
Ciudad
de España, capital de la provincia de Ciudad Real, situada en el corazón
del Campo de Calatrava, en una zona llana salpicada de pequeños cerros,
a 628 m de altitud, y a 199 km de Madrid, capital de España. Es Sede
Episcopal, de la Audiencia Provincial y del Rectorado de la Universidad
de Castilla-La Mancha, a la vez que núcleo rector de la comarca. Cuenta
con una población de 63.251 habitantes (2001), cuyo gentilicio es
ciudadrealeño, sobre una superficie de 284,85 km². Dale
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HISTORIA DE
CIUDAD REAL
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Ciudad
Real es la ciudad que da nombre a la provincia, faro y centro
geográfico de sus 20.000 kilómetros. Con 58.175 habitantes (enero de
1990), nació por voluntad del rey Alfonso X el Sabio en 1255,
bautizando con el nombre de Villa Reala una aldea conocida como
Pozuelo Seco de Don Gil, una vez que desistió de repoblar Alarcos: «e prové de facerlo por todas las
guisas e non pude... ca era el logar muy doliente...» «Por ende tove por
bien que oviesse hy una grand villa e bona... que fuese cabesga de toda
aquella tierra, e mandela poblaren aquel lugar que dizien el Pozuelo de
Don Gil e púsele nombre Real.»
De esta manera reza la Carta Puebla que se conserva en el Archivo
Municipal. En 1420 fue cuando obtendría el rango de ciudad de la mano de
Juan II. Más de 100 torres tuvo, amén de seis torreones y dos portillos.
Hoy apenas quedan algunas piedras del Alcázar Real, aunque conserva
otros monumentos. Doce años después de su función era sancionado en
Calatrava la Vieja el primer convenio entre la villa y la poderosa Orden
de Calatrava, poderío que la Corona pretendía contrarrestar precisamente
con la fundación de Villa Real.
Ciudad Real alcanza su mayor esplendor durante el siglo XVI con las
industrias del paño y los curtidos de piel. Pero también era bastante
apreciado su vino: «Pero, dígame señor, por el siglo de lo que más
quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?» (Sancho Panza, II, 13 del
Quijote).
En Ciudad Real se produjo la muerte, en 1275, del primogénito de Alfonso
X el Sabio, don Fernando de la Cerda, casado con doña Blanca, hija de
San Luis, rey de Francia. Con aquella muerte, bien podemos decir hoy que
cambió el rumbo de España. Aquí crearon los Reyes Católicos en 1494 la
Real Chancillería, posteriormente trasladada a Granada, y aquí tuvo su
sede la Santa Hermandad, tan temida -como sabemos- por Sancho Panza.
En Ciudad Real nació en 1451 Hernán Pérez del Pulgar el de las Hazañas,
aguerrido soldado que luchara junto a los Reyes Católicos en Granada, y
autor de una notable crónica de la época. Hablan de esas Hazañas la
batalla del castillo del Salar, la de la Venta del Gato, la batalla de Bentomiz, el cerco de Salobreña, la hazaña del Ave María, o el desafío
en el Alcaná, por citar sólo algunos.
Por bula del Papa Pío IX en 1875 se creaba el obispado priorato de las
Ordenes Militares de Calatrava, Montesa, Alcántara y Santiago,
distinción que hoy sigue ocupando el titular de la diócesis, monseñor Torija de la Fuente. Está claro que la expulsión de los judíos en el
siglo xv y la incorporación de los territorios de las Ordenes Militares
a la Corona produjeron la decadencia de sus villas y el auge de las
villas reales. Ciudad Real fue la capital en 1691 de la provincia de La
Mancha, que englobaba a 22 provincias de Castilla, pero sería en 1833,
con la división de la Península en 49 provincias, cuando Ciudad Real
quedó definitivamente constituida en la capital de provincia tal y como
la conocemos en su estado actual.
Entre los monumentos existentes en la ciudad, destacaremos la Basílica
Catedral, la iglesia de San Pedro y Santiago, la casa natal de Hernán
Pérez del Pulgar, el palacio de la Diputación Provincial y el santuario
de Nuestra Señora de Alarcos (a ocho kilómetros de la capital, y en
cuyas proximidades tuvo lugar la batalla de Alarcos el 18 de julio de
1195). Y, desde luego, la Puerta de Toledo, la única que permanece en
pie de aquellas antiguas murallas, construida en 1328 en estilo
gótico-mudéjar.
La Catedral de Santa María la Mayor se comenzó a construir en 1531,
dedicada a Nuestra Señora del Prado. Consta de una única nave con
proporciones considerables, y está dotada de tres puertas
románico-góticas, y un magnífico retablo de corte renacentista (lo mismo
que la arquitectura exterior), obra de Giraldo de Merlo.
La iglesia de Santiago es la más antigua de la ciudad, habiéndose
construido entre los siglos XIII y XIV. Cuenta con un importante
artesonado mudéjar del siglo XIV, y recientemente se han descubierto
unos interesantes frescos. La de San Pedro es monumento nacional y se
trata de una iglesia gótica de gran belleza y singularidad construida
entre los siglos XIV y xv. Es notable la capilla de los Coca, y la reja
isabelina de la capilla dé Jesús Nazareno.
La casa natal de Hernán Pérez del Pulgar el de las Hazañas, que clavó el
cartel del Ave María en la puerta de la aljama granadina, se encuentra
juntó a la Catedral y cuenta con una elegante portada que hace honor al
blasón de su linaje: «El Pulgar, quebrar y no dobla.» En la actualidad
ha sido reconstruido todo el caserón mediante la creación de una
Escuela-Taller, y se ha instalado el Museo del pintor Villaseñor.
El palacio de la Diputación, de inspiración neoclásica, fue construido
en el último tercio del siglo pasado, y alberga en su interior una
importante colección de obras de pintores manchegos, tales como Alfredo
Palmero, Carlos Vázquez, Angel Andrade, Gregorio Prieto, Lizcano,
Iniesta y un magnífico mural de López Villaseñor que preside el salón de
sesiones. Magníficos bustos en bronce de personajes cervantinos.
Por último, la ciudad cuenta con diversas casas blasonadas, monumentos a
Don Quijote, Cervantes y Alfonso X el Sabio, el Museo Provincial, con
importantísimas piezas de pintura, escultura y arqueología, el Museo
Elisa Cendreros de historia local, y la Casa de Cultura, obra del
arquitecto Miguel Fisac. Recientemente se ha inaugurado el Museo
Diocesano, que muestra valiosas piezas del arte religioso.
Ciudad Real, cuya arquitectura y urbanismo tal vez hayan estado faltos
de una cuidadosa planificación (como ejemplo podemos hablar del edificio
del Ayuntamiento, obra del arquitecto Higueras, sujeto como toda la
Plaza Mayor a fuerte polémica por su singular estilo), vive momentos de
enorme crecimiento y desarrollo. La construcción de grandes centros
comerciales y de polígonos industriales, juntamente con la mejora de
carreteras e incidencia del Tren de Alta Velocidad (AVE) que la unirá
con Madrid en una hora, es de esperar que incremente el número de
habitantes y saque a la comarca del ostracismo secular que padece.
Abandonamos la ciudad -sede episcopal, de la Audiencia Provincial y del
Rectorado de la Universidad de Castilla-La Mancha-, en medio de un
paisaje casi absolutamente llano, sólo interrumpido por dos pequeñas
elevaciones: la del cerro de Alarcos, donde tiene lugar la romería del
mismo nombre, y la del Parque Forestal La Atalaya, pequeño pulmón
vegetal de Ciudad Real.
LA EDAD MEDIA
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Como hemos podido comprobar, hay un tiempo antiguo, un alborear
histórico en el que el territorio manchego aportó episodios y valores
propios a la crónica general de la Península Ibérica, sobre todo en lo
que se refiere a la época oretana. La Edad Media, sin embargo, comenzó
de manera gris y confusa. Durante el período visigodo, La Mancha apenas
si tuvo protagonismo, posiblemente eclipsada por el gran esplendor
toledano.
No sucederá lo mismo tan pronto como dé comienzo la Reconquista, incluso
antes si tenemos en cuenta las rivalidades existentes entre los reinos
de Córdoba y Toledo, para los que las tierras de la que ahora es
provincia de Ciudad Real tenían un considerable valor estratégico. De
ahí, sin duda, la construcción del castillo de Calatrava la Vieja,
Alarcos y Salvatierra.
La batalla de Alarcos (1195) constituye uno de los episodios más tristes
y desafortunados de todo el siglo XII, una época en la que coincidió el
poderío musulmán con la escasa coherencia de los reinos cristianos. En
el enfrentamiento de Alarcos se dio un gigantesco paso atrás en la obra
reconquistadora, perdiéndose numerosos territorios que ya parecían
consolidados para la causa de la unión peninsular. Sobre todo porque una
posterior guerra entre españoles hizo que los almohades, en su avance
hacia el Norte, se apoderasen de Uclés, Madrid y Guadalajara, amenazando
muy seriamente, además, las poblaciones de Toledo y Cuenca. Los reyes de
León y Navarra, aprovechándose del crítico estado anímico de Alfonso VIII tras el desastre de Alarcos, atacaron al monarca castellano,
perdiendo todos en tan necia operación.
El historiador Vicente Silió (1892-1972) narra el suceso de Alarcos de
este modo: «En 1194, el rey Alfonso VIII cometió la imprudencia de retar
a Yasub enviándole un mensaje en tono altanero, por el cual le retaba a
que mandase sus tropas a batirse en España o le facilitase navíos para
que los cristianos pudiesen embarcar y derrotarle en África. Hacía
treinta y un años que Yasub gobernaba el imperio almohade. Contestó al
de Castilla con unas breves líneas al dorso de su mensaje: "Estas son
las palabras que ha pronunciado Alá, el Todopoderoso: Me lanzaré sobre
ellos, les convertiré en polvo sirviéndome de ejércitos que no han visto
nunca y de cuya fuerza no podrán librarse". Leyó a sus tribus el desafío
de Alfonso y escuchó en respuesta un gran clamorío, exigiendo venganza.
Con un poderoso ejército salió Yasub para Algeciras. Alfonso solicitó
que entraran en campaña los reyes de León, Navarra y Portugal. Debió
sorprenderle que éstos así se lo prometieran, pero no que faltasen a la
palabra empeñada y le dejasen solo en tan gravísimo trance, que tampoco
movilizó a Alfonso II de Aragón.»
El encuentro en Alarcos -inmediaciones de lo que hoy es Ciudad Real-
entre los ejércitos cristiano y almohade debió de ser cruento y
desproporcionado. Vicente Silió escribe que «las tropas de Yasub eran
tan superiores como para inducir al monarca cristiano a rehusar la
pelea». Pero se hallaba Alfonso VIII en la plenitud de su vida, con el
vigor de sus cuarenta años y no pensó en ningún instante retroceder ante
el enemigo. Prefería morir antes que contemplar la gran catrástrofe que
se avecinaba. Y a fe que si no hubiese sido por la intervención de
algunos nobles que, muy en contra de su voluntad, le sacaron del campo
de batalla, hubiera sucumbido.
A partir de este triste episodio, La Mancha ciudarrealeña quedó en poder
de los mahometanos, los cuales se enseñorearon de pueblos y castillos,
hasta que pasadas un par de décadas las cosas comiencen a cambiar y se
vislumbren las alboradas de las Navas de Tolosa.
Como queda dicho, la derrota de Alarcos supuso la pérdida de todo el
territorio calatravo, que fue ocupado por los almohades y quienes con
ellos colaboraron. Ello produjo en la Orden de Calatrava momentos de
desconcierto y recapitulación. Pero a los tres años de aquella gran
derrota se inició una recuperación que comenzó con la organización de
una expedición que se adueñó de Salvatierra, desde donde se hostigó con
éxito a los musulmanes durante trece años, hasta que se vieron obligados
a capitular un año antes de la batalla de las Navas.
LA FUNDACIÓN DE CIUDAD REAL
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Como es sabido, a la muerte de Fernando III el Santo, rey de Castilla y
León, le sucede su hijo Alfonso, a quien las crónicas llamarán luego el
Sabio, tanto por el impulso que dio a las ciencias y a las letras
durante el tiempo que reinó, como por su propia cultura. Públicos y
notorios son los muchos problemas con los que este monarca se encontró
al comienzo de su reinado, los cuales le retuvieron en Sevilla hasta
finales de 1253. Se sabe que uno de esos problemas -y no el menor- era
el referente a las Ordenes Militares de Santiago, San Juan y Calatrava.
Sobre todo con el maestre de Calatrava, cuyos dominios eran tan enormes
que, como señala el estudioso manchego José Sánchez Lillo, no se podía
viajar desde Toledo a Córdoba por «los caminos más transitables sin que
forzosamente se hiciera posada en territorios de estas poderosas
instituciones y muy especialmente en los de la Orden de Calatrava:
Alfonso X el Sabio conocía la realidad e importancia de ello; y era
lógico que sintiese esa cuestión, aunque no lo diga».
Hacia 1254, todavía incipiente su reinado, Alfonso X ha logrado salir de
Sevilla para tomar contacto con la realidad de los pueblos y gentes de
su reino. Toledo es uno de los puntos hacia donde primero se dirige.
Toledo era la ciudad de los encuentros de las tres culturas, en la que
el propio monarca había nacido en 1221, y en donde tanto protegerá la
Escuela de Traductores. ¿Fue a lo largo de este viaje de Sevilla a
Toledo cuando decidió fundar una villa lo suficientemente fuerte en La
Mancha como para contrarrestar el poder y la pujanza de las Ordenes
Militares, en especial la calatraveña? A este respecto son varias las
opiniones y puntos de vista de los historiadores, sacándose la
conclusión de que los fines principales fueron de carácter político y
económico.
Ricardo Izquierdo Benito, en su obra Castilla-La Mancha en la Edad
Media, publicada en 1985, lo explica del siguiente modo: «El primitivo
núcleo de población de Villa Real (futura Ciudad Real) se fundó en un
lugar denominado Pozuelo de don Gil, en término de Alarcos, junto a un
camino que de Toledo conducía a Andalucía. El privilegio fue concedido
por Alfonso X el 20 de febrero de 1255, otorgando aldeas y términos. Han
sido varias las hipótesis que se han mantenido con respecto a esta
fundación, entre las que se señala, incluso en la misma época, la
insalubridad de Alarcos. Sin embargo, esto no parece muy convincente,
pues la proximidad de los dos núcleos haría que las condiciones
climatológicas fuesen similares. Además, el territorio ya contaba con
otros núcleos que se podían haber potenciado, sin necesidad de crear uno
nuevo.»
El mismo autor nos recuerda cómo en el primitivo término fundacional se
hallaban las aldeas de Villar del Pozo, Ciruela, Poblete, Higueruela y Alvalá, modificándose posteriormente por la integración de Alarcos y el
desgajamiento de Villar del Pozo, que pasó a la Orden de San Juan.
Desde los primeros momentos se vio claramente que Alfonso X ponía un
especial interés en la proyección de Villa Real, pensando, quizá, en una
reestructuración de su política castellana. Por otra parte, el lugar
debía de ser bien conocido por el monarca, pues ya en años anteriores su
padre Fernando III y doña Berenguela habían celebrado unas famosas
«vistas».
El fuero otorgado a la naciente villa fue el de Cuenca, el más liberal y
completo de toda Castilla, concedido también a otros lugares de León y
Aragón. De esta manera se distinguía a Villa Real con no pocos
alicientes para que buscasen en ella asentamiento gentes de muy diversa
condición, circunstancias que no se daban en los territorios que
permanecían en poder de las Ordenes Militares. También se percibe en
esta concesión real el deseo de la Corona de ir consolidando una
política de unificación legislativa en sus territorios.
APUNTES HISTÓRICOS
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Villa Real, el antiguo Pozo de don Gil, pasará a llamarse Ciudad Real en
1420 -«Muy Noble y Leal Ciudad Real»-, título que le concedió Juan II.
Comienza aquí el período de mayor auge de la ciudad, llegando a su
jurisdicción gentes de toda la comarca y de fuera de ella, algunos
judíos. Ya antes se habían producido aquí acontecimientos de
extraordinaria importancia histórica, como la muerte del infante don
Fernando de la Cerda, hijo de Alfonso X y heredero de la Corona. Murió
cuando preparaba una expedición contra los musulmanes. Su hermano don
Sancho se presentó de inmediato alegando sus derechos al trono e incluso
pactando concesiones con la Orden de Calatrava, que luego no cumplió.
Durante los últimos siglos de la Edad Media la villa vivió momentos de
gran esplendor, como el de la celebración de Cortes por Alfonso XI,
recibiendo allí a los embajadores del rey de Marruecos, pero también fue
convertida en señorío de nobles, príncipes y reyes.
Villa Real perteneció, entre otros, al infante don Fadrique, a la reina
doña María de Molina y a doña Juana de Portugal, esposa de Enrique IV. Y
famosos fueron sus enfrentamientos con la villa de Miguelturra,
perteneciente a la Orden de Calatrava. En 1421 se concertó en Almagro la
paz con los calatravos y con su maestre Luis de Guzmán, lo que, unido a
las numerosas mercedes otorgadas por Juan II, supuso para Ciudad Real un
período de progreso y bienestar.
Por cierto que la visita de Juan II y su esposa a Ciudad Real coincidió
con un violento terremoto. Otro dato interesante para los aficionados a
la Historia es que el mismo don Alvaro de Luna fue durante algún tiempo
almojarife y escribano mayor de la ciudad, y que en 1449 se le otorgó
voto en Cortes. En lo eclesiástico, Ciudad Real dependió de la mitra
toledana y en su fundación quedó dividida en tres parroquias.
Los Reyes Católicos establecieron en Ciudad Real las siguientes
instituciones: Tribunal de la Inquisición, que funcionó los años 1483 a
1485, fecha en que fue trasladado a Toledo. Creación de la Real
Chancillería en 30 de octubre de 1494, entidad equivalente a una
Audiencia. Sólo existía otra en Valladolid, lo que explica su gran
importancia. La Chancillería ciudarrealeña tampoco tuvo lo que se dice
una larga vida, pues en 1505, tras la muerte de Isabel la Católica, fue
traslada a Granada, alegándose al principio que se trataba de un cambio
provisional, pero que resultó ser definitivo.
También dispuso Ciudad Real de Carta Regia en la que se confirmaban
todos los privilegios que le habían sido concedidos por los monarcas
anteriores, ordenando a infantes, duques, condes, marqueses, maestres,
prebostes, comendadores, oidores, alcaldes, notarios, etc., «que nos
guarden e fagan guardar esta merced e confirmación que de los dichos
privilegios (franquicias, libertades, mercado semanal y exención de
algunos tributos) tenedores e de bustros buenos usos y costumbres en que estades vos facemos en todo e por todo segund que en esta nuestra carta
se contiene... Dada en Valladolid a veinte y ocho días del mes de abril
del nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil e cuatrocientos e
setenta y cinco años».
La reina Isabel sintió una gran predilección por Ciudad Real, quizá en
compensación a la actitud beligerante de los ciudarrealeños ante los
maestres de Calatrava, de los que tan malos recuerdos guardaba. Por otra
parte, Ciudad Real debía ser lugar de paso de la reina en sus viajes a
Andalucía
LA INQUISICIÓN
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La implantación de la Inquisición en Ciudad Real constituye uno de los
capítulos más tristes y negativos de su historia y del reinado de los
Reyes Católicos. Parece ser que la influencia de la población judía
inquietó más de la cuenta a los gobernantes de la ciudad, poniendo el
asunto en conocimiento de los monarcas. Cierto que durante aquellos años
-siglos XIV y xv- los judíos españoles no eran unos marginados como
sucedía en otros países de Europa, sino parte de la clase dirigente. Por
otro lado, las conversiones al cristianismo fueron falsas en la mayoría
de los casos, llegando los conversos a ejercer una gran influencia en la
vida social, incluso mayor que la propia Iglesia, la cual pudo sentirse
agraviada. En cualquier caso, la verdad es que la aparición del aparato
inquisitorial en los pueblos de Castilla puso en entredicho la tan
aireada convivencia armónica de las tres culturas.
No pocos historiadores, entre ellos Juan Blázquez Miguel, entienden que
una de las causas -quizá la mayor- del enconamiento progresivo entre
cristianos y judíos pudo venir de la gran diferencia social que existía
a favor de éstos, los cuales acapararon riquezas y prebendas, provocando
con su actitud las iras de la población. A tal punto llegaron las cosas,
que el 6 de junio de 1391 estalló en Ciudad Real un tumulto que hizo
correr mucha sangre, menudeando las violaciones, los robos y el despojo
de las propiedades de los judíos. A partir de ese momento, los pocos
judíos que quedaron no tuvieron más opción que renunciar a sus
creencias, aunque lo hicieron de manera ficticia.
No cabe duda que los Reyes Católicos vieron con inquietud tan enrarecido
panorama, existente también en buena parte de España. Los conversos
comenzaron a organizarse en una especie de resistencia pasiva, pero
consolidando cada día más sus posiciones. ¿Pensaron Isabel y Fernando
que de este modo podría surgir un Estado dentro del Estado unificado que
ellos pretendían imponer? Es muy posible que ésta fuera la razón por la
que los soberanos solicitasen del Papa Sixto IV les permitiese
establecer en sus reinos la Inquisición, lo cual les fue concedido el 1
de noviembre de 1478, mediante la bula «Exigit sincerae devotionis
affectus».
Tal y como estaban las cosas, la implantación de la Inquisición en
Ciudad Real no encontró apenas resistencia por parte de sus habitantes,
pues la opinión pública no sólo estaba preparada para ello, sino que el
antagonismo hacia los judíos y conversos -que para el pueblo eran una
misma cosa- casi la estaba pidiendo. La pregunta que se hacen algunos
estudiosos de este fenómeno es por qué precisamente hubo de ser Ciudad
Real la población elegida para establecer uno de los primeros
Tribunales. Entre las opiniones que se barajan prevalece la que se
refiere a que el arzobispo Alonso Carrillo quiso de esta manera afirmar
su jurisdicción episcopal sobre la herejía y prevenir la intervención de
otros inquisidores en sus dominios eclesiásticos, a los que pertenecía
Ciudad Real, nombrando inquisidor a un tal doctor Tomás.
Otros autores afirman que fue debido a que urgía exterminar el gran
número de conversos de esta ciudad, pues Ciudad Real era conocida como
uno de los principales centros de propaganda judaizante. H. Beinart
opina -y su opinión nos parece bien orientada- que lo que se pretendió
con el establecimiento de la Inquisición en la hoy capital manchega fue
preparar el terreno para su posterior implantación en la propia ciudad
de Toledo.
Siguiendo al historiador Juan Blázquez Miguel, autor de Ciudad Real y la
Inquisición, puede confirmarse que la Inquisición comenzó a funcionar en
Ciudad Real en 1483, permaneciendo hasta 1485, en que el Tribunal se
asentó en Toledo hasta su extinción en 1820. «Durante los dos primeros
años de su existencia su actividad se centró exclusivamente sobre los cripto-judíos avecindados en la ciudad.
LA SANTA HERMANDAD
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La Santa Hermandad, como se sabe, fue creada por Fernando III el Santo
en 1245, cuando Ciudad Real era todavía Pozuelo de Don Gil. Consistía en
una especie de fuerza de seguridad cuya misión no era otra que limpiar
los caminos de ladrones y truhanes, los cuales se habían convertido en
una seria amenaza para los pacíficos transeúntes. Los reyes y pontífices
concedieron a esta institución abundantes privilegios, aunque parece ser
que, como en tantas otras instituciones ha sucedido, no siempre sus
miembros actuaron con fidelidad a las normas establecidas, llegándose a
casos de excesivo ensañamiento, según reza en las crónicas: una vez que
los malhechores eran habidos por los cuadrilleros, éstos «les quitaban
la vida con saetas, dejándoles pendientes de los árboles a escarmiento
de los demás: viendo los pastores y ganaderos el gran fruto que de esto
se les seguía, voluntariamente les contribuían con una res de cada
rebaño para la manutención de la mucha gente que traían...».
Esto hizo que proliferase una leyenda negra contra la Santa Hermandad,
que a veces se confunde con la de la Inquisición. El propio Miguel de
Cervantes alude al asunto en el capítulo XLV de la primera parte del
Quijote, cuando hace decir al Caballero de la Triste Figura estas
significativas palabras: «Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no
cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa
Hermandad...»
Francisco Pérez Fernández se ha referido en varias ocasiones a este
tema, notificando que «los Reyes Católicos encontraron en esta "Vieja
Hermandad de Toledo, Talavera y Ciudad Real" el modelo que necesitaban
para crear la "Nueva Hermandad" de 1476, cuyas ordenanzas eran análogas,
porque el cuadro que ofrecía la España recién creada y unida necesitaba
una fuerte política de represión y castigo en las ciudades y en los
campos. Subsistió, no obstante, la "Santa, Real y Vieja Hermandad",
aunque con quejas de algunos pueblos por los gastos que ocasionaba la
permanente milicia de cuadrilleros y también quizá porque más de una y
de dos veces se excedieron, con rigorismos que les enajenaban simpatías
y engendraban odios y malquerencias».
Siguiendo el relato de Pérez Fernández, se advierte que la relación
entre Ciudad Real y la Santa Hermandad debió de ser muy estrecha, tanto
que «el historiador local don Luis Delgado-Merchán dedica la tercera
parte de su obra Historia documentada de Ciudad Real a esta institución
y el historiador clásico Pedro de Medina, siglo XVI, en su famosa obra
Libro de grandezas y cosas memorables de España, considerada como la
primera en antigüedad de nuestras "guías" geográficas, dedica su
capítulo LXXVII a Ciudad Real y, después de aludir brevemente a la
inundación sufrida por el desbordamiento del Guadiana en 1508, todo lo
demás se reduce a describir la Santa Hermandad, sus Ordenanzas y las
tristemente famosas horcas de Peralvillo, donde se asaetaba a los
delincuentes y se exponían sus cadáveres».
La Santa Hermandad fue una de las instituciones españolas demás larga
duración, pues llegó hasta el siglo XIX, bien que considerada ya por la
sociedad como un puro anacronismo. Fue la reina-gobernadora doña María
Cristina quien la hizo desaparecer mediante decreto. Era el 7 de mayo de
1835. Por cierto que en dicho decreto estampaba su firma un ilustre hijo
de Ciudad Real: don Diego Medrano y Treviño, quien en aquellos momentos
ocupaba el cargo de Secretario de Estado y se ocupaba del despacho de lo
interior.
Como sucedió con la Inquisición, la opinión pública también fue
contraria al comportamiento de la Santa Hermandad. En lo que se refiere
a su implantación en Ciudad Real y su demarcación, las crónicas resultan
harto elocuentes de la gran cantidad de tropelías cometidas, aunque
también fueron muchos sus buenos servicios prestados a la sociedad.
Casa donde nació Hernán Pérez del Pulgar. Hoy es residencia del Museo
López Villaseñor.
LA CHANCILLERÍA
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Nos hemos referido muy de pasada a la Chancillería de Ciudad Real y el
tema merece una mayor atención, pues el otorgamiento de tan alto rango
judicial por parte de los Reyes Católicos colocó a esta ciudad entre las
más importantes de España, dado que, como queda dicho, sólo otra
Chancillería existía en Castilla, que era la de Valladolid. Las razones
de tan señalado privilegio real obedecen tanto a la fidelidad de los
ciudarrealeños a la Corona, como a la situación geográfica de la misma.
En viejas crónicas halladas al comienzo del siglo xx por el erudito don
Inocente Hervás y Buendía se dice que «estando los Católicos Reyes sobre
la ciudad de Málaga, que fue el año de mil y cuatrocientos y ochenta y
siete, pidieron a Ciudad Real los sirviese con gente y subsidios, y les
asistió con la lealtad de siempre. Y después honraron sus majestades a
Ciudad Real con poner en ella una Real Chancillería, con título de
perpetuidad, donde hubo presidente y oidores. Fue el año de mil y
cuatrocientos y noventa y cuatro, y estuvo hasta el año de mil y
quinientos y cuatro, en que sus reales majestades, habiendo conquistado
a Granada, con el fin de asegurarla y ennoblecerla, y quietar y
pacificar aquel reino, la llevaron a dicha ciudad de Granada. Se
llevaron el sello de Ciudad Real para la de Granada, (por) que iba
depositada a dicha ciudad».
La década en que la Chancillería estuvo en Ciudad Real fue la de su
mayor influencia en la vida castellana, pues a la capital manchega
llegaban de continuo gentes de todos los lugares a dirimir sus pleitos y
problemas con la justicia. Un tribunal de tan alta categoría
proporcionábale relaciones extensas, visitas e ingresos en consonancia
con el gran territorio que dependía de su jurisdicción.
No fue posible a los ciudarrealeños mantener tan importante baza
jurisdiccional, por mucho empeño que pusieron. Las razones reales eran
de gran envergadura y no admitían la más mínima reconsideración. Más
cuando la reina Isabel, que era la gran protectora de Ciudad Real, había
fallecido un año antes. Fue a partir de entonces cuando dio comienzo el
declive de Ciudad Real, del que todavía no se ha recuperado. La
Chancillería fue suprimida según cédula expedida en la ciudad de Toro,
cédula que no se conserva, aunque sí el acta de haberse cumplido la
orden.
HERNÁN PÉREZ DEL PULGAR
Hernán Pérez del Pulgar, al que algunos despistados historiadores han
confundido en más de una ocasión con su casi homónimo Hernando del
Pulgar, cronista de los Reyes Católicos, es el primer caballero
renacentista nacido en Ciudad Real. Soldado y escritor al estilo de
Jorge Manrique, se le conocen obras como Mis proverbios, de índole
filosófica; Historia de las hazañas del Gran Capitán don Gonzalo de
Córdoba y Carta a don Antonio de la Cueva, modelo del género epistolar,
tan en boga en aquellos tiempos.
Nacido el 22 de julio de 1451, en una casa que hoy alberga el Museo
dedicado al pintor Manuel López Villaseñor, su vida fue todo un ejemplo
de fidelidad a los Reyes Católicos, distinguiéndose en la conquista de
Granada como un valeroso caballero. Junto al marqués de Cádiz, al duque
de Medinasidonia y Gonzalo de Córdoba, unas veces, y con responsabilidad
individual y nombre propio en otras, Hernán Pérez del Pulgar, también
llamado «el de las hazañas», protagonizó infinidad de lances decisivos
para el triunfo en aquella guerra final contra el reino naserita. Famosa
es la gesta que protagonizó, junto a otros soldados, cuando Granada era
todavía sarracena y sus puertas se guardaban y defendían en todo
instante. Se cuenta cómo el caballero manchego y el grupo que mandaba
supieron burlar a los centinelas, llegando hasta la puerta principal de
su mezquita mayor para clavar allí, con su puñal, el pergamino donde
figuraba el nombre del «Ave María», profanado anteriormente por las
gentes de Boabdil.
Hernán Pérez del Pulgar participó en el socorro de Alhama y en la lucha
desigual de la llanura del Cantaril; en la conquista de los castillos de
Zalía y del Salar, «fortalezas inexpugnables -como refiere Pérez
Fernández- para brazo y corazón menos animosos; en la batalla de
Bentomiz y en la rendición de Málaga; en la victoria del Zenete, en el
cerco de Salobreña y en tantos hechos de que nos hablan los cronistas y
refieren sus biógrafos».
Los últimos años de su vida transcurrieron de manera pacífica, dedicado
a la agricultura y recordando su ajetreada historia, de la que tan
orgulloso se sentía. Fijó su residencia en Granada y allí murió el 11 de
agosto de 1531. Sus restos mortales descansan en una capilla próxima a
la Catedral, levantada justamente sobre el solar de la mezquita donde
llevó a cabo la aludida proeza del «Ave María».
Tras la estela brillantísima de Hernán Pérez del Pulgar, la historia de
Ciudad Real entra de lleno en el Renacimiento, dejando atrás las luchas
medievales con las Ordenes Militares, especialmente la de Calatrava, que
tuvo a la ciudad de Almagro como su sede central y su más firme baluarte
defensivo. Curiosamente, en Pérez del Pulgar se dio el caso de
pertenecer a una linajuda familia de caballeros fieles a la reina Isabel
y, por tanto, enemiga de los calatravos, con los que se enfrentaron
muchas veces. Su padre, don Rodrigo, murió en uno de esos encuentros.
Por otra parte, los reyes de la Casa de Borbón se preocuparon de ir
formando un censo cada vez más aproximado a la realidad social del país,
comenzando por el que se encargó al Conde de Aranda en 1768. Capítulo
interesante de este siglo en La Mancha es lo concerniente a la
capitalidad de la provincia, otorgada a Ciudad Real en primera instancia
(1691) para pasar posteriormente (1750) a Almagro, capital secular del
Campo y de la Orden de Calatrava.
Los almagreños no se resignaron nunca a perder su hegemonía provincial,
por lo que aguardaron el momento oportuno para recuperarla, aunque sólo
fuera por espacio de once años. Ello fue mediante gestión directa de don
Juan F. Gaona y Portocarrero, conde de Valparaíso, personaje muy
vinculado a la mencionada Orden y ministro a la sazón de Fernando VI.
Sin embargo, una vez fallecido el monarca en 1759, las cosas comenzaron
a ir mal para la causa de Almagro, que perdería su capitalidad durante
el reinado de Carlos III, pasando definitivamente a Ciudad Real, al
principio regida por un intendente, pero no tardaría en convertirse en
corregimiento.
EL SIGLO XX
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inicio
A comienzos del Siglo XX la población de Ciudad Real rondaba los 15.000
habitantes. Dentro de la provincia, Valdepeñas la superaba pasando
entonces de los 20.000, mientras que Alcázar y Almodóvar andaban por los
12.000 y Puertollano, que a lo largo del siglo experimentaría el mayor
crecimiento, no llegaba a los 8.000, cifra en que se mantenía también la
población de Almagro.
Era Ciudad Real la capital de una provincia mal comunicada. En un
informe enviado al Congreso en 1910 se establecía que el promedio de
metros de carretera por cada kilómetro cuadrado de extensión era en
España de 89. La media de Ciudad Real entonces era de 53. Era esta
provincia, con la de Huelva, la que contaba con menor red de carreteras.
En cuanto al ferrocarril, cruzaban la provincia la línea Badajoz-Madrid,
la línea Madrid-Ciudad Real, por Manzanares, y la Córdoba -Madrid, que
no pasaba por la capital manchega.
Su fisonomía era la de una población, rodeada por los restos de la
antigua muralla, ya en estado muy ruinoso, aunque conservando algunas de
las puertas que daban acceso a la ciudad v controlaban fiscalmente el
transito de mercancías, desde la antigua y monumental de Toledo hasta la
más reciente, la de Granada, construida a mediados del pasado siglo.
Derruidos o abandonados algunos de sus edificios religiosos como
consecuencia de la desamortización, subsistían la antigua iglesia de
Santa María del Prado, ahora como catedral y sede del Prior de las
Ordenes Militares, y dos de sus parroquias históricas, la de San Pedro y
la de Santiago, a más de algunas iglesias de las órdenes religiosas que
se mantenían en la ciudad -dominicas, franciscanas, concepcionistas o
carmelitas- o de las afectadas por la desamortización, pero cuyos
edificios habían pervivido. Tal era el caso de la iglesia de los
mercedarios transformada en parroquia de Santa María del Prado, aunque
pervivirá el nombre de la Merced.
Entre sus edificios públicos destacaba el Ayuntamiento, una de las
aportaciones a la ciudad del siglo anterior, el palacio de la Diputación
Provincial, inaugurado en 1893, y el palacio episcopal, también de la
misma época.
Ciudad de escaso movimiento de visitantes, limitado al que originaba la
propia administración provincial, contaba a comienzos de siglo con un
hotel, el Miracielos, situado en la calle de la Paloma esquina a
Libertad. Era un establecimiento muy modesto, utilizado por viajantes de
comercio y, durante muchos años, cuando ya existían otros, por los
toreros que venían en época de ferias. En la misma calle, surgiría en
los primeros años del siglo otro establecimiento hotelero, el Pizarroso,
de mejor calidad. En 1911, José Richard inauguraba en el número 8 de la
calle de Cuchillería el Grand hotel, cuyo nombre respondía al mimetismo
de la época con la hostelería parisina. Después de la guerra civil
cambiaría este nombre por el de Hotel España.
Tampoco abundaba en edificios para espectáculos o con destino cultural.
Entre los primeros, aparte de la Plaza de Toros, se encontraba el
primitivo teatro Cervantes, situado frente a la Diputación, donde luego
se alzaría el edificio de Correos v Telégrafos. También se dieron en él
las primeras sesiones de cine. Sin instalaciones para la práctica de
deportes, cosa bastante exótica en la época, el primer partido de
football, como se escribía por entonces, que se jugó en Ciudad Real tuvo
como campo el redondel de la Plaza de Toros. Fue el 18 de agosto de
1910, formando parte de los festejos de Ferias. Así lo recogía la
crónica del El Correo Manchego: «Comenzó el match de balompié, siendo
dos los equipos que se disputaban el premio del Ayuntamiento, uno
encarnado y otro verde (...). El partido resultó bastante reñido, sobre
todo al principio, y así que hubo terminado, fueron obsequiados con
dulces los jugadores (...). En suma, una buena tarde que servirá de
estímulo para la afición a esta clase de deportes.» De hecho el fútbol
se desarrollaría en Ciudad Real en la siguiente década, con la creación
del Concepción C. F., formado por alumnos del colegio de los
Marianistas, y la Gimnástica.
Los felices años vinte
Con un índice de analfabetismo superior al 70 por 100 todavía en 1920,
la provincia de Ciudad Real era uno de esos distritos en que la
pasividad y la desmovilización política caracterizaban el comportamiento
público de su población, incluida la de su capital en la que, a lo sumo,
algunas familias de notables y los funcionarios de la Administración
mantenían la apariencia de una actividad política y de unos partidos
vivos y con arraigo social. La realidad era muy otra. Como el propio don
Antonio Maura lo había retratado, «la mayoría del pueblo español está
abstenida, no interviene para nada en la vida pública; de los que
quedan, eliminad las muchedumbres socialistas, anarquistas y libertarias
que están sobre el horizonte, en el firmamento, pero forman otra
constelación y nada tienen que ver con este sistema planetario. De los
que quedan, restad las masas carlistas y las masas republicanas de todos
los matices; id contando mentalmente lo que os queda; subdivididlo entre
las fracciones gobernantes y decidme la fuerza verdadera que le queda en
el país a cada una, la fuerza que representa cada organismo gobernante».
En provincias como Ciudad Real, con predominio de áreas rurales, elevado
analfabetismo, malas comunicaciones, pequeños e influyentes núcleos
oligárquicos, una minoritaria burguesía de mediano nivel cultural y unos
incipientes movimientos obreros todavía con escasa conciencia de clase,
el análisis de Maura aún se acentuaba. Al tiempo, mostraba -como en
otras tantas provincias- las bases y el clima óptimos para quienes,
atentos al repetido reclamo de «regenerar a España», buscaban la persona
de un salvador, del cirujano de hierro preconizado por Joaquín Costa
que, barriendo a la atomizada y agonizante clase política, se apoyase en
el «sano pueblo español», al que se le tenía por pleno de virtudes
cívicas y aún más puro e incontaminado en las pequeñas y olvidadas
provincias que en las grandes urbes corrompidas por los personalismos,
los intereses y las ambiciones.
Por eso no es de extrañar la acogida que la opinión pública dedicase en
Ciudad Real al golpe del general Primo de Rivera, que se podía resumir
en conformidad, indiferencia y algunos aplausos. Escasa o nula reacción
negativa. Para el períodico Vida Manchega, que se autotitulaba
«independiente», el golpe militar había sido una decisión «simpática a
la Nación, ya harta de soportar las resoluciones de políticos
profesionales». Para El Pueblo Manchego, más conservador, «un grupo de
caballeros españoles que visten con honor el uniforme militar, lanzaron
el grito viril de protesta airada» y con ello consiguieron «que los
políticos cobardes y prevaricadores que ocupan el poder lo dejasen en el
acto». El conocido tópico regeneracionista del pueblo bueno y honrado en
contraste con una clase política egoísta y corrupta que, barrida por una
mano fuerte, devolvería al país la salud pública, el bienestar, el orden
y el progreso.
La polémica sobre si el golpe de Primo de Rivera puso fin a la vieja
política, cuando ésta era ya sólo un cadáver insepulto, o impidió una
salida renovadora del sistema, que parecía apuntar en el horizonte
político, sigue en pie. Para unos el Gobierno de García Prieto en 1923
no era sino uno más de los intentos de supervivencia del desgastado
sistema de la Restauración, con nulas posibilidades de futuro. Para
otros, contaba con suficientes elementos para atisbar una salida difícil
pero posible. Así el papel de Primo de Rivera era para unos el del
sepulturero que, por fin, había dado tierra al cadáver insepulto del
régimen creado por Cánovas; para otros, el del homicida que había
estrangulado en la cuna a un recién nacido, es decir, la renovación del
sistema.
Ni siquiera los partidos o las organizaciones de la izquierda dieron
muestras de repulsa a lo que Unamuno consideraba no un golpe sino «una
coz de Estado». También la pasividad por parte de las agrupaciones
obreras y de los núcleos republicanos fue la tónica dominante en Ciudad
Real en aquellos días finales de septiembre de 1923. Con razón podía
afirmar Primo de Rivera al inaugurar en 1924 la que entonces se llamaba
Telegrafía sin hilos (T.S.H.): «Quisiera que millones de seres me oyeran
y supieran de una vez para siempre que la más injusta imputación que se
le ha hecho a este pueblo es la de ser ingobernable, cuando es tan
fácil, tan sagaz y de tan buen sentido que se gobierna solo.» Esa
convicción del dictador va la había suscrito Vida Manchega y tantas
otras publicaciones de la España aletargada, cuando afirmaba, no sin un
cierto punto de pesimismo: « Es tan dudoso que haya una región, una
localidad más pacífica, más tranquila, más dócil, más sumisa, más
resignada que ésta. o No sabemos qué porcentaje de ciudarrealeños
estaría de acuerdo con tan pastoril semblanza.
Aceptada y aplaudida la acción del general Primo de Rivera, que ya en el
siguiente mes de octubre había originado multitudinarios actos oficiales
como el del día 12, fiesta de la Hispanidad, cerrado con el
significativo grito de ¡Viva la regeneración nacional!, la vida
ciudadana siguió su pausado y monótono discurso. Los estímulos del
Directorio militar para crear instituciones que regenerasen la vida
ciudadana, antes corrompida por los «malos políticos», se desvanecían
ante la apatía de la población.
Hubo indiferencia hacia la creación del somatén, hasta el punto de que
tuvieran que ser los delegados gubernativos quienes asumieran su
creación. No menos trabajo costó hacer realidad aquel singular partido
«no político» que fue la Unión Patriótica. Como pone de manifiesto
Francisco Alía, en realidad la Unión Patriótica nunca llegó a
organizarse por la iniciativa de los ciudadanos, como prescribía la
circular de Primo de Rivera de 16 de junio de 1924, sino que fue
impulsada desde el Gobierno civil. Tomando como modelo el somatén
catalán, milicia urbana de «hombres honrados», que el decreto de Primo
de Rivera lo calificaba de «reserva y hermano del Ejército», tenemos
noticia del somatén de Ciudad Real por la celebración que el 27 de abril
de 1924 se hiciera en honor de la Virgen de Montserrat, patrona del
somatén. El organizador del somatén local fue Blas López Guerrero y su
primer jefe fue Juan de la Cruz Espadas Bermúdez. De su escasa vida y
actividad es prueba que ni siquiera su bandera llegó a bendecirse y a
entregarse públicamente. Como se consideraba a la ciudad modelo de
tranquilidad y de paz social, se tenía a la institución del somatén como
innecesaria y exótica.
En cuanto a la Unión Patriótica, creada como sustitutiva de los partidos
y definida como «liga de ciudadanos apolíticos», se constituyó en Ciudad
Real el 7 de abril de 1924. Su primer presidente local fue el abogado y
catedrático del Instituto Vicente Calatayud Gil. Posteriormente, el
comité local estuvo presidido por el médico Bernardo Mulleras, que
presidía también la Diputación provincial. En cargos directivos del
comité figuraban nombres como Juan Medrano, Francisco Herencia,
Cristóbal Caballero, Antonio Prado Cejuela, el conde de Torrepando o
Miguel Ruiz, el gerente de El Pueblo Manchego. Varios de ellos fueron
alcaldes de Ciudad Real. El comité provincial de la Unión Patriótica
sería presidido desde 1927 por el marqués de Casa Treviño, don Juan
Manuel Treviño y Aranguren. El 9 de septiembre de 1928 se celebraba en
el parque la bendición de las banderas provincial y local de la U.P.
Un hito en la vida ciudadana durante la Dictadura lo constituyó la
visita de Primo de Rivera el 7 de octubre de 1926, con acto religioso en
la catedral, recepción en la Diputación, banquete en el casino y mitin
en el teatro «Cervantes», con discurso final del Dictador.
No resulta, en este contexto, extraño que las personas que
protagonizaban la vida pública en los años anteriores a la Dictadura,
los denostados caciques y los «profesionales de la política» se
terminaran sumando con renovado o reconvertido entusiasmo al servicio
del nuevo régimen, ocupando los cargos y las presidencias de las
instituciones que creara o renovara el Directorio militar.
Desde el punto de vista de los planes de renovación y mejora de la
ciudad, la época de la Dictadura experimentó una política reflejo del
buen clima económico que se vivía. En el Ayuntamiento, las sucesivas
corporaciones presididas por Bernardo Peñuela, Francisco Herencia,
Gonzalo Muñoz Ruiz y Cristóbal Caballero hicieron frente a los
principales problemas que venía arrastrando la ciudad. Los objetivos
indicados en el plan municipal eran éstos, tenidos como prioritarios:
abastecimiento de aguas y alcantarillado, construcción del mercado,
construcción de lavaderos públicos, de baños públicos, de una Escuela de
Artes y Oficios, de un nuevo grupo escolar, de un parque de incendios y
de una Casa de Socorro, reforma del edificio de la Audiencia, reforma y
ampliación de las Casas Consistoriales, adoquinado de varias calles
céntricas, adquisición de terrenos para la construcción de casas
baratas, construcción de un kiosko para conciertos y ornamentación de la
Puerta de Toledo, «en forma similar a la de Alcalá de Madrid».
Eran todos proyectos que respondían a necesidades urgentes de una ciudad
que apenas se habían renovado desde el siglo XIX, pero de los pocos que
se cumplirían de forma inmediata. Cuando en 1930 la Dictadura tocaba a
su fin se habían adoquinado algunas calles del centro, se había
levantado un gran kiosko para conciertos en el Parque de Gasset, ya era
una realidad el primer grupo de casas de la Ciudad Jardín, que
popularmente sería conocida como «las Casas Baratas». El edificio del
Ayuntamiento estaba siendo renovado, su torre reformada con un remate
distinto que la hacía más esbelta y con un reloj en su último cuerpo. El
6 de mayo de 1930 se inauguraba el edificio de Correos y Telégrafos,
sobre el solar que antes ocupara el primitivo teatro «Cervantes», frente
al palacio de la Diputación. Como concluye Francisco Alía, «las
corporaciones municipales dictatoriales de la capital no fueron la
panacea que curó los males de la ciudad. Todos tuvieron los mismos
objetivos (abastecimiento de agua y alcantarillado, como principales)
pero ninguna los resolvió». Los demás proyectos seguían en el papel. Y
la ciudad seguía con grandes deficiencias. Cuando el gobierno de Primo
de Rivera tocaba a su fin, en diciembre de 1929, Vida Manchega podía
escribir: «Las calles son un verdadero depósito de inmundicias y
materias fecales; el empedrado constituye una verdadera calamidad; ni
personas ni carruajes pueden transitar por ellas sin riesgo a
incidencias y a deterioros; los baches son una verdadera exposición de
ciudad abandonada, hasta el punto de que se haría preciso para el cruce
de una a otra acera la instalación de puentes portátiles, pues de lo
contrario la indumentaria de las personas corre riesgo, así como su
seguridad personal.
EL ARTE DE LOS SIGLOS XIX Y XX
Si bien las corrientes estilísticas heredadas del Neoclasicismo
proseguirán su influencia durante buena parte del siglo XIX, lo cierto
es que la desaparición del Antiguo Régimen y el ascenso de la burguesía
como clase social producirán formas artísticas nuevas. La provincia de
Ciudad Real, algo distante de un desarrollo equilibrado y armónico,
subordinada al centralismo madrileño, conocerá los avatares propios de
las provincias agrícolas del interior y el inevitable desfondamiento
artístico.
En arquitectura civil no se producen intervenciones de importancia hasta
bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX. La Casa Consistorial de
Ciudad Real (demolida y sustituida por el edificio de Fernarido
Higueras, 1971) fue proyectada por el arquitecto provincial Cirilo Vara
y Soria, en 1865, y viene a ser una de las primeras expresiones del
nuevo lenguaje, que recurre a la dignidad y el decoro como opciones
estilísticas, como aplicó en el Teatro Municipal de Almagro
(rehabilitado en 1986, según proyecto de Miguel Fisac) y la desaparecida
Puerta de Ciruela de la capital, en una clara sintonía entre valores
morales y formales. Pero además de la producción culta, ligada a la
Academia, que ejecutan los arquitectos, está la de los constructores y
maestros de obras como Manuel Gómez, autor de la primera versión de la
Plaza de Toros ciudarrealeña.
El eclecticismo constituirá el primer movimiento por el que los nuevos
ideales arquitectónicos se emancipan del anterior dogmatismo neoclásico,
singularizándose en la provincia en las figuras de dos arquitectos de
fin de siglo. Vicente Hernández construye el Seminario Diocesano (1882)
y el Palacio Episcopal (1883), en la capital. Incorpora aquí el hierro
en pilares y vigas, y utiliza el ladrillo como pieza base en las
fachadas, así como materiales industriales seriados. El esquema
tipológico es de doble patio unidos por escalera. Y el segundo
arquitecto, Sebastián Rebollar, que proyecta, también en Ciudad Real, el
Mercado, el Casino (ambos de 1887) y el Palacio de la Diputación
Provincial, de 1889. Este último edificio, uno de los mejor conservados
y sobre el que se han practicado diversas reformas a lo largo del tiempo
que no han alterado su imagen, es una de las obras más importantes del
XIX en toda la provincia. Consta de tres fachadas libres, la principal
frente a la Plaza de la Constitución, con cuerpo retranqueado de tres
huecos y columnas sobre la entrada, con remate de elementos circulares y
cúpulas en las esquinas. El primer cuerpo se reviste de piedra caliza y
el segundo es de ladrillo aplantillado. En una de sus fachadas
laterales, junto a la Iglesia de la Merced, se da nuevamente el gran
hueco retranqueado con columnas y frontón. En su interior posee espacios
muy interesantes. Del mismo arquitecto se puede apreciar, en la Plaza
del Pilar, el edificio del Banco de España (1903), rehabilitado por otra
entidad bancaria. Muchas de las soluciones constructivas de Rebollar
anticipan planteamientos y formas del Modernismo.
Una actitud que se prolonga en las edificaciones de Florián Calvo,
arquitecto de la capital desde 1902, de cuyas numerosas obras podemos
destacar sus trabajos en el campo de la vivienda burguesa o los modelos
diseñados en 1919 para la actualmente inconclusa Plaza Mayor de Ciudad
Real, y del puertollanense Telmo Sánchez (Fachada del Colegio San José,
1929), sustituto de Rebollar como arquitecto provincial, muy diverso en
registros y próximo al «nouveau».
Sin embargo, a la ausencia de obras de gran brillantez artística, hay
que sumar la demolición que el desarrollismo urbanístico trajo como
consecuencia, privándonos por ejemplo, entre otros casos, de edificios
como el Cinema Proyecciones (Ciudad Real, Vicente Labat, 1933),
magnífica obra racionalista y «decó», o de los construidos por José
Arias, del que apenas si podemos conocer algún ejemplo como la «Casa
Fuertes» (1934).
El discurso arquitectónico de las décadas siguientes bien poco aportará
al patrimonio artístico provincial, aunque debemos reseñar la acción del
Instituto Nacional de Colonización, entre los años 1950-1965, según
proyectos de José Luis Fernández del Amo, uno de cuyos méritos fue la
valoración plástica de los materiales más populares en contacto con un
racionalismo estético en la concepción arquitectónica y espacial
Palacio de la Diputación Provincial, proyectado por Sebastián Rebollar
en 1989. Ejemplar muestra del eclecticismo arquitectónico de fin de
siglo, es uno de los edificios más interesantes de la época.
La obra de Areán, Vaquero y Posada en el Jardín del Espino (1984); la
Central de Telefónica (1990); los nuevos centros del Campus
Universitario de Ciudad Real (Fernández Alba, 1992) o el edificio de
Correos y Comunicaciones (Barberá Platas, 1992), los tres últimos en la
capital de la provincia.
En las artes plásticas, los primeros artistas de importancia que aporta
el siglo XIX son el pintor Joaquín Araujo Ruano (Ciudad Real,
1851-Madrid, 1894), excelente dibujante, que vivió en París desde 1872 y
ejerció un costumbrismo realista. El gran pintor de entre siglos será
Angel Andrade (Ciudad Real, 1866-1932), un luminista y paisajista que
fue poco reconocido por el arte oficial y acabó olvidando la modernidad
del nuevo siglo por el ambiente provinciano. El posimpresionismo de
Andrade servirá de hilo conductor a varias generaciones pictóricas
manchegas. Contemporáneo, pero más cosmopolita y viajero, fue Carlos
Vázquez (Ciudad Real, 1869-Barcelona, 1944), ilustrador, fotógrafo y
pintor de temas galantes y etnográficos.
Fueron artistas aislados, sin conciencia de grupo ni el menor arraigo
cultural que favoreciera la creación de movimientos artísticos
importantes en un medio rural poco avanzado, y con Madrid como gran
referente socio-económico-cultural, fenómeno que durante muchas décadas
han vivido las provincias de su entorno geográfico inmediato.
En la escultura, es Felipe García Coronado (Ciudad Real, 1902-1937),
alumno de Victorio Macho, la figura inicial de nuestro siglo. Joaquín
García Donaire (Ciudad Real, 1926), autor de distintos registros pero
atento al concepto de figura, fue el continuador de un género poco
frecuentado en esta provincia.
Aunque no agrupados en escuelas ni movimientos de grupo, sí se producen
en la provincia, especialmente a partir de los años cincuenta, ciertas
tendencias afines, siempre bajo propuestas figurativas. Algunos de los
argumentos pictóricos más notorios de toda una generación de posguerra
se encuentran en el realismo dramático y casi superrealista de Manuel
López Villaseñor (Ciudad Real, 1924, con un museo monográfico abierto en
su ciudad natal.
La renovación del panorama artístico contemporáneo en la provincia de
Ciudad Real llegará por medio de una aislada generación «intermedia»
cuyo nombre más representativo es el ciudarrealeño Mon Montoya (1947),
uno de los artistas de vanguardia que representaron a España en la
Bienal de Sáo Paulo de 1977. A dicha generación pertenece igualmente
Angel Seco (Ciudad Real, 1949), único creador de tapices modernos.
En 1977 surgía en Ciudad Real el único grupo artístico conocido hasta
ahora, el Taller Experimental de Artes Visuales (TEAV, 1977-1981),
formado por algunos de los más inquietos artistas jóvenes de la ciudad,
animados por un ardoroso espíritu crítico-alternativo hacia las
estructuras artísticas convencionales. El artista con más proyección
surgido de ese grupo será Carlos Muñoz Mendoza (Ciudad Real, 1955).
ACTUALIDAD
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En su conjunto el desarrollo de los últimos años, se debe al crecimiento
de los servicios estatales. Que duda cabe que la socialización de la
medicina crea en todas las capitales de provincia un alto número de
puestos de trabajo y a su vez desarrolla la actividad comercial. El
crecimiento de los funcionarios y actividad comercial hace que el 81’4 %
de su población viva del sector servicios.
La Autonomía tiene por otra parte elementos positivos en la ciudad, al
crear en ella el Rectorado de la Universidad y reconvertir los Colegios
Universitarios en Facultades de Letras y Ciencias Químicas, que con la
creación de nuevos estudios permite, que ya en el curso 93/94 tenga la
cifra de 6.988 alumnos en nueve centros universitarios, y ligado a ello
crecimiento del número de profesores, de infraestructuras, bibliotecas,
aularios, etc.
Universidad, AVE, creación de grandes áreas comerciales etc, hacen que
esta ciudad que 15 años antes apenas llegaba a los 50.000 habitantes,
tenga en el padrón del día 1 del 1 de 1994 62.072 habitantes, de derecho
y algunos miles más de hecho. Su área comercial en 30 Kms., cubre más de
200.000 habitantes y si se integran los municipios tan cercanos a él,
como Miguelturra y otros de hecho totalmente integrados, la convierten
ya en una verdadera ciudad, en una capital real de su provincia.
El núcleo urbano tan importante en épocas históricas pasadas no tiene
sin embargo el honor de haber conservado su patrimonio histórico y la
ciudad aparece como una población de viviendas nuevas sobre una
estructura urbana antigua, lo que dificulta la circulación, y solo lo
que fue su antigua muralla de ocho puertas puede acercarse a lo que es
una Avenida.
A conservado sin embargo sus tres viejas parroquias de Santa María, San
Pedro y Santiago, pero no así la judería o la morería. Entre las dos
primeras parroquias es interesante su plaza, pero no ha habido acuerdo
de mantener un estilo arquitectónico para toda ella, y donde el
ayuntamiento no se adapta al tipismo manchego que hubieran los naturales
querido mantener, sin embargo es un precioso edificio de Fernando
Higueras, en las calles que le rodean se desarrolla la mayor actividad
de la ciudad, y no muy lejos están algunos de los Conventos y Palacios
que aún quedan, como el Palacio de la Diputación de estilo neoclásico y
cuatro de los cinco Museos que tiene la ciudad, siendo muy interesante
por los restos arqueológicos que guarda, el Museo Provincial.
Fuera de la Ronda las Avenidas empiezan a tener funcionalidad, de ellas
la Avenida de los Descubrimientos que pasando por la estación del AVE
recorre la Universidad, Polideportivo, centro comercial, Nuevo Parque,
etc, puede ser una de las más atractivas al este de la ciudad. Al oeste
el Seminario, Ciudad Jardín, Pabellón de Exposiciones y Congresos, etc,
en una ciudad que entre sus virtudes cuenta con amplias áreas de
espacios verdes y es el centro de múltiples actividades culturales tanto
en ella como en los entornos que la rodean, donde Alarcos, Calatrava la
Vieja, y los cercanos Almagro, Daimiel, etc, son solo un ejemplo pero
muy importante de su atractivo.
Perteneciente al partido de Ciudad Real y situado a una altura de 635 m.
sobre el nivel del mar en la comarca de Campo de Calatrava.
Siendo su superficie total de 285 Km2., se censan en 1991 60138
habitantes (51118 en 1981). Estos se distribuyen en 58421 en el núcleo
municipal y 1717 en los agregados. (Las Casas, Valverde, La Poblachuela.).
En cuanto a las características los domicilios, cuenta con 21496
viviendas familiares, de las cuales 16204 son domicilio principal,
mientras que 1619 son secundarias, asimismo existen 45 viviendas
abandonadas y 3187 comunales.
Puerta de
Toledo, Alcázar, Iglesia de Santiago, Iglesia de San Pedro, Catedral de
Santa María del Prado, Iglesia parroquial de la Merced, Convento de
Carmelitas, Convento de Franciscanas, Casa de Hernán Pérez del Pulgar,
Casa Real de la Caridad, Antiguo Palacio de Medrano, El Casino, Palacio
Provincial, Puente de Hierro, Museo Provincial de Ciudad Real, Museo
Elisa Cendrero, Ayuntamiento, Hospital de la Misericordia y Rectorado de
la Universidad, Fachada de la Casa del Conde de la Cañada, Ermita de
Alarcos..
El
Carnaval, La Semana Santa, Mayos, Romería de Alarcos, Festival
Internacional de Folclore, La Pandorga, Fiesta Mayor...
Ciudad Real ha tenido una cocina de supervivencia
que, hoy en día, se ha transformado en un verdadero placer, pleno de
sabores. No puede extrañarle a nadie porque, no en vano, ha tenido una
buena difusión dentro del libro más leído después de la Biblia: el
Quijote de Cervantes.
La gastronomía ciudadrealeña necesita de una
escasa elaboración, como corresponde a las necesidades de un pueblo que
se ha dedicado fundamentalmente al pastoreo y la agricultura. Tojunto,
atascaburras, hartatunos, duelos y quebrantos, andrajos, migas y unos
deliciosos huevos a la porreta, y la alboronía, que se hace con las
excelentes berenjenas de Almagro, son un ejemplo de una cocina de
elaboración rápida, contundente y sabrosísima. También la caza encuentra
aquí uno de sus paraísos: el venado y el jabalí, el conejo y la liebre
y, sobre todo, la perdiz roja, son el origen de platos típicos como el
conejo con tomate, liebre con arroz o perdiz estofada.
Recetas
Asadillo, Migas, Tiznao, Pisto manchego, Caldereta de cordero...
|
RESTAURANTES DE CIUDAD
REAL |
Los Monumentos y los Espacios
naturales
Parque Natural de las Lagunas
de Ruidera, Parque Nacional de Cabañeros, Parque Nacional de las Tablas
de Daimiel.
|
PERSONAJES ILUSTRES DE
CIUDAD REAL |
|
Abenojar
Agudo
Alameda De Cervera
Alamillo
Albaladejo
Alcazar De San Juan
Alcoba
Alcolea De Calatrava
Alcubillas
Aldea Del Rey
Alhambra
Almaden
Almadenejos
Almagro
Almedina
Almodovar Del Campo
Almuradiel
Anchuras
Arenales De San Gregorio
Arenas De San Juan
Argamasilla De Alba
Argamasilla De Calatrava
Arroba De Los Montes
Ballesteros
Ballesteros De Calatrava
Bazan
Belvis
Bienvenida
Bolaños De Calatrava
Brazatortas
Cabezarados
Cabezarrubias Del Puerto
Calzada De Calatrava
Campo De Criptana
Cañada De Calatrava
Cañamares
Caracuel De Calatrava
Carrion De Calatrava
Carrizosa
Castellar De Santiago
Charco Del Tamujo
Chillon
Cinco Casas
Ciudad Real
Consolacion
Corral De Calatrava
Cortijos De Abajo
Cortijos De Arriba
Cozar
Cristo Del Espiritu Santo
Daimiel
El Alcornocal
El Hoyo
El Molinillo
|
El
Peral
El Robledo
El Sotillo
El Torno
El Trincheto
El Villar
Encinacaida
Enjambre
Fernan Caballero
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