|
|
Enamorarse es sentirse encantado por algo,
y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección.
José Ortega y Gasset
Vencerse a sí mismo un
hombre es tan grande hazaña, que sólo el que es grande puede
atreverse a ejecutarla.
Pedro Calderón de la Barca
INTRODUCCIÓN
El conjunto de las disciplinas y corrientes de estudio que se ocupan
del estudio de la Literatura desde sus distintas vertientes y que
atienden a todos los factores relativos al hecho literario cae en el
ámbito de la llamada Teoría literaria, Teoría de la Literatura o, en
ciertas ocasiones, Crítica literaria. La preservación de los textos,
junto con su estudio e interpretación, desembocó en el desarrollo de
unas técnicas que están en la base de la Filología, primera entre
todas las grandes corrientes de estudio de los textos literarios.
FILOLOGÍA Y
CRÍTICA LITERARIA
La crítica literaria es sólo algo posterior al nacimiento de los
propios textos, ya se manifieste en tareas de interpretación,
hermenéutica o exégesis, bien lo haga a través de un ejercicio de
fijación del texto, de edición o de ecdótica. Estas tareas ecdóticas
y hermenéuticas son la base de la llamada Filología, disciplina cuyo
surgimiento seguimos fijando en la Grecia anterior a la era
cristiana. No obstante, hay precedentes que nos remiten a una de las
obras más primitivas de la historia de la humanidad, el Gilgamesh,
texto épico que conocemos gracias a una redacción asiria cuya
fijación hubo de suponer una ardua labor de rastreo y un enorme
esfuerzo filológico a quienes lo escribieron.
De todos modos, los orígenes de los estudios literarios habría que
remontarlos, por una parte, a la labor de los estudiosos judíos
sobre la Tora, su fijación y su interpretación (la transmisión del
texto sagrado es competencia de la mesorah); por otra, inquietudes
filológicas son también las que descubrimos en el grupo de eruditos
de la Biblioteca de Alejandría que, desde su inauguración en el año
324 a. C. hasta su destrucción por los musulmanes en el 640, se
dieron a una ardua labor que atendió particularmente a los textos
homéricos, con el propósito de llegar a ediciones esmeradas que
facilitasen su posterior lectura e interpretación.
Los llamados Prerrenacimientos o el Renacimiento que se inicia con
el Trecento italiano y alcanza al siglo XVI tienen un signo
fundamentalmente filológico, pues gran parte de su labor y de las
transformaciones culturales que indujeron tenían que ver con la
recuperación de los textos clásicos. Así, el Prerrenacimiento
carolingio logró dar con numerosos manuscritos clásicos, que
permitieron que gran parte de la literatura latina que hoy leemos
haya llegado a nuestras manos; por su parte, gracias al
Prerrenacimiento del siglo XII, la cultura, clásica y medieval, se
divulgó por medio de copias que eran generadas en los escritorios de
escuelas y universidades con el sistema de las pecias (véase códice);
por fin, durante el Trecento y el Quattrocento, los humanistas
viajaron por toda Europa en busca de códices de autores y obras
desconocidos, o bien codices optimi de obras conocidas tan sólo a
través de mutili.
A comienzos del siglo XVI, toda Europa se había beneficiado de las
grandes aportaciones de estos tempranos filólogos: se había
recuperado el universo cultural griego, olvidado durante el Medievo
por desconocerse la lengua que lo transmitía; se había mejorado el
conocimiento de los clásicos gracias a la recuperación de un sinfín
de buenas copias y por un conocimiento adecuado de las respectivas
tradiciones textuales; en fin, la preocupación por el buen latín de
los clásicos indujo una preocupación general por las lenguas
vernáculas y por los textos en ella transmitidos. Por otra parte, la
renovación religiosa de la época tuvo también un signo filológico,
con el cotejo de los manuscritos hebreos para el Antiguo Testamento
y los griegos, ahora comprendidos, para el Nuevo Testamento. Los
grandes filólogos de la época midieron fuerzas con los clásicos y
con los textos sagrados al mismo tiempo, como vemos en el caso del
gran Erasmo de Rotterdam o en el de Nebrija, desde ambas vertientes.
Por otra parte, las viejas técnicas de interpretación aplicadas a
los textos sagrados (con una lectura en clave literal que se
acompañaba de otras por vía moral, alegórica o anagógica) y a los
clásicos latinos (que también se interpretaron de esas tres primeras
formas, excluida la anagógica) contaban ahora con el auxilio de
nuevas disciplinas, como la Epigrafía, la Numismática, la
Arqueología y otras; por lo que a las técnicas editoriales o crítica
textual se refiere, desde Angelo Poliziano, Europa supo cómo
proceder en determinados casos: se aprendió a corregir un códice a
la vista de otros, o lo que es lo mismo se utilizó por vez primera
la emendatio ope ingenii; se cayó en la idea del conocido principio
de la lectio difficilior; incluso hubo eruditos que cayeron en la
cuenta de que los códices más antiguos no siempre eran preferibles,
lo que más tarde se plasmaría en la máxima: recentiores, non
deteriores. A la luz de estas muestras y de otras que podríamos
aducir, queda claro que el nacimiento de la Filología, como tal
disciplina, sólo tuvo lugar con el Renacimiento y en los círculos de
especialistas en Humanidades.
Realmente, el cambio experimentado por la Filología desde esa fecha
hasta el siglo XIX fue mínimo. El positivismo animó experimentos
similares en el ámbito de las ciencias y las humanidades, con las
leyes biológicas y genéticas de Mendel o Darwin y parecidos
experimentos en Gramática Histórica (particularmente, en los
estudios etimológicos), en los estudios de lenguas antiguas (con la
reconstrucción del indoeuropeo; véase indoeuropeo) y en la crítica
textual. Los filólogos centroeuropeos, en su trabajo con los
clásicos latinos, venían desarrollando una serie de técnicas que
cuajaron en la labor erudita de Karl Lachmann, en su interés por la
transmisión de algunos clásicos latinos.
Por medio de sus árboles de manuscritos (los stemmata, del singular
stemma) y a través de la teoría genética del error común, Lachmann
era capaz de remontarse por las ramas de una tradición textual hasta
llegar al original o, con mucha más frecuencia, al arquetipo. Este
estudioso confiaba en un procedimiento mecánico de edición al
servirse de estos árboles de relaciones textuales, principio que
plasmó en una máxima: recensere sine judicio et possumus et debemus;
en este punto, es donde más endeble se muestra su técnica y donde
más críticas y reparos ha recibido, no sólo por parte de los
detractores más directos sino también desde el lado de aquellos
filólogos que han seguido su estela y que reciben el calificativo de
neolachmannianos. Como quiera que sea, el método de Lachmann es
aceptado, aunque sólo sea de una forma parcial, por todos los
filólogos; es más, en ámbitos determinados, como en la Filología
Clásica en general o en la Filología Románica cultivada en Italia,
el método lachmanniano sigue vivo a pesar de las revisiones de que
ha sido objeto.
(Véase Filología románica)
El siglo XIX, con el Romanticismo y el Positivismo, resultó muy
fructífero para todas las lenguas y literaturas en su conjunto; de
hecho en esa centuria se desarrolló la poderosa romanística
germánica, volcada particularmente en el estudio del francés, el
occitano, el toscano y los dialectos itálicos; la atención al
español y otras lenguas iberorrománicas esperó algo más, para
comenzar su repunte desde los años inmediatamente posteriores a la
Primera Guerra Mundial. Entre los romanistas, los distintos métodos
editoriales y exegéticos de la Filología contaron con el apoyo o el
rechazo de grandes maestros según el caso: como ya se ha dicho, en
Italia seguía viva la vieja Filología, siempre acompañada del método
ecdótico de Lachmann y de una Semiología perfectamente entendida y
moderada.
En Francia, por el contrario, se siguieron otros derroteros, tras la
senda abierta por Joseph Bédier en crítica textual (con rechazo del
método lachmanniano y apuesta por la edición del mejor de todos los
testimonios conocidos) e historia literaria (su visión
individualista de la épica es bien conocida, como puede verse en
épica); en las décadas siguientes, los especialistas franceses
mostraron una especial apetencia por los estudios de Teoría
Literaria más avanzados y especulativos, desarrollaron nuevos
métodos de análisis e interpretación de las obras literarias y los
aplicaron a los grandes clásicos de todos los tiempos. Especialmente
fructíferas han sido las tres últimas décadas, que han visto a
algunos de los grandes maestros en Teoría de la Literatura en
distintas universidades francesas o en estrecho contacto con ellas y
con esa gran revista y editorial que es Poétique: Goldman, Escarpit,
Salomon, Barthes, Althusser, Kristeva, Todorov, Genette, Lacan,
etc.; con ellos han estado Roman Jakobson, Jauss, Segre y tantos
otros especialistas extranjeros que han llegado a formar equipo con
los especialistas franceses. Incluso se ha dado el caso de que los
historiadores de la literatura más veteranos, como Zumthor, al
abrigo de todas esas investigaciones, pronto se hizo eco de dichas
tendencias en sus propios trabajos.
La Filología Románica desarrollada en el mundo germánico (Meyer-Lübke,
Judd o Malkiel, por marcar tres hitos en el tiempo) había dado unas
herramientas de trabajo extraordinarias a los filólogos de todas
partes, con la Historia de la Lengua como útil fundamental para el
estudio de los antiguos textos. Las gramáticas, vocabularios,
diccionarios y demás útiles resultaban fundamentales para llevar a
cabo los estudios correspondientes sobre los textos recién
recuperados. La labor de catalogación de fondos, los estudios de
tipo codicológico y las ediciones en serie facilitaban el trabajo en
todas partes; para esas mismas tareas, España contó con unos cuantos
aguerridos estudiosos, aunque el avance en algunas de estas materias
fue, y ha sido hasta hoy, demasiado lento. Los estudios de historia
literaria de Amador de los Ríos y Menéndez Pelayo recibieron el
impulso de un gran romanista español, Menéndez Pidal, que fue el
verdadero heredero intelectual de Milà i Fontanals.
En España, el desarrollo de una escuela filológica sólida tuvo que
esperar, como se acaba de señalar, a la figura señera de Ramón
Menéndez Pidal, cuyas ideas, aun cuando hayan sido revisadas o
abiertamente criticadas, siguen sirviendo como un magnífico
revulsivo para los estudios filológicos. Con las marcas del
Romanticismo tardío y del positivismo, don Ramón prestó atención a
aquellas formas literarias que más claramente permitían desarrollar
sus teorías de la literatura como reflejo del espíritu de un pueblo
y del autor-legión; por ello, la poesía épica, el romancero y la
literatura primitiva en su conjunto atrajeron su atención, y junto a
ellos las crónicas, que tantas veces guardaban secretos tesoros,
como poemas completos, a menudo prosificados.
Desde los años de la Guerra Civil para acá, la Filología en España
se ha desarrollado gracias a grandes maestros formados, las más de
las veces, junto a Menéndez Pidal. Hasta hace unos veinte años,
aproximadamente, la impronta del gran maestro se percibía en el
carácter de las investigaciones desarrolladas, que seguían
atendiendo primordialmente a unos mismos géneros y autores,
abandonada la búsqueda y edición de nuevas obras que había
caracterizado la Historia crítica de la literatura española de
Amador de los Ríos; a este respecto, los principales beneficiados
siguieron siendo los textos primitivos, la épica, el Libro de Buen
Amor, la Celestina, el Romancero, la lírica primitiva y todas
aquellas mismas obras y autores que habían atraído al gran estudioso.
El apego a la gramática histórica y el cultivo de una crítica
textual ajena a cualquier método establecido (sólo un discípulo de
Menéndez Pidal, Antonio García Solalinde, mostró un profundo
conocimiento de la ecdótica de tipo lachmanniano, concretamente por
la obra de Dom Henri Quentin, al editar la General Estoria de
Alfonso X) acaban por configurar el universo filológico español
hasta alcanzar a los años sesenta, en que tuvo lugar un
extraordinario desarrollo en todos los terrenos. Hoy, en España, la
Filología goza de una buena salud, aunque no llega al punto de
Italia, único país en que los principios filológicos, sabiamente
mezclados con las últimas aportaciones teóricas (ese eclecticismo y
rapidez de captación de todo aquello que interesa no han sido nunca
ajenos a esta disciplina) se siguen mostrando plenamente vigentes.
Si en los últimos veinte años la Filología había sido parcialmente
abandonada en el resto de Europa y casi proscrita en los Estados
Unidos, lo cierto es que todos esperamos la pronta y generalizada
recuperación de una deslumbrante disciplina que, sin duda, superará
el cambio en las modas y el paso de otras corrientes de estudio
literario.
Principales
corrientes para los estudios literarios
Historia literaria
El siglo XIX vio desarrollarse la otra gran disciplina que se ocupa
de los estudios literarios, que es la Historia de la Literatura.
Ésta es una rama de los estudios generales de Historia o, más en
particular, de los estudios de Historia de la Cultura; también
existen los Estudios de Estética, que en su aplicación a los
estudios literarios han llevado al desarrollo del Nuevo Comparatismo
y de la Estética Comparada (que compara los textos literarios con
las artes plásticas), o bien la tradicional Kuntsgeschichtliche
Grundbegriffe, expuesta por O. Walzel de forma teórica, que enfoca
la Literatura bajo el prisma de la Historia del Arte.
La Historia de la Literatura tiene un enfoque universal o nacional,
aunque este último sea, con mucho, el más común. Las historias de la
literatura nacionales se constituyeron como materia autónoma en
pleno siglo XVIII y se revitalizaron gracias al Romanticismo; éstas
se ocupan de los textos literarios escritos en una misma lengua (española,
francesa, inglesa), con un respeto que a menudo resulta tan ilógico
como enojoso de las divisiones políticas o administrativas. Por esa
razón, hay una historia de la literatura inglesa y otra
norteamericana; una historia de la literatura española y otra
general para Hispanoamérica o particular para cada una de las
naciones de aquel continente.
El sinsentido se pone claramente de manifiesto al comprobar que el
estudio de la denominada Literatura Colonial (siglos XVI a XIX) se
ha desvinculado por completo de la literatura española, aun cuando
España y el Nuevo Continente eran una misma entidad administrativa y
cultural; del mismo modo, la política se aplica con carácter
retrospectivo y se segrega a Sor Juana Inés de la Cruz del conjunto
de la literatura española áurea o bien México y España se disputen a
un escritor teatral como Juan Ruiz de Alarcón, por haber nacido en
el Nuevo Continente y haber desarrollado su obra en la Península.
Como se ha indicado, tales disputas carecen de todo fundamento, como
también parece excesivo dejar fuera de la cultura española a ese
héroe independentista de Filipinas que fue Felipe Rizal.
Otro exceso de la misma índole pasa por historiar toda la literatura
escrita en el suelo patrio y atender más a la geografía que a la
cultura. Por ejemplo, carece de todo sentido, como vemos en la
Historia de la Literatura Española de los hermanos Mohedano en el
siglo XVIII, estudiar a Séneca, Quintiliano o Marcial dentro de la
literatura española sólo porque nacieron en España. Ellos son, por
el contrario, grandes representantes de la cultura y la literatura
romanas, pues su lengua era el latín y, desde el punto de vista
administrativo y cultural, Hispania no era sino una parte de Roma.
Sin necesidad de comulgar con las ideas de Américo Castro, no parece
lógico subordinar bajo literatura española manifestaciones que nos
remiten a la Antigüedad, como tampoco parece lógica la consideración
de otras lenguas diferentes del castellano y dialectos afines.
No obstante, los estudios de la literatura española habrán de tomar
en consideración la literatura clásica o las literaturas semíticas
en numerosos momentos; es más, nunca se deberá segregar aquella
parte de la producción de un autor que escrita en otra lengua. De
hecho, y por poner tres ejemplos próximos, Alfonso de Palencia,
Alfonso de Cartagena o Antonio de Nebrija. sólo se comprenden cuando
estudiamos sus textos vernáculos en compañía con los que compusieron
en latín; del mismo modo, es necesario tomar en consideración la
obra completa de un autor, aunque se haya servido de dos o más
lenguas vernáculas, que es el caso de Alfonso X o Gil Vicente, o del
romance y una lengua semítica, como vemos en Sem Tob de Carrión.
Literatura universal y literaturas comparadas
La literatura universal, por su parte, no sólo es un resumen o
epítome de las varias literaturas nacionales: su tarea es ardua,
pues ha de enfrentarse a una taxonomía que muchas veces presenta
grandes dificultades en el marco nacional, pero que es casi
imposible de manejar al tratar el conjunto de la literatura mundial
en una época determinada. En tales circunstancias, es difícil, y a
veces imposible, servirse de principios ordenadores básicos como son
los géneros y formas literarias, los periodos y las escuelas; en
esos casos, el estudioso se mueve, por fuerza, entre la tradición y
la poligénesis, pues ha de considerar escuelas sin ningún punto de
contacto, como la poesía china de las más diversas dinastías, la
cuentística sánscrita, las canciones de trabajo en las culturas de
África o Laponia (pues también ha de hacerse cargo de la literatura
oral), etc. Por la dificultad manifiesta de las tareas que
corresponden a quienes se ocupan de la literatura universal, lo más
común es que éstos se vuelquen en la consideración de la literatura
occidental; cuando no es así, a menudo les han pasado las riendas a
los teóricos de la literatura y, sobre todo, a los comparatistas,
que son los valedores de la que denominamos Literatura General y
Comparada.
Los estudios de Literatura General y Comparada nunca se han
constituido en realidad como una escuela homogénea y con unos
objetivos claros y concretos: por una parte, las puertas del
comparatismo se abrieron a ciertos estudios contrastivos que parecen
obvios, buscados dentro de épocas artísticas comunes o en el cauce
que brindan los géneros occidentales; por otra, los estudios de esta
índole se han aproximado o se han confundido por completo con los
propios de la Teoría de la Literatura, en un plano más práctico y
menos teórico. Con todo, estas no parecen ser las tareas más idóneas
para el comparatista ni aquellas en las que podría aportar
soluciones o respuestas. En realidad, estos estudiosos deberían
trabajar con las manifestaciones literarias más variadas y diversas,
con el único límite natural de su competencia lingüística. De ese
modo, resulta lógico que el comparatismo más observante de tales
principios sólo les abra las puertas a los filólogos, antropólogos e
historiadores más avezados y mejor preparados por su conocimiento de
múltiples lenguas vivas y muertas y su formación en los principios
fundamentales de la Teoría de la Literatura.
Así las cosas, a las Literaturas comparadas les corresponde dar
respuesta a algunos de los grandes problemas relativos a los
estudios literarios, como la teoría de los géneros o la
periodización. Desde ese enfoque, pueden determinarse ciertos
procedimientos universales que animan la literatura y que consiguen,
por ejemplo, que la lírica sea lírica. Entre otros grandes aspectos
considerados por el comparatista está el de la poligénesis (temas,
formas y motivos literarios que nacen de forma espontánea e
independiente), que supera con mucho el concepto de tradición o
transmisión literaria: los tópicos o lugares comunes estudiados por
Curtius no siempre se han heredado generación tras generación, o han
sido trasvasados de unos autores a otros, sino que a veces surgen y
es imposible postular cualquier relación en el espacio o en el
tiempo con quienes habrían podido servir como modelos (sobre los
tópicos y la poligénesis, véase literatura).
Estilística
Las investigaciones de Benedetto Croce, particularmente su Estetica
come scienza dell?espresione e linguistica generale, y Karl Vossler
resultaron determinantes. Sólo es posible y legítima una
aproximación individualizada a cada uno de los literatos, pues la
lengua es un fenómeno artístico individual. El extremo llevó a la
negación de cualquier método de análisis (aunque sus elementos de
análisis eran los de la clásica Retórica Literaria) y a que la
percepción atinada de una obra sólo dependiese del subjetivismo, la
intuición, la inteligencia y el olfato del crítico, como se
desprende de las afirmaciones de Leo Spitzer (suya es la advertencia
a sus lectores y discípulos: ?no me sigáis?) y de las páginas de
Amado Alonso o Dámaso Alonso. En la obra de estos dos últimos
investigadores, como en el Spitzer más maduro, se muestra un avance
respecto de la Estilística Idealista (o Stilforschung), derivado de
la aplicación rigurosa de un conocimiento histórico, artístico,
literario y retórico; el paso final hacia nuevos derroteros lo darán
precisamente Dámaso Alonso y Carlos Bousoño, que hicieron madurar
esa que algunos han denominado Estilística Científica. A pesar de su
negación de todo método, los valedores de la Estilística, desde
Croce y Vossler, brindaron materiales que sus lectores jamás
ignoraron.
En su Teoría de la expresión poética, Bousoño une grandes dosis de
retórica tradicional al estudio de varias categorías de tipo
irracional, fundamentalmente símbolos e imágenes poéticas; con este
tipo de aproximación, Bousoño ha logrado trascender la lectura
admirada e inimitable, por desgracia, de Poesía española de Dámaso
Alonso o de Lingüística e historia literaria de Leo Spitzer. Los
viejos postulados de la Estilística adolecían de ese marcado
subjetivismo spitzeriano que pretendía dar con la Erlebnis creadora
del escritor o que se esforzaba en determinar la Volksgeist en cada
literatura nacional (un experimento que se asemeja mucho a la
historia del sentimiento a través de las literaturas nacionales,
método propuesto por algunos estudiosos alemanes); en este otro eco
tardío de la Estilística española, Bousoño ha hecho suyos unos
procedimientos retóricos que comparte con formalistas,
estructuralistas y otros estudiosos de los textos desde una
perspectiva inmanentista.
La Estilística nació, como otras corrientes de análisis literario,
como un remedio a los excesos de la crítica y como una vuelta al
texto en sí. Ese énfasis lingüístico no es de extrañar, ya que el
primer título de esta escuela le pertenece a un discípulo de
Saussure, Charles Bally, autor de un Traité de stylistique française,
Ginebra, 1909. Pero la Estilística no feneció con la reforma arriba
indicada ni sobrevivió tan sólo y de algún modo en España: aún hay
críticos que continúan cultivando este método, como vemos en Francia,
donde los estudiosos siempre están bien informados sobre los avances
en teoría literaria; de hecho, la huella de Ch. Bruneau, M. Cressot,
M. Parente y tantos otros no ha sido estéril. En el país vecino, la
Estilística ha rejuvenecido con propuestas teóricas como las de M.
Riffaterre (un investigador que parte de elementos propios de la
Teoría de la Comunicación), quien, no obstante, en sus últimos
trabajos ha evitado servirse de la voz Estilística; ahora bien, un
reciente libro de G. Molinié ha retomado incluso la materia de Bally
sirviéndose de su mismo título, Éléments de stylistique française,
París, 1986.
Formalismo
Este método fue desarrollado primordialmente por folkloristas y
críticos literarios rusos en las dos primeras décadas del siglo,
agrupados en el Círculo Lingüístico de Moscú, que nació en 1914, y
en otras sociedades eruditas del mismo tenor; desde ahí, los
principios de los formalistas pasaron a la crítica literaria
checoeslovaca gracias a la presencia de Roman Jakobson en Praga,
donde se constituyó un pujante Círculo Lingüístico. A pesar del
tiempo transcurrido, en Occidente, la existencia del Formalismo como
corriente perfectamente diferenciada sólo consta desde que Victor
Erlich publicara su clásico estudio Russian formalism en 1955.
Los postulados formalistas han resultado seminales en el desarrollo
de los estudios de literatura por haber puesto coto al subjetivismo
impresionista, mal endémico en el que reside uno de los principales
peligros. La primera de las preguntas que se formuló este grupo de
especialistas fue, precisamente, qué es la literatura y dónde
residen sus rasgos diferenciadores; así, se desarrolló la noción de
la literariedad. En la tarea de mostrar qué es lo que separa el
lenguaje literario de la lengua ordinario se volcaron grandes
teóricos como el propio Jakobson, Eichenbaum, Vinogradov o Tynjanov.
Si en sus primeros tiempos, los formalistas se sintieron
naturalmente atraídos por la poesía y el verso, pronto atendieron
igualmente a la prosa y, en primera instancia, al cuento, como se ve
en la Morfología del cuento popular de Vladimir Propp.
El Formalismo ha contribuido notablemente al estudio de motivos y
géneros, sin olvidar tampoco problemas de diferente signo, como los
relativos a la función o molde literario (en la línea de Propp) o la
periodización; en esta preocupación, los formalistas han coincidido
a menudo con algunos de los principales estudios comparatistas y,
con frecuencia, unos y otros han llegado a confundirse en el ámbito
de la Literatura General y Comparada. En realidad, el Formalismo se
ha revelado tan permeable como flexible, pues jamás ha rechazado las
aportaciones de la Historia de la Literatura, de la Sociología
Literaria (en su preocupación por el nacimiento, desarrollo y ocaso
de los géneros, los formalistas se han interesado por la literatura
popular y de masas) y cualquier otra que haya podido resultarle de
interés.
En el Formalismo han hallado su punto de partida otras muchas
corrientes de análisis literario; de hecho, los teóricos formalistas,
al evolucionar en sus postulados, han sido los padres del
Estructuralismo, el Postestructuralismo y, en gran medida, de la
Semiótica. De sus filas, surgió ese gran teórico que fue Roman
Jakobson, que desarrolló el principio de la Función poética (véase
literatura), aunque este principio se considere entre las
aportaciones del Estructuralismo. De la larga nómina de estudiosos
neoformalistas, los nombres de S. R. Levin, Y. Lotman (representante
de la Escuela de Tartu y teórico que fue avanzando hacia la
Semiótica desde el Formalismo) y, sobre todo, Bajtin son
especialmente conocidos; al último de estos investigadores se le
debe una línea de trabajo realmente fascinante que contrasta la
Literatura y el Folklore, que postula el predominio de las fuerzas
sociales sobre la voluntad del individuo; en último término, La
Teoría de la Recepción, desarrollada por un equipo de la Universidad
de Constanza bajo la tutela de Hans Robert Jauss, es una clara
heredera del Posformalismo.
Estructuralismo
Aunque el estudio de las estructuras literarias se ha constituido en
escuela dentro de este siglo, sus principios han anidado desde
siempre, de modo más o menos patente, en la conciencia de autores,
lectores y críticos: toda obra literaria suele responder a una idea
preconcebida, a un patrón inicial que, no obstante, puede
modificarse en el proceso de redacción. La importancia de su
análisis es fundamental desde el momento en que la estructura de una
obra u obras es uno de los elementos determinantes de su poética, lo
que permite diferenciar géneros y registros.
Los estudios particulares de Poética han tenido importantes
valedores en el campo del Estructuralismo, con las aportaciones del
citado R. Jakobson y su Función poética (postulada por vez primera
en su estudio "Linguistique et poétique" de 1963) y J. Mukarovsky y
su función estética. En los casos citados, estos críticos se han
interesado por los rasgos distintivos de las obras literarias para
lograr determinar su esencia, aunque en ellas podamos detectar otros
valores y niveles de información diferentes; en concreto, al más
famoso de todos estos estudiosos, Jakobson, le preocupaba el cuidado
proceso de selección y de combinación de todos los elementos del
mensaje en las obras literarias. Tal como Jakobson define la Función
poética, la literatura pasa por "proyectar el principio de
equivalencia del eje de selección sobre el de combinación"; con ello,
se dice que, en el discurso literario, no sólo se escogen todas y
cada una de las palabras utilizadas entre otras tantas posibles,
sino que éstas se seleccionan en relación absoluta con el resto de
las que aparecen en toda la composición.
El desarrollo de las teorías estructuralistas en la narrativa,
cuento y novela, con punto de partida en Propp, ha sido una de las
tareas principales acometidas por A. J. Greimás y por G. Genette;
los planteamientos taxonómicos de esta corriente de estudio se han
aplicado a todas las formas literarias conocidas e incluso a formas
de escritura que quedan al margen de lo literario. El estudio de los
procedimientos de creación, limitados en número, y su plasmación en
construcciones literarias ilimitadas han seguido la pauta que los
generativistas en Gramática les han brindado a los estudiosos de la
literatura.
Semiótica o Semiología
Éste es tal vez el método más disperso en su formulación teórica y
en su aplicación, pues se ha desarrollado desde varias vertientes y,
a menudo, con propósitos muy distintos. De hecho, el estudio de los
signos puede apelar a la Historia del Arte, a la Historia de las
Ideas y a cualquier signo válido para brindar una explicación
plausible de la obra literaria; para su desarrollo, no sólo han sido
fundamentales las aportaciones de los teóricos de la literatura sino
también algunas de las páginas escritas por grandes lingüistas como
Saussure, Hjelmslev o Greimas, sin olvidarse de las ideas seminales
procedentes de los especialistas en artes plásticas y muy
particularmente de los teóricos de la iconografía.
Han sido los semiólogos, y en particular Julia Kristeva, quienes han
cimentado el concepto de la intertextualidad, con el que se alude a
los varios ecos que una obra ofrece de otras previas, no
necesariamente de tipo literario; también han sido los valedores de
este tipo de estudios quienes se han entregado a la búsqueda de esos
que denominan como plurimensajes, que llevan a determinar los
múltiples sentidos ocultos en una determinada obra (es lo que ha
hecho, por ejemplo, L. Vasvari en su aproximación al Libro de buen
amor de Juan Ruiz, donde encuentra infinitas alusiones de tipo
sexual apenas encubiertas). La Semiología cuenta con sólidos
fundamentos en teóricos de la talla de G. Genette, J. Kristeva, R.
Barthes y hasta ese gran historiador de la literatura que era P.
Zumthor para Francia (su obra fue evolucionando desde la Historia de
la Literatura hasta la Literatura Comparada e incluso la
Antropología); en Italia, la figura señera en este terreno es la de
Cesare Segre.
Nouvelle
critique y New Criticism
Ambas corrientes han cargado las tintas sobre la importancia de la
Retórica y han lanzado sus dardos contra el subjetivismo e
impresionismo críticos. La segunda de ambas disciplinas salió al
paso de los excesos de la Historia de la Literatura y llegó a
aconsejar, en el caso de algunos miembros de la llamada Escuela de
Chicago, la lectura y estudio de las obras dejando a un lado
cualquier tipo de noticias relativas al autor, la época y otros
condicionantes; a este procedimiento se le dio el nombre de close
reading y supuso un buen revulsivo contra los excesos historicistas,
aunque el método en sí fuese también un exceso, por lo que hoy ha
quedado claramente superado.
Otro concepto acuñado por el New Criticism es el de la fenetic
fallacy, falacia genética que se deriva de explicar el texto desde
la perspectiva de su origen, en la sociedad que lo vio nacer o desde
la biografía del autor que lo compuso. Este modo de explicar la obra
con independencia de cualquier perspectiva histórica ya lo habían
ensayado algunos de los primeros formalistas, pero V. V. Vinogradov
salió a su paso y recordó con razón que el estudio literario debía
ser funcional e inmanente pero que en ningún caso había de
disociarse de aquellos aspectos relativos a la historia y evolución
de la literatura.
Teoría de la
recepción o Rezeptionsforschung
Esta corriente de análisis, desarrollada por un equipo de
medievalistas coordinados por Hans R. Jauss en la Universidad de
Constanza, manifiesta hoy un extraordinario vigor, por cuanto supone
un acuerdo entre los estudios de tipo inmanentista (aquellos que se
centran exclusivamente en el texto literario) y aquellos otros que
atienden a fenómenos o problemas externos al texto, como pueden ser
los de tipo sociológico. Jauss osciló desde unos postulados
estructuralistas hacia la Wiederspiegelung, que acabará por
desarrollar de un modo teórico en un volumen monográfico de 1972
difundido especialmente gracias a su traducción francesa: Pour une
esthétique de la réception, París, 1978; aquí, surge el concepto más
provechoso de los ofrecidos por Jauss: la consideración del
horizonte de expectativas del público o Erwazrtungshorizont, con el
que se alude al fenómeno de la percepción estética y a los gustos
del público destinatario de la obra, que ejercen una notable presión
sobre los autores.
Por esa razón, Jauss había señalado en otro artículo previo: ?La
Literatura y el Arte se convierten en proceso histórico solamente
por la experiencia intermediadora de los que reciben sus obras, de
los que las gozan y las juzgan, y, con ello, las aceptan o rechazan,
las seleccionan o las olvidan?. Su configuración como un sistema de
trabajo abierto a otras muchas corrientes de estudio es determinante
en Jauss y sus seguidores, lo que les ha llevado a captar ideas de
la Sociología de la Literatura y de otros grupos y escuelas, como la
vieja Retórica o bien el Formalismo y el Estructuralismo, corrientes
con las que la Estética de la Recepción entra en clara deuda.
Sociología literaria y
sus ramas
Bajo este marbete se subordinan corrientes muy diversas. Una parte
principal de este método analítico la representan los estudios de
las clases sociales y de la lucha de clases desarrollados durante el
periodo comunista en los Países del Este, que llegaron a
constituirse en el método oficial de aproximación a la Literatura;
este tipo de análisis textual gozó de un extraordinario predicamento
en la mayoría de las universidades occidentales hasta finales de los
setenta. Dentro de la corriente de la Sociología literaria, la
universidad francesa dio magníficos productos que muestran una mayor
flexibilidad ideológica, en la línea de investigación desarrollada
por el grupo llamado Annales, constituido mayoritariamente por
historiadores pero que contó con la colaboración de los estudiosos
de la Literatura; no es extraño, por ello, que Francia haya dado
grandes nombres como N. Salomon o R. Escarpit, quienes dejaron
infinitos discípulos por todas partes.
Como se ha señalado más arriba, caben otras muchas modalidades de
aproximación en clave sociológica, como aquellas investigaciones que
se ocupan de las estadísticas de publicación de libros en todos los
órdenes, de las tasas de analfabetos, de la formación de bibliotecas
en relación con unas determinadas clases o grupos sociales, etc. Una
especialidad que hoy se muestra extraordinariamente poderosa es la
Historia de las Ideas, también denominada Historia de las
mentalidades, cuya relación con estos estudios sociológicos es muy
estrecha. Queda dicho que este tipo de aproximación ha sido y sigue
siendo determinante para los estudiosos de la literatura, pues sólo
fueron rechazados allí donde reinaron, por un corto lapso de tiempo,
las tesis del New criticism; el interés por estos datos sociológicos
resulta, en especial, característico del neoformalismo y,
particularmente, de la Teoría de la Recepción.
Crítica psicoanalítica, psicocrítica y método de Lacan.
Tras la senda de Freud (véase Sigmund Freud), los críticos siguieron
las pautas marcadas en sus principales obras para detectar cualquier
rasgo psicológico, generalmente en forma patológica o como
desviación de la conducta, dentro de las obras literarias. Los
motores de la vida, el sexo (Freud) y el poder (Jung), serán
especialmente considerados y patologías como el complejo de Edipo,
de Electra, el complejo de castración, el narcisismo y otros se
perseguirán dentro del arte y, en el caso que nos ocupa, la
literatura. El método psicoanalítico puede derivar en excesos, pero
se muestra eficaz cuando se aplica a un periodo marcado por el
avance de la Psicología, sobre todo cuando los artistas se muestran
especialmente interesado por ese campo del saber. Ese proceso
comienza hacia comienzos de siglo y llega a los años treinta, época
dorada del arte surrealista o superrealista por toda Europa; pero no
sólo es necesario conocer los postulados teóricos del psicoanálisis:
en el caso de autores como Jensen, es obligado un profundo
conocimiento de la obra de Freud para comprender qué es lo que
persigue en determinadas obras (valga el conocido ejemplo de La
Gradiva).
Si el sueño, el ensueño o el subconsciente constituyen fundamentos
del psicoanálisis, en ellos busca también su materia esta corriente
de análisis de las obras literarias, pues en el arte y,
particularmente, en la literatura, se plasma con claridad el
imaginario de cada autor. De ese mismo modo, el psicoanálisis y la
investigación psicoanalítica atienden sobre todo a la fase
determinante para la aparición de tales fantasmas: la infancia. Con
todo, el defecto de esta corriente de estudio es que no logra más
que determinar hipotéticas desviaciones mentales y a veces
verdaderas patologías, pero con ello no explica el texto en ninguno
de sus rasgos más relevantes; además, al hablar de desviaciones,
nunca se logra ir más allá de las patologías comunes a múltiples
individuos, no a uno solo: el artista.
No obstante, conceptos como el inconsciente colectivo de Jung y los
mitos universales resultan interesantísimos y muy provechosos para
el análisis de los textos literarios. A esos elementos, en unión de
procedimientos propiamente psicoanalíticos, ha recurrido Ch. Mauron
y tras él numerosos epígonos. A este método se le denomina, aunque
no es la primera vez que se utiliza el término como tampoco se
emplea de modo excluyente, Psicocrítica. Por lo que respecta al "fenómeno
lacaniano", el atractivo pensamiento de J. Lacan ha puesto de
manifiesto la esterilidad de la aplicación del psicoanálisis a las
obras literarias sino es para poner de manifiesto el mundo del
subsconsciente.
Deconstrucción y otras tendencias de la crítica moderna
El fundador de la Deconstrucción, que aún mantiene su éxito y cuenta
con numerosos seguidores en Norteamérica, es Jacques Derrida, cuyos
planteamientos teóricos o deconstruccionistas llevan a poner en
cuarentena cualquier lectura que se aferre al plano literal como el
único posible; por esa vía, este crítico coincide parcialmente con
viejos planteamientos exegéticos, aunque la libertad de
interpretación que propugna puede dar en artefactos bellos pero
efímeros en manos sabias y en los mayores disparates en el caso de
críticos poco preparados. En los últimos años, la Hermenéutica, que
cuenta con la sólida base de la interpretación de la Biblia en los
cuatro niveles tradicionales (literal, alegórico, moral y anagógico)
y con las propuestas de W. Dilthey a principios de siglo, ha vuelto
con energía extraordinaria y nuevos postulados; la suya es, de nuevo,
la búsqueda de lecturas distintas de la literal y que respondan a
una lógica que afecte al conjunto del discurso. Del mismo modo, es
original la denominación pero no el propósito de la que se llama
Crítica genética, que coincide con la Filología tradicional en su
búsqueda del texto en estado naciente en obras contemporáneas.
A finales del siglo XX, hay otras corrientes de análisis que se
están mostrando poderosas en determinados ámbitos. Sin lugar a duda,
las principales novedades proceden del mundo académico
norteamericano, donde hoy triunfan corrientes como los Body studies,
Gender studies, el Multiculturalism, los Homosexual studies, etc.
Como se ha indicado, el hecho de que estas corrientes tengan
denominación en inglés se deriva de que encuentran su caldo de
cultivo principal en las universidades norteamericanas, donde en
definitiva han visto también la luz. No obstante, la vieja Filología
vuelve a presionar con fuerza y a reclamar su espacio natural en las
aulas del Nuevo Continente, en las que los clásicos y el concepto de
canon literario están siendo reivindicados por algunos de los más
ilustres críticos (a este respecto, recuérdese el exitoso y polémico
libro El canon occidental de H. Bloom); en Europa, de donde la
Filología nunca fue del todo expulsada, se está produciendo un
retorno paulatino a sus sólidos postulados.
Como quiera que sea, los estudios de Literatura pasan por uno de sus
mejores momentos, al menos en lo que se refiere al interés que
suscitan y el espacio que se les dedica. Todos los meses, ve la luz
una enorme producción de estudios de la más diversa índole: hay
trabajos de crítica literaria en diarios y publicaciones semanales y
mensuales; se publican libros de carácter divulgativo y también
trabajos de alta investigación; disponemos de series de textos
clásicos para prácticamente todas las lenguas de cultura; contamos
con un elevado número de publicaciones periódicas eruditas y
especializadas. Los centros de enseñanza en todos los niveles y los
institutos de investigación de todo el mundo no sólo atienden, como
a veces se dice, a las disciplinas tecnológicas o científicas,
también se ocupan, y a ella se dedican algunas de las mejores
cabezas, a la consideración de los textos literarios y al desarrollo
de todo un sistema teórico del que aquí se han marcado los
principales hitos.
Volver al inicio |