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FRANCISCO DE GOYA
Y LUCIENTES |
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La biografìa y la obra de Goya
ocupan un lugar excepcional en la Historia del Arte. Su larga vida y su
intensa e ininterrumpida actividad pictórica, la diversidad de temas y
técnicas -óleos, dibujos y grabados-, la variedad de sus etapas y su
especial sensibilidad ante el momento histórico que le tocó vivir, le
convierten en una figura única de la pintura y de la Historia. Goya fue
testigo de los extraordinarios cambios de la sociedad de su tiempo
viviendo la plenitud de la vida del Antiguo Régimen y los inicios de la
Edad Contemporánea. Su contacto con intelectuales, como Jovellanos,
Iriarte, Meléndez Valdés o Fernández de Moratín, le pusieron en contacto
con las ideas de la Ilustración, que también habían prendido en familias
de la aristocracia con las que Goya tuvo relación.
Goya, en cuya época se produjo
la revolución francesa, fue testigo directo de la Guerra de la
Independencia. A diferencia de otros pintores, en cuya obra no se
refleja el impacto de los acontecimientos de su tiempo, Goya revela una
conexión íntima del arte, la existencia y la Historia. Su transformación
intelectual e ideológica, su carácter introvertido, acentuado por la
sordera que le provocó una enfermedad sufrida en 1792-93, hicieron de él
un artista que expresa las sensaciones y emociones que le produce el
mundo que le rodea, creando una obra revolucionaria que cambió
radicalmente los fundamentos de la pintura.
Goya renunció a la condición de artista distanciado y aislado para
convertirse en un protagonista apasionado. Esta actitud explica la
realización de series de grabados de crítica acerada de la sociedad de
su tiempo, como Los Caprichos, o de denuncia apasionada de los horrores
de la guerra, como Los desastres de la guerra, o de pinturas de un
patetismo desgarrado, como La Carga de los mamelucos y Los fusilamientos
de la noche del 3 de mayo.
Esta actitud, la desarrolló Goya a través de un amplio panorama de temas
y técnicas subordinando los componentes de la pintura al fenómeno de la
expresión. Goya fue un pintor que practicó la pintura mural desde su
juventud hasta la madurez. En algunas de estas obras, como los frescos
de San Antonio de la Florida, Goya rompió decididamente con los
principios académicos de la pintura al fresco para imponer una hegemonía
del color y de la expresión sobre las contenciones clásicas del dibujo.
Asimismo Goya fue un excelente grabador, el primero de alcance universal
de nuestra pintura, comparable a lo que fueron Durero y Rembrandt en los
siglos XVI y XVII. También en esta especialidad Goya fue un innovador, y
alcanzó un profundo conocimiento de las complejas técnicas del grabado,
al que confirió una profunda dimensión artística. Goya, un pintor
obsesionado por la expresión y desentendido de las normas académicas,
fue un constante experimentador de técnicas y procedimientos que, como
el grabado, contribuyeron de forma decisiva al conocimiento y difusión
de su arte.
Los primeros datos suyos que conocemos nada hacían suponer lo que
llegaría a ser. El 30 de marzo de 1746 nacía en Fuendetodos, un
pueblecito desolado cercano a Zaragoza. Su padre, José Goya, era un
modesto dorador. Después de estudiar en las Escuelas Pías de Zaragoza,
en donde entablaría una amistad con Martín Zapater que duraría toda la
vida, pasó a estudiar pintura con José Luzán. El joven Goya tenía
catorce años y recibió la formación convencional, dominante en la época,
basada en la copia de estampas francesas e italianas. Tras algunos
intentos fracasados por lograr una ayuda de la Academia de Bellas Artes
de San Fernando de Madrid para ir a Italia, en 1771 vio reconocido su
talento por primera vez con una mención especial de la Academia de Parma.
Ese mismo año recibía el encargo de decorar el fresco la bóveda del
coreto de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza que concluyó al año
siguiente con una concepción barroca no exenta de sugestiones de
Correggio.
En 1773, Goya se casó con Josefa Bayeu hermana de los célebres pintores
Ramón y Francisco, cuyo apoyo, especialmente el de este último, fue
decisivo para la carrera artística del pintor. Por estos años, Goya
inició una importante actividad. Prueba de ello son las pinturas para la
Cartuja de Aula Dei de Zaragoza (1774), con temas de la vida de la
Virgen e Infancia de Cristo en las que muestra un estilo mucho más
atemperado y clásico que el de las pinturas de la decoración del coreto.
A finales de 1774 se trasladó a Madrid reclamado para realizar cartones
para la Real Fábrica de Tapices y, al año siguiente entregaba los
primeros con temas de caza, realizados bajo la dirección de Francisco
Bayeu, en los que Goya se muestra sometido al estilo de su cuñado. Se
trata de un período de la pintura de Goya en el que el artista se
muestra plegado al gusto oficial y del que es buena muestra el célebre
Cristo (Madrid. Museo del Prado) que presentó, el 5 de mayo de 1780 para
su recepción como miembro en la Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando.
La realización de cartones para tapices ocupó una parte importante de la
actividad de Goya en la corte. Con una temática de un costumbrismo
festivo y despreocupado, Goya se muestra adscrito a un espíritu rococó
pero con el atisbo de unas soluciones que van introduciendo novedades
plásticas en su estilo. El baile a orillas del Manzanares, La cometa, El
Quitasol, de 1777, El cacharrero, de 1778, son expresiones de estos
primeros ensayos en los que Goya accede a una temática cortesana
distanciada de los imperativos del encargo de carácter religioso. Ahora
bien, si los cartones le permitieron experimentar y configurar un estilo
propio, a Goya cada vez se le hacía más difícil aceptar las imposiciones
de este tipo encargos. Aunque Goya evoluciona, como puede apreciarse en
composiciones posteriores, como La Vendimia (Madrid, Museo del Prado),
de 1786-87, o El Pelele, de 1792, las limitaciones de este tipo de
obras, sometidas a un proceso de repetición -propio de una manufactura
industrial- y su carácter de cartón de una composición destinada a ser
trasladada al soporte textil del tapiz, hastiaba cada vez más al pintor.
El último encargo de cartones, que data de 1789, lo concluyó a duras
penas en 1792.
Pero la actividad de Goya durante estos años no se limitó exclusivamente
a la realización de cartones para la Real Fábrica de tapices. La
predicación de San Bernardino (Madrid. San Francisco el Grande),
realizado en 1782-1784, en el que el pintor se ha autorretratado a la
derecha, muestra un naturalismo expresivo ya ensayado en los cartones
para tapices. También la experiencia de Goya se extendió a otros géneros
en los que conjugó el tema costumbrista con la vedute, o paisaje de la
ciudad, como en La pradera de San Isidro (Madrid. Museo del Prado), obra
pintada en 1788 y, que según testimonio del propio pintor a su amigo
Zapater, fue realizada directamente "del natural".
Goya fue nombrado pintor del Rey en 1786 y pintor de Cámara el 30 de
abril de 1789, nombrado por Mariano Luis de Urquijo. Su papel en la
corte pronto le convirtió en uno de los pintores preferidos de la
aristocracia para la que realizó numerosos retratos. Uno de los más
bellos, en el que se hace patente una identificación personal con los
personajes, es el espléndido retrato de Los duques de Osuna con sus
hijos (Madrid. Museo del Prado) pintado en 1788, con una sorprendente
intensidad humana en los rostros de los retratados y una extraordinaria
delicadeza en el empleo del color. Otros retratos, como el de Gaspar
Melchor de Jovellanos (Madrid. Museo del Prado), realizado en 1798,
muestran asimismo esta identificación entre el pintor y el personaje a
través de la captación de la dimensión intelectual y humana del
retratado, presente también en otros retratos posteriores, como el de
Leandro Fernández de Moratín (Madrid. Real Academia de Bellas Artes de
San Fernando), ejecutado un año después.
En otros retratos, como el recogido y sensible de La Condesa de Chinchón
(Madrid. Col. de Sueca), de 1800, Goya muestra una exquisita
sensibilidad en el tratamiento del color y la sensación íntima y
recogida del personaje que contrasta con la intensidad humana de otros
retratos, como el de La Tirana (Madrid. Real Academia de Bellas Artes de
San Fernando).
La ininterrumpida labor de retratista de Goya y su capacidad para captar
la fisonomía del personaje y adentrarse en su interioridad le
convirtieron en uno de los grandes maestros del género. Incluso en una
modalidad tan conservadora como el retrato regio, Goya introdujo
novedades importantes realizando alguna de las obras maestras del arte
del retrato de todos los tiempos. En los últimos años del siglo XVIII
realizó algunos retratos reales de singular relevancia. Los retratos
ecuestres de Carlos IV y María Luisa de Parma, ambos conservados en el
Museo del Prado, ponen de manifiesto el rechazo de Goya por el retrato
teatral y enfático y su interés por los modelos de Velázquez. El retrato
de grupo La familia de Carlos IV (Madrid. Museo del Prado), para el que
Goya realizó toda una serie de bocetos, fue ejecutado entre 1800 y 1801
y constituye una de las obras maestras del pintor. Los diferentes
miembros de la familia se hallan de pie mirando, excepto uno, al
espectador. Además de la profunda caracterización de cada uno de los
personajes, Goya ha desarrollado una auténtica lección de autonomía de
la pintura en la ejecución de las indumentarias. Con un trazo
espontáneo, logrado con unas pinceladas amplias y quebradas, y con el
juego de unas veladuras, que crean una intensa abstracción cromática,
Goya logra efectos de una plasticidad espontánea e irrepetible. Y, al
fondo, a la izquierda, Goya se ha representado en el mismo lugar en que
lo hizo Velázquez en Las Meninas, como un homenaje y reconocimiento al
pintor de Felipe IV.
La actividad de Goya durante estos años fue intensa. Entre 1800 y 1803
realizó La maja desnuda y La maja vestida, sobre cuya identificación ha
corrido la leyenda. Lo que parece cierto es que la vestida servía para
ocultar la otra. Sabemos por un inventario que, al menos, en 1803,
estaban en posesión de Godoy, lo cual no supone que fueran obras
realizadas por encargo suyo. Desde un punto de vista compositivo
presentan relación con el retrato de La Marquesa de Santa Cruz
(Madrid.Museo del Prado), pintada en 1805, a la que años antes había
retratado Goya de niña en el mencionado retrato de Los duques de Osuna
con sus hijos.
En estos años Goya experimentó también en técnicas y temas tan diversos
como el grabado -Los Caprichos- y la pintura mural -Frescos de la ermita
de San Antonio de la Florida-. A principios de 1799 salían a la luz,
anunciándose su venta en periódicos madrileños, la serie de Los
Caprichos, colección de grabados en la que el pintor acometía una dura
crítica a la sociedad de su tiempo ironizando sobre vicios y costumbres
y desarrollando una tensión entre realidad y ficción, imaginación y
fantasía, junto a un lenguaje expresivo y liberado de los usos
académicos. La serie de Los Caprichos, comparada con otras como La
Tauromaquia, ponen de manifiesto el empleo de la imagen para transmitir
la actitud del pintor, nada indiferente, frente a la realidad social,
política e ideológica de su entorno. Y, también, algo definidor de una
preocupación de Goya durante muchos años: la liberación de los
condicionantes del encargo, la reivindicación de la autonomía de la
pintura y de la libertad del pintor y la expresión, sin condicionantes
ni cortapisas, de su mundo plástico e ideológico.
Otras series de grabados de Goya realizadas posteriormente, como Los
Desastres de la Guerra y Los Proverbios o Disparates fueron, asimismo,
expresiones comprometidas con esa misma actitud. La serie de Los
Desastres está dedicada a la denuncia de los horrores de la guerra, de
la sinrazón de la violencia, como expresión de la angustia y
desesperación que producen en un hombre ilustrado y convencido del valor
de la razón como medio de cambiar el mundo. De alguna manera se cumplía
la premonición que expresa Goya en el letrero que acompaña al capricho
número 43: "El sueño de la razón produce monstruos". Monstruos que se
representan de una forma explícita en las fantásticas imágenes de la
serie de Los Proverbios que realizaría posteriormente. La actividad de
Goya como grabador fue impresionante. A ella debe añadirse el importante
número de dibujos realizados en la preparación de las diversas series.
La actividad de Goya al filo de 1800 fue decisiva para la renovación de
otros géneros como la pintura religiosa. Aunque por razones de su
actividad en la corte y de los encargos, Goya no prestó una atención
especial a esta temática; puede decirse que fue el creador de las
últimas obras maestras de la pintura religiosa española: los frescos de
la ermita de San Antonio de la Florida (Madrid), realizados en 1798 y La
última comunión de San José de Calasanz (Madrid. Colegio de las Escuelas
Pías de San Antón) pintada años después, en 1818.
En la cúpula de la ermita se representa el momento en que San Antonio
resucita a un hombre asesinado, que revela el nombre del autor del
crimen que había sido imputado al padre del santo. Goya ha fingido una
balaustrada con figuras alrededor que se destacan sobre un escenario
abierto de paisaje. En estas figuras, como en las de ángeles de los
lunetos, de las bóvedas de la nave, de los brazos del crucero, y de las
pechinas, Goya rompió definitivamente con el valor del dibujo como
fundamento inseparable de la pintura mural. Por el contrario, desarrolló
una expresividad desbordada, con una acentuada libertad en el empleo del
color y en la factura que fragmenta las superficies y los volúmenes. En
este sentido, la libertad en el empleo del color y en la aplicación de
la pintura como medios de una expresividad intensa fueron el resultado
de una larga experimentación antes de alcanzar su primera concreción
definitiva en las pinturas de la guerra.
Goya vivió la Guerra de la Independencia y nos dejó unos testimonios
patéticos y sobrecogedores. La temática de la serie de grabados Los
Desastres como la de las pinturas de la guerra fueron el fruto de
experiencias vividas por el pintor o conocidas por descripciones y
relatos pero, en cualquier caso, reales y verificables. Solamente El
coloso (Madrid. Museo del Prado), pintado antes de 1812, obedece a una
concepción simbólico-alegórica inspirada en un texto literario, la
imagen poética de Juan Bautista Arriaza, Profecía de los Pirineos
(1808), que anunciaba que un gigante se alzaría contra las tropas de
Napoleón en los Pirineos. Las demás pinturas, en cambio, son un clara
referencia a acontecimientos reales.
El 24 de febrero de 1814 Goya proponía al Consejo de Regencia la
realización de pinturas que ilustrasen el levantamiento del pueblo de
Madrid contra las tropas de Napoleón. La propuesta fue aceptada y Goya
realizó el encargo sin acudir a recursos enfáticos, teatrales y
laudatorios, pero acentuando el valor de los medios expresivos para
aumentar el poder conmovedor y dramático de la imagen. En La carga de
los mamelucos (Madrid. Museo del Prado) representó el levantamiento del
pueblo de Madrid contra el ejército francés. La representación se ofrece
como la imagen instantánea de un acontecimiento. Sin embargo, se trata
de una composición profundamente pensada y elaborada. El pintor ha
representado las tres fases principales de la acción: los soldados
napoleónicos reprimiendo el levantamiento, la insurrección de la
población contra el ejército francés y los cadáveres en el suelo de los
combatientes de uno y otro bando. Todo ello, ambientado en una
escenografía urbana resuelta solamente como referencia del lugar del
acontecimiento. En la otra pintura, Los fusilamientos del 3 de mayo
(Madrid. Museo del Prado), el pintor ha representado igualmente las tres
secuencias fundamentales del acontecimiento en un escenario suburbano y
en un impresionante nocturno. En primer término se hallan en el suelo
los cadáveres de los fusilados mientras que la atención se centra en el
grupo de los que están a punto de serlo. Una multitud es conducida al
lugar de la masacre, realizada por un pelotón de soldados franceses,
compacto y uniforme. Esta disposición se debe a que lo que Goya destaca
en esta pintura no es tanto el relato de un acontecimiento concreto como
la sinrazón y el horror de la ejecución, de la violencia y de la muerte
del inocente.
En las pinturas de la guerra Goya acentuó el empleo de los componentes
expresivos para lograr, frente a la primacía de lo descriptivo, la
expresión patética del acontecimiento. La factura, lo mismo que el
color, oscurecido y sórdido, se aplican para proyectar una actitud vital
y un estado de ánimo angustiados. Goya pone de manifiesto la idea
moderna de que la obra de arte, para serlo, no requiere de la
consecución de los modelos de belleza convencionales. Este planteamiento
tuvo su verificación más precisa en la serie de pinturas murales de la
Quinta del Sordo, una casa situada cerca del río Manzanares, que el
artista había comprado en 1818. Estas pinturas, conocidas como Las
pinturas negras, debidas al predominio y autonomía de los colores negros
y grises, fueron realizadas en 1820 y actualmente se conservan en el
Museo del Prado. Se trata de un conjunto de pinturas que Goya realizó
para sí mismo, al margen de cualquier condicionante de encargo, en el
que lleva a sus últimas consecuencias la liberación de la forma y la
autonomía del color. Pero, además, estas pinturas son el fruto de una
imaginación sin límites, fruto de una subjetividad plena que constituye
el punto de partida de algunas tendencias la pintura moderna. Unas
pinturas en las que se expresa la angustia que asaltaba al pintor y que
también ponen de manifiesto los dos autorretratos, realizados en 1815 y
conservados en el Museo del Prado y de la Academia de San Fernando. En
Las pinturas negras Goya desarrolló un programa cuyo significado todavía
no está resuelto. En la sala del primer piso se hallaban las pinturas
con las representaciones de Las parcas y La riña, en el que dos hombres
con las piernas hundidas en la tierra se baten a garrotazos, El Santo
Oficio, Asmodea y El Perro, composición en la que la alusión figurativa
ha sido reducida a una referencia mínima. En las pinturas que estuvieron
en la sala baja Goya representó, entre otras escenas, La Leocadia,
Saturno, Judith y Holofernes , El Aquelarre y La romería de San Isidro.
En estas dos últimas, la desintegración de la forma y la expresividad
del color fueron llevadas a sus últimas consecuencias para crear una
tensión angustiada y desesperada.
En 1824, la situación política creada por la reacción absolutista de
Fernando VII le hace solicitar licencia con la excusa de tomar las aguas
de Plombiéres. Una vez cruzada la frontera, Goya se dirigió a Burdeos.
Durante sus últimos años transcurridos en Francia pintó en 1827 La
Lechera de Burdeos (Madrid.Museo del Prado). Poco después, la noche del
15 al 16 de abril de 1828, moría en Burdeos. Las obras finales de Goya,
caracterizadas por una expresión que se sobrepone a cualquier
condicionante de estilo, ponen de manifiesto la coherencia de una
trayectoria que se caracteriza por un incansable afán de experimentar
formas nuevas independientes de las fórmulas y normas establecidas.
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CRONOLOGÍA de Francisco de Goya |
1746-1780
La vida
de Goya transcurre a lo largo de ochenta y dos años (1746-1828)
durante los cuales la historia europea sufre convulsas
transformaciones que suponen el final del Antiguo Régimen y el
nacimiento de la sociedad contemporánea. Este proceso, del que
nuestro artista fue privilegiado testigo, fue además especialmente
violento en nuestro país, que conoció desde los apacibles días del
reinado de Carlos III hasta los oscuros momentos de la represión
fernandina, uno de los periodos más turbulentos de su historia. De
la misma manera Goya pudo asistir a profundos cambios en la
evolución del arte europeo, desde las fases finales del barroco
dieciochesco hasta la floración del estilo romántico, del que el
genial aragonés será uno de sus más claros precursores.
Los orígenes del apellido Goya son vascos, aunque sus padres, don
José Goya, de profesión dorador, y doña Gracia Lucientes, estaban
asentados en Zaragoza. El pintor nació en la pequeña aldea de
Fuendetodos el 30 de marzo de 1746 y poco sabemos de su infancia
zaragozana. Parece ser que fue alumno de las Escuelas Pías y que a
los catorce años ingresó en el taller del pintor Luzán, donde debió
ejercitarse, como era habitual en la época, en la copia de grabados.
A finales de 1763 Goya realiza su primer viaje a Madrid para
participar en un concurso de la Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando. Pero los inicios no pueden ser más desoladores y su obra
no obtiene un solo voto. Vuelve a probar suerte en 1766 en un nuevo
concurso académico cosechando el mismo fracaso.
Durante estos años Goya comienza su carrera como pintor realizando
sobre todo cuadros de tema religioso. Pero Goya, como cualquier
pintor europeo en fase de formación, siente la llamada del arte
italiano y hacia mediados de 1770 debió partir para la vecina
península. En Roma se afincaría algo más de un año y desde allí
envía un cuadro al concurso organizado por la Academia de Parma con
el tema Aníbal cruzando los Alpes. No obtuvo el primer premio pero
el lienzo consiguió cierto reconocimiento. Goya empezaba a ser
valorado como pintor.
No tardó en volver a Zaragoza, donde se encuentra desde finales de
junio de 1771, y pronto recibiría su primer encargo importante: la
bóveda del coreto de la Basílica del Pilar. Goya pudo poner en
práctica su habilidad como fresquista, técnica probablemente
aprendida en Italia, en una obra aún dependiente de las tradiciones
barrocas. Los encargos prosiguieron a lo largo de la geografía
aragonesa (Remolinos, Calatayud, la cartuja de Aula Dei) y en ellos
desarrolla su primer estilo, caracterizado por su gusto por los
colores cálidos y la factura abocetada.
1781-1800
A su vuelta a Madrid la creciente fama del pintor le supone nuevos
encargos religiosos (pinturas para San Francisco el Grande en 1781,
convento de Santa Ana de Valladolid en 1787, catedral de Valencia en
1788). Pero el hecho más importante de estos años es la aparición de
los primeros mecenas que jalonarán su carrera. Entre los años 1783 y
1784 realiza los retratos del conde de Floridablanca y de la familia
del infante don Luis, hermano de Carlos III, que vivía retirado en
Arenas de San Pedro. Es el despegue de la trayectoria de Goya como
retratista, protegido y apreciado por las más importantes familias
de la aristocracia madrileña, los Medinaceli y los Benavente-Osuna,
de los que dejará una galería de inolvidables imágenes.
El comienzo de sus actividades para la Casa Real en 1786 supone un
periodo de estabilidad económica. Goya, consciente de su ascenso
social, comienza a llevar un tren de vida más elevado y empieza a
firmar como Francisco de Goya. Son años felices. Tras sucesivos
nacimientos de hijos muertos al poco tiempo de nacer, el pequeño
Francisco Javier, nacido en 1784, parece sobrevivir al fin. Son
también años en los que empieza a relacionarse con el círculo de
ilustrados de la capital, especialmente con Jovellanos y con Ceán
Bermúdez.
La muerte de Carlos III en 1788 supone el ascenso al trono de Carlos
IV y su mujer María Luisa de Parma, que nombran a Goya pintor de
cámara al año siguiente. Su nueva situación le lleva a rechazar la
realización de nuevos cartones para tapices, pese a lo cual se ve
forzado a llevar a cabo algunos más.
A finales de 1792 tiene lugar un hecho decisivo en la vida de Goya.
Durante un viaje a Andalucía cae gravemente enfermo en Sevilla y es
trasladado a Cádiz, a casa de su amigo Sebastián Martínez, poseedor
de una extensa colección de cuadros y grabados, que le pusieron en
contacto con obras de escuelas extranjeras, preferentemente inglesas
y francesas. Como consecuencia de la enfermedad el pintor queda
sordo y tanto su vida como su obra sufren un profundo cambio. A su
regreso a Madrid empieza a recuperarse lentamente y se dedica a la
realización de retratos y sobre todo de una serie de cuadros
pequeños, en los que, según frase del propio Goya, "el capricho y la
invención no tienen ensanches". Es un nuevo capítulo en su obra, en
el que se liberará de la herencia recibida para dar rienda suelta a
su fantasía personal.
1801-1815
Los años anteriores a la guerra suponen una etapa apacible en la
vida de Goya. Centrado en asuntos familiares, asiste a la boda de su
único hijo Javier con Gumersinda Goicoechea en 1805 y un año después
ve la luz Mariano, su primer y único nieto. Se dedica
fundamentalmente a la realización de dibujos y, en el terreno
pictórico, de numerosos retratos.
La Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-1814)
supone para Goya, como para el resto de los españoles, una etapa
difícil y amarga. Nuestro pintor la pasó casi enteramente en Madrid,
salvo un breve viaje a Zaragoza en 1808 para contemplar las
terribles consecuencias del sitio sobre su ciudad natal. También
vivió intensamente las contradicciones en las que se debatieron los
ilustrados españoles entre la acogida entusiasta a las medidas
liberalizadoras que promulgó José Bonaparte, el rey intruso, y el
rechazo a las atrocidades cometidas por el ejército invasor. La obra
de Goya en este momento es fruto de estas circunstancias. Con una
extraordinaria lucidez retrata los acontecimientos bélicos en todo
su horror y desde el punto de vista de las víctimas. Por primera vez
en la historia del arte la guerra no es heroica sino una excusa para
dar rienda suelta a cuanto hay de brutal en el ser humano. Varios
cuadros, entre ellos los célebres dos y tres de mayo, y sobre todo
la serie de estampas Los Desastres de la Guerra son la consecuencia
de estos trágicos años.
1816-1828
En estos años pinta Goya sus composiciones religiosas más
conmovedoras para las Escuelas Pías de Madrid: La última comunión de
San José de Calasanz y Cristo en el monte de los Olivos, ambos de
1819. Pese a su avanzada edad se encuentra en una fase de intensa
creatividad. Descubre la recién inventada técnica litográfica y
realiza varios ensayos en el taller de José María Cardano. A finales
de ese año cae gravemente enfermo, y esta nueva dolencia parece
sumergirle en un abismo del que saldrán sus últimas y alucinadas
obras.
El nefasto ambiente político de la capital pudo impulsar a Goya a
adquirir, en febrero de 1819, una propiedad situada a las afueras de
Madrid, junto al río Manzanares, que posteriormente será llamada
Quinta del Sordo. Al año siguiente comienza a decorar su nueva casa
con pinturas murales al óleo que se extienden por dos salones de la
planta baja y del primer piso: son las Pinturas Negras. Este
conjunto constituye sin duda la obra más revolucionaria de Goya: un
mundo de imágenes de pesadilla con algunas de las más turbadoras
escenas de la historia de la pintura occidental.
La obra
de Goya ocupa un lugar central en un momento de decisivo cambio del
arte europeo. La segunda mitad del siglo XVIII y el primer cuarto
del siglo XIX supone un tiempo de aceleración histórica en el que se
derrumban antiguas estructuras sociales y económicas y comienza a
surgir el mundo contemporáneo. Y a este tiempo de cambio le
corresponde una encrucijada estilística en la que Goya participará
plenamente sin dejar de situarse al mismo tiempo en una posición
aparte y distante del resto del panorama artístico europeo.
Puede verse así a Goya como un auténtico pivote dentro de la
historia del arte, que recibe en herencia buena parte de las
tradiciones anticlásicas, o por lo menos "aclásicas", que le
precedieron y abre camino a través de un largo proceso a numerosas
corrientes del arte contemporáneo, como el surrealismo o el
expresionismo. Así, en un momento de ruptura del paradigma que había
dominado el arte occidental desde el final de la Edad Media, Goya se
convierte en el mejor representante de este momento de crisis, lo
que le aleja de todos sus contemporáneos y le convierte en el primer
artista moderno.
La aportación de sus colegas españoles a su obra se reduce a su
etapa de formación en Zaragoza. Cuando Goya llega a Madrid su estilo,
aunque inmaduro, es ya suficientemente personal como para no
necesitar de los maestros que trabajaban en la Corte. Sin embargo
sus primeros pasos en el oficio hubo de darlos en el taller de José
Luzán, un adocenado seguidor de la tradición barroca tardía. En él
poco aprendería, como reconoció años más tarde. Más importante fue
su deuda con su cuñado Francisco Bayeu, cuya obra se caracteriza por
un eclecticismo equidistante entre el barroco decorativo y los
nuevos aires neoclásicos.
Goya comienza recogiendo a través de sus primeros maestros la
influencia del arte tardobarroco de estirpe italiana. Una pintura
brillante, colorista, de pincelada suelta, que artistas del vecino
país habían introducido en España: Luca Giordano, Corrado Giaquinto
y sobre todo Gianbattista Tiépolo, el mayor genio decorativo del
siglo, que moriría en Madrid. Estos artistas habían dejado sus obras
en residencias reales e iglesias, donde Goya pudo verlas y
estudiarlas. Sus primeros trabajos, especialmente sus frescos en la
Basílica del Pilar de Zaragoza o los cartones para tapices, son
deudores de esta corriente estilística. También sus primeras
estampas, como San Francisco de Paula tomarán como modelo los
aguafuertes de Tiepolo.
Junto con esta influencia del último momento de la pintura barroca,
Goya admiró profundamente a dos genios de la fase madura del estilo:
Velázquez y Rembrandt. Es muy conocida la frase que se le atribuye
de que sólo reconocía como maestros a "Velázquez, Rembrandt y la
Naturaleza".
Así los únicos grabados de reproducción que llevó a cabo serán sus
copias al aguafuerte del genial sevillano, y este estudio de los
retratos de Velázquez acabó por influir también sobre su propia obra
como retratista. El influjo de Rembrandt es, en cambio, más insólito.
Pocas pinturas había del holandés en colecciones madrileñas (sólo la
Artemisa, que ya estaba en las colecciones reales), por lo que
debieron ser sus aguafuertes los que le permitirían conocer las
peculiaridades de su arte.
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LOS VARIOS
ENFOQUES DE LA PINTURA de goya |
EL MUNDO GRÁFICO
DE GOYA
Goya es el grabador más importante de la historia del arte español y
uno de los más destacados del arte europeo de todos los tiempos,
igualado sólo por Durero, Rembrandt y Picasso. Las estampas no son
un aspecto secundario en su obra sino que desarrolla en ellas
aspectos fundamentales de su arte. Goya fue desde luego un genial
pintor, pero el dibujo y el grabado le permitieron muchas veces una
expresión más libre y exacta de sus verdaderas intenciones, menos
sujeta a los condicionantes sociales de la época y a los dictámenes
del gusto del momento. Por otra parte las estampas de Goya fueron la
faceta más conocida de su arte fuera de nuestro país, al menos
durante el siglo XIX, por lo que su imagen e influencia se forjó a
partir de ellas.
Goya se interesó por el poder de difusión que ofrecían las técnicas
de grabado. Recordemos que hasta la aparición de la fotografía las
estampas fueron el único medio de reproducción masiva de imágenes.
La tarea de regeneración moral y social del país que Goya y sus
amigos ilustrados se proponían llevar a cabo encontraba en las
estampas el mejor medio de difusión de las nuevas ideas en todas las
capas sociales.
A lo largo de la Edad Moderna el grabado había conocido en España un
desarrollo menor que en los restantes países europeos. Esta
situación mejoró en la segunda mitad del siglo XVIII cuando la
política cultural promovida por Carlos III fomentó la formación de
grabadores españoles. En torno a la Real Academia de Bellas Artes de
San Fernando, y con el grabador Manuel Salvador Carmona como figura
clave, se vertebró una escuela española de grabado. Este grupo de
artistas se dedicó fundamentalmente al grabado de reproducción,
realizado según la técnica del buril y siguiendo los parámetros
estilísticos del clasicismo.
Cuando Goya empieza a grabar se aparta completamente de esta
tradición. En primer lugar, con la excepción de las copias de los
cuadros de Velázquez, se dedica al grabado de pura creación. En
segundo lugar, recuperará el aguafuerte como el procedimiento más
adecuado debido a su mayor facilidad respecto al buril y a sus
mayores posibilidades pictóricas. Además Goya, como también hizo en
sus pinturas, superó pronto en sus grabados la corriente neoclásica
para dar paso a nuevos modos de expresión que abrirían caminos
insospechados para el arte europeo.
ESTAMPAS RELIGIOSAS
Las primeras experiencias de Goya en el mundo del grabado deben
situarse en el lustro 1770-75 cuando lleva a cabo su primer
aguafuerte conocido: La huida a Egipto, una pequeña imagen, aún muy
sencilla técnicamente, que muestra ciertas afinidades con las
pinturas de la cartuja de Aula Dei. Se ha especulado con la
posibilidad de que fuera hecho para conmemorar el nacimiento de su
primer hijo, en 1774. Similar fin pudo tener el San Francisco de
Paula, unos años posterior: celebrar el nacimiento de su hijo
Francisco de Paula Antonio Benito en 1780. Muestra un estilo más
maduro, influido por Tiepolo, aunque Goya aún incurre en defectos de
principiante al no tener en cuenta el efecto de inversión inevitable
en cualquier técnica de estampación. Así coloca el bastón del santo
en su mano izquierda y escribe al revés las letras "CARI" (de
Caritas, caridad, principal virtud del santo), lo que corregirá en
posteriores estampaciones. Un tercer aguafuerte, San Isidro, debe
fecharse entre los dos anteriores. Sólo se conserva la prueba de la
Biblioteca Nacional, con un tratamiento) de la luz que acusa la
influencia de Rembrandt y Tiepolo.
COPIAS DE VELÁZQUEZ
En España, al contrario que en otros países, no era corriente la
utilización del grabado para la difusión de las grandes obras
maestras de la pintura. Según apunta Rosé de Viejo, hubo un proyecto
para grabar los cuadros reales auspiciado por el conde de
Floridablanca y en el que al menos participó Juan Antonio Salvador
Carmona con doce grabados, pero dificultades económicas habrían
impedido su ejecución. Esta misma autora supone que Goya realizó las
copias de Velázquez como parte de este proyecto global y que cuando
se frustró puso a la venta sus estampas, al contrario que Carmona
que no las comercializó. En cualquier caso, Goya fue uno de los
primeros grabadores que empezaron a reproducir los cuadros de la
colección del rey, eligiendo para ello las obras de Velázquez, en
general los cuadros relacionados con la familia real y los bufones
de la corte, iniciativa que fue alabada por Ponz en el volumen VIII
de su Viage de España, obra publicada en 1778.
Las dieciséis estampas de Goya según Velázquez han sido consideradas
las piezas menos significativas dentro de la producción gráfica del
artista, pero gracias a ellas pudo experimentar con diferentes
procedimientos técnicos y, aunque son palpables los errores en la
aplicación del aguatinta en algunas ocasiones, le sirvieron como
aprendizaje previo a la realización de las siguientes series, que ya
sin duda han de conceptuarse como obras maestras.
En la Gazeta de Madrid el 28 de julio de 1778 se anunciaban los
primeros grabados a partir de los cuadros de Velázquez: los retratos
ecuestres de Felipe III, Felipe IV, Margarita de Austria, Isabel de
Borbón, y el Conde Duque de Olivares, los filósofos Menipo y Esopo y
los enanos Sebastián de Morra y El Primo. El 22 de diciembre de 1778
se pusieron a la venta más a través de otro anuncio en el mismo
medio: el retrato de Baltasar Carlos a caballo y Los Borrachos.
Estos primeros grabados están realizados al aguafuerte, al contrario
que otras estampas de reproducción de la época que se hicieron a
buril. Goya, pintor por excelencia, consideró más adecuado utilizar
el aguafuerte para las copias de Velázquez, reforzando, en algunas
ocasiones, con toques de punta seca o buril.
Goya continuó trabajando en esta serie abriendo cinco planchas más
en las que el aguafuerte se completaba mediante la aplicación de
nuevos procesos: aguatinta, a veces bruñida, ruleta, y en ocasiones
toques de punta seca y buril. Las del Infante don Fernando y
Barbarroja pasarían a la Calcografla Nacional en 1792, siendo
editadas con posterioridad. Las tres restantes, Las Meninas, El
bufón don Juan de Austria y Ochoa o el alcalde Ronquillo, serían
desechadas por el artista debido a errores técnicos. Todos los
estudiosos de Goya hasta Harris habían considerado estas cinco
estampas inmediatamente posteriores a las anunciadas en 1778, pero
las últimas investigaciones de Vega apuntan la posibilidad de que
estén realizaclas hacia mediados de los años ochenta, época en la
que ya se había difundido en Madrid el uso del aguatinta y la
ruleta. Se conservan distintos dibujos preparatorios o relacionados
con las estampas a partir de cuadros de Velázquez. Los hay a tinta,
a lápiz, entre estos un ligero apunte del Príncipe Baltasar Carlos
recientemente descubierto en el verso de la prueba única de San
Isidro de la Biblioteca Nacional. Con todo ello, el conjunto más
significativo de dibujos es el realizado a sanguina, que se
corresponde con las estampas trabajadas con aguatinta en las que
Goya introdujo tal complejidad técnica que algunas de ellas se
echaron a perder. Existen dibujos en sanguina para el Infante don
Fernando, el Barbarroja, Las Meninas y El bufón don Juan de Austria.
Además se conocen otros dibujos en la misma técnica probablemente
preparatorios para estampas que no se llegaron a realizar: El niño
de Vallecas Francisco Lezcano, Felipe IV cazador, el Infante Don
Carlos, el Príncipe Baltasar Carlos cazador y el Aguador de Sevilla.
Este último conserva la huella de la plancha dejada en el papel al
pasar por el tórculo junto al cobre.
Harris estableció las ediciones de las estampas de Goya a partir de
la distinción de papeles, tintas, biselado de las planchas y
desgaste de las mismas. Este autor identificó tres ediciones para
las planchas conservadas en la Calcografía Nacional. Harris pensaba
que la primera (1778-1779) se había realizado en la Calcografía
Nacional, algo imposible pues en estas fechas no se había creado
esta institución, la sitúa la segunda entre 1815 y 1820, y la
tercera en 1868 ya que aparecieron anunciados formando dos grupos en
Los Caprichos publicados ese mismo año. Finalmente, establece una
cuarta edición (1920-1930) para el conjunto constituido por cinco
retratos reales a caballo y el del Conde Duque de Olivares.
Recientemente Nigel Glendinning ha publicado la documentación
conservada en la Calcografía Nacional sobre los grabados de Goya,
relacionando nueve tiradas para el grupo denominado Caballos y ocho
para las estampas más pequeñas conocidas como Láminas Chicas.
ESTAMPAS SUELTAS
Se han agrupado en este apartado trece aguafuertes que no forman
parte de ninguna serie y que Goya fue realizando a lo largo de su
vida. De su primera etapa, contemporáneos de las copias de
Velázquez, son dos grabados de muy distinto alcance. El primero, El
ciego de la guitarra, es la mayor de las estampas de Goya y se
relaciona con uno de los cartones para tapices realizados en 1778.
De composición piramidal, Goya no debió quedar muy satisfecho del
resultado y no llegó a publicarlo. Por el contrario El agarrotado es
una imagen de fuerza excepcional. La figura del agarrotado cuyo
dramatismo se incrementó con el claroscuro producido por el velón
fue una de las estampas más conocidas e influyentes de Goya a través
de sus cuatro ediciones, la primera de hacia 1778-80.
Contemporáneo de Los Caprichos es el Escudo de armas de Jovellanos,
una obra modesta, que debió servir para tarjeta de visita o de
ex-libris del ilustre asturiano y que es muestra de las relaciones
de Goya con el círculo de ilustrados de la capital. Mucho más
importantes son los dos paisajes que llevaría a cabo poco antes de
Los Desastres de la Guerra, ya que cortó por la mitad las dos
planchas para reaprovecharlas en los momentos de penuria de la
guerra. Son imágenes excepcionales dentro de la producción de Goya,
que apenas cultivó el paisaje puro. También de los años anteriores a
la guerra es Dios se lo pague a usted, cruel imagen de un ciego
cogido por un toro. Quedó inédita a la muerte de Goya y no se
publicó hasta 1867 en la Gazette des Beaux-Arts.
Hacia 1811 Goya llevó a cabo las tres estampas conocidas como los
Prisioneros (Tan bárbara la seguridad como el delito, La seguridad
de un reo no exige tormento, Si es delincuente que muera presto).
Sus títulos proceden de las pruebas de estado encuadernadas en el
álbum de Los Desastres que fue de Ceán Bermúdez (Londres, British
Museum) y son suficientemente expresivos de su temática: la
brutalidad de las cárceles y las torturas en la época. Son imágenes
sencillas, reducidas a la figura del preso en la celda, pero de
extraordinaria eficacia en la presentación de la crueldad y el
desamparo. Tampoco fueron editadas en vida de Goya.
El Coloso es probablemente la más extraordinaria de todas estas
estampas sueltas. Misteriosa imagen de un gigante sentado en un
desolado paisaje, debe relacionarse con el cuadro del mismo título
del Museo del Prado. Debió realizarse entre 1810 y 1818 y su
significación no está del todo clara. Puede aludir a Napoleón o a
Prometeo, o bien tratarse de una personificación de España. Su
técnica es excepcional dentro de la obra de Goya. Tradicionalmente
se consideró que se trataba de una mezzotinta. Sin embargo no parece
que Goya siguiese esta técnica, tan extraña a sus procedimientos,
sino que empleara una aguatinta bruñida. El resultado es parecido,
lo que explica la confusión, pero Goya no granearía la plancha por
procedimientos mecánicos sino sometiéndola a un baño de aguatinta y
actuando después con el bruñidor para ir sacando los blancos y dando
forma a la composición.
El último conjunto de estampas sueltas pertenecen al final de su
etapa de Burdeos, por lo que deben fecharse entre 1824 y 1828,
aunque tampoco fueron editados en vida de su autor. Han sido
llamados últimos caprichos, aunque no tengan ninguna relación con la
serie de 1799. Muestran la influencia de sus experiencias con la
litografía y por ello están hechas con contornos y trazos más
blandos. Tradicionalmente se incluían en este grupo siete estampas,
seis de ellas grabadas en los rectos y versos de tres planchas
conservadas en el Museo de Boston. Sin embargo Eleanor Sayre, a la
que seguiremos, desechó dos de ellas (El embozado y Maja sobre fondo
claro) y las consideró copias posteriores. De las que quedan, la
Biblioteca Nacional conserva tres: Cantor ciego, de aspecto
desagradable y postura próxima a la de los Prisioneros, Maja sobre
fondo oscuro, posible retrato de Leocadia Weiss, y Vieja y Viejo
columpiándose, figuras de siniestra jovialidad.
LOS CAPRICHOS DE GOYA
La publicación de Los Caprichos en 1799 supone el inicio de la
primera madurez de la obra de Goya. El pleno dominio de los recursos
del arte del grabado calcográfíco unido a la aparición de un
universo de imágenes profundamente original y novedoso hacen de esta
serie un verdadero hito en la transición del arte del Antiguo
Régimen al arte de la sociedad contemporánea. Las declaraciones del
pintor a lo largo de los años noventa en contra de la enseñanza
académica y a favor de la libertad del artista parecen encontrar en
esta serie de grabados su plasmación más acabada.
La génesis de Los Caprichos ha de buscarse en los dibujos que
realiza Goya en Andalucía entre los años 1796 y 1797. El llamado
Álbum de Sanlúcar o Álbum A, realizado durante su estancia en esta
localidad gaditana en compañía de la Duquesa de Alba, supone un
cambio de estilo respecto a sus dibujos anteriores. Mediante el
empleo de pincel y aguadas de tinta china Goya recoge escenas
cotidianas de su convivencia con la Duquesa y otros personajes de su
entorno, algunas de las cuales retomará en los grabados. Mayor
relación aún con Los Caprichos tienen los dibujos del inmediatamente
posterior Album B, también llamado Album de Madrid, aunque
seguramente fue comenzado en Cádiz. La primera mitad continúa en
parte la temática del álbum anterior, pero a partir de la hoja 55
aparecen imágenes de brujerías, caricaturas y máscaras acompañadas
de leyendas manuscritas que ayudan a comprender su significado. Son
ya numerosos los dibujos de este álbum que podemos considerar como
primeras ideas de la serie grabada.
El primer intento de trasladar todo este mundo iconográfico a
planchas de cobre puede rastrearse en el conjunto de dibujos
conocido como Sueños. Efectivamente Goya realizó al menos
veintiocho, algunos numerados, con la intención clara de utilizarlos
como dibujos preparatorios para grabados. De ellos la primera idea
del célebre Sueño de la razón estaba destinada a ser la portada con
el título de la serie: Ydioma universal. Sin embargo en un momento
indeterminado y sin que sepamos claramente los motivos Goya decidió
ampliar el número de estampas a ochenta y cambiar el orden. Era el
nacimiento de Los Caprichos.
El proceso de realización de las planchas no debió seguir el orden
final en que fueron publicadas. Primero se llevarían a cabo aquellas
directamente derivadas de Los Sueños, posteriormente las
relacionadas con dibujos a la aguada y a sanguina y por último las
que toman como modelo dibujos hechos sólo a sanguina. Estos dibujos
fueron trasladados a las planchas, humedeciéndolos y pasando ambos
por el tórculo de manera que quedase una imagen visible sobre la
plancha evitando el efecto de inversión habitual. El trabajo sobre
la plancha comenzaba con el trazado de líneas al aguafuerte,
continuaba con el entonado de las imágenes mediante aguatinta y
terminaba con retoques en seco mediante el uso de punta seca y
buril. Este procedimiento de trabajo queda ilustrado por dos pruebas
de estado antes del aguatinta de las estampas 1 y 5 (Boston, Museum
of Fine Arts; Washington, National Gallery, Rosenwald Collection)
Además de las pruebas de estado se conserva también una serie de
pruebas de edición en las que las imágenes están ya terminadas pero
los rótülos que las acompañan fueron depurándose progresivamente de
faltas de ortografía. Estas pruebas muestran los efectos de luces y
sombras pretendidos por Goya en toda su plenitud, ya que algunas
planchas, especialmente en las zonas tratadas con aguatinta y con
punta seca, se deterioraron rápidamente, incluso dentro de la
primera edición.
Acomienzos de 1799 la serie ya estaba terminada y el 17 de enero
firma un recibo de la venta de cuatro ejemplares a los duques de
Osuna. El 6 de febrero el Diario de Madrid anunciaba en su primera
página la venta de la colección en una perfumería de la calle
Desengaño, donde Goya vivía en ese momento. El texto, debido
probablemente a algún ilustrado del círculo de Goya (se han dado los
nombres de Ceán Bermúdez y de Moratín), explicaba la intencionalidad
de la serie: "la censura de los errores y vicios humanos" y prevenía
cautelosamente contra la identificación precisa de las imágenes con
personajes contemporáneos. Trece días más tarde se publicaba en el
Diario un segundo anuncio, más breve. Parece ser que se pusieron a
la venta unos 300 ejemplares que se vendieron muy lentamente, de
manera que cuatro años más tarde Goya regala las planchas junto con
los 240 ejemplares sobrantes al rey Carlos IV a cambio de una
pensión para su hijo Javier, quizá impulsado por miedo a la
Inquisición.
Si durante la primera mitad del siglo XIX la estampación y venta de
las planchas de Los Caprichos continuó a ritmo lento, el
renacimiento del interés por Goya a mediados de siglo hizo que las
ediciones se sucedieran a partir de ese momento. Harris, al que
seguiremos, distinguió doce ediciones hasta la última en 1937,
aunque algunos estudios recientes apuntan la posibilidad de un
número mayor de ediciones a lo largo del siglo XIX.
El novedoso e imaginativo universo de imágenes que Goya planteó en
Los Caprichos provocó numerosas interpretaciones desde el mismo
momento de su publicación. Existen varios comentarios contemporáneos
a la primera edición, entre los que destacan el que fue de la
colección del dramaturgo López de Ayala y otro en el Museo del
Prado, más una larga serie de comentarios posteriores, como los
conservados en la Biblioteca Nacional. Unos intentan identificar los
personajes mientras que otros insisten en dar un tono moralizador
más general a las imágenes.
Las exégesis modernas parten de los estudios de Sánchez Cantón que
estableció en 1949 los principales asuntos que aparecen en las
imágenes: viciosa educación, óptica del cortejo, gente de pro,
brujería, duendes. Es también importante la aportación de Edith
Helman quien llamó la atención sobre posibles fuentes literarias de
las estampas y valoró en toda su importancia los comentarios
manuscritos. Por su parte Lafuente realizó un índice de los temas de
la serie, en el que distinguía sesenta y tres aspectos que daban
cuenta de la diversidad temática del mundo goyesco.
Desde distintos ángulos todos estos autores, a los que hay que sumar
alguna aportación reciente, coinciden en señalar la complejidad del
mundo iconográfico de Los Caprichos. No obstante pueden señalarse
unos grandes grupos temáticos en los que pueden agruparse estampas
dispersas por la serie. En primer lugar y dado el evidente propósito
de "censura de errores y vicios humanos" encontramos estampas
alusivas al alcoholismo (Y se le quema la casa, nº 18), la avaricia
(Por qué esconderlos?, nº 30) o la coquetería (Hasta la muerte, nº
55). Los asnos protagonizan las estampas 37-42, siguiendo un tópico
ilustrado que contaba con antecedentes inmediatos como las Memorias
de la Insigne Academia Asnal ya señaladas por Helman. Encontramos
asnos profesores (Si sabrá mas el discípulo?, nº 37), melómanos
(Brabisimo!, nº 38), nobles (Asta su abuelo, nº 39), médicos (De que
mal morira, nº 40) y modelos de pintor (Ni mas ni menos, nº 41). La
última estampa de este grupo (Tu que no puedes), en la que los asnos
cabalgan a los hombres, enlaza con otro tema de raigambre medieval:
el mundo al revés, que también aparece en la estampa 57, Ya tienen
asiento.
Otra de las asnerías, la estampa 37, form. también parte de la
imágenes destinadas a censurar los defectos en la educación de los
niños. A este grupo pertenecen Si quebró el cántaro (nº 25), contra
los castigos excesivos; Que biene el coco (nº 3), sobre las madres
que atemorizan a sus hijos con fantasmas y El de la rollona (nº 4),
contra la mala educación de los nobles. Otro tópico ilustrado será
la sátira a los vicios del clero, tema que recorre toda la serie (nº
13, 53, 58, 74), pero que se agrupa especialmente en las tres
últimas estampas, dedicadas a la afición de los frailes a la comida
(Despacha, que dispertan, nº 79), la bebida (Nadie nos ha visto, nº
79) y la pereza (Ya es hora, nº 80).
Pero los dos asuntos en los que puede agruparse mayor número de
estampas son el cortejo y la prostitución, por un lado, y las
escenas de brujería, por otro. Las escenas amorosas dominan la
primera parte de la serie: matrimonios por interés (2,14), escenas
de cortejo (5, 6, 7, 27) y también representaciones trágicas de
violación y muerte (8, 9, 10). Las prostitutas protagonizan un
amplio conjunto concentrado sobre todo entre las estampas 15 y 36,
figurando unas veces como explotadoras de sus clientes (19, 20, 35)
y otras como víctimas (21, 22, 23, 24, 32, 34, 36). Entre estas
últimas escenas se encuentran varias imágenes de mujeres
encarceladas, que se sitúan entre las más hermosas y delicadas de la
serie.
Las imágenes de brujería predominan en la segunda mitad de la
colección. A partir de la estamp 43, la célebre El sueño de la razon
produce monstruos, un opresivo mundo de pesadilla invade la serie.
No es un conjunto cerrado y hallamos imágenes protagonizadas por
brujas y seres demoniacos que podrían incluirse en grupos ya
descritos. Asi junto a las brujas aparecen frailes (46-49) y asnos
(Miren que grabes!, 63). También hallamos escenas de aprendizaje
brujeril (Linda maestra!, 69), perversa inversión de una educación
correcta. Respecto a la fuente de estas imágenes, descartado por
cuestión de fechas el Auto de fe... publicado por Moratín que
propuso Helman, podemos inclinarnos por la tesis de Bozal de una
fuente múltiple, "mezcla de fuentes literarias y de los tópicos más
conocidos de la sabiduría popular, ridiculizada por Goya y sus
amigos".
LOS DESASTRES DE LA GUERRA
La Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas supuso
para España una fortísima convulsión. El contraste entre las
terribles masacres y destrucciones llevadas a cabo por el ejército
francés y las primeras medidas liberales y progresistas decretadas
por José I sumieron a los espíritus españoles más inquietos en un
mar de confusiones y contradicciones. Sin duda Goya, el ojo más
lúcido de la Europa del momento, fue quien mejor supo plasmar el
horror ante los sangrientos hechos bélicos sin dejar de reflexionar
sobre el Antiguo Régimen que comenzaba su imparable caída. Fruto de
estos años bélicos fueron algunos cuadros, como los célebres Carga
de los mamelucos y Los fusilamientos de la Moncloa, y, sobre todo la
serie de estampas Los Desastres de la Guerra.
El levantamiento contra las tropas francesas comenzó en 1808 y desde
el principio Goya vivió de cerca los dramáticos acontecimientos
tanto en Madrid, con la represión de las revueltas de mayo, como en
Zaragoza, adonde se trasladó en octubre de ese año llamado por
Palafox con objeto de "examinar las ruinas de aquella ciudad",
provocadas por el sangriento primer sitio. Sin embargo no fue hasta
1810 cuando Goya empezó a realizar las primeras planchas de Los
Desastres, ya que tres de las escenas (20, 22 y 27) llevan esta
indicación. El trabajo, compuesto por 82 estampas, se prolongaría
hasta 1815, momento en que ya habría empezado su siguiente serie, La
Tauromaquia.
Como del resto de los grabados, Goya llevó a cabo dibujos
preparatorios de la serie, la mayor parte a sanguina, conservados
hoy en el museo del Prado. Están realizados sobre papeles muy
diversos, como muestra la variedad de filigranas.
Por el ejemplar que perteneció a Ceán Bermúdez y ahora se encuentra
en el British Museum sabemos que el título que Goya quiso dar a la
serie fue Fatales consequencias de la sangrienta guerra en España
con Buonaparte. Y otros caprichos enfaticos, en 85 estampas.
Inventadas, dibuxadas y grabadas, por el pintor original D.
Francisco de Goya y Lucientes. En este álbum también se incluyeron
leyendas a lápiz en cada una de las estampas con títulos fuertemente
expresivos. Además se insertaron pruebas de los tres Prisioneros,
que Goya debió realizar hacia 1811.
Muchas de las estampas conservan una numeración distinta de la
definitiva en el ángulo inferior izquierdo. No parece que
correspondan al orden de ejecución ni a una primera ordenación de la
serie. Jesusa Vega ha apuntado la posibilidad de que se tratara de
una numeración funcional para el almacenamiento o estampación de las
planchas. El hecho es que Goya no editó la serie, probablemente
escarmentado por el escaso éxito de Los Caprichos y también por el
carácter fuertemente crítico de las últimas estampas de la serie,
completamente inadecuado en los tiempos de la represión fernandina.
Los medios técnicos empleados en la serie se vieron condicionados
por la penuria de materiales provocada por la guerra. Goya hubo de
recurrir al empleo de planchas ya grabadas, como muestran las
correspondientes a las estampas 13, 14, 15 y 1 6, en las que
reaprovechó dos planchas con paisajes partiéndolas por la mitad. En
las restantes utilizó materiales de mala calidad, tanto cobre como
barnices y resinas. Sin embargo Goya logró superar estas carencias
mediante una imaginativa utilización de los útiles a su alcance de
manera que encontramos una variedad de técnicas inusitada. A la
combinación básica de aguafuerte y aguatinta con retoques de buril y
punta seca, se añade ahora la utilización del lavis, es decir la
aplicación del ácido mordiente sobre la plancha con ayuda de un
pincel, con el que se lograban grises muy suaves.
Desde la marcha de Goya de la capital en 1824 las planchas
permanecieron en Madrid, en poder de su hijo Javier. En 1856 fueron
ofrecidas al estado por su propietario, Jaime Machén Casalins, y
seis años más tarde eran adquiridas por la Academia de Bellas Artes
de San Fernando. Para realizar la primera edición de la serie gran
parte de las planchas fueron alteradas, completando las líneas de
encuadre de las escenas, bruñienclo arañazos e incluso añadiendo
áreas de aguatinta (7) y retoques con punta seca (1, 77), buril (38)
o aguafuerte (43, 57). Además la estampación se realizó siguiendo el
gusto de la época por los efectos de entrapado, procedimiento en el
que se pasa una tela de muselina sobre la plancha ya entintada
dejando sobre la superficie cierta cantidad de tinta que provoca un
entonado general muy suave. El resultado quedó muy alejado de la
fuerza y luminosidad que pueden verse en las numerosas pruebas de
estado que se conservan.
El título da la serie fue también alterado respecto al que había
dado Goya en el ya mencionado álbum de Ceán Bermúdez, del que sí se
tomaron los títulos de las estampas. Solo se cambió el de la estampa
69, que de Nada. Ello lo dice, desolador mensaje del esqueleto que
se levanta de su tumba, pasó al más conformista Nada. Ello dirá.
De las ochenta y dos planchas grabadas por Goya únicamente se
incluyeron las ochenta primeras, ya que las dos últimas no estaban
en el lote adquirido por la Academia. Fueron descubiertas
posteriormente por Paul Lefort e ingresaron en la Academia en 1870,
aunque no se editaron hasta 1957. Todavía realizó Goya otra plancha
más, de la que sólo se conocía el dibujo preparatorio, titulado
Infame provecho (Museo del Prado) y una prueba (Boston, Museum of
Fine Arts). Muy recientemente ha aparecido otra más. Con
posterioridad a la primera edición se llevaron a cabo seis más, la
última en 1937.
Habitualmente se ha dividido esta serie entre una estampa
introductoria (1), cuarenta y seis dedicadas a los horrores de la
guerra (2-47), diecisiete, con escenas del hambre en Madrid (48-64)
y por último dieciséis estampas alegóricas llamadas caprichos
enfáticos (65-80), a las que habría que sumar las tres estampas no
publicadas con la primera edición.
La primera estampa, Tristes presentimientos de lo que ha de
acontecer, muestra una figura arrodillada y suplicante, patética
representación del hombre indefenso ante los terribles
acontecimientos que sucederán a continuación. Las escenas
consagradas a los horrores de la guerra son quizá las más
desgarradoramente originales del conjunto. Goya no se refiere a
sucesos históricos precisos ni retrata personajes concretos, con la
posible excepción de la estampa 7, Que valor!, alusiva quizá al
heroico comportamiento de Agustina de Aragón en la defensa de
Zaragoza. El protagonista de las restantes imágenes es la masa
anónima de soldados franceses, guerrilleros españoles y gente del
pueblo víctima de unos y de otros. Por primera vez en la historia el
artista se acerca en primer plano a la brutal realidad de la guerra.
Desaparece la distancia que ennoblecía las acciones bélicas, las
hacía heroicas y las situaba en el necesario devenir histórico. Todo
carece ahora de sentido. La guerra sólo es el marco propicio para
dar rienda suelta a los más bajos instintos humanos: la rapiña (16,
47), la violación (9, 10, 11,13), la tortura (31, 32, 33), el
asesinato (15, 26, 46), se suceden en un terrible crescendo cuyo
cenit se alcanza en las estampas 37 (Esto es peor) y 39 (Grande
hazaña! con muertos!), en las que las escenas de cadáveres empalados
y mutilados llegan a la máxima cota de horror. El resultado son
pavorosos montones de cadáveres (16, 18, 22, 23, 27), ante las que
sólo cabe el vómito (12), ya que para eso habeis nacido. Incluso las
labores caritativas que introducen algún consuelo en las más duras
guerras (6, 20, 24, 25) pierden sentido en los comentarios cínicos y
amargos de Goya (Bien te se está, Curarlos y á otra, Aun podrán
servir).
Desde la estampa 48 se desarrollan las escenas del hambre en Madríd,
aunque no existan alusiones concretas a escenarios de la ciudad.
Goya de nuevo trasciende y generaliza a todo el país la espantosa
hambruna que asoló la capital durante 1811 y 1812. Patéticas escenas
de mendicidad (48, 49, 51) alternan con los cadáveres en plena calle
(50, 51, 53, 58, 60), hasta que son trasladados a los cementerios
(56, 63, 64). También asoma una fuerte crítica contra la
insolidaridad de los poderosos frente a sus miserables vecinos, que
... son de otro linage (54, 53, 61). En las últimas dieciséis
estampas el lenguaje de Goya se transforma hacia un simbolismo no
siempre fácil de interpretar. Son los llamados caprichos enfáticos a
partir del álbum de Ceán. Las primeras (66, 67, 68) parecen tener un
sentido anticlerical, de crítica del culto a las imágenes y
reliquias, aunque no hay que excluir otros significados. La estampa
69, Nada. Ello dirá, que Goya pudo haber pensado como última de la
serie, es clave para la comprensión del conjunto. La imagen del
esqueleto que sale de la tumba con un papel en la mano en el que
aparece escrito "Nada", puede interpretarse como un síntoma de
incredulidad religiosa o, creemos que de manera más acertada, como
el mensaje que resume y explica los atroces acontecimientos antes
descritos. El dolor y el sufrimiento han sido inútiles. De nada han
servido la destrucción y la muerte en la regeneración de España.
Las estampas: 70-79 parecen referirse de forma directa a las luchas
entre liberales y absolutistas al terminar la guerra y al triunfo
final de Fernando VII y su camarilla. Las nuevas clases dirigentes
no saben el camino y sus intereses van contra el bien general. Son
representadas como vampiros (72), gatos (73), burros (74) o seres
monstruosos (71, 75), imágenes que recogen la influencia de la obra
Gli Animali Parlanti del poeta satírico italiano Giovanni Battista
Casti publicada en 1802.
Las dos últimas estampas forman un díptico que intenta poner un
punto de esperanza en la desoladora serie. La Verdad, es decir la
Libertad constitucional, ha muerto (79); pero permanece la esperanza
de que resucite (80). Un contraste similar entre una imagen positiva
y otra negativa plantean las dos estampas adicionales: la guerra,
Fiero monstruo, (81) y la paz, Esto es lo verdadero, (82).
LA TAUROMAQUIA
Debido a la creciente popularidad de las corridas de toros en el
siglo XVIII se empezaran a grabar escenas taurinas. Dejando de lado
algunas estampas sueltas, sin duda la serie más importante fue la
Colección de la principales suertes de una corrida. de toros
dibujada y grabada por Antonio Carnicero. Publicada en 1790, logró
una amplia difusión que traspasó las fronteras españolas mediante
las numerosas copias que se hicieron de ella.
Goya puso a la venta sus estampas taurinas a través de un anuncio en
el Diario de Madrid de 28 de octubre de 1816. Poco tiempo más tarde,
el 31 de diciembre del mismo año, aparecería un anuncio similar en
la Gaceta de Madrid.
La Tauromaquia de Goya, título con el que se la conoce desde
antiguo, se distingue de otras series de estampas de toros,
anteriores o posteriores, por sus características excepcionales. En
primer lugar, por la elevada cantidad de escenas publicadas, treinta
y tres, cuando lo normal son colecciones mucho más reducidas.
También hay que destacar la elaborada concepción del espacio que
Goya plantea en las imágenes, rodeadas por gruesas líneas de
enmarque. Los fondos de efectos pictóricos están conseguidos
mediante el magistral empleo del aguatinta, a veces llenos de
figuras y ocupados por la barrera, lo que permite una más clara
articulación de los elementos compositivos. Asimismo es frecuente el
desarrollo de escenas simultáneas en la arena y de fuertes
contrastes luminosos que acrecientan el dramatismo de algunos de los
grabados.
Existen dos ejemplares que se pueden considerar pruebas de edición.
Uno de ellos había pertenecido a Ceán Bormúdez y se conserva en la
actualidad en el British Museum. Tiene una portada manuscrita con
una anotación añadida por Valentín Carderera. Los números grabados
están raspados y los títulos manuscritos en una hoja difieren de los
publicados en la primera edición, al igual que el orden de las
estampas. Además incluye otras dos estampas, Modo de volar, que
formaría parte de Los Disparates y Dios se lo pague a usted, que
aparece con el título Bárbara dibersion. El otro ejemplar se halla
en la Public Library de Boston y tiene los títulos manuscritos de
mano de Goya en el borde inferior, más breves y sencillos que los
del álbum de Ceán o los de la hoja tipográfica que acompaña a
primera edición.
En cuanto al orden de ejecución de las planchas parece ser que no
coincide con el de publicación. Las estampas históricas que
encabezan la serie están grabadas en los versos de las planchas
desechadas por Goya en las que muestra escenas contemporáneas, por
lo que es lógico pensar que iniciara la colección con estas últimas.
Tampoco es seguro el periodo de tiempo en que se grabó la serie.
Según Carderera, fue comenzada en los primeros años del siglo XIX,
pero autores como Sayre se inclinan por un lapso de tiempo que va
desde mediados de 1814 hasta su publicación en octubre de 1916. En
cualquier caso, sólo hay tres planchas que se puedan datar con
seguridad y son las números 19, 29, 31, fechadas en 1815.
En el Museo del Prado se conservan la mayoría de los dibujos
preparatorios a sanguina, algunos con toques de aguada roja, que
presentan ciertas diferencias con la estampa, algo habitual en Goya,
quien siempre introducía novedades durante el proceso de grabado
respecto a la composición del dibujo.
Las planchas pertenecieron a los herederos de Goya. En 1855 se hizo
la segunda edición en la Calcografía Nacional. Al año siguiente, su
propietario, León Pérez Bobadilla, las ofreció en compra al Estado,
pero fueron rechazadas tras un informe negativo de la Real Academia
de Bellas Artes de San Fernando. Los cobres partieron para Paris,
donde Loizelet realizó en 1876 la tercera edición, con siete
estampas adicionales, grabadas en los versos de algunas de las
planchas, identificadas con letras de la " A" a la " G". A partir de
esta edición todas las posteriores constan de cuarenta imágenes.
Tras diversas vicisitudes, fueron adquiridas por el grabador Ricardo
de los Ríos, quien las trajo a España y se hizo cargo de la cuarta
edición, estampada en 1905 en la Calcografía Nacional, tras lo cual
volvieron a París.
Francisco Esteve Botey las compró en 1920 y posteriormente las
vendió al Círculo de Bellas Artes de Madrid. Esta entidad haría la
quinta edición (1921) y la sexta (1928), estampadas en la
Calcografía Nacional. Durante la Guerra Civil pasaron a esta última
institución, donde se realizó la cuidada séptima edición de 1937. La
Calcografía Nacional conservó en deposito los cobres hasta que
fueron adquiridos en 1979 por la entidad de que depende, la Real
Academia de San Fernando, haciéndose una octava y última edición en
1984.
Se conocen además otras cinco estampas inéditas de las que no se
conservan las planchas, sin duda realizadas para La Tauromaquia y
probablemente rechazadas por el artista: Descabello con toque de
pitón (prueba única en el Petit Palais de París), Temeridad de
Martincho, Un diestro entrando a matar, con un sombrero en lugar de
muleta, Ceballos montando un toro, poniendo un rejón y Un diestro
toreando de frente por detrás (prueba única en la Biblioteca
Nacional de Madrid).
Valerian von Loga fue el primer estudioso que puso en conexión las
estampas de La Tauromaquia con el libro de Nicolás: Fernández de
Moratin Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas
de toros en España, publicado en Madrid en 1777 y reeditado en 1801.
Enrique Lafuente Ferrari hizo una investigación más exhaustiva y
relacionó al menos los doce primeros grabados con el texto de
Moratín. Tras estudiar los títulos manuscritos por Goya en el
ejemplar de la Public Library de Boston, Sayre cree que Goya no pudo
hacer sus estampas para ilustrar la obra de Moratín aunque mantiene
la vinculación de algunas con el texto e indica una nueva relación
con la segunda edición de la Tauromaquia, o arte de torear á caballo
y á pie, atribuida el torero Pepe Illo, de 1804.
La Tauromaquia trata diversos temas relacionados con la fiesta.
Inician la serie las estampas históricas que reflejan los
antecedentes de las corridas (1-2), la intervención en actos
taurinos de moros (3-8, 12, 17) -anacrónicamente vestidos como los
mamelucos que Goya ya había pintado en el cuadro El 2 de mayo de
1808 en Madrid: la lucha con los Mamelucos-, el modo de torear de
caballeros antiguos (9) y emblemáticos personajes históricos como
Carlos V (10) o el Cid Campeador (11).
Delante de los grabados que representan acciones coetáneas de Goya,
hay una escena moderna, como indica la presencia del público tras la
barrera, pero en la que el rejoneador a caballo va vestido de época
(13). A continuación están los grabados dedicados a las faenas
realizadas por los toreros famosos de época de Goya: el estudiante
Falces (14), al que es poco probable que el artista conociera;
Martincho (15, 16), quien en una de ellas (18) presenta una curiosa
manera de entrar a matar sentado en una silla y en otra aparece
subido a una mesa dispuesto a saltar por encima del toro (19),
Juanito Apiñani con su espectacular salto de la garrocha (20); La
Pajuelera, un curioso personaje femenino, picando un toro (22); el
célebre Mariano Ceballos matando el toro desde el caballo (23) o
poniendo rejones montado sobre un toro (24), tema que se repetirá en
una litografía de la serie de Los Toros de Burdeos; Fernando del
Toro, conocido varilarguero (27); el picador Rendón (28); el famoso
Pepe Illo (29) o el matador Pedro Romero (30). Goya también refleja
la tragedia de la fiesta, con espeluznantes cogidas y el público
huyendo despavorido (21), terribles caídas de picadores y caballos
(26, 32) o la dramática escena que muestra a Pepe Illo muerto sobre
la arena (33), además de formas no convencionales de atacar a los
toros con banderillas de fuego (31) o echándoles perros (25), asunto
que Goya representará de nuevo en una litografía.
Los grabados ordenados por letras tratan escenas taurinas
contemporáneas de Goya, en algunos casos primeras versiones de los
publicados (A, C, E, F). Lo mismo sucede con las estampas inéditas
en las que vuelven a aparecer Martincho y Ceballos así como extraños
pases o faenas espectaculares.
LOS DISPARATES
Los Disparates o Proverbios son seguramente los grabados de Goya más
enigmáticos y que más problemas plantean. La serie no se publicó en
vida del autor y quedaron sin resolver cuestiones que van desde los
títulos, tanto de la serie como de cada estampa, a la cronología, la
ordenación y, sobre todo, la interpretación de este extraordinario
conjunto de imágenes. Lo que parece seguro es que se trata de la
última serie emprendida por Goya, que puede fecharse en un amplio
lapso de tiempo entre 18l6 y 1823 y que probablemente quedó
inacabada. Es posible que las primeras planchas de la serie sean
coetáneas de las últimas de La Tauromaquia, ya que incluyó en el
álbum que fue de Ceán Bermúdez (Londres, British Museum) una prueba
de estado del Disparate 13, Modo de volar.
Son años en los que el ambiente político es muy turbulento, primero
con la represión de Fernando VII y después con el breve paréntesis
del trienio liberal (1820-1823). Goya, muy mayor y con la salud
quebrantada, se aísla del mundo circundante en la Quinta del Sordo y
crea sus obras más misteriosas y personales: Las Pinturas Negras y
Los Disparates.
Se han hecho distintos intentos de datar con precisión la serie.
Algunos autores proponen fechas tempranas, hacia 1816-17, pero la
opinión mas extendida desde Beruete la sitúa hacia 1819. Lo cierto
es que cuando Goya marchó a Francia en 1824 dejó las planchas de Los
Disparates junto a las de Los Desastres en la Quinta del Sordo.
Todas ellas permanecieron en poder de sus descendientes hasta que en
1854 fueron adquiridas por Román Garreta, quien intentó editarlas,
aunque sólo se llegaron a estampar unas cuantas pruebas, Por último
llegaron a poder de Jaime Machén, que las ofreció al Estado en 1856,
pero no fue hasta 1862 cuando fueron adquiridas por la Real Academia
de Bellas Artes de San Fernando. Goya dejó veintidós planchas de Los
Disparates, pero en la Academia ingresaron sólo dieciocho, ya que
cuatro habían pasado al pintor Eugenio Lucas, probablemente hacia
1856.
En 1864 se comenzó la estampación de la primera edición de la serie
con el título de Los Proverbios. La tirada ascendió a trescientos
sesenta ejemplares y fue estampada en el taller de Laurenciano
Potenciano para la Academia. En este momento el título de la serie
no estaba nada claro. Los primeros que se habían ocupado de las
planchas (Carderera, Machén) se referían a ellas como Caprichos o
Caprichos fantásticos. Sin embargo en un momento impreciso surgió la
tradición de llamarlos Proverbios o Sueños y el propio Carderera los
denominó así en 1863.
Cuando comenzaron a aparecer pruebas de estado en las que Goya había
anotado los títulos de cada estampa se vio que la mayoría empezaban
con la palabra Disparate: Disparate femenino, Disparate ridículo,
Disparate volante, etc. Desde entonces suele considerarse Los
Disparates como el título más apropiado para la serie. Algo parecido
ocurre con la ordenación. La edición de la Academia dio un orden
arbitrario a las estampas, ya que no había elementos externos para
conocer cuál fue el orden planeado por Goya y tampoco podía
establecerse un orden lógico. Posteriormente se encontraron
distintas numeraciones manuscritas en pruebas de estado. Además una
de ellas lleva el número 25, lo que indica que este fue al menos el
número de estampas pensado por Goya. Se ha señalado también que la
nº 18 pudo ser concebida como frontispicio de la serie, con la
figura del propio Goya convertido en fantasma que abandona su
cuerpo. Sin embargo no es posible sacar conclusiones definitivas y
la cuestión del orden de la serie sigue abierta.
Con posterioridad a ésta se sucedieron distintas ediciones, todas de
dieciocho estampas. Harris distinguió nueve y, más recientemente
Glendinning amplió el número de tiradas a once, la última en 1937.
Las cuatro planchas que habían pasado a poder de Eugenio Lucas
salieron de España y en 1877 fueron publicadas por la revista
francesa L'Art. Hoy en día se conservan en una colección particular
de París.
Conocemos dibujos preparatorios para todas las composiciones excepto
siete, además de cinco dibujos que no fueron llevados a la plancha.
La mayor parte se conserva en el Museo del Prado. Están realizados
con pincel y aguada de sanguina y poseen una extraordinaria frescura
y libertad de concepción. Aunque Goya siempre alteraba los dibujos
al pasarlos a la plancha, en este caso las diferencias entre dibujos
y estampas son aún más acusadas que en otras series.
Técnicamente es una de las obras más cuidadas de Goya. Vuelve a
emplearse la combinación básica de aguafuerte para trazar el dibujo
de la composición y aguatinta, a veces bruñida, para crear efectos
lumínicos y volumétricos. Para los retoques se emplea el buril y la
punta seca.
Pero de todos los problemas que plantea la serie, la interpretación
iconográfica es con seguridad el que más bibliografía ha generado.
La falta de títulos seguros de las estampas unida al carácter
profundamente misterioso de muchas de las escenas ha disparado la
imaginación de todo el que se ha acercado a ellas con intención de
aclararlas.
Las primeras explicaciones (Yriarte, Lefort, Araujo) intentaron
encontrar significados concretos en cada una de la estampas,
insistiendo en aspectos de crítica social y de sátira de
acontecimientos políticos. Era una línea interpretativa ligada a la
consideración de esta serie como una continuación de Los Caprichos.
La radical modernidad de la serie hizo que artistas (Klee, Nolde) y
escritores (Huysmans) de las primeras vanguardias se sintieran
fuertemente atraídos por ella, surgiendo así un grupo de
interpretaciones muy subjetivas, que aclaraban más el credo estético
de quien las emitía que las propias estampas. Por este camino pronto
se llegó al psicoanálisis y a las explicaciones freudianas. Blamire
Young y Frederick S. Wight poblaron sus escritos de represiones
sociales y sexuales, de complejos de Edipo y de conflictos con la
figura paterna. Son también interpretaciones forzadas que
difícilmente explican las verdaderas intenciones de Goya.
Tampoco puede considerarse enteramente satisfactorio el intento de
volver al título de la edición de la Academia y considerar la serie
como ilustración de proverbios y refranes, en línea con una
tradición desarrollada especialmente en Flandes (recuérdese por
ejemplo Los Proverbios flamencos de Brueghel el Viejo en la
Gemäldegalerie de Berlín). Harris buscó refranes que pudieran dotar
de sentido a las imágenes y, aunque en algún caso pueden proyectar
cierta luz, en la mayor parte es difícil encontrar relación entre la
imagen y el refrán propuesto por Harris.
Más fructífera parece la linea que explora las relaciones de la
serie con las tradiciones carnavalescas. Iniciada por Gómez de la
Serna ha sido desarrollada por otros autores, especialmente por
Nigel Glendinning. Costumbres de carnaval son, por ejemplo, el
manteamiento (Disparate femenino, nº 1), los gigantes y cabezudos
(Bobalicón, nº 4, Disparate de miedo, nº 2), las máscaras y figuras
grotescas (Disparate desordenado, nº 7), etc. Incluso la prueba de
estado de la estampa 14 lleva el título manuscrito de Disparate de
Carnabal (Madrid, Biblioteca Nacional). En estas escenas aparecen
también elementos de crítica contra los estamentos clericales y
militares.
También hay que resaltar la presencia de animales: caballos (10,
20), toros (22), elefantes (21 ) y monstruos (5), que pueden
entenderse como símbolo de las pasiones humanas o como alegoría
política siguiendo la interpretación de G. B. Casti en Gli Animali
Parlanti, que Goya ya había utilizado en las últimas estampas de Los
Desastres.
Dentro de los aspectos de crítica social algunos autores han querido
ver una insistencia especial en la sátira contra la institución
matrimonial, fruto quizá de las circunstancias personales que estaba
pasando Goya, viudo pero conviviendo con una mujer separada,
Leocadia Weiss, con todos los problemas que esta situación podía
tener en la época. La pareja inseparable a su pesar de la estampa 7
(también conocida como Disparate matrimonial) trata un tema que ya
aparecía en el Capricho 75 (¿No hay quien nos desate?). El Disparate
pobre (nº 11) ha sido interpretado como una sátira del matrimonio
desigual, asunto también tratado en Los Caprichos (El sí pronuncian
y la mano alargan, Al primero que llega, nº 2). Las relaciones entre
viejos y jóvenes reaparece en el Disparate alegre (nº 12) y de nuevo
encontramos posibles alusiones a la problemática relación entre
sexos en el Disparate 16, Exhortaciones.
Sin embargo ninguna de estas interpretaciones aclara
satisfactoriamente el sentido del conjunto. La complejidad de las
imágenes parece desafiar cualquier intento racional de explicar con
palabras todo el cúmulo de sugerencias que generan. La libertad
expresiva de la que hace gala Goya a través de un lenguaje gráfico
de inusitada fuerza proporciona a la serie una dimensión universal y
atemporal que la aparta de significaciones concretas. No creemos que
Goya utilizase estas estampas como alegorías unívocas con un único
significado sino como imágenes abiertas llenas de connotaciones.
Quizá, como ya señalara Araujo, uno de sus primeros comentaristas,
el misterio de la serie es impenetrable y Goya se llevó con éI a la
tumba su significado último.
LAS LITOGRAFÍAS
La litografía, técnica basada en el rechazo del agua y la grasa y la
atracción de las distintas materias grasas, fue inventada en 1796 en
Munich por Aloys Senefelder. Su difusión por Europa fue rápida y el
primer establecimiento litográfico, dependiente del Depósito
Hidrográfico, se instaló en Madrid en 1819 a cargo de José Mª
Cardano, que se había formado en Munich y París. Goya, que aunque
era un anciano de setenta y tres años aún mantenía su curiosidad e
interés por cualquier procedimiento artístico novedoso, acudió a
este establecimiento para hacer sus primeros ensayos.
Las litografías realizadas en Madrid adolecen de fallos tanto en el
dominio que Goya tenía de la técnica como en los recursos
disponibles de piedras, tintas y papeles para una adecuada
estampación. El artista no debió quedar satisfecho de los resultados
obtenidos puesto que no hizo tiradas de ellas -algunas son pruebas
únicas- y muchas están retocadas a lápiz o tinta. Goya dio sus
primeros pasos en el procedimiento litográfico utilizando la tinta a
pluma y pincel y más tarde empezaría a trabajar con el lápiz.
Hay dos litografías que sin duda fueron creadas en Madrid. La vieja
hilandera dibujada a pluma y datada -Madrid, Febrero 1819-, presenta
la lineal figura de una anciana con una rueca y un huso. Duelo a la
antigua usanza, tinta litográfica a pluma y pincel, muestra una
sencilla escena con dos espadachines vestidos de época. De esta obra
se conocen un dibujo preparatorio en colección particular, otro
preliminar en el número 12 del álbum F y una prueba fechada -Madrid,
Marzo 1819- que perteneció a Lefort. También son de Madrid
litografías realizadas con tinta extendida a pincel: Expresivo doble
fuerza, para la que existe un dibujo preparatorio y La violación,
ejemplar único del Staatliche Museen de Berlín. Casi con toda
seguridad Infierno, prueba única de la Biblioteca Nacional, es un
ejemplo de intento fallido de reporte litográfico. El dibujo
preparatorio conservado en el British Museum de Londres tiene la
composición completa-, y hay otro estrechamente relacionado en la
Biblioteca Nacional de Madrid. Cuatro litografías de Goya tienen
estampados en los versos ensayos realizados por José Mª Cardano en
la misma técnica: un ejemplar de La vieja hilandera de colección
particular, las dos pruebas conocidas de Expresivo doble fuerza en
la Public Library de Nueva York y en la Biblioteca Nacional de
Madrid -en el caso de esta última se trata de una composición de
Ruinas- y otra, también de la Biblioteca Nacional, de Duelo a la
antigua española con un fragmento de la copia del cuadro de Murillo,
Niño espulgándose, del Museo del Louvre.
Todos los estudiosos coinciden en que las litografías anteriormente
reseñadas son de Madrid y Harris supone que fueron hechas a través
de reporte. El conflicto surge con El monje, único ejemplar en el
Staatliche Museen de Berlín realizado a pincel. Gassier-Wilson se
inclinan por pensar que es de Burdeos, mientras que Delteil, Harris,
Lafuente y Vega lo consideran de Madrid.
También hay diversidad de pareceres en cuanto al lugar y la fecha de
ejecución de algunas obras en las que Goya utilizó el lápiz De La
lectura, elaborada con lápiz, pincel y rascador, Beruete pensaba que
podía estar hecha en Madrid o en Burdeos. Otras autores la sitúan
sin duda en la ciudad f rancesa -Lafuente, Gassier-Wilson, Sayre,
quien apunta que podía retratar una escena íntima de Leocadia, la
compañera de Goya por esos años, con sus hijos-, mientras que
Delteil y Vega afirman que se realizó en Madrid. En cuanto a Toro
atacado por perros, lápiz y pluma, está conectada por el tema y la
forma de representarlo con la estampa 25 de La Tauromaquia. Para
Gassier-Wilson y Lafuente es de Burdeos aunque Velasco y Vega la
consideran de Madrid. Otras litografías sobre las que no hay acuerdo
acerca del lugar de realización son El sueño y Suerte de vara en el
campo, de las que la Biblioteca Nacional no conserva ejemplar.
En cuanto al resto de las litografías de Goya, existe unanimidad
entre los estudiosos del artista y todos las incluyen dentro del
período bordelés. Goya salió de España en 1824 y tras una visita a
París se instaló en Burdeos, donde entró en contacto con Gaulon
quien poseía un excelente taller litográfico, en el que realizaría
sus obras maestras en esta técnica: El vito, a lápiz, pincel y
rascador, que representa un baile andaluz y El duelo, estampa
relacionada con el dibujo número 58 del álbum G, en la que muestra
de nuevo el enfrentamiento entre dos hombres armados con espadas
mediante el lápiz y la tinta litográfica a pincel.
Finalmente, Goya realizó la mejor serie litográfica de tema taurino,
formada por cuatro estampas conocidas con el título genérico de Los
Toros de Burdeos. Con ellas alcanzó un completo dominio de la
técnica litográfica. El magistral manejo del lápiz y del rascador
para sacar los blancos, le permitieron elaborar escenas complejas,
llenas de figuras con fuertes contrastes luminosos y fondos
perfectamente trabados. Introdujo innovaciones en cuanto a la
ejecución ya que trabajaba las piedras en vertical y sobre caballete
como si fueran cuadros, como contaba Matheron en la biografía que
publicó sobre el pintor en 1858. En El famoso Americano Mariano
Ceballos Goya vuelve a representar al personaje de las estampas 23 y
24 de La Tauromaquia, en esta última montado también sobre un toro.
Bravo toro muestra el momento más trágico de la fiesta con una
espeluznante cogida, mientras que Dibersión de España recoge una
visión más popular con una capea de novillos en la que participan
numerosos personajes formando una composición circular. En Plaza
partida, con el ruedo dividido en diagonal por una valla, se
desarrollan dos escenas simultáneas, con una suerte de banderillas a
un lado y un torero entrando a matar a otro.
De Los Toros de Burdeos se hizo una tirada de 100 ejemplares, que
pasaron el registro del Dépòt Legal el 17 y 29 de noviembre de 1825
y el 23 de diciembre del mismo año. A través de dos cartas de Goya,
de 6 y 20 de diciembre de 1825, dirigidas a Joaquín María Ferrer,
exiliado español residente en París, se sabe que el artista español
pretendió comercializar estas estampas de forma anónima y a bajo
precio.
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Comentarios de
algunas de las obras de Francisco de Goya |
La tríplice
generación
Dado a conocer por Gudiol, con
el título Sagrada Familia, documentado entre los cuadros pertenecientes
a Pilar de Alcibar, de una partición hereditaria registrada en 1867,
donde figura con el número 8. Doña Pilar fue la segunda esposa del conde
de Sobradiel, heredero a su vez de parte de los bienes de Juan Martín de
Goicoechea, el prócer y amigo de Goya, quien le cita varias veces en su
correspondencia con su íntimo Martín Zapater.
En cuanto a su título actual,
asumido por Gudiol abreviado del que lleva en aquella partición de La
Sagrada Familia y el Padre Eterno, es evidente que no corresponde con la
escena representada, en la que vemos al Padre y a la familia de Nazaret,
pero también al Paráclito, a San Joaquín y a Santa Ana. Así junto a
Jesús Niño, Jehová y al Espíritu en su gloria, vemos a la Virgen y a sus
padres y a San José, esto es la Triple Generación, tan en boga en la
devoción cristiana postridentina.
La atribución de Gudiol, basada en tal procedencia y en la que supuso
precedente, le indujo a datar esta obra hacia 1768-1769, que fue seguida
unánimemente. Con motivo de su primera exposición en 1986 (Goya Joven,
1986), hacíamos en la correspondiente ficha del catálogo adelanto de tal
fecha hasta 1764-1766, al poder precisar que el aprendizaje de Goya
junto a Bayeu -que se había supuesto iniciado en aquellos años- había de
adelantarse a 1763, de acuerdo con la propia declaración del pintor , si
bien en aquella publicación hacíamos explícita nuestra opinión de que
era una fecha conservadora, a la vista de los caracteres luzanescos que
aparecían en ella y los aún evidentes del destruido relicario de
Fuendetodos. En los diez años transcurridos desde entonces, nos parece
que aún habría que atrasar tal data hasta 1760-1763, fechas documentadas
como el período de cuatro años, iniciado a los trece de edad, que duró
su estancia y escolaridad con José Luzán, según los datos facilitados
por el propio Goya.
Es fácil apreciar actualmente
aquella influencia, sin omitir las huellas rastreables en este cuadro y
en el considerado su pareja La aparición de la Virgen a Santiago - de
parecidas medidas y procedencia- del fresco que en la bóveda de la Santa
Capilla del Templo del Pilar realizó Antonio González Velázquez en 1752,
influencia reconocible también en la obra de Francisco Bayeu. No quiere
con esto decirse que en este cuadro no esté patente y reconocible de
manera terminante la personalidad arrolladora, aunque incipiente, del
futuro Goya.
Si la figura del ángel que
sostiene la nube sobre la que aparece Jehová es un fiel trasunto de la
que lleva la columna en La venida de la Virgen a Zaragoza, obra de Luzán
en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País datable en
fechas próximas a 1763, no es menos cierto que algunas de las cabezas
que vemos en el cuadro de Goya, aunque aprendidas de Giaquinto, quizás a
través de Antonio González Velázquez a quien visitó en Zaragoza en 1753,
no sólo presentan una ejecución personal de Goya, sino que éste las
conservará en su memoria y las transcribirá, con la evolución lógica de
los años, durante toda su vida. Nos referimos especialmente tanto a la
de Dios Padre, como a la de San Joaquín, - que se hallan idénticas en
las pinturas subyacentes al haberse reutilizado los lienzos bajo la
Celestina y su hija de la colección March y, lo que no es menos
interesante, bajo el Bautismo de Cristo. José Manuel Arnaiz. 1996
La Virgen del Pilar
Fue ofrecido, conjuntamente
con el cuadro que representa La muerte de San Francisco Javier, a la
Real Academia de Bellas Artes de San Luis por una descendiente materna
de Goya: Manuela Lucientes.
Las primeras referencias al
respecto se localizan en las actas de la sesión celebrada en la Academia
el 27 de diciembre de 1925. La propuesta de adquisición fue hecha por el
académico Alfredo Llatsé. Con posterioridad, en el libro de actas del
Patronato del Museo de Zaragoza, en sesión de 11 de abril de 1926, se
recoge el informe emitido el 16 de noviembre de 1925 por Joaquín
Pallarés y Luis Gracia avalando el interés de ambos cuadros para la
Academia y el museo. A raíz de dicho informe la Junta del Patronato del
museo presidida por Mariano Pano, "acepta la adquisición de tales obras
en doce plazos con cargo a la consignación de la Diputación Provincial
en la parte que no afecta al personal del Museo". El importe total
ascendió a 6.000 pesetas que se pagaron en 12 plazos de 500 pesetas.
En el informe antes aludido de
los pintores Pallarés y Gracia Pueyo se hacía alusión a "dos bocetos"
procedentes de la familia de Francisco de Goya que representan La
aparición o glorificación de la Virgen del Pilar y el segundo La
invención en Galicia del cadáver del Apóstol Santiago. Esta confusión
iconográfica referida a la segunda obra se ha venido arrastrando en la
documentación del Museo hasta el catálogo de 1976. Ambos académicos
aluden a "los geniales rasgos, que en ellos se advierten, por sus
atrevimientos e incorrecciones" como argumento a lo indudable de su
autoría y justifican su adquisición en homenaje al pintor de Fuendetodos
"cuya muerte deseamos conmemorar en su primer centenario". La primera
referencia impresa será pues la del catálogo de la Exposición de Obras
de Goya y de obgetos que recuerdan las manufacturas artísticas de su
época, que en 1928 se celebró en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, y
en el que aparecen referenciados con los números 462 y 463 haciendo
alusión a la venta realizada por Manuela Lucientes como descendiente de
Goya, que los poseía en Zaragoza.
Representa la imagen de la
Virgen que se venera en la Basílica del Pilar de Zaragoza. Se trata de
un cuadro de devoción que el artista pintó para su familia y en él se
refleja toda la sencillez popular de la estampa religiosa, destinada al
culto piadoso. La iconografía de María sobre la columna es la
convencional, algo más esbelta que el modelo real, y centra la
composición quedando enmarcada por un nimbo de luz al que se asoman
grupos de ángeles. En un primer plano tres ángeles acuden hacia la
columna y en sus manos ondean sendos paños de color rojo y azul
recortándose sobre nubes de tonalidad oscura, de las que emerge la
columna continuando la misma gradación cromática. En un segundo plano la
Virgen se recorta sobre un haz de luz que ella misma irradia. El
tratamiento minucioso y detallado del manto y sus pliegues, sujetos por
la mano derecha, así como la actitud realista del Niño contrastan con el
tono abocetado que en general domina en el cuadro. Grupos de querubines,
con un tratamiento muy característico de Goya, se van diluyendo en un
círculo de luz de ricos matices cromáticos. En muchos aspectos de
colorido y atmósfera se pueden relacionar con el trabajo que lleva a
cabo en la bóveda del Coreto del Pilar.
En el Cuaderno italiano
aparece un apunte, trazado a lápiz negro, que se corresponde con esta
obra. Cronológicamente hubo de ser realizado con posterioridad al boceto
del cuaderno, por lo tanto a partir de 1770 que es cuando comienza a
hacer uso del mismo en Italia. Tanto éste, como el cuadro de San
Francisco Javier, están concebidos en un mismo momento y para un destino
concreto, la devoción familiar, por lo que parece lógico pensar que
fueron realizados a su vuelta de Italia en 1771, durante la estancia
zaragozana anterior a su partida hacia Madrid en enero de 1775.
La devoción del pintor hacia
la patrona de Zaragoza, la Virgen del Pilar, queda claramente reflejada
en una carta que dirige a su amigo Zapater en el mes de julio de 1780,
conservada en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, en la que
textualmente dice: "Para mi casa no necesito muchos muebles, pues me
parece que con una estampa de Nuestra Señora del Pilar, una mesa, cinco
sillas, una sartén, una bota y un tiple y asador y candil todo lo demás
es superfluo".
María Luisa Cancela Ramírez de Arellano. 1996
La maja desnuda
La primera mención que se
tiene de su existencia es la cita del diario del grabador y académico
Pedro González de Sepúlveda, de 1800, que la menciona en la colección de
Godoy. En 1808, a raíz del Motín de Aranjuez y la abdicación de Carlos
IV, el nuevo rey Fernando VII ordenó secuestrar los bienes del favorito.
La sucesiva invasión francesa impidió llevar a cabo el inventario de los
bienes y todo permaneció depositado en el "almacén de cristales" de la
Real Academia de San Fernando de Madrid. Restablecida la Inquisición por
el monarca al recuperarse la libertad, aquella confiscó el cuadro que
seguramente estuvo en poder del Santo Oficio, hasta su definitiva
desaparición. De nuevo fue llevado a la Academia y se colocó en una sala
oscura, cerrada al público hasta fines del XIX. Ingresó en el Prado en
1901 y aparece citado en el catálogo de 1910 por primera vez.
Las famosas "majas" de Goya
son obras míticas y polémicas, tanto por la fecha de su realización y la
figura que reflejan, como por su primer propietario conocido, el destino
que tuvieron y las críticas que han suscitado. Se han relacionado
tradicionalmente con la duquesa de Alba, aspecto muy discutido también.
En efecto, ni el rostro del personaje ni la actitud ni las fechas
posibles parecen concordar, pero el enigma se mantendrá en tanto no
aparezca una prueba fehaciente a favor o en contra de los orígenes de su
creación y de los personajes que las suscitaron en todos los sentidos.
En ambas figuras sorprende la
extraña cabeza, casi de maniquí, inexpresiva y pegada de manera ilógica
a un tronco, con el que no parece tenga mucho que ver (las radiografías
no indican que exista otra debajo del rostro). La fecha de realización
parece que está entre 1797 y 1800. La técnica de la presente pintura
recuerda obras goyescas anteriores a 1795 e incluso, precisando más,
hacia 1790; en cambio la de la "vestida" parece algo posterior a 1800,
entre 1802 y 1805. En ambos casos la datación se basa en el análisis de
pinceladas, colores y modelado. ¿Acaso se encargó la segunda para
ocultar a la primera? ¿Es el cuerpo de la desnuda el de la duquesa
Cayetana? ¿Estuvo inicialmente en la colección de los Alba y al obtener
Godoy la pintura ordenó éste al artista hacer la vestida? Las incógnitas
no harán más que aumentar el interés por tan peculiares piezas. Tal vez
se trate de una representación de la célebre Pepita Tudó, amante del
valido con quien mantuvo peculiares relaciones, que llevaron a la dama
incluso a ser ennoblecida años después: en 1807 recibió el condado de
Castillofiel y contrajo matrimonio con Godoy en 1829, a la muerte de la
condesa de Chinchón, esposa de éste.
Una cuestión que no se
descarta es el hecho probado de que Goya buscase inspiración en el
cuerpo de la duquesa de Alba para hacer desnudos femeninos tal y como
cabe observar en el Álbum A ejecutado en Sanlúcar de Barrameda en la
finca de la famosa dama; de hecho el cuerpo de la desnuda no se
encuentra lejos del ideal de belleza femenina que la aristócrata
encarnaba: tipo fino y elegante, huesos menudos, cintura breve y senos
turgentes y distanciados.
Curiosamente Goya fue
convocado por la Cámara Secreta de la Inquisición de Madrid para
reconocer ambas obras, declarar si eran suyas, indicar el motivo de su
creación y por cuenta de quién. Aquello ocurrió en 1815 pero nunca se ha
sabido si Goya llegó a precisar todos estos extremos o no; sea lo que
fuere, las incógnitas no han dejado de plantearse al respecto.
Posee una calidad tersa y
aporcelanada, casi de esmalte; su concepto de perfección anatómica tiene
más de obra académica que de mujer de carne y hueso. Nacarada y casi
transparente, contrasta con el lugar tan exquisito donde se halla
tendida, en el que brillan los blancos y azules con fina intensidad. Es
casi neoclásica por su sentido escultórico y aunque responde al tipo
femenino habitual en la producción de grabados y dibujos del maestro, es
lo menos "goyesco" que pintó.
Juan J. Luna. 1996
La Maja Vestida
El lienzo, que mantiene
estrecha relación de dependencia con el anterior, posee una historia
similar; sin embargo, a diferencia de la "desnuda", ésta se expuso al
público en los salones de la Academia de San Fernando, pasando
análogamente al Prado en 1901.
Respecto de la desnuda, es de
técnica más abocetada, libre y avanzada, indudablemente goyesca en el
sentido estricto de la expresión. La vibración de color, la delicadeza
de los ropajes y la manera de acusar el cuerpo bajo las telas la hace
más atractiva e incluso incitante, respondiendo a la feliz definición de
la condesa de Pardo Bazán, quien la llamó "más que desnuda". Los
transparentes volantes de los almohadones, el breve bolero amarillo o la
faja rosada, son dignos de mención entre la riqueza cromática que Goya
desplegó a lo largo de su vida.
Hacia 1800, cuando González de
Sepúlveda visitó la casa de Godoy, no debía haber sido pintada aún y lo
sería antes de 1806, año en que la privilegiada relación profesional
entre el artista y el favorito concluyó. Curiosamente, al referirse a la
"desnuda" el crítico antes mencionado, y a ambas obras el agente francés
Quilliet en 1808, las opiniones acerca de la falta de interés y baja
calidad de los dos lienzos fueron coincidentes.
No se trata de un tipo de
"maja" popular en términos típicos, si se comparan atuendo y figura con
las de las protagonistas de tantos cartones de tapicería; no obstante,
tampoco hay una visión distinguida acorde con los cánones de la época,
ya que el ropaje está a mitad de camino entre la indumentaria de las
"damas principales" y el atuendo de las clases menos atendidas por la
fortuna, aunque con una dignidad de porte sumamente especial.
En cuanto a las inspiraciones
para ambas son muchas las opiniones emitidas; éstas van desde la Venus
del espejo de Velázquez hasta las figuras femeninas desnudas de Tiziano,
tanto las que se denominan Venus y el Amor o Venus y la Música, como el
desnudo del primer término de La bacanal. Conviene señalar a modo de
explicación complementaria que los dos cuadros, a pesar de sus
singularidades y limitaciones, suponen el punto de partida de una nueva
manera de concebir la imagen femenina: retadora, sin recato, en una
especie de exhibición, con los brazos por detrás de la cabeza y en un
modo de postura, reflejo de un cuerpo relajado pero atento que rebasa el
aparente candor del mundo de Giorgione y del joven Tiziano para
adentrarse en la expresividad más madura y consciente del segundo, que
puede pasar de la gracia y el reposo de su fase inicial a la sensualidad
y la inquietud de la plena madurez visible en la Danae.
Aparte de ello cabe destacar
que no existe la anécdota, no hay narración apreciable, evidenciándose
la pareja de majas como la mujer en esencia, que busca ser admirada y
deseada valorándose el atractivo de su cuerpo, "desnuda" o "vestida", en
detrimento del interés del rostro reducido a una pura máscara,
esquemática y vulgar, lo que resulta todavía más peculiar en un artista
que como Goya llevó a cabo algunos de los más distintivos retratos de la
historia.
Juan J. Luna. 1996.
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Otras consideraciones
sobre estas dos obras magnificas de Goya |
Las Majas se pueden considerar
las obras maestras de Goya, tanto por la leyenda que existe a su
alrededor como por las propias imágenes en sí. Hay que advertir que le
causaron problemas con la Inquisición en 1815, de los que le libró
alguien con poder, quizá el Cardenal don Luis de Borbón o, en último
término Fernando VII, a pesar de que la relación entre ambos no era
buena. La Maja Vestida tiene menos fama que la Maja Desnuda, pero no
deja de ser igual de bella.
Es una mujer de la
aristocracia, por su traje de alto copete, tumbada en un diván sobre
almohadones, en una postura claramente sensual porque se lleva los
brazos detrás de la nuca. La pincelada empleada aquí por Goya es más
suelta, más larga que en su compañera, lo que hace pensar que sería
posterior. El colorido de tonalidades claras aumenta la alegría de la
composición.
Alrededor de estas obras
existen muchos aspectos legendarios; siempre se ha considerado que la
representada es la Duquesa de Alba, por la estrecha relación entre
ambos, a pesar de que el rostro haya sido reconstruido por el pintor
para dar mayor enigma al asunto. Incluso el propio Duque de Alba decidió
exhumar los restos de su antepasada, en 1945, para probar lo incierto de
la leyenda.
El primer director del Museo del Prado afirmó que la modelo era una
protegida del padre Bari, amigo del artista, pero la opción que adquiere
mayor credibilidad es que fueron encargadas por Godoy, valido de Carlos
IV y hombre más poderoso de aquellos días, para decorar su gabinete,
instaladas con un mecanismo de muelles que permitía el intercambio de
ambos cuadros dependiendo de la visita. La Venus del espejo de Velázquez
y una Venus de la Escuela italiana del siglo XVI serían sus compañeras.
Para muchos espectadores, la Maja Vestida es más atractiva que su
compañera por lo ajustado de sus vestidos y la postura provocativa, ya
se sabe que muchas veces resulta más erótico insinuar que mostrar.
La Maja desnuda es la primera figura femenina de la historia de la
pintura que muestra el vello púbico, poniendo de manifiesto su
originalidad. Además, no es ninguna imagen mitológica sino una mujer de
carne y hueso, una imagen moderna como más tarde haría Manet en su
Olimpia. Por eso, la Maja desnuda tiene tanto éxito entre los numerosos
visitantes del Museo del Prado, junto a su compañera, la Maja Vestida.
Sobre ella se ha escrito una ingente cantidad de líneas que no han hecho
sino aumentar la incógnita de su realización. En 1800 aparece citada en
el gabinete de Godoy, por lo que sería anterior a esa fecha. Los tonos
verdosos y blancos empleados por Goya corresponden a los utilizados en
las obras de los últimos años del siglo XVIII, como los retratos de
Jovellanos o de Josefa Bayeu. Algunos especialistas adelantan su
ejecución hasta la época de los Duques de Osuna y sus hijos. Pero ahí no
quedan las incógnitas, ya que también desconocemos quién las encargó.
Todo hace apuntar a que ambas Majas fueron encargadas por Godoy para
decorar su despacho junto a la Venus del espejo de Velázquez y otra
Venus de la Escuela veneciana del siglo XVI, manifestando el gusto del
valido de Carlos IV por las pinturas de desnudos femeninos, así como su
poder, debido a la persecución que conllevaban estas obras, pero Godoy
no tenía nada que temer; era el hombre más poderoso del país. También se
apunta la posibilidad legendaria de que la Maja sea la Duquesa de Alba,
Doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, a
quien Goya estaba estrechamente unido desde que enviudó ésta y se
trasladaron juntos a Sanlúcar de Barrameda. Bien es cierto que su rostro
no corresponde al de las Majas, pero es evidente que los rostros son
estereotipados, como ya hacía en los cartones para tapiz, precisamente
para que no fuera reconocida. Incluso se ha llegado a decir que es el
rostro de la Duquesa visto desde abajo. El Duque de Alba exhumó los
restos de su antepasada en 1945 para intentar restar veracidad a esta
leyenda porque el cuerpo de la Maja sí corresponde con el de Doña
Cayetana, con sus huesos pequeños, su cintura de avispa y sus grandes y
separados senos. La postura provocativa de la Maja podría incluso
sugerir que se trata de una prostituta de alto postín, que se ofrece al
mejor postor. La mirada pícara y atrayente puede reforzar esta idea.
La Inquisición mandó comparecer a Goya ante sus tribunales por haber
pintado las Majas y los Caprichos, pero curiosamente el asunto fue
sobreseído gracias a la intervención de un personaje poderoso, quizá el
Cardenal don Luis de Borbón o, en último término, el propio Fernando
VII, con quien el pintor no mantenía muy buenas relaciones, todo sea
dicho.
Pictóricamente, es una obra en la que destacan los tonos verdes, en
contraste con los blancos y los rosas. La pincelada no es tan larga como
acostumbra el artista, a excepción de los volantes de los almohadones,
mientras que la figura, situada en primer plano, estaría realizada con
mayor minuciosidad, en un enorme deseo de satisfacer al enigmático
cliente que encargó las obras.
Retrato del Conde de Fernán Núñez
Es éste, sin duda, uno de los
retratos más efectistas y espectaculares de los pintados por Goya. El
personaje representado es Carlos Gutiérrez de los Ríos y Sotomayor,
nacido en Lisboa el día 3 de enero de 1779, hijo del VI conde de Fernán
Núñez, Carlos, y de María de la Esclavitud Sarmiento de Sotomayor. Murió
a los 43 años de edad a causa de una caída de caballo, dejando tras de
sí una compleja y apasionada biografía, tanto privada como pública.
Muy joven se casó con María
Vicenta Solis Vignancourt Lasso de la Vega, duquesa de Montellano. Al
parecer este matrimonio fue muy infortunado y sus relaciones bastante
difíciles, abandonando el conde a su esposa para irse a ocupar la
embajada de Londres. Hijo de embajador y embajador él mismo, desempeñó
cargos diplomáticos importantes, en el Congreso de Viena, en París y en
Londres. Muy amante del lujo, demostró siempre gran inclinación por la
pompa y el boato cortesanos. Su gran habilidad diplomática le granjeó la
simpatía y el favor de Fernando VII, que lo convirtió en duque del mismo
título, siendo el último conde y el primer duque de Fernán Núñez.
El carácter alegre, simpático
y jacarandoso del noble, lo capta Goya pintando uno de sus retratos más
logrados, haciendo destacar la elegancia, el estilo y el porte garboso
del conde, imprimiéndole también toda la gracia y picardía de un
personaje popular. Lo sitúa ante un paisaje abierto de vegetación baja y
luminosos celajes, que hacen destacar la rotunda y erguida figura del
personaje, que con una postura un tanto napoleónica y desafiante, apoya
con fuerza sobre el suelo sus pies casi en ángulo recto. Hay en la
concepción de esta pintura un cierto regusto velazqueño, pasado por el
hábil tamiz de Goya. La figura, que se recorta ante nosotros con
arrogancia, va envuelta en una capa que le confiere un aire garboso y
español, lleno de altivez. El pintor deja ver por la amplia abertura de
la capa, una pierna fuerte, rotunda y bien modelada, que enfunda en
calzón blanco-cremoso y sirve de contrapunto a los tonos negros de botas
y capa. Muy hábil la disposición de las manos en gesto de sostener el
embozo, del cual surge la camisa y la elegante corbata blanca y sedosa
que envuelve su cuello hasta la misma barbilla. La cabeza es altiva y va
cubierta con un gran sombrero negro adornado con un leve airón en tono
oscuro. Bajo el tocado sobresalen los rizos de la cabellera y las largas
patillas que enmarcan el rostro racial y de corte aristocrático del
conde, bien dibujado y resuelto con un modelado firme a la par que
delicado, en el que juegan papel importante las transparencias y suaves
sombreados. Son finas las líneas que dibujan la boca, la nariz y los
ojos que, bajo las pobladas cejas, confieren al rostro un cierto encanto
y atractivo viril. Toda la figura rezuma gracia, salero y simpatía en la
arrogante actitud del caballero, en su prestancia y noble porte. Es un
hermoso retrato en el cual Goya no ha escatimado esfuerzo alguno, para
representar tanto la prestancia y juventud del conde, que tiene 24 años,
como el soberbio paisaje ante el cual lo sitúa. Este retrato forma
pareja con el siguiente, que es el retrato de su esposa. Antonio Fortún
Paesa. 1996
Retrato de la Condesa de Fernán Núñez
Pareja del cuadro anterior y
no menos espectacular por su brillantez, color y magnífica ejecución. La
dama aquí representada es María Vicenta de Salís Vignancourt Lasso de la
Vega, duquesa de Montellano y del Arco, hija del V duque de Montellano,
teniente general del ejército y casado con la marquesa de Anta. Nació el
año 1780, y siendo muy joven se desposó con el conde de Fernán Núñez el
año 1798. De ese matrimonio nacieron dos hijas, Casilda, que murió
siendo niña, y Francisca, que se casaría con el conde de Cervellón.
Poco feliz fue la duquesa en
su matrimonio, ya que su amor fue poco correspondido por su marido, el
cual la abandonó por la que fue el gran amor de su vida, Fernanda
Fitz-James Stuart. Muy joven enviudó la desdichada duquesa en 1822, y
casóse |