Escucha:
Capítulo
XI
De lo que le
sucedió a don Quijote con unos
cabreros
CAPÍTULO XI
Fue recogido de los
cabreros con buen ánimo, y habiendo Sancho lo mejor que pudo
acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que
despedían de sí ciertos tasajos de cabra, que, hirviendo al fuego,
en un caldero estaban; y aunque él quisiera en aquel mesmo punto ver
si estaban en sazón de trasladarlos del caldero al estómago, lo dejó
de hacer porque los cabreros los quitaron del fuego, y, tendiendo
por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su
rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena
voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles
seis dellos, que eran los que en la majada había, habiendo primero
con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se sentase sobre un
dornajo que vuelto del revés le pusieron.
Sentóse don Quijote, y
quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de
cuerno.
Viéndole en pie su amo,
le dijo:
-Porque veas, Sancho,
el bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán a pique
están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir
brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a
mi lado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una
mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi
plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante
se puede decir lo mestno que del amor se dice, que todas las cosas
iguala.
-¡Gran merced! -dijo
Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de
comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como
sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho
mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos,
aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me
sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no
estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la
soledad y la libertad traen consigo. Así que, señor mío, estas
honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente
de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra
merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y
provecho; que éstas, aunque las doy por bien recebidas, las renuncio
para desde aquí al fin del mundo.
-Con todo eso, te has
de sentar; porque, a quien se humilla, Dios le ensalza.
Y asiéndole por el
brazo, le forzó a que junto a él se sentase.
No entendían los
cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes, y
no hacían otra cosa que comer y callar, y mirar a sus huéspedes, que,
con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puño. Acabado el
servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de
bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro
que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno,
porque andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío) como
arcaduz de noria., que con facilidad vació un zaque de dos que
estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho
su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y, mirándolas
atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
-Dichosa edad y siglos
dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y
no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto
se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino
porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras
de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a
nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar
otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas,
que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado
fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia,
sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las
peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las
solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquier mano, sin
interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los
valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de
su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a
cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que
para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces,
todo amistad, todo concordia; aún
no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni
visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella,
sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su fértil y
espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los
hijos que entonces la poseían. ¡Entonces sí que andaban las simples
y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en
trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester
para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido
siempre que se cubra! Y no eran sus adornos de los que ahora se usan,
a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos utilizada seda
encarecen, sino de algunas hojas de verdes lampazos y yedra
entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como
van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones
que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los
concetos amorosos del alma, simple y sencillamente del mesuro modo y
manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de
palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la
malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba
en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del
favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y
persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el
entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni
quien fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como
tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena
desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía
de su gusto y propia voluntad. Y ahora, en estos nuestros
detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y
cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los
resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se
les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su
recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos
y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros
andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer
a los huérfanos y a los menesterosos.
Desta orden soy yo,
hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento
que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están
todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes,
todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me
acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible,
os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien excusar) dijo
nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a
la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil
razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados
y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho asimesmo callaba y
comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que,
porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque. Más
tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la
cual uno de los cabreros dijo:
-Para que con más veras
pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que le
agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos darle solaz y
contento con hacer que cante un compañero nuestro que no tardará
mucho en estar aquí, el cual es un zagal muy entendido y muy
enamorado, y que, sobre todo, sabe leer y escrebir, y es músico de
un rabel, que no hay más que desear.
Apenas había el cabrero
acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos el son del rabel, y
de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo de hasta
veinte y dos años, de muy buena gracia.
Preguntáronle sus
compañeros si había cenado, y respondiendo que sí, el que había
hecho los ofrecimientos le dijo:
-De esa manera,
Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea
este señor huésped que tenemos quien también por los montes y selvas
hay quien sepa de música. Hémosle dicho tus buenas habilidades y
deseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y así, te ruego
por tu vida que te sientes y cantes el romance de tus amores que te
compuso el beneficiado, tu tío, que en el pueblo ha parecido muy
bien.
-¡Que me place! -respondió
el mozo.
Y sin hacerse más de
rogar, se sentó en el tronco de una desmochada encina, y, templando
su rabel, de allí a poco, con muy buen gracia, comenzó a cantar,
diciendo desta manera:
|
ANTONIO
-Yo sé, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo;
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Más allá, entre tus reproches
y honestísimos desvíos,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abalánzase al señuelo
mi fe, que nunca ha podido,
ni menguar por no llamado
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho;
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
«Tal piensa que adora a un ángel,
y viene a adorar a un jimio;
Merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras,
que engañan al Amor mesmo.»
Desmentíla, y enojóse;
volvió por ella su primo:
desafióme, y ya sabes
lo que yo hice y él hizo.
No te quiero yo a montón,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía,
que más bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia,
que son lazadas de sirgo;
pon tu cuello en la gamella,
verás como pongo el mío.
Donde no, desde aquí juro
por el santo más bendito
de no salir destas sierras
sino para capuchino. |
Con todo esto dio el
cabrero fin a su canto; y aunque don Quijote le rogó que algo más
cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más para dormir
que para oír canciones. Y así dijo a su amo:
-Bien puede vuestra
merced acomodarse desde luego adonde ha de posar esta noche, que el
trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día no permite que
pasen las noches cantando.
-Ya te entiendo, Sancho
-le respondió don Quijote-, que bien se me trasluce que las visitas
del zaque piden más recompensa de sueño que de música.
A todos nos sabe bien,
bendito sea Dios -respondió Sancho.
-No lo niego -replicó
don Quijote-, pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi
profesión mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todo eso,
sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va
doliendo más de lo que es menester.
Hizo Sancho lo que se
le mandaba, y, viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no
tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase. Y
tomando algunas hojas de romero, del mucho que por allí había, las
mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándoselas a la oreja,
se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra
medicina, y así fue la verdad.
Escucha:
Capítulo
XII
De lo que contó un cabrero a
los que estaban
con don Quijote
CAPÍTULO XII
Estando en esto, llegó
otro mozo de los que le traían de la aldea el bastimento, y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en
el lugar, compañeros?
-¿Cómo lo podemos
saber? -respondió uno dellos.
-Pues sabed -prosiguió
el mozo- que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante
llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella
endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella
que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.
-¿Por Marcela dirás? -dijo
uno.
-Por ésa digo -respondió
el cabrero-; y es lo bueno que mandó en su testamento que le
enterrasen en el campo como si fuera moro, y que sea al pie de la
peña donde está la fuente del alcornoque, porque, según es fama, y
él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera.
Y también mandó otras cosas, tales que los abades del pueblo dicen
que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen
de gentiles. A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio,
el estudiante, que también se vistió de pastor con él, que se ha de
cumplir todo sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y
sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin,
se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren, y
mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y
tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no
dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.
-Todos haremos lo mesmo
-respondieron los cabreros-, y echaremos suertes a quién ha de
quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien dices, Pedro -dijo
uno dellos-, aunque no será menester usar de esa diligencia, que yo
me quedaré por todos; y no lo atribuyas a virtud y a poca curiosidad
mía, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro día me
pasó este pie.
-Con todo eso te lo
agradecemos -respondió Pedro.
Y don Quijote rogó a
Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastora aquélla; a lo
cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un
hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras,
el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de
los cuales había vuelto a su lugar con opinión de muy sabio y muy
leído.
-Principalmente decían
que sabía la ciencia de las estrellas y de lo que pasan, allá en el
cielo, el sol y la luna, porque puntualmente nos decía el cris del
sol y de la luna.
-Eclipse se llama,
amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores -dijo
don Quijote.
Mas Pedro, no reparando
en niñerías, prosiguió su cuento diciendo:
-Asimesmo adivinaba
cuándo había de ser el año abundante o éstil.
-Estéril queréis decir,
amigo --dijo don Quijote.
-Estéril o éstil -respondió
Pedro-, todo se sale allá. Y digo que con esto que decía se hicieron
su padre y sus amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque
hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: «Sembrad este año
cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el
que viene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá
gota.»
-Esa ciencia se llama
astrología -dijo don Quijote.
-No sé yo cómo se llama
-replicó Pedro-, mas sé que todo esto sabía, y aún más. Finalmente,
no pasaron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando un día
remaneció vestido de pastor con su cayado y pellico, habiéndose
quitado los hábitos largos que como escolar traía, y juntamente se
vistió con él de pastor otro su grande amigo llamado Ambrosio, que
había sido su compafiero en los estudios. Olvidábaseme de decir como
Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas,
tanto, que él hacía los villancicos para la noche del nacimiento del
Señor y los autos para el día de Dios, que los representaban los
mozos de nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo.
Cuando los del lugar
vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares,
quedaron admirados, y no podían adivinar la causa que les había
movido a hacer aquella tan extraña mudanza.
Ya en este tiempo era
muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha
cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces, y en no
pequeña cantidad de ganado mayor y menor, y en gran cantidad de
dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor desoluto, y en verdad
que todo lo merecía, que era muy buen compañero, y caritativo y
amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se
vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido por
otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella
pastora Marcela, que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se
había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo. Y quiéroos decir
agora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta rapaza; quizá, y
aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa en todos los días de
vuestra vida, aunque viváis más años que sarna.
-Decid Sarra -replicó
don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del
cabrero.
-Harto vive la sarna -respondió
Pedro-; y si es, señor, que me habéis de andar zaheriendo a cada
paso los vocablos, no acabaremos en un año.
-Perdonad, amigo -dijo
don Quijote-, que por haber tanta diferencia de sarna a garra os lo
dije; pero vos respondisteis muy bien, porque vive más sarna que
Sarra, y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en
nada.
-Digo, pues, señor mío
de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea hubo un labrador,
aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual se llamaba
Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandes riquezas,
una hija, de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada mujer
que hubo en todos estos contornos; no parece sino que ahora la veo,
con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna, y,
sobre todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que
debe de estar su ánima a la hora de hora gozando de Dios en el otro
mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido
Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de
un tío suyo sacerdote y beneficiario en nuestro lugar. Creció la
niña con tanta belleza, que nos hacía acordar de la de su madre, que
la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que le había de
pasar la de la hija; y así fue, que cuando llegó a edad de catorce a
quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa
la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella.
Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero,
con todo esto, la fama de su mucha hermosura se extendió de manera
que así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los
de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de
los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se
la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen cristiano,
aunque quisiera casarla luego, así corno la vía de edad, no quiso
hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y
granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza dilatando
su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el
pueblo, en alabanza del buen sacerdote. Que quiero que sepa, señor
andante, que en estos lugares cortos, de todo se trata y de todo se
murmura; y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser
demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que
digan bien dél, especialmente en las aldeas.
Así es la verdad -dijo
don Quijote-, y proseguid adelante, que el cuento es muy bueno, y
vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.
-La del Señor no me
falte, que es la que hace al caso. Y lo demás sabréis que, aunque el
tío proponía a la sobrina y le decía las calidades de cada uno, en
particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se
casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sino
que por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no
se sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas
que daba, al parecer, justas excusas, dejaba el tío de importunarla
y esperaba a que entrase algo más en edad y ella supiese escoger
compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no
habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad.
Pero hételo aquí,
cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha
pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo
desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar,
y dio en guardar su mesmo ganado. Y así como ella salió en público,
y su hermosura se vio al descubierto, no os sabré buenamente decir
cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores han tomado el traje de
Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos. Uno de los cuales,
como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían que la
dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se
puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún
recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga
en menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la
vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y
solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que
le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Que
puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y conversación de
los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a
descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y
santa como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco.
Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierra que si
por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura
atrae los corazones de los que la tratan a servirla y amarla; pero
su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse, y así,
no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida,
con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su
condición manifiestan; y si aquí estuviésedes, señor, algún día,
veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de
los desengañados que la siguen. No está muy lejos de aquí un sitio
donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en
su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y
encima de alguna una corona grabada en el mesmo árbol, como si más
claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda
la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro,
acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas.
Cuál hay que pasa todas
las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y
allí, sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus
pensamientos, le halló el sol a la mañana; cuál hay que, sin dar
vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa
siesta del verano tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas
al piadoso cielo; y déste y de aquél, y de aquéllos y déstos, libre
y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela. Y todos los que la
conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez, y quién
ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición tan
terrible y gozar de hermosura tan extremada. Por ser todo lo que he
contado tan averiguada verdad, me doy a entender que también lo es
lo que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de la muerte de
Grisóstomo; y así os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros
mañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene
muchos amigos, y no está de este lugar a aquel donde manda
enterrarse media legua.
-En cuidado me lo tengo
-dijo don Quijote-, y agradézcoos el gusto que me habéis dado con la
narración de tan sabroso cuento.
-¡Oh! -replicó el
cabrero-, aun no sé yo la mitad de los casos sucedidos a los amantes
de Marcela; mas podría ser que mañana topásemos en el camino algún
pastor que nos lo dijese; y por ahora bien será que os vais a dormir
debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la herida,
puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que
temer de contrario accidente.
Sancho Panza, que ya
daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó, por su parte,
que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízolo así, y
todo lo más de la noche se le pasó en memoria de su señora Dulcinea,
a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre
Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido,
sino como hombre molido a coces.
Fuente de los Sonidos:
Instituto Cervantes
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