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No sé hasta qué punto un escritor
puede ser revolucionario. Por lo pronto, está trabajando con el idioma, que es
una tradición.
Jorge Luis Borges
Algunos escritores
aumentan el número de lectores; otros sólo aumentan el número de
libros.
Jacinto Benavente
La sociedad de
fin de siglo
Los historiadores han descrito la grave crisis que agitaba a la
sociedad española de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Durante la última década la nación vivía inmersa en una profunda
depresión económica y social que ponía en peligro la estabilidad del
régimen de la Restauración. Las estructuras políticas soportaban el
problema del caciquismo que viciaba la vida democrática. El país,
regido por una administración ineficaz y corrupta, estaba gobernado
por un parlamento sin crédito que dejaba fuera de la acción política
a gran parte de la ciudadanía. Un desánimo general invadía a una
nación que antaño fuera cabeza de un vasto imperio.
La pérdida en 1898 de las colonias (Cuba, Filipinas, Puerto Rico) se
convirtió en un episodio histórico gravemente traumático para los
españoles de fin de siglo. Aunque este suceso provocó algunas
consecuencias positivas para la nación, su estructura ofrecía un
perfil de absoluto inmovilismo: el propio de una sociedad agraria
atrasada, reacia a cualquier innovación. No obstante, tal situación
propició el desarrollo y fortaleza de la alternativa
pequeño-burguesa, la llamada clase media, situada entre la burguesía
dominante y un proletariado urbano cada vez más numeroso y fuerte.
En esta crisis política se enraiza la desazón que conmueve las
conciencias de viejos y jóvenes, la colectiva desmoralización, y el
grito de quienes trataron, con escaso éxito, la regeneración de una
sociedad en ruinas.
Modernismo y
Generación del 98
En lo que se refiere a la literatura, hacia 1890 las letras
españolas vivían un agotamiento de la tendencia realista que
afectaba de manera especial a la poesía y al teatro. Los
historiadores de la literatura distinguen en este período
(1890-1910) dos movimientos estéticos que conviven, a veces en
franca y radical oposición: el Modernismo y la Generación del 98, o
Modernismo frente a 98, si aceptamos la propuesta de Guillermo Díaz
Plaja. Estas tendencias reflejan dos maneras contrapuestas de
interpretar la realidad y también la literatura:
Tendencia ética
Los escritores viven preocupados por los problemas sociológicos y,
en consecuencia, entienden el arte y la literatura como un
instrumento para mejorar las condiciones vitales del hombre. De su
pluma nacerá una creación sobria que se alimenta de la experiencia y
trata de colmar el horizonte de expectativas de las clases populares
y de la pequeña burguesía, desde ideologías políticas progresistas y
aun revolucionarias. Estas son las premisas que conforman las señas
de identidad de la bautizada por Azorín como "Generación del 98".
Los hombres del 98 eligen el camino del compromiso con la sociedad.
Como ésta no les agrada, se sienten en la obligación de
transformarla. Tienen al realismo del XIX por insuficiente, y sólo
algunas de las figuras señeras de la Generación del 68 (Dicenta,
Galdós, Blasco Ibáñez...), justamente los que practican una
literatura de mayor hondura ideológica, tienen algún atractivo para
ellos. Su actitud política no es intervencionista, salvo en
episodios concretos; no son políticos sino intelectuales y literatos
que muestran en sus escritos su radical desacuerdo para censurar con
suma dureza a la sociedad y al poder establecido.
Tendencia estética
Con preocupaciones orientadas de manera particular a la búsqueda de
un arte cada vez más complejo, refinado y exquisito, pero alejadas
de cualquier preocupación social. Es el concepto que recogemos bajo
la expresión de "el arte por el arte". No son pensadores, sino
artistas que defienden un arte minoritario, pensado para elites o
grupos selectos determinados. Estos son los supuestos estéticos del
Modernismo, movimiento que siguen con pasión literatos y artistas.
Aunque ocasionalmente encontramos cierta actitud crítica en algunos
textos modernistas, no es, sin embargo, el Modernismo un movimiento
que se inquiete en las tensiones ideológicas.
Nace el Modernismo como una reacción natural contra el Realismo
decimonónico, estética agotada por un largo uso, en una
consideración puramente artística. El escritor moderno siente una
urgente necesidad de reformar el hecho literario rehuyendo la
realidad que había sido motivo de inspiración para los escritores de
la generación anterior, la Generación de 1868. El Modernismo intenta
superar "la vulgaridad realista" y se opone al estilo impuro de
"Benito el garbancero", usando la expresión despreciativa de Valle-Inclán,
uno de los principales mentores de dicho movimiento. El escritor
modernista se encierra en su peculiar mundo personal, cargado de
exotismos, de sensualidad, de individualismo, un antídoto contra la
realidad social sucia y triste que rehúye el escritor. Un estilo
pulido y cuidado en exceso se convierte en la seña de identidad más
destacada de esta nueva estética.
Aunque las diferencias entre ambas corrientes son numerosas y
radicales, en algo coinciden, sin embargo, como si fuera expresión
de un amplio ademán generacional que las relaciona: la ruptura con
los gustos decimonónicos, sociedad (por lo menos de modas y
costumbres) y literatura que busca unos nuevos cauces expresivos, si
bien lo hacen por caminos diversos. En este sentido todos los
jóvenes literatos, de una y otra tendencia, son modernos,
"modernistas". Algunos estudiosos han subrayado otras coincidencias
vitales: un cierto individualismo e idealismo, producto, sin duda,
del momento histórico y cultural en que vivían; la exaltación del
paisaje, si bien, en líneas generales, el Modernismo se inclinará
más hacia lo urbano y la Generación del 98 hacia lo rural; un
marcado interés por lo europeo, modelo y elemento enriquecedor
frente al atraso y aislamiento español (cosmopolitismo
transformador); la bohemia literaria, como voluntaria marginación de
la sociedad.
A pesar de que cada grupo vela sus armas literarias desde revistas y
periódicos afines, es posible verlos coincidir en los despachos de
redacción de algunas publicaciones que acogen, sin exigencias
partidistas, a los jóvenes literatos. Las plumas de personajes de
trayectoria tan dispar como Baroja, Unamuno, Juan Ramón Jiménez,
Maeztu y Valle-Inclán coinciden, amablemente mezclados, en revistas
como Germinal, Vida Nueva, Revista Nueva, Juventud o Alma Española,
portavoces de las nuevas corrientes del espíritu. Aparecen incluso
juntas en el diario El País, órgano del Partido Republicano
Progresista de Ruiz Zorrilla, y que pasaba por ser el símbolo de la
modernidad y progresía madrileña. Lerroux, director durante un
tiempo de este influyente periódico, recuerda en sus Memorias estas
colaboraciones compartidas:
"Bajo mi dirección escribió en El País el insigne literato Martínez
Ruiz que ha hecho famoso en las letras españolas el pseudónimo de
Azorín. No en su mengua sino en su elogio recordaré que debutó
rabiosamente radical, anarquista teorizante, hasta el punto de que
alguna de sus colaboraciones provocó queja de nuestros lectores
habituales [...] Un tanto parecido, con menos asiduidad en la
colaboración, fue el de Maeztu, que no debutó ciertamente en
conservador [...] Pío Baroja, el gran novelista, escribió también en
El País, siendo yo director [...] De otra clase es el caso de Valle-Inclán
y Manolito Bueno. A uno y al otro les llevó a firmar en las columnas
de El País la camaradería, la atracción del público intelectual, un
tanto bohemio, que allí actuaba al margen de la redacción".
La convivencia entre noventayochos y modernistas debió soportar
episodios de diversa naturaleza. La disparidad de criterios
ideológicos y estéticos los enzarzó en ocasiones en agrias
polémicas, más duras según la hondura del compromiso personal de
cada uno de ellos. Por contra, otras veces les vemos colaborar
amigablemente, por lo general en empresas de tipo literario, donde
era necesario aunar las fuerzas para combatir el poder de los
literatos trasnochados, la "gente vieja", según lenguaje común. Así
ocurrió con motivo de la concesión del Nobel de Literatura al
dramaturgo José Echegaray en 1905. Los jóvenes, rechazando que
tuviera representatividad alguna en las letras españolas del
momento, dirigieron a la opinión pública un duro comunicado:
"Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a don José
Echegaray y se abroga la representación de la intelectualidad
española. Nosotros, con derecho a ser incluidos en ella, sin
discutir la personalidad literaria de don José Echegaray, hacemos
constar que nuestros ideales artísticos son otros y nuestras
admiraciones muy distintas."
Firma el manifiesto la plana mayor de los nuevos literatos, ya
noventayochos (Unamuno, Maeztu, Grandmontaigne, Azorín, Baroja), ya
modernistas (Rubén Darío, Manuel y Antonio Machado, Díez-Canedo,
Villaespesa, Salaverría, Mesa, Mata, Valle-Inclán, Gómez
Carrillo...), otros literatos ilustres (Ciges Aparicio, Camba) e
intelectuales (Fernández Almagro, Llamas Aguilaniedo...) de distinto
signo, y lo más granado de la crítica literaria (Antonio Palomero,
Manuel Bueno, José Nogales...). El homenaje a Echegaray quedó
totalmente oscurecido a causa de la rebelión de los jóvenes
escritores, entre los que no aparece, sin embargo, la firma de
Jacinto Benavente, que mantenía una cierta actitud admirativa hacia
el premiado, a pesar de las razones que les separaban.
La sensibilidad fin de siglo y el Modernismo
Pero retomemos de nuevo el espacio cultural en el que nace el
Modernismo de finales del siglo XIX. Ya advertimos cómo el
agotamiento de la literatura realista provocó una paulatina búsqueda
de nuevos caminos estéticos. Surgen síntomas de renovación que van
creando un concepto nuevo, el de fin de siglo que, si bien al
principio portaba un carácter negativo, abandonó este matiz
despectivo en pocos años. Acabó convirtiéndose en una expresión de
moda que se extendió por diversos países europeos. Los principales
literatos y críticos españoles alternan esta denominación con otras,
como postrimerías del siglo XIX. Así Clarín se muestra conocedor del
término desde 1892, mientras que Baroja habla de "esta inquietud que
se hace notar en la atmósfera moral del fin de siglo". Los
escritores hispanoamericanos constatan también esta nueva
sensibilidad: Julián del Casal en 1890 menciona "una tristeza fin de
siglo", Carlos Reyes se refiere a la "sensibilidad fin de siglo, tan
refinada y compleja", mientras que José Enrique Rodó utiliza por vez
primera el adjetivo "finisecular".
Otras dos denominaciones, Decadencia y Modernismo, alternan en la
pluma de los analistas coetáneos con la de fin de siglo. La primera
se empleaba, con contenido negativo, desde comienzos del siglo XIX,
aunque la discusión en torno a este concepto cobró intensidad
alrededor de los años 30, para adoptar un tono más positivo en el
último cuarto del Ochocientos. Los decadentes se sentían una elite y
se consideraban como el prototipo de la modernidad frente la
burguesía. Entre la conciencia de decadencia y la sensibilidad fin
de siglo existía una relación de causa-efecto. A estos dos términos
se unió a partir de los años noventa el de Modernismo, que nacía con
mayores pretensiones socio-culturales, pues quería convertirse en
una amplia visión del mundo y de la vida. Sus adictos pretendían ser
modernos, y además tenían una sensibilidad y receptividad peculiar
de los valores del espíritu.
No sabemos cuándo ni quién empleó por vez primera el vocablo
Modernismo. La Real Academia Española lo introdujo en su edición de
1899, dándole una definición un tanto despectiva: "Afición excesiva
a las cosas modernas con menosprecio de las antiguas, especialmente
en artes y literatura". En 1902 Valle-Inclán constata la complejidad
que va adquiriendo esta denominación: "[...] esta palabra
modernismo, como todas las que son muy repetidas, ha llegado a tener
una significación tan amplia como dudosa". En la misma idea insistía
Manuel Machado quien afirmaba que era "un dicterio complejo de toda
clase de desprecio". Para muchos fue sinónimo de extravagancia, afán
de originalidad y absurdo. Sin embargo, esta palabra fue perdiendo
poco a poco su matiz despectivo para convertirse en un concepto
artístico.
Algunos críticos han considerado el Modernismo como un fenómeno
general propio de los países hispánicos. Dicho en palabras del
estudioso Federico de Onís: "Es la forma hispánica de la crisis
universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la
disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la
ciencia, la religión, la política y gradualmente en los demás
aspectos de la vida entera, con todos los caracteres, por tanto, de
un hondo cambio histórico". Juan Ramón Jiménez, alejado ya de su
credo artístico primitivo, analizaba en perspectiva este movimiento
en un artículo publicado en el diario madrileño La Voz (18 marzo
1935), que consideraba como una tendencia generacional, no sólo
literaria, que afectó a la vida entera, algo así como el espíritu de
los nuevos tiempos. No fue tanto una escuela artística, como una
actitud humana, la del reencuentro con la belleza sepultada durante
el XIX.
Límites cronológicos
Los límites cronológicos del Modernismo son poco precisos.
Estableciendo nexos entre la expresión artística del movimiento y
los aspectos ideológicos y sociales de la época, Juan Ramón habla de
un siglo modernista. Los estudiosos más solventes (Schulman, Gullón)
circunscriben esta tendencia estética en el medio siglo inscrito
entre las fechas de 1882 y 1932, incluidos los momentos de formación
y de decadencia. Toma carta de naturaleza con la publicación en 1888
de Azul de Rubén Darío, obra sobre la que el sensible Juan Valera
escribió dos artículos elogiosos. Federico de Onís (Antología de la
poesía española e hispanoamericana) destaca varias etapas en este
movimiento: una época de transición del Romanticismo al Modernismo
(1882-1896); Rubén Darío como figura cumbre del movimiento
(1896-1905); Juan Ramón Jiménez; el postmodernismo (1905-1914) y el
ultramodernismo (1914-1932), que podría incluir a los poetas de los
años veinte.
Otros críticos reducen el Modernismo a un movimiento literario bien
definido que se desarrolló entre 1885 y 1915, cuya cima fue el
nicaragüense Rubén Darío.
Raíces literarias del Modernismo español
El Modernismo español es un movimiento sumamente complejo cuyas
raíces se asientan en espacios poéticos diversos cuya identidad
conviene desvelar.
El Romanticismo
Como movimiento estético, el Modernismo supone una evolución y en
cierto sentido un renacimiento de la sensibilidad romántica. Por un
lado, aparece como una reacción frente al Realismo; por otro, como
una estilización de las varias corrientes románticas, que todavía no
habían desaparecido, en lo esencial, en esta segunda mitad del siglo
XIX. El Modernismo es una continuación del Romanticismo, aunque un
tanto peculiar ya que al mismo tiempo protesta contra el positivismo
con lo que los idealistas y soñadores se convierten en rebeldes. La
herencia romántica es muy rica y presta al nuevo movimiento
literario numerosas actitudes, temas y motivos: la oposición a lo
vulgar y lo mezquino; la devoción por el pasado, en ocasiones
fundido con el presente; el predominio constante de la pasión sobre
la razón que se percibe en las principales obras modernistas; la
presencia de lo misterioso y lo irracional, con especial
predilección por el mundo de los sueños; la tendencia a la evasión
con un permanente desarraigo espacial y una inclinación a los
viajes, cosa que demuestra su permanente inquietud; la melancolía y
la angustia vital, etc.
La transformación modernista no se produjo de un modo repentino,
sino que el propio desarrollo de la poesía española decimonónica
favoreció un cambio en su orientación. Ya desde mitad de siglo se va
preparando el terreno. Las traducciones de Heine hechas desde 1853
por poetas como Eulogio Florentino Sanz, Augusto Ferrán, Dacarrete o
Bonnat contribuyeron a crear un clima lírico cuya figura más
representativa fue G. A. Bécquer, ajeno a la estética del
Romanticismo oficial. Sus Rimas ejercieron una influencia poderosa
en los futuros poetas modernistas. La figura del poeta sevillano
pervive, al margen de las modas realistas, en las preferencias de
algunos vates de finales del XIX. De él arranca, pues, una corriente
intimista que recogerán numerosos poetas modernistas. Según B.
Gicovate ("Antes del Modernismo", en Estudios críticos sobre el
Modernismo), cuatro aspectos de la poesía y de la prosa de Bécquer
se proyectan alternativamente sobre las generaciones literarias
posteriores a 1871: el tono sentimental, las novedades estilísticas,
el componente filosófico y el ámbito de lo extra-sensible.
El Modernismo americano
El Modernismo, además de ser una tendencia literaria, forma parte en sus
orígenes americanos de un proyecto político y socioeconómico más amplio. La
insurrección de Cuba da sentido a este movimiento artístico al tiempo que une el
desarrollo latinoamericano con el español. Adopta así una doble dimensión: por
una lado refleja la lucha por la liberación nacional, y por otro es una revuelta
literaria contra una larga tradición de modas y preceptos artísticos impuestos
por España.
El Modernismo americano nace hacia 1880 y se extiende hasta 1905,
aproximadamente. Se suelen señalar en su trayectoria tres momentos:
1. Etapa de los precursores: José Martí, Manuel González Prada , Manuel
Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva y Salvador Díaz Mirón.
2. Etapa esteticista, de plenitud del Modernismo, cuya cima es Prosas profanas
(1896) de Rubén Darío. Escritores modernistas de esta época son también Leopoldo
Lugones, Jaimes Freyre, Guillermo Valencia, Amado Nervo, José Santos Chocano,
José Enrique Rodó, Julio Herrera y Reissig y Enrique González Martínez.
3. Etapa de crisis esteticista que se inicia con Cantos de vida y esperanza
(1905) de Rubén Darío y que dará lugar al postmodernismo.
La figura del nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) es el centro del movimiento
modernista. Fue una persona de gran actividad, debido tanto a sus numerosos
viajes como a su fecunda producción literaria. Recorrió casi todos los países de
América y de Europa, residiendo durante bastante tiempo en algunos de ellos
(Francia, España, Argentina, Chile). Tras las primeras experiencias poéticas, su
primer libro importante es Azul (1888), refinado y original, reflejo de una
sensibilidad nueva en nuestra lengua. Si exceptuamos algunos sonetos en
alejandrinos, el poeta sigue la forma tradicional de la silva en numerosos
poemas. La visión de la naturaleza es exuberante, y refleja un carácter
panteísta. Le sigue Prosas profanas (1896), plenitud del primer estilo de Darío.
Significa la perfecta castellanización de las formas francesas, la maduración
del ritmo del verso alejandrino francés. Se afianzan los temas modernistas, con
unos versos musicales y armónicos. De 1905 es su obra de madurez, Cantos de vida
y esperanza, título significativo de los motivos del libro, relacionados con la
historia, la literatura y el arte hispanoamericano. En él expresa Rubén la unión
de los pueblos de ambos continentes. El estilo es ornamental y brillante.
El
Parnasianismo y el Simbolismo francés
El rechazo que suscita en nuestro país la literatura gastada de la escuela
realista, hace que se vuelvan los ojos a las literaturas europeas especialmente
a la francesa. Dos corrientes oriundas de este país van a influir en el
Modernismo español, ya directamente, ya a través de la herencia latinoamericana:
- el Parnasianismo, nombre procedente de la revista Le Parnasse contemporain
(1866), cuyo maestro fue Théophile Gautier (1811-1872). Su lema era "el arte por
el arte" y su ideal la perfección formal. Gustaba de las líneas puras, el
equilibrio y la serenidad en la poesía. Mostraba preferencia por determinados
temas que aparecerán en los escritores modernistas: los mitos griegos, los
ambientes orientales, lo medieval... La figura más destacada de este movimiento
fue Charles M. Leconte de Lisle (1818-1894).
- el Simbolismo, escuela constituida hacia 1886, fecha del Manifeste Symboliste.
El movimiento comienza anteriormente con Charles Baudelaire (1821-1867), y
continúa con Paul Verlaine (1844-1896), Arthur Rimbaud (1854-1891) y Stéphane
Mallarmé (1842-1898), entre otros. Para ellos no es suficiente la belleza
externa y la perfección formal, sino que intentan ir más allá de lo sensible. El
poeta debe descubrir la significación profunda de las cosas y transmitirla al
lector. Para ello se sirve de los símbolos, que nos sugieren lo que hay de
oculto tras la realidad. El lenguaje debe ser fluido y musical ("De la musique
avant toute chose", decía Verlaine).
El Modernismo toma algunos elementos de estos movimientos, como el culto a las
apariencias sensibles y tangibles, que no implica una reproducción indistinta de
la realidad, que tan grata había sido para los naturalistas, sino una selección
que va a permitir reunir y recurrir a los aspectos más seductores de la
naturaleza y del arte, a todo lo que resplandece, a todo lo que más puede
halagar los sentidos. De los parnasianos tomarán los modernistas la concepción
de la poesía como un bloque, su deseo de perfección formal, los temas exóticos y
el placer por los valores sensoriales; de los simbolistas procede la utilización
del símbolo y la musicalidad del poema.
Otras influencias
Se dan, además, otras influencias literarias algo más difusas o puntuales: de
Edgar Allan Poe y su Principio poético, donde propugna la ausencia de todo
didactismo en la poesía, el culto a la belleza y la necesidad de la música para
la lírica, entre otras cosas; del citado Paul Verlaine quien en su Art Poétique,
libro traducido al español por el poeta modernista Eduardo Marquina, exalta la
veneración por la música y, sobre todo, su valoración del matiz (no deben ser
los colores los que llamen la atención del poeta, sino los matices); y de otros
muchos como Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Walt Whitman, Gabriele D'Annunzio,
Víctor Hugo, Góngora, Gautier, etc.
Caracteres del
Modernismo español
Al ser tan amplios los límites del Modernismo y variadas sus manifestaciones
existe una cierta dificultad para fijar los rasgos de su estética. Lo que mejor
define al movimiento es su cualidad individual, su rebeldía frente a las formas
expresivas de los académicos de la época. Si analizamos los textos de los
principales escritores modernistas, observaremos que revelan una disparidad
estética que va desde la tendencia a las modas francesas hasta los que se
emparientan con alguna tradición hispana. Pero en todos ellos hay algo en común:
la búsqueda de nuevas formas expresivas y el afán por la armonía y la belleza.
La insatisfacción con el mundo en que viven, de origen romántico, produce en los
escritores un sentido de desarraigo, soledad, rechazo de la sociedad, aunque no
profundizan en este asunto desde perspectivas ideológicas. Sentimientos como la
melancolía y el hastío aparecen con frecuencia y se manifiestan románticamente
con la presencia de temas como la tarde, el otoño o el crepúsculo. Introducen en
la literatura el misterio, la fantasía, los sueños. La evasión, la huida por
medio del ensueño hacia un mundo de belleza es una forma de escapar a la
realidad. En el espacio lo consiguen mediante el exotismo, cuyo aspecto más
destacado es el interés por lo oriental. Las obras modernistas contienen
elementos de belleza procedentes de diversas culturas: dioses paganos, ninfas,
mandarines, odaliscas, jardines, salones versallescos, flores exóticas, piedras
preciosas, cisnes... En el tiempo se dirigen hacia el pasado, incluyendo en sus
obras evocaciones históricas o legendarias. Otra manera de expresar la evasión
es el cosmopolitismo, que desembocó en una gran devoción por París, lugar
sagrado para todos los jóvenes literatos.
El escritor modernista da rienda suelta a su personal sensibilidad, en especial
mediante la manifestación de los sentimientos propios. Uno de ellos es el amor,
que se mueve en varias direcciones, desde la idealización al erotismo. Exaltaron
a la mujer, buscando en lo eterno femenino la fuerza creadora y configuradora
del amor y deseando una unión con ella que sólo podría tener la forma del
éxtasis. Esta actitud le arrastra en ocasiones a un sentimiento de frustración
motivada por el amor no conseguido, escribiendo poemas de tono desengañado y
melancólico. Otras veces, siguen el camino del erotismo más fuerte, de explícita
exaltación de los sentidos, de festiva complacencia en el desnudo femenino en un
deseo de insuperable belleza y placer.
Los temas americanos son tratados, en un principio, como manifestación de la
evasión hacia el pasado y sus mitos. Es el indigenismo visto como nostalgia de
los tiempos pretéritos, el retorno a lo histórico y a lo legendario. Los
escritores vuelven los ojos a los héroes en los que encuentran una imagen
idealizada que previamente forjaron sustituyendo a la realidad y en los que
intentan buscar sus raíces. Los convierten en mitos, en los que encarnan la
creencia primitiva en un mundo mágico y puro. Uno de los héroes preferidos,
engrandecido por los modernistas, fue Caupolicán.
Estilísticamente, el Modernismo es refinado, exquisito y estilizado. Se preocupa
por los valores formales y busca nuevos caminos que conduzcan a la belleza.
Supone un enriquecimiento que crece en dos direcciones: Por una, busca los
efectos brillantes, los valores sensoriales ("literatura de los sentidos", según
Pedro Salinas); por otra, se detiene en lo delicado, más acorde con la expresión
de la intimidad. Los modernistas utilizan todos los recursos estilísticos con
función ornamental. Abundan los colores, desde los más brillantes (oro, púrpura)
hasta los más suaves (blanco, rosa). Los efectos sonoros van desde los fuertes
acordes hasta la más lánguida musicalidad. Hay simbolismos fonéticos,
aliteraciones, palabras de resonancias exóticas, adjetivación abundante... El
interés que adquiere lo sensorial se manifiesta en el empleo sistemático de
imágenes deslumbrantes, de sinestesias, a veces audaces (verso azul, risa de
oro, sol sonoro, arpegios áureos...). Gusta de la utilización de un lenguaje
metacultural en el que cabe, con un generoso afán culturalista, referencias al
mundo literario (incluidas las literaturas clásicas, española, escandinava,
oriental), del arte, de la música...
Según Guillermo Díaz Plaja son características del lenguaje literario de los
modernistas:
- El retoricismo.
- La creación de una lengua artificial, de intención estética.
- El enriquecimiento musical del idioma en busca de una expresión distinta,
individualizada.
- Un lenguaje sensual, al servicio de la belleza.
- El lenguaje minoritario.
Son también notables las innovaciones métricas de los poetas modernistas.
Experimentan ritmos con gran libertad acentual y ensayan combinaciones de versos
formando estrofas hasta entonces desconocidas. Incorporan formas procedentes de
la literatura antigua. Prefieren los versos alejandrinos, a los que se añaden
novedosas estructuras acentuales. Utilizan también dodecasílabos y eneasílabos,
muy poco usados en nuestra tradición poética, junto a otros más consagrados como
endecasílabos y octosílabos. Emplean igualmente los versos compuestos de pies
acentuales clásicos, por su marcado ritmo: dáctilos (óoo), anfíbracos (oóo) y
anapestos (ooó). En cuanto a las estrofas, son importantes las innovaciones; así
el soneto ofrece diferentes modalidades (en alejandrinos, con versos de medida
desigual, rimas de disposición distinta...).
El Modernismo presenta en Cataluña unas peculiaridades diferentes a las del
resto de España. Aquí no sólo se manifiesta en los textos literarios sino en el
resto de las artes. Santiago Rusiñol organizó la "Primera Festa Modernista" en
1892 y la segunda al año siguiente, en la que se estrenó La intrusa de
Meterlinck, traducida al catalán por Pompeu Fabra, que sentó las bases del
catalán moderno. Los principales exponentes del primer modernismo catalán son
Casellas, Cortada, Brossa, Maragall, Rusiñol y Pompeu Gener. Su principal órgano
de expresión fue la revista L'Avenç. Defienden la lengua catalana como vehículo
de comunicación literaria.
Los autores del
Modernismo español
Una amplia nómina de escritores aparecen adscritos a este movimiento literario,
que junto a los de la Generación del 98 configuran una de las etapas más
esplendorosas de la literatura española ("la edad de plata", según acertada
denominación de J. C. Mainer). Los agrupamos siguiendo un cierto orden
cronológico.
Precursores
Durante mucho tiempo se ha considerado que la venida a España de Rubén Darío en
1899 iniciaba un cambio en la lírica peninsular. Sin embargo, hubo algunos
escritores que ya participaban de esa nueva sensibilidad en fechas anteriores, a
los que se ha llamado precursores del Modernismo en España. Hay que advertir que
este Modernismo, sin embargo, no es tan exuberante en la forma ni tan exótico en
sus temas como el hispanoamericano o el español del período de esplendor.
Ricardo Gil (1855-1908) publicó en 1885 su primer libro de poemas, De los quince
a los treinta años. Percibimos en sus versos los influjos de la lírica de
Zorrilla, Campoamor y Bécquer. Tiene como mérito utilizar una gama variada de
versos y combinaciones métricas. Mayor conciencia de renovación se da en su
segundo volumen, La caja de música (1898) y en el tercero, El último libro
(1909), publicado póstumamente en 1909.
Manuel Reina (1856-1905) fue un poeta colorista y brillante que incidió en el
mismo concepto de la poesía a la que identificó con el culto a la belleza, en la
que empleó elementos expresivos propios. Destaca por el colorismo, por su
perfección rítmica y por la fantasía sensual de su inspiración. Clarín le
consideró "poeta moderno, modernísimo", y Juan Ramón Jiménez lo definió como
"parnasiano impecable" por su percepción de la belleza de las formas y su
tratamiento de los clásicos. Sus primeros libros, Andantes y Alegros (1877) y
Cromos y Acuarelas (1878) muestran una gran atención a la música, la pintura y
el color. Pasó luego a realizar una poesía sensual, lujosa, y al mismo tiempo
armónica en La vida inquieta (1894). En sus obras siguientes alcanzó una mayor
calidad lírica: Poemas paganos (1896), reconstrucción exótica del mundo clásico;
Rayo de sol (1897), representación del mundo escandinavo y concepción de la
poesía como algo que da sentido a la vida; El jardín de los poetas (1899),
rememoración de figuras o valores literarios pasados. Su último libro, Robles de
la selva sagrada, apareció póstumo en 1906.
El poeta malagueño Salvador Rueda (1857-1933) es tenido, a la par que Reina, por
la figura más destacada en la renovación de la lírica de fin de siglo. En sus
composiciones buscó la armonía, basada en la melodía y el ritmo. Así, su obra se
convirtió en un repertorio variado de formas y combinaciones estróficas
renovadoras: Introduce novedades métricas que luego utilizarían casi todos los
vates modernistas (la modificación del soneto, la profusa utilización del
dodecasílabo, las variedades del hexámetro clásico...). Hace alarde de una
imaginación y fantasía llenas de color y sensualidad. Inicia su producción
literaria en 1880 con Renglones cortos, al que siguen Noventa estrofas (1883),
con Prólogo de Núñez de Arce. Otros libros son Himno a la carne (1890), Piedras
preciosas (1890), El secreto (1891), Cantos de vendimia (1891), Bacanal (1893),
Camafeos (1897), Flora (1897)... Trompetas de órgano (1903), Fuente de salud
(1906) y Lenguas de fuego (1908) son sus obras de madurez.
Escritores modernistas del período de esplendor
A partir de 1899, segunda estancia de Rubén Darío en España, se afianzó el
cambio poético que se venía perfilando desde hacía tiempo. Entre esta fecha y
1905 fue madurando el movimiento modernista que agrupó a escritores de distinta
procedencia ideológica y estética: Francisco Villaespesa, Juan Ramón Jiménez,
Manuel y Antonio Machado, Gregorio Martínez Sierra, Eduardo Marquina, Tomás
Morales, y el bohemio Emilio Carrere, entre otros.
Francisco Villaespesa (1877-1936) publicó en 1898 su primer libro, Intimidades,
con poemas de tono intimista en una línea romántica, mostrando especial
habilidad en la utilización de recursos métricos y expresivos. Tras entregarse a
algunos proyectos editoriales fallidos, publicó Luchas (1899) ("libro triste,
sombrío, apasionado y orgulloso como el corazón de donde emana" según el propio
autor) con un soneto introductorio de Salvador Rueda, que define al poeta como
un renovador lírico.
Es especialmente significativa la amistad de Villaespesa con Rubén Darío,
gracias a cuya influencia entró nuestro autor en el camino del Modernismo,
llegando a ser uno de los escritores más representativos en nuestro país. La
primera obra en una línea ya claramente modernista fue La Copa del rey de Thule
(1900), donde percibimos la sensibilidad de la nueva estética. Alabado por unos
y censurado por otros, inició una época de abundante creación poética,
reiterativa y desigual, de la que destacamos algunos de sus libros: La musa
enferma (1901), El alto de los bohemios (1902), Canciones del camino (1906),
Carmen, cantares (1907), El libro de Job (1908), El patio de los arrayanes
(1908), Viaje sentimental (1909), El jardín de las quimeras (1909), Las horas
que pasan (1909), Saudades (1910), In memoriam (1911), Ajimeces de ensueño
(1914), Los nocturnos del Generalife (1915), etc.
Entre su abundante producción encontramos una veintena de títulos teatrales, en
particular dramas históricos en verso como Doña María de Padilla (1913), La
leona de Castilla (1916). También es autor de varios libros en prosa, desde
cuentos a novelas breves.
El sevillano Manuel Machado (1874-1947) vivió los años de su juventud en el
ambiente bohemio madrileño. Sus dos primeros libros, Tristes y alegres (1894) y
Etcétera (1895) no supusieron ninguna aportación novedosa en el panorama poético
español. En sus viajes a París, el primero en 1899, entró en contacto con el
mundo literario francés, conoció a Rubén Darío, leyó a los vates decadentistas,
parnasianos y simbolistas. Fue un gran admirador de Verlaine, quien influyó en
los poemas que él escribió y agrupó en Alma (1900). Éste es considerado como uno
de sus mejores libros, con poemas intimistas, en los que la naturaleza se
convierte en símbolo de los sentimientos y pensamientos del poeta. Hay versos de
inspiración popular, de carácter histórico, de tono dieciochesco... Contiene
todos los tópicos modernistas.
A su vuelta a España se convirtió en un firme defensor del arte nuevo. Publicó
en 1905 Caprichos, ejemplo de experimentación formal, elogiado por Rubén Darío.
Contiene poesías de pierrots, jardines versallescos, retratos de mujeres, temas
hispánicos... Del año 1906 es La fiesta nacional. Ambas obras recibieron algunas
críticas por su superficialidad y su tono decadente. En El mal poema, publicado
en 1909, manifiesta el autor la necesidad de un cambio. Durante los años
posteriores trabajó como bibliotecario y archivero, y fue columnista fijo en los
periódicos El liberal y La libertad. Simultaneó estas tareas con su vocación
poética: Apolo (1911), Canciones y Dedicatorias (1915), Cante hondo (1916),
Sevilla y otros poemas (1918), Ars moriendi (1921), libros en una línea
andalucista. La Residencia de Estudiantes publicó en 1917 una edición de Poesías
completas. Se suele dividir la poesía de Manuel Machado en dos modalidades: la
modernista y la de tipo popular, cercana a los "cantares". Estas dos formas no
deben considerarse antagónicas, ya que el Modernismo también asumió lo popular,
estilizándolo.
Ideológicamente evolucionó desde el liberalismo hasta su adhesión a la causa
nacional durante la Guerra Civil, convirtiéndose en uno de los poetas oficiales
del régimen franquista. Tras su muerte los versos han caído en el olvido hasta
época reciente. La crítica ha sido dura en ocasiones con Manuel Machado,
achacándole exceso de superficialidad y falta de planteamientos personales. Le
consideró un buen imitador de modelos, recordando sus deudas literarias con
escritores como Verlaine o Rubén Darío. Sin embargo, olvidó que él transformó
los materiales recibidos de forma personal, con un estilo propio.
En su faceta de hombre de teatro es todavía más discreto. Pertenecen a la última
época y están hechas en colaboración con su hermano Antonio. Escritas en verso,
pertenecen al teatro poético. Destacan: Juan de Mañara, Las Adelfas, La Lola se
va a los puertos, La duquesa de Benamejí, La prima Fernanda...
La figura de Eduardo Marquina (1879-1946) obtuvo mayor resonancia en el campo
teatral. Manifiesta una gran sensibilidad para la poesía, pero utiliza excesivos
recursos retóricos. Son obras suyas: Odas (1900), que refleja un modernismo
parnasiano; Las vendimias (1901) de carácter bucólico; Elegías (1905) con un
tono intimista; Vendimión (1909), ejemplo de sensualidad paganizante. Redescubre
la historia y las tierras españolas desde una perspectiva tradicional en
Canciones del momento (1910) y Tierras de España (1912). Fue el iniciador del
teatro histórico-poético con Las hijas del Cid (1908), a la que siguen Doña
María la Brava (1909), En Flandes se ha puesto el sol (1910), y un abundante
repertorio. Es un teatro esplendoroso, que exalta el espíritu patriótico,
brillante y superficial.
Juan Ramón Jiménez (1881-1958) fue cultivador del Modernismo hasta la fecha de
1916. Hemos de estudiar su figura como muestra de la evolución de la lírica
española desde el Modernismo a las escuelas de vanguardia. Su vida estuvo
enteramente dedicada a la poesía. Amante de la soledad, se mantuvo
voluntariamente alejado del mundo literario y social. Sin embargo, la influencia
de su obra, tanto en su entorno inmediato como en las generaciones venideras, ha
sido extraordinaria. Su poesía sufre una progresiva transformación desde unos
claros orígenes modernistas hasta los últimos versos que buscan una
esencialización expresionista.
Llegó a Madrid en 1900. Villaespesa le introdujo en el ambiente literario de la
capital. Traía un libro de versos, Nubes, que pensaba publicar, y que finalmente
dividió en dos con los títulos de Almas de violeta y Nínfeas. El primero,
impreso con tinta violeta, contenía diecinueve poemas escritos en Andalucía y
llevaba un Prólogo de Villaespesa; el segundo, impreso en tinta verde, constaba
de treinta y cuatro poemas creados ya en la capital, con una introducción de
Rubén Darío. Tenían una expresión artificiosa, siguiendo el gusto de la época,
aunque Juan Ramón les dio un toque intimista original. Durante el período de
reposo con motivo de la muerte de su padre asimiló a los simbolistas franceses y
se fue alejando de lo más superficial del Modernismo. En los años posteriores
escribió numerosos libros de poesía: Arias tristes (1903), Jardines lejanos
(1904), Elejías puras (1908), Olvidanzas (1909), Baladas de primavera (1910),
Pastorales (1911), La soledad sonora (1911), Poemas májicos y dolientes (1911),
Melancolía (1912), Sonetos espirituales (1917), donde los títulos hablan por sí
solos en cuanto a características propias de la poesía modernista, sobre todo de
la musicalidad.
Un rasgo que hay que tener muy en cuenta en el poeta andaluz es una continua
autocrítica lírica, que le llevó a una permanente reelaboración de su obra. Los
metros más utilizados en este período son los romances, cuartetos alejandrinos y
sonetos, empleando siempre un lenguaje que revela un continuo anhelo de belleza
y perfección pero que, sin embargo, tiende más a la interiorización que a la
mera preocupación formal. Su mundo poético es el de las citadas estampas
modernistas con la salvedad de que suele apoyarse en una realidad conocida por
el poeta, no existe pues cosmopolitismo ni exotismo, es decir, traduce a formas
modernistas objetos que suelen ser próximos y cotidianos. A esta etapa pertenece
su famoso libro Platero y yo, publicado en 1914, aunque iniciado en 1906.
Escrito en prosa, prosa poética, significa la superación del Modernismo, al
menos en cuanto a temática y lenguaje. En las obras posteriores se alejará más
radicalmente de este movimiento realizando un tipo de poesía más conceptual.
El
Modernismo de Valle-Inclán y Antonio Machado
La inclusión de Ramón María del Valle-Inclán y del poeta Antonio Machado en la
Generación del 98, habitual en muchos manuales de historia de la literatura,
exige algunas puntualizaciones. Rabiosamente modernistas en sus orígenes
literarios, sufrieron luego una evolución personal que les fue alejando de las
exquisiteces expresivas propias de los seguidores de Rubén Darío. Valle y
Machado llegan al compromiso socio-político en su literatura cuando ya los
hombres del noventayocho han desertado de su discurso regeneracionista, e
incluso han hallado refugio en partidos conservadores olvidando la rebeldía
generacional de sus orígenes.
Los hombres del 98 que coincidían con los modernistas en algunas cosas, estaban
muy alejados de su estética literaria, que despreciaban cordialmente. Todavía en
1907 remitía desde Londres Ramiro de Maeztu la contestación a una encuesta que
promovía el periódico Nuevo Mercurio sobre el Modernismo, con opiniones
descalificadoras en extremo para una escuela cuyo esfuerzo mental se agotaba,
dice, "en el ensamblaje cuidadoso de las palabras persiguiendo ya el arabesco
musical, ya sensaciones verbales de novedad, de exotismo o de refinamiento". El
vitoriano tenía a Valle-Inclán como al mentor y principal modelo de esta
escuela, de quien afirma con ironía:
"Que el auge actual de esta tendencia es obra personalísima del Sr. Valle-Inclán,
quien ha empleado diez o doce años de su vida, todo lo que va desde 1895 hasta
la fecha, en propagar su idea de la literatura, dedicando a esta causa doce o
catorce horas diarias de charlas, discusiones y pendencias, e ilustrando sus
tesis con algunos escritos. Dotado de tenacidad envidiable, de arrojo heroico
siempre dispuesto a la pelea, de gran ingenio ergotizante, de palabra segura y
pintoresca, y de magníficos textos desdeñosos, y ayudado por el alejamiento en
que vive Madrid respecto a la vida espiritual y material del mundo moderno, ha
conseguido envolver a la generación novísima en la obsesión del estilo, y esa
generación le sigue, de buena o de mala gana, reconociéndole o negándole, pero
le sigue, con raras excepciones."
Aprovecha para censurar su habitual desinterés "por los problemas materiales de
la vida". Sin embargo, no se atreve a aventurar una opinión sobre la pervivencia
de esta tendencia en el futuro literario español.
En el caso del escritor gallego se fue produciendo un progresivo desapego a la
misma, para entrar en una preocupación por los problemas nacionales, en la misma
línea regeneracionista que los hombres del 98. Parece que fue a partir del año
1915 cuando sustituyó su tradicionalismo idílico por ideas casi revolucionarias,
que se acrecentarán a partir de 1920. La trayectoria literaria de Valle-Inclán
va desde el Modernismo hasta una etapa que podemos llamar esperpéntica.
Las primeras manifestaciones literarias de Valle-Inclán son cuentos o
narraciones breves cercanas al cuento. Es una época de aprendizaje, tanteos y
búsqueda en la que se va gestando lo que será el mundo valleinclanesco. No
constituyen la parte más importante de su producción artística, pero su
conocimiento ayuda a tener una visión más completa de su obra. Temas, escenas y
personajes se recogen luego en textos de mayor prestigio. Están en una línea
modernista. Sin embargo, dado que fueron reeditados varias veces, el autor fue
limándolos y puliéndolos según fueron cambiando sus gustos estéticos.
Valle-Inclán compuso su primera obra literaria, Femeninas, a su vuelta de Méjico
en 1895. Está formada por un conjunto de relatos. No tuvo demasiado éxito. Poco
tiempo después, en unos años en que predominaba el realismo en la prosa, don
Ramón sorprendió a la audiencia con Jardín umbrío y Corte de amor (1903), y en
1904 con Flor de santidad, todas ellas de estilo modernista. Se dan en los
primeros relatos tres temas: amor, religión y muerte. Aparecen como motivo
fundamental o se mezclan. Su tratamiento varía según el ambiente en que se
desarrollan las historias (cortesano, con personajes refinados y ambiente lujoso
e idealizado; gallego, lleno de supersticiones y misterio). Los personajes son
creaciones literarias del autor, diferenciado del Valle-Inclán hombre real (Bradomín-aristócrata,
Montenegro-señor feudal...). Están determinados por el ambiente, aunque los
hombres son anarquizantes, antiburgueses, sensuales y lascivos. Desde el punto
de vista del estilo, hay una preocupación por la musicalidad. Aparecen tópicos
modernistas.
De estos mismos años son las Sonatas (1902-1905), que constituyen la
manifestación más lograda de la prosa modernista en España. Se dan en ellas tres
caracteres fundamentales: decadentismo, depravación erótica y refinamiento
sensorial. Algunas están situadas en Galicia, pero los temas están influidos por
la literatura de la época y el paisaje resulta un elemento accesorio, sólo está
utilizado para dar un clima de sensualidad melancólica. Se publicaron en los
primeros años del siglo: Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata
de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905). Son un conjunto de libros
destinado cada uno a una estación del año. Pretenden encerrar un estado de ánimo
en un marco: el de la estación. Del título de estas obras se desprende el
propósito del autor: dar un ritmo de musicalidad a la fase erótica de las cuatro
estaciones vitales. En conjunto, las Sonatas son un libro de memorias, las del
Marqués de Bradomín, un Don Juan "feo, católico y sentimental". A. Zamora
Vicente destaca en ellas dos notas estructurales: el carácter fragmentario, pues
sólo escoge de entre los recuerdos los que son "amables"; y su tono elegíaco,
porque Valle-Inclán mira al pasado y saca de él cuatro episodios sin más
pretensión que una añoranza elegíaca. La lengua es refinada, culta y estetizante.
Sus primeras obras dramáticas no fueron del gusto del público, por lo cual el
escritor debió soportar grandes penurias económicas. Cenizas (1899) es la
adaptación teatral de un cuento incluido en Femeninas que versa sobre el tema
del adulterio desde una perspectiva decadentista. Le siguieron Tragedia de
ensueño y Comedia de ensueño (1903), ambas en prosa y verso. A continuación
escribió El Marqués de Bradomín (1906), adaptación parcial de la Sonata de otoño,
El yermo de las almas (1908) y Cuento de abril (1909), muestras todas de un
teatro modernista de tipo evasivo. Pertenece también a esta época el primer
libro de versos, Aromas de leyenda (1907), plenamente modernista.
Las primeras obras de Antonio Machado responden también a los cánones de la
estética modernista y simbolista. A partir de 1912, con la publicación de Campos
de Castilla, se observa ya una inclinación hacia la problemática cívica. A la
Castilla vista desde una perspectiva estética sucede una Castilla observada con
visión realista, sociopolítica. Las nuevas circunstancias vitales (la muerte de
su mujer, Leonor), debieron influir en ese abandono de la subjetividad, pero
sobre todo en la concienciación política del autor.
En su trayectoria poética hay una época, de 1899 a 1902, de carácter modernista.
En estas fechas escribe los poemas recogidos en Soledades. Es un período lleno
de vacilaciones y probaturas, con un deseo de encontrar formas expresivas
adecuadas a su interioridad. El propio escritor aclaraba en 1917 que, aunque
valoraba positivamente al poeta nicaragüense, quería seguir un camino distinto e
intentaba ir un poco más lejos en lo que se refería a la forma y al color. Para
lograr la emoción excluye de su poesía lo anecdótico, de modo que Soledades
puede considerarse como una obra intimista. Aunque tiene cierta sonoridad
rubeniana, domina la presencia del contenido poético. Los poemas rompían con la
tradición anterior, pero no se situaban claramente en la línea de la poesía
moderna. Si acaso, eran un salto atrás, una búsqueda del Romanticismo, en
especial del mundo de Bécquer. Su creación poética partía de sus mismos
principios: claridad, poesía en un tiempo irreversible, pobreza retórica y sobre
todo intimismo. También se advierte en Soledades la influencia del francés Paul
Verlaine, cuya poesía había conocido Machado durante su estancia en París. De
aquí le viene la predilección por ciertos temas: los jardines sombríos, la
melancolía otoñal o la puesta del sol como paisaje emocional y subjetivo. La
temática de Soledades gira en torno a cuestiones centrales de la condición
humana: el tiempo y el fluir de la vida humana, la muerte y el más allá, el
problema de Dios... Se unen a ellos otros asuntos como la infancia perdida, los
sueños, los paisajes que enmarcan sus meditaciones, y sobre todo el amor, que
proporciona a esta poesía momentos de gran intensidad. Los sentimientos que
dominan el libro son el de soledad (como indica el título), la melancolía, la
tristeza, la angustia vital, el vacío de vivir... Machado recurre en numerosas
ocasiones a expresiones simbólicas que enriquecen y al mismo tiempo limitan el
significado de las palabras. La crítica ha destacado los valores simbolistas de
Soledades, motivos temáticos como la tarde, el agua, la noria, etc., que
constituyen símbolos de otras realidades más profundas. Toda la realidad queda
subsumida de sentido profundo por esa fusión de vida interior y realidad
exterior. La mayor parte de los poemas de Soledades se desarrollan en la
primavera, en oposición al tópico del otoño, que tanto abunda en Verlaine. Es
una primavera melancólica y triste. Relacionada con el tema de lo fatal está la
obsesión por la muerte, elemento permanente en la poesía de Machado. Un elemento
constante en esta poesía primera es la personificación de ideas y del paisaje.
El autor dialoga con la fuente, con la mañana y la tarde de primavera, con la
noche. En lo referente a los recursos formales hay numerosos elementos de tipo
modernista, aunque bastante más sobrios que los utilizados por otros poetas de
esta tendencia. Igual ocurre en la métrica, ya que Machado escoge ritmos suaves
y matizados frente a la sonoridad modernista. La forma más usual es la silva
asonantada.
Entre los años 1903 y 1907, año en que publica Soledades, galerías y otros
poemas, Machado elimina gran parte de lo que tuvo de modernista. Da un enfoque
subjetivo en temas y estilo, profundidad introspectiva y toma de contacto con el
paisaje de Soria. Suprime algunas composiciones anteriores y añade otras nuevas
hasta alcanzar el número de 96 poemas. El libro de 1907 representa el
perfeccionamiento de la estética de las mejores poesías de Soledades. Los poemas
suprimidos eran, según Dámaso Alonso, los que ofrecían un Modernismo más
extremado. Las Galerías, escritas casi todas entre 1903 y 1904, suponen un
refinamiento del intimismo, con ampliación de algunas imágenes, como la del
huerto y las flores, y la aparición de otras nuevas que llegan a ser un elemento
simbólico fundamental. La valoración de las poemas incluidos en Galerías ha sido
siempre motivo de discrepancia entre los críticos: los más, condicionados por
criterios estéticos simbolistas (Juan Ramón Jiménez, Dámaso Alonso, Gerardo
Diego), consideran que son la cima insuperada e insuperable de la lírica
machadiana; por el contrario, los críticos partidarios de la orientación social
(Castellet, Tuñón de Lara) valoran más los poemas castellanos. Parece indudable
que la introspección llega en estas composiciones a su punto máximo, y que se da
en ellas una gran capacidad de evocación y una densa potencia simbólica. Es en
la parte que aparece bajo el epígrafe de Otros poemas donde el poeta amplía su
perspectiva poética y, saliendo de su intimidad, mira al mundo exterior. Ese
cambio de actitud se refleja en la estructura misma de la colección. Así, los
poemas iniciales del libro responden a ese criterio más objetivo, ya que era la
tendencia de Machado cuando publicó la obra. El poema "A orillas del Duero",
escrito en Soria en mayo de 1907, significa el final del proceso de
exteriorización y al mismo tiempo el punto de partida para una nueva etapa en su
producción poética. Machado irá aprendiendo a mirar hacia afuera, hacia el
paisaje soriano y hacia los problemas nacionales, sin perder la vena intimista.
Intenta captar los "universales del sentimiento", que centra en tres temas: el
tiempo, la muerte y Dios. La idea de temporalidad lleva a la de muerte; la obra
adquiere así un tono de severidad e incluso de rigor filosófico, que por su
hondura se convierte en emoción lírica. Los símbolos que aparecían ya en
Soledades continúan y se enriquecen. Permiten el enlace emocional entre el poeta
y el lector y configuran una particular visión del mundo y de la propia
intimidad. La métrica de Soledades, galerías y otros poemas no es innovadora.
Machado sometió siempre a continua reelaboración los modelos más usuales y
combinó con libertad los elementos métricos. En sus poemas predomina la
asonancia, y entre las estrofas prefiere la silva-romance, por la flexibilidad
que produce la libre combinación de endecasílabos y heptasílabos. Algunas veces
emplea estrofas populares como coplas, villancicos o glosas, o de rima
consonante como redondillas. Igualmente hace uso de versos alejandrinos o
dodecasílabos, propios del Modernismo.
Enciclopedia Universal
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