Pincha en las fotos para entrar a la galería de imágenes de cada ciudad.
Comunidad autónoma de
España que comprende las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya con
2.082.587 habitantes (2001), que reciben los gentilicios de vascos,
vascuences o vascongados, y 7.234 km². Capital, Vitoria. Al S de los montes de Vitoria se encuentra el enclave burgalés del
Condado de Treviño, de clima más seco y con un sector agrícola dedicado
al cultivo de trigo y leguminosas que, a su vez, se complementa con la
ganadería lanar. Esta bellísima comunidad comprende un territorio reducido y muy poblado, con actividades industriales, pesqueras y comerciales muy activas. Sus paisajes con sierras de escasa altitud que sirven de línea divisoria entre los ríos de la cuenca cantábrica, ofrecen matices de verdes bellísimos. Estos ríos, cortos y bravos, con frecuentes cascadas cerca de su nacimiento, y los de la cuenca del Mediterráneo, con cursos fluviales largos que vierten al Ebro, separan a su vez los dos tipos de clima de que goza la región; el atlántico y el mediterráneo continental. El litoral cantábrico es abrupto y de clima atlántico con su típico "txirimiri", o lluvia muy fina, y temperaturas moderadas que van acontinentalizandose hacia el sur, en la comarca de La Rioja alavesa. A pesar de ser un territorio de gran desarrollo industrial, aún conserva auténticos paraísos naturales, como los parques naturales de Valderejo y Urkiola, de evocador paisaje y la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, mágico enclave en torno a la ria de Guernica. San Sebastián. La aristocrática ciudad costera que ya desde el siglo XIX fue famosa como noble lugar de veraneo, sigue conservando su atmósfera cosmopolita y exclusiva. Su bellísima arquitectura y sus excelentes playas aún hoy la convierten en destino de vacaciones privilegiado. Bilbao. La mayor ciudad de la región y centro industrial y comercial de primer orden, tiene un bello casco antiguo donde destaca fundamentalmente su catedral gótica. Álava - Vitoria-Gasteiz. La capital de Euskadi es una bella y magnífica ciudad, tranquila, limpia y cuidada, con un bello casco antiguo muy bien conservado. Su activa vida cultural ha alcanzado gran reputación con festivales internacionales de gran importancia. O sea que todo en Euskadi es un verdadero lujo... y cualquiera podría perderse vislumbrando tanta belleza...
La Comunidad Autónoma del
País Vasco representa uno de los temas más apasionantes para el
análisis historiográfico, merced a su secular unidad territorial y a
la existencia de una amalgama de tradiciones que la hacen
especialmente atractiva. Buena parte de los tópicos de aislamiento,
oscuridad, cerramiento y demás quedan inmediatamente destruidos si
se echa un repaso rápido de sus principales acontecimientos
históricos. En este sentido, hay que remarcar la correlación de
acontecimientos entre País Vasco y sus comunidades limítrofes,
especialmente La Rioja, Navarra y la primitiva Castilla, aparte de
que su situación fronteriza la ha hecho, durante todas las épocas,
una de las zonas más susceptibles de recibir influencias procedentes
de Europa. Debido a la existencia de un idioma propio, el euskera,
de uso habitual en la Comunidad, en esta entrada se respetarán todos
los topónimos en su lengua materna salvo Álava (Araba), Guipúzcoa (Gipuzkoa)
y Vizcaya (Bizkaia), así como las capitales provinciales de las dos
primeras, Vitoria (Gazteiz) y San Sebastián (Donosti); el criterio
seguido para esta distinción es el de facilitar la comprensión a
toda la comunidad hispanoparlante de los temas que han de tratarse,
así que valga el rasgo propedéutico para la comprensión de quienes
se puedan sentir a disgusto con ello.
A pesar de que la
periodización de la prehistoria vasca cuenta con una extraordinaria
cronología propia elaborada por uno de sus mejores investigadores,
el prestigioso José Miguel Barandiarán, las acotaciones de este
período corresponden a la más elemental de las cronologías, con el
objeto de que los lectores puedan comparar las diferencias y
semejanzas de la evolución prehistórica del País Vasco con el resto
de territorios peninsulares y europeos.
Siempre fue el territorio
vasco proclive a todo tipo de investigaciones arqueológicas, lo cual
ha hecho posible contar con un gran elenco de noticias y pruebas
documentales que permiten datar cronológicamente la existencia de
grupos humanos en el País Vasco desde, aproximadamente, el
Paleolítico Inferior. En principio, dichos grupos habitaron
preferentemente las terrazas fluviales de los afluentes vascos del Ebro, así como el territorio de la actual Navarra ribereña o las
costas labortanas. En la posterior subdivisión cronológica, el
Paleolítico Medio (80000-30000 a.C.), los yacimientos han demostrado
que se produjo un cambio con respecto a los lugares de habitación:
los poblamientos al aire libre dejaron paso a una multiplicidad de
asentamientos en cuevas; aunque ambas formas convivieron durante
todo este período, los restos de animales de clima frío encontrados
han permitido a los investigadores lanzar una hipótesis verosímil
para explicar dicho cambio: cierta regresión climática vivida por el
País Vasco durante el Paleolítico Medio, por lo que las primeras
muestras de un clima glaciar fue la causa de que sus habitantes
buscasen el abrigo de las cuevas para desarrollar su vida. Los
principales yacimientos arqueológicos de esta época están
localizados en Axlor, Gaztarria, Isturitz y Lezetxiki. Durante el
Paleolítico Superior (30000-10000 a.C.) el clima glaciar se
desarrolló plenamente en toda Europa, lo que, para el País Vasco,
significó que la mayor parte de sus montañas se vieron cubiertas de
nieve; ello obligó a sus habitantes no sólo a retirarse a las cuevas
y abandonar los asentamientos al aire libre, sino también a emigrar
hacia las zonas costeras donde el mar suavizara las bajas
temperaturas. El nivel estratigráfico correspondiente a esta época
hallado en la cueva de Isturitz es, por la calidad de sus restos,
uno de los más importantes de Europa para datar este fenómeno. Mesolítico y Neolítico vasco
El acontecimiento que data
la etapa de transición entre Paleolítico y Neolítico (Mesolítico),
esto es, el fin de la época glacial y, como consecuencia, el
deshielo y retirada de las nieves de Europa, tuvo lugar en el País
Vasco entre los años 10000 y 3500 a.C. Ello provocó que los grupos
humanos abandonasen las cuevas costeras y pasasen a poblar los
espacios del interior, incluidas las montañas, que habían sido
abandonados a raíz de la glaciación anterior. La vegetación actual
del País Vasco tuvo su origen en la transformación acontecida en
esta época, cuando hierba, bosque y los demás elementos biológicos
propios de latitudes templadas se asentaron en el lugar de las
antiguas nieves y líquenes. Los yacimientos vascos más importantes
datados en esta época son los de Santimamiñe, Urnieta e Ispáster. La
desaparición del clima glacial puso los primeros cimientos para que
la domesticación de los animales y el control de la tierra
favoreciese la aparición de la agricultura y el pastoreo. Durante
este período mesolítico los habitantes del País Vasco habían
comenzado la tarea de la domesticación animal, que tuvo como
primeros protagonistas al cerdo, la cabra y la vaca.
Una vez asimiladas las
técnicas industriales de los celtas, la población autóctona, primero
en Álava y, entre los años 2000 a.C. y 500 a.C., en todo el País
Vasco, pasó a fabricar en hierro, cobre y el resto de metales las
herramientas de labranza (arados, hoces, podaderas...) y las armas
(escudos, espadas, dagas...) La mayoría de estos útiles se han
encontrado en uno de los yacimientos arqueológicos más importantes
de la península: La Hoya (Álava). Aparte la multitud de industrias
encontradas, este tipo de poblado agrícola, fortificado para la
defensa fruto de la mezcla de elementos autóctonos y celtas, debió
ser el más construido en esta época. La sociedad prehistórica vasca
ya se hallaba jerarquizada y dividida en diferentes estratos, a
juzgar por los niveles distintos de enterramientos conservados; en
ellos se han encontrado restos de armas enjoyadas, abalorios y
accesorios de un hipotético estamento dirigente, cuyos
representantes más afamados serían los guerreros. Por debajo de
ellos, los agricultores y los pastores también presentaban cierto
grado de diferenciación social, aunque mínima. En el País Vasco,
como el resto de Europa, ya se habían difundido ritos religiosos y
creencias de ultratumba (la mayoría de origen celta), como lo
muestran no sólo los hallazgos sino también la riquísima tradición
oral euskera, proporcionada por una lengua milenaria en la que el
rastreo toponímico siempre guarda alguna sorpresa relacionada con
las ancestrales costumbres de sus hablantes.
Todo estudio, análisis o
comentario histórico que se haga de la Antigüedad hispana, y en el
caso del País Vasco con mucho más peso, ha de comenzar
indefectiblemente resaltando la más importante fuente que ha llegado
hasta nuestros días relativa a la península prerromana: el Libro III
de la Geografía de Estrabón. Las primeras noticias historiográficas
emitidas por el eminente geógrafo heleno, alrededor del siglo I a.C.,
muestran la evolución de la sociedad vasca hacia una organización
tribal, en el que los lazos de parentesco eran el rasgo más marcado
y decisivo. Se respetaba, pues, a los miembros de mayor edad como
elemento jerarquizador de la tribu, pero también Estrabón relató que
ciertas dignidades sociales, basadas sobre todo en los roles
militares, complicaban más la jerarquización social. También
distinguía dos grupos: los habitantes del llano, sobrios y probados
agricultores, y los habitantes de las montañas, cuya ferocidad y
belicosidad era casi legendaria; siempre según Estrabón, estas
tribus montañesas se alimentaban de carne y ofrecían sacrificios a
sus dioses, así como castigaban duramente los delitos de sangre. La
dificultad orográfica del territorio hacía muy difícil su
comunicación con otros elementos humanos, por lo que los habitantes
de las montañas mantenían una organización social de antigüedad
ancestral en la que, por ejemplo, las mujeres de la tribu eran un
punto de referencia importantísimo a nivel social. Ésta y otras
noticias han sido rastreadas por los investigadores actuales, pues
la presencia de una sociedad matriarcal (o, cuanto menos,
matrilineal) es un tema tan complicado de demostrar como apasionante.
Tales fueron las primeras noticias de los indómitos habitantes del
País Vasco: los vascones. Conocida es por todos la fecha de la llegada de las legiones romanas al puerto de Ampurias: 218 a.C. La famosa riqueza de la península ibérica atrajo sobremanera al más grande poder del Mediterráneo antiguo, quien no dudó un ápice en aplicar sus conquistas militares y su modelo de organización social en todos aquellos territorios por los que sus legiones pasaban. En el caso concreto del País Vasco, la llegada de los ejércitos romanos se retrasó hasta el año 179 a.C. (fundación de Graccurris, la actual Alfaro riojana); a su llegada, los romanos se encontraron con varias tribus asentadas en el norte de la península, una de las cuales eran los vascones citados por Estrabón, pero no la única: várdulos, autrigones y caristios también tenían sus poblados en las actuales Vizcaya y Guipúzcoa, por lo que es lógico suponer que los vascones quedasen constreñidos únicamente a las montañas. Y, pese a la ancestral ferocidad guerrera de éstos, lo cierto es que todos los indicios pasados llevan, actualmente, a descartar una lucha armada entre Roma y los vascones de elevadas magnitudes, cosa que sí sucedió, por ejemplo, con sus vecinos cántabros y astures en las famosas Guerras Cántabras. Aunque hay cierta polémica entre los historiadores a tal respecto, la ausencia de líneas en la cronística romana sobre luchas contra los vascones se opone a la gran cantidad de noticias relacionadas con cántabros y astures, por lo que hay que descartar, efectivamente, las campañas bélicas violentas. A ello hay que sumar, además, dos datos objetivos: Roma, en realidad, no estaba interesada en las complejas montañas vascas, pues los fértiles y ricos territorios meridionales dominados por los cartagineses fueron su objetivo principal. El segundo dato a tener en cuenta es el de la expansión vascona, hacia el este y sudeste, acontecida entre los años 179 a.C. y 90 a.C., pues llegaron a ocupar la Jacetania y la actual comarca de los valles Sos-Sanguesa. El control vascón de ciudades riojanas como Calagurris (Calahorra) o Cascantum (Cascante) fue la culminación de este proceso.
Siguiendo con estos datos,
lo cierto es que dicha expansión de las tribus vasconas tuvo que
contar bien con el beneplácito de las autoridades romanas o bien con
un proceso de intercambio; con respecto a este último punto, también
existen indicios de que muchos de los aguerridos y feroces guerreros
del País Vasco tomaron parte en las Legiones romanas como
mercenarios, lo que explicaría que les dejasen hacer en un
territorio que no contaba con especial interés para los
conquistadores. Basándose en estas buenas relaciones de los vascones
y el resto de tribus con Roma, los historiadores Abilio Barbero y
Marcelo Vigil elaboraron una arriesgada teoría de cómo los
territorios poblados por sociedades antropológicamente más atrasadas
(como el País Vasco) fueron económicamente aprovechados por el
sistema esclavista romano para mantener su matiz imperialista. Al
menos en el País Vasco la tesis de ambos investigadores parece
contar con puntos de apoyo: como en otras zonas de la península, el
País Vasco se dividió en zonas de ager (campo cultivable,
correspondiente al sur de la actual provincia) y zonas de saltus (bosques
y campo incontrolable, las zonas montañosas y septentrionales). Ello
explica, por ejemplo, que la presencia romana fuera más fuerte en
Álava que en Vizcaya y Guipúzcoa, salvo en ciertos enclaves costeros
(Irún o Gernika) o salvo yacimientos mineros (Triano y Arditurri);
pese a ello, pese al escaso nivel de romanización (el menor de toda
Europa occidental), algunos historiadores opinan que se dieron las
circunstancias precisas para "unas condiciones de transición
favorables al sistema esclavista o en la aceptación de grado ante
una cultura más evolucionada que imponía 'convincentemente' su
método de organización social y de explotación de la economía". (García
de Cortázar, Historia del País Vasco, p. 33).
El mejor estudio sobre la
cuestión religiosa de los primitivos vascos es el de José Manuel
Barandiarán. En los años más tempranos, hacia la Edad de los Metales,
los habitantes de País Vasco adoraban a su particular tríada de
dioses, derivada de la tríada clásica indoeuropea (Esus, Taunis y
Tautatis), formada por el dios sol (eguzkia), la diosa luna (ilargia)
y el dios cielo (ortze); todos estas divinidades tienen, como su
procedencia celta, el matiz de ser cultos a las fuerzas de la
naturaleza. Posteriormente, se procedió a la humanización de las
divinidades, como los genios (lamiak) o hadas (sorginak), siempre
bajo el panteísmo como característica principal. Siguiendo con la
hipótesis de Barandiarán, una vez humanizados los dioses naturales,
cualquier tipo de sociedad está preparada para acceder al monoteísmo,
sea cristiano o de cualquier otra naturaleza. En tal estadio
sociológico tuvieron que estar los habitantes del País Vasco a la
llegada de la cristianización. Los primeros datos concretos están
situados alrededor del siglo IV, cuando una persecución llevada a
cabo por el emperador Diocleciano acabó con varios habitantes de
Calahorra que fueron celebrados como mártires. En general, toda la
zona del valle del Ebro estuvo fuertemente cristianizada, por lo que
su influencia debió ser considerable en los actuales territorios del
País Vasco. Por otra parte, también es conocido un intento de
evangelización del vasco promovido por San Amando, predicador
aquitano, en el siglo VII, aunque los frutos cosechados en el País
Vasco fueron pocos. Es por ello que lo más lógico es pensar que el
cristianismo, como la romanización, utilizó las vías de comunicación
usuales, es decir, ciudades y calzadas, por lo que solamente Álava
estaría más influida por el pensamiento cristiano. Los habitantes de
las montañas, como defienden Barbero y Vigil, al estar más
incomunicados mantendrían durante más tiempo, incluso hasta el siglo
XI, los cultos y ritos paganos; pero no se debe olvidar que, a fin
de cuentas, hasta la Reforma Gregoriana de ese siglo la
cristianización de los pueblos paganos, como defiende el profesor
Mañaricúa, pasaba por "cristianizar" esos mismos ritos paganos, algo
a lo que País Vasco no debió ser ajeno desde los comienzos del siglo
III. En cualquier caso, extender la cristianización vasca hasta el
siglo XIV no tiene muchos visos de realidad: también en la época
antigua el proceso, como en el resto de Europa, dio sus primeros
pasos, si bien mucho más lentos que el resto por la peculiaridad
geográfica del País Vasco y, también, porque la descomposición de
las estructuras romanas afectó, en primer lugar, a aquellos lugares
menos accesibles y que, como consecuencia, estaban menos romanizados. Romanización y cristianización, pero sobre todo la diferenciación de las dos zonas mediante el criterio económico, provocaron la bipartición de los territorios vascos; otros dos fenómenos esencialmente romanos, como las vías de comunicación y la fundación de ciudades, también mostraron síntomas de división. Las zonas septentrionales quedaron aisladas de los tramos de calzadas que unían las minas de oro leonesas con la Galia, mientras que la llanura alavesa sí se benefició de dichas infraestructuras. Por otra parte, casi ningún topónimo vizcaíno o guipuzcoano tiene rasgos latinos, pero hacia mediados del siglo I ya tomó cuerpo una ciudad en el sur: Veleia, la actual Iruña, cuya ampliación y posterior desarrollo en época medieval daría origen a Vitoria (Gazteiz), capital alavesa.
Pese a ello, la crisis
generalizada del Imperio Romano durante los siglos III y IV
contribuyó a debilitar los lazos que la ciudad del Tíber había
impuesto en el País Vasco. La descomposición del fisco imperial, los
nuevos impuestos (como la anona) y la paulatina descomposición del
sistema de producción esclavista condujo a un recrudecimiento de las
revueltas sociales, revueltas que tuvieron en toda la Europa latina,
como principales protagonistas, precisamente a aquellos territorios
con un menor grado de romanización: el sur de la Galia, la península
de Armórica y, cómo no, el País Vasco. Ello ha hecho pensar a varios
investigadores (como el profesor Mañaricúa, entre otros) que de
manera paralela a la descomposición de las estructuras imperiales,
se dio la coincidencia temporal de un cierto fenómeno de unión de
las antiguas gens tribales dislocadas merced a la imposición romana.
Efectivamente, la gens vascona (que se había extendido también por
Navarra) comenzó a ser nombrada como única existente en el norte
peninsular por los cronistas romanos; a pesar de que puede tratarse
de una mera simplificación nominal, lo cierto fue que várdulos y
carintios desaparecieron de, cuanto menos, la documentación. Las
revueltas sociales, formadas por esclavos huidos y por rufianes,
pero también por agricultores arruinados y elementos autóctonos
hostiles al imperio, recibieron el nombre de Bagaudas. Este
movimiento, ampliamente documentado entre los siglos IV y V, causó
verdaderos quebraderos de cabeza a la organización militar romana,
que tuvo incluso que aumentar sus tropas de limitanei (ejércitos
fijos) en sus fronteras vasconas, fortificando el enclave de Veleia.
Sin embargo, las tropas imperiales fueron insuficientes para detener
a suevos, vándalos y alanos en su incursión por la península, lo que
provocó la llegada de los visigodos.
Como se ha mencionado
anteriormente, la llegada de los pueblos germánicos a la península
ibérica tuvo lugar a partir del año 409, y fue precisamente el País
Vasco, esto es, el antiguo territorio de los vascones, uno de los
primeros afectados por el suceso puesto que el paso pirenaico de
Roncesvalles fue el más utilizado por los invasores. Como quiera que
las tropas limitanei del Imperio se revelaron como insuficientes
para parar la amenaza, en el año 418 y mediante un tratado (foedus)
militar con Roma, otro pueblo germánico, los visigodos, llegó a la
península como aliado del Imperio para estabilizar Hispania. Pese a penetrar en la península por el norte, los visigodos, una vez asentados en Hispania, prefirieron extender su población por las comarcas del sur; las noticias sobre los habitantes de País Vasco en época visigoda son muy pobres, por lo que es lógico suponer que el reforzamiento de las gens anteriormente mencionado, así como el debilitamiento de las estructuras romanas, contribuyeron decisivamente al aislamiento de sus pobladores en relación con otros destacados acontecimientos peninsulares de la época. Sin embargo, ello no detuvo la evolución social que, al igual que el resto de Europa, una vez desaparecidas las nociones amplias de poder romanas y ayudado por la ruralización de la zona, también pasó a desarrollar los vínculos de dependencia personal como elemento de articulación social. Fueron los profesores Abilio Barbero y Marcelo Vigil los primeros en señalar que el elemento vasco aportó cierta dosis de germanismo a unas costumbres, las visigodas, que aunque a la sazón de origen germánico, fueron un pueblo muy romanizado. Dicha tesis conlleva, indefectiblemente, hablar de una mayor movilidad de los habitantes del País Vasco en esta época; no se trata de que existiera un movimiento migratorio de grandes proporciones, pero sí de ciertos factores que se conjuntaron para dar lugar a la dispersión. El primero de ellos fue que, en las crónicas contemporáneas, a partir del siglo V existió una cierto fenómeno de homonimia con los términos "vascón" y "bagauda"; es decir, ambas palabras designaban, además de las hordas de salteadores, a todos los que habitaban más al norte de Álava. Por otra parte, en la Historia Compostelana se narran varios saqueos de los piratas normandos a las ciudades de las costas norteñas, posiblemente también a las costas vascas. Influidos por uno u otro motivo (o, incluso, por los dos), parece que en ausencia de un poder estable al sur del País Vasco, los vascones abandonaron las montañas para establecerse en las ricas llanuras alavesas o más allá de ellas.
Durante el siglo VI la
situación dio un vuelco radical, especialmente por las campañas de
control territorial llevadas a cabo por el monarca visigodo
Leovigildo. El interés por las zonas del norte fue muy amplio,
debido a factores económicos (la rica comarca alavesa) pero también
debido a la proverbial fiereza y valía militar de los guerreros
vascones, que siempre tuvieron en jaque a las tropas visigodas. En
el año 581 se produjo la victoria de los visigodos en Álava,
derrotando a los vascones, quienes fueron obligados a retroceder de
nuevo a los territorios más septentrionales. Acto seguido,
Leovigildo fundó la ciudad de Victoriaco, justo en el antiguo
emplazamiento de la Veleia romana, estableciendo de esta manera una
especie de marca fronteriza contra los vascones. Al coincidir el
puesto fronterizo visigodo con el romano, y como quiera que la
existencia de un limes (frontera militar) vascón en tiempos
imperiales está parcialmente documentado por textos romanos (la
Notitia Dignitatum), muchos historiadores han pensado en que la
actitud hostil de los vascones contra cualquier poder político fue
tan importante que obligó, tanto a romanos como a visigodos, a
mantener tropas estables en la zona. De manera similar, también se
ha especulado con que después de la derrota contra Leovigildo, los
vascones protagonizaron frecuentes incursiones en territorio
carolingio, lo que obligó a estos a crear el legendario Ducado de
Vasconia como marca fronteriza, semejante a otras marcas (como la
Sajona o la Wenda) dispuestas por los francos para defender sus
dominios territoriales. Ambas cuestiones, aunque verosímiles, chocan
con la escasez documental para su correcta verificación
historiográfica, aunque los visos de realidad muestran la
belicosidad de los habitantes del País Vasco contra visigodos y
contra francos: "la inestabilidad proverbial del período ha pasado a
la historia a través de las crónicas de la época sobre los distintos
reyes visigodos de quienes se afirmaba una y otra vez: perdomuit
feroces vascones". (García de Cortázar et al., Historia del País
Vasco, p. 41). Si la invasión islámica de Tarifa llegó a oídos del rey visigodo Rodrigo cuando éste se encontraba combatiendo en el norte (contra los vascones en Pamplona), muy poco tiempo más tarde los nuevos dominadores de la península iban a encontrarse en su misma situación. La llegada del Islam tuvo lugar tan sólo cuatro años más tarde, y se puede afirmar que su control de la situación llegó con la conquista de Pamplona (718); los musulmanes, como anteriormente romanos y visigodos, no mostraron apenas interés en dominar las tierras vascas salvo, precisamente, en los primeros años, cuando utilizaron los pasos fronterizos del País Vasco para acceder al reino franco. Una vez derrotados por Carlos Martel en Poitiers (733), únicamente la zona alavesa de contacto con La Rioja interesó a los poderes islámicos, por lo que muy posiblemente controlaran la zona desde Veleia-Victoriaco como sus antecesores. Aunque
es arriesgado suponerlo, debido a la mentada escasez documental,
probablemente la expansión vasca hacia el sur continuase aún con la
presencia musulmana en la península. En primer lugar, hay que tener
en cuenta que la precoz formación del reino de Navarra como
alternativa de poder norteño frente al Islam posibilitó la
existencia de posiciones defensivas autóctonas hacia el sur y hacia
el este del valle del Ebro, lo que dejaba a los vascos vía libre
hacia la meseta norte (salvo el peligro de las razzias musulmanas,
sobre todo durante la vida de Almanzor). De igual manera, en
diferentes crónicas castellanas y musulmanas, el embrión del futuro
condado de Castilla era conocido con el nombre de "Vardulia", es
decir, territorio poblado por los várdulos, una de las tribus que,
junto a carintios, autrigones y vascones, describía Estrabón como
habitantes del País Vasco en el siglo I a.C. El fenómeno de
colonización y repoblación de tierras que había comenzado en el
siglo V pudo continuarse tres centurias más tarde, pues tanto las
garantías militares de los colonizadores como la ausencia de tropas
islámicas estables favorecían la expansión. En cualquier caso, las
hipótesis que manejan los historiadores son tan diversas que siempre
hay que optar por la prudencia al respecto de afirmaciones tajantes. En la Crónica de Alfonso III (siglo IX) aparecieron por primera vez los nombres de algunas de las actuales provincias vascas, como Álava y Vizcaya, lo que significó un hito importante en la historia del País Vasco: "por primera vez se puede hablar de una sociedad vasca en formación bajo los mismos condicionamientos y con una fuerte tendencia a superar las barreras tradicionales y el aislamiento secular, presentes hasta entonces". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 49). La antigua división geofísica entre norte y sur del País Vasco fue superada, entre otros motivos, porque la evolución de los diferentes vínculos de fidelidad personal inherentes al feudalismo acabó por delimitar en la misma dirección la evolución de los distintos territorios. La problemática del feudalismo vasco está en la misma línea que la supuesta existencia de un feudalismo hispánico. Dejando de lado las diferentes apreciaciones teóricas del término, lo cierto fue que la ruralización vasca fomentó la existencia de dichos vínculos a pesar de que fenómenos como la encomendatio o el patrocinium de origen romanos fueron muy poco conocidos; sin embargo, el componente germánico del comitatus, aunque difícil de demostrar, sí se puede adivinar en una sociedad guerrera y militar como lo era la vascona. El traslado de estos lazos militares al campo socioeconómico, así como la prácticamente nula existencia de una economía esclavista, caminaron paralelos para que, entre los siglos IX y XI, País Vasco presentase un modelo social y una organización económica afines al resto de territorios europeos: señores (llamados en las fuentes barones o potestates) convivían con los vasallos (casatos, collazos o mezquinos) y basaban su poder (ban) en la coacción señorial.
Así pues, las primeras noticias constatadas del territorio alavés se
remontan al siglo IX, cuando Álava era un condado con cierto nivel
autónomo tutelado por la monarquía asturleonesa. Posteriormente, el
condado se convirtió en uno de los territorios más disputados entre
el reino de Navarra y la emergente potencia castellana: durante la
hegemonía navarra (hasta 1076, aproximadamente), Álava estuvo bajo
la órbita de este reino, aunque durante todo los siglos XI y XII las
luchas entre ambos contendientes fueron múltiples; finalmente, en el
año 1199 el rey castellano Alfonso VIII conquistó Vitoria y, ante la
ausencia de respuesta navarra, Álava fue incorporada a la corona de
Castilla. Sin embargo, la jurisdicción monárquica en territorio
alavés no era del todo efectiva, pues, desde aproximadamente el
siglo XI, los señores feudales del norte se habían unido formando la
famosa Cofradía de Arriaga, organismo mediante el cual se postergaba
la jurisdicción del rey únicamente a las villas: extensos
territorios señoriales de Álava continuaron siendo gobernados por
los señores hasta la desaparición de la Cofradía (1332). El caso
guipuzcoano fue prácticamente similar: la monarquía navarra tuteló
la provincia, cuyos señoríos más importantes estaban en manos de un
poderoso linaje nobiliario, la Casa de Guevara. Un año más tarde que
Álava, esto es, en el 1200, el propio Alfonso VIII de Castilla
conquistó Guipúzcoa, que desde entonces se mantuvo unida a la corona
castellana aunque con una característica esencial: los guipuzcoanos
aceptaron la soberanía de Castilla siempre y cuando se respetasen
sus propias costumbres y sus leyes forales. Por lo que respecta al
señorío de Vizcaya, se trata sin duda de una evolución bastante más
compleja, puesto que sus límites históricos no se fijaron hasta bien
entrado el siglo XIV. Al igual que en el caso de Guipúzcoa, se
trataba de un extenso territorio configurado como un señorío en el
que un nuevo linaje, los Haro, eran sus titulares, si bien las
Encartaciones y la zona de Durango (el famoso Duranguesado) no
formaban parte de él. La oscilación entre coronas tuvo, en el caso
vizcaíno, a la monarquía navarra y a la asturleonesa como
competidoras, aunque en el año 1076 fue incorporada al incipiente
reino castellano-leonés. A partir de este momento, las disputas
entre los Haro y los Guevara por hacerse con su titularidad fueron
tan enconadas que, en el año 1385, el rey castellano Juan I optó por
incorporarla a la corona, nombrando a un representante de la casa de
Haro como titular totalmente ficticio. Desde el siglo XIII, el
objetivo de los señores vizcaínos fue la unión con el Duranguesado y
las Encartaciones, territorios cercanos que, una vez lograda la
fusión en 1396, configurarían los límites históricos de la provincia
de Vizcaya. Al igual que el resto de territorios peninsulares, el País Vasco vivió durante la época medieval un fenómeno de repoblación que tenía como objetivo principal el poner en funcionamiento territorios yermos y despoblados para convertirlos en explotaciones agrarias. El sur vasco, con mayor potencial demográfico y agrícola, además de permanecer un tanto ajeno a la amenaza islámica desde principios del siglo X, fue el principal protagonista de esta repoblación, ayudado tanto por la población del norte que abandonó las montañas para colonizar el llano, por la llegada de importantes contingentes de hispanogodos en busca de territorios tranquilos. Álava y las Encartaciones vizcaínas fueron ampliamente repobladas durante los siglos IX y X, pero también la Alta Rioja y el norte de la actual provincia de Burgos. El Fuero de los Labradores de Durango (1150) supone una de las primeras muestras de repoblación en el País Vasco. El proceso de expansión iniciado en estos siglos hizo que durante la Plena Edad Media (XII-XIII), el País Vasco viviera una época de auge económico, especialmente por los excedentes agrícolas dedicados al cultivo de la vid, árboles frutales y cereales; la explotación de los bosques y los espacios baldíos desempeñó un importantísimo papel en la economía vasca, así como las pequeñas manufacturas y la artesanía local, sin olvidar la riqueza ganadera de las zonas más septentrionales. Sin embargo, durante la Edad Media ya comenzó el País Vasco a mostrar una de sus realidades económicas más características: la explotación minera. A partir del siglo XIII la famosa mena de Somorrostro (Vizcaya) suministraba gran cantidad de hierro para que las ferrerías de vizcaínas y guipuzcoanas fabricasen todo tipo de objetos con destino al mercado nacional (sobre todo a Andalucía) o internacional (Flandes, Inglaterra, Francia...); la profusión de ferrerías (Oyarzun, Markina y la citada Somorrostro) hizo esencial una promulgación de los estatutos jurídicos y económicos de esta industria: el famoso Fuero de las Ferrerías (1440), aunque diferentes ordenamientos forales similares ya fueron emitidos desde el siglo XIII. Paralelo al proceso de repoblación fue el proceso de urbanización del País Vasco, uno de los fenómenos más interesantes para todo investigador del período medieval en el ámbito vasco. Desde el ya citado Fuero durangués de 1150, la profusión de estos instrumentos de repoblación y otros similares (Cartas de Población) contribuyó a la explosión urbana, pues en ellas se daban las condiciones socio-jurídicas básicas para la tenencia del suelo y para la organización de los asentamientos de población. Las villas creadas mediante fueros se distinguieron así de los territorios señoriales regidos por la jurisdicción de un noble o terrateniente, por lo que el crecimiento de las ciudades caminó de forma paralela al recorte de la coacción señorial, uno de los factores de fricción en el turbulento País Vasco de la Baja Edad Media. Pero sin duda lo más destacado de la urbanización del País Vasco lo constituyeron las poblaciones costeras. Gracias a su situación geográfica y también al crecimiento económico citado, los puertos vascos se constituyeron como esenciales para dar salida a los excedentes comerciales no sólo de la región, sino también de la economía castellana, sobre todo la lana merina. Desde el siglo XII existían reguladas pequeñas cofradías de pescadores y transportistas que permitieron un extraordinario intercambio con productos de toda Europa, acabando así con gran parte del tradicional aislamiento vasco. A finales del siglo XIII, el fenómeno de la costa era tan importante que los principales puertos del País Vasco, Bermeo, San Sebastián (Donosti) y Fuenterrabía se coligaron con sus semejantes cántabros (Castro-Urdiales, Laredo y Santander) para formar la Hermandad de las Marismas y defender sus intereses. Sin embargo, la fundación de Bilbao (1300), una ciudad portuaria creada casi ex profeso para las rutas comerciales del norte, absorbió gran parte de las antiguas prerrogativas de la Hermandad, convirtiendo a la capital vizcaína en el enclave más importante, desde la perspectiva económica, del País Vasco medieval. La crisis de la Baja Edad Media: tensiones sociales y religiosas Como en el resto de Europa, la Baja Edad Media fue una época de crisis de las estructuras feudales también en el País Vasco. Aunque no se tienen muchos datos concretos, parece que la epidemia de Peste Negra que asoló el Viejo Continente desde 1348 no fue tan perniciosa en el País Vasco como, por ejemplo, sí lo fue con sus vecinos navarros. Pudo ser éste uno de los motivos que condujeron a grandes contingentes de población vasca a repoblar Andalucía durante el siglo XIV, pero no el único. Efectivamente, la formación de villas y ciudades con sus propios fueros "entró en contradicción con los intereses señoriales de los que la prerrogativa de fundación les aislaba jurídica y económicamente". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 58). Hay que recordar que, en principio, la iniciativa de fundación de ciudades correspondía bien a la monarquía bien a los señores feudales, principalmente el Señor de Vizcaya; pero el desarrollo de un fuerte poder urbano acabó enfrentando a unos con otros. En este sentido, José Ángel García de Cortázar distingue una fuerte distinción entre las fundaciones de ciudades antes y después de 1338: en los primeros años, las fundaciones urbanas corresponderían a un propósito de reordenación territorial; con posterioridad, las ciudades tuvieron como característica esencial ser amuralladas, lo que les pone en relación con las famosas luchas de bandos nobiliarios que asolaron toda la península durante los siglos XIV y XV. A pesar de que, en un primer momento, los poderes urbanos vieron confirmadas sus prerrogativas tras la concesión del Fuero Viejo de Vizcaya (1452), la reacción señorial acabó enfrentando a dos bandos nobiliarios por el control de los espacios económicos vascos: el famoso conflicto entre oñacinos y gamboinos. El linaje guipuzcoano de los Gamboa-Lasso (gamboinos) se enfrentó a otro linaje, los Lazcano (oñacinos), por detentar el poder en la región, a la vez que los Abendaño-Salazar y los Butrón o los Mújica representaron las mismas facciones en Vizcaya. La violencia alcanzada en el conflicto fue tal que la mayoría de villas (Mondragón, Zumaya, Larrabezúa, Munguía o Rigoitia, las más afectadas), pasaron a organizar sus propias tropas: las Hermandades, que ya contaban con el precedente de las de Orduña y Balmaseda, fundadas en 1315 gracias al auspicio regio. Las cabezas regentes de los linajes, los Parientes Mayores, fueron los principales acusados de malfetrías por los damnificados de las guerras, aunque éstas continuaron hasta el final del reinado de Enrique IV de Castilla (1474), quien desterró a los Parientes Mayores y puso en el País Vasco el orden apelado por las ciudades, que se volvieron, a la sazón, muy poderosas. Estos conflictos sociales de la Baja Edad Media fueron muy violentos en toda Europa, hermanando la crisis medieval del País Vasco con el resto del Viejo Continente. Además de las querellas de bandos, otro fenómeno importante fue motivo de violentas disputas en el País Vasco bajomedieval: la herejía. El pronto arraigo de la sede arzobispal de Pamplona, en la vecina Navarra, contribuyó a que la extensión del cristianismo por el País Vasco fuese muy grande, pese a que era el enclave riojano de Calahorra el más solícito a la procuración de efectivos eclesiásticos para País Vasco. Sin embargo, entre 1425 y 1449, una serie de encendidas predicaciones efectuadas por un religioso franciscano durangués, fray Alonso de Mella, provocaron unas acusaciones de herejía por parte de las autoridades castellanas, lo que motivó la llegada de inquisidores y corregidores para volver a la normalidad. El brote herético, conocido con el nombre de Herejes de Durango, ha sido defendido por muchos como una vuelta al tradicional y ancestral paganismo vasco; antes al contrario, las predicaciones presentaron muchos puntos en común con ciertas asociaciones pías exitosas en Europa, como la Hermandad del Libre Espíritu, por lo que la comunicación comercial de los puertos vascos con Europa motivó la llegada de influencias espirituales que prendieron en la fe de los cristianos del País Vasco. La fundación de la Compañía de Jesús (1534) por un religioso azpeitiarra, San Ignacio de Loyola, fue quizá la culminación de la extensión cristiana, siempre con sus particularidades, en el norte peninsular. Edad Moderna Con la unión dinástica efectuada entre los Reyes Católicos (1474-1479), la península ibérica no experimentó grandes cambios en lo concerniente a su estructura administrativa, si bien el poder regio acabó por imponerse a la dispersión feudal, lo que también en el caso del País Vasco, significó el fin de las luchas de bandos que habían asolado el territorio durante los siglos XIV y XV. A pesar de que los niveles de producción y los índices demográficos habían sufrido una caída desde la epidemia de peste, lo cierto fue que País Vasco, demográficamente, se encontraba en una posición relativamente buena con respecto a sus vecinos peninsulares: entre mediados del XV y principios del XVI, Vizcaya contaba con unos 65.000 habitantes y con una densidad de casi 30 personas por km2 (superior casi en diez a la media peninsular); Guipúzcoa y Álava contaban con cifras similares (de 62.000 a 74.000), y aunque el predominio rural seguía siendo sobresaliente (63% de la población vivía en el campo), de entre todos los enclaves urbanos sobresalía Bilbao, con una cifra que sobrepasaba los 5.000 habitantes, muy alta para las ciudades peninsulares de la época. (Datos en Historia del País Vasco, op. cit., p. 52).
La tarea principal de los
Reyes Católicos en el País Vasco fue la de conjugar las incipientes
bases de un Estado moderno con la multitud de normas jurídicas
existentes: la foralidad. En este sentido, las provincias vascas
mantuvieron sus fueros y costumbres por encima del poder regio,
aunque compartiendo la soberanía: la Edad Moderna en el País Vasco
significó el triunfo de la foralidad. Este sistema tenía sus
ventajas y sus inconvenientes: entre las primeras se puede citar el
que prácticamente era la única solución viable debido a la
yuxtaposición de diferentes esquemas territoriales y
jurisdiccionales (señoríos, villas, realengos, ciudades) y que ayudó
a conservar las tradiciones normativas de los distintos territorios;
por contra, los órganos forales siempre representaron los intereses
más conservadores y, en especial, los del campo, frente al empuje de
las ciudades, lo cual en algunos momentos significó que ciertas
estrategias de desarrollo económico fueran echadas abajo por ser
lesivas a los intereses agrícolas, algo que, en un mundo nuevo como
el de los siglos XVI, XVII y XVIII, quizá fue perjudicial para la
evolución económica del País Vasco. Dentro del marco legislativo para País Vasco, las Juntas Generales (una por cada provincia) fueron la institución creada en la Edad Moderna como órgano de representación territorial. Cada villa, señorío o ciudad contaba con un representante en la Junta denominado Juntero. Este dato fue una de las principales quejas de los poderes urbanos amplios como, por ejemplo, el caso de Bilbao, que contaba con un sólo juntero en la Junta General de Vizcaya a pesar de aglutinar en su jurisdicción al 10% del total de habitantes de la provincia. Debido a ello, y como forma de paliar esta descompensación, las grandes ciudades (que representaban al estamento burgués) procuraron un acercamiento a la monarquía, cuyo consenso dio lugar a varias renovaciones forales. En el caso de Bilbao, dichas mejoras estaban incluidas en el Fuero Nuevo de Vizcaya, aprobado en 1526 y que sustituyó al anterior de 1452, al igual que sucedía en los derechos forales guipuzcoanos; en el caso de Álava, la plena conformación de su identidad foral y su equiparación con sus vecinos no llegó hasta la Real Cédula de 1703, pero de facto también se llegaba al mismo compromiso. Las dos premisas básicas sobre las que actuó la foralidad fueron siempre dos: la obligación de cualquier titular de un señorío (lo que, al menos de iure, también incluía al rey) de jurar los Fueros del País Vasco como previo paso al reconocimiento de su cargo, y, en segundo lugar, la plena identificación de las autoridades forales con la legislación real emitida sobre el territorio, el llamado pase foral. A pesar de la difícil idiosincrasia de esta soberanía compartida, no hubo demasiados conflictos entre el poder central y el foral, pues el compromiso tácito siempre se mantuvo. Pese a ello, es totalmente significativa la opinión de Fernando García de Cortázar sobre el tema: "dos disposiciones eran otros tantos emblemas de estas limitaciones". (Historia del País Vasco, p. 70). Pero las ventajas, al menos en aquellos momentos, parecían sustanciales con respecto a los sucesos cotidianos de Europa: no hay que olvidar que el Fuero Nuevo de Vizcaya proclamaba la hidalguía universal de sus habitantes, lo que les eximía del pago de impuestos entre otras prerrogativas y privilegios. A pesar de que todos los factores propiciaban un crecimiento económico vasco durante la Edad Moderna, la decimosexta centuria comenzó a mostrar los primeros síntomas de una crisis que estallaría con toda su crudeza en el siglo siguiente. En primer lugar hay que citar que los puertos costeros, aunque mantuvieron su nivel de producción, pagaron el nuevo giro hacia el Atlántico dado por las manufacturas castellanas a raíz del Descubrimiento de América (1492): incluso muchos de los mejores marineros del norte abandonaron, durante los siglos XVI y XVII, el comercio mercante para marcharse hacia el Nuevo Continente, como Juan Sebastián Elcano, Luis de Arriaga, Juan de Zumágarra, Domingo de Arala, Legazpi y Urdaneta. Por otra parte, el estancamiento del sector agrícola vasco fue en aumento, pues en una Europa que, pese a las dificultades, las comunicaciones mercantiles iniciadas en la Edad Media se encontraban en pleno apogeo, la unidad básica de explotación agraria en el País Vasco seguía siendo el caserío, es decir, el paroxismo de la economía de autosuficiencia en la que, rara vez, siempre con déficit de producción, el casero se acercaba al pequeño mercado para comprar o vender productos, lo que obligó al campesinado vasco a buscar ingresos alternativos (minería, servicios artesanales o trabajo en ferrerías) para asegurar su manutención. Es posible que la política de las Juntas Generales, siempre susceptibles de fustigar las novedades, influyera en el mantenimiento de las explotaciones sin ninguna evolución, lo que llevó al estancamiento de la economía vasca. Si la crisis no fue general se debió a que la hegemonía del puerto de Bilbao absorbió todo el comercio de la península con Europa, especialmente tras la formación del Consulado en 1511; los marineros del País Vasco se convirtieron en transportistas por todo el continente, revitalizando una economía que aún habría de sufrir tiempos peores y cuyos primeros síntomas llegaron en 1575 (prohibición de comercio con los ingleses) y en 1598 (idéntica prohibición con las Provincias Unidas): los intereses de la guerra primaron sobre los económicos para la ruina de España, en general, y del País Vasco, en particular. Otro de los sectores pujantes en la economía del siglo XVI fueron las ferrerías, que sufrieron importantes mejoras con respecto a la Edad Media: la principal fue la utilización de energía hidráulica para su funcionamiento, en lugar del carbón vegetal. Piénsese, por ejemplo, que las guerras mantenidas por Carlos I y por Felipe II en todo el mundo, mejor dicho, las armas, las balas y los cañones de esas guerras, exigían una producción de metal que ocupaba casi al 30% de la población en el trabajo del hierro. Sin embargo, la aparición a mediados del siglo XVI del hierro sueco, más barato y más resistente, produjo una caída de la producción de las ferrerías fatal para los intereses económicos del País Vasco, de la que no se recuperarían hasta la renovación industrial del siglo XIX. El difícil siglo XVII A los indicios de crisis estructural aludidos en el apartado anterior se les unió, entre 1598 y 1602, un factor coyuntural terriblemente demoledor para País Vasco, a nivel social y económico: primero Álava y, posteriormente, Vizcaya y Guipúzcoa sufrieron la pertinaz presencia de una epidemia de peste bubónica que, procedente de Europa, a través de los puertos costeros penetró en todo el territorio devastando sus escasos recursos. Los índices de población y de producción económica retrocedieron prácticamente hasta los niveles del siglo XV. A todo ello hay que unir que la inestabilidad política de Europa, enfrentada en miles de guerras, cercenó las posibilidades vascas, puesto que la piratería, el retroceso de la producción del hierro y, no conviene olvidarlo, el enorme número de buques bilbaínos hundidos frente a Inglaterra en el famoso desastre de la Armada Invencible (1588), coadyuvaron a que el País Vasco padeciera una severísima crisis social y económica durante el primer tercio del siglo XVII. A grandes problemas, grandes remedios: al menos en el sector agrícola, las hambrunas y escaseces diversas propiciaron un cambio en las estructuras de explotación, entre los que sobresalió la adopción de un cultivo de origen americano, el maíz, al que las particularidades geoclimáticas vascas hicieron tener un éxito superior al cereal para poner fin al hambre de sus habitantes.
Por otra parte, la
decadencia del comercio con Europa anunciada en la anterior centuria
fue sufrida en mucho mayor medida por el otro consulado hispano, el
de Burgos; en este caso, la mayoría de representantes comerciales
optaron por cambiar su residencia a Bilbao, lo que, teniendo en
cuenta que se trataba de gentes con alto poder adquisitivo,
revitalizó un tanto la economía vizcaína. Pensando sin duda en
tiempos mejores, los mercaderes bilbaínos lograron una prebenda
extraordinaria, como fue la reforma de las Ordenanzas Municipales de
1699, mediante la cual se aseguraban el monopolio de contratas
marineras para todo el comercio que, desde España, se llevara a cabo
con Europa.
El denominado Siglo de las
Luces comenzó en toda Europa con un espíritu renovador y reformista.
Particularmente notorio fue el caso hispano, pues tras la Guerra de
Sucesión Española (1701-1714), la dinastía reformista por excelencia,
la borbónica, se sentó en el trono de Madrid, acontecimiento
personificado por Felipe V. Tanto durante la Guerra de Sucesión como
en los acontecimientos posteriores: "el País Vasco, y en especial
los sectores comerciales y burgueses, supieron escoger el bando
adecuado". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p.
81). En efecto, soldados, dinero y producción de hierro vasco para
las armas borbónicas fueron los medios que País Vasco escogió para
apoyar la causa borbónica; pero, al mismo tiempo, el vacío de poder
durante catorce años fue aprovechado unilateralmente para reanudar
los contactos comerciales con naciones, al menos teóricamente,
enemigas, como Flandes e Inglaterra. La primera prerrogativa
borbónica para País Vasco fue la anteriormente citada Real Cédula
(1703) para unificar el pase foral también a la Junta General de
Álava, pero la gran reestructuración estatal acontecida entre 1716 y
1717, los conocidos Decretos de Nueva Planta borbónicos, también
fueron beneficiosos para el pueblo vasco, pues le fueron
transferidos los derechos de aduanas a las ciudades costeras, entre
las que Bilbao volvió a erigirse en cabeza visible. Es obligado
destacar que, al igual que el resto de monarquías europeas, la
corona borbónica hispana fue poco a poco recortando los privilegios
forales de los antiguos reinos medievales españoles, salvo los
Fueros del País Vasco. Las relaciones mercantiles salieron
especialmente beneficiadas de este acontecimiento, pues a la
fundación de la Compañía Guipuzcoana de Caracas (1728), en San
Sebastián (Donosti), con todo el monopolio del comercio de España
con Venezuela, se le unieron varias obras para mejorar la
infraestructura de comunicación entre País Vasco y el resto de la
península: nuevos caminos entre Irún y Vitoria, Vitoria y Logroño,
Vitoria y Bilbao (en el caso alavés), el famoso camino de Orduña (iniciado
en 1764, para comunicar Vizcaya con la meseta norte) o el camino de
Léniz (para unir Guipúzcoa con Vitoria e Irún) fueron las muestras
más destacadas. La
sociedad vasca en el siglo XVIII dio, como el resto de países
europeos, el paso decisivo para pasar de los férreos estamentos a la
sociedad de clases preponderante en el mundo contemporáneo. El grupo
superior, el de los jauntxos, evolucionó rápidamente para
convertirse en una oligarquía dirigente inversora en bienes de
producción, aunque manteniendo su status de propietarios hacendados.
El resto de jauntxos, convertidos en rentistas y cuyas únicas
inversiones se centraban en Deuda Pública y diversos juros de
heredad, estaba condenada a la desaparición con el auge industrial.
La lucha entre los jauntxos que no siguieron las pautas de, por
ejemplo, personajes como Munibe, se centró en el recorte de los
diezmos y otras percepciones eclesiásticas al alto clero del País
Vasco, lo que acabó enfrentándoles crudamente, además de torpedear
la influencia de las altas instancias religiosas vascas con la
población urbana, como se verá posteriormente en el seno de las
guerras carlistas. El campesinado, bien asentado en sus caseríos, no
conoció gran evolución en su situación social con respecto a siglos
anteriores, si bien hay que hacer notar cierto auge de una pequeña
economía de intercambio comercial que, a nivel rural y muy
rudimentario, fomentó la comercialización de excedentes y, dato
importante, cohesionó las vivencias cotidianas de este grupo social
en las tres provincias vascas. Pero, sin duda ninguna, la clase
preponderante de este período fue la burguesía urbana, enriquecida
gracias a las prerrogativas forales y a los diferentes decretos
legislativos emanados del gobierno borbón. Los privilegios forales,
defendidos por los jauntxos, sufrieron una modificación por mor de
la coacción económica de la alta burguesía vasca, que se había hecho
con el poder en las ciudades y que, merced a su privilegiada
situación económica, no dudó un ápice en detentar por los medios que
fuesen el poder foral.
Toda esta situación de
tensa calma social explotó con fuerza en varios momentos mediante
diferentes levantamientos populares, conocidos como matxinadas. La
primera tuvo lugar en Vizcaya a principios de siglo, entre los años
1716 y 1718. Mientras que los jauntxos habían aceptado el intento de
traslado de aduanas, junto a otras disposiciones borbónicas, como el
establecimiento en Bilbao de una Factoría Real del Tabaco (1714)
para controlar la venta de este producto (cada vez con más demanda);
al cambiar el régimen fiscal, comerciantes, artesanos y poderes
urbanos se conjuraron para acabar con ello: en agosto de 1718 un
recaudador de impuestos falleció a consecuencia de los amotinados en
Bilbao, mientras que fueron quemados las naves que trasladaban el
dinero de las aduanas, anclados en Bermeo y en Algorta. Las
instituciones del Señorío de Vizcaya se vieron incapaces de
controlar la rebelión, que en pocos días se extendió a Deusto,
Arrigorriaga, Begoña y Gernika hasta alcanzar Bilbao, donde tuvieron
lugar violentos enfrentamientos entre los jauntxos defensores del
traslado de aduanas, y el resto de población. Varias casas
nobiliarias fueron quemadas y saqueadas, así como varios jauntxos
asesinados, lo que motivó la intervención de las tropas reales en
noviembre del mismo año. Aunque muchos fueron encarcelados,
finalmente la matxinada de 1718 logró la devolución de las aduanas.
Mucho más importante fue la revuelta guipuzcoana de 1766, pues
coincidió con el famoso Motín de Esquilache (marzo de 1766) y
conectó las protestas de gran parte de la población de las tres
provincias por un motivo puramente social: la subida del precio del
pan que, veintitrés años más tarde en Francia, fue uno de los
primigenios factores revolucionarios. La cosecha cerealística de
1765 fue, en general, muy mala para toda la península, pero el
problema era mucho más destacado en aquellas regiones deficitarias
de trigo como las vascas. Como quiera que muchos campesinos aún
pagaban tasas señoriales en especie, los jauntxos acapararon buena
parte de las reservas de trigo y, mediante coacción, suprimieron el
precio de venta oficial para subirlo hasta límites insospechados. En
Azkoitia, un grupo de artesanos y campesinos inició la matxinada al
volcar varios carros de grano que eran enviados a los mercados
europeos (pagaban más), y rápidamente, siguiendo la comarca del
valle de Deba, la protesta llegó hasta San Sebastián; los más
violentos enfrentamientos se produjeron en Hernani, Eibar, Mondragón,
Beasaín y Azpeitia, que fueron duramente reprimidos por la milicia
donostiarra (armada y entrenada por los comerciantes de grano
guipuzcoanos). Pese al encarcelamiento y prisión de multitud de
vascos, finalmente las Juntas Generales ordenaron la vuelta a la
tasa oficial del pan, aparte de diseñar toda una serie de medidas
para evitar el fraude en pesaje y mediciones de la cosechas. Las
matxinadas vascas hermanaron a País Vasco con otros movimientos de
protesta social que acontecieron no sólo en la península, sino
también en toda Europa.
El acontecimiento que, de
manera un tanto obtusa, marcó el inicio de la etapa que se denomina
Edad Contemporánea tuvo especial relevancia en el País Vasco, pues
la cercanía hacia Francia fue una variable especialmente
contributiva a la historia vasca del siglo XIX. Por una parte,
mientras que en el resto de la península la influencia
revolucionaria intentó ser desprestigiada todo lo posible, la
corriente ilustrada del País Vasco fue fuertemente influida por los
sucesos allende los Pirineos mediante una actitud que se puede
denominar sin fisuras como francófila. Ello fue cortado de raíz en
1793, puesto que la ejecución del rey francés por los jacobinos hizo
que España, al igual que el resto de potencias extranjeras,
declarara la guerra a la Francia revolucionaria. La llamada Guerra
de la Convención mostró la primera división entre el pueblo vasco:
ante la actitud francófila de la burguesía urbana, los jauntxos y el
resto de partidarios de las tradiciones forales mostraron un
entusiasmo patriótico en la guerra contra la Revolución que, además,
fue arengado desde los púlpitos por los miembros de la Iglesia vasca,
a quienes aterraban los sucesos galos. Sin embargo, a pesar de la
movilización de tropas guipuzcoanas, los ejércitos franceses tomaron
Fuenterrabía y San Sebastián sin apenas esfuerzos entre 1793 y 1794.
Ello provocó la constitución de nuevas Juntas Generales
colaboracionistas que, tras la firma de la paz entre Francia y
España (1795), se enfrentaron violentamente, mostrando bien a las
claras la división sociopolítica anteriormente mencionada. Un nuevo
episodio fue indicativo de ello: la famosa zamacolada, un
enfrentamiento anterior a la invasión napoleónica que tomó su nombre
del jauntxo vizcaíno Simón Bernardo de Zamácola. Éste agrupó a la
oligarquía terrateniente de varios municipios vizcaínos (Dima,
Ochandiano y Ubidea, entre otros) contrarios al extenso poder que
acaparaba para sí el Consulado de Bilbao. El proyecto era el de
cambiar el régimen fiscal y acabar con la prosperidad de la ciudad
del Nervión construyendo un nuevo puerto en Abando, quizá un mejor
emplazamiento natural que el bilbaíno. Al firmar el ministro Godoy
la autorización (31 de diciembre de 1801), la burguesía bilbaína
presente en la Junta General presentó los planes como contraforales,
puesto que, a cambio de la concesión portuaria, Godoy obligó a
Zamácola a aceptar un incremento de las fuerzas de orden público en
la provincia. Enseguida comenzaron los enfrentamientos, pues Begoña,
Abando, Ubidea y otros puntos se amotinaron contra la Junta y
apresaron por la fuerza a las autoridades; pese a ello, la reacción
bilbaína hizo que se revocasen las propuestas de Godoy y Zamácola,
aunque no pudo evitar que esta tirantez entre las villas en general
(y Bilbao en particular) con los jauntxos tradicionalistas fuesen el
caldo de cultivo de los violentos enfrentamientos carlistas en el
País Vasco. La invasión napoleónica de la península (1808) acabó con todas las esperanzas de los ilustrados vascos con respecto a un cambio en las estructuras de gobierno. Los focos republicanos (sobre todo de San Sebastián, Bilbao e Irún) y gran parte de la burguesía colaboracionista comenzó a dar marcha atrás cuando notaron que Napoleón únicamente pretendía esquilmar a España para financiar sus guerras continentales. Además, los sectores tradicionalistas contaron con la inesperada ayuda de las predicaciones de la Iglesia (creando un peligroso precedente) y la del campesinado, alertado por la maquinaria propagandística creada alrededor según la cual detrás de la Francia revolucionaria, de la Ilustración y de las ideologías liberales "estaban en juego la tradición y la religión de los antepasados, la Patria a quien se debía la existencia y el Señor que les había otorgado sus Leyes Viejas, como rezaban algunas proclamas". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 105). A los partidarios liberales sólo les quedaba apoyar toda la legislación que, con el precedente de las Constituciones de Bayona (julio de 1808), desde la constitución gaditana del 19 de marzo de 1812 iniciaban una lucha contra los regímenes señoriales, los privilegios feudales aún existentes en España y, especialmente en el caso del País Vasco, los Fueros. Nada cambió con la restauración borbónica personificada por el regreso al trono de Fernando VII (4 de mayo de 1814), pese a que cierto retroceso del constitucionalismo hizo que unas espontáneas Milicias Nacionales, formadas por las Juntas Generales de Guipúzcoa y Vizcaya, defendiesen los pasos pirenaicos en 1823 de la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, ejércitos enviados por los soberanos absolutistas europeos para ayudar al rey español en sus deseos autoritarios. Las Milicias fueron derrotadas fácilmente, pero el dato de la formación espontánea de una defensa de los ideales constitucionalistas, al menos en las villas, chocaba frontalmente con el entusiasmo jauntxo ante la misma llegada de las tropas europeas: el conflicto carlista daba sus primeros pasos.
La existencia de dos
realidades sociales en el País Vasco fuertemente diferenciadas,
tanto en bases de poder como en perspectivas de futuro, explotó
violentamente a raíz de la muerte de Fernando VII (1833). Gracias a
la supuesta aprobación de una Pragmática Sanción mediante la que se
abolía la Ley Sálica (que impedía reinar a las mujeres), Isabel II,
su hija, fue coronada reina. Inmediatamente, el hermano del finado
monarca, el infante Carlos María Isidro de Borbón , esgrimió sus
derechos al trono, lo cual dejaba en una frágil posición a la
monarquía, en manos de la reina regente, María Cristina de Borbón,
por mor de la minoría de edad de Isabel. El rápido apoyo de los
partidarios carlistas hizo que la regente María Cristina se aliase
con los sectores liberales del ejército, encabezados por el general
Baldomero Espartero, para intentar encontrar una oposición. En País
Vasco las facciones se alinearon rápidamente en uno u otro sentido:
los sectores jauntxos tradicionalistas y la Iglesia reforzaron la
causa carlista como legítima, mientras que la burguesía urbana apoyó
a Isabel por su filiación al liberalismo. Las Juntas Generales, que
en los últimos tiempos habían perdido poder en beneficio de las
Diputaciones provinciales (verdaderas detentadoras de aquel),
pasaron a emitir proclamas carlistas y a hacer del lema "Dios,
Patria y Rey" la causa unificadora de las antiguas prerrogativas
forales vascas. De entre todas las provincias, Álava fue la que
primero se alineó con el infante Carlos, prestándole más de un
tercio de sus ejércitos (reclutados en flagrante contrafuero, por
cierto). A pesar de que el famoso Abrazo de Vergara (31 de agosto de
1839) pareció poner fin al conflicto, las tensiones sociopolíticas
vascas reanudaron la guerra en 1868 y no la finalizaron hasta 1874,
extendiendo un derramamiento de sangre por todo el norte peninsular
que, sin duda, habría de pagarse caro en los años subsiguientes. La derrota militar del carlismo, el establecimiento de un constitucionalismo y la plena adopción de los sistemas liberales tuvieron en el País Vasco un hito culminante para su historia: la abolición de los fueros vascos el 21 de julio de 1876, mediante una ley elaborada minuciosamente por el gobierno presidido por Antonio Cánovas. En realidad, la Ley fue una extensión de la lógica igualitaria inherente a cualquier régimen constitucional y, de hecho, fue bastante menos lesiva de lo que tradicionalmente se la ha hecho ser, puesto que la incorporación jurídica fue paulatina y sin traumas; pero, evidentemente, aumentaba el poder del Estado dentro del País Vasco y suprimía las exenciones fiscales y al servicio militar de sus habitantes, lo que, a la desesperada, unió a todos los diputados norteños en un frente común para que se respetasen los fueros dentro de la legalidad estatal, frente político encabezado por Mateo Moraza. Como opina García de Cortázar, "en el fondo de la unanimidad vasca se escondía la realidad de la pérdida de unas prerrogativas que bien podían modificarse, adecuarse... pero no desaparecer, puesto que de ese modo también los liberales serían castigados con el mismo rigor que los carlistas". (Historia del País Vasco, p. 123). Este postrero esfuerzo de los diputados vascos se vería recompensado por el Decreto de Concierto Económico, aprobado por las Cortes el 28 de febrero de 1878 mediante el cual se regulaba, excepcionalmente dentro del Estado, un régimen fiscal y tributario condescendiente para las provincias del País Vasco.
De manera paralela, desde
las primeras leyes de Mendizábal (1835-36) hasta la de Madoz (1855),
la Desamortización de los bienes del clero y la supresión de los
privilegios señoriales causaron hondo impacto en una sociedad
tradicionalmente agraria como la vasca, pese a lo cual la mayoría de
los terrenos subastados fue a parar a las manos de parte de los
jauntxos. La Reforma Agraria fue, en el País Vasco, un absoluto
fracaso, pues las inversiones de la nueva clase (rentista como la
anterior) fueron nulas, pero el campesinado tuvo que soportar el
retroceso de sus economías al desaparecer, junto a los Fueros, sus
derechos comunales sobre bosques y pastos, además de la
desestructuración de las explotaciones agrarias controladas por la
Iglesia, pese a que el agravio se intentó paliar con la proclamación
de Vitoria como sede episcopal (1862). La emigración de amplios
contingentes de población vasca hacia otros territorios peninsulares
(hacia Madrid, Navarra, Andalucía y Cataluña, principalmente) o,
incluso, hacia Europa y América tuvo en ello uno de sus principales
motivos. Únicamente el creciente fenómeno de la industrialización
fue positivo para el País Vasco, pues contaba con la materia prima
necesaria y con una asentada clase burguesa que sustentara las
inversiones; los primeros proyectos para un ferrocarril Madrid-Irún
fueron tomados en 1856 por la flamante Compañía de los Caminos de
Hierro del Norte de España, que construyó apeaderos en Miranda de
Ebro, Vitoria, Alsasua y Tolosa. Posteriormente, en 1857, la
Compañía del Ferrocarril Tudela-Bilbao uniría ambas localidades con
la línea primigenia, así como otro ramal meseteño hacia Miranda de
Ebro (1862) o el inicio de la línea Casetas-Zaragoza (1863). Por
otra parte, la industria siderúrgica contó con leyes y aranceles
proteccionistas desde 1874, y especialmente tras la formación, en
1894, de la Liga Vizcaína de Productores. En estos años más del 70%
de la producción de hierro y acero español procedía de Vizcaya,
puesto que la unión de las antiguas ferrerías Ibarra-Zubiría y
Villalonga (1882) daría lugar a la creación de los Altos Hornos de
Bilbao. De manera paralela, la acumulación de capital en manos de
los empresarios vascos haría posible el inicio de la manufactura
fabril, especialmente en la producción de carbón vegetal o en la
nueva revitalización de la industria naviera vasca, merced a las
importaciones marítimas de carbón mineral británico para los Altos
Hornos. Por ello, a pesar de que en Guipúzcoa y en Álava los
cultivos agrícolas seguían estando presentes, la siderurgia y la
minería crecían a pasos agigantados; en el caso de Vizcaya, los
analistas han coincidido en denominar a esta etapa como "el
monocultivo del hierro". El siglo XIX significó para País Vasco convertirse en punta de lanza del proceso de industrialización hispano, pero también cierto desarraigo de sus antiguos modos de vida y de sus costumbres. Ambas cuestiones provocaron importantes cambios sociales en la vida cotidiana del País Vasco, aglutinando un pluralismo político que, abierto a las novedades, también encontraban acomodo en él las tradiciones más seculares. Con relación al primero punto, es inevitable hablar de la clase obrera que, al abrigo de siderurgia y fábricas, creció desmesuradamente en el País Vasco durante los siglos XIX y XX. La fundación en 1879 del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) contó con los obreros del País Vasco como uno de sus mejores aliados, lo que significó la presencia efectiva del socialismo desde 1888 y la fundación de la primera sede sindical de UGT (Unión General de Trabajadores) en 1890, a raíz de la violenta huelga del País Vasco, la primera en territorio peninsular. Desde Bilbao el socialismo se extendería hasta San Sebastián (cuyo Centro Obrero contaba con casi mil afiliados en 1901) y Vitoria, de la mano del dirigente socialista más destacado del País Vasco: Tomás Meabe. El órgano de comunicación socialista, La lucha de Clases, fue preparando a los dirigentes de izquierdas más afamados del siglo XX, entre los que hay que destacar a Indalecio Prieto, Raimundo Varela, Julián Zugazagoitia o Luis Araquistáin, todos ellos vascos y pioneros en la defensa del obrero ante el capital.
Íntimamente relacionado
con la segunda idea anunciada, la del desarraigo, el surgimiento de
una identidad nacional vasca contó con un protagonista de excepción:
Sabino Arana. La paulatina conversión del País Vasco, antaño
agrícola, pastoril y campestre, en un espacio fabril e industrial
diametralmente opuesto provocó, sociológicamente, cierta crisis
existencial en muchos de sus habitantes. Desprovistos de sus fueros
y costumbres, empujados a un modo de producción alejadísimo del que
no hacía tanto tiempo tenían y obligados muchos de ellos a la
emigración, los propios habitantes del País Vasco fueron
susceptibles de crear el caldo de cultivo necesario para que las
incendiarias prédicas de Arana prendieran con fuerza.
Paradójicamente, el padre del nacionalismo vasco únicamente estaba
emparentado con dichas costumbres mediante un fervor cristiano
extraordinario, pues descendía de una familia de la burguesía media
de Bilbao (tradicionalmente, el mayor foco de antiforalismo de todo
el País Vasco); el gran mérito de Arana consistió en interpretar
todos los datos del desarraigo vasco (el abandono de las costumbres,
la degradación del euskera y la pérdida de identidad) como el final
de un proceso de destrucción del pueblo vasco del que culpaba a las
entidades nacionales cercanas, España y Francia, pero sobre todo a
la "modernidad, lo que le acercó a posiciones retrógadas en lo
económico y social pidiendo a Dios que hundiera toda la riqueza de
Vizcaya para que fuese pobre y no tuviera más que campos y ganados,
y así serían todos los vascos patriotas y felices". (García de
Cortázar, Historia del País Vasco, p. 142). Evidentemente, la
solución estaba en la independencia no ya del País Vasco actual,
sino de la ancestral Euskal Herria (las tres provincias vascas más
Navarra y el País Vasco-francés). Arana fue el creador de toda la
simbología vasca actual (la ikurriña, bandera del País Vasco, el
himno Gora ta gora) y, en especial, de una publicación donde
escribir su ideología: Bizkaitarra. Durante sus 32 números
publicados las adhesiones fueron constantes hasta formar el primer
partido político nacionalista, el JEL (Jeltzalea Euzko Alderdi, 'Leyes
Viejas y Dios'), base sobre la cual Arana redactó en 1894 su
manifiesto más polémico: Bizkaia por su independencia, lo que le
valió un período en la cárcel por agitador. El proceso de gestación
del nacionalismo vasco quedaría acabado el 31 de julio de 1895,
cuando, sobre la base del JEL, se fundó el Partido Nacionalista
Vasco. En opinión del mayor experto en tales cuestiones, el profesor
Fusi Aizpurúa, "la demanda de alguna forma de autogobierno [...] fue,
desde la entrada del nacionalismo vasco en la vida pública, el
catalizador de la política regional". (Op. cit., p. 62).
Los graves problemas que
afectaban al Estado español desde la Restauración borbónica fueron
degenerando en una crisis estructural que, lamentablemente,
finalizaría de la más triste de las maneras: el enfrentamiento
bélico civil. Cierta visión de los acontecimientos ha propugnado que
las cabezas pensantes de la Restauración (el citado Cánovas, Sagasta
o Dato) no encontraron el relevo adecuado en la generación siguiente
(Primo de Rivera o el propio Alfonso XIII); más allá de las
explicaciones particulares, existen ciertos indicios de crisis en
general que cuentan con la evolución del País Vasco en el período
citado como uno de los ejemplos paradigmáticos. Los puntos más
oscuros del sistema de la Restauración (sobre todo, los
procedimientos electorales) acabaron derivando en el caciquismo y
los privilegios de facto de las oligarquías dirigentes. En País
Vasco este fenómeno fue especialmente visible en la política de
enfrentamientos entre las asociaciones obreras y la patronal. La
enorme inversión y los altos beneficios producidos por las
industrias y fábricas vascas acabó produciendo lo que los
historiadores han definido como nobleza siderúrgica, cuyo mayor auge
se produjo en los años de la Primera Guerra Mundial: gracias a la
neutralidad española en el conflicto, la siderurgia vasca y la
industria naviera conoció un auge espectacular. La lucha entre la
patronal, representada por Ramón de la Sota, y los sindicatos, con
Indalecio Prieto a la cabeza, acabó derivando en un pactismo del que
los diputados vascos en las Cortes saldría beneficiado; el
predominio de la UGT acabaría en 1911, con la fundación del
sindicato nacionalista ELA (Euzko Langileen Alkartasuna, "Solidaridad
de Obreros Vascos"). Pero, al igual que en el resto del territorio
hispano, la división política de las provincias era un hecho: el
fuerismo y el carlismo contaban con Álava y algunos otros enclaves (Azpeitia,
Durango, Vergara...) como focos principales, mientras que las
grandes ciudades (Bilbao, San Sebastián...) eran la reserva de la
ideología liberal. Guerra Civil y franquismo La Guerra Civil (1936-1939) significó, como para el resto del territorio hispano, tanto el hundimiento de las estructuras estatales fabricadas en el siglo XIX como el presagio de la inminente Segunda Guerra Mundial que desangraría a Europa. Las tropas militares conquistaron enseguida Navarra y Álava, donde contaron con más simpatizantes, además de la práctica mayoría de zonas rurales que, bajo la égida del catolicismo más recalcitrante, celebraron la llegada del alzamiento como una auténtica cruzada contra la anarquía. Bilbao y San Sebastián organizaron rápidamente unas Juntas de Defensa, pero la toma de Irún (4 de septiembre de 1936) por los militares aisló la comunicación entre ambas ciudades. Desde el 7 de octubre de 1936 y hasta la caída de Bilbao ante las tropas sublevadas (19 de junio de 1937), José Antonio Aguirre se convirtió en el primer lehendakari autónomo vasco, merced a la aprobación del estatuto de autonomía por el presidente de la República en funciones, Francisco Largo Caballero. La lucha continuó en el País Vasco, especialmente en Bilbao, donde milicias populares defendieron durante meses después de la caída las fábricas y los Altos Hornos para que el potencial industrial vizcaíno no cayese en manos insurrectas; sin embargo, la acción conjunta del ejército dirigido por el general Mola, además de los bombardeos sistemáticos contra la población civil en Bilbao, Durango y Gernika (los primeros de la Historia contra inocentes) acabó con la resistencia pro-republicana. Las tropas mercenarias italianas saquearon a su antojo el territorio hasta que, finalmente, el 25 de agosto de 1937, mediante el Pacto de Santoña, las milicias vascas se entregaron. La ruina de la provincia, la pérdida de sus perspectivas nacionalistas y, especialmente, la sangre derramada por sus habitantes pusieron el triste epílogo a la altisonante voz de las armas.
Pese al fin de la guerra
en el País Vasco, muchos vascos continuaron luchando, bien
incorporados a las tropas republicanas hasta su derrota final en
1939, o bien en las montañas como guerrilla clandestina (los famosos
makis). Con todo, el principal factor de la posguerra hispana en el
País Vasco fue la pérdida de población, pues además de las muertes
hubo que sumar las bajas producidas por el exilio (más de 150.000,
con destino preferente a Francia). Las bases económicas del
territorio fueron rápidamente incautadas por la Comisión Militar de
Incorporación y Movilización (formada por militares y falangistas),
quienes proclamaron en marzo de 1938 el Fuero del Trabajo, copia
fiel de la utilización de los medios de producción al servicio del
Estado que hicieran los fascistas en Italia. Esta normativa estuvo
vigente en País Vasco hasta las nuevas leyes del Ministerio de
Trabajo formuladas por José Antonio Girón de Velasco en 1957, aunque
la creación del INI (Instituto Nacional de Industria) en 1940 palió
un poco las restricciones industriales vascas para lograr una
producción estable. Políticamente, la supresión de fueros,
autonomías y cualquier otra reminiscencia del pasado fue un hecho en
1945, cuando se aprobó el Fuero de los Españoles para todos los
habitantes del estado franquista; las posteriores adiciones, la Ley
de Sucesión de 1947 (en la que el general Franco se hacía
depositario ad eternum del poder hispano) y la Ley de Orgánica del
Estado de 1966 (aprobado mediante un caciquil plebiscito como Carta
Magna obligatoria del Estado dictatorial) acabaron con las
aspiraciones nacionalistas del País Vasco y con el movimiento
obrero, ambas fuerzas aglutinantes de los logros conseguidos en el
pasado.
La organización de una
resistencia vasca contra el franquismo contó, en primer lugar, con
el funcionamiento en Francia de todo un elenco de autoridades
nacionalistas exiliadas tras la guerra, así como la labor
clandestina de los sindicatos (prohibidos durante el franquismo); el
grupo, denominado Resistencia Vasca, contó con el antiguo
lehendakari, José Antonio Aguirre, y con Luis Álava como cabezas
dirigentes. Precisamente el fusilamiento de este último (1943) hizo
que los foros pro-vascos elevasen protestas ante las organizaciones
internacionales (ONU o UNESCO) y que formase el caldo de cultivo
apropiado para la huelga general del 1 de mayo de 1947, que duró una
semana y que motivó una dura represión a base de despidos masivos y
pérdida de los derechos de desempleo para todos los participantes
(unos 30.000). Sin embargo, la fuerza del régimen franquista era aún
muy fuerte y, en el caso del País Vasco, no todo era resistencia,
pues las oligarquías burguesas y parte de los antiguos jauntxos
tradicionalistas habían ascendido a los cargos políticos forales y a
la dirección de las empresas, mostrando una total connivencia con
las directrices de El Pardo. Durante la década 1950-1960, la
política de prestigio y de legitimidad esgrimida por los dirigente
vascos en el exilio, sobre todo por su presidente, José María
Olaizaola, no había dado los frutos apropiados, lo que forzó que
varios grupos radicales (Ekin y el ala más furibunda del PNV)
promoviesen la solución de la lucha armada clandestina como única
salida al conflicto: expulsados de sus respectivas formaciones, los
disidentes alumbraron, en julio de 1959, la organización ETA (País
Vasco ta Askatasuna, "País Vasco y Libertad"). Tras la muerte de Franco (20 de noviembre de 1975), el fenómeno de transición política española hacia la democracia fue aprovechado por País Vasco, al igual que el resto de circunscripciones hispanas, para esgrimir sus derechos de autonomía. En 1977 se formó el Consejo General Vasco que, presidido por Carlos Garaikoetxea, logró la firma de un proyecto autonómico, sancionado por las Cortes en julio de 1979 y aprobado mediante plebiscito en el País Vasco el 25 de octubre del mismo año por aplastante mayoría (pese a que la participación no superó el 60% en ninguna de las provincias). La Comunidad Autónoma del País Vasco, en cuya normativa está reconocida su nacionalidad histórica, obtuvo el Estatuto de Autonomía el 18 de diciembre de 1979 y cuenta con los siguientes órganos de gobierno: el Parlamento (Eusko Legebiltzarra), con sede en Vitoria y constituido mediante el sufragio universal de todos los habitantes del País Vasco con derecho a voto, y el Gobierno (Eusko Jaurlaritza), constituido por los consejeros designados directamente por el presidente de la Comunidad (Lehendakari), elegido por el Parlamento. Las tradicionales Juntas Generales Provinciales siguen representando a los diferentes ayuntamientos vascos (y siguen reuniéndose en el incomparable marco de la Casa de Juntas de Gernika), mientras que las antiguas Diputaciones forales (Foru Aldundiak) conforman el escalón más bajo del gobierno autónomo.
Las primeras elecciones
autonómicas se celebraron el 9 de marzo de 1980, con el triunfo del
PNV (25 escaños) y la investidura de Garaikoetxea como lehendakari;
sin embargo, otra formación nacionalista, HB (Herri Batasuna,
extensión política de ETA y aglutinante de todas las fuerzas del
nacionalismo abertzale) quedó configurada como la segunda fuerza
política de la comunidad. Enseguida comenzaron las conversaciones
para el traspaso de competencias del Estado central al gobierno
autonómico, con el famoso Concierto Económico del siglo XIX como
transfondo, además de la creación de una Junta de Seguridad, un
Tribunal de Justicia propio, la capacidad para nombrar al Delegado
del Gobierno y el control de las fuerzas de orden público. La
práctica mayoría de las propuestas fueron aceptadas, pero la
escalada de violencia etarra hizo denegar la última cuestión, aunque
se inició la formación de una Policía Autónoma Vasca (Etzantza) que
empezó su quehacer en septiembre de 1981, convirtiéndose de este
modo en otra de las sangrientas dianas de ETA. La máxima tensión del
período se vivió en 1982, con la aprobación de una ley, la LOAPA
(Ley Orgánica Armonizadora del Proceso Autonómico), que se
consideraba lesiva para los intereses del País Vasco. La reacción
violenta de ETA, con atentados ilógicos y cada vez más sangrientos,
aportó una vuelta al futuro más oscuro, sobre todo por las
disidencias en el seno del PNV entre Garaikoetxea y Xabier Arzalluz
que acabaron en 1986 con la designación de un nuevo lehendakari,
José Antonio Ardanza; de idéntica manera, a los atentados de ETA el
pueblo vasco tuvo que añadir, durante 1983 y 1988, las acciones del
GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), unos mercenarios
antietarras con una más que probable ayuda clandestina del
Ministerio del Interior. Las fracasadas conversaciones de Argel
(1985-86) entre el gobierno del PSOE y la cúpula dirigente de ETA
fueron el desencadenante de la "Guerra Sucia" del GAL. La reacción
de las autoridades del País Vasco llegó en 1988 mediante la firma
del Acuerdo para la Normalización y Pacificación del País Vasco, más
conocido como Pacto de Ajuria Enea, que firmaron todas las
formaciones políticas democráticas salvo HB. En el tránsito hacia el siglo XXI el País Vasco se enfrenta a la recuperación de su potencial industrial como principal reto, pues las condiciones para la competitividad exigidas por la inminente Unión Europea parecen ser suficientes para que se convierta en uno de sus puntales. De igual modo, la integración europea es motivo de debate en un pueblo como el vasco, tan celoso de sus antiguas costumbres que teme ser devorado por una organización supraestatal sin ninguna otra contrapartida. El esfuerzo de sus hombres y mujeres, en este sentido, será esencial para que el País Vasco ocupe en España y Europa el puesto que se merece. Un problema territorial, tan enraizado históricamente como de difícil solución, ha suscitado gran interés: el condado de Treviño, administrativamente vinculado a Castilla-León pero en el que, por su cercanía a Vitoria (15 km), sus habitantes reclaman un referéndum para integrarse en la administración del País Vasco. Otro de los puntos de fricción ha estado centrado en el sistema educativo, pues a los modelos A (sólo castellano) y B (castellano y euskera), ya existentes, se ha intentado insertar el modelo D (sólo en euskera) que ha contado con ciertas reticencias. En cualquier caso, todos los habitantes del País Vasco cuentan con la posibilidad de acceder a estudios superiores no sólo en la educación privada (la Universidad de Deusto) sino también en la pública (Universidad del País Vasco, con campus y facultades en Bilbao, San Sebastián y Vitoria).
Las representaciones artísticas de Euskadi son, en buena parte, pedazos de su historia que han llegado hasta nuestros días para calibrar |