Monumentos y Fiestas

 

 

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MONUMENTOS DE GUADALAJARA...

El Alcázar

Guadalajara fue una villa totalmente amurallada. En época árabe fue un enclave altamente fortificado con murallas que luego reconstruyeron y mantuvieron los reyes cristianos, y con un alcázar del que todavía se conservan algunos restos.

Este alcázar, de origen árabe como las murallas, fue, tras la reconquista, adaptado como residencia de personas reales. En él estuvieron alojadas algunas infantas de Castilla, Señoras de Guadalajara, en especial Doña Isabel y Doña Beatriz, hijas de Sancho IV. También en sus instalaciones se celebraron Cortes de Castilla. Posteriormente, pasó a poder de los Mendoza que ocuparon su alcaldía o nombraron a sus alcaldes. Luego fue abandonado y utilizado como cuartel de San Carlos; en la actualidad su deterioro es total.

Palacio del Infantado

El palacio del Infantado es el edificio emblemático de la ciudad de Guadalajara, pues a su importancia capital en la historia del arte español y occidental, une la característica de ser la expresión más depurada de la historia de un linaje que dio vida a la ciudad durante siglos: los Mendoza.

Ocupa este palacio el lugar que ya en el siglo XIV utilizó el primer Mendoza alcarreño, don Pedro González, para poner sus casas principales. Reformadas sucesivamente por otros mayorazgos del linaje, entre ellos el primer marqués de Santillana, que en ellas vivió largas temporadas y mantuvo su principal biblioteca y estudio, fue hacia 1480 que el segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, decidió derribarlas y construirse un nuevo y esplendoroso edificio palaciego por acrecentar la gloria de sus progenitores y la suya.

Las obras se hicieron muy rápidamente, y en 1483 estaba ya construida la fachada, poco después el patio, y al terminar el siglo XV lucía el monumento en todo su esplendor de goticismo, de artesonados y riquezas. En 1569, el tataranieto del constructor, don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, inició una serie de reformas, dirigidas por Acacio de Orejón, que tendían a parangonar su palacio con el que Felipe II levantaba en Madrid, poniendo para ello ciertos detalles renacentistas, tanto en la fachada (abrió nuevas ventanas, tapó las antiguas, desmochó los pináculos góticos), como en el patio, y decorando los techos de los salones bajos con pinturas al fresco realizadas por los artistas italianos que por entonces vinieron a decorar El Escorial y otras obras reales. Se construyó también entonces el magnífico jardín mitológico situado a mediodía de palacio.

En siglos posteriores, los Mendoza marcharon a la Corte y su palacio arriacense quedó abandonado. Fue vendido al Ministerio del Ejército, que colocó en él su Colegio para huérfanas de militares, y en 1936 fue bombardeado y destruido. Una completa restauración le ha devuelto en los últimos años su primitivo esplendor.

El palacio del Infantado fue trazado y dirigido por Juan Guas, autor primeramente del castillo mendocino del Real de Manzanares, y del monasterio toledano de San Juan de los Reyes, y luego de varias obras en la catedral toledana y de la hospedería real en Guadalupe. Colaboraron con él Egas Cueman y Lorenzo de Trillo. Una larga nómina de artistas mudéjares participaron en los diversos aspectos decorativos de la casona: artesonados, frisos, azulejería, pinturas y rejas. Es su estilo radicalmente hispano. Pues aunque parte de la decoración y estructura de balconajes o portadas son de corte gótico de tradición flamenca, otros muchos elementos decorativos, y la disposición de vanos en la fachada, incluso el mismo tema ornamental de las cabezas de clavos, son de herencia morisca, y de lo más exquisito que ha producido el arte mudéjar. Supera uno y otro estilo, y adquiere el marchamo hispánico del estilo mendocino.

Descripción

Lo más llamativo del palacio del Infantado es su fachada. Ofrece una mezcla muy vistosa de estilos, pues el gótico flamígero se da la mano con lo mudéjar y con variados detalles del Renacimiento avanzado. En esa fachada aparece la puerta descentrada, flanqueada de dos gruesas columnas cilíndricas, que apoyan en basas prismáticas, y cubren toda su superficie con una fina trama de rombos, entre los cuales aparecen medias esferas, siendo repetición miniaturizada del orden de las cabezas de clavos del resto de la fachada. Rematan estas columnas en volada cornisa de salientes mocárabes. En la superficie rectangular y vertical que limitan estas semicolumnas y el friso, se encuentra la puerta, que goza de estructuras diferentes, pues el total se forma con un alto arco apuntado, cuya rosca presenta, entre molduras, una larga frase tallada en letra gótica alemana.

A dos tercios de su altura, se remata el vano de la puerta propiamente dicha, mediante arco conopial mixtilíneo muy rebajado, que descansa en ménsulas de talla vegetal y se decora con bolas y cardinas. Sobre el tímpano de esta puerta aparece la corona ducal, una celada de frente, y los escudos coronados de Mendoza y Luna. A sus extremos, sendas tolvas de molino, con largos cordones rodeándolas, símbolos adoptados por el segundo duque, don Iñigo. En las enjutas del arco, dos grifos rampantes muestran otro par de tolvas.

Sobre esta puerta vemos hoy el gran escudo ducal que pone el sello de la grandeza de un apellido, el de Mendoza, a toda la fachada del palacio. Dos velludos varones sostienen el circular complejo emblemático en que consiste este grande y hermosísimo escudo. Encerrados en conopiales volutas aparecen veinte distintos escudos (cruces, castillos, leones, frases y encinas en bulliciosa amalgama) que vienen a representar los múltiples estados, títulos y señoríos que desde la antigüedad hasta ese día estuvieron en la casa de Mendoza. En el círculo central, inclinado y rodeado de góticas verduras, el escudo del apellido que une las armas de Mendoza y de la Vega, correspondiente a don Iñigo. Se cubre con una corona ducal, y remata con celada terciada sobre la que asoma orgullosa alada bicha de alas desplegadas y grandes orejas. Dos tolvas de molino le circundan.

En los niveles de la planta baja y principal de la fachada, se abren algunas ventanas y una puerta, obras de la reforma del quinto duque: llevan lisas molduras, frontoncillos con el escudo ducal y rejas de la época. En la línea superior de la fachada aparece como un corrido alfiz la galería de ventanales y garitones que prestan su característica más singular al palacio. Consiste en una serie de ventanales que alternan con garitas salientes, con múltiples columnillas y capiteles, antepechos y tracerías góticas, apoyado todo ello en amplia faja de mocárabes, repartiéndose por el conjunto los escudos de Mendoza y Luna. El resto de la fachada, toda ella construida con dorado sillar de Tamajón, se cubre con ornamentación de cabezas de clavos dispuestas en peculiar distribución en una ideal red de rombos. La galería del jardín, construida hacia 1496 por Lorenzo de Trillo, cubre el flanco de poniente del palacio, constando de una doble serie de arquerías, con columnas prismáticas de moldurados capiteles, y sus paramentos decorados con hiladas de arquitos lobulados. En el interior del palacio, ya nada queda de sus antiguos artesonados mudéjares, perdidos en el bombardeo de 1936. Pueden admirarse en las salas bajas las pinturas manieristas que Rómulo Cincinato puso a finales del siglo XVI con ilustraciones muy variadas de la historia de la familia Mendoza y otras composiciones mitológicas. Además puede el visitante completar hoy su visita a este palacio con el paseo por las salas del Museo Provincial de Bellas Artes, instalado en la planta baja.

Palacio de Don Antonio de Mendoza

Don Antonio de Mendoza fue hijo segundón del I Duque del Infantado, criado con su tío el Cardenal Mendoza. Mandó construir su casa principal en Guadalajara y encargó el proyecto al arquitecto de los Mendoza, Lorenzo Vázquez, que desarrolló un interesante edificio del primer Renacimiento, con patio central cuadrado de doble arquería donde se desarrolló el denominado capitel alcarreño y una escalera de honor cubierta con artesonado de madera renacentista. Destaca la portada diseñada por el propio Lorenzo Vázquez dentro del más puro estilo renacimiento. El palacio fue heredado por Doña Brianda de Mendoza, sobrina del anterior, que lo convirtió en Beaterío de religiosas menores de la orden de San Francisco, para lo cual se llevó a cabo una serie de reformas, entre ellas la construcción de la iglesia y una segunda portada, así como el sepulcro de Doña Brianda, encargo que se realizó a Alonso de Covarrubias.

Palacio de los Dávalos

Edificio construido en el siglo XVI del que destacan la fachada, el patio con galerías abiertas, sus salones con artesonados y sus galerías abiertas a patios. La portada, que se abre a una plaza, es de estilo herreriano, con caballeros armados en actitud de combate. El gran balcón se remata con un escudo nobiliario con las armas de los Dávalos y Sotomayor. El patio central cuenta con columnata de capiteles mendocinos típicos del primer renacimiento alcarreño y, en su interior, destacan los artesonados, uno de estilo mudéjar y otro plateresco.

Palacio de los Guzmán

Perteneció a la familia Guzmán, linaje que llegó a Guadalajara junto a los Mendoza y bajo su protección. Construyeron su casa cerca de la iglesia de Santa María de la Fuente, que fue renovada y convertida en palacio urbano en el siglo XVII, con típica estructura renacentista con patio. En la actualidad sólo se conserva la fachada.

Palacio de los Condes de Medina

Situado en la plaza de San Esteban, en la que existían conventos y caserones de la nobleza, en la actualidad sólo se conserva este palacio. En la fachada presenta portada de sillares almohadillados, con balcón de hierro forjado y gran escudo de piedra.
 

Palacio de los Condes de Coruña

Los Condes de Coruña, una rama segunda de los Mendoza, fueron señores de Torija y residieron en el palacio del Infantado hasta la segunda mitad del siglo XVI, momento en que se construyeron su propio palacio en el centro de la ciudad. De la primitiva construcción conserva la fachada de sillares almohadillados y un gran patio central porticado con arquerías sostenidas con capiteles de estilo renacimiento y grandes zapatas de madera, las denominadas zapatas alcarreñas. En la estructura y ornamentación del patio se tomó como modelo el palacio de Don Antonio de Mendoza.

Palacio del Marqués de Villamejor o Palacio de la Cotilla

Se construyó en el siglo XVIII, con fachada de ladrillo y aparejo de piedra, rematada en escudo nobiliario y con ventanales y balcones.

Palacio de los Páez de Sotomayor

Del original se mantiene una interesante portada con gran almohadillado.

Palacio del Marqués de Peñaflorida

Se encuentra en la plaza de Dávalos, frente a la entrada principal del palacio de Dávalos. Solamente conserva su portada de gran almohadillado y se usa actualmente de almacén.

El panteón de la duquesa de Sevillano

En el extremo sureste de la ciudad de Guadalajara, se alza un complejo de edificios y espacios abiertos que aparece en las guías habituales de la ciudad con el nombre genérico de Fundación de la Duquesa de Sevillano. Se trata de un conjunto monumental que fue mandado construir por doña María Diega Desmaissières y Sevillano, duquesa de Sevillano y condesa de la Vega del Pozo, a finales del siglo pasado, hace algo más de un siglo, para servir de Asilo a los indigentes de la ciudad, y para albergar sus restos mortales y los de toda su familia. Esto último se hizo en el llamado Panteón, una edificación singular y sorprendente, un lugar que nadie puede imaginar cuánta belleza, cuánto esplendor, cuánta maravilla de formas y colores encierra hasta que no se decide a ir a verlo.

Esta riquísima mujer, con posesiones en las landas y viñedos del Sur de Francia, en Navarra, en Murcia, en Vicálvaro y en muchos lugares de Guadalajara, soltera y benéfica, decidió hacia 1884 iniciar las construcción de este lugar. Encargó al proyecto al mejor arquitecto de la época, al que desde entonces tuvo como empleado particular: Ricardo Velázquez Bosco. Cultivó este artista el eclecticismo más radical, esto es, la imitación a ultranza, en forma admirativa, de los estilos clásicos de la arquitectura hispana. De ese modo, sus construcciones llevan la mezcla de lo románico con lo renacentista, al menos en este edificio, más el gótico y lo árabe en buenas dosis.

La tradición de Guadalajara dice que al comienzo, la duquesa mandó varias veces derribar lo que ya iba hecho para que así no les faltara nunca trabajo a los obreros encargados de construir este gran mausoleo. En una época de crisis como los finales años del siglo XIX, era un detalle a agradecer. Se terminó el panteón en 1916, año en que murió doña María Diega, y a su entierro acudió la ciudad entera, manifestando su agradecimiento hacia la generosidad desbordante de la señora todos los estamentos de Guadalajara.

Enterrada en la cripta, pocos años después fueron trasladados a ella sus parientes más cercanos, y el escultor Ángel García Díaz, que había sido el encargado de tallar todas las estatuas y detalles escultóricos de la obra, puso el más encendido apasionamiento y la imaginación más desbordante de su estilo simbolista para ejecutar el bloque de basalto y mármol en que se representa el entierro de la duquesa, llevado su féretro por ángeles, y que ocupa el fondo del edificio, en la clásica y casi mágica cripta de este sorprendente templo, único en España por sus dimensiones, su estructura y su desbordante lujo.

El panteón de la duquesa de Sevillano se encuentra abierto al público diariamente. El entusiasmo de la hermana Mariana, una veterana religiosa adoratriz, lo mantiene mañana y tarde abierto y listo para quien quiera admirarlo y pasmarse. De ese modo, desde hace algún tiempo, los sábados y domingos especialmente son muy numerosos los grupos que suben a verlo. Es curioso: va más gente de fuera que de la propia Guadalajara. )Es que realmente no nos interesa nuestro patrimonio monumental?

Descripción

El panteón de la duquesa de Sevillano es un gran edificio de planta de cruz griega, decorado al exterior en estilo románico lombardo, con profusión en el empleo de todos los recursos ornamentales y constructivos de este arte. Se cubre de una gran cúpula hemiesférica con teja cerámica, y se remata en enorme corona ducal.

La puerta de acceso se orienta al norte. Su gran altura la consigue a costa de elevar el pavimento del templo sobre la cripta mortuoria, que en vez de estar hecha excavada bajo tierra, se construyó a nivel del suelo. La escalinata de acceso al templo permite al visitante ascender al piso de la iglesia, y luego bajar hasta la cripta, con lo que se obtiene el efecto de estar entrando en un mundo de ultratumba, y por supuesto, "bajar" desde la iglesia, pero en realidad siempre se está a nivel del suelo del entorno.

La apariencia externa de este grandioso templo es de pertenecer al estilo románico lombardo. Tanto la puerta, como las ventanas, y especialmente los detalles de la cornisa, con sus modillones unidos por arcos conteniendo metopas, nos evocan con fuerza ese estilo centroeuropeo. Está todo él construido con piedra blanca de Novelda, y ofrece un solo cuerpo de grandes muros, cerrados en su mitad inferior, y abiertos de grandes ventanales en la superior, de arco semicircular y agemelados, decorados con columnillas y capiteles de tema vegetal.

Pero donde la belleza del edificio se acentúa es en su interior. Es el espacio arquitectónico perfecto, ámbito religioso y sorpresa permanente a un tiempo. La impresión que causa es la de estar en un lugar religioso de influjo bizantino. Se consigue a base de utilizar con profusión los mármoles en suelos y paredes, y los mosaicos multicolores en bóvedas, pechinas y arcos. El espacio, de gran altura, se ilumina apenas por la puerta de entrada y las ventanas de los laterales, pero sobre todo por la gran luminosidad que se derrama al interior desde la cúpula, forrada de miles de pequeñas teselas que conforman una superficie abovedada en forma de media esfera, en la que se ven representados, apoyados sobre un friso horizontal, un grupo en el que la Santísima Trinidad corona a María Virgen, al tiempo que una pareja de ángeles turiferarios se arrodillan al lado del grupo, y un conjunto de cinco grandes arcángeles, que portan instrumentos musicales y elementos sacramentales, cantan alabanzas frente al grupo. En las pechinas aparecen cuatro medallones con imágenes bizantinas de los cuatro evangelistas: San Juan, San Mateo, San Lucas y San Marcos, y decorando los arcos que dan paso a la capilla mayor, capillas laterales y brazo de la entrada, se muestran una docena de medallones de mosaico, con las imágenes de diversos apóstoles. Los muros del ámbito sacro están totalmente tapizados de mármoles de diversos colores, en los que abunda el rosa y el gris, y proceden de Alicante, Granada y Santander.

El espacio de la cripta, cubierto de una impresionante bóveda plana, se tapiza por muros de piedra blanca, en los que aparecen losas negras talladas con los nombres de los familiares de la fundadora. En el centro aparece el grupo escultórico que sirve de enterramiento a doña María Diega. Se compone de dos grupos de figuras escultóricas. Delante aparecen tres ángeles de mármol, que leen en una filacteria las virtudes de la señora; detrás surge el grupo de cuatro figuras del mismo material que trasladan sobre sus manos, como si no tuviera peso, el ataúd ricamente cubierto de tejidos en los que se labran las armas de la duquesa, y bajo los que la imaginada madera transporta los restos mortuorios de la noble dama. El movimiento, la monumentalidad y la fuerza romántica del conjunto es tal que realmente impresiona a quien lo contempla. La basamenta de este segundo grupo es también de basalto, durísima piedra en la que se tallan animales fabulosos, y unos medallones que, por delante, representan en mármol blanco el retrato de la duquesa, y por detrás ofrecen tallada la leyenda explicativa de la propietaria.

Concatedral de Santa María la Mayor o de la Fuente

Antigua mezquita de la que se conservan las portadas, de arcos apuntados de ladrillo del lado sur y oeste, y la torre. Posee tres naves con seis tramos separados por arcos de medio punto que descansan sobre pilastras. El crucero se cierra con una cúpula gallonada sobre pechinas y linterna. Mención especial merece el retablo del Altar Mayor, de tendencia clasicista y manierista, obra del arquitecto franciscano Francisco Mir, pintado y dorado en el año 1625 por Lorenzo de Viana.

Ofrece al exterior tres bellas portadas de ladrillo con arcos de herradura de espléndido estilo mudéjar, protegidas por atrio porticado sustentado por bellas columnas renacentistas de capitel alcarreño, mandado construir por el cardenal Mendoza.

Iglesia de San Ginés

Templo renacentista del siglo XVI, construido durante el arzobispado de Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, con decoración plateresca en el intradós del arco que enmarca la portada exterior. Su interior presenta una nave con capillas laterales y coro a los pies donde se conservan interesantes sepulcros; destacan los platerescos de don Íñigo López de Mendoza, primer Conde de Tendilla, y el de su hermano, don Pedro Hurtado de Mendoza, Adelantado de Cazorla.

Iglesia de San Nicolás el Real

Monumental iglesia barroca, típica jesuita, de la segunda mitad del siglo XVII. Su planta es de cruz latina, de una nave con capillas laterales que se cubre con bóveda de cañón. Destaca su bello altar churrigueresco y el sepulcro de alabastro de Don Rodrigo de Campuzano, emplazado en una de las capillas y relacionado estilísticamente con el del Doncel. En la sacristía se conservan valiosas pinturas del siglo XVIII. Los Condes de Coruña poseyeron en esta iglesia su correspondiente capilla.

Iglesia de San Francisco

Antiguo templo del siglo XIII que perteneció a la Orden templaria. Fue levantada a instancias del cardenal Don Pedro González de Mendoza, en estilo gótico final. Es de una nave con capillas y bóveda de crucería. Bajo el presbiterio se encuentra el panteón de los Mendoza. Su portada, hundida en el siglo XIX, fue reconstruida en estilo neogótico. Actualmente está declarada monumento histórico-artístico.

Capilla de San Luis de Lucena

Único resto de la antigua iglesia parroquial de San Miguel del Monte, de estilo mudéjar. Fundada por el humanista alcarreño Luis de Lucena hacia el año 1540, quien probablemente diseñó su estructura y decoración. Su planta tiene forma de L y está cubierta por una bóveda de cañón, decorada con hermosas pinturas al fresco del florentino Rómulo Cincinato, que desarrolla temas iconográficos. Su exterior presenta aspecto de una fortaleza con torreones cilíndricos almenados y ausencia de vanos.

Iglesia parroquial de Santiago

Iglesia que fue del antiguo convento de Santa Clara, de estilo gótico mudéjar del siglo XIV. Su portada es barroca del XVII y posee un interesante ábside plenamente mudéjar con arcos de medio punto y arco triunfal apuntado de ladrillos. En su interior destacan sus dos capillas de la cabecera, la de la Epístola, de estilo gótico florido de mediados del siglo XV, y la del Evangelio, obra de Alonso de Covarrubias para los Zúñigas del primer tercio del XVI, y en la que se encuentra el fabuloso mausoleo plateresco de la familia.

El monasterio de San Francisco

Sobre una eminencia del terreno, al nordeste de la ciudad, y fuera ya de sus antiguas murallas, se alza el convento de San Francisco, hoy englobado en el conjunto de edificios militares y colonia de viviendas al que se denomina genéricamente fuerte de San Francisco.

El origen de este monasterio es muy remoto, pues al parecer fue la reina doña Berenguela quien allí levantó casa para los Templarios, que tenían por misión la vigilancia de los caminos y protección de los peregrinos. Al disolverse esta Orden, en 1330, las infantas Isabel y Beatriz, hijas de Sancho IV y señoras de Guadalajara, donaron este lugar a los frailes franciscanos, que inmediatamente se asentaron en este lugar, recibiendo múltiples ayudas por parte de la ciudad: el Concejo, incluso, les concedió una limosna anual que sacaban de la renta de la harina.

Las ayudas de la familia Mendoza se dirigieron muy especialmente a este monasterio desde el siglo XIV: ya en 1383, cuando don Pedro González de Mendoza hizo su testamento, fundó cuatro capellanías y dio cantidades importantes para las obras del claustro de San Francisco, ordenando ser enterrado en su iglesia. Cuando en 1395 un incendio destruyó totalmente el cenobio, don Diego Hurtado de Mendoza, Almirante de Castilla, se comprometió a levantarlo de nuevo. Fue este aristócrata quien tomó el patronazgo de la capilla mayor, disponiendo ser enterrado, al igual que los herederos de su mayorazgo, en el presbiterio. Su hijo, el gran cardenal don Pedro González de Mendoza, construyó la iglesia y puso un retablo gótico, obra del artista pintor de Guadalajara Antonio del Rincón. Los restos de este retablo se conservan hoy, en tablas sueltas, en el Ayuntamiento de la ciudad.

La familia mendocina continuó ayudando al convento franciscano: doña Ana, sexta duquesa del Infantado, puso nuevo retablo, y don Juan de Dios de Mendoza y Silva, décimo duque, construyó bajo el presbiterio el panteón de restos mortales de sus antepasados, cometiendo el gran error de desmontar los magníficos enterramientos góticos que hacían de la capilla mayor de este templo un auténtico santuario del arte de la Edad Media, y de los que no queda descripción ni recuerdo.

Otras muchas ilustres familias arriacenses protegieron este cenobio, entre ellas las de los Gómez de Ciudad Real, los Orozco, los Avalos, Velázquez, Velasco y Castañeda, quienes dotaron las capillas laterales del templo, poniendo en ellas ricos altares y enterramientos.

En cuanto a su importancia dentro de la orden seráfica, podemos asegurar que ésta fue muy grande: en el siglo XVI lo ocupaban más de 70 frailes, siendo sus rectores figuras de la talla de fray Bernardino de Torrijos, y manteniendo una escuela de Arte y Filosofía Moral de la que salieron importantes figuras, entre ellas la de fray Antonio de Córdoba, que allí escribió en el siglo XVI una obra sobre Suma de casos de conciencia.

Durante la guerra de la Independencia fue totalmente saqueado y destrozado por los franceses. En 1835 la ley desamortizadora de Mendizábal le dejó vacío, y en 1841 le fue entregado al Ministerio de la Guerra, que hasta hoy lo ocupa, habiendo creado en su torno un centro de formación técnica y una colonia residencial que constituye un curioso ejemplo de urbanismo decimonónico.

Del antiguo monasterio franciscano queda hoy una gran portada neoclásica, que da acceso a un edificio del que se conserva, retocado, parte del antiguo claustro renacentista. Y la iglesia, cuyo exterior presenta una fachada y torre modernas, construidas en este siglo imitando las líneas góticas, y un cuerpo gigantesco, de muros lisos que sustentan gruesos contrafuertes de mampostería, y ventanales apuntados en lo más alto.

Al interior, de nave única y capilla absidal, sorprende lo elevado de sus techumbres y lo bello de sus proporciones. Consta la nave de seis tramos: el primero, a los pies, cubierto por coro alto que se sustenta en una magnífica bóveda de crucería, con arco rebajado y atrevido; luego otros cuatro tramos idénticos, en los que se abren a cada lado sendas capillas, a través de arcos apuntados, moldurados, que apoyan en haces de columnas adosadas rematadas en collarines de vegetales exornos. Estas capillas se cubren de bóvedas de crucería. Y entre uno y otro arco de acceso a estas capillas, se adosan al muro de la nave altísimas pilastras recubiertas de haces de columnillas semicilíndricas, con basas de tipo gótico, y remate en collarines vegetales, de los que arrancan las nervadas bóvedas. El ábside también se cubre de esta manera. En lo alto de los muros se abren ventanas de apuntado arco, algunas de ellas con parteluces y calados ojivales. Su aspecto es severamente gótico, y su constructor fue, según probanza documental, el cardenal de España don Pedro González de Mendoza. Muros y capillas están totalmente vacíos de decoración.

Bajo el ábside se encuentra el ostentoso panteón ducal de la casa del Infantado, que mandó construir el décimo duque, don Juan de Dios de Mendoza y Silva, y cuyas obras corrieron a cargo de los maestros Felipe Sánchez y Felipe de la Peña, quienes lo construyeron entre 1696 y 1728, a imitación del que Crescenzi había trazado para el Escorial. Se accede a este panteón por escalera que surge de la pared de la epístola en el ábside del templo, que se encuentra en un rellano con la que viene desde el exterior a través de una puerta abierta en el muro tras la cabecera de la iglesia. Es de planta elíptica, convertida en poligonal mediante aplanadas pilastras; una bóveda rebajada, dividida en plementos y ornamentada con decoración vegetal, en relieve, descansa sobre el friso directamente. En las paredes se colocan, unas sobre otras, las urnas sepulcrales de los Mendoza, de traza similar a las reales de El Escorial. Paredes y suelo se tapizan de mármol rosa y negro, procurando al recinto una sobrecargada belleza barroca. La invasión francesa, y otras agresiones y abandonos, dan hoy a este monumento un aspecto desolador.

En 1859 se trasladaron a Pastrana, a su iglesia Colegiata, en varias urnas, los restos de algunos Mendoza ilustres, entre ellos se cree que los del primer marqués de Santillana, aunque es difícil asegurarlo tras haber sido derramados y confundidos los restos de esta familia, en 1813, sobre el pavimento de este enclave, que se completa con una pequeña capilla de elevada cúpula apuntada, cuya espalda se cubre al exterior con ostentosa fachada manierista de blanca piedra sillar.

La capilla de Luis de Lucena

Situada en la cuesta de San Miguel, es el único resto conservado de lo que fuera iglesia parroquial de San Miguel del Monte, obra románico-mudéjar que fué derribada en el siglo pasado, salvándose por fortuna esta su capilla aneja.
Fue diseñada, costeada y dirigida en su construcción por su fundador el doctor Luis de Lucena, sabio humanista nacido en Guadalajara a fines del siglo XV, eclesiástico y médico: cuidó de la salud de los Papas, en Roma, tras haber ejercido su profesión y publicado algún libro sobre enfermedades, en Tolosa de Francia; erudito investigador de la antigüedad clásica y preocupado por todos los problemas de la cultura, residió en Italia largos años, acudiendo a las Academias más afamadas. Erasmista y hondamente interesado en las cuestiones del espíritu, planeó su capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, en Guadalajara, como un monumento a la Espiritualidad (programa iconográfico de las pinturas de sus bóvedas) y a la Sabiduría (mandó en su testamento que el piso superior fuera destinado a biblioteca pública).

Es muy posible que el arquitecto diseñador de este templo fuese el mismo fundador, el humanista Luis de Lucena. En una placa de piedra tallada que luce sobre el almenaje de su torreón sureste, aparece escrita en latín una frase en la que dice que el año 1540, Luis de Lucena cuidó de hacer esta capilla y la dedicó a la Virgen. Aunque ya por entonces se encontraba en Roma, es muy posible que desde allí mandara los planos para este conjunto que supone una magnífica conjunción del casticismo mudéjar arriacense y las formas interiores de manierismo romano más puro.

Las pinturas, hechas ya cuando el fundador había muerto, pero siguiendo sin duda un plan previamente trazado por él, son debidas al pincel de Rómulo Cincinato, un artista florentino que vino a España mediado el siglo XVI, al llamado de Felipe II para decorar su monasterio de El Escorial. Allí trabajó junto a Tibaldi, Zúccaro y otros italianos, viniendo a Guadalajara hacia 1580, ya viejo, para pintar las techumbres de las salas bajas del palacio del Infantado, y haciendo este trabajo de la capilla de Lucena en sus ratos libres. Algunas de las pinturas de sus bóvedas han quedado sin concluir.

La capilla pasó tras la muerte del fundador a su familia, que eran apellidados Núñez y que casaron con los Urbinas, por lo que con este último nombre fué conocida los últimos siglos. Abandonada progresivamente, se salvó milagrosamente del derribo cuando en la segunda mitad del siglo XIX, y tras la exclaustración, fue eliminado el templo anejo de San Miguel. Convertida en leñera, y muchos años abandonada, en 1914 fue declarada Monumento Nacional y restaurada por iniciativa del entonces ministro Conde de Romanones, bajo la dirección técnica del arquitecto historicista Ricardo Velázquez. Abandonada otra vez, en el momento actual se conserva aceptablemente, pero cerrada permanentemente y sin destino alguno, su deterioro progresivo está anunciado.

Descripción

La capilla de Luis de Lucena fue construida hacia 1540. Es un curioso edificio todo él fabricado en ladrillo, con el que su arquitecto y diseñador logró unos magníficos efectos ornamentales. Sus paramentos, orientados al norte, sur y a poniente el más amplio, muestran las huellas de sus arcos que en tiempos fueron descubiertos. Reforzando las esquinas, y al comedio del muro occidental, se levantan unos cubos cilíndricos que rematan en almenadas cupulillas, sustentadas a su vez por modillones. El pronunciado alero se sustenta por un complicado friso de mocárabes, todo ello en ladrillo consiguiendo en los huecos que entre sí forman los modillones inferiores de este friso, representar cruces y otras figuras ornamentales, todo ello manejando con verdadera gracia el elemento mudéjar por excelencia. La elaborada estructura de esta capilla, con su arrebatado mudejarismo, sorprende en pleno siglo XVI. Y más aun al conocer la filiación hondamente humanista de su fundador. Sobre el cubo angular del S.O. del exterior de la capilla, hay una cartela de piedra tallada en la que se lee lo siguiente: Deo Optimo Maximo / Dei Matri Beatissime / Angelorumque Hierarchiis / Ludovicus Lucenius erigendum / Curavit, dicavitque, Anno / et Christo nato M.D.XL. Sobre la puerta de entrada, está el curioso escudo heráldico del fundador.

Las pinturas de las techumbres, arcos y enjutas, mas las que probablemente asentaron en sus paredes, se encuentran hoy en buen estado de conservación, tras una cuidadosa restauración a la que ha sido sometida esta capilla, y así se puede admirar su conjunto y el programa religioso que forman: la línea central de rectangulares cuadros ocupa, en sucesión y disposición que recuerda a la de la Capilla Sixtina, toda la bóveda de la capilla, y presentan escenas de la vida del pueblo judío, guiado por Moisés, y luego por Salomón, representándose en el arco mayor una magnífica escena de la llegada a Tierra Prometida. En las mismas bóvedas, se ven representaciones de las Virtudes Cardinales (cuatro figuras magníficas, de fina ejecución) con sus correspondientes atributos, de diversos profetas y luego de Sibilas, que en número de doce rellenan también algunos espacios de enjutas, completándose con representaciones de las virtudes teologales. Pueden interpretarse como un "camino en el Cielo hacia Cristo" de indudable inspiración erasmista.

El autor de las pinturas, ya en el final del siglo XVI, fue con seguridad Rómulo Cincinato, como hemos dicho. Seguramente colaboraron con él otros pintores, pues hay cosas de distinta mano, e incluso algunas figuras y escenas quedaron a medio terminar.

La capilla tuvo un retablo en su muro de levante, del que no queda resto ni descripción alguna. Fueron sus patrones los sobrinos del doctor Lucena: la familia Núñez, de conocidos médicos arriacenses, durante los siglos XVI y XVII, y posteriormente la familia de los Urbina. Tras la demolición de la iglesia aneja de San Miguel, se guardaron en su interior algunas estatuas, escudos y restos de yeserías mudéjares de la capilla de los Orozco de la también derruida iglesia de San Gil, pero el tiempo y los hombres se encargaron de destruirlo todo. Hoy por hoy, y mientras la voluntad y el interés de las autoridades políticas de quienes depende este edificio no cambie sustancialmente, es imposible acceder a contemplar su interior.

 

FIESTAS

Reyes Magos

El día 5 de Enero se celebra de una manera especial en Guadalajara. La ciudad se engalana con luces de colores durante toda la Navidad. El Ayuntamiento de la ciudad en colaboración con diversas asociaciones altruistas preparan una cabalgata en la que aparecen los personajes de moda del mundo infantil y los referentes más notables de la tradición navideña provincial.

Semana Santa

La Semana Santa de Guadalajara es de una austera dignidad religiosa. En la capital existen desde hace varias décadas numerosas cofradias de penitentes que se reunen durate todo el año y que varios meses antes de la Semana Santa se preparan para sacar dignamente sus pasos.

Corpus Christi

La festividad del Corpus es una fecha muy emotiva para los guadalajereños. En un principio se celebraba en Jueves que era día festivo, pero posteriormente pasó a celebrarse en domingo.

Ferias de Septiembre

Arrancando el día 8 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Antigua. Patrona de la ciudad, se prolongan durante dos semanas en las que no falta de nada. Un espectáculo que se ha convertido en cotidiano durante los días de feria es el concurso hípico, que se celebra en los campos de tierra anejos al campo de fútbol.

ESTAS FOTOS HAN SIDO BAJADAS A TRAVÉS DE INTERNET

Me he bajado estas fotos de Internet desde hace tiempo. Cuando engendré esta página, ya no me acordaba de qué sitios me las había bajado y al publicarlas creía que la gente me iba a encontrar y pedirme que le hiciera referencia, o que retirara las imágenes. Por esto pongo el siguiente anuncio: Si eres autor de alguna de estas imágenes te pido que me disculpes por la publicación sin tu previa autorización y te ruego que me busques para que pueda hacerte la debida referencia. En algunos casos ya les he hecho referencia a algunas personas y páginas, porque éstas me han enviado un correo avisándome de la autoría de las fotos, en otros aun no.        esf@espanolsinfronteras.com

  • Si hace falta poner aquí alguna referencia, avísame.
  • Miguel A. B. González - Colaborador español
  • Fotopaises.com / Castillosnet.org / Recursos.cnice.mec.es
  • Spaincenter.org/turismo/guadalajara
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Este sitio se actualizó por última vez el 29/08/2008