

Literatura argentina, recorrido histórico a través de las obras
literarias (narrativa, poesía, ensayo) escritas en la República
Argentina.
El nombre mismo del país tiene un origen literario, muy anterior a
la existencia de la nación y el Estado. En 1602 apareció un poema
descriptivo, La Argentina, de
Martín del Barco Centenera
(1544-1605), que creó el latinismo equivalente a
Río de la Plata y cuyo contenido invoca la vida en las Indias
meridionales. La palabra es retomada en 1612 en Argentina
manuscrita, crónica en prosa de
Ruy Díaz de
Guzmán.
Hubo
sin duda una cultura y una literatura que precedieron a los
movimientos de emancipación de los diversos países
hispanoamericanos, organizadas casi siempre bajo el prisma de un
título: "Período colonial". Sin embargo, su abordaje despierta de
inmediato inquietudes. ¿Cómo discriminar entre literatura española y
literatura hispanoamericana durante los siglos XVI, XVII y XVIII?
¿Con qué argumentos recortar determinados textos y asumirlos en el
interior de una literatura nacional cuando la nación no existía como
tal y no hay criterios estables para ordenar un corpus? Las
fronteras geográficas, la nacionalidad de los autores, la lengua
misma no permiten el trazado de límites precisos y estables; incluso
la categoría de "literatura" se torna vacilante ante el heterogéneo
conjunto de crónicas, poemas, relaciones, cartas y memorias que
constituyen la bibliografía colonial.
Oficialmente, estas regiones que configuran el mapa actual de
Argentina y otros países vecinos- fueron descubiertas en el año
1516, cuando
Juan Díaz de Solís llegó a Paraná Guazú.
En 1526 Sebastián Gaboto empezó la exploración de la zona y diez
años más tarde se fundó por primera vez la ciudad de Buenos Aires.
El territorio argentino integró el virreinato del Perú hasta 1776,
año en que se estableció el virreinato del Río de la Plata con la
ciudad de Buenos Aires como sede de las autoridades. Tierras por
mucho tiempo doblemente remotas (respecto a la metrópoli y a las
principales ciudades virreinales, México y Lima), tierras sin oro ni
plata que sedujeran a los conquistadores. La colonización fue lenta,
así como la creación de una vida literaria.
El primer gran historiador de la literatura argentina,
Ricardo Rojas, mientras dedica dos tomos a
la "Literatura colonial" en su fundacional Historia de la literatura
argentina, admite que su existencia resulta casi una "ilusión
retrospectiva": crónicas originariamente escritas en inglés o
alemán; libros didácticos en latín; "una" elegía sobre la fundación
de Buenos Aires; relaciones de autoría dudosa encargadas por los
conquistadores; infinidad de textos producidos con el objeto de
desarrollar "la conquista espiritual"; a veces, pocas páginas
dedicadas a esta zona de América del Sur, en referencias fugaces de
obras donde la fascinación se posa con mayor detenimiento sobre los
grandes imperios de los indios aztecas (México) e incas (Perú). En
gran parte, la literatura colonial argentina se establece sobre
textos que asumen como objeto de relato la conquista, evangelización
y fundación de ciudades en el territorio argentino, más allá de la
lengua en que fueran escritos, la nacionalidad o la intención
original de sus autores al redactarlos.
Parte de esta "precariedad" puede asociarse a la instalación del
Santo Oficio en América y a las Leyes de Indias, mediante las cuales
España controló la circulación de libros en sus colonias. Fueron
prohibidos, durante siglos, textos religiosos que no encuadraban con
la ortodoxia de la religión católica, gran parte de la producción de
los enciclopedistas del siglo XVIII, los libros de imaginación
considerados malsanos y también aquellos que se referían a América.
Si la circulación de obras fue accidentada, y en gran medida
clandestina, también su adquisición era costosa, en parte porque la
impresión (aun de libros americanos) se realizaba en España, lo que
los encarecía todavía más; los manuscritos mismos se perdían con
frecuencia en largos y arriesgados viajes o quedaban olvidados en
lejanas oficinas tras largas tramitaciones de licencias. Sin
embargo, las regulaciones de la metrópoli no impidieron que surgiera
una literatura muy vasta en otras zonas de América, especialmente en
México y Perú, ciudades de mayor actividad administrativa, económica
y cultural desde la entrada misma del conquistador español en
América, con sus cronistas oficiales tanto religiosos como de la
corona.
Con frecuencia, la crítica literaria argentina, al referirse a la
literatura colonial, despliega relatos de pérdidas, minusvalías y
carencias: autorías orales de textos nunca hallados, manuscritos
perdidos, quejas por la escasez de obras y desanimados comentarios
sobre el valor estético de las que sí se han publicado o recopilado.
Este universo de textos, sin embargo, resulta apasionante y ha sido
poco explorado por la crítica literaria moderna.
La fundación de la primera universidad en territorio argentino en la
ciudad de Córdoba (1613), la instalación de dos colegios
preparatorios universitarios (el de Monserrat en Córdoba 1659 y el
San Carlos en Buenos Aires -1773-), la introducción de la imprenta
por la Compañía de Jesús (1765), la creación del virreinato del Río
de la Plata (1776), la organización en 1780 en Buenos Aires de la
Imprenta de los niños expósitos, dieron los impulsos decisivos a la
producción cultural. La educación colonial se realizó en los
conventos de franciscanos, dominicos o mercedarios, donde se
dictaban las primeras letras y en los colegios universitarios y
universidades que funcionaban como seminarios. El teatro fue escaso,
reducido en gran parte a representaciones litúrgicas hasta que, bajo
el virreinato de Vértiz, se funda el primer teatro estable en Buenos
Aires . Hasta 1800, sin embargo, no hubo en el Plata periódicos ni
asociaciones literarias. Breves referencias a esta zona de América
del Sur pueden hallarse en las historias producidas por los
"cronistas oficiales" de la Corona: en la Historia natural y general
de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (1535) de
Gonzalo Fernández de Oviedo,
en la Historia general de las Indias Occidentales (1601) de Antonio
de Herrera y en la historia de las iglesias americanas de Gil
González Dávila encargada por el rey. Si conquistadores y
encomenderos se transforman en la figura central de la historia de
la conquista militar del territorio, la figura del evangelizador se
recorta en la abundante documentación a través de la cual las
órdenes religiosas fundamentalmente, aquí, jesuitas y franciscanos
registran el desarrollo de la "conquista espiritual" de estas
tierras.
Una trama trágica de asesinatos, hambre, enfermedad y asedio
indígena se enhebra alrededor de la primera fundación de la ciudad
de Buenos Aires en 1536, realizada por la expedición del adelantado
Pedro de Mendoza.
Esta trama deviene en asunto privilegiado de las crónicas del Plata
y es materia central del "Romance elegíaco" de
Luis de Miranda,
fraile español integrante de la expedición. Se considera que este
romance, fechable entre 1541 y 1546, es la primera producción
poética en la región: 150 versos octosílabos de pie quebrado en los
que su autor recrea la imagen de las tierras del Plata como una
traidora cruel, que se sustrae a la conquista y deglute, en este
repudio, seis "maridos" y mil ochocientos hombres. En el poema, el
hambre atormenta a los primeros pobladores. Éstos se ultrajan tras
un alimento cada vez más degradante (cardos, raíces, estiércol,
heces, "carne de hombre", "asadura de hermano") y, a la vez, el
lenguaje mismo se corroe hasta transformarse apenas en llanto,
tartamudeo o mudez de expedicionarios que se arrastran a través de
las calles de una pequeña y desolada ciudad fortín.
En 1555 se publica en Valladolid un libro que reúne, junto con la
reedición de los Naufragios de
Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1542),
otro texto que elige como protagonista también a Álvar Núñez y se
presume escrito por
Pedro Hernández,
su secretario en el Plata: Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de
Vaca. Naufragios era un texto de tono autobiográfico, donde el
funcionario real (tesorero del gobernador
Pánfilo de Narváez)
relataba la singular experiencia de alguien que convive con los
indios y realiza un extenso periplo a pie a través de las tierras
del sur de los Estados Unidos y México; los Comentarios son, en
cambio, el testimonio de su actuación en las tierras del Río de la
Plata, registrada por Pedro Hernández,
en gran medida una probanza de servicios ante el rey y un alegato de
defensa ante el Real Consejo de Indias. Después de sus aventuras en
Florida, Álvar Núñez Cabeza de Vaca es designado por la corona
"segundo adelantado del Río de la Plata", en reemplazo de Pedro
Hernández. Sin embargo, al llegar a las tierras de Asunción, donde
se habían refugiado los primeros pobladores de la destruida ciudad
de Buenos Aires, la legitimidad de su gobierno es cuestionada y los
soldados, encabezados por
Domingo Martínez de Irala,
se rebelan, lo encarcelan y lo envían a España procesado. Estos
hechos dan origen a un texto presentado por Álvar Núñez Cabeza de
Vaca ante sus jueces para su defensa en 1552 (Relación general), y a
los Comentarios, que se publican tres años más tarde en busca de un
público más amplio, donde se hace la crónica de este viaje que lo
lleva a internarse en la inhóspita pero asombrosa naturaleza
americana, a la vez que a registrar los episodios que rodean su
encuentro con las diversas tribus de indios del litoral argentino.
Los Comentarios -a la vez que se constituyen como una denuncia de la
actuación de Domingo de Irala- apelan desde el comienzo a los
"derechos" de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recreando un catálogo de
las inversiones económicas y detalles de las tareas de gobierno
realizadas, siempre bajo la letra del derecho: pacificación de
indios y frailes, "pago" a las tribus indígenas en retribución por
sus trabajos y por el alimento del que lo proveen, deslinde de
responsabilidades en relación a la muerte de cristianos. La marca de
una escritura administrativa se imprime sobre este texto donde, a la
vez, se da cuenta de un gobierno realizado fundamentalmente a través
de la palabra: apercibimientos, amonestaciones, toma de posesión de
la tierra, prohibiciones, requerimientos, instrucciones. Quizás por
esto, el desconocimiento de las lenguas indígenas y la necesidad de
guías e intérpretes aparece para su protagonista como una zona de
conflicto especialmente dramática.
En los Comentarios, así como en la crónica que escribe el soldado
alemán
Ulrico Schmidel,
Derrotero y viaje a España y las Indias (1567), puede leerse la
conflictiva relación que, ya en el siglo XVI, se establece entre las
disposiciones originadas en una lejana metrópoli y los procesos
autónomos que comienzan a tener lugar en América, procesos que, en
gran medida, quedan fuera del control monárquico. Si el texto de
Pedro Hernández se escribe desde la perspectiva de una autoridad
originada en la corona, que finalmente resulta desconocida, el
Derrotero de Schmidel (que toma, también, como núcleo de relato los
episodios de la primitiva fundación de Buenos Aires, el incendio de
la ciudad, la marcha hacia Asunción, la rebelión contra la autoridad
del segundo adelantado) se produce desde la perspectiva de un
soldado raso que percibe la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca
casi como la usurpación de una autoridad más legítima, surgida de la
elección de los mismos subalternos.
El texto escrito originariamente en alemán, posteriormente traducido
al latín y finalmente al español recorre los veinte años que
Schmidel permanece en estas tierras desde una visión original: para
él también las ciudades españolas de Cádiz o Sevilla (puntos de
partida) son parte del mundo desconocido. La desnudez de las mujeres
charrúas, el recurso desesperado de los indios querandíes de beber
sangre, el ímprobo trabajo de los pobladores de Buenos Aires
levantando muros un día para verlos desmoronarse al día siguiente,
el hambre y la desesperación que lleva a algunos españoles a comerse
los caballos y a padecer por ello la horca, y a otros a comer el
cuerpo de los ahorcados: infinidad de sucesos como éstos se deslizan
bajo su pluma en frases escuetas. El narrador no deja de explicitar
en sus páginas su asombro, subrayando que él mismo ha vivido y
presenciado esos sucesos; pero también se extraña y maravilla ante
la mirada de tribus que jamás habían visto antes a un cristiano o su
arcabuz. Schmidel, a través de la letra, organiza un mapa textual de
estas tierras, registrando las distancias y el tiempo que lleva
cubrirlas, los escollos naturales, el modo de hacer la guerra de los
indios; busca quizás un lector que podría seguir sus pasos, guiado
por sus páginas. La escritura de este texto persigue, a través de la
analogía, atrapar un mundo fugaz en su novedad que a veces aparece
en la descripción proliferante de un detalle, mientras otras
desaparece ante una frase lacónica que naturaliza el servicio, la
tortura o el asesinato de indios. Las crónicas de Pedro Hernández y
Schmidel son las más trabajadas dentro de la bibliografía colonial.
Sin embargo, como una modalidad particular del género, podría leerse
una copiosa literatura administrativa que, en gran parte, permanece
inédita en diversos archivos de España.
-
Ricardo Rojas sistematiza esta literatura administrativa en
cuatro grandes zonas:
a) actas y protocolos (retórica formular, propia de la prosa
notarial, documentación donde se consigna la vida municipal de
las ciudades fundadas en territorio argentino);
b) informaciones y probanzas (textos cuya escritura se desliza
entre la biografía y el discurso judicial, narrando la vida de
un conquistador para dar testimonio de servicios o probar
acusaciones;
c) cartas y memoriales (dos variantes del género epistolar,
textos donde, de un modo espontáneo, los corresponsales informan
sobre episodios de la conquista, denuncian abusos, solicitan
reconocimientos);
d) descripciones y relaciones (una escritura también epistolar
sobre asunto geográfico o histórico, cuya escritura se origina
en la solicitud del rey o sus Consejos).
La carta remitida por Isabel de Guevara en 1556 a la princesa doña
Juana (hija de Carlos V y gobernadora de Castilla y los reinos de
ultramar entre 1554 y 1559) es una de las más difundidas y aparece
como un ejemplo de esta "literatura administrativa", sobre todo
porque abre otra perspectiva alrededor de la cotidianidad de las
expediciones conquistadoras.
Isabel de Guevara llega al Río de la Plata junto con la expedición
de Pedro de Mendoza. En su carta solicita un repartimiento perpetuo
para ella y su marido, en recompensa por los trabajos realizados. El
lavado de ropa, la cura de los enfermos y la preparación de
alimentos son sólo algunas de las tareas que recayeron sobre las
mujeres alega, quienes, al mismo tiempo, hicieron también de
centinelas, prepararon las ballestas durante los enfrentamientos con
los indios, sargentearon, pusieron orden entre los soldados,
acarrearon leña, gobernaron las naves, remaron, arengaron a los
hombres, sembraron y salieron en busca de alimento. Isabel de
Guevara se presenta en esta carta bajo la figura de una
"conquistadora", figura singular en el drama de la conquista. Su
reclamo es que, precisamente, a la hora de premiar servicios, las
autoridades de Asunción no la hubieran considerado como tal. Más
distante de esta prosa administrativa, puede leerse la Descripción
breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605),
escrita por el fraile de la orden de Santo Domingo,
Reginaldo de Lizárraga.
Aunque el texto se origina en los viajes que, como visitador de los
conventos de su orden el autor realiza a pie desde Lima hasta el
Tucumán (recorriendo las comarcas y pueblos de las provincias de
Salta, Santiago, Córdoba y Mendoza), su texto casi un libro de
viaje- recupera anécdotas y observaciones heterogéneas. El trato que
mantiene con gobernantes y prelados, caciques y conquistadores,
maestros y bandidos, le permite observar, desde diferentes
perspectivas, la sociedad de esos pequeños poblados coloniales entre
1586 y 1591. Sus desplazamientos a pie lo familiarizan con el
paisaje, y éste -más que en un espectáculo se transforma en el
escenario de una experiencia del espacio y la sociedad americana, a
través de la escucha de anécdotas de cautivos, las dificultades para
transitar a través del territorio, los asaltos de los indios a las
carreteras. La escritura del texto (dedicado al conde de Lemos y
Andrada, presidente del Consejo de Indias) acusa una producción a
través de la yuxtaposición de fragmentos, escritos en diferentes
lugares (Perú, Chile) y épocas (alrededor de 1591 una zona y de 1603
otra). La Descripción del padre Lizárraga puede asociarse con una
extensa bibliografía habitualmente denominada bajo la expresión
común de textos de la "conquista espiritual" (un uso del término
acuñado por el jesuita
Antonio
Ruiz de Montoya
en su libro Conquista espiritual hecha por los religiosos de la
Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y
Tape, 1639). Son fundamentalmente las órdenes de jesuitas y
franciscanos las que llevan adelante la empresa evangelizadora en
territorio argentino, y estas órdenes como casi todas producían una
bibliografía copiosa. En conjunto, ese corpus de obras incluye:
vidas de evangelizadores; estudios de diversa índole sobre el ámbito
en el que se desarrolla la labor religiosa (ciencias naturales,
medicina, geografía, etc., sobre las regiones en las que actúan);
cartas denominadas annuas por su periodicidad, o edificantes por su
influencia moral; y gramáticas o vocabularios bilingües, escritos
por los mismos sacerdotes (en Argentina es particularmente
importante la adopción, para la prédica, de la lengua guaraní,
hablada por los indios de la región del litoral).
En 1607,
los jesuitas (que tenían su propio modo de
distribución del territorio) dividen la primitiva
provincia peruana y crean la "provincia paraguaya"
con sede en la ciudad "argentina" de Córdoba (esta
provincia religiosa comprendía entonces no sólo las
tierras argentinas, sino también las chilenas,
paraguayas y uruguayas). Desde ese año hasta su
expulsión, en 1767, se suceden nueve cronistas
oficiales de la orden jesuítica, tres de los cuales
resultan particularmente importantes por sus obras
históricas: Nicolás del Techo, autor de un libro
originalmente escrito en latín y mucho más tarde
traducido al español, Historia Paraquariae (1673,
1897);
Pedro Lozano con sus
Historia de la Compañía de Jesús (1754) e Historia
de la conquista (publicada en 1873-75, aunque fue
escrita junto con la anterior); y, finalmente, José
Guevara, quien escribió la Historia del Paraguay,
Río de la Plata y Tucumán, obra inédita hasta que el
italiano
Pedro de Angelis
la publicó en 1836 en su colección de documentos
referentes al Río de la Plata. Otras obras de los
jesuitas, de especial relevancia para la Argentina,
son: Una descripción de la Patagonia y sus
adyacencias en Sud América, del padre
Tomás Falkner
(inglés); Arte y vocabulario, gramática toba, del
español
Alonso de Barzana;
e Historia civil del virreynato del Río de la Plata,
del santafecino Francisco Iturri.
Ricardo Rojas
señaló el carácter colectivo de la producción
intelectual de los jesuitas, a la vez que destacó
que "son los libros e instituciones nacidos de la ´conquista
espiritual´ los que primero mostraron, en la alianza
cristiana de las dos razas, la lenta impregnación".
Más recientemente, el investigador Julio Schvartzman
analiza en "Entrada misional y correría evangélica:
la lengua de la conquista espiritual" (segunda parte
del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la
conquista, 1987) las operaciones lingüísticas e
ideológicas realizadas por los misioneros en sus
gramáticas, vocabularios, catecismos y
confesionarios bilingües: la vinculación que existe
entre una teoría misional específica para estas
regiones y la creación de una jurisprudencia sobre
repartimientos y encomiendas; el modo en que la
labor lexicográfica y gramática va extirpando
palabras del vocabulario americano, resemantizando
términos, estimulando o imponiendo ciertos préstamos,
desalentando otros; el modo en que la lengua de
conquista fue ocupando posiciones ideológicas
dominantes en la lengua conquistada. La conquista
espiritual tuvo como objeto imperar sobre los
cuerpos de los indígenas pero, ante todo, sobre sus
costumbres, su lengua y sus credos. Las empresas de
los conquistadores al Río de la Plata, en cambio,
persiguieron con perseverante confianza la quimera
de fabulosas riquezas de oro y plata, jamás
encontradas. La literatura, a la vez que da cuenta
del desencanto de tantos aventureros soñadores,
lexicaliza esta fantasía en un nombre, "Argentina"
(del latín, argentum, que significa ´plata´) con el
que el clérigo
Martín del Barco Centenera
titula un extenso poema publicado en Lisboa en 1602:
Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros
acaescimientos de los Reynos del Perú, Tucumán y
estado del Brasil, texto comúnmente conocido como La
Argentina. El poema de Centenera (estructurado en
veintiocho cantos y compuesto por más de diez mil
versos endecasílabos, dispuestos en octavas reales)
acuña así el nombre de estas tierras, al tiempo que
se ofrece no como obra lírica, sino como una "historia"
veraz. "Poema histórico", en parte reitera los
sucesos narrados por Luis de Miranda, Ulrico
Schmidel y Pedro Hernández, pero se remonta también
al descubrimiento del Plata y se extiende hasta la
segunda fundación de Buenos Aires por
Juan de Garay
(1580), héroe paradigmático de este texto, como lo
era Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el de Pedro
Hernández, y Domingo de Irala en el de Schmidel.
Esta intención histórica está subrayada por las
numerosas notas en prosa del autor, donde el texto
se expande en precisiones o citas de fuentes. Sin
embargo, el objetivo de "hacer historia" se cruza
con la incorporación de episodios cuya lógica parece
guiada por un recorte autobiográfico, haciendo
derivar el texto hacia sucesos que tienen lugar en
Perú -como la realización del primer concilio de
Lima o un maremoto en el Callao-, episodios cuya
inclusión se asienta en la fuerza del "yo vide". La
inserción de relatos fantásticos, de leyendas y
mitos de probable origen indígena y la
transfiguración de sucesos, a través de hipérboles,
corroen también la intención histórica, en
fragmentos donde el poema se desliza hacia la
invención. El carácter épico que busca la
descripción de hazañas militares y combates se
construye sobre la asimetría entre caciques indios
que el texto evoca por sus nombres pero presenta
invariablemente como traidores, siempre en fuga, y
una heroicidad incuestionable por parte de los
conquistadores españoles. La toponimia del Río de la
Plata, con sus voces de origen indígena, se
encabalga en estos versos junto a las referencias a
la mitología clásica. "Poema del desencanto", según
el rótulo propuesto por el crítico
David Viñas,
los sueños de oro y plata se revelan finalmente de
piedra y barro.
Bajo un título similar La Argentina manuscrita, el
militar
Ruy Díaz de Guzmán
finaliza en 1612 un escrito que deviene en la
primera historia argentina. Este texto permaneció
inédito durante más de dos siglos. Fue un italiano,
el ya mencionado Pedro de Angelis, residente de
Buenos Aires, quien, en 1835, lo publicó por primera
vez en el interior de una importantísima y
fundacional colección de documentos referentes al
Río de la Plata. Ruy Díaz de Guzmán, mestizo, es el
primer escritor criollo que, al proponerse escribir
una historia, está investigando y narrando el pasado
de su patria en una lengua nacional, producto del
proceso de cruce entre el español peninsular y las
lenguas indígenas. Hijo de padre español (Alonso
Riquel de Guzmán) y madre india (Úrsula Irala), la
genealogía de Ruy Díaz de Guzmán condensa gran parte
de las tensiones que atravesaron el proceso de
conquista y colonización americana. Ruy Díaz es
nieto de Domingo de Irala y una de las siete indias
paraguayas con las que éste convivió por rama
materna, y sobrino nieto de Álvar Núñez Cabeza de
Vaca por rama paterna. Encomenderos e indias, pues,
se cruzan en su genealogía, al igual que enemistades
políticas casi míticas (la de Irala y Álvar Núñez).
Incluso el matrimonio de sus padres fue un recurso
ideado para transformar a un enemigo político en
yerno: Alonso Riquel, próximo a ser ejecutado por
intentar el asesinato de Irala, recibe por parte de
éste la promesa de un indulto si acepta el enlace
con Úrsula, una de sus hijas mestizas.
La Argentina manuscrita está precedida por una
dedicatoria al duque de Medina Sidonia como "fruta
primera de tierra tan inculta y estéril y falta de
educación y disciplina". El autor, orgulloso de sus
ascendientes españoles, silencia su otro origen, el
indígena, y como gesto ofrece el texto al
destinatario aristócrata.
A pesar de que el manuscrito original se ha perdido,
el libro se conoce a través de varios códices. Entre
ellos se registran divergencias, pero todos
concuerdan en la división del texto en tres partes:
la primera comienza con el descubrimiento del Plata
hasta la actuación de Irala; la segunda se inicia
con la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y
finaliza con la del obispo Latorre; la tercera
abarca el período entre 1555 hasta la fundación de
la ciudad de Santa Fe. Se maneja la hipótesis de que
existía todavía una cuarta parte, pero de ser así,
fue extraviada. Si un plan certero de investigación
y exploración en el pasado guía la escritura de esta
historia, ésta incluye también episodios de
veracidad incierta: son estos episodios,
precisamente, los que mostrarán una indudable
productividad literaria. Los capítulos XII y XIII
narran la historia de "La Maldonada", una mujer que,
desesperada por el hambre, abandona el fuerte,
auxilia a una leona en su parto y es defendida y
cuidada por ella cuando las autoridades -en castigo
por el abandono del fuerte la atan a un árbol a
leguas de la ciudad para que perezca de sed y hambre.
Esta trama será recreada en el siglo XIX, aunque no
con la recurrencia con que se reescribe la historia
de Lucía Miranda (capítulo VII), una española que
provoca la "pasión desordenada" de uno de los
caciques indios. Este amor según el relato de Guzmán-
desencadena primero la destrucción del fuerte
fundado por Sebastián Gaboto y el asesinato de los
españoles que lo ocupaban, sólo con el objeto de
secuestrar a Lucía, quien tiempo después muere en
una hoguera, castigada por el cacique que no pudo
tolerar que ésta no lo amara, mientras el marido
español (Sebastián Hurtado) era "fusilado" a
flechazos.
En "Conquista y mito blanco", primera parte del
libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la
conquista (1987), la investigadora Cristina Iglesia
analiza el mito de Lucía Miranda y las diversas
reescrituras que, a lo largo de varios siglos y en
géneros muy diferentes (el teatro, la crónica, la
novela), se realizaron a partir de su inclusión en
La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán. El
equilibrio imposible entre las razones blancas y las
razones indias -propone Cristina Iglesia- se conjuga
en el mito de una cautiva blanca que nace, en la
literatura argentina, sobre la abrumadora realidad
de la cautiva india. (La figura de la cautiva blanca
será retomada, en el siglo XIX, por los escritores
Esteban Echeverría,
Lucio V. Mansilla,
Eduardo Mansilla; y en el XX por
Jorge Luis Borges
y
César Aira,
entre muchos otros)
Si el "Romance elegíaco" de Luis de Miranda y La
Argentina de
Barco Centenera
resultan las primeras producciones en verso de la
literatura colonial, el cordobés Luis de Tejeda
(1604-1680) puede ser considerado el primer poeta
argentino. Hijo de un rico encomendero, Tejeda tuvo
una educación cuidada en el colegio de los jesuitas:
fue militar en los primeros años de su juventud y,
ya viudo y con sus cinco hijos lejos, entró de lego
en el Convento de Predicadores, para dedicarse a la
vida religiosa. Escribió una obra en verso, El
peregrino en Babilonia, probablemente hacia 1663, y
una serie de poesías de carácter religioso
comúnmente denominadas bajo el título Poesías
místicas. Según su propio testimonio, debió de
dedicarse a la producción poética desde su juventud,
pero estas obras fueron publicadas por primera vez
en 1916, cuando Ricardo Rojas las descubre; hasta
este año, sus versos circularon a través de unas
pocas copias manuscritas.
El peregrino en Babilonia es una suerte de confesión
autobiográfica en verso. El sujeto poético recuerda
las aventuras eróticas de su juventud, en episodios
casi novelescos donde se narran las peripecias que
rodean sus conquistas y amoríos -aun después de
haber contraído matrimonio y su vida militar en
enfrentamientos contra los holandeses que habían
invadido Buenos Aires (1625), portugueses y
distintas tribus de indios. Suerte de confesión
pública de intención didáctico-moralizadora, a esta
zona del poema escrita a modo de romance (1332
octosílabos), le suceden versos más solemnes (silvas
que reúnen endecasílabos y heptasílabos rimados),
que evocan su conversión y arrepentimiento; el tono
lírico sucede entonces al tono narrativo del
comienzo.
Manuel José de Lavardén (1754-1810) es la figura
literaria más representativa de la Buenos Aires
virreinal. En 1778, de regreso de la Universidad de
Chuquisaca, se presenta ante los círculos porteños
con un Discurso en el colegio carolino. En 1786
escribe una "Sátira" contra el ambiente literario de
Buenos Aires, donde se expresan las tensiones entre
la ausencia de un ambiente cultural la ciudad
porteña y el hueco prestigio de los versificadores
de Lima: "Pues cualquier mulatillo palangana/ con
décimas sinnúmero remite/ a su padre el Márqués una
banana". En 1789 estrena en el teatro recientemente
creado por el virrey
Vértiz la primera
pieza dramática "argentina", que lleva por título
Siripo. La obra (hoy en gran parte extraviada, a
excepción de un segundo acto) recrea el mito de
Lucía Miranda y se presenta con un éxito persistente,
pues todavía varios años más tarde (1813, 1816)
continúa siendo representada en los teatros de
Buenos Aires y Montevideo. El 1º de abril de 1801,
en el primer periódico de Buenos Aires, El telégrafo
mercantil, se publica su poema más famoso, la "Oda
al Paraná", texto neoclásico donde se incorpora a la
vez la geografía rioplatense e invocaciones a los
monarcas españoles. En 1801, también, Lavardén
escribe el Nuevo aspecto del comercio en el Río de
la Plata, ensayo de economía política.
Innumerables coplas, décimas, letrillas, romances,
cielitos y glosas (en gran parte anónimas)
circularon, reunidas en lo que se suele englobar
como "Cancionero de las invasiones", a raíz de los
ataques de los ingleses a Buenos Aires (1806-1807) y
la reconquista de la ciudad, episodio que dio lugar,
por ejemplo, a un "Romance" del padre
Pantaleón
Rivarola.
En 1824, Ramón Díaz publica una antología de poesías
(muchas anónimas, otras de poetas ocasionales o con
una obra moderada) donde recopila parte de una
tardía producción poética virreinal y de los
primeros años de la independencia. En ruptura con la
cronología, La lira argentina se inicia y se cierra
con dos textos de Vicente López y Planes
(1785-1856): se inaugura con el "Himno Nacional"
(1813) y se clausura con "El triunfo argentino"
(1808), oda a través de la cual el autor celebraba
la victoria sobre el invasor británico
Las
primeras décadas del siglo XIX, a la vez que exponen el desarrollo
de una intensa vida cultural, estimulada por la lucha contra el
invasor inglés y el proceso de emancipación de España (25 de mayo de
1810 - 9 de julio de 1816), revelan también una fuerte continuidad
con la cultura colonial: paradójicamente, por ejemplo, la poesía
patriótica que clama contra España asume modulaciones neoclásicas o
muestra la fuerte impronta española de autores como
Quevedo,
Góngora,
Calderón,
Jovellanos,
etc. En esas décadas persiste opacado el influjo barroco y
gongorista, que convive con el prestigio de la normativa neoclásica
y la seducción por el pensamiento iluminista.
Desde 1801 se organizan diversos tipos de sociedades de corte
liberal sobre el modelo de las sociedades filantrópicas europeas: la
Sociedad Patriótica y Literaria (1801), editora del periódico el
Telégrafo Mercantil; la Sociedad Patriótica (1811), que se reunía en
el café de Marcos y apoyaba la política de Mariano Moreno; la
Sociedad del Buen Gusto en el Teatro (1817), destinada a fomentar la
creación dramática bajo el lema "El teatro es instrumento de
gobierno" e intentaba asociar, a través de la escena, los triunfos
militares de la revolución con un público popular; la Sociedad
Valeper de Buenos Aires (1821); la Sociedad de Amigos del País
(1822), que publicó el periódico El ambigú, de Buenos Aires; La
Sociedad Literaria de Buenos Aires (1822), editora del periódico El
argos, de Buenos Aires, y de la revista La abeja argentina. La
emergencia de estas sociedades coincidió con una incesante
producción de periódicos y revistas que, aunque de circulación
efímera, acompañaban las diversas coyunturas políticas y, a la vez,
creaban un canal de difusión para una emergente literatura nacional;
sin hacer un catálogo de ellos, baste decir que entre las décadas
del veinte y el treinta circularon en Buenos Aires casi dos
centenares de hojas, diarios y periódicos.
Entre los poetas llamados "de la revolución", porque sus textos
tenían como objeto fundamental la difusión de triunfos militares o
la celebración de acontecimientos patrióticos -casi siempre a través
de una retórica formular, conservadora, que apelaba a referencias
mitológicas- pueden citarse a
Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823),
José A. Molina
(1772-1838),
Juan Ramón Rojas (1784-1824),
Vicente López y
Planes,
Esteban de Luca
(1786-1824). Entre
los ensayistas y políticos más importantes, se destacan
Mariano Moreno (1778-1811)
con su Representación a nombre de los hacendados (1809) y sus
ensayos periodísticos;
Bernardo Monteagudo
(1787-1825), con su
prosa polémica; y la oratoria política de
Castelli.
Si los escritores mencionados son protagonistas literarios de las
luchas por la emancipación política de España, un poco más tarde, en
la década del 20 y como parte de una nueva promoción de jóvenes
liberales, se destaca el poeta y periodista
Juan Cruz Varela
(1794-1839), un
ferviente defensor de la política de
Bernardino Rivadavia.
En 1823 escribió una tragedia, Dido, en romance endecasílabo, que
dramatizaba el libro IV de la Eneida; un año más tarde, otra
tragedia de corte clásico, Argia, ambientada en la ciudad de Tebas.
En 1831, ya exiliado, Juan Cruz Varela
publica en Montevideo sus Poesías, una colección que recopila
tempranos versos amatorios, textos de corte épico exaltando las
acciones militares de los revolucionarios de la independencia-,
poesías "civiles" destinadas a celebrar los progresos de Buenos
Aires o las reformas liberales introducidas por Rivadavia,
invectivas contra el gobernador
Juan Manuel de Rosas.
El libro mismo, a través de los diversos temas escogidos (no de su
unánime retórica) puede leerse como representativo de los pasajes
que se están operando en la literatura argentina.
La
denominación habitual de "Generación del 37" para designar
grupalmente a escritores como
Esteban Echeverría,
Domingo Faustino Sarmiento,
Juan Bautista Alberdi,
José Mármol,
oscurece, bajo la forma de cierta unidad sin fisuras, la
heterogeneidad de los escritores a los que se alude. En términos
generales, sin embargo, es cierto que los escritores proyectaron una
sólida imagen como generación, presentándose a sí mismos como
ciudadanos, jóvenes y exiliados, tres figuras muy instaladas en el
imaginario europeo de comienzos del siglo XIX (a través de
asociaciones como la Joven Italia o la Joven Europa), o de los
escritos de los diversos exiliados en el interior del continente
europeo (los españoles liberales, los aristócratas franceses).
En 1837, en la librería porteña de
Marcos Sastre,
se constituye el Salón Literario, espacio donde escritores como
Esteban Echeverría
y
Juan Bautista Alberdi
realizan lecturas de sus ensayos. Cada uno de los trabajos muestra
la focalización en la patria como objeto central de reflexión y la
convicción de que son los escritores quienes deben asumir la tarea
de pensar un destino para el país naciente. La modificación de las
costumbres, la propuesta de un sistema legislativo y constitucional
coherente, la búsqueda de una teoría política, la necesidad de crear
una literatura nacional son algunas de las cuestiones que preocupan
a estos intelectuales. "Busco una razón argentina dice
Esteban Echeverría
y no la encuentro". La reflexión toma dos direcciones: por un lado
para observar al pueblo (al que se busca educar y dirigir, a la vez
que se lo registra como una turba semisalvaje); por el otro, hacia
una teoría de gobierno, cuyo propósito inmediato sería concluir
definitivamente con la anarquía política y la improductividad
económica. Estos intelectuales se miran a sí mismos como "hijos de
los héroes de la independencia" y se arrogan la tarea de alcanzar la
emancipación intelectual para concluir la tarea comenzada en mayo de
1810 por la emancipación política: a la etapa desorganizadora y
destructiva de la espada -sostienen-, debe sucederle la de la
inteligencia, la razón y la letra. El énfasis sobre la necesidad de
una adaptación de las ideas europeas para resolver los problemas
específicamente americanos y la búsqueda de cierto pragmatismo
político mensura la distancia que quieren instaurar respecto de los
liberales rivadavianos de la década del veinte (unitarios), con los
que mantienen un enfrentamiento soterrado que por momentos explota
en rótulos que los congelan como la "ignorancia titulada" o la "vejez
impotente", aunque en general deban buscar alianzas con ellos.
La posición frente al gobierno de
Juan Manuel de Rosas,
en cambio, resulta todavía vacilante en el Salón Literario. Mientras
unos tientan la asunción de su figura como la del "gran hombre",
destinado a pacificar y unificar a la nación, otros, ya con
reticencias, señalan que ese rol está aun vacante. El Salón
Literario, si bien se desarrolló por pocos meses en un ámbito
limitado, porteño, resulta representativo de las discusiones que
otros intelectuales, como el sanjuanino
Domingo Faustino Sarmiento,
estaban llevando adelante en otras provincias argentinas. En los
años posteriores, sobre todo después de 1840, los escritores de esta
generación, proscriptos por Rosas, irán partiendo uno a uno hacia el
exilio y se refugiarán en las ciudades de Montevideo (ciudad
uruguaya donde se congregará el mayor número de exiliados), Santiago
de Chile, Río de Janeiro (Brasil), en el vecino país del norte,
Bolivia, o en Perú, según la zona del país desde la cual se exilien.
Si el exilio y la discusión en común de un destino para la nación
agrupa a estos escritores como generación, el otro gran factor
aglutinante será la adscripción generalizada a la estética romántica.
La relación ya la había precisado Víctor Hugo en una frase que
circuló mucho entre los intelectuales argentinos: "El romanticismo,
si se lo considera en su aspecto militante, no es otra cosa que el
liberalismo en literatura". En esta frase vieron los escritores una
síntesis que abarcaba también otra de sus búsquedas: la libertad
formal en literatura, a través de la emancipación de la opresiva
normativa retórica de los neoclásicos; la libertad temática que les
permitiera alejarse de la transitada mitología clásica para prestar
mayor atención a asuntos nacionales y americanos.
Esteban Echeverría,
de regreso en 1830 de su viaje a Europa, difunde en el Río de la
Plata la producción de los románticos europeos (Schlegel, Staël,
Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Scott, Byron). Él mismo, en el marco
de esta elección estética, publica tres libros en verso a lo largo
de la década del treinta: Elvira o la novia del Plata (1832), Los
consuelos (1834) y Rimas (1837), donde incluye uno de sus textos más
importantes, "La cautiva". En el exilio publica también La
insurrección del Sur (1837), en 1842 el poema "La guitarra" y su
continuación, el largo poema El ángel caído; más tarde el Avellaneda
dedicado a
Alberdi, sobre
el proyecto y el itinerario de
Marco Avellaneda,
quien intentó organizar una Liga del Norte para derribar a Rosas.
José Mármol, a
lo largo de las décadas del cuarenta y cincuenta, publica también
durante su exilio en Montevideo poemas románticos que se difunden
primero a través de periódicos y luego en libros: El peregrino
(1846-1847), Armonías (1851) y Poesías (1854); obras teatrales en
verso: El poeta (1842) y El cruzado (1842).
Es la producción poética la que, durante esos años, consolida los
prestigios literarios: los escritores entienden ante todo la
literatura como poesía. La prosa, en cambio, resulta para ellos
instrumento de pensamiento y arma de combate político. Sin embargo,
tanto
Esteban Echeverría
como
José Mármol,
trascienden más por sus obras en prosa que por sus versos:
Echeverría, a
través de un relato escrito probablemente hacia 1839 que no publicó
en vida, El matadero;
José Mármol, a
través de una novela política, Amalia, publicada por entregas en
1851 y, como libro, en 1855. Estos dos textos, marcados por la lucha
contra el tirano Rosas, con fuertes adscripciones políticas, se
apartan de la estética romántica cuando representan el universo de
sus enemigos rosistas. El detalle realista irrumpe entonces para
retratar al pueblo adicto a Rosas y a sus funcionarios, y
degradarlos a través de su pintura. Paradójicamente, esta inmersión
en el mundo de sus enemigos los lleva a explorar y a descubrir las
modulaciones de la estética realista, desvío que para el lector
contemporáneo del siglo XX se transforma en su mejor hallazgo,
porque redunda en una mayor eficacia y originalidad literarias. La
historia de la literatura argentina lee, aun hoy, en El matadero
difundido en 1871 por un discípulo de
Esteban Echeverría,
Juan María Gutiérrez, (1809-1878) el origen del género narrativo en
la Argentina, mientras en Amalia vislumbra los orígenes de la novela.
El género novelístico tuvo, hasta la publicación de Amalia en 1851,
algunos exponentes poco significativos, o bien porque la circulación
de los textos fue muy acotada o porque su eficacia literaria resulta
escasa: hacia 1788 el cordobés Miguel Learte escribe Las aventuras
de Learte (publicada por primera vez en 1927), mientras en 1822 Juan
Justo Rodríguez escribe Alejandro Mencikou, príncipe y ministro del
estado ruso, sabio en la desgracia y ayo de sus hijos, dos
curiosidades bibliográficas desconocidas -en general- para el lector
argentino. Apenas más atención merecieron las incursiones
novelísticas de Juana Manso (Los misterios del Plata, 1851; y La
familia del comendador, 1854), las novelas de Miguel Cané padre
(Esther, 1851; Una noche de bodas, y La familia Sconner, 1858) y las
de los historiadores Bartolomé Mitre (Soledad, 1847) y Vicente Fidel
López (La novia del hereje, 1846; y La loca de la guardia, concluida
en 1890). Aunque pueden rastrearse muchos otros exponentes
secundarios del género, habrá que esperar hasta la década del
ochenta para encontrar un proyecto novelístico del relieve de la
Amalia de
José Mármol.
Tampoco, curiosamente, proliferan los relatos. Si la postulación de
El matadero de
Esteban Echeverría
como primer cuento argentino no es producto de una fatalidad
cronológica sino de una operación crítica, apenas podrían citarse
hacia esos años los cuentos de Juana Manuela Gorriti (1819-1892)
recopilados en Sueños y realidades (1865) -hasta la década del
ochenta, única escritora que perseveró en el género-; alguna
incursión de Bartolomé Mitre ("Memorias de un joven botón de rosa",
1848) o de ("Tobías o La cárcel
a la vela", 1851; y "Peregrinación de Luz del día", 1878); y textos
que encuadran mejor en el marco del género de costumbres como "El
hombre hormiga" (1838), de Juan María Gutiérrez. En 1838, ya cerrado
el Salón Literario, se funda La Asociación de Mayo. A
Esteban Echeverría
se le encomienda redactar el programa de la asociación, llamado
Código o Declaración de principios que constituyen la creencia
social de la República Argentina, luego difundida con el nombre de
Dogma socialista de la Asociación de Mayo. Este texto, junto con el
Fragmento preliminar al estudio del Derecho, difundido por el
escritor tucumano
Juan Bautista Alberdi
en el Salón Literario el año anterior, resultan fundamentales como
condensación del pensamiento de la generación. Alberdi en 1837
también publica en el periódico La Moda, una serie de artículos de
costumbres, bajo el pseudónimo de "Figarillo", homenaje al muy
admirado escritor español Mariano José de Larra, que escribía usando
el pseudónimo de "Fígaro". En realidad, el ensayo sobre derecho y
los artículos de costumbres de Alberdi podrían pensarse como dos
caras de la misma búsqueda: siguiendo a Tocqueville, desde la
perspectiva de Alberdi, la letra del derecho debe asentarse sobre
las leyes no escritas de las costumbres; y si en el Fragmento hace
propuestas teóricas, en los artículos busca reformar las leyes no
escritas, reformando a sus lectores a través de la sátira y el
ridículo. Alberdi escribe también obras dramáticas (La revolución de
Mayo y El gigante de Amapolas) e incursiona en el relato, pero son
sus ensayos los que más se destacan: en 1852 luego de la caída de
Rosas escribe
un texto fundamental en el derecho constitucional argentino, Bases y
puntos de partida para la organización nacional, entre muchos otros
textos como Elementos de derecho público provincial para la
República Argentina o El imperio del Brasil ante las democracias de
América (1869).
Sin duda uno de los escritores más importantes del siglo XIX
argentino es el escritor sanjuanino
Domingo Faustino Sarmiento.
En su ciudad natal
Sarmiento
se adhirió a la Sociedad Literaria, filial de la porteña asociación
de Mayo, aunque en parte su pensamiento y su escritura adoptaron
rasgos divergentes a los de Alberdi y
Echeverría.
Desde muy joven se desenvolvió como periodista y maestro (fundó un
colegio de señoritas y se inició escribiendo en el periódico El
Zonda) y en 1840 se exilia en el país limítrofe de Chile, donde en
1842, junto a V. F. López, funda nuevamente un periódico, El
Progreso. La obra de este escritor es extensísima (sobre todo su
labor periodística) y, en este sentido, es importante recordar que
la edición de sus obras completas ocupa cincuenta y dos gruesos
volúmenes. Entre sus libros más importantes pueden destacarse tres
de carácter más profundamente autobiográfico, aunque la crítica
literaria ha señalado con frecuencia que casi la totalidad de la
escritura de
Sarmiento
puede
leerse como una autobiografía: Mi defensa (1843), Recuerdos de
Provincia (1849) y Vida de Dominguito (1886). Es en estos textos
donde
Sarmientoorganiza
con mayor intensidad su figura de intelectual y escritor, aunque
esta imagen está también muy presente en sus biografías de caudillos
provinciales: Vida del general Fray Félix Aldao (1845), El Chacho,
último caudillo de la montonera de los llanos de La Rioja (1886) y
en uno de sus libros más importantes por la incidencia persistente
que tuvo sobre la cultura argentina, Civilización y barbarie. Vida
de Juan Facundo Quiroga, más tarde conocido simplemente bajo el
título de Facundo. En Aldao y Facundo el escritor, a través de la
biografía de los caudillos protagonistas, desarrolla una versión de
la historia patria mientras, a la vez, alude en forma militante
contra
Juan Manuel de Rosas.
La dicotomía "civilización y barbarie" (que titulaba la vida de
Facundo Quiroga en su primera edición) organiza otras polarizaciones:
la ciudad en confrontación con la campaña, los federales con los
unitarios y en última instancia a
Rosas con el
mismo
Sarmiento. Este
modo dicotómico de sistematización de la sociedad argentina, aunque
corroído en la escritura del texto por la fascinación que, a la vez,
le provoca la figura de su biografiado, será uno de los modelos que
con más ardor se adoptarán o impugnarán en la historia de la cultura
argentina.
Sarmiento
publica en 1849 sus Viajes en Europa, África y América, donde reseña
las impresiones que le suscita el periplo emprendido desde Chile en
1845. Entre las cartas que integran ese volumen de viajes resulta
especialmente sugestiva la que remite desde España. Como gran parte
de la generación del 37,
Sarmiento
visualiza en la antigua metrópoli el origen del mal nacional. Pero
interesa en ella sobre todo su escritura, porque allí el escritor
adopta la pose de un inquisidor americano y pone en marcha los
mecanismos que a la vez denuncia: España es escudriñada a través de
una maquinaria de interrogatorios, imputaciones y hostigamientos,
porque en ella se está también mirando un mal que marcó a la patria
americana y no puede ser removido en su presente. Si en la carta a
España
Sarmiento lee
las limitaciones que impone la historia a las antiguas colonias
americanas, en Francia ve desmoronarse un modelo; en África rebusca,
en cambio, analogías con América, mientras en Estados Unidos
redescubre los brillos de un nuevo modelo político y económico.
Parte de ese deslumbramiento todavía reluce en su libro Argirópolis
(1850).
La
caída de
Juan Manuel de Rosas
en febrero de 1852 apenas logra sosegar al incansable
Sarmiento. El
mismo año publica su Campaña en el ejército grande, texto donde
narra su conflictiva relación con el caudillo que venció a
Rosas, Urquiza.
Nuevamente exiliado en Chile, mantiene (también en 1852) una de las
más estruendosas polémicas del siglo XIX con
Juan Bautista Alberdi,
a través de cartas: las de
Sarmiento se
publican bajo el título de Las ciento y una, mientras las de Alberdi
se imprimen como Cartas quillotanas.
Entre 1862 y 1864
Sarmiento es
gobernador de la provincia de San Juan; renuncia y parte hacia los
Estados Unidos como ministro plenipotenciario; en 1868, de regreso a
su país, confirma durante el viaje en barco que ha sido elegido
Presidente de la República. Su obra se hace cargo, todavía, del
ambiente intelectual de la década del ochenta: Conflicto y armonía
de las razas en América (1883) redefine, desde una perspectiva
positivista, una descripción de la Argentina, pensada -esta vez- a
través del drama del enfrentamiento de la raza blanca y la indígena,
a través de las leyes de la herencia.
La gauchesca fue señalada, por críticos como
Ricardo Rojas
y Ángel Rama, como un sistema "paralelo" que se
desarrolla a lo largo del siglo XIX. Es, en cierto
modo, el gran género de la literatura argentina (con
un trabajo específico sobre la lengua y sobre las
formas), aunque al mismo tiempo es un género que
resultó por mucho tiempo ilegible como literatura.
Sin modelo europeo, la gauchesca nace y alcanza su
plenitud en el siglo XIX y presenta dos rasgos que,
en su simultaneidad, la definen contradictoriamente.
Por su materia y por su pretensión mimética de la
oralidad rural, remite a prácticas, saberes y
decires tradicionales. Por su sistema de circulación,
por su cruce con los grandes problemas sociales y
políticos de su tiempo y por las operaciones que
realiza en y con la lengua, se diría que está por
delante de otras formas literarias coetáneas con las
cuales, sin embargo, siempre parece colocarse en una
posición de minoridad. La operación que define a la
literatura gauchesca es la cesión, por parte del
autor, de la voz al personaje gaucho. Esta lengua
gauchesca en verso no es -como con sagacidad señaló
Jorge Luis Borges-
una mímesis de la lengua hablada por los gauchos
como sujetos sociales, sino un producto retórico y
literario, creado en y por el género. Se afirma que
la gauchesca organiza un sistema literario paralelo
porque, a pesar de que el texto más reconocido es el
Martín Fierro (1872-1879) de
José Hernández,
hay una línea de textos y autores que organizan una
tradición propia, desde las primeras hasta las
última décadas del siglo XIX, aunque en muchos casos
se trate de producciones anónimas. Un breve
itinerario del género podría iniciarse en el
virreinato. El canónigo
Juan Baltazar Maciel (1727-1788)
escribe en 1777 el romance "Canta un guaso en estilo
campestre los triunfos del Excmo. señor don Pedro de
Cevallos". El poema se aparta de la lírica culta
para tentar una veta popular. Sus primeros versos ("Aquí
me pongo a cantar / debajo de aquestas talas")
presentan una fórmula que será común a la gauchesca
y que llegará ya consagrada hasta el Martín Fierro.
Los textos de Bartolomé Hidalgo (1788-1822) fueron
clasificados según dos especies genéricas diferentes:
los diálogos y los cielitos. El cielito proviene del
estribillo "cielo, cielito, cielo", con numerosas
variantes en su formación lírica. A través de ellos
Hidalgo desarrolló su poesía militante durante las
luchas por la independencia entre 1811 y 1816. Los
diálogos (1821 y 1822), más escenográficos,
presentan interlocutores gauchos que conversan
(Jacinto Chano y Ramón Contreras) y una estructura
más o menos similar: una introducción y una plática
confidencial entre la gente del pueblo. Hidalgo deja
marcado el camino para otras expresiones gauchescas.
En la década del veinte pueden registrarse,
funcionando en el interior del sistema gauchesco,
los periódicos encendidos del Padre Castañeda; en la
década del treinta los de Luis Pérez, rosistas,
acompañan la lucha de facciones: El Torito de los
Muchachos, El gaucho, La gaucha, El negrito, El toro
del once, etc.
Hubo, también, gauchesca unitaria, a través de
Hilario Ascasubi (1807-1875),
versos que el autor recopiló en 1872 bajo el título
Paulino Lucero (del período 1839-1851) y Aniceto el
gallo (del año 1854 e inéditos). Una obra
significativa es el Fausto (1866) de
Estanislao del Campo,
texto paródico, en el que Anastacio el Pollo relata
a su compadre Laguna, como si se tratara de sucesos
verdaderos, lo que ha visto en una representación
del Fausto en el teatro Colón.
En 1872
José Hernández
(1834-1886) publica, con inesperado suceso, el mayor
exponente del género, El gaucho Martín Fierro. Siete
años más tarde, en 1879, presenta la edición de La
vuelta de Martín Fierro. Aunque son muchos los
relatos y novelas que toman como protagonistas de
sus obras a personajes gauchos, por ejemplo
Eduardo Gutiérrez en sus
folletines, estos textos, llamados criollistas
construyen sólo de una manera muy limitada (a través
de algunas voces o giros) una voz del gaucho.
Los escritores y la época
El
período de luchas y de divergencias políticas que siguió a la
derrota de Rosas llegó a su término el 21 de setiembre de 1880,
cuando un congreso en minoría, reunido en el pueblo de Belgrano,
sancionó una ley que declaraba a la cercana ciudad de Buenos Aires
capital de la República Argentina. Había llegado a su fin un viejo
pleito entre porteños y provincianos y se iniciaba una nueva época
en nuestra evolución histórica, con grandes cambios en el panorama
material y cultural. Ese mismo año ocupó la presidencia el joven
militar Julio Argentino Roca que dispuso asentar al país sobre
nuevas bases. Desde esa época el crecimiento de Buenos Aires fue
asombroso. En la década comprendida entre 1880 y 1890, la población
de la capital aumentó en un 84 por ciento, mientras que en el resto
del país, sólo creció en un 29 por ciento. La gran ciudad absorbió
riquezas y derechos en perjucio de las provincias y dio origen a un
desequilibrio que es visible en la época actual. Las sucesivas
oleadas de inmigrantes se detuvieron en Buenos Aires,mientras que
sólo en escasa proporción esos europeos avanzaron sobre la desolada
campaña para poblarla.
El
gobierno y los cargos públicos de importancia fueron ocupados por
una minoría con capacidad ejecutiva y mentalidad semejante al
antiguo despotismo ilustrado, que se propuso engrandecer al país sin
que el pueblo participara con sus decisiones. De ideología liberal y
progresista, partidaria de la cultura europea, la minoría dirigente
emprendió su labor con el lema de paz y administración para fomentar
el desarrollo en todas sus manifestaciones, desde la conquista del
desierto en poder de los indios y el trazado de vías férreas, hasta
la radicación de capitales extranjeros.
En torno a la epoca de la federalización de Buenos Aires, un grupo
de escritores se destaca en este período de la nación organizada, al
lado de las personalidades sobrevivientes de la proscripción. Casi
todos ellos participaron en política por medio de la pluma o en
importantes cargos públicos y otras veces, su actividad literaria
fue un mero pasatiempo. Se los conoce como integrantes de la
generación del 80 porque sus principales figuras alcanzaron la
madurez a partir de ese año de profundos cambios, que convirtieron a
la "gran aldea" de Buenos Aires, en una ciudad cosmopolita.
Siempre resulta difícil agrupar con categoría absoluta y bajo un
común denominador acontecimientos de carácter cultural, por esto, el
concepto de generación ha sido discutido y aun negado por estudiosos
de mérito. En el aspecto literario, se parte del principio que los
escritores nacidos y educados dentro de una misma época y que
actuaron bajo semejantes influencias políticas, sociales y
económicas, reflejan en sus obras una unidad de criterio de acuerdo
con el período cronológico en que desarrollaron su actividad. No
siempre se encuentra respuesta positiva a este principio, y además,
es sabido que algunas figuras sobrepasan con su prestigio los
límites cronológicos de una época literaria o científica.
Con todo y sometiendo el concepto de generación a cautelosos reparos,
puede admitirse que en torno al eje cronológico del año 1880, actuó
en nuestro país una pléyade de intelectuales que dieron una
fisonomía característica a las letras y a la política y que se
conoce con criterio muy amplio como la generación del 80.
Integran el grupo literario más importante Miguel Cané, Lucio V.
Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López (1848-1894), Eugenio Cambaceres, Martín García Mérou, José S. Alvarez con el seudónimo
de Fray Mocho y Paul Groussac. No tan representativo de la época,
pero un gran valor dentro de nuestras letras fue el riojano Joaquín
V. González. También debe citarse a los parlamentarios católicos José Manuel Estrada y Pedro Goyena. Con respecto a los poetas,
integran entre las figuras representativas del 80 una segunda
generación romántica. Puede mencionarse a Ricardo Gutiérrez,
Olegario V. Andrade (1839-1882), Rafael Obligado y Carlos Guido y Spano . Aunque perteneciente por su edad a la generación del 80,
pero apartado de ella, figura el poeta de los humildes, Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) conocido con el arrogante seudónimo
de Almafuerte y sin duda, una de las más discutidas y
desconcertantes personalidades de nuestra literatura.
Caracteres de la generación literaria
Ricardo
Rojas agrupó a los escritores de la generación del 80 con el título
de prosistas fragmentarios debido a la falta de continuidad en sus
pensamientos, reflejado en obras carentes de unidad orgánica. Fueron
hombres de mundo que viajaron a Europa y alternaron las amenas
conversaciones de los elegantes clubes con los libros y la labor
política e intelectual. Escribieron ensayos, artículos periodísticos,
recuerdos autobiográficos, anécdotas, breves narraciones y juicios
sobre la época en que vivieron. No fueron autores de obras
doctrinales, ni tampoco dejaron investigaciones ni largas novelas.
En su gran mayoría pertenecieron a la clase social gobernante y su
mentalidad y posición económica les hizo admirar la cultura europea,
con sus tesoros artísticos y su mundana sociabilidad. Muy idealistas,
abrazaron con vehemencia las ideas liberales y el positivismo,
mientras algunos de ellos al ocuparse de la historia patria trataron
de demostrar el fracaso de los grandes proyectos de la generación
anterior. Negaron principios y creencias de la mayoría y con
escepticismo sostuvieron un cambio en el rumbo social y cultural de
la Argentina.
Sobre
la generación del 80 escribió Carlos Ibarguren: "Fue de escépticos y
de materialistas, cuyo pensamiento seguía la acción cambiante y
apresurada de un país en formación y de una sociedad que
evolucionaba. El positivismo filosófico, las corrientes científicas
predominantes a fines del siglo pasado, el enorme desarrollo
industrial y económico europeo, las masas de hombres y de oro que
empezaron a venir a estas playas, trasformando velozmente nuestra
tierra, dieron al núcleo director argentino la visión utilitaria y
sensual de la vida.
El
humor y la ironía constituyen dos rasgos característicos de los
escritores de este período. La figura más representativa del
humorismo fue Eduardo Wilde hombre extravagante y de prosa familiar
que sin preocuparle el estilo, dejó pruebas de su originalidad e
ingenio en ocurrentes frases.
La
critica literaria contó con destacados representantes en la época
que nos ocupa. Calixto Oyuela (1857-1935) fue autor de dos tomos
sobre Estudios Literarios y de la amplia Antología de poetas
hispanoamericanos (1919-1920); Martín García Mérou, que en sus obras
de crónica y crítica literaria reflejó el movimiento intelectual de
la generación del 80 y Paul Groussac, un escritor incisivo y
satírico, de muy variada producción y certeros juicios críticos.
Existió
también una tendencia a la evocación o recuerdo del pasado, con
anécdotas y reminiscencias de episodios en gran parte presenciados
por sus autores. Aunque sin base documental, constituyen páginas de
apreciable valor, debido a su intimidad. José Antonio Wilde
(1813-1885) obtuvo gran éxito con un libro de recuerdos que tituló
Buenos Aires desde 70 años atrás al igual que Vicente G. Quesada
(1830- 1913) con el seudónimo de Víctor Gálvez, autor de Memorias de
un viejo, publicadas en 1889. Dentro de esta literatura evocativa
también figuran Juvenilia, el conocido libro de Miguel Cané y el
escrito por Santiago Calzadilla titulado Las beldades de mi tiempo,
que se editó en 1891.
La
prosa del 80 expresó la hostilidad de las clases aristocráticas de
la sociedad porteña hacia los inmigrantes extranjeros. Esta actitud
xenófoba se advierte con nitidez en algunos novelistas como Eugenio
Cambaceres en su obra titulada En la sangre (1887) y también en
Antonio Argerich con ¿Inocentes o culpables? (1884), que señalan en
esencia una especie de hartazgo hacia lo europeo. La gran llegada de
inmigrantes a Buenos Aires favoreció a las corrientes ideológicas
del liberalismo y del materialismo, para dar origen a un amplio
movimiento destinado a secularizar todos los estratos sociales. Se
enfrentaron entonces el laicismo contra la fe católica a través de
memorables debates originados al discutirse la ley de enseñanza
laica (año 1884) y proyecto sobre el matrimonio civil (1888). Entre
los pensadores católicos se destacó José Manuel Estrada (1842-
1894).
La
campaña al desierto realizada por el general Roca en el año 1879
actualizó el tema del indio y el problema derivado sobre la posesión
de sus tierras. Si bien Lucio V. Mansilla se anticipó con su obra
Una excursión a los indios ranqueles, la temática sobre el aborigen
adquiere el carácter de novela de aventuras con Estanislao S.
Zeballos, autor de una trilogía de tono rornántico.
La prosa de imaginación
La novela no existió en nuestra literatura del periodo hispánico,
durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En épocas de los "proscritos"
siglo XIX se considera a El matadero de Echeverría como nuestro
primer cuento y Amalia de Mármol, la obra que inicia la novela. Pero
sólo en la década del 80, la prosa de imaginación adquiere verdadera
importancia en la vida literaria argentina. Bajo la influencia de un
naturalismo heredado del escritor francés Emilio Zola con la pintura
detallista de ambientes y caracteres y también del realismo, la
imaginación culmina en este período con Eugenio Cambaceres,
reconocido por la crítica como uno de los fundadores de la novela en
nuestro medio.
En
épocas de la Organizacion Nacional las más difundidas novelas de
autores extranjeros entre ellos Zola y Flaubert eran ya conocidas en
nuestros círculos intelectuales. Los escritores argentinos salvo
algunos intentos no habían incursionado por el género literario de
la imaginación.
Al
comentar una obra del norteamericano Cooper, escribió Mariano
Pelliza en 1879: "Pobre es la América del Sur y pobre la República
Argentina de libros propios destinados a reflejar sus costumbres, su
natura!eza o su historia en la forma de la novela."
El proceso de evolución hacia una novela nacional lo inició con sus
folletines Eduardo Gutiérrez (1851-1899), cuya obra recién en la
actualidad ha sido valorada en su real importancia. Demostró su
capacidad literaria a través de artículos aparecidos en diversos
periódicos, entre ellos " La Tribuna", "La Época" y " Sud-América".
Pasó buena parte de su vida componiendo cuartillas sobre una
reiteración temática: el paisano honrado que debido a las
injusticias policiales se convierte en matrero. Su folletín más
popular titulado Juan Moreira basado en un personaje real fue
llevado a escena por el actor José Podestá en 1886, año que marca un
proceso de gran importancia en el teatro nacional. Era evidente que
Gutiérrez había incorporado el populismo a nuestra literatura, pero
sus dramones de suspenso policial estaban al margen de la novela
culta.
Hacia
1884, el género novelesco inicia en Buenos Aires su marcha
ascendente. En la corriente del naturalismo debe ubicarse al médico
Antonio Argerich (1862-1924), que en su obra ¿Inocentes o culpables?
(1884) se ocupó de la inmigración y de los problemas sociales
derivados de los conventillos. Francisco Sicardi (1856-1927) se
graduó de médico en 1883 e incursionó por la literatura con varias
novelas, entre ellas la titulada Libro extraño, que se compone de
varias partes. Evocó cuadros de costumbres con personajes
patológicos hundidos en la miseria, el dolor, la enfermedad y el
crimen. Otro médico, Manuel T. Podestá (1853-1918), escribió
Irresponsable, cuyo protagonista es un incapacitado enfermo mental
que enfrenta a la sociedad que lo rodea. La principal figura de la
novela naturalista en la generación del 80 fue Eugenio Cambaceres,
que fue el novelista más importante del período, escribió cuatro
textos. Pot-Pourri (1881) y Música sentimental (1884), aunque toman
como núcleo narrativo el adulterio, se recortan de la producción
naturalista por su estilo conversador, y su estructura fragmentaria
y de collage; el mal social en ellas, además, está depositado en la
corrupción, la hipocresía y la impericia de la clase dirigente. Sin
rumbo (1885), aunque más compleja, es ya una novela naturalista, y
En la sangre (1887) resulta, en su denuncia del inmigrante arribista,
paradigmática hasta la caricatura.
La obra
que expresa con mayor exactitud los cambios sociales y culturales de
la ciudad porteña en el período que nos ocupa, se titula La gran
aldea debida a la pluma de Lucio Vicente López (1848-1894), nieto
del autor de la letra del Himno Nacional e hijo del historiador
Vicente Fidel. La novela fue conocida primeramente por folletines a
través del diario "Sud-América" y editada en forma de libro en 1884.
En torno a la historia de los desparejos amores de un anciano y una
joven —don Ramón y Blanca— se ocupa en animadas páginas evocativas
del desarrollo de Buenos Aires con tipos característicos, manejos
políticos y costumbres. A pesar de sus imperfecciones de lenguaje y
excesos en la temática —un final truculento— La gran aldea no ha
perdido su gran valor documental.
Una
novela breve escrita por José María Cantilo (1840-1891) y titulada
La familia Quillango, satiriza a un rico estanciero que se traslada
del campo a Buenos Aires, donde compra una casa y habita con su
mujer y tres hijos. El autor describe el esfuerzo de un hombre
rústico que pretende adaptarse a la vida urbana.
La crisis económico financiera producida en el trascurso de la
presidencia de Juárez Celman, a causa de la fiebre del dinero y de
la especulación, así como también al afán de enriquecimiento,
culminó en 1890 con la quiebra de la Bolsa de Comercio. Algunos
literatos inspiraron sus novelas en la embriaguez corruptora de
aquella época, en que se extendió por doquier la ganancia segura
basada en promesas y papeles carentes de valor.
El
bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián
Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un
estudio social titulado La Bolsa. Obra realista —fue testigo de los
episodios como cronista bursátil describe la sociedad envilecida por
la especulacion y el ansia de lujo y riquezas. En el mismo año,
Segundo Villafane (1860-1337) dio a conocer Horas de fiebre, novela
en parte semejante a la anterior pues documenta el proceso de
crisis. Carlos María Ocantos (1860-1949), un autor de importancia,
miembro de la Academia Española de la Lengua, escribió Quilito
(1891), en que relata el drama de una familia arruinada por la
crisis de la Bolsa, con sus problemas domésticos, pasiones y
virtudes.
Los relatos fantásticos (y policiales) de Eduardo Ladislao Holmberg
(1852-1937), publicados en diversos periódicos y semanarios porteños
entre 1875 y 1898, muestran un uso literario del saber científico
divergente al de otros escritores del ochenta. La ciencia (psiquiatría,
frenología, sociología, biología) no aparece en sus textos como
digresión erudita y diletante, tampoco como sistema de
interpretación que sistematiza y cierra las tensiones del universo
novelesco o narrativo. El saber científico se transforma en sus
cuentos en núcleo productivo a partir del cual la ficción se
desencadena en forma autónoma. Entre los relatos más interesantes
pueden citarse: "Dos partidos en lucha" (1875), "Viaje maravilloso
del señor Nic-Nac" (1875), "Horacio Kalibang o los autómatas" (1879)
y las "nouvelles" Nelly, La bolsa de huesos y La casa endiablada,
publicadas en 1896. También pueden leerse en la serie de la
literatura fantástica: los relatos de Eduardo Mansilla (1838-1892),
reunidos en Creaciones (1883); El Doctor Whüntz (1880) de Luis
Varela (1845-1911), firmados bajo el pseudónimo de Raúl Waleis; y
algunos de los textos recogidos en Paginas literarias (1881), de
Carlos Monsalve.
La crítica literaria
Uno de
los rasgos característicos de los escritores del 80 fue la
inclinación a la crítica literaria, es decir, a juzgar la obra
escrita por su contemporáneo, sea ella un libro o un estreno teatral.
En este aspecto, la actividad desplegada fue abundante y en términos
generales no excedió del comentario epistolar o de la breve nota en
un periódico. Algunos nombres deben destacarse por su eficiente
preparación científica y situarlos como los primeros críticos de la
literatura argentina, continuadores del precursor y solitario Juan
María Gutierrez.
Calixto Oyuela, profesor universitario, miembro correspondiente de
la Real Academia Española y primer presidente de la Acadernia
Argentina de Letras (1931) fue un crítico de vasta cultura literaria.
Admirador de los clásicos y de las letras españolas, polemizó con
Groussac y otros liberales de la generación del 80 que se opusieron
a lo hispánico. Rígido preceptista, no cedió en sus firmes
convicciones estéticas y sostuvo la fórmula del "arte por la belleza".
Ya nos hemos referido a sus obras tituladas Estudios literarios
(1915) y Antología poética hispanoamericana (1919- 1920) .
El
francés Paul Groussac, que arribó a los dieciocho años a nuestro
país (1886) ignorando el idioma de la nueva tierra, no tardó en
convertirse en un destacado investigador y en el crítico de mayor
importancia de la literatura argentina hasta la segunda década de la
presente centuria. Penetrante ensayista, ejerció por más de cuarenta
años la dirección de la Biblioteca Nacional, tarea que le permitió
dominar el pasado histórico argentino y desarrollar con amplitud su
labor de investigador y de escritor. Respetado y temido maestro,
aplicó una metodología de rigor documental y un estilo expositivo
cáustico y preciso. De sus obras recordemos: Del Plata al Niágara
(1897), Santiago de Liniers (1907), Crítica literaria (1924) y
Mendoza y Caray (1929).
-
Martín del Barco Centenera (1544?-1601), eclesiástico y poeta
español, participó en la exploración de Argentina que dirigió
Juan Ortiz de Zárate.
Nacido probablemente en Logrosán, provincia de Cáceres, al
parecer cursó Teología en la ciudad de Salamanca. Desde 1572
residió en América, siendo arcediano en el Río de la Plata con
sede en Asunción del Paraguay. Realizó expediciones por la zona
y es posible que haya participado en la segunda y definitiva
fundación de Buenos Aires en 1580. En 1583 intervino en un
importante concilio regional en la ciudad de Lima (Perú). Fue
separado de su cargo en 1590 acusado de costumbres desordenadas.
A juzgar por los datos recogidos, estuvo en Buenos Aires en 1592
y de regreso en España en 1594.
Todo hace suponer que en 1601 se encontraba en Lisboa, entonces
bajo dominio español, como protegido del virrey (véase Felipe
II). En 1602 publicó en la capital portuguesa su obra La
Argentina y Conquista del Río de la Plata, hoy conocida como La
Argentina, poema narrativo en 28 cantos y 10.000 versos en el
cual describe diferentes lugares del área rioplatense y
ejemplares, en ocasiones desconocidos, de la fauna regional.
Narra además la historia de su conquista, la fundación de Buenos
Aires por Juan de Garay, diversos episodios eclesiásticos, las
invasiones de piratas ingleses y la vida de los aborígenes de la
pampa. De este poema, en el que se advierte una clara influencia
de Alonso de Ercilla y Zúñiga, toma su nombre la República
Argentina.
-
Ruy
Díaz de Guzmán (c. 1558-1629), cronista y conquistador español,
primer escritor nativo del Río de la Plata. Hijo de Alonso
Riquelme de Guzmán (sobrino de Álvar Núñez Cabeza de Vaca) y de
una mestiza llamada Úrsula (hija de Domingo Martínez de Irala),
nació en Asunción (Paraguay). Después de llevar a cabo acciones
militares en el río Paraná y en Santa Fe (1580) y ser designado
alguacil mayor de la ciudad de Salta, fundó diversas ciudades.
Llegó a ser alcalde de primer voto de su ciudad natal. Díaz de
Guzmán escribió, en 1612, los Anales del descubrimiento,
población y conquista de las provincias del Río de la Plata, que
pasaron a ser conocidos como la Argentina manuscrita, por haber
sido difundidos a través de diversas y muy distintas copias del
original perdido. Publicado por vez primera en 1836, en Buenos
Aires, no fue sino hasta 1914, cuando el francés afincado en
Argentina Paul Groussac llevó a cabo una edición cuidadosa de la
obra, que vio la luz así mismo en dicha ciudad. Dividida en
cuatro partes, de las cuales se perdió la última (que debería
narrar los acontecimientos que vivió el propio autor), la
Argentina manuscrita cuenta los hechos transcurridos desde el
descubrimiento español del Río de la Plata (fechado erróneamente
en 1512) hasta la fundación de Santa Fe (1573).
-
Navegante y conquistador español nacido en Lebrija (algunos
autores señalan, no obstante, su origen portugués) hacia 1470 y
muerto en la desembocadura del Río de la Plata en 1516. Piloto
mayor de la Casa de Contratación, fue descubridor de las costas
de Honduras, Belice y Yucatán, así como del Río de la Plata;
precisamente, en dicho río murió, en el viaje que había
emprendido para hallar el paso interoceánico, el actual estrecho
de Magallanes.
Fue marino desde su juventud y anduvo posiblemente en negocios
poco limpios por las costas meridionales peninsulares y
norteafricanas. En 1500 prestaba servicios a la Casa da India
portuguesa y navegaba por la costa africana y quizá hasta por la
ruta hacia Asia abierta por Vasco da Gama, lo que explicaría su
vinculación a los proyectos españoles de descubrimiento del paso
interoceánico. Sea como fuere estaba al servicio de la Corona de
Castilla desde principios del siglo XVI y reputado como gran
marino.
Tras la muerte de la reina Isabel (1504), el Rey Fernando el
Católico se empeñó en descubrir un estrecho en América, que
comunicara con el mar de China y de la India, a donde intentó
llegar Colón en 1492. En 1505 convocó una Junta en Burgos con
dicho objetivo. Asistieron el Obispo Fonseca, Vicente Yánez
Pinzón y Americo Vespucci. En marzo de dicho año concedió
mercedes a Yánez y Vespucci y cursó instrucciones a la Casa de
Contratación de Sevilla para que les entregasen los buques que
necesitaban. Todo se hizo con el máximo secreto y la Casa mandó
construir los buques en Vizcaya, ya que debían afrontar una
larga travesía. En el verano de 1506 Fernando el Católico tuvo
que dejar la Regencia de Castilla, pues su corona pasó a su hija
doña Juana. Su marido don Felipe el Hermoso se enteró del
proyecto y escribió a la Casa de Contratación el 23 de agosto de
1506: “Ya sabéis como estaba mandado hacer una armada para
descubrir la Especiería e estaban mandados hacer en Vizcaya los
navíos que eran menester para ello, e agora yo he sabido que son
acabados de hacer e son partidos para esa ciudad”. Don Felipe
falleció poco después y su suegro Fernando el Católico volvió a
la Regencia de Castilla, por incapacidad de doña Juana.
Inmediatamente retomó el proyecto anterior y convocó una Junta
en Burgos (marzo de 1508) a la que asistieron Fonseca, Vespucci,
Yánez Pinzón y dos personajes nuevos: y Juan Díaz de Solís. Se
tomaron varias decisiones respecto a las Indias y una de ellas
fue la de enviar una expedición al norte de Veragua (descubierta
por Colón en su cuarto viaje) para buscar “aquel canal o mar
abierto que principalmente is a buscar”, como se consignó en la
cédula de 23 de marzo de 1508. El viaje se encomendó a un doble
mando; el de Díaz de Solís en el mar y el de Yánez Pinzón en
tierra. Por piloto llevarían a Pedro de Ledesma, que había ido
con Colón a Veragua. La empresa se organizó con las dos naos
fabricadas anteriormente en Vizcaya, que eran la “Magdalena” y
la “Isabelita”.
Los expedicionarios partieron de España el 29 de junio de 1508 y
cruzaron el Atlántico hasta las proximidades de Santo Domingo,
desde donde enviaron una carta a Ovando. Siguieron luego hasta
Cuba, las costas de Nicaragua y subieron a las de Honduras (las
islas Guanajas). A partir de aquí singlaron al norte, por lo que
Solís y Pinzón fueron los verdaderos descubridores del Golfo
Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa de Yucatán. No
encontraron el paso interoceánico y volvieron a España en agosto
de 1509. Pinzón formuló algunas acusaciones a Solís, como
consecuencia de las cuales fue encarcelado. El pleito fue
sentenciado a favor de Solís, que fue recompensado con una
merced de 34.000 maravedises. A esto se añadió poco después, al
morir Vespucci, el nombramiento de Piloto Mayor (1512). Este
título tuvo mucho que ver con el deseo del Rey Católico de
encomendar a Solís otro viaje de descubrimiento para hallar el
paso a la Especiería. Quiso organizarlo en 1512 y llevando
además a su hermano Francisco de Solís y al portugués Juan
Enriques, pero el Rey de Portugal conoció el proyecto y protestó
airadamente por lo que fue preciso suspenderlo. En 1513 Vasco
Núñez de Balboa descubrió la Mar del Sur en Panamá, lo que
reactivó la ansiedad española por encontrar el estrecho
interoceánico. Tras haber nombrado a Pedrarias Dávila Gobernador
de Castilla del Oro, el Rey Católico capituló con Díaz de Solís
(24 de noviembre de 1514) un viaje de descubrimiento “a las
espaldas de la tierra donde agora está Pedro Arias, mi capitán
general y gobernador de Castilla del Oro, y de allí adelante ir
descubriendo por las dichas espaldas de Castilla del Oro mil e
setecientas leguas, e más si pudiéredes, contando desde la raya
e demarcación que va por la punta de la dicha Castilla del Oro
delante de lo que no se ha descubierto hasta agora”. Se trataba
por tanto de encontrar el Estrecho que comunicaba el Atlántico
con el Pacífico y subir por éste océano hasta la altura de
Panamá, desde donde Solís debía descubrir 700 leguas o más hacia
occidente (hasta las islas Molucas). Esta vez se incrementaron
las medidas para que la operación fuera secreta, para evitar
reclamos portugueses, como consignó el mismo Rey, en sus
instrucciones a Solís (“Habéis de mirar que en esto ha de haber
secreto, e que ninguno sepa que Yo mando dar dineros para ello,
ni tengo parte en el viaje, hasta la tornada”). El Piloto Mayor
debía por ello preparar su expedición en Lepe, como si fuera
suya, aunque la corona le entregó secretamente 4.000 ducados de
oro para ella, de manos del contador Juan López de Recalde. El
viaje se haría con tres naves, 60 tripulantes y mantenimientos
para dos años y medio. El piloto Juan de Ledesma volvería a
acompañarle. También irían en el mismo el contador y escribano
Pedro de Alarcón y el factor Francisco de Marquina. El escaso
número de tripulantes y la enorme cantidad de alimentos ponían
de manifiesto que se iba a un objetivo muy lejano.
-
La expedición salió de San Lúcar el 8 de octubre de 1515, donde
se buscó la nave capitana, por haberse averiado en Lepe la que
estaba dispuesta. Se dirigió a Tenerife y de allí a la costa
brasileña (costa desde el cabo de San Roque hasta Guanabara).
Descendió luego por la costa hasta los 25º 3´ de latitud sur (Cabo
de la Cananea) y siguió hasta una isla que Solís llamó de la
Plata (Santa Catalina) y luego la bahía de los Perdidos (27º),
desde donde fue costeando y entrando en todos los surgideros y
bahías hasta llegar a la isla de San Sebastián (junto a las de
los Lobos). Descubrió a continuación el Mar Dulce (lo bautizó
así porque el caudal del río era tal que hallaron agua dulce
dentro del mar) o estuario del Río de la Plata. Era el mes de
febrero de 1516 y estaban en la desembocadura del río Paraná-Guazú,
que se llamó desde entonces el río de Solís, hasta que 20 años
más tarde fue rebautizado como Río de la Plata, por creerse que
desde el mismo podía accederse a la Sierra de la Plata o el Perú.
Solís recorrió el estuario en su zona septentrional (hoy
uruguaya) y desembarcó en el puerto de Nuestra Señora de la
Candelaria (35º sur), donde tomó posesión en nombre del Rey.
Luego pasó a la isla de Martín García (se llamó así por haberse
enterrado en ella a un tripulante de dicho nombre), que estaba a
los 34º 40´. Los indios les mostraron algunos objetos de oro y
ocho tripulantes bajaron a rescatar con ellos. Eran Solís, el
Factor Marquina, el Contador Alarcón y cuatro marineros y un
grumete. Los indios cayeron sobre ellos y les dieron muerte,
procediendo luego a descuartizar sus cuerpos ante los ojos
horrorizados de los tripulantes de los barcos. Sólo se salvó el
grumete Francisco del Puerto, pero los expedicionarios no se
atrevieron a rescatarlo (permaneció allí hasta la posterior
llegada de la expedición de Sebastián Caboto). Zarparon de
inmediato y emprendieron el viaje de regreso a España. Tras
aprovisionarse de carne de lobos marinos en la isla de los
Lobos, retornaron a la costa brasileña. En la laguna de los
Patos, frente la isla de Santa Catalina, naufragó una de ellas (marzo
o abril). Allí quedaron en tierra otros 18 náufragos, que se
dividieron en varios grupos. Siete se dirigieron al norte, y
cayeron en manos de los portugueses, que los condujeron a Lisboa.
Seis quedaron en el puerto de los Patos y en sus inmediaciones,
donde murieron varios de ellos. Otro llamado Alejo García
escuchó los relatos indígenas sobre la Sierra de la Plata y un
Rey Blanco (el Perú) y partió en su busca con varios cientos de
indios y algunos compatriotas (llegó efectivamente hasta los
contrafuertes de la cordillera andina y recogió un botín de
plata, pero fue asesinado al regresar). En cuanto a las dos
naves restantes de la expedición de Solís regresaron a España y
atracaron en Sevilla el 4 de septiembre de 1516. Quedó así
frustrado el descubrimiento del Estrecho, pero se halló el Río
de la Plata, que serviría como punto de partida para encontrarlo.
También quedaron en tierra muchos náufragos españoles que
jugarían un papel decisivo en las futuras expediciones.
Bibliografía
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Boletín de la Real Sociedad Geográfica, 1949.
LEVENE, R. Historia Argentina y Americana, Buenos Aires, 1970, 2
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MORALES PADRON, F. Historia del Descubrimiento y Conquista de
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PUENTE Y OLEA, J. Los trabajos geográficos de la Casa de la
Contratación, Sevilla, 1900
TORIBIO MEDINA, J. Juan Díaz de Solís, Santiago de Chile, 1897,
2 t.
-
Poeta, historiador, ensayista, biógrafo, crítico literario y
profesor universitario argentino, nacido en Santiago del Estero
(en la provincia homónima) en 1882, y fallecido en Buenos Aires
en 1957. Humanista fecundo y polifacético, preocupado tanto por
la historia de las Letras como por la indagación acerca de la
identidad nacional, dejó un valioso legado crítico e histórico
que le convierte en una de las figuras más influyentes del
panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX.
Nacido en el seno de una familia provinciana perteneciente a esa
oligarquía arrinconada y empobrecida por su distanciamiento del
floreciente núcleo cosmopolita que comenzaba a ser Buenos Aires,
el joven Ricardo Rojas creció envuelto por una inquietud
nacionalista que, en cierto modo, era fruto de la necesidad de
sentirse ligado -dentro de su forzada lejanía- a una aventura
histórica común. Estas circunstancias biográficas determinaron
que, tan pronto como sus innatas dotes intelectuales le hubieron
inclinado hacia el estudio de las humanidades, decidiera
implicarse estrechamente en la corriente ideológica que, hacia
1910, se extendió por toda la Argentina bajo el nombre de
"primer nacionalismo cultural".
Surgido al socaire de la celebración del primer centenario de la
independencia del país austral, este movimiento intentaba dar
una coherencia satisfactoria a una noción de nacionalidad que,
en aquellos momentos, tenía que incluir forzosamente a la
población indígena y, sobre todo, al populoso grupo humano de
los emigrantes y sus primeros descendientes (nacidos ya en
Argentina).
Dentro, pues, del ambicioso proyecto intelectual que se propuso
desarrollar Ricardo Rojas desde su faceta de pensador e
historiador de la literatura, la inserción de la población
foránea que ya se sentía argentina (y que compartía, con el
resto de los habitantes de aquel territorio, un mismo
sentimiento de nacionalidad) constituyó una de sus principales
preocupaciones, a la postre resuelta por vía de la integración
cultural. Así pues, en la obra de Rojas la cultura (y, muy
especialmente, una de sus más extendidas manifestaciones: el
fenómeno literario) se convierte en el elemento integrador por
excelencia, el que permite concebir la identidad nacional
argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias
muy diversas, y el que deja lugar -bien es |