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A una colectividad se le engaña
siempre mejor que a un hombre.
Pío Baroja
Así como la desgracia
hace discurrir más, la felicidad quita todo deseo de análisis; por
eso es doblemente deseable.
Pío Baroja
Introducción
La definición de los géneros literarios supone, en general, un grave
problema. Aunque tienen unas señas de identidad visibles, son con
frecuencia fórmulas ambiguas, de fronteras porosas y poco precisas
donde es corriente el solapamiento, o las creaciones en las que el
autor puede alejarse de los paradigmas conocidos buscando la
originalidad y la renovación literaria. El ensayo plantea todavía
mayores dudas.
Se trata de un género paraliterario, no expresamente literario,
sobre el que han existido innumerables confusiones. Autores y
editores publican bajo el epígrafe de ensayo textos que no entran
claramente en las categorías habituales de los géneros al uso, con
lo que se convierte en una especie de cajón de sastre. Al mismo
tiempo, la diversidad de temas, la variación de registros mentales y
de su tratamiento estético provocan que el mundo del ensayo sea un
espacio variopinto y diverso.
El hecho de que su naturaleza sea poco orgánica dificulta la tarea
de reconocimiento y lo convierte en una creación mutable sujeta a
perspectivas cambiantes por la importancia que adquiere en estos
escritos el punto de vista personal y la experiencia del ensayista,
por la particular relevancia que tiene en su motivación creadora el
contexto histórico coetáneo. Además no tiene una forma única de
expresión ya que se adapta a subgéneros literarios existentes. Para
definir el ensayo con corrección es necesario abordarlo desde
distintas ópticas para acotar en este acoso múltiple algunas de sus
peculiares señas de identidad o recomponer su identidad.
Ensayo/discurso: problemas lexicográficos
La palabra ensayo viene del latín exagium (de ex-ago: ‘examinar,
investigar la ley de una moneda’). Se mantiene en el latín medieval
tardío con el mismo sentido primitivo (aplicado a moneda,
animales...) y con otros secundarios que van derivando hacia el
sentido discursivo. En la Edad Media el término romance assayo
(ensayo) adopta diversas acepciones: sigue siendo prioritaria la de
'pesar', 'examinar'..., pero significa igualmente otros matices:
'probar o usar una cosa', 'acometer' una acción, prepararse para
pelear, atacar... Durante el Siglo de Oro prevalece el uso
monetario, aunque también indica 'simulacro de guerra', 'ardid y
traza maliciosa', prueba, ejercicio o representación previa de algo,
de donde deriva al sentido teatral, según las explicaciones de
Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana
(1611). En el Siglo XVIII, el Diccionario de Autoridades (III, 1732)
define ensayo en los siguientes términos: 'Inspección,
reconocimiento y examen del estado de las cosas, y lo mismo que
ensaye y prueba; como el de una comedia, torneo u otro festejo'.
Completa la definición en las palabras "ensaye” ('prueba, examen,
reconocimiento de la calidad y bondad de las cosas') y. “ensay” ('lo
mismo que ensaye. Es muy frecuente esta voz con esta terminación en
las casas de moneda.'). No aparece ninguna acepción literaria.
Tampoco la registra el Diccionario castellano con las voces de
ciencias y artes de Esteban de Terreros, editado en 1786-93, aunque
redactado antes de 1767.
El Diccionario académico actual, sin embargo, frente a esta vieja
tradición léxica, ha prestigiado la acepción moderna de 'escrito
generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un
tratado completo sobre la misma materia', sin tradición en la época
anterior, aunque habitual desde la edición de 1869.
Esta acepción sería hipotéticamente posible a partir de 1580 en que
Michel de Montaigne publicó sus Essais en Burdeos. Traducidos
tempranamente al inglés, tuvieron una buena recepción en Inglaterra,
lo cual propició la definitiva aceptación de la palabra y del
género. En 1597 editó Francis Bacon sus Essayes, base del ensayismo
británico posterior con variados temas, en prosa o verso (Alexandre
Pope, An essay on Man, 1733), lo que favoreció que en el ámbito
anglosajón adquiriera una gran riqueza de expresión lingüística (“essayist”,
“essay”, “essayism”).
Discurso es la palabra sinónima de ensayo entre nuestros autores del
Siglo de Oro. En el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias
aparece la palabra ensayo, según se dijo. Ninguna de sus tres
acepciones tiene relación con nuestro género. Sin embargo, su
sentido se encuentra implícito en la voz discurso: “Tómase por el
modo de proceder en tratar algún punto y materia, por diversos
propósitos y varios conceptos”. A ello se ajustan obras coetáneas
como Los sueños de Quevedo o la Agudeza y arte de ingenio de Gracián.
Varias referencias del XVII al ensayista francés avalan que estamos
ante una misma manifestación cultural: al referirse a los Essais del
“señor de Montaña”, a cuya lectura fue gran aficionado, Quevedo
habla de “Essais o Discursos”, manteniendo la palabra en francés
porque la siente extraña, y añade como sinónimo el término discurso.
Por las mismas fechas, el ex carmelita descalzo Diego de Cisneros
tradujo (entre 1634-1636) el primer libro de la obra de Montaigne,
que se conserva en un manuscrito inédito en la Biblioteca Nacional
de Madrid, bajo el título de Experientias y varios discursos de
Miguel, señor de Montaña. Junto al término discurso aparece el de
experientia (= experiencia), palabra que a Marichal parece muy
afortunada, ya que descubre el sentido “discursivo” y “experiencial”,
“vivencial”, que hallamos en el autor galo.
En el siglo XVIII Feijoo utiliza indistintamente los términos
discurso y carta, aunque forma y propósitos de sus escritos
coinciden con lo que llamamos ensayo. En este siglo la palabra
ensayo se entiende como un galicismo (como tal consta en el
Diccionario de galicismos, 1906, de Baralt) y tiene el significado
de “estudio provisional o incompleto, de carácter histórico o
científico”. Con todo, el término se utiliza cada vez con mayor
frecuencia. Según ha estudiado Álvarez de Miranda, adopta matices
lingüísticos varios: desde bosquejo o estudio provisional, prueba, a
otros que reflejan ya el espíritu discursivo. En el XIX ya se ha
aposentado con sentido de género literario como certifican los
textos de A. Anaya o de Alberto Lista. El Diccionario académico lo
acoge desde la edición de 1869, según se dijo más arriba. Convive
con otras denominaciones como devaneos, fantasías, tentativas,
esbozo...
El XX es el siglo del ensayo, ya que es un género muy cultivado.
Madura, sobre todo, en la pluma de Ortega y Gasset que define: “el
ensayo es la ciencia menos la prueba explícita”. O declara: “Se
trata, pues, lector de unos ensayos de amor intelectual. Carecen por
completo de valor informativo; no son tampoco epítomes, son más bien
lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado salvaciones.
Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho -un hombre, un libro,
un cuadro, un paisaje, un error, un dolor-, llevarlo por el camino
más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de
todo orden, que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros
pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en
ellos el sol innumerables reverberaciones” (Meditaciones del
Quijote, 1911). Ortega utiliza varios nombres para designar este
ejercicio intelectual: artículo, meditaciones, tratado, notas,
estudio, incitaciones, divagaciones, variaciones, salvación...
Definición del ensayo
Las explicaciones de los diccionarios modernos remiten a los
ejercicios que hallamos en los dos tomos de los Essais de Montaigne.
Éste aventuró una precisa definición de este género literario en un
fragmento metaensayístico, en el que se describen sus rasgos
fundamentales:
“Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de
asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos. Si
se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de
él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro
demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El
convencimiento de no poder ir más allá es un signo de valor de
juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo
a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y
consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y
discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino
está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que
otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus
anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil
senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al
azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y
nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero:
no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los
aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada
cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces
para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con
amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de
las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me
atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me
engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra,
como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan,
no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo.
Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y
a mi manera habitual que es la ignorancia”.
(Lib. I, Ens. 50).
Quedan en estas palabras definidos los caracteres básicos del ensayo
como forma peculiar de pensamiento que, con mayor precisión, han
analizado los críticos modernos.
Para describir los rasgos fundamentales del ensayo seguimos el libro
de J. L. Gómez, Teoría del ensayo, cuyas explicaciones iremos
completando en aspectos puntuales. Distingue los siguientes
caracteres:
a) Actualidad / actualización del tema: Puesto que el ensayo busca
establecer un contacto directo con el lector es necesaria “una
contemporaneidad en el tiempo y en el espacio”. La actualidad no
exige necesariamente tratar asuntos del presente, también se pueden
discutir asuntos del pasado nuevamente reconsiderados. “El
ensayista, en su diálogo con el lector o consigo mismo, reflexiona
siempre sobre el presente, apoyado en la sólida base del pasado y
con el implícito deseo de anticipar el futuro por medio de la
comprensión del momento actual” (p. 30). Nunca debemos perder esta
perspectiva. Y porque el ensayista es un espectador de la realidad,
mantiene una relación privilegiada con el periodismo.
b) Fragmentario / antisistemático / acientífico: El ensayista
procede mentalmente como prueba o intento, sin pretender agotar
nunca la materia sobre la que discurre. Por eso se ha considerado
despectivamente su apariencia fragmentaria. Sin embargo, lo
inacabado del ensayo no debe entenderse como un defecto sino como un
rasgo peculiar de su manera de proceder. No tiene intención
totalizadora. El autor reflexiona en voz alta sobre aspectos que
provocan su interioridad sin intentar agotarlos. Sus escritos son
notas sueltas, no busca nada a priori. Sobre este tema han
reflexionado particularmente los filósofos, al intentar establecer
los límites entre los sistemas filosóficos y los ensayos
filosóficos.
Son de gran utilidad las precisiones de Theodor W. Adorno en su
artículo “El ensayo como forma”, del que extractamos las siguientes
ideas: Parte del desprestigio habitual del ensayo como “producto
ambiguo”, género al “que le falta convincente tradición formal”. Sin
embargo, “el ensayo no admite que se le prescriba su competencia. En
vez de producir algo científicamente o de crearlo artísticamente, el
esfuerzo del ensayista refleja aún el ocio de lo infantil, que se
inflama sin escrúpulos con lo que ya otros han hecho. El ensayo
refleja lo amado y lo odiado en vez de presentar el espíritu, según
el modelo de una ilimitada moral de trabajo, como creación a partir
de la nada. Fortuna y juego le son esenciales” (p. 12). En este
sentido: “No empieza por Adán y Eva, sino por aquello de que quiere
hablar; dice lo que a su propósito se le ocurre, termina cuando él
mismo se siente llegado al final, y no donde no queda ya resto
alguno: así se sitúa entre las di-versiones. Sus conceptos no se
construyen a partir de algo primero ni se redondean en algo último.
Sus interpretaciones no están filológicamente fundadas y medidas,
sino que son por principio hiperinterpretaciones” (p. 12). Son
movimientos psicológicos individuales que pretenden una reflexión
sobre la realidad. Desde esta perspectiva contrapone ciencia y arte
<>---->> objetivo/subjetivo. Añade: “El ensayo tiene en cuenta la
conciencia de <>>>>>, aun sin expresarla siquiera; es radical en el
<>>>>>, en la abstracción de reducirlo todo a un principio, en la
acentuación de lo parcial frente a lo total, en su carácter
fragmentario” (p. 19). No obedece a las reglas del juego de la
ciencia y de la teoría organizada. El orden de las cosas es el mismo
de las reflexiones. Para confirmar estas ideas recuerda a George
Lukács cuando, al subrayar la modestia de la palabra ensayo, afirma:
“El ensayista despide las propias orgullosas esperanzas que alguna
vez se creen haber llegado cerca de lo último: se trata sólo de
comentarios a las poesías de otros, eso es lo único que él puede
ofrecer y, en el mejor de los casos, comentarios a los propios
conceptos. Pero irónicamente se adapta a esa pequeñez, a la eterna
pequeñez del más profundo trabajo mental frente a la vida, y con
irónica modestia la subraya aún” (G. Lukács, El alma y las formas,
Berlín, 1911, p. 21. Cit. p. 19). No estamos ante una construcción
cerrada, deductiva o inductiva, valora lo cambiante, lo efímero. No
ama el dogma, el concepto atemporal e invariable. Se llena de
referencias al mundo de la experiencia (histórica, individual).
Es fragmentario y accidental: “El ensayo no se propone buscar lo
eterno en lo perecedero y destilarlo de ello, sino más bien
eternizar lo perecedero” (p. 21). Es antisistemático, niega los
protodatos (no necesita información anterior sobre lo mismo),
introduce conceptos sin ceremonia, inmediatamente, tal como los
concibe y los recibe. En definitiva: “El ensayo urge, más que el
procedimiento definitorio, la interacción de sus conceptos en el
proceso de la experiencia espiritual. En ésta los conceptos no
constituyen un continuo operativo, el pensamiento no procede
linealmente y en un solo sentido, sino que los momentos se
entretejen como los hilos de una tapicería. La fecundidad del
pensamiento depende de la densidad de esa imbricación. Propiamente,
el pensador no piensa, sino que se hace escenario de la experiencia
espiritual, sin analizarla. El ensayo se somete a mediación mediante
su propia organización conceptual, si quiere expresarse así, puede
decirse que el ensayo procede de un modo metódicamente ametódico”
(p. 23). Explica con palabras precisas el proceso de apropiación de
conceptos en la mente del ensayista: por medio de la experiencia.
Los elementos van adquiriendo valor dentro de sí mismos, no como
verdad clara y distinta. Se da un proceso de relativización: “el
ensayo tiene que estructurarse como si pudiera suspenderse en
cualquier momento. El ensayo piensa discontinuamente, como la
realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las
rupturas, no intentando taparlas” (p. 27).
En parecidos conceptos insiste el estudio de Gómez, cuando afirma
que el ensayista no “crea”, sino que actúa sobre lo creado (escrito,
realidad, idea...) y lo observa de manera personal. De aquí se
deduce una oposición radical entre ensayista / frente a
especialista. Entiende que el ensayista al proceder así es
consciente de su limitación. Adorno, por el contrario, otorga a esta
categoría unos valores positivos, dignifica el ensayo, esto no es un
fracaso. Sin embargo, también el ensayista puede convertirse en un
especialista. El problema es de método.
c) Subjetivo: La subjetividad es una de las características
fundamentales del ensayo. Esta condición “causa la ambigüedad y la
dificultad en las definiciones”. Sin embargo, no se puede definir
sólo como “relación de disposiciones de ánimo e impresiones”. Porque
el ensayista es consciente de su función de escritor: es artista en
la expresión y transmisor de ideas. Escribe porque siente necesidad
de comunicar algo, porque se ha sentido herido interiormente y
piensa que al redactarlo lo hace doblemente suyo. En este proceso de
comunicación se pone, con toda sinceridad, en contacto con el lector
a quien siente próximo, ante quien desnuda su
pensamiento-sentimiento. Afirma Gómez: “Si como hemos indicado, el
ensayista se expresa a través de sus sentimientos, sólo lo basado en
la propia experiencia tiene valor ensayístico. De ahí que en el
ensayo no tenga cabida el pensamiento filosófico sistemático ni el
objetivismo científico” (p. 46). Presenta la verdad bajo la
perspectiva subjetivista del autor, por eso también los grandes
ensayistas tienen un estilo personalísimo, y el carácter
circunstancial de la época. Marichal insiste en valorar lo cambiante
del ensayo, que no se puede aislar del contexto socio-histórico que
lo provoca, también cambiante, y por lo tanto no se desprende de lo
circunstancial. La tendencia al cambio de la sociedad española
provoca que el ensayismo hispánico sufra más altibajos “en el porte
expresivo de los escritores y en sus formas de individualización
humana: coexisten, y a veces alternan rítmicamente en nuestro
ensayismo, el bufón y el hombre de bien, el desahogo y la plática
sermonaria, la confesión desgarrada y la reserva aristocrática”
(Teoría e historia del ensayismo hispánico, p. 16). Es el
subjetivismo, su humanidad, lo que más se admira en el ensayista. La
crítica ensayística puede tener por eso un campo de especial
aplicación en la literatura, que es también subjetividad Es muy
difícil reducir la crítica literaria a una ciencia objetiva sin
prescindir de grandes parcelas de subjetividad. Por eso el ensayo
literario es una de sus fórmulas más utilizadas.
El subjetivismo lleva a la elección del tema y a la manera personal
de acercarse a él. Estos escritos ensayísticos “poseen siempre un
carácter de íntima autobiografía”, con una presencia continua del
yo, incluso con notas autobiográficas, con un crecimiento de lo
emocional. El ensayo tiene, pues, un tono confesional. El escritor
escribe sobre el mundo que le rodea y sus reacciones frente a él, en
torno al yo. Son pensamientos y reflexiones en voz alta, que
confieren a los escritos un aire coloquial, dialogal. El ensayista
dialoga con el lector. Esta característica lo relaciona con el
género renacentista del diálogo.
d) El ensayo como forma de pensar: Está escrito al correr de la
pluma, más que algo profundamente meditado. Por eso, a veces,
podemos encontrar contradicciones. Al lector testigo le parece, sin
embargo, creíble, pues él está asistiendo a todo el proceso de
creación del autor, hasta considerarlo casi como una operación
personal. “Pero el buen ensayo, afirma Gómez, nos cautiva de tal
modo que nos impide volver la vista atrás, evitando así cualquier
intento de visión de conjunto, por lo que el desorden que podría
observarse en un análisis meticuloso, es imperceptible al lector”
(p. 56). Esto es contrario a la sistematización del tratado. El
pensador Unamuno exigía para sí el derecho de “escribir como quien
habla o dicta, sin volver atrás la vista ni el oído, hacia adelante,
conversacionalmente, en vivo, como hombre y no como escritor”; o
“reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la de contradecirme
si llega el caso”.
Tiene un carácter de espontaneidad en la exposición (que no anula
una meditación anterior), en el modo de proceder. “El ensayista se
siente reaccionar ante una situación y transcribe la reacción misma
con la espontaneidad con que es sentida; pero tal reacción, a su vez
es producto de una previa meditación” (p. 56). Muchas veces la
improvisación sólo es aparente. La espontaneidad no reside en lo que
se dice sino en el procedimiento de expresión. Tras la reflexión
previa, el ensayo va creando un sistema de asociaciones /
intuiciones que se producen en el momento mismo de escribir,
insospechadas en su profundidad y límites. Por eso es también
fragmentario en sus estructuras. El ensayista procede sin método, al
menos sin un método rígido, pues tal cosa entorpece la libertad
creativa.
e) Sugeridor: En la medida en que el ensayo parte de lo subjetivo y
de la intuición, rehuyendo lo objetivo, se torna más sugeridor.
Decía Unamuno: “No espere el lector hallar aquí más que indicaciones
y sugestiones, meros puntos de reflexión que ha de desarrollar por
sí mismo”. Son invitaciones al lector, para que vuelva a revisar las
cosas bajo nuevas perspectivas. Hay en esto un diálogo con el
lector. El receptor, por lo tanto, debe ser un miembro activo, que
continúe el ciclo de la sugestión. El ensayo será mejor y más eficaz
cuanto más provoque y sugiera.
f) Cuidado estéticamente: El ensayista se encuentra a mitad de
camino entre la libertad e inspiración literaria y los estrechos
límites de la expresión de la verdad. Hay un particular cuidado
estético, una voluntad de estilo. Como género literario se acerca a
la poesía.
Aspectos
formales del ensayo
Al considerar al ensayo como un género literario (paraliterario) y
observar sus aspectos formales debemos recordar sus raíces
históricas, las viejas formulaciones que sirvieron de molde a la
expresión ensayística antes de la configuración definitiva del
género: el quod libeto medieval, el diálogo renacentista, el
discurso... Y, sobre todo, la llamada “literatura mixta”. José Luis
Varela ha insistido en la función de precedente de la miscelánea:
“Esta literatura nos permite reconocer, precisamente, el carácter
“espontáneo” de su enciclopedismo -quiere decir su engranaje en un
proceso nacional- y a ella aplica, obediente a las necesidades
nuevas, una actitud crítica. En este cruce -vieja literatura,
miscelánea sobre temas y problemas curiosos, con crítica moderna
como explicación verosímil donde la ciencia no llega- radica
precisamente su carácter ensayístico” (“El ensayo de Feijoo...”, p.
116). Con todo, ya observó López Marichal, la maleabilidad del
ensayo como fórmula literaria. La subjetividad proporciona a este
género una gran libertad compositiva que orienta las creaciones
individuales. Analizamos los aspectos formales más peculiares:
a) Estructura: Correspondiéndose con su forma mental de proceder, el
ensayo no presenta una estructura determinada. Ya Montaigne había
observado que el estilo del ensayo es “un decir informe y sin regla,
una jerga popular y un proceder sin definición, sin división, sin
conclusión”. No existe una unidad estructural lógica, producto de un
sistema racional externo, sino una unidad emocional interna. El
relato discurre libremente adentrándose en cosas secundarias,
digresiones, si el autor se siente motivado por los accidentes.
b) Extensión breve: La contextura misma, la forma de proceder, hacen
que habitualmente sean breves. Tienen este aspecto fragmentario,
incluso con un final forzado o inacabado que responde al sentido
impresionista: se acaba donde la impresión. Los libros de ensayo,
más largos, no hacen muchas veces más que reunir una serie de
trabajos dispersos de temas varios aunque integrados por el propio
yo o nacidos en el crecimiento emocional o intelectual del escritor.
Existe una evidente necesidad de conferir un orden cronológico,
fecha de composición, contrastar ideas... para entender mejor los
textos de los autores cuya ideología ha ido evolucionando a lo largo
de los tiempos. La brevedad proviene, pues, de la misma naturaleza
del ensayo. Y, como las cosas breves, el ensayo muestra un estilo
más directo y una condensación de pensamiento. Incluso, cuando el
autor quiere ensayar con más extensión sobre un tema, suele preferir
hacer determinadas calas en el asunto, fragmentándolo (rompiendo la
unidad y orden lógico propio del tratado): los capítulos son ensayos
menores sobre el mismo tema.
c) Expresión en prosa: Aunque, por su intimidad creadora se ha
relacionado al ensayo con la lírica, éste se encuentra lejos de la
poesía en lo que se refiere a los corsés formalizadores (estructura
métrica). La libertad del procedimiento del ensayo prefiere la prosa
libre, aunque esté potenciada por la voluntad de estilo en la
expresión de la subjetividad. Así la prosa es su modo habitual de
expresión. Sólo unos pocos ensayistas prefirieron el verso, en
especial quienes cultivaron la poesía didáctica como el Essay on man
de A. Pope. Entre nosotros podríamos recordar El poeta filósofo de
Cándido María Trigueros o los “Discursos” y “Epístolas” del vate
ilustrado Meléndez Valdés.
d) El título: Así como en los tratados el título hace referencia
directa al contenido (informa sobre él), y tiene un carácter
descriptivo, en el ensayo, su función es literaria. Aunque, a veces,
haga referencia más o menos precisa a lo que trata, muchas otras
(porque la divagación es libre) se evade de él o sólo lo toca
tangencialmente. El título se convierte casi en un recurso
estilístico.
e) Las citas: Dado su carácter no científico, prescinde de las notas
eruditas. Son escasas las notas a pie de página. Las citas, aunque
numerosas, no tienen un cometido precisador o confirmador de la
autoridad, sino que buscan la eficacia comunicadora. Por eso, no es
importante la precisión, la exactitud. Más que la exactitud textual
importa el fondo, la idea, la oportunidad y precisión, la belleza.
No hay, por tanto, interés científico. Caso extremo es el de fray
Antonio de Guevara que creaba una aparente erudición “falsa”,
inventándose citas, fuentes, escritores y filósofos, lo cual le
originó numerosos problemas con los eruditos
El ensayo:
clasificación
De los textos propiamente ensayísticos, no de los géneros afines,
existen numerosas clasificaciones. Ninguna de ella es totalmente
satisfactoria, ya que el discurrir por libre, propio del ensayo,
soporta mal cualquier intento de ordenación formal. Sólo debemos
dar, pues, a estas clasificaciones un carácter pedagógico. Así, unas
hacen referencia a los temas que abordan: literario, científico,
filosófico, histórico...; otras remiten a la manera de enfocar la
reflexión ensayística. En el libro de Martín Duque-Fernández Cuesta
se resumen varias de estas ordenaciones. La de mayor asenso la
divide en ensayos “de exposición de ideas": “su fin primordial es
comunicar al lector unas ideas políticas, religiosas, filosóficas,
económicas, etc...” (p. 73); “ensayos de crítica": “tienen el
propósito de analizar y enjuiciar cualquier obra humana: arte,
filosofía, política y religión”; “ensayos de creación”: “son
aquellos en que la sensibilidad y la fantasía crean mundos ficticios
que sirven de envoltura poética a la idea del autor” (p. 73).
Otros los dividen en dos tipos básicos: ensayo personal (familiar
essay), al estilo de Montaigne: de carácter personal, casi una
confesión; y ensayo formal (formal essay): más ambicioso, extenso y
de contorno más riguroso. Pero sigue interesando sobre todo el punto
de vista del autor y no tanto los materiales utilizados y la
erudición. Entre ambos hay una gama de modalidades intermedias según
los puntos de vista adoptados frente al género.
Ángel del Río, al estudiar el pensamiento español del XX, lo divide
en: ensayo puro: de asuntos filosóficos, históricos, literarios (Unamuno,
Maeztu, Ortega y Gasset); ensayo poético (descriptivo): donde lo
poético prevalece sobre lo conceptual (poesía escrita en prosa)
cuyos maestros son Azorín, Juan Ramón Jiménez; ensayo crítico
(erudito): “son ensayos profundos donde los historiadores, médicos,
matemáticos e investigadores exponen sus ideas” (Á. del Río y J.
Benardete, El concepto contemporáneo de España, cit. p. 75).
El ensayo en el concierto de los géneros
Desde un punto de vista histórico el ensayo es un género poco
estudiado. En las poéticas y retóricas de finales del siglo XVIII
aparece recogido en el apartado de la Prosa Didáctica. La crítica
moderna lo estudia en los manuales sobre teoría literaria o sobre
géneros. Vamos a hacer tres calas para contrastar algunos matices
que puedan ser significativos:
a) Rafael Lapesa, en su libro Introducción a los estudios literarios
(1972), incluye el ensayo en el apartado que lleva por título “La
Didáctica y la Crítica”. Define la Didáctica: “Las obras que se
valen de la palabra para exponer conocimientos o doctrinas” (p.
183). Tiene una finalidad docente, “pero también suele abarcar en
las clasificaciones literarias las obras científicas sin propósito
de enseñanza, la pura formulación escrita del saber” (p. 183).
Añade: “El interés estético es secundario en la didáctica. La
ciencia no busca la belleza, sino la verdad; la facultad
predominante no es la fantasía, sino la inteligencia. La exposición
científica ha de preocuparse ante todo de la exactitud, la claridad
y el orden, que deben sobreponerse al cuidado de la expresión bella.
El margen concedido al arte dependerá de la materia tratada y del
fin perseguido” (p. 183). Incluye en la Didáctica: la exposición
científica, que describe la investigación de la ciencia (de
laboratorio o de archivo) y su crítica; el diálogo doctrinal y el
ensayo: el primero es forma más antigua de la expresión doctrinal
(entre clásicos, y sobre todo Platón) y los humanistas
renacentistas. Modernamente el ensayo ocupa ese lugar: “que apunta
teorías, presenta los temas bajo aspectos nuevos o establece
sugestivas relaciones sin ceñirse a la justeza ordenada necesaria en
una exposición conclusa. No pretende serlo: la misión suya es
plantear cuestiones y señalar caminos más que asentar soluciones
firmes; por eso toma aspectos de amena divagación literaria” (p.
185); la literatura religiosa: ascética o mística, campo abierto
desde la teología a los catecismos; la crítica (griego krinein:
'juzgar, opinar') equivale a juicio o valoración. “Criticar es poner
en juego las facultades estimativas y determinar el grado en que un
acto o una creación poseen un valor cualquiera” (p.188). Puede ser
negativa o laudatoria. Cualquier actividad humana es susceptible de
valoración: filosofía, ciencia, estética, arte, espectáculos,
sociedad, costumbres, literatura... Estudia además otros escritos
culturales que pueden tener alguna relación con el ensayo. En estas
explicaciones de Lapesa hay afirmaciones discutibles o que
deberíamos completar, o matizar: la relación entre ensayo-crítica
impresionista; la historia de la literatura y la crítica literaria
no siempre son separables; la visión crítica de la historia tiene
relación con la crítica y la didáctica...
b) I. Martín Duque-M. Fernández Cuesta en el estudio Géneros
literarios (1973) describen diversas unidades literarias a las que
otorgan la categoría de géneros: Poesía // Ensayo // Periodismo //
Novela // Cuento // Drama. Dan la siguiente definición de ensayo:
“Escrito en prosa, generalmente breve, que expone sin rigor
sistemático, pero con hondura, madurez y emoción, una interpretación
personal sobre cualquier tema, sea filosófico, religioso, histórico,
literario, etc., sin seguir un orden riguroso como en el tratado
doctrinal, ni pretender agotar la materia” (p. 61). Destacan estos
caracteres fundamentales: fronteras imprecisas: “por un lado colinda
con el tratado, con la didáctica; por otro, con la crítica y el
periodismo” (p. 62); contenidos ideológicos variados: religión,
filosofía, moral, estética, literatura...; conceden gran importancia
al sentimiento del autor, “por lo cual podemos afirmar que el ensayo
está más próximo a la poesía lírica que a la novela o el drama” (p.
62); estructura del ensayo: “La estructura del ensayo es libre, de
forma sintética y de extensión relativamente breve, aunque a veces
adquiere gran dimensión y llega a ser un libro” (p. 72); estilo:
cuidadoso y elegante, sin afectación. “Su tono puede ser profundo,
poético, retórico, satírico, humorístico...” (p. 73).
c) En un libro más reciente de A. García Berrio y J. Huerta Calvo,
Los géneros literarios: sistema e historia (1992), en la Parte III,
bajo el título de “Ensayo de una tipología actual de los géneros
literarios” hacen una clasificación global de los géneros
literarios, divididos en subgéneros. Establecen las siguientes
modalidades: géneros poético-líricos, géneros épico-narrativos,
géneros teatrales y géneros didáctico-ensayísticos. Afirman sobre
estos últimos: “incluimos en este apartado aquellos géneros
considerados tradicionalmente fuera del ámbito de las Poéticas, por
tratar de materia doctrinal y no ficcional” (p. 218). El lenguaje
sirve para transmisión del pensamiento (filosófico, religioso,
político, científico...), y “el propósito estético queda subordinado
en este grupo a los fines ideológicos”, sin que esté ausente del
todo. “La forma básica de este grupo, el ensayo, testimonia que en
determinadas épocas ha prevalecido un concepto estetizante, hasta el
punto de que los límites entre lo didáctico y lo ficcional han
llegado a diluirse. Incluso en nuestros días, el artículo
periodístico -por hablar de una forma simple- presenta en muchos de
sus cultivadores un alto grado de intención artística.” (p. 218).
Les parece a los autores pertinente, desde un punto de vista teórico
e histórico, completar la división ternaria de los géneros con este
cuarto grupo didáctico-ensayístico. Para su organización establecen
un cuadro-marco, que recoge las distintas “formas y modalidades”.
Dividen los “subgéneros didáctico-ensayísticos en tres categorías de
acuerdo con su determinación formal-expresiva, es decir, la
objetividad (épica), subjetividad (lírica) y
objetividad-subjetividad (dramática)” (p. 220). En los subgéneros de
tipo objetivo prima “la exposición de las ideas en tercera persona y
en forma narrativa”. En este espacio caben ciertas novelas híbridas
de intención ensayística o subgéneros objetivos como la
historiografía o la biografía. En los didáctico-ensayísticos de tipo
subjetivo domina la primera persona. Entran en este apartado formas
como la autobiografía y la confesión. En los subgéneros de
contextura mixta, o sea dramática:“la figura del autor en tercera
persona desaparece para dejar vía libre a otros personajes” (p.
220). Un modelo típico es el diálogo. Estudian el ensayo, como forma
de expresión más pura de lo didáctico-ensayístico pero también los
géneros afines, en momentos históricos, simples sustitutos del
ensayo, cuyos datos utilizamos en el apartado siguiente.
El ensayo y
los géneros afines
Describen García Berrio y Huerta Calvo los subgéneros más
importantes:
a) De expresión dramática:
. La fórmula fundamental es el diálogo. Tuvo dos épocas de
florecimiento fundamentales: la Antigüedad, en la que el modelo
básico es el socrático, que concretó Platón, con algunos elementos
de ficción. Sus enemigos de la escuela cínica como Varrón y, sobre
todo, Luciano de Samosata convierten el diálogo en sátira menipea,
creación del cínico Menipo de Gadara (III a.C.), género jocoserio
que deriva hacia ciertas formas novelescas como el Satiricón de
Petronio o El asno de oro de Apuleyo. Sus rasgos fundamentales son:
problemática relación con la realidad, olvidan la tradición por la
invención, pluralidad de estilos. Vuelve a florecer en el
Renacimiento con el redescubrimiento de Luciano y los nuevos modelos
de Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro. Existe una gran abundancia con
temas variados y permeabilidad formal que los acercan unas veces al
teatro y otras a la novela. Se siguió cultivando en el XVIII.
Para Jesús Gómez, principal estudioso de este género, existen tres
modelos básicos: el diálogo platónico, de tema filosófico, en el que
el contraste dialógico es sólo aparente, ya que más bien se trata de
un maestro que dialoga con sus discípulos; el diálogo ciceroniano,
exposición de conocimientos en boca del orator-maestro, con añadidos
del discípulo (El Cortesano de B. de Castiglione, Diálogo de la
dignidad del hombre, de F. Pérez de Oliva...); el diálogo
lucianesco, el menos discursivo y con elementos imaginativos, en la
tradición de la sátira menipea, donde se combinan elementos
humorísticos, libertad de invención narrativa, situaciones
excepcionales de los personajes, estados psíquicos inhabituales
(locura, desdoblamiento, sueños), y un cierto tono reflexivo. Si
aumentan los elementos ficcionales son casi novelas (El Crotalón, de
C. de Villalón; El coloquio de los perros de M. de Cervantes; Sueños
y discursos de F. de Quevedo).
b) De expresión objetiva: Existen varios modelos:
. Las utopías o tratados utópicos: de fronteras borrosas “entre la
especulación racional y la ficción imaginativa” (p. 222). Nacen en
el siglo XVI, a partir del modelo de T. Moro. Son muy utilizadas en
el siglo XVIII . Están en relación con los libros de viajes, reales
o imaginarios. Son frecuentes en la literatura antiburguesa del XX
en autores como Wells, Orwell, Huxley...
. La miscelánea: De origen renacentista, acoge “textos de diversa
condición temática y con una estructura multiforme” (p. 222). Une
elementos del ensayo, la novela, el apotegma. Los autores más
destacados son: Pedro Mexía, Silva de varia lección (1540),
compilación de episodios históricos, científicos, mitológicos,
morales...; Antonio de Torquemada, Jardín de flores curiosas (1570),
más literaria e imaginativa, incluye asuntos “míticos, fantásticos y
maravillosos” con aire novelesco. La miscelánea barroca se convierte
en una estructura de mayor complejidad en la que caben poesías,
relatos, piezas teatrales..., siguiendo la estética acumulativa
propia de esta tendencia.
. El pensamiento fragmentario se expresa a través de una serie de
géneros muy prestigiados, ligados algunos al folclore y a la
mentalidad popular: a) Apotegma que define el Diccionario académico
como “dicho breve y sentencioso”. b) Refrán: la literatura
paremiológica alcanzó un gran prestigio. Existen colecciones desde
Santillana hasta el Vocabulario de refranes, de Gonzalo de Correa.
c) Máxima: moral de fábulas, emblemas. d) Aforismo. e) Greguería:
invención de Ramón Gómez de la Serna, quien la definió con la
ecuación metáfora + humor: greguería
. El tratado: Fórmula ya en uso en la cultura medieval, con límites
borrosos con lo narrativo. Lo presentan “como una denominación muy
flexible y general, susceptible de ser aplicada a obras en prosa de
ficción o a obras de tipo científico y didáctico” (p. 224). Al
ámbito de la ficción pertenece la novela sentimental de Diego de San
Pedro, Tratado de los amores de Arnalte y Lucenda, aunque con tono
moralizante. Más ensayísticos son: De amore, de Andrea Capellanus;
los tratados renacentistas, en especial los que tienen menor hondura
intelectual.
. La prosa didáctica: Entre ensayo y la prosa didáctica, según
señala Gómez, existen evidentes diferencias: el ensayo es sugeridor,
invita a la reflexión, el autor está a nuestra altura mientras que
en la didáctica, el autor representa una autoridad. El ensayo
pretende decir verdades no absolutas, cosas probables; en la
didáctica se transmiten las ideas como verdaderas. El ensayo tiene
una estructura más literaria, en la didáctica es más cerrada y
sistemática. El ensayo se da el subjetivismo, sin embargo la
didáctica tiende a la objetividad.
. La glosa doctrinal: En el XVI se utilizó en la literatura mística,
sobre todo en San Juan de la Cruz: el verso recogía la parte
intuitiva, y la glosa comentaba en prosa su sentido. Modernamente
debemos recordar las glosas de Eugenio d’Ors.
. El artículo periodístico: Lo denominan “forma menor del ensayo”.
El periodismo del siglo XVIII fue el promotor del ensayo español
particularmente en periódicos como El pensador de Clavijo y Fajardo,
El censor... Muchos estudiosos ligan el periodismo a la época
romántica y al artículo de costumbres de los Mesonero Romanos,
Estébanez Calderón, y sobre todo en Larra, autor cuyo tono satírico
y moral destacan por su valor ensayístico en temas varios de
literatura, sociedad, política...Tampoco relacionan el artículo
periodístico con la unidad menor que luego se integra en los libros
de ensayo. El libro de ensayos ha nacido la mayor parte de las veces
en el humilde artículo de periódico. Destacan a grandes periodistas
del siglo XX: Azorín, González Ruano, Pemán, Umbral...
. La biografía: Es un género de tradición clásica: Plutarco, Vidas
paralelas; Pseudo-Calístenes, Vida de Alejandro Magno. En la Edad
Media son típicas las vidas o razós que contaban las andanzas de un
trovador. Con el Humanismo se ponen de moda las biografías de
hombres ilustres convertidos en modelos humanos y sociales. Son
ejemplos de esta literatura: Generaciones y semblanzas, de Pérez de
Guzmán; o Claros varones de Castilla, de Hernando del Pulgar. Sin
embargo, es un género que pervive a lo largo de los tiempos. Unas
veces la biografía se interesa por los datos históricos y deriva
hacia lo narrativo (y aun se convierte en novela histórica), otras
insiste en los valores humanos, sociales, culturales o morales del
personaje biografiado, derivando hacia el ensayo y convirtiendo la
biografía en un relato ejemplar. Mención especial merecen las
biografías de personajes religiosos, desde las vidas de santos
medievales, en verso o prosa, a las del santoral más moderno
convertido en alimento espiritual de los fieles cristianos. Las
hagiografías están, con frecuencia, contaminadas con episodios poco
verídicos. También existen modernamente biografías de personajes de
la política, cultura, arte, literatura...
. La historiografía: Es un género literario que existe desde la
Antigüedad clásica. Hasta el nacimiento del historicismo positivista
en el siglo XVIII, la historiografía se hacía desde otros
condicionamientos culturales. Así en los textos históricos de
Alfonso X se acumulan conocimientos y reflexiones de ascendencia
diversa.
. El libro de viajes: El viaje y el contraste de costumbres entre
los visitados y los nacionales suele ser motivo de análisis social,
cultural... Hay viajes reales y ficticios, viajes y utopías.
. El discurso: Como expresión del orador en el foro, fue muy
cultivado entre griegos (Demóstenes) y romanos (Cicerón). A veces se
publicaban para conocimiento público. Están sometidos a una
estructura muy elaborada que definían las Retóricas: exordio,
proposición, confirmación, peroración, epílogo. Algunos textos, como
los Discursos Forenses de Meléndez Valdés se tornan en auténticos
ensayos al incluir el autor numerosas reflexiones. Fue sustituto del
ensayo en la época histórica (XVI-XVIII). Existen discursos de tema
político, filosófico, social o literario.
. El diccionario: Cuando prima la tendencia cultural totalizadora se
ponen de moda los diccionarios. Así las Etimologías de San Isidoro
de Sevilla, el Tesoro de la lengua castellana de S. de Covarrubias o
la Encyclopédie francesa del XVIII. No tiene esto nada que ver con
los simples diccionarios de términos lingüísticos y sí más con los
diccionarios enciclopédicos del siglo XVIII francés que incluyen
términos y conceptos. La subjetividad del ensayista se refleja en el
Diccionario literario de F. Umbral.
c) De expresión subjetiva, donde incluyen:
. La epístola/ la carta: Señala Gómez que la carta por su sentido
confesional no está lejos del ensayo. Históricamente puede
considerarse un antecedente y, a veces, puede funcionar igual.
Francis Bacon decía al comentar el término ensayo: “La palabra es
nueva, pero el contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a
Lucano de Séneca, si uno se fija bien, no son nada más que ensayos,
es decir, meditaciones dispersas reunidas en forma de epístolas”.
Modalidades de la epístola: en verso, tiende a la reflexión moral
(Ejemplos: “Epístola moral a Fabio”, las “Epístolas” de Meléndez
Valdés); en prosa se dan varias creaciones interesantes: la novela
epistolar (novela sentimental XV-XVI, novela epistolar XVIII (Mor de
Fuentes, La Serafina, 1798) o del XIX (F. de Tójar, La filósofa por
amor, 1800, La incógnita, de Galdós); el modelo ensayístico
(Guevara, Epístolas familiares; Feijoo, Cartas Eruditas y curiosas;
Cadalso, Cartas Marruecas; Meléndez Valdés, Cartas Turcas). La carta
familiar tiene en ocasiones valor documental. Hay cartas literarias,
de carácter reflexivo y cultural. En el Renacimiento las utilizan
Erasmo y Luis Vives, y también es frecuente en el XVIII (Cadalso,
Armona, Jovellanos, Moratín...). Señala Gómez algunas
características peculiares de la carta literaria: tiene como
destinatario a un solo lector; su finalidad es esencialmente
comunicativa; presenta detalles personales íntimos; el valor es más
particular (en relación con el destinatario); y su estilo, más
familiar. Por contra, el ensayo tiene por destinatario a un lector
múltiple; su finalidad es literaria; ofrece un discurso más
abstracto; tiende a lo más general, universal; y manifiesta una
decidida voluntad de estilo.
. Las memorias: Género relativamente moderno para recuperar el
pasado o la historia en forma de crónica o testimonio. En el siglo XVIII fue una fórmula muy extendida por toda Europa (I. de Luzán,
Memorias literarias de París, 1751). Dan cobijo a los recuerdos de
personajes públicos de la política o las letras.
. La confesión: Añade a las memorias el “tono introspectivo”. Sus
modelos clásicos son: san Agustín; santa Teresa de Jesús, Libro de
la vida; Las confesiones de J. J. Rousseau. María Zambrano define
las confesiones, “revelación de la vida interior”, con las
siguientes palabras: “La confesión surge de ciertas situaciones.
Porque hay situaciones en que la vida ha llegado al extremo de
confusión y de dispersión. Cosa que puede suceder por obra de
circunstancias individuales, pero más todavía, históricas.
Precisamente cuando el hombre ha sido humillado, cuando se ha
cerrado en el rencor, cuando sólo siente sobre sí <>>>>>, necesita
entonces que su propia vida se le revele. Y para lograrlo, ejecuta
el doble movimiento propio de la confesión: el de la huida de sí y
el de buscar algo que le sostenga y aclare” (cit. p. 227). La
descripción de los hechos biográficos se combina con las reflexiones
interiores. Este tipo de subjetividad puede teñir incluso tratados
más enjundiosos.
. La autobiografía: Los límites entre la confesión y la
autobiografía son confusos. “La confesión puede considerarse una
autobiografía espiritual en la medida en que da cuenta de un estado
de crisis en el interior del individuo” (p. 227). La autobiografía
es la biografía que el autor realiza de sí mismo: incluye datos
personales, aunque también puede contener reflexiones sobre los
mismos y sobre la época.
. El diario: “Minuciosa constatación de hechos cotidianos, que puede
suponer una intensificación mayor de la expresión subjetiva pero que
es de alcance más reducido al no poder presentar la panorámica total
de una vida, como es el caso de la autobiografía” (p. 228). Existen
numerosas modalidades, pero en todas se constata la relación entre
la propia persona y la sociedad. Fueron numerosos en el XVIII:
Cadalso, Moratín, Jovellanos.
El ensayo es un género vivo que se va actualizando con el tiempo,
reformando su pensamiento y sus estructuras. La versatilidad
tradicional favorece que se vaya adaptando a nuevas formas de
expresión que conservan de la fórmula matriz la libertad de juicio y
su peculiar subjetividad.
Historia del
Ensayo español
El uso del término ensayo para designar a un tipo de escritos de
carácter discursivo se generaliza en la cultura española en el siglo
XIX, aunque es término que ya hallamos utilizado con significados
varios, incluido el ensayístico, en el Siglo de las Luces. Convive a
lo largo de los tiempos con una serie de géneros afines, convertidos
en fórmulas alternativas para la expresión del pensamiento. La
carta, el diálogo, la miscelánea, el tratado y, sobre todo, el
discurso, entre otros muchos, han servido de cauce para el análisis
y la crítica personal sobre una variada panoplia de temas que
inquietaban al hombre en relación con la sociedad coetánea:
políticos, sociales, artísticos, morales, literarios, históricos...
No resulta, sin embargo, fácil conocer qué escritos podemos
introducir en el espacio del ensayo, dada su dosis de subjetividad y
demás características propias de esta fórmula literaria, y cuáles
pertenecen al ámbito de la ciencia con su intención totalizadora y
erudita. Si las formas más puras no presentan ningún problema, es
muy frecuente encontrar textos con rasgos menos definidos cuya
ambigüedad provoca dudas razonables sobre su adscripción. Cada época
ha dado prioridad como vehículo de expresión a una fórmula o a otra
en razón de determinados condicionantes culturales y estéticos.
También puede observarse que los escritos ensayísticos fluyen con
mayor abundancia en los períodos de nuestra historia en los que la
sociedad ha disfrutado de una mayor libertad (Renacimiento,
Ilustración...). La censura gubernamental y el celo inquisitorial
han sido agentes activos en el control de la ideología que han
convertido en árido erial importantes zonas de la historia del
pensamiento español.
El ensayo literario moderno nace en 1580, cuando Michel de Montaigne
publica los dos primeros libros de los Essais, a los que añadirá un
segundo tomo con el tercero en 1588. La difusión del término se debe
a Francis Bacon, que en sus Essayes (1597), título tomado del
escritor francés, lo emplea como denominación de un género concreto
que disponía de precedentes antiguos como las epístolas de Séneca,
las Meditaciones de Marco Aurelio, los Diálogos de Platón, la
miscelánea Noches Áticas de Aulo Gelio o los Moralia de Plutarco, a
quien el maestro Ramón Pérez de Ayala denominó “primogénito y
patriarca del género moderno ensayo”. El propio Bacon reconocía esta
ascendencia clásica cuando afirma: que “la palabra es nueva, pero el
contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a Lucilio de Séneca,
si uno se fija bien, no son más que ensayos, es decir meditaciones
dispersas reunidas en forma de epístolas”. Independientemente del
estilo peculiar de cada ensayista, el nuevo género tiene unas
características propias como la brevedad, la presentación
personalizada del conocimiento o la fragmentación en distintas
partes. En los Essais Montaigne insiste en el orden fortuito y el
autobiografismo del ensayo. Subraya con insistencia la
identificación entre vida y obra, por otra parte propia de cualquier
creación literaria, produciéndose un desplazamiento de la atención
desde la materia tratada hacia el individuo, de manera que resulta
imposible extraer enseñanzas objetivas o conclusiones formuladas de
modo sistemático. Al presentarse el pensamiento en continuo
movimiento el lector no puede reconstruir un sistema doctrinal o
científico, aunque capta el modo de pensar del ensayista. La primera
traducción española de los Essais fue la de Diego de Cisneros en el
siglo XVII, que permaneció inédita por problemas con la Inquisición.
Este autor tradujo el primer libro de los Essais entre 1634 y 1636,
y, advirtiendo los problemas que podía traer su publicación íntegra,
decidió expurgar varios pasajes conflictivos. Es posible que el
propio traductor contribuyera de forma involuntaria a poner de
manifiesto el contenido heterodoxo de la obra. Así, desde 1640 se
formularon prohibiciones cautelares de los ensayos de Montaigne, en
espera de la aparición de un Índice expurgatorio que nunca apareció.
Hasta 1898 no se publicó la primera versión completa en nuestro
idioma, editada en París, que realizó Constantino Román y Salamero.
Sin embargo, los orígenes del ensayo español se remontan al siglo XV,
época en la que empieza a asentarse el Humanismo temprano y se
siente la necesidad de marcar las diferencias individuales frente a
la consideración medieval del hombre como integrante de un orden
rígido y religioso, y al mismo tiempo ampliar los referentes
culturales y sociales. Esta tensión espiritual se acrecienta en el
siglo XVI con el triunfo del Renacimiento y su afán por descubrir
los nuevos valores humanos y su afición por los clásicos. Llegan a
España las corrientes del pensamiento europeo y se profundiza en los
aspectos filosóficos, lingüísticos, históricos o éticos de nuestra
cultura. Aunque no se utiliza el término ensayo, existen
determinadas formas discursivas en la cultura española como las
colecciones de epístolas, discursos, anotaciones, libros de varia
lección, diálogos didácticos, apotegmas, adagios, biografías
heroicas..., fórmulas que deben tenerse en cuenta al estudiar los
orígenes de este género.
El ensayo hasta el siglo
XVII
Epístolas
Las epístolas son de diferentes clases y estilos, literarias o
familiares. Entre las primeras hay un tipo especial de carta, la
epístola ensayística, de gran libertad formal y temática, en la que
se combina la disertación objetiva de tipo filosófico con
observaciones puntuales y reflexiones subjetivas. Conserva algunos
rasgos de la carta familiar pero su contenido adopta un aire
reflexivo condicionado por el firmante y la persona a la que va
dirigida. Trata temas que van desde la política a la filosofía
moral, con atención especial a las costumbres de la Antigüedad
grecolatina. Se agrupan en colecciones misceláneas, que no responden
a ningún orden interno prefijado, sino que cada epístola conserva su
independencia respecto a las demás. Siguen los modelos de los
maestros clásicos (Séneca, Cicerón) o los de Petrarca, todas ellas
escritas en latín, quienes fijaron el género en la transición de la
Edad Media al Renacimiento. En general, la actividad epistolar del
siglo XV está marcada por un formalismo que da poco juego a lo
subjetivo. Las epístolas de Alonso de Mondoñedo, obispo de Burgos, y
las de mosén Diego de Valera, cronista de Enrique IV y de los Reyes
Católicos, son documentos de primer orden que configuran lo que será
el ensayismo hispánico. Las Letras de Hernando del Pulgar, editadas
a finales del siglo XV, constituyen un ejemplo temprano de epístolas
dirigidas a familiares, amigos o personas influyentes de su tiempo.
Tratan de temas morales y filosóficos con observaciones subjetivas,
en un tono que acepta tanto la seriedad como el comentario satírico.
Durante la primera mitad del XVI se generalizó la moda de publicar
epistolarios escritos en romance, debido quizá al nuevo concepto de
la vida y a la diferente estimación del hombre que propugna el
Renacimiento. La carta fue el instrumento adecuado para dar salida a
la fuerte individualidad de los escritores. Puede considerarse como
un género menor que anticipa lo que serán los rasgos característicos
del ensayo. Debemos destacar las Epístolas familiares (1ª parte,
1539; 2ª parte, 1541) de fray Antonio de Guevara (¿1480?-1545),
consideradas por algunos críticos como un antecedente del ensayo
moderno español, por la variedad de temas que tratan y el tono
personal en que están escritas. Las Epístolas son un conjunto
animado y vivo de confidencias dirigidas a personajes concretos
(reyes, nobles, gobernantes, clero...), en las que, con un carácter
fragmentario y un sentido crítico, Guevara expresa sus saberes y sus
experiencias. Las fechas de las cartas abarcan, según el autor, un
período de veintiséis años, desde 1511 a 1537, y son los de más
actividad los que corresponden a su cargo de predicador real y de
cronista imperial. Guevara posee una amplia cultura humanística.
Divulga en castellano la retórica latina sin romper la continuidad
medieval, basándose en la autoridad de los antiguos, quienes le
proporcionan gran cantidad de citas, anécdotas y ejemplos para
ordenar su pensamiento y comunicar sus ideas. Pero, al mismo tiempo,
tiene una gran libertad estética e intelectual que le hace separarse
de los modelos y, con una conciencia clara de su originalidad, le
lleva a crear un estilo propio sencillo y a la vez artificioso, con
un vocabulario rico y variado, un tono conversacional y una mezcla
de lo cuidado y lo vulgar, lo grave y lo jocoso. Guevara vive en una
doble dimensión: la externa como cortesano, y la interna como
franciscano, de ahí que el dualismo y la antítesis sean
características de su estilo. El obispo de Mondoñedo fue autor de
otros libros de tono reflexivo: Relox de Príncipes (1529), Libro de
Marco Aurelio (1528), Menosprecio de corte y alabanza de aldea
(1539). Durante el siglo XVII sigue vigente el género epistolar en
obras como las Cartas filológicas (1634) de Francisco Cascales,
colección de treinta cartas divididas en tres décadas, que tratan de
asuntos variados, aunque las más numerosas son las de crítica
literaria; y las Epístolas varias (1675) de Félix Lucio de Espinosa
y Malo, compuestas por treinta y una cartas de temas eruditos y
morales. Ambos epistolarios están concebidos desde una perspectiva
humanística, y manifiestan un gran interés por la cultura clásica.
El diálogo
El diálogo fue una forma literaria que se cultivó con profusión en
el Renacimiento español, quizá por su ascendencia clásica, del que
existe un amplio repertorio según muestran los estudios de Jesús
Gómez. En él, dos o más interlocutores conversan entre sí,
alternando los papeles de emisor y destinatario. Entre las
diferentes modalidades que presenta hay que destacar el diálogo
didáctico, perteneciente a un ámbito que está entre la ficción y la
información, y que podemos situar en los orígenes del ensayo. Es un
modo de expresión coherente y homogéneo, de carácter objetivo. Los
interlocutores, el tiempo y el espacio están al servicio de las
ideas que se derivan del proceso de la argumentación. Entre 1500 y
1525 se escribieron pocos diálogos, la mayor parte en latín, que se
publicaron fuera de España. En castellano, aparte de reediciones de
otros siglos y de traducciones, solamente conocemos uno de comienzos
del XVI titulado Tratado de la inmortalidad del alma (1503) de
Rodrigo Fernández de Santaella. A partir de 1525 los diálogos
reflejan el carácter cosmopolita de la época de Carlos V, ya que se
percibe en ellos la influencia de Erasmo y de los autores italianos,
que se acrecentará en fechas posteriores. Así sucede en el Diálogo
de las cosas ocurridas en Roma, Diálogo de Lactancio y un Arcediano
y el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, publicados
hacia 1529, y en el Diálogo de la doctrina cristiana (1529) de su
hermano Juan de Valdés, autor asimismo del Diálogo de la lengua,
obra capital en el estudio de nuestro idioma. Debido a la censura de
la Inquisición, que ejercía mayor presión en los géneros que
pretendían la divulgación del pensamiento, a partir de 1550 los
diálogos de tema religioso vuelven a las ideas tradicionales. Los
autores sienten la necesidad de afirmar su aceptación de la
ortodoxia religiosa que se había establecido en Trento. Fray Juan de
Tolosa incluye dos sermones contra herejes al final de sus Discursos
predicables (el segundo fue utilizado en 1568 en un auto de fe
celebrado en Valladolid), y en los Diálogos del origen, autores e
causa de las herejías de Francia su anónimo autor afirma que España
no se contagió de las herejías del país vecino debido al buen hacer
y celo del rey Felipe II. Esto no impide que se escriban algunos de
tipo erasmista como los Coloquios matrimoniales (1560) de Pedro de
Luján, de gran difusión. Muy característicos de la segunda mitad del
XVI fueron los de tipo compendial, como Diálogos familiares de la
agricultura cristiana (1589) de Fray Juan de Pineda, Torre de David
de fray Jerónimo de Lemos o Microcosmía de fray Marco Antonio de
Camós. A finales de siglo tuvieron gran éxito De los nombres de
Cristo de fray Luis de León, editado en siete ocasiones entre 1583 y
1595, y el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada, que
fue publicado en nueve ocasiones entre 1570 y 1599.
Las
anotaciones y misceláneas
Las anotaciones se acercan al ensayo cuando sirven de vehículo para
las reflexiones del comentarista, al margen de las aclaraciones del
texto. Son conocidas las Anotaciones (1580) que realiza Fernando de
Herrera a las poesías de Garcilaso de la Vega, en las que no se
limita a anotar las fuentes literarias ni a aclarar el sentido con
enmiendas filológicas sino que se sirve de los versos del vate
toledano para exponer su personal arte poética atendiendo a
cuestiones variadas: métrica, uso de las figuras retóricas, temas
generales como el amor y la belleza, elementos mitológicos... Son
también ensayísticos los comentarios de Andrés Laguna a la
traducción de la Materia médica (1555) de Dioscórides, en los que
proyecta su punto de vista personal amenizado por experiencias
autobiográficas. El mismo carácter ofrecen la Declaración de los
siete psalmos penitenciales (1599) del fraile agustino Pedro Vega y
los comentarios de Jerónimo Gómez de la Huerta a la famosa Historia
natural de Plinio el Viejo.
Relacionados con las anotaciones están los libros de varia lección o
misceláneas, en boga durante los siglos XVI y XVII, considerados hoy
precursores del ensayo moderno. Eran obras en las que se agrupaba
una gran variedad de asuntos organizados con libre disposición.
Inicia este género en nuestra literatura la Silva de varia lección
(1540) del sevillano Pedro Mexía (1497-1551), la cual, durante un
siglo, alcanzó treinta y dos ediciones y numerosas traducciones. El
título de silva está relacionado con la disposición desordenada de
sus elementos. Se trata de una curiosa miscelánea en la que lo
histórico se mezcla con lo fantástico, las observaciones personales
con lo filosófico y lo científico, en una serie de capítulos de gran
variedad temática. Es más una obra de compilación que de creatividad.
Una mayor personalización ofrece la Miscelánea o varia historia (escrita
hacia 1593, aunque inédita hasta 1859) de Luis Zapata. Se cultivan
también otros géneros que, por su tendencia a la variedad, pueden
confundirse con las misceláneas como los cuentos y refranes glosados
(Filosofía vulgar, 1568, de Juan de Mal Lara) o los libros de
memorias a las que se aproximan: las Quinquagenas de la nobleza de
España, acabada de redactar en 1556, de Gonzalo Fernández de
Oviedo...
El discurso
El vocablo discurso sustituye al de ensayo en las primeras
traducciones de los Essais de Montaigne. Se da una gran proximidad
entre ambas fórmulas especialmente cuando los discursos aparecen
agrupados en volúmenes misceláneos y tratan temas didácticos o
doctrinales. El término, sin embargo, se utiliza en obras
costumbristas y satíricas (Sueños y discursos, 1677, de Quevedo; Día
y noche de Madrid, 1663 de Francisco Santos; Discursos morales,
1617, de Juan de Tolosa) y en autobiografías (Discurso verdadero,
h.1608, de Diego Suárez; Discursos medicinales, escritos entre 1607
y 1611, de Juan Méndez Nieto; Discurso de mi vida, 1630, de Alonso
de Contreras). Los discursos doctrinales, asimilados al ensayo,
fueron abundantes en los siglos XVI y XVII, se editaron unas veces
aislados y otras en forma miscelánea: Discurso de la poesía
castellana (1575) de Gonzalo Argote de Molina, Quince discursos
(1586) de Ambrosio de Morales, Discursos del amparo de los legítimos
pobres (1598) de Cristóbal Pérez de Herrera, Discurso poético (1624)
de Juan de Jáuregui, Tres discursos (1629) de Juan Gutiérrez de
Godoy, Errores celebrados (1653) de Juan de Zabaleta, El hombre
práctico (1680) de Francisco Gutiérrez de los Ríos, excelente
compendio de pensamiento preilustrado. No hay que olvidar tampoco el
aspecto ensayístico que se detecta en la prosa de los místicos, ni
la proximidad que existe entre los tratados políticos y de
pensamiento en general del siglo XVII y el ensayo. Figuras como
Saavedra Fajardo, Quevedo o Gracián deben ser tenidos en cuenta por
la trascendencia de sus ideas en su época.
Numerosas obras de Francisco de Quevedo tienen un carácter teórico
doctrinal. El autor las escribió a lo largo de toda su vida, excepto
en sus primeros años que cultivó con mayor frecuencia la literatura
festiva y satírica. Abordan diversos temas en relación con problemas
personales y sociales. Unas son de tipo político: en España
defendida, y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros
y sediciosos, compuesta probablemente en 1609, hace una alabanza de
España, reivindicando sus valores al mismo tiempo que incluye
descripciones geográficas, históricas...; Política de Dios, gobierno
de Cristo y tiranía de Satanás, editada en dos tomos en 1626, y
1655, traza el ideal del príncipe cristiano según puede deducirse de
las enseñanzas evangélicas. Sobre la política del reino de Nápoles,
que el escritor conocía bien, compuso Mundo caduco y desvaríos de la
edad, del que sólo se poseen fragmentos, y Lince de España u zahorí
español, dedicada al rey Felipe IV. La Vida de Marco Bruto (1644),
uno de sus mejores escritos políticos, consiste en una glosa de un
texto de Plutarco del que extrae consecuencias de carácter
universal, aunque dirigidas a la España de su tiempo. Otras obras
tienen un tono filosófico y ascético, impregnadas de senequismo: De
los remedios de cualquier fortuna, traducción y comentario de un
texto de Séneca.; La cuna y la sepultura, donde condensa el autor
los problemas del desengaño; Virtud militante contra las cuatro
pestes del mundo: invidia, ingratitud, soberbia, avaricia;
Providencia de Dios, etc. Quevedo se vio envuelto en numerosas
polémicas crítico-literarias. Algunas de las obras tienen gran
interés: Aguja de navegar cultos. Con la receta de hacer ‘Soledades’
en un día es un ataque a Góngora; La culta latiniparla. Catecisma de
vocablos para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas se
refiere a la moda de hablar afectadamente que iba extendiéndose
entre las damas; Cuento de cuentos trata de eliminar del lenguaje
muletillas y frases hechas de carácter vulgar.
La obra doctrinal de Baltasar Gracián refleja una concepción
pesimista de la vida, aunque propone fórmulas para triunfar en el
mundo. El héroe (1637) es una especie de manual de conducta para un
hombre de clase elevada en sus relaciones con la sociedad; descubre
tretas para ocultarse o para ejercitar el disimulo, una especie de
maquiavelismo para sobrevivir en el plano individual (a pesar de que
Gracián no lo admitía en el plano público). El político don Fernando
el Católico (1640) es un retrato y estudio de la figura del rey
Fernando de Aragón, en el que se funde lo histórico con el juicio
sobre el monarca, que se convierte en un verdadero tratado de
filosofía política y un arte de gobernar. En El discreto (1645)
compone un manual práctico para todo hombre aspirante a la
discreción. Una síntesis del pensamiento del autor se da en el
Oráculo manual y arte de la prudencia (1647), obra en la que
sistematiza sus ideas en forma de aforismos. En Agudeza y arte de
ingenio (1642) hace un ejercicio sobre las posibilidades del ingenio
como forma de expresión barroca, que algunos han entendido como una
retórica del conceptismo a pesar de su escaso interés normativo.
(Véase conceptismo y culteranismo).
Compuso Diego de Saavedra Fajardo la República literaria en su
juventud, probablemente en 1612. Es una ficción alegórica al modo de
Luciano o Platón, en la que el autor es conducido a la república de
las letras, ciudad resplandeciente rodeada por un foso lleno de
tinta. Se describen aquí las miserias y los problemas de los hombres
de letras, aunque con un tono festivo. El tratado político-moral
titulado Empresas políticas (1640), en la línea de los “espejos de
príncipes”, contiene las ideas principales del pensamiento del
escritor que presenta bajo la forma simbólico-alegórica de emblemas.
Saavedra se manifiesta contra la política oportunista, proclive al
engaño y a sacrificar sus principios a favor de la utilidad, y
defiende la moral cristiana y el espíritu patriótico. Utiliza un
tono moderado y equilibrado, cual corresponde a su faceta de
diplomático.
La decadencia de las letras a finales del XVII y comienzos del XVIII
tiene como contrapartida una mayor actividad intelectual, con la
introducción del moderno pensamiento científico y filosófico. El
ensayo como género está íntimamente ligado a la Ilustración. Los
intelectuales del siglo XVIII valoran el afán de saber y expresan
sus conocimientos no en latín sino en las lenguas vernáculas con la
intención de llegar a un público amplio. Prefieren tratar los temas
que tienen una solución inmediata y que se ajustan a sus propósitos
reformistas. Los debates son muy frecuentes, incluso fuera de los
claustros universitarios o de las dependencias palaciegas, y se
producen abundantes controversias sin que la jerarquía eclesiástica
ni la Inquisición puedan mantener la ortodoxia en el pensamiento.
Los escritores dieciochescos prefieren las formas de creación
relacionadas con la expresión de sus ideas, utilizando fórmulas a
veces difíciles de clasificar dentro de los grandes géneros
literarios. El espíritu crítico lleva al desprestigio de la
escolástica que avanzaba poco en el conocimiento, y a la crisis de
la retórica tradicional porque no respondía al modo de comunicación
que exigían los nuevos tiempos. Hay que delimitar los textos que
pertenecen a la prosa de ideas del siglo XVIII, ensayos,
diferenciándolos de los tratados, obras que tiene como finalidad la
transmisión del saber científico o erudito más que la simple
reflexión personal. Existen diversas formas de prosa ensayística que
se detallan a continuación.
El discurso, no como manifestación de la oratoria, sino siguiendo la
función ensayística del Siglo de Oro, tuvo en Benito J. Feijoo a su
principal cultivador. Fue autor del Teatro crítico universal
(1726-40), colección de nueve volúmenes de discursos en los que el
benedictino hace una revisión crítica de los errores comunes del
vulgo desde una perspectiva ilustrada, con valentía en algunos casos
y con ciertas limitaciones en otros que proceden de lo temprano de
sus juicios o de su formación religiosa. Se convierte en una especie
de enciclopedia en la que aventura opiniones personales sobre los
temas más diversos: supersticiones, falsas creencias, religiosidad
popular, medicina, educación, música, filosofía, formación de la
mujer... Estos escritos promovieron numerosas polémicas, de las que
le libraron la protección real, que fueron un auténtico motor del
nuevo pensamiento reformista. Emplea una expresión natural y
espontánea, alejada de la artificiosidad de la estética barroca.
Otras veces los discursos se presentan aislados. Son ejemplo de esta
modalidad: Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774),
Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento
(1775), ambos de Rodríguez de Campomanes; Discurso sobre la
aplicación de la filosofía a los asuntos de la religión (1757) de
Andrés Piquer; Discursos políticos y morales sobre adagios
castellanos (1767) de Manuel Rubín de Celis; Discurso sobre la
historia de España (1788) de Juan Pablo Forner, entre otros. En
ocasiones, los discursos se pronunciaban primeramente en el foro o
en otro lugar público y luego se imprimían, con lo cual mantienen
algunos rasgos relacionados con su origen sin diferenciarse
demasiado de los ensayísticos. Los Discursos forenses, publicados
póstumos en 1821, del fiscal y poeta don Juan Meléndez Valdés, al
margen de su función como piezas forenses, tienen remansos
reflexivos de lo más consistente del ideario ilustrado. Estos
discursos fueron muy abundantes debido a la proliferación de
instituciones y actos públicos en los que se exponían temas de
opinión. Muy próxima al discurso está la disertación, tratado
monográfico científico o erudito destinado a al exposición oral, que
añade un matiz didáctico. La oración, sin embargo, casi se confunde
con el discurso y, aunque existen algunas confeccionadas para ser
leídas en público, la mayoría tienen forma ensayística como la
Oración en alabanza de las elocuentísimas obras de Don Diego
Saavedra Fajardo (1725), Oración en la que se exhorta a seguir la
verdadera idea de la elocuencia española (1727) de Gregorio Mayans,
Oración apologética por la España y su mérito literario (1786) de
Forner, replicado en la Oración apologética en defensa del estado
floreciente de España de León de Arroyal, entre otras.
Memorias e informes
Las memorias y los informes adquirieron también especial relieve.
Eran modelos de escritos administrativos, de carácter expositivo,
que adoptaban las nuevas instituciones para difundir los resultados
de las experiencias científicas realizadas por sus miembros. La
memoria es un género ensayístico que surge espontáneamente o es
consecuencia de un encargo. Generalmente contiene una extensa y
erudita introducción histórica a la materia, seguida de las posibles
reformas que se pueden realizar. Destacan las Memorias cronológicas
sobre el origen de la representación de las comedias en España
(1785) de José Antonio de Armona, la Memoria para el arreglo de la
policía de los espectáculos y diversiones públicas (1790) de
Jovellanos, encargada por la Academia de la Historia, las Memorias
históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de
Barcelona (1779-1792). En ocasiones se le da el nombre de informe,
en este caso siempre resultado de un encargo, como el Informe en el
expediente de la Ley Agraria (1795), también de Jovellanos,
promovido por la Real Sociedad Económica Matritense, o el Informe
fiscal en el expediente formado por queja de varios individuos de la
Real Universidad de Salamanca contra el Colegio y maestros de
Filosofía de ella (1796) de Forner. Una modalidad de la memoria es
el memorial, escrito dirigido a un superior con la intención de
pedir algo, como los presentados al rey por los ministros Melchor de
Macanaz (1714), José del Campillo (1789) o el Marqués de la Ensenada
(1787-1791), aunque también puede exponer un estado de cosas, como
el titulado Por la libertad de la literatura española (1770) de
Francisco Pérez Bayer.
Otros géneros
Es también un género ensayístico la carta o epístola. La primera
denominación suele utilizarse para las de índole privada, mientras
que la segunda se refiere a las de intencionalidad artística. Sin
embargo, ambos términos se emplean en numerosas ocasiones como
sinónimos. La carta, con innumerables precedentes en la historia
literaria, alcanzó un gran desarrollo en el siglo XVIII,
acomodándose a temas y usos diferentes. Son ejemplo del género las
Cartas familiares (1785-1786) del P. Isla dirigidas a su hermana y a
su cuñado, y publicadas tras la muerte del escritor; las también
Cartas familiares (1786-1793) del jesuita Juan Andrés, o las
numerosas de Gregorio Mayans, así como las cartas privadas de
Jovellanos, Cadalso o Moratín, que dieron materia para reflexivos
epistolarios. Son, por el contrario, de tipo ensayístico las Cartas
eruditas y curiosas (1742-51, en 5 tomos) de Feijoo, en las que el
escritor gallego sigue con el mismo tono y espíritu crítico, aunque
utilizando una forma diferente, la Carta histórica sobre el origen y
progresos de las fiestas de toros en España (1776) de Nicolás
Fernández de Moratín, las Cartas económico-políticas (1786-1795) de
León de Arroyal, las Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza,
la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública (1792-1795) de
Cabarrús, etc.
Asimismo, la carta se emplea como recurso formal en algunas obras
literarias, que aminoran su contenido narrativo en beneficio de la
reflexión, como en las novelas de fines de siglo tituladas La
Leandra (1797-1807) de Antonio Valladares de Sotomayor y La Serafina
(1798) de José Mor de Fuentes; en los libros de viajes como Viaje de
España (1772-1794) de A. Ponz, Cartas del viaje de Asturias de
Jovellanos, Cartas familiares (1786-1793) del abate Juan Andrés a su
hermano, etc. La utilización del recurso de la carta nos lleva a una
obra de difícil clasificación en cuanto a su género literario: las
Cartas Marruecas de José de Cadalso, conjunto epistolar entre tres
personajes (Nuño, Gazel y Ben Beley) en el que se mezclan
reflexiones sobre la historia de España, los defectos nacionales y
se predican algunas virtudes civiles. Todo ello realizado en un
marco de ficción, el viaje del marroquí Gazel por España, y con la
inclusión de excelentes cuadros de costumbres. Las cartas pueden
considerarse individualmente como ensayos ya que tratan temas
diferentes, aunque sólo adquieren pleno sentido en su conjunto, y
así se entendían en las ediciones antiguas en las que cada capítulo
aparecía subtitulado con la referencia temática oportuna.
El desarrollo de la prensa periódica fue de gran importancia para la
difusión del ensayo en el siglo XVIII. El periódico era un vehículo
apropiado para difundir textos en prosa de carácter discursivo. El
ensayo periodístico utilizó un estilo claro y natural, prescindiendo
de la ornamentación innecesaria. La relación más estrecha entre el
ensayismo y la prensa periódica se da en el conjunto de
publicaciones en las que aparece la figura del "espectador", donde
el publicista se presenta ante los lectores como observador
privilegiado y crítico de la sociedad. Utilizan denominaciones
variadas ("pensamientos", "discursos" o "cartas"), pero constituyen
la manifestación más propia del ensayo en esta época. Hay dos
generaciones de periodistas: la primera, alrededor de los años
sesenta, con periódicos de la talla de El Duende especulativo sobre
la vida civil (1761) de Juan Antonio Mercadal, El Pensador
(1762-1767) de Clavijo y Fajardo, El escritor sin título (1763) de
Cristóbal Romea y Tapia, de ideario conservador, La Pensadora
gaditana (1763-1764); la segunda, dos décadas más tarde, con El
Censor (1781-1787), acompañado por El Corresponsal del Censor
(1786-1788) de Manuel Rubín de Celis, El Observador (1787) de José
Marchena. En el Correo de Madrid o de los ciegos Manuel de Aguirre,
bajo el seudónimo de "El militar ingenuo", publicó un conjunto de
discursos y cartas, ejemplo de un pensamiento ilustrado y preliberal.
Los estudios historiográficos, filológicos y estéticos en general
del Siglo de las Luces constituyen una parte importante de la
producción intelectual española. Muchos de ellos pertenecen al puro
campo de la erudición, supuestas las limitaciones que aún tenía la
ciencia, aunque otros reflejan una sensibilidad subjetiva que los
acerca al ensayo. El P. Enrique Flórez (1702-1773) es considerado el
mayor historiógrafo de la época y, aunque inició sus escritos con
temas teológicos, su obra más conocida es la España Sagrada
(1747-1772), historia eclesiástica en sentido amplio, de la que
publicó 27 volúmenes, dejando otros dos inéditos. Obra monumental es
también la Historia crítica de España y la cultura española del
jesuita expulso Juan Francisco Masdeu (1744-1817), que concluyó en
1805 con el volumen XX. Los autores de ensayos filológicos y
literarios fueron abundantes, con figuras como fray Martín Sarmiento
(1695-1771), cuya obra está recogida en 19 volúmenes, de los que
sólo publicó en vida dos tomos bajo el título de Demostración
crítico-apologética del Teatro Crítico Universal del Padre Feijoo
(1732); Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781), con una extensa
producción en la que se incluyen la Oración en alabanza de las
elocuentísimas obras de don Diego Saavedra Fajardo (1725), la
Oración que exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia
española (1727), los diálogos de El Orador cristiano (1733), los
Orígenes de la lengua española (1737, 2 vols.), etc; Tomás Antonio
Sánchez (1723-1802), que contribuyó a la edición de la Bibliotheca
Hispana Nova y preparó una Colección de poesías castellanas
anteriores al siglo XV (1779-1790, 4 vols.); Francisco Xavier
Llampillas (1731-1810) que publicó en Génova el Saggio
storico-apologetico della Letteratura Spagnuola, en seis volúmenes;
Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), jesuita desterrado a Italia,
cuya obra, publicada primeramente en italiano bajo el título de Idea
dell'universo (1778-1792) en veintidós volúmenes, tuvo en español su
versión definitiva, entre 1789 y 1805) en varias secciones: Historia
de la vida del hombre (7 vols.), Viaje estático al mundo planetario
(4 vols.), El hombre físico (2 vols.) y Catálogo de las lenguas de
las naciones conocidas, y numeración, división y clases de éstas,
según la diversidad de sus idiomas y dialectos (6 vols.); el abate
Juan Andrés, también jesuita desterrado, que publicó numerosos
trabajos en italiano y castellano entre los que sobresale Origen,
progresos y estado actual de toda la literatura (1784-1806, 10
vols.)
La Poética o Reglas de la poesía en general y de sus principales
especies, escrita por Ignacio de Luzán y publicada en Zaragoza en
1737, es una obra fundamental desde el punto de vista de la teoría
de la literatura y de la estética. La formación culta del aragonés
dificulta su inclusión en el ámbito ensayístico, aunque debemos
recordarla como animadora de la estética neoclásica. Se divide en
cuatro libros: "Del origen, progresos y esencia de la poesía", "De
la utilidad y del deleite de la poesía", "De la tragedia y comedia y
otras poesías dramáticas" y "Del poema épico". De 1789 es la segunda
edición, corregida y aumentada con nuevas reflexiones. Tuvo el
mérito de ampliar los debates y controversias que se realizaban
sobre el teatro, con la participación de numerosos escritores.
Agustín de Montiano (1697-1764), fundador de la Academia de la
Historia, es autor de los dos volúmenes del Discurso sobre las
tragedias españolas (1750-53). Nicolás Fernández de Moratín
(1737-1780) antepuso un discurso a su comedia La Petimetra (1762) y
escribió tres opúsculos titulados Desengaños al teatro español
(1763). Tomás de Iriarte (1750-1791) escribió Los literatos en
cuaresma. Félix María de Samaniego (1745-1801) compuso folletos como
Continuación de las memorias de Cosme Damián con motivo de una viva
polémica que sostuvo con el dramaturgo Vicente García de la Huerta
(1734-1787) quien replicó con su Lección crítica a los lectores del
papel intitulado Continuación...
Escritos ensayísticos de carácter satírico son Eruditos a la violeta
(1772) de José Cadalso, algunas obras de Juan Pablo Forner
(1756-1797), autor asimismo de una Oración apologética por la España
y su mérito literario (1786) y Exequias de la lengua castellana
(1782) junto a numerosos libelos, y La derrota de los pedantes.
Sátira contra los vicios de la poesía española (1789) de Leandro
Fernández de Moratín.
Fueron también abundantes los ensayos referidos a las artes
plásticas: Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal (1789)
de Esteban de Arteaga, así como el Elogio de las Bellas Artes
(1781), Elogio de don Ventura Rodríguez (1788) y la famosa Memoria
del castillo de Bellver (1805) de Jovellanos; los de carácter
misceláneo como el Viaje de España o Cartas en que se da noticia de
las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella
(1772-1792), en 18 volúmenes, de Antonio Ponz (1725-1792).
El ensayo en el
siglo XIX
Desde comienzos del siglo XIX hasta 1868 hubo escasa vida cultural.
Las primeras décadas de siglo, tras el exilio de las figuras más
destacadas de la intelectualidad española acusadas de
afrancesamiento, la sociedad española comienza una etapa de
transición ideológica y estética. Se intentaron extraer principios
filosóficos que fundamentasen los estudios literarios.
Personalidades destacadas de esta evolución fueron Alberto Lista
(1775-1848) y Manuel José Quintana (1772-1857). El primero realizó
una serie de reflexiones teóricas que aplicó a la literatura
española, especialmente al teatro. Es autor de Artículos críticos y
literarios (1840), Ensayos literarios y críticos (1844), Lecciones
de literatura española (1836-1853). Quintana elaboró los prólogos de
los tres tomos de la edición que preparó titulada Colección de
poetas castellanos (1795-1797), a la que siguió su recopilación
Poesías selectas castellanas (1807), compuso el poema doctrinal
Reglas del drama (1821) y varios trabajos recogidos en sus Obras
completas en 1852, ampliadas en una nueva edición en 1897-1898.
Pervive la estética clasicista en escritos como el Arte de hablar en
prosa y verso (1826) de José Gómez Hermosilla (1771-1837) y la
Poética (1827) de Martínez de la Rosa. Algunos escritores
relacionados con el pensamiento liberal se encuentran en la frontera
entre ambos siglos como, el abate Marchena y José María
Blanco-White.
El ideario romántico nació lastrado de conservadurismo dentro de los
estrechos cauces que promueve la política cultural del reinado de
Fernando VII. La polémica que se origina entre Juan Nicolás Böhl de
Faber (1770-1836), cónsul alemán afincado en Cádiz, y José Joaquín
de Mora (1783-1864) sirve para introducir en España el pensamiento
romántico conservador. Un artículo de Böhl de Faber, trasladando
ideas del alemán August W. Schlegel, publicado en el Mercurio
Gaditano en 1814, dio lugar a una respuesta de Mora titulada Crítica
de las reflexiones de Schlegel sobre el teatro. Se originó así una
discusión en la que se mostraron dos perspectivas ideológicas
diferentes, la del liberalismo-clasicismo (Mora) frente a la del
conservadurismo católico-romanticismo de Böhl, que manifestaba más
un fondo político que literario. Otra aportación crítica fue la que
tuvo como forma de expresión la revista El Europeo, con sede en
Barcelona, en la que publicaron sus artículos Buenaventura Carlos
Aribau y Ramón López Soler entre otros. Asimismo contribuyeron a la
crítica romántica el Discurso sobre el influjo que ha tenido la
crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español (1828)
de Agustín Durán (1793-1862) y las obras de Bartolomé José Gallardo
(1776-1852) y Antonio Alcalá Galiano (1789-1865).
Mariano José de Larra (1809-1837) lleva a cabo una intensa obra
divulgadora en la prensa que le convierte en un personaje de primer
orden como vocero del pensamiento decimonónico progresista. Es el
creador del artículo crítico y ensayístico, de breve extensión, que
continúa la línea de los grandes periodistas ilustrados. Desde muy
joven empezó a colaborar en publicaciones periódicas que le
permitieron desarrollar su capacidad analítica. La primera
compilación de su obra con el título de Colección de artículos
dramáticos, literarios, políticos y de costumbres apareció en 1835
en tres volúmenes y se completó en 1837 con otros dos tomos.
Encontramos en la colección dos tipos de artículos: a) de análisis
político, social y de costumbres; b) de estudios sobre literatura y
arte. La crítica de Larra está condicionada por la existencia de la
censura, que desarrolló su capacidad satírica, y por la realidad
socio-política de su época. Su ideario está marcado por su formación
enciclopedista y por una personalidad escéptica.
Representantes decimonónicos de la filosofía neoescolástica,
tradicionalista y conservadora son Jaime Balmes (1810-1848) y Donoso
Cortés (1809-1853), estandartes del pensamiento católico. Los
escritos socio-políticos de Balmes se inician con El celibato en el
clero (1839), que maduran en Observaciones sobre los bienes del
clero (1840) y Consideraciones políticas sobre la situación de
España (1840), a las que siguen numerosos artículos que fueron
apareciendo hasta 1846. La obra filosófica está formada por cinco
libros, dos de los cuales alcanzaron resonancia europea: El
Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la
civilización europea (1842-1844) y Filosofía fundamental (1846) en
los que el autor realiza sus aportaciones al pensamiento de la época.
En El Criterio (1845), Curso de Filosofía elemental (1847) y Cartas
a un escéptico en materia de religión (1847), con propósito
didáctico, analiza de forma clara diversos temas desde su
perspectiva católica. Donoso Cortés presenta una actitud ideológica
diferente, ya que evoluciona desde un liberalismo radical hasta un
catolicismo profundamente reaccionario. Su obra ensayística es
amplia, aunque el libro que le ha dado fama internacional es Ensayo
sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo (1851).
Continuadores del pensamiento hegeliano son los políticos Francisco
Pi y Margall (1824-1901) y Emilio Castelar (1832-1899).
La única gran escuela filosófica del siglo XIX es el krausismo,
doctrina universalista, progresista y humanitaria que procede del
alemán Krause (1781-1831). Supuso un paso entre las corrientes
idealistas y las positivistas. Estuvo integrada por personas de
diferente talante intelectual. Su introducción en España se debe a
Julián Sanz del Río (1814-1869), que expone este pensamiento en sus
obras Lecciones sobre el sistema de la filosofía analítica (1850),
Sistema de la filosofía metafísica. Primera parte. Análisis (1860) y
Segunda Parte. Síntesis (1874) y el Ideal de la humanidad para la
vida (1860), además de algunos trabajos póstumos que completaron sus
discípulos. Figuras relevantes de este movimiento fueron Manuel
Sales y Ferré (1843-1910), Gumersindo de Azcárate (1840-1917) y
Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), quien estableció la
Institución Libre de Enseñanza en 1876 e impulsó la actividad socio-política
y cultural de su tiempo. Publicó numerosas obras, muchas de ellas en
el campo de la educación, entre las que destacan Estudios jurídicos
y políticos (1875), Lecciones sumarias de Psicología (1874 y 1878),
El espíritu de la educación en la Institución Libre de Enseñanza
(1880), Educación y enseñanza (1899), Estudios y fragmentos sobre la
teoría de la persona social (1899), El problema de la educación
nacional (1900), Filosofía y Sociología (1904). El krausismo también
produjo gran número de escritos de crítica literaria, del propio
Giner de los Ríos y de otros autores como Francisco de Paula
Canalejas, Manuel de la Revilla...
(Véase Krausismo)
Los grandes narradores de la literatura realista fueron a su vez
agudos críticos literarios entre los que creció el ensayo de tema
literario. Valera escribió numerosos artículos que se recogen en
Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de
nuestros días (1864), Apuntes sobre el nuevo arte de escribir
novelas (1887), Nuevos estudios críticos (1888), La Metafísica y la
Poesía (1891... Galdós (1843-1920), que se inició como teórico de la
novela al tiempo que comenzó su producción literaria, expuso sus
propuestas de la narrativa realista en Observaciones sobre la novela
contemporánea en España (1870) y Un tribunal literario (1872),
teorías que completa en los prólogos que antepuso a cinco novelas (tres
propias y dos ajenas) y en dos discursos académicos. Leopoldo Alas,
Clarín, (1852-1901), respetado y temido en su época por su ácido
lenguaje y duras críticas, escribió abundantes páginas en los
periódicos y publicó libros como Solos de Clarín (1881), Folletos
literarios (1886-1891), Palique (1894), entre otros muchos. Emilia
Pardo Bazán (1851-1921) adquirió especial fama por la polémica en
torno al Naturalismo reflejada en el volumen, prologado por Clarín,
titulado La cuestión palpitante (1882-1883), que se amplió luego con
otros escritos.
Joaquín Costa (1844-1911) y Ángel Ganivet (1865-1898) son los
representantes más destacados del llamado regeneracionismo de fin de
siglo, que inspiró el ideario de los jóvenes de la Generación del
98. Costa, de procedencia social humilde y autodidacto, fue notario
y profesor en la Institución Libre de Enseñanza. Su extensa
producción está formada por numerosos artículos y libros de variadas
materias entre los que sobresalen Colectivismo agrario en España
(1898) y Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en
España (1901). Ganivet, dedicado a la diplomacia en los países del
norte de Europa, se suicidó en Letonia en 1898. Su pensamiento se
recoge en su obra ensayística: Granada la bella (1896), Idearium
español (1897) y, publicados póstumamente, las Cartas finlandesas,
Hombres del norte, España filosófica contemporánea.
(Véase Regeneracionismo)
Los estudios filológicos están representados a finales del siglo por
la egregia figura del catalán Manuel Milá y Fontanals (1818-1884),
creador del llamado "método histórico" en la reconstrucción
literaria. Publicó un Compendio del arte poético (1844),
Observaciones sobre la poesía popular (1853), Principios de estética
(1857), De los trovadores en España (1861)...
Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), que le consideró su maestro,
realizó una ingente labor en el campo de la cultura dedicándose a
las labores de análisis y compilación. Elaboró multitud de prólogos,
discursos y escritos de todo tipo, no sólo de historia literaria
sino de historia de las ideas en general. Durante su juventud
profesó un radicalismo tradicionalista que se refleja en sus obras:
La ciencia española (1876-1888) e Historia de los heterodoxos
españoles (1880-1882). Le siguen Horacio en España (1877), Historia
de las ideas estéticas en España (1883-1891), Antología de poetas
líricos castellanos desde la formación del idioma (1890-1908),
Ensayos de crítica filosófica (1892), Antología de poetas hispano
americanos (1893-1895), Orígenes de la novela. Tratado histórico
sobre la primitiva novela española (1905-1914), y la colección de
Estudios sobre el teatro de Lope de Vega (ed. 1919-1925).
El ensayo en el
siglo XX
Durante todo el siglo XX se ha producido un notable desarrollo de la
prosa de opinión. Los escritores de la Generación del 98 están
marcados por la herencia cultural que recibieron del krausismo y del
regeneracionismo y por la crisis política que supuso el desastre del
98. Configuran el moderno ensayo español, alejándolo de la retórica
decimonónica, y crean una prosa literaria adecuada a los nuevos
tiempos. Su pensamiento pasa por dos etapas claramente diferenciadas:
en la juventud criticaron la sociedad y la cultura desde posturas de
ideología muy progresista, sufriendo luego cada uno su peculiar
evolución que les llevó a actitudes muy personales ante la realidad,
algunas en exceso conservadoras. Recrean la historia, el paisaje, a
nuestros clásicos. Miguel de Unamuno (1864-1936) destacó en todos
los géneros literarios, pero fue en el ensayo donde mejor reflejó su
pensamiento contradictorio y conflictivo. Temas como la lucha
irreconciliable entre la razón y la fe, el problema de la
personalidad y, sobre todo, la inmortalidad están siempre presentes
en sus escritos. En torno al casticismo (1895) sobre el tema de
España, Tres ensayos (1903), Vida de Don Quijote y Sancho (1905),
Del sentimiento trágico de la vida (1912) o La agonía del
Cristianismo (1925) se cuentan entre sus títulos principales. Como
cultivador del ensayo se le ha comparado con escritores que
realizaron una literatura de confesión (Rousseau, Sénancour y Amiel)
y se han detectado en sus libros influencias de Kierkegaard y
William James. Ha conseguido un gran nivel de aceptación de público
y crítica, y una gran repercusión en la cultura española hasta
nuestros días. La producción de Ramiro de Maeztu (1875-1936) se
reparte entre los artículos periodísticos y los ensayos. En éstos se
percibe claramente su evolución ideológica desde sus orígenes
anarquistas y socialistas a una postura reaccionaria, ejemplo del
tradicionalismo católico español. Son lo fundamental de su trabajo
Hacia otra España (1899), La crisis del humanismo (1919), Don
Quijote, Don Juan y la Celestina (1926) y su famosa Defensa de la
Hispanidad (1934), en la que expone los valores más tradicionales.
Pío Baroja (1872-1956), de mayor relevancia como novelista, es
también autor de reflexiones ensayísticas como las que nos ofrece en
El tablado de arlequín (1904), Juventud, egolatría (1917), La
caverna del humorismo (1919) o Divagaciones apasionadas (1924),
además de algunos otros ensayos posteriores como Vitrina pintoresca
(1935), El diablo a bajo precio (1939), Chopin y Jorge Sand, y otros
ensayos (1941), Pequeños ensayos (1943), La decadencia de la
cortesía y otros ensayos (1956). Más poético y estilizado que Baroja,
José Martínez Ruiz (1873-1967), quien popularizó el seudónimo de
Azorín, cultiva una prosa de técnica impresionista, de frase corta,
atenta a los pequeños detalles, opuesta a la grandilocuencia del
siglo anterior. Casi toda su producción puede designarse como ensayo
artístico en el que trata los temas más diversos: El alma castellana
(1900), Los pueblos (1905), Castilla (1912), Clásicos y modernos
(1913), Los valores literarios (1914), Al margen de los clásicos
(1915), Una hora de España (1924). En sus novelas, Azorín separa lo
descriptivo de las partes de tipo ideológico, que en ocasiones
proceden de artículos ya publicados en la prensa. Al mismo tiempo,
todos los escritores del 98 practicaron la crítica literaria, que
adquiere especial relieve en Antonio Machado (1875-1939), hijo
tardío del 98, y se recoge en los textos de los apócrifos Juan de
Mairena (1936) y la edición póstuma de Abel Martín (1943), además de
los apuntes que se contienen en Cuaderno de Literatura (1952) y Los
complementarios (1957). Se perciben en él rasgos filosóficos que le
sitúan como precursor de un concepto de metafísica heideggeriano,
aprendido quizá en los cursos que siguió sobre Bergson en París.
Ensayistas de tipo modernista podemos considerar a José Bergamín,
Juan Larrea, Antonio Espina...
El desarrollo progresivo del pensamiento que se venía produciendo en
España desde mediados del siglo anterior da lugar a una renovación
filosófica que puede relacionarse con el movimiento literario
denominado Novecentismo. La máxima figura y el símbolo de esta
renovación es José Ortega y Gasset (1883-1952), catedrático de
Metafísica en la Universidad de Madrid. Desde su primer libro
Meditaciones del Quijote (1914) se sitúa como original contemplador
de las cosas más diversas, actitud que refleja en El espectador, en
ocho volúmenes, cuya publicación comienza en 1916 y termina en 1934.
Le siguen El tema de nuestro tiempo (1923), donde expone su programa
de la razón vital, así como numerosas reflexiones sobre problemas de
estética, política o cuestiones sociales: Ideas sobre la novela
(1914), España invertebrada (1921), La deshumanización del arte
(1925), La rebelión de las masas (1930), En torno a Galileo (1933),
Apuntes sobre el pensamiento (1943), etc. Fue enorme la repercusión
de Ortega en la vida cultural española de su tiempo, creándose lo
que se llamó la Escuela de Madrid, de la que podemos citar nombres
como Manuel García Morente, Xavier Zubiri, Julián Marías, Fernando
Vela, Paulino Garagorri... Otros ensayistas que ejercieron una
profunda influencia en el pensamiento posterior son Amor Ruibal
(1869-1930), Juan Zaragüeta (1883-1974) y sobre todo Eugenio D'Ors
(1882-1954). Éste comenzó su obra en catalán, utilizando el
seudónimo de Xenius, pero pasó pronto al castellano. Destaca como
crítico y filósofo, aunque su filosofía no llega a alcanzar su
expresión definitiva en vida del autor. Su obra más relevante es
Tres horas en el Museo del Prado (1922), donde manifiesta su
sensibilidad para lo artístico, y las Glosas (1920) y Novísimo
Glosario (1946), expresión personal del pensamiento fragmentario.
(Véase Escuela de Madrid)
Durante los años anteriores y en la guerra civil hubo un aumento de
teóricos y ensayistas difusores de una ideología política
autoritaria e integrista. Además de José Antonio Primo de Rivera,
debemos destacar a Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936), Víctor Pradera
(1872-1936), Onésimo Redondo (1905-1936), Rafael Sánchez Mazas
(1894-1966) y Ernesto Giménez Caballero (1898-). Algunos escritores
que pertenecen a este grupo cambian pronto de orientación. Es el
caso de Dionisio Ridruejo (1912-1975) o Rafael Calvo Serer (1916).
Esta literatura comienza a decaer a partir de 1939. La guerra civil
trajo consigo la marcha de los intelectuales progresistas al exilio,
donde desarrollaron sus reflexiones llenas de nostalgia. La nómina
de los pensadores del exilio es muy numerosa, pero todos tienen como
característica común compartir en mayor o menor medida la herencia
de Ortega. Por sus ensayos filosóficos ocupan un lugar destacado
Manuel Granell (1906), María Zambrano (1907), Francisco Ayala
(1906), Luis Recasens Siches (1903) y José Gaos (1900-1969).
Formarían un grupo especial filósofos catalanes agrupados bajo el
epígrafe de "Escuela de Barcelona": Jaime Serra Hunter (1878-1943),
Joaquín Xirau (1895-1946), Eduardo Nicol (1907), José Ferrater Mora
(1912). Filósofos socialistas, en un sentido amplio de la palabra,
serían: Fernando de los Ríos (1879-1949), Luis Araquistain
(1886-1959), Juan David García Bacca (1901), entre otros. En España
también quedaron escritores que trabajaron en el campo del
pensamiento, como Salvador de Madariaga (1886-1979), que cultiva
diversos géneros y temas, desde la historia y la política hasta la
literatura. Sus trabajos más significativos han sido Ingleses,
franceses y españoles (1922), Anarquía o jerarquía (1935), De la
angustia a la libertad (1955).
(Véase Escuela de Barcelona)
La prosa ensayística de tipo histórico adquiere un notable
desarrollo debido quizá al Centro de Estudios Históricos dirigido
por Ramón Menéndez Pidal (1869-1948), que introduce en nuestro país
los métodos de la filología románica y los aplica a la lengua
española y sobre todo a la literatura medieval. Nos ha dejado
numerosas obras: Gramática histórica (1904), Poesía juglaresca y
juglares (1924), Orígenes del español (1926), La España del Cid
(1929) ... Su influencia ha sido enorme en el campo de la historia,
en el que tuvo continuadores como Claudio Sánchez Albornoz (1893),
autor de Españoles ante la historia (1958) y España, un enigma
histórico (1953), entre otras obras, que polemiza con Américo Castro
(1885-1972), autor de La realidad histórica de España (1954). Ambos
autores mantienen dos posturas historiográficas divergentes: la de
Albornoz, historicista y existencialista, frente a la de Castro,
positivista y católica. Posteriormente les han seguido Jaime Vicens
Vives (1910-1960), que ha dejado profunda huella en los posteriores
historiadores catalanes, Manuel Tuñón de Lara (1915-1995), Vicente
Llorens y, con una orientación un poco diferente, intentando
integrar la historia política en la realidad social José Antonio
Maravall.
Hay numerosos ensayistas en todas las facetas del pensamiento. En el
ámbito filosófico hay representantes de la tradición escolástica (Leopoldo
E. Palacios, Antonio Millán Puelles, José María Sánchez de Muniain,
Ángel González Álvarez, José Todolí...), mientras que otros
escritores católicos, más influidos por Ortega y Zubiri, no
comparten los mismos presupuestos: José Luis Aranguren (1909-1995) y
Pedro Laín Entralgo (1908). También en una línea de espiritualismo
cristiano hay que situar la obra de Joaquín Ruiz-Giménez (1913). En
el campo médico, y al mismo tiempo literario, destaca la figura de
Gregorio Marañón (1885-1960), que realizó interpretaciones
histórico-biológicas de gran interés (Don Juan, Amiel, Enrique IV de
Castilla y su tiempo, El Conde Duque de Olivares...). Esta tradición
del médico humanista ha sido continuada por otros escritores como
Juan José López Ibor y Juan Rof Carballo. En el campo de la estética
se sitúan José Camón Aznar, Enrique Lafuente Ferrari, Francisco
Mirabent... Como críticos de arte tenemos a Vicente Aguilera Cerni,
José Antonio Gaya Nuño, Juan Eduardo Cirlot,... En los estudios de
Derecho sobresalen Luis Jiménez de Asúa, Luis Sánchez Agesta...
Dedicado a los estudios antropológicos desataca la figura de Julio
Caro Baroja. En la Psicología, Mariano Yela, José Luis Pinillos...
Sociólogos destacados son Severino Aznar, Antonio Gómez Arboleya,
Antonio Perpiñá, Enrique Tierno Galván, Fernando Morán... La crítica
literaria merece especial atención por su gran número de
cultivadores, quizá siguiendo la estela de Menéndez Pidal: Dámaso
Alonso, Federico de Onís, Amado Alonso, Samuel Gili Gaya, Manuel
García Blanco, Pedro Salinas, Ángel del Río, José F. Montesinos,
Joaquín Casalduero, Rafael Lapesa, Ángel Valbuena Prat, Martín de
Riquer, José Manuel Blecua, Emilio Orozco, Antonio Gallego Morell,
Guillermo Díaz-Plaja, Francisco Ynduráin, José Caso González, José
Simón Díaz... Entre los gramáticos, lingüistas y teóricos de la
literatura citaremos a Fernando Lázaro Carreter, Emilio Alarcos
Llorach, Alonso Zamora Vicente, Vicente Gaos...
A partir de mediados de los años 50 surge una generación más
especializada, que atiende preferentemente a las ciencias sociales
como instrumento de investigación y de interpretación de la realidad.
Políticamente los escritores están poco integrados en el sistema y
mantienen hacia él una postura crítica. Esta generación entronca con
movimientos culturales anteriores a 1936, incluso del siglo anterior
(krausismo, regeneracionismo, positivismo). Figuras relevantes en la
filosofía son Gustavo Bueno, Manuel Sacristán y Emilio Lledó; en la
economía Ramón Tamames, Luis Ángel Rojo, Gonzalo Anes, Jorge Nadal y
Gabriel Tortella; en la historia Miguel Artola y José María Jover;
en la sociología Ignacio Sotelo, José Vidal Beneyto, Amando de
Miguel, Juan Díez Nicolás... y un largo etcétera.
Desde 1968 puede hablarse de una nueva generación de ensayistas muy
unida al sentido de la libertad que representó el mayo francés, que
madurará con las libertades del posfranquismo. Son intelectuales
críticos con la sociedad. En este grupo estarían Fernando Savater,
Eugenio Trías, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Sánchez Dragó,
últimamente reconvertido al conservadurismo... Emilio Palacios
Fernández / Milagros Gutiérrez Díaz-Bernardo - Enciclopedia
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