La Plaza de Toros de Las Ventas
La Plaza de Toros
Monumental de Las Ventas es la mayor plaza de toros
de España. Está situada en Madrid y junto con la
Monumental de México es la plaza de toros más importante
del mundo.
Fue inaugurada el 17 de junio
de 1931, con el nombre de plaza de Las Ventas del
Espíritu Santo, por ser el nombre de la zona en esa
época, aunque no será hasta 1934 cuando entre en
funcionamiento de manera definitiva.
Fue diseñada por el arquitecto
José Espeliú. Es de estilo neomudéjar en ladrillo visto
sobre una estructura metálica. La decoración, obra de
Manuel Muñoz Monasterio, se realizó a base de azulejo
cerámico en el que figuran los escudos de todas las
provincias españolas y otros motivos puramente
ornamentales.
Tiene capacidad para casi
25.000 espectadores. El ruedo mide 60 metros de diámetro
y el ancho del callejón es de 2,2 metros. Sus
localidades se distribuyen en diez tendidos, divididos
en tendido, grada y andanada. Los precios de las
localidades varía dependiendo de si estan al sol o a la
sombra (más caras las segundas), y de su cercanía al
ruedo en que se celebra la corrida.
La temporada de toros empieza
en marzo y acaba en diciembre. Se celebran corridas
todos los días durante la Feria de San Isidro, en mayo,
y cada domingo o festivo del resto de la temporada. Los
festejos empiezan a las seis o a las siete de la tarde,
y duran de dos a tres horas.
Desde 1951 se encuentra en las
dependencias de la plaza el Museo Taurino, donde se
expone una completa colección de objetos y enseres
relacionados con la tauromaquia y la historia de la
plaza.
Entre los años 1913 y 1920, el toreo
adquiere tal auge en España que la plaza
de toros de Madrid, construida en 1874
en la carretera de Aragón (actual calle
de Alcalá, en las inmediaciones la calle
Goya) se queda pequeña. Fue José Gómez,
Joselito, quien manifestó la
conveniencia de construir una plaza de
toros de mayor tamaño, llamada
monumental, que abriera el espectáculo a
toda la ciudad y abaratara el precio de
las entradas (téngase en cuenta que al
no haber televisión, la única forma de
ver un espectáculo taurino es acudiendo
a la plaza). Hacia 1918 la Diputación
Provincial, propietaria de la antigua
plaza, accede a construir un nuevo coso.
Es un amigo de Joselito, el arquitecto
José Espeliú, quien pone en marcha el
proyecto.
La familia Jardón cede unos terrenos a
la Diputación Provincial de Madrid, en
las llamadas Ventas del Espíritu
Santo, con la condición de explotar
el coso taurino durante cincuenta años.
La propuesta es aceptada por la
diputación el 12 de noviembre de 1920 y
el 19 de marzo de 1922, se inicial las
obras. La construcción de la plaza
costaría doce millones de pesetas de la
época (cuatro y medio más de lo
presupuestado) y sustituiría a la vieja
plaza madrileña, en funcionamiento desde
1874. Las obras finalizaron en 1929 y
dos años después, el 17 de junio de
1931, se celebra una corrida benéfica
para inaugurarla.
Sin embargo, con este festejo se
constató que los alrededores de la plaza
no estaban aún preparados para albergar
espectáculos de esta magnitud. La plaza
se ubicaba en uno de los peores barrios
del Madrid de aquella época, el de
Las Ventas del Espíritu Santo. Por
allí pasaban los cortejos fúnebres que
se encaminaban al cementerio próximo,
allí abrevaban las mulas y los caballos
y allí se encontraba también un foco de
chabolismo y población marginal. Además
los terrenos, por su especial situación
junto al arroyo Abroñigal, eran
difíciles de desmontar. En consecuencia,
se reanudaron los trabajos de
acondicionamiento hasta que, en 1935, se
desarrolló la primera temporada con
normalidad. La guerra civil hace que se
interrumpa la temporada taurina. La
guerra convirte al coso en una inmensa
huerta durante 34 meses. No se
reanudarían las actividades hasta el 24
de mayo de 1939.
El hecho más relevante en la vida de la
plaza tiene lugar en 1947, cuando Livino
Stuyck crea la Feria de San Isidro, que
supondrá el espaldarazo definitivo a la
Monumental de Las Ventas para el logro
del prestigio que actualmente posee y
por el que es reconocida como la plaza
de toros más importante del mundo.
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Historia de la Tauromaquia
Conjunto de las técnicas y saberes, que, por medio de una
transmisión a la vez tradicional y culta, mantienen viva la
lucha milenaria que enfrenta al hombre con el toro bravo.
Ligada a los pobladores de la Península Ibérica desde
tiempos remotos, el estudio de la Tauromaquia es
imprescindible para determinar fielmente la idiosincrasia y
la historia de los españoles, ya sean apasionados
partidarios suyos, o ya se cuenten entre sus severos
detractores. Esto ha originado una riquísima y compleja
cultura taurómaca -difundida a través de todas las posibles
manifestaciones del saber humano-, en la que, al hilo de un
apresurado recorrido por su historia, pretende entrar este
artículo.
Concepto de Tauromaquia
Considerada stricto sensu como el Arte suprema de lidiar
toros bravos, la Tauromaquia es, por encima de todo, una
compilación de las técnicas, los saberes y las intuiciones
que regulan la milenaria lucha entre la inteligencia del
hombre y la fiereza de un ser irracional, encarnada -mejor
que en cualquier otro animal o en cualquier otra fuerza
desatada de la Naturaleza- en la bravura del toro ibérico.
En la ritual pelea que sostienen el hombre y el astado, por
debajo de la plasticidad y el colorido que disfrazan de
fiesta la amenaza latente de la muerte, se conjugan bajo un
mismo brindis la celebración y la tragedia, los instintos
primarios y el poso cultural, las luces más brillantes (luz
del sol, luz del traje..., luz de la vida) y las sombras más
opacas (sombra del tendido, sombra del toril..., sombra de
la muerte). Y así, en esta conjunción de polos opuestos
entre los que zozobra la insignificancia del ser humano, en
esta mística suma de opósitos capaz de congregar a una misma
hora el placer y el dolor, la alegría y la pena, el arrojo y
el miedo, la figura del hombre gana la cúspide de su
dimensión mágica y, a la vez, llega hasta el fondo de su
profundidad lógica: porque, paradójicamente, merced a este
juego de oposiciones y contrastes, por vía del dominio de
una irracionalidad voluntariamente perseguida y alcanzada se
llega a un conocimiento racional de lo que, de otra forma,
quedaría para siempre relegado a la esfera de lo instintivo.
La grandeza de la Tauromaquia estriba, pues, en esta
asombrosa capacidad suya para transformar un acto salvaje y
primitivo (la lucha entre el hombre y la fiera) en Arte
(belleza y emoción que nacen del valor o la gracia de un
lance audaz o pinturero), en técnica (suertes del toreo), en
aprendizaje (escuelas de Tauromaquia), en análisis (crítica
taurina), en leyes (reglamento taurino), y, en definitiva,
en un hecho cultural y humano, demasiado humano (reflejos
literarios, musicales y artísticos; estudios históricos,
sociológicos y antropológicos; investigación científica para
mejorar la crianza de la cabaña brava; desarrollo
espectacular de la medicina y la cirugía taurinas; etc.).
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Historia del toreo
Si bien el toreo moderno, tal y como hoy se concibe el arte
y la técnica de matar toros bravos, no halla una primera y
dubitativa formulación hasta la segunda mitad del siglo
XVIII (con la consolidación de los estilos y las propuestas
de "Costillares", Pedro Romero y "Pepe-Hillo"), parece
necesario considerar que la lucha entre el hombre y el toro
hunde sus misteriosas raíces en las más antiguas
civilizaciones asiáticas y mediterráneas; y que, reducida
después casi exclusivamente al ámbito de la Península
Ibérica, desarrolla allí una andadura paralela al devenir
histórico de los distintos pueblos que la conforman. Se debe
hablar, pues, de unos antecedentes remotos -legendarios e
históricos- del Arte de Cúchares (o, al menos, de la
estrecha relación entre el ser humano y la especie bovina);
de unas prácticas tauromáquicas propias de la cultura y la
organización social de la Edad Media; de un toreo que se
confunde con el protagonismo de la fiesta popular en la
España de los Austrias; y, finalmente, del toreo moderno
prefijado en el Siglo de las Luces, desarrollado durante el
siglo XIX, y definitivamente reglamentado y consolidado en
la época contemporánea.
Para hacer este apresurado recorrido diacrónico a través de
la historia de la Tauromaquia, será muy útil tomar como
punto de obligada referencia la clasificación propuesta por
don José Carlos de Torres, investigador del Consejo Superior
de Investigaciones Científicas (CSIC), quien organiza sus
estudios sobre el léxico taurino a partir de la
diferenciación entre tres prácticas taurinas propias -cada
una de ellas- de un período histórico concreto: lidiar y
correr toros (Edad Media), fiesta de toros (Siglos de Oro) y
corrida de toros (siglos XVIII, XIX y XX).
Antecedentes prehistóricos,
históricos y legendarios
De la misma manera que parece del todo imposible bucear en
la prehistoria de la Tauromaquia eludiendo siempre el riesgo
de confundir los pocos datos históricos que conocemos con
las muchas fuentes legendarias que aún tienen crédito y
vigencia, resulta también muy difícil separar, en el remoto
albor de ambas especies, la historia de los primeros bóvidos
-sean mansos o bravos- de la andadura de los primeros
hombres que poblaron las orillas del Mediterráneo. Se sabe
que el hombre del prechelense, en el Paleolítico inferior,
subsistía merced a las piezas de caza que cobraba, y que una
de las principales presas que se ofrecía a su voracidad
depredadora la constituía el uro o toro salvaje (Bos taurus
primigenius), que abundaba en toda Europa, Asia Menor y el
Norte de África. El uro se asentó, dentro de la Península
Ibérica, en las zonas central y oriental, y de sus hábitos,
conformación y estampa (mayor que la del toro de lidia
actual) hay abundantes restos fósiles y huellas en el arte
rupestre. Aunque en la época de Julio César ya parece haber
desaparecido de la cuenca mediterránea, hay pruebas de que
aún duró muchos cientos de años: su declive y próxima
extinción eran patentes a lo largo de la Edad Media en la
Europa Occidental, pero quedan testimonios fiables que, en
la Oriental, cifran la desaparición de la especie en 1627.
A comienzos del siglo XX, el profesor alemán Luckz Heck,
basándose en la teoría de que ningún animal está totalmente
extinguido si existe todavía alguna masa hereditaria
viviente, se propuso "reconstruir" o regenerar el uro
primitivo. Sus experimentos, que tuvieron lugar en el Parque
Zoológico de Múnich, tomaron como punto de partida para la
recuperación de esa supuesta herencia viva del uro algunos
ejemplares de toros de distintas razas mediterráneas, entre
los que sobresalieron, por su relieve y cantidad, los toros
de la Camarga francesa, los toros corsos y los toros
españoles. Esta elección vino a consolidar los argumentos de
quienes, preguntándose por el origen del actual toro de
lidia, defienden una teoría monegénica (o monofilética) que
lo hace descender, directamente, del Bos taurus primigenius
(o, más concretamente, de un Bos taurus ibericus que, en
cualquier caso, procedería también del uro por vía directa).
Sin embargo, tal vez sería más adecuado dar pábulo a
quienes, defendiendo la teoría poligénica (o polifilética)
del origen de la cabaña brava española, apuestan por un
largo proceso de elección y afianzamiento de los individuos
más bravos pertenecientes a vacadas domésticas o medio
domesticadas.
El uro (en alemán, aurochs) presentó dos formas distintas:
el Bos primigenius de Bojanus y el Bos braquiceros de Mayer.
En esta división se apoyan muchos de los defensores de la
teoría poligénica, aunque no faltan entre ellos los
convencidos de que hubo otras formas primitivas que dieron
origen a las actuales razas vacunas. Atendiendo a los
fósiles hallados, se verifican empíricamente las formas
siguientes:
-Bos Taurus primigenius de Bojanus, que tenía el pelo negro
y los cuernos largos, y presentaba un listón blanco que le
recorría longitudinalmente el lomo. Era un animal fiero,
violento e irascible, muy similar, probablemente, al que
"recreó" el profesor Heck en 1932. Procedente de Asia Menor,
se extendió por toda Europa, Egipto y el Norte de África. De
su presencia en la Península Ibérica quedan huellas
rupestres en Altamira (Santander), Cogul (Lérida) y
Albarracín (Teruel).
-Bos Taurus braquiceros, de cornamenta mucho menor que el
anterior.
-Bos taurus frontosus, que parece ser un tipo mutante del
Bos primigenius, y presenta unos cuernos en forma de rueda.
-Bos taurus aqueratus, carente de cuernos (probablemente,
por tratarse también de una mutación).
-Bos Taurus braquicefalus, pobre de cuerna.
Entre quienes se han dedicado a especular sobre el origen
del toro de lidia, la opinión más común conviene en que del
Bos Taurus primigenius se derivan todas las formas
restantes. Pero, con independencia de que el actual toro de
lidia proceda directamente o no de cualquiera de las
variantes del Bos taurus, es obligado reconocer que, desde
tiempos remotos, la especie bovina ha proporcionado al
hombre alimento, fuerza de trabajo y materia prima para
elaborar útiles e indumentarias (cuernos, huesos, pieles,
etc.), lo que explica que muchos paleontólogos antepongan
las fechas de las primeras relaciones hombre/toro (o vaca,
buey...) a las de los iniciales aprovechamientos de otros
animales, algunos tan ligados al ser humano como pueden
estarlo el cerdo o el caballo. Esto aclara, además de los
vestigios fósiles y los testimonios de arte rupestre arriba
mencionados, el carácter sagrado (religioso y mitológico)
que la antigüedad confirió al toro.
En efecto, junto al poder social derivado de la riqueza que
reportaba su domesticación (y tal vez haya que imaginar ya,
en estas prehistóricas fases de domesticación, unas primeras
lidias -id est: luchas o enfrentamientos- sostenidas con los
ejemplares que resultaban más bravos), hay que hacer
hincapié en el carácter simbólico que, en la mayor parte de
las civilizaciones antiguas, poseyó el buey o el toro: fue
uno de los animales más requeridos en los sacrificios, tuvo
un constante protagonismo en muchos ritos funerarios, y
encarnó, por encima de todo, el símbolo de la potencia
sexual y la fertilidad masculina.
En un reciente y valiosísimo trabajo, El toro en el
Mediterráneo, la Profesora Cristina Delgado Linacero rastrea
este doble papel fundamental del toro (económico/social y, a
la vez, simbólico/religioso) desde el sexto milenio antes de
Cristo, partiendo de las pinturas halladas en unos
santuarios prehistóricos de Anatolia. Ello no hace sino
confirmar, que, antes incluso que por la cuenca
mediterránea, el culto al toro estaba extendido por el Asia
mesopotámica, desde donde se extendió a Egipto, por el Sur
del Mediterráneo, y a Grecia, por la vía más alejada. La
mencionada autora sostiene que en el país de las pirámides
se dieron también los juegos taurinos (concretados, al
parecer, en luchas entre toro y toro), y que los propios
faraones eran propietarios de ganaderías de reses bravas,
cuyas características enfrentaban a las de otros ganaderos.
Si esto fue realmente así, no cabe duda de que se trata del
antecedente más remoto del criador de ganado bravo con
hierro propio.
Los juegos y sacrificios rituales celebrados en la isla de
Creta son de sobra conocidos, tal vez por la peculiaridad
que presentaban en lo tocante a los oficiantes del
ceremonial, que -si no fantasean las pinturas de la época-
eran de ambos sexos. También es muy notoria la presencia del
toro en la Mitología clásica grecolatina, donde su papel de
símbolo de la potencia viril queda de manifiesto en los
episodios del rapto de Europa y los amores adulterinos de
Pasífae. Se ubicaba, además, desde siempre la mítica
Turdetania o Tartessos en lo que hoy es la Baja Andalucía,
alrededor de la desembocadura del Guadalquivir (zona donde,
por cierto, actualmente se siguen criando toros bravos); y
era bien conocido el mito del rey Gerión, criador de unos
toros cuya bravura quedaba implícitamente ponderada en el
hecho de que su robo fue uno de los doce penosos trabajos
impuestos a Hércules. El historiador griego Estrabón, nacido
en el año 63 a. de C., todavía se hacía eco de estas
creencias legendarias, relacionando el contenido de este
mito con los toros que, en su tiempo, seguían pastando en
las dehesas bañadas por el Guadalquivir.
Mucho se ha discutido acerca del origen de la Tauromaquia en
las arenas del circo romano... Pero ya se ha ido viendo que
la tradición -ora histórica y demostrable, ora legendaria y
especulativa (aunque no por ello alejada de un sustento real
que le diera un cierto fundamento)- señala unas raíces
bastante más profundas. Lo cual no constituye ningún óbice
para suponer que, aunando ambos usos (la suelta de fieras en
las arenas de Roma, y el juego/combate sostenido desde
tiempos ancestrales por los pobladores prerromanos de la
Península), la costumbre romana vino a reforzar el espíritu
taurómaco de los hispanorromanos.
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El
toreo en la Edad Media: Lidiar y correr
Conviene recordar que, frente a la fiesta de toros propia de
los siglos XVI y XVII, y frente a la corrida de toros que se
consolida a partir del XVIII, el desarrollo de la
Tauromaquia durante casi toda la época medieval queda
esencialmente reducido a la práctica de lidiar, correr y
matar toros bravos, a pesar de que hay algunos documentos de
los siglos XIII, XIV y XV que presentan al pueblo llano y a
miembros de la nobleza afanados en la ejecución
-generalmente, improvisada y tosca- de alguna suerte o lance
del toreo. Pero antes de repasar estos testimonios escritos
es necesario hacer algunas precisiones acerca del marbete
elegido para etiquetar la Tauromaquia del Medievo.
Lidiar, correr y matar toros bravos se reduce en este
artículo a lidiar y correr, habida cuenta de que en el
propio concepto de lidiar va implícito el significado de dar
muerte a la res lidiada. En efecto, dentro de la más pura
teoría del toreo no es posible concebir el ejercicio de la
lidia o pelea si no es como el medio, proceso o preparación
que conduce a un fin supremo: la muerte del astado a manos
del hombre que lo lidia. Cualquier otra ejecución de la
lidia que no tienda a este fin cae dentro de las parcelas de
la doma o el circo, y queda, en consecuencia, fuera del
ámbito del Arte de Cúchares. Ello no implica que otros
juegos o festejos taurinos cuya finalidad es meramente
lúdica (toreo cómico, forçados portugueses, vacas landesas,
etc.) no tengan cabida en el concepto general de
Tauromaquia; sólo quiere decir que son ajenos al de lidia,
tal y como lo ha entendido siempre un aficionado serio,
riguroso y cabal.
En lo tocante a la diferencia entre lidiar y correr, aparte
de lo recién argumentado, baste para su distinción con
recordar el matiz de "pelea o enfrentamiento" que va
incluido en el concepto de lidia y que, en un principio, no
tiene por qué estar presente en la acción de correr. A pesar
de ello, hay que tener presente que tanto lidiar como correr
toros en la Edad Media eran dos ejercicios muy violentos,
reflejos ambos de la rudeza que regía las costumbres de la
sociedad feudal castellana. De ahí que la práctica de correr
toros bravos, en la medida en que acababa casi siempre dando
lugar a una pelea o enfrentamiento con los astados corridos,
tuviera entonces unos vínculos con el ejercicio de la lidia
mucho más sólidos que los que puedan guardar entre sí un
encierro y una corrida actuales. Así lo muestra, entre otras
muchas fuentes documentales, este pasaje de los Hechos del
Condestable don Miguel Lucas de Iranzo, crónica del siglo XV
escrita por el alcaide Pedro de Escavias:
"Y entre las otras cosas, vn día antes que se partiese,
mandó correr çiertos toros en el alcáçar de Baylén. Y al
tiempo que se corrieron, mandó soltar vna leona muy grande
que allí tenía, la qual espantó toda la gente que andava
corriendo los toros, y andovo a vueltas dellos".
Pero hay otros testimonios escritos (históricos, jurídicos y
literarios) que ofrecen pruebas fidedignas de que esta
afición a correr y lidiar toros data de mucho tiempo atrás.
La Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Fray
Luis Ariz, publicada en 1607, cita varias lidias de toros
ocurridas en el siglo XII, a partir del año 1100. Y hasta
tal punto debieron de estar implantadas entre las clases
populares estas costumbres de lidiar y correr, que ya en el
siglo XIII el Fuero de Zamora, dentro de los Fueros
leoneses, se ve obligado a prohibir en una de sus
disposiciones "que nenguno non sea ossado de correr toro nen
uaca braua enno cuerpo de la uilla, se non en aquel lugar
que fue puesto que dizen Sancta Altana". También el Poema de
Fernán González y La Leyenda de los Infantes de Lara dan
muestras de la gran aceptación que tenía el correr y lidiar
toros, particularmente a la hora de solemnizar con ello
festejos tan señalados como lo era entonces una boda. Pero
es en la magna obra alfonsí donde aparecen más referencias a
esta afición que, como se está verificando, siempre ha sido
inherente al carácter de los pobladores del suelo patrio;
referencias presentes en textos históricos (Primera Crónica
General de España), jurídicos (La Siete Partidas) y
literarios (Las Cantigas). Y es digno de notarse que,
atendiendo a lo dispuesto en Las Siete Partidas, tal vez
hubiera ya en el siglo XIII "toreros profesionales", es
decir, personas cuyo oficio -y fuente de ingresos- consistía
en dar muerte a los toros lidiados en el transcurso de
festejos y celebraciones. No de otro modo puede explicarse
la distinción que el Rey Sabio establece entre el hombre que
"se aventura a lidiar por precio con bestia brava" (a quien
condena porque estima que es codicioso y proclive a la
pendencia), y el hombre que lo hace "por salvar a sí mismo o
algún su amigo" o "por probar su fuerça" (al que estima
merecedor de ganar "prez de hombre valiente y esforçado").
[En esta reproducción del bello códice escurialense se
pueden apreciar las diversas fases del rito consistente en
la lidia de un toro efectuada por parte del novio, con el
fin de asegurarse, como requisito previo antes de la boda,
la potencia sexual y la fertilidad simbolizadas en este
animal totémico].
En el siglo XIV, el Libro del Cauallero Zifar presenta a
ciertos caballeros entregados "a bofordar e a fazer sus
demandas e a correr toros e a fazer grandes alegrías", y
muestra al rey Mentón aconsejando a sus hijos que sean "bien
acostumbrados en alançar e en bofordar". Pero será el siglo
siguiente el que aporte los documentos más ricos y variados
acerca del toreo en el Medioevo: a los ya citados Hechos del
Condestable don Miguel Lucas de Iranzo (preciosa fuente que
describe con plasticidad varios festejos en los que se
corrieron y lidiaron reses bravas), hay que añadir la
Crónica de don Pero Niño, Conde de Buelna, escrita por
Gutierre Díez de Games para dejar constancia de la vida del
que fuera doncel de Enrique III y Juan II. Esta crónica (que
no vio la luz hasta que no la imprimió don Antonio de Sancha
en 1782, editada por don Eugenio de Llaguno y Amirola) es un
magnífico fresco donde están reflejadas las costumbres de
los caballeros castellanos que vivieron entre los siglos XIV
y XV. Naturalmente, entre estas costumbres hay varias
referencias obligadas a los juegos de cañas y los lances de
correr y lidiar toros, referencias que sin duda constituyen
el mejor argumento para destruir el viejo tópico, tan
repetido como equivocado, de que antes del siglo XVIII el
toreo se reducía a una diversión de nobles que sólo lo
ejecutaban a caballo:
"Y algunos días corrían toros, en los cuales no fue ninguno
que tanto se esmerase con ellos [como se había esmerado Pero
Niño], así a pie como a caballo, esperándolos, poniéndose a
gran peligro con ellos, faciendo golpes de espada tales, que
todos eran maravillados".
Si bien es cierto que el testimonio de los cronistas de
antaño (independientemente de la fecha de publicación de sus
trabajos) no deja lugar a dudas acerca de la afición a
lidiar toros a caballo y a pie, entre las clases menos
favorecidas y la más privilegiadas, durante los siglos XIII,
XIV y XV, no lo es menos que los relatos de los viajeros
extranjeros que visitaron entonces los Reinos de la
Península vienen a confirmar el contenido de estas crónicas,
y aun a ratificarlos, teniendo en cuenta la imparcialidad
que de ordinario se atribuye a la observación foránea. El
bohemio León de Rosmithal, en el recuerdo de sus Viajes por
España, narra este espectáculo que él mismo presenciara en
la ciudad de Burgos en 1466:
"En los días festivos tienen gran recreación con los toros,
para lo cual cogen dos o tres de una manada y los introducen
sigilosamente en la ciudad, los encierran en las plazas, y
hombres a caballo los acosan y les clavan aguijones para
enfurecerlos y obligarlos a arremeter a cualquier objeto;
cuando el toro está ya muy fatigado y lleno de saetas,
sueltan dos o tres perros que muerden al toro en las orejas
y lo sujetan con gran fuerza; los perros aprietan tan recio
que no sueltan el bocado si no les abren la boca con un
hierro. La carne de estos toros no se vende a los de la
ciudad, sino a la gente del campo. En esta fiesta murió un
caballo y un hombre, y salieron, además, dos estropeados".
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El toreo en los Siglos de
Oro: Las fiestas de toros
A pesar de que Enrique IV y los caballeros de su corte
mantuvieron -y aun acrecentaron- esta afición a los toros en
Castilla y León, el último cuarto del siglo XV contempló una
peligrosa decadencia de las costumbres de lidiar y correr
toros bravos, decadencia que bien puede atribuirse
-atendiendo al obligado punto de referencia que, en aquella
época, constituían los monarcas respecto a la emulación de
sus cortesanos- al desinterés y la aversión que los festejos
taurómacos provocaron, respectivamente, en Fernando e
Isabel. Se sabe que la reina de Castilla se horrorizó al
presenciar una corrida en Medina del Campo, y que el rey
Fernando, considerando erróneamente que la afición taurina
de sus súbditos tenía su origen en prácticas musulmanas, dio
prioridad a la solemnización de eventos a través de justas y
torneos, en detrimento de los juegos con toros bravos. Don
Natalio Rivas se hace eco de una curiosa crónica que relata
las fiestas celebradas en Segovia en 1490, con motivo del
enlace nupcial entre la Infanta Isabel y don Alonso de
Portugal; allí se advierte que los segovianos pudieron gozar
de todas la diversiones que eran entonces frecuentes, salvo
de las corridas de toros, que quedaron expresamente
excluidas del "programa de fiestas".
Pero la afición que desde tiempos remotos llevaban inculcada
el pueblo y la nobleza no sólo aguantó sin merma alguna este
desprecio de los Reyes Católicos, sino que pronto se vio
recompensada y reforzada con la subida al trono de Carlos V.
El emperador, que unía a sus dotes teóricas de estratega su
natural propensión a la práctica de la acción bélica y de
otras actividades arriesgadas, halló en el ejercicio de
alancear toros bravos un magnífico entrenamiento para
conservar la agilidad y el vigor en tiempos de paz. Si a
esto se suma la inclinación de los monarcas de la Casa de
Austria hacia los festejos populares celebrados al aire
libre (desfiles, carnavales, procesiones, representaciones
dramáticas, etc.), es fácil comprender el auge que
experimentó la fiesta de los toros durante los siglos XVI y
XVII, capaz de resistir, incluso, las gazmoñas andanadas
que, en forma de excomunión, le lanzaron desde Roma.
Una notable variación va a afectar, empero, al desarrollo
del toreo áureo en relación con las prácticas taurinas
medievales: si el propio emperador Carlos I -al igual que el
rey don Sebastián, en Portugal- da muerte a toros bravos
alanceándolos desde su montura, no es de extrañar que, por
efecto de ese mecanismo de emulación cortesana al que ya se
ha hecho referencia, los nobles españoles asuman todo el
protagonismo en la lidia ecuestre de los toros, relegando el
toreo a pie, propio del pueblo llano, a una limitada
presencia auxiliar y, casi siempre, meramente decorativa.
Son, por ello, escasísimos los documentos históricos y los
testimonio literarios que hacen referencia al toreo a pie en
el Siglo de Oro, testimonios cuya relativa importancia se
advierte bien en el hecho de que suelen constituir
digresiones o ideas secundarias respecto al tema principal
del discurso en el que están insertos. Buena muestra de todo
ello es este fragmento de una oración sagrada que pronunció
fray Hernando de Santiago en alabanza de San Bartolomé
(Salamanca, 1597), en el que la materia taurina se concreta
en un ejemplo con el que el orador viene a ilustrar, por vía
de la comparación, sus argumentos:
"Suele suceder cuando un toro bravo sale a la plaza, rostro
y cerviguillo ancho y negro, que con su aspecto, furia y
bramidos obliga a que todos se pongan en cobro; y que,
cuando están llenos los tablados y solo el coso, sale un
hombre que sólo con su capa en la mano le silba y le provoca
y le incita: todos le han lástima y le tienen por muerto y,
aunque le den voces, de nada se turba; antes -severo, entero
y reposado-, si el toro no le quiere, él se le llega y,
cuando le arremete, cerrando los ojos, a dar la cornada,
déjale la capa en los cuernos, húrtale el cuerpo y parte a
la carrera a un puesto seguro a que echó el ojo primero que
comenzare a hacer esto. Embravécese el toro con la capa,
písala y rómpela, y los que de lejos lo miran piensan que
mató al hombre; pero el otro, vivo, se está riendo y
holgando en su paz [...]. Toros hubo bravos [...] en tiempos
de los gloriosos apóstoles y mártires antiguos [...]. Uno de
los que bien torearon con una vaca lasciva y loca (que suele
ser peor que toro), aunque en el Viejo Testamento, fue José
con su ama: porque le dejó la capa, huyendo el cuerpo, no le
diese la cornada en el alma".
Mas, a pesar de que la vivísima pintura de fray Hernando de
Santiago pudiera hacer creer que este tipo de lances a pie
era muy practicado, durante el Siglo de Oro los cosos
españoles fueron principalmente escenarios de toreo
ecuestre. En esta particular y limitada formulación de la
lucha ancestral entre hombre y toro (con el caballo como
invitado ilustre, por su antiguo abolengo, bien documentado
ya en las lejanas lides taurómacas medievales), hay que
localizar los orígenes del actual Arte del Rejoneo, sobre
todo cuando, a finales del siglo XVI y comienzos del XVII,
los caballeros comienzan a sustituir por un rejón la
tradicional lanza que utilizaban para dar muerte a los toros
desde su silla de montar. En efecto, Pedro Fernández de
Andrada, en su Libro de la jineta en España (Sevilla, 1599),
habla indistintamente de lanzas y rejones cuando hace
referencia a los "trastos de matar" que, por aquellas
fechas, gastaban los lidiadores; y en sus Nuevos discursos
de la jineta (Sevilla, 1616), deja consignado que "el torear
con rejón es invención nueva, y no mala, por la facilidad
que tiene". Como observa muy atinadamente don Francisco
López Izquierdo, la importancia de esta sustitución de la
lanza por el rejón no debe pasar inadvertida para el
historiador de la Tauromaquia ni para el buen aficionado, ya
que está delatando un cambio de mentalidad en los ejecutores
de las prácticas taurinas. Dicho cambio no es otro que el
paso de una concepción del toreo como mero ejercicio de
entrenamiento para la contienda bélica (y de ahí el uso de
la lanza, arma guerrera), a otra concepción del toreo como
diversión, entretenimiento, espectáculo y, tal vez en
algunas tempranas ocasiones, fuente de inspiración artística
(favorecida por el refinamiento y la variedad que, respecto
a la lanza guerrera, introduce el rejón cortesano).
Pero esta afición práctica de las clases privilegiadas ("que
influye la española monarquía / fuerza igualmente en toros y
rejones", dejó escrito Quevedo en un soneto) no habrá de ser
el único factor desencadenante del auge y esplendor de la
fiesta de toros durante los siglos XVI y XVII. El
espectacular desarrollo de las ciudades va a generar una
nueva concepción urbanística que privilegia los grandes
espacios abiertos y, muy especialmente, las plazas mayores.
Concebidas éstas como punto de encuentro de todos los grupos
sociales -máxime cuando la celebración de algún evento
propicia esta "promiscuidad callejera de linajes" a la que
fueron los Austria tan adeptos-, las plazas mayores de las
grandes urbes van a dar cabida a centenares de
acontecimientos taurinos que, convocados so capa de
solemnizar cualquier suceso memorable, no son en realidad
sino el reflejo de la necesidad que tienen todos los
aficionados, desde el monarca hasta el último de sus
súbditos, de seguir alimentado su pasión taurófila. En
efecto, un nacimiento o una boda dentro de la familia Real o
de cualquier casa ilustre, una visita de un príncipe o
embajador extranjero, una acción de gracias que bendice la
noticia de cualquier victoria de las tropas españolas, o,
incluso, eventos tan alejados del toreo como pueden serlo la
canonización de un santo o la investidura de doctores en una
universidad, servirán de pretexto para organizar, ipso
facto, una corrida de toros.
Esta afición extensa y colectiva va a originar otra novedad
respecto al toreo del Medioevo, novedad muy pronto
concretada en la multitud de escritores y tratadistas que
tomaron la pluma para pergeñar los primeros ensayos sobre
toros, caballos y toreros (embriones de lo que, andando el
tiempo, serán las historias del toreo -como la de Cossío- y
las Tauromaquias -como la de "Pepe-Hillo" o la de
"Paquiro"-); dejar constancia, en relaciones escritas en
verso o en prosa, de lo sucedido en cualquier fiesta de
toros (preludios de las crónicas taurinas); y, sobre todo,
entablar las primeras polémicas acerca de la práctica del
toreo (orígenes remotos de la hoy copiosa -y, casi siempre,
pastosa- literatura antitaurina). Quiere esto decir que,
frente a los textos medievales recogidos en cualquier
historia de la Tauromaquia (textos que sólo se hacen eco de
algunas noticias taurinas cuando éstas rodean,
circunstancialmente, al protagonista del relato o a su tema
central), por primera vez va a aparecer, a lo largo del
siglo XVI, una literatura específicamente taurina. Entre los
ensayos teóricos y tratados técnicos, al margen de los ya
reseñados de Pedro Fernández de Andrada, conviene destacar
el Tratado de la caballería de la jineta (Sevilla, 1551), de
Fernando Chacón; el Tratado de la caballería de la jineta
(Sevilla, 1572), de Pedro Aguilar; el Tratado de la jineta y
toreo con lanza, de Diego Ramírez de Haro -que fue un
valentísimo y certero alanceador de toros-; los Ejercicios
de la jineta (Madrid, 1643), de Gregorio Tapia y Salcedo;
las Reglas de torear (de la segunda mitad del siglo XVII),
del décimo almirante de Castilla, don Juan Gaspar Alonso
Enríquez de Cabrera; y las leyendas y tradiciones recogidas
en crónicas y misceláneas -verbigracia, la Silva de varia
lección (Sevilla, 1540), de Pedro Mexía; las Repúblicas del
mundo (Medina del campo, 1575), de fray Jerónimo Román; y la
Miscelánea, silva de casos curiosos (Madrid, ca. 1591), de
Luis Zapata de Chaves.
Entre las relaciones de sucesos, la literatura taurina áurea
es abundantísima y, en ocasiones, de muy aquilatada calidad.
Si cualquier suceso acaecido dentro de un coso podía dar pie
a que los mayores ingenios del lugar afilasen su
maledicencia satírica o adunasen sus glosas laudatorias
-sobre todo si el protagonista del evento era algún notable
o, incluso, la propia Sacra y Católica Majestad de España,
como aconteció cuando Felipe IV mató un toro de un sólo
arcabuzazo-, no es de extrañar que hasta los más modestos
redactores de avisos y relaciones fijasen su atención en
episodios taurinos. Enrique Cock, en sus relatos de los
viajes efectuados por Felipe II a las Cortes de Monzón
(1585) y a Tarazona (1592), deja constancia de que hasta el
sobrio y severo promotor de El Escorial gustaba de divertir
sus melancolías y aligerar el grave peso de su cargo
presenciando juegos de toros: "La segunda fiesta que la
villa [Valladolid] hizo fue el sábado, a once de Julio, que
fue unos toros con un juego de cañas de seis cuadrillas, y
se hizo en la plaza mayor. Su Majestad y sus Altezas la
vieron en las ventanas de la casa nueva de la villa [...]".
Los anales, avisos y relaciones de otros muchos autores
(Jerónimo de Barrionuevo, José Pellicer y Tobar, Antonio de
León Pinelo, etc.) van dando cuenta sucesiva del incremento
de estas prácticas taurinas durante los reinados de Felipe
III, Felipe IV y Carlos II, muy favorecidas, como ya se ha
indicado más arriba, por la afición a la fiesta en la calle
que manifestaron todas las cortes de los Habsburgo.
Y en lo tocante, en fin, a las tempranas controversias
acerca de si es o no es lícito el ejercicio del toreo, lo
primero que cabe reseñar es que, en los siglos XVI y XVII,
sus detractores peroran siempre desde una posición religiosa
o moral que se preocupa, ante todo, por la vida de quienes
la exponen ante un toro, y no por el sufrimiento o la muerte
del astado. Considerada desde esta perspectiva, la
militancia antitaurina del Siglo de Oro apenas coincide con
la de los animalistas de hogaño -preocupados, sobre todo,
por el sacrificio de las reses-, salvo en que unos y otros
tienen un objetivo común: la abolición de los festejos
taurinos. Véase de qué manera cifraba sus objeciones morales
fray Damián de Vegas, en su Libro de poesías christianas
(Toledo: Pedro Rodríguez, 1590):
"¡Oh bárbaros inhumanos,
que pueden con gusto estar
viendo amorcar y matar
los toros a sus hermanos,
con riesgo -digno de lloro-
de al infierno condenarse,
muriendo sin confesarse
entre los cuernos del toro".
Hubo, con todo, algunas excepciones protagonizadas por
quienes, siendo buenos conocedores de la idiosincrasia de
sus paisanos y de las tradiciones arraigadas en su tierra
desde tiempos remotos, estimaron que la fiesta de toros
nunca podría ser abolida por decreto, y propusieron, en
consecuencia, una serie de sugerencias que -supuestamente-
la harían menos peligrosa para la integridad física de sus
oficiantes. Entre ellos, es obligado destacar la bondad, la
mesura y, desde luego, la dulce ingenuidad del doctor
Cristóbal Pérez de Herrera, Protomédico de las Galeras de
España; el cual, en su Discurso [...] en que suplica a la
Majestad del Rey don Felipe [...] se sirva mandar ver si
convendrá dar de nuevo orden en el correr de toros, para
evitar los muchos peligros y daños que se ven con el que hoy
se usa en estos Reinos (Madrid, 1597), postuló algunos
remedios tan peregrinos como que "no hagan más de una o dos
fiestas por año", o que "tengan [los toros] serrados los
cuernos un palmo cada uno, [o lleven] unas bolas de metal
huecas, o de madera fuerte en las puntas dellos". No
obstante, es justo reconocer que, junto a estas sugerencias,
el Dr. Pérez de Herrera supo también anticipar algunas
mejoras que, muchos años después, acabarían por incorporarse
a las corridas de toros y a otros juegos protagonizados por
el hombre y el ganado bravo (así, verbigracia, "inventó" el
burladero cuando propuso "poner algunas medias pipas de
madera terraplenadas de arena para socorro de los de a pie,
pues se atrincherarían detrás dellas").
Respecto a los detractores abolicionistas, hay que empezar
por señalar que las instancias gubernamentales a las que
dirigieron sus peticiones de suprimir las fiestas de toros
dieron, por lo común, la callada por respuesta, o se
mostraron muy renuentes siquiera a considerar sus súplicas.
Y ello no solamente era debido a que las propias autoridades
participaban de esa pasión taurófila tan general y extendida
por todo el Reino, sino también a que, como llegó a observar
el mismísimo Felipe II en una conversación privada con el
Nuncio Castagna, los altercados con que sería recibida la
prohibición del toreo acarrearían un daño mucho mayor que el
originado -según exageraban los prohibicionistas- por el
consentimiento de su práctica. Véase cómo da cuenta de ello
el propio Nuncio de Su Santidad, en una epístola remitida al
Cardenal Alexandrino:
"Hablando como por mi cuenta en una ocasión con S.M., traté
de persuadirle que quitara las corridas de toros, y en suma
hallé que literatos y teólogos han aconsejado muchos años ha
que no son ilícitas, y entre otros alegan a fray Francisco
de Vitoria. Y S.M. dice que no cree poderlas quitar nunca de
España sin grandísimo disturbio y descontento de todos los
pueblos, y, en suma, no encuentro en esto buena
correspondencia".
Así las cosas, los partidarios de la prohibición, viendo que
las autoridades civiles no podían ni querían dictar leyes
que vedaran las fiestas de toros, recurrieron al amparo de
la Iglesia; y, alegando las ya apuntadas razones de carácter
humanitario, consiguieron que el Papa Pío V promulgara, con
fecha del 1 de noviembre de 1567, una bula que amenazaba con
la excomunión de "los príncipes cristianos" que permitieran
en sus territorios los enfrentamientos entre hombres y
fieras (con explícita alusión a los toros bravos). El Papa,
so pretexto de "apartar a los fieles de todo el mismo rebaño
de los peligros de los cuerpos y también del daño de las
almas", proveía a través de dicha bula que se negara la
sepultura cristiana a quienes resultasen muertos a raíz de
cualquier ejercicio taurino, y prohibía expresamente a los
clérigos -"así regulares como seglares"- que estuviesen
presentes "en los dichos espectáculos". Asimismo, vedaba Pío
V la solemnización de festividades cristianas por medio de
las corridas de toros.
La conmoción que provocó el contenido de esta bula papal
tuvo tales efectos entre los súbditos del Felipe II, que el
propio monarca se creyó en la obligación de exigir ante el
nuevo Papa Gregorio XIII una revisión y un levantamiento de
estas estrictas prohibiciones y de los severos castigos que
su incumplimiento acarreaba (especialmente entre el
estamento eclesiástico, donde, por cierto, había una gran
cantidad de aficionados). Así, el 25 de agosto de 1575, sólo
ocho años después de la tajante bula de Pío V, Gregorio XIII
promulgaba otra bula cuyo contenido levantó esta vez las
iras de los prohibicionistas:
"Nosotros, inclinados por las suplicaciones del dicho rey
don Felipe, que en esta parte humildemente se nos hicieron,
por las presentes con autoridad apostólica revocamos y
quitamos las penas de descomunión, anatema y entredicho y
otras eclisiásticas [sic] sentencias y censuras contenidas
en la constitución del dicho nuestro predecesor, y esto
cuanto a los legos y los fieles soldados solamente, de
cualquier orden militar, aunque tenían encomiendas o
beneficios de las dichas órdenes, con tal que los dichos
fieles soldados no sean ordenados de orden sacra, y que los
juegos de toros no se hagan en día de fiesta [...]".
Quedaba, pues, libre la participación de los legos en las
fiestas de toros, pero no así la concurrencia a ellas de los
discriminados aficionados eclesiásticos. Ello originó no
pocas tensiones y altercados entre los muchos clérigos que,
con bula y sin bula, siguieron acudiendo a los juegos de
toros, y los pocos que, habilitados por la sanción papal, se
empecinaban en perseguirlos y denunciarlos. Cuando, a 14 de
abril de 1586, el Papa Sixto V promulgó una constitución
apostólica recordando la vigencia y validez de las
disposiciones de sus predecesores, y censurando acremente el
comportamiento de los clérigos que presenciaban las corridas
de toros y de los teólogos que los exoneraban de culpa, el
Obispo de Salamanca -a quien va dirigida esta declaración
pontificia- creyó tener en su mano la llave que le
permitiría clausurar los festejos taurinos en su diócesis.
En efecto, don Jerónimo Manrique Aguayo, Obispo de Salamanca
y uno de los más enconados detractores de la fiesta de toros
en la segunda mitad del siglo XVI, se había escandalizado de
que "algunos lectores de esta Universidad de Salamanca
enseñan y afirman que las dichas personas eclesiásticas
pueden ver dichos espectáculos y agitación de toros sin
pecado"; y había apelado a la suprema autoridad de Sixto V
para que el Sumo Pontífice recordase por escrito la
prohibición que afectaba al estamento eclesiástico. Con la
respuesta papal en la mano, se dirigió a la Universidad de
Salamanca (que, por aquel entonces, llegó a tener una
partida presupuestaria para afrontar los gastos originados
por las fiestas de toros convocadas para celebrar los
doctorados) y exigió que en ella se vedasen estos festejos
taurinos y, sobre todo, que sus teólogos no disculpasen a
los clérigos que concurrían en ellos. La respuesta de don
Sancho Dávila, Rector de la Universidad, hizo ver a las
claras al Obispo que, por muchas constituciones apostólicas
que trajera, la batalla contra la afición taurina la tenía
perdida de antemano:
"Porque si el Señor Obispo quiere, como pretende, meterse en
castigar estudiantes que tengan los dichos requisitos, demás
de ser contra las Constituciones y Estatutos de la
Universidad, los estudiantes es gente moza e inconsiderada
en semejantes ocasiones, y que no sufrirá tener tantos
jueces; y a la primera ocasión que se le ofrezca, como son
muchos, se revolverá toda la Universidad y Ciudad".
Respuesta clara y tajante, muy similar a la que emitió don
Luis de Góngora cuando, siendo racionero en Córdoba, había
sido acusado de asistir a los toros y llevar una vida
demasiado relajada -cuando no disoluta- para un componente
del coro catedralicio:
"Si vi los toros que hubo en la Corredera, las fiestas de
año pasado, fue por saber iban a ellos personas de más años
y más órdenes que yo, y que tendrán más obligaciones de
tener y entender mejor los motus propios de Su Santidad".
De todo ello se infiere que la prohibición fue considerada
por casi todos los clérigos -a excepción de algún
abolicionista furibundo y exaltado- como una orden escrita
en papel mojado, por mucho plomo con que la dignificase el
sello pontificio; y, sobre todo, que la tradición y la
costumbre siempre han pesado más que cualquier ordenanza
civil o eclesiástica, aun en una época en la que lo usual en
España era defender con el mismo ahínco a Roma y al Imperio
de Su Católica Majestad (contrástese esta "desobediencia
torera" con la feroz militancia contrarreformista de casi
todos los españoles, y se apreciará claramente el peso
específico del toreo en su idiosincrasia). Don Luis de
Góngora pudo seguir asistiendo a cuantas fiestas de toros le
plugo ver (como quedó después testimoniado en su soneto
dedicado al marqués de Velada, "herido de un toro que mató
luego a cuchilladas", y en sus décimas "A don Gaspar de
Aspeleta, a quien derribó un toro en unas fiestas"); y el
resto de los ingenios del Reino -clérigos o legos- se aplicó
del mismo modo a celebrar por escrito las hazañas toreras de
la nobleza (así, verbigracia, el romance de Gabriel Bocángel
dedicado "al conde de Cantillana, en una fiesta de toros que
lidió valerosamente"; el soneto quevedesco dirigido "al
duque de Maqueda, en ocasión de no perder la silla en los
grandes corcovos de su caballo, habiendo hecho buena suerte
en el toro"; o el soneto burlesco de don Juan de Tassis,
Conde de Villamediana, que zahiere "al alguacil de corte
Pedro Vergel", muy hermanado entonces con toros y cabestros
por la libre interpretación del sexto mandamiento que, de
manera pública y notoria, solía hacer su esposa).
Enorme conmoción causó "la desgraciada y lastimosa muerte"
-en palabras de su cantor, Pedro Medina Medinilla, según
quiere Cossío, o Lope de Vega, de acuerdo con Joaquín de
Entrambasaguas- que le dio un toro a don Diego de Toledo,
hermano del duque de Alba. Pero no faltó algún poeta anónimo
que llorara también las cogidas mortales de aquellos mozos
de a pie que auxiliaban a los nobles dentro de los cosos,
prestos a hacer el quite con su capa cuando los derribos de
los caballeros así lo exigían. A través de ellos sabemos,
por ejemplo, que una cornada de caballo acabó con el
humilde, pero célebre, Manuel Sánchez, "el de Monleón":
"Compañeros, yo me muero;
amigos, estoy muy malo;
tres pañuelos tengo dentro,
y este que meto son cuatro".
Al margen del curioso método utilizado entonces para taponar
la herida y calibrar la profundidad de la cornada, este
romance muestra también que la importancia de los susodichos
auxiliares de a pie va creciendo a medida que avanza el
siglo XVII. La fiesta de toros siguió gozando de magnífica
salud, abarrotando plazas mayores durante todo este siglo, y
concretándose, ya casi en los albores del siguiente, en
larguísimos espectáculos matutinos y vespertinos que, lejos
de hastiar a los aficionados, fueron preparando el terreno
para la formulación y consolidación del toreo moderno en el
siglo XVIII:
"Esto supuesto, a las seis de la mañana se executó el primer
encierro, en que no dexaron de hazer sus acometidas los
toros [...]. Hecha esta diligencia, llegaron las quatro y
media de la tarde, a cuya hora subieron sus Magestades al
Real Balcón [...]. Levantáronse sus Magestades, y diose fin
a esta tan lucida Fiesta, quedando todos sumamente
contentos, y satisfecho el natural deseo y inclinación que
los españoles tienen a semejantes Espectáculos. Entre los
aplausos de los Lidiadores, y el desembaraço de la Plaça,
cerró la Noche con su tendido manto de sombras, y puso
término a una de las mejores fiestas que se han visto,
celebrada en obsequio de las Magestades de Nuestros Heroycos
Reyes [...]". (Curiosa relación que da cuenta de la grande
Fiesta de Toros, que la Coronada Villa de Madrid hizo, en
obsequio de la Entrada de la Reyna N. Señora, que Dios
guarde, el día 17 de agosto de 1690, en la Plaça Mayor. Dase
noticia de los encierros, y adorno, y despejo de la Plaça,
de la destreza de los Cavalleros que Rejonearon, de los
Toreros de a pie, de los empeños; y finalmente de los
Bolatines que huvo en dicha fiesta, con otras
circunstancias, que verá el curioso Letor. Publicada Sábado
19 de Agosto).
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de Corridas de Toros
El toreo moderno y
contemporáneo
La llegada al trono de Felipe V, que traía una educación y
unas costumbres muy distintas de las de los Habsburgo,
supuso un brusco enfriamiento de la pasión taurina animadora
y sustentadora de la afición entre los nobles, debido a que
el primer Borbón manifestó en repetidas ocasiones su desdén
hacia las fiestas de toros. Pero el paulatino protagonismo
que, frente a las reses bravas, habían ido adquiriendo los
peones desde el siglo anterior, aliado con el gusto que
habían tomado algunos caballeros a ejecutar la suerte
suprema a pie y armados con un estoque, propició que el
toreo, lejos de declinar en la concepción colectiva de la
fiesta popular y callejera, fuese adquiriendo una supremacía
que movió al pueblo a anteponerlo a cualquier otro género de
diversión o espectáculo.
En efecto, el acercamiento al toro y el consiguiente riesgo
que imponía el uso del rejón (frente a la distancia
protectora que la lanza permitía guardar al caballero) fue
provocando cada vez más derribos y caídas, percances cuyo
número, además, se acrecentó por culpa de ese afán de
arriesgar que, por competir con los demás, exhibían en sus
alardes los caballeros rejoneadores. Todo ello dio lugar,
por una parte, a la constante actuación de los mozos de a
pie, que pronto comenzaron a rivalizar entre sí para ver
quién de ellos imprimía mayor mando, gracia o presteza al
vuelo de sus capas salvadoras; y por otro lado, a la
utilización de su espada por parte de aquellos caballeros
que, viéndose derribados de su montura y en un trance tan
desairado como peligroso, tenían que recurrir al auxilio de
su acero para defenderse de la rabiosa acometida del un
morlaco enfurecido y -en casi todos estos lances- castigado
en su piel y en su bravura.
En su archiconocida Carta histórica sobre el origen y
progresos de las fiestas de toros en España (Madrid, 1777),
dirigida al Príncipe de Pignatelli, don Nicolás Fernández de
Moratín asegura que su abuelo materno, acompañando por algún
lugar de La Alcarria los ejercicios taurinos del marqués de
Mondéjar y conde de Tendilla, dejó "muerto a un toro de una
estocada". Un poco más arriba, abundando sobre la progresión
del toreo a pie a finales del siglo XVII, se hace eco de los
recuerdos de aficionado de su padre, en cuya memoria había
quedado grabado un claro precedente de la suerte que, al
cabo de más de doscientos años, puso de moda el famoso "Don
Tancredo":
"En tiempo de Carlos II dos hombres decentes se pusieron en
la plaza delante del balcón del Rey, y durante la fiesta,
fingiendo hablar algo importante, no movieron los pies del
suelo, por más que repetidas veces les acometiese el toro,
al cual burlaban con solo un quiebro de cuerpo u otra leve
insinuación; lo que agradó mucho a la corte".
Ante noticias como ésta, no es de extrañar que Moratín padre
lamente la "delicadeza" y el "amaneramiento" en los que,
según señala en la referida carta, había incurrido el arte
del toreo en el último cuarto del siglo XVIII. Los
aficionados agoreros de hogaño pueden comprobar que el
socorrido tópico de "cualquier tiempo pasado fue mejor" (tan
caro a quienes han diagnosticado la decadencia del toreo y
barruntado su definitiva desaparición) ya estaba presente en
los tiempos del genial Pedro Romero:
"Algunos años ha, con tal que un hombre matase a un toro, no
se reparaba en que fuese de cuatro a seis estocadas [...].
Pero hoy ha llegado a tanto la delicadeza, que parece que se
va a hacer una sangría a una dama, y no a matar de una
estocada una fiera tan espantosa".
Cierto es, empero, que don Nicolás Fernández de Moratín
había visto triunfar el arrojo y la audacia de los primeros
toreros de a pie que, por vivir de lo que cobraban por
estoquear reses bravas, pueden considerarse como
profesionales del toreo. Agotado ya el fervor que la afición
dispensaba a los últimos caballeros rejoneadores (don
Jerónimo de Olaso, don Luis de la Peña Terrones y don
Bernardino Canal, todos ellos del primer cuarto del siglo
XVIII), surgió un puñado de valientes que decidieron cargar,
toreando a pie y sin la compañía de jinetes, con todo el
peso de la corrida, que por aquel entonces se reducía casi
exclusivamente a dar muerte a los toros. De algunos de ellos
sólo queda memoria de su nombre, apodo o lugar de origen
(así, "Potra, el de Talavera"; Godoy, "El Extremeño"; "el
fraile de Pinto"; "el fraile del Rastro"; Lorenzo Manuel,
"Lorencillo"; etc.); pero de otros, como es el caso de
Francisco Romero, abuelo del colosal matador rondeño Pedro
Romero, hay noticias más que curiosas. Siempre según Moratín
padre, fue él quien formalizó la suerte de entrar a matar
con estoque y muleta, practicando los rudimentos de lo que
más tarde se llamó matar recibiendo:
"Por este tiempo [1726] empezó a sobresalir a pie Francisco
Romero, el de Ronda, que fue de los primeros que
perfeccionaron este arte usando de la muletilla, esperando
al toro cara a cara y a pie firme, y matándolo cuerpo a
cuerpo; y era una cierta ceremonia que el que esto hacía
llevaba calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas
atacadas de terciopelo negro para resistir las cornadas
[...]. Así empezó el estoquear, y en cuantos libros se
hallan escritos en prosa y verso sobre el asunto no se halla
noticia de ningún estoqueador, habiendo tanta de los
caballeros, de los capeadores, de los chulos, de los parches
y de la lanzada a pie, y aun de los criollos, que
enmaromaron la primera vez al toro en la plaza de Madrid, en
tiempo de Felipe IV".
Entre los que continuaron por la senda abierta por Francisco
Romero (los hermanos sevillanos Pedro, Félix y Juan Palomo;
Juan Esteller, "El Valenciano"; José Leguregui, "El
Pamplonés"; Antonio Martínez; el malagueño Diego del Álamo;
etc.), hay que destacar la valentía del guipuzcoano Martín
Barcáiztegui, "Martincho", que fue retratado por Francisco
de Goya; y, muy particularmente, la temeridad suicida de
Manuel Bellón, "El Africano", de quien se cuenta que,
despechado y vencido del mal de amores, pisaba los ruedos
buscando que un asta homicida acabase con su sufrimiento.
"Martincho" y "El Africano" compitieron en arrojo con el
gaditano José Cándido -padre del gran Jerónimo José-, quien
arbitró novedades tan ruidosas como el matar citando con un
sombrero ancho y descabellando al toro con un puñal; o el
saltar al morlaco de cabo a rabo, apoyando un pie sobre su
testuz. La muerte le sorprendió el 23 de junio de 1771, en
la plaza de El Puerto de Santa María, entre las astas de un
toro que lo corneó sañudamente después de que José salvara a
un picador y resbalara en un charco de sangre.
Juan Romero, hijo de Francisco y padre de Pedro, fue uno de
los primeros diestros favoritos de la afición madrileña.
Formado a la sombra de su progenitor, tuvo el acierto de
organizar por vez primera un grupo de toreros que,
subordinados a su magisterio, le auxiliaban en los diversos
momentos de la lidia, al tiempo que ofrecían al público una
mayor variedad de suertes y una selecta especialización en
sus particulares ejecuciones. Quedaban así constituidas
formalmente las primeras cuadrillas, cuya relevante
importancia aceleró aún más la total profesionalización de
los matadores de toros. Juan Romero, que destacó también por
la facilidad, el riesgo y la elegancia con que clavaba las
banderillas, tuvo, además de Pedro, otros tres hijos
toreros. Retirado a su Ronda natal, murió pacíficamente a
los ciento dos años de edad.
A pesar de que la profesionalidad de diestros como Juan
Romero iba dotando a los espectáculos taurinos de un rigor y
una organización tendentes a consolidarlos dentro de una
parcela artística sujeta a reglas, leyes, y estudios y
mejoras de sus técnicas, no conviene ignorar que,
simultáneamente, se seguían verificando festejos caóticos
muy cercanos a lo que hoy llamaríamos toreo cómico o
charlotada. Hacia mediados del Siglo de las Luces, don
Cristóbal del Hoyo, marqués de la Villa de San Andrés y
vizconde de Buen Paso, envía una epístola "a un amigo suyo"
para darle cuenta de un día de toros en Madrid:
"Muertos los caballos, y los toros muertos, pusieron en
medio de la plaza una pequeña alfombra, cuatro almohadas y
una mesita con dulces; y suponiendo ser una visita, salieron
tres toreros vestidos de mujer, con el ánimo de defender el
estrado, sacando siempre al toro con suertes y con engaños
de aquel sitio".
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de Corridas de Toros
"Costillares", el primer
torero moderno
Contra este género de espectáculos debió de reaccionar el
que puede ser considerado como el primer torero moderno,
Joaquín Rodríguez, "Costillares". Dispuesto a acabar con la
costumbre establecida de que cada matador impusiera, al
vaivén veleidoso de sus arbitrios, unas normas de lidia
distintas en cada ocasión, empezó a fijar algunos criterios
cuya posterior consolidación iría sentando las bases de las
actuales corridas de toros. Y aunque no se puede hablar
todavía de una estricta formulación de los principios
básicos del toreo moderno, si es justo reconocer que
"Costillares" introdujo algunas innovaciones cuya vigencia y
validez son bien patentes en cualquier corrida actual. Así,
verbigracia, coincidió con Juan Romero en la contratación de
cuadrillas de toreros auxiliares, ya que, hasta su llegada
al mundo de los toros, eran los empresarios quienes se
encargaban de proveer la plaza de banderilleros y picadores.
Fue el primero, además, en elegir una indumentaria
específica para la práctica del toreo, compuesta por una
chaquetilla, un calzón corto y una faja que, desde su
adopción, fueron perfilando las líneas del actual traje de
luces. Y buen conocedor de la importancia que tenían los
lances de capa a la hora de descubrir el comportamiento de
las reses, fue "Costillares" el creador de algunos pases tan
bellos como la verónica, hoy en día presente hasta en el
repertorio del maletilla más falto de recursos y menguado de
oficio.
Pero su mayor aportación a las técnicas taurómacas fue la
invención del volapié (o vuelapiés, como él lo llamó),
suerte de entrar a matar que, aunque nació como un recurso
para deshacerse de los toros parados, pronto se convirtió en
la forma más usual de despenar reses bravas, habida cuenta
de la seguridad que ofrecía en comparación con la suerte
ortodoxa de matar recibiendo. Sin embargo, su contemporáneo
Pedro Romero (a quien no pocos aficionados tienen por el
torero más grande de todos los tiempos) se declaró enemigo
acérrimo del volapié, quizá por culpa de quienes
confundieron el alivio de su uso con la ventaja de su abuso.
Precisamente, la controversia entre los partidarios y los
detractores del volapié costó la vida en 1820 a Francisco
Herrera Rodríguez, "Curro Guillén"; el cual, inclinado a la
nueva suerte creada por "Costillares", se vio obligado en la
Ronda de Romero a matar recibiendo a un toro sobre el que él
pretendía volcarse con la espada en la mano. Pero las burlas
del público, que tenía la misma opinión que su paisano
acerca de quienes no citaban a recibir, le indujeron a
buscar su perdición entre las astas del toro.
Romero, hijo de Juan y nieto de Francisco, mató a lo largo
de su carrera más de cinco mil quinientos toros, y no sufrió
jamás ningún percance de consideración causado por sus
astas. Heredero de la bella sobriedad propia de su Ronda la
Vieja, el clasicismo de su estilo, la variada elegancia de
su repertorio y la pureza y seriedad que exigía dentro de
los cosos fueron trazando el perfil de lo que se conocería
después como la Escuela Rondeña, opuesta desde sus orígenes
a la movilidad colorida, más innovadora y barroca, de la
Escuela Sevillana.
Precisamente de Sevilla procedía el único mortal capaz de
ponerse a la altura de Romero sobre las arenas de un coso
taurino: José Delgado Guerra, "Pepe-Hillo". Querido y
admirado por los aficionados de todas las clases sociales,
desde los majos y chulapos goyescos hasta los miembros de la
nobleza, "Pepe-Hillo" fue el primer coletudo que arrastró el
fervor del público allende los muros de las plazas de toros,
para convertirse en un fenómeno de notoriedad social difícil
de concebir a finales del siglo XVIII. A pesar de que dictó
una Tauromaquia en la que, de acuerdo con las ideas
ilustradas del momento, propugnaba una concepción del toreo
muy similar a la de la geometría (es decir, sujeta a un
conjunto básico de normas que deberían comprender y analizar
espacialmente todas las situaciones posibles en un ruedo),
su ejecución de las variadísimas suertes que dominaba no
adolecía del riguroso esquematismo formulado en su tratado;
antes bien, "Pepe-Hillo" buscó la novedad y la
improvisación, siempre adobadas por su gracia sevillana,
delante de la cara de los toros, sin rehuir jamás los
alardes más exagerados y temerarios. Su muerte en la plaza
de Madrid, el 11 de mayo de 1801, supuso una conmoción
nacional que generó un sinfín de plantos, endechas y
composiciones fúnebres de todos los géneros y estilos, lo
que nimbó con una aureola mítica los episodios más
recordados de su biografía.
A caballo entre los siglos XVIII y XIX, el chiclanero
Jerónimo José Cándido pudo rivalizar con los clásicos
"Costillares", Romero y "Pepe-Hillo", y con los nuevos
toreros románticos pertenecientes a la generación posterior.
La mala administración de sus ganancias le obligó a
permanecer en activo hasta que cumplió los setenta y cinco
años de edad, alternando así con algunos matadores que
habían sido alumnos suyos en la Escuela de Tauromaquia de
Sevilla. Esta circunstancia, unida a los diversos vínculos
familiares que tejían en torno suyo una red abarcadora de
los más variados tiempos y estilos del toreo (era hijo de
José Cándido, y cuñado de Pedro Romero), le convirtieron en
un sólido eslabón entre los primeros formuladores del toreo
y sus discípulos más representativos. En su haber, además,
hay que anotar la invención de la estocada al encuentro, que
quería ser un paso intermedio entre el volapié (al que
aventajaba en riesgo y vistosidad) y la suerte de matar
recibiendo (a la que aliviaba de su excesivo peligro).
También se le atribuye el mérito de ser el primero en
instituir uno de los usos más propiamente taurinos: la
vuelta al ruedo.
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de Corridas de Toros
La crisis del primer tercio
del s. XIX
A tenor de las dos grandes amenazas que sufrieron los
festejos taurómacos y el arte del toreo en el primer tercio
del siglo XIX, desde una perspectiva histórica resultan
felizmente oportunas estas cadenas de transmisión en que se
constituyeron algunos diestros veteranos como Cándido y
Romero, sin cuya meritoria labor tal vez se habrían
malogrado las innovaciones implantadas en el Siglo de las
Luces. La primera de las referidas amenazas se llamó Carlos
IV, cuya cortedad de miras e ignorancia del carácter de su
pueblo le animó a prohibir las corridas de toros en 1805.
Aunque venía refrendada por los escritos de algunos insignes
detractores (como el coronel José Cadalso Vázquez y el
ilustrado polígrafo Gaspar Melchor de Jovellanos), la
"brillantez" y "validez" de esta real disposición quedó
patente cuando, sólo tres años después, en medio de la
rechifla generalizada entre sus súbditos, Fernando VII se
vio obligado a derogarla. Engañado como en tantas otras
cosas, el pueblo acogió con sorpresa y regocijo el hecho de
que, por fin, un Borbón fuese aficionado a los toros y se
mostrase respetuoso con los espectáculos taurinos.
Sin embargo, la segunda amenaza -mucho más peligrosa que esa
anecdótica estupidez cometida por Carlos IV- vino
protagonizada por la necedad del propio Fernando VII, de
quien don Pascual Millán, en su famoso tratado sobre La
Escuela de Tauromaquia de Sevilla (Madrid, 1888), asegura
que "era perverso por inclinación; hacía el mal por
instinto; no tuvo nunca una idea elevada ni un pensamiento
grande". Durante su aciago reinado se produjo en el mundo de
los toros un fenómeno curioso (que, en la agitada historia
de España, sólo volverá a repetirse en el siglo XX, después
de la Guerra Civil): el toreo políticamente comprometido.
Juan León, "Leoncillo", abanderado de la causa liberal, se
enfrentó en los ruedos al caudillo de la afición
absolutista, Antonio Ruiz, "Sombrerero". El trasfondo
político de su rivalidad llegó a tener más peso que el
enfrentamiento de dos estilos taurinos que, por lo demás,
tampoco eran demasiado opuestos entre sí; y se llegó al
extremo de imponer vetos o contratos según soplase el aire a
favor de los "blancos" (realistas) o de los "negros"
(liberales). Juan Jiménez, "Morenillo"; Roque Miranda,
"Rigores"; y Francisco Montes, "Paquiro", toreros de la
época, sufrieron más de una vez las injusticias de esta
virulenta división ideológica que afectaba a todos los
estamentos de la Fiesta: la afición, la autoridad, los
empresarios, los ganaderos y los propios profesionales del
toreo.
Pero el mayor daño que Fernando VII infligió a la
Tauromaquia vino, paradójicamente, so pretexto de
beneficiarla. En 1830, después de haber decretado la
clausura de todas las universidades del Reino, el tirano
absolutista creyó recrearse en el castigo cuando aprobó la
apertura de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Era
para él una forma más de demostrar, dentro y fuera del país,
que sus caprichosos arbitrios podían establecer hasta el
modelo de educación oficial impartido a la juventud
española. La brevísima andadura de esta innecesaria
institución, clausurada en 1834, vino a probar que, como
desde un principio habían sostenido sus detractores, era
mayor el menoscabo que el beneficio que había de reportar a
la Tauromaquia; porque, al margen de la discutible opinión
de quienes sostuvieron que el toreo no puede ser enseñado ni
aprendido en una escuela, parece evidente que la justa saña
de los intelectuales de la época -doblemente humillados por
el cierre de las universidades y la apertura, casi
simultánea, de la Escuela de Tauromaquia- quedaba autorizada
para alojar en todo el ámbito taurino el origen de su triste
estado.
Por fortuna, la talla profesional y humana de Pedro Romero,
Director de la Escuela, evitó que el debate político
condicionara las enseñanzas por él impartidas. Al socaire de
su magisterio (y del de Jerónimo José Cándido, ayudante de
Romero) se formaron algunos toreros que se convirtieron en
las figuras cimeras de mediados del siglo XIX, como
Francisco Montes, "Paquiro" -que dictó una espléndida
Tauromaquia-, y Francisco Arjona, "Curro Cúchares", cuyo
apodo se tomó para nombrar, por antonomasia, el Arte del
Toreo. Junto a ellos, el tercer gran espada del momento fue
José Redondo, "Chiclanero", quien desde muy pronto se
presentó como el mayor antagonista de "Curro Cúchares" y dio
lugar, con ello, al primer emparejamiento de rivales. Y así,
desde aquella recordada competencia, quedó entre los
aficionados el gusto por enfrentar los estilos de los dos
matadores más destacados, para tomar partido por uno de
ellos y animar las corridas de toros y los cenáculos
taurinos con las disputas nacidas de esta enconada
rivalidad.
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de Corridas de Toros
El primer reglamento taurino
La brillante irrupción de "Paquiro", "Curro Cúchares" y
"Chiclanero" sacó a la Fiesta del letargo al que la habían
condenado las torpezas políticas y las sandeces borbónicas
de Carlos IV y Fernando VII. Una buena prueba de este
resurgimiento del toreo hacia la mitad del siglo XIX quedó
legalmente establecida en el primer ensayo de un reglamento
taurino del que se tiene noticia en la historia de la
Tauromaquia. El político malacitano don Melchor Ordóñez,
gran aficionado a los toros, aprobó el 1 de junio de 1847 un
documento que venía a legislar algunas condiciones de
necesario cumplimiento en las corridas, entre las que son
dignas de destacar la exigencia de que las reses lidiadas
tuvieran más de cinco años, y la obligación que se imponía a
los ganaderos de presentar toros procedentes de las mejores
castas de la cabaña brava. La importancia de este modesto
documento, que sólo tenía vigencia en la provincia de
Málaga, radica en que cinco años después, cuando don Melchor
Ordóñez era gobernador de Madrid, sirvió de referente para
la redacción del primer reglamento taurino; y éste, aprobado
el 20 de junio de 1852 y vigente sólo en la plaza de Madrid,
fue a su vez el fundamento donde se apoyaron las
reglamentaciones que, a partir de entonces, se preocuparon
por ordenar legalmente las corridas de toros en cada
provincia del Reino (Sevilla, 1858; Guadalajara, 1862;
Logroño, 1863; Jaén, 1867; Cádiz, 1872; etc.).
En 1868, el marqués de Villamagna, corregidor de la Villa y
Corte, dio a Madrid un nuevo reglamento, que pronto fue
sustituido y mejorado por el que aprobara en 1888 el conde
de Heredia Spínola, gobernador civil de la provincia
madrileña. Entre las renovadas normas que pretendían
proteger los derechos del aficionado, destacan en este texto
jurídico la devolución del importe de las localidades cuando
no se presentase alguno de los espadas anunciados, y la
sanción a los veterinarios que aprobaran el concurso de
reses no aptas para la lidia. Desde 1836, año en que
"Paquiro" remató su Tauromaquia proponiendo algunas
novedades que habrían de mejorar la celebración de los
espectáculos taurinos (verbigracia, la institución del Fiel
de las corridas, preludio de la actual figura del asesor
presidencial), hasta estos últimos reglamentos de finales
del siglo XIX, la Fiesta había ido despertando el interés de
los legisladores, interés que no se había hecho notar en
tiempos pasados (a pesar de que siempre hubo ordenanzas,
generalmente de alcance municipal, referidas a la
construcción de las plazas, la autoridad competente en cada
corrida, el orden de la lidia, etc.). Ello constituía la
mejor prueba de la buena salud del toreo, y del enorme
predicamento de que volvía a gozar entre todas las capas
sociales
En el cuadro, los diestros aparecen en el patio de caballos
de la antigua plaza de la Puerta de Alcalá, inaugurada en
1754 y derribada en 1874].
No obstante, las repentinas muertes de "Paquiro" (1851) y
"Chiclanero" (1853) -víctimas, respectivamente, de las
fiebres tercianas y de la muy "romántica" tuberculosis-,
parecían amenazar con una nueva fase de declive en la
afición taurómaca, que quedaba forzosamente entregada a las
audaces innovaciones -no exentas de vulgar chabacanería-
improvisadas cómodamente por un "Curro Cúchares" libre de la
presión de sus rivales. A ello hay que sumar las numerosas
desgracias que se cebaron en los nuevos matadores de la
segunda mitad del siglo XIX: en 1857, Manuel Domínguez,
"Desperdicios", perdía un ojo a consecuencia de una cornada
que le infirió un toro en El Puerto de Santa María; cinco
años después, José Rodríguez, "Pepete", caía mortalmente
herido en Madrid, víctima de la cornada de Jocinero, un
miura que le atravesó el corazón; y en 1869, el sevillano
Antonio Sánchez, "El Tato", que se había consolidado como
uno de los espadas punteros del momento, perdía una pierna a
consecuencia de la cornada que en Madrid le asestó
Peregrino, del hierro de don Vicente Martínez.
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La rivalidad entre
"Lagartijo" y "Frascuelo"
No era, además, muy probable que los principales diestros
que iban escapando a estos rigores de la Fiesta
(verbigracia, Cayetano Sanz y Pozas, o Antonio Carmona y
Luque, "Gordito") fueran capaces de devolver al toreo el
esplendor del que gozara en tiempos más venturosos, porque
ese derrotero de tremendismo que parecían haber tomado todo
los matadores exigía cada tarde una serie de alardes
espectaculares más circenses que taurinos (el "Gordito",
banderillero espléndido, llegó a clavar los rehiletes con
los pies atados; y Gustavo Doré, el genial grabador francés
que nos dejó las más reproducidas ilustraciones del Quijote,
reflejó también la gesta de un tal Miguel López "Gorrito",
que era capaz de entrar a matar recibiendo... ¡encaramado
sobre unos zancos!). Pero entonces surgió, gigantesca, la
figura cordobesa del primer Gran Califa del Toreo, Rafael
Molina Sánchez, "Lagartijo". El revuelo que levantó su
personalidad torera -dentro y fuera de los cosos- generó por
vez primera una corriente de devoción entre los seguidores
de un coletudo, que llegaron al fanatismo más cerril cuando
se enfrentaron al coloso erigido por méritos propios en
rival de "Lagartijo": el granadino Salvador Sánchez
Povedano, "Frascuelo".
La nueva pareja de competidores llenó una de las épocas más
gloriosas del toreo, porque el fenómeno social que
acompañaba y enriquecía su rivalidad taurina tenía su
legítimo origen en el enconado enfrentamiento que ambos
matadores sostenían sobre la arena. Si "Lagartijo" hacía de
la elegancia en la plaza y del completo dominio de todas las
suertes las claves de su éxito taurino, "Frascuelo" cifraba
la razón de su triunfo en un desmesurado valor -no exento de
rigor y seriedad- y en una extraordinaria capacidad
estoqueadora (precisamente la espada era el punto débil de
su rival, como quedó patente en la célebre media
lagartijera). Pero lo más admirable de este duelo singular
estribaba en que ninguno de los dos toreros eludía el
encuentro con su antagonista, y aún menos -por muy extraño
que resulte en este siglo mediocre y volandero- cuando la
reñida competencia había de verificarse ante la afición más
docta y severa del planeta de los toros: "Lagartijo" toreó
en Madrid en cuatrocientas cuatro ocasiones, y si
"Frascuelo" no alcanzó una cifra pareja fue porque las
numerosas cogidas que sufrió le condujeron a una prematura
retirada.
Muchos analistas rigurosos de la Tauromaquia consideran que
el Arte de Cúchares alcanzó su cúspide a finales de este
siglo XIX, mecido en el vaivén de los engaños de "Lagartijo"
y "Frascuelo". Sin desdeñar, por supuesto, la esplendorosa
época protagonizada un poco después por "Joselito" y
Belmonte, es justo reconocer que el toreo romántico -el de
mayor veracidad en la ejecución de las suertes y mayor
exigencia en la bravura y el trapío de los toros-
desapareció cuando el granadino y el cordobés se cortaron la
coleta. Y ello a pesar de que su sucesor en la cima del
escalafón taurino, el también cordobés Rafael Guerra
Bejarano, "Guerrita", gozó de la sincera admiración y el
encendido elogio de los últimos aficionados decimonónicos.
Pero el genial "Guerrita" -cuyas facultades para el temple
sorprendieron desde muy pronto a los más exigentes catadores
del toreo fino, selecto y con empaque-, enseguida cayó en la
tentación de imponer un ganado menos poderoso que el toreado
por sus antecesores, eligiendo unas reses de menor trapío y
más pobres de cuerna. Y no contento con esto, fue uno de los
primeros matadores que tomó el pernicioso hábito de ordenar
a sus picadores que se preocupasen más por herir al astado
antes que por eludir el encontronazo con la montura, con lo
que empezó a cavar la fosa donde hoy reposan los restos de
la llorada suerte de varas. Así, al tiempo que inauguraba
una repudiable línea de comportamiento que habría de calar
muy hondo entre la mayor parte de las figuras del siglo que
se avecinaba, acabó con una concepción del toreo (y con una
forma de ser y de sentirse torero) que, aunque sujeta a los
inevitables altibajos de las modas pasajeras, había sido
constante durante todo el siglo del Romanticismo.
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Las postrimerías del s. XIX: la figura
de Mazzantini
No se libró "Guerrita", a pesar de la legión de partidarios
que celebraban tanto su toreo como la agudeza de su ingenio
fértil y descarado, de una notable cantidad de detractores
que le afeaban el amaneramiento y la blandura que estaba
introduciendo en la Fiesta, al paso que lo enfrentaban con
quien fue su más enconado rival, Manuel García Cuesta,
"Espartero". Pero el pobre "Espartero" -cuya humilde
condición le dictó una de las más repetidas sentencias del
toreo: "más cornás da el hambre"- optó por un tremendismo
exagerado que, aunque venía a sacar a flote parte de ese
romanticismo que pretendía hundir "Guerrita", le llevó a
morir en Madrid, en 1894, entre las astas del miura
Perdigón. Su trágico deceso fue uno de los más llorados por
el pueblo, un pueblo antiguo y bravo -todavía- que, tal vez,
veía en el entierro solemne de "Espartero" el sepelio
simultáneo de la auténtica concepción de sus ritos más caros
y remotos.
Junto a "Lagartijo", "Frascuelo", "Guerrita" y "Espartero",
los postreros años del siglo XIX contemplaron el triunfo
arrollador de un torero singularísimo donde los hubiere,
tanto por su estilo delante de los toros como por su
carácter, condición, personalidad y, en definitiva, modus
vivendi fuera de las plazas. Tenor frustrado, empresario
teatral y político de altura (llegó a Gobernador Civil, tal
vez -como después diría Juan Belmonte-, "degenerando"), don
Luis Mazzantini y Eguía trajo al planeta de los toros ese
componente de educación, sensibilidad y cultura que no
siempre ha abundado entre las gentes de coleta y espada.
Buen estoqueador y mejor director de lidia, Mazzantini
aportó a la reglamentación de la corrida la agrupación en
lotes de los toros que habían de ser lidiados, y el
subsiguiente sorteo de estos lotes entre los espadas
contratados para despacharlos; de esta manera, consiguió que
el sorteo se convirtiera a partir de 1900 (fecha de su
definitiva implantación) en un rito que, al paso que
incentivaba el interés de los aficionados en los
prolegómenos de cada festejo, acababa con un anacrónico
privilegio que concedía a los ganaderos el derecho de fijar
el orden en que habían de ser lidiadas sus reses.
Retirado en 1905, Mazzantini se convirtió en el eslabón
entre el toreo romántico del siglo pasado y el toreo
práctico de la presente centuria: no sólo alternó con los
colosos arriba citados, sino que compartió cartel con otras
señaladas figuras del último cuarto del siglo XIX (Fernando
Gómez, "El Gallo"; José Sánchez, "Cara-Ancha"; Julio
Aparici, "Fabrilo"; Antonio Fuentes; etc.), y con las que
habrían de protagonizar la historia de la Tauromaquia en el
albor del siglo XX (Cástor Jaureguibeitia, "Cocherito de
Bilbao"; Vicente Pastor; Rafael Gómez, "El Gallo"; Ricardo
Torres, "Bombita"; Rafael González, "Machaquito"; etc.).
"Bombita" y "Machaquito" protagonizaron una bella y
descabellada rivalidad: bella por lo que tuvo de emotiva y
auténtica, y descabellada por cuanto pretendió recuperar el
toro bronco, áspero, encastado y bien armado que habían
visto de niños. Pero después de la nefasta influencia de
"Guerrita", la comodidad que buscaron muchos diestros hacía
del empeño de ambos valientes una causa romántica y perdida.
El sevillano "Bombita" fue, además, un hombre muy preocupado
por el status social de sus colegas (especialmente, de los
menos favorecidos por la esquiva Fortuna), lo que le llevó a
significarse en sonoras polémicas que daban justa resonancia
a su explosivo sobrenombre. Pionero del sindicalismo en el
planeta de los toros, fundó la Asociación Benéfica de
Auxilios Mutuos de Toreros (de la que nacería ese Sanatorio
de Toreros que tanta ayuda prestara a todos ellos); exigió a
los empresarios un incremento en el salario de aquellos
espadas contratados para lidiar miuras (habida cuenta de que
las empresas subían el precio de las localidades al reclamo
de su terrorífico leyenda); y sostuvo otras encendidas
polémicas (como la del celebérrimo "pleito de las
escrituras", por el cual exigía que se le abonasen todas las
corridas contratadas, incluso aquellas que, por causas
ajenas a su voluntad, no hubiera podido torear), que le
reportaron la inquina de los empresarios, el abandono de sus
compañeros menos solidarios y la maledicencia de la afición
más reaccionaria y caduca. Pero el sincero apoyo de quien
fue durante algún tiempo su mayor antagonista sobre las
arenas de los ruedos ("Machaquito", el Tercer Gran Califa
después de "Lagartijo" y "Guerrita") le animaron a sostener
sus justas reivindicaciones contra los sectores más
poderosos del ámbito taurino, que se afanaron siempre porque
fracasara dentro y fuera de los cosos, y por hacerle
malquisto ante la afición más popular y menos avisada.
"Machaquito" y "Bombita" también se vieron en distintos
momentos enfrentados a otro gran valor del toreo de
comienzos del siglo XX, el madrileño Vicente Pastor y Durán,
que fue uno de los pocos coletudos idolatrados ciegamente
por la afición madrileña.
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FUENTE:
ENCICLONET
- La Enciclopedia Universal - J.R.
Fernández de Cano
CITAS TAURINAS
-
No puede comprender bien la historia de España
quien no haya construido, con rigurosa
construcción, la historia de las corridas de
toros.
José Ortega y Gasset
-
El toreo es el único arte que juega con la
muerte.
Henry de Montherland
-
La verdad del toreo es tener un misterio que
decir... y decirlo.
Rafael Gómez 'El Gallo'
-
Para torear bien hay que olvidarse del cuerpo.
Juan Belmonte
-
El buen toreo es el que se hace con
sentimiento y pasión de enamorado.
Juan Belmonte
-
Si yo fuese dictador en España, prohibiría las
corridas de toros; como no lo soy, no me pierdo
ni una.
Ramón Pérez de Ayala
-
Torear es desengañar al toro, no engañarlo.
Burlarlo, que no es burlarse de él.
José Bergamín
-
El toreo es un acto de fe: en el arte, en el
juego, en Dios.
José Bergamín
-
El torero es el oficiante de un rito ancestral
que se ha hecho juego.
Pedro Laín Entralgo
-
En el toreo hay que hundirse con cadencia, en
contraste con el baile, que es elevarse.
Fernando Domínguez
-
El torero jamás es un cobarde, aunque, a veces,
experimente la sensación indescriptible del
miedo.
Victoriano de la Serna
-
El único músculo importante en el toreo es el
corazón.
Agustín de Foxá
-
El toreo es la riqueza poética y vital mayor de
España.
Federico García Lorca
-
El toreo natural es el que se realiza con la
mano izquierda, el estoque en la derecha y el
corazón en medio.
Felipe Sassone
-
Amar los toros es, cada tarde, a eso de las
cinco, creer en los reyes magos e ir a su
encuentro.
Jean Cau
-
Puede haber dos pases geométricamente idénticos
y estéticamente distintos. En esa distinción
consiste precisamente el arte.
José Carlos Arévalo
-
Para ser figura del toreo hay que tener cabeza,
arte, valor y, además, saber dormir en los
coches de cuadrillas.
Santiago Martín 'El Viti'
-
Si nuestra fiesta nacional fuese la fiesta
nacional británica, media docena de matadores de
toros serían ya lores.
Antonio Burgos
|