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Capítulo
13
Donde se da al fin cuento de la
pastora Marcela, con otros sucesos
CAPÍTULO XIII
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Mas apenas comenzó a descubrirse el día
por los balcones del oriente, cuando los cinco de los seis cabreros
se levantaron y fueron a despertar a don Quijote, y a decille si
estaba todavía con propósito de ir a ver el famoso entierro de
Grisóstomo, y que ellos le ha rían compañía. Don Quijote, que otra
cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y
enalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con
la mesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un
cuarto de legua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia
ellos hasta seis pastores vestidos con pellicos negros, y coronadas
las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada
uno un grueso bastón de acebo en la mano; venían con ellos, asimesmo,
dos gentiles hombres de a caballo, muy bien aderezados de camino,
con otros tres mozos de a pie que los acompañaban. En llegándose a
juntar se saludaron cortésmente, y, preguntándose los unos a los
otros dónde iban, supieron que todos se encaminaban al lugar del
entierro, y así comenzaron a caminar todos juntos. Uno de los de a
caballo, hablando con su compañero, le dijo:
-Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de
dar por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso
entierro, que no podrá dejar de ser famoso, según estos pastores nos
han contado extrañezas, ansí del muerto pastor como de la pastora
homicida.
-Así me lo parece a mí -respondió
Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza de un día, pero de cuatro la
hiciera a trueco de verle.
Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y de
Grisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían
encontrado con aquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel
tan triste traje, les habían preguntado la ocasión por que iban de
aquella manera; que uno dellos se lo contó, contando la extrañeza y
hermosura de una pastora llamada Marcela, y los amores de muchos que
la recuestaban, con la muerte de aquel Grisóstomo, a cuyo entierro
iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro a don Quijote había
contado.
Cesó esta plática y comenzóse otra,
preguntando el que se llamaba Vivaldo a don Quijote qué era la
ocasión que le movía a andar armado de aquella manera por tierra tan
pacífica. A lo cual respondió don Quijote:
-La profesión de mi ejercicio no consiente
ni permite que yo ande de otra manera; el buen paso, el regalo y el
reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo,
la inquietud y las armas, sólo se inventaron e hicieron para
aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo,
aunque indigno, soy el menor de todos.
Apenas le oyeron esto, cuando todos le
tuvieron por loco; y por averiguarlo más y ver qué género de locura
era el suyo, le tornó a preguntar Vivaldo que qué quería decir
caballeros andantes.
-¿No han vuestras mercedes leído -respondió
don Quijote- los anales e historias de Inglaterra, donde se tratan
las famosas fazañas del rey Arturo, que continuamente en nuestro
romance castellano llamamos el rey Artús, de quien es tradición
antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey
no murió, sino que, por arte de encantamento, se convirtió en cuervo,
y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a cobrar su
reino y cetro, a cuya causa no se probará que desde aquel tiempo a
éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en tiempo deste
buen rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los
caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los
amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina
Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada
dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan
decantado en nuestra España, de
Nunca fuera caballero de damas tan bien
servido como fuera Lanzarote cuando de Bretaña vino,
con aquel progreso tan dulce y tan suave
de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde entonces, de mano en
mano, fue aquella orden de caballería extendiéndose y dilatándose
por muchas y diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y
conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula, con todos sus
hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte
de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco; y
casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible
y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es
ser caballero andante, y la que he dicho es la orden de su
caballería, en la cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador,
he hecho profesión, y lo mesuro que profesaron los caballeros
referidos, profeso yo, y así me voy por estas soledades y
despoblados buscando las aventuras con ánimo deliberado de ofrecer
mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte me depare, en
ayuda de los flacos y menesterosos.
Por estas razones que dijo acabaron de enterarse los caminantes que
era don Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo
señoreaba, de lo cual recibieron la misma admiración que recibían
todos aquellos que de nuevo venían en conocimiento della. Y Vivaldo,
que era persona muy discreta y de alegre condición, por pasar sin
pesadumbre el poco camino que decían que les faltaba, al llegar a la
sierra del entierro, quiso darle ocasión a que pasase más adelante
con sus disparates. Y así le dijo:
-Paréceme, señor caballero andante, que
vuestra merced ha profesado una de las más estrechas profesiones que
hay en la tierra, y tengo para mí que aun la de los frailes cartujos
no es tan estrecha.
-Tan estrecha bien podía ser -respondió
nuestro don Quijote-; pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos
dedos de ponello en duda. Porque, si va a decir verdad, no hace
menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda,
que el mesuro capitán que se lo ordena. Quiero decir que los
religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la
tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que
ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos
de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto,
puesto por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de
los erizados hielos del invierno. Así, que somos ministros de Dios
en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y
como las cosas de la guerra y las a ellas tocantes y concernientes
no se pueden poner en ejecución sino sudando, afanando y trabajando
excesivamente, síguese que aquellos que la profesan tienen, sin duda,
mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo están
rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir,
ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el del caballero
andante como el del encerrado religioso; sólo quiero inferir, por lo
que yo padezco, que, sin duda, es más trabajoso y más aporreado, y
más hambriento, y sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay
duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha mala
ventura en el discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser
emperadores por el valor de su brazo, a fe que les costó buen porqué
de su sangre y de su sudor, y que si a los que a tal grado subieron
les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran, que ellos
quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus
esperanzas.
-De ese parecer estoy yo -replicó el
caminante-; pero una cosa entre otras muchas me parece muy mal de
los caballeros andantes, y es que, cuando se ven en ocasión de
acometer una grande y peligrosa aventura, en que se ve manifiesto
peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella se
acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a
hacer en peligros semejantes; antes se encomiendan a sus damas con
tanta gana y devoción como si ellas fueran su dios: cosa que me
parece que huele algo a gentileza.
-Señor -respondió don Quijote-, eso no
puede ser menos en ninguna manera, y caería en mal caso el caballero
andante que otra cosa hiciese; que ya está en uso y costumbre en la
caballería dantesca que el caballero andante que al acometer algún
gran fecho de armas tuviese su señora delante, vuelva a ella los
ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca
y ampare en el dudoso trance que acomete. Y aun si nadie le oye,
está obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de todo
corazón se le encomiende, y desto tenemos innumerables ejemplos en
las historias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de
encomendarse a Dios, que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el
discurso de la obra.
-Con todo eso -replicó el caminante-, me
queda un escrúpulo, y es que muchas veces he leído que se traban
palabras entre dos andantes caballeros, y de una en otra se les
viene a encender la cólera, y a volver los caballos, y a tomar una
buena pieza del campo, y luego, sin más ni más, a todo el correr
dellos se vuelven a encontrar, y en mitad de la corrida se
encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que
el uno cae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del
contrario de parte a parte, y al otro le viene también, que, a no
tenerse a las crines del suyo, no pudiera dejar de venir al suelo. Y
no sé yo cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el
discurso de esta tan acelerada obra; mejor fuera que las palabras
que en la carrera gastó encomendándose a su dama las gastara en lo
que debía y estaba obligado como cristiano; cuanto más, que yo tengo
para mí que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien
encomendarse, porque no todos son enamorados.
-Eso no puede ser -respondió don Quijote-: digo que no puede ser que
haya caballero andante sin dama, porque tan propio y tan natural les
es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas. Y a
buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero
andante sin amores; y por el mesmo caso que estuviese sin ellos, no
sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo, y que entró
en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por
las bardas, como salteador y ladrón.
-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo,
haber leído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula,
nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse; y, con todo
esto, no fue tenido en menos, y fue un muy valiente y famoso
caballero.
A lo cual respondió nuestro don Quijote:
-Señor, una golondrina sola no hace verano,
cuanto más que yo sé que de secreto estaba ese caballero muy bien
enamorado, fuera que aquello de querer a todas bien cuantas bien le
parecían, era condición natural, a quien no podía ir a la mano...
Pero, en resolución, averiguado está muy bien que él tenía una sola
a quien él había hecho señora de su voluntad, a la cual se
encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció del
secreto caballero.
-Luego si es de esencia que todo caballero
andante haya de ser enamorado -dijo el caminante-, bien se puede
creer que vuestra merced lo es, pues es de la profesión; y si es que
vuestra merced no se precia de ser tan secreto como don Galaor, con
las veras que puedo le suplico en nombre de toda esta compañía y en
el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama,
que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que es
querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.
Aquí dio un gran suspiro don Quijote, y
dijo:
-Yo no podré afirmar si la dulce mi
enemiga gusta, o no, de que el inundo sepa que yo la sirvo; sólo sé
decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que
su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha;
su calidad, por lo menos, ha de ser princesa, pues es reina y señora
mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer
verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza
que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente
campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus
mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su
cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las
partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según
yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede
encarecerlas y no compararlas.
-El linaje, prosapia y alcurnia querríamos
saber -replicó Vivaldo.
A lo cual respondió don Quijote:
-No es de los antiguos Curcios, Gayos y
Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos, ni de los
Moncadas y Requesenes de Cataluña; ni menos de los Rebellas y
Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas, Rocabertis, Corellas,
Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón: Cerdas,
Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallás y
Meneses de Portugal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje,
aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más
ilustres familias de los venideros siglos; y no se me replique en
esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino al pie del
trofeo de las armas de Orlando, que decía:
Nadie las mueva,
que estar no pueda con Roldán a prueba.
Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo -respondió el caminante-,
no le osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que,
para decir verdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a
mis oídos.
-¡Cómo eso no habrá llegado! -replicó don
Quijote.
Con gran atención iban escuchando todos
los demás la plática de los dos, y aun hasta los mesmos cabreros y
pastores conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro don
Quijote. Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era
verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde su
nacimiento; y en lo que dudaba algo, era en creer aquello de la
linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa
había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso.
En estas pláticas iban cuando vieron que,
por la quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte
pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos, y coronados con
guirnaldas, que a lo que después pareció eran cuál de tejo y cuál de
ciprés. Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha
diversidad de flores y de ramos. Lo cual, visto por uno de los
cabreros, dijo:
-Aquellos que allí vienen son los que
traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el
lugar donde él mandó que le enterrasen.
Por esto se dieron priesa a llegar, y fue
a tiempo que ya los que venían habían puesto las andas en el suelo,
y cuatro dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura a un
lado de una dura peña.
Recebiéronse los unos y los otros
cortésmente, y luego don Quijote y los que con él venían se pusieron
a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto de flores un cuerpo
muerto y vestido como pastor, de edad, al parecer, de treinta años;
y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y
de disposición gallarda. Alrededor del tenía, en las mismas andas,
algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los que
esto miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás
que allí había, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de
los que al muerto trujeron dijo a otro:
-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar
que Grisóstomo dijo, ya que queréis que tan puntualmente se cumpla
lo que dejó mandado en su testamento.
-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas
veces en él me contó mi desdichado amigo la historia de su
desventura. Allí me dijo él que vio la vez primera a aquella enemiga
mortal del linaje humano, y allí fue también donde la primera vez le
declaró su pensamiento, tan honesto corno enamorado, y allí fue la
última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar, de
suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida; y aquí, en
memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las
entrañas del eterno olvido.
Y volviéndose a don Quijote y a los
caminantes, prosiguió diciendo:
-Ese cuerpo, señores, que con piadosos
ojos estáis mirando, fue depositario de una alma en quien el cielo
puso infinita parte de sus riquezas. Ése es el cuerpo de Grisóstomo,
que fue único en el ingenio, solo en la cortesía, extremo en la
gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin
presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que
es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso
bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera,
importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad,
sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojos de
la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin
una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la
memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles
que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al
fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con
ellos -dijo Vivaldo- que su mesmo dueño, pues no es justo ni
acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera
de todo razonable discurso; y no le tuviera bueno Augusto César si
consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano
dejó en su testamento mandado. Así que, señor Ambrosio, ya que deis
el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos
al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que vos
cumpláis como indiscreto; antes haced, dando la vida a estos papeles,
que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de
ejemplo en los tiempos que están por venir a los vivientes, para que
se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo,
y los que aquí venimos, la historia deste vuestro enamorado y
desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra y la ocasión de su
muerte, y lo que dejó mandado al acabar de la vida; de la cual
lamentable historia se puede sacar cuánto haya sido la crueldad de
Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el
paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que
el desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la
muerte de Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado, y
así, de curiosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y
acordamos de venir a ver con los ojos lo que tanto nos había
lastimado en oíllo; y en pago desta lástima, y del deseo que en
nosotros nació de remedialla si pudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto
Ambrosio!, a lo menos, yo te lo suplico de mi parte, que, dejando de
abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.
Y sin aguardar que el pastor respondiese,
alargó la mano y tomó algunos de los que más cerca estaban; viendo
lo cual Ambrosio, dijo:
-Por cortesía consentiré que os quedéis,
señor, con los que ya babéis tomado; pero pensar que dejaré de
quemar los que quedan es pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los
papeles decían, abrió luego el uno dellos y vio que tenía por
título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio, y dijo:
-Ése es el último papel que escribió el
desdichado; y porque veáis, señor, en el término que le tenían sus
desventuras, leedle de ¡nodo que seáis oído, que bien os dará lugar
a ello el que se tardare en abrir la sepultura.
-Eso haré yo de muy buena gana -dijo
Vivaldo; y como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le
pusieron a la redonda, y él, leyendo en voz clara, vio que así decía:
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Capítulo
14
Donde se ponen los versos
desesperados del difunto pastor, con otros no esperados suesos
CAPÍTULO XIV
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CANCIÓN DE GRISÓSTOMO
Ya que quieres, cruel, que se publique de
lengua en lengua y de una en otra gente del áspero rigor tuyo la
fuerza, haré que el mesmo infierno comunique al triste pecho mío un
son doliente, con que el uso común de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
decir mi dolor y tus hazañas, de la espantable voz irá el acento, y
en él mezcladas, por mayor tormento, pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído, no al
concertado son, sino al rüido que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío, por gusto mío sale y tu despecho.
El rugir del león, del lobo fiero el
temeroso aullido, el silbo horrendo de escamosa serpiente, el
espantable baladro de algún monstruo, el agorero graznar de la
corneja, y el estruendo del viento contrastado en mar instable; del
ya vencido toro el implacable bramido, y de la viuda tortolilla el
sentible arrullar; el triste canto del envidiado búho, con el llanto
de toda infernal negra cuadrilla, salgan con la doliente ánima fuera,
mezclados en un son de tal manera, que se confundan los sentidos
todos, pues la pena cruel que en mí se halla para contalla pide
nuevos modos.
De tanta confusión, no las arenas del
padre Tajo oirán los tristes ecos, ni del famoso Betis las olivas;
que allí se esparcirán mis duras penas en altos riscos y en
profundos huecos, con muerta lengua y con palabras vivas, o ya en
oscuros valles, o en esquivas playas, desnudas de contrato humano, o
a donde el sol jamás mostró su lumbre, o entre la venenosa
muchedumbre de fieras que alimenta el libio llano; que, puesto que
en los páramos desiertos los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo, por privilegio de mis cortos
hados serán llevados por el ancho mundo.
Mata un desdén, atierra la paciencia, o
verdadera o falsa, una sospecha; matan los celos con rigor más
fuerte; desconcierta la vida larga ausencia; contra un temor de
olvido no aprovecha firme esperanza de dichosa suerte. En todo hay
cierta, inevitable muerte; mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo,
celoso, ausente, desdeñado y cierto de las sospechas que me tienen
muerto, y en el olvido en quien mi fuego avivo, y, entre tantos
tormentos, nunca alcanza mi vista a ver en sombra a la esperanza, ni
yo, desesperado la procuro; antes, por extremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.
¿Puédese, por ventura, en un instante esperar y temer? ¿O es bien
hacello, siendo las causas del temor más ciertas? ¿Tengo, si el duro
celo está delante, de cerrar estos ojos, si he de vello por mil
heridas en el alma abiertas? ¿Quién no abrirá de par en par las
puertas a la desconfianza, cuando mira descubierto el desdén, y las
sospechas, ¡oh amarga conversión!, verdades hechas, y la limpia
verdad vuelta en mentira?
|
¡Oh, en el reino de amor fieros, tiranos
celos!, ponedme un hierro en estas manos;
Dame, desdén, una torcida soga,
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel victoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
Yo muero en fin; y porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estaré en mi fantasía,
diré que va acertado el que bien quiere,
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.
Tú, que con tantas sinrazones muestras
la razón que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras e
sta del corazón profunda llaga,
de cómo alegre a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasión funesta,
descubre que el fin mío fue tu fiesta.
Mas gran simpleza es avisarte desto,
pues sé que está tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.
Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed, Sísifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y asimismo
con su rueda Egión no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto,
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
-si ya a un desesperado son debidas-
canten obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo, a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstruos,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto. |
Canción desesperada, no te quejes cuando
mi triste compañía dejes; antes, pues que la causa do naciste con mi
desdicha aumenta su ventura, aun en la sepultura no estés triste.
Bien les pareció, a los que escuchando
habían, la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que
no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del
recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de
celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y
buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel que
sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis de su
duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta
canción estaba ausente de Marcela, de quien se había ausentado por
su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios
fueros. Y como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni
temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos
imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con
esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de
Marcela, la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante, y un
mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta
alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo; y
queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo
estorbó una maravillosa visión (que tal parecía ella) que
improvisadamente se les ofreció a los ojos; y fue que, por cima de
la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela,
tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta
entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y
los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos
que los que nunca la habían visto. Mas apenas la hubo visto
Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero
basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las
heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes
a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa
altura, como otro despiadado Nerón, el incendio de su abrasada Roma,
o a pisar arrogante este desdichado cadáver como la ingrata hija de
su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de
que más gustas, que por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo
jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te'
obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa
de las que has dicho -respondió Marcela-, sino a volver por mí misma,
y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus
penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos
los que aquí estáis atentos, que no será menester mucho tiempo ni
gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera,
que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi
hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que
esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento
que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo
que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por
hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el
amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser
aborrecido, cae muy mal el decir: «Quiérote por hermosa, hasme de
amar aunque sea feo.» Pero, puesto caso que corran igualmente las
hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no
todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no
rinden la voluntad. Que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen,
sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en
cuál habrían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos,
infinitos habían de ser los deseos; y, según yo he oído decir, el
verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso.
Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda
mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis
bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera
fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?
Cuando más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura
que tengo, que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo
pedilla ni escogella. Y así como la víbora no merece ser culpada por
la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado
naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa, que
la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la
espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se
acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales
el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la
honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más
adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por
hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su
gusto, con todas sus fuerzas e industria procura que la pierda? Yo
nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los
campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras
aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas
comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada
puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con
las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no
habiendo yo dado alguna a Grísóstomo ni a otro alguno, en fin de
ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que
mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus
pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos,
digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura
me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era
vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto
de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo
este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra
el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su
desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara,
hiciera contra mí mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado,
desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su
pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel
a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo
llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni
homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El
cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el
pensar que tengo de amar por elección es excusado. Este general
desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular
provecho; y entiéndase de aquí adelante que si alguno por mí muriere,
no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a
ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en
cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como
cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el
que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta
fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida,
ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que
si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha
de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza
con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda
el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo
riquezas propias y no codicio las ajenas. Tengo libre condición y no
gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste,
ni solicito a aquél, ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro.
La conversación honesta de las zagalas destas aldeas v el cuidado de
mis cabras me entretienen; tienen mis deseos por término estas
montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo,
pasos con que camina el alma a su morada primera.
Y en diciendo esto, sin querer oír
respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado
de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su
discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y
algunos dieron muestras (de aquellos que de la poderosa flecha de
los rayos de sus bellos ojos estaban heridos) de quererla seguir,
sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual,
visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su
caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano
en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y
condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena
de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras
razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de
Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de
ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en lugar de ser
seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del
mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta
intención vive. O ya fuese por las amenazas de don Quijote, o porque
Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían,
ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que,
acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron
su cuerpo en ella, no sin mucha lágrimas de los circunstantes.
Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se acababa
una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer con un
epitafio que había de decir desta manera:
Yace aquí de un amador el mísero cuerpo
helado, que fue pastor de ganado, perdido por desamor. Murió a manos
del rigor de una esquiva hermosa ingrata, con quien su imperio
dilata la tiranía de amor.
Luego esparcieron por cima de la sepultura
muchas flores y ramos, y, dando todos el pésame a su amigo Ambrosio,
se despidieron dél. Lo mesmo hicieron Vivaldo y su compañero, y don
Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales
le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan
acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada esquina
se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció el
aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por
entonces no quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubiese
despojado todas aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien
era fama que todas estaban llenas, Viendo su buena determinación, no
quisieron los caminantes importunarle más, sino, tornándose a
despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino, en el cual
no les faltó de qué tratar, así de la historia de Marcela y
Grisóstomo como de las locuras de don Quijote, el cual determinó de
ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía en
su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta en el
discurso desta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte.
Fuente de los Sonidos:
Instituto Cervantes
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