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"¡Heridlos, mis
caballeros, por amor del Creador,
aquí está el Cid, Don Rodrigo Diaz el Campeador!".
Mio Cid
“¡Oh, Dios, qué buen
vasallo si tuviera buen señor!”. Mío Cid
EL CID
Al abordar la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, es
necesario diferenciar cuidadosamente entre los datos históricos
firmemente documentados y la elaboración literaria de su figura,
cargada de elementos legendarios y adaptada a las necesidades
internas de cada una de las obras en las que de él se ha tratado.
Todavía en nuestros tiempos es relativamente frecuente confundir
ambos planos, histórico y literario, y aunque siempre es necesario
compararlos, jamás se ha de confundirlos.
En la historia, Rodrigo Díaz fue un miembro prominente de la corte
castellana durante el corto reinado de Sancho II el Fuerte
(1065-1072) y al inicio del de su hermano y sucesor Alfonso VI,
quien lo casó hacia 1074 con una pariente suya, doña Jimena Díaz.
Sin embargo, una desafortunada actuación en la frontera toledana
provocó el destierro de Rodrigo en 1081. Desde ese año hasta 1086,
el caballero castellano, como tantos otros en su situación, estuvo
al servicio de un rey moro, el de Zaragoza en su caso, cuyo
territorio defendió frente a su hermano el rey de Lérida, aliado con
el conde de Barcelona y con el rey de Aragón. A ambos los venció,
respectivamente, en las batallas de Almenar (1082) y Morella (1084).
Reconciliado con Alfonso VI, don Rodrigo regresó a Castilla en 1086,
siendo pronto enviado a Levante para proteger los intereses
castellanos. Exiliado de nuevo por el rey en 1089, don Rodrigo
empezó a hacer la guerra por su cuenta, llegando en 1094 a
conquistar Valencia, donde murió en 1099, siendo sus restos
trasladados al monasterio burgalés de Cardeña cuando la ciudad fue
evacuada por los cristianos en 1102.
Esta biografía sirve sólo de telón de fondo a la elaboración
legendaria y así, por ejemplo, ni el Carmen Campidoctoris o Poema
latino del Campeador ni el Cantar de mío Cid aluden en absoluto a
los servicios prestados por el Cid en la taifa de Zaragoza ni a las
batallas de Almenar y Morella, mientras que el segundo crea una
ficticia campaña en el valle del Jalón centrada en la toma de
Alcocer (un fortín cercano a Ateca), que sirve de puente para un
avance directo hacia el sudeste, rumbo a Valencia. De este modo, los
claroscuros del personaje histórico quedan lavados para presentar un
luminoso héroe literario.
LA HISTORIA -
Autor: Alberto Montaner Frutos
Los héroes de las epopeyas y gestas antiguas y modernas son en
muchos casos fruto de la imaginación individual o colectiva. Algunos
de ellos, no obstante, se basan de manera más o menos lejana en
personas de carne y hueso, cuya fama las convirtió en figuras
legendarias, hasta el punto de que resulta muy difícil saber qué hay
de histórico en el relato de sus hazañas. En este, como en tantos
otros terrenos, el caso del Cid es excepcional. Aunque su biografía
corrió durante siglos entreverada de leyenda, hoy conocemos su vida
real con bastante exactitud e incluso poseemos, lo que no deja de
ser asombroso, un autógrafo suyo, la firma que estampó al dedicar a
la Virgen María la catedral de Valencia «el año de la Encarnación
del Señor de 1098». En dicho documento, el Cid, que nunca utilizó
oficialmente esa designación, se presenta a sí mismo como «el
príncipe Rodrigo el Campeador». Veamos cuál fue su historia.
Infancia y juventud de Rodrigo: sus servicios a
Sancho II
Rodrigo Díaz nació, según afirma una tradición constante, aunque sin
corroboración documental, en Vivar, hoy Vivar del Cid, un lugar
perteneciente al ayuntamiento de Quintanilla de Vivar y situado en
el valle del río Ubierna, a diez kilómetros al norte de Burgos. La
fecha de su nacimiento es desconocida, algo frecuente cuando se
trata de personajes medievales, y se han propuesto dataciones que
van de 1041 a 1057, aunque parece lo más acertado situarlo entre
1045 y 1049. Su padre, Diego Laínez (o Flaínez), era, según todos
los indicios, uno de los hijos del magnate Flaín Muñoz, conde de
León en torno al año 1000. Como era habitual en los segundones,
Diego se alejó del núcleo familiar para buscar fortuna. En su caso,
la halló en el citado valle del Ubierna, en el que se destacó
durante la guerra con Navarra librada en 1054, reinando Fernando I
de Castilla y León. Fue entonces cuando adquirió las posesiones de
Vivar en las que seguramente nació Rodrigo, además de arrebatarles a
los navarros los castillos de Ubierna, Urbel y La Piedra. Pese a
ello, nunca perteneció a la corte, posiblemente porque su familia
había caído en desgracia a principios del siglo XI, al sublevarse
contra Fernando I. En cambio, Rodrigo fue pronto acogido en ella,
pues se crió como miembro del séquito del infante don Sancho, el
primogénito del rey. Fue éste quien lo nombró caballero y con el que
acudió al que posiblemente sería su primer combate, la batalla de
Graus (cerca de Huesca), en 1063. En aquella ocasión, las tropas
castellanas habían acudido en ayuda del rey moro de Zaragoza,
protegido del rey castellano, contra el avance del rey de Aragón,
Ramiro I, quien murió precisamente en esa batalla.
Al fallecer Fernando I, en 1065, había seguido la vieja costumbre de
repartir sus reinos entre sus hijos, dejando al mayor, Sancho,
Castilla; a Alfonso, León y a García, Galicia. Igualmente, legó a
cada uno de ellos el protectorado sobre determinados reinos
andalusíes, de los que recibirían el tributo de protección llamado
parias. El equilibrio de fuerzas era inestable y pronto comenzaron
las fricciones, que acabaron conduciendo a la guerra. En 1068 Sancho
II y Alfonso VI se enfrentaron en la batalla de Llantada, a orillas
del Pisuerga, vencida por el primero, pero que no resultó decisiva.
En 1071, Alfonso logró controlar Galicia, que quedó nominalmente
repartida entre él y Sancho, pero esto no logró acabar con los
enfrentamientos y en 1072 se libró la batalla de Golpejera o
Vulpejera, cerca de Carrión, en la que Sancho venció y capturó a
Alfonso y se adueñó de su reino. El joven Rodrigo (que a la sazón
andaría por los veintitrés años) se destacó en estas luchas y, según
una vieja tradición, documentada ya a fines del siglo XII, fue el
alférez o abanderado de don Sancho en dichas lides, aunque en los
documentos de la época nunca consta con ese cargo. En cambio, es
bastante probable que ganase entonces el sobrenombre de Campeador,
es decir, «el Batallador», que le acompañaría toda su vida, hasta el
punto de ser habitualmente conocido, tanto entre cristianos como
entre musulmanes, por Rodrigo el Campeador. Después de la derrota de
don Alfonso (que logró exiliarse en Toledo), Sancho II había
reunificado los territorios regidos por su padre. Sin embargo, no
disfrutaría mucho tiempo de la nueva situación. A finales del mismo
año de 1072, un grupo de nobles leoneses descontentos, agrupados
entorno a la infanta doña Urraca, hermana del rey, se alzaron contra
él en Zamora. Don Sancho acudió a sitiarla con su ejército, cerco en
el que Rodrigo realizó también notables acciones, pero que al rey le
costó la vida, al ser abatido en un audaz golpe de mano por el
caballero zamorano Bellido Dolfos.
El Cid al servicio de Alfonso VI. Las causas del destierro
La imprevista muerte de Sancho II hizo pasar el trono a su hermano
Alfonso, que regresó rápidamente de Toledo para ocuparlo. Las
leyendas del siglo XIII han transmitido la célebre imagen de un
severo Rodrigo que, tomando la voz de los desconfiados vasallos de
don Sancho, obliga a jurar a don Alfonso en la iglesia de Santa
Gadea (o Águeda) de Burgos que nada tuvo que ver en la muerte de su
hermano, osadía que le habría ganado la duradera enemistad del nuevo
monarca. Por el contrario, nadie le exigió semejante juramento y
además el Campeador, que figuró regularmente en la corte, gozaba de
la confianza de Alfonso VI, quien lo nombró juez en sendos pleitos
asturianos en 1075. Es más, por esas mismas fechas (en 1074,
seguramente), el rey lo casó con una pariente suya, su prima tercera
doña Jimena Díaz, una noble dama leonesa que, según las
investigaciones más recientes, era además sobrina segunda del propio
Rodrigo por parte de padre. Un matrimonio de semejante alcurnia era
una de las aspiraciones de todo noble que no fuese de primera fila,
lo cual revela que el Campeador estaba cada vez mejor situado en la
corte.
Así lo muestra también que don Alfonso lo pusiese al frente de la
embajada enviada a Sevilla en 1079 para recaudar las parias que le
adeudaba el rey Almutamid, mientras que García Ordóñez (uno de los
garantes de las capitulaciones matrimoniales de Rodrigo y Jimena)
acudía a Granada con una misión similar. Mientras Rodrigo
desempeñaba su delegación, el rey Abdalá de Granada, secundado por
los embajadores castellanos, atacó al rey de Sevilla. Como éste se
hallaba bajo la protección de Alfonso VI, precisamente por el pago
de las parias que había ido a recaudar el Campeador, éste tuvo que
salir en defensa de Almutamid y derrotó a los invasores junto a la
localidad de Cabra (en la actual provincia de Córdoba), capturando a
García Ordóñez y a otros magnates castellanos. La versión
tradicional es que en los altos círculos cortesanos sentó muy mal
que Rodrigo venciera a uno de los suyos, por lo que empezaron a
murmurar de él ante el rey. Sin embargo, no hay seguridad de que
esto provocase hostilidad contra el Campeador, entre otras cosas
porque a Alfonso VI le interesaba, por razones políticas, apoyar al
rey de Sevilla frente al de Badajoz, de modo que la participación de
sus nobles en el ataque granadino no debió de gustarle gran cosa.
De todos modos, fueron similares causas políticas las que hicieron
caer en desgracia a Rodrigo. En esos delicados momentos, Alfonso VI
mantenía en el trono de Toledo al rey títere Alqadir, pese a la
oposición de buena parte de sus súbditos. En 1080, mientras el
monarca castellano dirigía una campaña destinada a restaurar el
gobierno de su protegido, una incontrolada partida andalusí
procedente del norte toledano se adentró por tierras sorianas.
Rodrigo hizo frente a los saqueadores y los persiguió con su mesnada
hasta más allá de la frontera, lo que, en principio, era sólo una
operación rutinaria. Sin embargo, en tales circunstancias, el ataque
castellano iba a servir de excusa para la facción contraria a
Alqadir y a Alfonso VI. Además, los restantes reyes de taifas se
preguntarían de qué servía pagar las parias, si eso no les
garantizaba la protección. Al margen, pues, de que interviniesen en
el asunto García Ordóñez (que era conde de Nájera) u otros
cortesanos opuestos a Rodrigo, el rey debía tomar una decisión
ejemplar al respecto, conforme a los usos de la época. Así que
desterró al Campeador.
El primer destierro del Cid. Sus servicios a la taifa de Zaragoza
Rodrigo Díaz partió al exilio seguramente a principios de 1081. Como
otros muchos caballeros que habían perdido antes que él la confianza
de su rey, acudió a buscar un nuevo señor a cuyo servicio ponerse,
junto con su mesnada. Al parecer, se dirigió primeramente a
Barcelona, donde a la sazón gobernaban dos condes hermanos, Ramón
Berenguer II y Berenguer Ramón II, pero no consideraron oportuno
acogerlo en su corte. Ante esta negativa, quizá el Campeador hubiera
podido buscar el amparo de Sancho Ramírez de Aragón. No sabemos por
qué no lo hizo, pero no hay que olvidar que Rodrigo había
participado en la batalla donde había sido muerto el padre del
monarca aragonés. Sea como fuere, el caso es que el exiliado
castellano optó por encaminarse a la taifa de Zaragoza y ponerse a
las órdenes de su rey. No ha de extrañar que un caballero cristiano
actuase de este modo, pues las cortes musulmanas se convirtieron a
menudo, por una u otra causa, en refugio de los nobles del norte. Ya
hemos visto cómo el mismísimo don Alfonso había hallado protección
en el alcázar de Toledo.
Cuando Rodrigo llegó a Zaragoza, aún reinaba, ya achacoso,
Almuqtadir, el mismo que la regía en tiempos de la batalla de Graus,
uno de los más brillantes monarcas de los reinos de taifas,
celebrado guerrero y poeta, que mandó construir el palacio de la
Aljafería. Pero el viejo rey murió muy poco después, quedando su
reino repartido entre sus dos hijos: Almutamán, rey de Zaragoza, y
Almundir, rey de Lérida. El Campeador siguió al servicio del
primero, a quien ayudó a defender sus fronteras contra los avances
aragoneses por el norte y contra la presión leridana por el este.
Las principales campañas de Rodrigo en este período fueron la de
Almenar en 1082 y la de Morella en 1084. La primera tuvo lugar al
poco de acceder Almutamán al trono, pues Almundir, que no quería
someterse en modo alguno a su hermano mayor, había pactado con el
rey de Aragón y el conde de Barcelona para que lo apoyasen.
Temiendo un inminente ataque, el rey de Zaragoza envió a Rodrigo a
supervisar la frontera nororiental de su reino, la más cercana a
Lérida. Así que a fines del verano o comienzos del otoño de 1082, el
Campeador inspeccionó Monzón, Tamarite y Almenar, ya muy cerca de
Lérida. Mientras les tomaba a los leridanos el castillo de Escarp,
en la confluencia del Cinca y del Segre, Almundir y el conde de
Berenguer de Barcelona pusieron sitio al castillo de Almenar, lo que
obligó al Campeadora regresar a toda prisa. Tras negociar
infructuosamente con los sitiadores para que levantasen el asedio,
Rodrigo los atacó y, pese a su inferioridad numérica, los derrotó
por completo y capturó al propio conde de Barcelona. La campaña de
Morella en 1084 sucedió de forma muy similar. El Campeador, después
de saquear las tierras del sudeste de la taifa de Lérida y atacar
incluso la imponente plaza fuerte de Morella, fortificó el castillo
de Olocau del Rey, al noroeste de aquella. La posibilidad de tener
tan cerca y tan bien guarnecidos a los zaragozanos hizo que Almundir,
esta vez en compañía de Sancho Ramírez de Aragón, se lanzase contra
ellos. El encuentro debió de producirse en las cercanías de Olocau
(seguramente el 14 de agosto de 1084) y en él, tras duros combates,
la victoria fue de nuevo para Rodrigo, que capturó a los principales
magnates aragoneses.
La reconciliación con Alfonso VI. Las campañas levantinas
Almutamán murió en
1085, probablemente en otoño, y le sucedió su hijo Almustaín, a cuyo
servicio siguió el Campeador, pero por poco tiempo. En 1086, Alfonso
VI, que por fin había conquistado Toledo el año anterior, puso sitio
a Zaragoza con la firme decisión de tomarla. Sin embargo, el 30 de
julio el emperador de Marruecos desembarcó con sus tropas, los
almorávides, dispuesto a ayudar a los reyes andalusíes frente a los
avances cristianos. El rey de Castilla tuvo que levantar el cerco y
dirigirse hacia Toledo para prepara la contraofensiva, que se
saldaría con la gran derrota castellana de Sagrajas el 23 de octubre
de dicho año. Fue por entonces cuando Rodrigo recuperó el favor del
rey y regresó a su patria. No se sabe si se reconcilió con él
durante el asedio de Zaragoza o poco después, aunque no consta que
se hallase en la batalla de Sagrajas. Al parecer, le encomendó
varias fortalezas en las actuales provincias de Burgos y Palencia.
En todo caso, don Alfonso no empleó al Campeador en la frontera sur,
sino que, aprovechando su experiencia, lo destacó sobre todo en la
zona oriental de la Península. Después de permanecer con la corte
hasta el verano de 1087, Rodrigo partió hacia Valencia para auxiliar
a Alqadir, el depuesto rey de Toledo al que Alfonso VI había
compensado de su pérdida situándolo al frente de la taifa
valenciana, donde se encontraba en la misma débil situación que
había padecido en el trono toledano.
El Campeador pasó primero por Zaragoza, donde se reunió con su
antiguo patrono Almustaín y juntos se encaminaron hacia Valencia,
hostigada por el viejo enemigo de ambos, Almundir de Lérida. Después
de ahuyentar al rey leridano y de asegurar a Alqadir la protección
de Alfonso VI, Rodrigo se mantuvo a la expectativa, mientras
Almundir ocupaba la plaza fuerte de Murviedro (es decir, Sagunto),
amenazando de nuevo a Valencia. La tensión aumentaba y el Campeador
volvió a Castilla, donde se hallaba en la primavera de 1088,
seguramente para explicarle la situación a don Alfonso y planificar
las acciones futuras. Éstas pasaban por una intervención en Valencia
a gran escala, para lo cual Rodrigo partió al frente de un nutrido
ejército en dirección a Murviedro.
Mientras tanto, las circunstancias en la zona se habían complicado.
Almustaín, al que el Campeador se había negado a entregarle Valencia
el año anterior, se había aliado con el conde de Barcelona, lo que
obligó a Rodrigo a su vez a buscar la alianza de Almundir. Los
viejos amigos se separaban y los antiguos enemigos se aliaban. Así
las cosas, cuando el caudillo burgalés llegó a Murviedro, se
encontró con que Valencia estaba cercada por Berenguer Ramón II. El
enfrentamiento parecía inminente, pero en esta ocasión la diplomacia
resultó más eficaz que las armas y, tras las pertinentes
negociaciones, el conde de Barcelona se retiró sin llegar a entablar
combate. A continuación, Rodrigo se puso a actuar de una forma
extraña para un enviado real, pues empezó a cobrar para sí mismo en
Valencia y en los restantes territorios levantinos los tributos que
antes se pagaban a los condes catalanes o al monarca castellano. Tal
actitud sugiere que durante su estancia en la corte, Alfonso VI y él
habían pactado una situación de virtual independencia del Campeador,
a cambio de defender los intereses estratégicos de Castilla en el
flanco oriental de la Península. Esta situación de hecho pasaría a
serlo de derecho a finales de 1088, después del oscuro incidente del
castillo de Aledo.
El
segundo destierro. El Cid, señor de la guerra
Sucedió que Alfonso VI
había conseguido adueñarse de dicha fortaleza (en la actual
provincia de Murcia), amenazando desde la misma a las taifas de
Murcia, Granada y Sevilla, sobre las que lanzaban continuas algaras
las tropas castellanas allí acuarteladas. Esta situación más la
actividad del Campeador en Levante movieron a los reyes de taifas a
pedir de nuevo ayuda al emperador de Marruecos, Yusuf ben Tashufin,
que acudió con sus fuerzas a comienzos del verano de 1088 y puso
cerco a Aledo. En cuanto don Alfonso se enteró de la situación,
partió en auxilio de la fortaleza asediada y envió instrucciones a
Rodrigo para que se reuniese con él. El Campeador avanzó entonces
hacia el sur, aproximándose a la zona de Aledo, pero a la hora de la
verdad no se unió a las tropas procedentes de Castilla. ¿Un mero
error de coordinación en una época en que las comunicaciones eran
difíciles o una desobediencia intencionada del caballero burgalés,
cuyos planes no coincidían con los de su rey? Nunca lo sabremos,
pero el resultado fue que Alfonso VI consideró inadmisible la
actuación de su vasallo y lo condenó de nuevo al destierro, llegando
a expropiarle sus bienes, algo que sólo se hacía normalmente en los
casos de traición. A partir de este momento, el Campeador se
convirtió en un caudillo independiente y se dispuso a seguir
actuando en Levante guiado tan sólo por sus propios intereses.
Comenzó actuando en la región de Denia, que entonces pertenecía a la
taifa de Lérida, lo que provocó el temor de Almundir, quien envió
una embajada para pactar la paz con el Campeador. Firmada ésta,
Rodrigo regresó a mediados de 1089 a Valencia, donde de nuevo
recibió los tributos de la capital y de las principales plazas
fuertes de la región. Después avanzó hacia el norte, llegando en la
primavera de 1092 hasta Morella (en la actual provincia de
Castellón), por lo que Almundir, a quien pertenecía también dicha
comarca, temió la ruptura del tratado establecido y se alió de nuevo
contra Rodrigo con el conde de Barcelona, cuyas tropas avanzaron
hacia el sur en busca del guerrero burgalés. El encuentro tuvo lugar
en Tévar, al norte de Morella (quizá el actual puerto de Torre Miró)
y allí Rodrigo derrotó por segunda vez a las tropas coligadas de
Lérida y Barcelona, y volvió a capturar a Berenguer Ramón II. Esta
victoria afianzó definitivamente la posición dominante del Campeador
en la zona levantina, pues antes de acabar el año, seguramente en
otoño de 1090, el conde barcelonés y el caudillo castellano
establecieron un pacto por el que el primero renunciaba a intervenir
en dicha zona, dejando a Rodrigo las manos libres para actuar en lo
sucesivo.
En principio, el Campeador limitó sus planes a seguir cobrando los
tributos valencianos y a controlar algunas fortalezas estratégicas
que le permitiesen dominar el territorio, es decir, a mantener el
tipo de protectorado que ejercía desde 1087. Con ese propósito,
Rodrigo reedificó en 1092 el castillo de Peña Cadiella (hoy en día,
La Carbonera, en la sierra de Benicadell), donde situó su base de
operaciones. Mientras tanto, Alfonso VI pretendía recuperar la
iniciativa en Levante, para lo cual estableció una alianza con el
rey de Aragón, el conde de Barcelona y las ciudades de Pisa y
Génova, cuyas respectivas tropas y flotas participaron en la
expedición, avanzando sobre Tortosa (entonces tributaria de Rodrigo)
y la propia Valencia en el verano de 1092. El ambicioso plan
fracasó, no obstante, y Alfonso VI hubo de regresar a Castilla al
poco de llegar a Valencia, sin haber obtenido nada de la campaña,
mientras Rodrigo, que a la sazón se hallaba en Zaragoza negociando
una alianza con el rey de dicha taifa, lanzó en represalia una dura
incursión contra La Rioja. A partir de ese momento, sólo los
almorávides se opusieron al dominio del Campeador sobre las tierras
levantinas y fue entonces cuando el caudillo castellano pasó
definitivamente de una política de protectorado a otra de conquista.
En efecto, a esas alturas la tercera y definitiva venida de los
almorávides a Alandalús, en junio de 1090, había cambiado
radicalmente la situación y resultaba claro que la única forma de
retener el control sobre el Levante frente al poder norteafricano
pasaba por la ocupación directa de las principales plazas de la
zona.
La conquista de
Valencia
Mientras Rodrigo
prolongaba su estancia en Zaragoza hasta el otoño de 1092, en
Valencia una sublevación encabezada por el cadí o juez Ben Yahhaf
había destronado a Alqadir, que fue asesinado, favoreciendo el
avance almorávide. El Campeador, no obstante, volvió al Levante y,
como primera medida, puso cerco al castillo de Cebolla (hoy el El
Puig, cerca de Valencia) en noviembre de 1092. Tras la rendición de
esta fortaleza a mediados de 1093, el guerrero burgalés tenía ya una
cabeza de puente sobre la capital levantina, que fue cercada por fin
en julio del mismo año. Este primer asedio duró hasta el mes de
agosto, en que se levantó a cambio de que se retirase el
destacamento norteafricano que había llegado a Valencia tra
producirse la rebelión que costó la vida a Alqadir. Sin embargo, a
finales de año el cerco se había restablecido y ya no se levantaría
hasta la caída de la ciudad. Entonces, los almorávides, a petición
de los valencianos, enviaron un ejército mandado por el príncipe Abu
Bakr ben Ibrahim Allatmuní, el cual se detuvo en Almusafes (a unos
veinte kilómetros al sur de Valencia) y se retiró sin entablar
combate. Sin esperar ya apoyo externo, la situación se hizo
insostenible y por fin Valencia capituló ante Rodrigo el 15 de junio
de 1094. Desde entonces, el caudillo castellano adoptó el título de
«Príncipe Rodrigo el Campeador» y seguramente recibiría también el
tratamiento árabe de sídi «mi señor», origen del sobrenombre de mio
Cid o el Cid, con el que acabaría por ser generalmente conocido.
La conquista de Valencia fue un triunfo resonante, pero la situación
distaba de ser segura. Por un lado, estaba la presión almorávide,
que no desapareció mientras la ciudad estuvo en poder de los
cristianos. Por otro, el control del territorio exigía poseer nuevas
plazas. La reacción norteafricanos no se hizo esperar y ya en
octubre de 1094 avanzó contra la ciudad un ejército mandado por el
general Abu Abdalá, que fue derrotado por el Cid en Cuart (hoy Quart
de Poblet, a escasos seis kilómetros al oesnoroeste de Valencia).
Esta victoria concedió un respiro al Campeador, que pudo consagrarse
a nuevas conquistas en los años siguientes, de modo que en 1095
cayeron la plaza de Olocau y el castillo de Serra. A principios de
1097 se produjo la última expedición almorávide en vida de Rodrigo,
comandada por Muhammad ben Tashufin, la cual se saldó con la batalla
de Bairén (a unos cinco kilómetros al norte de Gandía), ganada una
vez más por el caudillo castellano, esta vez con ayuda de la hueste
aragonesa del rey Pedro I, con el que Rodrigo se había aliado en
1094. Esta victoria le permitió proseguir con sus conquistas, de
forma que a finales de 1097 el Campeador ganó Almenara y el 24 de
junio de 1098 logró ocupar la poderosa plaza de Murviedro, que
reforzaba notablemente su dominio del Levante. Sería su última
conquista, pues apenas un año después, posiblemente en mayo de 1099,
el Cid moría en Valencia de muerte natural, cuando aún no contaba
con cincuenta y cinco años (edad normal en una época de baja
esperanza de vida). Aunque la situación de los ocupantes cristianos
era muy complicada, aún consiguieron resistir dos años más, bajo el
gobierno de doña Jimena, hasta que el avance almorávide se hizo
imparable. A principios de mayo de 1102, con la ayuda de Alfonso VI,
abandonaron Valencia la familia y la gente del Campeador, llevando
consigo sus restos, que serían inhumados en el monasterio burgalés
de San Pedro de Cardeña. Acababa así la vida de uno de los más
notables personajes de su tiempo, pero ya entonces había comenzado
la leyenda.
LA LEYENDA Y EL MITO
Es algo excepcional que podamos conocer con tanto detalle la vida de
Rodrigo el Campeador, y no es menos extraordinario el éxito del Cid
como personaje literario. Desde sus propios días hasta ahora mismo,
su figura no ha dejado de inspirar toda suerte de manifestaciones
artísticas, literarias principalmente, pero también plásticas y
musicales, llegando en nuestros días, tanto a la gran pantalla, con
la célebre película El Cid, como a la pequeña, con la serie de
dibujos animados emitida a principios de los ochenta, Ruy, el
pequeño Cid. Pero no adelantemos acontecimientos.
Las fuentes árabes
Quizá resulte paradójico, pero los textos más antiguos sobre la
figura de Rodrigo el Campeador son los árabes, que (nueva paradoja)
nunca se refieren a él mediante el título de Sídi en la veintena de
obras en que se lo menciona. Nada de ello debe extrañar. En la
Península Ibérica, durante la Alta Edad Media, la literatura se
cultivaba mucho más en árabe que en latín o en las lenguas romances.
Particularmente, el siglo XI es uno de sus períodos más florecientes
en Alandalús, tanto en su vertiente poética como histórica. Por lo
que hace al tratamiento de Sídi, dos razones explican su ausencia de
los textos árabes: que era un término tradicionalmente reservado a
los gobernantes musulmanes y que las referencias al Cid en ellos son
ante todo negativas. Pese a reconocer alguna de sus grandes
cualidades, el Campeador era para ellos un tagiya «tirano», la‘in
«maldito» e incluso kalb ala‘du «perro enemigo», y si escriben sobre
él es por el gran impacto que causó en su momento la pérdida de
Valencia. En tales circunstancias, ya es asombroso que Ben Bassam en
la tercera parte de su Dajira o Tesoro (escrita hacia 1110) dijese
de él que «era este infortunio [es decir, Rodrigo] en su época, por
la práctica de la destreza, por la suma de su resolución y por el
extremo de su intrepidez, uno de los grandes prodigios de Dios», si
bien «prodigio» aquí no se toma del todo en buena parte. Este autor
es uno de los que se ocupan en árabe más extensamente del Cid, de
quien refiere varias anécdotas transmitidas por testigos
presenciales. A esta última categoría pertenecen los autores de las
obras más antiguas sobre el Campeador, hoy conocidas sólo por vías
indirectas: la Elegía de Valencia del alfaquí y poeta Alwaqqashí
(muerto en 1096), compuesta durante la fase más dura del cerco de la
ciudad (seguramente a principios de 1094), el Manifiesto elocuente
sobre el infausto incidente, una historia del dominio del Campeador
escrita entre 1094 y 1107 por el escritor valenciano Ben Alqama
(1037-1115) y otra obra sobre el mismo tema, cuyo título
desconocemos, de Ben Alfaray, visir del rey Alqadir de Valencia en
vísperas de la conquista cidiana. Estas dos obras, citadas o
resumidas por diversos autores posteriores, son la base de casi
todas las referencias árabes al Cid, que llegan hasta el siglo XVII.
Las fuentes
cristianas. Los textos medievales
Mucho se ha especulado sobre la posible existencia de cantos
noticieros sobre el Campeador; se trataría de breves poemas que
desde sus mismos días habrían divulgado entre el pueblo, ávido de
noticias, las hazañas del caballero burgalés. La verdad es que
ningún apoyo firme hay al respecto y lo único seguro es que los
textos cristianos más antiguos que tratan de Rodrigo son ya del
siglo XII y están en latín. El primero, ya citado, es el Poema de
Almería (1147-1148), que cuenta la conquista de dicha ciudad por
Alfonso VII y donde, a modo de inciso, se realiza una breve alabanza
de nuestro héroe según la cual, como se ha visto, se cantaba que
nunca había sido vencido. Esta alusión ha hecho pensar que por estas
fechas ya existía el Cantar de mio Cid o, al menos, un antepasado
suyo, pero (tal y como he explicado) tal expresión parece querer
decir solamente “es fama que nunca fue vencido”. Frente a este
aislado testimonio a mediados del siglo XII, a finales del mismo
asistimos a una auténtica eclosión de literatura cidiana. El
detonante parece haber sido la composición, hacia 1180 y quizá en La
Rioja, de la Historia Roderici, una biografía latina del Campeador
en que se recogen y ordenan los datos disponibles (seguramente a
través de la historia oral) sobre la vida del héroe. Basada
parcialmente en ella, pero dando cabida a componentes mucho más
legendarios sobre la participación de Rodrigo en la batalla de
Golpejera y en el cerco de Zamora, está la Crónica Najerense,
redactada en Nájera (como su propio nombre indica) entre 1185 y
1194. Muy poco después se compondría la primera obra en romance, el
Linaje de Rodrigo Díaz, un breve texto navarro que hacia 1094 ofrece
una genealogía del héroe y un resumen biográfico basado en la
Historia y en la Crónica. También por esas fechas y a partir de las
mismas obras se compuso un poema latino que, en forma de himno,
destaca las principales batallas campales de Rodrigo, el Carmen
Campidoctoris. Ya en pleno siglo XIII, los historiadores latinos
Lucas de Tuy, en su Chronicon mundi (1236), y Rodrigo Jiménez de
Rada, en su Historia de rebus Hispanie (1243), harán breves
alusiones a las principales hazañas del Campeador, en particular la
conquista de Valencia, mientras que (ya en la segunda mitad del
siglo) Juan Gil de Zamora, en sus obras Liber illustrium personarum
y De Preconiis Hispanie, dedicó sendos capítulos a la vida de
Rodrigo Díaz, y lo mismo hará, ya a principios del siglo XIV, el
obispo de Burgos Gonzalo de Hinojosa en sus Chronice ab origine
mundi.
Los textos latinos dieron carta de naturaleza literaria al personaje
del Cid, pero serían las obras vernáculas las que lo consagrarían
definitivamente, proyectándolo hacia el futuro. El núcleo
fundacional de dicha producción lo forman los cantares de gesta del
ciclo cidiano. Se trata básicamente de tres poemas épicos (algunos
con varias versiones) que determinarán de ahí en adelante otros
tantos bloques temáticos: las Mocedades de Rodrigo, que cuentan una
versión completamente ficticia de su matrimonio con doña Jimena
(tras haber matado en duelo a su padre) y sus hazañas juveniles (que
incluyen una invasión de Francia); el Cantar de Sancho II, en el que
se narra el cerco de Zamora y la muerte de don Sancho a manos de
Vellido Dolfos, y el ya analizado Cantar de mio Cid. El más antiguo
y el principal es éste último, redactado hacia 1200, como ya se ha
visto; le siguen el Cantar de Sancho II, que se compuso seguramente
en el siglo XIII y se conoce sólo de forma indirecta, y las
Mocedades de Rodrigo, que presentaron una primera versión (hoy
perdida) en torno a 1300 y otra (que sí ha llegado hasta nosotros)
de mediados del siglo XIV. A ellos han de añadirse tres poemas
breves, uno conservado, el Epitafio épico del Cid (quizá hacia
1400), que es un breve texto en verso épico de catorce versos en el
que se resume la carrera heroica del Campeador, y dos perdidos y
quizá algo más largos, pero de existencia discutida: La muerte del
rey Fernando (o La partición de los reinos) y La jura en Santa
Gadea, ambos posiblemente de finales del siglo XIII y al parecer
concebidos como puente entre los tres cantares extensos ya citados,
para crear una sólo y extensa biografía épica del Cid.
Los poemas que acabamos de dar por perdidos en realidad no lo están
del todo, pues todos ellos se conservan en forma de relato en prosa.
Esto ha sido posible porque a finales del siglo XIII, cuando Alfonso
X el Sabio planificó su Estoria de España (hacia 1270), sus
colaboradores decidieron incluir entre sus fuentes de información
versiones prosificadas de los principales cantares de gesta. Gracias
a ello hoy no sólo sabemos de su existencia y conocemos su
argumento, sino que nos han llegado íntegros algunos versos suyos,
si bien es muy peligroso ponerse a reconstruir los poemas a partir
de las redacciones en prosa. La parte relativa al Cid en la versión
primitiva alfonsí de la Estoria de España no se ha conservado, y es
bastante probable que no alcanzase una redacción definitiva, aunque
al menos la parte previa a la conquista de Valencia se hallaba casi
concluida. No obstante, se han conservado dos reelaboraciones
posteriores que sí contienen dicha parte. Una de ellas es la
“versión crítica”, una revisión de la Estoria mandada hacer por el
propio Alfonso X al final de su reinado (hacia 1282-1284) y que se
ha perpetuado en la Crónica de Veinte Reyes. La otra es la “versión
sanchina o amplificada”, realizada bajo el reinado de Sancho IV y
concluida en 1289, y bien conocida gracias a la edición de Menéndez
Pidal, bajo el título de Primera Crónica General.
La tendencia a prosificar cantares de gesta se mantuvo en los
historiógrafos que siguieron el modelo de Alfonso X, por lo cual sus
obras son denominadas crónicas alfonsíes: la Crónica de Castilla
(hacia 1300), la Traducción Gallega (poco posterior), la Crónica de
1344 (redactada en portugués, traducida al castellano y luego objeto
de una segunda versión portuguesa hacia 1400), la Crónica Particular
del Cid (del siglo XV, publicada por vez primera en Burgos en 1512)
y la Crónica Ocampiana (publicada por Florián de Ocampo, cronista de
Carlos V, en 1541). Las dos versiones, crítica y sanchina, de la
Estoria de España prosifican La muerte del rey Fernando, el Cantar
de Sancho II y el Cantar de mio Cid, a los cuales las posteriores
crónicas alfonsíes añaden La jura en Santa Gadea y la versión
primitiva de las Mocedades de Rodrigo. Por ejemplo, de esta última
se han conservado casi intactos algunos pares de versos, como: «E
hízole caballero en esta guisa, ciñéndole la espada / y diole paz en
la boca, mas no le dio pescozada» (es decir, que le dio el beso de
paz, pero no el espaldarazo) o «que nunca se viese con ella en yermo
ni en poblado, / hasta que venciese cinco lides en campo».
La historia de Alfonso X y sus descendientes, además de emplear los
poemas épicos, se basaron en las obras latinas ya citadas de Lucas
de Tuy y de Rodrigo Jiménez de Rada, así como en la Historia
Roderici y quizá en la Crónica Najerense, pero también en el perdido
tratado de Ben Alfaray y tradujeron la Elegía de Valencia de
Alwaqqashí, conservando así el recuerdo de otras dos obras cuya
versión original no se ha conservado. Emplearon además el Linaje de
Rodrigo Díaz y (salvo la versión crítica, seguida por la Crónica de
Veinte Reyes) remataron la completa biografía legendaria del Cid con
materiales procedentes de las tradiciones de tipo hagiográfico
desarrolladas en torno a la tumba del Campeador en San Pedro de
Cardeña, como la célebre victoria del Cid después de muerto. En
general, se ha pensado que en dicho monasterio se redactó una
Estoria del Cid, señor que fue de Valencia, incorporada a las
crónicas alfonsíes, que relataría de forma bastante fantasiosa la
parte final de la vida del Campeador, desde la conquista de
Valencia, mezclando datos procedentes del Cantar de mio Cid y de la
obra de Ben Alqama con las citadas leyendas monásticas sobre la
muerte y el entierro del héroe, muy influidas por el género de las
vidas de santos. Sin embargo, Cardeña no registra una actividad
historiográfica de cierta envergadura hasta el siglo XVII, cuando
Fray Juan de Arévalo (muerto en 1633) compone su inédita Crónica de
los antiguos condes, reyes y señores de Castilla. También se pone la
Historia del Cid Ruy Díaz, por lo que resulta muy poco probable que
una obra como la Estoria del Cid, con su relativamente elaborada
fusión de fuentes, se produjese allí. Lo más probable es que los
materiales legendarios cardeñenses se sumasen en el propio taller
alfonsí o sanchino a un texto que combinaba el Cantar con la perdida
obra de Ben Alfaray (no la de Ben Alqama) y que la estoria del Cid
allí aludida no sea otra cosa que la propia sección cronística
dedicada a la vida del héroe. Del mismo modo, en la Crónica de
Castilla, redactada posiblemente en el entorno de Sancho IV, se deja
sentir de nuevo el influjo de otras tradiciones de Cardeña, sin que
eso permita ligar su redacción directamente al propio monasterio.
El romancero
Las crónicas alfonsíes fueron una de las grandes vías de transmisión
de los temas cidianos a la posteridad, sobre todo entre el público
culto; la otra fue el romancero. Los romances, cantados en las
plazas, aprendidos de memoria por la gente y transmitidos de
generación en generación, tomaron el relevo de los antiguos cantares
de gesta a la hora de mantener viva la fama popular del Cid. Una
parte de estos romances se inspira más o menos directamente en los
poemas épicos y se compuso a finales de la Edad Media, por eso se
llaman «romances viejos»; los demás son creaciones más modernas,
debidas a la renovada popularidad del género a partir de mediados
del siglo XVI, por lo que se denominan «romances nuevos». Éstos, a
su vez, pueden inspirarse en el relato de las crónicas, dando lugar
a los llamados «romances cronísticos», o bien ser tanto
reelaboraciones más libres de episodios presentes en las anteriores
fuentes cidianas como invenciones completamente originales,
hablándose entonces de «romances novelescos». Estos poemas se
compilaron en diversos romanceros, de los cuales destaca, por
centrarse sólo en nuestro héroe, el Romancero e historia del Cid,
recopilada por Juan de Escobar, que se imprimió por primera vez en
Lisboa en 1605 y ha sido reeditado muchísimas veces e incluso fue
traducido al francés en 1842.
El Cid en la literatura del Siglo de Oro. La comedia nueva
Los temas cidianos recogidos por las crónicas y por el romancero
pasaron a través de ellos a la literatura del Siglo de Oro. A
mediados del siglo XVI, el argumento cidiano fue desarrollado en una
extensa epopeya, un poema narrativo en octavas reales en el típico
estilo de la épica renacentista, pero con un fuerte tono
moralizante: Los famosos y heroicos hechos del Cid Ruy Díaz de
Vivar, de Diego Ximénez de Ayllón, publicados en Amberes en 1568 y
reimpreso en Alcalá en 1579. Sin embargo, el género donde las
proezas del Cid alcanzarían mayor desarrollo y altura literaria
sería en el teatro. Fue Juan de la Cueva, pionero en la adopción
para la escena de los viejos motivos épicos españoles, quien
primeramente compuso un drama sobre el Cid, La muerte del rey don
Sancho (estrenada en Sevilla en 1579), en que recrea el tema del
cerco de Zamora y sigue de cerca los romances sobre el mismo, a
veces de modo casi literal, lo que se hará una costumbre en el
teatro de la época. Ya en el siglo XVII, período de auge de la
comedia nueva, se dedican al tema de las guerras entre don Sancho y
sus hermanos la Comedia segunda de las Mocedades del Cid, también
conocida como Las Hazañas del Cid (impresa en 1618) de Guillén de
Castro (centrada en el cerco de Zamora) o En las almenas de Toro
(publicada en 1620) de Lope de Vega, entre otros. También el tema de
Valencia halla cierta traducción dramática en Las hazañas del Cid
anónimas, aparecidas en 1603 y en El cobarde más valiente, de Tirso
de Molina, en el que a su vez se inspiran El amor hace valientes
(1658) de Juan de Matos Fragoso y El Cid Campeador y el noble
siempre es valiente (1660), de Fernando de Zárate (seudónimo bajo el
que se ocultaba Antonio Enríquez Gómez, un converso perseguido por
la Inquisición). Sin embargo, el motivo central de estas piezas no
es propiamente la conquista de la ciudad, sino un episodio
procedente de la Crónica de Castilla, el de Martín Peláez, un
timorato caballero del Cid al que su señor consigue volver valeroso.
En cambio, al conflicto central de la segunda parte del Cantar de
mio Cid, la afrenta sufrida por sus hijas, se consagra tan sólo El
honrador de sus hijas (1665), de Francisco Polo.
Las
Mocedades del Cid. La difusión francesa del mito
El Barroco
El verdadero tema estrella en este período será el de la juventud de
Rodrigo y su matrimonio con Jimena, después de dar muerte a su padre
en un duelo, lo que permitía escenificar los conflictos personales
de los protagonistas (debatiéndose entre el deber y el amor) en un
marco más cortesano que guerrero, en el que la justicia del rey
introducía a su vez el problema de la razón de estado. Esta visión
del argumento, sólo apuntada en algunos romances, se consagra
gracias a la célebre Comedia primera de las Mocedades del Cid
(también publicada en 1618) de Guillén de Castro, que a su vez
sirvió de inspiración a El Cid (1637) de Pierre Corneille, una de
las obras cumbre del teatro francés, con la que el héroe se
convierte en patrimonio de la literatura universal, tarea en la que
lo había precedido la novela de caballerías francesa Las aventuras
heroicas y amorosas de don Rodrigo de Vivar (París, 1619) , de
François Loubayssin. A raíz de El Cid y de la polémica que desató en
los círculos literarios franceses (alentada por el mismísimo
cardenal Richelieu), conocida como «La querella del Cid», surgen las
imitaciones francesas de Chevreau, Desfontaines y Chillac
(1638-1639), que pretenden adaptar el drama a las «reglas»
propugnadas por la preceptiva teatral del momento. Algo más tarde se
producirá la adaptación española El honrador de su padre (1658), de
Juan Bautista Diamante. El tema se hizo tan popular que, siguiendo
una tendencia muy acusada del Barroco, existen incluso versiones
paródicas, como las comedias burlescas El hermano de su hermana
(1656) de Bernardo de Quirós, y Las Mocedades del Cid (hacia 1655),
de Jerónimo de Cancer, que se basa sobre todo en Diamante, o como La
mojiganga del Cid, una pieza burlesca anónima en un acto sobre los
romances del ciclo de mocedades. También El Cid de Corneille suscitó
versiones paródicas, entre las que destaca Chapelain despeinado
(1664), en alusión a un ministro de Luis XVI ridiculizado en el
texto. El toque cómico está presente además en un par de sarcásticos
romances de Quevedo, mientras que el anónimo Auto sacramental del
Cid retoma el mismo argumento en clave alegórica, en la que Rodrigo
simboliza a la Verdad y Jimena a la Iglesia.
El siglo XVIII
El siglo XVIII no fue muy proclive a los asuntos de nuestro
personaje. Entre las escasas obras cidianas del período pueden
citarse las célebres quintillas de la Fiesta de toros en Madrid, de
Nicolás Fernández de Moratín, en las que el Cid se presenta de
improviso en una fiesta mora y deja a todos boquiabiertos con sus
habilidades como rejoneador. También puede recordarse la Historia
del Cid (París, 1783), una adaptación francesa anónima en prosa de
los romances sobre el héroe castellano, con influjos de Corneille,
que sería parcialmente traducida al alemán en 1792 como Historia
romántica del Cid. Sin embargo, a finales de siglo se produce un
hecho fundamental para la evolución de la materia cidiana. En 1779,
el erudito bibliotecario Tomás Antonio Sánchez publica la primera
edición del Cantar de mio Cid, en su trascendental Colección de
poesías castellanas anteriores al siglo XV, que supuso la
recuperación para los lectores modernos de la tradición poética
medieval. A partir de este momento, el Cantar será objeto de la
atención de los filólogos, pero además pasará a ocupar entre los
literatos el lugar privilegiado que las crónicas y romances habían
desempeñado hasta entonces como fuente de inspiración sobre el Cid.
La visión
romántica del Cid
Será ya el romanticismo el que dé un nuevo impulso a la literatura
sobre el héroe de Vivar. En 1805, el célebre poeta romántico alemán
Johann Gottfried Herder, al que la citada Historia romántica del Cid
había puesto sobre aviso del interés del personaje, publica su obra
El Cid, una imitación del romancero basada más en el texto francés
de la Historia que en los romances españoles, pero que unifica sus
modelos mediante el concepto unitario de honor caballeresco y
divino. Esta nueva visión heroica de Rodrigo, idealizada de acuerdo
con los gustos del romanticismo, favorecerá una nueva eclosión de
obras sobre el mismo. Así, en 1830, el liberal español exiliado en
Inglaterra, Joaquín Trueba y Cosío, publica en inglés El caballero
de Vivar como parte de La novela de la historia: España, obra pronto
traducida al francés (1830), al alemán (1836) e incluso al español
(1840). Por las mismas fechas se componen en Francia el drama El Cid
de Andalucía (1825) de Lebrun y la tragedia La hija del Cid (1839)
de Delavigne, y en Alemania se producen las primeras adaptaciones
musicales: Grabbe realiza su ópera paródica El Cid (1835), a partir
de los romances de Herder, mientras que Peter Cornelius ofrece en El
Cid (1865) un drama lírico de complejas connotaciones religiosas. El
héroe también llega por entonces a Italia, con El Cid (1844) de
Ermolao Rubieri, e incluso a Estados Unidos, con el Velasco (1839)
de Epes Sargent.
La producción romántica española llevará de nuevo a Rodrigo a los
escenarios, con Bellido Dolfos (1839), de Tomás Bretón de los
Herreros; La jura en Santa Gadea (1845) de Juan Eugenio
Hartzenbusch, donde el héroe aparece como el adalid romántico de un
juramento casi constitucional, y Doña Urraca de Castilla (1872), de
Antonio García Gutiérrez. Sin embargo, fue en el campo de la novela
histórica típica del período donde la materia cidiana encontró
entonces mayor desarrollo y aceptación. A este género pertenecen La
conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo,
en la que el tema se trata en clave de relato de aventuras; El Cid
Campeador (1851) de Antonio de Trueba, que noveliza los ciclos de
mocedades y del cerco de Zamora, y El Cid Rodrigo de Bivar (1875),
de Manuel Fernández y González, que abarca la vida completa del
héroe en el tono de las novelas por entregas. Por su parte, José
Zorrilla desarrolla en verso una biografía poético-legendaria en su
extensa La leyenda del Cid (1882). Frente a esta recuperación de la
poesía narrativa, tradicional vehículo de las hazañas del Cid, una
novedad del período es la aparición del Cid en la poesía lírica de
la segunda mitad de siglo, con El romancero del Cid (1859) del
célebre Víctor Hugo (luego incluido en La leyenda de los siglos, de
1883) y El Cid (hacia 1872) de Barbey d’Aurevilly, así como sendos
poemas dedicados por Leconte de Lisle en sus Poemas bárbaros (1862)
y Hérédia en Los Trofeos (1893). Esta tendencia llegará a España ya
con el modernismo de fin de siglo, al que responden las «Cosas del
Cid» incluidas por Rubén Darío en sus Prosas profanas (1896) o los
poemas de Manuel Machado «Castilla» y «Álvar Fáñez», de su libro
Alma (1902) . El primero es una sentida variación sobre el episodio
de la niña de nueve años en el Cantar, el mismo que más tarde
inspiraría al poeta norteamericano Ezra Pound el tercero de sus
Cantos (1925). También pertenecen al período finisecular la ópera
francesa El Cid (1885) de Jules Massenet y el drama modernista
español Las hijas del Cid (1908) de Eduardo Marquina, que ofrece la
novedad de presentar a Elvira disfrazada de hombre para poder vengar
su afrenta, frente a un Campeador más bien senil.
El Cid en el siglo XX
Si los inicios del siglo XX fueron propicios al cultivo de los temas
cidianos, el resto del siglo no ha desmentido ese impulso inicial.
En el ámbito de la narrativa, puede destacarse el singular Mío Cid
Campeador (1929) del poeta creacionista chileno Vicente Huidobro,
que ofrece una obra vanguardista en la que adereza la vieja
tradición argumental tanto con elementos paródicos como con datos
rigurosamente históricos (obsérvese que ese mismo año publicó Ramón
Menéndez Pidal su monumental estudio La España del Cid). En cambio,
María Teresa León adopta la perspectiva de la mujer del héroe en
Doña Jimena Díaz de Vivar. Gran señora de todos los deberes (1968).
También el teatro se ha ocupado de nuevo del Cid, retomándolo en
clave de conflicto existencial, como se advierte en El amor es un
potro desbocado (1959), de Luis Escobar, que desarrolla el amor de
Rodrigo y Jimena, y en Anillos para una dama (1973), de Antonio
Gala, en el que Jimena, muerto el Cid, debe renunciar a su auténtica
voluntad para mantener su papel como viuda del héroe. No obstante la
vitalidad del argumento, en parte de estas manifestaciones el tema
no deja de tener cierto tono epigónico, de etapa final. Será, en
cambio, a través de los nuevos medios como la figura del héroe logre
una renovada difusión.
En esta línea hay que situar la conocida película El Cid (1961), una
auténtica «epopeya cinematográfica» de tres horas de duración,
dirigida por Anthony Mann y protagonizada por Charlton Heston en el
papel del Cid y Sofia Loren en el de doña Jimena. Al año siguiente
se rodó, bajo la dirección de Miguel Iglesias, la coproducción
hispano-italiana Las hijas del Cid, pero, frente a la estilización
argumental de que hace gala la película americana, ésta resulta una
burda adaptación de la parte final del Cantar de mio Cid. En el
terreno de la historieta visual (llámese cómic o tebeo) destaca la
labor pionera, a finales de los setenta, de Antonio Hernández
Palacios, con El Cid, aparecido por entregas en la revista Trinca y
luego publicado en álbumes en color. Una versión más netamente
infantil produjo la compañía Walt Disney en 1984, con El Cid
Campeador, en el que nada menos que el pato Donald (trasladado por
una máquina del tiempo) sirve de testigo y narrador a las andanzas
de Rodrigo. Pocos años antes, como ya he dicho, se había realizado
Ruy, el pequeño Cid, una serie de dibujos animados en que, siguiendo
una técnica que más tarde Steven Spielberg aplicaría a los célebres
personajes de la Warner (Buggs Bunny y compañía), se mostraba en su
infancia a los principales personajes de la acción (Ruy, Jimena,
Minaya), en este caso como niños que apuntaban ya las actitudes que
luego los caracterizarían de mayores, aunque viviendo sus propias
aventuras en las cercanías de San Pedro de Cardeña.
El Cid en el siglo
XXI
Si el siglo XX se inició con la plena vigencia de la historia del
Cid, a su final las cosas no habían cambiado mucho. Eran numerosas
ediciones disponibles de las obras clásicas sobre el héroe
(especialmente el Cantar de mio Cid, Las mocedades del Cid de
Guillén de Castro o El Cid de Corneille), la película de Anthony
Mann resultaba fácilmente accesible en vídeo (y ahora en DVD) y el
personaje seguía siendo plenamente popular, a lo que contribuyó la
celebración del centenario de su muerte en 1999. Buena muestra de
ese permanente interés por el famoso guerrero del siglo XI es que en
ese mismo año el grupo riojano de rock Tierra Santa grabase un disco
compacto cuyo tema principal, Legendario, se refiere al héroe
burgalés, o que en el año 2000, al concluir el siglo y el milenio,
la biografía novelada El Cid de José Luis Corral alcanzase las
listas de libros más vendidos al poco de aparecer. De igual modo, el
largometraje español de dibujos animados El Cid, la leyenda,
premiado con el Goya 2004 a la mejor película de animación, dejó
patente, con su éxito de crítica y público, la perfecta vitalidad de
la que goza la figura del héroe en los umbrales del tercer milenio.
Alberto Montaner Frutos
EL CANTAR DE MIO CID
El
Cantar de mio Cid es un cantar de gesta anónimo que relata hazañas
heroicas inspiradas libremente en los últimos años de la vida del
caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar. Se trata de la primera
obra narrativa extensa de la literatura española en una lengua
romance.
El poema consta de 3.735 versos anisosilábicos de extensión
variable, aunque dominan versos de 14 a 16 sílabas métricas. Los
versos del Cantar de mio Cid están divididos en dos hemistiquios
separados por cesura. La longitud de cada hemistiquio es de 4 a 13
sílabas, y se considera unidad mínima de la prosodia del Cantar. No
hay división en estrofas, y los versos se agrupan en tiradas, es
decir series de versos con una misma rima asonante.
Está escrito en castellano medieval y compuesto alrededor del año
1200 (fechas post quem y ante quem: 1195–1207). Se desconoce el
título original, aunque probablemente se llamaría gesta o cantar,
términos con los que el autor describe su obra en los versos 1.085 y
2.276, respectivamente.
El Cantar de mio Cid es el único conservado casi completo de su
género en la literatura española y alcanza un gran valor literario
por la maestría de su estilo. Los cuatro textos épicos conservados,
además del que nos ocupa, son las Mocedades de Rodrigo —circa 1360—,
con 1700 versos, Cantar de Roncesvalles —ca. 1270— (fragmento de
unos 100 versos) y una corta inscripción de un templo románico,
conocida como Epitafio épico del Cid —¿ca. 1400?—). Del texto que
aquí nos ocupa solo se ha perdido la primera hoja del original y
otras dos en el interior del códice, pero su contenido puede ser
deducido de las prosificaciones cronísticas, en especial de la
Crónica de veinte reyes.
Datación
Solamente se conserva en una copia realizada en el siglo XIV (como
se deduce de la letra del manuscrito) a partir de otra que data de
1207, efectuada por un copista llamado Per Abbat, que transcribe un
texto compuesto probablemente pocos años antes de esta fecha.
La fecha de la copia efectuada por Per Abbat en 1207 se deduce de la
que refleja el explicit del manuscrito: «MCC XLV» (de la era
hispánica, esto es, para la datación actual, hay que restarle 38
años).
Quien escrivio este libro de Dios paraiso, amen
Per Abbat le escrivio en el mes de mayo en era de mil e. CC XLV años.
Este colofón refleja los usos de los amanuenses medievales, que
cuando finalizaban su labor de transcribir el texto (que era lo que
significaba "escribir"), añadían su nombre y la fecha en que
terminaban su trabajo.
Argumento y estructura
Estructura interna
El
Cantar de mio Cid trata el tema del complejo proceso de recuperación
de la honra perdida por el héroe, cuya restauración supondrá una
honra mayor a la de la situación de partida.
El poema se inicia con el destierro del Cid, primer motivo de
deshonra, tras haber sido acusado de robo. Este deshonor supone
también el ser desposeído de sus heredades o posesiones en Vivar y
privado de la patria potestad de su familia.
Tras la conquista de Valencia, gracias al solo valor de su brazo, su
astucia y prudencia consiguen el perdón real y con ello una nueva
heredad, el señorío sobre Valencia, que se une a su antiguo solar ya
restituido. Para ratificar su nuevo estatus de señor de vasallos, se
conciertan bodas con linajes del mayor prestigio cuales son los
infantes de Carrión.
Pero paradójicamente, con ello se produce la nueva caída de la honra
del Cid, debido al ultraje de los infantes a las hijas del Cid, que
son vejadas, malheridas y abandonadas en el robledal de Corpes.
Este hecho supone según el derecho medieval el repudio de facto de
estas por parte de los de Carrión. Por ello el Cid decide alegar la
nulidad de estos matrimonios en un juicio presidido por el rey,
donde además los infantes de Carrión queden infamados públicamente y
apartados de los privilegios que antes detentaban como miembros del
séquito real. Por el contrario, las hijas del Cid conciertan
matrimonios con reyes de España, llegando al máximo ascenso social
posible.
Así, la estructura interna está determinada por unas curvas de
obtención–pérdida–restauración–pérdida–restauración de la honra del
héroe. En un primer momento, que el texto no refleja, el Cid es un
buen caballero vasallo de su rey, honrado y con heredades en Vivar.
El destierro con que se inicia el poema es la pérdida, y la primera
restauración, el perdón real y las bodas de las hijas del Cid con
grandes nobles. La segunda curva se iniciaría con la pérdida de la
honra de sus hijas y terminaría con la reparación mediante el juicio
y las bodas con reyes de España. Pero la curva segunda supera en
amplitud y alcanza mayor altura que la primera.
Estructura externa
Los
editores del texto, desde la edición de Menéndez Pidal de 1913, lo
han dividido en tres cantares. Podría reflejar las tres sesiones en
que el autor considera conveniente que el juglar recite la gesta.
Parece confirmarlo así el texto al separar una parte de otra con las
palabras: «aquís conpieça la gesta de mio Çid el de Bivar» (v.
1.085), y otra más adelante cuando dice: «Las coplas deste cantar
aquís van acabando» (v. 2.776).
Primer cantar. Cantar del destierro (vv. 1–1.086)
El Cid
ha sido desterrado de Castilla. Debe abandonar a su esposa e hijas,
e inicia una campaña militar acompañado de sus fieles en tierras no
cristianas, enviando un presente al rey tras cada victoria para
conseguir el favor real.
Segundo cantar. Cantar de las bodas (vv. 1.087–2.277)
El Cid
se dirige a Valencia, en poder de los moros, y logra conquistar la
ciudad. Envía a su amigo y mano derecha Álvar Fáñez a la corte de
Castilla con nuevos regalos para el rey, pidiéndole que se le
permita reunirse con su familia en Valencia. El rey accede a esta
petición, e incluso le perdona y levanta el castigo que pesaba sobre
el Campeador y sus hombres. La fortuna del Cid hace que los infantes
de Carrión pidan en matrimonio a doña Elvira y doña Sol. El rey pide
al Campeador que acceda al matrimonio y él lo hace aunque no confía
en ellos. Las bodas se celebran solemnemente.
Tercer cantar. Cantar de la afrenta de Corpes (vv.
2.278–3.730)
Los
infantes de Carrión muestran pronto su cobardía, primero ante un
león que se escapa, después en la lucha contra los árabes.
Sintiéndose humillados, los infantes deciden vengarse. Para ello
emprenden un viaje hacia Carrión con sus esposas y, al llegar al
robledo de Corpes, las azotan y las abandonan dejándolas
desfallecidas. El Cid ha sido deshonrado y pide justicia al rey. El
juicio culmina con el «riepto» o duelo en el que los representantes
de la causa del Cid vencen a los infantes. Éstos quedan deshonrados
y se anulan sus bodas. El poema termina con el proyecto de boda
entre las hijas del Cid y los infantes de Navarra y Aragón.
Características y temas
El
Cantar de Mio Cid se diferencia de la épica francesa en la ausencia
de elementos sobrenaturales, la mesura con la que se conduce su
héroe y la relativa verosimilitud de sus hazañas.
Además está muy presente la condición de ascenso social mediante las
armas que se producía en las tierras fronterizas con los dominios
musulmanes (lo cual supone un argumento decisivo de que no pudo
componerse en 1140, pues en esa época no se daba ese «espíritu de
frontera» y el consiguiente ascenso social de los caballeros
infanzones de frontera).
El propio Cid, siendo solo un infanzón (esto es, un hidalgo de la
categoría social menos elevada, comparada con condes, potestades y
ricos hombres, rango al que pertenecen los infantes de Carrión)
logra sobreponerse a su humilde condición social dentro de la
nobleza, alcanzando por su esfuerzo prestigio y riquezas (honra) y
finalmente un señorío hereditario (Valencia) y no en tenencia como
vasallo real. Por tanto se puede decir que el verdadero tema es el
ascenso de la honra del héroe, que al final es señor de vasallos y
crea su propia Casa o linaje con solar en Valencia, comparable a los
condes y ricos hombres.
Más aún, el enlace de sus hijas con príncipes del reino de Navarra y
del reino de Aragón, indica que su dignidad es casi real, pues el
señorío de Valencia surge como una novedad en el panorama del siglo
XIII y podría equipararse a los reinos cristianos, aunque, eso sí,
el Cid del poema nunca deja de reconocerse él mismo como vasallo del
monarca castellano, si bien latía el título de Emperador, tanto para
los dos Alfonsos implicados como para lo que fue su origen en los
reyes leoneses, investidos de la dignidad imperial.
De cualquier modo, el linaje del Cid emparenta con el de los reyes
cristianos y, como dice el poema: «hoy los reyes de España sus
parientes son, / a todos alcanza honra por el que en buen hora nació».
(vv. 3.724–3.725, cfr. ed. de Alberto Montaner), de modo que no sólo
su casa emparenta con reyes, sino que estos se ven más honrados y
gozan de mayor prestigio por ser descendientes del mismísimo Cid.
Aspectos métricos
Cada
verso está dividido en dos hemistiquios por una cesura. Esta forma,
también típica de la épica francesa, refleja un recurso útil a la
recitación o canto del poema. Sin embargo, mientras en los poemas
franceses cada verso tiene una métrica regular de diez sílabas
divididas en dos hemistiquios por una fuerte cesura, en el Cantar de mio Cid tanto el número de sílabas en cada verso como el de sílabas
en cada hemistiquio varía considerablemente. A este rasgo se le
denomina anisosilabismo.
Aun cuando se encuentran versos de entre diez y veinte sílabas y
hemistiquios de entre cuatro y catorce, más del 60% de los versos
oscila entre 14 y 16 sílabas.
En principio, todos los versos riman en asonante, pero las
asonancias no son tampoco totalmente regulares ni muy variadas (se
usan once tipos de asonancia).
Los versos se agrupan en tiradas de extensión variable. Su longitud
varía entre 3 y 90 versos, cada una de las cuales tiene la misma
rima y constituye una unidad de contenido.
El manuscrito
Existe
un ejemplar único que actualmente se encuentra en la Biblioteca
Nacional en Madrid que se puede consultar en la página [1].
En el siglo XVI se guardaba en el Archivo del Concejo de Vivar.
Después se sabe que estuvo en un convento de monjas del mismo
pueblo. Ruiz de Ulibarri realizó una copia manuscrita en 1596. Don
Eugenio Llaguno y Amírola, secretario del Consejo de Estado, lo sacó
de allí en 1779 para que lo publicase Tomás Antonio Sánchez. Cuando
se terminó la edición, el señor Llaguno lo retuvo en su poder. Más
tarde pasó a sus herederos. Pasó después a Pascual de Gayangos y
durante ese tiempo, hacia 1858, lo vio y consultó Damas-Hinard. A
continuación fue enviado a Boston para que lo viera Ticknor. En 1863
ya lo poseía el primer marqués de Pidal (por compra) y estando en su
poder lo estudió Florencio Janer. Finalmente, y antes de su custodia
en la Biblioteca Nacional de Madrid, (fue comprado el 20 de
diciembre de 1960) lo heredó Alejandro Pidal y en su casa lo
estudiaron Vollmöller, Baist, Huntington y Ramón Menéndez Pidal.
Se trata de un tomo de 74 hojas de pergamino grueso, al que le
faltan tres, una al inicio y dos entre las hojas 47, 48 y 69, 70.
Otras 2 hojas le sirven de guardas. En muchas de sus hojas hay
manchas de color pardo oscuro, debidas a los reactivos utilizados ya
desde el siglo XVI para leer lo que, en principio, había
empalidecido y, después, se hallaba oculto a causa del
ennegrecimiento producido por los productos químicos previamente
empleados. De todos modos, el número de pasajes absolutamente
ilegibles no es demasiado alto y en tales casos, además de la
edición paleográfica de Menéndez Pidal, existe como instrumento de
control la copia de Ulibarri del siglo XVI y otras ediciones
anteriores a la de Pidal.
La encuadernación del tomo es del siglo XV. Está hecha en tabla
forrada de badana y con orlas estampadas. Quedan restos de dos
manecillas de cierre. Las hojas están repartidas en 11 cuadernos; al
primero le falta la primera hoja; al séptimo le falta otra, lo mismo
que al décimo. El último encuadernador hizo algunas averías
importantes en el tomo.
La letra del manuscrito es clara y cada verso empieza con mayúscula.
De vez en cuando hay letra capital. Los últimos estudios aseguran
que la letra pertenece a mediados del siglo XIV, basándose, entre
otras cosas, en que dicha letra se atestigua en los privilegios de
Alfonso XI (1312-1350).
Las letras mayúsculas tienen en su interior dos rasgos paralelos,
detalle que era común a finales del XIII y todo el siglo XIV. Otros
detalles que tienen en cuenta los investigadores para situar el
manuscrito en el siglo XIV son: que el amanuense emplea mucho la y
(en palabras como myo, rey, yr), inusual en documentos de la primera
mitad del siglo XIII y muy común en el XIV y XV y que utiliza la v
como inicial de palabra en lugar de la u (en palabras como valer, vno) y por último el uso de Gonçalo, Gonçalez en lugar de Gonçalvo,
Gonçalvez.
El manuscrito es un texto seguido sin separación en cantares, ni
espacio entre los versos, los cuales se inician siempre con letra
mayúscula.
El autor. La fecha de composición del Cantar de mio Cid
En virtud del análisis de numerosos aspectos del texto conservado se
demuestra que pertenece a un autor culto, con conocimientos precisos
del derecho vigente a fines del siglo XII y principios del XIII, y
que conocía la zona aledaña a Burgos.
La lengua utilizada es la de un autor culto, un letrado que debió
trabajar para alguna cancillería o al menos como notario de algún
noble o monasterio, puesto que conoce el lenguaje jurídico y
administrativo con precisión técnica, y que domina varios registros,
entre ellos, claro está, el estilo propio de los cantares de gesta
medievales, que necesitaban ciertos estilemas exclusivos, como el
epíteto épico o el lenguaje formular.
La sociedad reflejada en el Cantar testimonia la vigencia del «espíritu
de frontera», que solo se dio en la extremadura aragonesa y
castellana a fines del siglo XII, pues las necesidades guerreras en
las fronteras permitió a los infanzones las condiciones de rápido
ascenso social y relativa independencia que tenían los hidalgos de
frontera que vemos en el Cantar y que se dieron históricamente a
partir de la conquista de Teruel. Así también es histórico el
estatus de «moros en paz» del Cid, es decir, los primeros mudéjares,
necesarios en territorios con poca población cristiana, como la extremadura soriana y turolense.
La sigilografía nos dice que el sello real (la «carta ... fuertemientre sellada» de los vv. 42–43) solo está documentado bajo
el reinado de Alfonso VIII de Castilla a partir de 1175.
El derecho nos muestra que la descripción técnica detallada de las
cortes o vistas remiten al «riepto» o juicio con combate singular,
institución influida por el derecho romano, y sólo introducida en
España a fines del siglo XII. Asimismo, la presencia de la
legislación de la extremadura aragonesa y castellana (los fueros de
Teruel y Cuenca datan de fines del XII y principios del XIII
respectivamente) nos llevan como muy pronto a 1170.
La geografía nos da otro dato: el hecho de que Medinaceli aparezca
como plaza definitivamente castellana, y no como ciudad fronteriza
en litigio entre varios reinos fronterizos, solo puede remitir a la
segunda mitad del siglo XII. Por ejemplo, en 1140 era aragonesa.
En la Edad Media «escribir» significaba solo «ser el copista», para
lo que hoy conocemos como autor habría de decir «compuso» o «fizo».
Esto invalida la teoría de Colin Smith de que el autor fue Per Abbat,
aunque, como es lógico, supone que la fecha de composición no pudo
ser posterior a 1207, sin embargo, como dijimos arriba, es muy poco
posterior a la redacción original.
Pidal daba como fecha del explicit 1307, aduciendo que habría una
tercera 'C' borrada en el manuscrito. Pero según queda demostrado en
investigaciones recientes, en especial el CD anexo a la edición de
Alberto Montaner, nadie, excepto Menéndez Pidal, ha podido observar
el más mínimo rastro de tinta de una «C» borrada. Montaner utiliza
todos los medios técnicos a su alcance, incluida la visión
infrarroja. Lo más probable es que el copista dudara y dejara un
espacio algo mayor por si acaso (como hace en otros lugares del
poema) o que intentara evitar unas imperfecciones del pergamino.
También pudo ser que hiciera dos incisiones pequeñísimas con el
cuchillito de raspar (cultellum) que servía para las correcciones,
pues éstas sí se han observado al microscopio, y son incisiones
rectas (no una raspadura de borrado como defendía Menéndez Pidal,
que dejaría la textura rugosa) que pudieron inducir al copista a
evitar ese espacio para que no se corriera sobre la hendidura la
tinta. El mismo Pidal llegará a admitir que no habría esa tercera
«C» borrada, porque, en todo caso, el defecto de textura del
manuscrito o «la arruga» según él sería anterior a la escritura.
Para él, Per Abbat sería un copista de un texto del 1140, pero el
argumento de la difusión popular de la genealogía cidiana actúa
también en su contra, pues el Cid no emparentó con todas las
dinastías españolas hasta el año 1201; también se apoyaba en que un
poema latino menciona al Cid, el Poema de Almería, pero éste es de
datación insegura (pudiera ser de finales del XII) y, sobre todo, no
alude al Cantar, sino al propio Cid, que ya era conocido por sus
hazañas. En cuanto a los arcaísmos, queda claro, como dice Rusell y
otros autores, que lo que pasa es que hay una kuntsprache en la
poesía heroica, como demuestra el hecho de que en las Mocedades de
Rodrigo, del siglo XIV, se usen los mismos arcaísmos, con similares
epítetos épicos y lenguaje formular. En cuanto al autor, Pidal
primero habla de un poeta de Medinaceli con conocimiento de San
Esteban de Gormaz; luego habla de dos poetas: primera versión corta
y verista por un poeta de San Esteban, luego refundición de uno de
Medinaceli. Pero Ubieto demostró que la geografía local del área de
San Esteban de Gormaz era desconocida para el autor, debido a
grandes imprecisiones y lagunas, por ejemplo, el no situar
correctamente las márgenes del Duero, y, sin embargo, hay un
conocimiento exhaustivo de los topónimos del valle del Jalón (Cella,
Montalbán, Huesa del Común), la zona de la provincia de Teruel.
Además localiza varias palabras exclusivas del aragonés, que no
podía conocer un autor castellano. Por otro lado, el Cantar refleja
la situación de los mudéjares (con personajes como Abengalbón, Fariz,
Galve, incluso de gran lealtad al Cid), que fueron necesarios para
repoblar la extremadura aragonesa, y por tanto, estaban muy
presentes en la sociedad del sur de Aragón, cosa que no ocurría en
Burgos. Por tanto, según Ubieto, el autor provendría de alguno de
esos lugares. Hay que recordar que Medinaceli fue en ese tiempo un
lugar en disputa que estuvo en ocasiones en manos aragonesas. Rafael Lapesa también defendió una datación antigua en Estudios de historia
lingüística española, donde intentaba mostrar que la composición del
cantar dataría de entre 1140 y 1147, pero sus argumentos a este
respecto son muy endebles.
Colin Smith, como dijimos arriba, considera a Per Abbat el autor del
texto. También piensa que el texto de la Biblioteca Nacional sería
copia del de Per Abbat. Para este autor 1207 sería la fecha real de
composición, y relacionó Per Abbat con un notario de la época del
mismo nombre, al que supuso un gran conocedor de la poesía épica
francesa, y que sería quien compuso el Cantar inaugurando la épica
española, sirviéndose de sus lecturas y de las 'chansons de geste',
y mostrando su formación jurídica. Según Smith, tanto el sistema
formulario del Cantar como su métrica son préstamos de la épica
francesa. Sin embargo, aunque no cabe duda que los ciclos épicos
franceses influyen en la literatura española —como demuestra el que
aparezcan en esta personajes como Roldán, Oliveros, Durandarte o
Berta la de los grandes pies — las enormes diferencias en cuanto a
elementos maravillosos, exageración de las hazañas del héroe y menor
realismo, hacen que el Cantar pudiera ser redactado por cualquier
escritor culto de la época, sin necesidad de tener un modelo francés
cercano. De todas maneras, su profunda erudición puso en la pista de
la datación actual de fines del XII o principios del XIII a los más
acreditados investigadores sobre temas de fecha y autoría. Pueden
consultarse para ello los más autorizados actualmente, como Alan
Deyermond, Antonio Ubieto Arteta, María Eugenia Lacarra, Colin Smith
y Alberto Montaner Frutos.
Como vemos, toda una serie de circunstancias históricas y sociales
llevan a los investigadores actualmente a la conclusión de que hay
un único autor, que compuso el Cantar de mio Cid entre fines del
siglo XII y principios del siglo XIII, (de 1195 a 1207) que conocía
la zona aledaña a Burgos y la del valle del Jalón, culto, y con
profundos conocimientos jurídicos, pudiendo ser notario o letrado.
Toda la argumentación última está detallada en la edición de Alberto
Montaner Frutos (véase el apartado de bibliografía).
El
autor. La fecha de composición del Cantar de mio Cid
En
virtud del análisis de numerosos aspectos del texto conservado se
demuestra que pertenece a un autor culto, con conocimientos precisos
del derecho vigente a fines del siglo XII y principios del XIII, y
que conocía la zona aledaña a Burgos.
La lengua utilizada es la de un autor culto, un letrado que debió
trabajar para alguna cancillería o al menos como notario de algún
noble o monasterio, puesto que conoce el lenguaje jurídico y
administrativo con precisión técnica, y que domina varios registros,
entre ellos, claro está, el estilo propio de los cantares de gesta
medievales, que necesitaban ciertos estilemas exclusivos, como el
epíteto épico o el lenguaje formular.
La sociedad reflejada en el Cantar testimonia la vigencia del
«espíritu de frontera», que solo se dio en la extremadura aragonesa
y castellana a fines del siglo XII, pues las necesidades guerreras
en las fronteras permitió a los infanzones las condiciones de rápido
ascenso social y relativa independencia que tenían los hidalgos de
frontera que vemos en el Cantar y que se dieron históricamente a
partir de la conquista de Teruel. Así también es histórico el
estatus de «moros en paz» del Cid, es decir, los primeros mudéjares,
necesarios en territorios con poca población cristiana, como la
extremadura soriana y turolense.
La sigilografía nos dice que el sello real (la «carta ...
fuertemientre sellada» de los vv. 42–43) solo está documentado bajo
el reinado de Alfonso VIII de Castilla a partir de 1175.
El derecho nos muestra que la descripción técnica detallada de las
cortes o vistas remiten al «riepto» o juicio con combate singular,
institución influida por el derecho romano, y sólo introducida en
España a fines del siglo XII. Asimismo, la presencia de la
legislación de la extremadura aragonesa y castellana (los fueros de
Teruel y Cuenca datan de fines del XII y principios del XIII
respectivamente) nos llevan como muy pronto a 1170.
La geografía nos da otro dato: el hecho de que Medinaceli aparezca
como plaza definitivamente castellana, y no como ciudad fronteriza
en litigio entre varios reinos fronterizos, solo puede remitir a la
segunda mitad del siglo XII. Por ejemplo, en 1140 era aragonesa.
En la Edad Media «escribir» significaba solo «ser el copista», para
lo que hoy conocemos como autor habría de decir «compuso» o «fizo».
Esto invalida la teoría de Colin Smith de que el autor fue Per
Abbat, aunque, como es lógico, supone que la fecha de composición no
pudo ser posterior a 1207, sin embargo, como dijimos arriba, es muy
poco posterior a la redacción original.
Pidal daba como fecha del explicit 1307, aduciendo que habría una
tercera 'C' borrada en el manuscrito. Pero según queda demostrado en
investigaciones recientes, en especial el CD anexo a la edición de
Alberto Montaner, nadie, excepto Menéndez Pidal, ha podido observar
el más mínimo rastro de tinta de una «C» borrada. Montaner utiliza
todos los medios técnicos a su alcance, incluida la visión
infrarroja. Lo más probable es que el copista dudara y dejara un
espacio algo mayor por si acaso (como hace en otros lugares del
poema) o que intentara evitar unas imperfecciones del pergamino.
También pudo ser que hiciera dos incisiones pequeñísimas con el
cuchillito de raspar (cultellum) que servía para las correcciones,
pues éstas sí se han observado al microscopio, y son incisiones
rectas (no una raspadura de borrado como defendía Menéndez Pidal,
que dejaría la textura rugosa) que pudieron inducir al copista a
evitar ese espacio para que no se corriera sobre la hendidura la
tinta. El mismo Pidal llegará a admitir que no habría esa tercera
«C» borrada, porque, en todo caso, el defecto de textura del
manuscrito o «la arruga» según él sería anterior a la escritura.
Para él, Per Abbat sería un copista de un texto del 1140, pero el
argumento de la difusión popular de la genealogía cidiana actúa
también en su contra, pues el Cid no emparentó con todas las
dinastías españolas hasta el año 1201; también se apoyaba en que un
poema latino menciona al Cid, el Poema de Almería, pero éste es de
datación insegura (pudiera ser de finales del XII) y, sobre todo, no
alude al Cantar, sino al propio Cid, que ya era conocido por sus
hazañas. En cuanto a los arcaísmos, queda claro, como dice Rusell y
otros autores, que lo que pasa es que hay una kuntsprache en la
poesía heroica, como demuestra el hecho de que en las Mocedades de
Rodrigo, del siglo XIV, se usen los mismos arcaísmos, con similares
epítetos épicos y lenguaje formular. En cuanto al autor, Pidal
primero habla de un poeta de Medinaceli con conocimiento de San
Esteban de Gormaz; luego habla de dos poetas: primera versión corta
y verista por un poeta de San Esteban, luego refundición de uno de
Medinaceli. Pero Ubieto demostró que la geografía local del área de
San Esteban de Gormaz era desconocida para el autor, debido a
grandes imprecisiones y lagunas, por ejemplo, el no situar
correctamente las márgenes del Duero, y, sin embargo, hay un
conocimiento exhaustivo de los topónimos del valle del Jalón (Cella,
Montalbán, Huesa del Común), la zona de la provincia de Teruel.
Además localiza varias palabras exclusivas del aragonés, que no
podía conocer un autor castellano. Por otro lado, el Cantar refleja
la situación de los mudéjares (con personajes como Abengalbón,
Fariz, Galve, incluso de gran lealtad al Cid), que fueron necesarios
para repoblar la extremadura aragonesa, y por tanto, estaban muy
presentes en la sociedad del sur de Aragón, cosa que no ocurría en
Burgos. Por tanto, según Ubieto, el autor provendría de alguno de
esos lugares. Hay que recordar que Medinaceli fue en ese tiempo un
lugar en disputa que estuvo en ocasiones en manos aragonesas. Rafael
Lapesa también defendió una datación antigua en Estudios de historia
lingüística española, donde intentaba mostrar que la composición del
cantar dataría de entre 1140 y 1147, pero sus argumentos a este
respecto son muy endebles.
Colin Smith, como dijimos arriba, considera a Per Abbat el autor del
texto. También piensa que el texto de la Biblioteca Nacional sería
copia del de Per Abbat. Para este autor 1207 sería la fecha real de
composición, y relacionó Per Abbat con un notario de la época del
mismo nombre, al que supuso un gran conocedor de la poesía épica
francesa, y que sería quien compuso el Cantar inaugurando la épica
española, sirviéndose de sus lecturas y de las 'chansons de geste',
y mostrando su formación jurídica. Según Smith, tanto el sistema
formulario del Cantar como su métrica son préstamos de la épica
francesa. Sin embargo, aunque no cabe duda que los ciclos épicos
franceses influyen en la literatura española —como demuestra el que
aparezcan en esta personajes como Roldán, Oliveros, Durandarte o
Berta la de los grandes pies — las enormes diferencias en cuanto a
elementos maravillosos, exageración de las hazañas del héroe y menor
realismo, hacen que el Cantar pudiera ser redactado por cualquier
escritor culto de la época, sin necesidad de tener un modelo francés
cercano. De todas maneras, su profunda erudición puso en la pista de
la datación actual de fines del XII o principios del XIII a los más
acreditados investigadores sobre temas de fecha y autoría. Pueden
consultarse para ello los más autorizados actualmente, como Alan
Deyermond, Antonio Ubieto Arteta, María Eugenia Lacarra, Colin Smith
y Alberto Montaner Frutos.
Como vemos, toda una serie de circunstancias históricas y sociales
llevan a los investigadores actualmente a la conclusión de que hay
un único autor, que compuso el Cantar de mio Cid entre fines del
siglo XII y principios del siglo XIII, (de 1195 a 1207) que conocía
la zona aledaña a Burgos y la del valle del Jalón, culto, y con
profundos conocimientos jurídicos, pudiendo ser notario o letrado.
Toda la argumentación última está detallada en la edición de Alberto
Montaner Frutos. Fuente de algunos de estos artículos:
caminodelcid.org/ y
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