Nació en 1541 en Candía, capital de la
isla de Creta. Sobre los primeros años de su vida y su formación
no se sabe nada con certeza, sólo que vive en Creta, donde se
hace pintor. La primera noticia documentada es de 1566. En 1568
se encuentra en Venecia, desplazándose a Roma dos años después,
ciudad en la que conoce al miniaturista dálmata, Giulio Clovio,
que se encuentra al servicio del cardenal Alejandro Farnesio. En
1570 Clovio escribe una carta a su mecenas recomendando a El
Greco para que lo tomara a su servicio.
En 1572 fue admitido en la corporación de pintores romanos, la
Academia de San Lucas, en la que es inscrito como miniaturista.
Pocas noticias más se conocen de su actividad artística de este
momento, es evidente que la carrera italiana, en el mejor de los
casos, fue de un éxito moderado.
En España aparece documentado por primera vez el 2 de Julio de
1577. No están nada claras las razones precisas por las que
abandona Italia, pero está claro que pensaba conseguir los
importantes encargos que no había obtenido en Roma. Su principal
objetivo era entrar en la Corte y pertenecer al círculo de
pintores protegidos por el rey Felipe II, que se encontraba
reclutando pintores para la decoración de El Escorial. En su
decisión de trasladarse a España, tuvo que ser determinante la
influencia del eclesiástico español, Luis de Castilla, con el
que había trabado amistad en Roma. Cuando El Greco llega a
España éste le ayuda, consiguiendo el encargo de tres retablos
para la iglesia de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, e
igualmente parece probable su mediación para que le fuera
encargado el cuadro El Expolio para la sacristía de la catedral
de Toledo. Con estas obras El Greco establece una reputación muy
favorable en la ciudad, que va a conservar hasta el fin de sus
días.
En 1583 presenta en la corte su obra El Martirio de San
Mauricio, que es rechazada por el rey, con lo que el artista
abandona sus intentos de convertirse en un pintor de Corte,
estableciéndose definitivamente en Toledo, ciudad donde ejerce
toda su actividad. Poco después de llegar a Toledo, entabla
relación con una mujer, Jerónima de las Cuevas, con la que tuvo
un hijo, Jorge Manuel, que estudió pintura y escultura y que
hacia 1600 comienza a trabajar con su padre.
En Toledo, El Greco frecuentará la compañía de eruditos, poetas
y sacerdotes, más que la de los pintores. Poseerá una pequeña
biblioteca de libros en griego, italiano y castellano, y se hará
famoso por su vivo ingenio y su inteligencia (aunque también por
su orgullo y su arrogancia, hecho que en numerosas ocasiones
provocaba desavenencias con sus clientes). Murió en Toledo en
1614.
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Valoraciones de la obra de El
Greco |
A lo largo de los siglos la
apreciación de la obra de el Greco ha sufrido diferentes
consideraciones. Durante los dos siglos siguientes a su muerte
fue considerada como la producción de un excéntrico, descaminado,
que merecía un lugar marginal en la Historia del Arte. Sólo a
partir de mediados del siglo XIX, críticos y artistas comienzan
a reinterpretar y redescubrir su pintura.
Para los escasos contemporáneos que escriben sobre él, El Greco
mostraba en sus cuadros una contradicción y un enigma; su
dominio técnico no se podía discutir, pero su obra era
desconcertante por no encontrarse adscrita a ninguna corriente y
tener un carácter original y único. En general sus
contemporáneos mostraron opiniones de reservada admiración.
En el siglo XVIII, la obra de El Greco es claramente despreciada.
Antonio Palomino ofrece un texto en el que expresa su
menosprecio, por ser una obra totalmente alejada de los nuevos
gustos clásicos. A esta opinión se suman los pintores y
escultores neoclásicos.
Fuera de España, las valoraciones sobre la obra de El Greco no
existen; prácticamente todas las obras de este pintor se
encuentran en España, y algunas de ellas en lugares de difícil
acceso, por lo que, en general, fueron ignoradas.
Es en la segunda mitad del siglo XIX cuando la crítica empieza a
revalorizar su obra, hecho que trajo como consecuencia una dura
batalla entre conservadores (que seguían la línea de Palomino) y
revisionistas (que lo empezaban a valorar como un gran maestro).
Esta primera revisión se debe al movimiento romántico, que
aprecia sobre todo sus rasgos exóticos y subjetivos, y se
iniciará en Francia. En España su valoración es posterior a la
revisión que se hace en Francia, y queda confirmada en 1886,
cuando Manuel B. Cossío publica una obra entusiasta y bien
documentada del artista. Cossío propone una interpretación que
convierte la obra de El Greco en la expresión de espíritu
español, y que la pone en relación con los místicos de la época.
Durante el primer tercio del siglo XX la obra de El Greco se
magnifica, siguiendo el punto de vista de Cossío. Pocas veces la
obra de un artista ha experimentado un cambio de fortuna tan
espectacular. Después de siglos de abandono, se convierte en el
mayor genio de la pintura española, considerándole en muchos
casos como un ejemplo a seguir en el arte moderno,
reivindicándosele como el precursor de las inquietudes
artísticas de ese momento.
La historiografía actual ha tratado de situar la obra del Greco
dentro de su propio tiempo, interpretándola como el producto de
un hombre anclado en el final del siglo XVI. Mantiene una
indudable originalidad, producto de la formación intelectual del
artista, en cuyos escritos muestra su adhesión a las ideas de la
teoría y practica artística del siglo XVI italiano.
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Periodo anterior a su llegada a
España |
El
Greco aprende a pintar en Creta, probablemente en Candía, su
ciudad, formándose como pintor de iconos, trabajando en el
estilo tardomedieval que se conoce propiamente como estilo
postbizantino y es característico de la continuación
estereotipada de la pintura bizantina tradicional. Entre 1570 y
1576 se encuentra en Venecia, ciudad donde empieza su formación
en el arte italiano.
De este momento son las obras La Anunciación, conservada en el
Museo del Prado de Madrid, y La Expulsión de los Mercaderes,
obras que muestran las mismas características formales y que son
claves para entender su periodo veneciano. En su ruta de Venecia
hacia Roma pasa por Parma, donde conoce las obras de Correggio,
artista a quien admiró profundamente.
En Roma, a través de su amigo Giulio Clovio, encuentra un lugar
entre el amplio circulo del cardenal Farnesio, compuesto por
estudiosos de la Antigüedad, teólogos, artista, coleccionistas,
escritores, etc. El Greco frecuentó este círculo, aunque la
influencia sobre su obra es difícil de detectar en el pequeño
corpus que se conserva de este periodo, entre las que se
encuentran El muchacho encendiendo una candela, La curación del
ciego y Retrato de Giulio Clovio.
En 1575-76 llega a Castilla, donde
consigue sus dos primeros encargos: El Expolio, de 1577, para la
sacristía de la catedral de Toledo, y el Retablo de Santo
Domingo, de 1577, hoy disperso, del que destacan las escenas de
La Asunción, conservada en Chicago, La Trinidad y San Benito,
del Museo del Prado y la Santa Faz y San Juan Bautista,
conservadas en la iglesia para la que fue hecho el retablo.
Entre 1577 y 1579 pinta Alegoría de la Liga Santa, también
conocida como Adoración del Santo Nombre de Jesús, para el
Monasterio de El Escorial, obra que pudo ser encargo directo de
Felipe II. Para el que también pinta en esos años El Martirio de
San Mauricio.
A partir de este momento su amplísima producción,
fundamentalmente de pintura religiosa, se va a centrar en el
círculo de Toledo.
De 1577 es la Magdalena Penitente, conservada en Worcester.
Entre 1580 y 1585 pinta Las Lágrimas de San Pedro y otra versión
de la Magdalena Penitente, hoy en la Nelson Gallery de Kansas
City. De entre 1585 y 1590 es la Magdalena Penitente con
Crucifijo, de Sitges.
De 1586 y 1588 es su famosa obra El entierro del conde Orgaz,
realizado para la iglesia toledana de Santo Tomé.
De 1591 es el Retablo de la iglesia de Talavera. De la misma
época es San Luis de Francia, conservado en el Louvre de París y
pintado entre 1585 y 1590.
A partir de 1596 la actividad de su taller se vio
progresivamente incrementada, tanto por el prestigio conseguido
por el pintor, como por la búsqueda activa de encargos,
actividad realizada por su hijo, Jorge Manuel, quien hacia 1603
se había convertido en su principal ayudante.
Entre 1596 y 1599, realiza el Retablo de la iglesia del colegio
de doña María de Aragón, hoy disperso; de él destacan las
escenas de La Anunciación, en el Museo de Balaguer, y el
Bautismo de Cristo y el Pentecostés, del Museo del Prado de
Madrid. Entre 1598 y 1603, realiza el Santo Domingo en oración
de la catedral de Toledo; y de 1600 es San Francisco y fray Luis
de León meditando sobre la muerte, conservado en la National
Gallery de Canadá.
Paralelamente a las obras antes mencionadas realiza tres
retablos para una capilla privada de Toledo, entre cuyas tablas
destacan San Martín y el mendigo y La Virgen con el Niño y las
santas Inés y Martina, conservadas en la National Gallery de
Washington. De este mismo momento es su famosa Vista de Toledo,
hoy en el Metropolitan Museum de Nueva York, fechada hacia 1597.
Entre 1607 y 1614, pinta para la capilla de Isabel de Oballe, en
la iglesia de San Vicente de Toledo, La Inmaculada Concepción y
La Visitación. Igualmente entre 1602 y 1605, realiza El
Apostolado para la catedral de Toledo y de 1610 a 1614 realiza
otro Apostolado para el Hospital de Santiago, también de Toledo.
En estos años retoma el tema de la visión de la ciudad
realizando Vista y plano de Toledo, conservado en el Museo de El
Greco de la misma ciudad.
Sus retratos son una parte destacada de su producción, entre los
que se encuentran: La Dama del Armiño, de 1577, conservado en
Glasgow; El Caballero de la Mano en el pecho, de entre 1577 y
1584, actualmente en el Museo del Prado; Retrato de un cardenal
del Metropolitan Museum de Nueva York, pintado hacia 1701; Fray
Hortensio Félix de Paravicino, realizado hacia 1609 y
actualmente conservado en Boston; Don Rodrigo Vázquez y El
licenciado Jerónimo de Ceballos del Museo del Prado, realizados
entre 1594 y 1604.
De los últimos años de su vida es el único tema mitológico
conservado, Laocoonte, realizado entre 1610 y 1614. A su mano se
deben también unas pocas esculturas, todas de pequeño tamaño y
en madera, destacando La Imposición de la casulla a San
Ildefonso, que formaba parte del suntuoso marco realizado para
El Expolio de la catedral de Toledo; y Epimeteo y Pandora,
conservadas en el Museo del Prado de Madrid.
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Características de la obra de El
Greco |
Para poder acercarse a la obra de el
Greco, es importante tener en cuenta los escritos y las
reflexiones que realizó sobre el arte y la pintura, que han
llegado hasta nosotros de forma fragmentaria. Con ellos se puede
definir la naturaleza y la evolución del estilo del artista,
revelándole como un hombre de su tiempo, dentro de la estética y
preocupaciones manieristas, que él lleva a sus máximas
consecuencias.
Su obra, sin olvidar su componente esencial de originalidad
entre la producción artística del momento, es un continuo
esfuerzo por realizar una síntesis entre el color veneciano y el
diseño florentino, coincidente con el debate que, hacia la mitad
del siglo XVI, se había abierto entre los teóricos y los
artistas venecianos por un lado y romanos y florentinos por otro.
El Greco, como artista que había trabajado en los dos sitios,
adopta una postura intermedia, reconociendo a Tiziano como
maestro del color y a Miguel Ángel del diseño. Pese a ello, fue
implacable en su crítica a Miguel Ángel como pintor, pese a lo
cual mantuvo una estética profundamente imbuida de los ideales
de este autor.
Para El Greco la pintura es una actividad principalmente
intelectual. Como para los manieristas del momento, su ideal de
belleza está alejado de la naturaleza y del mundo, gestándose
sólo en la mente del artista, que es un inventor de formas y no
un mero imitador de las existentes en la naturaleza.
Esta última valoración de la actividad pictórica, dota a su
pintura de un indudable carácter subjetivo y antinaturalista, no
siendo resultado, como en otros tiempos se interpretó, de
visiones espirituales y reacciones emocionales o defectos
ópticos. El Greco trata de crear un arte artificial, dedicado a
expresar ideas abstractas sobre la belleza. El uso de las
proporciones alargadas para sus figuras, una de las
características más conocidas de su arte, se debía a la creencia
de que tales figuras eran intrínsecamente más bellas que las de
tamaño normal.
La anatomía humana es tratada desde el punto de vista de los
manieristas. Evolucionando desde un sentido sólido de la
estructura, pese a las distorsiones, hacía formas más alargadas,
más sinuosas y ondulantes y posturas más retorcidas y complejas.
Todos estos artilugios confieren a la figura no sólo belleza,
sino también sentimiento. El sentimiento de las obras de El
Greco deriva de eso, rara vez utiliza la expresión más fácil
para trasmitirlo.
En sus cuadros se produce una exclusión, casi sistemática, de la
naturaleza muerta. Sitúa las escenas en un espacio indefinido,
tendiendo a llenar todo el espacio y creando sensaciones de
ahogo bastante fuertes.
La luz es igualmente artificiosa. En su mundo nunca brilla el
sol, sino que sus cuadros se iluminan con una luz propia,
emanada desde un foco que nunca se ve. En sus últimas obras la
luz tiende a hacerse más brillante y fuerte, llegando a
blanquear los fondos de los colores. Este uso de la luz es
coherente con todo su antinaturalismo y con la constante
búsqueda de un arte cada vez más abstracto.
Su etapa veneciana tendrá importantes consecuencias, creando
constantes que se mantienen a lo largo de toda su vida. La
riqueza y la variedad del color será una de estas constantes.
Durante los 37 años que El Greco reside en Toledo su arte sufre
una profunda evolución. Desarrolla una primera etapa en la que
se mantiene fiel a sus fuentes italianas. Hacia 1600, se inicia
una evolución intensificando los elementos artificiales e
irreales de sus obras. Las proporciones de las figuras se
alargan, las cabezas se hacen más pequeñas, reduciéndose la
ilusión de corporeidad. La luz se hace más fuerte y estridente
tendiendo a blanquear los ropajes con su brillo. En los últimos
15 años, su tendencia a la abstración llega a las máximas cotas
que la pintura del momento le permitía.
Toledo es fundamental en su arte. Por una parte el vacío
artístico local, que llenó enteramente él, le permitió conseguir
los encargos y el reconocimiento que no había obtenido en otras
ciudades. Además le permite llevar a las máximas consecuencias
su propia estética, sin condicionantes. Además, verse libre de
competencia le permitió acudir a su herencia bizantina en busca
de ideas, realizando una fusión entre las dos culturas. Ninguna
de estas cosas hubieran sido posibles en un centro cultural
importante donde hubiera estado sujeto a límites.
De esta manera y en este ambiente, El Greco consigue conciliar
fines aparentemente irreconciliables, como son la estética
manierista y la práctica de la Contrarreforma, que imponían
temas que debían ser claros y llevar a la devoción.
Adoración de
los Pastores
El
destino original de esta excelente Adoración de los Pastores era
la capilla de la iglesia toledana de Santo Domingo el Antiguo en
la que iba a ser enterrado El Greco. Por lo tanto, puede
hablarse de una de las últimas escenas pintadas por el cretense.
La escena se desarrolla en dos zonas superpuestas, uniendo
perfectamente las atmósferas celestial y terrenal. Superpuesta
es también la perspectiva al eliminar la profundidad, aunque
detrás de la Virgen coloque una superficie arquitectónica
abovedada. El Niño, como ocurre en la pintura veneciana de la
que tanto aprendió el maestro, es el foco de luz de donde parte
el haz luminoso que alumbra a todos los personajes. Es una luz
fuerte y clara, ya empleada antes por el artista, que matiza los
colores como ocurre con las túnicas de la Virgen o de San José.
Las figuras son gigantescas, sobre todo el pastor arrodillado en
primer término, cuyos músculos están tan estilizados que parecen
husos de hilar. Junto a él hay una mancha blanca que, observada
con atención, resulta ser el Agnus Dei. Los tonos eléctricos
empleados demuestran el gusto por unos nuevos colores inspirados
en el Manierismo. La pincelada es totalmente suelta y los saltos
de perspectiva que utiliza hace que se rompa con la unidad
espacial. Por eso, El Greco será de gran importancia para los
artistas de fines del siglo XIX.
Adoración de
los reyes
Nos
encontramos ante la más occidental de las imágenes pintadas por
El Greco en Creta - compárese con San Lucas pintando a la Virgen
- donde se aprecian diversas influencias procedentes de Italia.
Algunos especialistas llegan a apuntar que esta pequeña tabla
fue pintada en Venecia debido a la pérdida de bizantinismo y al
empleo de modelos clásicos. El amplio conocimiento de las
estampas que tenía Doménikos permite afirmar que estamos ante
una obra ejecutada en sus años juveniles, cuando abandona
paulatinamente la "maniera greca" para introducirse en el estilo
renacentista. La influencia de Parmigianino parece significativa
aunque no abandona el uso de pan de oro. Las figuras son más
anatómicas, pierde la estilización y la espiritualidad bizantina
e introduce la perspectiva y el movimiento en la composición.
Algunos especialistas apuntan a encargos de una clientela
italiana asentada en Creta ya que no debemos olvidar que la isla
era una colonia veneciana.
Trípico de Módena - Adoración de los pastores
Antes de trasladarse a Venecia, Doménikos realizó la obra
maestra de su producción juvenil: el Tríptico de Módena,
descubierto en los depósitos de la Galleria Estense de esa
ciudad italiana - donde en la actualidad se conserva - en el año
1937. Se trataría de un pequeño altar portátil formado por una
tabla central y dos alas, todas pintadas por ambas caras. En la
tabla central presenta la Alegoría del caballero cristiano y la
Vista del Monte Sinaí, mientras que en las laterales se observan
el Bautismo de Cristo, esta Adoración de los pastores, la
Anunciación y Dios con Adán y Eva. El Tríptico está firmado como
Cheìr Doménikou en letras capitales. En las escenas de este
tríptico, Doménikos se muestra como un artista novel, mezclando
el "bilingüismo" tradicional de la pintura cretense del momento
al exhibir elementos bizantinos junto a otros procedentes del
Renacimiento italiano. Los marcados trazos lineales, el ligero
alargamiento de las figuras, la fulgurante iluminación, el
empleo de dorados y la ausencia de sombras son características
que avalan el bizantinismo antes aludido. Por el contrario,
existe una importante preocupación hacia la anatomía y la
distribución de las figuras en el espacio, creando sensación de
profundidad, que denota su conocimiento de lo que se hace en
Italia, gracias a los grabados y las estampas que llegaban a la
isla. En la parte superior de la tabla encontramos uno de los
elementos característicos de la pintura de El Greco como es el
Rompimiento de Gloria, en este caso formado por un grupo de
ángeles entre nubes rosáceas y anaranjadas, quizá para aludir al
milagro del nacimiento de Jesús. La pincelada de Doménikos es
bastante suelta, recurriendo al trazo rápido e interesándose más
por el efecto que por el detalle, a pesar de destacar los
pliegues de las túnicas de los personajes. Como si de un puzzle
se tratara, el maestro va incorporando las novedades que le
parecen atractivas, resultando una imagen bastante sugerente
para el espectador, especialmente por las vivas tonalidades
empleadas, influencia procedente de Venecia.
La alegoría de la Liga Santa
La relación entre Felipe II y El Greco parece iniciarse con este
enigmático cuadro, pintado quizá como anticipo del Martirio de
San Mauricio y la Legión Tebana para El Escorial. Podemos pensar
que la escena - de la que aquí vemos el boceto preparatorio, muy
acabado - fuese realizada al llegar Doménikos a Madrid en 1577
para darse a conocer al monarca, o bien que sería ejecutada en
1579, con motivo de una visita real a Toledo. Al enigma de la
fecha debemos añadir las diferentes versiones que se han dado
del tema, reflejado en sus numerosos títulos. Primero fue
interpretado como una Adoración del Nombre de Jesús
denominándose la Gloria de El Greco; después se pensó que
reflejaba un Juicio Final o incluso un Sueño de Felipe II,
títulos con los que también se conoce la obra. Sin embargo, la
denominación actual parece la más correcta, una vez que se
identifican los personajes protagonistas de la escena. Las
figuras que contemplamos en primer plano son Felipe II, el dux
de Venecia Alvise Mocenigo - de espaldas con el manto amarillo -
y el papa Pío V junto a dos de sus cardenales. Los tres
personajes firmaron una alianza en el Nombre de Cristo contra el
Imperio turco, que provocó la victoria en la Batalla de Lepanto
en 1571, por lo que también aparece Don Juan de Austria, junto
al papa, idealizado como un general romano. En la parte superior
del lienzo encontramos escrito en letras capitales el Nombre de
Jesús - esquematizado IHS, en latín Jesucristo Hombre Salvador -
rodeado de ángeles que forman un círculo. La zona inferior se
completa con la boca del Leviatán o el Infierno, que quizá
represente el paganismo de los turcos. Las dos zonas apenas se
relacionan entre sí, otorgando mayor enigma a la escena. Los
retratos de primer plano están perfectamente captados y
demuestran la habilidad de Doménikos en esta temática. El
modelado de estas figuras se realiza a través de luz y color,
sin apenas emplear dibujo. Las figuras del fondo están
realizadas con una pincelada suelta, por medio de manchas,
destacando el color rojo de la que eleva los brazos. El colorido
es el característico del cretense, recurriendo a los carmines,
amarillos, azules y blancos, tonalidades inspiradas en la
Escuela veneciana y en el Manierismo. Con esta obra se pone
totalmente de manifiesto la originalidad de El Greco, existiendo
un trabajo similar en el monasterio escurialense.
Don Antonio de Covarrubias
Don Antonio de Covarrubias era uno de los mejores amigos de El
Greco en Toledo. Prestigioso jurista y maestrescuela de la
catedral toledana, aparece representado ya en una edad avanzada,
observándose ligeras muestras de su decadencia. Se había quedado
sordo hacía tiempo y casi podemos apreciar en este retrato su
aislamiento del mundo exterior, contrastando su expresión
tranquila y sosegada con los violentos pliegues de su capa negra.
La asimetría de los ojos y de la boca realza el realismo de la
imagen y refuerza la ancianidad del modelo. Las tonalidades
grisáceas del cabello avivan el tono melancólico del conjunto.
La figura se sitúa en primer plano, recortándose sobre un fondo
neutro como había puesto Tiziano de moda en Venecia. La luz
incide de pleno en el rostro del personaje, sin apenas crear
sombras. Don Antonio forma parte del conjunto de nobles
toledanos que protagoniza el Entierro del señor de Orgaz, entre
los que también se encuentra su hermano Diego, al que Doménikos
haría otro retrato.
Anunciación
Probablemente nos encontremos ante una de las imágenes más
completas de las que realizó El Greco en Venecia. Sus deseos de
incorporar el lenguaje del Renacimiento a sus escenas se
muestran con claridad aquí. De esta manera, nos encontramos ante
un excelente ejemplo de perspectiva - a través de la
arquitectura y del suelo embaldosado -, colorido - inspirado en
la Escuela veneciana - y composición. Los ecos de Tiziano y
Tintoretto están presentes, en la figura de María el primero y
en la organización del conjunto el segundo. Las figuras que
pinta en estos momentos Doménikos mantienen aún el canon
estético clásico, alejado de los gigantescos personajes que
protagonizarán sus últimas obras, como la Adoración de los
pastores del Museo del Prado. En la parte superior de la imagen
contemplamos un típico Rompimiento de Gloria, destacando los
angelitos en diferentes posturas que otorgan un mayor dinamismo
a la escena. El juego de miradas entre María y el ángel refuerza
la diagonal empleada para organizar la composición, resultando
una imagen muy atractiva.
Aparición de la Virgen a San Lorenzo
Entre los escasos cuadros de devoción realizados por El Greco a
su llegada a Toledo conviene destacar este san Lorenzo,
propiedad de don Rodrigo de Castro, inquisidor de Toledo en
1559, obispo de Zamora y Cuenca y arzobispo de Sevilla. El santo
se presenta en primer plano, vistiendo una espectacular casulla
bordada con brocados y portando en su mano derecha la parrilla,
que es su atributo. Dirige su mirada hacia la Virgen con el Niño
que se sitúan sobre una nube envueltos en un haz de luz. El
fondo ante el que se recorta la figura está formado con
nubarrones de diversas tonalidades que empujan al santo hacia
adelante. La figura es amplia, recordando a Miguel Ángel en su
estructura anatómica, inscrita en un triángulo típicamente
renacentista, pero se alarga quizá en exceso, quedando pequeña
la cabeza. El estilo veneciano se respira por todo el cuadro,
empleando Doménikos una pincelada rápida y vigorosa que
manifiesta todos los detalles, resultando un lienzo de admirable
belleza y máxima espiritualidad, reflejada ésta en los ojos de
san Lorenzo.
Asunción de la Virgen
Don Diego de Castilla, deán de la catedral de Toledo, había
elegido la iglesia del convento de Santo Domingo el Antiguo de
Toledo para ser enterrado, junto a su hijo Don Luis y Doña María
de Silva, noble dama portuguesa que llegó a España como
acompañante de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de
Carlos V. Se había casado en 1538 con Don Pedro González de
Mendoza y al enviudar ingresó en el convento, apuntándose la
posibilidad de que fuera la madre de Don Luis de Castilla. Don
Diego diseñó un programa iconográfico para los retablos en el
que se alude a la salvación del alma a través de Cristo y al
papel de intercesora de la Virgen María. También se subraya la
importancia de la eucaristía como evocación del sacrificio de
Jesús. Para la realización de todo el programa iconográfico se
eligió a El Greco, un pintor cretense recién llegado a Toledo
desde Roma, donde había contactado con Don Luis de Castilla.
Serían éstos los primeros trabajos realizados por Doménikos en
España. La Asunción ocupaba la calle central del cuerpo inferior
del retablo del altar mayor, coronado por la Trinidad.
Representaría la pureza de la Virgen y su mediación en la
salvación del ser humano tras la muerte de su hijo, admitida por
Dios Padre. Al estar en la zona más importante del retablo se
considera como un homenaje a Doña María de Silva. Está firmada y
fechada, siendo la primera obra del pintor en Toledo. En la
parte baja del lienzo contemplamos el abigarrado grupo de los
apóstoles, en diferentes posturas y presentados por la figura de
espaldas de uno de ellos. Sobre sus cabezas se sitúa la figura
de María, acompañada de una corte de ángeles y querubines,
formando el Rompimiento de Gloria. Las dos escenas - terrenal y
celestial - se superponen, separadas por un pequeño espacio
ocupado por nubes. El nexo de unión entre ambas partes estaría
en las miradas de algunos apóstoles hacia el cielo, San Pablo
señalando hacia arriba y el manto de la Virgen a la altura de la
cabeza de uno de los apóstoles. San Pedro mira el sepulcro vacío
y se lleva la mano al pecho, certificando con su actitud el
milagro. Los demás apóstoles exhiben diferentes reacciones ante
el hecho. Las influencias que recoge Doménikos en esta escena
son totalmente italianas: se inspira en la Asunción de Tiziano
para la iglesia de Santa María dei Frari en Venecia y toma el
canon escultórico de las figuras de Miguel Ángel. La luz y el
color proceden de la Escuela veneciana - los fuertes fogonazos
de luz que aplica provocan la pérdida de color en algunas zonas,
sustituido por tonalidades casi blancas -, incorporando algunos
elementos cromáticos del Manierismo - el amarillo y el verde -
así como la figura de espaldas, también significativa de este
movimiento. Sin embargo, hay novedades totalmente personales
como el empleo de doble perspectiva al recurrir a una visión
frontal para los apóstoles y alzada para la Virgen. Los
personajes del cretense están muy cercanos al espectador, tanto
física como espiritualmente, y se ha reforzado el aspecto
vertical de la composición. Doménikos se muestra como un artista
completo que busca inspiración en los grandes maestros pero que
incorpora novedades que le hacen único.
Cardenal Fernando Niño de Guevara
Entre los retratos realizados por El Greco destaca el del
Cardenal don Fernando Niño de Guevara, uno de los personajes
toledanos más ilustres de su tiempo. Miembro del Consejo de
Castilla y Presidente de la Chancillería de Granada, fue
nombrado Cardenal en 1596, Inquisidor General en 1599 y
Arzobispo de Sevilla en 1600, falleciendo nueve años después.
Visitó Toledo en numerosas ocasiones, una de ellas entre febrero
y marzo de 1600, fecha en la que se supone fue realizado este
excelente retrato. Don Fernando está enterrado en el Convento de
San Pablo Ermitaño de Toledo, considerándose que sobre su tumba
se colocaría el retrato que le hizo Doménikos. En 1632 aparece
documentado en la colección del sobrino del Cardenal, quien lo
legaría a sus descendientes. El cardenal aparece representado de
cuerpo entero, sentado sobre un sillón que se sitúa en diagonal
para otorgar mayor movimiento y volumen al conjunto. La pared
está decorada con tonos dorados y se observa una puerta de
madera que cierra la composición. El mármol tricolor del suelo
acentúa el efecto de profundidad, recurso muy habitual en el
Quattrocento. El viejo Inquisidor nos mira atentamente a través
de sus antiparras, con una mirada severa e interrogante. Ahí
radica el esplendor de la imagen, en la facilidad de El Greco
para captar la personalidad de sus modelos, siendo considerado
como "el pintor del alma". Los atributos cardenalicios destacan
por la perfección con que han sido representados: el hábito de
seda encarnada y encajes blancos, el sillón de terciopelo rojo,
hacen juego con los zapatos de don Fernando y con el hábito,
cuatro anillos en las manos... No se le escapa ningún detalle
para conformar uno de sus mejores retratos. Doménikos buscó su
fuente de inspiración en los retratos de papas realizados por
Rafael y Tiziano, añadiendo el aparato de las imágenes reales en
un resultado extraordinario.
Concierto de ángeles
A finales del siglo XIX se cortó en dos el lienzo de la
Anunciación destinado a uno de los altares laterales del
Hospital Tavera. Surgió así este concierto angélico que no es
una tabla independiente sino que forma parte del conjunto. Es la
característica coronación de un Rompimiento de Gloria tan
habitual en la pintura de El Greco, que muestra a los ángeles
alrededor de un círculo, disponiendo alguno de espaldas como era
tradicional en el Manierismo y sería en el Barroco. Las figuras
son muy alargadas y con cabezas pequeñas, ya que Doménikos
emplea un canon diferente al clásico. Los pesados ropajes de
vivos colores ocultan la anatomía, suprimiendo la dependencia de
Miguel Ángel que era apreciable en los primeros trabajos.
Algunos especialistas consideran que en la obra existen retoques
de Jorge Manuel y Félix Castelo, más apreciables en la parte
inferior del encargo.
Entierro del señor de Orgaz
A los diez años de llegar a Toledo -y a pesar de los descalabros
sufridos con la catedral por el Expolio de Cristo y con Felipe
II por el Martirio de San Mauricio- El Greco se ha labrado una
importante fama en la ciudad castellana. La élite eclesiástica
le ha escogido como su pintor y le encarga gran parte de las
obras que se realizaban en la Ciudad Imperial. Así surge la obra
maestra de Doménikos: el Entierro del señor de Orgaz. La escena
fue realizada para la iglesia de Santo Tomé -de la que el pintor
era parroquiano al habitar en las casas del Marqués de Villena
que se encontraban en las cercanías- por encargo del párroco don
Andrés Núñez de Madrid. El protagonista del enorme lienzo es don
Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz -y no conde como
acostumbramos a denominarle, ya que sus descendientes no
obtuvieron el condado hasta el siglo XVI, por lo que el título
tradicional del cuadro debería ser cambiado-. Este noble
toledano vivió a caballo de los siglos XIII y XIV, y tuvo
especial relevancia por sus obras de caridad y por las
donaciones que hizo a las instituciones eclesiásticas de la
ciudad. Gracias a la ayuda de don Gonzalo, los monjes agustinos
que vivían en la parroquia de San Esteban, a orillas del Tajo,
consiguieron trasladarse al lugar donado por el noble para
construir allí una nueva iglesia. Cuando murió don Gonzalo en el
año 1323 pidió ser enterrado en su parroquia, la de Santo Tomé.
En el momento de enterrar su cuerpo en la fosa, aparecieron
milagrosamente San Esteban y San Agustín para depositarle,
siendo éste el momento elegido por el pintor. Al ser monjes
agustinos de San Esteban a quienes patrocinó don Gonzalo fueron
ambos santos los que aparecieron. Ésta es la temática de la obra,
pero ¿cuál es el motivo por el que se realizó?. Antes de
fallecer, don Gonzalo legó ciertas rentas de la villa de Orgaz
-de la que era señor como ya hemos indicado- a la iglesia de
Santo Tomé, donde debía ser enterrado. Estas cantidades anuales
fueron pagadas religiosamente por la villa a la iglesia todos
los años hasta 1564, cuando las gentes de Orgaz decidieron
unilateralmente finalizar la donación. Don Andrés Núñez, párroco
de Santo Tomé en aquellos momentos, inició un pleito contra la
villa para recuperar esas rentas, obteniendo el respaldo
judicial. Con las ganancias obtenidas decidió mejorar la capilla
funeraria de don Gonzalo Ruiz, incluyéndose entre estas mejoras
el cuadro de El Greco. El contrato fue firmado por Doménikos en
1586 y en él se incluyen las líneas maestras de la composición.
La obra se divide claramente en dos partes. En la zona inferior
está el milagro, trasladado al siglo XVI, contemplado por un
buen número de nobles toledanos contemporáneos de El Greco. En
la parte baja de la imagen se observa en primer plano el milagro,
con la figura de don Gonzalo en el centro en el momento de ser
depositado por los dos santos: San Agustín -vestido de obispo-
que le agarra por los hombros y San Esteban -como diácono,
representando en su casulla su propio martirio- que le sujeta
por los pies. Junto a ellos encontramos un niño vestido de
negro, que porta una antorcha y lleva un pañuelo con una fecha:
1578; esto hace suponer que se trata del hijo de Doménikos,
Jorge Manuel, nacido en ese año. A la derecha se sitúa don
Andrés Nuñez de Madrid, el párroco de Santo Tomé, que abre las
manos y eleva su mirada hacia el cielo, vistiendo la saya blanca
de los trinitarios. Le acompañan dos sacerdotes más: uno, con
capa pluvial negra, lee ensimismado el Libro de Difuntos y otro
porta la cruz procesional y tiene la mirada perdida. A la
izquierda aparecen dos figuras con hábitos de franciscanos y
agustinos, siendo estas tres Órdenes las más importantes de la
ciudad. Tras estas figuras se encuentran los nobles toledanos
que asisten al milagro, vestidos con trajes negros y golillas
blancas. Sus manos indican el escaso movimiento existente en la
escena y refuerzan la expresividad de sus rostros, en los que El
Greco ha sabido captar diferentes estados de ánimo, siendo el
más generalizado la aceptación sincera de lo sobrenatural. Se
han identificado algunos personajes como don Diego de
Covarrubias y su hermano Antonio; un posible autorretrato en la
figura que mira hacia el espectador; don Juan de Silva,
Protonotario Mayor de Toledo que aparece para certificar el
milagro, en el centro de la imagen, elevando su mirada hacia el
cielo. Esta zona inferior se circunscribe claramente en un
rectángulo -recurso muy empleado en el Quattrocento- en el que
desaparece el suelo y las figuras se van hacia adelante por el
peso del cadáver y la isocefalia de los nobles, que anula de
esta manera la perspectiva. Encontramos las mismas tonalidades:
blanco, negro y dorado. Curiosamente el dorado resalta la
luminosidad del blanco y la oscuridad del negro. Los detalles de
las vestimentas y de la armadura demuestran la elevada calidad
de la pintura de Doménikos, a pesar de la pincelada suelta que
emplea. Los destellos de la luz reflejándose en la armadura son
sorprendentes. La zona superior se considera la zona de Gloria,
hacia donde se dirige el alma de don Gonzalo. Se organiza a
través de un rombo, crea un movimiento ascendente hacia la
figura de Cristo que corona la composición. Viste hábito blanco
-símbolo de la pureza- y está sentado, siendo una de las enormes
figuras tradicionales del candiota cuyo canon estético rompe con
el tradicional. A su derecha vemos a la Virgen, vestida con sus
tradicionales colores azul y rojo, que simbolizan la eternidad y
el martirio, respectivamente. Frente a María se sitúa una figura
semidesnuda que se identifica con San Juan Bautista, siendo
ambos los medios de intercesión y salvación ante Dios. De esta
manera se representa una Deesis, muy habitual en el arte
bizantino. En la zona izquierda de la Gloria encontramos a San
Pedro, portando las llaves de la Iglesia, junto a querubines,
ángeles y otros santos. En la derecha se sitúan San Pablo, Santo
Tomás -con una escuadra- e incluso Felipe II, a pesar de no
haber fallecido, como también hizo Tiziano para Carlos V en la
Gloria, hoy en el Museo del Prado. Estas figuras de la zona
superior tienen mayor movimiento, acentuándose algunos escorzos
como el del ángel del centro de la imagen. Las tonalidades se
han hecho más variadas como el amarillo, el verde o el naranja,
colores totalmente manieristas junto a los tradicionales de la
Escuela veneciana, presididos por el azul, el rojo y el blanco.
Entre ambas zonas existen numerosos nexos de unión que hacen que
la obra no esté formada por dos partes aisladas entre sí. El
primero viene determinado por la luz, ya que el episodio se
desarrolla en un interior y la única luz existente procede de la
parte superior. En la zona baja encontramos algunos personajes
que miran hacia arriba como el párroco, el Protonotario Mayor de
Toledo o la figura que se sitúa tras el sacerdote que lee. La
Virgen mira hacia abajo como si fuera a recibir el alma de don
Gonzalo, que es transportada por el ángel con las alas
desplegadas, la figura que se sitúa entre medias de los dos
mundos. Incluso la cruz procesional se eleva hasta la zona
celestial. Respecto a la técnica, Doménikos trabaja la obra con
manchas de color, como había aprendido en su estancia veneciana.
Si se observa detenidamente apreciamos la ausencia casi total de
dibujo; en la zona de los nobles toledanos el traje está
conseguido a través de manchas negras que soportan los rostros y
las manos, enmarcados por las golillas y los puños obtenidos con
manchas de pasta blanca. La escena tiene un elevado componente
didáctico al aparecer la pequeña figura de Jorge Manuel
señalando con su mano izquierda al señor de Orgaz. De esta
manera indica cuál es el destino del hombre que ha realizado
buenas acciones en su vida, considerándose las obras de caridad
como condición indispensable para la salvación eterna. El
rechazo de estas buenas acciones como determinantes para el
resultado final por parte de las doctrinas protestantes llevaría
al Catolicismo a realizar una especie de "cruzada" para resaltar
el valor de la caridad, siendo este cuadro un típico ejemplo de
la Contrarreforma. No debemos olvidar que la integración de
Doménikos en el mundo religioso de Toledo fue muy efectiva,
convirtiéndose en el pintor de lo espiritual. Igual que ocurrió
con el Expolio de Cristo para la catedral de Toledo, con el
Entierro también aparecieron problemas económicos. En el
contrato se estipulaba que El Greco realizaría la obra en un año,
recibiendo 100 ducados como adelanto y corriendo con los gastos
de material. Se reflejaba que sería el sistema de tasación por
el que se determinaría el precio final. Los primeros tasadores
fijaron la cantidad de 1.200 ducados, cifra que pareció muy
elevada al párroco de Santo Tomé, quien pidió que se revisara la
tasación con el fin de rebajar el precio. Sin embargo, el
segundo equipo tasador elevó la cantidad inicial a 1.600. Don
Andrés Núñez decidió volver a apelar, dictando el Consejo
Arzobispal que se pagara a Doménikos los 1.200 ducados iniciales.
El pintor aceptó de mala gana el veredicto pero prefirió el
dinero a perderse en pleitos que no condujeran a nada. De esta
historia podemos deducir la escasez económica de la parroquia de
Santo Tomé, origen del conflicto entre las partes. Tuvo que ser
el propio don Andrés quien sufragase los gastos con dinero de su
bolsillo. A pesar de este enfrentamiento, párroco y pintor
mantuvieron sus buenas relaciones.
Las llagas de San Francisco
Esta pequeña tablilla es muy similar a la primera obra que
Doménikos firmaría en Italia, concretamente en Venecia. Está
inspirada en un dibujo de Tiziano, por cuya obra sintió especial
atracción el cretense. El protagonista de estas escenas sería
San Francisco en el momento de recibir los estigmas. Vemos la
serena figura del santo en la zona central de la composición, en
las laderas del monte Alvernia. Tras el santo aparece el hermano
León mientras que el paisaje se diluye en la lejanía. El árbol
de la izquierda es muy similar al que aparece en una de las
tablas del Tríptico de Módena, lo que muestra su dependencia de
modelos anteriores. Pero las novedades la superan con creces;
concretamente cabe destacar el efecto de profundidad, la
organización compositiva y el aire de misticismo que siempre
sabrá Doménikos otorgar a sus imágenes, especialmente por los
rostros de las figuras y la posición de las manos. Los pesados
ropajes de los hábitos apenas dejan ver la anatomía de las
figuras, actitud que será repetida más adelante por el pintor.
Los colores empleados recuerdan ligeramente a Tintoretto, por
cuyo arte parece sentir especial atracción Doménikos durante los
tres años que pasó en Venecia. Del mismo modo, la pincelada
rápida y concisa es típica de la Escuela veneciana. El pequeño
formato de estas primeras obras de El Greco puede deberse a su
deseo de experimentar, así como a su formación cretense. Una vez
en España sabemos por Francisco Pacheco que Doménikos guardaba
una copia a pequeño tamaño de todas las obras que realizó.
Magdalena penitente
Esta imagen de la Magdalena es una de las pinturas más
atractivas de El Greco. La santa exhibe el esplendor de su
belleza ante una ligera referencia paisajística. La figura se
sitúa en primer plano, envuelta en un amplio manto rojizo,
mirando al crucifijo que se sujeta sobre una roca. Sus manos
indican el arrepentimiento, se lleva la derecha al pecho y
señala con la izquierda la calavera, símbolo indiscutible de los
eremitas. Precisamente, las manos son una de las partes más
interesantes del conjunto, con esos dedos largos y estilizados
tan del gusto de Doménikos, uniendo el anular y el corazón en
uno de los gestos más tradicionales del pintor. No aparece el
tarro de los afeites con el que ungió los pies de Cristo y que
simboliza su anterior vida como prostituta. Bien es cierto que
esta imagen se aleja de otras representaciones en donde
Magdalena aparece como una dama de alto postín, mostrándose aquí
como una eremita que olvida su lujo y se dedica plenamente a la
contemplación y la meditación. El paisaje es muy austero, sólo
una referencia a las nubes, el cielo y las rocas de la cueva,
junto a las ramas de un arbusto. Respecto al color, también
destaca por su austeridad, destacando el manto rojo, que
contrasta con la piel blanquecina de la santa y que se
complementa con el anaranjado del cabello. Los grises hacen algo
más fría la composición, recurriendo a una iluminación inspirada
en la Escuela veneciana, que aplica mayor viveza a las
tonalidades donde incide la luz, como en el caso del brazo
izquierdo. Con estas escenas, Doménikos demuestra la superación
de sus modelos italianos y la creación de un lenguaje propio,
inconfundible para los espectadores. Fue adquirida por el pintor
catalán Santiago Rusiñol a finales del siglo XIX, ejemplo de la
atracción que sintieron los pintores modernistas por la obra de
El Greco. Se organizó una procesión de artistas y literatos para
trasladar esta imagen desde la estación ferroviaria de Sitges a
la casa del pintor, conocida como el Cau Ferrat, hoy museo, en
el que se exhibe junto a obras de Ramón Casas, Rusiñol o Pablo
Picasso.
Muchacho soplando una candela
Tradicionalmente se ha considerado esta imagen como una muestra
de la influencia de Jacopo Bassano en la pintura de El Greco al
mostrar la admiración por las luces artificiales y el
naturalismo con el que se trata a los personajes, anticipándose
a Caravaggio. Sin embargo, hoy en día se piensa más bien en una
copia de la Antigüedad, algo muy habitual en el Renacimiento,
fruto de la intensa relación entre humanistas y artistas. Esta
actitud recibe el nombre de ecfrasis y algunos especialistas
consideran que se trataría de una versión elaborada por el
cretense tomando como modelo una obra de Antifilo de Alejandría.
La propiedad del lienzo en manos del cardenal Farnesio refuerza
esta hipótesis, evocando el mecenazgo de la Antigüedad. Nos
encontramos ante un joven en primer plano, encendiendo con su
soplido una candela cuyo resplandor ilumina potentemente su
camisa y rostro, quedando el resto de la composición en absoluta
penumbra. La expresión del protagonista y el naturalismo de la
escena indican que el modelo era alguien cercano a su entorno.
La factura rápida se convierte en característica de El Greco,
apreciándose el empaste en la tela y resultando una imagen de
admirable belleza. En una colección particular norteamericana
existe una versión muy similar a ésta que contemplamos.
Oración en el huerto
La Pasión de Cristo es uno de los temas más atractivos para El
Greco. La espiritualidad de los diferentes momentos ha sido
perfectamente captada por el pincel del cretense, especialmente
la Oración en el huerto. Jesús aparece sumido en un profundo
éxtasis, arrodillado delante de una puntiaguda roca que sirve
para enmarcarle. Eleva su mirada hacia el ángel de alas
semidesplegadas que porta un cáliz en su mano izquierda y se
lleva la derecha al pecho. En la nube sobre la que se posa
parecen refugiarse los tres discípulos dormidos, en posturas
tremendamente escorzadas. Al fondo se vislumbra a Judas guiando
a las tropas romanas que prenderán a Jesús. La luna entre nubes
ilumina una parte de la escena, que se desarrolla en un paraje
especialmente árido, sin apenas elementos vegetales. El
principal foco lumínico procede de la izquierda, siendo una luz
sobrenatural que llega con el ángel. Ese foco convierte los
colores carmines y azules de la túnica y el manto de Cristo en
blanco, allí donde incide con mayor fuerza. Sería una muestra
más de su fuerte vinculación con la Escuela veneciana, en la que
se inspiraría a la hora de representar el tema. Tiziano,
Tintoretto o Bassano también habían realizado obras con esta
temática que sirvieron de punto de partida a Doménikos. La
dependencia del Manierismo se aprecia en algunas notas
cromáticas y en el escorzo de los discípulos, encontrándose
restos de su bizantinismo juvenil. A pesar de estas influencias,
El Greco resuelve la escena con un lenguaje totalmente personal,
saliendo muy airoso del envite.
Piedad
Los especialistas consideran que esta pequeña tablilla al temple
tuvo que ser realizada por Doménikos al poco de llegar a Roma
debido a la escasa evolución de su factura. Se inspira
directamente en Miguel Ángel aunque introduce un esquema
triangular, estableciendo un ritmo circular a través de los
brazos de Cristo que conduce a la cabeza de María, cuyo
demacrado y triste rostro se convierte en elemento fundamental
de la composición. Las figuras se ubican ante un fondo de
paisaje montañoso en donde se alzan las tres cruces del monte
Calvario. Los tonos empleados recuerdan a la Escuela veneciana
aunque la composición es típicamente romana; en la factura
podemos encontrar notas de un artista en formación.
Retrato de fraile
Siguiendo la estela de Tiziano y Tintoretto, El Greco
desarrollará una interesante labor como retratista, recogiendo
con sus pinceles a los miembros más importantes de la sociedad
toledana. Así surgen excelentes imágenes como don Antonio de
Covarrubias, el Caballero de la mano en el pecho, el cardenal
don Fernando Niño de Guevara o este monje anónimo captado con
una naturalidad sorprendente. El pequeño busto recoge casi
exclusivamente la cabeza del fraile y resalta su expresión,
especialmente a través de sus ojos inteligentes y despiertos,
captando el alma de su modelo como más tarde harán Velázquez o
Goya. Las pinceladas son vigorosas, sin detenerse en detalles
anecdóticos, modelando con la luz y el color tradicionales de la
Escuela veneciana.
Inmaculada Concepción
Al poco tiempo de llegar a España, El Greco se interesa por el
tema de la Inmaculada Concepción, una de las imágenes más
genuinas del Barroco español que será representada por Zurbarán,
Velázquez, Alonso Cano y especialmente por Murillo. Tras el
Concilio de Trento que inicia la Contrerreforma se incide en
manifestar la importancia de la Virgen en la vida de Jesús y su
papel como intercesora de la Humanidad. Se refuerza además la
idea de la virginidad, cuestionada por los protestantes. María
aparece acompañada por San Juan Evangelista, de espaldas al
espectador para introducirnos en la escena. La Virgen se sitúa
en el centro del lienzo, acompañada por ángeles músicos,
querubines y la paloma del Espíritu Santo sobre su cabeza. Viste
túnica roja y manto azul y se sostiene sobre una peana
constituida por cabezas de querubines. Bajo sus pies encontramos
diferentes símbolos marianos como el templo, las rosas, las
azucenas o la luna, conformando un paisaje que da profundidad a
la composición. Ambas figuras mantienen un diálogo a través de
sus miradas. San Juan es un modelo de marcada anatomía,
inspirada en la obra de Miguel Ángel. La luz, procedente de la
visión celestial, resbala por sus vestidos. María acentúa el
movimiento de su cuerpo al desplazar sus manos juntas hacia la
izquierda, al igual que la cabeza. De esta manera realiza una
especie de giro que identifica a la mayor parte de las
Inmaculadas. Ambas figuras aún mantienen el canon clásico, canon
que será sustituido posteriormente por el típico de El Greco,
mucho más alargado. La belleza del rostro de María contrasta con
el mayor naturalismo del de San Juan.
La Purificación del Templo o Expulsión de los
Mercaderes
Es una obra clave para conocer el periodo veneciano de El Greco.
Está pintada al temple sobre tabla y es de pequeño tamaño. Tanto
el soporte como el tamaño son propios de un pintor de iconos.
Estas características son propias de todas las pinturas que con
seguridad realizó en este periodo. Propio también de un pintor
de iconos es la técnica que emplea, de pinceladas breves y
cargadas de pintura.
Sin embargo la composición y el color pertenecen claramente a la
órbita de la pintura italiana.
La composición se ordena mediante las
leyes de la perspectiva, introduciéndose varios elementos
arquitectónicos para ello. La arquitectura es ilógica y la
perspectiva es demasiado pequeña para una obra de reducido
formato. Se utilizan las baldosas alternando su color, típico
recurso renacentista, y los motivos arquitectónicos utilizados
están tomados de los Tratados de Serlio.
La escena está superpoblada de figuras, y éstas adoptan posturas
violentas y se encuentran imperfectamente realizadas; todavía no
domina el estilo del Alto Renacimiento. Algunas de ellas están
inspiradas muy de cerca en los principales pintores venecianos
de la época.
Debido a una referencia que hace Clovio, el amigo de El Greco,
sobre el artista, se había pensado que éste había trabajado en
el taller de Tiziano, sin embargo no hay razones sólidas para
pensar que esto es verdad. Está claro que El Greco se inspira en
Tiziano, pero igualmente lo hace en otros pintores venecianos
como Tintoretto. En esta obra en particular es difícil
distinguir cualquier influencia concreta de los pintores del
momento.
De Venecia El Greco aprende el color y el concepto de la imagen
religiosa como imagen mental, pero con un enorme sentido
pasional y dramático. Más tarde, cuando conozca la obra de
Miguel Ángel, su arte tratará de superar la dicotomía dibujo-color,
intentando una síntesis al optar por una manera miguelangelesca
de las figuras y un predominio del color veneciano.
El Muchacho encendiendo una candela
Es una obra perteneciente a su periodo romano. Debido a la
aparición del mono y al tema en sí mismo, se había interpretado
como una obra avanzada del Naturalismo, pero hoy se ha rechazado
esta interpretación, considerándose como una forma de pintura
denominada ecfrasis. La intención de estos cuadros, que eran
frecuentes en el Renacimiento, era recrear famosas obras
maestras perdidas de la pintura antigua, basándose en las
descripciones literarias que se conservaron de ellas. Esta obra
es una ecfrasis de la pintura de Antífilo, que describe Plinio
el Viejo en su Historia Natural. Obra por tanto claramente
relacionada con el círculo de Orsini.
La curación del ciego
Con este mismo tema El Greco ya había realizado una obra en
Venecia y realiza alguna más en Roma. Siguiéndolas se puede
observar la evolución que su arte experimenta en Roma.
Tanto las pinturas como las arquitecturas han aumentado de
tamaño respecto a su obra veneciana. Denota influencias directas
de los pintores manieristas romanos, como es la figura situada
de espaldas en uno de los ángulos, figuras destinadas
exclusivamente a mostrar la maestría de los pintores. Las
perspectivas cada vez se hacen más complicadas.
En Roma El Greco también conoce la obra de Miguel Ángel y
Rafael; el primero de ellos ejerció una particular autoridad en
la obra realizada por el artista, pese a que había declarado que
no le gustaba, por la deficiente utilización del color. Sin
embargo se sintió cautivado por el tratamiento que hace de la
figura humana. En Roma se llena la mente con imágenes de la obra
de Miguel Ángel a las que va a recurrir toda su vida.
Retrato de Giulio Clovio
Es el amigo que le ayuda en Roma y que le adentra en el círculo
de los Farnesio, y que más tarde le proporciona el contacto con
los españoles.
Es un retrato apaisado que se separa de los realizados por
Tiziano, Tintoretto y Veronés; sin embargo es un típico retrato
veneciano, con una salida a un fondo de paisaje, y vestido de
negro siguiendo la moda española del momento.
Incluye algo que va a ser típico de los retratos de El Greco, un
ojo diferente del otro. En general, va a introducir diferencias
entre una parte y otra del rostro, lo que se ha interpretado de
muy variadas maneras.
El martirio de San Mauricio
Es una de sus primeras obras en España, realizada en su intento
por convertirse en un pintor de los que trabajaban en El
Escorial. Felipe II le encargó un gran lienzo para la iglesia de
El Escorial, con el tema asignado del martirio de San Mauricio,
jefe de la Legión Tebana ejecutado por orden de Maximiliano en
el siglo III; la Legión fue diezmada dos veces, y finalmente sus
capitanes fueron pasados a cuchillo. Estos temas son recogidos
en la pintura de El Greco.
En primer término se ve a Mauricio exhortando a sus oficiales;
en segundo se le ve ayudando a morir a los legionarios diezmados;
al fondo, rehusando obedecer a los enviados del emperador, ante
un diminuto y magistral paisaje, verde oscuro y blanco.
La obra incluye una gloria, que tiene antecedentes en la obra
del Veronés, aunque aquí se coloca simétricamente para compensar
la asimetría de los primeros grupos; en ella aparecen tipos de
ángeles que luego serán muy repetidos por el pintor, como son el
ángel tañedor de viola o el ángel campana. La obra es de
composición libre, de cálida factura, consciente y ampliamente
manierista, donde utiliza un color brillante y frío y las
figuras son tratadas como héroes paganos, alargando el canon de
sus cuerpos.
El estilo desarrollado por El Greco no fue del agrado del
monarca, que prefería a Tiziano o a su discípulo Navarrete el
Mudo. Así lo expresa el Padre Sigüenza: "no le contento...
aunque dice que es de mucho arte". El cuadro no fue colocado en
el altar de la iglesia para la cual se había realizado, pero fue
guardado, perteneciendo a la colección real y siendo admirado
por el monarca, pese a que no lo encontró razonable para su
Monasterio. Navarrete el Mudo hizo un comentario sobre él: "Los
santos se han de pintar de manera que no quiten la gana de rezar
ante ellos", siendo esta casi con toda probabilidad la razón por
la que el cuadro fue rechazado. El Greco no olvidó esta lección,
y en sus cuadros posteriores consigue conjugar la estética
manierista con la intención de la Contrarreforma, algo que
parecía impensable.
El Expolio
Fue pintado por el Greco entre 1577 y 1579, para el altar mayor
de la catedral de Toledo. Constituye una de sus obras más
interesantes, y es el ejemplo más destacado de la continuidad
que une sus obras romanas con las que realiza en España. El
cabildo de Toledo le hace este encargo, al mismo tiempo que el
artista se estaba ocupando del Retablo de Santo Domingo, y ambas
obras presentan grandes afinidades.
La escena está narrada según el texto literal de San
Buenaventura, que cuenta que en ese momento se encontraban
presentes las Marías, hecho éste que hizo que tuviera problemas
en el cobro de los honorarios convenidos, señalándose que en el
cuadro existían "impropiedades", aunque finalmente la obra no
fue retocada.
En esta obra el Greco prescinde de los formatos apaisados
propios de sus obras italianas, utilizando un formato alargado
que permite destacar la figura de El Salvador, que se convierte
en centro de la composición, adquiriendo un protagonismo que
todo el cuadro significa en un radical proceso de concentración
sobre ella. Sin embargo, fiel a la tradición veneciana, no se
decide a prescindir del todo de los episodios secundarios,
aunque éstos ya no aparecen esparcidos en plazas o pórticos,
sino apiñados, sin quedar más espacio libre que el necesario
para los pies de Cristo. A un lado de Cristo aparece el sayón,
de gran realismo, que barrena la cruz para hacer los agujeros;
al otro se sitúan las tres mujeres, que contrastan por su
belleza con el realismo del sayón.
La composición se dispone siguiendo el plan de concentrar toda
la atención en la figura de Cristo, a lo que también colabora el
colorido utilizado y el empleo del claroscuro. La iluminación
del semblante de Cristo y la mancha roja de la túnica, se
contraponen con los tonos grises del fondo.
El Expolio no es un tema de devoción simplemente, sino una
reflexión sobre el tema de la vida de Cristo, como hombre y
víctima inocente de las pasiones humanas. La naturaleza sólo se
manifiesta en el cuadro en el pequeño palmo de tierra pisado por
Cristo y la estrecha franja de cielo nuboso.
El Entierro del Conde de Orgaz
Este lienzo, que cabría de calificar de retrato colectivo, le
fue encargado en 1586 por Andrés Núñez, que pertenecía al
círculo del alto clero que frecuentaba El Greco. El cura de
Santo Tomé quiso con él perpetuar la leyenda de cierto piadoso
caballero del siglo XIV, don Gonzalo Ruiz, señor de Orgaz, que
mereció ser enterrado por los Santos Agustín y Esteban,
aparecidos a su muerte. Al mismo tiempo conmemoraba su reciente
triunfo en un pleito mantenido contra la villa de Orgaz, por el
pago de un dinero establecido por el citado conde a la parroquia
de Santo Tomé. Todo ello consta explicado en la larga
inscripción colocada bajo el cuadro.
Este cuadro es considerado por muchos la obra maestra del pintor.
El celebre lienzo, de formato un tanto apuntado, aparece
dividido en dos partes por una línea horizontal de cabezas de
caballeros y clérigos contemporáneos al propio artista. Arriba
se sitúa una escena de gloria, el cielo; en la parte inferior se
desarrolla el entierro, la tierra. Pero cada uno de los dos
espacios trasciende y penetra en el contrario y, si en la parte
baja la buena sociedad toledana asiste sin asombro (pero con
devota veneración) a la milagrosa aparición de los santos,
representados según el rango de arzobispos y diáconos de la
catedral primada más que en su aspecto de santos, en la parte
superior se representa la presentación del alma del conde de
Orgaz, en forma de niño translúcido, llevado por un ángel que
supone la unión entre los dos espacios, ante el Cristo Juez,
situado a la manera bizantina, entre la Virgen y San Juan,
mientras que los coros de los bienaventurados observan el
entierro.
Lo terrenal y lo celestial aparecen íntimamente unidos en esta
obra, síntesis de una fe y de una sociedad reunida para venerar
los despojos mortales de un guerrero, envuelto en una rica
armadura de acero damasquinado. Sociedad de austeros trajes y
ricas vestiduras litúrgicas, entre los que figuran, el propio
Greco, asomado por encima de la mano de un santiaguista, y su
hijo, un niño que mira atentamente al espectador mientras señala
con su dedo el milagro, sirviendo de nexo de unión entre la obra
y el que la contempla.
El Caballero de la mano en el pecho
Obra conservada en el Museo del Prado
de Madrid, es sin duda su más famoso retrato. Debió de
realizarlo hacía 1579, aunque la fecha de los retratos es
difícil de conocer, ya que existía la costumbre de no realizar
contratos con estas obras.
El Greco realiza un retrato alejado del mundo veneciano, de pura
formación toledana, quizá inspirado en la obra de Sánchez Coello
y Tomás Moro. Plantea un retrato de busto, situado de frente y
con un fondo neutro.
La luz, elemento fundamental de la obra, se concentra en el
rostro y la mano, ayudando a la concreción de la figura. La
cabeza se ve rodeada de una gola, elemento típico de la
indumentaria de la época, que aquí se utiliza para establecer la
transición entre el cuerpo y la cabeza y para remarcar la
concreción del rostro, ya que se representa como una aureola que
lo rodeara.
Normalmente los retratos del Greco son de intelectuales de su
círculo de Toledo, no de personajes importantes, sino que se
centran en una nobleza media y en el clero, por lo que es
difícil identificar quienes son, dificultad que aumenta al no
colocar ningún elemento que los pueda definir.
Hay una tendencia hacia el realismo y la penetración
psicológica.
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NOTICIAS DE LOS
APÓSTOLES DE EL GRECO |
El Museo Nacional de Escultura de Valladolid
expone un apostolado completo del pintor realizado hacia 1590, junto
con 'El Salvador' que guardan las Descalzas Reales
MARÍA AURORA VILORIA/VALLADOLID
Existen tres apostolados completo de El Greco junto a otros con los
cuadros dispersos por el mundo. Dos de ellos se guardan en Toledo
mientras que el tercero está depositado en el Museo de Bellas Artes
de Oviedo por el Ministerio de Cultura, que lo recibió de la empresa
Aceralia en el 2002 como pago de deuda tributaria al Estado y lo
asignó al Museo Nacional de Escultura de Valladolid, aunque
custodiado en la ciudad de la que procedía.
Ahora, el conjunto de pinturas ha llegado a Valladolid para
protagonizar una exposición que estará abierta hasta el 13 de mayo
en una sala de la primera planta del Palacio de Villena, destinada a
acoger las muestras temporales cuando se inaugure el Colegio de San
Gregorio y se distribuyan las colecciones del Museo Nacional de
Escultura por los dos edificios.
Con el título de 'El Greco. Apóstoles', la exposición, organizada
por el Ministerio de Cultura, se completa con 'El Salvador' que
guarda el convento franciscano de las Descalzas Reales de
Valladolid, donde fue descubierto hace más de cincuenta años por
Federico Wattenberg. Realizado por el pintor en su época de madurez,
el apostolado está fechado hacia 1590 y tiene la peculiaridad de que
es autógrafo, firmado con las iniciales de las letras griegas delta
y theta, según explicó en la presentación de la muestra su comisario
y director del Museo, Jesús Urrea.
Posiblemente, este apostolado fue el prototipo o boceto que inspiró
los demás, de mayor tamaño, y constituye un conjunto de personajes
destinado a convertirse en imágenes de devoción. Aunque todos son
diferentes entre sí, carecen de los símbolos que les han
individualizado históricamente, por lo que en el siglo XVIII les
añadieron rótulos para identificarlos, muchas veces erróneos.
Técnica y sensibilidad
Son «un excelente catálogo de la genialidad» del pintor cretense -dijo
Urrea-, «un compendio de lo mejor de su espíritu, técnica y
sensibilidad». Semejan manchas trazadas sobre fondos oscuros, con
poco dibujo y un particular colorido, lo que da a las figuras un
aire de espiritualidad. «En estos bustos reconcentrados, apasionados
y febriles, late mucho de la personalidad del artista, siempre
oscilante ante la abstracción idealista del manierismo y la tensión
expresiva de la devoción contrarreformista que demandaba el ambiente
toledano de su tiempo y que hoy conmueve profundamente, tanto por su
fuerza expresiva como por lo que tiene de anticipación de libertades
contemporáneas», escribe el profesor Pérez Sánchez en el catálogo
que acompaña la exposición. Se completará además con dos
conferencias, una que pronunciará Fernando Marías, catedrático de la
Universidad Autónoma de Madrid, y otra que estará a cargo de un
representante del Museo de Oviedo.
Cuando Doménikos Theotokópoulos pintó esta serie tenía 49 años y
estaba en su etapa de plenitud. Nació en Creta, en 1541, y vivió en
Venecia, donde trabajó en el taller de Tiziano, y en Roma antes de
instalarse en Toledo en 1577, ciudad en la que murió en 1614. Como
consecuencia, este apostolado -«de altísima calidad» y que tan bien
expresa «la personalidad de su autor», según Urrea-, que había
permanecido en el taller del artista, pasó a su hijo y heredero.
A partir de entonces se pierde la pista, que se recupera en el siglo
XVIII, cuando fue comprado por el hidalgo asturiano Juan Eusebio
Díaz de Campomanes. Pasó luego por diversas manos y llegó a un
convento femenino, que estuvo a punto de venderlo a un coleccionista
francés, lo que evitó el marqués de San Feliz, quien en 1906 lo
adquirió para su casa de Oviedo.
Hacia lados opuestos
Tasado por el Estado en casi diecinueve millones de euros, el
apostolado fue restaurado en el siglo XVIII y retocado entre 1997 y
1998, año en que viajó por varias ciudades españolas.
La disposición corporal de los apóstoles, orientados hacia lados
opuestos, seis a seis, parecían pedir la presencia de un lienzo
central con la figura de Cristo, por lo que, con el deseo de dar más
sentido a la muestra, se expone como pórtico al conjunto 'El
Salvador' del convento vallisoletano pintado también por El Greco,
una cabeza que dirige su impactante mirada al espectador y que se ha
mostrado al público en muy pocas ocasiones.
A la presentación de la muestra asistieron el subdelegado del
Gobierno, Cecilio Vadillo, y la suddirectora general de Bellas Artes,
Elena Hernando. NORTEDECASTILLA.ES