![]() Ciudad de España, capital de la provincia homónima, enclavado en el centro geográfico de la provincia de Cuenca, sobre un farallón rocoso entre los ríos Júcar y Huécar y la llanura que se extiende a su alrededor a 1.001 m de altitud. Posee una característica especial que la define como ciudad única: su extensión vertical y su distribución asimétrica, formando terrazas con numerosos y encantadores rincones. Cuenta con 46.341 habitantes (2001) y 689,00 km². Dale aquí para que pueda acceder a la galería de imágenes de esta ciudad
HISTORIA DE CUENCA Dale en la imágen para ver un video de esta ciudad. La ciudad de Cuenca presenta un claro origen medieval, posiblemente un castillo musulmán durante largo tiempo. Parece evidente que su situación estratégica en las rutas medievales fue aprovechada por los musulmanes para ubicar y levantar un emplazamiento defensivo que se revelará vital para el área de la Serranía, y una ciudad-fortaleza para controlar y organizar un amplio territorio. Así, su trazado y configuración urbana son el resultado de un largo proceso histórico y socioeconómico que va de Alta Edad Media a finales del siglo XVII. La explotación agrícola de las vegas de los dos ríos, el extenso
territorio, o kura, que administra, y una potente industria textil
hicieron de Cuenca en la época omeya uno de los centros más importantes
del Califato. Su desarrollo demográfico y su pujanza económica no se
detienen tras la conquista de la ciudad por Alfonso VIII en 1177 y su
incorporación a la Corona castellana. Es entonces cuando adquiere
personalidad jurídica con el Fuero que el Rey le otorga, y el poder
eclesiástico comienza a arraigar en la ciudad mediante su conversión en
Sede Episcopal y la llegada y establecimiento de la Orden de Santiago. El
emplazamiento de la ciudad de Cuenca, tuvo su razón de ser en la
topografía, y consiste en un espolón rocoso alto y angosto entre los dos
profundos fosos labrados por los ríos Júcar y Huécar. Su origen se sitúa
en el primitivo castillo, en lo más alto de la ciudad, y se fue
desarrollando hacia abajo, dando lugar a una estructura urbana de
perspectivas sorprendentes, hasta llegar al llano, la parte baja de la
población, donde se extendió el ensanche, como se puede apreciar por el
reciente surgimiento de nuevas urbanizaciones y barrios periféricos que
van ampliando el casco urbano.
Arquitectura religiosa
Arquitectura civil
Arquitectura militar
Dos de Mayo, Feria y Fiestas de San Julián, Jueves Lardero, San Julián, San Mateo, Semana Santa, Virgen de la Luz .
Gastronomía de Invierno en Cuenca El clima de Cuenca no es misericorde con sus paisanos,
se pasa del frío al calor casi sin transición primaveral y al contrario
en el otoño, incidiendo la rigurosidad radical del ambiente en el
contraste térmico en ortos y ocasos solares. Esta peculiaridad ha
llevado al conquense, depositario de la sabiduría que aporta la
experiencia, a adaptarse en su sistema alimentario. Gastronomía Nazarena La comida y la bebida en la Pasión de Cuenca cobran mayor realce en cuanto que no sólo sirven de alimento cotidiano, sino que también cumplen con el honroso deber de dar sustento y reconfortar al penitente en su devoto ejercicio. Comida para inpulsar el cuerpo en el penoso tránsito hacia el Calvario. Bebida para consolar el alma en el amargo ascenso purificador hacia la Divinidad. La tradición manda en todo lo que rodea a la Semana Santa y en tiempo de Cuaresma, como es sabido, se puede comer de todo, guardando los viernes el precepto de la abstinencia en lo relativo a la carne y sus derivados. El sacrificio, bien mirado, no es tanto, pues en el campo de la alimentación el abanico de posibilidades es inmenso sin por ello desobedecer el mandamiento. Dentro de la variedad hay platos emblemáticos para esta época: los potajes de Cuaresma y entre ellos como paradigma la garbanzada, con sus garbanzos, su bacalao, sus espinacas y su huevo cocido; las patatas en Ajovirón, perfumadas con azafrán; el guiso de Viernes Santo, hoy olvidado por el tiempo que lleva realizarlo, compuesto de medios huevos duros, tajadas de bacalao, ramilletes de coliflor y medias alcachofas, ingredientes previamente rebozados en harina y huevo, y fritos para después cocer lentamente en una salsa ligada con yema de huevo cocido. El protagonista de los segundos platos, como insignia de la herencia culinaria, es, insustituible, el bacalao. Pasado por harina y huevo, y frito en aceite de oliva, o desmenuzado en salsa de tomte, ahora no podemos decir que sea un plato asequible al pueblo llano; pero antes, desde que el hombre conoce el poder de la sal como conservante, el bacalao era la única posibilidad que tenían los habitantes del interior de consumir pescado marino con cietas garantías de conservación e higiene. Y era alimento accesible a aquellos que no tenían dinero para pagarse la bula que los eximiese de la veda cárnica y necesitaban el aporte proteínico para sus organismos. Las legumbres son territorio abierto. Además de los garbanzos, se pueden comer júdías blancas cocidas y aliñadas con aceite y vinagre, o judías pintas estofadas con aceite, ajo, laurel y sal, a las que a última hora se les añaden unos huevos picados que han cocido enteros en el mismo puchero; o las llamadas ensaladas de lentejas; o empedrados viudos de éstas o aquellas legumbres con arroz. Las verduras, ya se sabe, tristemente cocidas en agua salada y, como lujo, rehogadas con un ajo picado o untadas con una mahonesa. Donde la variedad es mayor y paraíso de golosos es en el surtido de dulces típicos de Semana Santa: Torrijas en leche, vino o almíbar, siempre aromatizadas con canela en rama y peladuras de limón. Bolas de miga de pan sentado pasadas por harina y huevo batido y fritas, luego, cocidas en almíbar perfumado con la recurrente canela y cáscara de naranja. Rosquillas fritas nevadas de azúcar. Pestiños con fragancia de annís y bañados en miel. Bizcochos de canela que se comen mojándolos en agua, vino de misa o, los más osados, en resoli. Y como medalla el alajú, ese dulce en forma de torta entremetida entre grandes obleas con innegables resonancias árabes; mortero grosero que amalgama el pan rallado enmielado con nueces, almendras o cacahuetes, según sea el poder adquisitivo de quien lo consume. Otra de las tradiciones que mantienen su vigencia son los almuerzos que tienen lugar durante el descanso, cada vez más corto, de la Procesión de las Seis de la Mañana del Viernes Santo en los aledaños de la Plaza Mayor, en los que como continente se usa la hogaza de pan y como contenido los manjares al uso: bacalao rebozado o con tomate, escabeche, pimientos fritos, pisto, huevos duros, tortillas de patata y escabeche; refrescando con ensladas en las que no falta la cebolla, aliñadas con una emulsión de yema cocida, ajos machacados, aceite, vinagre y sal. Alimentos regados con vino de la tierra en largos tragos de la bota que le comunica ese especial saborcillo a corambre. Indeterminados hermanos, poco temerosoos de Dios, camuflan en la hogaza sus buenos chorizos, torreznos y tacos de lomo o jamón; aunque en su descargo, hay que aclarar, que los comen bien envueltos en el pan y se ubican en lugares retirados paro no escandalizar a otros hermanos más dóciles. Ceremonias en las que también está presente la comida y la bebida son las subasta de banzos, donde para animar la puja se sirve vino y cerveza, libación a la que ayudan aceitunas, cacahuetes y garbanzos 'torraos'. Asimismo los convites de los hermanos mayores después de encerrar el paso, en los que no faltan magdalenas y rosquillas regadas con zurra fresca que mitigue el reseco de garganta debido al esfuerzo. Y las cenas de banceros en las que es costumbre entripar judías con chorizo y oreja, chuletas, ensalada, pan y vino; rematando con resoli. Para el final, dejamos la manifestación más característica de este tiempo de Pasión en Cuenca: el Resoli. Era trdición antaño que taberneros y confiteros elaboraran artesanalmente esta bebida, creando competencia entre ellos y las consabidas rondas de cuadrillas de amigos para probar estos néctares en los días previos a la Semana Santa. Licor compuesto por cocimiento de café, al modo del de pucherillo, en el que interviene el azúcar caramelizada, la canela en rama y la peladura de naranja; aparte de otros ingredientes que son el secreto de cada elaborador. Filtrado y con el aditivo de aguardiente y brandy que le dan tono. Estas son las costumbres que desde el abismo insondable de la historia popular acompañan a los conquenses cada primavera, cuando llega el momento de recrear la pasión y muerte de ese hombre enigmático que nació Diós hace ya casi dos milenios, y que su huella sigue impresa en el espíritu de los hombres. Juan Carlos Luján Alarcón Recetas Bacalao al estilo de La Mancha, Matahambre.
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Monumentos y los espacios naturales: La ciudad encantada de Cuenca
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