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Pintor -
ARQUITECTO - RETABLISTA |
BIOGRAFÍA |
Alonso
Cano es sin duda el artista más completo del Siglo de Oro, no sólo
es conocido por ser un magnífico pintor, sino que su fama también es
debida a sus excelentes dotes en la escultura y en la arquitectura,
asimismo fue diseñador de muebles litúrgicos y un gran maestro en el
dibujo. Posiblemente la gran cantidad de buenos artistas que se
dieron cita en la España del siglo XVII sea la causa de que la obra
y la vida de Alonso Cano, no hayan despertado el interés que sin
duda merecen.
Alonso nació en Granada el 19 de marzo de 1601. Su padre, de nombre
Miguel, era constructor de retablos, daba trazas a otros artistas
para su ejecución, y también elaboraba muebles y objetos de culto.
No cabe duda que la actividad del padre marcó el devenir artístico
de Alonso.
En 1614 se trasladó toda la familia al centro económico más
importante de Andalucía, es decir, Sevilla. Allí, Alonso completaría
su formación y sin duda pudo desarrollar con más facilidad sus dotes
artísticas. En agosto de 1616, entró como aprendiz en el importante
taller de pintura de Francisco Pacheco, donde coincide con el joven
Diego Velázquez durante unos meses. Posteriormente pudo completar su
formación como escultor junto al gran maestro Juan Martínez Montañés,
con quien parece que estuvo trabajando durante varios años
(1626-1629).
En su etapa sevillana lógicamente colabora en numerosos proyectos
junto a su padre, y durante todo este período su fama como artista
fue creciendo. Especialmente importante fue su intervención en el
retablo mayor de la iglesia de Santa María de la Oliva en Lebrija,
empresa que le fue traspasada por su padre. Trazó el retablo y
ejecutó sus esculturas, sobresaliendo por su belleza y maestría la
imagen de la Virgen de la Oliva.
Tras una azarosa vida que le llevó incluso a prisión por deudas, en
1637 decide marcharse junto a su segunda mujer M.ª Magdalena de
Uceda a Madrid. Recibió el apoyo del valido de Felipe IV, el
conde-duque de Olivares, lo que le abrió la puertas de la Corte como
ayudante y pintor de cámara. Pudo participar en las grandes empresas
artísticas de la monarquía y así culminar su formación. El incendio
del palacio del Buen Retiro en 1640, provocó que por una parte
participase en la restauración de obras de grandes maestros, y por
otra fuese comisionado junto a Diego Velázquez a viajar por las
diferentes casas reales para seleccionar obras de arte que
decorarían el palacio del Buen Retiro. De nuevo en Madrid se vio
envuelto en historias turbulentas que le relacionan con un supuesto
duelo con el pintor Sebastián de Llanos, e incluso sufrió un proceso
judicial en el que no faltó la tortura, al ser acusado instigador
del apuñalamiento de su mujer en junio de 1644.
Tras una breve estancia en Valencia (1644-1645) vuelve a Madrid
donde realizaría multitud de trabajos de pintura, escultura y
arquitectura efímera de gran calidad, entre los que destacaríamos
sus pinturas de los dos retablos, aún conservados in situ, que le
son encargados para la iglesia parroquial de la Magdalena de Getafe,
u otras importantes obras como el cuadro de El milagro en el pozo
del Museo del Prado, o el Descenso al Limbo perteneciente a Los
Angeles County Museum of Art.
Posiblemente debido a problemas de salud, decidió volver en 1652 a
su ciudad natal de Granada, donde consiguió el cargo de racionero de
la catedral tras multitud de problemas con el cabildo, y gracias a
la intercesión del propio rey Felipe IV. Su labor en la catedral,
que aún estaba sin terminar, fue muy importante, y en ella hallamos
algunas de sus obras emblemáticas, desde el conjunto de cuadros de
la serie de la vida de la Virgen que se disponen en el presbiterio,
a la celebérrima escultura de la Inmaculada, y sin olvidarnos de los
objetos litúrgicos diseñados por él, o de sus trazas para la fachada
principal del edificio, obra póstuma de Alonso Cano que supone su
culminación como arquitecto.
Volver al inicio
de Alonso Cano
Aunque
no son muchas sus obras realizadas y conservadas, la dimensión de
Alonso Cano como arquitecto resulta bien conocida gracias a los
retablos conservados diseñados por él, y sobre todo por la
espléndida colección de dibujos que tenemos de su mano en los que el
artista presenta multitud de diseños de arquitectura, de elementos
decorativos, retablos, el proyecto de una fuente monumental, etc.
Alonso
Cano conoce perfectamente el vocabulario del mundo clásico antiguo (columnas,
frontones, arquitrabes, guirnaldas, cartelas, etc.) que utiliza de
forma contenida.
En sus
obras más maduras observamos una mayor libertad en las composiciones
así como un claro alejamiento del clasicismo, y en ellas predomina
la utilización de cartelas, guirnaldas de frutos y hojas, molduras
simplificadas, así como una tendencia a reducir e incluso eliminar
elementos arquitectónicos esenciales como los propios capiteles y
basas de las columnas entre otros, características que dotan a su
arquitectura de una gran personalidad, tal como se evidencia en sus
obras granadinas y muy especialmente
en la fachada de la Catedral.
Respecto a sus trabajos arquitectónicos sabemos que se encargó de
diseñar la arquitectura efímera del arco del triunfo de la Puerta de
Guadalajara para celebrar la entrada en Madrid de la reina Mariana
de Austria en 1649. De nuevo su labor en la Corte se muestra con
multitud de incógnitas, y poco o nada sabemos por ahora sobre sus
posibles intervenciones en alguno de los múltiples proyectos
constructivos que por entonces se estaban realizando en palacios y
jardines pertenecientes a la Casa Real, y muy especialmente en
aquellos que afectaban a la gran empresa del Buen Retiro.
Mejor conocida es su etapa granadina (1652-1667). De forma
documental conocemos que intervino en las obras del Hospital Real de
Granada fundado por los Reyes Católicos, aunque ignoramos que fue lo
que pudo realizar allí. También intervino directamente en la
desaparecida iglesia del convento de franciscanas del Santo Ángel
Custodio (1653-1661) y en la fachada principal de la Catedral.
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Un arquitecto en
Granada
Tras abandonar
la Corte madrileña en 1652 y hasta la fecha de su muerte
en 1667, se desarrolla la denominada etapa granadina de
Alonso Cano, la más importante del artista en lo que a
arquitectura se refiere.
Por una carta fechada en febrero de 1658 y enviada por
el artista a Felipe IV conocemos que Cano estaba
trabajando en el Hospital Real fundado por los Reyes
Católicos a finales del siglo XV, pero en cambio no es
posible averiguar qué es lo que realizó allí.
Entre 1653 y 1661 se construyó la iglesia conventual del
Ángel Custodio y gracias a la descripción del cronista
franciscano Tomás de Montalvo sabemos que fue construida
por el arquitecto Juan Luis de Ortega según los planos
dados por Alonso Cano. Desgraciadamente fue destruida en
1810 durante la invasión francesa, pero parece que debió
ser muy similar al templo de la Magdalena de la misma
ciudad, erigida entre 1677 y 1694 por el mismo
arquitecto, y aunque desconocemos si sus trazas fueron
dadas por Cano es evidente que su arte denuncia su
estilo: carácter contenido, austero y muy personal pero
a su vez independiente de las fórmulas académicas,
utilización decorativa muy sucinta reducida a unos
florones, pilastras sin molduras, reinterpretación, o
mejor dicho desaparición, de los capiteles, importancia
del juego de las líneas de molduras, marcos, ventanas,
etc.
La fachada
de la catedral granadina
La obra más importante, aunque póstuma, será la fachada
principal de la Catedral de Granada. El edificio,
iniciado en la primera parte del siglo XVI bajo la
dirección destacada del genial artista Diego de Siloé,
se encontraba aún sin terminar en el siglo XVII y su
fachada principal sin realizar.
Tras la infructuosa intervención de los arquitectos
Gaspar de la Peña y de Eufrasio López de Rojas, el 4 de
mayo de 1667 el cabildo aceptó las trazas dadas por
Cano, sólo unos pocos meses antes de morir.
El proyecto fue llevado a cabo por José Granados de la
Barrera y Melchor de Aguirre en el último tercio del
siglo, mientras que la decoración escultórica no fue
concluida hasta el siglo siguiente.
Esta gran fachada, sin duda influida por el pie forzado
que supone el proyecto de Siloé del siglo XVI, se
articula de forma general en tres grandes vanos de medio
punto retranqueados. En ella se muestra la gran libertad
compositiva de un Alonso Cano que ha llegado a la
madurez artística. Aunque su recuerdo clásico es
evidente, una observación más detallada nos revelará
como Cano suprime el protagonismo de los elementos
clásicos por excelencia como los capiteles, las basas o
los frontones, frente a las guirnaldas, las ménsulas o
las cartelas. Se trata de una obra muy personal y a la
vez austera y equilibrada, donde las líneas rectas de
las pilastras se contrarrestan a la perfección con las
curvas de los óculos, las puertas y los tres grandes
arcos que cobijan toda la fachada. |
El
dibujo era un capítulo fundamental en la vida artística de Alonso
Cano. Todos los contemporáneos resaltan la habilidad de este artista
para el dibujo, su extraordinaria inventiva y su refinada técnica.
Los dibujos formaban parte del proceso creativo tanto del pintor
como del arquitecto o del escultor. La factura de la mayor parte de
los dibujos de Cano es sofisticada, lejos de la inmediatez de los
esbozos o apuntes. Cano empleó varias técnicas, aunque prefería la
expresividad de la pluma y la aguada a tinta. Con la pluma imprimía
precisión a las líneas y con la aguada (tinta diluida en agua)
conseguía dar al dibujo bellos efectos cromáticos y lumínicos. En
muchos de los ejemplos conservados se trata de obras perfectamente
acabadas. Éstas servían al artista no sólo de bocetos preparatorios
o estudios para sus composiciones, sino que también le permitían
avanzar al cliente el resultado final de su trabajo y someterlo a su
juicio. Aunque escasos, también se conservan bosquejos de sus
primeros pensamientos e ideas, trazados a lápiz o a pluma de manera
mucho más espontánea.
En España, en el siglo XVI y XVII, no había grandes coleccionistas
de dibujos, como en Italia o el resto de Europa. Los dibujos se
veían más como útiles de trabajo que como obras con un valor
específico. Quizá por ello, la mayor parte de los dibujos de
artistas españoles no están firmados por su mano ejecutora. Sólo
cuando éstos pasaban a una colección su propietario les añadía el
nombre. Esta es la causa de que en la actualidad únicamente puedan
hacerse «atribuciones» basándose en las características técnicas y
estilísticas de los dibujos.
Comparativamente con otros artistas del Siglo de Oro español, Cano
es uno de los que mayor número de dibujos nos ha legado. Según una
anécdota que cuentan sus biógrafos, cuando Alonso Cano estaba en
Granada tenía la costumbre de dar a los mendigos, en forma de
limosna, un dibujo que trazaba rápidamente y en ese mismo instante
sobre un papelillo. Después se lo entregaba al pobre y le decía a
qué casa tenía que acudir para venderlo y cuántas monedas debía
pedirles.
Como el resto de sus contemporáneos, Alonso Cano utilizaba las
estampas y los grabados de otros artistas para hacer prácticas de
taller, para copiarlas y transformarlas, en definitiva, para usarlas
en sus propias composiciones. Entre los bienes recogidos en su
testamento figuran una buena biblioteca y una gran colección de
estampas y grabados «usados».
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Aparición de la Virgen a San Félix de Cantalicio
Se trata de un dibujo preparatorio para un lienzo que
ocupaba el centro del desaparecido retablo de la iglesia
de los capuchinos en Sanlúcar de Barrameda. El cuadro se
conserva hoy en el Museo de Bellas Artes de Cádiz pero
es de menor calidad que el dibujo, ya que en su
ejecución intervinieron los ayudantes de Cano.
El dibujo está realizado con finos trazos de pluma,
precisos y elegantes. La extremada corrección de las
líneas de los dibujos de Alonso Cano, de gran sentido
decorativo, quizá se deban a su formación como
arquitecto. El artista estudiaba con sus dibujos la
composición, la organización de los volúmenes o las
posturas de las figuras. Sin embargo, no se trata de
meros bocetos sino de dibujos perfectamente acabados,
tal vez porque eran presentados al cliente para que éste
aprobara tanto su forma como su contenido iconográfico.
La técnica usada era en primer lugar el grafito o el
lápiz, con el que esbozaba suavemente los ejes de la
composición y las figuras. Después definía los contornos
con la pluma en trazos limpios y rápidos, y, por último,
enriquecía el diseño mediante una aguada de tinta parda
(tinta diluida con agua y otras substancias). Aplicaba
aguadas sucesivas y conseguía así distintos tonos, lo
que le permitía hacer el juego de luces y sombras (por
ejemplo, los pliegues de las vestiduras).
Cristo
flagelado recoge sus vestiduras
Este dibujo fue preparado a lápiz y terminado a pluma y
aguada. En época posterior sufrió repintes y otras manos
añadieron unos toques de color blanco. Alonso Cano no
solía utilizar en sus dibujos el albayalde o pintura
blanca para resaltar las zonas más iluminadas.
Simplemente dejaba el color original del papel, que así
contrastaba con las zonas cubiertas por la aguada de
tinta.
Este es uno de
los escasos dibujos de Cano que parece ser un estudio
del natural. La postura de Cristo para recoger las ropas
y el estudio de su anatomía así lo sugieren. A
diferencia de Italia, en España no era una práctica
habitual la realización de academias (dibujar una figura
humana a partir de un modelo vivo) o copiar la
naturaleza directamente. Al contrario era frecuente el
uso de estampas y grabados como motivos de base que eran
modificados por el artista. Cano era muy escrupuloso en
el estudio de las diversas posturas de cada figura
dentro de las composiciones, así como en el análisis del
volumen de los cuerpos en el espacio. Esto queda
evidenciado en sus dibujos, que corregía incluso pegando
parches y que repetía numerosas veces variando
ligeramente la postura de la cabeza, de un brazo o de
una pierna.
Ángel
con banderola y Ángel trompetero
El primer dibujo corresponde a la etapa sevillana de
Alonso Cano, el periodo inicial y de formación (hacia
1630). Este encantador angelote tiene rasgos propios del
estilo de Cano en esos momentos: por un lado, está
realizado con una técnica muy líneal y de gran precisión
decorativa. Por otro, la robusta anatomía de la figura
recuerda a los querubes que el artista esculpió para el
retablo de Lebrija y del convento de Santa Paula (Sevilla).
Se han
conservado numerosos dibujos de ángeles atribuidos a
Cano, donde éste estudia diferentes posturas y gestos.
Son también de gran belleza ornamental sus ropajes,
donde Cano revela su gran dominio de la línea. En unos
casos son niños de corta edad, mientras que los ángeles
trompeteros suelen ser adolescentes. Dichos estudios
eran después usados en diversas composiciones pictóricas,
por ejemplo las Inmaculadas, San Juan Evangelista y su
visión de Jerusalén, la Virgen del Rosario, Cristo
sostenido por un ángel, que aparecen en estas páginas.
Coronación de
un poeta-soldado
Este dibujo de Cano fue realizado seguramente como un
estudio para la ilustración de un libro. El grabado
tenía dos destinos fundamentales en aquella época:
servir como imagen de devoción o bien para ilustrar
libros. Muchas veces la única estampa del libro estaba
situada al principio, como frontispicio o portada. En
ella se encontraba, junto al título, un retrato del
autor y diversas figuras alegóricas.
El nombre de
Alonso Cano aparece vinculado, al menos, a dos
publicaciones, donde el granadino hizo los dibujos,
dejando la complicada iconografía al editor. Uno de los
libros es El Parnaso Español, editado en 1648 con una
colección póstuma de poesías de Quevedo. Algunos autores
han identificado en el busto de este poeta-soldado al
propio Quevedo, joven y sin anteojos (los «quevedos» a
los que dio nombre), coronado por un ángel con los
laureles de la gloria.
Virgen con
el Niño
Estos dos dibujos nos muestran dos técnicas diferentes.
El primero fue preparado a lápiz, con un esbozo muy
suave de los contornos, y después acabado a pluma y
aguada de tinta parda, como era habitual en este artista.
Mediante la aplicación de varias aguadas Cano consigue
dar volumen a la figura, matizando sin ocultar las
precisas y nítidas líneas de contorno. Las sombras
aplicadas magistralmente a los pliegues del manto y la
anatomía de las figuras imprimen al dibujo un carácter
casi pictórico.
El segundo
dibujo está realizado únicamente a lápiz o grafito. Son
muy pocos los dibujos de este tipo que se han conservado
y éste de la Virgen con el Niño es uno de los más bellos.
Por la maestría del trazado de las líneas y el
refinamiento de la escena, se supone realizado en los
últimos años de su vida, entre 1660 y 1664. Cano no
aplicó en este caso la tinta, aunque el dibujo está
perfectamente acabado.
Ambos debieron servir al pintor como estudio para los
muchos cuadros que realizó con este tema. Sin embargo, a
pesar de los innumerables encargos, Cano siempre
respondía a sus clientes con composiciones diferentes,
con matices y elementos nuevos. En este sentido los
rostros de la Virgen y los niños son siempre singulares
y encantadores.
Cristo niño y San Juanito
Este dibujo de tan sólo 11 x 9,5 cm, realizado entre
1660 y 1667, sirvió a Alonso Cano de base para un cuadro
y para un grabado. El pequeño tamaño de la mayoría de
sus dibujos responde en muchos casos a que fueron
recortados de hojas más grandes donde figuraban otros
dibujos, que de esa manera podían venderse por separado.
Es también probable que Cano utilizara cuadernos de
formato reducido, quizá por razones económicas. En todo
caso, la gran diferencia entre la dimensión de los
dibujos y la de los cuadros ha hecho dudar a los
investigadores sobre la posibilidad de que fueran
dibujos preparatorios.
Aunque no
hemos conservado información precisa sobre la actividad
de Alonso Cano como grabador, recientemente dos
especialistas (Z. Véliz y J. M. Matilla) han
identificado un grabado que pudiera ser de la mano del
artista granadino (conservado también en el Museo del
Prado).
Se trata de una estampa en forma de tondo y con una
escena idéntica a la de este dibujo (incluso en el
tamaño). Parece apoyar su teoría el hecho de que el
dibujo tenga huellas de haber sido repasado con una
punta metálica (como suele hacerse para pasarlo a la
plancha del aguafuerte).
También existe un cuadro con una escena idéntica,
fechado en la misma época, hoy en el Museo del Ermitage
de San Petersburgo. |
Volver al inicio
de Alonso Cano
En su
completa labor como artista no faltó su preocupación por el diseño
de mobiliario religioso. Conocemos tal preocupación por sus dibujos
y por su intervención desde fechas muy tempranas en retablos y
sagrarios, y sobre todo en su etapa final granadina cuando su
intervención en la Catedral fue tan importante. Para el principal
templo de Granada entre 1652 y 1656 diseño el gran facistol del coro,
realizado por los carpinteros Blas Rodríguez y Juan Marín, en el que
introdujo la curiosa combinación de caoba, jaspe y bronce.
En las mismas fechas diseñó igualmente las lámparas de plata para la
capilla mayor, ejecutadas por el orfebre Diego Cervantes Pacheco.
Es una incógnita saber si intervino en su etapa madrileña
(1638-1652) en la realización de diseños para el mobiliario de los
palacios reales y muy especialmente para la gran empresa del palacio
del Buen Retiro que por aquellos años se estaba decorando.
Llegados a este punto es necesario llamar la atención sobre la
concepción que en la España del siglo XVII había respecto a la
figura del artista y su labor creadora. Hubo figuras muy importantes
entre las que se hallaban Diego Velázquez, Alonso Cano, o el maestro
de ambos Francisco Pacheco, que reivindicaron el papel del artista
como creador del diseño, como responsable de la dimensión
intelectual existente detrás de toda obra de arte frente a su
realización manual y mecánica. Un buen reflejo de ello lo constituye
la espléndida colección de dibujos que hoy conservamos de Alonso
Cano, en los que observamos su preocupación por elementos
arquitectónicos, o por composiciones pictóricas y escultóricas,
entre otros muchos detalles.
Volver al inicio
de Alonso Cano
Aunque
Alonso Cano recibió la primera formación artística junto a su padre,
un retablista de cierto prestigio en Granada y después en Sevilla,
pronto inició sus pasos como pintor en esa última ciudad, el centro
artístico más importante de la época.
En 1616, con 15 años, Alonso entró en el taller de Francisco
Pacheco, donde hacía ya dos años que estudiaba Diego Velázquez, dos
años mayor que él. Aunque Velázquez terminó su aprendizaje poco
después (en 1617 pasó su examen como maestro pintor), durante unos
meses ambos artistas coincidieron en el taller de Pacheco. Su
aprendizaje con el maestro Pacheco dejó algunas huellas en el estilo
de ambos pintores, por ejemplo algunos rasgos iconográficos como en
la Inmaculada Concepción.
Algo más tarde, cuando se instala en Madrid, la pintura de Alonso
Cano también se verá influenciada por Velázquez. En la década
siguiente, Alonso también se formó como escultor, seguramente con
Martínez Montañés, pero ya entonces empezaba a hacer sus pinitos
como pintor y como retablista en el taller de su padre. En 1624
suele fecharse su primer cuadro, San Francisco de Borja (en el Museo
de Bellas Artes de Sevilla). En 1626, a los 25 años, obtuvo la
licencia de maestro pintor para ejercer la profesión de manera
autónoma. Y lo hizo con gran éxito si nos atenemos a la cantidad de
encargos que recibió hasta el momento de su traslado a Madrid.
Es probable que la opinión de Velázquez, primer pintor de cámara,
contara en la decisión del conde-duque de Olivares de llamar a la
corte a Alonso Cano en 1638. Éste trabajó a su servicio hasta la
caída en desgracia del valido en 1643. Sin embargo, poco se sabe de
esos primeros años de Alonso en la corte de
Felipe IV.
En 1640 se produjo un devastador incendio en el palacio del Buen
Retiro de Madrid que dañó severamente la colección de pinturas que
lo adornaban. Alonso Cano se encargó de la restauración de muchos de
ellos en los años siguientes e incluso acompañó a Velázquez en un
viaje por Castilla para buscar, por encargo del rey, cuadros que
sustituyesen a los perdidos.
Entre las escasas obras realizadas para su protector, el conde-duque,
se conserva el Cristo crucificado, de 1643, que hoy pertenece a una
colección privada de Madrid.
Su paso por la capital y el contacto directo con la pinacoteca real
y con la obra de Velázquez, con quien mantuvo una estrecha amistad,
fueron de vital importancia en la evolución de su pintura. La
técnica de los venecianos, su color y su luz, influyeron mucho en su
estilo aún algo severo y tenebrista propio de la escuela sevillana.
Su paleta se vio enriquecida, alcanzó un gran dominio de las
veladuras y de los efectos lumínicos, el dibujo y modelado de los
volúmenes también avanzaron tras el conocimiento de los pintores
renacentistas italianos.
Tras un breve período en Valencia (1644-1645), y hasta su partida
para Granada en 1652, Cano realiza una gran cantidad de obras en la
capital del reino. Entre las de mayor fama en la época se contaba el
Milagro del pozo, pintado para la iglesia de Santa María y hoy
conservado en el Museo del Prado. En él manifiesta Cano la
influencia de Velázquez, aunque hoy aparezca bastante deteriorado y
retocado. En 1651, Cano ingresa en una orden religiosa y al año
siguiente se marcha a trabajar a la Catedral de Granada, donde se le
encarga una serie de cuadros sobre la vida de la Virgen para decorar
la capilla mayor. El trabajo sufrió una breve interrupción entre
1657 y 1660 por disputas con los canónigos de la catedral, motivo
por el que se trasladó de nuevo a Madrid con la intención de
defender sus intereses.
Desde su regreso a Granada, hasta su muerte en 1667, Cano no redujo
su actividad creadora, desde la pintura a la arquitectura, pasando
por la escultura. Si bien es cierto que en algunas de sus obras
pictóricas intervino en demasía su taller, también fueron los años
de mayor brillantez de su técnica, de mayores recursos estilísticos
y de mayor fama de algunas de sus obras, como las Inmaculadas,
copiadas por otros muchos artistas. La temática, sin embargo, queda
reducida prácticamente a lo religioso.
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San Juan
Evangelista
Este cuadro repite la composición de otro San Juan
pintado para el retablo de San Juan Evangelista del
convento de Santa Paula en Sevilla, anterior a 1638 y
hoy en el Museo del Louvre de París. Esta versión debió
ser realizada por esas mismas fechas (1635-1638), para
algún coleccionista sevillano que admiraba el cuadro.
San Juan
aparece en actitud de expulsar al demonio del cáliz. Su
mano derecha está en escorzo. La figura se inserta en el
espacio de manera perfecta, proyectando la pierna y el
brazo hacia el espectador, lo que acentúa el dinamismo
de la figura. En las primeras obras sevillanas se
advierte un acusado tenebrismo, influido sin duda por
Ribera, a través del cual pasa lo caravaggiesco.
San Juan Evangelista y su visión de
Jerusalén
Este cuadro formaba parte del retablo de San Juan
Evangelista del convento de Santa Paula en Sevilla, con
escenas de la vida del santo. En esta obra resaltan más
que en ningúna otra la expresividad y gracia de las
manos de Cano, que aquí contribuyen decisivamente a la
evocación de la escena. El ángel, de gran belleza y
elegancia, es también un motivo predilecto del pintor,
como se verá en algunas otras obras seleccionadas.
Aquí aparece
agachado sobre San Juan, en fuerte escorzo muy bien
conseguido. Sus alas desplegadas y los extremos de su
fina capa al viento crean un efecto especialmente
barroco. La figura del evangelista, que porta una gruesa
túnica blanca y una capa rosada, equilibra la
composición, con una postura contrapuesta a la del ángel.
El atrevido colorido del cuadro es también muy armónico,
singular en la escuela española.
En los últimos años sevillanos el estilo de Cano es
mucho más elegante. El ángel en concreto, con el torso
semidesnudo es sutilmente ambiguo. El color y la luz
también han cambiado, distantes ya del tenebrismo
inicial. Ahora se trata de luz natural, plein air,
aunque sigue usando las sombras para acentuar los
volúmenes. Los colores empleados, los malvas, azules,
rosas, amarillos y verdes se armonizan delicadamente,
una pincelada más fluida. Anticipan la paleta y la
técnica que Cano adopta definitivamente en Madrid,
influido por las obras de los venecianos.
Virgen de
Belén
Este cuadro debió de ser pintado en los últimos años de
Cano en Sevilla (1635-1637). Tiene rasgos comunes a las
obras del mismo período, algunos de ellos, como las
carnaciones muy rosadas, aparecían por primera vez en el
estilo de Cano. Las manos de la Virgen y del Niño son
muy expresivas y delicadas.
El rostro de
la Virgen, según los críticos, muestra toda la belleza
de una mujer andaluza, unas facciones que se atenúan
posteriormente en sus modelos. El niño, por el contrario,
es rubio, como los querubines que suelen poblar sus
obras. Muchos de los dibujos que se conservan de su mano
son estudios de niños y ángeles.
Los colores están cuidadosamente escogidos, de gran
viveza como en San Juan Evangelista y su visión de
Jerusalén. Este modelo de Virgen con el Niño de Alonso
Cano es repetido y popularizado después por Murillo.
Un rey de
España
Alonso Cano llegó a Madrid en la primavera de 1638. El
primer encargo conocido que recibe en la corte es el de
un retrato doble de Fernando e Isabel para el Salón
Dorado del Alcázar, realizado entre 1639 y 1640. Algo
posteriores, pero quizá de la misma serie, fueron los
dos lienzos, Un rey de España y Dos reyes de España, que
se conservan en el Museo del Prado de Madrid.
Las figuras están concebidas para ser vistas desde abajo,
por lo que los escorzos están acentuados, del mismo modo
que el efecto ilusionista de situarlos como saliendo del
cuadro. También son singulares el recargamiento y
barroquismo del escenario y del vestuario de los
personajes, de apariencia medieval aunque no lo son en
realidad. Todos estos aspectos contribuyen a dar a la
escena un carácter caricaturesco y teatral. La
utilización de la luz y del color, con pinceladas
precisas, muestran la brillantez técnica de Alonso Cano
en esta época. Cano se inspiró a menudo en grabados de
otros pintores para realizar sus propias composiciones.
En 1638 compró grabados y dibujos en la almoneda de
Vicente Carducho en Madrid, y diez años después otra
gran cantidad de la colección de Antonio Puga. En este
caso de Un rey de España, el modelo fue un cuadro de
Rubens, una figura sentada de Carlos V.
Cristo
muerto sostenido por un ángel
Pintado entre 1646 y 1652, durante su estancia en
Madrid, denota el cambio de la técnica y las
composiciones de Cano respecto a su periodo de formación
en Sevilla. Las dos figuras son excelentes,
Cristo desnudo y el ángel, de una gran elegancia y
sensibilidad. La iluminación es muy efectista.
Así, mientras los rostros de ambos personajes permanecen
en ligera penumbra, el cuerpo lívido y exánime de Cristo
recibe todo el foco de luz, acentuado por la blancura
del paño de pureza que le cubre. El contrapunto de color
lo pone el ángel, vestido con una túnica malva que
destaca sobre el paisaje de fondo. Las expresiones son
conmovedoras y delicadas. El ángel muestra una honda
tristeza de forma contenida mientras que el semblante
cansado y sereno de Cristo está lejos del dramatismo que
caracterizó a una gran parte del arte religioso español
de la época. En este sentido, este Cristo de Cano se
acerca al Crucificado de Velázquez.
Para esta composición Alonso Cano se inspiró en un
grabado. Sin embargo, transformó el modelo manierista
mediante el juego de luces y sombras y consiguió
infundir a las figuras una expresividad y una elegancia
nuevas.
Virgen del Lucero con el Niño en un
paisaje nocturno
Esta es una de las más tiernas y bellas imágenes de
Alonso Cano, y como tal alcanzó en la época una gran
popularidad. Aunque el tema fue repetido innumerables
veces por el pintor, siempre consiguió darle un carácter
y una expresión originales. La Virgen se halla esta vez
en un paisaje nocturno, con un bello halo de estrellas
sobre su cabellera morena.
Sobre la
cabeza del Niño un tenue resplandor hace las veces de
nimbo. La capa azul de la Virgen envuelve a las dos
figuras y subraya la parte más iluminada de la escena,
el manto rosado de la madre y el Niño desnudo, apenas
sobre un lienzo blanco. A diferencia de otros lienzos de
temática similar, aquí el Niño es un encantador bebé de
pocos meses, todavía sin pelo, de rostro mofletudo y
cuerpecillo regordete. También es de una excelente
técnica, con un rico cromatismo matizado por hábiles
pinceladas de luz, y una rosada carnación de las figuras.
El milagro
del pozo
La influencia de los pintores venecianos y de Velázquez
en la técnica de Cano se hace evidente en este lienzo.
No sólo la pincelada es suelta y vibrante o la luz
difuminada, envolviendo a las figuras como en Tiziano y
en Velázquez. Además las figuras femeninas están dotadas
de una sensualidad muy veneciana.
El cuadro fue pintado para el retablo del altar mayor de
la desaparecida iglesia de Santa María de la Almudena de
Madrid, donde se dice que fue visitado por el propio rey
Felipe IV después de oír las múltiples alabanzas que
recibía la obra. La pintura recoge un hecho de la vida
de San Isidro, el patrón de Madrid. Un hijo del santo
cae a un pozo y es salvado por un ángel. En la imagen
aparece San Isidro, varios niños y tres mujeres,
dispuestos todos ellos en torno al pozo. Cuando en 1941
el Museo del Prado adquirió el cuadro, éste estaba roto
y en mal estado. Había sido recortado por los bordes
superior e inferior y repintado de forma poco hábil en
muchos puntos (como la cabeza del niño del centro). Con
las últimas restauraciones el cuadro ha recuperado parte
de su belleza primitiva.
Inmaculada Concepción
Esta obra fue pintada en Madrid, hacia 1650-1652, en un
momento de madurez de su técnica. La ligera inclinación
de la cabeza de la Virgen y la flexión de su pierna
derecha, proyectando la rodilla hacia delante, son
rasgos que aparecen en este período madrileño y son
reflejo de su admiración por los pintores renacentistas
italianos. Del mismo modo la luz difuminada y el color
recuerdan la técnica de los venecianos.
Comparada con otras representaciones anteriores de la
Inmaculada, ésta es más sencilla, menos barroca, al
dejar sólo dos angelotes a los pies de la figura.
También el rostro de la Virgen es diferente y único. Sin
embargo, en todas las Inmaculadas de Cano se repiten una
serie de peculiaridades que las identifican como obras
suyas. Una característica es el acusado perfil fusiforme
de las figuras, con el manto que se abomba en la zona de
la cintura y se recoge en los pies. Esta silueta
original ya aparece en una de las primeras obras de
Cano, la escultura de la Virgen del retablo de Lebrija (Sevilla).
También es singular la forma de disponer el manto, que
deja descubierto el hombro y el brazo izquierdos y se
ciñe en los tobillos, donde deja sobresalir la túnica
que se dispone sobre la luna. Manos de dedos largos, en
actitud de orar y rostro meditativo, son rasgos
singulares que no aparecen en las Inmaculadas de otros
autores como Velázquez, por ejemplo. En las innumerables
versiones de Cano varía la técnica, pero no la solución
formal.
Escenas de la
vida de la Virgen
Entre 1652 y 1664, Alonso Cano realiza en la Catedral de
Granada uno de los conjuntos más importantes de todas
las series de pintura del arte español, representando la
vida de la Virgen. Se le encarga la realización de siete
monumentales lienzos (4,51 x 2,52 m) de terminación en
medio punto, para otros tantos huecos del cuerpo
principal de la Capilla Mayor de la Catedral granadina,
que irían colocados a gran altura y debajo de las
vidrieras del cuerpo alto.
Las serias
dificultades de la obra fueron superadas por el genio
del arte de Cano, que, en la mayoría de los lienzos,
supo traducir la monumentalidad del marco con valiente
composición y ricos efectos de brillante cromatismo.
Supo dar también unidad a toda la serie, creando, sin
embargo, en cada una de las obras composiciones
independientes y, al mismo tiempo, equilibradas con el
resto.
Los temas representados son la Encarnación, que preside
la serie ocupando el centro; la Visitación, Asunción e
Inmaculada Concepción en el lado derecho; la Natividad,
Presentación y Purificación en el lado izquierdo.
En los lienzos se puede ver cómo el propio artista según
avanza en el proyecto va estudiando el tratamiento de
los cuadros según el lugar que iban a ocupar (altura,
exposición a la luz, etc.) en el presbiterio, ya que
serían contemplados a gran distancia. Por ejemplo, en el
primer cuadro de la serie, Presentación de la Virgen en
el Templo, Cano presenta una obra en la que sus figuras
se muestran pequeñas, lo que dificulta su contemplación,
debido a que se encuentra a más de veinte metros del
espectador, problemática que el artista subsana en las
siguientes obras.
Alonso Cano volvió a realizar otra serie de similar
temática para el convento franciscano del Santo Ángel de
Granada, de la que han aparecido tres lienzos hace unos
años en el Museo de Castres: Los desposorios de la
Virgen, Anunciación y Visitación. Son bellos exponentes
de lo que la devoción franciscana demandaba por esas
fechas. Figuras sólidas, bien plantadas, tipos
característicos del pintor. Pliegues de las vestiduras
también típicos de Cano, representados como si
estuvieran tallados con una gubia, lo que crea una sutil
vibración de la superficie. La serie tiene muchas
similitudes con la de la catedral: acentúa los
contrastes lumínicos, recuperando en cierto modo, aunque
de forma más sutil e inteligente, el claroscurismo de
Ribera.
Virgen del
Rosario
Este lienzo monumental fue pintado por Cano entre
1665-1666, un año antes de su muerte, para el prelado
dominico, supuesto hijo natural de Felipe IV, Fray
Alonso de Santo Tomás, obispo de Málaga. Es considerada
una de las mejores composiciones de Cano y de la pintura
del siglo XVII español. Tanto su diseño como su dibujo
son excelentes, al igual que el color, reflejo del
momento de plena madurez del pintor.
La imagen
muestra a la Virgen, vestida con una túnica rosa pálido
y un manto azul, sentada sobre un cúmulo de nubes y con
el Niño en su regazo. Un pie del niño y la mano
izquierda de la Virgen apoyan en el globo terráqueo. En
torno a las nubes revolotean angelitos que portan
distintos elementos que sirven para identificar a los
personajes situados debajo. En la parte inferior del
lienzo, en perfecta armonía con el grupo superior, se
representa la escena del encuentro entre San Francisco
de Asís y Santo Domingo Guzmán, justo antes de que un
ángel entregue a este último el rosario. A la izquierda
se encuentran Santa Teresa de Jesús y San Ildefonso de
Toledo, reconocibles porque sobre ellos un ángel
sostiene la pluma de la santa y el báculo de San
Ildefonso, y a la derecha, Santa Catalina de Siena y
Santo Tomás de Aquino, con la corona de espinas símbolo
del martirio de la santa y la pluma de Santo Tomás
llevados por otro querubín. Es posible que el propio
cliente eligiera los santos que debían figurar en el
cuadro, quizá destinado a su oratorio privado.
La institución milagrosa del Rosario era un tema de
especial importancia para los dominicos. El rosario es
un instrumento de salvación a través del cual la Virgen
dispensa auxilio a los fieles. Alonso Cano, sin embargo,
se aleja de las representaciones habituales, e introduce
nuevos elementos iconológicos, todos ellos relacionados
con asuntos marianos de gran trascendencia en la época,
como la intercesión de María ante su Hijo Jesucristo o
la doctrina de la Inmaculada Concepción. Todo ello
prueba la alta formación humanística de Cano.
Aparición de la Virgen a San Bernardo
Alonso Cano pintó este cuadro para los monjes capuchinos
de Toledo durante su última estancia en Madrid, entre
1657 y 1660. Destaca la composición triangular del
lienzo formada por la Virgen, tratada a modo de
escultura sobre su pedestal, un cardenal de espaldas que
ora ante la escena milagrosa y que tal vez fue quien
encargó la obra, y el monje cisterciense, San Bernardo,
al que Alonso Cano dota de gran monumentalidad.
Especial
mención merece el equilibrio que el artista consigue
entre las luces y los colores, entre la rica gama
cromática de la Virgen, el altar y el cardenal, frente
al gran hábito blanco del Santo que se dispone sobre el
fondo oscuro de la estancia que se ilumina gracias a un
bello óculo que permite observar un interesante paisaje
de cipreses.
La escena alude a la lactatio de San Bernardo, cuyo
origen se debe a una leyenda medieval que surge a
finales del siglo XIII. En ella se dice que el abad de
Citeaux mandó a San Bernardo a hablar con el obispo de
Chalon. El Santo, antes de realizar la misión
encomendada, quiso rezar ante una imagen de la Virgen,
la cual de forma milagrosa lanzó un chorro de leche a
Bernardo, como símbolo de la palabra de Dios, y de la
gran devoción que siempre le mostró el Santo y la orden
cisterciense.
Descenso al
Limbo
Se trata de uno de los lienzos más interesantes de
Alonso Cano, ante el protagonismo que alcanza el desnudo
femenino de Eva, comparable por calidad y sensualidad, a
la Venus del espejo de Velázquez. Al fin y al cabo ambas
obras son concebidas en el ambiente refinado de la Corte
madrileña de Felipe IV, tan influida en lo que a la
pintura se refiere, por los lienzos de los venecianos
compilados en la colección real, en los que el tema del
desnudo femenino alcanza gran importancia, como se
evidencia en las obras de Tiziano, Tintoretto o El
Veronés.
El cuadro, que
parece estar sin concluir al mostrarse su parte inferior
izquierda casi esbozada y con escaso color, alude a uno
de los relatos recogidos en el evangelio apócrifo de
Nicodemo, en el que se narra como Cristo triunfante
sobre la muerte tras la resurrección baja al limbo,
donde se encontraban los santos padres. |
Volver al inicio de Alonso
Cano
Alonso
Cano se inicia en el arte de la escultura desde bien temprano en el
propio taller de su padre Miguel, constructor y tracista de retablos,
ocupación en la que la escultura tuvo un gran protagonismo junto a
la arquitectura y la pintura.
Su aprendizaje se completa durante los años en que se traslada a
Sevilla (1616-1638) junto a su familia. No cabe duda que su
permanencia desde 1616 en el taller del pintor y teórico Francisco
Pacheco facilitó que el joven Alonso adquiriera una profunda
formación que no sólo aplicaría a la pintura. En sus obras
pictóricas y escultóricas observamos multitud de cualidades
similares: monumentalidad y serenidad de los personajes que
consiguen transmitir una gran fuerza emocional al espectador, desde
su propia intimidad y gran esencia espiritual, sin necesidad de
tener que acudir a gestos exagerados.
Igualmente interesante tuvo que ser su relación con la obra del gran
escultor Juan Martínez Montañés, con quien parece que pudo colaborar
entre 1626 y 1629, y de él tomará la serenidad, elegancia y
naturalismo de sus esculturas, así como el gusto por el tratamiento
minucioso de los ropajes.
De la etapa sevillana de Cano deben señalarse las esculturas que
ejecuta para el retablo mayor de la iglesia parroquial de Nuestra
Señora de la Oliva en Lebrija y muy especialmente su talla principal
de la Virgen con el niño, obra maestra del arte barroco. No deben
tampoco olvidarse otras obras, como la imagen de Santa Teresa
realizada para la iglesia sevillana de San Alberto y hoy en el
convento del Buen Suceso, o la bella Inmaculada de la iglesia de San
Andrés.
Su etapa madrileña (1638-1652) se nos muestra con muchas incógnitas
en lo que a la escultura se refiere y debemos movernos entre
especulaciones y esculturas cuya autoría no siempre se muestra con
claridad. A este momento pertenece la bella y emotiva obra de Jesús
Nazareno Niño con la cruz, perteneciente a la Congregación de San
Fermín de los Navarros de Madrid. Aunque no se conoce su
intervención en empresas de carácter profano, no debemos descartar
que pudiera trabajar en alguno de los proyectos que se estaban
realizando en la Corte, en el Palacio del Buen Retiro, en el Alcázar,
etc.
Una vez más será su última etapa, transcurrida en Granada
(1652-1667), en la que Alonso Cano consigue presentarnos su arte más
personal, y a ella debemos algunas de sus obras más famosas. Destaca
entre todas ellas la bellísima y exquisita Inmaculada (1655-1656)
que realizó para rematar el facistol que el mismo Cano diseñó para
la Catedral, imagen que constituye un hito en el devenir de la
imaginería del barroco español. También a este período pertenece el
conjunto de cuatro esculturas que realizó con ayuda de su discípulo
Pedro de Mena, para decorar el crucero del templo del Santo Ángel
Custodio, iglesia que fue trazada por el propio Cano.
Su maestría como escultor contó con numerosos discípulos, ente los
que deben recordarse dos artistas excepcionales: Pedro de Mena
(1628-1668) y José de Mora (1642-1724).
|
Virgen de la
Oliva
Se trata de la imagen titular del retablo mayor de la
iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Oliva, que
realizó el artista en torno a 1630. Con una altura de
1,83 m, debe destacarse la intensa belleza y serena
monumentalidad que Cano consigue plasmar en esta
magistral figura de la Virgen con el niño. A nivel
global se ha hablado de una composición de tipo «ánfora»
en la que destaca la verticalidad de María compensada
por la diagonal que conforma la disposición de su pierna
derecha y la figura desnuda del niño que sujeta entre
sus brazos. Especial protagonismo adquiere el
tratamiento del amplio ropaje que viste la Virgen, el
cual dota a la escena de un interesante ritmo que
compensa el estatismo de los personajes.
La policromía
de la obra, en la que predominan los adornos de oro y en
relieve sobre un fondo azul, se debe al artista Pablo
Legot.
En el mismo retablo destacan otras dos estatuas del
propio Cano rematando sus dos calles laterales; nos
referimos a las monumentales figuras de San Pedro y San
Pablo.
Inmaculada
(SEVILLA)
Esta preciosa escultura de Alonso Cano, de madera
policromada, de
1,72 m de altura y fechada entre 1620 y 1625, constituye
una de sus primeras obras conocidas de su etapa
sevillana, la cual demuestra la proximidad del artista a
la obra de Juan Martínez Montañés durante su periodo de
formación.
Al igual que en el resto de su producción, tanto
pictórica como escultórica, observamos el gusto por la
belleza serena y contenida de sus personajes que no
necesitan mostrar su emoción interior mediante gestos
exagerados o pronunciados. El especial tratamiento que
concede Cano a los ropajes será el que introduzca en
gran medida el ritmo y el sentido de ascensionalidad en
la escena.
La representación de la Virgen Inmaculada será uno de
los temas que con mayor frecuencia y éxito presente
Alonso Cano a lo largo de su vida tanto en pintura como
en escultura, siendo el ejemplo conservado en la
Catedral de Granada (1655-1656) el más famoso y uno de
los arquetipos del arte barroco español. De esta primera
etapa sevillana podemos destacar también otra escultura
de temática similar, realizada en piedra, en un nicho de
la fachada de la iglesia del barrio de Nervión (Sevilla),
aunque su emplazamiento original fue la iglesia de la
Concepción. Se fecha entre 1615 y 1620.
Inmaculada
(GRANADA)
Esta obra, tallada en madera de cedro entre 1655 y 1656
y de tan sólo 55 cm de altura, es posiblemente la
escultura más importante de Alonso Cano y una de las más
emblemáticas de la imaginería española del siglo XVII.
Fue realizada para rematar el gran facistol catedralicio,
diseñado por el propio Cano, aunque su extremada belleza
hizo que el cabildo decidiera trasladarla a la sacristía
para facilitar su contemplación.
Una vez más
hay que resaltar la serenidad de esta pequeña escultura,
cuya verticalidad se ve compensada por la pequeña
torsión de su cuerpo, el giro de la cabeza y la posición
de las manos. De nuevo Cano renuncia a la utilización de
gestos pronunciados y no por ello se reduce la carga
emocional que la obra nos transmite. Especial mención
merece el tratamiento minucioso del ropaje de la Virgen
cuyo dinamismo concede a la figura un gran sentido de
ascensionalidad.
Al igual que otras obras de similar temática del propio
Alonso Cano, o de otras realizadas por importantes
artistas como Murillo o Zurbarán, es necesario recordar
el protagonismo que tuvo la representación de la Virgen
Inmaculada en el barroco español de la mano de la
Contrarreforma, frente a los ataques y críticas
protestantes, y fue España el país donde el tema de la
Inmaculada gozó de mayor éxito. De ahí que los pintores
y escultores estudiasen continuamente el tema para
conseguir representar de forma tangible un símbolo de
profunda dimensión teológica. En esta obra de Cano se
culminó toda una línea de investigación, y por ello se
convirtió en un modelo continuo que sería posteriormente
repetido en infinidad de ocasiones.
Jesús Nazareno de niño con la cruz a cuestas
Con apenas 80 cm de altura en esta obra atribuida a
Alonso Cano, vemos una de las constantes del arte
barroco surgido tras la Contrarreforma y el Concilio de
Trento que intenta conmover la devoción del espectador
mediante los sentimientos, en este caso mediante el
artificio dramático que fusiona la infancia y la pasión
de Cristo. Desgracia- damente no termina de ser clara su
autoría, aunque su atribución a Cano se avala por la
extraordinaria calidad de la pieza, por su serena y
contenida belleza, por el minucioso tratamiento del
ropaje, por su carga emocional que evita la exageración
de los gestos, etc. Parece que pudo ser realizada hacia
1657 cuando Cano se traslada por unos meses desde
Granada a Madrid
Crucificado
Se trata de una extraordinaria pieza que ha sido
relacionada con la obra de Alonso Cano por su serena
belleza, por el tratamiento del paño de pureza, por la
delicada talla del rostro y cabello de Cristo, por la
elegante torsión del cuerpo, etc. Desgraciadamente su
autoría es más que dudosa a pesar de su gran calidad.
El problema radica en que todavía queda mucho por
conocer sobre la obra de los grandes imagineros del
siglo XVII. El especialista Domingo Sánchez-Mesa ha
sugerido que pudiera tratarse de una obra de Felipe de
Ribas basada en algún modelo de Cano, hacia la fecha de
1638. Una vez más debemos llamar la atención sobre el
problema que conlleva la atribución de multitud de obras
de arte.
Virgen de Belén
Esta pequeña talla de 45 cm fue realizada por Alonso
Cano para rematar el facistol que diseñó para la
catedral y para sustituir la escultura de la Inmaculada
que a su vez él mismo talló y que por su belleza fue
llevada a la Sacristía para facilitar su contemplación.
Cano en su etapa granadina (1652-1667) tuvo una especial
inclinación hacia las obras escultóricas de pequeño
formato, y parece que en ellas es capaz de
mostrar una mayor intimidad.
De nuevo
destacaremos la belleza serena de la imagen y el
minucioso tratamiento de los ropajes de María que
destacan frente a la desnudez del niño. En la producción
de Alonso Cano volveremos a encontrar la misma temática
en varias obras pictóricas, caso de la Virgen del Lucero
del Museo del Prado, o en la Virgen de Belén del Palacio
Arzobispal de Granada.
San Diego de Alcalá y San José
En los años cincuenta del siglo XVII Alonso Cano
interviene muy activamente en una de sus empresas más
interesantes y completas de toda su carrera. Nos
referimos a la iglesia del convento femenino del Santo
Ángel Custodio, de la que dio sus trazas, para la que
pintó una serie de lienzos sobre la vida de la Virgen, y
para la que además talló, en colaboración con su
discípulo Pedro de Mena, cuatro esculturas de algo más
de dos metros de altura cada una (2,03 m), para decorar
las esquinas del crucero. Desgraciadamente la iglesia
fue destruida en 1810 durante la invasión francesa, y su
patrimonio fue desperdigado.
Las cuatro
esculturas, conservadas en el Museo de Bellas Artes de
Granada, representan a San José, San Antonio de Padua,
San Diego de Alcalá y a San Pedro de Alcántara. Parece
que fueron esculpidas en gran medida por Pedro de Mena
entre 1653 y 1657 siguiendo los modelos que realizó el
propio Alonso Cano, y en parte conservados en el museo
granadino de la Fundación Gómez-Moreno.
Debe señalarse la monumentalidad, el equilibrio y la
belleza contenida de las esculturas, así como el
dinámico tratamiento de sus ropajes y la perfecta fusión
de los valores netamente escultóricos (composición,
tratamiento de las superficies y los volúmenes) junto a
los pictóricos
(colorido de las vestimentas y las
carnaciones). |
En
el ámbito de la arquitectura, especialmente en la aplicada a la
construcción de retablos, Cano es considerado un revolucionario
por su uso del ornamento y de los órdenes clásicos (dórico,
jónico, corintio y compuesto), así como por su aplicación de las
proporciones. Alonso Cano impresionó y asombró a sus
contemporáneos gracias a su extraordinaria capacidad creativa
(se repetía escasamente) y la riqueza decorativa de su obras.
Algunos motivos ornamentales de sus retablos, como los rollizos
querubines y unos grandes cogollos de hojas carnosas, sacados
probablemente del manierismo italiano y enriquecidos por la
inventiva de Cano, tuvieron un gran éxito entre los artistas
madrileños posteriores. Sin embargo, Cano era considerado más un
«arquitecto-artista» que un «arquitecto-constructor». Algunos
arquitectos del momento, como Juan Gómez de Mora, alababan sus
trazas para retablos («obras de ensamblaje y adornos con gran
primor») pero dudaban de sus capacidades en el campo de la
técnica (cantería, albañilería, cálculo de estructuras).
En todo caso, a su llegada a Madrid en 1638 Cano iba precedido
de cierto renombre en la construcción de retablos (no olvidemos
que su padre fue un reconocido retablista en Granada y Sevilla)
y parece que sus innovaciones impactaron y tuvieron gran éxito
en la arquitectura madrileña de mediados del siglo XVII. Hemos
conservado dos espléndidos retablos que Cano trazó antes de
salir de Sevilla: el de Nuestra Señora de la Oliva en Lebrija (entre
1629 y 1631) y el de San Juan Evangelista para la iglesia del
convento de Santa Paula, en la propia Sevilla (de 1635-1638).
En ellos Alonso Cano también intervino con esculturas y cuadros
respectivamente, obras citadas en otros capítulos.
De las obras realizadas en Madrid sólo conocemos por ahora
algunos dibujos preparatorios y estudios de detalles
arquitectónicos. Entre los primeros hallamos el del retablo de
la iglesia de San Andrés de Madrid, realizado hacia 1643, y el
de la iglesia de San Juan de Dios, de 1653-1657. Aunque también
participó en la decoración de los nichos de dos retablos para la
iglesia de Santa María Magdalena de Getafe (1644-1646), no fue
Cano quien trazó su estructura sino Salvador Muñoz. Otros
dibujos muestran columnas, hornacinas, tabernáculos o remates de
los mismos, donde Cano siempre aporta nuevas y deslumbrantes
soluciones decorativas.
Para comprender el alcance de las aportaciones arquitectónicas
de Alonso Cano hay, por tanto, que acudir a los retablos
sevillanos.
|
Retablo
de Nuestra Señora de la Oliva
Este retablo fue la primera obra importante de Alonso
Cano. Aunque fue su padre Miguel Cano quien recibió el
encargo en 1629, éste dejó el proyecto y la ejecución
del mismo en manos de su hijo Alonso, quien ayudado por
el pintor Pedro Legote lo terminó en el corto espacio de
tres años. Se trata de una composición que rompe el
esquema clásico y puede considerarse plenamente barroca.
Cano utilizó
el orden «colosal» para estructurar el retablo en un
solo cuerpo o piso (a diferencia de los dos habituales),
coronado por un ático de gran desarrollo también. Sobre
esas gigantescas columnas contorneadas en espiral colocó
un sólido entablamento y una cornisa que se fragmenta
siguiendo las tres calles verticales del retablo,
consiguiendo así imprimirle gran plasticidad. A pesar de
que el efecto óptico parece mostrarnos unas columnas muy
estilizadas, Cano mantuvo las proporciones correctas del
orden.
Con estas modificaciones de la estructura se conseguía
que la superficie de los nichos o tableros para decorar
fuera mucho mayor, facilitando la labor de los pintores
y escultores así como la visión y comprensión de las
escenas por parte de los fieles. Este último aspecto es
importante puesto que las imágenes, según propugnaba el
Concilio de Trento, debían servir precisamente para
instruir y para fomentar la devoción.
La imagen de la Virgen que ocupa la parte central del
retablo fue realizada por Alonso Cano, mientras que las
pinturas de las calles laterales se deben a su
colaborador Pedro Legote. La estatua de María presenta
unos rasgos iconográficos y formales que tampoco son
habituales en las imágenes de ese momento.
En primer lugar, el Niño está desnudo, una
particularidad del siglo XVI italiano abandonada a raíz
de la Contrarreforma religiosa de este siglo XVII. En
segundo lugar, la cabeza de la Virgen está cubierta,
cuando lo más frecuente era mostrar sus largos cabellos.
Por último, la disposición de la túnica y el manto, que
no están atados a la cintura, y el tratamiento de los
pliegues, amplios y voluminosos, recuerdan la prestancia
de la estatuaria romana. Es probable que Alonso Cano
conociera y hubiera estudiado tanto las esculturas del
Renacimiento italiano como las estatuas procedentes de
la ciudad romana de Itálica, cerca de Sevilla. También
son de inspiración romana el ropaje de San Pedro,
parecido a una toga, o el cabello y la barba de San
Pablo, ambas estatuas en la parte superior del retablo.
La policromía de la estatua de María con el Niño fue
realizada por Pedro Legote bajo la supervisión de Cano.
Retablo de San
Juan Evangelista
En 1635 las monjas jerónimas de Santa Paula contrataron
a Alonso Cano para que realizara un retablo dedicado a
San Juan Evangelista. El artista realizó tanto la traza
como los lienzos que lo decoraban en origen,
terminándolo antes de marcharse a Madrid en 1638. Se
compone de un solo cuerpo, como el de Lebrija, y de un
ático.
La principal característica de su diseño es el grado de
fusión conseguido entre la arquitectura y la pintura.
Los motivos ornamentales de la estructura arquitectónica
son novedosos y exuberantes, dando la sensación de
movimiento y de plasticidad. Aquí aparece ya plenamente
desarrollada la creatividad de Cano en lo que al diseño
de los ornatos se refiere, querubines, grutescos,
ménsulas, festones, hojas, racimos...
En el siglo XIX, al final de la Guerra de la
Independencia, los cuadros de Alonso Cano fueron robados
y sacados de España. Hoy se encuentran dispersos en
diversas colecciones (extranjeras, como la Colección
Wallace, por ejemplo, y también españolas, como la del
Museo Nacional de Arte de Cataluña). Algunos
investigadores han tratado de recomponer la disposición
original del retablo, donde hoy figuran otras obras
colocadas por las monjas.
Retablo
de San Andrés
Este proyecto de Alonso Cano, que suele fecharse hacia
1643, fue realizado para la iglesia madrileña de San
Andrés, donde por entonces se veneraba el cuerpo
incorrupto de San Isidro, el santo patrón de la ciudad.
Tras su canonización en 1622, se decidió construirle una
capilla en esta iglesia, a la cual iba destinado el
retablo encargado a Cano. Sin embargo, ninguna de las
dos obras llegaron a materializarse.
La estructura del retablo proyectado respondía a dos
necesidades primordiales: por una parte, albergar el
sepulcro de San Isidro en su parte inferior y, por otra,
contener una gran imagen del titular de la iglesia, San
Andrés, flanqueado por las estatuas del propio San
Isidro y de Santa María de la Cabeza. Cano concibió un
podio o banco de gran desarrollo que alojara al altar,
el tabernáculo y la arqueta con los restos del santo.
Sobre él se levantaba el cuerpo del retablo, dividido en
tres calles por columnas de orden gigante. El espacio
central, de mayor anchura, estaría ocupado por el
martirio de San Andrés. El ático que corona el retablo,
donde se habría colocado una escena del calvario, como
es lo habitual, está rematado con un motivo original de
Alonso Cano, un voluminoso cogollo de hojas.
Fuente
de este artículo:
http://cvc.cervantes.es/ACTCULT/cano/
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