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La vida es muy traicionera, y cada
uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la
soledad. Yo lo hago con mis libros.
Antonio Pérez Reverte
Yo no tengo la culpa de
que la vida se nutra de la virtud y del
pecado, de lo hermoso y de lo feo.
Benito Pérez Galdós
Introducción
Etiqueta que se usa para
identificar a los escritores españoles que escriben en torno a los años de la
pérdida de las colonias españolas en Cuba y el Pacífico en 1898, tragedia que
trajo consigo una fuerte crisis nacional. El estudio de los autores y obras de
este grupo es inseparable del correspondiente al modernismo literario español,
ya que esos años son los del esteticismo, parnasianismo, simbolismo y art
nouveau en Europa, y los del modernismo en España e Hispanoamérica. Nunca hubo
dos frentes de batalla literarios: el de los escritores comprometidos o
noventayochistas, por un lado, y el de los estetas decadentistas por el otro,
que permanecerían al margen de los problemas sociales en sus torres de cristal;
de hecho, hay autores encuadrados en el grupo del 98 que, al mismo tiempo, se
cuentan entre los principales creadores modernistas. Hay, eso sí, dos modos de
escritura correspondientes a quienes escriben ensayo, relato breve, artículo
periodístico o novela, géneros propios del arte noventayochista, y quienes
apuestan por la poesía o el relato de corte modernista; entre ambas poéticas, se
mueve buena parte de la poesía de Antonio Machado y algunas de las obras de
Ramón María del Valle-Inclán, cuya transición hacia su segunda época viene
claramente marcada por Romance de lobos. Por todo ello, son muchos los
estudiosos que se niegan a manejar ambas denominaciones y que prefieren apostar
por una sola que aglutina ambas: literatura de fin de siglo.
Características
Los autores de la generación
mantuvieron, al menos al principio, una estrecha amistad y se opusieron a la
España de la Restauración; Pedro Salinas ha analizado hasta qué punto pueden
considerarse verdaderamente una generación histogriográficamente hablando. Lo
indiscutible es que comparten una serie de puntos en común:
1. Distinguieron entre una España real miserable y otra España oficial falsa y
aparente.
2. Sienten un gran interés y amor
por la Castilla miserable de los pueblos abandonados y polvorientos; revalorizan
su paisaje y sus tradiciones, su lenguaje castizo y espontáneo. Recorren las dos
mesetas escribiendo libros de viajes y resucitan y estudian los mitos literarios
españoles y el Romancero.
3. Rompen y renuevan los moldes
clásicos de los géneros literarios, creando nuevas formas en todos ellos. En la
narrativa, la nivola unamuniana, la novela impresionista y lírica de Azorín, que
experimenta con el espacio y el tiempo y hace vivir al mismo personaje en varias
épocas; la novela abierta y disgregada de Baroja, influida por el folletín, o la
novela casi teatral de Valle-Inclán. En el teatro, el esperpento y el
expresionismo de Valle-Inclán o los dramas filosóficos de Unamuno.
4. Rechazan la estética del
Realismo y su estilo de frase amplia, de elaboración retórica y de carácter
menudo y detallista, prefiriendo un lenguaje más cercano a la lengua de la calle,
de sintaxis más corta y carácter impresionista; recuperaron las palabras
tradicionales y castizas campesinas.
5. Intentaron aclimatar en España
las corrientes filosóficas del Irracionalismo europeo, en particular de
Friedrich Nietzsche (Azorín, Maeztu, Baroja, Unamuno), Arthur Schopenhauer (especialmente
en Baroja), Sören Kierkegaard (en Unamuno) y Henri Bergson (Antonio Machado).
6. El pesimismo es la actitud más
corriente entre ellos y la actitud crítica y descontentadiza les hace simpatizar
con románticos como Mariano José de Larra, al que dedicaron un homenaje.
7. Ideológicamente comparten las
tesis del Regeneracionismo, en particular de Joaquín Costa.
Por un lado, los intelectuales más modernos, secundados a veces por los propios
autores criticados, sostenían que la generación del 98 se caracterizó por un
aumento del egotismo, por un precoz y morboso sentimiento de frustración, por la
exageración neorromántica de lo individual y por su imitación servil de las
modas europeas del momento.
Por otra parte, para los escritores de la izquierda revolucionaria de los años
treinta, la interpretación negativa de la rebeldía noventayochesca se une a una
fundamentación ideológica: el espíritu finisecular de protesta responde al
sarampión juvenil de un sector de la pequeña burguesía intelectual, condenado a
refluir en una actitud espiritualista y equívoca, nacionalista y antiprogresiva.
Ramón J. Sender mantenía todavía en 1971 la misma tesis (aunque con supuestos
diferentes).
Los problemas a la hora de definir a la generación del 98 siempre han sido (y
son) numerosos ya que no se puede abarcar la totalidad de experiencias
artísticas de una extensa trayectoria temporal. La realidad del momento era muy
compleja y no permite entender la generación basándose en la vivencia común de
unos mismos hechos históricos (ingrediente básico de un hecho generacional).
Esto se debe a un triple motivo:
La crisis política de finales del siglo XIX afectó a bastantes más escritores
que los englobados en la generación del 98. No se puede restringir la
experiencia histórica de los autores nacidos entre 1864 y 1875 (fechas de
nacimiento de Unamuno y Machado) al resentimiento nacionalista producido por la
pérdida de las colonias. Se afianzaba además por aquellos años en España una
comunidad social y económica casi moderna. El auge del republicanismo y la pugna
anticlerical (1900-1910), así como importantes huelgas, sindicalismo,
movilizaciones obreras o atentados anarquistas. Sin embargo cabe preguntarse, ¿cómo
es que la generación del 98 no tomó nombre del Modernismo, ya que surgen
paralelamente y persiguen metas parecidas?
Sociedad en crisis
Historiadores y sociólogos han destacado la profunda crisis que agita a la
sociedad española de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Durante la última
década del Ochocientos la nación vive inmersa en una aguda depresión económica y
social que pone en peligro la estabilidad del régimen de la Restauración. Las
estructuras políticas sufrían la grave carcoma del caciquismo que viciaba la
vida democrática. El país estaba regido por una administración ineficaz y
corrupta, un parlamento desacreditado, que dejaba al margen de la acción
política a numerosos ciudadanos. El ejército y la marina vivían escasos de
medios y con su moral militar quebrada. Un desánimo general invadía,
inquietante, a una nación que antaño fuera cabeza de un vasto imperio dominador
del orbe.
La pérdida en 1898 de las colonias (Cuba, Puerto Rico, Filipinas) fue un
episodio histórico gravemente traumático para la conciencia de la sociedad
española de fin de siglo. No sirvió de alivio la consideración de que las
tierras coloniales hacía tiempo que eran escenario sangriento de revueltas
secesionistas, tratadas desde la metrópoli con políticas poco acertadas. El
hundimiento del acorazado americano Maine en Cuba, que el enemigo atribuyó a una
mina española, trajo como consecuencia la humillante destrucción en Santiago de
nuestra mítica escuadra el 3 de julio de 1898. La firma del Tratado de París con
Estados Unidos, octubre de 1898, puso fin a una guerra, dejando las islas bajo
el control de los intereses norteamericanos, y también dio término al ciclo
histórico imperial de España que había comenzado su andadura en 1492.
Aunque es cierto que este suceso trajo algunas consecuencias positivas para la
nación (repatriación de capitales, inversión extranjera, aumento de la
industrialización, incremento del proletariado urbano), la estructura social
ofrecía un perfil de absoluto inmovilismo: predominaba una sociedad agraria
atrasada, reacia a cualquier tipo de innovación. No obstante, tal situación
propiciaba, por otro lado, el desarrollo y fortaleza de la alternativa
pequeño-burguesa, la llamada clase media, situada entre la burguesía dominante y
un proletariado urbano cada vez más numeroso y fuerte, sobre todo a raíz de que
la Constitución de 1869 reconociera la libertad de reunión y asociación. Bajo su
protección fue fundado por Pablo Iglesias en 1879 el Partido Socialista Obrero
Español, uno de los motores de la reforma social. En cualquier caso, la posición
de España en el concierto internacional seguía siendo de aislamiento, tanto
económica como culturalmente. En esta crisis social y política se enraiza la
desazón que conmueve las conciencias de viejos y jóvenes que viven aquellos
episodios históricos, la colectiva y honda desmoralización, y también el grito
de quienes intentaron, con escaso éxito, la regeneración de esta sociedad en
ruinas.
Modernismo y Generación
del 98
"La quiebra de 1898", por emplear un término acuñado por el ilustre historiador
Tuñón de Lara, provocó el espíritu del 98. La Generación del 98 nació en esta
contextura histórica como expresión de las ideologías políticas y artísticas
crecidas al socaire del desastre colonial. Los historiadores de la literatura
reconocen, sin embargo, la existencia en este período (1890-1910) de dos
movimientos literarios antagónicos: el Modernismo y la Generación del 98. O
Modernismo frente a 98, si aceptamos la propuesta de Guillermo Díaz-Plaja. Estas
tendencias reflejan dos maneras contrapuestas de entender la realidad y la
literatura:
Tendencia ética
Los escritores viven preocupados por los problemas sociológicos y, por lo tanto,
entienden el arte y la literatura como un instrumento para mejorar las
condiciones vitales del hombre. En su pluma nacerá una literatura sobria que se
alimenta de la experiencia y trata de colmar el horizonte de expectativas de las
clases populares y de la pequeña burguesía, desde ideologías políticas
progresistas y aun revolucionarias. Éstas son las premisas que conforman las
señas de identidad del espíritu de la bautizada por Azorín como "Generación del
98". Los noventayochos eligen el camino del compromiso con la realidad. Como la
sociedad no les agrada, se sienten en la obligación de transformarla. Tienen al
Realismo del XIX por insuficiente, y sólo algunas de las grandes figuras de la
Generación del 68 (Dicenta, Galdós, Blasco Ibáñez...), los que practican una
literatura de tono crítico, tienen algún valor para ellos.
Tendencia estética
Ocupada sólo en lograr un arte cada vez más complejo, refinado y exquisito, pero
alejada de cualquier preocupación social, es el concepto que recogemos bajo la
expresión de "el arte por el arte". No son pensadores, sino escritores que
defienden un arte minoritario, pensado para elites o grupos selectos
determinados. Éstos son los supuestos estéticos del Modernismo, movimiento que
afecta a literatos y artistas. Aunque en ocasiones encontramos cierta actitud
crítica en algunos textos modernistas, no es, sin embargo, el Modernismo una
escuela preocupada por las tensiones ideológicas.
Nace el Modernismo como una reacción natural contra el Realismo decimonónico,
estética agotada por un largo uso. El escritor moderno siente una urgente
necesidad de reformar el hecho literario rehuyendo la realidad que había sido
motivo de inspiración para los escritores de la generación precedente. El
Modernismo intenta superar "la vulgaridad realista" y se opone al lenguaje
impuro de "Benito el garbancero", usando la expresión despreciativa de Valle-Inclán,
uno de los principales mentores de dicha corriente. El escritor modernista se
encierra en su peculiar mundo personal, cargado de exotismos, sensualidad,
individualismo, antídoto literario contra la realidad social sucia y triste. Un
estilo pulido y cuidado se convierte en las señas de identidad más destacadas de
esta nueva estética.
Aunque las diferencias entre ambas tendencias literarias son numerosas y
radicales, en algo coinciden sus componentes como expresión de un amplio ademán
generacional que las relaciona: La ruptura con los gustos decimonónicos,
sociedad (por lo menos de modas y costumbres) y literatura que busca unos nuevos
cauces expresivos. En este sentido todos los jóvenes literatos, de una y otra
tendencia, son modernos, "modernistas". Algunos estudiosos han subrayado
igualmente la presencia de ciertas actitudes vitales compartidas: una dosis de
idealismo e individualismo, producto sin duda del momento histórico y cultural
que vivían; la exaltación del paisaje, si bien, en líneas generales, el
Modernismo se inclinará más hacia lo urbano y la Generación del 98 hacia lo
rural; un marcado interés por lo europeo, modelo y elemento contrastivo frente
al atraso y aislamiento español (cosmopolitismo transformador); la bohemia
literaria, como forma de marginación voluntaria de la sociedad.
Aunque cada grupo vela sus armas literarias desde revistas y periódicos afines,
sin embargo es posible verlos convivir en los despachos de redacción de algunas
publicaciones que acogen, sin exigencias partidistas, a los jóvenes literatos.
Las plumas de personajes de trayectoria tan dispar como Baroja, Unamuno, Juan
Ramón Jiménez, Maeztu y Valle-Inclán coinciden, amablemente mezclados, en
revistas como Germinal, Vida Nueva, Revista Nueva, Juventud o Alma Española,
portavoces de las nuevas corrientes de espíritu. Coinciden incluso en el diario
El País, órgano de Partido Republicano Progresista de Ruiz Zorrilla, y símbolo
de la modernidad y progresía madrileña.
Esta relación entre noventayochos y modernistas vivió episodios de diverso
signo. La disparidad de criterios estéticos e ideológicos les enzarzó en
ocasiones en agrias polémicas, más duras según la hondura del compromiso
personal de cada uno de ellos. Por contra, les vemos colaborar amigablemente
otras veces, por lo general en empresas de índole literaria, si era necesario
aunar las fuerzas para combatir el poder social de los escritores trasnochados,
la "gente vieja", según lenguaje común. Tal ocurrió con motivo de la concesión
del Nobel de Literatura al dramaturgo José Echegaray en 1905. Los jóvenes,
rechazando que tuviera representatividad alguna en las letras españolas del
momento, dirigieron a la opinión pública un duro comunicado:
"Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a don José Echegaray y se
abroga la representación de la intelectualidad española. Nosotros, con derecho a
ser incluidos en ella, sin discutir la personalidad literaria de don José
Echegaray, hacemos constar que nuestros ideales artísticos son otros y nuestras
admiraciones muy distintas."
Firma el manifiesto la plana mayor de los nuevos escritores, ya noventayochistas
(Unamuno, Maeztu, Grandmontaigne, Azorín, Baroja), ya modernistas (Rubén Darío,
Manuel y Antonio Machado, Díez-Canedo, Villaespesa, Salaverría, Mesa, Mata,
Valle-Inclán, Gómez Carrillo...), otros literatos ilustres (Ciges Aparicio,
Camba) e intelectuales (Fernández Almagro, Llamas Aguilaniedo...) de distinto
signo, y lo más granado de la crítica literaria especializada (Antonio Palomero,
Manuel Bueno, José Nogales...). El homenaje a Echegaray quedó totalmente
oscurecido por la rebelión de los jóvenes escritores, entre los que no hallamos
la firma de Jacinto Benavente, que mantenía una cierta admiración hacia el
premiado, a pesar de las razones que les separaban.
Los jóvenes del 98
En esencia, la intención que animaba a los hombres de la Generación del 98 no
era otra que buscar el origen, causas y posibles soluciones al problema de
España. En esta empresa habían colaborado algunos renombrados intelectuales de
los últimos tiempos, en particular Joaquín Costa (1846-1911) y Ángel Ganivet
(1865-98), cuyas propuestas ideológicas orientaron a los jóvenes del 98. En sus
apasionados escritos aprenden el discurso regeneracionista que censura el
sistema político de la Restauración (caciquismo, oligarquía, parlamentarismo,
partidos turnantes...) y su incapacidad para poner remedio eficaz a los
problemas del país.
El jurisconsulto y político aragonés Joaquín Costa, rechazado en varias
oposiciones a la Universidad de Madrid, tuvo que dar cuenta de su pensamiento a
través de la prensa y desde la cátedra de la Institución Libre de Enseñanza
donde enseñó las materias de Derecho político e Historia de España.
Posteriormente sintetizó su ideario en varios libros que alcanzaron gran fama:
en Colectivismo agrario en España (1898) propone soluciones a los males de la
agricultura; El problema de la ignorancia del derecho (1901); Oligarquía y
caciquismo (1902), donde censura tales usos políticos.
El granadino Ganivet, estudioso de la Filosofía y el Derecho, accedió al cuerpo
consular en 1892. Fue autor de varias obras de creación: Granada la bella
(1896), descripción emotiva de su ciudad natal; de las novelas La conquista del
reino de Maya por el último conquistador Pío Cid (1897), cuyas aventuras
continúa en Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898); y del drama El
escultor de su alma, representado, póstumo, en Granada en 1899. Mayor atractivo
tuvieron para el joven público los libros de ensayos Idearium español (1897),
Cartas finlandesas (1899), Hombres del norte (1905), recopilaciones de artículos
aparecidos previamente en la prensa en los que hizo un ajustado análisis de la
sociedad española. En el Idearium se exponen los principios básicos del
regeneracionismo, aunque no de forma sistemática sino intuitiva. Consta de tres
partes: en la primera busca las raíces del ser de España que encuentra en el
estoicismo senequista y en el cristianismo; la segunda describe las servidumbres
que tuvo la expansión europea y americana para el país, y la situación de
nuestra política internacional; en la tercera, diagnostica que el mal de los
españoles es la abulia.
Entre los noventayochos, mantuvo una sincera amistad con Unamuno, quien
recordaba, con motivo de su trágica muerte en 1898, la relación con el ensayista
andaluz en la época en que ambos preparaban sus oposiciones en Madrid: "Todas
las tardes en aquellos meses de mayo y junio de 1891 nos íbamos Ganivet y yo a
tomar sendos helados a una horchatería de la Carrera de San Jerónimo y luego a
dar un paseo por el Retiro. A Ganivet, que parece que fue de niño y de mozo
silencioso, no se le había roto aún la lengua; a mí, que también fui silencioso
de mozo y de niño, se me había suelto ya. Así que por lo general yo hablaba y él
oía, haciéndome observaciones de cuando en cuando". En el abundante epistolario,
publicado póstumo, incluye multitud de opiniones sobre los problemas de la
España de su tiempo.
Los jóvenes del 98 utilizaron la prensa y la literatura comprometida como
plataforma de lanzamiento de su campaña para transformar la sociedad española,
sin que sus censuras tuvieran siempre el eco apetecido. Era ya la ocasión de
tomar algunas soluciones prácticas. Maeztu, Azorín y Baroja escriben un
manifiesto previo (diciembre, 1901) antes de lanzarse a la acción
político-social y después comienzan sus procesiones por los ministerios, y su
ataque al caciquismo en la figura del hijo del gobernador de Málaga, Cristino
Martos, desde las páginas de la combativa revista Juventud, fundada con este
fin. La aquiescencia del maestro Unamuno en esta cuestión es plena.
El grupo de los tres
"El grupo de los tres", que rememorará Azorín en su novela La voluntad (1902),
tiene ahora una gran actividad. En 1901 tuvo lugar el ruidoso estreno de la obra
teatral de Galdós, Electra, bandera del anticlericalismo, que se convirtió en
todo un símbolo para la juventud y originó la publicación de una revista con el
mismo nombre; es el año de la emotiva visita a la tumba de Larra, el romántico
rebelde y crítico en el que buscaban mirarse los nuevos periodistas; del viaje a
Toledo, ciudad muerta y símbolo de un pasado periclitado. Al año siguiente
celebraron un sonado homenaje a Baroja con motivo de la publicación de su novela
Camino de perfección (1902), auténtico símbolo literario para los jóvenes
noventayochos, según relatan los cronistas de la época. En 1903 José María
Salaverría recuerda a "aquellos tres reclutas de la campaña del 98", en San
Sebastián aún prestos a extender en la capital guipuzcoana su espíritu rebelde a
través del recién nacido diario El Pueblo Vasco. Durante todo el verano de ese
año colaboraron en este periódico fundado por el industrial Rafael Picavea. Se
rebelan contra el caciquismo intelectual de las viejas generaciones como
recuerda el episodio, ya mencionado, del contrahomenaje con motivo de la
concesión del Nobel de Literatura a Echegaray en 1905.
Sin embargo, estamos ante un grupo que nace cansado. Han sido demasiados los
años de lucha sin cuartel, sin contrapartidas prácticas de reforma en la
sociedad española, caduca y anclada en el pasado. El combativo Maeztu, en la
temprana fecha de 1902, tenía ya una visión en exceso pesimista de estas
juventudes: "Hay en este Madrid desatento y frívolo una generación melancólica y
pensativa. Acaba de abandonar la Universidad; tiene veinte años, veinticinco a
lo sumo, y lleva en la frente las arrugas sintomáticas del recogimiento" (Don
Quijote, 14 nov. 1902). Son jóvenes que gozan de escasas oportunidades para
participar en la vida pública, que trabajan y contrastan sus conocimientos con
la vida cotidiana. Juventud silenciosa, que ya empieza a conocer la amargura de
la situación nacional: "La juventud madrileña tiene cerrados los labios con
sello de sangre. Ha comprendido la verdad de la fórmula en que se depuran las
responsabilidades de la humillación nacional: <>>>>>".
Parece evidente que los jóvenes del 98 tenían conciencia de grupo cuando
realizaban todas esas actividades colectivas, y mancomunadamente atacaban a sus
contrarios. La cita de Maeztu pone de relieve la importancia de la fecha del 98,
concepto aglutinador del nuevo grupo literario. Sin embargo, el primero que
habló de los rasgos comunes entre los literatos de esta generación fue el poeta
catalán Joan Maragall en 1901 en una carta dirigida a José Martínez Ruiz (Azorín),
que luego ampliaría en el artículo "La joven escuela castellana" aparecido en el
Diario de Barcelona. En 1905 Azorín publicó en ABC su artículo "Los Maeztu" en
el que hacía referencia a Ramiro de Maeztu como uno de los componentes de "esta
generación [que] ha traído a la literatura un ansia de altura, un espíritu de
realidad, un amor a las cosas de que ya habíamos perdido la idea y la
esperanza". Más tarde, fue Gabriel Maura quien en un artículo aparecido en 1908
en el diario Faro hace referencia expresa a la "generación nacida
intelectualmente a raíz del desastre; patriota sin patriotería; optimista pero
no cándida, porque las lecciones de la adversidad moderaron en ella las posibles
exaltaciones de la fe juvenil". Al año siguiente el padre Andrés González Blanco
le da definitiva carta de naturaleza en su libro Historia de la novela en España
desde el Romanticismo hasta nuestros días (1909) en el que habla de la
"Generación del Desastre" para aludir a un grupo de jóvenes escritores que se
habían dado a conocer entre 1894 y 1900, citando, entre otros, a Unamuno, Azorín
y Baroja.
A partir de estas premisas, fue el propio Martínez Ruiz quien confirmó
definitivamente la denominación de "Generación del 98" en varios artículos
aparecidos en la prensa entre 1910 y 1913. El escritor de Monóvar sintetizó con
acierto el talante generacional del grupo con estas palabras recogidas en su
libro Clásicos y modernos (1913):
"La generación de 1898 ama los viejos pueblos y el paisaje, intenta resucitar
los poetas primitivos (Berceo, Juan Ruiz, Santillana); da aire al fervor por el
Greco [...]; rehabilita a Góngora [...]; se declara romántica en el banquete
ofrecido a Pío Baroja con motivo de su novela Camino de perfección; siente
entusiasmo por Larra, y en su honor realiza una peregrinación al cementerio en
que estaba enterrado y lee un discurso ante su tumba y en ella deposita ramos de
violetas; se esfuerza, en fin, en acercarse a la realidad y en desarticular el
idioma, en agudizarlo, en aportar a él viejas palabras, plásticas palabras, con
objeto de aprisionar menuda y fuertemente esa realidad. La generación de 1898,
en suma, [...] ha tenido todo eso; y la curiosidad mental por lo extranjero y el
espectáculo del Desastre -fracaso de toda la política española- han avivado su
sensibilidad y han puesto en ella una variante que antes no había en España."
A partir de entonces se libró entre los historiadores de la literatura una
enconada polémica sobre la existencia o no de la Generación del 98, dudas que en
parte fueron alimentadas por las opiniones de algunos de los propios
protagonistas de la misma, alejados ya de sus planteamientos ideológicos y
literarios de la época juvenil. Por esas fechas se desarrolló en el mundo de la
teoría literaria alemana el concepto de generación literaria en numerosos
escritos (Pinder, Wechsler, Petersen), cuyos caracteres fueron aplicados
puntualmente a la Generación del 98 (Salinas, Jeschke, Díaz-Plaja). La
Generación del 98 cumple con los requisitos exigibles a estos grupos literarios:
- Fecha de nacimiento próxima, que coloca a los individuos a la misma distancia
y con el mismo grado de receptividad de los acontecimientos vitales. Entre los
miembros del 98 hay diez años de diferencia entre Unamuno (nacido en 1864) y
Maeztu (1874).
- Educación semejante: Los noventayochos coinciden en su formación literaria
autodidacta. Se alejaron de los focos de cultura tradicional y se refugiaron en
la biblioteca. Leyeron a Kant, Schopenhauer y, sobre todo, a Nietzsche, alimento
básico de su pensamiento. Sólo Unamuno es diferente, dada su sólida formación
universitaria.
- Convivencia e influencia mutuas, que se manifiesta en tertulias, asistencia al
Ateneo, trabajo en las redacciones de los periódicos (El País, El Imparcial, Las
Noticias, El Progreso, La Publicidad, El Globo, La lucha de clases...),
colaboración en las mismas revistas (Germinal, Electra, Juventud, Vida Nueva,
Revista Nueva, La Vida Literaria, Alma Española...), y todos los actos
generacionales ya descritos.
- Acontecimiento o experiencia generacional, que actúa como aglutinante y crea
un estado de conciencia colectivo. La derrota de España y la pérdida del imperio
colonial (1898) hace agruparse a los componentes del grupo frente al problema
esencial: España.
- Caudillaje o guía de la generación: Es difícil precisar quién fue este
personaje, que los críticos literarios han identificado con Nietzsche, Larra o
Unamuno. Sin embargo, la apetencia de un caudillo está presente en numerosos
escritos de la época.
- Lenguaje generacional, ya que todo planteamiento nuevo en el arte implica una
terminología. El profesor Díaz-Plaja destaca estos rasgos: "Antirretoricismo,
antibarroquismo; creación de una lengua natural ceñida a la realidad de las
cosas que evoca; enriquecimiento 'funcional' de la lengua, rebuscando en la
lengua popular regional o en la raíz etimológica; lenguaje definitorio al
servicio de la inteligencia; lengua válida para todos".
- Anquilosamiento o parálisis de la generación anterior. A comienzos del siglo
XX son numerosos los testimonios que certifican la decadencia del Realismo
decimonónico, movimiento del que sólo salvan a algunos escritores comprometidos
como Galdós, Dicenta, Blasco Ibáñez.
Hasta época relativamente reciente la crítica literaria no se había percatado de
que el espíritu del 98 se movía dentro de unas coordenadas temporales que
coinciden aproximadamente con la juventud de los componentes del grupo
generacional, y que algunas de las personalidades más significadas del mismo
sufrieron luego una evolución tan radical que no es posible incluir bajo una
única perspectiva el conjunto de sus escritos.
Nómina de autores
La nómina esencial de la Generación del 98 está compuesta por Miguel de Unamuno,
Ramiro de Maeztu, Pío Baroja y José Martínez Ruiz (Azorín). Las historias de la
literatura suelen agregar a otros dos escritores que tuvieron una trayectoria
diferente a la de los autores anteriores: Ramón María del Valle-Inclán y Antonio
Machado, cuya inclusión, según veremos más adelante, resulta dudosa. Una lista
completa debería rescatar a otros literatos menos relevantes (Juan Bautista
Amorós -bajo el seudónimo de Silverio Lanza-, Ciro Bayo, Alejandro Sawa, Manuel
Bueno), pero también a intelectuales, políticos, periodistas (Luis Ruiz
Contreras...) y artistas (Ricardo Baroja, Gustavo Maeztu...), con quienes
frecuentaron periódicos y tertulias. Las figuras más destacadas habían nacido en
la periferia de España (vascos eran Unamuno, Maeztu y Baroja, levantino era
Azorín,) aunque Madrid fue para ellos el centro de convergencia. A la capital
llegan en distintos momentos y se fueron estableciendo entre ellos relaciones de
amistad, colaboración y convivencia.
La situación de descontento político-social que vivían algunos de los hombres de
la España finisecular se manifestó con más fuerza en las nuevas juventudes que
hicieron su aparición a la vida pública en el último decenio del siglo XIX. Poco
les unía sentimentalmente al pasado y nada del presente les atraía. El espíritu
juvenil les colocó en una postura radicalizada que lindaba de una manera
romántica con el anarquismo, marxismo y socialismo. El pensamiento del
periodista del 98 se prolonga en las obras de creación literaria.
Las primeras
obras de los autores del 98
Durante esta época, el hermano mayor del grupo, y a la vez maestro, Miguel de
Unamuno, (1864-1936) tenía también este juvenil ramalazo de rebeldía, aunque las
circunstancias personales le marcarán otros derroteros. En los artículos que
escribía en torno a 1894 se declaraba socialista y estaba fuertemente influido
por el pensamiento marxista. Desde esta perspectiva hizo una crítica demoledora
de la sociedad finisecular, poniendo en solfa la estructura del poder, el
espíritu militar, los partidos conservadores, y defendiendo, por contra, el
mundo obrero. Sin embargo, pronto se alejó de estos planteamientos ortodoxos de
partido por considerarlos demasiado dogmáticos, llegando a la conclusión de que
el materialismo que propugnaba no era compatible con sus creencias. En 1897, con
motivo de la muerte de su hijo, sufrió una grave crisis religiosa que
reorientaría su vida espiritual hacia una búsqueda angustiosa de Dios y le haría
defensor de "un humanismo ateo".
Su pensamiento, a partir del nuevo siglo, tomaría derroteros diferentes como
manifiesta su libro Tres ensayos (1900), aunque siempre permanecería viva su
inquietud intelectual y su rebeldía congénita. En el primer ensayo largo, En
torno al casticismo (1902), analiza la problemática española como un proceso en
el que falsos casticismos sin sentido encubren la verdadera tradición. Critica
los usos y costumbres de la sociedad de su época y exhorta a los jóvenes a que
cultiven los valores que constituyen la base del patrimonio nacional. Introduce
tres conceptos básicos: historia, intrahistoria y tradición eterna. Piensa que
por debajo de la historia externa de hechos de actualidad hay una intrahistoria
de hechos que perviven en el tiempo y determinan el ser de los pueblos. En los
artículos aparecidos por entonces defiende con convicción la europeización y la
regeneración de la patria. Sus contradicciones personales son las mismas de la
sociedad en la que vivió. Destacan en su pensamiento: la crítica a la falta de
vigor de la juventud, a su abulia; su europeísmo ("España está por descubrir y
sólo la descubrirán españoles europeizados... Tenemos que europeizarnos y
chapuzarnos en el pueblo"); los planteamientos que hace del problema agrario en
los que supera, e incluso critica, a los de regeneracionistas como Costa.
El primer Unamuno es un hombre preocupado por la estética y la creación
literaria. Como en otros campos del saber que le inquietaban por estas fechas,
el catedrático de Salamanca muestra una información precisa, acorde con su
ideología socialista. El pensamiento de los escritores ingleses Carlyle, Ruskin
y, en especial de William Morris, próximos al socialismo fabiano, que pregonaban
una creación literaria llena de inquietudes sociales, y por lo tanto contraria
al egoísmo burgués y al positivismo reinante, orienta sus ideas
político-sociales. Defiende la que denominada "novela sociológica", en la que el
pueblo se convierte en actor y receptor de la literatura.
Dentro de esta tendencia se ejercitó en la traducción de un drama de Sudermann,
La honra, del que da noticia Maeztu en el Prólogo de su propia versión de la
novela del mismo autor alemán El deseo. Unamuno deja constancia de esta estética
social en la primera novela que sale de su pluma, Paz en la guerra, publicada en
1897. Este relato, al cual la crítica unamuniana ha prestado escasa atención,
contrariando así el profundo aprecio en que tenía su autor a una obra a la que
había dedicado doce años de trabajo de duro afán creativo, refleja fielmente el
espíritu de este primer Unamuno. Un episodio reciente de guerra carlista
sucedido en Bilbao el año de 1874, vivido por su autor, se convierte casi en un
tema de actualidad, en el que, como sigue afirmando en el Prólogo, "hay pinturas
de paisaje, y dibujo y colorido de tiempo y de lugar", que contrasta con las
novelas posteriores "fuera de lugar y tiempo". Contra lo que será habitual en
los relatos posteriores, el escritor vasco hace aquí un complejo análisis de la
realidad bilbaína pintando fielmente los problemas sociales y económicos, y su
concepción de la historia y de las clases sociales.
Este mismo espíritu anima el mundo de los cuentos, una de las ocupaciones
literarias más constantes del primer Unamuno. Algunos fueron recogidos en
volumen por el propio autor como en De mi país. Descripciones, relatos,
artículos de costumbres (1903), El espejo de la muerte, novelas cortas (1913),
quedando otros muchos dispersos en la prensa. Los relatos breves son fiel
reflejo de su concepción agresiva de la existencia, tanto en sus aspectos
existenciales como sociales. Al parecer el cuento más antiguo fue "Ver con los
ojos", publicado en El Noticiero Bilbaíno en octubre de 1886. En el cuento
unamuniano encontramos al agitador de conciencias, al autor dialogante con el
lector. Algunos guardan referencias personales o son puntual reflejo de sus
crisis espirituales, como "La venda". Aunque los temas son variados, existe un
importante grupo de cuentos de tono realista o costumbrista. "La sangre de Aitor"
(1891), "Chirulos y Chimberos" (1891) y "San Miguel de Basauri" (1892) tratan
asuntos de la sociedad bilbaína. En general, los cuentos anteriores a 1904
muestran una mayor atención al paisaje exterior propio de su primera literatura
como observamos en los titulados "Ver con los ojos" (1886), "El poema vivo de
amor" (1889), "Solitaria" (1889), cuyo protagonista, Roque de Aguirregoicoa, es
precedente del Antonio Iturriondo de Paz en la guerra.
Poco a poco irá perdiendo el interés por lo concreto y episódico pasando a un
relato ligero de información de lugar y tiempo, para interesarse por el paisaje
interior del alma. La estructura de los relatos hasta 1900 responde a los
modelos tradicionales del realismo decimonónico, con un lenguaje más desgarrado
y crítico; cambia de forma cuando el autor explora nuevos temas y afloran en su
conciencia las preocupaciones morales y espirituales. Este cambio narrativo tal
vez se inicia con el relato "La locura del doctor Montarco", febrero de 1904,
cuyo protagonista, Montarco, es precisamente un escritor de relatos que observa
cómo cada vez sus narraciones nacen más irónicas y extravagantes, reflejando la
evolución del propio autor. La literatura de Unamuno cambia de clave, pasa de la
tensión sociológica a la preocupación filosófica y humana.
Cuando Pío Baroja (1872-1956) entra en contacto con los jóvenes del 98 ya tenía
su experiencia madrileña, porque en esta ciudad había cursado parte de sus
estudios de Medicina. Las primeras creaciones literarias que salieron de su
pluma fueron diversos cuentos que aparecieron en la prensa, en parte reunidos
por el autor en el volumen Vidas sombrías (1900). Escritos en época temprana (entre
1892-1899, en sus años de médico primerizo en Cestona y en Valencia, y en su
época de bohemio madrileño, forman parte de la primera etapa narrativa del
escritor vasco. La mayor parte aparecieron publicados en La Justicia
(1893-1895), diario de Nicolás Salmerón, quien acabó despreciando aquellos
cuentos "tan filosóficos". "Expresan las inquietudes, anhelos y tristezas de la
juventud", en palabras de su sobrino Julio Caro Baroja. Los estudiosos de la
cuentística barojiana destacan este tono de desolación juvenil, esta mezcla de
amargor que nace de sus lecturas filosóficas (Nietzsche, Schopenhauer) y de la
triste experiencia de la vida del noventayochista. Proyectan los rasgos de su
personalidad y de sus inquietudes profundas. En sus relatos prefiere la vida
rural sobre la urbana corrompida, elige sus ambientes en lugares marginales,
plazas solitarias, solares abandonados. Cruzan sus páginas enfermos, muchachas
tristes, viejos, personajes solitarios que recorren mustios y ensimismados la
ciudad, jóvenes en crisis, poetas sombríos... Todas ellas son estampas que
rezuman soledad, melancolía y tristeza. Baroja describe, desolado, sus oscuras
galerías interiores que se hacen literatura en sus personajes, y da palabra
igualmente a las nostalgias de una sociedad en crisis de soledad y tiempo.
También capta ambientes con intención social (panaderos, traperos, vendedores,
carboneros, prostitutas, mendigos, buhoneros...), superando el banal
costumbrismo casticista, e incluso el realismo decimonónico, con experiencias
humanas vivas y problemáticas.
Sensibilidad parecida a la de los cuentos destilan las primeras novelas
barojianas, todavía del espíritu del 98, muchas de ellas aparecidas en la prensa
antes que en libro. Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox
(1901), Camino de perfección (1902), y la trilogía publicada en 1904 La lucha
por la vida (La busca, Mala hierba, Aurora roja) especialmente manifiestan su
espíritu de hombre de izquierdas, su tono anarquizante, todo dentro de un orden
como corresponde al buen burgués que era el panadero escritor.
La historia del joven José Martínez Ruiz (1873-1967) presenta una trayectoria
distinta. Azorín se había iniciado en el periodismo en Valencia, mientras
estudiaba, a la sombra de Blasco Ibáñez, e intentaba emular el decir crítico de
Clarín, aunque luego se alejara del escritor asturiano. Ya en esta época
temprana encontramos al escritor rebelde, anarquista teórico, admirador de Pi y
Margall. Escribe intensamente en la prensa artículos de crítica social, política
y literaria, recogidos en folletos: La crítica literaria en España (1893),
Moratín. Esbozo (1893), Buscapiés (1894), Anarquistas literarios (1895)...,
algunos de los cuales levantaron gran polémica, cosa que le satisfacía en
extremo.
En 1896, tras un viaje a Salamanca, se aposentó en Madrid. Estudiante de Derecho
sin acabar la carrera, hijo emancipado de sus padres, malvive con el periodismo.
Empezó a escribir en el progresista El País, con el aval del famoso publicista
de izquierdas Luis Bonafoux, hasta que en 1897 le despidieron por una insólita y
ruda campaña que, por iniciativa propia, realizó contra el matrimonio y la
propiedad. Bohemia, letras, crítica incisiva, rebeldía (escritor nihilista), son
palabras que definen estos años madrileños. Artículos en la prensa, nuevos
folletos (Charivari, 1897...) y varios cuentos que aparecieron en revistas y
periódicos constituyen su primera actividad literaria. Algunos de estos relatos
aparecen agrupados en el volumen Bohemia (1897). Los cuentos incluidos en esta
colección, y los que quedaron fuera de la misma (este mismo año había preparado
sin éxito el libro Pasión, cuentos y crónicas, que no vio la luz, con relatos y
crónicas anarquistas), reflejan idéntico espíritu rebelde y aún revolucionario
que encontramos en sus artículos. En el estudio de M. D'Ambrosio Servodidio
Azorín, escritor de cuentos (1971) se analizan algunos de los temas básicos de
los relatos de esta primera etapa: ataques al Estado, actitudes irreligiosas y
anticlericales ("Un Cardenal"), ruptura de las convenciones sociales (amor,
matrimonio, divorcio, propiedad y dinero), descalificación de los poderes
represivos (en "Idilio" un ayudante del verdugo estrangula a su jefe con el
mismo aparato de ejecutar), justicia frente a caridad... Incluso encontramos en
algunos un marcado carácter obrerista y aun revolucionario. Son utopías que
buscan una nueva sociedad, una nueva España, donde sea más fácil y humana la
convivencia. Esta lucha continua sin resultados va desvirtuando y desarmando su
espíritu, dando paso a la tristeza y al desengaño.
Esta nueva sensibilidad es patente en su primera novela La voluntad, publicada
en 1902. Con un lenguaje literario próximo al de Baroja, Martínez Ruiz describe
la lucha interior de un personaje por incorporarse a la vida en un ambiente que
le es ajeno. Es una crónica de la Generación del 98: Por un lado, aporta datos
documentales de los sucesos más relevantes que configuran su memoria, y por otro,
refleja la actitud de desengaño que mueve a sus miembros en retirada de la lucha.
La voluntad es una antinovela, una novela de ideas cargada de escepticismo y
pesimismo, en inevitable proyección de su autobiografía espiritual, semejante a
otras del primer Baroja. Idéntica sensibilidad anima la segunda obra narrativa
que publica al año siguiente, Antonio Azorín (1903), cuya fábula se reduce a un
simple esbozo básico argumental, que da pie a las reflexiones morales y sociales
del autor. Con una estructura fragmentaria, incluye cuadros de costumbres,
historietas y fábulas. El narrador, que ahora sustituye al periodista de los
artículos sueltos, observa la realidad desde la atalaya de su individualidad,
que anima y llena de subjetividad la obra. Ya encontramos en esta obra el
interés por el detalle y la cosa menuda aprehendida desde la perspectiva del
autor, que crecerá en las creaciones posteriores. La descripción y su análisis
crítico confieren al relato una cierta lentitud, que oculta en parte la visión
negativa de la existencia. Con todo, esta actitud domina en una narración
plagada de personajes negativos como viejos, fracasados... Antonio Azorín no
consigue vivir al margen de esa realidad cuando busca el sosiego interior ("la
ataraxia"), que continuamente aparece roto y destruido. La ironía se convierte
en un procedimiento para superar la soledad personal, y la triste realidad
social. Alterna esta aptitud pasiva con la voluntad de salvar la sociedad, y
entonces retoma el discurso regeneracionista.
Las confesiones de un pequeño filósofo (1904) forma con las dos anteriores una
especie de trilogía en la que asistimos a la evolución interior de su
protagonista, Antonio Azorín, alter ego de Martínez Ruiz. Hemos pasado del
personaje agresivo de corte nitcheano (La voluntad), al escritor pesimista
(Antonio Azorín), y de éste "a un sensitivo escéptico" que valora el detalle,
enamorado de "los primores de lo vulgar", en definición de Ortega y Gasset al
analizar el Azorín posterior. Nace en esta novela "el poeta filosófico o el
filósofo poético" que adopta un tono idealista, melancólico y escéptico. Fue la
estudiosa Anna Krause la primera en advertir la evolución de los centros de
interés del pensamiento azoriniano: Nietzsche, Schopenhauer, y el espíritu
reflexivo nacido en los Essai (1580) de Montaigne. Esta actitud denota que, por
estas fechas, el periodista militante del anarquismo más combativo comienza a
entrar en crisis, para iniciar un nuevo recorrido espiritual. A partir de
febrero de 1904 sus escritos aparecerán bajo el seudónimo de Azorín, que
ocultará la identidad del periodista Martínez Ruiz, el combativo. Y su espíritu
se refrena y busca nuevos puertos donde serenarse. En 1915, contestando a una
acusación de su antiguo maestro Blasco Ibáñez que le recordó sus orígenes
rebeldes, respondía:"El cambiar de opinión, cuando el cambio es sincero y
desinteresado, no desdora ni humilla a nadie... Y se ve que en España llamamos
revolucionario, no al pensamiento sutil y hondamente innovador, sino lo que se
dice en términos bruscos y destemplados".
El vitoriano Ramiro de Maeztu (1874-1936) estrenó su juventud en Madrid en 1897.
Tenía veintitrés años y una ligera experiencia de periodista en la capital
bilbaína donde había tenido ocasión de mostrar sus ideas extremistas en El
Porvenir Vascongado. Cantor de la fuerza, del trabajo y del dinero, el lector de
Kropotkin a los obreros cubanos, vuelto a España, se movió en ambientes más o
menos socializantes, siendo incluso difusor de las ideas socialistas, aunque
fuera de un socialismo romántico. El Maeztu del 98 era un rebelde ante la
decadencia de España. Hombre que apoyaba las reivindicaciones laborales de los
asalariados, que pedía honestidad y sacrificio para salvar a la patria del
desastre, que incluso adoptaba actitudes violentas para la pervivencia de estas
ideas. Esta actitud de rebeldía refleja también el deseo de afirmación personal
frente a la decadencia del entorno, lo mismo que le llevó a admirar a Nietzsche
al que llega a llamar "mi ídolo". Los hombres del 98, cuanto más débiles e
indefensos se encontraban, más necesidad tenían de creer en un superhombre, en
una voluntad fuerte, voluntad de supervivencia, para superar la inercia nacional
y la zozobra interior. Las teorías nietzscheanas se convirtieron para ellos en
un mito. Los protagonistas de las novelas de los noventayochos (Azorín, Paradox,
Osorio) son paradigmas del hombre del 98 que fluctúa entre la desolación y la
fortaleza. Estas ideas están recogidas básicamente en su libro primerizo Hacia
otra España (1899).
Sin embargo, resulta más desconocida la creación literaria regeneracionista del
periodista alavés. La escasa literatura que escribió pertenece a esta etapa
inicial: una colección de cuentos, la novela por entregas La guerra del
Transvaal y los misterios de la banca de Londres (1900-1901) y la comedia
inédita El sindicato de las esmeraldas. Maeztu desprecia el realismo
decimonónico por insuficiente (salvo la sensibilidad social de Galdós y la
fuerza de Blasco Ibáñez), y rechaza las exquisiteces de los modernistas a
quienes critica "su obsesión por el estilo". Maeztu no recogió sus cuentos en
volumen y quedaron éstos dispersos en la prensa. En el periódico El País dispuso
incluso de una sección fija en la que publicó varios bajo el título Frente al
ensueño, aunque la colección quedó cortada enseguida. Los relatos presentan
historias humanas vivas, cargadas de tensión, densas de ideas, y con un estilo
directo, sin excesivas florituras expresivas. Los temas intentan desarmar a la
sociedad de los señuelos burgueses: matrimonio, paternidad, dinero, educación...
El libro colectivo Dinamita cerebral. Antología de los cuentos anarquistas más
famosos recoge uno de sus cuentos sociales que alcanzó mayor renombre, "El
Central Consuelo", reeditado varias veces. Recuerda posiblemente experiencias
personales de su estancia en Cuba, donde su padre poseía y perdió un ingenio
azucarero. En él tuvo Maeztu contacto con el mundo del trabajo: el burgués
manchó voluntariamente sus manos, mientras concienciaba a los obreros leyéndoles
a Marx, Kropotkin, Schopenhauer, Sudermann, Galdós. Cuenta en él una sublevación
apocalíptica de los trabajadores de un ingenio en la que acaban salvajemente
muertos los capataces explotadores, y las instalaciones son víctimas del fuego
purificador. También tiene otros relatos de tema cubano, donde expresa su
pensamiento social y político sobre la colonia. Practica igualmente Maeztu el
costumbrismo crítico, aprendido a la sombra del maestro Larra.
Durante el verano de 1899, que pasó en compañía de Baroja en el pueblo navarro
de Marañón, publicó en El País la serie "Entre montañas" con episodios de
sucesos campesinos. Historias fuertes, al estilo de las de Blasco Ibáñez,
incluso violentas (la muerte incidental de una anciana se justifica con un "no
importa porque estaba vieja y no servía para la labranza"), a través de las
cuales hace una reflexión general de la España rural: la falta de ilusiones
colectivas, la pobreza de Castilla, el espíritu reaccionario de ciertas capas
sociales y de la Iglesia, la pobreza cultural... En otros relatos costumbristas
analiza ambientes urbanos, con cavilaciones sociales y morales. Maeztu escribe
para decir cosas, no para contar historias; la literatura está supeditada a las
ideas.
El escritor alavés se acercó también al mundo de la novela. Admirador de los
novelistas nórdicos (Ibsen, Björnson), tradujo al menos dos novelas: El deseo
del alemán Hermann Sudermann, autor al que admiraba por su realismo crítico, con
ideas muy en la línea del 98, del "arte nuevo", según explica en un largo
prólogo; La guerra de los mundos de Herbert George Wells, conocido novelista y
pensador del entorno de la sociedad fabiana, que defendía un socialismo libre y
humanista, y que apareció como folletín de El Imparcial a lo largo de 1902.
Maeztu escribió una novela original que fue publicada por entregas en El País a
lo largo de 1900 con el título de La guerra del Transvaal y los misterios de la
Banca de Londres. Se trata de un voluminoso relato que Maeztu define como
historia contemporánea. Presenta un argumento de gran tensión dramática sobre
episodios recientes de la historia del Transvaal con diversas implicaciones
sociales y políticas en torno a las minas de oro y su gestión desde la banca
londinense. Maeztu realiza una destructiva crítica de la sociedad burguesa y del
mundo inmoral del dinero. No faltan tampoco los elementos novelescos: pasión,
aventuras, amor.
Más curiosa resulta todavía una comedia inédita titulada El sindicato de las
esmeraldas, cuya autoría parece fuera de toda duda. Está escrita en 1908 en
Londres, donde Maeztu frecuentaba a los fabianos y donde conoce al dramaturgo
inglés Bernard Shaw.
Madurez de la
Generación del 98
La desmoralización política y las crisis personales fueron alejando
paulatinamente a los miembros de la Generación del 98 de sus primitivos
planteamientos ideológicos y literarios. Cada uno inició su evolución íntima,
acorde con su personalidad. Tanta actividad y luchas sin frutos no habían sido
sino sueños de juventud, cargados de animoso romanticismo, que empezaban a hacer
crisis en el punto en el que realizaban el giro hacia la madurez. Algunos de los
principios que los definieran como noventayochos les arrastran ahora a la
disgregación: individualismo, exaltación de la personalidad. La diversificación
les apartó de aquellas tesis y políticas de las que hicieron profesión de fe.
Para 1905 la Generación, en cuanto grupo, había casi desaparecido, con un
balance más bien insuficiente. En los años sucesivos estos autores evolucionaron
hacia posturas ideológicas menos progresistas. Abandonaron el camino de la
acción y quedó en ellos un poso de fracaso juvenil. La recreación estética de
temas sociales y políticos seguirá ocupando durante cierto tiempo un lugar
importante en sus escritos. Pero desposeídos de sus profundas convicciones
sociales, el idealismo se irá apoderando paulatinamente de estos escritores que
empiezan a rescatar los nuevos valores que ellos creen esenciales. La revisión
de la sociedad, la historia y la cultura española, responde a criterios cada vez
más autónomos.
Nunca abandonaron del todo la preocupación por la patria, aunque ahora lo hagan
desde otras perspectivas ideológicas, adhiriéndose a "una España eterna y
espontánea", en expresión de Azorín. Exaltan líricamente los pueblos y el
paisaje con una mirada crítica ante la pobreza y el atraso. Rescatan sobre todo
las tierras de Castilla, en las que ven la médula de España. Reivindican los
lugares olvidados, las aldeas, los rincones escondidos, el paisaje recio y
profundo. Sus trazos serán diferentes en cada escritor, pero todos están
marcados por su profunda castellanidad. Castilla será un arquetipo, cargada de
historia, rica de valores morales y en posesión de potencial económico. El
descubrimiento del paisaje castellano es la gran adquisición estética del 98.
En los aspectos estilísticos son deliberadamente naturales, sencillos y poco
artificiosos. La Generación del 98 contribuyó, junto con los modernistas, aunque
éstos por distintos caminos estéticos, a la renovación del lenguaje literario de
principios de siglo. Todos ellos se opusieron a la retórica prosaica de la
generación anterior. Recuperaron nuestra literatura medieval (Poema de Mío Cid,
Berceo, el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique...) y algunos de los clásicos del
Siglo de Oro (fray Luis de León, Cervantes, Quevedo...). Destacaron por su
sentido de la sobriedad, por su voluntad antirretórica, siempre acompañada de
una preocupación por el estilo. Es un rasgo característico de todo el grupo el
gusto por las palabras tradicionales y castizas, para ensanchar el idioma, en
opinión de Azorín. Ampliaron el vocabulario rescatando palabras olvidadas de los
pueblos y de las fuentes clásicas. El subjetivismo, y como consecuencia el
lirismo producto de su gran sensibilidad, impregnó sus escritos.
Miguel de Unamuno fue el escritor más polifacético, y al mismo tiempo
contradictorio, de los hombres de la Generación. La poesía, el teatro, la novela
y el ensayo de pensamiento y crítica literaria van a ser géneros ampliamente
cultivados por el catedrático de Salamanca. En su espíritu batallan y se
superponen de manera permanente una serie de principios opuestos: razón y fe,
vida y muerte, temporalidad e intemporalidad, libertad y represión, que
proporcionan a sus obras unos rasgos peculiares. Su vida transcurrió en
Salamanca, en cuya universidad fue rector, excepto unos años (de 1924 a 1930) en
los que estuvo desterrado, en Fuerteventura y París, por su oposición a la
dictadura de Primo de Rivera. Murió el 31 de diciembre de 1936.
La poesía fue, según propia confesión, su género predilecto: "Yo soy ante todo y
sobre todo un espíritu ilógico e inconcreto. No busco ni pruebas ni precisión en
nada y lo que hago con más gusto es la poesía". Nos legó varios volúmenes de
versos: Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de
Velázquez (1920), Andanzas y visiones españolas (1922), Rimas de dentro (1923),
Teresa (1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1927),
Cancionero. Diario poético (1928-1936) (1953), entre los más conocidos. Su obra
poética está en los antípodas del estilo modernista. Manifiesta un teórico
desdén por la forma, aunque se produce una mayor preocupación formal a partir de
Teresa. El amor emocional, los recuerdos, el paisaje, la ciudad y el tema
religioso constituyen sus motivos líricos principales. Su teatro es
excesivamente esquemático y, a pesar de que sean dramáticos sus conflictos
interiores, no supo comunicar este rasgo a sus piezas, incluso siendo en el
terreno trágico en el que muchas veces se desenvuelve la acción. A pesar de su
escaso éxito comercial, no debemos olvidar su destacada participación en la
renovación de la escena española. Al estreno de La esfinge (1898), le siguieron
La difunta (1909), Fedra (1921), Raquel encadenada (1921) y El hermano Juan o el
mundo del teatro, puesta en escena póstumamente en 1954.
Mucho tiene que ver la concepción unamunesca del teatro con la de la novela, a
la que llamó "nivola", quizá en un intento de orientar al lector para que no
buscara en su producción narrativa los caracteres tradicionales del género.
Reflejan sus relatos las preocupaciones básicas del pensamiento de Unamuno: el
sentido trágico de la vida, el hambre de inmortalidad, la teoría del Criador y
la criatura... Niebla (1925), quizá la obra más lograda a juicio de la crítica,
desarrolla el tema de la realidad o irrealidad de la existencia y rememora
todavía algunos de los problemas que inquietaban al hombre del 98 (la abulia, el
fracaso, lo cotidiano, el hastío). En Abel Sánchez (1917), son la envidia y el
mito cainita sus hilos conductores. El ansia de maternidad y la moral
convencional se enfrentan en La tía Tula (1921) y en San Manuel Bueno, mártir
(1933), relato en el que el eje principal es la necesidad de seguir fingiendo
una fe que ya no se tiene, pero que comunica vida a los demás. Olvidados entre
su abundante producción, conservamos una nutrida colección de cuentos, que en
parte quedaron extraviados en la prensa, mientras eran recogidos en volumen por
E. K. Paucker (1960). Directamente o a través de la voz de los personajes,
Unamuno reflexiona o habla sobre la vida sin amor, los problemas de la fe, la
personalidad, la intrahistoria, y remiten en ocasiones a los inquietantes
problemas humanos de sus obras mayores, de los que son en varios casos núcleo
germinal. Algunos de los escritos de Unamuno buscan la España real, el paisaje,
que nos transmite con una extraordinaria sensibilidad (Por tierras de Portugal y
España, 1911; Andanzas y visiones españolas, 1922).
Sin embargo, es en el ámbito del ensayo donde mejor vertió el autor su compleja
personalidad y las inquietudes íntimas que le acompañaron a lo largo de su
agitada existencia. Vida de Don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico
de la vida en los hombres y en los pueblos (1912) y La agonía del cristianismo
(1931) son, tal vez, los más conocidos ejemplos de su amplia producción en este
género.
Pío Baroja, desde su acomodada burguesía, siguió encerrado largo tiempo en sus
autoritarias convicciones políticas. Liberal, fue el que menos cambios sufrió en
su contextura ideológica, porque de todos los noventayochistas quizá era el que
entendió la realidad de una manera más personal. Pasó su existencia en Madrid
plenamente dedicado a la literatura, hasta su muerte ocurrida en 1956. Más de
medio siglo de una vida gastada en escribir, explica a la perfección lo ingente
de su creación literaria: 75 volúmenes de novelas y narraciones, a los que hay
que añadir memorias, ensayos y biografías. Todavía en El árbol de la ciencia
(1911) se observa algo del talante noventayochista. Describe con mano maestra el
ambiente que se respiraba en el Madrid del desastre, la actitud de las gentes y,
sobre todo, la del propio protagonista, Andrés Hurtado, que simboliza de una
manera clara gran parte del sentir que animó a quienes intentaron hacer frente a
la situación. No obstante, el pesimismo ahoga cualquier posible alternativa. La
única salida posible es el suicidio del personaje.
Agrupó sus novelas en diez trilogías, si bien sin ningún criterio referido a su
unidad: La lucha por la vida (La busca, Mala hierba y Aurora roja), y Tierra
vasca (La casa de Aizgorri, El mayorazgo de Labraz y Zalacaín el aventurero)
escritas durante sus años juveniles; El pasado formada por La feria de los
discretos (1905), Los últimos románticos (1906) y Las tragedias grotescas; La
raza, constituida por La dama errante (1908), La ciudad de la niebla (1909) y El
árbol de la ciencia (1911); Las ciudades, con César o nada (1910), El mundo es
ansí (1912) y La sensualidad pervertida (1920). Se añaden después otras
narraciones como la tetralogía El mar con Las inquietudes de Shanti Andía
(1911), El laberinto de las sirenas (1923), Pilotos de altura (1929) y La
estrella del capitán Chimista (1930) y, por último, Agonías de nuestro tiempo,
con títulos como El gran torbellino del mundo (1926), Las veleidades de la
fortuna (1927) y Los amores tardíos (1927). Memorias de un hombre de acción es
otra colección (22 volúmenes, 1913-1935) que supone una amplia crónica histórica
de la primera mitad del siglo XIX a través de la vida aventurera de un personaje
real, Eugenio de Aviraneta.
Absorbido por el mundo de la novela, abandonaría el cuento, hasta época tardía
en que retornó al relato breve con colecciones como las recogidas en Otros
cuentos (O.C., VI), Cuentos (1919), El puente de las ánimas (1944), Los
enigmáticos, relatos de escritura más mecánica y profesionales, ajenos a la
sensibilidad y al estilo de los modelos antiguos. Publicó un libro de versos,
escritos a lo largo de su vida, bajo el título de Canciones del suburbio (1944),
romos de inspiración y estilo. Es autor también de una larga serie de ensayos de
variado tema (Juventud, egolatría, 1917; Nuevo tablado de arlequín, 1917; La
caverna del humorismo, 1919; Divagaciones sobre la cultura, 1920; Divagaciones
apasionadas, 1924; El diablo a bajo precio, 1939; Pequeños ensayos, 1943; La
decadencia de la cortesía y otros ensayos, 1956...), de algunos ejercicios
teatrales (El horroroso crimen de Peñaranda del Campo, 1928; El nocturno del
hermano Beltrán, 1929), de biografías, y de varios tomos de recuerdos
apasionados bajo el título de Desde la última vuelta del camino. Memorias
(1944-1955). Baroja es un escritor con un bagaje de creación increíble,
apasionante, pero también de muchos altibajos en su calidad literaria.
Su evolución debemos contemplarla desde unos comienzos de espíritu fiel al 98
hasta un período posterior en el que cultiva un escapismo hacia la temática
histórica y de aventuras. En su novelística los personajes y los ambientes son
más importantes que los temas. El protagonista es frecuentemente el alter ego
del autor, esto es, un hombre inadaptado, anticlerical, con actitud crítica
hacia las instituciones y, finalmente, un vencido en la lucha contra un medio
hostil, en una palabra, un frustrado. El lenguaje del escritor vasco nace con
frecuencia de espaldas a la retórica y en ocasiones podemos percibir un cierto
desaliño y descuido en el estilo, en particular en la sintaxis.
Azorín abandonó pronto sus radicales posturas políticas, para encerrarse en su
mundo literario, adoptando paulatinamente actitudes más conservadoras. También
llevó a cabo una ingente y polifacética producción literaria hasta el año 1967
en que murió. Escribió artículos periodísticos, comedias, ensayos, cuentos,
novelas, crónicas parlamentarias, discursos políticos... Como escritor se
caracteriza por ser amigo de lo fragmentario, de lo parcial. Busca el pequeño
detalle: movimientos aislados, colores, matices, rincones. Utiliza la técnica de
la evocación como instrumento para recrear ambientes y personajes. Obsesionado
por el tema de la fugacidad de tiempo y extraordinario observador del paisaje,
refleja en sus obras una gran sensibilidad. Su estilo manifiesta una profunda
preocupación por el léxico. Su labor periodística influye en su estilo: frase
breve y concisa.
Sus libros de ensayo son en muchas ocasiones recopilación de sus artículos
aparecidos en la prensa. Un grupo importante describe el paisaje y el alma
española, con un espíritu que se aleja poco a poco de las preocupaciones
noventayochistas, como La ruta de Don Quijote (1905), Andalucía trágica (1905),
Los pueblos (1905), Castilla (1912), El paisaje de España (1917), Un pueblecito:
Riofrío de Ávila... Merecen especial mención los que versan sobre temas de
nuestra historia literaria y sobre el estilo, plenos de sensibilidad y aguda
intuición, la esencia del ensayismo literario hispano. Entre ellos: Lecturas
españolas (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1913), Al
margen de los clásicos (1915), Los dos Luises y otros ensayos (1944), Rivas y
Larra (1947) y otros temas (El cine y el momento, 1953). También editó dos obras
de memorias, Madrid (1941) y Valencia (1941).
No tienen sus novelas nada que ver con el concepto convencional que tenemos del
género. Carecen de acción. No inventa, recrea. Aparecen como conjunto de
sensaciones e impresiones. Los protagonistas son, a menudo, proyección del
propio autor. Esta tendencia era ya evidente en las novelas de la primera época
(La voluntad, Antonio Azorín, Confesiones de un pequeño filósofo), ya citadas.
Sigue fiel a su estilo, aunque no a sus ideas, en las que compuso en su madurez:
Don Juan (1922), Doña Inés (1925), María Fontán (1944), Salvadora de Olbena
(1944). El interés por la literatura fragmentaria favoreció que la afición por
el cuento se mantuviera vigente a lo largo de su vida de escritor. Aparecen
periódicamente colecciones, que según los usos literarios han contactado
previamente con su público adicto por medio de la prensa: en Blanco en azul
(1929) sigue la moda surrealista (mejor "superrealista", según sus deseos) al
uso y donde predominan los temas del tiempo, el subconsciente, las fuerzas
misteriosas, con escaso interés por el mundo exterior; Españoles de París
(1939); Pensando en España (1940); Sintiendo a España (1942); Cavilar y contar
(1942); Contingencias en América (1945), muchos de ellos recogidos en Cuentos
(1956). Es autor de más de cuatrocientos relatos breves, de gran calidad, por lo
que hay críticos que le tienen por una de las figuras señeras del cuento del
siglo XX. Algunos fueron escritos durante su exilio voluntario en París durante
la Guerra Civil española (con añoranzas y recuerdos de su patria, datos
autobiográficos, la capital del Sena) o los escritos para el periódico La Prensa
de Buenos Aires del que fue corresponsal. Son cuentos literarios más que
realistas, en los que la sociedad se evoca desde una perspectiva subjetiva, con
evocaciones históricas, divagaciones fantásticas y mundos mágicos dominados por
el azar, llenos de referencias culturales y con el estilo cuidado habitual en la
prosa azoriniana. Apenas se asoman a los mismos los episodios bélicos de
actualidad.
Azorín experimentó siempre una gran atracción hacia el teatro, no en vano muchos
de sus artículos literarios están dedicados a la crítica teatral. Su actitud en
este terreno es de defender la imperiosa necesidad de renovar la escena.
Pretende romper con el realismo y crear un teatro antirrealista. Es el suyo un
teatro sin drama, todo debe quedar supeditado al diálogo, donde han de plasmarse
en condensación los aspectos esenciales de las obras. Old Spain (1926), Brandy,
mucho Brandy (1927), Comedia del arte (1927), Lo invisible, trilogía compuesta
de tres piezas (La arañita en el espejo, El segador y Doctor Death de 3 a 5,
1928) y La guerrilla (1936), son algunas muestras de su actividad como
dramaturgo ejercida, sobre todo, entre 1925 y 1936.
Maeztu sufrió también una evolución ideológica muy acusada que le hizo pasar del
socialismo radical de sus primeros años a una derecha reaccionaria,
convirtiéndose en defensor a ultranza del catolicismo, la tradición y la
hispanidad. Este proceso de espiritualización ideológica se produjo, sobre todo,
durante su estancia en Londres. Bajo la inspiración del socialismo fabiano,
empezó a admirar la solidaridad de los británicos y su interés por las tareas
socialmente beneficiosas, y se fue mostrando europeísta. En 1911 leyó en el
Ateneo de Madrid la famosa conferencia La revolución y los intelectuales, donde
se observa una serenidad del espíritu en busca de nuevos referentes ideológicos
que le permitan salir de su situación personal. Tiene una conciencia elitista de
la sociedad, ya que cree que los intelectuales deben llevar el peso de la
reforma social. Su regeneracionismo, sin embargo, se ha templado, se ha vuelto
menos crítico de los políticos de la España del desastre y mira hacia el futuro
con esperanza.
A partir del año 1916 rechazó todos sus escritos anteriores, que consideró
plagados de errores. A su vuelta a nuestro país creyó encontrar esa España nueva
que buscaba revalorizando los valores religiosos y tradicionales. Políticamente
defendió la dictadura de Primo de Rivera, y más tarde expresó su devoción por
Mussolini y Hitler. Sus artículos se recogen en La crisis del humanismo (1919),
en torno al tema de la Guerra Mundial; Defensa de la Hispanidad, libro de amor y
de combate (1934), ideal de alcance universal que identifica con el catolicismo.
Uno de los libros más interesantes de Maeztu, y de mayor valor literario, es el
ensayo titulado Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Ensayos en simpatía
(1926), en el que presenta estos tres mitos que encarnan tres valores divinos:
el amor, el poder y la sabiduría, y que representan la falta de ideales de la
sociedad española.
Otros muchos artículos de ambas épocas quedan aún perdidos en las páginas de los
periódicos, expresión del espíritu ferviente de este Maeztu, periodista y
ensayista, con caras irreconciliables.
Valle-Inclán y Machado, noventa y ochos a destiempo
La inclusión de los coetáneos Ramón María del Valle-Inclán y Antonio Machado en
la Generación del 98, habitual en los manuales de historia de la literatura,
exige algunas matizaciones. Rabiosamente modernistas en sus orígenes literarios,
sufrieron luego una intensa evolución personal que les fue alejando de las
exquisiteces expresivas propias de los seguidores de Rubén Darío.
Los hombres del 98 que coincidían, como se ha dicho, con los modernistas en
algunas cosas, estaban muy alejados de su estética literaria, que despreciaban
cordialmente. Todavía en 1907 remitía desde Londres Ramiro de Maeztu la
respuesta a una encuesta que promovía el periódico Nuevo Mercurio sobre el
Modernismo, con opiniones descalificadoras en extremo para una escuela cuyo
esfuerzo mental se agotaba. Dice, "en el ensamblaje cuidadoso de las palabras
persiguiendo ya el arabesco musical, ya sensaciones verbales de novedad, de
exotismo o de refinamiento". El vitoriano tenía a Valle-Inclán como al mentor y
principal modelo de esta escuela, de quien afirma con ironía: "Que el auge
actual de esta tendencia es obra personalísima del Sr. Valle-Inclán, quien ha
empleado diez o doce años de su vida, todo lo que va desde 1895 hasta la fecha,
en propagar su idea de la literatura, dedicando a esta causa doce o catorce
horas diarias de charlas, discusiones y pendencias, e ilustrando sus tesis con
algunos escritos". Censura su habitual desinterés "por los problemas materiales
de la vida". Sin embargo, no se atreve a aventurar una opinión sobre la
pervivencia de esta tendencia en el futuro literario español.
En el caso del escritor gallego se fue produciendo un progresivo desapego a la
misma, para entrar en una paulatina preocupación por los problemas nacionales,
en la misma línea regeneracionista que los hombres del 98. Parece que fue a
partir de 1915 cuando sustituyó su tradicionalismo idílico por ideas casi
revolucionarias, que se acrecentarán a partir de 1920. Se enfrentó a la
dictadura de Primo de Rivera. En 1933 ingresó en el Partido Comunista (aunque
también hay testimonios de una cierta admiración por Mussolini). En este segundo
Valle-Inclán resulta difícil separar lo que es ideología política de lo que es
estética, y hará del esperpento una fórmula artística nueva para repasar
críticamente la sociedad española.
Las primeras obras de Antonio Machado responden también a los cánones de la
estética modernista y simbolista. A partir de 1912, con la publicación de Campos
de Castilla, se observa ya una inclinación hacia la problemática cívica. A la
Castilla vista desde un punto de vista estético sucede una Castilla observada
con visión realista, sociopolítica. Las nuevas circunstancias vitales (la muerte
de su mujer, Leonor), debieron influir en ese abandono de la subjetividad, pero
sobre todo en la concienciación política del autor. Hablando en 1917 sobre los
móviles de su poesía, afirmó: "A una preocupación patriótica responden muchas de
ellas; otras al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al
del Arte. Por último, algunas rimas revelantes de muchas horas de mi vida
gastadas -alguien dirá perdidas- en meditar sobre los enigmas del hombre y del
mundo".
En Nuevas Canciones (1924) y Cancionero Apócrifo (1933) se pone ya claramente de
manifiesto su interés por la temporalidad, la injusticia social y la superación
del cainismo a través de la fraternidad de los pueblos. Sus simpatías por la
causa republicana le llevaron al exilio en Francia, Colliure en 1939, donde
murió al poco de llegar.
Valle y Machado llegan al compromiso socio-político en su literatura cuando ya
los hombres del noventayocho han desertado de su discurso regeneracionista, e
incluso han hallado refugio en partidos conservadores olvidando su rebeldía
generacional.
Centros de reunión
Benavente y Valle-Inclán presidían
tertulias en el Café de Madrid; la frecuentaban Rubén Darío, Maeztu y Ricardo
Baroja. Poco después Benavente y sus seguidores se fueron a la Cervecería
Inglesa, mientras que Valle-Inclán, los hermanos Machado, Azorín y Pío Baroja
tomaban el Café de Fornos. El ingenio de Valle-Inclán le llevó luego a presidir
la del Café Lyon d'Or y la del nuevo Café de Levante, sin duda alguna la que
congregó a mayor número de participantes.
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E. Palacios Fernández
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