|
|
Nadie es tan viejo
que no pueda vivir un año más, ni tan mozo que hoy no pudiese
morir.
Fernando de Rojas
Es mejor el
uso de las riquezas que la posesión de ellas.
Fernando de Rojas
BIOGRAFIA
“Nació en la Puebla
de Montalban” dicen los versos acrósticos que sirven de presentación
a la obra La Celestina. Durante mucho tiempo se ha especulado sobre
la veracidad de la afirmación y la identidad real del autor, pero,
aunque no se tenga una gran información sobre Rojas, a la crítica
actual le parece incuestionable que el bachiller nació en la Puebla
de Montalbán (Toledo) hacia el 1470 en el seno de una familia
acomodada de judíos conversos. Puede que no alcanzara el título de
bachiller pero sí estudió leyes en la Universidad de Salamanca.
También está documentado que fue alcalde, en varias ocasiones, de
Talavera de la Reina, y que allí se casó y vivió. Por el inventario
de sus bienes se sabe que contaba con una abundante biblioteca de
libros jurídicos y profanos, entre ellos, muchos históricos,
enciclopédicos e incluso la obra latina del poeta italiano Petrarca;
de estas lecturas proceden las abundantes referencias a libros
clásicos que, a partir del acto segundo de La Celestina, aparecen en
la obra. Murió en 1541 en Talavera de la Reina.
La Celestina es considerada como la obra cumbre de la literatura en
castellano después del Quijote. Tuvo un éxito de publico
extraordinario desde su primera aparición por eso se conservan
bastantes ejemplares que proceden de primeras ediciones antiguas e
incluso tempranas traducciones. El texto de estas ediciones no es el
mismo ya que el autor fue modificando la obra. La primera edición y
más antigua de las conservadas se imprimió en Burgos, por Fadrique
de Basilea en 1499, y consta de dieciséis actos con el título de
Comedia de Calisto y Melibea. Hubo después varias segundas ediciones
de Toledo, Valencia y Salamanca (1500), de las que se conserva la de
Toledo, impresa por Pedro Hagenbachc, que añade los versos
acrósticos. Estos libros tienen en común el título, que constan de
dieciséis actos, que incluye una carta del autor a un amigo en el
que le dice que se ha encontrado un texto anónimo y que como le ha
gustado mucho ha decidido reunirlo todo en un acto —el primero— y
concluir la obra. Después siguen los versos acrósticos sobre la
intención de la obra en los que figura su nombre, aunque ningún
ejemplar está firmado. Entre 1502 y 1507 aparecieron muchas
ediciones ampliadas y con el título de Tragicomedia de Calisto y
Melibea, y también El libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja
Celestina, en Sevilla, Toledo, Salamanca y Zaragoza; ésta, de 1507,
es la más antigua que se conserva de la Tragicomedia, que inserta
cinco actos nuevos entre el XIV y el XV de la Comedia, fijándose el
texto en veintiún actos definitivamente. Dado el enorme éxito de la
obra y la garra del personaje de la alcahueta empezó a llamársela La
Celestina, título que ha triunfado, y además el nombre del personaje
ha pasado a designar en el léxico español a aquellas mujeres que
median en amores bien por interés o gusto.
El argumento de La Celestina procede de una comedia latina medieval
Panphilus, que cuenta cómo un caballero enamora a una dama gracias a
los ardides de una vieja, que a su vez está tomada de las comedias
de Plauto. La deuda al Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita es
indudable. Calisto y Melibea son prototipos del amor cortés y en la
obra se tocan los tres grandes temas medievales: el amor, la fortuna
y la muerte. Pero anuncia el renacimiento porque ninguno de estos
temas se trata de una manera jerarquizada sino individualizada: cada
personaje es autónomo y se labra su propio fin, con independencia de
cuál sea su cuna y rango social. Hay también una sensualidad más
exaltada que reprimida y en ningún momento se plantea la posibilidad
de que los jóvenes enamorados tengan intención de casarse como
hubiese sido el fin natural en el teatro coetáneo. A Rojas le
interesa retratar una sociedad desasosegada y explorar el mundo de
las pasiones humanas, lo que le aleja de los ejemplos medievales de
premios y castigos transcendentes según la vida llevada.
LOS PERSONAJES
Celestina se alza
como el personaje central de la obra por su inteligencia, habilidad,
avaricia, falsedad y malas artes. Es el lado oscuro medieval y
pecador, y a la vez quien va repartiendo sexualidad y pasiones
porque también las ha conocido. Será su avaricia lo que la conduzca
a la muerte, no sus artes para despertar el deseo en jóvenes que
están deseando caer en sus redes. Calisto y Melibea proceden del
amor cortés pero serán los arquetipos físicos de la poesía
renacentista sentimental, aunque Rojas va más allá y en su
indagación humana no duda en presentar a un joven indolente
dispuesto a gastar su fortuna por satisfacer su deseo y en
manifestarse ante su diosa Melibea como un ser vulgar y grosero ante
su apetito carnal. Melibea es un personaje lleno de matices: es la
más espiritual de la obra, lo que no significa que sea ingenua, es
tentada y una vez que su lujuria se ha despertado lucha por no caer
en el deshonor que presiente que se le avecina, mas no puede
resistirse. En definitiva son personajes humanos y creíbles
que se van transformando conforme avanza
la acción.
LA CELESTINA FERNANDO DE
ROJAS
Tragicomedia de Calisto y Melibea
nuevamente revista y emendada con addición de los argumentos de cada
un auto en principio. La qual contiene demás de su agradable y dulce
estilo muchas sentencias filosofales y avisos muy necessarios para
mancebos mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes
y alcahuetas.
El autor a un su amigo
Suelen los que de sus tierras absentes se fallan considerar de qué
cosa aquel lugar donde parten mayor inopia o falta padezca para con
la tal servir a los conterráneos, de quien en algún tiempo beneficio
recebido tienen; y viendo que legítima obligación a investigar lo
semijante me compelía para pagar las muchas mercedes de vuestra
libre liberalidad recebidas, asaz vezes retraído en mi cámara,
acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por ventores y
my juyzio a bolar, me venía a la memoria no sólo la necessidad que
nuestra común patria tiene de la presente obra por la muchedumbre de
galanes y enamorados mancebos que posee, pero aun en particular
vuestra mesma persona, cuya juventud de amor ser presa se me
representa aver visto y dél cruelmente lastimada, a causa de le
faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las quales hallé
esculpidas en estos papeles, no fabricadas en las grandes herrerías
de Milán, mas en los claros ingenios de doctos varones castellanos
formadas. Y como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y
claro metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en
nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o quatro vezes,
y tantas quantas más lo leía, tanta más necessidad me ponía de
releerlo y tanto más me agradava, y en su processo nuevas sentencias
sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal ystoria o fición toda
junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables
fontezicas de filosophía, de otros agradables donayres, de otros
avisos y consejos contra lisongeros y malos sirvientes y falsas
mugeres hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, el qual,
según algunos dizen, fue Juan de Mena, e según otros, Rodrigo Cota,
pero quienquier que fuese, es digno de recordable memoria por la
sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas que so
color de donayres tiene. Gran filósofo era. Y pues él con temor de
detractores y nocibles lenguas más aparejadas a reprehender que a
saber inventar, quiso celar e encubrir su nombre, no me culpéys si
en el fin baxo que le pongo, no espresare el mío. Mayormente que,
siendo jurista yo, aunque obra discreta, es agena de mi facultad, y
quien lo supiese diría que no por recreación de mi principal estudio,
del qual yo más me precio, como es la verdad, lo fiziesse, antes
distraído de los derechos, en esta nueva lavor me entremetiesse.
Pero aunque no acierten, sería pago de mi osadía. Asimismo pensarían
que no quinze días de unas vacaciones, mientra mis socios en sus
tierras, en acabarlo me detoviesse, como es lo cierto; pero aun más
tiempo y menos accepto. Para desculpa de lo qual todo, no sólo a vos,
pero a quantos lo leyeren, offrezco los siguientes metros. E por que
conoscáys donde comiençan mis maldoladas razones [y acaban las de
antiguo auctor], acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin
división en un aucto o cena incluso, hasta el segundo aucto, donde
dize: «Hermanos míos», etc. Vale.
El autor, escusándose de su yerro en esta obra que escrivió, contra
sí arguye y compara
1.
El silencio escuda y suele encobrir
la[s] falta[s] de ingenio y torpeza de lenguas;
blasón que es contrario, publica sus menguas
a[l] quien mucho habla sin mucho sentir.
Como [la] hormiga que dexa de yr
holgando por tierra con la provisión,
jactóse con alas de su perdición;
lleváronla en alto, no sabe dónde yr.
Prosigue
2.
El ayre gozando ageno y estraño,
rapina es ya hecha de aves que buelan;
fuerte más que ella, por cevo la llevan;
en las nuevas alas estava su daño.
Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
no despreciando a los que me arguyen,
assí que a mí mismo mis alas destruyen,
nublosas y flacas, nascidas de ogaño.
Prosigue
3.
Donde ésta gozar pensaba volando,
o yo de screvir cobrar más honor,
del[o] uno [y] del otro nasció disfavor;
ella es comida y a mí están cortando
reproches, revistas y tachas. Callando
obstara y los daños de invidia y murmuros;
insisto remando, y los puertos seguros
atrás quedan todos ya quanto más ando.
Prosigue
4.
Si bien queréys ver mi limpio motivo,
a quál se endereça de aquestos estremos,
con qual participa, quién rige sus remos,
Apolo, Diana o Cupido altivo,
buscad bien el fin de aquesto que escrivo,
o del principio leed su argumento;
leeldo [y] veréys que, aunque dulce cuento,
amantes, que os muestra salir de cativo.
Comparación
5.
Como el doliente que píldora amarga
o la rescela o no puede tragar,
métenla dentro del dulce manjar,
engáñase el gusto, la salud se alarga,
desta manera mi pluma se embarga,
imponiendo dichos lascivos, rientes,
atrae los oídos de penadas gentes,
de grado escarmientan y arrojan su carga.
Buelve a su propósito
6.
Estando cercado de dubdas y antojos,
compuse tal fin que principio desata;
acordé [de] dorar con oro de lata
lo más fino tíbar que vi con mis ojos,
y encima de rosas sembrar mill abrojos.
Suplico, pues suplan discretos mi falta;
teman grosseros y en obra tan alta,
o vean y callen o no den enojos.
Prosigue dando razones por qué se movió a acabar esta obra
7.
Yo vi en Salamanca la obra presente;
movíme [a] acabarla por estas razones;
es la primera, que estó en vacaciones,
la otra, inventarla persona prudente,
y es la final ver la más gente
buelta y mesclada en vicios de amor;
estos amantes les pornán temor
a fiar de alcahueta ni falso sirviente.
8.
Y así que esta obra en e1 proceder
fue tanto breve, quanto muy sutil;
vi que portava sentencias dos mill;
en forro de gracias, lavor de plazer.
No hizo Dédalo cierto a mi ver
alguna más prima entretalladura,
si fin diera en esta su propia escriptura
Cota o Mena con su gran Saber.
9.
Jamás [yo] no vide en lengua romana,
después que me acuerdo, ni nadie la vido,
obra de estilo tan alto y sobido
en tusca ni griega ni en castellana.
No trae sentencia de donde no mana
loable a su autor y eterna memoria,
al qual Jesuchristo reciba en su gloria
por su passión sancta que a todos nos sana.
Amonesta a los que aman que sirvan a Dios y dexen las malas
cogitaciones y vicios de amor
10.
Vosotros, los que amáys, tomad este enxemplo,
este fino arnés con que os defendáys;
bolved ya las riendas por que n'os perdáys;
load siempre a Dios visitando su templo.
Andad sobre aviso; no seáys dexemplo
de muertos y bivos y proprios culpados;
estando en el mundo yazéys sepultados;
muy gran dolor siento quando esto contemplo.
Fin
11.
Olvidemos los vicios que así nos prendieron;
no confiemos en vana esperança.
Temamos aquél que espinas y lança,
açotes y clavos su sangre vertieron.
La su santa faz herida escupieron;
vinagre con hiel fue su potación;
a cada santo lado consintió un ladrón.
Nos lleve, le ruego, con los que creyeron.]
12.
damas, matronas, mancebos, casados,
notad bien la vida que aquéstos hizieron;
tened por espejo su fin qual huvieron,
a otro que amores dad vuestros cuydados.
Limpiad ya los ojos, los ciegos errados,
virtudes sembrando con casto bivir,
a todo correr devéys de huyr,
no os lance Cupido sus tiros dorados.
Prólogo
Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dize
aquel gran sabio Eráclito en este modo: «Omnia secundum litem fiunt».
Sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable memoria. Y como
sea cierto que toda palabra del hombre sciente esté preñada, desta
se puede dezir que de muy hinchada y llena quiere rebentar, echando
de sí tan crescidos ramos y hojas, que del menor pimpollo se sacaría
harto fruto entre personas discreta. Pero como mi pobre saber no
baste a más de roer sus secas cortezas de los dichos de aquellos que
por claror de sus ingenios merescieron ser aprovados, con lo poco
que de allí alcançare, satisfaré al propósito deste perbreve (pró)logo.
Hallé esta sentencia corroborada por aquel gran orador y poeta
laureado, Francisco Petrarcha, diziendo: «Sine lite atque offensione
ni(hi)l genuit natura parens»: Sin lid y offensión ninguna cosa
engendró la natura, madre de todo. Dize más adelante: «Sic est enim,
et sic propemodum universa testantur: rapido stelle obviant
firmamento; contraria invicem elementa confligunt; terrae tremunt;
maria fluctuant; aer quatitur; crepant flamme; bellum immortale
venti gerunt; tempora temporibus concertant; secum singula nobiscum
omnia.» Que quiere decir: «En verdad assí es, y assí todas las cosas
desto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el arrebatado
firmamento del cielo, los adversos elementos unos con otros rompen
pelea, tremen las tierras, ondean los mares, el ayre se sacude,
suenan las llamas, los vientos entre sí traen perpetua guerra, los
tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno a uno y todos
contra nosotros.» El verano vemos que nos aquexa con calor
demasiado, el invierno con frío y aspereza, assí que este nos
paresce revolución temporal, esto con que nos sostenemos, esto con
que nos criamos y bevimos, si comiença a ensobervecerse más de lo
acostumbrado, no es sino guerra. Y quanto se ha de temer,
manifiéstase por los grandes terremotos y torvellinos, por los
naufragios y encendios, assí celestiales como terrenales, por la
fuerça de los aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel
temeroso ímpetu de rayos, aquellos cursos y recursos de las nuves,
de cuyos abiertos movimientos, para saber la secreta causa de que
proceden, no es menor la dissención de los filósofos en las
escuelas, que de las ondas en la mar. Pues entre los animales ningún
género carece de guerra: pesces, fieras, aves, serpientes, de lo
qual todo una especie a otra persigue. El león al lobo, el lobo la
cabra, el perro la liebre y, si no paresciese conseja de tras el
fuego, yo llegaría más al cabo esta cuenta. El elefante, animal tan
poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un suziuelo
ratón, y aun de sólo oírle toma gran temor. Entre las serpientes el
vajarisco crió la natura tan ponçoñoso y conquistador de todas las
otras, que con su silvo las asombra y con su venida las ahuyenta y
disparze, con su vista las mata. La bívora, reptilia o serpiente
enconada, al tiempo del concebir, por la boca de la hembra metida la
cabeça del macho y ella con el gran dulçor apriétale tanto que le
mata, y quedando preñada, el primer hijo rompe las yjares de la
madre, por do todos salen y ella muerta queda; él quasi como
vengador de la paterna muerte. ¿Qué mayor lid, qué mayor conquista
ni guerra que engendrar en su cuerpo quien coma sus entrañas? Pues
no menos dissensiones naturales creemos haver en los pescados, pues
es cosa cierta gozar la mar de tantas formas de pesces, quantas la
tierra y el ayre cría de aves y animalias y muchas más. Aristóteles
y Plinio cuentan maravillas de un pequeño pece llamado Echeneis,
quanto sea apta su propriedad para diversos géneros de lides.
Especialmente tiene una que si allega a una nao o carraca, la
detiene, que no se puede menear aunque vaya muy rezio por las aguas,
de lo cual haze Lucano mención, diziendo; «Non pupim retinens, Euro
tendente rudientes,/ In mediis Echeneis aquis.» «No falta allí el
pece dicho Echeneis, que detiene las fustas, quando el viento Euro
estiende las cuerdas en medio de la mar.» ¡Oh natural contienda,
digna de admiración, poder más un pequeño pece que un gran navío con
toda su fuerça de los vientos! Pues si discurrimos por las aves y
por sus menudas enemistades, bien affirmaremos ser todas las cosas
criadas a manera de contienda. Las más biven de rapina, como
halcones y águilas y gavilanes. Hasta los grosseros milanos insultan
dentro en nuestras moradas los domésticos pollos y debaxo las alas
de sus madres los vienen a caçar. De una ave llamada Rocho, que nace
en el índico mar de oriente, se dize ser de grandeza jamás oída y
que lleva sobre su pico fasta las nuves no sólo un hombre o diez,
pero un navío cargado de todas sus xarcías y gente. Y como los
míseros navegantes estén assí suspensos en el ayre, con el meneo de
su buelo caen y reciben crueles muertes. ¿Pues qué diremos entre los
hombres a quien todo lo sobredicho es subjeto? ¿Quién explanará sus
guerras, sus enemistades, sus embidias, sus aceleramientos y
movimientos y descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel
derribar y renovar edificios y otros muchos affectos diversos y
variedades que desta nuestra flaca humanidad nos provienen? Y pues
es antigua querella y visitada de largos tiempos, no quiero
maravillarme si esta presente obra ha seído instrumento de lid o
contienda a sus lectores para ponerlos en differencias, dando cada
uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos dezían que era
prolixa, otros breve, otros agradable, otros escura; de manera que
cortarla a medida de tantas y tan differentes condiciones a solo
Dios pertenesce. Mayormente pues ella con toda las otras cosas que
al mundo son, van debaxo de la vandera desta notable sentencia, «que
aun la mesma vida de los hombres, si bien lo miramos, desde la
primera edad hasta que blanquean las casas, es batalla». Los niños
con los juegos, los moços con las letras, los mancebos con los
deleytes, los viejos con mill especies de enfermedades pelean y
estos papeles con todas las edades. La primera los borra y rompe, la
segunda no los sabe bien leer, la tercera, que es la alegre juventud
y mancebía, discorda. Unos les roen los huessos que no tienen
virtud, que es la hystoria toda junta, no aprovechándose de las
particularidades, haziéndola cuento de camino; otros pican los
donayres y refranes comunes, loándolos con toda atención, dexando
passar por alto lo que haze más al caso y utilidad suya. Pero
aquellos para cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento de
la hystoria para contar, coligen la suma para su provecho, ríen lo
donoso, las sentencias y dichos de philósophos guardan en su memoria
para trasponer en lugares convenibles a sus autos y propósitos. Assí
que quando diez personas se juntaren a oír esta comedia en quien
quepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién
negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda?
Que aun los impressores han dado sus punturas, poniendo rúbricas o
sumarios al principio de cada auto, narrando en breve lo que dentro
contenía; una cosa bien escusada según lo que los antiguos
escriptores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diziendo que
no se avía de llamar comedia, pues acabava en tristeza, sino que se
llamase tragedia. El primer autor quiso darle denominación del
principio, que fue plazer, y llamóla comedia. Yo viendo estas
discordias, entre estos estremos partí agora por medio la porfía y
llaméla tragicomedia. Assí que viendo estas contiendas, estos
díssonos y varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava y
hallé que querían que alargasse en el proceso de su deleyte destos
amantes sobre lo qual fuy muy importunado, de manera que acordé,
aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en tan estraña
lavor y tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi
principal estudio, con otras horas destinadas para recreación,
puesto que no han de faltar nuevos detractores a la nueva adición.
Síguese
la Comedia o Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta en
reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado
apetito, a sus amigas llaman y dizen ser su dios. Assimismo hecho en
aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros
sirvientes.
Argumento
Calisto fue de noble linage, de claro ingenio, de gentil
disposición, de linda criança dotado de muchas gracias, de stado
mediano. Fue preso en el amor de Melibea, muger moça muy generosa,
de alta y sereníssima sangre, sublimada en próspero estado, una sola
heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa muy amada. Por
solicitud de pungido Calisto, vencido el casto propósito della,
enterveniendo Celestina, mala y astuta mujer, con dos servientes del
vencido Calisto, engañados y por ésta tornados desleales, presa su
fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte, vinieron los amantes
y los que les ministraron en amargo y desastrado fin. Para comienço
de lo qual dispuso el adversa Fortuna lugar oportuno donde a la
presencia de Calisto se presentó la deseada Melibea.
Argumento del primer auto desta comedia
Entrando CALISTO una huerta empos dun falcon suyo, halló í a
MELIBEA, de cuyo amor preso, començóle de hablar; de la qual
rigorosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado. Habló con
un criado suyo llamado SEMPRONIO, el qual, después de muchas
razones, le endereçó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa
tenía el mesmo criado una enamorada llamada ELICIA, la qual,
viniendo SEMPRONIO a casa de CELESTINA con el negocio de su amo,
tenía a otro consigo llamado CRITO, al qual escondieron. Entretanto
que SEMPRONIO estava negociando con CELESTINA, CALISTO stava
razonando con otro criado suyo, por nombre PÁRMENO; el qual
razonamiento dura hasta que llega SEMPRONIO y CELESTINA a casa de
CALISTO. PÁRMENO fue conoscido de CELESTINA, la qual mucho le dize
de los fechos y conoscimiento de su madre, induziéndole a amor y
concordia de SEMPRONIO.
CALISTO, MELIBEA, SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA, CRITO, PÁRMENO
CALISTO. En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA. ¿En qué, Calisto?
CALISTO. En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te
dotasse, y hazer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcançasse,
y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte
pudiesse. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el
servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar
alcançar yo tengo a Dios offrecido [ni otro poder mi voluntad humana
puede cumplir]. ¿Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de
ningún hombre como agora el mío? Por cierto, los gloriosos santos
que se deleytan en la visión divina no gozan más que yo agora en el
acatamiento tuyo. Mas, o triste, que en esto deferimos, que ellos
puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventurança, y
yo, misto, me alegro con recelo del esquivo tormento que tu absencia
me ha de causar.
MELIBEA. ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?
CALISTO. Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diesse en el
cielo la silla sobre sus santos, no lo ternía por tanta felicidad.
MELIBEA. Pues, ¡aún más ygual galardón te daré yo, si perseveras!
CALISTO. ¡O bienaventuradas orejas mías que indignamente tan gran
palabra avéys oído!
MELIBEA. Más desventuradas de que me acabes de oír, porque la paga
será tan fiera qual [la] meresce tu loco atrevimiento, y el intento
de tus palabras [Calisto] ha seído como de ingenio de tal hombre
como tú aver de salir para se perder en la virtud de tal mujer como
yo. ¡Vete, vete de aí, torpe! que no puede mi paciencia tolerar que
haya subido en coraçón humano conmigo el ilícito amor comunicar su
deleyte.
CALISTO. Yré como aquel contra quien solamente la adversa Fortuna
pone su studio con odio cruel.
¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldicto?
SEMPRONIO. Aquí stoy, señor, curando destos cavallos.
CALISTO. Pues, ¿cómo sales de la sala?
SEMPRONIO. Abatióse el girifalte y vínele a endereçar en el
alcándara.
CALISTO. ¡Ansí los diablos te ganen!, ansí por infortunio arrebatado
perezcas, o perpetuo intolerable tormento consigas, el qual en grado
inconparablemente a la penosa y desastrada muerte que spero
traspassa. ¡Anda, anda, malvado!, abre la cámara y endereça la cama.
SEMPRONIO. Señor, luego hecho es.
CALISTO. Cierra la ventana y dexa la tiniebla acompañar al triste y
al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de
luz. ¡O bienaventurada muerte aquella que desseada a los afligidos
viene! ¡O si viniéssedes agora, Crato y Galieno, médicos,
sentiríades mi mal. ¡O piedad celestial, inspira en el plebérico
coraçón, por que sin esperança de salud no embíe el spíritu perdido
con el desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe!
SEMPRONIO. ¿Qué cosa es?
CALISTO. ¡Vete de aí! No me hables, si no quiçá, ante del tiempo de
mi raviosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin.
SEMPRONIO. Yré, pues solo quieres padecer tu mal.
CALISTO. ¡Ve con el diablo!
SEMPRONIO. No creo según pienso, yr conmigo el que contigo queda.
(¡O desventura, o súbito mal! ¿Quál fue tan contrario
acontescimiento que ansí tan presto robó el alegría deste hombre, y
lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dexarle he solo, o entraré
allá? Si le dexo matarse ha; si entro allá, matarme ha. Quédese, no
me curo. Más vale que muera aquél a quien es enojosa la vida, que no
yo, que huelgo con ella. Aunque por ál no desseasse bivir sino por
ver [a] mi Elicia, me devería guardar de peligros. Pero si se mata
sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero
entrar. Mas puesto que entre, no quiere consolación ni consejo.
Assaz es señal mortal no querer sanar. Con todo quiérole dexar un
poco desbrave, madure, que oído he dezir que es peligro abrir o
apremiar las postemas duras, porque más se enconan. Esté un poco,
dexemos llorar al que dolor tiene, que las lágrimas y sospiros mucho
desenconan el coraçón dolorido. Y aun si delante me tiene, más
conmigo se encenderá, que el sol más arde donde puede reverberar. La
vista a quien objecto no se antepone cansa, y quando aquél es cerca,
agúzase. Por esso quiérome soffrir un poco, si entretanto se matare,
muera. Quiçá con algo me quedaré que otro no [lo] sabe, con que mude
el pelo malo. Aunque malo es esperar salud en muerte ajena. Y quiçá
me engaña el diablo, y si muere, matarme han, y yrán alla la soga y
el calderón. Por otra parte, dizen los sabios que es grande descanso
a los afligidos tener con quien puedan sus cuytas llorar, y que la
llaga interior más empece. Pues en estos extremos en que stoy
perplexo, lo más sano es entrar y sofrirle y consolarle, porque si
possible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por
arte y por cura.)
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. Dame acá el laúd.
SEMPRONIO. Señor, vesle aquí.
CALISTO.
¿Quál dolor puede ser tal,
que se yguale con mi mal?
SEMPRONIO. Destemplado está esse laúd.
CALISTO. ¿Cómo templará el destemplado? ¿Cómo sentirá el armonía
aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la voluntad a la
razón no obedece? Quien tiene dentro del pecho aguijones, paz,
guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, peccados, sospechas, todo
a una causa. Pero tañe y canta la más triste canción que sepas.
SEMPRONIO.
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía.
CALISTO. Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora
digo.
SEMPRONIO. (No me engaño yo, que loco está este mi amo.)
CALISTO. ¿Qué estás murmurando, Sempronio?
SEMPRONIO. No digo nada.
CALISTO. Di lo que dizes; no temas.
SEMPRONIO. Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un
bivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de gente?
CALISTO. ¿Cómo? Yo te lo diré; mayor es la llama que dura ochenta
años que la que en un día passa, y mayor la que mata un ánima que la
que quemó cient mil cuerpos. Como de la aparencia a la existencia,
como de lo bivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta
diferencia ay del fuego que dizes al que me quema. Por cierto si el
de purgatorio es tal, más querría que mi spíritu fuesse con los de
los brutos animales que por medio de aquél yr a la gloria de los
santos.
SEMPRONIO. (Algo es lo que digo; a más ha de yr este hecho. No basta
loco, sino herege.)
CALISTO. ¿No te digo que hables alto quando hablares? ¿Qué dizes?
SEMPRONIO. Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de heregía
lo que agora dixiste.
CALISTO. ¿Por qué?
SEMPRONIO. Porque lo que dizes contradize la christiana religión.
CALISTO. ¿Qué a mí?
SEMPRONIO. ¿Tú no eres christiano?
CALISTO. ¿Yo? Melibeo só, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a
Melibea amo.
SEMPRONIO. Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en el
corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es más
menester; bien sé de qué pie coxqueas; yo te sanaré.
CALISTO. Increíble cosa prometes.
SEMPRONIO. Antes fácil. Que el comienço de la salud es conocer
hombre la dolencia del enfermo.
CALISTO. ¿Quál consejo puede regir lo que en sí no tiene orden ni
consejo?
SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Éste es el fuego de Calisto: éstas son sus
congoxas? Como si solamente el amor contra él assestara sus tiros.
¡O soberano Dios, quán altos son tus misterios, quánta premia
pusiste en el amor, que es necessaria turbación en el amante! Su
límite pusiste por maravilla. Paresce al amante que atrás queda;
todos passan, todos rompen, pungidos y esgarrochados como ligeros
toros, sin freno saltan por las barreras. Mandaste al hombre por la
mujer dexar el padre y la madre. Agora no sólo aquello, mas a ti y a
tu ley desamparan, como agora Calisto. Del qual no me maravillo,
pues los
sabios, los santos, los profetas por él te olvidaron.)
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. No me dexes.
SEMPRONIO. (De otra temple está esta gayta.)
CALISTO. ¿Qué te paresce de mi mal?
SEMPRONIO. Que amas a Melibea.
CALISTO. ¿Y no otra cosa?
SEMPRONIO. Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cativa.
CALISTO. Poco sabes de firmeza.
SEMPRONIO. La perseverancia en el mal no es constancia mas dureza o
pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros los filósophos de Cupido
llamalda como quisiéredes.
CALISTO. Torpe cosa es mentir el que enseña a otro, pues que tú te
precias de loar a tu amiga Elicia.
SEMPRONIO. Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago.
CALISTO. ¿Qué me repruevas?
SEMPRONIO. Que sometes la dignidad del hombre a la imperfeción de la
flaca mujer.
CALISTO. ¿Mujer? ¡O grossero! ¡Dios, Dios!
SEMPRONIO. ¿Y assí lo crees, o burlas?
CALISTO. ¿Que burlo? Por dios la creo, por dios la confesso, y no
creo que hay otro soberano en el cielo aunque entre nosotros mora.
SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Oístes qué blasfemia? ¿Vistes qué
ceguedad?)
CALISTO. ¿De qué te ríes?
SEMPRONIO. Ríome, que no pensava que havía peor invención de peccado
que en Sodoma.
CALISTO. ¿Cómo?
SEMPRONIO. Porque aquéllos procuraron abbominable uso con los
ángeles no conoscidos, y tú con el que confiessas ser Dios.
CALISTO. ¡Maldito seas! Que hecho me has reír, lo que no pensé
ogaño.
SEMPRONIO. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida avías de llorar?
CALISTO. Sí.
SEMPRONIO. ¿Por qué?
CALISTO. Porque amo a aquélla ante quien tan indigno me hallo, que
no la espero alcançar.
SEMPRONIO. (¡O pusillánime, o fi de puta! ¡Qué Nembrot, que magno
Alexandre; los quales no sólo del señorío del mundo, mas del cielo
se juzgaron ser dignos!).
CALISTO. No te oí bien esso que dixiste. Torna, dilo, no procedas.
SEMPRONIO. Dixe que tú, que tienes más coraçón que Nembrot ni
Alexandre, desesperas de alcançar una mujer, muchas de las quales en
grandes estados constituídas se sometieron a los pechos y resollos
de viles azemileros, y otras a brutos animales. ¿No has leído de
Pasife con el toro, de Minerva con el can?
CALISTO. No lo creo, hablillas son.
SEMPRONIO. Lo de tu abuela con el ximio, ¿hablilla fue? Testigo es
el cuchillo de tu abuelo.
CALISTO. ¡Maldito sea este necio, y qué porradas dize!
SEMPRONIO. ¿Escozióte? Lee los yestoriales, estudia los filósofos,
mira los poetas. Llenos están los libros de sus viles y malos
enxemplos, y de las caídas que levaron los que en algo, como tú, las
reputaron. Oye a Salomón do dize que las mujeres y el vino hazen a
los hombres renegar. Conséjate con Séneca y verás en qué las tiene.
Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles, judíos,
christianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo dicho y
lo que dellas dixiere no te contezca error de tomarlo en común; que
muchas ovo y ay santas, virtuosas y notables cuya resplandesciente
corona quita el general vituperio. Pero destas otras, ¿quién te
contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus
lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que todo lo que piensan
osan sin deliberar: sus dessimulaciones, su lengua, su engaño, su
olvido, su desamor, su ingratitud, su inconstancia, su testimoniar,
su negar, su rebolver, su presunción, su vanagloria, su abatimiento,
su locura, su desdén, su sobervia, su subjeción, su parlería, su
golosina, su luxuria y suziedad, su miedo, su atrevimiento, sus
hechizerías, sus enbaymientos, sus escarnios, su desienguamiento, su
desvergüença, su alcahuetería. Considera qué sesito está debaxo de
aquellas grandes y delgadas tocas, qué pensamientos so aquellas
gorgueras, so aquel fausto, so aquellas largas y autorizantes ropas,
qué imperfición, qué alvañares debaxo de templos pintados. Por ellas
es dicho: arma del diablo, cabeça de peccado, destrución de paraíso.
¿No has rezado en la festividad de San Juan, do dize: [las mugeres y
el vino hazen (a) los hombres renegar do dize:] ésta es la mujer,
antigua malicia que a Adam echó de los deleytes de parayso, ésta el
linaje humano metió en el infierno; a ésta menospreció Helías
propheta, etc.?
CALISTO. Di pues, esse Adam, esse Salomón, esse David, esse
Aristóteles, esse Vergilio, essos que dizes, como se sometieron a
ellas, ¿soy más que ellos?
SEMPRONIO. A los que las vencieron querría que remedasses, que no a
los que dellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes qué
hazen? Cosas, que es diffícil entenderlas. No tienen modo, no razón,
no intención. Por rigor encomiençan el ofrecimiento que de sí
quieren hazer. A los que meten por los agujeros, denuestan en la
calle; conbidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor, pronuncian
enemiga, ensáñanse presto, apazíguanse luego, quieren que adevinen
lo que quieren. ¡O qué plaga, o qué enojo, o qué fastío es conferir
con ellas, más de aquel breve tiempo, que aparejadas son a deleyte!
CALISTO. ¿Vees? Mientras más me dizes y más inconvenientes me pones,
más las quiero. No sé qué se es.
SEMPRONIO. No es este juyzio para moços, según veo, que no se saben
a razón someter; no se saben administrar. Miserable cosa es pensar
ser maestro el que nunca fue discípulo.
CALISTO. Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién te mostró esto?
SEMPRONIO. ¿Quién? Ellas, que desque se descubren, ansí pierden la
vergüença, que todo esto y aún más a los hombres manifiestan. Ponte
pues en la medida de honrra; piensa ser más digno de lo que te
reputas. Que cierto, peor estremo es dexarse hombre caer de su
merescimiento, que ponerse en más alto lugar que deve.
CALISTO. Pues ¿quién yo para esso?
SEMPRONIO. ¿Quién? Lo primero eres hombre y de claro ingenio, y más,
a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo, conviene a
saber: hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerça, ligereza, y
allende desto, fortuna medianamente partió contigo lo suyo en tal
quantidad que los bienes que tienes de dentro con los de fuera
resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los quales la
fortuna es señora, a ninguno acaesse en esta vida ser
bienaventurado, y más, a constellación de todos eres amado.
CALISTO. Pero no de Melibea, y en todo lo que me has gloriado,
Sempronio, sin proporción ni comparación se aventaja Melibea. Miras
la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandíssimo patrimonio, el
excelentíssimo ingenio, las resplandecientes virtudes, la altitud y
ineffable gracia, la soberana hermosura, de la qual te ruego me
dexes hablar un poco, por que aya algún refrigerio. Y lo que te
dixere será de lo descobierto, que si de lo occulto yo hablarte
sopiera, no nos fuera necessario altercar tan miserablemente estas
razones.
SEMPRONIO. (¡Qué mentiras y qué locuras dirá agora este cativo de mi
amo!)
CALISTO. ¿Cómo es esso?
SEMPRONIO. Dixe que digas, que muy gran plazer avré de lo oír.
(¡Assí te medre Dios, como me será agradable esse sermón!).
CALISTO. ¿Qué?
SEMPRONIO. Que assí me medre Dios, como me será gracioso de oír.
CALISTO. Pues porque ayas plazer, yo lo figuraré por partes mucho
por estenso.
SEMPRONIO. (¡Duelos tenemos! Esto es tras lo que yo andava. De
passarse avrá ya esta importunidad.)
CALISTO. Comienço por los cabellos. ¿Vees tú las madexas del oro
delgado que hilan en Aravia? Más lindas son y no replandeçen menos;
su longura hasta el postrero assiento de sus pies; después crinados
y atados con la delgada cuerda, como ella se los pone, no ha más
menester para convertir los hombres en piedras.
SEMPRONIO. (¡Más en asnos!)
CALISTO. ¿Qué dizes?
SEMPRONIO. Dixe que essos tales no serían cerdas de asno.
CALISTO. ¡Veed qué torpe y qué comparación!
SEMPRONIO. (¿Tú cuerdo?)
CALISTO. Los ojos verdes, rasgados, las pestañas luengas, las cejas
delgadas y alçadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los dientes
menudos y blancos, los labrios colorados y grossezuelos, el torno
del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la redondeza
y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se
despereza el hombre quando las mira. La tez lisa, lustroza, el cuero
suyo escureçe la nieve, la color mezclada, qual ella la escogió para
sí.
SEMPRONIO. (¡En sus treze está este necio!).
CALISTO. Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne
acompañadas, los dedos luengos, las uñas en ellos largas y coloradas,
que pareçen rubíes entre perlas. Aquella proporción que veer yo no
pude, no sin dubda por el bulto de fuera juzgo incomparablemente ser
mejor que la que Paris juzgó entre las tres diesas.
SEMPRONIO. ¿Has dicho?
CALISTO. Quan brevemente pude.
SEMPRONIO. Puesto que sea todo esso verdad, por ser tú hombre, eres
más digno.
CALISTO. ¿En qué?
SEMPRONIO. En que ella es imperfecta, por el qual defeto dessea y
apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No as leído el filósofo do
dize: ansí como la materia apetece a la forma, ansí la mujer al
varón?
CALISTO. O triste, ¿y quándo veré yo esso entre mí y Melibea?
SEMPRONIO. Possible es, y aún que la aborrezcas quanto agora la
amas; podrá ser alcançándola, y viéndola con otros ojos, libres del
engaño en que agora estás.
CALISTO. ¿Con qué ojos?
SEMPRONIO. Con ojos claros.
CALISTO. Y agora, ¿con qué la veo?
SEMPRONIO. Con ojos de allinde, con que lo poco pareçe mucho y lo
pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar esta
empresa de complir tu desseo.
CALISTO. ¡O, Dios te dé lo que desseas! Que glorioso me es oírte,
aunque no espero que lo as de hazer.
SEMPRONIO. Antes lo haré cierto.
CALISTO. Dios te consuele. El jubón de brocado que ayer vestí,
Sempronio, vístelo tú.
SEMPRONIO. Prospérete Dios por éste (y por muchos más que me darás.
De la burla yo me llevo lo mejor; con todo, si destos aguijones me
da, traérgela he hasta la cama. Bueno ando; házelo esto que me dio
mi amo, que sin merced, imposible es obrarse bien ninguna cosa.)
CALISTO. No seas agora negligente.
SEMPRONIO. No lo seas tú, que impossible es hazer siervo diligente
el amo perezoso.
CALISTO. ¿Cómo as pensado de hazer esta piedad?
SEMPRONIO. Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin desta
vezindad una vieja barbuda que se dize Celestina, hechizera, astuta,
sagaz en quantas maldades hay. Entiendo que passan de cinco mil
virgos los que se han hecho y desecho por su autoridad en esta
cibdad. A las duras peñas promeverá y provocará a luxuria, si
quiere.
CALISTO. ¿Podríala yo hablar?
SEMPRONIO. Yo te la traeré hasta acá; por esso, aparéjate. Seyle
gracioso, seyle franco; estudia, mientras voy yo, a le dezir tu
pena, tan bien como ella te dará el remedio.
CALISTO. ¿Y tardas?
SEMPRONIO. Ya voy; quede Dios contigo.
CALISTO. Y contigo vaya. ¡O todopoderoso, perdurable Dios, tú que
guías los perdidos, y los reyes orientales por el estrella
precedente a Bethleén truxiste y en su patria los reduxiste,
húmilmente te ruego que guíes a mi Sempronio, en manera que
convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo indigno meresca venir en
el desseado fin.
CELESTINA. ¡Albricias, albricias, Elicia: Sempronio, Sempronio!
ELICIA. (¡Ce, ce, ce!
CELESTINA. ¿Por qué?
ELICIA. Porque está aquí Crito.
CELESTINA. ¡Mételo en la camarilla de las escobas, presto: dile que
viene tu primo y mi familiar!
ELICIA. Crito, ¡retráhete aí; mi primo viene, perdida soy!
CRITO. Plázeme; no te congoxes).
SEMPRONIO. Madre bendita, qué desseo traygo! Gracias a Dios que te
me dexo ver.
CELESTINA. Hijo mío, rey mío, turbado me as; no te puedo hablar.
Torna y dame otro abraço. ¿Y tres días podiste estar sin vernos?
¡Elicia, Elicia, cátale aquí!
ELICIA. ¿A quién, madre?
CELESTINA. A Sempronio.
ELICIA. Ay, triste, ¡qué saltos me da el coraçón! ¿Y qué es dél?
CELESTINA. Vesle aquí, vesle; yo me le abraçaré, que no tú.
ELICIA. ¡Ay, maldito seas, traydor! Postema y landre te mate y a
manos de tus enemigos mueras y por crímenes dignos de cruel muerte
en poder de rigurosa justicia te veas, ¡ay, ay!
SEMPRONIO. ¡Hy, hy, hy! ¿Qué as, mi Elicia? ¿De qué te congoxas?
ELICIA. Tres días ha que no me ves. ¡Nunca Dios te vea; nunca Dios
te consuele ni visite! ¡Guay de la triste que en ti tiene su
esperança y el fin de todo su bien!
SEMPRONIO. Calla, señora mía; ¿tú piensas que la distancia del lugar
es poderosa de apartar el entrañable amor, el fuego que está en mi
coraçón? Do yo vo, conmigo vas, conmigo estás; no te aflijas, ni me
atormentes más de lo que yo he padecido. Mas di, ¿qué passos suenan
arriba?
ELICIA. ¿Quién? Un mi enamorado.
SEMPRONIO. Pues créolo.
ELICIA. ¡Alahé, verdad es! Sube allá y verlo has.
SEMPRONIO. Voy.
CELESTINA. ¡Andacá, dexa essa loca, que [ella] es liviana y turbada
de tu absencia! Sácasla agora de seso; dirá mil locuras. Ven y
hablemos; no dexemos passar el tiempo en balde.
SEMPRONIO. Pues, ¿quién está arriba?
CELESTINA. ¿Quiéreslo saber?
SEMPRONIO. Quiero.
CELESTINA. Una moça, que me encomendó un frayle.
SEMPRONIO. ¿Qué frayle?
CELESTINA. No lo procures.
SEMPRONIO. Por mi vida, madre, ¿qué frayle?
CELESTINA. ¿Porfías? El ministro, el gordo.
SEMPRONIO. ¡O desventurada, y qué carga espera!
CELESTINA. Todo lo levamos; pocas mataduras has tú visto en la
barriga.
SEMPRONIO. Mataduras no, mas petreras, sí.
CELESTINA. ¡Ay, burlador!
SEMPRONIO. Dexa si soy burlador; muéstramela.
ELICIA. ¡Ha, don malvado! ¿Verla quieres? ¡Los ojos se te salten,
que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, véela, y dexa a mí para
siempre!
SEMPRONIO. Calla, Dios mío; ¿y enójaste? Que no la quiero ver a ella
ni a mujer nascida. A mi madre quiero hablar, y quédate a Dios.
ELICIA. ¡Anda, anda, vete, desconoscido, y está otros tres años que
no me buelvas a ver!
SEMPRONIO. Madre mía, bien ternás confiança y creerás que no te
burlo. Toma el manto y vamos, que por el camino sabrás lo que si
aquí me tardasse en dezir[te], impidiría tu provecho y el mío.
CELESTINA. Vamos. Elicia, quédate a Dios; cierra la puerta. ¡Adiós,
paredes!
SEMPRONIO. ¡O madre mía! Todas cosas dexadas aparte, solamente sey
attenta y ymagina en lo que te dixere, y no derrames tu pensamiento
en muchas partes, que quien junto en diversos lugares le pone, en
ninguno lo tiene, sino por caso determina lo cierto. [Y] quiero que
sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás pude, después que mi
fe contigo puse, dessear bien de que no te cupiesse parte.
CELESTINA. Parta Dios, hijo, del suyo contigo, que no sin causa lo
hará, siquiera porque has piedad desta pecadora de vieja. Pero di,
no te detengas, que la amistad que entre ti y mí se affirma no ha
menester preámbulos ni correlarios ni aparejos para ganar voluntad.
Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dize por muchas palabras lo
que por pocas se puede entender.
SEMPRONIO. Assí es. Calisto arde en amores de Melibea; de ti y de mí
tiene necessidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos
aprovechamos, que conoscer el tiempo y usar el hombre de la
oportunidad haze los hombres prósperos.
CELESTINA. Bien has dicho; al cabo estoy; basta para mí mecer el
ojo. Digo que me alegro destas nuevas, como los cirurjanos de los
descalabrados; y como aquéllos dañan en los principios las llagas, y
encarescen el prometimiento de la salud, ansí entiendo yo hazer a
Calisto. Alargarle he la certinidad del remedio, porque como dizen,
el esperança luenga aflige el coraçón, y quanto él la perdiere,
tanto gela promete. ¡Bien me entiendes!
SEMPRONIO. Callemos, que a la puerta estamos, y como dizen, las
paredes han oídos.
CELESTINA. Llama.
SEMPRONIO. Tha, tha, tha.
CALISTO. ¡Pármeno!
PÁRMENO. ¿Señor?
CALISTO. ¿No oyes, maldito sordo?
PÁRMENO. ¿Qué es, señor?
CALISTO. A la puerta llaman; corre.
PÁRMENO. ¿Quién es?
SEMPRONIO. Abre a mí y a esta dueña.
PÁRMENO. Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada davan aquellas
portadas.
CALISTO. ¡Calla, calla, malvado, que es mi tía; corre, corre, abre!
Siempre lo vi que por fuyr hombre de un peligro, cae en otro mayor.
Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a quien amor o fidelidad o
temor pusieran freno, caí en indignación désta, que no tiene menor
poderío en mi vida que Dios.
PÁRMENO. ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te congoxas? ¿Y
tú piensas que es vituperio en las orejas désta el nombre que la
llamé? No lo creas, que ansí se glorifica en lo oír, como tú quando
dizen: «Diestro cavallero es Calisto.» Y demás, desto es nombrada, y
por tal título conoscida. Si entre cient mugeres va y alguno dize
«¡Puta vieja!», sin ningún empacho luego buelve la cabeça y responde
con alegre cara. En los combites, en las fiestas, en las bodas, en
las confradías, en los mortuorios, en todos los ayuntamientos de
gentes, con ella passan tiempo. Si passa por los perros, aquello
suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no cantan; si
cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias,
rebuznando dizen: «¡Puta vieja!»; las ranas de los charcos otra cosa
no suelen mentar. Si va entre los herreros, aquello dizen sus
martillos; carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores,
todo officio de instrumento forma en el ayre su nombre. Cántanla los
carpinteros, péynanla los peynadores, texedores; labradores en las
huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas con ella passan
el afán cotidiano; al perder en los tableros, luego suenan sus
loores. Todas cosas que son hazen, a doquiera que ella está, el tal
nombre representan. ¡O qué comedor de huevos assados era su marido!
Qué quieres más, sino que, si una piedra topa con otra, luego suena
«¡Puta vieja!»
CALISTO. Y tú, ¿cómo lo sabes y la conosces?
PÁRMENO. Saberlo has. Días grandes son passados que mi madre, mujer
pobre, morava en su vezindad, la qual rogada por esta Celestina, me
dio a ella por serviente, aunque ella no me conosce, por lo poco que
la serví y por la mudança que la edad ha hecho.
CALISTO. ¿De qué la sirvías?
PÁRMENO. Señor, yva a la plaça y traíale de comer y acompañávala;
suplía en aquellos menesteres que mi tierna fuera bastava. Pero de
aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva memoria lo que la
vieja no ha podido quitar. Tiene esta buena dueña al cabo de la
cibdad, allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río, una casa
apartada, medio caída, poco compuesta y menos abastada. Ella tenía
seys officios, conviene [a] saber: labrandera, perfumera, maestra de
hazer afeytes y de hazer virgos, alcahueta y un poquito hechizera.
Era el primero officio cobertura de los otros, so color del qual
muchas moças destas sirvientes entravan en su casa a labrarse y a
labrar camisas y gorgueras y otras muchas cosas. Ninguna venía sin
torrezno, trigo, harina, o jarro de vino y de las otras provisiones
que podían a sus amas hurtar; y aún otros hurtillos de más qualidad
allí se encubrían. Assaz era amiga de studiantes y despenseros y
moços de abades. A éstos vendía ella aquella sangre innocente de las
cuytadillas, la qual ligeramente aventuravan en esfuerço de la
restitución que ella les prometía. Subió su hecho a más: que por
medio de aquellas, comunicava con las más encerradas, hasta traer a
execución su propósito, y aquestas en tiempo honesto, como
estaciones, processiones de noche, missas del gallo, missas del
alva, y otras secretas devociones. Muchas encubiertas vi entrar en
su casa; tras ellas hombres descalços, contritos, y reboçados,
desatacados, que entravan allí a llorar sus peccados. ¡Qué tráfagos,
si piensas, traía! Hazíase física de niños; tomaba estambre de unas
casas; dávalo a hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las
unas, «¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá! ¡Cata la vieja! ¡Ya
viene el ama!» de todas muy conoscida. Con todos estos affanes,
nunca passava sin missa ni bispras ni dexava monasterios de frayles
ni de monjas; esto porque allí hazía ella sus aleluyas y conciertos.
Y en su casa hazía perfumes, falsava estoraques, menjuí, ánimes,
ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara
llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de
vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil faciones; hazía
solimán, afeyte cosido, argentadas, bujelladas, cerillas, llanillas,
unturillas, lustres, lucentores, ciarimientes, alvalines y otras
aguas de rostro, de rassuras de gamones, de corteza, de spantalobos,
de taraguntia, de hieles, de agraz, de mosto, destillados y
açucarados. Adelgasava los cueros con çumos de limones, con turvino,
con tuétano de corço y de garça, y otras confaciones. Sacaba agua[s]
para oler, de rosas, de azaar, de jasmín, de trébol, de madreselvia
y clavellinas, mosquatadas y almizcladas, polvorizadas con vino.
Hazía lexías para enruviar, de sarmientos, de carrasca, de centeno,
de maurrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras
diversas cosas. Y los untes y mantecas que tenía, es fastío de
dezir: de vaca, de osso, de cavallos y de camellos, de culebra y de
conejo, de vallena de garça, y de alcaraván, y de gamo, y de gato
montés, y de texón, de harda, de herizo, de nutria. Aparejos para
baños, esto es una maravilla; de las yervas y raízes que tenía en el
techo de su casa colgadas; mançanilla y romero, malvaviscos,
culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza, spliego y
laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje y higueruela,
pico de oro y hojatinta. Los azeytes que sacava para el rostro no es
cosa de creer: de storaque, y de jazmín, de limón, de pepitas, de
violetas, de benjuy, de alfócigos, de piñones, de granillo, de
açufayfes, de neguilla, de altramuces, de arvejas, y de carillas, y
de yerva paxarera; y un poquillo de bálsamo tenía ella en una
redomilla que guardava para aquel rascuño que tiene por las narizes.
Esto de los virgos, unos hazía de bexiga y otros curava de punto.
Tenía en un tabladillo, en una caxuela pintada, unas agujas delgadas
y peligeros, y hilos de seda encerados, y colgadas allí raízes de
hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacavallo. Hazía
con esto maravillas: que, quando vino por aquí el embaxador francés,
tres vezes vendió por virgen una criada que tenía.
CALISTO. ¡Assí pudiera ciento!
PÁRMENO. ¡Sí, santo Dios! Y remediava por caridad muchas huérfanas y
erradas que se encomendavan a ella. Y en otro apartado tenía para
remediar amores y para se querer bien: tenía huessos de corçón de
ciervo, lengua de bívora, cabeças de codornizes, sesos de asno, tela
de cavallo, mantillo de niño, hava morisca, guija marina, soga de
ahorcado, flor de yedra, spina de erizo, pie de texón, granos de
helecho; la piedra del nido del águila, y otras mil cosas. Venían a
ella muchos hombres y mujeres, y a unos demandava el pan do mordían,
a otros, de su ropa; a otros, de sus cabellos, a otros, pintava en
la palma letras con açafrán; a otros, con bermellón, a otros dava
unos coraçones de cera, llenos de agujas quebradas, y a otras cosas
en barro y en plomo fechas, muy espantables a ver. Pintava figuras,
dezía palabras en tierra. ¿Quién te podrá dezir lo que esta vieja
hazía? Y todo era burla y mentira.
CALISTO. Bien está, Pármeno; déxalo para más oportunidad. Assaz soy
de ti avisado; téngotelo en gracia. No nos detengamos, que la
necessidad deshecha la tardança. Oye, aquélla viene rogada; spera
más que deve. Vamos, no se indigne. Yo temo y el temor reduze la
memoria y a la providencia despierta. ¡Sus! vamos, proveamos; pero
ruégote, Pármeno, la embidia de Sempronio, que en esto me sirve y
complaze; no ponga impedimiento en el remedio de mi vida; que si
para él hovo jubón, para ti no faltará sayo. No pienses que tengo en
menos tu consejo y aviso que su trabajo y obra, como lo spiritual
sepa yo que precede a lo corporal. Y [que] puesto que las bestias
corporalmente trabajen más que los hombres, por esso son pensadas y
curadas, pero no amigas de ellos. En [la] tal diferencia serás
conmigo en respecto de Sempronio, y so secreto sello, postpuesto el
dominio, por tal amigo a ti me concede.
PÁRMENO. Quéxome, señor [Calisto], de la dubda de mi fidelidad y
servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas. ¿Quándo me
viste, señor, embidiar, o por ningún interesse ni resabio tu
provecho estorcer?
CALISTO. No te escandalizes, que sin dubda tus costumbres y gentil
criança en mis ojos ante todos los que me sirven están. Mas como en
caso tan arduo, do todo mi bien y vida pende, es necessario prover,
proveo a los contescimientos, comoquiera que creo que tus buenas
costumbres sobre buen natural florescen, como el buen natural sea
principio del artificio. Y no más, sino vamos a ver la salud.
CELESTINA. (Passos oygo; acá descienden; haz, Sempronio, que no lo
oyes. Escucha y déxame hablar lo que a ti y a mí me conviene.
SEMPRONIO. Habla.)
CELESTINA. No me congoxes, ni me importunes, que sobrecargar el
cuydado es aguijar al animal congoxoso. Ansí sientes la pena de tu
amo Calisto, que paresce que tú eres él y él tú, y que los tormentos
son en un mismo subjecto. Pues cree que yo no vine acá por dexar
este pleyto indeciso o morir en la demanda.
CALISTO. Pármeno, detente. ¡Ce!, escucha qué hablan éstos; veamos en
qué bivimos. ¡O notable mujer, o bienes mundanos, indignos de ser
posseídos de tan alto coraçón. ¡O fiel y verdadero Sempronio! ¿Has
visto, mi Pármeno? ¿Oíste? ¿Tengo razón? ¿Qué me dizes, rincón de mi
secreto y consejo y alma mía?
PÁRMENO. Protestando mi innocencia en la primera sospecha, y
cumpliendo con la fidelidad, porque te me concediste, hablaré;
óyeme, y el affecto no te ensorde, ni la esperança del deleyte te
ciegue. Tiémplate y no te apressures, que muchos con cobdicia de dar
en el fiel, yerran el blanco. Aunque soy moço, cosas he visto assaz,
y el seso y la vista de las muchas cosas demuestran la esperiencia.
De verte o de oírte descender por la escalera, parlan lo que éstos
fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el fin de tu
desseo.
SEMPRONIO. (Celestina, ruynmente suena lo que Pármeno dize.
CELESTINA. Calla, que para la mi santiguada, do vino el asno vendrá
el albarda; déxame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de nos, y de
lo que oviéremos, démosle parte: que los bienes, si no son
communicados no son bienes. Ganemos todos, partamos todos, holguemos
todos. Yo te le traeré manso y benigno a picar el pan en el puño, y
seremos dos a dos y, como dizen, tres al mohíno).
CALISTO. ¡Sempronio!
SEMPRONIO. ¿Señor?
CALISTO. ¿Qué hazes, llave de mi vida? Abre. ¡O Pármeno, ya la veo;
sano soy, bivo soy! ¡Mira[s] qué reverenda persona, qué acatamiento!
Por la mayor parte, por la filosomía es conoscida la virtud
interior. ¡O vejez virtuosa, o virtud envejecida! ¡O gloriosa
esperança de mi desseado fin! ¡O fin de mi deleytosa esperança! ¡O
salud de mi passión, reparo de mi tormento, regeneración mía,
vivificación de mi vida, resurreción de mi muerte! Desseo llegar a
ti, cobdicio besar essas manos llenas de remedio. La indignidad de
mi persona lo enbarga. Dende aquí adoro la tierra que huellas y en
reverencia tuya la beso.
CELESTINA. (Sempronio, ¡de aquéllas bivo yo! Los huessos que yo roí,
piensa este necio de tu amo de darme a comer! Pues ál le sueño; al
freír lo verá; dile que cierre la boca y comence abrir la bolsa; que
de las obras dubdo, quanto más de las palabras. Xo, que te striego,
asna coxa. Más avías de madrugar.
PÁRMENO. ¡Guay de orejas que tal oyen! Perdido es quien tras perdido
andas. ¡O Calisto desventurado, abatido, ciego! Y en tierra está
adorando a la más antigua [y] puta tierra, que fregaron sus espaldas
en todos los burdeles. Deshecho es, vencido es, caído es; no es
capaz de ninguna redención ni consejo ni esfuerço).
CALISTO. ¿Qué dezía la madre? Parésceme que pensava que le ofrescía
palabras por escusar gualardón.
SEMPRONIO. Assí lo sentí.
CALISTO. Pues ven conmigo; trae las llaves, que yo sanaré su dubda.
SEMPRONIO. Bien harás, y luego vamos, que no se deve dexar crescer
la yerva entre los panes, ni la sospecha en los coraçones de los
amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las buenas obras.
CALISTO. Astuto hablas. Vamos y no tardemos.
CELESTINA. Plázeme, Pármeno, que avemos avido oportunidad para que
conozcas el amor mío contigo, y la parte que en mí, inmérito,
tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído dezir, de que no hago
caso; porque virtud nos amonesta sufrir las tentaciones y no dar mal
por mal. Y especial quando somos tentados por moços y no bien
instrutos en lo mundano, en que con necia lealdad pierdan a sí y a
sus amos, como agora tú a Calisto. Bien te oí, y no pienses que el
oír con los otros exteriores sesos mi vejez aya perdido. Que no sólo
lo que veo, oyo y cognozco, mas aun lo intrínsico con los
intellectuales ojos penetro. Has de saber Pármeno, que Calisto anda
de amor quexoso; y no lo juzgues por esso por flaco, que el amor
impervio todas las cosas vence. Y sabe, si no sabes, que dos
conclusiones son verdaderas. La primera, que es forçoso el hombre
amar a la mujer y la mujer al hombre. La segunda, que el que
verdaderamente ama es necessario que se turbe con la dulçura del
soberano deleyte, que por el hazedor de las cosas fue puesto, porque
el linaje de los hombres se perpetuasse sin lo qual perescería. Y no
sólo en la humana especie, mas en los pesces, en las bestias, en las
aves, en las reptilias y en lo vegetativo, algunas plantas han este
respecto, si sin interposición de otra cosa en poca distancia de
tierra están puestas, en que ay determinación de hervolarios y
agricultores, ser machos y hembras. ¿Qué dirás a esto, Pármeno?
¡Neciuelo, loquito, angelico, perlica, simplezico! ¿Lobitos en tal
gestico? Llégate acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus
deleytes. ¡Mas rabia mala me mate, si te llego a mí, aunque vieja!
Que la boz tienes ronca, las barvas te apuntan; mal sosegadilla
deves tener la punta de la barriga.
PÁRMENO. ¡Como cola de alacrán!
CELESTINA. Y aún peor, que la otra muerde sin hinchar, y la tuya
hincha por nueve meses.
PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy!
CELESTINA. ¿Ríeste, landrezilla, hijo?
PÁRMENO. Calla, madre, no me culpes, ni me tengas, aunque moço, por
insipiente. Amo a Calisto porque le devo fidelidad por criança, por
beneficios, por ser dél honrrado y bien tratado, que es la mayor
cadena que el amor del servidor al servicio del señor prende, quanto
lo contrario aparta. Véole perdido y no ay cosa peor que yr tras
desseo sin esperança de buen fin; y especial, pensando remediar su
hecho tan arduo y defícil con vanos consejos y necias razones de
aquel bruto Sempronio, que es pensar sacar aradores a pala de
açadón. No lo puedo soffrir; ¡dígolo y lloro!
CELESTINA. Pármeno, ¿tú no vees que es necedad o simpleza llorar por
lo que con llorar no se puede remediar?
PÁRMENO. Por esso lloro, que si con llorar fuesse possible traer a
mi amo el remedio, tan grande sería el plazer de la tal esperança,
que de gozo no podría llorar. Pero assí, perdida ya toda la
esperanza, pierdo el alegría y lloro.
CELESTINA. Llora[ra]s sin provecho, por lo que llorando estorvar no
podrás, ni sanar lo presumas. ¿A otros no ha acontescido esto,
Pármeno?
PÁRMENO. Sí, pero a mi amo no le querría doliente.
CELESTINA. No lo es, mas aunque fuesse doliente, podría sanar.
PÁRMENO. No curo de lo que dizes, porque en los bienes mejor es el
acto que la potencia, y en los males mejor la potencia que el acto.
Assí que mejor es ser sano que poderlo ser, y mejor es poder ser
doliente que ser enfermo por acto; y por tanto es mejor tener la
potencia en el mal que el acto.
CELESTINA. ¡O malvado, como que no se te entiende! ¿Tú no sientes su
enfermedad? ¿Qué has dicho hasta agora; de qué te quexas? Pues burla
o di por verdad lo falso, y cree lo que quisieres, que él es enfermo
por acto, y el poder ser sano es en mano desta flaca vieja.
PÁRMENO. ¡Mas, desta flaca puta vieja!
CELESTINA. ¡Putos días vivas, vellaquillo! ¿Y cómo te atreves?
PÁRMENO. ¡Cómo te conozco!
CELESTINA. ¿Quién eres tú?
PÁRMENO. ¿Quién? Pármeno, hijo de Alberto tu compadre; que estuve
contigo un poco tiempo que te me dio mi madre, quando moravas a la
cuesta del río cerca de las tenerías.
CELESTINA. ¡Jesú, Jesú, Jesú! ¿Y tú eres Pármeno, hijo de la
Claudina?
PÁRMENO. ¡Alahé, yo!
CELESTINA. ¡Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu
madre como yo! ¿Por qué me persigues, Parmenico? ¡Él, es, él es, por
los santos de Dios!; allégate a mí, ven acá, que mil açotes y
puñadas te di en este mundo y otros tantos besos. ¿Acuérdaste quando
dormías a mis pies, loquito?
PÁRMENO. Sí, en buena fe; y algunas vezes aunque era niño, me subías
a la cabecera y me apretavas contigo, y porque olías a vieja, me
huía de ti.
CELESTINA. ¡Mala landre te mate; y cómo lo dize el desvergüençado!
Dexadas burlas y passatiempos, oye agora, mi hijo, y escucha, que
aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida, y maguera que
contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa. Hijo, bien sabes
cómo tu madre, que Dios haya, te me dio biviendo tu padre, el qual,
como de mí te fuiste, con otra ansia no murió sino con la
incertedumbre de tu vida y persona, por la cual absencia algunos
años de su vejez suffrió angustiosa y cuydadosa vida. Y al tiempo
que della passó, embió por mí y en su secreto te me encargó y me
dixo sin otro testigo, sino Aquel que es testigo de todas las obras
y pensamientos y los coraçones y entrañas escudriña, al qual puso
entre él y mí, que te buscasse y llegasse y abrigasse, y quando de
complida edad fuesses, tal que en tu bivir supiesses tener manera y
forma, te descubriesse adónde dexó encerrada tal copia de oro y
plata que basta más que la renta de tu amo Calisto. Y porque gelo
prometí y con mi promessa levó descanso, y la fe es de guardar, más
que a los bivos, a los muertos, que no pueden hazer por sí, en
pesquisa y siguimiento tuyo yo he gastado assaz tiempo y quantías,
hasta agora que ha plazido a Aquel que todos los cuytados tiene y
remedia las justas peticiones y las piadosas obras endereça, que te
hallasse aquí donde solos ha tres días que sé que moras. Sin dubda
dolor he sentido, porque has por tantas partes vagado y peregrinado
que ni has avido provecho ni ganado debdo ni amistad. Que como
Séneca dize, los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades,
porque en breve tiempo con ninguno [no] pueden firmar amistad. Y el
que está en muchos cabos [no] está en ninguno. Ni puede aprovechar
el manjar a los cuerpos que en comiendo se lança, ni hay cosa que
más la sanidad impida, que la diversidad y mudança y variación de
los manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la qual muchas
melez:inas se tientan, ni convalesce la planta que muchas vezes es
traspuesta, y no ay cosa tan provechosa que en llegando aproveche.
Por tanto, mi hijo, dexa los ímpetus de la juventud y tórnate con la
dotrina de tus mayores a la razón. Reposa en alguna parte. ¿Y dónde
mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en mi consejo, a quien tus
padres te remetieron? Y yo ansí como verdadera madre tuya, te digo,
so las malediciones, que tus padres te pusieron si me fuesses
inobediente, que por el presente sufras y sirvas a éste tu amo que
procuraste, hasta en ello aver otro consejo mío. Pero no con necia
lealdad, proponiendo firmeza sobre lo movible, como son estos
señores deste tiempo. Y tú gana amigos que es cosa durable; ten con
ellos constancia; no bives en flores; dexa los vanos prometimientos
de los señores, los quales deshechan la sustancia de sus sirvientes
con huecos y vanos prometimientos. Como la sanguijuela saca la
sangre, desagradescen, injurian, olvidan servicios, niegan galardón.
¡Guay de quien en palacio envejece!, como se scrive de la probática
piscina, que de ciento que entravan sanava uno. Estos señores deste
tiempo más aman assí que a los suyos, y no yerran; los suyos
ygualmente lo deven hazer. Perdidas son las mercedes, las
manificencias, los actos nobles. Cada uno destos cativan y
mezquinamente procuran su interesse con los suyos. Pues aquéllos no
deven menos hazer, como sean en facultades menores, sino vivir a su
ley. Dígolo, hijo Pármeno, porque éste tu amo, como dizen, me
paresce rompenecios. De todos se quiere servir sin merced. Mira
bien, créeme. En su casa cobra amigos, que es el mayor precio
mundano; que con él no pienses tener amistad, como por la diferencia
de los estados o condiciones pocas vezes contezca. Caso es
offrecido, como sabes, en que todos medremos, y tú por el presente
te remedies. Que lo ál que te he dicho, guardado te está a su
tiempo. Y mucho te aprovecharás siendo amigo de Sempronio.
PÁRMENO. Celestina, todo tremo en oírte; no sé qué haga; perplexo
estó. Por una parte, téngote por madre; por otra a Calisto por amo.
Riqueza desseo, pero quien torpemente sube a lo alto, más aína cae
que subió. No querría bienes mal ganados.
CELESTINA. Yo sí. A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo.
PÁRMENO. Pues yo con ellos no biviría contento y tengo por honesta
cosa la pobreza alegre. Y aún más te digo, que no los que poco
tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por esto, aunque más
digas, no te creo en esta parte. Querría passar la vida sin embidia,
los yermos y aspereza sin temor, el sueño sin sobresaltos, las
injurias con respuesta, las fuerças sin denuesto, las premias con
resistencia.
CELESTINA. ¡O hijo!, bien dizen que la prudencia no puede ser sino
en los viejos; y tú mucho moço eres.
PÁRMENO. Mucho segura es la mansa pobreza.
CELESTINA. Mas di, como mayor <Marón>, que la fortuna ayuda a los
osados y demás desto, ¿quién es que tenga bienes en la república que
escoja bivir sin amigos? Pues, loado Dios, bienes tienes ¿y no sabes
que has menester amigos para los conservar? Y no pienses que tu
privança con este señor te haze seguro, que quanto mayor es la
fortuna, tanto es menos segura. Y por tanto en los infortunios el
remedio es a los amigos. ¿Y a dónde puedes ganar mejor este debdo,
que donde las tres maneras de amistad concurren, conviene a saber,
por bien y provecho y deleyte? Por bien: mira la voluntad de
Sempronio conforme a la tuya, y la gran similitud que tú y él en la
virtud tenéys. Por provecho: en la mano está, si soys concordes. Por
deleyte: semejable es, como seáys en edad dispuestos para todo
linaje de plazer, en que más los moços que los viejos se juntan,
assí como para jugar, para vestir, para burlar, para comer y bever,
para negociar amores junctos de compaña. ¡O, si quisiesses, Pármeno,
qué vida gozaríamos! Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.
PÁRMENO. ¿De Areúsa?
CELESTINA. De Areúsa.
PÁRMENO. ¿De Areúsa, hija de Eliso?
CELESTINA. De Areúsa, hija de Eliso.
PÁRMENO. ¿Cierto?
CELESTINA. Cierto.
PÁRMENO. Maravillosa cosa es.
CELESTINA. ¿Pero bien te paresce?
PÁRMENO. No cosa mejor.
CELESTINA. Pues tu buena dicha quiere, aquí está quien te la dará.
PÁRMENO. Mi fe, madre, no creo a nadie.
CELESTINA. Estremo es creer a todos y yerro no creer a ninguno.
PÁRMENO. Digo que te creo pero no me atrevo; déxame.
CELESTINA. O mezquino, de enfermo coraçón es no poder sofrir el
bien. Da Dios havas a quien no tiene quixadas. ¡O simple!, dirás que
adonde ay mayor entendimiento ay menor fortuna y donde más
discreción, allí es menor la fortuna; dichas son.
PÁRMENO. O Celestina, oído he a mis mayores que un enxemplo de
luxuria o avaricia mucho mal haze, y que con aquellos deve hombre
conversar que le hagan mejor, y aquellos dexar a quien él mejores
piensa hazer. Y Sempronio, en su enxemplo, no me hará mejor, ni yo a
él sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dizes me incline, sólo
yo querría saberlo, porque a lo menos por el enxemplo fuesse oculto
el pecado. Y si hombre vencido del deleyte va contra la virtud, no
se atreva a la honestad.
CELESTINA. Sin prudencia hablas que de ninguna cosa es alegre
possessión sin compañía; no te retrayas ni amargues, que la natura
huye lo triste y apetece lo delectable. El deleyte es con los amigos
en las cosas sensuales, y especial en te contar las cosas de amores
y comunicarlas. «Esto hize, esto otro me dixo; tal donayre passamos,
de tal manera la tomé, assí la besé, assí me mordió, assí la abracé,
assí se allegó. ¡O qué habla, o qué gracia, o qué juegos, o qué
besos! Vamos allá, bolvamos acá, ande la música, pintemos los motes,
cantemos canciones, invenciones, justemos; ¿qué cimera sacaremos o
qué letra? Ya va a la missa, mañana saldrá, rondemos su calle, mira
su carta, vamos de noche, tenme el escala, aguarda a la puerta.
¿Cómo te fue? Cata el cornudo; sola la dexa. Dale otra buelta,
tornemos allá». Y para esto Pármeno ¿ay deleyte sin compañía? Alahé,
alahé, la que las sabe las tañe. Este es el deleyte, que lo ál,
mejor lo hazen los asnos en el prado.
PÁRMENO. No querría, madre, me combidasses a consejo con
amonestación de deleyte, como hizieron los que, caresciendo de
razonable fundamiento, opinando hizieron sectas embueltas en dulce
veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos y con polvos
de sabroso affecto cegaron los ojos de la razón.
CELESTINA. ¿Qué es razón, loco? ¿Qué es affecto, asnillo? La
discreción, que no tienes, lo determina, y de la discreción, mayor
es la prudencia. Y la prudencia no puede ser sin esperimiento, y la
esperiencia no puede ser más que en los viejos. Y los ancianos somos
llamados padres, y los buenos padres bien aconsejan a sus hijos, y
especial yo a ti, cuya vida y honra más que la mía desseo. ¿Y quándo
me pagarás tú esto? Nunca, pues a los padres y a los maestros no
puede ser hecho servicio ygualmente.
PÁRMENO. Todo me recelo, madre, de recebir dudoso consejo.
CELESTINA. ¿No quieres? Pues dezirte he lo que dize el sabio. Al
varón que con dura cerviz al que le castiga menosprecia, arrebatado
quebrantamiento le verná, y sanidad ninguna le conseguirá. Y assí,
Pármeno, me despido de ti y deste negocio.
PÁRMENO. (Ensañada está mi madre; dubda tengo en su consejo; yerro
es no creer y culpa creerlo todo. Más humano es confiar, mayormente
en esta que interesse promete, a do provecho no pueda allende de
amor conseguir. Oído he que deve hombre a sus mayores creer. Ésta,
¿qué me aconseja? Paz con Sempronio. La paz no se deve negar, que
bienaventurados son los pacíficos, que hijos de Dios serán llamados.
Amor no se deve rehuyr. Caridad a los hermanos; interesse pocos le
apartan. Pues quiérola complazer y oír.) Madre, no se deve ensañar
el maestro de la ignorancia del discípulo, sino raras vezes por la
sciencia, que es de su natural comunicable, y en pocos lugares se
podría infundir. Por esso perdóname, háblame; que no sólo quiero
oírte y creerte, mas en singular merced recebir tu consejo. Y no me
lo agradescas, pues el loor y las gracias de la ación más al dante
que no al recibiente se deven dar. Por esso, manda, que a tu mandado
mi consentimiento se humilla.
CELESTINA. De los hombres es errar, y bestial es la porfía; por
ende, gózome, Pármeno, que ayas limpiado las turbias telas de tus
ojos y respondido al reconoscimiento, discreción y ingenio sotil de
tu padre, cuya persona, agora representada en mi memoria, enternezce
los ojos piadosos, por do tan abundantes lágrimas vees derramar.
Algunas vezes duros propósitos, como tú, defendía, pero luego
tornava a lo cierto. En Dios y en mi ánima, que en veer agora lo que
as porfiado y como a la verdad eres reduzido, no paresce sino que
bivo le tengo delante. ¡O qué persona, o qué hartura, o qué cara tan
venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto, y tu nuevo amigo
Sempronio, con quien tu conformidad para más oportunidad dexo. Que
dos en un coraçón biviendo son más poderosos de hazer y de entender.
CALISTO. Dubda traygo, madre, según mis infortunios, de hallarte
biva. Pero más es maravilla, según el deseo, de cómo llego bivo.
Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida te ofrece.
CELESTINA. Como en el oro muy fino labrado por la mano del sotil
artífice la obra sobrepuja a la material, assí se aventaja a tu
magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y sin dubda
la presta dádiva su effecto ha doblado, porque la que tarda el
prometimiento muestra negar y arrepentirse del don prometido.
PÁRMENO. (¿Qué le dio, Sempronio?
SEMPRONIO. Cient monedas en oro...
PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy!
SEMPRONIO. ¿Habló contigo la madre?
PÁRMENO. Calla, que sí.
SEMPRONIO. Pues, ¿cómo estamos?
PÁRMENO. Como quisieres, aunque estoy espantado.
SEMPRONIO. Pues calla, que yo te haré espantar dos tanto.
PÁRMENO. ¡O Dios, no hay pestilencia más efficaz que el enemigo de
casa para empecer!)
CALISTO. Ve agora, madre, y consuela tu casa; y después ven y
consuela la mía, y luego.
CELESTINA. Quede Dios contigo.
CALISTO. Y él te me guarde.
Argumento del segundo auto
Partida CELESTINA de CALISTO para su casa, queda CALISTO hablando
con SEMPRONIO, criado suyo, al qual, como quien en alguna esperença
puesto está, todo aguijar le paresce tardança. Embía de sí a
SEMPRONIO a solicitar a CELESTINA para el concebido negocio. Quedan
entretanto CALISTO y PÁRMENO juntos razonando.
CALISTO, SEMPRONIO, PÁRMENO
CALISTO. Hermanos míos, cient monedas di a la madre; ¿hize bien?
SEMPRONIO. ¡Ay, si hizieste bien! Allende de remediar tu vida,
ganaste muy gran honrra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y
próspera sino para servir a la honrra, que es el mayor de los
mundanos bienes? Que esto es premio y galardón de la virtud. Y por
esso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar; la
mayor parte de la qual consiste en la liberalidad y franqueza. A
ésta los duros tesoros comunicables la escurecen y pierden, y la
magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha
tener lo que se niega aprovechar? Sin dubda te digo que es mejor el
uso de las riquezas que la possessión dellas. ¡O qué glorioso es el
dar! ¡O qué miserable es el recebir! Quanto es mejor el acto que la
possessión, tanto es más noble el dante que el recibiente. Entre los
elementos el fuego, por ser más activo es más noble, y en las speras
puesto en más noble lugar. Y dizen algunos que la nobleza es una
alabança que proviene de los merescimientos y antigüedad de los
padres. Yo digo que la agena luz nunca te hará claro si la propria
no tienes. Y por tanto no te estimes en la claridad de tu padre, que
tan magnífico fue, sino en la tuya; y ansí se gana la honrra, que es
el mayor bien de los que son fuera de hombre. De lo qual no el malo,
mas el bueno, como tú, es digno que tenga perfecta virtud. Y aun
[más] te digo que la virtud perfecta no pone que sea hecho con digno
honor. Por ende goza de aver seído ansí magnífico y liberal, y de mi
consejo tórnate a la cámara y reposa, pues que tu negocio en tales
manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienço
llevo bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este
negocio quiero hablar contigo más largo.
CALISTO. Sempronio, no me paresce buen consejo quedar yo acompañado,
y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será
que vayas con ella y la aquexes; pues sabes que de su diligencia
pende mi salud, de su tardança mi pena, de su olvido mi
desesperança. Sabido eres; fiel te siento; por buen criado te tengo;
haz de manera que en sólo verte ella a ti, juzgue la pena que a mí
queda y fuego que me atormenta, cuyo ardor me causó no poder
mostrarle la tercia parte desta mi secreta enfermedad, según tiene
mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de
tal passión, hablarla has a rienda suelta.
SEMPRONIO. Señor, querría yr por complir tu mandado; querría quedar
por aliviar tu cuytado, tu temor me aquexa, tu soledad me detiene.
Quiero tomar consejo con la obediencia, que es yr y dar priessa a la
vieja. ¿Mas cómo yré?, que en viéndote solo, dizes desvaríos de
hombre sin seso, sospirando, gemiendo, maltrobando, holgando con lo
escuro, desseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo
tormento, donde, si perseveras, o de muerto o loco no podrás
escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue plazeres, diga
donayres, tanga canciones alegres, cante romances, cuente ystorias,
pinte motes, finja cuentos, juegue a naypes, arme mates, finalmente
que sepa buscar todo género de dulce passatiempo para no dexar
trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos que recebiste
de aquella señora en el primer trance de tus amores.
CALISTO. ¿Cómo, simple, no sabes que alivia la pena llorar la causa?
¿Quánto es dulce a los tristes quexar su passión? ¿Quánto descanso
traen consigo los quebrantados sospiros? ¿Quánto relievan y
disminuyen los lagrimosos gemidos el dolor? Quantos scrivieron
consuelos no dizen otra cosa.
SEMPRONIO. Lee más adelante. Buelve la hoja. Hallarás que dizen que
fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza que es ygual género
de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del olvido porque
le olvidava se quexa. En el contemplar ésta es la pena de amor; en
el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al aguijón;
finge alegría y consuelo y serlo ha; que muchas veces la opinión
trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad, pero para
moderar nuestro sentido y regir nuestro juyzio.
CALISTO. Sempronio, amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a
Pármeno y quedará conmigo, y daquí adelante sey como sueles leal.
Que en el servicio del criado está el galardón del señor.
PÁRMENO. Aquí estoy, señor.
CALISTO. Yo no, pues no te veía. No te partas della, Sempronio, ni
me olvides a mí, y ve con Dios. Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo
que oy ha passado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia
y buena maestra de estos negocios. No podemos errar. Tú me la as
aprovado con toda tu enemistad. Yo te creo, que tanta es la fuerça
de la verdad que las lenguas de los enemigos trae a su mandar; assí
que, pues ella es tal, más quiero dar a ésta cient monedas que a
otra cinco.
PÁRMENO. (¿Ya [las] lloras? Duelos tenemos. En casa se avrán de
ayunar estas franquezas.)
CALISTO. Pues pido tu parecer, seyme agradable, Pármeno; no abaxes
la cabeça al responder. Mas como la embidia es triste, la tristeza
sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué
dixiste, enojoso?
PÁRMENO. Digo, señor, que yrían mejor empleadas tus franquezas en
presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros a aquella que yo
conozco, y lo que peor es, hazerte su cativo.
CALISTO. ¿Cómo, loco, su cativo?
PÁRMENO. Porque a quien dizes el secreto, das tu libertad.
CALISTO. Algo dize el necio; pero quiero que sepas que quando hay
mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de
obediencia, o por señorío de estado, o esquividad de género, como
entre esta mi señora y mí, es necessario intercessor o medianero que
suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien
yo segunda vez hablar tengo por impossible, y pues que assí es, dime
si lo hecho apruevas.
PÁRMENO. (¡Apruévelo el diablo!)
CALISTO. ¿Qué dizes?
PÁRMENO. Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado, y que un
inconveniente es causa y puerta de muchos.
CALISTO. El dicho yo le apruevo; el propósito no entiendo.
PÁRMENO. Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa de tu
entrada en la huerta de Melibea a le buscar, la entrada causa de la
veer y hablar, la habla engendró amor, el amor parió tu pena; la
pena causará perder tu cuerpo y el alma y hazienda. Y lo que más
dello siento es venir a manos de aquella trotaconventos, después de
tres vezes emplumada.
CALISTO. ¡Assí, Pármeno, di más desso, que me agrada! Pues mejor me
parece quanto más la desalavas; cumpla conmigo y emplúmenla la
quarta; dessentido eres; sin pena hablas; no te duele donde a mí,
Pármeno.
PÁRMENO. Señor, más quiero que ayrado me reprehendas porque te do
enojo, que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues
perdiste el nombre de libre quando cativaste la voluntad.
CALISTO. ¡Palos querrá este vellaco! Di, mal criado, ¿por qué dizes
mal de lo que yo adoro? Y tú ¿qué sabes de honrra? Dime, ¿qué es
amor? ¿En qué consiste buena criança? Que te me vendes por discreto,
¿no sabes que el primer escalón de locura es creerse ser sciente? Si
tú sintiesses mi dolor, con otra agua rociarías aquella ardiente
llaga que la cruel frecha de Cupido me ha causado. Quanto remedio
Sempronio acarrea con sus pies, tanto apartas tú con tu lengua, con
tus vanas palabras; fingiéndote fiel, eres un terrón de lisonja,
bote de malicias, el mismo mesón y aposentamiento de la embidia; que
por disfamar la vieja a tuerto o a derecho, pones en mis amores
desconfiança, sabiendo que esta mi pena y flutuoso dolor no se rige
por razón, no quiere avisos, caresce de consejo; y si alguno se le
diere, tal que no aparte ni desgozne lo que sin las entrañas no
podrá despegarse. Sempronio temió su yda y tu quedada; yo quíselo
todo, y assí me padezco el trabajo de su absencia y tu presencia;
valiera más solo que mal acompañado.
PÁRMENO. Señor, flaca es la fidelidad que temor de pena la convierte
en lisonja, mayormente con señor a quien dolor y affición priva y
tiene ajeno de su natural juyzio; quitarse ha el velo de la
ceguedad; passarán estos momentáneos fuegos; conozcerás mis agras
palabras ser mejores para matar este fuerte cançre que las blandas
de Sempronio que lo cevan, atizan tu fuego, abivan tu amor,
encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar, hasta
ponerte en la sepoltura.
CALISTO. ¡Calla, calla, perdido! Estó yo penando y tú filosofando;
no te spero más. Saquen un cavallo; límpienle mucho; aprieten bien
la cincha, por que si passare por casa de mi señora y mi Dios.
PÁRMENO. iMoços! No ay moço en casa; yo me lo avré de hazer, que a
peor vernemos desta vez que ser moços despuelas. ¡Andar, passe! Mal
me quieren mis comadres, etc. ¿Rehincháys, don cavallo? ¿No basta un
celoso en casa, o baruntas a Melibea?
CALISTO. ¿Viene esse cavallo? ¿qué hazes, Pármeno?
PÁRMENO. Señor, vesle aquí, que no está Sosia en casa.
CALISTO. Pues ten esse estribo; abre más essa puerta; y si viniere
Sempronio con aquella señora, di que esperen, que presto será mi
buelta.
PÁRMENO. Mas nunca sea; ¡allá yrás con el diablo! A estos locos
decildes lo que les cumple, no os podrán ver. Por mi ánima, que si
agora le diessen una lançada en el calcañal que saliessen más sesos
que de la cabeça. Pues anda, que a mi cargo, que Celestina y
Sempronio te espulguen. ¡O desdichado de mí!; por ser leal padezco
mal. Otros se ganan por malos, yo me pierdo por bueno. El mundo es
tal; quiero yrme al hilo de la gente, pues a los traydores llaman
discretos, a los fieles necios. Si [yo] creyera a Celestina con sus
seys dozenas de años acuestas, no me maltratara Calisto. Mas esto me
porná escarmiento daquí adelante con él. Que si dixere comamos, yo
tanbién; si quisiere derrocar la casa, aprovarlo; si quemar su
hazienda, yr por huego. Destruya, rompa, quiebre, dañe; dé a
alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá. Pues dizen, a río buelto
ganancia de pescadores. ¡Nunca más perro a[l] molino!
Argumento del tercero auto
SEMPRONIO vase a casa de CELESTINA, a la qual reprende por la
tardança. Pónense a buscar qué manera tomen en el negocio de CALISTO
con MELIBEA. En fin sobreviene ELICIA. Vase CELESTINA a casa de
PLEBERIO. Queda SEMPRONIO y ELICIA en casa.
SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA
SEMPRONIO. ¡Qué spacio lleva la barbuda; menos sosiego traían sus
pies a la venida! A dineros pagados, braços quebrados. ¡Ce, señora
Celestina, poco as aguijado!
CELESTINA. ¿A qué vienes, hijo?
SEMPRONIO. Este nuestro enfermo no sabe qué pedir; de sus manos no
se contenta; no se le cueze el pan. Teme tu negligencia; maldize su
avaricia y cortedad porque te dio tan poco dinero.
CELESTINA. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia;
toda tardança les es tormento; ninguna dilación les agrada. En un
momento querrían poner en effecto sus cogitaciones; antes las
querrían ver concluídas que empeçadas. Mayormente estos novicios
amantes, que contra qualquiera señuelo buelan sin deliberación, sin
pensar el daño quel cevo de su desseo trae mezclado en su exercicio
y negociación para sus personas y sirvientes.
SEMPRONIO. ¿Qué dizes de sirvientes? Parece por tu razón que nos
puede venir a nosotros daño deste negocio y quemarnos con las
centellas que resultan deste fuego de Calisto. ¡Aun al diablo daría
yo sus amores! Al primer desconcierto que vea en este negocio no
como más su pan; más vale perder lo servido, que la vida por
cobrallo; el tiempo me dirá qué haga; que primero que cayga del todo
dará señal, como casa que se acuesta. Si te pareçe, madre, guardemos
nuestras personas de peligro. Hágase lo que se hiziere. Si la
oviere, ogaño, si no, a otro año, si no, nunca. Que no ay cosa tan
difícile de sufrir en sus principios que el tiempo no la ablande y
haga comportable. Ninguna llaga tanto se sintió que por luengo
tiempo no afloxasse su tormento, ni plazer tan alegre fue que no le
amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la prosperidad y
adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerça de
su acelerado principio. Pues los casos de admiración, y venidos con
gran desseo, tan presto como passados, olvidados. Cada día vemos
novedades y las oímos y las passamos y dexamos atrás. Diminúyelas el
tiempo; házelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarías si
dixiessen: la tierra tembló, a otra semejante cosa que no olvidasses
luego? Assí como: elado está el río, el ciego vee ya, muerto es tu
padre, un rayo cayó, ganada es Granad, el rey entra hoy, el turco es
vencido, eclipse ay mañana, la puente es llevada, aquél es ya
obispo, a Pedro robaron, Ynés se ahorcó, [Cristóval fue borracho].
¿Qué me dirás, sino que a tres días passados o a la segunda vista no
ay quien dello se maraville? Todo es assí, todo passa desta manera,
todo se olvida, todo queda atrás. Pues assí será este amor de mi
amo: quanto más fuerte andando, tanto más diminuyendo. Que la
costumbre luenga amansa los dolores, afloxa y deshaze los deleytes,
desmengua las maravillas. Procuremos provecho mientra pendiere la
contienda; y si a pie enxuto le pudiéremos remediar, lo mejor mejor
es; y si no, poco a poco le soldaremos el reproche o menosprecio de
Melibea contra él. Donde no, más vale que pene el amo que no que
peligre el moço.
CELESTINA. Bien as dicho; contigo stoy. Agradado me as; no podemos
errar. Pero todavía hijo, es necessario que el buen procurador ponga
de su casa algún trabajo, algunas fingidas razones, algunos
sofísticos actos; yr y venir a juyzio, aunque reciba malas palabras
del juez. Siquiera por los presentes que lo vieren no digan que se
gana holgando el salario. Y assí verná cada una a él con [su]
pleyto, y a Celestina con sus amores.
SEMPRONIO. Haz a tu voluntad, que no será este el primero negocio
que as tomado a cargo.
CELESTINA. ¿El primero, hijo? Pocas virgines, a Dios gracias, has tu
visto en esta ciudad que hayan abierto tienda a vender, de quien yo
no haya sido corredora de su primer hilado. En nasciendo la
mochacha, la hago scrivir en mi registro, y esto para que yo sepa
quántas se me salen de la red. ¿Qué pensavas, Sempronio? ¿Havíame de
mantener del viento? ¿Heredé otra herencia? ¿Tengo otra casa o viña?
Conóscesme otra hazienda, más deste officio de que como y bevo, de
que visto y calço? En esta ciudad nascida, en ella criada,
manteniendo honrra, como todo el mundo sabe, ¿conoçida, pues, no
soy? Quien no supiere mi nombre y mi casa, tenle por estrangero.
SEMPRONIO. Dime, madre ¿qué passaste con mi compañero Pármeno quando
sobí con Calisto por el dinero?
CELESTINA. Díxele el sueño y la soltura, y cómo ganaría más con
nuestra compañía que con las lisonjas que dize a su amo, cómo
biviría siempre pobre y baldonado si no mudava el consejo; que no se
hiziesse santo a tal perra vieja como yo. Acordéle quién era su
madre, por que no menospreciasse mi officio; porque queriendo de mí
dezir mal, tropeçasse primero en ella.
SEMPRONIO. ¿Tantos días ha que le conosces, madre?
CELESTINA. Aquí está Celestina que le vido nascer y le ayudó a
criar. Su madre y yo, uña y carne. Della aprendí todo lo mejor que
sé de mi officio. Juntas comiémos, juntas durmiémos, juntas aviémos
nuestros solazes, nuestros plazeres, nuestros consejos y conciertos.
En casa y fuera, como dos hermanas. Nunca blanca gané en que no
toviesse su mitad. Pero no bivía yo engañada, si mi fortuna quisiera
que ella me durara. ¡O muerte, muerte, a quántos privas de agradable
compañía, a quántos desconsuela tu enojosa visitación! Por uno que
comes con tiempo, cortas mil en agraz. Que siendo ella biva, no
fueran estos mis passos desacompañados. Buen siglo aya, que leal
amiga y buena compañera me fue. Que jamás me dexó hazer cosa en mi
cabo, estando ella presente. Si yo traía el pan, ella la carne; si
yo ponía la mesa, ella los manteles. No loca, no fantástica, ni
presumptuosa como las de agora En mi ánima, descubierta se yva hasta
el cabo de la cibdad con su jarro en la mano, que en todo el camino
no oyé peor de: Señora Claudina. Y aosadas que otra conoscié peor el
vino y qualquier mercaduría. Quando pensava que no era llegada, era
de buelta. Allá la conbidavan según el amor todos la tenían. Que
jamás volvía sin ocho o diez gustaduras, un açumbre en el jarro y
otro en el cuerpo. Assí la fiavan dos o tres arrobas en vezes, como
sobre una taça de plata. Su palabra era prenda de oro en quantos
bodegones avía. Si ívamos por la calle dondequiera que ovíssemos
sed, entrávamos en la primera taverna. Luego mandava echar medio
açumbre para mojar la boca. Mas a mi cargo que no le quitaron la
toca por ello, sino quanto la rayavan en su taja, y andar adelante.
Si tal fuesse agora su hijo, a mi cargo que tu amo quedasse sin
pluma y nosotros sin quexa. Pero yo le haré de mi hierro, si bivo;
yo le contaré en el número de los míos.
SEMPRONIO. ¿Cómo has pensado hacerlo, que es un traydor?
CELESTINA. A esse tal dos alevosos.
Haréle aver a Areúsa; será de los nuestros. Darnos ha lugar a tender
las redes sin enbaraço por aquellas doblas de Calisto.
SEMPRONIO. ¿Pues crees que podrás alcançar algo de Melibea? ¿Ay
algún buen ramo?
CELESTINA. No ay çurujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo
que yo al presente veo te diré. Melibea es hermosa, Calisto loco y
franco; ni a él penará gastar, ni a mí andar. Bulla moneda y dure el
pleyto, lo que durare. Todo lo puede el dinero: las peñas quebranta,
los ríos passa en seco; no ay lugar tan alto que un asno cargado de
oro no le suba. Su desatino y ardor bastar perder a sí y ganar, a
nosotros. Esto he sentido; esto he calado; esto sé dél y della; esto
es lo que nos á de aprovechar. A casa voy de Pleberio; quédate a
Dios. Que aunque esté brava Melibea, no es ésta, si a Dios ha
plazido, la primera a quien yo he hecho perder el cacarrear.
Coxquillosicas son todas, mas después que una vez consienten la
silla en el envés del lomo, nunca querrían holgar: por ellas queda
el campo; muertas sí, cansadas, no. Si de noche caminan, nunca
querrían que amanesciesse; maldizen los gallos porque anuncian el
día, y el relox porque da tan apriessa. Requieren las cabrillas y el
norte, haziéndose strelleras; ya quando ven salir el luzero del
alva, quiéreseles salir el alma. Su claridad les escurece el
coraçón. Camino es, hijo, que nunca me harté de andar; nunca me vi
cansada, y aun assí vieja como soy. Sabe Dios mi buen desseo; quánto
más éstas que hirven sin fuego. Catívanse del primer abraço; ruegan
a quien rogó; penan por el penado; házense siervas de quien eran
señoras; dexan el mando y son mandadas. Rompen paredes, abren
ventanas, fingen enfermedades. A los cherriaderos quiçios de las
puertas hazen con azeytes usar su officio sin ruido. No te sabré
dezir lo mucho que obra en ellas aquel dulçor que les queda de los
primeros besos de quien aman. Son enemigas [todas] del medio,
contino están posadas en los estremos.
SEMPRONIO. No te entiendo essos términos, madre.
CELESTINA. Digo que la mujer o ama mucho a aquel de quien es
requerida, o le tiene grande odio. Assí que si al querer despiden,
no pueden tener las riendas al desamor. Y con esto que sé cierto,
voy más consolada a casa de Melibea que si en la mano la toviesse.
Porque sé que aunque al presente la ruege, al fin me ha de rogar;
aunque al principio me amenaze, al cabo me ha de halagar. Aquí llevo
un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros aparejos que
conmigo siempre traygo para tener causa de entrar donde mucho no só
conoscida la primera vez: assí como gorgueras, garvines, franjas,
rodeos, tinazuelas, alcohol, alvayalde y solimán, [hasta] agujas y
alfileres; que tal ay, que tal quiere, por que donde me tomare la
boz me alle apercebida para les echar cevo o requerir de la primera
vista.
SEMPRONIO. Madre, mira bien lo que hazes, porque quando el principio
se yerra, no puede seguirse buen fin. Piensa en su padre; que es
noble y esforçado, su madre celosa y brava, tú la misma sospecha.
Melibea es única a ellos; faltándoles ella, fáltales todo el bien;
en pensallo tiemblo; no vayas por lana y vengas sin pluma.
CELESTINA. ¿Sin pluma, hijo?
SEMPRONIO. O emplumada, madre, que es peor.
CELESTINA. ¡Alahé, en mal hora a ti he yo menester para compañero,
aun si quisieses avisar a Celestina en su officio! Pues quando tú
naçiste ya comía yo pan con corteza; para adalid eres bueno, cargado
de agüeros y recelo.
SEMPRONIO. No te maravilles, madre, de mi temor, pues es común
condición humana que lo que mucho se dessea jamás se piensa ver
concluído, mayormente que en este caso temo tu pena y mía. Desseo
provecho; querría que este negocio oviesse buen fin, no por que
saliesse mi amo de pena, mas por salir yo de lazería. Y assí miro
más inconvenientes con mi poca esperiencia que no tú como maestra
vieja.
ELICIA. ¡Santiguarme quiero, Sempronio; quiero hazer una raya en el
agua! ¿Qué novedad es ésta, venir oy acá dos vezes?
CELESTINA. Calla, bova, déxale, que otro pensamiento traemos en que
más nos va. Dime, ¿está desocupada la casa? ¿Fuése la moça que
esperava al ministro?
ELICIA. Y aun después vino otra y se fue.
CELESTINA. ¿Sí, que no embalde?
ELICIA. No, en buena fe, ni Dios lo quiera, que aunque vino tarde,
más vale a quien Dios ayuda, etc.
CELESTINA. Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baxa acá
el bote del azeyte serpentino que hallarás colgado del pedaço de la
soga que traxe del campo la otra noche quando llovía y hazía escuro,
y abre el arca de los lizos, y hazia la mano derecha hallarás un
papel scrito con sangre de murciélago debaxo de aquel ala de drago a
que sacamos ayer las uñas. Mira no derrames el agua de mayo que me
traxieron a confacionar.
ELICIA. Madre, no está donde dizes; jamás te acordas a cosa que
guardes.
CELESTINA. No me castigues, por Dios, a mi vejez; no me maltrates,
Elicia. No enfinjas porque stá aquí Sempronio, ni te sobervezcas,
que más me quiere a mí por consejera que a ti por amiga, aunque tú
le ames mucho. Entra en la cámara de los ungüentos y en la pelleja
del gato negro donde te mandé meter los ojos de la loba, le
hallarás, y baxa la sangre del cabrón, y unas poquitas de las barvas
que tú le cortaste.
ELICIA. Toma, madre, veslo aquí. Yo me subo, y Sempronio, arriba.
CELESTINA. Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad
infernal, emperador de la corte dañada, capitán sobervio de los
condenados ángeles, señor de los súlfuros fuegos que los hervientes
étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos y
atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias,
Tesífone, Megera, y Aleto, administrador de todas las cosas negras
del regno de Stige y Dite, con todas sus lagunas y sombras
infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes harpías, con
toda la otra compañía de espantables y pavorosas ydras. Yo,
Celestina, tu más conoscida cliéntula, te conjuro por la virtud y
fuerça destas bermejas letras, por la sangre de aquella noturna ave
con que están scritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos
que en este papel se contienen, por la áspera ponçoña de las bívoras
de que este azeyte fue hecho, con el qual unto este hilado; vengas
sin tardança a obedeçer mi voluntad y en ello te embolvas, y con
ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea con aparejada
oportunidad que haya lo compre, y con ello de tal manera quede
enredada que quanto más lo mirare, tanto más su coraçón se ablande a
conceder mi petición. Y se le abras y lastimes del crudo y fuerte
amor de Calisto, tanto que despedida toda honestidad, se descubra a
mí y me galardone mis passos y mensaje; y esto hecho pide y demanda
de mí a tu voluntad. Si no lo hazes con presto movimiento, ternásme
por capital enemiga; heriré con luz tus cárceres tristes y escuras;
acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas
palabras tu horrible nombre, y otra y otra vez te conjuro [y], assí
confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde
creo te llevo ya embuelto.
Argumento del quarto auto
CELESTINA, andando por el camino, habla consigo misma fasta llegar a
la puerta de PLEBERIO, onde halló a LUCRECIA, criada de PLEBERIO.
Pónese con ella en razones. Sentidas por ALISA, madre de MELIBEA, y
sabido que es CELESTINA, fázela entrar en casa. Viene un mensajero a
llamar a ALISA. Vase. Queda CELESTINA en casa con MELIBEA y le
descubre la causa de su venida.
CELESTINA, LUCRECIA, ALISA, MELIBEA
CELESTINA. Agora que voy sola, quiero mirar bien lo que Sempronio ha
temido deste mi camino, porque aquellas cosas que bien no son
pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin, comúnmente crían
desvariados effectos. Assí que la mucha speculación nunca carece de
buen fruto. Que, aunque yo he dissimulado con él, podría ser que, si
me sintiessen en estos passos de parte de Melibea, que no pagasse
con pena que menor fuesse que la vida; o muy amenguada quedasse,
quando matar no me quisiessen, manteándome o açotándome cruelmente.
Pues amargas cient monedas serían éstas. ¡Ay, cuytada de mí, en qué
lazo me he metido! que por me mostrar solícita y esforçada pongo mi
persona al tablero. ¿Qué haré, cuytada, mezquina de mí, que ni el
salir afuera es provechoso, ni la perseverancia careçe de peligro?
¿Pues yré, o tornarme he? ¡O dubdosa y dura perplexidad! no sé quál
escoja por más sano. En el osar, manifiesto peligro, en la covardía,
denostada pérdida. ¿Adónde yrá el buey que no are? Cada camino
descubre sus dañosos y hondos barrancos. Si con el hurto soy tomada,
nunca de muerta o encoroçada falto, a bien librar. Si no voy, ¿qué
dirá Sempronio? ¿Que todas éstas eran mis fuerças, a saber y
esfuerço, ardid y ofrescimiento, astucia y solicitud? Y su amo
Calisto, ¿qué dirá? ¿qué hará, qué pensará? sino que ay nuevo engaño
en mis pisadas, y que yo he descubierto la celada por haver más
provecho desta otra parte, como sofística prevaricadora. O si no se
le ofrece pensamiento tan odioso, dará bozes como loco, diráme en mi
cara denuestos raviosos; proporná mil inconvenientes que mi
deliberación presta le puso, diziendo: Tú, puta vieja, ¿por qué
acrecentaste mis passiones con tus promesas? Alcahueta falsa, para
todo el mundo tienes pies, para mí, lengua; para todos obra, para mí
palabras; para todos remedio; para mí, pena; para todos esfuerço,
para mí te faltó; para todos luz, para mí tiniebla; pues, vieja
traydora, ¿por qué te me offreciste? que tu offrecimiento me puso
esperança; la esperança dilató mi muerte; sostuvo mi bivir; púsome
título de hombre alegre; pues no aviendo effecto, ni tú careçerás de
pena, ni yo de triste desesperación. ¡Pues triste yo, mal acá, mal
acullá, pena en ambas partes! Quando a los estremos falta el medio,
arrimarse el hombre al más sano es discreción. Más quiero offender a
Pleberio que enojar a Calisto. Yr quiero, que mayor es la vergüença
de quedar por covarde que la pena cumpliendo como osada lo que
prometí. Pues jamás al esfuerço desayuda la fortuna. Ya veo su
puerta; en mayores afrentas me he visto. ¡Esfuerça, esfuerça,
Celestina! no desmayes, que nunca faltan rogadores para mitigar las
penas. Todos los agüeros se adereçan favorables, o yo no sé nada
desta arte: quatro hombres que he topado, a los tres llaman Juanes y
los dos son cornudos. La primera palabra que oí por la calle fue de
achaque de amores; nunca he tropeçado como otras vezes. Las piedras
parece que se apartan y me hazen lugar que passe, ni me estorvan las
haldas, ni siento cansación en andar; todos me saludan. Ni perro me
ha ladrado, ni ave negra he visto, tordo ni cuervo ni otras
noturnas. Y lo mejor de todo es que veo a Lucrecia a la puerta de
Melibea. Prima es de Elicia; no me será contraria.
LUCRECIA. ¿Quién es esta vieja que viene haldeando?
CELESTINA. Paz sea en esta casa.
LUCRECIA. Celestina, madre, seas bienvenida: ¿quál Dios te traxo por
estos barrios no acostumbrados?
CELESTINA. Hija, mi amor, desseo de todos vosotros traerte
encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras, vieja y moça. Que
después que me mudé al otro barrio, no han sido de mí visitadas.
LUCRECIA. ¿A esso sólo saliste de tu casa? Maravíllome de ti, que no
es éssa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho.
CELESTINA. ¿Más provecho quieres, bova, que complir hombre sus
desseos? Y tanbién, como a las viejas nunca nos fallecen
necessidades, mayormente a mí, que tengo de mantener hijas ajenas,
ando a vender un poco de hilado.
LUCRECIA. Algo es lo que yo digo; en mi seso estoy, que nunca metes
aguja sin sacar reja. Pero mi señora la vieja urdió una tela; tiene
necessidad dello, tú de venderlo. Entra y spera aquí, que no os
desabenirés.
ALISA. ¿Con quién hablas, Lucrecia?
LUCRECIA. Señora, con aquella vieja de la cuchillada que solía bivir
aquí en las tenerías a la cuesta del río.
ALISA. Agora lo conozco menos. Si tú me das a entender lo incógnito
por lo menos conozcido, es coger agua en cesto.
LUCRECIA. ¡Jesú, señora, más conoscida es esta vieja que la ruda!,
no sé cómo no tienes memoria de la que empicotaron por hechizera,
que vendía las moças a los abades y descasava mil casados.
ALISA. ¿Qué officio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor.
LUCRECIA. Señora, perfuma tocas, haze solimán, y otros treynta
officios; conosce mucho en yervas, cura niños, y aun algunos la
llaman la vieja lapidaria.
ALISA. Todo esso dicho no me la da a conocer. Dime su nombre si le
sabes.
LUCRECIA. ¿Si le sé, señora? No ay niño ni viejo en toda la cibdad
que no le sepa; ¿avíale yo de ignorar?
ALISA. Pues, ¿por qué no le dizes?
LUCRECIA. He vergüença.
ALISA. ¡Anda, bova, dile, no me indignes con tu tardança!
LUCRECIA. Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.
ALISA. ¡Hy, hy, hy! Mala landre te mate si de risa puedo estar,
viendo el desamor que deves de tener a essa vieja que su nombre has
vergüença nombrar; ya me voy recordando della. Una buena pieça; no
me digas más. Algo me verná a pedir; di que suba.
|