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La falsedad tiene alas y
vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las
gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde.
Miguel de Cervantes
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Todos deseamos llegar a viejos; y
todos negamos que hemos llegado.
Francisco de Quevedo
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¿Qué
es la Gramática?
Lingüística,
filología, lengua, expresión, trivio, dicción, sintaxis,
ortografía
El término "gramática" hace referencia a distintos
conceptos, según la visión que de él se tenga. En un sentido
estricto, la gramática es una rama de la lingüística que
estudia, mediante un método de análisis sistemático, la
estructura de una determinada lengua. Las dos disciplinas
básicas que la integran son la morfología (que se ocupa de
la forma y estructura de las palabras) y la sintaxis (que
analiza las relaciones mutuas de las palabras dentro de las
oraciones). En un sentido más general y extendido, la
gramática se identifica con la lingüística, y por tanto
engloba la fonología, la morfología, la sintaxis y la
semántica como sistemas interrelacionados dentro de una
jerarquía global en las lenguas humanas. Por último, en su
sentido más genérico (ajeno ya al marco del lenguaje
humano), una gramática es cualquier sistema de símbolos
organizados y estructurados, en particular los que se
emplean para programar ordenadores y comunicarse con ellos.
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española
Distintos tipos de gramática
Se distinguen numerosas modalidades de gramática, según su
mayor o menor enfoque en diferentes aspectos del lenguaje.
Una primera distinción es la que se establece entre
gramática descriptiva, que únicamente se limita a reflejar
de forma precisa el uso que los hablantes hacen de su
lengua, y gramática normativa (o prescriptiva), que intenta
establecer reglas para el correcto uso de ésta. En un
sentido más amplio, la gramática descriptiva estudia
igualmente la modalidad concreta de una lengua en una
determinada fase de su evolución, y por tanto se opone a la
gramática histórica, que se ocupa de su desarrollo a lo
largo del tiempo. La gramática comparada busca establecer
las diferencias y semejanzas entre distintos idiomas o
variedades lingüísticas. La gramática estructural (o
funcional) estudia las lenguas en sí mismas como sistemas
que son, tratando de explicar el funcionamiento y estructura
de los elementos que las componen. La gramática teórica (o
general) va más allá de la observación de lenguas
individuales, y se propone descubrir la naturaleza misma del
lenguaje mediante la recogida de datos lingüísticos.
La gramática generativa (o transformativa) es un sistema
teórico que se propone para describir y explicar las
oraciones de una lengua a partir de un número limitado de
reglas. A diferencia de las anteriores gramáticas, que
consideran el lenguaje en su aspecto visible de sistema
estructural, la generativa lo ve como una capacidad mental
del ser humano para adquirir una determinada lengua. Existen
una serie de reglas lingüísticas universales y subyacentes
mediante las que se construyen los distintos sistemas
lingüísticos utilizados por todos los hablantes del mundo,
reglas que no se aprenden a través de la experiencia sino
que son innatas.
GRAMÁTICA
1. Arte de hablar y escribir correctamente
una lengua: las academias romanas enseñaban gramática y retórica
como parte de una formación humanista integral. [Por especialización]
Libro en el que se enseña gramática: necesito una gramática del
neerlandés.
2. [Lingüística] Disciplina lingüística
que estudia los elementos de una lengua y sus combinaciones: la
gramática generativa trata de formular una serie de reglas capaces
de producir o generar todas las oraciones posibles y aceptables de
un idioma.
El término "gramática" hace referencia a
distintos conceptos, según la visión que de él se tenga. En un
sentido estricto, la gramática es una rama de la lingüística que
estudia, mediante un método de análisis sistemático, la estructura
de una determinada lengua. Las dos disciplinas básicas que la
integran son la morfología (que se ocupa de la forma y estructura de
las palabras) y la sintaxis (que analiza las relaciones mutuas de
las palabras dentro de las oraciones). En un sentido más general y
extendido, la gramática se identifica con la lingüística, y por
tanto engloba la fonología, la morfología, la sintaxis y la
semántica como sistemas interrelacionados dentro de una jerarquía
global en las lenguas humanas. Por último, en su sentido más
genérico (ajeno ya al marco del lenguaje humano), una gramática es
cualquier sistema de símbolos organizados y estructurados, en
particular los que se emplean para programar ordenadores y
comunicarse con ellos.
Niveles en el
estudio de la gramática
Se dice que el lenguaje es "articulado"
porque está compuesto por cuatro sistemas lingüísticos (fonología,
morfología, sintaxis y semántica) que se articulan o conectan entre
sí de forma ordenada y jerárquica: los sonidos se combinan formando
morfemas, que son las unidades más pequeñas de la lengua con
significado propio; a su vez, los morfemas se unen para formar
palabras, unidades básicas de la gramática; la combinación de las
palabras a través de sintagmas da lugar a oraciones, que se utilizan
para comunicar significados.
En primer lugar, la fonología tiene como
objetivo la descripción de los sonidos de una lengua como unidades
contrastivas dentro del sistema lingüístico general, que constituyen
los elementos más básicos de la gramática (no debe confundirse esta
disciplina con la fonética, que estudia los sonidos en su
realización material o fónica). En el siguiente nivel se halla la
morfología, que es el estudio de la formación de las palabras
(unidades con sentido pleno) a partir de los sonidos (unidades
carentes de significado), así como sus modificaciones gramaticales.
A continuación, la sintaxis se ocupa de agrupar estas unidades
léxicas mediante reglas de combinación para formar sintagmas y
oraciones, que son las unidades superiores de la gramática. Por
último, la semántica es la disciplina encargada de clasificar y
estructurar los diferentes significados que se pueden expresar
mediante las oraciones de una lengua (no debe confundirse con la
lexicología, que estudia el léxico o conjunto de palabras de cada
una de las diferentes lenguas y sus relaciones contrastivas en un
determinado momento de su evolución, ni con la lexicografía,
aplicación práctica de la anterior disciplina lingüística destinada
a la composición de diccionarios).
CLASES DE GRAMÁTICA
Se distinguen numerosas modalidades de
gramática, según su mayor o menor enfoque en diferentes aspectos del
lenguaje. Una primera distinción es la que se establece entre
gramática descriptiva, que únicamente se limita a reflejar de forma
precisa el uso que los hablantes hacen de su lengua, y gramática
normativa (o prescriptiva), que intenta establecer reglas para el
correcto uso de ésta. En un sentido más amplio, la gramática
descriptiva estudia igualmente la modalidad concreta de una lengua
en una determinada fase de su evolución, y por tanto se opone a la
gramática histórica, que se ocupa de su desarrollo a lo largo del
tiempo. La gramática comparada busca establecer las diferencias y
semejanzas entre distintos idiomas o variedades lingüísticas. La
gramática estructural (o funcional) estudia las lenguas en sí mismas
como sistemas que son, tratando de explicar el funcionamiento y
estructura de los elementos que las componen. La gramática teórica
(o general) va más allá de la observación de lenguas individuales, y
se propone descubrir la naturaleza misma del lenguaje mediante la
recogida de datos lingüísticos.
La gramática generativa (o transformativa)
es un sistema teórico que se propone para describir y explicar las
oraciones de una lengua a partir de un número limitado de reglas. A
diferencia de las anteriores gramáticas, que consideran el lenguaje
en su aspecto visible de sistema estructural, la generativa lo ve
como una capacidad mental del ser humano para adquirir una
determinada lengua. Existen una serie de reglas lingüísticas
universales y subyacentes mediante las que se construyen los
distintos sistemas lingüísticos utilizados por todos los hablantes
del mundo, reglas que no se aprenden a través de la experiencia sino
que son innatas.
HISTORIA DE LA GRAMÁTICA
En el estudio del lenguaje a lo largo de
los años se puede hablar de tres grandes corrientes gramaticales:
gramática tradicional, gramática estructural y gramática
generativa.
GRAMÁTICA
TRADICIONAL
Las primeras reflexiones acerca del
lenguaje las llevaron a cabo los filósofos de la Grecia clásica,
alrededor del siglo IV a.C. Preocupados básicamente por cuestiones
generales acerca de la naturaleza de los seres humanos y el
universo, y con la firme creencia de que debían existir verdades
eternas e inmutables, estos filósofos se aproximaron al lenguaje
(una capacidad única de los hombres, como creían) con la esperanza
de poder hallar en él las respuestas a algunos de los grandes
misterios de la vida. Pensaban que los dioses habían otorgado a los
hombres el don divino del lenguaje, y que por lo tanto representaba
la perfección suma. Por supuesto, dado que se tenía conocimiento de
pocas culturas más aparte de la helénica, sólo el griego era digno
de estudio; el resto de lenguas eran consideradas como hablas
degeneradas o "bárbaras".
Platón opinaba que las palabras mantenían
una relación inherente, natural y lógica con los entes o conceptos
que representaban. A partir de esta idea, construyó un sistema
gramatical (posiblemente el primero del mundo occidental) formado
por dos clases de palabras: ×noma y »Åma. Las primeras designan la
entidad que lleva a cabo una acción o aquélla de la que se afirma
algo. Los elementos de la segunda clase representan la realización
de la acción o la afirmación que se hace del ×noma. Puede verse que
esta diferenciación está muy próxima a la actual entre nombre y
verbo.
Aristóteles, el discípulo más aventajado
de Platón, continuó las investigaciones lingüísticas de su maestro.
Entre sus más importantes contribuciones al estudio del lenguaje
destacan: la definición de una tercera clase de palabras, sÝndesmoj
(conjunción), que englobaba a todas aquéllas que no eran ni ×noma ni
ȁma; el descubrimiento de determinados rasgos estructurales de las
palabras (como por ejemplo el hecho de que los nombres poseyeran
caso y los verbos tiempo); la que posiblemente es la primera
definición del término "palabra": la más pequeña unidad lingüística
con significado pleno. Sin embargo, su principal contribución fue un
sistema de lógica natural cuidadosamente desarrollado, basado en el
silogismo. Aristóteles defendía que el razonamiento mental de este
esquema de proposiciones reflejaba perfectamente el pensamiento del
ser humano, y por lo tanto consideraba el lenguaje como un proceso
mental de naturaleza lógica.
La siguiente escuela de pensamiento que se
ocupó del lenguaje fueron los estoicos (alrededor del año 300 a.C.).
Ampliaron la clasificación gramatical de Aristóteles a cuatro
elementos con la adición de la categoría "artículo" y subdividieron
los nombres en comunes y propios. Por otra parte, llevaron a cabo
detallados estudios acerca del tiempo y la concordancia verbal, y
llegaron a la conclusión de que el nombre poseía cinco casos:
nominativo, acusativo, dativo, genitivo y vocativo.
Alrededor del siglo II a.C., Dionisio de
Tracia amplió a ocho las clases de palabras, dando lugar a una
clasificación que perduró en el mundo occidental hasta bien entrada
la época moderna: nombre, pronombre, verbo, participio, artículo,
adverbio, conjunción y preposición.
Posteriormente, los romanos recogieron
esta tradición gramatical griega prácticamente en su integridad.
Advirtieron que el latín (a diferencia del griego) poseía un sexto
caso, el ablativo, y se preocuparon por la conservación del lenguaje
en toda su pureza.
Durante la Edad Media se continúan en gran
medida los estudios clásicos de la gramática. Por otro lado, las
distintas escuelas filosóficas empiezan a sentir interés por las
relaciones existentes entre el significante (o forma material de las
palabras) y el significado (o sentido de las mismas). Con la llegada
del Renacimiento y el descubrimiento de nuevas culturas, los
gramáticos se muestran muy interesados en conocer la genealogía de
las lenguas. La creencia general es que todas son variantes
lingüísticas de un único conjunto de principios universales
originarios, comunes a todas las lenguas humanas. Tras una primera
etapa de devoción cultural hacia las lenguas clásicas (especialmente
el latín y el griego), las lenguas vernáculas van incrementando su
importancia y es entonces cuando se escriben las primeras gramáticas
autóctonas de cada nación. La Gramática de la lengua castellana
(1492), de Antonio de Nebrija, constituye el primer intento serio de
clasificación gramatical del español.
Los estudios gramaticales durante los
siglos XVII y XVIII se polarizan en torno al gran debate filosófico
del momento entre racionalismo (cuyo máximo representante era
Descartes) y empirismo (basado en las doctrinas de Locke y Hume).
Los racionalistas sostenían que ciertas ideas y capacidades mentales
de los seres humanos (la principal de las cuales es el lenguaje)
eran innatas. Los empiristas, en cambio, defendían que todo
conocimiento humano (incluido el lenguaje) se puede explicar como
conocimiento adquirido a través de la experiencia mediante los
sentidos. Los gramáticos de la escuela racionalista retomaron las
teorías lingüísticas del mundo griego y propusieron una serie de
postulados generales: la universalidad del pensamiento se refleja en
el lenguaje humano; el gramático ha de ocuparse únicamente de
describir, lo más precisa y objetivamente posible, la lengua hablada
por una comunidad tal cual es, sin basarse en criterios
prescriptivos; la unidad básica no es la palabra, sino el sintagma,
representante de un pensamiento o idea subyacente; en el lenguaje
existen dos niveles complementarios: una estructura profunda,
formada por el conjunto de ideas abstractas y relaciones mentales
comunes a todo el pensamiento humano, y una estructura superficial,
que representa la forma gramatical que adopta la primera en las
diferentes lenguas habladas en el mundo.
GRAMÁTICA ESTRUCTURAL
Durante el siglo XIX se empieza a
investigar con especial interés acerca del origen de las lenguas y
sus relaciones mutuas, lo que da lugar al nacimiento de la gramática
histórica y la gramática comparada. El método principal empleado por
estas dos disciplinas consistía en reunir gran cantidad de datos
lingüísticos (especialmente de carácter fonológico y textual) y
extraer conclusiones a partir de ellos. Gracias a estos estudios se
consiguió desarrollar auténticas genealogías de las lenguas y
clasificar el mapa lingüístico mundial. A comienzos del siglo XX, la
gramática estructural abandonó esta dependencia de los testimonios
escritos y se centró en el estudio de las lenguas en sí mismas, como
sistemas autocontenidos y vivos. Para ello, los estructuralistas
tomaron como base de todas sus investigaciones la morfología,
disciplina lingüística que se ocupa de la estructura formal de las
palabras. Su método de análisis de la lengua se basa en la
observación cuidadosa de un corpus lingüístico (o conjunto de datos)
tomado del habla de una comunidad para llegar al conocimiento del
sistema subyacente a tal manifestación externa. En palabras del
lingüista suizo Ferdinand de Saussure, considerado como uno de los
padres del estructuralismo, la gramática debe describir la langue ‘lengua’,
el sistema de signos lingüísticos comunes a una comunidad de
hablantes, en lugar de la parole ‘habla’, realización concreta de la
lengua que en sí misma no constituye un sistema organizado. Todo
individuo posee un conocimiento interno y subconsciente de la lengua,
aunque su habla particular no tiene por qué reflejarlo fielmente
debido a causas externas (como pueden ser lapsos de memoria o
incapacidad articulatoria). La gramática estructural considera que
cada lengua es un "metasistema" compuesto por varios otros sistemas
organizados en niveles interrelacionados: en la escala más baja se
encuentran los sonidos, que se combinan para formar palabras, que a
su vez se combinan para formar oraciones, cuya agrupación se usa
para comunicar significados. De esta forma, las distintas
disciplinas que estudian estos elementos anteriores (fonología,
morfología, sintaxis y semántica) constituyen la gramática en su
sentido más general.
GRAMÁTICA
GENERATIVA
En 1957, el lingüista americano Noam
Chomsky publica Estructuras sintácticas, obra de clara inspiración
matemática en la que critica los métodos empleados por la gramática
estructural. Para él, el estudio de la gramática debe centrarse en
el lenguaje mismo como capacidad cognitiva del ser humano, y no en
la simple recogida y análisis de datos formales, que no son más que
una manifestación externa de aquél. De esta forma, la gramática se
equipara a las hipótesis científicas, ya que pasa a definirse como
una teoría o sistema que se propone para describir y explicar las
oraciones de una lengua específica, no como elementos aislados, sino
como reflejo de la capacidad mental del lenguaje común a todas las
personas. Una gramática adecuada será aquélla que sea capaz de
generar oraciones gramaticales (es decir, ajustadas a una serie de
reglas formales y comprensibles por parte de un hablante nativo) y
descartar las que no lo sean; pero, sobre todo, ha de ser capaz de
generar todas las posibles oraciones gramaticales de una lengua. Por
lo tanto, la gramática debe basarse no en la semántica (como hacía
la gramática tradicional) ni en la morfología (como hacía la
gramática estructural), sino en la sintaxis. Para Chomsky, la
sintaxis descansa sobre el principio de la recursividad, un proceso
formal mediante el cual se pueden crear infinitas oraciones a partir
de la aplicación de un número finito de reglas a un número también
limitado de constituyentes sintácticos. En última instancia, la
gramática generativa retoma las teorías mentalistas del racionalismo
del siglo XVIII, en la medida en que considera el lenguaje como una
capacidad innata de las personas cuyas reglas formales reflejan el
mecanismo del pensamiento humano.
La gramática transformativa (o
transformacional) es un desarrollo posterior de la generativa en la
que se establece que el paso de un esquema oracional a otro se lleva
a cabo mediante la aplicación de determinadas reglas o
transformaciones (por ejemplo, la que se aplica a una oración
cualquiera para convertirla en interrogativa o formar su
correspondiente estructura pasiva).
Dos modelos en el estudio de las lenguas:
gramática comparada y gramática formal
A continuación se presentan dos
perspectivas gramaticales distintas —aunque en muchos aspectos
complementarias: gramática comparada y gramática formal. La primera,
que se engloba dentro de la corriente estructuralista anteriormente
explicada, surgió a raíz de las inquietudes de los lingüistas del
siglo XIX por encontrar las semejanzas que pudieran existir entre
las distintas lenguas conocidas hasta entonces; su estudio se mueve
en el doble eje diacrónico y sincrónico, ya que basa sus supuestos
en la evolución histórica de las variedades lingüísticas y en sus
cambios formales (fundamentalmente de carácter fonológico). La
gramática formal, por su parte, se originó tras las investigaciones
de la gramática generativa, y busca categorizar las lenguas en base
a reglas formales de carácter matemático; su orientación
computacional es evidente, en el sentido de que emplea una sintaxis
"comprensible" para las máquinas (amén de una terminología
básicamente informática). Como puede verse, la gramática comparada y
la gramática formal se asemejan en el hecho de que ambas buscan
establecer reglas fijas, aunque la primera se basa en el cotejo de
varias lenguas y la segunda se centra en el sistema propio de cada
una. S. Velasco Sol - ENCICLONET
GRAMÁTICA
CLÁSICA
& Con este nombre se denomina el conjunto
de estudios y observaciones acerca del lenguaje que se desarrollaron
en el mundo grecolatino de la antigüedad. Dado que durante aquel
período histórico se conocían pocas lenguas, únicamente el latín y
el griego (las llamadas "lenguas clásicas") eran objeto de estudio
en Occidente.
Introducción
Una de las consecuencias metodológicas más
interesantes que se pueden extraer de los gramáticos clásicos,
especialmente los latinos, para la enseñanza de la Lingüística, es
precisamente lo que podríamos titular "cómo se hace una gramática".
Es imprescindible la Introducción, en la
que se plantea la cuestión de si el lenguaje se origina por
naturaleza, convención, analogía o anomalía y se discuten las
interpretaciones de Platón y Aristóteles. La línea propiamente
tradicional es aristotélica, convencionalista, y se mueve entre un
analogismo mitigado y el anomalismo.
La Gramática clásica se divide en sus
partes tradicionales: Prosodia, Etimología, Analogía y Sintaxis. Los
gramáticos anomalistas, más tarde, construyen una Etimología de tipo
morfológico y lexicológico, que pierde sus aspectos analógicos de
justificación semántica y engloba a la antigua Analogía. Lo esencial
del tratamiento de esta parte, que pasará a llamarse Morfología, es
el tratamiento de las ocho partes de la oración: nombre, verbo,
participio, pronombre, adverbio, preposición, interjección,
conjunción. El adjetivo sustituirá al participio (o convivirá con
él), y lo mismo ocurrirá entre interjección y artículo. De este
modo, el número de partes de la oración oscilará entre ocho y diez
durante unos dieciséis siglos.
Las partes de la oración son básicas en
toda gramática no sólo para la Morfología, sino también para la
Sintaxis. En el análisis morfológico se tienen en cuenta:
1) La categoría.
2) Sus consecuencias y accidentes, en las
clases de nombre y verbo:
Nombre: género, número, caso, especie
(para la clasificación de primitivos y derivados) y figura (para la
división en simples o compuestos).
Verbo: modo, tiempo, número, persona,
género, especie y figura.
La Sintaxis tradicional sigue una
concepción sintagmática, de unión de un vocablo con el antecedente o
el siguiente. Las nociones fundamentales son las de régimen, que
desarrollará Alexander de Villa Dei, en 1199, y concordancia. La
importancia de la Retórica impone un apéndice en el que, según el
modelo de Donato, se habla de barbarismo, solecismo, metaplasmo,
esquemas oracionales y tropos. Su finalidad es prioritariamente
normativa, más que estética.
Gramática clásica: visión panorámica
A partir del siglo V a.C. tenemos ya
noticias de una preocupación acerca del lenguaje en el mundo griego.
Esta preocupación está naturalmente vinculada a la especulación
filosófica que, como se sabe, nace en la civilización helénica con
mucha fuerza y tiene ya en el siglo IV a.C. con la figura de Platón
(427-347 a.C.), a uno de los filósofos más notables de todos los
tiempos. Al mismo tiempo, esta corriente de preocupación por el
lenguaje se va plasmando en otro tipo de actividades, ahora no de
carácter especulativo y teórico, sino de índole más práctica y
dominio más restringido: nos referimos a la acción de todos los
conservadores, transmisores y correctores de textos literarios,
ocupados en fijar por escrito la gran literatura griega, transmitida
originariamente por vía oral. No hay Literatura sin texto y, puesto
que éste requiere para su interpretación una labor previa de
fijación, o sea, de crítica textual, podemos decir que no hay
Literatura sin Filología, en el sentido más amplio del término. Ya
en el siglo I a.C., Dionisio el Tracio, al estudiar las partes de la
Gramática, en la línea de su maestro, el célebre filólogo
alejandrino Aristarco de Samotracia afirma que la sexta parte es la
dedicada a examinar críticamente los poemas y la considera la
culminación de las cinco anteriores.
Tampoco olvidemos, porque está en el
nombre mismo de la nueva técnica, que el nombre Gramática está
directamente relacionado con la capacidad de escribir: gramma es una
palabra griega que significa 'letra'.
Los griegos supieron construir unos
esquemas rigurosos, unos modelos que pudieron aplicarse, no sólo a
las lenguas indoeuropeas, como el latín, las lenguas germánicas,
bálticas o eslavas, sino a las lenguas indoamericanas, más tarde.
Téngase en cuenta que no hablamos ahora de que ese modelo fuera
perfecto y definitivo, desde el punto de vista científico, sino de
que se tomó como tal y se mantuvo, básicamente, hasta nuestro siglo.
Arranca de los griegos un modelo teórico,
lógico-filosófico, especulativo, junto con un modelo aplicado,
normativo, escolar, vigente en lo fundamental hasta mediados del
siglo XX y todavía no sustituido por completo. El primer modelo se
preocupa por la conexión del lenguaje con el pensamiento, por las
categorías universales, las partes de la gramática, mientras que el
segundo se preocupa de la corrección, a partir del ejemplo que
ofrecen las autoridades del idioma, los grandes autores, en un
momento en el que todo lo que se escribe se considera en conjunto,
sin establecer diferencias entre un texto científico y un texto
literario. La obligación de cualquier escritor era hacerlo bien y
para ello tenía que seguir unas normas, impuestas en la escuela.
Roma heredará esta concepción y la transmitirá a las escuelas
medievales. Aprender a leer será aprender también a conocer un texto
modelo, una manera ejemplar de escribir y unas construcciones que se
deben copiar. Los autores imitables, las autoridades del idioma, son
los clásicos. No significa esto que el modelo especulativo no
tuviera un carácter también aplicativo. Ni los conocimientos
científicos de la época ni el modelo de sociedad permitían el
desarrollo de un pensamiento teórico en el sentido de una
lingüística inmanente, que, de hecho, será una de las grandes
innovaciones de Saussure en el segundo decenio del siglo XX. La
Filosofía, el Foro y la Literatura son los tres ejes en torno a los
cuales gira esta especulación gramatical.
Se trataba de una gramática, por una
parte, de contenido, de relación de categorías mentales y categorías
lingüísticas, y por otro lado de expresión. Para cumplir estas
finalidades se dividía en cuatro partes:
1) La Prosodia trataba de los sonidos y lo
significativo de las diferencias entre ellos, pero sin estudiar la
oposición de unos a otros para aislar unidades, innovación que habrá
de esperar hasta después de 1920, con la Fonología estructural.
Podríamos definirla como un tipo de Fonética con algunos puntos de
pre-fonología.
2) La Etimología se ocupaba del origen de
las palabras; pero no en el sentido que tiene ahora esta definición,
sino en el de la relación entre los nombres y las cosas. Abarcaba
así los problemas de la convención o motivación, anomalía y analogía
en la relación entre el objeto, la cosa, y el nombre, así como el de
las derivaciones, aunque de manera muy poco fiel, por falta de
mecanismos de análisis.
3) La Sintaxis trataba de las frases en lo
que hoy llamaríamos su estructura superficial: construcción de la
oración y clases de oraciones. Es una sintaxis de tipo muy
morfológico, a lo que ayuda también la estructura de la lengua
griega, con la posibilidad de asignar funciones sintácticas a las
formas gramaticales de los casos. No se trata de lo que podemos
entender hoy por Sintaxis, que es más bien un sistema de reglas y
principios.
4) La Analogía, por último, aunque está
relacionada con las construcciones morfológicas y, con el paso del
tiempo, será la ciencia que corresponde a la Morfología tradicional,
no era en principio lo mismo. Ya desde el nombre arrancaba de un
intento de explicar ciertos elementos lingüísticos de modo
analógico, no convencional. Se trataba en ella de acercarse a los
elementos o características motivados de la lengua natural a través
del estudio de las partes de la oración, o sea, por la
caracterización formal y funcional de los distintos elementos
oracionales. No olvidemos que el problema fundamental era el del
origen del lenguaje y el estudio de las estructuras lingüísticas era
un modo de buscar una respuesta a esa pregunta.
Más que de partes de la oración tendríamos
que hablar de partes de la proposición lógica que enuncia un juicio:
Ps, "predicado se da en sujeto", "Leónidas es hombre: la hombría se
da en Leónidas". Todavía hoy se conserva esta notación en Lógica. De
acuerdo con ello, Platón distingue ónoma 'nombre' de rhêma 'verbo',
como sujeto y predicado lógicos. Aristóteles (384-322 a.C.), en su
Poética, nos permite comprobar también que esa distinción es más
lógica que morfológica: ónoma es el nombre como sujeto y rhêma es
"siempre la expresión de aquello que se dice de otro, es decir, de
un sujeto (sustrato) o de aquello que está en el sujeto".
Los griegos no llegan a establecer
unidades estrictamente lingüísticas, como habían hecho los
gramáticos del indoario antiguo, quienes ya podían analizar una
unidad mínima dotada de significado, es decir, un monema o morfema,
que podían dividir en dos tipos, uno con significado léxico, o raíz,
y otro con significado gramatical (flexivo), o desinencia. Los
griegos, en cambio, tenían como unidades dos, procedentes del
análisis de la lengua escrita: la letra y la palabra.
La demostración de la propiedad de las
palabras se consigue, según los interlocutores, aplicando el método
etimológico. Estas etimologías, que llegan hasta la ciencia
etimológica actual de modo mucho más científico y depurado, son en
la Edad Antigua y Media, y todavía en la Moderna, una mezcla de
suposiciones, supersticiones y confusiones.
En la Lógica de Aristóteles se plantea ya
de otra manera la relación entre el objeto y su expresión
lingüística. Por un lado se advierte que las impresiones psíquicas,
como imágenes de las cosas, "son las mismas en todos", la base que
permite que todas las lenguas humanas sean intertraducibles. Los
signos de esas impresiones psíquicas son las expresiones
lingüísticas. La relación entre expresión lingüística e impresión
psíquica, que se refiere a la cosa, es convencional, negándose
expresamente el significado de los componentes.
Como ciencia, la gramática efectúa pocos
progresos, aunque en la Poética (cap. III especialmente) se
desarrollan algunos puntos. No se divide la Gramática; pero sí se
deslindan algunas categorías: "Las partes de toda suerte de habla
son éstas: elemento, sílaba, nombre, verbo, palabra de enlace,
artículo, caso, palabra". Una gran heterogeneidad preside la
enumeración anterior. En ella, elemento viene a coincidir con
"letra", sílaba es la combinación de vocal y semivocal o muda, sin
significación.
En lo que concierne a la definición de
las voces, la conjunción o palabra de enlace es voz no significativa
que une voces significativas, mientras que "artículo es una voz no
significativa, la cual muestra el principio o el fin, o la
distinción de la palabra; v. g.: Lo dicho, acerca de esto, etcétera".
Ésta categoría sólo aparece en la Poética y en la Retórica, por lo
que ya desde antiguo la crítica ha negado que fuera formulada por
Aristóteles (Steinthal, en 1890). El nombre es voz significativa sin
tiempo y compuesta de varios elementos, que no mantienen su
significación separados. El verbo es voz significativa con tiempo,
también compuesta. El caso (ptôsis) no es exactamente la flexión
nominal y verbal, aunque así es como podemos interpretarlo; se
refiere sencillamente a las variaciones que sufre la forma
fundamental de una palabra, no solamente por flexión, sino también
por traslación o cambio de categoría, la adverbialización por
ejemplo, o por composición lexicológica. En cuanto a la palabra,
definida como "voz compuesta significativa, de cuyas partes algunas
significan por sí, más no siempre con tiempo, porque no toda palabra
se compone de nombres y verbos", se trata en realidad de una
definición sintagmática, que corresponde a una extensión amplia
entre la unidad léxica y la unidad sintáctica.
Desarrollo de los modelos y categorías gramaticales
Nombre, verbo y palabra de enlace o
conjunción (syndesmoi) son las categorías que parecen más claras en
Aristóteles. Las cuatro partes, con el artículo, no aparecerán con
claridad hasta los estoicos. A la generación anterior a su fundador
pertenece Epicuro (341-270 a.C.), interesado en la discusión sobre
el origen del lenguaje.
El movimiento estoico corresponde a la
época política postalejandrina. Su fundador, Zenón de Citio, era de
origen semítico, fenicio y bilingüe. Autores como Robins han
señalado el interés que este bilingüismo, con una lengua no
indoeuropea, por otra parte, pudiera tener y su influencia en el
desarrollo de su gramática. Desgraciadamente, los testimonios que
tenemos de los estoicos son posteriores e indirectos, a través de la
obra de Diógenes Laercio, De vitis philosophorum.
Con todo, sabemos que su especulación
etimológica los lleva al origen natural del lenguaje, aunque son
anomalistas para explicar la relación entre palabra o expresión
lingüística y cosa u objeto en las lenguas humanas que conocen. El
movimiento estoico, como las otras escuelas griegas posteriores,
repercutirá además en la gramática latina.
Si repasamos brevemente sus aportaciones,
vemos enseguida que son mucho más concretas que las de Aristóteles.
Restringen la flexión a los cinco casos del nombre, frente a la
pluralidad de mutaciones que señalábamos en Aristóteles, por ejemplo,
y se ocupan de las clases de verbos y sus accidentes, especialmente
la voz, a la que se dedicaron Diógenes Babilonio y Crisipo (II
a.C.). En el siglo I a.C., Antípater de Tarso añadió la voz media.
Con ellos quedan configuradas, por tanto,
las categorías morfológicas, de un lado, y las partes de la oración,
de otro. A las primeras, para el sustantivo, corresponden número,
género, caso, mientras que en las segundas tenemos el nombre, que es
el nombre propio, para expresión de la cualidad individual, "ser
Sócrates", el apelativo, para expresar la cualidad general, "ser un
caballo", el verbo, la conjunción y el artículo, categoría a la que
corresponden el artículo determinante del griego así como los
personales y los posesivos.
Lo que se va desarrollando, en
consecuencia, es un modelo de análisis del lenguaje, más
interpretativo que creativo. Este aspecto se completa en la parte
especulativa con el desarrollo de las intuiciones aristotélicas en
una primera posible teoría del signo, en la que por un lado se
distingue el objeto y por otra el designador y lo designado, como
significante-significado. Así se transmite esta diferencia ya en la
obra de un pensador escéptico, Sexto Empírico, Adversus mathematicos,
quien nos transmite los puntos de vista de los estoicos para
discutir sobre ellos. El desarrollo del pensamiento de Aristóteles
corresponde sin embargo más a otra escuela, la de los neoplatónicos,
uno de cuyos representantes más ilustres, Porfirio, compuso uno de
los libros más influyentes en ciertas corrientes de pensamiento
medieval, la Eisagoge (introducción) a la teoría de las categorías
de Aristóteles. Este libro, difundido gracias al comentario medieval
de Boecio, es la base de la disputa de los universales.
Paralelamente al desarrollo del movimiento
estoico y el neoplatónico va evolucionando el movimiento
helenístico. Sus dos escuelas principales, la de Alejandría y la de
Pérgamo, difieren en que los primeros son analogistas, consideran
esencial la regularidad del lenguaje humano, mientras que los
segundos son anomalistas, más preocupados por la irregularidad.
Téngase en cuenta que los filólogos, en la crítica textual, se
enfrentaban con una gran variedad de formas, en principio
merecedoras de atención y crítica, por formar parte de la tradición.
Ante ellas no cabía propiamente el modelo normativo, sino que era
necesario realizar una previa labor de recogida y clasificación. Se
origina así el modelo descriptivo, que tan extraordinaria
importancia tendrá en la evolución de la gramática y cuya validez
todavía hoy es indiscutible.
Aunque parece ser que los principios de
esta escuela estaban ya establecidos en la obra de Aristarco de
Samotracia, la Gramática de Dionisio el Tracio, donde ya aparece el
título de Têchne ("arte" en la versión latina, pero claro
antecedente de "técnica"), es la primera gran obra específica y
explícitamente gramatical, al menos que conozcamos.
Encontramos en esta obra seis apartados
básicos, que corresponden a la lectura con pronunciación correcta,
la explicación de giros, la transmisión de glosas y ejemplos
mitológicos, la etimología, la analogía y el examen crítico de los
poemas. Se presenta lo gramatical, pues, en relación con la crítica
textual, o sea, lo filológico, dentro de una preocupación por la
corrección que nos sitúa en los primeros desarrollos completos del
modelo prescriptivo o normativo.
Las partes de la oración son ya ocho: a
las cuatro que conocemos —nombre, verbo, palabras de enlace y
artículo— se añaden adverbio (epírrêma), preposición (próthesis),
participio (metochê) y pronombre (antinymía). En lo que se refiere
al artículo, ya desde los estoicos se encuentra la distinción entre
definidos (risména) e indefinidos (aoristides). Entre los primeros
se incluyen los personales, entre los segundos los relativos.
El concepto de adverbio parece en
principio una de las adiciones más interesantes; pero se queda en un
cajón de sastre, por la excesiva amplitud de su definición: "adición
al predicado". Tampoco queda muy clara la distinción entre
preposición y relacionantes, que se interfieren continuamente.
Gramáticos alejandrinos posteriores, como Apolonio Díscolo (s. II
d.C.), en su Sintaxis, llegarán a establecer diecinueve tipos de
relacionantes. El concepto de pronombre, por su parte, surge
confundido con el de artículo, originariamente. Se distinguen los
deícticos y los anafóricos. También se tenía en cuenta una forma que
no se consideraba parte de la oración, la interjección, a la que
llamaban álogoi 'excluida del discurso', si bien algunas de ellas,
en la obra de Dionisio, figuraban entre los adverbios.
Dionisio el Tracio y Apolonio, cuya obra
fue continuada por su hijo Herodiano, influyeron directamente en la
gramática latina. A partir de este momento nos movemos ya en una
continuidad de tratadistas y de influencias. Habrán de pasar muchos
siglos para que los tres modelos se alteren, y la gramática sea
mayoritariamente especulativa o normativa; pero no faltarán muestras
interesantes del modelo descriptivo. Será necesario esperar al
siglo XIX, con antecedentes en el XVIII, para la incorporación del
modelo comparativo y el tipológico tras él, sin que ninguno de los
que desarrollaron los griegos desaparezca.
La continuación de
la gramática griega en Roma y su desarrollo
El tratado De lingua latina de Varrón
(116-27 a.C.), la primera muestra de la gramática latina, recoge
influencias helenísticas, aunque no el influjo, al menos destacable,
de su casi coetáneo Dionisio el Tracio. Para encontrar una versión
completa adaptada al latín de la obra de éste habrá que esperar al
siglo I d.C., con la obra también perdida, pero conocida, de Remmio
Palemón.
De los veinticinco libros del tratado de
Varrón se nos conservan seis (5-10), suficientes para hacer lamentar
la pérdida de los restantes, no sólo por su relativa, aunque
interesante, originalidad, sino por las muchas noticias de otros
gramáticos que, gracias a él, se nos conservan. Sabemos que dividió
su obra en Etimología, Analogía y Sintaxis, aunque la última no se
nos ha conservado.
En lo que concierne a las partes de la
oración, Varrón muestra su originalidad. Las divide, con un
criterio morfológico que el lingüista danés Jespersen, muchos siglos
después, encontrará ingenioso, en cuatro grupos, según la inflexión
de caso y tiempo:
a) Palabras con caso (nombres), categoría
a la que corresponden el sustantivo, el pronombre y el adjetivo.
b) Palabras con tiempo (verbos).
c) Palabras con caso y tiempo (participios).
d) Palabras sin caso ni tiempo (adverbios y
partículas).
Esta originalidad se extiende también a la
terminología. Así, por ejemplo, para resolver la incomodidad del
uso polisémico de verbum, que en latín significa tanto 'palabra'
como 'verbo', acuñará el término verbum temporale, que hará
fortuna, como muestra el alemán Zeitwort, que es su transposición
exacta.
Aunque los retóricos, como Quintiliano (I
d.C.) y los padres de la Iglesia, posteriormente (como San Gregorio
Niceno o San Agustín), se ocupan de cuestiones gramaticales, su
importancia en este terreno es mucho menor que la de las dos grandes
figuras que constituyen la transición de la Edad Antigua a la Media,
Ælio Donato (IV d.C.) y el bizantino Prisciano (VI d.C.), en los que
se realiza también la síntesis de la gramática greco-latina.
La Ars Grammatica de Donato se convirtió
en el manual elemental durante los siglos en los que —no lo
olvidemos— aprender a leer era aprender a leer en latín y por tanto,
cuando éste ya no era la lengua hablada, significaba "aprender latín".
Cuando se habla del Donato se quiere significar, generalmente, la
versión abreviada, la Ars minor, donde se ocupa de las ocho partes
de la oración, con sus paradigmas, en forma de preguntas y
respuestas, frente a la Ars maior o versión completa, menos
reproducida. La primera parte se dedica a vox, littera, syllaba,
pedes, toni, posituræ, es decir, a la noción de palabra y las bases
prosódicas necesarias para la métrica. En la segunda se tratan las
clases de palabras (nombre, pronombre, verbo, adverbio, participio,
conjunción, preposición, interjección); pero se suprimen los
paradigmas y se amplía la discusión de problemas teóricos, bien
sobre clasificaciones, o sobre cuestiones formales, como los
comparativos irregulares. La tercera parte es una retórica y se
dedica a barbarismos y solecismos, así como a tropos y otras
figuras. Como incluye citas para ejemplificar cada punto estudiado
se convirtió en un resumen de autoridades.
El gran modelo, a partir del siglo VI y
hasta las Institutiones Latinæ de Elio Antonio de Nebrija (nótese el
nombre latino inicial igual a Donato), serían las Institutiones
rerum grammaticarum de Prisciano, cuyos dieciséis primeros libros
forman el Priscianus maior y los dos últimos, dedicados a la
constructio, se llaman Priscianus minor y se reprodujeron con
frecuencia independientemente, como tratados de Sintaxis.
Inicialmente tuvo más relevancia otra obra, la Institutio de nomine
et pronomine et verbo, porque, entre otros méritos, clasifica con
claridad las declinaciones, abandonando el complejo y oscuro sistema
de géneros de Donato.
LA
GRAMÁTICA MEDIEVAL
Para establecer unas líneas básicas de la
gramática medieval es preciso tener en cuenta que muchas de las
preocupaciones lingüísticas de la época son comunes a cristianos,
musulmanes y judíos, aunque, en el caso de los primeros, irán
tomando una dimensión propia, que conduce a la gramática humanística
y al Renacimiento. De los tres aspectos que resumen, a continuación,
la evolución general, sólo el tercero es específico de las
sociedades cristianas.
· La Gramática todavía sigue siendo "arte"
en ese sentido de "técnica" que domina todavía la semántica de esta
palabra. Por ello, es una época de producción de gramáticas
siguiendo las líneas generales perfectamente establecidas por el
modelo grecolatino.
· El desarrollo de la Filosofía y, sobre
todo, de la Teología, propicia una serie de discusiones sobre el
signo y la relación entre expresión y contenido, caracterizadas por
la preocupación por los "modos de significar". Esta corriente
constituye una línea teórica especulativa, con originalidad en
muchos aspectos.
· El desarrollo de las lenguas vernáculas,
con la fragmentación del latín en las lenguas románicas, por un
lado, y la alfabetización de las lenguas germánicas, celtas,
bálticas y eslavas, por otro, provoca una actuación que podemos
considerar dentro del ámbito de la planificación lingüística en el
apartado de la "reforma" de las lenguas.
Recordemos que el estudio de la gramática
era el estudio del latín según el modelo de los clásicos: "latín
clásico" y "gramática" eran todavía sinónimos para Dante. Esta
gramática se estudia además con las de los autores latinos, como
Ælio Donato y Prisciano, además de las que se van escribiendo nuevas.
Los gramáticos medievales utilizan su
ciencia en función de la Lógica y esta última como fundamento de su
Metafísica, encaminada a su vez hacia la Teología. Gramática, Lógica
o Dialéctica y Retórica constituyen, en la organización cristiana de
la enseñanza, el Triuium, primer grado de la enseñanza.
Esta ciencia gramatical, que para griegos
y romanos había sido una arte humanística, pasa a convertirse en
fundamento de la Teología, en un mundo cuyo esquema de conocimiento
enciclopédico coloca a Dios en el inicio de todo, hasta de los
diccionarios: las verdades gramaticales se pondrán en relación con
los misterios teológicos y se llegará a parangonar las tres personas
del verbo con las Tres Divinas Personas, en un ms. anónimo del s.
IX, o a hablar de las ocho partes de la oración en relación
probablemente con las ocho órdenes (ostiario, lector, exorcista,
acólito, subdiácono, diácono, presbítero, obispo) en la obra del
abad de Verdún Esmaragdo (805-824), aunque el mismo autor no se
muestra totalmente convencido y se remite al carácter sagrado del
número 8 en los libros sagrados.
En relación con la Etimología, tal vez el
punto que menos nos dice hoy, se debe señalar, para los primeros
siglos sobre todo, la presencia de una gramática medieval de
abolengo latino, frecuentemente versificada, junto a la corriente
lógico-dialéctica. Así lo testimonian la obra de Remigio de Auxerre,
en el siglo X o, en el XII, el Doctrinale, gramática rimada de
Alexander de Villa Dei, o Villedieu, y el Graecismus de Eberardo de
Béthune, también en verso, que llegó hasta el siglo XV y fue
estudiado por el Erasmo joven de Davenrer.
Hasta el Doctrinale, en lo que respecta a
la división de la Gramática (también en el Imperio Bizantino),
seguía en vigor la distinción de Prosodia, Etimología, Analogía y
Sintaxis, establecida en el siglo II a.C. en la Gramática de
Dionisio de Tracia. Con la sustitución de la Etimología por la
Ortografía y la consideración crecientemente morfológica de la
Analogía, dicha división ha llegado hasta el siglo XX.
La obra de Alexander de Villa Dei (1199)
supone ya un cambio en este sentido, con su división en
Orthographia, Etymologia, Dyasistastica y Prosodia, en la cual la
Etymologia era el estudio formal de las partes de la oración, la
flexión y la formación de palabras, mientras que la Dyasintastica
era una protosintaxis, es decir, un análisis sintagmático o del
discurso, en el que se incluían las partes de la oración en
conjunto.
Todas estas gramáticas se hacen acreedoras
de un reproche común, el de que el estudio del uso, entendido como
uso correcto, predomina sobre la concepción especulativa y la
investigación, ante todo, de las causas: lo normativo se impone a lo
especulativo y etiológico.
El valor antiguo de la etimología se
ejemplifica en la magna obra del hispanogodo Isidoro de Sevilla (m.
636 y santo de la Iglesia cristiana), conocida como Isidori
Hispalensis episcopi etymologiarum siue originum libri XX,
ampliamente difundida a partir del año 636. Todavía es estudio del
origen de las palabras, vinculado al del origen del lenguaje, antes
de pasar a estudio morfológico, de las formas de las palabras, en
las gramáticas relacionadas con la filosofía escolástica. La
etimología así concebida, de escaso o nulo valor científico, según
nuestros conocimientos, sirve para transmitirnos un mundo cultural,
el de la lejana Edad Media, y sirvió también para hacer llegar a su
época parte, inevitablemente deturpada, de la cultura clásica.
Además, las Etimologías son aún buena muestra de la interpretación
del origen del lenguaje por razones naturales, no convencionales y
de la tendencia analogista en la formación de las palabras,
revitalizada por el neoplatonismo agustiniano, pues buscan algún
tipo de motivación en la relación nombre-cosa. Veamos una, a partir
de la relación de la lechuga con la leche, llamada por la semejanza
formal:
17.10.11. lactura dicta
est quod abundantia lactis exuberet, seu quia lacte nutrientes
feminas implet ... lactuca agrestis est quam sarraliam nominamus,
quod dorsus eius in modum serrae est.
("se llama lechuga porque está colmada por
la abundancia de leche, o porque llena de leche a las nodrizas ...
la lechuga silvestre es la que denominamos sarraja, porque su dorso
tiene forma de sierra".)
El libro primero contiene un sumario de
gramática latina, muy breve y dedicado sobre todo a la discusión de
problemas terminológicos. Su brevedad y la rapidez con la que
circuló convirtieron este compendio en una obra sumamente citada,
junto con las Artes de Donato y la Institutio de nomine de
Prisciano. Las Etimologías son también, en buena medida, ejemplo de
glosario. Los glosarios son las manifestaciones lexicográficas
características del mundo latino medieval y tienen, incluso,
importancia notable en la Península Ibérica.
Quintiliano había definido las glosas como
"interpretaciones de una expresión algo enrevesada", y también "explicación
de voces poco usadas". Se trata de una labor de filólogo, por tanto,
y corresponde a esa continuidad de la corriente de depuración de
textos, comprensión y fijación de modelos con los que incrementar
las autoridades del idioma. La nómina de glosadores es amplia y va
de Elio Estilón, Ateyo Filólogo y Varrón a Verrio Flaco, en el siglo
I d.C. y Nonio Marcelo para alcanzar una cima sobresaliente en los
siglos IV-VI con las glosas de Plácido Gramático o los Synonima
Ciceronis, cuya influencia en San Isidoro está bien comprobada.
Después de la obra isidoriana, en el sur
de Francia o norte de Italia, en el siglo VIII, probablemente, se
compiló el Liber Glossarum o Glosario de Ansileubo. Este libro
refleja la huella de San Isidoro e incluso permite rastrear la
existencia de obras isidorianas perdidas, como un Liber Artium,
Safficum o Saffica, cuyas referencias lo acercan a las Etimologías,
y un libro sin nombre del que se rastrean huellas en otras
gramáticas medievales. También debemos citar la obra de Paulo
Diácono, autor del siglo VIII perteneciente al monasterio de Monte
Cassino y, en el siglo XI, el Elementarium del erudito lombardo
Papías, para llegar, en 1286, al Catholicon de Johannes Balbi de
Janua (genovés).
En la Península Ibérica son célebres las
Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses, compiladas
respectivamente en los monasterios riojano-burgaleses de San Millán
y Santo Domingo de Silos, cuya fecha se discute entre los siglos X y
XI. Estas glosas no son sólo latinas, sino romances, del incipiente
castellano e incluso vascas. Más abundantes son las glosas latinas
conservadas, como los glosarios editados por Américo Castro (1936).
Lugar destacadísimo ocupan los glosarios latino arábigos, como el
Latino-Arabicum de Leiden, el Vocabulista atribuido a Ramón Martí y
la culminación romance de todos ellos, en la obra de Pedro de Alcalá,
Arte para ligeramente saber la lengua aráuiga o Vocabulista aráuigo
(1505).
El modelo árabe y el
grecolatino en la Edad Media
La transición de la Edad Antigua a la
Media no podría estar completa sin referirnos a un modelo
lingüístico que convivió con el grecolatino durante estos siglos y
que, en buena medida, es una variante de éste, aunque con
diferencias debidas a haber bebido en fuentes a veces desconocidas
de Occidente y aplicarse a una lengua no indoeuropea que convive con
otra indoeuropea que le proporciona buen número de tratadistas. Nos
referimos, como es fácil adivinar, al árabe y al persa,
respectivamente.
Gramática, texto y
diccionario en el mundo islámico
Un dicho árabe tardío, que adaptamos
ligeramente, dice lo que sigue: "La Sabiduría brilla en el cerebro
de los europeos, las manos de los chinos y la lengua de los
árabes". El foco del Islam es un libro, el Alcorán, o sea, 'la
lectura', es lo que Dios, por medio de Gabriel, lee al Profeta
Muhammad de la madre del Libro, es decir, del arquetipo celestial,
que fue dictado, según los musulmanes, palabra por palabra. Así se
dice taxativamente:
Él se encuentra en la Madre del Libro,
cerca de Nos, es sublime, sabio (43: 3/4)
El término árabe correspondiente a nuestra
ciencia es Qilm; pero Qilm sólo significa 'conocimiento' o 'aprendizaje'.
El verbo Qalama significa 'saber, conocer'. La Lingüística sería así
Qilm al-luga 'conocimiento de la lengua'; pero este término designa,
sobre todo, a la Lexicografía, mientras que la Filología es fiqh
al-luga, 'inteligencia de la lengua'.
La preocupación por el idioma está unida,
en los árabes, tradicionalmente, a dos cuestiones: la lectura
correcta del Alcorán y la interpretación de la poesía, especialmente
las casidas, que iluminan los "tiempos de ignorancia", o sea, la
poesía preislámica, de extraordinario interés e influjo básico en
toda su literatura.
Problemas comunes
a las tres religiones: los universales
La gramática medieval, tanto del mundo
cristiano como del judío o el islámico, está inmersa en la gran
discusión filosófica de la época, la de los universales, entre los
dos realismos (extremo y moderado) y el nominalismo, problema
planteado en el comentario de Boecio al neoplatónico Porfirio y que
se tiende a ver en Lingüística de una manera excesivamente
simplificada, diciendo que los realistas creen que las palabras son
el reflejo de las Ideas o que, para los nominalistas, los nombres se
han dado arbitrariamente a las cosas.
El planteamiento de Porfirio (h.233-305
d.C.), según la Introducción a la Teoría de las Categorías de
Aristóteles, I, citada según la versión de Patricio de Azcárate, en
el primer tomo de las Obras de Aristóteles, es el siguiente:
"Por lo pronto, en lo que respecta a los
géneros y a las especies, no me meteré a indagar si existen en sí
mismos, o si sólo existen como puras nociones del espíritu: y,
admitiendo que existen por sí mismos, si son corporales o
incorporales; y, en fin, si están separados, o si sólo existen en
las cosas sensibles de que se componen".
Si se postula una congruencia entre la
palabra y la cosa, partiendo de que la idea se hace palabra, se
llega a un triángulo de motivación en el que la palabra da
existencia al concepto. Este es el planteamiento básico del
realismo.
Los nominalistas, en cambio, con Guillermo
de Ockham (1270-1347) a la cabeza, defenderán que el conocimiento
experimental es la base de la categorización y, en consecuencia, de
la ciencia: sólo existen las cosas, los conceptos son productos de
la mente; los términos del lenguaje humano no tienen valor fuera del
mismo, son sólo términos generales o universales que usan los
hablantes.
La línea convencionalista, generalmente
también anomalista, podía contar con la nueva filosofía de Tomás de
Aquino (1221-1274), en lo que concierne a las relaciones entre la
palabra y la significación con el objeto, aunque ello no impidiera
el surgimiento de matices heréticos que obligaron al Venerabilis
Inceptor, como se conoce a Ockham, a escapar de la sede papal de
Aviñón (estamos en pleno Cisma de Occidente), huyendo de Juan XXII,
para refugiarse en Múnich, en 1329, en la corte de Luis de Baviera.
De manera esquemática, se han reducido a
tres las soluciones del problema de los universales; dos de ellas
son mejor recibidas por los gramáticos, desde el punto de vista de
su actividad. El realismo extremo cree que los términos del lenguaje
humano corresponden a universales reales, diferentes de los
particulares. Así, para una cierta corriente de interpretación del
mundo cultural islámico, existe realmente un arquetipo celestial
alcoránico, la "Madre del Libro", y existe también, por ello, una
forma perfecta de la lengua árabe, que es la que se encuentra en el
Alcorán. En un mundo en el que la controversia religiosa era
básicamente entre el Islam y el Cristianismo, nada tiene de extraño
que se quisiera responder con el texto bíblico y se defendiera una
interpretación literal, aunque no sea ésta la única causa.
Nos parece más interesante y
gramaticalmente productiva la tesis del realismo moderado, según el
cual los términos del lenguaje existen como propiedades o caracteres
de los particulares: la Belleza se da en los objetos bellos y a
través de ellos tiene existencia, no en sí. Su repercusión retórica,
por ejemplo en la adjetivación, lleva a la especialización de la
categoría del epíteto, como adjetivo que expresa la propiedad
esencial en un sustantivo. El nominalismo, como hemos indicado,
separa la realidad de las denominaciones de los objetos: poder dar
un nombre no implica realidad, salvo en el interior del lenguaje.
Con estas definiciones tan simples es
difícil precisar los autores que pertenecen a las distintas
tendencias, si bien parece aceptable considerar a Duns Scoto (h.
1274-1308) en el realismo moderado que tiende hacia el realismo
extremo, pero sin entrar en él; mientras que Santo Tomás estaría en
el realismo moderado que tiende hacia el nominalismo. Los realistas,
por su creencia, en distintos grados, de que las ideas tienen una
cierta existencia real, al menos, son también llamados "idealistas",
concepto aplicado especialmente en Literatura.
La idea de una grammatica universalis,
vinculada a un planteamiento científico y racionalista, se conecta
con el interés por las reglas y propiedades generales y debe buena
parte de su contenido a los tratadistas musulmanes. Tomás de Erfurt
cita al Commentator, es decir, a Averroes, Ibn Ruxd, y precisaba que
"los nominalistas del siglo XIV renovaron muchas de las doctrinas de
los filósofos árabes, como la teoría de los tres estados de Avicena,
según la cual los universales son un producto del entendimiento,
pues únicamente existen en los individuos". La universalidad de la
gramática ha de establecerse mediante principios generales. A
mediados de ese siglo, Robertus Kilwardby afirmaba que "los modos de
pronunciar sustanciales de los elementos y de manera similar los
modos de significar y cosignificar generales".
La preocupación por la significación y la
cosignificación, las referencias al objeto y al concepto, dentro de
cada corriente, es algo común a los modalistas o modistas y a los
nominalistas; pero la aportación de estos últimos es importante, al
aparecer en ellos precedentes de la Semántica, como la
interpretación significativa del concepto. No obstante, la aparición
de estos valores semánticos, más o menos diferenciados, destacables
porque la Semántica, como tal ciencia, no recibe un nombre y unos
límites hasta fines del XIX, no está vinculada sólo al nominalismo.
Los nominalistas, sin embargo, dan al concepto de suposición una
interpretación y un desarrollo dentro de su doctrina. La suposición
es un concepto fundamental; pero no es exclusivo de los
nominalistas.
Para el desarrollo de la Gramática era
necesario separarla de la Lógica. Este proceso se inicia en el siglo
XII con Hugo de San Víctor y se consolida en el XIII con los
modistas o modalistas: se distingue un sermo congruus, objeto de
estudio gramatical, de un sermo uerus, objeto de la Lógica. Lo que
sea propiamente gramatical aparece ya en el gramático danés Boecius
Dacus, profesor de la Sorbona en la década de 1270, en quien
encontramos ya la posibilidad de distinguir el significado léxico
del gramatical, cuya combinación dentro de una palabra "es una
capacidad inherente y creadora del lenguaje".
La teoría de la suposición
Desde el punto de vista semántico, sin
limitarnos a los modalistas, se puede llegar a decir que lo
especialmente interesante de los estudios de gramática en la Edad
Media es la teoría de la suposición.
En Petrus Hispanus, un gramático del siglo
XIII que llegó a ser Juan XXI, se encuentra ya la distinción entre
la significatio y la suppositio. La primera es la relación entre el
signo o palabra y lo que significa, mientras que la suppositio es la
aceptación de un concepto en lugar de un objeto o clase, por la
relación significativa, o sea, como elemento del contenido. La
significatio es anterior a la suppositio o, lo que es lo mismo, la
segunda presupone la primera. La suppositio puede ser formal, cuando
tomamos la palabra por el término referido:
Juan es mi vecino
donde Juan se refiere a un objeto
concreto, 'Juan', del que predico la vecindad. Puede ser también
material, cuando tomamos la palabra por sí misma, convirtiéndola
entonces en referido, dentro del metalenguaje utilizado, o sea,
hablando de la lengua mediante la propia lengua, por ejemplo:
"Juan" es un nombre propio
donde "Juan" se refiere a un elemento
lingüístico, no a un objeto concreto.
Nótese la innovación que suponen dos
aspectos de la teoría: la distinción entre materia y forma y la
diferencia entre lo que hoy designamos como lengua y metalengua. El
concepto de suposición adquiere importancia capital en el
nominalismo de Guillermo de Ockham, en el cual, frente a los
tratadistas anteriores, como Guillermo de Shyreswood y Petrus
Hispanus, quienes consideraban la suposición como "propiedad de los
términos y de los términos arbitrarios, y de éstos en una situación
extraproposicional o, al menos, proposicional", Ockham defiende la
suposición de modo exclusivamente proposicional al afirmar que "es
propiedad que conviene al término [también y sobre todo al mental]
pero nunca salvo en la proposición".
El significado, por tanto, no se considera
aisladamente, sino que se habla del valor contextual que puede
adquirir el empleo de un término, con su relación significativa,
dentro de una oración. El arte de la lengua se convierte en puerta
de las ciencias, afirmación que llegará a ser generalmente admitida
en el humanismo y que encontraremos mucho más tarde formulada en
autores como Cervantes.
La doble división de la suposición, formal
y material que dimos anteriormente, se complica, en su inicio, en
una división triple: material, personal y simple.
En la suposición material, como acabamos
de ver, se emplea un signo lingüístico en lugar de otro signo
lingüístico, pero no conceptual, sino arbitrario, es decir, sin
referencia a un objeto exterior a la lengua. Se trata de la
significación metalingüística de un signo, como en homo est nomen,
que es, en realidad "homo" est nomen.
La suposición personal o lógica "es la
plena actuación proposicional de la significación de un signo
lingüístico, en cuanto que éste ocupa en la proposición el lugar de
los existentes como "cosas en sí". Puesto que Ockham rechaza el
concepto de "naturaleza", la referencia del signo homo en
omnis homo est animal
se hace a algo común a ellos, a una "naturaleza
humana", no a "ellos-en-sí". Cada uno de los hombres y todos ellos
conjuntamente admiten la predicación animal.
La suposición simple se da cuando el signo
lingüístico reemplaza a otro signo lingüístico, sin posibilidad de
que sea a la cosa, sino a la clase, es decir, a un signo lingüístico
conceptual, como en
homo est species
donde no se puede predicar de algún hombre
que sea especie, sino sólo de la totalidad, que es la que constituye
una especie, la humana.
Lo mismo cuando decimos
Colón introdujo el caballo en América
donde es imposible tomar caballo para decir algo como:
Me gustaría montar el caballo que introdujo Colón en América
ya que, en el primer ejemplo, se habla de la clase y en el segundo
de un individuo de la misma.
Kukenheim habla también de una suppositio singularis:
homo mihi taedium est
que supone la existencia de un hombre que me fastidia, y de una
suppositio distributiva:
homo terram habitat
con lo cual no se agota la taxonomía.
La planificación de las nuevas lenguas
El mundo latino se fragmentó política y
lingüísticamente, al mismo tiempo que la cultura clásica llegó a
tierras muy distantes de la influencia de Roma y hablantes de
lenguas muy dispersas. La conciencia de la diferencia y de las
posibilidades de representación es a veces sorprendente, como en el
caso del anónimo islandés del siglo XII que emprendió una reforma
del alfabeto, extremadamente minuciosa, con el objeto de representar
adecuadamente el islandés. Más cerca de nosotros, la Castilla
medieval, donde en el siglo XIII especialmente se produce el gran
movimiento científico y cultural de trasvase de la cultura árabe
sobre todo al castellano, en vez de al latín, nos permite observar,
en la figura de Alfonso X el Sabio, un proceso de reforma y
modernización de la lengua.
Todo ello no surgió de la nada; al
contrario, el rey actuó dentro de una tradición que le ofrecía ya
una serie de textos, especialmente traducciones, en alguno de los
cuales había tenido parte decidida con anterioridad a 1252, cuando
aún era infante.
Se habla también mucho de la labor alfonsí
sobre el romance y con ello se da la falsa impresión de que su
actitud fue negativa hacia el latín, lo cual es inexacto. No cabe
duda de que, al impulsar las traducciones del árabe hacia el
castellano y no hacia el latín, se convirtió en el motor de un
cambio sustancial, que no culminaría hasta el siglo XVIII, por lo
menos; pero, simultáneamente, sabemos cómo, preocupado por la
degradación del latín, también se ocupó activamente de esta lengua.
Toledo, desde su reconquista por Alfonso
VI en 1085, se había convertido en un destacado centro cultural.
Allí pudo el Rey Sabio perfeccionar el sistema de estudio,
traducción y trabajo, creando una auténtica escuela, a la que se
debe una de las contribuciones más importantes de España a la
cultura de Occidente, una vez más sirviendo a su función específica
de enlace entre Oriente y Europa.
Su actitud, así como la de sus
colaboradores, se plasma en textos como el de la General Estoria que
citamos:
"El Rey faze un libro, non porquel escriua
con sus manos, mas porque compone las razones del, e las enmienda e
yegua [iguala] e enderça [endereza], e muestra la manera de como se
deuen fazer, e desi [según esta manera] escriuelas qui el manda:
pero [sin embargo] dezimos por esta razon que el faze el libro".
Las traducciones eran imprescindibles
entonces como hoy y más si se tiene en cuenta que el concepto de
originalidad medieval, muy distinto del nuestro, había de incluir el
obligado tratamiento de los temas de los grandes autores, el respeto
a las fuentes, para permitir el escaso margen entre la abreviación y
la amplificación.
Por eso es muy importante saber cómo
trabajaba el taller alfonsí y quiénes eran los encargados de las
distintas misiones, mencionados con frecuencia en los prólogos, cuya
lectura nos transmite una sorprendente idea de equipo. Bastarán como
ejemplo los ordenamientos que preceden al prólogo de los IV Libros
de las Estrellas de la Ochava Esfera:
"En nombre de Dios amen. Este es el libro
de las figuras de las estrellas fixas que son en ell ochavo cielo,
que mando trasladar de caldeo e de arabigo en lenguage castellano el
Rey D. Alfonso, ...; et trasladolo por su mandado Yhuda el Coheneso,
su alfaquin, et Guillen Arremon d'Aspa, so clerigo".
"Et despues lo endreço [corrigió] et lo
mando conponer este rey sobredicho, et tollo [quitó] las razones
[expresiones] que entendio eran sobejanas [sobradas] et dobladas et
que non eran en castellano drecho et puso las otras que entendio que
cunplian; et quanto en el lenguage, endreçolo el por sise [por sí
mismo].
"Et en los otros saberes hobo por
ayuntadores a maestre Joan de Mesina et a maestre Joan de Cremona et
a Yhuda el sobredicho et a Samuel".
El texto citado y lo que sabemos del
proceso nos permite recomponerlo del modo siguiente: dos
trasladadores hicieron una primera traducción, en 1256; el rey,
luego, mandó componerlo e intervino junto con los enmendadores y,
finalmente intervinieron los ayuntadores, de modo que se terminó el
libro en 1276, veinte años después.
La intervención del rey, por su parte,
tiene dos aspectos: hacer que el texto fuera inteligible, eliminando
el sobrante, es decir, una labor de tipo filológico, de corrección
textual y enmienda, y hacer un texto correcto, en el sentido
normativo, para lo cual tenía que fijar una norma, la que se ha
llamado alfonsí, que perduró hasta fines del siglo XV y, en muchos
aspectos, hasta la reforma académica de principios del siglo XVIII,
reforzada por los gramáticos clásicos. Los historiadores del XVI y
sus continuadores han querido plasmar esa diferenciación de normas
en la forma de un decreto en el que el todavía infante habría
dispuesto que los documentos públicos de los notarios reales se
escribieran en castellano y no en latín.
Las investigaciones de F. González Ollé en
1978 nos permiten considerar estas afirmaciones como legendarias:
ahora bien, la ausencia de una disposición legal concreta no es
óbice para que interpretemos en este sentido toda la actividad
lingüística del rey, para quien la lengua de su reino, en todas las
esferas, era el castellano, aunque escribiera en gallego su propia
producción poética.
Las reformas del castellano emprendidas
por el rey afectan a la ortografía, la morfología, la sintaxis y el
léxico.
El sistema gráfico, que atiende a las
diferencias entre significados que se expresan mediante variantes
gráficas en la lengua medieval, como dezir "decir" y deçir "bajar",
con un criterio de tipo fonemático, en suma, fue mantenido, con
raras excepciones, por los gramáticos clásicos, como servidumbre a
la ortografía establecida, aunque las grafías ya no tuvieran valor
distintivo (como se ve en el ejemplo citado).
En el aspecto morfológico las preferencias
apuntadas (conjugación palatal en -IR con predominio sobre -ER,
tendencia a la distinción entre "persona" y "no persona" en el
sistema pronominal, en lucha con la etimología), configurarán una
lengua coherente.
Esta coherencia se notará también en el
aspecto sintáctico, donde la influencia de la prosa árabe no rompe
una estractura sintáctica románica, sino que refuerza en ocasiones
tendencias que en latín no se reflejaban generalmente en la prosa
culta, como la tendencia a la colocación del verbo en posición
inicial, o la redundancia pronominal, especialmente del objeto
indirecto y en las construcciones de relativo, ligadas a la
necesidad de crear una prosa científica, con unos esquemas retóricos
diferentes de la poesía, con soluciones capaces de perdurar durante
siglos.
En el aspecto léxico, por su parte, el
interés de la escuela alfonsí, en la que el rey tenía ese destacado
papel, refleja una doble actitud, la de recepción y creación. No
sólo se crea introduciendo un nuevo léxico técnico y científico a
partir del latín (además de lo que se recibe directamente, sobre
todo del árabe), sino que se busca una cuidadosa distribución en
campos conceptuales, donde se desarrollan escalas completas: ninnez,
moçedat, mançebia, omne con seso, veiedat, fallescimiento,
decrepitud.
Es como si, al igual que las letras de su
nombre, del alfa a la omega, el rey hubiera querido abarcar del
principio al fin. Esta ambición, lejana en nuestro tiempo de
especialización, es muy propia de la mentalidad medieval y
proseguirá durante la época siguiente, época dorada en muchas
culturas europeas, empezando por la española.
GRAMÁTICA HUMANÍSTICA
& Con todas las novedades que el
humanismo, el renacimiento y el barroco trajeron al mundo cultural
latino-germánico, no hay, en esta primera etapa, una alteración
sustancial del modelo de gramática, con una excepción, precisamente
española, aunque de mayor influencia fuera de nuestras fronteras,
constituida por la figura de Sanctius, "el Brocense".
La aportación del humanismo, en el terreno
gramatical, fue la extensión de la construcción de gramáticas a las
lenguas vulgares. Con el mundo nuevo descubierto, esta ampliación
fue mucho mayor de lo originariamente previsible. El esquema, sin
embargo, comparado con la estructura de las gramáticas medievales (véase
más arriba), poco varía. Dado que, hasta la segunda mitad del siglo
XVII, la lengua española ocupa un lugar de privilegio, tanto en los
tratados escritos para el conocimiento de ella como en los dedicados
a la enseñanza a extranjeros, hemos decidido convertirla en una
muestra de lo que sucedía, en general, en la Europa de aquel tiempo
y en un espejo reflector del mundo que la circundaba.
A menudo se repite que los gramáticos
renacentistas hacen las gramáticas vulgares calcando los moldes
latinos. Esto es cierto sólo en parte, puesto que veremos la
aparición de innovaciones en un sentido o en otro. Lo que es cierto
y conviene no olvidar es que la tradición gramatical es una de las
más persistentes y una de las que más favorece, con citas y glosas,
la persistencia de los argumentos de autoridad.
Nebrija
En nuestra selección de gramáticos
españoles de la primera época de los siglos de oro (fines del XV y
principios del XVI) corresponde el primer lugar a Elio Antonio de
Nebrija o Lebrixa, tanto por sus Introductiones Latinae (1480) como
por su Gramática Castellana (1492) o sus Diccionario latino-español
(1492) o el Vocabulario de romance en latín (1495?).
Nebrija, entre las dos divisiones
medievales de la Gramática, se inclina por la de Analogía, Sintaxis,
Prosodia y Ortografía. En cuanto a las partes de la oración, en las
Introductiones mantiene las ocho latinas tradicionales, aunque en
las glosas añade dos: gerundia y supina. En la Gramática, en cambio,
en lugar de las ocho latinas distingue diez, a las que llega tras
agrupar en una adverbio e interjección, añadir gerundio y artículo y
desdoblar el participio pasivo en dos: participio variable y nombre
participial infinito, invariable, que es la forma participial de los
tiempos compuestos. Ni la diferenciación de la gramática en cuatro
partes ni la diferenciación de la Sintaxis son novedad. Algunas
novedades hay, por supuesto, en las teorías del gramático sevillano,
como el estudio del artículo, en el que señala la distinción entre
éste y el pronombre (él, la, lo) sintagmáticamente; la descripción
de los sonidos y su relación con el latín, así como un adelanto de
la teoría de la elipsis, que luego aparecerá, mucho más desarrollada,
en la Minerva de Francisco Sánchez de las Brozas. En Nebrija, en el
capítulo VII del libro IV de la Gramática (fol. g. iiii), donde se
habla de las figuras, dice así:
"Eclipsi es defecto de alguna palabra
necessaria para hinchir la sentencia: como diziendo buenos dias.
falta el verbo que alli se puede entender & suplir: el cual es
aiais. o vos de Dios. Esso mesmo se comete eclipsi: & falta en verbo
en todos los sobre escriptos delas cartas mensajeras: donde se
entiende sean dadas. tan bieñ falta el verbo en la primera copla del
laberinto de Juan de Mena que comiença. Al mui prepoteñte don Juañ
el Seguñdo A el las rodillas hincadas por suelo. entieñde se este
verbo sean. & llamase eclipsi que quiere dezir desfallecimiento".
Poco es, evidentemente, para una
construcción cuya importancia no quedará plenamente de manifiesto
hasta 1587.
Nebrija fue también muy consciente de la
necesidad del apoyo oficial para el establecimiento de una gramática
normativa, convencido de las escasas posibilidades de que el simple
acuerdo de los doctos fuera bastante. Los tiempos no eran adecuados
y la reforma del español en el siglo XVI se haría sin intervenciones
oficiales y, por ello, en los aspectos formales, como, por ejemplo,
la ortografía, no lograría establecer ningún estándar. Esta
preocupación puede vincularse con la que tuvo por la lengua de la
enseñanza: inicialmente partidario del latín, acaba traduciendo sus
Instituciones al castellano, por especial empeño de la reina
Católica. No debe verse en su confesión de error y en su
satisfacción por dar la razón a la reina una muestra de servilismo,
sino un resultado de su actitud de búsqueda de la norma y su
convencimiento de que sólo por la acción de los poderes políticos
pueden consolidarse las reformas. En él debe buscarse también la
razón de por qué seis años más tarde de esa traducción publica la
Gramática de la Lengua Castellana. Su insistencia en la publicación
de las Reglas de Orthographía en la Lengua Castellana, para al menos
rescatar esa parte de la Gramática de la indiferencia, demuestra su
interés como reformador. Al mismo tiempo, el hecho de que estas
normas sean la primera codificación fonémico grafémica de una lengua
vulgar occidental es prueba de su innegable capacidad.
Paradójicamente, la suerte no le acompañó en lo que más certeramente
podía haber reformado, mientras que su obra gramatical latina, por
circunstancias ajenas al autor, ocupó un lugar de excesivo
privilegio en la enseñanza del latín y, por ende, de la gramática en
las tierras de la Corona española.
La gramática latina de Nebrija tuvo el
privilegio de ser declarada de obligatoria enseñanza en las
universidades, como texto único a partir de una real orden de fines
del siglo XVI, la cual daba también privilegio de impresión al
Hospital General. La pervivencia del Antonio, como fue conocido este
libro, se vio favorecida por la incuria científica general y por la
exclusividad concedida a la compañía de Jesús para enseñar el latín
en varias universidades, como las de Zaragoza y Valencia, con los
comentarios de la gramática del sevillano en obras como la del P.
Álvarez, S.I., por ejemplo.
Sanctius
Francisco Sánchez de las Brozas ha sido,
probablemente, el gramático español más perjudicado por un
predecesor: un predecesor del que además se considera de algún modo
sucesor, como puede leerse en el prólogo-dedicatoria: "me dejó lo
que entonces no pudo terminar para que yo lo llevara a buen
término". Toda su vida se vio obligado a sufrir las consecuencias
académicas de la preferencia oficial por el Antonio, que debieron
causarle innegables padecimientos morales. Debió de sumarse a su
postergación su condición de converso, con la constante persecución
inquisitorial que padeció. Tal vez se deba asimismo a esta
circunstancia la falta de apoyo de los estudiantes salmantinos, por
la que, a la muerte de León de Castro, no pudo conseguir la cátedra
de prima de Salamanca. Sus reformas gramaticales, para las que
contaba con el apoyo de otro gran converso, Fray Luis de León,
tampoco tuvieron éxito y, por último, su fama, tras su muerte, fue
muy superior en el extranjero, hasta la edición de las Opera Omnia
por Mayans (1766).
El oscurecimiento de la Minerva, que así
se titula la gramática latina de Sanctius, por el Antonio o, mejor,
por el favor oficial que se otorgó a éste, no debe llevarnos a
falsas interpretaciones. No hubo, en primer lugar, posibilidad de
contacto personal, Nebrija vivió entre 1444 y 1522, el Brocense
entre 1523 y 1601, aunque sí hubo relación de conocimiento a través
del padre de Sanctius, quien contó a éste las circunstancias de la
muerte del lebrijano. La obra de Sánchez de las Brozas, por tanto,
se puede situar en una línea que prolongara la actividad del
primero, como en parte ocurre: ambos fueron reformadores de la
enseñanza del latín. Nebrija renovó desde el criterio de autoridad,
mientras que el Brocense hizo una investigación, a lo largo de toda
su vida, sobre las causas de las construcciones gramaticales. Si del
primero se ha dicho que fue el primer gramático español, del segundo
se ha reiterado que fue el primer gramático general.
No nos interesa la etopeya, sino el cambio
de modelo. Más en este segundo caso, porque durante algunas etapas
de la lingüística contemporánea, como la generativa de la década de
1965 a 1975, Sanctius ha sido citado y discutido y también aceptado
como precursor, especialmente por su teoría central, la teoría de la
elipsis.
El libro fundamental de Francisco Sánchez
de las Brozas es la Minerva sive de Causis Latinae linguae
Commentarius, que vio la luz en Salamanca en 1587 en su forma
definitiva (usaremos Sánchez: 1664); pero de la que hubo una edición
primera, mucho más breve, en 1562.
A diferencia de Scaligero, quien había
dedicado una parte interesante a la Prosodia, en 1540, al escribir
sus De causis linguae latinae libri XIII, el Brocense no toca los
aspectos fonéticos, pese a haber mantenido la división tradicional
de la Gramática en cuatro partes: Ortografía, Prosodia, Etimología y
Sintaxis, desde 1562 hasta 1587. La parte principal de la Gramática,
a su juicio, es la Sintaxis, que comprende el estudio de las partes
de la oración. Ahora bien, la Sintaxis de la Minerva es mucho más
compleja que las anteriores, pues no se limita a ser expositiva de
la constructio, sino que trata de ser explicativa, una de las
razones por la que los gramáticos transformacionales h. 1970 lo
consideraban precursor de sus estudios y su método. Su preocupación
por una gramática sintáctica, o sintáctico-morfológica, pese al
mantenimiento de la división cuatripartita en las obras, le llevó a
eliminar dicha división desde el capítulo II de la Minerva, que
lleva el expresivo título de "Que la Gramática no se divide en
histórica y metódica, ni en ortografía, prosodia, etimología y
sintaxis", y que se justifica por la anteposición de la razón al
argumento de autoridad. De este modo se le puede considerar con
justicia el creador (no sin precedentes) de una gramática racional,
explicativa. También es formalista constructivista: "Para mí, el
perfecto y consumado gramático es aquél que en los libros de Cicerón
o Virgilio entienda qué vocabulario (dictio) es nombre, cuál verbo,
y las restantes cosas que competen sólo a la gramática, incluso si
no comprende el sentido de los verbos (verborum, 'las palabras')".
No es de extrañar, en consecuencia, que
considere que la Sintaxis no es una parte de la Gramática, sino un
fin en sí misma, lo que, apoyándose en Cicerón (Fin. 5) le lleva a
afirmar: "Otros dividen la gramática en letra, sílaba, palabra y
oración, o lo que es lo mismo, en ortografía, prosodia, etimología y
sintaxis. Pero la oración o sintaxis es el fin de la gramática, por
tanto no es parte de ella". (Estamos citando del capítulo II según
la traducción de Riveras; las observaciones entre paréntesis son
nuestras).
La Gramática, finalmente, es el arte de
expresarse correctamente cuyo fin es la oración bien construida, en
latín congruens, o sea 'conforme' (a las reglas del arte
gramatical). El arte es disciplina, es decir, ciencia adquirida por
el discente, u objeto de estudio.
Para las partes de la oración, en
principio, una vez negada la validez de las clasificaciones
anteriores, arranca de las cinco partes de los estoicos, según
Diógenes Laercio: nomen, appelationem (o sea, nombre propio y nombre
común o apelativo), verbum, coniunctionem, & articulum. Rechaza la
interjección y el pronombre, así como el participio, que se engloba
con el nombre. La categoría nombre queda formada por las antiguas de
nombre propio, apelativo, pronombre y participio y se opone a verbo,
mientras que las partes invariables se agrupan como partículas,
aunque se añadan precisiones muy interesantes desde el punto de
vista de la rección y la modificación: así, la preposición es
partícula ligada al nombre, mientras que el adverbio es partícula
ligada al verbo; la conjunción tiene un valor amplio de nexo.
El esquema sanctiano anticipa los esquemas
de la gramática de constituyentes, al establecer dos grandes grupos,
nominal y verbal, que se relacionan con las dos estructuras
oracionales básicas, sujeto y predicado. La triple división en
nombre, verbo y partículas refleja la usual en las gramáticas de las
lenguas semíticas, árabe y hebreo. Pudo conocer el De Rudimentis
Hebraicis de J. Reuchlin publicado en Pforzheim en 1506, libro en el
que se destaca la triple clasificación de los gramáticos hebreos,
cuyas relaciones con los gramáticos árabes hace tiempo que quedaron
bien planteadas (Hirschfeld: 1926, Wechter: 1964.)
Uno de los aspectos que todos los
investigadores coinciden en señalar como muy interesante en el
pensamiento de nuestro autor, es la teoría de la elipsis;
revitalizada por el influjo de Port Royal esta tesis se mantiene
hasta principios del siglo XX, para eclipsarse durante un tiempo por
el predominio del estructuralismo taxonómico y volver con pujanza en
las versiones transformacionales de la gramática. Las necesidades de
la lingüística computacional, especialmente en el terreno de la
traducción por ordenador y de las aplicaciones de lengua natural en
inteligencia artificial (sistemas expertos), han vuelto a traerla a
primer plano a finales de los ochenta.
En el libro cuarto de la Minerva se define
la elipsis como "la falta de una palabra o varias en construcción
correcta", donde el autor se ve en la precisión de ampliar el
concepto clásico que, a partir de Prisciano, consideraba la elipsis
como construcción correspondiente a la figura que los retóricos
llamaban aposiopesis. La aportación del Brocense consiste en
desarrollar teóricamente la construcción de oraciones faltas de un
elemento de los tradicionalmente considerados necesarios, nombre o
verbo y en mostrar cómo ese elemento está incluido en otro de los
presentes en la oración. Cuando se dice, por ejemplo, pœnitet, se
entiende pœna pœnitet.
La doctrina culmina con tres máximas
generales: 1) Los elementos de la oración son nombre y verbo. Si no
aparece el verbo, está sobrentendido: es lo que luego se ha
expresado como ausencia de verbo en la estructura patente o de
superficie pero necesidad de él en la latente o profunda y más tarde
como necesidad de su presencia en la estructura-d para poder asignar
una forma lógica a la oración. 2) Todo verbo tiene su nominativo,
expreso o elíptico. Principio de rección propio de una gramática de
constituyentes, que exige un constituyente nominal sujeto del núcleo
de la frase verbal. 3) Si hay presente un adjetivo hay un sustantivo,
expreso o elíptico, al que ese adjetivo modifica: es necesario
postular un nivel lógico en el que el adjetivo exige su regente.
Su enfoque es claramente formal y
funcional, con una semántica secundaria, relegada y, nos
atreveríamos a decir, interpretativa. Otro de los puntos en los que
su influencia es manifiesta es la aplicación de su concepción
racional de la gramática a la gramática universal.
En cuanto a la influencia de nuestro
autor, ya hemos indicado que fracasó en España su intención
pedagógica, al no ser tomado en consideración como texto. En el
resto de Europa ocupó, durante muchos años y con glosas de Gaspar
Scioppius y Jacobo Perizonius, el primer lugar entre los textos de
gramática latina en la enseñanza. Su influencia como gramático, sin
adjetivos, sin necesidad de ir precisado como "gramático latino", ha
sido mayor y llegó a los gramáticos del castellano. En la Gramática
General se le considera antecedente de los italianos, hasta Vico, e
incluso B. Croce, y de los franceses de Port Royal, especialmente
Lancelot. En Inglaterra, ya en el siglo XVIII, ejerció una
apreciable influencia a través del Hermes de Harris, quien conoció
la Minerva gracias a la recomendación de su hijo y se sirvió bien de
ella.
Algunos gramáticos del
español
Las gramáticas de la lengua española
florecieron en los siglos XVI y XVII, no sólo en España, sino muy
principalmente en los restantes países europeos, de Italia a
Inglaterra o Dinamarca. Por ello la tradición de enseñanza del
español se vincula desde sus orígenes con la de la enseñanza de una
segunda lengua, del mismo modo que proliferan los diccionarios
bilingües e incluso trilingües (con el latín) o plurilingües. La
Biblioteca Histórica de la Filología Castellana de don Cipriano
Muñoz y Manzano, Conde de la Viñaza (1893), sigue siendo todavía hoy
obra de consulta imprescindible para estos estudios, aunque en los
últimos años el número de gramáticas clásicas españolas re-editadas
ha crecido notablemente.
Los gramáticos españoles del Siglo de Oro
se sitúan en la línea de "autoridades" más que en la lógica,
especulativa o analítica que representa el Brocense. En la Gramática
castellana de Cristóbal de Villalón (Amberes, 1558) las partes de la
Gramática se reducen a Ortografía, Morfología y Sintaxis, no incluye
la Prosodia, como el Brocense y basa la gramática en la norma, como
Nebrija en las Instituciones, aunque no explica quiénes sean los
sabios en cuya autoridad esta norma se basa. Pese a la división
teórica, no hay una diferencia marcada entre Morfología y Sintaxis,
pues en una parte se ocupa del nombre, en otra del verbo y en otra
de la Sintaxis, que se sigue entendiendo como constructio, de lo que
colegimos que su morfología se apoya en la consideración, cada vez
más frecuente, del sintagma nominal y el sintagma verbal, como
constituyentes inmediatos de la oración.
En cuanto a las partes de esta última, en
las líneas iniciales del capítulo primero las divide en nombre,
verbo y palabras indeclinables, que llama artículos, para más
adelante emplear la clasificación tradicional y hablar de adverbios,
preposiciones, conjunciones e interjecciones, aunque, pese a haber
llamado "artículos" a las partículas, no se ocupa del artículo, en
el sentido actual del término. En la Ortografía, por último, se
ocupa de la descripción de algunos sonidos cuando habla de su
representación, si bien de modo confuso.
La Gramática de la Lengua Vulgar de España,
anónima (Lovaina, 1559), es un texto interesante por varios motivos:
por las noticias sobre pronunciación, por los comentarios acerca del
nombre de la lengua española y por el entusiasmo personal de su
desconocido autor. Sobre este último poco pudieron añadir Balbín y
Roldán al editarla, sólo negar su atribución a Francisco Villalobos.
En el contenido distinguiremos dos partes: la primera se ocupa de
las lenguas de España (vascuence, árabe, catalán y la lengua
'vulgar', es decir, 'común', salvando así la necesidad de usar
castellano o español, lo que pudiera hacernos pensar que el autor
era aragonés o catalán, indicio reforzado por la Ortografía, donde
se presta especial atención a las sibilantes (letras 'culebrinas'),
dentro de la minuciosa descripción de los sonidos); la segunda parte
es la propiamente gramatical.
De su división podemos deducir que
clasificaba las partes de la Gramática en Ortografía, Etimología,
Sintaxis y Prosodia, aunque no trata de las dos últimas, que deja
"al uso común, de donde se aprenderán mejor i mas facilmente". Al
entender que la Etimología se ha de ocupar del origen de las
palabras y de los elementos flexivos, sólo se ocupa de las partes
flexivas de la oración: artículo, nombre, pronombre y verbo, en cuya
exposición está muy cerca de Nebrija.
Poseemos una buena edición, con extenso
estudio preliminar, de las Instituciones de la Gramática Española de
Bartolomé Jiménez Patón (cuya edición primera conocida no tiene ni
año ni lugar, aunque es de 1614). Junto al libro en sí, nos interesa
hoy la existencia de una escuela de gramáticos manchego-jiennenses,
con centro en la cátedra del maestro Jiménez Patón, en Villanueva de
los Infantes, con su Mercurius Trimegistus como texto de Retórica y
con cátedras destacables en Ciudad Real, Albacete y Jaén (Úbeda y
Baeza). Las Instituciones no son un tratado, sino un bosquejo,
reducido y conciso para que resalten sus nuevos puntos de vista. No
son una gramática completa, sino sólo la exposición de una parte de
ella: la Etimología, que tiene un valor terminológico de Morfología,
al ocuparse del estudio paradigmático de las partes de la oración,
que, para el autor, son cinco: nombre, verbo, preposición, adverbio
y conjunción. Aunque el gramático pretenda separarse del Brocense y
afirme que, según éste, son seis, lo cierto es que repite la
clasificación en nombre, verbo y partículas, en el fondo, pues en el
desarrollo de su exposición se va desvelando que la preposición se
caracteriza funcionalmente por unirse al nombre, el adverbio al
verbo y que las oraciones, "que constan de las quatro cosas dichas",
se unen entre sí mediante la conjunción. El modelo de constituyentes,
que es más claro en la Minerva que en ninguna otra obra de las que
comentamos, es el que ahorma esta división.
Nos ocuparemos finalmente de la gramática,
en sus dos versiones, del maestro Gonzalo Correas, sobre todo del
que su autor llamaba Arte Grande, cuya edición, en 1954, gracias a
Emilio Alarcos García, sirvió de modelo a las de otros gramáticos de
la época. Correas no vio impreso el Arte, aunque sí su resumen, el
Arte Kastellana (1627) reeditado en 1984 por Manuel Taboada y que no
es más que un compendio, por lo que no nos entretendremos en
aquilatar posibles matices.
Correas coincide con los gramáticos
anteriores y con el espíritu de la época en el punto de partida
pedagógico. La gramática es un auxiliar imprescindible, una puerta
de entrada a las demás ciencias, incluyendo el latín y el griego, ya
que nuestro autor es también innovador en la propuesta de que la
enseñanza gramatical se inicie en la lengua castellana.
En sus obras gramaticales adopta la
cuádruple división de la Gramática que ya hemos repetido: Ortografía,
Prosodia, Etimología y Sintaxis. Su carácter de fonetista, casi de
fonólogo, se aprecia claramente en las reformas ortográficas
propuestas por él, en general muy avanzadas, que llevó a la imprenta;
pero que no tuvieron éxito. De haber triunfado la reforma de la
lengua española en el siglo XVI habría culminado, como la alfonsí,
en una reforma ortográfica drástica.
En el resto de la doctrina, aunque presume
de no aceptar el argumento de autoridad, no es un gran innovador,
aunque para él tiene cierta importancia el uso, rasgo en el que
coincide con Jiménez Patón, hasta el punto de inclinarse por la
lengua de "la xente de mediana i menor talla" como norma
lingüística, para defender el uso tradicional.
Las primeras páginas del Arte se dedican a
una cuestión que tuvo gran incidencia en la gramática del siglo XVII
y de la que sólo haremos una referencia rápida, la del origen
autónomo del castellano. Se suma así, como Jiménez Patón, a la tesis
del doctor Gregorio López Madera, para quien el castellano, anterior
al latín, sería nada menos que una de las setenta y dos lenguas que
nacieron en la torre de Babel. Esta tesis se sustentó en el
descubrimiento de los plomos del Sacromonte, en Granada, donde, en
castellano, se fingían textos del primer siglo de la evangelización
que favorecían el sincretismo cristiano islámico, textos forjados
por los moriscos Alonso del Castillo y Juan de Luna para evitar la
persecución, tras la reconquista de Granada y las sublevaciones que
llevaron a la expulsión de este pueblo.
La primera parte de su gramática es la
Ortografía, tema predilecto de sus escritos y que muestra su
concepción clara de una unidad que llama "letra" y que tiene rasgos
próximos a nuestro concepto de "fonema". Dentro de la Ortografía se
incluye el tratado de las sílabas, desde el folio 35v. al 40r. En
cuanto a la Prosodia, tan relacionada con el problema silábico,
nuestro autor cree (fol. 58r.) que es más parte del Arte Poética que
de la Gramática. Por ello da una definición de oración que es de
tipo sintáctico: "la rrazon i sentido ò habla conzertada que se haze
con nonbre y verbo de un mesmo numero i persona, el nonbre en
nominativo, i el verbo en cadenzia ò persona finita, no infinitivo,
i se adorna con la particula si quiere i con otros casos destas
partes, i con ellas mesmas rrepetidas. Las partes forzosas desta
orazion son el nonbre i el verbo. La particula es azesoria" (fol.
58v.). También en él aparece, por tanto, el análisis de la oración
en lo que llamaríamos sintagma nominal y verbal. La triple división
de las partes de la oración coincide, en el fondo, con el Brocense y
Jiménez Patón y no ha de extrañar en un catedrático de hebreo. Él
mismo se encarga de aclarárnoslo (fol. 59r):
"todos los vocablos son en tres maneras, i
se dividen en tres partes ò montones, i se rreduzen à estos tres
xeneros dichos nonbre, verbo, i particula, como está llano i
asentado en Hebreo, Caldeo i Aravigo, i en todas las lenguas
Orientales i de Africa, i todas las del mundo convienen a esto; i
era ansi claro i asentado antiguamente en Griego i Latin como lo
rrefiere Iuan Issak en su Arte Hebrea del otro Rrabino que dize en
el Libro que escrivió contra el Rrei Cosdroas, que antes en Griego,
i Latin no avia mas de tres partes de orazion".
Todas las otras partes de la oración se
reducen a éstas: las que tienen singular y plural, así como casos en
otras lenguas, son nombres, por lo que esta categoría incluye otra
vez el pronombre y el participio; las que, además de singular y
plural, tienen personas y tiempos son verbos y las invariables (adverbio,
conjunción, preposición e interjección) partículas. El artículo, que
no había aparecido hasta ahora como tal, figura, en el fol. 60v.,
entre los morfemas nominales. La gran novedad de este apartado, casi
medio siglo antes que en los gramáticos de Port Royal, es la
oposición el/un. A este segundo llama indefinito (fol. 61v.):
"si dixesemos dame un libro, un rrei, un
leon, una rraposa, se entiende uno qualquiera sin determinazion
zierta: lo mesmo si no se pusiese articulo, ni el indefinito un,
una."
A partir del folio 131r. se ocupa,
específicamente, de la Sintaxis, entendida, según costumbre, como
construcción: concordancias y formación de sintagmas y oraciones. La
bipartición sintagmática y por ende su adscripción a un modelo de
constituyentes quedan claras en los capítulos distintos que dedica a
la construcción del nombre y del verbo, a los que añade el de
construcción de las partículas, muy breve, que no encaja bien en el
texto y que parece reiterativo al mismo autor.
El resto del libro está dedicado a
figuras, métrica y una comparación final entre el latín y el
castellano, con ventaja para este último.
En estas obras se fue modificando un
modelo que, aunque arrancaba de la concepción clásica, fue
incorporando elementos nuevos. Efectivamente, se siguieron haciendo
gramáticas como en el modelo de Donato y Prisciano; pero se fue
perfilando, poco a poco, la fundamentación sintáctica, que condujo a
un esquematismo basado en la reducción de la oración a sus dos
constituyentes básicos, el sintagma nominal y el verbal. La
Morfología fue incorporando abundantes elementos sintácticos, aunque
sin llegar a cuajar la mezcla teórica de una Morfosintaxis. En este
sentido, estos gramáticos nos dan una útil lección metodológica:
aunque Morfología y Sintaxis tengan un límite borroso y confuso,
como es natural, si tenemos en cuenta la unicidad del proceso
lingüístico, es posible mantener la separación convencionalmente,
como criterio científico, para proceder a un estudio más minucioso.
La razón radica en la posibilidad de estudiar paradigmáticamente las
relaciones de esas partes básicas de la oración con sus propios
constituyentes, llamados, con terminología tradicional, lógica,
accidentes, pero que, en algunos gramáticos, como Correas, son
concebidos como auténticos morfemas gramaticales. Este estudio se
sitúa frente al sintagmático o de la combinación lineal de esas
partes, previamente estudiadas en su paradigma. La distinción entre
Morfología y Sintaxis es, por supuesto, más metodológica que
lingüística.
Una nueva etapa de la Gramática, en la que
los escritos del Brocense tendrán una importancia radical, dejará de
ocuparse de la discusión, entonces estéril, sobre el origen del
lenguaje o de la relación con el latín, para tener una mayor
preocupación por las categorías y por los procesos mentales
subyacentes a las operaciones lingüísticas, dentro del pensamiento
racionalista (véase más adelante).
La frontera entre lo que llamamos
Gramática y la Lingüística, a partir de los escritos del Brocense y
de la Gramática de Port Royal, es decir, el mundo de los estudios
lingüísticos a partir del Brocense es muy difícil de establecer ya
con total claridad.
GRAMÁTICA RACIONALISTA
& Después de los desarrollos anteriores de
la corriente humanística en material gramatical (véase gramática
humanística), los grandes nombres de los siglos XV y XVI, como
Nebrija y Sanctius (el Brocense) dan paso a una corriente de
pensamiento que enlaza con la Filosofía y se mueve en el terreno
intermedio que conducirá a la Lingüística Contemporánea.
No es curioso, sino natural, que el
reflejo de los planteamientos racionalistas que Chomsky (véase
gramática generativa-transformativa) intentaba ver en su obra haya
sido tan discutido y negado. Hoy, con muchos años de perspectiva,
queda más patente que lo que el autor norteamericano buscaba era
situar su modelo gramatical en una línea de trabajo y de pensamiento,
sin reclamar una paternidad exclusiva. Ahora que el tiempo va
colocando a cada uno en su lugar y que es innegable —sin necesidad
de trabajar en la metodología generativa— que desde 1957 a 1965,
especialmente, se produjo un cambio decisivo en la Lingüística, es
de justicia reconocer que en ese planteamiento, por inexacto que
pareciera a especialistas en campos bien delimitados, se recogía una
ambición que sólo puede adjetivarse de positiva.
Port-Royal
La gramática francesa, aunque de
nacimiento tardío y ligada a la enseñanza del francés a extranjeros,
especialmente ingleses, cuenta, desde el principio, con
manifestaciones enjundiosas, que conducirán a una de las gramáticas
más influyentes de todos los tiempos, la Grammaire Générale et
Raisonnée de Lancelot y Arnauld o de Port-Royal. Téngase en cuenta
que Francia ha sido uno de los países románicos que más ha tardado
en hacer oficial la lengua de su literatura y sus ciudadanos: hasta
1510, reinando Luis XII, no se introdujo el francés en los
tribunales de justicia y hasta 1539, por la famosa disposición de
Villers-Cotterets, no se convirtió, de derecho, en lengua
administrativa oficial. Sin embargo, los primeros textos escritos en
francés remontan al siglo IX.
La gramática de Port-Royal no fue un fruto
espontáneo e imprevisible, sino la culminación de una serie de
obras, entre las que deben incluirse algunas no francesas, como la
Minerva del Brocense, y el justo resultado de una etapa de
inquietudes filosóficas acerca de la actividad racional. Antes de la
Grammaire hubo, por tanto, una corriente gramatical y otra
filosófica a las que es conveniente dedicar unas líneas.
Pierre de la Ramée, o Petrus Ramus, es el
nombre que marca el hito entre la gramática medieval y la moderna en
Francia. Fue un gramático notable; pero, sobre todo, fue un luchador
de la independencia intelectual. Nacido hacia 1515, fue asesinado en
la de San Bartolomé (1572). Se opuso a Aristóteles y al
escolasticismo medieval aristotélico, por lo que se enfrentó con los
modalistas. Basó la enseñanza gramatical en el criterio de
autoridades, en su caso un criterio normativo apoyado en las grandes
figuras literarias, por lo que se le puede considerar precursor del
"buen gusto" del clasicismo francés y de su espíritu selectivo.
Prestó atención especial a la Fonética, alteró el esquema de la
Morfología, al basar el estudio de las partes de la oración en el
número y no en el caso, lo que hacía de la morfología latina un
modelo válido para la francesa; pero siguió siendo medieval en su
Sintaxis, basada en la concordancia y la rección.
La fundamentación filosófica de la
gramática racionalista se encuentra en la obra de Renato Descartes
(La Haya de Turena, 1596-Estocolmo, 1650). Si se nos permitiera
reunir en una sola idea el origen de su preocupación filosófica,
diríamos que ésta parte del problema de la distinción entre verdad y
falsedad. Se trata de la duda absoluta, que exige un replanteamiento
desde el comienzo, con la razón como auxiliar, sin que ello implique
el abandono de sus creencias cristianas. Hay en Descartes, como
corresponde a un gran pensador, afirmaciones de importancia general
que permiten remontar hasta él muchas corrientes de pensamiento,
lingüístico o no. Aunque la concepción cartesiana de Chomsky, en los
trabajos publicados entre 1966 y 1969, como se le ha observado, sea
parcial e interesada, no podemos dudar de una coincidencia
metodológica extraordinariamente importante: para la gramática
generativa, la introspección permite al individuo el estudio de la
lengua por su propia competencia lingüística; para Descartes, la
introspección permite solucionar la duda inicial y sentar el primer
postulado de su Filosofía del Método (Discurso del Método, IV, 3):
"Mientras quería pensar de este modo que
todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo, y
dándome cuenta de que esta verdad: pienso, luego existo era tan
firme y tan segura que todas las más extravagantes supersticiones de
los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que podía
recibirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que
yo buscaba".
Del mismo modo que hay un Descartes
matemático que puede servir de modelo ideal a los matemáticos que
construyen modelos lingüísticos, Chomsky buscó un cordón umbilical
que nutriera los fundamentos de la gramática generativa con nociones
como la introspección o la necesidad de formalizar la lógica para
que la intuición no quede en pura imaginación.
Otra concepción cartesiana básica es la de
las ideas innatas, que no hay que entender, como a veces se sigue
intentando, como algo distinto de la capacidad de pensar, sino como
"datos de conciencia" que no se originan por el mundo exterior, por
los objetos, ni por la voluntad del individuo. Las ideas innatas del
pensador francés llegan a nosotros por la vía de las "verdades de
razón" de Leibniz, empalman con los aprioris y están siempre
presentes en discusiones filosóficas de singular interés para los
lingüistas, como las de la forma interior y las formas simbólicas.
Se trata de una concepción fundamental de
la lingüística de la segunda mitad del siglo XX, como veremos, que
ha buscado sus orígenes en la filosofía del XVII, por lo que
conviene detenerse en ello.
Algunas ideas, como la de Dios, lo
infinito, la substancia, no pueden explicarse empíricamente de modo
satisfactorio; por ello la escuela racionalista supone que se trata
de algo que está en la mente del hombre, como rasgo específico
humano y que no puede descubrirse o analizarse por medios
experimentales.
Frente a ello está el principio básico del
empirismo de que nada hay en el entendimiento que no haya pasado
antes por los sentidos. Los empiristas no aceptan las ideas innatas,
porque no pueden aceptar ese origen del conocimiento: todo
conocimiento procede de sensación y reflexión.
Descartes, aunque sólo fuera
metodológicamente, separó la razón de la fe, consiguiendo, a
continuación, construir un cuerpo coherente de doctrina a partir de
la sola razón. Aunque no le hayan faltado precedentes desde los
orígenes del pensamiento occidental, las circunstancias particulares
de su época hicieron que su influencia pudiera extenderse y
universalizarse.
Lo anterior, aunque sea breve, permite
hacerse una idea de cómo se produjo en el XVII una línea de
pensamiento innovador basado en la razón de la que la gramática de
Port-Royal, crítica e innovadora, no fue sino un avance más. Hay un
componente de ruptura y otro de continuidad: la huella medieval en
Descartes no es despreciable, mientras que la corriente
racionalista, por su lado, influía en la gramática antes de la
publicación del Discurso del Método (1637), muy posterior al De
causis linguae latinae libri tredecim (1540) de J. J. Escalígero y a
la Minerva del Brocense (1587), libros cuya base racionalista
influyó en gramáticos precartesianos. Incluso se puede señalar que
uno de los dos autores de Port-Royal, Arnauld, objetó varios puntos
de la filosofía de Descartes. Teorías como la de la introspección,
por otra parte, podían verse favorecidas por movimientos
espirituales de la época. Vossler, tras hablar de restos de
religiosidad medieval en las penitencias de los jansenistas de
Port-Royal, precisa: "La significación del movimiento jansenista hay
que buscarla, no obstante, menos en esa renuncia violenta a las
cosas sensibles que en el retorno a sí mismo".
La primera edición de la Grammaire
Générale et Raisonnée fue impresa en París, Chez Pierre Le Petit,
Imprimeur et Libraire ordinaire du Roy, ruë S. Iacques, à la Croix
d'Or, M.DC.LX. La segunda edición (1664) se incrementó con el
capítulo de los verbos impersonales. La tercera y definitiva (1676)
corrigió y modificó algunos puntos. El pensamiento y la evolución de
sus dos autores son conocidos y pueden sintetizarse.
Claude Lancelot fue, además de conocido
helenista, autor de métodos para la enseñanza del latín, el griego,
el italiano y el español. En el terreno de su formación lingüística
merece destacarse su profundo conocimiento de la obra del Brocense y
la de dos de los gramáticos en quienes más se aprecia la influencia
de este último, pues editaron la Minerva anotándola: Scioppius y
Vossius, influencia que confiesa paladinamente en la quinta edición
de su Método para aprender el latín (1656). El gramático que se
menciona constantemente en otro de sus métodos, el de griego en este
caso (1655), es Petrus Ramus.
El segundo de los autores, Antoine Arnauld,
era lógico, autor, junto con Pierre Nicole, de una Lógica de gran
influencia, publicada en 1662, dos años después de la Gramática.
Pese al prefacio, en el que Lancelot le atribuye casi todas las
ideas de la obra, su contribución hubo de ser menor. Su influjo, en
cualquier caso, fue decisivo en la orientación del libro, marcada
por la relación de pensamiento y lenguaje, fundamental para un
lógico, y por la mayor preocupación por los conceptos y la relación
entre conceptos y formas lingüísticas que por estas últimas.
En su teoría del signo (3ª ed. p. 5)
continúan una bifacialidad que arranca de los gramáticos estoicos y
consideran dos facetas:
"La primera lo que son ellos por su
naturaleza; es decir, en tanto que sonidos y caracteres.
"La segunda, su significación; es decir,
la manera como los hombres se sirven de ellos para significar sus
pensamientos"
Pese a otras muchas novedades en distintos
lugares, la división de la gramática sigue siendo la tradicional:
ortografía, prosodia, analogía (o etimología) y sintaxis. En lo que
concierne a las partes de la oración, en cambio, la novedad es que
estamos ante una división en dos clases, que no tienen que ver con
los constituyentes oracionales, sino con el pensamiento. Nombre,
artículo, pronombre, participio, preposición y adverbio pertenecen a
una clase porque significan el objeto del pensamiento, mientras que
el verbo, la conjunción y la interjección pertenecen a la segunda
clase, porque significan según la forma del pensamiento.
El criterio de clasificación es novedoso,
aunque las partes sólo tengan la pequeña variación de ser nueve, en
vez de las ocho tradicionales; pero ya hemos visto en distintos
gramáticos que el número de ocho es relativamente variable.
Entre las puntualizaciones concretas,
podemos destacar la inclusión de "un" como artículo y la división de
esta parte de la oración en definido e indefinido. Ésta es la
auténtica novedad, pues ya se ha visto que, treinta y cinco años
antes, Correas oponía "el" y "un" en la gramática española; en la
francesa lo había hecho J. Palsgrave, en su Esclarcissement de la
Langue Françoyse de 1530.
La oración gramatical se estudia, en la
línea logicista, como proposición, expresión de un juicio lógico.
Como todavía mantienen unidas las relaciones sintácticas a las
partes de la oración, su sintaxis no puede ser, propiamente, una
teoría de las relaciones. En cambio, en el estudio de las
proposiciones complejas aparecen ya consideraciones que tendrán un
claro eco en las versiones racionalistas de la gramática posterior,
hasta Chomsky. Así, por ejemplo, una oración compuesta como Dios
invisible ha creado el mundo visible es expresión de tres juicios:
1. Dios es invisible
2. Dios ha creado el mundo
3. El mundo es visible
La gramática de Port-Royal es,
metodológicamente, un gran paso, al utilizar el método demostrativo,
que supone la autocrítica de toda afirmación, para lo que dispone
del recurso a la argumentación lógica.
Distingue la gramática general de la
particular y ambas de la gramática del uso, que se apoya en el
criterio de autoridades y conduce al criterio normativo. Por eso, al
tratar de aplicar reglas de validez general en la gramática
particular del francés y encontrarse con que el uso autoriza
construcciones que escapan a las reglas, señala esas excepciones y
advierte que no se pueden reducir todos los ejemplos a una norma.
Por otro lado, al ser una gramática
preocupada por la fundamentación de la ciencia, más que por la
descripción de una lengua concreta, sobrepasa los límites de ésta,
estableciendo principios comunes a todas las lenguas:
1. No hay nominativo sin verbo,
2. ni verbo sin nominativo,
3. ni adjetivo sin sustantivo.
4. El genitivo es regido por el nombre, no por el verbo.
5. La determinación del régimen tras los verbos es más cuestión de
uso que de relación específica.
Estas preocupaciones estaban en buena
medida en la Minerva, como se ve en los tres principios comunes que
acabamos de enunciar, para cuya explicación es preciso aplicar la
teoría de la elipsis. Lo que confiere una nueva luz es la relación
con el pensamiento cartesiano, en el inicio de un camino de
fundamentación diferente de la ciencia lingüística, el de los
principios matemáticos, en ese momento todavía muy dependientes de
la Lógica, que sigue siendo la ciencia fundamental.
La polémica del racionalismo
La discusión entre empirismo y
racionalismo puede explicarse desde la síntesis de las ideas de dos
pensadores que vivieron en el siglo XVII casi toda su vida; pero que
ejercieron su mayor influencia a partir del siglo de la Ilustración:
John Locke y Gottfried Wilhelm Leibniz. También en sus vidas hay
elementos comunes: ambos viajaron mucho, aunque en el caso de Locke
(Wrington, Inglaterra, 1632-Oates, 1704) el alejamiento de su patria,
a la que regresó, fue en parte por estudios y en parte por razones
políticas. Sus escritos se concentran en temas religiosos,
filosóficos y educativos. Leibniz (Leipzig, 1646-Hannover, 1716), en
cambio, trabajó en campos tan diversos como el cálculo infinitesimal
(que descubrió poco después que Newton, sin previa noticia de éste)
y la historia. El Essay Concerning Human Understanding 'Ensayo sobre
el entendimiento humano' de Locke fue escrito en 1687 y publicado en
1690. Los "Nuevos ensayos" Nouveaux essais sur l'entendement humain,
de Leibniz, escritos en 1704, no fueron publicados hasta 1765.
El primero de estos dos autores
representa la corriente empirista, el segundo la racionalista, lo
que no significa la total ausencia de puntos comunes. Nos
limitaremos a cuestiones relacionadas directamente con la
Lingüística, aunque ya hemos señalado cómo nuestra disciplina ha
adquirido una nueva fundamentación y está desarrollando una nueva
metodología en esta época.
Podemos partir de una coincidencia
relativa entre ambos autores: la relación arbitraria entre la
expresión y lo designado por ella. A partir de ahí empieza una serie
de innegables divergencias, que no se plantean por primera vez, sino
que resultan de la necesaria síntesis del pensamiento anterior.
Locke, p. ej., niega la existencia de las ideas innatas: se ha hecho
famosa la comparación de la mente del niño con una tabla rasa en la
que la experiencia va dejando impresiones sucesivas, en conformidad
con Aristóteles. Leibniz, en quien es patente la influencia
platónica, cree en estas ideas innatas, en estas impresiones de
conceptos y principios que están ya en el hombre y que la
experiencia despierta: para evitar los errores que en la aprehensión
de la esencia de las cosas causaría la materia, tenemos esta
representación innata de las esencias, como verdades primitivas de
la razón. En consecuencia, la noción de "idea" varía en ambos
autores. Locke es partidario de que es un resultado de la percepción,
o puede ser objeto de la percepción: la idea, cree, precisa la
previa experiencia para formarse en nuestro entendimiento, porque
las ideas son representaciones sensibles.
Puede llegarse, por ello, a un concepto
dualista de la relación entre lenguaje y pensamiento. En la mente
las ideas funcionan atomísticamente, asociando fragmentos de la
experiencia que se obtienen por medio de la abstracción. El proceso
del conocimiento exige, previamente, una experiencia mediante la
cual la mente configura los conceptos gracias a la aprehensión de lo
perceptible. La mente elabora sobre estas ideas en el proceso
cognoscitivo, estableciendo correspondencias que han de ser de
identidad, relación, coexistencia y existencia. Como las ideas de
nuestra mente proceden de la impresión dejada por la aprehensión de
los objetos en la experiencia, existe una relación entre la realidad
y el concepto. En este punto Locke se aparta del nominalismo, con el
que está relacionado en otras cuestiones, como su creencia en que el
lenguaje no tiene influencia constitutiva en el proceso racional.
Locke es un filósofo eminentemente
moderado, tanto en su realismo como en lo que, aparentemente, sería
contradictorio, su nominalismo. Esto último se puede observar en el
tratamiento que hace de algunas cuestiones, como la de la sustancia,
en la que no cree, mientras que el realismo moderado y crítico
predomina en otros puntos, como puede ser la representación mental
del mundo objetivo.
Aunque no se puede hablar, en su caso, de
que el proceso racionalizador carezca de importancia, su gnoseología
se apoya antes en la intuición que en la demostración. Y esta
intuición es mucho menos "racional", valga la expresión, que la que
podemos apreciar en Descartes.
La huella del filósofo francés es mucho
mayor en el filósofo alemán que en el británico. Aunque los dos
arranquen del principio de la arbitrariedad del signo, de la
relación arbitraria entre sus constituyentes, hay dos diferencias
esenciales entre ellos en lo que concierne a los puntos que estamos
tratando aquí: Leibniz parte de la existencia de ideas innatas y
cree que el lenguaje es imprescindible para el proceso racional,
puesto que es elemento constitutivo del mismo, al darse una total
interdependencia del pensamiento y el lenguaje.
Otra diferencia destacable radica en la
valoración de la experiencia: para Locke la experiencia era la
puerta de las ideas, pues sin la previa etapa empírica no podían
éstas formarse en la mente. Para Leibniz, por el contrario, es
posible que utilicemos los datos de la experiencia gracias a que
poseemos en nuestra mente las ideas innatas que nos permiten
estructurar "racionalmente" ese mundo exterior. Las ideas innatas,
sin embargo —y aquí conviene precisar para no caer en un error
comúnmente extendido—, no son los conceptos mismos, sino una
facultad activa de configuración mental de lo aprehendido. La misma
posibilidad de que se dé la relación circular entre actividad y
producto caracterizará a Guillermo de Humboldt.
La crítica que Leibniz pudo hacer del
empirismo puede parangonarse con la que los generativistas han
podido hacer al estructuralismo taxonómico: la experiencia permite
acumular gran número de datos, sin que nunca se llegue a la
totalidad. La razón, en cambio, permite establecer reglas de
necesidad y validez universales, superando así el particularismo
empírico. En cierto modo, esto no es sino un aspecto de la lucha
entre el método deductivo (racional) y el inductivo (empírico). La
preferencia por el método deductivo, propia de las matemáticas y la
gramática generativa, no supone la negación del inductivo,
epistemológicamente válido, sino el reconocimiento de un fallo
inicial de éste, defecto constitutivo enunciado así por Bertrand
Russell:
"El principio inductivo, no obstante, es
igualmente incapaz de ser probado recurriendo a la experiencia. Es
posible que la experiencia confirme el principio inductivo en
relación con los casos que han sido ya examinados; pero en lo que se
refiere a los casos no examinados, sólo el principio inductivo puede
justificar una inferencia de lo que ha sido examinado a lo que no lo
ha sido todavía. Todos los argumentos que, sobre la base de la
experiencia, se refieren al futuro o a las partes no experimentadas
del pasado o del presente suponen el principio de la inducción, de
tal modo que no podemos usar jamás la experiencia para demostrar el
principio inductivo sin incurrir en una petición de principio".
Gramática
General y Teoría del Conocimiento
Las tesis empíricas de Locke encontraron
en Inglaterra una serie de opositores entre los que destacan los "platónicos
de Cambridge", con quienes se relaciona James Harris Lord Malmesbury,
en quien se da, además de esta formación, un influjo fundamental de
Aristóteles, por lo que se le puede adscribir a un realismo
moderado. Se une a los racionalistas, con quienes lo situamos, por
su concepción de una gramática general y la teoría del conocimiento
que la sustenta.
El Hermes or a Philosophical Enquiry
Concerning Language and Universal Grammar, de 1751, nos presenta una
doctrina de interés. Cree Harris, su autor, que las lenguas
individuales distintas de cada comunidad de hablantes tienen
peculiaridades específicas, son particulares, lo que no impide la
existencia de principios comunes, que justifican la búsqueda de una
gramática general. Buscando estos principios arranca de una
distinción que se puede retrotraer hasta Aristóteles, la de
materia-forma. Las unidades lingüísticas se dividirían en dos
clases, según pertenecieran a la materia —como el sonido, que es
sólo materia— o a la forma —como la palabra, unidad mínima, o la
oración.
Al eliminar lo material, como algo que
atañe exclusivamente al significante, corresponden a lo formal los
dos tipos de significación, la gramatical, con todo lo relativo a
las funciones de las palabras, y la léxica. En su definición de
palabra como "sonido significativo que no se puede dividir en partes
significativas por sí mismas" observamos la coincidencia de los
significados, pues la definición está presidida, en Harris, por el
criterio formal. Vemos claramente este aspecto funcionalista de su
gramática en su división de las palabras, clases de palabras o
partes de la oración, realizada con un criterio funcional que llega
a ser absoluto en algunos puntos. Puesto que, en su estudio,
corresponde a la forma lo que algunos gramáticos actuales llamarían
forma, función y significación, hay que pensar, como hace Antonio
Llorente, que no se justifica en él una diferencia entre Morfología
y Sintaxis.
En lo que concierne a las partes de la
oración, se destacan dos partes principales, los sustantivos,
definidos lógicamente y que incluyen nombre y pronombre, y los
atributivos, que a su vez comprenden dos órdenes. Al primer orden de
atributivos corresponden verbos, participios y adjetivos
(diferenciados por su condición de modificadores de los sustantivos);
el segundo orden corresponde a los atributivos de otros atributivos,
o sea, a los adverbios. Tras esas dos partes principales tenemos dos
accesorias: los definitivos, que abarcan artículos y algunos
pronombres, como los personales, son los que se construyen con una
palabra (el artículo con el sustantivo, los personales con el
verbo), mientras que las conjunciones, que sirven de nexo entre
regente y regido y que abarcan tanto las conjunciones tradicionales
como las preposiciones, se construyen con dos palabras.
Aunque Harris puede quedar adscrito a la
corriente racionalista, nos muestra con bastante claridad cómo se
pueden establecer puntos de contacto entre esta corriente y la
empirista. Su creencia en las ideas innatas y su concepción de la
existencia de ideas generales comunes a toda la humanidad lo sitúan
entre los racionalistas, así como su uso de la distinción entre
materia y forma, frente a los empiristas. No es por ello extraño que
Herder alabara su obra, que puede considerarse uno de los
precedentes de las teorías lingüísticas de Guillermo de Humboldt y
puente entre éste y Sánchez de las Brozas, gracias al conocimiento
de la Minerva que tuvo Harris, por intervención y afortunada idea de
su hijo. Este pre-humboldtismo es bastante claro en algunos puntos
del Hermes, como las relaciones que en él se establecen entre
lenguaje e historia de los pueblos.
Otros aspectos del autor inglés no son tan
claramente racionalistas y se puede apreciar en ellos cierto
compromiso con un empirismo moderado. En su concepción de los
universales, en su creencia en ideas generales y en la relación de
las palabras, de los términos, con las ideas, dentro del realismo
moderado, se une a Condillac y también a Herder. Precisamente es
éste uno de los puntos en los que el vacilante sensualista francés
se manifiesta seguidor de Locke, aunque, de todos modos, este último
no es en ello muy empirista. Los empiristas extremos posteriores,
como Berkeley y Hume, por ejemplo, sólo hablarán de palabras
generales, no de ideas, se referirán a los términos sólo, no a los
conceptos, con una actitud más nominalista.
A pesar de esta aproximación relativa, el
distanciamiento es mayor en otros puntos, en los que Harris llega
casi al extremo de la corriente analogista de la que arranca el
racionalismo, como su afirmación de que existe una "cierta analogía",
entre la palabra y el objeto, que lleva hasta postular que, por ello,
el sol parece exigir el masculino y la luna el femenino, por ejemplo,
hecho absolutamente falso (en alemán, verbigracia, es al contrario),
afirmación que en él procede de un conocimiento imperfecto de
realidades lingüísticas concretas, lo cual le fue reprochado
duramente por los críticos.
Con todo, a partir de la difusión del
Hermes, especialmente en la traducción francesa de 1795, cuyas
primeras páginas son, tal vez, la primera historia de la gramática,
la concepción racionalista y el adjetivo "general" se unen a una de
las corrientes de ésta, propiciando un cambio de modelo. Su criterio
formal y su clasificación funcional entran en lo que hoy llamaríamos
tratamiento gramatical de los datos lingüísticos, mientras que su
amplia perspectiva filosófica y su búsqueda de afirmaciones cuya
validez se extienda más allá de las lenguas particulares lo sitúan
en una línea de fundamentación teórica basada en la teoría del
conocimiento.
GRAMÁTAICA COMPARADA
Disciplina de la gramática que estudia las
relaciones genéticas y lingüísticas que se establecen entre las
distintas lenguas.
Comparatistas y
neogramáticos
La fecha tópica para el inicio del
comparatismo lingüístico es el año 1786, cuando sir William Jones
(1746-1794) leyó su discurso presidencial ante la Asiatic Society en
Calcuta y afirmó la afinidad entre el sánscrito, el griego y el
latín, así como con el gótico (es decir, el germánico), el celta y
el persa. Su teoría fue publicada en 1788 en la nueva revista
Asiatic Researches y tuvo una repercusión científica definitiva, al
sistematizar observaciones que, si bien parcialmente, ya habían sido
hechas anteriormente por viajeros y estudiosos.
No se trataba, en sí mismo, de ninguna
novedad, pues desde el contacto de los europeos con la India, a
partir del siglo XVI, había observaciones aisladas e incluso
estudios más completos, aunque no vieron la luz sino más tarde.
Tópicos aparte, los avances de las
ciencias, especialmente las naturales, a lo largo del XVIII, el
desarrollo de las teorías evolucionistas en Biología, así como el
fin del ciclo natural de la discusión especulativa original en
gramática, hasta que pudiera ser reavivada con nuevos datos y
perspectivas, crearon unas circunstancias especiales en las que se
pudo desarrollar un modelo lingüístico que podemos considerar nuevo,
por la nueva metodología que desarrolló. Este modelo es la gramática
histórica y comparada y se mueve originariamente en torno al estudio
de dos «familias» lingüísticas: la indoeuropea y la finougria.
Las similitudes entre elementos léxicos de
diversas lenguas habían sido señaladas en numerosas ocasiones y no
suponen ninguna novedad. La construcción de patrones más completos,
como el de los numerales en las lenguas indoeuropeas, permite algún
avance en una línea más prometedora:
No es difícil extraer de la tabla anterior
algunas reglas sencillas, como la aspiración de la /s/ inicial
indoeuropea en griego, testimoniada por los numerales '6' y '7'.
Podríamos formular este hecho incluso en forma de regla y decir:
s- indoeuropea >> h- griega
Esta posibilidad de expresar los fenómenos
mediante reglas es una de las primeras características de la
gramática comparada. La evolución fonética se regula según leyes. El
concepto de ley fonética como regularidad en el desarrollo de una
evolución fonética en una lengua o grupo de lenguas ha sido
considerado de modo diverso por los tratadistas. Inicialmente, en
los comparatistas, como son denominados a partir de la obra de
Federico von Schlegel, Über die Sprache und Weisheit der Indier
'Sobre la lengua y la sabiduría de los indostánicos', con nombres
como Franz Bopp, Rasmus Rask y Jakob Grimm, cuyos libros
fundamentales datan de 1816, 1818 y 1819, respectivamente, se trata
de tendencias a la regularidad, tan generales que han podido ser
fácilmente criticadas, como hace Jespersen. Son leyes similares a
las leyes naturales, que constituyen entonces el paradigma
epistemológico.
El programa del comparatismo puede
extraerse de la Gramática Comparada de Franz Bopp, aunque no todos
sus puntos fueron desarrollados por él. En primer lugar se situó la
exposición detallada de los rasgos de parentesco de las lenguas
indoeuropeas, un largo proceso en el que al sánscrito, iranio, latín,
báltico, griego y germánico se fueron añadiendo el antiguo eslavo,
el armenio, el celta (por Schleicher) y posteriormente el albanés,
el ilirio, o las lenguas indoeuropeas descubiertas en el siglo XX
como el hetita y el tocario. El segundo punto, la «investigación de
sus leyes físicas y mecánicas», tendría su expresión en la ley
fonética. El punto tercero, el descubrimiento del origen de las
formas gramaticales, desarrollado por el propio Bopp, conduciría al
preciso estudio paradigmático y a las detalladas fonética y
morfología históricas que caracterizan a esta corriente científica.
Más tarde, para los neogramáticos, se pasa
a una concepción más rigurosa, al defenderse su similitud con las
leyes físicas, como hacen August Schleicher (1821-68) y August
Leskien (1840-1916).
August Schleicher, aunque formado
inicialmente en la filosofía hegeliana, fue atraído por las tesis
evolucionistas darwinianas y, desde esta nueva perspectiva de la
ciencia, propone una nueva metodología lingüística que se impone en
los centros de estudio del siglo XIX europeo. Su planteamiento
supondrá una crítica del sistema humboldtiano e instaurará una época
de signo positivista, en la que las preocupaciones teóricas estarán
bastante alejadas de los supuestos de la gramática racionalista que
todavía pervivieron en Humboldt.
Las leyes fonéticas no conocen excepción,
aunque esta aseveración debe explicarse: el concepto de regularidad
sin excepciones (Ausnahmslosigkeit 'unexcepcionalidad') de la ley
fonética fue efectivamente expuesto por los principales
neogramáticos, W. Scherer (1875), H. Osthoff y K. Brugmann (1878);
pero requiere precisiones.
Las leyes fonéticas son leyes históricas,
mientras que la excepción no es un hecho histórico, sino sincrónico,
por lo que resulta contradictorio con el carácter diacrónico de la
lengua. Para resolver esta contradicción es preciso considerar que
la excepción aparente está también sujeta a la ley, aunque esta ley
puede no ser la general, sino una segunda o tercera ley de
variación.
Es natural que a medida que se iban
abandonando los fundamentos metodológicos y epistemológicos
extraídos de las ciencias naturales o físicas se fuera abandonando
esta concepción de la ley fonética, que ya en autores como H. Paul
se presenta como un procedimiento para dar cuenta de regularidades,
no para hacer predicciones.
El método histórico-comparativo estaba
bien establecido; pero los neogramáticos le dieron rigor, precisando
la ley fonética y desarrollando un concepto esencial junto a ella,
el de analogía. Antes de estudiar este segundo mecanismo podemos
volver al planteamiento de la ley, para ver cómo se diferencia la
formulación comparatista de la neogramática.
La ley
fonética
El ejemplo más claro, a nuestro juicio,
para entender la diferencia entre los dos criterios de «ley
fonética» es la llamada ley de Grimm, o ley de las mutaciones
consonánticas de las lenguas germánicas (véase germánico). Es muy
conocido que Jacobo Grimm no habló de «ley», y señaló que esta
mutación, como él la llama, no se cumple en todos los casos
particulares, aunque sí en general (advertencia que debe tenerse en
cuenta para matizar las observaciones que siguen.)
La mutación fonética se presenta como una
tabla en la que se comparan el griego, el gótico y el alto alemán
antiguo (nótese que CH es la fricativa velar 'aspirada' /x/).
gr. P B
F T D TH K G CH
gót. F P
B TH T D H K G
aaa. B(V) F
P D Z T G CH K
Si reconvertimos el cuadro y la
explicación de Grimm a la relación entre indoeuropeo, germánico y
antiguo alto alemán, el resultado será:
ie. p b bh t d dh
k g gh
germ. f p
b þ t d x k g
aaa. B(V) F
P D Z T G CH K
Las inconsistencias de esta formulación
son demasiadas: gr. poûs got. fotus es en alemán fuss y no */bus/ ni
/vus/; lo que corresponde al griego kardía no es */gertz/, sino herz
[hertz], gót. hairto. Estas inconsistencias no se producen sólo
entre el gótico y el alto alemán antiguo o (luego) el alemán
moderno, sino también en el paso del indoeuropeo al germánico: ie.
frater >> germ. braþar es regular, frente a pater >> fadar. Las
formas modernas Bruder, Vater muestran resultados diferentes también.
La solución requiere un planteamiento sin
excepciones, es decir, un planteamiento neogramático, que obtiene
parcialmente, para el paso del indoeuropeo al germánico, con la ley
de Verner (1877), aunque tampoco su autor habló de ley, sino de «una
excepción de la primera mutación consonántica».
Su punto de partida es que «debe existir [cuando
los casos de mutación irregular en el interior son casi tan
frecuentes como los de la mutación regular] una regla para la
irregularidad; sólo hace falta descubrirla.»
La regla se formula de este modo:
Indoeuropeo k t p pasan, en todo el
territorio, primero a h þ f; las fricativas sordas así originadas,
juntamente con la sorda s heredada del indoeuropeo, se convirtieron
después, en posición interior y en la proximidad de sonoras también
en sonoras, pero se mantuvieron como sordas en sonido que sigue a
sílabas acentuadas.
La explicación que se da a esta regla es
una causa física: en el grupo acentuado hay una presión del aire
superior a la del grupo átono, por eso la sorda tras grupo tónico se
ve reforzada por esa tensión y se conserva.
La libre formulación inicial de Grimm se
ha convertido en una compleja regla contextual, que tiene en cuenta
el tipo de acento del indoeuropeo, la posición de intervocálica o no
de la consonante del germánico, así como su posición respecto del
acento de la palabra. Hoy día es muy discutido que ése pudiera ser
el sistema de las oclusivas del indoeuropeo y el presentarlo aquí de
este modo no hace sino seguir el planteamiento de los comparatistas
y neogramáticos, sin recoger la discusión actual.
Las leyes fonéticas pueden ser válidas
para una lengua o un grupo; pero no son necesariamente universales.
En 1876 formuló A. Darmesteter una ley según la cual la vocal
protónica interna evoluciona igual que la final, salvo
interferencias analógicas. Esta ley no es válida para el español ni
el portugués. En español la vocal final se reduce a los timbres [a,
e, o] o se pierde [0] tras m, n, s, d, z, x, j, l, r, mientras que
la protónica se pierde en todos los casos, excepto si se trata de
una [a] o si es forma de verbo, donde se apoya en la alternancia
tónica / átona: recíbo / recibír; castígo / castigár; aunque cambie
de timbre repíto / repetír.
La analogía
Un estudio de las regularidades de la
evolución de las lenguas debe, ineludiblemente, dar cuenta también
de las irregularidades o excepciones. La intervención de factores de
tipo psicológico produce asociaciones, relaciones entre formas que
se interfieren en la evolución esperable según los patrones reglados.
Las dos fuerzas que actúan en la evolución
de las lenguas, para los neogramáticos, son el cambio fonético y la
analogía. La segunda es necesariamente un proceso sincrónico, pues
se trata del restablecimiento de un sistema de relaciones o valores
que se dirige a mantener la cohesión del sistema; por eso algunos
autores, como Grammont, señalan que puede ser gramatical, cuando se
da en un conjunto de variaciones gramaticales, como el paradigma
verbal, por poner un ejemplo corriente, o léxica, cuando se da entre
formas o unidades léxicas que pertenecen a distintas categorías
gramaticales o «clases de palabras».
No es sencillo establecer los principios
de la analogía, como no lo es establecer los de las leyes fonéticas.
Buena prueba de ello es la discusión de Kuryáowicz y Maczak, entre
1949 y 1958, de la que, dado el enfrentamiento entre las posturas,
parecería imposible extraer más conclusión que el carácter de «tendencias»
que tienen los cambios analógicos, la principal de las cuales sería,
naturalmente, reducir en lo posible las alternancias de los
radicales, tanto en la analogía gramatical como en la léxica.
Dentro de la romanística, como rama de la
gramática comparada en la que hay que señalar los nombres de
Friedrich Diez (1794-1876), Wilhelm Meyer-Lübke (1861-1936) o
Américo Castro (1885-1972), se sitúa la hispanística, cuyo
magisterio recae históricamente en la figura de Ramón Menéndez Pidal
(1869-1968).
El Manual de Gramática Histórica Española
de este último es una obra que se considera en general
representativa de la metodología neogramática. Si bien esta
afirmación no es del todo exacta, porque ya hay en este libro
componentes que proceden de la crítica de las posturas extremas de
esta escuela, como la introducción de elementos de Historia de la
Lengua, podemos aceptar aquí ese neogramatismo, porque la discusión
de ese punto no es esencial para nuestro propósito actual.
Aunque un repaso al contenido de la obra
deja traslucir inmediatamente que la mayor preocupación de la misma
va hacia los fenómenos regulares, constantemente afloran aspectos de
lo que se puede definir como analógico. Así lo advierte García de
Diego a propósito de fenómenos como la equivalencia acústica.
Este último autor, por su parte, dedica un
capítulo entero a la analogía, que, con criterio más riguroso que el
citado de Grammont, divide en fonética, morfológica y sintáctica.
En el prólogo señala que «no pueden entrar
los ejemplos de la analogía en el campo de la fonética, porque son
dos mundos distintos»; pero ello no impide considerar esos casos de
equivalencia acústica, como la fácil confusión de [f] y [q], que
explica los ejemplos de Celipe por Felipe y que, en el caso de un
célebre locutor español, de origen cordobés y seseante, Matías Prats,
fue el procedimiento de que tuvo que valerse para poder avanzar en
su profesión, en una época en la que el seseo no estaba ni siquiera
tolerado en la radio española de dimensión nacional. (Tomo la
anécdota directamente del Sr. Prats.)
La analogía morfológica es para García de
Diego analogía formal, no se trata necesariamente del mismo
paradigma, ni del mismo lexema: «Haz de facie y de fasce atrajo a az
de acie, aplicándole su h aspirada». La analogía de prefijos es de
excepcional interés en la historia del léxico. Offocare ha
evolucionado a ahogar por interpretación falsa del principio de la
palabra como el prefijo a-. En esconder es ex- el que ha sustituido
a ab- en abscondere. Lo mismo sucede en los sufijos. Es
imprescindible en este terreno citar la obra extensísima de Yakov
Malkiel.
La analogía sintáctica sería así la
responsable de fenómenos bien conocidos, como el paso de transitivos
a intransitivos y el aumento o la pérdida de pronominales, cfr.
suspendí por me suspendieron. El dequeísmo no es más que un fenómeno
de analogía sintáctica, y tantos otros.
La
clasificación de las lenguas: familias y tipos
El siglo XIX se abre con la versión
definitiva, en español, del Catálogo de las lenguas de L. Hervás y
Panduro. Si, hasta entonces, los criterios para establecer las
similitudes lingüísticas habían sido obtenidos mediante la
comparación del léxico, a partir de Hervás y gracias al desarrollo
de sus puntos de vista en la obra de Humboldt los gramáticos
plantearán la clasificación lingüística con criterios gramaticales,
es decir, mediante la comparación de los paradigmas. Los seis
volúmenes de Hervás, todavía necesitados de un estudio adecuado a su
importancia, no se originan por preocupaciones propiamente
lingüísticas, sino que toman la lengua como base para la
clasificación de los pueblos. Este criterio etnológico sigue vigente
e introduce elementos de perturbación en los planteamientos
sociolingüísticos. Así, en la República Popular de China, se produce
constantemente una mezcla de conceptos entre lenguas minoritarias y
poblaciones minoritarias o «minorías» y son muchas las lenguas que
se designan por el pueblo que las habla, es decir, por su nombre
étnico, en vez de por su denominación lingüística, por su nombre
como lenguas.
La obra de Hervás no habría pasado de ser
una contribución al estudio de la raza humana y su distribución si
Humboldt no hubiera encontrado interesantes sus planteamientos
gramaticales, que, en lo general, aparecen también en investigadores
germánicos, como Johann Ch. Adelung (1732-1806). Los gramáticos
fueron conscientes de algo que escapaba al planteamiento meramente
naturalista: que un pueblo puede dejar de hablar una lengua y pasar
a hablar otra, como ha ocurrido con mucha frecuencia, lo que debe
llevar a la conclusión de que las lenguas no están sustancialmente
vinculadas a los pueblos que las hablan. Desgraciadamente, la
interpretación romántica de conceptos como «el espíritu de los
pueblos» y su pretensión de identificarlo con las lenguas que éstos
hablan se convirtió en un pretexto para los nacionalismos y el
racismo, de tan tristes consecuencias en la historia europea del
siglo XX.
Las técnicas de comparatistas, primero, y
neogramáticos después, permitirán ir precisando al aplicarse en el
establecimiento de criterios que, en un principio, en línea con el
modelo de las ciencias naturales, son de tipo genético. El modelo
estrictamente lingüístico, o tipológico, hará también su aparición
en la obra humboldtiana, en la cual llegarán a una formulación
precisa ideas que se rastrean desde Johann G. Herder (1744-1803) o,
en el ámbito del inglés, con conocida repercusión en el propio
Herder, en James Burnett, Lord Monboddo (1714-99), parcialmente
traducido al alemán por encargo del propio Herder, quien trata ya de
establecer una tipología de las lenguas indoamericanas conocidas por
él, o en Augusto Guillermo von Schlegel (1767-1845) y Federico von
Schlegel (1772-1829).
Hoy nos resulta difícil concebir que uno
de los obstáculos para la clasificación de las lengua y su
comparación fuera la creencia en el hebreo como lengua primitiva del
hombre. Aunque muchos gramáticos, especialmente a partir del siglo
XVI, buscaron otras soluciones, apoyados en general también en la
nefasta interpretación literal del texto bíblico, como la idea de
que la lengua primitiva desapareció tras la confusión de Babel, lo
cierto es que hasta Leibniz no se impuso el convencimiento de que el
hebreo era una lengua como las otras y se podían buscar también sus
parientes. Por ello vale la pena señalar que el propio Hervás,
jesuita, fue el primero que presentó con bastante exactitud, en una
obra general, la relación del hebreo con las otras lenguas de la
familia semítica, dando unas precisiones sobre las relaciones de
estas lenguas que resultan, a grandes rasgos, sumamente acertadas.
El establecimiento de familias
lingüísticas se vincula en los comparatistas a la reconstrucción y
se expone metodológicamente en forma de árboles genealógicos cuyos
prototipos y estereotipos aparecen en la obra de Schleicher.
Jeffers y Lehiste presentan con claridad
el problema de la reconstrucción y sus consecuencias; para el
español y las lenguas románicas es muy interesante el planteamiento
de Ferguson. Por nuestra parte, utilizaremos un ejemplo no
indoeuropeo, sino de tres lenguas finougrias de la rama baltofínica:
el livonio, hablado en Letonia, el estonio y el finés. Es preciso
advertir que en estonio /g/ y /d/ son consonantes lenes sordas. En
cuanto a la notación, dos puntos tras una vocal indican que es
larga.
Livonio Finés Estonio
1. säv savi savi 'arcilla'
2. tämm tammi tamm
'roble'
3. säpp sappi sapp 'bilis'
4. lüm lumi lumi 'nieve'
5. o:da hauta
haud 'tumba'
6. umal humala
humal 'lúpulo'
7. ja:lga jalka
jalg 'pie'
8. ne:l'a neljä
neli 'cuatro'
9. ä:ga härkä
härg 'buey'
10. o:r'a
harja hari 'cepillo'
La reconstrucción (indicada con un
asterisco ante la palabra) nos daría las formas siguientes:
1. *savi, en livonio la -i final se perdió
tras inflexionar la vocal a >> ä.
2. tammi, no requiere otra explicación
para el livonio; pero para el estonio es preciso tener en cuenta que
de toda la lista sólo se conserva la vocal final en estonio en 1 y
4. Se pierde tras doble consonante (consonante larga), en 2, 3; tras
grupo consonántico (7, 8, 9, 10); tras dos sílabas (6) o tras una
sílaba cuya vocal no es corta, p. ej. el diptongo de 5.
3. *sappi obedece a la regla anterior.
4. *lumi como 1.
5. *hauta, se reconstruye a partir de la
dental sorda del finés y el estonio (en éste escrita d). El livonio
sonoriza, como en 7, la oclusiva sorda (t, k, respectivamente). h-
inicial se pierde en livonio, cfr. tb. 6, 9, 10. Suponemos que el
livonio monoptonga au en o:, aunque la evidencia de estos ejemplos
no es concluyente.
6. *humala está aclarado por reglas de 2 y
5.
7. *jalka, con explicación para el livonio,
como en 8 y 9, de alargamiento de vocal ante líquida (l, r).
8. *nelja exige para el finés una
asimilación vocálica progresiva, que palataliza la -a en -ä,
mientras que en estonio la -j vocaliza al quedar en posición final
como consecuencia de la pérdida de -i. Lo mismo sucede en 10. En
livonio la j detrás de líquida se pierde después de palatalizarla,
como también ocurre en 10.
9. *härka, con fenómenos de pérdida de
vocal final, sonorización y pérdida de h inicial ya conocidos.
10. *harja plantea problemas en livonio,
nos obliga a postular una regla que diga que a evoluciona a o: en
sílaba libre.
El desarrollo de la fonología,
especialmente de los universales fonológicos, nos permite hoy ser
mucho más rigurosos en la reconstrucción; pero con la metodología
comparatista se alcanzaron resultados notables.
Nuestro contexto cultural nos lleva a
elegir el árbol genealógico del indoeuropeo como ejemplo de este
tipo de representaciones. Para conseguir una mayor claridad iremos
distribuyendo las ramificaciones por estratos, aunque así se pierde
una cierta visión de conjunto, nada difícil de obtener consultando
cualquier obra introductoria o enciclopédica. No incluimos el ilirio,
sobre cuya caracterización hay mucha controversia.
Al grupo anatolio, extinguido, perteneció
el hetita o hitita. El grupo tocario se divide en dos ramas,
llamadas simplemente A y B, mientras que el indoiranio comprende al
índico (al que pertenecen, entre otras, la lengua llamada en
Pakistán urdú y en India hindí, el romaní o lengua original de los
gitanos, y el bengalí de Bangla Desh) y al iranio, (que comprende al
tayiquí de Tayijistán y el vají y saricolí de China, al pasto de
Afganistán, al curdo del Kurdistán, zona fronteriza entre Turquía,
Irán e Iraq, al avéstico de los antiguos textos zoroastrianos y al
persa). Al grupo helénico corresponde el griego; al armenio el
armenio, con numerosa población dispersa por el mundo, además de en
la República de Armenia y zonas caucásicas entre Armenia, Turquía y
el Azerbaiyán. También el albanés es el único representante de la
rama albanesa del protoindoeuropeo. (Véase lenguas indoeuropeas).
Naturalmente, esta síntesis reduce a la
nada las variaciones de las lenguas diatópica o diastráticamente, es
decir, los dialectos geográficos y sociales, así como
diacrónicamente, o sea, las variantes que una lengua ha podido tener,
como el griego clásico, el bizantino y el moderno.
Para establecer la relación con las
lenguas románicas, nos detendremos en el árbol genealógico del grupo
itálico.
En el conjunto de las lenguas románicas
caben dos consideraciones generales: el dálmata está extinguido, por
un lado; por otro, habría que incluir los dialectos románicos, como
el asturleonés, el aragonés, el franco-provenzal, las variantes
réticas, italianas o rumanas.
Más complejas son las ramificaciones, que
obviamos, de las lenguas celtas, germánicas o balto-eslavas, éstas
con sus dos grandes grupos, las lenguas bálticas, por un lado y las
eslavas, por otro, subdivididas a su vez en occidentales, del sur y
del este (donde se sitúa el ruso).
Las posibilidades de reconstrucción no se
agotan en el siglo XIX, ni tampoco la vitalidad de la gramática
comparada, aunque, por supuesto, ésta se beneficia de los nuevos
desarrollos metodológicos que iremos estudiando y de otros
planteamientos, menos restrictivos. Greenberg presenta en esta línea
sus conclusiones sobre la reconstrucción de una familia euroasiática,
integrada por nueve grupos lingüísticos, alguno de ellos está
formado por varias lenguas, con relaciones bien establecidas, otros,
en cambio, sólo por una: indoeuropeo; uralo-yucaguiro; altaico (es
decir, túrquico, mongólico y manchú-tungúsico); coreano; japonés;
ainú; nivejí; chucoto y esquimo-aleutiano. Esta clasificación supone
sumarse a la separación de las lenguas altaicas y las urálicas y de
éstas últimas y el coreano, que formaría probablemente un subgrupo
con el japonés y el ainú. El planteamiento no supone que haya
existido alguna vez una lengua llamada «altaica», en el sentido que
habitualmente entendemos por «lengua».
En 1872 Johannes Schmidt (1843-1901)
propuso un nuevo modelo de reconstrucción, que no tiene por qué ser
excluyente del anterior y que, de hecho, tampoco supone la
aportación fundamental de su autor a la lingüística histórica. Nos
referimos a la teoría de las ondas, en busca de la explicación de
fenómenos compartidos por lenguas vecinas, que no se deben a un
antecesor común. La propagación de un fenómeno en una lengua, al
avanzar, más que como una onda, como en un plano inclinado (concepto
que recuerda inmediatamente lo que, h. 1920, constituirá la deriva,
drift de Sapir), se extiende a lenguas y dialectos vecinos, donde no
se pueden explicar por evoluciones propias de su antecesor. El
fenómeno más característico, según esta teoría, sería el umlaut: la
inflexión y palatalización de las vocales alemanas, que no aparece
en la lengua germánica más antigua atestiguada, el gótico, único
testimonio de la rama oriental del germánico. Se trataría de un
cambio originado en lenguas norgermánicas o germánicas occidentales
y extendido desde allí.
La consecuencia más llamativa, pero no la
más importante, fue la negación de la posibilidad de reconstruir un
estadio anterior de una lengua, como el indoeuropeo, a partir de las
lenguas derivadas de él, sin otros testimonios. Las formas
reconstruidas (es decir, las marcadas con asterisco) serían simples
suposiciones, sin posibilidad alguna de comprobación. El conjunto de
caracteres de cualquier lengua es incomprensible a partir de los
supuestos metodológicos de la teoría del árbol genealógico, si no se
amplía con otros.
Otro concepto que se resquebraja, en este
caso, creemos, por las limitaciones de la notación, en buena parte,
es el de ley fonética. Hermann Paul (1846-1921), a quien Arens (I,
460) presenta como el «sistemático oficial de la escuela
neogramática», es en realidad mucho más que eso. En el capítulo 3,
párrafo 46 de sus Prinzipien der Sprachgeschichte (1880/1970, 74)
afirma:
La noción de «ley fonética» no debe
comprenderse en el sentido que damos a ley en física o en química, o
sea, en el sentido que tuve presente cuando opuse las ciencias
exactas a las ciencias históricas. La ley fonética no afirma lo que
debe repetirse siempre bajo determinadas condiciones generales, sino
que verifica solamente la regularidad dentro de un grupo de
determinados fenómenos históricos.
La ley es, por tanto, la verificación de
una regularidad. El problema de saber hasta qué punto las leyes
fonéticas deben ser consideradas sin excepción no se puede resolver
directamente (§ 49), porque en la lengua se pueden obtener los
mismos resultados por alteraciones que son totalmente diferentes de
la fonética.
El mecanismo arranca del empleo
individual, que se torna usual poco a poco, al extenderse dentro de
la comunidad de hablantes. Nunca ocurre que varios individuos creen
nada en conjunto, en el terreno lingüístico, a diferencia de lo que
ocurre en el plano político o económico, la creación lingüística es
siempre individual, aunque varios individuos creen lo mismo. Esta
comunidad no tiene nada que ver con conceptos como «psicología de
los pueblos» y otras nociones igualmente vagas, que son
explícitamente rechazadas. Se opone así a Moritz Lazarus y Heyman (Hajim)
Steinthal y a su Zeitschrift für Völkerpsychologie und
Sprachwissenschaft, 'Revista de Psicología de los Pueblos y
Lingüística', en la que se puede ver una de las posibles ramas
derivadas de ideas de G. de Humboldt, aun con su parte crítica, que
es precisamente la que hoy puede interesarnos menos, al tratar de
buscar explicaciones en la línea de las percepciones y no de la
forma interior, sobre todo en el Steinthal de la segunda época.
Francisco A. Marcos Marín - ENCICLONET
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española
TÉRMINOS GRAMATICALES
Adjetivo
adjetivo. 1. Palabra cuya función propia
es la de modificar al sustantivo —con el que concuerda en género y
número—, bien directamente: casa pequeña; magníficas vistas; aquel
avión; bien a través de un verbo, caso en el que el adjetivo
funciona como atributo (→ atributo) o como predicativo (→
predicativo): La casa es pequeña; Los niños comen tranquilos. Los
adjetivos se dividen en dos grandes clases:
a) adjetivos calificativos. Son los que
expresan cualidades, propiedades, estados o características de las
entidades a las que modifican, como suave, valiente, nervioso,
conductivo, magnético, u otras nociones, como relación o pertenencia,
origen, etc.: materno, policial, químico, aristócrata, americano,
siguiente, presunto. Los que expresan relación o pertenencia, como
materno, policial o químico, se denominan, más específicamente,
adjetivos relacionales; y los que expresan nacionalidad u origen,
como americano o cordobés, se llaman adjetivos gentilicios (→
gentilicio).
b) adjetivos determinativos. Son los que
tienen como función básica introducir el sustantivo en la oración y
delimitar su alcance, expresando a cuáles o cuántas de las entidades
designadas por el nombre se refiere el que habla: este coche,
algunos amigos, tres días.
2. adjetivos gentilicios. → 1a.
3. adjetivos relacionales. → 1a.
Artículo
Clase de palabras que se antepone al
sustantivo e indica si lo designado por este es o no conocido o
consabido por los interlocutores, señalando, además, su género y su
número: el árbol, unas mujeres, lo que me preocupa. Se distinguen
dos clases de artículo:
a) artículo definido o determinado. Es
átono e indica que la entidad a la que se refiere el sustantivo es
conocida o consabida, esto es, identificable por el receptor del
mensaje. Sus formas son el, la, lo, los, las.
b) artículo indefinido o indeterminado. Es
tónico e indica que la entidad a la que se refiere el sustantivo no
es conocida o consabida y, por tanto, no necesariamente
identificable por el receptor del mensaje. Sus formas son un, una,
unos, unas.
Adverbio
adverbio. 1. Palabra invariable cuya
función propia es la de complementar a un verbo (Hablaba
pausadamente), a un adjetivo (menos interesante) o a otro adverbio
(bastante lejos, aquí cerca); también puede incidir sobre grupos
nominales (solamente los jueves), preposicionales (incluso sin tu
ayuda) o sobre toda una oración (Desgraciadamente, no pudo llegar a
tiempo). Aportan significados muy diversos: lugar (aquí, cerca,
dónde), tiempo (hoy, luego, recién, cuándo), modo (así, bien,
cortésmente, cómo), negación (no, tampoco), afirmación (sí,
efectivamente), duda (quizá, posiblemente), deseo (ojalá), cantidad
o grado (mucho, casi, más, cuánto), inclusión o exclusión (incluso,
inclusive, exclusive, salvo, excepto, menos), oposición (sin
embargo, no obstante) u orden (primeramente), entre otras nociones.
2. adverbio comparativo. → comparativo.
3. adverbio exclamativo. → exclamativo.
4. adverbio interrogativo. → interrogativo.
5. adverbio relativo. → relativo.
adversativo -va. 1. Que denota o implica contraste u oposición de
sentido.
2. conjunción adversativa. → conjunción, 2.
3. oración adversativa. → oración, 5.
Categoría gramatical
categoría gramatical. Cada una de las
clases de palabras establecidas en función de sus propiedades
gramaticales. Las categorías fundamentales son el artículo, el
sustantivo, el adjetivo, el pronombre, el verbo, el adverbio, la
preposición, la conjunción y la interjección.
causal. 1. Que denota o expresa causa.
2. conjunción causal. → conjunción, 3.
3. oración causal. → oración, 6.
Causativo -va. Se dice de un verbo que
tiene sentido o valor causativo cuando la entidad designada por el
sujeto no realiza por sí misma la acción de la que se habla, sino
que la ordena o la encarga a otros: El dictador fusiló a miles de
opositores; Me he cortado el pelo en una peluquería nueva. También
se aplica a los verbos intransitivos que tienen variantes
transitivas, como en Herví la leche durante diez minutos (transitivo
y causativo), frente a La leche hirvió durante diez minutos
(intransitivo). Los verbos causativos admiten paráfrasis con «hacer
+ infinitivo» o «hacer que + verbo en subjuntivo»: Hice hervir la
leche durante diez minutos; El dictador hizo que fusilaran a miles
de opositores.
Clítico
clítico, ca.
1. adj. Gram. Dicho de un elemento gramatical átono: Que se liga
morfológicamente a una forma anterior o posterior. U. m. c. s. m.
Compuesto
3. adj. Gram. Dicho de un vocablo: Formado
por composición de dos o más voces simples; p. ej., cortaplumas,
vaivén.
Complemento
1. Palabra o grupo de palabras que depende
sintácticamente de otro elemento de la oración.
2. complemento agente. El que en una
oración pasiva (→ pasivo, 1) aparece encabezado por la preposición
por e indica la persona, animal o cosa que realiza la acción
denotada por el verbo (→ agente): La ciudad fue destruida por los
romanos. También puede complementar a un sustantivo, si este implica
una acción verbal: El texto describe la destrucción de la ciudad por
los romanos.
3. complemento circunstancial. Complemento
del verbo no exigido por el significado de este y que expresa las
circunstancias de lugar, tiempo, modo, instrumento, medio, causa,
finalidad, cantidad, etc., relacionadas con la acción verbal:
Trabajo en un banco; Amanece a las cinco; Llovía intensamente; Cavé
la zanja con una pala; Te llamaré por teléfono; Ahorro para las
vacaciones.
4. complemento de régimen. Complemento
encabezado siempre por una preposición y exigido por el verbo, de
forma que, si se suprime, la oración resulta anómala o adquiere otro
significado: La victoria depende de los jugadores; Se empeñó en
hacerlo; Me conformo con esto. También pueden llevar complementos de
régimen algunos sustantivos y adjetivos: Su renuncia al cargo
sorprendió a todos; Es propenso a los resfriados.
5. complemento directo. El que está
exigido por el verbo y completa su significación al designar la
entidad a la que afecta directamente la acción verbal. Se construye
sin preposición o, en determinadas circunstancias, con la
preposición a (→ a2, en el cuerpo del diccionario): El editor aún no
ha leído tu última novela; Cómprate esas; No creo que venga; Estoy
esperando a mis padres. Puede sustituirse, y a veces coaparecer, con
los pronombres átonos de acusativo (→ acusativo), que en tercera
persona adoptan las formas lo(s), la(s): La he leído; Cómpratelas;
No lo creo; A mis padres los estoy esperando. En la versión pasiva
(→ pasivo) de la oración, cuando esta es posible, el complemento
directo desempeña la función de sujeto: Tu última novela aún no ha
sido leída por el editor.
6. complemento indirecto. Complemento del
verbo que, si es un nombre o un grupo nominal, va precedido siempre
de la preposición a y puede sustituirse o coaparecer con los
pronombres átonos de dativo (→ dativo), que en tercera persona
adoptan las formas le, les (o se, si el pronombre de dativo precede
a otro de acusativo): (Le) di el paquete a tu hermano; Le di el
paquete; Se lo di. Según el significado del verbo al que
complementa, puede designar al destinatario de la acción: Le hablé
de ti a mi jefe; al que resulta beneficiado o perjudicado por ella:
Te he limpiado la casa o Le han roto la bicicleta a mi hermano; al
que experimenta la noción que el verbo denota: Le cuesta pedir
disculpas; o a la persona o cosa afectadas positiva o negativamente
por las características de algo: Los pantalones le están grandes.
7. complemento partitivo. → partitivo.
8. complemento predicativo. → predicativo.
Conjugación
Conjunción
Conjunto de todas las formas de un verbo,
correspondientes a los distintos modos, tiempos, números y personas.
También, cada uno de los grupos a los que pertenece un verbo según
la terminación de su infinitivo y que determina el modo en que se
conjuga; así, los verbos terminados en -ar son de la primera
conjugación, los terminados en -er son de la segunda y los
terminados en -ir son de la tercera.
conjunción. 1. Palabra invariable que
introduce diversos tipos de oraciones subordinadas (conjunción
subordinante) o que une vocablos o secuencias sintácticamente
equivalentes (conjunción coordinante).
2. conjunción adversativa. La que une
palabras u oraciones cuyos sentidos se oponen parcial o totalmente.
Son pero, mas y sino.
3. conjunción causal. La que introduce
oraciones subordinadas causales (→ oración, 6). Las más
representativas son porque y pues.
4. conjunción comparativa. La que
introduce el segundo término de comparación en las construcciones u
oraciones comparativas (→ oración, 7). Son que y como.
5. conjunción completiva. La que introduce
oraciones subordinadas sustantivas (→ oración, 35). Son que (a veces,
también como) y, en cierto tipo de oraciones interrogativas
indirectas, si.
6. conjunción concesiva. La que introduce
oraciones subordinadas concesivas (→ concesivo, 1). La más
representativa es aunque.
7. conjunción condicional. La que
introduce oraciones subordinadas condicionales (→ oración, 10). La
más representativa es si.
8. conjunción consecutiva. a) La que une
oraciones o enunciados entre los que se establece una relación de
causa-deducción o causa-consecuencia, como conque, luego o la
locución así que, llamadas también conjunciones ilativas: Pienso,
luego existo; Tengo mucho trabajo, así que este año no me voy de
vacaciones.
b) En las llamadas construcciones
consecutivas intensivas, la que introduce la subordinada que expresa
la consecuencia o el efecto de lo denotado en la principal a través
de los intensificadores, tácitos o expresos, tan(to) o tal (o de los
determinantes un o cada): Puso tanta sal en la ensalada que no había
quien se la comiera; Canta que da gusto; Hace un frío que pela; Dice
cada tontería que es imposible hacerle caso.
9. conjunción coordinante. → 1.
10. conjunción copulativa. La que une
palabras, oraciones y otros grupos sintácticos estableciendo entre
ellos relaciones de adición o de agregación. Son y, e, ni.
11. conjunción distributiva. La que se
antepone a los diferentes miembros de una coordinación distributiva,
que es aquella en la que se presenta una sucesión de alternativas o
situaciones contrapuestas. Se construyen generalmente estas
secuencias con adverbios usados correlativamente con valor de
conjunciones, los cuales se anteponen a los diferentes términos que
aparecen como opciones: bien..., bien...; ya..., ya...; ora...,
ora...
12. conjunción disyuntiva. La que expresa
al ternancia o elección entre palabras u oraciones. Son o, u.
13. conjunción final. La que introduce
oraciones subordinadas finales (→ oración, 25). Las más
representativas son las locuciones para que y a fin de que.
14. conjunción ilativa. → 8a.
15. conjunción subordinante. → 1.
Género
Gerundio
Imperativo
Infinitivo
Interjección
Modificador verbal
Nombre colectivo
Número
Complemento directo
Oración
Partícula modal
Plural
Postposición
Predicado
Predicativo
Preposición
Pronombre
Pronombre personal
Singular
Sintaxis
Sujeto
Superlativo
Sustantivo
Verbo
Verbo auxiliar
Verbo ditransitivo
Verbo transitivo
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Recopilado de ENCICLONET: Basada en la
Enciclopedia Universal editada por Micronet brinda
acceso a artículos sobre distintas ramas del
conocimiento: artes plásticas, arquitectura, cine. /
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http://buscon.rae.es/dpdI/
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