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Estilo artístico, que se desarrolla durante los cinco primeros
siglos de nuestra era, desde la aparición del Cristianismo,
durante la dominación romana, hasta la invasión de los pueblos
bárbaros, aunque en Oriente tiene su continuación, tras la
escisión del Imperio, en el llamado arte bizantino.
En Occidente, Roma es el centro y símbolo de la cristiandad, por
lo que en ella se producen las primeras manifestaciones
artísticas de los primitivos cristianos o paleocristianos,
recibiendo un gran influjo del arte romano tanto en la
arquitectura como en las artes figurativas. Lo mismo que la
historia del Cristianismo en sus primeros momentos, en el arte
se distinguen dos etapas, separadas por la promulgación del
Edicto de Milán por Constantino en el año 313, otorgando a los
cristianos plenos derechos de manifestación pública de sus
creencias.
Arquitectura
Paleocristiana
Hasta el año 313, el arte arquitectónico de los cristianos se
centró en la excavación de las catacumbas y el reforzamiento de
sus estructuras. Éstas eran cementerios cristianos, excavados,
en un principio, en los jardines de algunas casas de patricios
cristianos, como las de Domitila y Priscila, en Roma. Más tarde
en el siglo III, y ante el aumento de creyentes, estos
cementerios se hicieron insuficientes adquiriendo terrenos en
las afueras de las urbes donde surgen los cementerios públicos,
en los que se excavan sucesivos pisos formando las
características catacumbas que ahora conocemos.
La primera vez que se aplica el término catacumba es a la de San
Sebastián en Roma. El cementerio o catacumba se organiza en
varias partes: estrechas galerías (ambulacrum) con nichos
longitudinales (loculi) en las paredes para el enterramiento de
los cadáveres. En algunos enterramientos se destacaba la
notabilidad de la persona enterrada, cobijando su tumba bajo una
arco semicircular (arcosolium). En el siglo IV en el cruce de
las galerías o en los finales de las mismas se abrieron unos
ensanchamientos (cubiculum) para la realización de algunas
ceremonias litúrgicas. Las catacumbas se completaban al exterior
con una edificación al aire libre, a modo de templete (cella
memoriae) indicativa de un resto de reliquias que gozaban de
especial veneración. Entre las catacumbas más importante, además
de las ya citadas, destacan las de San Calixto, Santa Constanza
y Santa Inés, todas ellas en Roma, aunque también las hubo en
Nápoles, Alejandría y Asia Menor.
Después de la Paz de la Iglesia, a partir del año 313, la
basílica es la construcción eclesiástica más característica del
mundo cristiano. Su origen es dudoso, pues se la considera una
derivación de la basílica romana, o se la relaciona con algunos
modelos de casas patricias, o, incluso, con algunas salas
termales. La basílica organiza su espacio, generalmente, en tres
naves longitudinales, que pueden ser cinco, separadas por
columnas; la nave central es algo más alta que las laterales,
sobre cuyos muros se levantan ventanas para la iluminación
interior. La cubierta es plana y de madera y la cabecera tiene
un ábside con bóveda de cuarto de esfera bajo la que se alberga
el altar. En las grandes basílicas, como la de San Pedro y San
Juan de Letrán, en Roma, la estructura de su cabecera se
completaba con una nave transversal llamada transepto. Al
edificio basilical se accede a través del atrio o patio
rectangular (antecedente de los claustros), con una fuente en el
centro, que conducía hasta el nártex o sala transversal, situada
a los pies de las naves, desde donde seguían la liturgia los
catecúmenos. Las basílicas más notables, además de las citadas,
son la de Santa María la Mayor, San Pablo de Extramuros y la de
Santa Inés.
Otros edificios de carácter religioso fueron los baptisterios,
edificaciones de planta poligonal, frecuentemente octogonal, que
tenían en su interior una gran pila para realizar los bautismos
por inmersión. El más conocido es el Baptisterio de San Juan de
Letrán, en Roma, construido en tiempos de Constantino. También
son de planta central algunos enterramientos que siguen la
tradición romana; de planta circular con bóvedas es el Mausoleo
de Santa Constanza y de planta de cruz griega es el Mausoleo de
Gala Placidia en Rávena. En el arte paleocristiano oriental se
acusa la marcada tendencia a utilizar construcciones de planta
de cruz griega, con los cuatro brazos iguales, como la Iglesia
de San Simeón el Estilita.
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Media Cristiana
Artes
figurativas paleocristianas
Tanto en la pintura como en la escultura, la valoración de los
primitivos cristianos se dirige al significado de las
representaciones más que a la estética de las mismas. El
carácter simbólico se impone a la belleza formal. El repertorio
de las representaciones pictóricas se encuentra básicamente en
las catacumbas, decorando sus muros. Los temas son muy variados.
Muchos representan a animales cargados de simbología cristiana,
paloma, ciervo, pavo real, o signos acrósticos con un gran
significado teológico. Destacan entre ellos el Crismón,
monograma formado por las dos primeras letras griegas del nombre
de Cristo, XR, junto a la alfa a y la omega o, primera y última
letra del alfabeto griego, significando el principio y el fin. A
estas letras se solía añadir la cruz y todo ello era encerrado
en un círculo. En este signo existe un simbolismo cosmológico,
la rueda solar, con la idea de Cristo. La combinación del
círculo, con el monograma y la cruz representa a un Cristo como
síntesis espiritual del universo, como la luz que alumbra las
tinieblas del paganismo grecorromano sobre las que triunfa. Ya
Constantino los utilizó en sus estandartes, en el Lábaro constantineano como señal de victoria. En la iconografía
paleocristiana aparecen otros temas paganos como el de Orfeo,
ahora transformado en Cristo, o el tema del Buen Pastor,
variante del Moscoforo griego.
En la escultura, su mejor muestra se encuentra en los relieves
de los sarcófagos. Los temas representados en la etapa de
persecución eran los geométricos, astrales y zoomorfos, con
molduras sinuosas y cóncavas (estrigilos). Después del año 313
los temas figurativos son las más frecuentes, inspirados en los
modelos romanos, en los frentes de los sarcófagos aparecen
relieves, que si en un principio siguen la estética clásica,
como en el Sarcófago de Probo, luego se estereotipan las formas
en esquemas planos y figuras de igual tamaño, encajadas en los
espacios que determina un estructura de arcos que unifican la
escena. Los temas de los sarcófagos se refieren a la vida de
Cristo y a escenas del Antiguo Testamento (Daniel entre los
leones, sacrificio de Abraham, Adán y Eva, etc.). Entre los
sarcófagos más importantes se encuentra el de Junio Basso, en el
Vaticano o el Dogmático o de la Trinidad en el museo Laterano.
Arte paleocristiano en España
El arte paleocristiano en España constituye la etapa final de la
influencia romana. El cambio cultural que se opera durante los siglos II
al IV tuvo en la Península poca vigencia, pues las invasiones de los
pueblos germánicos se inician en el año 409. Pese a ello, y cada vez más,
han aparecido abundantes testimonios de la vitalidad del arte
paleocristiano hispano. En arquitectura hay que citar las casas
patricias de Mérida y Fraga, adecuadas al culto, en Ampurias, una
basílica de una nave, en San Pedro de Alcántara, en Málaga una basílica
con dos ábsides contrapuestos, y en Lugo la iglesia subterránea de
planta basilical de Santa Eulalia de Bóveda. Edificios funerarios los
hay en La Alberca, en Murcia y sobre todo el mausoleo de dos cámaras
cubiertas por cúpulas en Centcelles (Tarragona). La escultura de la
época se halla especialmente representada por los sarcófagos decorados
con temas del Crismón, estrígilos, escenas bíblicas y representaciones
alegóricas. Entre ellos se destacan el de Leocadius en Tarragona y el de
Santa Engracia en Zaragoza. También se conservan alguna estatuas exentas,
como varias con el tema del Buen Pastor, laudas sepulcrales y mosaicos
que por su técnica y sentido del color siguen los modelos romanos.
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Expresión artística que se configura a partir del siglo VI,
fuertemente enraizada en el mundo helenístico como continuador
del arte paleocristiano oriental. En sus primeros momentos se
consideró como el conservador natural en los países del
Mediterráneo oriental del Imperio romano, siendo transmisor de
formas artísticas que influyen poderosamente en la cultura
occidental medieval. Los períodos del arte bizantino se ajustan
a las grandes fases de su historia política. Desde comienzos del
siglo V se va creando un lenguaje formal artístico propio y
diferenciado del que se mantiene en el Imperio de Occidente. Más
tarde, en la época de Justiniano (527-565), se inició la primera
etapa específicamente bizantina: es la Primera Edad de Oro que
comprende los siglos VI y VII, etapa de formación del arte
bizantino en sus aspectos formales básicos. Después del período
de la lucha de los iconoclastas, aunque pobre en monumentos,
comenzó, en torno al año 850, el arte bizantino medio o Segunda
Edad de Oro, que perduró hasta el año 1204, cuando
Constantinopla fue conquistada por los cruzados; en esta época
esencialmente se consolidaron los aspectos formales y
espirituales del arte bizantino; es la verdadera etapa creadora
y definidora de la estética bizantina. Después del dominio
latino, con la dinastía de los Paleólogos, se dio paso a la
Tercera Edad de Oro, que se centró en el siglo XIV y finalizó
con la toma de Constantinopla en el año 1453. Después, el arte
bizantino floreció en los países eslavos, Rusia y sureste de
Europa, transmitiéndose hasta nuestros días a través del Monte
Athos.
Arquitectura bizantina
En la Primera Edad de Oro, época de Justiniano, siglo IV,
se realizaron las más grandiosas obras arquitectónicas que ponen
de manifiesto los caracteres técnicos y materiales, así como el
sentido constructivo que caracteriza el arte bizantino de este
período. Del mundo romano y paleocristiano oriental mantuvo
varios elementos, tales como materiales (ladrillo y piedra para
revestimientos exteriores e interiores de mosaico), arquerías de
medio punto, columna clásica como soporte, etc., pero también
aportaron nuevos rasgos, entre los que destaca la nueva
concepción dinámica de los elementos y un novedoso sentido
espacial; y, sobre todo, su aportación más importante, el empleo
sistemático de la cubierta abovedada, especialmente la cúpula
sobre pechinas, es decir, triángulos esféricos en los ángulos
que facilitan el paso de la planta cuadrada a la circular de la
cúpula. Estas bóvedas semiesféricas se construían mediante
hiladas concéntricas de ladrillo, a modo de coronas de radio
decreciente reforzadas exteriormente con mortero, y eran
concebidas como una imagen simbólica del cosmos divino. Otra
aportación de gran trascendencia fue la decoración de capiteles,
de los que hubo varios tipos; así, el de tipo teodosiano es una
herencia romana empleado durante el siglo IV como evolución del
corintio y tallado a trépano, semejando a avisperos; otra
variedad fue el capitel cúbico de caras planas decorado con
relieves a dos planos. En uno y otro caso era obligada la
colocación sobre ellos de un cimacio o pieza troncopiramidal
decorada con diversos motivos y símbolos cristianos. En la
tipología de los templos, según la planta, abundan los de planta
centralizada, sin duda concordante con la importancia que se
concede a la cúpula, pero no son inferiores en número las
iglesias de planta basilical y las cruciformes con los tramos
iguales (planta de cruz griega).
En casi todos los casos es frecuente que los templos, además del
cuerpo de nave principal, posea un atrio o narthex, de origen
paleocristiano, y el presbiterio precedido de iconostasio,
llamado así porque sobre este cerramiento calado se colocaban
los iconos pintados.
La primera obra bizantina, del primer tercio del siglo VI, es la
iglesia de los Santos Sergio y Baco, en Constantinopla
(527-536), edificio de planta central cuadrada con octógono en
el centro cubierto mediante cúpula gallonada sobre ocho pilares
y nave en su entorno. A este mismo momento de la primera mitad
del siglo V corresponde la iglesia rectangular con dos cúpulas
de la Santa Paz o de Santa Irene, también en Constantinopla.
Pero la obra cumbre de la arquitectura bizantina es la Iglesia
de Santa Sofía, iglesia de la Divina Sabiduría, dedicada a la
Segunda Persona de la Santísima Trinidad, construida por los
arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, entre los
años 532 y 537, siguiendo las órdenes directas del emperador
Justiniano.
También fue importante la desaparecida iglesia de los Santos
Apóstoles de Constantinopla, proyectada como mausoleo imperial e
inspirada en la iglesia de San Juan de Éfeso. Ofrecía un modelo
de planta de cruz griega con cinco cúpulas, ampliamente imitada
en todo el mundo bizantino, por ejemplo en la famosa iglesia
bizantina de San Marcos de Venecia, obra del siglo XI. No fue
Constantinopla el único foco importante en esta primera Edad de
Oro de Bizancio, es menester recordar el núcleo de Rávena, el
exarcado occidental situado en el nordeste de la península
italiana en las riberas del mar Adriático, junto a Venecia. Las
iglesias bizantinas de Rávena presentan dos modelos: uno de
clara inspiración constantinopolitana relacionado con la iglesia
de los Santos Sergio y Baco, la de iglesia de San Vital en
Rávena (538-547), la que, igualmente que su modelo, es de planta
octogonal con nave circundante entre los elevados pilares y con
una prolongación semicircular en la cabecera, delante del ábside
del presbiterio; en los pies tiene un amplio atrio con torres
laterales. En esta iglesia de San Vital están ya prefigurados
los rasgos más característicos de la estilística en la
arquitectura medieval de Occidente, sobre todo en lo que se
refiere al sentido vertical de la construcción en detrimento de
la horizontalidad precedente. Las otras iglesias bizantinas de
Rávena tienen influencia paleocristiana por su estructura
basilical con cubierta plana. Son la iglesia de San Apolinar in
Classe y la iglesia de San Apolinar Nuevo, ambas de la primera
mitad del siglo V y con destacados mosaicos.
En la Segunda Edad de Oro predominan las iglesias de planta de
cruz griega con cubierta de cúpulas realzadas sobre tambor y con
una prominente cornisa ondulada en la base exterior. Este tipo
nuevo de iglesia se plasma en la desaparecida iglesia de Nea de
Constantinopla (881), construida por Basilio I. A este mismo
esquema compositivo corresponde la catedral de Atenas, la
iglesia del monasterio de Daphni, que usa trompas en lugar de
pechinas, y los conjuntos monásticos del Monte Athos en Grecia.
En Italia destaca la anteriormente citada basílica de San Marcos
de Venecia, del año 1063, planta de cruz griega inscrita en un
rectángulo y cubierta con cinco cúpulas sobre tambor, una sobre
el crucero y cuatro en los brazos de la cruz, asemejándose en su
estructura a la desaparecida iglesia de los Santos Apóstoles de
Constantinopla. En esta Segunda Edad de Oro el arte bizantino se
extendió a la zona rusa de Armenia. En Kiew se construyó la
iglesia de Santa Sofía en el año 1017, que siguiendo fielmente
los influjos de la arquitectura de Constantinopla, se estructuró
en forma basilical de cinco naves terminadas en ábsides; en
Novgorod se levantaron las iglesias de San Jorge y de Santa
Sofía, ambas de planta central. Durante la Tercera Edad de Oro,
entre los siglos XIII y XV, el arte bizantino se extendió por
Europa y Rusia, con predominio de las plantas de iglesias
cubiertas mediante cúpulas abulbadas sobre tambores circulares o
poligonales. A esta etapa corresponden en Grecia la iglesia de
los Santos Apóstoles de Salónica, del siglo XIV, la iglesia de
Mistra, en el Peloponeso, y algunos monasterios del Monte Athos.
Así mismo se multiplican los templos bizantinos por los valles
del Danubio, por Rumanía y Bulgaria, llegando hasta las tierras
rusas de Moscú, donde destaca la iglesia de la Asunción del
Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú, realizada en tiempos de Iván
el Terrible (1555-1560), cuyas cinco cúpulas, la más alta y
esbelta en el crucero y otras cuatro situadas en los ángulos que
forman los brazos de la cruz, resaltan por su coloración, por
los elevados tambores y por sus característicos perfiles
bulbosos.
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Media Cristiana
Artes figurativas bizantinas
La pintura y los mosaicos bizantinos, más que su escultura, han tenido
una singular importancia en la historia de las formas de representación
plástica, por cuanto que han servido de puente a los modelos cristianos
orientales hacia Europa, así como a la transmisión de las formas
clásicas cuando en Occidente habían desaparecido por la acción de los
pueblos bárbaros. Por último, el arte bizantino ha sido la fuente
principal en la fijación de la iconografía occidental.
Escultura bizantina
La plástica escultórica bizantina supuso la culminación del arte
paleocristiano, manteniendo sus técnicas y su estética de progresivo
alejamiento de las cualidades clásicas: la mayor rigidez, la repetición
de modelos estereotipados, la preferencia del bajorrelieve a las obras
de bulto redondo, y el uso de materiales ricos (marfil) que proporcionan
pequeñas piezas, son los caracteres más destacados de la estatuaria
bizantina de la primera etapa. Tras la sistemática destrucción del
período iconoclasta hay una vuelta al culto de las imágenes, pero, para
no caer en la idolatría y por influjo de las nuevas corrientes islámicas,
desaparece la figura humana en la estatuaria exenta. Las obras más
destacadas son las labores ornamentales de los capiteles con motivos
vegetales y animales afrontados, como son los de San Vital de Rávena o
los sarcófagos de la misma ciudad en los que se representan los temas
del Buen Pastor. Pero las obras capitales de la escultura bizantina son
las pequeñas obras, dípticos y cajas, tallados en marfil. Destacan el
díptico Barberini, Museo del Louvre, del siglo V, o la célebre cátedra
del obispo Maximiano, en Rávena, tallada hacia el año 533 sobre placas
de marfil con minucioso trabajo.
El gusto por la riqueza y la suntuosidad ornamental del arte bizantino,
eminentemente áulico, exigía el revestimiento de los muros de sus
templos con mosaicos (Véase Mosaico), no sólo para ocultar la pobreza de
los materiales usados, sino también como un medio para expresar la
religiosidad y el carácter semidivino del poder imperial (cesaropapismo).
De la Primera Edad de Oro, el conjunto más importante es el de Rávena,
que enlaza con los mosaicos paleocristianos del siglo V: en las iglesias
de San Apolinar Nuevo y San Apolinar in Classe se cubren sus muros
superiores con mosaicos que representan, en la primera, un cortejo
procesional encabezado por los Reyes Magos hacia la Theotokos o Madre de
Dios, en la segunda, en el ábside, se muestra una visión celeste en la
que San Apolinar conduce un rebaño. La obra maestra del arte musivario
es, sin duda alguna, el conjunto de mosaicos de San Vital de Rávena,
compuestos hacia el año 547, y en los que se representan varios temas
bíblicos. En los laterales del ábside aparecen los grupos de Justiniano
y de su esposa Teodora con sus respectivo séquito.
Terminada la lucha iconoclasta, a mediados del siglo IX es cuando
verdaderamente se configura la estética bizantina y su iconografía.
Surgió una nueva Edad de Oro, la segunda, que supuso el apogeo de las
artes figurativas y que irradió sus influjos al arte islámico, por
entonces en formación, y al naciente arte románico europeo. Las figuras
acusan una cierta rigidez y monotonía, pero muy expresivas en su
simbolismo, con evidente desprecio del natural y las leyes espaciales;
son alargadas y con un aspecto de cierta deshumanización. Los nuevos
tipos iconográficos se adaptan simbólicamente, según un programa
prefijado (hermeneia), a las diferentes partes del templo: el
pantocrátor (Cristo en majestad bendiciendo) en la cúpula, el
tetramorfos (cuatro evangelistas) en las pechinas, la Virgen en el
ábside, los santos y temas evangélicos en los muros de las naves. Los
modelos más repetidos son las figuras de Cristo con barba partida y edad
madura (modelo siríaco) y de la Virgen que se presenta bajo diversas
advocaciones (kyriotissa o trono del Señor en la que sostiene sobre sus
piernas al Niño, como si fuera un trono; Hodighitria, de pie con el Niño
sobre el brazo izquierdo mientras que con el derecho señala a Jesús como
el camino de salvación -es el modelo desarrollado en el gótico-; la
theotokos, o Madre de Dios, ofrece al Niño una fruta o una flor; la
blachernitissa o platytera con una aureola en el vientre en el que
aparece el Niño indicando la maternidad de la Virgen).
Otros temas muy repetidos son la Déesis o grupo formado por Cristo con
la Virgen y San Juan Bautista, como intercesores, y los dedicados a los
doce fiestas litúrgicas del año, entre las que destaca la Anastasis o
Bajada de Cristo al Limbo, el Tránsito de la Virgen, la Visón de Manré,
es decir, la aparición de los tres ángeles a Abraham simbolizando la
Trinidad. Durante la Tercera Edad de Oro el mosaico continuó en uso
hasta el siglo XIII, en esta época se enriqueció la iconografía de los
ciclos "marianos", de los santos y evangélicos, a la vez, que por
influjos italianos, se aprecia una mayor libertad compositiva y un
evidente manierismo en las estilizaciones.
Destruidos los mosaicos de Constantinopla, quedan como únicas
referencias los de San Marcos de Venecia, con abundante empleo del
dorado que ejerció un marcada influencia en las obras góticas de Cimabue,
Duccio y otros pintores italianos. La pintura sustituye al mosaico en
esta Tercera Edad, contando con el precedente de los interesantes
conjuntos de iglesias rupestres de Capadocia, en Asia Menor. Son
importantes los talleres rusos de Novgorod y Moscú, donde trabajó
Teófanos el Griego, fresquista y pintor sobre tabla en el siglo XIV; y
en la centuria siguiente destacaron, como obra maestra, la Virgen de
Vladimir (Moscú) y el monje Andrés Rublev o Rubliov especialmente a
través de su icono de la Trinidad.
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Media Cristiana
LaTrinidad
Este icono del siglo XV es considerado como el más importante icono
bizantino de la escuela rusa; representa a la Trinidad a través de la
escena bíblica llamada visión de Manré, es decir, tres ángeles que se
aparecen al patriarca Abraham. Se caracteriza por el aire melancólico,
de intensa espiritualidad, en la que el ángel del centro, con túnica
roja, se cree que representa a Cristo con un árbol al fondo; el de la
izquierda representa a Dios Padre y el de la derecha al Espíritu Santo.
La perspectiva es típica del tipo bizantino, es decir, inversa,
abriéndose las líneas conforme se alejan de los ojos del espectador.
Algo más tardías son las escuelas veneciana y cretense, donde destacó
Andrea Riccio de Candia, a quien se atribuye la creación del famosísimo
icono de la Virgen del Perpetuo Socorro. La pintura de iconos ha seguido
manteniéndose durante toda la Edad Moderna, tomando como referencia
estética los caracteres de la pintura bizantina clásica, que se impone a
las influencias italianas. Las colecciones de iconos más completas se
encuentran en la galería Tretiakov de Moscú, en el museo Puskin de
Leningrado, en la catedral de Sofía (Bulgaria) y en el museo de iconos
"La Casa Grande" de Torrejón de Ardoz (Madrid). En la catedral de Cuenca
se encuentra el díptico de los déspotas de Épiro correspondiente a la
escuela yugoslava. Paralelamente se desarrolla la realización de
miniaturas para los códices purpúreos, llamados así por el uso de fondos
de púrpura. De la primera época es el Génesis de Viena, del siglo V, los
evangeliarios de Rábula y de Rossano, ambos del siglo siguiente. En las
etapas siguientes destacaron los salterios con abundantes
representaciones en toda la página o en los márgenes, llenos de sentido
narrativo. Destacan el Menologio de Basilio II (Biblioteca Vaticana) y
el tratado de Cinegética de Oppiano (París). En las artes suntuarias
sobresalieron gracias al ambiente cortesano bizantino.
Las labores textiles se inspiraron en los modelos sasánidas (motivos
encerrados en círculos); en la orfebrería sobresale el uso de los
esmaltes sobre metales preciosos, siguiendo la técnica del tabicado o
alveolado de origen germánico, en el que los colores se separan por
filamentos de oro. La obra maestra de la orfebrería es la Pala de Oro,
en San Marcos de Venecia, o el icono esmaltado de San Miguel, del mismo
templo.
Estilo
artístico que, por lo general, incluye todas las manifestaciones
estéticas de Europa occidental desde la desaparición del Imperio romano
en el siglo V hasta el comienzo del arte románico en el siglo XI. Se
trata, pues, de un concepto más cronológico que estilístico y, por tanto,
dada la gran variedad de formas que tuvieron vida durante esos siglos,
es más correcto hablar de ?arte cristiano occidental en la Alta Edad
Media?. Estéticamente, este período se inició con un empobrecimiento
artístico de las formas romanas que los pueblos germanos hicieron suyas,
simplificándolas y mezclándolas con elementos propios. De esta fusión
nacieron y se desarrollaron, entre los siglos V y VIII, nuevos estilos
coincidentes con los reinos de reciente creación, como el ostrogodo y el
lombardo en Italia, el merovingio en Francia, el visigodo en Hispania o
el anglosajón (e irlandés o celta) en las islas Británicas. Estos
estilos, de característico tono áulico y religioso, evolucionaron con el
tiempo y, entre los siglos VIII y X, época de mayor desarrollo cultural,
dieron origen al arte carolingio, el arte otoniano o el arte asturiano,
precedentes directos del románico, verdaderos estilos protorrománicos.
Por este hecho, a veces se ha restringido el concepto de ?arte
prerrománico? a esta segunda etapa.
En un primer momento, a veces denominado período ?bárbaro?, entre los
siglos V y VIII, el arte europeo fue en general rudimentario (algo menos
entre los godos, más romanizados que otros germanos). La arquitectura,
poco desarrollada, usó frecuentemente la planta basilical según modelos
paleocristianos, salvo en el caso de los baptisterios, de planta
centralizada. La escultura fue poco cultivada, y los raros ejemplos
conservados muestran figuras sin profundidad, muy esquemáticas y, por
tanto, con más sentido simbólico que realista. Más perfección tuvieron
la miniatura (especialmente entre los merovingios y las islas británicas)
y la orfebrería, ésta de antigua tradición entre los pueblos germánicos.
En el siglo VIII, coincidiendo aproximadamente con la entronización de
los carolingios y el renacimiento cultural impulsado por éstos, todas
las artes se renovaron y adquirieron mayor refinamiento. La basílica se
convirtió definitivamente en modelo para los templos cristianos,
comenzando entonces a usarse las cubiertas abovedadas. En el campo de la
escultura, eran de considerable valor los marfiles carolingios, de
influencia bizantina, la iconografía de las grandes cruces irlandesas o
los bronces otonianos. La miniatura carolingia alcanzó gran corrección y
expresividad, sobre todo en la escuela de Metz. Finalmente, la
orfebrería creó trabajos muy preciosistas, tanto en cruces como en
relicarios o altares.
Arte prerrománico
en la Península Ibérica
En la Península Ibérica el primer arte prerrománico fue el de los
visigodos, el pueblo germano que terminó por dominar casi toda la
antigua región romana de Hispania. Éstos, como en el caso de los demás
germanos, tanto en la arquitectura como en las artes figurativas, se
inspiraron en parte en los modelos romanos y orientales para realizar
sus creaciones artísticas; edificaron edificios robustos, con un uso de
la planta central o basilical, el sillar, la bóveda y arco de herradura.
Su escultura fue eminentemente decorativa, con temas vegetales,
geométricos y figurativos dispuestos en capiteles, muros o sarcófagos.
Como entre los demás germanos, la orfebrería tuvo gran calidad, sobre
todo apreciable en algunos tesoros encontrados en varias necrópolis.
Destruido el reino visigodo en el s. VIII por los musulmanes, los
cristianos refugiados en varios núcleos montañosos del norte crearon sus
propios estilos. El más importante fue el asturiano, heredero del
visigodo, pero también hubo manifestaciones prerrománicas en la Marca
Hispánica (Cataluña), en este caso influidas por el arte carolingio.
En el s. X, trasladada la capital del reino de Asturias de Oviedo a León
(reino de León), el gran número de mozárabes emigrados desde al-Andalus
impuso unas nuevas formas estéticas: el arte mozárabe, muy influido por
el arte musulmán, que del sur peninsular se extendió por los territorios
astur-leoneses de conquista ya consolidada, como el propio León,
Cantabria, Castilla o La Rioja, y también por otros estados cristianos
como Aragón y Cataluña. La arquitectura mozárabe usó con profusión el
arco de herradura sobrepasado y con alfiz, aleros apoyados en modillones,
bóveda de gallones y otros elementos característicos. De especial
importancia fue la miniatura, de vivo colorido y originalidad
iconográfica.
Arte prerrománico asturiano
El arte prerrománico de Asturias, conocido habitualmente como ?arte
asturiano? desde que el escritor Gaspar Melchor de Jovellanos acuñó el
término en el siglo XVIII, es probablemente, junto con el mozárabe, el
que, gracias a sus numerosos y significativos ejemplos, posee mayor
importancia dentro del arte altomedieval español. Su arco cronológico
abarca parte del s. VIII, todo el siglo IX y principios del s. X,
durante gran parte de la existencia del reino cristiano de Asturias, y
concentrándose la mayor parte de sus muestras en Oviedo (la capital del
reino) y alrededores. Arte promovido por la realeza, pero en muchos
casos con sentido religioso, es una síntesis de corrientes anteriores y
de estilos contemporáneos. Debe mucho a los desaparecidos arte romano y
visigodo, pero también recibió en la época de su desarrollo influencias
carolingias y bizantinas, y mozárabes en su último período. Todos estos
elementos básicos los elaboró luego el arte asturiano con originalidad,
alcanzando, dentro de su rusticidad, cierta perfección técnica. El
conjunto de sus edificios fue declarado por la UNESCO, en 1985,
Patrimonio de la Humanidad.
En la arquitectura se emplearon muros de sillarejo y mampostería, con
sillares en los ángulos. Para abrir vanos se usó el arco de medio punto,
no pocas veces peraltado y, en su época final, de herradura (influencia
mozárabe). Las cubiertas eran de madera, o bien se trataba de bóvedas de
cañón, generalmente reforzadas con arcos fajones, los cuales estaban
contrapesados exteriormente por contrafuertes. Estos contrafuertes se
usaban también, de forma original en el estilo asturiano, como elemento
decorativo. Era frecuente, asimismo, en la decoración el uso de
sogueados en las columnas y celosías en las ventanas. Las iglesias son
los edificios más representativos del estilo; proporcionadas y con
tendencia a la altura, situadas frecuentemente en emplazamientos de gran
belleza natural, eran por lo general de planta basilical (influencia
carolingia), con tres naves (más alta la central para permitir la
entrada de luz), finalizadas en capillas rectangulares, que forman la
cabecera; ésta, en la liturgia, se separaba del resto del interior
mediante un iconostasio. A veces, dos pequeñas cámaras situadas a los
lados formaban lo que en estilos posteriores será el transepto. A sus
pies había un pórtico (herencia visigoda), y en la cabecera, sobre la
capilla central, una ?cámara del tesoro?, a la que se accedía desde el
exterior. Este espacio pudo usarse como celda penitencial o lugar donde
proteger los objetos valiosos de la iglesia.
En otro tipo de artes no arquitectónicas las manifestaciones que han
llegado a la actualidad son escasas, limitándose prácticamente a la
decoración de los edificios mencionados: relieves en puertas, capiteles
o muros; frescos, etc. Las creaciones de orfebrería también suelen ser
piezas litúrgicas o, al menos, religiosas: cruces, relicarios y otras
que los reyes asturianos solían donar a iglesias o monasterios, muy
frecuentemente levantados por su patronazgo. En la evolución del arte
asturiano se han distinguido generalmente tres períodos: prerramirense o
de Alfonso II el Casto (siglo VIII y primera mitad del siglo IX);
ramirense o de Ramiro I (mediados del siglo IX) y posramirense o de
Alfonso III el Magno (segunda mitad del siglo IX y principios del siglo
X).
Período
prerramirense o de Alfonso II el Casto
En una fase inicial, todavía en siglo VIII, el ejemplo más
temprano es la capilla o ermita de Santa Cruz, construida por el
rey Fávila hacia el 737 en Cangas de Onís, entonces capital del
reino asturiano. Se erigió donde anteriormente había existido un
dolmen. Del edificio original nada queda, pues fue derribado y
reconstruido en el siglo XVIII. La nueva ermita (de nave única
con una cámara a modo de ábside más amplia que el resto), que
pudo ser quizá similar a la anterior, fue destruida en la Guerra
Civil. El siguiente templo que se conoce es del último cuarto de
la centuria: la iglesia del rey Silo en Santianes de Pravia (la
capital había sido trasladada a Pravia), de la que sólo partes
del actual edificio son originales, dado que está muy
reconstruida. Tuvo antiguamente un aspecto diferente al actual;
era una iglesia de mampostería con sillares en los extremos, con
cubierta de madera, de tres naves, crucero que no sobresalía ni
en anchura ni en altura, un único ábside central semicircular
peraltado con anchura algo menor que la nave central, al igual
que el pórtico de los pies, pavimento de opus signium (en
mosaico) y muros recubiertos de estuco rojo. No hay duda de su
autoría, dado que se encontró una pieza epigráfica con la
inscripción «Silo princeps fecit» (?Lo hizo el rey Silo?). Quizá
algo anterior pudo ser Santa María de Veranes (entre Gijón y
Oviedo), de la que sólo quedan algunos restos, que sugieren una
estructura parecida a la de Santianes.
Sin embargo, no fue hasta el largo reinado de Alfonso II el
Casto (791-842) cuando comenzó a definirse el arte prerrománico
asturiano. Este rey estableció definitivamente la capital de
Asturias en Oviedo, donde su padre Fruela I había tenido ya su
corte, y reorganizó todo el reino. Así, embelleció y engrandeció
esta ciudad con todo un programa constructivo destinado a
realzar su condición de sedes regia, heredera de la visigoda
Toledo. En primer lugar, delimitó claramente el área urbana,
levantando una muralla con forma de rectángulo irregular.
Reconstruyó luego la ya existente iglesia de San Salvador (obra
del arquitecto Tioda), a la que dio luego el rango de catedral;
en el año 812 estaba ya terminada, como consta en el testamento
del rey de esa fecha. Las sucesivas reformas han modificado
profundamente la construcción, y no quedan apenas trazas de ella;
debió ser de planta rectangular, con tres naves y cabecera
tripartita, siendo los ábsides cuadrados, y con
vestíbulo-panteón a los pies.
La llamada Cámara Santa, que aparece hoy adosada a la torre de
San Miguel de la catedral gótica, perteneció en realidad al
palacio de Alfonso II, construido junto a San Salvador. Debió
ser un edificio alargado, que tenía dos torres separadas entre
sí, una de las cuales sería la de San Miguel, muy reformada. La
Cámara Santa fue adosada posteriormente, y debió tener funciones
de capilla-relicario; de planta rectangular, consta de una
cripta, llamada de Santa Leocadia, y una capilla superior
abovedada, igualmente dedicada a san Miguel. Se han encontrado
también, muy próximos y en el otro lado de la catedral, los
cimientos de la iglesia-panteón real de Santa María, donde
estuvo enterrado Alfonso II; su estructura era casi idéntica a
San Salvador, aunque de menores dimensiones. Alineado con el
palacio se sitúa la iglesia de San Tirso, que del templo
prerrománico posee aún la cabecera plana (en gran parte hoy bajo
suelo), con un curioso ventanal tripartito enmarcado por alfiz.
Pero la obra mejor conservada y más representativa del período
es la iglesia-residencia regia de San Julián de los Prados o
Santullano (dedicada en realidad a los santos Julián y Basilisa,
esposos y mártires del siglo IV), construida como parte de un
complejo áulico en las afueras de Oviedo, donde antaño hubo una
villa romana. Edificio amplio (el mayor del arte asturiano, de
unos 40 m de largo y 25 m de ancho), monumental, presenta ya
rasgos característicos como el pórtico, las tres naves (mayor la
central) cubiertas con artesonado de madera, capillas
rectangulares menores que aquéllas, crucero de notables
dimensiones, cámaras laterales, iconostasio y cámara del tesoro
sobre la capilla central abierta al exterior con triple arquería.
Probablemente el crucero y la cámara del tesoro o tribuna fueran
espacios reservados para el monarca. En la división de las
naves, del crucero y de los ábsides se emplearon arcos de medio
punto de distintos tamaños, sostenidos por pilares. Santullano
(o un templo similar perdido) fue probablemente el modelo de
otras dos iglesias de los alrededores de Oviedo: San Pedro de
Nora y Santa María de Bendones. La primera es muy parecida a
aquélla, pero de dimensiones bastante más reducidas y sin
crucero. La segunda, descubierta en ruinas en 1954 y
reconstruida, posee una planta peculiar, con una nave única más
ancha que larga. En estilo afín debió levantar Alfonso II, desde
el año 812, la primera iglesia de Santiago de Compostela erigida
sobre el sepulcro del apóstol.
En cuanto al arte figurativo, lo más importante del período son
los frescos sobre estuco del interior de San Julián de los
Prados, que cubrían totalmente el interior y de los que hoy
quedan todavía bastantes restos. En realidad, la mayoría de las
iglesias asturianas estuvieron decoradas, pero sus pinturas se
han perdido. Las de San Julián, de clara influencia
paleocristiana y bizantina, representan, con gran riqueza
cromática, imitando el mármol y con cierta perspectiva, la
Jerusalén celeste. Hay ornamentación de grecas y motivos
lineales en los zócalos, y diversos edificios (iglesias y
palacios) con cortinajes y cruces en la parte superior de los
muros. Muestra de la orfebrería asturiana, heredada de la
visigoda, es la Cruz de los Ángeles que Alfonso II donó en 808 a
San Salvador de Oviedo, y que hoy se conserva en la Cámara
Santa; es una cruz griega patada, de madera, cubierta con lámina
de oro labrada en filigrana y engastada con piedras preciosas de
origen romano; de ella cuelgan a ambos lados las letras griegas
Alfa y Omega (anagrama de Cristo Principio y Fin). Verdadero
símbolo del reino de Alfonso II, de ella se hicieron numerosas
reproducciones en otros materiales.
Periodo
ramirense o de Ramiro I
A mediados del siglo IX, en tiempos del rey Ramiro I (842-850),
el arte asturiano llegó a su mayor plenitud y originalidad,
partiendo de los conocimientos acumulados en la etapa precedente,
pero renovándose ahora con nuevas soluciones. El ejemplo más
conocido y uno de los de mayor importancia de todo el
prerrománico es Santa María del Naranco, sobresaliente edificio
probablemente usado como palacio o capilla palatina, y más tarde
sólo como iglesia. A diferencia de los templos del período
anterior, posee una planta rectangular y dos pisos. El inferior
cuenta con una cámara central y otras dos menores, una a modo de
vestíbulo y otra que se ha identificado a menudo con unos baños;
se apoya en arquerías ciegas soportadas, no ya por pilares, sino
en columnas. La superior (?sala regia?), con acceso exterior, es
casi toda ella una gran sala de bóveda de cañón y arcos fajones,
sistema novedoso que parece sacado directamente de modelos
romanos. Esta sala se abre al exterior mediante arquerías en los
lados y dos miradores de arquerías triples en ambos extremos,
decorándose los arcos con fustes sogueados muy característicos,
y los contrafuertes del exterior con estrías. Dichos
contrafuertes y las numerosas arquerías, junto con la
sobreelevación respecto a la anchura, dotan al edificio de
considerable plasticidad y expresividad. En el mirador orientado
al este hubo un altar que hoy se conserva en el Museo
Arqueológico de Oviedo.
En emplazamiento próximo se levanta la notable iglesia de San
Miguel de Lillo, de la que sólo queda parte de la construcción
original, un tramo de los pies y el pórtico, pero que
originariamente contaba con cuatro tramos y tres naves
abovedadas, más alta la central, que al ser además relativamente
estrecha poseía cierto sentido ascensional que aún conserva
acentuado por su truncada longitud. Los muros tienen
contrarresto exterior en varios contrafuertes con acanaladuras.
En el interior poseía una tribuna.
Más alejada está Santa Cristina de Lena (Pola de Lena), quizá
erigida ya bajo Ordoño I, hijo y sucesor de Ramiro I, que
utiliza soluciones de los dos edificios precedentes. Con
volúmenes muy distintos pero bien proporcionados entre sí,
cuenta con una única nave de bóveda de cañón con arcos fajones,
con vestíbulo a los pies, tribuna en el piso superior, y capilla
en la cabecera separada por un iconostasio visigodo
perfectamente integrado; sus arcos de medio punto están muy
peraltados
Las muestras figurativas de este período provienen sobre todo de
la decoración de los edificios mencionados, mucho más abundantes
que en época de Alfonso II y perfectamente integradas en la
arquitectura, con cierta similitud otras artes, como la
orfebrería. Entre los ejemplos más importantes están los clípeos
o medallones de Santa María del Naranco, las jambas de la puerta
de entrada de San Miguel de Lillo, con figuras humanas que
representan escenas circenses (por lo que se lo ha relacionado
con el díptico bizantino del cónsul Areobindus, de principios
del siglo VI), los sogueados de las columnas, las celosías de
las ventanas, o los motivos geométricos y vegetales de los
capiteles de Santa Cristina de Lena y de nuevo de San Miguel de
Lillo (en este caso también se decoraron, como detalle
excepcional, las basas de las columnas). En cuanto a la pintura,
apenas quedan algunas trazas de frescos en San Miguel de Lillo,
con fragmentos de figuras humanas.
Periodo posrramirense o de Alfonso III el Magno
La última época del arte asturiano, coincidente de forma
aproximada con el reinado de Alfonso III el Magno (866-910),
estuvo influida por el arte mozárabe, estilo que más adelante,
cuando el centro político del reino se trasladó a León,
adquiriría aún mayor importancia hasta imponerse sobre cualquier
otra corriente artística. No obstante, numerosos elementos
asturianos pervivirían en el siglo X y llegarían a ser
empleados, desde el siglo XI, por el arte románico. De este
período final es muy representativa la iglesia de San Salvador
de Valdediós (cerca de Villaviciosa), pequeño edificio datado en
el 891, de buena ejecución técnica, especialmente en los
sillares de las esquinas, los contrafuertes, la fachada y el
ábside. De volúmenes sencillos, tiene tres naves sobreelevadas y
abovedadas que cuentan con sus correspondientes capillas
rectangulares a modo de ábside, y dos cámaras laterales. Como
aportación de gran originalidad hay que tener en cuenta el
pórtico abierto a uno de los lados. El uso de arcos de herradura
y de alfices encuadrando las ventanas denota una influencia
mozárabe.
San Salvador de Priesca (Villaviciosa), Santiago de Gobiendes
(Colunga, muy reformado) y San Adrián de Tuñón (Santo Adriano,
también con modificaciones) son también de este período y
muestran con claridad su parentesco con Valdediós. San Salvador,
que data del 921, tiene tres naves con cubierta de madera, y
tres ábsides abovedados. Santiago, también de principios del
siglo X es, como las demás iglesias del período, de planta
tripartita, con cubierta de madera; sólo se conservan los dos
ábsides laterales. Posee también una ventana con arco de
herradura. San Adrián, de aspecto tosco, fue consagrada en 891,
y es igualmente de tres naves. En Oviedo existe todavía la
Foncalada, construida con grandes sillares, que no es sino una
sencilla estructura rectangular con bóveda de cañón que cubre
una fuente, a la que se accede por un arco de medio punto.
También en la capital, Alfonso III construyó una fortaleza de
características no conocidas, y una muralla interior. En tiempos
debió haber más construcciones en la propia Asturias, Galicia y
León, posteriormente perdidas, como San Pedro de Teverga, la
reedificación de la basílica de Santiago de Compostela (que
sustituyó a la de Alfonso II el Casto), o San Juan de León.
No hay prácticamente muestras escultóricas y pictóricas, salvo
en capiteles y celosías, o en el interior de San Salvador de
Valdediós y San Adrián de Tuñón. Ejemplos que hubo anteriormente
se han perdido desde entonces. Sí hay dos piezas de orfebrería
de gran valor: la Cruz de la Victoria, encargada por Alfonso III
en 908 (hoy símbolo del Principado de Asturias), que es una gran
cruz latina con brazos trilobulados, recubierta de chapa de oro
a su vez decorada con filigranas, piedras y esmaltes; la Caja de
las Ágatas de la catedral de Oviedo, relicario de madera
cubierta de chapa de oro y casi un centenar de placas de ágata;
y la Caja de las reliquias donada a la catedral de Astorga, de
plata dorada repujada.
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Media Cristiana
Arte prerrománico
catalán
Aunque mucho menos difundido y evolucionado que el asturiano,
también en Cataluña en la época en que este territorio dependió
del imperio carolingio con el nombre de Marca Hispánica hubo un
arte prerrománico muy próximo a modelos tardorromanos y
carolingios, más vinculado a los estilos europeos. Su marco
cronológico se extiende, pues, entre el siglo IX y el siglo X,
aunque la mayoría de las manifestaciones que perduran datan de
la segunda mitad del siglo X, cuando comenzaron a construirse
resistentes edificios con piedra y, en vez de barro, cal. Como
en el resto del arte prerrománico, se trata de un arte sobre
todo religioso, habiéndose perdido casi todos las iglesias y
edificios monásticos fundados por entonces en los condados
cristianos de la Cataluña Vieja, en muchos casos sustituidos por
construcciones posteriores que las reemplazaron. Las iglesias
prerrománicas catalanas, de aspecto robusto y gruesos muros,
solían tener, aunque no exclusivamente, una única planta
terminada en ábside de formas variadas (cuadrado, semicircular o
incluso trapezoidal), con transepto de diferente altura, y
cubierta (salvo en un primer momento en que se usó techumbre de
madera) de bóveda pétrea, a veces con piezas dispuestas en
espiga. Se usó el arco de medio punto, el peraltado y el de
herradura. Los muros interiores estaban decorados habitualmente
con esculturas ornamentales (rara vez de representación humana)
y frescos.
El conjunto de Tarrasa
La principal muestra del prerrománico catalán es el llamado
conjunto de Tarrasa, de claro tono clasicista. Comprende las
iglesias de San Pedro, Santa María y San Miguel, de finales del
siglo IX y principios del siglo X, aunque se aprovechó para su
construcción elementos de hasta el siglo V, de cuando la ciudad
era la sede episcopal de Egara.
La iglesia de Santa María ha sufrido numerosas reformas y
modificaciones. Junto a la nave actual, del siglo XIII (parece
que antiguamente fueron tres), debió tener dos salas a modo de
crucero (protesis y diaconicon). Sí es original el ábside
semicircular, cubierto en el exterior por un macizo cubo de
sillarejo y sillares de mayor tamaño en las esquinas.
La iglesia de San Pedro es de estructura similar, con los mismos
ábside tripartito (símbolo trinitario) y crucero de los
primitivos templos. Los lóbulos del ábside muestran al exterior
su parte convexa; por su parte, los brazos del crucero tienen
menor altura y anchura que la nave.
Por último, la iglesia de San Miguel es la más antigua, mejor
conservada y más similar a los modelos carolingios de las tres.
Su planta, cuadrada, tiene un elegante y esbelto aspecto gracias
a ocho columnas (reaprovechadas) que crean un espacio central
cubierto con cúpula sobre trompas; los espacios de los bordes
están techados con cúpula de cuarto de esfera, que al exterior
son de menor altura que la cúpula central. En un lado del
cuadrado hay un ábside de herradura, que al exterior es
heptagonal. Esta iglesia se usó más tarde como baptisterio, como
sugería su planta centralizada, muy usada en este tipo de
edificios sacramentales.
Los
monasterios prerrománicos catalanes
Algunos de los grandes monasterios catalanes medievales tuvieron
su origen en cenobios prerrománicos de dimensiones más modestas
que las que luego alcanzaron. Uno de los más importantes en el
aspecto social (por su papel en la repoblación), cultural y
religioso, es el benedictino de San Miguel de Cuixà (Rosellón),
fundado en 879 por el arcipreste Potasi, sustituyendo al próximo
de San Andrés de Eixalada, que había sido destruido por una
crecida del río Tet. Originariamente un pequeño edificio
anterior a su fundación como monasterio, los abades Pons y Garí
construyeron en él una nueva iglesia entre los años 956 y 974,
por deseo del conde de Cerdaña Sunifredo II. Coincidió, pues,
con la extensión del espíritu cluniacense. Esta iglesia es la
única parte que queda del monasterio prerrománico. Posee una
planta basilical de tres naves, más grande la central que las
otras en todas sus dimensiones (altura, anchura y longitud), y
divididas entre sí por arcos de herradura abiertos en el muro.
El ábside central es rectangular, en tanto que los dos pares de
absidiolos en que terminan las naves laterales son
semicirculares.
También es notable la iglesia del monasterio, igualmente
benedictino, de Santa María de Ripoll (Gerona), fundado en 879
por el conde de Barcelona Wifredo I el Velloso (muy restaurado
en el s. XIX). Su gran basílica no fue consagrada hasta el 977,
cuando era abad Guidisclo, aunque había iniciado la construcción
su predecesor, Arnulfo, sobre un templo anterior de menores
dimensiones. Son prerrománicas sus cinco largas naves, que se
inspiran en modelos paleocristianos, uno de los más importantes
ejemplos de filiación clásica. Las naves centrales están
separadas entre sí por pilares, y las laterales por pilares y
columnas alternados, de modo que se diferencia perfectamente del
resto el espacio constituido por la nave central.
Otras iglesias y monasterios con restos prerrománicos son: San
Julián de Boada (Gerona), del siglo X, con ábside trapezoidal y
arco de herradura que separa éste de su única nave; Santa María
de la Tossa de Montbui (Anoia, Barcelona), una pequeña iglesia
de tres naves con dos arcadas prerrománicas, que data de finales
del siglo X y principios del siglo XI, levantada por el obispo
Frujà de Vich; y San Quirce de Pedret (Gerona), del año 994,
también con ábside con forma de trapezoide. En el Rosellón
sobresalen los templos monásticos de San Genís de Fontanes y San
Andrés de Sureda. El primero fue fundado por el abad Setimir
hacia el año 819, pero, destruido el edificio primitivo por los
musulmanes, fue reedificado un tiempo antes del año 981, con una
iglesia con planta de cruz latina; sin embargo, en el actual
templo sólo quedan de entonces los brazos del crucero y parte de
los ábsides, que muestran cierto parentesco con San Miguel de
Cuixà. El segundo monasterio fue fundación del abad Miró en
torno al 823, aunque también aquí la iglesia actual es
posterior, del siglo X, con planta de cruz latina y cabecera de
tres ábsides semicirculares, cuyo muro está construido con
técnica de espina de pez
La pintura mural catalana
Contrastando con la pobreza de la decoración escultórica de los
edificios, apenas limitada a motivos geométricos y vegetales decorativos
situados en basas, capitales y cornisas, la pintura prerrománica
catalana tuvo en cambio mayor desarrollo. Lineal pero expresiva, se
inspira fuertemente en la pintura y mosaicos romanos y paleocristianos,
y también en la miniatura mozárabe. Se han encontrado restos de frescos
murales en los ábsides de Santa María, San Miguel y San Pedro de Tarrasa,
más tarde cubiertos por otras pinturas, y en la pared del fondo de la
nave central de San Quirce de Pedret. Los frescos de Santa María
representan, dispuestos en tres círculos concéntricos, escenas de la
vida de Cristo, identificándose el Prendimiento, Jesús ante Caifás y la
Crucifixión. Los de San Miguel tienen una disposición similar, con menor
número de figuras por ser un ábside de menor tamaño; muestran una
teofanía que incluye a los Apóstoles, dispuestos en dos grupos de seis.
Los de San Pedro se diferencian más de los anteriores, con figuras mal
identificadas y de peor técnica, colocadas en una especie de retablo
delante del ábside central, en tres niveles. Por último, los frescos de
San Quirce de Pedret, conservados actualmente en el Museo Diocesano de
Solsona, consisten en medallones que contienen figuras: un caballero
enmarcado asimismo por una cruz y un oferente con las manos alzadas,
ambos bajo un pavo real, un símbolo de la inmortalidad.
Estilo
artístico predominante en Europa en los siglos XI, XII y parte del XIII,
el Románico supone el renacimiento del arte cristiano, al agrupar las
diferentes opciones que se habían utilizado en la temprana Edad Media y
conseguir formular un lenguaje específico y coherente aplicado a todas
las manifestaciones artísticas. No fue producto de una sola nacionalidad
o región, sino que surgió de forma paulatina y casi simultánea en
Italia, Francia, Alemania y España. En cada uno de estos países brotó
con características propias, aunque con suficiente unidad como para ser
considerado el primer estilo internacional de ámbito europeo.
Desde el siglo VIII una serie de acontecimientos históricos posibilitó
la renovación y expansión de la cultura europea: la subida al trono de
Francia de los Capetos, la consolidación y difusión del cristianismo, el
inicio de la Reconquista en la Península Ibérica y, fundamentalmente, el
nacimiento de las lenguas románicas son los hitos que marcan ese
resurgir. Sin embargo, el arte no alcanzó una formulación coherente
hasta que fue superado el año 1000, cuando una corriente de vitalidad y
expansionismo, tanto económico como cultural, se apoderó de las
sociedades occidentales, que tuvieron un importante crecimiento
demográfico gracias a la roturación de nuevas tierras y la apertura de
antiguas rutas de comercio que posibilitaron los caminos de
peregrinación. Toda Europa se vio invadida por una auténtica fiebre
constructiva; se había conseguido formular un arte capaz de representar
a toda la Cristiandad: el Románico.
El término Románico, como concepto que define un estilo artístico, fue
utilizado por primera vez en 1820 por De Grebille, que englobaba bajo
esta acepción todo arte anterior al estilo gótico y posterior a la caída
del imperio romano; por analogía al término ya conocido de lenguas
románicas, el arte románico sucedía al arte antiguo tal y como las
lenguas románicas eran las sucesoras del latín. Posteriormente, la
acepción de arte románico se fue restringiendo y pasó a designar el arte
desarrollado en Occidente entre los siglos XI y XII, aunque todavía hoy
siguen las controversias para determinar con exactitud la amplitud de
espacio y tiempo que abarca este estilo.
En la definición de este primer arte europeo es fundamental la reforma
monacal realizada por la orden cluniacense como resultado de una
revisión en profundidad de las comunidades benedictinas. El monasterio
de Cluny, fundado en el año 930, se convirtió en el gran centro difusor
de la Reforma. La reforma benedictina alcanzó rápidamente una gran
expansión y consiguió que, a través de sus monasterios, el arte Románico
se difundiera por todo el mundo cristiano europeo. Con anterioridad ya
se había desarrollado en Italia, en la región de Como, y en España, en
Cataluña, lo que se denomina el primer Románico. Los maestros de Como,
con sus aparejos de albañil, su estructura de iglesia de una nave y sus
populares bandas lombardas, así como los primeros abovedamientos de las
iglesias catalanas, sentaron bases sólidas para un rico desarrollo de la
arquitectura románica.
Arquitectura románica
Los progresos del Románico se desarrollaron fundamentalmente en el
terreno de la arquitectura religiosa. Las iglesias y los monasterios
eran los lugares de experimentación donde se aportaban las soluciones
más significativas.
Esta arquitectura se caracteriza por ser el resultado de un proceso de
creación continuada donde no se pueden establecer unos principios
estrictos generales, sino que salva progresivamente todas las
dificultades con aquellos planteamientos arquitectónicos, funcionales y
constructivos que solucionaban la erección de una iglesia. Su amplio
desarrollo trajo como consecuencia la repetición, casi estereotipada, de
modelos tanto constructivos como decorativos, fundamentalmente en las
zonas rurales.
La iglesia románica, por tanto, no presenta una tipología uniforme, sino
una continua adaptación a las necesidades sociales y religiosas, e
introduce peculiaridades en cada una de las regiones donde se
desarrolla. La planta basilical, la iglesia de salón con naves a igual
altura, las naves únicas o las plantas radiales, son igualmente
utilizadas. En este sentido, es la concepción del espacio recogido,
aislado del exterior mediante gruesos muros de gran plasticidad, e
iluminado por luz natural mediante focos muy concretos, lo que puede
caracterizar estos edificios.
El cubrimiento con bóvedas fue uno de los grandes problemas que la
arquitectura románica tuvo que resolver, la solución más extendida fue
la bóveda de arista. El paso al Románico maduro lo marcó la consecución
de una iglesia totalmente abovedada. Los paramentos, al tener que
soportar los empujes de las bóvedas, son de gran grosor, por lo que se
tienen que construir muros de sostén en las naves laterales; este
espacio se aprovecha para la colocación de tribunas.
Pero las paredes entendidas como masa plástica resaltan su volumen con
la inclusión de galerías o mediante los numerosos escalonamientos de
puertas y ventanas. Los cruceros se realizan en forma de capillas
laterales o entendidos como una nave que atraviesa el cuerpo de la
iglesia. Las fachadas y las torres tienen asimismo un rico desarrollo.
Pero la iglesia románica no es sólo un edificio, sino que para el hombre
de la época representa todo un símbolo. La fusión entre lo religioso, lo
social y lo simbólico hace difícil distinguir en un edificio románico
cuáles son las exigencias técnicas y funcionales, y diferenciarlas de
las propiamente simbólicas.
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Media Cristiana
La
arquitectura románica francesa
En Francia el Románico gozó de un importante desarrollo, incluso se
pueden establecer escuelas regionales concretas. En primer lugar se ha
de señalar el conjunto de edificios caracterizados por la utilización de
la bóveda de cañón o la bóveda de arista, con un triforio de escaso
desarrollo, localizadas en Borgoña y en menor medida en Poitou y
Provenza. Sus ejemplos más destacados son las catedrales de Langres y
Autun, seguidoras del modelo que estableció el monasterio de Cluny, o
las iglesias de San Martín y San Lázaro, seguidoras del modelo de Santa
María de Vézelay, que suprimen el triforio. Caracterizadas por las naves
a igual altura, suprimiendo la iluminación directa de la nave central y
siguiendo el modelo de Fontenay, se encuentran las iglesias de Poitou,
Notre Dame de Poitiers; o en la Provenza, San Trófimo de Arlés y la
Catedral de Avignon.
El conjunto de las iglesias llamadas de peregrinación, cuyos mejores
ejemplos se encuentran en la Auvernia y el Languedoc, en torno a los
caminos de peregrinación, se caracterizan por estar cubiertas con
bóvedas de cañón o arista, situar el triforio sobre las naves laterales
y en la cabecera presentar girola. Saint Sernin de Toulouse y Notre Dame
du Port en Clermont Ferrand son ejemplos característicos.
El grupo de iglesias, cubiertas con cúpulas sobre pechinas, reciben
directamente la influencia bizantina en este tipo de cubrición. Se
ubican fundamentalmente en el Perigord y en el Angoumois. Entre otros
ejemplos destacan Saint Etienne de la Cité y Angulema.
Las denominadas iglesias normandas se caracterizan por no presentar
girola, alternar en los soportes las columnas y los pilares, y por tener
un cimborrio sobre trompas. En decoración predominan los motivos
geométricos. La Catedral De Beyuex o la Abadía de San Esteban y la de
Cresy son ejemplos característicos. Este grupo de iglesias tuvo una
influencia notable en Inglaterra y en Sicilia y algunos ejemplos se
interpretan como precedentes del estilo Gótico.
La
arquitectura románica en Italia
En Italia, la arquitectura recibió la fuerte influencia de la antigüedad
clásica, sin embargo fueron mucho más fuertes las diferencias regionales
que en España o Francia. En Lombardía se siguió la evolución de primer
románico, caracterizado por la decoración de arquillos ciegos y el
aparejo rústico, e incluía un pórtico de columnas exentas que cobijaba
la portada principal y que descansaba sobre animales fantásticos, como
en San Ambrosio de Milán y las catedrales de Ferrara y Parma. En la
Toscana, destaca el conjunto pisano, compuesto por la Catedral, el
Campanile y el Baptisterio, con arquerías exteriores de decoración y
policromías a base de mármoles coloreados. En Lacio, se desarrolló el
denominado estilo cosmatesco, cuyos edificios se decoraron con mármoles
diversos y teselas de mosaicos. La Italia meridional estuvo definida por
las diferentes influencias recibidas (árabe, bizantina o normanda) y dio
como resultado una arquitectura muy original cuyos ejemplos más
destacados son la capilla palatina de Palermo y la catedral de Monreale.
La
arquitectura románica en Alemania
Alemania recibió la influencia francesa de Borgoña y la italiana de
Lombardía, y recogió toda la tradición del arte otoniano. Se caracteriza
por plantas con doble ábside: uno en la cabecera y otro a los pies (este
último normalmente de carácter funerario), y por la colocación de las
torres, circulares, flanqueando estos ábsides, mientras que los
paramentos son decorados con pequeñas arquerías, las denominadas
arquerías renanas. El conjunto de templos más representativo es el
renano, donde destacan las catedrales de Spira y Maguncia, del siglo XI,
y la de Worms, del XII. En ellas destaca el gran desarrollo de los
cimborrios, así como las galerías abiertas al exterior que pasaron al
Románico sueco, con la catedral de Lund como el ejemplo más
característico. Otros edificios destacados son la catedral de Bamberg,
la abadía de Laach, edificio donde mejor se aprecia la influencia
borgoñona, o la iglesia de Santa María del Capitolio, en Colonia.
La
arquitectura románica en Inglaterra
En Inglaterra se recibió la influencia directa de la arquitectura
francesa de Normandía debido a la conquista de Inglaterra realizada por
el normando Guillermo, el Conquistador, en 1066. De más amplias
proporciones y solidez que los templos peninsulares, se caracterizan por
las plantas de tres naves con cabecera formada por ábside rectangular
que remata la nave central y ábsides de menor tamaño en las laterales.
Sus más destacados edificios son las iglesias abaciales de Westminster y
York, las catedrales de Lincoln y Durham, esta última considerada como
uno de los precedentes del gótico por la utilización temprana de la
bóveda de ojivas. La Catedral de Canterbury es una de los pocos ejemplos
que presentan cabecera con girola.
Escultura románica
El Románico hizo posible el renacimiento de la escultura en piedra,
formando parte de los edificios y quedando supeditada a ellos. La
escultura romana había quedado empobrecida en los últimos tiempos del
Imperio y terminó por desaparecer con las invasiones bárbaras. La
actividad escultórica a partir de este momento se vio limitada a la
orfebrería y pequeños trabajos en marfil. La importancia de la escultura
románica en el edificio se hizo posible gracias a la incorporación de
escultores en las cuadrillas ambulantes de canteros que fueron
incorporando la decoración esculpida a la propia arquitectura en
capiteles, frisos, cimacios, molduras, arcos, tímpanos, etc. Esta
estrecha colaboración entre escultores y arquitectos hizo posible que en
el siglo XII se desarrollara la escultura monumental, que no puede
concebirse fuera de su soporte vital, la arquitectura, y más
específicamente en las iglesias, donde se desarrolló la mayor parte de
los programas decorativos.
La particularidad de estar supeditada al soporte arquitectónico hizo que
esta escultura adquiriera dentro de él sus formas precisas: se ajustaron
las figuras a la estructura del capitel, se alargaron las jambas o se
empequeñecieron las dovelas de un arco. Esta supeditación y el carácter
instructivo de la decoración hizo que existiera una despreocupación por
la belleza formal, la simetría y la proporción, primando el principio de
claridad expositiva frente a la ilusión espacial o la acción dramática.
Era necesario entender con un golpe de vista qué era lo representado,
que a su vez tenía que adaptarse perfectamente al marco arquitectónico
elegido. La simplificación en los métodos de representación, apartándose
del mundo de las cosas visibles, permitió expresar el mundo sobrenatural
mediante un simbolismo muy sutil.
En la iconografía, la escultura se inspiró en fuentes muy diversas,
tanto religiosas como profanas, y recogió motivos tanto de la antigüedad
clásica como de los modelos prerrománicos. Los temas y motivos más
representados fueron los que narraban historias del Antiguo Testamento,
los Evangelios, el Apocalipsis, o las luchas simbólicas entre hombres y
animales, además de representaciones del bestiario heredado de la
antigüedad clásica y el mundo oriental y simplemente motivos vegetales y
geométricos. Esta iconografía tenía como una de sus más importantes
finalidades la de instruir a los fieles, uniendo las funciones
narrativas con las pedagógicas y de transmisión de la cultura.
Escultura
románica en Francia
En Francia la escultura se desarrolló en torno a las grandes escuelas
arquitectónicas; fueron sus grandes centros Languedoc, Borgoña,
Provenza, Auvernia y Poitou. En Languedoc influyó su proximidad a España
y el Camino de Santiago, así como las canteras de mármol de los
Pirineos. Obras fundamentales son el tímpano de Moissac, donde se
representa una visión apocalíptica inspirada en un Beato mozárabe, y la
portada de San Sernín de Toulouse, íntimamente relacionada con San
Isidoro de León.
(Véase San Isidoro de León, Colegiata de).
En Borgoña destacaron el tímpano de Santa María de Vézelay, con la
representación de Pentecostés, o el de San Lázaro, obra del maestro
Gislebertus; en Auvernia, destacan los capiteles de San Benoit sur Loire
y el tímpano de Santa Fe de Conqués, con una representación del Juicio
Final; en Provenza, destaca el friso de San Trófimo de Arlés o el de San
Gil de Gard, con la representación completa de la vida de Cristo. En
Poitou y el sudoeste, sobresalieron la catedral de Angulema, con temas
de la Ascensión y el Juicio Final, y Notre Dame la Grande destacó en
Poitiers.
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Media Cristiana
Escultura
románica en Italia
En Italia, la influencia de la estatuaria romana fue determinante. En
Lombardía vivieron dos de las primeras personalidades del arte románico:
Guglielmo de Módena, que trabajó en la catedral de Módena, y Benedetto
Antelami, que trabajó en Parma, así como en las esculturas del
Baptisterio y en la Catedral de Fidenza. En el resto de las regiones
italianas destaca el clasicismo impuesto por la corte de Federico II en
Capua y las obras en bronce debidas a artistas formados en los talleres
del monasterio de Montecasino, donde recibieron las influencias
bizantinas. Destaca la puerta de bronce de la catedral de Monreale
realizada por el maestro Bonanno Pisano.
Escultura
románica en Alemania
En Alemania la escultura monumental fue escasa, aunque se mantuvo la
técnica de tratamiento del bronce derivada de los talleres de Hidesheim.
Sus obras más destacadas son la Puerta Dorada de Freiberg y la imagen de
Santa María del Capitolio de Colonia.
Pintura románica
Las formas de pintura románica fueron la mural sobre tabla (de más
amplio desarrollo) y las miniaturas. Esta técnica contaba con
importantes precedentes en el mundo prerrománico e incluso en el
paleocristiano, a lo que se sumaba la fuerte influencia bizantina que se
plasmó tanto en las técnicas, como en los temas. En este sentido, es
fundamental el ejemplo del Monasterio de Montecasino que difunde su
influencia por toda Europa.
Los templos románicos se decoraron prácticamente en su totalidad con
pinturas murales, adoptando los principios de disposición que ya se
habían definido en el arte bizantino. Los temas tratados, así como los
motivos utilizados, fueron los mismos que en la escultura, puesto que
esta decoración se rigió igualmente por la intencionalidad de instruir
y, por tanto, por los principios de claridad y adaptación al soporte
arquitectónico.
En la organización de los temas iconográficos, el ábside es el punto
culminante de la representación, lugar donde se sitúa la representación
del Pantocrátor: Dios entronizado, rodeado por una mandorla o almendra
mística, sentado sobre el arco iris y rodeado por el Tetramorfos,
símbolo de los cuatro evangelistas.
En Francia, en relación directa con los talleres de Cluny y recibiendo
la influencia bizantina de Montecasino, se encuentran los ejemplos de la
Cripta de Auxerre y las pinturas de Berzé la Ville. Más populares y
recogiendo influencias locales se encuentran las de Saint Savins sur
Gartempe, Montmorillón y Vich.
En Italia la pintura estuvo dominada por la influencia que ejercieron en
ella las fórmulas bizantinas; fue más pura la denominada maniera
italo-bizantina, que la maniera greca, donde las formas se estilizaron y
dieron lugar al naturalismo florentino propio del siglo XIII. Sus
ejemplos más característicos son San Urbano alla Caffarella, San Vicente
de Galliano o San Pedro de Civitate.
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Media Cristiana
Arte Románico en
España.
El Románico español muestra caracteres peculiares respecto a Europa
debido a las propias circunstancias históricas de la Península y al
hecho de haber sido uno de los focos más importantes tanto en la
gestación de las formas románicas, como en su evolución y en la
disolución de las mismas.
El diferente proceso histórico desarrollado en la Península ibérica,
motivado por la invasión musulmana de la misma y el mantenimiento de
reductos cristianos en la zona norte, que se fueron extendiendo
paulatinamente a medida que avanzaba la reconquista, hizo que el arte
románico sólo tuviera manifestaciones en la mitad septentrional del
territorio; la actual provincia de Cuenca, en la línea de Alarcón, fue
el límite más meridional de este estilo en Europa.
Esta peculiar situación le dotó de una infinita variedad y riqueza, ya
que se fue desarrollando en una tierra en lucha constante con otra
cultura, poseedora de otra religión y de una estética tan poderosa como
la occidental. Desde este punto de vista, el arte románico español se
presenta como la afirmación de occidentalidad de un pueblo, un arte
beligerante, de unidad cristiana y europea, frente al enemigo musulmán y
su estética oriental. A la vez, el Románico se nutrió de toda esa
cultura, ya que las dos áreas no se mantuvieron aisladas, sino que
existió un continuo intercambio que acabó manifestándose en la
decoración, en los temas y en las técnicas utilizadas.
Arquitectura
románica en España
En España, este estilo se desarrolló a partir de dos focos: el Camino de
Santiago y Cataluña.
El Camino de Santiago tuvo un destacado papel en la génesis y formación
del Románico. Siguiendo esta ruta de peregrinación, se introdujeron en
España todas las soluciones francesas y pasaron a Europa las influencias
españolas.
En Cataluña, la existencia de la Marca Hispánica, ligada a la Europa
cristiana, hizo que se conservasen formas constructivas tradicionales
que acabaron desarrollando, junto con la arquitectura de los maestros de
Como, lo que se ha dado en llamar el primer Románico, antecesor de la
arquitectura cluniacense. Se caracteriza por el empleo rústico del
aparejo de sillería y la decoración de paramentos mediante arquillos
ciegos; son las denominadas bandas lombardas.
Los ejemplos más destacados son: la Abadía de Ripoll, consagrada en 1032
por el abad Oliva, importante figura de la cultura del momento, las
iglesias de San Pere en la Seo de Urgel, la de San Vicente en Cardona y
la de Santa Cecilia de Monserrat, entre otras. Este estilo se extendió
hacia el Pirineo aragonés, donde se encuentran obras tan representativas
como la de San Juan de la Peña, junto a Jaca.
Durante el siglo XI, a través del Camino de Santiago, el Románico se
extendió por las tierras noroccidentales de Castilla; es el Románico de
las grandes rutas jacobeas que, partiendo de ciudades francesas como
Arlés, Le Puy, Vézelay y Orleáns, recorrió el norte peninsular por Jaca,
Leyre, Sangüesa, Puente la Reina, Eunate, Estella, Santo Domingo de la
Calzada, Burgos, Frómista, Carrión, Sahagún de Campos, León, Ponferrada
y, tras atravesar Galicia, llegaba a Santiago de Compostela. Estas rutas
se jalonaron con una serie de monumentos que se presentaron como la gran
síntesis española del Románico internacional, que integraba en él todo
el sustrato cultural heredado del arte hispánico prerrománico. Formas
visigodas, asturianas, mozárabes, o del arte hispanoárabe, fueron
recogidas y compendiadas junto a las formas del Románico francés.
Muestra de este arte, donde las influencias del prerrománico son
notables, son las criptas de la catedral de Palencia, las de Loarre y
Leyre, y el panteón de San Isidoro de León.
La Catedral de Jaca, iniciada en 1075, responde a modelos italianos y se
caracteriza por alternar los soportes en pilares y columnas, y por su
bóveda de crucero, de influencia mozárabe. La iglesia de San Martín de
Frómista comenzó a construirse años antes que la Catedral de Jaca y
constituye uno de los ejemplos más puros de este estilo. Totalmente
abovedada, desarrolló un bello cimborrio sobre el crucero.
El siglo XII fue, ante todo, el siglo de la popularización y
nacionalización del Románico. Tanto en Castilla como en Cataluña, no
quedó aldea sin su correspondiente iglesia románica, a las que se
unieron las grandes construcciones de monasterios y catedrales. En este
segundo Románico, especialmente para sus manifestaciones más tardías,
tuvo una importancia determinante la introducción de la Orden del Císter
en España y todo su programa arquitectónico desornamentado.
En
Galicia, la construcción de la catedral de Santiago determinó
las restantes construcciones, aunque se fueron popularizando y
permanecieron durante un largo tiempo. Sus ejemplos más
destacados son las catedrales de Orense, Tuy, Lugo y Mondoñedo,
o la iglesia de Santa María la Real de Sar, así como, en
arquitectura civil, el palacio de Gelmírez.
En Castilla y León los modelos más influyentes son San Martín de
Frómista y San Isidoro de León; esto se refleja en los edificios
leoneses de San Pedro de las Dueñas y la iglesia de San Vicente,
cuya construcción se inició a fines del siglo XI, aunque sus
bóvedas de influencia cisterciense pertenecen al último tercio
del siglo XII. En Ávila destacan las murallas, construcción del
siglo XI.
En Zamora, el Románico presentó iglesias sumamente peculiares,
como las de San Martín de Castañeda, Santa María de Tera y la
cabecera de Santa María de Azoque. Su catedral, junto a la de
Salamanca, presenta igualmente elementos románicos.
Fundamentalmente fueron las provincias de Soria y Segovia las
productoras de una nueva y especial tipología de iglesia
románica: son iglesias de una sola nave con galería porticada
adosada en su lado meridional. Desde Soria y Segovia se extendió
a toda Castilla; se encuentran ejemplos de este estilo en La
Rioja, Navarra, Burgos y Guadalajara. Entre los ejemplos más
destacados y más antiguos destacan las iglesias de San Miguel,
en San Esteban de Gormaz (Soria), y la de San Salvador, en
Sepúlveda. Los últimos ejemplos de esta nueva iglesia, tanto
cronológica como geográficamente, sobresalen en la provincia de
Guadalajara, cuyos edificios más destacados son las iglesias de
Sauca, Beleña de Sorbe, Pinilla de Jadraque o Jodra del Pinar.
El Románico, totalmente popularizado, permaneció como estilo
constructivo en innumerables iglesias rurales en todo el reino
de Castilla a lo largo de buena parte del siglo XIII. Incorporó
en su estructura elementos arquitectónicos que habían sido
utilizados en la arquitectura cisterciense, como la bóveda
nervada o los arcos apuntados. Los últimos ejemplos de esta
arquitectura en Europa se desarrollaron en las provincias de
Guadalajara y Cuenca hasta el límite de Alarcón, donde
destacaron iglesias como las de Campisábalos, Albalate de las
Nogueras o Albendiego, o ejemplares tan puros de este último
Románico como la iglesia de Villar del Gato. La estructura
románica como modelo constructivo se mantuvo en siglos
posteriores en estas comarcas rurales.
Escultura
románica en España
En el siglo XI, fecha de los primeros ensayos de la escultura
románica, sobresalieron los talleres pirenaicos catalanes que se
desarrollaron en torno a Ripoll y la vertiente septentrional del
Pirineo. También, aunque es difícil su encuadramiento
cronológico, dado el carácter de talleres volantes surgidos a lo
largo del Camino de Santiago, se trabajó en Jaca, Frómista,
Sahagún y Santiago de Compostela. Al igual que en la
arquitectura, la escultura estuvo impregnada del rico poso de
las artes hispanas prerrománicas.
Los capiteles que coronan las columnas del Panteón de San
Isidoro de León, obra que señala el nacimiento de la escultura
románica castellana, poseen un carácter netamente hispano que
derivaba de modelos mozárabes locales. El establecimiento de
comunidades mozárabes en el reino de León favoreció el
desarrollo de una escultura monumental en la que se mezclaron
las tradiciones visigodas con las cordobesas. Los escultores del
Panteón sólo tuvieron que amoldar formas que ya tenían
aprendidas al nuevo espíritu del románico.
El punto culminante de la escultura española lo marca el
claustro del Monasterio de Santo Domingo Silos, donde las
esculturas son tratadas casi a la manera de los marfiles
musulmanes y mozárabes. Este edificio se convirtió en foco de
continua inspiración de todo el Románico castellano.
La escultura que se había desarrollado de forma tan rica y
compleja en todo el ámbito de los reinos del Norte y de Castilla,
prácticamente desapareció en las últimas manifestaciones del
Románico, popularizadas e impregnadas de la pobreza ornamental
cisterciense. Quedó algún ejemplo importante en la provincia de
Guadalajara, como son los Mensarios de las iglesias de Beleña,
de Sorbe o Campisábalos, así como los capiteles de la portada de
la iglesia de Millana.
Durante el siglo XII la escultura adquirió unos caracteres de
naturalismo y alargamiento en el canon que se plasmó, sobre todo,
en las obras que decoran el Pórtico de la Gloria en Santiago de
Compostela y en la Cámara Santa de Oviedo.
Pintura románica en España
Las influencias estilísticas que recibió la pintura románica
española son fundamentalmente tres: la italo-bizantina, la
francesa y la local, formada por todo el sustrato prerrománico.
Los ejemplos más importantes y ricos se encuentran en la región
de Cataluña. Destacan los ábsides de San Clemente y Santa María
de Taull, ambos trasladados al museo de Arte de Cataluña. En las
dos obras predomina la influencia italo-bizantina. En San
Clemente se representa el Cristo en majestad, marcado por la
frontalidad y el hieratismo, y resaltado por el rico colorido
que lo acompaña. En Santa María, obra realizada en 1123, el
ábside está dominado por la representación de la Virgen
entronizada con Niño, acompañada por la escena de la Adoración
de los Reyes. En relación con estas obras se encuentra la
iglesia de la Vera Cruz de Maderuelo, en la que destaca una
bella escena del Juicio Final.
El grupo de influencia francesa se desarrolló en torno al Camino
de Santiago; destacan las pinturas de San Isidoro.
Herederas directas del arte peninsular son las pinturas que
recogen influencias islámicas. Destacan las de la Iglesia
segoviana de San Justo, o las pertenecientes al llamado círculo
de Toledo, con ejemplos como San Román. Las pinturas de San
Baudelio de Berlanga, actualmente en el Museo del Prado, son
excepcionales por su iconografía profana. Posiblemente, la
última manifestación de la pintura románica europea,
perteneciente al Románico final, se encuentra en el ábside de la
iglesia de Valdeolivas, en la provincia de Cuenca.
Estilo
artístico que se desarrolla en la Europa occidental desde el siglo XIII
hasta la implantación del Renacimiento. El termino gótico fue utilizado
por primera vez en el siglo XVI por el gran historiador del arte
italiano Giorgio Vasari: con él quería definir el "oscuro" arte de la
Edad Media frente al glorioso pasado de la Antigüedad Clásica. Según
esta definición, el arte gótico era sinónimo de bárbaro, cargado de
connotaciones negativas. Esta actitud hacia el arte medieval se mantiene
hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando el movimiento romántico
descubre, con asombrosa admiración, la arrolladora fuerza y originalidad
del Gótico, sobre todo de manos del joven Goethe. Se sueña a partir de
este momento con un renacimiento del arte medieval, llenándose de
contenido nuevamente al termino gótico, que empieza a distinguirse y
separarse claramente del románico. El entusiasmo romántico y el
historicismo llevan a cabo amplias restauraciones de edificios
medievales, llegándose a establecer el estilo neogótico, arquitectura
realizada a imitación de la gótica medieval.
Actualmente, como gótico entendemos un amplio período artístico que,
según los países y las regiones, se desarrolla en momentos cronológicos
diversos pero que, de forma general, podemos establecer desde mediados
del siglo XII hasta comienzos del XVI, ofreciendo en su amplio
desarrollo diferenciaciones profundas de país en país.
Este arte se ha definido durante mucho tiempo de manera bastante
superficial, exclusivamente por la utilización de uno de sus elementos
(el arco apuntado): suele llamarse ojival. Pero la utilización de un
elemento no puede definir un estilo de forma global, ya que se trata de
un problema más amplio que afecta a una nueva etapa histórica, una nueva
concepción del arte y, con ello, también una nueva forma de entender el
mundo, un nuevo cosmosistema. Un elemento estructural, por importante
que sea, no puede resumir el concepto global sobre la vida que queda
plasmado en las obras artísticas.
Los nuevos edificios religiosos se caracterizan por la definición de un
espacio que quiere acercar a los fieles, de una manera vivencial y casi
palpable, los valores religiosos y simbólicos de la época. La catedral
se va a llenar de luz, este es el elemento que conforma realmente el
nuevo espacio gótico. Será una luz física, no figurada en pinturas y
mosaicos, luz general y difusa, no concentrada en puntos y dirigida como
si de focos se tratase, a la vez que es una luz transfigurada y
coloreada mediante el juego de las vidrieras, que trasforma el espacio
en irreal y simbólico. La luz está entendida como la sublimación de la
divinidad. La simbología domina a los artistas de la época: la Escuela
de Chartres considera la luz el elemento más noble de los fenómenos
naturales, el elemento menos material, la aproximación más cercana a la
forma pura. El arquitecto gótico organiza una estructura que le permite,
mediante una sabia utilización de la técnica, emplear la luz, una luz
transfigurada que desmaterializa los elementos del edificio consiguiendo
sensaciones de elevación e ingravidez.
Estilo
artístico que se desarrolla en la Europa occidental desde el siglo XIII
hasta la implantación del Renacimiento. El termino gótico fue utilizado
por primera vez en el siglo XVI por el gran historiador del arte
italiano Giorgio Vasari: con él quería definir el "oscuro" arte de la
Edad Media frente al glorioso pasado de la Antigüedad Clásica. Según
esta definición, el arte gótico era sinónimo de bárbaro, cargado de
connotaciones negativas. Esta actitud hacia el arte medieval se mantiene
hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando el movimiento romántico
descubre, con asombrosa admiración, la arrolladora fuerza y originalidad
del Gótico, sobre todo de manos del joven Goethe. Se sueña a partir de
este momento con un renacimiento del arte medieval, llenándose de
contenido nuevamente al termino gótico, que empieza a distinguirse y
separarse claramente del románico. El entusiasmo romántico y el
historicismo llevan a cabo amplias restauraciones de edificios
medievales, llegándose a establecer el estilo neogótico, arquitectura
realizada a imitación de la gótica medieval.
Actualmente, como gótico entendemos un amplio período artístico que,
según los países y las regiones, se desarrolla en momentos cronológicos
diversos pero que, de forma general, podemos establecer desde mediados
del siglo XII hasta comienzos del XVI, ofreciendo en su amplio
desarrollo diferenciaciones profundas de país en país.
Este arte se ha definido durante mucho tiempo de manera bastante
superficial, exclusivamente por la utilización de uno de sus elementos
(el arco apuntado): suele llamarse ojival. Pero la utilización de un
elemento no puede definir un estilo de forma global, ya que se trata de
un problema más amplio que afecta a una nueva etapa histórica, una nueva
concepción del arte y, con ello, también una nueva forma de entender el
mundo, un nuevo cosmosistema. Un elemento estructural, por importante
que sea, no puede resumir el concepto global sobre la vida que queda
plasmado en las obras artísticas.
Los nuevos edificios religiosos se caracterizan por la definición de un
espacio que quiere acercar a los fieles, de una manera vivencial y casi
palpable, los valores religiosos y simbólicos de la época. La catedral
se va a llenar de luz, este es el elemento que conforma realmente el
nuevo espacio gótico. Será una luz física, no figurada en pinturas y
mosaicos, luz general y difusa, no concentrada en puntos y dirigida como
si de focos se tratase, a la vez que es una luz transfigurada y
coloreada mediante el juego de las vidrieras, que trasforma el espacio
en irreal y simbólico. La luz está entendida como la sublimación de la
divinidad. La simbología domina a los artistas de la época: la Escuela
de Chartres considera la luz el elemento más noble de los fenómenos
naturales, el elemento menos material, la aproximación más cercana a la
forma pura. El arquitecto gótico organiza una estructura que le permite,
mediante una sabia utilización de la técnica, emplear la luz, una luz
transfigurada que desmaterializa los elementos del edificio consiguiendo
sensaciones de elevación e ingravidez.
Catedrales Góticas
La catedral será el edificio simbólico de la Baja Edad Media, asumiendo
funciones sociales muy determinadas. Su construcción va a representar el
empeño de toda la colectividad: es el símbolo de la confianza de la
ciudad en su capacidad, sus recursos, su riqueza y su prestigio. Es el
elemento de referencia espiritual y física. Materializa no sólo la
realidad espiritual de un mundo sino que también sirve de espacio
ciudadano utilizado para la concentración, el encuentro e incluso el
mercado, así como para la liberación de las tensiones de la sociedad
mediante la fiesta.
Arquitectónicamente, la catedral se convierte por excelencia en el
espacio del templo gótico, donde se produce la materialización genial
del presentimiento humano del mundo sobrenatural.
En el interior, los grandes espacios definidos (tanto en altura como en
anchura) de las naves centrales y laterales, así como la cubrición
abovedada de estos espacios, se consigue técnicamente enviando los
grandes empujes de estas bóvedas hacia el exterior mediante arbotantes y
contrafuertes, dejando, sorprendentemente, libres de elementos de sostén
los muros de las naves, que pueden ser horadados con grandes ventanales.
Elementos como los arcos apuntados, las bóvedas de crucería, los
arbotantes reforzados con pináculos o los contrafuertes, conocidos y
utilizados ya en la arquitectura, ahora son empleados conjuntamente para
definir un espacio de elevación e ingravidez, simbólico y transfigurado
mediante la luz coloreada.
Los empujes producidos por el peso de la bóveda se envían al exterior
mediante la concentración de haces de columnillas en los pilares, que
dejan libre el paramento e incluso permiten su adelgazamiento, siendo
sustituido por grandes ventanales y tracerías con vidrieras para
acrecentar el sentido ascensional de la arquitectura.
Las vidrieras tamizan y fragmentan la luz, que penetra en el espacio a
través de colores diferentes creando una atmósfera irreal y fingida.
También acentúan la tensión entre la materialidad de los elementos
constructivos y el artificio de su utilización, para lograr la sensación
de ingravidez y desmaterialización. A la vez, sirven igualmente como
soporte de una iconografía que, sin relación con los soportes y, por
tanto, con la materia, permiten el juego simbólico de relacionar la luz
con la divinidad.
La nueva concepción del espacio no elimina el diseño de cada una de las
partes que conforman la catedral. Las plantas suelen ser de cruz latina
y basilicales.
En el exterior, la catedral va a destacar sobre el resto de los
edificios de la ciudad por su monumentalidad y grandeza, caracterizando
los núcleos urbanos medievales. Los volúmenes van a quedar escondidos en
juegos infinitos de arbotantes, pináculos, haces de columnas y arcos
apuntados. Las fachadas principales se van a disponer, siguiendo la
tradición de la arquitectura normanda, mediante grandes portadas
flanqueadas por torres esquinales.
La portada se organiza siguiendo la composición tradicional de la
portada románica: se utilizan arquivoltas apuntadas, dinteles,
parteluces y tímpanos que, en muchas ocasiones, son sustituidos por
rosetones, introduciendo elementos como gabletes, pináculos y todo un
complejo programa escultórico que por su disposición, exuberancia y
combinación, parece responder a un crecimiento orgánico casi vegetal.
Arquitectura
gótica en Francia
A diferencia del arte románico, que tiene su nacimiento en diferentes
centros geográficos, el arte gótico tiene como único centro de
nacimiento e irradiación el norte de Francia. Desde el punto de vista
histórico, este hecho viene marcado por la alianza que se produce entre
la monarquía francesa y la iglesia. La región de Ile de France
(territorio dominado por la dinastía de los Capetos) fue adquiriendo una
sólida estructura monárquica, favoreciendo la formación de una clase
dirigente unitaria animada por el ideal caballeresco y cortés; esta
sociedad se encontró una iglesia debilitada que sólo se ve renacer en la
reforma cisterciense propiciada por San Bernardo de Claraval y por la
clase dirigente de la abadía de Saint Denis. Otro factor importante para
la difusión del arte gótico (y que lo une al románico) es el desarrollo
de las lenguas vernáculas romances: en esta época se establecen las
lenguas literarias nacionales que viene determinadas por su prestigio
político o poético.
El primer intento de arquitectura gótica se produce, precisamente, en la
abadía de Saint Denis, propiciada por el abad Suger, seguidor de San
Bernardo de Claraval y consejero de Luis VI. En la construcción de la
planta y en la zona inferior de la cabecera existe una clara
intencionalidad política, buscándose en el nuevo estilo un lenguaje más
dúctil, sutil y elegante, que sea una expresión original y contundente
del poder real frente al clero cluniacense y la nobleza feudal.
Siguiendo el ejemplo de Saint Denis, en la segunda mitad del siglo XII
se erigen varios edificios de un gótico primitivo. En la catedral de
Laon (1156-1160) y en la de Notre Dame de París (1163) se ensaya una
mayor elevación de la nave central, así como que la luz se convierta en
el elemento dominante: los intentos de mayor iluminación son constantes.
En un principio, en ambas se utilizan las bóvedas sexpartitas, sistema
que es abandonado pronto por la introducción de un nuevo elemento, el
arbotante (utilizado por primera vez en 1180 en Notre Dame de París) que