Literatura Argentina

 

Literatura argentina, recorrido histórico a través de las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo) escritas en la República Argentina.

El nombre mismo del país tiene un origen literario, muy anterior a la existencia de la nación y el Estado. En 1602 apareció un poema descriptivo, La Argentina, de Martín del Barco Centenera (1544-1605), que creó el latinismo equivalente a Río de la Plata y cuyo contenido invoca la vida en las Indias meridionales. La palabra es retomada en 1612 en Argentina manuscrita, crónica en prosa de Ruy Díaz de Guzmán.

 

 

 

 
 
PERÍODO COLONIAL

Hubo sin duda una cultura y una literatura que precedieron a los movimientos de emancipación de los diversos países hispanoamericanos, organizadas casi siempre bajo el prisma de un título: "Período colonial". Sin embargo, su abordaje despierta de inmediato inquietudes. ¿Cómo discriminar entre literatura española y literatura hispanoamericana durante los siglos XVI, XVII y XVIII? ¿Con qué argumentos recortar determinados textos y asumirlos en el interior de una literatura nacional cuando la nación no existía como tal y no hay criterios estables para ordenar un corpus? Las fronteras geográficas, la nacionalidad de los autores, la lengua misma no permiten el trazado de límites precisos y estables; incluso la categoría de "literatura" se torna vacilante ante el heterogéneo conjunto de crónicas, poemas, relaciones, cartas y memorias que constituyen la bibliografía colonial.

Oficialmente, estas regiones que configuran el mapa actual de Argentina y otros países vecinos- fueron descubiertas en el año 1516, cuando Juan Díaz de Solís llegó a Paraná Guazú. En 1526 Sebastián Gaboto empezó la exploración de la zona y diez años más tarde se fundó por primera vez la ciudad de Buenos Aires. El territorio argentino integró el virreinato del Perú hasta 1776, año en que se estableció el virreinato del Río de la Plata con la ciudad de Buenos Aires como sede de las autoridades. Tierras por mucho tiempo doblemente remotas (respecto a la metrópoli y a las principales ciudades virreinales, México y Lima), tierras sin oro ni plata que sedujeran a los conquistadores. La colonización fue lenta, así como la creación de una vida literaria.

El primer gran historiador de la literatura argentina, Ricardo Rojas, mientras dedica dos tomos a la "Literatura colonial" en su fundacional Historia de la literatura argentina, admite que su existencia resulta casi una "ilusión retrospectiva": crónicas originariamente escritas en inglés o alemán; libros didácticos en latín; "una" elegía sobre la fundación de Buenos Aires; relaciones de autoría dudosa encargadas por los conquistadores; infinidad de textos producidos con el objeto de desarrollar "la conquista espiritual"; a veces, pocas páginas dedicadas a esta zona de América del Sur, en referencias fugaces de obras donde la fascinación se posa con mayor detenimiento sobre los grandes imperios de los indios aztecas (México) e incas (Perú). En gran parte, la literatura colonial argentina se establece sobre textos que asumen como objeto de relato la conquista, evangelización y fundación de ciudades en el territorio argentino, más allá de la lengua en que fueran escritos, la nacionalidad o la intención original de sus autores al redactarlos.

Parte de esta "precariedad" puede asociarse a la instalación del Santo Oficio en América y a las Leyes de Indias, mediante las cuales España controló la circulación de libros en sus colonias. Fueron prohibidos, durante siglos, textos religiosos que no encuadraban con la ortodoxia de la religión católica, gran parte de la producción de los enciclopedistas del siglo XVIII, los libros de imaginación considerados malsanos y también aquellos que se referían a América. Si la circulación de obras fue accidentada, y en gran medida clandestina, también su adquisición era costosa, en parte porque la impresión (aun de libros americanos) se realizaba en España, lo que los encarecía todavía más; los manuscritos mismos se perdían con frecuencia en largos y arriesgados viajes o quedaban olvidados en lejanas oficinas tras largas tramitaciones de licencias. Sin embargo, las regulaciones de la metrópoli no impidieron que surgiera una literatura muy vasta en otras zonas de América, especialmente en México y Perú, ciudades de mayor actividad administrativa, económica y cultural desde la entrada misma del conquistador español en América, con sus cronistas oficiales tanto religiosos como de la corona.

Con frecuencia, la crítica literaria argentina, al referirse a la literatura colonial, despliega relatos de pérdidas, minusvalías y carencias: autorías orales de textos nunca hallados, manuscritos perdidos, quejas por la escasez de obras y desanimados comentarios sobre el valor estético de las que sí se han publicado o recopilado. Este universo de textos, sin embargo, resulta apasionante y ha sido poco explorado por la crítica literaria moderna.

La fundación de la primera universidad en territorio argentino en la ciudad de Córdoba (1613), la instalación de dos colegios preparatorios universitarios (el de Monserrat en Córdoba 1659 y el San Carlos en Buenos Aires -1773-), la introducción de la imprenta por la Compañía de Jesús (1765), la creación del virreinato del Río de la Plata (1776), la organización en 1780 en Buenos Aires de la Imprenta de los niños expósitos, dieron los impulsos decisivos a la producción cultural. La educación colonial se realizó en los conventos de franciscanos, dominicos o mercedarios, donde se dictaban las primeras letras y en los colegios universitarios y universidades que funcionaban como seminarios. El teatro fue escaso, reducido en gran parte a representaciones litúrgicas hasta que, bajo el virreinato de Vértiz, se funda el primer teatro estable en Buenos Aires . Hasta 1800, sin embargo, no hubo en el Plata periódicos ni asociaciones literarias. Breves referencias a esta zona de América del Sur pueden hallarse en las historias producidas por los "cronistas oficiales" de la Corona: en la Historia natural y general de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (1535) de
Gonzalo Fernández de Oviedo, en la Historia general de las Indias Occidentales (1601) de Antonio de Herrera y en la historia de las iglesias americanas de Gil González Dávila encargada por el rey. Si conquistadores y encomenderos se transforman en la figura central de la historia de la conquista militar del territorio, la figura del evangelizador se recorta en la abundante documentación a través de la cual las órdenes religiosas fundamentalmente, aquí, jesuitas y franciscanos registran el desarrollo de la "conquista espiritual" de estas tierras.

Una trama trágica de asesinatos, hambre, enfermedad y asedio indígena se enhebra alrededor de la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires en 1536, realizada por la expedición del adelantado
Pedro de Mendoza. Esta trama deviene en asunto privilegiado de las crónicas del Plata y es materia central del "Romance elegíaco" de Luis de Miranda, fraile español integrante de la expedición. Se considera que este romance, fechable entre 1541 y 1546, es la primera producción poética en la región: 150 versos octosílabos de pie quebrado en los que su autor recrea la imagen de las tierras del Plata como una traidora cruel, que se sustrae a la conquista y deglute, en este repudio, seis "maridos" y mil ochocientos hombres. En el poema, el hambre atormenta a los primeros pobladores. Éstos se ultrajan tras un alimento cada vez más degradante (cardos, raíces, estiércol, heces, "carne de hombre", "asadura de hermano") y, a la vez, el lenguaje mismo se corroe hasta transformarse apenas en llanto, tartamudeo o mudez de expedicionarios que se arrastran a través de las calles de una pequeña y desolada ciudad fortín.

En 1555 se publica en Valladolid un libro que reúne, junto con la reedición de los Naufragios de
Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1542), otro texto que elige como protagonista también a Álvar Núñez y se presume escrito por Pedro Hernández, su secretario en el Plata: Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Naufragios era un texto de tono autobiográfico, donde el funcionario real (tesorero del gobernador Pánfilo de Narváez) relataba la singular experiencia de alguien que convive con los indios y realiza un extenso periplo a pie a través de las tierras del sur de los Estados Unidos y México; los Comentarios son, en cambio, el testimonio de su actuación en las tierras del Río de la Plata, registrada por Pedro Hernández, en gran medida una probanza de servicios ante el rey y un alegato de defensa ante el Real Consejo de Indias. Después de sus aventuras en Florida, Álvar Núñez Cabeza de Vaca es designado por la corona "segundo adelantado del Río de la Plata", en reemplazo de Pedro Hernández. Sin embargo, al llegar a las tierras de Asunción, donde se habían refugiado los primeros pobladores de la destruida ciudad de Buenos Aires, la legitimidad de su gobierno es cuestionada y los soldados, encabezados por Domingo Martínez de Irala, se rebelan, lo encarcelan y lo envían a España procesado. Estos hechos dan origen a un texto presentado por Álvar Núñez Cabeza de Vaca ante sus jueces para su defensa en 1552 (Relación general), y a los Comentarios, que se publican tres años más tarde en busca de un público más amplio, donde se hace la crónica de este viaje que lo lleva a internarse en la inhóspita pero asombrosa naturaleza americana, a la vez que a registrar los episodios que rodean su encuentro con las diversas tribus de indios del litoral argentino. Los Comentarios -a la vez que se constituyen como una denuncia de la actuación de Domingo de Irala- apelan desde el comienzo a los "derechos" de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recreando un catálogo de las inversiones económicas y detalles de las tareas de gobierno realizadas, siempre bajo la letra del derecho: pacificación de indios y frailes, "pago" a las tribus indígenas en retribución por sus trabajos y por el alimento del que lo proveen, deslinde de responsabilidades en relación a la muerte de cristianos. La marca de una escritura administrativa se imprime sobre este texto donde, a la vez, se da cuenta de un gobierno realizado fundamentalmente a través de la palabra: apercibimientos, amonestaciones, toma de posesión de la tierra, prohibiciones, requerimientos, instrucciones. Quizás por esto, el desconocimiento de las lenguas indígenas y la necesidad de guías e intérpretes aparece para su protagonista como una zona de conflicto especialmente dramática.

En los Comentarios, así como en la crónica que escribe el soldado alemán
Ulrico Schmidel, Derrotero y viaje a España y las Indias (1567), puede leerse la conflictiva relación que, ya en el siglo XVI, se establece entre las disposiciones originadas en una lejana metrópoli y los procesos autónomos que comienzan a tener lugar en América, procesos que, en gran medida, quedan fuera del control monárquico. Si el texto de Pedro Hernández se escribe desde la perspectiva de una autoridad originada en la corona, que finalmente resulta desconocida, el Derrotero de Schmidel (que toma, también, como núcleo de relato los episodios de la primitiva fundación de Buenos Aires, el incendio de la ciudad, la marcha hacia Asunción, la rebelión contra la autoridad del segundo adelantado) se produce desde la perspectiva de un soldado raso que percibe la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca casi como la usurpación de una autoridad más legítima, surgida de la elección de los mismos subalternos.

El texto escrito originariamente en alemán, posteriormente traducido al latín y finalmente al español recorre los veinte años que Schmidel permanece en estas tierras desde una visión original: para él también las ciudades españolas de Cádiz o Sevilla (puntos de partida) son parte del mundo desconocido. La desnudez de las mujeres charrúas, el recurso desesperado de los indios querandíes de beber sangre, el ímprobo trabajo de los pobladores de Buenos Aires levantando muros un día para verlos desmoronarse al día siguiente, el hambre y la desesperación que lleva a algunos españoles a comerse los caballos y a padecer por ello la horca, y a otros a comer el cuerpo de los ahorcados: infinidad de sucesos como éstos se deslizan bajo su pluma en frases escuetas. El narrador no deja de explicitar en sus páginas su asombro, subrayando que él mismo ha vivido y presenciado esos sucesos; pero también se extraña y maravilla ante la mirada de tribus que jamás habían visto antes a un cristiano o su arcabuz. Schmidel, a través de la letra, organiza un mapa textual de estas tierras, registrando las distancias y el tiempo que lleva cubrirlas, los escollos naturales, el modo de hacer la guerra de los indios; busca quizás un lector que podría seguir sus pasos, guiado por sus páginas. La escritura de este texto persigue, a través de la analogía, atrapar un mundo fugaz en su novedad que a veces aparece en la descripción proliferante de un detalle, mientras otras desaparece ante una frase lacónica que naturaliza el servicio, la tortura o el asesinato de indios. Las crónicas de Pedro Hernández y Schmidel son las más trabajadas dentro de la bibliografía colonial. Sin embargo, como una modalidad particular del género, podría leerse una copiosa literatura administrativa que, en gran parte, permanece inédita en diversos archivos de España.

  • Ricardo Rojas sistematiza esta literatura administrativa en cuatro grandes zonas:

    a) actas y protocolos (retórica formular, propia de la prosa notarial, documentación donde se consigna la vida municipal de las ciudades fundadas en territorio argentino);

    b) informaciones y probanzas (textos cuya escritura se desliza entre la biografía y el discurso judicial, narrando la vida de un conquistador para dar testimonio de servicios o probar acusaciones;

    c) cartas y memoriales (dos variantes del género epistolar, textos donde, de un modo espontáneo, los corresponsales informan sobre episodios de la conquista, denuncian abusos, solicitan reconocimientos);

    d) descripciones y relaciones (una escritura también epistolar sobre asunto geográfico o histórico, cuya escritura se origina en la solicitud del rey o sus Consejos).


La carta remitida por Isabel de Guevara en 1556 a la princesa doña Juana (hija de Carlos V y gobernadora de Castilla y los reinos de ultramar entre 1554 y 1559) es una de las más difundidas y aparece como un ejemplo de esta "literatura administrativa", sobre todo porque abre otra perspectiva alrededor de la cotidianidad de las expediciones conquistadoras.

Isabel de Guevara llega al Río de la Plata junto con la expedición de Pedro de Mendoza. En su carta solicita un repartimiento perpetuo para ella y su marido, en recompensa por los trabajos realizados. El lavado de ropa, la cura de los enfermos y la preparación de alimentos son sólo algunas de las tareas que recayeron sobre las mujeres alega, quienes, al mismo tiempo, hicieron también de centinelas, prepararon las ballestas durante los enfrentamientos con los indios, sargentearon, pusieron orden entre los soldados, acarrearon leña, gobernaron las naves, remaron, arengaron a los hombres, sembraron y salieron en busca de alimento. Isabel de Guevara se presenta en esta carta bajo la figura de una "conquistadora", figura singular en el drama de la conquista. Su reclamo es que, precisamente, a la hora de premiar servicios, las autoridades de Asunción no la hubieran considerado como tal. Más distante de esta prosa administrativa, puede leerse la Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605), escrita por el fraile de la orden de Santo Domingo,
Reginaldo de Lizárraga. Aunque el texto se origina en los viajes que, como visitador de los conventos de su orden el autor realiza a pie desde Lima hasta el Tucumán (recorriendo las comarcas y pueblos de las provincias de Salta, Santiago, Córdoba y Mendoza), su texto casi un libro de viaje- recupera anécdotas y observaciones heterogéneas. El trato que mantiene con gobernantes y prelados, caciques y conquistadores, maestros y bandidos, le permite observar, desde diferentes perspectivas, la sociedad de esos pequeños poblados coloniales entre 1586 y 1591. Sus desplazamientos a pie lo familiarizan con el paisaje, y éste -más que en un espectáculo se transforma en el escenario de una experiencia del espacio y la sociedad americana, a través de la escucha de anécdotas de cautivos, las dificultades para transitar a través del territorio, los asaltos de los indios a las carreteras. La escritura del texto (dedicado al conde de Lemos y Andrada, presidente del Consejo de Indias) acusa una producción a través de la yuxtaposición de fragmentos, escritos en diferentes lugares (Perú, Chile) y épocas (alrededor de 1591 una zona y de 1603 otra). La Descripción del padre Lizárraga puede asociarse con una extensa bibliografía habitualmente denominada bajo la expresión común de textos de la "conquista espiritual" (un uso del término acuñado por el jesuita Antonio Ruiz de Montoya en su libro Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape, 1639). Son fundamentalmente las órdenes de jesuitas y franciscanos las que llevan adelante la empresa evangelizadora en territorio argentino, y estas órdenes como casi todas producían una bibliografía copiosa. En conjunto, ese corpus de obras incluye: vidas de evangelizadores; estudios de diversa índole sobre el ámbito en el que se desarrolla la labor religiosa (ciencias naturales, medicina, geografía, etc., sobre las regiones en las que actúan); cartas denominadas annuas por su periodicidad, o edificantes por su influencia moral; y gramáticas o vocabularios bilingües, escritos por los mismos sacerdotes (en Argentina es particularmente importante la adopción, para la prédica, de la lengua guaraní, hablada por los indios de la región del litoral).

Siglos XVII y XVIII

En 1607, los jesuitas (que tenían su propio modo de distribución del territorio) dividen la primitiva provincia peruana y crean la "provincia paraguaya" con sede en la ciudad "argentina" de Córdoba (esta provincia religiosa comprendía entonces no sólo las tierras argentinas, sino también las chilenas, paraguayas y uruguayas). Desde ese año hasta su expulsión, en 1767, se suceden nueve cronistas oficiales de la orden jesuítica, tres de los cuales resultan particularmente importantes por sus obras históricas: Nicolás del Techo, autor de un libro originalmente escrito en latín y mucho más tarde traducido al español, Historia Paraquariae (1673, 1897); Pedro Lozano con sus Historia de la Compañía de Jesús (1754) e Historia de la conquista (publicada en 1873-75, aunque fue escrita junto con la anterior); y, finalmente, José Guevara, quien escribió la Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, obra inédita hasta que el italiano Pedro de Angelis la publicó en 1836 en su colección de documentos referentes al Río de la Plata. Otras obras de los jesuitas, de especial relevancia para la Argentina, son: Una descripción de la Patagonia y sus adyacencias en Sud América, del padre Tomás Falkner (inglés); Arte y vocabulario, gramática toba, del español Alonso de Barzana; e Historia civil del virreynato del Río de la Plata, del santafecino Francisco Iturri.

Ricardo Rojas señaló el carácter colectivo de la producción intelectual de los jesuitas, a la vez que destacó que "son los libros e instituciones nacidos de la ´conquista espiritual´ los que primero mostraron, en la alianza cristiana de las dos razas, la lenta impregnación". Más recientemente, el investigador Julio Schvartzman analiza en "Entrada misional y correría evangélica: la lengua de la conquista espiritual" (segunda parte del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista, 1987) las operaciones lingüísticas e ideológicas realizadas por los misioneros en sus gramáticas, vocabularios, catecismos y confesionarios bilingües: la vinculación que existe entre una teoría misional específica para estas regiones y la creación de una jurisprudencia sobre repartimientos y encomiendas; el modo en que la labor lexicográfica y gramática va extirpando palabras del vocabulario americano, resemantizando términos, estimulando o imponiendo ciertos préstamos, desalentando otros; el modo en que la lengua de conquista fue ocupando posiciones ideológicas dominantes en la lengua conquistada. La conquista espiritual tuvo como objeto imperar sobre los cuerpos de los indígenas pero, ante todo, sobre sus costumbres, su lengua y sus credos. Las empresas de los conquistadores al Río de la Plata, en cambio, persiguieron con perseverante confianza la quimera de fabulosas riquezas de oro y plata, jamás encontradas. La literatura, a la vez que da cuenta del desencanto de tantos aventureros soñadores, lexicaliza esta fantasía en un nombre, "Argentina" (del latín, argentum, que significa ´plata´) con el que el clérigo Martín del Barco Centenera titula un extenso poema publicado en Lisboa en 1602: Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros acaescimientos de los Reynos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, texto comúnmente conocido como La Argentina. El poema de Centenera (estructurado en veintiocho cantos y compuesto por más de diez mil versos endecasílabos, dispuestos en octavas reales) acuña así el nombre de estas tierras, al tiempo que se ofrece no como obra lírica, sino como una "historia" veraz. "Poema histórico", en parte reitera los sucesos narrados por Luis de Miranda, Ulrico Schmidel y Pedro Hernández, pero se remonta también al descubrimiento del Plata y se extiende hasta la segunda fundación de Buenos Aires por Juan de Garay (1580), héroe paradigmático de este texto, como lo era Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el de Pedro Hernández, y Domingo de Irala en el de Schmidel. Esta intención histórica está subrayada por las numerosas notas en prosa del autor, donde el texto se expande en precisiones o citas de fuentes. Sin embargo, el objetivo de "hacer historia" se cruza con la incorporación de episodios cuya lógica parece guiada por un recorte autobiográfico, haciendo derivar el texto hacia sucesos que tienen lugar en Perú -como la realización del primer concilio de Lima o un maremoto en el Callao-, episodios cuya inclusión se asienta en la fuerza del "yo vide". La inserción de relatos fantásticos, de leyendas y mitos de probable origen indígena y la transfiguración de sucesos, a través de hipérboles, corroen también la intención histórica, en fragmentos donde el poema se desliza hacia la invención. El carácter épico que busca la descripción de hazañas militares y combates se construye sobre la asimetría entre caciques indios que el texto evoca por sus nombres pero presenta invariablemente como traidores, siempre en fuga, y una heroicidad incuestionable por parte de los conquistadores españoles. La toponimia del Río de la Plata, con sus voces de origen indígena, se encabalga en estos versos junto a las referencias a la mitología clásica. "Poema del desencanto", según el rótulo propuesto por el crítico David Viñas, los sueños de oro y plata se revelan finalmente de piedra y barro.

Bajo un título similar La Argentina manuscrita, el militar
Ruy Díaz de Guzmán finaliza en 1612 un escrito que deviene en la primera historia argentina. Este texto permaneció inédito durante más de dos siglos. Fue un italiano, el ya mencionado Pedro de Angelis, residente de Buenos Aires, quien, en 1835, lo publicó por primera vez en el interior de una importantísima y fundacional colección de documentos referentes al Río de la Plata. Ruy Díaz de Guzmán, mestizo, es el primer escritor criollo que, al proponerse escribir una historia, está investigando y narrando el pasado de su patria en una lengua nacional, producto del proceso de cruce entre el español peninsular y las lenguas indígenas. Hijo de padre español (Alonso Riquel de Guzmán) y madre india (Úrsula Irala), la genealogía de Ruy Díaz de Guzmán condensa gran parte de las tensiones que atravesaron el proceso de conquista y colonización americana. Ruy Díaz es nieto de Domingo de Irala y una de las siete indias paraguayas con las que éste convivió por rama materna, y sobrino nieto de Álvar Núñez Cabeza de Vaca por rama paterna. Encomenderos e indias, pues, se cruzan en su genealogía, al igual que enemistades políticas casi míticas (la de Irala y Álvar Núñez). Incluso el matrimonio de sus padres fue un recurso ideado para transformar a un enemigo político en yerno: Alonso Riquel, próximo a ser ejecutado por intentar el asesinato de Irala, recibe por parte de éste la promesa de un indulto si acepta el enlace con Úrsula, una de sus hijas mestizas.

La Argentina manuscrita está precedida por una dedicatoria al duque de Medina Sidonia como "fruta primera de tierra tan inculta y estéril y falta de educación y disciplina". El autor, orgulloso de sus ascendientes españoles, silencia su otro origen, el indígena, y como gesto ofrece el texto al destinatario aristócrata.

A pesar de que el manuscrito original se ha perdido, el libro se conoce a través de varios códices. Entre ellos se registran divergencias, pero todos concuerdan en la división del texto en tres partes: la primera comienza con el descubrimiento del Plata hasta la actuación de Irala; la segunda se inicia con la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y finaliza con la del obispo Latorre; la tercera abarca el período entre 1555 hasta la fundación de la ciudad de Santa Fe. Se maneja la hipótesis de que existía todavía una cuarta parte, pero de ser así, fue extraviada. Si un plan certero de investigación y exploración en el pasado guía la escritura de esta historia, ésta incluye también episodios de veracidad incierta: son estos episodios, precisamente, los que mostrarán una indudable productividad literaria. Los capítulos XII y XIII narran la historia de "La Maldonada", una mujer que, desesperada por el hambre, abandona el fuerte, auxilia a una leona en su parto y es defendida y cuidada por ella cuando las autoridades -en castigo por el abandono del fuerte la atan a un árbol a leguas de la ciudad para que perezca de sed y hambre. Esta trama será recreada en el siglo XIX, aunque no con la recurrencia con que se reescribe la historia de Lucía Miranda (capítulo VII), una española que provoca la "pasión desordenada" de uno de los caciques indios. Este amor según el relato de Guzmán- desencadena primero la destrucción del fuerte fundado por Sebastián Gaboto y el asesinato de los españoles que lo ocupaban, sólo con el objeto de secuestrar a Lucía, quien tiempo después muere en una hoguera, castigada por el cacique que no pudo tolerar que ésta no lo amara, mientras el marido español (Sebastián Hurtado) era "fusilado" a flechazos.

En "Conquista y mito blanco", primera parte del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista (1987), la investigadora Cristina Iglesia analiza el mito de Lucía Miranda y las diversas reescrituras que, a lo largo de varios siglos y en géneros muy diferentes (el teatro, la crónica, la novela), se realizaron a partir de su inclusión en La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán. El equilibrio imposible entre las razones blancas y las razones indias -propone Cristina Iglesia- se conjuga en el mito de una cautiva blanca que nace, en la literatura argentina, sobre la abrumadora realidad de la cautiva india. (La figura de la cautiva blanca será retomada, en el siglo XIX, por los escritores
Esteban Echeverría, Lucio V. Mansilla, Eduardo Mansilla; y en el XX por Jorge Luis Borges y César Aira, entre muchos otros)

Si el "Romance elegíaco" de Luis de Miranda y La Argentina de
Barco Centenera resultan las primeras producciones en verso de la literatura colonial, el cordobés Luis de Tejeda (1604-1680) puede ser considerado el primer poeta argentino. Hijo de un rico encomendero, Tejeda tuvo una educación cuidada en el colegio de los jesuitas: fue militar en los primeros años de su juventud y, ya viudo y con sus cinco hijos lejos, entró de lego en el Convento de Predicadores, para dedicarse a la vida religiosa. Escribió una obra en verso, El peregrino en Babilonia, probablemente hacia 1663, y una serie de poesías de carácter religioso comúnmente denominadas bajo el título Poesías místicas. Según su propio testimonio, debió de dedicarse a la producción poética desde su juventud, pero estas obras fueron publicadas por primera vez en 1916, cuando Ricardo Rojas las descubre; hasta este año, sus versos circularon a través de unas pocas copias manuscritas.

El peregrino en Babilonia es una suerte de confesión autobiográfica en verso. El sujeto poético recuerda las aventuras eróticas de su juventud, en episodios casi novelescos donde se narran las peripecias que rodean sus conquistas y amoríos -aun después de haber contraído matrimonio y su vida militar en enfrentamientos contra los holandeses que habían invadido Buenos Aires (1625), portugueses y distintas tribus de indios. Suerte de confesión pública de intención didáctico-moralizadora, a esta zona del poema escrita a modo de romance (1332 octosílabos), le suceden versos más solemnes (silvas que reúnen endecasílabos y heptasílabos rimados), que evocan su conversión y arrepentimiento; el tono lírico sucede entonces al tono narrativo del comienzo.

Manuel José de Lavardén (1754-1810) es la figura literaria más representativa de la Buenos Aires virreinal. En 1778, de regreso de la Universidad de Chuquisaca, se presenta ante los círculos porteños con un Discurso en el colegio carolino. En 1786 escribe una "Sátira" contra el ambiente literario de Buenos Aires, donde se expresan las tensiones entre la ausencia de un ambiente cultural la ciudad porteña y el hueco prestigio de los versificadores de Lima: "Pues cualquier mulatillo palangana/ con décimas sinnúmero remite/ a su padre el Márqués una banana". En 1789 estrena en el teatro recientemente creado por el virrey
Vértiz la primera pieza dramática "argentina", que lleva por título Siripo. La obra (hoy en gran parte extraviada, a excepción de un segundo acto) recrea el mito de Lucía Miranda y se presenta con un éxito persistente, pues todavía varios años más tarde (1813, 1816) continúa siendo representada en los teatros de Buenos Aires y Montevideo. El 1º de abril de 1801, en el primer periódico de Buenos Aires, El telégrafo mercantil, se publica su poema más famoso, la "Oda al Paraná", texto neoclásico donde se incorpora a la vez la geografía rioplatense e invocaciones a los monarcas españoles. En 1801, también, Lavardén escribe el Nuevo aspecto del comercio en el Río de la Plata, ensayo de economía política.

Innumerables coplas, décimas, letrillas, romances, cielitos y glosas (en gran parte anónimas) circularon, reunidas en lo que se suele englobar como "Cancionero de las invasiones", a raíz de los ataques de los ingleses a Buenos Aires (1806-1807) y la reconquista de la ciudad, episodio que dio lugar, por ejemplo, a un "Romance" del padre
Pantaleón Rivarola.

En 1824, Ramón Díaz publica una antología de poesías (muchas anónimas, otras de poetas ocasionales o con una obra moderada) donde recopila parte de una tardía producción poética virreinal y de los primeros años de la independencia. En ruptura con la cronología, La lira argentina se inicia y se cierra con dos textos de Vicente López y Planes (1785-1856): se inaugura con el "Himno Nacional" (1813) y se clausura con "El triunfo argentino" (1808), oda a través de la cual el autor celebraba la victoria sobre el invasor británico
 

Siglo XIX - Las primeras décadas (1800-1830)

Las primeras décadas del siglo XIX, a la vez que exponen el desarrollo de una intensa vida cultural, estimulada por la lucha contra el invasor inglés y el proceso de emancipación de España (25 de mayo de 1810 - 9 de julio de 1816), revelan también una fuerte continuidad con la cultura colonial: paradójicamente, por ejemplo, la poesía patriótica que clama contra España asume modulaciones neoclásicas o muestra la fuerte impronta española de autores como Quevedo, Góngora, Calderón, Jovellanos, etc. En esas décadas persiste opacado el influjo barroco y gongorista, que convive con el prestigio de la normativa neoclásica y la seducción por el pensamiento iluminista.

Desde 1801 se organizan diversos tipos de sociedades de corte liberal sobre el modelo de las sociedades filantrópicas europeas: la Sociedad Patriótica y Literaria (1801), editora del periódico el Telégrafo Mercantil; la Sociedad Patriótica (1811), que se reunía en el café de Marcos y apoyaba la política de Mariano Moreno; la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro (1817), destinada a fomentar la creación dramática bajo el lema "El teatro es instrumento de gobierno" e intentaba asociar, a través de la escena, los triunfos militares de la revolución con un público popular; la Sociedad Valeper de Buenos Aires (1821); la Sociedad de Amigos del País (1822), que publicó el periódico El ambigú, de Buenos Aires; La Sociedad Literaria de Buenos Aires (1822), editora del periódico El argos, de Buenos Aires, y de la revista La abeja argentina. La emergencia de estas sociedades coincidió con una incesante producción de periódicos y revistas que, aunque de circulación efímera, acompañaban las diversas coyunturas políticas y, a la vez, creaban un canal de difusión para una emergente literatura nacional; sin hacer un catálogo de ellos, baste decir que entre las décadas del veinte y el treinta circularon en Buenos Aires casi dos centenares de hojas, diarios y periódicos.

Entre los poetas llamados "de la revolución", porque sus textos tenían como objeto fundamental la difusión de triunfos militares o la celebración de acontecimientos patrióticos -casi siempre a través de una retórica formular, conservadora, que apelaba a referencias mitológicas- pueden citarse a
Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823), José A. Molina (1772-1838), Juan Ramón Rojas (1784-1824), Vicente López y Planes, Esteban de Luca (1786-1824). Entre los ensayistas y políticos más importantes, se destacan Mariano Moreno (1778-1811) con su Representación a nombre de los hacendados (1809) y sus ensayos periodísticos; Bernardo Monteagudo (1787-1825), con su prosa polémica; y la oratoria política de Castelli.

Si los escritores mencionados son protagonistas literarios de las luchas por la emancipación política de España, un poco más tarde, en la década del 20 y como parte de una nueva promoción de jóvenes liberales, se destaca el poeta y periodista
Juan Cruz Varela (1794-1839), un ferviente defensor de la política de Bernardino Rivadavia. En 1823 escribió una tragedia, Dido, en romance endecasílabo, que dramatizaba el libro IV de la Eneida; un año más tarde, otra tragedia de corte clásico, Argia, ambientada en la ciudad de Tebas. En 1831, ya exiliado, Juan Cruz Varela publica en Montevideo sus Poesías, una colección que recopila tempranos versos amatorios, textos de corte épico exaltando las acciones militares de los revolucionarios de la independencia-, poesías "civiles" destinadas a celebrar los progresos de Buenos Aires o las reformas liberales introducidas por Rivadavia, invectivas contra el gobernador Juan Manuel de Rosas. El libro mismo, a través de los diversos temas escogidos (no de su unánime retórica) puede leerse como representativo de los pasajes que se están operando en la literatura argentina.
 

GENERACIÓN del 37

La denominación habitual de "Generación del 37" para designar grupalmente a escritores como Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, José Mármol, oscurece, bajo la forma de cierta unidad sin fisuras, la heterogeneidad de los escritores a los que se alude. En términos generales, sin embargo, es cierto que los escritores proyectaron una sólida imagen como generación, presentándose a sí mismos como ciudadanos, jóvenes y exiliados, tres figuras muy instaladas en el imaginario europeo de comienzos del siglo XIX (a través de asociaciones como la Joven Italia o la Joven Europa), o de los escritos de los diversos exiliados en el interior del continente europeo (los españoles liberales, los aristócratas franceses).

En 1837, en la librería porteña de
Marcos Sastre, se constituye el Salón Literario, espacio donde escritores como Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi realizan lecturas de sus ensayos. Cada uno de los trabajos muestra la focalización en la patria como objeto central de reflexión y la convicción de que son los escritores quienes deben asumir la tarea de pensar un destino para el país naciente. La modificación de las costumbres, la propuesta de un sistema legislativo y constitucional coherente, la búsqueda de una teoría política, la necesidad de crear una literatura nacional son algunas de las cuestiones que preocupan a estos intelectuales. "Busco una razón argentina dice Esteban Echeverría y no la encuentro". La reflexión toma dos direcciones: por un lado para observar al pueblo (al que se busca educar y dirigir, a la vez que se lo registra como una turba semisalvaje); por el otro, hacia una teoría de gobierno, cuyo propósito inmediato sería concluir definitivamente con la anarquía política y la improductividad económica. Estos intelectuales se miran a sí mismos como "hijos de los héroes de la independencia" y se arrogan la tarea de alcanzar la emancipación intelectual para concluir la tarea comenzada en mayo de 1810 por la emancipación política: a la etapa desorganizadora y destructiva de la espada -sostienen-, debe sucederle la de la inteligencia, la razón y la letra. El énfasis sobre la necesidad de una adaptación de las ideas europeas para resolver los problemas específicamente americanos y la búsqueda de cierto pragmatismo político mensura la distancia que quieren instaurar respecto de los liberales rivadavianos de la década del veinte (unitarios), con los que mantienen un enfrentamiento soterrado que por momentos explota en rótulos que los congelan como la "ignorancia titulada" o la "vejez impotente", aunque en general deban buscar alianzas con ellos.

La posición frente al gobierno de
Juan Manuel de Rosas, en cambio, resulta todavía vacilante en el Salón Literario. Mientras unos tientan la asunción de su figura como la del "gran hombre", destinado a pacificar y unificar a la nación, otros, ya con reticencias, señalan que ese rol está aun vacante. El Salón Literario, si bien se desarrolló por pocos meses en un ámbito limitado, porteño, resulta representativo de las discusiones que otros intelectuales, como el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, estaban llevando adelante en otras provincias argentinas. En los años posteriores, sobre todo después de 1840, los escritores de esta generación, proscriptos por Rosas, irán partiendo uno a uno hacia el exilio y se refugiarán en las ciudades de Montevideo (ciudad uruguaya donde se congregará el mayor número de exiliados), Santiago de Chile, Río de Janeiro (Brasil), en el vecino país del norte, Bolivia, o en Perú, según la zona del país desde la cual se exilien.

Si el exilio y la discusión en común de un destino para la nación agrupa a estos escritores como generación, el otro gran factor aglutinante será la adscripción generalizada a la estética romántica. La relación ya la había precisado Víctor Hugo en una frase que circuló mucho entre los intelectuales argentinos: "El romanticismo, si se lo considera en su aspecto militante, no es otra cosa que el liberalismo en literatura". En esta frase vieron los escritores una síntesis que abarcaba también otra de sus búsquedas: la libertad formal en literatura, a través de la emancipación de la opresiva normativa retórica de los neoclásicos; la libertad temática que les permitiera alejarse de la transitada mitología clásica para prestar mayor atención a asuntos nacionales y americanos.

Esteban Echeverría, de regreso en 1830 de su viaje a Europa, difunde en el Río de la Plata la producción de los románticos europeos (Schlegel, Staël, Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Scott, Byron). Él mismo, en el marco de esta elección estética, publica tres libros en verso a lo largo de la década del treinta: Elvira o la novia del Plata (1832), Los consuelos (1834) y Rimas (1837), donde incluye uno de sus textos más importantes, "La cautiva". En el exilio publica también La insurrección del Sur (1837), en 1842 el poema "La guitarra" y su continuación, el largo poema El ángel caído; más tarde el Avellaneda dedicado a Alberdi, sobre el proyecto y el itinerario de Marco Avellaneda, quien intentó organizar una Liga del Norte para derribar a Rosas.

José Mármol, a lo largo de las décadas del cuarenta y cincuenta, publica también durante su exilio en Montevideo poemas románticos que se difunden primero a través de periódicos y luego en libros: El peregrino (1846-1847), Armonías (1851) y Poesías (1854); obras teatrales en verso: El poeta (1842) y El cruzado (1842).

Es la producción poética la que, durante esos años, consolida los prestigios literarios: los escritores entienden ante todo la literatura como poesía. La prosa, en cambio, resulta para ellos instrumento de pensamiento y arma de combate político. Sin embargo, tanto
Esteban Echeverría como José Mármol, trascienden más por sus obras en prosa que por sus versos: Echeverría, a través de un relato escrito probablemente hacia 1839 que no publicó en vida, El matadero; José Mármol, a través de una novela política, Amalia, publicada por entregas en 1851 y, como libro, en 1855. Estos dos textos, marcados por la lucha contra el tirano Rosas, con fuertes adscripciones políticas, se apartan de la estética romántica cuando representan el universo de sus enemigos rosistas. El detalle realista irrumpe entonces para retratar al pueblo adicto a Rosas y a sus funcionarios, y degradarlos a través de su pintura. Paradójicamente, esta inmersión en el mundo de sus enemigos los lleva a explorar y a descubrir las modulaciones de la estética realista, desvío que para el lector contemporáneo del siglo XX se transforma en su mejor hallazgo, porque redunda en una mayor eficacia y originalidad literarias. La historia de la literatura argentina lee, aun hoy, en El matadero difundido en 1871 por un discípulo de Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, (1809-1878) el origen del género narrativo en la Argentina, mientras en Amalia vislumbra los orígenes de la novela.

El género novelístico tuvo, hasta la publicación de Amalia en 1851, algunos exponentes poco significativos, o bien porque la circulación de los textos fue muy acotada o porque su eficacia literaria resulta escasa: hacia 1788 el cordobés Miguel Learte escribe Las aventuras de Learte (publicada por primera vez en 1927), mientras en 1822 Juan Justo Rodríguez escribe Alejandro Mencikou, príncipe y ministro del estado ruso, sabio en la desgracia y ayo de sus hijos, dos curiosidades bibliográficas desconocidas -en general- para el lector argentino. Apenas más atención merecieron las incursiones novelísticas de Juana Manso (Los misterios del Plata, 1851; y La familia del comendador, 1854), las novelas de Miguel Cané padre (Esther, 1851; Una noche de bodas, y La familia Sconner, 1858) y las de los historiadores Bartolomé Mitre (Soledad, 1847) y Vicente Fidel López (La novia del hereje, 1846; y La loca de la guardia, concluida en 1890). Aunque pueden rastrearse muchos otros exponentes secundarios del género, habrá que esperar hasta la década del ochenta para encontrar un proyecto novelístico del relieve de la Amalia de
José Mármol.

Tampoco, curiosamente, proliferan los relatos. Si la postulación de El matadero de
Esteban Echeverría como primer cuento argentino no es producto de una fatalidad cronológica sino de una operación crítica, apenas podrían citarse hacia esos años los cuentos de Juana Manuela Gorriti (1819-1892) recopilados en Sueños y realidades (1865) -hasta la década del ochenta, única escritora que perseveró en el género-; alguna incursión de Bartolomé Mitre ("Memorias de un joven botón de rosa", 1848) o de  ("Tobías o La cárcel a la vela", 1851; y "Peregrinación de Luz del día", 1878); y textos que encuadran mejor en el marco del género de costumbres como "El hombre hormiga" (1838), de Juan María Gutiérrez. En 1838, ya cerrado el Salón Literario, se funda La Asociación de Mayo. A Esteban Echeverría se le encomienda redactar el programa de la asociación, llamado Código o Declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina, luego difundida con el nombre de Dogma socialista de la Asociación de Mayo. Este texto, junto con el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, difundido por el escritor tucumano Juan Bautista Alberdi en el Salón Literario el año anterior, resultan fundamentales como condensación del pensamiento de la generación. Alberdi en 1837 también publica en el periódico La Moda, una serie de artículos de costumbres, bajo el pseudónimo de "Figarillo", homenaje al muy admirado escritor español Mariano José de Larra, que escribía usando el pseudónimo de "Fígaro". En realidad, el ensayo sobre derecho y los artículos de costumbres de Alberdi podrían pensarse como dos caras de la misma búsqueda: siguiendo a Tocqueville, desde la perspectiva de Alberdi, la letra del derecho debe asentarse sobre las leyes no escritas de las costumbres; y si en el Fragmento hace propuestas teóricas, en los artículos busca reformar las leyes no escritas, reformando a sus lectores a través de la sátira y el ridículo. Alberdi escribe también obras dramáticas (La revolución de Mayo y El gigante de Amapolas) e incursiona en el relato, pero son sus ensayos los que más se destacan: en 1852 luego de la caída de Rosas escribe un texto fundamental en el derecho constitucional argentino, Bases y puntos de partida para la organización nacional, entre muchos otros textos como Elementos de derecho público provincial para la República Argentina o El imperio del Brasil ante las democracias de América (1869).

Sin duda uno de los escritores más importantes del siglo XIX argentino es el escritor sanjuanino
Domingo Faustino Sarmiento. En su ciudad natal Sarmiento se adhirió a la Sociedad Literaria, filial de la porteña asociación de Mayo, aunque en parte su pensamiento y su escritura adoptaron rasgos divergentes a los de Alberdi y  Echeverría. Desde muy joven se desenvolvió como periodista y maestro (fundó un colegio de señoritas y se inició escribiendo en el periódico El Zonda) y en 1840 se exilia en el país limítrofe de Chile, donde en 1842, junto a V. F. López, funda nuevamente un periódico, El Progreso. La obra de este escritor es extensísima (sobre todo su labor periodística) y, en este sentido, es importante recordar que la edición de sus obras completas ocupa cincuenta y dos gruesos volúmenes. Entre sus libros más importantes pueden destacarse tres de carácter más profundamente autobiográfico, aunque la crítica literaria ha señalado con frecuencia que casi la totalidad de la escritura de Sarmiento puede leerse como una autobiografía: Mi defensa (1843), Recuerdos de Provincia (1849) y Vida de Dominguito (1886). Es en estos textos donde Sarmientoorganiza con mayor intensidad su figura de intelectual y escritor, aunque esta imagen está también muy presente en sus biografías de caudillos provinciales: Vida del general Fray Félix Aldao (1845), El Chacho, último caudillo de la montonera de los llanos de La Rioja (1886) y en uno de sus libros más importantes por la incidencia persistente que tuvo sobre la cultura argentina, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, más tarde conocido simplemente bajo el título de Facundo. En Aldao y Facundo el escritor, a través de la biografía de los caudillos protagonistas, desarrolla una versión de la historia patria mientras, a la vez, alude en forma militante contra Juan Manuel de Rosas. La dicotomía "civilización y barbarie" (que titulaba la vida de Facundo Quiroga en su primera edición) organiza otras polarizaciones: la ciudad en confrontación con la campaña, los federales con los unitarios y en última instancia a Rosas con el mismo Sarmiento. Este modo dicotómico de sistematización de la sociedad argentina, aunque corroído en la escritura del texto por la fascinación que, a la vez, le provoca la figura de su biografiado, será uno de los modelos que con más ardor se adoptarán o impugnarán en la historia de la cultura argentina. Sarmiento publica en 1849 sus Viajes en Europa, África y América, donde reseña las impresiones que le suscita el periplo emprendido desde Chile en 1845. Entre las cartas que integran ese volumen de viajes resulta especialmente sugestiva la que remite desde España. Como gran parte de la generación del 37, Sarmiento visualiza en la antigua metrópoli el origen del mal nacional. Pero interesa en ella sobre todo su escritura, porque allí el escritor adopta la pose de un inquisidor americano y pone en marcha los mecanismos que a la vez denuncia: España es escudriñada a través de una maquinaria de interrogatorios, imputaciones y hostigamientos, porque en ella se está también mirando un mal que marcó a la patria americana y no puede ser removido en su presente. Si en la carta a España Sarmiento lee las limitaciones que impone la historia a las antiguas colonias americanas, en Francia ve desmoronarse un modelo; en África rebusca, en cambio, analogías con América, mientras en Estados Unidos redescubre los brillos de un nuevo modelo político y económico. Parte de ese deslumbramiento todavía reluce en su libro Argirópolis (1850).

La caída de Juan Manuel de Rosas en febrero de 1852 apenas logra sosegar al incansable Sarmiento. El mismo año publica su Campaña en el ejército grande, texto donde narra su conflictiva relación con el caudillo que venció a Rosas, Urquiza. Nuevamente exiliado en Chile, mantiene (también en 1852) una de las más estruendosas polémicas del siglo XIX con Juan Bautista Alberdi, a través de cartas: las de Sarmiento se publican bajo el título de Las ciento y una, mientras las de Alberdi se imprimen como Cartas quillotanas.

Entre 1862 y 1864
Sarmiento es gobernador de la provincia de San Juan; renuncia y parte hacia los Estados Unidos como ministro plenipotenciario; en 1868, de regreso a su país, confirma durante el viaje en barco que ha sido elegido Presidente de la República. Su obra se hace cargo, todavía, del ambiente intelectual de la década del ochenta: Conflicto y armonía de las razas en América (1883) redefine, desde una perspectiva positivista, una descripción de la Argentina, pensada -esta vez- a través del drama del enfrentamiento de la raza blanca y la indígena, a través de las leyes de la herencia.

Siglo XIX - LA POESÍA GAUCHESCA

La gauchesca fue señalada, por críticos como Ricardo Rojas y Ángel Rama, como un sistema "paralelo" que se desarrolla a lo largo del siglo XIX. Es, en cierto modo, el gran género de la literatura argentina (con un trabajo específico sobre la lengua y sobre las formas), aunque al mismo tiempo es un género que resultó por mucho tiempo ilegible como literatura. Sin modelo europeo, la gauchesca nace y alcanza su plenitud en el siglo XIX y presenta dos rasgos que, en su simultaneidad, la definen contradictoriamente. Por su materia y por su pretensión mimética de la oralidad rural, remite a prácticas, saberes y decires tradicionales. Por su sistema de circulación, por su cruce con los grandes problemas sociales y políticos de su tiempo y por las operaciones que realiza en y con la lengua, se diría que está por delante de otras formas literarias coetáneas con las cuales, sin embargo, siempre parece colocarse en una posición de minoridad. La operación que define a la literatura gauchesca es la cesión, por parte del autor, de la voz al personaje gaucho. Esta lengua gauchesca en verso no es -como con sagacidad señaló Jorge Luis Borges- una mímesis de la lengua hablada por los gauchos como sujetos sociales, sino un producto retórico y literario, creado en y por el género. Se afirma que la gauchesca organiza un sistema literario paralelo porque, a pesar de que el texto más reconocido es el Martín Fierro (1872-1879) de José Hernández, hay una línea de textos y autores que organizan una tradición propia, desde las primeras hasta las última décadas del siglo XIX, aunque en muchos casos se trate de producciones anónimas. Un breve itinerario del género podría iniciarse en el virreinato. El canónigo Juan Baltazar Maciel (1727-1788) escribe en 1777 el romance "Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. señor don Pedro de Cevallos". El poema se aparta de la lírica culta para tentar una veta popular. Sus primeros versos ("Aquí me pongo a cantar / debajo de aquestas talas") presentan una fórmula que será común a la gauchesca y que llegará ya consagrada hasta el Martín Fierro.

Los textos de Bartolomé Hidalgo (1788-1822) fueron clasificados según dos especies genéricas diferentes: los diálogos y los cielitos. El cielito proviene del estribillo "cielo, cielito, cielo", con numerosas variantes en su formación lírica. A través de ellos Hidalgo desarrolló su poesía militante durante las luchas por la independencia entre 1811 y 1816. Los diálogos (1821 y 1822), más escenográficos, presentan interlocutores gauchos que conversan (Jacinto Chano y Ramón Contreras) y una estructura más o menos similar: una introducción y una plática confidencial entre la gente del pueblo. Hidalgo deja marcado el camino para otras expresiones gauchescas. En la década del veinte pueden registrarse, funcionando en el interior del sistema gauchesco, los periódicos encendidos del Padre Castañeda; en la década del treinta los de Luis Pérez, rosistas, acompañan la lucha de facciones: El Torito de los Muchachos, El gaucho, La gaucha, El negrito, El toro del once, etc.

Hubo, también, gauchesca unitaria, a través de
Hilario Ascasubi (1807-1875), versos que el autor recopiló en 1872 bajo el título Paulino Lucero (del período 1839-1851) y Aniceto el gallo (del año 1854 e inéditos). Una obra significativa es el Fausto (1866) de Estanislao del Campo, texto paródico, en el que Anastacio el Pollo relata a su compadre Laguna, como si se tratara de sucesos verdaderos, lo que ha visto en una representación del Fausto en el teatro Colón.

En 1872
José Hernández (1834-1886) publica, con inesperado suceso, el mayor exponente del género, El gaucho Martín Fierro. Siete años más tarde, en 1879, presenta la edición de La vuelta de Martín Fierro. Aunque son muchos los relatos y novelas que toman como protagonistas de sus obras a personajes gauchos, por ejemplo Eduardo Gutiérrez en sus folletines, estos textos, llamados criollistas construyen sólo de una manera muy limitada (a través de algunas voces o giros) una voz del gaucho.

Siglo XIX - GENERACIÓN DE 80

Los escritores y la época

El período de luchas y de divergencias políticas que siguió a la derrota de Rosas llegó a su término el 21 de setiembre de 1880, cuando un congreso en minoría, reunido en el pueblo de Belgrano, sancionó una ley que declaraba a la cercana ciudad de Buenos Aires capital de la República Argentina. Había llegado a su fin un viejo pleito entre porteños y provincianos y se iniciaba una nueva época en nuestra evolución histórica, con grandes cambios en el panorama material y cultural. Ese mismo año ocupó la presidencia el joven militar Julio Argentino Roca que dispuso asentar al país sobre nuevas bases. Desde esa época el crecimiento de Buenos Aires fue asombroso. En la década comprendida entre 1880 y 1890, la población de la capital aumentó en un 84 por ciento, mientras que en el resto del país, sólo creció en un 29 por ciento. La gran ciudad absorbió riquezas y derechos en perjucio de las provincias y dio origen a un desequilibrio que es visible en la época actual. Las sucesivas oleadas de inmigrantes se detuvieron en Buenos Aires,mientras que sólo en escasa proporción esos europeos avanzaron sobre la desolada campaña para poblarla.

El gobierno y los cargos públicos de importancia fueron ocupados por una minoría con capacidad ejecutiva y mentalidad semejante al antiguo despotismo ilustrado, que se propuso engrandecer al país sin que el pueblo participara con sus decisiones. De ideología liberal y progresista, partidaria de la cultura europea, la minoría dirigente emprendió su labor con el lema de paz y administración para fomentar el desarrollo en todas sus manifestaciones, desde la conquista del desierto en poder de los indios y el trazado de vías férreas, hasta la radicación de capitales extranjeros.
En torno a la epoca de la federalización de Buenos Aires, un grupo de escritores se destaca en este período de la nación organizada, al lado de las personalidades sobrevivientes de la proscripción. Casi todos ellos participaron en política por medio de la pluma o en importantes cargos públicos y otras veces, su actividad literaria fue un mero pasatiempo. Se los conoce como integrantes de la generación del 80 porque sus principales figuras alcanzaron la madurez a partir de ese año de profundos cambios, que convirtieron a la "gran aldea" de Buenos Aires, en una ciudad cosmopolita.

Siempre resulta difícil agrupar con categoría absoluta y bajo un común denominador acontecimientos de carácter cultural, por esto, el concepto de generación ha sido discutido y aun negado por estudiosos de mérito. En el aspecto literario, se parte del principio que los escritores nacidos y educados dentro de una misma época y que actuaron bajo semejantes influencias políticas, sociales y económicas, reflejan en sus obras una unidad de criterio de acuerdo con el período cronológico en que desarrollaron su actividad. No siempre se encuentra respuesta positiva a este principio, y además, es sabido que algunas figuras sobrepasan con su prestigio los límites cronológicos de una época literaria o científica.

Con todo y sometiendo el concepto de generación a cautelosos reparos, puede admitirse que en torno al eje cronológico del año 1880, actuó en nuestro país una pléyade de intelectuales que dieron una fisonomía característica a las letras y a la política y que se conoce con criterio muy amplio como la generación del 80.

Integran el grupo literario más importante Miguel Cané, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López (1848-1894), Eugenio Cambaceres, Martín García Mérou, José S. Alvarez con el seudónimo de Fray Mocho y Paul Groussac. No tan representativo de la época, pero un gran valor dentro de nuestras letras fue el riojano Joaquín V. González. También debe citarse a los parlamentarios católicos José Manuel Estrada y Pedro Goyena. Con respecto a los poetas, integran entre las figuras representativas del 80 una segunda generación romántica. Puede mencionarse a Ricardo Gutiérrez, Olegario V. Andrade (1839-1882), Rafael Obligado y Carlos Guido y Spano . Aunque perteneciente por su edad a la generación del 80, pero apartado de ella, figura el poeta de los humildes, Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) conocido con el arrogante seudónimo de Almafuerte y sin duda, una de las más discutidas y desconcertantes personalidades de nuestra literatura.

Caracteres de la generación literaria

Ricardo Rojas agrupó a los escritores de la generación del 80 con el título de prosistas fragmentarios debido a la falta de continuidad en sus pensamientos, reflejado en obras carentes de unidad orgánica. Fueron hombres de mundo que viajaron a Europa y alternaron las amenas conversaciones de los elegantes clubes con los libros y la labor política e intelectual. Escribieron ensayos, artículos periodísticos, recuerdos autobiográficos, anécdotas, breves narraciones y juicios sobre la época en que vivieron. No fueron autores de obras doctrinales, ni tampoco dejaron investigaciones ni largas novelas. En su gran mayoría pertenecieron a la clase social gobernante y su mentalidad y posición económica les hizo admirar la cultura europea, con sus tesoros artísticos y su mundana sociabilidad. Muy idealistas, abrazaron con vehemencia las ideas liberales y el positivismo, mientras algunos de ellos al ocuparse de la historia patria trataron de demostrar el fracaso de los grandes proyectos de la generación anterior. Negaron principios y creencias de la mayoría y con escepticismo sostuvieron un cambio en el rumbo social y cultural de la Argentina.

Sobre la generación del 80 escribió Carlos Ibarguren: "Fue de escépticos y de materialistas, cuyo pensamiento seguía la acción cambiante y apresurada de un país en formación y de una sociedad que evolucionaba. El positivismo filosófico, las corrientes científicas predominantes a fines del siglo pasado, el enorme desarrollo industrial y económico europeo, las masas de hombres y de oro que empezaron a venir a estas playas, trasformando velozmente nuestra tierra, dieron al núcleo director argentino la visión utilitaria y sensual de la vida.

El humor y la ironía constituyen dos rasgos característicos de los escritores de este período. La figura más representativa del humorismo fue Eduardo Wilde hombre extravagante y de prosa familiar que sin preocuparle el estilo, dejó pruebas de su originalidad e ingenio en ocurrentes frases.

La critica literaria contó con destacados representantes en la época que nos ocupa. Calixto Oyuela (1857-1935) fue autor de dos tomos sobre Estudios Literarios y de la amplia Antología de poetas hispanoamericanos (1919-1920); Martín García Mérou, que en sus obras de crónica y crítica literaria reflejó el movimiento intelectual de la generación del 80 y Paul Groussac, un escritor incisivo y satírico, de muy variada producción y certeros juicios críticos.

Existió también una tendencia a la evocación o recuerdo del pasado, con anécdotas y reminiscencias de episodios en gran parte presenciados por sus autores. Aunque sin base documental, constituyen páginas de apreciable valor, debido a su intimidad. José Antonio Wilde (1813-1885) obtuvo gran éxito con un libro de recuerdos que tituló Buenos Aires desde 70 años atrás al igual que Vicente G. Quesada (1830- 1913) con el seudónimo de Víctor Gálvez, autor de Memorias de un viejo, publicadas en 1889. Dentro de esta literatura evocativa también figuran Juvenilia, el conocido libro de Miguel Cané y el escrito por Santiago Calzadilla titulado Las beldades de mi tiempo, que se editó en 1891.

La prosa del 80 expresó la hostilidad de las clases aristocráticas de la sociedad porteña hacia los inmigrantes extranjeros. Esta actitud xenófoba se advierte con nitidez en algunos novelistas como Eugenio Cambaceres en su obra titulada En la sangre (1887) y también en Antonio Argerich con ¿Inocentes o culpables? (1884), que señalan en esencia una especie de hartazgo hacia lo europeo. La gran llegada de inmigrantes a Buenos Aires favoreció a las corrientes ideológicas del liberalismo y del materialismo, para dar origen a un amplio movimiento destinado a secularizar todos los estratos sociales. Se enfrentaron entonces el laicismo contra la fe católica a través de memorables debates originados al discutirse la ley de enseñanza laica (año 1884) y proyecto sobre el matrimonio civil (1888). Entre los pensadores católicos se destacó José Manuel Estrada (1842- 1894).

La campaña al desierto realizada por el general Roca en el año 1879 actualizó el tema del indio y el problema derivado sobre la posesión de sus tierras. Si bien Lucio V. Mansilla se anticipó con su obra Una excursión a los indios ranqueles, la temática sobre el aborigen adquiere el carácter de novela de aventuras con Estanislao S. Zeballos, autor de una trilogía de tono rornántico.

La prosa de imaginación

La novela no existió en nuestra literatura del periodo hispánico, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En épocas de los "proscritos" siglo XIX se considera a El matadero de Echeverría como nuestro primer cuento y Amalia de Mármol, la obra que inicia la novela. Pero sólo en la década del 80, la prosa de imaginación adquiere verdadera importancia en la vida literaria argentina. Bajo la influencia de un naturalismo heredado del escritor francés Emilio Zola con la pintura detallista de ambientes y caracteres y también del realismo, la imaginación culmina en este período con Eugenio Cambaceres, reconocido por la crítica como uno de los fundadores de la novela en nuestro medio.

En épocas de la Organizacion Nacional las más difundidas novelas de autores extranjeros entre ellos Zola y Flaubert eran ya conocidas en nuestros círculos intelectuales. Los escritores argentinos salvo algunos intentos no habían incursionado por el género literario de la imaginación.

Al comentar una obra del norteamericano Cooper, escribió Mariano Pelliza en 1879: "Pobre es la América del Sur y pobre la República Argentina de libros propios destinados a reflejar sus costumbres, su natura!eza o su historia en la forma de la novela."

El proceso de evolución hacia una novela nacional lo inició con sus folletines Eduardo Gutiérrez (1851-1899), cuya obra recién en la actualidad ha sido valorada en su real importancia. Demostró su capacidad literaria a través de artículos aparecidos en diversos periódicos, entre ellos " La Tribuna", "La Época" y " Sud-América". Pasó buena parte de su vida componiendo cuartillas sobre una reiteración temática: el paisano honrado que debido a las injusticias policiales se convierte en matrero. Su folletín más popular titulado Juan Moreira basado en un personaje real fue llevado a escena por el actor José Podestá en 1886, año que marca un proceso de gran importancia en el teatro nacional. Era evidente que Gutiérrez había incorporado el populismo a nuestra literatura, pero sus dramones de suspenso policial estaban al margen de la novela culta.

Hacia 1884, el género novelesco inicia en Buenos Aires su marcha ascendente. En la corriente del naturalismo debe ubicarse al médico Antonio Argerich (1862-1924), que en su obra ¿Inocentes o culpables? (1884) se ocupó de la inmigración y de los problemas sociales derivados de los conventillos. Francisco Sicardi (1856-1927) se graduó de médico en 1883 e incursionó por la literatura con varias novelas, entre ellas la titulada Libro extraño, que se compone de varias partes. Evocó cuadros de costumbres con personajes patológicos hundidos en la miseria, el dolor, la enfermedad y el crimen. Otro médico, Manuel T. Podestá (1853-1918), escribió Irresponsable, cuyo protagonista es un incapacitado enfermo mental que enfrenta a la sociedad que lo rodea. La principal figura de la novela naturalista en la generación del 80 fue Eugenio Cambaceres, que fue el novelista más importante del período, escribió cuatro textos. Pot-Pourri (1881) y Música sentimental (1884), aunque toman como núcleo narrativo el adulterio, se recortan de la producción naturalista por su estilo conversador, y su estructura fragmentaria y de collage; el mal social en ellas, además, está depositado en la corrupción, la hipocresía y la impericia de la clase dirigente. Sin rumbo (1885), aunque más compleja, es ya una novela naturalista, y En la sangre (1887) resulta, en su denuncia del inmigrante arribista, paradigmática hasta la caricatura.

La obra que expresa con mayor exactitud los cambios sociales y culturales de la ciudad porteña en el período que nos ocupa, se titula La gran aldea debida a la pluma de Lucio Vicente López (1848-1894), nieto del autor de la letra del Himno Nacional e hijo del historiador Vicente Fidel. La novela fue conocida primeramente por folletines a través del diario "Sud-América" y editada en forma de libro en 1884. En torno a la historia de los desparejos amores de un anciano y una joven —don Ramón y Blanca— se ocupa en animadas páginas evocativas del desarrollo de Buenos Aires con tipos característicos, manejos políticos y costumbres. A pesar de sus imperfecciones de lenguaje y excesos en la temática —un final truculento— La gran aldea no ha perdido su gran valor documental.

Una novela breve escrita por José María Cantilo (1840-1891) y titulada La familia Quillango, satiriza a un rico estanciero que se traslada del campo a Buenos Aires, donde compra una casa y habita con su mujer y tres hijos. El autor describe el esfuerzo de un hombre rústico que pretende adaptarse a la vida urbana.
La crisis económico financiera producida en el trascurso de la presidencia de Juárez Celman, a causa de la fiebre del dinero y de la especulación, así como también al afán de enriquecimiento, culminó en 1890 con la quiebra de la Bolsa de Comercio. Algunos literatos inspiraron sus novelas en la embriaguez corruptora de aquella época, en que se extendió por doquier la ganancia segura basada en promesas y papeles carentes de valor.

El bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un estudio social titulado La Bolsa. Obra realista —fue testigo de los episodios como cronista bursátil describe la sociedad envilecida por la especulacion y el ansia de lujo y riquezas. En el mismo año, Segundo Villafane (1860-1337) dio a conocer Horas de fiebre, novela en parte semejante a la anterior pues documenta el proceso de crisis. Carlos María Ocantos (1860-1949), un autor de importancia, miembro de la Academia Española de la Lengua, escribió Quilito (1891), en que relata el drama de una familia arruinada por la crisis de la Bolsa, con sus problemas domésticos, pasiones y virtudes.

Los relatos fantásticos (y policiales) de Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937), publicados en diversos periódicos y semanarios porteños entre 1875 y 1898, muestran un uso literario del saber científico divergente al de otros escritores del ochenta. La ciencia (psiquiatría, frenología, sociología, biología) no aparece en sus textos como digresión erudita y diletante, tampoco como sistema de interpretación que sistematiza y cierra las tensiones del universo novelesco o narrativo. El saber científico se transforma en sus cuentos en núcleo productivo a partir del cual la ficción se desencadena en forma autónoma. Entre los relatos más interesantes pueden citarse: "Dos partidos en lucha" (1875), "Viaje maravilloso del señor Nic-Nac" (1875), "Horacio Kalibang o los autómatas" (1879) y las "nouvelles" Nelly, La bolsa de huesos y La casa endiablada, publicadas en 1896. También pueden leerse en la serie de la literatura fantástica: los relatos de Eduardo Mansilla (1838-1892), reunidos en Creaciones (1883); El Doctor Whüntz (1880) de Luis Varela (1845-1911), firmados bajo el pseudónimo de Raúl Waleis; y algunos de los textos recogidos en Paginas literarias (1881), de Carlos Monsalve.

La crítica literaria

Uno de los rasgos característicos de los escritores del 80 fue la inclinación a la crítica literaria, es decir, a juzgar la obra escrita por su contemporáneo, sea ella un libro o un estreno teatral. En este aspecto, la actividad desplegada fue abundante y en términos generales no excedió del comentario epistolar o de la breve nota en un periódico. Algunos nombres deben destacarse por su eficiente preparación científica y situarlos como los primeros críticos de la literatura argentina, continuadores del precursor y solitario Juan María Gutierrez.

Calixto Oyuela, profesor universitario, miembro correspondiente de la Real Academia Española y primer presidente de la Acadernia Argentina de Letras (1931) fue un crítico de vasta cultura literaria. Admirador de los clásicos y de las letras españolas, polemizó con Groussac y otros liberales de la generación del 80 que se opusieron a lo hispánico. Rígido preceptista, no cedió en sus firmes convicciones estéticas y sostuvo la fórmula del "arte por la belleza". Ya nos hemos referido a sus obras tituladas Estudios literarios (1915) y Antología poética hispanoamericana (1919- 1920) .

El francés Paul Groussac, que arribó a los dieciocho años a nuestro país (1886) ignorando el idioma de la nueva tierra, no tardó en convertirse en un destacado investigador y en el crítico de mayor importancia de la literatura argentina hasta la segunda década de la presente centuria. Penetrante ensayista, ejerció por más de cuarenta años la dirección de la Biblioteca Nacional, tarea que le permitió dominar el pasado histórico argentino y desarrollar con amplitud su labor de investigador y de escritor. Respetado y temido maestro, aplicó una metodología de rigor documental y un estilo expositivo cáustico y preciso. De sus obras recordemos: Del Plata al Niágara (1897), Santiago de Liniers (1907), Crítica literaria (1924) y Mendoza y Caray (1929).

Martín del Barco Centenera (1544-1605)
  • Martín del Barco Centenera (1544?-1601), eclesiástico y poeta español, participó en la exploración de Argentina que dirigió Juan Ortiz de Zárate.

    Nacido probablemente en Logrosán, provincia de Cáceres, al parecer cursó Teología en la ciudad de Salamanca. Desde 1572 residió en América, siendo arcediano en el Río de la Plata con sede en Asunción del Paraguay. Realizó expediciones por la zona y es posible que haya participado en la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580. En 1583 intervino en un importante concilio regional en la ciudad de Lima (Perú). Fue separado de su cargo en 1590 acusado de costumbres desordenadas. A juzgar por los datos recogidos, estuvo en Buenos Aires en 1592 y de regreso en España en 1594.

    Todo hace suponer que en 1601 se encontraba en Lisboa, entonces bajo dominio español, como protegido del virrey (véase Felipe II). En 1602 publicó en la capital portuguesa su obra La Argentina y Conquista del Río de la Plata, hoy conocida como La Argentina, poema narrativo en 28 cantos y 10.000 versos en el cual describe diferentes lugares del área rioplatense y ejemplares, en ocasiones desconocidos, de la fauna regional. Narra además la historia de su conquista, la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, diversos episodios eclesiásticos, las invasiones de piratas ingleses y la vida de los aborígenes de la pampa. De este poema, en el que se advierte una clara influencia de Alonso de Ercilla y Zúñiga, toma su nombre la República Argentina.

Ruy Días de Guzmán

  • Ruy Díaz de Guzmán (c. 1558-1629), cronista y conquistador español, primer escritor nativo del Río de la Plata. Hijo de Alonso Riquelme de Guzmán (sobrino de Álvar Núñez Cabeza de Vaca) y de una mestiza llamada Úrsula (hija de Domingo Martínez de Irala), nació en Asunción (Paraguay). Después de llevar a cabo acciones militares en el río Paraná y en Santa Fe (1580) y ser designado alguacil mayor de la ciudad de Salta, fundó diversas ciudades. Llegó a ser alcalde de primer voto de su ciudad natal. Díaz de Guzmán escribió, en 1612, los Anales del descubrimiento, población y conquista de las provincias del Río de la Plata, que pasaron a ser conocidos como la Argentina manuscrita, por haber sido difundidos a través de diversas y muy distintas copias del original perdido. Publicado por vez primera en 1836, en Buenos Aires, no fue sino hasta 1914, cuando el francés afincado en Argentina Paul Groussac llevó a cabo una edición cuidadosa de la obra, que vio la luz así mismo en dicha ciudad. Dividida en cuatro partes, de las cuales se perdió la última (que debería narrar los acontecimientos que vivió el propio autor), la Argentina manuscrita cuenta los hechos transcurridos desde el descubrimiento español del Río de la Plata (fechado erróneamente en 1512) hasta la fundación de Santa Fe (1573).

Juan Díaz de Solís (1470-1516)
  • Navegante y conquistador español nacido en Lebrija (algunos autores señalan, no obstante, su origen portugués) hacia 1470 y muerto en la desembocadura del Río de la Plata en 1516. Piloto mayor de la Casa de Contratación, fue descubridor de las costas de Honduras, Belice y Yucatán, así como del Río de la Plata; precisamente, en dicho río murió, en el viaje que había emprendido para hallar el paso interoceánico, el actual estrecho de Magallanes.

    Fue marino desde su juventud y anduvo posiblemente en negocios poco limpios por las costas meridionales peninsulares y norteafricanas. En 1500 prestaba servicios a la Casa da India portuguesa y navegaba por la costa africana y quizá hasta por la ruta hacia Asia abierta por Vasco da Gama, lo que explicaría su vinculación a los proyectos españoles de descubrimiento del paso interoceánico. Sea como fuere estaba al servicio de la Corona de Castilla desde principios del siglo XVI y reputado como gran marino.

    Tras la muerte de la reina Isabel (1504), el Rey Fernando el Católico se empeñó en descubrir un estrecho en América, que comunicara con el mar de China y de la India, a donde intentó llegar Colón en 1492. En 1505 convocó una Junta en Burgos con dicho objetivo. Asistieron el Obispo Fonseca, Vicente Yánez Pinzón y Americo Vespucci. En marzo de dicho año concedió mercedes a Yánez y Vespucci y cursó instrucciones a la Casa de Contratación de Sevilla para que les entregasen los buques que necesitaban. Todo se hizo con el máximo secreto y la Casa mandó construir los buques en Vizcaya, ya que debían afrontar una larga travesía. En el verano de 1506 Fernando el Católico tuvo que dejar la Regencia de Castilla, pues su corona pasó a su hija doña Juana. Su marido don Felipe el Hermoso se enteró del proyecto y escribió a la Casa de Contratación el 23 de agosto de 1506: “Ya sabéis como estaba mandado hacer una armada para descubrir la Especiería e estaban mandados hacer en Vizcaya los navíos que eran menester para ello, e agora yo he sabido que son acabados de hacer e son partidos para esa ciudad”. Don Felipe falleció poco después y su suegro Fernando el Católico volvió a la Regencia de Castilla, por incapacidad de doña Juana. Inmediatamente retomó el proyecto anterior y convocó una Junta en Burgos (marzo de 1508) a la que asistieron Fonseca, Vespucci, Yánez Pinzón y dos personajes nuevos: y Juan Díaz de Solís. Se tomaron varias decisiones respecto a las Indias y una de ellas fue la de enviar una expedición al norte de Veragua (descubierta por Colón en su cuarto viaje) para buscar “aquel canal o mar abierto que principalmente is a buscar”, como se consignó en la cédula de 23 de marzo de 1508. El viaje se encomendó a un doble mando; el de Díaz de Solís en el mar y el de Yánez Pinzón en tierra. Por piloto llevarían a Pedro de Ledesma, que había ido con Colón a Veragua. La empresa se organizó con las dos naos fabricadas anteriormente en Vizcaya, que eran la “Magdalena” y la “Isabelita”.

    Los expedicionarios partieron de España el 29 de junio de 1508 y cruzaron el Atlántico hasta las proximidades de Santo Domingo, desde donde enviaron una carta a Ovando. Siguieron luego hasta Cuba, las costas de Nicaragua y subieron a las de Honduras (las islas Guanajas). A partir de aquí singlaron al norte, por lo que Solís y Pinzón fueron los verdaderos descubridores del Golfo Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa de Yucatán. No encontraron el paso interoceánico y volvieron a España en agosto de 1509. Pinzón formuló algunas acusaciones a Solís, como consecuencia de las cuales fue encarcelado. El pleito fue sentenciado a favor de Solís, que fue recompensado con una merced de 34.000 maravedises. A esto se añadió poco después, al morir Vespucci, el nombramiento de Piloto Mayor (1512). Este título tuvo mucho que ver con el deseo del Rey Católico de encomendar a Solís otro viaje de descubrimiento para hallar el paso a la Especiería. Quiso organizarlo en 1512 y llevando además a su hermano Francisco de Solís y al portugués Juan Enriques, pero el Rey de Portugal conoció el proyecto y protestó airadamente por lo que fue preciso suspenderlo. En 1513 Vasco Núñez de Balboa descubrió la Mar del Sur en Panamá, lo que reactivó la ansiedad española por encontrar el estrecho interoceánico. Tras haber nombrado a Pedrarias Dávila Gobernador de Castilla del Oro, el Rey Católico capituló con Díaz de Solís (24 de noviembre de 1514) un viaje de descubrimiento “a las espaldas de la tierra donde agora está Pedro Arias, mi capitán general y gobernador de Castilla del Oro, y de allí adelante ir descubriendo por las dichas espaldas de Castilla del Oro mil e setecientas leguas, e más si pudiéredes, contando desde la raya e demarcación que va por la punta de la dicha Castilla del Oro delante de lo que no se ha descubierto hasta agora”. Se trataba por tanto de encontrar el Estrecho que comunicaba el Atlántico con el Pacífico y subir por éste océano hasta la altura de Panamá, desde donde Solís debía descubrir 700 leguas o más hacia occidente (hasta las islas Molucas). Esta vez se incrementaron las medidas para que la operación fuera secreta, para evitar reclamos portugueses, como consignó el mismo Rey, en sus instrucciones a Solís (“Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto, e que ninguno sepa que Yo mando dar dineros para ello, ni tengo parte en el viaje, hasta la tornada”). El Piloto Mayor debía por ello preparar su expedición en Lepe, como si fuera suya, aunque la corona le entregó secretamente 4.000 ducados de oro para ella, de manos del contador Juan López de Recalde. El viaje se haría con tres naves, 60 tripulantes y mantenimientos para dos años y medio. El piloto Juan de Ledesma volvería a acompañarle. También irían en el mismo el contador y escribano Pedro de Alarcón y el factor Francisco de Marquina. El escaso número de tripulantes y la enorme cantidad de alimentos ponían de manifiesto que se iba a un objetivo muy lejano.

  • La expedición salió de San Lúcar el 8 de octubre de 1515, donde se buscó la nave capitana, por haberse averiado en Lepe la que estaba dispuesta. Se dirigió a Tenerife y de allí a la costa brasileña (costa desde el cabo de San Roque hasta Guanabara). Descendió luego por la costa hasta los 25º 3´ de latitud sur (Cabo de la Cananea) y siguió hasta una isla que Solís llamó de la Plata (Santa Catalina) y luego la bahía de los Perdidos (27º), desde donde fue costeando y entrando en todos los surgideros y bahías hasta llegar a la isla de San Sebastián (junto a las de los Lobos). Descubrió a continuación el Mar Dulce (lo bautizó así porque el caudal del río era tal que hallaron agua dulce dentro del mar) o estuario del Río de la Plata. Era el mes de febrero de 1516 y estaban en la desembocadura del río Paraná-Guazú, que se llamó desde entonces el río de Solís, hasta que 20 años más tarde fue rebautizado como Río de la Plata, por creerse que desde el mismo podía accederse a la Sierra de la Plata o el Perú. Solís recorrió el estuario en su zona septentrional (hoy uruguaya) y desembarcó en el puerto de Nuestra Señora de la Candelaria (35º sur), donde tomó posesión en nombre del Rey. Luego pasó a la isla de Martín García (se llamó así por haberse enterrado en ella a un tripulante de dicho nombre), que estaba a los 34º 40´. Los indios les mostraron algunos objetos de oro y ocho tripulantes bajaron a rescatar con ellos. Eran Solís, el Factor Marquina, el Contador Alarcón y cuatro marineros y un grumete. Los indios cayeron sobre ellos y les dieron muerte, procediendo luego a descuartizar sus cuerpos ante los ojos horrorizados de los tripulantes de los barcos. Sólo se salvó el grumete Francisco del Puerto, pero los expedicionarios no se atrevieron a rescatarlo (permaneció allí hasta la posterior llegada de la expedición de Sebastián Caboto). Zarparon de inmediato y emprendieron el viaje de regreso a España. Tras aprovisionarse de carne de lobos marinos en la isla de los Lobos, retornaron a la costa brasileña. En la laguna de los Patos, frente la isla de Santa Catalina, naufragó una de ellas (marzo o abril). Allí quedaron en tierra otros 18 náufragos, que se dividieron en varios grupos. Siete se dirigieron al norte, y cayeron en manos de los portugueses, que los condujeron a Lisboa. Seis quedaron en el puerto de los Patos y en sus inmediaciones, donde murieron varios de ellos. Otro llamado Alejo García escuchó los relatos indígenas sobre la Sierra de la Plata y un Rey Blanco (el Perú) y partió en su busca con varios cientos de indios y algunos compatriotas (llegó efectivamente hasta los contrafuertes de la cordillera andina y recogió un botín de plata, pero fue asesinado al regresar). En cuanto a las dos naves restantes de la expedición de Solís regresaron a España y atracaron en Sevilla el 4 de septiembre de 1516. Quedó así frustrado el descubrimiento del Estrecho, pero se halló el Río de la Plata, que serviría como punto de partida para encontrarlo. También quedaron en tierra muchos náufragos españoles que jugarían un papel decisivo en las futuras expediciones.

    Bibliografía

    EZQUERRA, R. Los precedentes del descubrimiento de México, En Boletín de la Real Sociedad Geográfica, 1949.
    LEVENE, R. Historia Argentina y Americana, Buenos Aires, 1970, 2 vols.
    MORALES PADRON, F. Historia del Descubrimiento y Conquista de América. (Madrid: 1981).
    PUENTE Y OLEA, J. Los trabajos geográficos de la Casa de la Contratación, Sevilla, 1900
    TORIBIO MEDINA, J. Juan Díaz de Solís, Santiago de Chile, 1897, 2 t.

Ricardo Rojas (1882-1957)
  • Poeta, historiador, ensayista, biógrafo, crítico literario y profesor universitario argentino, nacido en Santiago del Estero (en la provincia homónima) en 1882, y fallecido en Buenos Aires en 1957. Humanista fecundo y polifacético, preocupado tanto por la historia de las Letras como por la indagación acerca de la identidad nacional, dejó un valioso legado crítico e histórico que le convierte en una de las figuras más influyentes del panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX.

    Nacido en el seno de una familia provinciana perteneciente a esa oligarquía arrinconada y empobrecida por su distanciamiento del floreciente núcleo cosmopolita que comenzaba a ser Buenos Aires, el joven Ricardo Rojas creció envuelto por una inquietud nacionalista que, en cierto modo, era fruto de la necesidad de sentirse ligado -dentro de su forzada lejanía- a una aventura histórica común. Estas circunstancias biográficas determinaron que, tan pronto como sus innatas dotes intelectuales le hubieron inclinado hacia el estudio de las humanidades, decidiera implicarse estrechamente en la corriente ideológica que, hacia 1910, se extendió por toda la Argentina bajo el nombre de "primer nacionalismo cultural".

    Surgido al socaire de la celebración del primer centenario de la independencia del país austral, este movimiento intentaba dar una coherencia satisfactoria a una noción de nacionalidad que, en aquellos momentos, tenía que incluir forzosamente a la población indígena y, sobre todo, al populoso grupo humano de los emigrantes y sus primeros descendientes (nacidos ya en Argentina).

    Dentro, pues, del ambicioso proyecto intelectual que se propuso desarrollar Ricardo Rojas desde su faceta de pensador e historiador de la literatura, la inserción de la población foránea que ya se sentía argentina (y que compartía, con el resto de los habitantes de aquel territorio, un mismo sentimiento de nacionalidad) constituyó una de sus principales preocupaciones, a la postre resuelta por vía de la integración cultural. Así pues, en la obra de Rojas la cultura (y, muy especialmente, una de sus más extendidas manifestaciones: el fenómeno literario) se convierte en el elemento integrador por excelencia, el que permite concebir la identidad nacional argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias muy diversas, y el que deja lugar -bien es verdad que dentro de una escala jerárquica que recuerda su pertenencia a la rancia oligarquía provinciana- a la inclusión, en un mismo concepto de "nación", de indígenas y emigrantes.

    Lógicamente, este monumental proyecto del escritor de Santiago del Estero no se desarrolló sólo por vía de la imprenta, ya que Ricardo Rojas lo alentó y sostuvo en cuantos organismos e instituciones prestó sus servicios. Fueron, en este sentido, ejemplares sus labores realizadas en las universidades de La Plata y Buenos Aires -en donde ejerció la docencia en calidad de profesor de Literatura y Filosofía-, y fomentó la creación de una cátedra que habría de convertirse en un hito histórico dentro de la andadura universitaria de la joven nación: la de Literatura Argentina. Además, impulsó de forma decisiva la creación de un instituto de investigaciones que permitió desarrollar numerosos aspectos de su propio proyecto y de otros objetivos ajenos, y ofreció un vigoroso apoyo a la publicación de documentos históricos relacionados con el pasado argentino, así como a la edición de obras literarias de toda índole (aunque con especial atención a los clásicos universales y las piezas emblemáticas del hasta entonces exiguo corpus libresco específicamente argentino). Rojas fue, en efecto, uno de los responsables de la fijación del Martín Fierro (1872), de José Hernández (1834-1886), como la piedra fundamental de la identidad cultural argentina, dentro de una más amplia concepción del género gauchesco como el elemento emblemático de una literatura específicamente argentina, y opuesta -por esta misma especificidad- a lo que, ante el crisol cosmopolita de las aportaciones de los distintos grupos de emigrantes, el propio Rojas tildó de "babelización" del país. Cabe señalar, al respecto, que todo su trabajo de reconstrucción histórica y análisis del presente descansa en dos corrientes de pensamiento plenamente decimonónicas: el romanticismo (patente en su apasionada búsqueda de las señas de identidad nacional; en la valoración ética y estética de ciertos modelos indiscutiblemente románticos -como el gaucho-; etc.) y el positivismo (que confiere a su trabajo un acusado acento historicista, y una metodología basada en la ordenación cronológica de los distintos períodos abarcados).

    Sin duda alguna, la obra que mejor define todas las características e intenciones del proyecto cultural de Ricardo Rojas es su monumental Historia de la literatura argentina (Buenos Aires: La Facultad, 1917-1922), publicada en cuatro volúmenes y considerada la primera reconstrucción histórica de las Letras australes propiamente dicha. A pesar de su importancia como instrumento imprescindible para el estudio de la literatura hispanoamericana, este valioso trabajo de Ricardo Rojas anuncia, ya desde su explícito subtítulo (Ensayo filosófico sobre la cultura en el Plata), un ambicioso objetivo que rebasa las meras preocupaciones del crítico literario para adentrarse en profundas reflexiones acerca de la identidad cultural de la nación.

    El resto de su producción impresa se completa con otros títulos tan notables como El alma española (Valencia: Sempere, 1907); La restauración nacionalista (Buenos Aires: Ministerio de Justicia e Instrucción pública, 1909); Blasón de Plata (Buenos Aires: La Nación, 1910); Los lises del blasón (Buenos Aires: Martín García, 1911); La argentinidad (Buenos Aires: La Facultad, 1916); Eurindia (Buenos Aires: La Facultad, 1924); La historia en las escuelas (Buenos Aires: La Facultad, 1930); El radicalismo de mañana (Buenos Aires: Rosso, 1932); El santo de la espada: Vida de San Martín (Buenos Aires: Anaconda, 1933); Ollantay. Tragedia de los Andes (Buenos Aires: Losada, 1939); Un profeta de la pampa. Vida de
    Sarmiento (Buenos Aires: Losada, 1945). Otras obras suyas son El país de la selva y Archipiélago.

    Además de estos títulos, Ricardo Rojas -cuya residencia bonaerense se convirtió, después de su muerte, en biblioteca y museo- fue autor del poemario juvenil Romance de ausencias, en el que son notables las influencias del modernismo y el neo-romanticismo.

    Bibliografía

    ALTAMIRANO, Carlos: "La fundación de la literatura argentina", en Ensayos argentinos, Buenos Aires: CEAL, 1983.
    BECCO, Horacio Jorge: "Bibliografía de Ricardo Rojas", en Revista Iberoamericana, Pittsburgh [U.S.A.], 23 (9158), pp. 335-350.
    PAYÁ, Carlos-CÁRDENAS, Eduardo: El primer nacionalismo argentino. Manuel Gálvez y Ricardo Rojas, Buenos Aires: Peña Lillo, 1978.
    ZUBIETA, Ana María: "La historia de la literatura. Dos historias diferentes", en Filología, Buenos Aires, XXII, 2, 1987.

Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, (1478-1557)
  • Escritor español nacido en Madrid en 1478 y muerto en Santo Domingo en 1557. Nacido en el seno de una familia hidalga de origen asturiano, entró muy joven como paje al servicio de un sobrino de Fernando el Católico y más tarde fue nombrado mozo de cámara del príncipe don Juan. Presenció la rendición de Granada y el regreso de Cristóbal Colón tras su primer viaje, y conoció a los hijos del descubridor, que eran pajes del príncipe. Al fallecer éste residió durante algún tiempo en Italia y España.

    En la primavera de 1514 marchó a las Indias con varios cargos, entre ellos "la escribanía de minas e del crimen" y el "oficio del hierro de los esclavos e indios", a los que acumuló después el de "veedor de las fundiciones", todos ellos en el "reino de la Tierra Firme que llaman Castilla del Oro". Tras una estancia de año y medio, volvió a la metrópoli, produciéndose entonces, como afirma Pérez de Tudela, su violento choque con Bartolomé de las Casas, que lo acusó de ser "partícipe de las crueles tiranías que en... Castilla del Oro se han hechos". Posteriormente, Fernández de Oviedo volvió a realizar otros cuatro viajes a América, en la que permaneció un total de veintidós años. Tras ocupar diversos cargos, fue nombrado Cronista de Indias en 1532.

    Después de su segunda estancia en el Nuevo Mundo, Fernández de Oviedo publicó el Sumario de la Natural Historia de las Indias (1526), que dedicó a Carlos I como un adelanto del "tratado que tengo copioso de todo ello". Había comenzado ya, en efecto, a redactar su Historia General y Natural de las Indias, cuya primera parte fue impresa en 1535, no editándose completa hasta 1851-1855.

    Frente a las noticias ocasionales de los primeros descubridores, viajeros y conquistadores, Fernández de Oviedo aspira a ofrecer una imagen de conjunto de la naturaleza americana. El Sumario, tras una breve noticias acerca de la navegación al Nuevo Mundo, trata sucesivamente de la española, Cuba y otras islas del Caribe, y de Tierra Firme. En cada uno de estos territorios se ocupa de los habitantes y, con mayor amplitud, de los animales y vegetales, mientras que los minerales, con la excepción del oro, merecen muy escasa atención. En la Historia, esta ordenación geográfica es sustituida por otra inspirada en Plinio: en primer término, los vegetales, subdivididos en plantas cultivadas, árboles y hierbas; en segundo lugar, los animales, comenzando por los terrestres, seguidos de los acuáticos, de los aéreos y de los insectos.

    El interés fundamental de su obra reside, sin embargo, en que está basada en la observación de la naturaleza y no en noticias indirectas como las reunidas por Pedro Mártir de Anglería, del que dice el propio Oviedo: "deseaba escribir lo cierto si fielmente fuera informado, mas como habló de lo que no vido... sus Décadas padecen muchos defectos". Su objetividad en este terreno fue reconocida hasta por Las Casas, el encarnizado enemigo que no había dudado en insultarlo como "falso", "hipócrita", "malvado" y "mentiroso" en cuestiones de gobierno: "Lo que yo creo en la escritura de Oviedo -afirma- y de toda su parlería por lo que dice de los árboles y hierbas desta isla Española, que escribe verdad porque las vido y las ven cuentos verlas quieren, y así será lo que escribiera de la tierra Firme". En contraste con la erudición, a menudo agobiante, de Las Casas, Oviedo carecía de formación académica y, según su rival, no sabía "qué cosa era latín" y hasta su admirado Plinio lo tenía, "no en latín, sino en toscano". Ello favoreció, sin duda, el carácter directo y espontáneo de sus decisiones, en ocasiones esquemáticas como las figuras que incluye en su obra, muchas veces con finos detalles de observación, pero siempre basadas en el realidad. "Oviedo -afirma Cohen- se ha hecho famoso como observador perspicaz y por su agudo sentido de la descripción, basado en una honrada actitud crítica." El Sumario fue traducido al inglés, italiano y latín, alcanzando en un siglo 15 ediciones. Las 14 que ha tenido durante la pasada centuria y la actual, también en diversos idiomas, reflejan su estimación como texto "clásico" científico de importancia, que abrió, como afirma Álvarez López, "ante los asombrados ojos de los europeos, el pórtico de una naturaleza desconocida".

Pedro Mendoza (1487-1537)
  • Conquistador español, primer Adelantado del Río de la Plata y fundador de la ciudad de Buenos Aires, nacido en 1487 en Guadix (Granada) y muerto cerca de las islas Canarias el 24 de junio de 1537.

    De noble familia, se desconoce su formación educativa y sus primeras actividades. Ocupó diversos cargos en la corte de Carlos I y participó en las campañas militares de Italia, Alemania y Austria. Aprovechando que el Emperador deseaba ocupar las tierras exploradas por Sebastián Caboto y Diego García en la región del Río de la Plata, obtuvo licencia para formar una expedición a dicha región. El contrato o capitulación para hacerlo, que fue firmado en Toledo el 21 de mayo de 1534, concedía a Mendoza los títulos y privilegios de Adelantado, Gobernador y Capitán Vitalicio de las tierras que conquistara en el Río de la Plata entre los paralelos 25º y 36º, es decir, alrededor de 200 leguas a lo largo de la costa del Pacífico, y su jurisdicción comenzaba donde concluía la otorgada a Diego de Almagro para la conquista de Chile.

    Su misión era conquistar las tierras, cristianizar a los indios, fundar ciudades y abrir las rutas terrestres que facilitaran el tráfico desde el Océano Atlántico hasta el corazón del Imperio Incaico. A cambio de estos logros, la Corona ofreció a Mendoza un condado con una renta anual de dos mil ducados que se sufragarían con las utilidades de la empresa de armas.

    La expedición partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el 24 de agosto de 1535 con dieciséis navíos y alrededor de mil doscientos soldados. La escuadra se detuvo brevemente en las islas Canarias y en las de Cabo Verde con el fin de reaprovisionarse, tras lo cual arribaron a Río de Janeiro a fines de noviembre de 1535. Tras dos semanas de descanso, la expedición partió con rumbo al sur y fondeó en el estuario del Río de la Plata a principios de 1536. En el curso de su derrota río arriba, Mendoza fundó el 2 de febrero de 1536 sobre la margen meridional un primer asentamiento, el Puerto de Nuestra Señora María del Buen Aire (el actual Buenos Aires).

    Los indios querandíes, que vivían en los alrededores, al principio se mostraron amistosos y obtuvieron mercancías españolas a cambio de alimento proveniente de la caza y la pesca; pero, repentinamente, optaron por interrumpir el contacto y el alimento comenzó a escasear entre los españoles. Con la intención de someter a los querandíes, Pedro de Mendoza organizó una expedición militar al mando de su hermano, Diego de Mendoza, que fue derrotada por aquellos en las márgenes del río Luján el 15 de junio de 1536. A partir de ese momento, Buenos Aires quedó a merced del hambre y de los esporádicos ataques de los querandíes. La expedición enviada al Brasil desesperadamente con el fin de conseguir provisiones fue aniquilada por los indios, mientras que otra que comandó Juan de Ayolas con dirección al río Paraná tuvo mejor suerte y fundó el fuerte de Corpus Christi. A fines de junio los querandíes iniciaron el cerco de Buenos Aires y la situación de supervivencia empeoró para los españoles. Los indios fueron finalmente dispersados pero en la refriega murieron cerca de mil expedicionarios. Gravemente enfermo, Pedro de Mendoza delegó el mando del poblado al capitán Francisco Ruiz Galán hasta que Ayolas regresara y partió con dirección a España en abril de 1537. La muerte le sobrevino cerca de las islas Canarias y su cuerpo fue arrojado a las aguas del Atlántico. La conquista del Río de la Plata fue proseguida por Ayolas, desde el asentamiento que fundó en Asunción (Paraguay), y por el resto de los hombres que formaron parte de la expedición original de Pedro de Mendoza.

    Bibliografía
    WRIGHT, Ione S. y NEKHOM, Lisa P. Diccionario Histórico Argentino. (Buenos Aires: Emecé Editores, 1978).
    DE SANTILLÁN, Diego A. Gran Enciclopedia Argentina (Buenos Aires: Ediar Soc. Anon. Editores, 1956).

Fray Luis de Miranda de Villafaña, (1500-1575)
  • Escritor español que nació en Plasencia, aproximadamente en 1500, y falleció hacia 1575. Llegó a Sudamérica con Pedro de Mendoza y se vio envuelto en la política de Paraguay en el bando de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Tras el encarcelamiento de éste, Fray Luis conspiró para conseguir su liberación, y por ello fue sentenciado a ocho meses de prisión. Su obra Romance elegíaco trata de la conquista del Río de la Plata y es uno de los primeros poemas que habla del Paraguay. Su primera obra teatral la escribió en Asunción; se trata de un drama en siete actos titulado Comedia pródiga, en ella combina elementos sacados de la Celestina, con la historia bíblica del hijo pródigo.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1507-1559)
  • Explorador español, nacido hacia 1490 en Extremadura y muerto en Sevilla en 1560. Era nieto de Pedro de Vera, conquistador de la isla de Gran Canaria. En 1527 participó como segundo de a bordo en la malograda expedición a la península de Florida dirigida por Pánfilo Narváez. La expedición de Narváez, que tenía como objetivo la búsqueda de oro, desembarcó en las costas de Florida en 1528, y se aventuró hacia el interior, donde encontró la resistencia enconada de las tribus indias. Diezmados y con las manos vacías, los expedicionarios regresaron a la bahía de Tampa, donde no encontraron sus navíos.

    Según contó Cabeza de Vaca en su obra Naufragios, los supervivientes construyeron frágiles embarcaciones de cuero de caballo con las que pensaban alcanzar las costas del Golfo de México, pero naufragaron en la desembocadura del río Pánuco. El propio Narváez desapareció junto con la mayor parte de la tripulación. Cabeza de Vaca, con otros tres compañeros, entre ellos un esclavo negro llamado Esteban o Estevanico, salvó la vida. Los supervivientes llegaron a la costa de la actual Texas, donde fueron capturados por indios comedores de marisco. Cabeza de Vaca practicaba la medicina tradicional y la sanación mágica, lo que le valió fama de taumaturgo entre los indígenas. Él mismo contó en sus memorias que sanaba haciendo el signo de la cruz sobre el enfermo e invocando a María. El ascendiente que como sanador ganó entre los indios le facilitó la evasión después de 6 años de cautiverio. Junto con sus compañeros emprendió una larga travesía hacia el norte y el noroeste. Avanzando en pequeñas etapas, remontaron el valle del río Grande del Norte, atravesaron las mesetas áridas de Chihuahua y cruzaron el río Bravo a través de Sierra Madre. Fue rescatado en 1536 cerca de Culiacán, en la costa mejicana del Pacífico, dos años después de su huida, por una patrulla española enviada a la caza de esclavos y comandada por el capitán Melchor Díaz.

    Su travesía por las regiones norteñas interesó a las autoridades y Cabeza de Vaca y sus compañeros fueron oficialmente interrogados. Fueron los primeros europeos en dar testimonio de la existencia del búfalo americano. Pero Cabeza de Vaca contó además historias fabulosas que pasaron a engrosar el cuerpo de leyendas referidas al Nuevo Continente. Así, su narración sobre la existencia de las Siete Ciudades Doradas de Cíbola, colmadas de oro y piedras preciosas, alentó la expedición de Alvarado en 1540. Las autoridades mejicanas le instaron a regresar al norte como conquistador, pero él rehusó. Sin embargo, el esclavo Esteban fue enviado nuevamente hacia el norte en misión de reconocimiento y evangelización.
    Álvar Núñez regresó poco después a España, donde fue nombrado por Carlos I gobernador de la ignota provincia de Río de la Plata, mediante capitulaciones firmadas el 18 de marzo de 1540. El contrato le otorgaba un generoso diezmo sobre todo lo que encontrase en aquella desconocida región. Cabeza de Vaca zarpó de nuevo hacia América desde Cádiz en marzo de 1541, con gran incertidumbre sobre lo que allí le esperaba ya que no se conocía la suerte de Pedro de Mendoza, su predecesor en Río de la Plata. Los títulos conferidos a Cabeza de Vaca dependían de que Mendoza y su lugarteniente, Juan de Ayolas, siguieran con vida.

    La expedición desembarcó en la isla de Santa Catalina, en Brasil, y allí Cabeza de Vaca supo que sus predecesores habían perecido en el curso de enfrentamientos con los indios. Asimismo se le informó de las penalidades de los pobladores españoles de la región de Buenos Aires y de la fundación en el interior de la ciudad de Asunción. Cabeza de Vaca partió en auxilio de estas regiones. En el camino descubrió las cataratas del Iguazú. Instalado en Asunción, se dedicó a la reorganización del gobierno y dirigió una expedición a la Sierra de la Plata, en Potosí. La empresa resultó desastrosa para los españoles, pero sirvió para alimentar las leyendas referentes a las míticas amazonas y a Eldorado.

    Hombre extremadamente piadoso y comprometido en la defensa de los pueblos indígenas frente a la barbarie de los conquistadores, a su regreso a Asunción en 1544 fue expulsado violentamente del gobierno por una facción que se oponía a su política en favor de los indios. Su sucesor al frente del gobierno, Martínez de Irala, emprendió un brutal avance hacia el oeste, devastando las regiones que atravesaba y aniquilando a los pobladores indígenas. Cabeza de Vaca fue enviado a España tras su derrocamiento, juzgado y deportado a Orán.

    Tras ocho años de destierro recibió el perdón de Felipe II, que lo nombró presidente del tribunal supremo de Sevilla. Posteriormente tomó los hábitos y llegó a ocupar la dignidad de prior en un monasterio sevillano, donde murió en 1560. El mismo Cabeza de Vaca dejó testimonio escrito de su azarosa vida en su obra Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Adelantado Gobernador del Río de la Plata.

Pedro Hernández (1513-?)
  • Escritor español nacido en Andalucía, aproximadamente en 1513, y no se tiene constancia del lugar ni la fecha de su fallecimiento. Fue historiador y secretario privado de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, gobernador de Paraguay entre los años 1540-1545. Es autor de Los Comentarios, 1554, primer libro español que narra la conquista del Río de la Plata. Los primeros 13 capítulos fueron escritos en colaboración con Cabeza de Vaca, pero los mejores son los que describen la vida cotidiana de los indios y la lucha desesperada de éstos contra los conquistadores.

Pánfilo de Narváez (¿-1544)
  • Capitán español que fue a la conquista de América en el siglo XVI, nacido en Valladolid. Enviado por Diego Velázquez desde Cuba contra Hernán Cortés, ocupado a la sazón en la conquista de Méjico, fue vencido por éste y hecho prisionero, pasándose sus soldados a las banderas de Cortés. Posteriormente emprendió una expedición a Florida, que tuvo infausto principio, pues naufragó en Cuba y perdió dos navíos, sesenta compañeros y veinte caballos. Desde allí pasó a Tierra Firme, y después de reconocer el río de las Palomas, se encaminó con trescientos infantes y cuarenta caballos por una dilatada región desconocida, llevando una corta proporción de víveres. No encontró allí las riquezas que se figuraba, y retrocedió en busca de sus barcos, que habían sido llevados a otra parte, por lo cual tuvo que construir en breve tiempo otros cinco, viviendo entre tanto él y sus compañeros de la carne de los caballos, y de la que podían robar a los indígenas. Murieron muchos a manos de éstos, o víctimas del hambre y de las enfermedades; Narváez consiguió pisar el continente americano, se hizo pasar por médico, atravesó el Misisipi, y por último se embarcó para Europa. Pidió al rey de España el gobierno de la Florida, cuyo descubridor había sido, pero en su lugar se nombró a Fernando de Soto. En 1540 se le confió el mando de Buenos Aires; naufragó en la costa del Brasil, por lo que tardó cuatro meses en llegar a su gobierno, y los colonos irritados por la protección que dispensaba a los indios, se sublevaron y le enviaron cargado de cadenas a España, donde murió en 1544.

Domingo Martínez de Irala, (1509-1556)
  • Explorador y conquistador español, nacido en Vergara (Guipúzcoa), en 1509 y muerto en Asunción (capital de Paraguay), en 1557, víctima de unas repentinas calenturas. Ejerció el cargo de gobernador del Río de La Plata. Está considerado como una de las personalidades más notables de los primeros conquistadores españoles de América y el padre fundador del actual Paraguay. Gracias a su tesón y esfuerzo, fue capaz de abrirse paso y superar a otros caudillos conquistadores más poderosos y mejor preparados que él.

    Miembro de una familia acomodada, en 1534 se trasladó a América junto con el adelantado Pedro de Mendoza en su expedición al Río de La Plata, en 1536, y participó en la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires. Su figura comenzó a despuntar ese mismo año tras ser nombrado capitán de una de las tres naves que partieron, el 14 de octubre, de Buena Esperanza para remontar el río Paraná, al mando de Juan de Ayolas, cuya misión era descubrir la Sierra de La Plata. La expedición remontó el curso entero del Paraná hasta el lugar en el que Ayolas decidió fundar la ciudad de La Candelaria, el 2 de febrero de 1537, cuyo gobierno encomendó a Irala mientras que la expedición prosiguió el camino hacia el oeste, y se adentró en El Chaco en busca de los fabulosos tesoros que, según todas las noticias, encontrarían en aquellos parajes. A pesar de las órdenes recibidas por Ayolas de permanecer en La Candelaria a la espera del regreso de esta expedición, Irala no pudo resistir tanta pasividad y llevó a cabo una serie de pequeñas incursiones por el río hasta que, en febrero de 1538, al mando de 33 hombres, se dirigió a Asunción, ciudad recién fundada por Juan Salazar. Cuando Ayolas, cargado de riquezas y de noticias, regresó a La Candelaria se encontró sin el apoyo esperado de Irala. Toda la expedición de Ayolas fue exterminada por los indios payaguaes. Irala se defendió de las acusaciones de traición vertidas por Ruíz Galán, por lo que adujo la necesidad de abandonar La Candelaria ante la falta de víveres. Pero, lo cierto es que, una vez que llegó a Asunción, el veedor real Alonso de Cabrera, en 1539, legalizó la sucesión que en su día realizara el propio Ayolas en la persona de Irala, cuyo trágico destino aún no se conocía, al que convirtió en gobernador transitorio del Río de La Plata. En su nuevo cargo, Irala emprendió una expedición de castigo contra los indios agaces, al mismo tiempo que Gonzalo de Mendoza hacía lo propio contra los indios carios. A finales de 1539, Irala dio comienzo a una expedición cuyo objetivo principal era recabar información sobre el paradero de Ayolas, para lo cual se internó por El Chaco. Cuando por fin tuvieron noticias del triste final de Ayolas y sus hombres, Irala decidió abandonar Buenos Aires y concentrar a todos sus hombres leales en Asunción, zona mucho más fértil y apropiada para desarrollar una ciudad de nuevo cuño como era ésta. Además, en este lugar Irala encontró la colaboración de los indígenas y el lugar indicado para ejercer sin ninguna clase de trabas su autoridad. Tras una serie de ataques sin cuartel a los indígenas más díscolos, Irala pacificó toda la región y la sometió a un rígido gobierno en base a una política colonizadora. Irala mandó a todos los colonos de Buenos Aires abandonar la ciudad y trasladarse a Asunción, no sin cierta oposición por parte de éstos.

    En 1542, la Corona española nombró nuevo gobernador del Río de La Plata en la persona de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, famoso ya por entonces merced a sus aventuras y expediciones corridas por buena parte de los actuales Estados Unidos de América. El nombramiento de Vaca disgustó sobremanera a Irala por cuanto que barría de un plumazo la enorme autoridad que venía ejerciendo en toda la región y porque retrasaba la expedición al Perú que Irala llevaba preparando desde hacia bastante tiempo. Cabeza de Vaca nombró a Irala maestre de campo, cargo que para nada aplacó las ansias de poder de éste ni mucho menos su rencor hacia el que, según él, le había robado un cargo que le pertenecía por derecho. Irala y un puñado de sus hombres más fieles tramaron una conspiración para desacreditar a Cabeza de Vaca en la Corte española. Para tal fin, mandaron a unos frailes al Brasil para que, desde allí, embarcaran rumbo a España y así dar noticias de las supuestas arbitrariedades y del mal gobierno de Cabeza de Vaca. Pero, los conjurados fueron descubiertos a tiempo. Todos los implicados fueron condenados a la máxima pena, excepto Irala, el más culpable de todos, al que Cabeza de Vaca perdonó por necesitar sus servicios en una empresa de conquista que el gobernado tenía en mente: explorar todo el río Paraguay hasta la frontera con el Perú, en busca de unas tierras donde se suponía que había ingentes cantidades de oro y plata, auténtica obsesión de todos los conquistadores.

    En septiembre del 1543, Irala partió de Puerto de los Reyes, ciudad que antes había fundado él mismo, rumbo al Perú. En la expedición, que alcanzó las cincuenta leguas rió arriba, Irala venció a los indios guaicurnes que encontró en su camino. Pero, secundado por el contador real Felipe de Cáceres, Irala determinó desprenderse de las normas y objetivos diseñados por Cabeza de Vaca y llevar a cabo la expedición según sus propios dictados, sin nadie que frenase su crueldad para con los nativos ni las costumbres licenciosas y brutales de sus hombres, a los que prácticamente permitió que cometiese cuanto abusos les apetecieran. En marzo de 1544, Irala fue obligado a regresar a Asunción por el presidente de la Audiencia del Perú, Pedro de La Gasca, que había decretado el derecho exclusivo de la exploración y conquista de esas tierras a los españoles dependientes de LIma. Una vez de regreso a Asunción, Irala aprovechó la oportunidad y su posición en la ciudad para promover, el 25 de abril, el "motín de los comuneros". Cabeza de Vaca fue procesado y enviado a España bajo la custodia directa del veedor Cabrera, en marzo de 1545, al que de inmediato se le sumó Juan de Salazar, acusado éste de intentar proclamarse gobernador en virtud de una supuesta designación secreta de Cabeza de Vaca.

    A partir de ese momento, la autoridad de Irala sobre la zona sería omnímoda e indiscutible, tras lo cual se proclamó teniente de gobernador. Junto con Nufrio de Chaves, Juan Gabriel de Lezcano, Felipe de Cáceres y Francisco de Mendoza, sus cuatro colaboradores más fieles, Irala se dedicó a gobernar despóticamente toda la región. Irala cometió abuso tras abuso y tropelías con los indígenas, a los que prácticamente redujo a la condición de esclavos. En 1547, Irala prosiguió en su empeño de llegar a la fabulosa Sierra de La Plata, lugar, por otra parte, que sólo era producto de la imaginación de los conquistadores, alimentada por las propias ansias de riquezas de los conquistadores y por las leyendas que iban pasando de boca en boca. La expedición partió del puerto de San Fernando en dirección al interior de El Chaco, donde se aplicó una marcha forzada y se abrió paso a sangre y fuego contra los indios mayas. Cuando por fin se dieron cuenta de que habían llegado sin darse cuenta al Perú, la expedición regresó a Asunción desencantada, en un trayecto de vuelta todavía mucho más brutal y salvaje que la ida. Irala fue depuesto del mando por los que anteriormente le habían apoyado; en su puesto nombró a Gonzalo de Mendoza.

    Una vez en Asunción, la suerte se volvió a aliar con Irala. Los partidarios de Cabeza de Vaca destituyeron a Francisco Mendoza, que había sido puesto al mando transitorio de la ciudad mientras que durase la expedición, y le decapitaron poniendo en su puesto a un enemigo acérrimo de Irala, Diego de Abreu. Ante el cariz que había tomado la situación en Asunción, Irala fue repuesto en el mando por sus antiguos partidarios y logró expulsar, por dos veces de la ciudad, a Diego de Abreu, que acabó refugiándose en la selva. Después de una serie de intentos por atraérselo a su causa, Irala mandó a Felipe de Cáceres en su búsqueda hasta que lo encontró y lo ejecutó allí mismo, en 1553.

    De nuevo en el poder y sin enemigos aparentes a la vista, Irala se dedicó a desarrollar con entera libertad y tranquilidad su política conquistadora, mucho más pausada y suavizada que la anterior. Irala llevó a cabo fundaciones de nuevos poblamientos y labores de infraestructura necesarias en la región. Por fin, ante la falta de candidatos capaces de hacerse cargo del gobierno de la región, la Corona dio por buena la autoridad de Irala y ratificó, el 4 de noviembre de 1552, su nombramiento como gobernador. En ese mismo acto se nombró como primer obispo efectivo del Paraguay a fray Pedro Fernández de la Torre, al mismo tiempo que el emperador Carlos V prohibía taxativamente a Irala la práctica de nuevas conquistas o expediciones militares.

    Dueño y señor de todo el Paraguay, Irala hizo caso omiso de las advertencias reales y encabezó, a comienzos de 1553, una nueva expedición con destino a su gran obsesión: conseguir todo el oro posible. Para ello se dirigió hacia el norte, en dirección de la también mítica tierra de El Dorado, por lo que fracasó de nuevo en el empeño. Para que la noticia no fuera conocida en la Corte, mandó cerrar prácticamente los accesos naturales a la región, de tal modo que no dejó salir a nadie del país sin su consentimiento. También llevó a cabo un nuevo repartimiento de indios que no gustó a nadie, ya que el número de indígenas era exiguo en comparación con los encomendadores españoles. En una interpretación muy sui generis de la orden para no seguir avanzando más, Irala interpretó que ésta no iba en contra del acto de poblar o repoblar ciudades, por lo que, en una nueva muestra de osadía, fundó un gran número de ciudades en Xarages, al norte de El Chaco, y en la región de Guairá, al este, donde ya había fundado, en 1554, la ciudad de Ontiveros.

    Domingo Martínez de Irala murió en 1556, en Asunción, víctima de unas fiebres repentinas cuando apenas había iniciado un programa colonizador consistente en fundar ciudades nuevas a las que iba repoblando con elementos españoles y mestizos, fruto de las continuas mezclas sexuales que eran permitidas y fomentadas por el propio Irala entre los colonizadores y los indígenas.

    Bibliografía
    ALONSO BAQUER, Miguel. generación de la conquista. (Madrid: Ed. Mapfre, 1992).
    BLANCO FONFONA, Rufino. El conquistador español del siglo XVI. (Caracas: Ed. Monte Ávila, 1993).
    LAFAYE, Jacques. Los conquistadores. (México D.F: Fondo de cultura Económico, 1998).
    VV.AA. Historia de Iberoamérica: Historia Moderna. Vol 2. (Madrid: Ed. Cátedra, 1992).
     

Schmidel, Ulrico (s. XVI)
  • Viajero alemán del siglo XVI. Acompañó a Pedro de Mendoza a América, desde 1534 a 1553, y contribuyó a la fundación de Buenos Aires y del fuerte de Asunción. Dejó una obra titulada: Vera historia.

Reginaldo de Lizárraga y Obando, (ca.1540-1615)
  • Religioso dominico e historiador español, nacido en Medellín (Badajoz) hacia 1540 y muerto en Asunción (Paraguay) en 1615. Tras establecerse con su familia en Quito alrededor de 1555, entró en la orden de predicadores en 1560. En 1572 pasó a Chuquisaca, y posteriormente fue nombrado vicario nacional del reino de Chile (1581), donde fundó los conventos de la Concepción, Villanica, Valdivia y Osorno. A partir de 1587 fue prior del convento de Rosario de Lima, y en 1589 alcanzó la dignidad de provincial de San Lorenzo Mártir (Chile).

    Su biografía se tiñe de aventura cuando, a partir de 1594, se enroló como capellán del buque almirante que, junto con otros dos, había fletado el virrey de Portugal (marqués de Cañete) para acosar al corsario inglés Richard Hawkins. El navío, mandado por don Beltrán de la Cueva y Castro, apresó al navegante de la Pérfida Albión.

    Acabada esta singladura, fue regidor de una de las doctrinas del valle de Jauja, destino cuya tranquilidad le permitió dedicarse a sus escritos teológicos. Pero pronto volvió a ser llamado al trasiego de las ocupaciones mundanas, porque en 1597 fue nombrado obispo de La Imperial, ciudad a la que debería haber llegado en 1599. Sin embargo, por temor a las revueltas de los araucanos desobedeció las órdenes que le mandaban incorporarse de inmediato, y no lo hizo hasta 1602. En 1603 cambió la sede episcopal de La Imperial a Concepción. Después, deseoso de una vida más sencilla, solicitó ser apartado de las cargas episcopales. A la segunda petición fue complacido su deseo: recibió un humilde beneficio en el convento del Rosario de Lima, de donde volvió a sacarle el propio rey Felipe III para nombrarle obispo de Paraguay. Allí murió en 1615, habiendo dejado una obra historiográfica cuya importancia es capital en el conocimiento de los primeros años de la conquista: Descripción breve de toda la tierra del Perú, Río de la Plata y Chile (1605).

    Además, fue autor de otras obras teológicas y literarias, como De Pentateuco super libros quinque commentaria; Locurum utriusque Testamenti Concordia; De Locis communibus Sacrae Scripturae, Sermones, de Tempore et de Sanctis, y Comento de los Emblemas del maestro Alciato.
     

Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652)
  • Jesuita peruano. Se trasladó a Paraguay, donde trabajó en la conversión de distintas naciones indígenas. Es autor de numerosas obras sobre la lengua guaraní. Entre ellas destacan Arte de la lengua guaraní ó mas bien tupi (Madrid: Juan Sánchez, 1640) y Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias de Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape (Bilbao: Imprenta. del Sagrado Corazón, 1892).

 

Lozano, Pedro (1697-1752)
  • Escritor, historiador y eclesiástico español, nacido en Madrid en 1697 y fallecido en Humahuaca (Argentina) en 1572.

    Lozano llegó a Río de la Plata en 1714, en su camino hacia las misiones jesuitas de Paraguay. Estudió en el Colegio Máximo de Córdoba, donde llegó a ser profesor de filosofía y teología, trasladándose al Colegio de Santa Fe, en el que permaneció desde 1724 a 1730. Volvió a Córdoba como historiador de la provincia de los jesuitas.

    Su obra geográfica consistió en una historia del valle de Chaco. Como muchas obras americanas de la época, es notable sobre todo por sus detalles etnográficos, aunque también merece la pena destacar los capítulos dedicados a los ríos, seguidos por uno que estudia la calidad de las tierras, con amplios comentarios sobre las plantas medicinales peculiares de la comarca, en particular la quina y el guayacán. El capítulo sobre animales contiene interesantes descripciones de la fauna del nuevo mundo y cita a José de Acosta acerca del valor medicinal de la carne de vicuña.

    Sus obras más importantes son la Relación historial de las misiones de los indios que llaman chiquitos (1895), la Descripción chorográfica del Gran Chaco Gualamba (1941), y la Historia de las revoluciones de la provincia del Paraguay (1905).

Angelis, Pedro de (s. XVIII-XIX)
  • Escritor y publicista, nació en Italia a fines del siglo XVIII. Después de estar agregado a la corte de Murat, fue a París en 1818, y realizó algunos trabajos literarios. Luego se trasladó a Buenos Aires, donde editó una revista con el titulo de El archivo americano y una obra con el de Colección de documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del río de la Plata.

Tomás Falkner (1707-1784)
  • Marino británico, nacido en Manchester en 1707. Residió en virreinato del Perú (Argentina y Paraguay), entre 1737 hasta 1767. Recorrió gran parte de su territorio, desde el Chaco hasta las riberas patagónicas. En 1774 publicó una relación de sus viajes en A description of Patagonia, que se tradujo al alemán en 1775 y al francés en 1789. La primera edición española se reeditó en numerosas ocasiones, todas ellas defectuosas, la mejor traducción es la realizada por la Universidad de La Plata en 1911. Dejó escritas numerosas obras sobre botánica, minerales. Murió en Manchester en 1784.

    Bibliografía
    Descripción de Patagonia y de las partes adyacentes de la América meridional... con la religión, política, costumbres y lenguas de sus moradores... y algunas particularidades relativas a las islas Malvinas escrita en inglés por Tomás Falkner que residió cerca de veinte años en aquellas tierras.- Buenos Aires: Imp. del Estado, 1836.-(Colección de obras y documentos relativos á la historia... del Río de la Plata, de Pedro de ángelis; 1).
    Derroteros y viajes de la Ciudad Encantada o de los Césares. Derrotero desde la ciudad de Buenos Aires hasta los Césares que por otro nombre llaman «ciudad encantada»... 1760.- Buenos Aires: Imp. del Estado, 1836.-(Colección de obras y documentos relativos á la historia... del Río de la Plata, de Pedro de ángelis; 1).
    Descripción de la Patagonia. [Edición de] Samuel Lafone Quevedo.- Buenos Aires: Universidad de La Plata, 1911.
     

Alonso de Bázana, (1528-1589)
  • Jesuita discípulo de Juan de Ávila, nacido en 1528 y muerto en 1589. Su labor misionera se desarrolló en la provincia peruana de Huarochiri. Enseñó en el colegio de Cuzco y predicó en La Paz, Chuquisaca y Potosí. Fue uno de los primeros misioneros de Tucumán. Dotado del don de lenguas (conoció más de una decena de lenguas indígenas), compuso numerosos catecismos, gramáticas y vocabularios.
     

Martín Barco de Centenera (1544-1605)
  • Poeta épico español. Nació en Logrosán (Extremadura), aproximadamente en 1544. Cursó estudios en Salamanca y posteriormente embarcó con la expedición de Juan Ortiz de Zárate hacia Paraguay, donde se convirtió en arcediano de la catedral de Asunción y Villa Rica (1575-1580). Su obra Argentina y conquista del Río de La Plata, con otros acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, 1602, fue escrita para competir con la Araucana de Ercilla. Su poema es considerado como documento histórico, donde narra las hazañas vividas en la expedición de Ortiz de Zárate; sin embargo, el relato de los sucesos anteriores a su llegada es de dudosa exactitud.

Juan de Garay (1528-1583)
  • Explorador y conquistador español, nacido en Villalba de Losa (Burgos) en 1528 y fallecido en las cercanías de las ruinas de Sancti Spíritus, el antiguo fuerte de Caboto, en 1583.

    Perú y Bolivia.
    En 1542 embarcó en la flota que se dirigía a América y tenía como objeto llegar a Perú, acompañando a su tío Juan Ortiz de Zárate, nombrado oidor de Blasco Núñez Vela quien a su vez había sido nombrado Virrey. Llegó a Perú en 1543. Una vez allí participó en diversas operaciones y campañas conquistadoras. Intervino también en las guerras civiles entre españoles del Perú, a las órdenes de La Gasca. Intervino más tarde en la conquista de Bolivia y en esa campaña colaboró en 1561 en la fundación de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Una vez asentada la fundación urbana, se le otorgó una encomienda de trabajo de indios y además fue nombrado regidor de dicho municipio.

    El Río de la Plata.
    Juan Ortiz de Zárate, su tío, fue nombrado gobernador y capitán general del Río de la Plata, por lo que siguiendo nuevamente a su pariente se asentó en 1568 en la población de La Asunción, en el actual Paraguay. Allí fue nombrado alguacil mayor de las provincias del Plata, cargo que ostentó hasta que en 1573 el teniente de gobernador Suárez de Toledo le encomendó la labor de fundar una ciudad a orillas del río Paraná que permitiese una mejora de la comunicación de la zona a través del mar. La expedición, poco numerosa, estaba integrada por nueve españoles y 75 nativos. Partieron desde La Asunción en abril de 1573. El 25 de noviembre fundó legalmente la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, en la actual Argentina. Una vez allí asentado, ejerció el cargo de gobernador interino, además de colaborar en 1574 en la fundación de la ciudad de San Salvador, esta vez en el cauce del río Uruguay. Finalmente, fue designado teniente de gobernador y capitán general de todas las provincias del Río de la Plata al morir su tío Ortiz de Zárate en 1576.

    Buenos Aires.
    En su nuevo puesto, el adelantado Juan Torres de Vera le confirmó en sus títulos y cargos a la vez que le encargó, en 1578, la repoblación de la ciudad de Buenos Aires. Esta ciudad ya había sido fundada años antes, en 1536, por Pedro de Mendoza en el estuario del río Plata; era un fuerte que recibió el nombre de Nuestra Señora del Buen Aire, y que posteriormente fue destruido por los indios. Juan de Garay pudo realizar la tarea en 1580, cuando el 11 de junio se realizó una segunda fundación legal de la ciudad. Juan de Garay permaneció allí varios años organizando nuevamente las instituciones de la vida urbana. En el regreso a Santa Fe sufrió una emboscada de los indios guaraníes, y falleció en 1583.

    Bibliografía.
    OLALLAZA MAZÓN, Ricardo: El burgalés Juan de Garay. Fundador de Buenos Aires, Burgos, 1982.
    TIJERAS, Eduardo: Juan de Garay, Madrid, 1987.
    ZAPATA GOLLÁN, Agustín: La expedición de Garay y la fundación de Santa Fe, Santa Fe, 1970.

David Viñas
  • David Viñas nació en Buenos Aires, en la esquina de Talcahuano y Corrientes, en 1929. Estudió con los curas y con los militares. Fue fundador y codirector de la revista Contorno, de gran influencia en medios universitarios e intelectuales. Por su novela Un Dios cotidiano recibió, en 1957, el Premio Gerchunoff. En 1963 recibió su doctorado de la Universidad de Rosario, con la tesis La crisis de la ciudad liberal. Ya un año antes, su novela Dar la cara había recibido el Premio Nacional de Literatura, premio que volvió a recibir en 1971 por su libro Jauría. En 1972, Lisandro recibió el Premio Nacional de Teatro, y un año después Tupac-amaru el Premio Nacional de la Crítica. Según Ricardo Piglia, "uno de los ejes de la obra de Viñas es la indagación sobre las formas de la violencia oligárquica...sobre todo la dominación oligárquica, la persistencia de esa dominación y sus múltiples manifestaciones en distintos planos de la historia nacional". Algunos ejemplos de esa temática son su Los dueños de la tierra (1958), Cuerpo a Cuerpo (1979) e Indios, ejército y frontera (1982). Entre 1973 y 1983 dio clases de literatura en California, Berlín y Dinamarca. Desde 1984 reside en Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra de Literatura argentina de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires). En 1991, en una decisión que alborotó al "mundillo" cultural, David Viñas recibió y rechazó la Beca Guggenheim. "Un homenaje a mis hijos. Me costó vinticincomil dólares. Punto", diría Viñas más tarde. Sus hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y "desaparecidos" por la dictadura militar en los años '70.

    Entre sus obras:
    Cayó sobre su rostro (1955)
    Los años despiadados (1956)
    Un Dios cotidiano (1957)
    Los dueños de la tierra (1958)
    Dar la cara (1962)
    En la semana trágica (1966)
    Hombres de a caballo (1967)
    Cosas concretas (1969)
    Jauría (1971)
    Cuerpo a cuerpo (1979)
    Prontuario (1993)

    Teatro
    Sarah Golpmann
    Maniobras
    Dorrego
    Lisandro (1971)
    Tupaca Amaru


    Ensayo
    Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1970)
    De los montoneros a los anarquistas (1971)
    Momentos de la novela en América Latina (1973)
    Indios, ejército y fronteras (1982)
    Lo anarquistas en América Latina (1983)
    Literatura argentina y política - De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista (1995)
    Literatura argentina y política II - De Lugones a Walsh (1996)
    De Sarmiento a Dios - Viajeros argentinos a USA (1998)

Díaz de Guzmán, Ruy (¿-1629)
  • De padre español y madre mestiza, aunque de familia noble, Díaz de Guzmán nació en Paraguay hacia 1558 y llegó a ser el primer historiador mestizo del Río de la Plata. Su Historia del descubrimiento, población, y conquista del Río de la Plata, fechada en 1612 y conocida como La Argentina manuscrita, narra la historia de la conquista desde la llegada de Díaz de Solís, en 1516, hasta 1573, con la fundación de Santa Fe. La obra se interrumpe bruscamente, por haberse perdido una parte. El nombre de La Argentina manuscrita se debe a que la obra se conoció de esta forma hasta su tardía publicación en 1835 bajo el título de Anales del descubrimiento, población y conquista de las provincias del Río de la Plata.

Esteban Echevarría

 

 

Lucio V. Mansilla
  • Nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831, hijo mayor del general Lucio Mansilla —que luchó contra las naves europeas en la Vuelta de Obligado— y de Agustina Rosas, hermana menor de Juan Manuel. A los diecisiete años y por consejo paterno, emprendió un viaje de negocios hasta la India que de regreso le permitió visitar Asia, Egipto y Europa. Retornó a Buenos Aires en 1851, pero cuando se produjo la derrota de Rosas, su padre lo llevó al extranjero y en París alternó con la sociedad europea.

  • En agosto de 1852 volvió al Plata, y más tarde en 1857 se trasladó a Paraná donde fue diputado de la Confederación y se inició en el periodismo. En favor de las tropas porteñas y con el grado de capitán, Mansilla participó en 1861 en la batalla de Pavón y posteriormente intervino en la guerra del Paraguay, donde fue ascendido a coronel. En 1869, el presidente Sarmiento lo designó jefe de la frontera contra los indios en Río Cuarto, al sur de Córdoba. Inspirado en una arriesgada empresa de esa época escribio su mejor obra: Una excursión a los indios ranqueles.

  • En su carrera militar alcanzó el grado de general de división y en política bregó por las candidaturas presidenciales de Avellaneda y Roca. Con el trascurso de los años murieron sus seres queridos y debió soportar reveses económicos. En función diplomática se radicó en Europa a partir de 1896, para vivir sus últimos años en París. Hombre de mundo y con una cultura y estilo literario de acuerdo con el romanticismo y positivismo que caracterizaron a su época, llevó una vida ostensible y exhibicionista, probablemente para disipar las prevenciones de los círculos sociales porteños, que podían reprocharle su parentesco con Rosas. Su existencia aventurera y galante —en más de una oportunidad se vanaglorió de "dandy"—influyó en su actividad literaria y por esto fue un escritor desigual, de prosa desordenada, pero muy amena, tanto como las charlas de las tertulias sociales a las que era tan afecto. Escribió mucho y habló más, según expresión de Ricardo Rojas.Se destacó como prosista en la segunda mitad del siglo XIX y precursor de la generación del 80, sus escritos están ligados íntimamente a su vida y en ellos, es el personaje protagónico.

  • Entre sus obras más representativas debe mencionarse una serie de artículos que publicó en el periódico "Sud América" y denominó "Causeries del jueves" —del francés causeur: conversador— editados en forma de libro con el título: Entre-Nos (año 1890). También un ensayo histórico sobre el período en que gobernó su tío y denominó Rosas, y Mis memorias, con recuerdos de su infancia y adolescencia. Pero el libro que le ha permitido ocupar un lugar de importancia en la historia de nuestra literatura es Una excursión a los indios ranqueles (1877), premiado en el Congreso Geográfico Internacional de París. Con gran talento para la narrativa, describe —uniendo el relato con la anécdota y el epigrama— su pacífica empresa por territorio aborigen que efectuó acompañado por dos franciscanos, cuatro oficiales y un contingente de soldados. De esta obra se han realizado muchas ediciones y fue traducida al francés, inglés, alemán e italiano. Lucio Victorio Mansilla murió en Paris, ciego y octogenario, el 8 de octubre de 1913.

Jorge Luis Borges (1899-1986)
  • El 24 de agosto de 1899, a los ocho meses de gestación, nace en Buenos Aires Jorge Luis Borges en casa de Isidoro Acevedo, su abuelo paterno. Es bilingüe desde su infancia y aprenderá a leer en inglés antes que en castellano por influencia de su abuela materna de origen inglés. Georgie, como es llamado en casa, tenía apenas seis años cuando dijo a su padre que quería ser escritor. A los siete años escribe en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, La visera fatal, inspirado en un episodio del Quijote; a los nueve traduce del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde.

  • En 1914, y debido a su ceguera casi total, el padre se jubila y decide pasar una temporada con la familia en Europa. Debido a la guerra, se instalan en Ginebra donde Gerorgie escribirá algunos poemas en francés mientras estudia el bachillerato (1914-1918). Su primera publicación registrada es una reseña de tres libros españoles escrita en francés para ser publicada en un periódico ginebrino. Pronto empezará a publicar poemas y manifiestos en la prensa literaria de España, donde reside desde 1919 hasta 1921, año en que los Borges regresan a Buenos Aires. El joven poeta redescubre su ciudad natal, sobre todo los suburbios del Sur, poblados de compadritos. Empieza a escribir poemas sobre este descubrimiento, publicando su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires (1923). Instalado definitivamente en su ciudad natal a partir de 1924, publicará algunas revistas literarias y con dos libros más, Luna de enfrente e Inquisiciones, establecerá ya en 1925 su reputación de jefe de la más joven vanguardia.

  • En los treinta años siguientes, Georgie se transforma en Borges; es decir: en uno de los más brillantes y más polémicos escritores de nuestra América. Cansado del ultraísmo (escuela experimental de poesía que se desarrolló a partir del cubismo y futurismo) que él mismo había traído de España, intenta fundar un nuevo tipo de regionalismo, enraizado en una perspectiva metafísica de la realidad. Escribe cuentos y poemas sobre el suburbio porteño, sobre el tango, sobre fatales peleas de cuchillo ("Hombre de la esquina rosada" ,"El Puñal"). Pronto se cansará también de este ismo y empezará a especular por escrito sobre la narrativa fantástica o mágica, hasta punto de producir durante dos décadas, 1930-1950, algunas de las más extraordinarias ficciones de este siglo (Historia universal de la infamia,1935; Ficciones, 1935-1944; El Aleph, 1949; entre otros).

  • En 1961 comparte con Samuel Beckett el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores, y que será el comienzo de su reputación en todo el mundo occidental. Recibirá luego el título de Commendatore por el gobierno italiano, el de Comandante de la Orden de las Letras y Artes por el gobierno francés, la Insignia de Caballero de la Orden del Imperio Británico y el Premio Cervantes, entre otros numerosísimos premios y títulos. Una encuesta mundial publicada en 1970 por el Corriere della Sera revela que Borges obtiene allí más votos como candidato al Premio Nobel que Solzhenitsyn, a quien la Academia Sueca distinguirá ese año.

  • El 27 de Marzo de 1983 publica en el diario La Nación de Buenos Aires el relato "Agosto 25, 1983", en que profetiza su suicidio para esa fecha exacta. Preguntado tiempo más tarde sobre por qué no se había suicidado en la fecha anunciada, contesta lisamente: "Por cobardía". Ese mismo año la Academia sueca otorga el Premio Nobel a William Golding; uno de los académicos denuncia la mediocridad de la elección. Todos siguen preguntándose por qué Borges es sistemáticamente soslayado. El premio a Golding parece dar la razón a los que dudan de que los académicos suecos sepan realmente leer.

  • Jorge Luis Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986.

    Entre sus obras:

    POESIA

    Fervor de Buenos Aires (1923)
    Luna de enfrente (1925)
    Cuaderno San Martín (1929)
    Poemas (1923-1943)
    El hacedor (1960)
    Para las seis cuerdas (1967)
    El otro, el mismo (1969)
    Elogio de la sombra (1969)
    El oro de los tigres (1972)
    La rosa profunda (1975)
    Obra poética (1923-1976)
    La moneda de hierro (1976)
    Historia de la noche (1976)
    La cifra (1981)
    Los conjurados (1985)

    ENSAYOS

    Inquisiciones (1925)
    El tamaño de mi esperanza (1926)
    El idioma de los argentinos (1928)
    Evaristo Carriego (1930)
    Discusión (1932)
    Historia de la eternidad (1936)
    Aspectos de la poesía

    gauchesca (1950)
    Otras inquisiciones (1952)
    El congreso (1971)
    Libro de sueños (1976)

    CUENTOS

    El jardín de senderos que se bifurcan (1941)
    Ficciones (1944)
    El Aleph (1949)
    La muerte y la brújula (1951)
    El informe Brodie (1970)
    El libro de arena (1975)
    No clasificados
    Historia universal de la infamia (1935)
    El libro de los seres imaginarios (1968)
    Atlas (1985)

    EN COLABORACION CON ADOLFO BIOY CASARES

    Seis problemas para don Isidro Parodi (1942)
    Un modelo para la muerte (1946)
    Dos fantasías memorables (1946)
    Los orilleros (1955). Guión cinematográfico.
    El paraíso de los creyentes (1955). Guión cinematográfico.
    Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).

    CON OTROS AUTORES

    Antiguas literaturas germánicas (México, 1951)
    El "Martín Fierro"(1953)
    Leopoldo Lugones (1955)
    La hermana Eloísa (1955)
    Manual de zoología fantástica (México, 1957)
    Antología de la literatura fantástica (1940)
    Obras escogidas (1948)
    Obras completas (1953)
    Nueva antología personal (1968)
    Obras completas (1972)
    Prólogos (1975)
    Obras completas en colaboración (1979)
    Textos cautivos (1986), textos publicados en la revista El hogar
    Borges en revista multicolor (1995): notas, traducciones y reseñas bibliográficas en el diario Crítica.

César Aira
  • César Aira, uno de los secretos mejor guardados de la literatura argentina, nació en Coronel Pringles en 1949. Desde 1967 vive en Buenos Aires. Es traductor, novelista, dramaturgo y ensayista. En diversos diarios y revistas pueden leerse sus ensayos, breves y sagaces, sobre distintos autores. Ha dictado cursos en la Universidad de Buenos Aires (sobre Copi, Rimbaud) y en la Universidad de Rosario (Constructivismo, Mallarmé), y ha traducido y editado en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela. Es uno de los escritores más prolíficos de las letras argentinas, habiendo publicado más de treinta libros. Su novela "Cómo me hice monja", publicada en España en 1998, fue elegida una de los diez mejores publicados en aquel país.

  • Obras escritas , entre las novelas podemos destacar

  • Moreira (1975) . Ema, la cautiva (1981) , La luz argentina (1983) , Las ovejas (1984) , Canto Castrato (1984) ,Una novela china (1987) , Los fantasmas(1990) , El bautismo(1991) , La liebre (1991) , Embalse (1992) , La guerra de los gimnasios (1992) , La prueba (1992) ,El llanto (1992) , Madre e hijo (1993) , Bajo La Luna Nueva , Cómo me hice monja (1993) , El infinito (1994) , La costurera y el viento (1994) , Los misterios de Rosario (1994) , Los dos payasos (1995) , Abeja (1996) , La trompeta de mimbre (1998) , La serpiente (1998) , Sueño (1998) , Las curas milagrosas del Dr. Aria (1998) , La mendiga (1998) , El congreso de literatura (1999).

  • Entre sus libros de cuentos El vestido rosa (1984) ,Cecil Taylo y también escribio los siguientes ensayos Copi (1991) ,Nouvelles impressions du Petit Maroc (1991) ,Taxol : precedido de Duchamp en Mexico y La broma (1997) ,Alejandra Pizarnik (1998)

Martín Barco de Centenera (1544-1605)
  • Poeta épico español. Nació en Logrosán (Extremadura), aproximadamente en 1544. Cursó estudios en Salamanca y posteriormente embarcó con la expedición de Juan Ortiz de Zárate hacia Paraguay, donde se convirtió en arcediano de la catedral de Asunción y Villa Rica (1575-1580). Su obra Argentina y conquista del Río de La Plata, con otros acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, 1602, fue escrita para competir con la Araucana de Ercilla. Su poema es considerado como documento histórico, donde narra las hazañas vividas en la expedición de Ortiz de Zárate; sin embargo, el relato de los sucesos anteriores a su llegada es de dudosa exactitud.

Ricardo Rojas (1882-1957)
  • Poeta, historiador, ensayista, biógrafo, crítico literario y profesor universitario argentino, nacido en Santiago del Estero (en la provincia homónima) en 1882, y fallecido en Buenos Aires en 1957. Humanista fecundo y polifacético, preocupado tanto por la historia de las Letras como por la indagación acerca de la identidad nacional, dejó un valioso legado crítico e histórico que le convierte en una de las figuras más influyentes del panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX.

  • Nacido en el seno de una familia provinciana perteneciente a esa oligarquía arrinconada y empobrecida por su distanciamiento del floreciente núcleo cosmopolita que comenzaba a ser Buenos Aires, el joven Ricardo Rojas creció envuelto por una inquietud nacionalista que, en cierto modo, era fruto de la necesidad de sentirse ligado -dentro de su forzada lejanía- a una aventura histórica común. Estas circunstancias biográficas determinaron que, tan pronto como sus innatas dotes intelectuales le hubieron inclinado hacia el estudio de las humanidades, decidiera implicarse estrechamente en la corriente ideológica que, hacia 1910, se extendió por toda la Argentina bajo el nombre de "primer nacionalismo cultural".

  • Surgido al socaire de la celebración del primer centenario de la independencia del país austral, este movimiento intentaba dar una coherencia satisfactoria a una noción de nacionalidad que, en aquellos momentos, tenía que incluir forzosamente a la población indígena y, sobre todo, al populoso grupo humano de los emigrantes y sus primeros descendientes (nacidos ya en Argentina).

  • Dentro, pues, del ambicioso proyecto intelectual que se propuso desarrollar Ricardo Rojas desde su faceta de pensador e historiador de la literatura, la inserción de la población foránea que ya se sentía argentina (y que compartía, con el resto de los habitantes de aquel territorio, un mismo sentimiento de nacionalidad) constituyó una de sus principales preocupaciones, a la postre resuelta por vía de la integración cultural. Así pues, en la obra de Rojas la cultura (y, muy especialmente, una de sus más extendidas manifestaciones: el fenómeno literario) se convierte en el elemento integrador por excelencia, el que permite concebir la identidad nacional argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias muy diversas, y el que deja lugar -bien es verdad que dentro de una escala jerárquica que recuerda su pertenencia a la rancia oligarquía provinciana a la inclusión, en un mismo concepto de "nación", de indígenas y emigrantes.

  • Lógicamente, este monumental proyecto del escritor de Santiago del Estero no se desarrolló sólo por vía de la imprenta, ya que Ricardo Rojas lo alentó y sostuvo en cuantos organismos e instituciones prestó sus servicios. Fueron, en este sentido, ejemplares sus labores realizadas en las universidades de La Plata y Buenos Aires -en donde ejerció la docencia en calidad de profesor de Literatura y Filosofía-, y fomentó la creación de una cátedra que habría de convertirse en un hito histórico dentro de la andadura universitaria de la joven nación: la de Literatura Argentina. Además, impulsó de forma decisiva la creación de un instituto de investigaciones que permitió desarrollar numerosos aspectos de su propio proyecto y de otros objetivos ajenos, y ofreció un vigoroso apoyo a la publicación de documentos históricos relacionados con el pasado argentino, así como a la edición de obras literarias de toda índole (aunque con especial atención a los clásicos universales y las piezas emblemáticas del hasta entonces exiguo corpus libresco específicamente argentino). Rojas fue, en efecto, uno de los responsables de la fijación del Martín Fierro (1872), de José Hernández (1834-1886), como la piedra fundamental de la identidad cultural argentina, dentro de una más amplia concepción del género gauchesco como el elemento emblemático de una literatura específicamente argentina, y opuesta -por esta misma especificidad- a lo que, ante el crisol cosmopolita de las aportaciones de los distintos grupos de emigrantes, el propio Rojas tildó de "babelización" del país. Cabe señalar, al respecto, que todo su trabajo de reconstrucción histórica y análisis del presente descansa en dos corrientes de pensamiento plenamente decimonónicas: el romanticismo (patente en su apasionada búsqueda de las señas de identidad nacional; en la valoración ética y estética de ciertos modelos indiscutiblemente románticos como el gaucho; etc.) y el positivismo (que confiere a su trabajo un acusado acento historicista, y una metodología basada en la ordenación cronológica de los distintos períodos abarcados).

  • Sin duda alguna, la obra que mejor define todas las características e intenciones del proyecto cultural de Ricardo Rojas es su monumental Historia de la literatura argentina (Buenos Aires: La Facultad, 1917-1922), publicada en cuatro volúmenes y considerada la primera reconstrucción histórica de las Letras australes propiamente dicha. A pesar de su importancia como instrumento imprescindible para el estudio de la literatura hispanoamericana, este valioso trabajo de Ricardo Rojas anuncia, ya desde su explícito subtítulo (Ensayo filosófico sobre la cultura en el Plata), un ambicioso objetivo que rebasa las meras preocupaciones del crítico literario para adentrarse en profundas reflexiones acerca de la identidad cultural de la nación.

  • El resto de su producción impresa se completa con otros títulos tan notables como El alma española (Valencia: Sempere, 1907); La restauración nacionalista (Buenos Aires: Ministerio de Justicia e Instrucción pública, 1909); Blasón de Plata (Buenos Aires: La Nación, 1910); Los lises del blasón (Buenos Aires: Martín García, 1911); La argentinidad (Buenos Aires: La Facultad, 1916); Eurindia (Buenos Aires: La Facultad, 1924); La historia en las escuelas (Buenos Aires: La Facultad, 1930); El radicalismo de mañana (Buenos Aires: Rosso, 1932); El santo de la espada: Vida de San Martín (Buenos Aires: Anaconda, 1933); Ollantay. Tragedia de los Andes (Buenos Aires: Losada, 1939); Un profeta de la pampa. Vida de Sarmiento (Buenos Aires: Losada, 1945). Otras obras suyas son El país de la selva y Archipiélago.

  • Además de estos títulos, Ricardo Rojas -cuya residencia bonaerense se convirtió, después de su muerte, en biblioteca y museo- fue autor del poemario juvenil Romance de ausencias, en el que son notables las influencias del modernismo y el neo-romanticismo.

  • Bibliografía
    ALTAMIRANO, Carlos: "La fundación de la literatura argentina", en Ensayos argentinos, Buenos Aires: CEAL, 1983.
    BECCO, Horacio Jorge: "Bibliografía de Ricardo Rojas", en Revista Iberoamericana, Pittsburgh [U.S.A.], 23 (9158), pp. 335-350.
    PAYÁ, Carlos-CÁRDENAS, Eduardo: El primer nacionalismo argentino. Manuel Gálvez y Ricardo Rojas, Buenos Aires: Peña Lillo, 1978.
    ZUBIETA, Ana María: "La historia de la literatura. Dos historias diferentes", en Filología, Buenos Aires, XXII, 2, 1987.

Juan José Vértiz y Salcedo (1718-1798)
  • Nacido en Mérida, Nueva España. Su padre, Juan José de Vértiz y Hontañón, fue gobernador y capitán general de Yucatán. En 1778, tomó el mando del virreinato del Río de la Plata. El virrey Vértiz creó un cuerpo de funcionarios de Aduanas. Fundó el primer grupo de población en la Patagonia, en el intento de desviar la corriente de emigrantes que llegaban de España a Buenos Aires. Creó un orfanato y un hospital para infecciosos; fundó el Real Colegio de San Carlos; creó el Tribunal del Consulado. El territorio estaba dividido en ocho intendencias, de las que se desmembraron después cuatro gobiernos militares: Montevideo, Misiones, Moxos y Chiquitos. Vértiz fue un incasable inspector de todos los órganos de la Administración virreinal. En 1784 entregó el mando.

Pantaleón Rivarola (1754-1831)
  • Sacerdote y poeta argentino que escribió entre otras obras: Romance heroico y La gloriosa defensa, inspiradas en la invasión inglesa.
     

Francisco de Quevedo y Villegas, (1580-1645)
  • Poeta, dramaturgo y narrador español, nacido en Madrid en 1580 y muerto en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) en 1645. Máximo representante de la corriente conceptista que floreció en las letras hispánicas del Siglo de Oro, tuvo el acierto de forjar una prosa tersa, pulida y esmerada, cuya riqueza y variedad sólo tienen comparación con la altura a la que se remontan los alardes lingüísticos de su poesía.

  • Vida

  • En 1606, vuelve a la Madrid con la corte y comienza a buscar acomodo dentro de ella. Lo hallará en primer lugar con el Duque de Osuna, al que conoció, al parecer, durante sus años de estudiante en Alcalá de Henares. Comienza a escribir sus Sueños y su España defendida de los tiempos de ahora, y traduce a Anacreonte y a Focílides; concurre a academias como la del conde de Saldaña. Al tiempo, orgulloso de su origen nobiliario, inicia un pleito por el señorío de la Torre de Juan Abad, que ganaría en 1631 y que le costaría abundantes esfuerzos y dineros. En 1613, y tras padecer una crisis espiritual que se plasmó en sus Lágrimas de Jeremías castellanas (entre otras obras), acepta el puesto de secretario del Duque de Osuna, con el que parte a Sicilia y, de allí, a Nápoles. Durante sus años en Italia, realiza importantes misiones diplomáticas para el Duque, que, en pago, le consigue el hábito de Santiago. Entre ellas, además de sobornos en la corte para lograr el virreinato de Nápoles para el duque, destacará la famosa la conjuración de Venecia, en la que el poeta se verá involucrado. Al caer en desgracia su protector en 1620, sufrió destierro en la Torre y prisión al año siguiente y hasta 1622.

  • En 1634, se casa con Esperanza de Mendoza, señora de Cetina, viuda de la que se separó a los dos años y que lo dejó viudo en 1641. Mientras, la dureza de sus burlas contra todo el mundo le han granjeado numerosos enemigos, entre ellos el todopoderoso Olivares del que tanto había esperado en principio el autor (véanse al respecto obras suyas como El Chitón de las Tarabillas o la dedicatoria enderezada al valido al frente de la edición de la Poesía de fray Luis de León, así como el nombramiento del autor para secretario del rey, que dan muestra de una relación que en principio no podía ser mejor). Todo ello lo sitúa en una posición incómoda que propicia ataques como los enderezados por Pacheco de Narváez, el padre Niseno y Juan Pérez de Montalbán en el Tribunal de justa venganza, erigido contra los escritos de don Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en desverguenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres, publicado en 1635. En este mismo año, Pacheco de Narváez lo denuncia a la Inquisición. Los ataques se centran, con frecuencia, en su cojera y en su miopía, de los que hizo burla él mismo.

  • En 1639, es detenido acusado de ser espía de los franceses y conducido a San Marcos de León, donde permanece hasta 1643 en tan malas condiciones que su salud se resiente. La anécdota de que el poeta logró hacer llegar hasta la servilleta del rey un memorial contra el valido y que éste fue el origen de la indisposición nunca ha logrado ser comprobada. Con todo, la epístola "No he de callar por más que con el dedo" dirigida al valido, señala cierta indisposición del poeta para con un régimen que perpetuaba los errores del que había querido corregir. Durante estos años de cárcel, escribe obras como el Marco Bruto, que publica a su regreso a Madrid en 1644. Al año siguiente se retira a la Torre de Juan Abad, donde continúa escribiendo hasta que su enfermedad lo obliga a trasladarse a Villanueva de los Infantes, donde muere el día 8 de septiembre.

Góngora y Argote, Luis de (1561-1627)
  • Poeta y dramaturgo español, nacido en Córdoba el 11 de julio de 1561 y muerto en su ciudad natal el 23 de mayo de 1627, víctima de una apoplejía. Máximo representante del culteranismo barroco en la poesía española, fue uno de los poetas más influyentes en la evolución estética de su tiempo. Su renovación del lenguaje póetico, inspirada en cultismos léxicos y sintácticos procedentes del latín clásico, marcó una pauta en la lírica española que ha llegado hasta nuestros días.

  • Vida

  • Hijo de Francisco de Argote, juez de residencia en Madrid y de bienes confiscados por la Inquisición de Córdoba, y de Leonor de Góngora, parece que estudió con los jesuitas. Se ordenó sacerdote cuando su tío materno, racionero de la catedral cordobesa, le cedió algunos privilegios, pero la falta de vocación religiosa del poeta fue evidente a lo largo de toda su vida y se mostró en su pasión por las mujeres y, sobre todo, por el juego, que fue la causa de su ruina final y de innumerables burlas durante sus años de estancia en Madrid. Asimismo, la supuesta ascendencia judía de la familia fue motivo de burla, especialmente para Quevedo, que identificó su nariz con la habitualmente supuesta a los judíos y calificó a su novedosa poesía de "judaizante".

  • Estudió Cánones en Salamanca entre 1576 y 1580, pero no llegó a graduarse. Precisamente es 1580 el año de sus primeros poemas y cinco años más tarde recibe el elogio de Cervantes en el Canto de Calíope.

  • En 1617, ya famoso como poeta, se instala en Madrid y se ordena sacerdote (hasta entonces sólo había estado ordenado de menores). Es nombrado capellán del rey con el apoyo del Duque de Lerma. La vida de la corte lo endeuda aún más, por lo que a la caída de Lerma se verá obligado a buscar la sombra de Olivares. Son años difíciles: el Conde-Duque lo entretiene con promesas que nunca se materializan, lo amenazan con embargos, alguien (Quevedo según el anecdotario) compra su casa y le obliga a deslojarla. Enfermo y sin recursos, intenta publicar sus poemas, dispersos hasta la fecha, pero no lo consigue. Una mejoría de la enfermedad le permite volver a Córdoba en 1626, para morir allí al año siguiente.

  • Obra

  • Salvo dos comedias que no triunfaron, aunque no carezcan de méritos (Las Firmezas de Isabela, de 1610, y El Doctor Carlino, de 1613) la obra de Góngora se ciñe al verso, aunque tocando en él la mayor parte de los géneros de su tiempo, a excepción del poema épico stricto sensu.

  • Estilísticamente, la poesía de Góngora se caracteriza por la hinchazón formal, por el uso de recursos amplificadores que se detienen en la descripción y explicación del contenido más que en avanzar en él. Junto a ello, el gusto por el hipérbaton latinizante dificulta la comprensión del contenido, lo que llevó a sus críticos a calificarla de poesía extranjera, frente a la poesía española que, procedente de Garcilaso, había llegado a los "poetas claros" que rodeaban a Lope. Con todo, el estilo gongorino no procedía, ni mucho menos, de poesía extranjera alguna, sino del modo de poetizar de la escuela sevillana y del grupo antequerano-granadino que, ya desde el propio Fernando de Herrera y a través de la obra de un Luis Carrillo y Sotomayor, un Juan de Arguijo o un Francisco de Rioja, va a llegar a su cima en la obra del cordobés. Junto con ello, el profundo conocimiento de las lenguas clásicas que tenía Góngora le permite establecer esas atrevidas perífrasis y violentos hipérbatos que causaron tanta admiración como críticas.

  • Al tiempo, y respecto del enfrentamiento entre "culteranos" o seguidores de Góngora y "conceptistas" o seguidores de Quevedo, es preciso señalar tanto la soledad de Quevedo, incapaz de crear a su alrededor grupo alguno, como el hecho de que Gónogora fue imitado por todos, incluidos aquellos que, como Lope, lo criticaban. Y esto tanto por la poderosa atracción que su estilo ejerció sobre sus contemporáneos cuanto por venir en línea directa de la poesía del XVI. De esta manera, poemas como La Filomena o La Andrómeda de Lope muestran una clara huella de Góngora que el Fénix logró asimilar a su estilo. El influjo de Góngora sustituirá al de Garcilaso hasta entrado el siglo XVIII, cuando, por compensación, Góngora se convierta en la bestia negra de nuestros ilustrados, que abogan por un estilo claro como el de los poetas del XVI, aunque nunca logren su calidad. Este anatema sobre la obra de Góngora perduró a lo largo del XIX y fue sancionado por la crítica que Menéndez y Pelayo hizo de sus últimas obras, crítica que acuñó la expresión "príncipe de luz, príncipe de tinieblas" con la que el humanista Cascales había definido en el XVII las dos etapas en la obra del cordobés: antes y después de las Soledades, lo que don Marcelino identificaba con antes y después de perder Góngora la razón (no olvidemos que el mismo crítico difundió la especie de que El Greco padecía de una enfermedad de la vista que le hacía pintar las figuras tan largas y estilizadas). Será a partir de Rubén Darío cuando la obra de Góngora vuelva a ser apreciada en círculos poéticos, aunque serán precisos, además, los estudios de Alfonso Reyes, Miguel Artigas y, sobre todo, Dámaso Alonso, junto con sus compañeros de generación poética, quienes organizaron en 1927 el homenaje al poeta en el tricentenario de su muerte y, más aún, rehabilitaron su lengua poética para la poesía española del siglo XX.

  • Dentro ya de la obra del cordobés, es preciso señalar la constancia de estos rasgos estilísticos que aparecen tanto en obras serias como en obras de burlas, y tanto en obras tempranas como en obras de madurez. Sí que encontramos, en cambio, una intensificación de dichos procedimientos estilísticos que llevaron a los que se consideraron excesos de las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea. Así, desde el principio de su obra, encontramos los mismos recursos en poemas en metro tradicional y culto. De esta manera, más que de dos etapas, cabe hablar de una intensificación progresiva que el poeta deja de cuando en cuando de lado.

  • En cuanto a los géneros, fue fundamental la influencia de Góngora en la creación del Romancero Nuevo, al que aportó joyas como "Amarrado al duro banco", "Entre los sueltos caballos", "En un pastoral albergue", "Hermana Marica" o "Ensíllenme el asno rucio / del alcalde Antón Llorente" (parodia del romance "Ensíllenme el potro rucio / del alcalde de los Vélez", de Lope Vega. Asimismo, es de destacar el romance burlesco de 1618 titulado "Fábula de Píramo y Tisbe", en el que aparecen ya los elementos estilísticos citados con la intensidad habitual de sus últimas obras. Junto a éstos, destacan las letrillas "Ándeme yo caliente y ríase la gente", "Aprended, flores, en mí", presente aún hoy en la tradición oral hispana o la letrilla sacra "Caído se le ha un clavel" dedicada al Nacimiento de Cristo. asimismo, están compuestos con singular perfección sonetos como el dedicado al tema del carpe diem ("Mientras, por competir con tu cabello, / oro bruñido, el sol relumbra en vano"), o el "Soneto a Córdoba" ("¡Oh excelso muro, oh torres coronadas!") que fue musicado en nuestro siglo, parejo al fervor gongorino del 27, por Manuel de Falla. Muchos de ellos se transforman en dedicatorias a personajes ilustres para los que Góngora compone versos ajustados y ricos. Otras veces, sus sonetos arrastran una carga satírico-burlesca que apunta con ácida ironía hacia los defectos de los personajes más destacados de su tiempo ("El Conde mi señor se fue a Napoles, / el Duque mi señor se fue a Francía: / príncipes, buen viaje, que este día / pesadumbre daré a unos caracoles"). Otras veces, la censura burlesca está dirigida contra su mayor enemigo en las lides poéticas, don Francisco de Quevedo y Villegas ("Anacreonte español, no hay quien os tope"; "Cierto poeta, en forma peregrina / cuanto devota, se metió a romero").

  • Destacan, asimismo, sus sonetos áulicos, laudatorios y elegíacos, en franca competencia, por lo que atañe a su hondura poética, con los consagrados a la materia amorosa y galante:


DE UN PEREGRINO ENFERMO
QUE SE ENAMORÓ DONDE SE HABÍA HOSPEDADO

"Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.

Repetido latir, si no vecino,
distincto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.

Salió el sol y, entre armiños escondida,
soñolienta beldad, con dulce saña,
salteó al no bien sano pasajero.

Pagará el hospedaje con la vida:
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero".
 
  • Es autor, asimismo, de poemas en arte mayor como la "Oda a la toma de Larache", en la que se comienza a observar el tránsito hacia la etapa final, que comienza, propiamente hablando, con el "Panegírico al Duque de Lerma", obra en la que las galas del estilo gongorino se hacen pesadas por el escaso interés del tema.

  • No sucede lo mismo con la Fábula de Polifemo y Galatea, en la que el estilo de Góngora refleja la sensualidad de la historia de la ninfa y el pastor y el contraste entre su belleza y la brutalidad de Polifemo, monstruo enamorado también de la ninfa. Góngora estructura el poema en 63 octavas que distribuye a modo casi de viñetas en las que apenas el sentido de una se encabalga en la siguiente. La belleza del poema -y la enorme dificultad del lenguaje poético gongorino-, se puede apreciar en cualquiera de sus octavas:

"En la rústica greña yace oculto
el áspid, del intonso prado ameno,
antes que, del peinado jardín culto
en lo lascivo, regalado seno.
En lo viril desata de su vulto
lo más dulce el amor de su veneno:
bébelo Galatea, y da otro paso
por apurarle la ponzoña al vaso".
  • Respecto de las Soledades, fue, sin duda, el proyecto más ambicioso del poeta: Góngora pretendía escribir cuatro poemas sobre el mismo asunto, pero que sólo dejó dos antes de su muerte. Narra el poema el naufragio de un joven que, tras pasar la noche con unos cabreros, se encuentra con diferentes personas y acontecimientos (unos cabreros que van de boda, a la que asiste, unos pescadores con los que faena, una cacería que contempla al regreso, etc.) que sirven al poeta para desplegar todo su riqueza estilística:
     

"Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
-media luna las armas de su frente
y el sol todos los rayos de su pelo-,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas.
Cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter, mejor que el garzón de Ida,
náufrago y desdeñado -sobre ausente-
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar, que, condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido
segundo de Arïón dulce instrumento".
 
  • La obra de Góngora se publicó en el mismo 1627 a cargo de Juan López de Vicuña (Obras en verso del Homero español), edición que completó en 1633 Gonzalo de Hoces (Todas las obras de don Luis de Góngora en varios poemas). Enseguida, Salcedo Coronel, José Pellicer, y Cristóbal Salazar Mardones comentaron su obra verso a verso, tal y como sucediera durante el siglo anterior con Garcilaso. El primer crítico de su estilo fue Juan de Jáuregui en su Antídoto contra las Soledades, escrito después de 1616, fecha en la que estos poemas comenzaron a correr manuscritos.

    Bibliografía
    ALONSO, Dámaso. La lengua poética de Góngora. (Madrid: 1930). Góngora y el "Polifemo". (Madrid: 1967). Góngora y el gongorismo. (Madrid: 1978).
    JAMMES, Robert. Études sur l'oeuvre poétique de don Luis de Góngora y Argote. (Burdeos: 1967).
    G. Fernández San Emeterio.
     

Calderón de la Barca, Pedro (1600-1681)
  • Poeta y dramaturgo español, nacido en Madrid el 17 de enero de 1600, y muerto en su ciudad natal en 1681. Continuador del arte nuevo de hacer comedias difundido por Lope de Vega, en su teatro se intensifica el componente lírico, se adensa la reflexión moral y filosófica, se enriquece la dimensión religiosa y se acentúa la introspección psicológica de los personajes, forjando en su conjunto un corpus dramático considerado como el más profundo y acabado del teatro áureo.

    Vida

    De familia acomodada y oriunda de la Montaña (es decir, de ascendencia hidalga acreditada), era hijo de un secretario del Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda, lo que dio a la familia una situación social de cierta importancia y acomodo. El dramaturgo fue el tercero de los hjos del matrimonio y recibió una educación esmerada en el Colegio Imperial de Madrid, regentado por la Compañía de Jesús en el edificio que actualmente ocupa el Instituto de Bachillerato "San Isidro", entre 1608 y 1613. Su condición de hijo tercero lo destinaba desde la cuna a ocupar una capellanía fundadada por su abuela. Entre 1614 y 1620 estudió, primero, en Alcalá de Henares, y después en Salamanca, hasta obtener el grado de Bachiller en Cánones. Son años juveniles en los que se le asocia a la clásica vida desordenada de los estudiantes, con la que prosiguió a partir de su regreso a Madrid, dejando de lado la carrera eclesiástica e introduciéndose en los ambientes literarios de la Corte. Participó en las justas y certámenes de esos años, tales como los de beatificación y canonización de San Isidro en 1621 y 1622 respectivamente. Todo ello nos lo sitúa en la estela de Lope de Vega, del que fue sucesor en la escena. En 1623 estrenó su primera comedia, Amor, honor y poder, que obtuvo no poco éxito. Durante estos años se vio envuelto en pleitos por su vida de pendencias y juego y por causa del testamento de su padre, que obligó al dramaturgo y a sus hermanos a pleitear con su madrastra y a vender el cargo de su padre para pagarle lo que les pedía. Probablemente fueron estos sucesos los que le llevaron a entrar al servicio del duque de Frías, con el que viajó por Flandes y el norte de Italia entre 1623 y 1625.

    A su vuelta, prosiguió Calderón con su vida de antes y comenzó a obtener éxitos en la escena, al tiempo que empezaba a eclipsarse la figura de Lope. Su irrupción, en compañía de otros, en el sagrado del convento de las Trinitarias de Madrid, donde se encontraba la hija de Lope, en persecución de un cómico, le causó la enemiga de Lope y de Fary Hortensio Félix Paravicino. La burla que de este último hizo Calderón en El Príncipe Constante nos lo presenta bastante lejos del Calderón taciturno que tanto ha gustado presentar a la crítica. En el mismo año de 1629 en el que tenían lugar estos sucesos, vio estrenar La Dama Duende, su primer gran éxito. La década de 1630 a 1640 fue la más fructífera en lo que a los corrales de comedias se refiere. Al mismo tiempo, comenzó a recibir encargos para los teatros de la Corte, tanto en el salón dorado del desaparecido Alcázar como en el recién inaugurado Palacio del Buen Retiro, para cuya primera función escribió en 1634 El nuevo Palacio del Retiro. En El Retiro, las funciones se llevaban a cabo en un coliseo construido para tal efecto -que contaba con todos los adelantos en materia escenográfica, para los que la Corte había contratado al italiano Cosme Lotti-, pero también en escenarios montados sobre barcas en el Estanque de los jardines. Calderón colaboró con Lotti en todo tipo de espectáculos palaciegos, sobre todo desde que, en 1635, se le nombrara director de tales representaciones. En 1636 se le concedió el hábito de Santiago. Fueron los años de El médico de su honra, La hija del aire, etc. En 1636 apareció, además, la Primera Parte de sus Comedias, recogidas en número de doce, que tendrá sucesivas partes en 1637, 1664, 1672 y 1677, año en el que apareció también la primera entrega de sus Autos sacramentales.

    Como caballero de Santiago, participó en el socorro de Fuenterrabía de 1638 y en la campaña de Cataluña de 1640, respecto de la que se cuenta la anécdota, nunca comprobada, de que el rey trató de impedir la posible pérdida de su dramaturgo en el campo de batalla mediante la orden de que no dejara Madrid mientras no le entregara una comedia concluida. Calderón le entregó en pocos días la titulada Certamen de amor y celos, que se representó en el Estanque de El Retiro. Herido durante el sitio de Lérida, obtuvo la licencia absoluta en 1642, a la que acompañó una pensión vitalicia.

    A su retorno, entró al servicio del duque de Alba y continuó dedicándose al teatro, aunque sólo al religioso, dado que los teatros permanecieron cerrados entre 1644 y 1645 y, más adelante, entre 1646 y 1649 con motivo de los lutos por la reina Isabel de Borbón, primera mujer de Felipe IV y por el príncipe Baltasar Carlos. En este ambiente se produjo, además, la muerte de sus hermanos José (1645) y Diego (1647), y el nacimiento de su único hijo, ilegítimo. Conmovido por todo ello, ingresa en la Orden Tercera de San Francisco en 1650 y se ordenó sacerdote al año siguiente, ocupando así la capellanía fundada por su abuela. En 1653 fue nombrado capellán de los Reyes Nuevos de Toledo. Se dedicó a la composición de autos que le encargaban los ayuntamientos de Madrid y Toledo, y dejó de escribir para los corrales, aunque prosiguió con los encargos de la Corte (que consistían en piezas de tema mitológico y montaje espectacular, en las que la música comenzaba a tener un papel destacado). Son las primeras óperas y zarzuelas españolas, de las que poco nos ha llegado, si exceptuamos algunos números sueltos. El término Zarzuela se acuñó para un género mixto en el que se canta y se representa, pero no tiene nada que ver este espectáculo cortesano de tema mitológico con el género de carácter popular que, a partir de la misma idea pero con una base argumental tomada del sainete o de la propia comedia lopesca, comenzará a generalizarse a partir del XVIII en los teatros públicos y en los salones aristocráticos. Nada más erróneo, por tanto, que la costumbre habitual de hacer de Calderón el primero de nuestros zarzueleros, dado que nada sino la mezcla de canto y representación hay en común entre dos géneros por lo demás totalmente distintos.

    Pese a haberse apartado de los corrales, recibió críticas por su condición de sacerdote dramaturgo, de las que se defendía arguyendo los encargos con los que se le importunaba. En 1663 fue nombrado capellán de honor del rey y en 1666, capellán mayor de Carlos II. Continuó escribiendo hasta el mismo año de su muerte. Su últmia comedia, Hado y divisa de Leónido y Marfisa, se representó en 1680, y su último auto sacramental, La divina Filotea, vio la luz, concluido por Melchor de León, en 1681, poco después de muerte de Calderón. Tras ésta, se abre un período de decadencia de nuestro teatro que se prolongará más de un siglo.

    Obra

    Sin llegar a los extremos de la obra de Lope, la de Calderón es también ingente: cerca de ciento veinte comedias, más de ochenta autos y varias piezas cortas. A pesar de cierta cantidad de piezas poéticas, entre la que destaca el poema compuesto sobre la divisa Psalle et Sille -"canta y calla"- situada en el coro de la iglesia de los Reyes Nuevos de Toledo, su obra es básicamente dramática. La producción dramática de Calderón aparece cuando el mecanismo teatral ya está organizado en España. Tal máquina va a servir para un genio opuesto en casi todo al de Lope, caracterizado por su mirada hacia el interior frente a la necesidad de exteriorizarse de Lope.

    Desde Menéndez y Pelayo, su obra se viene dividiendo en comedias y autos y, dentro de la primera, una subdivisión en comedias de capa y espada, dramas trágicos, dramas filosóficos y dramas religiosos. Esta clasificación, a pesar de los problemas que puede plantear la distinción entre "religioso" y "filosófico" en algunos casos, se ha mostrado como útil a la hora de establecer una taxonomía dentro de la obra del dramaturgo. Con todo, pueden señalarse varias características comunes a toda su creación: la preocupación de la reponsabilidad moral del hombre, el conflicto entre lo real y la ilusión, y el honor como fuente de conflictos sociales entre el sentimiento y el papel del hombre en la sociedad; lo mismo cabe decir del aspecto formal, en el que el recurso constante a la metáfora, a la hipérbole y, sobre todo, a la paradoja convierte a cada comedia o auto en un auténtico poema dramático en el que se suman la lengua poética elaborada por Lope con las audacias gongorinas.

    Las comedias de capa y espada son la vertiente del teatro de Calderón que más se asemeja al de Lope. Calderón supone para la comedia lopesca la depuración del molde a través de la simplificación de la trama y la mejora de la construcción, normalmente a través de la supresión de escenas públicas como las que tanto gustaban a Lope y a su generación. El motor de la acción suele ser el amor, con el que confluyen los celos y el honor. Los personajes se mueven de acuerdo con el decoro de su nivel social y la acción se basa habitualmente en el equívoco. Es el caso de El astrólogo fingido; Casa con dos puertas, mala es de guardar; Hombre pobre, todo es trazas; El alcaide de sí mismo; Guárdate del agua mansa o No hay burlas con el amor. Por supuesto, es el género al que pertenece también La Dama Duende, el primero de sus éxitos, en el que una de las damas atrevidas de nuestro teatro, doña Ángela, se introduce por las noches en el cuarto de su amado para desordenar los muebles como si fuera un fantasma.

    Como se puede deducir de todo esto, la línea del Calderón de los corrales no sería la que continuaría el teatro español a finales del XVII y durante el XVIII, sino la del Calderón de los autos sacramentales y de las comedias heroicas y mitológicas de palacio, en las que el ornato escénico tenía tanta importancia como el propio texto, y esto merced a la calidad poética de Calderón, pues la balanza se inclinaría del lado de la tramoya así topara el organizador con un dramaturgo menos hábil que el que nos ocupa. De estas comedias palaciegas, también llamadas "de aparato", escritas por lo general en fecha más tardía, destacaremos Ni amor se libra de amor, basada en el cuento del Amor y Psique; La fiera, el rayo y la piedra, zarzuela basada en los mitos de Pigmalión, Anaxárate y Cupido; Fieras afemina Amor, sobre Hércules y Onfalia y Eco y Narciso, mito que se prestaba a singulares efectos musicales de eco merced a la transformación final del protagonista, tales como los empleados por Monteverdi, Carissimi o, más tarde, Bach en diferentes obras. Dentro de este apartado hay que señalar también La púrpura de la Rosa, representada en el Buen Retiro en 1660 y que sería la primera ópera representada en América.

    De entre los dramas religiosos señalaremos El Purgatorio de san Patricio; El Príncipe Constante y El mágico prodigioso.

    Los dramas de honor son los que más fama han dado al autor y los que, probablemente, más críticas han atraído sobre su figura. Sus argumentos son casos extremos en los que la fama pública de un hombre se ve comprometida por un adulterio, o por la simple sospecha de éste, sin que le quede al deshonrado más remedio que lavar su honor con la mancha de los culpables. El concepto de honor, absolutamente ajeno a la mentalidad de nuestro tiempo, no se refiere al arrebato de celos, sino a una auténtico mandamiento social al que hay que obedecer a sangre fría:

"Al Rey, la hacienda y la vida
se ha de dar, pero el honor
es patrimonio del alma
y alma sólo es de Dios".
 
  • Con todo, se trataba de un código que, al menos en el teatro y la novela, el público aceptaba y aplaudía. Su pervivencia en nuestra sociedad ha sido tema constante para los escritores preocupados por el estudio del carácter español, tanto en ensayos como en novelas, en las que, casualmente o no, coincide con el tema de Don Juan. Es el caso de La Regenta, de "Clarín", y Tigre Juan y El curandero de su honra, de Ramón Pérez de Ayala. En este último, la parodia del honor calderoniano es evidente desde el propio título. Las tres obras más conocidas de este apartado de la producción calderoniana son El Pintor de su deshonra; A secreto agravio, secreta venganza y, sobre todo, El médico de su honra, en el que un caballero deja morir desangrada a su mujer por la simple sospecha, infundada, de haberle sido infiel con la posterior anuencia, y aún alabanza, del rey. Con todo, el más famoso drama de honor de Calderón es El Alcalde de Zalamea, en el que el conflicto del honor abandona la escena cortesana para aparecer entre plebeyos como el alcalde Pedro Crespo, personaje digno y consciente tanto de su valor como de su puesto en la sociedad que se rebela contra los abusos (como siempre de tipo sexual) del capitán don Álvaro de Ataide, de familia noble. La posición del villano es reforzada en la obra por la cobardía de un hidalgo pobre que intenta aparentar lo que no tiene. Como en el caso anterior, la presencia del rey sancionando al que ha lavado su honor supone la aprobación suprema de su conducta.

    Fragmento de El Alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca, extraído de "El Archivo de la Palabra" del Centro de Estudios Históricos, editado por la Residencia de Estudiantes.

    Enrique Borrás encarnó la figura de Don Pedro Crespo de manera magistral, haciendo crecer al personaje gracias a la naturalidad y sencillez de su puesta en escena.

    Respecto de los dramas filosóficos, es preciso tener en cuenta en primer lugar La Vida es Sueño, en donde se reflexiona sobre la razón de estado frente a la libertad humana a través de la figura del príncipe Segismundo, hijo del rey de Polonia que ha sido apartado del trono a causa de un pronóstico que vaticinó que destronaría a su padre. La curiosidad del rey lo lleva al trono durante un día para devolverlo a su prisión, pero el joven luchará para conseguir el trono al que está destinado hasta destronar a su padre y librar así a Polonia del rey injusto que lo ha mantenido prisionero para permanecer seguro en el trono sin temor. La reflexión sobre el poder mal adquirido aparece también en La Hija del Aire y La Cisma de Inglaterra, la primera sobre el mito de Nino y Semíramis y la segunda sobre el divorcio de Enrique VIII de Inglaterra de Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena. En los tres casos, la recurrencia a espacios lejanos, míticos o contrarios a España permiten al dramaturgo hablar con libertad, sin temor a que sus palabras se interpretaran contra la Corte española, con la que, por lo demás, sus relaciones no podían ser mejores. Por otra parte, el respeto por la institución monárquica le lleva a centrar el caso histórico de Enrique VIII en la figura de Ana Bolena, que es quien asciende a donde no le está destinado y quien, como Semíramis en La Hija del Aire, acaba siendo derribada por los mismos que ayudaron a elevarla. El problema del buen gobierno, constante a lo largo de todo el XVII, primero merced a los valimientos de los duques de Uceda y Lerma y, ya con Felipe IV, del Conde-duque de Olivares, así como con la minoría de Carlos II y el gobierno de don Juan José de Austria, parece haber sido un asunto de importancia para Calderón, que ya lo trató durante los tiempos de Olivares en Saber del mal y del bien, estrenada en 1628.

    Finalmente, los autos sacramentales están escritos para la festividad del Corpus Christi, en la que se ensalza la presencia real de Cristo en la forma consagrada. A causa de esto, los autos tenían en su desarrollo metafórico que estaba relacionado con la propia naturaleza de la fiesta y que los convertía en lo que el propio Calderón llamó "Sermones / puestos en verso" en los que se buscaba explicar al pueblo cuestiones de índole teológica a las que de otra manera no podía acceder. Son los más alegóricos los que carecen de otro argumento, como El gran teatro del mundo, El gran mercado del mundo o No hay más fortuna que Dios; otros se ayudan de un argumento mitológico (Los encantos de la culpa, sobre Circe y Ulises; El divino Orfeo; o Andrómeda y Perseo, que se incluyen dentro de la amplísima corriente que, desde la propia Edad Media, había buscado una explicación moral a las fábulas mitológicas) o bíblico (La cena del Rey Baltasar; Sueños hay que verdad son, sobre la historia de José en Egipto; El árbol del mejor fruto; A tu prójimo como a ti, sobre el buen samaritano; La siembra del Señor, etc.). Otros aprovechaban temas históricos o legendarios (La devoción de la misa, El Santo Rey don Fernando, etc.) e, incluso, motivos como la construcción del nuevo palacio en El nuevo Palacio del Retiro o Las Órdenes militares.

    Bibliografía

    VV.AA. ACTAS del Congreso Internacional sobre Calderón y el teatro español del Siglo de Oro, (Madrid, 1983).
    RUIZ RAMÓN, Francisco. Ediciones de La Hija del Aire (Madrid: Cátedra, 1987) y La cisma de Inglaterra (Madrid: Castalia, 1981).
    VALBUENA BRIONES, Ángel. Calderón y la comedia nueva (Madrid: 1977).
    VAREY, John E. Cosmovisión y escenografía: el teatro español en el Siglo de Oro. (Madrid: 1987).
    G. Fernández San Emeterio

Jovellanos, Gaspar Melchor de (1744-1811)
  • Literato, jurisconsulto, poeta, economista, anticuario, magistrado y hombre político español, nacido en Gijón el 5 de enero de 1744 (en la que hoy es Casa-Museo de Jovellanos), durante el reinado de Felipe V, y fallecido en Vega (Asturias) en 1811, uno de los hombres más destacados del Siglo de las Luces .

    Vida

    Fue hijo de una familia hidalga de larga descendencia, que gozaba de una economía media. Su niñez se desarrolló en un ambiente de inquietud intelectual. Recibió su primera formación de latinidad en su ciudad natal. En 1757 comenzó sus estudios de filosofía en la universidad de Oviedo, donde conoció al P. Feijoo, monje benedictino que contaba entonces ochenta y cuatro años. Pasó después a hacer los estudios eclesiásticos en Ávila, en la universidad y en el seminario establecido creado en la ciudad castellana por el obispo asturiano don Romualdo Velarde y Cienfuegos. En junio de 1761 se graduó de bachiller en Cánones por la universidad de Osma, y en 1763 de licenciado en Cánones por la universidad de Ávila. Durante estos años se formó su espíritu de humanista con el aprendizaje del latín y lectura de los clásicos Horacio, Virgilio, Cicerón, Salustio, Plinio, entre otros.

    En 1764 Jovellanos fue becado como colegial del Mayor de San Ildefonso de la universidad de Alcalá de Henares, tras aprobar los ejercicios correspondientes, para continuar sus estudios eclesiásticos. En esta ciudad conoció a Cadalso, al que probablemente orientó en el terreno literario, y a don Pedro Rodríguez de Campomanes, paisano suyo y una de las principales figuras de la Ilustración. Ese mismo año se graduó de bachiller en Cánones por la universidad de Alcalá y en junio de 1767 opositó sin éxito a una cátedra de Decreto de esa universidad. Decidido a seguir la carrera eclesiástica, tuvo intención de opositar a una canonjía doctoral de Tuy, pero cambió de opinión debido quizá a los consejos que recibió de Juan Agustín Ceán Bermúdez, historiador y crítico de arte y, más adelante, académico de San Fernando. Éste realizó un cabal retrato del Jovellanos de aquella época: “Era de estatura proporcionada, más alto que bajo, cuerpo airoso, cabeza erguida, blanco y rubio, ojos vivos, piernas y brazos bien hechos, pies y manos como de dama, y pisaba firme y decorosamente por naturaleza, aunque algunos creían que por afectación. Era limpio y aseado en el vestir, sobrio en el comer y beber, atento y comedido en el trato familiar, al que arrastraba con voz agradable y bien modulada [...] y si alguna vez se distinguía con el bello, era con las de lustre, talento y educación, pero jamás con las necias y de mala conducta. Sobre todo era generoso, magnífico, y aun pródigo en sus cortas facultades: religioso sin preocupación, ingenuo y sencillo, amante de la verdad, del orden y de la justicia: firme en sus resoluciones, pero siempre suave y benigno con los desvalidos; constante en la amistad, agradecido a sus bienhechores, incansable en el estudio, y duro y fuerte para el trabajo” (Memorias para la vida del Excmo. Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos, 1814, pp. 12-13).

    El 31 de octubre de 1767 el Consejo de la Cámara propuso a Jovellanos para el cargo de Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla, para el que fue nombrado el 13 de febrero de 1768, acaso por mediación de Campomanes. No tenía ninguna experiencia en la magistratura, pero estaba bien preparado intelectualmente, tenía una gran afición al estudio y un fuerte sentido de los valores de la justicia. Leyó con provecho a Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Beccaria..., al tiempo que aprendía el inglés leyendo en su lengua originaria a Milton y traduciendo a Young. En la ciudad andaluza tuvo su primer amor, una mujer nombrada poéticamente Enarda o Clori, que no podemos identificar, y aunque debió de ser un amor correspondido terminó esta relación en 1769 cuando ella abandonó Sevilla. Desde el ascenso al trono de Carlos III, en 1759, la política ilustrada entró en una fase de crecimiento. Campomanes, el conde de Aranda y Roda fueron los principales promotores de esta política, los cuales ejercieron una gran influencia entre los jóvenes reformistas que comenzaban a ocupar puestos de responsabilidad. En estos años Aranda impulsó la reforma de la universidad de Alcalá, y Olavide la de Sevilla. Estos años fueron muy importantes para la formación ideológica de Jovellanos, que se veía obligado a confrontar las leyes con los problemas diarios de la sociedad sevillana. Perteneció al grupo de los dirigentes ilustrados y participó de manera asidua en la tertulia que el intendente Olavide organizaba en su residencia del alcázar, donde Jovellanos tuvo la oportunidad de aquilatar su ideario ilustrado y de cultivar su afición a las letras. Redactó numerosos informes fiscales y escribió varias obras dramáticas para representar en el coliseo del palacio (la tragedia Pelayo, el drama sentimental El delincuente honrado, o la traducción de la tragedia de Racine Ifigenia en Aulide), y se arraigó su afición poética, mientras entraba en relación con Juan Meléndez Valdés, joven poeta de la Escuela Salmantina. Su valía profesional favoreció su ascenso, en 1774, al puesto de Oidor de la misma Real Audiencia, desde el que se convirtió en uno de los miembros más destacados de su Sala de Gobierno. Los diez años que Jovellanos pasó en Sevilla fueron de vital importancia para su formación profesional, intelectual, humana y literaria.

    Nombrado Alcalde de Casa y Corte, abandonó Sevilla el 27 de agosto de 1778, y tomó posesión de su nuevo cargo en Madrid el 20 de octubre. En seguida comenzó a ser un personaje conocido en la corte en su doble faceta de magistrado y de hombre de letras, debido tanto a sus propios méritos, como a la protección de Campomanes. Ese mismo año ingresó en la Sociedad Económica Matritense, en la que colaboró activamente; en 1779 en la Academia de la Historia; en 1780 en la Academia de San Fernando como miembro de honor, y en la Sociedad Económica de Asturias como individuo honorario; en 1781 en la Academia Española y en 1782 en la de Cánones como honorario. Desarrolló una febril actividad durante estos años, formando parte de sociedades diversas, presidiendo reuniones, pronunciando discursos y elogios, elaborando informes y recibiendo, en general, todo tipo de encargos. Defendió numerosas causas ante el ministro Floridablanca, especialmente las relacionadas con su patria asturiana. Se manifestó siempre como un magistrado íntegro y de gran firmeza en la defensa de los principios del derecho. Jovellanos se fue convirtiendo poco a poco en uno de los personajes más destacados de la política ilustrada.

    También realizó actividades en relación con las letras y las artes. Por vez primera fue retratado por Goya. Asistió a la tertulia política de Campomanes y él mismo reunía en su casa a sus amigos escritores. Escribió la “Epístola del Paular”, dos “Sátiras a Arnesto” (1786 y 87) y un Elogio de Carlos III (1789), alegato político a favor del conde de Aranda y en contra de Floridablanca. Participó en diversas polémicas literarias en defensa de la estética neoclásica. Viajó mucho, interesado por encontrar documentos históricos o manuscritos que leía y mandaba copiar enteros o extractados. Aceptó por encargo de la Academia de la Historia la redacción de una Memoria sobre los espectáculos, un meditado proyecto de reforma de las diversiones públicas.

    Tras la muerte de Carlos III en 1788, y particularmente con la política que comenzaba a implantarse a causa de los efectos de la Revolución Francesa (1789) cambiaron las tornas para Jovellanos. Puesto que había trabajado durante varios años en el expediente de reforma de estudios en los Colegios de las Órdenes Militares en Salamanca, Carlos IV lo nombró en 1790 Visitador del de Calatrava. Emprendió el viaje el 5 de abril y una vez hecho el Reglamento literario e institucional volvió a la corte en el mes de agosto, en los días de la persecución contra Cabarrús, con la intención de defenderlo. Esto le granjeó la enemistad de Godoy y de la reina María Luisa. La Inquisición le abrió un proceso y el gobierno lo alejó de la corte y, con el pretexto de una visita a las minas de carbón de Asturias, fue desterrado a Gijón desde el 28 de agosto hasta el año 1797. Desde el punto de vista intelectual el destierro fue fructífero: redactó el Informe de la Ley Agraria, terminó la Memoria de espectáculos (que rehizo en 1796), fundó el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía (1794), leyó numerosas obras españolas y extranjeras, realizó diversos viajes y mantuvo una abundante correspondencia con sus amigos.

    Alejado de la corte, hubo un sector del gobierno que echaba de menos su trabajo y su capacidad intelectual y literaria, por lo que se empezó a añorar a Jovellanos y a buscar una disculpa para su retorno. Finalmente fue rehabilitado en 1797. Fue nombrado primero embajador en Rusia y luego Ministro de Gracia y Justicia, cargo que desempeñó sólo durante nueve meses en una situación difícil, a pesar de la cual sacó adelante varios proyectos educativos y una Representación al rey sobre el Santo Oficio, organismo que buscaba nuevamente el control de la sociedad española. Parece que los partidarios de la Inquisición y la antipatía que le profesaba la reina María Luisa fueron las causas inmediatas de su temprana destitución. Retornado a Gijón, se dedicó al Instituto que había fundado, a la lectura, a los paseos y a cultivar las relaciones de amistad. Fue un tiempo de tranquilidad, no exento de la incomprensión por parte de algunos.

    En una nueva campaña contra los ilustrados se acusó a Jovellanos de heterodoxo. De nuevo fue arrestado y el 13 de marzo de 1801 fue condenado a sufrir destierro en la isla de Mallorca, conducido primero a la Cartuja de Valldemosa, y al año siguiente al castillo de Bellver en Palma, donde permaneció encarcelado hasta abril de 1808, sometido a toda clase de vejaciones. La soledad del destierro le sirvió para ampliar sus conocimientos y especializarse en temas antes desconocidos para él, como la historia de Mallorca. Tras el motín de Aranjuez, que acabó con el poder de Godoy, y poco tiempo después de subir al trono Fernando VII, se le dejó en libertad. Volvió a la península en las fechas en que comenzaba la Guerra de la Independencia. Ambos bandos quisieron contar con la experiencia política de Jovellanos. Mientras que el pueblo veía en Napoleón a un invasor, una gran parte de los ilustrados creía que con los Bonaparte podría fructificar definitivamente el "espíritu de las Luces" que situara a nuestro país en un nivel superior. Sin embargo, Jovellanos rechazó ser ministro del Interior del rey José I mientras que, por el contrario, aceptó el nombramiento del Principado de Asturias para representarle en la Junta Central, que dirigía la actuación política y militar contra los franceses. Tuvo que huir a Andalucía. Cuando en 1810 se instauró el Consejo de Regencia, el escritor pidió permiso para retirarse a su tierra natal. Se refugió en Galicia ante la imposibilidad de llegar a Asturias, ocupada por los franceses. Allí escribió la Memoria en defensa de la Junta Central, que se publicó en La Coruña en 1811. Ese mismo año llegó de vuelta a Gijón, que nuevamente tuvo que abandonar ante una nueva conquista por los franceses. Poco después enfermó de pulmonía y murió en Puerto de Vega (Asturias) a los 68 años.

    La prosa de Jovellanos

    La obra literaria de Jovellanos es abundante y variada. Gran parte de sus libros son ensayos que están en relación con las ocupaciones del autor. Los temas más frecuentes son los de economía, política y pedagogía, aunque se ocupó de otras cuestiones diversas. Como miembro de las Sociedades Económicas tuvo que realizar informes sobre asuntos variados: la legislación gremial, la importación de aceites, la construcción de caminos, la explotación de minas, la participación de las mujeres en la Matritense, elogio de la Bellas Artes, el estudio y la educación, sobre la colocación de las sepulturas fuera de los templos... Sus escritos combinan la aplicación de los principios de la nueva escuela ilustrada y liberal con la claridad de un estilo moderno, alejado de las viejas florituras barrocas.

    El más interesante es el Informe en el expediente de la Ley Agraria, modelo de exposición metódica hecha con cierta amenidad, teniendo en cuenta lo árido del tema. El Informe fue solicitado por el Consejo de Castilla a la Sociedad Económica de Madrid, que se lo encargó a Jovellanos, el cual, tras varios años de estudio, lo entregó en 1794 y fue publicado al año siguiente en la imprenta de Sancha. El autor pone de manifiesto en él la decadencia de la agricultura, las causas que la han motivado y los estorbos que se oponen a su progreso. La obra no fue bien acogida por algunos estamentos de la sociedad, especialmente por el eclesiástico, pues consideraba que era un ataque a los privilegios de la Iglesia.

    Por encargo de la Academia de la Historia, a la que se la había pedido el Consejo de Castilla para reformar la legislación, escribió Jovellanos la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas y su origen en España. Tras una primera versión de 1790, tuvo su versión definitiva en 1796. Es un estudio dividido en dos partes: la primera, de carácter histórico, trata sobre el origen y desarrollo de las diversiones públicas en nuestro país; la segunda, más crítica y reformista, propone soluciones a las limitaciones que tiene el pueblo en las formas de diversión. Son muy interesantes sus propuestas para la reforma del espectáculo teatral.

    En algunas de las obras en prosa el autor expone su pensamiento político. Su ideal fue la monarquía constitucional y, en lo social, la defensa de la existencia de un pueblo industrioso en el que la propiedad estuviese distribuida equitativamente, que gozara de máxima libertad en sus costumbres y en sus actividades económicas. Así le parecía que se combinaban el orden, la libertad y los derechos del individuo. Condenaba los abusos de autoridad y el incumplimiento de los deberes por parte de los dirigentes. Destacan obras como Discurso... sobre el establecimiento de un Montepío para los nobles de la Corte y la Memoria en defensa de la Junta Central, de 1810, una de las últimas obras que escribió Jovellanos.

    Ligada con el pensamiento económico y el político está el tema de la enseñanza, que aparece en varios discursos sobre la necesidad modernizarla y de fomentar los estudios: Reglamento para el Colegio de Calatrava (1790), Memoria sobre educación pública (1802), una acalorada defensa de la educación como instrumento de progreso, o Bases para la formación de un plan general de instrucción pública (1809).

    La Descripción del castillo de Bellver fue escrita por Jovellanos en 1805 para enviársela a su amigo Juan Agustín Ceán Bermúdez, historiador de arte. Le interesaba la arquitectura de las piedras, la fauna y la flora que había en el lugar, y el pasado humano que se asociaba a ellas. Contemplaba el paisaje que rodeaba el castillo, fijándose en la belleza natural y en los cultivos.

    El epistolario de Jovellanos es muy abundante, ya que la correspondencia ocupó un lugar primordial en su actividad intelectual. En él aparecen todos los problemas que preocuparon al escritor, por lo que es importante para comprender su pensamiento e incluso interpretar algunos de sus escritos. De 1782 son las Cartas del viaje de Asturias, escritas por incitación de Antonio Ponz, de gran importancia en el aspecto artístico, económico y antropológico de su tierra chica.

    El escritor asturiano dejó inéditas unas interesantísimas carpetas en las que recogía sus Diarios (1790-1801), publicados posteriormente, que incluyen una minuciosa e interesante información de su biografía de estos años. Su lectura es necesaria para aclarar algunos de los problemas vividos estos años, sus intereses políticos y culturales, y las relaciones que tuvo el autor con determinadas personas.

    Jovellanos, poeta

    El gusto por la poesía y las lecturas poéticas acompañaron siempre a Jovellanos. Leyó a los clásicos griegos y latinos, a los que citaba en numerosas ocasiones; a los italianos (Petrarca, Tasso, Ariosto, Guarini); y sobre todo a los poetas del Renacimiento español: Garcilaso de la Vega y fray Luis de León, al que consideraba el más recomendable de todos.

    Jovellanos cultivó la poesía desde su juventud. Sus composiciones más antiguas son de 1768, un año después de su llegada a Sevilla, aunque fue entre 1779 y 1787 cuando escribió las más famosas. En vida del autor solamente se publicaron siete poemas, uno identificado como suyo, dos firmados y el resto anónimos. Se conservan sesenta poemas, algunos traducidos, y otros cinco fragmentos y borradores, además de once poesías de atribución discutible. Son de tema amoroso, versos de ocasión, sátiras sobre temas sociales y contra personas concretas, epístolas, etc. Las formas métricas que utilizó fueron el soneto, el romance, el romancillo, la estrofa sáfica y el terceto, aunque prefirió los endecasílabos sueltos en los que creía que se manifestaba mejor el ritmo poético.

    Cuando empezó a escribir sus primeros versos ya estaba en completa decadencia la lírica barroca y se practicaba una poesía sencilla, sin metáforas ni juegos de ingenio, de estilo neoclásico. El contacto con Cadalso, gran impulsor de la nueva poesía en su época, orientó sus gustos poéticos. Ambos ejercieron el magisterio para los componentes de la Escuela Salmantina (Meléndez Valdés, fray Diego Tadeo González, José Iglesias de la Casa, Juan Fernández de Rojas...). A estos poetas les escribió Jovellanos en 1776 desde Sevilla la “Carta de Jovino a sus amigos salmantinos”, del género didáctico, en la que pretendía convencerles de que abandonaran la insustancial poesía pastoril y anacreóntica, y se dedicaran a temas filosóficos que le parecían más útiles. Al abandonar Sevilla, compuso la “Epístola de Jovino a sus amigos de Sevilla”, en la que expresa su tristeza por abandonar esta ciudad en la que había vivido momentos felices.

    El tema amoroso fue uno de los preferidos por Jovellanos en la primera época. En sus poemas aparecen numerosos nombres poéticos femeninos: Enarda, Clori, Marina, Belisa, Galatea, Alcmena; quizá algunos de ellos fueran dados a una misma dama en momentos distintos. Una de las composiciones más tempranas, la “Elegía a la ausencia de Marina”, de 1769 ó 1770, centrada en el tema de la ausencia, recuerda el canto de Salicio de la Égloga I de Garcilaso. En 1779 escribió uno de sus mejores poemas líricos, la “Epístola de Jovino a Anfriso” o “Epístola de El Paular”, cuyo tema es el recuerdo de las infidelidades de Enarda a la que no puede olvidar en el marco del paisaje tranquilo de El Paular. El poema es transformado por completo al año siguiente, quizá por un deseo de no exteriorizar sus sentimientos más íntimos.

    Jovellanos también cultivó la poesía satírica en las dos sátiras dirigidas “A Arnesto”, que son un alegato contra el desorden sexual de la alta sociedad, causado acaso por la afición al lujo y a la moda que viene de Francia. La “Sátira contra la mala educación de la nobleza” critica a los nobles que no cumplían su función en la sociedad (los aplebeyados, los afrancesados, los degenerados...). De tema filosófico es la “Epístola a Batilo”, centrada en la descripción del paisaje que se divisa desde San Marcos de León, y aconseja a su amigo Meléndez que abandone las aulas para contemplar esa belleza. Otros poemas que han de recordarse son: “Epístola a Inarco”, “Epístola a Bermudo”.

    Obra dramática de Jovellanos

    En 1769 escribió la tragedia La muerte de Munuza (o Pelayo). La corrigió entre 1771 y 1772, según afirma el autor en el prólogo, y pensó en editarla antes de su estreno. Pero quedó inédita, aunque era conocida por sus amigos. Parece que fue representada en 1782 en Gijón por un grupo de aficionados, y más tarde en Madrid en 1792 con el título Munuza. Según el autor en ella imitó a Racine y Voltaire, aunque la imitación consiste sobre todo en seguir la preceptiva neoclásica derivada, en último término, de la Poética de Aristóteles. Está dividida en cinco actos. El tema es histórico y narra los sucesos que tienen lugar la víspera de la batalla de Covadonga. Los personajes son de clase elevada y la versificación es en romance endecasílabo, preferido por varios autores trágicos de la época. Fue traductor de la tragedia de Racine, Ifigenia en Aulide, que se representó en la tertulia de Olavide en Sevilla.

    Durante su estancia en Sevilla, en 1773, escribió Jovellanos otra obra dramática, El delincuente honrado, que se representó con éxito en 1774 en el teatro de los Reales Sitios, Caso González no puede concretar si en Aranjuez o en San Ildefonso. Se publicó primero en una edición no autorizada por el autor y luego, en 1787, bajo el seudónimo de Toribio Suárez de Langreo. Desde 1786 consta claramente la autoría de Jovellanos. La obra sigue las unidades dramáticas: acción única que dura aproximadamente un día y que sucede en el Alcázar de Segovia, aunque en distintas partes del edificio. Ofrece algunas novedades: está escrita en prosa; los personajes pertenecen al mundo de la magistratura y se expresan no sólo por palabras sino también por gestos y actitudes que ya aparecen especificados en las acotaciones; no sigue la regla neoclásica que distinguía entre los géneros dramáticos por la clase social de sus personajes. También el título ofrece un contraste, que se manifiesta también en el juez, obligado a contravenir sus convicciones personales y a actuar contra sus instintos humanos. Estas características corresponden a un nuevo género teatral que existía en Francia y en Inglaterra, la tragedia urbana o comedia lacrimosa. Jovellanos pretende con esta obra demostrar la injusticia de una ley que condenaba a los dos participantes en un duelo, retado y retador, fuesen o no culpables. Critica así la manera de entender la justicia.

    Bibliografía Fundamental
    Ediciones
    Antología, ed. J. M. Caso González. Barcelona: Planeta, 1992.
    Diario, ed. Miguel Artola. Madrid: Rivadeneyra, 1956 (2 vols).
    Escritos literarios, ed. J. M. Caso González. Madrid: Espasa Calpe, 1987.
    Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas. Informe sobre la Ley Agraria, ed. Guillermo Carnero. Madrid: Cátedra, 1996.
    Obras completas, ed. J. M. Caso. Oviedo: Instituto Feijoo, 1984-1990 (6 vols).
    Poesía, ed. J. M. Caso González. Oviedo: IEA, 1961.
    Poesía. Teatro. Prosa literaria, ed. J. H. R. Polt. Madrid: Taurus, 1993.

    Estudios

    AGUILAR PIÑAL, Francisco: La Sevilla de Olavide, 1767-1778. Sevilla: Ayuntamiento, 1966.
    ----------------------------------: Sevilla y el teatro en el siglo XVIII. Oviedo: CE Feijoo, 1974.
    ----------------------------------: La biblioteca de Jovellanos (1778). Madrid: CSIC, 1984.
    ANDIOC, René: Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII. 2ª ed. Madrid: Fundación Juan March-Castalia, 1988.
    ARCE, Joaquín: La poesía del siglo ilustrado. Madrid: Alhambra, 1981.
    BARAS ESCOLÁ, F.: El reformismo político de Jovellanos. Zaragoza: Universidad, 1993.
    CASO GONZÁLEZ, José Miguel: La poética de Jovellanos. Madrid: Prensa Española, 1972.
    ----------------------------------: Jovellanos. Barcelona: Ariel, 1998.
    FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: Jovellanos. Madrid, 1988.
    GALINDO, F.: El espíritu del s. XVIII y la personalidad de Jovellanos. Oviedo: IDEA, 1971.
    PALACIOS FERNÁNDEZ, Emilio: El teatro popular español del siglo XVIII. Lleida: Milenio, 1998.
    POLT, John H. R.: Gaspar Melchor de Jovellanos. Nueva York: Twayne, 1971.
    RICK, Lilian L.: Bibliografía crítica de Jovellanos (1901-1976). Oviedo: Cátedra Feijoo, 1977 (Textos y Estudios del siglo XVIII, 7).
    EMILIO PALACIOS FERNÁNDEZ
     

Fray Cayetano Rodriguez (1761-1823)
  • Poeta, político y religioso argentino nacidó en San Pedro, provincia de Buenos Aires, en 1761. Entró en la Orden Franciscana a los 16 años, como novicio; en 1778 profesó en el Convento de Buenos Aires. Luego en Córdoba fue ordenado sacerdote y allí dictó cátedras de teología y filosofía.

    Regresó a Buenos Aires al Convento Franciscano, donde enseño teología, filosofía, hemenéutica y física.

    Participó en los prolegómenos de los movimientos revolucionarios de mayo de 1810. El 24 de setiembre de ese año, a instancias de Mariano Moreno, fue elegido como primer director de la Biblioteca Pública, que recién se estaba fundando, cargo que ocupó hasta 1814. En febrero de 1811 fue elegido Ministro Provincial. El 4 de abril de 1812 fue elegido vocal de la primera Asamblea y en 1813 participó en la Asamblea Constituyente. En 1815 fue elegido diputado por Buenos Aires para el Congreso de Tucumán. Fue el encargado de la redacción de un diario de sesiones denominado "El Redactor del Congreso Nacional". Se cree que el texto del Acta de la Independencia es obra suya.Falleció el 21 de Enero de 1823.

Juan Ramón Rojas (1784-1824)
  • Patriota y poeta argentino, fue uno de los fundadores de la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro, el 28 de julio e 1817. Buena parte de su obra fue agrupada bajo el título de "Poesías patrias".

Vicente Lopez y Planes (1785-1856)
  • El gobernador de Buenos Aires que sucedió a Rosas nació en 1785 y murió en 1856. Cuando la defensa de su ciudad contra los Ingleses, actuó como capitán del cuerpo de Patricios y poco después dio a conocer su poema endecasílabo titulado Triunfo Argentino, "en memoria de la heroica defensa de Buenos Aires contra el ejército de doce mil hombres que atacaron los días 2 a 6 de julio".

    Producida la revolución de Mayo, se desempeñó como secretario auditor de la expedición al norte, y en la noche del 8 de mayo de 1811 escribió la letra del Himno Nacional. Era un espíritu culto, dado a las letras clásicas: dominaba el latín y conocía otras lenguas, entre ellas el hebreo. Su amistad con el canónigo José Valentín Gómez (lector de filosofía y ética en el colegio de San Carlos) tuvo mucho que ver en su afiliación al partido de Alvear. A la caída de éste, después de la sublevación de Fontezuelas (1815), López fue llevado a la cárcel y procesado. El Tribunal en comisión no le encontró otro crimen que el de "haber pertenecido a la facci6n", por lo que le dio una condena de dos meses.

    Posteriormente, fue secretario en el Directorio de Pueyrredón; director del Departamento Topográfico, sucesor de Rivadavia en el gobierno. En 1825 y 1826, se convirtió en maestro de latín de su hijo Vicente Fidel, de diez años de edad a la sazón. Tras la caída de Dorrego, en marzo de 1829, el doctor López se trasladó a Mercedes (Provincia Oriental) y quedó allí hasta el fin del gobierno de Lavalle.

    Ya en pleno período rosista, en 1837, al inaugurarse el Salón Literario de
    Marcos Sastre, fue Invitado a presidir el acto y pronunció un discurso "como de veinte minutos o medía hora", según su hijo Vicente Fidel. En 1843, Rosas lo nombró presidente del Superior Tribunal de Justicia. Dos años después escribió la Oda Patriótica Federal, que sería recitada en función teatral del 5 de noviembre de ese año. Y el 21 de julio de 1847 representó a su hijo Vicente Fidel, ausente, en la ceremonia matrimonial de éste con Carmen Lozano, El 20 de Diciembre de 1850, por otra parte, escribió a Rosas una patética carta en la que le exponía sus angustias económicas y la queja por no figurar entre los miembros recién electos de la Legislatura federal.

    Fue Vicente López hombre de Rosas, quien siempre lo valoró y distinguió. En abril de 1851, por considerarse sospechado de concomitancias con Urquiza, efectuó un descargo epistolar ante Rosas, a quien recordó su fe política, pronunciada a la faz pública en sesión de la Sala de Representantes del 14 de diciembre de 1849. Después de Caseros, al ser nombrado Gobernador por Urquiza, su actitud fue de expectación y ostensiblemente vacilante. Pero el regreso al país de su hijo Vicente Fidel y su incorporación al gobierno como ministro, determinaron un violento giro político del poeta del Triunfo Argentino. A partir del 16 de marzo de 1852, el doctor López actúa como belicoso antirrosista.

Esteban de Luca (1786-1824)
  • Poeta argentino (1786-1824). Estuvo dedicado a las armas desde las invasiones inglesas y también tuvo alguna actuación diplomática de importancia, como secretario de Valentín Gómez en su misión al Brasil. A su regreso, halló la muerte al naufragar el bergantín en que viajaba. Fue poeta de inspiración neoclásica, lleno de apasionada elocuencia y hondo fervor patriótico. Entre sus odas, merecen mencionarse "A la victoria de Maipo"; "A la libertad de Lima"; "A la muerte de Belgrano"; "Al pueblo de Buenos Aires" y, además, la "Canción patriótica", primer himno patrio.

Mariano Moreno (1778-1811)
  • Gaceta de Buenos Aires, editada por Moreno

    Mariano Moreno Jurisconsulto y estadista argentino (1778-1811). Estudió en el Colegio Real de San Carlos de Buenos Aires y los terminó en la Universidad de Chuquisaca (Alto Perú), donde se graduó en teología y derecho. Ya en la tesis doctoral "Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios en general y sobre el particular de yanaconas y unitarios", revela su identificación con las ideas filosóficas en boga, en la segunda mitad del siglo. De regreso a Buenos Aires en 1809, sus principios inspiraron su "Representación de los hacendados", obra que constituye una encendida defensa de la libertad de comercio. La revolución de mayo de 1810 lo eligió secretario del Primer Gobierno Patrio, cargo desde el cual llevó a cabo medidas represivas contra la reacción española , mostrándose inflexible en el episodio del fusilamiento de Liniers. A su impronta se deben las disposiciones sobre franquicias comerciales, la habilitación de puertos, el levantamiento de un censo, varias reformas agrarias, el trazado de la línea fronteriza con los indios, disposiciones sobre la radicación de extranjeros y provisión de empleos públicos con hijos del país, etcétera. En el orden cultural, fue el fundador de la Biblioteca Pública y de "La Gaceta", órgano oficial que sirvió a la difusión de sus ideas. Cuando surgieron las primeras diferencias ideológicas dentro del grupo patriota, se puso al frente de la facción opuesta a Saavedra y, en oportunidad de incorporarse al gobierno los diputados del interior, hizo renuncia de su cargo con una importante misión diplomática y se embarcó hacia Londres, pero murió en el transcurso del viaje, a bordo de la fragata "La Fama". Su serie de arengas en el foro, que encarna el espíritu democrático, liberal y republicano, dentro de la historia de las ideas políticas argentinas, fue publicada por su hermano Manuel en Londres.

Bernardo de Monteagudo (1789-1825)
  • Político y escritor nacido en Tucumán en 1789. Estudió en Córdoba y Chuquisaca; intervino en el movimiento revolucionario de esta última ciudad, en 1809, y fue encarcelado. Libre ya en 1810, se trasladó a Buenos Aires. Tuvo bajo su dirección los periódicos "La Gaceta"; "Mártir o Libre" y "El Independiente"; integró la Asamblea Constituyente de 1813 como representante de la provincia de Mendoza y, cuando en 1815 fue depuesto el director Alvear, marchó a Europa. En 1817 San Martín lo designó auditor de guerra del Ejército de los Andes, redactó el Acta de la Independencia de Chile y, tras la emancipación del Perú, se hizo cargo de la cartera de Guerra y Marina. En 1822 pasó a desempeñar las de Gobierno y Relaciones Exteriores. Adoptó benéficas disposiciones en el orden cultural, diplomático y militar pero, como consecuencia de la aplicación de algunos destierros y sanciones, se granjeó el descontento popular. El cabildo de la ciudad lo removió del cargo en julio de 1822 exigiéndosele su salida del país. Estuvo en Quito hasta 1824, fecha en que Bolívar le permitió retornar a Perú. Fue asesinado en Lima el 25 de enero de 1825.. Es autor de Memorias y escritos políticos y Cartas a Bolívar.

Juan José Castelli (1764-1812)
  • Juan José Castelli Político y abogado argentino nacido en Buenos Aires en 1764. Fue uno de los precursores de la Revolución de Mayo y vocal de la Primera Junta de Gobierno. Comisionado por la Junta, realizó una elocuente propaganda revolucionaria en el Alto Perú. En mayo de 1811 firmó con los realistas un armisticio, que luego fue violado por los españoles, que derrotaron a los patriotas en Huaqui. Tras la asonada del 5 y 6 de abril de 1811, Castelli, adversario de la situación creada, se vio sometido a proceso, del cual resultó absuelto. Abatido y enfermo, murió en la miseria en 1812.

Juan Cruz Varela (1794-1839)
  • Poeta argentino. Estudió teología en la Universidad de Córdoba, en donde se graduó. Fue secretario del Congreso General Constituyente de 1826, y al caer el gobierno unitario, se radicó en Montevideo. Es un autor dramático con influencias clásicas, en especial, en Virgilio y Horacio, de cuyas obras tradujo algunos fragmentos. Le pertenecen las tragedias "Dido", en tres actos, paráfrasis de un canto de "La Eneida", y "Argía", en cinco actos, con influencia de Alfieri. Se destaca especialmente como poeta de temas románticos, como por ejemplo, "La Elvira" y "El jardín de Delia". Como poeta civil, cantó las jornadas guerreras de la Revolución de Mayo y la época posterior: "A los valientes defensores de la libertad en la llanura de Maipo"; "Al triunfo de Ayacucho"; "Al triunfo de Ituzaingó"; "Canto a San Martín y Balcarce"; "El 25 de mayo de 1838", etc.

Bernardino Rivadavia (1780-1845)
  • Político argentino nacido en 1780 , fue secretario del Primer Triunvirato (1811). Durante su gestión demostró su espíritu progresista al adoptar diversas reformas; sin embargo su enérgica actuación fue una de las causas de la caída de este cuerpo al año siguiente. Entre 1814 y 1820 se desempeñó como diplomático en Europa, tratando de conseguir el reconocimiento a la Independencia del país. Entre 1821 y 1824 se desempeñó como ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, oportunidad en que realizó su máxima labor de estadista con la creación de numerosos organismos económicos, educativos y sociales y la sanción de reformas de todo tipo. En 1825 fue ministro plenipotenciario ante las cortes de Londres y París y en febrero de 1826 fue elegido presidente de la República por el Congreso Nacional, cargo que ejerció durante poco más de un año, ya que su autoridad fue desconocida por las provincias del interior. Luego de su renuncia vivió principalmente en el exterior, dedicado a diversas tareas.Fallecion en Brasil en 1845.
     

Juan Manuel de Rosas (1793-1877)
  • Político argentino ,nació en el seno de una acaudalada familia en 1793. Durante su juventud estuvo dedicado a tareas rurales y comerciales. Apoyó a Martín Rodríguez y se mantuvo alejado de la política y la milicia desde 1821 hasta 1827, cuando retornó en ayuda del federalismo. Su primer período como gobernador de Buenos Aires (1829-1832) fue de características moderadas, pero no el segundo (1835-1852), en el que, debido de los poderes ilimitados que le concedió un plebiscito, centralizó bajo su órbita todas las actividades. Sobrellevó el bloqueo anglo-francés a Buenos Aires, sofocó las reacciones provocadas en algunas provincias, sistematizó la persecución de los opositores con la Mazorca, asesinó a un importante número de unitarios en 1840, dio su apoyo a Oribe y cayó derrotado en la batalla de Caseros. Tras el traspié partió al exilio y murió en el puerto británico de Southampton en 1877.
     

Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888)
  • Educador, político y escritor argentino . Cursó únicamente estudios primarios, pero su voluntad autodidacta de superación le permitió obtener amplios conocimientos. Fue enemigo de Juan Manuel de Rosas y tuvo que exiliarse en Chile con su familia, primero desde 1830 a 1836, y luego desde 1840 hasta el triunfo de Urquiza. Su labor en el país transandino fue fecunda; escribió para los periódicos "El Mercurio" y "El Progreso" y apoyó al ministro Montt en su gestión progresista; dirigió la Escuela Normal de Preceptores y realizó estudios sobre educación en el extranjero. También en ese lapso dio a conocer "Mi defensa", obra autobiográfica; "Facundo" y "Recuerdos de provincia". Se encargó de redactar los boletines correspondientes a las acciones del Ejército Grande, pero poco después de Caseros, por sus diferencias con Urquiza, se alejó a Río de Janeiro. Al producirse la unidad nacional fue designado gobernador de San Juan y, en 1863, ministro plenipotenciario en Estados Unidos. Cuando estaba en Washington fue postulado para el cargo de presidente de la República Argentina. Su gestión gubernamental se orientó preferentemente a mejorar el aspecto educativo. Fundó el observatorio astronómico de Córdoba, promulgó el Código Civil, creó el Colegio Militar y la Escuela Naval. Durante la presidencia de Avellaneda fue senador, y en la de Roca, presidente del Consejo Nacional de Educación. Murió en Paraguay.
     

Juan Bautista Alberdi (1810-1884)
  • Nació en Tucumán el 20 de agosto de 1810; era hijo del comerciante vizcaíno don Salvador Alberdi, entusiasta lector de Rousseau y amigo de Belgrano, quién más de una vez sentó al niño sobre sus rodillas. La madre, doña Josefa Aráoz, pertenecía a una antigua familia criolla.

    Trasladado a Buenos Aires, estudia en el Colegio de Ciencias Morales; interrumpe los estudios y trabaja en la tienda de Maldes, pero vuelve después al Colegio, donde lo cautiva la música, que es el primero de sus amores. En la Universidad porteña acredita sobresalientes aptitudes en filosofía. Cursa derecho en Buenos Aires y en Córdoba; termina la carrera en 1838. Sus primeros trabajos de publicista se refieren a la música (1832). En 1837 edita su Fragmento preliminar al estudio del derecho, donde ya se hace presente una mentalidad fuerte. En 1837 dirige La Moda, ágil periódico de aguda crítica y amigo de la música, arte al que Alberdi brinda varias composiciones.

    Actúa brillantemente en el Salón Literario y en la Asociación de Mayo y, a fines de 1838, emigra a Montevideo, por propia voluntad, según declara. En la vecina orilla ejerce el derecho y el periodismo; interviene en la redacción de varios periódicos y es secretario de Lavalle, hasta que se separa de él por disentir en cuanto al rumbo a imprimirse al ejército. En 1834 se embarca en el Edén, en compañía de su fraternal amigo don
    Juan María Gutiérrez; visitan el viejo continente. A bordo escribe un poema en prosa, puesto en verso por Gutiérrez. 1844 retorna a América; desde Río de Janeiro va directamente a Chile. Allí abre estudio de abogado; pronto se convierte en el más acreditado jurisconsulto de Valparaíso. En Chile cumbe también su fama de escritor. Sostiene con la pluma al presidente de la República, general Bulnes. En ése período su trabajo de más vuelo es Memoria sobre el Congreso General Americano (1884), donde apuntan ideas proféticas.

    Cuando Rosas cae, se apresura a escribir un libro orientador: Las Bases (mayo de 1852), ampliadas en la 2a edición (julio del mismo año). Es su obra cumbre, identificada, identificada, con el texto y espíritu de la Constitución nacional, que inspirara traduciendo magistralmente el ideario de los emigrados, genuina continuación del sustentado por la generación de Mayo. Sostiene la célebre polémica con Sarmiento. Da a luz los Elemento del Derecho Público Provincial (1853) y Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina (1854), obra de gran valor. Durante siete años (1855-1862) es diplomático viajero: representa a la Confederación ante varios gobiernos europeos y los Estados Unidos. Obtiene el reconocimiento de nuestra independencia por España. Al reorganizarse los poderes de la República es separado del cargo, medida que le entristece y le amarga sobremanera. Desde entonces renueva, en todas formas, enconados ataques contra Mitre y Sarmiento. Elegido diputado por Tucumán al Congreso Nacional, vuelve a la patria al año siguiente, tras de cuarenta años de ausencia: ausencia que, por lo prolongada, le hace daño y agría su carácter y, a ratos, la visión de nuestras cosas. Se le atributa una recepción muy emotiva y se reconcilia con sus habituales adversarios. Asiste a los agitados sucesos del 80. Septuagenario, con la rapidez de la juventud (apenas en cuatro semanas), compone su libro: La República Argentina consolidada en 1880. En sus páginas saluda la unidad definitiva que acaba de conseguirse con la federalización de Buenos Aires.

    El anciano pierde a esas alturas sus energías polémicas y, ante nuevos ataques de que es objeto, con motivo de su proyectada designación de ministro diplomático y de la edición oficial de sus Obras, resuelve volver a su apacible rincón de Francia. Sus últimos años son muy penosos; para vivir acepta el cargo de comisario argentino de inmigración en París. Por razones de salud, lo renuncia posteriormente. Soporta unos días espantosos y fallece en una lóbrega casa de sanidad de Neuilly, Francia, el 19 de julio de 1884, conforme lo acredita el acta de defunción, y no el 18, según asientan casi todos sus biógrafos.

    Sus Obras completas llenan ocho gruesos volúmenes y las Póstumas, dieciséis. Entre las últimas se cuenta El crimen de la guerra, escrita en 1870 y vertida al inglés, libro monumental, de perenne vitalidad, que con las Bases harían la reputación de los más altos pensadores europeos y norteamericanos del siglo XIX.

José Mármol (1817-1871)
  • Escritor argentino (1817-1871). Durante la época rosista estuvo exiliado en el Uruguay y el Brasil. De retorno en su patria fue elegido senador provincial de Buenos Aires, más tarde diputado nacional, embajador en Brasil y director de la Biblioteca Nacional. Es autor de Cantos del peregrino; Amalia, primera novela argentina de tipo sentimental con episodios autobiográficos y costumbristas, y de los dramas El poeta y El cruzado.

Marcos Sastre (1809-1887)
  • Nació en Montevideo (Uruguay) en 1809 , fue un eminente educador que, aunque nacido en Uruguay, desarrolló su actividad en la Argentina. Pero además fue un destacado promotor de la cultura nacional en sus orígenes y un avezado naturalista, autor de una de las obras más renombradas acerca de la zoología, la geografía y la botánica del Paraná y su delta: El temple argentino.

    Nacido en Montevideo en 1809, realizó en esa ciudad sus primeros estudios. Más tarde, y hasta 1827, residió en Córdoba, donde estudió en el Colegio de Monserrat. Al año siguiente, Sastre se trasladó a Buenos Aires, para perfeccionar sus estudios pictóricos. De regreso en Córdoba, creó un establecimiento educacional y publicó una obra para la enseñanza de la lectura, llamada Anagnosia.

    En 1830, en Buenos Aires, comenzó estudios de jurisprudencia en la Universidad, que no terminaría. Al año siguiente, integrado a la joven intelectualidad argentina, abrió la "Librería Argentina", en cuya trastienda iba a funcionar desde 1835 el "Salón Literario", el lugar donde se forjó el pensamiento nacional que dominaría la última mitad del siglo. En efecto, eran habitués del Salón jóvenes interesados en la cultura, la política y el progreso científico: Cané, Alberdi, Gutiérrez, Echeverría, López, etc. El Salón fue el ámbito de innumerables debates de estos jóvenes interesados en el progreso nacional, y el antecedente directo de la Asociación de Mayo.

    Como sucedió con éstos, el régimen rosista significó para Sastre el destierro. Se retiró al campo, a San Fernando, y abrió un colegio en 1842. No fue este suficiente ocultamiento, sin embargo, y debió huir a Santa Fe, primero, y luego a Entre Ríos. En esa provincia, en 1851, fue nombrado Inspector General de Escuelas, y en 1852, elegido para dirigir el periódico que servía de medio de expresión a Urquiza: El Federal.

    Con el caudillo entrerriano en el poder, Sastre encabezó la Inspección General de Escuelas de la Nación. Posteriormente, fue jefe de Departamento de dicho organismo, en 1864, y Director de la Escuela Normal de Entre Ríos, en 1865.

    Más allá de estas funciones, y la de miembro del Consejo Nacional de Educación, que ostentaba cuando murió en 1887, la vida de Sastre se vio modificada por su estancia en San Fernando. Esa fue su "patria chica", su lugar en el mundo. Allí concibió y escribió El Temple (Tempe) Argentino, su obra principal y que lo mostraría como un naturalista de calidad, aun cuando autodidacta. Se trata de un estudio sobre la flora, la fauna y la geografía del Delta del Paraná, ilustrada con bellísimos grabados hechos por la mano de su autor.

    El Temple Argentino, que en su época tuvo más ediciones que el mismísimo Facundo de Sarmiento, constituye una obra científica de alta factura, esquisita en su forma y destacada por su contenido. Tanto que, por ella, algunos estudiosos han parangonado a Sastre con otros grandes naturalistas de fines del siglo pasado, como Francisco Javier Muñiz y Guillermo Enrique Hudson. Murió en Buenos Aires el 15 de febrero de 1887.

Marco María Avellaneda (1813-1841)
  • Político argentino. Joven opositor de Rosas, luchó intensamente hasta organizar las provincias de Tucumán, Catamarca, Córdoba, Salta, La Rioja y Jujuy; pero, derrotado el ejército unitario, fue hecho prisionero (1841) y ejecutado en Metán por orden de Oribe. Su cabeza, clavada en una lanza, fue expuesta en Tucumán. Fue el padre del futuro presidente Nicolás Avellaneda.

Juan María Gutiérrez (1809-1878)

  • Nació en Buenos Aires en 1809. Investigador de la historia, crítico literario, novelista, poeta, antologista, polemista, narrador, erudito, bibliófilo, hombre de letras al fin; funcionario, ministro, constituyente, diputado, Rector de la Universidad de Buenos Aires, Presidente del Consejo de Instrucción Pública, Jefe del Departamento de Escuelas, hombre público en diversas facetas, Juan María Gutiérrez es considerado uno de los más grandes promotores de la cultura argentina desde los comienzos de la Nación y durante buena parte del siglo XIX.

    Nacido en los años en que la gesta de Mayo estaba a punto de suceder, Gutiérrez se encargó de luchar por la grandeza de la patria desde la pluma. Decidido anticolonialista sus escritos rescataron del olvido la labor de numerosos personajes que, desde los tiempos coloniales, defendieron, desde las armas o desde la literatura, la idea de la emancipación americana. Fue uno de los "hombres de Mayo": creció y maduró con la Revolución, sufrió con sus eclipses y vivió lo suficiente para ser uno de los constructores de la organización nacional.

    Su vocación por las letras comienza siendo muy joven: realiza críticas literarias, poesía, historia, y algunos trabajos científicos, en especial matemáticos (Gutiérrez dará, junto con Belgrano, impulso a la matemática en el país en la segunda mitad del siglo XIX, como disciplina que impulsaría el desarrollo material de la Nación.). A los 27 años, en 1836, se recibe de abogado, con una tesis Sobre los tres poderes públicos. No ejercerá esa profesión, y, como medio de vida, utiliza sus conocimientos matemáticos trabajando en el Departamento topográfico como ingeniero y agrimensor. Un año después participa del Salón Literario de Marcos Sastre (dedicado a estudios sociales e históricos), el antecedente inmediato de la Asociación de la Joven Argentina (o Asociación de Mayo), que promovió el desarrollo de la cultura nacional y que Gutiérrez fundaría junto con Juan B. Alberdi y Esteban Echeverría.

    Durante el gobierno de Rosas, Gutiérrez emigró, primero a Montevideo, y luego a Europa, Brasil, Chile y Ecuador. En Chile, además de desarrollar su tarea publicística en contra de Rosas (como hacían también los demás exiliados), crea la Escuela de Naútica Nacional.

    Con la caída de Rosas, Gutiérrez regresa al país y comienza a desarrollar la actividad política, primero como miembro del Congreso Constituyente de 1853 (donde defiende el Acuerdo de San Nicolás) y, más tarde, como ministro de relaciones exteriores de la Confederación. Posteriormente, Mitre lo designa para dirigir la Universidad de Buenos Aires, de la que sería Rector entre 1861 y 1874. Aún en esa tarea directiva, Gutiérrez continúa con su obra literaria. Su libro Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la Enseñanza Superior en Buenos Aires, que data de 1868, se convertirá en un clásico.

    Fue un prolífico escritor. Como biógrafo, por ejemplo, rescató del olvido a una serie de poetas nativos de la época de la colonia, como Manuel José de Lavarden o Sor Juana Inés de la Cruz (en la obra Estudios biográficos y críticos de algunos poetas sudamericanos anteriores al siglo XIX). Escritos similares son Apuntes biográficos de escritores, oradores y hombres de Estado de la República Argentina, La Sociedad Literaria y sus obras, La Literatura de Mayo, La revolución de Cuba y sus poetas y los estudios sobre Echeverría, Juan Ramón Rojas y otros literatos americanos. Como investigador histórico, produjo vibrantes biografías sobre San Martín y Rivadavia , el primer cronista del Río de la Plata Ulrico Schmidl, Barco Centenera, el virrey Vértiz, el naturalista Azara, etc. En todos estos trabajos presentó un estilo claro, limpio, despojado de toda pompa verbal, que sorprende por su modernidad. Poeta también, escribió obras como A mi caballo, El árbol de la llanura, La flor del aire, entre otras. Además, realizó estudios sobre el folclore y las culturas indígenas (Mitología de las naciones de raza guaraní, Observaciones sobre las lenguas guaraní y araucana, La quichua de Santiago, La capacidad industrial del indígena argentino, etc.) e incluso algunos trabajos de corte netamente científico, como Los estudios actuales del hombre prehistórico en la República Argentina. En el aspecto científico, Gutiérrez tuvo también una labor importante: fue presidente de la Sociedad Paleontológica, creada por él y Burmeister en 1866, y tuvo una notable influencia sobre algunos jóvenes científicos de la época, como Francisco Moreno.

    Como Rector de la Universidad, Gutiérrez creó en 1865 el Departamento de Ciencias Exactas, antecedente de la Facultad del mismo nombre. Albergaba la enseñanza de la matemática y de la historia natural y su finalidad era, según palabras de Gutiérrez, "formar en su seno ingenieros y profesores, fomentando la inclinación a estas carreras de tanto porvenir e importancia para el país." Entre los primeros egresados del Departamento se encontrarían los que a la sazón serían importantes ingenieros y científicos, como Luis Huergo, Guillermo White, Francisco Lavalle, etc. En 1865, Gutiérrez preside la comisión que debía redactar el proyecto de un plan de instrucción general y universitaria. En 1872, impulsando el respectivo proyecto de ley, propugna una enseñanza superior libre y gratuita, y la autonomía universitaria. No tuvo éxito con su prédica, aunque estos logros llegaron con la nacionalización de la Universidad, en 1881. En sus últimos años, Gutiérrez proyectó escuelas de agricultura, comercio y náutica, y se esforzó en fundar una Facultad de Química y Farmacia.

    Falleció en 1878. Uno de sus primeros biógrafos, Juan Bautista Alberdi, escribió una líneas que resumen cabalmente la infatigable labor de Gutiérrez en pro de la cultura nacional: "Si no hizo libros, al menos hizo autores. Estimuló, inspiró, puso en camino a los talentos, con la generosidad del talento real que no conoce la envidia. Bueno o malo, yo soy una de sus obras." "El que escribe estas líneas, debió a sus conversaciones continuas la inoculación gradual del americanismo que ha distinguido sus escritos y la conducta de su vida. Gutiérrez le comunicó su amor a la Europa y a los encantos de la civilización europea. El fue, en más de un sentido, el autor indirecto de las Bases de la organización americana." Murió en Buenos Aires en 1878.

Juana Manso
  • Pedagoga y escritora argentina (1819-1875). Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas emigró a Montevideo con sus familiares y viajó posteriormente por Cuba, Brasil y EE.UU. De regreso en su patria en 1854, propició la creación de escuelas y bibliotecas públicas y defendió la emancipación de la mujer. Obras: La familia del comendador; Los misterios del Plata, novelas; Compendio de historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, etcétera.
     

Vicente Fidel López (1815-1903)
  • Político y escritor argentino nacido en 1815, hijo de Vicente López y Planes. En 1838 fue uno de los organizadores de la Asociación de Mayo. En 1840, a raíz de sus actividades contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas debió emigrar a Chile. Allí fundó junto con Domingo Faustino Sarmiento el diario "El Progreso". Más tarde se trasladó a Río de Janeiro y Montevideo, y luego del derrocamiento de Rosas regresó a Buenos Aires. En 1852 fue Ministro de Instrucción Pública de dicha provincia. Fue diputado (1871-1880) y ministro de Hacienda en el gobierno de Pellegrini (1890-1892). Es autor de numerosos trabajos históricos, entre los cuales se destacan "Historia de la República Argentina", que comprende 10 volúmenes; "Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires"; "La gran semana de 1810"; "El año XX" y "Compilación de documentos relativos a sucesos del Río de la Plata desde 1806". Fallecio en 1903.
     

Justo José de Urquiza (1801-1870)
  • Justo José de Urquiza Político y militar argentino. Nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos en 1801, y estudió en Buenos Aires. Fue acusado de promover una sublevación contra el gobernador Lucio Mansilla, por lo que tuvo que marchar a la provincia de Corrientes por breve tiempo. Luego fue diputado al Congreso provincial y presidente de la Legislatura desde 1826 hasta 1827. Poco después, el gobernador de Entre Ríos, Pascual Echagüe, lo convirtió en su dilecto colaborador y en comandante del segundo Departamento Principal. Junto a Echagüe intervino en Pago Largo y en Cagancha. La derrota sufrida en esta última batalla, a manos del general Paz, hizo declinar el prestigio de Echagüe, y Urquiza lo reemplazó como gobernador. En 1846 intenta una alianza con el gobernador de Corrientes, Madariaga, que se había pronunciado contra Juan Manuel de Rosas, y las negociaciones concluyen en el Tratado de Alcaraz (15 de agosto de 1846), cuyos términos son rechazados por Rosas. La guerra, que estalla nuevamente, le es favorable en el Potrero de Vences (1847). El 1º de mayo de 1851 se pronuncia contra Rosas, y el 29 del mismo mes establece una alianza con el gobierno de Montevideo, sitiado por Oribe. Al frente del llamado Ejército Grande, compuesto por entrerrianos, correntinos, brasileños y uruguayos (unos 29.000 hombres) inicia el 24 de diciembre su marcha hacia Buenos Aires. El 3 de febrero de 1852 vence a Rosas en Monte Caseros y designa gobernador de la provincia de Buenos Aires a Vicente López. Convoca a una reunión de representantes de los diversos gobernadores en San Nicolás de los Arroyos. El acuerdo firmado por éstos da a Urquiza importantes poderes, el cuál es rechazado por Buenos Aires, que se alza en armas el 11 de setiembre. En vano intenta sofocar el movimiento, y al cabo acepta la secesión, que habría de perdurar hasta la derrota de Mitre en Cepeda (1859). En 1860 Urquiza, cuyo cargo es el de presidente de la Confederación, abandona el gobierno y marcha a su provincia. Durante su administración se promovió el comercio, la libre navegación y la riqueza agrícola; en el orden político, lo más importante fue la sanción de la Constitución por intermedio del Congreso reunido en Santa Fe (1853). En 1861 vuelve a ponerse al frente del ejército para sofocar otro conflicto surgido con Buenos Aires, pero cae derrotado en Pavón (1861). Su influencia queda entonces reducida a Entre Ríos, donde gobierna desde 1861 hasta 1865. En 1868 es candidato a la presidencia, como opositor de Sarmiento. Al caer vencido se dedica al cuidado de sus posesiones, pero esta actitud pasiva y conciliadora le granjea el odio de los federalistas más acérrimos, y muere asesinado en su palacio de San José.

Juana Manuela Gorriti (1819-1892
  • Una de las figuras femeninas más originales e interesantes de nuestra literatura es doña Juana Manuela Gorriti. Temperamento independiente, tan raro en una mujer de su época, sostenido gracias a la contribución de un gran carácter y adornado de talento y brillante imaginación.

    Nació nuestra novelista en la provincia de Salta, el 15 de junio de 1819. Provenía de una encumbrada familia. Fueron sus padres el ilustre militar y gobernante, doctor José Ignacio Gorriti, guerrero de la independencia y opositor de los caudillos, y doña Feliciana Zuviría, su digna compañera. Era por lo tanto sobrina del popular guerrillero Pachi Gorriti y de otro cultísimo patriota y hombre de letras, el sacerdote doctor Juan Ignacio Gorriti. De sus familiares heredó la disposición a las letras y las virtudes patricias, y junto a ellos, en la angustia de las luchas, el destierro y la pobreza templó el noble metal de su alma.

    Hizo los primeros estudios en el convento de las monjas Salesas de su provincia natal y pasó luego a La Paz donde había de encontrar refugio la familia desterrada. Casó allí con don Manuel Isidoro Belzú, caudillo militar de Bolivia que llegó a ser presidente del país murió asesinado a raíz de una de las tantas revoluciones que dirigiera. Doña Manuela tuvo que separarse de su marido desafiando los más estrechos prejuicios y, haciendo gala de una entereza a toda prueba marchó a Lima con sus hijos, a rehacer su vida. Allí debió luchar duramente al principio dedicándose a la enseñanza hasta que logró labrarse cierta posición, a la par que renombre literario y un escogido círculo de amigos entre los más destacados intelectuales del Perú.

    Regresó a Bolivia a tiempo para recoger el cadáver de su esposo. Y en 1865 la tenemos de nuevo en Lima, reina espiritual del salón literario, querida y admiradas por todos. Su popularidad aumenta cuando en 1866 presta abnegadamente su concurso cuidando los heridos en el sitio de Callao, bajo la dirección del general Prado. Continúa en Lima por un largo período en que desarrolla paralelas actividades literarias, docentes y sociales. Sobreviene la guerra chileno-peruana que siembra el desconsuelo en Lima y encuentra a nuestra escritora ya fatigada y envejecida. Llamada por los amigos y admiradores de la tierra natal resuelve volver al país y llega a Buenos Aires en 1884. Se la recibió con gran cariño, siguió escribiendo y editó la mayor parte de sus libros. Rodeada por otras hermanas en las letras y los hombres más conspicuos, transcurren aquí plácidamente sus últimos años hasta que muere el 6 de noviembre de 1892. En su tumba habló el poeta Guido y Spano, un diplomático peruano y otras destacadas personalidades.

    Nos queda de ella, además de los recuerdos de su vida azarosa, actitudes valientes y encantadora sociabilidad, varios libros de cuentos, relatos y leyendas como Sueños y realidades y Panoramas de la vida. Tentó el género biográfico en las obras sobre Güemes y sobre Puch. Con material extraído principalmente de la propia vida, escribió El mundo de los recuerdos, la tierra natal, Misceláneas y Lo íntimo, libro póstumo.
     

Mitre, Bartolomé (1821-1906)
  • Poeta, ensayista, historiador, traductor, militar y político argentino, nacido en Buenos Aires el 26 de junio de 1821, y fallecido en su ciudad natal el 19 de enero de 1906. Humanista fecundo y polifacético, a la par que hombre de acción capaz de afrontar con decisión los mayores riesgos militares y los más severos compromisos políticos, en su figura emblemática se encarnan, mejor que en cualquier otra, los atributos paradigmáticos del prócer hispanoamericano decimonónico, atento al mismo tiempo al desarrollo cultural de su pueblo y a las exigencias cívicas demandadas por la consolidación del territorio y la identidad de unas naciones frágiles e inestables que acababan de alcanzar su independencia.

    Vida

    Hijo de Ambrosio Mitre y de su esposa Josefa Martínez, pasó los primeros años de su infancia en la ciudad provinciana de Carmen de Patagones (sita en el extremo meridional de la provincia de Buenos Aires, en el límite con la de Río Negro), en donde su padre desempeñaba el cargo que, en su condición de funcionario público, le había sido asignado. Tras la elección de Juan Manuel de Rosas como gobernador plenipotenciario de Buenos Aires (8 de diciembre de 1829), Ambrosio Mitre y otros muchos cargos públicos que no se habían mostrado afines al futuro presidente de la Confederación Argentina se vieron asediados por numerosos peligros y dificultades que, en el caso de los Mitre, obligaron a toda la familia a abandonar la provincia en 1831 para buscar refugio en Montevideo.

    En la capital de la recién proclamada República Uruguaya, el joven Bartolomé emprendió una ardua formación autodidacta que orientó definitivamente sus pasos por el sendero de las Humanidades. El temprano despertar de su innata vocación literaria se hizo patente en 1837, cuando, con apenas dieciséis años de edad, Bartolomé Mitre puso fin a su célebre composición poética titulada "El mendigo", una asombrosamente precoz canción romántica que le reveló como una de las voces más prometedoras de la incipiente literatura gauchesca, al tiempo que anunciaba ya su facilidad para asimilar, con una deslumbrante soltura expresiva, las formas tradicionales de la lírica popular y, simultáneamente, el mejor legado de la poesía culta escrita en lengua castellana. La presta difusión de "El mendigo" por todos los cenáculos poéticos de Montevideo proporcionó a Bartolomé Mitre un merecido prestigio literario que pronto se vio refrendado por sus frecuentes colaboraciones periodísticas, publicadas en los principales rotativos y revistas de Uruguay (algunos de los cuales, con el paso de los años, habrían de quedar sujetos a la dirección del escritor bonaerense).

    Fue también en 1837 cuando Bartolomé Mitre emprendió una prometedora carrera militar que habría de convertirle en uno de los más destacados protagonistas de los principales acontecimientos bélicos que jalonaron el turbulento devenir histórico del subcontinente americano durante el siglo XIX. No desatendió, por ello, su firme vocación literaria, que en 1838 le permitió dar a la imprenta un primer poemario, Ecos de mi lira, con el que quedó definitivamente adscrito a la corriente romántica que se extendía con amplitud por ambas orillas del Río de la Plata. Al mismo tiempo, desde su tribuna periodística en las páginas de El iniciador de Montevideo aunó sus inquietudes literarias y políticas para congregar a los proscritos argentinos que, como él, se manifestaban en contra de la dictadura de Rosas, lo que pronto le convirtió en una de las cabezas visibles de la oposición política y militar en el exilio. Así las cosas, se unió a las filas del Partido Unitario y, aunque también tomó parte en las guerras civiles uruguayas, orientó todos sus esfuerzos hacia el objetivo de derrocar al dictador argentino.

    Había, entretanto, contraído matrimonio en 1841 con Delfina de Vedia, hija de un alto mando del ejército uruguayo, lo que sin duda le movió a tomar parte activa, entre 1843 y 1846, en la defensa de Montevideo, sitiada por la Legión Argentina. Tras haberse unido, en Corrientes, a las tropas del general José María Paz -enconado enemigo de Juan Manuel de Rosas-, su cada vez más brillante trayectoria militar le condujo, en 1846, hasta el territorio de la actual Bolivia, en donde asumió, durante un año, el cargo de Jefe de Estado Mayor del general y presidente del gobierno José Ballivián. Aunque el país estaba inmerso en una feroz guerra civil, Bartolomé Mitre supo cumplir con acierto sus misiones militares sin descuidar por ello su vocación literaria, que le permitió incluso, en medio de los escarceos bélicos, fundar y dirigir en La Paz el rotativo La Época. Entre sus páginas vio la luz, en sucesivas entregas folletinescas, su narración romántica titulada Soledad, un relato que Mitre situó en la altiplanicie boliviana en señal de la gratitud que profesaba al pueblo que tan excepcionalmente le había dado asilo.

    En 1847, la derrota y el subsiguiente derrocamiento de José Ballivián por parte de los militares sublevados obligó a Bartolomé Mitre a salir de Bolivia para afincarse primero en Perú y, poco después, en Chile, donde volvió a desplegar una infatigable labor literaria que difundió su firma por los principales periódicos de Santiago y Valparaíso. Pero los daños causados por su afilada pluma no le permitieron permanecer durante mucho tiempo en la nación andina: tras otra breve estancia en Perú y un desesperado intento por establecerse de nuevo en Chile, en 1851 fue obligado a emprender de nuevo el rumbo del destierro con destino a Montevideo. Desde allí comenzó a acariciar la idea de regresar por fin a su país natal para tomar parte activa en el cada vez más populoso movimiento antirrosista, a cuyo servicio puso todo su ardor patriótico y su ya contrastada experiencia militar.

    Así las cosas, en 1851 ingresó en el "Ejército Grande" del general Justo José de Urquiza, constituido por una alianza de federales y unitarios argentinos, a los que se sumó el apoyo material y humano de fuerzas militares procedentes de Brasil y Uruguay. En calidad de jefe de artillería, el día 3 de febrero de 1852 Bartolomé Mitre desempeñó un destacado papel en la célebre batalla de Monte Caseros, en la que el ejército del gobernador plenipotenciario de Buenos Aires cayó estrepitosamente derrotado, dando lugar con ello a la inmediata abolición de una dictadura que se venía prolongando desde 1835. En el transcurso de aquel mismo mes de febrero de 1852, Urquiza asumió el cargo de Director Supremo y se convirtió en el nuevo gobernador de la Confederación Argentina, para proceder a cubrir las vacantes rosistas en los altos cargos públicos con el llamamiento a los colaboradores que mejor le habían servido durante sus campañas bélicas. Entre ellos figuraba, lógicamente, Bartolomé Mitre, quien se incorporó de inmediato al cuerpo legislativo de Buenos Aires, para ser distinguido, en 1953, con el nombramiento de Jefe de la Guardia Nacional Porteña.

    Sin embargo, el permanente anhelo de justicia e igualdad que guiaba los pasos del escritor argentino chocó frontalmente con las tentaciones dictatoriales en las que empezó a caer el gobierno de Urquiza tan pronto como ocupó todos los resortes del poder, por lo que Mitre se enfrentó directamente con el nuevo gobernador y encabezó la secesión del estado de Buenos Aires. De nuevo en el desempeño de funciones militares, al frente de las tropas bonaerenses luchó contra el ejército de Urquiza en la batalla de Cepeda (1859), donde cayó derrotado y sufrió la humillación de ver cómo Urquiza obligaba de nuevo a Buenos Aires a integrarse en la Confederación. Pero no permitió que el desánimo -ni tampoco los elogios con que se venía celebrando su ya notoria producción literaria- le condujese hasta el abandono de la profesión militar; antes bien, se entregó a la ardua tarea de formar un nuevo ejército con el que, dos años después de la derrota en Cepeda, presentó de nuevo batalla a las tropas de Urquiza, para salir ahora triunfante tras el choque de ambas fuerzas enemigas en Pavón (17 de septiembre de 1861).

    A partir de entonces, Buenos Aires se convirtió en el foco de consolidación de la nueva República Argentina, cuya presidencia asumió el propio Bartolomé Mitre en 1862. Durante los seis años que duró su mandato, el escritor bonaerense continuó protagonizando los más sonados acontecimientos bélicos de su tiempo, entre ellos el enfrentamiento armado contra Paraguay. Su buen hacer político le permitió conseguir el apoyo de Uruguay y Brasil por vía del Tratado de la Triple Alianza, lo que dio lugar al desencadenamiento de acciones militares conjuntas de los tres países entre 1865 y 1870, que culminaron con la inapelable derrota de Paraguay y la pérdida de algunos de sus territorios. Y aunque, en su condición de militar, dirigió personalmente las tropas aliadas, cuando acabó la denominada Guerra de la Triple Alianza Bartolomé Mitre ya estaba fuera del poder presidencial desde hacía un par de años.

    Ello no le impidió seguir desempeñando relevantes misiones públicas al servicio de sus compatriotas, como la que, en 1872, le llevó a encabezar las negociaciones encaminadas a la firma definitiva de la paz con Paraguay. Alentado por estos éxitos diplomáticos, poco después volvió a probar suerte en la arena política, pero su intento de regresar a la presidencia de la República quedó bruscamente interrumpido por su derrota en las elecciones presidenciales de 1874. Recluido durante cuatro meses en la prisión de Luján, se abrió a partir de entonces en su vida un extenso período -de algo más de un lustro- en el que se consagró a sus labores de escritor, historiador y traductor (fueron muy celebrados sus traslados al castellano del Infierno de Dante, las Odas de Horacio y el Ruy Blas de Victor Hugo); pero, a comienzos de la década de los años ochenta, su habilidad como negociador salió de nuevo a la palestra y se midió dialécticamente con la otros líderes liberales hasta que logró convencer a los seguidores de la Unión Cívica para que llegaran a un acuerdo con los conservadores, lo que a su vez permitió el ascenso a la presidencia del general Julio Roca (1880-1886); y, poco tiempo después, Bartolomé Mitre volvió a enfrascarse en las lides políticas uniéndose al movimiento que habría de derrocar al sucesor de Roca, Miguel Juárez Celman. Inmerso en todos los foros en los que se fraguaban las decisiones de la vida pública argentina de finales del siglo XIX (además de haber ocupado la presidencia de la República entre 1862 y 1868, había sido ministro en varias ocasiones), sólo se retiró de la política activa cuando su avanzada edad le impidió seguir ocupando con regularidad el escaño que mantenía a su nombre en el Senado durante la última etapa de su dilatada trayectoria cívica.
    En su condición de prohombre al servicio de todos los aspectos relacionados con el progreso de su nación, el autor bonaerense sobresalió también por su ingente labor cultural, desempeñada a lo largo de casi toda la mitad del siglo XIX desde la dirección del cotidiano La Nación, fundado por el propio Mitre en 1869. Además, por sus brillantes investigaciones históricas le cupo el honor de ser reconocido, en vida, como el fundador de la moderna historiografía científica en su país, reconocimiento que quedó bien patente con su nombramiento como director de la Academia de la Historia Argentina, institución cuya fundación se hizo posible merced a sus desvelos. Su dimensión artística, intelectual y humana alcanzó tales cotas de admiración en todo el territorio hermano de Hispanoamérica que, en el mismo año de su muerte, el nicaragüense universal Rubén Darío escribió, en su memoria, el célebre homenaje en verso titulado "Oda a Mitre".

    Obra

    A mediados del siglo XIX salió de los tórculos una valiosa recopilación de las composiciones poéticas escritas hasta entonces por Bartolomé Mitre, y publicadas bajo el epígrafe genérico de Rimas (Buenos Aires: Imprenta de Mayo, 1854). Este interesante volumen (cuyo éxito entre críticos y lectores propició una reedición corregida y aumentada en 1876) apareció dividido en varias secciones (como "Armonías de la pampa", "El caballo del gaucho", "El pato", "El ombú", "En medio de la pampa", "A Santos Vega", etc.), todas ellas compuestas por poemas fundidos en uno de los moldes estróficos que tuvieron mayor rendimiento en la lírica hispanoamericana del siglo XIX: la décima octosilábica. En la producción gauchesca del autor bonaerense, la pampa y sus tópicos referentes ambientales (el ombú o "árbol de la pampa", la llanura inmensa, la huella imprescindible de la cabalgadura, el canto lastimoso de los payadores, etc.) se humanizan desde un enfoque nítidamente romántico que, más que atribuir cualidades vitales al resto de las cosas, acaba por envolverlas en un halo idílico dotado de tanta belleza como irrealidad. Junto a ello, la impagable recuperación de tipos, usos y paisajes pintorescos como los que retrata Mitre en sus versos dan lugar a unas composiciones enriquecidas por el encanto de los ecos populares y las tradiciones legendarias, aunque, eso sí, testimoniales de la rigurosa labor de reconstrucción realizada por un autor culto.

    En su faceta de ensayista, Bartolomé Mitre se interesó principalmente por el estudio de la historia reciente de Hispanoamérica, materia que le suministró argumentos más que suficientes para elaborar dos de los más difundidos tratados históricos de las Letras argentinas. Se trata de Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (1857) e Historia de San Martín y la emancipación sudamericana (empezada a redactar hacia 1858, pero publicada en 1950), obras en las que queda patente la amena erudición de un intelectual que, pesa a su agitada vida política y militar, llegó a reunir en su biblioteca particular más de veinte mil volúmenes.

    El resto de sus artículos, ensayos y relatos dispersos -que vieron la luz en ediciones póstumas- se condensa en títulos tan sugerentes como Catálogo razonado de la sección: lenguas americanas (Buenos Aires: Ed. Coni, 1909); Archivo del general Mitre (Buenos Aires: La Nación, 1911); Comprobaciones históricas (Buenos Aires: La Facultad, 1916); La cuestión chileno-peruana: la política de la República Argentina (Santiago de Chile: Zig-Zag, 1919); Cuatro épocas (Buenos Aires: Imprenta de la Universidad, 1927); Soledad (Buenos Aires: Imprenta de la Universidad, 1928); Memorias de botón rosa (Buenos Aires: Imprenta de la Universidad, 1930); Obras completas de Bartolomé Mitre (Buenos Aires: Ed. Kraft, 1938); El diario de la juventud de Mitre (1843-1846) (Buenos Aires: Ed. Coni, 1939); Ensayos históricos (Buenos Aires: Ed. Sopena, 1941); Páginas de historia (La Plata: Ed. Calomino, 1944); Estudios históricos y literarios (Buenos Aires: W. M. Jackson, 1944): Defensa de la poesía (Buenos Aires: Academia Argentina de las Letras, 1947); Profesión de fe y otros escritos (Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 1956); Arengas parlamentarias (Buenos Aires: W. M. Jackson, [s.d.]); Arengas selectas (Buenos Aires: W. M. Jackson, [s.d.]); Falucho y el sorteo de Matucana. El crucero de la Argentina (1817-1819) (Rosario: Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1968); y La abdicación de San Martín (México: Universidad Nacional Autónoma de México [UNAM], Centro de Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras, 1979).

    Bibliografía

    BLOMBERG, Héctor Pedro: Mitre, poeta, Buenos Aires: Coni, 1941.
    GIUSTI, Roberto Fernando: "Algunas observaciones sobre las Rimas de Mitre y su influencia", en Boletín de la Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, XXI, 82, 1956, pp. 493-504.
    FIORI, Pedro Aurelio: La poesía contemporánea y la sangre, La Plata: Municipalidad de La Plata, 1962.
    OLAZÁBAL, Renee: Mitre: vocación y destino, Buenos Aires: Ed. Guillermo Kraft, 1955.
    J. R. Fernández de Cano.
     

Hernández, José (1834-1886)
  • Poeta, periodista y político argentino, nacido en Chacra de Puyrredón, San Martín (Argentina) en 1834 y muerto en Quinta Belgrano (Argentina) en 1886.

    Vida


    Su padre fue administrador de haciendas ganaderas y José pasó gran parte de su infancia y adolescencia en el campo, en la pampa, entre los gauchos. Conoció bien los trabajos, las penalidades y los abusos que éstos sufrían. Esta época de su vida penetró en él de una forma muy profunda para florecer espontáneamente en su obra. Se trasladó después a Buenos Aires, en un momento en que Argentina pasaba por una situación crítica. Tomó parte en los acontecimientos políticos de su tiempo. Derrotado en 1852 el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, se abrió un período de enfrentamientos entre Buenos Aires, que no aceptaba la constitución de 1853, organizándose como un estado independiente, y las provincias. En esta época, Hernández se mostró a favor del gobierno secesionista de Buenos Aires, aunque posteriormente se situó en el lado contrario.

    Instalado en Buenos Aires en 1869, fundó y dirigió el periódico El Río de la Plata. En 1870 se unió a la revolución -fracasada- contra Sarmiento, por lo que se exilió en Brasil en 1871. Al año siguiente, regresó a Buenos Aires gracias a la amnistía dictada por el propio Sarmiento. Publicó El gaucho Martín Fierro (1872), cuya segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, se publicó siete años más tarde, en 1879.

    A partir de este momento, gozó de tranquilidad y sosiego, y se dedicó a la labor literaria y política. Fue senador de la provincia de Buenos Aires hasta su muerte. Se le conoció como “el senador Martín Fierro”.

    Obra

    La obra que le dio la fama a José Hernández fue Martín Fierro, considerada como la obra más importante de la literatura gauchesca e hispanoamericana. Es un extenso poema lírico-narrativo, en estrofas de seis octosílabos, publicado en dos partes: El gaucho Martín Fierro (1872) y La vuelta de Martín Fierro (1879).

    En la carta-prólogo, que aparece junto a la primera parte de la obra publicada en 1872, el autor nos dice que se propuso reflejar los rasgos de la “fisonomía moral” del gaucho y “los accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes, de inseguridad, de aventuras y de agitaciones constantes”.

    En la primera parte, el gaucho Martín Fierro cuenta como es arrancado de su hogar y enrolado como soldado para combatir contra los indios en la frontera. Deserta y regresa a su rancho. Se encuentra la choza destrozada y con la ausencia de su mujer e hijos. De este modo, se convierte en una gaucho maleante, fuera de la ley y perseguido por la autoridad. Cuando va a ser detenido por la justicia, consigue huir con el sargento de la guarnición, y deciden trasladarse al territorio indio. Con el cruce de la frontera termina la primera parte. En la segunda parte, se narran las penalidades que sufrieron en territorio indio, la muerte del sargento y el regreso y reencuentro con sus hijos.

    Además de su contenido social y político, denunciar los abusos y las injusticias sufridos por los gauchos y la política del presidente Sarmiento, es una admirable creación poética, llena de imágenes, metáforas y comparaciones que son ingredientes esenciales en el sistema expresivo del gaucho.

    La mayor parte de los problemas que abordó en Martín Fierro ya los había tratado a lo largo de su trayectoria periodística, desarrollada en La reforma pacífica (1856), El Eco de corrientes (1868), El Nacional Argentino (1869), El Río de la Plata, (1869), La Pampa (1872) y La Patria (1873).

    Además, redactó dos obras tituladas Instrucción del estanciero (1881), un ensayo acerca de la organización y manejo de una estancia moderna; y Vida del Chacho (1863), a raíz del asesinato de este último caudillo riojano.
     

Maciel Juan Baltazar - (1727-1788)
  • Religioso y escritor argentino. Nació en Santa Fe. Doctor en Derecho Civil y Canónico por la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Intelectual de vasta cultura. Canónigo de la Iglesia Católica. Jurista, poeta y sainetista. Considerado precursor de la lírica gauchesca. Escribió varios ensayos. Autor de: El amor de la estanciera, Reflexiones sobre la famosa arenga de 1781 y Memorial.

Hilario Ascasubi (1807-1875)
  • Nació el 14 de enero de 1807 en medio del campo, no lejos de Fraile Muerto hoy Bell Ville en la actual provincia de Córdoba. Algunos aspectos de su biografía no están perfectamente aclarados, entre ellos el viaje que realizó en su adolescencia en la goleta La Rosa Argentina. Embarcó como grumete y llegó a la Guayana francesa y los Estados Unidos, aunque también se afirma que la nave fue apresada por un corsario y esto le obligó a peregrinar varios años por Francia, Inglaterra y Portugal. En 1823, Ascasubi regresó a Buenos Aires y luego se trasladó a Salta llevando consigo la ex imprenta de los Niños Expósitos. En aquella provincia se desempeñó como tipógrafo y periodista y fundó "La Revista de Salta" . En 1826 se alistó con el grado de teniente en el batallón de infantería que a las órdenes del coronel José María Paz marchó a luchar contra los efectivos brasileños. Más tarde, participó en la guerra civil en favor de los unitarios y en esa época convivió con los gauchos, aprendió su léxico y escuchó el canto de los payadores en los fogones.

  • En 1830, Ascasubi es detenido en Entre Ríos y por orden de Rosas, trasladado preso a Buenos Aires. Permaneció en la cárcel cerca de dos años, hasta que logró evadirse y pasó al Uruguay. En Montevideo ciudad en que se radicó veinte años hasta la derrota de Rosas se ocupó de diversos menesteres. Acrecentó su fortuna al frente de una panadería y también adquirió popularidad por medio de sus ingeniosos versos gauchescos. Fue periodista y como payador unitario comentó la guerra entre Oribe y Rivera con partes de batalla, cielitos, medias cañas y diálogos, que daba a conocer bajo diversos seudónimos.  Fue ayudante de Urquiza en la batalla de Caseros, pero más tarde abrazó la causa porteña de Mitre y se mostro enemigo del caudillo entrerriano. Intentó mejorar su situación económica con algunas inversiones en obras públicas entre ellas, la construcción del antiguo Teatro Colón pero fracasó en sus propósitos y quedó al borde de la ruina. En 1860 se trasladó a Francia comisionado por el gobierno de Mitre, con la misión de enganchar voluntarios europeos destinados al ejército de Buenos Aires. Vivió en París y en aquella ciudad publicó en el año 1872 sus obras completas. Regresó a Buenos Aires y falleció el 17 de noviembre de 1875.

  • Ascasubi adquirió su personalidad literaria en su largo destierro en el Uruguay, apoyando la causa de los unitarios. En 1839 fundó un periódico titulado "El gaucho en campaña" y en el cuarto número publicó el poema El truquiflor. Las composiciones que dio a conocer en periódicos, folletos y hojas sueltas fueron recopiladas posteriormente en el libro titulado: Paulino Lucero o Los gauchos del Río de la Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de la República Argentina y Oriental del Uruguay (1839-1851). La obra fue editada en París, en 1872.

  • Cuando se iniciaron las hostilidades entre Buenos Aires y la Confederación, el poeta atacó a Urquiza por medio de un periódico en prosa y verso, titulado "Aniceto el Gallo, Gaceta jocotristona y gauchi-patriótica". Sus coplas de crítica política no fueron recibidas con el mismo entusiasmo que despertaron SUS anteriores obras.

  • Ascasubi se encontraba en París cuando terminó su mejor obra y la de mayor aliento, el largo poema denominado Santos Vega o Los mellizos de La Flor. Luego de ocho meses de trabajo escribió 12.604 versos que fueron publicados en 64 capítulos y un epílogo en un tomo de sus obras completas. El poeta cuenta en lengua gauchesca la historia de dos hermanos, los mellizos de la estancia La Flor. Uno de ellos el bueno, y el otro un gaucho malevo y perverso. El relato lo pone en boca del legendario Santos Vega, aunque el poema —con excepción del título no tiene ninguna relación con la vida del payador homónimo, que a comienzos del siglo XIX había merodeado por la zona del río Salado.

  • La obra ofrece algunos cuadros plenos de colorido local y otros de auténtico dramatismo, aunque se critica la gran extensión de algunos episodios que no están relacionados con su importancia dentro del poema. Pero en conjunto escribe Julio Caillet-Bois hay una verdad esencial en el Santos Vega, que refleja una visión embellecida y conciliatoria de la vida en la campaña.

Estanislao del Campo (1834-1880)
  • Nació en la capital el 7 de febrero de 1834, hijo de padre porteño, don Estanislao del Campo, y madre tucumana, doña Gregoria Luna. Se educó aquí mismo en la Academia Porteña Federal empleándose luego como dependiente de tienda según era costumbre entre los jóvenes de buena familia de esos tiempos. Muy porteño lo vemos en 1852 tomar parte en la defensa de la ciudad cuando el general Lagos le puso sitio. Concluido éste entró a prestar servicio en la aduana. Más tarde fué secretario de la cámara de diputados cuando ya militaba abiertamente en las filas alsinistas, alternando la carrera administrativa con las más animadas acciones de Cepeda y Pavón donde se batió con entusiasmo. Llegó así a capitán en 1861. En 1874 es ascendido a teniente coronel saliendo a campaña con motivo de la revolución de ese año. Luego tuvo una corta actuación como diputado nacional y terminando su mandato fué nombrado oficial mayor del Ministerio de Gobierno de la Provincia. Se desempeña en todos estos cargos con escrupulosidad y competencia y toma asimismo parte activa en las luchas políticas, pero sin abandonar la poesía que es sin duda su vocación más íntima.

  • Con el pseudónimo de Anastasio el Pollo entró Estanislao del Campo en el mundo de las letras. Su poema gaucho-burlesco Fausto alcanzó casi de inmediato una enorme popularidad, popularidad que ha persistido y aumentado si cabe hasta nuestros días. Su aparición fué entusiasmante saludada por la crítica, y lo que nunca había ocurrido antes en nuestro medio, suscitó una larga polémica entre dos jóvenes talentos que habían de afirmarse más tarde, Pedro Goyena y Eduardo Wilde. La polémica interesante y animadísima derivó hacia conceptos generales de la poesía, pero contribuyó indudablemente a tener a Del Campo y su libro sobre el tapete de la actualidad. Escribió también otras muchas composiciones de diferentes estilos, sin embargo es en la cuerda gauchesca donde da las mejores notas. De humor festivo, tiene una pluma llena de colorido para verter su fácil filosofía campera y fresca imaginación.

  • Es curioso advertir que, no obstante el género escogido, era más bien un hombre de ciudad.

  • Murió joven aún el 6 de noviembre de 1880 y los mejores poetas de la época, José Hernández y Guido y Spano, pronunciaron conmovedoras oraciones en su tumba. Mereció también fuera del aplauso popular y de la crítica del país, grandes elogios de un crítico español tan severo como Menéndez y Pelayo.

Eduardo Gutierrez (1851-1889)
  • Escritor argentino nacido en 1851 . Sus obras de carácter gauchesco adquirieron gran popularidad, especialmente Juan Moreira, novela llevada con gran éxito a la escena y con la que se inició la época del teatro gauchesco. Escribió además: Pastor Luna; Santos Vega; Una amistad hasta la muerte; Juan Cuello; Hormiga Negra; El Chacho y El tigre de Quequén.

Cané Miguel  
  • Nació en Montevideo el 27 de enero de 1851. Su padre, Miguel Cané, uno de los miembros del Gabinete de Lectura, se había alejado del país en 1835 debido a la tristeza que le inspiraba el gobierno de Rosas. Miguel Cané (hijo) se benefició mas tarde con la cláusula de la ley de ciudadanía, dictada en 1869, que permitió optar por la nacionalidad Argentina a todos aquellos que hablan nacido de padres argentinos en las repúblicas vecinas durante la época de Rosas. En realidad, Cané llegó a Buenos Aires cuando sólo contaba dos años de edad, ya que su familia regresó a la patria poco después de la batalla de Caseros. Hizo sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyo recuerdo le inspiró más tarde la redacción de su más famoso libro, Juvenilia , siguió la carrera de derecho en la Facultad de la misma ciudad y se recibió de abogado en 1872. La política y el periodismo le atrajeron desde su juventud y fue así como colaboró en La Tribuna, periódico de los Varela, que sostenía al partido autonomista de Alsina, y en El Nacional, entre cuyos redactores se hallaban Sarmiento y Vélez Sársfield. 

  • Fue diputado nacional en 1875 y mis tarde senador por la Capital. Desempeñó los cargos de: Director General de Correos y Telégrafos en 1880, e Intendente Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en 1892, ministro de Relaciones Exteriores y luego del Interior bajo la presidencia de Luis Sáenz Peña, y primer decano de la Facultad de Filosofía y Letras en 1900. Alternando con estas funciones sedentarias, fue sucesivamente embajador en Colombia y Venezuela en 1881 en AustriaI-Hungria en 1883, en Alemania en 1881, en España en 1886 y en Francia en 1901, satisfaciendo así su temperamento diplomático y su afición por los viajes. Falleció en Buenos .aires el 5 de setiembre de 1905. 

  • Miguel Cané perteneció a esa famosa generación del 80, considerada como talentosa y despreocupada, afortunada y frívola, ardientemente Argentina y placenteramente cosmopolita. Sus amigos, Carlos Pellegrini, Aristóbulo del Valle, Roque Sáenz Peña, Lucio V.-López, Eduardo Wilde, Bartolomé Mitre y Vedia, le estimaron como maestro debido a su gusto refinado y a su gran influencia social, y así también le apreció el gran mundo porteño por sus obras sencillas, de tono familiar, y sus amenas conversaciones llenas de frescura y de gracia. 

  • Estas indudables y atrayentes cualidades no perjudicaron, por su aparente superficialidad, a Miguel Cané en su papel de miembro de la clase gobernante de entonces, sea como legislador o como representante diplomático. Perteneció a la época de Roca, y luchó desde la prensa y el parlamento por la legislación laica. la educación común y la separación de la Iglesia y del Estado. Fue autor del proyecto de la ley No 4.144, llamada "ley de residencia", que el Congreso Nacional sancionó el 22 de noviembre de 1902, para autorizar al Poder Ejecutivo a expulsar a los agitadores extranjeros que fomentaban conflictos obreros en el país. 

  • Miguel Cané se interesó también por la enseñanza y fue partidario de un retorno a la cultura humanista, bregando por el estudio de los clásicos griegos y romanos. Este último aspecto de su personalidad complementa su figura de hombre provisto de gusto artístico, de cultura y de cierta filosofía mundana que no se basa en la información copiosa sino en el conocimiento de la vida. Sus obras fueron escritas como pasatiempos en los escasos momentos que le dejaron libres la política y la diplomacia, la tertulia familiar y el club social. Mucho de su producción se encuentra dispersa en forma de colaboración periodística en La Prensa, La Nación y El País, además de los diarios de combate mencionados anteriormente. Se destacó también como orador persuasivo en la polémica parlamentaria y en la disertación académica. Siendo decano de la Facultad de Filosofía y Letras, pronunció dos de sus discursos más famosos: El espíritu universitario y La enseñanza clásica. 

  • En otros géneros, especialmente en los ensayos, tenemos de él un libro titulado justamente Ensayos, publicado en 1877. en el que, pese a sus veintiséis años de edad, Cané demuestra ser un critico y un observador. Relata en esta obra sus primeros viajes a través de narraciones que algunos han estimado extravagantes. Llama sobremanera la atención la consideración con que trata en esta obra a Sarmiento, a quien proclama genio de la prensa argentina, siendo como lo era Cané admirador habitual de las letras inglesas y francesas. Siguió con la serie de impresiones de viajes en A distancia, aparecido en 1882, y con En viaje, de 1884, libro en que cada capítulo fluye la delicadeza de las ideas y la sencillez de la expresión. Se trata en En viaje de los viajes de Miguel Cané por Colombia y Venezuela, y ha quedado como pieza de antología su descripción de la pintoresca navegación a lo largo del río Magdalena. En Charlas literarias, publicado en 1885, figuran estudios sobre las obras de Shakespeare y de Dickens. 

  • En Notas e impresiones, aparecida en 1901, se recopilaron los artículos literarios que Cané enviaba desde París al diario La Prensa con el seudónimo de "Travel". 

  • Prosa ligera, editada en 1903, continúa la serie de crítica literaria, pero dedicada ahora a la producción española y argentina. El arte español, título de uno de sus capítulos, debía, según se afirma, servir de base para un estudio más extenso sobre las pinturas de Velázquez. La obra capital de Miguel Cané en cuanto a critica literaria es el Enrique IV de Shakespeare, publicado en 1900, con una traducción castellana del texto inglés, producción interesante por su información y por las ideas que allí campean. 

  • Pero la celebridad popular de Miguel Cané se debe especialmente a su libro titulado Juvenilia, aparecido en 1882, obra meritoria en un género que, en realidad, escapa a toda clasificación. 

  • En sus páginas sin pretensiones literarias ha dejado Cané sus nostalgias de juventud y sus alegrías de estudiante travieso. Para una Argentina que vive hoy a más de cien años de su nacimiento, este libro conserva la frescura de una simpatía incapaz de marchitarse. 

Eduardo Faustino Wilde (1844-1913)
  • Nació en Tupiza. Bolivia, el 15 de junio de 1844, era  hijo dé Diego Wellesley Wilde, de origen británico, radicado en Salta, y de Visitación García, tucumana. 

  • Durante la época de Rosas su familia tuvo que emigrar  a Bolivia. Al regresar, su padre se preocupó, por que recibiera una esmerada edu­cación. Ingresó al Colegio de Concepción del Uruguay y, más tarde se trasladó a Buenos Aires para realizar en esta ciudad sus estudios universitarios. 

  • En 1870 se recibió de médico, presentando una tesis sobre El Hipo, demostrando en ese trabajo mostraba sus aptitudes literarias. 

  • Entra de inmediato a ejercer como cirujano interno del Hospital Militar durante la guerra del Paraguay, teniendo asimismo una destacadísima actuación en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla que devastó Buenos Aires en 1871. 

  • Ese mismo año fue designado médico de sanidad del Puerto. En 1871 actuaba profesionalmente en la parroquia de Monserrat. En 1873 se le nombró profesor sustituto de anatomía en la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires y en 1874 miembro académico de la Facultad de Ciencias Físico‑natura­les y de la de Ciencias Médicas.  

  • En 1875 era profesor de medicina legal y toxicología de la Facultad de Ciencias Médicas, y en 1876 de anatomía en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Publicó en esa época dos libros de carácter didáctico y científico  Lecciones de higiene y Lecciones de medicina legal y toxicología.  

  • Una obra de naturaleza autobiográfica, aparecida también en ese periodo es Prometeo y Cia. en el evoca  en ella su vida de médico. Otras producciones suyas lo señalaron pronto como es­critor de renombre.  

  • Se le considera como un excepcional ironista. "A veces es cáustico, penetra en el espíritu humano, pero no hurga en él", se ha dicho de su prosa. 

  • Poseía un estilo sobrio, "elaborado con tesón consciente". Escribió novelas, descripciones de viajes, relatos, narraciones, cuentos. Entre sus obras figuran los siguientes títulos: Tiempo Perdido, Viajes y observaciones, Por mares y por tierras, La prime­ra noche de cementerio, La lluvia ‑fragmento autobiográfico‑, Pablo y Virginia, Vida moderna, Mar afuera ,  Cuentos humo­rísticos, Aguas abajo. Esta última, obra póstuma, quedó inconclusa. Wilde partici­pó en las luchas políticas del país. Se señaló  por su tendencia liberal. Apoyó sucesivamente a Avellaneda. Roca y Juárez Celman. 

  • Fue legislador en la provincia de Buenos Aires y después diputado nacional por este distrito electoral de 1874 a 1876 y de 1876 a 1880. El presidente Roca le confió la cartera de Justicia e Instrucci6n Pública en su primer gobierno. También fue ministro del Interior del presidente Juárez Celman. 

  • Intervino en los debates promovidos por la presentación de los proyectos de ley de enseñanza laica y de matrimonio civil, defendiendo ambas iniciativas. Ocupó otras importantes funciones públicas. Desempeñó el cargo de presidente del Departamento Nacional de Higiene en 1898 y formó parte del cuerpo diplomático en calidad de ministro plenipotenciario ante los gobiernos de España , Portugal y Bélgica, Debe señalarse que al estallar la fiebre amarilla en Buenos Aires prestó eficientes servicios, contrayendo la enfermedad. Ejerció el periodismo desde su juventud. Fue redactor de El Bachiller , periódico estudiantil; inspiró muchas de las caricaturas de El Mosquito; perteneció como cronista a La Nación Argentina. Colaboró en Tribuna, El Pueblo y El Nacional y dirigió La República. 

  • En 1901 representó al país en el Congreso Internacional sanitario de La habana y en 1902 en el Congreso Internacional para mejorar la suerte de los ciegos, Falleció en Madrid el 5 de setiembre de 1913.  

  • Bibliografía (v.: Florencio Escardó , Ensayo sobre Eduardo Wilde , Buenos Aires, 1943.).

Eugenio Cambaceres (1843-1888)

  • Esta importante figura de la novela naturalista argentina en la generación del ochenta nació en Buenos Aires en 1843, hijo de un grabador francés y de una porteña. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional Central y luego ingresó en la Facultad de Derecho de Buenos Aires donde se graduó de abogado. Ejerció un tiempo su profesión para intervenir más tarde activamente en política. De ideas liberales sostuvo la separación de la Iglesia del Estado ante la Convención de 1871, en un discurso que luego fue publicado en la "Revista del Río de la Plata". Integró el grupo dirigente del Club del Progreso, organismo que en aquella época reunía a los intelectuales y a destacadas figuras de la sociedad porteña.

  • La firmeza de sus convicciones —denunció los fraudes de su propio partido— lo perjudicó en la carrera política, que abandonó para dedicarse a la labor literaria. Viajó por Europa y se encontraba en París, cuando falleció a los cuarenta y cinco años, en 1888. 

  • Cambaceres introdujo por vez primera en nuestro medio la novela con argumentos de índole realista y local. Identificado con la cultura europea y bajo la influencia de algunos escritores franceses del siglo XIX —entre ellos Emilio Zola— publicó cuatro novelas de temática pesimista y crudamente naturalistas. Las dos primeras se titulan Potpourri (1881) y Música sentimental, que dio a conocer con el subtítulo de Silbidos de un vago. Ambas carecen de un plan preciso y a veces de hilación, con historias de adulterios conyugales dentro de un ambiente de pesimismo y hastío. La novedad de su asunto y el tema sensual y truculento, provocaron una repercusión escandalosa y la crítica no vaciló en censurar al autor. En otras obras posteriores, Cambaceres mejoró la composición y el estilo literario. En 1885 dio a conocer su novela más significativa, llamada Sin rumbo. Con prosa espontánea ofreció buenas descripciones de paisajes e interesantes anécdotas en torno a un asunto patológico sexual.

  • Un año antes de su muerte publicó En 1a sangre, donde refiere la vida de un hijo de inmigrantes italianos —llamado Genaro— que busca elevar su humilde origen y fuerza al matrimonio a la hija de un estanciero adinerado, para luego derrochar su fortuna y arruinar su vida.

  • A través de sus escritos, hizo presente los problemas a que dio origen la llegada de extranjeros a nuestro país y los cambios sociales de su época. Enalteció a la alta burguesía de la que formaba parte y criticó las clases humildes y la baja inmigración europea. En este aspecto, no se integró con la realidad del momento en que vivía. Cambaceres fue una personalidad literaria original y dotada de mérito propio, según juicio del crítico García Mérou.  

Martín García Mérou, (1862-1905)
  • Fallecido a los cuarenta y tres años, cuando ocupaba la legación argentina en Berlín, fue poeta, novelista y ensayista, pero su labor de crítico literario es la que ofrece aspectos más valiosos, aunque su tarea —no profesional— fue limitada por su condición de diplomático y político. Sus obras de crítica comprenden: Estudios literarios (1884), Libros y autores (1886), Juan Bautista Alberdi (1890), Recuerdos literarios (1891), Confidencias literarias (1894), Ensayo sobre Echeverría (1894) y El Brasil intelectual (1900). 

Álvarez, José Sixto (1858-1903)
  • Escritor argentino nacido en 1858 en Gualeguaychú y muerto en 1903 en Buenos Aires. Es más conocido por el seudónimo de Fray Mocho. Fue fundador y director de la conocida revista Caras y caretas, de Buenos Aires, y un cuentista extraordinario que, dotado de una prosa brillante, ágil humorística, en su obra refleja el ambiente y las costumbres de su época. Son incomparables sus narraciones de Esmeralda, cuentos mundanos (1882). Su obra cuentística se reunió bajo el título de Cuentos de Fray Mocho (1906).  

Paul Groussac (1848-1929)
  • Escritor francés en 1848, el cual se radicó  en Buenos Aires desde 1866. Después de un viaje a Francia en 1883 fue designado inspector de enseñanza y director de la Biblioteca Nacional, donde estuvo más de cuarenta años. Publicó dos grandes colecciones: La Biblioteca (1896-1898), en que aparecieron notables trabajos críticos, y Anales de la Biblioteca, reunión de documentos relativos a la historia del Río de la Plata; dirigió el diario SudAmérica y colaboró en las publicaciones más importantes de la Argentina. Sus obras Estudios de historia argentina; Ensayo histórico sobre el Tucumán; Mendoza y Garay; Los que pasaban y otras se destacan por la ceñida información, la pintura viva de ambiente y héroes y el estilo sobrio y cuidado. Otros trabajos: Fruto vedado; Relatos argentinos; La divisa punzó; Crítica literaria y Las islas Malvinas. 

Joaquín Víctor González (1863-1923)
  • Nació en Nonogasta departamento de Chilecito, La Rioja el 6 de marzo de 1863, se desempeño como político, legislador, funcionario, historiador, educador, filósofo, literato: las múltiples facetas de Joaquín V. González; una de las personalidades más destacadas de la cultura nacional del período moderno. 

  • Riojano de nacimiento, González estudió en Córdoba, en el Colegio de Monserrat. Con tan sólo 18 años, en esa ciudad, se inició en el periodismo, colaborando con varios diarios mediterráneos, como El Interior, El Progreso y La Revista de Córdoba. Tres años después, comenzó a dictar clases, enseñando historia, geografía y francés en la Escuela Normal de Córdoba. En 1884, cuando tenía 22 años, empezó a escribir su tesis doctoral (Estudios sobre la Revolución) y fundó el diario La Propaganda. Además, se lo eligió presidente del Club Universitario Estudiantil. En 1886, obtuvo el doctorado en Jurisprudencia y de inmediato, regresó a su provincia, comisionado por el gobierno para tratar el asunto de límites con Córdoba.  

  • También fue elegido diputado nacional, aun cuando no tenía la edad requerida para el cargo (Repetiría en esa función tres veces más (1889-1891; 1892-1896; 1898-1901).

  • Fue designado Miembro de la Comisión de Reforma Constitucional en 1887, y encargado de redactar el proyecto de Constitución para La Rioja. Era, por entonces, uno de los más destacados juristas del país. 

  • Ese año, Joaquín V. González publicó La Revolución de la Independencia Argentina, la primera de sus obras de carácter historiográfico. Además ingresó al diario La Prensa, y fue designado primer profesor de la Cátedra de Derechos de Minas.  

  • En 1889 fue elegido Gobernador de la Provincia (hasta 1891). Entonces, publica su obra fundamental: La Tradición nacional, una evocación legendaria en la que vincula el paisaje, el folklore, la sociología y la historia del país. Un lustro después, González accedió a la titularidad de la Cátedra de Legislación de Minas, y, en 1896, al Consejo Nacional de Educación, además de ser Académico Titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. 

  • En 1901 abandonó la diputación, cuando el presidente Roca lo llamó para encabezar el Ministerio de Interior. Interinamente, González debió ademas dirigir al mismo tiempo los ministerios de Justicia e Instrucción Pública, y de Gobierno y Relaciones Exteriores. No descuidó sus cátedras, no obstante la función pública, y se encargó de pronunciar magistrales discursos, como en 1902 en la Facultad de Derecho acerca de El ideal de la Justicia y la vida contemporánea. 

  • Ese mismo año, presentó al Presidente un proyecto de reformas electorales, convertido en ley poco después. Gracias a la misma, que consagraba el sistema uninominal, fue elegido el primer diputado de adscripción socialista en el país (Alfredo Palacios). 

  • En 1904, nuevamente González tuvo que encabezar dos ministerios al mismo tiempo: el de Interior y el de Justicia e Instrucción Pública, al frente del cual creó el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de Buenos Aires, primero en este género que tuvo el país, y que tuvo como plantel docente inicial a una veintena de profesores contratados en el extranjeros, casi todos alemanes. 

  • Con la asunción de Quintana como presidente, se lo designó al frente del Ministerio de Justicia. En esa tarea, González creó en 1905 la Universidad de La Plata, nacionalizada al cabo de unas pocas semanas. Según González, la novel casa de estudios debía responder a "una nueva corriente universitaria, que sin tocar el cauce de las antiguas y sin comprometer en lo más mínimo el porvenir de las dos Universidades históricas de la Nación, consultase junto con el porvenir del país, las nuevas tendencias de la enseñanza superior, las nuevas necesidades de la cultura argentina y los ejemplos de los mejores institutos similares de Europa y América." Renunció como Ministro con la muerte del Quintana. El nuevo gobernante, Figueroa Alcorta, lo designó entonces Presidente de la Universidad, función en la que permanecería hasta 1918, en una gran tarea de organizador y armador. El día que abandonó el cargo de Rector, se le efectuó una apoteótica despedida en el Teatro Argentino de La Plata. 

  • No había dejado la política, sin embargo, y fue elegido senador en 1916 y hasta su muerte en 1923 (había estado en el cargo desde 1907). 

  • Para entonces, Joaquín V. González era considerado uno de los más ilustres hombres del país, y era reconocido por sus pares de otras latitudes. Integraba, en virtud de este reconocimiento, la Real Academia Española como miembro correspondiente (desde 1906), y formó parte, por lo mismo, de la Corte Internacional de Arbitraje de la Haya, en 1921. 

  • Una vez retirado de la dirección de la Universidad, volvió a las aulas en Buenos Aires, enseñando Derecho Constitucional Americano, Derecho Institucional Público y Historia Diplomática Argentina. También colaboró con el diario La Nación, y publicó numerosas obras sobre historia, sociología y derecho (por ejemplo, El juicio del siglo, o cien años de historia argentina (1910), La Universidad de Córdoba en la evolución intelectual argentina (1913), Patria y Democracia (1920), etc. Estos escritos compusieron una vasta obra sobre los más diversos temas: compilados en una edición póstuma en 1934 (Obras Completas), ocupan más de 13 mil páginas, agrupadas en 51 títulos. 

  • Falleció el 21 de diciembre diciembre de 1923, en medio de la congoja más general. Sus restos fueron acompañados por miles de personas hasta el Cementerio Norte. La misma congoja se repetiría varios años depués, cuando una enorme multitud acompañó sus despojos hasta su Chilecito natal. 

José Manuel Estrada (1842-1894)
  • Nació en Buenos Aires el 13 de julio de 1842 y fue uno de los más destacados intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX, además de ser quizás el orador más eminente de nuestro país durante esos años. Historiador por vocación y de formación autodidacta, católico combativo, periodista y político encumbrado, Estrada se erige en uno de los representantes más genuinos del pensamiento argentino a comienzos del período moderno. 

  • Los datos relativos a su biografía destacan que Estrada quedó huérfano a muy temprana edad, y que de su educación se hizo cargo su abuela, Carmen de Liniers. Su primer maestro fue Manuel Pintos, y su educación formal la desarrolló en el Colegio de San Francisco, donde aprendió filosofía, teología, religión y humanidades. A través de esta enseñanza, Estrada se formó como un férreo católico, al punto que sería la defensa de este dogma la que lo llevaría a destacar como político. 

  • En 1858, cuando finalizó con sus estudios primarios, recibió un premio en el concurso de historia del Liceo Literario, por su obra relativa al descubrimiento de América. Este estímulo fue suficiente para que orientara su formación autodidacta a los asuntos históricos, que a la postre lo convertiría en uno de los más destacados historiadores argentinos. Por esa época, además, Estrada comienza su actividad como periodista, como redactor de La Guirnalda, Las Novedades y La Paz. 

  • Incorporada Buenos Aires a la Confederación, adhirió a la Constitución Nacional, y publicó el opúsculo Signun Foederis (El signo de la Confederación), que se convirtió en su profesión de fe religiosa, nacional y política. Poco después, en 1861, publicó El génesis de nuestra raza, una obra polémica en la que replicaba al profesor Gustavo Minelli, quien había levantado banderas anticatólicas. Al año siguiente publicó otra réplica, llamada El catolicismo y la democracia en la que respondía a Francisco Bilbao, quien sostenía la incompatibilidad de la democracia y la religión. 

  • En 1865, Estrada presentó su primera obra decididamente histórica (Ensayo histórico sobre la revolución de los comuneros del Paraguay en el siglo XVIII), y comenzó a escribir la Historia de la Provincia de Misiones (obra que dejaría inconclusa). Un año después, en 1866, se inició en la docencia, en la Escuela Normal, donde desarrollaría unas muy famosas Lecciones sobre la Historia de la República Argentina, compiladas luego en un libro que publicó la Revista Argentina, y que es quizás el primero de la historiografía nacional. (La Revista Argentina era una creación suya, y por él fue dirigida durante dos períodos: 1868 a 1872, y entre 1880 y 1882.) 

  • Por entonces, Estrada gozaba ya de un profundo reconocimiento, a pesar de sus juventud. Tanto, que Sarmiento lo nombró Secretario de Relaciones Exteriores, y le encargó la enseñanza de Instrucción Cívica en el Colegio Nacional, donde ya enseñaba filosofía. Poco después, en 1869, fue nombrado Jefe del Departamento General de Escuelas, cargo en el que permaneció sólo un año.  

  • Comenzó su actividad política en 1871, cuando formó parte de la Convención Provincial Constituyente, encargada de redactar y sancionar la Constitución provincial de 1874. En 1873, fue elegido diputado por Buenos Aires. En ese año, además, fundó el periódico El Argentino, en el que publicaría varios estudios históricos. 

  • En 1874, Estrada se hizo cargo de la Dirección de Escuelas Normales, y del Decanato de la recién creada Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es de destacar este altísimo honor, teniendo en cuenta que Estrada no tenía título profesional alguno, pese a ser un intelectual de primer orden dentro del panorama del pensamiento argentino de la época.  

  • Dictó, también, clases de Derecho Constitucional y Administrativo en la Facultad de Derecho. Algunos de estos cursos, sobre el sistema federal argentino, el régimen municipal o la libertad de sufragio, fueron magistrales. Las versiones taquigráficas de dichas clases fueron posteriormente compiladas en la obra Curso de Derecho Constitucional. 

  • Esta faceta de publicista, además de docente y buen orador, sería una de las más destacables de su actuación pública. Siendo Rector del Colegio Nacional (entre 1876 y 1888), Estrada pronunció discursos memorables. Por ejemplo, el del 24 de abril de 1877, que versaba sobre La tiranía de Rosas, fue realmente apoteótico, hasta el punto que, al cabo de la conferencia, los alumnos y docentes lo siguieron en manifestación por las calles céntricas hasta que llegaron al pie de la estatua de San Martín. Allí, Adolfo Mitre, en nombre de los alumnos, debió improvisar un discurso expresando su emoción. 

  • A partir de 1880, no obstante su labor docente, Estrada debió ocuparse de asuntos que le merecían mayor atención. Transcurría la primera presidencia de Julio A. Roca, y en el país se vislumbraba una fuerte corriente de pensamiento anticatólico. Estrada comenzó entonces una lucha publicística sin cuartel en defensa del catolicismo, ya desde el periodismo, ya desde la tribuna. Se discutía entonces la exclusión de la enseñanza católica de las escuelas, la ley de matrimonio civil y otra legislación que era considerada por los católicos como un atentado contra la Iglesia. Estrada fue elegido presidente de la Asociación Católica y fundó en 1882 el diario La Unión desde donde mantuvo una lucha constante contra los liberales.  

  • Estos conseguían triunfos, como la consagración de la enseñanza laica, sancionada por el Congreso Pedagógico de 1882 y tratada en la Cámara de Diputados de la Nación en julio de 1883. Estrada, mientras tanto, realizaba giras proselitistas por el interior, celebrando congresos católicos y lanzando sus más furibundas diatribas contra el Gobierno. En represalia, fue separado de todos sus cargos públicos, aunque no pudieron callarlo. En 1884, la Primera Asamblea de Católicos Argentinos tuvo una concurrencia excepcional y gestó una alianza política en defensa de las ideas católicas. Estrada fue elegido diputado nacional. En el Congreso, pronunció discursos llenos de vigor expositivo y que fueron centrales en varios debates, especialmente los que enmarcaron el tratamiento de la Ley de Matrimonio Civil, sancionada finalmente en 1888. 

  • Luego de apoyar el gobierno de Juárez Celman, Estrada se incorporó a la Unión Cívica. En abril de 1890, mientras pronunciaba un discurso en el Frontón de Buenos Aires, sufrió una descompensación que le obligó a retirarse por un tiempo de la vida pública. La revolución radical de julio lo encontró en Rosario de la Frontera, donde se hallaba descansando y reponiéndose. De inmediato, viajó a Buenos Aires y tomó parte de las gestiones políticas que siguieron a la fallida revolución. 

  • Comandando las fuerzas políticas católicas, apoyó la candidatura de Luis Saénz Peña, quién en agradeciemiento le ofreció el cargo de Ministro. Rehusó ese cargo, pero aceptó el de Ministro plenipotenciario en Paraguay, función en la que permanecería durante un año. En septiembre de 1894, la enfermedad lo venció y falleció en la capital paraguaya.Murió en Asunción (Paraguay) el 17 de setiembre de 1894. 

Pedro Goyena (1843-1892)
  • Jurisconsulto, escritor y político argentino nacido en 1843). Fue profesor de derecho romano en la Universidad de Buenos Aires. Se destacó como periodista, orador y polemista y pronunció durante su diputación (1873-1874) memorables discursos sobre la enseñanza laica, el matrimonio civil, etc. Fue un fervoroso defensor de la doctrina de la Iglesia. También escribió artículos de crítica literaria. Fallecio en buenos Aires en 1892. 

Rafael Obligado (1851-1920)
  • Poeta argentino (1851-1920), autor de obras inspiradas especialmente en la naturaleza, el tradicionalismo y la patria. Es autor de Poesías, donde se incluye su difundido poema gauchesco Santos Vega. Fue miembro de la Academia Argentina de Letras. 

Carlos Guido y Spano (1827-1916)

  • Hijo ilustre del General Guido y de doña Pilar Spano, distinguida dama chilena, se conjugaron felizmente en don Carlos Guido y Spano el austero talento del padre y la gracia poética de la madre. La elevación espiritual de ese ejemplar arraigó en el hijo tanto más hondamente cuanto que éste sentía verdadera devoción por sus padres.

  • Había nacido en Buenos Aires el 19 de enero de 1827 y aquí mismo transcurrió su infancia y cursó los primeros estudios, hasta que en 1840 su padre, que desempeñaba la embajada de Río de Janeiro, lo llevó a su lado junto con el resto de la familia. Allí empezó a despertar en él, en plena adolescencia, la afición a las letras, las artes y todo lo bello. Contaba 19 años cuando hace un romántico y breve retorno a la patria. En 1848, enviado a París porque su hermano Daniel se encontraba allí enfermo, tuvo la gran pena de conocer a su arribo, la noticia de la muerte de éste. Luego del espectáculo de la revolución de aquel año, había de distraer su dolor templando su espíritu liberal y afinado su exquisita cultura políglota. Vuelto a Río y mimado de aquella sociedad, se mezcla a los círculos intelectuales en los que también es muy estimado. De nuevo viaja a Europa visitando esta vez primero Inglaterra, por cuya democracia manifiesta gran admiración, y después a Francia, en cuyas luchas participa quijotescamente. Y en 1852 regresa al país para ser testigo de la revolución de Septiembre. Se mantiene al margen de los acontecimientos políticos, dedicándose por entero a la labor literaria hasta que toma parte de la defensa de Buenos Aires como ayudante del general Pacheco en la revolución de Lagos.   

  • Pero casi enseguida debe partir hacia Montevideo siguiendo a su padre que había sido desterrado. Ya restablecida la Paz cuando el doctor Derqui ocupa la presidencia, lo nombra subsecretario del departamento de Relaciones Exteriores. Nuestro poeta renuncia al cargo en octubre de 1861 y nuevamente va a refugiarse en Montevideo. Sobreviene para él una época de mezquina lucha por la vida que pone a prueba su natural optimismo y despreocupación de las cosas materiales. Debe volver incluso a Brasil, patria de sus primeros sueños juveniles, en misión comercial. Retorna allí al grupo de sus viejas amistades, pero el artista de alma, un si es no es bohemia, no está hecho para esta clase de empresas, y helo otra vez en patria, entre sus libros y versos, en medio de penurias económicas con la sola compensación de los afectos familiares. En poco tiempo pierde a sus padres. Asola la ciudad la fiebre amarilla de 1871, y con infinita abnegación y simpatía humana Guido y Spano se alista como primer soldado en la cruzada defensiva. Pierde también a la esposa.   

  • Tantos dolores acumulados parecen deprimirlo profundamente. Pero logra recomponerse y en 1872, siendo ministro de Avellaneda, le confía la Secretaría del Departamento Nacional de Agricultura de reciente creación. Desarrolla allí una proficua labor de dos años y ha de dejar el puesto para correr a la defensa del gobierno en la abortada revolución del 74´. Algún tiempo después pasa a la dirección del Archivo General de la Provincia y desempeña también la vocalía del Consejo Nacional de Educación. Al fin, acogido a los beneficios de la jubilación, se retira a la vida privada. Pero se afirma cada día su fama literaria y crece su popularidad alimentada por su natural hidalguía, generosidad y exquisitas dotes de conservador. Murió ya muy anciano el 25 de julio de 1916, habiendo conservado hasta los últimos tiempos toda la frescura y juventud de su espíritu, rodeado de jóvenes y viejos que lo visitan y consultan como al más respetado patriarca de las letras. Grandes homenajes oficiales y populares se rinden en su tumba.

  • Fue Guido y Spano un delicadísimo poeta que amalgamó con sello muy personal, el sentido moderno de su poesía con un clásico equilibrio en la expresión de los sentimientos más tiernos y la contemplación casi pagana de la belleza. Se inicia como poeta publicando algunas composiciones en 1854, en la "Revista el Paraná", más tarde publica Ecos Lejanos y en 1871 Hojas al viento. Hay entre sus poemas verdaderas piezas de antología como Myrta en el baño y En los guindos. Cantó con particular ternura los afectos del hogar en At Home, A mi hija María del Pilar y muchas otras.

  • No es menos notable su prosa elegante y limpia. A la par que deliciosas descripciones desenvuelve con admirable humor, mitad sajón y mitad latino, sagaces reflexiones y juicios certeros. Su principal obra de prosista está contenida en Ráfagas, publicado en 1879. Llama la atención muy especialmente la carta autobiográfica.  

Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte) (1854-1917)

  • Pedro Bonifacio Palacios nació en San Justo, provincia de Buenos Aires (Argentina) el 13 de mayo de 1854. De familia muy humilde, amante de la pintura. Escribió con el pseudónimo de Almafuerte. Se dedicó a la enseñanza en la provincia de Buenos Aires, a pesar de no tener título habilitante (lo que le costó a la larga su puesto), durante el gobierno de Sarmiento y por sus poemas contragobernantes fue destituido de su trabajo. A pesar de estos inconvenientes gozaba de gran reputación gracias a sus textos publicados en los diarios. Trabajó para el diario el "Pueblo". También fue bibliotecario y Traductor de la Dirección General de Estadísiticas de la misma Provincia. No quizo aceptar ningún empleo público, ya que el mismo criticaba duramente a quienes vivían a expensas de los impuestos de la gente. Muy venerado por la juventud, recibió del Congreso Nacional una pensión vitalicia, por su trabajo. Pero no llegó a cobrarla, ya que el fin de su vida lo alcanzó antes. Falleció el 28 de Febrero de 1917 en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires. Sus composiciones, que reciben el nombre de milongas, son de un tono predicativo. Evangélicas (1915) fue la obra más representativa de su estilo. Obras principales: Lamentaciones (1906), Poesías (1917), Nuevas Poesías (1918), Milongas clásicas, Sonetos medicinales y Dios te salve. Discursos (1919), Todas publicas luego de su muerte en el año 1917 en Buenos Aires.  

José Antonio Wilde (1813-1887)
  • Nació en Buenos Aires en 1813, hijo de Santiago, ciudadano británico llegado poco antes al Plata, de gran figuración en el periodismo y en la contaduría del gobierno de Rivadavia y posteriores. Cursó estudios primarios en la escuela de Enrique Bradish, sita en las calles Tucumán esquina Reconquista actuales, junto con los hijos del almirante Brown . Luego, mientras ejercía la docencia como profesor de inglés, a partir de 1844, en el Colegio Republicano Federal que dirigía el P. Majesté, cursó estudios de medicina en la forma lenta que podía hacerse antes de 1852. Algunos de los libros de texto que usó en sus estudios tienen las fechas de publicación que se indican: Prado de Irizar Anatomía General, Madrid, 1842;' C:1 G. Hufeland Medicina Práctica (Clínica ,Médica), Valencia, 1839; M. J. Chelius, Cirugía, Madrid, 1843; P. de Boistmonto, Medicina Legal y Forense, Barcelona, 1841.En 1850 escribió unos Apuntes sobre Patología Médica que se conservan inéditos. Formó parte del Servicio de Sanidad del Ejército Argentino que combatió en Caseros a las ordenes del general Urquiza; en Paraná se incorporó al mismo como Cirujano jefe de Servicio en el Estado Mayor del Cuerpo Principal de la Vanguardia. A mediados de 1853, afincado en Quilmes para ejercer su profesión, formó parte de la Comisión Directiva de la Escuela de Varones. Allí, el doctor Fabián Cueli, que había seguido cursos en el Protomedicato, reclamó ante el Consejo de higiene Pública por la falta de título habilitante del doctor Wilde, por no haber presentado tesis. Lo hizo en 1858, con el título Importancia del aceite de hígado de bacalao, especialmente en la tisis pulmonar.Tomó parte muy importante en las actividades sanitarias, culturales y educacionales del lugar; miembro de la primera corporación municipal constituida en enero de 1856. Esas actividades las desempeño en forma casi constante hasta su fallecimiento. Publicó varias obras de texto para grados inferiores, de las cuales don Luis de la Petra, Director General de Escuelas dijo en un informe del 2 de noviembre de 1870 "que además del mérito intrínseco que en al tienen, no debe olvidarse el que le da la circunstancia de ser libros argentinos, escritos con perfecto conocimiento de nuestro modo de ser y de nuestras necesidades". Entre 1868 y 1869 escribió su Compendio de Higiene Pública y Privada adoptado como texto en vísperas de la epidemia de Fiebre amarilla de 1871, cuyo valor residía en estar basado en los resultados de las observaciones de Wilde durante la epidemia de cólera de 1868, en la que atendió enfermos en Quilmes, Barracas al Sud y Ensenada, como médico de policía y de la Comisión Humanitaria formada por el vecindario. 

  • Es obra suya Buenos Aires de setenta años atrás. Fundó en mayo de 1873 el periódico Progreso de Quilmes. Fué designado Director de la Biblioteca Nacional en 1884; ejerció su profesión con ejemplar altruismo, no teniendo tiempo de pensar para sí ni para labrarse un mediano pasar. Viejo, achacoso y cansado, viajaba a la Capital compartiendo sus tareas de médico con las de Director, cuando enfermó gravemente y falleció el 14 de enero de 1887 a las seis de la mañana. Al día siguiente sus restos fueron sepultados en el atrio de la Iglesia Parroquial de Quilmes ; la lápida tiene la siguiente leyenda: "Como el Divino Maestro, amó a los pobres y a los niños", redactada por el doctor Luis V. Varela, que hizo uso de la palabra en el sepelio, así como el doctor Cabriel Cantilo. Poco después hizo su elogio Paul Groussac , que lo reemplazó en la Dirección de la Biblioteca Nacional. La Ilustración Argentina de febrero de 1887 publicó su retrato. El Ferrocarril Buenos Aires y Puerto de la Ensenada dio su nombre "a la estación que va a establecerse en el Depósito de Bombas" entre las de General Mitre ( actual Sarandi) y Bernal.  

  • La Plaza "3 de febrero" de Quilmes, tomó su nombre poco después y en ella, la Municipalidad colocó un busto en 1927. La Junta de Estudios Históricos de Quilmes realizó un homenaje el 14 de enero de 1943.El doctor Wilde habia contraído enlace, en segundas nupcias y en 1867, con su prima, Victoria Wilde.

  • Bibliografía 

  • (v.: El Quilmero, del  17 de enero 1887 y  Evaristo Iglesias , La escuela pública bonaerense hasta la caída de Rosas, Buenos Aires, 1946).

Julián Martel (1867-1896)

  • El bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un estudio social titulado La Bolsa. Obra realista debido a que fue testigo de los episodios como cronista bursátil, en su novela describe la sociedad envilecida por la especulacion y el ansia de lujo y riquezas.

 

Estanislao Severo Zeballos (1854-1923)
  • Escritor argentino (1854-1923). Fue decano de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, orador destacado, diputado nacional y senador por la provincia de Buenos Aires. Figuran entre sus obras Callvucurá; La dinastía de los Piedra; Painé; Viaje al país de los araucanos y La conquista de 15.000 leguas; escritos relacionados con temas históricos y geográficos.

 

 

 
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