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Nadie es tan viejo
que no pueda vivir un año más, ni tan mozo que hoy no pudiese
morir.
Fernando de Rojas
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Es mejor el
uso de las riquezas que la posesión de ellas.
Fernando de Rojas
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BIOGRAFIA
“Nació en la Puebla
de Montalban” dicen los versos acrósticos que sirven de presentación
a la obra La Celestina. Durante mucho tiempo se ha especulado sobre
la veracidad de la afirmación y la identidad real del autor, pero,
aunque no se tenga una gran información sobre Rojas, a la crítica
actual le parece incuestionable que el bachiller nació en la Puebla
de Montalbán (Toledo) hacia el 1470 en el seno de una familia
acomodada de judíos conversos. Puede que no alcanzara el título de
bachiller pero sí estudió leyes en la Universidad de Salamanca.
También está documentado que fue alcalde, en varias ocasiones, de
Talavera de la Reina, y que allí se casó y vivió. Por el inventario
de sus bienes se sabe que contaba con una abundante biblioteca de
libros jurídicos y profanos, entre ellos, muchos históricos,
enciclopédicos e incluso la obra latina del poeta italiano Petrarca;
de estas lecturas proceden las abundantes referencias a libros
clásicos que, a partir del acto segundo de La Celestina, aparecen en
la obra. Murió en 1541 en Talavera de la Reina.
La Celestina es considerada como la obra cumbre de la literatura en
castellano después del Quijote. Tuvo un éxito de publico
extraordinario desde su primera aparición por eso se conservan
bastantes ejemplares que proceden de primeras ediciones antiguas e
incluso tempranas traducciones. El texto de estas ediciones no es el
mismo ya que el autor fue modificando la obra. La primera edición y
más antigua de las conservadas se imprimió en Burgos, por Fadrique
de Basilea en 1499, y consta de dieciséis actos con el título de
Comedia de Calisto y Melibea. Hubo después varias segundas ediciones
de Toledo, Valencia y Salamanca (1500), de las que se conserva la de
Toledo, impresa por Pedro Hagenbachc, que añade los versos
acrósticos. Estos libros tienen en común el título, que constan de
dieciséis actos, que incluye una carta del autor a un amigo en el
que le dice que se ha encontrado un texto anónimo y que como le ha
gustado mucho ha decidido reunirlo todo en un acto —el primero— y
concluir la obra. Después siguen los versos acrósticos sobre la
intención de la obra en los que figura su nombre, aunque ningún
ejemplar está firmado. Entre 1502 y 1507 aparecieron muchas
ediciones ampliadas y con el título de Tragicomedia de Calisto y
Melibea, y también El libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja
Celestina, en Sevilla, Toledo, Salamanca y Zaragoza; ésta, de 1507,
es la más antigua que se conserva de la Tragicomedia, que inserta
cinco actos nuevos entre el XIV y el XV de la Comedia, fijándose el
texto en veintiún actos definitivamente. Dado el enorme éxito de la
obra y la garra del personaje de la alcahueta empezó a llamársela La
Celestina, título que ha triunfado, y además el nombre del personaje
ha pasado a designar en el léxico español a aquellas mujeres que
median en amores bien por interés o gusto.
El argumento de La Celestina procede de una comedia latina medieval
Panphilus, que cuenta cómo un caballero enamora a una dama gracias a
los ardides de una vieja, que a su vez está tomada de las comedias
de Plauto. La deuda al Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita es
indudable. Calisto y Melibea son prototipos del amor cortés y en la
obra se tocan los tres grandes temas medievales: el amor, la fortuna
y la muerte. Pero anuncia el renacimiento porque ninguno de estos
temas se trata de una manera jerarquizada sino individualizada: cada
personaje es autónomo y se labra su propio fin, con independencia de
cuál sea su cuna y rango social. Hay también una sensualidad más
exaltada que reprimida y en ningún momento se plantea la posibilidad
de que los jóvenes enamorados tengan intención de casarse como
hubiese sido el fin natural en el teatro coetáneo. A Rojas le
interesa retratar una sociedad desasosegada y explorar el mundo de
las pasiones humanas, lo que le aleja de los ejemplos medievales de
premios y castigos transcendentes según la vida llevada.
LOS PERSONAJES
Celestina se alza
como el personaje central de la obra por su inteligencia, habilidad,
avaricia, falsedad y malas artes. Es el lado oscuro medieval y
pecador, y a la vez quien va repartiendo sexualidad y pasiones
porque también las ha conocido. Será su avaricia lo que la conduzca
a la muerte, no sus artes para despertar el deseo en jóvenes que
están deseando caer en sus redes. Calisto y Melibea proceden del
amor cortés pero serán los arquetipos físicos de la poesía
renacentista sentimental, aunque Rojas va más allá y en su
indagación humana no duda en presentar a un joven indolente
dispuesto a gastar su fortuna por satisfacer su deseo y en
manifestarse ante su diosa Melibea como un ser vulgar y grosero ante
su apetito carnal. Melibea es un personaje lleno de matices: es la
más espiritual de la obra, lo que no significa que sea ingenua, es
tentada y una vez que su lujuria se ha despertado lucha por no caer
en el deshonor que presiente que se le avecina, mas no puede
resistirse. En definitiva son personajes humanos y creíbles que se van transformando conforme avanza
la acción.
LA CELESTINA FERNANDO DE
ROJAS
Tragicomedia de Calisto y Melibea
nuevamente revista y emendada con addición de los argumentos de cada
un auto en principio. La qual contiene demás de su agradable y dulce
estilo muchas sentencias filosofales y avisos muy necessarios para
mancebos mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes
y alcahuetas.
El autor a un su amigo
Suelen los que de sus tierras absentes se fallan considerar de qué
cosa aquel lugar donde parten mayor inopia o falta padezca para con
la tal servir a los conterráneos, de quien en algún tiempo beneficio
recebido tienen; y viendo que legítima obligación a investigar lo
semijante me compelía para pagar las muchas mercedes de vuestra
libre liberalidad recebidas, asaz vezes retraído en mi cámara,
acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por ventores y
my juyzio a bolar, me venía a la memoria no sólo la necessidad que
nuestra común patria tiene de la presente obra por la muchedumbre de
galanes y enamorados mancebos que posee, pero aun en particular
vuestra mesma persona, cuya juventud de amor ser presa se me
representa aver visto y dél cruelmente lastimada, a causa de le
faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las quales hallé
esculpidas en estos papeles, no fabricadas en las grandes herrerías
de Milán, mas en los claros ingenios de doctos varones castellanos
formadas. Y como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y
claro metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en
nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o quatro vezes,
y tantas quantas más lo leía, tanta más necessidad me ponía de
releerlo y tanto más me agradava, y en su processo nuevas sentencias
sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal ystoria o fición toda
junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables
fontezicas de filosophía, de otros agradables donayres, de otros
avisos y consejos contra lisongeros y malos sirvientes y falsas
mugeres hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, el qual,
según algunos dizen, fue Juan de Mena, e según otros, Rodrigo Cota,
pero quienquier que fuese, es digno de recordable memoria por la
sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas que so
color de donayres tiene. Gran filósofo era. Y pues él con temor de
detractores y nocibles lenguas más aparejadas a reprehender que a
saber inventar, quiso celar e encubrir su nombre, no me culpéys si
en el fin baxo que le pongo, no espresare el mío. Mayormente que,
siendo jurista yo, aunque obra discreta, es agena de mi facultad, y
quien lo supiese diría que no por recreación de mi principal estudio,
del qual yo más me precio, como es la verdad, lo fiziesse, antes
distraído de los derechos, en esta nueva lavor me entremetiesse.
Pero aunque no acierten, sería pago de mi osadía. Asimismo pensarían
que no quinze días de unas vacaciones, mientra mis socios en sus
tierras, en acabarlo me detoviesse, como es lo cierto; pero aun más
tiempo y menos accepto. Para desculpa de lo qual todo, no sólo a vos,
pero a quantos lo leyeren, offrezco los siguientes metros. E por que
conoscáys donde comiençan mis maldoladas razones [y acaban las de
antiguo auctor], acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin
división en un aucto o cena incluso, hasta el segundo aucto, donde
dize: «Hermanos míos», etc. Vale.
El autor, escusándose de su yerro
en esta obra que escrivió, contra
sí arguye y compara
1.
El silencio escuda y suele encobrir
la[s] falta[s] de ingenio y torpeza de lenguas;
blasón que es contrario, publica sus menguas
a[l] quien mucho habla sin mucho sentir.
Como [la] hormiga que dexa de yr
holgando por tierra con la provisión,
jactóse con alas de su perdición;
lleváronla en alto, no sabe dónde yr.
Prosigue
2.
El ayre gozando ageno y estraño,
rapina es ya hecha de aves que buelan;
fuerte más que ella, por cevo la llevan;
en las nuevas alas estava su daño.
Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
no despreciando a los que me arguyen,
assí que a mí mismo mis alas destruyen,
nublosas y flacas, nascidas de ogaño.
Prosigue
3.
Donde ésta gozar pensaba volando,
o yo de screvir cobrar más honor,
del[o] uno [y] del otro nasció disfavor;
ella es comida y a mí están cortando
reproches, revistas y tachas. Callando
obstara y los daños de invidia y murmuros;
insisto remando, y los puertos seguros
atrás quedan todos ya quanto más ando.
Prosigue
4.
Si bien queréys ver mi limpio motivo,
a quál se endereça de aquestos estremos,
con qual participa, quién rige sus remos,
Apolo, Diana o Cupido altivo,
buscad bien el fin de aquesto que escrivo,
o del principio leed su argumento;
leeldo [y] veréys que, aunque dulce cuento,
amantes, que os muestra salir de cativo.
Comparación
5.
Como el doliente que píldora amarga
o la rescela o no puede tragar,
métenla dentro del dulce manjar,
engáñase el gusto, la salud se alarga,
desta manera mi pluma se embarga,
imponiendo dichos lascivos, rientes,
atrae los oídos de penadas gentes,
de grado escarmientan y arrojan su carga.
Buelve a su propósito
6.
Estando cercado de dubdas y antojos,
compuse tal fin que principio desata;
acordé [de] dorar con oro de lata
lo más fino tíbar que vi con mis ojos,
y encima de rosas sembrar mill abrojos.
Suplico, pues suplan discretos mi falta;
teman grosseros y en obra tan alta,
o vean y callen o no den enojos.
Prosigue dando razones por qué se movió a acabar esta obra
7.
Yo vi en Salamanca la obra presente;
movíme [a] acabarla por estas razones;
es la primera, que estó en vacaciones,
la otra, inventarla persona prudente,
y es la final ver la más gente
buelta y mesclada en vicios de amor;
estos amantes les pornán temor
a fiar de alcahueta ni falso sirviente.
8.
Y así que esta obra en e1 proceder
fue tanto breve, quanto muy sutil;
vi que portava sentencias dos mill;
en forro de gracias, lavor de plazer.
No hizo Dédalo cierto a mi ver
alguna más prima entretalladura,
si fin diera en esta su propia escriptura
Cota o Mena con su gran Saber.
9.
Jamás [yo] no vide en lengua romana,
después que me acuerdo, ni nadie la vido,
obra de estilo tan alto y sobido
en tusca ni griega ni en castellana.
No trae sentencia de donde no mana
loable a su autor y eterna memoria,
al qual Jesuchristo reciba en su gloria
por su passión sancta que a todos nos sana.
Amonesta a los que aman que sirvan a Dios y dexen las malas
cogitaciones y vicios de amor
10.
Vosotros, los que amáys, tomad este enxemplo,
este fino arnés con que os defendáys;
bolved ya las riendas por que n'os perdáys;
load siempre a Dios visitando su templo.
Andad sobre aviso; no seáys dexemplo
de muertos y bivos y proprios culpados;
estando en el mundo yazéys sepultados;
muy gran dolor siento quando esto contemplo.
Fin
11.
Olvidemos los vicios que así nos prendieron;
no confiemos en vana esperança.
Temamos aquél que espinas y lança,
açotes y clavos su sangre vertieron.
La su santa faz herida escupieron;
vinagre con hiel fue su potación;
a cada santo lado consintió un ladrón.
Nos lleve, le ruego, con los que creyeron.]
12.
damas, matronas, mancebos, casados,
notad bien la vida que aquéstos hizieron;
tened por espejo su fin qual huvieron,
a otro que amores dad vuestros cuydados.
Limpiad ya los ojos, los ciegos errados,
virtudes sembrando con casto bivir,
a todo correr devéys de huyr,
no os lance Cupido sus tiros dorados.
Prólogo
Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dize
aquel gran sabio Eráclito en este modo: «Omnia secundum litem fiunt».
Sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable memoria. Y como
sea cierto que toda palabra del hombre sciente esté preñada, desta
se puede dezir que de muy hinchada y llena quiere rebentar, echando
de sí tan crescidos ramos y hojas, que del menor pimpollo se sacaría
harto fruto entre personas discreta. Pero como mi pobre saber no
baste a más de roer sus secas cortezas de los dichos de aquellos que
por claror de sus ingenios merescieron ser aprovados, con lo poco
que de allí alcançare, satisfaré al propósito deste perbreve (pró)logo.
Hallé esta sentencia corroborada por aquel gran orador y poeta
laureado, Francisco Petrarcha, diziendo: «Sine lite atque offensione
ni(hi)l genuit natura parens»: Sin lid y offensión ninguna cosa
engendró la natura, madre de todo. Dize más adelante: «Sic est enim,
et sic propemodum universa testantur: rapido stelle obviant
firmamento; contraria invicem elementa confligunt; terrae tremunt;
maria fluctuant; aer quatitur; crepant flamme; bellum immortale
venti gerunt; tempora temporibus concertant; secum singula nobiscum
omnia.» Que quiere decir: «En verdad assí es, y assí todas las cosas
desto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el arrebatado
firmamento del cielo, los adversos elementos unos con otros rompen
pelea, tremen las tierras, ondean los mares, el ayre se sacude,
suenan las llamas, los vientos entre sí traen perpetua guerra, los
tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno a uno y todos
contra nosotros.» El verano vemos que nos aquexa con calor
demasiado, el invierno con frío y aspereza, assí que este nos
paresce revolución temporal, esto con que nos sostenemos, esto con
que nos criamos y bevimos, si comiença a ensobervecerse más de lo
acostumbrado, no es sino guerra. Y quanto se ha de temer,
manifiéstase por los grandes terremotos y torvellinos, por los
naufragios y encendios, assí celestiales como terrenales, por la
fuerça de los aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel
temeroso ímpetu de rayos, aquellos cursos y recursos de las nuves,
de cuyos abiertos movimientos, para saber la secreta causa de que
proceden, no es menor la dissención de los filósofos en las
escuelas, que de las ondas en la mar. Pues entre los animales ningún
género carece de guerra: pesces, fieras, aves, serpientes, de lo
qual todo una especie a otra persigue. El león al lobo, el lobo la
cabra, el perro la liebre y, si no paresciese conseja de tras el
fuego, yo llegaría más al cabo esta cuenta. El elefante, animal tan
poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un suziuelo
ratón, y aun de sólo oírle toma gran temor. Entre las serpientes el
vajarisco crió la natura tan ponçoñoso y conquistador de todas las
otras, que con su silvo las asombra y con su venida las ahuyenta y
disparze, con su vista las mata. La bívora, reptilia o serpiente
enconada, al tiempo del concebir, por la boca de la hembra metida la
cabeça del macho y ella con el gran dulçor apriétale tanto que le
mata, y quedando preñada, el primer hijo rompe las yjares de la
madre, por do todos salen y ella muerta queda; él quasi como
vengador de la paterna muerte. ¿Qué mayor lid, qué mayor conquista
ni guerra que engendrar en su cuerpo quien coma sus entrañas? Pues
no menos dissensiones naturales creemos haver en los pescados, pues
es cosa cierta gozar la mar de tantas formas de pesces, quantas la
tierra y el ayre cría de aves y animalias y muchas más. Aristóteles
y Plinio cuentan maravillas de un pequeño pece llamado Echeneis,
quanto sea apta su propriedad para diversos géneros de lides.
Especialmente tiene una que si allega a una nao o carraca, la
detiene, que no se puede menear aunque vaya muy rezio por las aguas,
de lo cual haze Lucano mención, diziendo; «Non pupim retinens, Euro
tendente rudientes,/ In mediis Echeneis aquis.» «No falta allí el
pece dicho Echeneis, que detiene las fustas, quando el viento Euro
estiende las cuerdas en medio de la mar.» ¡Oh natural contienda,
digna de admiración, poder más un pequeño pece que un gran navío con
toda su fuerça de los vientos! Pues si discurrimos por las aves y
por sus menudas enemistades, bien affirmaremos ser todas las cosas
criadas a manera de contienda. Las más biven de rapina, como
halcones y águilas y gavilanes. Hasta los grosseros milanos insultan
dentro en nuestras moradas los domésticos pollos y debaxo las alas
de sus madres los vienen a caçar. De una ave llamada Rocho, que nace
en el índico mar de oriente, se dize ser de grandeza jamás oída y
que lleva sobre su pico fasta las nuves no sólo un hombre o diez,
pero un navío cargado de todas sus xarcías y gente. Y como los
míseros navegantes estén assí suspensos en el ayre, con el meneo de
su buelo caen y reciben crueles muertes. ¿Pues qué diremos entre los
hombres a quien todo lo sobredicho es subjeto? ¿Quién explanará sus
guerras, sus enemistades, sus embidias, sus aceleramientos y
movimientos y descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel
derribar y renovar edificios y otros muchos affectos diversos y
variedades que desta nuestra flaca humanidad nos provienen? Y pues
es antigua querella y visitada de largos tiempos, no quiero
maravillarme si esta presente obra ha seído instrumento de lid o
contienda a sus lectores para ponerlos en differencias, dando cada
uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos dezían que era
prolixa, otros breve, otros agradable, otros escura; de manera que
cortarla a medida de tantas y tan differentes condiciones a solo
Dios pertenesce. Mayormente pues ella con toda las otras cosas que
al mundo son, van debaxo de la vandera desta notable sentencia, «que
aun la mesma vida de los hombres, si bien lo miramos, desde la
primera edad hasta que blanquean las casas, es batalla». Los niños
con los juegos, los moços con las letras, los mancebos con los
deleytes, los viejos con mill especies de enfermedades pelean y
estos papeles con todas las edades. La primera los borra y rompe, la
segunda no los sabe bien leer, la tercera, que es la alegre juventud
y mancebía, discorda. Unos les roen los huessos que no tienen
virtud, que es la hystoria toda junta, no aprovechándose de las
particularidades, haziéndola cuento de camino; otros pican los
donayres y refranes comunes, loándolos con toda atención, dexando
passar por alto lo que haze más al caso y utilidad suya. Pero
aquellos para cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento de
la hystoria para contar, coligen la suma para su provecho, ríen lo
donoso, las sentencias y dichos de philósophos guardan en su memoria
para trasponer en lugares convenibles a sus autos y propósitos. Assí
que quando diez personas se juntaren a oír esta comedia en quien
quepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién
negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda?
Que aun los impressores han dado sus punturas, poniendo rúbricas o
sumarios al principio de cada auto, narrando en breve lo que dentro
contenía; una cosa bien escusada según lo que los antiguos
escriptores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diziendo que
no se avía de llamar comedia, pues acabava en tristeza, sino que se
llamase tragedia. El primer autor quiso darle denominación del
principio, que fue plazer, y llamóla comedia. Yo viendo estas
discordias, entre estos estremos partí agora por medio la porfía y
llaméla tragicomedia. Assí que viendo estas contiendas, estos
díssonos y varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava y
hallé que querían que alargasse en el proceso de su deleyte destos
amantes sobre lo qual fuy muy importunado, de manera que acordé,
aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en tan estraña
lavor y tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi
principal estudio, con otras horas destinadas para recreación,
puesto que no han de faltar nuevos detractores a la nueva adición.
Síguese
la Comedia o Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta en
reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado
apetito, a sus amigas llaman y dizen ser su dios. Assimismo hecho en
aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros
sirvientes.
Argumento
Calisto fue de noble linage, de claro ingenio, de gentil
disposición, de linda criança dotado de muchas gracias, de stado
mediano. Fue preso en el amor de Melibea, muger moça muy generosa,
de alta y sereníssima sangre, sublimada en próspero estado, una sola
heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa muy amada. Por
solicitud de pungido Calisto, vencido el casto propósito della,
enterveniendo Celestina, mala y astuta mujer, con dos servientes del
vencido Calisto, engañados y por ésta tornados desleales, presa su
fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte, vinieron los amantes
y los que les ministraron en amargo y desastrado fin. Para comienço
de lo qual dispuso el adversa Fortuna lugar oportuno donde a la
presencia de Calisto se presentó la deseada Melibea.
Argumento del primer auto desta comedia
Entrando CALISTO una huerta empos dun falcon suyo, halló í a
MELIBEA, de cuyo amor preso, començóle de hablar; de la qual
rigorosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado. Habló con
un criado suyo llamado SEMPRONIO, el qual, después de muchas
razones, le endereçó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa
tenía el mesmo criado una enamorada llamada ELICIA, la qual,
viniendo SEMPRONIO a casa de CELESTINA con el negocio de su amo,
tenía a otro consigo llamado CRITO, al qual escondieron. Entretanto
que SEMPRONIO estava negociando con CELESTINA, CALISTO stava
razonando con otro criado suyo, por nombre PÁRMENO; el qual
razonamiento dura hasta que llega SEMPRONIO y CELESTINA a casa de
CALISTO. PÁRMENO fue conoscido de CELESTINA, la qual mucho le dize
de los fechos y conoscimiento de su madre, induziéndole a amor y
concordia de SEMPRONIO.
CALISTO, MELIBEA, SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA, CRITO, PÁRMENO
CALISTO. En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA. ¿En qué, Calisto?
CALISTO. En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te
dotasse, y hazer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcançasse,
y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte
pudiesse. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el
servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar
alcançar yo tengo a Dios offrecido [ni otro poder mi voluntad humana
puede cumplir]. ¿Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de
ningún hombre como agora el mío? Por cierto, los gloriosos santos
que se deleytan en la visión divina no gozan más que yo agora en el
acatamiento tuyo. Mas, o triste, que en esto deferimos, que ellos
puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventurança, y
yo, misto, me alegro con recelo del esquivo tormento que tu absencia
me ha de causar.
MELIBEA. ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?
CALISTO. Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diesse en el
cielo la silla sobre sus santos, no lo ternía por tanta felicidad.
MELIBEA. Pues, ¡aún más ygual galardón te daré yo, si perseveras!
CALISTO. ¡O bienaventuradas orejas mías que indignamente tan gran
palabra avéys oído!
MELIBEA. Más desventuradas de que me acabes de oír, porque la paga
será tan fiera qual [la] meresce tu loco atrevimiento, y el intento
de tus palabras [Calisto] ha seído como de ingenio de tal hombre
como tú aver de salir para se perder en la virtud de tal mujer como
yo. ¡Vete, vete de aí, torpe! que no puede mi paciencia tolerar que
haya subido en coraçón humano conmigo el ilícito amor comunicar su
deleyte.
CALISTO. Yré como aquel contra quien solamente la adversa Fortuna
pone su studio con odio cruel.
¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldicto?
SEMPRONIO. Aquí stoy, señor, curando destos cavallos.
CALISTO. Pues, ¿cómo sales de la sala?
SEMPRONIO. Abatióse el girifalte y vínele a endereçar en el
alcándara.
CALISTO. ¡Ansí los diablos te ganen!, ansí por infortunio arrebatado
perezcas, o perpetuo intolerable tormento consigas, el qual en grado
inconparablemente a la penosa y desastrada muerte que spero
traspassa. ¡Anda, anda, malvado!, abre la cámara y endereça la cama.
SEMPRONIO. Señor, luego hecho es.
CALISTO. Cierra la ventana y dexa la tiniebla acompañar al triste y
al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de
luz. ¡O bienaventurada muerte aquella que desseada a los afligidos
viene! ¡O si viniéssedes agora, Crato y Galieno, médicos,
sentiríades mi mal. ¡O piedad celestial, inspira en el plebérico
coraçón, por que sin esperança de salud no embíe el spíritu perdido
con el desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe!
SEMPRONIO. ¿Qué cosa es?
CALISTO. ¡Vete de aí! No me hables, si no quiçá, ante del tiempo de
mi raviosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin.
SEMPRONIO. Yré, pues solo quieres padecer tu mal.
CALISTO. ¡Ve con el diablo!
SEMPRONIO. No creo según pienso, yr conmigo el que contigo queda.
(¡O desventura, o súbito mal! ¿Quál fue tan contrario
acontescimiento que ansí tan presto robó el alegría deste hombre, y
lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dexarle he solo, o entraré
allá? Si le dexo matarse ha; si entro allá, matarme ha. Quédese, no
me curo. Más vale que muera aquél a quien es enojosa la vida, que no
yo, que huelgo con ella. Aunque por ál no desseasse bivir sino por
ver [a] mi Elicia, me devería guardar de peligros. Pero si se mata
sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero
entrar. Mas puesto que entre, no quiere consolación ni consejo.
Assaz es señal mortal no querer sanar. Con todo quiérole dexar un
poco desbrave, madure, que oído he dezir que es peligro abrir o
apremiar las postemas duras, porque más se enconan. Esté un poco,
dexemos llorar al que dolor tiene, que las lágrimas y sospiros mucho
desenconan el coraçón dolorido. Y aun si delante me tiene, más
conmigo se encenderá, que el sol más arde donde puede reverberar. La
vista a quien objecto no se antepone cansa, y quando aquél es cerca,
agúzase. Por esso quiérome soffrir un poco, si entretanto se matare,
muera. Quiçá con algo me quedaré que otro no [lo] sabe, con que mude
el pelo malo. Aunque malo es esperar salud en muerte ajena. Y quiçá
me engaña el diablo, y si muere, matarme han, y yrán alla la soga y
el calderón. Por otra parte, dizen los sabios que es grande descanso
a los afligidos tener con quien puedan sus cuytas llorar, y que la
llaga interior más empece. Pues en estos extremos en que stoy
perplexo, lo más sano es entrar y sofrirle y consolarle, porque si
possible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por
arte y por cura.)
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. Dame acá el laúd.
SEMPRONIO. Señor, vesle aquí.
CALISTO.
¿Quál dolor puede ser tal,
que se yguale con mi mal?
SEMPRONIO. Destemplado está esse laúd.
CALISTO. ¿Cómo templará el destemplado? ¿Cómo sentirá el armonía
aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la voluntad a la
razón no obedece? Quien tiene dentro del pecho aguijones, paz,
guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, peccados, sospechas, todo
a una causa. Pero tañe y canta la más triste canción que sepas.
SEMPRONIO.
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía.
CALISTO. Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora
digo.
SEMPRONIO. (No me engaño yo, que loco está este mi amo.)
CALISTO. ¿Qué estás murmurando, Sempronio?
SEMPRONIO. No digo nada.
CALISTO. Di lo que dizes; no temas.
SEMPRONIO. Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un
bivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de gente?
CALISTO. ¿Cómo? Yo te lo diré; mayor es la llama que dura ochenta
años que la que en un día passa, y mayor la que mata un ánima que la
que quemó cient mil cuerpos. Como de la aparencia a la existencia,
como de lo bivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta
diferencia ay del fuego que dizes al que me quema. Por cierto si el
de purgatorio es tal, más querría que mi spíritu fuesse con los de
los brutos animales que por medio de aquél yr a la gloria de los
santos.
SEMPRONIO. (Algo es lo que digo; a más ha de yr este hecho. No basta
loco, sino herege.)
CALISTO. ¿No te digo que hables alto quando hablares? ¿Qué dizes?
SEMPRONIO. Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de heregía
lo que agora dixiste.
CALISTO. ¿Por qué?
SEMPRONIO. Porque lo que dizes contradize la christiana religión.
CALISTO. ¿Qué a mí?
SEMPRONIO. ¿Tú no eres christiano?
CALISTO. ¿Yo? Melibeo só, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a
Melibea amo.
SEMPRONIO. Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en el
corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es más
menester; bien sé de qué pie coxqueas; yo te sanaré.
CALISTO. Increíble cosa prometes.
SEMPRONIO. Antes fácil. Que el comienço de la salud es conocer
hombre la dolencia del enfermo.
CALISTO. ¿Quál consejo puede regir lo que en sí no tiene orden ni
consejo?
SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Éste es el fuego de Calisto: éstas son sus
congoxas? Como si solamente el amor contra él assestara sus tiros.
¡O soberano Dios, quán altos son tus misterios, quánta premia
pusiste en el amor, que es necessaria turbación en el amante! Su
límite pusiste por maravilla. Paresce al amante que atrás queda;
todos passan, todos rompen, pungidos y esgarrochados como ligeros
toros, sin freno saltan por las barreras. Mandaste al hombre por la
mujer dexar el padre y la madre. Agora no sólo aquello, mas a ti y a
tu ley desamparan, como agora Calisto. Del qual no me maravillo,
pues los
sabios, los santos, los profetas por él te olvidaron.)
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. No me dexes.
SEMPRONIO. (De otra temple está esta gayta.)
CALISTO. ¿Qué te paresce de mi mal?
SEMPRONIO. Que amas a Melibea.
CALISTO. ¿Y no otra cosa?
SEMPRONIO. Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cativa.
CALISTO. Poco sabes de firmeza.
SEMPRONIO. La perseverancia en el mal no es constancia mas dureza o
pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros los filósophos de Cupido
llamalda como quisiéredes.
CALISTO. Torpe cosa es mentir el que enseña a otro, pues que tú te
precias de loar a tu amiga Elicia.
SEMPRONIO. Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago.
CALISTO. ¿Qué me repruevas?
SEMPRONIO. Que sometes la dignidad del hombre a la imperfeción de la
flaca mujer.
CALISTO. ¿Mujer? ¡O grossero! ¡Dios, Dios!
SEMPRONIO. ¿Y assí lo crees, o burlas?
CALISTO. ¿Que burlo? Por dios la creo, por dios la confesso, y no
creo que hay otro soberano en el cielo aunque entre nosotros mora.
SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Oístes qué blasfemia? ¿Vistes qué
ceguedad?)
CALISTO. ¿De qué te ríes?
SEMPRONIO. Ríome, que no pensava que havía peor invención de peccado
que en Sodoma.
CALISTO. ¿Cómo?
SEMPRONIO. Porque aquéllos procuraron abbominable uso con los
ángeles no conoscidos, y tú con el que confiessas ser Dios.
CALISTO. ¡Maldito seas! Que hecho me has reír, lo que no pensé
ogaño.
SEMPRONIO. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida avías de llorar?
CALISTO. Sí.
SEMPRONIO. ¿Por qué?
CALISTO. Porque amo a aquélla ante quien tan indigno me hallo, que
no la espero alcançar.
SEMPRONIO. (¡O pusillánime, o fi de puta! ¡Qué Nembrot, que magno
Alexandre; los quales no sólo del señorío del mundo, mas del cielo
se juzgaron ser dignos!).
CALISTO. No te oí bien esso que dixiste. Torna, dilo, no procedas.
SEMPRONIO. Dixe que tú, que tienes más coraçón que Nembrot ni
Alexandre, desesperas de alcançar una mujer, muchas de las quales en
grandes estados constituídas se sometieron a los pechos y resollos
de viles azemileros, y otras a brutos animales. ¿No has leído de
Pasife con el toro, de Minerva con el can?
CALISTO. No lo creo, hablillas son.
SEMPRONIO. Lo de tu abuela con el ximio, ¿hablilla fue? Testigo es
el cuchillo de tu abuelo.
CALISTO. ¡Maldito sea este necio, y qué porradas dize!
SEMPRONIO. ¿Escozióte? Lee los yestoriales, estudia los filósofos,
mira los poetas. Llenos están los libros de sus viles y malos
enxemplos, y de las caídas que levaron los que en algo, como tú, las
reputaron. Oye a Salomón do dize que las mujeres y el vino hazen a
los hombres renegar. Conséjate con Séneca y verás en qué las tiene.
Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles, judíos,
christianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo dicho y
lo que dellas dixiere no te contezca error de tomarlo en común; que
muchas ovo y ay santas, virtuosas y notables cuya resplandesciente
corona quita el general vituperio. Pero destas otras, ¿quién te
contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus
lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que todo lo que piensan
osan sin deliberar: sus dessimulaciones, su lengua, su engaño, su
olvido, su desamor, su ingratitud, su inconstancia, su testimoniar,
su negar, su rebolver, su presunción, su vanagloria, su abatimiento,
su locura, su desdén, su sobervia, su subjeción, su parlería, su
golosina, su luxuria y suziedad, su miedo, su atrevimiento, sus
hechizerías, sus enbaymientos, sus escarnios, su desienguamiento, su
desvergüença, su alcahuetería. Considera qué sesito está debaxo de
aquellas grandes y delgadas tocas, qué pensamientos so aquellas
gorgueras, so aquel fausto, so aquellas largas y autorizantes ropas,
qué imperfición, qué alvañares debaxo de templos pintados. Por ellas
es dicho: arma del diablo, cabeça de peccado, destrución de paraíso.
¿No has rezado en la festividad de San Juan, do dize: [las mugeres y
el vino hazen (a) los hombres renegar do dize:] ésta es la mujer,
antigua malicia que a Adam echó de los deleytes de parayso, ésta el
linaje humano metió en el infierno; a ésta menospreció Helías
propheta, etc.?
CALISTO. Di pues, esse Adam, esse Salomón, esse David, esse
Aristóteles, esse Vergilio, essos que dizes, como se sometieron a
ellas, ¿soy más que ellos?
SEMPRONIO. A los que las vencieron querría que remedasses, que no a
los que dellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes qué
hazen? Cosas, que es diffícil entenderlas. No tienen modo, no razón,
no intención. Por rigor encomiençan el ofrecimiento que de sí
quieren hazer. A los que meten por los agujeros, denuestan en la
calle; conbidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor, pronuncian
enemiga, ensáñanse presto, apazíguanse luego, quieren que adevinen
lo que quieren. ¡O qué plaga, o qué enojo, o qué fastío es conferir
con ellas, más de aquel breve tiempo, que aparejadas son a deleyte!
CALISTO. ¿Vees? Mientras más me dizes y más inconvenientes me pones,
más las quiero. No sé qué se es.
SEMPRONIO. No es este juyzio para moços, según veo, que no se saben
a razón someter; no se saben administrar. Miserable cosa es pensar
ser maestro el que nunca fue discípulo.
CALISTO. Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién te mostró esto?
SEMPRONIO. ¿Quién? Ellas, que desque se descubren, ansí pierden la
vergüença, que todo esto y aún más a los hombres manifiestan. Ponte
pues en la medida de honrra; piensa ser más digno de lo que te
reputas. Que cierto, peor estremo es dexarse hombre caer de su
merescimiento, que ponerse en más alto lugar que deve.
CALISTO. Pues ¿quién yo para esso?
SEMPRONIO. ¿Quién? Lo primero eres hombre y de claro ingenio, y más,
a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo, conviene a
saber: hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerça, ligereza, y
allende desto, fortuna medianamente partió contigo lo suyo en tal
quantidad que los bienes que tienes de dentro con los de fuera
resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los quales la
fortuna es señora, a ninguno acaesse en esta vida ser
bienaventurado, y más, a constellación de todos eres amado.
CALISTO. Pero no de Melibea, y en todo lo que me has gloriado,
Sempronio, sin proporción ni comparación se aventaja Melibea. Miras
la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandíssimo patrimonio, el
excelentíssimo ingenio, las resplandecientes virtudes, la altitud y
ineffable gracia, la soberana hermosura, de la qual te ruego me
dexes hablar un poco, por que aya algún refrigerio. Y lo que te
dixere será de lo descobierto, que si de lo occulto yo hablarte
sopiera, no nos fuera necessario altercar tan miserablemente estas
razones.
SEMPRONIO. (¡Qué mentiras y qué locuras dirá agora este cativo de mi
amo!)
CALISTO. ¿Cómo es esso?
SEMPRONIO. Dixe que digas, que muy gran plazer avré de lo oír.
(¡Assí te medre Dios, como me será agradable esse sermón!).
CALISTO. ¿Qué?
SEMPRONIO. Que assí me medre Dios, como me será gracioso de oír.
CALISTO. Pues porque ayas plazer, yo lo figuraré por partes mucho
por estenso.
SEMPRONIO. (¡Duelos tenemos! Esto es tras lo que yo andava. De
passarse avrá ya esta importunidad.)
CALISTO. Comienço por los cabellos. ¿Vees tú las madexas del oro
delgado que hilan en Aravia? Más lindas son y no replandeçen menos;
su longura hasta el postrero assiento de sus pies; después crinados
y atados con la delgada cuerda, como ella se los pone, no ha más
menester para convertir los hombres en piedras.
SEMPRONIO. (¡Más en asnos!)
CALISTO. ¿Qué dizes?
SEMPRONIO. Dixe que essos tales no serían cerdas de asno.
CALISTO. ¡Veed qué torpe y qué comparación!
SEMPRONIO. (¿Tú cuerdo?)
CALISTO. Los ojos verdes, rasgados, las pestañas luengas, las cejas
delgadas y alçadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los dientes
menudos y blancos, los labrios colorados y grossezuelos, el torno
del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la redondeza
y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se
despereza el hombre quando las mira. La tez lisa, lustroza, el cuero
suyo escureçe la nieve, la color mezclada, qual ella la escogió para
sí.
SEMPRONIO. (¡En sus treze está este necio!).
CALISTO. Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne
acompañadas, los dedos luengos, las uñas en ellos largas y coloradas,
que pareçen rubíes entre perlas. Aquella proporción que veer yo no
pude, no sin dubda por el bulto de fuera juzgo incomparablemente ser
mejor que la que Paris juzgó entre las tres diesas.
SEMPRONIO. ¿Has dicho?
CALISTO. Quan brevemente pude.
SEMPRONIO. Puesto que sea todo esso verdad, por ser tú hombre, eres
más digno.
CALISTO. ¿En qué?
SEMPRONIO. En que ella es imperfecta, por el qual defeto dessea y
apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No as leído el filósofo do
dize: ansí como la materia apetece a la forma, ansí la mujer al
varón?
CALISTO. O triste, ¿y quándo veré yo esso entre mí y Melibea?
SEMPRONIO. Possible es, y aún que la aborrezcas quanto agora la
amas; podrá ser alcançándola, y viéndola con otros ojos, libres del
engaño en que agora estás.
CALISTO. ¿Con qué ojos?
SEMPRONIO. Con ojos claros.
CALISTO. Y agora, ¿con qué la veo?
SEMPRONIO. Con ojos de allinde, con que lo poco pareçe mucho y lo
pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar esta
empresa de complir tu desseo.
CALISTO. ¡O, Dios te dé lo que desseas! Que glorioso me es oírte,
aunque no espero que lo as de hazer.
SEMPRONIO. Antes lo haré cierto.
CALISTO. Dios te consuele. El jubón de brocado que ayer vestí,
Sempronio, vístelo tú.
SEMPRONIO. Prospérete Dios por éste (y por muchos más que me darás.
De la burla yo me llevo lo mejor; con todo, si destos aguijones me
da, traérgela he hasta la cama. Bueno ando; házelo esto que me dio
mi amo, que sin merced, imposible es obrarse bien ninguna cosa.)
CALISTO. No seas agora negligente.
SEMPRONIO. No lo seas tú, que impossible es hazer siervo diligente
el amo perezoso.
CALISTO. ¿Cómo as pensado de hazer esta piedad?
SEMPRONIO. Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin desta
vezindad una vieja barbuda que se dize Celestina, hechizera, astuta,
sagaz en quantas maldades hay. Entiendo que passan de cinco mil
virgos los que se han hecho y desecho por su autoridad en esta
cibdad. A las duras peñas promeverá y provocará a luxuria, si
quiere.
CALISTO. ¿Podríala yo hablar?
SEMPRONIO. Yo te la traeré hasta acá; por esso, aparéjate. Seyle
gracioso, seyle franco; estudia, mientras voy yo, a le dezir tu
pena, tan bien como ella te dará el remedio.
CALISTO. ¿Y tardas?
SEMPRONIO. Ya voy; quede Dios contigo.
CALISTO. Y contigo vaya. ¡O todopoderoso, perdurable Dios, tú que
guías los perdidos, y los reyes orientales por el estrella
precedente a Bethleén truxiste y en su patria los reduxiste,
húmilmente te ruego que guíes a mi Sempronio, en manera que
convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo indigno meresca venir en
el desseado fin.
CELESTINA. ¡Albricias, albricias, Elicia: Sempronio, Sempronio!
ELICIA. (¡Ce, ce, ce!
CELESTINA. ¿Por qué?
ELICIA. Porque está aquí Crito.
CELESTINA. ¡Mételo en la camarilla de las escobas, presto: dile que
viene tu primo y mi familiar!
ELICIA. Crito, ¡retráhete aí; mi primo viene, perdida soy!
CRITO. Plázeme; no te congoxes).
SEMPRONIO. Madre bendita, qué desseo traygo! Gracias a Dios que te
me dexo ver.
CELESTINA. Hijo mío, rey mío, turbado me as; no te puedo hablar.
Torna y dame otro abraço. ¿Y tres días podiste estar sin vernos?
¡Elicia, Elicia, cátale aquí!
ELICIA. ¿A quién, madre?
CELESTINA. A Sempronio.
ELICIA. Ay, triste, ¡qué saltos me da el coraçón! ¿Y qué es dél?
CELESTINA. Vesle aquí, vesle; yo me le abraçaré, que no tú.
ELICIA. ¡Ay, maldito seas, traydor! Postema y landre te mate y a
manos de tus enemigos mueras y por crímenes dignos de cruel muerte
en poder de rigurosa justicia te veas, ¡ay, ay!
SEMPRONIO. ¡Hy, hy, hy! ¿Qué as, mi Elicia? ¿De qué te congoxas?
ELICIA. Tres días ha que no me ves. ¡Nunca Dios te vea; nunca Dios
te consuele ni visite! ¡Guay de la triste que en ti tiene su
esperança y el fin de todo su bien!
SEMPRONIO. Calla, señora mía; ¿tú piensas que la distancia del lugar
es poderosa de apartar el entrañable amor, el fuego que está en mi
coraçón? Do yo vo, conmigo vas, conmigo estás; no te aflijas, ni me
atormentes más de lo que yo he padecido. Mas di, ¿qué passos suenan
arriba?
ELICIA. ¿Quién? Un mi enamorado.
SEMPRONIO. Pues créolo.
ELICIA. ¡Alahé, verdad es! Sube allá y verlo has.
SEMPRONIO. Voy.
CELESTINA. ¡Andacá, dexa essa loca, que [ella] es liviana y turbada
de tu absencia! Sácasla agora de seso; dirá mil locuras. Ven y
hablemos; no dexemos passar el tiempo en balde.
SEMPRONIO. Pues, ¿quién está arriba?
CELESTINA. ¿Quiéreslo saber?
SEMPRONIO. Quiero.
CELESTINA. Una moça, que me encomendó un frayle.
SEMPRONIO. ¿Qué frayle?
CELESTINA. No lo procures.
SEMPRONIO. Por mi vida, madre, ¿qué frayle?
CELESTINA. ¿Porfías? El ministro, el gordo.
SEMPRONIO. ¡O desventurada, y qué carga espera!
CELESTINA. Todo lo levamos; pocas mataduras has tú visto en la
barriga.
SEMPRONIO. Mataduras no, mas petreras, sí.
CELESTINA. ¡Ay, burlador!
SEMPRONIO. Dexa si soy burlador; muéstramela.
ELICIA. ¡Ha, don malvado! ¿Verla quieres? ¡Los ojos se te salten,
que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, véela, y dexa a mí para
siempre!
SEMPRONIO. Calla, Dios mío; ¿y enójaste? Que no la quiero ver a ella
ni a mujer nascida. A mi madre quiero hablar, y quédate a Dios.
ELICIA. ¡Anda, anda, vete, desconoscido, y está otros tres años que
no me buelvas a ver!
SEMPRONIO. Madre mía, bien ternás confiança y creerás que no te
burlo. Toma el manto y vamos, que por el camino sabrás lo que si
aquí me tardasse en dezir[te], impidiría tu provecho y el mío.
CELESTINA. Vamos. Elicia, quédate a Dios; cierra la puerta. ¡Adiós,
paredes!
SEMPRONIO. ¡O madre mía! Todas cosas dexadas aparte, solamente sey
attenta y ymagina en lo que te dixere, y no derrames tu pensamiento
en muchas partes, que quien junto en diversos lugares le pone, en
ninguno lo tiene, sino por caso determina lo cierto. [Y] quiero que
sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás pude, después que mi
fe contigo puse, dessear bien de que no te cupiesse parte.
CELESTINA. Parta Dios, hijo, del suyo contigo, que no sin causa lo
hará, siquiera porque has piedad desta pecadora de vieja. Pero di,
no te detengas, que la amistad que entre ti y mí se affirma no ha
menester preámbulos ni correlarios ni aparejos para ganar voluntad.
Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dize por muchas palabras lo
que por pocas se puede entender.
SEMPRONIO. Assí es. Calisto arde en amores de Melibea; de ti y de mí
tiene necessidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos
aprovechamos, que conoscer el tiempo y usar el hombre de la
oportunidad haze los hombres prósperos.
CELESTINA. Bien has dicho; al cabo estoy; basta para mí mecer el
ojo. Digo que me alegro destas nuevas, como los cirurjanos de los
descalabrados; y como aquéllos dañan en los principios las llagas, y
encarescen el prometimiento de la salud, ansí entiendo yo hazer a
Calisto. Alargarle he la certinidad del remedio, porque como dizen,
el esperança luenga aflige el coraçón, y quanto él la perdiere,
tanto gela promete. ¡Bien me entiendes!
SEMPRONIO. Callemos, que a la puerta estamos, y como dizen, las
paredes han oídos.
CELESTINA. Llama.
SEMPRONIO. Tha, tha, tha.
CALISTO. ¡Pármeno!
PÁRMENO. ¿Señor?
CALISTO. ¿No oyes, maldito sordo?
PÁRMENO. ¿Qué es, señor?
CALISTO. A la puerta llaman; corre.
PÁRMENO. ¿Quién es?
SEMPRONIO. Abre a mí y a esta dueña.
PÁRMENO. Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada davan aquellas
portadas.
CALISTO. ¡Calla, calla, malvado, que es mi tía; corre, corre, abre!
Siempre lo vi que por fuyr hombre de un peligro, cae en otro mayor.
Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a quien amor o fidelidad o
temor pusieran freno, caí en indignación désta, que no tiene menor
poderío en mi vida que Dios.
PÁRMENO. ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te congoxas? ¿Y
tú piensas que es vituperio en las orejas désta el nombre que la
llamé? No lo creas, que ansí se glorifica en lo oír, como tú quando
dizen: «Diestro cavallero es Calisto.» Y demás, desto es nombrada, y
por tal título conoscida. Si entre cient mugeres va y alguno dize
«¡Puta vieja!», sin ningún empacho luego buelve la cabeça y responde
con alegre cara. En los combites, en las fiestas, en las bodas, en
las confradías, en los mortuorios, en todos los ayuntamientos de
gentes, con ella passan tiempo. Si passa por los perros, aquello
suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no cantan; si
cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias,
rebuznando dizen: «¡Puta vieja!»; las ranas de los charcos otra cosa
no suelen mentar. Si va entre los herreros, aquello dizen sus
martillos; carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores,
todo officio de instrumento forma en el ayre su nombre. Cántanla los
carpinteros, péynanla los peynadores, texedores; labradores en las
huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas con ella passan
el afán cotidiano; al perder en los tableros, luego suenan sus
loores. Todas cosas que son hazen, a doquiera que ella está, el tal
nombre representan. ¡O qué comedor de huevos assados era su marido!
Qué quieres más, sino que, si una piedra topa con otra, luego suena
«¡Puta vieja!»
CALISTO. Y tú, ¿cómo lo sabes y la conosces?
PÁRMENO. Saberlo has. Días grandes son passados que mi madre, mujer
pobre, morava en su vezindad, la qual rogada por esta Celestina, me
dio a ella por serviente, aunque ella no me conosce, por lo poco que
la serví y por la mudança que la edad ha hecho.
CALISTO. ¿De qué la sirvías?
PÁRMENO. Señor, yva a la plaça y traíale de comer y acompañávala;
suplía en aquellos menesteres que mi tierna fuera bastava. Pero de
aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva memoria lo que la
vieja no ha podido quitar. Tiene esta buena dueña al cabo de la
cibdad, allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río, una casa
apartada, medio caída, poco compuesta y menos abastada. Ella tenía
seys officios, conviene [a] saber: labrandera, perfumera, maestra de
hazer afeytes y de hazer virgos, alcahueta y un poquito hechizera.
Era el primero officio cobertura de los otros, so color del qual
muchas moças destas sirvientes entravan en su casa a labrarse y a
labrar camisas y gorgueras y otras muchas cosas. Ninguna venía sin
torrezno, trigo, harina, o jarro de vino y de las otras provisiones
que podían a sus amas hurtar; y aún otros hurtillos de más qualidad
allí se encubrían. Assaz era amiga de studiantes y despenseros y
moços de abades. A éstos vendía ella aquella sangre innocente de las
cuytadillas, la qual ligeramente aventuravan en esfuerço de la
restitución que ella les prometía. Subió su hecho a más: que por
medio de aquellas, comunicava con las más encerradas, hasta traer a
execución su propósito, y aquestas en tiempo honesto, como
estaciones, processiones de noche, missas del gallo, missas del
alva, y otras secretas devociones. Muchas encubiertas vi entrar en
su casa; tras ellas hombres descalços, contritos, y reboçados,
desatacados, que entravan allí a llorar sus peccados. ¡Qué tráfagos,
si piensas, traía! Hazíase física de niños; tomaba estambre de unas
casas; dávalo a hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las
unas, «¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá! ¡Cata la vieja! ¡Ya
viene el ama!» de todas muy conoscida. Con todos estos affanes,
nunca passava sin missa ni bispras ni dexava monasterios de frayles
ni de monjas; esto porque allí hazía ella sus aleluyas y conciertos.
Y en su casa hazía perfumes, falsava estoraques, menjuí, ánimes,
ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara
llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de
vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil faciones; hazía
solimán, afeyte cosido, argentadas, bujelladas, cerillas, llanillas,
unturillas, lustres, lucentores, ciarimientes, alvalines y otras
aguas de rostro, de rassuras de gamones, de corteza, de spantalobos,
de taraguntia, de hieles, de agraz, de mosto, destillados y
açucarados. Adelgasava los cueros con çumos de limones, con turvino,
con tuétano de corço y de garça, y otras confaciones. Sacaba agua[s]
para oler, de rosas, de azaar, de jasmín, de trébol, de madreselvia
y clavellinas, mosquatadas y almizcladas, polvorizadas con vino.
Hazía lexías para enruviar, de sarmientos, de carrasca, de centeno,
de maurrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras
diversas cosas. Y los untes y mantecas que tenía, es fastío de
dezir: de vaca, de osso, de cavallos y de camellos, de culebra y de
conejo, de vallena de garça, y de alcaraván, y de gamo, y de gato
montés, y de texón, de harda, de herizo, de nutria. Aparejos para
baños, esto es una maravilla; de las yervas y raízes que tenía en el
techo de su casa colgadas; mançanilla y romero, malvaviscos,
culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza, spliego y
laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje y higueruela,
pico de oro y hojatinta. Los azeytes que sacava para el rostro no es
cosa de creer: de storaque, y de jazmín, de limón, de pepitas, de
violetas, de benjuy, de alfócigos, de piñones, de granillo, de
açufayfes, de neguilla, de altramuces, de arvejas, y de carillas, y
de yerva paxarera; y un poquillo de bálsamo tenía ella en una
redomilla que guardava para aquel rascuño que tiene por las narizes.
Esto de los virgos, unos hazía de bexiga y otros curava de punto.
Tenía en un tabladillo, en una caxuela pintada, unas agujas delgadas
y peligeros, y hilos de seda encerados, y colgadas allí raízes de
hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacavallo. Hazía
con esto maravillas: que, quando vino por aquí el embaxador francés,
tres vezes vendió por virgen una criada que tenía.
CALISTO. ¡Assí pudiera ciento!
PÁRMENO. ¡Sí, santo Dios! Y remediava por caridad muchas huérfanas y
erradas que se encomendavan a ella. Y en otro apartado tenía para
remediar amores y para se querer bien: tenía huessos de corçón de
ciervo, lengua de bívora, cabeças de codornizes, sesos de asno, tela
de cavallo, mantillo de niño, hava morisca, guija marina, soga de
ahorcado, flor de yedra, spina de erizo, pie de texón, granos de
helecho; la piedra del nido del águila, y otras mil cosas. Venían a
ella muchos hombres y mujeres, y a unos demandava el pan do mordían,
a otros, de su ropa; a otros, de sus cabellos, a otros, pintava en
la palma letras con açafrán; a otros, con bermellón, a otros dava
unos coraçones de cera, llenos de agujas quebradas, y a otras cosas
en barro y en plomo fechas, muy espantables a ver. Pintava figuras,
dezía palabras en tierra. ¿Quién te podrá dezir lo que esta vieja
hazía? Y todo era burla y mentira.
CALISTO. Bien está, Pármeno; déxalo para más oportunidad. Assaz soy
de ti avisado; téngotelo en gracia. No nos detengamos, que la
necessidad deshecha la tardança. Oye, aquélla viene rogada; spera
más que deve. Vamos, no se indigne. Yo temo y el temor reduze la
memoria y a la providencia despierta. ¡Sus! vamos, proveamos; pero
ruégote, Pármeno, la embidia de Sempronio, que en esto me sirve y
complaze; no ponga impedimiento en el remedio de mi vida; que si
para él hovo jubón, para ti no faltará sayo. No pienses que tengo en
menos tu consejo y aviso que su trabajo y obra, como lo spiritual
sepa yo que precede a lo corporal. Y [que] puesto que las bestias
corporalmente trabajen más que los hombres, por esso son pensadas y
curadas, pero no amigas de ellos. En [la] tal diferencia serás
conmigo en respecto de Sempronio, y so secreto sello, postpuesto el
dominio, por tal amigo a ti me concede.
PÁRMENO. Quéxome, señor [Calisto], de la dubda de mi fidelidad y
servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas. ¿Quándo me
viste, señor, embidiar, o por ningún interesse ni resabio tu
provecho estorcer?
CALISTO. No te escandalizes, que sin dubda tus costumbres y gentil
criança en mis ojos ante todos los que me sirven están. Mas como en
caso tan arduo, do todo mi bien y vida pende, es necessario prover,
proveo a los contescimientos, comoquiera que creo que tus buenas
costumbres sobre buen natural florescen, como el buen natural sea
principio del artificio. Y no más, sino vamos a ver la salud.
CELESTINA. (Passos oygo; acá descienden; haz, Sempronio, que no lo
oyes. Escucha y déxame hablar lo que a ti y a mí me conviene.
SEMPRONIO. Habla.)
CELESTINA. No me congoxes, ni me importunes, que sobrecargar el
cuydado es aguijar al animal congoxoso. Ansí sientes la pena de tu
amo Calisto, que paresce que tú eres él y él tú, y que los tormentos
son en un mismo subjecto. Pues cree que yo no vine acá por dexar
este pleyto indeciso o morir en la demanda.
CALISTO. Pármeno, detente. ¡Ce!, escucha qué hablan éstos; veamos en
qué bivimos. ¡O notable mujer, o bienes mundanos, indignos de ser
posseídos de tan alto coraçón. ¡O fiel y verdadero Sempronio! ¿Has
visto, mi Pármeno? ¿Oíste? ¿Tengo razón? ¿Qué me dizes, rincón de mi
secreto y consejo y alma mía?
PÁRMENO. Protestando mi innocencia en la primera sospecha, y
cumpliendo con la fidelidad, porque te me concediste, hablaré;
óyeme, y el affecto no te ensorde, ni la esperança del deleyte te
ciegue. Tiémplate y no te apressures, que muchos con cobdicia de dar
en el fiel, yerran el blanco. Aunque soy moço, cosas he visto assaz,
y el seso y la vista de las muchas cosas demuestran la esperiencia.
De verte o de oírte descender por la escalera, parlan lo que éstos
fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el fin de tu
desseo.
SEMPRONIO. (Celestina, ruynmente suena lo que Pármeno dize.
CELESTINA. Calla, que para la mi santiguada, do vino el asno vendrá
el albarda; déxame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de nos, y de
lo que oviéremos, démosle parte: que los bienes, si no son
communicados no son bienes. Ganemos todos, partamos todos, holguemos
todos. Yo te le traeré manso y benigno a picar el pan en el puño, y
seremos dos a dos y, como dizen, tres al mohíno).
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. ¿Qué hazes, llave de mi vida? Abre. ¡O Pármeno, ya la veo;
sano soy, bivo soy! ¡Mira[s] qué reverenda persona, qué acatamiento!
Por la mayor parte, por la filosomía es conoscida la virtud
interior. ¡O vejez virtuosa, o virtud envejecida! ¡O gloriosa
esperança de mi desseado fin! ¡O fin de mi deleytosa esperança! ¡O
salud de mi passión, reparo de mi tormento, regeneración mía,
vivificación de mi vida, resurreción de mi muerte! Desseo llegar a
ti, cobdicio besar essas manos llenas de remedio. La indignidad de
mi persona lo enbarga. Dende aquí adoro la tierra que huellas y en
reverencia tuya la beso.
CELESTINA. (Sempronio, ¡de aquéllas bivo yo! Los huessos que yo roí,
piensa este necio de tu amo de darme a comer! Pues ál le sueño; al
freír lo verá; dile que cierre la boca y comence abrir la bolsa; que
de las obras dubdo, quanto más de las palabras. Xo, que te striego,
asna coxa. Más avías de madrugar.
PÁRMENO. ¡Guay de orejas que tal oyen! Perdido es quien tras perdido
andas. ¡O Calisto desventurado, abatido, ciego! Y en tierra está
adorando a la más antigua [y] puta tierra, que fregaron sus espaldas
en todos los burdeles. Deshecho es, vencido es, caído es; no es
capaz de ninguna redención ni consejo ni esfuerço).
CALISTO. ¿Qué dezía la madre? Parésceme que pensava que le ofrescía
palabras por escusar gualardón.
SEMPRONIO. Assí lo sentí.
CALISTO. Pues ven conmigo; trae las llaves, que yo sanaré su dubda.
SEMPRONIO. Bien harás, y luego vamos, que no se deve dexar crescer
la yerva entre los panes, ni la sospecha en los coraçones de los
amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las buenas obras.
CALISTO. Astuto hablas. Vamos y no tardemos.
CELESTINA. Plázeme, Pármeno, que avemos avido oportunidad para que
conozcas el amor mío contigo, y la parte que en mí, inmérito,
tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído dezir, de que no hago
caso; porque virtud nos amonesta sufrir las tentaciones y no dar mal
por mal. Y especial quando somos tentados por moços y no bien
instrutos en lo mundano, en que con necia lealdad pierdan a sí y a
sus amos, como agora tú a Calisto. Bien te oí, y no pienses que el
oír con los otros exteriores sesos mi vejez aya perdido. Que no sólo
lo que veo, oyo y cognozco, mas aun lo intrínsico con los
intellectuales ojos penetro. Has de saber Pármeno, que Calisto anda
de amor quexoso; y no lo juzgues por esso por flaco, que el amor
impervio todas las cosas vence. Y sabe, si no sabes, que dos
conclusiones son verdaderas. La primera, que es forçoso el hombre
amar a la mujer y la mujer al hombre. La segunda, que el que
verdaderamente ama es necessario que se turbe con la dulçura del
soberano deleyte, que por el hazedor de las cosas fue puesto, porque
el linaje de los hombres se perpetuasse sin lo qual perescería. Y no
sólo en la humana especie, mas en los pesces, en las bestias, en las
aves, en las reptilias y en lo vegetativo, algunas plantas han este
respecto, si sin interposición de otra cosa en poca distancia de
tierra están puestas, en que ay determinación de hervolarios y
agricultores, ser machos y hembras. ¿Qué dirás a esto, Pármeno?
¡Neciuelo, loquito, angelico, perlica, simplezico! ¿Lobitos en tal
gestico? Llégate acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus
deleytes. ¡Mas rabia mala me mate, si te llego a mí, aunque vieja!
Que la boz tienes ronca, las barvas te apuntan; mal sosegadilla
deves tener la punta de la barriga.
PÁRMENO. ¡Como cola de alacrán!
CELESTINA. Y aún peor, que la otra muerde sin hinchar, y la tuya
hincha por nueve meses.
PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy!
CELESTINA. ¿Ríeste, landrezilla, hijo?
PÁRMENO. Calla, madre, no me culpes, ni me tengas, aunque moço, por
insipiente. Amo a Calisto porque le devo fidelidad por criança, por
beneficios, por ser dél honrrado y bien tratado, que es la mayor
cadena que el amor del servidor al servicio del señor prende, quanto
lo contrario aparta. Véole perdido y no ay cosa peor que yr tras
desseo sin esperança de buen fin; y especial, pensando remediar su
hecho tan arduo y defícil con vanos consejos y necias razones de
aquel bruto Sempronio, que es pensar sacar aradores a pala de
açadón. No lo puedo soffrir; ¡dígolo y lloro!
CELESTINA. Pármeno, ¿tú no vees que es necedad o simpleza llorar por
lo que con llorar no se puede remediar?
PÁRMENO. Por esso lloro, que si con llorar fuesse possible traer a
mi amo el remedio, tan grande sería el plazer de la tal esperança,
que de gozo no podría llorar. Pero assí, perdida ya toda la
esperanza, pierdo el alegría y lloro.
CELESTINA. Llora[ra]s sin provecho, por lo que llorando estorvar no
podrás, ni sanar lo presumas. ¿A otros no ha acontescido esto,
Pármeno?
PÁRMENO. Sí, pero a mi amo no le querría doliente.
CELESTINA. No lo es, mas aunque fuesse doliente, podría sanar.
PÁRMENO. No curo de lo que dizes, porque en los bienes mejor es el
acto que la potencia, y en los males mejor la potencia que el acto.
Assí que mejor es ser sano que poderlo ser, y mejor es poder ser
doliente que ser enfermo por acto; y por tanto es mejor tener la
potencia en el mal que el acto.
CELESTINA. ¡O malvado, como que no se te entiende! ¿Tú no sientes su
enfermedad? ¿Qué has dicho hasta agora; de qué te quexas? Pues burla
o di por verdad lo falso, y cree lo que quisieres, que él es enfermo
por acto, y el poder ser sano es en mano desta flaca vieja.
PÁRMENO. ¡Mas, desta flaca puta vieja!
CELESTINA. ¡Putos días vivas, vellaquillo! ¿Y cómo te atreves?
PÁRMENO. ¡Cómo te conozco!
CELESTINA. ¿Quién eres tú?
PÁRMENO. ¿Quién? Pármeno, hijo de Alberto tu compadre; que estuve
contigo un poco tiempo que te me dio mi madre, quando moravas a la
cuesta del río cerca de las tenerías.
CELESTINA. ¡Jesú, Jesú, Jesú! ¿Y tú eres Pármeno, hijo de la
Claudina?
PÁRMENO. ¡Alahé, yo!
CELESTINA. ¡Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu
madre como yo! ¿Por qué me persigues, Parmenico? ¡Él, es, él es, por
los santos de Dios!; allégate a mí, ven acá, que mil açotes y
puñadas te di en este mundo y otros tantos besos. ¿Acuérdaste quando
dormías a mis pies, loquito?
PÁRMENO. Sí, en buena fe; y algunas vezes aunque era niño, me subías
a la cabecera y me apretavas contigo, y porque olías a vieja, me
huía de ti.
CELESTINA. ¡Mala landre te mate; y cómo lo dize el desvergüençado!
Dexadas burlas y passatiempos, oye agora, mi hijo, y escucha, que
aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida, y maguera que
contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa. Hijo, bien sabes
cómo tu madre, que Dios haya, te me dio biviendo tu padre, el qual,
como de mí te fuiste, con otra ansia no murió sino con la
incertedumbre de tu vida y persona, por la cual absencia algunos
años de su vejez suffrió angustiosa y cuydadosa vida. Y al tiempo
que della passó, embió por mí y en su secreto te me encargó y me
dixo sin otro testigo, sino Aquel que es testigo de todas las obras
y pensamientos y los coraçones y entrañas escudriña, al qual puso
entre él y mí, que te buscasse y llegasse y abrigasse, y quando de
complida edad fuesses, tal que en tu bivir supiesses tener manera y
forma, te descubriesse adónde dexó encerrada tal copia de oro y
plata que basta más que la renta de tu amo Calisto. Y porque gelo
prometí y con mi promessa levó descanso, y la fe es de guardar, más
que a los bivos, a los muertos, que no pueden hazer por sí, en
pesquisa y siguimiento tuyo yo he gastado assaz tiempo y quantías,
hasta agora que ha plazido a Aquel que todos los cuytados tiene y
remedia las justas peticiones y las piadosas obras endereça, que te
hallasse aquí donde solos ha tres días que sé que moras. Sin dubda
dolor he sentido, porque has por tantas partes vagado y peregrinado
que ni has avido provecho ni ganado debdo ni amistad. Que como
Séneca dize, los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades,
porque en breve tiempo con ninguno [no] pueden firmar amistad. Y el
que está en muchos cabos [no] está en ninguno. Ni puede aprovechar
el manjar a los cuerpos que en comiendo se lança, ni hay cosa que
más la sanidad impida, que la diversidad y mudança y variación de
los manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la qual muchas
melez:inas se tientan, ni convalesce la planta que muchas vezes es
traspuesta, y no ay cosa tan provechosa que en llegando aproveche.
Por tanto, mi hijo, dexa los ímpetus de la juventud y tórnate con la
dotrina de tus mayores a la razón. Reposa en alguna parte. ¿Y dónde
mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en mi consejo, a quien tus
padres te remetieron? Y yo ansí como verdadera madre tuya, te digo,
so las malediciones, que tus padres te pusieron si me fuesses
inobediente, que por el presente sufras y sirvas a éste tu amo que
procuraste, hasta en ello aver otro consejo mío. Pero no con necia
lealdad, proponiendo firmeza sobre lo movible, como son estos
señores deste tiempo. Y tú gana amigos que es cosa durable; ten con
ellos constancia; no bives en flores; dexa los vanos prometimientos
de los señores, los quales deshechan la sustancia de sus sirvientes
con huecos y vanos prometimientos. Como la sanguijuela saca la
sangre, desagradescen, injurian, olvidan servicios, niegan galardón.
¡Guay de quien en palacio envejece!, como se scrive de la probática
piscina, que de ciento que entravan sanava uno. Estos señores deste
tiempo más aman assí que a los suyos, y no yerran; los suyos
ygualmente lo deven hazer. Perdidas son las mercedes, las
manificencias, los actos nobles. Cada uno destos cativan y
mezquinamente procuran su interesse con los suyos. Pues aquéllos no
deven menos hazer, como sean en facultades menores, sino vivir a su
ley. Dígolo, hijo Pármeno, porque éste tu amo, como dizen, me
paresce rompenecios. De todos se quiere servir sin merced. Mira
bien, créeme. En su casa cobra amigos, que es el mayor precio
mundano; que con él no pienses tener amistad, como por la diferencia
de los estados o condiciones pocas vezes contezca. Caso es
offrecido, como sabes, en que todos medremos, y tú por el presente
te remedies. Que lo ál que te he dicho, guardado te está a su
tiempo. Y mucho te aprovecharás siendo amigo de Sempronio.
PÁRMENO. Celestina, todo tremo en oírte; no sé qué haga; perplexo
estó. Por una parte, téngote por madre; por otra a Calisto por amo.
Riqueza desseo, pero quien torpemente sube a lo alto, más aína cae
que subió. No querría bienes mal ganados.
CELESTINA. Yo sí. A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo.
PÁRMENO. Pues yo con ellos no biviría contento y tengo por honesta
cosa la pobreza alegre. Y aún más te digo, que no los que poco
tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por esto, aunque más
digas, no te creo en esta parte. Querría passar la vida sin embidia,
los yermos y aspereza sin temor, el sueño sin sobresaltos, las
injurias con respuesta, las fuerças sin denuesto, las premias con
resistencia.
CELESTINA. ¡O hijo!, bien dizen que la prudencia no puede ser sino
en los viejos; y tú mucho moço eres.
PÁRMENO. Mucho segura es la mansa pobreza.
CELESTINA. Mas di, como mayor <Marón>, que la fortuna ayuda a los
osados y demás desto, ¿quién es que tenga bienes en la república que
escoja bivir sin amigos? Pues, loado Dios, bienes tienes ¿y no sabes
que has menester amigos para los conservar? Y no pienses que tu
privança con este señor te haze seguro, que quanto mayor es la
fortuna, tanto es menos segura. Y por tanto en los infortunios el
remedio es a los amigos. ¿Y a dónde puedes ganar mejor este debdo,
que donde las tres maneras de amistad concurren, conviene a saber,
por bien y provecho y deleyte? Por bien: mira la voluntad de
Sempronio conforme a la tuya, y la gran similitud que tú y él en la
virtud tenéys. Por provecho: en la mano está, si soys concordes. Por
deleyte: semejable es, como seáys en edad dispuestos para todo
linaje de plazer, en que más los moços que los viejos se juntan,
assí como para jugar, para vestir, para burlar, para comer y bever,
para negociar amores junctos de compaña. ¡O, si quisiesses, Pármeno,
qué vida gozaríamos! Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.
PÁRMENO. ¿De Areúsa?
CELESTINA. De Areúsa.
PÁRMENO. ¿De Areúsa, hija de Eliso?
CELESTINA. De Areúsa, hija de Eliso.
PÁRMENO. ¿Cierto?
CELESTINA. Cierto.
PÁRMENO. Maravillosa cosa es.
CELESTINA. ¿Pero bien te paresce?
PÁRMENO. No cosa mejor.
CELESTINA. Pues tu buena dicha quiere, aquí está quien te la dará.
PÁRMENO. Mi fe, madre, no creo a nadie.
CELESTINA. Estremo es creer a todos y yerro no creer a ninguno.
PÁRMENO. Digo que te creo pero no me atrevo; déxame.
CELESTINA. O mezquino, de enfermo coraçón es no poder sofrir el
bien. Da Dios havas a quien no tiene quixadas. ¡O simple!, dirás que
adonde ay mayor entendimiento ay menor fortuna y donde más
discreción, allí es menor la fortuna; dichas son.
PÁRMENO. O Celestina, oído he a mis mayores que un enxemplo de
luxuria o avaricia mucho mal haze, y que con aquellos deve hombre
conversar que le hagan mejor, y aquellos dexar a quien él mejores
piensa hazer. Y Sempronio, en su enxemplo, no me hará mejor, ni yo a
él sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dizes me incline, sólo
yo querría saberlo, porque a lo menos por el enxemplo fuesse oculto
el pecado. Y si hombre vencido del deleyte va contra la virtud, no
se atreva a la honestad.
CELESTINA. Sin prudencia hablas que de ninguna cosa es alegre
possessión sin compañía; no te retrayas ni amargues, que la natura
huye lo triste y apetece lo delectable. El deleyte es con los amigos
en las cosas sensuales, y especial en te contar las cosas de amores
y comunicarlas. «Esto hize, esto otro me dixo; tal donayre passamos,
de tal manera la tomé, assí la besé, assí me mordió, assí la abracé,
assí se allegó. ¡O qué habla, o qué gracia, o qué juegos, o qué
besos! Vamos allá, bolvamos acá, ande la música, pintemos los motes,
cantemos canciones, invenciones, justemos; ¿qué cimera sacaremos o
qué letra? Ya va a la missa, mañana saldrá, rondemos su calle, mira
su carta, vamos de noche, tenme el escala, aguarda a la puerta.
¿Cómo te fue? Cata el cornudo; sola la dexa. Dale otra buelta,
tornemos allá». Y para esto Pármeno ¿ay deleyte sin compañía? Alahé,
alahé, la que las sabe las tañe. Este es el deleyte, que lo ál,
mejor lo hazen los asnos en el prado.
PÁRMENO. No querría, madre, me combidasses a consejo con
amonestación de deleyte, como hizieron los que, caresciendo de
razonable fundamiento, opinando hizieron sectas embueltas en dulce
veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos y con polvos
de sabroso affecto cegaron los ojos de la razón.
CELESTINA. ¿Qué es razón, loco? ¿Qué es affecto, asnillo? La
discreción, que no tienes, lo determina, y de la discreción, mayor
es la prudencia. Y la prudencia no puede ser sin esperimiento, y la
esperiencia no puede ser más que en los viejos. Y los ancianos somos
llamados padres, y los buenos padres bien aconsejan a sus hijos, y
especial yo a ti, cuya vida y honra más que la mía desseo. ¿Y quándo
me pagarás tú esto? Nunca, pues a los padres y a los maestros no
puede ser hecho servicio ygualmente.
PÁRMENO. Todo me recelo, madre, de recebir dudoso consejo.
CELESTINA. ¿No quieres? Pues dezirte he lo que dize el sabio. Al
varón que con dura cerviz al que le castiga menosprecia, arrebatado
quebrantamiento le verná, y sanidad ninguna le conseguirá. Y assí,
Pármeno, me despido de ti y deste negocio.
PÁRMENO. (Ensañada está mi madre; dubda tengo en su consejo; yerro
es no creer y culpa creerlo todo. Más humano es confiar, mayormente
en esta que interesse promete, a do provecho no pueda allende de
amor conseguir. Oído he que deve hombre a sus mayores creer. Ésta,
¿qué me aconseja? Paz con Sempronio. La paz no se deve negar, que
bienaventurados son los pacíficos, que hijos de Dios serán llamados.
Amor no se deve rehuyr. Caridad a los hermanos; interesse pocos le
apartan. Pues quiérola complazer y oír.) Madre, no se deve ensañar
el maestro de la ignorancia del discípulo, sino raras vezes por la
sciencia, que es de su natural comunicable, y en pocos lugares se
podría infundir. Por esso perdóname, háblame; que no sólo quiero
oírte y creerte, mas en singular merced recebir tu consejo. Y no me
lo agradescas, pues el loor y las gracias de la ación más al dante
que no al recibiente se deven dar. Por esso, manda, que a tu mandado
mi consentimiento se humilla.
CELESTINA. De los hombres es errar, y bestial es la porfía; por
ende, gózome, Pármeno, que ayas limpiado las turbias telas de tus
ojos y respondido al reconoscimiento, discreción y ingenio sotil de
tu padre, cuya persona, agora representada en mi memoria, enternezce
los ojos piadosos, por do tan abundantes lágrimas vees derramar.
Algunas vezes duros propósitos, como tú, defendía, pero luego
tornava a lo cierto. En Dios y en mi ánima, que en veer agora lo que
as porfiado y como a la verdad eres reduzido, no paresce sino que
bivo le tengo delante. ¡O qué persona, o qué hartura, o qué cara tan
venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto, y tu nuevo amigo
Sempronio, con quien tu conformidad para más oportunidad dexo. Que
dos en un coraçón biviendo son más poderosos de hazer y de entender.
CALISTO. Dubda traygo, madre, según mis infortunios, de hallarte
biva. Pero más es maravilla, según el deseo, de cómo llego bivo.
Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida te ofrece.
CELESTINA. Como en el oro muy fino labrado por la mano del sotil
artífice la obra sobrepuja a la material, assí se aventaja a tu
magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y sin dubda
la presta dádiva su effecto ha doblado, porque la que tarda el
prometimiento muestra negar y arrepentirse del don prometido.
PÁRMENO. (¿Qué le dio, Sempronio?
SEMPRONIO. Cient monedas en oro...
PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy!
SEMPRONIO. ¿Habló contigo la madre?
PÁRMENO. Calla, que sí.
SEMPRONIO. Pues, ¿cómo estamos?
PÁRMENO. Como quisieres, aunque estoy espantado.
SEMPRONIO. Pues calla, que yo te haré espantar dos tanto.
PÁRMENO. ¡O Dios, no hay pestilencia más efficaz que el enemigo de
casa para empecer!)
CALISTO. Ve agora, madre, y consuela tu casa; y después ven y
consuela la mía, y luego.
CELESTINA. Quede Dios contigo.
CALISTO. Y él te me guarde.
Argumento del segundo auto
Partida CELESTINA de CALISTO para su casa, queda CALISTO hablando
con SEMPRONIO, criado suyo, al qual, como quien en alguna esperença
puesto está, todo aguijar le paresce tardança. Embía de sí a
SEMPRONIO a solicitar a CELESTINA para el concebido negocio. Quedan
entretanto CALISTO y PÁRMENO juntos razonando.
CALISTO, SEMPRONIO, PÁRMENO
CALISTO. Hermanos míos, cient monedas di a la madre; ¿hize bien?
SEMPRONIO. ¡Ay, si hizieste bien! Allende de remediar tu vida,
ganaste muy gran honrra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y
próspera sino para servir a la honrra, que es el mayor de los
mundanos bienes? Que esto es premio y galardón de la virtud. Y por
esso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar; la
mayor parte de la qual consiste en la liberalidad y franqueza. A
ésta los duros tesoros comunicables la escurecen y pierden, y la
magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha
tener lo que se niega aprovechar? Sin dubda te digo que es mejor el
uso de las riquezas que la possessión dellas. ¡O qué glorioso es el
dar! ¡O qué miserable es el recebir! Quanto es mejor el acto que la
possessión, tanto es más noble el dante que el recibiente. Entre los
elementos el fuego, por ser más activo es más noble, y en las speras
puesto en más noble lugar. Y dizen algunos que la nobleza es una
alabança que proviene de los merescimientos y antigüedad de los
padres. Yo digo que la agena luz nunca te hará claro si la propria
no tienes. Y por tanto no te estimes en la claridad de tu padre, que
tan magnífico fue, sino en la tuya; y ansí se gana la honrra, que es
el mayor bien de los que son fuera de hombre. De lo qual no el malo,
mas el bueno, como tú, es digno que tenga perfecta virtud. Y aun
[más] te digo que la virtud perfecta no pone que sea hecho con digno
honor. Por ende goza de aver seído ansí magnífico y liberal, y de mi
consejo tórnate a la cámara y reposa, pues que tu negocio en tales
manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienço
llevo bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este
negocio quiero hablar contigo más largo.
CALISTO. Sempronio, no me paresce buen consejo quedar yo acompañado,
y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será
que vayas con ella y la aquexes; pues sabes que de su diligencia
pende mi salud, de su tardança mi pena, de su olvido mi
desesperança. Sabido eres; fiel te siento; por buen criado te tengo;
haz de manera que en sólo verte ella a ti, juzgue la pena que a mí
queda y fuego que me atormenta, cuyo ardor me causó no poder
mostrarle la tercia parte desta mi secreta enfermedad, según tiene
mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de
tal passión, hablarla has a rienda suelta.
SEMPRONIO. Señor, querría yr por complir tu mandado; querría quedar
por aliviar tu cuytado, tu temor me aquexa, tu soledad me detiene.
Quiero tomar consejo con la obediencia, que es yr y dar priessa a la
vieja. ¿Mas cómo yré?, que en viéndote solo, dizes desvaríos de
hombre sin seso, sospirando, gemiendo, maltrobando, holgando con lo
escuro, desseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo
tormento, donde, si perseveras, o de muerto o loco no podrás
escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue plazeres, diga
donayres, tanga canciones alegres, cante romances, cuente ystorias,
pinte motes, finja cuentos, juegue a naypes, arme mates, finalmente
que sepa buscar todo género de dulce passatiempo para no dexar
trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos que recebiste
de aquella señora en el primer trance de tus amores.
CALISTO. ¿Cómo, simple, no sabes que alivia la pena llorar la causa?
¿Quánto es dulce a los tristes quexar su passión? ¿Quánto descanso
traen consigo los quebrantados sospiros? ¿Quánto relievan y
disminuyen los lagrimosos gemidos el dolor? Quantos scrivieron
consuelos no dizen otra cosa.
SEMPRONIO. Lee más adelante. Buelve la hoja. Hallarás que dizen que
fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza que es ygual género
de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del olvido porque
le olvidava se quexa. En el contemplar ésta es la pena de amor; en
el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al aguijón;
finge alegría y consuelo y serlo ha; que muchas veces la opinión
trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad, pero para
moderar nuestro sentido y regir nuestro juyzio.
CALISTO. Sempronio, amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a
Pármeno y quedará conmigo, y daquí adelante sey como sueles leal.
Que en el servicio del criado está el galardón del señor.
PÁRMENO. Aquí estoy, señor.
CALISTO. Yo no, pues no te veía. No te partas della, Sempronio, ni
me olvides a mí, y ve con Dios. Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo
que oy ha passado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia
y buena maestra de estos negocios. No podemos errar. Tú me la as
aprovado con toda tu enemistad. Yo te creo, que tanta es la fuerça
de la verdad que las lenguas de los enemigos trae a su mandar; assí
que, pues ella es tal, más quiero dar a ésta cient monedas que a
otra cinco.
PÁRMENO. (¿Ya [las] lloras? Duelos tenemos. En casa se avrán de
ayunar estas franquezas.)
CALISTO. Pues pido tu parecer, seyme agradable, Pármeno; no abaxes
la cabeça al responder. Mas como la embidia es triste, la tristeza
sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué
dixiste, enojoso?
PÁRMENO. Digo, señor, que yrían mejor empleadas tus franquezas en
presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros a aquella que yo
conozco, y lo que peor es, hazerte su cativo.
CALISTO. ¿Cómo, loco, su cativo?
PÁRMENO. Porque a quien dizes el secreto, das tu libertad.
CALISTO. Algo dize el necio; pero quiero que sepas que quando hay
mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de
obediencia, o por señorío de estado, o esquividad de género, como
entre esta mi señora y mí, es necessario intercessor o medianero que
suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien
yo segunda vez hablar tengo por impossible, y pues que assí es, dime
si lo hecho apruevas.
PÁRMENO. (¡Apruévelo el diablo!)
CALISTO. ¿Qué dizes?
PÁRMENO. Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado, y que un
inconveniente es causa y puerta de muchos.
CALISTO. El dicho yo le apruevo; el propósito no entiendo.
PÁRMENO. Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa de tu
entrada en la huerta de Melibea a le buscar, la entrada causa de la
veer y hablar, la habla engendró amor, el amor parió tu pena; la
pena causará perder tu cuerpo y el alma y hazienda. Y lo que más
dello siento es venir a manos de aquella trotaconventos, después de
tres vezes emplumada.
CALISTO. ¡Assí, Pármeno, di más desso, que me agrada! Pues mejor me
parece quanto más la desalavas; cumpla conmigo y emplúmenla la
quarta; dessentido eres; sin pena hablas; no te duele donde a mí,
Pármeno.
PÁRMENO. Señor, más quiero que ayrado me reprehendas porque te do
enojo, que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues
perdiste el nombre de libre quando cativaste la voluntad.
CALISTO. ¡Palos querrá este vellaco! Di, mal criado, ¿por qué dizes
mal de lo que yo adoro? Y tú ¿qué sabes de honrra? Dime, ¿qué es
amor? ¿En qué consiste buena criança? Que te me vendes por discreto,
¿no sabes que el primer escalón de locura es creerse ser sciente? Si
tú sintiesses mi dolor, con otra agua rociarías aquella ardiente
llaga que la cruel frecha de Cupido me ha causado. Quanto remedio
Sempronio acarrea con sus pies, tanto apartas tú con tu lengua, con
tus vanas palabras; fingiéndote fiel, eres un terrón de lisonja,
bote de malicias, el mismo mesón y aposentamiento de la embidia; que
por disfamar la vieja a tuerto o a derecho, pones en mis amores
desconfiança, sabiendo que esta mi pena y flutuoso dolor no se rige
por razón, no quiere avisos, caresce de consejo; y si alguno se le
diere, tal que no aparte ni desgozne lo que sin las entrañas no
podrá despegarse. Sempronio temió su yda y tu quedada; yo quíselo
todo, y assí me padezco el trabajo de su absencia y tu presencia;
valiera más solo que mal acompañado.
PÁRMENO. Señor, flaca es la fidelidad que temor de pena la convierte
en lisonja, mayormente con señor a quien dolor y affición priva y
tiene ajeno de su natural juyzio; quitarse ha el velo de la
ceguedad; passarán estos momentáneos fuegos; conozcerás mis agras
palabras ser mejores para matar este fuerte cançre que las blandas
de Sempronio que lo cevan, atizan tu fuego, abivan tu amor,
encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar, hasta
ponerte en la sepoltura.
CALISTO. ¡Calla, calla, perdido! Estó yo penando y tú filosofando;
no te spero más. Saquen un cavallo; límpienle mucho; aprieten bien
la cincha, por que si passare por casa de mi señora y mi Dios.
PÁRMENO. iMoços! No ay moço en casa; yo me lo avré de hazer, que a
peor vernemos desta vez que ser moços despuelas. ¡Andar, passe! Mal
me quieren mis comadres, etc. ¿Rehincháys, don cavallo? ¿No basta un
celoso en casa, o baruntas a Melibea?
CALISTO. ¿Viene esse cavallo? ¿qué hazes, Pármeno?
PÁRMENO. Señor, vesle aquí, que no está Sosia en casa.
CALISTO. Pues ten esse estribo; abre más essa puerta; y si viniere
Sempronio con aquella señora, di que esperen, que presto será mi
buelta.
PÁRMENO. Mas nunca sea; ¡allá yrás con el diablo! A estos locos
decildes lo que les cumple, no os podrán ver. Por mi ánima, que si
agora le diessen una lançada en el calcañal que saliessen más sesos
que de la cabeça. Pues anda, que a mi cargo, que Celestina y
Sempronio te espulguen. ¡O desdichado de mí!; por ser leal padezco
mal. Otros se ganan por malos, yo me pierdo por bueno. El mundo es
tal; quiero yrme al hilo de la gente, pues a los traydores llaman
discretos, a los fieles necios. Si [yo] creyera a Celestina con sus
seys dozenas de años acuestas, no me maltratara Calisto. Mas esto me
porná escarmiento daquí adelante con él. Que si dixere comamos, yo
tanbién; si quisiere derrocar la casa, aprovarlo; si quemar su
hazienda, yr por huego. Destruya, rompa, quiebre, dañe; dé a
alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá. Pues dizen, a río buelto
ganancia de pescadores. ¡Nunca más perro a[l] molino!
Argumento del tercero auto
SEMPRONIO vase a casa de CELESTINA, a la qual reprende por la
tardança. Pónense a buscar qué manera tomen en el negocio de CALISTO
con MELIBEA. En fin sobreviene ELICIA. Vase CELESTINA a casa de
PLEBERIO. Queda SEMPRONIO y ELICIA en casa.
SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA
SEMPRONIO. ¡Qué spacio lleva la barbuda; menos sosiego traían sus
pies a la venida! A dineros pagados, braços quebrados. ¡Ce, señora
Celestina, poco as aguijado!
CELESTINA. ¿A qué vienes, hijo?
SEMPRONIO. Este nuestro enfermo no sabe qué pedir; de sus manos no
se contenta; no se le cueze el pan. Teme tu negligencia; maldize su
avaricia y cortedad porque te dio tan poco dinero.
CELESTINA. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia;
toda tardança les es tormento; ninguna dilación les agrada. En un
momento querrían poner en effecto sus cogitaciones; antes las
querrían ver concluídas que empeçadas. Mayormente estos novicios
amantes, que contra qualquiera señuelo buelan sin deliberación, sin
pensar el daño quel cevo de su desseo trae mezclado en su exercicio
y negociación para sus personas y sirvientes.
SEMPRONIO. ¿Qué dizes de sirvientes? Parece por tu razón que nos
puede venir a nosotros daño deste negocio y quemarnos con las
centellas que resultan deste fuego de Calisto. ¡Aun al diablo daría
yo sus amores! Al primer desconcierto que vea en este negocio no
como más su pan; más vale perder lo servido, que la vida por
cobrallo; el tiempo me dirá qué haga; que primero que cayga del todo
dará señal, como casa que se acuesta. Si te pareçe, madre, guardemos
nuestras personas de peligro. Hágase lo que se hiziere. Si la
oviere, ogaño, si no, a otro año, si no, nunca. Que no ay cosa tan
difícile de sufrir en sus principios que el tiempo no la ablande y
haga comportable. Ninguna llaga tanto se sintió que por luengo
tiempo no afloxasse su tormento, ni plazer tan alegre fue que no le
amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la prosperidad y
adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerça de
su acelerado principio. Pues los casos de admiración, y venidos con
gran desseo, tan presto como passados, olvidados. Cada día vemos
novedades y las oímos y las passamos y dexamos atrás. Diminúyelas el
tiempo; házelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarías si
dixiessen: la tierra tembló, a otra semejante cosa que no olvidasses
luego? Assí como: elado está el río, el ciego vee ya, muerto es tu
padre, un rayo cayó, ganada es Granad, el rey entra hoy, el turco es
vencido, eclipse ay mañana, la puente es llevada, aquél es ya
obispo, a Pedro robaron, Ynés se ahorcó, [Cristóval fue borracho].
¿Qué me dirás, sino que a tres días passados o a la segunda vista no
ay quien dello se maraville? Todo es assí, todo passa desta manera,
todo se olvida, todo queda atrás. Pues assí será este amor de mi
amo: quanto más fuerte andando, tanto más diminuyendo. Que la
costumbre luenga amansa los dolores, afloxa y deshaze los deleytes,
desmengua las maravillas. Procuremos provecho mientra pendiere la
contienda; y si a pie enxuto le pudiéremos remediar, lo mejor mejor
es; y si no, poco a poco le soldaremos el reproche o menosprecio de
Melibea contra él. Donde no, más vale que pene el amo que no que
peligre el moço.
CELESTINA. Bien as dicho; contigo stoy. Agradado me as; no podemos
errar. Pero todavía hijo, es necessario que el buen procurador ponga
de su casa algún trabajo, algunas fingidas razones, algunos
sofísticos actos; yr y venir a juyzio, aunque reciba malas palabras
del juez. Siquiera por los presentes que lo vieren no digan que se
gana holgando el salario. Y assí verná cada una a él con [su]
pleyto, y a Celestina con sus amores.
SEMPRONIO. Haz a tu voluntad, que no será este el primero negocio
que as tomado a cargo.
CELESTINA. ¿El primero, hijo? Pocas virgines, a Dios gracias, has tu
visto en esta ciudad que hayan abierto tienda a vender, de quien yo
no haya sido corredora de su primer hilado. En nasciendo la
mochacha, la hago scrivir en mi registro, y esto para que yo sepa
quántas se me salen de la red. ¿Qué pensavas, Sempronio? ¿Havíame de
mantener del viento? ¿Heredé otra herencia? ¿Tengo otra casa o viña?
Conóscesme otra hazienda, más deste officio de que como y bevo, de
que visto y calço? En esta ciudad nascida, en ella criada,
manteniendo honrra, como todo el mundo sabe, ¿conoçida, pues, no
soy? Quien no supiere mi nombre y mi casa, tenle por estrangero.
SEMPRONIO. Dime, madre ¿qué passaste con mi compañero Pármeno quando
sobí con Calisto por el dinero?
CELESTINA. Díxele el sueño y la soltura, y cómo ganaría más con
nuestra compañía que con las lisonjas que dize a su amo, cómo
biviría siempre pobre y baldonado si no mudava el consejo; que no se
hiziesse santo a tal perra vieja como yo. Acordéle quién era su
madre, por que no menospreciasse mi officio; porque queriendo de mí
dezir mal, tropeçasse primero en ella.
SEMPRONIO. ¿Tantos días ha que le conosces, madre?
CELESTINA. Aquí está Celestina que le vido nascer y le ayudó a
criar. Su madre y yo, uña y carne. Della aprendí todo lo mejor que
sé de mi officio. Juntas comiémos, juntas durmiémos, juntas aviémos
nuestros solazes, nuestros plazeres, nuestros consejos y conciertos.
En casa y fuera, como dos hermanas. Nunca blanca gané en que no
toviesse su mitad. Pero no bivía yo engañada, si mi fortuna quisiera
que ella me durara. ¡O muerte, muerte, a quántos privas de agradable
compañía, a quántos desconsuela tu enojosa visitación! Por uno que
comes con tiempo, cortas mil en agraz. Que siendo ella biva, no
fueran estos mis passos desacompañados. Buen siglo aya, que leal
amiga y buena compañera me fue. Que jamás me dexó hazer cosa en mi
cabo, estando ella presente. Si yo traía el pan, ella la carne; si
yo ponía la mesa, ella los manteles. No loca, no fantástica, ni
presumptuosa como las de agora En mi ánima, descubierta se yva hasta
el cabo de la cibdad con su jarro en la mano, que en todo el camino
no oyé peor de: Señora Claudina. Y aosadas que otra conoscié peor el
vino y qualquier mercaduría. Quando pensava que no era llegada, era
de buelta. Allá la conbidavan según el amor todos la tenían. Que
jamás volvía sin ocho o diez gustaduras, un açumbre en el jarro y
otro en el cuerpo. Assí la fiavan dos o tres arrobas en vezes, como
sobre una taça de plata. Su palabra era prenda de oro en quantos
bodegones avía. Si ívamos por la calle dondequiera que ovíssemos
sed, entrávamos en la primera taverna. Luego mandava echar medio
açumbre para mojar la boca. Mas a mi cargo que no le quitaron la
toca por ello, sino quanto la rayavan en su taja, y andar adelante.
Si tal fuesse agora su hijo, a mi cargo que tu amo quedasse sin
pluma y nosotros sin quexa. Pero yo le haré de mi hierro, si bivo;
yo le contaré en el número de los míos.
SEMPRONIO. ¿Cómo has pensado hacerlo, que es un traydor?
CELESTINA. A esse tal dos alevosos.
Haréle aver a Areúsa; será de los nuestros. Darnos ha lugar a tender
las redes sin enbaraço por aquellas doblas de Calisto.
SEMPRONIO. ¿Pues crees que podrás alcançar algo de Melibea? ¿Ay
algún buen ramo?
CELESTINA. No ay çurujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo
que yo al presente veo te diré. Melibea es hermosa, Calisto loco y
franco; ni a él penará gastar, ni a mí andar. Bulla moneda y dure el
pleyto, lo que durare. Todo lo puede el dinero: las peñas quebranta,
los ríos passa en seco; no ay lugar tan alto que un asno cargado de
oro no le suba. Su desatino y ardor bastar perder a sí y ganar, a
nosotros. Esto he sentido; esto he calado; esto sé dél y della; esto
es lo que nos á de aprovechar. A casa voy de Pleberio; quédate a
Dios. Que aunque esté brava Melibea, no es ésta, si a Dios ha
plazido, la primera a quien yo he hecho perder el cacarrear.
Coxquillosicas son todas, mas después que una vez consienten la
silla en el envés del lomo, nunca querrían holgar: por ellas queda
el campo; muertas sí, cansadas, no. Si de noche caminan, nunca
querrían que amanesciesse; maldizen los gallos porque anuncian el
día, y el relox porque da tan apriessa. Requieren las cabrillas y el
norte, haziéndose strelleras; ya quando ven salir el luzero del
alva, quiéreseles salir el alma. Su claridad les escurece el
coraçón. Camino es, hijo, que nunca me harté de andar; nunca me vi
cansada, y aun assí vieja como soy. Sabe Dios mi buen desseo; quánto
más éstas que hirven sin fuego. Catívanse del primer abraço; ruegan
a quien rogó; penan por el penado; házense siervas de quien eran
señoras; dexan el mando y son mandadas. Rompen paredes, abren
ventanas, fingen enfermedades. A los cherriaderos quiçios de las
puertas hazen con azeytes usar su officio sin ruido. No te sabré
dezir lo mucho que obra en ellas aquel dulçor que les queda de los
primeros besos de quien aman. Son enemigas [todas] del medio,
contino están posadas en los estremos.
SEMPRONIO. No te entiendo essos términos, madre.
CELESTINA. Digo que la mujer o ama mucho a aquel de quien es
requerida, o le tiene grande odio. Assí que si al querer despiden,
no pueden tener las riendas al desamor. Y con esto que sé cierto,
voy más consolada a casa de Melibea que si en la mano la toviesse.
Porque sé que aunque al presente la ruege, al fin me ha de rogar;
aunque al principio me amenaze, al cabo me ha de halagar. Aquí llevo
un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros aparejos que
conmigo siempre traygo para tener causa de entrar donde mucho no só
conoscida la primera vez: assí como gorgueras, garvines, franjas,
rodeos, tinazuelas, alcohol, alvayalde y solimán, [hasta] agujas y
alfileres; que tal ay, que tal quiere, por que donde me tomare la
boz me alle apercebida para les echar cevo o requerir de la primera
vista.
SEMPRONIO. Madre, mira bien lo que hazes, porque quando el principio
se yerra, no puede seguirse buen fin. Piensa en su padre; que es
noble y esforçado, su madre celosa y brava, tú la misma sospecha.
Melibea es única a ellos; faltándoles ella, fáltales todo el bien;
en pensallo tiemblo; no vayas por lana y vengas sin pluma.
CELESTINA. ¿Sin pluma, hijo?
SEMPRONIO. O emplumada, madre, que es peor.
CELESTINA. ¡Alahé, en mal hora a ti he yo menester para compañero,
aun si quisieses avisar a Celestina en su officio! Pues quando tú
naçiste ya comía yo pan con corteza; para adalid eres bueno, cargado
de agüeros y recelo.
SEMPRONIO. No te maravilles, madre, de mi temor, pues es común
condición humana que lo que mucho se dessea jamás se piensa ver
concluído, mayormente que en este caso temo tu pena y mía. Desseo
provecho; querría que este negocio oviesse buen fin, no por que
saliesse mi amo de pena, mas por salir yo de lazería. Y assí miro
más inconvenientes con mi poca esperiencia que no tú como maestra
vieja.
ELICIA. ¡Santiguarme quiero, Sempronio; quiero hazer una raya en el
agua! ¿Qué novedad es ésta, venir oy acá dos vezes?
CELESTINA. Calla, bova, déxale, que otro pensamiento traemos en que
más nos va. Dime, ¿está desocupada la casa? ¿Fuése la moça que
esperava al ministro?
ELICIA. Y aun después vino otra y se fue.
CELESTINA. ¿Sí, que no embalde?
ELICIA. No, en buena fe, ni Dios lo quiera, que aunque vino tarde,
más vale a quien Dios ayuda, etc.
CELESTINA. Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baxa acá
el bote del azeyte serpentino que hallarás colgado del pedaço de la
soga que traxe del campo la otra noche quando llovía y hazía escuro,
y abre el arca de los lizos, y hazia la mano derecha hallarás un
papel scrito con sangre de murciélago debaxo de aquel ala de drago a
que sacamos ayer las uñas. Mira no derrames el agua de mayo que me
traxieron a confacionar.
ELICIA. Madre, no está donde dizes; jamás te acordas a cosa que
guardes.
CELESTINA. No me castigues, por Dios, a mi vejez; no me maltrates,
Elicia. No enfinjas porque stá aquí Sempronio, ni te sobervezcas,
que más me quiere a mí por consejera que a ti por amiga, aunque tú
le ames mucho. Entra en la cámara de los ungüentos y en la pelleja
del gato negro donde te mandé meter los ojos de la loba, le
hallarás, y baxa la sangre del cabrón, y unas poquitas de las barvas
que tú le cortaste.
ELICIA. Toma, madre, veslo aquí. Yo me subo, y Sempronio, arriba.
CELESTINA. Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad
infernal, emperador de la corte dañada, capitán sobervio de los
condenados ángeles, señor de los súlfuros fuegos que los hervientes
étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos y
atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias,
Tesífone, Megera, y Aleto, administrador de todas las cosas negras
del regno de Stige y Dite, con todas sus lagunas y sombras
infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes harpías, con
toda la otra compañía de espantables y pavorosas ydras. Yo,
Celestina, tu más conoscida cliéntula, te conjuro por la virtud y
fuerça destas bermejas letras, por la sangre de aquella noturna ave
con que están scritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos
que en este papel se contienen, por la áspera ponçoña de las bívoras
de que este azeyte fue hecho, con el qual unto este hilado; vengas
sin tardança a obedeçer mi voluntad y en ello te embolvas, y con
ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea con aparejada
oportunidad que haya lo compre, y con ello de tal manera quede
enredada que quanto más lo mirare, tanto más su coraçón se ablande a
conceder mi petición. Y se le abras y lastimes del crudo y fuerte
amor de Calisto, tanto que despedida toda honestidad, se descubra a
mí y me galardone mis passos y mensaje; y esto hecho pide y demanda
de mí a tu voluntad. Si no lo hazes con presto movimiento, ternásme
por capital enemiga; heriré con luz tus cárceres tristes y escuras;
acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas
palabras tu horrible nombre, y otra y otra vez te conjuro [y], assí
confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde
creo te llevo ya embuelto.
Argumento del quarto auto
CELESTINA, andando por el camino, habla consigo misma fasta llegar a
la puerta de PLEBERIO, onde halló a LUCRECIA, criada de PLEBERIO.
Pónese con ella en razones. Sentidas por ALISA, madre de MELIBEA, y
sabido que es CELESTINA, fázela entrar en casa. Viene un mensajero a
llamar a ALISA. Vase. Queda CELESTINA en casa con MELIBEA y le
descubre la causa de su venida.
CELESTINA, LUCRECIA, ALISA, MELIBEA
CELESTINA. Agora que voy sola, quiero mirar bien lo que Sempronio ha
temido deste mi camino, porque aquellas cosas que bien no son
pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin, comúnmente crían
desvariados effectos. Assí que la mucha speculación nunca carece de
buen fruto. Que, aunque yo he dissimulado con él, podría ser que, si
me sintiessen en estos passos de parte de Melibea, que no pagasse
con pena que menor fuesse que la vida; o muy amenguada quedasse,
quando matar no me quisiessen, manteándome o açotándome cruelmente.
Pues amargas cient monedas serían éstas. ¡Ay, cuytada de mí, en qué
lazo me he metido! que por me mostrar solícita y esforçada pongo mi
persona al tablero. ¿Qué haré, cuytada, mezquina de mí, que ni el
salir afuera es provechoso, ni la perseverancia careçe de peligro?
¿Pues yré, o tornarme he? ¡O dubdosa y dura perplexidad! no sé quál
escoja por más sano. En el osar, manifiesto peligro, en la covardía,
denostada pérdida. ¿Adónde yrá el buey que no are? Cada camino
descubre sus dañosos y hondos barrancos. Si con el hurto soy tomada,
nunca de muerta o encoroçada falto, a bien librar. Si no voy, ¿qué
dirá Sempronio? ¿Que todas éstas eran mis fuerças, a saber y
esfuerço, ardid y ofrescimiento, astucia y solicitud? Y su amo
Calisto, ¿qué dirá? ¿qué hará, qué pensará? sino que ay nuevo engaño
en mis pisadas, y que yo he descubierto la celada por haver más
provecho desta otra parte, como sofística prevaricadora. O si no se
le ofrece pensamiento tan odioso, dará bozes como loco, diráme en mi
cara denuestos raviosos; proporná mil inconvenientes que mi
deliberación presta le puso, diziendo: Tú, puta vieja, ¿por qué
acrecentaste mis passiones con tus promesas? Alcahueta falsa, para
todo el mundo tienes pies, para mí, lengua; para todos obra, para mí
palabras; para todos remedio; para mí, pena; para todos esfuerço,
para mí te faltó; para todos luz, para mí tiniebla; pues, vieja
traydora, ¿por qué te me offreciste? que tu offrecimiento me puso
esperança; la esperança dilató mi muerte; sostuvo mi bivir; púsome
título de hombre alegre; pues no aviendo effecto, ni tú careçerás de
pena, ni yo de triste desesperación. ¡Pues triste yo, mal acá, mal
acullá, pena en ambas partes! Quando a los estremos falta el medio,
arrimarse el hombre al más sano es discreción. Más quiero offender a
Pleberio que enojar a Calisto. Yr quiero, que mayor es la vergüença
de quedar por covarde que la pena cumpliendo como osada lo que
prometí. Pues jamás al esfuerço desayuda la fortuna. Ya veo su
puerta; en mayores afrentas me he visto. ¡Esfuerça, esfuerça,
Celestina! no desmayes, que nunca faltan rogadores para mitigar las
penas. Todos los agüeros se adereçan favorables, o yo no sé nada
desta arte: quatro hombres que he topado, a los tres llaman Juanes y
los dos son cornudos. La primera palabra que oí por la calle fue de
achaque de amores; nunca he tropeçado como otras vezes. Las piedras
parece que se apartan y me hazen lugar que passe, ni me estorvan las
haldas, ni siento cansación en andar; todos me saludan. Ni perro me
ha ladrado, ni ave negra he visto, tordo ni cuervo ni otras
noturnas. Y lo mejor de todo es que veo a Lucrecia a la puerta de
Melibea. Prima es de Elicia; no me será contraria.
LUCRECIA. ¿Quién es esta vieja que viene haldeando?
CELESTINA. Paz sea en esta casa.
LUCRECIA. Celestina, madre, seas bienvenida: ¿quál Dios te traxo por
estos barrios no acostumbrados?
CELESTINA. Hija, mi amor, desseo de todos vosotros traerte
encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras, vieja y moça. Que
después que me mudé al otro barrio, no han sido de mí visitadas.
LUCRECIA. ¿A esso sólo saliste de tu casa? Maravíllome de ti, que no
es éssa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho.
CELESTINA. ¿Más provecho quieres, bova, que complir hombre sus
desseos? Y tanbién, como a las viejas nunca nos fallecen
necessidades, mayormente a mí, que tengo de mantener hijas ajenas,
ando a vender un poco de hilado.
LUCRECIA. Algo es lo que yo digo; en mi seso estoy, que nunca metes
aguja sin sacar reja. Pero mi señora la vieja urdió una tela; tiene
necessidad dello, tú de venderlo. Entra y spera aquí, que no os
desabenirés.
ALISA. ¿Con quién hablas, Lucrecia?
LUCRECIA. Señora, con aquella vieja de la cuchillada que solía bivir
aquí en las tenerías a la cuesta del río.
ALISA. Agora lo conozco menos. Si tú me das a entender lo incógnito
por lo menos conozcido, es coger agua en cesto.
LUCRECIA. ¡Jesú, señora, más conoscida es esta vieja que la ruda!,
no sé cómo no tienes memoria de la que empicotaron por hechizera,
que vendía las moças a los abades y descasava mil casados.
ALISA. ¿Qué officio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor.
LUCRECIA. Señora, perfuma tocas, haze solimán, y otros treynta
officios; conosce mucho en yervas, cura niños, y aun algunos la
llaman la vieja lapidaria.
ALISA. Todo esso dicho no me la da a conocer. Dime su nombre si le
sabes.
LUCRECIA. ¿Si le sé, señora? No ay niño ni viejo en toda la cibdad
que no le sepa; ¿avíale yo de ignorar?
ALISA. Pues, ¿por qué no le dizes?
LUCRECIA. He vergüença.
ALISA. ¡Anda, bova, dile, no me indignes con tu tardança!
LUCRECIA. Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.
ALISA. ¡Hy, hy, hy! Mala landre te mate si de risa puedo estar,
viendo el desamor que deves de tener a essa vieja que su nombre has
vergüença nombrar; ya me voy recordando della. Una buena pieça; no
me digas más. Algo me verná a pedir; di que suba.
LUCRECIA. Sube, tía.
CELESTINA. Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con la
noble hija; mis passiones y enfermedades han impedido mi visitar tu
casa como era razón, mas Dios conoce mis limpias entrañas, mi
verdadero amor, que la distancia de las moradas no despega el amor
de los coraçones; assí que lo que mucho desseé la necessidad me lo
ha hecho complir. Con mis fortunas adversas otras, me sobrevino
mengua de dinero; no supe mejor remedio que vender un poco de hilado
que para unas toquillas tenía allegado; supe de tu criada que tenías
dello necessidad. Aunque pobre, y no de la merced de Dios; veslo
aquí, si dello y de mí te quieres servir.
ALISA. Vezina honrrada, tu razón y offrecimiento me mueven a
compassión, y tanto que quisiera cierto más hallarme en tiempo de
poder complir tu falta, que menguar tu tela. Lo dicho te agradezco;
si el hilado es tal, serte ha bien pagado.
CELESTINA. ¿Tal, señora? Tal sea mi vida y mi vejez y la de quien
parte quisiere de mi jura, delgado como el pelo de la cabeça, ygual
rezio como cuerdas de vihuela, blanco como el copo de la nieve,
hilado todo por estos pulgares, aspado y adereçado; veslo aquí en
madexitas; tres monedas me davan ayer por la onça, assí goze desta
alma peccadora.
ALISA. Hija Melibea, quédese esta mujer honrrada contigo, que ya me
parece que es tarde para yr a visitar a mi hermana, su mujer de
Cremes, que desde ayer no la he visto, y tanbién que viene su paje a
llamarme, que se le arrezió desde un rato acá el mal.
CELESTINA. (Por aquí anda el diablo aparejando oportunidad,
arreziando el mal a la otra. Ea, buen amigo, tener rezio, agora es
mi tiempo o nunca; no la dexes; llévamela de aquí a quien digo).
ALISA. ¿Qué dizes, amiga?
CELESTINA.
Señora, que maldito sea el diablo y mi pecado porque en tal tiempo
ovo de crescer el mal de tu hermana que no avrá para nuestro negocio
oportunidad. ¿Y qué mal es el suyo?
ALISA. Dolor de costado, y tal que, según del moço supe que quedava,
temo no sea mortal. Ruega tú, vezina, por amor mío, en tus
devociones por su salud a Dios.
CELESTINA. Yo te prometo, señora, en yendo de aquí me vaya por estos
monesterios donde tengo frayles devotos míos y les dé el mismo cargo
que tú me das. Y demás desto, ante que me desayune, dé quatro
bueltas a mis cuentas.
ALISA. Pues Melibea, contenta a la vezina en todo lo que razón fuere
darle por el hilado. Y tú, madre, perdóname, que otro día se verná
en que más nos veamos.
CELESTINA. Señora, el perdón sobraría donde el yerro falta; de Dios
seas perdonada, que buena compañía me queda. Dios la dexe gozar su
noble juventud y florida moçedad, que es [el].tiempo en que más
plazeres y mayores deleytes se alcançarán. Que a la mi fe, la vegez
no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de
renzillas, congoxa continua, llaga incurable, manzilla de lo
passado, pena de lo presente, cuydado triste de lo porvenir, vezina
de la muerte, choça sin rama que se llueve por cada parte, cayado de
mimbre que con poca carga se doblega.
MELIBEA. ¿Por qué dizes, madre, tanto mal de lo que todo el mundo
con tanta efficacia gozar y ver dessea?
CELESTINA. Dessean harto mal para sí; dessean harto trabajo; dessean
llegar allá, porque llegando biven, y el bivir es dulce, y biviendo
envejecen. Assí que el niño dessea ser moço, y el moço viejo, y el
viejo más, aunque con dolor; todo por bivir. Porque, como dizen,
biva la gallina con su pepita. Pero quién te podrá contar, señora,
sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuydados, sus
enfermedades, su frío, su calor, su descontentamiento, su rinzilla,
su pesadumbre; aquel arrugar de cara, aquel mudar de cabellos su
primera y fresca color, aquel poco oír, aquel debilitado ver,
puestos los ojos a la sombra, aquel hondimiento de boca, aquel caer
de dientes, aquel carecer de fuerça, aquel flaco andar, aquel
spacioso comer. Pues, ¡ay, ay, señora!, si lo dicho viene acompañado
de pobreza, allí verás callar todos los otros trabajos quando sobra
la gana y falta la provisión, que jamás sentí peor ahito que de
hambre.
MELIBEA. Bien conozco que hablas de la feria según te va en ella,
assí que otra canción dirán los ricos.
CELESTINA. Señora hija, a cada cabo ay tres leguas de mal quebranto;
a los ricos se les va [la bienaventuranza], la gloria y descanso por
otros alvañales de assechanças que no se parecen, ladrillados por
encima con lisonjas. Aquel es rico que está bien con Dios; más
segura cosa es ser menospreciado que temido. Mejor sueño duerme el
pobre que no el que tiene de guardar con solicitud lo que con
trabajo ganó y con dolor á de dexar. Mi amigo no será simulado y el
del rico sí. Yo soy querida por mi persona; el rico por su hazienda.
Nunca oye verdad, todos le habían lisonjas a sabor de su paladar,
todos le han embidía. Apenas hallarás un rico que no confiese que le
sería mejor estar en mediano estado o en honesta pobreza. Las
riquezas no hazen rico, mas ocupado, no hazen señor, mas mayordomo
Más son los posseídos de las riquezas que no los que las posseen. A
muchos traxo la muerte, a todos quitaron el plazer a las buenas
costumbres y ninguna cosa es mas contraria. ¿No oíste dezir:
«Dormieron su sueño los varones de las requezas, y ninguna cosa
hallaron en sus manos»? Cada rico tiene una dozena de hijos y nietos
que no rezan otra oración, no otra petición, sino rogar a Dios que
le saque de [en] medio dellos; no veen la hora que tener a él so la
tierra y lo suyo entre sus manos y darle a poca costa su morada para
siempre.
MELIBEA. Madre, [pues que assí es], gran pena ternás por la edad que
perdiste. ¿Querrías bolver a la primera?
CELESTINA. Loco es, señora, el caminante que, enojado del trabajo
del día, quisiese bolver de comienço la jornada para tornar otra vez
âquel lugar. Que todas aquellas cosas cuya possessión no es
agradable, más vale posseellas que esperallas, porque más cerca está
el fin de ellas quanto más andador del comienço. No ay cosa más
dulce ni graciosa al muy cansado quel mesón. Assí que, aunque la
moçedad sea alegre, el verdadero viejo no la dessea, porque el que
de razón y seso carece, quasi otra cosa no ama sino lo que perdió.
MELIBEA. Siquiera por bivir más, es bueno dessear lo que digo.
CELESTINA. Tan presto, señora, se va el cordero como el carnero;
ninguno es tan viejo que no pueda bivir un año, ni tan moço que hoy
no pudiesse morir. Assí que en esto poco ventaja nos leváys.
MELIBEA. Espantada me tienes con lo que has hablado; indicio me dan
tus razones que te aya visto otro tiempo. Dime, madre, ¿eres tú
Celestina, la que solía morar a las tenerías, cabe el río?
CELESTINA. [Señora], hasta que Dios quiera.
MELIBEA. Espantada me tienes con lo que has hablado; indivan
embalde. Assí goze de mí, no te conociera sino por esta señaleja de
la cara. Figúraseme que eras hermosa; otra pareces; muy mudada
estás.
LUCRECIA. (¡Hy, hy, hy! Mudada está el diablo; hermosa era con aquel
su Dios os salve que traviessa la media cara).
MELIBEA. ¿Qué hablas, loca? ¿Qué es lo que dizes? ¿De qué te ríes?
LUCRECIA. De cómo no conoscías a la madre [en tan poco tiempo en la
filosomía de la cara.
MELIBEA. No es tan poco tiempo dos años, y más que la tiene
arrugada.]
CELESTINA. Señora, ten tú el tiempo que no ande, terné yo mi forma
que no se mude. ¿No has leído que dizen: Verná el día que en el
espejo no te conoscas? Pero también yo encanecí temprano, y paresco
de doblada edad. Que ansí goze desta alma pecadora y tú desse cuerpo
gracioso, que de quatro hijas que parió mi madre yo fui la menor.
Mira cómo no soy vieja como me juzgan.
MELIBEA. Celestina, amiga, yo he holgado mucho en verte y
conoscerte; también hasme dado plazer con tus razones. Toma tu
dinero y vete con Dios, que me parece que no deves aver comido.
CELESTINA. ¡O angélica ymagen, o perla preciosa, y cómo te lo dizes!
Gozo me toma en verte hablar, ¿y no sabes que por la divina boca fue
dicho, contra aquel infernal tentador, que no de sólo pan
biviriemos? Pues assí es, que no el sólo comer mantiene. Mayormente
a mí, que me suelo estar uno y dos días negociando encomiendas
ajenas ayuna, salvo hazer por los buenos, morir por ellos; esto tuve
siempre, querer más trabajar sirviendo a otros, que holgar
contentando a mí. Pues si tu me das licencia, diréte la necessitada
causa de mi venida, que es otra que la que hasta agora as oído, y
tal que todos perderíamos en me tornar en balde sin que la sepas.
MELIBEA. Di, madre, todas tus necessidades, que si yo las pudiere
remediar, de muy buen grado lo haré por el passado conoscimiento y
vezindad, que pone obligación a los buenos.
CELESTINA. ¿Mías, señora? Antes ajenas, como tengo dicho. Que las
mías de mi puerta adentro, me las passo sin que las sienta la
tierra, comiendo quando puedo, beviendo quando lo tengo. Que con mi
pobreza jamás me faltó, a Dios gracias, una blanca para pan y un
quarto para vino, después que embiudé, que antes no tenía yo cuydado
de lo buscar, que sobrado estava un cuero en mi casa y uno lleno y
otro vazío. Jamás me acosté sin comer una tostada en vino y dos
dozenas de sorvos, por amor de la madre, tras cada sopa. Agora, como
todo cuelga de mí, en un jarrillo mal pegado me lo traen, que no
cabe dos açumbres. Seys vezes al día tengo de salir, por mi pecado,
con mis canas a cuestas, a le henchir a la taverna. Mas no muera yo
de muerte hasta que me vea con un cuero o tinagica de mis puertas
adentro. Que en mi ánima no ay otra provisión, que como dicen, pan y
vino anda camino que no moço garrido: Assí que donde no ay varón,
todo bien fallece. Con mal está el huso quando la barva no anda de
suso. Ha venido esto, señora, por lo que dezía de las ajenas
necessidades y no mías.
MELIBEA. Pide lo que querrás, sea para quien fuere.
CELESTINA. Donzella graciosa y de alto linage, tu suave habla y
alegre gesto, junto con el aparejo de liberalidad que muestras con
esta pobre vieja, me dan osadía a te lo decir. Yo dexo un enfermo a
la muerte, que con sola una palabra de tu noble boca salida, que
[le] lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanará, según la
mucha devoción tiene en tu gentileza.
MELIBEA. Vieja honrrada, no te entiendo, si más no declaras tu
demanda. Por una parte me alteras y provocas a enojo; por otra me
mueves a compassión; no te sabría bolver respuesta conveniente,
según lo poco que he sentido de tu habla. Que yo soy dichosa, si de
mi palabra ay necessidad para salud de algún christiano. Porque
hazer beneficio es semejar a Dios, y más que el que haze beneficio
le recibe cuando es a persona que le merece. Y el que puede sanar al
que padece, no lo haziendo le mata, assí que no cesses tu petición
por empacho ni temor.
CELESTINA. El temor perdí mirando, señora, tu beldad, que no puedo
creer que embalde pintasse Dios unos gestos más perfetos que otros,
más dotados de gracias, más hermosas faciones, sino que hazerlos
almazén de virtudes, de misericordia, de compassión, ministros de
sus mercedes y dádivas, como a ti. [Y], pues como todos seamos
humanos, nascidos para morir, y sea cierto que no se puede dezir
nascido el que para sí solo nasció. Porque sería semejante a los
brutos animales, en los quales aún ay algunos piadosos, como se dize
del unicornio, que se humilla a qualquiera donzella. El perro con
todo su ímpetu y braveza, quando viene a morder, si se le echan en
el suelo no haze mal; esto de piedad. Pues las aves, ninguna cosa el
gallo come que no participe y llame las gallinas a comer dello. El
pelícano rompe el pecho por dar a sus hijos a comer de sus entrañas.
Las cigüeñas mantienen otro tanto tiempo a sus padres viejos en el
nido, quanto ellos le dieron cevo siendo pollitos. Pues tal
conoscimiento dio la natura a los animales y aves, ¿por qué los
hombres havemos de ser más crueles? ¿Por qué no daremos parte de
nuestras gracias y personas a los próximos? Mayormente quando están
embueltos en secretas enfermedades, y tales que, donde está la
melezina, salió la causa de la enfermedad.
MELIBEA. Por Dios, [que] sin más dilatar me digas quién es esse
doliente, que de mal tan perplexo se siente que su passión y remedio
salen de una misma fuente.
CELESTINA. Bien ternás, señora, noticia en esta cibdad de un
cavallero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.
MELIBEA. ¡Ya, ya, ya, buena vieja, no me digas más! No passes
adelante. ¿Esse es el doliente por quién has hecho tantas promissas
en tu demanda, por quién has venido a buscar la muerte para ti, por
quién has dado tan dañosos passos? Desvergonçada barbuda, ¿qué
siente esse perdido que con tanta passión vienes? De locura será su
mal. ¿Qué te parece? Si me hallaras sin sospecha desse loco, con qué
palabras me entravas. No se dize en vano que el más empecible
miembro del mal hombre o muger es la lengua. Quemada seas, alcahueta
falsa, hechizera, enemiga de honestidad, causadora de secretos
yerros. ¡Jesú, Jesú, quítamela, Lucrecia, de delante, que me fino,
que no me ha dexado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece
esto y más quien a estas tales da oídos. Por cierto, si no mirasse a
mi honestidad, y por no publicar su osadía desse atrevido, yo te
hiziera, malvada, que tu razón y vida acabaran en un tiempo.
CELESTINA. (En hora mala acá vine si me falta mi conjuro. ¡Ea, pues
bien sé a quien digo! ¡Ce, hermano, que se va todo a perder!).
MELIBEA. ¿Aún hablas entre dientes delante mí para acrecentar mi
enojo y doblar tu pena? ¿Querrías condenar mi honestidad por dar
vida a un loco, dexar a mí triste por alegrar a él, y llevar tú el
provecho de mi perdición, el galardón de mi yerro? ¿Perder y
destruyr la casa y honrra de mi padre por ganar la de una vieja
maldita como tú? ¿Piensas que no tengo sentidas tus pisadas y
entendido tu dañado mensaje? Pues yo te certifico que las albricias
que de aquí saques, no sean sino estorvarte de más offender a Dios,
dando fin a tus días. Respóndeme, traydora, ¿cómo osaste tanto
hazer?
CELESTINA. Tu temor, señora, tiene ocupada mi desculpa. Mi inocencia
me da osadía, tu presencia me turba en verla yrada, y lo que más
siento y me pena es recebir enojo sin razón ninguna. Por Dios,
señora, que me dexes concluyr mi dicho, que ni él quedará culpado,
ni yo condenada. Y verás cómo es todo más servicio de Dios, que
passos deshonestos, más para dar salud al enfermo que para dañar la
fama al médico. Si pensara, señora, que tan de ligero avías de
conjecturar de lo passado nocibles sospechas, no bastara tu licencia
para me dar osadía a hablar en cosa que a Calisto ni a otro hombre
tocasse.
MELIBEA. ¡Jesú, no oyga yo mentar más esse loco saltaparedes,
fantasma de noche, luengo como cigüeña, figura de paramiento
malpintado, sino aquí me caeré muerta! Este es el quel otro día me
vido y començó a desvariar conmigo en razones, haziendo mucho del
galán. Dirásle, buena vieja, que si pensó que ya era todo suyo y
quedava por él el campo, porque holgué más de consentir sus
necedades que castigar su yerro, quise más dexarle por loco que
publicar su [grande] atrevimiento. Pues avísale que se aparte deste
propósito y serle ha sano. Si no, podrá ser que no aya comprado tan
cara habla en su vida. Pues sabe que no es vencido sino el que se
cree serlo, y yo quedé bien segura y él ufano. De los locos es
estimar a todos los otros de su calidad, y tú tórnate con su mesma
razón, que respuesta de mí otra no avrás, ni la esperes, que por
demás es ruego a quien no puede aver misericordia. Y da gracias a
Dios, pues tan libre vas desta feria. Bien me avían dicho quién tú
eras y avisado de tus propiedades, aunque agora no te conoscía.
CELESTINA. (Más fuerte estava Troya, y aun otras más bravas he yo
amansado; ninguna tempestad mucho dura).
MELIBEA. ¿Qué dizes, enemiga? Habla que te pueda oír. ¿Tienes
desculpa alguna para satisfazer mi enojo y escusar tu yerro y osadía?
CELESTINA. Mientra viviere tu yra más dañará mi descargo; que estás
muy rigurosa y no me maravillo, que la sangre nueva poco calor ha
menester para hervir.
MELIBEA. ¿Poco calor? Poco lo puedes llamar, pues quedaste tú biva y
yo quexosa sobre tan gran atrevimiento. ¿Qué palabra podías tú
querer para esse tal hombre que a mí bien me estuviesse? Responde,
pues dizes que no as concluído,y quiçá pagarás lo passado.
CELESTINA. Una oración, señora, que le dixeron que sabías de Santa
Polonia para el dolor de las muelas. Assimesmo tu cordón, que es
fama que ha tocados [todas] las reliquias que ay en Roma y
Hierusalem. Aquel cavallero que dixe, pena y muere dellas; ésta fue
mi venida, pero pues en mi dicha estava tu ayrada respuesta,
padézcase él su dolor en pago de buscar tan desdichada mensajera.
Que pues en tu mucha virtud me faltó piedad, también me faltará agua
si a la mar me embiara. Pero ya sabes que el deleyte de la vengança
dura un momento; el de la misericordia para siempre.
MELIBEA. Si esso querías, ¿por qué luego no me lo espressaste? ¿Por
qué me lo dixiste por tales palabras?
CELESTINA. Señora, porque mi linpio motivo me hizo creer que aunque
en otras qualesquier lo propusiera, no se avía de sospechar mal; que
si faltó el devido preámbulo, fue porque la verdad no es necessario
abundar de muchas colores. Compassión de su dolor, confiança de tu
magnificencia, ahogaron en mi boca al principio la espressión de la
causa. Y pues conoçes, señora, que el dolor turba, la turbación
desmanda y altera la lengua, la qual avía de star siempre atada con
el seso, por Dios, que no me culpes. Y si él otro yerro ha hecho, no
redunde en mi daño, pues no tengo otra culpa sino ser mensajera del
culpado; no quiebre la soga por lo más delgado. No semejes la
telaraña que no muestra su fuerça sino contra los flacos animales.
No paguen justos por pecadores. Imita la divina justicia que dixo:
El ánima que pecare, aquella misma muera; a la humana, que jamás
condena al padre por el delicto del hijo, ni al hijo por el del
padre. Ni es, señora, razón que su atrevimiento acarree mi perdición,
aunque según su merecimiento no ternía en mucho que fuesse él el
delinquente y yo la condennada. Que no es otro mi officio sino
servir a los semejantes. Desto vivo, y desto me arreo. Nunca fue mi
voluntad enojar a unos por agradar a otros, aunque ayan dicho a tu
merced en mi absencia otra cosa. Al fin, señora, a la firme verdad
el viento del vulgo no la empeçe. Una sola soy en este limpio trato;
en toda la cibdad, pocos tengo descontentos. Con todos cumplo, los
que algo me mandan como si toviesse veynte pies y otras tantas
manos.
MELIBEA. No me maravillo, que un solo maestro de vicios dizen que
basta para corromper un gran pueblo. Por cierto, tantos y tales
loores me han dicho de tus falsas mañas que no sé si crea que pedías
oración.
CELESTINA. Nunca yo la reze, y si la rezare, no sea oída, si otra
cosa de mí se saque, aunque mil tormentos me diessen.
MELIBEA. Mi passada alteración me impide a reír de tu desculpa, que
bien sé que ni juramiento ni tormento te hará dezir verdad, que no
es en tu mano.
CELESTINA. Eres mi señora, téngote de callar; hete yo de servir;
hasme tú de mandar; tu mala palabra será bíspera de una saya.
MELIBEA. Bien la has mereçido.
CELESTINA. Si no la he ganado con la lengua, no la he perdido con la
intención.
MELIBEA. Tanto affirmas tu ignorancia que me hazes creer lo que
puede ser. Quiero, pues, en tu dubdosa desculpa tener la sentencia
en peso, y no disponer de tu demanda al savor de la ligera
interpretación. No tengas en mucho ni te maravilles de mi passado
sentimiento, porque concurrieron dos cosas en tu habla, que
qualquiera dellas era bastante para me sacar de seso: nombrarme esse
tu cavallero, que conmigo se atrevió a hablar, y también pedirme
palabra sin más causa que no se podía sospechar sino daño para mi
honrra. Pero pues todo viene de buena parte, de lo passado aya
perdón; que en alguna manera es aliviado mi coraçón, viendo que es
obra pía y santa sanar los apassionados y enfermos.
CELESTINA. Y tal enfermo, señora. Por Dios, si bien le conociesses,
no le juzgasses por el que as dicho y mostrado con tu yra. En Dios y
en mi alma, no tiene hiel; gracias, dos mil; en franqueza, Alexandre;
en esfuerço, Hétor; gesto, de un rey; gracioso, alegre; jamás reyna
en él tristeza. De noble sangre, como sabes; gran justador. Pues
verle armado, un sant Jorge. Fuerça y esfuerço, no tuvo Hércules
tanta; la presencia y faciones, disposición, desemboltura, otra
lengua avía menester para las contar; todo junto semeja ángel del
cielo. Por fe tengo que no era tan hermoso aquel gentil Narciso que
se enamoró de su propria figura quando se vido en las aguas de la
fuente. Agora, señora, tiénele derribado una sola muela que jamás
cessa [de] quexar.
MELIBEA. ¿Y qué tanto tiempo ha?
CELESTINA. Podrá ser, señora, de veynte y tres años, que aquí está
Celestina que le vido nascer y le tomó a los pies de su madre.
MELIBEA. Ni te pregunto esso ni tengo necessidad de saber su edad,
sino qué tanto ha que tiene el mal.
CELESTINA. Señora, ocho días, que pareçe que ha un año en su
flaqueza. Y el mayor remedio que tiene es tomar una vihuela y tañe
tantas canciones y tan lastimeras que no creo que fueron otras las
que compuso aquel emperador y gran músico Adriano de la partida del
ánima, por sufrir sin desmayo la ya vezina muerte. Que aunque yo sé
poco de música, parece que haze aquella vihuela hablar, pues si
acaso, canta, de mejor gana se paran las aves a le oír, que no aquel
antico de quien se dize que movía los árboles y piedras con su
canto. Siendo éste nascido no alabaran a Orfeo. Mira, señora, si una
pobre vieja como yo, si se hallara dichosa en dar la vida a quien
tales gracias tiene. Ninguna mujer le ve que no alabe a Dios que
assí le pintó; pues si le habla acaso, no es más señora de sí de lo
que él ordena. Y pues tanta razón tengo, juzga, señora, por bueno mi
propósito, mis passos saludables y vazíos de sospecha.
MELIBEA. ¡O quánto me pesa con la falta de mi paciencia!, porque
siendo él ignorante y tú innocente, havés padescido las alteraciones
de mi ayrada lengua. Pero la mucha razón me relieva de culpa, la
qual tu habla sospechosa causó. En pago de tu buen sufrimiento
quiero complir tu demanda y darte luego mi cordón. Y porque para
screvir la oración no avrá tiempo sin que venga mi madre, si esto no
bastare, ven mañana por ella muy secretamente.
LUCRECIA. (¡Ya, ya, perdida es mi ama! Secretamente quiere que venga
Celestina; fraude ay; ¡más le querrá dar que lo dicho!).
MELIBEA. ¿Qué dizes, Lucrecia?
LUCRECIA. Señora, que baste lo dicho, que es tarde.
MELIBEA. Pues, madre, no le des parte de lo que passó a esse
cavallero, porque no me tenga por cruel o arrebatada o deshonesta.
LUCRECIA. (No miento yo, que mal va este hecho.)
CELESTINA. Mucho me maravillo, señora Melibea, de la dubda que
tienes de mi secreto; no temas, que todo lo sé sofrir y encubrir.
Que bien veo que tu mucha sospecha echó, como suele, mis razones a
la más triste parte. Yo voy con tu cordón tan alegre que se me
figura que está diziéndole allá su coraçón de merced que nos heziste
y que le tengo de allar aliviado.
MELIBEA. Más haré por tu doliente, si menester fuere, en pago de lo
sofrido.
CELESTINA. (Más será menester y más harás, y aunque no se te
agradezca.)
MELIBEA. ¿Qué dizes, madre, de agradeçer?
CELESTINA. Digo, señora, que todos lo agradescemos y serviremos, y
todos quedamos obligados; que la paga más cierta es, quando más la
tienen de complir.
LUCRECIA. (¡Trastócame essas palabras!)
CELESTINA. ¡Hija Lucrecia, ce!; yrás a casa y darte he una lexía con
que pares essos cabellos más que el oro; no lo digas a tu señora. Y
aun darte he unos polvos para quitarte esse olor de la boca que te
huele un poco. Que en el reyno no lo sabe hazer otro sino yo, y no
ay cosa que peor en la mujer parezca.
LUCRECIA. ¡O, Dios te dé buena vejez, que más necessidad tenía de
todo esse que de comer!
CELESTINA. ¿Pues por qué murmuras contra mí, loquilla? Calla, que no
sabes si me avrás menester en cosa de más importancia; no provoques
a yra a tu señora, más de lo que ella ha estado; déxame yr en paz.)
MELIBEA. ¿Qué le dizes, madre?
CELESTINA. Señora, acá nos entendemos.
MELIBEA. Dímelo, que me enojo quando, yo presente, se habla cosa de
que no aya parte.
CELESTINA. Señora, que te acuerde la oración para que la mandes
screvir, y que aprenda de mí a tener mesura en el tiempo de tu yra.
En la qual yo usé lo que se dize, que del ayrado es de apartar por
poco tiempo, del enemigo por mucho. Pues tú, señora, tenías yra con
lo que sospechaste de mis palabras, no enemistad. Porque aunque
fueran las que tú pensavas, en sí no eran malas, que cada día ay
hombres penados por mujeres y mujeres por hombres, y esto obra la
natura y la natura ordenóla Dios, y Dios no hizo cosa mala. Y assí
quedava mi demanda, comoquiera que fuesse en sí loable, pues de tal
tronco procede, y yo libre de pena. Más razones destas te diría sino
porque la prolixidad es enojosa al que oye y dañosa al que habla.
MELIBEA. En todo as tenido buen tiento, assí en el poco hablar en mi
enojo como con el mucho sofrir.
CELESTINA. Señora, sofríte con temor porque te ayraste con razón,
porque con la yra morando poder no es sino rayo. Y por esto passé tu
rigurosa habla hasta que su almazén oviesse gastado.
MELIBEA. En cargo te es esse cavallero.
CELESTINA. Señora, más merece, si algo con mi ruego para él he
alcançado, con la tardança lo he dañado. Yo me parto para él si
licencia me das.
MELIBEA. Mientra más aína la ovieras pedido, más de grado la ovieras
recabdado; vé con Dios, que ni tu mensaje me ha traído provecho ni
de tu yda me puede venir daño.
Argumento del quinto auto
Despedida CELESTINA de MELIBEA, va por la calle hablando consigo
misma entre dientes. Llegada a su casa, halló a SEMPRONIO, que le
aguardava. Ambos van hablando hasta llegar a casa de CALISTO y,
vistos por PÁRMENO, cuéntalo a CALISTO su amo, el qual le mandó
abrir la puerta.
CELESTINA, SEMPRONIO, PÁRMENO, CALISTO
CELESTINA. ¡O rigurosos trances, o cuerda osadía, o gran sufrimiento!
Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigera
con el tiempo las velas de la petición. ¡O amenazas de donzella
brava, o ayrada donzella! ¡O diablo a quien yo conjuré, cómo
compliste tu palabra en todo lo que te pedí! En cargo te soy; assí
amansaste la cruel hembra con tu poder y diste tan oportuno lugar a
mi habla quanto quise, con la absencia de su madre. O vieja
Celestina, ¿vas alegre? Sábete que la meytad está hecha quando
tienen buen principio las cosas. ¡O serpentino azeyte, o blanco
hilado, cómo os aparejastes todos en mi favor! ¡O yo rompiera todos
mis atamientos hechos y por hazer, ni creyera en yervas ni piedras
ni en palabras! Pues alégrate, vieja, que más sacarás deste pleyto
que de quinze virgos que renovaras. ¡O malditas haldas, prolixas y
largas, cómo me estorváys de allegar adonde han de reposar mis
nuevas! ¡O buena fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos
eres contraria. Nunca huyendo huye la muerte al covarde! ¡O quántas
erraran en lo que yo he acertado! ¿Qué hizieran en tan fuerte
estrecho estas nuevas maestras de mi officio sino responder algo a
Melibea por donde se perdiera quanto yo con buen callar he ganado?
Por esto dizen quien las sabe las tañe, y que es más cierto médico
el sperimentado que el letrado, y la esperiencia y escarmiento haze:
los hombres arteros, y la vieja, como yo, que alce sus haldas al
passar del vado, como maestra. ¡Ay cordón, cordón! yo te haré traer
por fuerça, si bivo, a la que no quiso darme su buena habla de grado.
SEMPRONIO. O yo no veo bien, o aquélla es Celestina. ¡Válala el
diablo, haldear que trahe! Parlando viene entre dientes.
CELESTINA. ¿De qué te santiguas, Sempronio? Creo que en verme.
SEMPRONIO. Yo te lo diré; la raleza de las cosas es madre de la
admiración; la admiración concebida en los ojos desciende al ánimo
por ellos; el ánimo es forçado descobrillo por estas esteriores
señales. ¿Quién jamás te vido por la calle, abaxada la cabeza,
puestos los ojos en el suelo, y no mirar a ninguno como agora? ¿Quién
te vido hablar entre dientes por las calles y venir aguijando, como
quien va a ganar beneficio? Cata que todo esto novedad es para se
maravillar quien te conoçe. Pero esto dexado, dime, por Dios, con
qué vienes; dime si tenemos hijo o hija. Que desde que dio la una,
te spero aquí, y no he sentido mejor señal que tu tardança.
CELESTINA. Hijo, essa regla de bovos no es siempre cierta, que otra
hora me pudiera más tardar y dexar allá las narizes, y otras dos, y
narizes y lengua. Y assí que, mientra más tardasse, más caro me
costasse.
SEMPRONIO. Por amor mío, madre, no passes de aquí sin me lo contar.
CELESTINA. Sempronio, amigo, ni yo me podría parar; ni el lugar es
aparejado. Vente conmigo delante Calisto; oyrás maravillas. Que será
de[s]florar mi embaxada comunicándola con muchos. De mi boca quiero
que sepa lo que se ha hecho; que aunque ayas de aver alguna
partezilla del provecho, quiero yo todas las gracias del trabajo.
SEMPRONIO. ¿Partezilla, Celestina? Mal me parece esso que dizes.
CELESTINA. Calla, loquillo, que parte o partezilla, quanto tú
quisieres te daré. Todo lo mío es tuyo; gozémonos y aprovechémonos,
que sobre el partir nunca reñiremos. Y tanbién sabes tú quanta más
necessidad tienen los viejos que los moços, mayormente tú que vas a
mesa puesta.
SEMPRONIO. Otras cosas he menester más de comer.
CELESTINA. ¿Qué, hijo? Una dozena de agujetas, y un torce para el
bonete, y un arco para andarte de casa en casa tirando a páxaros y
aojando páxaras a las ventanas. Mochachas, digo, bovo, de las que no
saben bolar, que bien me entiendes. Que no ay mejor alcahuete para
ellas que un arco, que se puede entrar cada uno hecho moxtrenco como
dizen: en achaque de trama. ¡Más ay, Sempronio, de quien tiene de
mantener honrra y se va haziendo vieja como yo!
SEMPRONIO. (¡O lisonjera vieja; o vieja llena de mal; o cobdiciosa y
avarienta garganta! También quiere a mí engañar como a mi amo por
ser rica. Pues mala medra tiene, no le arriendo la ganancia; que
quien con modo torpe sube en alto, más presto cae que sube. ¡O qué
mala cosa es de conocer el hombre; bien dizen que ninguna mercaduría
ni animal es tan difficil! Mala vieja falsa es ésta; el diablo me
metió con ella. Más seguro me fuera huyr desta venenosa bívora que
tomalla. Mía fue la culpa. Pero gané harto, que por bien o mal no
negará la promessa.)
CELESTINA. ¿Qué dizes, Sempronio? ¿Con quién hablas? ¿Viénesme
royendo las haldas? ¿Por qué no aguijas?
SEMPRONIO. Lo que vengo diziendo, madre Celestina, es que no me
maravillo que seas mudable, que sigas el camino de las muchas. Dicho
me avías que differirías este negocio. Agora vas sin seso por dezir
a Calisto quanto passa. ¿No sabes que aquello es en algo tenido que
es por tiempo desseado, y que cada día que él penasse era doblarnos
el provecho?
CELESTINA. El propósito muda el sabio; el necio persevera. A nuevo
negocio nuevo consejo se requiere. No pensé yo, hijo Sempronio, que
assí me respondiera mi buena fortuna. De los discretos mensajeros es
hazer lo que el tiempo quiere, assí que la calidad de lo hecho no
puede encobrir tiempo dissimulado. Y más, que yo sé que tu amo,
según lo que dél sentí, es liberal y algo antojadizo; más dará en un
día de buenas nuevas que en ciento que ande pena[n]do y yo yendo y
viniendo. Que los acelerados y súpitos plazeres crían alteración, la
mucha alteración estorva el deliberar. Pues ¿en qué podrá parar el
bien sino en bien, y el alto mensaje sino en luengas albricias?
¡Calla, bovo, dexa hazer a tu vieja!
SEMPRONIO. Pues dime lo que passó con aquella gentil donzella; dime
alguna palabra de su boca, que por Dios, assí peno por sabella como
a mi amo penaría.
CELESTINA. ¡Calla, loco, altérasete la complessión! Yo lo veo en ti
que querrías más estar al sabor que al olor deste negocio. Andemos
presto, que estará loco tu amo con mi mucha tardança.
SEMPRONIO. Y aun sin ella se lo está.
PÁRMENO. ¡Señor, señor!
CALISTO. ¿Qué quieres, loco?
PÁRMENO. A Sempronio y a Celestina veo venir cerca de casa, haziendo
paradillas de rato en rato, y quando están quedos, hazen rayas en el
suelo con el spada. No sé qué sea.
CALISTO. ¡O desvariado, negligente! Veslos venir, ¿no puedes baxar
corriendo a abrir la puerta? ¡O alto Dios, o soberana deidad! ¿Con
qué vienen? ¿Qué nuevas traen? Que tan grande ha sido su tardança
que ya más esperava su venida que el fin de mi remedio. ¡O mis
tristes oídos, aparéjaos a lo que os viniere, que en su boca de
Celestina está agora aposentado el alivio o pena de mi coraçón! ¡O
si en sueños se passasse este poco tiempo, hasta ver el principio y
fin de su habla! Agora tengo por cierto que es más penoso al
delinquente esperar la cruda y capital sentencia que el acto de la
ya sabida muerte. ¡O espacioso Pármeno, manos de muerto! Quita ya
essa enojosa aldava; entrará essa honrrada dueña, en cuya lengua
está mi vida.
CELESTINA. ¿Oyes, Sempronio? De otro temple anda nuestro amo; bien
difieren estas razones a las que oímos a Pármeno y a él la primera
venida; de mal en bien me parece que va. No ay palabra de las que
dize que no vale a la vieja Celestina más que una saya.
SEMPRONIO. Pues mira que entrando hagas que no ves a Calisto y
hables algo bueno.
CELESTINA. Calla, Sempronio, que aunque aya aventurado mi vida, más
mereçe Calisto y su ruego y tuyo, y más mercedes espero yo dél.
Argumento del sexto auto
Entrada CELESTINA en casa de CALISTO con grande afición y desseo,
CALISTO le pregunta de lo que le ha acontescido con MELIBEA.
Mientras ellos están hablando, PÁRMENO, oyendo fablar a CELESTINA de
su parte contra SEMPRONIO, a cada razón le pone un mote
reprendiéndolo SEMPRONIO. En fin la vieja CELESTINA le descubre todo
lo negociado y un cordón de MELIBEA. Y despedida de CALISTO, vase
para su casa y con ella PÁRMENO.
CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO
CALISTO. ¿Qué dizes, señora y madre mía?
CELESTINA. O mi señor Calisto, ¿y aquí estás? O mi nuevo amador de
la muy hermosa Melibea, y con mucha razón, ¿con qué pagarás a la
vieja que hoy ha puesto su vida al tablero por tu servicio? ¿Quál
mujer jamás se vido en tan estrecha afrenta como yo? Que en tornallo
a pensar se menguan y vazían todas las venas de mi cuerpo de sangre;
mi vida diera por menor precio que agora daría este manto raído y
viejo.
PÁRMENO. (Tú dirás lo tuyo; entre col y col lechuga; sobido as un
escalón; más adelante te spero a la saya. Todo par[a] ti y no nada
de que puedas dar parte. Pelechar quiere la vieja; tú me sacarás a
mí verdadero, y a mi amo loco. No le pierdas palabra, Sempronio, y
verás como no quiere pedir dinero, porque es divisible.
SEMPRONIO. Calla, hombre desesperado, que te matará Calisto si te
oye.)
CALISTO. Madre mía, o abrevia tu razón, o toma esta spada y mátame.
PÁRMENO. (Temblando está el diablo como azogado; no se puede tener
en sus pies; su lengua le querría prestar para que hablasse presto.
No es mucha su vida; luto avremos de medrar destos amores.)
CELESTINA. ¿Spada, señor, o qué? Spada mala mate a tus enemigos y a
quien mal te quiere, que yo la vida te quiero dar con buena sperança
que traygo de aquella que tú más amas.
CALISTO. ¿Buena esperança, señora?
CELESTINA. Buena se puede dezir, pues queda abierta puerta para mi
tornada, y antes me recibirá a mí con esta saya rota que a otra con
seda y brocado.
PÁRMENO. (Sempronio, cóseme esta boca, que no lo puedo sofrir;
encaxado ha la saya.
SEMPRONIO. ¡Callarás, por Dios, o te echaré dende con el diablo! Que
si anda rodeando su vestido haze bien, pues tiene dello necessidad,
que el abad de do canta, de allí viste.
PÁRMENO. Y aun viste como canta. Y esta puta vieja querría en un día
por tres passos desechar todo el pelo malo quanto en cinquenta años
no ha podido medrar.
SEMPRONIO. ¿Y todo esso es lo que te castigó y el conoçimiento que
os teníades y lo que te crió?
PÁRMENO. Bien sofriré yo más que pida y pele, pero no todo para su
provecho.
SEMPRONIO. No tiene otra tacha sino ser codiciosa; pero déxala varde
sus paredes, que después vardará las nuestras o en mal punto nos
conoçió.)
CALISTO. Dime, por Dios, señora, ¿qué hazía? ¿Cómo entraste? ¿Qué
tenía vestido? ¿A qué parte de casa estava? ¿Qué cara te mostró al
principio?
CELESTINA. Aquella cara, señor, que suelen los bravos toros mostrar
contra los que lançan las agudas frechas en el coso, la que los
monteses puercos contra los sabuesos que mucho los aquexan.
CALISTO. ¿Y a éstas llamas señales de salud? Pues ¿quáles serían
mortales? No por cierto la misma muerte, que aquella alivio sería en
tal caso deste mi tormento que es mayor y duele más.
SEMPRONIO. (¿Éstos son los fuegos passados de mi amo? ¿Qué es esto?
No ternía este hombre sofrimiento para oír lo que siempre ha
desseado...
PÁRMENO. ¿Y que calle yo, Sempronio? Pues si nuestro amo te oye, tan
bien te castigará a ti como a mí.
SEMPRONIO. ¡O mal fuego te abrase, que tú hablas en daño de todos y
yo a ninguno offendo! ¡O intollerable pestilencia y mortal te
consuma, rixoso, imbidioso, maldito! ¿Toda esta es la amistad que
con Celestina y conmigo avías concertado? ¡Vete de aquí a la mala
ventura!)
CALISTO. Si no quieres, reyna y señora mía, que desespere y vaya mi
ánima condenada a perpetua pena oyendo estas cosas, certifícame
brevemente si no ovo buen fin tu demanda gloriosa y la cruda y
rigurosa muestra de aquel gesto angélico y matador, pues todo esso
más es señal de odio que de amor.
CELESTINA. La mayor gloria que al secreto officio del abeja se da, a
la qual los discretos deven ymitar, es que todas las cosas por ella
tocadas convierte en mejor de lo que son. Desta manera me he avido
con las çahareñas razones y esquivas de Melibea; todo su rigor
traygo convertido en miel, su yra en mansedumbre, su acceleramiento
en sossiego. Pues ¿a qué piensas que yva allá la vieja Celestina, a
quien tú demás de tu merecimiento, magníficamente galardonaste? sino
âblandar su saña, a sofrir su accidente, a ser escudo de tu absencia,
a recebir en mi manto los golpes, los desvíos, los menosprecios,
desdenes, que muestran aquéllas en los principios de sus
requerimientos de amor, para que sea después en más tenida su dádiva.
Que a quien más quieren, peor hablan, y si assí no fuesse, ninguna
differencia avría entre las públicas, que aman, a las escondidas
donzellas, si todas dixiessen sí a la entrada de su primer
requerimiento, en viendo que de alguno eran amadas. Las quales,
aunque están abrasadas y encendidas de bivos fuegos de amor, por su
honestidad muestran un frío esterior, un sossegado vulto, un
aplazible desvío, un costante ánimo y casto propósito, unas palabras
agras que la propia lengua se maravilla del gran sofrimiento suyo,
que la hazen forçosamente confessar el contrario de lo que sienten.
Assí que para que tú descanses y tengas reposo, mientra te contare
por estenso el processo de mi habla y la causa que tuve para entrar,
sabe que el fin de su razón [y habla] fue muy bueno.
CALISTO. Agora, señora, que me as dado seguro para que ose esperar
todos los rigores de la respuesta, di quanto mandares y como
quisieres, que yo estaré atento. Ya me reposa el coraçón; ya
descansa mi pensamiento; ya reciben las venas y recobran su perdida
sangre, ya he perdido temor; ya tengo alegría. Subamos, si mandas,
arriba. En mi cámara me dirás por estenso lo que aquí he sabido en
suma.
CELESTINA. Subamos, señor.
PÁRMENO. (¡O santa María, y qué rodeos busca este loco por huyr de
nosotros para poder llorar a su plazer con Celestina de gozo, y por
descubrirle mil secretos de su liviano y desvariado apetito; por
preguntar y responder seys vezes cada cosa sin que esté presente
quien le pueda dezir que es prolixo! Pues mándote yo, desatinado,
que tras ti vamos.)
CALISTO. Mira, señora, qué hablar trae Pármeno, cómo se viene
santiguando de oír lo que has hecho de tu gran diligencia. Spantado
está. Por mi fe, señora Celestina, otra vez se santigua. Sube, sube,
sube, y assiéntate, señora, que de rodillas quiero escuchar tu suave
respuesta. Y dime luego, la causa de tu entrada, ¿qué fue?
CELESTINA. Vender un poco de hilado, con que tengo caçadas más de
treynta de su estado, si a Dios ha plazido, en este mundo, y algunas
mayores.
CALISTO. Esso será de cuerpo, madre, pero no de gentileza, no de
estado, no de gracia y discreción, no de linaje, no de presumción
con merescimiento, no en virtud, no en habla.
PÁRMENO. (Ya escurre eslabones el perdido; ya se desconciertan sus
badajadas. Nunca da menos de doze; siempre está hecho relox de
mediodía. Cuenta, cuenta, Sempronio, que estás desbavado oyéndole a
él locuras y a ella mentiras.
SEMPRONIO. Maldiziente venenoso, ¿por qué cierras las orejas a lo
que todos los del mundo las aguzan, hecho serpiente que huye la boz
del encantador? Que sólo por ser de amores estas razones, aunque
mentiras, las avías de escuchar con gana.)
CELESTINA. Oye, señor Calisto, y verás tu dicha y mi solicitud qué
obraron, que en començando yo a vender y poner en precio mi hilado,
fue su madre de Melibea llamada para que fuesse a visitar una
hermana suya enferma. Y como le fue[se] necessario absentarse, dexó
en su lugar a Melibea para...
CALISTO. ¡O gozo sin par, o singular oportunidad, o oportuno tiempo!
¡O quién estuviera allí debaxo de tu manto, escuchando qué hablaría
sola aquélla en quien Dios tan estremadas gracias puso!
CELESTINA. ¿Debaxo de mi manto, dizes? ¡Ay, mesquina, que fueras
visto por treynta agujeros que tiene, si Dios no le mejora!
PÁRMENO. (Sálgome fuera, Sempronio, ya no digo nada; escúchatelo tú
todo. Si este perdido de mi amo no midiesse con el pensamiento
quántos passos ay de aquí a casa de Melibea y contemplasse en su
gesto y considerasse cómo estaría aviniendo el hilado, todo el
sentido puesto y ocupado en ella, él vería que mis consejos le eran
más saludables que estos engaños de Celestina.)
CALISTO. ¿Qué es esto, moços? Estó yo escuchando atento, que me va
la vida; vosotros susuráys como soléys, por hazerme mala obra y
enojo. Por mi amor, que calléys; morirés de plazer con esta señora,
según su buena diligencia. Di, señora, ¿qué heziste quando te viste
sola?
CELESTINA. Recebí, señor, tanta alteración de plazer que qualquiera
que me viera me lo conosciera en el rostro.
CALISTO. Agora la recibo yo, quanto más quien ante sí contemplava
tal ymagen. Enmudescerías con la novedad incogitada.
CELESTINA. Ante me dio más osadía a hablar lo que quise verme sola
con ella. Abrí mis entrañas, díxele mi embaxada, cómo penavas tanto
por una palabra de su boca salida en favor tuyo para sanar un tan
gran dolor. Y como ella estuviesse suspensa, mirándome, espantada
del nuevo mensaje, escuchando hasta ver quién podía ser el que assí
por necessidad de su palabra penava o a quién pudiesse sanar su
lengua, en nombrando tu nombre, atajó mis palabras; diose en la
frente una gran palmada como quien cosa de grande espanto oviesse
oído, diziendo que cessasse mi habla y me quitasse delante si no
quería hazer a sus servidores verdugos de mi postremería, agravando
mi osadía, llamándome hechizera, alcahueta, vieja falsa, barvuda,
malhechora, y otros muchos inominiosos nombres con cuyos títulos
asombran a los niños de cuna. Y empós desto, mil amortescimientos y
desmayos, mil milagros y espantos, turbado el sentido bulliendo
fuertemente los miembros todos a una parte y a otra, herida de
aquella dorada frecha que del sonido de tu nombre le tocó,
retorciendo el cuerpo, las manos enclavijadas como quien se
despereza, que parecía que las despedaçava, mirando con los ojos a
todas partes, coceando con los pies el suelo duro. Y yo a todo esto
arrinconada, encogida, callando, muy gozosa con su ferocidad;
mientra más vascava, más yo me alegrava, porque más cerca estava el
rendirse y su. caída. Pero entretanto que gastava aquel espumajoso
almazén su yra, yo no dexava mis pensamientos estar vagos ni ociosos,
de manera que tove tiempo para salvar lo dicho.
CALISTO. Esso me di, señora madre. Que yo he rebuelto en mi juyzio
mientra te escucho y no he hallado desculpa que buena fuesse ni
conveniente con que lo dicho se cubriesse ni colorasse sin quedar
terrible sospecha de tu demanda. Porque conozca tu mucho saber, que
en todo me pareces más que muger, que como su respuesta tú
prenosticaste, preveíste con tiempo tu réplica. ¿Qué más hazía
aquella tusca Adeleta cuya fama, siendo tú biva, se perdiera? La
qual tres días ante [de] su fin prenunció la muerte de su viejo
marido y de dos hijos que tenía. Ya creo lo que se dize, que el
género flaco de las hembras es más apto para las prestas cautelas
que el de los varones.
CELESTINA. ¿Qué, señor? Dixe que tu pena era mal de muelas y que la
palabra que della querría era una oración que ella sabía, muy devota,
para ellas.
CALISTO. ¡O maravillosa astucia, o singular muger en su officio, o
cautelosa hembra, o melezina presta, o discreta en mensages! ¿Quál
humano seso bastara a pensar tan alta manera de remedio? De cierto
creo, si nuestra edad alcançara aquellos passados Eneas y Dido, no
trabajara tanto Venus para atraher a su hijo el amor de Elisa,
haziendo tomar a Cupido ascánica forma para la engañar; antes por
evitar prolixidad, pusiera a ty por medianera. Agora doy por
bienempleada mi muerte, puesta en tales manos, y creeré que si mi
desseo no oviere effecto qual querría, que no se pudo obrar más,
según natura, en mi salud. ¿Qué os parece, moços? ¿Qué más se
pudiera pensar? ¿Ay tal mujer nascida en el mundo?
CELESTINA. Señor, no atajes mis razones; déxame dezir, que se va
haziendo noche; ya sabes quien malhaze aborrece claridad y, yendo a
mi casa, podré haver algún mal encuentro.
CALISTO. ¿Qué, qué? Sí, que hachas y pajes ay que te acompañen.
PÁRMENO. (¡Sí, sí, por que no fuercen a la niña! Tú yrás con ella,
Sempronio, que ha temor de los grillos que cantan con lo escuro.)
CALISTO. ¿Dizes algo, hijo Pármeno?
PÁRMENO. Señor, que yo y Sempronio será bueno que la acompañemos
hasta su casa, que haze mucho escuro.
CALISTO. Bien dicho es; después será. Procede en tu habla y dime qué
más passaste. ¿Qué te respondió a la demanda de la oración?
CELESTINA. Que la daría de su grado.
CALISTO. ¿De su grado? ¡[O] Dios mío, qué alto don!
CELESTINA. Pues más le pedí.
CALISTO. ¿Qué, mi vieja honrrada?
CELESTINA. Un cordón que ella trae contino ceñido, diziendo que era
provechoso para tu mal porque avía tocado muchas reliquias.
CALISTO. Pues ¿qué dixo?
CELESTINA. Dame albricias; dizértelo he.
CALISTO. ¡O por Dios, toma toda esta casa y quanto en ella ay, y
dímelo o pide lo que querrás!
CELESTINA. Por un manto que tú des a la vieja, te dará en tus manos
el mesmo que en su cuerpo ella traía.
CALISTO. ¿Qué dizes de manto? Y saya y quanto yo tengo.
CELESTINA. Manto he menester y éste terné yo en harto; no te
alargues más. No pongas sospechosa dubda en mi pedir, que dizen que
offrecer mucho al que poco pide es especie de negar.
CALISTO. Corre, Pármeno, llama a mi sastre y corte luego un manto y
una saya de aquel contray que se sacó para frisado.
PÁRMENO. (¡Assí, assí, a la vieja todo porque venga cargada de
mentiras como abeja, y a mí que me arrastren! Tras esto anda ella oy
todo el día con sus rodeos.)
CALISTO. ¡De qué gana va el diablo! No ay cierto tan malservido
hombre como yo, manteniendo moços adevinos, reçongadores, enemigos
de mi bien. ¿Qué vas, vellaco, rezando? Embidioso, ¿qué dizes? Que
no te entiendo. Ve donde te mando presto y no me enojes, que harto
basta mi pena para me acabar, que tanbién avrá para ti sayo en
aquella pieça.
PÁRMENO. No digo, señor, otra cosa sino que es tarde para que venga
el sastre.
CALISTO. ¿No digo yo que adevinas? Pues quédese para mañana. Y tú,
señora, por amor mío te sufras, que no se pierde lo que se dilata. Y
mándame mostrar aquel santo cordón que tales miembros fue digno de
ceñir. Gozarán mis ojos con todos los otros sentidos, pues juntos
han sido apassionados. Gozará mi lastimado coraçón, aquel que nunca
recibió momento de plazer después que aquella señora conoció. Todos
los sentidos le llagaron; todos acorrieron a él con sus esportillas
de trabajo; cada uno le lastimó quanto más pudo: los ojos en vella,
los oídos en oílla, las manos en tocalla.
CELESTINA. ¿Qué
la has tocado, dizes? Mucho me espantas.
CALISTO. Entre sueños, digo.
CELESTINA. ¿En sueños?
CALISTO. En sueños la veo tantas noches que temo no me acontezca
como a Alcibíades [o a Sócrates], que [el uno] soñó que se veía
embuelto en el manto de su amiga y otro día matáronle, y no ovo
quien le alçasse de la calle ni cubriesse sino ella con su manto [el
otro v(e)ía que le llamavan por nombre y murió dende a tres días].
Pero en vida o en muerte, alegre me sería vestir su vestidura.
CELESTINA. Assaz tienes pena, pues quando los otros reposan en sus
camas, preparas tú el trabajo para sofrir otro día. Esfuérçate,
señor, que no hizo Dios a quien desmamparasse. Da espacio a tu
desseo; toma este cordón, que, si yo no me muero, yo te daré a su
ama.
CALISTO. ¡O nuevo huésped, o bienaventurado cordón, que tanto poder
y merescimiento toviste de ceñir aquel cuerpo que yo no soy digno de
servir! ¡O nudos de mi passión, vosotros enlazastes mis desseos!
Dezíme si os hallastes presentes en la desconsolada respuesta de
aquella a quien vosotros servís y yo adoro, y por más que trabajo
noches y días, no me vale ni aprovecha.
CELESTINA. Refrán viejo es: quien menos procura, alcança más bien.
Pero yo te haré procurando conseguir lo que siendo negligente no
avrías. Consuélate, señor, que en una hora no se ganó Çamora. Pero
no por esso desconfiaron los combatientes.
CALISTO. ¡O desdichado, que las cibdades están con piedras cercadas
y a piedras, piedras las vencen! Pero esta mi señora tiene el
coraçón de azero; no ay metal que con él pueda; no ay tiro que le
melle. Pues poned scalas en su muro; unos ojos tiene con que echa
saetas, una lengua [llena] de reproches y desvíos. El assiento tiene
en parte que [a] media legua no le pueden poner cerco.
CELESTINA. Calla, señor, que el buen atrevimiento de un solo hombre
ganó a Troya; no desconfíes, que una mujer puede ganar otra. Poco as
tratado mi casa; no sabes bien lo que yo puedo.
CALISTO. Quanto dixeres, señora, te quiero creer, pues tal joya como
ésta me truxiste. ¡O mi gloria y ceñidero de aquella angélica
criatura, yo te veo y no lo creo! O cordón, cordón, ¿fuísteme tú
enemigo? Dilo cierto; si lo fuiste, yo te perdono, que de los buenos
es propio las culpas perdonar. No lo creo, que si fueras contrario,
no vinieras tan presto a mi poder, salvo si vienes a desculparte.
Conjúrote me respondas por la virtud del gran poder que aquella
señora sobre mí tiene.
CELESTINA. Cessa ya, señor, esse devanear, que me tienes cansada, de
escucharte y al cordón, roto de tratarlo.
CALISTO. O mezquino de mí, que assaz bien me fuera del cielo
otorgado que de mis braços fueras hecho y texido y no de seda como
eres, porque ellos gozaran cada día de rodear y ceñir con devida
reverencia aquellos miembros que tú, sin sentir ni gozar de la
gloria, siempre tienes abraçados. ¿O qué secretos avrás visto de
aquella excellente ymagen?
CELESTINA. Más verás tú y con más sentido, si no lo pierdes hablando
lo que hablas.
CALISTO. Calla, señora, que él y yo nos entendemos. O mis ojos,
acordaos cómo fuistes causa y puerta por donde fue mi coraçón
llagado, y que aquél es visto hazer el daño que da la causa.
Acordaos que soys debdores de la salud; remira la melezina que os
viene hasta casa.
SEMPRONIO. Señor, por holgar con el cordón, no querrás gozar de
Melibea.
CALISTO. ¿Qué, loco, desvariado, atajasolazes, cómo es esto?
SEMPRONIO. Que mucho hablando matas a ti y a los que te oyen. Y assí
que perderás la vida o el seso; qualquiera que falte basta para
quedarte ascuras. Abrevia tus razones; darás lugar a las de
Celestina.
CALISTO. ¿Enójote, madre, con mi luenga razón, o está borracho este
moço?
CELESTINA. Aunque no lo esté, deves, señor, cessar tu razón, dar fin
a tus luengas querellas, tratar al cordón como cordón por que sepas
hazer differencia de habla quando con Melibea te veas; no haga tu
lengua yguales la persona y el vestido.
CALISTO. O mi señora, mi madre, mi consoladora; déxame gozar con
este mensajero de mi gloria. O lengua mía, ¿por qué te impides en
otras razones, dexando de adorar presente la excellencia de quien
por ventura jamás verás en tu poder? O mis manos, con qué
atrevimiento, con quán poco acatamiento tenéys y tratáys la triaca
de mi llaga; ya no podrán empeçer las yervas que aquel crudo
caxquillo traía embueltas en su aguda punta. Seguro soy, pues quien
dio la herida, la cura. O tú, señora, alegría de las viejas mujeres,
gozo de las moças, descanso de los fatigados como yo, no me hagas
más penado con tu temor que me haze mi vergüença, suelta la rienda a
mi contemplación; déxame salir por las calles con esta joya, por que
los que me vieren sepan que no ay más bienandante hombre que yo.
SEMPRONIO. No afistoles tu llaga cargándola de más desseo; no es,
señor, el solo cordón del que pende tu remedio.
CALISTO. Bien lo conozco, pero no tengo sofrimiento para me abstener
de adorar tan alta empresa.
CELESTINA. ¿Empresa? Aquella es empresa que de grado es dada, pero
ya sabes lo que hizo por amor de Dios, para guareçer tus muelas, no
por el tuyo, para cerrar tus llagas. Pero si yo bivo, ella bolverá
la hoja.
CALISTO. ¿Y la oración?
CELESTINA. No se me dijo por agora.
CALISTO. ¿Qué fue la causa?
CELESTINA. La brevedad del tiempo; pero quedó que si tu pena no
afloxasse, que tornasse mañana por ella.
CALISTO. ¿Afloxar? entonce afloxará mi pena quando su crueldad.
CELESTINA. Assaz, señor, basta lo dicho y hecho; obligada queda
según lo que mostró a todo lo que para esta enfermedad yo quisiera
pedir según su poder. Mira, señor, si esto basta para la primera
vista. Yo me voy; cumple, señor, que si salieres mañana lleves
reboçado un paño por que si della fueres visto no acuse de falsa mi
petición.
CALISTO. Y aun quatro por su servicio. Pero dime, par Dios, ¿passó
más? Que muero por oír palabras de aquella dulce boca. ¿Cómo fuyste
tan osada que, sin la conoscer, te mostraste tan familiar en tu
entrada y demanda?
CELESTINA. ¿Sin la conoscer? Quatro años fueron mis vezinas; tratava
con ellas, hablava y reía de día y de noche; mejor me conosce su
madre que a sus mismas manos, aunque Melibea se ha hecho grande,
muger discreta, gentil.
PÁRMENO. (Ea, mira Sempronio, qué te digo al oído.
SEMPRONIO. Dime ¿qué dizes?
PÁRMENO. Aquel atento escuchar de Celestina da materia de alargar en
su razón a nuestro amo. Llégate a ella, dale del pie; hagámosle de
señas que no espere más, sino que se vaya. Que no hay tan loco
hombre nascido que solo, mucho hable.)
CALISTO. ¿Gentil dizes, señora, que es Melibea? Paresce que lo dizes
burlando. ¿Ay nascida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro mejor
cuerpo? ¿Puédense pintar tales faciones, dechado de hermosura? Si
hoy fuera biva Helena, por que tanta muerte hovo de griegos y
troyanos, o la hermosa Policena, todas obedescerían a esta señora
por quien yo peno. Si ella se hallara presente en aquel debate de la
mançana con las tres diosas, nunca sobrenombre de discordia le
pusieran, porque sin contrariar ninguna todas concedieran y vivieran
conformes en que la llevara Melibea. Assí que se llamara mançana de
concordia. Pues quantas hoy son nascidas que della tengan noticia,
se maldizen, querellan a Dios porque no se acordó dellas quando a
esta mi señora hizo. Consumen sus vidas, comen sus carnes con
embidia, danles siempre crudos martirios, pensando con artificio
ygualar con la perfeción que sin trabajo dotó a ella natura. Dellas,
pelan sus cejas con tenazicas y pegones y a cordelejos. Dellas,
buscan las doradas yervas, raízes, ramas y flores para hazer lexías
con que sus cabellos semejassen a los della. Las caras martillando,
envistiéndolas en diversos matizes, con ungüentos y unturas, aguas
fuertes, posturas blancas y coloradas, que por evitar prolixidad no
las cuento. Pues la que todo esto halló hecho, mira si meresce de un
triste hombre como yo ser servida.
CELESTINA. (Bien te entiendo, Sempronio; déxale, que él caerá de su
asno y acaba).
CALISTO. En la que toda la natura se remiró por la hazer perfecta,
que las gracias que en todas repartió las juntó en ella; allí
hizieron alarde quanto más acabadas pudieron allegarse, por que
conosciessen los que la viessen quánta era la grandeza de su pintor.
Solo un poco de agua clara con un ebúrneo peyne basta para exceder a
las nascidas en gentileza. Éstas son sus armas; con éstas mata y
vence; con éstas me cativó; con éstas me tiene ligado y puesto en
dura cadena.
CELESTINA. Calla y no fatigues, que más aguda es la lima que yo
tengo que fuerte essa cadena que te atormenta; yo la cortaré con
ella por que tú quedes suelto. Por ende dame licencia, que es muy
tarde, y déjame llevar el cordón, porque como sabes, tengo dél
necessidad.
CALISTO. ¡O desconsolado de mí, la fortuna adversa me sigue junta!
Que contigo o con el cordón o con entramos quisiera yo estar
acompañado esta noche luenga y escura. Pero pues no ay bien complido
en esta penosa vida, venga entera la soledad. ¿Moços, moços?
PÁRMENO. Señor.
CALISTO. Acompaña a esta señora hasta su casa, y vaya con ella tanto
plazer y alegría quanta conmigo queda tristeza y soledad.
CELESTINA. Quede, señor, Dios contigo; mañana será mi buelta, donde
mi manto y la respuesta vernán a un punto, pues oy no ovo tiempo. Y
súfrete, señor, y piensa en otras cosas.
CALISTO. Esso no, que es eregía olvidar aquella por quien la vida me
aplaze.
Argumento del séptimo auto
CELESTINA habla con PÁRMENO, induziéndole a concordia y amistad de
SEMPRONIO. Tráhele PÁRMENO a memoria la promessa que le fiziera de
le hazer haver a AREÚSA, quél mucho amava. Vanse a la casa de
AREÚSA. Queda aí la noche PÁRMENO. CELESTINA va para su casa; llama
a la puerta. Elicia le viene abrir increpándole su tardança.
CELESTINA, PÁRMENO, AREÚSA, ELICIA
CELESTINA. Pármeno, hijo, después de las passadas razones no he
avido oportuno tiempo para te dezir y mostrar el mucho amor que te
tengo, y assimismo cómo de mi boca todo el mundo ha oído hasta agora
en absencia bien de ti. La razón no es menester repetirla porque yo
te tenía por hijo a lo menos cassi adotivo, y así que tú ymitavas al
natural y tú dasme el pago en mi presencia, pareciéndote mal quanto
digo, susurrando y murmurando contra mí en presencia de Calisto.
Bien pensava yo que, después que concediste en mi buen consejo, que
no avías de tornarte atrás. Todavía me parece que te quedan
reliquias vanas, hablando por antojo más que por razón. Desechas el
provecho por contentar la lengua. Óyeme si no me has oído, y mira
que soy vieja y el buen consejo mora en los viejos y de los mançebos
es proprio el deleyte. Bien creo que de tu yerro sola la edad tiene
culpa. Spero en Dios que serás mejor para mí de aquí adelante, y
mudarás el ruyn propósito con la terna edad, que como dizen, múdanse
las costumbres con la mudança del cabello y variación, digo, hijo,
cresciendo y viendo cosas nuevas cada día. Porque la mocedad en sólo
lo presente se impide y ocupa a mirar, mas la madura edad no dexa
presente ni passado ni porvenir. Si tú tovieras memoria, hijo
Pármeno, del passado amor que te tuve, la primera posada que tomaste
venido nuevamente a esta cibdad, havía de ser la mía. Pero los moços
curáys poco de los viejos; regísvos a sabor de paladar; nunca
pensáys que tenéys ni havéys de tener necessidad dellos; nunca
pensáys en enfermedades; nunca pensáys que os puede esta florezilla
de juventud faltar. Pues mira, amigo, que para tales necessidades
como éstas, buen acorro es una vieja conoscida, amiga, madre y más
que madre; buen mesón para descansar sano; buen hospital para sanar
enfermo, buena bolsa para necessidad, buena arca para guardar dinero
en prosperidad, buen fuego de invierno rodeado de assadores; buena
sombra de verano; buena taverna para comer y bever. ¿Qué dirás,
loquillo, a todo esto? Bien sé que estás confuso por lo que hoy as
hablado. Pues no quiero más de ti, que Dios no pide más del pecador,
de arrepentirse y emendarse. Mira a Sempronio, yo lo hize hombre de
Dios en ayuso; querría que fuéssedes como hermanos, porque estando
bien con él, con tu amo y con todo el mundo lo estarías. Mira que es
bienquisto, diligente, palanciano, buen servidor, gracioso; quiere
tu amistad; crecería vuestro provecho dándoos el uno al otro la mano
[ni aun avría más privados con vuestro amo que vosotros]. Y pues
sabe que es menester que ames si quieres ser amado, que no se toman
truchas etc. Ni te lo deve Sempronio de fuero. Simpleza es no querer
amar y esperarlo ser de otro; locura es pagar el amistad con odio.
PÁRMENO. Madre, [para contigo digo que] mi segundo yerro te
confesso, y con perdón de lo passado quiero que ordenes lo porvenir.
Pero con Sempronio me parece que es impossible sostenerse mi
amistad; él es desvariado, yo malsofrido; concértame essos amigos.
CELESTINA. Pues no era éssa tu condición.
PÁRMENO. A la mi fe, mientras más fuy cresciendo, más la primera
paciencia me olvidava; no soy el que solía, y assimismo Sempronio no
ay ni tiene en qué me aproveche.
CELESTINA. El cierto amigo en la cosa incierta se conosce; en las
adversidades se prueva; entonces se allega y con más desseo visita
la casa que la fortuna próspera desamparó. ¿Qué te diré, hijo, de
las virtudes del buen amigo? No ay cosa más amada, ni más rara;
ninguna carga rehúsa. Vosotros soys yguales; la paridad de las
costumbres, y la semejança de los coraçones es la que más la
sostiene. Cata, hijo mío, que si algo tienes guardado se te está.
Sabe tú ganar más, que aquello ganado lo hallaste; buen siglo haya
aquel padre que lo trabajó. No se te puede dar hasta que bivas más
reposado y vengas en edad complida.
PÁRMENO. ¿A qué llamas reposado, tía?
CELESTINA. Hijo, a bivir por ti, a no andar por casas ajenas; lo
qual siempre andarás mientra no te supieres aprovechar de tu
servicio, que de lástima que ove de verte roto pedí hoy manto, como
viste, a Calisto; no por mi manto, pero por que, estando el sastre
en casa y tú delante sin sayo, te le diesse. Assí que no por mi
provecho, como yo sentí que dixiste, mas por el tuyo, que si esperas
al ordinario galardón destos galanes, es tal que lo que en diez años
sacarás, atarás en la manga. Goza tu moçedad, el buen día, la buena
noche, el buen comer y bever. Quando pudieres averlo, no lo dexes;
piérdase lo que se perdiere. No llores tú la hazienda que tu amo
heredó, que esto te llevarás deste mundo, pues no le tenemos más de
por nuestra vida. ¡O hijo mío, Pármeno!, que bien te puedo dezir
hijo, pues tanto tiempo te crié. Toma mi consejo, pues sale con
limpio desseo de verte en alguna honrra. ¡O quán dichosa me hallaría
en que tú y Sempronio estuviéssedes muy conformes, muy amigos,
hermanos en todo, viéndoos venir a mi pobre casa a holgar, a verme,
y aun a desenojaros con sendas mochachas!
PÁRMENO. ¿Mochachas, madre mía?
CELESTINA. ¡Alahé, mochachas digo, que viejas, harto me só yo! Qual
se la tiene Sempronio, y aun sin aver tanta razón, ni tenerle tanta
affición como a ti. Que de las entrañas me sale quanto te digo.
PÁRMENO. Señora, no bives engañada.
CELESTINA. Y aunque lo biva, no me pena mucho; que tanbién lo hago
por amor de Dios y por verte solo en tierra ajena, y más por
aquellos huessos de quien te me encomendó, que tú serás hombre y
vernás en [buen] conoscimiento [y] verdadero, y dirás: «La vieja
Celestina bien me consejava.»
PÁRMENO. Y aun agora lo siento, aunque soy moço, que aunque hoy viés
que aquello dezia, no era porque me pareciesse mal lo que tú hazías.
Pero porque vía que le consejava yo lo cierto y me dava malas
gracias. Pero de aquí adelante demos tras él. Haz de las tuyas, que
yo callaré. Que ya tropecé en no te creer cerca deste negocio con
él.
CELESTINA. Cerca deste y de otros tropeçarás y cayrás mientra no
tomares mis consejos que son de amiga verdadera.
PÁRMENO. Agora doy por bienempleado el tiempo que siendo niño te
serví, pues tanto fruto trae para la mayor edad. Y rogaré a Dios por
el alma de mi padre que tal tutriz me dexó, y
de mi madre que a tal mujer me encomendó.
CELESTINA. No me la nombres, hijo, por Dios, que se me hinchen los
ojos de agua. ¿Y tuve yo en este mundo otra tal amiga, otra tal
compañera, tal aliviadora de mis trabajos y fatigas? ¿Quién suplía
mis faltas? ¿Quién sabía mis secretos? ¿A quién descobría mi
coraçón? ¿Quién era todo mi bien y descanso, sino tu madre, más que
mi hermana y comadre? ¡O qué graciosa era, o qué desembuelta,
limpia, varonil! Tan sin pena ni temor se andava a media noche de
cimiterio en cimiterio buscando aparejos para nuestro officio como
de día. Ni dexava christianos ni moros ni judíos cuyos
enterramientos no visitava. De día los acechava, de noche los
desenterrava. Assí se holgava con la noche escura como tú con el día
claro. Dezia que aquella era capa de pecadores. ¿Pues maña no tenía
con todas las otras gracias? Una cosa te diré por que veas qué madre
perdiste, aunque era para callar, pero contigo todo passa. Siete
dientes quitó a un ahorcado con unas tenazicas de pelar cejas,
mientra yo le descalcé los çapatos. Pues entras en un cerco, mejor
que yo, y con más esfuerço, aunque yo tenía harta buena fama, más
que agora; que por mis pecados, todo se olvidó con su muerte. ¿Qué
más quieres? Sino que los mismos diablos la avían miedo;
atemorizados y spantados los tenía con las crudas bozes que les
dava. Assí era [ella] dellos conoscida como tú en tu casa. Tumbando
venían unos sobre otros a su llamado; no la osavan dezir mentira,
según la fuerça con que los apremiava. Después que la perdí jamás
les oí verdad.
PÁRMENO. (No la medre Dios más a esta vieja, que ella me da plazer
con estos loores de sus palabras.)
CELESTINA. ¿Qué dizes, mi honrrado Pármeno, mi hijo y más que hijo?
PÁRMENO. Digo que ¿cómo tenía essa ventaja mi madre, pues las
palabras que ella y tú dizíades eran todas unas?
CELESTINA. ¿Cómo, y desso te maravillas? ¿No sabes que dize el
refrán que mucho va de Pedro a Pedro? Aquella gracia de mi comadre
no la alcançávamos todas. ¿No as visto en los officios unos buenos y
otros mejores? Assí era tu madre, que Dios haya, la prima de nuestro
officio, y por tal era de todo el mundo conoscida y querida, assí de
cavalleros como de clérigos, casados, viejos, moços, y niños. Pues
moças y donzellas, assí rogavan a Dios por su vida como de sus
mismos padres. Con todos tenía quehazer, con todos hablava; si
saliémos por la calle, quantos topávamos eran sus ahijados. Que fue
su principal officio partera deziséys años; assí que aunque tú no
sabías sus secretos por la tierna edad que avías, agora es razón que
los sepas, pues ella es finada y tú hombre.
PÁRMENO. Dime, señora, quando la justicia te mandó prender estando
yo en tu casa, ¿teníades mucho conoscimiento?
CELESTINA. ¿Si teniémos, me dizes? ¡Como por burla! Juntas lo
hezimos, juntas nos sintieron, juntas nos prendieron y acusaron;
juntas nos dieron la pena essa vez, que creo que fue la primera.
Pero muy pequeño eras tú; yo me spanto cómo te acuerdas, que es la
cosa que más olvidada está en la cibdad. Cosas son que passan por el
mundo; cada día verás quien peque y pague si sales a esse mercado.
PÁRMENO. Verdad es, pero del pecado lo peor es la perseverançia, que
assí como el primer movimiento no es en mano del hombre, assí el
primero yerro, do[nde] dizen que quien yerra y se emienda, etc.
CELESTINA. (Lastimásteme, don loquillo; ¿a las verdades nos andamos?
Pues espera, que yo te tocaré donde te duela.)
PÁRMENO. ¿Qué dizes, madre?
CELESTINA. Hijo, digo que sin aquélla prendieron quatro vezes a tu
madre, que Dios haya, sola. Y aun la una le levantaron que era
bruxa, porque la hallaron de noche con unas candelillas cojendo
tierra de una encruçijada, y la tovieron medio día en una escalera
en la plaça puesta, uno como rocadero pintado en la cabeza. Pero
[cosas son que passan]; no fue nada; algo han de sofrir los hombres
en este triste mundo para sustentar sus vidas y honrras. Y mira en
qué tan poco lo tuvo con su buen seso, que ni por esso dexó dende en
adelante de usar mejor su officio. Esto ha venido por lo que dezías
del perseverar en lo que una vez se yerra. En todo tenía gracia, que
en Dios y en mi consciencia, aun en aquella escalera estava y
parecía que a todos los debaxo no tenía en una blanca, según su
meneo y presencia. Assí que los que algo son como ella y saben y
valen son los que más presto yerran. Verás quién fue Virgilio y qué
tanto supo, mas ya avrás oído como estovo en cesto colgado de una
torre mirándole toda Roma. Pero por esso no dexó de ser honrrado ni
perdió el nombre de Virgilio.
PÁRMENO. Verdad es lo que dizes, pero esso no fue por justicia.
CELESTINA. ¡Calla, bovo! Poco sabes de achaque de yglesia y quánto
es mejor por mano de justicia que de otra manera. Sabíalo mejor el
cura, que Dios aya, que viniéndola a consolar dixo que la santa
scritura tenía que bienaventurados eran los que padecían persecución
por la justicia y que aquéllos poseerían el reyno de los cielos.
Mira si es mucho passar algo en este mundo por gozar de la gloria
del otro, y más que según todos dezían, a tuerto y [a] sinrazón y
con falsos testigos y rezios tormentos la hizieron aquella vez
confessar lo que no era. Pero con su buen esfuerço, y como el
coraçón abezado a sofrir haze las cosas más leves de lo que son,
todo lo tuvo en nada. Que mil vezes le oía dezir; si me quebré el
pie, fue por bien, porque soy más conoscida que antes. Assí que todo
esto passó tu buena madre acá, devemos creer que le dará Dios buen
pago allá, si es verdad lo que nuestro cura nos dixo. Y con esto me
consuelo. Pues seíme tú como ella, amigo verdadero, y trabaja por
ser bueno, pues tienes a quien parezcas. Que lo que tu padre te dexó
a buen seguro lo tienes.
PÁRMENO. Bien lo creo, madre, pero querría saber qué tanto es.
CELESTINA. No puede ser agora; verná tu tiempo, como te dixe, para
que lo sepas y lo oyas.
PÁRMENO. Agora dexemos los muertos y las herençias [que si poco me
dexaron, poco hallaré]. Hablemos en los presentes negocios que nos
va más que en traer los passados a la memoria. Bien se te acordará,
no ha mucho que me prometiste que me harías aver a Areúsa, quando en
mi casa te dixe cómo moría por sus amores.
CELESTINA. Si te lo prometí, no lo he olvidado, ni creas que he
perdido con los años la memoria. Que más de tres xaques ha recibido
de mí sobre ello en tu absencia. Ya creo que stará bien madura;
vamos de camino por casa, que no se podrá scapar de mate, que esto
es lo menos que yo por ti tengo de hazer.
PÁRMENO. Yo ya desconfiava de la poder alcançar, porque jamás podía
acabar con ella que me esperasse a poderle dezir una palabra. Y como
dizen, mala señal es de amor huyr y bolver la cara; sentía en mí
gran desfiuza desto.
CELESTINA. No tengo en mucho tu desconfiança, no me conosciendo ni
sabiendo como agora que tienes tan de tu mano la maestra destas
lavores. Pues agora verás quánto por mi causa vales, quánto con las
tales puedo, quánto sé en casos de amor. Anda, passo, ves aquí su
puerta. Entremos quedo; no nos sientan sus vezinos. Atiende y espera
debaxo desta scalera. Sobiré yo a ver qué se podrá hazer sobre lo
hablado, y por ventura haremos más que tú ni yo traemos pensado.
AREÚSA. ¿Quién anda aí? ¿Quién sube a tal hora en mi cámara?
CELESTINA. Quien no te quiere mal, por cierto, quien nunca da passo
que no piense en tu provecho; quien tiene más memoria de ti que de
sí misma. Una enamorada tuya, aunque vieja.
AREÚSA. (¡Válala el diablo a esta vieja, con qué viene como
huestantigua a tal hora!) Tía señora, ¿qué buena venida es ésta tan
tarde? Ya me desnudava para acostar.
CELESTINA. ¿Con las gallinas, hija? Assí se hará la hazienda.
¡Andar; passe!; otro es el que ha de llorar las necessidades que no
tú; yerva pace quien lo cumple; tal vida quienquiera se la querría.
AREÚSA. ¡Jesú, quiérome tornar a vestir, que he frío!
CELESTINA. No harás, por mi vida, sino éntrate en la cama, que desde
allí hablaremos.
AREÚSSA. Assí goze de mí, pues que lo he bien menester, que me
siento mala hoy todo el día. Assí que necessidad más que vicio me
hizo tomar con tiempo las sávanas por faldetas.
CELESTINA. Pues no estés assentada, acuéstate y métete debaxo de la
ropa, que pareces serena.
AREÚSSA. Bien me dizes, señora tía.
CELESTINA. ¡Ay cómo huele toda la ropa en bulléndote! ¡Aosadas, que
está todo a punto; siempre me pagué de tus cosas y hechos, de tu
limpieza y atavío; fresca que estás! ¡Bendígate Dios, qué sávanas y
colcha, qué almohadas y qué blancura! Tal sea mi vejez, qual todo me
parece perla de oro. Verás si te quiere bien quien te visita a tales
horas; déxame mirarte toda a mi voluntad, que me huelgo.
AREÚSA. Passo, madre, no llegues a mí, que me hazes coxquillas y
provócasme a reír, y la risa acresciéntame el dolor.
CELESTINA. ¿Qué dolor, mis amores? ¿Búrlaste, por mi vida, conmigo?
AREÚSA. Mal gozo vea de mí si burlo, sino que ha quatro horas que
muero de la madre, que la tengo sobida en los pechos, que me quiere
sacar del mundo. Que no soy tan viciosa como piensas.
CELESTINA. Pues dame lugar, tentaré, que aun algo sé yo deste mal,
por mi pecado, que cada una se tiene [o ha tenido] su madre y [sus]
çoçobras della.
AREÚSA. Más arriba la siento sobre el estómago.
CELESTINA. ¡Bendígate Dios y el señor Sant Miguel Ángel, y qué gorda
y fresca que estás; qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía
hasta agora, viendo lo que todos podían ver. Pero agora te digo que
no ay en la cibdad tres cuerpos tales como el tuyo en quanto yo
conozco; no paresce que ayas quinze años. ¡O quién fuera hombre y
tanta parte alcançara de ti para gozar tal vista! Por Dios, pecado
ganas en no dar parte destas gracias a todos los que bien te quieren.
Que no te las dio Dios para que pasassen en balde por la frescor de
tu juventud debaxo de seys dobles de paño y lienço. Cata que no seas
avarienta de lo que poco te costó; no atesores tu gentileza, pues es
de su natura tan comunicable como el dinero. No seas el perro del
ortolano. Y pues tú no puedes de ti propia gozar, goze quien puede,
que no creas que en balde fuiste criada. Que quando nasce ella nasce
él, y quando él, ella. Ninguna cosa ay criada al mundo superflua ni
que con acordada razón no proveyesse della natura. Mira que es
pecado fatigar y dar pena a los hombres podiéndolos remediar.
AREÚSA. Alahé agora, madre, y no me quiere ninguno; dame algún
remedio para mi mal y no estés burlando de mí.
CELESTINA. Deste tan común dolor todas somos, mal pecado, maestras;
lo que he visto a muchas hazer y lo que a mí siempre aprovecha, te
diré. Porque como las calidades de las personas son diversas, assí
las melezinas hazen diversas sus operaciones y differentes. Todo
olor fuerte es bueno, assí como poleo, ruda, axiensos, humo de
plumas de perdiz, de romero, de moxquete, de encienço. Recebido con
mucha dilingencia, aprovecha y afloxa el dolor y buelve poco a poco
la madre a su lugar. Pero otra cosa hallava yo siempre mejor que
todas, y ésta no te quiero dezir, pues tan santa te me hazes.
AREÚSA. ¿Qué, por mi vida, madre? Vesme penada y encúbresme la salud.
CELESTINA. Anda, que bien me entiendes. No te hagas bova.
AREÚSA. ¡Ya, ya, mala landre me mate, si te entendía! Pero ¿qué
quieres que haga? Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con su
capitán a la guerra; ¿avía de hazerle ruyndad?
CELESTINA. ¡Verás y qué daño y qué gran ruyndad!
AREÚSA. Por cierto, sí sería, que me da todo lo que he menester;
tiéneme honrrada; favoréceme y trátame como si fuesse su señora.
CELESTINA. Pero aunque todo esso sea, mientra no parieres, nunca te
faltará este mal [y dolor] que agora, de lo qual él deve ser causa.
Y si no crees en dolor, cree en color, y verás lo que viene de su
sola compañía.
AREÚSA. No es sino mi mala dicha; maledición mala que mis padres me
echaron, que no está ya por provar todo esso. Pero dexemos esso, que
es tarde, y dime a qué fue tu buena venida.
CELESTINA. Ya sabes lo que de Pármeno te ove dicho; quéxaseme que
aun verle no quieres. No sé por qué, sino porque sabes que le quiero
yo bien y le tengo por hijo. Pues por cierto de otra manera miro yo
tus cosas, que hasta tus vezinas me parecen bien y se me alegra el
coraçón cada vez que las veo, porque sé que hablan contigo.
AREÚSA. No bives, tía señora, engañada.
CELESTINA. No lo sé; a las obras creo, que las palabras de balde las
venden dondequiera. Pero el amor nunca se paga sino con puro amor, y
las obras con obras. Ya sabes el deudo que ay entre ti y Elicia, la
qual tiene Sempronio en mi casa. Pármeno y él son compañeros, sirven
a este señor que tú conoçes, y por quien tanto favor podrás tener.
No niegues lo que tan poco hazer te cuesta. Vosotras parientas,
ellos compañeros, mira cómo viene mejor medido que lo queremos. Aquí
viene conmigo; verás si quieres que suba.
AREÚSA. ¡Amarga de mí, y si nos ha oído!
CELESTINA. No, que abaxo queda. Quiérole hazer subir; reciba tanta
gracia que le conozcas y hables y muestres buena cara, y si tal
paresciere, goze él de ti y tú dél, que aunque él gane mucho, tú no
pierdes nada.
AREÚSA. Bien tengo, señora, conoscimiento cómo todas tus razones,
éstas y las passadas, se endereçan en mi provecho, pero ¿cómo
quieres que haga tal cosa? Que tengo a quien dar cuenta, como has
oído, y si soy sentida, matarme ha. Tengo vezinas embidiosas; luego
lo dirán. Assí que, aunque no aya más mal de perderle, será más que
ganaré en agradar al que me mandas.
CELESTINA. Esso que temes yo lo proveí primero, que muy passo
entramos.
AREÚSA. No lo digo por esta noche, sino por otras muchas.
CELESTINA. ¿Cómo, y déssas eres? ¿Dessa manera te tratas? Nunca tú
harás casa con sobrado. Absente le as miedo; ¿qué harías si
estoviesse en la cibdad? En dicha me cabe, que jamás cesso de dar
consejos a bovos, y todavía ay quien yerre; pero no me maravillo,
que es grande el mundo y pocos los esperimentados. ¡Ay, ay hija, si
viesses el saber de tu prima y qué tanto le ha aprovechado mi
criança y consejos, y qué gran maestra está! Y aunque no se halla
ella mal con mis castigos, que uno en la cama y otro en la puerta, y
otro que sospira por ella en su casa se precia de tener. Y con todos
cumple, y a todos muestra buena cara, y todos piensan que son muy
queridos. Y cada uno piensa que no ay otro y que él solo es el
privado, y él solo es el que le da lo que ha menester. Y tú temes
que con dos que tengas que las tablas de la cama lo han de
descobrir. ¿De una sola gotera te mantienes? No te sobrarán muchos
manjares. No quiero arrendar tus exgamochos. Nunca uno me agradó;
nunca en uno puse toda mi affición. Más pueden dos, y más quatro, y
más dan y más tienen, y más ay en qué escoger. No ay cosa más
perdida, hija, que el mur que no sabe sino un horado. Si aquél le
tapan no avrá donde se esconda del gato. Quien no tiene sino un ojo,
mira a quánto peligro anda. Una alma sola ni canta ni llora. Un solo
acto no haze hábito. Un frayle solo pocas vezes le encontrarás por
la calle. Una perdiz sola por maravilla buela [mayormente en
verano]. Un manjar solo contino presto pone hastío. Una golondrina
no haze verano. Un testigo solo no es entera fe. Quien sola una ropa
tiene presto la envegece. ¿Qué quieres, hija, deste número de uno?
Más inconvenientes te diré dél, que años tengo acuestas. Ten
siquiera dos, que es compañía loable [y tal qual es éste], como
tienes dos orejas, dos pies y dos manos, dos sávanas en la cama,
como dos camisas para remudar. Y si más quieres, mejor te yrá, que
mientra más moros, más ganancia, que honrra sin provecho no es sino
como anillo en el dedo. Y pues entramos no caben en un saco, acoge
la ganancia. Sube, hijo Pármeno.
AREÚSA. ¡No suba, landre me mate, que me fino de empacho! Que no le
conozco; siempre ove vergüença dél.
CELESTINA. Aquí estoy yo que te la quitaré y cobriré y hablaré por
entramos, que otro tan empachado es él.
PÁRMENO. Señora, Dios salve tu graciosa presencia.
AREÚSA. Gentilhombre, buena sea tu venida.
CELESTINA. Llégate acá; asno. ¿Adónde te vas allá assentar al
rincón? No seas empachado, que al hombre vergonçoso el diablo le
traxo a palacio. Oídme entrambos lo que digo. Ya sabes tú, Pármeno
amigo, lo que yo te prometí, y tú, hija mía, lo que te tengo rogado.
Dexada la difficultad con que me lo as concedido aparte, pocas
razones son necessarias, porque el tiempo no lo padesce. El ha
siempre bivido penado por ti. Pues viendo su pena, sé que no lo
querrás matar, y aun conozco que él te paresce tal que no será malo
para quedarse acá esta noche en casa.
AREÚSA. Por mi vida, madre, que tal no se haga. ¡Jesú, no me lo
mandes!
PÁRMENO. (Madre mía, por amor de Dios, que no salga yo de aquí sin
buen concierto, que me ha muerto de amores su vista. Ofrécele quanto
mi padre te dexó para mí. Dile que le daré quanto tengo. ¡Ea,
díselo, que me parece que no me quiere mirar!)
AREÚSA. ¿Qué te dize: esse señor a la oreja? ¿Piensa que tengo de
hazer nada de lo que pides?
CELESTINA. No dize, hija, sino que se huelga mucho con tu amistad,
porque eres persona tan honrrada [y] en quien qualquier beneficio
cabrá bien. [Y asimismo que, pues que esto por mi intercessión se
haze, que él me promete de aquí adelante ser muy amigo de Sempronio
y venir en todo lo que quisiere contra su amo en un negocio que
traemos entre manos. ¿Es verdad, Pármeno? ¿Prométeslo así como digo?
PÁRMENO. Sí, prometo, sin dubda.
CELESTINA. ¡Ha, don ruyn, palabra te tengo, a buen tiempo te así!]
Llégate acá, negligente, vergonçoso, que quiero ver para quánto eres
ante que me vaya. Retóçala en esta cama.
AREÚSA. No será él tan descortés que entre en lo vedado sin
licencia.
CELESTINA. ¿En cortesías y licencias estás? No spero más aquí yo,
fiadora que tú amanescas sin dolor y él sin color. Mas como es un
putillo, gallillo, barviponiente, entiendo que en tres noches no se
le demude la cresta; déstos me mandavan a mí comer en mi tiempo los
médicos de mi tierra quando tenía mejores dientes.
AREÚSA. Ay, señor mío, no me trates de tal manera; ten mesura por
cortesía, mira las canas de aquella vieja honrrada que están
presentes, quítate allá, que no soy de aquellas que piensas, no soy
de las que públicamente están a vender sus cuerpos por dinero. Assí
goze de mí, de casa me salga si hasta que Celestina mi tía sea yda a
mi ropa tocas.
CELESTINA. ¿Qué es esto, Areúsa? ¿Qué son estas estrañezas y
esquividad, estas novedades y retraymiento? Parece, hija, que no sé
yo qué cosa es esto, que nunca vi estar un hombre con una mujer
juntos, y que jamás passé por ello ni gozé de lo que gozas, y que no
sé lo que passan y lo que dizen y hazen. ¡Guay de quien tal oye como
yo! Pues avísote de tanto que fuy errada como tú y tuve amigos, pero
nunca el viejo ni la vieja echava de mi lado, ni su consejo en
público ni en mis secretos. Para la muerte que a Dios devo, más
quisiera una gran bofetada en mitad de mi cara; paresce que ayer
nascí según tu encobrimiento; por hazerte a ti honesta me hazes a mí
necia y vergonçosa y de poco secreto y sin esperiencia y me amenguas
en mi officio por alçar a ti en el tuyo. Pues de cossario a cossario
no se pierden sino los barriles. Más te alabo yo detrás que tú te
stimas delante.
AREÚSA. Madre, si erré, aya perdón, y llégate más acá, y él haga lo
que quisiere, que más quiero tener a ti contenta que no a mí; antes
me quebraré un ojo que enojarte.
CELESTINA. No tengo ya enojo, pero dígotelo para adelante. Quedaos a
Dios, que voyme solo porque me hazes dentera con vuestro besar y
retoçar, que aún el sabor en las enzías me quedó; no le perdí con
las muelas.
AREÚSA. Dios vaya contigo.
PÁRMENO. Madre, ¿mandas que te acompañe?
CELESTINA. Sería quitar a un santo por poner en otro; acompáñeos
Dios, que yo vieja soy; no he temor que me fuercen en la calle.
ELICIA. El perro ladra, ¿si viene este diablo de vieja?
CELESTINA. Tha, tha, tha.
ELICIA. ¿Quién es? ¿Quién llama?
CELESTINA. Báxame abrir, hija.
ELICIA. Éstas son tus venidas; andar de noche es tu plazer; ¿por qué
lo hazes? ¿Qué larga estada fue ésta, madre? Nunca sales para bolver
a casa, por costumbre lo tienes. Cumpliendo con uno, dexas ciento
descontentos. Que as seído hoy buscada del padre de la desposada que
levaste el día de pascua al racionero, que la quiere casar daquí a
tres días y es menester que la remedies, pues que se lo prometiste,
para que no sienta su marido la falta de la virginidad.
CELESTINA. No me acuerdo, hija, por quién dizes.
ELICIA. ¿Cómo no te acuerdas? Desacordada eres, cierto. ¡O cómo
caduca la memoria! Pues por cierto tú me dixiste quando la levavas
que la avías renovado siete vezes.
CELESTINA. No te maravilles, hija, que quien en muchas partes
derrama su memoria en ninguna la puede tener. Pero dime si tornará.
ELICIA. ¡Mira si tornará! Tiénete dado un manilla de oro en prendas
de tu trabajo ¿y no avía de venir?
CELESTINA. ¿La de la manilla es? Ya sé por quién dizes. ¿Por qué tú
no tomavas el aparejo y començavas a hazer algo? Pues en aquellas
tales te avías de abezar y de provar, de quantas vezes me lo as
visto hazer. Si no, aí te estarás toda tu vida, hecha bestia sin
officio ni renta. Y quando seas de mi edad, llorarás la holgura de
agora, que la mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida y
trabajosa. Hazíalo yo mejor quando tu abuela, que Dios haya, me
mostrava este officio, que a cabo de un año sabía más que ella.
ELICIA. No me maravillo, que muchas veces, como dizen, al maestro
sobrepuja el buen discípulo. Y no va esto sino en la gana con que se
aprende; ninguna sciencia es bienempleada en el que no la tiene
affición. Yo le tengo a este officio odio; tú mueres tras ello.
CELESTINA. Tú te lo dirás todo; pobre vejez quieres; ¿piensas que
nunca has de salir de mi lado?
ELICIA. Por Dios, dexemos enojo, y al tiempo el consejo; ayamos
mucho plazer. Mientra hoy toviéremos de comer, no pensemos en
mañana. Tanbién se muere el que mucho allega como el que pobremente
bive, y el dotor como el pastor, y el papa como el sacristán, y el
señor como el siervo, y el de alto linaje como el baxo. Y tú con tu
officio como yo sin ninguno; no avemos de vivir para siempre.
Gozemos y holguemos, que la vejez pocos la veen, y de los que la
veen ninguno murió de hambre. No quiero en este mundo sino día y
victo y parte en paraíso. Aunque los ricos tienen mejor aparejo para
ganar la gloria que quien poco tiene, no ay ninguno contento, no ay
quien diga; harto tengo, no hay ninguno que no trocasse mi plazer
por sus dineros. Dexemos cuydados ajenos y acostémonos, que es hora.
Que más me engordará un buen sueño sin temor que quanto tesoro ay en
Venecia.
Argumento del octavo auto
La mañana viene. Despierta PÁRMENO. Despedido de AREÚSA, va para
casa de CALISTO, su señor. Falló a la puerta a SEMPRONIO. Conciertan
su amistad. Van juntos a la cámara de CALISTO. Hállanle hablando
consigo mismo. Levantado, va a la yglesia.
PÁRMENO, AREÚSA, SEMPRONIO, CALISTO
PÁRMENO. ¿Amanece, o qué es esto, que tanta claridad está en esta
cámara?
AREÚSA. ¿Qué amanescer? Duerme, señor, que aun agora nos acostamos.
No he yo pegado bien los ojos, ¿ya avía de ser de día? Abre, por
Dios, essa ventana de tu cabecera y verlo has.
PÁRMENO. En mi seso estó yo señora, que es de día claro, en ver
entrar luz entre las puertas. ¡O traydor de mí, en qué gran falta he
caído con mi amo! De mucha pena soy digno. ¡O qué tarde que es!
AREÚSA. ¿Tarde?
PÁRMENO. Y muy tarde.
AREÚSA. Pues assí goze de mi alma, no se me ha quitado el mal de la
madre; no sé cómo pueda ser.
PÁRMENO. ¿Pues qué quieres, mi vida?
AREÚSA. Que hablemos en mi mal.
PÁRMENO. Señora mía, si lo hablado no basta, lo que más es
necessario me perdona, porque es ya mediodía; si voy más tarde no
seré bien recebido de mi amo. Yo verné mañana y quantas vezes
después mandares. Que por esso hizo Dios un día tras otro, porque lo
que el uno no bastasse, se cumpliesse en otro. Y aun porque más nos
veamos, reciba de ti esta gracia, que te vayas hoy a las doze del
día a comer con nosotros a su casa de Celestina.
AREÚSA. Que me plaze de buen grado. Ve con Dios, junta tras ti la
puerta.
PÁRMENO. A Dios te quedes. ¡O plazer singular, o singular alegría!
Quál hombre es ni ha sido más bienaventurado que yo, quál más
dichoso y bienandante, ¡que un tan excellente don sea por mí
posseído, y quan presto pedido tan presto alcançado! Por cierto, si
las trayciones desta vieja con mi coraçón yo pudiesse suffrir, de
rodillas avía de andar a la complazer. ¿Con qué pagaré yo esto? O
alto Dios, ¿a quién contaría yo este gozo? ¿A quién descobriría tan
gran secreto? ¿A quién daré parte de mi gloria? Bien me dezía la
vieja que de ninguna prosperidad es buena la possessión sin
compañía. El plazer no comunicado no es plazer. ¿Quién sentiría esta
mi dicha como yo la siento? A Sempronio veo a la puerta de casa.
Mucho ha madrugado; trabajo tengo con mi amo si es salido fuera. No
será, que no es acostumbrado, pero como agora no anda en su seso, no
me maravillo que aya pervertido su costumbre.
SEMPRONIO. Pármeno, hermano, si yo supiesse aquella tierra donde se
gana el sueldo dormiendo, mucho haría por yr allá, que no daría
ventaja a ninguno; tanto ganaría como otro qualquiera. ¿Y cómo
holgazán, descuydado, fuiste para no tomar? No sé qué crea de tu
tardança, sino que [te] quedaste a escalentar la vieja esta noche o
rascarle los pies como quando chiquito.
PÁRMENO. ¡O Sempronio, amigo y más que hermano, por Dios no
corrompas mi plazer, no mezcles tu yra con mi sofrimiento, no
rebuelvas tu descontentamiento con mi descanso! No agües con tan
turvia agua el claro liquor del pensamiento que traygo; no enturvíes
con tus embidiosos castigos y odiosas reprehensiones mi plazer;
recíbeme con alegría y contarte he maravillas de mi buena andança
passada.
SEMPRONIO. Dilo, dilo. ¿Es algo de Melibea? ¿Asla visto?
PÁRMENO. ¿Qué de Melibea? Es de otra que yo más quiero, y aun tal
que si no estoy engañado, puedo bivir con ella en gracia y
hermosura. Sí, que no se encerró el mundo y todas sus gracias en
ella.
SEMPRONIO. ¿Qué es esto, desvariado? Reírme querría, sino que no
puedo. ¿Ya todos amamos? El mundo se va a perder. Calisto a Melibea,
yo a Elicia, tú de enbidia as buscado con quien perder esse poco de
seso que tienes.
PÁRMENO. Luego locura es amar y yo soy loco sin seso. Pues si la
locura fuesse dolores, en cada casa havría bozes.
SEMPRONIO. Según tu opinión, sí eres, que yo te he oído dar consejos
vanos a Calisto y contradezir a Celestina en quanto habla, y por
impedir mi provecho y el suyo huelgas de no gozar tu parte; pues a
las manos me as venido donde te podré dañar y lo haré.
PÁRMENO. No es, Sempronio, verdadera fuerça ni poderío dañar y
empecer, mas aprovechar y guarecerlo, y muy mayor quererlo hazer. Yo
siempre te tuve por hermano; no se cumpla por Dios en ti lo que se
dize, que pequeña causa departe conformes amigos. Muy mal me tratas;
no sé donde nazca este rencor. No me indignes, Sempronio, con tan
lastimeras razones. Cata que es muy rara la paciencia que agudo
baldón no penetre y traspasse.
SEMPRONIO. No digo mal en esto, sino que se eche otra sardina para
el moço de cavallos, pues tú tienes amiga.
PÁRMENO. Estás enojado; quiérote sofrir; aunque más mal me trates.
Pues dizen que ninguna humana passión es perpetua ni durable.
SEMPRONIO. Más maltratas tú a Calisto; aconsejando a él lo que para
ti huyes, diziendo que se aparte de amar a Melibea, hecho tablilla
de mesón, que para sí no tiene abrigo, y dale a todos. ¡O Pármeno,
agora podrás ver quán fácile cosa es reprehender vida ajena y aun
duro guardar cada qual la suya! No digo más, pues tú eres testigo, y
de aquí adelante veremos cómo te as, pues ya tienes tu escudilla
como cada cual. Si tú mi amigo fueras, en la necessidad que de ti
tuve me avías de favorecer, y ayudar a Celestina en mi provecho, que
no hincar un clavo de malicia a cada palabra. Sabe que como la hez
de la taverna despide a los borrachos, assí la adversidad o
necessidad al fingido amigo, luego se descubre el falso metal,
dorado por encima.
PÁRMENO. Oídolo avía dezir y por speriencia lo veo, nunca venir
plazer sin contraria çoçobra en esta triste vida; a los alegres
serenos y claros soles, nublados scuros y pluvias vemos suceder; a
los solazes y plazeres, dolores y muertes los ocupan; a las risas y
deleytes, llantos y lloros y passiones mortales los siguen.
Finalmente, a mucho descanso y sossiego, mucho pesar y tristeza.
¿Quién podrá tan alegre venir como yo agora? ¿Quién tan triste
recibimiento padescer? ¿Quién verse como yo me vi con tanta gloria
alcançada con mi querida Areúsa? ¿Quién caer della, siendo tan
maltratado tan presto como yo de ti? Que no me as dado lugar a poder
dezir quánto soy tuyo, quánto te he de favorecer en todo, quánto soy
arepiso de lo passado, quántos consejos y castigos buenos he
recebido de Celestina en tu favor y provecho y de todos; cómo pues
este juego de nuestro amo y Melibea está entre las manos, podemos
agora medrar o nunca.
SEMPRONIO. Bien me agradan tus palabras, si tales toviesses las
obras, a las quales spero para averte de creer. Pero, por Dios, me
digas qué es esso que dixiste de Areúsa. Parece que conoçes tú a
Areúsa su prima de Elicia.
PÁRMENO. ¿Pues qué es todo el plazer que traygo, sino averla
alcançado?
SEMPRONIO. ¡Cómo se lo dize: el bovo! De risa no puede hablar. ¿A
qué llamas averla alcançado? ¿Estava a alguna ventana, o qué es
esso?
PÁRMENO. A ponerla en dubda si queda preñada o no.
SEMPRONIO. Espantado me tienes; mucho puede el continuo trabajo; una
continua gotera horaca una piedra.
PÁRMENO. Verás tú tan continuo, que ayer lo pensé, ya la tengo por
mía.
SEMPRONIO. La vieja anda por aí.
PÁRMENO. ¿En qué lo vees?
SEMPRONIO. Que ella me avía dicho que te quería mucho y que te la
haría aver; dichoso fuiste; no heziste sino llegar y recaudar. Por
esto dizen, más vale a quien Dios ayuda que quien mucho madruga.
Pero tal padrino toviste.
PÁRMENO. Di madrina, que es más cierto. Assí que quien a buen árbol
se arrima... Tarde fuy, pero temprano recaudé. O hermano, ¿qué te
contaría de sus gracias de aquella mujer, de su habla y hermosura de
cuerpo? Pero quede para más oportunidad.
SEMPRONIO. ¿Puede ser sino prima de Elicia? No me dirás tanto,
quanto estotra no tenga más; todo te lo creo. Pero ¿qué te cuesta?
¿Asle dado algo?
PÁRMENO. No, cierto, mas aunque oviera, era bienempleado; de todo
bien es capaz. En tanto son las tales tenidas, quanto caras son
compradas; tanto valen quanto cuestan. Nunca mucho costó poco sino a
mí esta señora; a comer la combidé para casa de Celestina, y si te
plaze, vamos todos allá.
SEMPRONIO. ¿Quién, hermano?
PÁRMENO. Tú y ella, y allá está la vieja y Elicia; avremos plazer.
SEMPRONIO. ¡O Dios, y cómo me as alegrado! Franco eres; nunca te
faltaré. Como te tengo por hombre, como creo que Dios te ha de hazer
bien, todo el enojo que de tus passadas hablas tenía se me ha
tornado en amor. No dubdo ya tu confederación con nosotros ser la
que deve; abraçarte quiero; seamos como hermanos. ¡Vaya el diablo
para ruyn! Sea lo passado questión de Sant Juan, y assí paz para
todo el año, que las yras de los amigos siempre suelen ser
reintegración del amor. Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará
por todos.
PÁRMENO. ¿Y qué haze el desesperado?
SEMPRONIO. Allí está tendido en el strado cabe la cama donde le
dexaste anoche, que ni ha dormido ni está despierto. Si allá entro,
ronca; si me salgo, canta o devanea. No le tomo tiento, si con
aquello pena o descansa.
PÁRMENO. ¿Qué dizes? Y nunca me ha llamado ni ha tenido memoria de
mí?
SEMPRONIO. No se acuerda de sí, ¿acordarse ha de ti?
PÁRMENO. Aun hasta en esto me ha corrido buen tiempo. Pues [que]
assí es, mientra recuerda, quiero embiar la comida, que la aderecen.
SEMPRONIO. ¿Qué has pensado embiar, para que aquellas loquillas te
tengan por hombre complido, biencriado y franco?
PÁRMENO. En casa llena presto se adereça cena. De lo que ay en la
despensa basta para no caer en falta; pan blanco, vino de Monviedro;
un pernil de toçino, y más seys pares de pollos que traxeron estotro
día los renteros de nuestro amo, que si los pidiere, haréle creer
que los ha comido. Y las tórtolas que mandó para hoy guardar, diré
que hedían. Tú serás testigo; ternemos manera cómo a él no haga mal
lo que dellas comiere, y nuestra mesa esté como es razón. Y allá
hablaremos más largamente en su daño y nuestro provecho con la vieja
cerca destos amores.
SEMPRONIO. ¡Más, dolores! Que por fe tengo que de muerto o loco no
escapa desta vez. Pues que assí es, despacha, subamos a ver qué
haze.
CALISTO.
En gran peligro me veo,
en mi muerte no ay tardança,
pues que me pide el desseo
lo que me niega sperança.
PÁRMENO. (Escucha, escucha, Sempronio; trobando está nuestro amo.
SEMPRONIO. ¡O hydeputa el trobador! El gran Antípater Sidonio, el
gran poeta Ovidio, los quales de improviso se les venían las razones
metrificadas a la boca. ¡Sí sí, dessos es;trobará el diablo! Está
devaneando entre sueños.)
CALISTO.
Coraçón, bien se te emplea,
que penes y bivas triste,
pues tan presto te venciste
del amor de Melibea.
PÁRMENO. (¿No digo yo que troba?)
CALISTO. ¿Quién habla en la sala? ¡Moços!
PÁRMENO. ¿Señor?
CALISTO. ¿Es muy noche? ¿Es hora de acostar?
PÁRMENO. Mas ya es, señor, tarde para levantar.
CALISTO. ¿Qué dizes, loco; toda la noche es passada?
PÁRMENO. Y aun harta parte del día.
CALISTO. Di, Sempronio, ¿miente este desvariado? Que me haze creer
que es de día,
SEMPRONIO. Olvida, señor, un poco a Melibea, y verás la claridad.
Que con la mucha que en su gesto contemplas, no puedes ver de
encandelado, como perdiz con la calderuela.
CALISTO. Agora lo creo, que tañen a missa. Dacá mis ropas; yré a la
Madalena; rogaré a Dios aderece a Celestina y ponga en coraçón a
Melibea mi remedio, o dé fin en breve a mis tristes días.
SEMPRONIO. No te fatigues tanto, no lo quieras todo en una hora, que
no es de discretos dessear con grande efficacia lo que puede
tristemente acabar. Si tú pides que se concluya en un día lo que en
un año sería harto, no es mucha tu vida.
CALISTO. ¿Quieres dezir que soy como el moço del escudero gallego?
SEMPRONIO. No mande Dios que tal cosa yo diga, que eres mi señor. Y
demás desto, sé que, como me galardonas el buen consejo y me
castigarías lo mal hablado aunque dizen que no es ygual la alabança
del servicio o buen habla con la reprehensión y pena de lo malhecho
o hablado.
CALISTO. No sé quién te abezó tanta filosofía, Sempronio.
SEMPRONIO. Señor, no es todo blanco aquello que de negro no tiene
semejança, ni es todo oro quanto amarillo reluze. Tus acelerados
desseos no medidos por razón hazen parecer claros mis consejos.
Quisieras tú ayer que te traxeran a la primera habla amanojada y
embuelta en su cordón a Melibea, como si ovieras embiado por otra
qualquiera mercaduría a la plaça, en que no oviera más trabajo de
llegar y pagalla. Da, señor, alivio al coraçón, que en poco spacio
de tiempo no cabe gran bienaventurança. Un solo golpe no derriba un
roble; apercíbete con sofrimiento, porque la prudencia es cosa
loable y el apercibimiento resiste el fuerte combate.
CALISTO. Bien as dicho, si la qualidad de mi mal lo consintiesse.
SEMPRONIO. ¿Para qué, señor, es el seso, si la voluntad priva a la
razón?
CALISTO. ¡O loco, loco! Dize el sano al doliente: «Dios te dé
salud». No quiero consejo, ni esperarte más razones, que más abivas
y enciendes las llamas que me consumen. Yo me voy solo a missa y no
tornaré a casa hasta que me llaméys, pidiéndome [las] albricias de
mi gozo con la buena venida de Celestina. Ni comeré hasta entonce,
aunque primero sean los caballos de Febo apacentados en aquellos
verdes prados que suelen, quando han dado fin a su jornada.
SEMPRONIO. Dexa, señor, essos rodeos, dexa essas poesías, que no es
habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no
participan, la que pocos entienden. Di «aunque se ponga el sol», y
sabrán todos lo que dizes. Y come alguna conserva, con que tanto
spacio de tiempo te sostengas.
CALISTO. Sempronio, mi fiel criado, mi buen consejero, mi leal
servidor, sea como a ti te parece. Porque cierto tengo, según tu
limpieza de servicio, quieres tanto mi vida como la tuya.
SEMPRONIO. (¿Creeslo tú, Pármeno? Bien sé que no lo jurarías;
acuérdate, si fueres por conserva, apañes un bote para aquella
gentezilla, que nos va más, y a buen entendedor... En la bragueta
cabrá.)
CALISTO. ¿Qué dizes, Sempronio?
SEMPRONIO. Dixe, señor, a Pármeno que fuesse por una tajada de
diacitrón.
PÁRMENO. Hela aquí, señor.
CALISTO. Dacá.
SEMPRONIO. (Verás qué engullir haze el diablo; entero lo quiere
tragar por más apriessa hazer.)
CALISTO. El alma me ha tomado; quedaos con Dios, hijos. Esperad la
vieja y yd por buenas albricias.
PÁRMENO. (¡Allá yrás con el diablo tú y malos años; y en tal hora
comiesses el diacitrón, como Apuleyo el veneno que le convertió en
asno!)
Argumento del noveno auto
SEMPRONIO y PÁRMENO van a casa de CELESTINA entre sí hablando.
Llegados allá, hallan a ELICIA Y AREÚSA. Pónense a comer; entre
comer riñe ELICIA con SEMPRONIO. Levántase de la mesa. Tórnanla
apaziguar. Estando ellos todos entre sí razonando, viene LUCRECIA,
criada de MELIBEA, llamar a CELESTINA que vaya a estar con MELIBEA.
SEMPRONIO, PÁRMENO, CELESTINA, ELICIA, AREÚSA, LUCRECIA
SEMPRONIO. Baxa, Pármeno, nuestras capas y spadas, si te parece que
es hora que vamos a comer.
PÁRMENO. Vamos presto. Ya creo que se quexarán de nuestra tardança.
No por essa calle, sino que estotra, porque nos entremos por la
yglesia y veremos si oviere acabado Celestina sus devociones.
Llevarla hemos de camino.
SEMPRONIO. A donosa hora ha destar rezando.
PÁRMENO. No se puede dezir sin tiempo hecho lo que en todo tiempo se
puede hazer.
SEMPRONIO. Verdad es, pero mal conoces a Celestina. Quando ella
tiene que hazer, no se acuerda de Dios ni cura de santidades. Quando
ay que roer en casa, sanos están los santos; quando va a la yglesia
con sus cuentas en la mano, no sobra el comer en casa. Aunque ella
te crió, mejor conozco yo sus proprietades que tú. Lo que en sus
cuentas reza es los virgos que tiene a cargo, y quántos enamorados
ay en la cibdad, y quántas moças tiene encomendadas, y qué
despenseros le dan ración, y quál mejor, y cómo los llaman por
nombre, porque quando los encontrare no hable como estraña, y qué
canónigo es más moço y franco. Quando menea los labios es fengir
mentiras, ordenar cautelas para aver dinero: «Por aquí le entraré,
esto me responderá, esto[tro] replicaré.» Assí bive esta que
nosotros mucho honrramos.
PÁRMENO. Más que esso sé yo, sino porque te enojaste estotro día, no
quiero hablar; quando lo dixe a Calisto.
SEMPRONIO. Aunque lo sepamos para nuestro provecho, no lo
publiquemos para nuestro daño. Saberlo nuestro amo es echalla por
quien es y no curar della. Dexándola, verná forçado otra de cuyo
trabajo no esperemos parte como désta, que de grado o por fuerça nos
dará de lo que le diere.
PÁRMENO. Bien has dicho. Calla, que está abierta la puerta; en casa
está. Llama antes que entres, que por ventura están rebueltas y no
querrán ser ansí vistas.
SEMPRONIO. Entra, no cures, que todos somos de casa; ya ponen la
mesa.
CELESTINA. ¡O mis enamorados, mis perlas de oro, tal me venga el año
qual me parece vuestra venida!
PÁRMENO. (Que palabras tiene la noble; bien ves, hermano, estos
halagos fengidos.
SEMPRONIO. Déxala, que desso bive; que no sé quién diablos le mostró
tanta ruyndad.
PÁRMENO. La necessitad y pobreza, la hambre, que no ay mejor maestra
en el mundo, no ay mejor despertadora y abivadora de ingenios.
¿Quién mostró a las picaças y papagayos ymitar nuestra propia habla
con sus harpadas lenguas, nuestro órgano y boz, sino ésta?).
CELESTINA. ¡Mochachas, mochachas, bovas, andad acá baxo presto, que
están aquí dos hombres que me quieren forçar!
ELICIA. ¡Mas nunca acá vinieran; y mucho conbidar con tiempo, que ha
tres horas que está aquí mi prima! Este perezoso de Sempronio avrá
sido causa de la tardança, que no ha ojos por do verme.
SEMPRONIO. Calla, mi señora, mi vida, mis amores, que quien a otro
sirve no es libre; assí que sojeción me relieva de culpa. No ayamos
enojo; assentémonos a comer.
ELICIA. Assí; para assentar a comer muy diligente; a mesa puesta con
tus manos lavadas y poca vergüença.
SEMPRONIO. Después reñiremos; comamos agora. Asséntate, madre
Celestina, tú primero.
CELESTINA. Assentaos vosotros, mis hijos, que harto lugar ay para
todos, a Dios gracias. Tanto nos diessen del paraíso quando allá
vamos. Poneos en orden cada uno cabe la suya; yo que estoy sola
porné cabe mí este jarro y taça, que no es más mi vida de quanto con
ello hablo. Después que me fui haziendo vieja no sé mejor officio a
la mesa que escanciar, porque quien la miel trata siempre se le pega
dello. Pues de noche en invierno no ay tal escalentador de cama; que
con dos jarrillos destos que beva, quando me quiero acostar no
siento frío en toda la noche. Desto afforro todos mis vestidos
quando viene la Navidad; esto me callenta la sangre; esto me
sostiene contino en un ser; esto me haze andar siempre alegre; esto
me para fresca. Desto vea yo sobrado en casa que nunca temeré el mal
año, que un cortezón de pan ratonado me basta para tres días. Esto
quita la tristeza del coraçón más que el oro ni el coral. Esto da
esfuerço al moço, y al viejo fuerça, pone color al descolorido,
corage al covarde, al floxo diligencia, conforta los celebros, saca
el frío del stómago, quita el hedor del aliento, haze potentes los
fríos, haze sofrir los afanes de las labranças a los cansados
segadores, haze sudar toda agua mala, sana el romadizo y las muelas,
sostiene sin heder en la mar, lo qual no haze el agua. Más
propiedades te diría dello, que todos tenés cabellos. Assí que no sé
quien no se goze en mentarlo. No tiene sino una tacha, que lo bueno
vale caro y lo malo hace daño. Assí que con lo que sana el hígado,
enferma la bolsa, pero todavía con mi fatiga busco lo mejor para
esso poco que bevo: una sola dozena de vezes a cada comida, no me
harán passar de allí salvo si no soy conbidada como agora.
PÁRMENO. Madre, pues tres vezes dizen que es lo bueno y honesto
todos los que scrivieron.
CELESTINA. Hijo, estará corrupta la letra; por treze, tres.
SEMPRONIO. Tía señora, a todos nos sabe bien comiendo y hablando,
porque después no havrá tiempo para entender en los amores deste
perdido de nuestro amo y de aquella graciosa y gentil Melibea.
ELICIA. ¡Apártateme allá, dessabrido, enojoso; mal provecho te haga
lo que comes, tal comida me as dado! Por mi alma, revessar quiero
quanto tengo en el cuerpo de asco de oírte llamar a aquélla gentil.
¡Mirad quién gentil! ¡Jesú, Jesú, y qué hastío y enojo es ver tu
poca vergüença! ¿A quién gentil? ¡Mal me haga Dios si ella lo es ni
tiene parte dello, sino que ay ojos que de lagaña se agradan!
Santiguarme quiero de tu necedad y poco conoscimiento. ¡O quién
stoviesse de gana para disputar contigo su hermosura y gentileza!
¿Gentil, [gentil] es Melibea? Entonces lo es, entonces acertarán
quando andan a pares los diez mandamientos. Aquella hermosura por
una moneda se compra de la tienda. Por cierto que conosco yo en la
calle donde ella bive, quatro donzellas en quien Dios más repartió
su gracia que no en Melibea, que si algo tiene de hermosura es por
buenos atavíos que trae. Ponedlos a un palo, tanbién dirés que es
gentil. Por mi vida, que no lo digo por alabarme, mas creo que soy
tan hermosa como vuestra Melibea.
AREÚSA. Pues no la has tú visto como yo, hermana mía; Dios me lo
demande si en ayunas la topasses, si aquel día pudiesses comer de
asco. Todo el año se está encerrada con mudas de mil suziedades. Por
una vez que haya de salir donde pueda ser vista, enviste su cara con
hiel y miel, con unas tostadas y higos passados, y con otras cosas
que por reverencia de la mesa dexo de dezir. Las riquezas las hazen
a éstas hermosas y ser alabadas, que no las gracias de su cuerpo,
que assí goze de mí, unas tetas tiene para ser donzella como si tres
vezes oviesse parido; no parescen sino dos grandes calabaças. El
vientre no se le he visto, pero juzgando por lo otro creo que le
tiene tan floxo como vieja de cinquenta años. No sé qué se ha visto
Calisto porque dexa de amar otras que más ligeramente podría aver y
con quien más él holgasse, sino que el gusto dañado muchas vezes
juzga por dulce lo amargo.
SEMPRONIO. Hermana, parésceme aquí que cada bohonero alaba sus
agujas, que el contrario desso se suena por la ciudad.
AREÚSA. Ninguna cosa es más lexos de la verdad que la vulgar
opinión; nunca alegre bivirás si por voluntad de muchos te riges.
Porque éstas son conclusiones verdaderas. Que qualquier cosa que el
vulgo piensa es vanidad, lo que habla falsedad, lo que reprueva es
bondad, lo que apprueva, maldad. Y pues éste es su más cierto uso y
costumbre, no juzgues la bondad y hermosura de Melibea por esso ser
la que affirmas.
SEMPRONIO. Señora, el vulgo parlero no perdona las tachas de sus
señores, y assí yo creo que si alguna toviesse Melibea, ya sería
descobierta de los que con ella más que nosotros tratan. Y aunque lo
que dizes concediesse, Calisto es cavallero, Melibea hijadalgo; assí
que los nascidos por linaje escogidos búscanse unos a otros. Por
ende no es de maravillar que ame antes a ésta que a otra.
AREÚSA. Ruyn sea quien por ruyn se tiene; las obras hazen linaje,
que al fin todos somos hijos de Adam y Eva. Procure de ser cada uno
bueno por sí, y no vaya a buscar en la nobleza de sus passados la
virtud.
CELESTINA. Hijos, por mi vida, que cessen essas razones de enojo, y
tú Elicia, que te tornes a la mesa y dexes essos enojos.
ELICIA. Con tal que mala pro me hiziesse, con tal que rebentasse en
comiéndolo. ¿Avía yo de comer con esse malvado que en mi cara me ha
porfiado que es más gentil su andrajo de Melibea que yo?
SEMPRONIO. Calla, mi vida, que tú la comparaste; toda comparación es
odiosa. Tú tienes la culpa y no yo.
AREÚSA. Ven, hermana, a comer, no hagas agora esse plazer a estos
locos porfiados; si no, levantarme he yo de la mesa.
ELICIA. Necessidad de complazerte me haze contentar a esse enemigo
mío y usar de virtudes con todos.
SEMPRONIO. ¡He, he, he!
ELICIA. ¿De qué te ríes? ¡De mala cançre sea comida essa boca
desgraciada, enojoso!
CELESTINA. No la respondas, hijo, si no, nunca acabaremos;
entendamos en lo que haze a nuestro caso. Dezidme ¿cómo quedó
Calisto? ¿Cómo le dexastes? ¿Cómo os podistes entramos descabullir
dél?
PÁRMENO. Allá fue a la maldición, echando huego, desesperado,
perdido, medio loco, a missa a la Madalena a rogar a Dios que te dé
gracia, que puedas bien roer los huessos destos pollos, y
protestando de no bolver a casa hasta oír que eres venida con
Melibea en tu arremango. Tu saya y manto y aun mi sayo cierto stá;
lo otro vaya y venga; el quándo lo dará no lo sé.
CELESTINA. Sea quando fuere; buenas son mangas passada la pascua.
Todo aquello alegra que con poco trabajo se gana, mayormente
viniendo de parte donde tan poca mella haze, de hombre tan rico que
con los salvados de su casa podría yo salir de lazería, según lo
mucho le sobra. No les duele a los tales lo que gastan y según la
causa por que lo dan; no lo sienten con el embevecimiento del amor.
No les pena, no veen, no oyen, lo qual yo juzgo por otros que he
conoçido menos apassionados y metidos en este huego de amor que a
Calisto veo. Que ni comen ni beven, ni ríen ni lloran, ni duermen ni
velan, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están
contentos ni se quexan, según la perplexidad de aquella dulce y
fiera llaga de sus coraçones. Y si alguna cosa déstas la natural
necessidad les fuerça a hazer, están en el acto tan olvidados que
comiendo se olvida la mano de llevar la vianda a la boca. Pues si
con ellos hablan, jamás conveniente respuesta buelven. Allí tienen
los cuerpos, con sus amigas los coraçones y sentidos. Mucha fuerça
tiene el amor; no sólo la tierra, mas aun las mares traspassa según
su poder. Ygual mando tiene en todo género de hombres; todas las
difficultades quiebra. Anxiosa cosa es, temerosa y solícita; todas
las cosas mira en derredor. Assí que si vosotros buenos enamorados
avés sido, juzgarés yo dezir verdad.
SEMPRONIO. Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está quien
me causó algún tiempo andar fecho otro Calisto, perdido el sentido,
cansado el cuerpo, la cabeça vana, los días mal durmiendo, las
noches todas velando, dando alvoradas, haziendo momos, saltando
paredes, poniendo cada día la vida al tablero, esperando toros,
corriendo cavallos, tirando barra, echando lança, cansando amigos,
quebrando spadas, haziendo scalas, vistiendo armas, y otros mil atos
de enamorado; haziendo coplas, pintando motes, sacando invenciones.
Pero todo lo doy por bienempleado, pues tal joya gané.
ELICIA. ¿Mucho piensas que me tienes ganada? Pues hágote cierto que
no as tú buelto la cabeça quando está en casa otro que más quiere,
más gracioso que tú, y aun que no ande buscando cómo me dar enojo; a
cabo de un año que me vienes a ver tarde y con mal.
CELESTINA. Hijo, déxala dezir, que devanea; mientra más de esso la
oyeres, más se confirma en su amor. Todo es porque avés aquí alabado
a Melibea; no sabe en otra cosa que os lo pagar sino en dezir esso,
y creo que no vee la hora que aver comido para lo que yo me sé. Pues
essotra su prima yo [me] la conozco; gozad vuestras frescas
moçedades, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene
que se arrepiente, como yo fago agora por algunas horas que dexé
perder quando moça, quando me preciava, quando me querían, que ya,
mal pecado, caducado he; nadie no me quiere, que sabe Dios mi buen
deseo. Besaos y abraçaos, que a mí no me queda otra cosa sino
gozarme de vello. Mientra a la mesa estáys, de la cinta arriba todo
se perdona; quando seáys aparte, no quiero poner tassa, pues que el
rey no la pone, que yo sé por las mochachas que nunca de importunos
os acusen, y la vieja Celestina maxcará de dentera con sus botas
enzías las migajas de los manteles. ¡Bendígaos Dios como lo reís y
holgáys, putillos, loquillos, traviessos; en esto avía de parar el
nublado de las questioncillas que avés tenido; mira no derribés la
mesa!
ELICIA. Madre, a la puerta llaman; el solaz es derramado.
CELESTINA. Mira, hija, quién es; por ventura será quien lo
acreciente y allegue.
ELICIA. O la boz me engaña, o es mi prima Lucrecia.
CELESTINA. Ábrela y entre ella y buenos años, que aun a ella algo se
le entiende desto que aquí hablamos, aunque su mucho encerramiento
le impide el gozo de su moçedad.
AREÚSA. Assí goçe de mí, que es verdad, que éstas que sirven a
señoras ni gozan deleyte ni conocen los dulces premios de amor.
Nunca tratan con parientas, con yguales a quien pueden hablar tú por
tú, con quien digan: «¿qué cenaste?; ¿estás preñada?; ¿quántas
gallinas crías?; llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu
enamorado; ¿quánto ha que no te vido?; ¿cómo te va con él?; ¿quién
son tus vezinas?» y otras cosas de ygualdad semejantes. ¡O tía, y
qué duro nombre y qué grave y sobervio es «señora» contino en la
boca. Por esto me bivo sobre mí, desde que me sé conoscer, que jamás
me precié de llamar de otrie sino mía. Mayormente destas señoras que
agora se usan. Gástase con ellas lo mejor del tiempo, y con una saya
rota de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años.
Denostadas, maltratadas las traen, contino sojuzgadas, que hablar
delante [de] ellas no osan, y quando ven cerca el tiempo de la
obligación de casallas, levántales un caramillo que se echan con el
moço, o con el hijo, o pídenles çelos del marido, o que meten
hombres en casa, o que hurtó la taça, o perdió el anillo; danles un
ciento de açotes y échanlas la puerta fuera, las haldas en la
cabeça, diziendo: «Allá yrás, ladrona, puta, no destruyrás mi casa y
honrra.» Assí que esperan galardón, sacan baldón, esperan salir
casadas, salen amenguadas, esperan vestidos y joyas de boda, salen
desnudas y denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus
beneficios y pagos. Oblíganse a darles marido, quítanles el vestido;
la mejor honrra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras,
de dueña en dueña, con sus mensajes acuestas. Nunca oyen su nombre
propio, de la boca dellas, sino puta acá, puta acullá. «¿A dó vas,
tiñosa? ¿Qué heziste, vellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo
fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, çuzia?
¿Cómo dixiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo
faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián le avrás dado. Ven acá,
mala mujer, la gallina havada no parece; pues búscala presto; si no,
en la primera blanca de tu soldada la contaré.» Y tras esto mil
chapinazos y pellizcos, palos y açotes. No ay quien las sepa
contentar, no quien puede soffrirlas. Su plazer es dar bozes, su
gloria es reñir; de lo mejor hecho, menos contentamiento muestran.
Por esto, madre, he querido más bivir en mi pequeña casa esenta y
señora, que no en sus ricos palacios sojuzgada y cativa.
CELESTINA. En tu seso has estado; bien sabes lo que hazes. Que los
sabios dizen que vale más una migaja de pan con paz que toda la casa
llena de viandas con renzilla. Mas agora cesse esta razón, que entra
Lucrecia.
LUCRECIA. Buena pro os haga, tía, y la compañía. Dios bendiga tanta
gente y tan honrrada.
CELESTINA. ¿Tanta, hija? ¿Por mucha has ésta? Bien paresce que no me
conociste en mi prosperidad, hoy ha veynte años. ¡Ay, quien me vido
y quien me vee agora, no sé cómo no quiebra su coraçón de dolor! Yo
vi, mi amor, a esta mesa donde agora están tus primas assentadas,
nueve moças de tus días, que la mayor no passava de deziocho años, y
ninguna avía menor de quatorze. Mundo es, passe, ande su rueda,
rodee sus alcaduces, unos llenos, otros vazíos. Ley es de fortuna
que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanesce; su orden es
mudanças. No puedo dezir sin lágrimas la mucha honrra que entonces
tenía, aunque por mis pecados y mala dicha, poco a poco ha venido en
diminución. Como declinavan mis días, assí se disminuía y menguava
mi provecho. Proverbio es antiguo que quanto al mundo es, o crece o
decrece. Todo tiene sus límites, todo tiene sus grados. Mi honrra
llegó a la cumbre según quien yo era; de necessidad es que desmengüe
y se abaxe. Cerca ando de mi fin. En esto veo que me queda poca
vida. Pero bien sé que sobí para descender, florecí para secarme,
gozé para entristecerme, nascí para bivir, biví para crecer, crescí
para envejeçer, envejecí para morirme. Y pues esto antes de agora me
consta, sofriré con menos pena mi mal, aunque del todo no pueda
despedir el sentimiento como sea de carne sensible formada.
LUCRECIA. Trabajo tenías, madre, con tantas moças, que es ganado muy
penoso de guardar.
CELESTINA. ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso y alivio. Todas me
obedescían, todas me honrravan, de todas era acatada; ninguna salía
de mi querer; lo que yo dezía era lo bueno; a cada qual dava [su]
cobro; no escogían más de lo que les mandava; coxo o tuerto o manco,
aquél avían por sano que más dinero me dava. Mío era el provecho,
suyo el afán. Pues servidores ¿no tenía por su causa dellas?
Cavalleros, viejos [y] moços, abades de todas dignidades, desde
obispos hasta sacristanes. En entrando por la yglesia vía derrocar
bonetes en mi honor como si yo fuera una duquesa. El que menos avía
que negociar conmigo, por más ruyn se tenía. De media legua que me
viessen dexavan las horas; uno a uno [y] dos a dos venían a donde yo
estava, a ver si mandava algo, a preguntarme cada uno por la suya.
[Que hombre avía, que estando diziendo missa] en viéndome entrar se
turbavan, que no hazían ni dezían cosa a derechas. Unos me llamavan
señora, otros tía, otros enamorada, otros vieja honrrada. Assí se
concertavan sus venidas a mi casa, allí las ydas a la suya. Allí se
me offrescían dineros, allí promessas, allí otras dádivas, besando
el cabo de mi manto, y aun algunos en la cara por me tener más
contenta. Agora hame traído la fortuna a tal estado que me digas:
«¡Buena pro hagan las çapatas!»
SEMPRONIO. Spantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas de
essa religiosa gente y benditas coronas. ¿Si que no serían todos?
CELESTINA. No, hijo, ni Dios lo mande que yo tal cosa levante. Que
muchos viejos devotos avía con quien yo poco medrava, y aun que no
me podían ver, pero creo que de embidia de los otros que me hablavan.
Como la cleresía era grande, avía de todos, unos muy castos, otros
que tenían cargo de mantener a las de mi officio, y aun todavía creo
que no faltan. Y embiavan sus escuderos y moços a que me
acompañassen, y apenas era llegada a mi casa quando entravan por mi
puerta muchos pollos y gallinas, anserones, anadones, perdizes,
tórtolas, perniles de toçino, tortas de trigo, lechones. Cada qual
como lo recibía de aquellos diezmos de Dios, assí lo venían luego a
registrar para que comiesse yo y aquellas sus devotas. Pues vino,
¿no me sobraba? De lo mejor que se bevía en la ciudad, venido de
diversas partes: de Monviedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de
San Martín, y de otros muchos lugares, y tantos que aunque tengo la
differencia de los gustos y sabor en la boca, no tengo la diversidad
de sus tierras en la memoria, que harto es que una vieja como yo en
oliendo qualquiera vino diga de dónde es. Pues otros curas sin renta,
no era offreçido el bodigo quando en besando el feligrés la stola
era de primero boleo en mi casa. Espessos como piedras a tablado
entravan mochachos cargados de provisiones por mi puerta. No sé cómo
me puedo bivir cayendo de tal stado.
AREÚSA. Por Dios, pues somos venidas a haver plazer, no llores,
madre, ni te fatigues, que Dios lo remediará todo.
CELESTINA. Harto tengo, hija, que llorar, acordándome de tan alegre
tiempo y tal vida como yo tenía, y quán servida era de todo el
mundo, que jamás hovo fruta nueva de que yo primero no gozasse, que
otros supiessen si era nascida. En mi casa se avía de allar, si para
alguna preñada se buscasse.
SEMPRONIO. Madre, ningún provecho trae la memoria del buen tiempo si
cobrar no se puede, antes tristeza; como a ti agora que nos has
sacado el plazer dentre las manos. Álcese la mesa; yrnos hemos a
holgar, y tú darás respuesta a esta donzella que aquí es venida.
CELESTINA. Hija Lucrecia, dexadas essas razones, querría que me
dixiesses qué fue agora tu buena venida.
LUCRECIA. Por cierto, ya se me avía olvidado mi principal demanda y
mensaje con la memoria de esse tan alegre tiempo como as contado, y
assí me estuviera un año sin comer, escuchándote y pensando en
aquella vida buena que aquellas moças gozarían, que me paresce y
semeja que estó yo agora en ella. Mi venida, señora, es lo que tú
sabrás; pedirte el ceñidero y demás desto, te ruega mi señora sea de
ti visitada y muy presto, porque se siente muy fatigada de desmayos
y de dolor del coraçón.
CELESTINA. Hija, destos dolorçillos tales más es el ruydo que las
nuezes. Maravillada estoy sentirse del coraçón muger tan moça.
LUCRECIA. (¡Assí te arrastren, traydora! ¿Tú no sabes qué es? Haze
la vieja falsa sus hechizos y vase; después házese de nuevas.)
CELESTINA. ¿Qué dizes, hija?
LUCRECIA. Madre, que vamos presto y me des el cordón.
CELESTINA. Vamos, que yo le llevo.
Argumento del décimo auto
Mientra andan CELESTINA y LUCRECIA por camino, stá hablando MELIBEA
consigo misma. Llegan a la puerta; entra LUCRECIA primero. Haze
entrar a CELESTINA. MELIBEA, después de muchas razones, descubre a
CELESTINA arder en amor de CALISTO. Veen venir a ALISA, madre de
MELIBEA. Despídense den uno. Pregunta ALISA a MELIBEA de los
negocios de CELESTINA. Defendióle su mucha conversación.
MELIBEA, LUCRECIA, CELESTINA, ALISA
MELIBEA. ¡O lastimada de mí, o mal proveída donzella! ¿Y no me fuera
mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina quando de
parte de aquel señor cuya vista me cativó me fue rogado, y
contentarle a él, y sanar a mí, que no venir por fuerça a descobrir
mi llaga quando no me sea agradescido, quando ya desconfiando de mi
buena respuesta aya puesto sus ojos en amor de otra? ¡Quánta más
ventaja toviera mi prometimiento rogado que mi offrecimiento
forçoso! ¡O mi fiel criada Lucrecia! ¿qué dirás de mí; qué pensarás
de mi seso quando me veas publicar lo que a ti jamás he querido
descobrir? Cómo te spantarás del rompimiento de mi honestidad y
vergüença, que siempre como encerrada donzella acostumbré tener. No
sé si avrás barruntado de dónde proceda mi dolor, o si ya viniesses
con aquella medianera de mi salud. O soberano Dios, a ti que todos
los atribulados llaman, los passionados piden remedio, los llagados
medicina, a ti que los cielos, mar [y] tierra, con los infernales
centros obedescen, a ti el qual todas las cosas a los hombres
sojuzgaste, humilmente suplico: des a mi herido coraçón sofrimiento
y paciencia, con que mi terrible passión pueda dissimular, no se
desdore aquella hoja de castidad que tengo assentada sobre este
amoroso desseo, publicando ser otro mi dolor que no el que me
atormenta. Pero ¿cómo lo podré hazer, lastimándome tan cruelmente el
ponçoñoso bocado que la vista de su presencia de aquel cavallero me
dio? ¡O género femíneo, encogido y frágile! ¿por qué no fue también
a las hembras concedido poder descobrir su congoxoso y ardiente
amor, como a los varones? Que ni Calisto biviera quexoso ni yo
penada.
LUCRECIA. Tía, detente un poquito cabe esta puerta; entraré a ver
con quién está hablando mi señora. Entra, entra, que consigo lo ha.
MELIBEA. Lucrecia, echa essa antepuerta. ¡O vieja sabia y honrrada,
tú seas bienvenida! ¿Qué te paresce cómo ha quesido mi dicha y la
fortuna ha rodeado que yo tuviesse de tu saber necessidad para que
tan presto me oviesses de pagar en la misma moneda el beneficio que
por ti me fue demandado para esse gentilhombre que curavas con la
virtud de mi cordón?
CELESTINA. ¿Qué es, señora, tu mal, que assí muestra las señas de su
tormento en las coloradas colores de tu gesto?
MELIBEA. Madre mía, que me comen este coraçón serpientes dentro de
mi cuerpo.
CELESTINA. (Bien está; assí lo quería yo. Tú me pagarás, doña loca,
la sobra de tu yra.)
MELIBEA. ¿Qué dizes? ¿Has sentido en verme alguna causa donde mi mal
proceda?
CELESTINA. No me as, señora, declarado la calidad del mal. ¿Quieres
que adevine la causa? Lo que yo digo es que recibo mucha pena de ver
triste tu graciosa presencia.
MELIBEA. Vieja honrrada, alégramela tú, que grandes nuevas me an
dado de tu saber.
CELESTINA. Señora, el sabidor sólo Dios es. Pero como para salud y
remedio de las enfermedades fueron repartidas las gracias en las
gentes de hallar las melezinas, dellas por esperiencia, dellas por
arte, dellas por natural instinto, alguna partezica alcançó a esta
pobre vieja, de la qual al presente podrás ser servida.
MELIBEA. O qué gracioso y agradable me es oírte; saludable es al
enfermo la alegre cara del que le visita. Paréceme que veo mi
coraçón entre tus manos hecho pedaços, el qual, si tú quisiesses,
con muy poco trabajo juntarías con la virtud de tu lengua, no de
otra manera que quando vio en sueños aquel grande Alexandre, rey de
Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su
criado Tolomeo del bocado de la bívora. Pues, por amor de Dios, te
despojes para más diligente entender en mi mal y me des algún
remedio.
CELESTINA. Gran parte de la salud es dessearla, por lo qual creo
menos peligroso ser tu dolor. Pero para yo dar mediante Dios congrua
y saludable melezina es necessario saber de ti tres cosas. La
primera, a qué parte de tu cuerpo más declina y aquexa el
sentimiento. Otra, si es nuevamente por ti sentido, porque más
presto se curan las tiernas enfermedades en sus principios que
quando han hecho curso en la perseveración de su officio. Mejor se
doman los animales en su primera edad que quando ya es su cuero
endurecido, para venir mansos a la melena. Mejor crecen las plantas
que tiernas y nuevas se trasponen, que las que frutificando ya se
mudan. Muy mejor se despide el nuevo pecado, que aquel que por
costumbre antigua cometemos cada día. La tercera, si procedió de
algún cruel pensamiento que assentó en aquel lugar. Y esto sabido,
verás obrar mi cura. Por ende cumple que al médico como al confessor
se hable toda verdad abiertamente.
MELIBEA. Amiga Celestina, muger bien sabia y maestra grande, mucho
has abierto el camino por donde mi mal te pueda specificar. Por
cierto, tú lo pides como mujer bien esperta en curar tales
enfermedades. Mi mal es de coraçón, la ysquierda teta es su
aposentamiento; tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es
nuevamente nascido en mi cuerpo, que no pensé jamás que podía dolor
privar el seso como éste haze; túrbame la cara; quítame el comer; no
puedo dormir; ningún género de risa querría ver. La causa o
pensamiento, que es la final cosa por ti preguntada de mi mal, ésta
no sabré dezirte, porque ni muerte de deudo ni pérdida de temporales
bienes ni sobresalto de visión ni sueño desvariado ni otra cosa
puedo sentir que fuesse, salvo [la] alteración que tú me causaste
con la demanda que sospeché de parte de aquel cavallero Calisto
quando me pediste la oración.
CELESTINA. ¿Cómo, señora, tan mal hombre es aquél, tan mal nombre es
el suyo que en sólo ser nombrado trae consigo ponçoña su sonido? No
creas que sea éssa la causa de tu sentimiento, antes otra que yo
barrunto; y pues que ansí es, si tu licencia me das, yo, señora, te
la diré.
MELIBEA. ¿Cómo, Celestina, qué es esse nuevo salario que pides? ¿De
licencia tienes tú necessidad para me dar la salud? ¿Quál médico
jamás pidió tal seguro para curar al paciente? Di, di, que siempre
la tienes de mí, tal que mi honrra no dañes con tus palabras.
CELESTINA. Véote, señora, por una parte quexar el dolor, por otra
temer la melezina. Tu temor me pone miedo, el miedo silencio, el
silencio tregua entre tu llaga y mi melezina; assí que será causa
que ni tu dolor cesse, ni mi venida aproveche.
MELIBEA. Quanto más dilatas la cura, tanto más me acrecientas y
multiplicas la pena y passión. ¡O tus melezinas son de polvos de
infamia y licor de corruptión, confacionados con otro más crudo
dolor que el que de parte del paciente se siente, o no es ninguno tu
saber! Porque si lo uno o lo otro no te impidiesse qualquiera
remedio otro darías sin temor, pues te pido le muestres, quedando
libre mi honrra.
CELESTINA. Señora, no tengas por nuevo ser más fuerte de sofrir al
herido la ardiente trementina y los ásperos puntos que lastiman lo
llagado, doblan la passión, que no la primera lisión que dio sobre
sano. Pues si tú quieres ser sana y que te descubra la punta de mi
sotil aguja sin temor, haz para tus manos y pies una ligadura de
sosiego, para tus ojos una cobertura de piedad, para tu lengua un
freno de silencio para tus oídos unos algodones de sofrimiento y
paciencia, y verás obrar a la antigua maestra destas llagas.
MELIBEA. ¡O cómo me muero con tu dilatar! Di, por Dios, lo que
quisieres, haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio tan
áspero que yguale con mi pena y tormento. Agora toque en mi honrra,
agora dañe mi fama, agora lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis
carnes para sacar mi dolorido coraçón, te doy mi fe ser segura, y si
siento alivio, bien galardonada.
LUCRECIA. (El seso tiene perdido mi señora. Gran mal es éste;
cativádola ha esta hechizera.)
CELESTINA. (Nunca me ha de faltar un diablo acá y acullá; scapóme
Dios de Pármeno; topóme con Lucrecia.)
MELIBEA. ¿Qué dizes, amada maestra? ¿Qué te hablava essa moça?
CELESTINA. No le oí nada, pero diga lo que dixere, sabe que no ay
cosa más contraria en las grandes curas delante los animosos
çurujanos que los flacos coraçones, los quales con su gran lástima,
con sus dolorosas hablas, con sus sentibles meneos, ponen temor al
enfermo, hazen que desconfíe de la salud, y al médico enojan y
turban, y la turbación altera la mano, rige sin orden la aguja. Por
donde se puede conocer claro que es muy necessario para tu salud que
no esté persona delante, y assí que la deves mandar salir; y tú,
hija Lucrecia, perdona.
MELIBEA. Salte fuera, presto.
LUCRECIA. (¡Ya, ya, todo es perdido!) Ya me salgo, señora.
CELESTINA. Tanbién me da osadía tu gran pena, como ver que con tu
sospecha has ya tragado alguna parte de mi cura. Pero todavía es
necessario traer más clara melezina y más saludable descanso de casa
de aquel cavallero Calisto.
MELIBEA. Calla, por Dios, madre, no traygan de su casa cosa para mi
provecho, ni le nombres aquí.
CELESTINA. Sufre, señora, con paciencia, que es el primer punto y
principal. No se quiebre, si no, todo nuestro trabajo es perdido. Tu
llaga es grande, tiene necessidad de áspera cura; y lo duro con duro
se ablanda más efficazmente, y dizen los sabios que la cura del
lastimero médico dexa mayor señal, y que nunca peligro sin peligro
se vence. Ten paciencia, que pocas vezes lo molesto sin molestia se
cura; y un clavo con otro se espelle, y un dolor con otro. No
concibas odio ni desamor, ni consientas a tu lengua dezir mal de
persona tan virtuosa como Calisto, que si conoscido fuesse...
MELIBEA. ¡O por Dios, que me matas! ¿Y no [te] tengo dicho que no me
alabes esse hombre, ni me le nombres en bueno ni en malo?
CELESTINA. Señora, este es otro y segundo punto, el qual si tú con
tu mal sofrimiento no consientes, poco aprovechará mi venida, y si
como prometiste lo sufres, tú quedarás sana y sin deubda, y Calisto
sin quexa y pagado. Primero te avisé de mi cura y desta invisible
aguja que sin llegar a ti sientes en solo mentarla en mi boca.
MELIBEA. Tantas vezes me nombrarás esse tu cavallero que ni mi
promessa baste, ni la fe que te di a sufrir tus dichos. ¿De qué ha
de quedar pagado? ¿Qué le devo yo a él? ¿Qué le soy en cargo? ¿Qué
ha hecho por mí? ¿Qué necessario es él aquí para el propósito de mi
mal? Más agradable me sería que rasgasses mis carnes y sacasses mi
coraçón, que no traer essas palabras aquí.
CELESTINA. Sin te romper las vistiduras se lançó en tu pecho el
amor; no rasgaré yo tus carnes para le curar:
MELIBEA. ¿Cómo, dizes que llaman a este mi dolor, que assí se ha
enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?
CELESTINA. Amor dulce.
MELIBEA. Esso me declara qué es, que en sólo oírlo me alegro.
CELESTINA. Es un huego escondido, una agradable llaga, un sabroso
veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre
tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.
MELIBEA. ¡Ay, mezquina de mí! Que si verdad es tu relación, dudosa
será mi salud, porque según la contrariedad que estos nombres entre
sí muestran, lo que al uno fuere provechoso acarreará al otro más
passión.
CELESTINA. No desconfíe, señora, tu noble juventud de salud; [que]
quando el alto Dios da la llaga, tras ella embía el remedio.
Mayormente que sé yo al mundo nascida una flor que de todo esto te
delibre.
MELIBEA. ¿Cómo se llama?
CELESTINA. No te lo oso dezir.
MELIBEA. Di, no temas.
CELESTINA. Calisto. O, por Dios, señora Melibea, ¿qué poco esfuerço
es éste? ¿Qué descaescimiento? ¡O mezquina yo; alça la cabeça! ¡O
malaventurada vieja, en esto han de parar mis passos! Si muere,
matarme han; aunque biva, seré sentida, que ya no podrá sofrir[se]
de no publicar su mal y mi cura. Señora mía, Melibea, ángel mío,
¿qué as sentido? ¿Qué es de tu habla graciosa? ¿Qué es de tu color
alegre? Abre tus claros ojos. Lucrecia, Lucrecia, entra presto acá,
verás amortescida a tu señora entre mis manos; baxa presto por un
jarro dagua.
MELIBEA. Passo, passo, que yo me esforçaré; no escandalizes la casa.
CELESTINA. ¡O cuytada de mí! No te descaezcas; señora, háblame como
sueles.
MELIBEA. Y muy mejor, calla, no me fatigues.
CELESTINA. Pues ¿qué me mandas que haga, perla preciosa? ¿Qué ha
sido este tu sentimiento? Creo que se van quebrando mis puntos.
MELIBEA. Quebróse mi honestidad, quebróse mi empacho, afloxó mi
mucha vergüença. Y como muy naturales, como muy domésticos, no
pudieran tan livianamente despedirse de mi cara que no llevassen
consigo su color por algún poco de spacio, mi fuerça, mi lengua, y
gran parte de mi sentido. O pues ya, mi nueva maestra, mi fiel
secretaria, lo que tú tan abiertamente conosces en vano trabajo por
te lo encobrir. Muchos y muchos días son passados que esse noble
cavallero me habló en amor, tanto me fue entonces su habla enojosa
quanto después que tú me lo tornaste a nombrar, alegre. Cerrado han
tus puntos mi llaga, venida soy en tu querer. En mi cordón le
llevaste embuelta la possessión de mi libertad. Su dolor de muelas
era mi mayor tormento, su pena era la mayor mía. Alabo y loo tu buen
sofrimiento, tu cuerda osadía, tu liberal trabajo, tus solícitos y
fieles passos, tu agradable habla, tu buen saber, tu demasiada
solicitud, tu provechosa importunidad. Mucho te deve esse señor y
más yo, que jamás pudieron mis reproches aflacar tu esfuerço y
perseverar, confiando en tu mucha astucia. Antes, como fiel
servidora, quando más denostada, más diligente, quando más disfavor,
más esfuerço, quando peor respuesta, mejor cara, quando yo más
ayrada, tú más humilde. Postpuesto todo temor, as sacado de mi pecho
lo que jamás a ti ni a otro pensé descobrir.
CELESTINA. Amiga y señora mía, no te maravilles, porque estos fines
con efecto me dan osadía a sofrir los ásperos y scrupulosos desvíos
de las encerradas donzellas como tú. Verdad es que ante que me
determinasse, assí por el camino, como en tu casa, estuve en grandes
dubdas si te descobriría mi petición. Visto el gran poder de tu
padre, temía. Mirando la gentileza de Calisto, osava. Vista tu
discreción, me reçelava. Mirando tu virtud y humanidad, me
esforçava. En lo uno hallava el miedo, [y] en lo otro la seguridad.
Y pues assí, señora, has quesido descobrir la gran merced que nos as
hecho; declara tu voluntad, echa tus secretos en mi regaço. Pon en
mis manos el concierto deste concierto. Yo daré forma cómo tu desseo
y el de Calisto sean en breve complidos.
MELIBEA. ¡O mi Calisto y mi señor, mi dulce y suave alegría! Si tu
coraçón siente lo que agora el mío, maravillada estoy cómo la
absencia te consiente bivir. ¡O mi madre y mi señora, haz de manera
como luego le pueda ver, si mi vida quieres!
CELESTINA. Ver y hablar.
MELIBEA.. ¿Hablar? Es impossible.
CELESTINA. Ninguna cosa a los hombres que quieren hazerla es
impossible.
MELIBEA. Dime cómo.
CELESTINA. Yo lo tengo pensado; yo te lo diré. Por entre las puertas
de tu casa.
MELIBEA. ¿Quándo?
CELESTINA. Esta noche.
MELIBEA. Gloriosa me serás si lo ordenas; di a qué hora.
CELESTINA. A las doze.
MELIBEA. Pues ve, mi señora, mi leal amiga, y habla con aquel señor
y que venga muy passo, y dallí se dará concierto según su voluntad a
la hora que has ordenado.
CELESTINA. Adiós, que viene hazia acá tu madre.
MELIBEA. Amiga Lucrecia, [y] mi leal criada y fiel secretaria; ya as
visto cómo no ha sido más en mi mano; cativóme el amor de aquel
cavallero; ruégote por Dios se cubra con secreto sello porque yo
goze de tan suave amor. Tú serás de mí tenida en aquel grado que
merece tu fiel servicio.
LUCRECIA. Señora, mucho antes de agora tengo sentida tu llaga y
callado tu desseo; hame fuertemente dolido tu perdición. Quanto tú
más me querías encobrir y celar el fuego que te quemava, tanto más
sus llamas se manifestavan en la color de tu cara, en el poco
sossiego del coraçón, en el meneo de tus miembros, en comer sin
gana, en el no dormir. Assí que contino se te caían como de entre
las manos señales muy claras de pena. Pero como en los tiempos que
la voluntad reyna en los señores, o desmedido apetito, cumple a los
servidores obedecer coc diligencia corporal y no con artificiales
consejos de lengua; çofría con pena, callava con temor, encobría con
fieldad, de manera que fuera mejor el áspero consejo que la blanda
lisonja. Pero, pues ya no tiene tu merced otro medio sino morir o
amar, mucha razón es que se escoja por mejor aquello que en sí lo
es.
ALISA. ¿En qué andas acá, vezina, cada día?
CELESTINA. Señora, faltó ayer un poco de hilado al peso y vínelo a
complir, porque di mi palabra; y traído, voyme; quede Dios contigo.
ALISA. Y contigo vaya. Hija Melibea, ¿qué quería la vieja?
MELIBEA. [Señora,] venderme un poquito de solimán.
ALISA. Esso creo yo más que lo que la vieja ruyn dixo; pensó que
recibiría yo pena dello y mintióme. Guárdate, hija, della, que es
gran traydora, que el sotil ladrón siempre rodea las ricas moradas.
Sabe ésta con sus trayciones, con sus falsas mercadurías, mudar los
propósitos castos; daña la fama; a tres vezes que entra en una casa,
engendra sospecha.
LUCRECIA. (Tarde acuerda nuestra ama).
ALISA. Por amor mío, hija, que si acá tornare sin verla yo, que no
ayas por bien su venida ni la recibas con plazer; halle en ti
honestidad en tu respuesta y jamás bolverá; que la verdadera virtud
más se teme que spada.
MELIBEA. ¿Déssas es? Nunca más; bien huelgo, señora, de ser avisada,
por saber de quién me tengo de guardar.
Argumento del onzeno auto
Despedida CELESTINA de MELIBEA, va por la calle sola hablando. Vee a
SEMPRONIO y PÁRMENO que van a la Madalena por su señor. SEMPRONIO
habla con CALISTO. Sobreviene CELESTINA. Van a casa de CALISTO.
Declárale CELESTINA su mensaje y negocio recaudado con MELIBEA.
Mientra ellos en essas razones están, PÁRMENO y SEMPRONIO entre sí
hablan. Despídese CELESTINA de CALISTO, va para su casa, llama a la
puerta. ELICIA le viene a abrir. Cenan y vanse a dormir.
CELESTINA, SEMPRONIO, CALISTO, PÁRMENO, ELICIA
CELESTINA. ¡Ay Dios, si llegasse a mi casa con mi mucha alegría
acuestas! A Pármeno y a Sempronio veo yr a la Madalena; tras ellos
me voy, y si aí [no] estoviere Calisto passaremos a su casa a
pedirle [las] albricias de su gran gozo.
SEMPRONIO. Señor, mira que tu estada es dar a todo el mundo qué
decir. Por Dios, que huygas de ser traído en lenguas, que al muy
devoto llaman ypócrita. ¿Qué dirán sino que andas royendo los
santos? Si passión tienes, súfrela en tu casa; no te sienta la
tierra; no descubras tu pena a los estraños, pues está en manos el
pandero que le sabrá bien tañer.
CALISTO. ¿En qué manos?
SEMPRONIO. De Celestina.
CELESTINA. ¿Qué nombráys a Celestina? ¿Qué dezís desta esclava de
Calisto? Toda la calle del Arcediano vengo a más andar tras vosotros
por alcançaros, y jamás he podido con mis luengas haldas.
CALISTO. O joya del mundo, acerro de mis passiones, spejo de mi
vista; el coraçón se me alegra en ver essa honrrada presencia, essa
noble senetud; dime con qué vienes. ¿Qué nuevas traes? Que te veo
alegre y no sé en qué está mi vida.
CELESTINA. En mi lengua.
CALISTO. ¿Qué dizes, gloria y descanso mío? Declárame más lo dicho.
CELESTINA. Salgamos, señor, de la yglesia, y de aquí a la casa te
contaré algo con que te alegres de verdad.
PÁRMENO. (Buena viene la vieja, hermano; recabdado deve de aver.
SEMPRONIO. Escúcha[la].)
CELESTINA. Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio, y he
dexado perder otros en que harto me yva; muchos tengo quexosos por
tener[te] a ti contento. Más he dexado de ganar que piensas, pero
todo vaya en buena hora, pues tan buen recaudo traygo. Y óyeme, que
en pocas palabras te lo diré, que soy corta de razón. A Melibea dexo
a tu servicio.
CALISTO. ¿Qué es esto que oygo?
CELESTINA. Que es más tuya que de sí mesma; más está a tu mandado y
querer que de su padre Pleberio.
CALISTO. Habla cortés, madre, no digas tal cosa, que dirán estos
moços que estás loca. Melibea es mi señora, Melibea es mi dios,
Melibea es mi vida: yo su cativo, yo su siervo.
SEMPRONIO. (Con tu desconfiança, señor, con tu poco preciarte, con
tenerte en poco, hablas essas cosas con que atajas su razón. A todo
el mundo turbas diziendo desconciertos. ¿De qué te santiguas? Dale
algo por su trabajo; harás mejor, que esso esperan essas palabras.
CALISTO. Bien as dicho.) Madre mía, yo sé cierto que jamás ygualaré
tu trabajo y mi liviano gualardón. En lugar de manto y saya, por que
no se dé parte a officiales, toma esta cadenilla; ponla al cuello, y
procede en tu razón y mi alegría.
PÁRMENO. (¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio? No estima el
gasto. Pues yo te certifico no diesse mi parte por medio marco de
oro, por mal que la vieja la reparta.
SEMPRONIO. Oírte ha nuestro amo; ternemos en él que amansar y en ti
que sanar, según está hinchado de tu mucho murmurar. Por mi amor,
hermano, que oygas y calles, que por esso te dio Dios dos oídos y
una lengua sola.
PÁRMENO. ¡Oyrá el diablo!; está colgado de la boca de la vieja,
sordo y mudo y ciego, hecho personaje sin son, que aunque le
diéssemos higas, diría que alçávamos las manos a Dios, rogando por
buen fin de sus amores.
SEMPRONIO. Calla, oye, escucha bien a Celestina; en mi alma, todo lo
mereçe y más que le diesse; mucho dize.)
CELESTINA. Señor Calisto, para tan flaca vieja como yo, de mucha
franqueza usaste. Pero como todo don o dádiva se juzgue grande o
chica respecto del que lo da, no quiero traer a consequencia mi poco
merecer, ante quien sobra en qualidad y en quantidad. Mas medirse ha
con tu magnificencia, ante quien no es nada. En pago de la qual te
restituyo tu salud que yva perdida; tu coraçón que [te] faltava, tu
seso que se alterava. Melibea pena por ti más que tú por ella;
Melibea te ama y dessea ver; Melibea piensa más horas en tu persona
que en la suya, Melibea se llama tuya, y esto tiene por título de
libertad, y con esto amansa el huego que más que a ti le quema.
CALISTO. Moços, ¿estó yo aquí? Moços, ¿oygo yo esto? Moços, mirad si
estoy despierto. ¿Es de día o de noche? O Señor Dios, Padre
celestial, ruégote que esto no sea sueño; despierto pues stoy. Si
burlas, señora, de mí por me pagar en palabras, no temas, di verdad,
que para lo que tú de mí as recebido, más mereçen tus passos.
CELESTINA. Nunca el coraçón lastimado de desseo toma la buena nueva
por cierta, ni la mala por dudosas. Pero si burlo o si no, verlo as,
yendo esta noche según el concierto dexo con ella, a su casa, en
dando el relox doze, a la hablar por entre las puertas; de cuya boca
sabrás más por entero mi solicitud y su desseo, y el amor que te
tiene y quién lo ha causado.
CALISTO. Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es possible aver de
passar por mí? Muerto soy de aquí allá; no soy capaz de tanta
gloria, no merecedor de tan gran merced, no dignos de hablar con tal
señora de su voluntad y grado.
CELESTINA. Siempre lo oí dezir que es más diffícile de sofrir la
próspera fortuna que la adversa, que la una no tiene sossiego y la
otra tiene consuelo. ¿Cómo, señor Calisto, y no mirarías quién tú
eres? ¿No mirarías el tiempo que as gastado en su servicio? ¿No
mirarías a quién as puesto entremedias? Y assimismo que hasta agora
siempre as estado dubdoso de la alcançar y tenías sofrimiento. Agora
que te certifico el fin de tu penar, quieres poner fin a tu vida.
Mira, mira, que está Celestina de tu parte, y que aunque todo te
faltasse lo que en un enamorado se requiere, te vendería por el más
acabado galán del mundo, que haría llanas las peñas para andar; que
te haría las más creçidas aguas corrientes passar sin mojarte. Mal
conoces a quien tú das dinero.
CALISTO. Cata, señora, ¿qué me dizes? ¿Que verná de su grado?
CELESTINA. Y aun de rodillas.
SEMPRONIO. No sea ruydo hechizo, que nos quieren tomar a manos a
todos; cata, madre, que assí se suelen dar las çaraças en pan
embueltas, porque no las sienta el gusto.
PÁRMENO. Nunca te oí dezir mejor cosa; mucha sospecha me pone el
presto conceder de aquella señora, y venir tan aína en todo su
querer de Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras
dulces y prestas, por hurtar por otra parte, como hazen los de
Egipto quando el signo nos catan en la mano. Pues alahé, madre, con
dulces palabras están muchas injurias vengadas; el falso boyzuelo
con su blando cencerrar trae las perdizes a la red; el canto de la
serena engaña los simples marineros con su dulçor; assí ésta con su
mansedumbre y concessión presta querrá tomar una manada de nosotros
a su salvo. Purgará la innocencia con la honrra de Calisto, y con
nuestra muerte. Assí como corderita mansa que mama su madre y la
ajena, ella con su segurar tomará la vengança de Calisto en todos
nosotros, de manera que, con la mucha gente que tiene, podrá caçar
padres y hijos en una nidada, y tú estarte as rascando a tu huego,
diziendo «A salvo está el que repica».
CALISTO. Callad, locos, vellacos, sospechosos; parece que days a
entender que los ángeles sepan hazer mal. Sí que Melibea ángel
dissimulado es, que bive entre nosotros.
SEMPRONIO. (Todavía te buelves a tus eregías. Escúchale, Pármeno, no
te pene nada, que si fuere trato doble, él lo pagará, que nosotros
buenos pies tenemos.)
CELESTINA. Señor, tú estás en lo cierto; vosotros cargados de
sospechas vanas; yo he hecho todo lo que a mí era a cargo. Alegre te
dexo; Dios te libre y aderece; pártome muy contenta. Si fuere
menester para esto o para más, allí estoy muy aparejada a tu
servicio.
PÁRMENO. (¡Hy, hy, hy!
SEMPRONIO. ¿De qué te ríes, por tu vida, [Pármeno]?
PÁRMENO. De la priessa que la vieja tiene por yrse; no vee la hora
que haver despegado la cadena de casa; no puede creer que la tenga
en su poder, ni que se la han dado de verdad; no se halla digna de
tal don, tan poco como Calisto de Melibea.
SEMPRONIO. Qué quieres que haga una puta alcahueta, que sabe y
entiende lo que nosotros [nos] callamos y suele hazer siete virgos
por dos monedas, después de verse cargada de oro, sino ponerse en
salvo con la possessión, con temor no se la tornen a tomar después
que ha complido de su parte aquello para que era menester. ¡Pues
guárdese del diablo, que sobre el partir no le saquemos el alma!)
CALISTO. Dios vaya contigo, [mi] madre. Yo quiero dormir y reposar
un rato para satisfazer a las passadas noches y complir con la por
venir.
CELESTINA. ¡Tha, tha, tha, tha!
ELICIA. ¿Quién llama?
CELESTINA. Abre, hija Elicia.
ELICIA. ¿Cómo vienes tan tarde? No lo deves hazer, que eres vieja;
tropeçarás donde caygas y mueras.
CELESTINA. No temo esso, que de día me aviso por do venga de noche,
que jamás me subo por poyo ni calçada si no por medio de la calle.
Porque como dizen, no da passo seguro quien corre por el muro, y que
aquel va más sano que anda por llano. Más quiero ensuziar mis
çapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los cantos. Pero no
te duele a ti en esse lugar.
ELICIA. Pues, ¿qué me ha de doler?
CELESTINA. Que se fue la compañía; que te dexé y quedaste sola.
ELICIA. Son passadas quatro horas después; ¿y avíaseme de acordar
desso?
CELESTINA. Quanto más presto te dexaron, más con razón lo sentiste.
Pero dexemos su yda y mi tardança; entendamos en cenar y dormir.
Argumento del dozeno auto
Llegando medianoche, CALISTO, SEMPRONIO y PÁRMENO, armados, van para
casa de MELIBEA. LUCRECIA y MELIBEA están cabe la puerta, aguardando
a CALISTO. Viene CALISTO. Háblale primero LUCRECIA. Llama a MELIBEA.
Apártase LUCRECIA. Háblanse por entre las puertas MELIBEA y CALISTO.
PÁRMENO y SEMPRONIO de su cabo departen. Oyen gentes por la calle.
Apercíbense para huyr. Despídese CALISTO de MELIBEA, dexando
concertada la tornada para la noche siguiente. PLEBERIO, al son del
ruydo que havía en la calle, despiértase. Llama a su muger, ALISA.
Pregunta a MELIBEA quién da patadas en su cámara. Responde MELIBEA a
su padre, PLEBERIO, fingendo que tenía sed. CALISTO con sus criados
va para su casa hablando. Échase a dormir. PÁRMENO y SEMPRONIO van a
casa de CELESTINA. Demandan su parte de la ganancia. Dissimula
CELESTINA. Vienen a reñir. Échanle mano a CELESTINA; mátanla. Da
bozes ELICIA. Viene la justicia y préndelos ambos.
CALISTO, SEMPRONIO, LUCRECIA, MELIBEA, PLEBERIO, ALISA, CELESTINA,
ELICIA
CALISTO. Moços, ¿qué hora da el relox?
SEMPRONIO. Las diez.
CALISTO. ¡O cómo me descontenta el olvido en los moços! De mi mucho
acuerdo en esta noche y tu descuydar y olvido se haría una razonable
memoria y cuydado. ¿Cómo, desatinado, sabiendo quánto me va
[Sempronio,] en ser diez o onze, me respondías a tiento lo que más
aína se te vino a la boca? O cuytado de mí, si por caso me oviera
dormido y colgara mi pregunta de la respuesta de Sempronio para
hazer[me] de onze diez, y assí de doze onze, saliera Melibea, yo no
fuera ydo, tornárase; de manera que ni mi mal oviera fin ni mi
desseo execución. No se dize embalde que mal ajeno de pelo cuelga.
SEMPRONIO. Tanto yerro [, señor,] me pareçe sabiendo preguntar como
ignorando responder. [Mas éste mi amo tiene gana de reñir y no sabe
cómo.
PÁRMENO.] Mejor sería, señor, que se gastasse esta hora que queda en
adereçar armas que en buscar questiones.
CALISTO. Bien me dize este necio; no quiero en tal tiempo recebir
enojo, ni quiero pensar en lo que pudiera venir, sino en lo que fue,
no en el daño que resultara de su negligencia, sino en el provecho
que verná de mi solicitud. Quiero dar spacio a la yra, que o se me
quitará o se me ablandará. [Pues] descuelga, Pármeno, mis coraças y
armaos vosotros, y assí yremos a buen recaudo. Porque, como dizen,
el hombre apercebido, medio combatido.
PÁRMENO. Helas aquí, señor.
CALISTO. Ayúdame aquí a vestirlas. Mira tú, Sempronio, si parece
alguno por la calle.
SEMPRONIO. Señor, ninguna gente pareçe, y aunque la oviesse, la
mucha escuridad privaría el viso y conoscimiento a los que nos
encontrassen.
CALISTO. Pues andemos por esta calle, aunque se rodee alguna cosa,
porque más encobiertos vamos. Las doze da ya; buena hora es.
PÁRMENO. Cerca estamos.
CALISTO. A buen tiempo llegamos. Párate tú, Pármeno, a ver si es
venida aquella señora por entre las puertas.
PÁRMENO. ¿Yo, señor? Nunca Dios mande que sea en dañar lo que no
concerté; mejor será que tu presencia sea su primer encuentro,
porque viéndome a mí no se turbe de ver que de tantos es sabido lo
que tan ocultamente quería hazer, y con tanto temor haze, o porque
quiçá pensará que la burlaste.
CALISTO. ¡O qué bien as dicho!; la vida me as dado con tu sotil
aviso. Pues no era más menester para me llevar muerto a casa que
bolverse ella por mi mala providencia. Yo me llego allá; quedaos
vosotros en esse lugar.
PÁRMENO. ¿Qué te pareçe, Sempronio, cómo el necio de nuestro amo
pensava tomarme por broquel para el encuentro del primer peligro?
¿Qué sé yo quién está tras las puertas cerradas? ¿Qué sé yo si ay
alguna trayción? ¿Qué sé yo si Melibea anda por que le pague nuestro
amo su mucho atrevimiento desta manera? Y más, aun no somos muy
ciertos dezir verdad la vieja. No sepas hablar, Pármeno; sacarte han
el alma sin saber quién; no seas lisonjero como tu amo quiere y
jamás llorarás duelos ajenos. No tomes en lo que te cumple el
consejo de Celestina y hallarte as ascuras. Ándate aí con tus
consejos y amonestaciones fieles; darte han de palos; no bolvas la
hoja, y quedarte as a buenas noches. Quiero hazer cuenta que hoy me
nascí, pues de tal peligro me escapé.
SEMPRONIO. Passo, passo, Pármeno, no saltes ni hagas esse bollicio
de plazer, que darás causa a que seas sentido.
PÁRMENO. Calla, hermano, que no me allo de alegría; cómo le hize
creer, que por lo que a él cumplía dexava de yr y era por mi
seguridad. ¿Quién supiera assí rodear su provecho como yo? Muchas
cosas me verás hazer, si estás aquí adelante atento, que no las
sientan todas personas, assí con Calisto como con quantos en este
negocio suyo se entremetieren. Porque soy cierto que esta donzella
ha de ser para él çevo de anzuelo o carne de buytrera, que suelen
pagar bien el escote los que a comerla vienen.
SEMPRONIO. Anda, no te penen a ti essas sospechas, aunque salgan
verdaderas. Apercíbete, a la primera boz que oyeres, tomar calças de
Villadiego.
PÁRMENO. Leído as donde yo; en un coraçón estamos; calgas traygo, y
aun borzeguíes de essos ligeros que tú dizes para mejor huyr que
otro. Plázeme que me as, hermano, avisado de lo que yo no hiziera de
vergüença de ti; que nuestro amo si es sentido, no temo que se
escapará de manos de esta gente de Pleberio, para podernos después
demandar cómo lo hezimos y incusarnos el huyr.
SEMPRONIO. O Pármeno, amigo, quán alegre y provechosa es la
conformidad en los compañeros; aunque por otra cosa no nos fuera
buena Celestina, era harta [la] utilidad la que por su causa nos ha
venido.
PÁRMENO. Ninguno podrá negar lo que por sí se muestra. Manifiesto es
que con vergüença el uno del otro, por no ser odiosamente acusado de
covarde, esperáramos aquí la muerte con nuestro amo, no siendo más
de él merecedor della.
SEMPRONIO. Salido deve aver Melibea; escucha, que hablan quedito.
PÁRMENO. ¡O cómo temo que no sea ella, sino alguno que finja su boz!
SEMPRONIO. Dios nos libre de traydores; no nos ayan tomado la calle
por do tenemos de huyr, que de otra cosa no tengo temor.
CALISTO. Este bullicio más de una persona lo haze; quiero hablar,
sea quien fuere. ¡Ce, señora mía!
LUCRECIA. La boz de Calisto es ésta; quiero llegar. ¿Quién habla?
¿Quién está fuera?
CALISTO. Aquel que viene a complir tu mandado.
LUCRECIA. ¿Por qué no llegas, señora? Llega sin temor acá, que aquel
cavallero está aquí.
MELIBEA. Loca, habla, passo; mira bien si es él.
LUCRECIA. Allégate, señora, que sí es, que yo le conosco en la boz.
CALISTO. Cierto soy burlado. No era Melibea la que me habló.
¡Bullicio oygo; perdido soy! Pues biva o muera, que no he de yr de
aquí.
MELIBEA. Vete, Lucrecia, acostar un poco. Ce, señor, ¿cómo es tu
nombre? ¿Quién es el que te mandó aí venir?
CALISTO. Es la que tiene mereçimiento de mandar a todo el mundo, la
que dignamente servir yo no merezco. No tema tu merced de se
descobrir a este cativo de su gentileza, que el dulçe sonido de tu
habla que jamás de mis oídos se cae, me certifica ser tú mi señora
Melibea. Yo soy tu siervo Calisto.
MELIBEA. La sobrada osadía de tus mensajes me ha forçado a haverte
de hablar, señor Calisto, que aviendo avido de mí la passada
respuesta a tus razones, no sé qué piensas más sacar de mi amor de
lo que entonces te mostré. Desvía estos vanos y locos pensamientos
de ti, por que mi honrra y persona estén sin detrimiento de mala
sospecha seguras. A esto fue aquí mi venida, a dar concierto en tu
despedida y mi reposo. No quieras poner mi fama en la balança de las
lenguas maldizientes.
CALISTO. A los coraçones aparejados con apercibimiento rezio contra
las adversidades, ninguna puede venir que passe de claro en claro la
fuerça de su muro. Pero el triste que, desarmado y sin proveer los
engaños y celadas, se vino a meter por las puertas de tu seguridad,
qualquiera cosa que en contrario vea, es razón que me atormente y
passe, rompiendo todos los almazenes en que la dulçe nueva estava
aposentada. ¡O malaventurado Calisto, o quán burlado as sido de tus
sirvientes! ¡O engañosa mujer, Celestina, dexárasme acabar de morir,
y no tornaras a bivificar mi esperança para que tuviesse más que
gastar el fuego que ya me aquexa! ¿Por qué falsaste la palabra desta
mi señora? ¿Por qué as assí dado con tu lengua causa a mi
desesperación? ¿A qué me mandaste aquí venir para que me fuesse
mostrado el disfavor, el entredicho, la desconfiança, el odio por la
mesma boca desta que tiene las llaves de mi perdición y gloria? O
enemiga, ¿y tú no me dixiste que esta mi señora me era favorable?
¿No me dixiste que de su grado mandava venir este su cativo al
presente lugar, no para me desterrar nuevamente de su presencia,
pero para alçar el destierro, ya por otro su mandamiento puesto ante
de agora? ¿En quién hallaré yo fe? ¿Adónde ay verdad? ¿Quién careçe
de engaño? ¿Adónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo?
¿Quién es verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican trayciones? ¿Quién
osó darme tan cruda esperança de perdición?
MELIBEA. Cessen, señor mío, tus verdaderas querellas, que ni mi
coraçón basta para las sofrir, ni mis ojos para lo dissimular. Tú
lloras de tristeza juzgándome cruel; yo lloro de plazer viéndote tan
fiel. ¡O mi señor y mi bien todo, quánto más alegre me fuera poder
veer tu haz que oír tu boz! Pero pues no se puede al presente más
hazer, toma la firma y sello de las razones que te embié scritas en
la lengua de aquella solícita mensajera. Todo lo que te dixo
confirmo; todo he por bueno; limpia, señor, tus ojos; ordena de mí a
tu voluntad.
CALISTO. ¡O señora mía, esperança de mi gloria, descanso y alivio de
mi pena; alegría de mi coraçón! ¿Qué lengua será bastante para te
dar yguales gracias a la sobrada y incomparable merced que en este
punto, de tanta congoxa para mí, me as quesido hazer en querer que
un tan flaco y indigno hombre pueda gozar de tu suavíssimo amor? Del
qual, aunque muy desseoso, siempre me juzgava indigno, mirando tu
grandeza, considerando tu estado, remirando tu perfición,
contemplando tu gentileza, acatando mi poco merecer y tu alto
merecimiento, tus estremadas gracias, tus loadas y manifiestas
virtudes. Pues, ¡o alto Dios!, ¿cómo te podré ser ingrato, que tan
milagrosamente as obrado conmigo tus singulares maravillas? ¡O
quántos días antes de agora passados me fue venido esse pensamiento
a mi coraçón, y por impossible le rechaçava de mi memoria, hasta que
ya los rayos illustrantes de tu muy claro gesto dieron luz en mis
ojos, encendieron mi coraçón, despertaron mi lengua, estendieron mi
merecer, acortaron mi covardía, destorcieron mi incogimiento,
doblaron mis fuerças, desadormescieron mis pies y manos, finalmente
me dieron tal osadía que me han traído con su mucho poder a este
sublimado estado en que agora me veo, oyendo de grado tu suave boz,
la qual si ante de agora no conociesse y no sintiesse tus saludables
olores, no podría creer que caresciessen de engaño tus palabras!
Pero como soy cierto de tu limpieza de sangre y hechos, me estoy
remirando si soy yo Calisto a quien tanto bien se [le] haze.
MELIBEA. Señor Calisto, tu mucho merecer, tus stremadas gracias, tu
alto nascimiento han obrado que, después que de ti ove entera
noticia, ningún momento de mi coraçón te partiesses, y aunque muchos
días he pugnado por lo dissimular, no he podido tanto que, en
tornándome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no
descubriesse mi desseo y viniesse a este lugar y tiempo donde te
suplico ordenes y dispongas de mi persona según querrás. Las puertas
impiden nuestro gozo, las quales yo maldigo y sus fuertes cerrojos y
mis flacas fuerças, que ni tú estarías quexoso ni yo descontenta.
CALISTO. ¿Cómo, señora mía, y mandas que consienta a un palo impedir
nuestro gozo? Nunca yo pensé que demás de tu voluntad, lo podiera
cosa estorvar. ¡O molestas y enojosas puertas, ruego a Dios que tal
huego os abrase como a mí da guerra, que con la tercia parte
seríades en un punto quemadas! Pues por Dios, señora mía, permite
que llame a mis criados para que las quiebren.
PÁRMENO. (¿No oyes, no oyes, Sempronio? A buscarnos quiere venir
para que nos den mal año; no me agrada cosa esta venida. En mal
punto creo que se empeçaron estos amores. Yo no spero más aquí.
SEMPRONIO. Calla, calla, escucha, que ella no consiente que vamos
allá.)
MELIBEA. ¿Quieres, amor mío, perderme a mí y dañar mi fama? No
sueltes las riendas a la voluntad. La sperança es cierta, el tiempo
breve, quanto tú ordenares. Y pues tú sientes tu pena senzilla y yo
la de entramos, tu solo dolor, yo el tuyo y el mío, conténtate con
venir mañana a esta hora por las paredes de mi huerto. Que si agora
quebrasses las crueles puertas, aunque al presente no fuéssemos
sentidos, amanescería en casa de mi padre terrible sospecha de mi
yerro. Y pues sabes que tanto mayor es el yerro quanto mayor es el
que yerra, en un punto será por la ciudad publicado.
SEMPRONIO. (En hora mala acá esta noche venimos; aquí nos ha de
amanescer, según del spacio que nuestro amo lo toma. Que aunque más
la dicha nos ayude, nos han en tanto tiempo de sentir de su casa o
vezinos.
PÁRMENO. Ya ha dos horas que te requiero que nos vamos, que no
faltará un achaque.)
CALISTO. O mi señora y mi bien todo, ¿por qué llamas yerro a aquello
que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy ante el
altar de la Madalena me vino con tu mensaje alegre aquella solícita
mujer.
PÁRMENO. ¡Desvariar, Calisto, desvariar! Por fe tengo, hermano, que
no es cristiano; lo que la vieja traydora con sus pestíferos
hechizos ha rodeado y hecho, dize que los santos de Dios se lo han
concedido y impetrado. Y con esta confiança quiere quebrar las
puertas, y no avrá dado el primer golpe quando sea sentido y tomado
por los criados de su padre, que duermen cerca.
SEMPRONIO. Ya no temas, Pármeno, que harto desviados estamos; en
sintiendo bollicio el buen huyr nos ha de valer; déxale hazer, que
si mal hiziere él lo pagará.
PÁRMENO. Bien hablas; en mi coraçón estás; assí se haga. Huygamos la
muerte, que somos moços, que no querer morir ni matar no es covardía
sino buen natural. Estos scuderos de Pleberio son locos; no dessean
tanto comer ni dormir como questiones y ruydos. Pues más locura
sería sperar pelea con enemigo que no ama tanto la victoria y
vincimiento como la contina guerra y contienda. O si me viesses,
hermano, cómo stoy, plazer avrías; a medio lado, abiertas las
piernas, el pie esquierdo adelante puesto en huyda, las haldas en la
cinta, la darga arrollada y so el sobaco, porque no me empache, que
por Dios, que creo huyesse como un gamo, según el temor tengo de
star aquí.
SEMPRONIO. Mejor estoy yo, que tengo liado el broquel y el spada con
las correas porque no se [me] caygan al correr, y el caxquete en la
capilla.
PÁRMENO. ¿Y las piedras que traías en ella?
SEMPRONIO. Todas las vertí por yr más liviano, que harto tengo que
llevar en estas coraças que me heziste vestir por [tu] importunidad,
que bien las rehusava de traer, porque me parescían para huyr muy
pesadas. ¡Escucha, escucha; oyes, Pármeno, a malas andan; muertos
somos; bota presto; echa hazia casa de Celestina; no nos atajen por
nuestra casa!
PÁRMENO. Huye, huye, que corres poco. O pecador de mí, si nos han de
alcançar; dexa broquel y todo.
SEMPRONIO. ¿Si han muerto ya a nuestro amo?
PÁRMENO. No sé; no me digas nada; corre y calla, que el menor
cuydado mío es ésse.
SEMPRONIO. Çe, çe, Pármeno, torna, torna callando, que no es sino la
gente del alguazil que passava haziendo estruendo por la otra calle.
PÁRMENO. Míralo bien; no te fíes en los ojos, que se antoja muchas
vezes uno por otro. No me avían dexado gota de sangre; tragada tenía
ya la muerte, que me parescía que me yvan dando en estas spaldas
golpes. En mi vida me acuerdo aver tan gran temor, ni verme en tal
afrenta, aunque he andado por casas ajenas harto tiempo y en lugares
de harto trabajo; que nueve años serví a los frayles de Guadalupe,
que mil vezes nos apuñeávamos yo y otros, pero nunca como esta vez
ove miedo de morir.
SEMPRONIO. ¿Y yo no serví al cura de San Miguel, y al mesonero de la
plaça, y a Mollejas el ortelano? Y tanbién yo tenía mis quistiones
con los que tiravan piedras a los páxaros que assentavan en un álamo
grande que tenía, porque dañavan la ortaliza. Pero guárdate Dios de
verte con armas, que aquél es el verdadero temor. No embalde dizen:
cargado de hierro y cargado de miedo. Buelve, buelve, que el
alguazil es cierto.
***
MELIBEA. Señor Calisto, ¿qué es esso que en la calle suena? Parecen
bozes de gente que van en huyda. Por Dios, mírate, que estás a
peligro.
CALISTO. Señora, no temas, que a buen seguro vengo; los míos deven
de ser, que son unos locos y desarman a quantos passan, y huyríales
alguno.
MELIBEA. ¿Son muchos los que traes?
CALISTO. No, sino dos, pero aunque sean seys sus contrarios, no
recibirán mucha pena para les quitar las armas y hazerlos huyr,
según su esfuerço. Escogidos son, señora, que no vengo a lumbre de
pajas. Si no fuesse por lo que a tu honra toca, pedaços harían estas
puertas. Y si sentidos fuéssemos, a ti y a mí librarían de toda la
gente de tu padre.
MELIBEA. ¡O, por Dios, no se cometa tal cosa! Pero mucho plazer
tengo que de tan fiel gente andas acompañado; bienempleado es el pan
que tan esforçados servientes comen. Por mi amor, señor, pues tal
gracia la natura les quiso dar, sean de ti bientratados y
galardonados, porque en todo te guarden secreto, y quando sus
osadías y atrevimientos les corrigieres, abueltas del castigo mezcla
favor, porque los ánimos esforçados no sean con encogimiento
diminutos y yrritados en el osar a sus tiempos.
PÁRMENO. ¡Ce, ce, señor, señor, quítate presto dende, que viene
mucha gente con achas y serás visto y conoscido, que no ay donde te
metas!
CALISTO. ¡O mezquino yo, y cómo es forçado, señora, partirme de ti!
Por cierto, temor de la muerte no obrara tanto como el de tu honrra.
Pues que ansí es, los ángeles queden con tu presencia; mi venida
será, como ordenaste, por el huerto.
MELIBEA. Assí sea, y vaya Dios contigo.
PLEBERIO. Señora mujer, ¿duermes?
ALISA. Señor, no.
PLEBERIO. ¿No oyes bullicio en el retraymiento de tu hija?
ALISA. Sí, oygo. ¡Melibea, Melibea!
PLEBERIO. No te oye; yo la llamaré más rezio. ¡Hija mía, Melibea!
MELIBEA. Señor.
PLEBERIO. ¿Quién da patadas y haze bullicio en tu cámara?
MELIBEA. Señor, Lucrecia es, que salió por un jarro de agua para mí,
que avía [gran] sed.
PLEBERIO. Duerme, hija, que pensé que era otra cosa.
LUCRECIA. Poco estruendo los despertó; con [gran] pavor hablavan.
MELIBEA. No ay tan manso animal que con amor o temor de sus hijos no
asperece. Pues ¿qué harían si mi cierta salida supiessen?
***
CALISTO. Cerrad essa puerta, hijos, y tú, Pármeno, sube una vela
arriba.
SEMPRONIO. Deves, señor, reposar y dormir es[t]o que queda daquí al
día.
CALISTO. Plázeme, que bien lo he menester. ¿Qué te parece, Pármeno,
de la vieja que tú me desalabavas? ¿Qué obra ha salido de sus manos?
¿Qué fuera fecho sin ella?
PÁRMENO. Ni yo sentía tu gran pena, ni conoscía la gentileza y
merescimiento de Melibea, y assí no tengo culpa. Conoscía a
Celestina y sus mañas; avisávate como a señor. Pero ya me parece que
es otra; todas las ha mudado.
CALISTO. ¿Y cómo mudado?
PÁRMENO. Tanto que si no lo oviesse visto, no lo creería; mas assí
bivas tú como es verdad.
CALISTO. Pues ¿avés oído lo que con aquella mi señora he passado?
¿Qué hazíades; teníades temor?
SEMPRONIO. ¿Temor, señor, o qué? Por cierto, todo el mundo no nos le
hiziera tener; ¡hallado avías los temerosos! Allí estovimos
esperándote muy aparejados y nuestras armas muy a mano.
CALISTO. ¿Avés dormido algún rato?
SEMPRONIO. ¿Dormir, señor? Dormilones son los moços; nunca me
assenté ni aun junté por Dios los pies, mirando a todas partes,
para, en sintiendo, poder saltar presto, y hazer todo lo que mis
fuerças me ayudaran. Pues Pármeno, aunque [te] parecía que no te
servía hasta aquí de buena gana, assí se holgó quando vido los de
las hachas como lobo quando siente polvo de ganado, pensando poder
quitárselas hasta que vido que eran muchos.
CALISTO. No te maravilles, que procede de su natural ser osado y,
aunque no fuesse por mí, hazíalo porque no pueden los tales venir
contra su uso, que aunque muda el pelo la raposa, su natural no
despoja. Por cierto, yo dixe a mi señora Melibea lo que en vosotros
ay, y quan seguras tenía mis espaldas con vuestra ayuda y guarda.
Hijos, en mucho cargo os soy; rogad a Dios por salud, que yo os
galardonaré más complidamente vuestro buen servicio. Yd con Dios a
reposar.
PÁRMENO. ¿Adónde yremos, Sempronio? A la cama a dormir, o a la
cozina a almorzar?
SEMPRONIO. Ve tú donde quisieres, que antes que venga el día quiero
yo yr a Celestina a cobrar mi parte de la cadena. Que es una puta
vieja; no le quiero dar tiempo en que fabrique alguna ruyndad con
que nos escluya.
PÁRMENO. Bien dizes; olvidado lo avía; vamos entramos, y si en esso
se pone, spantémosla de manera que le pese; que sobre dinero no ay
amistad.
SEMPRONIO. Ce, ce, calla, que duerme cabe esta ventanilla. Tha, tha;
señora Celestina, ábrenos.
CELESTINA. ¿Quién llama?
SEMPRONIO. Abre, que son tus hijos.
CELESTINA. No tengo yo hijos que anden a tal hora.
SEMPRONIO. Ábrenos a Pármeno y a Sempronio, que nos venimos acá
almorzar contigo.
CELESTINA. ¡O locos, traviesos, entrad, entrad! ¿Cómo venís a tal
hora, que ya amanesce? ¿Qué avés hecho; qué os ha passado?
¿Dispidióse la esperança de Calisto, o bive todavía con ella, o cómo
queda?
SEMPRONIO. ¿Cómo, madre? Si por nosotros no fuera, ya andoviera su
alma buscando posada para siempre; que si estimarse pudiesse a lo
que de allí nos queda obligado, no sería su hazienda bastante a
complir la deuda, si verdad es lo que dizes, que la vida y persona
es más digna y de más valor que otra cosa ninguna.
CELESTINA. ¡Jesú! ¿qué en tanta afrenta os avés visto? Cuéntamelo,
por Dios.
SEMPRONIO. Mira qué tanta, que por mi vida la sangre me hierve en el
cuerpo en tornarlo a pensar.
CELESTINA. Reposa, por Dios, y dímelo.
PÁRMENO. Cosa larga le pides según venimos alterados y cansados del
enojo que avemos avido; harías mejor en aparejarnos a él y a mí de
almorzar; quiçá nos amansaría algo la alteración que traemos. Que
cierto te digo que no querría ya topar hombre que paz quisiesse. Mi
gloria sería agora hallar en quien vengar la yra, que no pude en los
que nos la causaron por su mucho huyr.
CELESTINA. Landre me mate si no me espanto en verte tan fiero; creo
que burlas. Dímelo agora, Sempronio, tú, por mi vida; ¿qué os ha
passado?
SEMPRONIO. Por Dios, sin seso vengo, desesperado, aunque para
contigo por demás es no templar la yra y todo enojo y mostrar otro
semblante que con los hombres. Jamás me mostré poder mucho con los
que poco pueden. Traygo, señora, todas las armas despedaçadas, el
broquel sin aro, la spada como sierra, el caxquete abollado en la
capilla. Que no tengo con qué salir un passo con mi amo quando
menester me aya, que quedó concertado de yr esta noche que viene a
verse por el huerto. Pues comprarlo de nuevo, no mandó un maravedí
aunque cayga muerto.
CELESTINA. Pídelo, hijo, a tu amo, pues en su servicio se gastó y
quebró. Pues sabes que es persona que luego lo complirá, que no es
de los que dizen: Bive conmigo y busca quien te mantenga. Él es tan
franco que te dará para esso y para más.
SEMPRONIO. ¡Ha! Trae tanbién Pármeno perdidas las suyas; a este
cuento en armas se le yrá su hazienda. ¿Cómo quieres que le sea tan
importuno en pedirle más de lo que él de su propio grado haze, pues
es harto? No digan por mí que dándome un palmo pido quatro. Dionos
las cient monedas; dionos después la cadena; a tres tales aguijones
no terná cera en el oído. Caro le costaría este negocio;
contentémonos con lo razonable, no lo perdamos todo por querer más
de la razón, que quien mucho abarca, poco suele apretar.
CELESTINA. Gracioso es el asno; por mi vejez que si sobre comer
fuera, que dixiera que aviémos todos cargado demasiado. ¿Estás en tu
seso, Sempronio? ¿Qué tiene que hazer tu galardón con mi salario, tu
soldada con mis mercedes? ¿Só yo obligada a soldar vuestras armas, a
complir vuestras faltas? A osadas que me maten, si no te as asido a
una palabrilla que te dixe el otro día viniendo por la calle, que
quanto yo tenía era tuyo y que en quanto pudiesse con mis pocas
fuerças, jamás te faltaría, y que si Dios me diesse buena manderecha
con tu amo, que tú no perderías nada. Pues ya sabes, Sempronio, que
estos offrecimientos, estas palabras de buen amor, no obligan. No ha
de ser oro quanto reluze, si no más barato valdría. Dime, ¿estó en
tu coraçón, Sempronio? Verás si, aunque soy vieja, si acierto lo que
tú puedes pensar. Tengo, hijo, en buena fe, más pesar que se me
quiere salir esta alma de enojo; di a esta loca de Elicia, como vine
de tu casa, la cadenilla que traxe para que se holgasse con ella y
no se puede acordar dónde la puso, que en toda esta noche ella ni yo
no avemos dormido sueño de pesar, no por su valor de la cadena, que
no era mucho, pero por su mal cobro della y de mi mala dicha.
Entraron unos conoscidos y familiares míos en aquella sazón aquí,
temo no la ayan llevado, diziendo: Si te vi, burléme, etc. Assí que,
hijos, agora que quiero hablar con entramos, si algo vuestro amo a
mí me dio, devés mirar que es mío. Que de tu jubón de brocado no te
pedí yo parte ni la quiero; sirvamos todos, que a todos dará según
viere que lo merecen. Que si me ha dado algo, dos vezes he puesto
por él mi vida al tablero. Más herramienta se me ha embotado en su
servicio que a vosotros, más materiales he gastado. Pues avés de
pensar, hijos, que todo me cuesta dinero, y aun mi saber, que no lo
he alcançado holgando, de lo qual fuera buen testigo su madre de
Pármeno, Dios haya su alma. Esto trabajé yo; a vosotros se os deve
essotro. Esto tengo yo por officio y trabajo, vosotros por
recreación y deleyte. Pues assí no avés vosotros de aver ygual
gualardón de holgar, que yo de penar. Pero aun con todo lo que he
dicho, no os despidáys, si mi cadena paresce, de sendos pares de
calças de grana, que es el ábito que mejor en los mançebos parece. Y
si no, recibid la voluntad, que yo me callaré con mi pérdida. Y todo
esso de buen amor, porque holgastes que oviesse yo antes el provecho
destos passos que [no] otra. Y si no os contentardes, de vuestro
daño harés.
SEMPRONIO. No es esta la primera vez que yo he dicho quánto en los
viejos reyna este vicio de cobdicia; quando pobre, franca, quando
rica, avarienta. Assí que adquiriendo, crece la cobdicia, y la
pobreza cobdiciando, y ninguna cosa haze pobre al avariento sino la
riqueza. ¡O Dios, y cómo crece la necessidad con la abundancia!
¿Quién la oyó esta vieja dezir que me llevasse yo todo el provecho,
si quisiesse, deste negocio, pensando que sería poco? Agora que lo
vee crescido, no quiere dar nada, por complir el refrán de los niños
que dizen: De lo poco, poco, de lo mucho, nada.
PÁRMENO. Déte lo que te prometió o tomémosselo todo. Harto te dezía
yo quién era esta vieja, si tú me creyeras.
CELESTINA. Si mucho enojo traes con vosotros o con vuestro amo o
armas, no lo quebréys en mí, que bien sé dónde nasce esto; bien sé y
barrunto de qué pie coxqueáys; no cierto de la necessidad que tenéys
de lo que pedís, ni aun por la mucha cobdicia que lo tenéys, sino
pensando que os he de tener toda vuestra vida atados y cativos con
Elicia y Areúsa, sin quereros buscar otras, movéysme estas amenazas
de dinero; ponéysme estos temores de la partición. Pues callad, que
quien éstas os supo acarrear os dará otras diez, agora que ay más
conoscimiento y más razón y más mereçido de vuestra parte. Y si sé
complir lo que prometo en este caso, dígalo Pármeno. Dilo, dilo, no
ayas empacho de contar cómo nos passó quando a la otra dolía la
madre.
SEMPRONIO. Yo dígole que se vaya y abáxasse las bragas; no ando por
lo que piensas; no entremetas burlas a nuestra demanda, que con esse
galgo no tomarás, si yo puedo, más liebres. Déxate conmigo de
razones; a perro viejo no cuz cuz. Danos las dos partes por cuenta
de quanto de Calisto as recebido; no quieras que se descubra quién
tú eres. A los otros, a los otros con essos halagos, vieja.
CELESTINA. ¿Quién só yo, Sempronio? ¿Quitásteme de la putería? Calla
tu lengua; no amengües mis canas, que soy una vieja qual Dios me
hizo, no peor que todas. Bivo de mi officio como cada qual official
del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere, no le busco; de mi
casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien o mal bivo,
Dios es el testigo de mi coraçón. Y no pienses con tu yra
maltratarme, que justicia ay para todos, a todos es ygual. Tanbién
seré oída, aunque mujer, como vosotros muy peynados. Déxame en mi
casa con mi fortuna. Y tú, Pármeno, no pienses que soy tu cativa por
saber mis secretos y mi vida passada y los casos que nos acaescieron
a mí y a la desdichada de tu madre. [Y] aun assí me tratava ella,
quando Dios quería.
PÁRMENO. ¡No me hinches las narizes con essas memorias; si no,
embiarte he con nuevas a ella, donde mejor te puedas quexar!
CELESTINA. ¡Elicia, Elicia, levántate dessa cama, dacá mi manto
presto, que por los santos de Dios, para aquella justicia me vaya
bramando como una loca! ¿Qué es esto? ¿Qué quieren dezir tales
amenazas en mi casa? ¿Con una oveja mansa tenés vosotros manos y
braveza? ¿Con una gallina atada? ¿Con una vieja de sesenta años?
¡Allá, allá, con los hombres como vosotros! Contra los que ciñen
spada mostrad vuestras yras, no contra mi flaca rueca; señal es de
gran covardía acometer a los menores y a los que poco pueden. Las
çuzias moxcas nunca pican sino los bueyes magros y flacos; los
gozques ladradores a los pobres peregrinos aquexan con mayor ímpetu.
Si aquella que allí está en aquella cama me oviesse a mi creído,
jamás quedaría esta casa de noche sin varón, ni dormiriémos a lumbre
de pajas. Pero por aguardarte y por serte fiel padescemos esta
soledad, y como nos veys mujeres, habláys y pedís demasías, lo qual
si hombre sintiéssedes en la posada, no haríades, que como dizen, el
duro adversario entibia las yras y sañas.
SEMPRONIO. O vieja avarienta, [garganta] muerta de sed por dinero,
¿no serás contenta con la tercera parte de lo ganado?
CELESTINA. ¿Qué tercia parte? Vete con Dios de mi casa tú, y essotro
no dé bozes; no allegue la vezindad. No me hagáys salir de seso; no
queráys que salgan a plaça las cosas de Calisto y vuestras.
SEMPRONIO. Da bozes, o gritos, que tú complirás lo que prometiste o
complirás hoy tus días.
ELICIA. Mete, por Dios, el spada. Tenle, Pármeno, tenle; no la mate
esse desvariado.
CELESTINA. ¡Justicia, justicia, señores vezinos, justicia, que me
matan en mi casa estos rufianes!
SEMPRONIO. ¿Rufianes o qué? Espera, doña hechizera, que yo te haré
yr al infierno con cartas.
CELESTINA. ¡Ay, que me ha muerto, ay, ay, confessión confessión!
PÁRMENO. ¡Dale, dale, acábala, pues començaste; que nos sentirán;
muera, muera, de los enemigos los menos.
CELESTINA. ¡Confessión!
ELICIA. O crueles enemigos, en mal poder os veáys, ¿y para quién
tovistes manos? Muerta es mi madre y mi bien todo.
SEMPRONIO. Huye, huye, Pármeno, que carga mucha gente. ¡Guarte,
guarte, que viene el alguazil!
PÁRMENO. ¡O pecador de mí, que no ay por do nos vamos, que está
tomada la puerta!
SEMPRONIO. Saltemos destas ventanas; no muramos en poder de
justicia.
PÁRMENO. Salta, que yo tras ti voy.
Argumento del treceno auto
Despertado CALISTO de dormir, stá hablando consigo mismo. Dende un
poco stá llamando a TRISTÁN y a otros sus criados. Torna dormir
CALISTO. Pónese TRISTÁN a la puerta. Viene SOSIA llorando.
Preguntado de TRISTÁN, SOSIA cuéntale la muerte de SEMPRONIO y
PÁRMENO. Van a dezyr las nuevas a CALISTO, el qual, sabiendo la
verdad, haze grande lamentación.
CALISTO, TRISTÁN, SOSIA
CALISTO. ¡O cómo he dormido tan a mi plazer después de aquel
açucarado rato, después de aquel angélico razonamiento! Gran reposo
he tenido; el sossiego y descanso ¿proceden de mi alegría, o lo
causó el trabajo corporal, mi mucho dormir, o la gloria y plazer del
ánimo?; y no me maravillo que lo uno y lo otro se juntassen a cerrar
los candados de mis ojos, pues trabajé con el cuerpo y persona y
holgué con el spíritu y sentido la passada noche. Muy cierto es que
la tristeza acarrea pensamiento y el mucho pensar impide el sueño,
como a mí estos días es acaescido con la desconfiança que tenía de
la mayor gloria que ya posseo. O señora y amor mío Melibea, ¿qué
piensas agora? ¿Si duermes o estás despierta? ¿Si piensas en mí o en
otro? ¿Si estás levantada o acostada? O dichoso y bienandante
Calisto, si verdad es que no ha sido sueño lo passado. ¿Soñélo o no?
¿Fue fantaseado o passó en verdad? Pues no estuve solo; mis criados
me [a]compañaron. Dos eran; si ellos dizen que passó en verdad,
creerlo he según derecho. Quiero mandarlos llamar para más confirmar
mi gozo. ¡Tristanico, moços, Tristanico, levanta de aí!
TRISTÁN. Señor, levantado estoy.
CALISTO. Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.
TRISTÁN. Ya voy, señor.
CALISTO.
Duerme y descança penado,
desde agora,
pues te ama tu señora
de su grado.
Venga plazer al cuydado
y no le vea,
pues te ha hecho su privado
Melibea.
TRISTÁN. Señor, no ay ningún moço en casa.
CALISTO. Pues abre essas ventanas, verás qué hora es.
TRISTÁN. Señor, bien de día.
CALISTO. Pues tórnalas a cerrar y déxame dormir hasta que sea hora
de comer.
TRISTÁN. Quiero baxarme a la puerta por que duerma mi amo sin que
ninguno le impida, y a quantos le buscaren se le negaré. ¿O qué
grita suena en el mercado; qué es esto? Alguna justicia se haze o
madrugaron a correr toros. No sé qué me diga de tan grandes bozes
como se dan. De allá viene Sosia el moço despuelas; él me dirá qué
es esto. Desgreñado viene el vellaco; en alguna taverna se deve aver
rebolcado, y si mi amo le cae en el rastro mandarle ha dar dos mil
palos, que aunque es algo loco la pena le hará cuerdo. Paresce que
viene llorando. ¿Qué es esto, Sosia? ¿Por qué lloras? ¿De dó vienes?
SOSIA. ¡O malaventurado yo, o qué pérdida tan grande; o deshonrra de
la casa de mi amo; o qué mal día amanesció este; o desdichados
mancebos!
TRISTÁN. ¿Qué; qué as; [qué quejas;] por qué te matas; qué mal es
este?
SOSIA. Sempronio y Pármeno...
TRISTÁN. ¿Qué dizes, Sempronio y Pármeno? ¿Qué es esto, loco?
Aclárate más, que me turbas.
SOSIA. Nuestros compañeros, nuestros hermanos.
TRISTÁN. O tú estás borracho o as perdido el seso, o traes alguna
mala nueva. ¿No me dizes qué es esto que dizes des[t]os moços?
SOSIA. Que quedan degollados en la plaça.
TRISTÁN. O mala fortuna nuestra si es verdad. ¿Vístelos cierto o
habláronte?
SOSIA. Ya sin sentido yvan, pero el uno con harta dificultad, como
me sentió que con lloro le mirava, hincó los ojos en mí, alçando las
manos al cielo, quasi dando gracias a Dios, y como preguntando si me
sentía de su morir; y en señal de triste despedida abaxó su cabeça
con lágrimas en los ojos, dando bien a entender que no me avía de
ver más hasta el día del gran juyzio.
TRISTÁN. No sentiste bien, que sería preguntarte si estava presente
Calisto. Y pues tan claras señas traes deste cruel dolor, vamos
presto con las tristes nuevas a nuestro amo.
SOSIA. ¡Señor, señor!
CALISTO. ¿Qué es esso, locos? ¿No os mandé que no me recordássedes?
SOSIA. Recuerda y levanta, que si tú no buelves por los tuyos, de
caída vamos. Sempronio y Pármeno quedan descabeçados en la plaças
como públicos malhechores, con pregones que manifestavan su delito.
CALISTO. ¡O válasme Dios! ¿y qué es esto que me dizes? No sé si te
crea tan acelerada y triste nueva. ¿Vístelos tú?
SOSIA. Yo los vi.
CALISTO. Cata, mira qué dizes, que esta noche han estado conmigo.
SOSIA. Pues madrugaron a morir.
CALISTO. O mis leales criados, o mis grandes servidores, o mis
fieles secretarios y consejeros, ¿puede ser tal cosa verdad? O
amenguado Calisto, deshonrrado quedas para toda tu vida. ¿Qué será
de ti, muertos tal par de criados? Dime por Dios, Sosia, ¿qué fue la
causa? ¿Qué dezía el pregón? ¿Dónde los tomaron? ¿Qué justicia lo
hizo?
SOSIA. Señor, la causa de su muerte publicava el cruel verdugo a
bozes diziendo: Manda la justicia [que] mueran los violentos
matadores.
CALISTO. ¿A quién mataron tan presto? ¿Qué puede ser esto? No ha
quatro horas que de mí se despidieron. ¿Cómo se llamava el muerto?
SOSIA. Señor, una mujer [era] que se llamava Celestina.
CALISTO. ¿Qué me dizes?
SOSIA. Esto que oyes.
CALISTO. Pues si esso es verdad, máta[me] tú a mí, yo te perdono,
que más mal ay que viste ni puedes pensar si Celestina, la de la
cuchillada, es la muerta.
SOSIA. Ella mesma es; de más de treynta stocadas la vi llagada,
tendida en su casa, llorándola una su criada.
CALISTO. ¡O tristes moços! ¿cómo yvan? ¿Viéronte? ¿Habláronte?
SOSIA. ¡O señor, que si los vieras, quebraras el coraçón de dolor!
El uno llevava todos los sesos de la cabeça de fuera sin ningún
sentido, el otro quebrados entramos braços y la cara magulada, todos
llenos de sangre, que saltaron de unas ventanas muy altas por huyr
del aguazil, y assí quasi muertos les cortaron las cabeças, que creo
que ya no sintieron nada.
CALISTO. Pues yo bien siento mi honrra; pluguiera a Dios que fuera
yo ellos y perdiera la vida y no la honrra, y no la sperança de
conseguir mi començado propósito, que es lo que más en este caso
desastrado siento. ¡O mi triste nombre y fama, cómo andas al tablero
de boca en boca! ¡O mis secretos más secretos, quán públicos andarés
por las plaças y mercados! ¿Qué será de mí? ¿Adónde yré? Que salga
allá, a los muertos no puedo ya remediar; que me esté aquí, pareçerá
covardía. ¿Qué consejo tomaré? Dime, Sosia, ¿qué era la causa por
que la mataron?
SOSIA. Señor, aquella su criada, dando bozes llorando su muerte, la
publicava a quantos la querían oír, diziendo que porque no quiso
partir con ellos una cadena de oro que tú le diste.
CALISTO. ¡O día de congoxa, o fuerte tribulación, y en que anda mi
hazienda de mano en mano y mi nombre de lengua en lengua! Todo será
público, quanto con ella y con ellos hablava, quanto de mí sabían,
el negocio en que andavan. No osaré salir ante gentes. ¡O pecadores
de mançebos, padeçer por tan súbito desastre; o mi gozo, cómo te vas
diminuyendo! Proverbio es antiguo que de muy alto grandes caídas se
dan. Mucho avía anoche alcançado; mucho tengo hoy perdido. Rara es
la bonança en el piélago. Yo estava en título de alegre si mi
ventura quisiera tener quedos los ondosos vientos de mi perdición.
¡O fortuna, quánto y por quántas partes me as combatido! Pues por
más que sigas mi morada y seas contraria a mi persona, las
adversidades con ygual ánimo se han de sofrir y en ellas se prueva
el coraçón rezio o flaco. No ay mejor toque para conoçer qué
quilates de virtud o esfuerço tiene el hombre. Pues por más mal y
daño que me venga, no dexaré de complir el mandado de aquella por
quien todo esto se ha causado. Que más me va en conseguir la
ganancia de la gloria que spero, que en la pérdida de morir los que
murieron. Ellos eran sobrados y esforçados, agora o en otro tiempo
de pagar havían. La vieja era mala y falsa, según paresce que hazía
trato con ellos, y assí que riñeron sobre la capa del justo.
Permissión fue divina que assí acabassen en pago de muchos
adulterios que por su intercessión o causa son cometidos. Quiero
hazer adereçar a Sosia y a Tristanico; yrán conmigo este tan sperado
camino; llevarán scalas, que son [muy] altas las paredes. Mañana
haré que vengo de fuera, si pudiere vengar estas muertes; si no,
purgaré mi innocencia con mi fingida absencia, o me fengiré loco por
mejor gozar deste sabroso deleyte de mis amores, como hizo aquel
gran capitán Ulixes por evitar la batalla troyana y holgar con
Penélope su mujer.
Argumento del quatorzeno auto
Está MELIBEA muy affligida hablando con Lucrecia sobre la tardança
de CALISTO, el qual le avía hecho voto de venir en aquella noche a
visitalla, lo qual cumplió; y con él vinieron SOSIA y TRISTÁN. Y
después que cumplió su voluntad, bolvieron todos a la posada, y
CALISTO se retrae en su palacio y quéxase por aver estado tan poca
quantidad de tiempo con MELIBEA, y ruega a Febo que cierre sus
rayos, para haver de restaurar su desseo.
MELIBEA, LUCRECIA, SOSIA, TRISTÁN, CALISTO
MELIBEA. Mucho se tarda aquel cavallero que esperamos. ¿Qué crees tú
o sospechas de su stada, Lucrecia?
LUCRECIA. Señora, que tiene justo impedimento y que no es en su mano
venir más presto.
MELIBEA. Los ángeles sean en su guarda, su persona esté sin peligro;
que su tardança, no me da pena. Mas cuytada, pienso muchas cosas que
desde su casa acá le podrían acaecer. ¿Quién sabe si él con voluntad
de venir al prometido plazo en la forma que los tales mançebos a las
tales horas suelen andar, fue topado de los alguaziles nocturnos, y
sin le conoçer le han acometido, el qual por se defender los
offendió o es dellos offendido? ¿O si por caso los ladradores perros
con sus crueles dientes que ninguna differencia saben hazer ni
acatamiento de personas, le ayan mordido, o si ha caído en alguna
calçada o hoyo donde algún daño le viniesse? Mas, o mezquina de mí,
¿qué son estos inconvenientes que el concebido amor me pone delante
y los atribulados ymaginamientos me acarrean? No plega a Dios que
ninguna destas cosas sea, antes esté quanto le plazerá sin verme.
Mas oye, oye, oye, que passos suenan en la calle y aun pareçe que
hablan destotra parte del huerto.
SOSIA. Arrima essa scala, Tristán, que éste es el mejor lugar,
aunque alto.
TRISTÁN. Sube, señor; yo yré contigo, porque no sabemos quién está
dentro; hablando están.
CALISTO. Quedados, locos, que yo entraré solo, que a mi señora oigo.
MELIBEA. Es tu sierva, es tu cativa, es la que más tu vida que la
suya estima. O mi señor, no saltes de tan alto, que me moriré en
verlo; baxa, baxa poco a poco por el scala; no vengas con tanta
pressura.
CALISTO. O angélica ymagen, o preciosa perla, ante quien el mundo es
feo. O mi señora y mi gloria, en mis braços te tengo y no lo creo.
Mora en mi persona tanta turbación de plazer que me haze no sentir
todo el gozo que posseo.
MELIBEA. Señor mío, pues me fié en tus manos, pues quise complir tu
voluntad, no sea de peor condición, por ser piadosa, que si fuera
esquiva y sin misericordia; no quieras perderme por tan breve
deleyte y en tan poco spacio. Que las malhechas cosas, después de
cometidas, más presto se pueden reprehender que emendar. Goza de lo
que yo gozo, que es ver y llegar a tu persona; no pidas ni tomes
aquello que, tomado, no será en tu mano bolver. Guarte, señor, de
dañar lo que con todos tesoros del mundo no se restaura.
CALISTO. Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida he
gastado, ¿qué sería, quando me la diessen, desechalla? Ni tú,
señora, me lo mandaras, ni yo podría acabarlo conmigo. No me pides
tal covardía; no es hazer tal cosa de ninguno que hombre sea,
mayormente amando como yo, nadando por este huego de tu desseo toda
mi vida. ¿No quieres que me arrime al dulce puerto a descansar de
mis passados trabajos?
MELIBEA. Por mi vida, que aunque hable tu lengua quanto quisiere, no
obren las manos quanto pueden. Está quedo, señor mío. Bástete, pues
ya soy tuya, gozar de lo esterior, desto que es propio fruto de
amadores; no me quieras robar el mayor don que la natura me ha dado;
cata que del buen pastor es proprio tresquilar sus ovejas y ganado,
pero no destruyrlo y estragallo.
CALISTO. ¿Para qué, señora? ¿Para que no esté queda mi passión; para
penar de nuevo; para tornar el juego de comienço? Perdona, señora, a
mis desvergonçadas manos, que jamás pensaron de tocar tu ropa, con
su indignidad y poco mereçer; agora gozan de llegar a tu gentil
cuerpo y lindas y delicadas carnes.
MELIBEA. Apártate allá, Lucrecia.
CALISTO. ¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén semejantes
testigos de mi gloria.
MELIBEA. Yo no los quiero de mi yerro. Si pensara que tan
desmesuradamente te havías de haver conmigo, no fiara mi persona de
tu cruel conversación.
SOSIA. Tristán, bien oyes lo que passa; ¡en qué términos anda el
negocio!
TRISTÁN. Oygo tanto que juzgo a mi amo por el más bienaventurado
hombre que nasció; y por mi vida, que aunque soy mochacho, que
diesse tan buena cuenta como mi amo.
SOSIA. Para con tal joya quienquiera se ternía manos, pero con su
pan se la coma, que bien caro le cuesta; dos moços entraron en la
salsa destos amores.
TRISTÁN. Ya los tiene olvidados. Dexaos morir sirviendo a ruynes,
haze locuras en confiança de su defensión; biviendo con el conde,
que no matasse al hombre, me dava mi madre por consejo. Veslos a
ellos alegres y abraçados, y sus servidores con harta mengua
degollados.
MELIBEA. ¡O mi vida y mi señor! ¿cómo has quisido que pierda el
nombre y corona de virgen por tan breve deleyte? ¡O pecadora de ti,
mi madre, si de tal cosa fuesses sabidora, cómo tomarías de grado tu
muerte y me la darías a mí por fuerça; cómo serías cruel verdugo de
tu propia sangre; cómo sería yo fin quexosa de tus días! ¡O mi padre
honrrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y lugar a quebrantar
tu casa! ¡O traydora de mí, cómo no miré primero el gran yerro que
se seguía de tu entrada, el gran peligro que sperava!
SOSIA. (Ante quisiera yo oírte essos milagros; todas sabés essa
oración después que no puede dexar de ser hecho; ¡y el bovo de
Calisto que se lo escucha!)
CALISTO. Ya quiere amaneçer; ¿qué es esto? No [me] pareçe que ha una
hora que estamos aquí y da el relox las tres.
MELIBEA. Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues ya soy tu
dueña, pues ya no puedes negar mi amor, no me niegues tu vista [de
día, passando por mi puerta; de noche donde tú ordenares]. Mas las
noches que ordenares sea tu venida por este secreto lugar a la mesma
hora, por que siempre te spere aperçibida del gozo con que quedo,
sperando las venidas noches. Y por el presente vete con Dios, que no
serás visto, que haze muy escuro, ni yo en casa sentida, que aun no
amaneçe.
CALISTO. Moços, poned el escala.
SOSIA. Señor, vesla aquí, baxa.
MELIBEA. Lucrecia, vente acá, que stoy sola; aquel señor mío es ydo;
conmigo dexa su coraçón, consigo lleva el mío. ¿Asnos oído?
LUCRECIA. No, señora, que durmiendo he stado.
***
SOSIA. Tristán, devemos yr muy callando, porque suelen levantarse a
esta hora los ricos, los cobdiciosos de temporales bienes, los
devotos de templos, monasterios y yglesias, los enamorados como
nuestro amo, los trabajadores de los campos y labranças, y los
pastores que en este tiempo traen las ovejas a estos apriscos a
ordeñar, y podría ser que cogiessen de pasada alguna razón por do
toda su honrra y la de Melibea se turbasse.
TRISTÁN. O simple rascacavallos, dizes que callemos y nombras su
nombre della. Bueno eres para adalid o para regir gente en tierra de
moros de noche, assí que prohibendo permites; encubriendo descubres;
assegurando offendes; callando bozeas y pregonas; preguntando
respondes. Pues tan sotil y discreto eres, no me dirás en qué mes
cae Santa María de agosto, por que sepamos si ay harta paja en casa
que comas ogaño.
CALISTO. Mis cuydados y los de vosotros no son todos unos. Entrad
callando, no nos sientan en casa; cerrad essa puerta y vamos a
reposar, que yo me quiero sobir solo a mi cámara y me desarmaré. Yd
vosotros a vuestras camas. ¡O mezquino yo, quánto me es agradable de
mi natural la soledad y silencio y escuridad!; no sé si lo causa que
me vino a la memoria la trayción que hize en me despartir de aquella
señora que tanto amo, hasta que más fuera de día, o el dolor de mi
deshonrra. ¡Ay, ay, que esto es, esta herida es la que siento agora
que se ha resfriado, agora que está elada la sangre que ayer hervía,
agora que veo la mengua de mi casa, la falta de mi servicio, la
perdición de mi patrimonio, la infamia que a mi persona de la muerte
de mis criados se ha seguido! ¿Qué hize? ¿En qué me detove? ¿Cómo me
pude çoffrir que no me mostré luego presente como hombre injuriado,
vengador sobervio y acelerado de la manifiesta injusticia que me fue
hecha? O mísera suavidad desta brevíssima vida, quien es de ti tan
cobdicioso que no quiera más morir luego que gozar de un año de vida
denostado y prorogarle con deshonrra, corrompiendo la buena fama de
los passados, mayormente que no ay hora cierta ni limitada, ni aun
un solo momento; debdores somos sin tiempo; contino estamos
obligados a pagar luego. ¿Por qué no salí a inquerir siquiera la
verdad de la secreta causa de mi manifiesta perdición? O breve
deleyte mundano, cómo duran poco y cuestan mucho tus dulçores; no se
compra tan caro el arrepentir. O triste yo, ¿quándo se restaurará
tan gran pérdida? ¿Qué haré? ¿Qué consejo tomaré? ¿A quién
descobriré mi mengua? ¿Por qué lo celo a los otros mis servidores y
parientes? Tresquílanme en consejo y no lo saben en mi casa. Salir
quiero, pero si salgo para dezir que he estado presente es tarde, si
absente, es temprano. Y para prover amigos y criados antiguos,
parientes y allegados, es menester tiempo, y para buscar armas y
otros aparejos de vengança. O cruel juez, y qué mal pago me as dado
del pan que de mi padre comiste. Yo pensava que pudiera con tu favor
matar mil hombres sin temor de castigo, iniquo falsario, perseguidor
de verdad, hombre de baxo suelo; bien dirán por ti que te hizo
alcalde mengua de hombres buenos. Miraras que tú y los que mataste
en servir a mis passados y a mí, érades compañeros. Mas quando el
vil está rico, ni tiene pariente ni amigo. ¿Quién pensara que tú me
havías de destruyr? No hay, cierto, cosa más empecible que el
incogitado enemigo. ¿Por qué quesiste que dixiessen del monte sale
con que se arde, y que crié cuervo que me sacasse el ojo? Tú eres
público delinquente y mataste a los que son privados, y pues sabe
que menor delicto es el privado que el público, menor su utilidad,
según las leyes de Atenas disponen. Las quales no son scritas con
sangre, antes muestran que es menos yerro no condennar los
malhechores que punir los innocentes. ¡O quán peligroso es seguir
justa causa delante injusto juez; quánto más este excesso de mis
criados, que no carecía de culpa! Pues mira, si mal as hecho, que ay
sindicado en el cielo y en la tierra. Assí que a Dios y al rey serás
reo, y a mí capital enemigo. ¿Qué pecó el uno por lo que hizo el
otro, que por sólo ser su compañero los mataste a entramos? Pero,
¿qué digo; con quién hablo; estoy en mi seso? ¿Qué es esto, Calisto;
soñavas; duermes o velas; estás en pie o acostado? Cata que estás en
tu cámara; ¿no vees que el offendedor no está presente? ¿Con quién
lo has? Torna en ti; mira que nunca los absentes se hallaron justos;
oye entrambas partes para sentenciar; ¿no ves que por executar
justicia no havía de mirar amistad ni debdo ni criança; no miras que
la ley tiene de ser ygual a todos? Mira que Rómulo, el primero
çimentador de Roma, mató a su propio hermano porque la ordenada ley
traspassó. Mira a Torcato romano cómo mató a su hijo porque excedió
la tribunicia constitución. Otros muchos hizieron lo mesmo.
Considera que si aquí presente él estoviesse, respondería que
hazientes y consintientes merecen ygual pena, aunque a entramos
matasse por lo que el uno pecó, y que si se aceleró en su muerte que
era crimen notorio y no eran necessarias muchas pruevas, y que
fueron tomados en el acto del matar, que ya estava el uno muerto de
la caída que dio, y tanbién se deve creer que aquella lloradera moça
que Celestina tenía en su casa le dio rezia priessa con su triste
llanto, y él por no hazer bullicio, por no me disfamar, por no
sperar a que la gente se levantasse y oyessen el pregón, del qual
gran infamia se me siguía, los mandó justiciar tan de mañana. Pues
era forçoso verdugo bozeador para la execución y su descargo; lo
qual, todo assí como creo es hecho, antes le quedo debdor y obligado
para quanto biva, no como a criado de mi padre, pero como a
verdadero hermano. Y caso que assí no fuesse, caso que no echasse lo
passado a la mejor parte. Acuérdate, Calisto, al gran gozo passado;
acuérdate a tu señora y tu bien todo, y pues tu vida no tienes en
nada por su servicio, no as de tener las muertes de otros, pues
ningún dolor ygualará con el recebido plazer. O mi señora y mi vida,
que jamás pensé en absencia offenderte, que parece que tengo en poca
estima la merced que me as hecho. No quiero pensar en enojo, no
quiero tener ya con la tristeza amistad. O bien sin comparación, o
insaciable contentamiento, ¿y quándo pidiera yo más a Dios por
premio de mis méritos, si algunos son en esta vida, de lo que
alcançado tengo? ¿Por qué no estoy contento? Pues no es razón ser
ingrato a quien tanto bien me ha dado; quiérolo conoscer; no quiero
con enojo perder mi seso, porque perdido no cayga de tan alta
possessión; no quiero otra honrra, otra gloria, no otras riquezas,
no otro padre ni madre, no otros debdos ni parientes; de día estaré
en mi cámara, de noche en aquel paraíso dulce, en aquel alegre
vergel entre aquellas suaves plantas y fresca verdura. O noche de mi
descanso, si fuesses ya tornada; o luziente Febo, date priessa a tu
acostumbrado camino; o deleytosas strellas, aparesceos ante de la
continua orden. O spacioso relox, aún te vea yo arder en bivo huego
de amor, que si tú esperasses lo que yo quando des doze, jamás
estarías arrendado a la voluntad del maestre que te compuso. Pues
vosotros, invernales meses, que agora estáys escondidos, viniéssedes
con vuestras muy complidas noches a trocarlas por estos prolixos
días. Ya me pareçe haver un año que no he visto aquel suave
descanso, aquel deleytoso refrigerio de mis trabajos. Pero ¿qué es
lo que demando? ¿Qué pido, loco sin sofrimiento? Lo que jamás fue ni
puede ser. No aprenden los cursos naturales a rodearse sin orden,
que a todos es un ygual curso, a todos un mesmo espacio para muerte
y vida, un limitado término a los secretos movimientos del alto
firmamento celestial, de los planetas y norte, de los crecimientos y
mengua de la menstrua luna. Todo se rige con un freno ygual, todo se
mueve con ygual spuela: cielo, tierra, mar, huego, viento, calor,
frío. ¿Qué me aprovecha a mí que dé doze horas el relox de hierro si
no las ha dado el del cielo? Pues por mucho que madrugue no amanesce
más aína. Pero tú, dulce ymaginación, tú que puedes me acorre; trae
a mi fantasía la presencia angélica de aquella ymagen luziente;
buelve a mis oídos el suave son de sus palabras, aquellos desvíos
sin gana, aquel «apártate allá, señor, no llegues a mí», aquel «no
seas descortés» que con sus rubicundos labrios vía asonar, aquel «no
quieras mi perdición» que de rato en rato proponía; aquellos
amorosos abraços entre palabra y palabra; aquel soltarme y
prenderme; aquel huyr y llegarse; aquellos açucarados besos; aquella
final salutación con que se me despidió: con quánta pena salió por
su boca; con quántos desperezos, con quántas lágrimas, que parecían
granos de aljófar, que sin sentir se le caían de aquellos claros y
resplandecientes ojos.
SOSIA. Tristán, ¿qué te pareçe de Calisto, qué dormir ha hecho?, que
ya son las quatro de la tarde y no nos ha llamado ni á comido.
TRISTÁN. Calla, que el dormir no quiere priessa; demás desto,
aquéxale por una parte la tristeza de aquellos moços, por otra le
alegra el muy gran plazer de lo que con su Melibea ha alcançado.
Assí que dos tan rezios contrarios verás que tal pararán un flaco
subjecto donde estovieran aposentados.
SOSIA. ¿Piénsaste tú que le penan a él mucho los muertos? Si no
penasse más a aquella que desde esta ventana yo veo yr por la calle,
no llevaría las tocas de tal color.
TRISTÁN. ¿Quién es, hermano?
SOSIA. Llégate acá y verla has antes que trasponga; mira aquella
lutosa que se limpia agora las lágrimas de los ojos; aquélla es
Elicia, criada de Celestina y amiga de Sempronio, una muy bonita
moça, aunque queda agora perdida la peccadora porque tenía a
Celestina por madre y a Sempronio por el principal de sus amigos. Y
aquella casa donde entra, allí mora una hermosa mujer muy graciosa y
fresca, enamorada, medio ramera, pero no se tiene por poco dichoso
quien la alcança a tener por amiga sin grande escote, y llámase
Areúsa. Por la qual sé yo que ovo el triste de Pármeno más de tres
noches malas, y aun que no le plaze a ella con su muerte.
Argumento del decimoquinto auto
AREÚSA dize palabras injuriosas a un rufián llamado CENTURIO, el
qual se despide della por la venida de ELICIA, la qual cuenta a
AREÚSA las muertes que sobre los amores de CALISTO Y MELIBEA se
avían ordenado, y conciertan AREÚSA y ELICIA que CENTURIO aya de
vengar las muertes de los tres en los dos enamorados. En fin,
despídese ELICIA de AREÚSA, no consintiendo en lo que le ruega, por
no perder el buen tiempo que se dava, estando en su asueta casa.
ELICIA, AREÚSA, CENTURIO RUFIÁN
ELICIA. ¿Qué bozear es este de mi prima? Si ha sabido las tristes
nuevas que yo le traygo, no avré yo las albricias de dolor que por
tal mensaje se ganan; llore, llore, vierta lágrimas, pues no se
hallan tales hombres a cada rincón; plázeme que assí lo siente;
messe aquellos cabellos como yo, triste, he hecho; sepa que es
perder buena vida más trabajo que la misma muerte. O quánto más la
quiero que hasta aquí por el gran sentimiento que muestra.
AREÚSA. Vete de mi casa, rufián, vellaco, mentiroso, burlador, que
me traes engañada, bova, con tus ofertas vanas, con tus ronçes y
halagos; asme robado quanto tengo. Yo te di, vellaco, sayo y capa,
spada y broquel, camisas de dos en dos a las mil maravillas
labradas; yo te di armas y cavallo, púsete con señor que no le
merescías descalçar. Agora una cosa que te pido que por mí hagas,
pónesme mil achaques.
CENTURIO. Hermana mía, mándame tú matar con diez hombres por tu
servicio y no que ande una legua de camino a pie.
AREÚSA. ¿Por qué jugaste tú el cavallo, tahúr, vellaco?, que si por
mí no oviesse sido, estarías tú ya ahorcado. Tres veces te he
librado de la justicia; quatro vezes desempeñado en los tableros.
¿Por qué lo hago? ¿Por qué soy loca? ¿Por qué tengo fe con este
covarde? ¿Por qué creo sus mentiras? ¿Por qué le consiento entrar
por mis puertas? ¿Qué tiene bueno? Los cabellos crespos, la cara
acuchillada, dos vezes açotado; manco de la mano del espada, treynta
mugeres en la putería. Salta luego de aí; no te vea yo más; no me
hables ni digas que me conoces; sino por los huessos del padre que
me hizo y de la madre que me parió, yo te haga dar mil palos en esas
spaldas de molinero, que ya sabes que tengo quien lo sepa hazer, y
hecho, salirse con ello.
CENTURIO. Loquear, bovilla, pues si yo me ensaño, alguna llorará;
más quiero yrme y çofrirte, que no sé quién entra; no nos oygan.
ELICIA. Quiero entrar, que no es son de buen llanto donde ay
amenazas y denuestos.
AREÚSA. ¡Ay, triste yo! ¿eres tú mi Elicia? ¡Jesú, Jesú, no lo puedo
creer! ¿Qué es esto? ¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué manto de
tristeza es éste? Cata que me spantas, hermana mía; dime presto,
¿qué cosa es? Que estoy sin tiento; ninguna gota de sangre as dexado
en mi cuerpo.
ELICIA. Gran dolor, gran pérdida; poco es lo que muestro con lo que
siento y encubro; más negro traygo el coraçón que el manto, las
entrañas que las tocas. ¡Ay hermana, hermana, que no puedo hablar!
no puedo de ronca sacar la boz del pecho.
AREÚSA. ¡Ay triste, que me tienes suspensa! Dímelo, no te messes, no
te rascuñes ni maltrates; ¿es común de entrambas este mal?; ¿tócame
a mí?
ELICIA. ¡Ay prima mía y mi amor! Sempronio y Pármeno ya no biven; ya
no son en el mundo; sus ánimas ya están purgando su yerro; ya son
libres desta triste vida.
AREÚSA. ¿Qué me cuentas? No me lo digas; calla, por Dios, que me
caeré muerta.
ELICIA. Pues más mal ay que suena; oye a la triste, que te contará
más quexas. Celestina, aquella que tú bien conosciste, aquella que
yo tenía por madre, aquella que me regalava, aquella que me
encubría, aquella con quien yo me honrrava entre mis yguales,
aquella por quien yo era conoscida en toda la cibdad y arrabales, ya
está dando cuenta de sus obras. Mil cuchilladas le vi dar a mis
ojos; en mi regaço me la mataron.
AREÚSSA. ¡O fuerte tribulación; o dolorosas nuevas, dignas de mortal
lloro; o acelerados desastres; o pérdida incurable! ¿cómo ha rodeado
tan presto la fortuna su rueda? ¿Quién los mató? ¿Cómo murieron? Que
estoy envelesada, sin tiento, como quien cosa impossible oye; no ha
ocho días que los vi bivos y ya podemos dezir: perdónelos Dios:
cuéntame, amiga mía, cómo es acaescido tan cruel y desastrado caso.
ELICIA. Tú lo sabrás; ya oíste dezir, hermana, los amores de Calisto
y la loca de Melibea; bien verías cómo Celestina avía tomado el
cargo, por intercessión de Sempronio, de ser medianera, pagándole su
trabajo. La qual puso tanta dilegentia y solicitud que a la segunda
açadonada sacó agua. Pues como Calisto tan presto vido buen
concierto en cosa que jamás la esperava, abueltas de otras cosas dio
a la desdichada de mi tía una cadena de oro; y como sea de tal
calidad aquel metal, que mientra más bevemos dello, más sed nos
pone, con sacrílega hambre, quando se vido tan rica, alçóse con su
ganancia y no quiso dar parte a Sempronio ni a Pármeno dello, lo
qual avía quedado entre ellos que partiessen lo que Calisto diesse.
Pues como ellos viniessen cansados una mañana de acompañar a su amo
toda la noche, muy ayrados de no sé qué questiones que diz[en] que
avían havido, pidieron su parte a Celestina de la cadena para
remediarse; ella púsose en negarles la convención y promesa y dezir
que todo era suyo lo ganado, y aun descubriendo otras cosillas de
secretos, que, como dizen, riñen las comadres. Assí que ellos muy
enojados, por una parte los aquexava la necessidad que priva todo
amor, por otra el enojo grande y cansacio que traían que acarrea
alteración, por otra veía[n] la fe quebrada de su mayor esperança,
no sabían qué hazer; estovieron gran rato en palabras; al fin
viéndola tan cobdiciosa, perseverando en su negar, echaron manos a
sus spadas y diéronle mil cuchilladas.
AREÚSA. ¡O desdichada de muger, y en esto avía su vejez de fenecer!
Y dellos ¿qué me dizes? ¿en qué pararon?
ELICIA. Ellos, como ovieron hecho el delicto, por huyr de la
justicia, que acaso passava por allí, saltaron de las ventanas y
quasi muertos los prendieron, y sin más dilación los degollaron.
AREÚSA. ¡O mi Pármeno y mi amor, y quánto dolor me pone su muerte!
Pésame del grande amor que con él tan poco tiempo avía puesto, pues
no me avía más de durar. Pero pues ya este mal recabdo es hecho,
pues ya esta desdicha es acaescida, pues ya no se pueden por
lágrimas comprar ni restaurar sus vidas; no te fatigues tú tanto,
que cegarás llorando, que creo que poca ventaja me llevas en
sentimiento y verás con quánta paciencia lo çufro y passo.
ELICIA. ¡Ay qué ravio, ay mesquina, que salgo de seso, ay que no
hallo quien lo sienta como yo; no ay quien pierda lo que yo pierdo!
¡O quánto mejores y más honestas fueran mis lágrimas en passión
ajena que en la propia mía. ¿Adónde yré, que pierdo madre, manto y
abrigo, pierdo amigo y tal que nunca faltava de mí marido? ¡O
Celestina, sabia, honrrada y autorizada, quántas faltas me encobrías
con tu buen saber! Tú trabajavas, yo holgava; tú salías fuera, yo
estava encerrada; tú rota, yo vestida; tú entravas contino como
abeja por casa, yo destruía, que otra cosa no sabía hazer. ¡O bien y
gozo mundano, que mientra eres posseído eres menospreciado, y jamás
te consientes conoscer hasta que te perdemos! O Calisto y Melibea,
causadores de tantas muertes, mal fin ayan vuestros amores, en mal
sabor se conviertan vuestros dulçes plazeres; tómese lloro vuestra
gloria, trabajo vuestro descanso; las yervas deleytosas donde tomáys
los hurtados solazes se conviertan en culebras; los cantares se os
tornen lloro; los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra
vista; sus flores olorosas se tornen de negra color.
AREÚSA. Calla, por Dios, hermana, pon silencio a tus quexas; ataja
tus lágrimas; limpia tus ojos; toma sobre tu vida, que quando una
puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna, y este mal, aunque
duro, se soldará, y muchas cosas se pueden vengar, que es impossible
remediar, y ésta tiene el remedio dudoso y la vengança en la mano.
ELICIA. ¿De quién se ha de aver enmienda, que la muerta y los
matadores me han acarreado esta cuyta? No menos me fatiga la
punición de los delinquentes que el yerro cometido. ¿Qué mandas que
haga?, que todo carga sobre mí; pluguiera a Dios que fuera yo con
ellos y no quedara para llorar a todos. Y de lo que más dolor siento
es ver que por esso no dexa aquel vil de poco sentimiento de ver y
visitar festejando cada noche a su estiércol de Melibea, y ella muy
ufana en ver sangre vertida por su servicio.
AREÚSA. Si esso es verdad ¿de quién mejor se puede tomar vengança?
De manera que quien lo comió, aquél lo escote. Déxame tú, que si yo
les caygo en el rastro, quándo se veen, y cómo, por dónde, y a qué
hora, no me hayas tú por hija de la pastellera vieja, que bien
conosciste, si no hago que les amarguen los amores. Y si pongo en
ello a aquel con quien me viste que reñía quando entravas, si no sea
él peor verdugo para Calisto que Sempronio de Celestina. Pues qué
gozo avría agora él en que te pusiesse yo en algo por mi servicio,
que se fue muy triste de verme que le traté mal, y vería él los
cielos abiertos en tornalle yo a hablar y mandar. Por ende, hermana,
dime tú de quién pueda yo saber el negocio cómo pasa, que yo le haré
armar un lazo con que Melibea llore quanto agora goza.
ELICIA. Yo conosco, amiga, otro compañero de Pármeno, moço de
cavallos, que se llama Sosia, que le acompaña cada noche; quiero
trabajar de se lo sacar todo el secreto, y éste será buen camino
para lo que dizes.
AREÚSA. Mas hazme este plazer que me embíes acá esse Sosia; yo le
halagaré y diré mil lisonjas y offrecimientos, hasta que no le dexe
en el cuerpo cosa de lo hecho y por hazer. Después a él y a su amo
haré revesar el plazer comido. Y tú, Elicia, alma mía, no recibas
pena; passa a mi casa tu ropa y alhajas, y vente a mi compañía, que
starás muy sola, y la tristeza es amiga de la soledad. Con nuevo
amor olvidarás los viejos; un hijo que nasce restaura la falta de
tres finados; con nuevo sucessor se pierde la alegre memoria y
plazeres perdidos del passado; de un pan que yo tenga, ternás tú la
meytad. Más lástima tengo de tu fatiga que de los que te la ponen.
Verdad sea, que cierto duele más la pérdida de lo que hombre tiene
que da plazer la esperança de otra tal, aunque sea cierta. Pero ya
lo hecho es sin remedio y los muertos yrrecuperables. Y como dizen,
mueran y bivamos. A los bivos me dexa a cargo, que yo te les daré
tan amargo xarope a bever qual ellos a ti han dado. Ay prima, prima,
cómo sé yo, quando me ensaño, rebolver estas tramas, aunque soy
moça. Y de ál me vengue Dios, que de Calisto, Centurio me vengará.
ELICIA. Cata que creo, que aunque llame el que mandas, no avrá
effecto lo que quieres, porque la pena de los que murieron por
descobrir el secreto porná silencio al bivo para guardarle. Lo que
me dizes de mi venida a tu casa te agradezco mucho, y Dios te ampare
y alegre en tus necessidades, que bien muestras el parentesco y
hermandad no servir de viento, antes en las adversidades aprovechar;
pero aunque lo quiera hazer, por gozar de tu dulçe compañía, no
podrá ser por el daño que me vernía; la causa no es necessario
dezir, pues hablo con quien me entiende; que allí, hermana, soy
conoscida, allí estoy aparrochiada; jamás perderá aquella casa el
nombre de Celestina, que Dios aya; siempre acuden allí moças
conoscidas y allegadas, medio parientas de las que ella crió; allí
hazen sus conciertos, de donde se me seguirá algún provecho. Y
también essos pocos amigos que me quedan no me saben otra morada.
Pues ya sabes quán duro es dexar lo usado, y que mudar costumbre es
a par de muerte, y piedra movediza que nunca moho la cubija. Allí
quiero estar, siquiera porque el alquile de la casa está pagado por
ogaño, no se vaya embalde. Assí que, aunque cada cosa no abastesse
por sí, juntas aprovechan y ayudan. Ya me pareçe que es hora de
yrme; de lo dicho me llevo el cargo; Dios quede contigo, que me voy.
Argumento del decimosesto auto
Pensando PLEBERIO y ALISA tener su hija MELIBEA el don de la
Virginidad conservada, lo qual, según ha parescido, está en
contrario, y están razonando sobre el casamiento de MELIBEA, y en
tan gran quantidad le dan pena las palabras que de sus padres oye,
que embía a LUCRECIA para que sea causa de su silencio en aquel
propósito.
PLEBERIO, ALISA, LUCRECIA, MELIBEA
PLEBERIO. Alisa, amiga, el tiempo, según me pareçe, se nos va, como
dizen, dentre las manos; corren los días como agua de río. No ay
cosa tan ligera a huyr como la vida. La muerte nos sigue y rodea, de
la qual somos vezinos y hazia su vandera nos acostamos, según
natura; esto vemos muy claro si miramos nuestros yguales, nuestros
hermanos y parientes en derredor; todos los come ya la tierra; todos
yazen en sus perpetuas moradas. Y pues somos inciertos quándo
havemos de ser llamados, viendo tan ciertas señales, devemos echar
nuestras barvas en remojo y aparejar nuestros fardeles para andar
este forçoso camino; no nos tome improvisos ni de salto aquella
cruel boz de la muerte; ordenemos nuestras ánimas con tiempo; que
más vale prevenir que ser prevenido. Demos nuestra hazienda a dulce
successor, acompañemos nuestra única hija con marido, cual nuestro
estado requiere, por que vamos descansados y sin dolor deste mundo.
Lo qual con mucha diligencia devemos poner desde agora por obra, y
lo que otras vezes havemos principiado en este caso agora haya
execusión. No quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de
tutores, pues pareçerá ya mejor en su propria casa que en la
nuestra. Quitarla hemos de lenguas de vulgo, porque ninguna virtud
ay tan perfecta que no tenga vituperadores y maldizientes; no ay
cosa con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que
con temprano casamiento. ¿Quién rehuyría nuestro parentesco en toda
la cibdad? ¿Quién no se hallará gozoso de tomar tal joya en su
compañía? En quien caben las quatro principales cosas que en los
casamientos se demandan, conviene a saber: lo primero discreción,
honestidad y virginidad; segundo, hermosura; lo tercero el alto
orígene y parientes, lo final, riquezas. De todo esto la dotó
natura; qualquiera cosa que nos pidan hallarán bien complido.
ALISA. Dios la conserve, mi señor Pleberio, porque nuestros desseos
veamos complidos en nuestra vida, que antes pienso que faltará ygual
a nuestra hija, según virtud y tu noble sangre, que no sobrarán
muchos que la merezcan. Pero como esto sea officio de los padres y
muy ajeno a las mujeres, como tú lo ordenares, seré yo alegre, y
nuestra hija obedeçerá, según su casto bivir y honesta vida y
humildad.
LUCRECIA. ¡Aun si bien lo supiesses, rebentarías! ¡Ya, ya, perdido
es lo mejor; mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor, Calisto lo
lleva; no ay quien ponga virgos, que ya es muerta Celestina; tarde
acordáys; más avíades de madrugar. Escucha, escucha, señora Melibea.
MELIBEA. ¿Qué hazes ay escondida, loca?
LUCRECIA. Llégate aquí, señora; oyrás a tus padres la priessa que
traen por te casar.
MELIBEA. Calla, por Dios, que te oyrán; déxalos parlar, déxalos
devaneen; un mes ha que otra cosa no hazen ni en otra cosa
entienden; no paresce sino que les dize el coraçón el gran amor que
a Calisto tengo, y todo lo que con él un mes ha, he pasado; no sé si
me han sentido; no sé qué se sea. Aquexarles más agora este cuydado
que nunca, pues mándoles yo trabajar en bano, que por demás es la
cítola en el molino. ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria,
quién apartarme mis plazeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi
señor, en quien yo tengo toda mi sperança; conozco dél que no bivo
engañada. Pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar? Todas
las debdas del mundo reciben compensación en diverso género; el amor
no admite sino sólo amor por paga; en pensar en él me alegro, en
verle me gozo; en oírle me glorifico; haga y ordene de mí a su
voluntad. Si passar quisiere la mar, con él yré; si rodear el mundo,
lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuyré su
querer; déxenme mis padres gozar dél si ellos quieren gozar de mí.
No piensen en estas vanidades ni en estos casamientos, que más vale
ser buena amiga que mala casada; déxenme gozar mi mocedad alegre si
quieren gozar su vejez cansada; si no, presto podrán aparejar mi
perdición y su sepultura. No tengo otra lástima sino por el tiempo
que perdí de no gozarle, de no conoçerle, después que a mí me sé
conoçer; no quiero marido, no quiero ensuziar los nudos del
matrimonio, no las maritales pisadas de ajeno hombre repisar, como
muchas allo en los antiguos libros que leí, o que hizieron más
discretas que yo, más subidas en stado y linaje. Las quales algunas
eran de la gentilidad tenidas por diosas, assí como Venus madre de
Eneas y de Cupido, el dios de amor, que siendo casada, corrumpió la
prometida fe marital. Y aun otras de mayores huegos encendidas
cometieron nefarios y incestuosos yerros, como Mira con su padre,
Semíramis con su hijo, Cánasce con su hermano, y aun aquella forçada
Tamar, hija del rey David. Otras aun más cruelmente trespassaron las
leyes de natura, como Pasiphe, muger del rey Minos, con el toro.
Pues reynas eran y grandes señoras, debaxo de cuyas culpas la
razonable mía podrá passar sin denuesto; mi amor fue con justa
causa. Requerida y rogada, cativada de su merecimiento, aquexada por
tan astuta maestra como Celestina, servida de muy peligrosas
visitaciones, antes que concediesse por entero en su amor. Y después
un mes ha, como as visto, que jamás noche ha faltado sin ser nuestro
huerto escalado como fortaleza, y muchas aver venido embalde. Y por
esso no me mostrar más pena ni trabajo, muertos por mí sus
servidores, perdiéndose su hazienda, fingiendo absencia con todos
los de la cibdad, todos los días encerrado en casa con esperança de
verme a la noche. Afuera, afuera la ingratitud, afuera las lisonjas
y el engaño con tan verdadero amador, que ni quiero marido, ni
quiero padre, ni parientes. Faltándome Calisto, me falte la vida, la
qual, por que él de mí goze, me aplaze.
LUCRECIA. Calla, señora, que todavía perseveran.
PLEBERIO. Pues ¿qué te parece, señora muger, devemos hablarlo a
nuestra hija? ¿Devemos darle parte de tantos como me la piden, para
que de su voluntad venga, para que diga quál le agrada? Pues en esto
las leyes dan libertad a los hombres y mujeres, aunque estén so el
paterno poder, para elegir.
ALISA. ¿Qué dizes? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de yrle con tan
grande novedad a nuestra Melibea, que no la espante? ¿Cómo, y
piensas que sabe ella qué cosa sean hombres, si se casan o qué es
casar, o que del ayuntamiento de marido y mujer se procreen los
hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe desseo de
lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar aun
con el pensamiento? No lo creas, señor Pleberio, que si alto o baxo
de sangre, o feo o gentil de gesto le mandaremos tomar, aquello será
su plazer, aquello avrá por bueno. Que yo sé bien lo que tengo
criado en mi guardada hija.
MELIBEA. Lucrecia, Lucrecia, corre presto, entra por el postigo en
la sala y estórvalos su hablar; interúmpeles sus alabanças con algún
fingido mensaje, si no quieres que vaya yo dando bozes como loca,
según estoy enojada del concepto engañoso que tienen de mi
ignorancia.
LUCRECIA. Ya voy, señora.
Argumento del decimoséptimo auto
ELICIA, caresciendo de la castimonia de Penélope, determina de
despedir el pesar y luto que por causa de los muertos trae, alabando
el consejo de AREÚSA en este propósito; la qual va a casa de AREÚSA,
adonde viene SOSIA, al qual AREÚSA con palabras fictas saca todo el
secreto que está entre CALISTO y MELIBEA.
ELICIA, AREÚSA, SOSIA, CENTURIO RUFIÁN
ELICIA. Mal me va con este luto; poco se visita mi casa, poco se
passea mi calle; ya no veo las músicas de la alvorada; ya no las
canciones de mis amigos, ya no las cuchilladas ni ruidos de noche
por mi causa, y lo que peor siento, que ni blanca ni presente veo
entrar por mi puerta; de todo esto me tengo yo la culpa, que si
tomara el consejo de aquella que bien me quiere, de aquella
verdadera hermana, quando el otro día le llevé las nuevas deste
triste negocio que esta mi mengua ha acarreado, no me viera agora
entre dos paredes sola, que de asco ya no ay quien me vea. El diablo
me da tener dolor por quien no sé si, yo muerta, lo toviera; aosadas
que me dixo ella a mí lo cierto; nunca, hermana, traygas ni muestres
más pena por el mal ni muerte de otro que él hiziera por ti.
Sempronio holgara, yo muerta; pues ¿por qué, loca, me peno yo por
él, degollado? ¿Y qué sé si me matara a mí, como era acelerado y
loco, como hizo a aquella vieja que tenía por madre? Quiero en todo
seguir su consejo de Areúsa, que sabe más del mundo que yo, y verla
muchas vezes y traer materia cómo biva. ¡O qué participación tan
suave, qué conversación tan gozosa y dulce! No embalde se dize que
vale más un día del hombre discreto que toda la vida del necio y
simple. Quiero, pues, deponer el luto, dexar tristeza, despedir las
lágrimas que tan aparejadas han estado a salir; pero como sea el
primer officio que en nasciendo hazemos llorar, no me maravillo ser
más ligero de començar y de dexar más duro. Mas para esto es el buen
seso, viendo la pérdida al ojo, viendo que los atavíos hazen la
mujer hermosa, aunque no lo sea; tornan de vieja moça y a la moça
más. No es otra cosa la color y albayalde sino pegajosa liga en que
se travan los hombres; anden pues mi espejo y alcohol, que tengo
dañados estos ojos; anden mis tocas blancas, mis gorgueras labradas,
mis ropas de plazer; quiero adereçar lexía para estos cabellos que
perdían ya la ruvia color. Y esto hecho, contaré mis gallinas, haré
mi cama, porque la limpieza alegra el coraçón; barreré mi puerta y
regaré la calle por que los que passaren vean que es ya desterrado
el dolor. Mas primero quiero yr a visitar mi prima por preguntarle
si ha ydo allá Sosia y lo que con él ha passado, que no le he visto
después que le dixe cómo le querría hablar Areúsa. Quiera Dios que
la halle sola, que jamás está desacompañada de galanes, como buena
taverna de borrachos. Cerrada está la puerta; no debe destar allá
hombre. Quiero llamar. Tha, tha.
AREÚSA. ¿Quién es?
ELICIA. Ábreme, amiga, Elicia soy.
AREÚSA. Entra, hermana mía, véate Dios, que tanto plazer me hazes en
venir como vienes, mudado el ábito de tristeza. Agora nos gozaremos
juntas, agora te visitaré. Vernos hemos en mi casa y en la tuya;
quiçá por bien fue para entramas la muerte de Celestina, que yo ya
siento la mejoría más que antes. Por esto se dize que los muertos
abren los ojos de los que biven, a unos con haziendas, a otros con
libertad, como a ti.
ELICIA. A tu puerta llaman; poco spacio nos dan para hablar, que te
quería preguntar si avía venido acá Sosia.
AREÚSA. No ha venido; después hablaremos. ¡Qué porradas que dan!
Quiero yr abrir, que o es loco o privado quien llama.
SOSIA. Ábreme, señora; Sosia soy, criado de Calisto.
AREÚSA. (Por los santos de Dios, el lobo es en la conseja;
escóndete, hermana, tras esse paramento, y verás quál te lo paro,
lleno de viento de lisonjas, que piense quando se parta de mí que es
él y otro no. Y sacarle he lo suyo y lo ajeno del buche con halagos,
como él saca el polvo con la almohaça a los cavallos.) ¿Es mi Sosia,
mi secreto amigo, el que yo me quiero bien sin que él lo sepa, el
que desseo conoçer por su buena fama; el fiel a su amo, el buen
amigo de sus compañeros? Abraçarte quiero, amor, que agora que te
veo, creo que ay más virtudes en ti que todos me dezían; andacá,
entremos a assentarnos. que me gozo en mirarte, que me representas
la figura del desdichado de Pármeno. Con esto haze hoy tan claro día
que avías tú de venir a verme. Dime, señor, ¿conoscíasme antes de
agora?
SOSIA. Señora, la fama de tu gentileza, de tus gracias y saber,
buela tan alto por esta cibdad que no deves tener en mucho ser de
más conoçida que conoçiente. Porque ninguno habla en loor de
hermosas que primero no se acuerde de ti que de quantas son.
ELICIA. (O hydeputa el pelón, y cómo se desasna; quién le ve yr al
agua con sus cavallos en cerro y sus piernas de fuera, en sayo, y
agora en verse medrado con calças y capa, sálenle alas y lengua.)
AREÚSA. Ya me correría con tu razón si alguno estoviesse delante, en
oírte tanta burla como de mí hazes. Pero como todos los hombres
traygáys proveídas essas razones, essas engañosas alabanças tan
comunes para todas, hechas de molde, no me quiero de ti spantar;
pero hágote cierto, Sosia, que no tienes dellas necessidad; sin que
me alabes te amo y sin que me ganes de nuevo me tienes ganada. Para
lo que te embié a rogar que me viesses, son dos cosas, las quales
sin más lisonja o engaño en ti conozco, te dexaré de dezir, aunque
sean de tu provecho.
SOSIA. Señora mía, no quiera Dios que yo te haga cautela; muy seguro
venía de la gran merced que me piensas hazer y hazes; no me sentía
digno para descalçarte; guía tú mi lengua. Responde por mí a tus
razones, que todo lo havré por rato y firme.
AREÚSA. Amor mío, ya sabes quánto quise a Pármeno y como dizen,
quien bien quiere a Beltrán a todas sus cosas ama. Todos sus amigos
me agradavan; el buen servicio de su amo, como a él mismo, me
plazía. Donde vía su daño de Calisto le apartava. Pues como esto
assí sea, acordé dezirte, lo uno, que conozcas el amor que te tengo
y quanto contigo y con tu visitación siempre me alegrarás y que en
esto non perderás nada, si yo pudiere, antes te verná provecho. Lo
otro y segundo, que pues yo pongo mis ojos en ti mi amor y querer,
avisarte que te guardes de peligros y más de descobrir tu secreto a
ninguno, pues ves quánto daño vino a Pármeno y a Sempronio de lo que
supo Celestina, porque no querría verte morir mal logrado como a tu
compañero. Harto me basta haber llorado al uno; porque has de saber
que vino a mí una persona y me dixo que le havías tú descobierto los
amores de Calisto y Melibea y cómo la avía alcançado y cómo yvas
cada noche a le acompañar y otras muchas cosas que no sabría
relatar. Cata, amigo, que no guardar secreto es propio de las
mujeres; no de todas, sino de las baxas y de los niños. Cata que te
puede venir gran daño, que para esto te dio Dios dos oídos y dos
ojos y no más de una lengua, por que sea doblado lo que vieres y
oyeres que no el hablar. Cata no confíes que tu amigo te ha de tener
secreto de lo que le dixieres, pues tú no le sabes a ti mismo tener.
Quando ovieres de yr con tu amo Calisto a casa de aquella señora, no
hagas bullicio, no te sienta la tierra; que otros me dixieron que
yvas cada noche dando bozes como loco de plazer.
SOSIA. ¡O cómo son sin tiento y personas desacordadas las que tales
nuevas, señora, te acarrean! Quien te dixo que de mi boca la havía
oído no dize verdad; los otros de verme yr con la luna de noche a
dar agua a mis cavallos, holgando y haviendo plazer, diziendo
cantares por olvidar el trabajo y desechar enojo; y esto antes de
las diez, sospechan mal, y de la sospecha hazen certidumbre;
affirman lo que barruntan. Sí que no estava Calisto loco que a tal
hora havía de yr a negocio de tanta affrenta sin esperar que repose
la gente, que descansen todos en el dulçor del primer sueño, ni
menos havía de yr cada noche, que aquel officio no çufre cotidiana
visitación. Y si más clara quieres, señora, ver su falsedad, como
dizen, que toman antes al mintroso que al que coxquea, en un mes no
avemos ydo ocho vezes, y dizen los falsarios rebolvedores que cada
noche.
AREÚSA. Pues por mi vida, amor mío, por que yo los acuse y tome en
el lazo del falso testimonio, me dexes en la memoria los días que
avés concertado de salir, y si yerran, estaré segura de tu secreto y
cierta de su levantar. Porque no siendo su mensaje verdadero, será
tu persona segura de peligro y yo sin sobresalto de tu vida; pues
tengo esperança de gozarme contigo largo tiempo.
SOSIA. Señora, no alarguemos los testigos; para esta noche en dando
el relox las doze está hecho el concierto de su visitación por el
huerto; mañana preguntarás lo que han sabido, de lo qual si alguno
te diere señas, que me tresquilen a mí a cruzes.
AREÚSA. ¿Y por qué parte, alma mía? por que mejor los pueda
contradezir, si anduvieren errados vacilando.
SOSIA. Por la calle del vicario gordo, a las spaldas de su casa.
ELICIA. (Tiénente, don handrajoso, no es más menester. Maldito sea
el que en manos de tal azemilero se confía, que desgoznarse haze el
badajo.)
AREÚSA. Hermano Sosia, esto hablado basta para que tome cargo de
saber tu innocencia y la maldad de tus adversarios. Vete con Dios,
que estoy ocupada en otro negocio y heme detenido mucho contigo.
ELICIA. (O sabia muger, o despediente propio qual le meresce el asno
que ha vaziado su secreto tan de ligero.)
SOSIA. Graciosa y suave señora, perdóname si te he enojado con mi
tardança; mientra holgares con mi servicio, jamás hallarás quien tan
de grado aventure en él su vida. Y queden los ángeles contigo.
AREÚSA. Dios te guíe. Allá yrás, azemillero, muy ufano vas por tu
vida. Pues toma para tu ojo, vellaco, y perdona que te la doy de
spaldas. ¿A quién digo? Hermana, sal acá. ¿Qué te pareçe quál le
embío? Assí sé yo tratar los tales, assí salen de mis manos los
asnos apaleados como éste y los locos corridos y los discretos
spantados y los devotos alterados y los castos encendidos. Pues
prima, aprende, que otra arte es ésta que la de Celestina, aunque
ella me tenía por bova porque me quería yo serlo. Y pues ya tenemos
deste hecho sabido quanto desseávamos, devemos yr a casa de
aquellotro cara de ahorcado, que el jueves eché delante de ti
baldonado de mi casa, y haz tú como que nos quieres hazer amigos y
que rogaste que fuesse a verle.
Argumento del decimooctavo auto
ELICIA determina de fazer las amistades entre AREÚSA y CENTURIO por
precepto de AREÚSA y vanse a casa de CENTURIO, onde ellas le ruegan
que aya de vengar las muertes en CALISTO y MELIBEA; el qual lo
prometió delante dellas. Y como sea natural a éstos no hazer lo que
prometen, escúsase como en el processo parescer.
ELICIA, CENTURIO, AREÚSA
ELICIA. ¿Quién está en su casa?
CENTURIO. Mochacho, corre; verás quién osa entrar sin llamar a la
puerta. Torna, torna acá, que ya he visto quién es. No te cubras con
el manto, señora; ya no te puedes esconder, que quando vi adelante
entrar a Elicia, vi que no podía traer consigo mala compañía, ni
nuevas que me pesassen, sino que me avía de dar plazer.
AREÚSA. No entremos, por mi vida, más adentro, que se estiende ya el
vellaco, pensando que le vengo a rogar. Que más holgara con la vista
de otras como él, que con la nuestra; bolvamos por Dios, que me fino
en ver tan mal gesto; ¿paréscete, hermana, que me traes por buenas
estaciones, y que es cosa justa venir de biespras y entrarnos a ver
un deshuellacaras que aí está?
ELICIA. Torna por mi amor, no te vayas; si no, en mis manos dexarás
el medio manto.
CENTURIO. Tenla, por Dios, señora, tenla; no se te suelte.
ELICIA. Maravillada estoy, prima, de tu buen seso; ¿quál hombre ay
tan loco y fuera de razón que no huelgue de ser visitado, mayormente
de mujeres? Llégate acá, señor Centurio, que en cargo de mi alma por
fuerça haga que te abrace, que yo pagaré la fruta.
AREÚSA. Mejor lo vea yo en poder de justicia y morir a manos de sus
enemigos que yo tal gozo le dé. Ya, ya, hecho ha conmigo para quanto
biva. ¿Y por quál carga de agua le tengo de abraçar ni ver a esse
enemigo? Porque le rogué essotro día que fuesse una jornada de aquí
en que me yva la vida, y dixo de no.
CENTURIO. Mándame tú, señora, cosa que yo sepa hazer, cosa que sea
de mi officio; un desafío con tres juntos, y si más vinieren que no
huya por tu amor; matar un hombre, cortar una pierna o braço, harpar
el gesto de alguna que se aya ygualado contigo, estas tales cosas
antes serán hechas que encomendadas; no me pidas que ande camino ni
que te dé dinero, que bien sabes que no dura conmigo, que tres
saltos daré sin que se me cayga blanca; ninguno da lo que no tiene;
en una casa bivo qual ves, que rodará el majadero por toda ella sin
que tropiece. Las alhajas que tengo es el axuar de la frontera; un
jarro desbocado, un assador sin punta; la cama en que me acuesto
está armada sobre aros de broqueles, un rimero de malla rota por
colchones, una talega de dados por almohada, que aunque quiera dar
collación, no tengo qué empeñar sino esta capa harpada que traygo
acuestas.
ELICIA. Assí goze, que sus razones me contentan a maravilla; como un
santo está obediente, como ángel te habla, a toda razón se allega,
¿qué más le pides? Por mi vida que le hables y pierdas enojo, pues
tan de grado se te offrece con su persona.
CENTURIO. ¿Offrecer, dizes? Señora, yo te juro por el santo
martilogio de pe a pa el braço me tiembla de lo que por ella
entiendo hazer, que contino pienso cómo la tenga contenta y jamás
acierto. La noche passada soñava que hazía armas en un desafío por
su servicio con quatro hombres que ella bien conosce, y maté al uno.
Y de los otros que huyeron, el que más sano se libró me dexó a los
pies un braço esquierdo. Pues muy mejor lo haré despierto de día
quando alguno tocare en su chapín.
AREÚSA. Pues aquí te tengo; a tiempo somos; ya te perdono con
condición que me vengues de un cavaliero que se llama Calisto, que
nos ha enojado a mí y a mi prima.
CENTURIO. ¡O, reñego de la condición! Dime luego si está confessado.
AREÚSA. No seas tú cura de su ánima.
CENTURIO. Pues sea assí, embiémoslo a comer al infierno sin
confessión.
AREÚSA. Escucha, no atajes mi razón; esta noche le tomarás.
CENTURIO. No me digas más; al cabo estoy; todo el negocio de sus
amores sé, y los que por su causa ay muertos, y lo que os tocava a
vosotras, por dónde va y a qué hora, y con quién es. Pero dime,
¿quántos son los que le acompañan?
AREÚSA. Dos moços.
CENTURIO. Pequeña presa es éssa; por cevo tiene, aí mi espada. Mejor
cevara ella en otra parte esta noche, que estava concertada.
AREÚSA. Por escusarte lo hazes; a otro perro con esse huesso; no es
para mí essa dilación; aquí quiero ver si dezir y hazer si comen
juntos a tu mesa.
CENTURIO. Si mi spada dixiesse lo que haze, tiempo le faltaría para
hablar. ¿Quién sino ella puebla los más çimenterios; quién haze
ricos los cirujanos desta tierra; quién da contino quehazer a los
armeros; quién destroça la malla de muy fina; quién haze riça de los
broqueles de Barcelona; quién revana los capacetes de Calatayud sino
ella? Que los caxquetes de Almazén assí los corta como si fuessen
hechos de melón. Veynte años ha que me da de comer; por ella soy
ternido, de hombres y querido de mugeres, sino de ti. Por ella me
dieron Centurio por nombre a mi abuelo y Centurio se llamó mi padre
y Centurio me llamo yo.
ELICIA. Pues ¿qué hizo el spada por que ganó tu abuelo esse nombre?
Dime, ¿por ventura fue por ellas capitán de cient hombres?
CENTURIO. No, pero fue rufián de cient mugeres.
AREÚSA. No curemos de linaje ni hazañas viejas; si has de hazer lo
que te digo, sin dilación determina, porque nos queremos yr.
CENTURIO. Más desseo ya la noche por tenerte contenta, que tú por
verte vengada, y por que más se haga todo a tu voluntad, escoge qué
muerte quieres que le dé. Allí te mostraré un reportorio en que ay
sietecientas y setenta species de muertes; verás quál más te
agradare.
ELICIA. Areúsa, por mi amor, que no se ponga este hecho en manos de
tan fiero hombre; más vale que se quede por hazer que no
escandalizar la ciudad, por donde nos venga más daño de lo passado.
AREÚSA. Calla, hermana. Díganos alguna que no sea de mucho bullicio.
CENTURIO. Las que agora estos días yo uso y más traygo entre manos
son espaldarazos sin sangre o porradas de pomo de spada, o revés
mañoso; a otros agujereo como harnero a puñaladas, tajo largo,
estocada temerosa, tiro mortal. Algún día doy palos por dexar holgar
mi spada.
ELICIA. No passe, por Dios, adelante; déle palos por que quede
castigado y no muerto.
CENTURIO. Juro por el cuerpo santo de la letanía, no es más en mi
braço derecho dar palos sin matar que en el sol dexar de dar bueltas
al cielo.
AREÚSA. Hermana, no seamos nosotras lastimeras. Haga lo que
quisiere; mátele como se le antojare. Llore Melibea como tú has
hecho; dexémosle. Centurio, da buena cuenta de lo encomendado; de
qualquier muerte holgaremos. Mira que no se escape sin alguna paga
de su yerro.
CENTURIO. Perdónele Dios, si por pies no se me va; muy alegre quedo,
señora mía, que se ha offrecido caso, aunque pequeño, en que
conozcas lo que yo sé hazer por tu amor.
AREÚSA. Pues Dios te dé buena manderecha y a él te encomiendo, que
nos vamos.
CENTURIO. Él te guíe y te dé más paciencia con los tuyos. Allá yrán
estas putas atestadas de razones; agora quiero pensar cómo me
excusaré de lo prometido, de manera que piensen que puse diligencia
con ánimo de executar lo dicho, y no negligencia; por no me poner en
peligro quiérome hazer doliente. Pero qué aprovecha, que no se
apartarán de la demanda quando sane. Pues si digo que fuy allá y que
le hize huyr, pedirme han señas de quién eran y quántos yvan y en
qué lugar los tomé y qué vestidos llevavan. Yo no las sabré dar,
helo todo perdido. Pues ¿qué consejo tomaré que cumpla con mi
seguridad y su demanda? Quiero embiar a llamar a Traso el coxo y a
sus dos compañeros y dezirles que, porque yo estoy ocupado esta
noche en otro negocio, vaya dar un repiquete de broquel a manera de
llevada para ahoxar unos garçones, que me fue encomendado, que todo
esto es passos seguros y donde no conseguirán ningún daño, mas de
hazerlos huyr y bolverse a dormir.
Argumento del decimono auto
Yendo CALISTO con SOSIA y TRISTÁN al huerto de PLEBERIO a visitar a
MELIBEA que lo estava esperando y con ella LUCRECIA, cuenta SOSIA lo
que le aconteció con AREÚSA. Estando CALISTO dentro del huerto con
MELIBEA, viene TRASO y otros por mandado de CENTURIO a complir lo
que avía prometido a AREÚSA y a ELICIA, a los quales sale SOSIA. Y
oyendo CALISTO desde el huerto onde estava con MELIBEA el ruydo que
traían, quiso salir fuera, la qual salida fue causa que sus días
peresciessen, porque los tales este don resciben por galardón e por
esto han de saber desamar los amadores.
SOSIA, TRISTÁN, CALISTO, MELIBEA, LUCRECIA
SOSIA. Muy quedo, para que no seamos sentidos. Desde aquí al huerto
de Pleberio te contaré, hermano Tristán, lo que con Areúsa me ha
passado hoy, que stoy el más alegre hombre del mundo. Sabrás que
ella, por las buenas nuevas que de mí avía oído, stava presa de amor
y embióme a Elicia, rogándome que la visitasse; y dexando aparte
otras razones de buen consejo que passamos, mostró al presente ser
tanto mía quanto algún tiempo fue de Pármeno; rogóme que la
visitasse siempre, que ella pensava gozar de mi amor por tiempo.
Pero yo te juro por el peligroso camino en que vamos, hermano, y
assí goze de mí, que estove dos o tres vezes por me arremeter a
ella, sino que me empachava la vergüença de verla tan hermosa y
arreada y a mí con una capa vieja ratonada. Echava de sí en
bulliendo un olor de almizque; yo hedía al estiércol que llevava
dentro en los çapatos; tenía unas manos como la nieve, que quando
las sacava de rato en rato de un guante parecía que se derramava
azahar por casa; assí por esto como porque tenía un poco ella de
hazer, se quedó mi atrever para otro día. Y aun porque a la primera
vista todas las cosas no son bien tratables, y quanto más se
comunican mejor se entienden en su participación.
TRISTÁN. Sosia, amigo, otro seso más maduro y sperimentado que no el
mío era necessario para darte consejo en este negocio. Pero lo que
con mi terna edad y mediano natural alcanço al presente te diré.
Esta mujer es marcada ramera según tú me dixiste; quanto con ella te
passó as de creer que no careçe de engaño; sus offrecimientos fueron
falsos, y no sé yo a qué fin, porque amarte por gentilhombre
¿quántos más terná ella desechados? Si por rico, bien sabe que no
tienes más del polvo que se te pega del almohaça; si por hombre de
linaje, ya sabrá que te llaman Sosia y a tu padre llamaron Sosia,
naçido y criado en una aldea quebrando terrones con un arado, para
lo qual eres tú más dispuesto que para enamorado. Mira, Sosia, y
acuérdate bien si te quería sacar algún punto del secreto deste
camino que agora vamos para con que lo supiesse revolver a Calisto y
Pleberio, de embidia del plazer de Melibea. Cata que la embidia es
una incurable enfermedad donde assienta; huésped que fatiga la
posada, en lugar de galardón; siempre goza del mal ajeno. Pues si
esto es assí, o cómo te quiere aquella malvada hembra engañar con su
alto nombre, del qual todas se arrean; con su vicio ponçoñoso,
quería condennar el ánima por complir su apetito, rebolver tales
cosas por contentar su dañada voluntad. O arrufianada mujer, y con
qué blanco pan te dava çaraças; quería vender su cuerpo a trueco de
contienda. Óyeme y si assí presumes que sea, ármale trato doble qual
yo te diré, que quien engaña al engañador... ya me entiendes. Y si
sabe mucho la raposa, más el que la toma. Contramínale sus malos
pensamientos; scala sus ruyndades quando más segura la tengas, y
cantarás después en tu establo; uno piensa el vayo y otro el que lo
ensilla.
SOSIA. O Tristán, discreto mançebo, mucho más as dicho que tu edad
demanda. Astuta sospecha as remontado, y creo que verdadera. Pero
porque ya llegamos al huerto y nuestro amo se nos acerca, dexemos
este cuento, que es muy largo, para otro día.
CALISTO. Poned, moços, la scala y callad, que me pareçe que está
hablando mi señora de dentro; sobiré encima de la pared y en ella
staré escuchando por ver si oyré alguna buena señal de mi amor en
absencia.
MELIBEA. Canta más, por mi vida, Lucrecia, que me huelgo en oírte,
mientra viene aquel señor, y muy passo entre estas verduricas, que
no nos oyrán los que passaren.
LUCRECIA.
O quién fuesse la ortelana
de aquestas viciosas flores
por prender cada mañana
al partir a tus amores;
vístanse nuevas colores
los lirios y el açucena;
derramen frescos olores
quando entre por estrena.
MELIBEA. O quán dulce me es oírte; de gozo me deshago. No cesses,
por mi amor.
LUCRECIA.
Alegre es la fuente clara
a quien con gran sed la vea,
mas muy más dulce es la cara
de Calisto a Melibea.
Pues aunque más noche sea
con su vista gozará,
o quando saltar la vea,
qué de abraços le dará.
Saltos de gozo infinitos
da el lobo viendo ganado;
con las tetas, los cabritos;
Melibea con su amado.
Nunca fue más desseado
amador de su amiga,
ni huerto más visitado,
ni noche más sin fatiga.
MELIBEA. Quanto dizes, amiga Lucrecia, se me representa delante;
todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a muy buen son
lo dizes, y ayudarte he yo.
LUCRECIA, MELIBEA.
Dulces árboles sombrosos,
humillaos quando veáys
aquellos ojos graciosos
del que tanto desseáys.
Estrellas que relumbráys,
norte y luzero del día,
¿por qué no le despertáys
si duerme mi alegría?
MELIBEA.
Óyeme tú, por mi vida; que yo quiero cantar sola.
Papagayos, ruyseñores
que cantáys al alvorada;
llevad nueva a mis amores
cómo espero aquí assentada.
La media noche es passada
y no viene;
sabedme si ay otra amada
que lo detiene.
CALISTO. Vencido me tiene el dulçor de tu suave canto; no puedo más
çofrir tu penado esperar. O mi señora y mi bien todo, ¿quál mujer
podría aver nascida que desprivasse tu gran merescimiento? O
salteada melodía, o gozoso rato, o coraçón mío, ¿y cómo no podiste
más tiempo çofrir sin interrumper tu gozo y complir el desseo de
entramos?
MELIBEA. O sabrosa trayción, o dulçe sobresalto, ¿es mi señor y mi
alma, es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estavas, luziente sol? ¿Dónde
me tenías tu claridad escondida? ¿Havía rato que escuchavas? ¿Por
qué me dexavas echar palabras sin seso al ayre con mi ronca boz de
cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna, quán
clara se nos muestra. Mira las nuves, cómo huyen. Oye la corriente
agua desta fontesica, quánto más suave murmurio y zurrío lleva por
entre las frescas yervas. Escucha los altos cipresses, cómo se dan
paz unos ramos con otros por intercessión de un templadico viento
que los menea. Mira sus quietas sombras, quán escuras están y
aparejadas para encobrir nuestro deleyte. Lucrecia, ¿qué sientes,
amiga? ¿Tórnaste loca de plazer? Déxamele, no me le despedaces, no
le trabajes sus miembros con tus pesados abraços; déxame gozar lo
que es mío; no me ocupes mi plazer.
CALISTO. Pues, señora y gloria mía, si mi vida quieres, no cesse tu
suave canto; no sea de peor condición mi presentia con que te
alegras que mi absentia que te fatiga.
MELIBEA. ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que tu
desseo era el que regía mi son y hazía sonar mi canto? Pues
conseguida tu venida, desaparescióse el deseo; destémplase el tono
de mi boz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena
criança, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén
quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar sossegadas y
dexar su enojoso uso y conversación incomportable. Cata, ángel mío,
que assí como me es agradable tu vista sossegada, me es enojoso tu
riguroso trato; tus honestas burlas me dan plazer, tus deshonestas
manos me fatigan quando passan de la razón. Dexa estar mis ropas en
su lugar, y si quieres ver si es el hábito de encima de seda o de
paño ¿para qué me tocas en la camisa?, pues cierto es de lienço.
Holguemos y burlemos de otros mil modos que yo te mostraré; no me
destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué provecho te trae dañar mis
vestiduras?
CALISTO. Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las
plumas.
LUCRECIA. (Mala landre me mate si más lo escucho; ¿vida es esta? Que
me esté yo deshaziendo de dentera y ella esquivándose por que la
rueguen. Ya, ya, apaziguado es el ruydo; no ovieron menester
despartidores; pero tanbién me lo haría yo si estos necios de sus
criados me fablassen entre día, pero esperan que los tengo de yr a
buscar.)
MELIBEA. Señor mío, ¿quieres que mande a Lucrecia traer alguna
colación?
CALISTO. No ay otra colación para mí sino tener tu cuerpo y belleza
en mi poder; comer y bever dondequiera se da por dinero y cada
tiempo se puede aver y qualquiera lo puede alcançar, pero lo no
vendible, lo que en toda la tierra no ay ygual que en este huerto,
¿cómo mandas que se me passe ningún momento que no goze?
LUCRECIA. (Ya me duele a mí la cabeza descuchar y no a ellos de
hablar ni los braços de retoçar ni las bocas de besar; andar, ya
callan; a tres me parece que va la vencida).
CALISTO. Jamás querría, señora, que amanesciesse, según la gloria y
descanso que mi sentido recibe de la noble conversación de tus
delicados miembros.
MELIBEA. Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor, el
que me hazes con tu visitación incomparable merced.
SOSIA. Assí vellacos, rufianes, ¿veníades âsombrar a los que no os
temen? Pues yo juro que si esperárades que yo os hiziera yr como
merecíades.
CALISTO. Señora, Sosia es aquel que da bozes; déxame yr a valerle,
no le maten; que no está sino un pajezico con él. Dame presto mi
capa que está debaxo de ti.
MELIBEA. O triste de mi ventura, no vayas allá sin tus coraças;
tórnate a armar.
CALISTO. Señora, lo que no haze spada y capa y coraçón, no lo hazen
coraças y capaçete y covardía.
SOSIA. ¿Aún tornáys? Esperadme; quiçá venís por lana.
CALISTO. Déxame, por Dios, señora, que puesta está el escala.
MELIBEA. O desdichada yo, y cómo vas tan rezio y con tanta priessa y
desarmado a meterte entre quien no conosces. Lucrecia, ven presto
acá, que es ydo Calisto a un ruydo; echémosle sus coraças por la
pared, que se quedan acá.
TRISTÁN. Tente, señor, no baxes, que ydos son; que no era sino Traso
el coxo y otros vellacos que passavan bozeando, que ya se torna
Sosia. Tente, tente, señor, con las manos al scala.
CALISTO. ¡O válame Santa María, muerto soy! ¡Confessión!
TRISTÁN. Llégate presto, Sosia, que el triste de nuestro amo es
caído del escala y no habla ni se bulle.
SOSIA. ¡Señor, señor, a essotra puerta! Tan muerto es como mi
abuelo. ¡O gran desaventura!
LUCRECIA. Escucha, escucha, gran mal es éste.
MELIBEA. ¿Qué es esto que oygo? Amarga de mí.
TRISTÁN. ¡O mi señor y mi bien muerto, o mi señor [y nuestra honrra]
despeñado! O triste muerte [y] sin confessión. Coge, Sosia, essos
sesos de essos cantos; júntalos con la cabeça del desdichado amo
nuestro. ¡O día de aziago, o arrebatado fin!
MELIBEA. O desconsolada de mí, ¿qué es esto? ¿Qué puede ser tan
áspero acontescimiento como oygo? Ayúdame a sobir, Lucrecia, por
estas paredes; veré mi dolor; si no, hundiré con alaridos la casa de
mi padre. Mi bien y plazer todo es ydo en humo; mi alegría es
perdida; consumióse mi gloria.
LUCRECIA. Tristán, ¿qué dizes, mi amor? ¿Qué es esso que lloras tan
sin mesura?
TRISTÁN. Lloro mi gran mal, lloro mis muchos dolores; cayó mi señor
Calisto del scala y es muerto; su cabeça está en tres partes. Sin
confissión pereció. Díselo a la triste y nueva amiga que no espere
más su penado amador. Toma tú, Sosia, dessos pies; llevemos el
cuerpo de nuestro querido amo donde no padezca su honrra
detrimiento; aunque sea muerto en este lugar. Vaya con nosotros
llanto; acompáñenos soledad; síganos desconsuelo; vis[í]tenos
tristeza; cúbranos luto y dolorosa xerga.
MELIBEA. ¡O la más de las tristes, triste, tan poco tiempo posseído
el plazer, tan presto venido el dolor!
LUCRECIA. Señora, no rasgues tu cara ni messes tus cabellos; agora
en plazer, agora en tristeza. ¿Qué planeta ovo que tan presto
contrarió su operación? ¿Qué poco coraçón es éste? Levanta, por
Dios, no seas hallada de tu padre en tan sospechoso lugar, que serás
sentida. Señora, señora, ¿no me oyes? No te amortescas, por Dios,
ten esfuerço para sofrir la pena, pues toviste osadía para el
plazer.
MELIBEA. ¿Oyes lo que aquellos moços van hablando? ¿Oyes sus tristes
cantares? Rezando llevan con responso mi bien todo; muerta llevan mi
alegría. No es tiempo de yo bivir. ¿Cómo no gozé más del gozo? ¿Cómo
tove en tan poco la gloria que entre mis manos tove? O ingratos
mortales, jamás conoscés vuestros bienes sino quando dellos
carescéys.
LUCRECIA. Abívate, abiva, que mayor mengua será hallarte en el
huerto que plazer sentiste con la venida ni pena con ver que es
muerto. Entremos en la cámara; acostarte as; llamaré a tu padre y
fingiremos otro mal, pues éste no es para se poder encobrir.
Argumento del veynteno auto
LUCRECIA llama a la puerta de la cámara de PLEBERIO. Pregúntale
PLEBERIO lo que quiere. LUCRECIA le da priessa que vaya a ver a su
hija MELIBEA. Levantado PLEBERIO, va a la cámara de MELIBEA.
Consuélala, preguntando qué mal tiene. Finge MELIBEA dolor del
coraçón. Embía MELIBEA a su padre por algunos estrumentos músicos.
Sube ella y LUCRECIA en una torre. Embía de sí a LUCRECIA; cierra
tras ella la puerta. Llégasse su padre al pie de la torre.
Descúbrele MELIBEA todo el negocio que avía passado. En fin, déxase
caer de la torre abaxo.
PLEBERIO, LUCRECIA, MELIBEA
PLEBERIO. ¿Qué quieres, Lucrecia? ¿Qué quieres tan presurosa? ¿Qué
pides con tanta importunidad y poco sossiego? ¿Qué es lo que mi hija
ha sentido? ¿Qué mal tan arrebatado puede ser, que no aya yo tiempo
de me vestir, ni me des aun spacio a me levantar?
LUCRECIA. Señor, apressúrate mucho si la quieres ver biva; que ni su
mal conozco de fuerte ni a ella ya de desfigurada.
PLEBERIO. Vamos presto; anda allá, entra adelante, alça esta
antepuerta y abre bien essa ventana, por que la pueda ver el gesto
con claridad. ¿Qué es esto, hija mía? ¿Qué dolor y sentimiento es el
tuyo? ¿Qué novedad es ésta? ¿Qué poco esfuerço es éste? Mírame, que
soy tu padre; háblame por Dios; [conmigo, cuéntame la causa de tu
arrebatada pena. ¿Qué has? ¿Qué sientes? ¿Qué quieres? Háblame,
mírame], dime la razón de tu dolor, por que presto sea remediado; no
quieras embiarme con triste postrimería al sepulcro. Ya sabes que no
tengo otro bien sino a ti. Abre essos alegres ojos y mírame.
MELIBEA. ¡Ay, dolor!
PLEBERIO. ¿Qué dolor puede ser, que yguale con ver yo el tuyo? Tu
madre está sin seso en oír tu mal; no pudo venir a verte de turbada.
Esfuerça tu fuerça, abiva tu coraçón, aréziate de manera que puedas
tú conmigo yr a visitar a ella. Dime, ánima mía, la causa de tu
sentimiento.
MELIBEA. Peresció mi remedio.
PLEBERIO. Hija, mi bien amada y querida del viejo padre; por Dios no
te ponga desesperación el cruel tormiento desta tu enfermedad y
passión, que a los flacos coraçones el dolor los arguye. Si tú me
cuentas tu mal, luego será remediado, que ni faltarán medicinas ni
médicos ni sirvientes para buscar tu salud, agora consista en yervas
o en piedras o palabras o esté secreta en cuerpos de animales. Pues
no me fatigues más; no me atormentes; no me hagas salir de mi seso;
y dime ¿qué sientes?
MELIBEA. Una mortal llaga en medio del coraçón que no me consiente
hablar; no es ygual a los otros males; menester es sacarle para ser
curada, que está en lo más secreto dél.
PLEBERIO. Temprano cobraste los sentimientos de la vejez. La moçedad
toda suele ser plazer y alegría, enemiga de enojo. Levántate de aí;
vamos a ver los frescos ayres de la ribera. Alegrarte as con tu
madre; descansará tu pena. Cata, si huyes de plazer, no ay cosa más
contraria a tu mal.
MELIBEA. Vamos donde mandares. Subamos, señor, al açutea alta, por
que desde allí goze de la deleytosa vista de los navíos; por ventura
afloxará algo mi congoxa.
PLEBERIO. Subamos, y Lucrecia con nosotros.
MELIBEA. Mas, si a ti plazerá, padre mío, mandar traer algún
instrumento de cuerdas con que se sufra mi dolor o tañiendo o
cantando, de manera que, aunque aquexe por una parte la fuerça de su
accidente, mitigarlo han por otra los dulçes sones y alegre armonía.
PLEBERIO. Esso, hija mía, luego es hecho; yo lo voy a mandar
aparejar.
MELIBEA. Lucrecia, amiga, muy alto es esto; ya me pesa por dexar la
compañía de mi padre; baxa a él y dile que se pare al pie desta
torre, que le quiero dezir una palabra que se me olvidó que hablasse
a mi madre.
LUCRECIA. Ya voy, señora.
MELIBEA. De todos soy dexada; bien se ha adereçado la manera de mi
morir; algún alivio siento en ver que tan presto seremos juntos yo y
aquel mi querido y amado Calisto. Quiero cerrar la puerta, por que
ninguno suba a me estorvar mi muerte; no me impidan la partida; no
me atajen el camino por el qual en breve tiempo podré visitar en
este día al que me visitó la passada noche. Todo se ha hecho a mi
voluntad; buen tiempo terné para contar a Pleberio mi señor la causa
de mi ya acordado fin. Gran sinrazón hago a sus canas; gran ofensa a
su vejez; gran fatiga le acarreo con mi falta; en gran soledad le
dexo. Y caso por mi morir a mis queridos padres sus días se
diminuyessen, ¿quién dubda que no aya havido otros más crueles
contra sus padres? Bursia, rey de Bitinia, sin ninguna razón, no
aquexándole pena como a mí, mató su proprio padre. Tolomeo, rey de
Egipto, a su padre y madre y hermanos y mujer, por gozar de una
mançeba. Orestes a su madre Clistenestra. El cruel emperador Nero a
su madre Agripina por sólo su plazer hizo matar. Éstos son dignos de
culpa, éstos son verdaderos parricidas, que no yo; que con mi pena,
con mi muerte, purgo la culpa que de su dolor se me puede poner.
Otros muchos crueles ovo que mataron hijos y hermanos, debaxo de
cuyos yerros el mío no pareçerá grande. Philipo, rey de Macedonia;
Herodes rey de Judea; Constantino emperador de Roma; Laodice, reyna
de Capadocia, y Medea, la nigromantesa. Todos estos mataron hijos
queridos y amados sin ninguna razón, quedando sus personas a salvo.
Finalmente me occurre aquella gran crueldad de Phrates, rey de los
Partos, que por que no quedasse sucessor después dél, mató a Orode,
su viejo padre, y a su único hijo y treynta hermanos suyos. Éstos
fueron delictos dignos de culpable culpa, que guardando sus personas
de peligro, matavan sus mayores y descendientes y hermanos. Verdad
es que, aunque todo esto assí sea, no havía de remedarlo en los que
mal hizieron. Pero no es más en mi mano. Tú, Señor, que de mi habla
eres testigo, ves mi poco poder, ves quán cativa tengo mi libertad,
quán presos mis sentidos de tan poderoso amor del muerto cavallero,
que priva al que tengo con los bivos padres.
PLEBERIO. Hija mía Melibea, ¿qué hazes sola? ¿Qué es tu voluntad
dezirme? ¿Quieres que suba allá?
MELIBEA. Padre mío, no pugnes ni trabajes por venir donde yo estó,
que estorvarás la presente habla que te quiero hazer. Lastimado
serás brevemente con la muerte de tu única hija. Mi fin es llegado;
llegado es mi descanso y tu passión; llegado es mi alivio y tu pena;
llegada es mi acompañada hora y tu tiempo de soledad. No havrás,
honrrado padre, menester instrumentos para aplacar mi dolor, sino
campanas para sepultar mi cuerpo. Si me escuchas sin lágrimas, oyrás
la causa desesperada de mi forçada y alegre partida. No la
interrumpas con lloro ni palabras, si no, quedarás más quexoso en no
saber por qué me mato, que doloroso por verme muerta. Ninguna cosa
me preguntes ni respondas más de lo que de mi grado dezirte
quisiere, porque quando el corazón está embargado de passión, están
cerrados los oídos al consejo. Y en tal tiempo las fructuosas
palabras, en lugar de amansar, acrescientan la saña. Oye, padre
viejo, mis últimas palabras, y si como yo spero, las recibes, no
culparás mi yerro. Bien ves y oyes este triste y doloroso
sentimiento que toda la cibdad haze. Bien oyes este clamor de
campanas, este alarido de gentes, este aullido de canes, este
[grande] strépito de armas. De todo esto fue yo [la] causa. Yo cobrí
de luto y xergas en este día quasi la mayor parte de la cibdadana
cavallería; yo dexé [hoy] muchos sirvientes descubiertos de señor,
yo quité muchas raciones y limosnas a pobres y envergonçantes. Yo
fui ocasión que los muertos toviessen compañía del más acabado
hombre que en gracias nació. Yo quité a los vivos el dechado de
gentileza, de invenciones galanas, de atavíos y bordaduras, de
habla, de andar, de cortesía, de virtud. Yo fui causa que la tierra
goze sin tiempo el más noble cuerpo y más fresca juventud que al
mundo era en nuestra edad criada. Y porque estarás spantado con el
son de mis no acostumbrados delictos, te quiero más aclarar el
hecho. Muchos días son passados, padre mío, que penava por mi amor
un cavallero que se llamava Calisto, el qual tú bien conosciste.
Conosciste assimismo sus padres y claro linaje; sus virtudes y
bondad a todos eran manifiestas. Era tanta su pena de amor y tan
poco el lugar para hablarme, que descubrió su passión a una astuta y
sagaz mujer que lamavan Celestina. La qual, de su parte venida a mí,
sacó mi secreto amor de mi pecho; descobría a ella lo que a mi
querida madre encobría; tovo manera cómo ganó mi querer. Ordenó cómo
su desseo y el mío oviessen effecto. Si él mucho me amava, no bivió
engañado. Concertó el triste concierto de la dulce y desdichada
execución de su voluntad. Vencida de su amor, dile entrada en tu
casa. Quebrantó con scalas las paredes de tu huerto; quebrantó mi
propósito; perdí mi virginidad. Del qua1 deleytoso yerro de amor
gozamos quasi un mes. Y como esta passada noche viniesse según era
acostumbrado, a la buelta de su venida, como de la fortuna mudable
stoviesse dispuesto y ordenado según su desordenada costumbre, como
las paredes eran altas, la noche scura, la scala delgada, los
sirvientes que traía no diestros en aquel género de servicio y él
baxava pressuroso a ver un ruydo que con sus criados sonava en la
calle, con el gran ímpetu que levava no vido bien los passos, puso
el pie en vazío y cayó, y de la triste caída sus más escondidos
sesos quedaron repartidos por las piedras y paredes. Cortaron las
hadas sus hilos; cortáronle sin confessión su vida; cortaron mi
sperança; cortaron mi gloria; cortaron mi compañía. Pues ¿qué
crueldad sería, padre mío, muriendo él despeñado, que biviesse yo
penada? Su muerte conbida a la mía. Combídame y fuerça que sea
presto, sin dilación; muéstrame que ha de ser despeñada por seguille
en todo. No digan por mí «a muertos y a ydos». Y assí contentarle he
en la muerte, pues no tove tiempo en la vida. O mi amor y señor,
Calisto, espérame; ya voy; detente si me speras. No me incuses la
tardança que hago, dando esta última cuenta a mi viejo padre, pues
le devo mucho más. O padre mío muy amado, ruégote, si amor en esta
passada y penosa vida me as tenido, que sean juntas nuestras
sepulturas; juntas nos hagan nuestras obsequias. Algunas
consolatorias palabras te diría antes de mi agradable fin, coligidas
y sacadas de aquellos antigos libros que [tú], por más aclarar mi
ingenio, me mandavas leerlo, sino que ya la dañada memoria con la
gran turbación me las ha perdido y aun porque veo tus lágrimas
malsofridas deçir por tu arrugada haz. Salúdame a mi cara y amada
madre. Sepa de ti largamente la triste razón porque muero. Gran
plazer llevo de no la ver presente. Toma, padre viejo, los dones de
tu vegez, que en largos días largas se sufren tristezas. Recibe las
arras de tu senectud antigua; recibe allá tu amada hija. Gran dolor
llevo de mí, mayor de ti, muy mayor de mi vieja madre. Dios quede
contigo y con ella; a Él offrezco mi alma. Pon tú en cobro este
cuerpo que allá baxa.
Argumento del veynte e un auto
PLEBERIO, tornado a su cámara con grandísímo llanto, pregúntale
ALISA, su muger, la causa de tan súpito mal. Cuéntale la muerte de
su hija MELIBEA, mostrándole el cuerpo della todo fecho pedaços, y
haziendo su planto, concluye.
ALISA, PLEBERIO
ALISA. ¿Qué es esto, señor Pleberio? ¿Por qué son tus fuertes
alaridos? Sin seso estava adormida del pesar que ove quando oí dezir
que sentía dolor nuestra hija. Agora oyendo tus gemidos, tus bozes
tan altas, tus quexas no acostumbradas, tu llanto y congoxa de tanto
sentimiento, en tal manera penetraron mis entrañas, en tal manera
traspassaron mi coraçón, assí abivaron mis turbados sentidos, que el
ya recebido pesar alancé de mí. Un dolor sacó otro, un sentimiento
otro. Dime la causa de tus quexas. ¿Por qué maldizes tu honrrada
vejez? ¿Por qué pides la muerte? ¿Por qué arrancas tus blancos
cabellos? ¿Por qué hieres tu honrrada cara? ¿Es algún mal de Melibea?
Por Dios, que me lo digas, porque si ella pena, no quiero yo vivir.
PLEBERIO. ¡Ay, ay, noble mujer, nuestro gozo en el pozo; nuestro
bien todo es perdido; no queramos más bivir! Y por que el incogitado
dolor te dé más pena, todo junto sin pensarle, por que más presto
vayas al sepulcro, por que no llore yo solo la pérdida dolorida de
entramos, vez allí a la que tú pariste y yo engendré, hecha pedaços.
La causa supe della, más la he sabido por estenso desta su triste
sirviente. Ayúdame a llorar nuestra llagada postremería. ¡O gentes
que venís a mi dolor, o amigos y señores, ayudadme a sentir mi pena!
¡O mi hija y mi bien todo, crueldad sería que biva yo sobre ti! Más
dignos eran mis sesenta años de la sepultura, que tus veynte.
Turbóse la orden del morir con la tristeza que te aquexavas. O mis
canas, salidas para aver pesar, mejor gozara de vosotras la tierra
que de aquellos ruvios cabellos que presentes veo; fuertes días me
sobran para bivir; quexarme he de la muerte; incusarla he su
dilación, quanto tiempo me dexare solo después de ti. Fáltame la
vida, pues me faltó tu agradable compañía. O mujer mía, levántate de
sobre ella, y si alguna vida te queda, gástala conmigo en tristes
gemidos, en quebrantamiento y sospirar, y si por caso tu spíritu
reposa con el suyo, si ya as dexado esta vida de dolor, ¿por qué
quesiste que lo passe yo todo? En esto tenés ventaja las hembras a
los varones, que puede un gran dolor sacaros del mundo sin lo
sentir, o a lo menos perdéys el sentido, que es parte de descanso.
¡O duro coraçón de padre! ¿cómo no te quiebras de dolor, que ya
quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres; para
quién adquirí honrras; para quién planté árboles, para quién
fabriqué navíos? ¡O tierra dura! ¿cómo me sostienes? ¿Adónde hallará
abrigo mi desconsolada vejez? ¡O fortuna variable, ministra y
mayordoma de los temporales bienes! ¿Por qué no executaste tu cruel
yra, tus mudables ondas, en aquello que a ti es subjeto? ¿Por qué no
destruíste mi patrimonio; por qué no quemaste mi morada; por qué no
asolaste mis grandes heredamientos? Dexárasme aquella florida planta
en quien tú poder no tenías; diérasme, fortuna flutuosa, triste la
moçedad con vejez alegre; no pervertieras la orden. Mejor sufriera
persecuciones de tus engaños en la rezia y robusta edad que no en la
flaca postremería. ¡O vida de congoxas llena, de miserias acompañada,
o mundo, mundo! Muchos mucho de ti dixieron, muchos en tus
qualidades metieron la mano, a diversas cosas por oídas te
compararon. Yo por triste experiencia lo contaré, como a quien las
ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron,
como aquel que mucho ha hasta agora callado tus falsas propiedades
por no encender con odio tu yra, por que no me secasses sin tiempo
esta flor que este día echaste de tu poder. Pues agora sin temor,
como quien no tiene qué perder, como aquel a quien tu compañía es ya
enojosa, como caminante pobre que sin temor de los crueles
salteadores va cantando en alta boz. Yo pensava en mi más tierna
edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden. Agora,
visto el pro y la contra de tus bienandanças, me pareçes un
laberinto de errores, un desierto spantable, una morada de fieras,
juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región
llena de spinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de
serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuydados, río de
lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponçoña, vana
esperança, falsa alegría, verdadero dolor. Cévasnos, mundo falso,
con el manjar de tus deleytes; al mejor sabor nos descubres el
anzuelo; no lo podemos huyr, que nos tiene ya caçadas las voluntades.
Prometes mucho, nada no cumples. Échasnos de ti, porque no te
podamos pedir que mantengas tus vanos prometimientos. Corremos por
los prados de tus viciosos vicios muy descuydados, a rienda suelta;
descúbresnos la celada quando ya no ay lugar de bolver. Muchos te
dexaron con temor de tu arrebatado dexar; bienaventurados se
llamarán quando vean el gualardón que a este triste viejo as dado en
pago de tan largo servicio. Quiébrasnos el ojo y úntanos con
consuelo[s] el caxco. Hazes mal a todos por que ningún triste se
halle solo en ninguna adversidad, diziendo que es alivio a los
míseros, como yo, tener compañeros en la pena. Pues desconsolado
viejo, ¡qué solo estoy! Yo fui lastimado sin aver ygual compañero de
semejante dolor, aunque más en mi fatigada memoria rebuelvo
presentes y passados. Que si aquella severidad y paciencia de Paulo
Emilio me viniere a consolar con pérdida de dos hijos muertos en
siete días, diziendo que su animosidad obró que consolasse él al
pueblo romano y no el pueblo a él, no me satisfaze, que otros dos
hijos le quedavan dados en adopción. ¿Qué compañía me ternán en mi
dolor aquel Pericles capitán ateniense, ni el fuerte Xenofón, pues
sus pérdidas fueron de hijos absentes de sus tierras? Ni fue mucho
no mudar su frente y tenerla serena, y el otro responder al
mensajero que las tristes albricias de la muerte de su hijo le venía
a pedir, que no recibiesse él pena, que él no sentía pesar. Que todo
esto bien differente es a mi mal. Pues menos podrás dezir, mundo
lleno de males, que fuimos semejantes en pérdida aquel Anaxágoras y
yo, que seamos yguales en sentir y que responda yo, muerta mi amada
hija, lo que él su único hijo, que dixo: «Como yo fuesse mortal
sabía que avía de morir el que yo engendrava». Porque mi Melibea
mató a ssí misma de su voluntad a mis ojos con la gran fatiga de
amor que le aquexava; el otro matáronle en muy lícita batalla. ¡O
incomparable pérdida, o lastimado viejo, que quanto más busco
consuelos, menos razón hallo para me consolar! Que si el profeta y
rey David al hijo que enfermo llorava, muerto no quiso llorar,
diziendo que era quasi locura llorar lo irrecuperable, quedávanle
otros muchos con que soldasse su llaga. Y yo no lloro triste a ella
muerta pero la causa desastrada de su morir. Agora perderé contigo,
mi desdichada hija, los miedos y temores que cada día me
espavorecían. Sola tu muerte es la que a mí me haze seguro de
sospecha. ¿Qué haré quando entre en tu cámara y retraymiento y la
halle sola? ¿Qué haré de que no me respondas si te llamo? ¿Quién me
podrá cobrir la gran falta que tú me hazes? Ninguno perdió lo que yo
el día de hoy, aunque algo conforme parescía la fuerte animosidad de
Lambas de Auria, duque de los athenienses, que a su hijo herido con
sus braços desde la nao echó en la mar; porque todas éstas son
muertes que, si roban la vida, es forçado de complir con la fama.
Pero ¿quién forçó a mi hija [a] morir, sino la fuerte fuerça de
amor? Pues, mundo halaguero, ¿qué remedio das a mi fatigada vejez? ¿Cómo
me mandas quedar en ti conociendo tus falsías, tus lazos, tus
cadenas y redes, con que pescas nuestras flacas voluntades? ¿A dó me
pones mi hija? ¿Quién acompañará mi desacompañada morada? ¿Quién
terná en regalos mis años que caducan? ¡O amor, amor, que no pensé
que tenías fuerça ni poder de matar a tus sujectos! Herida fue de ti
mi juventud. Por medio de tus brasas passé ¿cómo me soltaste para me
dar la paga de la huida en mi vejez? Bien pensé que de tus lazos me
avía librado quando los quarenta años toqué, quando fui contento con
mi conyugal compañera, quando me vi con el fruto que me cortaste el
día de hoy. No pensé que tomavas en los hijos la vengança de los
padres, ni sé si hieres con hierro, ni si quemas con huego; sana
dexas la ropa; lastimas el coraçón. Hazes que feo amen y hermoso les
paresca. ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te
conviene? Si amor fuesses, amarías a tus sirvientes; si los amasses,
no les darías pena; si alegres biviessen, no se matarían como agora
mi amada hija. ¿En qué pararon tus sirvientes y sus ministros? La
falsa alcahueta Celestina murió a manos de los más fieles compañeros
que ella para tu servicio emponçoñado jamás halló; ellos murieron
degollados, Calisto despeñado. Mi triste hija quiso tomar la misma
muerte por seguirle. Esto todo causas. Dulce nombre te dieron,
amargos hechos hazes. No das yguales galardones; iniqua es la ley
que a todos ygual no es. Alegra tu sonido, entristece tu trato.
Bienaventurados los que no conociste o de los que no te curaste.
Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traídos.
Cata que Dios mata los que crió; tú matas los que te siguen. Enemigo
de toda razón, a los que menos te sirven das mayores dones, hasta
tenerlos metidos en tu congoxosa dança. Enemigo de amigos, amigo de
enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego te pintan,
pobre y moço. Pónente un arco en la mano con que tires a tiento; más
ciegos son tus ministros que jamás sienten ni veen el desabrido
galardón que se saca de tu servicio. Tu fuego es ardiente rayo que
jamás haze señal do llega. La leña que gasta tu llama son almas y
vidas de humanas criaturas, las quales son tantas que de quién
començar pueda apenas me ocurre; no sólo de christianos mas de
gentiles y judíos y todo en pago de buenos servicios. ¿Qué me dirás
de aquel Macías de nuestro tiempo, cómo acabó amando, cuyo triste
fin tú fuiste la causa? ¿Qué hizo por ti Paris? ¿Qué Helena? ¿Qué
hizo Ypermestra? ¿Qué Egisto? Todo el mundo lo sabe. Pues a Sapho,
Ariadna, Leandro ¿qué pago les diste? Hasta David y Salomón no
quesiste dexar sin pena. Por tu amistad Sansón pagó lo que meresció
por creerse de quien tú le forçaste a darle fe. Otros muchos que
callo porque tengo harto que contar en mi mal. Del mundo me quexo
porque en sí me crió, porque no me dando vida no engendrara en él a
Melibea; no nascida, no amara; no amando, cessara mi quexosa y
desconsolada postremería. O mi compañera buena y [o] mi hija
despedagada, ¿por qué no quesiste que estorvasse tu muerte? ¿Por qué
no oviste lástima de tu querida y amada madre? ¿Por qué te mostraste
tan cruel con tu viejo padre? [¿Por qué me dexaste, quando yo te
havía de dexar?] ¿Por qué me dexaste penado? ¿Por qué me dexaste
triste y solo in hac lacrimarum valle?
Concluye el auctor, aplicando la obra al propósito por que la hizo
1.
Pues aquí vemos quán mal fenecieron
aquestos amantes, huygamos su dança;
amemos a aquel que spinas y lança
açotes y clavos su sangre vertieron;
los falsos judíos su haz escupieron;
vinagre con hiel fue su potación;
por que nos lleve con el buen ladrón
de dos que a sus santos lados pusieron.
2.
No dudes ni ayas vergüença, lector,
narrar lo lascivo que aquí se te muestra,
que siendo discreto, verás ques la muestra
por donde se vende la honesta lavor,
de nuestra vil massa con tal lamedor
consiente coxquillas de alto consejo,
con motes y trufas del tiempo más viejo
scriptas abueltas le ponen sabor.
3.
Y assí no me juzgues por esso liviano
mas antes zeloso de limpio bivir;
zeloso de amar, temer y servir
al alto Señor y Dios soberano;
por ende si vieres turbada mi mano
turvias con claras mezclando razones,
dexa las burlas, qu'es paja y grançones
sacando muy limpio dentrellas el grano.
Alonso de Proaza, corrector de la impressión, al lector
1.
La harpa de Orpheo y dulçe armonía
forçava las piedras venir a su son;
abrié los palacios del triste Plutón
las rápidas aguas parar las hazía;
ni ave volava ni bruto pascía;
ella assentava en los muros troyanos,
las piedras y froga sin fuerça de manos
según la dulçura con que se tañía.
Prosigue y aplica
2.
Pues mucho más puede tu lengua hazer,
lector, con la obra que aquí te refiero,
que a un coraçón más duro que azero
bien la leyendo harás liquescer,
harás al que ama amar no querer
harás no ser triste al triste penado;
al ques sin aviso harás avisado;
assí que no es tanto las piedras mover.
Prosigue
3.
No debuxó la cómica mano
de Nevio ni Plauto, varones prudentes,
tan bien los engaños de falsos sirvientes
y malas mujeres en metro romano.
Cratino y Menandro y Magnes anciano
esta materia supieron apenas
pintar en estilo primero de Athenas
como este poeta en su castellano.
Dize el modo que se ha de tener leyendo esta tragicomedia
4.
Si amas y quieres a mucha atención
leyendo a Calisto mover los oyentes,
cumple que sepas hablar entre dientes;
a vezes con gozo, esperança y passión,
a vezes ayrado con gran turbación;
finge leyendo mil artes y modos;
pregunta y responde por boca de todos,
llorando o riyendo en tiempo y sazón.
Declara un secreto que el autor encubrió en los metros que puso al
principio del libro
5.
Ni quiere mi pluma ni manda razón
que quede la fama de aqueste gran hombre
ni su digna gloria ni su claro nombre
cubierto de olvido por nuestra ocasión;
por ende juntemos de cada renglón
de sus onze copias la letra primera,
las quales descubren por sabia manera
su nombre, su tierra, su clara nación.
Describe el tiempo en que la obra se imprimió
6.
El carro de Phebo después de aver dado
mil quinientas y siete bueltas en rueda,
ambos entonces los hijos de Leda
a Phebo en su casa tenién posentado,
quando este muy dulce y breve tratado
después de revisto y bien corregido
con gran vigilancia puntado y leído
fue en Çaragoça impresso acabado.
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Recopiado
de Enciclonet: Basada en la Enciclopedia Universal editada por
Micronet brinda acceso a artículos sobre distintas ramas del
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