Literatura Argentina

 

Literatura argentina, recorrido histórico a través de las obras literarias (narrativa, poesía, ensayo) escritas en la República Argentina.

El nombre mismo del país tiene un origen literario, muy anterior a la existencia de la nación y el Estado. En 1602 apareció un poema descriptivo, La Argentina, de Martín del Barco Centenera (1544-1605), que creó el latinismo equivalente a Río de la Plata y cuyo contenido invoca la vida en las Indias meridionales. La palabra es retomada en 1612 en Argentina manuscrita, crónica en prosa de Ruy Díaz de Guzmán.

 

 

 

 
 
PERÍODO COLONIAL

Hubo sin duda una cultura y una literatura que precedieron a los movimientos de emancipación de los diversos países hispanoamericanos, organizadas casi siempre bajo el prisma de un título: "Período colonial". Sin embargo, su abordaje despierta de inmediato inquietudes. ¿Cómo discriminar entre literatura española y literatura hispanoamericana durante los siglos XVI, XVII y XVIII? ¿Con qué argumentos recortar determinados textos y asumirlos en el interior de una literatura nacional cuando la nación no existía como tal y no hay criterios estables para ordenar un corpus? Las fronteras geográficas, la nacionalidad de los autores, la lengua misma no permiten el trazado de límites precisos y estables; incluso la categoría de "literatura" se torna vacilante ante el heterogéneo conjunto de crónicas, poemas, relaciones, cartas y memorias que constituyen la bibliografía colonial.

Oficialmente, estas regiones que configuran el mapa actual de Argentina y otros países vecinos- fueron descubiertas en el año 1516, cuando Juan Díaz de Solís llegó a Paraná Guazú. En 1526 Sebastián Gaboto empezó la exploración de la zona y diez años más tarde se fundó por primera vez la ciudad de Buenos Aires. El territorio argentino integró el virreinato del Perú hasta 1776, año en que se estableció el virreinato del Río de la Plata con la ciudad de Buenos Aires como sede de las autoridades. Tierras por mucho tiempo doblemente remotas (respecto a la metrópoli y a las principales ciudades virreinales, México y Lima), tierras sin oro ni plata que sedujeran a los conquistadores. La colonización fue lenta, así como la creación de una vida literaria.

El primer gran historiador de la literatura argentina, Ricardo Rojas, mientras dedica dos tomos a la "Literatura colonial" en su fundacional Historia de la literatura argentina, admite que su existencia resulta casi una "ilusión retrospectiva": crónicas originariamente escritas en inglés o alemán; libros didácticos en latín; "una" elegía sobre la fundación de Buenos Aires; relaciones de autoría dudosa encargadas por los conquistadores; infinidad de textos producidos con el objeto de desarrollar "la conquista espiritual"; a veces, pocas páginas dedicadas a esta zona de América del Sur, en referencias fugaces de obras donde la fascinación se posa con mayor detenimiento sobre los grandes imperios de los indios aztecas (México) e incas (Perú). En gran parte, la literatura colonial argentina se establece sobre textos que asumen como objeto de relato la conquista, evangelización y fundación de ciudades en el territorio argentino, más allá de la lengua en que fueran escritos, la nacionalidad o la intención original de sus autores al redactarlos.

Parte de esta "precariedad" puede asociarse a la instalación del Santo Oficio en América y a las Leyes de Indias, mediante las cuales España controló la circulación de libros en sus colonias. Fueron prohibidos, durante siglos, textos religiosos que no encuadraban con la ortodoxia de la religión católica, gran parte de la producción de los enciclopedistas del siglo XVIII, los libros de imaginación considerados malsanos y también aquellos que se referían a América. Si la circulación de obras fue accidentada, y en gran medida clandestina, también su adquisición era costosa, en parte porque la impresión (aun de libros americanos) se realizaba en España, lo que los encarecía todavía más; los manuscritos mismos se perdían con frecuencia en largos y arriesgados viajes o quedaban olvidados en lejanas oficinas tras largas tramitaciones de licencias. Sin embargo, las regulaciones de la metrópoli no impidieron que surgiera una literatura muy vasta en otras zonas de América, especialmente en México y Perú, ciudades de mayor actividad administrativa, económica y cultural desde la entrada misma del conquistador español en América, con sus cronistas oficiales tanto religiosos como de la corona.

Con frecuencia, la crítica literaria argentina, al referirse a la literatura colonial, despliega relatos de pérdidas, minusvalías y carencias: autorías orales de textos nunca hallados, manuscritos perdidos, quejas por la escasez de obras y desanimados comentarios sobre el valor estético de las que sí se han publicado o recopilado. Este universo de textos, sin embargo, resulta apasionante y ha sido poco explorado por la crítica literaria moderna.

La fundación de la primera universidad en territorio argentino en la ciudad de Córdoba (1613), la instalación de dos colegios preparatorios universitarios (el de Monserrat en Córdoba 1659 y el San Carlos en Buenos Aires -1773-), la introducción de la imprenta por la Compañía de Jesús (1765), la creación del virreinato del Río de la Plata (1776), la organización en 1780 en Buenos Aires de la Imprenta de los niños expósitos, dieron los impulsos decisivos a la producción cultural. La educación colonial se realizó en los conventos de franciscanos, dominicos o mercedarios, donde se dictaban las primeras letras y en los colegios universitarios y universidades que funcionaban como seminarios. El teatro fue escaso, reducido en gran parte a representaciones litúrgicas hasta que, bajo el virreinato de Vértiz, se funda el primer teatro estable en Buenos Aires . Hasta 1800, sin embargo, no hubo en el Plata periódicos ni asociaciones literarias. Breves referencias a esta zona de América del Sur pueden hallarse en las historias producidas por los "cronistas oficiales" de la Corona: en la Historia natural y general de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (1535) de
Gonzalo Fernández de Oviedo, en la Historia general de las Indias Occidentales (1601) de Antonio de Herrera y en la historia de las iglesias americanas de Gil González Dávila encargada por el rey. Si conquistadores y encomenderos se transforman en la figura central de la historia de la conquista militar del territorio, la figura del evangelizador se recorta en la abundante documentación a través de la cual las órdenes religiosas fundamentalmente, aquí, jesuitas y franciscanos registran el desarrollo de la "conquista espiritual" de estas tierras.

Una trama trágica de asesinatos, hambre, enfermedad y asedio indígena se enhebra alrededor de la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires en 1536, realizada por la expedición del adelantado
Pedro de Mendoza. Esta trama deviene en asunto privilegiado de las crónicas del Plata y es materia central del "Romance elegíaco" de Luis de Miranda, fraile español integrante de la expedición. Se considera que este romance, fechable entre 1541 y 1546, es la primera producción poética en la región: 150 versos octosílabos de pie quebrado en los que su autor recrea la imagen de las tierras del Plata como una traidora cruel, que se sustrae a la conquista y deglute, en este repudio, seis "maridos" y mil ochocientos hombres. En el poema, el hambre atormenta a los primeros pobladores. Éstos se ultrajan tras un alimento cada vez más degradante (cardos, raíces, estiércol, heces, "carne de hombre", "asadura de hermano") y, a la vez, el lenguaje mismo se corroe hasta transformarse apenas en llanto, tartamudeo o mudez de expedicionarios que se arrastran a través de las calles de una pequeña y desolada ciudad fortín.

En 1555 se publica en Valladolid un libro que reúne, junto con la reedición de los Naufragios de
Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1542), otro texto que elige como protagonista también a Álvar Núñez y se presume escrito por Pedro Hernández, su secretario en el Plata: Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Naufragios era un texto de tono autobiográfico, donde el funcionario real (tesorero del gobernador Pánfilo de Narváez) relataba la singular experiencia de alguien que convive con los indios y realiza un extenso periplo a pie a través de las tierras del sur de los Estados Unidos y México; los Comentarios son, en cambio, el testimonio de su actuación en las tierras del Río de la Plata, registrada por Pedro Hernández, en gran medida una probanza de servicios ante el rey y un alegato de defensa ante el Real Consejo de Indias. Después de sus aventuras en Florida, Álvar Núñez Cabeza de Vaca es designado por la corona "segundo adelantado del Río de la Plata", en reemplazo de Pedro Hernández. Sin embargo, al llegar a las tierras de Asunción, donde se habían refugiado los primeros pobladores de la destruida ciudad de Buenos Aires, la legitimidad de su gobierno es cuestionada y los soldados, encabezados por Domingo Martínez de Irala, se rebelan, lo encarcelan y lo envían a España procesado. Estos hechos dan origen a un texto presentado por Álvar Núñez Cabeza de Vaca ante sus jueces para su defensa en 1552 (Relación general), y a los Comentarios, que se publican tres años más tarde en busca de un público más amplio, donde se hace la crónica de este viaje que lo lleva a internarse en la inhóspita pero asombrosa naturaleza americana, a la vez que a registrar los episodios que rodean su encuentro con las diversas tribus de indios del litoral argentino. Los Comentarios -a la vez que se constituyen como una denuncia de la actuación de Domingo de Irala- apelan desde el comienzo a los "derechos" de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recreando un catálogo de las inversiones económicas y detalles de las tareas de gobierno realizadas, siempre bajo la letra del derecho: pacificación de indios y frailes, "pago" a las tribus indígenas en retribución por sus trabajos y por el alimento del que lo proveen, deslinde de responsabilidades en relación a la muerte de cristianos. La marca de una escritura administrativa se imprime sobre este texto donde, a la vez, se da cuenta de un gobierno realizado fundamentalmente a través de la palabra: apercibimientos, amonestaciones, toma de posesión de la tierra, prohibiciones, requerimientos, instrucciones. Quizás por esto, el desconocimiento de las lenguas indígenas y la necesidad de guías e intérpretes aparece para su protagonista como una zona de conflicto especialmente dramática.

En los Comentarios, así como en la crónica que escribe el soldado alemán
Ulrico Schmidel, Derrotero y viaje a España y las Indias (1567), puede leerse la conflictiva relación que, ya en el siglo XVI, se establece entre las disposiciones originadas en una lejana metrópoli y los procesos autónomos que comienzan a tener lugar en América, procesos que, en gran medida, quedan fuera del control monárquico. Si el texto de Pedro Hernández se escribe desde la perspectiva de una autoridad originada en la corona, que finalmente resulta desconocida, el Derrotero de Schmidel (que toma, también, como núcleo de relato los episodios de la primitiva fundación de Buenos Aires, el incendio de la ciudad, la marcha hacia Asunción, la rebelión contra la autoridad del segundo adelantado) se produce desde la perspectiva de un soldado raso que percibe la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca casi como la usurpación de una autoridad más legítima, surgida de la elección de los mismos subalternos.

El texto escrito originariamente en alemán, posteriormente traducido al latín y finalmente al español recorre los veinte años que Schmidel permanece en estas tierras desde una visión original: para él también las ciudades españolas de Cádiz o Sevilla (puntos de partida) son parte del mundo desconocido. La desnudez de las mujeres charrúas, el recurso desesperado de los indios querandíes de beber sangre, el ímprobo trabajo de los pobladores de Buenos Aires levantando muros un día para verlos desmoronarse al día siguiente, el hambre y la desesperación que lleva a algunos españoles a comerse los caballos y a padecer por ello la horca, y a otros a comer el cuerpo de los ahorcados: infinidad de sucesos como éstos se deslizan bajo su pluma en frases escuetas. El narrador no deja de explicitar en sus páginas su asombro, subrayando que él mismo ha vivido y presenciado esos sucesos; pero también se extraña y maravilla ante la mirada de tribus que jamás habían visto antes a un cristiano o su arcabuz. Schmidel, a través de la letra, organiza un mapa textual de estas tierras, registrando las distancias y el tiempo que lleva cubrirlas, los escollos naturales, el modo de hacer la guerra de los indios; busca quizás un lector que podría seguir sus pasos, guiado por sus páginas. La escritura de este texto persigue, a través de la analogía, atrapar un mundo fugaz en su novedad que a veces aparece en la descripción proliferante de un detalle, mientras otras desaparece ante una frase lacónica que naturaliza el servicio, la tortura o el asesinato de indios. Las crónicas de Pedro Hernández y Schmidel son las más trabajadas dentro de la bibliografía colonial. Sin embargo, como una modalidad particular del género, podría leerse una copiosa literatura administrativa que, en gran parte, permanece inédita en diversos archivos de España.

  • Ricardo Rojas sistematiza esta literatura administrativa en cuatro grandes zonas:

    a) actas y protocolos (retórica formular, propia de la prosa notarial, documentación donde se consigna la vida municipal de las ciudades fundadas en territorio argentino);

    b) informaciones y probanzas (textos cuya escritura se desliza entre la biografía y el discurso judicial, narrando la vida de un conquistador para dar testimonio de servicios o probar acusaciones;

    c) cartas y memoriales (dos variantes del género epistolar, textos donde, de un modo espontáneo, los corresponsales informan sobre episodios de la conquista, denuncian abusos, solicitan reconocimientos);

    d) descripciones y relaciones (una escritura también epistolar sobre asunto geográfico o histórico, cuya escritura se origina en la solicitud del rey o sus Consejos).


La carta remitida por Isabel de Guevara en 1556 a la princesa doña Juana (hija de Carlos V y gobernadora de Castilla y los reinos de ultramar entre 1554 y 1559) es una de las más difundidas y aparece como un ejemplo de esta "literatura administrativa", sobre todo porque abre otra perspectiva alrededor de la cotidianidad de las expediciones conquistadoras.

Isabel de Guevara llega al Río de la Plata junto con la expedición de Pedro de Mendoza. En su carta solicita un repartimiento perpetuo para ella y su marido, en recompensa por los trabajos realizados. El lavado de ropa, la cura de los enfermos y la preparación de alimentos son sólo algunas de las tareas que recayeron sobre las mujeres alega, quienes, al mismo tiempo, hicieron también de centinelas, prepararon las ballestas durante los enfrentamientos con los indios, sargentearon, pusieron orden entre los soldados, acarrearon leña, gobernaron las naves, remaron, arengaron a los hombres, sembraron y salieron en busca de alimento. Isabel de Guevara se presenta en esta carta bajo la figura de una "conquistadora", figura singular en el drama de la conquista. Su reclamo es que, precisamente, a la hora de premiar servicios, las autoridades de Asunción no la hubieran considerado como tal. Más distante de esta prosa administrativa, puede leerse la Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605), escrita por el fraile de la orden de Santo Domingo,
Reginaldo de Lizárraga. Aunque el texto se origina en los viajes que, como visitador de los conventos de su orden el autor realiza a pie desde Lima hasta el Tucumán (recorriendo las comarcas y pueblos de las provincias de Salta, Santiago, Córdoba y Mendoza), su texto casi un libro de viaje- recupera anécdotas y observaciones heterogéneas. El trato que mantiene con gobernantes y prelados, caciques y conquistadores, maestros y bandidos, le permite observar, desde diferentes perspectivas, la sociedad de esos pequeños poblados coloniales entre 1586 y 1591. Sus desplazamientos a pie lo familiarizan con el paisaje, y éste -más que en un espectáculo se transforma en el escenario de una experiencia del espacio y la sociedad americana, a través de la escucha de anécdotas de cautivos, las dificultades para transitar a través del territorio, los asaltos de los indios a las carreteras. La escritura del texto (dedicado al conde de Lemos y Andrada, presidente del Consejo de Indias) acusa una producción a través de la yuxtaposición de fragmentos, escritos en diferentes lugares (Perú, Chile) y épocas (alrededor de 1591 una zona y de 1603 otra). La Descripción del padre Lizárraga puede asociarse con una extensa bibliografía habitualmente denominada bajo la expresión común de textos de la "conquista espiritual" (un uso del término acuñado por el jesuita Antonio Ruiz de Montoya en su libro Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape, 1639). Son fundamentalmente las órdenes de jesuitas y franciscanos las que llevan adelante la empresa evangelizadora en territorio argentino, y estas órdenes como casi todas producían una bibliografía copiosa. En conjunto, ese corpus de obras incluye: vidas de evangelizadores; estudios de diversa índole sobre el ámbito en el que se desarrolla la labor religiosa (ciencias naturales, medicina, geografía, etc., sobre las regiones en las que actúan); cartas denominadas annuas por su periodicidad, o edificantes por su influencia moral; y gramáticas o vocabularios bilingües, escritos por los mismos sacerdotes (en Argentina es particularmente importante la adopción, para la prédica, de la lengua guaraní, hablada por los indios de la región del litoral).

Siglos XVII y XVIII

En 1607, los jesuitas (que tenían su propio modo de distribución del territorio) dividen la primitiva provincia peruana y crean la "provincia paraguaya" con sede en la ciudad "argentina" de Córdoba (esta provincia religiosa comprendía entonces no sólo las tierras argentinas, sino también las chilenas, paraguayas y uruguayas). Desde ese año hasta su expulsión, en 1767, se suceden nueve cronistas oficiales de la orden jesuítica, tres de los cuales resultan particularmente importantes por sus obras históricas: Nicolás del Techo, autor de un libro originalmente escrito en latín y mucho más tarde traducido al español, Historia Paraquariae (1673, 1897); Pedro Lozano con sus Historia de la Compañía de Jesús (1754) e Historia de la conquista (publicada en 1873-75, aunque fue escrita junto con la anterior); y, finalmente, José Guevara, quien escribió la Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, obra inédita hasta que el italiano Pedro de Angelis la publicó en 1836 en su colección de documentos referentes al Río de la Plata. Otras obras de los jesuitas, de especial relevancia para la Argentina, son: Una descripción de la Patagonia y sus adyacencias en Sud América, del padre Tomás Falkner (inglés); Arte y vocabulario, gramática toba, del español Alonso de Barzana; e Historia civil del virreynato del Río de la Plata, del santafecino Francisco Iturri.

Ricardo Rojas señaló el carácter colectivo de la producción intelectual de los jesuitas, a la vez que destacó que "son los libros e instituciones nacidos de la ´conquista espiritual´ los que primero mostraron, en la alianza cristiana de las dos razas, la lenta impregnación". Más recientemente, el investigador Julio Schvartzman analiza en "Entrada misional y correría evangélica: la lengua de la conquista espiritual" (segunda parte del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista, 1987) las operaciones lingüísticas e ideológicas realizadas por los misioneros en sus gramáticas, vocabularios, catecismos y confesionarios bilingües: la vinculación que existe entre una teoría misional específica para estas regiones y la creación de una jurisprudencia sobre repartimientos y encomiendas; el modo en que la labor lexicográfica y gramática va extirpando palabras del vocabulario americano, resemantizando términos, estimulando o imponiendo ciertos préstamos, desalentando otros; el modo en que la lengua de conquista fue ocupando posiciones ideológicas dominantes en la lengua conquistada. La conquista espiritual tuvo como objeto imperar sobre los cuerpos de los indígenas pero, ante todo, sobre sus costumbres, su lengua y sus credos. Las empresas de los conquistadores al Río de la Plata, en cambio, persiguieron con perseverante confianza la quimera de fabulosas riquezas de oro y plata, jamás encontradas. La literatura, a la vez que da cuenta del desencanto de tantos aventureros soñadores, lexicaliza esta fantasía en un nombre, "Argentina" (del latín, argentum, que significa ´plata´) con el que el clérigo Martín del Barco Centenera titula un extenso poema publicado en Lisboa en 1602: Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros acaescimientos de los Reynos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, texto comúnmente conocido como La Argentina. El poema de Centenera (estructurado en veintiocho cantos y compuesto por más de diez mil versos endecasílabos, dispuestos en octavas reales) acuña así el nombre de estas tierras, al tiempo que se ofrece no como obra lírica, sino como una "historia" veraz. "Poema histórico", en parte reitera los sucesos narrados por Luis de Miranda, Ulrico Schmidel y Pedro Hernández, pero se remonta también al descubrimiento del Plata y se extiende hasta la segunda fundación de Buenos Aires por Juan de Garay (1580), héroe paradigmático de este texto, como lo era Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el de Pedro Hernández, y Domingo de Irala en el de Schmidel. Esta intención histórica está subrayada por las numerosas notas en prosa del autor, donde el texto se expande en precisiones o citas de fuentes. Sin embargo, el objetivo de "hacer historia" se cruza con la incorporación de episodios cuya lógica parece guiada por un recorte autobiográfico, haciendo derivar el texto hacia sucesos que tienen lugar en Perú -como la realización del primer concilio de Lima o un maremoto en el Callao-, episodios cuya inclusión se asienta en la fuerza del "yo vide". La inserción de relatos fantásticos, de leyendas y mitos de probable origen indígena y la transfiguración de sucesos, a través de hipérboles, corroen también la intención histórica, en fragmentos donde el poema se desliza hacia la invención. El carácter épico que busca la descripción de hazañas militares y combates se construye sobre la asimetría entre caciques indios que el texto evoca por sus nombres pero presenta invariablemente como traidores, siempre en fuga, y una heroicidad incuestionable por parte de los conquistadores españoles. La toponimia del Río de la Plata, con sus voces de origen indígena, se encabalga en estos versos junto a las referencias a la mitología clásica. "Poema del desencanto", según el rótulo propuesto por el crítico David Viñas, los sueños de oro y plata se revelan finalmente de piedra y barro.

Bajo un título similar La Argentina manuscrita, el militar
Ruy Díaz de Guzmán finaliza en 1612 un escrito que deviene en la primera historia argentina. Este texto permaneció inédito durante más de dos siglos. Fue un italiano, el ya mencionado Pedro de Angelis, residente de Buenos Aires, quien, en 1835, lo publicó por primera vez en el interior de una importantísima y fundacional colección de documentos referentes al Río de la Plata. Ruy Díaz de Guzmán, mestizo, es el primer escritor criollo que, al proponerse escribir una historia, está investigando y narrando el pasado de su patria en una lengua nacional, producto del proceso de cruce entre el español peninsular y las lenguas indígenas. Hijo de padre español (Alonso Riquel de Guzmán) y madre india (Úrsula Irala), la genealogía de Ruy Díaz de Guzmán condensa gran parte de las tensiones que atravesaron el proceso de conquista y colonización americana. Ruy Díaz es nieto de Domingo de Irala y una de las siete indias paraguayas con las que éste convivió por rama materna, y sobrino nieto de Álvar Núñez Cabeza de Vaca por rama paterna. Encomenderos e indias, pues, se cruzan en su genealogía, al igual que enemistades políticas casi míticas (la de Irala y Álvar Núñez). Incluso el matrimonio de sus padres fue un recurso ideado para transformar a un enemigo político en yerno: Alonso Riquel, próximo a ser ejecutado por intentar el asesinato de Irala, recibe por parte de éste la promesa de un indulto si acepta el enlace con Úrsula, una de sus hijas mestizas.

La Argentina manuscrita está precedida por una dedicatoria al duque de Medina Sidonia como "fruta primera de tierra tan inculta y estéril y falta de educación y disciplina". El autor, orgulloso de sus ascendientes españoles, silencia su otro origen, el indígena, y como gesto ofrece el texto al destinatario aristócrata.

A pesar de que el manuscrito original se ha perdido, el libro se conoce a través de varios códices. Entre ellos se registran divergencias, pero todos concuerdan en la división del texto en tres partes: la primera comienza con el descubrimiento del Plata hasta la actuación de Irala; la segunda se inicia con la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y finaliza con la del obispo Latorre; la tercera abarca el período entre 1555 hasta la fundación de la ciudad de Santa Fe. Se maneja la hipótesis de que existía todavía una cuarta parte, pero de ser así, fue extraviada. Si un plan certero de investigación y exploración en el pasado guía la escritura de esta historia, ésta incluye también episodios de veracidad incierta: son estos episodios, precisamente, los que mostrarán una indudable productividad literaria. Los capítulos XII y XIII narran la historia de "La Maldonada", una mujer que, desesperada por el hambre, abandona el fuerte, auxilia a una leona en su parto y es defendida y cuidada por ella cuando las autoridades -en castigo por el abandono del fuerte la atan a un árbol a leguas de la ciudad para que perezca de sed y hambre. Esta trama será recreada en el siglo XIX, aunque no con la recurrencia con que se reescribe la historia de Lucía Miranda (capítulo VII), una española que provoca la "pasión desordenada" de uno de los caciques indios. Este amor según el relato de Guzmán- desencadena primero la destrucción del fuerte fundado por Sebastián Gaboto y el asesinato de los españoles que lo ocupaban, sólo con el objeto de secuestrar a Lucía, quien tiempo después muere en una hoguera, castigada por el cacique que no pudo tolerar que ésta no lo amara, mientras el marido español (Sebastián Hurtado) era "fusilado" a flechazos.

En "Conquista y mito blanco", primera parte del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista (1987), la investigadora Cristina Iglesia analiza el mito de Lucía Miranda y las diversas reescrituras que, a lo largo de varios siglos y en géneros muy diferentes (el teatro, la crónica, la novela), se realizaron a partir de su inclusión en La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán. El equilibrio imposible entre las razones blancas y las razones indias -propone Cristina Iglesia- se conjuga en el mito de una cautiva blanca que nace, en la literatura argentina, sobre la abrumadora realidad de la cautiva india. (La figura de la cautiva blanca será retomada, en el siglo XIX, por los escritores
Esteban Echeverría, Lucio V. Mansilla, Eduardo Mansilla; y en el XX por Jorge Luis Borges y César Aira, entre muchos otros)

Si el "Romance elegíaco" de Luis de Miranda y La Argentina de
Barco Centenera resultan las primeras producciones en verso de la literatura colonial, el cordobés Luis de Tejeda (1604-1680) puede ser considerado el primer poeta argentino. Hijo de un rico encomendero, Tejeda tuvo una educación cuidada en el colegio de los jesuitas: fue militar en los primeros años de su juventud y, ya viudo y con sus cinco hijos lejos, entró de lego en el Convento de Predicadores, para dedicarse a la vida religiosa. Escribió una obra en verso, El peregrino en Babilonia, probablemente hacia 1663, y una serie de poesías de carácter religioso comúnmente denominadas bajo el título Poesías místicas. Según su propio testimonio, debió de dedicarse a la producción poética desde su juventud, pero estas obras fueron publicadas por primera vez en 1916, cuando Ricardo Rojas las descubre; hasta este año, sus versos circularon a través de unas pocas copias manuscritas.

El peregrino en Babilonia es una suerte de confesión autobiográfica en verso. El sujeto poético recuerda las aventuras eróticas de su juventud, en episodios casi novelescos donde se narran las peripecias que rodean sus conquistas y amoríos -aun después de haber contraído matrimonio y su vida militar en enfrentamientos contra los holandeses que habían invadido Buenos Aires (1625), portugueses y distintas tribus de indios. Suerte de confesión pública de intención didáctico-moralizadora, a esta zona del poema escrita a modo de romance (1332 octosílabos), le suceden versos más solemnes (silvas que reúnen endecasílabos y heptasílabos rimados), que evocan su conversión y arrepentimiento; el tono lírico sucede entonces al tono narrativo del comienzo.

Manuel José de Lavardén (1754-1810) es la figura literaria más representativa de la Buenos Aires virreinal. En 1778, de regreso de la Universidad de Chuquisaca, se presenta ante los círculos porteños con un Discurso en el colegio carolino. En 1786 escribe una "Sátira" contra el ambiente literario de Buenos Aires, donde se expresan las tensiones entre la ausencia de un ambiente cultural la ciudad porteña y el hueco prestigio de los versificadores de Lima: "Pues cualquier mulatillo palangana/ con décimas sinnúmero remite/ a su padre el Márqués una banana". En 1789 estrena en el teatro recientemente creado por el virrey
Vértiz la primera pieza dramática "argentina", que lleva por título Siripo. La obra (hoy en gran parte extraviada, a excepción de un segundo acto) recrea el mito de Lucía Miranda y se presenta con un éxito persistente, pues todavía varios años más tarde (1813, 1816) continúa siendo representada en los teatros de Buenos Aires y Montevideo. El 1º de abril de 1801, en el primer periódico de Buenos Aires, El telégrafo mercantil, se publica su poema más famoso, la "Oda al Paraná", texto neoclásico donde se incorpora a la vez la geografía rioplatense e invocaciones a los monarcas españoles. En 1801, también, Lavardén escribe el Nuevo aspecto del comercio en el Río de la Plata, ensayo de economía política.

Innumerables coplas, décimas, letrillas, romances, cielitos y glosas (en gran parte anónimas) circularon, reunidas en lo que se suele englobar como "Cancionero de las invasiones", a raíz de los ataques de los ingleses a Buenos Aires (1806-1807) y la reconquista de la ciudad, episodio que dio lugar, por ejemplo, a un "Romance" del padre
Pantaleón Rivarola.

En 1824, Ramón Díaz publica una antología de poesías (muchas anónimas, otras de poetas ocasionales o con una obra moderada) donde recopila parte de una tardía producción poética virreinal y de los primeros años de la independencia. En ruptura con la cronología, La lira argentina se inicia y se cierra con dos textos de Vicente López y Planes (1785-1856): se inaugura con el "Himno Nacional" (1813) y se clausura con "El triunfo argentino" (1808), oda a través de la cual el autor celebraba la victoria sobre el invasor británico
 

Siglo XIX - Las primeras décadas (1800-1830)

Las primeras décadas del siglo XIX, a la vez que exponen el desarrollo de una intensa vida cultural, estimulada por la lucha contra el invasor inglés y el proceso de emancipación de España (25 de mayo de 1810 - 9 de julio de 1816), revelan también una fuerte continuidad con la cultura colonial: paradójicamente, por ejemplo, la poesía patriótica que clama contra España asume modulaciones neoclásicas o muestra la fuerte impronta española de autores como Quevedo, Góngora, Calderón, Jovellanos, etc. En esas décadas persiste opacado el influjo barroco y gongorista, que convive con el prestigio de la normativa neoclásica y la seducción por el pensamiento iluminista.

Desde 1801 se organizan diversos tipos de sociedades de corte liberal sobre el modelo de las sociedades filantrópicas europeas: la Sociedad Patriótica y Literaria (1801), editora del periódico el Telégrafo Mercantil; la Sociedad Patriótica (1811), que se reunía en el café de Marcos y apoyaba la política de Mariano Moreno; la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro (1817), destinada a fomentar la creación dramática bajo el lema "El teatro es instrumento de gobierno" e intentaba asociar, a través de la escena, los triunfos militares de la revolución con un público popular; la Sociedad Valeper de Buenos Aires (1821); la Sociedad de Amigos del País (1822), que publicó el periódico El ambigú, de Buenos Aires; La Sociedad Literaria de Buenos Aires (1822), editora del periódico El argos, de Buenos Aires, y de la revista La abeja argentina. La emergencia de estas sociedades coincidió con una incesante producción de periódicos y revistas que, aunque de circulación efímera, acompañaban las diversas coyunturas políticas y, a la vez, creaban un canal de difusión para una emergente literatura nacional; sin hacer un catálogo de ellos, baste decir que entre las décadas del veinte y el treinta circularon en Buenos Aires casi dos centenares de hojas, diarios y periódicos.

Entre los poetas llamados "de la revolución", porque sus textos tenían como objeto fundamental la difusión de triunfos militares o la celebración de acontecimientos patrióticos -casi siempre a través de una retórica formular, conservadora, que apelaba a referencias mitológicas- pueden citarse a
Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823), José A. Molina (1772-1838), Juan Ramón Rojas (1784-1824), Vicente López y Planes, Esteban de Luca (1786-1824). Entre los ensayistas y políticos más importantes, se destacan Mariano Moreno (1778-1811) con su Representación a nombre de los hacendados (1809) y sus ensayos periodísticos; Bernardo Monteagudo (1787-1825), con su prosa polémica; y la oratoria política de Castelli.

Si los escritores mencionados son protagonistas literarios de las luchas por la emancipación política de España, un poco más tarde, en la década del 20 y como parte de una nueva promoción de jóvenes liberales, se destaca el poeta y periodista
Juan Cruz Varela (1794-1839), un ferviente defensor de la política de Bernardino Rivadavia. En 1823 escribió una tragedia, Dido, en romance endecasílabo, que dramatizaba el libro IV de la Eneida; un año más tarde, otra tragedia de corte clásico, Argia, ambientada en la ciudad de Tebas. En 1831, ya exiliado, Juan Cruz Varela publica en Montevideo sus Poesías, una colección que recopila tempranos versos amatorios, textos de corte épico exaltando las acciones militares de los revolucionarios de la independencia-, poesías "civiles" destinadas a celebrar los progresos de Buenos Aires o las reformas liberales introducidas por Rivadavia, invectivas contra el gobernador Juan Manuel de Rosas. El libro mismo, a través de los diversos temas escogidos (no de su unánime retórica) puede leerse como representativo de los pasajes que se están operando en la literatura argentina.
 

GENERACIÓN del 37

La denominación habitual de "Generación del 37" para designar grupalmente a escritores como Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, José Mármol, oscurece, bajo la forma de cierta unidad sin fisuras, la heterogeneidad de los escritores a los que se alude. En términos generales, sin embargo, es cierto que los escritores proyectaron una sólida imagen como generación, presentándose a sí mismos como ciudadanos, jóvenes y exiliados, tres figuras muy instaladas en el imaginario europeo de comienzos del siglo XIX (a través de asociaciones como la Joven Italia o la Joven Europa), o de los escritos de los diversos exiliados en el interior del continente europeo (los españoles liberales, los aristócratas franceses).

En 1837, en la librería porteña de
Marcos Sastre, se constituye el Salón Literario, espacio donde escritores como Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi realizan lecturas de sus ensayos. Cada uno de los trabajos muestra la focalización en la patria como objeto central de reflexión y la convicción de que son los escritores quienes deben asumir la tarea de pensar un destino para el país naciente. La modificación de las costumbres, la propuesta de un sistema legislativo y constitucional coherente, la búsqueda de una teoría política, la necesidad de crear una literatura nacional son algunas de las cuestiones que preocupan a estos intelectuales. "Busco una razón argentina dice Esteban Echeverría y no la encuentro". La reflexión toma dos direcciones: por un lado para observar al pueblo (al que se busca educar y dirigir, a la vez que se lo registra como una turba semisalvaje); por el otro, hacia una teoría de gobierno, cuyo propósito inmediato sería concluir definitivamente con la anarquía política y la improductividad económica. Estos intelectuales se miran a sí mismos como "hijos de los héroes de la independencia" y se arrogan la tarea de alcanzar la emancipación intelectual para concluir la tarea comenzada en mayo de 1810 por la emancipación política: a la etapa desorganizadora y destructiva de la espada -sostienen-, debe sucederle la de la inteligencia, la razón y la letra. El énfasis sobre la necesidad de una adaptación de las ideas europeas para resolver los problemas específicamente americanos y la búsqueda de cierto pragmatismo político mensura la distancia que quieren instaurar respecto de los liberales rivadavianos de la década del veinte (unitarios), con los que mantienen un enfrentamiento soterrado que por momentos explota en rótulos que los congelan como la "ignorancia titulada" o la "vejez impotente", aunque en general deban buscar alianzas con ellos.

La posición frente al gobierno de
Juan Manuel de Rosas, en cambio, resulta todavía vacilante en el Salón Literario. Mientras unos tientan la asunción de su figura como la del "gran hombre", destinado a pacificar y unificar a la nación, otros, ya con reticencias, señalan que ese rol está aun vacante. El Salón Literario, si bien se desarrolló por pocos meses en un ámbito limitado, porteño, resulta representativo de las discusiones que otros intelectuales, como el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, estaban llevando adelante en otras provincias argentinas. En los años posteriores, sobre todo después de 1840, los escritores de esta generación, proscriptos por Rosas, irán partiendo uno a uno hacia el exilio y se refugiarán en las ciudades de Montevideo (ciudad uruguaya donde se congregará el mayor número de exiliados), Santiago de Chile, Río de Janeiro (Brasil), en el vecino país del norte, Bolivia, o en Perú, según la zona del país desde la cual se exilien.

Si el exilio y la discusión en común de un destino para la nación agrupa a estos escritores como generación, el otro gran factor aglutinante será la adscripción generalizada a la estética romántica. La relación ya la había precisado Víctor Hugo en una frase que circuló mucho entre los intelectuales argentinos: "El romanticismo, si se lo considera en su aspecto militante, no es otra cosa que el liberalismo en literatura". En esta frase vieron los escritores una síntesis que abarcaba también otra de sus búsquedas: la libertad formal en literatura, a través de la emancipación de la opresiva normativa retórica de los neoclásicos; la libertad temática que les permitiera alejarse de la transitada mitología clásica para prestar mayor atención a asuntos nacionales y americanos.

Esteban Echeverría, de regreso en 1830 de su viaje a Europa, difunde en el Río de la Plata la producción de los románticos europeos (Schlegel, Staël, Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Scott, Byron). Él mismo, en el marco de esta elección estética, publica tres libros en verso a lo largo de la década del treinta: Elvira o la novia del Plata (1832), Los consuelos (1834) y Rimas (1837), donde incluye uno de sus textos más importantes, "La cautiva". En el exilio publica también La insurrección del Sur (1837), en 1842 el poema "La guitarra" y su continuación, el largo poema El ángel caído; más tarde el Avellaneda dedicado a Alberdi, sobre el proyecto y el itinerario de Marco Avellaneda, quien intentó organizar una Liga del Norte para derribar a Rosas.

José Mármol, a lo largo de las décadas del cuarenta y cincuenta, publica también durante su exilio en Montevideo poemas románticos que se difunden primero a través de periódicos y luego en libros: El peregrino (1846-1847), Armonías (1851) y Poesías (1854); obras teatrales en verso: El poeta (1842) y El cruzado (1842).

Es la producción poética la que, durante esos años, consolida los prestigios literarios: los escritores entienden ante todo la literatura como poesía. La prosa, en cambio, resulta para ellos instrumento de pensamiento y arma de combate político. Sin embargo, tanto
Esteban Echeverría como José Mármol, trascienden más por sus obras en prosa que por sus versos: Echeverría, a través de un relato escrito probablemente hacia 1839 que no publicó en vida, El matadero; José Mármol, a través de una novela política, Amalia, publicada por entregas en 1851 y, como libro, en 1855. Estos dos textos, marcados por la lucha contra el tirano Rosas, con fuertes adscripciones políticas, se apartan de la estética romántica cuando representan el universo de sus enemigos rosistas. El detalle realista irrumpe entonces para retratar al pueblo adicto a Rosas y a sus funcionarios, y degradarlos a través de su pintura. Paradójicamente, esta inmersión en el mundo de sus enemigos los lleva a explorar y a descubrir las modulaciones de la estética realista, desvío que para el lector contemporáneo del siglo XX se transforma en su mejor hallazgo, porque redunda en una mayor eficacia y originalidad literarias. La historia de la literatura argentina lee, aun hoy, en El matadero difundido en 1871 por un discípulo de Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, (1809-1878) el origen del género narrativo en la Argentina, mientras en Amalia vislumbra los orígenes de la novela.

El género novelístico tuvo, hasta la publicación de Amalia en 1851, algunos exponentes poco significativos, o bien porque la circulación de los textos fue muy acotada o porque su eficacia literaria resulta escasa: hacia 1788 el cordobés Miguel Learte escribe Las aventuras de Learte (publicada por primera vez en 1927), mientras en 1822 Juan Justo Rodríguez escribe Alejandro Mencikou, príncipe y ministro del estado ruso, sabio en la desgracia y ayo de sus hijos, dos curiosidades bibliográficas desconocidas -en general- para el lector argentino. Apenas más atención merecieron las incursiones novelísticas de Juana Manso (Los misterios del Plata, 1851; y La familia del comendador, 1854), las novelas de Miguel Cané padre (Esther, 1851; Una noche de bodas, y La familia Sconner, 1858) y las de los historiadores Bartolomé Mitre (Soledad, 1847) y Vicente Fidel López (La novia del hereje, 1846; y La loca de la guardia, concluida en 1890). Aunque pueden rastrearse muchos otros exponentes secundarios del género, habrá que esperar hasta la década del ochenta para encontrar un proyecto novelístico del relieve de la Amalia de
José Mármol.

Tampoco, curiosamente, proliferan los relatos. Si la postulación de El matadero de
Esteban Echeverría como primer cuento argentino no es producto de una fatalidad cronológica sino de una operación crítica, apenas podrían citarse hacia esos años los cuentos de Juana Manuela Gorriti (1819-1892) recopilados en Sueños y realidades (1865) -hasta la década del ochenta, única escritora que perseveró en el género-; alguna incursión de Bartolomé Mitre ("Memorias de un joven botón de rosa", 1848) o de  ("Tobías o La cárcel a la vela", 1851; y "Peregrinación de Luz del día", 1878); y textos que encuadran mejor en el marco del género de costumbres como "El hombre hormiga" (1838), de Juan María Gutiérrez. En 1838, ya cerrado el Salón Literario, se funda La Asociación de Mayo. A Esteban Echeverría se le encomienda redactar el programa de la asociación, llamado Código o Declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina, luego difundida con el nombre de Dogma socialista de la Asociación de Mayo. Este texto, junto con el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, difundido por el escritor tucumano Juan Bautista Alberdi en el Salón Literario el año anterior, resultan fundamentales como condensación del pensamiento de la generación. Alberdi en 1837 también publica en el periódico La Moda, una serie de artículos de costumbres, bajo el pseudónimo de "Figarillo", homenaje al muy admirado escritor español Mariano José de Larra, que escribía usando el pseudónimo de "Fígaro". En realidad, el ensayo sobre derecho y los artículos de costumbres de Alberdi podrían pensarse como dos caras de la misma búsqueda: siguiendo a Tocqueville, desde la perspectiva de Alberdi, la letra del derecho debe asentarse sobre las leyes no escritas de las costumbres; y si en el Fragmento hace propuestas teóricas, en los artículos busca reformar las leyes no escritas, reformando a sus lectores a través de la sátira y el ridículo. Alberdi escribe también obras dramáticas (La revolución de Mayo y El gigante de Amapolas) e incursiona en el relato, pero son sus ensayos los que más se destacan: en 1852 luego de la caída de Rosas escribe un texto fundamental en el derecho constitucional argentino, Bases y puntos de partida para la organización nacional, entre muchos otros textos como Elementos de derecho público provincial para la República Argentina o El imperio del Brasil ante las democracias de América (1869).

Sin duda uno de los escritores más importantes del siglo XIX argentino es el escritor sanjuanino
Domingo Faustino Sarmiento. En su ciudad natal Sarmiento se adhirió a la Sociedad Literaria, filial de la porteña asociación de Mayo, aunque en parte su pensamiento y su escritura adoptaron rasgos divergentes a los de Alberdi y  Echeverría. Desde muy joven se desenvolvió como periodista y maestro (fundó un colegio de señoritas y se inició escribiendo en el periódico El Zonda) y en 1840 se exilia en el país limítrofe de Chile, donde en 1842, junto a V. F. López, funda nuevamente un periódico, El Progreso. La obra de este escritor es extensísima (sobre todo su labor periodística) y, en este sentido, es importante recordar que la edición de sus obras completas ocupa cincuenta y dos gruesos volúmenes. Entre sus libros más importantes pueden destacarse tres de carácter más profundamente autobiográfico, aunque la crítica literaria ha señalado con frecuencia que casi la totalidad de la escritura de Sarmiento puede leerse como una autobiografía: Mi defensa (1843), Recuerdos de Provincia (1849) y Vida de Dominguito (1886). Es en estos textos donde Sarmientoorganiza con mayor intensidad su figura de intelectual y escritor, aunque esta imagen está también muy presente en sus biografías de caudillos provinciales: Vida del general Fray Félix Aldao (1845), El Chacho, último caudillo de la montonera de los llanos de La Rioja (1886) y en uno de sus libros más importantes por la incidencia persistente que tuvo sobre la cultura argentina, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, más tarde conocido simplemente bajo el título de Facundo. En Aldao y Facundo el escritor, a través de la biografía de los caudillos protagonistas, desarrolla una versión de la historia patria mientras, a la vez, alude en forma militante contra Juan Manuel de Rosas. La dicotomía "civilización y barbarie" (que titulaba la vida de Facundo Quiroga en su primera edición) organiza otras polarizaciones: la ciudad en confrontación con la campaña, los federales con los unitarios y en última instancia a Rosas con el mismo Sarmiento. Este modo dicotómico de sistematización de la sociedad argentina, aunque corroído en la escritura del texto por la fascinación que, a la vez, le provoca la figura de su biografiado, será uno de los modelos que con más ardor se adoptarán o impugnarán en la historia de la cultura argentina. Sarmiento publica en 1849 sus Viajes en Europa, África y América, donde reseña las impresiones que le suscita el periplo emprendido desde Chile en 1845. Entre las cartas que integran ese volumen de viajes resulta especialmente sugestiva la que remite desde España. Como gran parte de la generación del 37, Sarmiento visualiza en la antigua metrópoli el origen del mal nacional. Pero interesa en ella sobre todo su escritura, porque allí el escritor adopta la pose de un inquisidor americano y pone en marcha los mecanismos que a la vez denuncia: España es escudriñada a través de una maquinaria de interrogatorios, imputaciones y hostigamientos, porque en ella se está también mirando un mal que marcó a la patria americana y no puede ser removido en su presente. Si en la carta a España Sarmiento lee las limitaciones que impone la historia a las antiguas colonias americanas, en Francia ve desmoronarse un modelo; en África rebusca, en cambio, analogías con América, mientras en Estados Unidos redescubre los brillos de un nuevo modelo político y económico. Parte de ese deslumbramiento todavía reluce en su libro Argirópolis (1850).

La caída de Juan Manuel de Rosas en febrero de 1852 apenas logra sosegar al incansable Sarmiento. El mismo año publica su Campaña en el ejército grande, texto donde narra su conflictiva relación con el caudillo que venció a Rosas, Urquiza. Nuevamente exiliado en Chile, mantiene (también en 1852) una de las más estruendosas polémicas del siglo XIX con Juan Bautista Alberdi, a través de cartas: las de Sarmiento se publican bajo el título de Las ciento y una, mientras las de Alberdi se imprimen como Cartas quillotanas.

Entre 1862 y 1864
Sarmiento es gobernador de la provincia de San Juan; renuncia y parte hacia los Estados Unidos como ministro plenipotenciario; en 1868, de regreso a su país, confirma durante el viaje en barco que ha sido elegido Presidente de la República. Su obra se hace cargo, todavía, del ambiente intelectual de la década del ochenta: Conflicto y armonía de las razas en América (1883) redefine, desde una perspectiva positivista, una descripción de la Argentina, pensada -esta vez- a través del drama del enfrentamiento de la raza blanca y la indígena, a través de las leyes de la herencia.

Siglo XIX - LA POESÍA GAUCHESCA

La gauchesca fue señalada, por críticos como Ricardo Rojas y Ángel Rama, como un sistema "paralelo" que se desarrolla a lo largo del siglo XIX. Es, en cierto modo, el gran género de la literatura argentina (con un trabajo específico sobre la lengua y sobre las formas), aunque al mismo tiempo es un género que resultó por mucho tiempo ilegible como literatura. Sin modelo europeo, la gauchesca nace y alcanza su plenitud en el siglo XIX y presenta dos rasgos que, en su simultaneidad, la definen contradictoriamente. Por su materia y por su pretensión mimética de la oralidad rural, remite a prácticas, saberes y decires tradicionales. Por su sistema de circulación, por su cruce con los grandes problemas sociales y políticos de su tiempo y por las operaciones que realiza en y con la lengua, se diría que está por delante de otras formas literarias coetáneas con las cuales, sin embargo, siempre parece colocarse en una posición de minoridad. La operación que define a la literatura gauchesca es la cesión, por parte del autor, de la voz al personaje gaucho. Esta lengua gauchesca en verso no es -como con sagacidad señaló Jorge Luis Borges- una mímesis de la lengua hablada por los gauchos como sujetos sociales, sino un producto retórico y literario, creado en y por el género. Se afirma que la gauchesca organiza un sistema literario paralelo porque, a pesar de que el texto más reconocido es el Martín Fierro (1872-1879) de José Hernández, hay una línea de textos y autores que organizan una tradición propia, desde las primeras hasta las última décadas del siglo XIX, aunque en muchos casos se trate de producciones anónimas. Un breve itinerario del género podría iniciarse en el virreinato. El canónigo Juan Baltazar Maciel (1727-1788) escribe en 1777 el romance "Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. señor don Pedro de Cevallos". El poema se aparta de la lírica culta para tentar una veta popular. Sus primeros versos ("Aquí me pongo a cantar / debajo de aquestas talas") presentan una fórmula que será común a la gauchesca y que llegará ya consagrada hasta el Martín Fierro.

Los textos de Bartolomé Hidalgo (1788-1822) fueron clasificados según dos especies genéricas diferentes: los diálogos y los cielitos. El cielito proviene del estribillo "cielo, cielito, cielo", con numerosas variantes en su formación lírica. A través de ellos Hidalgo desarrolló su poesía militante durante las luchas por la independencia entre 1811 y 1816. Los diálogos (1821 y 1822), más escenográficos, presentan interlocutores gauchos que conversan (Jacinto Chano y Ramón Contreras) y una estructura más o menos similar: una introducción y una plática confidencial entre la gente del pueblo. Hidalgo deja marcado el camino para otras expresiones gauchescas. En la década del veinte pueden registrarse, funcionando en el interior del sistema gauchesco, los periódicos encendidos del Padre Castañeda; en la década del treinta los de Luis Pérez, rosistas, acompañan la lucha de facciones: El Torito de los Muchachos, El gaucho, La gaucha, El negrito, El toro del once, etc.

Hubo, también, gauchesca unitaria, a través de
Hilario Ascasubi (1807-1875), versos que el autor recopiló en 1872 bajo el título Paulino Lucero (del período 1839-1851) y Aniceto el gallo (del año 1854 e inéditos). Una obra significativa es el Fausto (1866) de Estanislao del Campo, texto paródico, en el que Anastacio el Pollo relata a su compadre Laguna, como si se tratara de sucesos verdaderos, lo que ha visto en una representación del Fausto en el teatro Colón.

En 1872
José Hernández (1834-1886) publica, con inesperado suceso, el mayor exponente del género, El gaucho Martín Fierro. Siete años más tarde, en 1879, presenta la edición de La vuelta de Martín Fierro. Aunque son muchos los relatos y novelas que toman como protagonistas de sus obras a personajes gauchos, por ejemplo Eduardo Gutiérrez en sus folletines, estos textos, llamados criollistas construyen sólo de una manera muy limitada (a través de algunas voces o giros) una voz del gaucho.

Siglo XIX - GENERACIÓN DE 80

Los escritores y la época

El período de luchas y de divergencias políticas que siguió a la derrota de Rosas llegó a su término el 21 de setiembre de 1880, cuando un congreso en minoría, reunido en el pueblo de Belgrano, sancionó una ley que declaraba a la cercana ciudad de Buenos Aires capital de la República Argentina. Había llegado a su fin un viejo pleito entre porteños y provincianos y se iniciaba una nueva época en nuestra evolución histórica, con grandes cambios en el panorama material y cultural. Ese mismo año ocupó la presidencia el joven militar Julio Argentino Roca que dispuso asentar al país sobre nuevas bases. Desde esa época el crecimiento de Buenos Aires fue asombroso. En la década comprendida entre 1880 y 1890, la población de la capital aumentó en un 84 por ciento, mientras que en el resto del país, sólo creció en un 29 por ciento. La gran ciudad absorbió riquezas y derechos en perjucio de las provincias y dio origen a un desequilibrio que es visible en la época actual. Las sucesivas oleadas de inmigrantes se detuvieron en Buenos Aires,mientras que sólo en escasa proporción esos europeos avanzaron sobre la desolada campaña para poblarla.

El gobierno y los cargos públicos de importancia fueron ocupados por una minoría con capacidad ejecutiva y mentalidad semejante al antiguo despotismo ilustrado, que se propuso engrandecer al país sin que el pueblo participara con sus decisiones. De ideología liberal y progresista, partidaria de la cultura europea, la minoría dirigente emprendió su labor con el lema de paz y administración para fomentar el desarrollo en todas sus manifestaciones, desde la conquista del desierto en poder de los indios y el trazado de vías férreas, hasta la radicación de capitales extranjeros.
En torno a la epoca de la federalización de Buenos Aires, un grupo de escritores se destaca en este período de la nación organizada, al lado de las personalidades sobrevivientes de la proscripción. Casi todos ellos participaron en política por medio de la pluma o en importantes cargos públicos y otras veces, su actividad literaria fue un mero pasatiempo. Se los conoce como integrantes de la generación del 80 porque sus principales figuras alcanzaron la madurez a partir de ese año de profundos cambios, que convirtieron a la "gran aldea" de Buenos Aires, en una ciudad cosmopolita.

Siempre resulta difícil agrupar con categoría absoluta y bajo un común denominador acontecimientos de carácter cultural, por esto, el concepto de generación ha sido discutido y aun negado por estudiosos de mérito. En el aspecto literario, se parte del principio que los escritores nacidos y educados dentro de una misma época y que actuaron bajo semejantes influencias políticas, sociales y económicas, reflejan en sus obras una unidad de criterio de acuerdo con el período cronológico en que desarrollaron su actividad. No siempre se encuentra respuesta positiva a este principio, y además, es sabido que algunas figuras sobrepasan con su prestigio los límites cronológicos de una época literaria o científica.

Con todo y sometiendo el concepto de generación a cautelosos reparos, puede admitirse que en torno al eje cronológico del año 1880, actuó en nuestro país una pléyade de intelectuales que dieron una fisonomía característica a las letras y a la política y que se conoce con criterio muy amplio como la generación del 80.

Integran el grupo literario más importante Miguel Cané, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López (1848-1894), Eugenio Cambaceres, Martín García Mérou, José S. Alvarez con el seudónimo de Fray Mocho y Paul Groussac. No tan representativo de la época, pero un gran valor dentro de nuestras letras fue el riojano Joaquín V. González. También debe citarse a los parlamentarios católicos José Manuel Estrada y Pedro Goyena. Con respecto a los poetas, integran entre las figuras representativas del 80 una segunda generación romántica. Puede mencionarse a Ricardo Gutiérrez, Olegario V. Andrade (1839-1882), Rafael Obligado y Carlos Guido y Spano . Aunque perteneciente por su edad a la generación del 80, pero apartado de ella, figura el poeta de los humildes, Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) conocido con el arrogante seudónimo de Almafuerte y sin duda, una de las más discutidas y desconcertantes personalidades de nuestra literatura.

Caracteres de la generación literaria

Ricardo Rojas agrupó a los escritores de la generación del 80 con el título de prosistas fragmentarios debido a la falta de continuidad en sus pensamientos, reflejado en obras carentes de unidad orgánica. Fueron hombres de mundo que viajaron a Europa y alternaron las amenas conversaciones de los elegantes clubes con los libros y la labor política e intelectual. Escribieron ensayos, artículos periodísticos, recuerdos autobiográficos, anécdotas, breves narraciones y juicios sobre la época en que vivieron. No fueron autores de obras doctrinales, ni tampoco dejaron investigaciones ni largas novelas. En su gran mayoría pertenecieron a la clase social gobernante y su mentalidad y posición económica les hizo admirar la cultura europea, con sus tesoros artísticos y su mundana sociabilidad. Muy idealistas, abrazaron con vehemencia las ideas liberales y el positivismo, mientras algunos de ellos al ocuparse de la historia patria trataron de demostrar el fracaso de los grandes proyectos de la generación anterior. Negaron principios y creencias de la mayoría y con escepticismo sostuvieron un cambio en el rumbo social y cultural de la Argentina.

Sobre la generación del 80 escribió Carlos Ibarguren: "Fue de escépticos y de materialistas, cuyo pensamiento seguía la acción cambiante y apresurada de un país en formación y de una sociedad que evolucionaba. El positivismo filosófico, las corrientes científicas predominantes a fines del siglo pasado, el enorme desarrollo industrial y económico europeo, las masas de hombres y de oro que empezaron a venir a estas playas, trasformando velozmente nuestra tierra, dieron al núcleo director argentino la visión utilitaria y sensual de la vida.

El humor y la ironía constituyen dos rasgos característicos de los escritores de este período. La figura más representativa del humorismo fue Eduardo Wilde hombre extravagante y de prosa familiar que sin preocuparle el estilo, dejó pruebas de su originalidad e ingenio en ocurrentes frases.

La critica literaria contó con destacados representantes en la época que nos ocupa. Calixto Oyuela (1857-1935) fue autor de dos tomos sobre Estudios Literarios y de la amplia Antología de poetas hispanoamericanos (1919-1920); Martín García Mérou, que en sus obras de crónica y crítica literaria reflejó el movimiento intelectual de la generación del 80 y Paul Groussac, un escritor incisivo y satírico, de muy variada producción y certeros juicios críticos.

Existió también una tendencia a la evocación o recuerdo del pasado, con anécdotas y reminiscencias de episodios en gran parte presenciados por sus autores. Aunque sin base documental, constituyen páginas de apreciable valor, debido a su intimidad. José Antonio Wilde (1813-1885) obtuvo gran éxito con un libro de recuerdos que tituló Buenos Aires desde 70 años atrás al igual que Vicente G. Quesada (1830- 1913) con el seudónimo de Víctor Gálvez, autor de Memorias de un viejo, publicadas en 1889. Dentro de esta literatura evocativa también figuran Juvenilia, el conocido libro de Miguel Cané y el escrito por Santiago Calzadilla titulado Las beldades de mi tiempo, que se editó en 1891.

La prosa del 80 expresó la hostilidad de las clases aristocráticas de la sociedad porteña hacia los inmigrantes extranjeros. Esta actitud xenófoba se advierte con nitidez en algunos novelistas como Eugenio Cambaceres en su obra titulada En la sangre (1887) y también en Antonio Argerich con ¿Inocentes o culpables? (1884), que señalan en esencia una especie de hartazgo hacia lo europeo. La gran llegada de inmigrantes a Buenos Aires favoreció a las corrientes ideológicas del liberalismo y del materialismo, para dar origen a un amplio movimiento destinado a secularizar todos los estratos sociales. Se enfrentaron entonces el laicismo contra la fe católica a través de memorables debates originados al discutirse la ley de enseñanza laica (año 1884) y proyecto sobre el matrimonio civil (1888). Entre los pensadores católicos se destacó José Manuel Estrada (1842- 1894).

La campaña al desierto realizada por el general Roca en el año 1879 actualizó el tema del indio y el problema derivado sobre la posesión de sus tierras. Si bien Lucio V. Mansilla se anticipó con su obra Una excursión a los indios ranqueles, la temática sobre el aborigen adquiere el carácter de novela de aventuras con Estanislao S. Zeballos, autor de una trilogía de tono rornántico.

La prosa de imaginación

La novela no existió en nuestra literatura del periodo hispánico, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En épocas de los "proscritos" siglo XIX se considera a El matadero de Echeverría como nuestro primer cuento y Amalia de Mármol, la obra que inicia la novela. Pero sólo en la década del 80, la prosa de imaginación adquiere verdadera importancia en la vida literaria argentina. Bajo la influencia de un naturalismo heredado del escritor francés Emilio Zola con la pintura detallista de ambientes y caracteres y también del realismo, la imaginación culmina en este período con Eugenio Cambaceres, reconocido por la crítica como uno de los fundadores de la novela en nuestro medio.

En épocas de la Organizacion Nacional las más difundidas novelas de autores extranjeros entre ellos Zola y Flaubert eran ya conocidas en nuestros círculos intelectuales. Los escritores argentinos salvo algunos intentos no habían incursionado por el género literario de la imaginación.

Al comentar una obra del norteamericano Cooper, escribió Mariano Pelliza en 1879: "Pobre es la América del Sur y pobre la República Argentina de libros propios destinados a reflejar sus costumbres, su natura!eza o su historia en la forma de la novela."

El proceso de evolución hacia una novela nacional lo inició con sus folletines Eduardo Gutiérrez (1851-1899), cuya obra recién en la actualidad ha sido valorada en su real importancia. Demostró su capacidad literaria a través de artículos aparecidos en diversos periódicos, entre ellos " La Tribuna", "La Época" y " Sud-América". Pasó buena parte de su vida componiendo cuartillas sobre una reiteración temática: el paisano honrado que debido a las injusticias policiales se convierte en matrero. Su folletín más popular titulado Juan Moreira basado en un personaje real fue llevado a escena por el actor José Podestá en 1886, año que marca un proceso de gran importancia en el teatro nacional. Era evidente que Gutiérrez había incorporado el populismo a nuestra literatura, pero sus dramones de suspenso policial estaban al margen de la novela culta.

Hacia 1884, el género novelesco inicia en Buenos Aires su marcha ascendente. En la corriente del naturalismo debe ubicarse al médico Antonio Argerich (1862-1924), que en su obra ¿Inocentes o culpables? (1884) se ocupó de la inmigración y de los problemas sociales derivados de los conventillos. Francisco Sicardi (1856-1927) se graduó de médico en 1883 e incursionó por la literatura con varias novelas, entre ellas la titulada Libro extraño, que se compone de varias partes. Evocó cuadros de costumbres con personajes patológicos hundidos en la miseria, el dolor, la enfermedad y el crimen. Otro médico, Manuel T. Podestá (1853-1918), escribió Irresponsable, cuyo protagonista es un incapacitado enfermo mental que enfrenta a la sociedad que lo rodea. La principal figura de la novela naturalista en la generación del 80 fue Eugenio Cambaceres, que fue el novelista más importante del período, escribió cuatro textos. Pot-Pourri (1881) y Música sentimental (1884), aunque toman como núcleo narrativo el adulterio, se recortan de la producción naturalista por su estilo conversador, y su estructura fragmentaria y de collage; el mal social en ellas, además, está depositado en la corrupción, la hipocresía y la impericia de la clase dirigente. Sin rumbo (1885), aunque más compleja, es ya una novela naturalista, y En la sangre (1887) resulta, en su denuncia del inmigrante arribista, paradigmática hasta la caricatura.

La obra que expresa con mayor exactitud los cambios sociales y culturales de la ciudad porteña en el período que nos ocupa, se titula La gran aldea debida a la pluma de Lucio Vicente López (1848-1894), nieto del autor de la letra del Himno Nacional e hijo del historiador Vicente Fidel. La novela fue conocida primeramente por folletines a través del diario "Sud-América" y editada en forma de libro en 1884. En torno a la historia de los desparejos amores de un anciano y una joven —don Ramón y Blanca— se ocupa en animadas páginas evocativas del desarrollo de Buenos Aires con tipos característicos, manejos políticos y costumbres. A pesar de sus imperfecciones de lenguaje y excesos en la temática —un final truculento— La gran aldea no ha perdido su gran valor documental.

Una novela breve escrita por José María Cantilo (1840-1891) y titulada La familia Quillango, satiriza a un rico estanciero que se traslada del campo a Buenos Aires, donde compra una casa y habita con su mujer y tres hijos. El autor describe el esfuerzo de un hombre rústico que pretende adaptarse a la vida urbana.
La crisis económico financiera producida en el trascurso de la presidencia de Juárez Celman, a causa de la fiebre del dinero y de la especulación, así como también al afán de enriquecimiento, culminó en 1890 con la quiebra de la Bolsa de Comercio. Algunos literatos inspiraron sus novelas en la embriaguez corruptora de aquella época, en que se extendió por doquier la ganancia segura basada en promesas y papeles carentes de valor.

El bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un estudio social titulado La Bolsa. Obra realista —fue testigo de los episodios como cronista bursátil describe la sociedad envilecida por la especulacion y el ansia de lujo y riquezas. En el mismo año, Segundo Villafane (1860-1337) dio a conocer Horas de fiebre, novela en parte semejante a la anterior pues documenta el proceso de crisis. Carlos María Ocantos (1860-1949), un autor de importancia, miembro de la Academia Española de la Lengua, escribió Quilito (1891), en que relata el drama de una familia arruinada por la crisis de la Bolsa, con sus problemas domésticos, pasiones y virtudes.

Los relatos fantásticos (y policiales) de Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937), publicados en diversos periódicos y semanarios porteños entre 1875 y 1898, muestran un uso literario del saber científico divergente al de otros escritores del ochenta. La ciencia (psiquiatría, frenología, sociología, biología) no aparece en sus textos como digresión erudita y diletante, tampoco como sistema de interpretación que sistematiza y cierra las tensiones del universo novelesco o narrativo. El saber científico se transforma en sus cuentos en núcleo productivo a partir del cual la ficción se desencadena en forma autónoma. Entre los relatos más interesantes pueden citarse: "Dos partidos en lucha" (1875), "Viaje maravilloso del señor Nic-Nac" (1875), "Horacio Kalibang o los autómatas" (1879) y las "nouvelles" Nelly, La bolsa de huesos y La casa endiablada, publicadas en 1896. También pueden leerse en la serie de la literatura fantástica: los relatos de Eduardo Mansilla (1838-1892), reunidos en Creaciones (1883); El Doctor Whüntz (1880) de Luis Varela (1845-1911), firmados bajo el pseudónimo de Raúl Waleis; y algunos de los textos recogidos en Paginas literarias (1881), de Carlos Monsalve.

La crítica literaria

Uno de los rasgos característicos de los escritores del 80 fue la inclinación a la crítica literaria, es decir, a juzgar la obra escrita por su contemporáneo, sea ella un libro o un estreno teatral. En este aspecto, la actividad desplegada fue abundante y en términos generales no excedió del comentario epistolar o de la breve nota en un periódico. Algunos nombres deben destacarse por su eficiente preparación científica y situarlos como los primeros críticos de la literatura argentina, continuadores del precursor y solitario Juan María Gutierrez.

Calixto Oyuela, profesor universitario, miembro correspondiente de la Real Academia Española y primer presidente de la Acadernia Argentina de Letras (1931) fue un crítico de vasta cultura literaria. Admirador de los clásicos y de las letras españolas, polemizó con Groussac y otros liberales de la generación del 80 que se opusieron a lo hispánico. Rígido preceptista, no cedió en sus firmes convicciones estéticas y sostuvo la fórmula del "arte por la belleza". Ya nos hemos referido a sus obras tituladas Estudios literarios (1915) y Antología poética hispanoamericana (1919- 1920) .

El francés Paul Groussac, que arribó a los dieciocho años a nuestro país (1886) ignorando el idioma de la nueva tierra, no tardó en convertirse en un destacado investigador y en el crítico de mayor importancia de la literatura argentina hasta la segunda década de la presente centuria. Penetrante ensayista, ejerció por más de cuarenta años la dirección de la Biblioteca Nacional, tarea que le permitió dominar el pasado histórico argentino y desarrollar con amplitud su labor de investigador y de escritor. Respetado y temido maestro, aplicó una metodología de rigor documental y un estilo expositivo cáustico y preciso. De sus obras recordemos: Del Plata al Niágara (1897), Santiago de Liniers (1907), Crítica literaria (1924) y Mendoza y Caray (1929).

Martín del Barco Centenera (1544-1605)
  • Martín del Barco Centenera (1544?-1601), eclesiástico y poeta español, participó en la exploración de Argentina que dirigió Juan Ortiz de Zárate.

    Nacido probablemente en Logrosán, provincia de Cáceres, al parecer cursó Teología en la ciudad de Salamanca. Desde 1572 residió en América, siendo arcediano en el Río de la Plata con sede en Asunción del Paraguay. Realizó expediciones por la zona y es posible que haya participado en la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580. En 1583 intervino en un importante concilio regional en la ciudad de Lima (Perú). Fue separado de su cargo en 1590 acusado de costumbres desordenadas. A juzgar por los datos recogidos, estuvo en Buenos Aires en 1592 y de regreso en España en 1594.

    Todo hace suponer que en 1601 se encontraba en Lisboa, entonces bajo dominio español, como protegido del virrey (véase Felipe II). En 1602 publicó en la capital portuguesa su obra La Argentina y Conquista del Río de la Plata, hoy conocida como La Argentina, poema narrativo en 28 cantos y 10.000 versos en el cual describe diferentes lugares del área rioplatense y ejemplares, en ocasiones desconocidos, de la fauna regional. Narra además la historia de su conquista, la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, diversos episodios eclesiásticos, las invasiones de piratas ingleses y la vida de los aborígenes de la pampa. De este poema, en el que se advierte una clara influencia de Alonso de Ercilla y Zúñiga, toma su nombre la República Argentina.

Ruy Días de Guzmán

  • Ruy Díaz de Guzmán (c. 1558-1629), cronista y conquistador español, primer escritor nativo del Río de la Plata. Hijo de Alonso Riquelme de Guzmán (sobrino de Álvar Núñez Cabeza de Vaca) y de una mestiza llamada Úrsula (hija de Domingo Martínez de Irala), nació en Asunción (Paraguay). Después de llevar a cabo acciones militares en el río Paraná y en Santa Fe (1580) y ser designado alguacil mayor de la ciudad de Salta, fundó diversas ciudades. Llegó a ser alcalde de primer voto de su ciudad natal. Díaz de Guzmán escribió, en 1612, los Anales del descubrimiento, población y conquista de las provincias del Río de la Plata, que pasaron a ser conocidos como la Argentina manuscrita, por haber sido difundidos a través de diversas y muy distintas copias del original perdido. Publicado por vez primera en 1836, en Buenos Aires, no fue sino hasta 1914, cuando el francés afincado en Argentina Paul Groussac llevó a cabo una edición cuidadosa de la obra, que vio la luz así mismo en dicha ciudad. Dividida en cuatro partes, de las cuales se perdió la última (que debería narrar los acontecimientos que vivió el propio autor), la Argentina manuscrita cuenta los hechos transcurridos desde el descubrimiento español del Río de la Plata (fechado erróneamente en 1512) hasta la fundación de Santa Fe (1573).

Juan Díaz de Solís (1470-1516)
  • Navegante y conquistador español nacido en Lebrija (algunos autores señalan, no obstante, su origen portugués) hacia 1470 y muerto en la desembocadura del Río de la Plata en 1516. Piloto mayor de la Casa de Contratación, fue descubridor de las costas de Honduras, Belice y Yucatán, así como del Río de la Plata; precisamente, en dicho río murió, en el viaje que había emprendido para hallar el paso interoceánico, el actual estrecho de Magallanes.

    Fue marino desde su juventud y anduvo posiblemente en negocios poco limpios por las costas meridionales peninsulares y norteafricanas. En 1500 prestaba servicios a la Casa da India portuguesa y navegaba por la costa africana y quizá hasta por la ruta hacia Asia abierta por Vasco da Gama, lo que explicaría su vinculación a los proyectos españoles de descubrimiento del paso interoceánico. Sea como fuere estaba al servicio de la Corona de Castilla desde principios del siglo XVI y reputado como gran marino.

    Tras la muerte de la reina Isabel (1504), el Rey Fernando el Católico se empeñó en descubrir un estrecho en América, que comunicara con el mar de China y de la India, a donde intentó llegar Colón en 1492. En 1505 convocó una Junta en Burgos con dicho objetivo. Asistieron el Obispo Fonseca, Vicente Yánez Pinzón y Americo Vespucci. En marzo de dicho año concedió mercedes a Yánez y Vespucci y cursó instrucciones a la Casa de Contratación de Sevilla para que les entregasen los buques que necesitaban. Todo se hizo con el máximo secreto y la Casa mandó construir los buques en Vizcaya, ya que debían afrontar una larga travesía. En el verano de 1506 Fernando el Católico tuvo que dejar la Regencia de Castilla, pues su corona pasó a su hija doña Juana. Su marido don Felipe el Hermoso se enteró del proyecto y escribió a la Casa de Contratación el 23 de agosto de 1506: “Ya sabéis como estaba mandado hacer una armada para descubrir la Especiería e estaban mandados hacer en Vizcaya los navíos que eran menester para ello, e agora yo he sabido que son acabados de hacer e son partidos para esa ciudad”. Don Felipe falleció poco después y su suegro Fernando el Católico volvió a la Regencia de Castilla, por incapacidad de doña Juana. Inmediatamente retomó el proyecto anterior y convocó una Junta en Burgos (marzo de 1508) a la que asistieron Fonseca, Vespucci, Yánez Pinzón y dos personajes nuevos: y Juan Díaz de Solís. Se tomaron varias decisiones respecto a las Indias y una de ellas fue la de enviar una expedición al norte de Veragua (descubierta por Colón en su cuarto viaje) para buscar “aquel canal o mar abierto que principalmente is a buscar”, como se consignó en la cédula de 23 de marzo de 1508. El viaje se encomendó a un doble mando; el de Díaz de Solís en el mar y el de Yánez Pinzón en tierra. Por piloto llevarían a Pedro de Ledesma, que había ido con Colón a Veragua. La empresa se organizó con las dos naos fabricadas anteriormente en Vizcaya, que eran la “Magdalena” y la “Isabelita”.

    Los expedicionarios partieron de España el 29 de junio de 1508 y cruzaron el Atlántico hasta las proximidades de Santo Domingo, desde donde enviaron una carta a Ovando. Siguieron luego hasta Cuba, las costas de Nicaragua y subieron a las de Honduras (las islas Guanajas). A partir de aquí singlaron al norte, por lo que Solís y Pinzón fueron los verdaderos descubridores del Golfo Dulce, el Cabo de las Hibueras y la costa de Yucatán. No encontraron el paso interoceánico y volvieron a España en agosto de 1509. Pinzón formuló algunas acusaciones a Solís, como consecuencia de las cuales fue encarcelado. El pleito fue sentenciado a favor de Solís, que fue recompensado con una merced de 34.000 maravedises. A esto se añadió poco después, al morir Vespucci, el nombramiento de Piloto Mayor (1512). Este título tuvo mucho que ver con el deseo del Rey Católico de encomendar a Solís otro viaje de descubrimiento para hallar el paso a la Especiería. Quiso organizarlo en 1512 y llevando además a su hermano Francisco de Solís y al portugués Juan Enriques, pero el Rey de Portugal conoció el proyecto y protestó airadamente por lo que fue preciso suspenderlo. En 1513 Vasco Núñez de Balboa descubrió la Mar del Sur en Panamá, lo que reactivó la ansiedad española por encontrar el estrecho interoceánico. Tras haber nombrado a Pedrarias Dávila Gobernador de Castilla del Oro, el Rey Católico capituló con Díaz de Solís (24 de noviembre de 1514) un viaje de descubrimiento “a las espaldas de la tierra donde agora está Pedro Arias, mi capitán general y gobernador de Castilla del Oro, y de allí adelante ir descubriendo por las dichas espaldas de Castilla del Oro mil e setecientas leguas, e más si pudiéredes, contando desde la raya e demarcación que va por la punta de la dicha Castilla del Oro delante de lo que no se ha descubierto hasta agora”. Se trataba por tanto de encontrar el Estrecho que comunicaba el Atlántico con el Pacífico y subir por éste océano hasta la altura de Panamá, desde donde Solís debía descubrir 700 leguas o más hacia occidente (hasta las islas Molucas). Esta vez se incrementaron las medidas para que la operación fuera secreta, para evitar reclamos portugueses, como consignó el mismo Rey, en sus instrucciones a Solís (“Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto, e que ninguno sepa que Yo mando dar dineros para ello, ni tengo parte en el viaje, hasta la tornada”). El Piloto Mayor debía por ello preparar su expedición en Lepe, como si fuera suya, aunque la corona le entregó secretamente 4.000 ducados de oro para ella, de manos del contador Juan López de Recalde. El viaje se haría con tres naves, 60 tripulantes y mantenimientos para dos años y medio. El piloto Juan de Ledesma volvería a acompañarle. También irían en el mismo el contador y escribano Pedro de Alarcón y el factor Francisco de Marquina. El escaso número de tripulantes y la enorme cantidad de alimentos ponían de manifiesto que se iba a un objetivo muy lejano.

  • La expedición salió de San Lúcar el 8 de octubre de 1515, donde se buscó la nave capitana, por haberse averiado en Lepe la que estaba dispuesta. Se dirigió a Tenerife y de allí a la costa brasileña (costa desde el cabo de San Roque hasta Guanabara). Descendió luego por la costa hasta los 25º 3´ de latitud sur (Cabo de la Cananea) y siguió hasta una isla que Solís llamó de la Plata (Santa Catalina) y luego la bahía de los Perdidos (27º), desde donde fue costeando y entrando en todos los surgideros y bahías hasta llegar a la isla de San Sebastián (junto a las de los Lobos). Descubrió a continuación el Mar Dulce (lo bautizó así porque el caudal del río era tal que hallaron agua dulce dentro del mar) o estuario del Río de la Plata. Era el mes de febrero de 1516 y estaban en la desembocadura del río Paraná-Guazú, que se llamó desde entonces el río de Solís, hasta que 20 años más tarde fue rebautizado como Río de la Plata, por creerse que desde el mismo podía accederse a la Sierra de la Plata o el Perú. Solís recorrió el estuario en su zona septentrional (hoy uruguaya) y desembarcó en el puerto de Nuestra Señora de la Candelaria (35º sur), donde tomó posesión en nombre del Rey. Luego pasó a la isla de Martín García (se llamó así por haberse enterrado en ella a un tripulante de dicho nombre), que estaba a los 34º 40´. Los indios les mostraron algunos objetos de oro y ocho tripulantes bajaron a rescatar con ellos. Eran Solís, el Factor Marquina, el Contador Alarcón y cuatro marineros y un grumete. Los indios cayeron sobre ellos y les dieron muerte, procediendo luego a descuartizar sus cuerpos ante los ojos horrorizados de los tripulantes de los barcos. Sólo se salvó el grumete Francisco del Puerto, pero los expedicionarios no se atrevieron a rescatarlo (permaneció allí hasta la posterior llegada de la expedición de Sebastián Caboto). Zarparon de inmediato y emprendieron el viaje de regreso a España. Tras aprovisionarse de carne de lobos marinos en la isla de los Lobos, retornaron a la costa brasileña. En la laguna de los Patos, frente la isla de Santa Catalina, naufragó una de ellas (marzo o abril). Allí quedaron en tierra otros 18 náufragos, que se dividieron en varios grupos. Siete se dirigieron al norte, y cayeron en manos de los portugueses, que los condujeron a Lisboa. Seis quedaron en el puerto de los Patos y en sus inmediaciones, donde murieron varios de ellos. Otro llamado Alejo García escuchó los relatos indígenas sobre la Sierra de la Plata y un Rey Blanco (el Perú) y partió en su busca con varios cientos de indios y algunos compatriotas (llegó efectivamente hasta los contrafuertes de la cordillera andina y recogió un botín de plata, pero fue asesinado al regresar). En cuanto a las dos naves restantes de la expedición de Solís regresaron a España y atracaron en Sevilla el 4 de septiembre de 1516. Quedó así frustrado el descubrimiento del Estrecho, pero se halló el Río de la Plata, que serviría como punto de partida para encontrarlo. También quedaron en tierra muchos náufragos españoles que jugarían un papel decisivo en las futuras expediciones.

    Bibliografía

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    PUENTE Y OLEA, J. Los trabajos geográficos de la Casa de la Contratación, Sevilla, 1900
    TORIBIO MEDINA, J. Juan Díaz de Solís, Santiago de Chile, 1897, 2 t.

Ricardo Rojas (1882-1957)
  • Poeta, historiador, ensayista, biógrafo, crítico literario y profesor universitario argentino, nacido en Santiago del Estero (en la provincia homónima) en 1882, y fallecido en Buenos Aires en 1957. Humanista fecundo y polifacético, preocupado tanto por la historia de las Letras como por la indagación acerca de la identidad nacional, dejó un valioso legado crítico e histórico que le convierte en una de las figuras más influyentes del panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX.

    Nacido en el seno de una familia provinciana perteneciente a esa oligarquía arrinconada y empobrecida por su distanciamiento del floreciente núcleo cosmopolita que comenzaba a ser Buenos Aires, el joven Ricardo Rojas creció envuelto por una inquietud nacionalista que, en cierto modo, era fruto de la necesidad de sentirse ligado -dentro de su forzada lejanía- a una aventura histórica común. Estas circunstancias biográficas determinaron que, tan pronto como sus innatas dotes intelectuales le hubieron inclinado hacia el estudio de las humanidades, decidiera implicarse estrechamente en la corriente ideológica que, hacia 1910, se extendió por toda la Argentina bajo el nombre de "primer nacionalismo cultural".

    Surgido al socaire de la celebración del primer centenario de la independencia del país austral, este movimiento intentaba dar una coherencia satisfactoria a una noción de nacionalidad que, en aquellos momentos, tenía que incluir forzosamente a la población indígena y, sobre todo, al populoso grupo humano de los emigrantes y sus primeros descendientes (nacidos ya en Argentina).

    Dentro, pues, del ambicioso proyecto intelectual que se propuso desarrollar Ricardo Rojas desde su faceta de pensador e historiador de la literatura, la inserción de la población foránea que ya se sentía argentina (y que compartía, con el resto de los habitantes de aquel territorio, un mismo sentimiento de nacionalidad) constituyó una de sus principales preocupaciones, a la postre resuelta por vía de la integración cultural. Así pues, en la obra de Rojas la cultura (y, muy especialmente, una de sus más extendidas manifestaciones: el fenómeno literario) se convierte en el elemento integrador por excelencia, el que permite concebir la identidad nacional argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias muy diversas, y el que deja lugar -bien es