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Los
que dejan al rey errar a sabiendas, merecen pena
como traidores.
Alfonso X el Sabio
Los cántaros, cuanto
más vacíos, más ruido hacen.
Alfonso X el Sabio
Rey de
Castilla y León (1252-1284) nacido en Toledo el 23 de noviembre de 1221
y muerto en Sevilla el 4 de abril de 1284. Se trata del prototipo de
monarca letrado en la Edad Media hispana, y aun europea.
VIDA
Alfonso fue
el hijo primogénito del matrimonio habido entre Fernando III el Santo, y
Beatriz de Suabia, cuya boda se había celebrado dos años antes. Por el
linaje materno, Alfonso estaba emparentado con las dinastías imperiales
de Alemania y de Bizancio, lo que en un futuro serviría para presentar
su candidatura al trono germánico. Apenas transcurridos quince meses de
su nacimiento, el 21 de marzo de 1223, el infante viajó a Burgos para
ser jurado heredero por las cortes del reino. Aunque gran parte de los
estudios sobre la figura de Alfonso X insisten en destacar que su
formación letrada tuvo lugar durante su infancia, realmente se conocen
pocas noticias de la niñez del monarca, ausencia mucho más lamentable en
cuanto estos años de formación serían decisivos en el devenir cultural
de su vida. Más preocupado su padre, Fernando III, en aquilatar su
proyecto político como rey de León, la persona que más influencia habría
de ejercer en los primeros años del Rey Sabio fue su abuela, la reina
madre Berenguela. Bajo su admonición, y como era costumbre en la
Castilla medieval, al infante le fue asignado un ayo, García Fernández,
señor de Villadelmiro y Celada, que anteriormente había sido mayordomo
de la reina madre. En los señoríos gallegos de García Fernández fue
donde se crió el infante Alfonso, en compañía de Juan García, hijo de su
ayo, que más tarde se convertiría en uno de sus más destacados
colaboradores. Se comprende así, pues, que el monarca utilizase la
lengua gallega para sus composiciones poéticas, pues se había
familiarizado con ella desde pequeño.
Tal como solía ser habitual en la época, el infante Alfonso veló sus
primeras armas a edad muy temprana, concretamente en 1231, cuando
participó en la campaña militar castellana, encabezada por Álvar Pérez
de Castro y el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, contras las
tropas musulmanas del reyezuelo taifa de Murcia, Ibn Hud. La lucha tuvo
lugar en las cercanías de Jerez de la Frontera, y el propio monarca, en
el episodio que dedicó a esta batalla en la Primera Crónica General, ha
transmitido minuciosas noticias acerca de su bautismo de fuego. No
obstante, no puede aseverarse con certeza el que después de esta
actuación bélica el infante Alfonso participase en otras, principalmente
en la conquista de Córdoba (1236). Sí se sabe que aproximadamente por la
misma época Fernando III había comenzado la búsqueda de una princesa
para casar a su primogénito, primero Blanca de Champagne y de Navarra, y
después Felipa de Ponthieu, hermana de Juana, que se convertiría en
reina de Castilla al casarse con ella Fernando III, viudo (1235) de
Beatriz de Suabia. La muerte de su madre marcaría un hito importante en
la personalidad del infante Alfonso, que ya se había convertido en un
príncipe adolescente; en efecto, las rentas que le había donado su padre
sobre algunas ciudades castellanas (Salamanca y Alba de Tormes, entre
otras), le permitían disponer de una corte principesca de primer orden,
en la que además de Juan García, su compañero de infancia, también se
encuadraban otros hidalgos castellanos, como el magnate Nuño González de
Lara; de igual forma, se tiene constancia de que en los últimos años de
su periplo como infante heredero, Alfonso estuvo acompañado de un
preceptor que influiría sobremanera en el carácter del futuro Rey Sabio
como legislador: el italiano Jacobo de Junta, más conocido como Jacobo
de las Leyes por su principal obra, las Flores del Derecho, un pequeño
compendio de normas que el jurista dedicó a su discípulo y que fue muy
usado en la Edad Media hispana como referencia básica de estudio.
A la par que su formación literaria y erudita, el joven Alfonso se
convirtió en la mano derecha de su padre el rey en asuntos militares. En
1242 fue nombrado alférez real, oficio que estrenó de la manera
inherente un año más tarde, cuando fue encargado por su padre para
llevar a cabo la incorporación del reino de Murcia a la corona de
Castilla. El hijo de Ibn Hud, acosado por los otros reyes taifas, se
declaró vasallo de Castilla, lo que obligó al infante Alfonso a
encabezar las tropas y dirigirse a la frontera para tomar posesión del
territorio. Los habitantes de algunos lugares, como Lorca, Mula y
Cartagena, se resistieron a cumplir la orden del rey taifa, lo que
obligó a los castellanos a utilizar las armas. En 1244, como colofón de
oro a esta intervención, sería el propio infante el que, en nombre de su
padre, firmaría con el rey de Aragón, Jaime I el Conquistador, el
tratado de Almizra, mediante el que castellanos y aragoneses pactaban
unos nuevos límites de expansión territorial. Después de asentar la
conquista de Cartagena (1245), Alfonso corrió a socorrer a su padre, que
se hallaba en el asedio de Jaén, ciudad que también cayó en 1246. Ambas
operaciones fueron el antecedente previo a la gran conquista de Sevilla,
a la que asistió el infante comandando un importante grupo de tropas de
refresco en el año 1248. No permaneció demasiado en la recién
conquistada ciudad, ya que viajó hacia Castilla para hacer efectivo el
compromiso matrimonial adquirido por su padre en 1243, mediante el cual
el joven Alfonso se casaría con la princesa doña Violante de Aragón,
hija de Jaime I el Conquistador. Es significativo que Fernando III, aquejado de varios problemas de salud, no acudiera al enlace en
Valladolid (1249), lo que motivó que, apenas pasados unos días, el
infante Alfonso regresase a Sevilla para asistir a los últimos momentos
de vida de su padre. Las relaciones entre ambos se habían deteriorado en
los últimos tiempos, debido a la intervención de Alfonso a favor de
Sancho II de Portugal, que había sido desposeído del reino por el papa a
favor de su hermano, el futuro Alfonso III de Portugal. El ímpetu del
infante castellano pudo más que el consejo paterno y la intervención,
aunque baldía en el plano territorial, sirvió para afirmar la ideología
de expansión castellana que Alfonso iba muy pronto a poner en práctica.
PRIMEROS AÑOS DE REINADO
El 1 de junio de 1252, horas después del fallecimiento de su padre,
Alfonso X fue proclamado rey de Castilla y de León. Heredaba un reino en
buena disposición política, una vez llevada a cabo la pacífica unión de
las noblezas de Castilla y León en la integración del segundo por el
primero, y también un reino en clara trayectoria de expansión
territorial hacia el sur, donde los territorios que no habían sido
conquistados habían sido sometidos a tutela bajo el acostumbrado pago de
un tributo, las parias. Pese a ello, las primeras cortes convocadas por
el Rey Sabio, en Sevilla durante el mismo año de 1252, estuvieron
presididas por la crisis económica que azotaba al reino. El nuevo
monarca se esforzó en poner coto a la política inflacionista promoviendo
un mayor control de los gastos suntuarios; asimismo, también confiaba en
que el repartimiento de Sevilla, cuyos flecos todavía quedaban
pendientes, ayudaría al reino a salir de la inestabilidad económica a la
que las conquistas militares habían abocado.
En un plano más personal, es obligado destacar que el carácter de
Alfonso X como monarca autoritario también se dejó ver desde los
primeros momentos de su reinado, desde el mismo instante de su acceso al
trono. La extensa parentela dejada por su padre, Fernando III, amenazaba
con convertirse en un problema si, como en tiempos pasados, parte de la
familia real se ponía en contra del monarca. De ahí que Alfonso X
resolviera ejercer una estrecha vigilancia en las posesiones de su
hemanastro, el infante don Enrique, y sobre su madrastra, Juana de
Ponthieu. El control y el dominio absoluto del rey sobre las posesiones
de la Corona comenzó a ser una máxima dentro del ideal alfonsino de
poder monárquico. De forma paralela, durante los primeros tiempos de su
reinado, concretamente en los dos años que el monarca residió en Sevilla
(hasta 1254), comenzó a hacerse notar el florecimiento de una próspera
corte literaria y musical, formada por jóvenes caballeros de la misma
generación que el rey, como el trovador portugués Gonzalo Eanes do
Vinhal o los trovadores Per Amigo de Sevilla y Men Rodríguez Tenorio.
Este relevo generacional en el seno de la corte también alcanzó a los
cargos y oficios de la monarquía, que fueron copados también por jóvenes
como Ruy López de Mendoza o Rodrigo González Girón; todos ellos
llegarían a ser estrechos colaboradores de la política alfonsí.
GOBIERNO DE CASTILLA
Conforme a los postulados paternos, Alfonso X continuó con la
reconquista de los territorios del sur que habían permanecido en manos
de los musulmanes a través de dos caminos: la fuerza militar o la
negociación para convertir en tributarios a los reyezuelos islámicos. A
principios de 1253 logró que el rey de la taifa de Niebla se declarase
su vasallo, a lo que siguió una campaña militar para conquistar las
villas de Tejada y de Jerez de la Frontera. Ocupada esta última a
finales de 1252, después de que los musulmanes se hubiesen alzado contra
Castilla tras la muerte de Fernando III, Alfonso X estuvo en disposición
de realizar el viejo sueño de su padre, como fue la realización de una
cruzada contra el norte de África. Así, la actividad de construcción de
barcos y operaciones destinadas a la cruzada comenzó de forma frenética,
incluido el nombramiento de un nuevo almirante, Ruy López de Mendoza, y
la petición al papa de una bula de cruzada ante Alejandro IV, con quien
el rey castellano mantenía unas excelentes relaciones. En 1257 comenzó
la ocupación de Puerto de Santa María y de Cádiz, poblaciones que se
convertirían en bases de la política atlántica del Rey Sabio quien,
amparado en la bula de cruzada, ordenó diversas expediciones contra
ciudades norteafricanas, como Taount (1257) y Salé (1260). El interés de
Alfonso X en mantener abierto el frente norteafricano respondía tanto a
la necesidad de aquilatar su proyecto político interno, esto es, evitar
que el norte de África se convirtiese en origen de intervenciones
musulmanas en la península ibérica, pero también (y a veces mucho más
importante), el Rey Sabio vio en la guerra contra el infiel una
importantísima baza propagandística para aquilatar su candidatura al
trono imperial.
Como plasmaría en sus obras jurídicas, fue Alfonso X un férreo defensor
de la hegemonía del reino de Castilla y León en la Península Ibérica, En
este sentido, el monarca fomentó la idea imperialista en su propio reino
(rex est imperator in regno suo), de tal forma que convirtió la antigua
idea imperial de Alfonso VII en suya, modificándola y renovándola con
nuevos bríos. La mayoría de analistas actuales de su reinado concuerdan
en aceptar que la empresa imperial del Rey Sabio iba encaminada no sólo
a poseer el prestigio que tal dignidad suponía en la época (es decir: la
máxima dignidad temporal), sino también a reforzar el ideal autoritario
de Alfonso X en su propio reino y en los inmediatamente colindantes. La
obra legislativa alfonsí, el Espéculo, las Siete Partidas y el Fuero
Real, representa el primer intento de acabar con el sistema
feudovasallático por el que se regían las antiguas monarquías feudales,
evolucionando hacia lo que más adelante se conocerían como Estados
Modernos.
Otro punto importante en el pretendido autoritarismo de Alfonso X
subyace en la relación entre el rey y la nobleza. El Rey Sabio pretendió
ejercer un papel preponderante, no permitiendo el más mínimo margen de
maniobra a la clase aristocrática en cuanto a posición de poder se
refiere. Por ello, el monarca tuvo que salvar numerosos intentos de
sublevación, como el llevado a cabo entre 1254 y 1255 por Diego López de
Haro, señor de Vizcaya, quien al verse desplazado del oficio de alférez
por el rey en favor de Nuño González de Lara, promovió una revuelta en
la que utilizó al infante Enrique como arma arrojadiza, pretendiendo (al
menos en teoría) instalarle en el trono en detrimento de Alfonso X. Las
huestes legitimistas derrotaron a los rebeldes cerca de Lebrija en el
otoño de 1255, poniendo así fin a esta primera intentona nobiliaria por
cercenar la autoridad de Alfonso X. Sin embargo, como se verá más
adelante, no sería la última.
POLÍTICA EXTERIOR: EL
SUEÑO IMPERIAL
Al igual que en sus propios reinos, Alfonso X siempre mantuvo una
actitud expansionista con respecto a la política exterior, de acuerdo
con la idea que más tarde plasmaría en su obra legislativa acerca de la
preeminencia del rey en su territorio (rex est imperator in regno suo) y
sobre la expansión territorial como vía de demostrar cuán amplio era el
poder de un monarca. De esta forma, la relación de Castilla con las
monarquías de la época estuvo caracterizada por los ímpetus
expansionistas del reino peninsular. Ya se ha visto anteriormente cómo,
siendo todavía infante, Alfonso había protagonizado una lucha contra
Portugal; a pesar de que Alfonso X firmó como rey un tratado de paz con
Alfonso III de Portugal, Castilla incorporó el territorio del Algarve en
1253. Poco más tarde, aprovechando la debilidad de la monarquía navarra
tras la muerte de Teobaldo I, Alfonso X hizo fuerte su pretensión de
acceder a los territorios gascones que habían formado parte de la dote
de su bisabuela, la reina Leonor de Aquitania, con el objetivo de
presionar al reino de Navarra. El monarca inglés, Enrique III, firmó un
acuerdo con el Rey Sabio en 1254 mediante el cual se aseguraba la
fidelidad de Gascuña a los Anjou británicos, pero a cambio el rey
castellano se aseguraba la alianza inglesa en caso de intervención en
Navarra. El sello a este compromiso, tal como era tradicional en la
época, lo puso el matrimonio entre la infanta Leonor, hermana de Alfonso
X, y el príncipe Eduardo, heredero del trono inglés. Desde entonces, y a
pesar de la intervención aragonesa, Alfonso X instauró lo que algunos
historiadores han denominado como "protectorado" castellano en el reino
de Navarra, intentando neutralizar la influencia francesa en el reino
pirenaico peninsular.
Sin embargo, el frente político más agudo lo mantuvo el Rey Sabio con
respecto a su intento de ser coronado emperador, ese fecho del imperio,
como se denominaba en la época y como el propio Rey Sabio lo llamó en
sus crónicas. Federico II había fallecido en 1250 y las malas relaciones
mantenidas entre el linaje germano imperial, los Staufen, y el papado
hacían que la futura elección imperial se presentase bastante
desfavorable a los descendientes de Federico II. Guillermo II de Holanda
se había proclamado emperador y rey de romanos, pero no era unánimemente
aceptado, en especial por Roma. En esta tesitura de lucha continua, y
tras la muerte del pseudo emperador holandés, en el mes de marzo de 1256
llegó a Castilla una embajada encabezada por el síndico de Pisa, Bandino
Lancia, en la que la república italiana promovía como candidato al trono
imperial a Alfonso X. El animoso monarca castellano aceptó la oferta
halagadísimo, como es lógico suponer, a pesar de que en el terreno
material y político todavía quedaban muchas incógnitas que despejar.
En 1257, el rey de Bohemia, Ottokar II, comunicó al resto de electores
que los candidatos que optarían al trono eran el monarca castellano y
Ricardo de Cornualles, hemano de Enrique III de Inglaterra. Ni que decir
tiene que las hasta entonces excelentes relaciones mantenidas
institucionalmente entre castellanos y británicos procedieron a
enfriarse, lo que, a su vez, significó que Alfonso X se decantase por
aliarse con Francia, pensando que ello, además de sus buenas relaciones
con Alejandro IV, servirían para acceder a la tan ansiada dignidad. La
empresa comenzó a verse favorable cuando el papado promovió su
candidatura al ducado de Suabia, vacante por la muerte de Conrado IV, a
la que el monarca castellano presentó sus indudables derechos por parte
materna. Poco después, en mayo de 1257, cuando Ricardo de Cornualles se
hizo coronar en Aquisgrán como emperador sin el placet de Roma, Alfonso
X comenzó una política de enfrentamiento contra el otro candidato, a
priori con el consentimiento del papado; pero, en realidad, el monarca
castellano fue víctima del doble juego de Roma, que intentaba dividir al
bando gibelino e imponer su criterio en la elección.
Además, téngase en cuenta que la empresa imperial exigía un enorme
esfuerzo económico al reino de Castilla, lo que motivó que la
impopularidad del Rey Sabio fuese en alza, debido al incremento de
impuestos, tasas y subsidios solicitados a las Cortes para mantener un
fecho del imperio que, con el caminar del tiempo, se revelaba como
altamente imposible. Pese a ello, la política exterior de Alfonso X
consiguió algunos éxitos que pusieron de relieve el carácter europeísta
del monarca, como las alianzas con los duques de Borgoña y Lorena, con
el conde de Flandes e incluso el tratado de amistad entre Castilla y el
lejano reino de Noruega, firmado en 1257 y mediante el cual el infante
don Felipe, hermano del rey, casaría con la princesa Cristina de Noruega.
Otros episodios igualmente sintomáticos de esta amplitud de miras de
quien se consideraba a sí mismo como el más idóneo candidato a emperador
fue la ayuda prestada a María de Brienne, emperatriz cristiana de
Constantinopla, para recuperar a su hijo, cautivo por los venecianos,
así como las embajadas que el Rey Sabio recibió por parte del sultán de
Egipto. Obviamente, la afición del rey por la astronomía debió de
desempeñar un papel predominante en estos contactos, ciencia en la que
los musulmanes egipcios eran auténticos maestros. También cabe inscribir
en estos planes imperiales la boda entre el infante heredero, Fernando
de la Cerda, con Blanca de Francia, hija de Luis IX, celebrada en Burgos
en 1269, hecho que consolidó la alianza franco-castellana. Por ello, a
pesar de los reveses continuos que recibiera en el plano político el
fecho del imperio, no cabe duda ninguna del cosmopolitismo y la
solvencia de Alfonso X como candidato imperial. La última oportunidad
alfonsí tuvo lugar en 1272, con la muerte de Ricardo de Cornualles; a
pesar de encontrarse en plena rebelión de su nobleza y a pesar de que
los benimerines norteafricanos habían comenzado la invasión del sur de
España, Alfonso X viajó hacia Roma acompañado de un notable séquito y
con el apoyo de Francia, Inglaterra y parte de Italia, pero todo fue en
vano, ya que el pontífice Gregorio X se decidió, en 1273, por Rodolfo de
Habsburgo como emperador de Alemania. La Iglesia conseguía apartar a los
Staufen del poder en Alemania y finalizar el período denominado como
Gran Interregno (1250-1273). Obviamente, se acababa el sueño imperial
para el monarca castellano, que rápidamente tuvo que centrarse en la
alta impopularidad que le había acarreado el desgaste económico de su
reino en pos de la corona imposible.
PROBLEMAS INTERNOS
En el devenir de la política norteafricana de Alfonso X se cruzó el
problema de los mudéjares, es decir, la población musulmana que vivía en
zonas recientemente conquistadas por los cristianos. En principio, cabe
decir que el rey castellano había respetado escrupulosamente a las
minorías según lo pactado en las capitulaciones; pero la ocupación de
Jerez y la reconstrucción de Cádiz comenzó a poner difícil la
convivencia entre pobladores de ambas religiones. Entre 1261 y 1262,
Alfonso X tomó Niebla y comenzó la repoblación de Cádiz, lo que conllevó
también la expulsión de los musulmanes de Écija (1263) y, principalmente,
la ocupación del antiguo reino de Niebla. El Rey Sabio supo calmar la
preocupación del monarca portugués, Alfonso III, renunciando al Algarve
en favor del infante Dionís, nieto del rey castellano, en diversos
tratados firmados entre 1263 y 1267. En este período de tiempo fue
cuando los mudéjares se sublevaron en Jerez, Medina Sidonia, Alcalá de
los Gazules, Vejer y Murcia, alcanzando un éxito inicial debido a que
los intereses del Rey Sabio se encontraban todavía en el fecho del
imperio. La reacción comenzó en 1264 y finalizó en 1269, en la que la
mayor parte de musulmanes fueron expulsados de sus territorios y el
monarca dictó severas leyes contra el establecimiento de mudéjares,
disipando así la amenaza de nuevas rebeliones pero causando un grave
quebranto económico en todas esas regiones porque nadie tomó el relevo
del papel económico que desempeñaban los mudéjares en el campo agrario.
El propio rey dirigió personalmente la reordenación territorial y social
del reino de Murcia, donde permaneció entre 1271 y 1272. Cabe señalar
también que con ocasión de estas reformas en Murcia, se hizo visible la
mejora sufrida en la relación personal entre Alfonso X y su suegro, el
rey de Aragón Jaime I, que también aconsejó y fue partícipe en esta
reorganización tras la revuelta mudéjar.
En 1268 Alfonso X convocó Cortes en Jerez de la Frontera, donde se llevó
a cabo una rigurosísima reforma fiscal y salarial, con una minuciosidad
de tal calibre que algunos historiadores, como Claudio Sánchez Albornoz,
han denominado a los planes del Rey Sabio "economía dirigida", ya que el
esfuerzo por acabar con la crisis económica que azotaba el reino,
interpretándolo conforme a los postulados políticos que defendió siempre
el monarca, le llevaron a realizar un minucioso seguimiento de tasas,
salarios, servicios, pesos, medidas, monedas... El intento de
racionalizar la economía no dio los resultados apetecidos, pero cabe
señalar que se trató de una estrategia económica que pudo frenar en
parte la tremenda crisis, tanto coyuntural como estructural, que se
vivía en el reino. Sin embargo, el desgaste sufrido por el monarca,
debido principalmente a su voluntad autoritaria, iba a desencadenar una
cadena de desastres a partir de 1272 que barnizarían de tristeza y de
desencanto el último decenio de su gobierno.
REBELIÓN NOBILIRIA
E INVASIÓN MUSILMANA
Mientras
Alfonso X se hallaba solucionando los problemas que la revuelta mudéjar
había causado en Murcia, parte de la nobleza celebró una reunión
nobiliaria en Lerma, a la que incluso acudió el infante don Felipe,
hermano del rey. Como ya se ha visto anteriormente, no era la primera
vez que la nobleza pretendía realizar un golpe de efecto contra la
política alfonsí, pero en esta ocasión la fuerza de los conjurados en
Lerma era amplísima, pues entre ellos, además del infante don Felipe, se
encontraban los grandes nobles del reino, en especial los linajes de
Lara, Haro y Castro. Dejando aparte algunos problemas de tipo personal y
algunas reclamaciones de índole económica (lo gravoso de los gastos por
el fecho del imperio), el principal problema estribó en el rechazo de
los nobles hacia el Fuero Real, código legislativo alfonsí que había
sido impuesto por el monarca no sólo en sustitución de los antiguos
fueros de las villas y poblaciones, sino también como ley máxima en
regir las relaciones feudo-vasalláticas del rey con sus súbditos. La tan
medieval figura del rey como primus inter pares fue modificada por el
Rey Sabio merced a la implantación del Fuero Real, lo que hizo a la
nobleza movilizarse en contra de esta nueva ley, pero sobre todo para
mantener vivas sus aspiraciones a intervenir en el poder del reino y a
consolidar las cuotas de poder conquistadas a lo largo de los tiempos.
La Crónica de Alfonso X constituye la fuente básica para conocer todos
los farragosos y múltiples detalles de esta rebelión, además del estudio
clásico de Ballestero Beretta sobre Alfonso X, que desgrana punto por
punto los enfrentamientos entre monarca y nobleza. Resumiendo los hechos,
tras la junta nobiliaria de Lerma el monarca se limitó a enviar a
algunos de sus agentes, como Fernán Pérez, deán de Sevilla, puesto que
el fallecimiento de Ricardo de Cornualles, su enemigo en la carrera
imperial, parecía abrir de nuevo las posibilidades de acceso al trono.
Cuando las noticias del deán sevillano fueron más alarmantes, Alfonso X
se decidió a visitar Castilla, aunque sin precipitación. Finalmente,
llegó a Burgos en septiembre de 1272, donde celebró diversas audiencias
y atendió a las quejas de sus nobles. Visiblemente preocupado por llegar
a un pacto rápido que le permitiera ocuparse de la renacida esperanza
imperial, accedió a la gran mayoría de peticiones de los nobles, en
especial la de que un tribunal de hidalgos se convirtiese en máximo
órgano de arbitraje en los pleitos feudales; como prueba de su buena
voluntad (y también de sus prisas), el monarca también renunció a
aplicar el Fuero Real, dejando que las ciudades regresasen a guiarse por
sus antiguos fueros. Pero la actitud de la nobleza continuó impasible:
decididos a llegar hasta el final, proclamaron a los cuatro vientos su
decisión de desnaturalizarse del reino, esto es, de renunciar al vínculo
vasallático al que estaban obligados hacia el rey de Castilla y a buscar
un nuevo monarca a quien servir, dentro de la teoría clásica del
feudalismo. Después de buscar apoyos en Navarra, finalmente se
decidieron por establecerse en Granada, al servicio de Muhammad I, lo que además constituía una flagrante traición. Por ello, el clima de
guerra fue creciendo cada vez más y sólo la intervención de la reina
Violante y las amenazas de una acción conjunta de Alfonso X y Jaime I
sobre el reino de Granada hicieron desistir a todos los implicados de
lanzarse a una guerra. La paz firmada en Granada en diciembre de 1273
supuso, a la vez, una tregua entre Castilla y Granada, la calma entre
Alfonso X y su nobleza, pero también la claudicación de gran parte del
proyecto político alfonsí al dejar de aplicarse las normativas
propugnadas por el monarca. La sociedad todavía no estaba dispuesta a
tamaña demostración de autoritarismo regio, de ahí que habitualmente se
presente al Rey Sabio como un adelantado a su tiempo. Y, desde luego, en
el caso castellano, así lo es, pues todas las conquistas posteriores de
la monarquía con respecto a la elevación de su autoridad en detrimento
de nobleza, ciudades y Cortes se debe al sustento legítimo de la
legislación alfonsí.
De vuelta a Castilla tras la frustración definitiva del sueño imperial,
en el año 1275 una nueva desgracia aconteció a Alfonso X: el comienzo de
la invasión del sur de España por una dinastía beréber, los meriníes o
benimerines, quienes, considerándose herederos del poderío almohade en
el sur y con la ayuda de Muhammad II, nuevo rey de Granada, intentaron
aprovechar todos los síntomas de debilidad que ofrecía el gobierno de
Alfonso X. Hacia primeros de mayo Vejer y Jerez de la Frontera fueron
víctimas de saqueos, lo que movió al rey a enviar tropas hacia Sevilla
al mando de su hijo ilegítimo, Alfonso Fernández el Niño, al tiempo que
comenzaba una movilización a gran escala que, en teoría, iba a ser
dirigida por el infante heredero, don Fernando de la Cerda. Pero éste
falleció en octubre de 1275, cuando se encontraba en Ciudad Real
preparando a sus tropas. La muerte del heredero abría otra nueva brecha
en la carrera por la sucesión del trono que supo hábilmente aprovechar
su hermano, el infante don Sancho (futuro Sancho IV), que pese a su
corta edad se hizo cargo de la defensa de la frontera y gracias a sus
hábitos militares pudo forzar la retirada de Abú Yusuf, comandante
benimerí, en enero de 1276. A pesar de que Jaime I, suegro de Alfonso X,
envió un ejército aragonés para ayudar a su yerno, en 1277 Abú Yusuf
volvería a desembarcar en Tarifa para llevar a cabo devastadoras
campañas en las zonas de Sevilla, Córdoba y Jaén. Alfonso X decidió
llevar personalmente las riendas de la defensa, intentando virar el
destino de la invasión, pero la superioridad militar de los benimerines,
tanto táctica como cuantitativa, destrozó las esperanzas cristianas. Con
el hundimiento de todos los buques de la armada castellana en Algeciras,
en el año 1278, Abú Yusuf inflingió un severísimo castigo al antaño
poderoso ejército de Alfonso X, con lo que el monarca, tremendamente
desmoralizado y con las arcas del reino exhaustas, se apresuró a
solicitar una tregua, que se firmó en 1279. Un año más tarde de esta
firma, el Rey Sabio volvió a atacar el reino de Granada, con la ayuda de
las órdenes militares y, sobre todo, de su hijo, el infante don Sancho,
que llevó la dirección de la empresa por una indisposición del monarca.
A pesar de triunfar en Moclín, el 23 de junio de 1280, la campaña no dio
los resultados apetecidos. A Alfonso X comenzaban a pesarle demasiado
los sueños rotos: el imperio, las tierras antaño conquistadas por él y
por su padre en manos de musulmanes otra vez, la destrucción de la flota
en Algeciras y, con ella, la imposibilidad de llevar a cabo la cruzada
contra el norte de África...
LOS
ÚLTIMOS AÑOS: LA GUERRA CIVIL
En 1281, Alfonso X reanudó el hostigamiento contra Granada. El grueso de
las tropas, dirigidas por él mismo, por el infante don Sancho y por
Alfonso Fernández el Niño, devastó gran parte del poderío nazarí, lo que
obligó a Muhammad II a firmar una tregua ventajosa, en la que todas las
fortalezas y castillos de la frontera pasaron a manos castellanas. Si
Alfonso X no pudo recuperar los territorios ocupados por los benimerines,
al menos pudo diseñar una estrategia de defensa fronteriza para evitar
males mayores. En el otoño de 1281, la convocatoria de Cortes en Sevilla
parecía asegurar la estabilidad interna de un reino que había estado a
escasa distancia del caos. Pero entonces surgió la querella sucesoria,
ya que la muerte antes mencionada del infante Fernando de la Cerda
precipitó una gran tensión en el seno de la corte por conocer cuál sería
el heredero del trono. A finales de esas mismas Cortes, Alfonso X
mantuvo una entrevista con el infante don Sancho, con el fin de
salvaguardar los derechos sucesorios del infante Alfonso de la Cerda,
hijo del finado Fernando y nieto del monarca. La intención del Rey Sabio
era la de ceder a su nieto el reino de Jaén y salvaguardad así unos
derechos sucesorios que, legalmente, según lo estipulado en Las Partidas,
pertenecían a los hijos del fallecido infante. Sin embargo, el carácter
hosco del infante don Sancho se manifestó en toda su plenitud,
enfureciéndose con su padre pues, según él, le correspondían los
derechos sucesorios en virtud del derecho tradicional. Cabe decir que
don Sancho, merced a sus intervenciones militares antes vistas y también
por el papel desempeñado como cabeza visible del gobierno de Castilla
durante las continuas ausencias de su padre, se había ganado el respeto
de toda la nobleza del reino, lo que contaba a su favor. Incluso en las
cortes de 1276 (Burgos) y de 1278 (Segovia), había sido declarado
oficialmente herededo, lo que chocaba con las intenciones del rey Felipe
III, tío de los infantes de la Cerda, que presionaba a Alfonso X e
incluso lo amenazaba con invasiones y guerras en caso de no nombrar a su
sobrino como heredero.
Sancho, que sería apodado el Bravo con posterioridad, fue hábil para
aprovechar de la impopularidad de su padre, factor que se agudizó con la
petición en las Cortes de 1281 de una nueva emisión de moneda. El
infante aparecía ante concejos y nobleza como el defensor de las
tradiciones de Castilla, como el hombre que podía acabar con la crisis
agudizada. Así, el Rey Sabio tuvo que convivir durante sus últimos años
con una guerra civil en la que su propio hijo, don Sancho, su propia
esposa, la reina Violante, y otros personajes de la familia real, como
el infante don Manuel, realizaron una ceremonia en Valladolid, el 21 de
abril de 1282, en la que se simuló una deposición figurada de Alfonso X
como rey de Castilla y la proclamación de Sancho como nuevo rey. Siglos
más tarde, en 1465, idéntico ceremonial fue utilizado por los enemigos
de Enrique IV para derrocarle en beneficio de su hermano, Alfonso el
Inocente, en la llamada Farsa de Ávila.
Alfonso X todavía intentó jugar algunas bazas, como deposiciones y
donaciones de territorios a quienes peleasen a favor de su causa, pero
la realidad es que la nobleza de Castilla y el alto clero se encontraba
inmersa en un tremendo juego de alianzas y ambigüedades políticas,
intentando lograr la máxima recompensa. A pesar de contar con el apoyo
exterior del papa, de Inglaterra, de Aragón y de Portugal, la obediencia
a Alfonso X se limitaba en 1282 a los reinos de Sevilla y de Murcia,
mientras que toda Castilla la Vieja se había pasado al bando de Sancho.
Pero muy pronto los infantes don Pedro y don Juan intentaron
desvincularse de su hermano y negociar con el reino de León un acuerdo
similar al logrado por su hermano, lo que conllevó que poco a poco
lloviesen las deserciones de nobles que, previendo la catástrofe,
pidieron perdón a Alfonso X y retomaron su lugar en la legitimidad. Con
los benimerines ahora actuando a favor del Rey Sabio, el infante Sancho
buscó una solución negociada al conflicto en 1283, pero su padre ya
había decidido excluirle de la sucesión y maldecirle, como se comprueba
en su testamento, redactado en 1284, en el que, en previsión de luchas
civiles y pensando en la menor edad de sus nietos, los infantes de la
Cerda, declaraba como heredero de Castilla y León nada menos que al rey
de Francia, Felipe III, a quien correspondían derechos por línea
familiar. En la mente del Rey Sabio, sin duda, estaba el convencimiento
de que Felipe III, como tío y tutor de los infantes de la Cerda,
administraría el reino hasta la mayoría de edad del infante Alfonso y
entonces se cumpliría la legalidad de derechos al trono que revestían a
su nieto. Pero en el propio seno de la corte regia estas disposiciones
se juzgaban como totalmente disparatadas, de ahí que Sancho el Bravo,
conforme al derecho tradicional, apenas tuviese problemas para ser
elegido nuevo rey a la muerte de su padre, obviando la disposición
testamental y contando con el apoyo de todos los sectores del reino.
MUERTE Y DESCENDENCIA
La hidropesía, tendencia a la deshidratación y a los desarreglos
intestinales, era una enfermedad muy común en la época medieval que
Alfonso X había heredado de su padre, Fernando III. Durante los últimos
años de su reinado, con todos los acontecimientos en su contra, su
dolencia se había agravado hasta causarle la muerte, en Sevilla, el 4 de
abril de 1284. Todavía permanece como duda entre los historiadores si es
cierto, como indica la Crónica de Alfonso X, que el monarca perdonó a su
hijo Sancho en el lecho de muerte, o si (como todo parece indicar), se
trata de una idea lanzada por la propaganda afín a su hijo para que le
fuese más sencillo heredar el trono. Provisionalmente, fue enterrado en
la catedral de Sevilla, debajo del sepulcro de sus padres.
El testamento del Rey Sabio, escrito de su puño y letra, con su hermosa
caligrafía y con su gran capacidad prosística, resulta un documento
literario de primer orden para conocer el estado de ánimo del monarca y
cómo veía el transcurrir de su vida en el mismo momento en que ésta
terminaba. Dejando de lado las cláusulas sobre la herencia del reino,
Alfonso X se muestra como el idealista cristiano que era: su gran
intención, de haber sido coronado emperador, era la de recuperar los
Santos Lugares para orgullo de la cristiandad, razón por la cual eligió
que su cuerpo fuese enterrado en la parte de sus reinos más cercana al
Santo Sepulcro, es decir, en el reino de Murcia. Asimismo, encargó a
frey Juan Fernández, maestre de la orden templaria en Castilla, que se
encargase de trasladar su corazón para que fuese enterrado en el Monte
Calvario de Jerusalén, para que allí hallase el reposo necesario. A
pesar de los reveses, la defensa de los ideales que él creía correctos
seguían manteniendo su espíritu por encima de todo.
Además de la descendencia tenida en su matrimonio con Violante de Aragón,
el monarca dejó varios hijos ilegítimos. Tal vez por ser la primera,
Alfonso X siempre guardó un especial cariño a la princesa Beatriz,
futura reina de Portugal, habida en la relación sentimental que el rey,
cuando era infante, mantuvo con doña Mayor Guillén, hija de Guillén
Pérez de Guzmán, uno de los magnates del reino. Además de otra hija,
llamada Berenguela, abadesa del convento burgalés de Las Huelgas, hay
que destacar como hijo ilegítimo del monarca al ya citado Alfonso
Fernández el Niño, que tantos servicios prestó a su padre como capitán
de tropas militares. Cabe decir que, salvo el infante Fernando de la
Cerda, al que su muerte prematura privó de la herencia del reino, los
hijos legítimos del monarca, los infantes Sancho, Pedro y Juan, no
crearon al monarca más que problemas, de ahí que se aprecie un mayor
reconocimiento del Rey Sabio hacia sus hijos ilegítimos.
Resulta complicado realizar una valoración somera de la figura política
de Alfonso X, por todo lo que ésta conlleva. A modo de breve corolario,
las palabras del maestro M. González Jiménez sirven como excelente
síntesis de la importancia de Alfonso X en la historia española y
euroepa:
Con su muerte desaparecía el más Sabio y el más universal de nuestros
reyes medievales; también, el menos comprendido en su tiempo y el más
desgraciado. La historia, sin embargo, ha reivindicado la figura de este
"monarca polifacético y, a la vez, contradictorio", cuyo reinado y obra
han despertado y despiertan el interés de los especialistas tanto de la
historia general como de la historia de la literatura, de la lengua, del
derecho, de la ciencia o de la música. Por todo ello, y a pesar del
final amargo de un rey que, en expresión feliz de Ballesteros, "se
adelantó a su tiempo", el reinado de Alfonso X marca, desde muchos
puntos de vista, un momento excepcional de la historia no sólo de
Castilla y León, sino de Europa entera.
OBRA
En lo que realmente sobresalió su reinado fue en su extraordinaria labor
científica y cultural. Esto fue debido al desarrollo incipiente de la
joven cultura occidental, en su expresión castellana. Se considera a
Alfonso X el fundador de la prosa castellana y el primer historiador que
adopta una visión moderna de la ciencia histórica. Organizó el estudio
de diferentes ámbitos del conocimiento: Leyes, Historia, Ciencia, y
Artes Recreativas en los tres centros culturales de su reino: Toledo,
Sevilla y Murcia, con la colaboración de un equipo de traductores,
compiladores y autores originales. Durante esta labor se encargó de
recoger y supervisar la documentación manejada por este grupo de
colaboradores por lo que, a pesar de ser una tarea de equipo, destacó en
ella su estilo personal.
Además de protector de las artes y el saber, cultivó como ningún otro el
ideal del imperator litteratus. Constituye el gran baluarte de las
letras medievales castellanas en su época más temprana, por su interés
en ennoblecer la lengua vernácula, el castellano, y dotarla de valor
literario y poder como transmisora de cultura, en detrimento de la
lengua latina. Asimismo, intentó lograr la paz dentro de las fronteras
de sus reinos castellano y leonés y dotar a sus posesiones de códigos
legales avanzados. Por otro lado, en el terreno de la política europea,
optó a la corona imperial. Junto a ello, destaca la colaboración que
procuró entre las tres culturas de la España medieval (cristiana, árabe
y judía), que se fraguó en los trabajos de traducción y redacción de su
scriptorium, que fue la continuación de ese fenómeno cultural que
denominamos Escuela de Traductores de Toledo, extendiéndola a Sevilla y
Murcia.
Los hechos históricos más importantes de su reinado (al que accedió en
1252) son su labor en el proceso de reconquista, con la incorporación de
Murcia a sus tierras, la firma del tratado de Almizra, la toma de Jerez,
del reino de Niebla y de Cádiz, así como sus aspiraciones al imperio
romano-germánico, que, desde 1256 hasta 1275 (fecha de su renuncia al
mismo ante Gregorio X) le ocasionaron la enemistad de la nobleza
castellana y, finalmente, la lucha con su propio hijo Sancho, futuro
Sancho IV.
La obra de Alfonso X se organiza como un gran corpus dotado de
pretensiones enciclopédicas y subordinado a su dimensión histórica
española y europea. En él las obras históricas nacen con el intento de
recuperar, en parte, el pasado hispano, en especial el visigodo, y de
asentar las bases de autoridad sobre las que desplegar sus demandas a la
corona imperial. Las obras jurídicas se explican dentro de su perfil
hispánico, como baluartes de la paz y unidad nacionales. Sus obras
científicas y didácaticas se articulan como integradoras de las culturas
de la Península Ibérica. Su obra lírica rinde tributo a Dios por
mediación de la Virgen María, insertando su mundo histórico de saber y
actuación política en el marco apropiado de la religiosidad y la
devoción medievales.
Las dos obras históricas alfonsíes son la Estoria de España y la General
Estoria. El proyecto de la Estoria de España parece haber recibido
atención prioritaria por parte del monarca desde 1270 hasta 1275, pero
al llegar a su capítulo 616 lo abandonó; no obstante, su scriptorium
continuó compilando y añadiendo materiales. En la Biblioteca de El
Escorial se conserva un manuscrito, E1, que recoge hasta el capítulo
565. La Estoria, hasta el capítulo 616, abarcaba desde la historia
romana hasta el reinado de Alfonso II el Casto, y es la parte
considerada generalmente como alfonsí; no obstante, es la segunda parte
la que con más frecuencia ha atraído la atención de la crítica, pues es
en ella donde aparecen los cantares de gesta prosificados que tan
importantes son para conocer nuestra épica castellana medieval. El
problema de las dos versiones de la leyenda de Bernardo del Carpio,
asunto que se relataba en el capítulo 616, se solucionó de dos modos
diferentes, dando origen a la versión regia y la versión vulgar.
La primera, realizada en tiempo de Sancho IV, también se denomina
Versión amplificada de 1289, y se recoge en un manuscrito lujoso
denominado E2; la segunda, dividida en otros cuatro manuscritos y
extendida a lo largo de otros casi doscientos capítulos, fue utilizada
para la creación de las crónicas generales del siglo XIV (Crónica de
tres reyes, Crónica de veinte reyes, etc.). Alfonso X se sirve del
Toledano, el Tudense, crónicas latinas, leyendas, historiadores y poetas
clásicos, historiadores árabes y cantares de gesta épicos que se
prosificaron en la redacción. La General Estoria se incia en 1272. Las
pretensiones europeístas alfonsíes hacen que el proyecto de la historia
española se abandone en detrimento de esta nueva empresa; en ella se
relata la historia del mundo, dividiéndola en seis edades, según el
modelo de los Cánones de Eusebio de Cesarea, revisados por San Jerónimo.
Incluye los hechos de Egipto, Asiria, de los reyes de Inglaterra, de
Babilonia, Media, Persia, Egipto, Grecia, Roma y la historia de España
anterior al nacimiento de Cristo. La quinta parte está incompleta, así
como la sexta, sólo pergeñada, y que hubiera llegado hasta los padres de
la virgen María. La historia bíblica, G. de Monmouth, Lucano y Ovidio
son parte de las influencias que se observan en la obra, concebida como
un conjunto orgánico y enciclopédico.
Escucha - Alfonso X el Sabio: Loor de España. (127 Kb)
La obra jurídica alfonsí se inspira en el deseo de lograr la paz y
unidad nacionales y, como la histórica, está redactada en romance. La
primera obra emprendida por Alfonso fue el Setenario, comenzado a ruegos
de su padre Fernando III y concluido cuando ya era rey. El libro, con
rasgos claramente enciclopédicos, se estructura con acuerdo al patrón
del número siete y aborda numerosas materias de tipo eclesiástico. A
ella siguió el Fuero real (redactado hacia 1255), única obra legal que
llegó a promulgarse en vida del monarca y que cuenta con una riquísima
tradición manuscrita por haberse otorgado a múltiples lugares; el
propósito del monarca era aquí el de abolir, mediante una única obra, la
multitud de fueros legales particulares castellanos y leoneses.
FUERO REAL DE ALFONSO X
EL SABIO
El Espéculo
ha hecho dudar a la crítica si se trata de una borrador de las Siete
Partidas o de una obra posterior a ésta. Aunque fue enviado a todas las
ciudades para que lo usaran, no se promulgó nunca en vida del monarca.
Sin duda alguna, la obra jurídica de mayor importancia de Alfonso X son
las Siete Partidas, concebida como un tratado de derecho civil, penal y
eclesiástico que regula todos los aspectos del vivir nacional; de la
redacción vernácula, Alfonso pensaba pasar a una versión en latín para
todos sus súbditos de Europa, algo que nunca tendría lugar al frustrarse
sus aspiraciones al imperio romano-germánico. Las Partidas fueron
sancionadas definitivamente por Alfonso XI en el Ordenamiento de Alcalá
de Henares de 1348; desde ese momento, y en aquellas materias que sólo
en este cuerpo legal se trataban, se usó comúnmente, se estudió en
profundidad y se glosó. Especial fama tuvo, por sus títulos sobre los
caballeros y el arte militar, la Segunda Partida.
LAS SIETE PARTIDAS. ALFONSO
X
Junto a la obra histórica y jurídica, Alfonso X fomentó la traducción de
libros astronómicos y astrológicos, en especial de procedencia árabe y
judía, traducidos por lo general al latín y de esta lengua al castellano.
Entre éstos pueden citarse los Libros del saber de astronomía y los
cuatro libros astrológicos, el Libro de las cruzes, el Libro conplido en
los iudizios de las estrellas, el Libro del cuadrante señero y el
Picatrix, en los que se mezclan enseñanzas astronómicas, cabalísticas,
virtudes de las piedras, etc. Parecido al último título citado, cuyo
original árabe parece remontar al siglo XI, es el Lapidario, obra de
Yehuda Mosca, incluye hasta cincuenta dibujos que representan figuras de
animales zodiacales; en éste, la astrología aparece claramente ligada a
la ciencia de las piedras y la medicina, algo propio de aquel momento.
Como en el caso de las obras históricas y líricas, es difícil imaginar
cuál fue la participación autorial del monarca en estas empresas. La
crítica ha aceptado que su labor se redujo, en la mayoría de las
ocasiones, a la de organizador, director e inspirador del trabajo. Sin
embargo, su participación en los prólogos de las obras mencionadas
parece más personal.
LIBRO DEL SABER DE
ASTRONOMÍA
Entre las
obras recreativas que se escribieron por mediación de Alfonso X, destaca
el Libro del axedrez, dados e tablas, en la que el monarca posiblemente
participó de modo personal y que recoge el simbolismo de las figuras y
movimientos del ajedrez, de origen árabe. También vertió al castellano
un tratado cinegético árabe: el Libro de los animales que caçan, cuyo
bello y temprano manuscrito principal fue adquirido por la Biblioteca
Nacional de Madrid en 1984. También algunas obras didácticas fueron
animadas por el Rey Sabio, la más importante de las cuales es el Calila
e Dimna, una labor llevada a cabo cuando aún era príncipe; desconocemos
el grado de relación que pudo tener con obras que fueron igualmente
preparadas durante el reinado de su padre, como diversas obras
encargadas por el monarca a Juan Gil de Zamora, entre ellas un Ars
musica, obras históricas y una colección de milagros de la Virgen María;
además, a Alfonso X se le debe el encargo de las vidas de santos
compiladas por Bernardo de Brihuega.
ESCUCHA - "CANTIGA
- ALFONSO X EL SABIO
La obra literaria del monarca sabio no sólo se reduce a la prosa sino
que también abarca la poesía. En este caso, siguiendo la moda de la
época, su producción lírica se escribe en gallego-portugués. Las
Cantigas de Santa María es una obra de colaboración pero con la huella
personal y autorial del monarca; constituye un conjunto de 427 poemas,
repartidos entre milagros marianos, cantigas amorosas y loores (una de
cada diez, en lo que C. Nepaulsingh ha denominado una estructura de
rosario) de la Virgen. La crítica ha señalado que el poeta Airas Nunes
debió de tener una gran participación en la obra como organizador. Las
Cantigas, asimismo, pensadas como un conjunto de 100 composiciones,
crecieron en diversas etapas hasta albergar el número de composiciones
mencionado desde 1270 hasta 1282. Las formas métricas utilizadas son
abundantes, destacando entre ellas el uso del villancico. Los cuatro
manuscritos que han conservado la obra (entre los que destaca el códice
rico) nos han transmitido la música de muchas de ellas. Igualmente,
estos manuscritos nos han transmitido las miniaturas que acompañaban a
estas composiciones líricas, obra primorosa de la iluminación medieval.
Con el cuerpo de obras que acabamos de revisar, Menéndez Pidal habla de
dos épocas de creación: la primera (1250-1260), volcada a la traducción,
mientras la segunda (1269-1284) corresponde a las obras originales, como
sus dos crónicas o las Cantigas de Santa María. En esta última fase, y
especialmente en su obra poética, se cree que participó más activamente
el Rey Sabio, aunque por regla general su actuación se limitase a las
tareas indicadas en un célebre pasaje de la General Estoria: "así como
dixiemos nos muchas vezes, el rey faze un libro, non por que´l él
escriua con sus manos, mas porque compone las razones dél, e las
enmienda e yegua e enderesça, e muestra la manera de cómo se deuen fazer,
e de sí escriue las qui él manda; pero por esto dezimos por esta razón
que él faze el libro". Como quiera que sea, la empresa cultural alfonsí
no resiste parangón en el siglo XIII peninsular, pues es el mensajero de
un despertar cultural que continuaría, a pesar de las ideas heredadas,
durante el reinado de Sancho IV.
ASPECTOS MUSICALES
En el terreno musical creó la cátedra de música de la Universidad de
Salamanca (1254) y fue protector y admirador de muchos trovadores, como
Bonifacio Calvo, Guiraut, Riquier o Guillén de Cervera. Rey de un
territorio donde convivían cristianos, judíos y musulmanes, Alfonso X, a
diferencia de la gran mayoría de monarcas europeos de la época, protegió
las herencias culturales de todas las culturas. El resultado musical más
importante de estos esfuerzos fueron las Cantigas de Santa María, una
compilación de 428 obras, la mayoría escritas en gallego, de las que se
sabe que el rey compuso varias personalmente.
En esta obra se aúnan con brillantez las influencias romanas,
visigóticas, árabes, hebreas y trovadorescas, se consiguen importantes
innovaciones y constituye, en general, una de las obras principales de
la Edad Media europea. Comprenden melodías gregorianas cantadas en
lengua vulgar, motetes latinos cantados polifónicamente y su parte más
importante procede directamente del folclore tradicional de los
diferentes pueblos del reino de Castilla. Otras son directamente
innovaciones de Alfonso X y su equipo de compositores. La influencia de
esta compilación sobre la música medieval europea fue muy grande. Han
inspirado incluso obras de compositores actuales como Julián Orbón y
Mauricio Ohana.
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