 Ciudad de
España, capital de la provincia del mismo nombre, situada a 686 m de
altitud, en plena llanura manchega, dista de la capital nacional 245 km.
Cuenta con 148.934 habitantes (2001), que responden a los gentilicios de
albaceteños o albacetenses, sobre una extensión de 1.231,51 km², lo que
la define como la más populosa de toda la región castellano-manchega.
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HISTORIA DE ALBACETE
Hedad Antigua -
Los primeros indicios
No es causal que las industrias paleolíticas se encuentren en las
terrazas fluviales, pues fueron los cauces de los ríos vías de
comunicación naturales de primer orden, aparte de facilitar el
elemento líquido imprescindible para la vida.Con los datos que hoy
poseemos, tres zonas de la provincia de Albacete destacan por sus
condiciones óptimas para el primitivo asentamiento humano: la cuenca alta del Guadiana bañada por los ríos Córcoles,
Sotuelamos y Záncara; la margen izquierda del Segura, en torno al río
Mundo: y la margen derecha del mismo río, en la cuenca del Zumeta.
Hallazgos aislados y esporádicas se sitúan en el Júcar. En las dos
primeras se han hallado las industrias paleolíticas provinciales más
antiguas, de Achelense Medio en La Fuente (Hellín) y del Achelense
Superior en La Juraba (Villarrobledo), estación situada al aire libre en
una de las terrazas del Záncara.
Más completas son las industrias musterienses (Paleolítico Medio): en
torno a la cuenca del Guadiana durante la glaciación Würm I-II se
elaboraron algunos útiles del Musteriense de tradición Achelense. En el
río Mundo se localizan numerosos yacimientos con industrias realizadas
sobre lascas de cuarcita clasificadas en las fases Charentiense (Rambla
del Talave), Típico (Canalizo del Rayo y el Pedernaloso, ambos en Hellín),
e indeterminado (en Alcadozo y Liétor).
Una interesante secuencia cultural se encuentra en la Cueva del Niño (Ayna),
con industrias musterienses en dos niveles, uno antiguo relacionado con
actividades de descuartizamiento, y otro más moderno con las de
recolección, así como un nivel del Paleolítico Superior con hogares y
zanjas. En el margen cronológico situado entre finales del Solutrense y
comienzos del Magdaleniense se datan las pinturas del interior de dicha
cueva, con animales silueteados en distintas gamas de rojos, presididos
por un cérvido rodeado de cápridos y équidos. Algunos aparecen
atravesados por azagayas o vástagos, quizá como magia propiciatoria de
la caza. El Paleolítico Superior Final y el Epipaleolítico se encuentran
bien documentados en el Abrigo del Molino del Vadico, junto al río
Zumeta, y otros yacimientos próximos, además de en la Rambla de
Abengibre.
A partir del determinante cambio climático que dio lugar al Holoceno,
las márgenes rocosas de los cauces de agua se enriquecieron con los
testimonios del arte rupestre postpaleolítico, cuyas manifestaciones se
encuentran en torno al Segura y sus afluentes; en Alpera y Almansa; y en
áreas de la Sierra de Alcaraz. Las pinturas están realizadas en abrigos
o covachas rocosos, con colores que varían en diversos tonos del rojo y
negro, abundando las escenas en las que participan hombres y animales.
En 1914 se descubrió el "Abrigo Grande" de Minateda, publicado por el
abad H. Breuil, quien hizo notar su importancia y las superposiciones de
pinturas presentes, distinguiendo 13 fases sujetas a revisión desde
entonces. Las representaciones abarcan desde el arte levantino más
clásico hasta la transición al esquematismo. Su descubrimiento se sumó
al de la Cueva de la Vieja (Alpera), vivo documento etnográfico de
aquellos seres humanos: dos mujeres conversando, arqueros cazando y los
dos personajes con largas plumas son algunas de las escenas pintadas. En
los conjuntos de Nerpio (Solana de las Covachas, Pedro Andrés, etc.) se
da la mayor concentración provincial de arte rupestre.
Recientes publicaciones han dado a conocer vasos neolíticos decorados
con arte esquemático, aportando nuevas cronologías para éste. Por otra
parte, es el Neolítico un periodo cultural mal documentado en Albacete.
Una vasija con decoración cordial relacionada con otras del área
levantina fue hallada en 1968 en Caudete. Otra de la Cueva del Niño
tiene forma de botella decorada con incisiones formando motivos en V y
W, fechada en el Neolítico Antiguo (Epicardial) o comienzos del
Neolítico Medio, a fines del V milenio a. C. o comienzos del IV milenio
a. C. Del Eneolítico los hallazgos quedan prácticamente reducidos a la
Fuente de Isso (Hellín), con un poblado en llano, cabañas de planta
circular y cerámicas con improntas de cestería.
Edad del Bronce
En la década de los años cuarenta, J. Sánchez Jiménez clasificó los
yacimientos de la Edad del Bronce en "simples poblados de vida pacifica
y confiada, verdaderos castros o poblados en alturas fortificadas e
ingentes sepulturas tumulares. A esta última categoría le llevó la
observación de una inadecuada excavación en el túmulo 11 de La Peñuela (Pozo
Cañada, Albacete), creyendo ver una cámara funeraria central con
cubierta realizada por aproximación de hiladas. En realidad se
encontraba ante una de las características construcciones de la Cultura
de las Morras o Motillas de La Mancha, encuadrada en la Edad del Bronce
Medio.
Con penuria manifiesta de útiles metálicos, realizados casi
exclusivamente en cobre, la zona occidental de la provincia de Albacete
presenta paralelismos y cierta homogeneidad con yacimientos de Ciudad
Real. Los asentamientos están ubicados en pequeñas elevaciones de
aspecto tumular dominando un valle o en zonas llanas. Ofrecen un
complejo sistema defensivo con construcción central rodeada de varios
muros formando anillos concéntricos. Las cabañas se localizan en el
exterior o interior de los mismos. En la Morra del Quintanar (Munera) el
recinto fortificado posee tres anillos y el área del poblado se sitúa
fuera de éstos. La cronología del C44 da el año de 1720 a. C. como el
momento en que se inutiliza la puerta del recinto II, y entre el
1680-1660 a. C. se abandonan las cabañas del interior y exterior del
recinto.
El Acequión (Albacete) es un poblado en el borde de una laguna defendido
por dos bastiones En su fase más moderna se conoce la existencia de
cabañas lanosas. La economía debió de tener una base ganadera, junto al
cultivo del trigo, cebada y algunas leguminosas.
En la zona oriental de la provincia los asentamientos buscaron lugares
elevados desde donde controlar el entorno, y han sido tipificados por su
aspecto cónico y dominio de llanuras (Los Cuchillos, Almansa); por ser
amesetados situados en valles marginales del Corredor de Almansa; o por
localizarse en cuevas o simas. Para la mayoría de ellos se han valorado
las condiciones ganaderas y cinegéticas.
Las fases finales de la Edad del Bronce están bien documentadas en El
Castellón (Hellín-Albatana), cuyo poblado se ubica en la ladera de un
cerro defendido por piedras ciclópeas, con casas de planta rectangular y
posteriormente de tendencia oval. El poblado se abandonó hacia el año
850 a. C. Un con junto singular se encontró en la Huerta del Pato (Munera),
datado entre el 750-650 a. C., en la transición a la Edad del Hierro,
que introduce en la Meseta Sur la incineración como rito funerario.
Otros yacimientos que precisan nuevas revisiones tienen también esas
fases de transición, como El Matalón (Nerpio).
Pueblos ibéricos
El Macalón es un hábitat
fortificado junto al río Taibilla, que ya en la segunda mitad de siglo
VII a. C. muestra contactos con el Mediterráneo a través de las
cerámicas de barniz rojo. Dichas relaciones, debidas básicamente a la
estratégica situación geográfica de la provincia, quedan patentes en
otros objetos de filiación oriental -griega o fenicio-púnica- fechados
en las postrimerías del siglo VI a C., tales como el Sátiro del Llano de
la Consolación, los aryballoi de Naucratis de Hoya de Santa Ana y Hoya
Gonzalo, el timiaterio de La Quéjola y, sobre todo, los relieves del
monumento de Pozo Moro y algunos de los objetos relacionados con éste.
Todo parece indicar que a finales del siglo VI a. C. la cultura ibérica
ha quedado formada gracias al aporte de los pueblos orientales sobre el
sustrato indígena.
Una importante ruta que unía las costas de Levante con la Alta Andalucía
propició el comercio de objetos y la difusión de ideas. Las cerámicas
áticas no eran sólo vajilla de lujo, las escenas que las ornan relatan
mitos y creencias. Así fueron penetrando hacia las tierras del interior
conceptos religiosos que debieron de impresionar al ibero.
El quemaperfumes de La Quéjola
(San Pedro), realizado en un taller gaditano, portaba la idea del
sacrificio a la divinidad, a la vez que el eje de la vasija difunde su
culto, pues la figura desnuda de una hetaira lo relaciona con la diosa
fenicia Astarté.
Todo un mundo de figuraciones míticas o reales que encontró en las
necrópolis un campo óptimo de desarrollo. Configuraban éstas un paisaje
claramente diferenciado del entorno, un espacio sacralizado separado por
distinta coloración del terreno (Los Villares), muretes (El Tolmo), o
elementos vegetales. Pero son los monumentos funerarios en sus distintos
tipos (túmulos escalonados, torres, pilares estela) los que mejor
reflejan la sociedad ibérica, signo inequívoco del estatus social o
económico del difunto.
El siglo V a. C. fue prolijo en este tipo de monumentos, y la provincia
de Albacete ha suministrado un amplio elenco de representaciones
escultóricas: seres míticos como La Esfinge de Haches (Bogarra) o la
Bicha de Balazote, que guardarían tumbas de régulos. Otros animales
tuvieron significados diversos, así la cierva -con un bello ejemplar
hallado en Caudete- era oracular y sicopompo. El torso de caballo de La
Losa (Casas de Juan Núñez) y el jinete de Hoya Gonzalo se relacionan con
la heroización del difunto, el más alto grado alcanzado. Sin embargo, es
el monumento de Pozo Moro (Chinchilla), con sus relieves tomados de la
mitología oriental, el más importante monumento descubierto hasta ahora.
La religión ibera es compleja y mal conocida. En el Cerro de los Santos
(Montealegre del Castillo) se descubrió en el siglo XIX un santuario del
que se conservaba la planta de un templo, hoy destruido, rodeado por un
temenos o recinto sagrado en torno al cual se acumulaban exvotos de
piedra. Numerosas esculturas fechadas entre el siglo IV a. C. y el
cambio de era llamaron la atención de los estudiosos, dando diversas
interpretaciones al lugar: función eminentemente geopolítica (E. Ruano);
como lugar dedicado al culto de Pules, diosa de la fecundidad protectora
del hombre y la cultura (P. Silliéres); o como lugar de peregrinación
gracias a las propiedades curativas de sus aguas sulfatado-magnesiadas
(M. Ruiz Bremon).
También se ha relacionado con alguna divinidad femenina el pozo ritual
de El Amarejo (Bonete). Es éste un poblado situado en un cerro amesetado
en el corredor de Almansa. Tuvo casas rectangulares con zócalo de
piedras y alzado de adobes. Fue habitado desde el siglo IV a fines del
III a. C., destruyéndose quizá como consecuencia de la Segunda Guerra
Púnica. Comenzó entonces el proceso romanizador en ésta como en tantas
otras provincias españolas. A partir de ese momento muchos poblados
desaparecieron, otros cambiaron de ubicación, y desde el siglo I a. C.
cobró importancia la cultura urbana. A partir del siglo II y comienzos
del I a. C. las cerámicas campanienses, y algo más tarde las producidas
en Arezzo, fueron indicios importantes de la presencia romana en estas
tierras.
Romanos y
visigodos
Roma construyó su Imperio
sobre una sólida red viaria. El antiguo "Camino de Aníbal" atravesaba la
provincia en dirección este-suroeste, entrando por Caudete para
dirigirse hacia el Cerro de los Santos, de aquí por Corral Rubio y
Pétrola a Saltigi (Chinchilla), cruzaba la llanura por Los Llanos y
Parietinis (Los Paredazos), y se internaba en el Campo de Montiel por
Libisosa (Lezuza), desde donde tomaba dirección SW hacia la provincia de
Jaén.
Aunque el camino se mantuvo, perdió importancia a partir del año 8 a. C.
en que se abrió la vía Augusta o vía costera entre Levante y Andalucía.
No obstante, otras vías, también antiguas, adquieren importancia; así,
un eje norte-sur entre Complutum y Carthago Nova pasando por Chinchilla
y el Tolmo de Minateda, y otro que a partir de Lezuza se dirigía hacia
el Oeste en dirección a Laminio y Emerita Augusta.
La única ciudad citada en las fuentes clásicas es la Colonia Libisosa
Forum Augustana, fundación de Augusto quizá para los veteranos,
perteneciente a la tribu Galería y con derecho itálico, según Plinio.
Situada sobre un cerro que dominaba la vía, de la misma proceden
importantes hallazgos como la cabeza de Agripina, esposa del emperador
Claudio, e inscripciones, una de las cuales hace mención a la colonia.
Por otra inscripción sabemos que en Los Villares de Elche de la Sierra
hubo una curia, por tanto un municipio, y otro epígrafe más
recientemente descubierto da a conocer los nombres de dos de los
magistrados del municipio enclavado en el Tolmo de Minateda. El valle
que domina este último yacimiento estuvo tempranamente poblado por
numerosas villas de carácter agrícola.
Los primeros siglos de hegemonía romana debieron de aportar estabilidad
política y económica. La población se agrupó en torno a las vías de
comunicación y fértiles valles de los ríos Júcar y Segura, donde los
establecimientos de tipo agrícola abundaron. Así existe una
correspondencia entre dichas zonas y los hallazgos proporcionados por la
arqueología. La población indígena asimiló pronto la cultura romana, ya
que numerosos lugares muestran esa continuidad, como El Tolmo de
Minateda, yacimientos en la Cuenca del Júcar, otros situados en el
Corredor de Almansa, y buena parte de los localizados en la comarca de
Hellín-Tobarra. Las explotaciones agrícolas se beneficiaron de la
situación estratégica en que se ubicaban, y los productos de importación
son buen índice al respecto (valga como ejemplo el ajuar de bronce de El
Salobral, Albacete). Pero también el paso de tropas, sobre todo durante
los siglos primeros y últimos del poderío romano, ha dejado huellas en
pequeños objetos de uso personal como las fíbulas o prendedores para la
ropa.
Aparte de El Tolmo de Minateda, la continuidad de la población queda
bien patente en Balazote, donde al elemento indígena se sumó la
construcción de una magnífica villa dotada de un gran complejo termal.
Posee diversas estancias relacionadas con los baños: el apodyterium o
sala para desvestirse, un tepidarium y al menos un caldarium, y dos
piscinas separadas por un pavimento de mosaico. La iconografía
ornamental corrobora esa hipótesis, con estucos pintados con escenas de
palestra, y mosaicos con temas relacionados con las aguas.
En el siglo IV han sido fechadas las muñecas romanas de Las Eras (Ontur),
realizadas en ámbar y marfil, es decir, en materias primas de
importación, indica de la existencia de una alta aristocracia
terrateniente. La importancia de ésta ha sido puesta de relieve al
analizar el sarcófago paleocristiano hallado en Vilches o Minateda,
según los autores, procedente de un taller de Roma hacia el año 380.
Iconográficamente muestra escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que se
han relacionado con la difusión de las ideas del obispo romano de la
época. San Dámaso.
El Bajo Imperio se ha caracterizado como época de inestabilidad política,
de decadencia de la ciudad y el consiguiente establecimiento en el
campo, constituyendo algunas propiedades los fundus con Jurisdicción
autónoma y economía autosuficiente, en cuyo marco hemos de encuadrar los
ricos materiales de yacimientos como el de Ontur o el sarcófago citado.
Es el momento también de la ocultación de tesoros monetarios, como el de
Riópar. Algunas ciudades se fortifican, así El Tolmo de Minateda, y la
inestabilidad era acuciada por las oleadas de bárbaros que saqueaban
Hispania, y por los bagaudas, bandas de campesinos hambrientos que
atentaban contra las grandes propiedades. En este contexto se sitúa el
foedus o tratado entre el emperador Constancio y el visigodo Valla del
año 415. Un siglo después los visigodos estaban asentados en la
Península Ibérica.
No existió un proceso de ruptura, sino de asimilación de la cultura
romana por las poblaciones godas, siendo más propio hablar de
hispanovisigodos. Lugares de hábitat del Bajo Imperio muestran esa
continuidad, como el Tolmo de Minateda, donde se asentó una población
visigoda que ha dejado testimonios en sus casas, necrópolis y basureros.
Necrópolis dispersas son índice de un poblamiento no tan marginal como
inicialmente podía suponerse, siendo importante el número de las
conocidas. La tipología de las tumbas es variada, desde simples fosas
excavadas en el suelo (El Tolmo), cistas (Los Pontones), o sarcófagos de
piedra de forma trapezoidal (Torre de Uchea, Vizcable), orientadas hacia
mediodía y ocasionalmente con ajuares como ofrendas.
Convertida la población hispana al catolicismo en el año 589, uno de los
aspectos más interesantes es el de la religiosidad. En la provincia de
Albacete dos conjuntos rupestres dedicados al culto se encuentran en la
comarca de Hellín, de tipo eromítico (La Camareta) y cenobítico (Alboragico),
caracterizados por la presencia de cruces latinas y la orientación al
Oriente. En La Camareta se encuentran grafitti, monogramas de Cristo, e
inscripciones datadas entre los siglos III-IV al VII, interrumpidas por
otras musulmanas. Para Alborajico, con tres estancias diferenciadas, se
ha supuesto un uso hasta los siglos VIII-IX.
Los primeros siglos de hegemonía romana debieron de aportar estabilidad
política y económica. La población se agrupó en torno a las vías de
comunicación y fértiles valles de los ríos Júcar y Segura, donde los
establecimientos de tipo agrícola abundaron. Así existe una
correspondencia entre dichas zonas y los hallazgos proporcionados por la
arqueología. La población indígena asimiló pronto la cultura romana, ya
que numerosos lugares muestran esa continuidad, como El Tolmo de
Minateda, yacimientos en la Cuenca del Júcar, otros situados en el
Corredor de Almansa, y buena parte de los localizados en la comarca de
Hellín-Tobarra.
Las explotaciones agrícolas se beneficiaron de la situación estratégica
en que se ubicaban, y los productos de importación son buen índice al
respecto (valga como ejemplo el ajuar de bronce de El Salobral, Albacete).
Pero también el paso de tropas, sobre todo durante los siglos primeros y
últimos del poderío romano, ha dejado huellas en pequeños objetos de uso
personal como las fíbulas o prendedores para la ropa.
Aparte de El Tolmo de Minateda, la continuidad de la población queda
bien patente en Balazote, donde al elemento indígena se sumó la
construcción de una magnífica villa dotada de un gran complejo termal.
Posee diversas estancias relacionadas con los baños: el apodyterium o
sala para desvestirse, un tepidarium y al menos un caldarium, y dos
piscinas separadas por un pavimento de mosaico.
La iconografía ornamental corrobora esa hipótesis, con estucos pintados
con escenas de palestra, y mosaicos con temas relacionados con las aguas.
En el siglo IV han sido fechadas las muñecas romanas de Las Eras (Ontur),
realizadas en ámbar y marfil, es decir, en materias primas de
importación, indica de la existencia de una alta aristocracia
terrateniente. La importancia de ésta ha sido puesta de relieve al
analizar el sarcófago paleocristiano hallado en Vilches o Minateda,
según los autores, procedente de un taller de Roma hacia el año 380.
Iconográficamente muestra escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que se
han relacionado con la difusión de las ideas del obispo romano de la
época. San Dámaso.
El Bajo Imperio se ha caracterizado como época de inestabilidad política,
de decadencia de la ciudad y el consiguiente establecimiento en el
campo, constituyendo algunas propiedades los fundus con Jurisdicción
autónoma y economía autosuficiente, en cuyo marco hemos de encuadrar los
ricos materiales de yacimientos como el de Ontur o el sarcófago citado.
Es el momento también de la ocultación de tesoros monetarios, como el de
Riópar. Algunas ciudades se fortifican, así El Tolmo de Minateda, y la
inestabilidad era acuciada por las oleadas de bárbaros que saqueaban
Hispania, y por los bagaudas, bandas de campesinos hambrientos que
atentaban contra las grandes propiedades. En este contexto se sitúa el
foedus o tratado entre el emperador Constancio y el visigodo Valla del
año 415. Un siglo después los visigodos estaban asentados en la
Península Ibérica.
No existió un proceso de ruptura, sino de asimilación de la cultura
romana por las poblaciones godas, siendo más propio hablar de
hispanovisigodos. Lugares de hábitat del Bajo Imperio muestran esa
continuidad, como el Tolmo de Minateda, donde se asentó una población
visigoda que ha dejado testimonios en sus casas, necrópolis y basureros.
Necrópolis dispersas son índice de un poblamiento no tan marginal como
inicialmente podía suponerse, siendo importante el número de las
conocidas. La tipología de las tumbas es variada, desde simples fosas
excavadas en el suelo (El Tolmo), cistas (Los Pontones), o sarcófagos de
piedra de forma trapezoidal (Torre de Uchea, Vizcable), orientadas hacia
mediodía y ocasionalmente con ajuares como ofrendas.
Convertida la población hispana al catolicismo en el año 589, uno de los
aspectos más interesantes es el de la religiosidad. En la provincia de
Albacete dos conjuntos rupestres dedicados al culto se encuentran en la
comarca de Hellín, de tipo eromítico (La Camareta) y cenobítico (Alboragico),
caracterizados por la presencia de cruces latinas y la orientación al
Oriente. En La Camareta se encuentran grafitti, monogramas de Cristo, e
inscripciones datadas entre los siglos III-IV al VII, interrumpidas por
otras musulmanas. Para Alborajico, con tres estancias diferenciadas, se
ha supuesto un uso hasta los siglos VIII-IX.
Mulsumanes
Todo parece indicar cierta
tolerancia entre visigodos y musulmanes, cuya presencia en El Tolmo de
Minateda se produjo en fechas muy tempranas. Los textos citan algunas
fortalezas y castillos (husun), ciudades (madinas) y alquerías (iqlin),
utilizando acepciones no siempre coincidentes. Pero la reconstrucción
histórica de nuestro pasado musulmán carece de la abundancia de fuentes
del Medievo cristiano. No así los topónimos, signo inequívoco de la
islamización de la provincia.
La red viaria romana se mantuvo durante siglos. En el año 935
Ab-derradmán lll Au-Nasir la recorrió en su expedición contra Muhammad
Ibn Hashin de Zaragoza, siguiendo primero el antiguo camino de Aníbal
hasta Balazote y Chinchilla, tomando desde aquí la vía hacia Complutum,
y acampando en Al-Gudur, las lagunas. Siglos después, en el 1172, la vía
fue utilizada nuevamente por el califa almohade Abu ya'qub Yusuf. A.
Pretel ha supuesto una primera oleada de bereberes seminómadas dedicados
a pastoreo, sustituidos por muladíes y mozárabes en tiempos del emirato.
Constantes revueltas convirtieron a la provincia en una zona fronteriza
semidesértica.
En época del Califato hubo cierta estabilidad bajo la hegemonía
represora de Ab-darrahman III; la provincia quedó repartida entre
Toledo, Valencia y la Sahala (entre Cuenca y Albarracín), y entre los
años 928-929 fueron ocupadas Chinchilla y Peñas de San Pedro.
No obstante, el período de inestabilidad volvió de nuevo con los reinos
taifas, retornando las tierras albacetenses a ser zonas de frontera, con
numerosas atalayas y guarniciones. En el 1091 los almorávides se
apropiaron de los distritos del Segura y Júcar. En el siglo XII la toma
de Cuenca en el año 1177 aconsejó el amurallamiento de Jorquera,
Xurquera, por los almohades, perteneciendo a esa época dos de los más
preciados monumentos musulmanes de la provincia de Albacete: las propias
defensas de Jorquera y el despoblado de Sierra, en Tobarra. Pocos años
después, en el 1213, las tropas cristianas iniciaron su poderío sobre
las tierras albacetenses.
Algunos núcleos de población de cierta importancia fueron Hisn al-Karas
(Alcaraz), cuyo castillo es citado por Al-Himyari, en la Cora de Jaén.
La Cora de Tudmir tuvo como centro la ciudad de Iyyu(h), una madina que
Ab-darrahman ordenó destruir en el 825-830. Su ubicación es discutida y
la investigación actual cuenta como candidatos a Elda y al Tolmo de
Minateda. Yinyiyal. Yinyila y Chantayala son algunas de las
denominaciones de Chinchilla que cita al-Hamawi, en la ruta exportadora
hacia el mar. Es alabada por sus tapices de lana por Al-ldrisi, y como
distrito agrícola de la Cora de Tudmir por Al-Udhri. Su origen musulmán
se desconoce, pero en todo caso parece que fue posterior al tratado de
Teodomiro del año 713.
Otros lugares fueron Taybaliya, despoblado situado en la Casa de la
Tercia, al sur de Nerpio, citado por Al-Udhri y que al parecer conservó
la población musulmana hasta el año 1260; Socovos, fortaleza con muralla
poligonal; Shant Bitar (San Pedro), igualmente citada por Al-Uldhri;
Balat Suf (Balazote); o Al-Basit (Albacete), donde hubo una pequeña
alquería documentada al menos desde el siglo IX por algunos hallazgos
cerámicos y donde tuvo lugar la batalla contra Zafadola en el año 1146.
BAJA EDAD MEDIA -
CONQUISTA CRISTIANA
En el último cuarto del siglo
XII los castellanos dominaban ya Cuenca, Uclés, Alarcón e Iniesta. La
frontera había llegado al Júcar y aquí se estabilizará durante décadas.
Al sur del río, el territorio manchego, desertizado ya antes por
cabalgadas y golpes de mano mutuamente cruzados entre moros y cristianos
durante la etapa anterior -expedición de Alfonso Vl contra Aledo en
1089, correrías de las tropas de Cid y Alvar Fáñez, ataques del concejo
de Toledo y de los fronteros de Cuenca, batalla de Albacete o del Campo
de Lug, en la que murió el reyezuelo levantino Zafadola en 1146,
ofensiva almohade de 1172-, se hará casi inhabitable con la
multiplicación de grandes y pequeñas acciones militares.
La población musulmana no combatiente irá retirándose aceleradamente.En
1211, en una expedición relámpago, Alfonso VIII se apodera de la cueva
fortificada de Garadén y de Alcalá y Jorquera, los principales castillos
del Júcar albacetense, posiciones que aún perderán y ganarán los
cristianos en los años siguientes. Sin embargo, en 1212 se produce el
gran triunfo de Las Navas, que descuaja el dispositivo de defensa
islámico y permite al castellano, antes de su muerte, explotar siquiera
mínimamente la victoria.
En 1212 recupera lo perdido en el Júcar, y marcha en cruzada contra la
importante plaza de Alcaraz, junto con el arzobispo toledano Jiménez de
Rada, ocupándola tras un duro cerco, y creando allí, a fuero de Cuenca,
un importante concejo de realengo, sometido a la jurisdicción religiosa
de la mitra de Toledo, capaz de ampliar por sí mismo el dominio
castellano en los alrededores, sostener la frontera de Murcia, Jaén y
Granada, y controlar el paso hacia la Andalucía Oriental.
En la misma expedición caerá también Riópar, en la sierra, cuya
población musulmana será expulsada para crear un concejo cristiano.
En los años siguientes, la potencia guerrera del concejo alcaraceño,
verdadera cuña introducida en la frontera islámica, rivalizando con la
contemporánea expansión de la Orden de Santiago, permitiría la ocupación
de numerosas aldeas -Munera, Lezuza, La Ossa, Ruidera, Villanueva,
Gorgojí, Ayna, La Alcadima, Cotillas. Bogarra, etc. -desde el río
Záncara al Campo de Montiel y a las sierras de Orcera, en los límites
del reino de Jaén. Pero Alcaraz sólo tuvo un éxito mediocre en su
repoblación, debido a la escasez de hombres con que cubrir tan gran
espacio. Ello explica que algunos de estos lugares fueran ocupados
inmediatamente por los santiaguistas establecidos en Alhambra y Montiel.
Hacia el este, Alcaraz se convertiría en guardián de la frontera de
Murcia con el dominio de la inexpugnable fortaleza de Las Peñas de San
Pedro.
Los moros de Murcia, en un golpe de mano protagonizado por el aventurero
Ibn Hud hacia 1217, consiguieron todavía recuperar Las Peñas de San
Pedro -el "Sanfir" musulmán- y tal vez también Jorquera, haciendo
respetar durante algunos años, entre treguas y combates, su frontera
septentrional, mientras las armas castellanas obtenían éxitos y fracasos
alternativos en los límites de Valencia, por Mira y Requena, aseguraban
su presencia en el Júcar -entrega de Alcalá del Júcar y Garadén a la
Orden de Silva mayor en 1224- y desbordaban con facilidad las defensas
islámicas, debilitadas por el renacimiento de las taifas, en el frente
meridional, donde Fernando III se abre paso por Baeza y Jaén, llegando
hasta Córdoba.
El reino hudí de Murcia, corroído por discordias internas, no podría
soportar por mucho tiempo la presión combinada de los aragoneses en el
norte, los castellanos en el este, y los granadinos en el sur. Desde
1239 se inician contactos, interrumpidos y reanudados al ritmo de las
rebeliones internas, para una capitulación con Castilla, el más fuerte
de los enemigos.
Entre tanto, los cristianos se adentran cada vez más impunemente por un
territorio despoblado y casi vacío. Albacete es ocupado en 1241 y
entregado como aldea al concejo de Alarcón. La comarca del Júcar es
ocupada también desde Alarcón y Cuenca, y pasará a la administración
religiosa de la diócesis conquense. En la parte manchega sólo resiste
Chinchilla, gracias a su fortaleza. Al fin caerá en poder del comendador
santiaguista Pelayo Pérez, que en 1242 la toma antes de internarse en la
sierra del sur, donde ocupa Letur, Férez, Socovos, Yeste, Taibilla, y un
buen número de castillos y aldeas menores.
Los murcianos se apresuran a pedir la paz, reconociendo el protectorado
de Castilla, y firmar el tratado de Alcaraz en 1243, pero ya para
entonces los castellanos se han apoderado de toda la Mancha albacetense
-la "Mancha de Montearagón"-, incluidas Hellín, Isso, Almansa, Tobarra,
y las torres de Pechín y Burriharón, lugares todos que quedarán
sometidos a un régimen de ocupación, y no propiamente de protectorado.
Las diferentes fases y modalidades de la ocupación castellana determinan,
ya desde el comienzo, las grandes regiones históricas que las tierras
hoy albacetenses conocerán durante la Baja Edad Media: un gran espacio
realengo centrado en torno al concejo de Alcaraz -aumentado pronto con
la anexión del casi despoblado Riópar y de la aldea mudéjar de Tobarra,
aunque mermado por los santiaguistas, que se apoderan de muchas de sus
aldeas-, que ocupa toda la parte occidental. Las sierras del sur, donde
la Orden de Santiago creará las encomiendas de Yeste, Taibilla y Socovos;
y la zona llana del norte y el este, dividida a su vez en dos unidades,
la ribera del Júcar, con Alcalá, Jorquera y Ves, dependiente en lo
religioso del obispado de Cuenca, y la Mancha arrebatada al reino de
Murcia y adscrita desde su creación al obispado de Cartagena.
Un espacio este último muy
despoblado, en el que se establecerán varios concejos -Chinchilla,
Almansa, Hellín- momentáneamente confiados en "tenenci" a ciertos
caballeros -Pedro y Nuño Guillén de Guzmán, Gonzalo Eanes do Vinhal,
Sancho Sánchez de Mazuelo, etc.- que participaron en la conquista
murciana. Algunas de estas tenencias desaparecerán pronto, mientras que
otras dejarán paso a la formación de pequeños señoríos, generalmente
dispersos, como el de Sancho Sánchez de Mazuelo en Caudete, Pechín,
Ontur, Albatana y Las Peñas
En los años siguientes, la potencia guerrera del concejo alcaraceño,
verdadera cuña introducida en la frontera islámica, rivalizando con la
contemporánea expansión de la Orden de Santiago, permitiría la ocupación
de numerosas aldeas -Munera, Lezuza, La Ossa, Ruidera, Villanueva,
Gorgojí, Ayna, La Alcadima, Cotillas. Bogarra, etc. -desde el río
Záncara al Campo de Montiel y a las sierras de Orcera, en los límites
del reino de Jaén. Pero Alcaraz sólo tuvo un éxito mediocre en su
repoblación, debido a la escasez de hombres con que cubrir tan gran
espacio. Ello explica que algunos de estos lugares fueran ocupados
inmediatamente por los santiaguistas establecidos en Alhambra y Montiel.
Hacia el este, Alcaraz se convertiría en guardián de la frontera de
Murcia con el dominio de la inexpugnable fortaleza de Las Peñas de San
Pedro.
Los moros de Murcia, en un golpe de mano protagonizado por el aventurero
Ibn Hud hacia 1217, consiguieron todavía recuperar Las Peñas de San
Pedro -el "Sanfir" musulmán- y tal vez también Jorquera, haciendo
respetar durante algunos años, entre treguas y combates, su frontera
septentrional, mientras las armas castellanas obtenían éxitos y fracasos
alternativos en los límites de Valencia, por Mira y Requena, aseguraban
su presencia en el Júcar -entrega de Alcalá del Júcar y Garadén a la
Orden de Silva mayor en 1224- y desbordaban con facilidad las defensas
islámicas, debilitadas por el renacimiento de las taifas, en el frente
meridional, donde Fernando III se abre paso por Baeza y Jaén, llegando
hasta Córdoba.
El reino hudí de Murcia, corroído por discordias internas, no podría
soportar por mucho tiempo la presión combinada de los aragoneses en el
norte, los castellanos en el este, y los granadinos en el sur. Desde
1239 se inician contactos, interrumpidos y reanudados al ritmo de las
rebeliones internas, para una capitulación con Castilla, el más fuerte
de los enemigos.
Entre tanto, los cristianos se adentran cada vez más impunemente por un
territorio despoblado y casi vacío. Albacete es ocupado en 1241 y
entregado como aldea al concejo de Alarcón. La comarca del Júcar es
ocupada también desde Alarcón y Cuenca, y pasará a la administración
religiosa de la diócesis conquense. En la parte manchega sólo resiste
Chinchilla, gracias a su fortaleza. Al fin caerá en poder del comendador
santiaguista Pelayo Pérez, que en 1242 la toma antes de internarse en la
sierra del sur, donde ocupa Letur, Férez, Socovos, Yeste, Taibilla, y un
buen número de castillos y aldeas menores.
Los murcianos se apresuran a pedir la paz, reconociendo el protectorado
de Castilla, y firmar el tratado de Alcaraz en 1243, pero ya para
entonces los castellanos se han apoderado de toda la Mancha albacetense
-la "Mancha de Montearagón"-, incluidas Hellín, Isso, Almansa, Tobarra,
y las torres de Pechín y Burriharón, lugares todos que quedarán
sometidos a un régimen de ocupación, y no propiamente de protectorado.
Las diferentes fases y modalidades de la ocupación castellana determinan,
ya desde el comienzo, las grandes regiones históricas que las tierras
hoy albacetenses conocerán durante la Baja Edad Media: un gran espacio
realengo centrado en torno al concejo de Alcaraz -aumentado pronto con
la anexión del casi despoblado Riópar y de la aldea mudéjar de Tobarra,
aunque mermado por los santiaguistas, que se apoderan de muchas de sus
aldeas-, que ocupa toda la parte occidental. Las sierras del sur, donde
la Orden de Santiago creará las encomiendas de Yeste, Taibilla y Socovos;
y la zona llana del norte y el este, dividida a su vez en dos unidades,
la ribera del Júcar, con Alcalá, Jorquera y Ves, dependiente en lo
religioso del obispado de Cuenca, y la Mancha arrebatada al reino de
Murcia y adscrita desde su creación al obispado de Cartagena.
Un espacio este último muy
despoblado, en el que se establecerán varios concejos -Chinchilla,
Almansa, Hellín- momentáneamente confiados en "tenenci" a ciertos
caballeros -Pedro y Nuño Guillén de Guzmán, Gonzalo Eanes do Vinhal,
Sancho Sánchez de Mazuelo, etc.- que participaron en la conquista
murciana. Algunas de estas tenencias desaparecerán pronto, mientras que
otras dejarán paso a la formación de pequeños señoríos, generalmente
dispersos, como el de Sancho Sánchez de Mazuelo en Caudete, Pechín,
Ontur, Albatana y Las Peñas
LA REPOBLACIÓN ALFONSÍ
Durante los últimos años del
reinado de Fernando III y comienzos del de Alfonso X, y en particular
desde que el tratado de Almizra de 1244 pone en claro la delimitación
entre las conquistas respectivas de Castilla y Aragón, el territorio
albacetense conocería una amplia reorganización con tendencia al
incremento del dominio señorial, que registra numerosos cambios de
posesiones entre los nuevos poderes asentados en él.
La Orden de Santiago reforzará su presencia en la Sierra de Yeste y
Socovos y en el Campo de Montiel -hasta La Ossa y la comarca de las
Lagunas de Ruidera-, adueñándose de lugares que los alcaraceños no
habían podido poblar de cristianos, o comprando otros a sus primeros
ocupantes
En la zona manchega aparecerán señoríos más o menos efímeros, como el de
Sancho Sánchez de Mazuelo, o los de don Gonzalo Ruiz en la parte del
Júcar, y el de don Gregorio, que adquirirá Caudete y Pechín. Muy cerca
comenzará a crecer el señorío levantino del infante don Manuel, hermano
de Alfonso X, que amenazaba con extenderse a tierras albacetenses. Todos
ellos intentarán por primera vez repoblar sus dominios, pero por lo
común fracasarán. La debilidad demográfica -sólo en la parte más cercana
al reino de Murcia (Hellín, Tobarra, Caudete) perviven moros, y no hay
apenas cristianos para ocupar el resto- es tan acusada que ni siquiera
se requiere todavía la donación de fueros a las pequeñas comunidades
cristianas establecidas en los concejos de Chinchilla, Almansa, etc.
La revuelta mudéjar de 1264,
que apenas tuvo incidencia en tierras albacetenses, poco pobladas de
moros, vino a dar un giro a la situación, y convenció a Alfonso X de la
necesidad de efectuar una rápida repoblación cristiana del territorio,
dirigida por la Corona, y no ya por aquellos señores que habían
demostrado su ineficacia. Se reforzará entonces el concejo de Alcaraz -donde,
por cierto, tuvo lugar en 1265 el encuentro entre Alfonso X y Jaime I de
Aragón, para establecer el plan de campaña contra los rebeldes- y se
intentará crear otros nuevos concejos de realengo, generalmente poblados
a fuero de Alarcón (Cuenca) en Almansa, Chinchilla, Jorquera, Ves, y
otros lugares, dotándolos de fueros y de numerosas franquezas fiscales y
mercantiles, y dividiendo entre ellos el territorio, que debía ser
repartido entre los pobladores y puesto en explotación.
Expansión del realengo tardía e insuficiente, que conseguirá desplazar y
englobar temporalmente a muchos de los pequeños señoríos de tiempos de
la conquista, pero no acaba con la influencia de los grandes -don
Gregorio- y muy en particular de don Manuel, que pronto anexionará
Almansa a sus posesiones levantinas. Únicamente Alcaraz -que ha poblado
ya muchas aldeas de su menguado aunque todavía extenso término, posee
una importante mesta ganadera y ha recibido del rey en 1268 el derecho a
celebrar dos ferias anuales- parece suficientemente consolidada como
centro ganadero y mercantil. En sus encomiendas del sur, los
santiaguistas se limitan a defender la frontera frente a los granadinos
y a cobrar impuestos a los mudéjares que allí habitan, sin intentar
apenas poblar de cristianos -a excepción del núcleo capital de Yeste,
donde se afianza mínimamente un concejo dotado del fuero de Cuenca- una
comarca tan difícil y peligrosa.
LA CRISIS DE FINES
DEL SIGLO XIII
Desde 1279, el infante don Sancho, que va desplazando a su padre y
aprovecha el descontento general creado por su política económica y sus
sueños imperiales, gobierna ya Chinchilla, y seguramente también otros
pueblos. Se ha iniciado una crisis económica y política que comprometerá
seriamente los modestos logros de la repoblación alfonsí.
En 1282, apoyado por su tío don Manuel y otros nobles, don Sancho se
alza contra el monarca, lo declara incapaz, y le arrebata el gobierno
del reino. Es la guerra civil.
En premio al respaldo que presta a su sobrino, don Manuel recibirá de él
Chinchilla, Jorquera y Ves, que, como antes Almansa y Yecla, se
incorporarán a su gran señorío levantino.
A partir de ese momento, toda la comarca manchega, y la mayor parte de
la ribera del Júcar, con algunos otros pueblos inmediatos que luego se
añadirán, quedará unida formando el núcleo interior de un gran dominio
señorial -la "tierra de don Manue", luego conocida como estado de
Villena-, que habrá de perdurar y tener un gran papel en la historia
regional y en la de Castilla durante el resto de la Baja Edad Media.
Don Manuel, apoyado en sus caballeros de confianza, puso en marcha una
interesante obra de repoblación en sus nuevas adquisiciones, confirmando
fueros -que de todas formas no tendrían vigor efectivo- y privilegios,
repartiendo tierras entre los nuevos colonos, y promulgando una generosa
amnistía. Medidas que parece surtieron efectos positivos, al menos en
Chinchilla, donde constatamos una corriente inmigratoria y una mal
conocida aljama judía crecida al calor de los negocios.
Efectos, sin embargo, modestos y poco duraderos, pues la guerra civil,
los ataques de los moros, y la propia muerte de don Manuel en 1283,
relativizarían sus resultados, por más que la viuda doña Beatriz y el
rey Sancho IV, como tutores del heredero don Juan Manuel, intentaran
evitarlo confirmando las mercedes del difunto. Todavía habría de
aumentarse la crisis a fines del XIII con las acciones de algunos
partidarios de los Infantes de La Cerda -derrota de las tropas reales en
La Cabrera, junto a Chinchilla, en 1290 por Juan Núñez de Lara- y los
aragoneses (invasión del reino de Murcia en 1296).
La crisis afectaría también a las comarcas periféricas. La zona del
Júcar aparece casi despoblada, y muchos de sus lugares ya no volverán a
resurgir. Alcaraz, no menos perjudicada por aquellas calamidades, por el
declive de su feria y por la general falta de respeto a sus privilegios
comerciales, cuando no por los efectos de la lucha contra los moros -expedición
musulmana de 1282, pequeñas correrías de los años siguientes, victoria
alcaraceña de Zacatín, en 1296- y la pérdida de numerosas aldeas a manos
de los santiaguistas, decae en importancia, aunque sigue siendo el
núcleo más poblado en este territorio. Las encomiendas de Yeste,
Taibilla y Socovos, que sufren aún en mayor medida los inconvenientes de
la frontera, y no resultan atractivas para los cristianos, ven menguar
de día en día su población mudéjar. Al terminar la centuria, el
territorio albacetense, se halla no mucho menos necesitado de
repoblación y cuidados que en los días de la conquista.
DON JUAN MANUEL
La primera mitad del siglo
XIV, que registra pocas y siempre negativas novedades en las regiones
históricas de la sierra santiaguista y de Alcaraz, viene marcada, en
cambio, en la parte manchega, por la gran obra de don Juan Manuel, que
desde muy joven emprenderá la tarea de mejorar y ampliar la labor
paterna, compensando la pérdida de Elche y del resto de sus posesiones
levantinas (invasión aragonesa de 1296) con la incorporación del inmenso
mayorazgo de Alarcón y con el control temporal de Alcaraz y su gran
término por delegación real.
La Mancha y el Júcar albacetense pasaban ahora a ser el corazón y centro
esencial del nuevo y extensísimo estado manuelino, el señorío de Villena,
que comprendía también numerosas tierras en las actuales provincias de
Cuenca -Alarcón, con Belmonte, Garcimuñoz y otras poblaciones nacidas en
su antiguo suelo-, Guadalajara, y hasta de Toledo, Murcia y Alicante (aquí
conservaba Villena y Sax, bajo soberanía aragonesa). Situado el señorío
en el límite entre las monarquías rivales de Castilla y Aragón, y
emparentado con ambas su titular, vasallo -sólo nominalmente- de los dos
reyes, poseía unas inmejorables condiciones comerciales y geo-estratégicas.
Una circunstancia que don Juan, explotando en beneficio propio el hecho
de tener posesiones a los dos lados de la frontera, aprovecharía para
convertirse en uno de los mayores poderes contemporáneos, prácticamente
independiente. Ambicioso como todos los nobles de su tiempo, pero mucho
más calculador e inteligente, don Juan Manuel, lejos de exprimir a sus
vasallos como otros hacían para remontar la crisis, supo renunciar a
muchos de sus derechos feudales para conseguir la repoblación efectiva
de su tierra.
Así engrandeció don Juan Manuel su señorío, creó en él nuevas pueblas
-La Roda, La Gineta, probablemente Albacete- y puso en pie lugares
deficientemente poblados -Chinchilla- o a punto de perderse -Almansa,
Jorquera-, reorganizando el régimen municipal y repartiendo tierras
entre los nuevos pobladores y levantando castillos y murallas que
garantizaran su seguridad. Incrementó y homogeneizó la cohesión interna
de sus dominios, impulsó convenios de cooperación entre sus concejos, la
construcción de obras de drenaje y regadío, la selección ganadera -introducción
de la oveja merina-, la manufactura textil y el comercio, canalizado
particularmente hacia el vecino reino de Valencia a base de mercedes y
privilegios otorgados por él mismo o solicitados a los reyes de Aragón y
Castilla.
El resultado fue una notable recuperación demográfica y económica y el
nacimiento de una fuerte conciencia regional en el estado de Villena,
identificado con la casa de los Manuel. Identidad cristalizada en la
aparición de instituciones propias, como las "juntas" de procuradores
que asesoraban al señor y, como las Cortes de un estado autónomo,
respaldaban sus decisiones más trascendentes.
Una conciencia regional que se extendió también a los pequeños señoríos
-Minaya, Carcelén, Montealegre- nacidos en el seno del estado de Villena
y vinculados a vasallos o parientes de don Juan Manuel, que, sometidos
luego a diversas familias señoriales (Alhornoz, Mendoza, Ruiz de
Tragacete), habrían de perdurar a lo largo de la Baja Edad Media.
Incluso el enclave valenciano de Caudete, feudo de los Lisón, fue
atraído momentáneamente a la órbita manuelina y estableció convenios de
hermandad y cooperación con Almansa.
LA GUERRA CIVIL
La muerte de don Juan Manuel
en 1348, seguida poco después por la de su hijo, don Fernando, y su
nieta, doña Blanca, en medio de la crisis general introducida por la
Peste Negra y por la guerra entre los hijos de Alfonso XI, estuvo a
punto de barrer por completo los éxitos alcanzados. El futuro de Alcaraz,
pero sobre todo el del señorío de Villena, fue incierto durante todo ese
tiempo. Ambos contendientes lo utilizaron como moneda de cambio en los
tratos con ingleses, aragoneses, y con los demás poderes que
intervinieron en la contienda.
Entre tanto, Pedro I cedió el señorío a su hijo don Sancho, mientras
Enrique II lo reivindicaba para su esposa, Juana Manuel, como última
descendiente viva de don Juan, que luego cedería sus derechos a don
Alfonso de Aragón, miembro de la nobleza trastamarista que le apoyaba en
la lucha. Muchos lugares se despoblaron o, como Albacete y La Gineta,
volvieron a la condición de aldeas. Sólo las villas más consolidadas
pudieron resistir, con grandes dificultades, los malos tiempos de
guerras y epidemias, que empobrecieron el poblamiento e hicieron
desaparecer linajes enteros de la pequeña nobleza militar.
Pero el cimiento era sólido. Pasado lo peor de la crisis, a partir de
1372, el nuevo señor, don Alfonso de Aragón, nombrado Marqués de Villena,
pudo reconstruir con cierta facilidad la obra de don Juan, haciendo de
su marquesado un espacio relativamente próspero gracias al renacimiento
del comercio fronterizo, el resurgir de ferias (en particular la de
Albacete, lugar que el señor separaría de Chinchilla y elevaría
definitivamente a la condición de villa) y la ganadería. Don Alfonso
mantuvo las juntas; reforzó, en provecho propio, las inmunidades
mercantiles de su señorío; y sistematizó y ordenó las aduanas y los
derechos señoriales. Incluso llegó a impulsar en 1386 la creación de una
Hermandad, un cuerpo armado para la represión del bandolerismo y la
protección de sus pueblos, a la que pronto se adhirieron Alcaraz y
varios concejos del reino de Murcia.
Las ambiciones y el autoritarismo del primer marqués, don Alfonso, le
enajenarían las siempre escasas simpatías que pudiera tener entre la
oligarquía de sus principales villas. Su alejamiento de la Corte
castellana, sus peligrosas connivencias con la Monarquía aragonesa, y el
incumplimiento de sus deberes de vasallo -"non consentía que carta del
rey fuera en su tierra cumplid"- terminarían por convencer a Enrique III
de la necesidad de arrebatarle un territorio tan fronterizo y de tan
alto interés estratégico, y expulsarle del reino. En 1395, con apoyo de
algunos caballeros de la comarca y de ciertos concejos, sin duda
previamente contactados, se produjo el embargo del señorío y su
incorporación al control directo de la Corona, sin pérdida, al menos en
teoría, de los antiguos fueros y privilegios.
El rey no fue menos autoritario que el despojado marqués. Sus delegados
impusieron de grado o por fuerza -ejecución de ciertos chinchillanos en
1397- los superiores intereses de la Monarquía y la presencia de sus
corregidores. Sin embargo, mantuvo muchas de las peculiaridades
tradicionales del señorío de Villena -Hermandad, Juntas, privilegios
fiscales y aduaneros- y permitió el desarrollo cómodo de la pequeña "burguesía"
de negocios que se había formado en años anteriores. Los judíos, que
habían tenido cierta importancia, sobre todo en Chinchilla,
prácticamente desaparecieron con las presiones antisemíticas de finales
de siglo, pero fueron sustituidos en sus tradicionales actividades por
grupos de cristianos conversos, quizá, en parte , de los que nacerá una
nueva oligarquía villana, triunfante en la siguiente centuria.
Así creció una prosperidad que
a comienzos del siglo XV sería sometida a prueba por los abusos de los
recaudadores y los aduaneros, el aumento del bandolerismo con la pérdida
momentánea de la Hermandad tras la muerte del rey, y más tarde con la
entrega del señorío -ahora ducado- de Villena a la infanta doña María.
Dificultades, todas, que pudieron ser superadas al fin gracias a la
atención personal de la reina Catalina de Lancaster, tutora de la
duquesa y regente de Castilla, que restauró la Hermandad e intervino en
defensa de los privilegios locales.
También influiría, sin duda, la general recuperación demográfica
castellana y la pronta liberalización del comercio con Aragón, que
permitió prosperar a las oligarquías locales mercantiles y ganaderas.
Junto a estas actividades, que fueron siempre la base de la economía
regional, comenzó a incrementarse la agricultura con las abundantes "donaciones"
de tierras a particulares, que se registran desde fines del siglo XIV
hasta casi mediados del XV.
LA CRISIS DE ALCARAZ
Y LA SIERRA SANTIAGUISTA
Peor suerte tuvo el concejo de Alcaraz, que ya desde comienzos de siglo
atravesaba una penosa crisis, manifiesta en la despoblación de aldeas
-Las Peñas, Cotillas, Riópar, quizá- y agravada luego como consecuencia
de la derrota en la guerra civil, las pestes y el aislamiento.
El poblamiento se estancó, la modesta comunidad mudéjar y la antes
importante aljama judía quedaron casi extinguidas.
La villa perdió su antiguo derecho a voto en Cortes y su propia calidad
realenga, al ser entregada en señorío sucesivamente a las reinas Juana
Manuel, Leonor de Aragón y Beatriz de Portugal, que se adueñaron de
algunas de sus rentas y llegaron a interferir a veces en los cargos y
funciones municipales.
Hubo de padecer, además, las presiones de la poderosa Orden de Santiago,
y de don Juan Sánchez Manuel, adelantado de Murcia, conde de Carrión y
primo de la reina, que durante años mantuvieron apartadas de su
jurisdicción aldeas tan importantes como Villanueva y Las Peñas
Y otro tanto cabe decir de los territorios santiaguistas, donde el
aumento de poder de la Orden no se tradujo en mejoras para sus vasallos.
Aunque se afianza penosamente el poblamiento cristiano de Yeste, con
confirmaciones de fueros y excepcionales medidas repobladoras, que
incluyen especiales indulgencias pontificias para quienes soporten vivir
allí por tres años, el peligro de las constantes incursiones granadinas
y la fuga de los mudéjares que formaban la mayor parte de la población
terminarían por despoblar casi todas las aldeas, incluso Taibilla, cuyo
territorio sería anexionado a la encomienda de Yeste. En la encomienda
de Socovos, sólo Liétor, donde se habían repartido tierras entre nuevos
pobladores, pudo tener una mediocre ocupación cristiana.
EL SIGLO XV. LOS INFANTES DE ARAGÓN
Desde comienzos del reinado de
Juan II, y pese a la recuperación demográfica castellana, la pugna entre
monarquía y nobleza, y entre diferentes facciones aristocráticas, afectó
gravemente a los tres grandes espacios históricos -Alcaraz, señorío de
Villena y encomiendas santiaguistas- que hemos visto formarse en tierras
albacetenses. El infante don Enrique de Aragón, maestre de Santiago, se
apoderará del marquesado, haciéndolo conceder a su esposa, la infanta
doña Catalina, con el título de duquesa de Villena; pero lo perderá en
sólo un año de lucha, pues sus fuerzas se estrellarán ante la
resistencia de Chinchilla, que en 1422, tras soportar un duro cerco,
recibirá en recompensa el título de ciudad.
Luego, en 1428, dominará Alcaraz, pero también esta plaza se resistió y
obtuvo en 1429 su independencia y el mismo título en premio a su lealtad
a la Corona. Más tarde, su hermano don Juan, rey de Navarra, en medio de
guerras que enfrentaron a los pueblos del señorío de Villena, dominará
buena parte de él durante algún tiempo, en colaboración con el
comendador santiaguista y conde de Paredes Rodrigo Manrique, que entre
tanto ha conseguido privar a Alcaraz de Villapalacios, Bienservida,
Villaverde, Villarrobledo y otros pueblos, núcleo inicial de un pequeño
señorío serrano. Las luchas de Juan de Navarra y de su gobernador, Diego
Fajardo, contra los partidarios de don Alvaro de Luna terminaron por
descomponer el antiguo señorío de Villena, repartido entre varios
caballeros -Alonso Pérez de Vivero en el Júcar, Periáñez en Villena, el
conde de Castro en Almansa y Yecla- partidarios de uno u otro bando.
ASCENSO Y APOGEO DE JUAN PACHECO
El príncipe de Asturias, don Enrique, futuro Enrique IV, señor de
Alcaraz y de buena parte del antiguo marquesado (dote de su boda con la
hija de Juan de Navarra), comenzará a renacer la unidad territorial.
Pero, sobre todo, después de la batalla de Olmedo, que acabó con las
aventuras de los Infantes de Aragón y sus partidarios, su favorito, Juan
Pacheco, un hidalgo de oscuro origen, que medra a su sombra y recibe el
título de Marqués de Villena, irá haciéndose ceder pueblo tras pueblo y
terminará por reconstruir, incluso por ampliar con algunos lugares
arrebatados a Alcaraz -Munera, Lezuza, El Bonillo-, comprados -Villarrobledo-
u obtenidos por donación -Jumilla- el antiguo estado de los Manuel,
incluyendo Chinchilla, Albacete, Almansa, Hellín, Tobarra, Jorquera,
Alcalá, Ves, y todas las villas que tradicionalmente le pertenecieron.
El proceso estará salpicado de
luchas nobiliarias, que inciden en los pueblos, alborotos y banderías en
el mismo marquesado y en Alcaraz, siempre temerosa de caer en manos de
algunos de sus poderosos vecinos. También se extenderá la lucha a las
encomiendas santiaguistas de Yeste y Socovos, donde, entre ataque y
ataque de los moros, los comendadores se enfrentan entre sí, apoyando
alternativamente a don Álvaro de Luna, don Beltrán de La Cueva, Rodrigo
Manrique y el propio Pacheco, que sucesivamente compiten por el
maestrazgo.
El gran beneficiario de la lucha entre don Álvaro y los infantes, y en
general de las discordias civiles de los reinados de Juan II y Enrique
IV, fue Juan Pacheco, que utilizó su privanza con este último, antes y
después de su acceso al trono, para convertirse en uno de los más
poderosos caballeros del reino, añadiendo a sus posesiones los despojos
de todos los caídos en desgracia.
En 1468, tras su doble traición al rey y al príncipe don Alfonso,
enfrentados en guerra civil, Pacheco volvería a ser el brazo derecho de
Enrique IV y obtendría por ello numerosas mercedes. Entre ellas, el
maestrazgo de Santiago (que sólo momentáneamente aceptarán los Manrique
en las encomiendas de Segura y en algunas del sur albacetense) y el
dominio encubierto de Alcaraz y su tierra. Así pudo ceder a su hijo,
Diego López Pacheco, el marquesado de Villena, que en realidad siguió
gobernando mientras vivió también estuvieron bajo su influencia algunos
pequeños señoríos (Minaya) nacidos -o renacidos- en el interior de su
tierra, o comprados por caballeros de su servicio (Montealegre, Carcelén,
Ontur y Albatana), que fundaron en ellos mayorazgos de larga pervivencia.
LA GUERRA DEL MARQUESADO Y LOS REYES CATÓLICOS
Prácticamente toda la actual provincia de Albacete obedecía de un modo u
otro a Juan Pacheco en el momento de su muerte, aunque los Manrique,
desde las encomiendas de Segura y Yeste, y desde su naciente señorío de
las Cinco Villas, mantenían una oposición creciente que ya en 1474 había
dado lugar a un enfrentamiento armado con la ocupación villenista de
Riópar y su recuperación mediante cerco por parte de don Pedro Manrique.
Enemistad reforzada más tarde por el apoyo que los Manrique prestaban a
Isabel y Fernando, que acceden al trono tras el fallecimiento de Enrique
IV.
En 1475, con el alzamiento de Alcaraz, comenzará la "Guerra del
Marquesado", origen de un conflicto civil incluso internacional, que
enfrentó en tierras albacetenses a los partidarios del Marqués y de la
Beltraneja con los pueblos leales a los reyes y con diversos capitanes
suyos de Castilla (los Manrique, Pedro Fajardo) y Valencia (Fabra,
Cocentaina).
No tardó en extenderse la rebelión al interior del señorío de Villena,
donde, a lo largo de 1476, unos pueblos -Hellín, Albacete- fueron
ocupados con facilidad, mientras que otros -Almansa, Chinchilla- se
alzaron contra su señor y se entregaron a las fuerzas reales, cercando
en sus propias fortalezas a los alcaides de los Pacheco. Tras duros
combates, la paz firmada en 1480 vino a dejar la mayor parte de ellos -excepto
Jumilla, Alarcón, Belmonte, Jorquera, Alcalá y Ves- en manos de los
reyes, que prometieron conservar estos pueblos -"lo reducido del
Marquesado"- perpetuamente para la Corona.
Terminada la guerra, los reyes no cumplieron sus promesas de respeto a
las libertades y derechos de los concejos que les habían apoyado. Es
cierto que sometieron a la indisciplinada nobleza, pero también la
compensaron en rentas -los Manrique fueron generosamente pagados, e
incluso el vencido Diego López no sufrió demasiado quebranto económico-
y en cambio impusieron a los ciudadanos los superiores intereses del
Estado Moderno. Con la expropiación de la mayor parte del marquesado, la
devolución de Alcaraz a realengo, y la incorporación a la Corona, más
tarde, del maestrazgo de Santiago con todas sus encomiendas. La casi
totalidad de los pueblos albacetenses quedaron sometidos al control
directo de la Corona y hubieron de soportar todo su peso.
La resistencia municipal -bien visible en las negativas de Alcaraz y
Chinchilla a recibir corregidores, y en los desórdenes que se registran
en distintos pueblos con ocasión de abusos de poder, de incrementos
fiscales o de cambios en el tradicional sistema recaudatorio- fue
drásticamente laminada por la tenaz labor de los gobernadores y
corregidores.
Así, aunque no quedaron por completo abolidas las peculiaridades locales
se mantuvieron las viejas juntas de procuradores en lo reducido del
marquesado, vehículo frecuente de protestas municipales-, sí fueron
recortadas drásticamente las libertades mantenidas en tiempos anteriores
Las ciudades históricas, Alcaraz y, sobre todo, Chinchilla, entraron en
una irremediable decadencia, mientras algunas antiguas aldeas -AIbacete,
Villarrobledo- prosperaban con rapidez.
La oligarquía terrateniente y ganadera instalada al frente de los
grandes municipios se dejó ganar por las dádivas reales y traicionó los
intereses concejiles, intentando que las cargas recayeran sobre la "gente
común" y sobre los labradores de las aldeas sometidas a la jurisdicción
concejil. El pueblo urbano, tradicionalmente inquieto, y más gravado
ahora que nunca por la fiscalidad regia y los abusos del patriciado,
protagonizó todavía algaradas en algunos lugares y buscó en vano, con la
organización de "comunidades" y la elección de "procuradores síndicos",
una forma de resistencia popular frente a las autoridades reales y
frente a sus convecinos ricos, que iban acaparando todos los recursos
antiguamente comunales.
Experiencia interesante, pero generalmente frustrada, pues las
oligarquías locales acabarían por asimilar a la oposición popular y
domesticar al movimiento ciudadano. Las aldeas, por su parte,
redoblarían entonces, sin demasiado éxito todavía, sus ya antiguas
tendencias secesionistas -caso de Villanueva, Munera, Lezuza y Las Peñas
respecto a Alcaraz, Alpera respecto a Chinchilla, y La Gineta respecto a
Albacete-, buscando la independencia que les permitiera evitar las
imposiciones y gozar de sus propios recursos. En menor medida, a causa
de su peculiar estructura social y su mudejarismo residual, se aprecian
estas realidades en la sierra santiaguista, donde sólo Yeste y Liétor
ven florecer concejos comparables a los de la tierra de Alcaraz y el
marquesado.
Muchos lugares habían sido destruidos por las guerras o vaciados de
mudéjares, huidos o llevados por la fuerza al reino de Granada. Todavía
en tiempo de los Reyes Católicos será necesaria la repoblación y el
reparto de tierras en Férez o Socovos. Sólo después de la conquista de
Huéscar y Baza, y sobre todo, desde la caída de Granada, emprenderán
estas tierras el camino de la normalización.
Si hemos de caracterizar lo medieval por la existencia de un inestable y
a menudo belicoso equilibrio de poderes entre las municipalidades
celosas de sus privilegios, la Monarquía que intenta imponer su
autoridad, y una aristocracia militar agresiva y ambiciosa, no cabe duda
de que a lo largo del reinado de Isabel y Fernando se extingue
paulatinamente la Edad Media. La última algarada de la nobleza local en
1507 -a la muerte de Felipe el Hermoso, Pedro Manrique intentará
apoderarse de Alcaraz, mientras Diego López Pacheco reivindica
posesiones expropiadas treinta años atrás- no es sino el canto de cisne
de los últimos señores de la guerra. Cisneros y Fernando, con amenazas y
promesas que nunca serían cumplidas, neutralizarían fácilmente el
peligro.
Y otro tanto puede decirse del espíritu comunal y ciudadano que
caracterizó a los municipios medievales, que no estaban ya en situación
de beneficiarse de la sumisión de la aristocracia guerrera. La rebelión
comunera de 1520, que en tierras albacetenses tiene un fuerte contenido
social y rural, y cuenta sólo con las simpatías de los concejos medianos
y pequeños, y sobre todo de las aldeas que buscan su independencia
respecto a las ciudades, tropieza con la oposición de las conformistas
oligarquías de Chinchilla y Alcaraz, que al fin harán fracasar el
movimiento al apoyar a las autoridades imperiales. Sobre los restos de
la Edad Media se alza ya el imponente edificio del Estado autoritario -casi
absoluto- que terminará de consolidarse con los Habsburgo.
EDAD MODERNA -
ESTRUCTURA DEMOGRÁFICA
El período que vamos a
historiar, por lo que respecta a la actual provincia de Albacete, abarca
en términos globales los siglos XVI al XVIII inclusive, que
tradicionalmente hemos dado en llamar Edad Moderna. Sabemos que la
composición y movimiento poblacionales constituyen la estructura
demográfica, que, al margen de exageraciones deterministas, es punto de
referencia obligado en la interpretación de los acontecimientos
históricos, tanto desde su aspecto socioeconómico. como político,
cultural e incluso ideológico.
Los estudiosos de la demografía histórica consideran el siglo XVI como
de plenitud demográfica en toda España, con una expansión de la
población, cuyo ritmo de crecimiento se verá contraído en la centuria
siguiente, para experimentar una nueva expansión a finales del XVII y
comienzos del XVIII.
La actual provincia de Albacete se encontraba en este período dentro de
lo que territorialmente era la Corona de Castilla, que a finales del
siglo XVI tenía en el conjunto de reinos peninsulares la máxima
población, con unos 6.500.000 habitantes. Algún autor, como Domínguez
Ortiz, da como cifra de habitantes para Albacete-provincia 58.000, lo
que supone un 0,7 por 100 del total, con una densidad de 4 habitantes
por kilómetro cuadrado.Rodríguez Llopis, que ha estudiado la población
de la provincia partiendo del censo fiscal de 1530, da para la tierra de
Alcaraz 4.044 vecinos (16.176 habitantes, si aplicamos el coeficiente
4), para las cinco villas del Conde de Paredes, 941 vecinos (3.764 hab.),
para el resto de las villas comprendidas en señoríos (alguno ya de
jurisdicción realenga, como el Marquesado de Villena): en las de la
Orden de Santiago, 1.516 vecinos (6.064 habitantes), en las de
Marquesado de Villena. 3.050 vecinos (12.200 hab.), en las de otros
señoríos, como Montealegre, Carcelén, Ontur, Albatana, Caudete y Minaya,
434 vecinos (1.736 hab.). Si tenemos en cuenta que La Roda y el Estado
de Jorquera no aparecen en esta relación, bien pudiera acercarse el
montante de la provincia a los 40.000 habitantes.
Lo cierto es que Alcaraz y
Albacete, con 4.988 y 4.236 habitantes, se perfilan como los núcleos con
mayor peso específico, seguidos con notable diferencia por Villarrobledo
y Chinchilla, con unos 2.600 habitantes, y Almansa y Hellín, con unos
2.000 aproximadamente.
Hay que resaltar la decadencia de Chinchilla, otrora ciudad principal
del marquesado, que se irá acentuando durante toda la centuria.
El redactor de las Relaciones Topográficas, a finales del siglo, acierta
al decir que los vecinos se bajan a vivir al llano, a Albacete, que
incrementa su población y su término a costa de su antigua metrópoli (Albacete
a finales del siglo compra parte del término chinchillano por 8.000
ducados). Por otra parte, según el Censo de la Corona de Castilla de
1591, la provincia tenía un total de 17.900 vecinos, lo que supone unos
71.600 habitantes.
Sin lugar a dudas, las epidemias de peste o las plagas de langosta, y
las sequías, con sus secuelas, incidían en la población. Así, en octubre
de 1524, tenemos documentada la presencia de la peste en Albacete y la
mala cosecha de vino, así como los medios profilácticos empleados, que
se reducían a aislar lo más posible la villa de las personas que
pudieran llegar de zonas con el "mal de pestilencia", o el simple
destierro durante meses de personas sospechosas de tenerla.
Tenemos referencia en las
Relaciones, por lo que a Chinchilla se refiere, de la de 1507, que al
parecer fue terrible, y obligó a la ciudad a edificar ermitas a San
Roque y a San Sebastián para que la librasen de tamaño mal. La de 1558
no parece que produjo mortandad en ella, aunque se toman las medidas de
costumbre. La peste de finales de siglo (1599) obligó a defenderse de
toda persona que llegara de Almansa, y, sobre todo, se prohíbe la
entrada de gitanos, que vendían objetos robados en los lugares afectados
por la epidemia.
A mediados del siglo XVI, Castilla la Nueva y el Marquesado de Villena
se vieron azotados por la plaga de langosta, y por lo que sabemos afectó
a Chinchilla, La Roda, Albacete, Villarrobledo y al señorío de Minaya,
amén de la zona del Campo de Montiel. Desde finales del siglo XVI hasta
final del XVII, según Nadal, tenemos la mencionada peste, que dura hasta
1602.
La de mediados de siglo (1647-52) al parecer quedó detenida en Albacete,
pero azotó a Chinchilla; la de 1676-85 afectó al reino de Murcia. Los
últimos 25 ó 30 años de la centuria fueron los peores en toda España,
agravados por el alza de los precios de los 70 y las pésimas cosechas
del comienzo de los 80.
Para Albacete, los años más
negativos los tenemos entre 1680-82, 1684-86 y 1698-1700. Para
Chinchilla, 1683-85. Por lo que a Alcaraz se refiere, aun cuando
finaliza el siglo XVI con saldo positivo, sufrió la crisis de los
comienzos del XVII con una fuerte mortandad en 1606, provocada por una
probable epidemia de gripe, que afectó al territorio nacional, con
rebrotes en 1615. A mediados de la centuria de nuevo haría acto de
presencia la peste bubónica. Finalmente, en el último cuarto del siglo,
sobre todo a comienzos de los 80, aparece una tercera etapa de
morbilidad. A comienzos del siglo XVIII, y superados los primeros años,
se experimenta una recuperación, afectada por esporádicas epidemias de
gripe y viruela, que atacan sobre todo a la población infantil.
ESTRUCTURA
SOCIOECONÓMICA
La agricultura y la ganadería. Composición poblacional
Desde el punto de vista socioeconómico, la provincia difiere poco de la
Castilla meridional. Sus dos ciudades: Chinchilla y Alcaraz y sus villas
y lugares estaban dominados por una actividad agrícola-ganadera, con
algunos oficios artesanales, y al final de la Edad Moderna con un
intento industrial muy localizado. Tenemos dos muestras panorámicas
representativas de lo que era la provincia: las Relaciones Topográficas,
mandadas por Felipe II, y las Relaciones Geográfico-históricas de Tomás
López, de finales del período, y referidas a 30 localidades. Todo ello,
completado con otras fuentes, nos permite afirmar que durante los tres
siglos el marco agrícola-ganadero no sufrió significativas
transformaciones.
En cuanto a la propiedad de la tierra, aparte de una propiedad señorial,
que se reducía al Estado de Jorquera (de los marqueses de Villena), las
cinco villas del Conde de Paredes (Bienservida, Villapalacios,
Villaverde, Riópar y Cotillas), las encomiendas de Socovos, Yeste y
Taibilla, y la Ossa en el Campo de Montiel de la Orden de Santiago, con
todos sus derechos jurisdiccionales anejos, además de Carcelén, Balazote,
Montealegre y Minaya, pertenecientes a otros tantos señores, tenemos la
propiedad privada de los labradores pertenecientes a los grupos
oligárquicos municipales, de la que eran representativas las aldeas o
cortijos de los términos. Los Cantos, Munera o Alcañavate de Albacete;
los Barrionuevo de Chinchilla son apellidos de algunos de ellos. Además
de éstos, encontramos otro tipo de labrador, que trabaja tierras
arrendadas, jornaleros asalariados y pobres (labradores en el límite del
nivel de subsistencia).
Noël Salomón, basado en el estudio de las Relaciones, calcula en un 25 ó
30 por 100 el número de labradores para Castilla la Nueva, a finales del
XVI. La propiedad municipal se componía de terrenos comunales de
disfrute público por parte de los lugareños. Así: las dehesas boyales,
redonda, carnicera. Existían en Albacete, Chinchilla, Bienservida,
Tarazona de la Mancha, Alcaraz o Alcalá del Júcar. Había pueblos que
disfrutaban de comunidad de pastos, como los de la Orden de Santiago: La
Ossa, encomienda de Socovos; también los del antiguo Marquesado de
Villena, lo que constituyó un foco frecuente de pleitos entre concejos,
como ocurría entre Albacete y Chinchilla.
Los cereales: trigo (peldebuey, candeal y rubión), centeno, avena,
cebada son los cultivos dominantes en las llanuras, como La Mancha:
Chinchilla, Albacete, La Roda. En otros lugares se cultivan, pero con
resultados mediocres: como en La Ossa, Villa de Ves, Tarazona o Hellín.
La vid parece que estaba extendida en Albacete, menos en La Gineta o La
Ossa. La presencia de aguas de cursos de ríos o manantiales es
aprovechada para huertas y plantaciones de frutales (perales, ciruelos,
manzanos, cerezos y moreras), sobre todo en los pueblos ribereños del
Júcar o del Mundo: Alcalá, Villalgordo. También se aprovechan los
manantiales de montaña, como en Bienservida o Yeste. Interesante, al
menos en el siglo XVIII, el cultivo del azafrán en Balazote, Villa de
Ves, La Roda, Villamalea y Albacete, entre otros. Por lo que a monte se
refiere, se explotaba para leña y carboneo. Fue intenso el proceso de
desforestación en los siglos XVII y XVIII. Existían en nuestra provincia
encinas, robles, carrascas y toda clase de pinos (una de las mejores
descripciones de los distintos tipos la tenemos en las Relaciones de
Yeste), también, en cuanto a monte bajo, romeros, matarrubia, mataparda,
lentisco y coscoja. Importante era la producción de grana, abundante en
los términos de Albacete y Chinchilla, así como en todo el territorio
del Marquesado de Villena.
Ya a finales del siglo XVI empezaba a ser desbancada por la cochinilla
como producto de tinte. La ganadería tenía un peso considerable: en
1529, en una provisión de Carlos I, se hace mención de que en Albacete y
las zonas de Villena, Yecla y Sax tenían más de 200.000 cabezas de
ganado. Las ordenanzas de Chinchilla, Albacete, Villarrobledo o Almansa,
durante la Edad Moderna, dejan entrever la abundancia de ganados, sobre
todo lanares y cabríos, aunque bien es verdad que algunos estarían de
paso. En zonas más montañosas existía vacuno y porcino, como en
Bienservida y Yeste. La caza era un buen complemento alimentario;
abundaban las perdices, los conejos y las liebres, y en las zonas de la
Sierra, caza mayor.
La relación de Villaverde nos ofrece una de las enumeraciones más
completas: jabalíes, venados, cabras montesas, corzas, lobos, raposas,
turones, gatos monteses, ginetas, tejones, y aves de presa, como águilas
caudales, azores, halcones, buitres, cuervos y gavilanes. La pesca, no
muy abundante en cuanto a variedad de especies, era aprovechada por los
vecinos. En nuestros ríos serranos había truchas, anguilas, entre otras
variedades de peces, aunque la mayor parte de la provincia se surtía de
Valencia y Cartagena.
La población, sociológicamente hablando, según el censo de 1591, se
componía de 17.269 vecinos (unos 69.076 habitantes), 284 casas hidalgas
y unos 356 clérigos y religiosos, para un total de 74 entidades de
población, desiguales en su extensión. Es verdad que dentro de esos casi
70.000 pecheros la mayoría se dedicaba a la labranza y al pastoreo, con
un grupo no muy numeroso de artesanos en las ciudades y villas mayores,
como Alcaraz, Chinchilla, Albacete, Almansa, Hellín o Villarrobledo
muchos de los cuales compaginaban dichas tareas con faenas
específicamente agrícolas.
El Censo de Floridablanca, a finales del siglo XVIII, señala para el
total provincial 374 hidalgos, unos 7.397 labradores, 13.324 jornaleros,
unos 500 clérigos y religiosos, y el resto hasta un total de población
de 133.457 personas se clasifican en una variopinta gema: desde menores
y personas sin profesión concreta, hasta estudiantes, militares, criados
o artesanos de diversos oficios. Finalmente, destaquemos en la década de
los 70 y comienzos de los 80 del siglo XVI el fuerte contingente morisco
de la villa de Albacete.
La industria y la artesanía albacetenses
Quizás es pretencioso hablar de una industria en la provincia de
Albacete durante los siglos de la Edad Moderna. Más bien, cabe decir que
existía una artesanía de autoconsumo, para el gasto interior de ciudades
y villas, algunos de cuyos productos se comercializaban en los pueblos
comarcanos al amparo de mercados francos en determinados días de la
semana, ya desde de la época de los Reyes Católicos: en Tobarra, los
jueves; en Chinchilla, los martes; en Almansa, Hellín o Tarazona, los
miércoles. Existían además ferias francas de más larga duración: de
cuatro días en Albacete; 15, en Almansa; tres, en La Roda y Carcelén.
Los gremios y profesiones de mayor implantación eran los relacionados
con el vestido y el calzado. Ordenanzas conservadas en las grandes
villas o ciudades, como Chinchilla y Albacete, lo confirman. Todo ello
para autoconsumo local. Mención especial merecen las alfombras de fama
nacional de Alcaraz, Liétor, Letur, Chinchilla y Villamalea, así como el
trabajo de paños, con la presencia de batanes.
Sánchez Ferrer ha estudiado pormenorizadamente esta actividad y ha
publicado con Cano Valero las ordenanzas textiles de Chinchilla, a cuyas
obras remitimos para un conocimiento más profundo del tema. Yo mismo
publicaré en breve lo que se puede saber de Albacete, al menos en el
siglo XVI. La actividad alfarera tuvo puntos destacados en Chinchilla y
Villarrobledo. También el alfar chinchillano ha sido estudiado por
Sánchez Ferrer.
Destaquemos la producción de sal en las salinas de Fuentealbilla, que
abastecían a casi todos los pueblos de la zona, propiedad de los
Verástegui desde tiempo de los Reyes Católicos. También, aunque con
menor producción, tenemos las de Pinilla y Pétrola. Otra actividad muy
extendida era la molturación y molienda de trigo; las ruedas de molino,
movidas por agua, existían en todos los ríos y acequias, pertenecían o a
señores y particulares o a los mismos concejos. Las tenemos a lo largo
de la ribera del Júcar, en el Mundo y en las riberas del Guadiana en La
Ossa. Ya hacia finales del período que comentamos, al comienzo de la
década de los setenta del siglo XVIII, aparece el primer núcleo de lo
que exageradamente podríamos llamar intentos preindustriales en la
provincia, partiendo de la explotación de la mina de calamita en Riópar,
en la falda del Calar del Mundo, y la creación de las fábricas de San
Juan de Alcaraz, por iniciativa del austríaco Juan Jorge Graubner,
verdadero pionero de la industria metalúrgica española. Las fábricas
fueron creadas oficialmente por la real cédula de 19 de febrero de 1773
de Carlos III, pero no empezaron a funcionar hasta 1781, después de no
pocas vicisitudes. Hubo presencia de maestros extranjeros, que enseñaron
a los naturales del país, y en 1785, por una real cédula de 14 de agosto,
pasan al dominio directo de la Corona. Para un estudio más amplio,
remitimos a los estudios de Fuster Ruiz y de Helguera Quijada.
LOS CONSEJOS
Los municipios de la provincia
de Albacete durante la Edad Moderna eran de realengo o de señorío. Al
régimen señorial pertenecían: el llamado Estado de Jorquera, último
reducto de los Marqueses de Villena una vez que fueron derrotados por
los Reyes Católicos en la guerra del Marquesado, y que comprendía:
Abengibre, Alborea, Alcalá del Júcar, Casas Ibáñez, Motilleja,
Fuentealvilla, Golosalvo, la misma Jorquera, Las Navas, Mahora,
Pozolorente, La Recueja, Villamalea, Valdeganga, Villavaliente, Cenizate,
Casas de Juan Núñez, con algunas caserías y cortijos más.
Eran también de señorío Montealegre -de los Fajardo-, Carcelén, que a
finales del siglo XVI era de don Francisco Coello, también sería de los
Marqueses de Veniell, y a partir de 1783 de realengo.
Balazote perteneció a los condes del mismo nombre. Villatoya estuvo
vinculada a una rama de los Pacheco. A la Orden de Santiago pertenecían
las encomiendas de Socovos y Yeste, con Nerpio, Letur, Liétor, Férez y
los pueblos que le dan nombre; en el Campo de Montiel, La Ossa. De los
Condes de Paredes eran las cinco villas de Bienservida, Villaverde,
Villapalacios, Riópar y Cotillas -en el siglo XVIII pasará alguna de
ellas a los Condes de Navas de Amores-. Minaya era de los Pacheco. Todo
el resto de la provincia era de realengo.
Los concejos se agrupaban en ciudades, villas o lugares (aldeas).
Durante la Edad Moderna adquieren su condición de villas: desglosándose
de la jurisdicción alcaraceña: Peñas de San Pedro (1537), El Bonillo
(1538), Lezuza (1553), Ayna (1565), Barrax (1564), Bogarra (1573),
Ballestero (en el siglo XVI), Munera (1548). De Villanueva de la Jara se
separan Tarazona de la Mancha (1564) y Villalgordo (1672). De Albacete,
La Gineta (1553). De La Roda, Fuensanta (en el siglo XVII en tiempos de
Carlos II). Alpera (hacia 1567) se separa de Chinchilla, pero a finales
del siglo XVI pasa a señorío de los Verástegui hasta mediados del siglo
XVIII. Seguirían perteneciendo a la jurisdicción de Alcaraz: Alcadozo,
Casas de Lázaro, La Herrera, entre otros. Seguían siendo aldeas
chinchillanas: Bonete, Corral Rubio, Fuentealamo, Higueruela, Hoya
Gonzalo. Elche de la Sierra dependería de Ayna, cuando ésta consiguió su
villazgo. Caudete perdió su condición de villa y pasó a aldea de Villena,
después de la Guerra de Sucesión, hasta 1737. Alatoz sigue siendo aldea
de Jorquera.
Los ayuntamientos se componían
de alcaldes ordinarios, generalmente dos, encargados de juzgar las
causas en primera instancia; podían ser ayudados por los jurados. Los
regidores, cuyo número variaba según la importancia de la ciudad o
villa, y eran los encargados de los variados asuntos del concejo. Estos
cargos en las entidades de señorío eran nombrados por los señores, bien
a propuesta de sus administradores o de los mismos concejos. Ya en plena
época borbónica encontramos los síndicos personeros, creación de Carlos
III en 1766, como defensores de la comunidad frente al ayuntamiento, con
una tarea fiscalizadora del mismo. También los diputados del común,
creados por la misma fecha, elegidos por sufragio popular, y con misión
en materia de abastos.
Desde que a mediados del siglo XVI las regidurías fueron compradas al
monarca y se convirtieron en perpetuas, los concejos terminaron por caer
definitivamente en manos de un número todavía más reducido de familias
poderosas, perdiéndose prácticamente al escaso aire democrático que
podía quedar en ellos. Los cargos eran anuales y se renovaban por San
Miguel (29 de septiembre); en Tobarra era por San Juan (24 de junio).
Otros oficios eran el de alguacil mayor, con sus tenientes, y los
alcaldes de la hermandad: uno por hidalgos y otro por pecheros, con
funciones más relacionadas con el orden público.
La vigilancia de los términos estuvo a cargo de la vieja institución de
los caballeros de sierra o guardas. Cargos más burocráticos y
administrativos eran el escribano, el mayordomo y depositarios,
procuradores de pleitos, y la múltiple gama de administradores de rentas
reales ya en tiempo de los Borbones y en los municipios mayores, donde
la administración concejil se había hecho más compleja, como
Alcaraz, Chinchilla, Almansa o Albacete. La figura del alférez la
ostentaba el alguacil, un regidor o una persona ajena a estos cargos.
Para las aldeas, en el siglo XVIII, tenemos los alcaldes pedáneos.
Por encima de los municipios
estaban los gobernadores o corregidores, con sus alcaldes mayores. Una
gran extensión de la provincia pertenecía a la gobernación del
Marquesado de Villena, que a finales del siglo XVI desaparece como tal
provincia, dividiéndose en dos corregimientos: uno con capital en
Chinchilla y otro en San Clemente. Las Juntas del Marquesado, que tanto
peso habían tenido en el tratamiento de cuestiones comunes, quedan
también fragmentadas en juntas de partido y generales sin periodicidad y
lugar fijo de reunión, señal de su decadencia y muerte frente a la
prepotencia del poder central. En el siglo XVI tenemos noticias de ellas
en los años 1529, 1532, 1563, 1569 y 70, 1572, 1580 y 86. La última de
partido fue probablemente la de Chinchilla de 1555. Los lugares elegidos
para su celebración fueron ciudades, villas o aldeas de la provincia. Ya
en el siglo XVIII y con el robustecimiento de corregidores y alcaldes
mayores, se advierte la presencia de tales cargos, como jueces de letras,
en Alcaraz, Albacete, Almansa, Chinchilla y Hellín.
EL MARCO NATURAL DE
LA PROVINCIA
Entendemos por tal tanto el
nivel de instrucción de la población como las posibles personalidades
que, por su nivel intelectual o conocimientos, han sobresalido en tan
dilatado período tanto en el territorio de la que llamamos provincia de
Albacete como fuera de ella.
A nivel del pueblo, nuestra
provincia, en términos generales, no albergó instituciones superiores
como podrían ser universidades, y los ayuntamientos lo más que hacían
era contratar, a cargo de los "propios" del concejo, algún maestro de
gramática o primeras letras, casi siempre un licenciado, al que solían
darle una casa, que le servía de vivienda y de escuela. Cuando los
emolumentos no podían ser muy subidos, los discípulos pagaban una
cantidad, como por ejemplo sucedía en Albacete en algunos años del siglo
XVI.
Es frecuente que entre los oficiales del ayuntamiento, que por otra
parte pertenecían a los labradores más ricos de las ciudades y villas,
aparezcan algunos que no saben firmar, haciéndolo otros en su nombre, lo
que indica que el nivel de analfabetismo tenía que ser bastante alto
entre el pueblo llano y pechero, tónica que debía de ser común a todos
los pueblos castellanos. En los municipios sobresaltan por su cultura y
conocimientos los escribanos y algún que otro licenciado o bachiller,
que, como en Albacete el licenciado Francisco de Cantos, desempeñó
durante muchos años el cargo de asesor del concejo durante la primera
mitad del siglo XVI.
Hasta la real cédula de 12 de
julio de 1781 no se establece la instrucción primaria. Hasta entonces
esta instrucción estará en manos de los concejos y de la Iglesia. En
Albacete y Alcaraz tuvieron colegios los jesuitas, y en Hellín, los
franciscanos. Con todo, en los pueblos pequeños la penuria era total,
todavía a finales del siglo XVIII. Valga como ejemplo la queja de Munera:
"… los escasos rendimientos que producen los niños por razón de su
enseñanza, circunstancias por las quales sin duda, ningún maestro de
real aprobación ha venido ni deve esperarse venga en solicitud de esta
escuela…". El control ideológico y del profesorado estaba, desde luego,
en manos de la Iglesia, y la formación cristiana de los niños era
objetivo preferente.
A otro nivel, hay que hablar de algunos hijos ilustres de la provincia
que brillan con luz propia en distintos ámbitos del saber. Hay que
resaltar el grupo alcaraceño del siglo xXVI: el bachiller Sabuco Miguel
Sabuco Álvarez-, que nace por el 1525 y muere hacia finales de la década
de los 80. Estudia Derecho Canónico en Alcalá y probablemente Filosofía
y Medicina, dados sus conocimientos médicos. Su obra por excelencia es
la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada
de los grandes filósofos antiguos; la cual mejora la vida y salad humana.
Compuesta por doña Oliua Sabuco. Hasta comienzos de nuestro siglo su
obra fue atribuida a su hija Oliva, no sabemos si por evitar posibles
roces con la Inquisición -parece que siempre residió en Alcaraz-. No es
exagerado sostener con los estudiosos de su obra que estamos ante una
personalidad del pensamiento renacentista español y, según la Real
Academia Española de principios del siglo XX, digno de figurar al lado
de Santa Teresa o Cervantes por estilo y modo de expresarse.
Otro hijo de Alcaraz de la segunda mitad del siglo XVI es el lingüista y
filósofo Pedro Simón Abril (1540 -moriría a finales de siglo). Docente
infatigable, recorre en su magisterio Tudela, Zaragoza, Medina de
Rioseco, incluso Alcaraz (entre 1578 y 1583). Enseña, traduce clásicos,
plantea nuevas normas didácticas en la enseñanza y hace filosofía.
Prueba de ello es su Filosofía Natural. Cabe enmarcarlo dentro de los
humanistas del Renacimiento, que buscaban una renovación de la teología
en una vuelta a las fuentes griegas y romanas, así como a la filosofía
aristotélico-platónica.
A principios del siglo XVIII
hay que citar a Sebastián Izquierdo, jesuita (Alcaraz 1601-Roma 1681),
que se gradúa en Artes en Alcalá, profesor en colegios de la Compañía de
Murcia, Alcalá y Madrid, censor de la Inquisición. Autor del Pharus
Scientiarum, que conecta con las corrientes renovadoras de Descartes y
Leibnz, sin abandonar la línea de Aristóteles, Lulio o Bacon, buscando
una ciencia universal con procedimientos matemáticos. Es un precursor de
la lógica simbólica. Junto a estos autores, en el campo de la filosofía,
hay que citar al también alcaraceño, el arquitecto renacentista Andrés
de Vandelvira, para cuyo conocimiento remitimos a la parte de arte de
este mismo volumen.
Además de la pléyade de Alcaraz, tenemos en la segunda mitad del siglo
XVI al rodense padre Antonio Rubio, jesuita, alumno de Alcalá, que
desarrolló su actividad docente en México como profesor de filosofía
durante un cuarto de siglo. Su obra Lógica Mexicana, comentario a la
filosofía de Aristóteles, fue texto en la Universidad de Alcalá. Es un
adelantado del Renacimiento en tierras americanas y cabe situarlo dentro
de los reformadores de la Escolástica.
Quizá la figura más sobresaliente en nuestra provincia en la Edad
Moderna, en el campo del pensamiento político, haya sido el hellinero
Melchor de Macanaz (1670-1760), cuya figura ocupa el siglo XVIII,
verdadero precursor, según Carmen Martín Guite, de los ministros
ilustrados de Carlos III. Estudiante manteísta en Salamanca, fue figura
clave en los primeros años del reinado de Felipe V. Controvertido donde
los haya por su mentalidad regalista. Excomulgado, estigmatizado por la
Inquisición y desterrado de España, constituye uno de los capítulos más
patéticos del siglo XVIII español. Su Pedimento de los cincuenta y cinco
párrafos constituye uno de los atisbos de política económica más
realistas que hasta entonces se habían dado.
Entre otros albacetenses
ilustres citaremos al hellinero Manuel Ramírez Carrión, a caballo entre
los siglos XVI y XVII, pedagogo de sordomudos; los también médicos de
Hellín Juan de la Torre y Valcárcel y Juan Caravallo, ya en el siglo
XVII. En el campo de la historiografía local, al padre Francisco de la
Cavallería y Portillo, de Villarrobledo, entre otros.
LA MENTALIDD Y LA PRÁCTICA RELIGIOSA
La actual provincia de Albacete, en la Edad Moderna, se encontraba
dividida, por lo que a jurisdicción eclesiástica se refiere, entre tres
diócesis. La de Cartagena, que comprendía toda la parte de Albacete que
había sido señorío de Villena; Minaya, La Roda y Tarazona de la Mancha,
que lo eran de Cuenca; y el arcedianazgo de Alcaraz, con Alcaraz y su
tierra, incluidas las cinco villas del Conde de Paredes y la Encomienda
de La Ossa de Montiel, que pertenecían a la Primada de Toledo. De hecho.
esta división se mantendrá hasta 1950 y mediados de la década de los 60
del siglo XX, en que quedará configurada definitivamente la actual
Diócesis de Albacete.
En los siglos XVI, XVII y XVIII el componente de los cristianos de
Albacete, como el de toda Castilla, era, por mentalidad y situación
social, rural, campesino, labrador, en sus múltiples modalidades. Ello
implica aceptar en términos generales que su sentimiento y vivencia
religiosa estaban impregnados de los rasgos y estereotipos de esta clase
de sociedad. Era, en casi su totalidad, poco letrado, por no decir
analfabeto. En cuanto a su contenido de fe cristiana, pegado al terruño
de que dependía toda su vida, al vaivén de plagas, epidemias o sequías,
sin otros seguros que su esperanza en el Todopoderoso, pero a la vez con
una propensión a considerar cualquier desgracia como castigo divino y a
agarrarse a cualquier tipo de intercesión. Su espiritualidad necesitaba
del dato y del rito para suplir su deficiente catequesis.
Era la suya, pues, una religiosidad telúrica, de fascinación crédula
ante lo inexplicable, de actos externos tradicionalmente repetidos por
el pueblo, como una forma de impetración colectiva. En fin, de una
mentalidad fuertemente sacral, presente en todas las manifestaciones
sociales. Todo ello perfectamente compaginable con prácticas y
comportamientos heterodoxos, reprimidos por la Inquisición, y críticas,
más o menos toleradas, de los literatos y espíritus cultivados.
Julio Caro Baroja, en su obra Las formas complejas de la vida religiosa
(siglos XVI y XVII), tratando de la religiosidad del labrador, afirma
que "el campesino, como más pegado a la Naturaleza, tiene la tendencia a
dirigir su religiosidad hacia lo que la vida natural le señala". Es una
religiosidad funcional, extrínseca y utilitaria. Así, fomenta el culto a
los santos protectores contra los enemigos del campo. comprometiéndose
la comunidad del pueblo con un voto de guardar su fiesta. La Ossa hace
una procesión a la ermita de San Pedro Sahelices todos los años para
librarse de la peste. Ermitas a San Roque (abogado ante la peste)
encontramos en Hellín, Alcalá del Júcar, Chinchilla, Albacete, La Gineta,
Tobarra y Montealegre. A San Gregorio Nacianceno se le considera
protector contra las plagas de langosta, y así se le venera en
Chinchilla, Alpera, La Gineta y Alcalá. Además, en Albacete, que se
acoge a San Agustín, a mediados del siglo XVI el concejo hace venir de
Madrid un clérigo langostero, que exorcice los campos, previa petición
de autorización al ordinario.
Es significativo que en el acta capitular de 4-lV-1548 se diga: "...que
por nuestros pecados, Dios Nuestro Sennor a seydo servido de la gran
cantidad de langosta quel agosto pasado vino a esta tierra
repentinamente". San Bernabé es venerado en Albacete y Chinchilla como
remedio al gusano de la vid. Contra el pedrisco y los hielos se venera a
San Juan ante Portam
Latinam, en mayo, en Albacete, y también contra la sequía en Chinchilla,
La Gineta y Yeste. En Hellín la protección contra la piedra se buscaba
en San Rafael. En Montealegre es a Santa Quiteria (abogada contra las
mordeduras de perros rabiosos) a la que se acude contra los pedriscos.
En otros pueblos, como Villapalacios, se celebraba la vigilia del Corpus
con ayuno para impetrar el verse libre de las desgracias de la piedra.
Ermitas, procesiones, guarda de la fiesta con misa y cofradías eran la
expresión externa de esta religiosidad.
La devoción mariana está presente en la provincia en forma de patronazgo
o como titular dc varias parroquias: Nuestra Señora de la O, en Yeste;
Remedios de la Fuensanta, en La Roda; Nuestra Señora de la Consolación.
en Montealegre; Nuestra Señora del Rosel, en Hellín; La Asunción, en
Yeste, Jorquera, Ves; la de Cortes, en toda la zona de Alcaraz; la de
Los Llanos, en Albacete, o Nuestra Señora de las Nieves, en Chinchilla.
Muchas de estas advocaciones, aunque adquieren el patronazgo en el siglo
XVII, tienen su devoción arraigada en el pueblo mucho antes.
Otras fiestas están relacionadas con la presencia de determinadas
Órdenes religiosas, como los franciscanos en Albacete, en el que la
fiesta de San Francisco se celebraba como si fuera domingo ya en el
siglo XVI. Ellos divulgaron la devoción a la Inmaculada en la villa, que
en 1624 hace un "voto y juramento de la Purísima Concepció". La devoción
al Cristo del Sahúco, cercano a Peñas de San Pedro, es otra de las
expresiones de religiosidad más interesantes de la provincia. Aunque las
primeras noticias se remontan a 1677, su arraigo popular es anterior. La
época de oro de su devoción es el siglo XVIII, hacia mediados de la
centuria.
En los tres siglos se afincaron en nuestra provincia Órdenes religiosas,
que dejarían su huella: franciscanos de distintas observancias, sobre
todo; dominicos, jesuitas (hasta su expulsión), agustinos, hermanos de
San Juan de Dios, trinitarios, carmelitas descalzos, justinianas.
Por lo que a la heterodoxia se
refiere, Blázquez Miguel, que ha estudiado la Inquisición en Albacete,
llega a las siguientes conclusiones, que reflejan bien la actitud y el
talante religioso de nuestros pueblos: "donde más procesos se dan es en
La Roda, con el mayor índice de brujería de toda la provincia. Minaya,
en cambio, acapara casi todos los casos de misticismo albacetense. La
mayor represión se da a finales del siglo XVI por los procesos contra
los judaizantes, después se incrementan algo, pero poco, en los primeros
tercios de los siglos XVII y XVIII. Los delitos que ocupan el primer
lugar son los de blasfemia (20 por 100), los solicitantes sexuales (13
por 100), los criptojudíos (12 por 100) y finalmente los de proposición
(10 por 100). Los menos importantes son los intelectuales (p. ej.,
lectura de libros prohibidos, misticismo). La casi falta de procesos
contra místicos (alumbrados y molinosistas) es demostrativa, por una
parte, de la ortodoxia general del pueblo albacetense y, por otra, de su
pragmatismo cotidiano y dureza de su existencia, que no le dejaba tiempo
para sutilezas y éxtasis, apegado como estaba a su dura e ingrata tierra".
HITOS DE LA
HISTORIA MODERNA
Ante todo, digamos, que por
hitos de la Historia entendemos aquellos acontecimientos que han tenido
una significación especial en la historia de nuestro país, desde uno u
otro ángulo: político, económico, religioso o cultural, si es que tales
ámbitos pueden ser considerados por separado. Nos hemos fijado en cuatro:
la guerra de las Comunidades; la sublevación y guerra de las Alpujarras
granadinas, en el marco morisco; la guerra de Sucesión, que supuso un
cambio de dinastía; y la presencia albacetense en el nuevo continente
americano.
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La
Guerra de las Comunidades
Cuando uno
trata de investigar el impacto y el posicionamiento de
los pueblos de la provincia frente al siempre sugerente
tema del levantamiento comunero, parece como si un
silencio cómplice o un tupido velo hubiese caído sobre
la documentación municipal. No conservamos los libros de
actas capitulares ni ningún otro tipo de fuentes
adyacentes. Sólo unas cuentas de servicio de armas de la
villa de Albacete, estudiadas por Mateos y Sotos y
Calleja Torralba, y lo que Pretel Marín ha podido
encontrar en Alcaraz y en sus estudios sobre Chinchilla.
De estas investigaciones se deduce que Albacete y
Alcaraz, los dos núcleos más poblados, con Chinchilla,
se mantuvieron fieles a la Corona, aunque en Albacete
durante un par de meses del 1520 debió de triunfar un
intento comunero, que a comienzos de 1521 estaba
dominado, y la villa se apresta a ayudar al prior de San
Juan con hombres y dinero en sus campañas toledanas;
pero tanto esta villa como Alcaraz sufrieron las
presiones de otros pueblos de la comarca contaminados
por los ideales de la Comunidad.
Por lo que a Chinchilla se refiere, hacemos nuestras las
palabras de Pretel: "Si en otros lugares la Comunidad
protagonizó e impulsó la revuelta, en Chinchilla, donde
tan larga tradición tenía, habla de servir precisamente
de instrumento para evitarla (...) el triunfo de los
imperiales no era difícil de pronosticar en esta comarca,
donde las oligarquías locales y sus paniaguados veían
comprometidas sus prebendas en caso de triunfar el
movimiento, y donde faltaban o flaqueaban a causa de la
corrupción las verdaderas clases medias, los antiguos
medios y cuartos pasteros, los labradores y pequeños
comerciantes acomodados, pero no comprometidos, que
pudieran haber tendido un puente entre los deseos de
cambios moderados del patriciado urbano y el
resentimiento y las demandas exaltadas de la plebe. Otro
tanto ocurría probablemente en Alcaraz".
Albacete y los moriscos granadinos
Santamaría
Conde es, sin duda, quien mejor ha estudiado el tema
morisco en relación con Albacete. No es extraño que la
proximidad de la provincia con Granada la hiciese
protagonista destacada, tanto en su aportación a la
lucha contra la sublevación de las Alpujarras, como por
lo que se refiere al paso de los moriscos al ser
dispersados por otros reinos. En 1569 los albacetenses
forman en las filas del ejército del Marqués de los
Vélez en la batalla de Berja. Las villas, que eran del
Marquesado de Villena, en junta del mes de octubre,
aportan 3.000 hombres y 8.000 ducados, de los que a
Albacete corresponden 240 hombres y 4.478,5 reales,
exigiéndoseles sean personas "de crédito", pues los de
la primera expedición habían dejado mucho que desear en
cuanto a su valor. Durante 1569 y 1570 carros de trigo y
cebada constituyen nuevos aportes a la guerra, hasta el
punto de responder la villa: "esta villa es la que más y
mejor de todas a servido, y está muy fatigada". Albacete,
además, se vio inundada con familias moriscas, más de
15.000, a finales de 1570, de paso hacia otros lugares
de la Península, con el correspondiente gasto para la
villa, que había de mantenerlos. De ellos, algo más de
2.000 se quedaron en Albacete, y de éstos, en 1586, sólo
residían en la villa unos 500, lo que supone un
incremento considerable para su población.
La
guerra de Sucesión en Albacete
El hispanista
Henry Kamen, en su obra sobre la guerra de Sucesión en
España, no duda en afirmar sobre la batalla de Almansa
que en "Almansa (...) el mariscal duque de Berwick
aseguró la sucesión borbónica". En las Relaciones
Geográfico-Históricas, de Tomás López, cuando Almansa
contesta al cuestionario, se expresa con el barroquismo
propio de la época: "Adquirió Almansa nuevos timbres y
blasones, por los servicios hechos en los años 1705 y
1706 conteniendo los ynsultos de los reveldes, y sobre
todo, por la famosa decisiva victoria, que en el mismo
sitio y llano del Real Campo de Batallas, consiguieron
las catholicas armas del rey Philipo, auxiliados de
Francia, contra las Austriacas y demás coligadas… Esta
completa victoria afianzó en las augustas sienes de
nuestro invicto monarca Philipo Quinto la corona de
España". La batalla tuvo lugar el 25 de abril de 1707.
Cerca de Montealegre, en una llanura llamada Hoyas
Peladas, juntó el duque de Berwick los ejércitos
francoespañoles el 14 de abril de 1707. Los heridos y
prisioneros superaron los 16.000. Para conmemorar la
victoria manda el nuevo rey al arquitecto Lucas de la
Lastra, por real cédula de 10 de septiembre de 1707, que
edifique en dicho campo una pirámide, con gradas,
cornisas y pedestal, conmemorativa de tal victoria. En
el lado sureste del monolito se leía:
Aquestos campos y felize vega
las glorias de Philipo fecundaron.
Aquí las garras que el león despliega
en púrpara revelde se vañaron.
Aquí las Lilias que el amor congrega
a las Quinas y Rosas destrozaron
y el ave que de Júpiter blasona
a Philipo cedió triunfo y corona.
Para otros
pueblos, como Carcelén, las cosas no fueron nada bien,
pues en la misma relación la villa se queja de haber
sido "totalmente arruinada con repetidos incendios que
ocasionaron los imperiales"; en ella se puso presidio y
plaza de armas para resistir a los valencianos y
catalanes, que incendiaban y talaban sus campos, robando
sus ganados. Todo ello le valdría después una
confirmación de privilegios por parte del nuevo monarca,
así como una exención de tributos en el bienio
1708-1709.
La presencia de Albacete en la empresa de Indias
La presencia de gentes de la provincia en Indias no es despreciable.
Estudios actuales en curso documentan ya unos 243. El primer
albaceteño del que tenemos noticia es Ruy García de Alcaraz, a
principios de siglo XVI. Otro, natural de Albacete, Marcos Rabal.
Religiosos: como fray Bernardino de Minaya, secretario del padre
Bartolomé de las Casas; Alonso Pacheco, minayero, marcha a Goa. El
rodense padre Rubio, ya mencionado, en México; fray Domingo de
Arenillas, arzobispo de Charcas. Todos ellos del siglo XVI. Los
alcaraceños, Pedro de Balvas y Juan Guerrero, colaboradores de
Cortés. Don Leonel de Cervantes, de Tarazona, antecesor lejano del
cura Hidalgo, propulsor de la independencia mexicana en el siglo
XIX.
En el Virreinato del Perú encontramos a Manrique de Vera, de
Villapalacios; y en Nueva España, a finales del siglo XVI, al
albaceteño Francisco de Alarcón. Misioneros de los siglos XVII y
XVIII son fray Nicolás de los Santos, del Masegoso, y fray Matías
Molina, de Albacete, misioneros en China; en Filipinas está el
rodense fray Juan Ramírez de Arellano; obispo de Nueva Segovia fue
fray Hernando Guerrero de Alcaraz. En Villarrobledo tenemos los
clérigos de la familia Morcillo, de los que el más conocido llegó a
virrey del Perú, del mismo pueblo es el padre Francisco Jiménez. Es
imposible en tan corto espacio recoger toda la lista, pero
terminemos diciendo que también Chinchilla, Almansa, Letur y
Bienservida tuvieron hijos suyos en tierras americanas. Valga este
breve apunte como homenaje en el año del Quinto Centenario.
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EDAD CONTEMPORÁNEA - GUERRA DE LA INDEPENDENCIA
Durante la Guerra de la Independencia, los pueblos de la actual
provincia de Albacete lucharon valerosamente contra los invasores
franceses. Una gran extensión de las comarcas serranas nunca fue
hollada por los ejércitos napoleónicos. Las autoridades de la
provincia de La Mancha: a la que pertenecían 29 poblaciones del
partido de Alcaraz, buscaron desde Ciudad Real refugio seguro en lo
más alejado y abrupto de la serranía, alojándose espléndidamente en
las antiguas fábricas de San Juan, en Riópar, y más tarde en Elche
de la Sierra, el punto más oriental de su provincia. Desde allí, en
1811 y 1812, remitieron sus acuerdos a todo el territorio manchego a
través de un periódico oficial, que puede ser considerado el primero
que se publica en territorio de Albacete y de toda Castilla-La
Mancha: Gazeta de la Junta Superior de la Mancha.
Si estas 29 poblaciones manchegas podían considerarse plenamente
castellanas, también lo eran otras 30 no menos manchegas que
entonces pertenecían a la provincia de Cuenca, desde Villarrobledo y
La Roda hasta Casas Ibáñez. Tan sólo pertenecían a la provincia de
Murcia un territorio menor de 27 poblaciones, también
mayoritariamente manchegas y pertenecientes a la antigua provincia
del Marquesado de Villena y a la Orden de Santiago, con los partidos
de Albacete, Chinchilla, Villena y Hellín y las encomiendas de
Socovos y Yeste.
Con la base de los territorios de las tres provincias creadas en
1785 por Floridablanca, menos la zona de La Roda y Villarrobledo, se
formó en 1822 la provincia de Chinchilla, que incluia también
algunas poblaciones de Murcia, de Ciudad Real y de Jaén. La
provincia fue dividida en ocho federaciones o cantones de pueblos,
con la capital de cada uno en Chinchilla, Albacete, Peñas de San
Pedro, Socovos, Yecla, Hellín, Alcaraz y Jorquera. Esta nueva
demarcación provincial, pedida al Gobierno por las Cortes en 1813,
no pudo ser aprobada por la reacción absolutista y fue de nuevo
revitalizada con la revolución de 1820. Sin embargo, la duración de
la provincia de Chinchilla fue muy corta. Hacia el verano de 1823
fueron derrotados los constitucionales por las fuerzas absolutistas,
ayudadas por los "Cien mil hijos de San Luis". Con la caída del
régimen volvió de nuevo el sistema provincial anterior,
desapareciendo la efímera provincia de Chinchilla.
Seis
años más tarde, las reales órdenes de 31 de marzo de 1829 urgieron
de nuevo a efectuar una división judicial y municipal del territorio
español, y el real acuerdo de la Chancillería de Granada dictó las
órdenes oportunas para su realización en las nueve provincias que le
pertenecían jurisdiccionalmente, entre ellas las de La Mancha,
Murcia y Albacete. Es entonces, pues, cuando aparece de facto la
provincia de Albacete, con la capital en la villa de su nombre. Y ya
desde estas fechas existe documentación recíproca entre Albacete y
la Chancillería, estudiada recientemente por Ángel Ñacle, en la cual
esta población actuaba verdaderamente como capital de la nueva
provincia, antes de que se constituyera de iure.
Por fin, el 30 de noviembre de 1833, un real decreto, elaborado por
el ministro de Fomento Javier de Burgos y firmado por la Reina
Gobernadora, estableció definitivamente la provincia de Albacete,
aunque con una configuración un poco distinta a la actual, ya que
englobaba a Villena y Requena, pero sin Villarrobledo. Después de
diversas reales órdenes: una de 1836 por la que Villena era
incorporada a Alicante, otra en 1846 por la que se incluía a
Villarrobledo en la provincia, y otra de 1851 por la que Requena
pasaba a pertenecer a Valencia, la provincia de Albacete quedó
configurada en su forma definitiva actual.
Circunstancias
sociales y económicas de la nueva provincia
Sin
embargo, las circunstancias históricas y sociales no fueron muy
favorables a la provincia recién creada. Carente de poblaciones con
tradición administrativa, a las deficiencias de infraestructura
urbana y a la inexperiencia se sumaba la carencia de recursos
humanos y materiales. A lo largo del siglo XIX el crecimiento
demográfico de la provincia fue muy débil, comparado con la
evolución del conjunto nacional, constituyendo una de las zonas más
despobladas de España y, por extensión, de Europa. El bache
demográfico, aparte de circunstancias históricas ancestrales, estaba
originado por la pobreza de algunas tierras, crisis de subsistencias,
epidemias, plagas del campo, mortalidad, emigración...
Por
si ello fuera poco, durante casi todo el siglo XIX, el territorio
provincial se vio envuelto en las guerras carlistas y asolado por
las partidas de bandoleros. Estos episodios, a veces muy cruentos,
mantuvieron a las poblaciones en un ambiente de continua inseguridad.
La provincia, tradicionalmente liberal, salvo Caudete, donde
dominaban las ideas carlistas, contaba con muy poca guarnición
militar para su defensa, y ésta era organizada casi exclusivamente
por el elemento civil, que no quería ser víctima de las sangrientas
correrías de las frecuentes partidas carlistas o de bandoleros,
nunca muy bien identificadas en su género, hasta el punto de ser
denominadas casi siempre de un modo ambiguo: latro-facciosas.
Mientras tanto, sucedían los hechos más importantes para la historia
futura de Albacete, aparte de su creación como provincia: la
constitución e instalación de la Audiencia Territorial de Albacete,
con jurisdicción también sobre las provincias de Murcia, Cuenca y
Ciudad Real, y que, por deseo expreso del Gobierno y de la regente
María Cristina, se asentó definitivamente en la capital de la
provincia, a pesar de las continuas y poderosas presiones murcianas;
la desecación de la llanura pantanosa de Albacete con la
construcción del Canal de María Cristina; la construcción del
ferrocarril Madrid-Albacete (1855), Albacete-Alicante (1858) y
Albacete-Cartagena (1865); el lento y tardío acondicionamiento de
las carreteras generales, comarcales y locales, en base a los
antiguos caminos carreteros y de herradura…
Sin embargo, todas estas mejoras evidentes no lo fueron para el
total del territorio provincial, sobre todo en cuanto a las
comunicaciones, que posibilitaban la integración en un mercado de
ámbito nacional y el desarrollo comercial con la salida y entrada de
productos. Sin ellas, algunas zonas tendrían evidentemente unas
desiguales posibilidades de crecimiento. Las vías de comunicación
principales (carreteras nacionales y ferrocarril) siempre fueron más
efectivas a lo largo de un eje radial Noroeste-Sureste (Villarrobledo,
La Roda, Albacete, Almansa, Hellín), precisamente las zonas con una
estructura agraria más rica, mientras los territorios del interior,
las serranías de Alcaraz y del Segura, también con menor densidad de
tierras de cultivo, serían condenados al atraso secular por su
aislamiento.
El corredor Noroeste-Sureste. La feria de Albacete
La
Feria es algo fundamental para la historia de Albacete. Y en el
centro precisamente de ese corredor NO.-SE. todos los factores
positivos confluyeron en Albacete, capital de la nueva provincia,
que inmediatamente se configuró como el cruce de caminos más
importante del territorio, base indudable, junto al nacimiento de la
vida administrativa, de su futuro desarrollo y de su vitalismo
social y cultural. A los factores ya enunciados anteriormente, la
capitalidad, la desecación de la llanura, las comunicaciones, se
unió otro tradicional muy importante: el resurgir de su feria.
Aunque nacida en la Edad Media y revitalizada en el siglo XVIII con
la construcción del edificio ferial (1783), a principios del siglo
XIX es cuando se convirtió en uno de los elementos fundamentales del
progreso de Albacete, hasta el punto de ser considerada como algo
fundamental para su historia y, en general, para gran parte de la
provincia. No es aventurado afirmar que sin la feria la ciudad no
habría conseguido la progresiva importancia que acabaría dándole la
capitalidad provincial.
La feria convirtió a Albacete en un verdadero centro de
peregrinación comercial de gentes de todas las comarcas y regiones
cercanas, en especial de Andalucía, Murcia, Valencia y La Mancha.
Esta gran afluencia de feriantes, probada documentalmente siglo tras
siglo, constituye la base más progresiva de la historia de Albacete.
Las cifras de concurrencia de algunos años, por ejemplo, 1831, en el
que vinieron de lugares lejanos 56.744 cabezas de ganado mayor para
venderse en "la cuerda" (12.000 vacas, 17.762 asnos, 5.363 caballos
y 21.619 mulas), colocan a la feria de Albacete a la cabeza de las
de España, en igualdad de condiciones, si no superándolas, con las
de Sevilla, Jerez o Medina del Campo.
Con estas cifras, que revelan su poderío econ |