 Ciudad de
España, capital de la provincia de Navarra, antiguo Reino de Navarra y
hoy Comunidad Foral, situada en el centro geográfico de la provincia
sobre una meseta bordeada por las aguas del río Arga, afluente del río
Aragón, a 449 m de altitud, con 183.964 habitantes (2001) y una
extensión de 23,55 km². Dista 407 km de la capital del Estado y goza de
un clima agradable con una temperatura media anual en torno a los 12 °C.

HISTORIA DE PAMPLONA
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Surgió el
reino de Navarra alrededor de la ciudad de Pamplona, único centro urbano
importante en las estribaciones pirenaicas en el siglo VIII.
Los orígenes del reino son muy confusos, por cuanto los personajes que
aparecen en los primeros momentos son un tanto legendarios y carentes de
coherencia cronológica. Sí que se sabe que Pamplona estuvo sometida al
dominio musulmán casi desde los primeros momentos de su llegada a la
Península y que sus habitantes dieron muestras de oposición también
desde los primeros años, por lo que el emir Uqba se vio forzado en el
año 734 a establecer una guarnición permanente en Pamplona. Pese a que
no pudieron evitarse los continuos levantamientos contra los musulmanes,
las relaciones con ellos hizo posible un entendimiento político entre
algunas poderosas familias de origen vasco con los Banu Qasi,
gobernantes musulmanes en el valle del Ebro de origen muladí y rebeldes
a la disciplina de Córdoba, de forma que en las décadas finales del
siglo, cuando Carlomagno pasó por Pamplona al regreso de la ofensiva que
realizó contra Zaragoza (778), considerando a Pamplona una aliada de los
emires de Zaragoza y desconfiando de la fidelidad pactada con los
pamploneses, destruyó sus murallas antes de retirarse hacia Francia y
ser derrotado en Roncesvalles por los ejércitos navarro-zaragozanos.
Con apoyo de los citados reyezuelos musulmanes de Zaragoza, en Pamplona
se impuso la familia de los Arista, que dirigía una población vascona
con formas socioeconómicas de carácter tribal, apenas romanizada y
escasamente cristianizada, pero que consiguió expulsar del territorio
navarro a los francos que quedaron como guarnición después de la derrota
de Roncesvalles.
Iñigo Arista (800-850?), emparentado por su matrimonio con la familia
Banu-Qasi, pudo instalarse, con la ayuda musulmana, como rey en Pamplona
dando origen a la dinastía reinante en el reino de Navarra que centró la
capitalidad del reino en Tudela.
A mediados del siglo IX, se produjo la ruptura con los Banu-Qasi y los
monarcas navarros (García Iñiguez, 852-882; Fortún Garcés, 882-905)
tendieron a buscar alianzas con el reino astur-leonés, con Ordoño I
(860) y algo después con Alfonso III, que también procuraba apoyo para
la defensa de su frontera oriental. El rey asturiano ayudó a establecer
en Pamplona una nueva familia reinante, la dinastía Jimena, en la
persona de Sancho Garcés I (o García) (905-925), el primer gran rey
navarro que impuso una monarquía más jerarquizada y dio un gran impulso
conquistador. Amplió el reino por Nájera (922), Arnedo y otras partes de
la Rioja, lo cual provocó roces con los condes de Castilla, y dominó, en
el valle del río Aragón, al inmaduro condado nacido en torno de Jaca por
las alianzas matrimoniales que se concertaron entre ambos.
Si bien pudo soportar algunos ataques musulmanes, fue derrotado en
Valdejunquera (925) por los ejércitos de Abderrahmán III, aun así supo
mantener integro el reino y los territorios conquistados. Sus sucesores,
García Sánchez I (925-970), Sancho Garcés II (970-994) y García Sánchez
II (994-1005) supieron aprovechar las luchas civiles de León y las
tendencias secesionistas de los condes de Castilla para intervenir en
provecho propio. En Aragón mantuvieron su hegemonía y, frente al Islam
de Córdoba adoptaron una táctica de cierta complacencia en la política
devastadora de Almanzor por lo que sus tierras se vieron libres de los
ataques musulmanes.
Con Sancho III el Mayor (1005-1035) el reino de Navarra tuvo un papel de
primera importancia en la política peninsular y sus fronteras se
ampliaron en todas la direcciones. Se incorporaron los condados del
Sobrarbe y Ribagorza, la influencia de Sancho de Navarra se extendió
hasta Barcelona. La incorporación del condado de Castilla (1029), por
medio de su hijo Fernando, y la anexión de León a éste en el año 1034,
hicieron de Sancho III el monarca cristiano más poderoso que había
conocido la Reconquista hasta ese momento. Pero esto duró poco. A su
muerte el reino quedó dividido entre sus hijos: en Navarra le sucedió el
hijo primogénito García Sánchez III (1035-1054); Castilla, estructurada
como reino, fue gobernada por Fernando I (1035-1065) y Aragón, también
organizado como reino independiente fue regido por Ramiro I (1035-1063);
los condados del Sobrarbe y Ribagorza fueron asignados al cuarto hijo,
Gonzalo, pero poco después fueron integrados en el reino de Aragón. Las
disputas entre los hermanos no tardaron en aparecer: Fernando I de
Castilla había reclamado las tierras de La Rioja y La Bureba a su
hermano García Sánchez III de Navarra, al negarse éste a entregárselas,
el rey castellano penetró con sus ejércitos en Navarra y se enfrentó a
los navarros a los pies de la sierra de Atapuerca el 15 de septiembre de
1054. A pesar de que el rey navarro fue apoyado por gascones y
musulmanes, fue derrotado y muerto en esta batalla; fue proclamado rey
de Navarra su hijo Sancho Garcés IV (1054-1076) en el mismo campo de
batalla en el que había fallecido su padre. El rey Fernando I lo
reconoció y el nuevo rey navarro se inclinó ante la hegemonía del
castellano, al que devolvió el monasterio de Oña y sus tierras.
El asedio al rey de Pamplona por parte de Castilla y Aragón, en relación
con las fronteras, se mantuvo cuando, años después (1076), el rey Sancho
fue despeñado en Peñalén por su hermanos, que se repartieron sus tierras
tras la invasión de Navarra. El aragonés, Sancho Ramírez, fue reconocido
rey en Pamplona, pero las tierras que en otro tiempo pertenecieron a
Castilla: La Rioja, Álava, Vizcaya y parte de Guipúzcoa, se decantaron
por el rey castellano Alfonso VI. Así resultó que cuarenta años después
de la muerte de Sancho III el Mayor de Navarra, el reino de Pamplona
quedaba absorbido por sus vecinos de Castilla y Aragón.
Los reyes de Aragón Sancho Ramírez (desde 1063 a 1094), Pedro I
(1094-1104) y Alfonso I (1104-1134) lo fueron también de Navarra. No
recobró Navarra su personalidad independiente hasta la muerte del Rey
Batallador, Alfonso I de Aragón, momento en el cual los navarros, no
conformes con su testamento (dejaba todos sus reinos a las Órdenes
militares), nombraron rey a García V Ramírez (1134-1150) que reinó sobre
un territorio coincidente con la actual circunscripción de la Comunidad
Autónoma de Navarra, pues si bien había perdido parte de la Rioja y
Vascongadas en beneficio de Castilla, había recuperado Tudela y otras
ciudades meridionales junto al Ebro. El aislamiento, respecto de las
fronteras islámicas, condicionó restrictivamente la participación
navarra en el hecho de la Reconquista, pues no podía acrecentar su
territorio a costa de los musulmanes. Muerto García IV Ramírez de
Navarra, a quien sucedió su hijo Sancho VI el Sabio (1150-1194), los
reyes Alfonso VII de Castilla y León y Ramón Berenguer IV de Aragón y
Cataluña, decidieron combatir al reino pirenaico y celebraron una
entrevista en Tudellén, cerca de Fitero, donde firmaron un tratado para
acordar las condiciones de reparto de Navarra.
Las rivalidades con Castilla se mantuvieron y Sancho VI el Sabio
aprovechó la minoría de edad de Alfonso VIII para ocupar territorios en
la Rioja y Vascongadas. Éste pudo recuperarlas con cierta facilidad en
el año 1200 durante el reinado de Sancho VII el Fuerte de Navarra
(1194-1234), quedando desde entonces las tierras de Guipúzcoa y Álava
incorporadas a Castilla.
Casa de Champaña
En 1234 pasaba la corona de Navarra a Teobaldo I de Champaña
(1234-1253), sobrino de Sancho el Fuerte, y en adelante el reino fluctuó
entre la política francesa y la peninsular con grave peligro para su
independencia política. Tras el reinado de Teobaldo I le sucedieron sus
hijos Teobaldo II (1253-1270) y Enrique I (1270-1274). Correspondía la
corona navarra a Juana I (1274-1305), la hija de éste de dos años, su
madre, como regente, la casó con Felipe el Hermoso heredero de la corona
de Francia, pero la muerte de la reina Juana trasladó los derechos
sucesorios a su hijo Luis I el Hutín (1305-1316), que también murió
antes de alcanzar la mayoría de edad, por lo que la corona navarra fue
pasando a los reyes franceses Felipe I el Largo (reinó desde 1270 a
1274) y Carlos Iel Hermoso (1321-1328), que alegaban derechos derivados
de la aplicación de la Ley Sálica. Al morir este último sin descendencia,
se planteó un grave problema de sucesión en el que los navarros
reclamaron la corona para Juana II, casada con Felipe de Evreux, que
juró como reina de Navarra en las Cortes de 1328.
Casa de Evreux
Las Cortes navarras reunidas en Pamplona solicitaron por reina a Juana,
hija del difunto Luis X, no aceptaron a Felipe VI de Valois, heredero de
la corona francesa y de la navarra. Juana II (1328-1349) y su marido
Felipe de Evreux (1328-1343) fueron coronados reyes de Navarra el 5 de
marzo de 1329. Con ellos entró a reinar en Navarra la tercera dinastía
extranjera: la Casa de Evreux. El gobierno de estos monarcas destacó en
los aspectos legales, especialmente en la reforma o "amejoramiento" del
Fuero general. El "amejoramiento" se divide en treinta y cuatro
capítulos e incluye una serie de preceptos legales que promulgó el
monarca para corregir las disposiciones del Fuero general navarro. Para
esta reforma, el rey escuchó el consejo de las principales dignidades
civiles y religiosas del reino de Navarra. La figura más representativa
de esta nueva dinastía fue Carlos II (1349-1387). Durante su reinado
Navarra se convirtió en la llave para la relaciones entre Castilla y
Aragón, Francia e Inglaterra. Con Carlos III el Noble (1387-1425) la
política exterior de Navarra quedó un poco desfigurada, en cambio se
produjo un desarrollo interior en los aspectos económicos, culturales y
artísticos (en Olite y Nájera se levantaron ricos palacios) donde la
influencia francesa fue manifiesta. Muerto Carlos III pasó la corona a
su hija Blanca (1425-1441), casada con Juan II de Aragón. La reina de
Navarra, doña Blanca, murió en la residencia real de Olite en el año
1441 y dejó en testamento el reino de Navarra a su hijo Carlos, príncipe
de Viana, aunque le rogó que no tomara el título de rey sin el
consentimiento de su padre, el rey consorte Juan II de Aragón.
La problemática generada entre el rey aragonés y su hijo Carlos,
príncipe de Viena, dio lugar al desarrollo de una guerra civil que
dividió Navarra en dos bandos irreconciliables, los agramonteses (apoyaban
a Juan II) y los beaumonteses (apoyaban a Carlos de Viena), nombres
tomados del de dos poderosas familias rivales de Navarra que habían
tenido duros enfrentamientos en los conflictos de 1348.
Casa de Foix
Excluidos Carlos de Viena y su hermana Blanca de la sucesión a la corona
de Navarra, reinó la hermana menor Leonor (1464-1479), casada con Gastón
de Foix. A la muerte de Leonor los derechos sucesorios pasaron a su
nieto Francisco Febo (1479-1483) que gobernó tutelado por su madre
Magdalena de Valois, hermana del rey de Francia Luis XI. El reino
navarro nuevamente estuvo orientado por mentalidades francesas que no
pudieron evitar los enfrentamientos civiles entre agromonteses y
beumonteses, en tanto que el resto de los reinos de España habían sido
unificados por los Reyes Católicos (Véase Fernando II, Rey de Aragón y V
de Castilla y Isabel I, Reina de Castilla y LEON. Los intentos de
unificación de ambos reinos por vía matrimonial entre Juana de Castilla
y Francisco Febo se frustraron al morir éste en el año 1483. Los
derechos hereditarios de Navarra se trasladaron a su hermana Catalina
(1483-1512), casada con Juan de Albret (Vizconde de Tartas, condado de
Francia), después de que se hubiera frustrado también el intento de
matrimonio entre ésta y Juan, el único hijo de los Reyes Católicos.
La guerra declarada (1512) entre Fernando el Católico de Aragón y el rey
de Francia fue ocasión para que Pamplona fuera ocupada por las tropas
castellanas al mando del duque de Alba y, sin grandes dificultades, se
dominó el resto del reino sin que las tropas navarro-francesas pudieran
recuperar el dominio. En la cortes de Burgos del año 1515, Navarra quedó
incorporada a la Corona de Castilla.
(Véase además De los orígenes de la monarquía al reino de Navarra en el
apartado Historia de la Comunidad Foral de Navarra).
Catedral,
Iglesia de San Nicolás, Iglesia de San Saturnino, Iglesia de Santo
Domingo, Basílica de San Ignacio, Iglesia de San Miguel, Iglesia de San
Lorenzo, Murallas, Palacio de la Diputación, Museo de Navarra...
Carnavales,
La Javierada, Semana Santa, Romerías de primavera, Sanfermines y fiestas
de verano, Fiesta de la Comunidad.
Los frutos de la tierra y una
tradición culinaria que hace de la comida un acontecimiento social de
primer orden han dado justa fama a la gastronomía de la región, donde
todo se celebra alrededor de una mesa bien servida: encuentros
familiares, romerías y fiestas, y reuniones de amigos en las sociedades
gastronómicas.
Los menús combinan los sabores fuertes y texturas grasas con platos de
paladar suave y bajos en calorías. Chilindrones, estofados, legumbres y
caza alternan con menestras, ensaladas y pescados. La bodega está
formada por tintos, rosados y blancos de la tierra, con D.O. propia y
creciente presencia en los mejores restaurantes del mundo.
La cocina popular, de origen rural y tradición casera, se nutre de todos
los productos que proporciona el variado paisaje de la región. Las
verduras de la huerta, los hongos y frutos silvestres del bosque, la
caza mayor y menor, la pesca de los ríos y los derivados de la ganadería
ofrecen un menú largo en el que hay censados más de un millar de platos
principales y sus variantes propias de determinadas localidades.
Este patrimonio gastronómico se ha enriquecido con las aportaciones de
la alta restauración, que ha mezclado sabores, afinado texturas y
mejorado las presentaciones de los platos. Los aficionados a la buena
mesa encontrarán, repartidos por toda la Comunidad, establecimientos de
restauración que hacen inexcusable la visita.
El Parque
Natural Señorío de Bértiz, Las Sierras de Urbasa y Andía, Las Bardenas
Reales...

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