Kalibang o los autómatas" (1879)
y las "nouvelles" Nelly, La bolsa de huesos y La casa endiablada,
publicadas en 1896. También pueden leerse en la serie de la
literatura fantástica: los relatos de Eduardo Mansilla (1838-1892),
reunidos en Creaciones (1883); El Doctor Whüntz (1880) de Luis
Varela (1845-1911), firmados bajo el pseudónimo de Raúl Waleis; y
algunos de los textos recogidos en Paginas literarias (1881), de
Carlos Monsalve.
La crítica literaria
Uno de
los rasgos característicos de los escritores del 80 fue la
inclinación a la crítica literaria, es decir, a juzgar la obra
escrita por su contemporáneo, sea ella un libro o un estreno teatral.
En este aspecto, la actividad desplegada fue abundante y en términos
generales no excedió del comentario epistolar o de la breve nota en
un periódico. Algunos nombres deben destacarse por su eficiente
preparación científica y situarlos como los primeros críticos de la
literatura argentina, continuadores del precursor y solitario Juan
María Gutierrez.
Calixto Oyuela, profesor universitario, miembro correspondiente de
la Real Academia Española y primer presidente de la Acadernia
Argentina de Letras (1931) fue un crítico de vasta cultura literaria.
Admirador de los clásicos y de las letras españolas, polemizó con
Groussac y otros liberales de la generación del 80 que se opusieron
a lo hispánico. Rígido preceptista, no cedió en sus firmes
convicciones estéticas y sostuvo la fórmula del "arte por la belleza".
Ya nos hemos referido a sus obras tituladas Estudios literarios
(1915) y Antología poética hispanoamericana (1919- 1920) .
El
francés Paul Groussac, que arribó a los dieciocho años a nuestro
país (1886) ignorando el idioma de la nueva tierra, no tardó en
convertirse en un destacado investigador y en el crítico de mayor
importancia de la literatura argentina hasta la segunda década de la
presente centuria. Penetrante ensayista, ejerció por más de cuarenta
años la dirección de la Biblioteca Nacional, tarea que le permitió
dominar el pasado histórico argentino y desarrollar con amplitud su
labor de investigador y de escritor. Respetado y temido maestro,
aplicó una metodología de rigor documental y un estilo expositivo
cáustico y preciso. De sus obras recordemos: Del Plata al Niágara
(1897), Santiago de Liniers (1907), Crítica literaria (1924) y
Mendoza y Caray (1929).
-
Martín del Barco Centenera (1544?-1601), eclesiástico y poeta
español, participó en la exploración de Argentina que dirigió
Juan Ortiz de Zárate.
Nacido probablemente en Logrosán, provincia de Cáceres, al
parecer cursó Teología en la ciudad de Salamanca. Desde 1572
residió en América, siendo arcediano en el Río de la Plata con
sede en Asunción del Paraguay. Realizó expediciones por la zona
y es posible que haya participado en la segunda y definitiva
fundación de Buenos Aires en 1580. En 1583 intervino en un
importante concilio regional en la ciudad de Lima (Perú). Fue
separado de su cargo en 1590 acusado de costumbres desordenadas.
A juzgar por los datos recogidos, estuvo en Buenos Aires en 1592
y de regreso en España en 1594.
Todo hace suponer que en 1601 se encontraba en Lisboa, entonces
bajo dominio español, como protegido del virrey (véase Felipe
II). En 1602 publicó en la capital portuguesa su obra La
Argentina y Conquista del Río de la Plata, hoy conocida como La
Argentina, poema narrativo en 28 cantos y 10.000 versos en el
cual describe diferentes lugares del área rioplatense y
ejemplares, en ocasiones desconocidos, de la fauna regional.
Narra además la historia de su conquista, la fundación de Buenos
Aires por Juan de Garay, diversos episodios eclesiásticos, las
invasiones de piratas ingleses y la vida de los aborígenes de la
pampa. De este poema, en el que se advierte una clara influencia
de Alonso de Ercilla y Zúñiga, toma su nombre la República
Argentina.
-
Ruy
Díaz de Guzmán (c. 1558-1629), cronista y conquistador español,
primer escritor nativo del Río de la Plata. Hijo de Alonso
Riquelme de Guzmán (sobrino de Álvar Núñez Cabeza de Vaca) y de
una mestiza llamada Úrsula (hija de Domingo Martínez de Irala),
nació en Asunción (Paraguay). Después de llevar a cabo acciones
militares en el río Paraná y en Santa Fe (1580) y ser designado
alguacil mayor de la ciudad de Salta, fundó diversas ciudades.
Llegó a ser alcalde de primer voto de su ciudad natal. Díaz de
Guzmán escribió, en 1612, los Anales del descubrimiento,
población y conquista de las provincias del Río de la Plata, que
pasaron a ser conocidos como la Argentina manuscrita, por haber
sido difundidos a través de diversas y muy distintas copias del
original perdido. Publicado por vez primera en 1836, en Buenos
Aires, no fue sino hasta 1914, cuando el francés afincado en
Argentina Paul Groussac llevó a cabo una edición cuidadosa de la
obra, que vio la luz así mismo en dicha ciudad. Dividida en
cuatro partes, de las cuales se perdió la última (que debería
narrar los acontecimientos que vivió el propio autor), la
Argentina manuscrita cuenta los hechos transcurridos desde el
descubrimiento español del Río de la Plata (fechado erróneamente
en 1512) hasta la fundación de Santa Fe (1573).
-
Navegante y conquistador español nacido en Lebrija (algunos
autores señalan, no obstante, su origen portugués) hacia 1470 y
muerto en la desembocadura del Río de la Plata en 1516. Piloto
mayor de la Casa de Contratación, fue descubridor de las costas
de Honduras, Belice y Yucatán, así como del Río de la Plata;
precisamente, en dicho río murió, en el viaje que había
emprendido para hallar el paso interoceánico, el actual estrecho
de Magallanes.
Fue marino desde su juventud y anduvo posiblemente en negocios
poco limpios por las costas meridionales peninsulares y
norteafricanas. En 1500 prestaba servicios a la Casa da India
portuguesa y navegaba por la costa africana y quizá hasta por la
ruta hacia Asia abierta por Vasco da Gama, lo que explicaría su
vinculación a los proyectos españoles de descubrimiento del paso
interoceánico. Sea como fuere estaba al servicio de la Corona de
Castilla desde principios del siglo XVI y reputado como gran
marino.
Tras la muerte de la reina Isabel (1504), el Rey Fernando el
Católico se empeñó en descubrir un estrecho en América, que
comunicara con el mar de China y de la India, a donde intentó
llegar Colón en 1492. En 1505 convocó una Junta en Burgos con
dicho objetivo. Asistieron el Obispo Fonseca, Vicente Yánez
Pinzón y Americo Vespucci. En marzo de dicho año concedió
mercedes a Yánez y Vespucci y cursó instrucciones a la Casa de
Contratación de Sevilla para que les entregasen los buques que
necesitaban. Todo se hizo con el máximo secreto y la Casa mandó
construir los buques en Vizcaya, ya que debían afrontar una
larga travesía. En el verano de 1506 Fernando el Católico tuvo
que dejar la Regencia de Castilla, pues su corona pasó a su hija
doña Juana. Su marido don Felipe el Hermoso se enteró del
proyecto y escribió a la Casa de Contratación el 23 de agosto de
1506: “Ya sabéis como estaba mandado hacer una armada para
descubrir la Especiería e estaban mandados hacer en Vizcaya los
navíos que eran menester para ello, e agora yo he sabido que son
acabados de hacer e son partidos para esa ciudad”. Don Felipe
falleció poco después y su suegro Fernando el Católico volvió a
la Regencia de Castilla, por incapacidad de doña Juana.
Inmediatamente retomó el proyecto anterior y convocó una Junta
en Burgos (marzo de 1508) a la que asistieron Fonseca, Vespucci,
Yánez Pinzón y dos personajes nuevos: y Juan Díaz de Solís. Se
tomaron varias decisiones respecto a las Indias y una de ellas
fue la de enviar una expedición al norte de Veragua (descubierta
por Colón en su cuarto viaje) para buscar “aquel canal o mar
abierto que principalmente is a buscar”, como se consignó en la
cédula de 23 de marzo de 1508. El viaje se encomendó a un doble
mando; el de Díaz de Solís en el mar y el de Yánez Pinzón en
tierra. Por piloto llevarían a Pedro de Ledesma, que había ido
con Colón a Veragua. La empresa se organizó con las dos naos
fabricadas anteriormente en Vizcaya, que eran la “Magdalena” y
la “Isabelita”.
Los expedicionarios partieron de España el 29 de junio de 1508 y
cruzaron el Atlántico hasta las proximidades de Santo Domingo,
desde donde enviaron una carta a Ovando. Siguieron luego hasta
Cuba, las costas de Nicaragua y subieron a las de Honduras (las
islas Guanajas). A partir de aquí singlaron al norte, por lo que
Solís y Pinzón fueron los verdaderos descubridores del Golfo
Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa de Yucatán. No
encontraron el paso interoceánico y volvieron a España en agosto
de 1509. Pinzón formuló algunas acusaciones a Solís, como
consecuencia de las cuales fue encarcelado. El pleito fue
sentenciado a favor de Solís, que fue recompensado con una
merced de 34.000 maravedises. A esto se añadió poco después, al
morir Vespucci, el nombramiento de Piloto Mayor (1512). Este
título tuvo mucho que ver con el deseo del Rey Católico de
encomendar a Solís otro viaje de descubrimiento para hallar el
paso a la Especiería. Quiso organizarlo en 1512 y llevando
además a su hermano Francisco de Solís y al portugués Juan
Enriques, pero el Rey de Portugal conoció el proyecto y protestó
airadamente por lo que fue preciso suspenderlo. En 1513 Vasco
Núñez de Balboa descubrió la Mar del Sur en Panamá, lo que
reactivó la ansiedad española por encontrar el estrecho
interoceánico. Tras haber nombrado a Pedrarias Dávila Gobernador
de Castilla del Oro, el Rey Católico capituló con Díaz de Solís
(24 de noviembre de 1514) un viaje de descubrimiento “a las
espaldas de la tierra donde agora está Pedro Arias, mi capitán
general y gobernador de Castilla del Oro, y de allí adelante ir
descubriendo por las dichas espaldas de Castilla del Oro mil e
setecientas leguas, e más si pudiéredes, contando desde la raya
e demarcación que va por la punta de la dicha Castilla del Oro
delante de lo que no se ha descubierto hasta agora”. Se trataba
por tanto de encontrar el Estrecho que comunicaba el Atlántico
con el Pacífico y subir por éste océano hasta la altura de
Panamá, desde donde Solís debía descubrir 700 leguas o más hacia
occidente (hasta las islas Molucas). Esta vez se incrementaron
las medidas para que la operación fuera secreta, para evitar
reclamos portugueses, como consignó el mismo Rey, en sus
instrucciones a Solís (“Habéis de mirar que en esto ha de haber
secreto, e que ninguno sepa que Yo mando dar dineros para ello,
ni tengo parte en el viaje, hasta la tornada”). El Piloto Mayor
debía por ello preparar su expedición en Lepe, como si fuera
suya, aunque la corona le entregó secretamente 4.000 ducados de
oro para ella, de manos del contador Juan López de Recalde. El
viaje se haría con tres naves, 60 tripulantes y mantenimientos
para dos años y medio. El piloto Juan de Ledesma volvería a
acompañarle. También irían en el mismo el contador y escribano
Pedro de Alarcón y el factor Francisco de Marquina. El escaso
número de tripulantes y la enorme cantidad de alimentos ponían
de manifiesto que se iba a un objetivo muy lejano.
-
La expedición salió de San Lúcar el 8 de octubre de 1515, donde
se buscó la nave capitana, por haberse averiado en Lepe la que
estaba dispuesta. Se dirigió a Tenerife y de allí a la costa
brasileña (costa desde el cabo de San Roque hasta Guanabara).
Descendió luego por la costa hasta los 25º 3´ de latitud sur (Cabo
de la Cananea) y siguió hasta una isla que Solís llamó de la
Plata (Santa Catalina) y luego la bahía de los Perdidos (27º),
desde donde fue costeando y entrando en todos los surgideros y
bahías hasta llegar a la isla de San Sebastián (junto a las de
los Lobos). Descubrió a continuación el Mar Dulce (lo bautizó
así porque el caudal del río era tal que hallaron agua dulce
dentro del mar) o estuario del Río de la Plata. Era el mes de
febrero de 1516 y estaban en la desembocadura del río Paraná-Guazú,
que se llamó desde entonces el río de Solís, hasta que 20 años
más tarde fue rebautizado como Río de la Plata, por creerse que
desde el mismo podía accederse a la Sierra de la Plata o el Perú.
Solís recorrió el estuario en su zona septentrional (hoy
uruguaya) y desembarcó en el puerto de Nuestra Señora de la
Candelaria (35º sur), donde tomó posesión en nombre del Rey.
Luego pasó a la isla de Martín García (se llamó así por haberse
enterrado en ella a un tripulante de dicho nombre), que estaba a
los 34º 40´. Los indios les mostraron algunos objetos de oro y
ocho tripulantes bajaron a rescatar con ellos. Eran Solís, el
Factor Marquina, el Contador Alarcón y cuatro marineros y un
grumete. Los indios cayeron sobre ellos y les dieron muerte,
procediendo luego a descuartizar sus cuerpos ante los ojos
horrorizados de los tripulantes de los barcos. Sólo se salvó el
grumete Francisco del Puerto, pero los expedicionarios no se
atrevieron a rescatarlo (permaneció allí hasta la posterior
llegada de la expedición de Sebastián Caboto). Zarparon de
inmediato y emprendieron el viaje de regreso a España. Tras
aprovisionarse de carne de lobos marinos en la isla de los
Lobos, retornaron a la costa brasileña. En la laguna de los
Patos, frente la isla de Santa Catalina, naufragó una de ellas (marzo
o abril). Allí quedaron en tierra otros 18 náufragos, que se
dividieron en varios grupos. Siete se dirigieron al norte, y
cayeron en manos de los portugueses, que los condujeron a Lisboa.
Seis quedaron en el puerto de los Patos y en sus inmediaciones,
donde murieron varios de ellos. Otro llamado Alejo García
escuchó los relatos indígenas sobre la Sierra de la Plata y un
Rey Blanco (el Perú) y partió en su busca con varios cientos de
indios y algunos compatriotas (llegó efectivamente hasta los
contrafuertes de la cordillera andina y recogió un botín de
plata, pero fue asesinado al regresar). En cuanto a las dos
naves restantes de la expedición de Solís regresaron a España y
atracaron en Sevilla el 4 de septiembre de 1516. Quedó así
frustrado el descubrimiento del Estrecho, pero se halló el Río
de la Plata, que serviría como punto de partida para encontrarlo.
También quedaron en tierra muchos náufragos españoles que
jugarían un papel decisivo en las futuras expediciones.
Bibliografía
EZQUERRA, R. Los precedentes del descubrimiento de México, En
Boletín de la Real Sociedad Geográfica, 1949.
LEVENE, R. Historia Argentina y Americana, Buenos Aires, 1970, 2
vols.
MORALES PADRON, F. Historia del Descubrimiento y Conquista de
América. (Madrid: 1981).
PUENTE Y OLEA, J. Los trabajos geográficos de la Casa de la
Contratación, Sevilla, 1900
TORIBIO MEDINA, J. Juan Díaz de Solís, Santiago de Chile, 1897,
2 t.
-
Poeta, historiador, ensayista, biógrafo, crítico literario y
profesor universitario argentino, nacido en Santiago del Estero
(en la provincia homónima) en 1882, y fallecido en Buenos Aires
en 1957. Humanista fecundo y polifacético, preocupado tanto por
la historia de las Letras como por la indagación acerca de la
identidad nacional, dejó un valioso legado crítico e histórico
que le convierte en una de las figuras más influyentes del
panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX.
Nacido en el seno de una familia provinciana perteneciente a esa
oligarquía arrinconada y empobrecida por su distanciamiento del
floreciente núcleo cosmopolita que comenzaba a ser Buenos Aires,
el joven Ricardo Rojas creció envuelto por una inquietud
nacionalista que, en cierto modo, era fruto de la necesidad de
sentirse ligado -dentro de su forzada lejanía- a una aventura
histórica común. Estas circunstancias biográficas determinaron
que, tan pronto como sus innatas dotes intelectuales le hubieron
inclinado hacia el estudio de las humanidades, decidiera
implicarse estrechamente en la corriente ideológica que, hacia
1910, se extendió por toda la Argentina bajo el nombre de
"primer nacionalismo cultural".
Surgido al socaire de la celebración del primer centenario de la
independencia del país austral, este movimiento intentaba dar
una coherencia satisfactoria a una noción de nacionalidad que,
en aquellos momentos, tenía que incluir forzosamente a la
población indígena y, sobre todo, al populoso grupo humano de
los emigrantes y sus primeros descendientes (nacidos ya en
Argentina).
Dentro, pues, del ambicioso proyecto intelectual que se propuso
desarrollar Ricardo Rojas desde su faceta de pensador e
historiador de la literatura, la inserción de la población
foránea que ya se sentía argentina (y que compartía, con el
resto de los habitantes de aquel territorio, un mismo
sentimiento de nacionalidad) constituyó una de sus principales
preocupaciones, a la postre resuelta por vía de la integración
cultural. Así pues, en la obra de Rojas la cultura (y, muy
especialmente, una de sus más extendidas manifestaciones: el
fenómeno literario) se convierte en el elemento integrador por
excelencia, el que permite concebir la identidad nacional
argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias
muy diversas, y el que deja lugar -bien es verdad que dentro de
una escala jerárquica que recuerda su pertenencia a la rancia
oligarquía provinciana- a la inclusión, en un mismo concepto de
"nación", de indígenas y emigrantes.
Lógicamente, este monumental proyecto del escritor de Santiago
del Estero no se desarrolló sólo por vía de la imprenta, ya que
Ricardo Rojas lo alentó y sostuvo en cuantos organismos e
instituciones prestó sus servicios. Fueron, en este sentido,
ejemplares sus labores realizadas en las universidades de La
Plata y Buenos Aires -en donde ejerció la docencia en calidad de
profesor de Literatura y Filosofía-, y fomentó la creación de
una cátedra que habría de convertirse en un hito histórico
dentro de la andadura universitaria de la joven nación: la de
Literatura Argentina. Además, impulsó de forma decisiva la
creación de un instituto de investigaciones que permitió
desarrollar numerosos aspectos de su propio proyecto y de otros
objetivos ajenos, y ofreció un vigoroso apoyo a la publicación
de documentos históricos relacionados con el pasado argentino,
así como a la edición de obras literarias de toda índole (aunque
con especial atención a los clásicos universales y las piezas
emblemáticas del hasta entonces exiguo corpus libresco
específicamente argentino). Rojas fue, en efecto, uno de los
responsables de la fijación del Martín Fierro (1872), de José
Hernández (1834-1886), como la piedra fundamental de la
identidad cultural argentina, dentro de una más amplia
concepción del género gauchesco como el elemento emblemático de
una literatura específicamente argentina, y opuesta -por esta
misma especificidad- a lo que, ante el crisol cosmopolita de las
aportaciones de los distintos grupos de emigrantes, el propio
Rojas tildó de "babelización" del país. Cabe señalar, al
respecto, que todo su trabajo de reconstrucción histórica y
análisis del presente descansa en dos corrientes de pensamiento
plenamente decimonónicas: el romanticismo (patente en su
apasionada búsqueda de las señas de identidad nacional; en la
valoración ética y estética de ciertos modelos indiscutiblemente
románticos -como el gaucho-; etc.) y el positivismo (que
confiere a su trabajo un acusado acento historicista, y una
metodología basada en la ordenación cronológica de los distintos
períodos abarcados).
Sin duda alguna, la obra que mejor define todas las
características e intenciones del proyecto cultural de Ricardo
Rojas es su monumental Historia de la literatura argentina
(Buenos Aires: La Facultad, 1917-1922), publicada en cuatro
volúmenes y considerada la primera reconstrucción histórica de
las Letras australes propiamente dicha. A pesar de su
importancia como instrumento imprescindible para el estudio de
la literatura hispanoamericana, este valioso trabajo de Ricardo
Rojas anuncia, ya desde su explícito subtítulo (Ensayo
filosófico sobre la cultura en el Plata), un ambicioso objetivo
que rebasa las meras preocupaciones del crítico literario para
adentrarse en profundas reflexiones acerca de la identidad
cultural de la nación.
El resto de su producción impresa se completa con otros títulos
tan notables como El alma española (Valencia: Sempere, 1907); La
restauración nacionalista (Buenos Aires: Ministerio de Justicia
e Instrucción pública, 1909); Blasón de Plata (Buenos Aires: La
Nación, 1910); Los lises del blasón (Buenos Aires: Martín García,
1911); La argentinidad (Buenos Aires: La Facultad, 1916);
Eurindia (Buenos Aires: La Facultad, 1924); La historia en las
escuelas (Buenos Aires: La Facultad, 1930); El radicalismo de
mañana (Buenos Aires: Rosso, 1932); El santo de la espada: Vida
de San Martín (Buenos Aires: Anaconda, 1933); Ollantay. Tragedia
de los Andes (Buenos Aires: Losada, 1939); Un profeta de la
pampa. Vida de
Sarmiento
(Buenos Aires: Losada, 1945). Otras
obras suyas son El país de la selva y Archipiélago.
Además de estos títulos, Ricardo Rojas -cuya residencia
bonaerense se convirtió, después de su muerte, en biblioteca y
museo- fue autor del poemario juvenil Romance de ausencias, en
el que son notables las influencias del modernismo y el neo-romanticismo.
Bibliografía
ALTAMIRANO, Carlos: "La fundación de la literatura argentina",
en Ensayos argentinos, Buenos Aires: CEAL, 1983.
BECCO, Horacio Jorge: "Bibliografía de Ricardo Rojas", en
Revista Iberoamericana, Pittsburgh [U.S.A.], 23 (9158), pp.
335-350.
PAYÁ, Carlos-CÁRDENAS, Eduardo: El primer nacionalismo argentino.
Manuel Gálvez y Ricardo Rojas, Buenos Aires: Peña Lillo, 1978.
ZUBIETA, Ana María: "La historia de la literatura. Dos historias
diferentes", en Filología, Buenos Aires, XXII, 2, 1987.
-
Escritor español nacido en Madrid en 1478 y muerto en Santo
Domingo en 1557. Nacido en el seno de una familia hidalga de
origen asturiano, entró muy joven como paje al servicio de un
sobrino de Fernando el Católico y más tarde fue nombrado mozo de
cámara del príncipe don Juan. Presenció la rendición de Granada
y el regreso de Cristóbal Colón tras su primer viaje, y conoció
a los hijos del descubridor, que eran pajes del príncipe. Al
fallecer éste residió durante algún tiempo en Italia y España.
En la primavera de 1514 marchó a las Indias con varios cargos,
entre ellos "la escribanía de minas e del crimen" y el "oficio
del hierro de los esclavos e indios", a los que acumuló después
el de "veedor de las fundiciones", todos ellos en el "reino de
la Tierra Firme que llaman Castilla del Oro". Tras una estancia
de año y medio, volvió a la metrópoli, produciéndose entonces,
como afirma Pérez de Tudela, su violento choque con Bartolomé de
las Casas, que lo acusó de ser "partícipe de las crueles
tiranías que en... Castilla del Oro se han hechos".
Posteriormente, Fernández de Oviedo volvió a realizar otros
cuatro viajes a América, en la que permaneció un total de
veintidós años. Tras ocupar diversos cargos, fue nombrado
Cronista de Indias en 1532.
Después de su segunda estancia en el Nuevo Mundo, Fernández de
Oviedo publicó el Sumario de la Natural Historia de las Indias
(1526), que dedicó a Carlos I como un adelanto del "tratado que
tengo copioso de todo ello". Había comenzado ya, en efecto, a
redactar su Historia General y Natural de las Indias, cuya
primera parte fue impresa en 1535, no editándose completa hasta
1851-1855.
Frente a las noticias ocasionales de los primeros descubridores,
viajeros y conquistadores, Fernández de Oviedo aspira a ofrecer
una imagen de conjunto de la naturaleza americana. El Sumario,
tras una breve noticias acerca de la navegación al Nuevo Mundo,
trata sucesivamente de la española, Cuba y otras islas del
Caribe, y de Tierra Firme. En cada uno de estos territorios se
ocupa de los habitantes y, con mayor amplitud, de los animales y
vegetales, mientras que los minerales, con la excepción del oro,
merecen muy escasa atención. En la Historia, esta ordenación
geográfica es sustituida por otra inspirada en Plinio: en primer
término, los vegetales, subdivididos en plantas cultivadas,
árboles y hierbas; en segundo lugar, los animales, comenzando
por los terrestres, seguidos de los acuáticos, de los aéreos y
de los insectos.
El interés fundamental de su obra reside, sin embargo, en que
está basada en la observación de la naturaleza y no en noticias
indirectas como las reunidas por Pedro Mártir de Anglería, del
que dice el propio Oviedo: "deseaba escribir lo cierto si
fielmente fuera informado, mas como habló de lo que no vido...
sus Décadas padecen muchos defectos". Su objetividad en este
terreno fue reconocida hasta por Las Casas, el encarnizado
enemigo que no había dudado en insultarlo como "falso", "hipócrita",
"malvado" y "mentiroso" en cuestiones de gobierno: "Lo que yo
creo en la escritura de Oviedo -afirma- y de toda su parlería
por lo que dice de los árboles y hierbas desta isla Española,
que escribe verdad porque las vido y las ven cuentos verlas
quieren, y así será lo que escribiera de la tierra Firme". En
contraste con la erudición, a menudo agobiante, de Las Casas,
Oviedo carecía de formación académica y, según su rival, no
sabía "qué cosa era latín" y hasta su admirado Plinio lo tenía,
"no en latín, sino en toscano". Ello favoreció, sin duda, el
carácter directo y espontáneo de sus decisiones, en ocasiones
esquemáticas como las figuras que incluye en su obra, muchas
veces con finos detalles de observación, pero siempre basadas en
el realidad. "Oviedo -afirma Cohen- se ha hecho famoso como
observador perspicaz y por su agudo sentido de la descripción,
basado en una honrada actitud crítica." El Sumario fue traducido
al inglés, italiano y latín, alcanzando en un siglo 15 ediciones.
Las 14 que ha tenido durante la pasada centuria y la actual,
también en diversos idiomas, reflejan su estimación como texto "clásico"
científico de importancia, que abrió, como afirma Álvarez López,
"ante los asombrados ojos de los europeos, el pórtico de una
naturaleza desconocida".
-
Conquistador español, primer Adelantado del Río de la Plata y
fundador de la ciudad de Buenos Aires, nacido en 1487 en Guadix
(Granada) y muerto cerca de las islas Canarias el 24 de junio de
1537.
De noble familia, se desconoce su formación educativa y sus
primeras actividades. Ocupó diversos cargos en la corte de
Carlos I y participó en las campañas militares de Italia,
Alemania y Austria. Aprovechando que el Emperador deseaba ocupar
las tierras exploradas por Sebastián Caboto y Diego García en la
región del Río de la Plata, obtuvo licencia para formar una
expedición a dicha región. El contrato o capitulación para
hacerlo, que fue firmado en Toledo el 21 de mayo de 1534,
concedía a Mendoza los títulos y privilegios de Adelantado,
Gobernador y Capitán Vitalicio de las tierras que conquistara en
el Río de la Plata entre los paralelos 25º y 36º, es decir,
alrededor de 200 leguas a lo largo de la costa del Pacífico, y
su jurisdicción comenzaba donde concluía la otorgada a Diego de
Almagro para la conquista de Chile.
Su misión era conquistar las tierras, cristianizar a los indios,
fundar ciudades y abrir las rutas terrestres que facilitaran el
tráfico desde el Océano Atlántico hasta el corazón del Imperio
Incaico. A cambio de estos logros, la Corona ofreció a Mendoza
un condado con una renta anual de dos mil ducados que se
sufragarían con las utilidades de la empresa de armas.
La expedición partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el 24
de agosto de 1535 con dieciséis navíos y alrededor de mil
doscientos soldados. La escuadra se detuvo brevemente en las
islas Canarias y en las de Cabo Verde con el fin de
reaprovisionarse, tras lo cual arribaron a Río de Janeiro a
fines de noviembre de 1535. Tras dos semanas de descanso, la
expedición partió con rumbo al sur y fondeó en el estuario del
Río de la Plata a principios de 1536. En el curso de su derrota
río arriba, Mendoza fundó el 2 de febrero de 1536 sobre la
margen meridional un primer asentamiento, el Puerto de Nuestra
Señora María del Buen Aire (el actual Buenos Aires).
Los indios querandíes, que vivían en los alrededores, al
principio se mostraron amistosos y obtuvieron mercancías
españolas a cambio de alimento proveniente de la caza y la pesca;
pero, repentinamente, optaron por interrumpir el contacto y el
alimento comenzó a escasear entre los españoles. Con la
intención de someter a los querandíes, Pedro de Mendoza organizó
una expedición militar al mando de su hermano, Diego de Mendoza,
que fue derrotada por aquellos en las márgenes del río Luján el
15 de junio de 1536. A partir de ese momento, Buenos Aires quedó
a merced del hambre y de los esporádicos ataques de los
querandíes. La expedición enviada al Brasil desesperadamente con
el fin de conseguir provisiones fue aniquilada por los indios,
mientras que otra que comandó Juan de Ayolas con dirección al
río Paraná tuvo mejor suerte y fundó el fuerte de Corpus
Christi. A fines de junio los querandíes iniciaron el cerco de
Buenos Aires y la situación de supervivencia empeoró para los
españoles. Los indios fueron finalmente dispersados pero en la
refriega murieron cerca de mil expedicionarios. Gravemente
enfermo, Pedro de Mendoza delegó el mando del poblado al capitán
Francisco Ruiz Galán hasta que Ayolas regresara y partió con
dirección a España en abril de 1537. La muerte le sobrevino
cerca de las islas Canarias y su cuerpo fue arrojado a las aguas
del Atlántico. La conquista del Río de la Plata fue proseguida
por Ayolas, desde el asentamiento que fundó en Asunción
(Paraguay), y por el resto de los hombres que formaron parte de
la expedición original de Pedro de Mendoza.
Bibliografía
WRIGHT, Ione S. y NEKHOM, Lisa P. Diccionario Histórico
Argentino. (Buenos Aires: Emecé Editores, 1978).
DE SANTILLÁN, Diego A. Gran Enciclopedia Argentina (Buenos
Aires: Ediar Soc. Anon. Editores, 1956).
-
Escritor español que nació en Plasencia, aproximadamente en
1500, y falleció hacia 1575. Llegó a Sudamérica con Pedro de
Mendoza y se vio envuelto en la política de Paraguay en el bando
de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Tras el encarcelamiento de éste,
Fray Luis conspiró para conseguir su liberación, y por ello fue
sentenciado a ocho meses de prisión. Su obra Romance elegíaco
trata de la conquista del Río de la Plata y es uno de los
primeros poemas que habla del Paraguay. Su primera obra teatral
la escribió en Asunción; se trata de un drama en siete actos
titulado Comedia pródiga, en ella combina elementos sacados de
la Celestina, con la historia bíblica del hijo pródigo.
-
Explorador español, nacido hacia 1490 en Extremadura y muerto en
Sevilla en 1560. Era nieto de Pedro de Vera, conquistador de la
isla de Gran Canaria. En 1527 participó como segundo de a bordo
en la malograda expedición a la península de Florida dirigida
por Pánfilo Narváez. La expedición de Narváez, que tenía como
objetivo la búsqueda de oro, desembarcó en las costas de Florida
en 1528, y se aventuró hacia el interior, donde encontró la
resistencia enconada de las tribus indias. Diezmados y con las
manos vacías, los expedicionarios regresaron a la bahía de
Tampa, donde no encontraron sus navíos.
Según contó Cabeza de Vaca en su obra Naufragios, los
supervivientes construyeron frágiles embarcaciones de cuero de
caballo con las que pensaban alcanzar las costas del Golfo de
México, pero naufragaron en la desembocadura del río Pánuco. El
propio Narváez desapareció junto con la mayor parte de la
tripulación. Cabeza de Vaca, con otros tres compañeros, entre
ellos un esclavo negro llamado Esteban o Estevanico, salvó la
vida. Los supervivientes llegaron a la costa de la actual Texas,
donde fueron capturados por indios comedores de marisco. Cabeza
de Vaca practicaba la medicina tradicional y la sanación mágica,
lo que le valió fama de taumaturgo entre los indígenas. Él mismo
contó en sus memorias que sanaba haciendo el signo de la cruz
sobre el enfermo e invocando a María. El ascendiente que como
sanador ganó entre los indios le facilitó la evasión después de
6 años de cautiverio. Junto con sus compañeros emprendió una
larga travesía hacia el norte y el noroeste. Avanzando en
pequeñas etapas, remontaron el valle del río Grande del Norte,
atravesaron las mesetas áridas de Chihuahua y cruzaron el río
Bravo a través de Sierra Madre. Fue rescatado en 1536 cerca de
Culiacán, en la costa mejicana del Pacífico, dos años después de
su huida, por una patrulla española enviada a la caza de
esclavos y comandada por el capitán Melchor Díaz.
Su travesía por las regiones norteñas interesó a las autoridades
y Cabeza de Vaca y sus compañeros fueron oficialmente
interrogados. Fueron los primeros europeos en dar testimonio de
la existencia del búfalo americano. Pero Cabeza de Vaca contó
además historias fabulosas que pasaron a engrosar el cuerpo de
leyendas referidas al Nuevo Continente. Así, su narración sobre
la existencia de las Siete Ciudades Doradas de Cíbola, colmadas
de oro y piedras preciosas, alentó la expedición de Alvarado en
1540. Las autoridades mejicanas le instaron a regresar al norte
como conquistador, pero él rehusó. Sin embargo, el esclavo
Esteban fue enviado nuevamente hacia el norte en misión de
reconocimiento y evangelización.
Álvar Núñez regresó poco después a España, donde fue nombrado
por Carlos I gobernador de la ignota provincia de Río de la
Plata, mediante capitulaciones firmadas el 18 de marzo de 1540.
El contrato le otorgaba un generoso diezmo sobre todo lo que
encontrase en aquella desconocida región. Cabeza de Vaca zarpó
de nuevo hacia América desde Cádiz en marzo de 1541, con gran
incertidumbre sobre lo que allí le esperaba ya que no se conocía
la suerte de Pedro de Mendoza, su predecesor en Río de la Plata.
Los títulos conferidos a Cabeza de Vaca dependían de que Mendoza
y su lugarteniente, Juan de Ayolas, siguieran con vida.
La expedición desembarcó en la isla de Santa Catalina, en Brasil,
y allí Cabeza de Vaca supo que sus predecesores habían perecido
en el curso de enfrentamientos con los indios. Asimismo se le
informó de las penalidades de los pobladores españoles de la
región de Buenos Aires y de la fundación en el interior de la
ciudad de Asunción. Cabeza de Vaca partió en auxilio de estas
regiones. En el camino descubrió las cataratas del Iguazú.
Instalado en Asunción, se dedicó a la reorganización del
gobierno y dirigió una expedición a la Sierra de la Plata, en
Potosí. La empresa resultó desastrosa para los españoles, pero
sirvió para alimentar las leyendas referentes a las míticas
amazonas y a Eldorado.
Hombre extremadamente piadoso y comprometido en la defensa de
los pueblos indígenas frente a la barbarie de los
conquistadores, a su regreso a Asunción en 1544 fue expulsado
violentamente del gobierno por una facción que se oponía a su
política en favor de los indios. Su sucesor al frente del
gobierno, Martínez de Irala, emprendió un brutal avance hacia el
oeste, devastando las regiones que atravesaba y aniquilando a
los pobladores indígenas. Cabeza de Vaca fue enviado a España
tras su derrocamiento, juzgado y deportado a Orán.
Tras ocho años de destierro recibió el perdón de Felipe II, que
lo nombró presidente del tribunal supremo de Sevilla.
Posteriormente tomó los hábitos y llegó a ocupar la dignidad de
prior en un monasterio sevillano, donde murió en 1560. El mismo
Cabeza de Vaca dejó testimonio escrito de su azarosa vida en su
obra Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Adelantado
Gobernador del Río de la Plata.
-
Escritor español nacido en Andalucía, aproximadamente en 1513, y
no se tiene constancia del lugar ni la fecha de su fallecimiento.
Fue historiador y secretario privado de Alvar Núñez Cabeza de
Vaca, gobernador de Paraguay entre los años 1540-1545. Es autor
de Los Comentarios, 1554, primer libro español que narra la
conquista del Río de la Plata. Los primeros 13 capítulos fueron
escritos en colaboración con Cabeza de Vaca, pero los mejores
son los que describen la vida cotidiana de los indios y la lucha
desesperada de éstos contra los conquistadores.
-
Capitán español que fue a la conquista de América en el siglo
XVI, nacido en Valladolid. Enviado por Diego Velázquez desde
Cuba contra Hernán Cortés, ocupado a la sazón en la conquista de
Méjico, fue vencido por éste y hecho prisionero, pasándose sus
soldados a las banderas de Cortés. Posteriormente emprendió una
expedición a Florida, que tuvo infausto principio, pues naufragó
en Cuba y perdió dos navíos, sesenta compañeros y veinte
caballos. Desde allí pasó a Tierra Firme, y después de reconocer
el río de las Palomas, se encaminó con trescientos infantes y
cuarenta caballos por una dilatada región desconocida, llevando
una corta proporción de víveres. No encontró allí las riquezas
que se figuraba, y retrocedió en busca de sus barcos, que habían
sido llevados a otra parte, por lo cual tuvo que construir en
breve tiempo otros cinco, viviendo entre tanto él y sus
compañeros de la carne de los caballos, y de la que podían robar
a los indígenas. Murieron muchos a manos de éstos, o víctimas
del hambre y de las enfermedades; Narváez consiguió pisar el
continente americano, se hizo pasar por médico, atravesó el
Misisipi, y por último se embarcó para Europa. Pidió al rey de
España el gobierno de la Florida, cuyo descubridor había sido,
pero en su lugar se nombró a Fernando de Soto. En 1540 se le
confió el mando de Buenos Aires; naufragó en la costa del Brasil,
por lo que tardó cuatro meses en llegar a su gobierno, y los
colonos irritados por la protección que dispensaba a los indios,
se sublevaron y le enviaron cargado de cadenas a España, donde
murió en 1544.
-
Explorador y conquistador español, nacido en Vergara (Guipúzcoa),
en 1509 y muerto en Asunción (capital de Paraguay), en 1557,
víctima de unas repentinas calenturas. Ejerció el cargo de
gobernador del Río de La Plata. Está considerado como una de las
personalidades más notables de los primeros conquistadores
españoles de América y el padre fundador del actual Paraguay.
Gracias a su tesón y esfuerzo, fue capaz de abrirse paso y
superar a otros caudillos conquistadores más poderosos y mejor
preparados que él.
Miembro de una familia acomodada, en 1534 se trasladó a América
junto con el adelantado Pedro de Mendoza en su expedición al Río
de La Plata, en 1536, y participó en la primera fundación de la
ciudad de Buenos Aires. Su figura comenzó a despuntar ese mismo
año tras ser nombrado capitán de una de las tres naves que
partieron, el 14 de octubre, de Buena Esperanza para remontar el
río Paraná, al mando de Juan de Ayolas, cuya misión era
descubrir la Sierra de La Plata. La expedición remontó el curso
entero del Paraná hasta el lugar en el que Ayolas decidió fundar
la ciudad de La Candelaria, el 2 de febrero de 1537, cuyo
gobierno encomendó a Irala mientras que la expedición prosiguió
el camino hacia el oeste, y se adentró en El Chaco en busca de
los fabulosos tesoros que, según todas las noticias,
encontrarían en aquellos parajes. A pesar de las órdenes
recibidas por Ayolas de permanecer en La Candelaria a la espera
del regreso de esta expedición, Irala no pudo resistir tanta
pasividad y llevó a cabo una serie de pequeñas incursiones por
el río hasta que, en febrero de 1538, al mando de 33 hombres, se
dirigió a Asunción, ciudad recién fundada por Juan Salazar.
Cuando Ayolas, cargado de riquezas y de noticias, regresó a La
Candelaria se encontró sin el apoyo esperado de Irala. Toda la
expedición de Ayolas fue exterminada por los indios payaguaes.
Irala se defendió de las acusaciones de traición vertidas por
Ruíz Galán, por lo que adujo la necesidad de abandonar La
Candelaria ante la falta de víveres. Pero, lo cierto es que, una
vez que llegó a Asunción, el veedor real Alonso de Cabrera, en
1539, legalizó la sucesión que en su día realizara el propio
Ayolas en la persona de Irala, cuyo trágico destino aún no se
conocía, al que convirtió en gobernador transitorio del Río de
La Plata. En su nuevo cargo, Irala emprendió una expedición de
castigo contra los indios agaces, al mismo tiempo que Gonzalo de
Mendoza hacía lo propio contra los indios carios. A finales de
1539, Irala dio comienzo a una expedición cuyo objetivo
principal era recabar información sobre el paradero de Ayolas,
para lo cual se internó por El Chaco. Cuando por fin tuvieron
noticias del triste final de Ayolas y sus hombres, Irala decidió
abandonar Buenos Aires y concentrar a todos sus hombres leales
en Asunción, zona mucho más fértil y apropiada para desarrollar
una ciudad de nuevo cuño como era ésta. Además, en este lugar
Irala encontró la colaboración de los indígenas y el lugar
indicado para ejercer sin ninguna clase de trabas su autoridad.
Tras una serie de ataques sin cuartel a los indígenas más
díscolos, Irala pacificó toda la región y la sometió a un rígido
gobierno en base a una política colonizadora. Irala mandó a
todos los colonos de Buenos Aires abandonar la ciudad y
trasladarse a Asunción, no sin cierta oposición por parte de
éstos.
En 1542, la Corona española nombró nuevo gobernador del Río de
La Plata en la persona de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, famoso ya
por entonces merced a sus aventuras y expediciones corridas por
buena parte de los actuales Estados Unidos de América. El
nombramiento de Vaca disgustó sobremanera a Irala por cuanto que
barría de un plumazo la enorme autoridad que venía ejerciendo en
toda la región y porque retrasaba la expedición al Perú que
Irala llevaba preparando desde hacia bastante tiempo. Cabeza de
Vaca nombró a Irala maestre de campo, cargo que para nada aplacó
las ansias de poder de éste ni mucho menos su rencor hacia el
que, según él, le había robado un cargo que le pertenecía por
derecho. Irala y un puñado de sus hombres más fieles tramaron
una conspiración para desacreditar a Cabeza de Vaca en la Corte
española. Para tal fin, mandaron a unos frailes al Brasil para
que, desde allí, embarcaran rumbo a España y así dar noticias de
las supuestas arbitrariedades y del mal gobierno de Cabeza de
Vaca. Pero, los conjurados fueron descubiertos a tiempo. Todos
los implicados fueron condenados a la máxima pena, excepto Irala,
el más culpable de todos, al que Cabeza de Vaca perdonó por
necesitar sus servicios en una empresa de conquista que el
gobernado tenía en mente: explorar todo el río Paraguay hasta la
frontera con el Perú, en busca de unas tierras donde se suponía
que había ingentes cantidades de oro y plata, auténtica obsesión
de todos los conquistadores.
En septiembre del 1543, Irala partió de Puerto de los Reyes,
ciudad que antes había fundado él mismo, rumbo al Perú. En la
expedición, que alcanzó las cincuenta leguas rió arriba, Irala
venció a los indios guaicurnes que encontró en su camino. Pero,
secundado por el contador real Felipe de Cáceres, Irala
determinó desprenderse de las normas y objetivos diseñados por
Cabeza de Vaca y llevar a cabo la expedición según sus propios
dictados, sin nadie que frenase su crueldad para con los nativos
ni las costumbres licenciosas y brutales de sus hombres, a los
que prácticamente permitió que cometiese cuanto abusos les
apetecieran. En marzo de 1544, Irala fue obligado a regresar a
Asunción por el presidente de la Audiencia del Perú, Pedro de La
Gasca, que había decretado el derecho exclusivo de la
exploración y conquista de esas tierras a los españoles
dependientes de LIma. Una vez de regreso a Asunción, Irala
aprovechó la oportunidad y su posición en la ciudad para
promover, el 25 de abril, el "motín de los comuneros". Cabeza de
Vaca fue procesado y enviado a España bajo la custodia directa
del veedor Cabrera, en marzo de 1545, al que de inmediato se le
sumó Juan de Salazar, acusado éste de intentar proclamarse
gobernador en virtud de una supuesta designación secreta de
Cabeza de Vaca.
A partir de ese momento, la autoridad de Irala sobre la zona
sería omnímoda e indiscutible, tras lo cual se proclamó teniente
de gobernador. Junto con Nufrio de Chaves, Juan Gabriel de
Lezcano, Felipe de Cáceres y Francisco de Mendoza, sus cuatro
colaboradores más fieles, Irala se dedicó a gobernar
despóticamente toda la región. Irala cometió abuso tras abuso y
tropelías con los indígenas, a los que prácticamente redujo a la
condición de esclavos. En 1547, Irala prosiguió en su empeño de
llegar a la fabulosa Sierra de La Plata, lugar, por otra parte,
que sólo era producto de la imaginación de los conquistadores,
alimentada por las propias ansias de riquezas de los
conquistadores y por las leyendas que iban pasando de boca en
boca. La expedición partió del puerto de San Fernando en
dirección al interior de El Chaco, donde se aplicó una marcha
forzada y se abrió paso a sangre y fuego contra los indios mayas.
Cuando por fin se dieron cuenta de que habían llegado sin darse
cuenta al Perú, la expedición regresó a Asunción desencantada,
en un trayecto de vuelta todavía mucho más brutal y salvaje que
la ida. Irala fue depuesto del mando por los que anteriormente
le habían apoyado; en su puesto nombró a Gonzalo de Mendoza.
Una vez en Asunción, la suerte se volvió a aliar con Irala. Los
partidarios de Cabeza de Vaca destituyeron a Francisco Mendoza,
que había sido puesto al mando transitorio de la ciudad mientras
que durase la expedición, y le decapitaron poniendo en su puesto
a un enemigo acérrimo de Irala, Diego de Abreu. Ante el cariz
que había tomado la situación en Asunción, Irala fue repuesto en
el mando por sus antiguos partidarios y logró expulsar, por dos
veces de la ciudad, a Diego de Abreu, que acabó refugiándose en
la selva. Después de una serie de intentos por atraérselo a su
causa, Irala mandó a Felipe de Cáceres en su búsqueda hasta que
lo encontró y lo ejecutó allí mismo, en 1553.
De nuevo en el poder y sin enemigos aparentes a la vista, Irala
se dedicó a desarrollar con entera libertad y tranquilidad su
política conquistadora, mucho más pausada y suavizada que la
anterior. Irala llevó a cabo fundaciones de nuevos poblamientos
y labores de infraestructura necesarias en la región. Por fin,
ante la falta de candidatos capaces de hacerse cargo del
gobierno de la región, la Corona dio por buena la autoridad de
Irala y ratificó, el 4 de noviembre de 1552, su nombramiento
como gobernador. En ese mismo acto se nombró como primer obispo
efectivo del Paraguay a fray Pedro Fernández de la Torre, al
mismo tiempo que el emperador Carlos V prohibía taxativamente a
Irala la práctica de nuevas conquistas o expediciones militares.
Dueño y señor de todo el Paraguay, Irala hizo caso omiso de las
advertencias reales y encabezó, a comienzos de 1553, una nueva
expedición con destino a su gran obsesión: conseguir todo el oro
posible. Para ello se dirigió hacia el norte, en dirección de la
también mítica tierra de El Dorado, por lo que fracasó de nuevo
en el empeño. Para que la noticia no fuera conocida en la Corte,
mandó cerrar prácticamente los accesos naturales a la región, de
tal modo que no dejó salir a nadie del país sin su
consentimiento. También llevó a cabo un nuevo repartimiento de
indios que no gustó a nadie, ya que el número de indígenas era
exiguo en comparación con los encomendadores españoles. En una
interpretación muy sui generis de la orden para no seguir
avanzando más, Irala interpretó que ésta no iba en contra del
acto de poblar o repoblar ciudades, por lo que, en una nueva
muestra de osadía, fundó un gran número de ciudades en Xarages,
al norte de El Chaco, y en la región de Guairá, al este, donde
ya había fundado, en 1554, la ciudad de Ontiveros.
Domingo Martínez de Irala murió en 1556, en Asunción, víctima de
unas fiebres repentinas cuando apenas había iniciado un programa
colonizador consistente en fundar ciudades nuevas a las que iba
repoblando con elementos españoles y mestizos, fruto de las
continuas mezclas sexuales que eran permitidas y fomentadas por
el propio Irala entre los colonizadores y los indígenas.
Bibliografía
ALONSO BAQUER, Miguel. generación de la conquista. (Madrid: Ed.
Mapfre, 1992).
BLANCO FONFONA, Rufino. El conquistador español del siglo XVI.
(Caracas: Ed. Monte Ávila, 1993).
LAFAYE, Jacques. Los conquistadores. (México D.F: Fondo de
cultura Económico, 1998).
VV.AA. Historia de Iberoamérica: Historia Moderna. Vol 2.
(Madrid: Ed. Cátedra, 1992).
-
Religioso dominico e
historiador español, nacido en Medellín (Badajoz) hacia 1540 y
muerto en Asunción (Paraguay) en 1615. Tras establecerse con su
familia en Quito alrededor de 1555, entró en la orden de
predicadores en 1560. En 1572 pasó a Chuquisaca, y
posteriormente fue nombrado vicario nacional del reino de Chile
(1581), donde fundó los conventos de la Concepción, Villanica,
Valdivia y Osorno. A partir de 1587 fue prior del convento de
Rosario de Lima, y en 1589 alcanzó la dignidad de provincial de
San Lorenzo Mártir (Chile).
Su biografía se tiñe de aventura cuando, a partir de 1594, se
enroló como capellán del buque almirante que, junto con otros
dos, había fletado el virrey de Portugal (marqués de Cañete)
para acosar al corsario inglés Richard Hawkins. El navío,
mandado por don Beltrán de la Cueva y Castro, apresó al
navegante de la Pérfida Albión.
Acabada esta singladura, fue regidor de una de las doctrinas del
valle de Jauja, destino cuya tranquilidad le permitió dedicarse
a sus escritos teológicos. Pero pronto volvió a ser llamado al
trasiego de las ocupaciones mundanas, porque en 1597 fue
nombrado obispo de La Imperial, ciudad a la que debería haber
llegado en 1599. Sin embargo, por temor a las revueltas de los
araucanos desobedeció las órdenes que le mandaban incorporarse
de inmediato, y no lo hizo hasta 1602. En 1603 cambió la sede
episcopal de La Imperial a Concepción. Después, deseoso de una
vida más sencilla, solicitó ser apartado de las cargas
episcopales. A la segunda petición fue complacido su deseo:
recibió un humilde beneficio en el convento del Rosario de Lima,
de donde volvió a sacarle el propio rey Felipe III para
nombrarle obispo de Paraguay. Allí murió en 1615, habiendo
dejado una obra historiográfica cuya importancia es capital en
el conocimiento de los primeros años de la conquista:
Descripción breve de toda la tierra del Perú, Río de la Plata y
Chile (1605).
Además, fue autor de otras obras teológicas y literarias, como
De Pentateuco super libros quinque commentaria; Locurum
utriusque Testamenti Concordia; De Locis communibus Sacrae
Scripturae, Sermones, de Tempore et de Sanctis, y Comento de los
Emblemas del maestro Alciato.
-
Jesuita peruano. Se
trasladó a Paraguay, donde trabajó en la conversión de distintas
naciones indígenas. Es autor de numerosas obras sobre la lengua
guaraní. Entre ellas destacan Arte de la lengua guaraní ó mas
bien tupi (Madrid: Juan Sánchez, 1640) y Conquista espiritual
hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las
provincias de Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape (Bilbao: Imprenta.
del Sagrado Corazón, 1892).
-
Escritor, historiador
y eclesiástico español, nacido en Madrid en 1697 y fallecido en
Humahuaca (Argentina) en 1572.
Lozano llegó a Río de la Plata en 1714, en su camino hacia las
misiones jesuitas de Paraguay. Estudió en el Colegio Máximo de
Córdoba, donde llegó a ser profesor de filosofía y teología,
trasladándose al Colegio de Santa Fe, en el que permaneció desde
1724 a 1730. Volvió a Córdoba como historiador de la provincia
de los jesuitas.
Su obra geográfica consistió en una historia del valle de Chaco.
Como muchas obras americanas de la época, es notable sobre todo
por sus detalles etnográficos, aunque también merece la pena
destacar los capítulos dedicados a los ríos, seguidos por uno
que estudia la calidad de las tierras, con amplios comentarios
sobre las plantas medicinales peculiares de la comarca, en
particular la quina y el guayacán. El capítulo sobre animales
contiene interesantes descripciones de la fauna del nuevo mundo
y cita a José de Acosta acerca del valor medicinal de la carne
de vicuña.
Sus obras más importantes son la Relación historial de las
misiones de los indios que llaman chiquitos (1895), la
Descripción chorográfica del Gran Chaco Gualamba (1941), y la
Historia de las revoluciones de la provincia del Paraguay
(1905).
-
Escritor y publicista,
nació en Italia a fines del siglo XVIII. Después de estar
agregado a la corte de Murat, fue a París en 1818, y realizó
algunos trabajos literarios. Luego se trasladó a Buenos Aires,
donde editó una revista con el titulo de El archivo americano y
una obra con el de Colección de documentos relativos a la
historia antigua y moderna de las provincias del río de la
Plata.
-
Marino británico,
nacido en Manchester en 1707. Residió en virreinato del Perú
(Argentina y Paraguay), entre 1737 hasta 1767. Recorrió gran
parte de su territorio, desde el Chaco hasta las riberas
patagónicas. En 1774 publicó una relación de sus viajes en A
description of Patagonia, que se tradujo al alemán en 1775 y al
francés en 1789. La primera edición española se reeditó en
numerosas ocasiones, todas ellas defectuosas, la mejor
traducción es la realizada por la Universidad de La Plata en
1911. Dejó escritas numerosas obras sobre botánica, minerales.
Murió en Manchester en 1784.
Bibliografía
Descripción de Patagonia y de las partes adyacentes de la
América meridional... con la religión, política, costumbres y
lenguas de sus moradores... y algunas particularidades relativas
a las islas Malvinas escrita en inglés por Tomás Falkner que
residió cerca de veinte años en aquellas tierras.- Buenos Aires:
Imp. del Estado, 1836.-(Colección de obras y documentos
relativos á la historia... del Río de la Plata, de Pedro de
ángelis; 1).
Derroteros y viajes de la Ciudad Encantada o de los Césares.
Derrotero desde la ciudad de Buenos Aires hasta los Césares que
por otro nombre llaman «ciudad encantada»... 1760.- Buenos
Aires: Imp. del Estado, 1836.-(Colección de obras y documentos
relativos á la historia... del Río de la Plata, de Pedro de
ángelis; 1).
Descripción de la Patagonia. [Edición de] Samuel Lafone Quevedo.-
Buenos Aires: Universidad de La Plata, 1911.
-
Jesuita discípulo de
Juan de Ávila, nacido en 1528 y muerto en 1589. Su labor
misionera se desarrolló en la provincia peruana de Huarochiri.
Enseñó en el colegio de Cuzco y predicó en La Paz, Chuquisaca y
Potosí. Fue uno de los primeros misioneros de Tucumán. Dotado
del don de lenguas (conoció más de una decena de lenguas
indígenas), compuso numerosos catecismos, gramáticas y
vocabularios.
|
Martín Barco de
Centenera (1544-1605) |
-
Poeta épico español.
Nació en Logrosán (Extremadura), aproximadamente en 1544. Cursó
estudios en Salamanca y posteriormente embarcó con la expedición
de Juan Ortiz de Zárate hacia Paraguay, donde se convirtió en
arcediano de la catedral de Asunción y Villa Rica (1575-1580).
Su obra Argentina y conquista del Río de La Plata, con otros
acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y estado del
Brasil, 1602, fue escrita para competir con la Araucana de
Ercilla. Su poema es considerado como documento histórico, donde
narra las hazañas vividas en la expedición de Ortiz de Zárate;
sin embargo, el relato de los sucesos anteriores a su llegada es
de dudosa exactitud.
-
Explorador y
conquistador español, nacido en Villalba de Losa (Burgos) en
1528 y fallecido en las cercanías de las ruinas de Sancti
Spíritus, el antiguo fuerte de Caboto, en 1583.
Perú y Bolivia.
En 1542 embarcó en la flota que se dirigía a América y tenía
como objeto llegar a Perú, acompañando a su tío Juan Ortiz de
Zárate, nombrado oidor de Blasco Núñez Vela quien a su vez había
sido nombrado Virrey. Llegó a Perú en 1543. Una vez allí
participó en diversas operaciones y campañas conquistadoras.
Intervino también en las guerras civiles entre españoles del
Perú, a las órdenes de La Gasca. Intervino más tarde en la
conquista de Bolivia y en esa campaña colaboró en 1561 en la
fundación de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Una vez
asentada la fundación urbana, se le otorgó una encomienda de
trabajo de indios y además fue nombrado regidor de dicho
municipio.
El Río de la Plata.
Juan Ortiz de Zárate, su tío, fue nombrado gobernador y capitán
general del Río de la Plata, por lo que siguiendo nuevamente a
su pariente se asentó en 1568 en la población de La Asunción, en
el actual Paraguay. Allí fue nombrado alguacil mayor de las
provincias del Plata, cargo que ostentó hasta que en 1573 el
teniente de gobernador Suárez de Toledo le encomendó la labor de
fundar una ciudad a orillas del río Paraná que permitiese una
mejora de la comunicación de la zona a través del mar. La
expedición, poco numerosa, estaba integrada por nueve españoles
y 75 nativos. Partieron desde La Asunción en abril de 1573. El
25 de noviembre fundó legalmente la ciudad de Santa Fe de la
Vera Cruz, en la actual Argentina. Una vez allí asentado,
ejerció el cargo de gobernador interino, además de colaborar en
1574 en la fundación de la ciudad de San Salvador, esta vez en
el cauce del río Uruguay. Finalmente, fue designado teniente de
gobernador y capitán general de todas las provincias del Río de
la Plata al morir su tío Ortiz de Zárate en 1576.
Buenos Aires.
En su nuevo puesto, el adelantado Juan Torres de Vera le
confirmó en sus títulos y cargos a la vez que le encargó, en
1578, la repoblación de la ciudad de Buenos Aires. Esta ciudad
ya había sido fundada años antes, en 1536, por Pedro de Mendoza
en el estuario del río Plata; era un fuerte que recibió el
nombre de Nuestra Señora del Buen Aire, y que posteriormente fue
destruido por los indios. Juan de Garay pudo realizar la tarea
en 1580, cuando el 11 de junio se realizó una segunda fundación
legal de la ciudad. Juan de Garay permaneció allí varios años
organizando nuevamente las instituciones de la vida urbana. En
el regreso a Santa Fe sufrió una emboscada de los indios
guaraníes, y falleció en 1583.
Bibliografía.
OLALLAZA MAZÓN, Ricardo: El burgalés Juan de Garay. Fundador de
Buenos Aires, Burgos, 1982.
TIJERAS, Eduardo: Juan de Garay, Madrid, 1987.
ZAPATA GOLLÁN, Agustín: La expedición de Garay y la fundación de
Santa Fe, Santa Fe, 1970.
-
David Viñas nació en Buenos Aires, en la esquina de Talcahuano y
Corrientes, en 1929. Estudió con los curas y con los militares. Fue
fundador y codirector de la revista Contorno, de gran influencia en
medios universitarios e intelectuales. Por su novela Un Dios
cotidiano recibió, en 1957, el Premio Gerchunoff. En 1963 recibió su
doctorado de la Universidad de Rosario, con la tesis La crisis de la
ciudad liberal. Ya un año antes, su novela Dar la cara había
recibido el Premio Nacional de Literatura, premio que volvió a
recibir en 1971 por su libro Jauría. En 1972, Lisandro recibió el
Premio Nacional de Teatro, y un año después Tupac-amaru el Premio
Nacional de la Crítica. Según Ricardo Piglia, "uno de los ejes de la
obra de Viñas es la indagación sobre las formas de la violencia
oligárquica...sobre todo la dominación oligárquica, la persistencia
de esa dominación y sus múltiples manifestaciones en distintos
planos de la historia nacional". Algunos ejemplos de esa temática
son su Los dueños de la tierra (1958), Cuerpo a Cuerpo (1979) e
Indios, ejército y frontera (1982). Entre 1973 y 1983 dio clases de
literatura en California, Berlín y Dinamarca. Desde 1984 reside en
Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra de Literatura argentina
de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires).
En 1991, en una decisión que alborotó al "mundillo" cultural, David
Viñas recibió y rechazó la Beca Guggenheim. "Un homenaje a mis hijos.
Me costó vinticincomil dólares. Punto", diría Viñas más tarde. Sus
hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y "desaparecidos"
por la dictadura militar en los años '70.
Entre sus obras:
Cayó sobre su rostro (1955) Los años despiadados (1956)
Un Dios cotidiano (1957) Los dueños de la tierra (1958)
Dar la cara (1962) En la semana trágica (1966) Hombres de a caballo (1967)
Cosas concretas (1969) Jauría (1971) Cuerpo a cuerpo (1979)
Prontuario (1993)
Teatro Sarah Golpmann Maniobras
Dorrego Lisandro (1971) Tupaca Amaru
Ensayo
Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar
(1970) De los montoneros a los anarquistas (1971) Momentos de la novela en América Latina (1973)
Indios, ejército y fronteras (1982) Lo anarquistas en América Latina (1983)
Literatura argentina y política - De los jacobinos porteños a la
bohemia anarquista (1995) Literatura argentina y política II - De Lugones a Walsh (1996)
De Sarmiento a Dios - Viajeros argentinos a USA (1998)
-
De padre español y madre mestiza, aunque de familia noble, Díaz de
Guzmán nació en Paraguay hacia 1558 y llegó a ser el primer
historiador mestizo del Río de la Plata. Su Historia del
descubrimiento, población, y conquista del Río de la Plata, fechada
en 1612 y conocida como La Argentina manuscrita, narra la historia
de la conquista desde la llegada de Díaz de Solís, en 1516, hasta
1573, con la fundación de Santa Fe. La obra se interrumpe
bruscamente, por haberse perdido una parte. El nombre de La
Argentina manuscrita se debe a que la obra se conoció de esta forma
hasta su tardía publicación en 1835 bajo el título de Anales del
descubrimiento, población y conquista de las provincias del Río de
la Plata.
-
Nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831, hijo mayor del
general Lucio Mansilla —que luchó contra las naves europeas en la
Vuelta de Obligado— y de Agustina Rosas, hermana menor de Juan
Manuel. A los diecisiete años y por consejo paterno, emprendió un
viaje de negocios hasta la India que de regreso le permitió visitar
Asia, Egipto y Europa. Retornó a Buenos Aires en 1851, pero cuando
se produjo la derrota de Rosas, su padre lo llevó al extranjero y en
París alternó con la sociedad europea.
-
En agosto de 1852 volvió al Plata, y más tarde en 1857 se trasladó
a Paraná donde fue diputado de la Confederación y se inició en el
periodismo. En favor de las tropas porteñas y con el grado de
capitán, Mansilla participó en 1861 en la batalla de Pavón y
posteriormente intervino en la guerra del Paraguay, donde fue
ascendido a coronel. En 1869, el presidente Sarmiento lo designó
jefe de la frontera contra los indios en Río Cuarto, al sur de
Córdoba. Inspirado en una arriesgada empresa de esa época escribio
su mejor obra: Una excursión a los indios ranqueles.
-
En su carrera militar alcanzó el grado de general de división y en
política bregó por las candidaturas presidenciales de Avellaneda y
Roca. Con el trascurso de los años murieron sus seres queridos y
debió soportar reveses económicos. En función diplomática se radicó
en Europa a partir de 1896, para vivir sus últimos años en París.
Hombre de mundo y con una cultura y estilo literario de acuerdo con
el romanticismo y positivismo que caracterizaron a su época, llevó
una vida ostensible y exhibicionista, probablemente para disipar las
prevenciones de los círculos sociales porteños, que podían
reprocharle su parentesco con Rosas. Su existencia aventurera y
galante —en más de una oportunidad se vanaglorió de "dandy"—influyó
en su actividad literaria y por esto fue un escritor desigual, de
prosa desordenada, pero muy amena, tanto como las charlas de las
tertulias sociales a las que era tan afecto. Escribió mucho y habló
más, según expresión de Ricardo Rojas.Se destacó como prosista en la
segunda mitad del siglo XIX y precursor de la generación del 80, sus
escritos están ligados íntimamente a su vida y en ellos, es el
personaje protagónico.
-
Entre sus obras más representativas debe mencionarse una serie de
artículos que publicó en el periódico "Sud América" y denominó
"Causeries del jueves" —del francés causeur: conversador— editados
en forma de libro con el título: Entre-Nos (año 1890). También un
ensayo histórico sobre el período en que gobernó su tío y denominó
Rosas, y Mis memorias, con recuerdos de su infancia y adolescencia.
Pero el libro que le ha permitido ocupar un lugar de importancia en
la historia de nuestra literatura es Una excursión a los indios
ranqueles (1877), premiado en el Congreso Geográfico Internacional
de París. Con gran talento para la narrativa, describe —uniendo el
relato con la anécdota y el epigrama— su pacífica empresa por
territorio aborigen que efectuó acompañado por dos franciscanos,
cuatro oficiales y un contingente de soldados. De esta obra se han
realizado muchas ediciones y fue traducida al francés, inglés,
alemán e italiano. Lucio Victorio Mansilla murió en Paris, ciego y
octogenario, el 8 de octubre de 1913.
-
El 24 de agosto de
1899, a los ocho meses de gestación, nace en Buenos Aires Jorge
Luis Borges en casa de Isidoro Acevedo, su abuelo paterno. Es
bilingüe desde su infancia y aprenderá a leer en inglés antes
que en castellano por influencia de su abuela materna de origen
inglés. Georgie, como es llamado en casa, tenía apenas seis años
cuando dijo a su padre que quería ser escritor. A los siete años
escribe en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho,
La visera fatal, inspirado en un episodio del Quijote; a los
nueve traduce del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde.
-
En 1914, y debido a su
ceguera casi total, el padre se jubila y decide pasar una
temporada con la familia en Europa. Debido a la guerra, se
instalan en Ginebra donde Gerorgie escribirá algunos poemas en
francés mientras estudia el bachillerato (1914-1918). Su primera
publicación registrada es una reseña de tres libros españoles
escrita en francés para ser publicada en un periódico ginebrino.
Pronto empezará a publicar poemas y manifiestos en la prensa
literaria de España, donde reside desde 1919 hasta 1921, año en
que los Borges regresan a Buenos Aires. El joven poeta
redescubre su ciudad natal, sobre todo los suburbios del Sur,
poblados de compadritos. Empieza a escribir poemas sobre este
descubrimiento, publicando su primer libro de poemas, Fervor de
Buenos Aires (1923). Instalado definitivamente en su ciudad
natal a partir de 1924, publicará algunas revistas literarias y
con dos libros más, Luna de enfrente e Inquisiciones,
establecerá ya en 1925 su reputación de jefe de la más joven
vanguardia.
-
En los treinta años
siguientes, Georgie se transforma en Borges; es decir: en uno de
los más brillantes y más polémicos escritores de nuestra América.
Cansado del ultraísmo (escuela experimental de poesía que se
desarrolló a partir del cubismo y futurismo) que él mismo había
traído de España, intenta fundar un nuevo tipo de regionalismo,
enraizado en una perspectiva metafísica de la realidad. Escribe
cuentos y poemas sobre el suburbio porteño, sobre el tango,
sobre fatales peleas de cuchillo ("Hombre de la esquina rosada"
,"El Puñal"). Pronto se cansará también de este ismo y empezará
a especular por escrito sobre la narrativa fantástica o mágica,
hasta punto de producir durante dos décadas, 1930-1950, algunas
de las más extraordinarias ficciones de este siglo (Historia
universal de la infamia,1935; Ficciones, 1935-1944; El Aleph,
1949; entre otros).
-
En 1961 comparte con
Samuel Beckett el Premio Formentor otorgado por el Congreso
Internacional de Editores, y que será el comienzo de su
reputación en todo el mundo occidental. Recibirá luego el título
de Commendatore por el gobierno italiano, el de Comandante de la
Orden de las Letras y Artes por el gobierno francés, la Insignia
de Caballero de la Orden del Imperio Británico y el Premio
Cervantes, entre otros numerosísimos premios y títulos. Una
encuesta mundial publicada en 1970 por el Corriere della Sera
revela que Borges obtiene allí más votos como candidato al
Premio Nobel que Solzhenitsyn, a quien la Academia Sueca
distinguirá ese año.
-
El 27 de Marzo de 1983
publica en el diario La Nación de Buenos Aires el relato "Agosto
25, 1983", en que profetiza su suicidio para esa fecha exacta.
Preguntado tiempo más tarde sobre por qué no se había suicidado
en la fecha anunciada, contesta lisamente: "Por cobardía". Ese
mismo año la Academia sueca otorga el Premio Nobel a William
Golding; uno de los académicos denuncia la mediocridad de la
elección. Todos siguen preguntándose por qué Borges es
sistemáticamente soslayado. El premio a Golding parece dar la
razón a los que dudan de que los académicos suecos sepan
realmente leer.
-
Jorge Luis Borges
murió en Ginebra el 14 de junio de 1986.
Entre sus obras:
POESIA
Fervor de Buenos Aires (1923) Luna de enfrente (1925) Cuaderno San Martín (1929) Poemas (1923-1943) El hacedor (1960) Para las seis cuerdas (1967) El otro, el mismo (1969) Elogio de la sombra (1969) El oro de los tigres (1972) La rosa profunda (1975) Obra poética (1923-1976) La moneda de hierro (1976) Historia de la noche (1976) La cifra (1981) Los conjurados (1985)
ENSAYOS
Inquisiciones (1925) El tamaño de mi esperanza (1926) El idioma de los argentinos (1928) Evaristo Carriego (1930) Discusión (1932) Historia de la eternidad (1936) Aspectos de la poesía
gauchesca (1950) Otras inquisiciones (1952) El congreso (1971) Libro de sueños (1976)
CUENTOS
El jardín de senderos que se bifurcan (1941) Ficciones (1944) El Aleph (1949) La muerte y la brújula (1951) El informe Brodie (1970) El libro de arena (1975)
No clasificados Historia universal de la infamia (1935) El libro de los seres imaginarios (1968) Atlas (1985)
EN COLABORACION CON ADOLFO BIOY CASARES
Seis problemas para don Isidro Parodi (1942) Un modelo para la muerte (1946) Dos fantasías memorables (1946) Los orilleros (1955). Guión cinematográfico. El paraíso de los creyentes (1955). Guión cinematográfico. Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).
CON OTROS AUTORES
Antiguas literaturas germánicas (México, 1951) El "Martín Fierro"(1953) Leopoldo Lugones (1955) La hermana Eloísa (1955) Manual de zoología fantástica (México, 1957) Antología de la literatura fantástica (1940) Obras escogidas (1948) Obras completas (1953) Nueva antología personal (1968) Obras completas (1972) Prólogos (1975) Obras completas en colaboración (1979) Textos cautivos (1986), textos publicados en la revista El hogar Borges en revista multicolor (1995): notas, traducciones y
reseñas bibliográficas en el diario Crítica.
-
César Aira, uno de los
secretos mejor guardados de la literatura argentina, nació en
Coronel Pringles en 1949. Desde 1967 vive en Buenos Aires. Es
traductor, novelista, dramaturgo y ensayista. En diversos
diarios y revistas pueden leerse sus ensayos, breves y sagaces,
sobre distintos autores. Ha dictado cursos en la Universidad de
Buenos Aires (sobre Copi, Rimbaud) y en la Universidad de
Rosario (Constructivismo, Mallarmé), y ha traducido y editado en
Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela.
Es uno de los escritores más prolíficos de las letras argentinas,
habiendo publicado más de treinta libros. Su novela "Cómo me
hice monja", publicada en España en 1998, fue elegida una de los
diez mejores publicados en aquel país.
-
Obras escritas , entre las novelas podemos destacar
-
Moreira (1975) . Ema, la cautiva (1981) , La luz argentina
(1983) , Las ovejas (1984) , Canto Castrato (1984) ,Una novela
china (1987) , Los fantasmas(1990) , El bautismo(1991) , La
liebre (1991) , Embalse (1992) , La guerra de los gimnasios
(1992) , La prueba (1992) ,El llanto (1992) , Madre e hijo
(1993) , Bajo La Luna Nueva , Cómo me hice monja (1993) , El
infinito (1994) , La costurera y el viento (1994) , Los
misterios de Rosario (1994) , Los dos payasos (1995) , Abeja
(1996) , La trompeta de mimbre (1998) , La serpiente (1998) ,
Sueño (1998) , Las curas milagrosas del Dr. Aria (1998) , La
mendiga (1998) , El congreso de literatura (1999).
-
Entre sus libros de cuentos El vestido rosa (1984) ,Cecil Taylo
y también escribio los siguientes ensayos Copi (1991) ,Nouvelles
impressions du Petit Maroc (1991) ,Taxol : precedido de Duchamp
en Mexico y La broma (1997) ,Alejandra Pizarnik (1998)
-
Poeta épico español.
Nació en Logrosán (Extremadura), aproximadamente en 1544. Cursó
estudios en Salamanca y posteriormente embarcó con la expedición
de Juan Ortiz de Zárate hacia Paraguay, donde se convirtió en
arcediano de la catedral de Asunción y Villa Rica (1575-1580).
Su obra Argentina y conquista del Río de La Plata, con otros
acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y estado del
Brasil, 1602, fue escrita para competir con la Araucana de
Ercilla. Su poema es considerado como documento histórico, donde
narra las hazañas vividas en la expedición de Ortiz de Zárate;
sin embargo, el relato de los sucesos anteriores a su llegada es
de dudosa exactitud.
-
Poeta, historiador,
ensayista, biógrafo, crítico literario y profesor universitario
argentino, nacido en Santiago del Estero (en la provincia
homónima) en 1882, y fallecido en Buenos Aires en 1957.
Humanista fecundo y polifacético, preocupado tanto por la
historia de las Letras como por la indagación acerca de la
identidad nacional, dejó un valioso legado crítico e histórico
que le convierte en una de las figuras más influyentes del
panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX.
-
Nacido en el seno de una familia provinciana perteneciente a esa
oligarquía arrinconada y empobrecida por su distanciamiento del
floreciente núcleo cosmopolita que comenzaba a ser Buenos Aires,
el joven Ricardo Rojas creció envuelto por una inquietud
nacionalista que, en cierto modo, era fruto de la necesidad de
sentirse ligado -dentro de su forzada lejanía- a una aventura
histórica común. Estas circunstancias biográficas determinaron
que, tan pronto como sus innatas dotes intelectuales le hubieron
inclinado hacia el estudio de las humanidades, decidiera
implicarse estrechamente en la corriente ideológica que, hacia
1910, se extendió por toda la Argentina bajo el nombre de
"primer nacionalismo cultural".
-
Surgido al socaire de la celebración del primer centenario de la
independencia del país austral, este movimiento intentaba dar
una coherencia satisfactoria a una noción de nacionalidad que,
en aquellos momentos, tenía que incluir forzosamente a la
población indígena y, sobre todo, al populoso grupo humano de
los emigrantes y sus primeros descendientes (nacidos ya en
Argentina).
-
Dentro, pues, del ambicioso proyecto intelectual que se propuso
desarrollar Ricardo Rojas desde su faceta de pensador e
historiador de la literatura, la inserción de la población
foránea que ya se sentía argentina (y que compartía, con el
resto de los habitantes de aquel territorio, un mismo
sentimiento de nacionalidad) constituyó una de sus principales
preocupaciones, a la postre resuelta por vía de la integración
cultural. Así pues, en la obra de Rojas la cultura (y, muy
especialmente, una de sus más extendidas manifestaciones: el
fenómeno literario) se convierte en el elemento integrador por
excelencia, el que permite concebir la identidad nacional
argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias
muy diversas, y el que deja lugar -bien es verdad que dentro de
una escala jerárquica que recuerda su pertenencia a la rancia
oligarquía provinciana a la inclusión, en un mismo concepto de
"nación", de indígenas y emigrantes.
-
Lógicamente, este monumental proyecto del escritor de Santiago
del Estero no se desarrolló sólo por vía de la imprenta, ya que
Ricardo Rojas lo alentó y sostuvo en cuantos organismos e
instituciones prestó sus servicios. Fueron, en este sentido,
ejemplares sus labores realizadas en las universidades de La
Plata y Buenos Aires -en donde ejerció la docencia en calidad de
profesor de Literatura y Filosofía-, y fomentó la creación de
una cátedra que habría de convertirse en un hito histórico
dentro de la andadura universitaria de la joven nación: la de
Literatura Argentina. Además, impulsó de forma decisiva la
creación de un instituto de investigaciones que permitió
desarrollar numerosos aspectos de su propio proyecto y de otros
objetivos ajenos, y ofreció un vigoroso apoyo a la publicación
de documentos históricos relacionados con el pasado argentino,
así como a la edición de obras literarias de toda índole (aunque
con especial atención a los clásicos universales y las piezas
emblemáticas del hasta entonces exiguo corpus libresco
específicamente argentino). Rojas fue, en efecto, uno de los
responsables de la fijación del Martín Fierro (1872), de José
Hernández (1834-1886), como la piedra fundamental de la
identidad cultural argentina, dentro de una más amplia
concepción del género gauchesco como el elemento emblemático de
una literatura específicamente argentina, y opuesta -por esta
misma especificidad- a lo que, ante el crisol cosmopolita de las
aportaciones de los distintos grupos de emigrantes, el propio
Rojas tildó de "babelización" del país. Cabe señalar, al
respecto, que todo su trabajo de reconstrucción histórica y
análisis del presente descansa en dos corrientes de pensamiento
plenamente decimonónicas: el romanticismo (patente en su
apasionada búsqueda de las señas de identidad nacional; en la
valoración ética y estética de ciertos modelos indiscutiblemente
románticos como el gaucho; etc.) y el positivismo (que
confiere a su trabajo un acusado acento historicista, y una
metodología basada en la ordenación cronológica de los distintos
períodos abarcados).
-
Sin duda alguna, la obra que mejor define todas las
características e intenciones del proyecto cultural de Ricardo
Rojas es su monumental Historia de la literatura argentina
(Buenos Aires: La Facultad, 1917-1922), publicada en cuatro
volúmenes y considerada la primera reconstrucción histórica de
las Letras australes propiamente dicha. A pesar de su
importancia como instrumento imprescindible para el estudio de
la literatura hispanoamericana, este valioso trabajo de Ricardo
Rojas anuncia, ya desde su explícito subtítulo (Ensayo
filosófico sobre la cultura en el Plata), un ambicioso objetivo
que rebasa las meras preocupaciones del crítico literario para
adentrarse en profundas reflexiones acerca de la identidad
cultural de la nación.
-
El resto de su producción impresa se completa con otros títulos
tan notables como El alma española (Valencia: Sempere, 1907); La
restauración nacionalista (Buenos Aires: Ministerio de Justicia
e Instrucción pública, 1909); Blasón de Plata (Buenos Aires: La
Nación, 1910); Los lises del blasón (Buenos Aires: Martín García,
1911); La argentinidad (Buenos Aires: La Facultad, 1916);
Eurindia (Buenos Aires: La Facultad, 1924); La historia en las
escuelas (Buenos Aires: La Facultad, 1930); El radicalismo de
mañana (Buenos Aires: Rosso, 1932); El santo de la espada: Vida
de San Martín (Buenos Aires: Anaconda, 1933); Ollantay. Tragedia
de los Andes (Buenos Aires: Losada, 1939); Un profeta de la
pampa. Vida de Sarmiento (Buenos Aires: Losada, 1945). Otras
obras suyas son El país de la selva y Archipiélago.
-
Además de estos títulos, Ricardo Rojas -cuya residencia
bonaerense se convirtió, después de su muerte, en biblioteca y
museo- fue autor del poemario juvenil Romance de ausencias, en
el que son notables las influencias del modernismo y el neo-romanticismo.
-
Bibliografía
ALTAMIRANO, Carlos: "La fundación de la literatura argentina",
en Ensayos argentinos, Buenos Aires: CEAL, 1983.
BECCO, Horacio Jorge: "Bibliografía de Ricardo Rojas", en
Revista Iberoamericana, Pittsburgh [U.S.A.], 23 (9158), pp.
335-350.
PAYÁ, Carlos-CÁRDENAS, Eduardo: El primer nacionalismo argentino.
Manuel Gálvez y Ricardo Rojas, Buenos Aires: Peña Lillo, 1978.
ZUBIETA, Ana María: "La historia de la literatura. Dos historias
diferentes", en Filología, Buenos Aires, XXII, 2, 1987.
-
Nacido en Mérida,
Nueva España. Su padre, Juan José de Vértiz y Hontañón, fue
gobernador y capitán general de Yucatán. En 1778, tomó el mando
del virreinato del Río de la Plata. El virrey Vértiz creó un
cuerpo de funcionarios de Aduanas. Fundó el primer grupo de
población en la Patagonia, en el intento de desviar la corriente
de emigrantes que llegaban de España a Buenos Aires. Creó un
orfanato y un hospital para infecciosos; fundó el Real Colegio
de San Carlos; creó el Tribunal del Consulado. El territorio
estaba dividido en ocho intendencias, de las que se desmembraron
después cuatro gobiernos militares: Montevideo, Misiones, Moxos
y Chiquitos. Vértiz fue un incasable inspector de todos los
órganos de la Administración virreinal. En 1784 entregó el mando.
-
Poeta, dramaturgo y
narrador español, nacido en Madrid en 1580 y muerto en
Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) en 1645. Máximo
representante de la corriente conceptista que floreció en las
letras hispánicas del Siglo de Oro, tuvo el acierto de forjar
una prosa tersa, pulida y esmerada, cuya riqueza y variedad sólo
tienen comparación con la altura a la que se remontan los
alardes lingüísticos de su poesía.
-
Vida
-
En 1606, vuelve a la
Madrid con la corte y comienza a buscar acomodo dentro de ella.
Lo hallará en primer lugar con el Duque de Osuna, al que conoció,
al parecer, durante sus años de estudiante en Alcalá de Henares.
Comienza a escribir sus Sueños y su España defendida de los
tiempos de ahora, y traduce a Anacreonte y a Focílides; concurre
a academias como la del conde de Saldaña. Al tiempo, orgulloso
de su origen nobiliario, inicia un pleito por el señorío de la
Torre de Juan Abad, que ganaría en 1631 y que le costaría
abundantes esfuerzos y dineros. En 1613, y tras padecer una
crisis espiritual que se plasmó en sus Lágrimas de Jeremías
castellanas (entre otras obras), acepta el puesto de secretario
del Duque de Osuna, con el que parte a Sicilia y, de allí, a
Nápoles. Durante sus años en Italia, realiza importantes
misiones diplomáticas para el Duque, que, en pago, le consigue
el hábito de Santiago. Entre ellas, además de sobornos en la
corte para lograr el virreinato de Nápoles para el duque,
destacará la famosa la conjuración de Venecia, en la que el
poeta se verá involucrado. Al caer en desgracia su protector en
1620, sufrió destierro en la Torre y prisión al año siguiente y
hasta 1622.
-
En 1634, se casa con Esperanza de Mendoza, señora de Cetina,
viuda de la que se separó a los dos años y que lo dejó viudo en
1641. Mientras, la dureza de sus burlas contra todo el mundo le
han granjeado numerosos enemigos, entre ellos el todopoderoso
Olivares del que tanto había esperado en principio el autor (véanse
al respecto obras suyas como El Chitón de las Tarabillas o la
dedicatoria enderezada al valido al frente de la edición de la
Poesía de fray Luis de León, así como el nombramiento del autor
para secretario del rey, que dan muestra de una relación que en
principio no podía ser mejor). Todo ello lo sitúa en una
posición incómoda que propicia ataques como los enderezados por
Pacheco de Narváez, el padre Niseno y Juan Pérez de Montalbán en
el Tribunal de justa venganza, erigido contra los escritos de
don Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en
desverguenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades,
catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres, publicado
en 1635. En este mismo año, Pacheco de Narváez lo denuncia a la
Inquisición. Los ataques se centran, con frecuencia, en su
cojera y en su miopía, de los que hizo burla él mismo.
-
En 1639, es detenido acusado de ser espía de los franceses y
conducido a San Marcos de León, donde permanece hasta 1643 en
tan malas condiciones que su salud se resiente. La anécdota de
que el poeta logró hacer llegar hasta la servilleta del rey un
memorial contra el valido y que éste fue el origen de la
indisposición nunca ha logrado ser comprobada. Con todo, la
epístola "No he de callar por más que con el dedo" dirigida al
valido, señala cierta indisposición del poeta para con un
régimen que perpetuaba los errores del que había querido
corregir. Durante estos años de cárcel, escribe obras como el
Marco Bruto, que publica a su regreso a Madrid en 1644. Al año
siguiente se retira a la Torre de Juan Abad, donde continúa
escribiendo hasta que su enfermedad lo obliga a trasladarse a
Villanueva de los Infantes, donde muere el día 8 de septiembre.
-
Poeta y dramaturgo
español, nacido en Córdoba el 11 de julio de 1561 y muerto en su
ciudad natal el 23 de mayo de 1627, víctima de una apoplejía.
Máximo representante del culteranismo barroco en la poesía
española, fue uno de los poetas más influyentes en la evolución
estética de su tiempo. Su renovación del lenguaje póetico,
inspirada en cultismos léxicos y sintácticos procedentes del
latín clásico, marcó una pauta en la lírica española que ha
llegado hasta nuestros días.
-
Vida
-
Hijo de Francisco de Argote, juez de residencia en Madrid y de
bienes confiscados por la Inquisición de Córdoba, y de Leonor de
Góngora, parece que estudió con los jesuitas. Se ordenó
sacerdote cuando su tío materno, racionero de la catedral
cordobesa, le cedió algunos privilegios, pero la falta de
vocación religiosa del poeta fue evidente a lo largo de toda su
vida y se mostró en su pasión por las mujeres y, sobre todo, por
el juego, que fue la causa de su ruina final y de innumerables
burlas durante sus años de estancia en Madrid. Asimismo, la
supuesta ascendencia judía de la familia fue motivo de burla,
especialmente para Quevedo, que identificó su nariz con la
habitualmente supuesta a los judíos y calificó a su novedosa
poesía de "judaizante".
-
Estudió Cánones en Salamanca entre 1576 y 1580, pero no llegó a
graduarse. Precisamente es 1580 el año de sus primeros poemas y
cinco años más tarde recibe el elogio de Cervantes en el Canto
de Calíope.
-
En 1617, ya famoso como poeta, se instala en Madrid y se ordena
sacerdote (hasta entonces sólo había estado ordenado de menores).
Es nombrado capellán del rey con el apoyo del Duque de Lerma. La
vida de la corte lo endeuda aún más, por lo que a la caída de
Lerma se verá obligado a buscar la sombra de Olivares. Son años
difíciles: el Conde-Duque lo entretiene con promesas que nunca
se materializan, lo amenazan con embargos, alguien (Quevedo
según el anecdotario) compra su casa y le obliga a deslojarla.
Enfermo y sin recursos, intenta publicar sus poemas, dispersos
hasta la fecha, pero no lo consigue. Una mejoría de la
enfermedad le permite volver a Córdoba en 1626, para morir allí
al año siguiente.
-
Obra
-
Salvo dos comedias que no triunfaron, aunque no carezcan de
méritos (Las Firmezas de Isabela, de 1610, y El Doctor Carlino,
de 1613) la obra de Góngora se ciñe al verso, aunque tocando en
él la mayor parte de los géneros de su tiempo, a excepción del
poema épico stricto sensu.
-
Estilísticamente, la poesía de Góngora se caracteriza por la
hinchazón formal, por el uso de recursos amplificadores que se
detienen en la descripción y explicación del contenido más que
en avanzar en él. Junto a ello, el gusto por el hipérbaton
latinizante dificulta la comprensión del contenido, lo que llevó
a sus críticos a calificarla de poesía extranjera, frente a la
poesía española que, procedente de Garcilaso, había llegado a
los "poetas claros" que rodeaban a Lope. Con todo, el estilo
gongorino no procedía, ni mucho menos, de poesía extranjera
alguna, sino del modo de poetizar de la escuela sevillana y del
grupo antequerano-granadino que, ya desde el propio Fernando de
Herrera y a través de la obra de un Luis Carrillo y Sotomayor,
un Juan de Arguijo o un Francisco de Rioja, va a llegar a su
cima en la obra del cordobés. Junto con ello, el profundo
conocimiento de las lenguas clásicas que tenía Góngora le
permite establecer esas atrevidas perífrasis y violentos
hipérbatos que causaron tanta admiración como críticas.
-
Al tiempo, y respecto del enfrentamiento entre "culteranos" o
seguidores de Góngora y "conceptistas" o seguidores de Quevedo,
es preciso señalar tanto la soledad de Quevedo, incapaz de crear
a su alrededor grupo alguno, como el hecho de que Gónogora fue
imitado por todos, incluidos aquellos que, como Lope, lo
criticaban. Y esto tanto por la poderosa atracción que su estilo
ejerció sobre sus contemporáneos cuanto por venir en línea
directa de la poesía del XVI. De esta manera, poemas como La
Filomena o La Andrómeda de Lope muestran una clara huella de
Góngora que el Fénix logró asimilar a su estilo. El influjo de
Góngora sustituirá al de Garcilaso hasta entrado el siglo XVIII,
cuando, por compensación, Góngora se convierta en la bestia
negra de nuestros ilustrados, que abogan por un estilo claro
como el de los poetas del XVI, aunque nunca logren su calidad.
Este anatema sobre la obra de Góngora perduró a lo largo del XIX
y fue sancionado por la crítica que Menéndez y Pelayo hizo de
sus últimas obras, crítica que acuñó la expresión "príncipe de
luz, príncipe de tinieblas" con la que el humanista Cascales
había definido en el XVII las dos etapas en la obra del cordobés:
antes y después de las Soledades, lo que don Marcelino
identificaba con antes y después de perder Góngora la razón (no
olvidemos que el mismo crítico difundió la especie de que El
Greco padecía de una enfermedad de la vista que le hacía pintar
las figuras tan largas y estilizadas). Será a partir de Rubén
Darío cuando la obra de Góngora vuelva a ser apreciada en
círculos poéticos, aunque serán precisos, además, los estudios
de Alfonso Reyes, Miguel Artigas y, sobre todo, Dámaso Alonso,
junto con sus compañeros de generación poética, quienes
organizaron en 1927 el homenaje al poeta en el tricentenario de
su muerte y, más aún, rehabilitaron su lengua poética para la
poesía española del siglo XX.
-
Dentro ya de la obra del cordobés, es preciso señalar la
constancia de estos rasgos estilísticos que aparecen tanto en
obras serias como en obras de burlas, y tanto en obras tempranas
como en obras de madurez. Sí que encontramos, en cambio, una
intensificación de dichos procedimientos estilísticos que
llevaron a los que se consideraron excesos de las Soledades y la
Fábula de Polifemo y Galatea. Así, desde el principio de su obra,
encontramos los mismos recursos en poemas en metro tradicional y
culto. De esta manera, más que de dos etapas, cabe hablar de una
intensificación progresiva que el poeta deja de cuando en cuando
de lado.
-
En cuanto a los géneros, fue fundamental la influencia de
Góngora en la creación del Romancero Nuevo, al que aportó joyas
como "Amarrado al duro banco", "Entre los sueltos caballos", "En
un pastoral albergue", "Hermana Marica" o "Ensíllenme el asno
rucio / del alcalde Antón Llorente" (parodia del romance "Ensíllenme
el potro rucio / del alcalde de los Vélez", de Lope Vega.
Asimismo, es de destacar el romance burlesco de 1618 titulado "Fábula
de Píramo y Tisbe", en el que aparecen ya los elementos
estilísticos citados con la intensidad habitual de sus últimas
obras. Junto a éstos, destacan las letrillas "Ándeme yo caliente
y ríase la gente", "Aprended, flores, en mí", presente aún hoy
en la tradición oral hispana o la letrilla sacra "Caído se le ha
un clavel" dedicada al Nacimiento de Cristo. asimismo, están
compuestos con singular perfección sonetos como el dedicado al
tema del carpe diem ("Mientras, por competir con tu cabello, /
oro bruñido, el sol relumbra en vano"), o el "Soneto a Córdoba"
("¡Oh excelso muro, oh torres coronadas!") que fue musicado en
nuestro siglo, parejo al fervor gongorino del 27, por Manuel de
Falla. Muchos de ellos se transforman en dedicatorias a
personajes ilustres para los que Góngora compone versos
ajustados y ricos. Otras veces, sus sonetos arrastran una carga
satírico-burlesca que apunta con ácida ironía hacia los defectos
de los personajes más destacados de su tiempo ("El Conde mi
señor se fue a Napoles, / el Duque mi señor se fue a Francía: /
príncipes, buen viaje, que este día / pesadumbre daré a unos
caracoles"). Otras veces, la censura burlesca está dirigida
contra su mayor enemigo en las lides poéticas, don Francisco de
Quevedo y Villegas ("Anacreonte español, no hay quien os tope";
"Cierto poeta, en forma peregrina / cuanto devota, se metió a
romero").
-
Destacan, asimismo, sus sonetos áulicos, laudatorios y elegíacos,
en franca competencia, por lo que atañe a su hondura poética,
con los consagrados a la materia amorosa y galante:
DE UN PEREGRINO ENFERMO
QUE SE ENAMORÓ DONDE SE HABÍA HOSPEDADO
"Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
distincto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol y, entre armiños escondida,
soñolienta beldad, con dulce saña,
salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida:
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero".
|
-
Es autor, asimismo, de
poemas en arte mayor como la "Oda a la toma de Larache", en la
que se comienza a observar el tránsito hacia la etapa final, que
comienza, propiamente hablando, con el "Panegírico al Duque de
Lerma", obra en la que las galas del estilo gongorino se hacen
pesadas por el escaso interés del tema.
-
No sucede lo mismo con la Fábula de Polifemo y Galatea, en la
que el estilo de Góngora refleja la sensualidad de la historia
de la ninfa y el pastor y el contraste entre su belleza y la
brutalidad de Polifemo, monstruo enamorado también de la ninfa.
Góngora estructura el poema en 63 octavas que distribuye a modo
casi de viñetas en las que apenas el sentido de una se encabalga
en la siguiente. La belleza del poema -y la enorme dificultad
del lenguaje poético gongorino-, se puede apreciar en cualquiera
de sus octavas:
"En la rústica
greña yace oculto
el áspid, del intonso prado ameno,
antes que, del peinado jardín culto
en lo lascivo, regalado seno.
En lo viril desata de su vulto
lo más dulce el amor de su veneno:
bébelo Galatea, y da otro paso
por apurarle la ponzoña al vaso". |
-
Respecto de las
Soledades, fue, sin duda, el proyecto más ambicioso del poeta:
Góngora pretendía escribir cuatro poemas sobre el mismo asunto,
pero que sólo dejó dos antes de su muerte. Narra el poema el
naufragio de un joven que, tras pasar la noche con unos cabreros,
se encuentra con diferentes personas y acontecimientos (unos
cabreros que van de boda, a la que asiste, unos pescadores con
los que faena, una cacería que contempla al regreso, etc.) que
sirven al poeta para desplegar todo su riqueza estilística:
"Era del año
la estación florida
en que el mentido robador de Europa
-media luna las armas de su frente
y el sol todos los rayos de su pelo-,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas.
Cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter, mejor que el garzón de Ida,
náufrago y desdeñado -sobre ausente-
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar, que, condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido
segundo de Arïón dulce instrumento".
|
-
La obra de Góngora se
publicó en el mismo 1627 a cargo de Juan López de Vicuña (Obras
en verso del Homero español), edición que completó en 1633
Gonzalo de Hoces (Todas las obras de don Luis de Góngora en
varios poemas). Enseguida, Salcedo Coronel, José Pellicer, y
Cristóbal Salazar Mardones comentaron su obra verso a verso, tal
y como sucediera durante el siglo anterior con Garcilaso. El
primer crítico de su estilo fue Juan de Jáuregui en su Antídoto
contra las Soledades, escrito después de 1616, fecha en la que
estos poemas comenzaron a correr manuscritos.
Bibliografía
ALONSO, Dámaso. La lengua poética de Góngora. (Madrid: 1930).
Góngora y el "Polifemo". (Madrid: 1967). Góngora y el gongorismo.
(Madrid: 1978).
JAMMES, Robert. Études sur l'oeuvre poétique de don Luis de
Góngora y Argote. (Burdeos: 1967).
G. Fernández San Emeterio.
-
Poeta y dramaturgo
español, nacido en Madrid el 17 de enero de 1600, y muerto en su
ciudad natal en 1681. Continuador del arte nuevo de hacer
comedias difundido por Lope de Vega, en su teatro se intensifica
el componente lírico, se adensa la reflexión moral y filosófica,
se enriquece la dimensión religiosa y se acentúa la
introspección psicológica de los personajes, forjando en su
conjunto un corpus dramático considerado como el más profundo y
acabado del teatro áureo.
Vida
De familia acomodada y oriunda de la Montaña (es decir, de
ascendencia hidalga acreditada), era hijo de un secretario del
Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda, lo que dio a la familia
una situación social de cierta importancia y acomodo. El
dramaturgo fue el tercero de los hjos del matrimonio y recibió
una educación esmerada en el Colegio Imperial de Madrid,
regentado por la Compañía de Jesús en el edificio que
actualmente ocupa el Instituto de Bachillerato "San Isidro",
entre 1608 y 1613. Su condición de hijo tercero lo destinaba
desde la cuna a ocupar una capellanía fundadada por su abuela.
Entre 1614 y 1620 estudió, primero, en Alcalá de Henares, y
después en Salamanca, hasta obtener el grado de Bachiller en
Cánones. Son años juveniles en los que se le asocia a la clásica
vida desordenada de los estudiantes, con la que prosiguió a
partir de su regreso a Madrid, dejando de lado la carrera
eclesiástica e introduciéndose en los ambientes literarios de la
Corte. Participó en las justas y certámenes de esos años, tales
como los de beatificación y canonización de San Isidro en 1621 y
1622 respectivamente. Todo ello nos lo sitúa en la estela de
Lope de Vega, del que fue sucesor en la escena. En 1623 estrenó
su primera comedia, Amor, honor y poder, que obtuvo no poco
éxito. Durante estos años se vio envuelto en pleitos por su vida
de pendencias y juego y por causa del testamento de su padre,
que obligó al dramaturgo y a sus hermanos a pleitear con su
madrastra y a vender el cargo de su padre para pagarle lo que
les pedía. Probablemente fueron estos sucesos los que le
llevaron a entrar al servicio del duque de Frías, con el que
viajó por Flandes y el norte de Italia entre 1623 y 1625.
A su vuelta, prosiguió Calderón con su vida de antes y comenzó a
obtener éxitos en la escena, al tiempo que empezaba a eclipsarse
la figura de Lope. Su irrupción, en compañía de otros, en el
sagrado del convento de las Trinitarias de Madrid, donde se
encontraba la hija de Lope, en persecución de un cómico, le
causó la enemiga de Lope y de Fary Hortensio Félix Paravicino.
La burla que de este último hizo Calderón en El Príncipe
Constante nos lo presenta bastante lejos del Calderón taciturno
que tanto ha gustado presentar a la crítica. En el mismo año de
1629 en el que tenían lugar estos sucesos, vio estrenar La Dama
Duende, su primer gran éxito. La década de 1630 a 1640 fue la
más fructífera en lo que a los corrales de comedias se refiere.
Al mismo tiempo, comenzó a recibir encargos para los teatros de
la Corte, tanto en el salón dorado del desaparecido Alcázar como
en el recién inaugurado Palacio del Buen Retiro, para cuya
primera función escribió en 1634 El nuevo Palacio del Retiro. En
El Retiro, las funciones se llevaban a cabo en un coliseo
construido para tal efecto -que contaba con todos los adelantos
en materia escenográfica, para los que la Corte había contratado
al italiano Cosme Lotti-, pero también en escenarios montados
sobre barcas en el Estanque de los jardines. Calderón colaboró
con Lotti en todo tipo de espectáculos palaciegos, sobre todo
desde que, en 1635, se le nombrara director de tales
representaciones. En 1636 se le concedió el hábito de Santiago.
Fueron los años de El médico de su honra, La hija del aire, etc.
En 1636 apareció, además, la Primera Parte de sus Comedias,
recogidas en número de doce, que tendrá sucesivas partes en
1637, 1664, 1672 y 1677, año en el que apareció también la
primera entrega de sus Autos sacramentales.
Como caballero de Santiago, participó en el socorro de
Fuenterrabía de 1638 y en la campaña de Cataluña de 1640,
respecto de la que se cuenta la anécdota, nunca comprobada, de
que el rey trató de impedir la posible pérdida de su dramaturgo
en el campo de batalla mediante la orden de que no dejara Madrid
mientras no le entregara una comedia concluida. Calderón le
entregó en pocos días la titulada Certamen de amor y celos, que
se representó en el Estanque de El Retiro. Herido durante el
sitio de Lérida, obtuvo la licencia absoluta en 1642, a la que
acompañó una pensión vitalicia.
A su retorno, entró al servicio del duque de Alba y continuó
dedicándose al teatro, aunque sólo al religioso, dado que los
teatros permanecieron cerrados entre 1644 y 1645 y, más adelante,
entre 1646 y 1649 con motivo de los lutos por la reina Isabel de
Borbón, primera mujer de Felipe IV y por el príncipe Baltasar
Carlos. En este ambiente se produjo, además, la muerte de sus
hermanos José (1645) y Diego (1647), y el nacimiento de su único
hijo, ilegítimo. Conmovido por todo ello, ingresa en la Orden
Tercera de San Francisco en 1650 y se ordenó sacerdote al año
siguiente, ocupando así la capellanía fundada por su abuela. En
1653 fue nombrado capellán de los Reyes Nuevos de Toledo. Se
dedicó a la composición de autos que le encargaban los
ayuntamientos de Madrid y Toledo, y dejó de escribir para los
corrales, aunque prosiguió con los encargos de la Corte (que
consistían en piezas de tema mitológico y montaje espectacular,
en las que la música comenzaba a tener un papel destacado). Son
las primeras óperas y zarzuelas españolas, de las que poco nos
ha llegado, si exceptuamos algunos números sueltos. El término
Zarzuela se acuñó para un género mixto en el que se canta y se
representa, pero no tiene nada que ver este espectáculo
cortesano de tema mitológico con el género de carácter popular
que, a partir de la misma idea pero con una base argumental
tomada del sainete o de la propia comedia lopesca, comenzará a
generalizarse a partir del XVIII en los teatros públicos y en
los salones aristocráticos. Nada más erróneo, por tanto, que la
costumbre habitual de hacer de Calderón el primero de nuestros
zarzueleros, dado que nada sino la mezcla de canto y
representación hay en común entre dos géneros por lo demás
totalmente distintos.
Pese a haberse apartado de los corrales, recibió críticas por su
condición de sacerdote dramaturgo, de las que se defendía
arguyendo los encargos con los que se le importunaba. En 1663
fue nombrado capellán de honor del rey y en 1666, capellán mayor
de Carlos II. Continuó escribiendo hasta el mismo año de su
muerte. Su últmia comedia, Hado y divisa de Leónido y Marfisa,
se representó en 1680, y su último auto sacramental, La divina
Filotea, vio la luz, concluido por Melchor de León, en 1681,
poco después de muerte de Calderón. Tras ésta, se abre un
período de decadencia de nuestro teatro que se prolongará más de
un siglo.
Obra
Sin llegar a los extremos de la obra de Lope, la de Calderón es
también ingente: cerca de ciento veinte comedias, más de ochenta
autos y varias piezas cortas. A pesar de cierta cantidad de
piezas poéticas, entre la que destaca el poema compuesto sobre
la divisa Psalle et Sille -"canta y calla"- situada en el coro
de la iglesia de los Reyes Nuevos de Toledo, su obra es
básicamente dramática. La producción dramática de Calderón
aparece cuando el mecanismo teatral ya está organizado en
España. Tal máquina va a servir para un genio opuesto en casi
todo al de Lope, caracterizado por su mirada hacia el interior
frente a la necesidad de exteriorizarse de Lope.
Desde Menéndez y Pelayo, su obra se viene dividiendo en comedias
y autos y, dentro de la primera, una subdivisión en comedias de
capa y espada, dramas trágicos, dramas filosóficos y dramas
religiosos. Esta clasificación, a pesar de los problemas que
puede plantear la distinción entre "religioso" y "filosófico" en
algunos casos, se ha mostrado como útil a la hora de establecer
una taxonomía dentro de la obra del dramaturgo. Con todo, pueden
señalarse varias características comunes a toda su creación: la
preocupación de la reponsabilidad moral del hombre, el conflicto
entre lo real y la ilusión, y el honor como fuente de conflictos
sociales entre el sentimiento y el papel del hombre en la
sociedad; lo mismo cabe decir del aspecto formal, en el que el
recurso constante a la metáfora, a la hipérbole y, sobre todo, a
la paradoja convierte a cada comedia o auto en un auténtico
poema dramático en el que se suman la lengua poética elaborada
por Lope con las audacias gongorinas.
Las comedias de capa y espada son la vertiente del teatro de
Calderón que más se asemeja al de Lope. Calderón supone para la
comedia lopesca la depuración del molde a través de la
simplificación de la trama y la mejora de la construcción,
normalmente a través de la supresión de escenas públicas como
las que tanto gustaban a Lope y a su generación. El motor de la
acción suele ser el amor, con el que confluyen los celos y el
honor. Los personajes se mueven de acuerdo con el decoro de su
nivel social y la acción se basa habitualmente en el equívoco.
Es el caso de El astrólogo fingido; Casa con dos puertas, mala
es de guardar; Hombre pobre, todo es trazas; El alcaide de sí
mismo; Guárdate del agua mansa o No hay burlas con el amor. Por
supuesto, es el género al que pertenece también La Dama Duende,
el primero de sus éxitos, en el que una de las damas atrevidas
de nuestro teatro, doña Ángela, se introduce por las noches en
el cuarto de su amado para desordenar los muebles como si fuera
un fantasma.
Como se puede deducir de todo esto, la línea del Calderón de los
corrales no sería la que continuaría el teatro español a finales
del XVII y durante el XVIII, sino la del Calderón de los autos
sacramentales y de las comedias heroicas y mitológicas de
palacio, en las que el ornato escénico tenía tanta importancia
como el propio texto, y esto merced a la calidad poética de
Calderón, pues la balanza se inclinaría del lado de la tramoya
así topara el organizador con un dramaturgo menos hábil que el
que nos ocupa. De estas comedias palaciegas, también llamadas
"de aparato", escritas por lo general en fecha más tardía,
destacaremos Ni amor se libra de amor, basada en el cuento del
Amor y Psique; La fiera, el rayo y la piedra, zarzuela basada en
los mitos de Pigmalión, Anaxárate y Cupido; Fieras afemina Amor,
sobre Hércules y Onfalia y Eco y Narciso, mito que se prestaba a
singulares efectos musicales de eco merced a la transformación
final del protagonista, tales como los empleados por Monteverdi,
Carissimi o, más tarde, Bach en diferentes obras. Dentro de este
apartado hay que señalar también La púrpura de la Rosa,
representada en el Buen Retiro en 1660 y que sería la primera
ópera representada en América.
De entre los dramas religiosos señalaremos El Purgatorio de san
Patricio; El Príncipe Constante y El mágico prodigioso.
Los dramas de honor son los que más fama han dado al autor y los
que, probablemente, más críticas han atraído sobre su figura.
Sus argumentos son casos extremos en los que la fama pública de
un hombre se ve comprometida por un adulterio, o por la simple
sospecha de éste, sin que le quede al deshonrado más remedio que
lavar su honor con la mancha de los culpables. El concepto de
honor, absolutamente ajeno a la mentalidad de nuestro tiempo, no
se refiere al arrebato de celos, sino a una auténtico
mandamiento social al que hay que obedecer a sangre fría:
"Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y alma sólo es de Dios". |
-
Con todo, se trataba de un código que, al menos en el teatro y
la novela, el público aceptaba y aplaudía. Su pervivencia en
nuestra sociedad ha sido tema constante para los escritores
preocupados por el estudio del carácter español, tanto en
ensayos como en novelas, en las que, casualmente o no, coincide
con el tema de Don Juan. Es el caso de La Regenta, de "Clarín",
y Tigre Juan y El curandero de su honra, de Ramón Pérez de
Ayala. En este último, la parodia del honor calderoniano es
evidente desde el propio título. Las tres obras más conocidas de
este apartado de la producción calderoniana son El Pintor de su
deshonra; A secreto agravio, secreta venganza y, sobre todo, El
médico de su honra, en el que un caballero deja morir desangrada
a su mujer por la simple sospecha, infundada, de haberle sido
infiel con la posterior anuencia, y aún alabanza, del rey. Con
todo, el más famoso drama de honor de Calderón es El Alcalde de
Zalamea, en el que el conflicto del honor abandona la escena
cortesana para aparecer entre plebeyos como el alcalde Pedro
Crespo, personaje digno y consciente tanto de su valor como de
su puesto en la sociedad que se rebela contra los abusos (como
siempre de tipo sexual) del capitán don Álvaro de Ataide, de
familia noble. La posición del villano es reforzada en la obra
por la cobardía de un hidalgo pobre que intenta aparentar lo que
no tiene. Como en el caso anterior, la presencia del rey
sancionando al que ha lavado su honor supone la aprobación
suprema de su conducta.
Fragmento de El Alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca,
extraído de "El Archivo de la Palabra" del Centro de Estudios
Históricos, editado por la Residencia de Estudiantes.
Enrique Borrás encarnó la figura de Don Pedro Crespo de manera
magistral, haciendo crecer al personaje gracias a la naturalidad
y sencillez de su puesta en escena.
Respecto de los dramas filosóficos, es preciso tener en cuenta
en primer lugar La Vida es Sueño, en donde se reflexiona sobre
la razón de estado frente a la libertad humana a través de la
figura del príncipe Segismundo, hijo del rey de Polonia que ha
sido apartado del trono a causa de un pronóstico que vaticinó
que destronaría a su padre. La curiosidad del rey lo lleva al
trono durante un día para devolverlo a su prisión, pero el joven
luchará para conseguir el trono al que está destinado hasta
destronar a su padre y librar así a Polonia del rey injusto que
lo ha mantenido prisionero para permanecer seguro en el trono
sin temor. La reflexión sobre el poder mal adquirido aparece
también en La Hija del Aire y La Cisma de Inglaterra, la primera
sobre el mito de Nino y Semíramis y la segunda sobre el divorcio
de Enrique VIII de Inglaterra de Catalina de Aragón para casarse
con Ana Bolena. En los tres casos, la recurrencia a espacios
lejanos, míticos o contrarios a España permiten al dramaturgo
hablar con libertad, sin temor a que sus palabras se
interpretaran contra la Corte española, con la que, por lo demás,
sus relaciones no podían ser mejores. Por otra parte, el respeto
por la institución monárquica le lleva a centrar el caso
histórico de Enrique VIII en la figura de Ana Bolena, que es
quien asciende a donde no le está destinado y quien, como
Semíramis en La Hija del Aire, acaba siendo derribada por los
mismos que ayudaron a elevarla. El problema del buen gobierno,
constante a lo largo de todo el XVII, primero merced a los
valimientos de los duques de Uceda y Lerma y, ya con Felipe IV,
del Conde-duque de Olivares, así como con la minoría de Carlos
II y el gobierno de don Juan José de Austria, parece haber sido
un asunto de importancia para Calderón, que ya lo trató durante
los tiempos de Olivares en Saber del mal y del bien, estrenada
en 1628.
Finalmente, los autos sacramentales están escritos para la
festividad del Corpus Christi, en la que se ensalza la presencia
real de Cristo en la forma consagrada. A causa de esto, los
autos tenían en su desarrollo metafórico que estaba relacionado
con la propia naturaleza de la fiesta y que los convertía en lo
que el propio Calderón llamó "Sermones / puestos en verso" en
los que se buscaba explicar al pueblo cuestiones de índole
teológica a las que de otra manera no podía acceder. Son los más
alegóricos los que carecen de otro argumento, como El gran
teatro del mundo, El gran mercado del mundo o No hay más fortuna
que Dios; otros se ayudan de un argumento mitológico (Los
encantos de la culpa, sobre Circe y Ulises; El divino Orfeo; o
Andrómeda y Perseo, que se incluyen dentro de la amplísima
corriente que, desde la propia Edad Media, había buscado una
explicación moral a las fábulas mitológicas) o bíblico (La cena
del Rey Baltasar; Sueños hay que verdad son, sobre la historia
de José en Egipto; El árbol del mejor fruto; A tu prójimo como a
ti, sobre el buen samaritano; La siembra del Señor, etc.). Otros
aprovechaban temas históricos o legendarios (La devoción de la
misa, El Santo Rey don Fernando, etc.) e, incluso, motivos como
la construcción del nuevo palacio en El nuevo Palacio del Retiro
o Las Órdenes militares.
Bibliografía
VV.AA. ACTAS del Congreso Internacional sobre Calderón y el
teatro español del Siglo de Oro, (Madrid, 1983). RUIZ RAMÓN, Francisco. Ediciones de La Hija del Aire (Madrid:
Cátedra, 1987) y La cisma de Inglaterra (Madrid: Castalia,
1981). VALBUENA BRIONES, Ángel. Calderón y la comedia nueva (Madrid:
1977). VAREY, John E. Cosmovisión y escenografía: el teatro español en
el Siglo de Oro. (Madrid: 1987). G. Fernández San Emeterio
-
Literato, jurisconsulto, poeta, economista, anticuario,
magistrado y hombre político español, nacido en Gijón el 5 de
enero de 1744 (en la que hoy es Casa-Museo de Jovellanos),
durante el reinado de Felipe V, y fallecido en Vega (Asturias)
en 1811, uno de los hombres más destacados del Siglo de las
Luces .
Vida
Fue hijo de una familia hidalga de larga descendencia, que
gozaba de una economía media. Su niñez se desarrolló en un
ambiente de inquietud intelectual. Recibió su primera formación
de latinidad en su ciudad natal. En 1757 comenzó sus estudios de
filosofía en la universidad de Oviedo, donde conoció al P.
Feijoo, monje benedictino que contaba entonces ochenta y cuatro
años. Pasó después a hacer los estudios eclesiásticos en Ávila,
en la universidad y en el seminario establecido creado en la
ciudad castellana por el obispo asturiano don Romualdo Velarde y
Cienfuegos. En junio de 1761 se graduó de bachiller en Cánones
por la universidad de Osma, y en 1763 de licenciado en Cánones
por la universidad de Ávila. Durante estos años se formó su
espíritu de humanista con el aprendizaje del latín y lectura de
los clásicos Horacio, Virgilio, Cicerón, Salustio, Plinio, entre
otros.
En 1764 Jovellanos fue becado como colegial del Mayor de San
Ildefonso de la universidad de Alcalá de Henares, tras aprobar
los ejercicios correspondientes, para continuar sus estudios
eclesiásticos. En esta ciudad conoció a Cadalso, al que
probablemente orientó en el terreno literario, y a don Pedro
Rodríguez de Campomanes, paisano suyo y una de las principales
figuras de la Ilustración. Ese mismo año se graduó de bachiller
en Cánones por la universidad de Alcalá y en junio de 1767
opositó sin éxito a una cátedra de Decreto de esa universidad.
Decidido a seguir la carrera eclesiástica, tuvo intención de
opositar a una canonjía doctoral de Tuy, pero cambió de opinión
debido quizá a los consejos que recibió de Juan Agustín Ceán
Bermúdez, historiador y crítico de arte y, más adelante,
académico de San Fernando. Éste realizó un cabal retrato del
Jovellanos de aquella época: “Era de estatura proporcionada, más
alto que bajo, cuerpo airoso, cabeza erguida, blanco y rubio,
ojos vivos, piernas y brazos bien hechos, pies y manos como de
dama, y pisaba firme y decorosamente por naturaleza, aunque
algunos creían que por afectación. Era limpio y aseado en el
vestir, sobrio en el comer y beber, atento y comedido en el
trato familiar, al que arrastraba con voz agradable y bien
modulada [...] y si alguna vez se distinguía con el bello, era
con las de lustre, talento y educación, pero jamás con las
necias y de mala conducta. Sobre todo era generoso, magnífico, y
aun pródigo en sus cortas facultades: religioso sin preocupación,
ingenuo y sencillo, amante de la verdad, del orden y de la
justicia: firme en sus resoluciones, pero siempre suave y
benigno con los desvalidos; constante en la amistad, agradecido
a sus bienhechores, incansable en el estudio, y duro y fuerte
para el trabajo” (Memorias para la vida del Excmo. Sr. D. Gaspar
Melchor de Jovellanos, 1814, pp. 12-13).
El 31 de octubre de 1767 el Consejo de la Cámara propuso a
Jovellanos para el cargo de Alcalde del Crimen de la Real
Audiencia de Sevilla, para el que fue nombrado el 13 de febrero
de 1768, acaso por mediación de Campomanes. No tenía ninguna
experiencia en la magistratura, pero estaba bien preparado
intelectualmente, tenía una gran afición al estudio y un fuerte
sentido de los valores de la justicia. Leyó con provecho a
Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Beccaria..., al tiempo que
aprendía el inglés leyendo en su lengua originaria a Milton y
traduciendo a Young. En la ciudad andaluza tuvo su primer amor,
una mujer nombrada poéticamente Enarda o Clori, que no podemos
identificar, y aunque debió de ser un amor correspondido terminó
esta relación en 1769 cuando ella abandonó Sevilla. Desde el
ascenso al trono de Carlos III, en 1759, la política ilustrada
entró en una fase de crecimiento. Campomanes, el conde de Aranda
y Roda fueron los principales promotores de esta política, los
cuales ejercieron una gran influencia entre los jóvenes
reformistas que comenzaban a ocupar puestos de responsabilidad.
En estos años Aranda impulsó la reforma de la universidad de
Alcalá, y Olavide la de Sevilla. Estos años fueron muy
importantes para la formación ideológica de Jovellanos, que se
veía obligado a confrontar las leyes con los problemas diarios
de la sociedad sevillana. Perteneció al grupo de los dirigentes
ilustrados y participó de manera asidua en la tertulia que el
intendente Olavide organizaba en su residencia del alcázar,
donde Jovellanos tuvo la oportunidad de aquilatar su ideario
ilustrado y de cultivar su afición a las letras. Redactó
numerosos informes fiscales y escribió varias obras dramáticas
para representar en el coliseo del palacio (la tragedia Pelayo,
el drama sentimental El delincuente honrado, o la traducción de
la tragedia de Racine Ifigenia en Aulide), y se arraigó su
afición poética, mientras entraba en relación con Juan Meléndez
Valdés, joven poeta de la Escuela Salmantina. Su valía
profesional favoreció su ascenso, en 1774, al puesto de Oidor de
la misma Real Audiencia, desde el que se convirtió en uno de los
miembros más destacados de su Sala de Gobierno. Los diez años
que Jovellanos pasó en Sevilla fueron de vital importancia para
su formación profesional, intelectual, humana y literaria.
Nombrado Alcalde de Casa y Corte, abandonó Sevilla el 27 de
agosto de 1778, y tomó posesión de su nuevo cargo en Madrid el
20 de octubre. En seguida comenzó a ser un personaje conocido en
la corte en su doble faceta de magistrado y de hombre de letras,
debido tanto a sus propios méritos, como a la protección de
Campomanes. Ese mismo año ingresó en la Sociedad Económica
Matritense, en la que colaboró activamente; en 1779 en la
Academia de la Historia; en 1780 en la Academia de San Fernando
como miembro de honor, y en la Sociedad Económica de Asturias
como individuo honorario; en 1781 en la Academia Española y en
1782 en la de Cánones como honorario. Desarrolló una febril
actividad durante estos años, formando parte de sociedades
diversas, presidiendo reuniones, pronunciando discursos y
elogios, elaborando informes y recibiendo, en general, todo tipo
de encargos. Defendió numerosas causas ante el ministro
Floridablanca, especialmente las relacionadas con su patria
asturiana. Se manifestó siempre como un magistrado íntegro y de
gran firmeza en la defensa de los principios del derecho.
Jovellanos se fue convirtiendo poco a poco en uno de los
personajes más destacados de la política ilustrada.
También realizó actividades en relación con las letras y las
artes. Por vez primera fue retratado por Goya. Asistió a la
tertulia política de Campomanes y él mismo reunía en su casa a
sus amigos escritores. Escribió la “Epístola del Paular”, dos
“Sátiras a Arnesto” (1786 y 87) y un Elogio de Carlos III
(1789), alegato político a favor del conde de Aranda y en contra
de Floridablanca. Participó en diversas polémicas literarias en
defensa de la estética neoclásica. Viajó mucho, interesado por
encontrar documentos históricos o manuscritos que leía y mandaba
copiar enteros o extractados. Aceptó por encargo de la Academia
de la Historia la redacción de una Memoria sobre los
espectáculos, un meditado proyecto de reforma de las diversiones
públicas.
Tras la muerte de Carlos III en 1788, y particularmente con la
política que comenzaba a implantarse a causa de los efectos de
la Revolución Francesa (1789) cambiaron las tornas para
Jovellanos. Puesto que había trabajado durante varios años en el
expediente de reforma de estudios en los Colegios de las Órdenes
Militares en Salamanca, Carlos IV lo nombró en 1790 Visitador
del de Calatrava. Emprendió el viaje el 5 de abril y una vez
hecho el Reglamento literario e institucional volvió a la corte
en el mes de agosto, en los días de la persecución contra
Cabarrús, con la intención de defenderlo. Esto le granjeó la
enemistad de Godoy y de la reina María Luisa. La Inquisición le
abrió un proceso y el gobierno lo alejó de la corte y, con el
pretexto de una visita a las minas de carbón de Asturias, fue
desterrado a Gijón desde el 28 de agosto hasta el año 1797.
Desde el punto de vista intelectual el destierro fue fructífero:
redactó el Informe de la Ley Agraria, terminó la Memoria de
espectáculos (que rehizo en 1796), fundó el Real Instituto
Asturiano de Náutica y Mineralogía (1794), leyó numerosas obras
españolas y extranjeras, realizó diversos viajes y mantuvo una
abundante correspondencia con sus amigos.
Alejado de la corte, hubo un sector del gobierno que echaba de
menos su trabajo y su capacidad intelectual y literaria, por lo
que se empezó a añorar a Jovellanos y a buscar una disculpa para
su retorno. Finalmente fue rehabilitado en 1797. Fue nombrado
primero embajador en Rusia y luego Ministro de Gracia y Justicia,
cargo que desempeñó sólo durante nueve meses en una situación
difícil, a pesar de la cual sacó adelante varios proyectos
educativos y una Representación al rey sobre el Santo Oficio,
organismo que buscaba nuevamente el control de la sociedad
española. Parece que los partidarios de la Inquisición y la
antipatía que le profesaba la reina María Luisa fueron las
causas inmediatas de su temprana destitución. Retornado a Gijón,
se dedicó al Instituto que había fundado, a la lectura, a los
paseos y a cultivar las relaciones de amistad. Fue un tiempo de
tranquilidad, no exento de la incomprensión por parte de algunos.
En una nueva campaña contra los ilustrados se acusó a Jovellanos
de heterodoxo. De nuevo fue arrestado y el 13 de marzo de 1801
fue condenado a sufrir destierro en la isla de Mallorca,
conducido primero a la Cartuja de Valldemosa, y al año siguiente
al castillo de Bellver en Palma, donde permaneció encarcelado
hasta abril de 1808, sometido a toda clase de vejaciones. La
soledad del destierro le sirvió para ampliar sus conocimientos y
especializarse en temas antes desconocidos para él, como la
historia de Mallorca. Tras el motín de Aranjuez, que acabó con
el poder de Godoy, y poco tiempo después de subir al trono
Fernando VII, se le dejó en libertad. Volvió a la península en
las fechas en que comenzaba la Guerra de la Independencia. Ambos
bandos quisieron contar con la experiencia política de
Jovellanos. Mientras que el pueblo veía en Napoleón a un invasor,
una gran parte de los ilustrados creía que con los Bonaparte
podría fructificar definitivamente el "espíritu de las Luces"
que situara a nuestro país en un nivel superior. Sin embargo,
Jovellanos rechazó ser ministro del Interior del rey José I
mientras que, por el contrario, aceptó el nombramiento del
Principado de Asturias para representarle en la Junta Central,
que dirigía la actuación política y militar contra los franceses.
Tuvo que huir a Andalucía. Cuando en 1810 se instauró el Consejo
de Regencia, el escritor pidió permiso para retirarse a su
tierra natal. Se refugió en Galicia ante la imposibilidad de
llegar a Asturias, ocupada por los franceses. Allí escribió la
Memoria en defensa de la Junta Central, que se publicó en La
Coruña en 1811. Ese mismo año llegó de vuelta a Gijón, que
nuevamente tuvo que abandonar ante una nueva conquista por los
franceses. Poco después enfermó de pulmonía y murió en Puerto de
Vega (Asturias) a los 68 años.
La prosa de Jovellanos
La obra literaria de Jovellanos es abundante y variada. Gran
parte de sus libros son ensayos que están en relación con las
ocupaciones del autor. Los temas más frecuentes son los de
economía, política y pedagogía, aunque se ocupó de otras
cuestiones diversas. Como miembro de las Sociedades Económicas
tuvo que realizar informes sobre asuntos variados: la
legislación gremial, la importación de aceites, la construcción
de caminos, la explotación de minas, la participación de las
mujeres en la Matritense, elogio de la Bellas Artes, el estudio
y la educación, sobre la colocación de las sepulturas fuera de
los templos... Sus escritos combinan la aplicación de los
principios de la nueva escuela ilustrada y liberal con la
claridad de un estilo moderno, alejado de las viejas florituras
barrocas.
El más interesante es el Informe en el expediente de la Ley
Agraria, modelo de exposición metódica hecha con cierta amenidad,
teniendo en cuenta lo árido del tema. El Informe fue solicitado
por el Consejo de Castilla a la Sociedad Económica de Madrid,
que se lo encargó a Jovellanos, el cual, tras varios años de
estudio, lo entregó en 1794 y fue publicado al año siguiente en
la imprenta de Sancha. El autor pone de manifiesto en él la
decadencia de la agricultura, las causas que la han motivado y
los estorbos que se oponen a su progreso. La obra no fue bien
acogida por algunos estamentos de la sociedad, especialmente por
el eclesiástico, pues consideraba que era un ataque a los
privilegios de la Iglesia.
Por encargo de la Academia de la Historia, a la que se la había
pedido el Consejo de Castilla para reformar la legislación,
escribió Jovellanos la Memoria para el arreglo de la policía de
los espectáculos y diversiones públicas y su origen en España.
Tras una primera versión de 1790, tuvo su versión definitiva en
1796. Es un estudio dividido en dos partes: la primera, de
carácter histórico, trata sobre el origen y desarrollo de las
diversiones públicas en nuestro país; la segunda, más crítica y
reformista, propone soluciones a las limitaciones que tiene el
pueblo en las formas de diversión. Son muy interesantes sus
propuestas para la reforma del espectáculo teatral.
En algunas de las obras en prosa el autor expone su pensamiento
político. Su ideal fue la monarquía constitucional y, en lo
social, la defensa de la existencia de un pueblo industrioso en
el que la propiedad estuviese distribuida equitativamente, que
gozara de máxima libertad en sus costumbres y en sus actividades
económicas. Así le parecía que se combinaban el orden, la
libertad y los derechos del individuo. Condenaba los abusos de
autoridad y el incumplimiento de los deberes por parte de los
dirigentes. Destacan obras como Discurso... sobre el
establecimiento de un Montepío para los nobles de la Corte y la
Memoria en defensa de la Junta Central, de 1810, una de las
últimas obras que escribió Jovellanos.
Ligada con el pensamiento económico y el político está el tema
de la enseñanza, que aparece en varios discursos sobre la
necesidad modernizarla y de fomentar los estudios: Reglamento
para el Colegio de Calatrava (1790), Memoria sobre educación
pública (1802), una acalorada defensa de la educación como
instrumento de progreso, o Bases para la formación de un plan
general de instrucción pública (1809).
La Descripción del castillo de Bellver fue escrita por
Jovellanos en 1805 para enviársela a su amigo Juan Agustín Ceán
Bermúdez, historiador de arte. Le interesaba la arquitectura de
las piedras, la fauna y la flora que había en el lugar, y el
pasado humano que se asociaba a ellas. Contemplaba el paisaje
que rodeaba el castillo, fijándose en la belleza natural y en
los cultivos.
El epistolario de Jovellanos es muy abundante, ya que la
correspondencia ocupó un lugar primordial en su actividad
intelectual. En él aparecen todos los problemas que preocuparon
al escritor, por lo que es importante para comprender su
pensamiento e incluso interpretar algunos de sus escritos. De
1782 son las Cartas del viaje de Asturias, escritas por
incitación de Antonio Ponz, de gran importancia en el aspecto
artístico, económico y antropológico de su tierra chica.
El escritor asturiano dejó inéditas unas interesantísimas
carpetas en las que recogía sus Diarios (1790-1801), publicados
posteriormente, que incluyen una minuciosa e interesante
información de su biografía de estos años. Su lectura es
necesaria para aclarar algunos de los problemas vividos estos
años, sus intereses políticos y culturales, y las relaciones que
tuvo el autor con determinadas personas.
Jovellanos, poeta
El gusto por la poesía y las lecturas poéticas acompañaron
siempre a Jovellanos. Leyó a los clásicos griegos y latinos, a
los que citaba en numerosas ocasiones; a los italianos (Petrarca,
Tasso, Ariosto, Guarini); y sobre todo a los poetas del
Renacimiento español: Garcilaso de la Vega y fray Luis de León,
al que consideraba el más recomendable de todos.
Jovellanos cultivó la poesía desde su juventud. Sus
composiciones más antiguas son de 1768, un año después de su
llegada a Sevilla, aunque fue entre 1779 y 1787 cuando escribió
las más famosas. En vida del autor solamente se publicaron siete
poemas, uno identificado como suyo, dos firmados y el resto
anónimos. Se conservan sesenta poemas, algunos traducidos, y
otros cinco fragmentos y borradores, además de once poesías de
atribución discutible. Son de tema amoroso, versos de ocasión,
sátiras sobre temas sociales y contra personas concretas,
epístolas, etc. Las formas métricas que utilizó fueron el soneto,
el romance, el romancillo, la estrofa sáfica y el terceto,
aunque prefirió los endecasílabos sueltos en los que creía que
se manifestaba mejor el ritmo poético.
Cuando empezó a escribir sus primeros versos ya estaba en
completa decadencia la lírica barroca y se practicaba una poesía
sencilla, sin metáforas ni juegos de ingenio, de estilo
neoclásico. El contacto con Cadalso, gran impulsor de la nueva
poesía en su época, orientó sus gustos poéticos. Ambos
ejercieron el magisterio para los componentes de la Escuela
Salmantina (Meléndez Valdés, fray Diego Tadeo González, José
Iglesias de la Casa, Juan Fernández de Rojas...). A estos poetas
les escribió Jovellanos en 1776 desde Sevilla la “Carta de
Jovino a sus amigos salmantinos”, del género didáctico, en la
que pretendía convencerles de que abandonaran la insustancial
poesía pastoril y anacreóntica, y se dedicaran a temas
filosóficos que le parecían más útiles. Al abandonar Sevilla,
compuso la “Epístola de Jovino a sus amigos de Sevilla”, en la
que expresa su tristeza por abandonar esta ciudad en la que
había vivido momentos felices.
El tema amoroso fue uno de los preferidos por Jovellanos en la
primera época. En sus poemas aparecen numerosos nombres poéticos
femeninos: Enarda, Clori, Marina, Belisa, Galatea, Alcmena;
quizá algunos de ellos fueran dados a una misma dama en momentos
distintos. Una de las composiciones más tempranas, la “Elegía a
la ausencia de Marina”, de 1769 ó 1770, centrada en el tema de
la ausencia, recuerda el canto de Salicio de la Égloga I de
Garcilaso. En 1779 escribió uno de sus mejores poemas líricos,
la “Epístola de Jovino a Anfriso” o “Epístola de El Paular”,
cuyo tema es el recuerdo de las infidelidades de Enarda a la que
no puede olvidar en el marco del paisaje tranquilo de El Paular.
El poema es transformado por completo al año siguiente, quizá
por un deseo de no exteriorizar sus sentimientos más íntimos.
Jovellanos también cultivó la poesía satírica en las dos sátiras
dirigidas “A Arnesto”, que son un alegato contra el desorden
sexual de la alta sociedad, causado acaso por la afición al lujo
y a la moda que viene de Francia. La “Sátira contra la mala
educación de la nobleza” critica a los nobles que no cumplían su
función en la sociedad (los aplebeyados, los afrancesados, los
degenerados...). De tema filosófico es la “Epístola a Batilo”,
centrada en la descripción del paisaje que se divisa desde San
Marcos de León, y aconseja a su amigo Meléndez que abandone las
aulas para contemplar esa belleza. Otros poemas que han de
recordarse son: “Epístola a Inarco”, “Epístola a Bermudo”.
Obra dramática de Jovellanos
En 1769 escribió la tragedia La muerte de Munuza (o Pelayo). La
corrigió entre 1771 y 1772, según afirma el autor en el prólogo,
y pensó en editarla antes de su estreno. Pero quedó inédita,
aunque era conocida por sus amigos. Parece que fue representada
en 1782 en Gijón por un grupo de aficionados, y más tarde en
Madrid en 1792 con el título Munuza. Según el autor en ella
imitó a Racine y Voltaire, aunque la imitación consiste sobre
todo en seguir la preceptiva neoclásica derivada, en último
término, de la Poética de Aristóteles. Está dividida en cinco
actos. El tema es histórico y narra los sucesos que tienen lugar
la víspera de la batalla de Covadonga. Los personajes son de
clase elevada y la versificación es en romance endecasílabo,
preferido por varios autores trágicos de la época. Fue traductor
de la tragedia de Racine, Ifigenia en Aulide, que se representó
en la tertulia de Olavide en Sevilla.
Durante su estancia en Sevilla, en 1773, escribió Jovellanos
otra obra dramática, El delincuente honrado, que se representó
con éxito en 1774 en el teatro de los Reales Sitios, Caso
González no puede concretar si en Aranjuez o en San Ildefonso.
Se publicó primero en una edición no autorizada por el autor y
luego, en 1787, bajo el seudónimo de Toribio Suárez de Langreo.
Desde 1786 consta claramente la autoría de Jovellanos. La obra
sigue las unidades dramáticas: acción única que dura
aproximadamente un día y que sucede en el Alcázar de Segovia,
aunque en distintas partes del edificio. Ofrece algunas
novedades: está escrita en prosa; los personajes pertenecen al
mundo de la magistratura y se expresan no sólo por palabras sino
también por gestos y actitudes que ya aparecen especificados en
las acotaciones; no sigue la regla neoclásica que distinguía
entre los géneros dramáticos por la clase social de sus
personajes. También el título ofrece un contraste, que se
manifiesta también en el juez, obligado a contravenir sus
convicciones personales y a actuar contra sus instintos humanos.
Estas características corresponden a un nuevo género teatral que
existía en Francia y en Inglaterra, la tragedia urbana o comedia
lacrimosa. Jovellanos pretende con esta obra demostrar la
injusticia de una ley que condenaba a los dos participantes en
un duelo, retado y retador, fuesen o no culpables. Critica así
la manera de entender la justicia.
Bibliografía Fundamental
Ediciones Antología, ed. J. M. Caso González. Barcelona: Planeta, 1992. Diario, ed. Miguel Artola. Madrid: Rivadeneyra, 1956 (2 vols). Escritos literarios, ed. J. M. Caso González. Madrid: Espasa
Calpe, 1987. Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas. Informe sobre
la Ley Agraria, ed. Guillermo Carnero. Madrid: Cátedra, 1996.
Obras completas, ed. J. M. Caso. Oviedo: Instituto Feijoo,
1984-1990 (6 vols). Poesía, ed. J. M. Caso González. Oviedo: IEA, 1961. Poesía. Teatro. Prosa literaria, ed. J. H. R. Polt. Madrid:
Taurus, 1993.
Estudios
AGUILAR PIÑAL, Francisco: La Sevilla de Olavide, 1767-1778.
Sevilla: Ayuntamiento, 1966. ----------------------------------: Sevilla y el teatro en el
siglo XVIII. Oviedo: CE Feijoo, 1974. ----------------------------------: La biblioteca de Jovellanos
(1778). Madrid: CSIC, 1984. ANDIOC, René: Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII. 2ª
ed. Madrid: Fundación Juan March-Castalia, 1988. ARCE, Joaquín: La poesía del siglo ilustrado. Madrid: Alhambra,
1981. BARAS ESCOLÁ, F.: El reformismo político de Jovellanos.
Zaragoza: Universidad, 1993. CASO GONZÁLEZ, José Miguel: La poética de Jovellanos. Madrid:
Prensa Española, 1972. ----------------------------------: Jovellanos. Barcelona:
Ariel, 1998. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: Jovellanos. Madrid, 1988. GALINDO, F.: El espíritu del s. XVIII y la personalidad de
Jovellanos. Oviedo: IDEA, 1971. PALACIOS FERNÁNDEZ, Emilio: El teatro popular español del siglo
XVIII. Lleida: Milenio, 1998. POLT, John H. R.: Gaspar Melchor de Jovellanos. Nueva York:
Twayne, 1971. RICK, Lilian L.: Bibliografía crítica de Jovellanos (1901-1976).
Oviedo: Cátedra Feijoo, 1977 (Textos y Estudios del siglo XVIII,
7). EMILIO PALACIOS FERNÁNDEZ
-
Poeta, político y religioso argentino nacidó en San Pedro,
provincia de Buenos Aires, en 1761. Entró en la Orden
Franciscana a los 16 años, como novicio; en 1778 profesó en el
Convento de Buenos Aires. Luego en Córdoba fue ordenado
sacerdote y allí dictó cátedras de teología y filosofía.
Regresó a Buenos Aires al Convento Franciscano, donde enseño
teología, filosofía, hemenéutica y física.
Participó en los prolegómenos de los movimientos revolucionarios
de mayo de 1810. El 24 de setiembre de ese año, a instancias de
Mariano Moreno, fue elegido como primer director de la
Biblioteca Pública, que recién se estaba fundando, cargo que
ocupó hasta 1814. En febrero de 1811 fue elegido Ministro
Provincial. El 4 de abril de 1812 fue elegido vocal de la
primera Asamblea y en 1813 participó en la Asamblea
Constituyente. En 1815 fue elegido diputado por Buenos Aires
para el Congreso de Tucumán. Fue el encargado de la redacción de
un diario de sesiones denominado "El Redactor del Congreso
Nacional". Se cree que el texto del Acta de la Independencia es
obra suya.Falleció el 21 de Enero de 1823.
-
El gobernador de Buenos Aires que sucedió a Rosas nació en 1785
y murió en 1856. Cuando la defensa de su ciudad contra los
Ingleses, actuó como capitán del cuerpo de Patricios y poco
después dio a conocer su poema endecasílabo titulado Triunfo
Argentino, "en memoria de la heroica defensa de Buenos Aires
contra el ejército de doce mil hombres que atacaron los días 2 a
6 de julio".
Producida la revolución de Mayo, se desempeñó como secretario
auditor de la expedición al norte, y en la noche del 8 de mayo
de 1811 escribió la letra del Himno Nacional. Era un espíritu
culto, dado a las letras clásicas: dominaba el latín y conocía
otras lenguas, entre ellas el hebreo. Su amistad con el canónigo
José Valentín Gómez (lector de filosofía y ética en el colegio
de San Carlos) tuvo mucho que ver en su afiliación al partido de
Alvear. A la caída de éste, después de la sublevación de
Fontezuelas (1815), López fue llevado a la cárcel y procesado.
El Tribunal en comisión no le encontró otro crimen que el de "haber
pertenecido a la facci6n", por lo que le dio una condena de dos
meses.
Posteriormente, fue secretario en el Directorio de Pueyrredón;
director del Departamento Topográfico, sucesor de Rivadavia en
el gobierno. En 1825 y 1826, se convirtió en maestro de latín de
su hijo Vicente Fidel, de diez años de edad a la sazón. Tras la
caída de Dorrego, en marzo de 1829, el doctor López se trasladó
a Mercedes (Provincia Oriental) y quedó allí hasta el fin del
gobierno de Lavalle.
Ya en pleno período rosista, en 1837, al inaugurarse el Salón
Literario de
Marcos Sastre, fue Invitado a presidir el acto y
pronunció un discurso "como de veinte minutos o medía hora",
según su hijo Vicente Fidel. En 1843, Rosas lo nombró presidente
del Superior Tribunal de Justicia. Dos años después escribió la
Oda Patriótica Federal, que sería recitada en función teatral
del 5 de noviembre de ese año. Y el 21 de julio de 1847
representó a su hijo Vicente Fidel, ausente, en la ceremonia
matrimonial de éste con Carmen Lozano, El 20 de Diciembre de
1850, por otra parte, escribió a Rosas una patética carta en la
que le exponía sus angustias económicas y la queja por no
figurar entre los miembros recién electos de la Legislatura
federal.
Fue Vicente López hombre de Rosas, quien siempre lo valoró y
distinguió. En abril de 1851, por considerarse sospechado de
concomitancias con Urquiza, efectuó un descargo epistolar ante
Rosas, a quien recordó su fe política, pronunciada a la faz
pública en sesión de la Sala de Representantes del 14 de
diciembre de 1849. Después de Caseros, al ser nombrado
Gobernador por Urquiza, su actitud fue de expectación y
ostensiblemente vacilante. Pero el regreso al país de su hijo
Vicente Fidel y su incorporación al gobierno como ministro,
determinaron un violento giro político del poeta del Triunfo
Argentino. A partir del 16 de marzo de 1852, el doctor López
actúa como belicoso antirrosista.
-
Poeta argentino (1786-1824). Estuvo dedicado a las armas desde
las invasiones inglesas y también tuvo alguna actuación
diplomática de importancia, como secretario de Valentín Gómez en
su misión al Brasil. A su regreso, halló la muerte al naufragar
el bergantín en que viajaba. Fue poeta de inspiración neoclásica,
lleno de apasionada elocuencia y hondo fervor patriótico. Entre
sus odas, merecen mencionarse "A la victoria de Maipo"; "A la
libertad de Lima"; "A la muerte de Belgrano"; "Al pueblo de
Buenos Aires" y, además, la "Canción patriótica", primer himno
patrio.
-
Gaceta de Buenos Aires, editada por Moreno
Mariano Moreno Jurisconsulto y estadista argentino (1778-1811).
Estudió en el Colegio Real de San Carlos de Buenos Aires y los
terminó en la Universidad de Chuquisaca (Alto Perú), donde se
graduó en teología y derecho. Ya en la tesis doctoral "Disertación
jurídica sobre el servicio personal de los indios en general y
sobre el particular de yanaconas y unitarios", revela su
identificación con las ideas filosóficas en boga, en la segunda
mitad del siglo. De regreso a Buenos Aires en 1809, sus
principios inspiraron su "Representación de los hacendados",
obra que constituye una encendida defensa de la libertad de
comercio. La revolución de mayo de 1810 lo eligió secretario del
Primer Gobierno Patrio, cargo desde el cual llevó a cabo medidas
represivas contra la reacción española , mostrándose inflexible
en el episodio del fusilamiento de Liniers. A su impronta se
deben las disposiciones sobre franquicias comerciales, la
habilitación de puertos, el levantamiento de un censo, varias
reformas agrarias, el trazado de la línea fronteriza con los
indios, disposiciones sobre la radicación de extranjeros y
provisión de empleos públicos con hijos del país, etcétera. En
el orden cultural, fue el fundador de la Biblioteca Pública y de
"La Gaceta", órgano oficial que sirvió a la difusión de sus
ideas. Cuando surgieron las primeras diferencias ideológicas
dentro del grupo patriota, se puso al frente de la facción
opuesta a Saavedra y, en oportunidad de incorporarse al gobierno
los diputados del interior, hizo renuncia de su cargo con una
importante misión diplomática y se embarcó hacia Londres, pero
murió en el transcurso del viaje, a bordo de la fragata "La Fama".
Su serie de arengas en el foro, que encarna el espíritu
democrático, liberal y republicano, dentro de la historia de las
ideas políticas argentinas, fue publicada por su hermano Manuel
en Londres.
-
Político y escritor nacido en Tucumán en 1789. Estudió en
Córdoba y Chuquisaca; intervino en el movimiento revolucionario
de esta última ciudad, en 1809, y fue encarcelado. Libre ya en
1810, se trasladó a Buenos Aires. Tuvo bajo su dirección los
periódicos "La Gaceta"; "Mártir o Libre" y "El Independiente";
integró la Asamblea Constituyente de 1813 como representante de
la provincia de Mendoza y, cuando en 1815 fue depuesto el
director Alvear, marchó a Europa. En 1817 San Martín lo designó
auditor de guerra del Ejército de los Andes, redactó el Acta de
la Independencia de Chile y, tras la emancipación del Perú, se
hizo cargo de la cartera de Guerra y Marina. En 1822 pasó a
desempeñar las de Gobierno y Relaciones Exteriores. Adoptó
benéficas disposiciones en el orden cultural, diplomático y
militar pero, como consecuencia de la aplicación de algunos
destierros y sanciones, se granjeó el descontento popular. El
cabildo de la ciudad lo removió del cargo en julio de 1822
exigiéndosele su salida del país. Estuvo en Quito hasta 1824,
fecha en que Bolívar le permitió retornar a Perú. Fue asesinado
en Lima el 25 de enero de 1825.. Es autor de Memorias y escritos
políticos y Cartas a Bolívar.
-
Juan José Castelli Político y abogado argentino nacido en Buenos
Aires en 1764. Fue uno de los precursores de la Revolución de
Mayo y vocal de la Primera Junta de Gobierno. Comisionado por la
Junta, realizó una elocuente propaganda revolucionaria en el
Alto Perú. En mayo de 1811 firmó con los realistas un armisticio,
que luego fue violado por los españoles, que derrotaron a los
patriotas en Huaqui. Tras la asonada del 5 y 6 de abril de 1811,
Castelli, adversario de la situación creada, se vio sometido a
proceso, del cual resultó absuelto. Abatido y enfermo, murió en
la miseria en 1812.
-
Poeta argentino. Estudió teología en la Universidad de Córdoba,
en donde se graduó. Fue secretario del Congreso General
Constituyente de 1826, y al caer el gobierno unitario, se radicó
en Montevideo. Es un autor dramático con influencias clásicas,
en especial, en Virgilio y Horacio, de cuyas obras tradujo
algunos fragmentos. Le pertenecen las tragedias "Dido", en tres
actos, paráfrasis de un canto de "La Eneida", y "Argía", en
cinco actos, con influencia de Alfieri. Se destaca especialmente
como poeta de temas románticos, como por ejemplo, "La Elvira" y
"El jardín de Delia". Como poeta civil, cantó las jornadas
guerreras de la Revolución de Mayo y la época posterior: "A los
valientes defensores de la libertad en la llanura de Maipo"; "Al
triunfo de Ayacucho"; "Al triunfo de Ituzaingó"; "Canto a San
Martín y Balcarce"; "El 25 de mayo de 1838", etc.
-
Político argentino nacido en 1780 , fue secretario del Primer
Triunvirato (1811). Durante su gestión demostró su espíritu
progresista al adoptar diversas reformas; sin embargo su
enérgica actuación fue una de las causas de la caída de este
cuerpo al año siguiente. Entre 1814 y 1820 se desempeñó como
diplomático en Europa, tratando de conseguir el reconocimiento a
la Independencia del país. Entre 1821 y 1824 se desempeñó como
ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires,
oportunidad en que realizó su máxima labor de estadista con la
creación de numerosos organismos económicos, educativos y
sociales y la sanción de reformas de todo tipo. En 1825 fue
ministro plenipotenciario ante las cortes de Londres y París y
en febrero de 1826 fue elegido presidente de la República por el
Congreso Nacional, cargo que ejerció durante poco más de un año,
ya que su autoridad fue desconocida por las provincias del
interior. Luego de su renuncia vivió principalmente en el
exterior, dedicado a diversas tareas.Fallecion en Brasil en 1845.
-
Político argentino ,nació en el seno de una acaudalada familia
en 1793. Durante su juventud estuvo dedicado a tareas rurales y
comerciales. Apoyó a Martín Rodríguez y se mantuvo alejado de la
política y la milicia desde 1821 hasta 1827, cuando retornó en
ayuda del federalismo. Su primer período como gobernador de
Buenos Aires (1829-1832) fue de características moderadas, pero
no el segundo (1835-1852), en el que, debido de los poderes
ilimitados que le concedió un plebiscito, centralizó bajo su
órbita todas las actividades. Sobrellevó el bloqueo
anglo-francés a Buenos Aires, sofocó las reacciones provocadas
en algunas provincias, sistematizó la persecución de los
opositores con la Mazorca, asesinó a un importante número de
unitarios en 1840, dio su apoyo a Oribe y cayó derrotado en la
batalla de Caseros. Tras el traspié partió al exilio y murió en
el puerto británico de Southampton en 1877.
-
Educador, político y
escritor argentino . Cursó únicamente estudios primarios, pero
su voluntad autodidacta de superación le permitió obtener
amplios conocimientos. Fue enemigo de Juan Manuel de Rosas y
tuvo que exiliarse en Chile con su familia, primero desde 1830 a
1836, y luego desde 1840 hasta el triunfo de Urquiza. Su labor
en el país transandino fue fecunda; escribió para los periódicos
"El Mercurio" y "El Progreso" y apoyó al ministro Montt en su
gestión progresista; dirigió la Escuela Normal de Preceptores y
realizó estudios sobre educación en el extranjero. También en
ese lapso dio a conocer "Mi defensa", obra autobiográfica; "Facundo"
y "Recuerdos de provincia". Se encargó de redactar los boletines
correspondientes a las acciones del Ejército Grande, pero poco
después de Caseros, por sus diferencias con Urquiza, se alejó a
Río de Janeiro. Al producirse la unidad nacional fue designado
gobernador de San Juan y, en 1863, ministro plenipotenciario en
Estados Unidos. Cuando estaba en Washington fue postulado para
el cargo de presidente de la República Argentina. Su gestión
gubernamental se orientó preferentemente a mejorar el aspecto
educativo. Fundó el observatorio astronómico de Córdoba,
promulgó el Código Civil, creó el Colegio Militar y la Escuela
Naval. Durante la presidencia de Avellaneda fue senador, y en la
de Roca, presidente del Consejo Nacional de Educación. Murió en
Paraguay.
-
Nació en Tucumán el 20
de agosto de 1810; era hijo del comerciante vizcaíno don
Salvador Alberdi, entusiasta lector de Rousseau y amigo de
Belgrano, quién más de una vez sentó al niño sobre sus rodillas.
La madre, doña Josefa Aráoz, pertenecía a una antigua familia
criolla.
Trasladado a Buenos Aires, estudia en el Colegio de Ciencias
Morales; interrumpe los estudios y trabaja en la tienda de
Maldes, pero vuelve después al Colegio, donde lo cautiva la
música, que es el primero de sus amores. En la Universidad
porteña acredita sobresalientes aptitudes en filosofía. Cursa
derecho en Buenos Aires y en Córdoba; termina la carrera en
1838. Sus primeros trabajos de publicista se refieren a la
música (1832). En 1837 edita su Fragmento preliminar al estudio
del derecho, donde ya se hace presente una mentalidad fuerte. En
1837 dirige La Moda, ágil periódico de aguda crítica y amigo de
la música, arte al que Alberdi brinda varias composiciones.
Actúa brillantemente en el Salón Literario y en la Asociación de
Mayo y, a fines de 1838, emigra a Montevideo, por propia
voluntad, según declara. En la vecina orilla ejerce el derecho y
el periodismo; interviene en la redacción de varios periódicos y
es secretario de Lavalle, hasta que se separa de él por disentir
en cuanto al rumbo a imprimirse al ejército. En 1834 se embarca
en el Edén, en compañía de su fraternal amigo don
Juan María Gutiérrez;
visitan el viejo continente. A bordo escribe un poema en prosa,
puesto en verso por Gutiérrez. 1844 retorna a América; desde Río
de Janeiro va directamente a Chile. Allí abre estudio de abogado;
pronto se convierte en el más acreditado jurisconsulto de
Valparaíso. En Chile cumbe también su fama de escritor. Sostiene
con la pluma al presidente de la República, general Bulnes. En
ése período su trabajo de más vuelo es Memoria sobre el Congreso
General Americano (1884), donde apuntan ideas proféticas.
Cuando Rosas cae, se apresura a escribir un libro orientador:
Las Bases (mayo de 1852), ampliadas en la 2a edición (julio del
mismo año). Es su obra cumbre, identificada, identificada, con
el texto y espíritu de la Constitución nacional, que inspirara
traduciendo magistralmente el ideario de los emigrados, genuina
continuación del sustentado por la generación de Mayo. Sostiene
la célebre polémica con Sarmiento. Da a luz los Elemento del
Derecho Público Provincial (1853) y Sistema Económico y
Rentístico de la Confederación Argentina (1854), obra de gran
valor. Durante siete años (1855-1862) es diplomático viajero:
representa a la Confederación ante varios gobiernos europeos y
los Estados Unidos. Obtiene el reconocimiento de nuestra
independencia por España. Al reorganizarse los poderes de la
República es separado del cargo, medida que le entristece y le
amarga sobremanera. Desde entonces renueva, en todas formas,
enconados ataques contra Mitre y Sarmiento. Elegido diputado por
Tucumán al Congreso Nacional, vuelve a la patria al año
siguiente, tras de cuarenta años de ausencia: ausencia que, por
lo prolongada, le hace daño y agría su carácter y, a ratos, la
visión de nuestras cosas. Se le atributa una recepción muy
emotiva y se reconcilia con sus habituales adversarios. Asiste a
los agitados sucesos del 80. Septuagenario, con la rapidez de la
juventud (apenas en cuatro semanas), compone su libro: La
República Argentina consolidada en 1880. En sus páginas saluda
la unidad definitiva que acaba de conseguirse con la
federalización de Buenos Aires.
El anciano pierde a esas alturas sus energías polémicas y, ante
nuevos ataques de que es objeto, con motivo de su proyectada
designación de ministro diplomático y de la edición oficial de
sus Obras, resuelve volver a su apacible rincón de Francia. Sus
últimos años son muy penosos; para vivir acepta el cargo de
comisario argentino de inmigración en París. Por razones de
salud, lo renuncia posteriormente. Soporta unos días espantosos
y fallece en una lóbrega casa de sanidad de Neuilly, Francia, el
19 de julio de 1884, conforme lo acredita el acta de defunción,
y no el 18, según asientan casi todos sus biógrafos.
Sus Obras completas llenan ocho gruesos volúmenes y las Póstumas,
dieciséis. Entre las últimas se cuenta El crimen de la guerra,
escrita en 1870 y vertida al inglés, libro monumental, de
perenne vitalidad, que con las Bases harían la reputación de los
más altos pensadores europeos y norteamericanos del siglo XIX.
-
Escritor argentino
(1817-1871). Durante la época rosista estuvo exiliado en el
Uruguay y el Brasil. De retorno en su patria fue elegido senador
provincial de Buenos Aires, más tarde diputado nacional,
embajador en Brasil y director de la Biblioteca Nacional. Es
autor de Cantos del peregrino; Amalia, primera novela argentina
de tipo sentimental con episodios autobiográficos y
costumbristas, y de los dramas El poeta y El cruzado.
-
Nació en Montevideo
(Uruguay) en 1809 , fue un eminente educador que, aunque nacido
en Uruguay, desarrolló su actividad en la Argentina. Pero además
fue un destacado promotor de la cultura nacional en sus orígenes
y un avezado naturalista, autor de una de las obras más
renombradas acerca de la zoología, la geografía y la botánica
del Paraná y su delta: El temple argentino.
Nacido en Montevideo en 1809, realizó en esa ciudad sus primeros
estudios. Más tarde, y hasta 1827, residió en Córdoba, donde
estudió en el Colegio de Monserrat. Al año siguiente, Sastre se
trasladó a Buenos Aires, para perfeccionar sus estudios
pictóricos. De regreso en Córdoba, creó un establecimiento
educacional y publicó una obra para la enseñanza de la lectura,
llamada Anagnosia.
En 1830, en Buenos Aires, comenzó estudios de jurisprudencia en
la Universidad, que no terminaría. Al año siguiente, integrado a
la joven intelectualidad argentina, abrió la "Librería
Argentina", en cuya trastienda iba a funcionar desde 1835 el "Salón
Literario", el lugar donde se forjó el pensamiento nacional que
dominaría la última mitad del siglo. En efecto, eran habitués
del Salón jóvenes interesados en la cultura, la política y el
progreso científico: Cané, Alberdi, Gutiérrez, Echeverría, López,
etc. El Salón fue el ámbito de innumerables debates de estos
jóvenes interesados en el progreso nacional, y el antecedente
directo de la Asociación de Mayo.
Como sucedió con éstos, el régimen rosista significó para Sastre
el destierro. Se retiró al campo, a San Fernando, y abrió un
colegio en 1842. No fue este suficiente ocultamiento, sin
embargo, y debió huir a Santa Fe, primero, y luego a Entre Ríos.
En esa provincia, en 1851, fue nombrado Inspector General de
Escuelas, y en 1852, elegido para dirigir el periódico que
servía de medio de expresión a Urquiza: El Federal.
Con el caudillo entrerriano en el poder, Sastre encabezó la
Inspección General de Escuelas de la Nación. Posteriormente, fue
jefe de Departamento de dicho organismo, en 1864, y Director de
la Escuela Normal de Entre Ríos, en 1865.
Más allá de estas funciones, y la de miembro del Consejo
Nacional de Educación, que ostentaba cuando murió en 1887, la
vida de Sastre se vio modificada por su estancia en San
Fernando. Esa fue su "patria chica", su lugar en el mundo. Allí
concibió y escribió El Temple (Tempe) Argentino, su obra
principal y que lo mostraría como un naturalista de calidad, aun
cuando autodidacta. Se trata de un estudio sobre la flora, la
fauna y la geografía del Delta del Paraná, ilustrada con
bellísimos grabados hechos por la mano de su autor.
El Temple Argentino, que en su época tuvo más ediciones que el
mismísimo Facundo de Sarmiento, constituye una obra científica
de alta factura, esquisita en su forma y destacada por su
contenido. Tanto que, por ella, algunos estudiosos han
parangonado a Sastre con otros grandes naturalistas de fines del
siglo pasado, como Francisco Javier Muñiz y Guillermo Enrique
Hudson. Murió en Buenos Aires el 15 de febrero de 1887.
-
Político argentino.
Joven opositor de Rosas, luchó intensamente hasta organizar las
provincias de Tucumán, Catamarca, Córdoba, Salta, La Rioja y
Jujuy; pero, derrotado el ejército unitario, fue hecho
prisionero (1841) y ejecutado en Metán por orden de Oribe. Su
cabeza, clavada en una lanza, fue expuesta en Tucumán. Fue el
padre del futuro presidente Nicolás Avellaneda.
-
Nació en Buenos Aires en 1809. Investigador de la historia,
crítico literario, novelista, poeta, antologista, polemista,
narrador, erudito, bibliófilo, hombre de letras al fin;
funcionario, ministro, constituyente, diputado, Rector de la
Universidad de Buenos Aires, Presidente del Consejo de
Instrucción Pública, Jefe del Departamento de Escuelas, hombre
público en diversas facetas, Juan María Gutiérrez es considerado
uno de los más grandes promotores de la cultura argentina desde
los comienzos de la Nación y durante buena parte del siglo XIX.
Nacido en los años en que la gesta de Mayo estaba a punto de
suceder, Gutiérrez se encargó de luchar por la grandeza de la
patria desde la pluma. Decidido anticolonialista sus escritos
rescataron del olvido la labor de numerosos personajes que,
desde los tiempos coloniales, defendieron, desde las armas o
desde la literatura, la idea de la emancipación americana. Fue
uno de los "hombres de Mayo": creció y maduró con la Revolución,
sufrió con sus eclipses y vivió lo suficiente para ser uno de
los constructores de la organización nacional.
Su vocación por las letras comienza siendo muy joven: realiza
críticas literarias, poesía, historia, y algunos trabajos
científicos, en especial matemáticos (Gutiérrez dará, junto con
Belgrano, impulso a la matemática en el país en la segunda mitad
del siglo XIX, como disciplina que impulsaría el desarrollo
material de la Nación.). A los 27 años, en 1836, se recibe de
abogado, con una tesis Sobre los tres poderes públicos. No
ejercerá esa profesión, y, como medio de vida, utiliza sus
conocimientos matemáticos trabajando en el Departamento
topográfico como ingeniero y agrimensor. Un año después
participa del Salón Literario de Marcos Sastre (dedicado a
estudios sociales e históricos), el antecedente inmediato de la
Asociación de la Joven Argentina (o Asociación de Mayo), que
promovió el desarrollo de la cultura nacional y que Gutiérrez
fundaría junto con Juan B. Alberdi y Esteban Echeverría.
Durante el gobierno de Rosas, Gutiérrez emigró, primero a
Montevideo, y luego a Europa, Brasil, Chile y Ecuador. En Chile,
además de desarrollar su tarea publicística en contra de Rosas (como
hacían también los demás exiliados), crea la Escuela de Naútica
Nacional.
Con la caída de Rosas, Gutiérrez regresa al país y comienza a
desarrollar la actividad política, primero como miembro del
Congreso Constituyente de 1853 (donde defiende el Acuerdo de San
Nicolás) y, más tarde, como ministro de relaciones exteriores de
la Confederación. Posteriormente, Mitre lo designa para dirigir
la Universidad de Buenos Aires, de la que sería Rector entre
1861 y 1874. Aún en esa tarea directiva, Gutiérrez continúa con
su obra literaria. Su libro Noticias históricas sobre el origen
y desarrollo de la Enseñanza Superior en Buenos Aires, que data
de 1868, se convertirá en un clásico.
Fue un prolífico escritor. Como biógrafo, por ejemplo, rescató
del olvido a una serie de poetas nativos de la época de la
colonia, como Manuel José de Lavarden o Sor Juana Inés de la
Cruz (en la obra Estudios biográficos y críticos de algunos
poetas sudamericanos anteriores al siglo XIX). Escritos
similares son Apuntes biográficos de escritores, oradores y
hombres de Estado de la República Argentina, La Sociedad
Literaria y sus obras, La Literatura de Mayo, La revolución de
Cuba y sus poetas y los estudios sobre Echeverría, Juan Ramón
Rojas y otros literatos americanos. Como investigador histórico,
produjo vibrantes biografías sobre San Martín y Rivadavia , el
primer cronista del Río de la Plata Ulrico Schmidl, Barco
Centenera, el virrey Vértiz, el naturalista Azara, etc. En todos
estos trabajos presentó un estilo claro, limpio, despojado de
toda pompa verbal, que sorprende por su modernidad. Poeta
también, escribió obras como A mi caballo, El árbol de la
llanura, La flor del aire, entre otras. Además, realizó estudios
sobre el folclore y las culturas indígenas (Mitología de las
naciones de raza guaraní, Observaciones sobre las lenguas
guaraní y araucana, La quichua de Santiago, La capacidad
industrial del indígena argentino, etc.) e incluso algunos
trabajos de corte netamente científico, como Los estudios
actuales del hombre prehistórico en la República Argentina. En
el aspecto científico, Gutiérrez tuvo también una labor
importante: fue presidente de la Sociedad Paleontológica, creada
por él y Burmeister en 1866, y tuvo una notable influencia sobre
algunos jóvenes científicos de la época, como Francisco Moreno.
Como Rector de la Universidad, Gutiérrez creó en 1865 el
Departamento de Ciencias Exactas, antecedente de la Facultad del
mismo nombre. Albergaba la enseñanza de la matemática y de la
historia natural y su finalidad era, según palabras de Gutiérrez,
"formar en su seno ingenieros y profesores, fomentando la
inclinación a estas carreras de tanto porvenir e importancia
para el país." Entre los primeros egresados del Departamento se
encontrarían los que a la sazón serían importantes ingenieros y
científicos, como Luis Huergo, Guillermo White, Francisco
Lavalle, etc. En 1865, Gutiérrez preside la comisión que debía
redactar el proyecto de un plan de instrucción general y
universitaria. En 1872, impulsando el respectivo proyecto de ley,
propugna una enseñanza superior libre y gratuita, y la autonomía
universitaria. No tuvo éxito con su prédica, aunque estos logros
llegaron con la nacionalización de la Universidad, en 1881. En
sus últimos años, Gutiérrez proyectó escuelas de agricultura,
comercio y náutica, y se esforzó en fundar una Facultad de
Química y Farmacia.
Falleció en 1878. Uno de sus primeros biógrafos, Juan Bautista
Alberdi, escribió una líneas que resumen cabalmente la
infatigable labor de Gutiérrez en pro de la cultura nacional:
"Si no hizo libros, al menos hizo autores. Estimuló, inspiró,
puso en camino a los talentos, con la generosidad del talento
real que no conoce la envidia. Bueno o malo, yo soy una de sus
obras." "El que escribe estas líneas, debió a sus conversaciones
continuas la inoculación gradual del americanismo que ha
distinguido sus escritos y la conducta de su vida. Gutiérrez le
comunicó su amor a la Europa y a los encantos de la civilización
europea. El fue, en más de un sentido, el autor indirecto de las
Bases de la organización americana." Murió en Buenos Aires en
1878.
-
Pedagoga y escritora
argentina (1819-1875). Durante el gobierno de Juan Manuel de
Rosas emigró a Montevideo con sus familiares y viajó
posteriormente por Cuba, Brasil y EE.UU. De regreso en su patria
en 1854, propició la creación de escuelas y bibliotecas públicas
y defendió la emancipación de la mujer. Obras: La familia del
comendador; Los misterios del Plata, novelas; Compendio de
historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, etcétera.
-
Político y escritor
argentino nacido en 1815, hijo de Vicente López y Planes. En
1838 fue uno de los organizadores de la Asociación de Mayo. En
1840, a raíz de sus actividades contra el gobierno de Juan
Manuel de Rosas debió emigrar a Chile. Allí fundó junto con
Domingo Faustino Sarmiento el diario "El Progreso". Más tarde se
trasladó a Río de Janeiro y Montevideo, y luego del
derrocamiento de Rosas regresó a Buenos Aires. En 1852 fue
Ministro de Instrucción Pública de dicha provincia. Fue diputado
(1871-1880) y ministro de Hacienda en el gobierno de Pellegrini
(1890-1892). Es autor de numerosos trabajos históricos, entre
los cuales se destacan "Historia de la República Argentina", que
comprende 10 volúmenes; "Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires";
"La gran semana de 1810"; "El año XX" y "Compilación de
documentos relativos a sucesos del Río de la Plata desde 1806".
Fallecio en 1903.
-
Justo José de Urquiza
Político y militar argentino. Nació en Concepción del Uruguay,
Entre Ríos en 1801, y estudió en Buenos Aires. Fue acusado de
promover una sublevación contra el gobernador Lucio Mansilla,
por lo que tuvo que marchar a la provincia de Corrientes por
breve tiempo. Luego fue diputado al Congreso provincial y
presidente de la Legislatura desde 1826 hasta 1827. Poco después,
el gobernador de Entre Ríos, Pascual Echagüe, lo convirtió en su
dilecto colaborador y en comandante del segundo Departamento
Principal. Junto a Echagüe intervino en Pago Largo y en Cagancha.
La derrota sufrida en esta última batalla, a manos del general
Paz, hizo declinar el prestigio de Echagüe, y Urquiza lo
reemplazó como gobernador. En 1846 intenta una alianza con el
gobernador de Corrientes, Madariaga, que se había pronunciado
contra Juan Manuel de Rosas, y las negociaciones concluyen en el
Tratado de Alcaraz (15 de agosto de 1846), cuyos términos son
rechazados por Rosas. La guerra, que estalla nuevamente, le es
favorable en el Potrero de Vences (1847). El 1º de mayo de 1851
se pronuncia contra Rosas, y el 29 del mismo mes establece una
alianza con el gobierno de Montevideo, sitiado por Oribe. Al
frente del llamado Ejército Grande, compuesto por entrerrianos,
correntinos, brasileños y uruguayos (unos 29.000 hombres) inicia
el 24 de diciembre su marcha hacia Buenos Aires. El 3 de febrero
de 1852 vence a Rosas en Monte Caseros y designa gobernador de
la provincia de Buenos Aires a Vicente López. Convoca a una
reunión de representantes de los diversos gobernadores en San
Nicolás de los Arroyos. El acuerdo firmado por éstos da a
Urquiza importantes poderes, el cuál es rechazado por Buenos
Aires, que se alza en armas el 11 de setiembre. En vano intenta
sofocar el movimiento, y al cabo acepta la secesión, que habría
de perdurar hasta la derrota de Mitre en Cepeda (1859). En 1860
Urquiza, cuyo cargo es el de presidente de la Confederación,
abandona el gobierno y marcha a su provincia. Durante su
administración se promovió el comercio, la libre navegación y la
riqueza agrícola; en el orden político, lo más importante fue la
sanción de la Constitución por intermedio del Congreso reunido
en Santa Fe (1853). En 1861 vuelve a ponerse al frente del
ejército para sofocar otro conflicto surgido con Buenos Aires,
pero cae derrotado en Pavón (1861). Su influencia queda entonces
reducida a Entre Ríos, donde gobierna desde 1861 hasta 1865. En
1868 es candidato a la presidencia, como opositor de Sarmiento.
Al caer vencido se dedica al cuidado de sus posesiones, pero
esta actitud pasiva y conciliadora le granjea el odio de los
federalistas más acérrimos, y muere asesinado en su palacio de
San José.
-
Una de las figuras
femeninas más originales e interesantes de nuestra literatura es
doña Juana Manuela Gorriti. Temperamento independiente, tan raro
en una mujer de su época, sostenido gracias a la contribución de
un gran carácter y adornado de talento y brillante imaginación.
Nació nuestra novelista en la provincia de Salta, el 15 de junio
de 1819. Provenía de una encumbrada familia. Fueron sus padres
el ilustre militar y gobernante, doctor José Ignacio Gorriti,
guerrero de la independencia y opositor de los caudillos, y doña
Feliciana Zuviría, su digna compañera. Era por lo tanto sobrina
del popular guerrillero Pachi Gorriti y de otro cultísimo
patriota y hombre de letras, el sacerdote doctor Juan Ignacio
Gorriti. De sus familiares heredó la disposición a las letras y
las virtudes patricias, y junto a ellos, en la angustia de las
luchas, el destierro y la pobreza templó el noble metal de su
alma.
Hizo los primeros estudios en el convento de las monjas Salesas
de su provincia natal y pasó luego a La Paz donde había de
encontrar refugio la familia desterrada. Casó allí con don
Manuel Isidoro Belzú, caudillo militar de Bolivia que llegó a
ser presidente del país murió asesinado a raíz de una de las
tantas revoluciones que dirigiera. Doña Manuela tuvo que
separarse de su marido desafiando los más estrechos prejuicios
y, haciendo gala de una entereza a toda prueba marchó a Lima con
sus hijos, a rehacer su vida. Allí debió luchar duramente al
principio dedicándose a la enseñanza hasta que logró labrarse
cierta posición, a la par que renombre literario y un escogido
círculo de amigos entre los más destacados intelectuales del
Perú.
Regresó a Bolivia a tiempo para recoger el cadáver de su esposo.
Y en 1865 la tenemos de nuevo en Lima, reina espiritual del
salón literario, querida y admiradas por todos. Su popularidad
aumenta cuando en 1866 presta abnegadamente su concurso cuidando
los heridos en el sitio de Callao, bajo la dirección del general
Prado. Continúa en Lima por un largo período en que desarrolla
paralelas actividades literarias, docentes y sociales.
Sobreviene la guerra chileno-peruana que siembra el desconsuelo
en Lima y encuentra a nuestra escritora ya fatigada y envejecida.
Llamada por los amigos y admiradores de la tierra natal resuelve
volver al país y llega a Buenos Aires en 1884. Se la recibió con
gran cariño, siguió escribiendo y editó la mayor parte de sus
libros. Rodeada por otras hermanas en las letras y los hombres
más conspicuos, transcurren aquí plácidamente sus últimos años
hasta que muere el 6 de noviembre de 1892. En su tumba habló el
poeta Guido y Spano, un diplomático peruano y otras destacadas
personalidades.
Nos queda de ella, además de los recuerdos de su vida azarosa,
actitudes valientes y encantadora sociabilidad, varios libros de
cuentos, relatos y leyendas como Sueños y realidades y Panoramas
de la vida. Tentó el género biográfico en las obras sobre Güemes
y sobre Puch. Con material extraído principalmente de la propia
vida, escribió El mundo de los recuerdos, la tierra natal,
Misceláneas y Lo íntimo, libro póstumo.
-
Poeta, ensayista,
historiador, traductor, militar y político argentino, nacido en
Buenos Aires el 26 de junio de 1821, y fallecido en su ciudad
natal el 19 de enero de 1906. Humanista fecundo y polifacético,
a la par que hombre de acción capaz de afrontar con decisión los
mayores riesgos militares y los más severos compromisos
políticos, en su figura emblemática se encarnan, mejor que en
cualquier otra, los atributos paradigmáticos del prócer
hispanoamericano decimonónico, atento al mismo tiempo al
desarrollo cultural de su pueblo y a las exigencias cívicas
demandadas por la consolidación del territorio y la identidad de
unas naciones frágiles e inestables que acababan de alcanzar su
independencia.
Vida
Hijo de Ambrosio Mitre y de su esposa Josefa Martínez, pasó los
primeros años de su infancia en la ciudad provinciana de Carmen
de Patagones (sita en el extremo meridional de la provincia de
Buenos Aires, en el límite con la de Río Negro), en donde su
padre desempeñaba el cargo que, en su condición de funcionario
público, le había sido asignado. Tras la elección de Juan Manuel
de Rosas como gobernador plenipotenciario de Buenos Aires (8 de
diciembre de 1829), Ambrosio Mitre y otros muchos cargos
públicos que no se habían mostrado afines al futuro presidente
de la Confederación Argentina se vieron asediados por numerosos
peligros y dificultades que, en el caso de los Mitre, obligaron
a toda la familia a abandonar la provincia en 1831 para buscar
refugio en Montevideo.
En la capital de la recién proclamada República Uruguaya, el
joven Bartolomé emprendió una ardua formación autodidacta que
orientó definitivamente sus pasos por el sendero de las
Humanidades. El temprano despertar de su innata vocación
literaria se hizo patente en 1837, cuando, con apenas dieciséis
años de edad, Bartolomé Mitre puso fin a su célebre composición
poética titulada "El mendigo", una asombrosamente precoz canción
romántica que le reveló como una de las voces más prometedoras
de la incipiente literatura gauchesca, al tiempo que anunciaba
ya su facilidad para asimilar, con una deslumbrante soltura
expresiva, las formas tradicionales de la lírica popular y,
simultáneamente, el mejor legado de la poesía culta escrita en
lengua castellana. La presta difusión de "El mendigo" por todos
los cenáculos poéticos de Montevideo proporcionó a Bartolomé
Mitre un merecido prestigio literario que pronto se vio
refrendado por sus frecuentes colaboraciones periodísticas,
publicadas en los principales rotativos y revistas de Uruguay (algunos
de los cuales, con el paso de los años, habrían de quedar
sujetos a la dirección del escritor bonaerense).
Fue también en 1837 cuando Bartolomé Mitre emprendió una
prometedora carrera militar que habría de convertirle en uno de
los más destacados protagonistas de los principales
acontecimientos bélicos que jalonaron el turbulento devenir
histórico del subcontinente americano durante el siglo XIX. No
desatendió, por ello, su firme vocación literaria, que en 1838
le permitió dar a la imprenta un primer poemario, Ecos de mi
lira, con el que quedó definitivamente adscrito a la corriente
romántica que se extendía con amplitud por ambas orillas del Río
de la Plata. Al mismo tiempo, desde su tribuna periodística en
las páginas de El iniciador de Montevideo aunó sus inquietudes
literarias y políticas para congregar a los proscritos
argentinos que, como él, se manifestaban en contra de la
dictadura de Rosas, lo que pronto le convirtió en una de las
cabezas visibles de la oposición política y militar en el exilio.
Así las cosas, se unió a las filas del Partido Unitario y,
aunque también tomó parte en las guerras civiles uruguayas,
orientó todos sus esfuerzos hacia el objetivo de derrocar al
dictador argentino.
Había, entretanto, contraído matrimonio en 1841 con Delfina de
Vedia, hija de un alto mando del ejército uruguayo, lo que sin
duda le movió a tomar parte activa, entre 1843 y 1846, en la
defensa de Montevideo, sitiada por la Legión Argentina. Tras
haberse unido, en Corrientes, a las tropas del general José
María Paz -enconado enemigo de Juan Manuel de Rosas-, su cada
vez más brillante trayectoria militar le condujo, en 1846, hasta
el territorio de la actual Bolivia, en donde asumió, durante un
año, el cargo de Jefe de Estado Mayor del general y presidente
del gobierno José Ballivián. Aunque el país estaba inmerso en
una feroz guerra civil, Bartolomé Mitre supo cumplir con acierto
sus misiones militares sin descuidar por ello su vocación
literaria, que le permitió incluso, en medio de los escarceos
bélicos, fundar y dirigir en La Paz el rotativo La Época. Entre
sus páginas vio la luz, en sucesivas entregas folletinescas, su
narración romántica titulada Soledad, un relato que Mitre situó
en la altiplanicie boliviana en señal de la gratitud que
profesaba al pueblo que tan excepcionalmente le había dado asilo.
En 1847, la derrota y el subsiguiente derrocamiento de José
Ballivián por parte de los militares sublevados obligó a
Bartolomé Mitre a salir de Bolivia para afincarse primero en
Perú y, poco después, en Chile, donde volvió a desplegar una
infatigable labor literaria que difundió su firma por los
principales periódicos de Santiago y Valparaíso. Pero los daños
causados por su afilada pluma no le permitieron permanecer
durante mucho tiempo en la nación andina: tras otra breve
estancia en Perú y un desesperado intento por establecerse de
nuevo en Chile, en 1851 fue obligado a emprender de nuevo el
rumbo del destierro con destino a Montevideo. Desde allí comenzó
a acariciar la idea de regresar por fin a su país natal para
tomar parte activa en el cada vez más populoso movimiento
antirrosista, a cuyo servicio puso todo su ardor patriótico y su
ya contrastada experiencia militar.
Así las cosas, en 1851 ingresó en el "Ejército Grande" del
general Justo José de Urquiza, constituido por una alianza de
federales y unitarios argentinos, a los que se sumó el apoyo
material y humano de fuerzas militares procedentes de Brasil y
Uruguay. En calidad de jefe de artillería, el día 3 de febrero
de 1852 Bartolomé Mitre desempeñó un destacado papel en la
célebre batalla de Monte Caseros, en la que el ejército del
gobernador plenipotenciario de Buenos Aires cayó
estrepitosamente derrotado, dando lugar con ello a la inmediata
abolición de una dictadura que se venía prolongando desde 1835.
En el transcurso de aquel mismo mes de febrero de 1852, Urquiza
asumió el cargo de Director Supremo y se convirtió en el nuevo
gobernador de la Confederación Argentina, para proceder a cubrir
las vacantes rosistas en los altos cargos públicos con el
llamamiento a los colaboradores que mejor le habían servido
durante sus campañas bélicas. Entre ellos figuraba, lógicamente,
Bartolomé Mitre, quien se incorporó de inmediato al cuerpo
legislativo de Buenos Aires, para ser distinguido, en 1953, con
el nombramiento de Jefe de la Guardia Nacional Porteña.
Sin embargo, el permanente anhelo de justicia e igualdad que
guiaba los pasos del escritor argentino chocó frontalmente con
las tentaciones dictatoriales en las que empezó a caer el
gobierno de Urquiza tan pronto como ocupó todos los resortes del
poder, por lo que Mitre se enfrentó directamente con el nuevo
gobernador y encabezó la secesión del estado de Buenos Aires. De
nuevo en el desempeño de funciones militares, al frente de las
tropas bonaerenses luchó contra el ejército de Urquiza en la
batalla de Cepeda (1859), donde cayó derrotado y sufrió la
humillación de ver cómo Urquiza obligaba de nuevo a Buenos Aires
a integrarse en la Confederación. Pero no permitió que el
desánimo -ni tampoco los elogios con que se venía celebrando su
ya notoria producción literaria- le condujese hasta el abandono
de la profesión militar; antes bien, se entregó a la ardua tarea
de formar un nuevo ejército con el que, dos años después de la
derrota en Cepeda, presentó de nuevo batalla a las tropas de
Urquiza, para salir ahora triunfante tras el choque de ambas
fuerzas enemigas en Pavón (17 de septiembre de 1861).
A partir de entonces, Buenos Aires se convirtió en el foco de
consolidación de la nueva República Argentina, cuya presidencia
asumió el propio Bartolomé Mitre en 1862. Durante los seis años
que duró su mandato, el escritor bonaerense continuó
protagonizando los más sonados acontecimientos bélicos de su
tiempo, entre ellos el enfrentamiento armado contra Paraguay. Su
buen hacer político le permitió conseguir el apoyo de Uruguay y
Brasil por vía del Tratado de la Triple Alianza, lo que dio
lugar al desencadenamiento de acciones militares conjuntas de
los tres países entre 1865 y 1870, que culminaron con la
inapelable derrota de Paraguay y la pérdida de algunos de sus
territorios. Y aunque, en su condición de militar, dirigió
personalmente las tropas aliadas, cuando acabó la denominada
Guerra de la Triple Alianza Bartolomé Mitre ya estaba fuera del
poder presidencial desde hacía un par de años.
Ello no le impidió seguir desempeñando relevantes misiones
públicas al servicio de sus compatriotas, como la que, en 1872,
le llevó a encabezar las negociaciones encaminadas a la firma
definitiva de la paz con Paraguay. Alentado por estos éxitos
diplomáticos, poco después volvió a probar suerte en la arena
política, pero su intento de regresar a la presidencia de la
República quedó bruscamente interrumpido por su derrota en las
elecciones presidenciales de 1874. Recluido durante cuatro meses
en la prisión de Luján, se abrió a partir de entonces en su vida
un extenso período -de algo más de un lustro- en el que se
consagró a sus labores de escritor, historiador y traductor (fueron
muy celebrados sus traslados al castellano del Infierno de
Dante, las Odas de Horacio y el Ruy Blas de Victor Hugo); pero,
a comienzos de la década de los años ochenta, su habilidad como
negociador salió de nuevo a la palestra y se midió
dialécticamente con la otros líderes liberales hasta que logró
convencer a los seguidores de la Unión Cívica para que llegaran
a un acuerdo con los conservadores, lo que a su vez permitió el
ascenso a la presidencia del general Julio Roca (1880-1886); y,
poco tiempo después, Bartolomé Mitre volvió a enfrascarse en las
lides políticas uniéndose al movimiento que habría de derrocar
al sucesor de Roca, Miguel Juárez Celman. Inmerso en todos los
foros en los que se fraguaban las decisiones de la vida pública
argentina de finales del siglo XIX (además de haber ocupado la
presidencia de la República entre 1862 y 1868, había sido
ministro en varias ocasiones), sólo se retiró de la política
activa cuando su avanzada edad le impidió seguir ocupando con
regularidad el escaño que mantenía a su nombre en el Senado
durante la última etapa de su dilatada trayectoria cívica.
En su condición de prohombre al servicio de todos los aspectos
relacionados con el progreso de su nación, el autor bonaerense
sobresalió también por su ingente labor cultural, desempeñada a
lo largo de casi toda la mitad del siglo XIX desde la dirección
del cotidiano La Nación, fundado por el propio Mitre en 1869.
Además, por sus brillantes investigaciones históricas le cupo el
honor de ser reconocido, en vida, como el fundador de la moderna
historiografía científica en su país, reconocimiento que quedó
bien patente con su nombramiento como director de la Academia de
la Historia Argentina, institución cuya fundación se hizo
posible merced a sus desvelos. Su dimensión artística,
intelectual y humana alcanzó tales cotas de admiración en todo
el territorio hermano de Hispanoamérica que, en el mismo año de
su muerte, el nicaragüense universal Rubén Darío escribió, en su
memoria, el célebre homenaje en verso titulado "Oda a Mitre".
Obra
A mediados del siglo XIX salió de los tórculos una valiosa
recopilación de las composiciones poéticas escritas hasta
entonces por Bartolomé Mitre, y publicadas bajo el epígrafe
genérico de Rimas (Buenos Aires: Imprenta de Mayo, 1854). Este
interesante volumen (cuyo éxito entre críticos y lectores
propició una reedición corregida y aumentada en 1876) apareció
dividido en varias secciones (como "Armonías de la pampa", "El
caballo del gaucho", "El pato", "El ombú", "En medio de la pampa",
"A Santos Vega", etc.), todas ellas compuestas por poemas
fundidos en uno de los moldes estróficos que tuvieron mayor
rendimiento en la lírica hispanoamericana del siglo XIX: la
décima octosilábica. En la producción gauchesca del autor
bonaerense, la pampa y sus tópicos referentes ambientales (el
ombú o "árbol de la pampa", la llanura inmensa, la huella
imprescindible de la cabalgadura, el canto lastimoso de los
payadores, etc.) se humanizan desde un enfoque nítidamente
romántico que, más que atribuir cualidades vitales al resto de
las cosas, acaba por envolverlas en un halo idílico dotado de
tanta belleza como irrealidad. Junto a ello, la impagable
recuperación de tipos, usos y paisajes pintorescos como los que
retrata Mitre en sus versos dan lugar a unas composiciones
enriquecidas por el encanto de los ecos populares y las
tradiciones legendarias, aunque, eso sí, testimoniales de la
rigurosa labor de reconstrucción realizada por un autor culto.
En su faceta de ensayista, Bartolomé Mitre se interesó
principalmente por el estudio de la historia reciente de
Hispanoamérica, materia que le suministró argumentos más que
suficientes para elaborar dos de los más difundidos tratados
históricos de las Letras argentinas. Se trata de Historia de
Belgrano y de la Independencia Argentina (1857) e Historia de
San Martín y la emancipación sudamericana (empezada a redactar
hacia 1858, pero publicada en 1950), obras en las que queda
patente la amena erudición de un intelectual que, pesa a su
agitada vida política y militar, llegó a reunir en su biblioteca
particular más de veinte mil volúmenes.
El resto de sus artículos, ensayos y relatos dispersos -que
vieron la luz en ediciones póstumas- se condensa en títulos tan
sugerentes como Catálogo razonado de la sección: lenguas
americanas (Buenos Aires: Ed. Coni, 1909); Archivo del general
Mitre (Buenos Aires: La Nación, 1911); Comprobaciones históricas
(Buenos Aires: La Facultad, 1916); La cuestión chileno-peruana:
la política de la República Argentina (Santiago de Chile:
Zig-Zag, 1919); Cuatro épocas (Buenos Aires: Imprenta de la
Universidad, 1927); Soledad (Buenos Aires: Imprenta de la
Universidad, 1928); Memorias de botón rosa (Buenos Aires:
Imprenta de la Universidad, 1930); Obras completas de Bartolomé
Mitre (Buenos Aires: Ed. Kraft, 1938); El diario de la juventud
de Mitre (1843-1846) (Buenos Aires: Ed. Coni, 1939); Ensayos
históricos (Buenos Aires: Ed. Sopena, 1941); Páginas de historia
(La Plata: Ed. Calomino, 1944); Estudios históricos y literarios
(Buenos Aires: W. M. Jackson, 1944): Defensa de la poesía
(Buenos Aires: Academia Argentina de las Letras, 1947);
Profesión de fe y otros escritos (Buenos Aires: Universidad de
Buenos Aires, 1956); Arengas parlamentarias (Buenos Aires: W. M.
Jackson, [s.d.]); Arengas selectas (Buenos Aires: W. M. Jackson,
[s.d.]); Falucho y el sorteo de Matucana. El crucero de la
Argentina (1817-1819) (Rosario: Biblioteca Popular Constancio C.
Vigil, 1968); y La abdicación de San Martín (México: Universidad
Nacional Autónoma de México [UNAM], Centro de Estudios
Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras, 1979).
Bibliografía
BLOMBERG, Héctor Pedro: Mitre, poeta, Buenos Aires: Coni, 1941.
GIUSTI, Roberto Fernando: "Algunas observaciones sobre las Rimas
de Mitre y su influencia", en Boletín de la Academia Argentina
de Letras, Buenos Aires, XXI, 82, 1956, pp. 493-504.
FIORI, Pedro Aurelio: La poesía contemporánea y la sangre, La
Plata: Municipalidad de La Plata, 1962.
OLAZÁBAL, Renee: Mitre: vocación y destino, Buenos Aires: Ed.
Guillermo Kraft, 1955.
J. R. Fernández de Cano.
-
Poeta, periodista y
político argentino, nacido en Chacra de Puyrredón, San Martín
(Argentina) en 1834 y muerto en Quinta Belgrano (Argentina) en
1886.
Vida
Su padre fue administrador de haciendas ganaderas y José pasó
gran parte de su infancia y adolescencia en el campo, en la
pampa, entre los gauchos. Conoció bien los trabajos, las
penalidades y los abusos que éstos sufrían. Esta época de su
vida penetró en él de una forma muy profunda para florecer
espontáneamente en su obra. Se trasladó después a Buenos Aires,
en un momento en que Argentina pasaba por una situación crítica.
Tomó parte en los acontecimientos políticos de su tiempo.
Derrotado en 1852 el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de
Rosas, se abrió un período de enfrentamientos entre Buenos
Aires, que no aceptaba la constitución de 1853, organizándose
como un estado independiente, y las provincias. En esta época,
Hernández se mostró a favor del gobierno secesionista de Buenos
Aires, aunque posteriormente se situó en el lado contrario.
Instalado en Buenos Aires en 1869, fundó y dirigió el periódico
El Río de la Plata. En 1870 se unió a la revolución -fracasada-
contra Sarmiento, por lo que se exilió en Brasil en 1871. Al año
siguiente, regresó a Buenos Aires gracias a la amnistía dictada
por el propio Sarmiento. Publicó El gaucho Martín Fierro (1872),
cuya segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, se publicó siete
años más tarde, en 1879.
A partir de este momento, gozó de tranquilidad y sosiego, y se
dedicó a la labor literaria y política. Fue senador de la
provincia de Buenos Aires hasta su muerte. Se le conoció como
“el senador Martín Fierro”.
Obra
La obra que le dio la fama a José Hernández fue Martín Fierro,
considerada como la obra más importante de la literatura
gauchesca e hispanoamericana. Es un extenso poema
lírico-narrativo, en estrofas de seis octosílabos, publicado en
dos partes: El gaucho Martín Fierro (1872) y La vuelta de Martín
Fierro (1879).
En la carta-prólogo, que aparece junto a la primera parte de la
obra publicada en 1872, el autor nos dice que se propuso
reflejar los rasgos de la “fisonomía moral” del gaucho y “los
accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes,
de inseguridad, de aventuras y de agitaciones constantes”.
En la primera parte, el gaucho Martín Fierro cuenta como es
arrancado de su hogar y enrolado como soldado para combatir
contra los indios en la frontera. Deserta y regresa a su rancho.
Se encuentra la choza destrozada y con la ausencia de su mujer e
hijos. De este modo, se convierte en una gaucho maleante, fuera
de la ley y perseguido por la autoridad. Cuando va a ser
detenido por la justicia, consigue huir con el sargento de la
guarnición, y deciden trasladarse al territorio indio. Con el
cruce de la frontera termina la primera parte. En la segunda
parte, se narran las penalidades que sufrieron en territorio
indio, la muerte del sargento y el regreso y reencuentro con sus
hijos.
Además de su contenido social y político, denunciar los abusos y
las injusticias sufridos por los gauchos y la política del
presidente Sarmiento, es una admirable creación poética, llena
de imágenes, metáforas y comparaciones que son ingredientes
esenciales en el sistema expresivo del gaucho.
La mayor parte de los problemas que abordó en Martín Fierro ya
los había tratado a lo largo de su trayectoria periodística,
desarrollada en La reforma pacífica (1856), El Eco de corrientes
(1868), El Nacional Argentino (1869), El Río de la Plata,
(1869), La Pampa (1872) y La Patria (1873).
Además, redactó dos obras tituladas Instrucción del estanciero
(1881), un ensayo acerca de la organización y manejo de una
estancia moderna; y Vida del Chacho (1863), a raíz del asesinato
de este último caudillo riojano.
-
Religioso y escritor
argentino. Nació en Santa Fe. Doctor en Derecho Civil y Canónico
por la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile.
Intelectual de vasta cultura. Canónigo de la Iglesia Católica.
Jurista, poeta y sainetista. Considerado precursor de la lírica
gauchesca. Escribió varios ensayos. Autor de: El amor de la
estanciera, Reflexiones sobre la famosa arenga de 1781 y
Memorial.
-
Nació el 14 de enero de 1807 en medio del campo, no lejos de
Fraile Muerto hoy Bell Ville en la actual provincia de Córdoba.
Algunos aspectos de su biografía no están perfectamente
aclarados, entre ellos el viaje que realizó en su adolescencia
en la goleta La Rosa Argentina. Embarcó como grumete y llegó a
la Guayana francesa y los Estados Unidos, aunque también se
afirma que la nave fue apresada por un corsario y esto le obligó
a peregrinar varios años por Francia, Inglaterra y Portugal. En
1823, Ascasubi regresó a Buenos Aires y luego se trasladó a
Salta llevando consigo la ex imprenta de los Niños Expósitos. En
aquella provincia se desempeñó como tipógrafo y periodista y
fundó "La Revista de Salta" . En 1826 se alistó con el grado de
teniente en el batallón de infantería que a las órdenes del
coronel José María Paz marchó a luchar contra los efectivos
brasileños. Más tarde, participó en la guerra civil en favor de
los unitarios y en esa época convivió con los gauchos, aprendió
su léxico y escuchó el canto de los payadores en los fogones.
-
En
1830, Ascasubi es detenido en Entre Ríos y por orden de Rosas,
trasladado preso a Buenos Aires. Permaneció en la cárcel cerca
de dos años, hasta que logró evadirse y pasó al Uruguay. En
Montevideo ciudad en que se radicó veinte años hasta la derrota
de Rosas se ocupó de diversos menesteres. Acrecentó su fortuna
al frente de una panadería y también adquirió popularidad por
medio de sus ingeniosos versos gauchescos. Fue periodista y como
payador unitario comentó la guerra entre Oribe y Rivera con
partes de batalla, cielitos, medias cañas y diálogos, que daba a
conocer bajo diversos seudónimos. Fue ayudante de Urquiza
en la batalla de Caseros, pero más tarde abrazó la causa porteña
de Mitre y se mostro enemigo del caudillo entrerriano. Intentó
mejorar su situación económica con algunas inversiones en obras
públicas entre ellas, la construcción del antiguo Teatro Colón
pero fracasó en sus propósitos y quedó al borde de la ruina. En
1860 se trasladó a Francia comisionado por el gobierno de Mitre,
con la misión de enganchar voluntarios europeos destinados al
ejército de Buenos Aires. Vivió en París y en aquella ciudad
publicó en el año 1872 sus obras completas. Regresó a Buenos
Aires y falleció el 17 de noviembre de 1875.
-
Ascasubi adquirió su personalidad literaria en su largo
destierro en el Uruguay, apoyando la causa de los unitarios. En
1839 fundó un periódico titulado "El gaucho en campaña" y en el
cuarto número publicó el poema El truquiflor. Las composiciones
que dio a conocer en periódicos, folletos y hojas sueltas fueron
recopiladas posteriormente en el libro titulado: Paulino Lucero
o Los gauchos del Río de la Plata cantando y combatiendo contra
los tiranos de la República Argentina y Oriental del Uruguay
(1839-1851). La obra fue editada en París, en 1872.
-
Cuando se iniciaron las hostilidades entre Buenos Aires y la
Confederación, el poeta atacó a Urquiza por medio de un
periódico en prosa y verso, titulado "Aniceto el Gallo, Gaceta
jocotristona y gauchi-patriótica". Sus coplas de crítica
política no fueron recibidas con el mismo entusiasmo que
despertaron SUS anteriores obras.
-
Ascasubi se encontraba en París cuando terminó su mejor obra y
la de mayor aliento, el largo poema denominado Santos Vega o Los
mellizos de La Flor. Luego de ocho meses de trabajo escribió
12.604 versos que fueron publicados en 64 capítulos y un epílogo
en un tomo de sus obras completas. El poeta cuenta en lengua
gauchesca la historia de dos hermanos, los mellizos de la
estancia La Flor. Uno de ellos el bueno, y el otro un gaucho
malevo y perverso. El relato lo pone en boca del legendario
Santos Vega, aunque el poema —con excepción del título no tiene
ninguna relación con la vida del payador homónimo, que a
comienzos del siglo XIX había merodeado por la zona del río
Salado.
-
La
obra ofrece algunos cuadros plenos de colorido local y otros de
auténtico dramatismo, aunque se critica la gran extensión de
algunos episodios que no están relacionados con su importancia
dentro del poema. Pero en conjunto escribe Julio Caillet-Bois
hay una verdad esencial en el Santos Vega, que refleja una
visión embellecida y conciliatoria de la vida en la campaña.
-
Nació en la capital el 7 de febrero de 1834, hijo de padre
porteño, don Estanislao del Campo, y madre tucumana, doña Gregoria Luna. Se educó aquí mismo en la Academia Porteña
Federal empleándose luego como dependiente de tienda según era
costumbre entre los jóvenes de buena familia de esos tiempos.
Muy porteño lo vemos en 1852 tomar parte en la defensa de la
ciudad cuando el general Lagos le puso sitio. Concluido éste
entró a prestar servicio en la aduana. Más tarde fué secretario
de la cámara de diputados cuando ya militaba abiertamente en las
filas alsinistas, alternando la carrera administrativa con las
más animadas acciones de Cepeda y Pavón donde se batió con
entusiasmo. Llegó así a capitán en 1861. En 1874 es ascendido a
teniente coronel saliendo a campaña con motivo de la revolución
de ese año. Luego tuvo una corta actuación como diputado
nacional y terminando su mandato fué nombrado oficial mayor del
Ministerio de Gobierno de la Provincia. Se desempeña en todos
estos cargos con escrupulosidad y competencia y toma asimismo
parte activa en las luchas políticas, pero sin abandonar la
poesía que es sin duda su vocación más íntima.
-
Con el pseudónimo de Anastasio el Pollo entró Estanislao del
Campo en el mundo de las letras. Su poema gaucho-burlesco Fausto
alcanzó casi de inmediato una enorme popularidad, popularidad
que ha persistido y aumentado si cabe hasta nuestros días. Su
aparición fué entusiasmante saludada por la crítica, y lo que
nunca había ocurrido antes en nuestro medio, suscitó una larga
polémica entre dos jóvenes talentos que habían de afirmarse más
tarde, Pedro Goyena y Eduardo Wilde. La polémica interesante y
animadísima derivó hacia conceptos generales de la poesía, pero
contribuyó indudablemente a tener a Del Campo y su libro sobre
el tapete de la actualidad. Escribió también otras muchas
composiciones de diferentes estilos, sin embargo es en la cuerda
gauchesca donde da las mejores notas. De humor festivo, tiene
una pluma llena de colorido para verter su fácil filosofía
campera y fresca imaginación.
-
Es curioso advertir que, no obstante el género escogido, era más
bien un hombre de ciudad.
-
Murió joven aún el 6 de noviembre de 1880 y los mejores poetas
de la época, José Hernández y Guido y Spano, pronunciaron
conmovedoras oraciones en su tumba. Mereció también fuera del
aplauso popular y de la crítica del país, grandes elogios de un
crítico español tan severo como Menéndez y Pelayo.
-
Escritor argentino nacido en 1851 . Sus obras de carácter
gauchesco adquirieron gran popularidad, especialmente Juan
Moreira, novela llevada con gran éxito a la escena y con la que
se inició la época del teatro gauchesco. Escribió además: Pastor
Luna; Santos Vega; Una amistad hasta la muerte; Juan Cuello;
Hormiga Negra; El Chacho y El tigre de Quequén.
-
Nació en Montevideo el
27 de enero de 1851. Su padre, Miguel Cané, uno de los miembros
del Gabinete de Lectura, se había alejado del país en 1835
debido a la tristeza que le inspiraba el gobierno de Rosas.
Miguel Cané (hijo) se benefició mas tarde con la cláusula de la
ley de ciudadanía, dictada en 1869, que permitió optar por la
nacionalidad Argentina a todos aquellos que hablan nacido de
padres argentinos en las repúblicas vecinas durante la época de
Rosas. En realidad, Cané llegó a Buenos Aires cuando sólo
contaba dos años de edad, ya que su familia regresó a la patria
poco después de la batalla de Caseros. Hizo sus estudios
secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyo
recuerdo le inspiró más tarde la redacción de su más famoso
libro, Juvenilia , siguió la carrera de derecho en la Facultad
de la misma ciudad y se recibió de abogado en 1872. La política
y el periodismo le atrajeron desde su juventud y fue así como
colaboró en La Tribuna, periódico de los Varela, que sostenía al
partido autonomista de Alsina, y en El Nacional, entre cuyos
redactores se hallaban Sarmiento y Vélez Sársfield.
-
Fue diputado nacional
en 1875 y mis tarde senador por la Capital. Desempeñó los cargos
de: Director General de Correos y Telégrafos en 1880, e
Intendente Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en 1892,
ministro de Relaciones Exteriores y luego del Interior bajo la
presidencia de Luis Sáenz Peña, y primer decano de la Facultad
de Filosofía y Letras en 1900. Alternando con estas funciones
sedentarias, fue sucesivamente embajador en Colombia y Venezuela
en 1881 en AustriaI-Hungria en 1883, en Alemania en 1881, en
España en 1886 y en Francia en 1901, satisfaciendo así su
temperamento diplomático y su afición por los viajes. Falleció
en Buenos .aires el 5 de setiembre de 1905.
-
Miguel Cané perteneció
a esa famosa generación del 80, considerada como talentosa y
despreocupada, afortunada y frívola, ardientemente Argentina y
placenteramente cosmopolita. Sus amigos, Carlos Pellegrini,
Aristóbulo del Valle, Roque Sáenz Peña, Lucio V.-López, Eduardo
Wilde, Bartolomé Mitre y Vedia, le estimaron como maestro debido
a su gusto refinado y a su gran influencia social, y así también
le apreció el gran mundo porteño por sus obras sencillas, de
tono familiar, y sus amenas conversaciones llenas de frescura y
de gracia.
-
Estas indudables y
atrayentes cualidades no perjudicaron, por su aparente
superficialidad, a Miguel Cané en su papel de miembro de la
clase gobernante de entonces, sea como legislador o como
representante diplomático. Perteneció a la época de Roca, y
luchó desde la prensa y el parlamento por la legislación laica.
la educación común y la separación de la Iglesia y del Estado.
Fue autor del proyecto de la ley No 4.144, llamada "ley de
residencia", que el Congreso Nacional sancionó el 22 de
noviembre de 1902, para autorizar al Poder Ejecutivo a expulsar
a los agitadores extranjeros que fomentaban conflictos obreros
en el país.
-
Miguel Cané se
interesó también por la enseñanza y fue partidario de un retorno
a la cultura humanista, bregando por el estudio de los clásicos
griegos y romanos. Este último aspecto de su personalidad
complementa su figura de hombre provisto de gusto artístico, de
cultura y de cierta filosofía mundana que no se basa en la
información copiosa sino en el conocimiento de la vida. Sus
obras fueron escritas como pasatiempos en los escasos momentos
que le dejaron libres la política y la diplomacia, la tertulia
familiar y el club social. Mucho de su producción se encuentra
dispersa en forma de colaboración periodística en La Prensa, La
Nación y El País, además de los diarios de combate mencionados
anteriormente. Se destacó también como orador persuasivo en la
polémica parlamentaria y en la disertación académica. Siendo
decano de la Facultad de Filosofía y Letras, pronunció dos de
sus discursos más famosos: El espíritu universitario y La
enseñanza clásica.
-
En otros géneros,
especialmente en los ensayos, tenemos de él un libro titulado
justamente Ensayos, publicado en 1877. en el que, pese a sus
veintiséis años de edad, Cané demuestra ser un critico y un
observador. Relata en esta obra sus primeros viajes a través de
narraciones que algunos han estimado extravagantes. Llama
sobremanera la atención la consideración con que trata en esta
obra a Sarmiento, a quien proclama genio de la prensa argentina,
siendo como lo era Cané admirador habitual de las letras
inglesas y francesas. Siguió con la serie de impresiones de
viajes en A distancia, aparecido en 1882, y con En viaje, de
1884, libro en que cada capítulo fluye la delicadeza de las
ideas y la sencillez de la expresión. Se trata en En viaje de
los viajes de Miguel Cané por Colombia y Venezuela, y ha quedado
como pieza de antología su descripción de la pintoresca
navegación a lo largo del río Magdalena. En Charlas literarias,
publicado en 1885, figuran estudios sobre las obras de
Shakespeare y de Dickens.
-
En Notas e impresiones,
aparecida en 1901, se recopilaron los artículos literarios que
Cané enviaba desde París al diario La Prensa con el seudónimo de
"Travel".
-
Prosa ligera, editada
en 1903, continúa la serie de crítica literaria, pero dedicada
ahora a la producción española y argentina. El arte español,
título de uno de sus capítulos, debía, según se afirma, servir
de base para un estudio más extenso sobre las pinturas de
Velázquez. La obra capital de Miguel Cané en cuanto a critica
literaria es el Enrique IV de Shakespeare, publicado en 1900,
con una traducción castellana del texto inglés, producción
interesante por su información y por las ideas que allí
campean.
-
Pero la celebridad
popular de Miguel Cané se debe especialmente a su libro titulado
Juvenilia, aparecido en 1882, obra meritoria en un género que,
en realidad, escapa a toda clasificación.
-
En sus páginas sin
pretensiones literarias ha dejado Cané sus nostalgias de
juventud y sus alegrías de estudiante travieso. Para una
Argentina que vive hoy a más de cien años de su nacimiento, este
libro conserva la frescura de una simpatía incapaz de
marchitarse.
-
Nació en Tupiza.
Bolivia, el 15 de junio de 1844, era hijo dé Diego Wellesley
Wilde, de origen británico, radicado en Salta, y de Visitación
García, tucumana.
-
Durante la época de
Rosas su familia tuvo que emigrar a Bolivia. Al regresar, su
padre se preocupó, por que recibiera una esmerada educación.
Ingresó al Colegio de Concepción del Uruguay y, más tarde se
trasladó a Buenos Aires para realizar en esta ciudad sus
estudios universitarios.
-
En 1870 se recibió de
médico, presentando una tesis sobre El Hipo, demostrando en ese
trabajo mostraba sus aptitudes literarias.
-
Entra de inmediato a
ejercer como cirujano interno del Hospital Militar durante la
guerra del Paraguay, teniendo asimismo una destacadísima
actuación en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla que
devastó Buenos Aires en 1871.
-
Ese mismo año fue
designado médico de sanidad del Puerto. En 1871 actuaba
profesionalmente en la parroquia de Monserrat. En 1873 se le
nombró profesor sustituto de anatomía en la Facultad de Ciencias
Médicas de Buenos Aires y en 1874 miembro académico de la
Facultad de Ciencias Físico‑naturales y de la de Ciencias
Médicas.
-
En 1875 era profesor
de medicina legal y toxicología de la Facultad de Ciencias
Médicas, y en 1876 de anatomía en el Colegio Nacional de Buenos
Aires. Publicó en esa época dos libros de carácter didáctico y
científico Lecciones de higiene y Lecciones de medicina legal y
toxicología.
-
Una obra de naturaleza
autobiográfica, aparecida también en ese periodo es Prometeo y
Cia. en el evoca en ella su vida de médico. Otras producciones
suyas lo señalaron pronto como escritor de renombre.
-
Se le considera como
un excepcional ironista. "A veces es cáustico, penetra en el
espíritu humano, pero no hurga en él", se ha dicho de su prosa.
-
Poseía un estilo
sobrio, "elaborado con tesón consciente". Escribió novelas,
descripciones de viajes, relatos, narraciones, cuentos. Entre
sus obras figuran los siguientes títulos: Tiempo Perdido, Viajes
y observaciones, Por mares y por tierras, La primera noche de
cementerio, La lluvia ‑fragmento autobiográfico‑, Pablo y
Virginia, Vida moderna, Mar afuera , Cuentos humorísticos,
Aguas abajo. Esta última, obra póstuma, quedó inconclusa. Wilde
participó en las luchas políticas del país. Se señaló por su
tendencia liberal. Apoyó sucesivamente a Avellaneda. Roca y
Juárez Celman.
-
Fue legislador en la
provincia de Buenos Aires y después diputado nacional por este
distrito electoral de 1874 a 1876 y de 1876 a 1880. El
presidente Roca le confió la cartera de Justicia e Instrucci6n
Pública en su primer gobierno. También fue ministro del Interior
del presidente Juárez Celman.
-
Intervino en los
debates promovidos por la presentación de los proyectos de ley
de enseñanza laica y de matrimonio civil, defendiendo ambas
iniciativas. Ocupó otras importantes funciones públicas.
Desempeñó el cargo de presidente del Departamento Nacional de
Higiene en 1898 y formó parte del cuerpo diplomático en calidad
de ministro plenipotenciario ante los gobiernos de España ,
Portugal y Bélgica, Debe señalarse que al estallar la fiebre
amarilla en Buenos Aires prestó eficientes servicios,
contrayendo la enfermedad. Ejerció el periodismo desde su
juventud. Fue redactor de El Bachiller , periódico estudiantil;
inspiró muchas de las caricaturas de El Mosquito; perteneció
como cronista a La Nación Argentina. Colaboró en Tribuna, El
Pueblo y El Nacional y dirigió La República.
-
En 1901 representó al
país en el Congreso Internacional sanitario de La habana y en
1902 en el Congreso Internacional para mejorar la suerte de los
ciegos, Falleció en Madrid el 5 de setiembre de 1913.
-
Bibliografía (v.:
Florencio Escardó , Ensayo sobre Eduardo Wilde , Buenos Aires,
1943.).
-
Esta importante figura
de la novela naturalista argentina en la generación del ochenta
nació en Buenos Aires en 1843, hijo de un grabador francés y de
una porteña. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional
Central y luego ingresó en la Facultad de Derecho de Buenos
Aires donde se graduó de abogado. Ejerció un tiempo su profesión
para intervenir más tarde activamente en política. De ideas
liberales sostuvo la separación de la Iglesia del Estado ante la
Convención de 1871, en un discurso que luego fue publicado en la
"Revista del Río de la Plata". Integró el grupo dirigente del
Club del Progreso, organismo que en aquella época reunía a los
intelectuales y a destacadas figuras de la sociedad porteña.
-
La firmeza de sus
convicciones —denunció los fraudes de su propio partido— lo
perjudicó en la carrera política, que abandonó para dedicarse a
la labor literaria. Viajó por Europa y se encontraba en París,
cuando falleció a los cuarenta y cinco años, en 1888.
-
Cambaceres introdujo
por vez primera en nuestro medio la novela con argumentos de
índole realista y local. Identificado con la cultura europea y
bajo la influencia de algunos escritores franceses del siglo XIX
—entre ellos Emilio Zola— publicó cuatro novelas de temática
pesimista y crudamente naturalistas. Las dos primeras se titulan
Potpourri (1881) y Música sentimental, que dio a conocer con el
subtítulo de Silbidos de un vago. Ambas carecen de un plan
preciso y a veces de hilación, con historias de adulterios
conyugales dentro de un ambiente de pesimismo y hastío. La
novedad de su asunto y el tema sensual y truculento, provocaron
una repercusión escandalosa y la crítica no vaciló en censurar
al autor. En otras obras posteriores, Cambaceres mejoró la
composición y el estilo literario. En 1885 dio a conocer su
novela más significativa, llamada Sin rumbo. Con prosa
espontánea ofreció buenas descripciones de paisajes e
interesantes anécdotas en torno a un asunto patológico sexual.
-
Un año antes de su
muerte publicó En 1a sangre, donde refiere la vida de un hijo de
inmigrantes italianos —llamado Genaro— que busca elevar su
humilde origen y fuerza al matrimonio a la hija de un estanciero
adinerado, para luego derrochar su fortuna y arruinar su vida.
-
A través de sus
escritos, hizo presente los problemas a que dio origen la
llegada de extranjeros a nuestro país y los cambios sociales de
su época. Enalteció a la alta burguesía de la que formaba parte
y criticó las clases humildes y la baja inmigración europea. En
este aspecto, no se integró con la realidad del momento en que
vivía. Cambaceres fue una personalidad literaria original y
dotada de mérito propio, según juicio del crítico García Mérou.
-
Fallecido a los
cuarenta y tres años, cuando ocupaba la legación argentina en
Berlín, fue poeta, novelista y ensayista, pero su labor de
crítico literario es la que ofrece aspectos más valiosos, aunque
su tarea —no profesional— fue limitada por su condición de
diplomático y político. Sus obras de crítica comprenden:
Estudios literarios (1884), Libros y autores (1886), Juan
Bautista Alberdi (1890), Recuerdos literarios (1891),
Confidencias literarias (1894), Ensayo sobre Echeverría (1894) y
El Brasil intelectual (1900).
-
Escritor argentino
nacido en 1858 en Gualeguaychú y muerto en 1903 en Buenos Aires.
Es más conocido por el seudónimo de Fray Mocho. Fue fundador y
director de la conocida revista Caras y caretas, de Buenos
Aires, y un cuentista extraordinario que, dotado de una prosa
brillante, ágil humorística, en su obra refleja el ambiente y
las costumbres de su época. Son incomparables sus narraciones de
Esmeralda, cuentos mundanos (1882). Su obra cuentística se
reunió bajo el título de Cuentos de Fray Mocho (1906).
-
Escritor francés en
1848, el cual se radicó en Buenos Aires desde 1866. Después de
un viaje a Francia en 1883 fue designado inspector de enseñanza
y director de la Biblioteca Nacional, donde estuvo más de
cuarenta años. Publicó dos grandes colecciones: La Biblioteca
(1896-1898), en que aparecieron notables trabajos críticos, y
Anales de la Biblioteca, reunión de documentos relativos a la
historia del Río de la Plata; dirigió el diario SudAmérica y
colaboró en las publicaciones más importantes de la Argentina.
Sus obras Estudios de historia argentina; Ensayo histórico sobre
el Tucumán; Mendoza y Garay; Los que pasaban y otras se destacan
por la ceñida información, la pintura viva de ambiente y héroes
y el estilo sobrio y cuidado. Otros trabajos: Fruto vedado;
Relatos argentinos; La divisa punzó; Crítica literaria y Las
islas Malvinas.
-
Nació en Nonogasta
departamento de Chilecito, La Rioja el 6 de marzo de 1863, se
desempeño como político, legislador, funcionario, historiador,
educador, filósofo, literato: las múltiples facetas de Joaquín
V. González; una de las personalidades más destacadas de la
cultura nacional del período moderno.
-
Riojano de nacimiento,
González estudió en Córdoba, en el Colegio de Monserrat. Con tan
sólo 18 años, en esa ciudad, se inició en el periodismo,
colaborando con varios diarios mediterráneos, como El Interior,
El Progreso y La Revista de Córdoba. Tres años después, comenzó
a dictar clases, enseñando historia, geografía y francés en la
Escuela Normal de Córdoba. En 1884, cuando tenía 22 años, empezó
a escribir su tesis doctoral (Estudios sobre la Revolución) y
fundó el diario La Propaganda. Además, se lo eligió presidente
del Club Universitario Estudiantil. En 1886, obtuvo el doctorado
en Jurisprudencia y de inmediato, regresó a su provincia,
comisionado por el gobierno para tratar el asunto de límites con
Córdoba.
-
También fue elegido
diputado nacional, aun cuando no tenía la edad requerida para el
cargo (Repetiría en esa función tres veces más (1889-1891;
1892-1896; 1898-1901).
-
Fue designado Miembro
de la Comisión de Reforma Constitucional en 1887, y encargado de
redactar el proyecto de Constitución para La Rioja. Era, por
entonces, uno de los más destacados juristas del país.
-
Ese año, Joaquín V.
González publicó La Revolución de la Independencia Argentina, la
primera de sus obras de carácter historiográfico. Además ingresó
al diario La Prensa, y fue designado primer profesor de la
Cátedra de Derechos de Minas.
-
En 1889 fue elegido
Gobernador de la Provincia (hasta 1891). Entonces, publica su
obra fundamental: La Tradición nacional, una evocación
legendaria en la que vincula el paisaje, el folklore, la
sociología y la historia del país. Un lustro después, González
accedió a la titularidad de la Cátedra de Legislación de Minas,
y, en 1896, al Consejo Nacional de Educación, además de ser
Académico Titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires.
-
En 1901 abandonó la
diputación, cuando el presidente Roca lo llamó para encabezar el
Ministerio de Interior. Interinamente, González debió ademas
dirigir al mismo tiempo los ministerios de Justicia e
Instrucción Pública, y de Gobierno y Relaciones Exteriores. No
descuidó sus cátedras, no obstante la función pública, y se
encargó de pronunciar magistrales discursos, como en 1902 en la
Facultad de Derecho acerca de El ideal de la Justicia y la vida
contemporánea.
-
Ese mismo año,
presentó al Presidente un proyecto de reformas electorales,
convertido en ley poco después. Gracias a la misma, que
consagraba el sistema uninominal, fue elegido el primer diputado
de adscripción socialista en el país (Alfredo Palacios).
-
En 1904, nuevamente
González tuvo que encabezar dos ministerios al mismo tiempo: el
de Interior y el de Justicia e Instrucción Pública, al frente
del cual creó el Instituto Nacional del Profesorado Secundario
de Buenos Aires, primero en este género que tuvo el país, y que
tuvo como plantel docente inicial a una veintena de profesores
contratados en el extranjeros, casi todos alemanes.
-
Con la asunción de
Quintana como presidente, se lo designó al frente del Ministerio
de Justicia. En esa tarea, González creó en 1905 la Universidad
de La Plata, nacionalizada al cabo de unas pocas semanas. Según
González, la novel casa de estudios debía responder a "una nueva
corriente universitaria, que sin tocar el cauce de las antiguas
y sin comprometer en lo más mínimo el porvenir de las dos
Universidades históricas de la Nación, consultase junto con el
porvenir del país, las nuevas tendencias de la enseñanza
superior, las nuevas necesidades de la cultura argentina y los
ejemplos de los mejores institutos similares de Europa y América."
Renunció como Ministro con la muerte del Quintana. El nuevo
gobernante, Figueroa Alcorta, lo designó entonces Presidente de
la Universidad, función en la que permanecería hasta 1918, en
una gran tarea de organizador y armador. El día que abandonó el
cargo de Rector, se le efectuó una apoteótica despedida en el
Teatro Argentino de La Plata.
-
No había dejado la
política, sin embargo, y fue elegido senador en 1916 y hasta su
muerte en 1923 (había estado en el cargo desde 1907).
-
Para entonces, Joaquín
V. González era considerado uno de los más ilustres hombres del
país, y era reconocido por sus pares de otras latitudes.
Integraba, en virtud de este reconocimiento, la Real Academia
Española como miembro correspondiente (desde 1906), y formó
parte, por lo mismo, de la Corte Internacional de Arbitraje de
la Haya, en 1921.
-
Una vez retirado de la
dirección de la Universidad, volvió a las aulas en Buenos Aires,
enseñando Derecho Constitucional Americano, Derecho
Institucional Público y Historia Diplomática Argentina. También
colaboró con el diario La Nación, y publicó numerosas obras
sobre historia, sociología y derecho (por ejemplo, El juicio del
siglo, o cien años de historia argentina (1910), La Universidad
de Córdoba en la evolución intelectual argentina (1913), Patria
y Democracia (1920), etc. Estos escritos compusieron una vasta
obra sobre los más diversos temas: compilados en una edición
póstuma en 1934 (Obras Completas), ocupan más de 13 mil páginas,
agrupadas en 51 títulos.
-
Falleció el 21 de
diciembre diciembre de 1923, en medio de la congoja más general.
Sus restos fueron acompañados por miles de personas hasta el
Cementerio Norte. La misma congoja se repetiría varios años
depués, cuando una enorme multitud acompañó sus despojos hasta
su Chilecito natal.
-
Nació en Buenos Aires
el 13 de julio de 1842 y fue uno de los más destacados
intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX, además de ser
quizás el orador más eminente de nuestro país durante esos años.
Historiador por vocación y de formación autodidacta, católico
combativo, periodista y político encumbrado, Estrada se erige en
uno de los representantes más genuinos del pensamiento argentino
a comienzos del período moderno.
-
Los datos relativos a
su biografía destacan que Estrada quedó huérfano a muy temprana
edad, y que de su educación se hizo cargo su abuela, Carmen de
Liniers. Su primer maestro fue Manuel Pintos, y su educación
formal la desarrolló en el Colegio de San Francisco, donde
aprendió filosofía, teología, religión y humanidades. A través
de esta enseñanza, Estrada se formó como un férreo católico, al
punto que sería la defensa de este dogma la que lo llevaría a
destacar como político.
-
En 1858, cuando
finalizó con sus estudios primarios, recibió un premio en el
concurso de historia del Liceo Literario, por su obra relativa
al descubrimiento de América. Este estímulo fue suficiente para
que orientara su formación autodidacta a los asuntos históricos,
que a la postre lo convertiría en uno de los más destacados
historiadores argentinos. Por esa época, además, Estrada
comienza su actividad como periodista, como redactor de La
Guirnalda, Las Novedades y La Paz.
-
Incorporada Buenos
Aires a la Confederación, adhirió a la Constitución Nacional, y
publicó el opúsculo Signun Foederis (El signo de la
Confederación), que se convirtió en su profesión de fe religiosa,
nacional y política. Poco después, en 1861, publicó El génesis
de nuestra raza, una obra polémica en la que replicaba al
profesor Gustavo Minelli, quien había levantado banderas
anticatólicas. Al año siguiente publicó otra réplica, llamada El
catolicismo y la democracia en la que respondía a Francisco
Bilbao, quien sostenía la incompatibilidad de la democracia y la
religión.
-
En 1865, Estrada
presentó su primera obra decididamente histórica (Ensayo
histórico sobre la revolución de los comuneros del Paraguay en
el siglo XVIII), y comenzó a escribir la Historia de la
Provincia de Misiones (obra que dejaría inconclusa). Un año
después, en 1866, se inició en la docencia, en la Escuela
Normal, donde desarrollaría unas muy famosas Lecciones sobre la
Historia de la República Argentina, compiladas luego en un libro
que publicó la Revista Argentina, y que es quizás el primero de
la historiografía nacional. (La Revista Argentina era una
creación suya, y por él fue dirigida durante dos períodos: 1868
a 1872, y entre 1880 y 1882.)
-
Por entonces, Estrada
gozaba ya de un profundo reconocimiento, a pesar de sus juventud.
Tanto, que Sarmiento lo nombró Secretario de Relaciones
Exteriores, y le encargó la enseñanza de Instrucción Cívica en
el Colegio Nacional, donde ya enseñaba filosofía. Poco después,
en 1869, fue nombrado Jefe del Departamento General de Escuelas,
cargo en el que permaneció sólo un año.
-
Comenzó su actividad
política en 1871, cuando formó parte de la Convención Provincial
Constituyente, encargada de redactar y sancionar la Constitución
provincial de 1874. En 1873, fue elegido diputado por Buenos
Aires. En ese año, además, fundó el periódico El Argentino, en
el que publicaría varios estudios históricos.
-
En 1874, Estrada se
hizo cargo de la Dirección de Escuelas Normales, y del Decanato
de la recién creada Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires. Es de destacar este altísimo honor,
teniendo en cuenta que Estrada no tenía título profesional
alguno, pese a ser un intelectual de primer orden dentro del
panorama del pensamiento argentino de la época.
-
Dictó, también, clases
de Derecho Constitucional y Administrativo en la Facultad de
Derecho. Algunos de estos cursos, sobre el sistema federal
argentino, el régimen municipal o la libertad de sufragio,
fueron magistrales. Las versiones taquigráficas de dichas clases
fueron posteriormente compiladas en la obra Curso de Derecho
Constitucional.
-
Esta faceta de
publicista, además de docente y buen orador, sería una de las
más destacables de su actuación pública. Siendo Rector del
Colegio Nacional (entre 1876 y 1888), Estrada pronunció
discursos memorables. Por ejemplo, el del 24 de abril de 1877,
que versaba sobre La tiranía de Rosas, fue realmente apoteótico,
hasta el punto que, al cabo de la conferencia, los alumnos y
docentes lo siguieron en manifestación por las calles céntricas
hasta que llegaron al pie de la estatua de San Martín. Allí,
Adolfo Mitre, en nombre de los alumnos, debió improvisar un
discurso expresando su emoción.
-
A partir de 1880, no
obstante su labor docente, Estrada debió ocuparse de asuntos que
le merecían mayor atención. Transcurría la primera presidencia
de Julio A. Roca, y en el país se vislumbraba una fuerte
corriente de pensamiento anticatólico. Estrada comenzó entonces
una lucha publicística sin cuartel en defensa del catolicismo,
ya desde el periodismo, ya desde la tribuna. Se discutía
entonces la exclusión de la enseñanza católica de las escuelas,
la ley de matrimonio civil y otra legislación que era
considerada por los católicos como un atentado contra la Iglesia.
Estrada fue elegido presidente de la Asociación Católica y fundó
en 1882 el diario La Unión desde donde mantuvo una lucha
constante contra los liberales.
-
Estos conseguían
triunfos, como la consagración de la enseñanza laica, sancionada
por el Congreso Pedagógico de 1882 y tratada en la Cámara de
Diputados de la Nación en julio de 1883. Estrada, mientras tanto,
realizaba giras proselitistas por el interior, celebrando
congresos católicos y lanzando sus más furibundas diatribas
contra el Gobierno. En represalia, fue separado de todos sus
cargos públicos, aunque no pudieron callarlo. En 1884, la
Primera Asamblea de Católicos Argentinos tuvo una concurrencia
excepcional y gestó una alianza política en defensa de las ideas
católicas. Estrada fue elegido diputado nacional. En el Congreso,
pronunció discursos llenos de vigor expositivo y que fueron
centrales en varios debates, especialmente los que enmarcaron el
tratamiento de la Ley de Matrimonio Civil, sancionada finalmente
en 1888.
-
Luego de apoyar el
gobierno de Juárez Celman, Estrada se incorporó a la Unión
Cívica. En abril de 1890, mientras pronunciaba un discurso en el
Frontón de Buenos Aires, sufrió una descompensación que le
obligó a retirarse por un tiempo de la vida pública. La
revolución radical de julio lo encontró en Rosario de la
Frontera, donde se hallaba descansando y reponiéndose. De
inmediato, viajó a Buenos Aires y tomó parte de las gestiones
políticas que siguieron a la fallida revolución.
-
Comandando las fuerzas
políticas católicas, apoyó la candidatura de Luis Saénz Peña,
quién en agradeciemiento le ofreció el cargo de Ministro. Rehusó
ese cargo, pero aceptó el de Ministro plenipotenciario en
Paraguay, función en la que permanecería durante un año. En
septiembre de 1894, la enfermedad lo venció y falleció en la
capital paraguaya.Murió en Asunción (Paraguay) el 17 de
setiembre de 1894.
-
Jurisconsulto,
escritor y político argentino nacido en 1843). Fue profesor de
derecho romano en la Universidad de Buenos Aires. Se destacó
como periodista, orador y polemista y pronunció durante su
diputación (1873-1874) memorables discursos sobre la enseñanza
laica, el matrimonio civil, etc. Fue un fervoroso defensor de la
doctrina de la Iglesia. También escribió artículos de crítica
literaria. Fallecio en buenos Aires en 1892.
-
Poeta argentino
(1851-1920), autor de obras inspiradas especialmente en la
naturaleza, el tradicionalismo y la patria. Es autor de Poesías,
donde se incluye su difundido poema gauchesco Santos Vega. Fue
miembro de la Academia Argentina de Letras.
-
Hijo ilustre del
General Guido y de doña Pilar Spano, distinguida dama chilena,
se conjugaron felizmente en don Carlos Guido y Spano el austero
talento del padre y la gracia poética de la madre. La elevación
espiritual de ese ejemplar arraigó en el hijo tanto más
hondamente cuanto que éste sentía verdadera devoción por sus
padres.
-
Había nacido en Buenos
Aires el 19 de enero de 1827 y aquí mismo transcurrió su
infancia y cursó los primeros estudios, hasta que en 1840 su
padre, que desempeñaba la embajada de Río de Janeiro, lo llevó a
su lado junto con el resto de la familia. Allí empezó a
despertar en él, en plena adolescencia, la afición a las letras,
las artes y todo lo bello. Contaba 19 años cuando hace un
romántico y breve retorno a la patria. En 1848, enviado a París
porque su hermano Daniel se encontraba allí enfermo, tuvo la
gran pena de conocer a su arribo, la noticia de la muerte de
éste. Luego del espectáculo de la revolución de aquel año, había
de distraer su dolor templando su espíritu liberal y afinado su
exquisita cultura políglota. Vuelto a Río y mimado de aquella
sociedad, se mezcla a los círculos intelectuales en los que
también es muy estimado. De nuevo viaja a Europa visitando esta
vez primero Inglaterra, por cuya democracia manifiesta gran
admiración, y después a Francia, en cuyas luchas participa
quijotescamente. Y en 1852 regresa al país para ser testigo de
la revolución de Septiembre. Se mantiene al margen de los
acontecimientos políticos, dedicándose por entero a la labor
literaria hasta que toma parte de la defensa de Buenos Aires
como ayudante del general Pacheco en la revolución de Lagos.
-
Pero casi enseguida
debe partir hacia Montevideo siguiendo a su padre que había sido
desterrado. Ya restablecida la Paz cuando el doctor Derqui ocupa
la presidencia, lo nombra subsecretario del departamento de
Relaciones Exteriores. Nuestro poeta renuncia al cargo en
octubre de 1861 y nuevamente va a refugiarse en Montevideo.
Sobreviene para él una época de mezquina lucha por la vida que
pone a prueba su natural optimismo y despreocupación de las
cosas materiales. Debe volver incluso a Brasil, patria de sus
primeros sueños juveniles, en misión comercial. Retorna allí al
grupo de sus viejas amistades, pero el artista de alma, un si es
no es bohemia, no está hecho para esta clase de empresas, y helo
otra vez en patria, entre sus libros y versos, en medio de
penurias económicas con la sola compensación de los afectos
familiares. En poco tiempo pierde a sus padres. Asola la ciudad
la fiebre amarilla de 1871, y con infinita abnegación y simpatía
humana Guido y Spano se alista como primer soldado en la cruzada
defensiva. Pierde también a la esposa.
-
Tantos dolores
acumulados parecen deprimirlo profundamente. Pero logra
recomponerse y en 1872, siendo ministro de Avellaneda, le confía
la Secretaría del Departamento Nacional de Agricultura de
reciente creación. Desarrolla allí una proficua labor de dos
años y ha de dejar el puesto para correr a la defensa del
gobierno en la abortada revolución del 74´. Algún tiempo después
pasa a la dirección del Archivo General de la Provincia y
desempeña también la vocalía del Consejo Nacional de Educación.
Al fin, acogido a los beneficios de la jubilación, se retira a
la vida privada. Pero se afirma cada día su fama literaria y
crece su popularidad alimentada por su natural hidalguía,
generosidad y exquisitas dotes de conservador. Murió ya muy
anciano el 25 de julio de 1916, habiendo conservado hasta los
últimos tiempos toda la frescura y juventud de su espíritu,
rodeado de jóvenes y viejos que lo visitan y consultan como al
más respetado patriarca de las letras. Grandes homenajes
oficiales y populares se rinden en su tumba.
-
Fue Guido y Spano un
delicadísimo poeta que amalgamó con sello muy personal, el
sentido moderno de su poesía con un clásico equilibrio en la
expresión de los sentimientos más tiernos y la contemplación
casi pagana de la belleza. Se inicia como poeta publicando
algunas composiciones en 1854, en la "Revista el Paraná", más
tarde publica Ecos Lejanos y en 1871 Hojas al viento. Hay entre
sus poemas verdaderas piezas de antología como Myrta en el baño
y En los guindos. Cantó con particular ternura los afectos del
hogar en At Home, A mi hija María del Pilar y muchas otras.
-
No es menos notable su
prosa elegante y limpia. A la par que deliciosas descripciones
desenvuelve con admirable humor, mitad sajón y mitad latino,
sagaces reflexiones y juicios certeros. Su principal obra de
prosista está contenida en Ráfagas, publicado en 1879. Llama la
atención muy especialmente la carta autobiográfica.
-
Pedro Bonifacio
Palacios nació en San Justo, provincia de Buenos Aires
(Argentina) el 13 de mayo de 1854. De familia muy humilde,
amante de la pintura. Escribió con el pseudónimo de Almafuerte.
Se dedicó a la enseñanza en la provincia de Buenos Aires, a
pesar de no tener título habilitante (lo que le costó a la larga
su puesto), durante el gobierno de Sarmiento y por sus poemas
contragobernantes fue destituido de su trabajo. A pesar de estos
inconvenientes gozaba de gran reputación gracias a sus textos
publicados en los diarios. Trabajó para el diario el "Pueblo".
También fue bibliotecario y Traductor de la Dirección General de
Estadísiticas de la misma Provincia. No quizo aceptar ningún
empleo público, ya que el mismo criticaba duramente a quienes
vivían a expensas de los impuestos de la gente. Muy venerado por
la juventud, recibió del Congreso Nacional una pensión vitalicia,
por su trabajo. Pero no llegó a cobrarla, ya que el fin de su
vida lo alcanzó antes. Falleció el 28 de Febrero de 1917 en la
ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires. Sus composiciones,
que reciben el nombre de milongas, son de un tono predicativo.
Evangélicas (1915) fue la obra más representativa de su estilo.
Obras principales: Lamentaciones (1906), Poesías (1917), Nuevas
Poesías (1918), Milongas clásicas, Sonetos medicinales y Dios te
salve. Discursos (1919), Todas publicas luego de su muerte en el
año 1917 en Buenos Aires.
-
Nació en Buenos Aires
en 1813, hijo de Santiago, ciudadano británico llegado poco
antes al Plata, de gran figuración en el periodismo y en la
contaduría del gobierno de Rivadavia y posteriores. Cursó
estudios primarios en la escuela de Enrique Bradish, sita en las
calles Tucumán esquina Reconquista actuales, junto con los hijos
del almirante Brown . Luego, mientras ejercía la docencia como
profesor de inglés, a partir de 1844, en el Colegio Republicano
Federal que dirigía el P. Majesté, cursó estudios de medicina en
la forma lenta que podía hacerse antes de 1852. Algunos de los
libros de texto que usó en sus estudios tienen las fechas de
publicación que se indican: Prado de Irizar Anatomía General,
Madrid, 1842;' C:1 G. Hufeland Medicina Práctica (Clínica
,Médica), Valencia, 1839; M. J. Chelius, Cirugía, Madrid, 1843;
P. de Boistmonto, Medicina Legal y Forense, Barcelona, 1841.En
1850 escribió unos Apuntes sobre Patología Médica que se
conservan inéditos. Formó parte del Servicio de Sanidad del
Ejército Argentino que combatió en Caseros a las ordenes del
general Urquiza; en Paraná se incorporó al mismo como Cirujano
jefe de Servicio en el Estado Mayor del Cuerpo Principal de la
Vanguardia. A mediados de 1853, afincado en Quilmes para ejercer
su profesión, formó parte de la Comisión Directiva de la Escuela
de Varones. Allí, el doctor Fabián Cueli, que había seguido
cursos en el Protomedicato, reclamó ante el Consejo de higiene
Pública por la falta de título habilitante del doctor Wilde, por
no haber presentado tesis. Lo hizo en 1858, con el título
Importancia del aceite de hígado de bacalao, especialmente en la
tisis pulmonar.Tomó parte muy importante en las actividades
sanitarias, culturales y educacionales del lugar; miembro de la
primera corporación municipal constituida en enero de 1856. Esas
actividades las desempeño en forma casi constante hasta su
fallecimiento. Publicó varias obras de texto para grados
inferiores, de las cuales don Luis de la Petra, Director General
de Escuelas dijo en un informe del 2 de noviembre de 1870 "que
además del mérito intrínseco que en al tienen, no debe olvidarse
el que le da la circunstancia de ser libros argentinos, escritos
con perfecto conocimiento de nuestro modo de ser y de nuestras
necesidades". Entre 1868 y 1869 escribió su Compendio de Higiene
Pública y Privada adoptado como texto en vísperas de la epidemia
de Fiebre amarilla de 1871, cuyo valor residía en estar basado
en los resultados de las observaciones de Wilde durante la
epidemia de cólera de 1868, en la que atendió enfermos en
Quilmes, Barracas al Sud y Ensenada, como médico de policía y de
la Comisión Humanitaria formada por el vecindario.
-
Es obra suya Buenos
Aires de setenta años atrás. Fundó en mayo de 1873 el periódico
Progreso de Quilmes. Fué designado Director de la Biblioteca
Nacional en 1884; ejerció su profesión con ejemplar altruismo,
no teniendo tiempo de pensar para sí ni para labrarse un mediano
pasar. Viejo, achacoso y cansado, viajaba a la Capital
compartiendo sus tareas de médico con las de Director, cuando
enfermó gravemente y falleció el 14 de enero de 1887 a las seis
de la mañana. Al día siguiente sus restos fueron sepultados en
el atrio de la Iglesia Parroquial de Quilmes ; la lápida tiene
la siguiente leyenda: "Como el Divino Maestro, amó a los pobres
y a los niños", redactada por el doctor Luis V. Varela, que hizo
uso de la palabra en el sepelio, así como el doctor Cabriel
Cantilo. Poco después hizo su elogio Paul Groussac , que lo
reemplazó en la Dirección de la Biblioteca Nacional. La
Ilustración Argentina de febrero de 1887 publicó su retrato. El
Ferrocarril Buenos Aires y Puerto de la Ensenada dio su nombre
"a la estación que va a establecerse en el Depósito de Bombas"
entre las de General Mitre ( actual Sarandi) y Bernal.
-
La Plaza "3 de febrero"
de Quilmes, tomó su nombre poco después y en ella, la
Municipalidad colocó un busto en 1927. La Junta de Estudios
Históricos de Quilmes realizó un homenaje el 14 de enero de
1943.El doctor Wilde habia contraído enlace, en segundas nupcias
y en 1867, con su prima, Victoria Wilde.
-
Bibliografía
-
(v.: El Quilmero, del
17 de enero 1887 y Evaristo Iglesias , La escuela pública
bonaerense hasta la caída de Rosas, Buenos Aires, 1946).
-
El bohemio Jose María
Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián Martel publicó en
forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un estudio social
titulado La Bolsa. Obra realista debido a que fue testigo de los
episodios como cronista bursátil, en su novela describe la
sociedad envilecida por la especulacion y el ansia de lujo y
riquezas.
-
Escritor argentino
(1854-1923). Fue decano de la Facultad de Derecho de Buenos
Aires, orador destacado, diputado nacional y senador por la
provincia de Buenos Aires. Figuran entre sus obras Callvucurá;
La dinastía de los Piedra; Painé; Viaje al país de los araucanos
y La conquista de 15.000 leguas; escritos relacionados con temas
históricos y geográficos.
|