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Pintor español cuyo nombre completo era Pablo Ruiz Picasso-, nacido en
Málaga el 25 de octubre de 1881 y muerto en Mougin (Alpes
Maritimes, Francia) el 8 de abril de 1973. Picasso en
solitario encarna toda la aventura de la pintura del siglo XX. Su producción ininterrumpida, su constante afán de
renovación, su espíritu inquieto de experimentador constante
de los problemas del sistema de representación, su actitud
ante la Historia y su sentido iconoclasta con respecto a la
tradición, así como sus valoraciones, siempre sorprendentes
y originales, de los modelos del pasado, hacen de Picasso un
paradigma de la pintura del siglo XX.
La trayectoria de Picasso no puede encasillarse en una
evolución lineal o en una participación en alguna de las
tendencias artísticas de su tiempo. Tampoco cabe limitarla a
la pintura, aunque sea esta su actividad principal, pues sus
dibujos, grabados, cerámicas y esculturas ocupan un lugar
destacado en el arte de nuestro siglo. Las tendencias de las
que fue protagonista, como el Cubismo, fueron creadas por
él. Pero lo más sorprendente de su trayectoria reside en el
hecho de que en los constantes vaivenes de su pintura
siempre se halla latente una impronta esencialmente picassiana caracterizada por la diversidad en el marco de
una rigurosa unidad.
Los primeros años de la vida de Picasso discurrieron por
unos cauces que en nada hacían presentir lo que sería
después su orientación. Nacido en Málaga en 1881, su padre,
José Ruiz Blasco, que era profesor de dibujo, le enseño a
pintar. En 1891 la familia se trasladó a La Coruña, donde el
joven Picasso comenzó a pintar. Cuatro años después, debido
a que su padre tomó posesión de la cátedra de la Escuela de
Bellas Artes (La Lonja), Picasso se trasladó con su familia
a Barcelona, ingresando en la Escuela de Bellas Artes.
En el ambiente barcelonés, Picasso frecuentó el cabaret Els
4 gats y entabló amistad con pintores como Nonell y Sunyer,
el escultor Manolo Hugué, y con Eugenio D´Ors, Sabartés y
Miguel Utrillo. Pero, además de estos contactos, de los que Picasso recibirá especialmente el magisterio Nonell, fue su
primer viaje a París (1900) lo que ejerció una influencia
más profunda en su formación. En 1901, tras una estancia
breve en Málaga, Picasso se halla en Madrid, donde publica
una revista de duración efímera, Arte joven. Ese mismo año Picasso realizó su segundo viaje a París, y tras una
estancia breve en Barcelona en 1903 decidió establecerse
definitivamente en la capital francesa al año siguiente.
En sus primeras obras, como La primera Comunión y Ciencia y
Caridad, que realiza con quince y dieciséis años, Picasso se
muestra como un pintor precoz que domina los resortes
académicos de un naturalismo cargado de connotaciones
literarias que pronto abandonará por una pintura mucho más
libre y abocetada. Obras como El Moulin de La Galette (Nueva
York. Guggenheim Museum), de 1900, revelan el impacto que
produjo en el joven pintor la obra de Toulousse-Lautrec.
Picasso en este momento se sintió atraído especialmente por
el color, como en Mujer de Azul (Madrid. Centro de Arte
Reina Sofía) o La enana (Barcelona. Museo Picasso), ambos de
1901, un color aplicado en pinceladas sueltas a la manera de
los postimpresionistas.
Picasso, en este primer momento, accedió a la modernidad a
través de la valoración y autonomía del color. Sin embargo
muy poco después, cuando en su serie azul inicie una
trayectoria renovadora mucho más personal, aunque
manteniendo la autonomía del color, integrará el rigor del
dibujo como un fundamento de la pintura que no abandonará
nunca. El Retrato de Jaime Sabartes (Moscú, Museo Pushkin),
de 1901, muestra ya la atención de Picasso por los valores
de la forma y del dibujo. Las pinturas de Picasso de estos
años, conocidas como Epoca azul, comportan una temática
centrada en la figura y en el predominio cromático del azul.
Son temas impregnados de una cierta melancolía y de un
clasicismo estilizado, presente en obras como Maternidad (Cambridge
Mass. Fogg Art Museum), de 1901, Mujer acurrucada
(Estocolmo. Colección Nathhorst), de 1902, La Vida (Cleveland.
Museum of Art), de 1903, o Madre con Niño enfermo
(Barcelona. Museo Picasso), del mismo año. Una pintura
renovadora, basada en el protagonismo del color equilibrado
con un dibujo preciso, en la que se expresa un sentimiento
pesimista y melancólico de la existencia.
Las pinturas de Picasso realizadas entre 1904 y 1906,
período de su vida conocido como Epoca rosa, mantienen estos
dos componentes de primacía del color y valor del dibujo.
Ahora bien: no fueron solamente la sustitución del
predominio de la gama del color azul por otra rosa. La
novedad del color se halla justificada por el cambio de la
temática de la pintura. Un nuevo clasicismo y una nueva
temática, centrada especialmente en los temas de circo, son
las novedades de la pintura de Picasso de este momento. Las
acuarelas La familia de acróbatas (Baltimore. Museo de Arte)
y Arlequín sentado (París. Colección particular), de 1905,
revelan esta orientación, a través del valor del dibujo y
una tendencia hacia modelos clásicos, mucho más visible en
obras como La mujer de la camisa (Londres. Tate Gallery) y
Joven con el brazo levantado (Washington. National Gallery),
de 1905.
El arte de Picasso de estos años muestra también su interés
de pintor por el arte negro e ibérico. Algunos dibujos de
1905 revelan como la escultura negra le ha influido
profundamente. El Retrato de Gertrude Stein (Nueva York.
Metropolitan Museum) y el Autorretrato con paleta
(Filadelfia. Museum of Art), ambos de 1906, muestran una
reducción del empleo del color, una simplificación de las
formas y volúmenes y la mencionada influencia del arte
ibérico. El interés de Picasso por la escultura negra se
hace también patente en obras como Mujeres desnudas
abrazadas (Suiza, Col. Particular), de 1906. La ruptura con
las melancólicas y emotivas composiciones de sus pinturas de
las épocas azul y rosa tuvo un punto de arranque en la
decisión de Picasso de interpretar el arte de culturas
primitivas que comenzaba a valorarse por entonces. Picasso,
durante estos años, conoció directamente la escultura negra
en el Museo del Trocadero, interesándose por obras de la
Costa de Marfil o de Nueva Caledonia y coleccionando algunas
piezas de arte ibérico. Roland Penrose cuenta cómo Picasso
iba con frecuencia al Louvre "...donde quedó intrigado por
el arte de los egipcios y de los fenicios, que en esa época
era considerado generalmente como bárbaro. Las esculturas
góticas del Museo de Cluny reclamaban un atento examen, y
reparó de manera más distante en el encanto de las estampas
japonesas que habían estado de moda algunos años, y en
consecuencia le interesaban menos. Picasso experimentaba más
satisfacción descubriendo cosas en las que los demás todavía
no habían reparado".
Con la valoración de estas artes marginales a la cultura
occidental, Picasso abandonó el camino de la modernidad
moderada y se orientó hacia planteamientos de una vanguardia
radical, de la que fue el creador de su primera obra
maestra: Les demoiselles de Avignon (Avinyó).
Picasso ha sido uno de los pocos pintores contemporáneos que
han acometido, como una preocupación prioritaria, la
realización de obras maestras. Mientras que para la mayor
parte de los artistas esta categoría no superaba la
condición de concepción propia del arte del pasado, para
Picasso fue una obligación ineludible. En dos ocasiones sus
experiencias se orientaron a la realización de obras que se
convirtieron en referencias imprescindibles de la pintura
contemporánea. Las demoiselles de Avignon (Avinyó) (Nueva
York. Museum of Modern Art) fue la primera de ellas en la
que Picasso se planteó una ruptura, consciente y coherente,
con el sistema de representación perspectivo que había
venido funcionando desde el Renacimiento como soporte y
método insustituible de la pintura occidental. La segunda
obra, a la que se hará referencia más adelante, es el
Guernica (Madrid. Centro de Arte Reina Sofía), en la que
Picasso acomete una obra de empeño en la que se estableció
toda una reflexión en torno a las funciones, valores y usos
de los modelos clásicos. La documentación conocida y los
estudios monográficos dedicados a estas dos pinturas hacen
de ellas un caso excepcional no sólo del arte de nuestro
tiempo sino de toda la historia de la pintura.
Picasso pintó Las Demoiselles entre 1906 y 1907. Cuando se
las mostró a otros pintores y amigos, algunos no ocultaron
su rechazo y descontento. Pero lo cierto es que en esta obra
Picasso estableció los prolegómenos que servirán de
fundamento al Cubismo. Se ha querido buscar precedentes y
fuentes en las que Picasso se inspiró, como es el caso de
Ingres, o El Greco, en la forma de componer y agrupar las
figuras y de desarrollar los celajes del fondo. Sin embargo,
lo que Picasso planteó en esta pintura fue precisamente una
ruptura con los modelos clásicos tradicionales. Para la
figura de la izquierda se inspiró en una escultura egipcia,
mientras que para las cabezas de las dos figuras centrales
es evidente que Picasso tuvo en consideración los modelos de
la escultura ibérica. En cambio, las dos cabezas de las
figuras de la derecha, que Picasso cambió durante la
ejecución del cuadro, revelan un decidido interés por la
escultura negra. Lo cual prueba que Picasso no rompía con la
Historia, sino con los modelos clásicos de la Historia,
manipulados y adulterados por el academicismo. El interés de
Picasso por la escultura negra se manifestó asimismo en
diversas obras realizadas por estos años, como Desnudo con
toalla (París. Col. Particular de 1907 o Mujer con abanico
en un sillón (Leningrado. Ermitage), del año siguiente, en
la que Picasso continúa con la experiencia iniciada poco
antes en Les Demoiselles.
Con todo, la aportación mas importante de Picasso en Les
Demoiselles fue su actitud con el sistema tradicional de
representación perpectiva. La pintura occidental desde el
Renacimiento se había basado en la concepción del cuadro
como una ventana abierta desde la que se representaba un
escenario de tres dimensiones captado desde un punto único y
estático: el ojo del pintor. En Les Demoiselles, Picasso
distorsiona la representación monofocal e introduce la
simultaneidad de la visión. Picasso acometió la
representación desde un concepto plurifocal que libera al
cuadro de las limitaciones de la representación tradicional
y proporciona a la pintura una radical autonomía de la
forma.
En compañía de Georges Braque (1882-1963), Picasso emprendió
un redescubrimiento de la obra de Cézanne (1839-1906),
llamado a tener una trascendencia insospechada para el
desarrollo posterior del Cubismo. De la pintura de Cézanne
tomó su preocupación por la simplificación de los volúmenes,
la reducción del color y la recuperación de la primacía de
la forma. En octubre de 1907, en el Mercure de France se
publicó la correspondencia entre Emile Bernard y Cézanne, en
la que éste expresaba su deseo de "tratar a la naturaleza
como el cono, el cilindro y la esfera". Picasso y Braque
retomaron estos principios de la pintura de Cézanne, que
acababa de morir en 1906, y los llevaron a sus últimas
consecuencias. La forma, el orden y la geometría surgieron
como un nuevo fundamento de la pintura frente a la
fragmentación plástica y formal iniciada por el
Impresionismo.
En el verano de 1909, durante su estancia en Horta de Ebro,
Picasso acometió una verdadera arquitectura del paisaje.
Paisaje de Horta de Ebro (París. Colección Particular), o
Fábrica (Leningrado. Ermitage) desarrollan cristalizaciones
del paisaje en las que el color se reduce a unos componentes
esenciales y se introducen diversos efectos de distorsión
perspectiva. En estas obras, Picasso define el valor de dos
componentes decisivos para su experiencia cubista: la
reducción del color y la primacía de la forma. O, lo que es
lo mismo, la subversión frente a los principios que habían
venido sustentando la hegemonía de la renovación pictórica
desde el Impresionismo: la primacía del color y la
destrucción del dibujo y de la forma. Con ello, Picasso
iniciaba toda una serie de experiencias analíticas en torno
al problema plástico de la representación de los volúmenes
en un plano, rompiendo con el sistema de visión monofocal de
tres dimensiones.
Frutas y Copa (París. Colección particular), de 1908, pone
de manifiesto cómo Picasso plantea la representación
rompiendo con el sentido monofocal tradicional, plasmando la
representación de los objetos desde diferentes visiones
simultáneas. Esta experiencia, que el pintor llevará a sus
últimas consecuencias en el Cubismo, no fue la mera
sustitución del sistema de representación tradicional (según
el cual los objetos aparecían vistos desde un solo punto)
por otro nuevo en el que se los representaba desde varios.
Lo que Picasso cuestionó no era la representación -Picasso
siempre se mantuvo como un pintor figurativo que nunca fue
abstracto-, sino la ruptura con los modos tradicionales,
académicos o renovadores de la representación. El resultado,
lejos de ser una simple modificación de la visión de los
objetos, fue un nuevo lenguaje formal en el que prevalecía
una rigurosa autonomía de la forma. Picasso recuperó los
componentes específicos de la pintura con independencia de
su función representativa. De esta manera, superó la
reducción a forma y geometría de la apariencia del paisaje y
de los objetos para establecer un análisis esencial de los
mismos. El cuadro, como ha señalado Maurice Raynal, "... ya
no representa una evocación anecdótica, sino un hecho
particular que comporta su razón de ser en sí mismo".
Con estas obras, Picasso inició la experiencia del Cubismo,
nombre con que en 1908 bautizó la tendencia el crítico Louis
Vauxcelles. Sin duda alguna se trata de una la revoluciones
más radicales de la pintura contemporánea. El cuadro
abandona su condición de ventana abierta, de escenario de
tres dimensiones, para recuperar la de plano en el que la
representación prescinde de la tradicional visión
tridimensional para convertirse en un nuevo objeto plástico
sin ficciones perspectivas. En estas nuevas experiencias,
Picasso desarrolló la idea de la relatividad de la
representación desde una dimensión aperspectiva. Mujer con
las manos entrelazadas (Eindhoven. Stedelik van Abbemuseum),
de 1909, muestra esta descomposición de la figura y del
objeto en planos surgidos de una representación simultánea.
Mujer con mandolina (Nueva York. Col.particular), el Retrato
de Ambroise Vollard (Moscú. Museo Pushkin) o el Retrato de
Daniel-Henry Kahnweiler (Chicago.Art Institute), pintados en
1910, ponen de manifiesto cómo este proceso llevó al pintor
a un evidente grado de abstracción que se acentúa en obras
como El Acordeonista (Nueva York. Museo Guggenhein), del año
siguiente.
Picasso y Braque pretendieron soslayar este grado de
abstracción introduciendo nuevos componentes en la pintura.
En 1911, Braque había utilizado letras en algunas de sus
pinturas como forma de mantener el carácter figurativo sin
acudir a la tridimensionalidad. Picasso, en Mujer con
guitarra (Ma jolie) (Nueva York. Museum of Modern Art),
introdujo también letras como componente de la pintura. En
1912, Picasso realizó su Naturaleza muerta con silla de
paja, que el pintor conservó en su colección y que
constituye el primer ejemplo de collage. Para ello, aplicó
un trozo de hule que tenía estampado el trenzado de la
rejilla de paja de un asiento, inaugurando una experiencia
que tendrá una proyección inmensa en la pintura
contemporánea. En los collages, Picasso incorporó objetos de
la realidad: la rejilla de una silla, hojas de periódicos,
tierra, madera, etc., con lo cual se prescindía de la
representación para acudir a la presentación. Una
presentación de elementos reales que en el cuadro asumían
una dimensión plástica inédita, distinta de la que
desempeñaban en la realidad, debido a la
descontextualización y alteración de la función de los
objetos, con lo cual se lograba una de las aspiraciones del
pintor: eludir las ficciones de la representación sin omitir
la referencia a lo real.
En obras cubistas posteriores, Picasso abandonó las
limitaciones de la gama de color, como en Violín y frutero
(Filadelfia. Museum of Art), Papier collé de 1913, Jugador
de Cartas (Nueva York. Museum of Modern Art), de 1914, y Los
tres músicos (Nueva York. Museum of Modern Art), ya de 1921,
que muestra el final de una trayectoria experimental que
Picasso consideró agotada. Picasso, a diferencia de otros
pintores cubistas como Braque o Juan Gris (1887-1927), se
planteó en un momento determinado el abandono del Cubismo y
la necesidad de afrontar un cambio radical de su pintura. No
sólo renunció a continuar las experiencias del Cubismo sino
que inició un "retorno al orden" a través de una
recuperación de las formas y modelos clásicos que Picasso,
por su formación académica, podía acometer como ningún otro
pintor. Lo que el pintor hizo en la experiencia del Cubismo
fue destruir un sistema de representación, demostrar que la
pintura podía plantearse desde otros supuestos, para después
volver al clasicismo y poner de manifiesto que no es un
lenguaje agotado, que lo que está acabado es el
academicismo, no las posibilidades formales del clasicismo.
Dos mujeres desnudas (Londres. Col. Douglas Cooper), de
1920, Mujer y niño (Baltimore. Museum of Art), de 1922 o
Arlequín (Ginebra. Col. CH. iM Obersteg), del año siguiente,
son imágenes de este "retorno" al orden que Picasso asumió
como una terapia después de los años de intensa
experimentación de la etapa cubista. Pero junto al
clasicismo, a Picasso también le interesó una plasticidad
pura que, como en su Naturaleza muerta (Nueva York. Museum
of Modern Art), de 1924, integraba las experiencias formales
del cubismo en un equilibrio, orden y composición clásicas.
O, también, las composiciones en las que esta serenidad se
transformaba en la imagen sugerente de un paralelo con las
inquitudes del Surrealismo, como en Mujer sentada al borde
del mar (Nueva York. Museum of Modern Art), de 1929.
Las experiencias descritas ponen de manifiesto la vitalidad
y versatilidad del lenguaje de Picasso, desarrollado a
través de un itinerario en constante proceso de renovación.
En este sentido, una de las obras maestras del pintor,
características de su capacidad para convertir la pintura en
un lenguaje expresivo orientado a conmover nuestra
sensibilidad, es el Guernica (Madrid. Centro de Arte Reina
Sofía). El gobierno de la República encargó a Picasso un
cuadro para el Pabellón de España en la exposición
Internacional de 1937. El bombardeo de Guernica por la
aviación alemana le sugirió a Picasso el tema del cuadro.
Picasso comenzó a realizar los primeros dibujos
preparatorios el 1 de mayo de ese año. Durante la ejecución
del cuadro introdujo numerosos cambios que quedaron
registrados en el reportaje fotográfico realizado por Dora
Maar. Picasso realizó un cuadro de grandes dimensiones con
una acentuada reducción del color a blanco, negro y gris. En
torno al significado del cuadro se han emitido las más
variadas interpretaciones. Lo que es evidente es que Picasso
no introdujo ningún elemento de identificación del
acontecimiento que hubiera convertido el cuadro en un
panfleto ocasional y pasajero. Lo que realizó Picasso fue
una crítica de la muerte del inocente. De ahí, la
perdurabilidad y vigencia de su mensaje. Un caballo en el
centro agonizando centra la composición en la que aparecen
personajes que ofrecen una clara connotación significativa
con temas conocidos, como es el caso de la madre con el niño
que se halla a la izquierda, concebida a la manera de una
"Piedad". La figura del guerrero muerto del primer término,
o la que se descuelga del edificio de la izquierda envuelta
en llamas o las que se dirigen de derecha a izquierda, una
con una antorcha y otra arrastrándose, aparecen como
intérpretes de un acontecimiento patético. Solamente una
figura, el toro de la izquierda, aparece representado como
un personaje ajeno al drama y mirando al espectador como
referencia al pintor narrador. En otras ocasiones, como en
Naturaleza muerta con cabeza de toro, libro, paleta y vela
(Nueva York. Colección particular), de 1938, Picasso se
retrató de forma similar. Con ello, Picasso planteaba en el
Guernica el parangón con "obras maestras" como Las Meninas
de Velázquez y La Familia de Carlos IV de Goya, en las que
los pintores se han autorretratado mirando al espectador en
el mismo lugar del cuadro.
Otras pinturas de Picasso de estos años aparecen
caracterizadas por un intenso dramatismo, como El cráneo de
buey (París. Col. Particular), de 1942, que desaparecerá
después del fin de los conflictos bélicos. La Pastoral (Antibes.
Museo), de 1946, es ya un canto optimista a la vida a través
del color y el dibujo.
Es preciso notar que Picasso hasta los últimos años de su
vida continuó siendo un renovador. Sus versiones de Las
Meninas ponen de relieve su constante capacidad de
interpretación de los modelos clásicos. Sus obras de los
años sesenta, que durante mucho tiempo se vieron como el fin
de la capacidad creativa del pintor, comportan soluciones de
un lenguaje que se anticipa a muchos de los planteamientos
más renovadores de la pintura de los años ochenta,
confirmando el hecho de que cada vez que se produce una
nueva tendencia de la pintura contemporánea el nombre de
Picasso surge como uno de sus precursores.
En mayo de 2004 el lienzo Muchacho con pipa del artista
malagueño alcanzó el precio más alto en una subasta hasta la
fecha; fue adjudicado a un precio de 104,68 millones de
dólares (85,6 millones de euros) a un comprador anónimo en
la subasta celebrada en la famosa firma Sotheby´s. Así,
desbancó al Retrato de Dr. Gachet, de Van Gogh, el más caro
hasta ese momento, por el que se pagó 82,5 millones de
dólares (68,7 millones de euros). Por otro lado, el 1 de
noviembre de 2005 un boceto alcanzó un nuevo récord en
cuanto a subastas de dibujos del artista; se trató de un
guache, titulado Nu Jaune, preparatorio de Las señoritas de
Avignon, que alcanzó la cifra de 11,3 millones de euros,
récord alcanzado en la casa de subastas neoyorquina
Sotheby´s y pagada por Olivier Berggruen, hija del
coleccionista alemán Heinz Berggruen, que posee un famoso
museo en Berlin.
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