Santiago de Compostela - Noche

                                                                      Gallego o galego

 

La lingüística tradicional ha venido considerando esta variante lingüística como un dialecto del portugués, concepto que puede resultar cuestionable tanto en la forma como en el fondo, aunque resulta válido dentro de una clasificación genético-tipológica de las lenguas del mundo, que es precisamente la que se persigue en la Enciclopedia Universal.

Hasta el siglo XIV, gallego y portugués eran una misma lengua, conocida como galaicoportugués, originario romance peninsular que empezó a desarrollarse al norte del río Duero. A partir de esa fecha, sin embargo, con la independencia del reino de Portugal y la progresiva influencia del castellano sobre el gallego, ambas lenguas empezaron a distanciarse hasta poder ser consideradas en la actualidad como variantes lingüísticas diferentes (aunque relacionadas). De forma estricta, ninguna puede considerarse como el origen o la lengua madre de la otra, ya que ambas derivan del galaicoportugués. No obstante, la mayor importancia en la actualidad del portugués estándar hace que la lingüística haya elegido este término ("portugués", y no "lengua portuguesa" o "lengua de Portugal"), entendido sin connotaciones políticas, para agrupar a las tres variedades románicas más importantes derivadas del primitivo galaicoportugués: portugués estándar (en Portugal), portugués brasileño (en Brasil) y gallego (en Galicia). Se trata de una situación parecida a la del "español" estándar (que no es sólo "lengua de España", ni muchísimo menos), con dos variedades principales: peninsular y americano. Los conceptos lingüísticos y los sociopolíticos no siempre coinciden.

El hecho de que a un hablante actual le resulte raro escuchar que el gallego es un dialecto del portugués se debe a los erróneos y confusos conceptos de “lengua” y “dialecto”. En lingüística, un dialecto no tiene por qué ser una variante oral “inferior” o “dependiente” de una lengua superior, ni tampoco históricamente derivada de ella. Las lenguas, afortunada o desgraciadamente, no evolucionan ni se clasifican como las personas, no presentan un desarrollo lineal y claro a lo largo de la historia, sino que se forman por la actuación simultánea de múltiples factores. Nadie puede decir cuándo desapareció el latín y cuando apareció el castellano, por ejemplo.

Decir que el gallego es un “dialecto” del portugués no debería ser peyorativo: se trata simplemente de un procedimiento taxonómico para relacionar dos entidades lingüísticas afines dentro de una clasificación genético-tipológica de las lenguas del mundo (que es la que se persigue en la Enciclopedia Universal, como se explica en la entrada Lenguas del Mundo). Una clasificación de este tipo es la que relaciona las lenguas en función de criterios gramaticales (sintácticos, fonéticos, morfológicos, léxicos) dentro de grupos, ramas, familias y troncos, de forma similar a la zoología. La evolución histórica de las lenguas es importante para conformar su esquema general de relaciones (el llamado "árbol de las lenguas"), aunque se tiene más en cuenta su estado presente. Desde este punto de vista, la lingüística actual tiende a agrupar el gallego y el portugués (junto con el “brasileiro”) dentro de un mismo subgrupo, por motivos históricos aunque sobre todo por su tipología gramatical. A falta de una etiqueta mejor, más neutra o “apolítica”, se usa el término “portugués” para referirse a este tronco común. Algo similar ocurre en el caso del catalán, el valenciano y el balear, lenguas todas ellas pertenecientes al mismo tronco y llamadas de forma global “catalán”, aunque en este caso es más claro que poseen un mismo sistema gramatical.

En resumen, la "polémica" entre el portugués y el gallego puede reducirse a las siguientes puntualizaciones:

1) Tanto el gallego como el portugués modernos derivan en última instancia del galaicoportugués, antigua lengua románica hablada en el reino de Galicia y al norte de la Lusitania.

2) Durante la Reconquista, el galaicoportugués se fue extendiendo al sur del río Duero hasta enlazar con los dialectos mozárabes de las zonas de Coimbra y Lisboa, con lo que dio origen al portugués medieval.

3) Hasta el siglo XIV, el portugués y el galaicoportugués de Galicia (¿gallego?) fueron prácticamente la misma lengua. Con la independencia política de Portugal y la influencia de los dialectos mozárabes del sur, el portugués se fue distanciando poco a poco. El gallego, por su parte, se formó a partir de esa misma fecha en un marco de aislamiento geográfico y de creciente influencia del castellano (sobre todo en la ortografía).

4) En la actualidad, gallego, portugués y brasileño son tres variedades lingüísticas diferentes aunque pertenecientes al mismo grupo, que por comodidad se denomina "portugués" (aunque no hay que confundirlo con el “portugués” como lengua portuguesa). En cualquier caso, hay que reconocer que las diferencias gramaticales entre estas tres lenguas son mucho mayores que las que existen dentro del grupo catalán (catalán, valenciano, balear) o español (castellano, americano).

5) Por tanto, desde el punto de vista histórico, resulta incorrecto decir tanto que el gallego deriva del portugués como que el portugués deriva del gallego: ambas lenguas “proceden” del galaicoportugués.

Evolución histórica del gallego

El galaicoportugués (siglos IX-XIV)

(En la entrada portugués puede encontrarse una extensa discusión acerca de la evolución del primitivo galaicoportugués con anterioridad a su fragmentación en gallego y portugués)

El gallego medieval y los "Séculos Escuros" (siglos XVI, XVII y XVIII)

Tras la separación del gallego y el portugués a partir del siglo XIV, el primero deja de cultivarse como lengua literaria y queda reservado al ámbito oral. Algunos factores que se han señalado como causantes de esta situación son los siguientes: 1) el asentamiento en Galicia de una nobleza castellana, intransigente con la cultura y la lengua locales, que vino a sustituir a la nobleza local, derrotada tras apoyar a los perdedores en las luchas dinásticas por la corona de Castilla (primero a Pedro I contra Enrique II de Trastámara y más tarde a Juana la Beltraneja frente a la futura Isabel la Católica); 2) la ausencia de una burguesía capaz de defender los intereses económicos de Galicia; 3) la disminución de la población tras un período de guerras y epidemias; 4) la pérdida de autonomía de la Iglesia gallega. Estos hechos, sumados a la creciente política centralista e intervencionista de Castilla y a la progresiva formación del concepto de "Estado español", coartaron la evolución del gallego como lengua literaria. El castellano de la época era el símbolo del poder político y económico, y la única lengua que posibilitaba el acceso a un mejor nivel social. Es la época conocida como Séculos Escuros (Siglos Oscuros), que abarca los siglos XVI, XVII y XVIII. A pesar de que el gallego apenas se cultiva como lengua literaria, la lírica popular de carácter oral continúa viva en forma de cantigas de cuna, de ciego, "entroidos", adivinanzas, leyendas, romances, cuentos, farsas, etc.

El "Rexurdimento" (siglo XIX)

En el siglo XVIII, los llamados "ilustrados" elevan su voz para denunciar el estado de dejadez al que se halla sometido el gallego. Dentro de este minoritario grupo de intelectuales sobresale la figura del padre fray Martín Sarmiento (1695-1771), erudito polifacético que planteó la normalización lingüística del gallego y su empleo en la enseñanza, en la Administración y en la Iglesia. Destacan igualmente el padre fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), el primero en rechazar la condición de "dialecto" para el gallego, y el padre Sobreira, continuador de la labor lexicográfica de Sarmiento.

Esta inquietud lingüística se reflejó plenamente en el siglo XIX, cuando el Rexurdimento (Renacimiento) literario recuperó la dignidad de las letras gallegas. A raíz de la invasión francesa en 1809 y de los enfrentamientos entre absolutistas y liberales por el gobierno de España, surgen una serie de textos propagandísticos escritos en gallego, impresos en hojas sueltas o en periódicos, que llaman al campesinado a la defensa del país y a la defensa de las ideas liberales. Tras el final del absolutismo y el inicio de la monarquía constitucional, surgen en Galicia distintos movimientos socioculturales que defienden la singularidad propia de la región (como el "Provincialismo" y el "Regionalismo"), por lo cual se potencia el uso de la cultura y la lengua gallegas. Dentro de este marco, se celebran en La Coruña los primeros "Juegos Florales" en 1861, concurso literario de poesía gallega cuyas composiciones premiadas se recogen al año siguiente en una antología titulada Álbum de la caridad, primer testimonio literario del Rexurdimento. Sin embargo, este movimiento cultural comienza verdaderamente en 1863, con la publicación de Cantares gallegos, de Rosalía de Castro (1837-1885), obra escrita íntegramente en gallego. 1880 es una fecha clave, con la publicación de obras tan importantes como Follas novas, de la anterior poetisa, Aires da miña terra, de Manuel Curros Enríquez (1851-1908), y Saudades gallegas, de Valentín Lamas Carvajal (1849-1906). Seis años después aparece otra obra clave: Queixumes dos pinos, de Eduardo Pondal (1835-1917).

Los autores del Rexurdimento desconocen la existencia de la rica tradición lírica medieval del gallego, y escriben con el convencimiento de ser los iniciadores del cultivo literario de su lengua. Carecen, pues, de una norma literaria anterior, lo cual les obliga a partir de los usos orales del gallego. La literatura deja de ser únicamente lírica y amplía su campo de acción a la prosa, la narrativa y el ensayo. A finales del siglo XIX se empiezan a componer las primeras novelas en gallego, como Maxina ou a filla espúrea (1880), de Marcial Valladares, O catecismo do labrego (1889), de Lamas Carvajal, A tecedeira de Bonaval (1894) y O niño de Pombas (1895), ambas de Antonio López Ferreiro (1837-1910). El género teatral fue escasamente cultivado en el siglo XIX: desde la publicación de A casamenteira en 1812 hasta la década de los 80 no hubo apenas actividad editorial relacionada con el teatro.

A finales del siglo XIX aparecen las primeras gramáticas y diccionarios gallegos, esenciales en la moderna normalización de la lengua. Compendio de gramática gallega-castellana (1864), de Francisco Mirás, y Gramática gallega (1868), de Juan Antonio Saco y Arce (1835-1881), son los estudios lingüísticos más importantes de esta época. En 1876 se edita, promovido por Lamas Carvajal, el pionero de los periódicos gallegos: O tío Marcos da Portela. Su gran éxito promueve la aparición de otras publicaciones en Galicia entre 1886 y 1888: O Galiciano (Pontevedra), A Monteira (Lugo), As Burgas (Orense), etc. Una de las últimas manifestaciones culturales del Rexurdimento fue la creación en 1905 de la Real Academia Galega, principal órgano regulardor de la lengua.

El gallego contemporáneo (siglo XX)

A comienzos del siglo XX, la sociedad gallega se caracterizaba aún por la concentración del poder económico en sectores minoritarios de la población, un sistema agrícola de base feudal y una creciente emigración del campesinado fuera de Galicia. La toma de conciencia del campesinado, unida a un incipiente nacionalismo, provoca un salto cualitativo en la utilización del gallego. De esta forma, a partir de 1916 surgen las llamadas "Irmandades da fala", sociedades que promueven la defensa, dignificación y cultivo del idioma propio. Para la difusión de su ideología, estas "irmandades" crean un periódico llamado A Nosa Terra. Algunos miembros destacados son Antón Villar Ponte (1881-1936), Vicente Risco (1884-1963) y Ramón Cabanillas (1876-1959). Las "irmandades" promovieron la elaboración de diccionarios y gramáticas y reivindicaron la presencia del gallego en la Administración y la enseñanza. También impulsaron la actividad editorial en las principales ciudades gallegas; de esta forma, surgen publicaciones como Céltiga (Ferrol), Lar (La Coruña) y Alborada (Pontevedra). La revista Nós, fundada por Vicente Risco, Ramón Otero Pedrayo (1888-1976) y Florentino Cuevas, con el impulso del polifacético Alfonso Rodríguez Castelao (1886-1950), tiene como finalidad la supresión del lastre floclorista de la lengua gallega mediante su actualización, normalización lingüística y universalización. Esto hace que se introduzcan en el gallego extranjerismos (sobre todo franceses y portugueses), neologismos y términos científicos.

Los movimientos europeos de vanguardia no le resultan ajenos a la lírica gallega, y de esta forma surge la llamada "Xeración del 25", cuya originalidad creativa pasa por un abierto rechazo de las formas tradicionales de poesía. Sus escritores emblemáticos son Manuel Antonio (1900-1928), Amado Carballo (1901-1927) y Fermín Bouza Brey.

En 1931 se crea el Partido Galeguista, que consigue la aprobación del Estatuto de Autonomía de Galicia, en el que se reconoce por vez primera al gallego como "idioma oficial de Galicia". Sin embargo, este importantísimo logro no tiene continuidad debido al estallido en 1936 de la Guerra Civil Española, que supuso un período de retroceso en el uso del gallego. El franquismo proscribió el uso de esta lengua en la educación y los medios de comunicación e impuso el español como lengua de cultura. A mediados de los años 40, la lengua gallega volvió a dar muestras de vitalidad con la aparición de distintas publicaciones y editoriales (especialmente Bibliófilos Gallegos y Editorial Galaxia). A partir de los años 50, el gallego comienza a introducirse en el ámbito universitario, proceso que culmina en 1965 con la creación de la primera Cátedra de Lengua y Literatura Gallegas, en la universidad de Santiago de Compostela, a cargo de Ricardo Carballo Calero. En 1971 nace el Instituto da Lingua Galega, dedicado a la investigación lingüística. En 1982, este organismo, junto con la Real Academia Galega, propone unas Normas ortográficas e morfolóxicas do idioma galego, que constituyen la base del gallego estándar contemporáneo. A pesar de estos esfuerzos, la difícil penetrabilidad de la Galicia rural ha conducido a un proceso de diglosia en la lengua: por un lado se halla el gallego tradicional del campo y por otro el "neogallego" literario normalizado que se está imponiendo en la ciudad.

Uso y extensión del gallego

En la actualidad, se estima que el gallego es hablado de forma habitual por alrededor de un 80% de la población de Galicia (especialmente en el ámbito rural), y entendido por prácticamente todos los habitantes de esta región. Este hecho lo diferencia de otras lenguas locales de España, como el catalán y el vasco, de menor difusión en sus respectivas comunidades.

Según un censo de 1991 acerca del conocimiento y uso del gallego, promovido por la Xunta de Galicia a través de la Dirección Xeral de Política Lingüística, un 91,02% de la población lo entiende, un 84,19% sabe hablarlo, un 46,86% sabe leerlo y un 32,97% sabe escribirlo. Por provincias, estos mismos niveles se distribuyen de la siguiente manera: A Coruña (90,08%, 83,09%, 47,32%, 32,93%), Lugo (88,26%, 84,87%, 49,46%, 37,31%), Ourense (93,84%, 87,49%, 41,49%, 28,83%), Pontevedra (92,53%, 84,21%, 47,43%, 32,86%). Por ciudades, el mayor porcentaje de comprensión del gallego se da en Ourense (89,68%), el de habla en Pontevedra (78,62%), el de lectura en Santiago (52,28%) y el de escritura en Lugo (38,46%). Según esta misma encuesta sociolingüística, un 48,35% de la población de Galicia usa siempre el gallego como medio de comunicación, un 35,58% lo emplea ocasionalmente y tan sólo un 7,7% (incluidos los inmigrantes) no lo usa nunca. La provincia en la que más se usa en todas las ocasiones es Lugo (64,34%), mientras que Pontevedra es la más "castellanoparlante" (el 9,50% de la población no usa nunca el gallego). Desde el punto de vista generacional, el 99% de los abuelos de los entrevistados hablan entre sí gallego, mientras que esta proporción se reduce en los padres al 80%. A pesar de que estas cifras pudieran indicar que el uso del gallego se está perdiendo progresivamente, en la actualidad puede hablarse de una estabilización lingüística de la lengua, impulsada por los sectores culturales y políticos de Galicia. La lengua y la literatura gallegas son obligatorias como materia de estudio en todos los niveles educativos no universitarios de la región, y los jóvenes aceptan el gallego y lo hablan con naturalidad.

Tras la aprobación de la Constitución Española en 1978, el gallego disfruta de la condición de lengua oficial en Galicia, con una gran difusión en la educación, la prensa y la vida política. La promulgación del Estatuto de Autonomía de Galicia en 1981 instituye el gallego como lengua propia de Galicia "que todos teñen o dereito de coñecer e usar". La Ley de Normalización Lingüística de 1983 regula los derechos de los ciudadanos a emplear el gallego e insta a su empleo en la Administración, la enseñanza y los medios de comunicación. Con posterioridad a la promulgación de esta ley se fueron aprobando órdenes y decretos que completan el marco legal y aseguran la plena recuperación del uso del idioma gallego en otros ámbitos de la vida sociopolítica de Galicia. Incluso algunos topónimos gallegos del español han visto cambiada su forma a su ortografía gallega en la denominación oficial o co-oficial (A Coruña, Ourense, Vilagarcía de Arousa, Sanxenxo, etc.).

Fuera del entorno geográfico de Galicia, el gallego se extiende por una amplia zona de Asturias (hasta el río Navia), el Bierzo leonés (hasta Villafranca) y zonas de Zamora.

Características gramaticales del gallego

Lo que diferencia al gallego del portugués es, fundamentalmente, la pérdida de la nasalidad vocálica, la confusión de los fonemas alveolares /s/ y /z/ en la variante sorda, la existencia del sonido africado [|] y la pérdida de los fricativos [v] y [¥]. Además, mantiene los finales de palabra en -ón y -án (frente al portugués -ão). También existen diferencias morfológicas, como la conservación en gallego del pronombre personal dativo de tercera persona che (que en portugués se ha asimilado a la forma de acusativo te) y algunas formas arcaicas de la flexión verbal. Por cuestiones sociopolíticas, el gallego no evolucionó tan libremente como el portugués, ya que sufrió el constante influjo cultural del español, y esto se ha reflejado en su léxico.

Con relación al español, el gallego es una variedad románica menos evolucionada y más próxima al latín, lo cual se observa desde el punto de vista fonético en la conservación de la F- inicial (ej.: fariña 'harina', fouce 'hoz'), las vocales breves E y O en sílaba tónica (ej.: pedra 'piedra', ponte 'puente'), la resolución en EI y OU de los diptongos latinos AI y AU, respectivamente (ej.: leigo 'lego', touro 'toro') y la palatalización en CH- de los grupos latinos PL-, CL- y FL- (ej.: chao 'llano', chamar 'llamar', chama 'llama (de fuego)'). Una de las características del gallego frente al resto de lenguas románicas es la caída de la L y la N intervocálicas (ej.: lua 'luna', mao 'mano').

Literatura Gallega

La literatura gallega escrita presenta unas señas de identidad muy originales, en su cronología y su ámbito de creación. En primer lugar, abarca dos periodos históricos entre los que media un marcado hiato: la época medieval y la literatura gallega moderna, desde el Posromanticismo o Rexurdimento hasta nuestros días; no obstante, los estudios eruditos desde el siglo XVIII (concretamente, el padre Martín Sarmiento) en adelante mostraron cómo, durante esos siglos intermedios, hubo unas manifestaciones literarias orales, populares o folklóricas, del mayor interés. En segundo lugar, otro rasgo determinante de la literatura gallega es su uso generalizado como lengua de la poesía lírica (o lírico-narrativa) no sólo en Galicia y Portugal sino en el conjunto del Reino de Castilla desde las postrimerías del siglo XII hasta la primera mitad del siglo XIII; de hecho, esta verdadera moda (a la que alude el Marqués de Santillana en su Prohemio e carta al condestable Pedro de Portugal, de 1449) continuó vigente en la segunda mitad del siglo XIV y aún se percibe, aunque sea en casos aislados al traspasar la barrera del 1400, en algunos de los poetas de la época de oro de la poesía de cancionero, la del reinado de Juan II (el último testimonio conocido de esta moda poética pertenece, concretamente, al propio Íñigo López de Mendoza).

Edad Media

Orígenes y periodización

Hasta el siglo XIII, la literatura gallega y la literatura portuguesa fueron, en esencia, una sola; por ello, es común referirse en bloque a la literatura gallego-portuguesa o galaico-portuguesa. Esta unidad lingüística se mantuvo, aun cuando sólo se diera en el ámbito literario (lo que permite hablar de un claro distanciamiento entre la lengua hablada en Galicia y Portugal y esta lengua literaria), durante un siglo más en el ámbito de la poesía lírica, no sólo entre poetas gallegos y portugueses sino también entre otros pertenecientes a diferentes regiones del Reino de Castilla, que empleaban un gallego-portugués tan artificial como lingüísticamente limitado. Éste es el panorama que refleja el relativo bilingüismo del Cancionero de Baena y que ratifica el Marqués de Santillana en su Prohemio e carta al Condestable don Pedro de Portugal (1449):

E después fallaron esta arte que mayor se llama e el arte común —creo— en los reynos de Gallizia e de Portogal, donde no es de dubdar que el exerçiçio destas sçiençias más que en ningunas otras regiones e prouinçias de la España se acostunbró en tanto grado que non ha mucho tienpo qualesquier dezidores e trobadores destas partes, agora fuessen castellanos, andaluzes o de la Estremadura, todas sus obras conponían en lengua gallega o portuguesa.

Ya en el siglo XV, el artificioso gallego-portugués de los poetas de cancionero se esfumó para siempre tras un último poemilla compuesto, precisamente, por don Íñigo López de Mendoza (el susodicho Marqués de Santillana). Desde ese momento y hasta cuatro siglos después, la lengua de Galicia perdió su condición de literaria, marcando así un curioso y paradójico hiato, de compararlo con su pasado esplendor, en el que coincide con la literatura occitana o provenzal, eclipsada casi por completo desde el siglo XIV hasta el advenimiento de Frédéric Mistral y su grupo.

Los cancioneiros gallego-portugueses

A finales del siglo XIX, los romanistas dieron con la fascinante tradición poética de los cancioneros gallego-portugueses, claro reflejo de una escuela que estuvo vigente desde fines del siglo XII hasta mediados del siglo XIV; más concretamente, la fecha de referencia ad quem es la de 1350, año en que hizo testamento don Pedro, Conde de Barcelos, en que lega su "Libro de canciones" a su sobrino, el monarca castellano Alfonso XI. La cronología que se deriva de este último testimonio coincide aproximadamente con la que sugiere el poeta Juan de León al referirse a la muerte del rey Denis de Portugal, acaecida en 1325: "Os trobadores [...] nunca pois de sa morte trobaron". La época dorada de la poesía gallego-portuguesa acabó en la primera mitad del siglo XIV; en la segunda mitad de la centuria se produjo, de forma paulatina, el relevo, que de ahí en adelante portarían los poetas de cancionero (véase cancioneros españoles). En esa transición, se asiste a casos tan paradigmáticos como el de Alfonso Álvarez de Villasandino, que se sirvió del gallego-portugués hasta finales del siglo XIV para pasar a emplear el castellano sistemáticamente con el albor de la siguiente centuria.

Entre los libros que conservan testimonios poéticos, son de especial importancia los más tardíos. De hecho, las copias ligadas a Angelo Coloccio (llevadas a cabo ca. 1500) ofrecen ejemplos de los tres géneros característicos a los que más abajo se hará referencia. Estos manuscritos tardíos son el Cancioneiro da Biblioteca Nacional, que recibe el nombre del centro en que se custodia (aunque también se conoce como el Cancionero Colocci-Brancuti); el Cancioneiro da Vaticana, conservado en esa biblioteca italiana; el Cancioneiro de Berkeley, descubierto en 1986 en los libros de la colección de Fernán Núñez comprados por la Universidad de California; y la lista de obras y autores denominada Tavola Colocciana. Frente a esas copias renacentistas, los códices de época son monogenéricos o individuales: el Cancioneiro d'Ajuda (custodiado en la biblioteca lisboeta que le da nombre) fue copiado a finales del siglo XIII y sólo recoge cantigas de amor, mientras el llamado Rótulo Vindel (también del siglo XIII y conservado en la Pierpont Morgan Library de Nueva York) guarda copia de las cantigas de amigo de Martin Codax junto con su notación musical; el último de los hallazgos es también un cancionero individual copiado en el Medievo: el llamado Códice Sharrer, que contiene cantigas del rey don Dionís (o Denis) de Portugal con su correspondiente notación musical.

Principales trovadores

La poesía gallego-portuguesa arranca con un primer testimonio conocido —aunque de seguro contó con predecesores— en Johan Soarez de Paiva, por medio de una sátira contra el rey de Navarra, Ora faz ost'o senhor de Navarra, que se data en torno al cambio de siglo (concretamente, tras otras dataciones más tempranas, la fecha de 1209 es la aceptada hoy por la mayor parte de la crítica). La seguridad de que éste no fue el primer poeta se deriva de los ecos que encontramos en un trovador foráneo de la talla del provenzal Raimbaut de Vaqueiras, quien, unos años antes, compuso una chanson de femme con diseño de marina o marinheira, a la manera del subgénero gallego-portugués; además, una estrofa de su descort plurilingüe parece haber sido escrita precisamente en esta lengua.

Como quiera que sea, si la poesía cortesana gallego-portuguesa había surgido con seguridad a finales del siglo XII, los poemas tradicionales que alimentan muchas de sus composiciones (particularmente las cantigas de amigo) son necesariamente anteriores; puede incluso que los temas y la forma de tales piezas líricas (que no conocemos sino de esta forma indirecta) se hubiesen venido desarrollando desde más de un siglo atrás. Así las cosas, el orto de esta corriente trovadoresca coincide en el tiempo con una Galicia pujante que tiene en Santiago la meca de Occidente y en la que destaca la figura del arzobispo Diego Gelmírez (1068-1139). En la nómina conocida, igual que había pasado con los trovadores provenzales y ocurriría más tarde con los poetas castellanos, se percibe una notable "democracia", pues el rey y la alta nobleza se codean con los ministriles y poetas a sueldo de más baja condición social.

Al inicio del siglo XIII, esta escuela contaba ya con unos cuantos poetas de renombre, como Johan Soares de Pavha o Payva, Bernal de Bonaval, Vasco Fernandez Praga de Sandin, Pedr'Eanes Solaz, Fernan Rodriguez de Calheyros y Pay Soarez de Taveiros. Tras estos inicios, la época dorada de la escuela gallego-portuguesa tiene dos momentos: el primero corresponde al reinado de Alfonso X, cuya cronología abarca desde 1245 hasta 1280; cerca del Rey Sabio se encuentran escritores como Pero da Ponte, Afons'Eanes do Coton, Ayras Nunes, Johan Ayras de Santiago, Pero Gomez Barroso, Pero Garcia Burgales, Pedr'Amigo de Sevilha, Martin Soares, Pay Gomez Charinho, Pero Garcia d'Ambroa, don Afonso Lopez de Bayan y Roy Queymado; en la corte portuguesa de Alfonso III estaban otros como Johan Lopez d'Ulhoa, Johan Garcia de Guilhade, Johan Soarez Coelho o Johan Perez d'Avoyn. Dentro de la producción lírica del propio Alfonso X el Sabio se encuentran un puñado de cantigas de amor y de escarnio, algún poema de difícil adscripción genérica ("Non me posso pagar tanto") y ese deslumbrante corpus formado por las Cantigas de Santa María.

El segundo momento dorado pertenece a los años de Sancho IV en Castilla y de don Dionís en Portugal, desde 1280 hasta comienzos del siglo XIV (aunque este último murió en 1325); por sus años, y en las cortes portuguesa o castellana, se sitúan algunos de los grandes poetas, aunque apenas se conozcan datos sobre ellos, como Meendinho, Nuno Fernandez Torneol, Fernand'Esquyo, Johan Zorro y, especialmente, esa pareja de poetas espléndidos que fueron Martin Codax y Pero Meogo. Por fin, el ocaso de esta escuela parece percibirse, a la luz de los materiales conocidos, desde la primera mitad de dicha centuria, de acuerdo con lo expuesto más arriba. El eclipse de esta corriente tendrá lugar al alcanzar la mitad de siglo; desde entonces, tan sólo quedarán los vestigios señalados en los cancioneros castellanos.

Poética de las cantigas

De las 1.679 composiciones conservadas en los cancioneros gallego-portugueses, 501 son cantigas de amigo (468 de ellas de refrán), 704 de amor (381 de refrán y 316 de meestria) y el resto corresponde a la cantiga de escarnho e maldizer y a otros géneros menores, como las llamadas cantigas de vilão e de seguir (estas cantigas son, lógicamente, de meestria). Lo que resulta común a toda la producción poética gallego-portuguesa es su brevedad, lejos de las composiciones extensas de las otras tradicionales poéticas de la Romania. A continuación se ilustran las características principales de los géneros mentados de acuerdo con el Arte de trovar inserto en el Cancioneiro Colocci-Brancuti, también llamado Cancioneiro da Biblioteca Nacional:

Capitulo iiijº

E porque algûas cantigas hy ha en que falam eles e elas outrosy, por en he bem de entenderdes se som d'amor se d'amigo, porque sabede que se elles falam na prima cobra e elas na outra he d'amor, porque se moue a rrazon dela, como nos ante dissemos, e se elas falam na primeira cobra he outrosy d'amigo, e se ambos falam en hûa cobra outrosy he segundo qual deles fala na cobra primeiro.

Capitulo vº

Cantigas d'escarneo som aquelas que os trobadores fazen querendo dizer mal d'alguem en elas, e dizenlho palauras cubertas, que aiam dous entendymentos pera lhe lo non entenderen ... ligeyramente [...]

Capitulo vjº

Cantigas de mal dizer son aquelas que fazen os trobadores mais descubertamente; en elas entrã palauras que queren dizer mal e non auer outro entendimiento senon aquel que queren dizer chaãmente.

Las cantigas de amigo constituyen uno de los principales testimonios para el estudio de la poesía popular europea: se conservan más de quinientas de estas auténticas chansons de femme, vestigios de una tradición lírica peninsular de carácter popular que se completa con las jarchas y los villancicos. Los poetas de corte, en sus cantigas de amigo, se sirvieron de un material preexistente cuya forma y contenido usaron para componer unas piezas líricas que quedaban en deuda con tales canciones populares; a ese respecto, hay que convenir en que lo conservado en los cancioneros gallego-portugueses no es poesía folclórica sino poesía que se ha compuesto con su misma técnica e idénticos temas. De otro modo, no se entendería que tales composiciones estén firmadas por poetas áulicos, aunque algunos de ellos hayan podido añadir bien poco: acaso alguna copla del conjunto, cierta variación sobre unos versos conocidos o tal vez sólo la música.

Los recursos poéticos de las cantigas de amigo remiten igualmente a esa misma tradición popular, documentada no sólo en Galicia sino también en el resto de la Península e incluso en toda la literatura romance europea, como se verá enseguida. Estos útiles son el paralelismo y el leixa-pren, procedimiento éste que lleva a que el primer verso de la tercera copla comience con el último de la primera, mientras el primero de la cuarta es también repetición del que cierra la segunda, et sic via. Ese gran estudioso que fue Eugenio Asensio explicó cuál era la esencia de la poética de la cantiga de amigo en su libro Poética y realidad en el cancionero peninsular de la Edad Media; en ese lugar, concluye: "El paralelismo es la cualidad dominante que estructura los cancioneros. El sistema paralelístico condiciona no sólo el esquema de versificación y de rimas, sino también la retórica, el estilo, la sintaxis y el vocabulario".

Ciertamente, el sistema poético a que se acaba de aludir necesita de estrofas muy breves, con no más de dos rimas alternantes (cuando se combinan paralelismo y leixa-pren) y un léxico característico que afecta con frecuencia a la propia rima, como se verá algo más tarde. A algunos de esos procedimientos característicos en el plano retórico se refieren los poetas medievales, en los citados Arte de trovar y Prohemio e carta del Marqués de Santillana; entre todos tantos, cabe destacar, en especial, el uso del dobre (vale decir, la anáfora) y el mozdobre (o políptoton, característico también de la poesía de cancionero castellana).

El paralelismo adopta varias formas, pues puede ser verbal, pero también estructural o sólo semántico; no obstante, las cantigas de amigo más características responden al primer modelo, pues observan un paralelismo verbal absoluto. Este principio poético —la conjunción de paralelismo y leixa-pren— se pone de manifiesto con absoluta claridad en una cantiga reconstruida (a la que, evidentemente, le falta la estrofa IV, cuya restauración se indica entre corchetes):
 

I Ma madre velida,
vou-m'a la bailia
do amor.

II Ma madre loada,
vou-m'a la bailada
do amor.

III Vou-m'a la bailia
que fazen en vila
do amor.

IV [Vou-m'a la bailada
que fazen en casa
do amor.]

V Que fazen en vila
do que eu ben queria
do amor.

VI Que fazen en casa
do que eu muit'amava
do amor.

VII Do que eu ben queria,
chamar-m'an garrida
do amor.

VIII Do que eu muit'amava,
chamar-m'an per-jurada
do amor.
 


La combinación del paralelismo literal y el leixa-pren se da también, aunque en menor medida, en el centro de la Península (por ejemplo, en "Al alba venid, buen amigo", del Cancionero musical de Palacio, y otros testimonios estudiados por Asensio), en el área catalana ("No'l prenatz lo fals marit", entre otras recogidas por J. Romeu Figueras, "El cantar paralelístico en Cataluña", Anuario Musical, 9 [1954], pp. 3-55) y en el cancionero tradicional sefardí (como se ve en Cantos de boda judeo-españoles o en Poesía tradicional de los judíos españoles de Manuel Alvar). En cambio, ambos fenómenos, característicos de la chanson de femme en el noroeste español, rara vez coinciden en otras zonas de Europa, aunque el paralelismo sea también característico de la poesía femenina de tipo popular, como en una Canzone della malmaritata italiana del siglo XIII:
 

Alla mala mort mora
le mavas marí!
Et a mala mort mora.

E sastu che m'à fato
le malvas marí,
che per çelusia
m'à partí da sí?

Alla mala mort mora
le mavas marí!
Et a mala mort mora.

E sastu che m'à fato
le malvas çelos
che per çelusia
m'à partí da l'us?

Alla mala mort mora
le mavas marí!
Et a mala mort mora.

E sastu che m'à fato
le malvas çurà
che per çelusia
m'à chaçà de chà?
 


Como quieren los comparatistas, es el paralelismo un fenómeno poético universal; pero nunca antes ni después se constituyó, junto con el leixa-pren, en norma poética por excelencia, lo que sucede en la cantiga de amigo gallego-portuguesa. Por lo demás, la composición se fundamenta en un léxico limitado en el que, a menudo, aparecen las palabras clave, "amigo", "amado", que determinan la rima más frecuente (basada en la alternancia -ío / -ao). En el resto de sus componentes, la poética de la cantiga de amigo apela a pocos recursos, todos ellos basados en la repetición, aunque éstos resultan muy efectivos desde el punto de vista estético, pues las cantigas aún atraen al lector contemporáneo. Modalidades de la cantiga de amigo fundamentales son la marinera y la cantiga de romería, entre las que, a menudo, se producen cruces o hibridaciones (como en el célebre poema de Meendinho en que la joven es acosada por las olas en la ermita de San Simón); no faltan tampoco otros géneros panrománicos, como la alborada (también llamada albada o canción de alba, aunque aquel término se utiliza sobre todo para identificar las canciones de alba en que los amantes se encuentran —no se separan— al amanecer) o la canción de mayo.

En las cantigas de amor, de carácter masculino, se siente con fuerza la impronta de la canço de los trovadores provenzales, que impusieron su norma en Europa a lo largo del siglo XIII; de todos modos, este género gallego-portugués tiene rasgos distintivos que lo diferencian claramente de otras formas próximas y que a veces muestran el influjo que sobre él ejerció la cantiga de amigo. Tal vez, esta última justifique el tono amoroso, en clave de lamento, que caracteriza a la cantiga de amor frente a la lírica provenzal, pero sin duda su presión impuso el esquema paralelístico con que, en ocasiones, se construyeron. No obstante, lo característico de la cantiga de amor, como su hermana occitana, es la queja o recuesta de amor a una mujer, dama o doncella (minha senhor), por parte de un poeta-amante que no se siente correspondido.

El género, así las cosas, se presenta como más claramente cortesano o, si se prefiere, aristocrático; de su raigambre queda buena muestra en aquellos versos del Rey don Denis que rezan: "Quer'eu en maneira de proençal / fazer agora un cantar d'amor". El amor cortés característico de este género sirve a veces para la burla y, por tanto, para facilitar el encuentro entre la cantiga de amor y la cantiga de escarnio (a los hibridismos genéricos se aludirá enseguida). Eso es lo que se puede leer, por poner dos ejemplos muy claros, en un poema de Pero Garcia Burgales al poeta Roy Queymado, por morir una y otra vez en sus poemas amorosos, y en otro en que Alfonso X critica al poeta Pero da Ponte. Parecida es la queja de don Denis ante quienes dicen que hace poesía por deporte y no por amor (lo que llega a poner en duda incluso que esté enamorado de veras):

Senhor, dizem vos por meu mal
que nom trobo com voss'amor,
mais ca m'ei de trobar sabor;
e nom mi valha Deus nem al
se eu trobo por m'em pagar,
mais faz-me voss'amor trobar.
 

Por su parte, las cantigas de escarnio y maldecir se unen, por su asunto, al sirventés provenzal y al conjunto de la lírica del realismo de la Europa medieval, tal como denomina a la poesía satírica y de burlas Peter Dronke (aunque la crítica suele unir ambas modalidades, la cantiga de maldecir constituye un cuarto grupo, claramente independiente de la cantiga de escarnio, en el Arte de trovar); sin embargo, una vez más son muchos los rasgos de esta modalidad poética que la distinguen al contrastarla con otros géneros similares dentro y fuera de la Península. En conjunto, se percibe un predominio absoluto de la sátira personal o de las burlas cruzadas, con abundantes referencias procaces u obscenas, algo que imprime carácter a estas composiciones. Los destinatarios de estos dardos son los poetas más modestos, como la soldadera María Pérez Balteira, pero de ellos no estaba libre ni el propio monarca. En segundo orden, abunda también la sátira política, alusiva a acontecimientos como las guerras civiles, las luchas entre reinos cristianos o la guerra contra el musulmán.

A pesar de la separación que, de hecho, existe entre los géneros indicados por el Arte de trovar, se pueden rastrear conexiones entre las distintas formas de las cantigas: así, es un hecho conocido desde antiguo que la presencia de ciertas modalidades paralelísticas en la cantiga de amor se justifica por influjo de su hermana, la cantiga de amigo; y al contrario: el virtuosismo estrófico de algunas cantigas de amigo, alejadas de la poética del paralelismo, se explica gracias a la presión de la cantiga de amor. Esta última aceptó a menudo algunos de los contenidos que caracterizan a la cantiga de escarnio, algo que también parece suceder en contadas ocasiones con la cantiga de amigo. No deben extrañar estos contactos si se considera que muchos de los autores de los que se tiene noticia cultivaban las tres modalidades principales de la poesía gallego-portuguesa.

La cantiga de amor tiene una estructura básica, pues se compone de un preámbulo (con un apóstrofe generalmente dirigido a la dama, mia senhor) seguido de materiales que pertenecen a los campos semánticos siguientes (pueden darse varios e incluso todos):

a) elogio de la dama;
b) amor del poeta por ella;
c) cautela o bien rechazo hacia él (es la sempiterna desmesura);
d) pena por un amor no correspondido (recuérdese que, de los cuatro grados de relación erótica característicos del universo erótico cortés, la lírica gallego-portuguesa carece del último de los grados, donde la dama pertenece ya al amante o poeta: fenhedor, precador, entendedor y drudo).
 

Como queda indicado, la cantiga de amor es más compleja en su forma y rehúye el paralelismo y el leixa-pren, fuera de unos pocos casos (como la poesía 159 de la célebre Antología de Alvar-Beltrán); la complejidad estrófica y sintáctica de la cantiga de amor con respecto a la cantiga de amigo justifica que unas cuantas precisen de un desarrollo (un encadenamiento de ideas o un encabalgamiento, en determinados casos) que puede durar hasta el final de la composición, como indica el Arte de trovar al referirse a una cierta cantiga atehuda o ata a fiinda (como las número 30 y 181 del corpus seleccionado por Alvar-Beltrán).

Géneros poéticos menores

Tal como se muestra en los cancioneiros, existen dos géneros híbridos claramente caracterizados: la canción de alba o albada y la pastorela. La forma básica relata el encuentro y la recuesta amorosa de un caballero hacia una pastora y las respuestas inteligentes de la misma con que esquiva al caballero. Sin embargo, los testimonios conocidos de Johan Perez d'Avoyn y de Ayras Nunes sólo tienen una escena en que un caballero oye cantar a una pastora. Por tanto, ya de entrada hay que echar por tierra los postulados de De Lollis, Rodrigues Lapa y otros que defendían que la pastorela provenzal es un puro calco de la ultrapirenaica. ¿Es la gallego-portuguesa una forma peninsular distinta, más primitiva, o una adaptación de la foránea? Desde luego, cabe la posibilidad de que la pastorela provenzal, que tiene marcas cortesanas, parta de un género popular evidente en la Península; obvio es que, tal como se conoce, ese talante popular no se da por ninguna parte, a pesar de lo que creían los investigadores de otras épocas.

Hacia mediados del siglo XIII surge en Francia, por imitación de ésta, la pastourelle; aquí, el caballero logra a la pastora, a diferencia de la occitana, donde ella se burla de los requiebros. Tal como se presenta, tiene sentido que Henry R. Lang la estudie como una cantiga de amigo más con voz de un narrador masculino/femenino; sin embargo, José Joaquim Nunes, teniendo en cuenta el Arte de trovar, las cataloga como cantigas de amor. Realmente, sólo hay dos pastorelas propiamente dichas: la de Johan Ayras y la de Pedr'Amigo.

Hay siete en total: tres de Don Denis (Hunha pastor ben talhada, Hunha pastor se queixava y Vi oj'eu cantar d'amor), la de Ayras Nunes (Oy og'eu hûa pastor cantar, 163 Alvar-Beltrán), la de Johan Ayras (Pelo souto de Crexente, 120 de Alvar-Beltrán, diálogo de pastora esquiva para preservar su honra, muy próximo al patrón occitano), la de Johan Perez d'Avoyn (Cavalgava n'outro dia, 113 de Alvar-Beltrán, sin diálogo, pues el caballero sólo escucha a una joven pastora en su charla con otras tres; las dos coplas se cierran con un lamento de amigo) y Pedr'Amigo (Quand'eu hun dia fuy en Compostela, 69 de Alvar-Beltrán, mezcla de pastorela y romería, en que la joven acepta amores y tiene diálogo; hay oferta de regalos, como en el género de serrana).

Lo que hay de común a todas las composiciones enumeradas y permitiría llamarlas pastorelas es sólo la presencia de una pastora. Hay en ellas mezcla de los tres géneros: perspectiva masculina de una cantiga de amor, tema y léxico de cantiga de amigo y algún que otro improperio al amante propio de la de escarnio. La única de estas composiciones que se tilda a sí misma de pastorela y que se asemeja mucho a la galo-románica es la de Pedr'Amigo, que tiene debate y acaba con la aceptación de la pastora. El resto de su desarrollo es también muy gallego, incluso en esta composición, la más próxima a la pastorela ultramontana.

En el Marqués de Santillana, la más idealizada es la vaquera de la Hinojosa, única que rechaza claramente la oferta o invitación amorosa del poeta. Hay un interés obvio por la serrana en su obra, según se desprende de la alusión a las serranas de su abuelo y al Cancioneiro gallego-portugués de su abuela, compuesto por serranas. En Galicia y Portugal, el rechazo del caballero lo tenemos en Johan Ayras y Don Denis (sólo lo acepta la serrana de Pedr'Amigo); en cambio, el caballero sólo escucha en Ayras Nunes, Johan Perez d'Avoyn y en Don Denis.

El segundo orden en importancia entre los géneros menores lo ocupa el pranto o planh, en que se llora la pérdida de algún personaje de relieve. En este caso, se percibe una fuerte unidad entre las composiciones gallego-portuguesas y el resto de la tradición románica, incluida la latina, que le sirve de modelo; no obstante, en el puñado de prantos conservados hay rasgos de una notable originalidad, particularmente en su estructura métrica. En conjunto, son cinco los prantos conservados, y de ellos nada menos que cuatro han sido escritos por Pero da Ponte (el quinto le corresponde al leonés Johan, con su poema a la muerte de Don Denis de Portugal); de este pobre panorama, algunos deducen aunque no quepa ser taxativos a ese respecto que el intento de aclimatación de este género se frustró al no ser aceptado por ninguno de los grandes autores de cancioneiro.

Otros géneros menores son la tenção y el partimen, que remiten al rico universo de los debates poéticos, con infinitas muestras a lo largo del Medievo en el conjunto de la Romania. Otro género es el descordo o descort (literalmente, 'desacuerdo'), realmente extendido gracias a los poetas provenzales, que se sirvieron del mismo desde el primer momento; en el descort provenzal, es obligado el principio de la variatio rítmica, lingüística o temática a lo largo de la composición y como muestra de dominio y maestría. Por lo demás, poco es lo que se sabe aunque las hipótesis sean muy variadas sobre las cantigas de vilãos y las cantigas de seguir de que habla el Arte de trobar: si las primeras se han puesto en relación con villancicos (entendido como glosa de un poemilla popular) y villancetes, en las segundas se ha visto una técnica muy semejante. Por fin, hay subgéneros o registros, más que géneros, que responden a tendencias poéticas tan universales como locales, como la bailada o la canción de alba, alborada o albada.

La prosa medieval en Galicia

Como en otras literaturas, los primeros textos conservados son de tipo legal, con cartas y documentos privados, fueros y cartas de población; de entre todos ellos, el más madrugador es el célebre Testamento de Afonso II de 1214. No obstante, desde el final de esa centuria, la literatura gallega y su hermana, la literatura portuguesa, muestran un extraordinario vigor, que se percibe en la aclimatación y desarrollo de algunas de las principales materias foráneas, como las ligadas a la leyenda troyana o al mundo artúrico.

En pleno siglo XIV fue traducida la Crónica troyana desde el castellano al gallego, como se desprende de los dos testimonios que lo conservan (un manuscrito de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander y otro de la Biblioteca Nacional de Madrid que perteneció al Marqués de Santillana); el prólogo de esta obra muestra que se trata de una traducción de la obra castellana de idéntico título que mandó verter Alfonso XI desde el Roman de Troie de Benoit de Sainte-Maure (en concreto, la obra gallega parece proceder del ms. h.j.6 de El Escorial o de otro similar).

La llamada materia de Bretaña cuenta con varios testimonios en el ámbito gallego-portugués; no obstante, los textos que se conocen han sido redactados en su conjunto en tierras de Portugal, y muestran rasgos lingüísticos en los que ya se percibe una ligera, aunque clara, separación del gallego. Por ello, su consideración hasta aquí les ha correspondido a los especialistas en la literatura portuguesa, aunque apartar radicalmente ambas literaturas carece de fundamentos científicos (como se ha indicado al comienzo).

Por lo que al Tristán de Leonís gallego se refiere, el códice que, hace años, se conservaba en el Archivo Histórico Nacional (y que, en concreto, fue editado por José Luis Pensado en 1973) se encuentra hoy en paradero desconocido; de hecho, todos los esfuerzos de los facultativos de ese centro para saber dónde se hallaba tan preciado documento han resultado baldíos. La dificultad de su búsqueda deriva de que el único bifolio que se ha conservado sirve de pastas a un documento de la Casa de Osuna fechado en 1551 que contiene una copia del testamento del Marqués de Santillana (por ello, lógicamente, debe haber sido trasladado al Hospital de Tavera de Toledo entre los fondos documentales pertenecientes a las casas nobiliarias).

La datación más plausible para este fragmento es la de mediados del siglo XIV; no obstante, si en este punto hay un cierto acuerdo, no lo hay tanto en su adscripción geográfica, pues algunos piensan que la lengua en que el texto ha sido escrito remite a un copista castellano de una obra gallega en origen; otros, por su parte, consideran que el texto debe relacionarse claramente con la corte portuguesa sin más. Como quiera que sea, cabe postular la existencia de una familia textual gallego-portuguesa que mostraría un mayor apego al modelo francés que la tradición castellana.

Otros testimonios que muestran la relativa riqueza de la prosa medieval en Galicia son los manuscritos conservados del Forum Iudicum visigótico, de las Siete Partidas, la Estoria de España (que, a su vez, inspiró la portuguesa Crónica Geral de 1344, que por su parte influyó en la gallega Crónica general de 1404) y la General Estoria de Alfonso X, de la Legenda aurea de Jacobo de Vorágine y hasta de un Livro da albeiteria. Los citados son materiales que remiten claramente al territorio de Galicia, pero hay otros que deben considerarse propiamente portugueses, aunque los escritorios en los que vieron la luz y los medios en que circularon fuesen, en no pocas ocasiones, los mismos. Con todo, el desarrollo de la historia obliga al estudioso a separar contra lógica ambas literaturas, para considerar que la prosa gallega cuenta sólo con las citadas y alguna joya de particular belleza como son los Miragres de Santiago, bello romanceamiento del Codex calixtinus.

Los siglos oscuros

Esta denominación, que alcanza a las manifestaciones literarias que vieron la luz entre el siglo XV y el Rexurdimento, ha hecho fortuna en la historia de la literatura gallega. El término sirve, fundamentalmente, para marcar un tremendo hiato que resulta imposible de colmar si no se acude a algunos testimonios indirectos, al rico venero de la literatura folclórica, popular o tradicional, cuando no a algunos trabajos eruditos desarrollados en el siglo XVIII por el padre Martín Sarmiento, muchos de ellos inéditos. La castellanización de Galicia entre la burguesía y los intelectuales ha sido una realidad hasta alcanzar las postrimerías del siglo XX; de hecho, sólo en este final de siglo se ha vuelto a recuperar y a dignificar como nunca antes el uso del gallego hablado o escrito.

En los terrenos acotados, la lírica popular ha seguido perfectamente viva a lo largo de los siglos, como lo pone de manifiesto la labor de campo de folcloristas y musicólogos, que han documentado canciones de mayo, de trabajo y un sinfín de poemas jocosos. En ese ámbito popular, tradicional o folclórico, se ha estudiado con particular detenimiento el Romancero gallego (véase Romancero); también se conoce un amplio número de cuentos y leyendas, que a menudo aparecen, de forma literal o recreados, en los relatos de algunos prosistas gallegos que se han servido del castellano (como Valle Inclán, Cunqueiro o Torrente Ballester, entre otros). El primero de los estudiosos de este rico venero fue el padre Martín Sarmiento, recién citado; después, ha sido determinante el esfuerzo de los modernos estudios de antropología y folclore.

El Rexurdimento

El "Resurgimiento" en Galicia coincide en el tiempo con el Posromanticismo europeo, con señas de identidad comunes en las artes plásticas, la música y, en parte, en la literatura; sin embargo, los años que van desde 1863 —en que ven la luz los Cantares gallegos de Rosalía de Castro— hasta el final de la centuria son también los del arte realista, que pesa notablemente en los creadores gallegos. Como la Renaixença catalana, el Rexurdimento gallego está claramente imbuido de un espíritu nacionalista que la literatura escrita en esa lengua nunca llegará a perder ni tan siquiera durante la dictadura franquista.

Romanticismo y Posromanticismo

Es el Romanticismo, gracias a su talante nacionalista y su reivindicación de la Edad Media, el responsable de la resurrección del gallego para la literatura. A Nicomedes Pastor Díaz (1811-1863), Francisco Añón Paz (1812-1878), Alberto Camino (1820-1861) y Xoán Manuel Pintos Villar (1811-1876), poetas de un temprano romanticismo que tiñen sus poemas de nostalgia al tiempo que encumbran a su tierra gallega, se deben algunos experimentos en este sentido; con toda justicia, todos ellos son conocidos con el calificativo de los “precursores”. De todos ellos, Pastor Díaz fue el primer poeta del Rexurdimento y su “Alborada” (1828) fue recibida como la clara señal de una nueva época para Galicia (en concreto, fue Murguía quien dedujo todo el programa nacionalista que se derivaba de la composición).

Un año de importancia extraordinaria fue el de 1861, pues el 2 de julio se celebraron los primeros Juegos Florales de Galicia, al igual que estaba ocurriendo en Provenza con los poetas del grupo de Mistral. El resultado de esta reunión fue el Álbum de la Caridad (1862), que incorporaba un Mosaico poético de nuestros mejores vates gallegos contemporáneos, donde se recogen poemas escritos no sólo en gallego sino también en castellano. En cambio, desde 1891, en los Juegos Florales de Tuy, la única lengua de composición aceptada fue el gallego.

No obstante, fue Rosalía de Castro (1837-1885), con su lírica bilingüe, quien potenció decisivamente el uso de la lengua de su tierra natal; en particular, una fecha que marcó un importante hito histórico es la de la publicación de sus Cantares gallegos, en 1863; otra más, 1880, corresponde a la aparición de Follas novas. En último término, fueron decisivos los estudios histórico-literarios de Manuel Murguía (1833-1923), el autor de la monumental Historia de Galicia (1901-1907), y Benito Vicetto (1824-1878), padres del mito celta y ossiánico en Galicia.

En fin, Eduardo Pondal (1835-1917), con Queixumes dos pinos (1886), fue capaz de trasladar ese universo de referencias a su poesía social; por su parte, Manuel Curros Enríquez (1851-1908), con Aires de minha terra (1880) y otras obras, defendió un ideario nacionalista que potenció más tarde, y en un ámbito político, Alfonso Rodríguez Castelao (1886-1950). Otro autor notable fue Alberto García Ferreiro (1860-1902).

La reivindicación del alma gallega, de los mitos celtas y la exaltación patria inundan, en mayor o menor medida, la obra de los poetas previamente citados; no obstante, si hubiese que escoger entre todas las composiciones una que representase mejor el espíritu creador del arte romántico, ésta sería sin duda el poema “Os pinos” de Pondal, que dispuso a modo de himno gallego. Esta composición fue musicada por Pascual Veiga (1842-1906), célebre también por su Alborada; en ella, el personaje principal es la naturaleza gallega, que proclama la valía de su gente y les indica que están llamados a altas empresas:

Galegos, sedes fortes,
prontos á grandes feitos;
aparellade os peitos
a glorioso afan;
fillos dos nobres celtas,
fortes e peregrinos,
luitade po los destinos
dos eidos de Breogan.
 

El nacionalismo gallego había recibido suficiente energía a lo largo de estas décadas, pero el final de siglo asistió a varios fenómenos de extraordinaria importancia: la aparición de la colección de textos titulada “Biblioteca Gallega”, en 1885, bajo el impulso de Andrés Martínez Salazar, y la aparición de la revista Patria gallega, que impulsó los Juegos Florales de Galicia en el marco de un Consistorio, a la manera de los antiguos trovadores del Medievo. La transición hacia el siglo XX viene marcada, además, por varios eventos de carácter político, como la creación de la Liga Regional Gallega, presidida por Murguía, las “Irmandades da Fala”, del año 1916, y el Partido Galleguista.

De acuerdo con el parecer de la crítica, el último autor del Rexurdimento es Valentín Lamas Carvajal (1849-1906), periodista de oficio que se sirvió tanto del verso como de la prosa. Como poeta, tras sus Espiñas, follas e frores (1876), el éxito le vino con Saudades gallegas (1880); este ciclo poético concluyó en A musa das aldeas (1890), libro que atiende igualmente al costumbrismo gallego, pero teñido ahora de nostalgia y de reivindicación social. En la obra de Lamas Carvajal, destaca también su labor como editor de O tío Marcos da Portela (1876-1890), revista satírica.

Aunque la literatura gallega, desde sus orígenes medievales hasta la segunda mitad del siglo XX, sólo abunda en grandes poetas (hasta la llegada de Cunqueiro y Blanco Amor), hubo incluso una prosa del Rexurdimento. A pesar del olvido que aún sufre esta modalidad de la literatura gallega, conviene recordar que en estos años se escribieron dos obras de obligado recuerdo: la primera novela gallega, una obra romántica y folletinesca escrita por Marcial Valladares y titulada Maxina, ou a filla espúrea (1880); poco después, apareció el Catecismo do Labrego (1889) de fray Marcos da Portela, seudónimo de Valentín Lamas Carvajal (autor mencionado anteriormente y al que se volverá a hacer referencia más adelante), que aquí abunda en una sátira social muy del gusto de este momento y hasta los años de la Guerra Civil (en especial, en publicaciones periódicas y en artes plásticas).

Siglo XX

Grupo NOS y Vanguardia

A comienzos de este siglo, se va fraguando una nueva y poderosa lírica en Galicia, por medio de la obra de Antón Noriega Varela (1869-1947), con su libro de poemas bucólicos titulado Do ermo (1920), y Ramón Cabanillas (1876-1959), gracias a su reivindicativa Da terra asoballada (1917). Tras estos autores, vienen otros que traen una segunda Edad de Oro de las letras gallegas, al dar vida al denominada "Grupo NOS", una ambiciosa empresa cultural animada por el mentado Alfonso Rodríguez Castelao, el admirado poeta y erudito Ramón Otero Pedrayo (1888-1976), el poeta vanguardista Vicente Risco (1884-1963) y otros como Florentino Cuevas; a su amparo, crecerán algunos de los grandes escritores gallegos de este siglo, como Fermín Bouza Brey.

El gran vanguardista gallego es Manuel Antonio Pérez Sánchez, o simplemente Manuel Antonio (1900-1928), autor Máis Alá (1928), que se puede considerar un auténtico manifiesto literario; en ese medio, surgen otros dos grandes de la poesía gallega: Amado Carballo (1901-1927), de tan corta vida como el anterior, y Ricardo Carballo Calero, especialmente famoso tras la publicación de su libro de poemas Vieiros (1931).

El Neotrovadorismo

Fascinados por el encuentro con el poemario medieval gallego-portugués, y muy en particular con las cantigas de amigo, fueron muchos los poetas de preguerra que se dieron a su imitación. Al respecto, fue determinante la labor desarrollada por los estudiosos, con la antología de Varnhagen del Cancioneiro da Vaticana (1870), del Cancioneiro Colloci-Brancuti (1880) y del Cancioneiro de Ajuda, hasta alcanzar a la magna edición de J. J. Nunes de las cantigas de amigo (1932). La gran paradoja, no obstante, es que el primero en cultivar esa técnica de composición no fue un gallego sino un catalán, Carles Riba (1893-1959), con sus 25 cantigas de amor y sus 5 cantigas de amigo de 1911 (a su memoria, escribirá un poema Iglesia Albariño años más tarde); por otra parte, tampoco nació en Galicia, sino en Granada, el más afamado escritor de tales composiciones: nada menos que Federico García Lorca, con sus Seis poemas galegos (1935).

No obstante, el Neotrovadorismo surgió de inmediato en numerosos escritores gallegos tras los experimentos de poetas tan veteranos como Pondal, que sumó la belleza y nostalgia de la cantiga al tono reivindicativo característico de la mayor parte de su poemario; del aire de las viejas cantigas, Pondal sólo ha dejado un puñado de versos en su poema “Canto do vixía”. Tras su estela se halla el principal precursor de los neotrovadores propiamente dichos: Xoán Vicente Viqueira, con su Poemeto da vida (1930); tras él, vienen Fermín Bouza Brey, con Nao senlleira (1925-1933), y Álvaro Cunqueiro (1911-1981), que se moverá en este universo poético a lo largo de muchos años, entre Cantiga nova que se chama riveira (1933) y Herba aquí e acolá (1980), a través de Dona do corpo delgado (1950).

De la Guerra Civil a nuestros días

La persecución de los nacionalismos, especialmente marcada durante la Posguerra, supuso el eclipse de la escritura gallega durante más o menos una década. Desde comienzos de los años cincuenta en adelante, la literatura gallega fue afianzándose paulatinamente; el proceso, no obstante, se aceleró de forma extraordinaria tras la muerte de Franco y, muy en particular, desde mediados de los ochenta hasta nuestros días, cuando se comenzaron a recoger los frutos de una reivindicación de la lengua gallega que se ha sentido tanto en la calle como en las aulas: el gallego ha pasado de ser una lengua popular, rural y marinera, a convertirse en una lengua culta, de uso común en los medios de comunicación, la vida política y académica. Como puede deducirse, las consecuencias de esta transformación han sido extraordinarias en el mundo del libro en todos los órdenes, en el periodismo, el ensayo o la creación literaria.

Tradición y renovación poética

Como se puede comprobar, son muchos los escritores crecidos al arrimo de la Vanguardia y el Neotrovadorismo que continúan perfectamente activos más allá de la muerte del general Franco (tal es el caso de Cunqueiro). No obstante, la publicación de obras en lengua gallega habrá de esperar una década para retomar el camino abandonado tras la victoria de las fuerzas nacionales. Una vez superado este escollo, sorprende comprobar cómo los poetas se muestran ora fieles continuadores de las modas de la Preguerra, ora deseosos de acometer nuevos experimentos poéticos y de seguir los comunes derroteros de la poesía europea y española, como el existencialismo de Manuel Cuña Novas en su Fabulario novo (1952), que dio origen a esa corriente que muchos siguen llamando Escola da Tebra.

Antes de y tras la Guerra Civil aparecerán los poemas de Xosé Díaz Jácome, con sus Primeiras cantigas de amor de 1963 y una mezcla del género de amor y amigo en Pombal (1963). Idénticas son las coordenadas vitales de Aquilino Iglesias Alvariño (1909-1961), autor de Señardá (1930), Corazón ao vento, poemas galegos (1933), Cómaros verdes (1947), Lanza de soledá (1961) y su póstuma Leva o seu cantare (1963); si en la primera de esas obras se empapa en la literatura portuguesa, pronto atenderá al paisaje gallego y a su gente; no obstante, en su lírica hay un influjo permanente de la gran poesía clásica, española y latina (era catedrático de latín).

Otros escritores comenzarán a publicar pasada ya la Guerra, como es el caso del erudito Xosé Fernando Filgueira Valverde (1906-1996), autor de varias cantigas fechadas entre 1941 —año en que dio a la estampa sus 6 canciones— y la década de los ochenta. Del mismo modo que el Neotrovadorismo caló hondo y siguió vigente en la Posguerra, las tendencias poéticas de los años veinte y treinta aún fueron cultivadas por autores como Luis Vázquez Fernández Pimentel (1895-1958), en Triscos (1950) y en varios libros aparecidos de forma póstuma, como Sombra do aire na herba (1959) y Barco sin luces (1960); en Pimentel, es fácil percibir los ecos del poeta austriaco Rainer Maria Rilke. Galicia sigue siendo el asunto primordial de la mayor parte de estos poetas, como se ve igualmente en Xosé María Díaz Castro (1917-), autor de Nimbos (1961).

Con todo, ya se ha hecho referencia a una renovación poética en coincidencia con lo que están haciendo los poetas del resto de España. Por ejemplo, hubo también en Galicia una corriente de poesía social y reivindicativa (que continuaba en parte con su propia tradición), escrita a menudo desde el exilio, donde vieron la luz publicaciones tan afamadas como la revista Galicia emigrante, publicada en Buenos Aires por Luis Seoane (1910-1979), autor del libro Fardel de esiliado (1952). También cultivó esta vena poética Lorenzo Varela (1916-1978), aunque éste encontró su inspiración en la pintura en Catro poemas pra catro grabados (1944).

El gran poeta de esos años es, sin ningún género de duda, Celso Emilio Ferreiro (1914-1979), autor de los mejores poemas sociales en gallego —de acuerdo con el parecer de muchos— en Longa noite de pedra (1962); tras la Guerra, la vuelta a la escritura en gallego tuvo lugar con O sono sulagado (1955), donde ya se descubren los que serán sus principales temas en la poesía que compondrá hasta su muerte, de denuncia y compromiso. No obstante, su lirismo buscó nuevos cauces en sus últimos años, en que vuelve a la infancia y sus paisajes, aunque sin desprenderse en ningún momento de su militancia gallega, como se ve en Onde o mundo chámase Celanova (1975) y en el póstumo Homenaxes (1979). La labor de Ferreiro fue también importantísima como editor, al recoger algunas de las mejores páginas de los poetas gallegos en la colección "Benito Soto".

Por lo demás, la nómina es muy larga desde los años sesenta hasta nuestros días, con autores de valía indudable, entre los que destacan, en generaciones diversas, Antonio Tovar, Pura Vázquez, Arcadio López Casanova o Manuel Vilanova. Con el paso de los años, los escritores gallegos se han adentrado en otros ámbitos literarios, dentro y fuera del dominio del verso; entre los autores que mayor diversidad literaria presentan está Manuel María (1930-), que ha escrito, además de poesía, novela, relato breve, teatro y hasta narraciones infantiles. No obstante, cabe admitir que tal vez sus obras más conocidas caen dentro del ámbito de la lírica, ya sea de tipo existencial —como Morrendo a cada intre (1952) y Advento (1954)—, ya de contenido social —como Proba documental (1968) y Remol (1970).

La prosa y el teatro contemporáneos

La literatura gallega se ha mostrado especialmente dinámica en el terreno de la poesía lírica, pero también tiene prosistas afamados; entre todos ellos, brilla con especial magnitud la obra de Álvaro Cunqueiro, tan fascinante por su rico bagaje literario como por eso que ha dado en llamarse "la magia de Cunqueiro". El punto de partida es su célebre Merlín e familia i outras historias (1955), seguida inmediatamente por As crónicas do Sochantre (1956), Si o vello Sinbad volvese ás illas (1961) y Tesouros novos e vellos (1964).

Ambos universos, el literario y el mágico, coinciden en las tradiciones literarias por las que apuesta Cunqueiro: el viejo roman courtois, los libros de viajes medievales de Oriente y Occidente, y hasta los bestiarios de ese mismo periodo. Otro camino paralelo le llevará a una Galicia real y mágica, como lo es para muchos, en Escola de menciñeiros (1960), Xente de aqui e de acolá (1971) y Os outros feirantes (1979), con claves aceptadas igualmente por otro gran autor gallego, Gonzalo Torrente Ballester, en su castellana La saga / fuga de J.B. (1972).

El otro grande de la prosa gallega del siglo XX es Eduardo Blanco Amor (1897-1979), autor formado en Buenos Aires que cultivó los principales géneros literarios, incluido el ensayo. Como novelista, su obra está empapada de temas sociales y tardonaturalistas que la recorren toda, desde A Esmorga (1959) hasta Xente ao lonxe (1972). Otros autores que se mueven en la corriente del realismo social característico de la Posguerra son Ánxel Fole (1903-) y Xosé Neira Vilas (1928-). Por fin, la moderna generación de prosistas incluye los nombres de Xohana Torres (1931-), autora que también ha cultivado el teatro en Un hotel de primeira sobre o río (1968), Gonzalo Mourullo (1935-), Xosé Luis Méndez-Ferrín (1938-), Antón Risco (1926-1998) y Carlos Casares (1941-), entre otros.

El teatro en lengua gallega ha sido un género escasamente cultivado. El punto de partida para todo lo que después se ha hecho en este ámbito deriva de la obra de Alfonso Rodríguez Castelao Os vellos no deben de namorarse (1941), estrenada en Buenos Aires. Desde ese momento hasta el final de los sesenta no aparece ninguna otra muestra, hasta la presentación de la obra de Xohana Torres recién citada; después, han sido especialmente notables los esfuerzos de la Escola Dramática Galega y otros grupos, junto a nombres como el del dramaturgo y director de escena Agustín Magán (1918-1998). La obra de Magán ha sido determinante para el desarrollo del teatro en Galicia desde que fundara la compañía Ditea en 1960 y desde que, a finales de esa década, se diera a la puesta en escena de algunas obras propias y de clásicos españoles y foráneos traducidos al gallego.

A. Gómez Moreno

Última hora de la literatura gallega

El fin del franquismo supuso una nueva edad para la lengua gallega. Galicia, que había vivido en medio de un proceso de clara digloxia (convivencia parcial de dos lenguas con preponderancia evidente de una, en este caso el castellano) experimentó en los primeros años de la democracia una serie de acontecimientos que venían a reconocer oficialmente su carácter de comunidad con un hecho diferencial propio y una base cultural e histórica, siendo el más importante de ellos la aprobación, en 1980, del Estatuto de Autonomía. Pero ya un año antes, en 1979, la lengua gallega había dado un paso de gigante con la aprobación del Decreto de Bilingüismo que reconocía la existencia de dos lenguas, el gallego y el castellano, en las cuatro provincias, y el derecho de todos los ciudadanos a emplear ambas indistintamente y siempre sin perjuicio de la otra. En 1982 tuvo lugar otro hecho de importancia para la normalización lingüística: la aprobación de las Normas Ortográficas y Morfológicas de la Lengua Gallega. Era absolutamente necesario establecer un corpus de reglas que sirviese para unificar las decenas de zonas dialectales existentes en territorio gallego y sirviese como guía para el aprendizaje del idioma, sobre todo en las escuelas. Durante estos años tuvo una gran importancia la progresiva implantación del gallego en los planes de estudio, proceso que no culminó de verdad hasta el curso 1987/1988, con la inclusión del ejercicio de Lengua Gallega en el examen de Selectividad.

Hablar de la existencia del gallego como asignatura en los colegios es esencial para comprender el momento que vive actualmente la literatura gallega. Su importancia va más allá de proporcionar a los escolares una oportunidad de aprendizaje del llamado "gallego normativo", y estriba también en que la asignatura de lengua gallega alimenta cada año a una buena parte del próspero mercado editorial gallego, donde la literatura infantil y juvenil, como veremos más adelante, tiene un destacadísimo papel. Al citar la pujanza del negocio editorial en Galicia tenemos también que hablar de la generosa política de ayudas de la Xunta de Galicia destinada a impulsar la producción editorial en gallego. Pero, por desgracia, esta actitud ha acabado por convertirse en un arma de doble filo, pues ha llegado a crearse un segmento de mercado editorial que podríamos llamar ficticio y encaminado a vender más ejemplares a la administración que a los lectores.

Narrativa

Críticos, editores, y en especial los lectores, no dudan en asegurar que la narrativa gallega pasa por momentos de buena salud. La consolidación de editoriales como Galaxia y Xerais, las políticas promocionales, la convocatoria de premios como el Blanco Amor, el Xerais y el Torrente Ballester y, sobre todo, la calidad de determinados autores, provocan que la narrativa en gallego haya traspasado fronteras convirtiéndose en un referente para lectores de otras lenguas.

Es el caso, desde luego, del coruñés Manuel Rivas, cuyas últimas obras se editaron casi simultáneamente en gallego y en castellano. Su volumen de cuentos ¿Qué me queres, amor? supuso todo un acontecimiento literario, encabezando las listas de libros más vendidos en castellano y en gallego y obteniendo el premio Nacional de Literatura. Rivas es también autor de Un millón de vacas, En salvaxe compaña, Ela, maldita alma, O lapis do carpinteiro, A man dos paíños y As chamadas perdidas, y está considerado uno de los mejores cuentistas del momento.

Podemos destacar también la obra de Xosé Carlos Caneiro, autor de Infortunio da soidade, Un xogo de apócrifos o La rosa de Borges, y la de Suso de Toro, autor entre otros de Ambulancia, Tic Tac, Calzados Lola, Non volvas y Trece badaladas, además de un ensayo sobre la cultura celta titulado "O país da brétema". Hay que citar también la importancia de la obra de Carlos Casares, autor que destacó tanto con su obra (Deus sentado nun sillón azul, Os escuros sonos de Clío, Os mortos daquel verán, Xoguetes para un tempo prohibido), como con su trabajo en el campo de la investigación. Presidente del Consello da Cultura Galega hasta su muerte, Carlos Casares es también autor de una importante obra ensayística en la que destacan sus estudios sobre Ánxel Fole, Vicente Risco y el Padre Sarmiento.

Algunos autores han usado indistintamente el gallego y el castellano en sus escritos. Es el caso del escritor Carlos G. Reigosa, autor de Homes de tras da corda, O doutor Livingstone, supoño, A guerra do tabaco y Crime en Compostela, ejemplo de novela de género, como también puede calificarse el libro de Xosé Miranda Morning Star, que es buena muestra de novela de aventuras. También empleó los dos idiomas el escritor Alfredo Conde, que alcanzó un singular éxito editorial con su novela Xa vai o griffon no vento, con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura; Conde, que obtuvo el Nadal con su novela en castellano Los otros días, es además autor de una biografía novelada del marqués de Sargadelos titulada Azul Cobalto. También Víctor Freixanes ha buceado en la historia para rescatar argumentos. En A cidade dos Césares, Freixanes recrea la epopeya de una serie de trabajadores gallegos que, en época de Carlos III, formaron parte de una expedición para repoblar la Patagonia. Del mismo autor podemos destacar O triángulo na circunferencia. Por su parte, Darío Xohan Cabana hace su particular revisión de las sagas artúricas en Galván en Saor, además de haber publicado las obras Morte de Rei y O cervo na torre, y traducido al gallego la Divina Comedia.

Podemos citar otros autores como Xavier Alcalá, autor de Alén da desventura, A nosa Cinza o Contos das Américas; Miguel Anxo Murado, con Bestiario dos descontentos, De soños e derribos, Días impares e outros días y Ruido, donde relata su experiencia como corresponsal de guerra en los Balcanes. También conviene destacar a Xurxo Borrazás, autor de Eu é y Contos malvados, y a Jaureguizar, cuya novela Fridom Spik puede encuadrarse dentro de lo que se ha dado en llamar "literatura bravú". Junto a estos autores, sigue manteniéndose la presencia de escritores consagrados de generaciones anteriores como Méndez-Ferrín, autor de clásicos como O crepúsculo e as formigas o Amor de Artur, y que en los últimos años ha seguido cosechando éxitos editoriales con obras como Celanova y No ventre do silencio, o María Xosé Queizán, que ya cosolidada como escritora publicó Sentinela Alerta.

Poesía

No podemos desdeñar tampoco la actividad poética en la misma lengua, aunque la poesía siga siendo un fenómeno minoritario. Es justo citar la importante actividad que, durante los años setenta y ochenta, tuvieron tres colectivos: "Cravo Fondo", "Rompente" y "Alén", que trabajaron para la difusión y promoción de la poesía en gallego. También hay que destacar la labor de revistas como Grial, Nordés, Coordenadas o Dorna, así como la vanguardista Luzes de Galiza, fundada en 1985 por Manuel Rivas y que recogió los trabajos poéticos de muchos autores jóvenes. La convocatoria de premios como el "Esquío", "Cidade de Ourense" o "Celso Emilio Ferreiro" sirvieron también de estímulo a los poetas gallegos.

En 1976 se produce una inflexión en la poética en gallego con la aparición de dos libros fundamentales: "Con pólvora e magnolias", de Méndez-Ferrín, y Mesteres, de Arcadio López Casanova. A partir de entonces, la renovación continúa en cuanto a elementos formales y temáticos, y van surgiendo autores que hoy podemos considerar ya como absolutamente consagrados. Tal es el caso de Miguel Anxo Fernán Vello, autor de Do desexo en corpo e sombra, Entre auga e fogo o As certezas do clima, y fundador del sello editorial Espiral Maior. Citaremos también a Claudio Rodríguez Fer, con Poemas de amor e morte, Tigres de Ternura, Historia da lúa y Lugo Blues. El también narrador Darío Xohan Cabana es autor de poemarios como A fraga amurallada. Fiz Vergara Vilariño publicó Poeta muiñeiro á deriva y Pastora de sonrisos.

Otros autores destacados en las décadas de los ochenta y noventa son Xavier Rodríguez Barrio, Manuel Rivas, Carme Kruckemberg, Alfonso Pexegueiro, Xosé Manuel López Valcárcel, Román Raña, Luisa Castro, Manuel Vilanova, Víctor Vaqueiro, Lino Braxe, Anxo Quintela y Xavier Seoane (1955).Entre los autores más jóvenes, Yolanda Castaño con Elevar as pálpebras y Delicias, y Olga Novo, autora de Nos nus, conforman lo que se considera la nueva generación de poetas en gallego.

Literatura infantil y juvenil

Esta cuestión merece su propio capítulo, porque como ya se dijo el mercado de literatura para niños y jóvenes es en Galicia extraordinariamente próspero. Además de una notable calidad en los textos (que se puede cotejar sin mucho esfuerzo comprobando simplemente la gran cantidad de traducciones a otras lenguas nacionales) a esta pujanza han contribuido de forma importante premios como el "Merlín de Literatura Infantil e Xuvenil" convocado por la editorial Xerais, o el "Raíña Lupa", que concede la Diputación de la Coruña. Debemos destacar además que muchos de los autores consagrados en la literatura para adultos (como Suso de Toro, Carlos Casares o Darío Xohan Cabana) han hecho también sus incursiones en el campo de la literatura para los más jóvenes.

Entre los autores de literatura infantil podemos citar por ejemplo a Antonio Reigosa, autor de Resalgario y Memorias dun Raposo, y a Xosé Miranda, autor de Lúa e os nubeiros, que junto al también escritor Xoan Ramiro Cuba están desarrollando un interesante trabajo de investigación etnográfica sobre mitos y cuentos de tradición oral gallegos, materializado en su Diccionario dos seres míticos galegos. No podemos olvidar tampoco a Fina Casalderrey, autora, entre otros, de As de mosca para Anxo, O estanque dos parrulos pobres o O misterios dos fillos da lúa, con el que consiguió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. El mismo premio se llevó también el escritor Paco Martín con Das cousas de Ramón Lamote, volumen que fue un éxito de ventas tanto en su versión en gallego como en la posterior traducción al castellano.

Otros autores a tener en cuenta son Xelís de Toro con O neno perdido o Paco pequeno pequeneiro e o mundo ó reves, y Marilar Aleixandre (1947) con O chapiro verde. En lo que se refiere a literatura para adolescentes, podemos destacar As cousas claras, de Xosé A. Neira Cruz; Salitre, de Jaureguízar; o Unha estrela no vento, de Ledicia Costas.

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