
Pamplona (Historia)

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NOTICIAS DE NAVARRA HOY... |
Comunidad Autónoma uniprovincial de España con 555.829 habitantes
(2001) y 10.391 km². Limita al O con el País Vasco (provincias de
Guipúzcoa y Álava), por el S y SO con La Rioja, por el E y SE con
Zaragoza y al NE con Huesca. Capital, Pamplona (183.964 habitantes,
2001).

La
posición geográfica de Navarra ha condicionado gran parte de su
desarrollo histórico. De un lado, el refugio que suponen sus valles
de montaña le ha permitido conservar sus tradiciones, costumbres y
peculiaridades; por otro, tanto el valle del Ebro, fundamental vía
de comunicación en tiempos antiguos, como los pasos pirenaicos, han
contribuido al enriquecimiento no sólo económico, sino también
sociocultural del antiguo reino y actual Comunidad Foral de Navarra.
Prehistoria
Los trabajos arqueológicos en toda la comunidad han permitido
establecer las fechas más antiguas de poblamiento navarro en torno a
los 100000 años a.C., es decir, al final del paleolítico inferior.
De esta época y las siguientes (paleolítico medio y primera parte
del paleolítico superior), proceden los materiales de los conjuntos
de superficie de Coscóbilo de Olazagutía y de la sierra de Urbasa,
así como los hallazgos de piezas sueltas en Lumbier y Estella. Los
datos arqueológicos de estos yacimientos establecieron dos formas de
emplazamiento: en zonas de montaña, que proporcionaban el sílex
necesario para la fabricación de las primeras hachas bifaces, de
tipología achelense, y en las terrazas fluviales de los ríos Irati y
Ega, posibles lugares de caza. En cuanto al final del paleolítico y
la transición al neolítico, los hallazgos más significativos fueron
los de la cueva de Alquerdi, en Urdax y los del Covacho de
Berroberría. Los hombres y mujeres de esta época escogieron como
viviendas las cuevas de las montañas navarras, refugios amplios y
orientados de manera que recibieran la mayor cantidad de horas de
sol, y desde los cuales podrían observar y controlar los valles
donde pastaban las manadas de mamíferos, cuya carne suponía la base
de su alimentación. Los importantes cambios que supuso la revolución
neolítica llegaron a Navarra más lentamente que a otros lugares de
la Península Ibérica; sin embargo, la comunidad cuenta con
importantes yacimientos para esta época. Aunque se producía cerámica
y se domesticaban algunas especies de mamíferos hacia el 4500 a.C.,
fue en el eneolítico cuando se impusieron totalmente las nuevas
técnicas. El desarrollo de un pastoreo trashumante en la Montaña y
en la Navarra Media permitió los contactos con otros grupos humanos
que las conocían. Mientras, en la Ribera del Ebro, la población
cambió su modo de vida hacia una progresiva sedentarización,
cultivando cereales y construyendo poblados. Para llevar a cabo la
construcción de estos poblados se utilizaron los recursos forestales
de la zona, en cuya tala se usaron las primeras herramientas
metálicas, posiblemente importadas de otros pueblos que ya dominaban
las técnicas metalúrgicas. Los navarros del eneolítico levantaron
casi trescientos dólmenes, como los de Artzábal, Jentillarri de
Aralar o Artajona, en los que inhumaban a sus muertos junto con sus
ofrendas,. Estos monumentos funerarios se construyeron con grandes
lajas de piedra, siguiendo diferentes modelos: cistas, cámaras
simples, sepulcros de corredor y galerías cubiertas.
Tras una Edad del Bronce que sirvió para que arraigaran todos estos
elementos nuevos, en la primera Edad del Hierro contingentes humanos
procedentes de las llanuras indoeuropeas atravesaron los pasos del
Pirineo y, en su camino hacia la Meseta o la cuenca baja del Ebro,
algunos grupos se asentaron en las tierras que hasta ese momento
habían ocupado los ouáskos o vascos. Los nuevos pobladores, así como
su cultura material y su diferente espiritualidad, fueron aceptados
por los indígenas. En esta época se construyeron poblados
fortificados o castros en las elevaciones del terreno, como los de
Peña del Saco de Fitero, Leguín, Eldorre, etc., y junto a ellos se
ubicaron necrópolis de urnas, ya que los indoeuropeos practicaban la
incineración de los cadáveres. Aunque en la Montaña se continuaba
con el pastoreo trashumante, en la Navarra Media y en la Ribera
cobró auge la agricultura, que pasó a ser la actividad económica
primordial. También en el ámbito social la llegada de estos grupos
supuso un cambio paulatino hacia una sociedad más jerarquizada, en
torno a una élite militar y a la organización en clanes,
gentilidades y tribus. Este es el panorama que encontraron los
romanos cuando en la primera mitad del s. II a.C. hicieron su
aparición en el antiguo territorio navarro...
Edad Antigua
Aunque la primera presencia romana en la Península Ibérica se
produjo en el s. III a.C., los navarros no se vieron implicados en
la política de la República hasta la centuria siguiente, en la que,
finalizada la guerra con los cartagineses, Tiberio Sempronio Graco
se adentró por el valle del Ebro. En aquel momento empezó el proceso
de romanización de la región, proceso que fue largo y que no dio los
frutos que se esperaban, ya que gran parte de la Montaña se sustrajo
siempre a la influencia romana, conservando sus usos económicos, su
organización social e incluso su lengua propia. Sin embargo, en la
Ribera y en la Navarra Media se llevó a cabo la urbanización de la
zona con las fundaciones de ciudades como Pompaelo, en el 75 a.C.,
Andión, Olite, Corella, Cascante, todas ellas pertenecientes a la
provincia Tarraconense y al convento caesaraugustano. Los autores de
la época diferenciaban estas dos situaciones como Vasconum ager y
saltus vasconum, para referirse, respectivamente, a la región
romanizada y a los montes que quedaban más alejados de la influencia
de Roma. En tiempos de Cesar y Augusto, algunas de estas ciudades
tuvieron sus propias cecas, en las que acuñaban monedas, cuya
leyenda estaba escrita en caracteres ibéricos. También se adoptaron
las formas de propiedad romana, como las villas, en el centro de una
explotación agrícola, en la que se introdujeron nuevos cultivos como
la vid y el olivo, así como las técnicas de producción vinícola.
Estas residencias fueron a menudo decoradas con mosaicos como los
que se encontraron en Arróniz, Castejón o Lumbier. El desarrollo de
la red viaria permitió el intercambio comercial con el resto de
Hispania, Italia y las Galias, mediante el trazado de dos calzadas
principales, las que unían Burdeos con Astorga y Lérida con León,
además de una red de caminos secundarios. De estas infraestructuras
se han conservado algunos miliarios, o mojones, en Santacara,
Javier, Oteiza de la Solana y Gallipienzo entre otros. En el ámbito
religioso pagano, los nuevos colonizadores respetaron las
divinidades indígenas, pero el proceso de aculturación propició la
creación de altares dedicados a los dioses olímpicos, como por
ejemplo los dedicados a Júpiter en Ujué, a las Ninfas en Leyre, o a
Ceres en Pamplona.
Aproximadamente en el s. II, al desarrollo de la romanización se
unió un nuevo factor: la cristianización. Este fenómeno tuvo mucho
arraigo en las ciudades navarras, pero no así en el campo (en latín
pagus, de donde proviene la palabra pagano) que conservó sus
tradiciones y cultos indígenas hasta que el paso de los peregrinos
por el camino de Santiago, ya en el s. IX, fue difundiendo la fe
católica en los valles de la Montaña. La tradición afirma que fue
san Saturnino el encargado de la cristianización de Navarra. Este
personaje, nacido en la ciudad de Patrás, fue uno de los sesenta y
dos que acompañaban a Jesús en sus predicaciones en Galilea. Tras la
muerte de Cristo acompañó a Pedro en sus viajes a Roma, desde donde
el apóstol le envió a Toulouse a evangelizar el Sur de las Galias.
Allí conoció a Honesto, a quien envió a predicar a Pamplona. Años
más tarde, requerido por Honesto, el propio Saturnino viajó a la
capital Navarra donde bautizó, siempre según la leyenda, a 40.000
nuevos fieles, entre los que se encontraban los gobernadores romanos
de la ciudad. Fermín, hijo de uno de estos gobernadores, acompañó a
Honesto en su predicación hasta que fue enviado a Toulouse para ser
instruido y ordenado obispo, con el fin de que se hiciera cargo de
la diócesis de Pamplona, convirtiéndose en su primer titular, hasta
que en uno de sus viajes fue apresado y martirizado. Aunque resulta
problemático datar estos acontecimientos, los historiadores han
calculado que debieron producirse durante las persecuciones del 269
o del 303.
Edad Media
A lo largo de estos siglos medievales se conformaron gran parte de
las instituciones que definen la peculiaridad Navarra, como fueron
la monarquía o la tradición foral.
La monarquía visigoda
La crisis del sistema político imperial del s. III afectó a los
habitantes de todo el Imperio en todos los aspectos de su vida. En
aquella época se produjeron las primeras invasiones de germanos en
Hispania, así como los levantamientos de bagaudas o campesinos
pobres que, agobiados por la presión fiscal y por la falta de
alimentos, se dedicaron al bandidaje. En Navarra, la llegada de los
primeros germanos supuso la destrucción de Pamplona en el año 276,
ante la oposición de los vascones que seguían fieles a la autoridad
romana. En cuanto a las bagaudas, los integrantes de estos grupos de
bandidos fueron los campesinos de las tierras altas, que tenían una
economía menos saneada que los de la Ribera o la Navarra Media, ya
que estos últimos se dedicaban al cultivo de vid, olivo y cereal,
cuya producción alcanzaba mejores precios en el mercado, mientras
que, los montañeses, con su pastoreo trashumante, no podían hacer
frente a los elevados impuestos romanos. Es decir, se trató de un
enfrentamiento basado en los desajustes económicos entre la zona más
romanizada-urbanizada y la zona más rural-arcaizante. Ya en el s. V
se produjo la llegada de los suevos, vándalos y alanos, enemigos de
Roma, lo que provocó que el Imperio Romano estableciera a sus
aliados los visigodos en el sur de las Galias, para enfrentarse a
estos invasores de la Península. En aquella época, los pasos del
Pirineo no resultaban seguros y los vascones se hallaban en una
situación de semiindependencia, dada la crisis de las estructuras
administrativas del Imperio. Los titulares del reino de Tolosa
intervinieron repetidamente en Hispania hasta que derrotaron
definitivamente a los alanos, expulsaron a los vándalos de la Bética
de manera que se refugiaron en el norte de África y presionaron a
los suevos hasta que redujeron su territorio a la Galaecia.
A mediados del s. V, los visigodos se enfrentaron a los francos que
les obligaron a abandonar el sur de las Galias. Como consecuencia de
esta derrota se vieron obligados a trasladarse al sur de los
Pirineos donde fundaron el reino visigodo de Hispania, con capital
en Toledo. Los vascones quedaron atrapados entre los francos que
realizaron algunas campañas atravesando la Montaña, y los visigodos
que tuvieron serios problemas para mantener la zona bajo su
obediencia. Por ejemplo, durante la guerra civil entre Leovigildo y
su hijo Hermenegildo, los navarros apoyaron al rebelde. Del mismo
modo, en el 621 Suintila fortificó la plaza de Oligicus u Olite para
reforzar la frontera. Años más tarde, en 653 apoyaron la rebelión de
Froya. Los visigodos practicaron el arrianismo, una herejía, hasta
el año 589 en el que Recaredo, durante el III Concilio de Toledo,
renunció a su fe arriana y se convirtió al catolicismo. En las actas
de este concilio apareció la primera noticia escrita de un obispo de
Pamplona, llamado Liliolo. En el 711, cuando se produjo la invasión
musulmana, don Rodrigo, el último rey visigodo, se hallaba en el
norte enfrentado a los vascones que, por enésima vez, se habían
rebelado contra su autoridad.
La presencia musulmana en Navarra
La llegada de los musulmanes a Navarra se produjo en el 714 y en el
718 capituló la guarnición visigoda de Pamplona, con lo que los
invasores se aseguraban el paso de los Pirineos. La conquista de la
Navarra Media y de la Ribera (la Montaña no interesó) se llevó a
cabo de forma pacífica mediante lo que se conoce como amán o tratado
por el que los jefes indígenas se comprometían a pagar un tributo a
los recién llegados, mientras que estos permitían a los navarros
seguir con su situación de semiindependencia. Algunas de las nobles
familias visigodas que se habían hecho cargo del gobierno de las
ciudades, se convirtieron al Islam, como por ejemplo, los ibn Qasi o
descendientes del noble Casius, que ejercieron su influencia en la
zona de Tudela y Zaragoza. A pesar de los tratados y de las
conversiones, los pamploneses siguieron rebelándose contra los
musulmanes al menos hasta mediados de siglo. Así, el emir Uqba tuvo
que someter Pamplona de nuevo entre el 734 y el 741. Los cronistas
musulmanes establecieron la distinción entre baskunis, los
montañeses con centro en Pamplona y los Glaskiyun que podríamos
traducir como gascones que habitaban la tierra de Leyre.
Por otro lado, Carlomagno también ambicionaba los territorios
navarros y tanto él como sus descendientes llevaron a cabo
diferentes campañas al sur de los Pirineos hasta el 824. La más
famosa de estas expediciones francas fue la que se produjo en el
778. en este año, Carlomagno, requerido por los Ibn Qasi entró en la
Península con la intención de tomar Zaragoza, lo que aseguraría su
posición en la cuenca del Ebro. Sin embargo, cuando llegó a esta
ciudad, los zaragozanos ya se habían reconciliado con el emir
cordobés, de forma que le impidieron conquistarla. En su retirada el
ejército franco saqueó Pamplona, para no dejar enemigos en su
retaguardia. A su paso por Roncesvalles, los vascones le tendieron
una emboscada que acabó con la derrota de las fuerzas galas y con la
muerte de los capitanes más famosos de su ejército, tal como lo
relata la Chanson de Roland o el Cantar de Roncesvalles, obra
hispana que se tuvo por simple traducción de la Chanson, pero que
estudios filológicos han demostrado ser una obra original.
De los orígenes de la monarquía al reino de Navarra
Iñigo Arista, miembro de una de las familias más influyentes de
Pamplona y emparentado con los Ibn Qasi, fue considerado como el
primer rey de Pamplona, aunque su política estaba todavía bastante
mediatizada por sus parientes de Zaragoza. Su sucesor García Íñiguez
presenció la llegada de los normandos a Navarra y fue hecho
prisionero por ellos. Fortún Garcés cierra la dinastía de los Arista.
En el 905 se produjo no sólo un cambio dinástico en la persona de
Sancho Garcés, de la familia de los Jimenos, sino también un cambio
en la política del reino, ya que el nuevo rey se alejó de la órbita
de influencia de los Ibn Qasi e inició un acercamiento a los
monarcas asturleoneses. De acuerdo con estos últimos, ocuparon las
tierras de La Rioja para cortar el camino a los musulmanes que
periódicamente realizaban algaradas o expediciones de saqueo en
Castilla. Esta expansión navarro-leonesa provocó las iras de Abd al-Rahman
III que derrotó a los aliados norteños en Valdejunquera el año 920.
La política matrimonial de la viuda de Sancho, la reina Toda durante
la minoría de García Sánchez dio unos resultados muy satisfactorios,
ya que la monarquía navarra quedó emparentada tanto con los reyes
asturianos como con los condes de Aragón; de hecho, al casar a su
hijo con Andregoto, unió dinásticamente los dos territorios
pirenaicos. Durante aquella época de formación del reino, se
estableció una de las peculiaridades que distinguen a la monarquía
navarra de los otros reinos peninsulares. Los reyes de Pamplona no
se consideraban herederos de la monarquía visigoda como los leoneses,
ni la prolongación de los reyes francos en la Península como los
condes catalanes, de manera que la reconquista les sirvió para
afirmar su tradicional independencia frente a la autoridad foránea.
La fuerza y el prestigio de las dinastías Arista y Jimena evitaron
conflictos sucesorios durante las minorías, lo cual no sucedió en
los otros reinos peninsulares. La apertura del camino de Santiago en
el s. IX incrementó los intercambios económicos y culturales, además
de provocar la llegada de nuevos contingentes humanos europeos,
principalmente artesanos y mercaderes que se establecían en la ruta
de los peregrinos para abastecer sus necesidades. Los monarcas
navarros atrajeron con privilegios a los extranjeros para que
poblaran sus ciudades. En el ámbito cultural, la revitalización del
camino de Santiago supuso la llegada de interesantes materiales
escritos a las bibliotecas de los monasterios navarros, así como el
restablecimiento de relaciones con el papado.
Sancho III Garcés, también llamado Sancho el Mayor protagonizó la
etapa más brillante del reino de Navarra en la Edad Media. La
llegada al trono de este monarca en 1005 coincidió con el
hundimiento del califato y la división de al-Andalus en los reinos
de taifas, circunstancia que Sancho aprovechó para aumentar sus
dominios y para convertirse en la cabeza política de la Península,
ya que el reino astur se veía inmerso en una grave crisis. Casado
con una hermana del conde de Castilla, reclamó el gobierno del
condado cuando en 1029 su cuñado murió asesinado en León, donde iba
a casarse con doña Sancha, infanta leonesa. Los castellanos,
recelosos ante el creciente poder navarro, se comprometieron a
aceptarle como señor siempre que nombrase heredero del condado a uno
de sus hijos que no fuera el primogénito, es decir, pretendían
evitar que, a la muerte de Sancho, Castilla y Navarra quedaran
unidas definitivamente. A su muerte sus hijos se repartieron sus
territorios: a García, como primogénito, le correspondió Navarra;
Fernando se convirtió en el primer rey de Castilla y al morir
Bermudo III esgrimió sus derechos a la corona de León, puesto que
estaba casado con la infanta Sancha; por último, Ramiro recibió
Aragón, Sobrarbe y Ribagorza. Las relaciones entre hermanos no
fueron todo lo cordiales que se esperaba y pronto García y Fernando
se vieron enfrentados por el dominio de La Rioja, territorio que
siempre se disputaron ambos reinos. Fernando salió victorioso en la
batalla de Atapuerca en 1054, en la que murió su hermano. Los
navarros prefirieron como rey a Sancho, el hijo de García que
entonces aún era un niño. La crisis se completó cuando Sancho fue
asesinado por su hermano pequeño en Peñalén. Los nobles navarros se
negaron a aceptar al fratricida y le ofrecieron la corona a Sancho
Ramírez de Aragón, que también era nieto de Sancho el Mayor, pero
este rey y sus sucesores, Pedro I y Alfonso el Batallador estuvieron
más preocupados por sus territorios aragoneses que por los navarros,
de manera que Castilla aprovechó para ensanchar su frontera en La
Rioja. Los tres reyes favorecieron a las ciudades navarras otorgando
privilegios para el establecimiento de nuevos pobladores, en
especial de francos, es decir, de artesanos llegados de allende el
Pirineo y Alfonso I conquistó Tudela y algunas otras plazas en la
ribera sur del Ebro. Esta situación perduró hasta que el Batallador,
al morir sin descendencia, legó sus reinos a las órdenes militares
que se encargaban de la defensa de Jerusalén. Ni los navarros ni los
aragoneses aceptaron las disposiciones del testamento del rey y
ambos buscaron en la familia real a los sucesores de Alfonso. Los
aragoneses escogieron a Ramiro II el Monje, mientras los pamploneses,
reunidos por primera vez en Cortes en la ciudad de Borja, entregaron
el reino a García Ramírez, descendiente de Sancho el de Peñalén.
Esta nueva independencia de Navarra no fue bien aceptada ni por los
castellanos ni por los aragoneses. Sancho el Sabio aprovechó la
minoría de Alfonso VIII para ocupar, por enésima vez, las tierras de
La Rioja aunque después el castellano se las disputara y ambos
tuvieran que recurrir al arbitraje de Enrique II de Inglaterra. En
1179 ambos reyes firmaron el tratado de Cazorla en el que se ponía
fin a esta disputa, trazando la frontera entre los dos reinos. Este
momento resultó trascendental para la historia del reino, puesto que
al ceder La Rioja, Navarra se quedó sin frontera con los musulmanes,
de manera que no pudo continuar con su expansión hacia el sur como
los demás reinos peninsulares. A pesar de todo, los reyes navarros
siguieron participando en las expediciones que los cristianos
realizaban contra los almohades. Así, Sancho VII el Fuerte participó
en la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. En esta batalla, el
rey recibió como botín de guerra las cadenas que rodeaban la tienda
del sultán Miramamolín y que él había cortado en el asalto. Sancho
incluyó estas cadenas en el escudo de Navarra. En el orden interno,
se produjo el enfrentamiento entre los habitantes de los tres
barrios de Pamplona: San Cernín, San Nicolás y la Navarrería,
motivado por la desigualdad jurídica, ya que tenían privilegios
distintos. El rey se vio obligado a intervenir en 1213.
Las dinastías francesas
Sancho el Fuerte murió sin descendencia y la corona recayó en su
sobrino Teobaldo I de Champaña. Este rey trató de imponer en
Pamplona una corte muy jerarquizada que siguiera el modelo de sus
dominios en el norte de Francia, sin embargo, pronto se encontró con
la oposición de los nobles navarros que le obligaron a prestar
juramento para que no les otorgue los puestos de poder a los
franceses que le acompañaban. Todo este problema surgió por el hecho
de que los fueros, usos y costumbres de Navarra no estaban puestos
por escrito. Al darse cuenta del peligro que esto suponía para sus
intereses, los nobles se apresuraron a redactarlos en 1250 en lo que
se conoció como Fuero General de Navarra. Los hijos de Teobaldo I,
Teobaldo y Enrique tuvieron reinados breves y con Juana I, la hija
de Enrique, la corona de Navarra quedó unida a la de Francia al
contraer matrimonio la reina con Felipe IV el Hermoso. Los tres
hijos de Juana y Felipe (Luis, Felipe y Carlos) fueron reyes de
Francia y Navarra sucesivamente, ya que todos murieron sin
descendencia. Al morir Carlos, se planteó en Francia un problema
sucesorio que llevaría al estallido de la Guerra de los Cien Años;
sin embargo, en Navarra no tenía vigencia la ley sálica, es decir,
que las mujeres no quedaban excluidas de la sucesión al trono, lo
que permitió que una hija de Luis I, Juana II fuese coronada. La
reina había contraído matrimonio con Felipe de Evreux, de manera que
se conoció a esta nueva dinastía con el nombre de casa de Evreux.
Los reyes de la nueva dinastía se preocuparon más por sus
territorios del sur de los Pirineos, y llevaron a cabo la creación
de algunos órganos de gobierno, como el Consejo Real que colaboró
con el rey en tareas legislativas y judiciales, la Cort o tribunal
superior de justicia, así como la Cámara de Comptos encargada de la
recaudación de impuestos y de la hacienda regia. Juana II y Felipe
III de Evreux llevaron a cabo el Amejoramiento del Fuero General en
1274. Carlos II el Malo se implicó en el conflicto dinástico francés
y pasó gran parte de su reinado intentando hacer valer sus derechos
al trono. Para lograr su objetivo cambió de bando repetidas veces,
instigó a los burgueses de París en la revuelta conocida como la
jacquerie para terminar prestando vasallaje a Juan II. En el ámbito
peninsular consiguió mantenerse al margen de la Guerra de los dos
Pedros, aunque finalmente terminó enemistado con Castilla y con
Francia por no haber apoyado la causa Trastámara en la guerra civil
castellana. En 1366 se redactó el Libro de Fuegos que consiste en
una relación de vecinos de las merindades de Tudela, Sangüesa,
Pamplona y Estella, puesto que el rey quería conocer la situación
demográfica de sus territorios tras las primeras epidemias de peste
de 1348, en las que se calcula murió un tercio de la población
navarra. Su sucesor, Carlos III el Noble fue considerado como uno de
los mejores reyes de su tiempo. Su obra benefició al reino en muchos
aspectos: afianzó sus relaciones con Castilla, escogió para los
órganos de gobierno a las personas más capaces y no a los altos
títulos nobiliarios como era costumbre en la época, instituyó el
principado de Viana para su nieto, creó una orden de caballería
honorífica, llamada lebrel blanco o bonne foi e instaló la corte en
el castillo-palacio de Olite.
En 1425 murió Carlos y se inició una etapa conflictiva con el
reinado de Blanca I y Juan I (que será Juan II de Aragón). El
aragonés no se apartó de la política al morir su esposa, sino que se
enfrentó a su hijo Carlos, Príncipe de Viana, de manera que el reino
se dividió en dos facciones: beaumonteses o partidarios de Carlos y
agramonteses que apoyaban al rey Juan. En definitiva, se trató de un
enfrentamiento entre las dos formas de vida del país: los montañeses
contra los de la Ribera. En Aibar, Juan hizo prisionero a su hijo,
que después consiguió escapar y viajar por Europa dedicándose a su
gran afición: las letras. Entre sus obras se encuentra una Crónica
de los reyes de Navarra, redactada en 1455. Juan desheredó a su hijo
y le cedió los derechos sucesorios a su hija Blanca. Mientras,
Carlos fue de nuevo apresado en Barcelona, donde encontró el apoyo
de los catalanes, que se declararon en guerra para defenderle, ya
que en aquel momento Carlos era además heredero al trono aragonés.
En la ciudad condal terminó sus días enfermo de pleuresía, aunque la
tradición acusó a su madrastra Juana Enríquez de envenenarlo para
favorecer a su propio hijo, el futuro Fernando el Católico. Doña
Blanca murió antes que su padre y al morir Juan el trono pasó a su
hermana Leonor, casada con el conde Gastón de Foix. La reina no
contaba con el apoyo de los beaumonteses que controlaban Pamplona,
así pues, tuvo que ser coronada en Tudela, el 28 de enero de 1479.
En febrero de ese mismo año murió en Tafalla. Le sucedieron sus dos
hijos sucesivamente: Francisco Febo y Catalina, casada con Juan de
Albret. Durante el reinado de estos últimos, en 1512, se produjo la
conquista de Navarra por parte de Fernando el Católico, aunque
después se asoció el reino al trono de Castilla. La dinastía de
Albret continuó en los territorios ultrapirenaicos: Juana III, hija
de Catalina de Foix y Juan de Albret, contrajo matrimonio con
Antonio de Borbón, quien introdujo a los hugonotes en la Navarra
francesa. Su heredero fue Enrique III de Navarra y IV de Francia,
quien hizo célebre la frase París bien vale una misa, ya que tuvo
que convertirse al catolicismo para ser coronado en la capital del
Sena.
Edad Moderna
La conquista de Fernando el Católico no significó que Navarra
perdiera su entidad política ni sus peculiaridades jurídicas, sino
que el rey que ya ostentaba las coronas de Aragón y Castilla añadió
un reino más a su patrimonio, con la obligación de jurar sus fueros
antes de ser coronado, de hecho, en los documentos se sigue la
numeración de los reyes navarros, por ejemplo Carlos I de España es
a la vez IV de Navarra. Así pues, Navarra mantuvo sus instituciones
de gobierno, aunque los reyes intentaron mediatizarlas introduciendo
a sus oficiales en el Consejo Real. Para evitar las situaciones de
desafuero, es decir, los aspectos de la política real que iban
contra lo escrito en el Fuero General, se creó la Diputación del
Reino, o comisión permanente de las Cortes, que tenía dos formas de
actuación: la sobrecarta y la publicación. La sobrecarta consistía
en que los decretos reales tenían que tener la aprobación del
Consejo Real una vez que hubieran oído las alegaciones de la
Diputación; por otro lado, la publicación fue el derecho que tenía
la Diputación de no publicar los mismos decretos si estos incurrían
en desafuero, por ejemplo, cuando en 1556 abdicó Carlos I las Cortes
de Navarra no aceptan su renuncia porque no ha tratado al reino
distinta y separadamente. Cuando se cumplió este requisito, en 1561,
le solicitaron al rey que le concediera el reino desde ese momento
al príncipe don Carlos, que aún no había mostrado signos de la
enfermedad mental que padecería unos años después. En 1586, a
petición de las Cortes Felipe II colocó las armas de Navarra en el
segundo lugar de privilegio (por debajo sólo de las armas de
Castilla) en el escudo real.
Tanto Carlos I como Felipe II le concedieron poca importancia a
Navarra en el planteamiento de su política imperial, pero no
olvidaron que se trataban de los territorios fronterizos con uno de
sus mayores enemigos: Francia, de manera que los reyes se
preocuparon por mantener las fortalezas pirenaicas, mantenimiento
que era costeado por las contribuciones castellanas. El estatuto
navarro fijaba que sus habitantes no podían ser obligados a
participar en acciones militares a no ser que se tratase de la
defensa de su territorio, aunque sí debían soportar el paso de las
tropas y el acantonamiento de las mismas. Puesto que Navarra perdió
su papel en la política exterior de los reyes, el reino se replegó
hacia sí mismo, centrándose en el desarrollo de las manufacturas que
tradicionalmente se habían llevado a cabo en el país, como fueron
las ferrerías, o artesanías relacionadas con el hierro y la
industria pañera. La conservación de su entidad política le permitió
seguir acuñando moneda y el mantenimiento de sus aduanas comerciales
con Castilla y Aragón, lo que suponía una importante fuente de
ingresos. Es decir, bajo los Austrias Navarra experimentó una
recuperación tanto demográfica como económica. Los navarros
destacaron en labores de todo tipo: religiosas (san Ignacio de
Loyola, san Francisco Javier), económicas (Jerónimo de Uztáriz, Juan
Luis de Munárriz), conquistadoras (Juan de Eulate, Agustín de
Echeberz y Subiza o la familia Aycinena), universitarias (Pedro de
Ursúa Carranza, Martín de Azpilcueta, fray Diego de Estella).
Los Borbones, reyes de Navarra
En 1700 estalló la guerra por la sucesión de Carlos II entre el
archiduque Carlos de Austria y Felipe de Anjou. Los navarros
apostaron por este último, que resultó vencedor de la contienda, de
manera que en compensación a su apoyo en la guerra, Felipe V siguió
respetando los fueros y las instituciones navarras, mientras que en
el resto de la Península implantó los Decretos de Nueva Planta, con
los que pretendía convertir la pluralidad de reinos española en una
monarquía absoluta y centralizada, según el modelo francés. Esta
diferencia acarreó numerosos roces entre Castilla, que representaba
la ley, y Navarra, que se acogía a sus privilegios, a pesar de los
esfuerzos de los ministros franceses de Castilla por incluir el
reino en la nueva administración. La Guerra de la Independencia
supuso un cambio importante en la mentalidad navarra, ya que se
abandonó el tradicional elemento “separatista” para defender España
de la invasión francesa. La Diputación se negó a reconocer a José
Bonaparte como rey y se vio obligada a huir de Pamplona para
refugiarse en Tudela y disolverse después hasta que acabara la
guerra. Ni el Tratado de Bayona ni la Constitución de Cádiz (véase
Constitucionalismo español respetaron la peculiaridad navarra. La
táctica que siguieron los resistentes navarros fue la que ya habían
llevado a cabo desde tiempos remotos: la guerra de guerrillas y
emboscadas para desgastar al enemigo sin necesidad de contar con un
gran ejército. Los voluntarios franceses, capitaneados por Espoz y
Mina, Cruchaga, Górriz, etc., contaban con el apoyo de la población
que les proporcionaba enseres, víveres y refugios. En 1814 se
restauró la Diputación y se volvieron a confirmar los Fueros,
mientras que en 1817-18 las Cortes se reunieron de nuevo. En aquella
etapa empezaron a surgir las primeras contiendas entre los
realistas, partidarios de una monarquía absoluta y los liberales que
pedían la redacción de una Constitución a cuya autoridad estuviera
sujeto el rey. Ya Espoz y Mina protagonizó una de estas revueltas
liberales en el año 1814 en Puente la Reina, pero el definitivo
alzamiento se produciría en 1820 en lo que se conoció como trienio
liberal, es decir, un período de tres años en que el rey fue
obligado a gobernar constitucionalmente, hasta que acudieron en su
auxilio los Cien Mil Hijos de San Luis, tropas enviadas por el rey
de Francia para apoyar a Fernando VII. Entre 1828 y 1829 las Cortes
navarras fueron reunidas en la que sería su última sesión.
La muerte del rey sumió a España, especialmente a Navarra y el País
Vasco, en un conflicto dinástico: al haber muerto Fernando VII sin
descendencia masculina, el país se dividió entre los que apoyaban al
infante Carlos María Isidro, hermano del rey difunto y los
partidarios de la sucesión directa en la persona de la reina-niña
Isabel II. Los carlistas argumentaban que en España seguía vigente
la ley sálica, que vetaba el trono a las mujeres, mientras que los
isabelinos afirmaban que Fernando VII había derogado esa ley antes
de morir, precisamente para asegurarle el trono a su hija. En
Navarra causó indignación el fusilamiento de don Santos Ladrón,
nacido en Lumbier, a manos de las tropas isabelinas cuando se
dirigía hacia su tierra para apoyar las aspiraciones del
pretendiente Carlos. Desde ese momento, los navarros se alinearon en
la causa carlista, soportando en sus tierras siete años de guerra.
En los primeros años de la guerra destacó la labor del general
carlista Tomás de Zumalacárregui, que venció a los generales
Quesada, Rodil, Espoz y Mina y Espartero, de manera que fue cayendo
en sus manos la zona de Pamplona a Vitoria, desde donde emprendió la
conquista de Guipúzcoa. La desaparición del Lobo de las Amescoas,
apodo de Zumalacárregui, en 1835 significó un gran revés para la
causa carlista, ya que sus sucesores al mando del ejército no
contaron con su genio militar.
Mientras en Navarra se luchaba, en 1836 se produjo un motín en La
Granja de San Ildefonso (Segovia) que tuvo importantes consecuencias.
Los sargentos de la guarnición de la Granja obligaron a la regente
María Cristina a restablecer la Constitución de 1812 mientras se
redactaba una nueva Constitución, la que vería la luz en 1837. Esta
nueva Carta Magna puso punto final a las tradicionales instituciones
navarras, ya que al considerar al antiguo reino como una provincia
sustituyó la Diputación del reino por una Diputación provincial. Así
mismo, las competencias del Consejo y la Corte quedaron englobadas
en los nuevos órganos de la Audiencia provincial y los juzgados de
primera instancia. Esta nueva situación institucional de Navarra en
la Constitución no hizo sino alargar la guerra, ya que los carlistas,
además de apoyar al pretendiente, defendían los Fueros. Estos
tuvieron un papel decisivo a la hora de negociar la paz. El ministro
de justicia se vio obligado a confirmar los Fueros navarros en 1839,
para acabar la guerra, a la que puso fin el abrazo de Vergara entre
los generales Espartero y Maroto. En 1841 se buscó una solución a
esta cuestión en el Pacto-Ley firmado entre la Diputación Foral y el
Gobierno de Madrid, que convirtió al reino en Provincia Foral,
respetando el derecho civil navarro y otorgando competencias
administrativas plenas a la Diputación.
A pesar de todo, hubo nuevos brotes carlistas en 1846, manifestando
su descontento por el matrimonio de Isabel II, y en 1872,
aprovechando la situación de desconcierto al proclamarse la
República española. En 1876, Alfonso XII puso fin a la última guerra
carlista y desde aquel momento el carlismo tomó un cariz más
político que militar, de manera que quedó reducido a círculos
intelectuales que más tarde dieron origen a los partidos carlistas
del s. XX.
Edad Contemporánea
Los últimos años del s. XIX así como los primeros del s. XX fueron
de relativa tranquilidad para Navarra, y se caracterizaron por la
recuperación del país tras las guerras carlistas: se crearon
cooperativas agrarias y cajas rurales, mientras la ciudad de
Pamplona empezó a recibir a los primeros emigrantes del campo
integrantes de lo que se llamó éxodo rural. El punto de inflexión
con la etapa anterior lo marcó la proclamación en 1931 de la II
República, al triunfar en las capitales de provincia españolas los
partidos republicanos en las elecciones municipales del 12 de abril
de aquel mismo año. Aunque en Navarra habían triunfado las derechas
tradicionalistas, se aceptó la nueva situación política. Los
desórdenes anticlericales de los primeros momentos de la República
hicieron que aumentara el número de adeptos al carlismo, ya que el
sentimiento religioso pesaba mucho en las conciencias de los
navarros. Por tanto, los navarros intentaron conseguir desde el
primer momento un estatuto de autonomía para sustraerse a la
política laica de la constitución de 1931. Así pues se reunieron los
representantes de los ayuntamientos en Estella en junio del mismo
año, para aprobar dicho estatuto, aunque los desórdenes de Pamplona
les obligaron a posponer el asunto. Tras el triunfo del Frente
Popular en las elecciones de febrero de 1936, los generales más
tradicionalistas o de derechas comenzaron a preparar un golpe
militar para poner fin de manera autoritaria al gobierno de
coalición de las izquierdas. Uno de los generales más implicados fue
don Emilio Mola, destinado en Pamplona desde el 22 de febrero de
1936, cuya labor primordial en los meses previos al alzamiento fue
la de atraerse para la causa a las milicias carlistas y a los
falangistas. El Director, pseudónimo del general Mola, proclamó el
estado de guerra en Navarra el 19 de julio de 1936. El territorio de
la provincia foral quedó pues en manos de los nacionales desde el
primer momento y la Diputación recuperó sus instituciones privativas.
Pamplona y Tudela fueron las ciudades más castigadas por sendos
bombardeos durante 1937, año en que se le condecoró a Navarra con la
Laureada de San Fernando por su participación en el movimiento.
Terminada la guerra, se abrió un nuevo período en el que destaca el
reconocimiento de la vigencia del Pacto-Ley de 1841, que mantuvo el
orden establecido antes de la guerra. En los primeros años de la
postguerra, Navarra tuvo que soportar a distintos gobernadores que
llevaron a cabo diferentes actos de contrafuero, lo que les hizo
granjearse la oposición de las oligarquías (el Ayuntamiento de
Pamplona, la Diputación y el Prelado). Ya a mediados de los años 50
se sucedieron una serie de gobernadores “pacifistas” que entendieron
mejor la relación con las instituciones tradicionales. En estos años
se produjo la fundación de la Universidad de Navarra (1952),
vinculada al Opus Dei. Con la muerte de Franco y la transición
democrática los políticos se replantearon la necesidad de realizar
la reforma del Pacto-Ley que llevaba casi ciento cuarenta años de
vigencia.
La Comunidad Autónoma actual
A diferencia de lo que ocurrió con otras autonomías, Navarra no
recibió en 1982 un Estatuto de Autonomía, sino que para el caso
navarro se aprobó en agosto de ese mismo año la Ley Orgánica de
Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral, que dotó a la
comunidad de un Parlamento foral, encargado de legislar y aprobar
los presupuestos, una Diputación foral o Gobierno de Navarra, cuya
tarea es elaborar y gestionar los presupuestos y un Presidente de la
Diputación foral elegido por el Parlamento. El delegado del gobierno
en Pamplona es el representante del Gobierno central en Navarra. La
aprobación de esta Ley no resultó sencilla dada la presión ejercida
por los nacionalistas vascos que pretendían que Navarra quedara
englobada como cuarta provincia del País Vasco.Arte y
Cultura
Las manifestaciones más antiguas de arte navarro se encontraron en
las pinturas parietales de Echauri y Learza, que servían de
decoración a las cuevas donde residían los primeros pobladores
navarros. De época romana se han conservado interesantes mosaicos
como el de Ramalete o el de Las Musas en Arróniz. Entre las obras
más importantes del Románico navarro se encuentran las iglesias de
San Salvador de Leyre, San Miguel de Estella , San Martín de Unx o
el Santo Sepulcro de Torres del Río, así como el Palacio de los
Reyes de Navarra (Estella), representante de la arquitectura civil
románica. Representantes del Gótico, segundo estilo internacional de
la Edad Media, son por ejemplo, el Monasterio d la Oliva, la
Catedral de Tudela, San Saturnino de Artajona, Sta. Mª la Real de
Fitero, la Catedral de Pamplona, etc. En esta época se realizaron
también los sepulcros de Carlos el Noble y su esposa Leonor, así
como los frescos de San Pedro de Olite y San Saturnino de Artajona.
El
peculiar Renacimiento español ha dejado ejemplos navarros en San
Juan Bautista de Citruénigo, Sta. Mª de Viana, las sillerías de las
catedrales de Pamplona y Tudela, además de los retablos de Sta. Mª
la Real en Sangüesa o de San Juan Evangelista en Ochagavía. En
Navarra se construyó profusamente durante el Barroco, tanto
edificios civiles como religiosos: el Ayuntamiento de Viana, la
plaza de los Fueros en Tudela, la capilla de Sta. Ana en la catedral
tudelana, el ayuntamiento de Pamplona, la capilla de San Fermín o
Nuestra Señora de la Esperanza en Valtierra. Los edificios
religiosos se adornaron con retablos que mezclaban el trabajo
escultórico con el pictórico. En la Edad Contemporánea encontramos
obras arquitectónicas de académicos como Ventura Rodríguez, autor de
la fachada de la catedral de Pamplona, modernistas como F. Ansoleaga,
J. Arteaga, o A. Goicoechea, y postmodernistas como Victor Eusa o F.
Redón. En cuanto a la pintura y la escultura destacan nombres como
S. Asenjo, J. Ciga, M. de Ubago, I. García Asarta, M. Pérez Torres o
J. Echeberría Burgoa.
En el plano literario, cabe destacar que ya en el s. IX cuando
Eulogio de Córdoba visita los monasterios navarros queda
impresionado por sus colecciones de libros, en especial por la
Biblioteca capitular de Pamplona. De esta época se han conservado el
Cancionero de Herberay des Essarts, o el Poema de la reina
Leonegundia. En el s. XI la alhama o comunidad judía de Tudela va a
proporcionar dos figuras señeras de la literatura: Yehuda ha Leví y
Abraham ibn Ezra. De 1195 data el Liber Regum, la obra más antigua
escrita en romance navarro-aragonés. En el siglo XVI aparece la
primera obra impresa en vasco, firmada por Bernart Echepare: Linguae
Vasconum Primitiae. J. Arbolanche, J. de Sarabia, M. Dicastillo, J.
de Medrano, Axular o C. M. Cortés y Vitas integran la nómina de
escritores vascos de los siglos XVI al XIX. Los románticos J.
Ignacio Mencos y F. Navarro Villoslada escribieron dramas históricos
como El cerco de Zamora por el rey don Sancho o Doña Blanca de
Navarra. En la literatura del s. XX encontramos nombres como
Iturralde y Suit, fundador de la revista Euskara, A. Campión, A.Mª.
Pascual, J.Mª. Iribarren o M. Iribarren. Sin embargo, si tuviéramos
que destacar a los navarros más internacionales del mundo de la
cultura deberíamos pasar de las letras a la música para hallar las
figuras de Pablo Sarasate y Julián Gayarre, y por último al deporte,
donde ha destacado Miguel Induráin como uno de los mejores ciclistas
de la historia de tan esforzada disciplina.
|
Gayarre, Julián
Induráin Larraya, Miguel
Azpilicueta, Martín de
Benjamín de Tudela
Goyeneche, Juan de
Navarro Villoslada, Francisco
Yehuda ha Leví
Arrieta, Emilio
Asiain, Tomás
Eslava, Hilarión
Gaztambide y Garbayo, Joaquín Romualdo,
Remacha Villar, Fernando
Sarasate y Navascués, Pablo
Espoz y Mina, Francisco
Goyeneche y Aguerrevere, Juan
Mina Larrea, Francisco Javier
Navarro, Pedro
Sanjurjo Sacanell, José
Zaratiegui y Celigüeta, Juan Antonio
Aizpún Santafé, Rafael
Aizpún Tuero, Jesus
Apesteguía Jaurrieta, María Asunción
Arza Muñazuri, Juan Manuel
Baleztena Azcárate, Ignacio
Barkos Berruezo, Uxue
Burgo Tajadura,Jaime Ignacio del |
Domínguez Arévalo,
Tomás, Conde de Rodezno
Erro Armendáriz, Ion
Fernández Sánchez, Julián
Garaikoetxea Urriza, Carlos
García García, Raimundo
Huarte Goñi, Félix
Irujo Ollo, Manuel
Izu Belloso, Miguel
Lizarbe Baztán, Juan José
Navarro Villoslada, Francisco
Nuin Moreno, José Miguel
Olave Díez, Serafín
Otano Cid, Javier
Pradera Larumbe, Víctor
Sanz Sesma, Miguel
Urmeneta Ajarnaute,Miguel Javier
Taberna Monzón, Félix
Zabaleta Zabaleta, Patxi
Barace, Cipriano
Carranza, Bartolomé de
Jiménez de Rada, Rodrigo
san Fermín, Obispo
San Francisco Javier
Madoz Ibáñez, Pascual
Moneo Vallés, Rafael
Sáenz de Oiza, Francisco Javier |
Navarra
ocupa una privilegiada posición geográfica, lo que le permite
conjugar una gran variedad de relieves y climas que dan lugar a un
amplio mosaico de ecosistemas. La región puede dividirse en tres
sectores: La montaña septentrional, ejemplificada en el valle de
Baztan, la zona media, de relieves mas suaves y valles surcados por
desfiladeros como las Foces de Lumbier y Arbayún, y la Ribera, al
Sur, que ofrece un paisaje llano, de estepas salpicadas de pequeñas
lagunas junto a las fértiles vegas del río Ebro.
Navarra
recibe dos influencias climáticas; la oceánica, caracterizada por
sus abundantes lluvias, y la mediterránea de veranos secos y
calurosos. Posee adicionalmente, más de cincuenta espacios naturales,
entre los que cabe destacar la Reserva Integral de Lizardoia y el
Parque Natural de Señorío de Bértiz así como fantásticos paisajes en
los pueblos pirenaicos ideales para la práctica de deportes
invernales.
Su
historia ha estado marcada por su situación fronteriza con Francia,
Castilla, Aragón y el País Vasco, así como por su condición de
escala vital en el Camino de Santiago. Su territorio actual podría
identificarse prácticamente con el del antiguo reino de Navarra.
Fruto de esta historia es todo el patrimonio monumental que posee en
sus diversos pueblos, y ciudades; lugares tan evocadores como
Roncesvalles, donde Carlo Magno perdió la batalla; Artajona, villa
de apariencia medieval, rodeada de murallas; Estella, conocida como
la Toledo del Norte, por su rico patrimonio histórico-artístico;
Olite, villa de aspecto medieval, sede de reyes navarros; Tudela,
ciudad monumental, encrucijada de caminos entre Francia y España; y
Pamplona, su capital, que fue fundada por el general Pompeyo y que
hasta nuestros días ha guardado todo un poso de las culturas que en
ella se asentaron.
Su
artesanía y folclore son muy ricos, manifiestándose en todas sus
fiestas populares. Las de los San Fermines, es la más conocida
internacionalmente, que se desarrolla en Pamplona del 6 al 14 de
Julio
Datos básicos
Nombre oficial: Comunidad Foral de Navarra.
División administrativa: Uniprovincial.
Capital: Pamplona.
Extensión: 10.391 km².
Población
Población: 555.829 (2001)
Natalidad: 5.280 (2000)
Mortalidad: 5.029 (2000)
Crecimiento vegetativo: 251
Residentes extranjeros: 11.002 (2000)
Gentilicio: navarro.
Desarrollo económico y laboral
PIB a precios de mercado: 10.253 millones de € (2000)
Índice de bienestar: 9 (media nacional 2001: 5 sobre 10)
Población activa: 237.200 (2001)
Población inactiva: 213.000 (2001)
Población ocupada: 223.400 (2001)
Población parada: 13.800 (2001)
Tasa de paro: 5,8% (2001)
Paro registrado: 17.009 (2001)
Administración y Gobierno
Estatuto de autonomía: Ley de Reintegración y Mejoramiento del Régimen
Foral de Navarra. LO 13/1982, de 10 de agosto (BOE nº195, de 16 de
agosto de 1982).
Órganos autonómicos:
Ejecutivo: Gobierno Foral de Navarra. Presidente: Miguel Sanz Sesma.
Legislativo: Parlamento de Navarra: 50 diputados.
Judicial: Tribunales Superiores de navarra.
Partidos políticos con representación parlamentaria (elecciones 25 de
mayo de 2003):
UPN: 23 escaños; PSN-PSOE: 11 escaños; IU/EB: 3 escaños; CDN: 4 escaños;
EA/EAJ-PNV: 4 escaños; Aralar: 4 escaños.
Funcionarios de la administración pública (año 2001): 29.388
Admón. Estatal: 5.636
Admón. Autonómica: 19.980
Admón. Local: 3.430
Universidades: 342
Enlaces en Internet
http://www.www.cfnavarra.es; Página oficial de la Diputación Foral de
Navarra.
Fuente de algunos de estos artículos:
ENCICLONET
- La Enciclopedia Universal

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