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El origen de la Plaza Mayor es la Plaza del Arrabal, situada fuera de la muralla medieval, una plaza abierta hacia el campo. Se rehabilitó en la época de Felipe III, con el diseño del arquitecto Juan Gómez de Mora en 1617. Sufrió varios incendios y después de uno de ellos, en 1790, el arquitecto Juan de Villanueva decide cerrar la plaza todavía más. Curiosidades: la actual Junta Municipal Centro del Ayuntamiento de
Madrid fue el primer edificio construido en la plaza; era La Real Casa
de Panadería, que era panadería en planta baja y la residencia de los
Reyes en las plantas superiores Creada en
el siglo XVIII, por Juan de Villanueva tras un gran incendio que
destruyó gran parte de la plaza, realmente se empezó a construir a
comienzos del siglo XVII. En ella se representan obras teatrales, fiestas y es zona fundamental en las Navidades madrileñas. Bajo sus arcos, puede encontrar innumerables tiendas ornamentadas al estilo del viejo Madrid, y los domingos puede ver a una multitud de personas que se dedican a la filatelia, siendo un emplazamiento inigualable para la compra-venta de monedas, sellos, etc. Está muy bien resguardada, por calles tan importantes como la de Cuchilleros, o Mayor, las cuales se pueden definir como prolongaciones externas de la plaza, pues tanto su estructura como su economía son, si no idénticas, muy parecidas. Para acceder desde el hotel, hay que tomar su anexa Calle del Carmen, hasta llegar a Sol. Rodee la Puerta del Sol hacia la derecha, y la tercera calle es la Calle Mayor. Tome ésta calle, y a partir de la segunda calle a la izquierda, se tiene acceso directo a la plaza. Para ir a la calle Cuchilleros, hay que seguir por la calle Mayor, y rodear la plaza a la izquierda. Se podrá ver el Mercado de San Miguel en su comienzo, dando paso a la calle con su bella estructura arquitectónica.
Es el carácter singular de la Plaza Mayor de Madrid lo que ha motivado desde hace mucho tiempo la profusión de estudios sobre ella vertidos. Estudios muy variados, pues muchas son las procedencias de sus autores: historiadores del arte, de la ciudad, arquitectos, etc. que suponen interesantes y valiosas aportaciones acerca de su génesis, de su significado urbanístico y valores arquitectónicos, de su condición como contenedora de actividades, residentes y acontecimientos. Sin embargo, los geógrafos no están presentes como estudiosos de la plaza madrileña, quizás porque piensan que sobre la Plaza Mayor ya está todo dicho. Y nada más incierto. Al menos eso es lo que nos parece a aquellos que estamos interesados por el paisaje urbano. Pretendemos, pues, indagar en uno de los elementos del paisaje, cual es la planta parcelaria, y abordaremos la historia del plano parcelario porque se ha demostrado como pieza clave para la interpretación del paisaje urbano, pues no en balde condiciona la amplitud y muchas de las características de la edificación, sino también toda trama urbana carente de planeamiento (Brandis, 1995, 1998). Pero además, la variada gama de tamaños y formas que presentan las parcelas es respuesta al contexto temporal, espacial, social, político, económico y cultural en que se desenvuelve la sociedad y que tanto tienen que decir en la forma que adquiere el paisaje urbano. En fin, se trata de un estudio cuya última pretensión es la de contribuir al mayor conocimiento de la Plaza Mayor madrileña, donde cada elemento del paisaje tiene un significado presente, pero a la vez histórico y retrospectivo, pues «los legados de las fases urbanas anteriores suponen otras tantas obligaciones que pesan, de distinta forma, sobre el futuro del espacio» (Chaline, 1981, 101).
El contraste que se observa entre la regularidad del gran vacío central que conforma la plaza y la irregularidad del entorno edificado, cabe interpretarlo como resultado de la sobreimposición del diseño setecentista a un trazado que tiene su origen en la formación de los arrabales extramuros del recinto medieval. Esta herencia se reconoce en el trazado de los antiguos caminos de Alcalá, Toledo y Atocha que partían de la puerta de Guadalajara, sita en el amurallamiento, y en la Cava de San Miguel y Cuchilleros que seguían el trazado del foso de la muralla. También se observa en algunas calles secundarias que aumentaban los accesos a la plaza, llamada entonces, del Arrabal, y la unían con otros centros de concurrencia. Así, la calle de Felipe III era el camino más corto a la parroquia de San Ginés y la de Zaragoza lo era a la de Santa Cruz. Con el trazado de la plaza, culminado en 1617, se abren nuevas calles que agilizan el acceso a la misma y aumentan su comunicación con el exterior. Surgen las calles de la Sal, enlace directo con el convento e iglesia de San Felipe el Real, la del Arco del Triunfo, en forma de pasaje cubierto, y la de Botoneras, conformándose así el trazado actual del callejero (Figura 1). Aunque las pervivencias del suelo ocupado previo al trazado de la plaza son difíciles de precisar, debido a la ausencia de cartografía por aquel entonces, hay estudios que permiten dibujar parte del perímetro de las manzanas que aparecen en el lugar a finales del siglo XV (Montero Vallejo, 1987), así como fuentes documentales que ayudan a precisar la localización de algunas parcelas en el umbral del siglo XVII (Iñíguez, 1950) (Urgoiti, 1954). Están datadas instalaciones desde mediados del XV en lo que fueron terrenos de propios que el Concejo se reservó entre la muralla y el arrabal de Santa Cruz. Las construcciones, que bordeaban una zona deprimida que en origen fue laguna y luego muladar, fueron proliferando. Lo codiciado del lugar, al ir adquiriendo centralidad por el crecimiento de la villa hacia el este, propició que algunas casas llegaran a instalarse en el centro de la plaza, y que no desaparezcan hasta 1581, al construirse en el lado norte la Casa Panadería, según el proyecto que hiciese de la plaza Juan de Herrera, e iniciarse también las expropiaciones en el este y sur de la misma. La regularización del lado oeste será más tardía, por la dificultad que entraña el enorme desnivel que existe entre la plaza y la Cava de San Miguel, llevándose a efecto bajo la supervisión de Gómez de Mora en 1617 (Figura 2). Pero los intentos de reforma de la plaza desde finales del siglo XV van paralelos a toda una serie de disposiciones que, con el objeto de mejorar el entorno
pretenden renovar también el caserío de las travesías. Así, la nueva Junta de Urbanismo, creada en 1590, ordena la alineación de la calle Mayor y propone la sustitución de los pilares de madera por otros de piedra en las plazas y calles que contasen con soportales. También, la Junta de Aposento fomenta la reedificación con las disposiciones que dicta a partir de 1584, y por las que gozarán de exención de huésped por ocho años las casas que se labren...
Fuentes: Íñiguez (1950), Urgorri (1954) y Montero (1987). en la plaza y su entorno de acuerdo a las condiciones que exijan las ordenanzas, llegando a ampliar las exenciones a perpetuidad a cambio de un canon en metálico en 1588. De esta forma, la sustitución del caserío permitía liberarse de por vida de la carga de aposento y hacer rentable el costo de las obras con la obtención de rentas más altas. Pese a todo, el ritmo de la construcción de nuevas casas es lento, persistiendo todavía en 1617 algunas edificaciones antiguas en torno a la plaza, que obligan a la Junta de Obras a notificar a sus dueños la urgencia de su derribo ante el estado de deterioro que presentan (ASA, 1617). Estas disposiciones, orientadas a estimular la sustitución del caserío y a conseguir la traza regular de la plaza, fueron aprovechadas por algunos propietarios, especialmente los de las calles de Mayor y Toledo que eran las de mayor tránsito, y así se entiende que buen número de casas se renovaran por estas fechas. Por el contrario, el caserío que da fachada a la plaza se resiste, en parte motivado porque el diseño uniforme de las fachadas encarece las obras, por lo que para estimular su terminación se concede en 1620-21 privilegio perpetuo sin carga en metálico a las casas de la plaza que faltasen por levantar, disposición que fue bien acogida por los propietarios (Figura 3). Del resto del
Fuente: Planimetría General de Madrid (1750). espacio ocupado en estos momentos no tenemos certidumbre de sus lindes parcelarias, pues se privilegiaron con posterioridad, teniendo que esperar a la aproximación que nos permite la perspectiva caballera del plano de Teixeira de 1656. En definitiva, de la sobreimposición del diseño regular de la plaza al trazado previo sólo resultó el alineamiento de la fachada de las manzanas que la conformaban, perviviendo en el resto el viario arrabalero medieval. Éste, con¬tactaba con la plaza de forma asimétrica, a veces con trazo sinuoso y con di¬ferentes anchos, presentando al suroeste desniveles considerables. No se co¬rrigió, pues, el trazado caminero, aunque la edificación del entorno pretendió disimular esta realidad, y así Gómez de Mora labró pasajes cubiertos en las calles de Toledo, Sal, Arco del Triunfo, Botoneras y Zaragoza, con una ar¬quitectura que intentaba asemejarse a la de la plaza; más tarde Villanueva en 1790 simularía mediante arcos falsos la falta de simetría de las calles afluen¬tes (Bonet, 1967, 1978)
El plano parcelario actual es producto tanto de la dinámica que se desa¬rrolla desde el siglo XVII como de la resistencia de estructuras anteriores y que todavía se reconocen. La conjunción de fenómenos de cambios y de per¬manencias que inciden a lo largo de todo el proceso de constitución del dise¬ño parcelario, permiten entender la variada gama de tamaños y formas que presentan hoy las parcelas. Las herencias parcelarias existentes desde hace más de un siglo se iden¬tifican en dos tercios de las fincas, siendo numerosas las que se remontan al siglo XVII en correspondencia con lo antiguo de la ocupación. Pero quizás lo que sorprenda sea apreciar parcelas cuyo diseño responde a la dinámica más actual, bien por agregación o segregación de parcelas, pero sin producir la sustitución del caserío. Se trata, por un lado, de fusiones de fincas que se han resuelto con obras de reestructuración interna, esto es, abriendo huecos en las medianerías interiores para su comunicación, modificado las cubiertas y retocado las fachadas. Pero también, por otro lado, han sido las reformas exteriores en las fachadas y cubiertas de varias parcelas que, al recibir un tra¬tamiento uniforme, enmascaran la permanencia de la anterior distribución (Figura 4). La morfología que presentan las parcelas sólo puede ser interpretada a la luz de la dinámica que ha tenido lugar a lo largo del proceso. El parcelario de menor superficie se corresponde con la situación más antigua, en la que la atomización de las fincas, salvo excepciones, es lo generalizado en consonan.
Fuentes: Planimetría General de Madrid (1750). Plano de Ibáñez Ibero (1872-74) y Plano Parcelario de 1999. cia con su origen de arrabal extramuros y con los altos precios del suelo alcanzados al adquirir centralidad por la construcción de la Plaza Mayor. Así, se estipula en 1617 como superficie mínima exigida para las casas que se labra¬sen en la plaza, y que quisieran acogerse a la exención de aposento, la de 15 por 75 pies (80 metros cuadrados), sin embargo, se certifican casas de menores superficies que obtuvieron el privilegio (Corral, 1973). Por otro lado, en la forma que adoptan algunas parcelas se puede reconocer el trazado camine¬ro, de estrecha línea de fachada y desproporcionada profundidad, que impo¬nen las vías principales. Las parcelas que datan del siglo XVIII son producto, en parte, de agregaciones con el objeto de aumentar las menguadas superficies de las pree¬xistentes, proceso de actuación sobre el parcelario heredado que es muy co¬mún en las ciudades europeas a partir del Renacimiento. A mediados de siglo, en unos momentos en que la plaza y las manzanas que la enmarcan dis¬frutan de la máxima centralidad, se registra un total de 240 fincas que pro¬ceden de 293 antiguas parcelas, habiéndose ampliado considerablemente la superficie de algunas al fusionarse con las colindantes. Destacan por su ta¬maño las dos casas consistoriales, la Casa Panadería en el lienzo norte y la Casa Carnicería en el del sur. Y aunque se detecta la segregación de algunas fincas, la pervivencia del parcelario más antiguo es aun notoria, y de ahí que más de las tres cuartas partes de las fincas no superen los 100 metros cuadrados (Figura 5). Mayor representación tienen las parcelas que resultan de los aconteci¬mientos habidos a lo largo del XIX al cambiar de manos muchas propiedades tras la desvinculación de los títulos y mayorazgos y la desamortización de los bienes eclesiásticos. Pero antes, también contribuye al cambio la reforma que soporta la plaza por el incendio de 1790 y que destruye en su totalidad el lien¬zo oeste y parcialmente el del sur, momento a partir del cual se adopta el pro¬yecto de Juan de Villanueva, incorporándose un nuevo diseño arquitectónico para la totalidad de la plaza y algunas travesías. De nuevo hay propietarios que se muestran reacios a la reedificación por el alto costo que suponen las nue¬vas fachadas, lo que provoca la intervención del Ayuntamiento que compra al¬gunas parcelas, las fusiona y levanta casas más grandes, consiguiendo de esta manera ampliar la superficie de las fincas. La desvinculación de los títulos y mayorazgos y las desamortizaciones que se suceden a lo largo del siglo, posi¬bilitan la compra de fincas y la agregación de muchas de ellas con el fin de conseguir casas más grandes. Así pues, en la dinámica parcelaria sigue pre¬dominando la tendencia a la ampliación de las fincas, perdiéndose entre 1764 y 1874 aproximadamente 104 parcelas, en su mayoría de pequeño tamaño y disminuyendo, en consecuencia, la representación de las de menor superficie a algo más de la mitad (Figura 6).
En los últimos ciento veinticinco años los cambios en las lindes parcela¬rias son mucho menores. La pérdida de centralidad que experimenta la Plaza Mayor tras la remodelación de la Puerta del Sol en 1854, por la que se erige en el nuevo centro de la ciudad, se deja sentir en la dinámica transformadora. Pese a todo, se producen agregaciones de fincas, perdiéndose 38 parcelas, casi todas de pequeñas superficies, lo que de nuevo hace descender las más pe¬queñas a una cuarta parte (Cuadro 1). Es a mediados del siglo XX cuando se produce la última alteración en el parcelario que, además, se acompañó del cambio de la alineación en la confluencia de la calle de Cuchilleros con la de Latoneros. Por otra parte, a partir de entonces las manzanas de la plaza cae¬rán dentro de Planes de Protección (Brandis, 1993) que aseguran la permanencia del caserío y, por ende, del parcelario, pudiendo certificar el fin de sus transformaciones (Figura 7).
Fuente: Planimetría General de Madrid (1750), Plano Parcelario de Ibáñez Ibero (1872-74) y Plano Parcelario (1999). En definitiva, la utilidad que el análisis de la cartografía a gran escala tiene para la interpretación del paisaje urbano es obvia. Además, la comparación de planos parcelarios de distintas fechas permite no sólo identificar y situar cronológicamente las fincas que componen las manzanas de la Plaza Mayor, sino también registrar al detalle las modificaciones que soporta la planta a lo largo del tiempo. Pero será a la luz de toda la serie de factores de muy variada índole que se suceden donde encontramos las claves de la interpreatación de la variada gama de tamaños y formas que presentan hoy las parcelas. FIGURA 7 Dinámica parcelaria entre 1874 y 1999
Fuente: Plano de Ibáñez Ibero (1872-74) y Plano Parcelario de 1999. Anales de Geografía de la Universidad Complutense. Vol. extraordinario (2002) 189-201
BIBLIOGRAFÍA Dolores BRANDIS Departamento de Geografía Humana. U.C.M.
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Este sitio se actualizó por última vez el 12/03/2008