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EL ARTE EN EL ORIENTE PRÓXIMO
Estilo artístico desarrollado por la cultura egipcia. Pervive durante tres milenios, sin apenas introducir variaciones en su estética y en los conceptos básicos que lo definen, como la monumentalidad, el hieratismo y la falta de realismo. La civilización egipcia ha dejado a la posteridad el conjunto de obras más espectaculares de la Antigüedad. Son obras concebidas para existir eternamente, por estar dedicadas a los dioses y a los muertos. Para conseguir tal permanencia, los materiales y las técnicas utilizados también debían ser eternos; la piedra y el sistema arquitectónico adintelado caracteriza estas construcciones. Frente a esto, las construcciones corrientes, incluidos los palacios de los faraones, se realizan con materiales perecederos, ladrillo y tapiales, que han dejado pocos e irreconocibles restos. Tres
caracteres parecen perdurar a lo largo de los tres milenios del arte
egipcio: la monumentalidad de sus obras, la rigidez de la normativa
constructora y de las formas plásticas y el conservadurismo en las
tradiciones, sobre todo religiosas, que impiden innovaciones artísticas.
Estas características se muestran desde las primeras obras predinásticas,
en particular en los bajorrelieves de las plaquetas y estelas. Durante
el Imperio Antiguo son la arquitectura y la escultura funeraria las que
asumen el papel más representativo, sobre todo durante la IV dinastía.
Durante el Imperio Medio aparecieron nuevos elementos estéticos basados
en una concepción menos mayestática del poder y con un mayor
naturalismo, tanto en concepciones religiosas como en las terrenas. Este
proceso continuó desarrollándose en el Imperio Nuevo, durante el cual se
fragua la revolución religiosa de Akenatón (Amenofis IV), que en el arte
se concreta en las obras de Tell-Amarna del siglo XIV a.C.,
caracterizadas por un refinado naturalismo que se truncó con la política
antirreformista de los faraones de la XIX dinastía. A partir de esta
dinastía el arte egipcio vuelve a los moldes clásicos, renaciendo en el
gusto de los "ramsidas" los modelos de la época menfita.
Las construcciones más características del arte egipcio son las tumbas y los templos. Durante el Imperio Antiguo, la arquitectura funeraria logró el mayor esplendor con la construcción de las grandes pirámides, cuyo origen hay que buscarlo en la mastaba de la etapa predinástica, que es el tipo más antiguo de tumba. Consiste ésta en un tronco de pirámide de planta rectangular bajo la cual se encuentra la cámara mortuoria, cegada después del enterramiento. En la parte superior tiene una capilla para las estatuas y ofrendas. La superposición de mastabas origina la pirámide escalonada, como la construida en Sakkarah para el faraón Zoser, de la III dinastía. Los
ejemplos más notables de tumbas faraónicas son las pirámides de Gizeh,
construidas durante la IV dinastía por los faraones Keops, Kefrén y
Micerinos. Durante el Imperio Medio el sistema de enterramientos en Egipto cambia. Las tumbas se excavan directamente en los acantilados del río: son los hipogeos, sin que en el exterior haya una pirámide que delate su presencia; más bien se trata de disimular su emplazamiento para evitar los saqueos. De esta época son los hipogeos de Beni-Hassan y las tumbas de los Valles de los Reyes y de las Reinas. Los templos más solemnes corresponden al Imperio Nuevo, en el siglo XVI a.C. Su estructura era muy complicada. Una larga avenida de estatuas y esfinges conducían al templo. El acceso al mismo, a través del pílono, daba paso a un patio sin cubierta con una fila de columnas en todo su derredor (hípetro), al que seguía la sala hipóstila, cubierta y con varias filas de columnas formando naves a diferente altura. Al fondo de ella se sitúa una pequeña cámara reservada para el culto del faraón. Son característicos de este momento los templos de Amón en Luxor y Karnak. Otro tipo
de templos, que a la vez tienen un carácter funerario, son los speos. En
su estructura se parecen a los hipogeos, pues la mayoría de sus salas
están excavadas y sólo al exterior se aprecia una gran obra
arquitectónica, unas veces en forma de pirámide, como ocurre en el
templo de la reina Hathshepsut, organizado en terrazas porticadas con
columnas protodóricas, y otras veces es una fachada como un gran pílono
que contiene talladas en la misma roca la efigie del faraón. Es el caso
del templo de Abú Simbel, sobre el que están esculpidas esculturas
se
Casi en su totalidad, las esculturas egipcias que conocemos son esculturas funerarias, que proceden de enterramientos. Tenían la misión de albergar el Ka (`Ba) o alma del difunto, por lo cual su representación debía de ser idéntica al muerto. El carácter hierático y majestuoso de las formas escultóricas y su marcado frontalismo están naturalmente copiados de la realidad de un cadáver. Las primeras esculturas conocidas corresponden a los últimos momentos del período predinástico, en forma de paletas de tocador y estelas con temas simbólico-narrativos. La Paleta de Narmer (El Cairo) es una de las obras importantes de este momento. Durante el Imperio Antiguo se esculpen las obras más características del arte egipcio; tales son las esculturas sedentes y policromadas de los príncipes Rahotep y Nefret (El Cairo), la figura de Kefrén también sedente y majestuosa con todos los atributos faraónicos, cualquiera de las diversas Tríadas de Mikerino en diorita negra, muestras simbólicas del arte egipcio. La majestuosidad solemne de los retratos reales se pierde cuando el artista tiene que representar a personajes de menor rango en favor de un realismo extraordinario como puede observarse en las figuras de los Escribas del Louvre y de El Cairo o el popularmente llamado Alcalde de pueblo o Cheik-el-Beled. Durante el Imperio Nuevo se desarrolla una tendencia idealizante en las esculturas de los faraones, manteniendo, no obstante, el tradicional hieratismo y la majestuosidad, sobre todo en los primeros momentos del período. En el reinado de Amenofis IV, y a tenor de las transformaciones de carácter religioso que el mismo faraón potencia, en la nueva capital del imperio, Tell El-Amarna, surge una escuela artística en la que triunfan los principios de naturalidad, elegancia y de humanidad majestuosa. La obra más característica de este momento es el Busto de la reina Nefertiti (Berlín) y algunos relieves del faraón (llamado ahora Akenatón) y sus hijas, en escenas religiosas en las que las figuras son tratadas con rasgos humanos exentos de la majestuosa divinidad. Todavía las figuras del Tesoro de Tutankamón, sucesor de Amenofis, tienen algo de estos revolucionarios caracteres que desaparecen totalmente a la vuelta a la ortodoxia con el reinado del faraón Ramsés II. En las últimas etapas del arte egipcio la escultura cae en una tendencia decadente y ecléctica que se deja influir por otras fuentes artísticas. De la época saíta sobresalen únicamente pequeñas muestras de escultura: la Cabeza verde y la Dama de Tacusit.
Los mejores
ejemplos de pintura egipcia se han encontrado en las tumbas, bien
decorando las paredes con escenas de carácter religioso y de la vida
ordinaria, bien en papiros en los que se describen los ritos
ceremoniales funerarios.
Arte y arquitectura de Mesopotamia, conjunto de obras realizadas por las civilizaciones del antiguo Oriente Próximo que habitaron la región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates, actual Irak, desde la prehistoria hasta el siglo VI a.C. Las tierras bajas de Mesopotamia abarcan una llanura fértil, pero sus habitantes se tuvieron que enfrentar al peligro de las invasiones, las extremas temperaturas, los periodos de sequía, las violentas tormentas y los ataques de las fieras. Su arte refleja al mismo tiempo su adaptación y su miedo a estas fuerzas naturales, así como sus conquistas militares. Establecieron núcleos urbanos en medio de las llanuras, cada uno dominado por un templo, que fue el centro del comercio y la religión hasta que fue desbancado en importancia por el palacio real. El suelo de Mesopotamia proporcionaba el barro para los adobes que fueron el material constructivo más importante de esta civilización. Los mesopotámicos también cocieron esta arcilla para obtener terracota, con la que realizaron cerámica, esculturas y tablillas para la escritura. Se conservan pocos objetos en madera. En la escultura emplearon basalto, arenisca, diorita y alabastro. También trabajaron algunos metales como el bronce, el cobre, el oro y la plata, así como nácar y piedras preciosas en las piezas más delicadas y en las labores de incrustación. En sus sellos cilíndricos usaron piedras de todas las clases, como lapislázuli, jaspe, cornalina, alabastro, hematites, serpentina y esteatita. No obstante, algunas de estas piedras escaseaban en la zona, por lo que tuvieron que importarlas. El arte de Mesopotamia abarca una tradición de 4.000 años que en estilo e iconografía es aparentemente homogénea. De hecho, fue creada y mantenida por las sucesivas oleadas de pueblos invasores, diferentes tanto étnica como lingüísticamente. Hasta la conquista por los persas en el siglo VI a.C. cada uno de esos grupos hizo su propia contribución al arte mesopotámico. Los sumerios fueron el primer pueblo que controló la región y estableció su arte, seguidos por los acadios, babilonios y asirios. El control político mesopotámico y sus influencias artísticas se extendieron a las culturas vecinas, llegando incluso en ocasiones a zonas tan alejadas como la costa sirio-palestina, de modo que los motivos artísticos de estas áreas lejanas influyeron en los centros mesopotámicos y viceversa.
Los vestigios artísticos y arquitectónicos más antiguos conocidos hasta la fecha proceden del norte de Mesopotamia, del asentamiento proto-neolítico de Qermez Dere en las colinas de Jebel Sinjar. Niveles arqueológicos fechados en el noveno milenio a.C. han revelado que existieron cabañas de planta circular, con uno o dos pilares de piedra enlucidos en yeso. Además, cuando se abandonaron estas construcciones, se colocaron sobre el suelo calaveras humanas, hecho que indica alguna práctica ritual. Los periodos neolítico y calcolítico del arte mesopotámico (c. 7000 a.C.-c. 3500 a.C.), anteriores a la aparición definitiva de la escritura, se designan por el nombre de sus yacimientos arqueológicos: Hassuna, en el norte, es una localidad donde se han hallado algunas viviendas y cerámica pintada; Samarra, cuyos diseños cerámicos abstractos y figurativos parece que tuvieron significado religioso, y Tell Halaf, lugar en el que se realizó cerámica decorada y estatuillas de mujeres sedentes que se interpretan como diosas de la fertilidad. En el sur los primeros periodos reciben las denominaciones de El-Obeid (c. 5500-c. 4000 a.C.) y antiguo y medio Uruk (c. 4000-c. 3500 a.C.). La cultura de El Obeid se caracteriza por su cerámica brillante decorada en negro encontrada en dicha localidad, aunque existen otros ejemplos posteriores en Ur, Uruk y Eridú. Uno de los rasgos principales de la larga secuencia de niveles arqueológicos descubiertos en Eridú es la existencia de un pequeño santuario cuadrado (c. 5500 a.C.) reconstruido con una hornacina que pudo alojar la estatua de culto, delante de un altar ritual. Los templos superpuestos posteriormente son más complejos, presentando una cella central o verdadero santuario rodeado por pequeñas habitaciones con pórticos. El exterior estaba decorado con hornacinas y contrafuertes, elementos típicos de los templos mesopotámicos. En cuanto a la escultura en barro del periodo de El Obeid, se conservan la figura de un hombre de Eridú y de una mujer sujetando un niño en Ur. En varios de los lugares mencionados anteriormente se han encontrado diferentes objetos pertenecientes al último periodo de Uruk y al Jemdet Nasr, también conocido como periodo protoliteral (c. 3500-c. 2900 a.C.). La ciudad más importante fue Uruk, la Erech de la Biblia, actual Warka en Irak. El templo de caliza fue el edificio principal del quinto nivel en Uruk (c. 3500 a.C.). Aunque su superestructura no se ha mantenido, se conservan algunos restos, en un estrato de tierra compacta, que nos permiten intuir que fue un edificio con hornacinas de tamaño monumental (76×30 m). Algunas construcciones del cuarto nivel de Uruk estaban revestidas con mosaicos a base de conos de arcilla policromada que se incrustaban en los muros formando diseños geométricos. Otra de las técnicas decorativas fue el encalado o blanqueado de los muros. Esto ha hecho que se denomine como templo Blanco a un edificio construido en el área de Uruk, dedicado al dios sumerio Anu, que tuvo en su interior un santuario encalado, estrecho y largo. Situado sobre un elevado podio, el templo medía 12 metros desde el nivel del suelo, prefigurando la típica construcción religiosa mesopotámica, el zigurat o torre escalonada, cuya función consistía en acercar un poco más a los sacerdotes o soberanos a los dioses celestiales, o servir de estrado para que la deidad pudiera descender a comunicarse con los que la adoraban. En Uruk se han descubierto excepcionales esculturas en piedra. La más hermosa es una cabeza de mujer o diosa realizada en piedra caliza (c. 3500-c. 3000 a.C., Museo de Irak, Bagdad), que supuestamente tuvo incrustaciones decorativas en las cejas, en los grandes ojos abiertos y en la profunda raya central de su cabello. También en el Museo de Irak se conserva una vasija ritual de alabastro (3500-3000 a.C.) compartimentada en registros o bandas horizontales. La banda superior representa una procesión en la que el rey ofrece a la diosa de la fertilidad Inanna (véase Religión sumeria), o a su sacerdotisa, un cesto de frutas; sacerdotes desnudos llevan ofrendas en la central y en la franja más baja aparece una hilera de animales sobre formas vegetales. El último periodo Uruk incorporó el sello cilíndrico, seguramente en estrecha asociación con el primer uso de las tablillas de barro cocido. Su forma cilíndrica permanecerá como prototipo de sello mesopotámico en los 3.000 años siguientes. Estas pequeñas piedras grabadas se usaron como forma de identificación personal en cartas y documentos, envolviéndose en una banda de arcilla húmeda para obtener una impronta continua o escena simbólica en miniatura. Los sellos más antiguos exhiben motivos decorativos: toros, sacerdotes o reyes portando ofrendas, crías de ganado, motivos marinos o de caza, arquitecturas, leones con cabeza de serpiente y otras figuras grotescas. Los animales, reales o imaginarios, se reprodujeron con gran vitalidad, incluso cuando fueron interpretados de forma estilizada. El arte de los grabadores de sellos fue una expresión de la cultura mesopotámica tan importante como las artes monumentales.
La primera época histórica del dominio sumerio se extendió desde aproximadamente el 3000 a.C. al 2340 a.C. Al mismo tiempo que se continuaron las antiguas tradiciones constructivas se introdujo una nueva tipología arquitectónica: el templo oval, un recinto con plataforma central que sustenta un santuario. Las ciudades-estado dirigidas por gobernantes o soberanos que no eran considerados seres divinos se localizaron en Ur, Umma, Lagash (actual Tell al-Hiba), Kis y Esnunna (actual Tell Asmar). Muchos de los objetos realizados en este periodo son conmemorativos: relieves que describen escenas de banquetes, celebraciones de victorias militares o construcciones de templos. Muchas de ellas, como la estela de piedra caliza (conservada en el Museo del Louvre de París) del rey Eannatum de Lagash, se utilizaban frecuentemente como mojones. Dicha estela representa en uno de los lados al rey a la cabeza de su ejército en una batalla y por el otro lado al dios Ningirsu sosteniendo una red que contiene al enemigo derrotado. El Estandarte de Ur (c. 2700 a.C., Museo Británico de Londres) es una tabla adornada con conchas marinas, esquisto, lapislázuli y piedras rosáceas que muestra escenas religiosas o procesiones ordenadas en tres bandas. En los sellos cilíndricos tallados, así como en la escultura en metal, los temas mitológicos son los motivos más habituales de representación. En un gran relieve en cobre del templo de El Obeid (c. 2340 a.C., Museo Británico), un águila con cabeza de león o leontocéfala, con las alas extendidas, se cierne sobre dos ciervos. Las figuras, mitad hombre, mitad toro, fueron motivos destacados, así como las figuras femeninas luchando con leones. Sin embargo, hoy día no se pueden identificar todos estos motivos mitológicos. Se han encontrado también objetos refinadamente trabajados, como coronas, puñales, vasijas y otras piezas decorativas. Leonard Wooley, entre los años 1926 y 1931, encontró muchos de estos elementos en la necrópolis real de Ur (c. 2600 a.C.). Dos de los más hermosos representan a dos cabras rampantes (Museo Universitario de Filadelfia y Museo Británico de Londres) que descansan sus patas delanteras sobre un árbol dorado que termina sus ramas en rosetas simbólicas. El árbol, las cabezas y las patas de las cabras están cubiertas de oro repujado, los vientres están hechos de plata, su piel con conchas marinas y las barbas, pelaje y cuernos están tallados en lapislázuli. La escultura sumeria, generalmente de alabastro, exhibe una gran variedad de estilos, y sus formas geométricas pueden ser muy expresivas. Incluye figuras oferentes, sacerdotes o gobernantes, algunas de sexo femenino. En el templo de Abu en Tell Asmar se encontraron doce de ellas. Estas esculturas de piedra (c. 2740 a.C.-2600 a.C., Museo de Irak, Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, Museo Metropolitano de Nueva York), con sus brazos dispuestos delante del pecho con las manos juntas, tienen ojos enormes, redondos y desorbitados de mirada fija, realizados con conchas marinas y caliza negra. Ligeramente más naturalista, el Museo del Louvre conserva una figura masculina sedente (c. 2400 a.C.) de alabastro procedente de Mari. La arquitectura de este periodo en Mari (actual Tell Hariri, Siria), muestra influencias del área occidental de Mesopotamia.
Los pueblos
semitas acadios alcanzaron gradualmente el dominio de la zona hacia
finales del siglo XXIV a.C. Bajo Sargón I el Grande, que reinó
aproximadamente entre el 2335 a.C. al 2279 a.C., extendieron su dominio
sobre Sumer, unificando toda Mesopotamia. Aunque subsisten pocos
vestigios de su arte, los restos conservados están dotados de una
maestría técnica y una fuerte energía. En las ciudades acadias de Sippar,
Assur, Esnuna, Tell Brak y en su aún no encontrada capital Acad, el
palacio se convierte en el edificio más importante en sustitución del
templo. Una magnífica cabeza de cobre de Nínive (Museo de Irak), que
representa probablemente a Naram-Sin, el nieto de Sargón que reinó
durante los años 2255 a.C. al 2218 a.C., enfatiza la nobleza de estos
soberanos acadios, que asumieron el aspecto de semidioses. El propio
Naram-Sin es el protagonista de una estela en piedra arenisca,
hábilmente realizada (Museo del Louvre), que muestra una de sus
victorias en las montañas. El rey viste la tiara con cuernos, símbolo de
la divinidad y, a diferencia de la iconografía de la estela de Eannatum,
el dios protector no se reconoce por su ayuda en el éxito militar. Las
fuerzas celestiales están simplemente insinuadas por estrellas solares
situadas en la cumbre. Perfectamente adaptado a la forma de la piedra se
destaca el movimiento rítmico del ejército triunfal de Naram-Sin
subiendo la montaña y haciendo caer al enemigo.
Después de un mandato de siglo y medio, el Imperio acadio cayó bajo dominio de los gutis, pueblos nómadas que no centralizaron su poder. Esto permitió reorganizarse a las ciudades sumerias de Uruk, Ur y Lagash, iniciándose así la edad neosumeria o tercera dinastía de Ur (c. 2121-2004 a.C.). En Ur, Eridú, Nippur y Uruk se construyeron impresionantes santuarios que incorporaban zigurats realizados con ladrillos y adobe. Gudea (c. 2144-2124 a.C.), soberano de Lagash, contemporáneo de Ur-Nammu —el fundador de la tercera dinastía de Ur— se conoce por más de 20 estatuas que lo representan, realizadas en dos tipos de piedras negras y duras, la dolomita y la diorita. Sus manos están cruzadas al viejo estilo sumerio, pero su cara redonda y su ligera musculatura en brazos y hombros muestran el deseo del escultor por plasmar en este difícil soporte unas formas más naturales. La excepción aparece en las figuras antropomórficas que combinan rasgos zoomorfos, porque son más estáticas que el resto de las representaciones escultóricas. Los más realistas son unos pequeños relieves y estatuillas de terracota que representan a fieles haciendo sacrificios de animales, héroes legendarios, músicos e incluso una mujer amamantando a su hijo.
Tras el declive de la civilización sumeria, Mesopotamia fue una vez más unificada por gobernantes semitas (c. 2000-1600 a.C.), como Hammurabi de Babilonia. La representación en relieve del soberano en su famoso código legal (c. 1780 a.C., Museo del Louvre) no es muy diferente de las estatuas de Gudea, aunque sus manos no estén cruzadas ni aparezca como intermediario ante el dios solar Shamash. De Mari procede el arte más original del periodo babilónico, incluyendo arquitectura, escultura, metalistería y pintura mural. La representación de animales, como en la mayor parte del arte mesopotámico, es más natural que la de los seres humanos. Los pequeños frisos de Mari y otras ciudades muestran escenas de la vida cotidiana con músicos, boxeadores, carpinteros y campesinos. Estas representaciones son mucho más reales que las del solemne arte religioso u oficial.
Los casitas, pueblo de origen no mesopotámico, aparecieron en Babilonia poco después de la muerte de Hammurabi en el año 1750 a.C., sustituyendo a los gobernantes anteriores hacia el 1600 a.C. Los casitas adoptaron la cultura y el arte mesopotámicos. Los elamitas del oeste de Irán destruyeron el reino casita hacia el 1150 a.C. Su arte parece una imitación provinciana de los primeros estilos mesopotámicos. De hecho, su admiración por el arte acadio y babilonio les hizo llevarse la estela de Naram-Sin y el Código de Hammurabi a Susa, su capital iraní.
La primitiva historia del arte asirio, desde el siglo XVIII al XIV a.C., es aún en gran parte desconocida. El arte del periodo asirio medio o mesoasirio (1350 a.C. al 1000 a.C.) muestra su dependencia de las tradiciones estilísticas babilónicas. Por ello, los temas religiosos se presentan de una forma solemne, mientras que las escenas profanas se representan de una manera más naturalista. El zigurat fue la principal forma de la arquitectura religiosa asiria. El uso de ladrillos vidriados polícromos fue muy común en esta etapa mesopotámica. Con el paso del tiempo se convirtieron en la típica decoración arquitectónica neobabilónica, ya que las fachadas de los edificios se recubrieron con cerámica vidriada. El árbol de la vida y los grifos (animales mitológicos con cabeza de águila y cuerpo de león), que aparecen en los sellos cilíndricos y en las pinturas murales de los palacios, pueden proceder del arte hurrita de Mitanni, al norte de Mesopotamia. A diferencia de las antiguas, las decoraciones vegetales se volvieron estilizadas y artificiosas. Las imágenes simbólicas sustituyeron frecuentemente a las representaciones de los dioses. Tukulti-Ninurta I, rey entre los años 1244 a.C. y 1207 a.C., encargó gran parte de las obras artísticas y arquitectónicas que se realizaron en Assur, donde también construyó su propio palacio-ciudad, Kar Tukulti-Ninurta. En el arte de ambos asentamientos se acentúa la diferencia entre los dioses y los seres humanos. El friso narrativo, derivado de las escenas de estelas y sellos, será el elemento artístico más importante del arte asirio. El arte asirio genuino va a desplegarse en el periodo neoasirio o periodo asirio tardío (1000-612 a.C.), en la época de los grandes constructores. El primero de los últimos reyes asirios importantes fue Assurnasirpal II, que reinó del 883 al 859 a.C., y convirtió la ciudad de Nimrud (antigua Calach de la Biblia) en capital militar. Dentro de los muros de Nimrud, que abarcaba un área cercana a las 360 hectáreas, se alzaban la ciudadela y las principales construcciones reales, como el palacio real del noroeste, decorado con esculturas en relieve. Sargón II, que reinó entre el 722 y el 705 a.C., llevó las riendas del imperio desde una ciudad de nueva planta, Dur Sharrukin (actual Jursabad), que abarcaba 2,6 km2 y estaba rodeada por una muralla con siete puertas, tres de ellas decoradas con relieves y ladrillos vidriados. En el interior de dicho recinto se encontraba el palacio de Sargón, que contaba con más de 200 habitaciones y patios, un gran templo, residencias y templos de menor categoría. A su muerte sólo se había terminado parte del complejo arquitectónico. Su hijo y sucesor, Senaquerib, que reinó entre los años 705 y 681 a.C., trasladó la capital a Nínive, donde construyó su propio palacio al que denominó ‘palacio sin rival’, también conocido como el palacio del suroeste. Assurbanipal, que reinó del 669 al 627 a.C., construyó al norte de Nínive otro palacio. Los asirios adornaron sus palacios con magníficos relieves escultóricos. El alabastro verdadero, una piedra blanda que abundaba en la parte más alta del río Tigris, se podía tallar más fácilmente que las piedras duras utilizadas por los sumerios y los acadios. Para impresionar a los visitantes y realzar su poder ante los ojos de sus súbditos expusieron en letra cuneiforme, talladas en bandas horizontales por toda la superficie de los muros del palacio, crónicas que relataban su superioridad en las cacerías y en los campos de batalla. Además, el visitante que se acercara a las puertas de Nimrud o Jursabad, debía hacer frente a unas enormes esculturas, guardianes antropomórficos, leones, esfinges aladas con cabeza humana o toros con cinco patas para ofrecer un punto de vista frontal y otro lateral. A veces estos seres mitológicos se representaban iconográficamente en la figura de Gilgamesh y su cachorro de león o como oferentes que llevan animales al sacrificio. Una de las mejores muestras es el retrato idealizado de Sargón II en Jursabad, con un íbice entre sus manos (Museo del Louvre, c. 710 a.C.). Sin embargo, el tema principal de estos relieves de alabastro es puramente profano: el rey cazando leones y otros animales, el triunfo de los asirios sobre el enemigo o el rey deleitándose en su jardín. En la escena de Assurbanipal en Nínive (del siglo VII a.C., Museo Británico), el arpista y unos pájaros desde los árboles interpretan música para los soberanos, que están, reclinado él y sentada ella, bebiendo vino bajo una parra, mientras sus sirvientes los protegen de las moscas con abanicos, reconfortando así a la pareja real. La cabeza cortada del rey Elam, que cuelga de un árbol próximo, recuerda discretamente el poder asirio. Los
escultores realizaron excelentes escenas de caza. Las fieras se
representaban con más esmero que los seres imaginarios antropomórficos.
El león y la leona moribundos, detalles de una escena de caza del
palacio de Assurbanipal en Nínive (c. 668 a.C., Museo Británico), se
consideran los más hermosos estudios de animales del mundo antiguo.
Otros relieves de este edificio presentan escenas militares: batallas,
asedio y asalto a ciudades, vida cotidiana en los campamentos del
ejército, captura de prisioneros o el trato violento que se daba a los
rebeldes. El arte de los pueblos que vivieron en la periferia del Imperio asirio suele carecer del atractivo estético del realizado en la capital. En Tell Halaf el palacio de un gobernante local fue decorado con extraños relieves y esculturas, entre cuyas figuras aparece un hombre-escorpión. En Tell Ahmar, en el norte de Siria (antigua Til Barsip, la ciudad asiria de Kar Salmanasar), se descubrió un palacio decorado con pinturas murales asirias. Algunas se han datado a mediados del siglo VIII a.C. y otras en el siglo VII a.C. en la reconstrucción realizada bajo Assurbanipal. En los muros más antiguos aparecen escenas con genios alados, la derrota y ejecución despiadada de tropas enemigas, audiencias concedidas a oficiales y escribas consignando los botines de las naciones sojuzgadas. Las decoraciones pictóricas de Jursabad, más formalistas, consistían en motivos repetidos en franjas, rematadas por dos figuras rindiendo homenaje a la divinidad. Las excavaciones en Luristán, región montañosa al oeste de Irán, han sacado a la luz exquisitos bronces con criaturas fantásticas, probablemente realizadas a mediados del último periodo asirio y utilizadas como ornamento en arneses, armas y otros utensilios.
Al encontrarse Siria, Fenicia y Palestina en la ruta terrestre entre Asia Menor y África, el arte antiguo de estas regiones muestra la influencia de aquellos que la conquistaron, la atravesaron o comerciaron con sus habitantes. Se han encontrado sellos cilíndricos mesopotámicos del periodo artístico Jemdet Nasr tanto en la ciudad israelí de Megiddo, como en Biblos, capital de Fenicia. Los hurritas del norte de Siria se especializaron posteriormente en la talla de estos sellos. Las estatuillas en bronce encontradas en Biblos, así como los puñales y otras armas ceremoniales de comienzos del segundo milenio a.C., son ya marcadamente fenicios. Aunque los motivos utilizados por los artistas locales proceden de más allá de su región inmediata (Creta, Egipto, el Imperio hitita y Mesopotamia), la técnica empleada en los objetos artísticos encontrados en Biblos y Ugarit, con todo su significado cultural, es específicamente fenicia. Los orfebres y plateros fenicios fueron diestros artesanos, pero la calidad de su trabajo dependió de la sensibilidad de su clientela. Quizás gracias a la competencia egipcia, el trabajo en marfil fue siempre excelente. Los fenicios vendieron sus mercancías por todo Oriente Próximo, y la expansión de su iconografía, como la de su alfabeto, puede atribuirse a que fueron grandes comerciantes de la antigüedad.
Los babilonios, en coalición con los medos y los escitas, derrotaron a los asirios en el año 612 a.C., saqueando las ciudades de Nimrud y Nínive. Ellos no establecieron un nuevo estilo o iconografía. En los mojones de piedra, por ejemplo, se representaron las antiguas escenas de los reyes acompañados por símbolos divinos. La creatividad neobabilónica se manifiesta en la arquitectura de Babilonia, la capital del reino, que alcanzó su máximo esplendor entre el 626 a.C. y el 539 a.C. Esta enorme ciudad, destruida en el 689 a.C. por Senaquerib, rey de Asiria, se reconstruyó por iniciativa del rey Nabopolasar y su hijo Nabucodonosor II. Dividida por el Éufrates, se necesitaron 88 años para construirla y protegerla con doble muralla. E-Sagila, el templo de Marduk, fue su edificio principal junto con Etemenanki, un zigurat cercano de siete pisos conocido más tarde como la torre de Babel. El zigurat alcanzaba una altura de 91 metros; en el piso más alto se alzaba un templo construido con adobes secados al sol y revestido de ladrillos cocidos. Al norte del templo de Marduk se extendía un camino procesional de paredes decoradas con figuras esmaltadas de leones. Atravesando la Puerta de Istar se llegaba a un pequeño templo, donde se celebraban las ceremonias religiosas del año nuevo. Al oeste había dos complejos palaciegos. Al este de la vía procesional se estableció, desde los tiempos de Hammurabi, una zona residencial. Se conservan pocos vestigios de la ciudad y de los famosos jardines colgantes del palacio de Nabucodonosor II, una de las siete maravillas del mundo. La Puerta de Istar (c. 575 a.C.) es una de las pocas estructuras conservadas. El último rey babilonio, Nabonides, cuyo reinado se extiende entre los años 556 a.C. y 539 a.C., reconstruyó la antigua capital sumeria de Ur, incluyendo el zigurat de Nanna, que competía en esplendor con el zigurat de Etemenanki en Babilonia. Su estado de conservación es bueno y la fachada de ladrillo ha sido recientemente restaurada. El año 539
a.C. el reino neobabilónico cayó bajo el dominio de Ciro II el Grande,
rey Aqueménida de los persas. Mesopotamia se incorporó al Imperio persa,
y en Babilonia, que se convirtió en una de sus capitales
administrativas, se construyó un palacio real. Entre los vestigios
babilónicos de los tiempos de Alejandro el Magno, el conquistador del
Imperio persa, se conserva un teatro en la actual localidad de Humra. El
esplendor de Babilonia acabó aproximadamente el 250 a.C., cuando los
habitantes de dicha ciudad se trasladaron a Seleucia, ciudad construida
por los sucesores de Alejandro. País del suroeste de Asia entre el mar Caspio y el golfo Pérsico, actualmente conocido como Irán.
Arte y arquitectura persas, conjunto de manifestaciones artísticas que se desarrollaron en la antigua Persia, territorio que a partir de 1935 pasó a conocerse como Irán. No obstante, y de acuerdo a su uso más extendido y popular, el término persa se utilizará en este artículo para referirse al periodo anterior a la llegada del islam en el siglo VII d.C. —es decir, la época del antiguo Imperio persa— así como también para los tiempos prehistóricos.
Los principales trabajos artísticos de la época prehistórica fueron las
piezas de cerámica y pequeñas figuras de arcilla, mientras que la
arquitectura y la escultura predominaron a lo largo de los dos imperios
persas, el Aqueménida y el Sasánida (siglos VI a.C.-VII d.C.). Tras la
conquista árabe y la introducción del islam en el siglo VII d.C., la
escultura cedió su lugar en favor de la arquitectura, que entró así en
un periodo de gran esplendor. La pintura llegó a ser importante entre
los siglos XIII a XVII. Ya en el siglo XX se recuperaron estas antiguas
formas artísticas combinándose los modelos tradicionales con la
tecnología occidental y los nuevos materiales.
El primer
momento de esplendor de la arquitectura persa tiene lugar durante la
dinastía Aqueménida, cuyo reinado se extiende aproximadamente desde el
550 al 331 a.C. Los restos de arquitectura Aqueménida son bastante
numerosos, siendo los más antiguos las ruinas de Pasargada, la capital
de Ciro II el Grande. Incluyen dos palacios, un recinto sagrado, una
ciudadela, una torre y la tumba de Ciro. Los palacios estaban tapiados y
tenían en su centro una gran galería de columnas, la más larga de las
cuales medía 37 metros de longitud. La distribución y el diseño de las
habitaciones principales oscilaba entre la forma cuadrada y la
rectangular; todas estaban iluminadas por un sistema de claraboyas. Los
muros se construyeron de ladrillos de adobe; los cimientos, pórticos,
columnas y pedestales se hicieron en piedra. Las columnas se cubrieron
con bloques de piedra tallada que representaban figuras de caballos o
leones enfrentados espalda con espalda. Para los suelos se utilizó,
probablemente, la madera. El recinto sagrado estaba formado por un patio
tapiado dentro del cual se disponían dos altares y una tribuna
escalonada de forma rectangular. La torre era una elevada estructura
arquitectónica levantada a base de piedra caliza de color amarillento;
por contra, la caliza negra se utilizó para las puertas de acceso y para
las dos filas de ventanas cegadas. La tumba de Ciro era un pequeño
mausoleo de piedra, en forma de cilindro, colocado sobre una plataforma
escalonada. Las columnas que lo rodean se han ubicado allí en época
reciente.
Bajo la dinastía Sasánida, que gobernó Persia desde el 226 d.C. hasta la
conquista del islam en el 641, tuvo lugar un importante renacimiento
arquitectónico. Las construcciones fueron totalmente diferentes de las
del periodo Aqueménida. Los muros se levantaron a base de ladrillo
cocido y pequeñas piedras unidas con argamasa; también se utilizó el
ladrillo para las bóvedas de medio punto dispuestas sobre grandes
estancias y corredores; se construyeron grandes cúpulas. Se adaptaron
los diseños y principales características de los palacios de Persépolis,
pero se encerraron en un único edificio las numerosas dependencias y
habitaciones. De este modo, la misma obra incorporaba un lugar para las
audiencias públicas, otro más pequeño para las privadas, así como
numerosas salas de menor tamaño. Entre los principales restos
conservados de arquitectura Sasánida están las ruinas de los palacios
cupulados de Firuzabad, Girra y Sarvestan, y las amplias salas
abovedadas del de Ctesifonte. El gran yacimiento de Bishapur ha sido
sistemáticamente excavado a mediados del siglo XX por el Servicio
Arqueológico de Irán. Se han realizado también excavaciones en otros
palacios, como en Qais, Hira y Damghan. En todos estos palacios aparece
ya el iwán, como pórtico con gran arco abierto a un patio, que se verá
luego en el arte islámico. Además de éstos, destacan también los puentes
de Dizful y Shushtar, y diversos templetes construidos en varias
localidades destinados a la adoración del fuego que formaba parte del
zoroastrismo Después de
la conquista de Persia por Alejandro Magno la influencia griega, en su
etapa helenística, fue predominante dentro del mundo artístico. Entre
otros ejemplos pueden citarse los fragmentos de escultura en bronce
hallados en Shami, y los relieves de Behistún. El segundo gran periodo
del arte persa comienza con el advenimiento de la dinastía Sasánida en
el 226 a.C. De este periodo sólo ha sobrevivido un único ejemplo de
escultura exenta o de bulto redondo, que es la colosal figura de un rey
aparecida cerca de Bishapur. Se conserva también un reducido número de
estatuillas, pero los mejores ejemplos escultóricos, como sucedió
también en época Aqueménida, están en los relieves grabados sobre la
roca. Los más conocidos son los gigantescos relieves de Naqshah Rostam,
en los que aparecen retratados los reyes persas Ardachir I y Sapor (o
Sahpur) I (años 241 a 272) montados a caballo. Similar escena ecuestre
ofrece el relieve de Taq-i-Bustan, representando a otro rey persa de
esta dinastía, Cosroes II. Tras el periodo Sasánida la escultura dejó de
ser importante dentro de las producciones artísticas de Irán. Los
primeros ejemplos de artes decorativas persas datan de finales del VII
milenio a.C. y consisten en diseños de animales y figuras femeninas
modeladas en arcillas. Las figurillas femeninas encontradas en Tepe
Sarab, cerca de Bajtaran, son complicados objetos compuestos por
múltiples piezas de reducido tamaño. Las caderas y el pecho de estas
figuras se representan de forma exagerada, reduciendo las cabezas a la
mínima expresión. En contraste con esta estilización y abstracción de la
figura humana están las múltiples figuritas de animales modeladas con
gran naturalismo.
Tras la conquista de Persia por los árabes en el año 641, el territorio
pasó a formar parte del mundo islámico. Sus artistas se sometieron a los
gustos y necesidades de la cultura islámica, la cual a su vez recibió
influencias de la tradición persa. La arquitectura siguió siendo la
principal forma artística; debido a la norma islámica que condenaba como
idólatra la representación tridimensional de seres vivos y otro tipo de
objetos, la escultura entró en una fase de declive. La pintura, por el
contrario, no sufrió los efectos de esta prohibición de representar la
figura humana, y logró así un auge importante. La mezquita fue la principal tipología arquitectónica durante el periodo islámico. Se mantuvo la tradición de los espacios abovedados; entre otras características destacan la importancia de la madrasa con planta cruciforme, la utilización de los arcos de herradura, de medio punto, conopiales y apuntados, así como también el uso de la cúpula sobre tambor circular. Entre los ejemplos más destacados de la primera arquitectura islámica de Irán se incluyen la mezquita de Bagdad, construida en 764; la gran mezquita de Samarra, levantada el año 847, y la primera mezquita de Na'in, del siglo X. Bajo la expansión del Imperio mongol, buena parte de la arquitectura islámica se erigió en Persia, pero tras la conquista de Bagdad por los mongoles en el 1258 se reanudó un tipo de construcción más apegada a las antiguas tradiciones y se levantaron varios de los mejores edificios de toda la historia de la arquitectura del país. Cabe destacar entre ellos la gran mezquita de Veramin, edificada en el 1322; la mezquita del Imán Reza en Meshad-i-Murghab, construida en 1418, y la mezquita Azul de Tabrīz. Otras obras importantes son el mausoleo del conquistador mongol Tamerlán y su familia en Samarkand, la mezquita real de Meshad-i-Murghab, y las grandes madrasas, o escuelas coránicas, de Samarkand, todas ellas construidas en el siglo XV. Bajo la dinastía Safawí (1502-1736) se construyeron gran número de mezquitas, palacios, tumbas y otros edificios. Los elementos característicos de las mezquitas fueron las cúpulas gallonadas sobre tambores, los pórticos abovedados y las parejas de torres minaretes. Sobre las cornisas y ménsulas se dispuso una sorprendente decoración en zigzag o en hilera. Cuando estas formas decorativas aparecen formando prismas o pequeños arcos agrupados a modo de estalactitas reciben el nombre de mocárabes. El color fue parte importante de la arquitectura en este periodo, y las fachadas de los edificios se cubrieron con resplandecientes azulejos de tonos azules, verde, amarillo y rojo. Las construcciones más notables de la época Safawí las encontramos en Isfahan, capital de dicha dinastía. La ciudad, trazada sobre anchas avenidas, jardines y canales, cuenta con importantes palacios, mezquitas, baños, bazares y caravasares (posadas). Pintura La pintura
al fresco y los manuscritos miniados formaron parte de la tradición
artística de Persia ya desde el periodo Sasánida, aunque de estos
primeros ejemplos apenas se han conservado unos pocos fragmentos. En el
periodo islámico la pintura fue una de las artes plásticas más
importantes. Se hicieron copias del Corán en letra cúfica, forma de
escritura de los primeros árabes, en los pergaminos y rollos de al-Barah
y al-Kufah a finales del siglo VII. Estos manuscritos no contienen
escenas pintadas, pero poseían, en su defecto, una hermosa caligrafía
ornamental, que fue ampliamente practicada durante los siglos VIII y IX.
Gracias a la introducción del papel en el siglo X, las formas y modelos
de los libros religiosos y seculares tuvieron un gran incremento. El
miniaturista persa más conocido fue Bihzād, el artista más importante de
finales del periodo mongol y comienzos del Safawí. Fue el director de la
academia de pintura y caligrafía de Herāt hasta 1506, año en el que
marcha a Tabrīz como bibliotecario real. La pintura de Bihzād se
caracteriza por su rico colorido, sus figuras realistas y sus paisajes.
Diferenciaba las figuras en grupos de escenas, realizando retratos de
marcado individualismo. Muchos pintores estudiaron con él, incluyendo
los célebres artistas Mirak y Sultan Mohammed, y su estilo fue imitado
en todo Irán, Turkestán e India. Entre los pocos manuscritos existentes
ilustrados por Bihzād destacan la Historia de Tamerlán (1467), hoy en la
biblioteca de la Universidad de Princeton. Las
técnicas de producción de tejidos, metalistería y cerámica desarrolladas
durante el periodo Sasánida se utilizaron a lo largo de toda la historia
de Persia. La elaboración de alfombras, en la que es especialmente
notable, fue fomentada por los Sasánidas, y han continuado siendo
importantes objetos artísticos hasta el presente. Se fabricaron en
pequeños pueblos y en los talleres de la corte. El diseño de las
alfombras utilizadas en las mezquitas o para el rezo consistía, por
regla general, en un medallón o arco dentro de un espacio rodeado por
una orla cubierta con delicadas formas florales. Las alfombras de uso
seglar podían decorarse con figuras humanas y animales. Arte y arquitectura desarrolladas en Grecia y sus colonias entre el año 1100 a.C. y el siglo I a.C. Aunque tuvo su origen en la civilización del Egeo, su evolución posterior le ha convertido en uno de los periodos artísticos más influyentes de la cultura. El arte griego se caracterizó por la representación naturalista de la figura humana, no sólo en el aspecto formal, sino también en la intención expresiva del movimiento y las emociones. El cuerpo humano, tanto en las representaciones de dioses como en las de seres humanos, se convirtió así en el motivo fundamental del arte griego, asociado a los mitos, la literatura y la vida cotidiana. Se han conservado pocos ejemplos intactos o en su estado original de la arquitectura y escultura monumental, y en el ámbito pictórico no conocemos grandes ciclos decorativos. Sin embargo, se conservan importantes vasos cerámicos, monedas, joyas y gemas, que junto con las pinturas funerarias etruscas nos ofrecen algunas pistas sobre las características del arte griego. Estos restos se complementan con los relatos de las fuentes literarias. Algunos viajeros, como el romano Plinio el Viejo o el historiador y geógrafo griego Pausanias, vieron in situ muchos de los objetos artísticos que se conservan hoy día deteriorados o en mal estado y sus relatos nos ofrecen bastante información acerca de algunos artistas y sus principales obras. La función
principal de la arquitectura, pintura y escultura monumental hasta
aproximadamente el año 320 a.C., fue de carácter público, ocupándose de
asuntos religiosos y de la conmemoración de los acontecimientos civiles
más importantes, como las competiciones atléticas. Los ciudadanos sólo
utilizaron las artes plásticas para la decoración de sus tumbas. Sin
embargo las artes decorativas se dedicaron sobre todo a la producción de
objetos de uso privado. El ajuar doméstico contenía un gran número de
vasijas de terracota pintadas, con elegantes acabados, y las familias
más ricas poseyeron vasijas de bronce y espejos. Muchos objetos
realizados en terracota y bronce incorporaron pequeñas figurillas y
bajorrelieves. El arte griego se divide normalmente en periodos artísticos que reflejan sus cambios estilísticos. Las compartimentaciones cronológicas desarrolladas en este artículo son las siguientes: 1) periodos geométrico y orientalizante (c. 1100 a.C.-650 a.C.); 2) periodo arcaico (c. 660 a.C.-475 a.C.); 3) periodo clásico (c. 475 a.C.-323 a.C.); 4) periodo helenístico (c. 323 a.C.-31 a.C.).
Los vestigios más importantes del arte griego de los periodos más antiguos son piezas cerámicas. Las vasijas del periodo geométrico se decoraban con bandas de meandros y otros motivos geométricos, de ahí su denominación. En los ejemplos más antiguos, los motivos rectilíneos se combinaron con elementos curvilíneos derivados del arte micénico. Aproximadamente a principios del año 750 a.C. introdujeron motivos humanos y zoomórficos de formas esbeltas, como puede observarse en las representaciones del cuerpo del guerrero muerto o del carro tirado por caballos. El mejor ejemplo de la cerámica de estilo geométrico es la crátera Dípilon, una especie de esquela funeraria realizada con el propósito de guardar ofrendas, que se halló en una necrópolis cercana a la puerta de Dípilon de Atenas (Museo Metropolitano de Nueva York). El estilo de la cerámica decorada se modificó aproximadamente en el siglo VII a.C., debido a la creciente colonización griega del Mediterráneo y al comercio con los fenicios y otros pueblos orientales. En las vasijas de este periodo, conocido como periodo orientalizante de la cerámica decorada, los diseños abstractos geométricos se reemplazaron por los motivos naturalistas del arte oriental, como la flor de loto, la palmeta, los leones y las esfinges. La ornamentación aumentó en cantidad y complejidad. De la
escultura del periodo geométrico se han encontrado únicamente pequeñas
piezas en bronce y arcilla. Entre ellas cabe destacar una pequeña
estatua de Apolo realizada en bronce (Museo de Bellas Artes de Boston).
Las esculturas de este periodo no son representaciones realistas, sino
obras de naturaleza conceptual. La planta básica de los templos fue similar a la de las viviendas. En Samos, Esparta, Olimpia y Creta se han encontrado los cimientos de algunos templos del final del periodo geométrico. En Eretria y Thermos algunos templos posteriores mantenían la planta de herradura. En los templos de planta rectangular los dos muros laterales sobresalen hacia el exterior de la pared frontal formando un vestíbulo o pórtico. Dentro del espacio cubierto o cella, las vigas de madera del tejado a dos aguas se apoyaban en una única fila de columnas de madera, dispuestas a lo largo del eje principal; más tarde, sin embargo, se reemplazaron por dos filas de columnas, ya que las anteriores ocultaban la imagen de la divinidad. Estas dos columnatas, como los muros laterales, se prolongaron más allá del muro frontal para sustentar el vestíbulo cubierto.
Durante el periodo arcaico, al extenderse el mundo griego geográfica y económicamente, su mayor riqueza y los contactos con el exterior le condujeron al desarrollo de una arquitectura y escultura monumental. Ambas se hicieron con el mármol y la piedra caliza que abundaba en Grecia. Los templos albergaron imágenes de los dioses y estuvieron decorados con esculturas y pinturas. La pintura tuvo también su desarrollo en las vasijas, que fueron importantes objetos de comercio. La escultura Los griegos empezaron a esculpir en piedra, inspirados en las piezas monumentales de Egipto y Mesopotamia. Las esculturas de bulto redondo compartieron la solidez y la característica posición frontal de los modelos orientales, pero, como podemos comprobar en la Dama de Auxerre y el Torso de Hera de Samos (periodo arcaico primitivo, c. 660 a.C.-580 a.C., ambas en el Museo del Louvre de París), sus formas fueron más dinámicas que las de la escultura egipcia. Las esculturas masculinas y femeninas, a partir aproximadamente del año 575 a.C., reflejaron en sus rostros la denominada sonrisa arcaica. Aunque esta expresión no parece obedecer a razones específicas en las personas o situaciones en las que aparece reproducida, quizás fue empleada por los griegos como un artificio que proporcionaba a las figuras un rasgo humano distintivo. Las tres tipologías que predominaron fueron el joven desnudo de pie (kouros), la doncella vestida en pie (kore) y la mujer sentada. Todos ellos acentúan las características esenciales del cuerpo y expresan, cada vez más, un conocimiento preciso de la anatomía humana. La razón de ser de la representación de estos jóvenes fue por una parte de índole sepulcral y otra de carácter votivo. Algunos ejemplos conservados son el Apolo primitivo del Museo Metropolitano de Nueva York, el Apolo Strangford de Lemnos del Museo Británico de Londres, obra bastante más tardía, y el Kouros de Anavysos conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. En dichas obras, a diferencia de otras más antiguas, puede observarse un estudio más detallado de la estructura muscular y anatómica. Las figuras femeninas, vestidas y de pie, ofrecen una amplia variedad de expresiones, tal y como puede verse en las esculturas del Museo de la Acrópolis de Atenas. Sus ropajes están tallados y pintados con la delicadeza y la meticulosidad característica de la escultura de este periodo. Los relieves escultóricos que se esculpieron con posterioridad a la escultura exenta o de bulto redondo, representaron a sus figuras en movimiento. Los frisos del Tesoro de los Siphnios, en el templo de Apolo en Delfos (Museo Arqueológico de Delfos), que muestran una de las batallas de la guerra de Troya, son uno de los ejemplos más excepcionales del periodo arcaico medio (c. 580 a.C.-535 a.C.). Otra muestra importante es el frontón del templo antiguo de Atenea en la Acrópolis de Atenas, conservado en estado fragmentario (Museo de la Acrópolis), que representa un combate entre dioses y gigantes. Entre los ejemplos del periodo arcaico tardío (c. 535 a.C.-475 a.C.) destacan las esculturas de los frontones del templo de Aphaia en Egina (actualmente en la Gliptoteca de Munich). Las figuras del frontón oriental parecen tan llenas de vida como los atletas que describió el poeta Píndaro. En el siglo XIX se comenzó a valorar el mérito artístico de la escultura del periodo arcaico. Los escultores del periodo arcaico continuaron fundiendo esculturas en bronce. Los ejemplos del siglo VI a.C. describen los músculos de forma esquemática mediante la representación de un estrecho arco en el límite bajo del tórax y unas marcas horizontales. Las esfinges y otras formas realizadas en piedra sirvieron como florones, yelmos o lápidas. La arquitectura Los griegos, después de conocer los templos pétreos de los egipcios, comenzaron en el siglo VII a.C. a construir sus propios templos en piedra, con un estilo propio y específico. Utilizaron la piedra caliza en el sur de Italia y Sicilia, el mármol en las islas griegas y en Asia Menor y la caliza revestida con mármol en el continente. Más tarde levantaron sus edificios principalmente de mármol. Los templos eran de planta rectangular sobre un pequeño zócalo escalonado (crepidoma) en un recinto donde se llevaban a cabo las ceremonias rituales. Los templos pequeños presentaban un frente porticado de doble columna (in antis), a veces con otro vestíbulo delante del mismo (próstilos). Los templos más grandes, con pórticos en sus partes delantera y trasera (anfipróstilos), podían tener un vestíbulo de seis columnas antes de cada uno de sus pórticos, o estar totalmente rodeados por un peristilo (perípteros). La columnata sostenía un entablamento, o dintel, bajo un tejado a dos aguas. Desarrollaron dos órdenes de arquitectura o tipos de columnas, el dórico y el jónico. Las columnas dóricas, que no tenían basa y cuyos capiteles consistían en un bloque cuadrado (ábaco) sobre un elemento redondo en forma de almohadilla (equino), eran piezas robustas colocadas a escasa distancia para sujetar el peso de la mampostería. Su pesadez se aliviaba gracias al fuste abombado y estriado. En el entablamento se tallaban triglifos verticales sobre cada columna, dejando entre ellos metopas oblongas, que más tarde fueron cuadradas y al principio estuvieron pintadas y más tarde decoradas con bajorrelieves figurativos. El estilo dórico se originó en la península helénica, pero se difundió por todas partes. Los templos dóricos de Siracusa, Paestum, Selinonte, Acragas, Pompeya, Tarento (Taranto), Matapontum y Corcira (actual Corfú o Kerkira) todavía se conservan. Especialmente extraordinario es el templo de Poseidón en Paestum (c. 450 a.C.). Las columnas jónicas, originarias de Jonia (Asia Menor) y las islas griegas, son más esbeltas, estriadas más estrechamente y se colocan a mayor distancia que las dóricas. Cada una descansa sobre una basa moldurada y termina en un capitel con forma de almohadilla plana que se enrolla en dos volutas en los laterales. El entablamento, más ligero que en el estilo dórico, podía tener un friso continuo. Se pueden ver ejemplos de templos jónicos en Éfeso, cerca de la moderna Izmir (Turquía), en Atenas -el Erecteion- y algunos restos del Naucratis en Egipto. Las vasijas decoradas Hacia el año 675 a.C. los pintores de vasijas cerámicas de Corinto empezaron a decorar sus objetos con figuras en silueta negra, generalmente animales desfilando, realizadas con formas redondeadas y dispuestas en uno o varios pequeños frisos. Es el estilo denominado protocorintio. En el estilo corintio, que se desarrolló totalmente hacia el 550 a.C. y del que se conservan numerosos ejemplos, los vasos están abarrotados de figuras sobre fondos florales. En las vasijas se representan a menudo monstruos fabulosos, como la quimera que escupe fuego, una criatura con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Otros motivos orientales similares aparecen en las piezas cerámicas encontradas en Laconia, Beocia, Calcis, Rodas y Sardes En el periodo arcaico medio, Atenas saturó el mercado mediterráneo de objetos cerámicos. Las vasijas atenienses han aparecido en las islas del Egeo, norte de África, Asia Menor, Italia e incluso en Francia, España y Crimea. La popularidad de la cerámica ateniense se debió a su carácter práctico de bellas proporciones, su acabado aterciopelado, negro como el azabache, y a las escenas narrativas con que estaba decorada. La decoración de las vasijas cerámicas con la técnica de las figuras negras, que llegó de Corinto a Atenas hacia el 625 a.C., se combinó con el antiguo estilo ateniense, más lineal y de mayor tamaño. La decoración se realizaba en engobe negro sobre el color rojo de la arcilla. Los detalles se grababan de forma incisa y a veces se recalcaban con el uso de matices lumínicos rojos y blancos, hasta lograr cierta tridimensionalidad. A partir de este momento, las escenas representadas en los vasos cerámicos y los artistas que las pintaron se pueden identificar por inscripciones. Unos treinta pintores firmaron con su nombre las piezas decoradas y otros cien han podido ser identificados por su estilo característico. A los pintores más tardíos se les han asignado nombres modernos según la localización de alguna de sus obras más importantes, como el pintor de Berlín; por el tema de alguna de sus pinturas más representativas, como el pintor del jabalí; o por el nombre del ceramista para el que trabajaron, como el pintor de Amasis. Entre las obras maestras de este periodo están el vaso François, realizado el 560 a.C. por el alfarero Ergótimos y el pintor Klitias (Museo Arqueológico de Florencia); la copa de Dioniso realizada por Exequias (Gliptoteca de Munich) y los trabajos de dos de los más destacados artistas en la técnica de figuras negras, Lydos y Amasis (Museo Metropolitano de Nueva York). Los vasos decorados en la técnica de figuras rojas se hicieron por primera vez el año 530 a.C., por iniciativa del ceramista Andokides. La decoración se realizaba con una técnica pictórica a la inversa: es decir, el fondo se pintaba de negro, dejando las figuras en el color rojo de la arcilla. Los detalles, en lugar de hacerse por medio de incisiones en la arcilla, se dibujaban con un trazo rígido en engobe negro, que a menudo formaba un relieve sutil. Se utilizó también un nuevo color, el castaño dorado, obtenido al diluir el barniz negro. Los pintores atenienses inventaron hacia el 540 a.C. otro nuevo estilo, ejemplificado en la crátera de Antaius, realizada por el ceramista Euphronios. Estas innovaciones, asumiendo además el interés por la anatomía del cuerpo humano, evolucionaron hacia una nueva concepción espacial, expresada a través del escorzo y del uso de una capa marrón o parda para lograr el sombreado. Este fue el inicio de un tipo de pintura en el que la tridimensionalidad se consigue tanto con la valoración lumínica como con el contraste de manchas de color. Aunque el estilo de las figuras negras continuó siendo el dominante durante todo el periodo arcaico, la producción en el estilo de figuras rojas se fue incrementando poco a poco. Entre los pintores de vasos más importantes del final del periodo arcaico destacamos a Douris, el pintor de Brygos, el pintor de Berlín y el pintor de Kleophrades.
El arte griego del periodo clásico, desarrollado desde la época de las
guerras médicas hasta el final del reinado de Alejandro Magno, se
mantuvo totalmente independiente de las influencias foráneas, y gracias
a ello obtuvo una gran demanda en otros lugares. La arquitectura La mayoría de los templos de la alta época clásica fueron de orden dórico. El templo de Zeus en Olimpia (mediados del siglo V a.C.), proyectado por Libón de Elis, es un ejemplo excepcional. Sus columnas relativamente esbeltas indican una reacción contra las proporciones pesadas del dórico de la época arcaica. La escultura La escultura de la alta época clásica no presenta la típica sonrisa o los suaves detalles característicos del periodo arcaico. En su lugar, se expresa una cierta solemnidad determinada por la nueva fuerza y simplicidad de las formas. Entre los mejores ejemplos se encuentran los frontones escultóricos del templo de Zeus de Olimpia (Museo Arqueológico de Olimpia), el Auriga (Museo Arqueológico de Delfos), el joven de pie o Efebo de Kritios -denominado así por el escultor ateniense Critius o Kritios- y la cabeza del Efebo rubio (ambos en el Museo de la Acrópolis de Atenas), así como el Idolino del Museo Arqueológico de Florencia. Los escultores de esta época representaron sus personajes en el momento inmediatamente anterior o posterior a la culminación de una acción significativa. Las esculturas del templo de Zeus en Olimpia son una muestra: en el frontón oriental aparecen los preparativos, supervisados por Zeus, para la fatal carrera de carros ente las legendarias figuras de Pelops y Enomao; en el frontón occidental la batalla entre lapitas y centauros; y las doce metopas conservadas, describen los trabajos de Hércules ayudado por la diosa Atenea. Muchas de las obras de la alta época clásica se perdieron en la antigüedad. Algunas han perdurado, sin embargo, en las copias realizadas por los romanos, para los que el estilo clásico tuvo un atractivo considerable. Entre algunas de esas copias se encuentran los Tiranicidas realizados por Kritios en colaboración con Nesiotes (Museo Nacional de Nápoles) y los numerosos trabajos de Policleto incluyendo el Doríforo, o portador de la lanza (Museo Nacional de Nápoles), el Diadúmeno (Museo Nacional de Atenas) y la Amazona Capitolina (Museo Metropolitano de Nueva York). En estas esculturas la postura frontal de las figuras del periodo arcaico se sustituye por posiciones más complejas y actitudes más naturales. La pintura De la alta época clásica casi no se conservan pinturas murales. El pintor más importante del momento fue Polignoto de Tasso. En sus frescos de Lesche, o salón de actos de los cnidios en Delfos, representó la destrucción de Troya y la visita al Hades, descrita por Pausanias. Plinio el Viejo escribió que Polignoto fue el primer maestro de la expresión. El descubrimiento en 1968 de los frescos de un sarcófago griego en Paestum (c. 470 a.C., Museo arqueológico de Paestum) muestra los logros de la pintura mural de la alta época clásica. Las figuras de los asistentes a un banquete y una representación de la zambullida de un buzo muestran el dominio de la anatomía, del trazo y de las expresiones faciales. Los ojos se dibujaron de perfil en lugar de frontales y también aparecen escenas paisajísticas. En la pintura de vasijas las escenas de carácter simbólico y decorativo fueron remplazadas de forma gradual por representaciones tridimensionales, como en las pinturas de Pistoxenus y Penthesilea. Las formas son más nítidas, los ojos se representan de perfil y los pliegues de las telas adquieren formas más naturalistas. Estas características especialmente en las vasijas del pintor de los Nióbides, sugieren la influencia de Polignoto y ofrecen más información de su estilo artístico. |