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PANORAMA GENERAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
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Primeros testimonios
literarios - MANIFESTACIONES POÉTICAS
Es muy difícil precisar cuándo nace la literatura española, pero los estudiosos
hoy buscan, con toda lógica, en la poesía lírica sus más tempranas
manifestaciones. Esta poesía se nos ofrece como un fenómeno continuo a lo largo
de los tiempos y hermana los testimonios recuperados a lo largo del Medievo con
otros mucho más tempranos, prerromanos en ocasiones. Hasta donde alcanzamos, el
rico y complejo universo de las jarchas, cancioncillas mozárabes con que se
rematan unas composiciones en árabe o en hebreo llamadas moaxajas, remite con
seguridad plena a una fecha tan madrugadora como son las medianías del siglo XI;
sin embargo, todo parece indicar que la primitiva lírica peninsular, de la que
las jarchas constituyen una importantísima muestra, se expresaba en una lengua
romance próxima al castellano desde finales del siglo IX.
Así pues, una mayor antigüedad en las fuentes escritas no sirve como prueba
irrefutable de la prioridad cronológica de un fenómeno literario sobre otro; y
al contrario: aunque las fuentes textuales correspondientes a la primitiva
lírica castellana son muy tardías, pues en su mayor parte pertenecen a los
siglos XVI y XVII, sería erróneo deducir que ésta es posterior a la lírica
mozárabe o gallego-portuguesa. De seguro, en la Península Ibérica las diversas
formas de la primitiva lírica románica siguieron el curso marcado por la
evolución de la lengua que les servía de vehículo. Esta afirmación es válida tan
sólo para la lírica vulgar o popular, en la que más claramente se habrían de
manifestar las distintas fases en la evolución desde el latín a las lenguas
románicas. A ese respecto, cabe recordar que la lírica culta, con no poca
frecuencia, se sirve de una lengua distinta de la hablada por los poetas que la
cultivan, como se desprende del hecho de que los trovadores castellanos usasen
el gallego-portugués como lengua de la poesía lírica hasta mediados del siglo
XIV o bien que los poetas catalanes apelasen al occitano hasta la primera mitad
del siglo XV.
Aunque la canción popular o tradicional permite el arcaísmo, e incluso puede
gustar de él, la lengua en que se expresa es la común a todos; por ello, esa
poesía hubo de distanciarse del latín al mismo ritmo que lo hacía la lengua
hablada. Por otra parte, al resultar irrefutable la existencia de formas de la
lírica popular en cualquier momento histórico y en toda comunidad por muy
primitiva que ésta sea, no cabe sino admitir la idea arriba expresada: que los
primeros testimonios literarios son contemporáneos del surgimiento de nuestro
romance.
La jarcha, como se ha indicado, constituye el cierre y al mismo tiempo es el
punto de partida (pues se trata de materia poética preexistente) de una moaxaja.
La moaxaja es un poema en árabe culto construido con un patrón tipo estrófico,
frente a la poesía árabe clásica, no estrófica o anestrófica, constituida a modo
de series de versos monorrimos; otra diferencia de peso es que la moaxaja tiene
versos muy breves, a diferencia del modelo árabe clásico, de versificación
larga; por fin, todo parece indicar que la moaxaja está compuesta con un patrón
rítmico-acentual diametralmente opuesto al sistema cualitativo de la poesía
árabe clásica, coincidente con el de la poesía latina antigua. Éstos son los
rasgos que distinguen las moaxajas de los poemas árabes del canon fijado en el
siglo VI, las denominadas casidas y gacelas, composiciones que se recogen en
colecciones poéticas denominadas divanes.
La tradición alude al poeta Moqaddam ibn Muafa de Cabra, del siglo IX, como el
primero en escribir moaxajas con final romance. Según el preceptista Ibn Bassam,
las construía con "palabras coloquiales o en lengua romance, a las que llamaba
jarcha, y sobre ellas construía la moaxaja". En términos similares se expresa
Ibn San’ al-Mulk cuando afirma que la jarcha es anterior a la moaxaja, que se
construye tomándola como patrón. De otros datos, en concreto de un testimonio
indirecto de Ben Raxiq, se concluye por vía teórica lo que las jarchas que se
han conservado nos revelan a las claras: el hecho característico de que la
jarcha sea una entre las diversas formas de la chanson de femme, una más entre
las múltiples manifestaciones de la poesía amorosa femenina del Medievo. La
jarcha adquirió una elevada categoría literaria cuando poetas de la talla de Ben
Quzmán y Yehuda ha-Leví comenzaron a servirse de ella.
Con todo, la búsqueda de los vestigios románicos en las jarchas no resulta nada
fácil, pues se trata de composiciones aljamiadas (se sirven de caracteres árabes
o hebreos) y se han transmitido a través de manuscritos tardíos y alejados
muchas veces de la Península, por lo que no es de extrañar que los copistas no
entendiesen a menudo lo que estaban transcribiendo. La cronología de las jarchas
conocidas corresponde a dos siglos: casi la mitad del corpus nos remite a la
segunda mitad del siglo XI, mientras el resto pertenece ya al siglo XII. Por lo
que a la lírica castellana primitiva se refiere, muchos entre los testimonios
conocidos podrían haber visto la luz incluso antes del siglo XII, que se tiene
por el primero de nuestras letras medievales al aportarnos ya numerosos
testimonios correspondientes a una notable variedad de géneros.
El siglo XII
- Mester de juglaría
- Cantar de Mio Cid
- Auto de los Reyes Magos
En esta centuria se configuran definitivamente algunos de los grandes grupos
textuales de la Europa del Medievo, en especial la lírica trovadoresca y el
roman o novela de la época, que nacen respectivamente en Occitania y Francia
para extenderse por el resto de Europa. El siglo XII ve transformaciones de
primer orden no sólo en la literatura vernácula sino también en la latina, pues
es el período dorado de los goliardos y su peculiar poesía, con su sistema
métrico rítmico-acentual y sus temas religiosos y, sobre todo, profanos. En la
Península Ibérica, el influjo ultramontano comenzará a percibirse en la segunda
mitad del siglo de dos maneras diferentes: en la Corona de Aragón, el occitano
se ha impuesto como lengua poética; en Galicia y en el resto de España, la
impronta occitana resulta obvia, aunque la lengua de la lírica sea para todos el
gallego-portugués. Los orígenes de la escuela gallego-portuguesa nos llevan hoy
a la frontera del siglo XIII, pero es muy probable que el fenómeno sea unas
décadas anterior y que el que hoy se tiene por primer poeta, Johan Soares de
Pavia, contase con predecesores.
En el ámbito de la prosa, al cierre de este siglo pertenecen textos
historiográficos como las Corónicas navarras, los Anales toledanos primeros, el
Liber regum o Cronicón villarense y diversas obras legales, entre las que
destacan las versiones primitivas del Fuero General de Navarra o ese curioso
documento lingüístico que es el Fuero de Avilés (en el que el provenzal se une
al asturiano); por lo que respecta a las traducciones bíblicas, parece prudente
retrasar la composición de La Fazienda de Ultramar hasta alcanzar al siglo XIII,
frente al parecer de unos cuantos estudiosos. El teatro peninsular del momento
nos depara esa extraordinaria sorpresa que es el titulado Auto de los Reyes
Magos o, con más propiedad, Representación de los Reyes Magos, un testimonio a
todas luces sorprendente por su alta calidad como también por el hecho de que es
una pieza aislada por completo en el universo al que pertenece; su rareza cabe
extenderla incluso al resto de Europa, pues se trata de la primera obra teatral
compuesta en toda su extensión en versos vernáculos.
Por lo que a la literatura épica se refiere, la crítica no se pone de acuerdo en
absoluto: algunos hablan de poemas tempranos como el de los Siete infantes de
Lara, ya que esta leyenda, consideran, habría cuajado en un poema épico desde
comienzos del siglo XI. Con todo, hoy sólo sabemos que las leyendas heroicas y
los poemas que las transmitían eran una realidad en el siglo XII, aunque no
contemos con argumentos más precisos. Ni siquiera parece hoy verdad que el
Cantar de Mío Cid (o Poema del Cid) hubiese sido escrito en torno a 1140, tal
como pretendía Menéndez Pidal. Lo único irrefutable es que un poema sobre el Cid
(y no hay ninguna seguridad de que éste sea del Cantar conservado) se cantaba en
la frontera castellana con al-Andalus a mediados del siglo XII, según nos revela
el llamado Poema de Almería, composición heroica escrita en latín entre 1147 y
1149; ahí se afirma: “Ipse Rodericus, Meo Cidi saepe vocatus,/ de quo cantatur...”.
La difusión de poemas como ése hubo de ser extraordinaria por estos años, aunque
hoy sólo nos queden algunas huellas por puro azar, ya que su canal de difusión
era propiamente oral (ahí están los juglares, cuyo papel ha sido interpretado
erróneamente en no pocos estudios con una información escasa o equivocada); de
entre los datos conocidos, la mayoría deriva de la incorporación de varias
leyendas a las crónicas latinas y vernáculas: entre las primeras, sobresale la
Crónica najerense (segunda mitad del siglo XII); entre las segundas, la Estoria
de España alfonsí, también llamada por la crítica Primera crónica general (compuesta
en varios momentos desde 1270).
De acuerdo con los datos de que disponemos, es probable que en el siglo XII ya
hubiese varios poemas, compuestos en las típicas tiradas de versos irregulares
anisosilábicos de la épica, sobre los Siete Infantes de Lara o de Salas, sobre
Sancho II y el cerco de Zamora y acaso sobre la leyenda del Conde Fernán
González, aunque sobre este último sólo se conserve un poema en cuaderna vía de
mediados del siglo XIII. La llamada Nota emilianense (cuya datación oscila entre
la segunda mitad del siglo X y una fecha próxima al año 1100) revela la
propagación de la leyenda rolandiana por tierras de la Península desde muy
pronto; no obstante, y a pesar de que quizás existiese un Cantar de Rodlán (con
esta grafía) ya en el siglo XI, lo único cierto es que el primer testimonio
irrefutable, el llamado Cantar de Roncesvalles, nos lleva al siglo XIII.
El desarrollo de la leyenda rolandiana contaba ya en esta última centuria, si no
antes, con el antídoto del nacimiento de un Bernardo del Carpio, el héroe que
habría derrotado a la retaguardia francesa en Roncesvalles, como narraban
algunos poemas de los que queda la muestra del Romancero y la Estoria de España.
El panorama literario peninsular de este siglo se completa con su rica
literatura latina, que no dejaría de influir sobre el nacimiento y desarrollo de
las letras vernáculas, aunque no faltan tampoco muestras de influjo en el
sentido opuesto; tampoco tendríamos una imagen cabal del fenómeno sin aludir a
la literatura occitana escrita en la Península o por autores peninsulares, desde
Navarra hasta Cataluña; en fin, la propagación de las principales leyendas
literarias europeas en la Corona de Aragón y, cabe deducir, en el resto de
España se comprueba en la riquísima relación que el trovador Guerau de Cabreira
le hace al juglar Cabra en su Ensenhamen, poema compuesto hacia 1170.
El siglo XIII
- Mester de clerecía
- Gonzalo de Berceo
- Lírica Galaico-Portugesa
Algunas de las tendencias de la centuria previa se potencian y desarrollan
plenamente en este momento. Si la cuaderna vía (tetrásticos monorrimos) nace y
se propaga en la literatura latina del siglo XII, sólo ahora se enseñorea de las
distintas literaturas vernáculas. En España, nada más inaugurarse el siglo nos
encontramos con el enciclopédico Libro de Alexandre (la datación oscila entre
los últimos años del siglo XII y 1230, aunque la crítica apuesta
mayoritariamente por una fecha que habría que situar entre 1201 y 1213); en la
obra, se unen las leyendas de Alejandro Magno y Troya a un sinfín de datos
diversos sobre animales, plantas o lugares. En breve, verán la luz los poemas de
Gonzalo de Berceo (tradicionalmente divididos en tres grupos: obras marianas,
con los Milagros de Nuestra Señora; hagiográficas, con su temprana y fundamental
Vida de Santo Domingo de Silos, y obras doctrinales), el Libro de Apolonio, el
Poema de Fernán González y otros poemas narrativos escritos en cuaderna vía (aunque
la datación no sea todo lo precisa que nos gustaría y la crítica se mueva muchas
veces entre los siglos XIII y XIV).
La técnica de composición de tales obras apuesta por la regularidad métrica
basada en el patrón de los cuatro versos alejandrinos con rechazo de la sinalefa,
frente al anisosilabismo y las series abiertas de la poesía épica; los
contenidos son puramente didácticos o moralizantes, frente a la materia heroica
de la épica y el erotismo de la lírica y la novela (llamada roman o romance por
estos años). Aunque la Escuela Española por mucho tiempo elevó la estrofa
segunda del Libro de Alexandre a la categoría de manifiesto literario en que se
separaba el oficio de los juglares y el de los clérigos (hombres cultos y
formados, no necesariamente ligados por votos religiosos), hoy nadie marca una
división tajante entre ambos grupos, pues nunca estarían tan separados y
diferenciados como se ha dado a entender.
La personalidad de sus autores y la técnica de composición de unas y otras obras
coinciden con frecuencia, frente a aquellas viejas y caducas ideas que ponían de
un lado a autores legos, casi analfabetos, y del otro a eruditos de una sólida
formación. Otra forma característica de la poesía narrativa es el pareado, que
se muestra en textos de diversa índole: de asunto religioso (Libre dels tres
reys d’Orient) o hagiográfico (Vida de Santa María Egipcíaca), con debates
goliardescos (Disputa de Elena y María, Disputa del alma y el cuerpo o Disputa
del agua y el vino), con composiciones con tintes líricos que se adhieren a lo
largo del relato (concretamente, en la Razón de Amor con que se abre la Disputa
o Denuestos del agua y el vino) o en muestras tan exóticas como el ¡Ay
Iherusalem! , testimonio castellano de la vieja canción de cruzada.
Hay otras formas de poesía narrativa que se sirven de otros metros de menor
importancia y que, por lo general, suelen considerarse como testimonios de la
llamada poesía culta o de clerecía; de entre todos ellos, hay que destacar la
Historia troyana polimétrica en prosa y verso, versión del Roman de Troie
fechada indistintamente en época alfonsí o en la primera mitad del siglo XIV.
Por cierto, en ningún momento se nos escape que, hasta donde hoy alcanzamos, el
siglo XIII es el principal momento para el surgimiento de las leyendas épicas;
de hecho, el mismo Cantar de Mio Cid del códice de Per Abbat, conservado en la
Biblioteca Nacional de Madrid, nos remite a una fecha de composición cercana si
no coincidente con la data del manuscrito perdido del que copia el único
testimonio conservado: el año 1207.
Dentro de este siglo, y sin salir del ciclo cidiano, ya se había desarrollado la
leyenda de las Mocedades de Rodrigo que hoy conocemos a través de una versión
muy deturpada procedente de Palencia y fechada en el siglo XIV. Al siglo XIII
pertenecen igualmente el Cantar de Roncesvalles y las prosificaciones de la
Estoria de España, que nos han permitido reconstruir no pocos versos de las
leyendas de los Siete Infantes de Lara y del Cantar de Sancho II o el cerco de
Zamora. El resto de las leyendas épicas se conoce también a través de esta
crónica alfonsí, fuera del testimonio previo de la Crónica najerense y posterior
de la Crónica de 1344 (también llamada Segunda crónica general).
El siglo XIII es, además, el del desarrollo de la prosa vernácula: hay numerosas
traducciones bíblicas (a partir de la Torah judía, que es el Pentateuco
cristiano, o bien desde la Vulgata), se vierten al romance desde el árabe o se
refunden colecciones de cuentos (como el Calila e Dimna o el Sendebar, entre
otras) y de castigos y sentencias (a la manera del Libro de los doce sabios o el
pseudo-aristotélico Poridad de poridades), se romancean algunos de los
principales escritos científicos del mundo árabe (de materia astrológica, médica
o cinegética) y se componen numerosas obras legales (pequeñas cartas pueblas o
fueros tan tempranos como el Fuero de Madrid, amén de la traducción del gran
Forum judicum o Fuero juzgo) e historiográficas (surge el poderoso y permanente
fenómeno de las crónicas romances, cuya estela, tras la obra del Rey Sabio,
habrá que seguir hasta la Ocampiana, la crónica editada por Florián de Ocampo a
mediados del siglo XVI; sin embargo, no faltan escritos históricos ajenos a este
monarca, como la Crónica de la población de Ávila). Al margen de estas
corrientes, hay piezas aisladas como la Semejanza del mundo, una temprana obra
geográfica, o el Diálogo entre un cristiano y un judío, en que se pretende
revelar la mendacidad de la religión mosaica por medio de un debate.
Para el estudio de la prosa en sus
distintas formas, es determinante la figura de Alfonso X, el llamado Rey Sabio
(1252-1284), que llevó a cabo una vasta labor cultural, con su equipo de
traductores, redactores y amanuenses que trabajaron con gran provecho en la
tarea de traducir obras religiosas, didácticas y científicas (en el período que
va de 1250 a 1260) y, más tarde, de redactar obras de todo punto originales como
la Estoria de España (o Primera Crónica General), su ambiciosa e inconclusa
General Estoria, su enciclopédico Setenario, la ley común del Fuero Real, su
proyecto legal del Espéculo y el desarrollo en esa magna obra jurídica que son
las Siete Partidas; con intención distinta, al Rey Sabio se le debe el Libro del
ajedrez, dados y tablas y su obra más personal: el extenso y bellísimo corpus
lírico, con texto y música, de las Cantigas de Santa María, compuestas como era
norma en el momento en gallego-portugués. La labor de Alfonso X fue, sobre todo,
la de supervisar las distintas tareas en las obras arriba indicadas; sin
embargo, en su obra lírica, y especialmente en su poesía profana, se percibe
claramente su propia impronta.
En ningún caso es cierto que se produjese una postración cultural tras la muerte
de Alfonso X, durante el reinado de Sancho IV, pues a su amparo se trabajó con
un mayor ritmo y con más tesón de lo que hasta hace poco se pensaba. En las
postrimerías del siglo XIII y en los primeros años del siglo XIV, vieron la luz
varias obras ligadas a la corte y al real escritorio, muchas de ellas
continuación de la empresa cultural alfonsí. No se descuidó la composición de
libros de cuentos o exempla, se continuó con la compilación de sentencias, a la
manera de los afamados Castigos e documentos para bien vivir ordenados por el
Rey don Sancho. Del mismo modo, con Sancho IV siguió viva la empresa
historiográfica de su padre, con la adición de diversos materiales de mucha
importancia a la Estoria de España. Hay tantas obras que, aunque con dudas, se
asocian hoy con el escritorio de Sancho o con el período en que reinó, como la
adaptación del Elucidarium de Honorio de Autum, que recibirá en español el
título de Lucidario; otras obras, en cambio, pertenecen a sus años, como la
traducción del Libro del Tesoro de Brunetto Latini.
En el siglo XIII, la lírica peninsular áulica o cortesana, como se ha indicado,
apela al gallego-portugués o al occitano, caso este último de la Corona de
Aragón; los poemas populares, por su parte, adoptan la lengua propia de la
región en que se cantan. Aunque es difícil establecer una cronología precisa
para muchas de estas composiciones, cuesta poco aceptar que muchos de los
testimonios recogidos en fecha tardía (mayoritariamente en el siglo XVI) ya eran
conocidos por los años en que nos movemos; en cualquier caso, la importante
muestra de la lírica tradicional del noroeste peninsular que conocemos a través
de los cancioneros gallego-portugueses (en las composiciones que los poetas de
corte denominan cantigas de amigo) corresponde al siglo XIII y a las primeras
décadas del siglo XIV.
Por lo que al teatro se refiere, hay indicios que permiten postular la
existencia de una tradición teatral o espectacular en varias catedrales e
iglesias españolas, no sólo en la Corona de Aragón sino en Zamora, Toledo y
otros puntos del interior de la Península. En esos años que rondan el 1300
vieron la luz dos importantes novelas de caballerías con claras diferencias: el
Libro del cavallero Zifar, obra prácticamente estéril al no alimentar ninguna
tradición literaria, y la redacción primitiva del Amadís de Gaula (su datación
en la primera mitad del siglo XIV ha cedido paso en la crítica más reciente a
las postrimerías del siglo XIII), que en el siglo XVI conmocionará literalmente
no sólo la escena española (con continuaciones y ecos por doquier) sino también
la de Europa entera.
Lo que de común hay a ambas obras, aunque en distinta medida, es la huella del
roman courtois (mucho más perceptible en el caso del Amadís) y de la leyenda
artúrica; en este siglo, la figura del Rey Arturo y sus caballeros era
perfectamente conocida en la Península, pues con toda seguridad gran parte de
sus aventuras se podían leer ya en sus lenguas vernáculas. Es muy probable que,
entre el reinado de Alfonso y el de Sancho, se hubiese vertido al castellano la
Post-Vulgata, que estaba difundiendo la leyenda de Arturo por toda Europa.
(Véase Literatura Artúrica).
El siglo XIV
El siglo XIV continúa enriqueciendo algunas de las grandes corrientes literarias
medievales, con unas fronteras cronológicas mucho más difusas de lo que le
gustaría al especialista; de hecho, es imposible distinguir el arte de ambos
siglos igual que resulta punto menos que imposible la tarea de datar con
precisión determinados textos pertenecientes a diversos géneros (varias de las
obras en cuaderna vía, no pocas colecciones de cuentos y castigos, el mismo
Amadís o la Historia troyana polimétrica en prosa y verso, entre otros muchos).
No obstante, en este siglo se consolida la presencia del romance o novela en
España: son los años en que se traducen y refunden los principales textos de las
leyendas de Arturo y Tristán, con títulos originales como El baladro del sabio
Merlín o el Cuento de Tristán de Leonís; una de las grandes gestas francesas, la
de Godofredo de Bouillon se transmitirá en esa mezcla de novela y crónica
titulada Gran conquista de ultramar, amplio relato donde se inserta la novela de
caballerías de El caballero del cisne. Dos relatos novelescos exitosísimos, pues
se seguirán leyendo todavía en el siglo XIX, son la Historia de Enrique Fi de
Oliva y el Cuento del Emperador Carlos Maynes, que verán la luz con otros
relatos de aventuras de extensión breve en algún momento de este siglo.
La literatura religiosa de este siglo es de una notable riqueza y diversidad y
ha sido muy poco estudiada por la crítica. En la segunda década, se compone una
obra fascinante, todavía inédita, el Libro de las confesiones de Martín Pérez,
un manual para predicadores que adjunta modelos de confesión para cada estamento
y grupo social. La literatura de controversia religiosa tiene varios
representantes conspicuos antes de alcanzar a la Disputa de Tortosa de comienzos
del siglo XV; entre los diversos autores, destaca Alfonso de Valladolid, cuyo
nombre había sido el de Rabí Abner de Burgos. Hay un elevado número de obras
religiosas que cabe adscribir a este momento histórico con seguridad plena, como
el Libro de la justicia de la vida espiritual de Pedro Gómez de Albornoz o el
Libro de las consolaciones de la vida humana de Pedro de Luna; otros tantos
textos de datación dudosa bien pudieran repartirse entre este siglo y el que le
sigue. Magníficas muestras de la prosa castellana, con importantes alusiones a
los diversos modos de vida de los diversos estamentos y grupos sociales de la
época, nos ofrecen las actas de concilios y los sinodales, como el importante
Sinodal de Cuéllar, donde se inserta el titulado Catecismo de Pedro de Cuéllar,
de 1325.
Si hemos hablado de continuación, ésta cabe buscarla con respecto a la obra más
extensa y ambiciosa del siglo XIII: la alfonsí. Quien retoma el relevo, en parte,
es su sobrino, el infante don Juan Manuel (1282-1348), a pesar de las rencillas
y de la pugna dinástica que descubrimos en varias de sus obras, donde nos
enteramos de que consideraba maldito el linaje de su tío y tenía por único
legítimo el de su padre, el Infante Manuel. El orgullo de don Juan Manuel sale a
relucir por doquier, pero muy especialmente en el Tratado de las armas, hoy
generalmente titulado como Libro de las tres razones. Su conciencia caballeresca
y su filosofía de vida se nos exponen, por orden cronológico, en el Libro del
caballero y del escudero, en su Libro de los estados y en el Libro infinido.
También en el conjunto de su opus magnum, el Libro del conde Lucanor, se refleja
su pensamiento, aunque las lecciones morales que se derivan de los cincuenta
cuentos y de sus tres series de proverbios sean de carácter universal. Su papel
de continuador de la tradición y de la empresa cultural alfonsíes se percibe en
especial en su epítome de la Estoria de España, titulado Crónica abreviada, y en
su tratado cinegético titulado el Libro de la caza. En fin, si el Rey Sabio fue
poeta, idéntica afición descubrimos en su sobrino, que incluso llegó a escribir
un tratado teórico sobre esta materia que, por desgracia no ha llegado a
nosotros.
Sorprende el número de las continuaciones y refundiciones de la Estoria de
España, junto a otras empresas más originales: entre aquéllas hay que mencionar
la Crónica de 1344 (también llamada Segunda crónica general), la Crónica de
veinte reyes o la Crónica de los reyes de Castilla; si hablamos de obras más
originales, nos referimos a las de Fernán Sánchez de Valladolid en la primera
mitad del siglo y la de Pedro López de Ayala en la segunda. Mientras a Sánchez
de Valladolid se le adjudican las llamadas “Tres crónicas” junto a la Crónica de
Alfonso XI, el Canciller Ayala nos relata las guerras fratricidas entre los
Trastámaras ya en la segunda mitad de siglo (son las crónicas de los reyes con
los que vivió: Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III, que queda truncada en
1395). La técnica del Canciller es muy depurada y no duda en incluir cartas,
discursos, diálogos o semblanzas de personajes, a modo de anuncio de lo que será
norma en la historiografía del siglo XV y primeros años del siglo XVI. Del
Canciller es también una muestra de la literatura cinegética de la época, que
cuenta con varios títulos más: el Libro de la caza de las aves. Por estos años,
el interés del público anima la entrada en escena de un tipo de escritura que
seguirá apasionando durante el último siglo medieval y en la era moderna: los
libros de viajes. La obra de Juan de Mandevilla y el Marco Polo comienzan a
circular por la Península en las versiones aragonesas de Juan Fernández de
Heredia, muchos años antes de que la imprenta apueste por otras versiones
diferentes en época incunable y posincunable; desde esos años, hay títulos
originales que no hacen sino mostrar el éxito de la literatura de viajes, como
el Libro del conoscimiento de todos los reinos.
La cuaderna vía entra en su último siglo y manifiesta un cierto apartamiento
respecto de su primitiva poética: los versos de 8 + 8 sílabas y otros híbridos
de 7 y 8 alternan con el alejandrino puro; la sinalefa alterna con la dialefa;
en las dos obras principales, el tetrástico monorrimo (pues no otra cosa es la
cuaderna vía) hace de hilván para numerosas piezas líricas. Con todo, abundan
títulos escritos de acuerdo con este patrón métrico: si el Libro de miseria de
omne se fecha, como los Castigos y ejemplos de Catón, ora en el siglo XIII ora
en el siglo XIV (aunque éstos se lleven por regla general al final del siglo
XIII y el Libro se traiga ahora hasta las postrimerías del siglo XIV), a la
centuria le pertenecen sin ningún género de duda la Vida de san Ildefonso del
Beneficiado de Úbeda, los Proverbios de Salomón, el Poema de Yúsuf y otros
textos menores.
Las dos grandes obras escritas por la cuaderna vía son el Libro de Buen Amor de
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, y el Rimado de palacio del Canciller Ayala, con
algunas partes elaboradas ya en los cinco primeros años del siglo XV. La obra
del Arcipreste, titulada Libro de Buen Amor o, más propiamente, Libro del
Arcipreste de Hita, presenta dos fechas en su tradición textual bicéfala, 1330 y
1343; pero el de la fecha o el de la fijación del texto del Libro de Buen Amor
no es sino un par de problemas importantes entre otros muchos que hacen de la
obra un verdadero reto para los especialistas, que siguen sorprendiéndose por su
originalidad: el Libro es una autobiografía o, mejor dicho, una
pseudoautobiografía erótica de un personaje cuyo nombre y profesión coinciden
con los de un individuo de carne y hueso que vivió la primera mitad del siglo
XIV y hacia quien hoy se suele mirar en busca del autor (hay un documento del
siglo XV, copia de otro de la centuria previa, que así lo corrobora).
La técnica no era usual en el Medievo, pero la literatura ovidiana o pseudo-ovidiana
justifica en buena medida que la obra de Juan Ruiz sea como es; con ese hilo
narrativo, la obra mezcla materiales literarios de tradición diversa: un prólogo
en prosa a manera de sermón, un puñado de cuentos, un ramillete de poesías
líricas que no siempre están donde se anuncian, una paráfrasis de esa célebre
comedia elegíaca que es el Pamphilus de amore y otros tantos textos procedentes
de distintas tradiciones. Tal amalgama no hace fácil seguir el hilo conductor,
como tampoco percibir su unidad o extraer el sentido último de la obra.
La cuaderna vía sirve también como apoyo de distintos materiales, líricos a
menudo, en el Libro rimado del palacio de Pero López de Ayala, constituido
también por un catecismo, no pocas oraciones, una confesión, meditaciones sobre
el estado de la sociedad, exempla y una segunda parte con la traducción y glosa
de los Morales de Job de San Gregorio, todo ello adornado por varios poemas
marianos. El Canciller Ayala hizo también temprano uso de la estrofa de arte
mayor en algunas de sus composiciones narrativas, que será la forma predominante
en la poesía del siglo XV. Además, hay un largo número de composiciones que se
sirven de otras formas de la poesía narrativa, ya pertenezcan a la tradición
cristiana como, sobre todo, a la judía, con huellas hasta el mismo siglo XIX (en
pliegos sueltos imprimidos en las ciudades de la diáspora); de entre los autores
de esta última casta, silenciados en la mayor parte de su tradición textual y
muy difíciles de datar con precisión, destaca muy en especial el Rabí Sem Tob de
Carrión, por sus Proverbios morales, que dirigió a Pedro I entre 1355 y 1360.
La poesía épica nos ofrece un testimonio tardío y de manifiesta decadencia en la
versión conocida de las Mocedades de Rodrigo, que se aparta sistemáticamente no
sólo de la historia del Cid sino de cualquier viso de verosimilitud e incorpora
materiales sensacionalistas, con especial regodeo en los de contenido sexual;
todo parece indicar que la épica está echando un pulso con un género del que
acaban de ver la luz sus primeros frutos (aunque los primeros testimonios
fechados con seguridad pertenezcan ya al siglo XV): el Romancero. El verso
heroico cuenta, a estas alturas, con nuevas formas, como se desprende del culto
Poema de Alfonso XI (1348) de Rodrigo Yáñez, compuesto en octosílabos y
considerado por muchos como un ejemplo de crónica en verso, modalidad literaria
que tendrá algunos vástagos en el siglo XV.
Surge en la segunda mitad de siglo un fenómeno tan innovador como duradero, ya
que se prolongará durante unos doscientos años aproximadamente: el de la poesía
de cancionero, con una primera generación de poetas contemporánea del Canciller
Ayala que se dará a conocer por medio de una recopilación poética de la época de
Juan II: el Cancionero de Baena. De mayor importancia si cabe, debido a las
importantísimas consecuencias que en todos los órdenes tendrá para el conjunto
de los reinos de Europa es el surgimiento y desarrollo de unas determinadas
tendencias intelectuales que, con el transcurso el tiempo, servirán para
identificar a los valedores de la corriente denominada más tarde Humanismo.
Los ideales humanísticos cobrarán fuerza en Italia gracias al impulso que les
darán Petrarca y sus seguidores en la segunda mitad del siglo XIV. Aunque el
fenómeno sólo cobrará importancia, tanto en España como en el resto de Europa,
en el siglo XV, hay una serie de nombres de la centuria previa que aclaran ese
panorama cambiante: al comienzo del siglo XIV, hemos de atender a las aficiones
intelectuales de un Raimundo Lulio o de un Arnaldo de Vilanova (aunque ninguno
de los dos se sirva del castellano); en su segunda mitad, hay que tener en
cuenta a Juan Fernández de Heredia en la Corona de Aragón y a Pedro López de
Ayala en Castilla.
El primero fue Gran Maestre de la Orden del Hospital de Jerusalén, un conspicuo
helenófilo e impulsor de la traducción de algunos importantes clásicos latinos
y, lo que es con mucho más importante, de un par de clásicos griegos como
Tucidides o Plutarco; del resto de su obra, destaca su labor con los libros de
viajes (que mencionábamos más arriba), la materia histórico-geográfica oriental
(ahí está su traducción de la Flor de las ystorias d’Orient, el Libro de los
emperadores o su Libro de los fechos et conquistas del principado de Morea), las
galerías de semblanzas (en su Corónica de los conquiridores) o su faceta de
historiador (en la Grant Crónica de Espanya, donde todavía se siente la impronta
alfonsí), entre otros fascinantes y novedosos trabajos intelectuales. La pasión
por el mundo griego antiguo justifica la vuelta por parte de Fernández de
Heredia a una de las leyendas más atractivas para todo el Medievo, la troyana,
en sus extractos de la Historia destruccionis Troiae de Guido delle Colonne; la
Crónica troyana del Maestre ve la luz cerca de las Sumas de historia troyana de
Leomarte, otro texto que revela la afición que el hombre del momento siente por
esa vieja historia, como tal vez esa traducción que, según algún testimonio,
llevó a cabo Pedro López de Ayala.
Precisamente, el Canciller Ayala es, en Castilla, el faraute de estas nuevas
corrientes a las que aludimos, con una importante labor como traductor en la que
se refleja su interés por los clásicos recién recuperados, como Tito Livio (aunque
su versión no parta directamente del latín sino concretamente de un texto
intermediario que es la traducción francesa de Pierre Bersuire), como por
posclásicos a la manera de San Isidoro o contemporáneos como Boccaccio. El
Canciller es el primero de los miembros destacados de una familia que acabará
por transformar la cultura castellana cuatrocentista: la de don Íñigo López de
Mendoza, el que será primer Marqués de Santillana.
El siglo XV
Marqués de Santillana
Otra magnífica figura de transición es, al abrirse el nuevo siglo, don Enrique
de Villena, ligado tanto a Castilla como, en buena medida, a la Corona de
Aragón: el de Villena se muestra apasionado por los clásicos, con una traducción
con sólido comentario de la Eneida virgiliana; enamorado de la mitología, según
se desprende de las glosas a Virgilio y de sus Doce trabajos de Hércules, que
cuentan con la base de una versión original catalana, que fue el primero de sus
escritos, Los dotze treballs de Hércules; preocupado por las técnicas de la
exégésis en su aplicación a textos sagrados (la Exposición del salmo “Qoniam
video”) y profanos (en su labor sobre la Eneida, aunque se mueva en ese terreno
en obras como el Tratado de la lepra o el Tratado de la fascinación); buen
conocedor de algunos de los grandes autores del Trecento italiano, ya que
seguramente tradujo la Commedia de Dante y hasta se atrevió a glosar un famoso
soneto petrarquista; en fin, los múltiples intereses de este escritor se
reflejan en la diversidad de sus opúsculos y tratados (Tratado de la consolación,
Arte cisoria u otros que no se han conservado) los adivinamos por noticias
indirectas, gracias a las cuales sabemos también que fue un extraordinario poeta,
aunque no nos haya llegado un solo verso suyo, si bien tenemos un epítome de su
Arte de trovar.
Las aficiones intelectuales de don Enrique las descubriremos paulatinamente en
el Marqués de Santillana, discípulo y amigo, Juan de Mena y en muchos de los
contemporáneos de ambos creadores; especialmente renovador y prolífico fue el
grupo de familiares, amigos y allegados al Marqués de Santillana, en cuyo
círculo asistimos a algunas de las principales transformaciones en las ideas,
los gustos y las tendencias artísticas, que irán aproximando la literatura
española hacia los parámetros de la Italia del Quattrocento. Los nuevos modelos
de escritura, que acabarán por triunfar definitivamente en el siglo XVI, son el
diálogo, la epístola y la oratio o discurso, entre otros.
Un fenómeno característico del momento es la traducción de autores clásicos,
posclásicos y medievales, desde el latín o desde una lengua vernácula al
castellano, clara muestra de lo que suele denominarse “Humanismo vernáculo”, que
resulta un excelente termómetro del desarrollo cultural de Europa en esos años.
La lista de traducciones y traductores es especialmente amplia en España y no
hace sino incrementarse en los rastreos de códices y antiguos impresos llevados
a cabo en los últimos años.
El siglo XV español se caracteriza, cierto es, por la aparición de nuevos
géneros en prosa y por decisivas transformaciones en su ámbito; con todo, no son
menores las novedades en lo que al verso se refiere, con dos manifestaciones
poéticas de carácter endémico sin parangón en el resto de Europa: el Romancero
se deja ver la cara por vez primera, aun cuando pudiese existir desde mucho
antes; en segundo lugar, la poesía de cancionero experimenta un desarrollo
absolutamente extraordinario. Aunque la mayor parte de los romances conocidos se
recogen en impresos de los siglos XVI y XVII, justo ahora es cuando se nos
muestran los primeros testimonios, entre ellos el Gentil dona, gentil dona del
catalán Jaume de Olesa, de 1421.
La poesía de cancionero, así llamada por conservarse en su mayor parte en
recopilaciones poéticas de varios autores o en cancioneros particulares, se
consolida a comienzos de siglo, tras abandonar el gallego como lengua lírica, y
multiplicarse asombrosamente el número de sus creadores. Todavía los primeros
años tendrán su mejor representación en el Cancionero de Baena, donde se incluye
la producción poética desde 1370 hasta la corte de Juan II, a quien va dirigida
la obra; sin embargo, la nómina principal de poetas de cancionero (que hoy se
acerca a los ochocientos nombres, a pesar de que sólo conozcamos el fenómeno de
modo parcial) lo aportarán las próximas décadas, sobre todo durante el reinado
de los Reyes Católicos. Conocemos varias decenas de cancioneros manuscritos de
distinta extensión; por su parte, los impresos que conservan este tipo de
literatura, desde modestos pliegos (el pliego-tipo es de cuatro bifolios, ocho
folios o dieciséis páginas) hasta el extenso Cancionero general, aportan un
número semejante de testimonios.
Entre los cancioneros manuscritos más célebres están el Cancionero de Estúñiga,
el Cancionero de Palacio, el Cancionero de Herberay des Essarts, el Cancionero
de San Román o cancioneros particulares como los del Marqués de Santillana y
Gómez Manrique; entre los segundos, cabe contar, además de las varias ediciones
del Cancionero general que comienzan con la de Hernando del Castillo de 1511,
los cancioneros particulares de Juan del Enzina o Fray Íñigo de Mendoza, junto a
ediciones exentas de ciertas obras del Marqués de Santillana o de Juan de Mena,
con especial atención al trabajo de Hernán Núñez, el Comendador Griego, en su
edición del Laberinto de Fortuna.
Escoger unos cuantos nombres de entre la larga nómina de poetas cancioneriles
obliga a recordar a algunos de los miembros de la que se tiene por primera
generación, como Alfonso Álvarez de Villasandino, Macías o Francisco Imperial;
en el centro quedan los tres grandes, don Íñigo López de Mendoza, Juan de Mena y
Jorge Manrique (tan admirado en su propia época por su poesía menor, de
contenido fundamentalmente amoroso, como por sus impresionantes Coplas a la
muerte de su padre), aunque haya otros poetas tan inspirados y casi tan célebres
como ellos, como un Juan Alfonso de Baena, un Gómez Manrique o un Antón de
Montoro; en los años de los Reyes Católicos, destacan Diego de San Pedro, Íñigo
de Mendoza, Juan del Encina o Juan Álvarez Gato. Queda clara constancia de la
preocupación teórica de este nutrido grupo de artistas, pues tampoco nos faltan
poéticas y apuntes teóricos dispersos en versos y glosas o reunidos en opúsculos
como el Arte de trovar de Enrique de Villena, el Prohemio e carta del Marqués de
Santillana o el Arte de poesía castellana de Juan del Encina, entre otros.
Como puede comprobarse por estos y otros nombres, la poesía cancioneril no es un
patrimonio exclusivo de un determinado estamento, pues la cultivaron desde
simples pedigüeños, como Alfonso Álvarez de Villasandino o Antón de Montoro, o
miembros de la alta nobleza como el Marqués de Santillana. Recordemos que la
moda poética, desde mucho antes, había alcanzado a los monarcas y lo seguiría
haciendo a lo largo del último siglo medieval. La poesía de cancionero por
excelencia es la representada por la lírica de contenido amoroso, donde impera
el código erótico cortés; no obstante, tampoco faltan los poemas religiosos o
los de asunto político o satírico (especialmente célebres son las Coplas de la
panadera, las Coplas del provincial y las Coplas de Mingo Revulgo).
En su modalidad narrativa, los
cancioneros imponen entre otras variedades la copla de arte mayor, que sirve
para traer los contenidos más ambiciosos, históricos y eruditos, como vemos en
Las siete edades del mundo de Pablo de Santa María, y hasta con claros visos
épicos y mesiánicos, como sucede en el ambicioso Laberinto de Fortuna de Juan de
Mena. La poesía épica o heroica se amolda a los metros cancioneriles, cortos o
largos, y da sus mejores frutos en los años de los Reyes Católicos, con el
Cancionero de Pero Marcuello en versos octosilábicos, la Consolatoria de
Castilla de Juan Barba en arte mayor y la Crónica de Fernán González de Fray
Gonzalo de Arredondo, con una versión en quintillas octosilábicas y otra más en
arte mayor.
La prosa muestra una cierta continuidad en algunas de sus formas, aunque resulta
asombroso el incremento en el número de los testimonios conservados. El
incremento en la de copia de libros durante esta época (ya sean títulos
contemporáneos o pertenecientes a los siglos previos, que muchas veces nos han
llegado tan sólo a través de testimonios cuatrocentistas) se debe a la auténtica
revolución cultural acaecida durante estos años. Ese avance se traduce en un
aumento considerable en el número de los lectores y en fenómenos tan nuevos,
cabe decir extraños, hasta entonces como son la formación de bibliotecas
privadas y la bibliofilia.
La mayor parte de los manuscritos medievales conservados, ya se ha dicho,
corresponde al siglo XV, principal garante de la preservación de no pocas obras
escritas desde el mundo clásico hasta ese justo momento; del mismo modo, tal
conmoción en el panorama cultural, con la sublimación de algunos ideales
propiamente renacentistas o humanísticos, explica fenómenos tales como el de las
ya citadas traducciones como también la multiplicación de copias en ámbitos tan
variados como pueden serlo la religión, la historiografía o diversas disciplinas
científicas (abundantes textos legales o médicos junto a obras de tipo
doctrinal, nobiliarios u otras sobre teoría caballeresca, entre diversas
materias).
En muchos de estos escritos, cabe hablar de una continuidad absoluta o relativa
en cuanto a sus contenidos; el cambio se percibe, sin necesidad de ir más lejos,
en la órbita religiosa, en la que triunfan títulos gustados desde mucho antes,
como las vidas de santos, los confesionales y otros tratados que abordan asuntos
diversos; pero, a su lado se percibe el triunfo de la nueva espiritualidad que
comienza a apoderarse de Europa tras superar los años del Cisma. Como es
característico del siglo, el número de copias de estas obras se dispara de forma
extraordinaria, de ahí los múltiples testimonios y la diversidad (por su
diferente acopio de vitae) de las Flores sanctorum, con la Legenda aurea de
Jacobo de Vorágine al frente, tanto en latín como romance.
Sin embargo, según nos adentramos en el siglo, se siente el influjo de los
abanderados de la devotio moderna, con la rauda difusión de la obra de Jean
Gerson o el exitoso Thomas a Kempis de su atribuida Imitatio Christi. Otras
veces, la originalidad de la escritura religiosa se deriva sólo de una voluntad
de estilo tan marcada como la que se percibe, por ejemplo, en la Arboleda de los
enfermos de Teresa de Cartagena. Los tiempos ayudan también a que abunden los
escritos de defensa de la religión cristiana que comparan las tres fes o
creencias, especialmente aquellos en que se pone de manifiesto la falsedad
inherente a la fe mosaica, combatida por doquier. Característica del momento es
también la literatura sobre el advenimiento del Anticristo, personaje que se
convierte en una auténtica obsesión a lo largo de toda la centuria; de todos los
títulos, el principal es el Libro del Anticristo de Martín Martínez de Ampiés,
que se difunde gracias al impresor zaragozano Pablo Hurus y a su bella edición,
acompañada de unas cuantas xilografías de gran interés y belleza.
En un marco más amplio, tampoco faltan algunas de esas colecciones de cuentos
vernáculos que tan abundantes eran desde el siglo XIII. Los exempla se arraciman
para auxiliar a los predicadores o para hacer las delicias de un público laico,
como vemos en el Libro de los enxemplos por ABC de Clemente Sánchez de Vercial,
en el Espéculo de los legos o en el Libro de los gatos, obra que trae a España a
Odon de Chariton y que resulta muy difícil de fechar (algunos llegan a situarla
a mediados del siglo XIV). Por lo que al sermón se refiere, conservamos una
buena muestra homilética en romance (con la figura singular de San Vicente
Ferrer, cuyos sermones se tradujeron al castellano); por otra parte, no se nos
escapa el influjo que ejerció en determinadas obras y autores, como el
Arcipreste de Talavera, Corbacho o Reprobacion del amor mundano (pues estos tres
títulos tiene la obra) de Alfonso Martínez de Toledo.
Los libros de viajes siguen cautivando a los lectores, razón por la que se
vuelve sobre los títulos de antaño y se añaden otros nuevos, como el viaje de
González de Clavijo en la Embajada a Tamorlán (entre 1406 y 1412) o las Andanzas
y viajes de Pero Tafur (escritas entre 1453 y 1457); exitosísimo a finales de
siglo es el incunable en que se imprime la versión castellana del Viaje de
Tierra Santa, que continúa con una tradición literaria que viene de lejos: la de
las guías hacia los santos lugares, ya se trate de Roma, de Santiago de
Compostela o de Tierra Santa. Un público cada vez más abundante, ávido de
noticias sobre las más diversas materias, anima romanceamientos como el de
Walter Burleigh en su De vita et moribus philosophorum o el del enciclopédico
Liber de proprietatibus rerum de Bartolomé el Inglés; junto a ellos, hay títulos
originales, como el Invencionario o Libro de los inventores de las cosas de
Alfonso de Toledo y el sucinto panorama enciclopédico de Alfonso de la Torre en
su Visión delectable.
La actividad histórica del siglo XV no es menor, con crónicas de los distintos
reinados y títulos tal interesantes como el Victorial o Crónica de don Pero Niño
de Gutierre Díez de Games, la Relación de los hechos del condestable Miguel
Lucas de Iranzo, los Hechos del maestre de Alcántara, don Alonso de Monroy de
Alonso de Maldonado o esas dos importantes galerías de personajes que nos
brindan las Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán (1376-1460) o
los Claros varones de Castilla de Hernando del Pulgar (muerto en 1493). Hay un
escrito autobiográfico al que, en los últimos años, se le está dispensando la
atención que merece: son las Memorias de Leonor López de Córdoba, escritas en la
segunda década de la centuria.
Relaciones históricas o, más bien, actas notariales son las que nos hacen llegar
información sobre las proezas de determinados caballeros, en tono similar al de
las crónicas caballerescas citadas hace un momento; el paradigma de tales
escritos es el Passo honroso de Suero de Quiñones de Pero Rodríguez de Lena.
Familiares en primer grado son, para estos escritos, las cartas de batalla y
carteles de desafío que los caballeros se cruzaban por deporte o por honor; a
veces, contamos incluso con la relación adicional de algún testigo de época, lo
que añade mayor interés si cabe al asunto. En este siglo se escriben o se
refunden tres obras llamadas crónicas aunque se caracterizan por sus tintes
claramente romancescos: la Crónica sarracina, Crónica del Rey don Rodrigo o
Crónica de la pérdida de España; la Crónica del Conde Fernán González, y la
Crónica particular del Cid. Las tres triunfarán ya en el siglo XVI. A finales de
siglo y comienzos del siguiente, ningún texto histórico podrá competir con la
llamada Crónica de España o, más comúnmente, Crónica abreviada o Valeriana de
Diego de Valera (1413-¿1488?); en el mercado del libro impreso, sólo quedara
cerca la Crónica de los Reyes Católicos de Hernando del Pulgar, construido según
los nuevos gustos en historiografía, con un derroche de cartas, discursos y
otros materiales.
El influjo de la ficción caballeresca sobre los relatos históricos y sobre la
propia vida fue extraordinario. La ficción narrativa siguió dando nuevos títulos
e incluso un género desconocido hasta entonces: la novela sentimental, que se
apoyaba en el roman o novela caballeresca, la poesía de cancionero o en obras
particulares como las Heroidas de Ovidio o la Fiammeta de Boccaccio, entre otros
materiales. El género sentimental surge por medio del Siervo libre de amor de
Juan Rodríguez del Padrón o de la Cámara a mediados de siglo (un breve relato
que incorpora la Historia de Ardanlier y Liessa) y alcanzará sus más altas cotas
a finales de siglo, por medio de Diego de San Pedro, en Arnalte y Lucenda y,
sobre todo, en la Cárcel de Amor; y con Juan de Flores, en Grimalte y Gradissa y
Grisel y Mirabella.
Ambos autores estarán entre los más leídos tanto en España como en toda Europa
no sólo en las postrimerías del siglo XV sino también a lo largo del siglo XVI.
El género sentimental, del que se pueden citar otros tantos títulos en el siglo
XV (por ejemplo, la Sátira de felice e infeliinfelice vida de Pedro de Portugal,
la Repetición de amores de Luis de Lucena o la anónima Triste deleitación),
seguirá vivo hasta mediados del siglo XVI, cuando Juan de Segura escribe la
última de estas obras, que es al mismo tiempo la primera novela epistolar
española: el Processo de cartas de amores. La novela sentimental sirve para
explicar en buena medida algunos de los rasgos de la obra maestra del siglo: La
Celestina de Fernando de Rojas, un híbrido de dichos romances, romans o novelas
(con la presencia tangible de la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro) con la
comedia humanística, nuevo género que le confiere su principal energía.
La Tragicomedia de Calisto y Melibea, por otra parte, funciona como un verdadero
centón, como una recopilación de proverbios y refranes (son las “fontezicas de
filosophía” a que alude el autor en el prólogo), que se apoya sobre una
tradición diversa, pero para la que cuentan sobremanera las lecciones de
moralidad extraídas del De remediis utriusque Fortunae de Petrarca. Aunque La
Celestina revele su progenie dramática, hay que buscar en otros lugares el
teatro propiamente dicho, las piezas dramáticas o representaciones de la época.
La obra se ha considerado, con mayor o peor fortuna, desde distintas ópticas,
aunque sobre todo han abundado las que se citan a continuación: como reflejo de
la crisis finisecular, como muestra de la degradación del viejo orden y sus
relaciones sociales, como queja desgarrada de un judeoconverso en el momento en
que se produce la hecatombe de la judería española, como obra existencial o en
clave puramente literaria, con atención a una tradición diversa, en la que
importan el desarrollo del género celestinesco o los primeros pasos de la novela
moderna, entre otros muchos aspectos.
Verdaderamente, el siglo XV nos sorprende por el elevado número de textos,
documentos y noticias indirectas sobre puestas en escena de formas dramáticas y
espectáculos de la más diversa condición: las representaciones por Navidad,
Semana Santa o el Corpus se unen al festejo cortesano, en el recinto palaciego
(con los momos) o en la calle de la ciudad (con las ricas y solemnes fiestas que
tenían lugar al recibir al monarca). Las representaciones religiosas son de lo
más abundante en las iglesias mayores (en León, Segovia, Toledo, Salamanca,
etc.), que cuentan con abundante documentación, pero tampoco faltaron en
cenobios (ahí está el caso de la Representación del nacimiento de Nuestro Señor
de Gómez Manrique) y en las cortes de los grandes señores (como se deduce del
testimonio de la Crónica de Miguel Lucas de Iranzo, donde se alude a una obra
similar, o del caso de Juan del Encina, con su servicio a los Duques de Alba).
Aunque la crítica se desesperaba al comprobar el enorme lapso que hasta aquí
mediaba entre la Representación de los Reyes Magos y la obra de Gómez Manrique
(1413-1491), hoy el panorama se nos muestra radicalmente distinto, con noticias
cada vez más abundantes desde el siglo XIII y con una gran diversidad de datos,
nombres e incluso obras en esbozo o completas correspondientes al siglo XV.
Junto a los nombres y títulos de todos conocidos (los de Gómez Manrique, Juan
del Encina y Lucas Fernández, el Auto de la huida a Egipto o el Auto de la
Pasión), hoy tenemos la serie ligada a la Catedral de Toledo (su Auto de la
Sibila o su representación pastoril Que bien vengades, pastores), y el nombre de
Alonso del Campo, prolífico autor que compuso varios autos para el Corpus, entre
ellos el logrado Auto de la Pasión. Mucho más difícil resulta buscar el teatro
en el saco sin fondo de la poesía de cancionero, entre representantes del fluido
octosílabo (como el Diálogo de Amor y un viejo de Rodrigo de Cota), pero sin
descartar ni siquiera la copla de arte mayor (en ella se han redactado las
Danzas de la Muerte); sin embargo, es verdad que muchas de sus composiciones
presentan claras posibilidades dramáticas y que, acaso, algunas de ellas
nacieron o acabaron como representación
En 1479 con la unión de Castilla y Aragón, comienza una nueva era bajo los Reyes
Católicos, marcada por un poderoso sentimiento nacionalista que coincide en la
implantación de los ideales humanísticos y renacentistas, en la cultura en
general y particularmente en la literatura y las artes plásticas. Si desde
décadas anteriores se podían detectar algunos cambios tan sintomáticos como la
reivindicación de la lengua vernácula, la depuración del latín con el modelo de
los clásicos o la recuperación del griego; si ya a comienzos de la centuria
pujaban géneros como el diálogo, la epístola o el discurso; si el mito de la
recuperación, imitación y emulación de los clásicos estaba ya presente en
algunos intelectuales desde mucho antes, no cabe tampoco ninguna duda de que
sólo al final del siglo XV tales ideales consiguen imponerse por toda la
Península Ibérica.
El barómetro para ese nuevo clima cultural en pleno siglo XV nos lo brindan
autores como Alfonso de Cartagena (1384-1456) o Alfonso de Palencia (1423-1490);
ya a finales de siglo, tal función la tiene un brillante polígrafo llamado
Antonio Martínez de Cala y Jarava, que latinizó su nombre para llamarse Elio
Antonio de Nebrija (1441 o 1444-1520), cultivador de todos los campos del saber
característicos del Humanismo como estudioso que fue del vernáculo y las tres
lenguas sagradas, lexicógrafo, arqueólogo y profundo conocedor de disciplinas
como la metrología, la astronomía o la geografía, entre otras muchas. Si Nebrija
destaca en la nómina de cuantos, con más o menos justicia, llamamos humanistas
españoles, dos de sus títulos sobresalen de entre su larga obra por su especial
trascendencia para la historia de la cultura española: en primer lugar, las
Introductiones latinas (1481) con las que enseñaba un latín rejuvenecido por un
método diferente, el mismo empleado por Lorenzo Valla en Italia años antes; en
segundo término, la Gramática de la lengua castellana (1492), primera redactada
en una lengua vernácula de acuerdo con el patrón y los ideales humanísticos.
El siglo XVI - El siglo de Oro
Con Siglo de Oro (y también, en algunas ocasiones, Siglos de Oro) en la historia
de nuestra literatura se identifica el período abarcado por una buena parte de
los siglos XVI y XVII. Sin embargo, hoy suele dejarse ese marbete general y en
su lugar se prefiere, aunque no haya una adecuación absoluta entre la cronología
y las corrientes estéticas, el de Renacimiento y Barroco. Es ésta una época de
cambios muy profundos, que no suponen una ruptura sino, muy al contrario, una
profundización en determinadas ideas en diversos terrenos. Por poner unos
cuantos ejemplos de especial relevancia, se puede decir que el retorno a lo
clásicos, a su estética y a mensaje, había comenzado tiempo atrás, con tempranas
huellas en los prerrenacimientos medievales; la reforma religiosa, que ahora
sigue la vía rupturista de Lutero y Calvino o reformista de Erasmo de Rotterdam
y Tomás Moro, recoge inquietudes que la Iglesia manifiesta al menos desde el
siglo XIV; incluso el neoplatonismo, tan característico del siglo XVI, cuenta
con claros antecedentes.
En definitiva, el Cinquecento italiano y su estela europea cuentan con la sólida
base del Trecento y, sobre todo, el Quattrocento. El patrón cultural y artístico
italiano se siente en España como en ninguna parte, aunque no sólo a partir de
este momento: de hecho, es posible rastrear puntos de encuentro, préstamos e
influencias desde mucho antes, en una clave no menos nacionalista en España que
la que caracteriza a la arrogante Italia de Petrarca, Salutati, Poggio, Bruni,
Poliziano o Valla. Lo más característico del siglo XVI español es el cambio de
tercio que tiene lugar con Felipe II, principal abanderado de la Contrarreforma,
que aislará España de las principales corrientes de pensamiento del resto de
Europa. Por supuesto, esa cerrazón es sólo parcial, a pesar de lo que se diga; y
lo es no sólo de España hacia afuera sino también desde Europa hacia la
Península, por su posición hegemónica hasta la batalla de Rocrois y por la
extraordinaria calidad de su literatura.
Si de la Edad Media se conservan unos cuantos escritos teóricos y preceptivas,
el número de los mismos dentro del siglo XVI es muy elevado, en latín y lengua
vernácula, muestra irrefutable de una clara conciencia artística que alcanza al
conjunto de las formas literarias del momento; de hecho, no faltarán ni siquiera
pasajes donde se teorice acerca de un género tan bastardo como cautivador,
aunque el nombre que le damos lo imponga el siglo XVIII: es esa forma tan
particular que hoy llamamos novela (su teoría y práctica a la vez en lo que nos
ofrece Miguel de Cervantes en distintos pasajes de su obra).
Buen reflejo de las transformaciones culturales a que aludimos es la que suele
denominarse “prosa de ideas” o prosa didáctica por oponerla a la ficción, aun
cuando ambos universos literarios no estén tan distantes, pues hay continuas
incursiones de uno sobre el otro y, en definitiva, las principales señas de
identidad de la cultura del siglo XVI se puedan encontrar también en la poesía o
en la novela. Cabe recordar aquí la escritura científica (en materia gramatical,
legal o médico-farmacéutica, como en el Dioscórides de Andrés Laguna, de 1555, o
en esa temprana muestra de ciencia psicofisiológica que es el Examen de ingenios
para las ciencias del doctor Juan Huarte de San Juan, de 1575), cuasi-científica
o pseudo-científica (entre las tres categorías, pero sobre todo en estas dos
últimas, a nuestros ojos, se mueven las célebres misceláneas de Pedro Mexía o
Antonio de Torquemada) o los escritos de opinión y divulgación de fray Antonio
de Guevara, que apeló a los géneros y asuntos de moda y llevó el éxito de dos de
algunos de sus títulos más allá de nuestras fronteras (en concreto, su Relox de
príncipes, que fue una de las lecturas principales en Italia durante mucho
tiempo).
El Renacimiento fue un buen caldo de cultivo para numerosos títulos de antaño (libros
de viajes, literatura sobre sucesos taumatúrgicos o mirabilia, enciclopedias
como las de San Isidoro, Bartolomé el Inglés o Vincent de Beauvais, gramáticas
latinas supuestamente superadas por las de Valla y Nebrija, diccionarios como
los de Juan Balbi de Génova o Papías, etc.) y en especial para obras clásicas de
diseño enciclopédico, como la Historia natural de Plinio el Viejo (muy pronto
traducida y leída por doquier) o las Noches áticas de Aulo Gelio entre otros.
Esos libros se unen ahora a otros relativos a América, con apuntes amplios u
obras extensas sobre su historia natural, a la manera de la escrita por Gonzalo
Fernández de Oviedo en romance (1479-1557) o por Pedro Mártir de Anglería en
latín (quien llegó a España en 1488 y murió en ella en 1526). Sin embargo, el
cambio fundamental tiene lugar en materia religiosa, en la que los erasmistas
tienen la última palabra en los años del Emperador Carlos.
Ligado como ninguna otra forma literaria al erasmismo está el diálogo, que
transmite las ideas del sabio de Rotterdam en autores como Alfonso de Valdés o
de forma heterodoxa en Juan de Valdés, y en obras como El Crotalón (adjudicado a
Cristóbal de Villalón) o, aún más claramente, en el Viaje de Turquía (atribuido
con especial solidez al doctor Andrés Laguna). La prosa del siglo XVI persigue
otros muchos propósitos en un orden moral, reformista y espiritual; en este
último terreno, destacan por su cuidado estilo, entre otros muchos escritores,
esos cuatro grandes escritores que son Francisco de Osuna (¿1492?-ca. 1541),
fray Luis de Granada, fray Luis de León (1527-1591) y Santa Teresa de Jesús
(1515-1582).
La historiografía se potencia
extraordinariamente desde los primeros años de siglo, pues los reyes ponen un
cuidado exquisito en elegir al cronista o cronistas oficiales e impulsan las
tareas que competen a tales funcionarios. Son éstos años en los que los
intelectuales se preguntan por la esencia, función y rasgos característicos del
texto histórico, en Luis Vives (1492-1540) o en Sebastián Fox Morcillo
(1528-1560). El influjo del pensamiento humanístico y su dimensión internacional
ya había inducido a apelar al latín a cronistas de la talla de Alfonso de
Palencia en el siglo XV y ahora volvería a hacerlo en unos cuantos casos, como
en varias de las obras de Lucio Marineo Sículo (1444-1536), tanto en De rebus
Hispaniae memorabilibus, como en el De Hispaniae laudibus y el De primis
Aragoniae regibus; en las Decades de orbe novo de Mártir de Anglería, ambicioso
panorama sobre las Indias; o en buena parte de los escritos de Juan Ginés de
Sepúlveda (1490-1573).
La nómina de autores que se sirven del vernáculo ha de incluir por fuerza a
algunos de los que a continuación se nombran y, en primer lugar, a Ambrosio de
Morales (1513-1591) con su Crónica, que continúa y supera definitivamente la de
Florián de Ocampo, que brinda el último de los vestigios de la vieja
historiografía nacional al modo alfonsí; a Jerónimo de Zurita (1512-1580), por
sus Anales de la Corona de Aragón; a Diego Hurtado de Mendoza, por su Historia
de la guerra de Granada, que no verá la luz hasta 1627; a Pedro Mexía, por su
universal Historia imperial y cesárea y, al recibir el cargo de cronista oficial,
por su Historia del Emperador Carlos V; a Francesillo de Zúñiga, por su satírica
Corónica istoria, que escribió para entretener al Emperador; o al padre Juan de
Mariana, por esa ambiciosa obra conocida simplemente como la Historia general de
España.
El género biográfico siguió triunfando, con semblanzas como las de Pedro de
Ribadeneyra (1527-1611) la biografía del Cardenal Cisneros de ese polígrafo que
fue Alvar Gómez de Castro (1515 o 1516-1580) y otras tantas sobre personajes
conspicuos de la vida civil y eclesiástica. Los tratados de nobleza, libros de
teoría militar y nobiliarios siguen abundando y triunfando (como el exitosísimo
incunable de Ferrán Mexía titulado Nobiliario vero); no pocas veces, estos
últimos incluyen semblanzas sucintas o apuntes biográficos de muchos de los
miembros de las principales familias, como sucede en las Batallas y quinquagenas
de Gonzalo Fernández de Oviedo (obra curiosa por cuanto apela a uno de los
géneros característicos del siglo XVI: el diálogo).
Una variedad propia del momento es la de las crónicas de Indias, que comienzan
con las noticias del mismísimo Cristóbal Colón y continúan con los relatos de
otros compañeros de viaje y aquellos otros que se les deben a los grandes
conquistadores de la centuria (como las relaciones de Hernán Cortés, Álvar Núñez
Cabeza de Vaca o Pedro de Alvarado); sin embargo, las historias y demás escritos
sobre el Nuevo Mundo en lengua vernácula (recordemos de nuevo la obra latina de
Pedro Mártir de Anglería) propiamente dichas habrán de esperar a autores como
Gonzalo Fernández de Oviedo, con su monumental Historia General y natural de las
Indias; a Garcilaso de la Vega el Inca, autor de los Comentarios reales y la
Historia general del Perú; a Bernal Díaz del Castillo, por su Historia verdadera
de la conquista de Nueva España, y a otros tantos autores.
Poesía
Al aproximarnos a la poesía de la época, hemos de acudir a los dos factores
arriba citados, la continuidad y el cambio: por una parte, durante varias
décadas seguirán vigentes los usos poéticos de la centuria previa; por otra,
Italia impondrá en último término su patrón artístico en España como en el resto
de Europa. Hasta la edición de la poesía de Boscán y Garcilaso de la Vega,
preparada por la viuda del primero en 1543, será imposible leer un solo verso de
la nueva poesía italianizante en forma impresa; sin embargo, después de esa
fecha, los poetas de dicha corriente que pasan por un taller tipográfico se
cuentan con los dedos de las manos y, por regla general, cuando reciben esa
gracia han transcurrido unos cuantos años desde su muerte. Ciertamente, el medio
de difusión de los grandes poetas de ese siglo es el manuscrito, aunque no en
todos los casos, pues poetas laureados hubo que fueron conocidos tan sólo por
sus allegados.
Lo que la imprenta ofrece al hombre del momento es, no lo olvidemos, poesía del
siglo anterior, ricas muestras de la llamada poesía de cancionero, ya se trate
de poemarios individuales, de obras exentas o bien de esa colección que se edita
por vez primera en 1511 y que volverá a ver la luz en sucesivas ocasiones hasta
1573 titulada Cancionero General, donde se recoge con un criterio genérico (a
veces también con un criterio temático) la producción de numerosos poetas
cancioneriles desde Juan de Mena en adelante.
Aunque con intentos frustrados de aclimatarlos en el siglo XV (célebre es el del
Marqués de Santillana, que recordaría Fernando de Herrera en su comentario a
Garcilaso de la Vega), el endecasílabo y el soneto fueron reivindicados en su
arte por Juan Boscán (1495-1542) y Garcilaso de la Vega (1503-1536), quien se
sirvió con igual habilidad de otros metros (como el heptasílabo) y otras
estrofas (como el heptasílabo, la oda y la octava real) característicos de la
poesía renacentista. La reacción por parte de los amantes de la poesía
tradicional o castellana se le ha adjudicado tradicionalmente a Cristóbal de
Castillejo, amante del sempiterno octosílabo en compañía del pie quebrado; no
obstante, ni este poeta está tan anquilosado en el pasado ni Garcilaso ni
siquiera sus continuadores se desprenden del rico bagaje de los cancioneros.
Tal vez sea Diego Hurtado de
Mendoza (1503 o 1504-1575) el poeta que más orgulloso se muestra de su arte, que
apela a uno y otro veneros, pero esa conjunción, en mayor o menor medida, es
propia de otros tantos autores tempranos. La poesía italianizante logrará
asentarse con firmeza a mediados de siglo, cualquiera que sea el panorama
editorial, como vemos en Hernando de Acuña (1520-¿1580?) y en Gutierre de Cetina
(1520-1557), dos conspicuos poetas de los años del Emperador y al servicio de su
causa. Con todo, los continuadores de la senda garcilasiana buscarán nuevas
formas de expresión, como vemos en Fernando de Herrera (1534-1597), principal
representante de la llamada escuela sevillana de poesía y padre del manierismo
en materia poética; fray Luis de León (1527-1591), con sus bellísimas liras y su
profundo horacianismo, o en los versos cargados de evocaciones, connotaciones e
imágenes poéticas de San Juan de la Cruz (1542-1591) en su fascinante Cántico
espiritual.
Aunque a través de manuscritos (sólo Herrera vio algunos de sus versos impresos),
los tres citados son autores que gozaron de un notable éxito en círculos
determinados: entre grupos de literatos, en ámbitos universitarios o en cenobios
pertenecientes al carmelo, respectivamente. Fuera de Pedro de Padilla (publicado
en 1580), los grandes poetas del siglo (como Francisco de la Torre, Andrés Rey
de Artieda, Luis Barahona de Soto, Lupercio Leonardo de Argensola y Bartolomé de
Argensola, cuya producción pertenece en parte al siglo siguiente, y otros tantos)
cuentan con ediciones de carácter póstumo, aunque en algunos casos habrían de
salir a la luz décadas e incluso siglos después de haber muerto.
Los metros y temas italianos se habían “españolizado” en el transcurso del siglo
en la obra de algunos de los principales poetas. Poco a poco, se volvería con
insistencia a fuentes claramente autóctonas, como la lírica popular o el
romancero. No en balde, a lo largo del siglo XVI se recupera el corpus principal
de la primera y se ofrece el fondo básico del Romancero Viejo. Lo más llamativo
es que los poetas de mayor renombre no sólo acudan a los metros tradicionales
sino que incluso participen en la labor de remedar o glosar algunas de las
composiciones más afamadas. Las cancioncillas de antaño nos llegan a través de
cancioneros musicales y de obras de muy diversa índole, entre ellas las citas
poéticas de algunos de los principales creadores. El romance, por su parte, es
recogido en pliegos sueltos y, pronto, en grandes colecciones como el Cancionero
de romances de Amberes (1550) o, por fin, el Romancero General (1600).
Sin esta evolución, es imposible entender la obra de los grandes poetas de
finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII: Góngora, Lope de Vega o Quevedo.
En Lope, sus poemas y los tomados de la tradición popular aparecen tanto en sus
comedias como de forma independiente; al proceder del primer modo, Lope no hace
sino coincidir con otros tantos dramaturgos del momento, por mostrar su vena
poética (entre los ejemplos más sobresalientes, cabe citar a Gil Vicente,
extraordinario como autor teatral y poeta) o por ser refugio de versos populares
al que hoy hemos de acudir a buscarlos.
El género más elevado, de acuerdo con la preceptiva neoaristotélica vigente a
finales de siglo es el épico; con todo, la poesía heroica venía cultivándose con
entusiasmo desde mediados de la centuria (y contaba con los antecedentes ya
citados de los años de los Reyes Católicos). Hay nombres que engarzan, a tal
respecto, la época de los Reyes Católicos con la del Emperador Carlos, como el
de Fray Gonzalo de Arredondo, prior de San Pedro de Arlanza y especialista en la
leyenda del Conde Fernán González.
Aunque Lope deseaba librarse de otras ocupaciones para escribir este tipo de
literatura y Cervantes pretendía escribir épica en prosa en el Persiles, hoy no
es una forma de escritura que cause furor entre críticos y lectores, aunque la
lista de los poemas considerados como épicos, históricos o épico-religiosos
realmente sea notable; entre todos ellos, claro está, sobresale uno relativo a
la nueva epopeya americana: La Araucana de Alonso de Ercilla (1533-1594), pero
hay otros muchos, como el Carlo Famoso de Luis de Zapata (1526-1595), la
Austríada de Juan Rufo (1547-1625), El Bernardo o La victoria de Roncesvalles de
Bernardo de Balbuena (1568-1627), La Cristíada de Fray Diego de Hojeda
(1571-1615). La inversión del género se produjo en los límites de la centuria,
aunque los títulos principales, La Gatomaquia de Lope y La Mosquea de José de
Villaviciosa (1589-1658), nos obliguen ya a sobrepasarlos.
Prosa
La prosa es riquísima en todas sus formas. Entre las pertenecientes a la ficción
literaria, se heredan dos géneros novelescos medievales: los relatos
sentimentales, que siguen leyéndose con toda pasión en sus principales textos
cuatrocentistas (obviamente, los de Diego de San Pedro y Juan de Flores, que
siguen deleitando al público europeo) y que contarán con títulos de la
importancia de la Qüestión de Amor, la Penitencia de amor de Pedro Manuel
Jiménez de Urrea (1486-1535) o el Processo de cartas de amores de Juan de Segura
(que fija el límite cronológico superior para la novela sentimental en 1548). La
influencia de este género se sentirá, cuando menos, hasta Cervantes (desde su
Galatea hasta incluso el Persiles y a través de las Novelas ejemplares).
El caso de la novela de caballerías es especialmente llamativo, pues durante el
siglo XVI muestra una fuerza que nunca antes tuvo tras la publicación y
sorprendente difusión de los cuatro libros del Amadís de Gaula por Garci
Rodríguez de Montalvo; durante la centuria, el Amadís será continuado hasta
completar los doce libros, impresos entre 1502 y 1546. Por lo que al género en
su conjunto se refiere, entre 1501 y 1650 vieron la luz 267 ediciones de este
tipo de novelas; los títulos originales impresos a lo largo del siglo son 46, de
los cuales 36 pertenecen a la pimera mitad.
Con todo, no debe olvidarse que el fenómeno del roman y, más en particular, de
las novelas de caballerías no es exclusivo de España ni constituye un claro
síntoma de su retraso cultural respecto del resto de Europa. En realidad, la
edición y lectura de esta literatura, e incluso el triunfo de Amadís en Francia,
Italia o Inglaterra, nos dibujan un panorama hasta cierto punto coincidente. El
antídoto literario a esta forma novelesca, el Quijote, no deja de ser una novela
de caballerías del revés y una excelente muestra del género al mismo tiempo,
aunque también acoja materiales novelescos de muy diversa procedencia, como
veremos enseguida.
Las nuevas aportaciones a la novela del momento se mueven en dos órbitas
opuestas: idealista en la bizantina, pastoril y morisca (véase literatura
morisca española); y realista (aunque el adjetivo resulte peligroso) en la
picaresca. En el tiempo, coinciden tres formas de escritura muy próximas en su
estética y en el tipo de amor que nos manifiestan, aunque presenten una
complexión distinta: entre la considerable extensión de las novelas de historias
peregrinas o bizantinas y la notable brevedad de la morisca. La recuperación de
Heliodoro y sus Etiópicas o Historia de los amores de Teágenes y Cariclea y la
traducción de Leucipa y Clitofonte de Aquiles Tacio animará la composición de
títulos originales en los que el componente bizantino está muy marcado o es el
predominante; de entre todos ellos, destacan Los amores de Clareo y Florisea y
los trabajos de la sin ventura Isea de Alfonso Núñez de Reinoso (de 1552, donde
lo bizantino se mezcla con lo pastoril, lo caballeresco y lo sentimental) y el
ambicioso Cervantes del Persiles y Segismunda (1617), bien pasado el siglo.
La novela pastoril, que cuenta con antecedentes foráneos y autóctonos, es en
último término un género también nacional inaugurado por Jorge de Montemayor con
Los siete libros de la Diana (1559), continuado después por autores entre los
que destacan Gaspar Gil Polo, con su Diana enamorada (1564) y el mismísimo
Cervantes con su Galatea (1585). Este género, que llegó a volverse a lo divino,
se debilitaría poco a poco para desaparecer en la primera mitad del siglo XVII.
Los relatos moriscos cuentan, por su parte, con una exigua relación de títulos:
la breve Historia de los amores del Abencerraje y la hermosa Jarifa (publicada
en varios lugares desde 1561), las Guerras civiles de Granada (o Historia de los
bandos de zegríes y abencerrajes) de Ginés Pérez de Hita (1595) y el también
breve Ozmín y Daraja, inserto dentro del Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo
Alemán.
El envés de la ficción idealizante nos lo brinda la novela picaresca, que muchos
consideran un claro reflejo de la sociedad española desintegrada que la vio
nacer (la teoría del reflejo no es comúnmente aceptada o bien se acepta con
ciertos y hasta profundos reparos). Con claros antecedentes, por lo que a su
diseño se refiere, en distintas formas de la literatura previa (en cuanto a su
redacción en clave epistolar, el uso de la primera persona pseudo-autobiográfica,
la ficción encubierta, la narración en sarta y su superación, etc.), este género
pudo existir gracias al Lazarillo de Tormes (1554), aunque en su consolidación y
posterior evolución habría de resultar fundamental la publicación del Guzmán de
Alfarache de Mateo Alemán (1599-1604).
Enseguida, el género picaresco evolucionará en distintos sentidos según el autor
de turno y, ya en pleno siglo XVII, llegará incluso a formar hibridos con otras
modalidades de la ficción narrativa, hasta entrar en su declive u ocaso hacia la
mitad de la centuria. La impronta de la novela picaresca es tan poderosa que
incluso la descubrimos en aquellas circunstancias en que un determinado autor la
rechaza con clara conciencia, algo que se pone especialmente de manifiesto en
Cervantes, refractario por principio a la típica perspectiva narrativa de ese
género (la primera persona autobiográfica) y a muchas de sus fórmulas, como la
soledad del héroe, el disfraz de noble, etc. (fórmulas que resultan traicionadas
o burladas de diversa manera en el Quijote, en Rinconete y Cortadillo, en el
Coloquio de los perros, en La gitanilla o La ilustre fregona).
Teatro
Hay varios autores teatrales a caballo entre el último siglo medieval y éste no
sólo por su fecha de nacimiento sino por la cronología de su obra: Juan del
Encina (1469-1529) tiene una primera época de fecha medieval al recogerse en el
Cancionero de 1496 y una segunda época que ve la luz a comienzos del siglo XVI
(a la que pertenece la innovadora Égloga de Plácida y Victoriano); sólo cinco
años separan al salmantino de Lucas Fernández (1474-1542), quien, según parece,
escribió sus farsas y églogas en las postrimerías del siglo XV, aunque vieran la
luz en 1514, y de Bartolomé de Torres Naharro (1476-1524), que cambia de un modo
radical el panorama teatral por sus temas, argumentos y el tratamiento dramático
de los mismos, según se comprueba en la edición de sus comedias titulada
Propalladia publicada en 1514; además, Torres Naharro es el primer teórico del
teatro en España.
Extraordinario como poeta y dramaturgo y hábil a la hora de casar ambas artes es
Gil Vicente (1465-1537), un portugués que, al mismo tiempo, escribe un elegante
castellano; aunque sus obras ven la luz en 1562 en la Copilaçam, su producción
dramática va desde principios de siglo hasta los años treinta, si bien su
período más brillante lleva a la década previa, en que compone, entre otras, su
obra maestra, la Tragicomedia de don Duardos. Otros nombres tempranos son los de
Diego Sánchez de Badajoz o Hernán López de Yanguas, que cultivan temas
religiosos, y, sobre todo, Lope de Rueda (1505-1565), como autor profano; su
fama se deriva, como es bien sabido, no tanto de sus comedias extensas sino de
sus pasos, piezas breves y cómicas de tanto éxito que aún se siguen
representando en distintas ocasiones y por las que se le tiene, aunque no lo sea
en puridad, por el padre del entremés español.
En la segunda mitad de siglo, el teatro religioso cuenta con el amplio
testimonio de la colección que se conoce por Códice de autos viejos. Hay autores
que se mueven a gusto, al mismo tiempo, en el terreno religioso y profano, como
Juan de Timoneda (muerto en 1583), aunque su principal aportación radique
precisamente en las piezas profanas. Juan de la Cueva (1543-1612), autor de
comedias y tragedias, se sitúa con los temas de estas últimas en plena
transición hacia el teatro histórico de Lope de Vega; por su impulso, parecen
haber nacido no pocas tragedias anónimas, aunque se siga discutiendo si este
autor influyó mucho o poco, o si fue o no famoso; fenómeno aparte y de gran
interés es el de la tragedia clásica de tema religioso cultivada en colegios de
jesuitas, como la Tragedia de San Hermenegildo.
Otros nombres importantes del momento son los de Cristóbal de Virués
(1550-1609), Jerónimo Bermúdez (1530-1599), Andrés Rey de Artieda (1544-1613)
Gabriel Lobo Lasso de la Vega (1559-1625) o bien Lupercio Leonardo de Argensola
(1559-1613). Cuando aparezca Lope de Vega (1562-1635), la comedia adquirirá unas
señas de identidad definitivas: sus obras se asientan en tres actos de
estructura simple y funcionalidad definida, con versos polimétricos y numerosos
personajes en escena; por ésa y otras vías, Lope rompe la regla de las unidades
clásicas y ofrece una fórmula exitosísima que será seguida por una legión de
admiradores, imitadores y autores dramáticos diversos. De todos modos, contamos
con un magnífico testimonio y una amplia muestra de obras teatrales de alguien
que, sin negar la grandeza de Lope, dice habérsele adelantado en muchos aspectos;
ese escritor es Miguel de Cervantes (1547-1616) y su obra es el conjunto de
comedias y entremeses que edita en 1615 aun cuando muchas de ellas habían visto
la luz entre 1581 y finales de la centuria.
El siglo XVII - El siglo del Barroco
España, que ha entrado en bancarrota en varias ocasiones y ha pasado graves
dificultades en el siglo XVI, se sume en una fase de postración aguda al entrar
en la nueva centuria. Tradicionalmente, los historiadores se refieren a los años
de Felipe IV y las guerras con Francia desde 1635, y de manera más particular a
la batalla de Rocrois (1643), la Paz de Westfalia (1648), la Paz de los Pirineos
(1659) y la de La Haya (1661) como los hitos que señalan el fin de la hegemonía
de España en Europa tras la Guerra de los Treinta Años. Desde ese momento, será
Francia la que marcará la pauta en todos los órdenes; no obstante, a pesar de
esta crisis, la literatura española seguirá mostrando un extraordinario vigor
por medio de una larga e ilustre nómina de autores en prosa, en verso y
teatrales.
Éste es el siglo del barroco:
frente a la pura imitatio de los clásicos y la idea de que la naturaleza resulta
perfecta en todos sus extremos, el nuevo código estético cree en la posibilidad
de mejorar el arte heredado e incluso considera que se puede engalanar a natura
a través del arte, pues el artificio es capaz de causar en el público novedad y
asombro (conceptos ambos nuevos y característicos de la poética barroca) y, en
definitiva, deleite. Por supuesto, seguirán vigentes tanto las formas como los
temas y géneros tradicionales en poesía (ni la lírica popular ni el romancero
resultarán marginados sino que serán absorbidos por los grandes poetas) o en
prosa (los viejos títulos continuarán vigentes a menudo, para calar muy hondo, a
veces hasta el siglo XIX, a través de impresos extensos y, sobre todo, por medio
del modesto pliego suelto); al mismo tiempo, se habrá desarrollado la comedia
nacional, un teatro que lo es de todos y para todos.
Al comienzo del siglo, la novela sigue experimentando con fórmulas heredadas de
la centuria previa o, en ocasiones, procedentes de los siglos medievales. La
hibridación, junto a la inversión genérica a modo de parodia o con vueltas a lo
profano y a lo divino, es uno de los rasgos característicos de la novela del
siglo XVI y lo seguirá siendo a lo largo del siglo XVII. La inserción de
materiales pertenecientes a las distintas formas novelescas quinientistas y la
parodia de los libros de caballerías son, en resumen, las claves que explican el
principal experimento literario de Miguel de Cervantes (1547-1616): el Quijote
(1605 y 1615). Por su parte, la novela pastoril justifica el nacimiento de la
Galatea (1585) y el retorno por parte del autor al bucolismo en varias maneras;
en su obra póstuma, el Persiles (1617), Cervantes compite con el mismísimo
Heliodoro en el terreno de la novela bizantina o novela griega de aventuras, un
género de alta alcurnia con el que pretendía marcar una nueva época, pues podía
suponer algo así como la composición de una epopeya en prosa.
No obstante, el camino de la bizantina se había abierto desde mediados del siglo
XVI y, antes que Cervantes, otros lo seguirían de forma más o menos clara, como
Lope de Vega. En sus obras extensas, Cervantes se muestra especialmente ducho al
incorporar novellas o relatos breves, a las que daría vida aparte en esa
importantísima y diversa colección formada por sus Novelas ejemplares (1613),
donde se incluyen novelitas idealizantes con un patrón italiano y otras de
raigambre varia y tan importantes como El coloquio de los perros o Rinconete y
Cortadillo. Cervantes, en sus distintas obras, supuso un revulsivo ya entre sus
primeros lectores, tal y como se desprende del célebre Quijote (1614) de Alonso
Fernández de Avellaneda; en adelante, además, su experimento llegará a marcar no
sólo los derroteros de la novela española sino también de la europea.
No obstante, importa mucho recordar que Cervantes, aun en su genialidad, seguía
las líneas evolutivas propias de la novela del siglo XVI, como se ha indicado.
Cabe incluso afirmar que, en la búsqueda de nuevas fórmulas, era casi imposible
no coincidir en determinados puntos con otros autores de parecido ingenio, y con
Lope de Vega antes que con ningún otro. Como sabemos, el llamado Monstruo de la
naturaleza cultivó todos los géneros vigentes en la época y la novela no podía
quedar al margen, según el modelo de los libros de pastores (con La Arcadia, de
1589, o, en clave religiosa, Los pastores de Belén, de 1612), el de los libros
de aventuras peregrinas o bizantinos (a la manera de El peregrino en su patria,
de 1604, con el talante híbrido a que nos referíamos, patente en una obra como
ésta a modo de miscelánea), o el de la novella, recuperado con tanto éxito por
Cervantes (a quien imita a las claras en las Novelas a Marcia Leonarda, 1624).
Incluso Lope se permitió retomar el patrón de La Celestina, como tantos otros
autores de la centuria previa, al escribir esa obra fascinante que es La Dorotea,
1632, “acción en prosa”, como la llama, o poesía en prosa, como indica en varios
momentos, y claro híbrido como es en realidad de novela y de teatro al igual que
su modelo). El triunfo del modelo de los relatos breves en este siglo resulta
rotundo, al constituirse en colecciones de novelas cortas o cortesanas, que
retomaban los modelos previos a Cervantes y Lope (El patrañuelo, 1565, de Juan
de Timoneda o las Noches de invierno, 1609, de Antonio de Eslava) junto a esos
dos grandes autores; entre los escritores más afamados de tales novelas están
Juan Pérez de Montalbán (1602-1638) , Mariana de Carvajal y Saavedra (muerta ca.
1665), Gonzalo de Céspedes y Meneses (¿1585?-1638) o María de Zayas y Sotomayor
(1590-¿1661?).
La novela sigue triunfando en este siglo; en concreto, la novela picaresca dará
una serie de nombres de importancia tras el Lazarillo y el Guzmán de Alfarache
(1599 y 1605) de Mateo Alemán; la continuidad se refleja incluso en los títulos,
como la Segunda parte del Lazarillo de Tormes (1620) de Juan de Luna y el Guzmán
apócrifo; a la nómina de cultivadores de la picaresca pertenecen ); Francisco
López de Úbeda, con La pícara Justina (1605); Alonso Jerónimo de Salas
Barbadillo (1581-1635), con La hija de Celestina (1612); Vicente Espinel
(1550-1624), con las Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón
(1618); Jerónimo de Alcalá (1571-1632), con Alonso mozo de muchos amos, también
titulado El donado hablador (1624 y 1626); Quevedo y su Buscón (1626); Alonso de
Castillo Solórzano (1584-ca. 1648), con Teresa de Manzanares o La niña de los
embustes (1632) o en La garduña de Sevilla (1642) e incluso fuera de los límites
precisos de la picaresca en Las harpías en Madrid (1631) o Las aventuras del
Bachiller Lucas Trapaza (1637); el epígono del género es la anómina Vida y
hechos de Estebanillo González (1648).
Cerca de la novela picaresca, queda la obra de Antonio Enríquez Gómez
(1600-1663) El siglo pitagórico con la vida de don Gregorio Guadaña (1644); más
alejados se perciben otros textos de tipo satírico (consideradas erróneamente
como picarescas por algunos estudiosos) como el El diablo cojuelo de Luis Vélez
de Guevara (1579-1644) o incluso el Rinconete y Cortadillo de Cervantes, obra
ésta en la que ni la perspectiva es la propia del género (pues se sirve de una
tercera persona omnisciente frente a la obligada autobiografía) ni tampoco lo es
el desdoblamiento de los personajes (frente al pícaro solitario, característico
del género). La sátira y el relato de costumbres tienen una magnífica
representación en esta centuria, como vemos en varios de los textos de Castillo
Solórzano, en los Sueños y otros escritos de Francisco de Quevedo (1580-1645);
en el recientemente recuperado Enríquez Gómez de La inquisición de Lucifer y
visita de todos los diablos o en las obras María de Zayas o Gonzalo de Céspedes
y Meneses. Tengamos en cuenta que muchas de esas fórmulas penetrarán en el siglo
XVIII y que un autor engarza ambas centurias, Torres Villarroel, para dar claro
testimonio de esa continuidad.
Los relatos de tipo costumbrista pueden adoptar múltiples formas y apoyarse en
estructuras distintas, como vemos por la heterogeneidad de El viaje entretenido
de Agustín de Rojas Villandrando (1572-ca. 1635), obra escrita a manera de
diálogo que tiene mucho de costumbrista y algo de picaresca, al tiempo que
incorpora materiales de otras tradiciones, como los viejos relatos de corte
sentimental. Alguien ha llamado a la obra previa “miscelánea dialogada” y ha
aplicado también el marbete a la Guía de forasteros (1620) de Antonio Liñán y
Verdugo, que se ordena también partiendo de la técnica del diálogo e incorpora
abundantes cuentos, y a El pasajero (1617) de Cristóbal Suárez de Figueroa.
Más característico del relato de costumbres es el estilo de Juan de Zabaleta en
El día de fiesta por la mañana (1654), en que se sirve de tipos o figuras, y El
día de fiesta por la tarde (1660), dispuesto en marcos o escenas. Este
procedimiento lo encontraremos, más o menos fielmente, en el costumbrismo
decimonónico gracias al puente tendido por el siglo XVIII a ese par de títulos,
que vieron nuevamente la luz con el conjunto de las obras de Zabaleta; por
supuesto, para entender esa evolución del relato de costumbres tampoco hay que
olvidarse del fenómeno costumbrista dieciochesco, al que enseguida aludiremos.
La literatura moral, filosófica y política (a veces, se etiqueta con el marbete
mucho más general de “literatura de ideas”) está representada por dos autores de
la talla de Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648), con obras como su Idea de un
príncipe político cristiano representada en cien empresas o Empresas políticas,
y Baltasar Gracián (1601-1658), con El criticón. Ambos fueron finos críticos y
teóricos en materia literaria, como vemos en la sátira del primero titulada
República literaria y, sobre todo, en la Agudeza y arte de ingenio de Gracián.
La labor de este último autor aborda asuntos varios de tipo especulativo, desde
los manuales para cortesanos, como El Discreto o el Oráculo manual, hasta la
prosa sacra de El comulgatorio; la conjunción de sus diversos intereses se
produce en el Criticón, un a modo de novela de regusto bizantino poblada de
alegorías.
En el tránsito de una centuria a otra, tenemos diversos escritos de teoría
literaria, como la importante Philosophía antigua poética (1596) de Alonso López
Pinciano (1547-1627 a quo), tratado de corte neoaristotélico que influye sobre
el pensamiento de Cervantes; Francisco Cascales (ca.1564-1642), autor de las
Tablas poéticas, o Bartolomé Jiménez Patón (1569-1640), humanista que tuvo su
fuerte en la Gramática y la Retórica. Corren los años por entonces del
lexicógrafo Sebastián de Covarrubias y Horozco (1539-1613), del gramático
Gonzalo Correas (1571-1631), de los historiadores Francisco de Moncada
(1586-1635), Gaspar Ibáñez de Segovia (1628-1708) y Luis de Salazar y Castro
(1658-1734), del erudito y polígrafo Bernardo José de Alderete (1560-1641), del
bibliógrafo Nicolás Antonio (1617-1684) y de tantos otros escritores que se
enfrentaron a diversas materias.
La prosa religiosa, realmente rica, cuenta con dos casos especialmente
llamativos: el de la visionaria Sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665), que
dirigirá la política española gracias a su poder sobre Felipe IV; y el del
heterodoxo Miguel de Molinos (1628-1696), que publicó en italiano su difundida
Guía espiritual (con múltiples ediciones desde la princeps de 1675). En fin, las
técnicas homiléticas parecen haber llegado a un estado de desarrollo imposible
de superar en fray Hortensio Félix Paravicino (1580-1633).
Quevedo merece consideración aparte, aunque su prosa sea de contenido diverso y
ya se haya dicho algo sobre la Vida del Buscón llamado don Pablos y los Sueños (que
publicó también con el título Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio), en
esa vena mordaz y con ese gracejo que lo caracteriza desde su prosa más temprana
(como la Premática que este año de 1600 se ordenó o la Vida de la corte y
oficios entretenidos de ella). La moralidad, que nunca se separa de la sátira,
está igualmente presente en La hora de todos y la fortuna con seso o en su
misógina obra La culta latiniparla; en clave estoica y con tonos senequistas,
tenemos el Quevedo de La cuna y la sepultura.
La sátira literaria es frecuentísima, como en la Aguja de navegar cultos, en que
arremete contra Góngora, o en su Perinola, que escribe como antídoto contra el
Para todos de Pérez de Montalbán. Otros tratados políticos enfocados sub specie
ironiae son El chitón de las taravillas o sus Grandes anales de quince días; más
próximos al manual de buen gobierno quedan su Política de Dios y gobierno de
Cristo o la Vida de Marco Bruto, en que parte de Plutarco. También hay un
Quevedo nacionalista, el de la España defendida y los tiempos de ahora (1609), e
incluso cabe hablar de otros Quevedos, como el autor religioso del Memorial por
el patronato de Santiago o bien el traductor de la Introducción a la vida devota
de San Francisco de Sales.
La primera gran poesía la encontramos en Lope de Vega y otros poetas de
transición, que incorporan la forma del romance a su repertorio poético y no
dudan en recurrir a la lírica tradicional para imitarla o glosarla. Sin embargo,
quien anima el siglo es Luis de Góngora y Argote (1560-1627), poeta que a veces
acude al venero popular pero que en sus composiciones más célebres se aparta
radicalmente de dicha tradición, como ocurre en dos grandes poemas en los que
apela al más complejo de los artificios: las Soledades y en la Fábula de
Polifemo y Galatea. Nadie queda, en esos años como tampoco en el futuro, al
margen de la polémica que sigue inmediatamente a la publicación de ambos textos
y, en particular, al primero: poetas y críticos se reparten en bandos de
imitadores o admiradores y, enfrente, de enemigos de la estética gongorina.
Quevedo (1580-1645) fue, tanto por razones literarias como personales, el más
hostil de todos los escritores que arremetieron contra Góngora. Por ellos
básicamente, en la Historia de la Literatura, la poesía áurea se divide en dos
bloques, que supuestamente representan dos concepciones del arte o estilos
opuestos: el conceptismo (gongorino) y el culteranismo (quevediano). Es
innegable que el conceptismo amoroso y metafísico es propio de Quevedo como el
ornato barroco más sobrecargado identifica a Góngora; sin embargo, hubo un
terreno común para ambos autores en los versos de tipo tradicional y satírico.
Las maneras gongorinas están en la poesía de Luis Carrillo de Sotomayor
(1582-1610), Francisco de Rioja (1583-1659) o Pedro de Espinosa (158-1650), si
bien Luis de Góngora y Argote (1561-1627) será quien represente por antonomasia
ese estilo que creará escuela y que seguirán, entre otros muchos, el Conde de
Villamediana (1582-1622) o Pedro Soto de Rojas (1590-1655); más tardíos pero
igualmente gongorinos son creadores como Gabriel Bocángel (1603-1658) o Jacinto
Polo de Medina (1603-1676). Al otro lado, quedaban los poetas claros, cuya línea
era la quinientista, con apoyo en el modelo de Lope de Vega, en sus
composiciones profanas (amorosas, jocosas o satíricas) como en las de tipo
religioso; éstos son Pedro Liñán de Riaza (¿1556?-1607), el Conde de Salinas o
José de Valdivielso (¿1560?-1638); es una estética compartida, en lo que nos ha
llegado, por ese gran novelista y poeta frustrado que es Cervantes. Sin embargo,
Góngora sólo tendrá, sabido es, un oponente a su misma altura en Quevedo, cuya
poesía, etiquetada de conceptista y separada de la de aquél de modo taxativo,
tiene en realidad mucho de común, con unos procedimientos poéticos y una
retórica muy próximos cuando no del todo coincidentes.
Se siguen escribiendo poemas épicos y fábulas mitológicas (el Polifemo y la
Fábula de Píramo y Tisbe de Góngora son, tal vez, las más conocida), que,
alcanzada su madurez, se invierten y dan en la épica burlesca y la fábula
mitológica. Por su cronología, los Argensolas, Lupercio Leonardo (1559-1613) y
Bartolomé Leonardo (1562-1631) no quedaron implicados en la polémica en torno a
la poesía de Góngora y, por ello, son estudiados como principales representantes
de la poesía en Aragón en el paso de los siglos XVI a XVII; de entre sus
contemporáneos, que cuentan con las directrices poéticas de Lope y los
Argensolas, destaca Esteban Manuel de Villegas (1589-1669), padre de la
anacreóntica áurea y nuncio de algunos de los usos poéticos del siglo XVIII en
eso que se llama el rococó.
Los gustos de los poetas neoclásicos podrían verse satisfechos en autores que no
resultaron permeables al arte de Góngora o Quevedo, como Esteban Manuel de
Villegas (ca. 1590-1669), con un poemario escrito en su mayor parte entre los
veinte y los treinta años. La escuela de poesía sevillana cuenta con Rodrigo
Caro (1573-1647), autor de una célebre elegía a las ruinas de Itálica; Juan de
Jáuregui (1583-1641), autor de la Canción al oro, y el capitán Andrés Fernández
de Andrada (ca. 1575-1648), con su Epístola moral a Fabio. El último Barroco
tiene la fortuna de contar con la obra y la figura de sor Juana Inés de la Cruz
(1651-1695).
Por lo que al teatro se refiere, se impone el modelo lopesco. Son continuadores
de la escuela de Lope: Guillén de Castro (1569-1631), Juan Ruiz de Alarcón
(¿1581?-1639), Juan Pérez de Montalbán (1602-1638), Antonio Mira de Amescua
(¿1574?-1644), Luis Belmonte Bermúdez (1587-1634), el ya citado Luis Vélez de
Guevara, Felipe Godínez (ca. 1585-1659) y Gabriel Téllez, más conocido por Tirso
de Molina (1579-1648). La forma de Lope evolucionó por cauces más intelectuales,
hacia plantemientos más cercanos también al espíritu religioso de la
Contrarreforma y hacia formas más elaboradas (en muchas de ellas, la música es
parte fundamental) con Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), grande entre los
grandes autores de autos sacramentales, género que venían cultivando los autores
teatrales desde el siglo XVI y que contaba con el puente entre ambas centurias
de los Doce autos sacramentales y dos comedias divinas (1622) de José de
Valdivielso (¿1560?-¿1638?).
El primer Calderón muestra su pericia al escribir comedias de capa y espada al
modo lopesco; pronto destaca con sus “dramas de celos y honor” y acaba por
abordar densos problemas humanos y el principal de los problemas de fe desde los
años del Concilio de Trento: el libre albedrío. Los continuadores de Calderón
son Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648) y Agustín de Moreto (1618-1669),
entre otros muchos de menor fama. El entremés, esa pieza menor que colma los
entreactos o los descansos entre una comedia y otra, conoce su apogeo con Luis
Quiñones de Benavente (¿1593?-1651), aunque hoy conozcamos un número muy elevado
de tales piezas, que se seguirán escribiendo y representando, como el conjunto
del teatro áureo, durante el siglo XVIII. El cierre de la centuria ve la obra
dramática de Francisco de Bances Candamo (1662-1704), que suele recordarse sobre
todo por haber escrito una poética teatral: el Theatro de los theatros de los
pasados y presentes siglos, redactado entre 1689 y 1690.
El siglo XVIII - Siglo de las Luces o de la
Ilustración
El siglo XVIII, llamado Siglo de las Luces o de la Ilustración, supuso una
revolución en diferentes parcelas del saber, pero no cuenta con el beneplácito
del lector contemporáneo en lo que a su literatura se refiere, ni tampoco tiene
el del amante de las artes plásticas cuando se acerca a la mayoría de las
manifestaciones del período. Por ello, los estudios de historia literaria, al
alcanzar esta centuria, se han visto relegados por lo general en beneficio de
otro tipo de aproximaciones, que atienden a la cultura y el pensamiento de la
época. Los prejuicios, muchas veces injustos, del lector de nuestros días, con
una estética distinta de aquélla, no salen a relucir al interesarse por el
nacimiento de los grandes centros de investigación y de las principales mecas
del saber: por la génesis de la Biblioteca Nacional (junto con la Biblioteca
Real y la de la Real Academia de la Historia) tras la Guerra de Sucesión
española; por la fundación de las Reales Academias, como las de la Lengua, la
Historia, Bellas Artes, etc.; los primeros museos y centros de investigación
científica y tecnológica, como el Real Observatorio Astronómico, los Colegios de
Medicina, la Escuela de Veterinaria o el Banco de España; en esos años se crean
igualmente varios cuerpos de funcionarios y de titulados superiores y crecen
diversas sociedades eruditas de ámbito local o nacional (las célebres Sociedades
Económicas entre ellas), junto a otras agrupaciones de muy diversa índole.
Entre las múltiples aportaciones al saber del siglo XVIII español, cabe recordar
las siguientes: estudios de Medicina, como los llevados a cabo por Diego Mateo
Zapata o Francisco Salvá; de Botánica, como los de José Quer y Martínez,
Casimiro Gómez Ortega o Antonio José Cavanilles; pesquisas que suman la
Geografía a las Ciencias Naturales, en las ambiciosas expediciones por América y
el mundo entero emprendidas por figuras que merecen superar el olvido en que
están, como Hipólito Ruiz, José Celestino Mutis, Martín Sesse o Alejandro
Malaspina; avances en Matemáticas, como los derivados de las investigaciones de
José Chaix o Tomás Cerdá; en Química, gracias a eruditos como José Munárriz; en
Física y cálculo matemático, con investigaciones aplicadas al mundo de la
milicia, de la mano de Benito Bails; en Astronomía, por medio de Jorge Juan; en
ciencias métricas, por medio de Agustín Pedrayes o Gabriel Ciscar y Ciscar; en
los experimentos en mineralogía (con dos minerales descubiertos por españoles,
el tungsteno o wolframio, fundamentales por su uso en la siderurgia y la
industria militar), con las investigaciones de los hermanos Fausto Elhuyar y
Juan José Elhuyar.
También hubo importantes hallazgos en ingeniería, al aplicarse el vapor para
distintos fines, gracias a Francisco Sanponts, José Lanz y Agustín Betancourt;
no escasearon las publicaciones en torno a las ciencias de la navegación que
remozaban las viejas artes de marear, al modo de las llevadas a cabo por José
Mendoza y Ríos; además, podría darse una larga nómina de importantes
personalidades en el ámbito de la Biología o en el de las Ciencias de la
Naturaleza en general. Por servir de nexo entre las ciencias y las disciplinas
humanísticas, recordemos en este punto que los músicos y musicólogos de esta
época nos han dejado una apabullante cantidad y variedad de materiales.
Importantísimos e hiperabundantes son los estudios en materia histórica,
literaria y filológica. Basta recordar los nombres del padre Enrique Flórez
(1702-1773), autor de los 27 volúmenes de su España Sagrada (1747-1772); la
historia literaria con Martín Sarmiento (1695-1771), Luis José Velázquez
(1722-1772), Tomás Antonio Sánchez (1723-1802) o el abate Juan Andrés
(1740-1817); la labor de documentación en el fondo medieval toledano de Andrés
Marcos Burriel (1719-1762); o, en diversas parcelas humanísticas, las
investigaciones de Juan Bautista Ceán Bermúdez (1749-1829), Juan Bautista Muñoz
(1745-1799), Eugenio Llaguno y Amírola (1724-1799), Juan Francisco Masdeu
(1744-1817), Juan Sempere y Guarinos (1754-1815) o el prolífico e inteligente
Rafael Floranes (1743-1801), muchos de cuyos papeles permanecen aún inéditos en
la Biblioteca Nacional de Madrid.
Muchas veces ligada a los anteriores, no menos trascendental fue la labor de
copistas de documentos antiguos como Palomares, Mecolaeta o Ibarreta, copista
este último que hizo posible que hoy podamos leer el mejor de los textos de
Gonzalo de Berceo. Recuérdese también el trabajo desarrollado en el ámbito de la
lingüística por Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), Gregorio Mayans y Siscar
(1699-1781), con los Orígenes de la lengua española, o Juan Pablo Forner
(1756-1797); no se olvide tampoco la multitud de escritos de teoría literaria,
con el citado Masdeu y su Arte poética fácil, y un sinfín de preceptivas, como
la Poética de Ignacio de Luzán (1702-1754). La erudición del siglo XVIII tiene
una de sus cimas en el padre Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) con su
monumental Teatro crítico universal (1726-1740) y las Cartas eruditas y curiosas
(1742-760). La gran prosa del siglo es de talante reformista y no desecha
ciertas dosis de costumbrismo, con un tono propio muchas veces del ensayo, como
vemos en Cadalso (1741-82), con Los eruditos a la violeta y sus Cartas marruecas,
y en Jovellanos (1744-1811), cuyos abundantes escritos reformistas son propios
del educador ilustrado y del político.
Las artes plásticas del momento se asocian automáticamente con el modelo
neoclásico exportado desde Francia a una Europa que ve en ella su espejo y que
pretende imitarla y emularla en todo momento. La vuelta al canon la propicia la
existencia de una línea oficial representada por la Academia de Bellas Artes de
San Fernando, que se propuso arremeter contra las muestras barrocas o
churriguerescas, esas que se mostraban por doquier con sólo dar una vuelta por
cualquier ciudad española (se ha dicho que el mejor barroco español es el del
siglo XVIII). Hay teóricos que así lo proponen, como Antonio Ponz (1725-1792) en
su Viage de España (1772-1794), obra en 18 volúmenes; este autor es con respecto
a las artes lo mismo que Leandro Fernández de Moratín en el teatro: un renovador
imbuido de un profundo espíritu neoclásico.
Si este siglo tuvo que convivir con el Barroco mal que bien a lo largo de
bastantes años, de la misma manera la vieja comedia española seguiría gustando
durante el reinado de los primeros monarcas borbones. En términos generales,
cabe decir que, hasta el reinado de Carlos III (1729-1788), las ideas ilustradas,
su nueva estética y su literatura no lograrían una verdadera implantación entre
los creadores y una difusión generalizada. Pero estamos ya en la segunda mitad
de la centuria y, poco a poco, se comenzarán a sentir nuevas transformaciones en
las que se descubre la marcha hacia una nueva estética: el Romanticismo. No es
fácil aplicar el calificativo posromántico como tampoco lo es fijar sus rasgos
definitorios, si tenemos en cuenta el permanente desacuerdo de la crítica al
regateárselo o no a un determinado autor u obra; sin embargo, según nos
acerquemos al final de la centuria será más común que se emplee para
caracterizar tal o cual rasgo, fenómeno u obra.
El siglo, en varios sentidos, es de continuidad y de renovación absoluta al
mismo tiempo: en materia política, los Austrias dejan paso a una nueva dinastía,
los Borbones; en materia religiosa, el siglo XVIII se deja sentir por
transformaciones de muy diferente signo: el problema de los jansenistas en
Europa o la expulsión de los jesuitas de España tras haber salido antes de
Portugal (1759). Una de las principales novedades es el triunfo de la prensa,
las publicaciones periódicas, las revistas ilustradas y las novelas por entregas
o en pliegos sueltos. Entre los periódicos más famosos, hay que contar la Gaceta
de Madrid, el Mercurio Histórico y Político o el Diario de los literatos de
España, entre una larga relación de varias decenas de títulos; uno de los
mayores promotores de tales publicaciones fue Francisco Mariano Nifo
(1719-1803).
Los periódicos brindan un marco adecuado a los relatos costumbristas, abundantes
ya en esta centuria, tanto en este formato como publicados de manera exenta; hay
incluso imitadores de Juan de Zabaleta, a la manera de los libros de Luis
Álvarez Bracamonte, editados todos en 1762. Otra clase de literatura de gran
éxito en el momento es la representada por los almanaques y pronósticos, entre
los que destacan los que se deben al llamado El Gran Piscator de Salamanca, que
no es otro que el curioso escritor Diego de Torres Villarroel (1693-1770).
La novela, en una época de tendencia clasicista como ésta, no podía tener el
vigor de otros siglos; sin embargo, se sigue leyendo novela española áurea, se
imitan algunos de sus principales títulos (con el Quijote al frente) y se
traducen no pocos desde el francés y, en menor medida, a partir del inglés o el
alemán. Hay contados títulos novelescos de cierta altura; entre ellos, es
obligada la cita de la Historia del famoso predicador Fray Gerundio Campazas del
padre Francisco de Isla (1703-1781), famoso también por sus Cartas familiares y
su traduccción de las Aventuras de Gil Blas de Santillana de René Lesage
(1668-1747. La obra que le granjeó fama imperecedera a Torres Villarroel desde
sus propios años es la Vida, descendencia, nacimiento, crianza y aventuras del
doctor don Diego Torres de Villarroel, que por su estilo y su técnica entra en
clara deuda con los narradores del siglo anterior; suyas son también unas
novelas que se etiquetan de alegóricas y que cuentan con títulos como Visiones y
visita de Torres con Quevedo en Madrid y Los desahuciados del mundo.
La renovación neoclásica, a través de obras escritas precisamente para educar,
vendrá a finales del siglo, con El Eusebio de Pedro Montengón y Paret
(1745-1824), tras una apuesta generalizada por los modos del viejo roman
histórico o pastoril; no obstante, el espíritu romántico comienza a sentirse en
Europa e impregna los relatos del momento, lo que animará el cultivo de géneros
como la novela sentimental (con José Mor de Fuentes), histórica (a la manera de
un Antonio Marqués y Espejo, ya al inicio del siglo XIX) o la apuesta por claves
propiamente prerrománticas en las Noches lúgubres (1793) de Cadalso, la Nueva
colección de novelas ejemplares (1790) de Vicente Martínez Colomer (1762-1820) o
las traducciones y las adaptaciones de Gaspar Zavala y Zamora al cierre del
siglo. Incluso formas populares en el siglo XIX como la novela anticlerical
encontrarán sus cimientos en los últimos años de esta centuria, cuando vea la
luz Cornelia Bororquia (1800 ad quem).
Esa continuidad se percibe también tanto en poesía como en prosa y teatro, y muy
especialmente en este último terreno, pues en escena siguen triunfando los
autores del siglo XVII, con Calderón en cabeza; sin embargo, no son éstos los
mejores tiempos para Lope o Tirso de Molina. La centuria abunda en dramaturgos
que admiten perfectamente el calificativo de calderonianos, como Antonio Zamora
y José de Cañizares, que respetan en esencia las fórmulas y temas del teatro del
Barroco. También hay un público fiel a Calderón, pero el mayoritario lo
constituye el que acude a las comedias de teatro, con una puesta en escena de lo
más espectacular, como vemos en las comedias de magia (José de Cañizares se
mostró especialmente exitoso en este terreno), las de santos o las heroicas (entre
los autores más famosos se cuentan Luciano Francisco Comella o el arriba citado
Gaspar Zavala y Zamora).
Éste era el tipo de teatro que llenaba las salas, a pesar de que Leandro
Fernández de Moratín (1760-1828) se burle de la comedia heroica en su Comedia
nueva o El café; aquí, y en otros lugares, se percibe el ideal de éste y otros
autores de educar al pueblo tanto en el terreno moral como en el estético, algo
que queda a cargo de la comedia, como El viejo y la niña (1790) y La mojigata
(1804), El sí de las niñas (1806) o la citada Comedia nueva (1792) de Leandro
Fernández de Moratín, la Petimetra (1762) de Nicolás Fernández de Moratín o El
señorito mimado (1783) y La señorita mal criada (1791) de Tomás de Iriarte
(1750-1791). Aparte, por esos años triunfaba la comedia lacrimosa (El
delincuente honrado de Jovellanos o El precipitado de Cándido María Trigueros
1736-1798), un género dentro del cual, en opinión de algunos estudiosos, habría
que buscar las primeras manifestaciones de un temprano romanticismo español.
El intento de reforma de los ilustrados en materia teatral tiene dos
preocupaciones: moral y estética. No sólo les escandalizaban los personajes y
los enredos amorosos del teatro áureo sino que consideraban aberrantes muchas de
sus fórmulas y, especialmente, las empleadas por la comedia de teatro. Ambas
razones, no sólo la primera, estarán en el origen de las frecuentes críticas a
la comedia lopesca y la prohibición de los autos sacramentales en 1765 por parte
del ministro Aranda, quien se había propuesto renovar el teatro en profundidad.
Había que buscar nuevos modelos, ahora en clave neoclásica, como hicieron, en
distintos momentos, Agustín de Montiano y Luyando (1687-1764), Leandro Fernández
de Moratín, Vicente García de la Huerta (1734-1787), Ignacio López de Ayala
(¿1747?-1789), Nicasio Álvarez Cienfuegos (1764-1809), Jovellanos (con Munuza o
Pelayo, de 1769) o, por supuesto, Cadalso (Sancho García, de 1771).
Los dos autores citados en último lugar se cuentan entre aquellos que
aclimataron la tragedia clásica francesa, cultivada igualmente por Nicolás
Fernández de Moratín y, en especial, por García de la Huerta, padre de la más
importante de las tragedias neoclásicas: la Raquel, representada por vez primera
en 1778. El momento muy también bueno para la música teatral, a modo de ópera o
zarzuela; de hecho, el final de siglo ve triunfar a don Ramón de la Cruz
(1731-1794), primero con sus zarzuelas populares, pero muy pronto con sus
afamados sainetes.
En cuanto a la poesía, la nómina de creadores es muy amplia, aunque su fortuna
literaria, fuera de la antología del Marqués de Valmar, haya sido escasa hasta
fecha reciente. En los últimos años, se viene trabajando con más intensidad en
los poetas de esta época y se les conoce mejor y hasta se aprecian valores
literarios que se nos escapaban hasta aquí. Entre los principales nombres,
tenemos los de Eugenio Gerardo Lobo (1679-1750), Alfonso Verdugo (1706-1767),
fray Diego Tadeo González (1733-1794), el padre José Iglesias de la Casa
(1748-1791) y José Antonio Porcel y Salamanca (1715-1794); aunque algunos de
ellos son en realidad autores decimonónicos (idéntica situación se da en el
ámbito de la arquitectura, pues algunos de los hitos neoclásicos son del siglo
XIX), los poetas neoclásicos más afamados son Manuel José Quintana (1772-1857),
Juan Nicasio Gallego (1777-1853) o Nicasio Álvarez Cienfuegos, del grupo
salmantino, o Pablo de Olavide (1725-1803), José Marchena (1768-1821), Manuel
María de Arjona (1771-1820) y, sobre todo, Alberto Lista (1775-1848), por la
escuela sevillana. El grande entre los grandes poetas del momento es Juan
Meléndez Valdés (1754-1817), que cultivó las principales formas y temas, como la
anacreóntica, el epigrama, los temas satíricos y jocosos o la poesía de
circunstancias.
Tomás de Iriarte (1750-1791) y Félix María Samaniego (1745-1801) cultivaron la
fábula con un éxito extraordinario del que su obra ha gozado hasta nuestros días;
no obstante, su inspiración alcanzó a otras materia, sin dejar siquiera de lado
las más procaces, a la manera del procaz poemario titulado El jardín de Venus de
Samaniego. El engarce con el siglo XIX y el Romanticismo se percibe en poetas
como Gaspar María de Nava, Conde de Noroña (1760-1815), o todavía más claramente
en los citados Meléndez Valdés o Álvarez Cienfuegos.
El siglo XIX -
El Romanticisimo y el Realismo
Los derroteros seguidos por la literatura decimonónica, al igual que ocurre en
el siglo anterior, vendrán dictados desde la estética europea en sus grandes
corrientes, recibidas en España con mayor o menor celeridad. Sin ir más lejos,
los dos artes principales de la centuria, Romanticismo y Realismo, se asentarán
definitivamente en España mucho más tarde de que lo hayan hecho en el resto de
Occidente. Por ello, algunos de los principales hitos de nuestra literatura
romántica (piénsese en un Bécquer o en una Rosalía de Castro, sin ir más lejos)
son, en puridad, posrománticos; del mismo modo, los postulados realistas o
naturalistas habrían de traerlos unos cuantos adelantados aun cuando en el país
vecino, Francia, estuviesen ya perfectamente asimilados. Incluso cabe recordar
que, en determinados escritores y obras, la impronta neoclásica podrá detectarse,
al menos parcialmente, hasta la segunda mitad del siglo.
La literatura del primer tercio del siglo XIX está representada por autores de
transición entre el Neoclasicismo y el Romanticismo o, si se prefiere su
expresión en clave cultural, entre el academicismo ilustrado y la erudición
romántica, que tiene un poderoso sesgo nacionalista. Tal vez los más claros
ejemplos de lo primero sean José Joaquín de Mora (1783-1864), Pablo Mendíbil
(1788-1832), Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862) y Ángel de Saavedra, más
comúnmente conocido como el Duque de Rivas (1791-1865), sobre todo en lo que
respecta a su verso; de lo segundo, son excelentes muestras las que nos brindan
la obra y el pensamiento de Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), Agustín Durán
(1793-1862) o incluso las aportaciones bibliográficas (los tomos de su célebre
Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos) de un Bartolomé
José Gallardo (1776-1852).
El Romanticismo temprano en España cuenta con las dos grandes figuras de Mariano
José de Larra (1809-1837) y José de Espronceda (1808-1842), pues el resto de los
escritores más conocidos que cabe adscribir a esa corriente son algo posteriores
y con más justicia, en muchos de los casos, habrían de tildarse de posrománticos.
El panorama es ése y no otro, como se desprende, además, de la fecha a la que
comúnmente se apela para marcar el triunfo del Romanticismo en España: 1834. En
ese año acontecen varios hitos culturales en clave romántica: el estreno de La
conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa y la publicación del Macías de
Larra, el Sancho Saldaña de Espronceda, las Poesías de Jacinto de Salas Quiroga
(1813-1849) y el famoso romance El moro expósito del Duque de Rivas.
De todas maneras, es cierto que el ideario se había comenzado a entrar en España
en fechas previas: concretamente en 1814, Juan Nicolás Böhl de Faber dio a
conocer por vez primera las ideas románticas de Schlegel en un periódico
titulado el Mercurio gaditano; en breve, habría incluso un medio de difusión de
los postulados románticos en nuestra tierra: la revista El Europeo (1823-1824),
gracias a la cual comenzaría a calar muy hondo el que llamamos romanticismo
liberal.
El drama romántico pronto pujaría con fuerza gracias a varios nombres de
importancia y por medio de obras que alcanzaron un sonado éxito, como Don Álvaro
o la fuerza del sino del Duque de Rivas, El Trovador de Antonio García Gutiérrez
(1813-1884), y la comedia con temas del momento a la manera de un Manuel Bretón
de los Herreros (1796-1873) o un Ventura de la Vega (1807-1865); a este último
autor, con El hombre del mundo, se le debe el nacimiento de la alta comedia
costumbrista, una tarea en la que pronto habrían de tomar el relevo Adelardo
López de Ayala (1828-1879) y, sobre todo, Manuel Tamayo y Baus (1829-1898),
autor de comedias, tragedias de tema histórico y del innovador Un drama nuevo,
conspicua muestra de lo que llamamos el teatro dentro del teatro.
La poesía apuesta por una profunda renovación en su métrica y en sus temas. Sin
ninguna duda, su principal representante es José de Espronceda, con El
estudiante de Salamanca y su poema, inacabado y ambicioso, El diablo mundo. La
corriente histórico legendaria cuenta con una nómina verdaderamente extensa,
pues dentro de ella caen el Duque de Rivas, José Zorrilla (1817-1893), Juan
Arolas (1805-1849), Manuel de Cabanyes (1808-1833), Nicomedes Pastor Díaz
(1811-1863), Gabriel García de Tassara (1817-1875), Salvador Bermúdez de Castro
(1817-1888), Juan Martínez de Villergas (1816-1894), Gertrudis Gómez Avellaneda
(1814-1873), Enrique Gil Carrasco (1815-1846) y Carolina Coronado (1823-1911).
Hay otros poetas que entraron en contacto con la lírica germánica como Vicente
Barrantes (1829-1898), Sanz y Sánchez (1822-1881), Ferrán y Forniés; estos dos
últimos tradujeron a Heine al tiempo que dieron a conocer fuera de España a
Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). La fama e influjo de este último en España
será extraordinaria tanto por medio de sus Rimas como gracias a la renovadora
prosa de sus igualmente celebradas Leyendas. El mismo espíritu de renovación se
da también, aunque con un nacionalismo incipiente que no percibimos en otros
autores, en Rosalía de Castro (1837-1885) o en escritores algo menos conocidos
aunque con obras tan importantes como las de los valencianos Teodoro Llorente y
Olivares (1836-1911) y Vicente Wenceslao Querol (1836-1889), ambos empapados de
la estética romántica gracias a su labor como traductores de lord Byron. No
obstante, sus respectivos poemarios demuestran claramente lo dicho atrás: la
convivencia de los temas, formas y géneros característicamente neoclásicos (ahí
está la Oda a las Bellas Artes) con un espíritu renovador perfectamente
controlado, al igual que en ningún momento se les desmanda su abandono, tan sólo
parcial y aparente, de la vieja poética del siglo previo.
El arte romántico, en su deseo de perseguir aquello más característico de un
pueblo, raza o cultura, persiguió esos rasgos en sus tradiciones, formas de vida
o costumbres que la civilización podía enterrar definitivamente. Por caminos
diversos, el arte romántico llegó a reivindicar la Edad Media, el mundo oriental
(sobre todo en España, con una obsesión por el pasado musulmán que marcó tanto a
los nacionales como a los foráneos) y el folklore en sus diversas formas. Ese
ambiente brindó un magnífico caldo de cultivo para la literatura costumbrista,
estrechamente vinculada a otras artes del momento, en especial a la música, con
poderosos tintes nacionalistas, y la pintura, en la que las escenas
costumbristas son archicaracterísticas. La vinculación del relato de costumbres
con las artes plásticas se comprueba una y otra vez por medio de la presencia de
numerosos grabados litográficos que acompañan a tales escritos.
Más importantes que los nombres de los cultivadores de esta forma literatura son
las revistas en que se refugian artículos de costumbres de los más variados
autores; de todas ellas, cabe destacar El Semanario Pintoresco Español, o esa
importantísima obra colectiva, con magníficas descripciones de tipos que se
acompañan de bellos grabados, que es la titulada Los españoles pintados por sí
mismos (1843), en la que colaboraron los escritores más famosos del momento,
como Antonio Flores (1803-1865) o Eugenio de Ochoa (1815-1872). Los
costumbristas españoles más importantes prefirieron no obstante la escena
costumbrista al tipo, como vemos en la obra de Serafín Estébanez Calderón
(1799-1867) y Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882).
La consideración del fenómeno del costumbrismo decimonónico no sería completa
sin prestar alguna atención a los viajeros románticos que se acercaron a España
y que ofrecieron bellos relatos de viajes por sus tierrras, a la manera de los
británicos Richard Ford y George Borrow (1803-1881), o los franceses Théophile
Gautier (1811-1872), Prosper Mérimée (1803-1870) o ese gran maestro de los
grabados que es Gustave Doré (1832-1883), entre otros muchos; el Voyage en
Espagne de este último, realizado junto a su amigo el barón Davillier, une, una
vez más, pintorescas y exóticas descripciones de una España que se revela
alejada de la civilización, anclada en el Medievo profundo y marcada aquí y allá
por las huellas de su pasado árabe, a unos grabados que abundan en idéntico
ideario y con el mismo grado de recreación del paisaje y los habitantes de la
Península Ibérica a la luz de los principales mitos del momento.
Aunque a Larra se le considera un costumbrista, también es verdad que su
costumbrismo es radicalmente distinto del de los anteriores, pues sus cuadros de
la sociedad española se nos muestran profundamente críticos: no buscan la
estética de las escenas costumbristas ni el casticismo de los tipos, sino una
transformación profunda que en breve (considérese lo corto de su vida) dará en
el escepticismo, la amargura, la desesperación y, en definitiva, en la muerte.
No obstante, hay que recordar que Larra no sólo rompe con los moldes al uso sino
que, con especial habilidad, también los aceptó al enfrentarse a determinadas
formas de escritura, como el drama histórico, en su Macías, o la novela
histórica, como en El doncel de Don Enrique el Doliente (1834); a este género
pertenece también Sancho Saldaña o el Castellano de Cuéllar, novela histórica
del siglo XIII (1834) de Espronceda. Este tipo de novela, inspirada en buena
medida por el arte de Sir Walter Scott (1771-1832), tuvo su principal
representante en El señor de Bembibre (1844) de Enrique Gil y Carrasco
(1815-1846).
Junto a la novela romántica de tema histórico, corta o larga, son especialmente
características de ese periodo las extensas novelas populares o de folletín, que
alcanzarán una enorme difusión entrada la centuria en casos como el de Wenceslao
Ayguals de Izco (1801-1873) o en el del exitosísimo Manuel Fernández y González
(1821-1888). El siglo XIX se había inaugurado con un largo número de novelas,
originales o traducciones, a las que cae bien ese apelativo; de hecho, fueron
varios cientos las que vieron la luz en las tres primeras décadas de la centuria,
entre novelas morales, sentimentales o anticlericales, justo antes de que se
comience a cultivar la novela histórica, característica de los escritores
románticos, a la manera de Larra, Espronceda, Ochoa (con El auto de fe de 1837)
o Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873). Con todo, no cabe olvidar que la
novela histórica había dado ya múltiples muestras desde la segunda década del
siglo y que la obra más madrugadora de entre las que merecen ese marbete en
puridad en la historia de nuestra literatura es Ramiro, Conde de Lucena, escrita
por Rafael Húmara y Salamanca en 1823.
En ese medio irrumpe la temprana novela realista, en la que aún descubrimos
claras huellas románticas, a la manera de la temprana obra de Cecilia Böhl de
Faber, más conocida por Fernán Caballero (1796-1877), cuya narrativa se revela
claramente influida por el costumbrismo regionalista, como en La gaviota (1849).
La novela se halla en una fase de transición hasta que lleguemos a los años de
la que muchos llaman la Generación del 68, denominación que se deriva de la
sublevación gaditana de signo progresista que tuvo lugar en septiembre de ese
año; así, prerrealistas son Eugenio de Tapia (1776-1860), Jacinto Salas Quiroga
(1813-1849) o Braulio Foz (1791-1865), pero todavía podemos detectar huellas
claramente románticas en autores que etiquetamos de realistas como Pedro Antonio
de Alarcón y Ariza (1833-1891).
En el complejo panorama político y social de la España de los 60 (aunque tampoco
resulte distinto en exceso del que pudieran ofrecer en esa época Europa y el
resto del mundo, aun cuando los problemas fuesen de diversa índole) surge la
novela realista o, lo que es lo mismo, la novela por excelencia. Con Alarcón,
será José María de Pereda (1833-1906) el primero en marcar la llegada de esa
nueva corriente en unas narraciones marcadas por el regionalismo santanderino (sobre
todo, en su segunda época) y un evidente espíritu conservador, pero que muestran
claramente un innegable dominio de su oficio. El más maduro del grupo, aunque
uno de los autores más tardíos en lo que a la publicación de su obra se refiere,
es Juan Valera (1824-1905), un inteligente aristócrata y diplomático que comenzó
a escribir en una madurez que lo capacitó plenamente para dicha tarea.
El escritor más representativo del espíritu del 68 y también el más prolífico y
gustado por el lector actual es Benito Pérez Galdós (1843-1920), que transmite
el espíritu liberal del grupo desde su primera novela, La Fontana de Oro (1870).
Desde La desheredada (1881), novela con que se inicia el periodo galdosiano más
aplaudido, el escritor sigue pautas de corte naturalista sobre las que sólo
volverá de modo parcial en sus grandes obras, entre Fortunata y Jacinta
(1886-1887) y Misericordia (1897). Con sus 48 Episodios nacionales, Galdós
remozará enteramente el viejo género de la novela histórica romántica; ahí, la
historia no sólo brinda el marco o ambiente para la acción sino mucho más:
Galdós está escribiendo verdadera historia nacional dramatizada, con fuertes
retazos novelescos y los tintes ideológicos propios de un escritor fiel al
ideario progresista.
El otro grande del momento es
Leopoldo Alas, Clarín (1852-1901), aunque sólo sea porque La Regenta (1885),
cumbre del naturalismo novelesco español, es considerada por muchos como la
segunda gran novela de la literatura española de todos los tiempos. Aparte, la
figura de Clarín es tan interesante como su producción literaria, que abarca los
géneros más diversos, sin olvidar una amplia labor como crítico. Su éxito como
novelista alcanzó a los relatos extensos (de las dos novelas de estas
características que escribió, la segunda se tituló Su único hijo y vio la luz en
1890) y las formas breves (con Pipá de 1879). Con todo, y ya que el naturalismo
de Clarín es heterodoxo, esa corriente en España se asocia de forma automática
al nombre y la obra de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), quien defendió el ideario
y la estética naturalistas en La cuestión palpitante (1883) y los plasmaría en
Los pazos de Ulloa; no olvidemos, no obstante, que la Pardo Bazán no siguió paso
por paso a Zola en sus postulados naturalistas, que se apartó de los personajes
más truculentos, que pronto derivó hacia una novela de tintes idealistas y
religiosos y que, al final de su vida como novelista, abandonaría por completo
los modelos naturalistas.
Para completar el panorama previo, será necesario citar al menos los nombres de
un Jacinto Octavio Picón (1852-1926), creador y crítico literario que cultivó en
especial la llamada novela erótica; el padre Luis Coloma (1851-1914), católico a
machamartillo y antinaturalista; Armando Palacios Valdés (1853-1938), que pasó
del naturalismo y el regionalismo a otro modo de novelar mucho más peculiar y
personal, en que él mismo se inserta en su obra, y con una técnica que se ha
dado en llamar el subjetivismo realista, por mezclar lo puramente ficticio con
lo autobiográfico; José Ortega Munilla (1856-1922), más recordado por periodista
o por padre de Ortega y Gasset que como novelista, aunque su obra sea muy
notable. Por supuesto, la nómina no acaba en este punto sino que es de una
extensión notable, con novelistas que merecen el calificativo de realistas y
otros claramente naturalistas, como un Alejandro Sawa (1862-1909) o un Salvador
Rueda (1857-1923).
Después de los grandes posrománticos, la poesía decimonónica se esfuma casi por
completo si se atiende al interés que suscita en críticos y lectores: son los
años de Gaspar Núñez de Arce (1832-1903), cuyo arte puede asociarse con el
posromanticismo de los prerrafaelitas británicos (véase prerrafaelismo); Ventura
Ruiz Aguilera (1820-1881), posromántico idealista muy elogiado en sus días y hoy
prácticamente olvidado; Joaquín María Bartrina y de Aixemús (1850-1880), un
apasionado de Heine; Manuel de Palacio (1831-1906), consumado maestro de la
sátira política, o José María Gabriel y Galán (1870-1905), famoso por sus
estampas costumbristas y su regionalismo extremeño, al tiempo que defensor del
castúo, al igual que lo será su seguidor Luis Chamizo en las primeras décadas
del siglo XX (1896-1944).
Todos esos intentos no gozaron del beneplácito de la centuria siguiente, que
marginó u olvidó por completo las obras de tales autores y otros de sus
respectivas generaciones para atender tan sólo al fenómeno finisecular del
nacimiento de la poesía modernista, de la mano del mentado Salvador Rueda, del
post-becqueriano Ricardo Gil (1853-1907) o bien del parnasiano Manuel Reina
(1856-1905), poeta que sería elogiado por el grande entre los grandes creadores
modernistas, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), cuya producción y
biografía tropieza continuamente con España y la literatura de toda esa época.
El teatro de la segunda mitad del siglo, pese a su enorme éxito de público en su
momento, no goza tampoco de demasiado predicamento en nuestros días, en que se
considera de baja calidad. Además del ya citado Tamayo y Baus, hay que recordar
a José Echegaray (1832-1916), político y literato que llegó a conseguir el
premio Nobel de Literatura en 1904, aunque su teatro, que hacía las delicias del
público de la época , hoy no logra despertar el interés de nadie, por un
lenguaje que hoy se percibe como muy afectado y una técnica dramática que
resulta trasnochada para nuestros gustos. Otros autores exitosos fueron el
conservador Eugenio Sellés (1844-1926), Leopoldo Cano (1844-1934), cuyas
fórmulas dramáticas observan fielmente los principios artísticos de Echegaray, y
Enrique Gaspar Rimbau (1842-1902), representante por excelencia de la comedia
realista.
El género característico del momento es el sainete, con el que se hicieron
muchos de los libretos del género chico. Este teatro, de corte profundamente
cómico, culminó con Carlos Arniches (1866-1943) y la creación de la tragedia
grotesca. Joaquín Dicenta (1862-1917) se propuso renovar ese teatro y lo
consiguió parcialmente con obras en las que el costumbrismo se une a la denuncia
social. También Galdós comenzó a cultivar el teatro con ansias de renovación en
dos etapas de su vida: la primera, que acabó en un rotundo fracaso, corresponde
a los años 60, en que cultivó el drama histórico y la comedia, que abandonó por
completo para darse a la escritura de novelas; la segunda, exitosa por completo,
se inició con el estreno de La loca de la casa (1983) y culminó con sus
aplaudidas tragedias Electra (1901) y El abuelo (1904).
En el ámbito de la cultura en general, en la década de los 60 aparece el
krausismo por medio de la labor de Julián Sanz del Río (1814-1869), cuya labor
será continuada por Fernando de Castro (1816-1871), Francisco Giner de los Ríos
(1839-1915), padre de la pedagogía krausista gracias a la Institución Libre de
Enseñanza, o Gumersindo de Azcárate (1840-1917), que mantuvo una postura
progresista frente a Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) en la célebre
polémica sobre la Ciencia Española. El ideario (krausismo) de Krause
(1781-1832), que Sanz del Río trajo de Alemania, proponía un retorno a la
naturaleza, una renovación moral que hermanase a los pueblos sin necesidad de
abandonar las señas de identidad propias de cada comunidad o nación; era, en
fin, una corriente de pensamiento que abogaba por una revolución cultural sin
traumas, dentro de un ideario con tintes filantrópicos y de signo paneuropeísta.
El krausismo no murió con el siglo que lo vio nacer sino que penetró en el siglo
XX y, de una u otra manera, su semilla logró llegar hasta nuestros días.
De todos modos, hay que recordar que la empresa de transformación cultural de
España no era exclusiva del krausismo: la habían iniciado los prohombres del
siglo XVIII, que abrieron camino para los eruditos de la centuria siguiente. Por
desgracia, las aportaciones científicas fueron prácticamente nulas hasta la
segunda mitad de siglo, con las figuras de Jaime Ferrán y Clúa (1849-1929),
bacteriólogo de fama internacional que realizó grandes avances en el tratamiento
de la rabia y el cólera (obtuvo el premio Breaut de la Academia de Ciencias de
París en 1907), y en especial de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), el gran
histólogo y especialista en neurología (premio Nobel de 1906).
Las grandes aportaciones eruditas del siglo XIX vinieron del lado de las
humanidades, si bien es cierto que, por regla general, fueron de tendencia
excesivamente localista: filólogos e historiadores de la literatura española,
como el romanista Manuel Milà i Fontanals (1818-1884), único que se interesó por
fenómenos culturales europeos y no sólo hispánicos; el sólido historiador y
brillante medievalista José Amador de los Ríos (1818-1878), autor de varios
trabajos que aún conservan su valor de forma íntegra o parcial, o bien, en un
marco hispánico más amplio, el polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo, deslumbrante
por su erudición aunque demasiado lastrado por sus prejuicios de diverso orden;
arabistas como el bibliófilo Pascual de Gayangos (1809-1897) o Francisco Javier
Simonet (1829-1897), maestro a su vez de otros grandes maestros en el mundo
árabe y mozárabe; historiadores como Modesto Lafuente (1806-1866), etc.
El siglo XX
Al final del siglo XIX, la crisis social burguesa se ve por críticas como la del
regeneracionista Joaquín Costa (1844-1911), que abrió camino a escritores de
ficción mucho más jóvenes como era el novelista Ángel Ganivet (1865-1898),
nuncio de la Generación del 98; no obstante, tampoco faltaron escritores, como
Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) o Felipe Trigo (1864-1916), que se mantuvieron
fieles a las formas y postulados del realismo decimonónico (y con un envidiable
éxito editorial, cabe añadir). En medio de la agitación social y de una profunda
crisis nacional y con una gran actividad cultural, surgió un grupo de escritores
que buscaba una profunda renovación literaria en diferentes órdenes: estéticos e
ideológicos. Los historiadores de la literatura han diferenciado
tradicionalmente a tales escritores con dos etiquetas diferentes: mientras los
primeros, los estetas, serán ligados al Modernismo, los segundos formarán el
grupo que se llamará la Generación del 98, con una clara preocupación por los
problemas sociales que afectaban a España.
Con todo, hoy sabemos que no es del todo conveniente separar de forma drástica a
los autores de esos años según se refugien o no en una imaginaria torre de
cristal rodeada de bellos lagos habitados por cisnes y nenúfares. En especial,
la vieja taxonomía hace aguas en la obra de dos de los principales escritores
del momento: Ramón María del Valle Inclán (1874-1967) y Antonio Machado
(1875-1939), pero cabría hacer esa misma objeción a otros autores en distintos
momentos. Lo único que parece más correcto es que el ensayo y, en menor medida (ahí
está, como contraejemplo, la magnífica prosa de la Sonatas valleinclanescas), la
novela parecen medios mucho menos apropiados para el virtuosismo modernista que
el teatro y, sobre todo, la poesía; con todo, es verdad que algunos de los
reconocidos como miembros de la Generación del 98 apenas se dejaron atraer por
el modelo rubeniano, como vemos en un Miguel de Unamuno (1864-1936) poeta, que
sólo en contados momentos se revela atraído por esa estética.
Unamuno, en concreto, sorprende por la diversidad de los géneros literarios que
cultivó, pues lo descubrimos como autor de ensayos, novelas, teatro y poesía;
frente a él, Valle Inclán se movió dentro del ámbito de la ficción, y escribió
no sólo novelas sino también poesía, teatro y sólo alcanzó a escribir artículos
periodísticos, no ensayos propiamente dichos; por su parte, José Martínez Ruiz,
Azorín (1874-1967), cultivó el ensayo, la novela y el teatro, mostrándose
refractario al verso en sus diversas formas. Otros miembros de ese grupo
literario, como el ensayista Ramiro de Maeztu (1874-1936), el novelista Pío
Baroja (1872-1956), o el dramaturgo Jacinto Benavente (1866-1954) no salieron de
sus respectivos ámbitos de creación y prefirieron cultivar una sola modalidad
literaria.
Incluso limitándonos a un solo género y a autores concretos, descubriremos
notables diferencias en algunos de los autores citados; por ejemplo, nada hay
más distinto que el Valle Inclán modernista y decadente de la primera época y el
acerado crítico de la sociedad que encontramos en su segunda época. Si, por el
contrario, tomamos como referencia el conjunto de la producción novelística,
podríamos hacer parecidos comentarios. De ese modo, Manuel Ciges Aparicio
(1873-1936), Manuel Bueno (1874-1936), José López Pinillos o Pármeno
(1875-1922), Silverio Lanza (1856-1912) o Eugenio Noel (1885-1936) son críticos
respecto de la sociedad española del momento, estimulados por el espíritu
noventayochista o por unas preocupaciones de orden social y político propias del
momento; frente a ellos, en cambio, el citado Felipe Trigo y otros autores como
Eduardo Zamacois (1876-1954) y Concha Espina (1877-1955) se muestran fieles a
unos postulados más puramente decimonónicos, con fundamentos realistas y
naturalistas en buena parte de su prolongada obra.
Planteamientos decimonónicos, y no sólo en lo que a su estilo respecta sino
también por su ideología, y narraciones de un escaso valor estético son las que
ofrece Ricardo León (1877-1943). Dos de los autores citados, Trigo y Zamacois,
junto a Pedro Mata (1875-1946), Alberto Insúa (1883-1963) o Rafael López de Haro
(1876-1967) constituyen buenos ejemplos de la llamada novela erótica burguesa;
aunque muchas veces se une a ellos, resulta más difícil de encasillar la
sorprendente obra (su biografía casi lo es también en el mismo grado) de Antonio
de Hoyos y Vinent (1886-1940). La novela satírica fue cultivada por Wenceslao
Fernández Flórez (1884-1964), Julio Camba (1882-1962), Miguel Villalonga
(1899-1947) y Ramón Pérez de Ayala (1881-1962). Ramón Gómez de la Serna
(1888-1962) renovó la narrativa entre el humor y la vanguardia, en una línea que
seguiría más tarde Enrique Jardiel Poncela (1901-1952).
Por su parte, Benjamín Jarnés (1888-1949) escribió una extraordinaria prosa y
una abundante producción novelesca que tuvo como continuadores a varios
prosistas de idéntica talla: Francisco Ayala (1906- ), Antonio Espina
(1894-1972), Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, más conocido por
Corpus Barga (1887-1975), Max Aub (1903-1972) y Rosa Chacel (1898-1994). Por
esos mismos años surgió una corriente realista con intenciones sociales marcadas
que acabaría por imponerse como modelo en la posguerra; así ocurre, por ejemplo,
en la obra de varios escritores progresistas comprometidos con la causa de la
República, como José Díaz Fernández (1898-1940), Joaquín Arderíus (1890-1969),
Julián Zugazagoitia (1899-1940), César M. Arconada (1900-1964), Andrés Carranque
de Ríos (1902-1936) y, sobre todo, Ramón J. Sender (1902-1981); no obstante,
también hubo magníficos escritores que, con esa misma técnica realista,
persiguieron propósitos muy diversos y a menudo defendieron su concepción de una
España tradicional y conservadora, como Francisco de Cossío (1887-1975), Tomás
Borrás (1891-1976) o bien Ramón Ledesma Miranda (1901-1963).
La poesía del siglo XX
En poesía, hay un antes y un después de Rubén Darío, el gran renovador de la
lírica moderna en lengua española; su genio impregna al conjunto de los poetas
modernistas, con unas dosis especialmente notables en los casos siguientes:
Antonio Machado (1875-1939), cuyo patrón modernista no conviene olvidar en
ningún caso, pues se une a los mitos característicos de la Generación del 98 y a
otros materiales que hunden sus raíces en el legado poético español; Manuel
Machado (1874-1947), con un modernismo mucho más fácil de percibir, teñido por
colores muy diversos, y entre ellos los de la vieja poesía popular y tradicional
o los del medievalismo posromántico y prerrafaelita; Eduardo Marquina
(1879-1946), seguidor a ultranza de la estética modernista en clave rubeniana;
en último término, Francisco Villaespesa (1877-1935), amigo de Rubén Darío,
posromántico y orientalista mucho más valioso de lo que la crítica, cargada de
prejuicios, ha hecho creer hasta hace poco. Un poeta excepcional que cabe
etiquetar de modernista o, más bien, de posmodernista es Enrique de Mesa, a
quien también atrajeron poderosamente los temas medievales, orientales,
regionales y paisajísticos (con su obsesión por la sierra madrileña que
percibimos en algunos pintores del momento, como Haes o Beruete, su discípulo)
entre otros.
En esta larga nómina han de figurar otros muchos vates, influidos en distinto
grado por el nicaragüense, entre el modernismo apenas perceptible de Unamuno (más
preocupado por el problema de la regeneración española, por Castilla y por
diversos problemas religiosos y metafísicos) y el más subido de tono, por
voluntariamente ripioso, del Valle-Inclán más juguetón. El principal de todos
los poemarios post-rubenianos es, sin lugar a duda, el de Juan Ramón Jiménez
(1881-1958), que unió lo mejor del modernismo a su personal concepción de la
lírica, que supuso toda una profunda transformación en la poesía española. Si
hemos dicho que Rubén Darío marcó época, cabe decir otro tanto de Juan Ramón
Jiménez, en su paso desde el modernismo militante hacia una poesía personal
movida por un ideal literario ambiciosísimo, donde impera lo sentimental y lo
sensual.
Aunque la relación que podría hacerse es extensa, hay que recordar unos cuantos
autores que hicieron las veces de puente entre el Modernismo y la Generación del
27, como Ramón Pérez de Ayala (1881-1962), el recién citado Enrique de Mesa
(1878-1929), Enrique Díez Canedo (1879-1944) y Felipe Camino Gallego, más
conocido como León Felipe (1884-1968). Son ésos también los años de las
vanguardias y los denominados ismos: el Futurismo del italiano Marinetti, el
Ultraísmo, el Creacionismo del chileno Vicente Huidobro, el Dadaísmo, el
Surrealismo y otros; entre los poetas vanguardistas, hay que recordar en
especial a los ultraístas Guillermo de Torre (1900-1971), Adriano del Valle
(1895-1955) y Antonio Espina (1894-1974). Más importantes son las huellas
surrealistas, pues no sólo es larga nómina de artistas dados al Surrealismo en
el mundo de las artes plásticas y en la literatura: mucho más importante es el
hecho de que se trata de artistas de la talla de un Salvador Dalí en pintura, un
Luis Buñuel en el cine, y un García Lorca, Alberti, Aleixandre o Cernuda en
poesía.
La conmemoración del centenario de Góngora marcó a la que se denomina comúnmente
(entre otros nombres de menos fortuna) la , un grupo de poetas que nacía marcado
por el magisterio de Juan Ramón Jiménez y por los diversos experimentos
literarios de las décadas previas, que iban desde las varias tendencias del
Posromanticismo, a través del Modernismo, hasta alcanzar las diversas corrientes
vanguardistas. Los miembros de esta generación son en su mayoría poetas de una
sólida formación literaria, estudiantes y profesores universitarios que conocían
como nadie el patrimonio literario español y, en menor medida, universal y que
acudían gustosos, entre otros, al venero de la tradición poética española, en
clave culta o popular. En ese grupo abundan los especialistas en historia
literaria y los filólogos propiamente dichos.
Los nombres principales de esta nueva edad dorada de la poesía son los de Pedro
Salinas (1892-1951), Jorge Guillén (1893-1984), Juan Larrea (1895-1980), Gerardo
Diego (1896-1987), Federico García Lorca (1898-1936), Vicente Aleixandre
(1898-1984), Dámaso Alonso (1898-1990), Emilio Prados (1899-1962), Rafael
Alberti (1902- ), Luis Cernuda (1902-1963), Manuel Altolaguirre (1905-1959),
José María Hinojosa (1904-1936) o Juan José Domenchina (1898-1959). Entre los
más veteranos del grupo, hay que situar a ese fino crítico de literatura y arte
a la par de poeta y prosista llamado José Moreno Villa (1887-1955); entre los
más jóvenes a ese artística atípico, por sus modestos orígenes y formación como
puro autodidacto, que es Miguel Hernández (1910-1942).
El teatro del siglo XX
El teatro está diferenciado en dos corrientes: por una parte, están los autores
que escriben para el gusto del público burgués, a la manera de Jacinto Benavente
(1866-1954) y sus seguidores, como Eduardo Marquina (1879-1946), gran
versificador y maestro del drama de tema histórico, o los mismos hermanos
Machado; del otro lado caen los renovadores del sainete y la comedia
costumbrista como Carlos Arniches (1886-1943), los hermanos Serafín y Joaquín
Álvarez Quintero (1871-1938 y 1873-1944, respectivamente) y Pedro Muñoz Seca
(1881-1936). Hay otros autores como el citado Jardiel Poncela o Gregorio
Martínez Sierra (1881-1947), que escribieron un teatro muy comercial, no exento
de calidad, con la combinación de lo inverosímil y altas dosis de humor. Después
de una cierta marginación de los autores recién citados por parte de la crítica,
han vuelto a gozar del general aprecio; sin embargo, el gran teatro anterior a
la Guerra Civil, que suma las más elevadas virtudes artísticas a la exposición
de las miserias humanas y la plasmación de algunos mitos universales en clave
local, sigue siendo para lectores y especialistas el de los esperpentos de
Valle-Inclán y el de las tragedias de Federico García Lorca. Hay otros autores
que difícilmente encajan dentro de los bloque previos; de todos ellos, tal vez
el más desconcertante sea Max Aub (1903-1972).
Desde los años 20, la cultura española cuenta con conspicuos representantes al
mismo tiempo que tampoco faltan medios para la difusión de los gustos y las
ideas. Con la aparición de importantes revistas como son la Revista de Occidente
o Cruz y Raya, ambas magníficas receptoras de artículos, ensayos y opúsculos
literarios, el pensamiento español comienza a gozar de un estado de salud
realmente envidiable. Próxima ya la Guerra Civil, los estudios históricos y
filológicos cuentan con magníficos valedores agrupados en torno a figuras
señeras como José Ortega y Gasset (1883-1955), Ramón Menéndez Pidal (1869-1968)
o Manuel Gómez Moreno (1868-1968). Nombres importantes son, por ejemplo, los del
propio Manuel Azaña (1880-1940), Eugenio D'Ors (1882-1954), el filólogo y, más
tarde, historiador Américo Castro (1885-1972), Luis Araquistáin (1886-1959),
Gregorio Marañón (1887-1960), Antonio Espina (1894-1972), Claudio Sánchez
Albornoz (1893-1984), José Bergamín (1895-1983), Joaquín Xirau (1898-1983),
Xavier Zubiri (1898-1983) o José Gaos (1900-1969), entre otros muchos.
Tras la Guerra Civil, la mayoría de los intelectuales y de los creadores
literarios se exiliaron, pero continuaron escribiendo desde sus diversos países
de acogida; así, continuaron con su obra autores como Arturo Barea (1897-1957),
Rosa Chacel (1898-1994), Eduardo Blanco Amor (1900-1979), Rafael Dieste
(1899-1981), Manuel Andújar (1913- ) o los citados Ramón J.Sender, Max Aub o
Francisco Ayala. Los autores que permanecieron en España comenzaron a trabajar
en obras que reflejaron el malestar interior o se impregnaron del pesimismo o
nihilismo de la literatura europea posterior a la Primera Guerra Mundial, como
se desprende de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela (1916- ), Nada
de Carmen Laforet (1921- ) y otras que, en el futuro, ofrecerán parecido retrato
de nuestro país con una postura vital coincidente, como El Jarama de Rafael
Sánchez Ferlosio (1927- ) o Tiempo de silencio de Luis Martín Santos
(1924-1964).
Algunos de los poetas de la llamada Generación del 27 se quedaron en España,
como Vicente Aleixandre, Gerardo Diego; junto a ellos están algunos poetas de
extraordinaria calidad comúnmente etiquetados como del régimen, aunque esto no
sea cierto las más de las veces, como Adriano del Valle (1895-1958) y, sobre
todo, Leopoldo Panero (1909-1962), Dionisio Ridruejo (1912-1975) o Luis Rosales
(1910-1992). Otros poetas adoptan posturas más progresistas y aprovechan sus
versos para la protesta social, como Gabriel Celaya (1911-1991), Juan Bernier,
(1911-1989), Ramón de Garciasol (1913-1994), Blas de Otero (1916-1979), Ricardo
Molina (1917-1968), Leopoldo de Luis (1918- ), Rafael Morales (1919- ), José
Hierro (1922- ), Carlos Bousoño (1923- ) o José María Valverde (1926-1996).
La segunda mitad del
siglo XX
Por los años 50, aparece una serie de poetas totalmente volcados en los temas
sociales y los valores de la vida cotidiana, aunque su evolución ha seguido
distintos caminos e incluso sus poemarios más tempranos guardan otras muchas
sopresas. En una nómina que podría ser mucho más extensa no pueden faltar, por
ejemplo, Alfonso Costafreda (1926-1974), Carlos Barral (1928-1989), José Agustín
Goytisolo (1928- ), Jaime Gil de Biedma (1929-1990), Victoriano Crémer (1908- ),
Eugenio G. de Nora (1923- ), Ángel González (1925- ), José Caballero Bonald
(1926- ), José Ángel Valente (1929-2000), Francisco Brines (1932- ), Claudio
Rodríguez (1934-1999), Juan E. Cirlot (1916-1973), Miguel Labordeta (1921-1969)
o Carlos Edmundo de Ory (1923- ). Ya en décadas recientes figuran poetas (algunas
también novelistas y escritores de diverso signo) de la talla de José María
Álvarez (1942- ), Antonio Hernández (1943- ), Pere Gimferrer (1945- ), Antonio
Colinas (1946- ), Guillermo Carnero (1947- ) o Jaime Siles (1951- ), entre otros
muchos injustamente ausentes de esta, por fuerza, breve relación.
En cuanto a la novela encontramos junto con Juan Antonio Zunzunegui (1901-1982),
a Rafael Sánchez Mazas (1894-1966), Rafael García Serrano (1917-1988) o Gonzalo
Torrente Ballester (1910- ). Por los años 40 ó 50 se dieron a conocer, además de
Cela y Sánchez Ferlosio, Miguel Delibes (1920- ), Carmen Martín Gaite
(1925-2000), Ignacio Aldecoa (1925-1969), Ana María Matute (1926- ), Jesús
Fernández Santos (1926-1988), Juan García Hortelano (1928-1992), Daniel Sueiro
(1931-1988), Juan Goytisolo (1931- ), Luis Goytisolo (1935- ), Isaac Montero
(1936- ) y otros. Todos estos autores han evolucionado en su narrativa tras el
acicate de Luis Martín Santos con Tiempo de Silencio (1962) y por Juan Marsé con
Últimas tardes con Teresa (1963). La narrativa imaginativa tiene como máximos
exponentes, además del citado Torrente Ballester, a Álvaro Cunqueiro (1911-1981)
y a Gonzalo Suárez (1934- ); el cuidado estilo de la prosa sorprende sobremanera
en casos tan distintos como pueden ser los de Francisco Umbral (1935- ) o Manuel
Vicent (1936- ). Las últimas novelas de Juan Benet (1927-1993), Javier Tomeo
(1932- ), Ramón Hernández (1935- ), José Leyva (1938- ), Álvaro Pombo (1939- ),
Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), Luis Mateo Díez (1942- ), Eduardo Mendoza
(1943- ), José María Guelbenzu (1944- ), Juan José Millás (1946- ), Julio
Llamazares (1955- ), Antonio Muñoz Molina (1956- ) y tantas otras son
representativas de una nueva generación de autores que están llevando a cabo una
profunda labor de transformación de la narrativa mediante la experimentación y
la renovación temática.
Una simple muestra de lo prolífica que resulta la narrativa española actual
puede consistir en una breve nómina de autores que han conseguido abrirse un
hueco importantísimo en el mercado y recibir continuos aplausos (desigualmente
unánimes en algunos casos, a decir verdad) por parte de la crítica; entre ellos,
vale la pena citar a los exitosísimos Arturo Pérez-Reverte o Javier Marías, que
suman sus nombres a autores de best-sellers tan gratos al mercado como el
inventor y novelista Alberto Vázquez-Figueroa; por fin, hay varios autores que
se hallan en la treintena e incluso la veintena que han triunfado en los últimos
años, como Juan Manuel de Prada, Espido Freire o Antonio Orejudo, entre otros.
El teatro de la posguerra prolonga la comedia intrascendente y el drama,
conservador ideológicamente y convencional estéticamente, con mayor o menor
calidad en los diálogos: José María Pemán (1898-1951), Edgar Neville
(1898-1967), José López Rubio (1903- ), Joaquín Calvo Sotelo (1905-1993) o
Víctor Ruiz Iriarte (1912-1982). Mayor importancia tiene el teatro de Miguel
Mihura (1905-1979) y el de Antonio Buero Vallejo (1916-2000), quien con Historia
de una escalera dio comienzo a un teatro realista y crítico, al que se uniría
pronto Alfonso Sastre (1926- ). A fines de los años 50 alcanzaron el éxito los
siguientes autores: Lauro Olmo (1922-1994), José Martín Recuerda (1925- ),
Carlos Muñiz (1927-1994), José María Rodríguez Méndez (1929- ), y, sobre todo,
Alfonso Paso (1926-1978), con un teatro marcadamente comercial. Entre los
autores más recientes citaremos a José Ruibal (1925- ), Francisco Nieva (1929-
), Antonio Gala (1936- ), Fernando Arrabal (1932- ) o Jerónimo López Mozo. Este
grupo de escritores se aparta del realismo por distintos caminos, como los del
absurdo o la imaginación en sus más diversas formas. Enciclonet
ALONSO CANO - PINTOR DEL
SIGLO DE ORO
Alonso Cano es sin duda el
artista más completo del Siglo de Oro, no sólo es conocido por ser un
magnífico pintor, sino que su fama también es debida a sus excelentes dotes
en la escultura y en la arquitectura, asimismo fue diseñador de muebles
litúrgicos y un gran maestro en el dibujo. Posiblemente la gran cantidad de
buenos artistas que se dieron cita en la España del siglo XVII sea la causa
de que la obra y la vida de Alonso Cano, no hayan despertado el interés que
sin duda merecen.
Alonso nació en Granada el 19 de marzo de 1601. Su padre, de nombre Miguel,
era constructor de retablos, daba trazas a otros artistas para su ejecución,
y también elaboraba muebles y objetos de culto. No cabe duda que la
actividad del padre marcó el devenir artístico de Alonso.
En 1614 se trasladó toda la familia al centro económico más importante de
Andalucía, es decir, Sevilla. Allí, Alonso completaría su formación y sin
duda pudo desarrollar con más facilidad sus dotes artísticas. En agosto de
1616, entró como aprendiz en el importante taller de pintura de Francisco
Pacheco, donde coincide con el joven Diego Velázquez durante unos meses.
Posteriormente pudo completar su formación como escultor junto al gran
maestro Juan Martínez Montañés, con quien parece que estuvo trabajando
durante varios años (1626-1629).
En su etapa sevillana lógicamente colabora en numerosos proyectos junto a su
padre, y durante todo este período su fama como artista fue creciendo.
Especialmente importante fue su intervención en el retablo mayor de la
iglesia de Santa María de la Oliva en Lebrija, empresa que le fue traspasada
por su padre. Trazó el retablo y ejecutó sus esculturas, sobresaliendo por
su belleza y maestría la imagen de la Virgen de la Oliva.
Tras una azarosa vida que le llevó incluso a prisión por deudas, en 1637
decide marcharse junto a su segunda mujer M.ª Magdalena de Uceda a Madrid.
Recibió el apoyo del valido de Felipe IV, el conde-duque de Olivares, lo que
le abrió la puertas de la Corte como ayudante y pintor de cámara. Pudo
participar en las grandes empresas artísticas de la monarquía y así culminar
su formación. El incendio del palacio del Buen Retiro en 1640, provocó que
por una parte participase en la restauración de obras de grandes maestros, y
por otra fuese comisionado junto a Diego Velázquez a viajar por las
diferentes casas reales para seleccionar obras de arte que decorarían el
palacio del Buen Retiro. De nuevo en Madrid se vio envuelto en historias
turbulentas que le relacionan con un supuesto duelo con el pintor Sebastián
de Llanos, e incluso sufrió un proceso judicial en el que no faltó la
tortura, al ser acusado instigador del apuñalamiento de su mujer en junio de
1644.
Tras una breve estancia en Valencia (1644-1645) vuelve a Madrid donde
realizaría multitud de trabajos de pintura, escultura y arquitectura efímera
de gran calidad, entre los que destacaríamos sus pinturas de los dos
retablos, aún conservados in situ, que le son encargados para la iglesia
parroquial de la Magdalena de Getafe, u otras importantes obras como el
cuadro de El milagro en el pozo del Museo del Prado, o el Descenso al Limbo
perteneciente a Los Angeles County Museum of Art.
Posiblemente debido a problemas de salud, decidió volver en 1652 a su ciudad
natal de Granada, donde consiguió el cargo de racionero de la catedral tras
multitud de problemas con el cabildo, y gracias a la intercesión del propio
rey Felipe IV. Su labor en la catedral, que aún estaba sin terminar, fue muy
importante, y en ella hallamos algunas de sus obras emblemáticas, desde el
conjunto de cuadros de la serie de la vida de la Virgen que se disponen en
el presbiterio, a la celebérrima escultura de la Inmaculada, y sin
olvidarnos de los objetos litúrgicos diseñados por él, o de sus trazas para
la fachada principal del edificio, obra póstuma de Alonso Cano que supone su
culminación como arquitecto.

Fuente de este artículo:
ENCICLONET
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Prof.
Ángel Gómez Moreno - Catedrático de Literatura Española - Complutense de Madrid
Estos son los mejores datos del idioma
español que he encontrado en internet. Los mismos no son de mi autoría y tampoco me pertenecen, los he recopilado
desde de la red. He intentado dentro de mis
posibilidades poner todas las fuentes posibles, sin embargo
puede que inadvertidamente me haya olvidado de alguna, si es
así, podéis enviarme un correo a:
esf@espanolsinfronteras.com
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