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LA
HISTORIA DEL LIBRO A LO LARGO DE LOS SIGLOS...
Uno no es lo que es por
lo que escribe, sino por lo que ha leído
Noticias de cultura Española
Orígenes
En la Antigüedad, la forma del libro era de rollo. Sobre una de
las caras se escribía el texto en columnas sucesivas. El lector
iba desenrollando un extremo y enrollando la parte ya leída con
el inconveniente de que todo el libro debía ser desenrollado de
nuevo antes de que otro lector lo usara. Este sistema ocasionaba
un gran deterioro del material que solía ser el papiro. La base
para preparar el papiro eran finas tiras del tallo fibroso de
una planta que crecía a orillas del Nilo. Se superponían
perpendicularmente dos capas de estas tiras fibrosas, se secaban
al sol y se prensaban hasta formar hojas que se unían más tarde
entre sí hasta formar el rollo. Se usó en toda la zona
mediterránea durante milenios pero apenas ha llegado alguna
muestra hasta nuestros días. Toda la producción de papiros
estaba bajo el monopolio de los egipcios. En momentos de escasez
se buscaron nuevas soluciones.
El cuero se usó en algunas ocasiones pero no resultaba adecuado
para la escritura. Según el historiador romano Varrón, fue en
Pérgamo donde se ideó un método de tratar las pieles de animales
para crear lo que hoy conocemos como pergamino. El uso del
pergamino no se generalizó, no obstante, hasta más tarde,
durante los primeros siglos de la era cristiana. A partir del
siglo IV d.C., el pergamino sustituyó por completo al papiro. El
pergamino es una piel de cabra, oveja, carnero o vaca tratada a
fin de quitarle el pelo, pulirla, y reparar los fallos que
pudiera tener. De la piel de ternera o de becerros recién
nacidos se obtenía la vitela, piel de muy alta calidad, fina y
flexible, que se dedicaba a códices miniados. A finales del
siglo I d.C. el pergamino abandonó la forma de rollo a favor del
códice, esto es, el libro tal y como se conoce hoy (véase
códice).
El papel llegó a Europa en el año 1150 cuando los árabes
establecieron el primer molino de papel en Játiva, Valencia,
pero su invención se remonta al año 150 a.C. en China. Para su
fabricación se empleaban fibras de cáñamo y algodón, de bambú,
morera, lino, caña, etc. El papel proporcionó una base mucho más
barata que el pergamino. La historia del papel muestra que su
producción no ha dejado de aumentar en ningún momento desde
entonces. Cada región ha aspirado a autoabastecerse y el mercado
del papel se convirtió pronto en una fuente económica de gran
poder. La demanda de papel aumentó considerablemente tras la
invención de la imprenta y de manera inusitada con la aparición
de los periódicos.
A finales del siglo XVII, los avances tecnológicos permitieron
mejorar la calidad del papel y se comenzó a experimentar con
materias primas diferentes. La fabricación de papel se mecanizó
desde mediados del siglo XVIII. En 1797, Nicolás-Louis Robert inventó la máquina continua.
La creación de una biblioteca universal era una aspiración
olvidada desde los tiempos de la biblioteca de Alejandría. La
imprenta hizo renacer la ambición de humanistas y hombres del
Renacimiento: reunir todo el conocimiento humano apareció como
una posibilidad factible por fin. El nuevo invento propició el
enriquecimiento de las librerías particulares, que pronto
llenaron sus anaqueles con obras de todo tipo y vino a responder
a las necesidades de una minoría letrada que demandaba más y
mejores libros. La imprenta hizo posible que una misma
biblioteca poseyera distintas obras, comentarios y estudios en
torno a un mismo tema. Elisabeth Eisenberg ha afirmado que la
posibilidad de consultar varios textos y compararlos supuso que
se descubrieran más fácilmente contradicciones o distintos
puntos de vista en diversos terrenos científicos. La información
se hizo cada vez más accesible y dejó de ser necesario viajar
por toda Europa porque el mercado librario se expandió y
agilizó. El intercambio cultural se convirtió en algo habitual
para ciertos grupos sociales y profesionales. En total, se
cifran en 20 millones los ejemplares impresos en el siglo XV y
en unos 200 millones los que salieron de las imprentas europeas
durante el siglo XVI.
Las grandes y ricas bibliotecas de Italia anteriores a la
imprenta demuestran la diferencia numérica con respecto a las
colecciones que, posteriormente, pudieron beneficiarse del nuevo
invento: la de Petrarca, formidable para su época, estaba
formada por unos 200 manuscritos, mientras la de Boccaccio
rondaba los 90. Niccolò Niccoli, el mayor coleccionista de
manuscritos de comienzos del Quattrocento, logró reunir 800 y
Pico della Mirandola llegó a los 1695. La Biblioteca Vaticana,
por su parte, se situaba en una posición destacada con sus 3.650
títulos en 1484, frente a los más de 15.000 títulos de la
biblioteca de Fernando Colón (1480-1539).
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La Historia del Libro
El libro xilográfico
Los primeros en imprimir imágenes o signos sobre el papel fueron
los chinos en el año 594 a.C. La técnica empleada fue la
xilografía, que consistía en tallar en una plancha de madera las
palabras o figuras que se querían imprimir, tras lo cual la
plancha se cubría de tinta y se colocaba el papel. En el año
770, la emperatriz Shotoku ordenó que se estampara un millón de
copias de una cita de las escrituras budistas. El primer libro
xilográfico de que se tiene noticia fue impreso en China por
Wang Chieh el 11 de mayo del 868 según nuestro calendario. Se le
conoce bajo el título de Sutra del diamante y está compuesto por
siete hojas unidas en forma de rollo.
La primera xilografía europea de la que se tiene noticia se data
en torno a 1370. Es una imagen hallada en la abadía de Le
Ferte-sur-Grosne y que es conocida como ?El centurión y los dos
soldados?. A partir de esa fecha se imprimieron naipes y
grabados religiosos que fueron en aumento durante la primera
mitad del siglo XV. Las figuras solían llevar breves leyendas
formadas por letras que se tallaban en la misma plancha. La
xilografía de San Cristóbal de Buxheim, del 1423, que se
conserva en la Biblioteca John Rylands de Manchester, revela una
gran experiencia por parte del maestro artesano. El
perfeccionamiento de la xilografía en el futuro dio vida a
libros manuscritos que intercalaban estampaciones y que serían
el primer y firme paso hacia el libro impreso.
El libro xilográfico apareció en el centro de Europa a partir de
1430. A diferencia de los libros xilográficos chinos, los
europeos adoptaron desde el principio la forma de un códice. En
1430 se ?imprimió? la Biblia pauperum (Biblia de los pobres) al
que sucedieron el Speculum humanae salvatione (Espejo de la
salvación humana), el Apocalipsis, un Ars moriendi (Arte de bien
morir), el Donato, el Cantar de los Cantares y otras obras hasta
rebasar los treinta títulos. Tras la aparición de la imprenta de
tipos móviles se abandonó la técnica xilográfica que exigía que
los textos fueran grabados página a página, aunque se conocen un
par de ellos de finales del siglo XVI impresos en Japón y en
Filipinas.
Estos libros no solían superar las cincuenta páginas y estaban
destinados a personas de escasa cultura. Pretendían difundir
nociones básicas de cultura, gramática o religión. En ellos lo
fundamental eran las imágenes y se ha pensado que podrían haber
sido utilizados por el clero en su labor de enseñanza y
evangelización. El Donato, por ejemplo, es un manual de
gramática que toma el nombre de un célebre gramático que vivió
en Roma alrededor del 350. Escribió una Ars minor y una Ars
maior. La tercera parte de esta última recibía el nombre de
Barbarismus y fue muy estudiada en las escuelas medievales hasta
el punto de que con el nombre de ?Donato? se llegó a designar
cualquier manual de gramática.
La invención de la imprenta
Corresponde a China la invención de la imprenta de tipos móviles
durante el período de la dinastía Song (960-1279). En torno al
año 972 se imprimió un canon budista y en el año 1000 las
historias dinásticas. La expansión de China llevó la difusión
del invento hasta el Turquestán a finales del siglo XIII. El
primer nombre de un impresor conocido corresponde a Pi Sheng
quien diseñó una mesa giratoria donde clasificaba los tipos que
él mismo hacía con arcilla cocida, madera, bronce o estaño. Se
tiene noticia de que, a finales del siglo XIV, Corea ya disponía
de una imprenta de estas características y en 1403 el rey Tai
Tiong ordenó por primera vez que se fundiera en cobre el
alfabeto coreano. Cabe preguntarse si los europeos de mediados
del siglo XV conocían estos adelantos técnicos asiáticos y se
inspiraron en ellos, o si siguieron su propio camino para llegar
al mismo resultado. No hay duda de que comerciantes,
diplomáticos y religiosos habían viajado a Asia ya desde el
siglo XIII, pero se carece de cualquier tipo de documento que
apoye la teoría de que los primeros impresores alemanes conocían
la imprenta china y la adaptaron al alfabeto romano. Por otra
parte, resulta lógico suponer que si hubiera habido una
auténtica conexión entre la imprenta europea y la asiática, su
aparición en Europa se habría producido en la región del
Mediterráneo y no en Alemania.
En el mundo occidental la invención de la imprenta se atribuye a
Johann Gensfleisch de Gutenberg en la ciudad de Maguncia durante
la década de 1440 al 1450. Además de Gutenberg, otros impresores,
en diversos lugares de Europa, habían estado trabajando en un
invento que sustituyera a los amanuenses, un ars scribendi
artificialiter: Castaldi en Feltre (Italia), el xilógrafo
Lorenzo Coster en Harlem (Holanda) o Procopio Waldfogher de
Praga en Aviñón buscaban la solución a la creciente demanda de
libros por parte de las universidades, de los humanistas y de un
público que buscaba entretenimiento y sabiduría a partes iguales
en los libros.
Se desconocen detalles de la vida de Gutenberg tales como la
fecha exacta de su nacimiento en Maguncia, que se sitúa en torno
a 1395-1399. Se carece de datos sobre su formación, aunque se
sabe que nació en el seno de una familia de orfebres. Llegó a
Estrasburgo como refugiado político y, durante su estancia en
dicha ciudad, trabajó en secreto para crear tipos móviles bajo
la protección de la orden benedictina. La reforma de los
benedictinos, agrupados en la Congregación de Bursfeld, imponía
una liturgia unificada, lo que hacía necesario un nuevo libro
litúrgico estándar para todas las casa de la orden. Se conservan
documentos en los que manifiestan la urgencia que sentían por
difundir su liturgia. El nuevo invento vendría, así pues, a
facilitar su difusión.
Se conservan fragmentos de sus primeros trabajos impresos con
una prensa de uvas modificada: un poema alemán, Welgericht a
Sibylen Buch (El Juicio Final, ca. 1445-47), del que se conserva
una sola hoja en el Museo Gutenberg de Maguncia; un Calendario
astronómico (ca. 1445-47), un Donato y algunas bulas papales. En
1450, se inició la producción de impresos tras recibir el apoyo
financiero de Johann Fust, quien vislumbró un buen negocio en el
nuevo invento. De esta fecha, se conservan tres ejemplares del
Misal de Constanza. En 1452, comenzaron los trabajos para la que
es considerada la primera gran obra impresa, la Biblia de 42
líneas, también llamada Biblia mazzarina ya que se encontró un
ejemplar en la biblioteca del cardenal Mazzarino. Parte de esta
primera impresión de la Biblia se hizo sobre pergamino, para
clientes de un mayor poder adquisitivo, y el resto en papel. Se
puso finalmente a la venta, tras un litigio entre Fust y
Gutenberg, en 1456.
Dada la longitud y complejidad de la que tradicionalmente se
considera la primera obra impresa, la Biblia de 42 líneas, es de
suponer que hubo otros ?ensayos? y obras de menor envergadura
que se han perdido, además de los fragmentos que hemos comentado.
Dos años antes, en 1454, se había puesto a la venta una bula de
indulgencias promulgada por Nicolás V para quienes ayudaran a la
guerra contra los turcos. Sólo se conserva un ejemplar
custodiado en la biblioteca de Múnich.
Los impresos de Gutenberg no mencionan su nombre. En la Biblia
no figura su nombre ni la fecha de su composición. Estos
primeros impresos suelen reproducir las características de los
manuscritos: dejan en blanco las iniciales, los títulos y las
ilustraciones para que puedan ser completadas a posteriori y por
la mano de un artesano miniaturista. La última obra que se
atribuye a Gutenberg, una vez rota su relación comercial con
Fust, es el Catholicon de Johannes Balbus en el que un extenso
colofón define por primera vez el arte de imprimir y en el que
figura la fecha, 1460. Ese mismo año se retiró a causa de la
ceguera pero recibió el título de gentilhombre de corte de manos
del elector-arzobispo de Maguncia quien le concedió una pensión
vitalicia. El 3 de febrero de 1468 murió en su ciudad natal.
Peter Schöffer, que había comenzado trabajando para Gutenberg
como fundidor de tipos e impresor, se asoció con Fust y se casó
con su hija. Schöffer tomó las riendas del taller que Gutenberg
había perdido por motivos económicos y sacó su primera
publicación, el Psalterium o Salterio de Maguncia, en 1457. Este
libro aporta grandes novedades: por primera vez se indica de
manera impresa el año de publicación y el lugar; lleva la marca
del impresor; emplea iniciales grabadas en lugar de dejar el
espacio en blanco para completar a mano; se utilizan tintas de
varios colores ya que las iniciales se imprimen en negro, rojo o
azul.
En 1459 salió a la luz, desde el taller de Schöffer y Fust, el
Rationale divinorum officiorum y, al año siguiente, la Biblia de
36 líneas formada por tres volúmenes en folio y de la que se
conservan sólo trece ejemplares. Schöffer y Fust fueron los
primeros en concebir la imprenta como algo más que reproductor
de manuscritos. Quisieron llevar su negocio fuera de los límites
de Maguncia y vender sus obras en París, creando para ello una
red de rutas comerciales para sus libros. Imprimieron el primer
catálogo de ventas que se conoce en 1496 a fin de dar a conocer
su ?fondo editorial?, las librerías donde podían adquirirse y un
muestrario de los tipos usados en su taller. Los impresores se
convirtieron en publicistas de sí mismos y pusieron el nombre de
su casa, la marca de impresor y la dirección del taller en la
misma portada a fin de darse a conocer.
La imprenta nació en un principio no como una revolución en el
mundo de la cultura, sino como un método rápido y barato de
producir ?manuscritos?. La abundancia de libros, con relación a
los manuscritos, siempre más costosos, hizo proliferar los
libros de tamaño medio y pequeño: libros para la devoción y el
estudio, libros de uso y lectura personal. El propio desarrollo
de la imprenta, pero también la legislación que pronto impuso
sus normas, modificó la estructura formal del libro y se
hicieron imprescindibles: la portada, preliminares y colofón.
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Historia del Libro
La difusión de la imprenta
Las luchas políticas que se iniciaron en Maguncia en 1462
culminaron el 28 de octubre con el saqueo e incendio de la
ciudad tomada por el elector-arzobispo Adolfo II de Nassau. El
taller de Fust y Schöffer resultó destruido por el fuego. Gran
parte de la población se vio obligada a huir, y entre ellos
muchos artesanos de la imprenta que hasta entonces habían
guardado celosamente el invento. Antes de esta fecha, únicamente
Estrasburgo y Bamberg disponían de un taller de imprenta propio.
En 1470 la imprenta se había difundido ya por las más
importantes ciudades alemanas.
Anton Koberger fundó en Nuremberg una gran imprenta con más de
cien empleados que manejaban veinticuatro prensas. Sus libros no
sólo eran perfectos tipográficamente sino también obras de arte.
Alberto Durero fue su asesor y trabajó estrechamente con
Koberger en las ilustraciones del Apocalipsis en 1498. Anton Koberger acaparó todas las fases del comercio del libro, desde
la producción en la imprenta, la distribución, exportación y
venta ya que era propietario de librerías en París, Lyón y
Tolouse.
La primera ciudad no alemana que contó con una imprenta es
Subiaco, en Italia, donde se establecen Konrad Sweynheym y
Arnold Pannartz. Bajo el patrocinio del cardenal español Juan de
Torquemada, Swynheym y Pannartz imprimieron un Donato del que no
se conserva ningún ejemplar, De oratione de Cicerón TULIO
(1465), De divinis institutionibus de Lactancio y De civitate
Dei de San Agustín (1467). Fue a instancias del cardenal
Torquemada como los dos impresores alemanes fueron a asentarse
en la pequeña localidad de Subiaco y tras las paredes de este
monasterio del que Torquemada era abad. Ya se ha comentado en
líneas superiores la relación entre ciertas órdenes religiosas y
el nacimiento de la imprenta en Maguncia; esta relación se
repite nuevamente en Italia.
Torquemada fue una figura clave en el establecimiento de la
imprenta en Italia y, asimismo, un gran protector de las letras
en todos los aspectos. Los libros impresos en el monasterio de
Subiaco corresponden a la preocupación humanista de un
eclesiástico del Alto Renacimiento abierto a nuevas ideas y a
las posibilidades de la técnica. Cabe señalar que Swynheym y
Pannartz permanecieron en Subiaco exclusivamente mientras
Torquemada ocupó el cargo de abad de dicho monasterio. Poco más
tarde, Swynheym y Pannartz se establecieron en Roma, no sin
dificultades ya que el gremio de copistas amanuenses estaba
alarmado por el nuevo invento. En Italia existían unos talleres
profesionales de copia de libros que suministraban copias para
bibliotecas particulares, para la Vaticana y para los muchos
estudiosos e intelectuales que se desplazaban a Roma.
El gremio de copistas era fuerte y estaba bien organizado, su
trabajo era de alta calidad y el comercio de libros manuscritos
un negocio pujante. Los primeros impresores que se establecieron
en Roma tuvieron que enfrentarse a la hostilidad del gremio.
Algunos puristas rechazaron los libros impresos como objetos
indignos pero ya en 1470 humanistas y bibliófilos florentinos
recurrieron a libros ?de molde? para sus bibliotecas y sus
estudios. Los libreros que decidieron permanecer fieles al
manuscrito se vieron en serias dificultades económicas como
Vespasiano quien, fiel al manuscrito de alta calidad, se vio
obligado a cerrar su negocio en 1478.
También en Roma se estableció Ulrich Han quien imprimió las
Meditationes del cardenal Torquemada con fecha 31 de diciembre
de 1467, el más antiguo incunable romano. De este modo fue el
cardenal español el primer autor que vio su obra impresa y bajo
su dirección. Los grabados de esta edición reproducen las
pinturas murales de la Iglesia de Santa María sopra Minerva cuyo
claustro había sido construido a expensas de Torquemada. Hoy han
desaparecido los murales de este convento dominico pero, según
las descripciones de la época, en el ángulo inferior de cada
pintura la imagen de un orator se dirigía al espectador-lector
con el texto del correspondiente capítulo de las Meditaciones
constituyendo de esta manera una auténtico ?libro mural? que se
terminó en torno a 1453. Se conservan cuatro ejemplares de la
edición príncipe, en Viena, Nuremberg, Manchester y Madrid. Se reimprimió en dos o tres ocasiones sin grabado y siete ediciones
más con grabados antes de 1499, lo que da muestra de su éxito.
Numerosas obras españolas salen del taller de Ulrich Han, establecido en Roma durante doce años, la Compendiosa Historia
Hispaniae (1470) de Sánchez de Arévalo, la Expositio super
Psalterio (1470) de Torquemada y el Scrutinium Scripturarum
(1471) de Pablo de Santa María. (Véase Humanismo)
En 1469 se estableció la primera imprenta francesa en la Sorbona
con grandes dificultades ya que la Confrérie des Libraires,
Relieurs, Enluminieurs, Ecrivains et Parcheminiers, fundada en
1401, se opuso de manera contundente. Beromünster, una pequeña
localidad cerca de Basilea, fue la primera sede de la imprenta
suiza donde se publicó en 1472 el Speculum vitae humanae de
Sánchez de Arévalo. La primera imprenta polaca se estableció en
Cracovia en 1473 donde se imprimió de nuevo Expositio super
Psalterio de Torquemada. A Holanda y Bélgica llegó en 1473, a
Inglaterra en 1477 de la mano de William Caxton. Pronto, las
ciudades más importantes recibieron el nuevo invento.
Llegado el año 1500, la imprenta ya había conquistado su espacio
en Europa aunque de modo desigual. Estocolmo, Bohemia y Hungría
disponían de imprentas pero el centro y sur de Alemania, el
norte de Italia y el sureste de Francia concentraban a los
mejores y más productivos impresores. Los impresores de la
Península Ibérica procedían en gran parte de Alemania y
aportaron pocas novedades al panorama internacional del libro.
Los Países Bajos se limitaban, en estas primeras décadas, a una
clientela regional y a sus necesidades de libros escolares,
devocionales y novelas en francés o flamenco. Inglaterra
importaba libros desde Francia y sus primeros impresores eran de
origen francés.
La imprenta llegó a España en 1472 de manos de Johann Parix de
Heidelberg, quien instaló el primer taller en Segovia. Allí
imprimió el Sinodal de Aguilafuente, seguramente bajo el
patrocinio del obispo don Juan Arias Dávila quien presidía el
sínodo celebrado los días 1 a 10 de junio de 1472. Se trata de
un volumen de 48 hojas en 4º sin indicación de lugar, nombre del
impresor ni fecha, impreso con tipografía romana bastante
rudimentaria. Los primeros impresos barceloneses y valencianos
demuestran la vinculación al humanismo de origen italiano:
Aristóteles, Cicerón, Salustio, Floro, Perotti, Leonardo Bruni
Aretino, el pseudo-Phalaris, todos ellos en versión latina. Las
únicas excepciones a esta tónica general son Les Trobes
valencianas y la traducción latina del Esopo realizada por
Lorenzo Valla.
Los primeros libros impresos llegados a América son los que
llevó Cristóbal Colón en su primer viaje. Los libros fueron los
inspiradores del proyecto colombino: la Biblia, la Imago Mundi
de Pierre d?Ailly, la Historia Rerum de Eneas Silvio Piccolomini,
futuro Pío II, y posiblemente el Liber de Marco Polo, de
consetuedinibus et conditionibus orientalium regionum que fue
impreso en Amberes en 1485. La carta al "Escrivano de Ración",
Luis de Santángel, fue escrita durante el viaje de retorno de
América. Al llegar a Barcelona, Colón se la entregó al impresor
Pere Posa, pero de la primera edición, en castellano, solo queda
un ejemplar conservado en la New York Public Library.
La primera imprenta llegó a México desde Sevilla en 1539 por
iniciativa de Juan Cromberger a instancias del obispo de
Zumárraga. Ese mismo año salió a la luz la Breve y más
compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana.
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Historia del Libro
Los incunables
Se llama incunables (véase incunable) a los libros impresos
entre la invención de Gutenberg y el 1500. Se trata de una
denominación arbitraria ya que no hubo cambios radicales que
afectaran a los libros impresos tras esa fecha; sin embargo,
sirve para denominar las primeras décadas de producción del
nuevo invento.
Aldo Manuzio inició su actividad editora e impresora a finales
del siglo XV. Introdujo novedades importantes en el mundo
editorial y en la manufactura de los libros. Fue el primero en
editar a los clásicos latinos en formato pequeño para cuya
impresión hubo de crear una tipografía especial que se ha dado
en llamar ?aldina?, consistente en caracteres estrechos e
inclinados hacia la derecha a fin de poder incluir más texto en
cada página. Editó las obras completas de Aristóteles en griego
para lo cual tuvo que perfeccionar la tipografía griega.
Los primeros impresores que trabajaron en España eran alemanes y
ellos dominaron el panorama de la imprenta española hasta el
siglo XVI. Hasta el año 1477 todos los impresores fueron
alemanes que ya han ejercido su labor en Italia o en Francia y
de allí trajeron las tipografías redondas, no góticas como
cabría suponer. Su itinerario por la Península es continuo en
busca de nuevos mercados o una ciudad sin competencia donde
poder establecerse. En sus talleres se formaron los españoles
que comenzaron a trabajar a finales del siglo XV y que fueron
ocupando su lugar en el siglo XVI.
El pionero en España fue Johann Parix quien, tras su corta
estancia en Segovia, se trasladó a Tolouse donde publicó, hacia
1480, la obra del segoviano Rodrigo Sánchez Arévalo, Speculum
vitae humanae, reproduciendo la edición que en 1468 habían
impreso Sweynheym y Pannartz. Tras Johann Parix llegaron otros
impresores a otras ciudades españolas: en Barcelona, Henricus
Botel de Embich, Georgius vom Holtz de Hoeltingen y Johannes
Plank de Halle quizás en 1473; en Valencia, Lambert Palmart de
Colonia posiblemente en 1473; en Zaragoza, Matheus Flander,
1475; en Sevilla, Alfonso del Puerto, Bartolomé Segura y Antonio
Martínez, en 1477; en Tortosa, Pedro Brun de Ginebra y Nicolaus
Spindeler de Zwickau en 1477; en Lérida, Henricus Botel en 1479;
en Montalbán, Juan de Lucena, antes de 1481; en Zamora, Antonio
de Centenera en 1482; en Burgos, Fadrique de Basilea en 1482; en
Guadalajara, Salomo ben Moise Levi Alkabiz en 1482; en Gerona,
hubo un primer impresor desconocido en 1483; en Toledo, Juan
Vázquez posiblemente en 1483; en Tarragona, Nicolaus Spindeler
en 1484; en Huete; Álvaro de Castro en 1484; en Murcia, Alfonso
Fernández de Córdoba en 1484; en Mallorca, Nicolaus Calafat en
1485; en Híjar, Eliese Alantansi en 1485; en Coria, Bartholomeus
de Lila en 1489; en Pamplona, Arnao Guillén de Brocar en torno a
1490; en Mondoñedo, impresor desconocido posiblemente en 1495;
en Granada, Meinardus Ungut y Johannes Pegnitzer de Nuremberg en
1496; en Monterrey, Johann Gherlinc en 1496; en Montserrat,
Johann Luschner en 1499.
Hasta fechas relativamente recientes, Barcelona y Valencia se
disputaban el honor de ser la primera ciudad de la península en
acoger el nuevo invento. La Gramática de Mates, impresa en
Barcelona, indica en su colofón que fue impresa en 1468, pero
los estudiosos del tema consideran que es un error de los
números romanos y lo más probable y lógico es que fuera impresa
en 1488. A continuación, se consideró que el primer libro
español impreso era Les obres e trobes davall scrites les quals
tracten de lahors de la sacratissima Verge Maria, impreso en
Valencia en 1474 por Lambert Palmart. Ésta es, en cualquier caso,
la primera obra poética y la primera en valenciano; es un
volumen de 58 hojas en 4º que se conserva en la Biblioteca
Universitaria de Valencia. También en Valencia imprimió Palmart
una obra de Eiximenis, el Regiment de la cosa pública o el
Crestiá (1484).
Joan Rosembach, uno de los mejores impresores del momento,
inició su producción en Valencia pero la mayor parte de su vida
profesional se desarrolló en Barcelona con breves
desplazamientos a Tarragona y Perpiñán. A su primera etapa en
Barcelona se atribuye el Memorial del pecador remut (ca. 1495),
un tratado ascético escrito entre 1419 y 1424. La Pasión de
Cristo es el tema central de meditación a través de una serie de
visiones alegóricas. Ésta es una edición rarísima en la que no
consta el lugar, el nombre del impresor ni la fecha; sin embargo
la letra, el papel y sobre todo las iniciales son idénticas a
las del Eiximenis del Libre de les dones, impreso por Rosembach
en Barcelona el año de 1495. Continuó trabajando en Barcelona,
tras una breve estancia en Perpiñán, durante el primer tercio
del siglo XVI.
Las imprentas salmantinas fueron de las más importantes del
momento. Resulta lógico pensar que una ciudad eminentemente
universitaria sería un lugar propicio para el establecimiento de
muchos y buenos impresores. Se da el caso curioso de que todos
los impresos omiten el nombre de los impresores aunque sí
indican que el libro está impreso en Salamanca y la fecha. En
dos de las imprentas de la ciudad fueron publicadas la mayor
parte de sus obras. Las dos más conocidas sirven habitualmente
para designar las anónimas imprentas donde fueron publicadas:
las Introductiones Latinae (1481) y la Gramática castellana
(1492), ambas en tipos góticos.
La imprenta del siglo XVI
Al llegar el siglo XVI al menos unos 20.000.000 libros habían
sido ya impresos. La imprenta se difundió de un modo rápido por
toda Europa. Entre 1500 y 1550 se produjo un desarrollo enorme
de la industria editorial. El mercado inicial fue la clase culta,
los lectores de latín, pero ese era un mercado amplio
geográficamente pero muy escaso en número, que se saturó en poco
tiempo. Tanto impresores como libreros necesitaban lograr
beneficios económicos; no se trataba de mecenazgo cultural sino
de una actividad mercantil. El hecho determinante era que los
lectores de latín eran bilingües y dominaban a la vez alguna de
las otras lenguas vernáculas. El mercado de las lenguas
vernáculas era mucho más amplio y estaba aún sin explotar.
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Historia del Libro
A) Los libros y la Reforma protestante
La Reforma protestante le debe mucho al éxito de la imprenta.
Antes de la era de la imprenta, Roma había ganado fácilmente
cualquier batalla contra la herejía porque poseía líneas de
comunicación establecidas de las que los herejes carecían; pero
cuando en 1517 Lutero proclamó sus tesis, lo hizo clavando una
copia impresa en la puerta de la iglesia de Wittnberg. Se habían
impreso en alemán y en 15 días toda Alemania disponía de ellas.
En dos décadas, de 1520 a1540, se imprimieron 3 veces más libros
en alemán que los publicados en el periodo inmediatamente
anterior. Las obras de Lutero representan al menos un tercio de
todo lo publicado en alemán y de todas las ventas entre 1518 y
1525. Fue un gran éxito editorial. De hecho, la discusión sobre
cómo interpretar la Biblia era una de los puntos de fricción
entre católicos y protestantes. Ahí, se enfrentaban dos maneras
de acceso al libro sagrado.
El protestantismo estaba a la ofensiva precisamente porque supo
hacer uso de la expansión del mercado librario en lenguas
vernáculas recién creado y de las posibilidades del grabado.
Lutero encargó a Cranach toda una serie de dibujos obscenos
sobre el Papa. En 1545 se alcanzó el momento más virulento de
propaganda luterana con la publicación de los trabajos de
Cranach, su Representación del Papado (Albbidung des Papsttums),
un álbum de hojas sueltas fuertemente satíricas y demoledoras
para la Iglesia Católica. Durante todo el siglo XVI y parte del
XVII, Europa estuvo inundada de panfletos luteranos, calvinistas
y católicos. El catolicismo intentaba defenderse con la
Contrarreforma y la publicación en latín. El Índice de Libros
Prohibidos del Vaticano o la Inquisición (que no tuvo
contrapartida en el lado protestante) dejan constancia de la
importancia que la difusión del libro tenia en la difusión de
las ideas y creencias.
B) El mercado del libro en España
La Contrarreforma favoreció la publicación en latín pero, a
medida que transcurría el tiempo, se hacía obvio que ese
movimiento estaba en decadencia. La Península Ibérica contó con
un número reducido y disperso de imprentas en el siglo XVI. Las bibliotecas españolas y portuguesas se alimentaron
fundamentalmente de importaciones, de manuscritos en el siglo XV
y de impresos en el XVI. Las imprentas locales se limitaron a
satisfacer la demanda de textos en romance. Las prensas
españolas no podían competir con las obras latinas que se traían
del exterior, de Italia, de Francia y, en menor medida, de
Alemania. Se importaron libros de Teología, Derecho y textos
clásicos que llegaron desde toda Europa al gran mercado de
Medina del Campo y de allí por toda España. Mientras tanto, la
crisis económica que se inició a finales del siglo XVI y perduró
durante todo el XVII, obligó a los impresores a buscar nuevas
formulas de ventas y se sucedieron las ediciones baratas en
vernáculo.
Los impresores se limitaron a reeditar pliegos sueltos, sin
ambición tipográfica alguna, en papel de baja calidad y en busca
de beneficio económico inmediato aunque escaso. Un amplio grupo
de composiciones poéticas nacidas ?para? los pliegos son de tono
satírico, gracioso y burlesco. Estas composiciones son las que
más han sufrido los estragos del tiempo. Sus títulos pueden dar
una idea de los temas preferidos: Romances del marqués de Mantua
y la sentencia de don Carloto, Coplas como una señora no
consentia que su marido tubiese parte con ella sin lumbre,
Cobles dels engans de les dones y Coplas sobre la yda de su
muger de Joa el pobre son sólo una pequeña muestra de la poesía
más leída de la época y más olvidada hoy.
A comienzos del siglo XVI, la preeminencia de los impresores
alemanes se había trasladado a Italia cuyas rutas comerciales
favorecían la incipiente industria del libro. Unos 150 talleres
acogía Venecia y 60 Lyón, mientras que la península Ibérica por
las mismas fechas contaba únicamente con 30 pequeños y dispersos
por toda la geografía peninsular: Barcelona, Burgos, Granada,
Salamanca, Sevilla, Valencia, Lisboa, Toledo, Valladolid y
Zaragoza. Aumentó el número de talleres a lo largo del siglo
pero con escasas ambiciones en términos generales y sin
repercusión en el resto de Europa. Incluso los autores españoles
deseosos de publicar una obra latina preferían recurrir a
impresores asentados en Lyón o París a fin de que la
distribución del libro no quedara reducida a las fronteras
nacionales. El mercado interior era escaso y limitado a las
lenguas vernáculas: libros de devoción, cartillas para leer,
obras de burlas, pliegos sueltos, leyes locales, gramáticas. Con
el tiempo los talleres de Amberes, Lyón, París y Venecia
publicarían de modo creciente títulos en castellano.
En 1561 Madrid se convirtió en sede de la corte de modo
permanente. Hasta entonces, la pequeña villa que era por
entonces Madrid se había abastecido de libros desde Alcalá de
Henares, Toledo, Burgos, Medina del Campo. Hasta 1566 Madrid no
dispuso de imprenta propia. La Corte convirtió a Madrid en
centro cultural y foco de atracción para cuantos buscaban medro.
Más de cien impresores se establecieron en Madrid durante el
siglo XVII. Muchos de ellos fueron efímeros y no publicaron más
que una obra, para desaparecer después del panorama editorial.
Se desconoce el número de libreros de la villa y corte.
En la segunda mitad del siglo XVI, Plantino, desde Flandes,
revoluciona el estilo tipográfico con la publicación de la
Biblia Regia (1568-1572). Ante la demostrada superioridad de
Plantino, Felipe II le encargó la impresión de los textos
litúrgicos revisados según las nuevas normas del Concilio de
Trento. Las prensas españolas no estaban capacitadas para una
empresa de tal magnitud. En las últimas décadas, la decadencia
ya era manifiesta.
En general, se puede afirmar que los textos escritos en lengua
vernácula buscaban más la devoción que la discusión teológica,
que quedaba reservada para el latín, al igual que toda la
liturgia. La devoción a santos locales se fomentaba desde las
altas instancias eclesiásticas. Muchas de estas obras tomaron la
forma de pliego; otras aparecieron en cancioneros elaborados al
calor de los concursos y certámenes literarios. La devoción a
María fue predominante y se conservan muestras literarias en
forma de laudes, milagros, vidas, gozos, horas y coplas. A
continuación, se encuentra el grupo relativo a los santos
milagreros y protectores.
C) Las primeras mujeres impresoras
Ya desde época manuscrita, las mujeres participaron en alguna
medida en los procesos de producción del libro. Algunos
conventos femeninos se habían dedicado a la copia de manuscritos
en una tradición que se extiende hasta el siglo XVII, pese a que
suele considerarse exclusiva de los monjes. Sin embargo, se
conservan algunos códices copiados e iluminados por religiosas
y, tan pronto la imprenta hizo su aparición, las monjas del
convento dominico de San Jacobo Ripoli en Florencia se dedicaron
a la producción de libros a finales del XV, aunque parece ser
que bajo la dirección de un monje.
La primera mujer impresora que recibió reconocimiento público es
la alemana Anna Rügerin de Augsburgo, viuda de Thomas Rüger,
quien, en 1484, produjo Sachenspiegel de Eike von Repgow,
considerado el primer libro impreso por una mujer. Charlotte
Guillard es considerada la primera impresora de importancia en
París. Viuda de dos impresores, Berthold Rembolt y Claude
Chevallon, manejó la dirección del taller y la librería de su
posesión hasta su muerte en 1556. Trabajó en esta profesión
durante 54 años, poseyó su propia marca de imprenta con sus
iniciales, C.G. , en ella y alcanzó gran renombre en su propia
época.
En la Corona de Aragón, la primera mujer de la que tenemos
noticia que entrara en los negocios editoriales fue Francisca
López, viuda de Lope de Roca, quien se asoció con Sebastián de
Escocia y Joan Jofré para alquilar letrería de imprenta, pero no
se conoce ninguna publicación que saliera fruto de esta sociedad.
Hasta bien mediado el siglo XVI no apareció ningún nombre
femenino en el mundo de la imprenta. Hay que tener en cuenta que,
para dirigir una imprenta, se requiere no sólo conocimiento de
las técnicas artesanas de impresión, sino que además hay que
tener un pequeño número de trabajadores bajo su mando, poseer
ciertas habilidades para los negocios y la suficiente cultura y
visión comercial para decidir qué imprimirán.
Es necesario aclarar las circunstancias de la presencia y
actividad de estas mujeres en el ámbito empresarial y no olvidar
que la imprenta era ante todo un negocio. La reconstrucción del
papel de la mujer en el devenir de la historia se basa en
menudencias, pequeños datos y excepciones ya que, al no formar
parte de la vida pública ni del discurso oficial, sus nombres,
sus hechos y logros no suelen ser puestos por escrito. El
especialista se ha de basar en los pocos datos que han llegado
hasta nuestros días. Entre todos ellos, de tarde en tarde, surge
el nombre de una mujer de la que la casualidad quiso que quedara
constancia de su trabajo. El nombre de una esposa o hija que
trabaje en el taller de su marido o padre nunca aparecerá en
ningún documento hasta que éste muera, ya que en el trabajo de
la mujer, al ser ésta parte del patrimonio familiar, no es
necesario ningún tipo de contrato del que haya podido quedar
constancia.
Entre las viudas de impresores, pocas fueron las que utilizaron
su propio nombre en los colofones; lo más habitual era que
figuraran como ?viuda de...?. Seguían apareciendo de cara a la
sociedad ligadas al hombre que les daba entidad. Hasta donde se
sabe, ninguna de ellas contrató aprendizas; sus hijas no
siguieron sus pasos, aunque sí lo hicieron sus hijos; sus
publicaciones, en fin, pretendían buscar un amplio público que
diera beneficios económicos inmediatos. Estas mujeres fueron
excepciones que se movieron en una esfera masculina.
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Español Sin Fronteras
D) Impresores españoles del siglo XVI
Pocos datos son los que se disponen en general sobre los
impresores. En algunos casos son artesanos ligados a la
orfebrería que aprovechan su capacidad de fundir los tipos
personalmente para cambiar de oficio. Nada se suele saber de sus
orígenes o de su formación. Los colofones pueden dar información
de gran interés: nombres de los impresores, fechas y lugares que
dan constancia de los cambios de lugar en busca de un mejor
mercado, de asociaciones que se rompen, pero son escuetos; se
dispone, por otra parte, de una variedad de documentos legales
como testamentos y contratos. Muchos impresores pasaron grandes
dificultades económicas y se conservan documentos de préstamos y
denuncias por impago.
Cuando llegó la imprenta a España hacía ya varios siglos que los
artesanos se organizaban en gremios y cofradías. A diferencia de
otros oficios, nada empujaba a los impresores a entrar en estas
organizaciones ya que el número de impresores en cada ciudad
rara vez superaba dos o tres. En Barcelona, los impresores
fundaron en 1491 la cofradía de San Juan de la Puerta Latina,
pero estaba más orientada a oficios piadosos que a temas
comerciales. Los impresores quedaban fuera de la protección
gremial.
Dentro del mundo de la imprenta fueron muy comunes las familias
que se dedicaron a este oficio durante generaciones, creando un
espacio liminal entre lo público y lo privado, ya que el lugar
de trabajo y la vivienda se confundían, los aprendices eran los
propios hijos que, con los años, sustituyeron a la generación
anterior. La familia Cromberger, de origen alemán y asentada en
Sevilla, monopolizó la imprenta más activa del sur peninsular.
Jacobo Cromberger comenzó siendo oficial en el taller de
Meinardo Ungut y Estanislao Polono. A la muerte de Ungut en
1499, su viuda se casó poco después con Cromberger. Hay que
recordar que, según las normas de los gremios, sólo las viudas
de un maestro que hubiera estado ya en el gremio podían seguir
atendiendo el negocio, y no siempre. Para mantener su derecho al
taller o tienda en caso de segundas nupcias, el nuevo marido
debía tener el mismo oficio que el anterior. Las viudas que
entraban en estas cofradías y gremios estaban sometidas a los
mismos reglamentos y obligaciones, pero no disfrutaban de los
mismos beneficios ni derechos.
Sevilla era, en el siglo XVI, una ciudad muy próspera, puerto de
entrada y salida hacia América. Jacobo Cromberger estableció su
imprenta con una fuerte base económica y le dejó a su hijo Juan
un negocio sin competencia en el Sur. El mayor logro de Juan
Cromberger fue la fundación en 1539 de la primera imprenta en
Ultramar. Fray Juan Zumárraga, obispo de México, solicita su
colaboración para establecer un taller de imprenta en Nueva
España. Tras su muerte, en 1540, su viuda, Brígida Maldonado, se
hizo cargo del negocio y de la imprenta, manteniendo su
prestigio y la calidad de sus impresiones que decayó cuando éste
pasó a manos de su hijo Jacome. Tipográficamente los libros de
la familia Cromberger son conservadores y mantienen los tipos
góticos.
Medina del Campo mantuvo durante todo el siglo XVI dos ferias
anuales en las que se centralizó el comercio de libros. Medina
importó libros ya impresos y papel. Las novedades europeas
llegaron a España a través de los mercaderes y comerciantes que
se reunían en dicha ciudad. Muchas imprentas extranjeras
mantuvieron una librería en Medina que funcionaba a modo de
sucursal de sus trabajos. Un pequeño número de editores controló
la producción y monopolizó el comercio decidiendo qué se
imprimía: Juan de Espinosa, Juan Pedro Museti, Antonio de Urueña,
Adrian Ghermart. Junto a los editores, hubo impresores
importantes como Pierres Tovans, francés, que recorrió diversas
ciudades con su imprenta: Medina, Zaragoza o Salamanca. De sus
prensas salieron libros como La Segunda Comedia de Celestina
(Medina: 1534) de Feliciano de Silva y El Cortesano de
Castiglione (Salamanca: 1540) en la traducción de Boscán.
Valencia fue una de las pocas ciudades españolas que mantuvieron
varios talleres abiertos simultáneamente. A finales del siglo
XV, Joan Jofre se asentó en la ciudad de Turia y allí imprimió
obras en valenciano y en castellano: la Vida de santa Magdalena
en cobles, escrita por Jaume Gassull en 1497 y financiada por
fray Gabriel Pellicer, fue llevada a cabo por Joan Jofre en su
taller, y terminada el 15 de marzo de 1505; traducida del latín
al catalán por Joan Carbonell, la edición más temprana que se
conserva de la Vinguda del Antecrist es la de 1520 salida de los
talleres de Joan Jofre; Contemplació de la vida de Crist de
Vicent Ferrer carece de indicaciones tipográficas, pero se
atribuye a Jofre, y únicamente se conserva un ejemplar en la
biblioteca del Patriarca, aunque se había dado por perdida. Las
obras publicadas por Joan Jofre destacan por su profusión de
grabados.
Otros impresores valencianos fueron Jorge Costilla que trabajó
desde principios del siglo XVI hasta 1531; Francisco Díaz
Romano, nacido en Guadalupe, que imprimió en Valencia hasta el
1541, año en el que se trasladó a su tierra natal; Juan de Oces,
alias Navarro, cuyo nombre aparece en los colofones desde 1532
hasta el 1583. Cabe destacar, entre todos, los impresores
ligados a Valencia a la familia Mey. Joan Mey, natural de
Flandes, se estableció en Valencia en torno a 1535. A partir de
1544 son muchas las obras estampadas por Mey, de gran novedad
tipográfica, pese a lo cual, se vio obligado a emigrar a Murcia
en busca de un mercado más amplio y mejores perspectivas
económicas. Dada su importancia y la calidad de sus
publicaciones, el Jurado de la Ciudad de Valencia le concedió
una paga de quince libras anuales como ayuda para el alquiler de
una casa, que le sería aumentada posteriormente a condición de
que mantuviera una prensa trabajando, pese a lo cual parece que
se trasladó a Alcalá de Henares durante algún tiempo y mantuvo
ambos talleres a la vez; publicó siete libros en las prensas de
Alcalá de Henares en el año 1553 y, ese mismo año, publicó en
Valencia, que se conozcan, siete obras. Joan Mey murió a finales
de 1555 y su viuda se hizo cargo de la imprenta.
Sólo en ese primer año que Jerónima de Gales tuvo el taller a su
cargo, 1556, sacó a la luz cinco libros, todas ellas eran
publicaciones con un mercado asegurado dentro del mundo
humanista y universitario de la ciudad de Valencia. En 1557
salió de las prensas de Jerónima de Gales la Cronica del Rey En
Jaume, ?el modelo más perfecto y magnífico de la tipografía
española del siglo XVI? en palabras de Salvá. Con el escudo de
la Diputación Valenciana, y por tanto a sus expensas, la viuda
de Mey publicó, en 1558, la Chrónica del Rey don Jaume escrita
por Ramón Muntaner. Se puede comprobar que las publicaciones de
Jerónima de Gales son de gran envergadura. No se trata de una
producción mínima para sobrevivir económicamente, sino de
auténtico trabajo profesional de alto nivel. El 19 de junio de
1559 estaba ya casada con Pedro de Huete, pero su nombre no
figuró hasta 1568.
Los colofones siguieron haciendo referencia a la ?casa de Ioan
Mey? y a veces ?Ex officina Ioannis Mey?. En agosto de 1581,
tras la muerte de Huete, se reiteró el apoyo económico a
Jerónima que hizo su reaparición en los colofones bajo el nombre
de ?viuda de Pedro Huete?. Comenzó entonces la colaboración con
su hijo Pedro Patricio Mey, quien la sucedió en el negocio a
partir de 1587. Pedro Patricio continuó su trabajo durante las
primeras décadas del siglo XVII. El otro hijo de Jerónima de
Gales, Felipe, estableció su primera imprenta en Tarragona y,
más tarde, trasladó su imprenta a Valencia hasta su muerte en
1612.
Los impresores de mayor renombre que trabajaron en Barcelona
fueron Joan Rosembach y Carles Amorós. Rosembach, de origen
alemán, inició su labor a finales del siglo XV, pero continuó
trabajando hasta bien entrado el XVI. De sus prensas salió en
1518 El Llibre del Consolat de Mar, primera recopilación de
textos de derecho marítimo que engloba usos y costumbres del
mar, regularizaciones legales de la navegación y el comercio,
con especial atención a la regulación de los contratos marítimos.
Carles Amorós, provenzal, desarrolló su actividad en Barcelona y
durante un corto periodo de tiempo en Perpiñán. De su taller
salió la obra de Pere Tomich, Històries de les conquistes de
Aragó, y la primera edición de Las obras de Boscán y algunas de
Garcilaso de la Vega en 1543. Ese mismo año publicó Les obres de
Ausias March. Un grupo de importancia lo componen las obras de
Derecho que se refieren a la legislación catalano-aragonesa.
Durante el reinado de Carlos V, las Cortes se reunieron con
harta frecuencia formando todo un conjunto de constitucions,
ordenacions y costums relativas al derecho civil que fueron
publicadas por Carles Amorós.
En Alcalá de Henares se publicó, en 1520, la primera Biblia en
la que se combinaban el texto latino de la Vulgata, la versión
griega de los Setenta con la traducción latina interlineal, el
texto hebreo del Antiguo Testamento y la paráfrasis caldea. Todo
ello se completaba a su vez con un ?Vocabularium Hebraicum atque
Chaldaicum? y las ?Introductiones artis Grammatice Hebraice?. El
artífice de esta magna obra en seis volúmenes fue Arnaldo
Guillén de Brocar bajo la dirección del cardenal Francisco
Jiménez de Cisneros cuyo escudo aparece en la portada del tomo I
del Antiguo Testamento.
El diseño tipográfico de la llamada Biblia Políglota Complutense
es de una gran complejidad ya que requiere el trabajo en una
misma página de distintos alfabetos. Parece ser que Cisneros
requirió los servicios de Brocar aconsejado por Antonio Nebrija
para quien había trabajado anteriormente en Logroño. Brocar
fundió nuevos tipos latinos, hebreos y dos alfabetos griegos
diferentes, uno cursivo para el Antiguo Testamento y otro
minúsculo para el Nuevo Testamento. La Biblia tardó tres años en
imprimirse, de 1514 al 1517. La muerte de Cisneros en diciembre
de 1517 retrasó la aprobación papal hasta que Leon X dio su
autorización en 1520.
El sucesor de Guillén de Brocar en las prensas alcalaínas fue su
yerno Miguel de Eguía quien trabajó en esta ciudad de 1523 a
1537. Hombre de gran cultura, su taller se convirtió en el
centro del humanismo erasmista en Alcalá. Los libros salidos de
su taller son muestra de la mejor tipografía humanista. Adornó
las portadas con iniciales y orlas de gusto renacentista. En
1530 fue procesado y encarcelado por la Inquisición por sus
ideas erasmistas. Tras su absolución a fines del 1533 se
trasladó a Estela, su ciudad natal, donde siguió trabajando
hasta su muerte. Juan de Brocar, hijo de Guillén de Brocar, le
sustituyó al frente de la imprenta en Alcalá (1538-1552) y
mantuvo el nivel de calidad de su padre y cuñado.
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La Historia del Libro
E) El ideal de una biblioteca universal
La imprenta posibilitó la creación de grandes bibliotecas.
Fernando Colón (1488-1539) se erigió como el primer gran
bibliógrafo de la España moderna. Su biblioteca fue la primera
biblioteca europea renacentista creada tras la expansión de la
imprenta y nació precisamente con el objetivo de la totalidad.
Durante tres décadas, el hijo de Cristóbal Colón se dedicó
personalmente a buscar los libros, a escogerlos y catalogarlos,
siguiendo un sistema innovador para el periodo que él mismo ideó,
y a reunirlos en un edificio construido ex-profeso que abrigaría
no sólo su biblioteca sino también sus otras colecciones. Su
intención, manifestada a Carlos V era que ?con el tiempo verná
esta Libreria no solo a tener todos los libros que se pudieren aver; pero todo los que en ellos ay estara en otros Libros
reducido a orden alfabético segun es dicho, a efecto que
fácilmente cada qual sea instruido de lo que saber quisiere.?
Llegó a poseer más de 15.000 títulos catalogados, aunque muchos
de ellos son piezas muy pequeñas, pliegos sueltos. Sus viajes
por Europa, acompañando a la Corte de Carlos V, le dieron la
oportunidad de recorrer librerías e imprentas de toda Europa. En
torno a 1516 maduró en él la idea de crear una magnífica
biblioteca y comenzó entonces la transcripción de los fondos en
los primeros catálogos o repertorios, absolutamente novedosos en
la época. Para su confección, a cada libro le era asignado un
número por orden de registro, aparentemente no había ningún
intento de clasificación por autor, título o tema. La inclusión
del íncipit en su catálogo muestra su minuciosidad en el sistema biblioteconómico que ideó. De esta manera, se evitaba comprar el
mismo texto reeditado con distinta portada, como advierte uno de
sus ayudantes, Juan Pérez, quien relató una anécdota ocurrida a
Colón ilustrativa de la picaresca de impresores y libreros:
?ansí le acaeçió a mi señor don Hernando Colón que, andando a
buscar estos libros, unos libreros le querían vender un libro de
Derechos que era de Juan Andrés por otro, y él miró el prinçipio
y vido que era de Juan Andrés y díxoselo al librero el cual dixo
que era verdad y aun le suplicó que no lo dixese porque no lo
vendería si tal se supiese [...]?
Hacia 1521 tenía registrados 5.881 volúmenes pero la pérdida en
un naufragio, en aquel mismo año, de todos los libros
conseguidos en Italia, del número 925 al 2.562, desbarató toda
la estructura del catálogo y Colón prefirió empezar de nuevo. El
concepto del nuevo sistema permaneció igual, pero con
significantes mejoras en la calidad y extensión de las
descripciones, así como los números que establecían
correspondencias con los otros repertorios, con las guías
temáticas y con los íncipits. Se sigue basando en el orden
cronológico de compra para la numeración y reflejando fechas y
lugares de adquisición.
Un contemporáneo de Colón, en Francia, Jean Grolier (1479-1565),
dispuso de una biblioteca de unos 3.000 ejemplares; en la
segunda mitad del siglo el bibliófilo francés Jacques Auguste de
Thou (1553-1617) llegó a poseer unos 6.000 libros y sus
herederos alcanzaron la cifra de 13.000 en torno al año 1679; en
Alemania el banquero Hans Jakob Fugger (1516-1575) contó con una
biblioteca de unos 7.000 volúmenes que vendió en 1571; en
Inglaterra la biblioteca del Baron John Lumley (1534-1609) llegó
a alcanzar los 3.000 volúmenes.
La imprenta en el siglo XVII
La decadencia en el arte de imprimir es patente no solo en
España, sino en toda Europa ya desde los últimos decenios del
siglo XVI. Únicamente los Países Bajos consiguieron mantener su
nivel de calidad gracias a la labor llevada a cabo por la
familia Plantino. La imprenta Plantin-Moretus fue fundada en
1555 por Cristóbal Plantin, un emigrante francés recién llegado
a Amberes quien antes había sido encuadernador. Pronto logró el
favor de Felipe II por la perfección de sus impresiones y,
gracias al patronato real, dispuso de una situación privilegiada.
La Corona Española confiaba a la imprenta Plantino, establecida
en Amberes, los trabajos de mayor envergadura y responsabilidad.
Felipe II encargó a Cristóbal Plantino, el iniciador de la saga,
la publicación de la Biblia Políglota Regia y la impresión de
los libros litúrgicos para todos los territorios dependientes de
la Corona. Dicho privilegio siguió vigente hasta bien entrado el
siglo XVIII, 1764.
Tras la muerte de Cristóbal Plantin, las prensas continuaron
trabajando bajo la dirección de su yerno, Jean Moretus, y sus
descendientes hasta la segunda mitad del siglo XIX. El
ayuntamiento de Amberes compró el edificio, las prensas, los
tipos, las herramientas, los libros de cuentas y los fondos
editoriales que la casa había reunido a lo largo de trescientos
años, y lo convirtió en el Museo Plantin-Moretus. A finales del
siglo XVI, se abrió la imprenta de la familia Elzevier,
Elceviros en la versión españolizada de su nombre. Se
especializaron en libros de pequeño formato y en la creación de
un nuevo tipo de letra itálica. Dispusieron de diversos
establecimientos abiertos en ciudades holandesas hasta
principios del siglo XVIII.
Las novedades de la imprenta francesa, parisina, fueron imitadas
por otros países europeos. El número de impresores asentados en
París permitió el establecimiento de gremios que regularan la
producción y que protegieran a sus miembros. Los profesionales
del libro establecieron unas normas que les beneficiaran y
evitaran las injerencias. Por otra parte, crearon un nuevo modo
de comunicación, la Gazette de France. Esta publicación
periódica, aparecida en 1631, supone el inicio de la actividad
periodística (véase Periodismo).
Las imprentas españolas son muy modestas y el afán de la mayoría
es subsistir. La producción es de carácter local con una clara
preferencia por las obras escritas en lengua vernácula y por
escritores españoles. Los libros impresos en latín se importan
del extranjero, y los textos litúrgicos oficiales están al cargo
de la imprenta de Plantin. La pragmática de 1558 siguió rigiendo
la forma externa del libro. Eran imprescindibles las licencias
de publicación civil y religiosa, el privilegio, la fe de
erratas, la tasa. A todos estos requisitos de tipo burocrático
se añadieron pequeñas piezas literarias, dedicatorias en verso o
en prosa, poemas en alabanza del autor, prólogo. Perduró el
colofón. Se hicieron frecuentes los índices y tablas de
capítulos y materias. La portada centró la exuberante decoración
de gusto barroco: títulos larguísimos, escudos, orlas, emblemas,
juego tipográfico.
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Historia del Libro
Impresores y editores del siglo XVII.
Más de cien impresores trabajaron en Madrid durante este siglo.
Luis Sánchez fue uno de los impresores de formación humanística
que a principios del siglo dieron muestra de su saber hacer. Su
padre había sido impresor, Francisco Sánchez, y con él aprendió
el oficio. Destacó por su esmerado cuidado en todas las fases de
impresión, desde la selección del papel, transcripción sin
erratas y fiel al original, composición tipográfica sin tacha en
la que juega con redondas e itálicas, adornos de orlas y
grabados lujosísimos en algunas de sus obras. Su edición de los
Proverbios morales de Sebastián de Covarrubias y Orozco está
ilustrada con 300 xilografías. Con frecuencia escribía versos
laudatorios en latín para las obras que publicaba.
Juan de la Cuesta fue el impresor que tuvo la fortuna de
publicar la edición príncipe de la primera parte de El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha, en 1605, costeada por el
librero Francisco Robles, habitual colaborador de Cuesta. La
edición salió llena de erratas y confusiones que no se
subsanaron en las otras dos ediciones que sacó ese mismo año.
Juan de la Cuesta imprimió otras muchas obras de Cervantes, Las
Novelas ejemplares, en 1613; La Segunda Parte del Quijote, en
1615, y Los trabajos de Persiles y Segismunda, en 1617. No
obstante, su calidad tipográfica es inferior a la de Luis
Sánchez.
En Valencia continuó la saga de la familia Mey. Pedro Patricio
Mey, que se había iniciado con su madre Jerónima de Gales, la
sucedió en el negocio cuando ella murió en 1587. En 1605
imprimió dos ediciones de la primera parte del Quijote y en 1616
la segunda edición de la segunda parte. El otro hijo de Jerónima
de Gales y Joan Mey fue Felipe, catedrático de Prosodia, Griego
y Retórica en la Universidad. Estableció su primera imprenta en
Tarragona bajo la protección del arzobispo de la ciudad, Antonio
Agustín, y a la muerte de éste, trasladó su imprenta a Valencia.
Tras su muerte en 1612, uno de sus hijos, Francisco Felipe Mey,
siguió trabajando en la imprenta y firmó con el mismo nombre que
su padre, por lo que se han producido confusiones en la
atribución de algunas obras.
La dinastía Guasp se inició en Palma de Mallorca en 1579 y
perduró hasta mediado el siglo XX, generación tras generación.
El fundador de la saga fue Gabriel Guasp Miquel, impresor,
editor y librero. Se preocupó de buscar colaboradores en los
aspectos artísticos de alta calidad: Antonio Bodoy y Francisco
Roselló tenían a su cargo las orlas, cabeceras, iniciales y
remates de sus cuidadas obras. Su hermano Pedro le sustituyó en
1649 hasta su muerte, momento en el que su viuda, Margarita, se
hizo cargo del taller.
Pamplona contó con unos veinte talleres abiertos a lo largo del
siglo XVII. Dos nombres destacan entre todos ellos por la
calidad de sus trabajos: la familia Labayen y Nicolás de Asiaín.
Carlos Labayen se estableció en Pamplona en 1607 e,
inmediatamente, le designaron ?impresor de la ciudad y Reino de
Navarra?. Entre sus mayores aciertos consta la primera edición
de las Noches de invierno (1609) de Antonio de Eslava; dos obras
históricas de Fr. Prudencio de Sandoval, Historia del Emperador
Carlos V (1614) y la Historia de los Reyes de Castilla y León
(1614). Editó cuatro obras de Quevedo y algunos de sus trabajos
de traducción como el Rómulo de Virgilio Malvezzi en 1632, ya
con el pie de imprenta de su viuda.
Nicolás de Asiaín fue impresor y mercader de libros durante poco
más de una década, pero sus libros destacan dentro del panorama
general por la calidad de su papel y la excelente tipografía.
Destacan las dos impresiones de las Novelas ejemplares de
Cervantes (1614 y 1615) y Los trabajos de Persiles y Sigismunda
(1617) además de una colección de comedias de Lope de Vega. Pese
a la crisis económica y su reflejo en el mundo libresco, se
conservan tratados de la segunda mitad del XVI y del XVII que
teorizan sobre la necesidad de fundar bibliotecas, su
disposición y orden; entre ellos, contamos con Conrad Gesner,
Antonio Possevino, Diego de Arce, Francisco de Araoz, Juan
Bautista de Cardona, Juan Páez de Castro, Claudio Clemente, De
la Croix du Maine, Antonio Agustín, Justo Lipsio y Benito Arias
Montano.
La imprenta en el siglo XVIII
La crisis que afectó a la industria del libro a lo largo del
siglo XVII se superó, y el siglo de la Ilustración supuso un
renacer de las artes ligadas al mundo del libro. Las
encuadernaciones se enriquecieron y simplificaron a un mismo
tiempo; las portadas prescindieron de toda ornamentación inútil;
mejoró la calidad del papel, de la tinta y de los tipos. El
tamaño de los libros se redujo a fin de hacerlos más cómodos al
lector y más fáciles de trasladar. Estas nuevas dimensiones
favorecieron el uso de viñetas como medio de ilustración. Las
grandes orlas y frontispicios barrocos se redujeron o
desaparecieron frente a las viñetas que ocupaban gran parte del
espacio.
Los libros no acotaron su espacio al mundo universitario ni al
eclesiástico como en siglos anteriores. La cultura se secularizó
y proliferaron las academias, los salones de casas nobles, las
tertulias de cafés y boticas. Los editores e impresores buscaron
el agrado de este nuevo público que demandaba un tipo de libro
diferente. En España surgieron centros de enseñanza ajenos a la
Iglesia y nacidos con un nuevo espíritu científico como el Real
Seminario de Vergara o el Instituto Asturiano de Gijón; las
Sociedades de Amigos del País, con sedes en diversos puntos de
la península que fundaron escuelas de primaria, concedieron
becas para ampliar estudios en el extranjero e intentaron
mejorar la industria, la ganadería y la agricultura. Nacieron
las Academias de la Historia, de la Lengua Española, la Academia
del Buen Gusto, las de las Buenas Letras de Barcelona y de
Sevilla. Descendieron las impresiones en latín a favor de las
lenguas vernáculas, lo que tuvo la ventaja de estimular el
comercio interior, aunque aumentó las barreras para la
circulación de ideas en Europa.
El inicio del siglo prolongó la decadencia de la tipografía que
se venía arrastrando desde el siglo XVII. Uno de los problemas
que se vieron obligados a enfrentar fue la concesión hecha en
tiempos de Felipe II a las imprentas de Amberes para imprimir
todos los misales y libros de rezo oficiales. Una vez que el
Tratado de Utrecht había separado definitivamente a los Países
Bajos de la Corona Española, los impresores españoles iniciaron
los trámites para devolver a las prensas españolas los encargos
eclesiásticos, con la oposición de los jerónimos de El Escorial
que no deseaban renunciar a su monopolio de venta. Antonio
Bordázar de Artazu envió al rey Felipe V su obra Plantificación
de la imprenta de el rezo sagrado (1732).
Bordázar demostraba que las imprentas españolas estaban
capacitadas para asumir un encargo de tanta responsabilidad,
incluía un muestrario de los diversos tipos que podían
utilizarse y un estudio económico de los gastos de instalación y
producción. José de Orga, discípulo de Bordázar, continuó su
empeño y se dirigió a Fernando VI pidiendo autorización para
montar una imprenta en Madrid que imprimiera estos libros.
Finalmente, durante el reinado de Carlos III se anuló el encargo
de imprimir los libros eclesiásticos a la casa Plantin-Moretus
de Amberes.
El sistema de trabajo y de comercio cambió. Hermandades y
gremios se unieron buscando hacer frente a la competencia de las
imprentas extranjeras. En 1758 se creó la Compañía de Mercaderes
de Libros, que Carlos III aprobó y apoyó; sus encargos
reactivaron la industria librera y proporcionaron trabajo a
impresores, correctores, encuadernadores, grabadores y libreros.
Se eximió del servicio militar a impresores, fundidores de
letras, abridores de matrices y otros oficios ligados a la
industria del libro. En 1762 Carlos III abolió el precio
obligatorio que hasta entonces se aplicaba sólo a los libros
españoles y no a los extranjeros, favoreciendo la libre
competencia. Se mantuvo la tasa obligatoria para cartillas y
libros de instrucción.
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Historia del Libro
Impresores y editores del siglo XVIII
Joaquín Ibarra fue uno de los nombres propios de mayor
importancia del siglo XVIII. Nacido en Zaragoza, se trasladó a
Cervera, Lérida, cuando contaba sólo diez años, al ser nombrado
su hermano impresor de la Universidad. Más tarde, se trasladó a
Madrid para trabajar en el taller de su tío Manuel Marín y fue
en esta ciudad donde abrió su primera imprenta. Llegó a disponer
de cien operarios que dirigía personalmente corrigiendo pruebas,
revisando el trabajo y buscando soluciones y mejoras constantes.
El taller siguió en funcionamiento tras su muerte, bajo las
órdenes de su viuda primero, de sus hijos y nietos más tarde,
hasta el cierre definitivo en 1836.
La preparación humanística que Ibarra recibió aún muy joven en
la universidad de Cervera contribuyó al éxito de sus
publicaciones, siempre de una excelente calidad. Cuidó la
estética de sus producciones hasta en los mínimos detalles,
evitando las huellas de impresión, estableciendo una medida
normalizada para la longitud de las líneas, empleando papel y
tinta de buena calidad y en la cantidad necesaria. Modernizó la
ortografía suprimiendo la s larga en forma de f o la v por u.
Disfrutó del reconocimiento de los hombres de letras de su
tiempo, tanto españoles como extranjeros. Fue impresor del
Supremo Consejo de Indias, del Ayuntamiento de Madrid, del
arzobispo de Toledo, de la Academia de la Lengua Española y de
Carlos III, quien le visitaba personalmente en su taller.
Entre las obras más logradas de Ibarra destacó la edición
bilingüe de La Conjuración de Catilina y la Guerra de Jugurta
(1772) traducidas por el infante Gabriel Antonio, el segundo de
los hijos de Carlos III. La traducción del infante está en
cursiva y al pie de la página, en dos columnas, figura el texto
latino en letra redonda de cuerpo inferior. Se hizo una tirada
de 120 ejemplares para miembros de la familia real,
personalidades e instituciones. Las ilustraciones fueron
dibujadas por el pintor de cámara Mariano Maella y grabadas por
Manuel Salvador Carmona; los caracteres fueron fundidos, ex
profeso para esta edición, por Antonio Espinosa; Francisco Pérez
Bayer añadió un epílogo sobre el idioma de los fenicios.
La Academia de la Lengua encargó a la prensa Ibarra una edición
especial del Quijote. La obra salió a la luz en 1780, en cuatro
volúmenes y cumpliendo todos los requisitos que la Academia
había acordado en sus actas: respeto al texto original,
presentación lujosa en papel de marquina y los mejores
ilustradores posibles. Los artistas encargados fueron los
profesores de la Academia de San Fernando, quienes se
documentaron en los trajes y armaduras de la época. Se fundió
nueva letrería para la ocasión en el taller de Jerónimo Gil; el
papel se encargó al catalán José Florens; de la encuadernación
se hizo responsable Antonio Sancha.
Bibliófilos del siglo XVIII
Hasta finales del siglo XVIII los incunables permanecieron
olvidados en conventos y monasterios sin que despertaran el
interés de críticos y estudiosos. La Typografia española o
historia de la introducción, propagación y progresos de arte de
la imprenta en España (1796), del Padre Méndez, fue el primer
trabajo en España que se ocupó de estudiar la primera época de
la imprenta. Es un estudio aún válido hoy día y en su momento
fue la piedra de toque para que algunos eruditos enfocaran su
atención y sus trabajos a un tema que se les brindaba nuevo y
lleno de posibilidades. Los estudios de Nicolás Antonio se
publicaron en el taller de Ibarra bajo el título Bibliotheca
Hispana Vetus en1783. El segundo tomo de esta magna obra,
Bibliotheca Hispana Nova, se publicó en 1788, una vez que su
viuda se había hecho cargo de la imprenta.
Antonio Sancha es el otro gran impresor español del siglo XVIII.
Nació en Torija, Guadalajara, en 1720 en una familia de
labradores acomodados y se trasladó a Madrid de joven para
aprender el oficio de encuadernador. Trabajó en casi todos los
oficios ligados al libro: impresión, edición, encuadernación y
librería. El papel de hilo utilizado en sus ediciones resulta de
una gran elegancia, reforzada por la amplitud de márgenes. Sus
publicaciones no se limitaban al aspecto comercial del negocio
sino que eran fruto de la labor de un ilustrado: buscaba
facilitar el estudio de los grandes escritores, proporcionar
antologías comentadas, ediciones correctas de obras inéditas o
poco conocidas, el desarrollo de la educación, etc.
Sancha participó como editor del Parnaso español. Colección de
poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos, de los
cuales Ibarra imprimió los cinco primeros tomos y el propio
Sancha los cuatro últimos. Para completar esta obra Tomás
Antonio Sánchez preparó la Colección de poesías castellanas
anteriores al siglo XV (1779-1790) en cuatro tomos. En esta
colección se publicó por primera vez el Mio Cid, las obras de
Gonzalo de Berceo, el Libro de Alexandre y el Libro de Buen
Amor. Hay que añadir, a éstos, las colecciones de clásicos
españoles que inauguró con 21 tomos dedicados a Lope de Vega
(1776-1779), 11 con las obras de Cervantes (1781-1797) y otras
tantas con las de Quevedo (1790-1794).
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Historia del Libro
Las bibliotecas ilustradas
A su llegada a España, los Borbones prestaron una gran atención
a la organización de bibliotecas públicas, la creación de nuevos
centros y la protección de los ya existentes. Destaca la
biblioteca del British Museum que llegó a ser la primera del
mundo por la cantidad y calidad de sus fondos provenientes de
todas las partes del mundo gracias a su carácter de metrópoli de
un gran imperio. En Italia se abrió en 1747 la biblioteca de
Florencia, con los fondos donados por Antonio Magliabechi, y la
biblioteca Braidense de Milán, fundada gracias a la emperatriz
María Teresa de Austria. Se iniciaron las colecciones de
bibliotecas universitarias estadounidenses como las de Yale,
Princenton y King´s College.
En España, la Real Biblioteca pasó a ser de uso público por el
decreto de 2 de enero de 1716. La expulsión de los jesuitas en
1767 trajo consigo la desaparición de sus bibliotecas que se
dispersaron en subastas y saldos. Algunos pasaron a las
bibliotecas universitarias, pero otros muchos salieron de España
y pasaron a enriquecer colecciones extranjeras. La elite
ilustrada pretendía posibilitar la lectura de un espectro más
amplio de la población y facilitar el acceso a los libros.
Algunos nobles y órdenes religiosas abrieron sus bibliotecas a
los estudiosos. Las Sociedades Económicas de Amigos de País
abrieron pequeñas bibliotecas encaminadas a fomentar el gusto
por la lectura y elevar el nivel cultural de la población.
La imprenta en el siglo XIX
A lo largo del siglo XIX el libro dejó de ser exclusivo de una
minoría. Un sector cada vez más amplio de la sociedad tuvo
acceso a los libros, que aumentaron sus tiradas. La
industrialización tuvo mucho que ver en ello, junto con las
revoluciones que ?democratizaban? el poder y la cultura. Por una
parte, la emigración rural ocasionó el aumento demográfico de
las ciudades que se convirtieron en receptores de las novedades
editoriales mientras los pueblos quedaban desasistidos; por
otra, la fabricación del papel a máquina y el uso de la pasta de
madera en lugar de trapos para la fabricación del papel,
permitió el aumento de la producción y el abaratamiento del
precio. Desde la invención de la imprenta apenas se había
modificado el modo de producción.
Cada hoja de papel se fabricaba a mano y cada una de ellas
pasaba por la prensa que accionaba un obrero. Se hacía a mano la
composición tipográfica y la recolocación de cada letra a su
cajetín una vez utilizada. En 1798 Nicolás Louis Robert inventó
una nueva máquina para la fabricación del papel que permitía
aumentar la producción hasta los 1.000 kilos diarios, en lugar
de los 100 que se conseguían por el procedimiento tradicional.
Otro de los avances en la fabricación del papel fue la
sustitución de los trapos por pasta de madera.
Se sucedieron diversos intentos de mecanización del proceso de
imprimir que permitieran responder a la creciente demanda y a la
prensa cada vez más habitual. El primer avance se debió al conde
inglés Stanhope cuyo ingenio mecánico podía imprimir 250 hojas a
la hora. Era una rotativa muy primitiva pero permitió imprimir
The Times los primeros años del siglo XIX (véase tipografía). La
primera máquina totalmente automática fue la ideada por el
alemán asentado en Londres Friederich Koenig (1774-1843).
Construyó una máquina movida por vapor que sólo necesitaba
asistencia del hombre para introducir la hoja en blanco y
retirar la impresa. La producción lograba alcanzar las 800 hojas
a la hora. La rotativa fue creada definitivamente por Hipólito
Marioni, quien en 1872 construyó la primera rotativa que
empleaba bobinas de papel continuo para el periódico La Liberté.
La estereotipia permitía imprimir una segunda edición de un
libro sin necesidad de volver a componer la obra letra por
letra. Se intentó utilizar planchas metálicas pero el cartón se
mostró como un material más adecuado. A finales del siglo la
linotipia permitía que se acelerara la impresión. Su inventor,
un relojero alemán, Ottmar Mergenthaler, emigró a Estados Unidos
y allí su linotipia fue empleada por primera vez por el
periódico New York Tribune en 1886.
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Historia del Libro
Impresores y editores del siglo XIX
Los editores alemanes tuvieron una gran influencia en este
siglo. El taller de la familia Tauchnitz se estableció en
Leipzig y comenzó publicando ediciones baratas de clásicos
greco-latinos y de autores ingleses. El fundador de la saga,
Karl Tauchnitz, publicó ediciones de la Biblia y del Corán para
lo cual fundió en su taller tipos hebreos y árabes. Durante el
siglo XIX continuaron su trabajo en España las grandes imprentas
del XVIII como la Imprenta Real que servía a las necesidades de
la Corona y la administración, además de ocuparse de obras por
encargo y otras de mayor envergadura. Los talleres de Ibarra y
Sancha permanecieron abiertos y en plena actividad bajo la
dirección de sus herederos. A Antonio Sancha le sucedió su hijo
Gabriel, y más tarde su nieto Indalecio.
Fernando Roig fundó en Madrid una editorial en colaboración con
José Gaspar. Su Biblioteca Ilustrada puso a disposición de un
público amplio obras literarias e históricas que pasaron a
enriquecer bibliotecas privadas. Iniciaban todos los libros con
un grabado de incitación a la lectura: alusión a las Bellas
Artes, a la imprenta, un jardín con damas y caballeros leyendo.
Entre los autores publicados destacan Ercilla, Antonio Solís,
Mesonero Romanos, Víctor Hugo, Chateaubriand, Washington Irving,
Walter Scott.
La figura del editor se consolidó durante el siglo XIX. El
editor era el encargado de escoger las obras, firmar los
contratos, diseñar el formato y las ilustraciones y financiar la
edición. Manuel de Rivadeneyra se destacó como el más importante
editor del siglo. Trabajó en la imprenta de Bergnes en Barcelona
tras lo cual se fue a Chile donde fundó dos imprentas que le
dieron el dinero suficiente para volver a España e iniciar su
proyecto de la Biblioteca de Autores Españoles en 70 volúmenes
bajo la dirección de Buenaventura Carlos Aribau. Su intención
era poner a disposición de los lectores los grandes escritores
españoles. La editorial más importante de finales del siglo fue
la de Saturnino Calleja, que empezó a trabajar en 1876. Su fama
se debe a las colecciones de cuentos infantiles que perpetuaron
sus herederos quienes confiaron la dirección de la editorial a
Juan Ramón Jiménez.
El folletín
A principios del siglo XIX surgió en el panorama francés el
?folletín?, que llevaba consigo la aparición de un nuevo género
literario denominado folletinesco. En ocasiones, el folletín se
publicaba en la parte inferior de alguna publicación periódica
de modo que pudiera recortarse y coleccionarse hasta completar
la novela. El desarrollo de la industria editorial que se había
alcanzado a mediados del siglo XIX favoreció la búsqueda de
nuevos mercados de ventas. Madrid disponía de 184 imprentas y
Barcelona, 41, tras ellas Valencia, Cádiz, Zaragoza, Sevilla,
etc. Los editores necesitaban encontrar un nuevo público lector
que comprara de manera regular aunque fuera a muy bajo precio.
La venta por ?entregas? suponía la compra de cuadernillos que
correspondían a capítulos de la novela que debían coleccionarse.
La clase popular y pequeño-burguesa accedieron de este modo a la
lectura sin la necesidad de invertir demasiado dinero y entraron
en el circuito comercial del libro. Las mujeres fueron el
público más fiel de estas eternas historias que se fragmentaban
semana a semana. El folletín o novela por entregas fue el
sustento de muchos escritores españoles y enriqueció a muchos
editores.
Autores de primera fila se dedicaron a escribir novelas de
folletín como modo de vida: François-René Chateaubriand, Honoré
de Balzac, Eugène Sué, Charles Baudelaire, Alejandro Dumas,
Theophile Gautier, George Sand, Victor Hugo, Emile Zola y otros
muchos. La moda folletinesca llegó a España, a Alemania,
Inglaterra y Estados Unidos. En España se hicieron muy populares
autores como Wenceslao Ayguals de Izco, Manuel Fernández y
González, Torcuato Tárrega y Mateos, Julio Nombela, Florencio
Luis Parreño y otros muchos que han quedado olvidados en la
actualidad. Es obligado distinguir entre aquellos que escribían
su obra y la publicaban por entregas, y aquellos otros que
escribían por entregas. Los grandes especialistas del género
folletinesco firmaban un contrato con el editor por el que se
comprometían a entregar un cierto número de páginas cada semana.
El sueldo que recibían era muy alto para la época y por ello
hubo escritores por entregas que dictaban sus obras a
taquígrafos, que componían varias obras a la vez, que
reelaboraban la misma historia una y otra vez.
El papel de los folletines era de mala calidad. En ocasiones,
las primeras entregas eran más cuidadas en su aspecto externo e
iban empeorando cuando ya tenían a su público asegurado. Los
tipos de imprenta eran excesivamente grandes. Cada página tenía
de 20 a 25 líneas, dos columnas, grandes títulos y subtítulos en
un esfuerzo constante de ocupar más y más páginas. La forma
folletinesca condicionaba el modo de escritura: el lenguaje
había de ser fácil y efectista; los diálogos largos, formados
por intervenciones cortísimas en las que los personajes se
intercambiaban simples saludos y exclamaciones; los personajes
ya conocidos se dividían claramente entre buenos y malos.
Bibliófilos del siglo XIX
El siglo XIX, concretamente a partir de la Desamortización de
Mendizábal, fue una época feliz para los bibliófilos que
pudieron conseguir grandes lotes de libros a precios de saldo.
El mercado estaba rebosante de libros antiguos españoles y
muchos llegaron a las librerías británicas para enriquecer
colecciones extranjeras. Por otra parte, fue este aluvión de
nuestros mejores libros lo que ocasionó que brillantes
estudiosos ingleses se interesaran por la literatura española,
iniciándose así la tradición de grandes hispanistas británicos y
anglosajones en general que dura hasta la fecha.
Mientras tanto, en España, Gallardo, Salvá, Asensio, Aguiló y
Gutiérrez del Caño entre otros, publicaban artículos haciendo
resaltar el valor del incunable dentro de nuestras propias
fronteras. El Ensayo de un catálogo de impresores españoles
desde la introducción de la imprenta hasta finales del siglo
XVIII, de Marcelino Gutiérrez del Caño, contabiliza 711
impresores. El Diccionario de las Imprentas que han existido en
Valencia (Valencia: F. Domenech, 1898-99) de Serrano y Morales
reseña por orden alfabético las imprentas de Valencia desde su
establecimiento hasta 1868. Es una obra fundamental para la
historia de la imprenta en Valencia. Serrano y Morales escudriñó
de manera atenta los impresores y las obras salidas de la ciudad
del Turia de manera tan meticulosa que sigue siendo de gran
utilidad para el investigador actual.
Todos estos estudios sentaron las bases necesarias para que, a
finales del siglo XIX, un filólogo alemán, Konrad Haebler,
pudiera publicar la Bibliografía ibérica del siglo XV apoyándose
en nuevos métodos científicos y sistemáticos. Esta obra supuso
un hito para los estudios sobre las imprentas y los incunables.
Al calor de la obra de Haebler surgen a lo largo del siglo XX,
estudios y monografías como las de Sanpere y Miquel, Tremoyeres,
Miquel y Planas, Lambert o Millares Carlo. Al mismo tiempo, los
organismos oficiales comenzaron a interesarse en la catalogación
de sus bibliotecas más importantes.
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Historia del Libro
La imprenta en el siglo XX
Cambios técnicos
Durante la primera mitad de siglo XX, siguió avanzando la
mecanización en los procesos de producción del libro, pero a
medida que avanza el siglo la electrónica sustituye a la
mecánica. Aparecen nuevos procedimientos de impresión como el
heliograbado, el huecograbado y el "offset". La composición
mecánica o linotipia ha desaparecido en favor de la
fotocomposición. Su rendimiento alcanza los 20.000 signos a la
hora y para su uso no son necesarios obreros especializados como
eran los linotipistas.
Los medios audiovisuales e informáticos suponen una nueva era en
las comunicaciones. Los medios técnicos han permitido hasta
ahora facilitar las labores de producción del libro, pero en
estos últimos años los procedimientos informáticos permiten
sustituirlo. Bases de datos bibliográficos ponen a disposición
de los interesados ingentes cantidades de información. Grandes
archivos, inmensas bibliotecas o exhaustivas enciclopedias no
requieren más espacio que un "floppy-disc" o un CD-Rom,
permitiendo además una fácil y rápida actualización. A corto
plazo estos medios multimedia sustituirán guías de teléfonos,
diccionarios, catálogos especializados, revistas técnicas y
científicas, enciclopedias.
La industria editorial en el siglo XX (España)
La producción española en los primeros años del siglo es escasa,
de no muy alta calidad y de interés local. La industria
editorial apenas existe y el comercio del libro está en manos de
los libreros. El público lector no es demasiado numeroso aunque
crece poco a poco. El reinado de Alfonso XIII perpetuó las
formas decimonónicas de la Restauración en los medios de
producción aunque de gran importancia intelectual. La Segunda
República concentró sus esfuerzos educativos en la mejora de las
escuelas y de los sueldos de los maestros y en la creación de
bibliotecas públicas. El Patronato de Misiones Pedagógicas logró
establecer cerca de cinco mil pequeñas bibliotecas, muchas de
ellas en el ámbito rural.
Durante la Guerra Civil el libro fue politizado por ambos bandos
en un intento de concienciación. Abundan los panfletos y
folletos con los discursos de los políticos, consejos para la
lucha armada y la autoprotección en caso de ataque. El Partido
Comunista creó la Distribuidora de Publicaciones y las
editoriales Nuestro Pueblo y Estrella, bajo la dirección de
Rafael Giménez Siles, además de la editorial Europa-América
fundada antes de la Guerra Civil. Publicaban libros a precios
populares en los que, por una parte, divulgaban la ideología
comunista y, por otra, difundían la obra de grandes escritores.
En la zona Nacional la industrial editorial fue menor y sus
publicaciones eminentemente políticas. La editorial más
importante fue la Librería Santaren de Valladolid en las que
destacan las crónicas de guerra y los relatos de hazañas
militares. El editor José Ruiz Castillo fundó en Segovia la
Editorial Reconquista que publicó obras de Manuel Machado,
Pemán, Concha Espina.
La posguerra estuvo llena de dificultades económicas pero fue el
momento en el que diversas editoriales religiosas lograron
establecerse. La Editorial Católica lanzó a partir de 1944 la
Biblioteca de Autores Cristianos publicando obras de los Padres
de la Iglesia y de escritores cristianos de todos los tiempos.
En ese mismo año, 1944, inició su andadura la editorial Gredos
con traducciones de clásicos griegos y latinos, y, más tarde,
con estudios sobre las literaturas románicas. En 1945, apareció
Castalia, fundada por los hermanos Soler. En 1955, Francisco
Pérez González creó Taurus. En 1959, apareció Alianza Editorial
de la mano de José Ortega Spottorno, director de la Revista de
Occidente. Se especializaron en libros de bolsillo, con obras
narrativas y poéticas pero también de pensamiento y ensayo.
Los editores catalanes crearon diversos premios de narrativa que
estimulaban las ventas posteriores: Nadal, Planeta, Herralde,
Plaza y Janés. Las editoriales asentadas en Barcelona se
dedicaron a obras de gran volumen y a la narrativa
contemporánea. José Manuel Lara estableció el mayor grupo
editorial español; comenzó en 1949 con la Editorial Planeta y
las ventas le permitieron adquirir otras editoriales como
Destino, Ariel, Seix-Barral, Deusto y la mejicana Julio Mortiz.
Este célebre empresario se ha especializado en novedades para el
gran público, obras políticas, historia reciente de España, etc.
Víctor Seix y Carlos Barral, herederos de los fundadores de Seix
y Barral, se dedicaron a publicar las últimas novedades de la
narrativa de alto interés literario. Otra editorial barcelonesa
que siguió esta línea fue la fundada por José Herralde en 1969,
Anagrama, que se hizo portavoz en España de las nuevas
corrientes de pensamiento europeas a partir de mayo del 68.
Tusquets editores apareció en el panorama editorial español en
1969 y se hizo popular con su colección erótica "La sonrisa
vertical" que acaba de cumplir 20 años de existencia.
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La Historia del Libro
Los libros de bolsillo (España)
La producción mundial de libros ha crecido de manera incesante
debido a la mayor demanda de una población más educada aunque de
manera muy desigual. Los países desarrollados concentran la
producción frente a la escasez de los subdesarrollados, cuyos
niveles de alfabetización siguen siendo muy bajos. La mayor
demanda de libros en los países occidentales inspiró a sir Allen
Lane una nueva concepción del libro, ?el libro de bolsillo?. La
colección Penguin Books, nacida en 1935, pone a disposición de
un público muy amplio las obras fundamentales clásicas y
modernas. El libro de bolsillo es un libro pequeño, barato,
encuadernado en rústica y sin ningún tipo de lujos. Con el
tiempo, la calidad del papel y la encuadernación han ido
mejorando. El precedente de los libros de bolsillo son las
ediciones pequeñas de Aldo Manucio en los albores de la
imprenta; las colecciones de autores clásicos de la familia
Elzeviro en la Holanda del siglo XVII; las novelas de pequeño
formato del librero valenciano Cabrerizo en los inicios del
siglo XIX y en la década de 1920 la "Colección Universal" de la
editorial Calpe.
Estudios y estudiosos bibliográficos durante el siglo XX
(España)
Los estudios en torno al libro y la imprenta se vieron
favorecidos por las disputas entre catalanes y valencianos por
demostrar su prioridad en el establecimiento de la imprenta, y
en el ímpetu que les llevó a escudriñar en sus bibliotecas en
busca de la prueba definitiva, razón por la cual sus incunables
y fondos antiguos fueron los mejor estudiados y clasificados.
Los innumerables y exhaustivos trabajos de Vindel o los de Palau
y Dulcet dieron paso a un periodo más sosegado en lo que se
refiere a obras magistrales en torno a esta materia. F. J.
Norton, en A descriptive catalogue of printing in Spain and
Portugal 1501-1520 (Cambridge: Cambridge UP, 1965) ofrece una
obra fundamental porque contiene nuevos datos y minuciosas
descripciones de las obras de Spindeler, Pedro Posa, Rosembach o
Amorós. Norton proporciona datos biográficos, listas anotadas de
los caracteres que emplearon, marcas, escudos y otros datos de
importancia. Por su parte, los trabajos de Antonio Rodríguez
Moñino culminan con la publicación póstuma del Diccionario
bibliográfico de pliegos sueltos poéticos (S. XVI) (Madrid:
Castalia, 1970; 2ª ed. 1997).
El año 1974 trajo consigo todas las consabidas celebraciones de
V Centenario y con ellas, multitud de artículos, tanto en
revistas especializadas como en las dedicadas al gran público
que divulgan la estima por el incunable. En los últimos años se
ha vuelto a un relativo reposo. Los catálogos de la bibliotecas
son empresas subvencionadas por el Estado en la mayoría de los
casos y gracias a ello se logró el Catálogo de obras impresas en
los siglos XVI a XVIII existentes en las bibliotecas españolas,
el Catálogo General de Incunables y otros catálogos parciales
patrocinados por las Comunidades Autónomas o los propios
municipios. Es ésta una labor ímproba pero necesaria, ya que
sólo conociendo las existencias reales de nuestras bibliotecas
se podrá comenzar a establecer la historia del libro y la
imprenta, la evolución en los gustos, la mayor o menor demanda
de una obra y las relaciones entre diversas ediciones.
La tipografía, grabados, ilustraciones y los ex-libris
modernistas.
Calígrafos y orfebres trabajan conjuntamente para reproducir la
letra de los manuscritos y las caligrafías más usadas. La
tipografía empleada en Alemania es la minúscula gótica que
siguió usándose durante mucho tiempo para los libros de
caballerías. Desde Italia se difunde la romana o redonda,
preferida para los textos humanísticos. Los primeros tipos
redondos usados en Subiaco pretenden reproducir la caligrafía d |