 Ciudad de
España, capital de la provincia de Cantabria, situada en el borde SE de
la península que forma el promontorio de Cabo Mayor; se extiende a lo
largo de una estrecha franja delimitada por la bahía, a la que se asoma,
y por el accidentado relieve hacia el interior que la protege, a unos 15
m de altitud, sobre el nivel del mar. Cuenta con 180.717 habitantes
(2001), que responden al gentilicio de santanderinos o santanderienses.
Así, la ciudad concentra el 32% de la población total provincial y tiene
una extensión de 33,90 km².

HISTORIA DE
SANTANDER
Dale la foto para acceder a la galería de imágenes de esta ciudad
La
presencia humana y con ella el comienzo de la historia más antigua de la
ciudad de Santander se remonta a la época prehistórica, como ponen de
manifiesto los restos de diferentes objetos de piedra (útiles, lascas,
raspadores...) localizados en las zonas altas, como en la Virgen del
Mar, Cabo Mayor, Monte, etc., aunque no se conoce con precisión la
cronología de su llegada. Además, en torno a la Bahía se localiza una de
las concentraciones más notables de yacimientos al aire libre y
cavidades con evidencias del Paleolítico cantábrico. Los indicios del
Mesolítico son más abundantes, aunque poco explícitos. De hecho, en
varias zonas de la costa de Santander se documentó la presencia de un
útil característico de este periodo: el pico asturiense.
En general,
esta etapa prehistórica puede que sea la más desconocida y sobre la que
constan menos pruebas palpables de su transcurrir. Más confirmadas son
las referencias de las huellas que dejaron los romanos a su paso por la
villa. De hecho, a partir de éstas se tiene conocimiento de que la villa
fue lugar de desembarco de las legiones romanas en la conquista de
Cantabria, por lo que fue denominada Portus Victoriae o Puerto de la
Victoria. El fundamento a esta aseveración no sólo se encuentra en la
interpretación de los datos geográficos, sino también en el hallazgo de
restos arqueológicos romanos tanto en el área correspondiente a la
propia ciudad como en su entorno más inmediato. De esta forma, en la
península de La Magdalena se localizaron vestigios de la existencia de
una villa romana, como un Hermes de bronce, restos de mosaicos, terra
sigillata, un sextercio de bronce de Trajano, etc. Asimismo, se han
hallado objetos de esta época también en la zona de San Martín, en el
emplazamiento de la cripta de la catedral y en la ría de Astillero, y se
han encontrado restos de antiguas minas romanas en Peña Cabarga.
Aquella población amenazada por las invasiones de los pueblos bárbaros,
y entre ellos el conocido saqueo de los Hérulos y de los Bárdulos
–citado por Hidacio en su Cronicón del siglo V–, tuvo que fortificar la
villa desde el siglo IV para protegerse. A partir de entonces se abre un
vacío documental en la historia de Santander hasta la aparición de la
primera referencia escrita, que data del año 1068, en el Cartulario de
San Salvador del Moral. En ella se recoge el privilegio atribuido al rey
Sancho II de Castilla mediante el cual se concede al Obispado de Oca los
derechos de pasto, madera, etc. sobre varios puertos, entre los que se
cita el de San Emeterio (Portus Sancti Emetherii), siendo éste el origen
etimológico del nombre de Santander. Más tarde, el 11 de julio de 1187,
el rey Alfonso VIII de Castilla le otorgó el fuero a la villa,
sometiéndola al señorío de los abades de San Emeterio. De esta forma,
por primera vez se reconocía la personalidad jurídica de las
instituciones del concejo y se confirmaba una serie de privilegios
tendentes a favorecer su integración social y su potencialidad
económica. Este poder adquirido por la villa costera fue prolongación
del Fuero de Sahagún de 1152, y como tal contemplaba los preceptos
fundamentales de aquél, entre los que cabe destacar la confirmación del
señorío del abad sobre el pueblo, la igualdad de los vecinos, la
exención del servicio militar, la libertad del comercio, así como otra
serie de privilegios de carácter administrativo, penal y fiscal.
Todas estas
ventajas posibilitaron el poblamiento y el desarrollo mercantil de
Santander, que se vería, además, favorecido poco después por otra serie
de medidas concedidas por los reyes de Castilla, como fue la exención de
portazgo otorgada por Alfonso X en 1255 y la concesión de otras ventajas
fiscales para el comercio por Alfonso XI en 1317.
En las
últimas décadas del siglo XIII el comercio exterior con los puertos
franceses, ingleses y de Flandes había sido enormemente activo,
favoreciendo esta actividad mercantil la Hermandad de las Marismas,
constituida en 1296 por los principales concejos del Cantábrico:
Santander, Laredo, Castro Urdiales, Vitoria, Bermeo, Guetaria, San
Sebastián y Fuenterrabía. En estos momentos se llegaba a un
florecimiento económico sobresaliente, que dio lugar también a un gran
desarrollo demográfico, pues la villa se aproximaba entonces a la cifra
de los dos mil habitantes. La población santanderina se vio azotada por
dos incendios que hicieron precisa la protección real y que tuvo su
repercusión en la reducción de las cargas fiscales, según se desprende
de una carta remitida por el infante don Pedro al concejo el 24 de
noviembre de 1311.
Para
entonces, las naves cántabras gozaban de gran fama y respeto por las
hazañas bélicas en las que habían tomado parte. Esta circunstancia
propició la firma de un tratado de paz con Eduardo III de Inglaterra en
1351 y una tregua en 1375. Precisamente, convenios internacionales como
éstos favorecieron la actividad comercial de las naos santanderinas en
los puertos ingleses.
Los
privilegios con los que contaba la villa para entonces fueron
confirmados durante el largo reinado de Alfonso XI. En este periodo
tiene su origen el Becerro de las Behetrías o Libro de las Merindades de
Castilla, en el cual Santander aparece como lugar de realengo, aunque
reservándose el abad los derechos económicos. Este régimen de abadengo
desaparecerá definitivamente con el desarrollo de la Puebla Nueva, a
mediados del siglo XIII.
A partir de
entonces, Santander, que había surgido como un pequeño asiento de
población en la península existente entre la bahía y la ribera, quedaba
constituida en dos núcleos urbanos, aparecidos como consecuencia del
asentamiento primitivo en la villa, primero, y de la expansión de la
Baja Edad Media, después. Inicialmente se constituyó la Puebla Vieja y
lo hizo en la parte alta de la villa y en torno a tres elementos: la
abadía de los Cuerpos Santos, en cuyo interior se construyó el Hospital
del Santo Espíritu o albergue de pobres; el castillo del Rey, construido
por Alfonso VIII sobre las antiguas ruinas de una fortificación romana;
y el puerto, su sustento económico. La Puebla Vieja se articulaba en
torno a la rúa Mayor, su calle principal, paralela a la cual discurriría
la rúa Menor, uniéndose a la Puebla Nueva por medio de un puente de
varios ojos –de ahí el nombre de la calle del Puente– que pasaba por
encima de un canal y llegaba a las Atarazanas.
Para
establecer el momento de la creación de la Puebla Nueva se parte de una
escritura de 1252 referida a una casa situada en la calle Arcillero,
junto a la ría en su brazo derecho. Este nuevo tejido urbano fue fruto
del asentamiento progresivo en la villa de los artesanos y mercaderes.
De tal forma que si en la primera dominaba la presencia institucional de
la abadía o iglesia de los Cuerpos Santos, en la segunda el motor
dominante era el mundo de la artesanía y el comercio, que fueron
configurando una trama compuesta por calles dispuestas con una
estructura medieval en torno a un centro neurálgico que, en este caso,
era la céntrica Plaza Vieja, hoy desaparecida, a la que se accedía a
través de la calle del Puente y en la que tenían lugar los actos más
importantes (fiestas, representaciones teatrales, corridas de toros...).
A partir de ella se disponían las calles más destacadas, tales como
Santa Clara, denominada así por el monasterio de esta orden religiosa
establecido en ella, y las transversales de San Francisco, de la Sal
–cuyo nombre se debía al alfolí o depósito de la sal allí situado– y del
Palacio, en la que estaba ubicado el depósito de trigo, un edificio
público de gran importancia en la vida cotidiana de los ciudadanos de la
villa. Otras calles de este núcleo eran las de Tablero y Arcillero,
Medio y Arrabal.
El auge
económico de la villa se mantuvo en los años siguientes, llegando a su
etapa de máximo esplendor a mediados del siglo XV. Previamente, en 1335,
el rey Alfonso XI había confirmado las ventajas fiscales otorgadas por
el infante don Pedro veinte años atrás. Además, el cambio de dinastía en
la Corona de Castilla no perjudicó para nada a Santander, que recibió de
Enrique II la exención de servicio militar, en 1396, y confirmó los
fueros y demás privilegios concedidos a la villa. Con medidas como las
citadas se fue afianzando el progreso económico, basándose en la
actividad mercantil, que se concretaría fundamentalmente en el comercio
de sacas de lana burgalesa en barcos de Vizcaya, Guipúzcoa y de los
propios armadores de la villa santanderina con destino al puerto de
Flandes, así como en el comercio exterior de trigo, madera y hierro por
la Cornisa Cantábrica y Andalucía. Además, la pesca constituía otro
factor clave en la vida económica y social. De hecho, en el siglo XIV
los pescadores crearon su Cofradía bajo la advocación de San Martín de
la Mar.
A lo largo
del siglo XV se puso en evidencia la tensión existente entre la Puebla
Vieja y la Nueva a la hora de determinar su participación en el Gobierno
municipal, un conflicto que hubo de resolver en 1431 una sentencia del
adelantado mayor de León, Pedro Manrique, mediante la cual establecía
que gobernasen la villa dos alcaldes, seis regidores, dos fieles y un
procurador, elegidos entre los vecinos de las dos zonas diferenciadas de
Santander. Como ocurrió en la mayor parte de las ciudades castellanas,
dichos oficios recayeron en los miembros de los linajes más destacados y
de mayor antigüedad, tales como Calderón, Arce, Pámanes, Calleja,
Escalante y Sánchez. La determinación del sistema y momento de elección
fue regulado por los Reyes Católicos, que fijaron una periodicidad
anual, siendo el 1 de enero la fecha establecida, y el convento de San
Francisco como lugar de celebración.
Otro hecho
determinante en la historia de la villa fue la donación perpetua
realizada por el rey Enrique IV al segundo marqués de Santillana en
1466, que no fue aceptada tras oponerse el pueblo, protagonizando una
resistencia armada y una lucha abierta que forzó la revocación de dicha
entrega tan sólo un año después. Esta circunstancia propició que se
concediera a Santander aquel 8 de mayo de 1467 el título de villa noble
y leal.
En la
segunda mitad del siglo XV el desarrollo económico había alcanzado su
nivel máximo y la población santanderina se calculaba que la integraban
entre seis mil y siete mil habitantes. Sin embargo, en los últimos años
de este siglo la vida de la villa dio un giro radical. La llegada de la
peste en la primavera de 1497, tras el desembarco de la Armada
procedente de Flandes que trasladaba a la princesa Margarita de Austria
para contraer matrimonio con el príncipe Juan, heredero de los Reyes
Católicos, desencadenó una terrible crisis demográfica y la ruina de la
mayor parte de las actividades económicas. Como consecuencia de este
duro revés, el de mayor magnitud en la historia de la villa, Santander
perdió prácticamente a tres cuartas partes de sus vecinos. Además, a lo
largo de la época moderna siguió sufriendo el azote de otras epidemias
de esta enfermedad, como las documentadas entre los años 1517 y 1518,
entre 1529 y 1531, y la gran peste de 1596, cuyo contagio también vino a
bordo de un navío de Flandes, de nombre ‘Rodamundo’. El inventario
realizado en 1533 proporciona una serie de datos sobre las consecuencias
de la peste y permite hacerse una idea de las dimensiones de la
tragedia. En él consta que de las 641 viviendas existentes fueron
destruidas 187 y otras 267 quedaron deshabitadas, conservándose con
vecinos tan solo las 187 restantes.
No
obstante, en los últimos años del siglo XV y a lo largo del XVI también
tuvieron lugar otra serie de hechos que influyeron positivamente en el
desarrollo industrial y comercial de la villa, como por ejemplo la
creación del Consulado de Burgos, en 1494, que supuso un elemento de
transformación de la actividad económica y un organismo fundamental en
el comercio de lana a otros países. Además, en 1524 se concedió a la
villa el privilegio de un mercado franco semanal y en 1542 las sisas
para la construcción de un muelle y un contramuelle. Precisamente, el
nuevo puerto fue la gran obra de la Edad Moderna.
Otros
factores positivos que alentaron la vida económica fueron la solicitud
de creación de un obispado en Santander, en 1567, y la declaración en
1570 por parte de Felipe II de la villa como Base Naval del Cantábrico,
con la creación de grandes flotas y el impulso de la construcción naval.
Gracias a todo esto en este siglo XVI se alcanzó un crecimiento
desconocido hasta entonces, pero este proceso sufrió una inflexión al
final del reinado de Felipe II. A partir de entonces decayó el poderío
naval y se entró en una etapa de decadencia en la que la peste fue de
nuevo triste protagonista, pues se siguió cobrando muchas vidas y
continuó provocando una emigración constante.
En vista de
este panorama no sorprende que el siglo XVII estuviera marcado en sus
comienzos por la miseria y la ruina, teniendo que esperar al ecuador de
esta centuria para hallar algún atisbo de recuperación. La villa logró
levantar cabeza a lo largo del siglo XVIII. Fue entonces cuando adquirió
de nuevo su condición preeminente y la capitalidad del territorio. Eran
tiempos de desarrollo, auge económico y expansión urbana. Una de las
decisiones que influyó en este despegue fue la del ministro José Patiño
de acometer el proyecto de desviación del comercio de las lanas hacia el
puerto de Santander, como consecuencia de la cual se permitió que se
aprobara la construcción del camino de las lanas que enlazaba Burgos con
la villa santanderina, siendo el primer tramo el que llegaba hasta
Reinosa, que fue abierto el 15 de noviembre de 1753.
A esta
mejora de las comunicaciones con la meseta castellana le sucedieron
otros dos acontecimientos favorables para destacar en este periodo, como
son la creación por el Papa Benedicto XIV de la Diócesis de la Montaña
con sede en Santander, en 1754, y la concesión del título de ciudad
otorgado por el rey Fernando VI en 1755.
Todo ello
contribuyó a la transformación decisiva de la ciudad, que veía cómo se
incrementaba notablemente su población y asistía al desarrollo de la
burguesía mercantil y del sector terciario. Los daños ocasionados por un
incendio acontecido en 1763, que arrasó la calle de la Mar y provocó el
desmoronamiento de parte del muelle, fueron aprovechados para acometer
las obras de ampliación del puerto y de la ciudad. Santander inició una
gran transformación urbanística a partir del proyecto de ensanche del
ingeniero Francisco Llovet, en 1765, que después continuarían Fernando
de Ulloa y Juan de Escofet, con el descubrimiento de un nuevo canal en
la bahía que iba a ser fundamental en el desarrollo de la ciudad, aunque
tampoco estuvo su propuesta exenta de problemas. Para finales de este
siglo Santander vivía una época de gran vitalidad comercial. Sin duda, a
ello contribuyó también la liberalización del comercio exterior con las
colonias americanas, en 1778, y la creación del Consulado de Mar y
Tierra de Santander, en 1783, que supuso la emancipación de la secular
dependencia del Consulado de Burgos. A partir de entonces los
intercambios con América se dispararon, siendo San Cristóbal de La
Habana, Montevideo, Buenos Aires, Cartagena y, sobre todo, Veracruz los
principales puertos de destino. Pero, además, se consolidaron tres rutas
de carácter nacional: la de las lanas por el camino de Reinosa, la de
las harinas (1804), entre Santander y Palencia, y la de los vinos
(1830), que enlazaba con Logroño. Por todo esto, Santander se convirtió
en el principal puerto de exportación de Castilla, siendo éste el motor
fundamental de la ciudad y el que determinó su desarrollo urbanístico.
En este
periodo que abarca desde finales del siglo XVIII a principios del XIX,
Santander experimentó un proceso de expansión debido a su paulatina
transformación de villa pesquera a ciudad comercial. Aunque en un
principio el desarrollo se produjo en el interior de las murallas
–vestigio de la época medieval–, empezaron a surgir indicios de
actividad económica fuera de ellas, lo que finalmente llevó a proceder a
su derribo para facilitar el crecimiento urbano. El progreso continuó
durante las primeras décadas del siglo XIX, a pesar de la crisis
económica sufrida como consecuencia de las guerras coloniales, la
invasión napoleónica, las epidemias, etc. Santander pasó a
especializarse en actividades comerciales y de forma paralela comenzó un
cierto desarrollo industrial, con la implantación de fábricas de harina,
cerveza, azúcar..., que a su vez dieron lugar a la construcción de
barrios obreros. También a mediados del siglo XIX surgieron importantes
entidades financieras, como el Banco de Santander (1857) y la Sociedad
Anónima del Crédito Cantábrico y la Unión Mercantil (1861). La ciudad,
por otra parte, recibía las visitas de viajeros extranjeros y
personalidades relevantes del mundo de la política y la cultura. Tres
iniciativas puestas en marcha por aquel entonces influyeron en el cambio
de fisonomía de Santander. La primera de ellas fue el desarrollo, hacia
el año 1845, del balneario de El Sardinero y, con ello, de la apertura
de diferentes alternativas de negocios, como la de los carruajes (1847),
que emprendieron la línea de comunicación con el centro de la ciudad y
que más tarde darían paso a las locomotoras (1873), naciendo así el
tranvía urbano a El Sardinero. Además, con la finalidad de englobar en
la trama urbana espacios marginales, se emprendieron diversas obras,
como la construcción del Paseo de la Concepción, un acceso fácil con el
área residencial de El Sardinero.
Las otras
iniciativas fueron la llegada del ferrocarril de Santander-Alar del Rey,
inaugurado en 1866, y la concesión obtenida por el ingeniero belga Pablo
Emilio Wissocq, en 1853, que consistía en el relleno de grandes marismas
del sureste de la bahía para la instalación de almacenes portuarios y de
las vías y estaciones de ferrocarril. De esta forma, la ciudad y el
puerto se disocian, centrándose las actividades portuarias en el
interior de la bahía y extendiéndose la zona residencial y comercial
hacia El Sardinero. Para finales del siglo XIX, que estuvo marcado en el
último tercio por las consecuencias de la guerra iniciada en 1868 en
Cuba y de la última guerra carlista, Santander contaba con una población
cercana a los 45.000 habitantes. En 1875, con la prohibición de las
exportaciones de trigo y harina al extranjero, se inició una nueva
crisis, agudizada por la quiebra del comercio con las colonias
americanas.
Coincidiendo con este periodo de decadencia tuvo lugar la mayor tragedia
de carácter civil ocurrida en Santander en este siglo: la explosión del
Cabo Machichaco, el 3 de noviembre de 1893. Aquel barco, construido en
1882 en Newcastle, se encontraba atracado en el muelle número 2 de
Maliaño, frente a la actual calle de Calderón de la Barca, cuando el
estallido de una bombona de vidrio con ácido sulfúrico provocó un
incendio en la cubierta que después se propagó por las bodegas de proa.
Más de 500 personas perdieron la vida como consecuencia de la explosión
que se produjo a continuación tras alcanzar el fuego a la mercancía de
dinamita que transportaba el buque. Los heridos superaron la cifra de
los dos mil y los daños materiales fueron cuantiosos a causa de los
incendios que el suceso desencadenó. Meses más tarde, el 20 de marzo de
1894, otra detonación producida durante los intentos de rescate de los
restos del vapor hundido en la bahía ocasionó otras veinte víctimas
mortales.
A pesar de
esta serie de circunstancias negativas, se apreciaron en la ciudad
algunos síntomas de recuperación gracias a las aportaciones económicas
de los indianos, que permitieron la creación, por ejemplo, de varias
instituciones bancarias, como Monte de Piedad (1898) –hoy Caja
Cantabria– y el Banco Mercantil (1907), y compañías navieras, como es el
caso de Navegación Montañesa. Iniciativas como éstas renovaron la imagen
arquitectónica de Santander.
Además, se
observa un cierto asentamiento de barriadas obreras en la periferia y el
crecimiento de zonas de mayor calidad, como El Sardinero, cuyo
desarrollo turístico estuvo motivado por tratarse del lugar elegido como
sede principal del veraneo de la monarquía. Isabel II y Amadeo de Saboya
habían visitado en diversas ocasiones la ciudad, al igual que lo hiciera
el rey Alfonso XII en 1881, invitado por el marqués de Comillas. En 1904
el presidente del consejo de ministros, Antonio Maura, concedió a los
santanderinos el usufructo de la península de La Magdalena, terrenos que
la ciudad ofreció al rey cuatro años más tarde para la construcción del
palacio. El hecho de que Alfonso XIII y Victoria Eugenia fijaran aquí su
residencia desde 1913 fue, sin duda, un acicate para la promoción
turística de la zona, a la que contribuyó también el trabajo de la
sociedad El Sardinero, fundada en 1901 y encargada de dar a conocer las
excelencias del lugar no sólo por España sino también por el extranjero.
Surgieron entonces edificios de gran atracción turística (Hotel Real,
Hipódromo, Club de Tenis...), que favorecieron el desarrollo de la
ciudad en esta zona.
Durante el
periodo republicano se produjeron en Santander numerosas
transformaciones llevadas a cabo por sus alcaldes con la intención de
dar una nueva imagen a la ciudad. Además, en 1932 se creó la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), entonces denominada Universidad de
Verano de Santander, dotando a El Sardinero de una gran atracción para
el mundo intelectual.
Concluida
la Guerra Civil (1936-1939), la ciudad emprendió su recuperación, aunque
poco después otro funesto acontecimiento ocuparía una nueva página en su
crónica negra. Se trata del devastador incendio declarado en la
madrugada del 15 al 16 de febrero de 1941 en un edificio de la calle
Cádiz, que destruyó la mayor parte del casco antiguo de la ciudad,
dejando un balance de más de 400 edificios desaparecidos, 10.000
damnificados y unas pérdidas materiales cifradas oficialmente en 85
millones de pesetas.
Como
consecuencia quedaron libres 115.421 metros cuadrados de suelo urbano
situados en la zona más céntrica de la ciudad, a partir de los cuales se
inició una absoluta remodelación del área dando paso a un moderno centro
urbano de orientación comercial y de residencia acomodada. De forma
paralela se produjo el progresivo crecimiento de barrios periféricos (La
Albericia, Campogiro, Peñacastillo...), a los que se desplazaron las
familias modestas desalojadas de las antiguas casas del centro que
fueron pasto de las llamas. La labor de reconstrucción estaba
prácticamente finalizada hacia 1954.
Este mismo
año el Ayuntamiento aprobó el Plan Comarcal de Santander, que llevó
consigo la redacción de los Planes de Polígonos establecidos en el Plan
General. De esta forma el término municipal se dividió en 22 polígonos,
incluyendo las cuatro aldeas de San Román de la Llanilla, Monte, Cueto y
Peñacastillo. Surgieron entonces las zonas diferenciadas de Cazoña,
Menéndez y Pelayo, la Gándara, La Albericia, el Faro, etc. Durante las
décadas de los cincuenta y sesenta la ciudad experimentó un crecimiento
espectacular, favorecido por el proceso de industrialización y el éxodo
rural que desencadenó la crisis agraria. En este periodo se inauguró el
aeropuerto de Parayas (1953) y se desarrolló el área próxima a General
Dávila y del barrio Castilla-Hermida, densamente pobladas por clases
trabajadoras. En la década de los setenta prosiguió el desarrollo
económico, político y social y se dio una expansión del espacio
industrial, concentrándose la mayor parte de las empresas no sólo en las
áreas específicas de la ciudad, como el polígono de Raos, sino también
en las de municipios cercanos como Camargo o Astillero.
Se llegaba
así a los años ochenta, momento en el que tiene lugar uno de los hechos
más significativos y transcendentales para la vida política de la
ciudad: la aprobación definitiva por el Congreso de los Diputados de la
Ley Orgánica del Estatuto de Autonomía de Cantabria (1981), mediante el
cual desaparecía la antigua provincia de Santander para dar paso a la
Comunidad Autónoma de Cantabria, en la que quedó integrada la Diputación
Provincial santanderina, constituida por primera vez en 1820 y hasta
entonces dependiente de Castilla la Vieja; se estableció Santander como
su capital. Las primeras elecciones regionales se celebraron el 8 de
mayo de 1983.
La década
de los ochenta, además, estuvo marcada por interesantes procesos
urbanísticos desencadenados por los cambios económicos que provocó la
crisis de la industria. A partir de entonces el sector terciario
comienza a ganar terreno y peso ocupando el hueco dejado por la caída
industrial. Fruto de esta progresiva sustitución son los centros
comerciales y de ocio localizados en la periferia de la ciudad sobre
espacios que antaño ocupaban algunas fábricas. A este crecimiento de los
márgenes contribuyeron también varios proyectos en materia de
transporte, como la construcción del túnel de Tetuán, la autovía de
Bezana-El Sardinero o la prolongación de la Avenida de Los Castros, que,
a su vez, revitalizaron las zonas rurales de Cueto, Monte, San Román y
Peñacastillo, quedando integradas en el perímetro urbano hacia mediados
de los años noventa.
Patrimonio
Artístico
A pesar de su esplendoroso pasado, Santander carece de un importante
conjunto monumental. La reconstrucción realizada tras el incendio de
1941 siguió los criterios del más moderno urbanismo, por lo que hoy día
presenta el aspecto de una animada y moderna metrópoli que ofrece una
amplia oferta cultural y una diversificada gama de actividades de ocio,
lo que favorece una alta calidad de vida.
Iglesia de la Anunciación o de la Compañía, Colegio de los
Salesianos, Iglesia de San Francisco, Hospital de San Rafael,
Ayuntamiento, Palacio de la Magdalena, El Banco Santander, El mercado
del Este, Biblioteca de Menéndez Pelayo, Museo Municipal de Bellas
Artes...
Festivales
internacionales, durante los meses de julio y agosto, que se celebraban
en uno de los espacios emblemáticos de la ciudad, la Plaza Porticada,
construída en 1941; actualmente tienen lugar en el Palacio de
Festivales.
Carnavales
Marineros (Febrero, Santoña) - La Folía (Abril, San Vicente de la
Barquera) - El Coso Blanco (Julio, primer viernes, Castro) - Día de
Cantabria (Agosto, Cabezón de la Sal) - Batalla de Flores (Finales
Agosto, Laredo ) - Día de Campoo (Finales Septiembre, Reinosa)...
Importantes factorías
industriales, situadas en la periferia oeste y suroeste de la capital,
dedicadas, sobre todo, a la siderometalurgia y la química. Funciones
administrativas, propias de toda capital, comerciales, portuarias, y de
servicios. Sobresaliente turismo. Sede de la Universidad Internacional
Menéndez Pelayo.
De la
gastronomía cántabra se ha dicho que es una de las más pulidas y
refinadas del país pues aunque está influenciada por la asturiana y
vasca posee su propia personalidad, haciéndose célebre la afirmación "¡
que bien se come en el norte !". El historiador Estrabón hablaba ya,
hace 2.000 años, del curioso hábito de los salvajes cántabros de comer
mantequilla. También es característico desde el siglo XIII en nuestra
región el uso del aceite de oliva, que no se implantaría en el resto de
España hasta el siglo XX.
Recetas
Arroz a la
Santanderina, Leche Frita, Rosquillas de Santander,
Sopa de Bacalao a la Santanderina.
|
RESTAURANTES DE SANTANDER |
Restaurante Milán -
Rhin - Restaurante Machinero
La ciudad,
las playas, los monumentos y los espacios naturales.
Parque
natural de los picos de Europa, Parque Natural Saja - Besaya, El Parque
Natural de Oyambre...
Playa de
Mataleñas, Playa de los Peligros, Playas de la Magdalena y
Bikinis, Playas de Sardinero, Playa de los Molinucos.
Don
Marcelino Menéndez Pelayo, nacido en 1856, uno de los más
importantes eruditos españoles.

Volver al inicio
de Santander
|