Navarra

Pamplona (Historia)

Pamplona - Ayuntamiento

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NOTICIAS DE NAVARRA HOY...

 

Comunidad Autónoma uniprovincial de España con 555.829 habitantes (2001) y 10.391 km². Limita al O con el País Vasco (provincias de Guipúzcoa y Álava), por el S y SO con La Rioja, por el E y SE con Zaragoza y al NE con Huesca. Capital, Pamplona (183.964 habitantes, 2001).

Historia de la Comunidad de Navarra

 

 

NAVARRA Y SU HISTORIA...

La posición geográfica de Navarra ha condicionado gran parte de su desarrollo histórico. De un lado, el refugio que suponen sus valles de montaña le ha permitido conservar sus tradiciones, costumbres y peculiaridades; por otro, tanto el valle del Ebro, fundamental vía de comunicación en tiempos antiguos, como los pasos pirenaicos, han contribuido al enriquecimiento no sólo económico, sino también sociocultural del antiguo reino y actual Comunidad Foral de Navarra.

Prehistoria

Los trabajos arqueológicos en toda la comunidad han permitido establecer las fechas más antiguas de poblamiento navarro en torno a los 100000 años a.C., es decir, al final del paleolítico inferior. De esta época y las siguientes (paleolítico medio y primera parte del paleolítico superior), proceden los materiales de los conjuntos de superficie de Coscóbilo de Olazagutía y de la sierra de Urbasa, así como los hallazgos de piezas sueltas en Lumbier y Estella. Los datos arqueológicos de estos yacimientos establecieron dos formas de emplazamiento: en zonas de montaña, que proporcionaban el sílex necesario para la fabricación de las primeras hachas bifaces, de tipología achelense, y en las terrazas fluviales de los ríos Irati y Ega, posibles lugares de caza. En cuanto al final del paleolítico y la transición al neolítico, los hallazgos más significativos fueron los de la cueva de Alquerdi, en Urdax y los del Covacho de Berroberría. Los hombres y mujeres de esta época escogieron como viviendas las cuevas de las montañas navarras, refugios amplios y orientados de manera que recibieran la mayor cantidad de horas de sol, y desde los cuales podrían observar y controlar los valles donde pastaban las manadas de mamíferos, cuya carne suponía la base de su alimentación. Los importantes cambios que supuso la revolución neolítica llegaron a Navarra más lentamente que a otros lugares de la Península Ibérica; sin embargo, la comunidad cuenta con importantes yacimientos para esta época. Aunque se producía cerámica y se domesticaban algunas especies de mamíferos hacia el 4500 a.C., fue en el eneolítico cuando se impusieron totalmente las nuevas técnicas. El desarrollo de un pastoreo trashumante en la Montaña y en la Navarra Media permitió los contactos con otros grupos humanos que las conocían. Mientras, en la Ribera del Ebro, la población cambió su modo de vida hacia una progresiva sedentarización, cultivando cereales y construyendo poblados. Para llevar a cabo la construcción de estos poblados se utilizaron los recursos forestales de la zona, en cuya tala se usaron las primeras herramientas metálicas, posiblemente importadas de otros pueblos que ya dominaban las técnicas metalúrgicas. Los navarros del eneolítico levantaron casi trescientos dólmenes, como los de Artzábal, Jentillarri de Aralar o Artajona, en los que inhumaban a sus muertos junto con sus ofrendas,. Estos monumentos funerarios se construyeron con grandes lajas de piedra, siguiendo diferentes modelos: cistas, cámaras simples, sepulcros de corredor y galerías cubiertas.

Tras una Edad del Bronce que sirvió para que arraigaran todos estos elementos nuevos, en la primera Edad del Hierro contingentes humanos procedentes de las llanuras indoeuropeas atravesaron los pasos del Pirineo y, en su camino hacia la Meseta o la cuenca baja del Ebro, algunos grupos se asentaron en las tierras que hasta ese momento habían ocupado los ouáskos o vascos. Los nuevos pobladores, así como su cultura material y su diferente espiritualidad, fueron aceptados por los indígenas. En esta época se construyeron poblados fortificados o castros en las elevaciones del terreno, como los de Peña del Saco de Fitero, Leguín, Eldorre, etc., y junto a ellos se ubicaron necrópolis de urnas, ya que los indoeuropeos practicaban la incineración de los cadáveres. Aunque en la Montaña se continuaba con el pastoreo trashumante, en la Navarra Media y en la Ribera cobró auge la agricultura, que pasó a ser la actividad económica primordial. También en el ámbito social la llegada de estos grupos supuso un cambio paulatino hacia una sociedad más jerarquizada, en torno a una élite militar y a la organización en clanes, gentilidades y tribus. Este es el panorama que encontraron los romanos cuando en la primera mitad del s. II a.C. hicieron su aparición en el antiguo territorio navarro...

Edad Antigua

Aunque la primera presencia romana en la Península Ibérica se produjo en el s. III a.C., los navarros no se vieron implicados en la política de la República hasta la centuria siguiente, en la que, finalizada la guerra con los cartagineses, Tiberio Sempronio Graco se adentró por el valle del Ebro. En aquel momento empezó el proceso de romanización de la región, proceso que fue largo y que no dio los frutos que se esperaban, ya que gran parte de la Montaña se sustrajo siempre a la influencia romana, conservando sus usos económicos, su organización social e incluso su lengua propia. Sin embargo, en la Ribera y en la Navarra Media se llevó a cabo la urbanización de la zona con las fundaciones de ciudades como Pompaelo, en el 75 a.C., Andión, Olite, Corella, Cascante, todas ellas pertenecientes a la provincia Tarraconense y al convento caesaraugustano. Los autores de la época diferenciaban estas dos situaciones como Vasconum ager y saltus vasconum, para referirse, respectivamente, a la región romanizada y a los montes que quedaban más alejados de la influencia de Roma. En tiempos de Cesar y Augusto, algunas de estas ciudades tuvieron sus propias cecas, en las que acuñaban monedas, cuya leyenda estaba escrita en caracteres ibéricos. También se adoptaron las formas de propiedad romana, como las villas, en el centro de una explotación agrícola, en la que se introdujeron nuevos cultivos como la vid y el olivo, así como las técnicas de producción vinícola. Estas residencias fueron a menudo decoradas con mosaicos como los que se encontraron en Arróniz, Castejón o Lumbier. El desarrollo de la red viaria permitió el intercambio comercial con el resto de Hispania, Italia y las Galias, mediante el trazado de dos calzadas principales, las que unían Burdeos con Astorga y Lérida con León, además de una red de caminos secundarios. De estas infraestructuras se han conservado algunos miliarios, o mojones, en Santacara, Javier, Oteiza de la Solana y Gallipienzo entre otros. En el ámbito religioso pagano, los nuevos colonizadores respetaron las divinidades indígenas, pero el proceso de aculturación propició la creación de altares dedicados a los dioses olímpicos, como por ejemplo los dedicados a Júpiter en Ujué, a las Ninfas en Leyre, o a Ceres en Pamplona.

Aproximadamente en el s. II, al desarrollo de la romanización se unió un nuevo factor: la cristianización. Este fenómeno tuvo mucho arraigo en las ciudades navarras, pero no así en el campo (en latín pagus, de donde proviene la palabra pagano) que conservó sus tradiciones y cultos indígenas hasta que el paso de los peregrinos por el camino de Santiago, ya en el s. IX, fue difundiendo la fe católica en los valles de la Montaña. La tradición afirma que fue san Saturnino el encargado de la cristianización de Navarra. Este personaje, nacido en la ciudad de Patrás, fue uno de los sesenta y dos que acompañaban a Jesús en sus predicaciones en Galilea. Tras la muerte de Cristo acompañó a Pedro en sus viajes a Roma, desde donde el apóstol le envió a Toulouse a evangelizar el Sur de las Galias. Allí conoció a Honesto, a quien envió a predicar a Pamplona. Años más tarde, requerido por Honesto, el propio Saturnino viajó a la capital Navarra donde bautizó, siempre según la leyenda, a 40.000 nuevos fieles, entre los que se encontraban los gobernadores romanos de la ciudad. Fermín, hijo de uno de estos gobernadores, acompañó a Honesto en su predicación hasta que fue enviado a Toulouse para ser instruido y ordenado obispo, con el fin de que se hiciera cargo de la diócesis de Pamplona, convirtiéndose en su primer titular, hasta que en uno de sus viajes fue apresado y martirizado. Aunque resulta problemático datar estos acontecimientos, los historiadores han calculado que debieron producirse durante las persecuciones del 269 o del 303.

Edad Media

A lo largo de estos siglos medievales se conformaron gran parte de las instituciones que definen la peculiaridad Navarra, como fueron la monarquía o la tradición foral.

La monarquía visigoda

La crisis del sistema político imperial del s. III afectó a los habitantes de todo el Imperio en todos los aspectos de su vida. En aquella época se produjeron las primeras invasiones de germanos en Hispania, así como los levantamientos de bagaudas o campesinos pobres que, agobiados por la presión fiscal y por la falta de alimentos, se dedicaron al bandidaje. En Navarra, la llegada de los primeros germanos supuso la destrucción de Pamplona en el año 276, ante la oposición de los vascones que seguían fieles a la autoridad romana. En cuanto a las bagaudas, los integrantes de estos grupos de bandidos fueron los campesinos de las tierras altas, que tenían una economía menos saneada que los de la Ribera o la Navarra Media, ya que estos últimos se dedicaban al cultivo de vid, olivo y cereal, cuya producción alcanzaba mejores precios en el mercado, mientras que, los montañeses, con su pastoreo trashumante, no podían hacer frente a los elevados impuestos romanos. Es decir, se trató de un enfrentamiento basado en los desajustes económicos entre la zona más romanizada-urbanizada y la zona más rural-arcaizante. Ya en el s. V se produjo la llegada de los suevos, vándalos y alanos, enemigos de Roma, lo que provocó que el Imperio Romano estableciera a sus aliados los visigodos en el sur de las Galias, para enfrentarse a estos invasores de la Península. En aquella época, los pasos del Pirineo no resultaban seguros y los vascones se hallaban en una situación de semiindependencia, dada la crisis de las estructuras administrativas del Imperio. Los titulares del reino de Tolosa intervinieron repetidamente en Hispania hasta que derrotaron definitivamente a los alanos, expulsaron a los vándalos de la Bética de manera que se refugiaron en el norte de África y presionaron a los suevos hasta que redujeron su territorio a la Galaecia.

A mediados del s. V, los visigodos se enfrentaron a los francos que les obligaron a abandonar el sur de las Galias. Como consecuencia de esta derrota se vieron obligados a trasladarse al sur de los Pirineos donde fundaron el reino visigodo de Hispania, con capital en Toledo. Los vascones quedaron atrapados entre los francos que realizaron algunas campañas atravesando la Montaña, y los visigodos que tuvieron serios problemas para mantener la zona bajo su obediencia. Por ejemplo, durante la guerra civil entre Leovigildo y su hijo Hermenegildo, los navarros apoyaron al rebelde. Del mismo modo, en el 621 Suintila fortificó la plaza de Oligicus u Olite para reforzar la frontera. Años más tarde, en 653 apoyaron la rebelión de Froya. Los visigodos practicaron el arrianismo, una herejía, hasta el año 589 en el que Recaredo, durante el III Concilio de Toledo, renunció a su fe arriana y se convirtió al catolicismo. En las actas de este concilio apareció la primera noticia escrita de un obispo de Pamplona, llamado Liliolo. En el 711, cuando se produjo la invasión musulmana, don Rodrigo, el último rey visigodo, se hallaba en el norte enfrentado a los vascones que, por enésima vez, se habían rebelado contra su autoridad.

La presencia musulmana en Navarra

La llegada de los musulmanes a Navarra se produjo en el 714 y en el 718 capituló la guarnición visigoda de Pamplona, con lo que los invasores se aseguraban el paso de los Pirineos. La conquista de la Navarra Media y de la Ribera (la Montaña no interesó) se llevó a cabo de forma pacífica mediante lo que se conoce como amán o tratado por el que los jefes indígenas se comprometían a pagar un tributo a los recién llegados, mientras que estos permitían a los navarros seguir con su situación de semiindependencia. Algunas de las nobles familias visigodas que se habían hecho cargo del gobierno de las ciudades, se convirtieron al Islam, como por ejemplo, los ibn Qasi o descendientes del noble Casius, que ejercieron su influencia en la zona de Tudela y Zaragoza. A pesar de los tratados y de las conversiones, los pamploneses siguieron rebelándose contra los musulmanes al menos hasta mediados de siglo. Así, el emir Uqba tuvo que someter Pamplona de nuevo entre el 734 y el 741. Los cronistas musulmanes establecieron la distinción entre baskunis, los montañeses con centro en Pamplona y los Glaskiyun que podríamos traducir como gascones que habitaban la tierra de Leyre.

Por otro lado, Carlomagno también ambicionaba los territorios navarros y tanto él como sus descendientes llevaron a cabo diferentes campañas al sur de los Pirineos hasta el 824. La más famosa de estas expediciones francas fue la que se produjo en el 778. en este año, Carlomagno, requerido por los Ibn Qasi entró en la Península con la intención de tomar Zaragoza, lo que aseguraría su posición en la cuenca del Ebro. Sin embargo, cuando llegó a esta ciudad, los zaragozanos ya se habían reconciliado con el emir cordobés, de forma que le impidieron conquistarla. En su retirada el ejército franco saqueó Pamplona, para no dejar enemigos en su retaguardia. A su paso por Roncesvalles, los vascones le tendieron una emboscada que acabó con la derrota de las fuerzas galas y con la muerte de los capitanes más famosos de su ejército, tal como lo relata la Chanson de Roland o el Cantar de Roncesvalles, obra hispana que se tuvo por simple traducción de la Chanson, pero que estudios filológicos han demostrado ser una obra original.

De los orígenes de la monarquía al reino de Navarra

Iñigo Arista, miembro de una de las familias más influyentes de Pamplona y emparentado con los Ibn Qasi, fue considerado como el primer rey de Pamplona, aunque su política estaba todavía bastante mediatizada por sus parientes de Zaragoza. Su sucesor García Íñiguez presenció la llegada de los normandos a Navarra y fue hecho prisionero por ellos. Fortún Garcés cierra la dinastía de los Arista. En el 905 se produjo no sólo un cambio dinástico en la persona de Sancho Garcés, de la familia de los Jimenos, sino también un cambio en la política del reino, ya que el nuevo rey se alejó de la órbita de influencia de los Ibn Qasi e inició un acercamiento a los monarcas asturleoneses. De acuerdo con estos últimos, ocuparon las tierras de La Rioja para cortar el camino a los musulmanes que periódicamente realizaban algaradas o expediciones de saqueo en Castilla. Esta expansión navarro-leonesa provocó las iras de Abd al-Rahman III que derrotó a los aliados norteños en Valdejunquera el año 920. La política matrimonial de la viuda de Sancho, la reina Toda durante la minoría de García Sánchez dio unos resultados muy satisfactorios, ya que la monarquía navarra quedó emparentada tanto con los reyes asturianos como con los condes de Aragón; de hecho, al casar a su hijo con Andregoto, unió dinásticamente los dos territorios pirenaicos. Durante aquella época de formación del reino, se estableció una de las peculiaridades que distinguen a la monarquía navarra de los otros reinos peninsulares. Los reyes de Pamplona no se consideraban herederos de la monarquía visigoda como los leoneses, ni la prolongación de los reyes francos en la Península como los condes catalanes, de manera que la reconquista les sirvió para afirmar su tradicional independencia frente a la autoridad foránea. La fuerza y el prestigio de las dinastías Arista y Jimena evitaron conflictos sucesorios durante las minorías, lo cual no sucedió en los otros reinos peninsulares. La apertura del camino de Santiago en el s. IX incrementó los intercambios económicos y culturales, además de provocar la llegada de nuevos contingentes humanos europeos, principalmente artesanos y mercaderes que se establecían en la ruta de los peregrinos para abastecer sus necesidades. Los monarcas navarros atrajeron con privilegios a los extranjeros para que poblaran sus ciudades. En el ámbito cultural, la revitalización del camino de Santiago supuso la llegada de interesantes materiales escritos a las bibliotecas de los monasterios navarros, así como el restablecimiento de relaciones con el papado.
 

Sancho III Garcés, también llamado Sancho el Mayor protagonizó la etapa más brillante del reino de Navarra en la Edad Media. La llegada al trono de este monarca en 1005 coincidió con el hundimiento del califato y la división de al-Andalus en los reinos de taifas, circunstancia que Sancho aprovechó para aumentar sus dominios y para convertirse en la cabeza política de la Península, ya que el reino astur se veía inmerso en una grave crisis. Casado con una hermana del conde de Castilla, reclamó el gobierno del condado cuando en 1029 su cuñado murió asesinado en León, donde iba a casarse con doña Sancha, infanta leonesa. Los castellanos, recelosos ante el creciente poder navarro, se comprometieron a aceptarle como señor siempre que nombrase heredero del condado a uno de sus hijos que no fuera el primogénito, es decir, pretendían evitar que, a la muerte de Sancho, Castilla y Navarra quedaran unidas definitivamente. A su muerte sus hijos se repartieron sus territorios: a García, como primogénito, le correspondió Navarra; Fernando se convirtió en el primer rey de Castilla y al morir Bermudo III esgrimió sus derechos a la corona de León, puesto que estaba casado con la infanta Sancha; por último, Ramiro recibió Aragón, Sobrarbe y Ribagorza. Las relaciones entre hermanos no fueron todo lo cordiales que se esperaba y pronto García y Fernando se vieron enfrentados por el dominio de La Rioja, territorio que siempre se disputaron ambos reinos. Fernando salió victorioso en la batalla de Atapuerca en 1054, en la que murió su hermano. Los navarros prefirieron como rey a Sancho, el hijo de García que entonces aún era un niño. La crisis se completó cuando Sancho fue asesinado por su hermano pequeño en Peñalén. Los nobles navarros se negaron a aceptar al fratricida y le ofrecieron la corona a Sancho Ramírez de Aragón, que también era nieto de Sancho el Mayor, pero este rey y sus sucesores, Pedro I y Alfonso el Batallador estuvieron más preocupados por sus territorios aragoneses que por los navarros, de manera que Castilla aprovechó para ensanchar su frontera en La Rioja. Los tres reyes favorecieron a las ciudades navarras otorgando privilegios para el establecimiento de nuevos pobladores, en especial de francos, es decir, de artesanos llegados de allende el Pirineo y Alfonso I conquistó Tudela y algunas otras plazas en la ribera sur del Ebro. Esta situación perduró hasta que el Batallador, al morir sin descendencia, legó sus reinos a las órdenes militares que se encargaban de la defensa de Jerusalén. Ni los navarros ni los aragoneses aceptaron las disposiciones del testamento del rey y ambos buscaron en la familia real a los sucesores de Alfonso. Los aragoneses escogieron a Ramiro II el Monje, mientras los pamploneses, reunidos por primera vez en Cortes en la ciudad de Borja, entregaron el reino a García Ramírez, descendiente de Sancho el de Peñalén. Esta nueva independencia de Navarra no fue bien aceptada ni por los castellanos ni por los aragoneses. Sancho el Sabio aprovechó la minoría de Alfonso VIII para ocupar, por enésima vez, las tierras de La Rioja aunque después el castellano se las disputara y ambos tuvieran que recurrir al arbitraje de Enrique II de Inglaterra. En 1179 ambos reyes firmaron el tratado de Cazorla en el que se ponía fin a esta disputa, trazando la frontera entre los dos reinos. Este momento resultó trascendental para la historia del reino, puesto que al ceder La Rioja, Navarra se quedó sin frontera con los musulmanes, de manera que no pudo continuar con su expansión hacia el sur como los demás reinos peninsulares. A pesar de todo, los reyes navarros siguieron participando en las expediciones que los cristianos realizaban contra los almohades. Así, Sancho VII el Fuerte participó en la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. En esta batalla, el rey recibió como botín de guerra las cadenas que rodeaban la tienda del sultán Miramamolín y que él había cortado en el asalto. Sancho incluyó estas cadenas en el escudo de Navarra. En el orden interno, se produjo el enfrentamiento entre los habitantes de los tres barrios de Pamplona: San Cernín, San Nicolás y la Navarrería, motivado por la desigualdad jurídica, ya que tenían privilegios distintos. El rey se vio obligado a intervenir en 1213.

Las dinastías francesas

Sancho el Fuerte murió sin descendencia y la corona recayó en su sobrino Teobaldo I de Champaña. Este rey trató de imponer en Pamplona una corte muy jerarquizada que siguiera el modelo de sus dominios en el norte de Francia, sin embargo, pronto se encontró con la oposición de los nobles navarros que le obligaron a prestar juramento para que no les otorgue los puestos de poder a los franceses que le acompañaban. Todo este problema surgió por el hecho de que los fueros, usos y costumbres de Navarra no estaban puestos por escrito. Al darse cuenta del peligro que esto suponía para sus intereses, los nobles se apresuraron a redactarlos en 1250 en lo que se conoció como Fuero General de Navarra. Los hijos de Teobaldo I, Teobaldo y Enrique tuvieron reinados breves y con Juana I, la hija de Enrique, la corona de Navarra quedó unida a la de Francia al contraer matrimonio la reina con Felipe IV el Hermoso. Los tres hijos de Juana y Felipe (Luis, Felipe y Carlos) fueron reyes de Francia y Navarra sucesivamente, ya que todos murieron sin descendencia. Al morir Carlos, se planteó en Francia un problema sucesorio que llevaría al estallido de la Guerra de los Cien Años; sin embargo, en Navarra no tenía vigencia la ley sálica, es decir, que las mujeres no quedaban excluidas de la sucesión al trono, lo que permitió que una hija de Luis I, Juana II fuese coronada. La reina había contraído matrimonio con Felipe de Evreux, de manera que se conoció a esta nueva dinastía con el nombre de casa de Evreux.

Los reyes de la nueva dinastía se preocuparon más por sus territorios del sur de los Pirineos, y llevaron a cabo la creación de algunos órganos de gobierno, como el Consejo Real que colaboró con el rey en tareas legislativas y judiciales, la Cort o tribunal superior de justicia, así como la Cámara de Comptos encargada de la recaudación de impuestos y de la hacienda regia. Juana II y Felipe III de Evreux llevaron a cabo el Amejoramiento del Fuero General en 1274. Carlos II el Malo se implicó en el conflicto dinástico francés y pasó gran parte de su reinado intentando hacer valer sus derechos al trono. Para lograr su objetivo cambió de bando repetidas veces, instigó a los burgueses de París en la revuelta conocida como la jacquerie para terminar prestando vasallaje a Juan II. En el ámbito peninsular consiguió mantenerse al margen de la Guerra de los dos Pedros, aunque finalmente terminó enemistado con Castilla y con Francia por no haber apoyado la causa Trastámara en la guerra civil castellana. En 1366 se redactó el Libro de Fuegos que consiste en una relación de vecinos de las merindades de Tudela, Sangüesa, Pamplona y Estella, puesto que el rey quería conocer la situación demográfica de sus territorios tras las primeras epidemias de peste de 1348, en las que se calcula murió un tercio de la población navarra. Su sucesor, Carlos III el Noble fue considerado como uno de los mejores reyes de su tiempo. Su obra benefició al reino en muchos aspectos: afianzó sus relaciones con Castilla, escogió para los órganos de gobierno a las personas más capaces y no a los altos títulos nobiliarios como era costumbre en la época, instituyó el principado de Viana para su nieto, creó una orden de caballería honorífica, llamada lebrel blanco o bonne foi e instaló la corte en el castillo-palacio de Olite.

En 1425 murió Carlos y se inició una etapa conflictiva con el reinado de Blanca I y Juan I (que será Juan II de Aragón). El aragonés no se apartó de la política al morir su esposa, sino que se enfrentó a su hijo Carlos, Príncipe de Viana, de manera que el reino se dividió en dos facciones: beaumonteses o partidarios de Carlos y agramonteses que apoyaban al rey Juan. En definitiva, se trató de un enfrentamiento entre las dos formas de vida del país: los montañeses contra los de la Ribera. En Aibar, Juan hizo prisionero a su hijo, que después consiguió escapar y viajar por Europa dedicándose a su gran afición: las letras. Entre sus obras se encuentra una Crónica de los reyes de Navarra, redactada en 1455. Juan desheredó a su hijo y le cedió los derechos sucesorios a su hija Blanca. Mientras, Carlos fue de nuevo apresado en Barcelona, donde encontró el apoyo de los catalanes, que se declararon en guerra para defenderle, ya que en aquel momento Carlos era además heredero al trono aragonés. En la ciudad condal terminó sus días enfermo de pleuresía, aunque la tradición acusó a su madrastra Juana Enríquez de envenenarlo para favorecer a su propio hijo, el futuro Fernando el Católico. Doña Blanca murió antes que su padre y al morir Juan el trono pasó a su hermana Leonor, casada con el conde Gastón de Foix. La reina no contaba con el apoyo de los beaumonteses que controlaban Pamplona, así pues, tuvo que ser coronada en Tudela, el 28 de enero de 1479. En febrero de ese mismo año murió en Tafalla. Le sucedieron sus dos hijos sucesivamente: Francisco Febo y Catalina, casada con Juan de Albret. Durante el reinado de estos últimos, en 1512, se produjo la conquista de Navarra por parte de Fernando el Católico, aunque después se asoció el reino al trono de Castilla. La dinastía de Albret continuó en los territorios ultrapirenaicos: Juana III, hija de Catalina de Foix y Juan de Albret, contrajo matrimonio con Antonio de Borbón, quien introdujo a los hugonotes en la Navarra francesa. Su heredero fue Enrique III de Navarra y IV de Francia, quien hizo célebre la frase París bien vale una misa, ya que tuvo que convertirse al catolicismo para ser coronado en la capital del Sena.

Edad Moderna

La conquista de Fernando el Católico no significó que Navarra perdiera su entidad política ni sus peculiaridades jurídicas, sino que el rey que ya ostentaba las coronas de Aragón y Castilla añadió un reino más a su patrimonio, con la obligación de jurar sus fueros antes de ser coronado, de hecho, en los documentos se sigue la numeración de los reyes navarros, por ejemplo Carlos I de España es a la vez IV de Navarra. Así pues, Navarra mantuvo sus instituciones de gobierno, aunque los reyes intentaron mediatizarlas introduciendo a sus oficiales en el Consejo Real. Para evitar las situaciones de desafuero, es decir, los aspectos de la política real que iban contra lo escrito en el Fuero General, se creó la Diputación del Reino, o comisión permanente de las Cortes, que tenía dos formas de actuación: la sobrecarta y la publicación. La sobrecarta consistía en que los decretos reales tenían que tener la aprobación del Consejo Real una vez que hubieran oído las alegaciones de la Diputación; por otro lado, la publicación fue el derecho que tenía la Diputación de no publicar los mismos decretos si estos incurrían en desafuero, por ejemplo, cuando en 1556 abdicó Carlos I las Cortes de Navarra no aceptan su renuncia porque no ha tratado al reino distinta y separadamente. Cuando se cumplió este requisito, en 1561, le solicitaron al rey que le concediera el reino desde ese momento al príncipe don Carlos, que aún no había mostrado signos de la enfermedad mental que padecería unos años después. En 1586, a petición de las Cortes Felipe II colocó las armas de Navarra en el segundo lugar de privilegio (por debajo sólo de las armas de Castilla) en el escudo real.

Tanto Carlos I como Felipe II le concedieron poca importancia a Navarra en el planteamiento de su política imperial, pero no olvidaron que se trataban de los territorios fronterizos con uno de sus mayores enemigos: Francia, de manera que los reyes se preocuparon por mantener las fortalezas pirenaicas, mantenimiento que era costeado por las contribuciones castellanas. El estatuto navarro fijaba que sus habitantes no podían ser obligados a participar en acciones militares a no ser que se tratase de la defensa de su territorio, aunque sí debían soportar el paso de las tropas y el acantonamiento de las mismas. Puesto que Navarra perdió su papel en la política exterior de los reyes, el reino se replegó hacia sí mismo, centrándose en el desarrollo de las manufacturas que tradicionalmente se habían llevado a cabo en el país, como fueron las ferrerías, o artesanías relacionadas con el hierro y la industria pañera. La conservación de su entidad política le permitió seguir acuñando moneda y el mantenimiento de sus aduanas comerciales con Castilla y Aragón, lo que suponía una importante fuente de ingresos. Es decir, bajo los Austrias Navarra experimentó una recuperación tanto demográfica como económica. Los navarros destacaron en labores de todo tipo: religiosas (san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier), económicas (Jerónimo de Uztáriz, Juan Luis de Munárriz), conquistadoras (Juan de Eulate, Agustín de Echeberz y Subiza o la familia Aycinena), universitarias (Pedro de Ursúa Carranza, Martín de Azpilcueta, fray Diego de Estella).

Los Borbones, reyes de Navarra

En 1700 estalló la guerra por la sucesión de Carlos II entre el archiduque Carlos de Austria y Felipe de Anjou. Los navarros apostaron por este último, que resultó vencedor de la contienda, de manera que en compensación a su apoyo en la guerra, Felipe V siguió respetando los fueros y las instituciones navarras, mientras que en el resto de la Península implantó los Decretos de Nueva Planta, con los que pretendía convertir la pluralidad de reinos española en una monarquía absoluta y centralizada, según el modelo francés. Esta diferencia acarreó numerosos roces entre Castilla, que representaba la ley, y Navarra, que se acogía a sus privilegios, a pesar de los esfuerzos de los ministros franceses de Castilla por incluir el reino en la nueva administración. La Guerra de la Independencia supuso un cambio importante en la mentalidad navarra, ya que se abandonó el tradicional elemento “separatista” para defender España de la invasión francesa. La Diputación se negó a reconocer a José Bonaparte como rey y se vio obligada a huir de Pamplona para refugiarse en Tudela y disolverse después hasta que acabara la guerra. Ni el Tratado de Bayona ni la Constitución de Cádiz (véase Constitucionalismo español respetaron la peculiaridad navarra. La táctica que siguieron los resistentes navarros fue la que ya habían llevado a cabo desde tiempos remotos: la guerra de guerrillas y emboscadas para desgastar al enemigo sin necesidad de contar con un gran ejército. Los voluntarios franceses, capitaneados por Espoz y Mina, Cruchaga, Górriz, etc., contaban con el apoyo de la población que les proporcionaba enseres, víveres y refugios. En 1814 se restauró la Diputación y se volvieron a confirmar los Fueros, mientras que en 1817-18 las Cortes se reunieron de nuevo. En aquella etapa empezaron a surgir las primeras contiendas entre los realistas, partidarios de una monarquía absoluta y los liberales que pedían la redacción de una Constitución a cuya autoridad estuviera sujeto el rey. Ya Espoz y Mina protagonizó una de estas revueltas liberales en el año 1814 en Puente la Reina, pero el definitivo alzamiento se produciría en 1820 en lo que se conoció como trienio liberal, es decir, un período de tres años en que el rey fue obligado a gobernar constitucionalmente, hasta que acudieron en su auxilio los Cien Mil Hijos de San Luis, tropas enviadas por el rey de Francia para apoyar a Fernando VII. Entre 1828 y 1829 las Cortes navarras fueron reunidas en la que sería su última sesión.

La muerte del rey sumió a España, especialmente a Navarra y el País Vasco, en un conflicto dinástico: al haber muerto Fernando VII sin descendencia masculina, el país se dividió entre los que apoyaban al infante Carlos María Isidro, hermano del rey difunto y los partidarios de la sucesión directa en la persona de la reina-niña Isabel II. Los carlistas argumentaban que en España seguía vigente la ley sálica, que vetaba el trono a las mujeres, mientras que los isabelinos afirmaban que Fernando VII había derogado esa ley antes de morir, precisamente para asegurarle el trono a su hija. En Navarra causó indignación el fusilamiento de don Santos Ladrón, nacido en Lumbier, a manos de las tropas isabelinas cuando se dirigía hacia su tierra para apoyar las aspiraciones del pretendiente Carlos. Desde ese momento, los navarros se alinearon en la causa carlista, soportando en sus tierras siete años de guerra. En los primeros años de la guerra destacó la labor del general carlista Tomás de Zumalacárregui, que venció a los generales Quesada, Rodil, Espoz y Mina y Espartero, de manera que fue cayendo en sus manos la zona de Pamplona a Vitoria, desde donde emprendió la conquista de Guipúzcoa. La desaparición del Lobo de las Amescoas, apodo de Zumalacárregui, en 1835 significó un gran revés para la causa carlista, ya que sus sucesores al mando del ejército no contaron con su genio militar.

Mientras en Navarra se luchaba, en 1836 se produjo un motín en La Granja de San Ildefonso (Segovia) que tuvo importantes consecuencias. Los sargentos de la guarnición de la Granja obligaron a la regente María Cristina a restablecer la Constitución de 1812 mientras se redactaba una nueva Constitución, la que vería la luz en 1837. Esta nueva Carta Magna puso punto final a las tradicionales instituciones navarras, ya que al considerar al antiguo reino como una provincia sustituyó la Diputación del reino por una Diputación provincial. Así mismo, las competencias del Consejo y la Corte quedaron englobadas en los nuevos órganos de la Audiencia provincial y los juzgados de primera instancia. Esta nueva situación institucional de Navarra en la Constitución no hizo sino alargar la guerra, ya que los carlistas, además de apoyar al pretendiente, defendían los Fueros. Estos tuvieron un papel decisivo a la hora de negociar la paz. El ministro de justicia se vio obligado a confirmar los Fueros navarros en 1839, para acabar la guerra, a la que puso fin el abrazo de Vergara entre los generales Espartero y Maroto. En 1841 se buscó una solución a esta cuestión en el Pacto-Ley firmado entre la Diputación Foral y el Gobierno de Madrid, que convirtió al reino en Provincia Foral, respetando el derecho civil navarro y otorgando competencias administrativas plenas a la Diputación.

A pesar de todo, hubo nuevos brotes carlistas en 1846, manifestando su descontento por el matrimonio de Isabel II, y en 1872, aprovechando la situación de desconcierto al proclamarse la República española. En 1876, Alfonso XII puso fin a la última guerra carlista y desde aquel momento el carlismo tomó un cariz más político que militar, de manera que quedó reducido a círculos intelectuales que más tarde dieron origen a los partidos carlistas del s. XX.

Edad Contemporánea

Los últimos años del s. XIX así como los primeros del s. XX fueron de relativa tranquilidad para Navarra, y se caracterizaron por la recuperación del país tras las guerras carlistas: se crearon cooperativas agrarias y cajas rurales, mientras la ciudad de Pamplona empezó a recibir a los primeros emigrantes del campo integrantes de lo que se llamó éxodo rural. El punto de inflexión con la etapa anterior lo marcó la proclamación en 1931 de la II República, al triunfar en las capitales de provincia españolas los partidos republicanos en las elecciones municipales del 12 de abril de aquel mismo año. Aunque en Navarra habían triunfado las derechas tradicionalistas, se aceptó la nueva situación política. Los desórdenes anticlericales de los primeros momentos de la República hicieron que aumentara el número de adeptos al carlismo, ya que el sentimiento religioso pesaba mucho en las conciencias de los navarros. Por tanto, los navarros intentaron conseguir desde el primer momento un estatuto de autonomía para sustraerse a la política laica de la constitución de 1931. Así pues se reunieron los representantes de los ayuntamientos en Estella en junio del mismo año, para aprobar dicho estatuto, aunque los desórdenes de Pamplona les obligaron a posponer el asunto. Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, los generales más tradicionalistas o de derechas comenzaron a preparar un golpe militar para poner fin de manera autoritaria al gobierno de coalición de las izquierdas. Uno de los generales más implicados fue don Emilio Mola, destinado en Pamplona desde el 22 de febrero de 1936, cuya labor primordial en los meses previos al alzamiento fue la de atraerse para la causa a las milicias carlistas y a los falangistas. El Director, pseudónimo del general Mola, proclamó el estado de guerra en Navarra el 19 de julio de 1936. El territorio de la provincia foral quedó pues en manos de los nacionales desde el primer momento y la Diputación recuperó sus instituciones privativas. Pamplona y Tudela fueron las ciudades más castigadas por sendos bombardeos durante 1937, año en que se le condecoró a Navarra con la Laureada de San Fernando por su participación en el movimiento.

Terminada la guerra, se abrió un nuevo período en el que destaca el reconocimiento de la vigencia del Pacto-Ley de 1841, que mantuvo el orden establecido antes de la guerra. En los primeros años de la postguerra, Navarra tuvo que soportar a distintos gobernadores que llevaron a cabo diferentes actos de contrafuero, lo que les hizo granjearse la oposición de las oligarquías (el Ayuntamiento de Pamplona, la Diputación y el Prelado). Ya a mediados de los años 50 se sucedieron una serie de gobernadores “pacifistas” que entendieron mejor la relación con las instituciones tradicionales. En estos años se produjo la fundación de la Universidad de Navarra (1952), vinculada al Opus Dei. Con la muerte de Franco y la transición democrática los políticos se replantearon la necesidad de realizar la reforma del Pacto-Ley que llevaba casi ciento cuarenta años de vigencia.

La Comunidad Autónoma actual

A diferencia de lo que ocurrió con otras autonomías, Navarra no recibió en 1982 un Estatuto de Autonomía, sino que para el caso navarro se aprobó en agosto de ese mismo año la Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral, que dotó a la comunidad de un Parlamento foral, encargado de legislar y aprobar los presupuestos, una Diputación foral o Gobierno de Navarra, cuya tarea es elaborar y gestionar los presupuestos y un Presidente de la Diputación foral elegido por el Parlamento. El delegado del gobierno en Pamplona es el representante del Gobierno central en Navarra. La aprobación de esta Ley no resultó sencilla dada la presión ejercida por los nacionalistas vascos que pretendían que Navarra quedara englobada como cuarta provincia del País Vasco.Arte y Cultura

Las manifestaciones más antiguas de arte navarro se encontraron en las pinturas parietales de Echauri y Learza, que servían de decoración a las cuevas donde residían los primeros pobladores navarros. De época romana se han conservado interesantes mosaicos como el de Ramalete o el de Las Musas en Arróniz. Entre las obras más importantes del Románico navarro se encuentran las iglesias de San Salvador de Leyre, San Miguel de Estella , San Martín de Unx o el Santo Sepulcro de Torres del Río, así como el Palacio de los Reyes de Navarra (Estella), representante de la arquitectura civil románica. Representantes del Gótico, segundo estilo internacional de la Edad Media, son por ejemplo, el Monasterio d la Oliva, la Catedral de Tudela, San Saturnino de Artajona, Sta. Mª la Real de Fitero, la Catedral de Pamplona, etc. En esta época se realizaron también los sepulcros de Carlos el Noble y su esposa Leonor, así como los frescos de San Pedro de Olite y San Saturnino de Artajona.

El peculiar Renacimiento español ha dejado ejemplos navarros en San Juan Bautista de Citruénigo, Sta. Mª de Viana, las sillerías de las catedrales de Pamplona y Tudela, además de los retablos de Sta. Mª la Real en Sangüesa o de San Juan Evangelista en Ochagavía. En Navarra se construyó profusamente durante el Barroco, tanto edificios civiles como religiosos: el Ayuntamiento de Viana, la plaza de los Fueros en Tudela, la capilla de Sta. Ana en la catedral tudelana, el ayuntamiento de Pamplona, la capilla de San Fermín o Nuestra Señora de la Esperanza en Valtierra. Los edificios religiosos se adornaron con retablos que mezclaban el trabajo escultórico con el pictórico. En la Edad Contemporánea encontramos obras arquitectónicas de académicos como Ventura Rodríguez, autor de la fachada de la catedral de Pamplona, modernistas como F. Ansoleaga, J. Arteaga, o A. Goicoechea, y postmodernistas como Victor Eusa o F. Redón. En cuanto a la pintura y la escultura destacan nombres como S. Asenjo, J. Ciga, M. de Ubago, I. García Asarta, M. Pérez Torres o J. Echeberría Burgoa.

En el plano literario, cabe destacar que ya en el s. IX cuando Eulogio de Córdoba visita los monasterios navarros queda impresionado por sus colecciones de libros, en especial por la Biblioteca capitular de Pamplona. De esta época se han conservado el Cancionero de Herberay des Essarts, o el Poema de la reina Leonegundia. En el s. XI la alhama o comunidad judía de Tudela va a proporcionar dos figuras señeras de la literatura: Yehuda ha Leví y Abraham ibn Ezra. De 1195 data el Liber Regum, la obra más antigua escrita en romance navarro-aragonés. En el siglo XVI aparece la primera obra impresa en vasco, firmada por Bernart Echepare: Linguae Vasconum Primitiae. J. Arbolanche, J. de Sarabia, M. Dicastillo, J. de Medrano, Axular o C. M. Cortés y Vitas integran la nómina de escritores vascos de los siglos XVI al XIX. Los románticos J. Ignacio Mencos y F. Navarro Villoslada escribieron dramas históricos como El cerco de Zamora por el rey don Sancho o Doña Blanca de Navarra. En la literatura del s. XX encontramos nombres como Iturralde y Suit, fundador de la revista Euskara, A. Campión, A.Mª. Pascual, J.Mª. Iribarren o M. Iribarren. Sin embargo, si tuviéramos que destacar a los navarros más internacionales del mundo de la cultura deberíamos pasar de las letras a la música para hallar las figuras de Pablo Sarasate y Julián Gayarre, y por último al deporte, donde ha destacado Miguel Induráin como uno de los mejores ciclistas de la historia de tan esforzada disciplina.

 

Gayarre, Julián
Induráin Larraya, Miguel
Azpilicueta, Martín de
Benjamín de Tudela
Goyeneche, Juan de
Navarro Villoslada, Francisco
Yehuda ha Leví
Arrieta, Emilio
Asiain, Tomás
Eslava, Hilarión
Gaztambide y Garbayo, Joaquín Romualdo,
Remacha Villar, Fernando
Sarasate y Navascués, Pablo
Espoz y Mina, Francisco
Goyeneche y Aguerrevere, Juan
Mina Larrea, Francisco Javier
Navarro, Pedro
Sanjurjo Sacanell, José
Zaratiegui y Celigüeta, Juan Antonio
Aizpún Santafé, Rafael
Aizpún Tuero, Jesus
Apesteguía Jaurrieta, María Asunción
Arza Muñazuri, Juan Manuel
Baleztena Azcárate, Ignacio
Barkos Berruezo, Uxue                   Burgo Tajadura,Jaime Ignacio del

Domínguez Arévalo, Tomás, Conde de Rodezno
Erro Armendáriz, Ion
Fernández Sánchez, Julián
Garaikoetxea Urriza, Carlos
García García, Raimundo
Huarte Goñi, Félix
Irujo Ollo, Manuel
Izu Belloso, Miguel
Lizarbe Baztán, Juan José
Navarro Villoslada, Francisco
Nuin Moreno, José Miguel
Olave Díez, Serafín
Otano Cid, Javier
Pradera Larumbe, Víctor
Sanz Sesma, Miguel
Urmeneta Ajarnaute,Miguel Javier
Taberna Monzón, Félix
Zabaleta Zabaleta, Patxi
Barace, Cipriano
Carranza, Bartolomé de
Jiménez de Rada, Rodrigo
san Fermín, Obispo
San Francisco Javier
Madoz Ibáñez, Pascual
Moneo Vallés, Rafael
Sáenz de Oiza, Francisco Javier

Navarra ocupa una privilegiada posición geográfica, lo que le permite conjugar una gran variedad de relieves y climas que dan lugar a un amplio mosaico de ecosistemas. La región puede dividirse en tres sectores: La montaña septentrional, ejemplificada en el valle de Baztan, la zona media, de relieves mas suaves y valles surcados por desfiladeros como las Foces de Lumbier y Arbayún, y la Ribera, al Sur, que ofrece un paisaje llano, de estepas salpicadas de pequeñas lagunas junto a las fértiles vegas del río Ebro.

Navarra recibe dos influencias climáticas; la oceánica, caracterizada por sus abundantes lluvias, y la mediterránea de veranos secos y calurosos. Posee adicionalmente, más de cincuenta espacios naturales, entre los que cabe destacar la Reserva Integral de Lizardoia y el Parque Natural de Señorío de Bértiz así como fantásticos paisajes en los pueblos pirenaicos ideales para la práctica de deportes invernales.

Su historia ha estado marcada por su situación fronteriza con Francia, Castilla, Aragón y el País Vasco, así como por su condición de escala vital en el Camino de Santiago. Su territorio actual podría identificarse prácticamente con el del antiguo reino de Navarra. Fruto de esta historia es todo el patrimonio monumental que posee en sus diversos pueblos, y ciudades; lugares tan evocadores como Roncesvalles, donde Carlo Magno perdió la batalla; Artajona, villa de apariencia medieval, rodeada de murallas; Estella, conocida como la Toledo del Norte, por su rico patrimonio histórico-artístico; Olite, villa de aspecto medieval, sede de reyes navarros; Tudela, ciudad monumental, encrucijada de caminos entre Francia y España; y Pamplona, su capital, que fue fundada por el general Pompeyo y que hasta nuestros días ha guardado todo un poso de las culturas que en ella se asentaron.

Su artesanía y folclore son muy ricos, manifiestándose en todas sus fiestas populares. Las de los San Fermines, es la más conocida internacionalmente, que se desarrolla en Pamplona del 6 al 14 de Julio

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OTROS DATOS DE INTERÉS

Datos básicos

Nombre oficial: Comunidad Foral de Navarra.
División administrativa: Uniprovincial.
Capital: Pamplona.
Extensión: 10.391 km².

Población

Población: 555.829 (2001)
Natalidad: 5.280 (2000)
Mortalidad: 5.029 (2000)
Crecimiento vegetativo: 251
Residentes extranjeros: 11.002 (2000)
Gentilicio: navarro.

Desarrollo económico y laboral

PIB a precios de mercado: 10.253 millones de € (2000)
Índice de bienestar: 9 (media nacional 2001: 5 sobre 10)
Población activa: 237.200 (2001)
Población inactiva: 213.000 (2001)
Población ocupada: 223.400 (2001)
Población parada: 13.800 (2001)
Tasa de paro: 5,8% (2001)
Paro registrado: 17.009 (2001)

Administración y Gobierno

Estatuto de autonomía: Ley de Reintegración y Mejoramiento del Régimen Foral de Navarra. LO 13/1982, de 10 de agosto (BOE nº195, de 16 de agosto de 1982).
Órganos autonómicos:
Ejecutivo: Gobierno Foral de Navarra. Presidente: Miguel Sanz Sesma.
Legislativo: Parlamento de Navarra: 50 diputados.
Judicial: Tribunales Superiores de navarra.
Partidos políticos con representación parlamentaria (elecciones 25 de mayo de 2003):
UPN: 23 escaños; PSN-PSOE: 11 escaños; IU/EB: 3 escaños; CDN: 4 escaños; EA/EAJ-PNV: 4 escaños; Aralar: 4 escaños.
Funcionarios de la administración pública (año 2001): 29.388
Admón. Estatal: 5.636
Admón. Autonómica: 19.980
Admón. Local: 3.430
Universidades: 342
Enlaces en Internet
http://www.www.cfnavarra.es; Página oficial de la Diputación Foral de Navarra.
Fuente de algunos de estos artículos: ENCICLONET - La Enciclopedia Universal

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