Edad Moderna y el Quattrocento

 

 

EDAD MODERNA - QUATTROCENTO

Expresión adoptada comúnmente para referirse a la producción artística y el desarrollo histórico cultural de Italia, especialmente de Florencia, en el siglo XV, englobándose dentro del término más amplio, conceptual y cronológicamente, de Renacimiento.

El Renacimiento supone la ruptura consciente con la Edad Media, una serie de hechos la hacen posible, los avances económicos, el incremento demográfico, el auge urbano, la conflictividad social y el progresivo afianzamiento de la monarquía, acontecimientos que provocan la necesidad de redefinir las relaciones del hombre consigo mismo, con la naturaleza, con la sociedad y con la divinidad. Esta renovación se emprende a principios del Quattrocento, por un grupo de hombres cultos, en un ámbito muy concreto, la ciudad. Será en ciudades donde el desarrollo mercantil marque todas estas diferencias, éstas son las ciudades italianas y las flamencas y de forma muy particular la ciudad de Florencia.

La burguesía medieval se había movido dentro de unos rígidos esquemas corporativistas, constreñida por conceptos típicamente medievales, como los del justo beneficio y calidad, sin salir de las restricciones impuestas por los gremios. Pero a principios del siglo XV, se empieza a afianzar una burguesía que rompe las barreras gremiales y afirma nuevos valores como el deseo de lucro, el espíritu de conquista, la racionalización de la producción y la búsqueda de nuevos mercados. Todos estos conceptos adquieren un carácter revolucionario en la ciudad-estado de Florencia.

La alta burguesía florentina se había hecho con el gobierno ciudadano en el siglo XIII. Desde ese momento se van a desarrollar una serie de tensiones entre los distintos estratos burgueses (popolo graso y popolo minuto) que van a marcar su evolución política y cultural. Los poderosos gremios del ramo textil, sobre todo el de la lana, inician una producción a gran escala que va superando la producción artesanal, proceso que en 1378 provoca la insurrección de nueve mil trabajadores del ramo textil, los Ciompi, que forman su propio gremio y piden participación en el poder ciudadano. Este hecho marca un dinamismo social en el que se desarrollan unos nuevos valores, ajenos a los que habían dominado la sociedad medieval. El afán de enriquecimiento y el dinamismo social, marcan nuevas pautas de relación del hombre con la sociedad, el individuo puede controlar su propio destino, se pueden valorar sus actuaciones en el mundo y dejar su propia huella en él. Nueva valoración ética que rompe los conceptos medievales, con lo que la alta burguesía florentina tiene que buscar nuevos principios morales y éticos que justifiquen su acción en el mundo.

Todos estos hechos implicarán no sólo una nueva estética, sino también una nueva forma de entender y concebir el arte y el artista en la sociedad. La élite intelectual de humanistas florentinos elabora los principios que fundamentan las nuevas actitudes y los nuevos valores cobijados al amparo del gobierno de la ciudad.

La familia Médicis, de banqueros y comerciantes, esbaba vinculada al gremio de la lana; en 1378, Silvestre de Médicis apoyó económicamente la insurrección de los Ciompi. Se hace con el gobierno de la ciudad, asentándose en un poderío económico basado en una inteligente política de relaciones internacionales, y determinando, tanto, el desarrollo artístico, como el político, durante todo el Quattrocento. Con Cosme de Médicis se produce la formación y el máximo esplendor del primer Renacimiento, a la vez que se asienta la democracia formal florentina. En 1478 Lorenzo el Magnifico, consigue excluir de los cargos gubernamentales a todos los individuos del popolo grasso con lo que la democracia formal pasa a convertirse en un estado despótico.

Gracias a Cosme de Médicis arraiga en Florencia el espíritu de Grecia, con el estudio de la filosofía platónica y neoplatónica y se forma el núcleo de humanistas y artistas que disfrutan de su protección y que constituyen las primeras señas de identidad del Renacimiento.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

Arquitectura del Quattrocento

La arquitectura renacentista del Quattrocento se inicia gracias a una doble vía, la recuperación de la Antigüedad mediante la aplicación a la arquitectura de una serie de elementos y soluciones basados en el conocimiento de las ruinas romanas, y la configuración de un cuerpo teórico perfectamente sistematizado.

Con él va a renacer el empleo de elementos constructivos y decorativos clásicos como el arco de medio punto, las columnas y pilastras con los ordenes clásicos, las bóvedas de cañón decoradas con casetones, las cúpulas de media naranja o la decoración de grutescos. Las plantas y las estructuras serán resultado de una aplicación de la matemática y la geometría, con una tendencia a la planta centralizada, que ofrece un espacio único.

En la arquitectura religiosa se planteará el problema teórico y práctico de conjugar la tradición cristiana con la recuperación de la Antigüedad clásica, creando nuevas tipologías de edificio para los cuales no se tenía un modelo en el arte clásico, como son las iglesias. En ellos se va a mantener el sistema tradicional de plantas basilicales, longitudinales, pero con una tendencia a las centralizadas, ya que siguiendo las concepciones pitagóricas, platónicas y neoplatónicas, entienden que el círculo y sus formas derivadas expresan mejor que ninguna otra figura geométrica la relación de perfección y proporción entre el todo y las partes. El edificio religioso debe ajustarse a las proporciones precisas, a ser posible adaptarse a una planta centralizada, y manifestar la armonía de la arquitectura mediante la proporción, la simetría y la belleza ideal.

En arquitectura civil aparecen y toman un gran desarrollo las nuevas tipologías de edificios, como el palacio, las villa, los hospitales y las bibliotecas.

Filippo Brunelleschi es el primer gran arquitecto del Quattrocento florentino, a él se debe la gran cúpula de Santa María de las Flores, que elevada sobre un tambor octogonal presenta unas dimensiones fantásticas, para lo cual idea la solución técnica de hacer dos cúpulas unidas, una interior semiesférica y otra exterior apuntada, consiguiendo que la última contrarreste los empujes de la primera. Al exterior emplea galerías de arcos de medio punto, hornacinas y entablamentos clásicos. Suyas son también las dos grandes iglesias basilicales de Florencia San Lorenzo y el Sancto Spiritu, así como la Capilla Pazzi en el convento de San Corce y el Hospital de los Inocentes. En el Palacio Pitti presenta la estructura de fachada dividía en tres cuerpos y tres ordenes y el almohadillado que caracteriza la arquitectura civil florentina. Discípulos suyos serán Michelozzo, autor del Palacio Médici-Ricardi, y Benedetto da Maiano que realiza el Palacio Storzzi repiten el esquema del maestro, enriqueciéndolo.

En Alberti se va a conjugar la realización practica de la arquitectura con la elaboración teórica, por lo que su obra tendrá una gran trascendencia. A él se deben los tratados teóricos: De Pictura, De Scultura, De re aedificatoria, de una enorme repercusión posterior. De sus realizaciones destaca la fachada de la iglesia de Santa María Novella, resuelta como los arcos triunfales romanos. El Palacio Rucellai es su gran aportación a la arquitectura civil, cuya fachada se decora con pilastras de ordenes superpuestos. Obras suyas son El templo Malatestiano en la ciudad de Rímini o en Mantua la iglesia de San Andrés y la de San Sebastián.

Giulano da Sangallo será uno de los arquitectos preferidos de Lorenzo de Médicis, a él se debe la codificación de la villa renacentista, con la realización de la Villa Médicis. Obra suya es la iglesia de Santa María de Carceri en Prato, donde plantea una planta de cruz griega, con crucero cubierto con cúpula sobre pechinas y abovedamientos en los brazos de la cruz.

Fuera de Florencia la arquitectura del Quattrocento tuvo una rápida asimilación. En Urbino, Francisco de Montefeltro trasforma su ciudad en un gran centro humanista, convirtiéndose en mecenas y protector de muchos artistas, y realizando un palacio donde intervienen Luciano Laurana y Francesco di Giorgio Martini. En Venecia, los máximos representantes son Pietro Lombardo, que realiza la iglesia de Santa María dei Miracoli o Mauro Coducci, autor de la iglesia de San Michele Isola. En Lombardía Antonio Amadeo realiza La Cartuja de Pavía, donde los muros exteriores son decorados profusamente.

En Milán el florentino Filarete realizará el proyecto del Hospital Mayor, donde codifica la nueva tipología, planteando una planta en cruz con dependencias separadas por patios y en cuyo centro se levanta la iglesia. En Roma, bajo el pontificado de Paulo II se inicia la reconstrucción de la ciudad, a él se debe el encargo del Palazzo Venezia, y por encargo del cardenal Rafael Riario se realiza el palacio de la Cancillería atribuido a Francesco di Giorgio Martini.

Pero la arquitectura va a estar vinculada a la ciudad, y en este momento aparece una importante literatura teórica sobre como debe ser la ciudad renacentista. Sin embargo, ésta va a ser inexistente salvo en esa teoría, realizándose algunas intervenciones en los casos de Pienza, Ferrara o Urbino. Los tratadistas más importantes serán Alberti, Filarete y Francesco di Giorgio Martini.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

Escultura del Quattrocento

La escultura se va a inspirar igualmente en los modelos clásicos, pero no contará con el apoyo de la tratadística como había ocurrido con la arquitectura, por lo que muchas de sus experimentaciones tomarán su modelo en las experiencias realizadas en las otras artes, tanto en la pintura como en la arquitectura. Sin embargo en este arte no se va a producir un rompimiento tan tajante con la escultura gótica, que en Italia, por otra parte, había estado hondamente vinculada con los modelos clásicos. Así, en las primeras realizaciones, todavía se advierte una esbeltez en las proporciones y una elegancia lineal y curvilínea.

Se introduce el gusto por el desnudo, temática enteramente clásica, se utilizan materiales nobles como el mármol y el bronce, predominantes en la antigüedad, y domina el interés por lo monumental y lo severo. Además del género religioso aparecen nuevos temas donde se caminará hacia una secularización introduciendo elementos profanos y alegóricos, centrándose sobre todo en la escultura funeraria, el retrato ecuestre y el busto, estos dos últimos conectados con el interés por el retrato individual.

Los grandes escultores y codificadores del arte del momento serán: Ghiberti autor de las Puertas del Baptisterio de Florencia, donde rompe con el marco tradicional, lo que le permite un esquema perspectívico y elabora fondos con composiciones arquitectónicas clásicas. Jacopo della Quercia, autor de las primeras esculturas de bulto redondo, realizadas para la fuente della Plaza del Campo de Siena. Obra suya serán también los relieves sobre el Génesis del Portal de San Petronio de Bolonia. Donatello, consigue introducir el método de la perspectiva en la escultura, conjugándolo con el elemento popular que da como resultado el denominado "realismo dramático" de Donatello, en el que la gravedad clásica no es inconveniente para buscar en los rostros los gestos de la gente de la calle. Sus obras más representativas son El David, realizado hacia 1420, que supone el primer desnudo realizado en bronce fundido desde la Antigüedad, El Condottiero Gatamelata, primera estatua ecuestre en bronce, o la Cantoría de la catedral de Florencia en la que en una escena corrida se presentan los "putti" o amorcillos bailando en honor de Dios, que más parece una escena en honor de Dionisos. Lucca della Robbia realiza al mismo tiempo su Cantoría para la catedral de Florencia, donde al desenfrenado movimiento de Donatello, contrapone grupos escultóricos compartimentados y representados en un sereno equilibrio.

Andrea del Verrocchio, trabaja en la época de Lorenzo el Magnífico, su obra se va a caracterizar por una mayor búsqueda de los sentimientos humanos, así su David, frente al de Donatello, representa a un joven despreocupado, con una pose natural, que recuerda un paje de la corte de los Médicis, el Condotiero Colleoni transforma la serena magnificencia del Condotiero de Donatello en vigor expresivo y penetración psicológica. Antonio Pollaiolo, al igual que Verrocchio, mantiene una experimentación en la forma de expresión psicológica, como se observa en su obra Hércules y Anteo, donde destaca el movimiento la expresividad y el rigor anatómico.

Pintura del Quattrocento

El siglo XV en pintura supone una transformación en el sistema de representación figurativo, una ruptura total con las formas góticas y una continua experimentación en las formas de representación del espacio que consiguen un nuevo método que permanecerá durante siglos como base de la pintura occidental. El sistema surge como el instrumento que hace posible la representación de la naturaleza y el desarrollo del espacio tridimensional. La composición se va a entender como una "ventana abierta", tal como la definió Alberti, en la que el plano pictórico se configura mediante la pirámide visual. Con la perspectiva tridimensional se consigue una continuidad espacial y una visión única y excluyente, derivada de un proceso empírico de reflexión intelectual e ideológica. Muchos de los problemas compositivos y perspectívicos de la pintura, tuvieron su punto de partida en el arte del relieve, en los recursos utilizados en las puertas del Baptisterio de Florencia por Ghiberti.

La investigación y la experimentación que se estaban llevando a cabo logran su formulación teórica en 1435, cuando Alberti publica De Pictura, donde codifica todas las experiencias anteriores y formula un método humanista para los problemas de la figuración.

Italia utilizará la pintura mural al temple y sólo la pintura al óleo aparecerá en la segunda mitad del siglo y con pintores relacionados con la pintura flamenca. Desde un punto de vista estilístico, Masolino y Masaccio iniciadores de la nueva representación enlazaran con las formas del Trecento y con artistas como Giotto.

La pintura del Quattrocento se puede estudiar en tres generaciones de pintores. La primera generación que se extiende desde principios del siglo hasta 1430, época en la que pintores como Masolino y Masaccio, junto con artistas como Donatello, Alberti y Brunelleschi, realizan un esfuerzo para crear un arte nuevo despojado de elementos tradicionales y codificando otros nuevos. En la formulación del nuevo lenguaje, siempre se ha dado una mayor importancia a Masaccio que a Masolino, sin tener en cuenta que en sus frescos de la Capilla Branccaci, aunque las escenas se distribuyen de una manera convencional, ya se encuentran los elementos del nuevo lenguaje: las figuras se van ordenando según su acción, los modelos son clásicos y muy naturalistas, y el espacio es representado de una manera natural. Sin embargo, la primera gran pintura del Renacimiento florentino se debe a Masaccio, La Trinidad de Santa María Novella, donde las figuras que imitan modelos clásicos se disponen dentro de una composición piramidal, que si bien tiene de tradicional las figuras de los donantes, éstas son representadas a la misma escala que el resto de las figuras. La escena tiene como fondo la representación de una arquitectura de estilo clásico. De Masaccio destacan los frescos de la Capilla Brancaci, con escenas como El tributo de la Moneda o la Expulsión de Adán y Eva, donde se representa el desnudo con un interés por las formas anatómicas y mediante el tratamiento de la luz y el color consigue expresar la emoción y el sentimiento. Fra Angelico representa una corriente conservadora en la que pintores anclados en la tradición van incluyendo los nuevos elementos de representación, así en su Juicio Final, todavía se representa el espacio dividido en dos partes donde las figuras se recortan en el fondo azul celeste.

En la Anunciación del Museo del Prado nos encontramos con un tema tradicional y una figuración propia del gótico, así como los colores o los elementos que utiliza, sin embargo, en esta obra incorpora un estudio de la luz netamente renacentista.

La segunda generación serán artistas que trabajan en los años treinta y, sobre todo, en la segunda mitad del siglo. Profundizan en los legados de los pintores de la primera generación. Entre ellos se encuentran Paolo Ucello, Andrea del Castagno, Piero de la Francesca y Fra Filippo Lippi, que a la experimentación del espacio representado con perspectiva caballera y cónica, unen el estudio de la luz; así como desarrollan un estudio de la representación de las figuras más natural y más convincente.

Dentro de esta generación existen pintores como Piero Dicosvo que representan una corriente moderada, ya que en sus obras incluyen elementos como la perspectiva, pero sin profundizar en ellos y sin estar vinculados con la antigüedad clásica.

Dentro de esta segunda generación se incluye Andrea Mantegna, que establece una síntesis de las experiencias florentinas. Trabaja en Mantua, Padua y Venecia, y realiza investigaciones que lo unen con los pintores de la tercera generación, suponiendo un puente entre ambas.

La tercera generación aporta un lenguaje nuevo y una nueva temática, profundizando en el tema más característico de la antigüedad, la mitología.

La producción artística de este momento se va a caracterizar por su masificación. El nuevo lenguaje tan novedoso a principios del siglo, se había difundido totalmente, de tal manera que había prendido en la mayor parte de la población; esto trae consigo una gran demanda de obras artísticas. Florencia se va a convertir en el gran taller que abastece esa demanda. El arte del alguna forma se masifica, las obras se realizan en serie, poniéndose a disposición del gran público esta nueva visión, aunque se acusa una perdida de la calidad, y la mayor parte de las piezas se repiten en modelos, composiciones, etc. El taller se mantiene como centro de aprendizaje, no sólo de técnicas, sino que se trasmite todo el nuevo sistema de representación figurativa. Los principales artistas de este momento serán los directores de los más importantes talleres: Verrocchio, Pollaiolo, Ghirlandaio y Benozzo Gozzoli, junto a ellos también destaca la figura de Botticelli.

Fuera de Florencia, la nueva pintura tendrá una gran repercusión destacando en Umbría, Pietro Perugino, Pinturicchio y Luca Signorelli. En Mantua, Andrea Mantegna y Cosme Tura, y en Venecia, Giovanni Bellini y Antonello de Messina.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

Termino que se utiliza para designar el estilo artístico que se desarrolla en Italia durante el siglo XVI. En principio se le consideró como un único movimiento, hoy en día la crítica establece la separación entre Alto Renacimiento y Manierismo.

El Cinquecento se deriva de las formas del siglo XV, que había estado dedicado a una continua investigación, a un intento de codificar un nuevo lenguaje artístico, a dar un nuevo arte a una nueva sociedad moderna, pero con base en la Antigüedad clásica. A finales de siglo van a aparecer una serie de artistas que plantean la crisis de ese lenguaje y lo cuestionan. Se separan de los autores anteriores e introducen nuevos géneros; éstos cierran el siglo.

El siglo XVI se inicia con una de las grandes figuras del arte de todos los tiempos, Leonardo da Vinci. Éste plantea una nueva forma de representación, superando la crisis de finales del XV y dando paso al Alto Renacimiento o Renacimiento Clásico.

Pero el siglo XVI no es sólo la superación del Quattrocento, sino que va a estar presidido por tres momentos artísticos diferentes. El primero, de 1500 a 1520, es el denominado Alto Renacimiento o Renacimiento Clásico, que se cierra con la muerte de Rafael, en el terreno artístico, y la excomunión de Lutero y el inicio de la Reforma Protestante, en el terreno social y político. El segundo, se desarrolla entre 1520 y 1560, es el Manierismo, donde se van a cuestionar los valores clasicistas, mediante diversas alternativas denominadas anticlásicas, la crítica actual lo considera un estilo artístico diferenciado, al menos en Italia. Y el tercero, que abarca el resto del siglo, desde 1560, fecha del Concilio de Trento. En él vuelve a resurgir lo clásico pero entendido de una forma distinta al Alto Renacimiento.

En la actualidad y tras la definición del estilo Manierista, el Cinquecento se relaciona, casi de forma exclusiva, con el primer período del siglo XVI. En la formación del Alto Renacimiento hay que tener en cuenta una serie de hechos sociológicos que lo van a condicionar. En primer lugar, el desplazamiento de los focos artísticos respecto del Quattrocento. Hasta ese momento, Florencia era el lugar donde se desarrollaban las experiencias, desde donde se imponía y difundía el modelo artístico al resto de Italia. En el siglo XVI, el nuevo lenguaje se codificará en Roma, ejerciendo el mismo papel que había jugado Florencia, pero con la diferencia fundamental de que el arte florentino fue la expresión de una determinada clase social, mientras que el arte romano responderá a las aspiraciones de la Iglesia universal.

Pese a tener en la ciudad de Roma su foco de desarrollo, el lenguaje del Alto Renacimiento surge desde tres focos distintos. Desde un punto de vista cronológico, aparece en Milán con las primeras obras de Leonardo, las investigaciones del matemático Luca Pacioli y del arquitecto Bramante. El segundo foco será Florencia, donde realizan sus primeras experiencias Miguel Ángel y Rafael.

Desde Milán y Florencia, estos artistas se trasladan a Roma. El tercer foco será la ciudad de Venecia, donde tres artistas codifican el nuevo lenguaje: Giovanni Bellini, Giorgione y Tiziano. En sus obras no existe una relación previa con el foco de Milán o Florencia y no se trasladarán posteriormente a Roma.

Hacia 1459, llega Leonardo a Milán procedente de Florencia y se pone al servicio de los Duques. Allí coincide con Luca Pacioli y Bramante, arquitecto quattrocentista en cuanto al repertorio ornamental pero que plantea ya unas tipologías que coinciden con los ideales del Alto renacimiento. Leonardo consigue sintetizar toda la aportación del Quattrocento y formula leyes que permiten superar la crisis en la que se habían sumido los últimos artistas del mismo. Sus dibujos sobre una serie de arquitecturas de planta centralizada influyeron en Bramante que los lleva a Roma donde realiza el Templo de San Pietro Montorio, máxima expresión de la arquitectura del Cinquecento. La diferencia que se establece entre Leonardo y el Quattrocento, es que en éste último las referencias se toman de la Antigüedad, tal y como había teorizado Alberti, mientras que Leonardo busca una aproximación a la Naturaleza que quiere ser universal, de la que extrae todas sus experiencias. Leonardo propone constatar con la experiencia lo que habían planteado las autoridades clásicas.

Leonardo verifica la unión del arte y la ciencia, llegando a un equilibrio entre la idea y la práctica y convirtiendo el arte en el medio en que las indagaciones teóricas y científicas se hacen prácticas. Sistematiza las leyes de la percepción visual, descubre el papel de la atmósfera como elemento que se interpone entre el ojo del espectador y el objeto, y hace variar la luz que define los cuerpos y los contornos.

Regula el concepto de proporción, a través del cual se puede sistematizar la diversidad que ofrece la naturaleza. La proporción se define mediante las relaciones matemáticas. El cuerpo humano se convierte en un microcosmos que se proyecta hacia el infinito mediante la arquitectura. Vinculado al concepto de proporción, sistematiza la idea de simetría y la articulación armónica de las partes que constituyen la Belleza ideal, objetivo último que debe expresar el arte.

En la ciudad de Roma, a principios del siglo XVI, accede al pontificado Julio II, recuperando una serie de territorios para el papado que devuelven a Roma su prestigio, no sólo en Italia sino a nivel internacional. Esto hace que la Iglesia se ponga al día en una búsqueda de los valores de Roma como capital de la Iglesia Católica, hecho que trae como consecuencia la necesidad de un arte capaz de servir como símbolo a toda la cristiandad. En esta situación llegan a Roma Rafael, Miguel Ángel y Bramante.

Entre los tres va a existir una relación importante, Bramante como director de las obras del Vaticano, tendrá bajo su cargo a Miguel Ángel y Rafael. A estos autores se deben obras como la Capilla Sixtina y la tumba de Julio II, de Miguel Ángel, las Estancias del Vaticano de Rafael, y el Templete de San Pietro Montorio de Bramante, en ellas se expresan todos los principios del Alto Renacimiento.

Al mismo tiempo que se trabaja en el Vaticano, se va a realizar una importante remodelación de la ciudad de Roma. Tratando de unir urbanísticamente los centros religiosos más importantes. De esta forma, Roma no sólo asume la capitalidad política de Italia sino la de todo el orbe católico, el lenguaje de su arte tiene que ser universal.

Venecia es un fenómeno autóctono, no tiene filiación con Milán, sino que la codificación del nuevo lenguaje se realiza desde la propia experimentación de sus artistas: el último Giovanni Bellini, Giorgione y el Tiziano de juventud.

En Venecia, hasta los años 60 del siglo XV, había existido una independencia cultural respecto al resto de Italia, sufriendo influencias orientales llegadas por sus relaciones comerciales. A partir de estos años entra a formar parte de las preocupaciones culturales del resto de Italia, debido a una trasformación en las formas de vida. En este momento se asientan en la ciudad un gran número de editores y libreros.

La pintura veneciana, hasta el momento anclada en tradiciones anteriores, dará un gran salto. Tiende a una investigación de tipo técnico pero sin abandonar su característica colorística. Estos elementos confluyen en Giorgione y Tiziano. Las distintas artes mostrarán, en el Alto Renacimiento de Venecia, aspectos diferentes. En arquitectura, se tenderá a un urbanismo de gran cobertura, un tanto efectista y teatral. En este momento se realiza la remodelación de la plaza de San Marcos.

En pintura, se tenderá a una especialización sistemática. En escultura, a la estatuaria clásica que sirve de apoyo a la arquitectura teatral que se estaba produciendo.

Tanto en Milán como en Roma o en Venecia, el Alto Renacimiento se muestra como un movimiento efímero. La extinción se encuentra en sus propios orígenes. Un lenguaje que pretende ser de validez universal en un mundo dispar no tiene ningún sentido, ya que tiene que estar sostenido por leyes rígidas que difícilmente se cumplen. Su desaparición está en su propia rigidez dogmática.

En Milán, el problema queda zanjado con la marcha de Leonardo y Bramante. En Venecia, con la muerte de Giorgione y la trasformación del estilo de Tiziano hacia el manierismo. En Roma, se plantea la invalidez del sistema plástico en sus propios autores. El espíritu clásico que domina las estancias del Vaticano de Rafael se va diluyendo en el mismo artista. En Bramante se plantea la imposibilidad de trasponer la planta del templete de San Pietro Montorio a la basílica del Vaticano. Con Miguel Ángel este problema se acentúa, ya que desde las primeras obras de escultura se rebaten los planteamientos de Leonardo.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

Arquitectura del Cinquecento

La primera mitad del siglo XVI, hasta 1520, va a estar dominada por el clasicismo de Bramante que se traducirá también en las obras de Sangalo, Rafael, Peruzzi y la de Miguel Ángel hasta 1513.

A partir de 1520, se desarrolla la arquitectura Manierista, que dará paso, en la última parte del siglo, a un agotamiento del sistema manierista traducido en un decorativismo para, a partir de 1560, producirse un retorno a lo clásico basado en el eclecticismo.

El debate arquitectónico se va a producir en torno a la ciudad de Roma. Se centrará en la búsqueda de una arquitectura normativa, basada en Vitrubio, una ortodoxia clásica y la articulación de variables que permitan no subvertir la normativa. Esta situación artística coincide con el pontificado de Julio II (1503-1513), que la propiciará en gran medida. Pero esta arquitectura, en su ortodoxia, lleva implícita su propia destrucción, sobre todo, en la medida en que la teoría intenta ser aplicada a los edificios.

Bramante capitanea esta corriente clasicista. Después de sus etapa en Milán, se va a asociar al arte oficial de la Iglesia triunfante. Sus discípulos Sangalo, Rafael y Peruzzi, formados dentro de este clasicismo, serán los que se irán haciendo cargo de las obras del Vaticano tras la muerte del maestro. Pero su investigación en zonas concretas les va a ir separando de la norma de Bramante mediante "licencias" que muchas veces llegan a ser contrarias a la norma. Estas soluciones antinormativas se convertirán en las alternativas más importantes del manierismo.

Hacia 1520, se cambia este sentido del arte y se da paso al Manierismo, en un proceso similar al de la pintura. La formulación del manierismo no sólo se va a basar en las licencias introducidas en el Alto Renacimiento, sino también en la obra de Miguel Ángel que desarrolla una personalísima trayectoria que en ningún momento corresponde a la normativa clásica, tendencia agudizada a partir de 1513. Plantea una enorme pluralidad y riqueza de significados, lo que se opone a las ideas de universalidad del Alto Renacimiento. Junto a él se encontrarán Julio Romano y Gilomano Genge.

Junto a este primer manierismo se va a desarrollar una corriente que pretende conseguir un equilibrio entre la norma clásica y las variaciones de ésta, sin plantear una oposición total. Estará desarrollada por arquitectos que, educados en el clasicismo del Renacimiento, conocen y valoran su importancia, e intentan neutralizar el ataque que sufría por parte de los artistas manieristas. Alrededor de esta alternativa se creará una importante literatura teórica, sobre todo con Vasari.

Al mismo tiempo, Sebastiano Serlio propondrá una síntesis del vocabulario clasicista y la lección manierista más audaz. Esta alternativa será la más internacional, debido a las propias circunstancias del artista, que además de codificar su planteamiento en varios libros de arquitectura, de amplia difusión, trabajó en Venecia y más tarde en Francia. Junto a Serlio se forma la corriente ecléctica, que reúne elementos dispares e interpreta el gusto del cliente. Se manifiesta como una corriente muy profesionalizada.

Todo este panorama diversificado, que domina desde 1520, se clarifica en la segunda mitad del siglo XVI y da paso a la línea decorativista del manierismo, cuyos máximos representantes son Pirro Ligorio y Jean Batista Alesi. Y una línea ecléctica, en la última parte del siglo, en la que hay una vuelta al clasicismo, representada en la obra de Vignola, que ya no tendrá nada que ver con el clasicismo del Alto Renacimiento y cuya máxima representación será la iglesia del Gesú de Roma.

Pintura y Escultura

Tanto la pintura como la escultura del Alto Renacimiento, al igual que la arquitectura, va estar marcada por los grandes maestros: Leonardo, Rafael y Miguel Ángel. A excepción de Venecia, donde el desarrollo es independiente, con figuras como: Giorgione y Tiziano.

Genere ingresos en su sitio web con AdSense de Google

Movimiento surgido dentro de la Iglesia Católica en el siglo XVI como reacción ante la Reforma protestante y contra la corrupción que existía entre buena parte del clero católico. Sus fines principales eran:

- Recuperar para el culto católico a la mayor cantidad de fieles posibles de aquellos que se habían rendido a las nuevas ideas defendidas por Lutero, Erasmo de Rotterdam, Calvino, Zwinglio y otros reformadores.

- Frenar la difusión del pensamiento protestante en aquellas zonas de Europa que aún permanecían fieles a la Iglesia de Roma.

- Volver a definir y a fijar la doctrina cristiana católica para destilar así las partes que coincidían con la verdad revelada por Jesucristo, expresada en las Sagradas Escrituras, y procurar de este modo distinguir ésta de la contaminación que se le había ido adhiriendo a causa de las herejías medievales y por el contacto con las ideas de los reformadores.

- Reorganizar la disciplina interna de la Iglesia Católica, especialmente la que afectaba a las costumbres de un clero demasiado inculto en muchos casos (sobre todo en lo que se refería al bajo clero), y evidentemente corrompido en buena parte.

A lo largo de toda la Edad Media, la Iglesia había ido acumulando un nivel de corrupción que los distintos intentos de reforma no habían conseguido corregir. De entre estos intentos de reforma podemos destacar el llevado a cabo por el papa Clemente VII en el siglo XI, conocido como reforma gregoriana. Sin embargo, las medidas tomadas por este papa no consiguieron acabar con los fallos morales y pastorales presentes en el cristianismo occidental del medievo. Una buena parte de la Europa rural tenía a su servicio tan sólo a clérigos poco instruidos, carentes de vocación, o que sencillamente no tomaban en serio sus obligaciones y utilizaban su condición exclusivamente para aprovechar las ventajas que ésta les deparaba. Entre las altas jerarquías de la Iglesia dominaban las manifestaciones de corrupción tales como la simonía (venta de cargos y beneficios eclesiásticos) y el nepotismo (favoritismo en la concesión de bienes y cargos relacionados con la Iglesia), así como la acumulación de riquezas, la sumisión a los poderes temporales o el absentismo de las obligaciones.

Pero también existían en el seno de la Iglesia anterior al siglo XVI corrientes de pensamiento que se oponían a la degradación moral y pastoral, si bien ninguna de ellas alcanzaría la importancia que tuvo la reforma protagonizada por el alemán Martin Luther (Lutero). El programa reformista de Erasmo de Rotterdam, menos teológico que el de Lutero, si bien no dio origen a ninguna Iglesia reformada en particular, sí floreció en algunos lugares a donde el luteranismo no había podido llegar, y fue una de las corrientes de pensamiento que la contrarreforma de la Iglesia Católica atacaría con más vigor.

Para llevar a cabo la tarea de remozar su doctrina, de evitar que sus fieles sucumbieran a la “contaminación” del protestantismo y de reformar a su clero, la Iglesia Católica se vale de diferentes “instrumentos” tanto teológicos como prácticos, que el concilio de Trento se encargaría de regular y de hacer efectivos.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

El concilio de Trento

Bajo el pontificado del papa Pablo III de Farnesio, se convocó un concilio que se reuniría por primera vez en 1545, en Trento, aunque sus sesiones se celebrarían entre las ciudades de Trento y Bolonia en diferentes períodos que se alargarían hasta 1563. Quizá debido al excesivo retraso con el que se convocó, el concilio no llegó a alcanzar su primer objetivo: lograr la unión de los cristianos. Sin embargo sí confeccionó un catecismo en el que proponía a los fieles una doctrina clara y elaborada. Además, desde este momento comienza una reforma que afectaría al clero y a las jerarquías eclesiásticas, y que conseguiría como resultado unos pastores más dignos para la Iglesia. El renacimiento religioso originado en el concilio encontró una rápida bienvenida en lugares como Italia y la península Ibérica, mientras que sólo a lo largo del siglo XVII fue recibido en Alemania, en los Países Bajos, en Bohemia, en Polonia y en Francia, todos ellos países donde la influencia de las ideas protestantes de distinto signo había sido mucho mayor.

De Italia procedían la mayoría de los padres que participaron en el concilio de Trento y esta nación constituye, sin duda, el foco principal de la reforma tridentina. También italianos fueron los principales papas reformadores, como Pío IV (1559-1565), Pío V (1566-1572), inspirador del catecismo del concilio de Trento, Gregorio XIII (1572-1585), creador de la Universidad Gregoriana, o Sixto V. Italia vio nacer además numerosas congregaciones de clérigos regulares, que presentaban la novedad de mantener el espíritu monástico aunque adaptándose a la movilidad del apostolado y respondiendo así a las necesidades de un mundo cristiano más necesitado de pastores que nunca. Algunas de estas congregaciones son las de los teatinos, los somascos hospitalarios o la orden de las ursulinas, centrada en la enseñanza. El Oratorio, fundado por el sencillo sacerdote romano Felipe Neri, es también una sociedad clerical aunque sin votos públicos, y desempeñaría un destacado papel en la Reforma católica. También es Italia el centro de irradiación del arte barroco, expresión por excelencia de la Contrarreforma, con iglesias como la del Gesù, en Roma.

En España y Portugal, que entre 1580 y 1640 forman un solo país bajo el cetro de la monarquía española de los Habsburgo, la Inquisición, cuya autoridad había estado tradicionalmente reforzada por el celo católico de la monarquía, tuvo un importante papel encaminado a evitar que se difundieran entre los católicos españoles las ideas luteranas y erasmistas, que en la península Ibérica encontraron mayor arraigo que las de Lutero. El hecho de que España se resistiera a los vientos reformadores tuvo unas consecuencias muy significativas, teniendo en cuenta que el imperio español abarcaba en el siglo XVI, no solamente la península, sino además buena parte de América y los Países Bajos. Las Universidades contribuyeron en gran medida a luchar contra las ideas protestantes, al constituirse en centros de elaboración de la nueva teología católica que dictaba el espíritu de Trento. Destacaron la Universidad de Salamanca, la de Alcalá, creada por el cardenal Cisneros, y la portuguesa de Coímbra. Otra de las contribuciones españolas al espíritu contrarreformista es la de haber sido la patria de Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, uno de los motores esenciales de la reforma de la Iglesia católica. El fin de la Compañía de Jesús no era sólo la santificación de sus miembros, sino también el desempeñar la misión de llevar de nuevo el catolicismo a las zonas protestantes y extenderlo por los territorios más alejados de la tierra. Al estar los jesuitas admirablemente preparados y especializados para desempeñar las tareas que les eran encomendadas por sus reflexivos e inteligentes superiores, la Compañía se convirtió en una de las armas más eficaces del espíritu contrarreformista emanado del concilio de Trento. En la España post-tridentina, paralelamente a la creación de congregaciones de clérigos regulares adecuadas al espíritu pastoral de los tiempos, como la de las Escuelas Pías, destaca el gran florecimiento de la mística, con figuras como las de Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, reformadores de la orden del Carmelo, el agustino Alonso de Orozco, el dominico Luis de Granada, etc.

En la América española, la reforma tridentina se fue extendiendo al compás de la conquista y colonización españolas, a menudo de una manera muy poco respetuosa con las culturas autóctonas.

En los Países Bajos, la distribución de las doctrinas católicas y las reformistas mantuvo desde un principio evidentes paralelismos con las diferencias culturales y hasta lingüísticas que imperaban entre las provincias del norte y las del sur. Así, en las provincias del sur, de habla francesa, la doctrina católica reformista fue bien recibida, mientras que en las provincias del norte, de habla y cultura flamencas, el temprano arraigo del calvinismo y la consiguiente resistencia contra la doctrina de Trento significaron un factor más de oposición contra la aborrecida dominación española.

En los países germánicos, donde la Reforma protestante se había implantado con gran fuerza, la doctrina de la Iglesia post-tridentina encontró mayores dificultades para arraigar. En Alemania los jesuitas desempeñaron una importantísima labor, multiplicando los colegios, así como los seminarios y otros centros de formación. El Catecismo del jesuita Pedro Canisio, teólogo en el concilio de Trento, se convirtió en una obra fundamental para combatir la influencia luterana. Tal fue su éxito que se llegaron a publicar cerca de cuatrocientas ediciones de esta obra, que fue además traducida a quince lenguas.

El caso de Francia presenta la peculiaridad, entre los países de cultura latina, de haber adoptado una postura en cuanto a la religión que miraba más hacia la figura del rey que hacia Roma, lo que significa que tardó mucho más que otros países de su entorno en hacer suyas las doctrinas y el espíritu tridentinos. De hecho, no se puede hablar de una verdadera reforma católica en Francia hasta el siglo XVII, ya bajo el reinado de Luis XIII. Pero en ese siglo sí llegó a surgir en Francia una escuela de espiritualidad comparable a la que había florecido en la Italia del XVI. Esta escuela recoge la influencia de la tradición mística española y cuenta con figuras de la categoría espiritual de Vicente de Paul o Juan Eudes, entre otros muchos “sacerdotes santos”.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

El arte barroco como expresión de la Contrarreforma

Como siempre que la humanidad ha experimentado un cambio en su pensamiento o en su espiritualidad, también el espíritu contrarreformista emanado de Trento se proyectará casi inmediatamente en las artes, particularmente en aquellas que tienen una relación directa con las manifestaciones religiosas, como la arquitectura y la imaginería. No hay que olvidar que el arte no es sólo una manifestación gratuita de la capacidad creativa de un artista, sino que, especialmente en la mentalidad anterior al siglo XX, una obra de arte nunca alcanza sus fines tan perfectamente como cuando cumple alguna función de utilidad social. La utilidad del arte barroco como reflejo del espíritu contrarreformista sería así la de servir a la propagación y enseñanza de la nueva doctrina fijada en el concilio de Trento.

La iconografía católica contrarreformista tenderá a la exaltación de la figura de la Virgen, con la intención de fomentar así el culto mariano. Destaca la imagen de la Inmaculada aplastando con su pie la cabeza de una serpiente que simboliza no sólo al pecado, sino también al protestantismo. Otro tema frecuentemente tratado es la exaltación de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía. En algunos países, como España, la sensibilidad barroca se expresa en las representaciones de martirios, momentos de éxtasis y visiones místicas.

En cuanto a la construcción de los templos, durante el Renacimiento se había desarrollado una pugna sobre en diseño de iglesias con planta central o con planta de cruz latina. Como expresión de la doctrina de Trento, San Carlos Borromeo recomienda su construcción con planta de cruz latina, diciendo: “Una iglesia deberá ser de planta en forma de cruz, de acuerdo con la tradición; las plantas circulares se usaban en tiempos de los ídolos paganos y raramente para las iglesias cristianas”. El modelo de templo tridentino será el de la iglesia de planta basilical, como la iglesia del Gesù en Roma.

 

Sistema de gobierno de parte importante de los países europeos del s. XVIII. Se caracterizó por un cierto reformismo promovido por los distintos monarcas y sus ministros, quienes, ayudados de la razón, querían actuar en favor del bien común reservándose toda capacidad de decisión (esto se sintetiza en la frase "todo para el pueblo, pero sin el pueblo"). En realidad, se trató de la asunción de las ideas ilustradas por las monarquías absolutas aparecidas en el siglo anterior, una expresión equivalente sería, por tanto, “absolutismo ilustrado”.

Las raíces ideológicas del despotismo ilustrado

Durante el s. XVII había culminado el secular proceso de fortalecimiento del poder real, totalmente concentrados ya, con limitaciones materiales, los mecanismos de gobierno del estado (centralizado) en la persona de los llamados “monarcas absolutos”. Absolutos, porque estaban “absueltos” (absolutus) o no sometidos a las leyes (solutus a legibus) que ellos mismos promulgaban, aunque sí a la ley moral y a los pactos con el reino como prevención de la tiranía y la arbitrariedad. Las instituciones, los recursos, la teoría política, habían convergido en este sentido.

En tal contexto político nació, fruto de nuevas corrientes filosóficas, el racionalismo de René Descartes y de Wilhelm Leibniz o el empirismo de John Locke; y algunos descubrimientos científicos de gran importancia, la ley de la gravedad de Isaac Newton, una actitud vital nueva en gran parte de la aristocracia y burguesía. El uso de la razón, luz que hace retroceder a las sombras (de ahí “ilustración” o “iluminación”), posibilitaría el desarrollo (progreso) continuado de la humanidad, moral, cultural, social y económicamente, y por tanto el logro de su felicidad plena.

Las nuevas ideas también encontraron eco en los monarcas, que asumieron para sí la responsabilidad de guiar el lento proceso de educación de sus súbditos y de aplicar las reformas que fuesen necesarias: creación de academias culturales y científicas, escuelas técnicas y sociedades económicas; mejora de la agricultura, ganadería y minería con la aplicación de nuevas técnicas; nuevas vías de comunicación; protección del comercio; limitación de los privilegios e influencia de eclesiásticos (secularización) y nobles, etc. De hecho, la puesta en práctica de esta serie de medidas fue más sencilla en aquellos países que contaban con monarquías fuertes, con recursos para hacer cumplir sus objetivos.

Volver al índice de Edad Moderna y el Quattrocento

Las monarquías del despotismo ilustrado

Cada país, dentro de la corriente general ilustrada, presenta sus matices, según fuera más o menos aceptada por sus gobernantes. Todos los grandes países europeos, excepto Inglaterra y Holanda, tuvieron sus reyes “déspotas ilustrados”.

Un claro ejemplo de tales fueron, en Francia, Luis XV y Luis XVI, herederos del fuerte estado absoluto del Rey Sol, Luis XIV. Luis XV (1715-1774), aunque su carácter no le permitió gozar del poder de su abuelo, disolvió los parlamentos por su frecuente resistencia a aprobar los decretos reales. Ayudado de sus ministros Étienne François Choiseul y René Louis, marqués de Voyer d’Argenson, promovió la reforma de la hacienda, por más que quedase incompleta, y ayudó inicialmente a la publicación de la Encyclopédie française de Denis Diderot y Jean-Baptiste Le Rond d’Alembert, en la que también colaboraban François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, y Jean Jacques Rousseau (que junto con Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, fueron tres de las principales figuras de la Ilustración francesa). Luis XVI (1774-1793), con Christian Guillerme de Lamoignon Malesherbes, Maurepas y Robert Jacques Turgot, trató de mejorar la difícil situación económica y reabrió los parlamentos, pero fue sobrepasado por la exigencia de profundas reformas políticas que desembocaron en la revolución de 1789, el fin del despotismo ilustrado, no sólo en Francia, sino también en Europa.

En Austria, estado multinacional cuyo monarca de la dinastía Habsburgo era también emperador de Alemania, las primeras aunque reducidas reformas las aplicó María Teresa (1740-1780), teniendo a su lado al ministro Wenzel von Kaunitz. Reorganizó la administración y concedió cierta autonomía a Hungría. Pero fue su hijo y sucesor José II (1780-1790), plenamente ilustrado, quien realizó grandes cambios. Trabajador, lector de los grandes pensadores del momento, consciente de su autoridad, eliminó los últimos restos de feudalismo que había en sus estados, convirtiendo a los nobles terratenientes en propietarios más que señores. Quiso uniformar las leyes para todos sus territorios, no sin causar ciertos resentimientos y teniendo que devolver libertades a, por ejemplo, los flamencos. También aumentó la dependencia de la Iglesia austriaca hacia la corona hasta casi provocar un cisma (josefismo), y se mostró tolerante con protestantes y judíos. Con el cambio de siglo se entraría en una nueva época.

En el ámbito del Imperio alemán (exceptuando Austria), fragmentado en numerosos estados pero con cierta unidad cultural, cada príncipe siguió su particular línea de acción, en algunos casos ilustrada y en otras no. Prusia comenzaba entonces a extender su influencia en Alemania a costa de Austria y a hacerse un hueco entre las potencias europeas. Su rey Federico II (1740-1786), muy pendiente de los asuntos de Estado, empleó los recursos y el ejército que le había legado su padre en fortalecer aún más al país, en realidad, el verdadero objetivo de sus medidas ilustradas, como la liberación de los siervos, el fomento de la industria y la educación y la protección de filósofos como Voltaire y otros; no hay que olvidar que durante el reinado de Federico II Immanuel Kant publicó su obra fundamental, Crítica de la razón pura (1781). Sin embargo, en Alemania, la Ilustración cedió paso antes que en otros sitios a los precursores del romanticismo, al extenderse en los años 70 el movimiento del Sturm und Drang (‘Tormenta y Empuje’). Los principios políticos en que se inspiraba el despotismo ilustrado no se modificarían profundamente hasta las invasiones napoleónicas.

Italia se encontraba en una situación parecida a la alemana, con ausencia de unidad política pero gran afinidad cultural. Los estados más importantes eran el reino de Nápoles-Sicilia, los Estados Pontificios, el gran ducado de Toscana, el reino de Piamonte-Cerdeña y las repúblicas de Génova y Venecia (Milán era posesión austriaca). Cada soberano actuaba según su criterio. El de Piamonte, Víctor Amadeo II de Saboya (1720-1730), fue un característico déspota ilustrado que reformó la fiscalidad, abolió la servidumbre, promocionó la educación y rebajó la autonomía de la Iglesia. También es el caso de Leopoldo de Habsburgo, gran duque de Toscana (1767-1790, luego emperador), que devolvió a su estado algo de su esplendoroso pasado medieval y, en cierto modo, el papa Benedicto XIV (1740-1758), culto y tolerante. Por último, el futuro Carlos III de España, antes de ocupar este trono, fue rey ilustrado de Nápoles (1734-1759), que embelleció la capital (e inició las excavaciones de Pompeya), limitó los privilegios de nobles y eclesiásticos y promulgó un nuevo código legal.

En otros países el peso de la Ilustración fue menor, y en la mayoría de los casos sus reyes continuaron siendo simplemente monarcas absolutos. Pero hubo intentos reformadores. En Portugal, los de José I de Braganza (1750-1777) con su estrecho colaborador Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal, que acometieron la reconstrucción de Lisboa tras el terremoto de 1755, la recuperación económica del país, la renovación de los planes de estudio universitarios o el sometimiento de la Iglesia (los jesuitas portugueses fueron los primeros en ser expulsados, en 1759). En Dinamarca, una serie de cuatro reyes mejoraron enormemente la economía: Federico IV (1699-1730), Cristian VI (1730-1746), Federico V (1746-1766) y Cristian VII (1766-1808). En Suecia, las medidas adoptadas por Federico I (1720-1751) fueron deshechas por su sucesor Gustavo III (1771-1792).

Al otro lado del mar Báltico, en Polonia, la debilidad de la monarquía electiva y la fuerza de la aristocracia hizo inviable el absolutismo ilustrado y facilitó los tres repartos de la segunda mitad de siglo, que le arrebataron su independencia. En Rusia, en cambio, la fuerza de la zarina Catalina II (1762-1796). De educación francesa, conocía a fondo los principios ilustrados (se escribía cartas con Voltaire), que quiso aplicar cuando se hizo con el poder, creando incluso una comisión para reformar el derecho, estudiando planes de reforma educativa y aprobando la secularización de parte de los bienes de la Iglesia ortodoxa. Sin embargo, al tener que hacer concesiones a los nobles para consolidar su corona, permitió el endurecimiento de la servidumbre. Asimismo, la gran revuelta del cosaco Emelian Pugachev en 1773 frenó su reformismo y en adelante aumentó su autoritarismo, que tuvo poco de ilustrado y favoreció a la aristocracia.

Las grandes excepciones fueron Inglaterra y Holanda. Inglaterra, en donde curiosamente habían nacido parte importante de las ideas ilustradas, porque las revoluciones del s. XVII habían impuesto una monarquía parlamentaria, que si por un lado era bastante popular, por otra carecía de la autoridad necesaria para aplicar grandes reformas. Además, en el s. XVIII subió al trono inglés la dinastía alemana de los Hannover, que por su origen extranjero tardó en asentarse. No obstante, no fue necesaria la dirección real para el progreso del país, que precisamente avan