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La religión sirve para ayudarnos y
consolarnos ante unos problemas que no tendríamos si no existiese la religión
Jaume Perich
Los amigos son para las ocasiones,
salvo en determinados círculos político-económicos, en los que las ocasiones son
para los amigos.
Jaume Perich
Literatura
española de la Ilustración
Durante el siglo XVIII nace un nuevo espíritu (prácticamente es la prolongación
del Renacimiento) que barre los viejos valores del Barroco y que recibe el
nombre de «Ilustración». Dicho movimiento se cimenta en el espíritu crítico, en
el predominio de la razón y en la experiencia, por lo que la filosofía y la
ciencia serán los saberes más valorados. Este período se conoce también como
"Siglo de las Luces" o "Siglo de la razón". En definitiva, se persigue la
felicidad humana mediante la cultura y el progreso. Los nuevos vientos hicieron
que el arte y la literatura se orientaran hacia un nuevo clasicismo
(Neoclasicismo), de ahí el término "neoclásico". Se huyó de la expresión de los
sentimientos, se siguieron normas y reglas académicas y se valoró el equilibrio
y la armonía. Contra tanta rigidez se reaccionó a finales de siglo,
produciéndose una vuelta al mundo de los sentimientos. Este movimiento se conoce
como "Prerromanticismo"
Marco histórico
El siglo XVIII comienza con la guerra de Sucesión (1701-1714). Las potencias
europeas, preocupadas ante el poder hegemónico del rey francés Luis XIV, unido a
que su nieto Felipe de Anjou, a quien Carlos II había nombrado como heredero al
trono, formaron la Gran Alianza y respaldaron las intentonas del Archiduque
Carlos de Austria para acceder a la corona. Tras el Tratado de Utrecht, Felipe V
(1700-1746) fue reconocido como Rey de España, aunque ello acarreó la pérdida de
sus dominios europeos, de Menorca y de Gibraltar. En 1724, abdicó a favor de su
hijo Luis I, pero al morir éste meses después, volvió a asumir el trono español.
Durante su monarquía, desarrolló una política centralista y reorganizó la
Hacienda Pública.
Tras la muerte de Felipe V, le sucedió Fernando VI (1746-1759, quien, con los
ministros Carvajal y el marqués de la Ensenada, mejoró las comunicaciones y los
caminos del país, fomentó las construcciones navales y favoreció el desarrollo
de las ciencias.
Tras la monarquía de Felipe V, su hermanastro Carlos III le sucedió en el trono.
Prototipo de monarca ilustrado, contó con el soporte de importantes ministros,
como Floridablanca, Campomanes, Aranda, Grimaldi y el Marqués de Esquilache. Sin
salirse del modelo del Antiguo Régimen, modernizó el país, repobló Sierra
Morena, favoreció la enseñanza, el comercio y las obras públicas.
Durante el reinado de Carlos IV, estalló la Revolución Francesa (1789). Por su
debilidad y la ambición del ministro Godoy, tuvo que abdicar en pos de su hijo
Fernando VII, tras la invasión por los franceses en 1808.
Hacia las últimas décadas del siglo XVII, entró en crisis en Europa el Antiguo
Régimen, basado en el predominio de las clases eclesiásticas, militares y
aristócratas. En este siglo, Europa revisó críticamente el orden establecido.
Triunfa la razón y la crítica y se impulsan el método experimental y los
estudios fundados en el raciocinio.
El ansia de conocimiento se hizo general. Las reuniones cortesanas quedaron de
lado frente a los salones burgueses, cafés o las instituciones culturales. Se
sintió la necesidad de viajar por motivos de estudio o placer, de conocer otros
idiomas, de realizar deporte para fortalecer el cuerpo o de mejorar las
condiciones de vida de los ciudadanos.
En esta nueva actitud, el ilustrado es un filántropo que se preocupa por los
demás, proponiendo y acometiendo reformas en los aspectos relacionados con la
cultura y la sociedad. Defienden la tolerancia religiosa, se practica el
escepticismo e incluso se llega a atacar a las religiones. En oposición a las
monarquías absolutas, Montesquieu defendió las bases de la democracia moderna y
la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Los ilustrados
querían gozar de libertad y elegir a sus propios gobernantes. Todo ello inspiró
el lema de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Las teorías ilustradas tuvieron su origen en Inglaterra, aunque alcanzaron el
culmen en Francia, donde fueron recogidas en la Encyclopèdie (Enciclopedia o
Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, 1751-1772),
editada por Jean Le Rond d'Alembert y Denis Diderot. En esta obra se recogieron
todos los saberes existentes de la época, por orden alfabético.
La Ilustración en Europa
Hacia las últimas décadas del siglo
XVII, entró en crisis en Europa el Antiguo Régimen, basado en el predominio de
las clases eclesiásticas, militares y aristócratas. En este siglo, Europa revisó
críticamente el orden establecido. Triunfa la razón y la crítica y se impulsan
el método experimental y los estudios fundados en el raciocinio.
El ansia de conocimiento se hizo general. Las reuniones cortesanas quedaron de
lado frente a los salones burgueses, cafés o las instituciones culturales. Se
sintió la necesidad de viajar por motivos de estudio o placer, de conocer otros
idiomas, de realizar deporte para fortalecer el cuerpo o de mejorar las
condiciones de vida de los ciudadanos.
En esta nueva actitud, el ilustrado es un filántropo que se preocupa por los
demás, proponiendo y acometiendo reformas en los aspectos relacionados con la
cultura y la sociedad. Defienden la tolerancia religiosa, se practica el
escepticismo e incluso se llega a atacar a las religiones. En oposición a las
monarquías absolutas, Montesquieu defendió las bases de la democracia moderna y
la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Los ilustrados
querían gozar de libertad y elegir a sus propios gobernantes. Todo ello inspiró
el lema de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Las teorías ilustradas tuvieron su origen en Inglaterra, aunque alcanzaron el
culmen en Francia, donde fueron recogidas en la Encyclopèdie (Enciclopedia o
Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, 1751-1772),
editada por Jean Le Rond d'Alembert y Denis Diderot. En esta obra se recogieron
todos los saberes existentes de la época, por orden alfabético
Las Luces en España
Antecedentes del reformismo: los novatores del siglo XVII [editar]Durante el
reinado de los Austrias menores, España dejó prácticamente de lado los estudios
cintíficos, vistos con sospecha y continuamente perseguidos por la Inquisición.
El retraso con respecto a Europa era evidente a comienzos del siglo XVIII. Pese
a todo, algunos intelectuales, desde finales del XVII, se negaron a abandonar la
investigación; no exentos de riesgos, estuvieron siempre al tanto de los
descubrimientos europeos en astronomía, medicina, matemáticas o botánica. Estos
eruditos son los llamados novatores ("innovadores", llamados así
despectivamente). Difundieron las teorías de Galileo Galilei, Kepler, Linneo o
Isaac Newton. Entre los novatores destacan: Juan de Cabriada, Antonio Hugo de
Omerique, Juan Caramuel, Martínez, Tosca y Corachán. En el siglo XVIII, el
legado que dejaron, lo continuaron otros científicos como Jorge Juan, Cosme
Bueno, Antonio de Ulloa, etc.
Penetración de las
luces en España
Tras la guerra de Sucesión, los borbones encontraron una España sumida en la
miseria y la ignorancia. La Península Ibérica tenía apenas siete millones y
medio de habitantes. Con una concepción política francesa, Felipe V fortaleció
el poder monárquico y potenció un proceso de centralización de la nación,
aboliendo los fueros y las leyes de Aragón y Cataluña. La Iglesia mantuvo su
dominio, pese a que cayeran algunas órdenes religiosas como la Compañía de
Jesús, ya en época de Carlos III. Por otro lado, el pueblo llano, formado por
ganaderos, agricultores, funcionarios y marginados, carecía de derechos. Los
monarcas paulatinamente fueron reduciendo algunos privilegios a la aristocracia
hereditaria y adoptaron una postura regalista frente a la Iglesia, con la
finalidad de realizar una serie de reformas básicas. A finales de siglo, había
mejorado la calidad de vida de los españoles, como así lo demuestra el aumento
de la población en casi tres millones de habitantes, cifra sin embargo menor a
la de otros países europeos.
La difusión de las ideas de algunos ilustrados como Gregorio Mayans Martín
Sarmiento y Benito Jerónimo Feijoo, novatores del siglo XVIII.
La propagación de las ideas
enciclopedistas francesas (Rousseau, Voltaire, Montesquieu), pese a la censura
de la época para evitar su introducción en la Península y la vigilancia de la
Inquisición.
Las traducciones de libros franceses de todos los géneros y la contratación de
profesores extranjeros o eruditos en determinadas materias.
Los viajes de estudio y
conocimiento de la vida y costumbres europeas realizados por los eruditos e
intelectuales.
La aparición de periódicos o
publicaciones donde las ideas ilustradas se difundían.
La creación de una serie de
instituciones culturales y de Sociedades económicas de amigos del país
destinadas a promover el progreso cultural, social y económico de España
mediante la extensión de la cultura. La primera de las sociedades se fundó en el
País Vasco en 1765, y pronto se difundieron por todo la nación. Estaba
constituída por ilustrados procedentes de la aristocracia, la burguesía y el
clero. En este siglo se crearon organismos de gran importancia, como la Real
Academia Española, fundada en pos del idioma, bajo el lema Limpia, fija y da
esplendor. Esta sociedad pretendía crear unos códigos para el correcto uso del
lenguaje, y su primer esfuerzo se destinó a la elaboración de un Diccionario de
la lengua castellana, conocido hoy como Diccionario de Autoridades, en seis
tomos (1726-1739). En él se puede encontrar la etomología de cada palabra, y
cada acepción va acompañada de un breve texto de un escritor célebre que
demuestra la existencia de dicha acepción. Otras instituciones que surgieron en
aquella época fueron la Biblioteca Nacional (1712), la Real Academia de la
Historia (1936), el Jardín Botánico (1755), la Real Academia de Bellas Artes de
San Fernando (1751), la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona (1752) y el
Museo del Prado (1785).
El máximo esplendor de la
Ilustración en España fue durante el reinado de Carlos III, y su decadencia, por
las fechas de la Revolución Francesa (1789) y la invasión napoleónica en la
Península Ibérica, en 1808. Los ilustrados, pese a contar con el apoyo de la
Corona, no obtuvieron el reconocimiento de la mayoría; muchos fueron calificados
como extranjerizantes y acusados de atentar contra la tradición y la enseñanza
religiosa. Tras la Revolución Francesa, algunos fueron perseguidos, e incluso,
encarcelados.
El español en el siglo
XVIII
En este siglo, se libra una lucha a favor de la claridad y naturalidad del
lenguaje artístico, en la que muchos escritores combatían contra los restos que
aún sobrevivían del estilo Barroco, es decir, la utilización de artificios a la
que había llegado el Barroco tardío.
El latín era utilizado en las universidades como lengua académica, pero poco a
poco se fue sustituyendo en ese papel. Querían volver al esplendor del Siglo de
Oro como lengua literaria, pero para ello era necesario desarrollar formas de
expresión acordes con las ciencias experimentales europeas, labor que
desarrollaron Feijoo, Sarmiento, Mayans, Jovellanos, Forner, Capmany, entre
otros. En el año 1813, tras la Guerra de la Independencia, la Junta creada por
la Regencia para realizar una reforma general de la enseñanza, ordenó el empleo
exclusivo del español en la universidad.
Muchos de los ilustrados, para la modernización de España, defendieron la
implantación de la enseñanza de otros idiomas (francés, inglés, italiano) en los
centros, y la traducción al castellano de obras destacadas. A lo primero se
opusieron aquellos que defendían la prioridad de las lenguas clásicas (latín y
griego), frente a las modernas, y a lo segundo los que rechazaban las
traducciones porque introducirían en el español extranjerismos innecesarios y
pondrían en peligro su identidad. Surgieron así dos posturas: el casticismo, que
defendía un lenguaje puro, sin mezcla de voces ni giros extraños, con palabras
documentadas en las autoridades (la Real Academia Española); y el purismo, que
se oponía totalmente a la penetración de neologismos, sobre todo los
extranjeros, acusando a sus oponentes de mancilladores del idioma.
Etapas de la
literatura dieciochesca
Se distinguen tres etapas en la literatura española del siglo XVIII:
Antibarroquismo (Hasta 1750, aproximadamente): Se lucha contra el estilo de los
últimos barrocos, considerado excesivamente retórico y retorcido. No se cultiva
la literatura recreativa, sino que se interesan más por el ensayo y la sátira,
utilizando con sencillez y pureza el idioma.
Neoclasicismo (Hasta finales del s.
XVIII): Se siente fijación por el clasicismo francés e italiano. Los escritores
también imitan a los clásicos antiguos (griegos y romanos) y su auge se extendió
desde el reinado de Fernando VI hasta finales de siglo.
Prerromanticismo (finales del XVIII
y comienzos del XIX): La influencia del filósofo inglés John Locke, junto a la
de los franceses Étienne Bonnot de Condillac, Jean-Jacques Rousseau y Denis
Diderot, hará surgir un nuevo sentimiento, insatisfecho con la tiranía de la
razón, que hace valer el derecho de los individuos a expresar sus emociones
personales (reprimidas entonces por los neoclásicos), entre las cuales figuran,
fundamentalmente, el amor. Esta corriente anuncia la decadencia del
Neoclasicismo y abre las puertas del Romanticismo.
Prosa
La narrativa es casi inexistente en España durante este período. Prácticamente,
se reduce a la Vida de Diego de Torres y Villarroel, o al relato Fray Gerundio
de Campazas del Padre Isla.
Otra modalidad de gran influencia en esta época fue el periódico. Literarios,
científicos o de curiosidades, publicaciones como el Diario de los Literatos de
España, El Censor o El Correo de Madrid contribuyeron a difundir en España las
teorías y las ideas del momento, asentando los principios de la Ilustración.
Por el contrario, el ensayo es el género dominante. Esta prosa educativa y
doctrinal muestra un deseo de acercarse a los problemas del momento, tiende a la
reforma de costumbres y suele hacer uso de la forma epistolar.
Fray Benito Jerónimo Feijoo
El fraile benedictino Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (Orense, 1676 -
Oviedo, 1764), poseyó una formación aristotélica, aunque su mentalidad era
totalmente moderna. Sus obras alcanzaron numerosas ediciones y suscitaron muchas
polémicas, tantas, que Fernando VI, en acto de despotismo ilustrado, tuvo que
defenderlo designándolo consejero honorario y prohibiendo los ataques contra su
obra y su persona.
Su saber se manifestó en multitud de ensayos que agrupó en los ocho tomos del
Teatro crítico universal (1727-1739) y en los cinco de Cartas eruditas y
curiosas (1742-1760). Feijoo veía necesario escribir para sacar a España de su
atraso; con este propósito, dio a su obra un carácter didáctico, marcadamente
católico, pero con la intención de que las nuevas corrientes europeas
penetrasen, al menos, en las clases ilustradas. Fue muy crítico con las
supersticiones y los falsos milagros.
Feijoo contribuyó en la consolidación del castellano como lengua culta al
defender su uso frente al latín, que aún se empleaba en las universidades.
También aceptó la introducción de nuevas voces, simpre que fuesen necesarias,
sin importar de donde procedan. Su producción abarca campos muy diversos, como
la economía, la política, la astronomía, las matemáticas, la física, la
historia, la religión, etc. Su estilo se caracterizó por su sencillez,
naturalidad y claridad. Para muchos críticos, la prosa española se hace moderna
con Feijoo.
Gaspar Melchor de
Jovellanos
Jovellanos (Gijón, 1744 - Puerto de Vega, Asturias, 1811) es probablemente el
ensayista más importante del siglo XVIII. Perteneciente a una familia acomodada,
estudió Leyes y fue destinado a Sevilla, donde entró en contacto epistolar con
la Escuela poética salmantina. En Madrid, como alcalde de Casa y Corte, su
actividad política fue en constante aumento. Tras un destierro, fue nombrado por
Godoy ministro de Gracia y Justicia, y más tarde Consejero de Estado. Al perder
la confianza del ministro, fue apresado en Mallorca en el Castillo de Bellver,
hasta que el Motín de Aranjuez, que derrocó a Godoy, le devolvió la libertad. En
1808 formó parte de la Junta Central que hacía frente al ejército napoleónico.
Fue perseguido por los franceses, e intentó trasladarse a Cádiz, pero las
inclemencias meteorológicas le obligaron a refugiarse en el puerto de Vega de
Navia, donde falleció.
Jovellanos comenzó escribiendo poesía lírica, con el pastoril nombre (muy común
en su época) de Jovino, y con ideales ilustrados. Al igual que Cadalso, satiriza
a la aristocracia inculta en su sátira A Arnesto. Pero pronto se cansó de la
poesía, que consideró un juego de adolescente al que no se aplicaba la razón, y
que era impropio de un hombre respetable. Curiosamente años más tarde invita en
verso a la insurrección de 1808 en el Canto para los astures contra los
franceses.
También compuso El delincuente honrado, un drama reformista neoclásico. Se había
promulgado una ley que condenaba a muerte al superviviente de los duelos,
considerándolo igualmente culpables al ofensor y al ofendido; en esto se basa
Jovellanos en su drama, pues para él, sólo el ofensor es el culpable. La obra
sigue la línea de comedia sentimental, tan admirada en Francia, y su tono es ya
prerromántico.
La claridad, concisión y sobriedad son los rasgos característicos de la obra
didáctica de Jovellanos. Al igual que Cadalso, el Cuestionario Oficial exige que
se lean textos de Jovellanos.
José Cadalso
José Cadalso y Vázquez de Andrade (1741 - 1782) es otro de los grandes prosistas
del siglo XVIII. Escribió importantes obras literarias, cuya creación más
importante fue Cartas marruecas. De él se decía que poseía una vasta cultura,
enriquecida probablemente por sus viajes por Inglaterra, Francia, Alemania e
Italia. Fue militar y obtuvo el grado de coronel. Estuvo profundamente enamorado
de la actriz María Ignacia Ibáñez, cuyos excesos a los que se entregó causaron
su muerte a muy temprana edad. Cadalso trató de desenterrarla, lo que le valió
su destierro en Salamanca (ordenado para que se curara de su enajenación). Fue
destinado posteriormente a Extremadura, Andalucía, Madrid y finalmente
Gibraltar, lugar donde murió.
Como poeta, y bajo el nombre de "Dalmiro", compuso la obra Ocios de mi juventud
(1771). Su amor hacia la actriz María Ignacia Ibáñez lo acercaron al mundo
dramático. Pese a que escribió tres tragedias, sólo una de ellas se representó,
y con escaso éxito, Don Sancho García, conde de Castilla (1771). Su obra en
prosa es sin embargo más extensa. En Noches lúgubres narra en forma dialogada su
frustrado anhelo de rescatar de la tumba el cuerpo de de María Ignacia.
Enteramente dieciochesco es el libro Los eruditos a la violeta, contra los
falsos intelectuales; siete lecciones que satirizan a aquellos que pretender
saber mucho estudiando poco.
Sin embargo, las Cartas Marruecas (1789), publicadas póstumamente, son las que
procuran más importancia a la producción literaria de Cadalso. De acuerdo a un
modelo muy cultivado en Francia (por ejemplo, las Cartas Persas de Montesquieu),
el autor compone un libro con noventa cartas que se cruzan Gazel, moro que
visita España, su preceptor y amigo marroquí Ben-Beley, y Nuño Núñez, amigo
cristiano de Gazel. Entre ellos comentan el pasado histórico de España y su
vivir actual y juzgan la labor de los gobernantes y las costumbres del país.
Lírica
En 1737, Ignacio Luzán recogía las ideas estéticas del Neoclasicismo en su
Poética. Este estilo triunfó en España imponiendo unos criterios de utilidad y
servicio a la humanidad, junto a los deseos de placer estético. Dominaron los
ideales artísticos importados de Francia, el "buen gusto" y el comedimiento, y
se reprimían sentimientos y pasiones. La sujeción a las normas fue general,
huyéndose de la espontaneidad y de la imaginación, que fueron sustituidas por el
afán didáctico.
La poesía neoclásica trató temas históricos, costumbristas y satíricos. En la
variante denominada Rococó, más lujosa y recargada, dominaron los temas
pastoriles que exaltaban el placer y el amor galante. Formas habituales fueron
odas, epístolas, elegías y romances.
Nombres importantes de la poesía española son los de Juan Meléndez Valdés, el
máximo representante español del Rococó, Nicolás Fernández de Moratín y los
fabulistas Tomás de Iriarte y Félix María Samaniego.
La literatura neoclásica se desarrolló principalmente en tres ciudades:
Salamanca, por personas relacionadas con su Universidad; Sevilla con la
influencia de su asistente (cargo similar al de alcalde) Pablo de Olavide y
Madrid y en torno a su fonda de San Sebastián. De esta manera, se agrupan a los
escritores de aquella tendencia en escuelas o grupos poéticos: La escuela
salmantina, en la que se encuentra Cadalso, Meléndez Valdés , Jovellanos y
Forner; la escuela sevillana, en la que se incluyen los escritores Manuel María
Arjona, José Marchena, José María Blanco White y Alberto Lista, quienes pronto
evolucionaron hacia un Romanticismo primerizo (Prerromanticismo); y el grupo
madrileño formado por Vicente García de la Huerta, Ramón de la Cruz, Iriarte,
Samaniego y los Fernández de Moratín.
Escuela salmantina
Juan Meléndez Valdés
Meléndez Valdés (Ribera del Fresno, Badajoz, 1754 - Montpellier, Francia, 1814)
es considerado uno de los mejores poetas del siglo XVIII. Fue catedrático en
Salamanca, donde mantuvo amistades con Cadalso y Jovellanos. Desempeñó como
jurista, ocupando destinos en Zaragoza, Valladolid y finalmente en Madrid, donde
actuó como fiscal del Supremo. Una vez que su mentor, Jovellanos, cayese en
desgracia ante Godoy, se ordenó su destierro a Medina del Campo, más tarde a
Zamora y por último a Salamanca. Fue un afrancesado durante la guerra de la
Independencia y evitó ser fusilado en Oviedo, pero no tuvo más remedio que
exiliarse tras la derrota del ejército francés.
Pueden diferenciarse dos etapas en la lírica de Meléndez Valdés:
En la primera se siente atraído en su juventud por la poesía rococó predominante
y por la influencia de José Cadalso. Compone poemas anacreónticos y pastoriles
con el amor como tema predominante. De esta primera etapa cabe destacar la
égloga Batilo.
Sin embargo, tras la muerte de
Cadalso, y siguiendo los consejos de Jovellanos, pensó que la lírica pastoril
era impropia de un magistrado, así que compuso otro tipo de poesía más acorde
con su oficio. Como Jovellanos, se sensibiliza ante las desigualdades sociales,
defiende la necesidad de emprender reformas que mejoren la vida del pueblo,
critica las costumbres cortesanas y su poesía se vuelve filosófica, sentimental
y reflexiva.
Su estilo en sus comienzos fue
artificioso y convencional, pero más tarde se volvió muy cuidado y preciso. Él
mismo definió su propósito al escribir: "He cuidado de explicarme con nobleza y
de usar un lenguaje digno de los grandes asuntos que he tratado".
El grupo madrileño
En la Corte y en los medios burgueses calaron rápidamente las ideas reformistas
del siglo XVIII. Además de las Academias hubo también otras iniciativas
particulares que influyeron mucho en la literatura, como es el caso de la Fonda
de San Sebastián, fundada por Nicolás Fernández de Moratín y su hijo Leandro,
junto con Cadalso y Jovellanos.
Los fabulistas:
Iriarte y Samaniego
Estos dos escritores también formaron parte del grupo madrileño. Con la
finalidad de corregir defectos y mostrar los valores racionales, escribieron
fábulas.
Tomás de Iriarte: (La Orotava, Tenerife, 1750 - Madrid, 1791).
Félix María Samaniego: (La Guardia, Álava, 1745-1801)
La escuela sevillana
Al igual que Salamanca, la ciudad sevillana tenía también una gran tradición
poética. En 1751 se fundó la Academia de las Buenas Letras, que potenció la
actividad literaria. A partir de 1760, y a raíz de la llegada de Pablo de
Olavide como intendente del Gobierno de Andalucía, se impulsó notablemente la
cultura en aquella ciudad. En el año 1776, el ilustrado es perseguido y
encarcelado por la Inquisición.
Por influencia de José Cadalso y Meléndez, se escribieron poemas más recargados
y coloristas que los de la escuela salmantina, influidos también por Fernando de
Herrera. En la escuela sevillana destacaron poetas como Manuel María Arjona
(1771-1820), José Marchena (1768-1820, José María Blanco White (1775-1841) y
Alberto Lista (1775-1848). Escribieron poemas patrióticos incitando a la lucha
por la libertad, tras la invasión de los franceses y el regreso de Fernando VII,
ya en el siglo XIX. Algunos de ellos terminaron en el exilio.
Teatro
En teatro, los principales cultivadores fueron los del grupo madrileño. Se
sometieron a lo que enseñaban los preceptistas clásicos y modernos, y crearon un
teatro en pos de los intereses políticos y morales de la época.
Existen tres tendencias:
Tendencia tradicional.
Durante la primera mitad del siglo XVIII el teatro se encuentra en decadencia
Tendencia neoclásica.
Tendencia popular.
Los sainetes gozaron del apoyo popular. Estaban escritos en verso, emparentado
con los pasos y entremeses de los siglos anteriores. El autor más importante de
sainetes fue Ramón de la Cruz.
El teatro adopta las nuevas modas
que llegaban de Francia. En el teatro neoclásico también se impuso la razón y la
armonía como norma. Se acató la llamada «regla de las tres unidades», que exigía
una única acción, un solo escenario y un tiempo cronológico coherente en el
desarrollo de la acción dramática. Se estableció la separación de lo cómico y lo
trágico. Se impuso la contención imaginativa, eliminando todo aquello que se
consideraba exagerado o de «mal gusto». Se adoptó una finalidad educativa y
moralizante, que sirviera para difundir los valores universales de la cultura y
el progreso.
Aunque menos racionalista que otros géneros, la tragedia cultivó temas
históricos, como es el caso de la más conocida, Raquel, de Vicente García de la
Huerta. Pero sin lugar a dudas el teatro más representativo del momento fue el
de Leandro Fernández de Moratín, creador de lo que se ha dado en llamar «comedia
moratiniana». Frente al género trágico, el más común entonces, y que practicaba
su padre, Nicolás, y frente al sainete costumbrista y amable de Ramón de la
Cruz, Moratín hijo ridiculizó los vicios y costumbres de su época, en un claro
intento de convertir el teatro en un vehículo para moralizar las costumbres.
Leandro Fernández de
Moratín
Hijo de Nicolás Fernández de Moratín (Madrid, 1760 - París, 1828), Leandro es el
principal autor dieciochesco de teatro. A su padre se le debe su orientación
neoclásica. Protegido de Jovellanos y Godoy, viajó por Inglaterra, Francia
(presenció el estallido de la Revolución Francesa) e Italia. Cayó enamorado de
Paquita Muñoz, mucho más joven que él, con la que no llegó a casarse por su
deseo de no contraer compromisos. Fue un afrancesado y aceptó de José Bonaparte
el cargo de Bibliotecario Mayor, por lo que se le desterró a Francia, donde
fallecerá tras la derrota de los invasores.
Obra
Como poeta, escribió poemas satíricos como la Sátira contra los vicios
introducidos en la poesía castellana, tema que vuelve a tratar en prosa en La
derrota de los pedantes. La crítica actual considera a Moratín el lírico más
destacado del siglo XVIII. En el poema Elegía a las musas, ya viejo, se despide
de la poesía del teatro, los cuales habían sido su razón de vivir.
Como autor dramático, escribió únicamente cinco comedias que le procuraron una
gran reputación entre la gente ilustrada. En El viejo y la niña y en El sí de
las niñas (1806), defiende el derecho que tiene la mujer de aceptar o no a su
cónyuge contra la imposición de la familia, que hasta entonces frecuente casar a
jovencitas con viejos adinerados. En, La mojigata, critica la hipocresía y la
falsa piedad. Otra comedia es El barón y por último La comedia nueva o El café
(1792), una burla hacia los autores que ignoran las reglas aristotélicas.
Ramón de la Cruz
El sainetero Ramón de la Cruz (Madrid, 1731 - 1794) fue uno de los autores más
aplaudidos por el público y más criticado por los neoclásicos (aunque algunos de
ellos, ante el apoyo popular de sus obras, se retractó). Comenzó escribiendo
tragedias de corte neoclásico, rechazando el teatro "desarreglado" que prefería
la gente. Sin embargo, sus necesidades económicas le hicieron acercarse a
géneros menos ilustrados pero más aclamados por el público y los actores. De
esta manera empezó a escribir zarzuelas de temática española y, a la vez,
sainetes. De estos últimos escribió más de cuatrocientos, generalmente en versos
octosílabos, y algunos en endecasílabos. Los personajes de este subgénero
teatral son populares (manolas, majos, maridos burlados, albañiles, castañeras,
hidalgos arruinados, etc.) y la acción suele desarrollarse en Madrid: La pradera
de San Isidro, El Prado por la tarde, El Rastro por la mañana; su final, a veces
quiere ser ejemplarizante. El más famoso de los sainetes es Manolo, sátira del
teatro que escribían sus enemigos neoclásicos. Con su máxima "yo escribo y la
verdad me dicta", pudo encontrar en el pueblo una fuente inagotable, la misma
que, con mayor profundidad, inspiraría a Francisco de Goya.
Prerromanticismo
Algunas obras de la Escuela salmantina auguran el comienzo del Romanticismo.
Así, en Las noches lúgubres de José Cadalso se introduce la locura, ambientes
tétricos y nocturnos y una gran pasión amorosa. Otros autores importantes son
Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764 - 1809), Manuel José Quintana (1772 - 1857),
Juan Nicasio Gallego (1777 - 1853) y José Somoza (1781 - 1852).
Fuente: Enciclonet
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