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Capítulo
VII
De la segunda salida de
nuestro buen
caballero don Quijote de la Mancha
CAPÍTULO VII
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Estando en esto, comenzó a dar voces
don Quijote, diciendo: -¡Aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí
es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos; que
los cortesanos llevan lo mejor del torneo!
Por acudir a este ruido y estruendo,
no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que
quedaban; y así, se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni
oídos, La Carolea y León de España, con Los Hechos del Emperador,
compuestos por don Luis de Ávila, que, sin duda, debían de estar
entre los que quedaban; y quizá, si el cura los viera, no
pasaran por tan rigurosa sentencia. Cuando llegaron a don
Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en sus
voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas
partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido.
Abrazáronse con él, y por fuerza le volvieron al lecho; y
después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con el
cura, le dijo:
-Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los
que nos llamamos Doce Pares dejar tan sin más ni más llevar la
vitoria deste torneo a los caballeros cortesanos, habiendo
nosotros los aventureros ganado el prez en los tres días
antecedentes.
-Calle vuestra merced, señor compadre -dijo el cura-, que Dios
será servido que la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde,
se gane mañana; y atienda vuestra merced a su salud por agora;
que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no
es que está malferido.
-Ferido, no --dijo don Quijote-; pero molido y quebrantado, no
hay duda en ello; porque aquel bastardo de don Roldán me ha
molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia,
porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías; mas no me
llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levantándome deste
lecho, no me lo pagare a pesar de todos sus encantamentos; y,
por agora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará
al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo ansí: diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido,
y ellos, admirados de su locura.
Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el
corral y en toda la casa; y tales debieron de arder, que
merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su
suerte y la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán
en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores. Uno de
los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces, para
el mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de
los libros, porque cuando se levantase no los hallase (quizá
quitando la causa, cesaría el efecto), y que dijesen que un
encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue
hecho con mucha presteza. De allí a dos días se levantó don
Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y como
no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en
otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y
tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo
sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza preguntó a su
ama que hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama,
que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le
dijo:
-¿Qué aposento, o qué nada, busca vuestra merced? Ya no hay
aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el
mesmo diablo.
-No era diablo -replicó la sobrina-, sino un encantador que vino
sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de
aquí se partió; y apeándose de una sierpe en que venía
caballero, entró en el aposento, y no sé lo que hizo dentro, que
a cabo de poca pieza salió volando por el tejado, y dejó la casa
llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho,
no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien
a mí y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo
en altas voces, que por enemistad secreta que tenía al dueño de
aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa
que después se vería; dijo también que se llamaba el sabio
Muñatón.
-Frestón diría- dijo don Quijote.
-No sé -respondió el ama- si se llamaba Frestón o Fritón; sólo
sé que acabó en tón su nombre.
-Así es -dijo don Quijote-; que ése es un sabio encantador,
grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus
artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear
en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le
tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar; y por esto procura
hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal
podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.
-¿Quién duda de eso? -dijo la sobrina-; pero ¿quién le mete a
vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor
estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan
de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven
tresquilados?
-¡Oh sobrina mía -respondió don Quijote-, y cuán mal que estás
en la cuenta! Primero que a mí me tresquilen, tendré peladas y
quitadas las barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de
un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le
encendía la cólera.
Es, pues, el caso, que él estuvo quince días en casa muy
sosegado, sin dar muestras de querer secundar sus primeros
devaneos, en los cuales días pasó graciosísimos cuentos con sus
dos compadres, el cura y el barbero, sobre que él decía que la
cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros
andantes, y de que en él se resucitase la caballería andantesca.
El cura algunas veces le contradecía,
y otras concedía, porque si no guardaba este artificio, no había
poder averiguarse con él.
En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo,
hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es
pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto
le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se
determinó de salirse con él y servirle de escudero.
Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir
con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura
que ganase en quítame allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase
a él por gobernador della. Con estas promesas y otras tales,
Sancho Panza (que así se llamaba el labrador) dejó su mujer e
hijos, y asentó por escudero de su vecino. Dio luego don Quijote
orden en buscar dineros; y vendiendo una cosa y empeñando otra,
y malbaratándolas todas, allegó una razonable cantidad.
Acomodóse así mesmo de una rodela, que pidió prestada a un su
amigo, y pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisó a
su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en
camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era
menester; sobre todo le encargó que llevase alforjas. El dijo
que sí llevaría, y que ansimesmo pensaba llevar un asno que
tenía, muy bueno, porque él no estaba ducho a andar mucho a pie.
En lo del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le
acordaba si algún caballero andante había traído escudero
caballero asnalmente; pero nunca le vino alguno a la memoria;
mas con todo esto determinó que le llevase, con presupuesto de
acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para
ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que
topase. Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo,
conforme al consejo que el ventero le había dado; todo lo cual
hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni
don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar
sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al
amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían, aunque
los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento corno un patriarca, con sus
alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de
la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a
tomar la misma derrota y camino que él había tomado en su primer
viaje, que fue por el Campo de Montiel, por el cual caminaba con
menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la
mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigaban.
Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
-Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le
olvide lo que de la ínsula me tiene prometido; que yo la sabré
gobernar por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada
de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus
escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo
determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza; antes
pienso aventajarme en ella; porque ellos algunas veces, y quizá
las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos; y ya
después de hartos de servir y de llevar malos días y peores
noches, les daban algún título de conde, o por lo mucho de
marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero si
tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días
ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes, que
viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo
tengas a mucho; que cosas y casos acontecen a los tales
caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con
facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.
-De esa manera -respondió Sancho Panza-,
si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced
dice, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a ser
reina, y mis hijos infantes.
-¿Pues quién lo duda? -respondió don Quijote.
-Yo lo dudo -replicó Sancho Panza-, porque tengo para mí que,
aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría
bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale
dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y
ayuda.
-Encomiéndalo tú a Dios, Sancho -respondió don Quijote-, que Él
dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que
te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.
-No haré, señor mío -respondió Sancho-, y más teniendo tan
principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello
que me esté bien y yo pueda llevar.
Del buen suceso que el
valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada
aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de
felice recordación
CAPÍTULO VIII
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En esto descubrieron treinta o
cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y así como don Quijote los
vio, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando
nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí,
amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más
desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a
todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que
ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala
simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes? -dijo
Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves
-respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener
algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced -respondió
Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino
molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas,
que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió
don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos
son gigantes, y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración
en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual
batalla.
Y diciendo esto, dio de
espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su
escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran
molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero
él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su
escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo
que eran; antes bien iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes
y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un
poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual
visto por don Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más
brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y
encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que
en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la
lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y
embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una
lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la
lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue
rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle
a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía
menear; tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
-iVálame Dios! -dijo
Sancho-; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que
hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar
sino quien llevase otros tales en la cabeza?
-Calla, amigo Sancho -respondió
don Quijote-, que las cosas de la guerra, más qué otras, están
sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así
verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros
ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su
vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo
han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mí espada.
-Dios lo haga como
puede -respondió Sancho Panza; y ayudándole a levantar, tornó a
subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba.
Y, hablando en la
pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí
decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y
diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy
pesaroso por haberle faltado la lanza; y, diciéndoselo a su escudero,
le dijo:
-Yo me acuerdo haber
leído que un caballero español, llamado Diego Pérez de Vargas,
habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un
pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó
tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como
sus decendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y
Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se
me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel que
me imagino, y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas
por bien afortunado de haber merecido venir a vellas, y a ser
testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
-A la mano de Dios -dijo
Sancho-; yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero
enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser
del molimiento de la caída.
-Así es la verdad -respondió
don Quijote-; y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los
caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se les salgan
las tripas por ella.
-Si eso es así, no
tengo yo que replicar -respondió Sancho-; pero sabe Dios si yo me
holgara que vuestra merced se quejara y' cuando alguna cosa le
doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor
que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los
caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don
Quijote de la simplicidad de su escudero, y así, le declaró que
podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella,
que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de
caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer.
Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester; que
comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia se acomodó
Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las
alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo
detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba
la bota con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado
bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera
menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo
le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho
descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del
uno de ellos desgajó don Quijote un ramo seco, que casi le podía
servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le
había quebrado. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando
en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus
libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en
las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus
señoras. No la pasó así Sancho Panza; que, como tenía el estómago
lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no
fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos
del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que,
muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo día saludaban. Al
levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la
noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban
camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don
Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas
memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra
de las tres del día le descubrieron.
-Aquí -dijo en viéndole
don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hastas
los codos en esto que llaman aventuras; mas advierte que, aunque me
veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu
espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es
canalla y gente baja, que en tal caso, bien puedes ayudarme; pero si
fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por
las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado
caballero.
-Por cierto, señor -respondió
Sancho-, que vuestra merced sea muy bien obedecido en esto; y más,
que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni
pendencias; si bien es verdad que en lo que tocare a defender mi
persona, no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y
humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere
agraviarle.
-No digo yo menos -respondió don Quijote-; pero en esto de ayudarme
contra caballeros has de tener a raya tus naturales ímpetus.
-Digo que así lo haré -respondió
Sancho-, y que guardaré ese preceto tan bien como el día del domingo.
Estando en estas
razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San
Benito, caballeros sobre dos dromedarios: que no eran más pequeñas
dos mulas en que venían. Traían sus antojos de camino y sus
quitasoles. Detrás dellos venía un coche con cuatro o cinco de a
caballo que le acompañaban, y dos mozos de mulas a pie. Venía en el
coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla,
donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy honroso
cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino;
mas apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:
-O yo me engaño, o ésta
ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos
bultos negros que allí parecen deben de ser, y son, sin duda,
algunos encantadores, que llevan
hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este
tuerto a todo mi poderío.
-Peor será esto que los
molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, señor, que aquéllos son
frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente
pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo
que le engañe.
-Ya te he dicho, Sancho
-respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras: lo
que digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto, se
adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes
venían, y en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían
oír lo que dijese, en alta voz dijo:
-Gente endiablada y
descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese
coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte por
justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la
figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
-Señor caballero,
nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos
de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este
coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
-Para conmigo no hay
palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla -dijo don
Quijote; y sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza
baja, arremetió contra el primer fraile con tanta furia y denuedo,
que si el fraile no se dejara caer de la mula, él le hiciera venir
al suelo mal de su grado, y aun mal ferido, si no cayera muerto.
El segundo religioso,
que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al
castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña,
más ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio
en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno, arremetió a
él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de
los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles
Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la
batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no
sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ti¡ batallas,
viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las
que en el coche venían, arremetieron con Sancho, y dieron con él en
el suelo, y sin dejarle pelo en las barbas le molieron a coces y le
dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y sin detenerse
un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin
color en el rostro; y cuando se vio a caballo picó tras su compañero,
que un buen espacio de allí le estaba aguardando y esperando en qué
paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel
comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si
llevaran el diablo a las espaldas. Don Quijote estaba, como se ha
dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole:
-La vuestra fermosura,
señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en
talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el
suelo, derribada por este mi fuerte brazo.
Y porque no penéis por
saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don
Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de
la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y en pago del
beneficio que de mí habéis recebido, no quiero otra cosa sino que
volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta señora
y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.
Todo esto que don
Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban,
que era vizcaíno; el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche
adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso,
se fue para don Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala
lengua castellana y peor vizcaína, desta manera:
Anda, caballero que mal
andes; ¡por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas
como
estás ahí vizcaíno!
Entendióle muy bien don
Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
-Si fueras caballero,
como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento,
cautiva criatura.
A lo cual replicó el
vizcaíno:
-¿Yo no caballero? juro
a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas,
el agua cuán presto verás que al gato llevas. Vizcaíno por tierra,
hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra
dices cosa.
Ahora lo veredes, dijo
Agrajes -respondió don Quijote; y arrojando la lanza en el suelo,
sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con
determinación de quitarle la vida.
El vizcaíno, que así le
vio venir, aunque quisiera apearse de la mula (que, por ser de las
malas de alquiler, no había que fiar en ella), no pudo hacer otra
cosa sino sacar su espada; pero avínole bien, que se halló junto al
coche, de donde pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y
luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales
enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz; mas no pudo,
porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le
dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a
toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y
temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí
algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en
el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a don
Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a dársela
sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la
pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:
-¡Oh señora de mi alma,
Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero,
que, por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso
trance se halla!
El decir esto, y el
apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter
al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de
aventurarlo todo a la de un solo golpe. El vizcaíno, que así le vio
venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó
de hacer lo mesmo que don Quijote; y así, le aguardó, bien cubierto
de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte; que
ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar
un paso.
Venía, pues, como se ha
dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno, con la espada en alto,
con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba
ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos
los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de
suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la
señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil
votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de
España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan
grande peligro en que se hallaban.
Pero está el daño de
todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta
historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito,
destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es
verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan
curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que
hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no
tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que
deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se
desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual,
siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la
segunda parte. 1
_________________________
1 Cervantes dividió el
primer tomo de su Don Quijote en cuatro partes; pero continuó la
numeración de los capítulos hasta el fin del volumen. Cuando publicó,
diez años después, el segundo tomo, le dio el título de Segunda
parte, por lo cual se ha considerado siempre dividida la obra en dos
partes no más, y no se ha puesto título especial a las secciones en
que salió distribuida esta primera, que comprendía primera, segunda,
tercera y cuarta parte. Sigue, pues, la numeración de los capítulos,
y se omite la división en partes que sacó el primer tomo, entonces
único, de esta gran obra, cuando fue dado a luz. De todos modos, en
el índice indicamos esta inicial división en partes.
Fuente de los Sonidos:
Instituto Cervantes
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