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BARTOLOMÉ ESTEBAN
MURILLO |
Pintor español, nacido en Sevilla
el 31 de diciembre de 1617 y fallecido el 3 de abril de
1682. En 1633 inicia su formación artística en el taller del
pintor Juan del Castillo. Su obra junto a la de Valdés Leal
supone la última fase de la pintura barroca española.
Dedicada a una clientela de religiosos, crea un nuevo tipo
de imagen religiosa, que se convierte en prototípica durante
los siguientes años. Su arte sólo será barroco en apariencia,
la visión contrarreformista que manifiestan sus cuadros es
pura propaganda, sin que exista un intento de recoger los
aspectos que integran la realidad.
Sus primeras obras se realizan bajo el influjo de la escuela
tenebrista, sobre todo de pintores como Zurbarán o Ribera.
Sus temas religiosos, recogen personajes populares, niños,
mendigos, pícaros, enfermos, que va a representar con un
duro realismo. Esta parte de su producción es, tal vez, la
más interesante. Pero su pintura se fue haciendo cada vez
más suelta y pastosa, dirigiéndose hacia una pintura de
colorido brillante, y gran equilibrio compositivo, que nada
tenía que ver con el dinamismo barroco. Pero el gran éxito
de Murillo consiste en la creación de un nuevo tipo de
vírgenes las Inmaculadas, así como de escenas de santos,
donde se trata de trasmitir una sensación de humana bondad,
de aspecto maternal y dulce. Los personajes de sus obras
siempre muestran actitudes serenas y dulces, acordes con el
arte de Murillo.
En la obra de Murillo se pueden distinguir tres períodos,
que han sido denominados como frío, cálido y vaporoso.
Una de sus primeras obras es La
Virgen con fray Laurencio, san Francisco y santo Tomás, de
1638, y La Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo del
mismo año. Después de estas dos obras, hacia 1646, abandona
el estilo de tradición renacentista y se entrega a un
naturalismo donde se aprecia una gran influencia de Zurbarán.
De este momento son obras como la Sagrada familia del
pajarito, Niños jugando a los dados o Dos niños comiendo
melón y uvas.
En la década de los años cincuenta,
pinta la mayor parte de sus Vírgenes con Niño y tres de sus
grandes lienzos, con la temática de San Antonio de Padua.
En estos años realiza, también, su
viaje a Madrid, donde coincide con Alonso Cano y Zurbarán,
los otros grandes maestros sevillanos. Estudia la obra de
Rubens y la de Van Dyck, y en menor medida la de Velázquez,
que posiblemente también conoció en este momento. De regreso
a Sevilla, su fama se afianzo de tal modo, que le llueven
encargos, desplazando del panorama artístico a Zurbarán,
quien se marcha a Madrid por falta de trabajo. En 1660 se
convierte en el presidente de la Academia de Dibujo de
Sevilla.A partir de este momento sus cuadros muestran una
luz cala plena de color, patente ya en el Nacimiento de la
Virgen de 1660, pintado para la catedral de Sevilla, y la
serie de retablos del convento de los Capuchinos y del
Hospital de la Caridad. En 1665, ingresa como hermano en
esta institución. En principio su obra de este período parte
de una luz dorada que poco a poco se va haciendo blanquecina
en un tono cada vez más irreal.
Dentro de su obra, al margen de sus famosas Inmaculadas,
muestra un interés cada vez más creciente por las
representaciones de la infancia de Jesús, como San Juanito
de 1660 o Los niños de la Concha de 1670, este interés por
el estudio de la infancia le lleva a cultivar temas
anecdóticos infantiles, al margen de los temas religiosos,
mostrando una infancia alegre, propensa al juego, de
apariencia pícara, como en Los niños comiendo empanada de
1670. Dentro de este tipo de obra profana y de género,
realiza obras inspiradas en la vida callejera sevillana como
Gallegas en la ventana, de hacia 1670.
En 1682, Murillo falleció al caerse de un andamio, cuando
pintaba el gran cuadro del retablo de los Capuchinos de
Cádiz. Durante todo el siglo XVIII, su estilo fue continuado
por discípulos e imitadores.
Murillo ha sido uno de los pintores más populares de España,
aunque su fama ha decaído un tanto, al ser valorada su obra
como de un sentimentalismo excesivo. En este sentido Murillo
fue el pintor de la delicadeza y de la gracia femenina, e
indudablemente el pintor, por excelencia de Inmaculadas.
Pero ante todo es un artista de magnifica técnica y un gran
colorista, que avanza desde un tenebrismo inicial hacia una
pintura más suelta, ligera y libre, que le llevan a una
vaporosidad extraordinaria en su obra final. Además de sus
temas religiosos, sus obras realistas son extraordinarias,
aunque no reflejan en absoluto la realidad social de la
Sevilla del momento, que se ve enmascarada por una imagen de
amabilidad de la que se carecía.
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Esteban Murillo
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SOBRE ALGUNAS DE
SUS OBRAS |
Adoración de los pastores
Las primeras obras de Murillo denotan una evidente
influencia del Naturalismo tenebrista que tanto éxito estaba
cosechando en Sevilla por aquellas fechas, teniendo en
Zurbarán a su máximo representante. Sería lógico pensar que
si el joven Murillo pretende obtener rápidos triunfos será
en un estilo admitido por todas las fuerzas artísticas de la
ciudad, teniendo tiempo posteriormente de introducir
novedades en su pintura. Así, esta Adoración de los Pastores
muestra una importante influencia de la obra de Ribera, sin
olvidar a Zurbarán y al joven Velázquez. Murillo ha dejado
en penumbra a San José, que era el protagonista de la
Sagrada Familia del Pajarito, iluminando a la Virgen y al
Niño. Junto a ellos, dos pastores y una pastora entregan sus
presentes: un cordero, huevos y una gallina. El realismo que
caracteriza a las figuras tiene una clara muestra en los
pies sucios de los pastores, como ya había hecho Caravaggio
en Roma, mientras que la oveja recuerda el Agnus Dei de
Zurbarán, que debía ser muy comentado en la capital andaluza
por aquellas fechas. Los tonos predominantes son los típicos
del Naturalismo: marrones, blancos, sienas y pardos que
contrastan con los rojos y azules intensos. La pincelada
minuciosa del pintor muestra todo tipo de detalles, desde
los pliegues de los paños hasta las briznas de paja del
pesebre. La composición carece de profundidad, como era
habitual, al cerrarse con un fondo neutro normalmente muy
oscuro, marcando una típica diagonal barroca aunque aquí no
sea muy pronunciada. En suma, las primeras obras de Murillo
tienen todos los ingredientes para cosechar éxitos
inmediatos y hacerse un hueco en el mercado sevillano.
Anciana espulgando a un niño
Las escenas costumbristas serán una de las especialidades de
Murillo, existiendo una amplia demanda de estos temas,
especialmente entre los comerciantes y banqueros flamencos
que habitaban en Sevilla. En la década de 1660 pintaría esta
Anciana espulgando a un niño, también llamada Abuela
espulgando a su nieto. La composición se desarrolla en un
interior, recortándose las figuras sobre un fondo neutro al
estar iluminadas por un potente foco de luz que entra por la
ventana. El pequeño tumbado sobre el suelo come pan y
acaricia al perrillo mientras que la mujer procede a
quitarle las pulgas o los piojos de la cabeza. La anciana
concentra toda la atención en su tarea y ha abandonado sus
útiles de hilado que aparecen sobre la banqueta de la
derecha. Al fondo podemos contemplar una mesa con una jarra
y un cántaro, lo que nos indica que se trata de una familia
con escasos recursos económicos pero que sobrevive
humildemente. Este detalle también se puede apreciar en sus
vestidos ya que no observamos jirones como en otras escenas
-véase los Niños jugando a los dados-. El naturalismo con el
que trata Murillo la escena se aleja del empleado por
Zurbarán años atrás, lo que indica la evolución de su
pintura hacia un estilo muy personal, caracterizado por las
atmósferas.
Dos niños comiendo melón y uvas
Murillo se convertirá en uno de los principales pintores
infantiles del Barroco, tanto a la hora de representar
figuras divinas como el Niño Jesús o San Juanito o
personajes absolutamente reales como estos niños que aquí
observamos. Se trata de una obra juvenil, fechada entre
1645-50 y en ella apreciamos la influencia naturalista en la
pintura de Murillo. Las dos figuras aparecen ante un
edificio en ruinas, interesándose el artista por
presentarlos como auténticos pícaros, destacando sus ropas
raídas y sus gestos de glotonería. Los detalles están
captados a la perfección -especialmente las frutas- creando
Murillo una apreciable sensación de realidad. La pincelada
comienza a adquirir una mayor soltura y los efectos de
vaporosidad y transparencia empiezan a surgir gracias a su
contacto con Herrera y la pintura veneciana.
El Buen Pastor Niño
En el Evangelio de San Juan (10, 11-14) se compara al Cristo
con el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Esta sería
la posible base documental de este trabajo en el que Murillo
emplea a sus protagonistas principales: los niños, bien se
trate de niños de la calle -como en Dos niños comiendo uvas
y melón- o celestiales como en este caso.El Niño Jesús se
sitúa en un paisaje con una referencia arquitectónica al
fondo, sentado sobre algunos restos clasicistas y dirigiendo
su mirada al espectador. En la mano derecha lleva la vara
del pastor y con la izquierda acaricia al cordero, quien
también dirige la mirada hacia nosotros. La composición se
estructura con una pirámide característica del Renacimiento
mientras que la pierna y la vara se ubican en diagonal para
reforzar el ritmo del conjunto. La atmósfera creada gracias
a la iluminación y el colorido recuerdan a la escuela
veneciana, aportando el maestro sevillano una idealización
de las figuras que no aparece en sus escenas costumbristas.
Inmaculada la Grande, Inmaculada Concepción
Hacia 1651 los franciscanos de Sevilla encargan a Murillo
una Inmaculada para situarla en el arco triunfal de su
iglesia. Cuando el artista presentó su trabajo a los monjes,
éstos no encontraron a su gusto la obra ya que la hallaron
tosca y poco acabada, negándose a aceptarla. Murillo
solicitó permiso para colocar el lienzo en su lugar
correspondiente y una vez situado en el arco triunfal de la
iglesia fue de absoluto agrado para sus clientes. La
tradición dice que Murillo en ese momento se negó a
separarse de la Inmaculada a menos que le pagaran el doble
de lo estipulado, aumento que fue admitido por los monjes
sin oposición. Desde ese momento la obra siempre estuvo
colocada en su lugar original hasta que en 1810 sería
requisada por los franceses y depositada en el Alcázar. Su
enorme tamaño -de ahí que sea conocida como "La Grande"- la
salvó de ser trasladada a Francia por lo que en 1812 fue
devuelta al convento donde permaneció hasta la
Desamortización de 1836.Murillo muestra en esta obra uno de
sus primeros intentos por renovar la iconografía de la
Inmaculada, incluyendo el dinamismo y el movimiento
característico del Barroco. Posiblemente el sevillano
contempló algún grabado de la Inmaculada realizada por
Ribera en 1635 para las Agustinas de Salamanca en la que
aparecen elementos claramente innovadores. La Virgen se
muestra en actitud triunfante, apoyando su pie derecho sobre
la luna y su rodilla izquierda en una nube sostenida por
querubines. Viste amplia túnica blanca y manto azul -siguiendo
la visión de Beatriz de Silva-, siendo sus ropajes pesados y
voluminosos aunque dan muestran de movimiento, especialmente
el manto, en sintonía con la cabellera. Los querubines que
acompañan a la Virgen aún no gozan de la gracia de obras
posteriores.La ubicación original del lienzo, a elevada
altura y a gran distancia del espectador, condicionó la
composición ya que Murillo tuvo en cuenta que la obra tenía
que ser vista de abajo a arriba y en oblicuo, consiguiendo
un excelente resultado y demostrando su gran capacidad para
adaptarse a las necesidades de la clientela.
Inmaculada de El Escorial
Cuando Pacheco dictó las normas iconográficas que habían de
regir la pintura sevillana consideró que la Virgen "hase de
pintar (...) en la flor de la edad, de doce o trece años,
hermosísima niña". Murillo siguió las normas del suegro de
Velázquez en esta escena, una de las más atractivas de su
producción. El rostro adolescente destaca por su belleza y
los grandes ojos que dirigen su mirada hacia arriba. La
figura muestra una línea ondulante que se remarca con las
manos juntas a la altura del pecho pero desplazadas hacia su
izquierda. Los querubines que conforman su peana portan los
atributos marianos: las azucenas como símbolo de pureza, las
rosas de amor, la rama de oliva como símbolo de paz y la
palma representando el martirio. Los ángeles aportan mayor
dinamismo a la composición, creando una serie de diagonales
paralelas con el manto de la Virgen. La sensación
atmosférica que Murillo consigue y la rápida pincelada
indican la ejecución entre 1660-65, pero debemos indicar que
gracias al dibujo la figura no pierde monumentalidad,
definiendo claramente los contornos. El colorido vaporoso
está tomado de Herrera el Mozo, quien acercó los
conocimientos de la pintura flamenca -con Van Dyck y Rubens-
y la escuela veneciana a Murillo.Debe su nombre a haber
estado registrada en la Casita del Príncipe de El Escorial
en 1788, entre los cuadros del príncipe Carlos IV, desde
donde pasó a Aranjuez y de allí al Prado en 1819. Durante
mucho tiempo se la denominó Inmaculada de la Granja por
considerar que procedía de aquel palacio.
Invitación al juego de pelota a pala
En la producción de Murillo ocupan un lugar destacado las
escenas populares protagonizadas por niños mendigos.
Desconocemos qué tipo de clientela encargaba estos trabajos
pero se especula con la posibilidad de que se trate de algún
miembro de la colonia flamenca que vivía en Sevilla, debido
a la similitud de temas que aparecen en la pintura barroca
flamenca y holandesa de este tiempo.
Angulo ha interpretado este asunto como una conversación
entre niños, uno de ellos que está realizando un recado para
sus padres y un pícaro que le anima a jugar a pelota a pala,
apareciendo los instrumentos del juego junto a él. El
perrito actúa como elemento de unión entre ambos personajes,
mirando atentamente el mendrugo de pan que el niño de pie
esta comiendo. Podría tratarse de una escena de carácter
moralizante -al igual que había hecho Caravaggio-
protagonizada por niños. Los niños están al aire libre, ante
un edificio en su izquierda mientras que la zona de la
derecha se completa con un cielo nublado. Una vez más
Murillo ha puesto toda su maestría en captar las expresiones
de los pequeños, siendo la sonrisa picarona de uno y el
pensativo gesto del otro los verdaderos puntos de atracción
de la composición. Forma pareja con los Tres muchachos.
Magdalena Penitente
Magdalena penitente Si la mayoría de las escenas populares
pintadas por Murillo están protagonizadas por niños -véase
la Invitación al juego de pelota a pala o Tres muchachos- en
algunas ocasiones también emplea como modelos a muchachas,
como en esta ocasión, tratándose de una de las imágenes
costumbristas más atractivas de la producción del sevillano.
Angulo ha querido ver en esta imagen una alusión a lo
efímero de la belleza y la juventud, que vendría subrayado
por las rosas marchitas y deshojadas que aparecen en el
manto de la joven. De esta manera, la "vanitas" barroca
subyace en este lienzo, siguiendo Murillo la estela de las
obras pintadas por Caravaggio.
La muchacha
aparece al aire libre, dirigiendo su risueño gesto al
espectador y sentada sobre un pequeño muro que tiene su
continuación arquitectónica en el pilar que aparece a su
espalda. Viste de manera sencilla pero elegante, coronando
su cabeza con un gracioso tocado. La figura es iluminada por
un potente foco de luz que resbala por las telas, realzando
la volumetría del personaje y acentuando el contraste con el
fondo en penumbra. Esa luz también realza el colorido alegre
empleado, obteniendo como resultado una obra de gran
atractivo que ha sido copiada en numerosas ocasiones.
Durante la etapa tenebrista, Murillo realizó una serie de
Magdalenas penitentes que se convertirán en un prototipo
repetido por el maestro a lo largo de su carrera, existiendo
siete versiones diferentes sobre el tema. La santa aparece
arrodillada, ocupando su figura casi toda la superficie del
lienzo. Un potente foco de luz sólo ilumina a la figura,
dejando entrever algunas aristas de la cueva donde está la
santa, situando de esta manera la escena. La Magdalena cubre
su desnudez con un amplio manto que deja al descubierto los
brazos, los hombros y parte de un seno, poniendo con estas
partes del cuerpo una nota de claridad ante la oscuridad del
entorno. De esa penumbra envolvente también parecen surgir
el tarro de los afeites y la calavera que simbolizan a la
santa. El bello rostro de María dirigiendo su mirada al
cielo puede compararse con la Magdalena de Ribera,
demostrando Murillo su calidad pictórica al emplear
perfectamente dibujo, luz y color, creando un juego
cromático de gran belleza con el rojo del manto, la nacarada
carnación y el sombrío fondo. Las similitudes entre estos
Niños jugando a los dados y las Niñas contando dinero
resultan significativas. Ambas escenas están bañadas con una
luz similar y se desarrollan ante el mismo fondo
arquitectónico. Dos de los chiquillos juegan a los dados en
posturas encontradas mientras que un tercero come una fruta
mientras que un perro le mira. Se supone que se trata de
vendedores de fruta o aguadores debido a la presencia en
primer plano de una canasta con fruta y una vasija de
cerámica, jugando las escasas monedas conseguidas,
realizados todos los detalles con una impronta claramente
naturalista. Los gestos de los muchachos están perfectamente
caracterizados, especialmente el que echa los dados cuyo
rostro está parcialmente iluminado por la rica y dorada luz.
Una línea diagonal une las tres cabezas de los muchachos
mientras que alrededor del centro de atención -los dados-
Murillo ha creado un círculo donde se integran gestos y
actitudes. Como viene siendo habitual en las obras de la
década de 1670, el pintor sevillano introduce una atmósfera
vaporosa creada por las luces cálidas y la armonía cromática
de pardos, blancos, grises y ocres, obteniendo un resultado
de gran calidad y belleza protagonizado por las actitudes
desenfadas y vitales de los muchachos.El lienzo aparece
documentado en 1781 en la Hofgartengalerie de Munich donde
fue adquirido a principios del siglo XVIII para la Colección
Real Alemana.
Niños jugando a los dados
Las similitudes entre estos Niños jugando a los dados y las
Niñas contando dinero resultan significativas. Ambas escenas
están bañadas con una luz similar y se desarrollan ante el
mismo fondo arquitectónico. Dos de los chiquillos juegan a
los dados en posturas encontradas mientras que un tercero
come una fruta mientras que un perro le mira. Se supone que
se trata de vendedores de fruta o aguadores debido a la
presencia en primer plano de una canasta con fruta y una
vasija de cerámica, jugando las escasas monedas conseguidas,
realizados todos los detalles con una impronta claramente
naturalista. Los gestos de los muchachos están perfectamente
caracterizados, especialmente el que echa los dados cuyo
rostro está parcialmente iluminado por la rica y dorada luz.
Una línea diagonal une las tres cabezas de los muchachos
mientras que alrededor del centro de atención -los dados-
Murillo ha creado un círculo donde se integran gestos y
actitudes. Como viene siendo habitual en las obras de la
década de 1670, el pintor sevillano introduce una atmósfera
vaporosa creada por las luces cálidas y la armonía cromática
de pardos, blancos, grises y ocres, obteniendo un resultado
de gran calidad y belleza protagonizado por las actitudes
desenfadas y vitales de los muchachos.El lienzo aparece
documentado en 1781 en la Hofgartengalerie de Munich donde
fue adquirido a principios del siglo XVIII para la Colección
Real Alemana. Fuente de algunos de estos artículos:
www.artehistoria.com
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