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Galicia (en gallego Galiza o Galicia)
es una comunidad autónoma española, situada al noroeste de la Península Ibérica.
Geográficamente, limita al norte con el mar Cantábrico, al sur con Portugal, al
oeste con el océano Atlántico y al este con el Principado de Asturias y Castilla
y León (provincias de Zamora y de León). Galícia a lo largo de su historia ha formado una identidad que fuera de su territorio es fácilmente reconocible. Siglos de relativo aislamiento y una sociedad básicamente rural, junto a una lengua y una cultura propias, han unido profundamente al gallego con su tierra, sentimiento vivo que ha acompañado siempre a los miles de emigrantes allá donde fueron acogidos. La historia de Galicia es la historia de un pueblo luchador e inconformista en unas ocasiones y sumiso con su suerte en otras: un pueblo que mira al futuro con un profundo respeto a su pasado. Prehistoria La labor de investigación de la prehistoria gallega se ha visto dificultada por los escasos hallazgos antropológicos y arqueológicos de estas etapas. Los restos de industrias líticas del paleolítico (especialmente medio e inferior) y el mesolítico (yacimientos de Camposancos, Budiño, Vilalba, Carballiño etc.) muestran pobladores dedicados a la caza, pesca y recolección, con asentamientos no sedentarios al aire libre; las comarcas costeras meridionales son las que mayor constancia de poblamientos han dejado. Fue la situación geográfica de territorio periférico la que hizo a Galicia quedar al margen de los flujos que interrelacionaron las florecientes culturas neolíticas de las riberas mediterráneas. Este aislamiento fue compensado por la riqueza minera del territorio, sobre todo de oro y estaño, atrayendo un comercio que introdujo y prolongó la cultura megalítica a lo largo del III milenio. Los testimonios de esta cultura megalítica, en forma de monumentos funerarios de piedra, son numerosos y reciben los nombres de mámoa o medorra (dolmen), como los de Axeitos, Dombate o As Pontes, menhires o pedras fitas, o también antas (nombre con el que se designa en gallego al arca sepulcral y, así mismo, a la piedra que cubre el dolmen), que han dejado huella en el registro toponímico de Galicia en parroquias y concellos (municipios) como el lucense de Antas de Ulla. En el transcurso del III milenio se introdujo la metalurgia y la economía cazadora-recolectora se tornó en actividades agrícolas, ganaderas y mineras, en cuyo seno se desarrolló, sobre todo ya en el II milenio, un arte rupestre de carácter esquemático localizado principalmente en zonas costeras y valles fluviales. Son grabados denominados petroglifos, realizados en las rocas, que muestran la mitología y creencias de las comunidades que en la Edad del Bronce poblaban estos territorios; claros ejemplos de estas muestras son los petroglifos de A Siribela y Couto das Sombriñas en Pontecaldeas, Armeinteira en Santiago de Compostela o los de Santa Tegra en A Guarda. Durante el siglo VIII a.C. la cultura celta había penetrado de un modo continuo en la Península y se fue asentando de modo paulatino. En Galicia, los pueblos celtas, ayudados por un clima favorable, desarrollaron de un modo pleno la cultura del bronce. Una segunda oleada de introducción céltica se produjo hacia el año 600 a.C., con la que se iniciaría la Edad del Hierro. Fue en este período cuando se empezó a desarrollar en el noroeste peninsular una cultura con una identidad histórica propia, la cultura castrexa o cultura de los castros, nombre tomado del peculiar tipo de asentamientos de estos pueblos, muy abundantes en todo el territorio gallego. Los poblamientos constaban de edificaciones de planta circular y carecían de uniformidad, adaptándose viviendas y fortificaciones a los desniveles, lo que les obligó a realizar grandes tareas de nivelación del terreno. Estos castros se situaban en lugares fácilmente defendibles y rodeados de uno o más recintos amurallados. Entre los muchos restos de castros existentes en Galicia se pueden destacar los de Santa Tegra, San Fins, Caldas de Reis, Golada, Coaña, Iroña, San Cibrián de Las, Domaio, Borneiro, Boruña, etc. La economía castreña se basó en la agricultura, pesca y marisqueo, ganadería y minería, incluyendo un comercio a diferente escala. La presencia céltica en Galicia ha sido y es motivo de un fuerte debate entre los historiadores que piensan que la presencia de estos pueblos fue numerosa y, sobre todo, significativa en el desarrollo posterior de la identidad cultural propia gallega, y los historiadores que han visto una menor influencia celta, volcando sus miradas más hacia lo puramente indígena y germánico. Edad Antigua La llegada de los romanos al enclave galaico fue muy tardía en comparación con el resto de la Hispania. La primera campaña de penetración fue realizada por Décimo Junio Bruto, procónsul de la Hispania Ulterior, en el año 137 a.C., el cual, tras conseguir la sumisión definitiva de los lusitanos, realizó una gran campaña de exploración de la orilla derecha del río Miño. No sería hasta la centuria siguiente cuando las legiones romanas realizaran nuevas campañas importantes en el territorio galaico, al mando de Plubio Craso primero (años 96-98 a.C.) y ,sobre todo, de Julio César después (años 61-60 a.C.), quien desde el mar conseguiría alcanzar el poblamiento de Brigantium (identificado por unos autores en la actual ciudad de A Coruña y por otros en la villa de Betanzos). En ambos casos, sería el control de la abundante riqueza minera el objetivo que promovieran estas campañas. El sometimiento definitivo de los galaicos (gallaeci, nombre con el que los romanos englobaron a los pueblos que habitaban la actual Galicia y norte de Portugal) no tendría lugar hasta la campaña de Augusto, que culminaría en el año 26 a.C. tras vencer la fuerte resistencia castreña. La romanización fue lenta, superponiéndose a la cultura de los castros, que continuaron manteniendo, durante un prolongado período, muchas de sus particulares instituciones y modos de vida. En definitiva, la influencia romana no fue muy acusada; la cultura celta se mantuvo homogénea en los ámbitos rurales, mientras que fue en los enclaves mineros donde se centró la principal actividad romana. Tras la conquista, en el nuevo reparto administrativo de la Hispania realizada por Augusto, Galicia quedó encuadrada primero a la Lusitania, incorporándose en año 13 a.C. a la Tarraconense, en la que quedaría adscrita hasta el año 216, en el que el emperador Caracalla instituyó una cuarta provincia, la Hispania Nova Citerior Antoniana, segregada de la Tarraconense. Esta nueva provincia agrupaba tres conventos jurídicos, Lucus Augusti (Lugo), Bracara Augusta (Braga) y Asturiaca (Astorga) y que tras la reorganización de Diocleciano en el año 297, recibió el nombre de Gallaecia, con capital en Bracara Augusta; comprendía la Gallaecia la zona norte de Portugal, Galicia, Asturias, parte de León, y Zamora hasta el Duero. Roma construyó en Galicia una red de calzadas que comunicaba las ciudades y las comarcas mineras, siendo Ourense, Lugo, Iria Flavia y Tui las principales ciudades. Pero estos caminos no contribuyeron a que la romanización tuviera un mayor peso; a esto unir la escasa contribución humana a la política y el arte del Imperio. Hay que destacar, sin embargo, en un contexto de cierto florecimiento cultural a finales del siglo IV y principios del V, las figuras de Idacio y Paulo Orosio, éste muy vinculado a San Agustín y cuya principal obra fue la Historiarum adversus libri VII, en la que resume la historia de la humanidad desde la creación del hombre hasta el año 417, en el que concluye la obra. Pero fue sobre todo el obispo Prisciliano el personaje más relevante de este período. Este obispo inició un movimiento religioso e incorporó al cristianismo, que había penetrado en la Gallaecia en el siglo III, algunos elementos de las creencias celtas, muy arraigadas aún entre la población campesina. El priscilianismo triunfó por su sincretismo entre una ascesis cristiana, que rechazaba el predominio social e institucional de la iglesia, y las ciencias ocultas y la astrología. El movimiento perduró con fuerza hasta el siglo VI, pese a ser condenado en el concilio de Zaragoza del año 380. Edad Media La fuerte crisis que sufrió Roma en el siglo III, tanto a nivel político, social como económico, la hizo perder estabilidad y mostrarse más débil ante los pueblos germánicos que amenazaban y presionaban el limes romano. Éste comenzaría a ser atravesado a fines del siglo IV e inicios del V. En la Hispania se produjo en el año 409 una primera oleada: la entrada de vándalos (asdingos y silingos) alanos y suevos. A la Gallaecia llegaron tanto suevos como vándalos asdingos y aunque éstos últimos se impusieron en un principio, al abandonar la península emigrando hacia África, dejaron a los suevos el territorio libre para crear en el año 411 un reino propio con el rey Hemerico como regente. El reino suevo de Galicia Las luchas con las poblaciones galaico y galaicorromanas fueron intensas ya que la población de la Gallaecia se mostró muy indómita a la ocupación sueva. La paz se conseguiría en el año 433 por medio de un pacto renovado en los años 437 y 438. Fue en este momento cuando se pudo hablar de un relativo control del territorio por parte de los germánicos. El reino suevo se creó bajo el dominio de una minoría armada, se piensa que pudieron ser de 30.000 a 40.000 los suevos de la Gallaecia, sobre una sociedad galaicorromana numéricamente muy superior y que durante la vida del reino suevo subsistió a su dominación sometiéndose en unas ocasiones y conspirando contra ellos en apoyo de los visigodos en otras. La etapa de transición que vivió Hispania en el momento de la ocupación visigoda fue aprovechada por los reyes suevos Rekhila y Rekhiario para iniciar un período de expansión territorial, con momentos de avance y retroceso dependiendo de la debilidad o fortaleza del reino visigodo. Esta situación fue frenada en el año 456 por el monarca visigodo del reino de Tolosa Teodorico II que enviado a la Hispania como delegado imperial de Roma para afrontar esta situación, venció a Rekhiario y tomó Bracara (Braga), la capital sueva. Pero la inestabilidad política y la falta de control romano sobre los territorios hizo resurgir y expansionar el reino suevo. El monarca Remismundo evidenció este hecho con la invasión de la Lusitania; de nuevo fue llamado Teodorico II que consiguió reprimir a los invasores y obligarles a abandonar la zona conquistada estableciendo un pacto con el rey Remismundo por el que se delimitó el territorio suevo al espacio galaico donde se mantuvieron confinados hasta la época de Leovigildo. La ascensión al trono de este monarca visigodo marcó el inicio de la decadencia sueva. Leovigildo en el año 576 emprendió una campaña contra las fronteras del territorio suevo y obligó al rey Miro a firmar un tratado de paz. Los sucesivos monarcas suevos Evorico y Audeca sólo precipitaron la caída del reino en manos visigodas. Tras las derrotas de Audeca, en Oporto y Braga, año 585, la monarquía sueva quedaría definitivamente bajo el control visigodo. Fueron 177 los años que sobrevivió el reino suevo que ahora se convertiría en una provincia gótica. De su legado en Galicia lo más destacable fue que sentaron las bases de la concentración del poder en manos de los grandes propietarios de la tierra, característica fundamental de la Galicia medieval. La presencia islámica en Galicia Perdida la autonomía política, Galicia quedó bajo el manto visigodo y las noticias sobre su evolución histórica son escasas, aunque se sabe que prosiguió la cristianización con la construcción de numerosos monasterios y parroquias alrededor de las cuales se agruparon las villas. En el año 711 Tarik atravesó el estrecho derrotando al último rey visigodo, Rodrigo, en la batalla de Guadalete, lo que supuso la desaparición del reino visigodo y su caída en manos musulmanas. La penetración de los conquistadores en Galicia no fue ni completa ni duradera; si bien las tropas de Musa ibn Nusayr llegaron a Lugo en el año 714, el control de facto sólo alcanzó la línea situada entre Astorga y la desembocadura del Miño. La dominación de estas tierras fue muy breve: de hecho los beréberes asentados en Galicia se sumaron a una rebelión generalizada en al-Andalus,contra los árabes, lo que unido a las malas cosechas del año 750, hizo que abandonaran sus recientes asentamientos; de este modo el territorio gallego quedó al margen de los efectos perturbadores de las grandes batallas de una reconquista que en, el caso galaico, estaba ya completada a mediados del siglo VIII. Galicia en la Alta Edad Media Durante el reinado de Alfonso I Galicia quedó incorporada a la corona asturiana. Con este rey se dio inicio a un largo período de enfrentamientos entre la nobleza gallega y los reyes asturianos que tuvieron que afrontar diversas rebeliones, como las que soportó Fruela I durante todo su reinado o el rey Silo. La nobleza gallega actuó decisivamente en la dificultosa entronización de Alfonso II, con el que se logró una cierta estabilidad. Fue precisamente en este reinado cuando aconteció uno de los hechos que más han marcado la impronta gallega: el descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago por un ermitaño en la diócesis de Iria Flavia (813 es la fecha más admitida para este aontecimiento). Al margen de su veracidad histórica, lo importante fue su impacto popular y la trascendencia que el culto jacobino ha tenido en la historia gallega. Alfonso II se involucró rápidamente en el acontecimiento ordenando al obispo Teodomiro la construcción de una iglesia en Compostela que guardara los restos del apóstol y, en el año 840, se testificaron en Santiago las primeras peregrinaciones. Las consecuencias para Galicia de estos factores se manifestaron en el transcurso de los años inmediatos, ya que se vieron afectados los marcos de gobierno tradicionales; fue en ese momento cuando la iglesia tomó un protagonismo político que no abandonaría en toda la Edad Media y Compostela se configuró como la llave política de Galicia. Afianzada Galicia bajo dominio cristiano, el territorio gallego se convirtió en una útil retaguardia para la monarquía de Asturias y León en su lucha contra los musulmanes, además de acoger gentes venidas de al-Andalus; por otra parte, los monarcas astures y leoneses utilizaron Galicia para lograr la fidelidad de muchos nobles a cambio de importantes extensiones de tierra y señoríos, del mismo modo que se hicieron con los grandes monasterios y obispados. Así, el campesinado gallego se vio sometido a un proceso de feudalización por parte de una minoría nobiliaria y clerical que provocó un radical cambio de la estructura socioeconómica del entorno. De los siglos IX al XI Galicia recibió de modo crónico las visitas y saqueos de normandos y vikingos atraídos por las noticias de riquezas que, por el camino de Santiago hasta el resto de Europa, se habían transmitido de estas tierras. En el año 857 una expedición vikinga llegada de Irlanda entró en la ría de Arousa y saqueó la ciudad de Compostela; un nuevo ataque se produciría en el 966, esta vez ramificado, que atacó por un lado la costa lucense mientras que por otro era tomada la ciudad de Iria Flavia. De especial relevancia fue el ataque vikingo al norte de Galicia en el año 971, en el que San Rosendo logró evitar el desembarco con la ayuda del conde Gonzalo Sánchez y los batallones de soldados gallegos que el santo organizó. Esta situación motivó el amurallamiento de Santiago, lo cual no impidió a Almanzor conquistar y saquear la ciudad en el año 997. Las agresiones normandas y vikingas concluirían en los años 1014 y 1032 con el saqueo de Tui y un nuevo ataque a la ría de Arousa. Los efímeros reinos independientes medievales Superadas las invasiones normandas, Galicia se vio asumida durante la segunda mitad del siglo XI y primeros años del siglo XII en luchas políticas en las que se intentó configurar una personalidad administrativa independiente. El reino de Galicia se formó en el marco de un amplio territorio que se extendía al norte de Portugal. En el año 910 murió Alfonso III que, a imitación de Carlomagno, dispuso el reparto de su reino entre sus hijos, a su primogénito García le otorgó León, a Fruela Asturias y a Ordoño el territorio gallego. Sería la primera vez que Galicia se constituyera como reino independiente. Ordoño I (II de León) fue rey de Galicia entre los años 910-914 hasta que tras la muerte de su hermano García fue reconocido por los nobles como soberano de León, con lo que se produjo de nuevo la unión de ambos reinos. Sería en el contexto de las luchas entre Alfonso IV y su hermano Sancho I cuando Galicia recobró una personalidad aparte. Sancho I, que había sido coronado en Santiago, se refugió en Galicia huyendo de su hermano en el año 926 y mantuvo un reino independiente hasta su muerte en el año 929, en que el reino pasaría de nuevo a ser administrado por León en la persona de Alfonso IV. Un nuevo período de independencia derivó del reparto que de sus reinos hizo Fernando I entre sus hijos. Galicia fue otorgada a García I, que fue rey de los gallegos en los años 1065-1071, fecha en que le fue arrebatado el reino por su hermano Sancho que antes había heredado Castilla. García I estuvo eclipsado por sus hermanos y padeció siempre complejo de sumisión, a lo que se unió una gran desconfianza que le hizo buscar apoyo en los demás. Durante su reinado recibió este apoyo del obispo de Santiago y de su favorito Vérmula; no contó en cambio con lo que debía ser el apoyo fundamental, el de la nobleza. Los nobles gallegos estaban descontentos con la situación secundaria en la que se encontraba el reino, a lo que se unía el hecho de que los grandes señores no querían un rey demasiado próximo y con suficiente fuerza que pudiera poner en peligro el control casi independiente que tenían sobre los territorios que controlaban. Todo esto propició su caída: García I moriría en prisión tras haber intentado recuperar su reino, que con la muerte de Sancho pasó definitivamente a su hermano Alfonso VI. La actuación de este monarca trajo consigo la división del reino de Galicia en dos condados: el propio gallego y el de Portugal y la posterior separación definitiva de ambos. El proceso se inició con la boda de su hija Urraca con el noble franco Raimundo de Borgoña en el año 1090 recibiendo como dote ambos condados. También su hermanastra Teresa contrajo matrimonio con Enrique de Lorena, nieto del duque de Borgoña y primo de Raimundo. Teresa influiría para que el condado de Portugal quedara bajo su influencia, lo cual sería confirmado por Alfonso VI con una carta de donación de tierras otorgada a Enrique el 23 de noviembre del año 1097. A partir de este momento Galicia y Portugal siguieron caminos propios dentro de la Historia. Raimundo fue conde de Galicia desde el año 1093 hasta su muerte en el 1107. Muerto Alfonso VI, Galicia se vio implicada de lleno en la trama sucesoria del reino castellano leonés. Tras la muerte del infante Sancho, heredero al trono, en el sitio de Uclés, se inició la disputa sucesoria entre Urraca y Alfonso I de Aragón, ambos biznietos del monarca navarro Sancho III el Mayor. La problemática se solucionó en principio con la boda de ambos, a lo que se unió la firma de un documento en que se hacía donación recíproca sólo a título personal y de por vida de sus respectivos reinos si no hubiese un futuro hijo que pudiera heredarlos. Alfonso I de Aragón encomendó la guarda de los principales castillos a caballeros aragoneses, lo que provocó un profundo descontento castellano. Flórez de Traba, un poderoso noble gallego y ayo del niño Alfonso Raimúndez (hijo de Urraca y Raimundo y futuro Alfonso VII), viendo que los derechos sucesorios de su protegido no eran reconocidos, lo proclamó rey de Galicia tras conseguir del papa Pascual II una bula que declaraba nulo el matrimonio entre Urraca y Alfonso. Al mismo tiempo de la proclamación como rey de Galicia al príncipe Alfonso, surgió un grupo opositor al conde que recibió la ayuda de Alfonso I, quien entró en Galicia con sus tropas; pero este hecho no solucionó la situación. La Plena Edad Media gallega Estos tiempos de anarquía y guerra civil en Castilla y León tuvo en Galicia su máximo exponente en el levantamiento popular de Santiago de Compostela en el año 1117 contra la autoridad de doña Urraca y el obispo Xelmírez, al que la reina deseaba imponer como señor en Santiago; los compostelanos sitiaron a la reina y al obispo, llegando a prender fuego a la catedral. La sublevación fue reprimida y la ciudad se rindió en octubre del año 1117, tras lo cual recuperó Xelmírez su señorío. Esta buena relación entre la reina y el obispo hizo que se aliaran en contra de Alfonso Raimúndez: el primer paso fue el apresamiento de su primer partidario, el conde de Traba, en el año 1123, lo que provocó un nuevo enfrentamiento civil que concluyó con un acuerdo con el infante. El carácter voluble de la reina hizo que la relación con su hijo, al igual que lo había sido con Alfonso I o el propio Xelmírez, estuviese plagada de reconciliaciones y rupturas de las que Xelmírez tomó provecho mediando en el conflicto y aumentando su poder. Este período de veleidad política concluiría con la muerte de la reina Urraca el 8 de marzo de 1126 (Alfonso I había ya renunciado a sus pretensiones sobre Castilla) y la proclamación de Alfonso VII como rey de Castilla y León. Xelmírez fue la figura más destacable en la vida política gallega de este período: entre sus actuaciones cabe destacar la creación de un astillero en Iria Flavia del que salió la primera flota gallega con el propósito de defender las costas de los ataques piratas. Galicia vivió en este período un relanzamiento económico, sobre todo en la costa, ya que al sistema defensivo naval de Xelmírez se unió la prosperidad de los puertos gallegos (poseedores de privilegios otorgados por los monarcas) y la creciente importancia de la pesca marítima. Al amparo de esta situación cobraron importancia villas costeras como A Coruña, Viveiro, Betanzos o Noia. Los siglos XII y XIII fueron de desarrollo de la economía agraria con roturación de nuevas tierras y mejora en las técnicas de cultivo coincidiendo con un sobresaliente desarrollo demográfico que permitió la acentuación del proceso de urbanización y un comercio más fluido a través del Camino de Santiago y de las rutas atlánticas. Las ciudades gallegas, en este contexto de bonanza económica, iniciaron una lucha por hacer valer sus fueros y derechos frente a los grandes dominios señoriales. Concluidas las guerras civiles y la independencia de Portugal (reconocida en el año 1143, ya lo era de hecho en el 1139), Galicia quedó confinada a sus fronteras actuales y alejada de las grandes empresas de la reconquista; la nobleza gallega se integró definitivamente en la monarquía castellano-leonesa aunque se mantuvieron semiindependientes hasta el siglo XV; del mismo modo la iglesia aumentó su poder político en los dominios de monasterios y obispados. Durante los reinados de Fernando II y Alfonso IX , en los que los reinos de Castilla y de León volvieron a separarse, Galicia vivió una etapa de estabilidad política y florecimiento cultural. Fue la época de auge del Camino de Santiago, de la creación del Pórtico da Gloria por el maestro Mateo y el desarrollo de una espléndida poesía gallega. Tras la muerte de Alfonso IX se inició una nueva etapa de agitación nobiliaria y pleitos sucesorios. Con Fernando III, Castilla y León se unieron definitivamente; este rey se despreocupó de la política y cultura gallega fijando sus intereses en la expansión cristiana en el valle del Guadalquivir, lo que provocó unos años de fuertes tensiones entre la nobleza gallega, celosa siempre de su privilegiada situación de poder en sus territorios, y la Corona, que pretendía aumentar su control político sobre el enclave gallego. Fue con Alfonso X cuando se hizo más patente el asentamiento del poder regio en Galicia, al aprovechar este monarca una sublevación en Compostela, motivada por el rechazo del nombramiento real de Gonzalo Gómez como arzobispo de Santiago, para hacerse con el control administrativo municipal del corazón político de Galicia. Este proceso continuó y se acentuó en el reinado de Alfonso XI, concretado en una política de castellanización que afectó tanto a la representación política gallega (en 1349 Galicia se vio privada de su voto en cortes) como al uso de la lengua gallega (el castellano se impuso hegemónicamente en la administración). Crisis bajomedievales: los irmandiños A fines del XIII se inició una crisis económica que se acentuó en el siglo XIV, sobre todo con la Peste Negra de 1348 que diezmó la población y obligó a los grandes propietarios a gravar con mayores impuestos a la población para poder mantener el nivel de sus rentas. Las ciudades continuaron con sus luchas para librarse del dominio señorial y eclesiástico que derivaron en sublevaciones como las de Santiago, Ourense, Tui o Lugo, que pretendían ponerse bajo la protección directa del rey. Por otra parte, las grandes familias tradicionales gallegas (Andrade, Ulloa, Sotomaior etc.) y los señoríos eclesiásticos sufrieron pérdidas parciales de su poder con la aparición, de manos de los monarcas castellanos, de otras importantes familias (Osorio, Sarmiento etc.), en parte de origen exterior, deseosas de patrimonios; esto obligó, en ocasiones, a subenfeudar sus propiedades a estos nuevos encomendeiros. Esta situación de declive económico y conflictividad social ayuda a explicar los grandes conflictos sociales que, de las ciudades al campo, sacudieron Galicia a lo largo del siglo XV conocidas como las revuelta Irmandiña. Fueron movimientos de carácter popular y antiseñorial, símbolo de la crisis del feudalismo. En estas revueltas se unieron todos los grupos sociales gallegos (hidalgos, burgueses, marineros y campesinos) para luchar contra los abusos de un grupo de magnates civiles y eclesiásticos, y que se pueden considerar como los auténticos precedentes de los concejos populares. Los primeros antecedentes se dieron en Santiago y Ourense a inicios de siglo, en los que el denominador común fue las protestas contra los respectivos obispos. Pero serían dos los grandes movimientos que trascenderían de los ámbitos locales. La primera fue la denominada irmandade fusquenlla del año 1431. Esta primera guerra irmandiña se inició con la sublevación de las villas de Ferrol, Villalba y Pontedeume contra su señor, Nuño Freire de Andrade, apodado el Malo. Estuvo dirigida por un hidalgo segundón de la nobleza, llamado Roi Xordo, y rápidamente encontró apoyo en las clases campesinas para atacar Santiago, aunque este primer movimiento fue reprimido con la ayuda de las tropas del propio arzobispo santiagués. La segunda revuelta irmandiña, que se desarrolló entre los años 1467-1469, fue en magnitud y efectos mucho más importante. Sus precedentes se encuentran en 1458 con la creación de una nueva hermandad que comprendía la mayor parte de A Coruña y que se convertiría en el germen de la Grande Irmandade Galega, la cual aglutinó a decenas de miles de ciudadanos de Galicia. Esta nueva hermandad pretendió dar respuesta al alzamiento de los señores feudales contra Enrique IV, que fue el auténtico beneficiado de esta situación. Cuando el monarca fue depuesto por los nobles en el año 1465 buscó el apoyo de las clases populares quejosas de los abusos señoriales. Fue en este contexto cuando Enrique IV aprobó la hermandad gallega, pero cuando ya no le sirvieron a sus propósitos envió un ejercito a los nobles gallegos para extinguir el movimiento irmandiño. Fue en este momento (1467) cuando se desató la revuelta con toda su virulencia, que logró éxitos parciales como la victoria sobre los magnates castellanos en la batalla de Olmedo. En la villa de Melide se celebró una reunión en la que se decidió exigir a los nobles gallegos la entrega de sus castillos, a la cual se negaron, a excepción de Sánchez Ulloa que entregó la fortaleza de Xuvencos. Tras la negativa se organizó un ejército de unos 80.000 hombres, en su mayoría campesinos mal pertrechados, al mando de representantes de la baja nobleza como Pedro Álvarez Osorio, Alonso de Lanzós o Diego de Lemos, cuya misión principal fue el ataque a todas las fortalezas gallegas que, en número cercano a 130, fueron destruidas; además, también los irmandiños decidieron unilateralmente la supresión de impuestos y la revisión general de tributos. Las tropas nobiliarias, refugiadas en Portugal y León, junto a los castellanos, portugueses y leoneses se unieron en la villa fronteriza de Monzón para idear un plan de ataque entre el arzobispo de Santiago, Alonso Fonseca, Juan Pimentel y Pedro Madruga, este último como cabeza más visible. El avance fue fulminante y rápidamente el movimiento irmandiño fue reducido a la ciudad de Santiago, que tras dos meses de sitio tuvo que rendirse. La represión que siguió a la victoria no fue muy dura, probablemente por la extraordinaria participación campesina, centrándose en la obligación de reconstruir las fortalezas devastadas. Afianzada de nuevo la situación nobiliaria gallega, a la muerte de Enrique IV (1454-1474) los magnates gallegos vieron la posibilidad de recuperar su hegemonía en Galicia aprovechando la nueva disputa sucesoria que enfrentaba a Isabel la Católica y a Juana la Beltraneja, apoyando los gallegos a esta última con Álvarez Sotomaior y Pardo de Cela a la cabeza. Una vez ocupado el trono por los Reyes Católicos, impusieron su justicia en el reino de Galicia y persiguieron a los nobles que se les habían enfrentado; derribaron algunas fortalezas y desterraron a los principales nobles opositores. Galicia al final de la Edad Media era una región empobrecida y comenzó la Edad Moderna en condiciones de inferioridad con respecto a otras áreas de la Corona Castellana. Edad Moderna En general, el reinado de los Reyes Católicos supuso un proceso de desarticulación de la cultura y las instituciones gallegas. Por otra parte, Galicia inició una integración mucho más estrecha en el seno de la monarquía hispánica al tiempo que se producía una modernización de sus estructuras administrativas, quienes aumentaron el poder efectivo regio en el reino. El ejemplo más claro fue la creación de la Real Audiencia de Galicia: tradicionalmente se ha considerado la provisión de los Reyes Católicos, fechada en Toledo el 3 de agosto de 1480, como la fundación de la Real Audiencia, pero este documento no la instituyó definitivamente, sino que se fue configurando plenamente con los años. Un paso importante en este proceso fue el nombramiento en 1486 de los alcaldes mayores. Otros dos momentos que ayudaron a definirla fueron la Pragmática de 1494 y las Ordenanzas de 1500: ya en 1512 puede considerase, por su competencias y actuaciones, como una auténtica Real Audiencia. En este proceso de modernización de las estructuras administrativas fueron importantes también, ya en época de Carlos I, la Junta del Reino (creada en 1528) y la figura del capitán general, con funciones de gobernador del reino y presidente de la Audiencia. Las juntas estaban formadas por los procuradores de cada una de las provincias en que se dividió Galicia (inicialmente Santiago, Lugo, Ourense, Betanzos y Mondoñedo, a las que se añadieron, a mediados del siglo XVI, A Coruña y Tui), cuya función principal era la del asesoramiento y consulta; por otra parte, uno de los nobles gallegos más destacados de la época, Fernando de Andrade, no logró el voto en Cortes para Galicia, pero sí la creación del Reino autónomo. Los Reyes Católicos, completada la reconquista y con una corona en relativa estabilidad, fijaron sus actuaciones en la recién descubierta América. Galicia quedaría al margen de las rutas indias pero, a cambio, obtuvo un papel destacado durante el siglo XVI en las rutas de comercio del Atlántico norte, al tiempo que se realizaron nuevas empresas que ayudaron al fomento de la pesca. Pero tras la derrota de la Armada Invencible hubo una renuncia paulatina de España a estas rutas, lo que afectó seriamente al comercio costero gallego. La primera toma de contacto de Galicia con la nueva dinastía de los Austria fueron las Cortes de Santiago y A Coruña en mayo del año 1520 y que derivarían en el levantamiento comunero tras la aprobación en estas cortes del impuesto denominado servicio. Galicia se vio afectada directamente por la política exterior de los Austrias, sobre todo, en las contiendas contra portugueses e ingleses. Estos últimos atacarían varias veces las costas de Galicia. Importante por sus significado entre el pueblo gallego fue el ataque inglés contra la ciudad de A Coruña el 4 de mayo de 1589 en el que los coruñeses lograron rechazar a los ingleses gracias al empuje de una de las personalidades más importantes de la historia gallega: María Pita. Tras la derrota de La Invencible Isabel I envió una escuadra de 200 navíos y 20.000 hombres para ayudar a los portugueses que se enfrentaban a Felipe II (que se había proclamado rey de Portugal en abril de 1581). La expedición inglesa estaba al mando del almirante Norris y el corsario Francis Drake. El valor de los ciudadanos no pudo vencer el empuje británico y cuando un soldado inglés estaba a punto de clavar la bandera inglesa en las murallas de la ciudad, fue asesinado por la coruñesa María Pita, que había visto morir a su marido a sus pies. Ello animó a los gallegos, que se dispusieron de nuevo al combate obligando a los ingleses a levantar el sitio de la ciudad y retirarse. María Mayor de la Cámara y Pita (su verdadero nombre) fue premiada por Felipe II con el grado de alférez. Los siglos XVI y XVII Los patrones socioeconómicos gallegos en el Antiguo Régimen fueron muy similares al resto de occidente aunque las transformaciones que, respecto a la concepción del patrón medieval se estaban produciendo, llegaron a Galicia con bastante retraso y no se desarrollaron en su totalidad, ya que el poder señorial y de la iglesia siguió siendo muy fuerte, sobre todo en el interior, donde el campesinado no mejoró su situación ya que continuó muy sujeto a ambas prerrogativas señoriales, laicas y eclesiásticas. En tanto, prosiguió la tendencia iniciada en la baja Edad Media de otorgar explotaciones agrícolas a la baja nobleza y a los hidalgos a cambio de foros. El foro era una especie de prestación señorial, aunque jurídicamente tenía que ver con la enfitéusis (cesión a perpetuidad o por un largo período de tiempo de un bien raíz por el que el arrendatario realizaba un pago anual al arrendador) y el censo. De estos foros pronto surgieron subforos, ya que nobles y monasterios, durante los siglos XVII y XVIII, entregaron definitivamente la tarea de producción agrícola a los campesinos a través de este sistema foral; este hecho redujo significativamente el tamaño de las explotaciones, lo que impidió la necesaria transformación de la agricultura pese a la entrada de nuevos cultivos como el maíz o la patata. En el siglo
XVIII, Felipe V decretó la supresión del foro y la expulsión de las
familias foreras para liberar las tierras de las cargas que, por medio
de foros y subforos, se había producido. Esta decisión creó una
situación prebélica con fortísimas protestas, lo que obligó al Consejo
de Castilla a paralizar el proceso, volviendo ese sistema de
arrendamiento a tener validez en Galicia mantenido hasta el siglo XIX.
De este modo, el sistema agrario continuó agravando su ya precaria
situación de productividad. La segunda mitad del siglo XVIII fue
especialmente negativa para la economía gallega, que pasó del
estancamiento en el que se encontraba a una franca decadencia motivada
por las hambrunas de 1768 y 1769. El estancamiento demográfico y una
desmedida migración, bien temporal (segadores que marchaban durante el
verano a las siegas de Castilla), o bien definitiva, fueron resultado de
esta situación. Ello motivó intentos de reforma que propiciaron un
despegue económico que no llegaría a cuajar. Así hubo un cierto
desarrollo de la industria textil, de las Sociedades de Amigos del País
(surgidas en estos años en toda España), se logró el permiso de comercio
con América (concedido al puerto de A Coruña en el año 1778) o la
construcción del arsenal de Ferrol. También los ilustrados orientaron
resoluciones para los problemas concretos de Galicia, como la creación
de informes sobre los caminos gallegos, la navegación del río Miño o el
comercio del ganado; también se creó la Academia de Agricultura del
Reino de Galicia. Pero todos estos intentos para relanzar la economía
gallega chocaron de plano con una estructura tradicional poco abierta a
cambios que hicieran peligrar sus propias economías y que, en conjunto,
se vieron finalmente eclipsados por la invasión napoleónica. Los grandes cambios que se produjeron en la economía y la política en el siglo XIX en Europa, con una profunda transformación del Antiguo Régimen a sistemas más liberalistas y capitalistas, modificaron por completo los pilares de las últimas sociedades feudales transformándolas en sociedades capitalistas. Pero el ritmo de integración a la sociedad capitalista no fue igual en todos los países de Europa. En España este proceso fue lento consiguiendo al final la desaparición de los señoríos, si bien dentro de la Península, Galicia tendría las transformaciones mucho más tardías, ya que, en general, la actividad gallega continuó gravitando en torno a una sociedad arcaica y conservadora. Sólo se pueden destacar algunos focos liberales centrados en las ciudades occidentales y de la costa, en la que la incipiente burguesía hizo notar su presencia. Guerra de Independencia y liberalismo Tras la invasión napoleónica de la Península, los episodios de la guerra de la Independencia en Galicia se iniciaron con el levantamiento popular del 30 de mayo de 1808 en A Coruña, bajo la dirección de Sinforiano López, que fue ahorcado en 1814 por su ideología liberal. Tal como ocurrió en el resto de territorio peninsular, en Galicia se constituyó una Junta Provincial presidida por el capitán general de la ciudad que rápidamente buscó apoyo militar en Inglaterra. De inmediato se organizó un ejército dirigido por el capitán Blake, mientras que otra expedición desembarcaba en Portugal llegando a Astorga en 1809; sin embargo, el empuje de los franceses hizo que se retiraran hasta A Coruña que, junto a Ferrol, fueron tomada por el capitán francés Ney. Más tarde, éste sería derrotado, de forma parcial, por las guerrillas dirigidas por la Junta de Lobeira, mientras que su derrota definitiva llegó en la batalla de Ponte Sampaio (4 de julio de 1809), tras la cual Galicia quedó libre de la presencia francesa a finales de ese mismo mes. Con la llegada de Fernando VII, o más bien de su política absolutista y anticonstitucional, se produjeron diversos pronunciamientos en la Península; en Galicia se alzó Juan Díaz Porlier, antiguo guerrillero, convertido ahora en general, que ya intentó sublevarse a finales de 1814, pero fue denunciado y encarcelado sin poder llevar a cabo su proyectada rebelión. Ya en libertad, Porlier logró proclamar la constitución de 1812 (véase Constitucionalismo español) la noche del 18 al 19 de septiembre de 1815. Fue designado presidente de la Xunta de Galicia, luego se dirigió hacia Santiago, en el camino, sorprendido por los realistas y abandonado por los suyos, fue capturado. Sometido a Consejo de Guerra, moriría ahorcado el 15 de octubre de 1815. Más éxito logró el levantamiento de Riego en 1820 que tuvo en A Coruña (fue la primera ciudad en sublevarse el 20 de febrero de 1820 y proclamar la constitución por Alvarez Acebo) un apoyo decisivo. Galicia acogió bien el liberalismo, sobre todo en las ciudades, organizándose los sectores constitucionalistas en sociedades patrióticas que difundieron el ideario liberal. Las reformas liberalistas, como la nueva división provincial de España con nuevos municipios y partidos judiciales o la desamortización. La desamortización, contrariamente a lo que se podía esperar, no alteró la estructura social de Galicia: las propiedades de la iglesia pasaron a manos del resto de la hidalguía y nobleza, así como a los sectores burgueses de las ciudades. Se unió a esto la persistencia del sistema de foros, que acentuó aún más el minifundismo y el atraso de las técnicas agrícolas. Esto derivó en que fuese imposible la alimentación de toda la población con lo que continuó el proceso migratorio. La Ley de Redención y Foros de 1873 fue el único intento de modificación del régimen de propiedad de la tierra gallega que tuvo cierto éxito; el paladín de esta reforma fue el federalista Paz Novoa. Pero la reforma sólo se mantuvo seis meses por lo que, una vez más, no se conseguirían los propósitos perseguidos de liberalización del pago de las rentas forales por parte de los campesinos. Otros intentos de modernización, pocos en número y que llegaron con retraso, fueron los escasos ejemplos de industrialización, con la implantación de industrias conserveras de pescados en las Rías Baixas, fábricas de tabaco en A Coruña, cerámicas en Sargadelos o diversas industrias de curtidos de pieles, todo ello insuficiente para crear una auténtica red industrial. El ferrocarril también llegó tarde a Galicia. La primera línea ferroviaria unió en 1873 Santiago de Compostela con Porto de Carril (Vilagarcía de Arousa), pero hasta 1883 Galicia no estaría unida por ferrocarril al resto de la Península. El Rexurdimento cultural Este
manifiesto peso de la sociedad agraria se dejó sentir en el relativo
apoyo que encontró el carlismo, donde se hizo notoria la presencia de
partidas requetés, aunque la realidad fue que Galicia permaneció en el
bando isabelino. Dentro del contexto del romanticismo y los idearios
nacionalistas, Galicia comenzó a desarrollar en el siglo XIX,
especialmente en su segunda mitad, un regionalismo político que arrancó
con la revolución gallega de 1846. La división provincial de 1833,
realizada por el ministro Javier de Burgos, (Galicia pasó de las siete
provincias históricas a las cuatro actuales: A Coruña, Lugo, Ourense y
Pontevedra) rompió política y administrativamente la unidad natural de
Galicia como país y su unidad histórica como reino; este acontecimiento
fue considerado como una agresión centralista que exacerbó el ánimo
galaico, lo que provocaría durante los siguientes años la formación de
un primer núcleo galleguista alrededor del periodista Antolín Faraldo de
Malvar, defensor del provincialismo gallego y creador de diversas
revistas desde las que se defendía la identidad propia gallega y que, en
colaboración con militares liberales, tomó parte en la revolución de
1846 que se saldó con fusilamientos, encarcelamientos y exilios. El
denominado rexurdimento (resurgimiento) de la literatura en lengua
gallega contribuyó decisivamente en el renacimiento de la cultura, que
cobró una nueva vitalidad gracias a la intensa labor de poetas y
escritores como Rosalía de Castro, Eduardo Pondal o Curros Enríquez. El
movimiento regionalista tuvo su precursor en la persona de Antolín
Faraldo, pero fue Alfredo Brañas, autor de El regionalismo (1889), su
más genuino representante. La Galicia
rural, el campo gallego de inicios del siglo XX, estaba en una situación
desastrosa. Una de las causas del problema era la escasa formación de
los campesinos, que les llevaba a desconfiar de los sistemas modernos de
cultivo y a rechazar las innovaciones. Además, estaban dominados por los
caciques. Por otra parte, en Galicia abundaban los usureros, que
cobraban cantidades desproporcionadas por los indispensables préstamos.
El otoño de 1911 puso de manifiesto las penalidades del campo gallego:
un fuerte temporal azotó toda Galicia, en especial la provincia de A
Coruña. A finales de noviembre, las precipitaciones se hicieron tan
intensas y persistentes que provocaron el desbordamiento de los ríos y
la inundación de los campos y los pueblos. Las inclemencias
climatológicas de 1911-1915 incrementaron el flujo de emigrantes. Sólo
en 1911 partieron de Galicia 70.127 personas hacia América. La mala
situación intentó solucionarse con las medidas de Primo de Rivera, quién
decreto en 1926 la supresión definitiva del sistema forero. A pesar del
continuo minifundismo se inició una mejora de las técnicas agrícolas,
una diversificación de las producciones y el establecimiento de un
sector industrial de transformación de los productos del campo,
especialmente en la segunda mitad del siglo, lo que significó una
sustancial modernización de la agricultura. El aumento de la producción
ganadera, bovino y porcino, convirtió a Galicia a lo largo del siglo en
una región exportadora de carne en dirección a los mercados del interior
de la Península. Del mismo modo, la industria conservera vivió un mayor
desarrollo en las Rías Baixas, potenciada por una burguesía local y en
conexión con el auge de la pesca a gran escala, centrada en Vigo. Durante la
dictadura los grupos exiliados promovieron el sentido histórico de la
nación gallega. Fueron sobre todo Castelao y su Galicia emigrante, Unión
de intelectuales libres y Mocedades galeguistas los más destacados. En
el interior esta labor fue desempeñada por Otero Pedraio, la editorial
Galaxia, la revista Grial y por las actividades culturales de la Real
Academia da Lingua y del Día das letras galegas. En 1943 se organizaron
clandestinamente movimientos galleguistas que tuvieron contacto con
vascos y catalanes; los tres movimientos establecieron conversaciones
con la oposición democrática en el exilio. A mediados de los años 60,
las nuevas generaciones, sobre todo dentro del ámbito universitario, se
politizaron y asumieron el galleguismo desde distintas perspectivas. Los
planteamientos ideológicos fueron muy variados: el independentismo de la
Unión do Pobo Galego, fundado en 1964 (que se integraría años más tarde
con otras fuerzas en el Bloque Nacionalista Galego); marxismo y
democracia cristiana; y autonomismo (comunistas, socialistas y resto de
fuerzas de centro derecha). Todas estas ideologías cristalizaron en
diversas opciones partidistas. En los momentos finales de la dictadura
fue muy significativa la creación de la Asamblea nacional-popular galega
en 1974 o la Xunta Democrática y en 1976 la Taboa Democrática. Estas dos
últimas fueron partidarias de la articulación de una Galicia que contara
con autonomía dentro del Estado español. En las elecciones generales de
1977, el partido que consiguió mayor número de votos en Galicia fue
Unión de Centro Democrático (UCD) que consiguió veinte diputados,
seguido de Alianza Popular (AP), con cuatro diputados y el Partido
Socialista Obrero Español (PSOE). Este predominio del centro-derecha se
mantuvo en convocatorias posteriores y determinó el curso del régimen
provisional de autonomía, cuyo órgano de gobierno, la Xunta de Galicia,
fue presidido por Antonio Rosón (UCD). Una comisión compuesta por
parlamentarios, en su mayoría de UCD, y dos extraparlamentarios
redactaron un texto del estatuto de autonomía que fue reelaborado tras
las elecciones generales de 1979. Después de estos últimos comicios, la
presidencia de la Xunta estuvo ocupada por Xosé Quiroga. Las décadas
de la postguerra fueron de retroceso de un campo que no logró su
definitivo despegue, y éste muy condicionado al régimen de propiedad y
de extensión de la tierra, hasta la década de los 80. En cuanto a la
industria a partir de los años 60 se inició una vertiginosa
industrialización, centrado en las zonas costeras y orientado a los
sectores del aluminio, de la construcción naval y la industria del
automóvil. Esto llevo consigo una aceleración del proceso de
urbanización y la aparición de importantes núcleos obreros. Hay que
destacar en este siglo el fenómeno de la migración, que si bien durante
el siglo XIX ya había venido produciéndose, fue una constante durante el
siglo XX tanto a nivel transoceánico, como a Europa o dentro de España.
La emigración a América fue predominante hasta los años 60; desde estos
años la tendencia se dirigió a Europa en la que progreso de modo
continuo hasta la crisis de 1973. Los principales piases de destino
fueron, por este orden: Suiza, Alemania federal, Francia, Piases Bajos,
Gran Bretaña, Austria y Bélgica. En conjunto, estos estados recibieron
(a través del Instituto español de emigración) a 288.000 gallegos entre
1961 y 1980. Las migraciones interiores fueron de menor significación
que las exteriores, y se caracterizaron por ser de tipo familiar antes
que individual, siendo el País Vasco, Barcelona y Madrid los principales
destinos. La emigración ha marcado, en cierto modo, una época en las
manifestaciones culturales y en los intelectuales gallegos en las
décadas de los 70 y buena parte de los 80, muy concienciados con la
problemática que supuso el fenómeno de la migración. La
convocatoria del referéndum del estatuto de autonomía se fijó para el 21
de diciembre de 1980. El número de abstenciones alcanzó el setenta y uno
por ciento de la población, pero el estatuto fue aprobado también por un
setenta y uno por ciento de los votantes. El estatuto entro en vigor el
6 abril de 1981 y en octubre se celebraron elecciones para formar el
parlamento autonómico que quedó compuesto por veintiséis diputados de
AP, veinticuatro de UCD, diecisiete del PSG-PSOE, tres del Partido
Nacional Galego-Partido Socialista Galego y uno de Esquerda Galega. Tras
estos resultados el candidato de AP, Xerardo Fernández Albor, fue
elegido presidente de la Xunta y el parlamentario de UCD, Antonio Rosón,
presidente del parlamento gallego. El nuevo gobierno tuvo que resolver
cuestiones polémicas como la de la capitalidad, que se disputaban A
Coruña y Santiago de Compostela, optando por esta última. En las
elecciones generales de octubre de 1982 en Galicia se produjo una
mayoría conservadora y un ascenso del PSG-PSOE, que se confirmaron en
las municipales de 1983, con un retroceso de las coaliciones de la
izquierda nacionalista y un ascenso de las centristas, como Coalición
Galega y el Partido Galeguista. En las elecciones de 1986 AP fue el
partido que alcanzó mayor número de votos y Fernández Albor continuó
como presidente de la Xunta hasta la moción de censura presentada por
PSG-PSOE y Coalición Galega. La moción fue acogida favorablemente por el
parlamento, gracias a la cual el presidente alternativo, Fernando
González Laxe, del PSG-PSOE, se convirtió en nuevo jefe del ejecutivo
gallego. Esta moción de censura estuvo precedida de una descomposición
de Alianza Popular, en el poder por minoría mayoritaria, y la fuga del
vicepresidente Xosé Luis Barreiro y otros diputados del AP, hasta quedar
el grupo con sólo 29 actas, pues los tránsfugas se refugiaron en
Coalición Galega, así la votación de la moción fue aprobada y Laxe
proclamado presidente de la Xunta el 23 de septiembre de 1987. Este
hecho levantó a nivel estatal un debate sobre la creación de una
normativa que prohibiera el transfugismo. El socialista González Laxe
fue presidente autonómico hasta las elecciones de 1990, en las que el
partido popular alcanzó la mayoría absoluta. El 31 de enero el
parlamento eligió a Manuel Fraga Iribarne como presidente de la Xunta de
Galicia y en las elecciones autonómicas de 1994 y 1997. En estos últimos
comicio autonómicos gallegos se apreció un significativo avance del
Bloque Nacionalista Galego (BNG) y un notable descenso de los
socialistas gallegos, siendo el Partido Popular (PP) el claro triunfador
manteniendo el listón en el voto muy parecido (sólo perdieron dos
diputados respecto a las elecciones anteriores). El 13 de marzo de 1990
los partidos nacionalistas gallegos (Partido Socialista Galego-Esquerda
Galega, Bloque Nacionalista Galego y Coalición Galega) no pudieron
consensuar un texto común para una propuesta del reconocimiento de la
autodeterminación de Galicia, ya que no contó con el apoyo parlamentario
de los grupos popular y socialista cuyas pretensiones son el conseguir
las mayores cuotas de autogobierno posible dentro del marco
constitucional.
Las primeras manifestaciones artísticas se relacionaron con el arte
megalítico, la corriente del vaso campaniforme y sobre todo la cultura
de los castros. De las manifestaciones megalíticas con petroglifos y
dólmenes. De la cultura castrexa (de castros), además de las incisiones
en las piedras, se conservan fíbulas y anzuelos de bronce, brazaletes y
torques de oro, diademas y artes figurativas como verracos o figuras de
guerreros. La romanización no dejó grandes obras y los restos
arquitectónicos son escasos: las murallas de Lugo (siglo II) y las
termas, la torre de Hércules en A Coruña, con funciones de faro y muy
remodelada en el siglo XVII. Modestos son los restos de mosaicos y no
hubo grandes construcciones de carácter civil ni religioso. Fue en el
arte románico donde se pudo observar un espléndido desarrollo siendo la
catedral de Santiago el auténtico símbolo de este período. Comenzada en
el siglo XI es uno de los más grandes monumentos medievales en toda
Europa, cabeza espiritual y meta final de la ruta de peregrinación que
la puso en contacto con la cultura europea. La catedral de Ourense,
románica con aportaciones góticas, deriva de la de Compostela. Las de
Lugo, Tui y Mondoñedo fueron iniciadas en estilo románico y rematadas en
gótico. No es raro encontrar numerosos templos en los que aparecen
claras influencias prerrománicas como San Martín de Mondoñedo (Foz). Son
también numerosos los monasterios románicos cistercienses como Acibeiro
o Armentaira. En el románico civil destaca en Santiago el palacio de Xelmírez (siglo XIII). A finales del siglo XII inicios de XIII el
maestro Mateo realizó el Pórtico de la Gloria. El arraigo del románico y
del gótico, tanto en arquitectura como en escultura, se manifiesta en la
perduración rural de estos estilos. De estas épocas hay que destacar los
múltiples cruceiros. El renacimiento se inició Santa María a Grande de
Pontevedra y el hospital de Santiago de Compostela (actual hostal dos Reis Católicos) iniciado en 1501 a partir de un plan general ideado por
Enrique Egas y que destaca por su magnífica portada plateresca. En
Santiago, el colegio Fonseca y la fachada del claustro de la catedral de
la Praza das Praterías señalaron un progresivo clasicismo. El barroco
trajo consigo una nueva etapa de esplendor en el arte gallego, se
remozaron múltiples monasterios (Sobrado dos Monxes, San Salvador de
Celanova, ect.), la construcción de pazo se acentuó y se produjo la
renovación urbanística de Santiago de Compostela (siglos XVII-XVIII). El
neoclasicismo marcó la arquitectura de la segunda mitad del siglo XVIII,
cuyos mejores ejemplos fueron el pazo Raxoi y la fachada de la catedral
de Lugo. En el siglo XIX destacó la labor de Pedro Mariño con el palacio
municipal y el edificio del Banco de España en A Coruña. Es de esta
época la aparición de los típicas galerías acristaladas que rápidamente
se extendieron desde la capital coruñesa a toda Galicia. La escultura de
esta época está a caballo entre el barroco y el neoclasicismo y la
pintura se tornó naturalista. El siglo XX introdujo un arte modernista
plagado de las influencias propias gallegas, de este tipo son el Banco
de Vigo, la Casa do Concello de Porriño, Vera Cruz de O Carballiño, etc.
El racionalismo también penetró en obras como la Biblioteca de Menéndez Pidal de A Coruña de Santiago Rey Pedreira. Pero la tradición
arquitectónica popular continuaría su producción en todo el siglo XX. La
escultura de la primera mitad del siglo contó con nombres relevantes
como Francisco Asorey, Santiago Bonome, etc. Pero sobre todo destacó
Cristino Mallo, que estaba relacionado con las vanguardias madrileñas.
En las épocas recientes la escultura gallega ha tenido un gran
desarrollo. La figura más representativa de la pintura gallega de
inicios del siglo XX fue Fernando Álvarez de Sotomayor. La labor de Castelao impuso una corriente pictórica galleguista que se afianzaría
con otros autores como Laxeiro, Carlos Maside o Arturo Souto. Del mismo
modo que la escultura, la pintura de fines del siglo XX en Galicia ha
tenido una gran revitalización. Así mismo ha emergido toda una escuela
gallega de diseño con una acusada inspiración en motivos de tradición
local por un lado e internacional por otro.
El principal atractivo de la gastronomía gallega es su variedad, hasta tal punto que cuesta trabajo decir cual es el plato típico de la región. Pero si hay algo común a todos sería una forma de cocinar familiar y cariñosa, artesanal, pausada, abundante y variada. Un mismo producto se prepara de múltiples maneras y en cada lugar tiene un distinto sabor. Se podría decir que la cocina gallega es una cocina clásica, en el sentido que se le da a esta palabra en la historia del arte, porque alcanza el ápice de su belleza con los elementos más sencillos y naturalmente combinados. El lacón con grelos es una de las comidas más típicas durante los meses fríos, desde San Martiño, a primeros de noviembre, hasta el martes de carnaval. Además del lacón cocido y los grelos enteros, se añaden patatas y chorizo. Otro plato fuerte es el cocido gallego, compuesto de jamón, carne de vaca y gallina, y chorizo, con grelos o repollo, patatas y garbanzos. Metidos de lleno en el invierno y especialmente en los días de Navidad, una de las carnes mas saboreadas es el capón, nacido en abril y cebado meticulosamente en la capoeira un mes antes del sacrificio. Son muchos los lugares de Galicia donde se ceban ritualmente, por lo menos desde el siglo XV, pero los de la Terra Cha y más concretamente los de Vilalba, tienen un merecido crédito. Las empanadas merecen capitulo aparte. Se hacen de todo y todo puede meterse dentro de la empanada. Una de las características de la empanada gallega es la suavidad, ligereza y finura del pan, sobre todo en las de las zonas costeras. El compango va siempre azafranado, con aceite, pimiento y abundante cebolla. Hablar de pescados y mariscos en Galicia puede ser un tópico, pero no por ello vamos a callar. Existe una gran variedad de pescados, los más sabrosos son sin duda los que se pescan en las rías o en las proximidades de la costa: Merluza, rodaballo, lubina, mero, lenguado... Se degustan en las preparaciones clásicas, a la plancha, a la gallega o en caldeirada, o sofisticadamente adobados por cocineros especializados. Pasando a los mariscos y moluscos, tenemos en el exquisito camarón un preciado aperitivo, como los calamares y los chocos, fritos o en su tinta, o la nécora. Los percebes concentran la quinta esencia de todos los sabores del mar. A continuación vienen los que se comen crudos como la almeja fina y la ostra. Otro grupo de mariscos hace plato fuerte como la centolla con sus tres sabores, la langosta, el bogavante, los langostinos, las vieiras y las almejas en sus mil variedades de salsas o el nutritivo y accesible mejillón. Hay, por fin, un molusco, el pulpo, que debemos citar por su humildad y porque se toma en todos los meses del año y en todas las ferias de Galicia. El pulpo "a la feira", cocido, troceado, adobado con pimentón y sal, y rociado con aceite crudo. Entre los peces de río, podemos saborear las truchas y los salmones, las angulas y las anguilas, los sábalos, reos, lampreas... Para terminar esta breve ruta por la gastronomía gallega, recordaremos la bondad de sus quesos frescos, la exquisita elaboración de la repostería y las filloas, que constituyen el más original y agradable postre que se puede saborear en nuestra tierra. "Nada se cultiva en Galicia - dice el enólogo Xosé Posada - con tanto mimo como el vino". En toda Galicia se produce vino, aunque principalmente en la mitad sur. En una enumeración rápida, tendríamos que destacar las tres principales denominaciones de origen: Rías Baixas, Ribeiro y Valdeorras. Se pueden saborear, además, los propios de cada comarca, especialmente el vino de Amandi en la de Monforte, y los del valle de Verín y Monterrei, sin olvidar que una buena comida puede terminarse con la digestiva y reconfortante queimada.
Comunidad
Autónoma de España que comprende las provincias de La Coruña (A Coruña),
Lugo, Orense (Ourense) y Pontevedra. Capital, Santiago de Compostela.
Datos básicos
Población
Desarrollo económico y laboral Fuente de algunos de estos artículos: ENCICLONET - La Enciclopedia Universal
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Este sitio se actualizó por última vez el 16/06/2008