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Capítulo
IX
Donde se concluye y da fin a la
estupenda
batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente
manchego tuvieron
CAPÍTULO IX
Dejamos en la primera parte desta historia
al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y
desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales que,
si en lleno seacertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de
arriba abajo y abrirían como una granada; y en aquel punto tan
dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos
diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba.
Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan
poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino que se ofrecía
para hallar lo mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso
cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que
a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a
cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a
ninguno de los caballeros andantes, de los que dicen las gentes que
van a sus aventuras, porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios,
como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que
pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas
que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que
le faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y así,
no podía inclinarse a creer que tan gallarda historia hubiese
quedado manca y estropeada, y echaba la culpa a la malignidad del
tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la
tenía oculta o consumida.
Por otra parte, me parecía que pues, entre
sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y
Ninfas y pastores de Henares, que también su historia debía de ser
moderna, y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria
de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta
imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y
verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don
Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el
primero que en nuestra edad y en estos calamitosos tiempos se puso
al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios,
socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus
azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en
monte y de valle en valle; que si no era que algún follón, o algún
villano de hacha y capellina, o algún descomunal gigante las forzaba,
doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años,
que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan
entera a la sepultura como la madre que la había parido. Digo, pues,
que por estos y otros muchos respetos, es digno nuestro gallardo don
Quijote de continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me
deben negar por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin
desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y
la fortuna no me ayudan, el mundo quedará falto y sin el pasatiempo
y gusto que, bien casi dos horas, podrá tener el que con atención la
leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:
Estando yo un día en el Alcaná de Toledo,
llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un
sedero; y como soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos
de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un
cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que
conocí ser arábigos; y puesto que aunque los conocía no los sabía
leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que
los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante,
pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le
hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y
poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un
poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle que de qué se reía, y
respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el
margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la
risa, dijo:
-Está, como he dicho, aquí al margen
escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta
historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos
que otra mujer de toda la Mancha.»
Cuando yo oí decir Dulcinea del Toboso,
quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos
cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta
imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo
ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que
decía:
Historia de, don Quijote de la Mancha,
escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha
discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando
llegó a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero,
compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real;
que si él tuviera discreción, y supiera lo que yo los deseaba, bien
se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra.
Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y
roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de
don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada,
ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de
pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y
fielmente y con mucha brevedad; pero yo, por
facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo,
le traje a mi casa, donde, en poco más de mes y medio, la tradujo
toda del mesmo modo que aquí se refiere.
Estaba en el primero cartapacio pintada
muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en
la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el
uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del
vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de
ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía:
Don Sancho de Azpeitia, que, sin duda, debía de ser su nombre; y a
los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba
Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan
atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que
mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se
le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho
Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba
otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo
que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las
zancas largas; y por esto se le debió de poner nombre de Panza y de
Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la
historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas
son de poca importancia y que no
hacen al casó a la verdadera relación de la historia, que ninguna es
mala como sea verdadera.
Si a ésta se le puede poner alguna
objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su
autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser
mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede
entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y así me parece
a mí, pues cuando pudiera y debiera extender la pluma en las
alabanzas de tan buen
caballero, parece que de industria las pasa en silencio. (;osa mal
hecha y peor pensada, habiendo y debiendo de ser los historiadores
puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni
el miedo, el rencor ni la afición no les hagan torcer del camino de
la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de
las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo porvenir. En ésta sé que se hallará todo lo que se
acertare a desear en la más
apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por
culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin,
su segunda parte, siguiendo la traducción, comenzaba desta manera:
Puestas y levantadas en alto las
cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no
parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al
abismo: tal era el denuedo y
continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue
el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta
furia que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe
fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las
aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para
mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario,
de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo
otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran
parte de la celada con la mitad de la oreja; que todo ello con
espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel que
buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de
nuestro manchego, viéndose parar de aquella manera! No se diga más
sino que fue de manera, que se alzó de nuevo en los estribos, y
apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó
sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la
cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre
él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca
y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde
cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo
eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos, y la
mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a
pocos corcovos dio con su dueño en tierra.
Estábaselo con mucho sosiego mirando don
Quijote, y como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha
ligereza se llegó a él, y poniéndole la punta de la espada en los
ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza.
Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía responder palabra; y él
lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del
coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la
pendencia, no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho
encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la
vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió con mucho
entono y gravedad:
-Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy
contento de hacer lo que me pedís; mas ha de ser con una condición y
concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar
del Toboso y
presentarse de mi parte ante la sin
par doña Dulcinea, para que ella haga del lo que más fuere de su
voluntad.
Las temerosas y desconsoladas señoras,
sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin
preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero
haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.
-Pues en fe de esa palabra, yo no le
haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.
De lo que más le avino a don
Quijote con el
vizcaíno y del peligro en que se vio con una
turba de yangüeses
CAPÍTULO X
Ya en este tiempo se había
levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y había
estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su
corazón fuese servido de darle victoria, y que en ella ganase alguna ínsula, de
donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya
acabada la pendencia, y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a
tenerle el estribo, y antes que subiese se hincó de rodillas delante dél, y
asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
-Sea vuestra merced
servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula
que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que
sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien
como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don
Quijote:
-Advertid, hermano
Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras
de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa
que sacar rota la cabeza o una oreja menos; tened paciencia, que
aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador,
sino más adelante.
Agradecióselo mucho
Sancho, y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le
ayudó a subir sobre Rocinante; y él subió sobre su asno y comenzó a
seguir a su señor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar más
con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba.
Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento; pero caminaba tanto
Rocinante, que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su
amo que se aguardase. Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a
Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en
llegando, le dijo:
-Paréceme, señor, que
sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó
maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den
noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si
lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel que nos ha de sudar
el hopo.
-Calla --dijo don
Quijote-: ¿y dónde has visto tú, o leído jamás, que caballero
andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que
hubiese cometido?
-Yo no sé nada de
omecillos -respondió Sancho-, ni en mi elida le caté a ninguno; sólo
sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el
campo, y en esotro no me entremeto.
-Pues no tengas pena,
amigo -respondió don Quijote-, que yo te sacaré de las manos de los
caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime por tu vida:
¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de
la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más
brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el
herir, ni más maña en el derribar?
-La verdad sea -respondió
Sancho- que yo no he leído ninguna historia jamás, porque ni sé leer
ni escrebir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo que
vuestra merced yo no lo he servido en todos los días de mi vida; y
quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho.
Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha
sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas y un poco de ungüento
blanco en las alforjas.
-Todo eso fuera bien
excusado -respondió don Quijote- si a mí se me acordara de hacer una
redoma de bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran
tiempo y medicinas.
-¿Qué redoma y qué
bálsamo es ése? -dijo Sancho Panza.
-Es un bálsamo -respondió
don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no
hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida
alguna. Y así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer
sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por
medio del cuerpo..., como muchas veces suele acontecer...,
bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo..., y
con mucha sutileza, antes que la sangre se vele..., la pondrás sobre
la otra mitad que
quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo.
Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y
verásme quedar más sano que una manzana.
-Si eso hay -dijo Panza-,
yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no
quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que
vuestra merced me dé la receta de ese extremado licor, que para mí
tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he
menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente; pero
es de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.
-Con menos de tres
reales se pueden hacer tres azumbres -respondió don Quijote.
-¡Pecador de mí! -replicó
Sancho-; pues ta qué aguarda vuestra merced a hacelle y a
enseñármele?
-Calla, amigo -respondió
don Quijote--, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores
mercedes hacerte; y, por ahora, curémonos, que la oreja me duele más
de lo que yo quisiera.
Sacó Sancho de las
alforjas hilas y ungüento; mas cuando don Quijote llegó a ver rota
su celada, pensó perder el juicio, y puesta la mano en la espada y
alzando los ojos al cielo, dijo:
-Yo hago juramento al
Criador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, donde
más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el grande
marqués de Mantua cuando juró de vengar i t muerte de su sobrino
Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer
folgar, y otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquí
por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado
me fizo.
Oyendo esto Sancho, le
dijo:
-Advierta vuestra
merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le
dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso,
ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no
comete nuevo delito.
-Has hablado y apuntado
muy bien -respondió don Quijote-; y así, anulo el juramento en
cuanto lo que toca a tomar dél nueva venganza; pero hágole y
confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que
quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún
caballero. Y no pienses, Sancho, que así a humo de pajas hago esto,
que bien tengo a quien imitar en ello; que esto mesmo pasó al pie de
la letra sobre el yelmo de Mambrino, que tan caro le costó a
Sacripante.
-Que dé al diablo
vuestra merced tales juramentos, señor mío -replicó Sancho-, que son
muy en daño de la salud, y muy en perjuicio de la conciencia; si no,
dígame ahora, si acaso en muchos días no topamos hombre armado con
celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento a
despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el
dormir vestido y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias
que contenía el juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua,
que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien,
que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros
y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han
oído nombrar en todos los días de su vida.
-Engáñaste en eso -dijo
don Quijote-, porque no habremos estado dos horas por estas
encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre
Albraca, a la conquista de Angélica la Bella.
-Alto, pues, sea ansí -dijo
Sancho-, y a Dios prazga que nos suceda bien, y que se llegue ya el
tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo
luego.
-Ya te he dicho, Sancho,
que no te dé eso cuidado ninguno, que cuando faltare ínsula, ahí
está el reino de Dinamarca o el de Sobradisa, que te vendrán como
anillo al dedo; y más que, por ser en tierra firme, te debes más
alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en
esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún
castillo donde alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he
dicho, porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la oreja.
Aquí trayo una cebolla
y un poco de queso, y no sé cuántos mendrugos de pan -dijo Sancho-;
pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como
vuestra merced.
-¡Qué mal lo entiendes!
-replicó don Quijote-; hágote saber, Sancho, que es honra de los
caballeros andantes no comer en un mes, y ya que coman, sea de
aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto, si
hubieras leído tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas,
en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros
andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes
que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. Y aunque
se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los
otros menesteres naturales, porque en efeto eran hombres como
nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de
su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más
ordinaria comida sería de viandas -Es un bálsamo -respondió don
Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay
que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y
así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que,
cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del
cuerpo..., como muchas veces suele acontecer..., bonitamente la
parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo..., y con mucha
sutileza, antes que la sangre se vele..., la pondrás sobre la otra
mitad que
quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo.
Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y
verásme quedar más sano que una manzana.
-Si eso hay -dijo Panza-,
yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no
quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que
vuestra merced me dé la receta de ese extremado licor, que para mí
tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he
menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente; pero
es de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.
-Con menos de tres
reales se pueden hacer tres azumbres -respondió don Quijote.
-¡Pecador de mí! -replicó
Sancho-; pues ta qué aguarda vuestra merced a hacelle y a
enseñármele?
-Calla, amigo -respondió
don Quijote--, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores
mercedes hacerte; y, por ahora, curémonos, que la oreja me duele más
de lo que yo quisiera.
Sacó Sancho de las
alforjas hilas y ungüento; mas cuando don Quijote llegó a ver rota
su celada, pensó perder el juicio, y puesta la mano en la espada y
alzando los ojos al cielo, dijo:
-Yo hago juramento al
Criador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, donde
más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el grande
marqués de Mantua cuando juró de vengar i t muerte de su sobrino
Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer
folgar, y otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquí
por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado
me fizo.
Oyendo esto Sancho, le
dijo:
-Advierta vuestra
merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le
dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso,
ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no
comete nuevo delito.
-Has hablado y apuntado
muy bien -respondió don Quijote-; y así, anulo el juramento en
cuanto lo que toca a tomar dél nueva venganza; pero hágole y
confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que
quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún
caballero. Y no pienses, Sancho, que así a humo de pajas hago esto,
que bien tengo a quien imitar en ello; que esto mesmo pasó al pie de
la letra sobre el yelmo de Mambrino, que tan caro le costó a
Sacripante.
-Que dé al diablo
vuestra merced tales juramentos, señor mío -replicó Sancho-, que son
muy en daño de la salud, y muy en perjuicio de la conciencia; si no,
dígame ahora, si acaso en muchos días no topamos hombre armado con
celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento a
despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el
dormir vestido y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias
que contenía el juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua,
que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien,
que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros
y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han
oído nombrar en todos los días de su vida.
-Engáñaste en eso -dijo
don Quijote-, porque no habremos estado dos horas por estas
encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre
Albraca, a la conquista de Angélica la Bella.
-Alto, pues, sea ansí -dijo
Sancho-, y a Dios prazga que nos suceda bien, y que se llegue ya el
tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo
luego.
-Ya te he dicho, Sancho,
que no te dé eso cuidado ninguno, que cuando faltare ínsula, ahí
está el reino de Dinamarca o el de Sobradisa, que te vendrán como
anillo al dedo; y más que, por ser en tierra firme, te debes más
alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en
esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún
castillo donde alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he
dicho, porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la oreja.
Aquí trayo una cebolla
y un poco de queso, y no sé cuántos mendrugos de pan -dijo Sancho-;
pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como
vuestra merced.
-¡Qué mal lo entiendes!
-replicó don Quijote-; hágote saber, Sancho, que es honra de los
caballeros andantes no comer en un mes, y ya que coman, sea de
aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto, si
hubieras leído tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas,
en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros
andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes
que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. Y aunque
se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los
otros menesteres naturales, porque en efeto eran hombres como
nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de
su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más
ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú
ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te acongoje lo que a mí
me da gusto, ni quieras tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería
andante de sus quicios.
-Perdóneme vuestra
merced -dijo Sancho-; que como yo no sé leer ni escrebir, como otra
vez he dicho, no sé, ni he caído en las reglas de la profesión
caballeresca; y de aquí adelante yo proveeré las alforjas de todo
género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para
mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más
sustancia.
-No digo yo, Sancho -replicó
don Quijote- que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra
cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario sustento
debía de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban por los campos,
que ellos conocían y yo también conozco.
-Virtud es -respondió
Sancho- conocer esas yerbas; que, según yo me voy imaginando, algún
día será menester usar de ese conocimiento.
Y sacando, en esto, lo
que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña. Pero,
deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha
brevedad su pobre y seca comida.
Subieron luego a
caballo, y diéronse priesa por llegar a poblado antes que
anocheciese; pero faltóles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que
deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y así, determinaron
pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a
poblado, fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto,
por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto
posesivo que facilitaba la prueba de su caballería.
Fuente de los Sonidos:
Instituto Cervantes
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