Dale en las fotos para acceder a la
galería de imágenes de cada ciudad.

Dale en las fotos para acceder a la
galería de imágenes de cada ciudad.
Dale en las fotos para acceder a la
galería de imágenes de cada ciudad.
de cuyo
nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de
los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y
quebrantos los sábados, lentejas los viernes, y algún palomino de
añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El
resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las
fiestas con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entre semana se
honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que
pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un
mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la
podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era
de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y
amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o
Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso
escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se
llamaba Quijano. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en
la narración dél no se salga un punto de la verdad...
Está ubicada en el corazón de la
península. Una extensa llanura domina su fisonomía, aunque no faltan los
paisajes montañosos, como el de la Cordillera Central (al norte), el
Sistema Ibérico (al nordeste), la Sierra Morena y los Montes de Toledo,
al sur. Estos últimos constituyen la línea divisoria para las dos
cuencas hidrográficas de la región: La del Tajo y la del Guadiana.
Castilla-La Mancha alberga tres parques nacionales y numerosos espacios
de interés, muchos de ellos casi intactos y poco conocidos, donde
habitan especies como el ciervo, el corzo, el zorro, el lince, el águila
real, o el buitre negro.
Su
clima es mediterráneo con tendencia a continental atenuado, con lluvias
escasas, provocando el que sus temperaturas sean algo frías en invierno
y cálidas en verano.
Las
ciudades:
Toledo. La antigua capital del reino es uno de los tesoros
arquitectónicos de España, con un impresionante patrimonio monumental.
Toledo fue también hogar del insigne pintor El Greco, por lo que en esta
bellísima ciudad se podrán apreciar sus obras.
Cuenca. Esta impresionante ciudad, con sus míticas Casas Colgadas es un
verdadero milagro arquitectónico y ha sido declarada por la UNESCO
Patrimonio de la Humanidad. De adicional interés resultan su Catedral
gótica y un importante Museo de Arte Abstracto. Su provincia encierra
paisajes de ensueño, no en vano allí se encuentra la Ciudad Encantada,
donde colosales esculturas trazadas por la erosión del agua han creado
un fascinante museo de caprichosas y fantásticas figuras, o el
nacimiento del río Cuervo, que entre bosques y cascadas, ofrece un
paisaje de cuento de hadas, o la Reserva del Hosquillo, uno de los
últimos refugios del oso pardo.
Guadalajara. Sus principales monumentos son su iglesia Santa Maria la
Mayor, de estilo mudéjar, el palacio del Duque del Infantado, del s. XV,
las murallas de época musulmana que la rodean y el puente sobre el río
Henares, del s. X. En su provincia, merece especial interés la visita a
Sigüenza, ciudad medieval cargada de historia, dominada por una
fortaleza medieval y la catedral.
Ciudad Real. La ciudad marcada por la huella de Don Quijote que luchó
contra los molinos de viento en el cercano Campo de Criptana, ofrece la
típica estampa de la llanura manchega. En sus cercanías se encuentran la
reserva natural de las Lagunas de Ruidera, un conjunto de 17 lagunas
escalonadas, que junto con bosques y grutas crean bellísimos paisajes.
Albacete. Una ciudad funcional y moderna, situada en la típica llanura
manchega. En su provincia se encuentra el nacimiento del río Mundo,
paraje natural de impresionantes cascadas y hoces, que en el pasado
fueron refugio de bandoleros.
La capital de España, Madrid, es a su vez centro administrativo de la
Comunidad Autónoma del mismo nombre. Se caracteriza por una vida
cultural muy activa, entre bibliotecas, universidades, museos,
exposiciones y toda clase de actos culturales. Su actividad económica se
manifiesta en encuentros como los realizados en los modernos palacios de
congresos o el parque Ferial Juan Carlos I, que acoge importantes ferias
comerciales. Y su actividad turística, importante como en otra capital
europea, cobra nuevo impulso al acoger hoy día la sede de la
Organización Mundial de Turismo. El ocio está también garantizado a
través de una amplia oferta de teatros, óperas, zarzuelas y conciertos a
lo largo de todo el año, en numerosas instalaciones deportivas o en su
efervescente vida nocturna.
Fuera del cinturón de la gran ciudad nos encontramos con la auténtica
provincia de Madrid, con bellísimos paisajes montañosos y bosques donde
se respira por su gran altitud un aire excepcionalmente fresco. En ella
hay tres centros de atracción turística de primer orden; Alcalá de
Henares, Aranjuez, San Lorenzo del Escorial y Chinchón junto con otros
de importancia menor, pero no por ello de poco atractivo.
Castilla-La
Mancha sería, probablemente, una gran desconocida a no ser por un
personaje imaginario, el hidalgo Don Quijote de La Mancha, creado por la
pluma de Cervantes. Sin embargo, su participación en la vida de España
tuvo importancia en siglos pasados; fue, efectivamente, tierra de paso
para los romanos (de Caesaraugusta a Emerita), o para los musulmanes
(entre Córdoba y Toledo), pero también centro y región integradora:
tierra de confluencia de celtas e iberos y capital del reino visigodo.
La época medieval la dotó de un nombre histórico significativo: Castilla
(La Nueva), por su carácter guerrero y fronterizo emparentada con la
Meseta septentrional; La Mancha, por ser lugar seco de desagradecido
cultivo y poco estímulo a su población, condicionante de su economía
hasta el momento. Tuvo, en el siglo XVI, gran protagonismo en la
configuración de la monarquía moderna, pero el declive del Imperio
hispánico fue el de la región, donde el tiempo se estancó hasta su
movilización, brusca quizás, en el siglo XIX y el XX. Hoy Castilla-La
Mancha es una realidad sobre la que no existe perspectiva histórica,
pero sí la posibilidad de participar en ella.
Prehistoria
Durante el Paleolítico (600.000-6000 a.C) los homínidos pobladores -en
número escaso- del actual territorio de Castilla-La Mancha vivieron
tremendamente condicionados por un clima muy frío y oscilante. Su
supervivencia se aseguró con la fabricación de útiles de piedra que
usaron para la caza de grandes mamíferos y recolección de frutos. En el
Paleolítico Inferior, el homo presapiens y sus ancestros habilis y erectus siguieron las migraciones de animales como el mamut a lo largo
del Tajo y Guadiana; junto a los ríos establecían campamentos de
despiezo de la caza: en Pinedo (Toledo) y Porzuna (Ciudad Real) se han
hallado útiles líticos de tipo pebble y achelense (hachas de mano, bifaces y hendedores, lascas, buriles y raederas) junto a restos de
animales. A lo largo del Paleolítico Medio (100.000-35.000 a.C) el
hombre de Neanderthal perfeccionó las técnicas de talla de la piedra
(tipo musteriense), de manera que podía fabricar útiles de pequeño
tamaño con un fin preconcebido: las puntas de lanza, raederas para piel
y cuchillos así fabricados se encuentran no sólo en las terrazas
fluviales del Jabalón en su recorrido del Campo de Calatrava (Ciudad
Real) y Júcar (Cuenca), sino también al abrigo de cuevas como la de los
Casares y de la Hoz en el nacimiento del Tajo (Guadalajara). Las
posibilidades de la piedra se desarrollaron al máximo en el periodo
Paleolítico Superior (hasta el 9000 a.C) que el hombre de Cromagnon,
totalmente evolucionado, empleó para la caza con arco y flecha, y la
fabricación de útiles de otros materiales como el hueso; las condiciones
de vida mejoraron gracias a un clima más suavizado y al control del
fuego: aparecieron por entonces las primeras creaciones artísticas en
las paredes de las cuevas, representaciones de los animales conocidos
mediante puntos de vista móviles, junto con signos de difícil
interpretación; cabras, ciervos, caballos y una serpiente pintados en
rojo, en la cueva del Niño (Ayna, Albacete), y en las ya citadas cuevas
de la actual Guadalajara: el estrecho pasadizo de los Casares (Riba de Saelices) muestra antropomorfos, caballos, ciervos y un rinoceronte, y
escenas de pesca grabados (técnicas auriñaciense y magdaleniense),
mientras que en la Hoz aparecen de nuevo caballos, ciervos y signos,
también grabados.
En el intermedio del Epipaleolítico (hasta el 6000 a.C.), el clima
volvió a variar hasta parecerse al actual, y desaparecieron los grandes
mamíferos; se conserva actividad artística en diversos abrigos y cuevas
de Albacete (Alpera, Minateda y Nerpio) y Cuenca (Boniches, Minglanilla
y Villar del Humo). La primera gran revolución de la humanidad ocurrió
en el Neolítico (hasta el 2500 a.C) con el descubrimiento de la
posibilidad de dirigir la reproducción y crecimiento de animales y
vegetales, lo que significaba asegurarse los medios de vida; tal
estabilidad permitió otros descubrimientos: la cocción del barro para
endurecerlo y eliminar su porosidad (cerámica) o la fabricación de
tejidos, además de la diversificación y especialización de herramientas;
la mayor complejidad material tuvo su equivalente en la organización
social; los recientes descubrimientos se extendían por las tierras
próximas. En Cuenca (Verdelpino) se sitúa el, quizás, más antiguo
yacimiento neolítico conocido de la Península. La siguiente innovación
tuvo también gran trascendencia: la introducción de metales que da
nombre al inicio de una nueva Edad, la de los Metales (primero del
Bronce, hasta el 800 a.C., y después del Hierro, hasta el 500 a.C.); la
metalurgia supuso, lógicamente, mejoras técnicas y constructivas (aparecen
los primeros poblados) pero además jerarquizó internamente a los pueblos
que la poseían y transformó las relaciones entre pueblos, por la guerra
o el comercio. Los restos en Castilla-La Mancha son abundantes: a un
primer momento corresponden los yacimientos de Ciudad Real (la Batanera
y Peña Escrita), Albacete y Guadalajara; el megalitismo (inhumaciones
colectivas en monumentos funerarios) fue el siguiente paso, con dólmenes
en Toledo (Azután y Aldeanueva de San Bartolomé) y Guadalajara. En la
región se desarrolló una cultura propia manifestada en morras (poblados
en alto) y motillas (montículos artificiales) fortificadas distribuidas
sobre todo por Ciudad Real (Alba, Alcázar, Almagro, Azuer y Daimiel) y
Albacete (Quintanar) de manera que controlaban las vías principales.
Junto a ella, se introdujo otra, procedente de Almería: la del vaso
campaniforme, con hallazgos en Toledo (Belvís de la Jara, Talavera) y
Ciudad Real (Granátula de Calatrava).
Entre 1000 y 500 a.C., la llegada de pueblos indoeuropeos y
mediterráneos configuró el poblamiento prerromano de la Península: los
primeros, conocedores del hierro, vivían en poblados fortificados y
tenían cierto talante guerrero; sostenían su economía con el cultivo de
cereales y el pastoreo de ganado; acostumbraban a incinerar los
cadáveres y depositarlos en necrópolis de urnas junto con armas o
ajuares (Cuenca: Las Madrigueras en Carrascosa del Campo; Guadalajara:
Aguilar de Anquita, Luzaga, Molina de Aragón). Desde Levante llegó la
influencia griega y fenicio-cartaginesa, traducida en cultivos como la
vid y el olivo y herramientas agrícolas (arados, hoces y podaderas),
moneda, y formas artísticas, que aculturaron a los pueblos autóctonos (iberización;
numerosos yacimientos en toda la región; Ciudad Real: Alarcos y Oreto;
Albacete: Balazote -Bicha-, Bonete -poblado amurallado de El Amarejo-,
Chinchilla -monumento funerario de Pozo Moro- y Montealegre del Castillo
-Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos-; Cuenca: Salvacañete;
Guadalajara: Driebes). La población se distribuyó, pues, de la siguiente
manera (aproximada): celtíberos en Guadalajara (poblados de Atienza y
Sigüenza); iberos o iberizados: carpetanos y lusitanos en Toledo y parte
de las provincias circundantes (centro en Toletum, y otros poblados),
oretanos en Ciudad Real (ubicados en Oretum - Granátula -), bastetanos
en Albacete (poblados ya citados) y olcades en Cuenca (Ercavica - Cabeza
de Griego - y Segobriga - Saelices -).
Edad Antigua
La primera mención precisa del actual territorio castellano-manchego en
fuentes históricas escritas (Historia de Polibio, siglo II a.C.) narra
la ocupación de la Carpetania por los cartagineses (de origen fenicio,
aunque asentados en el Norte de África), en el siglo III a.C. Su
propósito inicial era el reclutamiento de mercenarios para la guerra
contra Roma (II Guerra púnica, 237-202 a.C), pero los oretanos
presentaron resistencia y dieron muerte a su jefe Amílcar Barca (hacia
el 228 a.C.), aunque fueron finalmente vencidos y conquistadas sus
ciudades por Asdrúbal. A la desaparición de éste, asesinado por un
indígena (221 a.C.), Aníbal (hijo de Amílcar) asumió el mando y atacó a
olcades (conquista de su capital, Althea) y vacceos; a su regreso de la
vaccea Salmantia, los carpetanos le obligaron a retirarse hacia el Tajo,
donde los repelió con sus elefantes y la caballería. Reclutados varios
miles en su ejército, no pudo asegurar su completa sumisión: tres mil
carpetanos le abandonaron mientras se dirigía a Italia, y en el 210 uno
de sus ejércitos tuvo que sitiar una de sus ciudades. La misma oposición
encontraron los romanos en el siglo II a.C, especialmente en los
celtíberos, una vez expulsados los cartagineses de la Península: en el
195 a.C Catón sitió Segontia (Sigüenza) sin tomarla y luego se retiró al
valle del Ebro; en el 193 a.C se adentraron en la Carpetania dirigidos
por el cónsul Marco Fulvio Nobilior, vencieron a un ejército de vacceos,
vetones y celtíberos, atacó a los oretanos y, tras dispersar un segundo
grupo de vacceos, tomó Toledo.
En la década siguiente consolidaron su presencia: una expedición de
castigo contra los lusitanos remontó el Guadiana hasta el Tajo, donde
derrotó a carpetanos y celtíberos aliados; continuaron este tipo de
acciones, y en una de ellas, T. Sempronio Graco atacó a los celtíberos
en el valle del Ebro occidental (Jalón-Jiloca) desde la Carpetania y se
anexionó Ercavica. Siguió un periodo de paz y colonización de la región,
que aceptó la romanización, hasta que el levantamiento lusón (154 a.C)
movió a la revuelta a los celtíberos del Norte, una de cuyas tribus, los
tittos (asentados en Guadalajara) originaron las guerras numantinas al
aliarse con los bellos (al Oeste de Zaragoza-Teruel) y trasladarse a la
capital de los arévacos, Numancia (Soria), que resistió hasta el 133
a.C; desde el Oeste, el caudillo lusitano Viriato realizó dos
incursiones por la Carpetania, de Sur a Norte y en sentido inverso
(147-145 a.C). Sofocada la sublevación, pudo iniciarse la romanización
sin mayores problemas, con el intermedio de la guerra civil entre
Sertorio y Pompeyo y Metelo, a principios del siglo siguiente, que sólo
afectó a la parte nororiental de Castilla-La Mancha.

La romanización (siglo II a.C-siglo V d.C) aportó unidad política y
administrativa, su derecho, una extensa red urbana dotada de una
completa infraestructura (acueductos, cloacas, termas, mercados,
teatros, templos) y comunicada por calzadas y puentes, un amplio mercado
mediterráneo, el latín como lengua universal y su cultura y religión, si
bien el grado de implantación varió en el tiempo y según regiones, a
veces superpuesta al sustrato indígena; la Meseta Sur no presentó
excesiva resistencia a ello, aunque no debió alcanzar la intensidad de
las tierras mediterráneas. Castilla-La Mancha, tras la conquista, quedó
integrada para su administración en la Hispania Citerior; la primera
reforma, en época de Augusto (finales del siglo I a.C.), la incluyó en
la provincia Tarraconense, parte de Cuenca y Guadalajara dentro del
convento jurídico Cesaraugustano, y el resto en el convento
Cartaginense; con la segunda, realizada por Diocleciano (siglo III d.C),
formó parte de la Cartaginense, elevada a rango de provincia; era
gobernada por enviados del emperador: un legati augusti (de dos a cinco
años) ayudado por los legati iuridici (asuntos judiciales), los
procuratores (economía) y los legati legioni (ejército). Existían
también administraciones locales para las ciudades: las civitates, con
diferentes derechos según poseyeran el ius latii (derecho latino, con
ciertos privilegios, como Ercavica o Valeria), o se tratase de ciudades
estipendiarias (sujetas a impuestos y sin otros derechos, como
Segobriga, Oretum o Toledo); las primeras estaban regidas por
magistrados (auxiliados por apparitores, funcionarios menores), el
Consejo (formado por decuriones, con competencias en la administración y
defensa de la ciudad) y la Asamblea de ciudadanos. Las calzadas unían
las ciudades más importantes; la principal (en sentido NE-SO) procedía
de Caesaraugusta y atravesaba Segontia, Arriaca (Guadalajara) y Toletum
(Toledo) con dirección a la capital de la Provincia Lusitana, Emérita
Augusta (Mérida); una segunda (E-O), que unía esta ciudad con Levante,
recorría el Sur y cruzaba Saesapo (Almadén) y Carcuvium (Caracuel);
otras dos las enlazaban (NO-SE), una por Consaburum (Consuegra) y
Laminium, que quizás continuaba hasta la vía Augusta (Cádiz-Roma), y la
otra por Segobriga ("Capital de Celtiberia", según Plinio) y Saltici
(Chinchilla). El estado romano era propietario de la tierra y las minas,
parte de la cual se entregaba a particulares para su explotación en
pequeñas parcelas, o en latifundios por medio de esclavos (en las fincas
estatales un quaestor dirigía los trabajos, aunque luego las arrendó a
publicani a cambio de una renta anual). La producción agropecuaria era
la base de la economía: cereales (trigo y cebada), vid, olivo, comino y
ganado caballar, ovino y bovino; la minería destacó por el aluminio de
Saesapo (Almadén), piedra para afilar instrumentos de hierro de
Laminium, espejuelos en los alrededores de Segobriga, y pepitas de oro
en el Tajo; no se trató de una región exportadora, a excepción del
aluminio. Se acuñó moneda en Toledo y Segobriga. La sociedad en la
región castellano-manchega fue la común en la Hispania romana: entre los
hombres libres, senadores, equites (caballeros) y decuriones ejercían
las funciones más importantes y eran grandes propietarios; la situación
del resto de población libre variaba según su condición jurídica
(pequeños propietarios, colonos, frumentarii -sostenidos por los
senadores a cambio de sus servicios), mientras que en lo más bajo de la
escala social se encontraban los esclavos, sin ningún derecho; a partir
del siglo III, la crisis social y económica ruralizó el mundo romano
occidental: los grandes propietarios se refugiaron en sus villas rurales
(Carranque y Talavera, en Toledo; Alcázar de San Juan y Albaladejo, en
Ciudad Real; Balazote, en Albacete; Tres Juncos, en Cuenca; Gárgoles de
Arriba, en Guadalajara) para evitar los elevados impuestos, y gran parte
de la población quedó sujeta al régimen de colonato (cultivo de tierras
entregadas en préstamo por las que se devolvía como pago parte de lo
producido). Las creencias locales fueron respetadas por los romanos, a
cambio de que se venerase a los dioses oficiales romanos (Triada
Capitolina -Júpiter, Juno y Minerva-, y el emperador); ello promovió un
sincretismo religioso en que las deidades indígenas se asimilaron a las
romanas, además de la introducción del culto a otros dioses romanos,
griegos o fenicios. A partir del siglo III se extendió el cristianismo,
de carácter monoteísta, por las ciudades de la región; diversas noticias
hablan de una organización eclesiástica ya establecida: Melancio, obispo
de Toledo, asistió al concilio de Elvira (300 d.C); en el 332 d.C se
erigió Oreto como sede de diócesis; hacia el 400 d.C se celebró un
sínodo episcopal en Toledo (donde se condenó la herejía de
Prisciliano);del siglo IV son los restos de basílicas hallados en
Carranque y Malpica de Tajo (Toledo), y del siglo V la de Segobriga; se
han encontrado sarcófagos en Pueblanueva y Layos (Toledo), Hellín
(Albacete) y Segobriga, con figuras del Nuevo Testamento. Con
Diocleciano, los cristianos fueron perseguidos y martirizados (Sª
Leocadia, en Toledo en el 304 d.C).
Edad Media
La debilidad interna del Imperio Romano no pudo impedir la entrada y
establecimiento de pueblos, de origen germánico en su mayoría, dentro de
las fronteras occidentales: los primeros llegados al territorio
castellano-manchego fueron los alanos (409), pueblo indoeuropeo que se
instaló en la Cartaginense; les siguieron vándalos y suevos (germanos).
Contra ellos el Imperio envió otro pueblo germánico, romanizado en
parte: el de los visigodos, que en el 416 aniquilaron a los alanos,
expulsaron a los vándalos al Norte de África, y arrinconaron a los
suevos en la Gallaecia (donde fundaron un reino desde el que sometieron
a saqueo a la Península durante el siglo V, especialmente la
Cartaginense). Su rey Eurico aprovechó la deposición del último
emperador (476) para independizarse y fundar un reino, como heredero de
la autoridad romana en los territorios de uno y otro lados de los
Pirineos; derrotados en el 507 por los francos, tuvieron que retirarse a
Hispania. La mayor parte se estableció al norte del Tajo; en Castilla-La
Mancha, muy despoblada, se concentraron en Toledo y comarcas
septentrionales (en Zorita de los Canes, Guadalajara, fundaron una de
las escasas ciudades de nueva creación, Recópolis, en el 578), mientras
que en el resto permaneció la población hispanorromana bajo dominio
visigodo; desde este núcleo inicial extendieron su dominio durante el
siglo VI y principios del siglo VII a toda la Península, que organizaron
administrativamente según el modelo romano). Toledo se convirtió en sede
real, por su ubicación central y estratégica, desde mediados del siglo
VI, con Atanagildo (donde concentraron sus esfuerzos constructivos);
allí residió también el Aula Regia, que asesoraba al monarca y
administraba el reino, cuyos componentes participaron desde el año 589
en los concilios eclesiásticos (la mayoría -dieciocho- celebrados en
Toledo), que desde entonces se ocuparon no sólo de cuestiones
religiosas, sino también civiles; algunas de sus disposiciones tuvieron
fuerza de ley al ser aprobadas por el rey. El papel eclesiástico fue
grande en la vida política y cultural del reino, una vez convertidos los
visigodos al catolicismo; la Iglesia se organizó en diócesis (Ercavica,
Segobriga y Valeria en Cuenca, Oreto en Ciudad Real); de sus monasterios
en la región, como el de Agaliense (Toledo) o el de Servitano (Cuenca)
salieron importantes personajes de la cultura; Toledo fue también el
centro religioso, cuyo obispo asumió desde principios del siglo VII la
condición de primado, del que dependían todos los demás obispos. La
situación económica y social fue la continuación de la tendencia
anterior: la escasa población se concentró en unas pocas ciudades en las
que disminuía la artesanía y el comercio, y en grandes propiedades
rurales como mano de obra, no siempre en buenas condiciones legales, de
la aristocracia visigoda e hispanorromana. Se mantuvo separadas a las
poblaciones de diferente origen -germano o romano- hasta que Leovigildo
permitió los matrimonios mixtos (último cuarto del siglo VI); hubo una
minoría de judíos, con cierta importancia económica y social en Toledo,
de difícil asimilación, por lo que fueron perseguidos. Desde el último
cuarto del siglo VII, las luchas por el trono -la visigoda era una
monarquía electiva- disminuyeron la fortaleza del reino, desintegrado
cuando los ejércitos musulmanes contratados por una de las facciones
derrotó al rey Rodrigo (711) y permaneció en territorio hispano, que
conquistó casi totalmente en tres años, sin oposición en la Meseta sur
(Toledo fue conquistada el mismo año del desembarco).
En la región se asentaron fundamentalmente norteafricanos (bereberes),
que desde Toledo, capital de la Marca Media y de población
mayoritariamente de origen cristiano (mozárabes y muladíes), se
opusieron permanentemente a la autoridad central (ostentada por árabes),
ya se tratase del valí dependiente del califa de Damasco (hasta mediados
del siglo VIII), o del emir (califa desde el siglo X) de Córdoba; el
último gobernador de Damasco, Yûsuf al-Fihrî, se refugió en la ciudad en
756, que también fue la base de operaciones (789) de Sulaymân y 'Abd
Allâh, hermanos del emir cordobés Hishâm I; hubo nuevas revueltas en los
siglos IX y X. Desde 1010 fue independiente en la práctica, y en 1031
constituyó un reino taifa, bajo la influencia de Sevilla primero, y
plenamente autónomo desde 1036 bajo el reinado de la familia de origen
bereber Banû Di-l-Nûn; englobó la mayor parte de la actual Castilla-La
Mancha, y en las décadas siguientes incorporó Valencia (1065) y Córdoba
(1074), pero tuvo que enfrentarse a la presión de los reyes musulmanes
de Badajoz y Zaragoza, y a Fernando I de Castilla y León, a quien tuvo
que pagar tributo desde 1062.

El establecimiento musulmán revitalizó en parte la región, donde se
fundaron nuevas ciudades fortificadas (Talavera, Albacete, Cuenca) y se
dio nueva vida a las existentes, con regadíos (huertas y vid) en la vega
del Tajo bien aprovechados gracias a sus conocimientos técnicos
(acequias y norias), artesanía textil (Toledo, Cuenca), cerámica y
vidrio, minería en los Montes de Toledo y Almadén, y actividad comercial
centrada en el zoco urbano (el de Toledo enlazaba los del norte y sur de
al-Andalus); sin embargo, otras desaparecieron (Oreto, Ercavica,
Segobria, Valeria ), y la dedicación económica de los bereberes
conquistadores fue predominantemente pastoril (ellos llamaron a la
región La Mancha -Al-Manxara--, "tierra seca") lo que, junto con el
carácter militar de la región, la mantuvo deshabitada en su mayoría. La
población musulmana conquistadora fue una minoría; el grueso lo
constituyeron los hispanovisigodos islamizados (en lengua y religión
-muladíes-, o aún cristianos -mozárabes- respetados al sur de Toledo
pero sometidos a tributo y menos numerosos con el tiempo por conversión
o huida -todavía quedaban algunos en Toledo cuando fue conquistada en el
siglo XI por los castellanos) y algunas comunidades judías. La presencia
cristiana en la taifa toledana la inició Alfonso VI de Castilla y León
con la ocupación de Toledo (1085) y algunos territorios al sur del Tajo,
que no pudo mantener en su poder -excepto la capital- tras la derrota de
Zalaca (ca. de Badajoz) en 1096 frente a los almorávides, grupo
religioso norteafricano de carácter ascético y militar que unificó las
taifas musulmanas bajo su dirección, incluidos los territorios de la
antigua taifa toledana aún islámicos; a la conquista cristiana siguió la
repoblación, a finales del s.XI de, por el momento, únicamente las
ciudades comprendidas entre el río Alberche, el Guadarrama y el Tajo
(Escalona, Maqueda y Talavera) al oeste, y el valle del Henares-Tajuña
(Atienza, Hita y Brihuega) al noreste.
El s. XII significó la inversión del dominio sobre la Península, con el
traslado de la frontera a Sierra Morena: Alfonso VII, durante el segundo
cuarto del siglo, sólo obtuvo algunas avanzadas importantes al sur del
Tajo (Mora -1144-, Calatrava -la fortaleza de Qal'at al-Rabat, junto a
Carrión, en 1147- y Consuegra -1150-, por el desembarco del nuevo
enemigo almohade, desde 1146 (con la misma motivación guerrera y
religiosa que les permitió reunir en un sólo mando las tierras todavía
musulmanas). Pero fueron suficientes para permitir, con la colaboración
de la nobleza y algunos monasterios cistercienses (Bonavel, Monsalud y
Oliva), consolidar el poblamiento de las conquistas anteriores: la
comarca de la Jara, y los valles de los afluentes norteños del Tajo; en
especial, entre el Tajo y el Tajuña, la comarca de la Alcarria
(Sigüenza, Cifuentes, Molina y Almoguer) y algunos territorios al sur,
por esta zona (Zorita y Huete). Alfonso VIII fue el protagonista del
gran avance cristiano de la segunda mitad del s. XII; conquistó Cuenca
en 1177 -la dotó de fuero en 1185- (permitió a los castellanos la
ocupación del valle del Júcar impidiéndoselo a los aragoneses), y
repobló su comarca (Cañete, Alarcón e Iniesta). El establecimiento al
sur del Guadiana tuvo algunas dificultades a causa de la derrota de
Alarcos (1195), pero no de las situadas al norte (Ocaña, Consuegra,
Tarancón, Uclés); las extensas tierras manchegas se entregaron para su
defensa y población a las órdenes religiosas y militares de San Juan,
Calatrava y Santiago, sin peligro tras la victoria de las Navas de
Tolosa (1212), que estableció la frontera más allá de Sierra Morena.
La orden de San Juan, con sede en Consuegra, repobló el Campo de
Criptana (Tembleque, Madridejos, Urda, Herencia, Alcázar); la de
Calatrava, desde el castillo de Dueñas (Calatrava la Nueva, donde se
trasladó en 1213), se ocupó del Campo de Calatrava (Daimiel, Manzanares,
Almagro, Almadén, Almodovar, Valdepeñas, Puertollano), mientras que la
orden de Santiago, desde Uclés, pobló territorios cercanos al Tajo
(Villarrubia, Almaguer) y el Campo de Montiel (Villanueva, Montiel); por
su parte, Alfonso X fundó en 1255 Villa Real (Ciudad Real) como
contrapeso a las órdenes militares; también fueron de repoblación real
Alcaraz y Chinchilla (Albacete). El resto del siglo XIII pudo dedicarse,
sin problemas, a consolidar la colonización de las tierras conquistadas,
pobladas por gentes en su mayoría castellanas, que reprodujeron al sur
del Tajo sus formas de vida (se llamó a la región Castilla "la Nueva"),
no sin roces iniciales con los mozárabes que seguían habitando el
territorio; junto con ellos, grupos extranjeros de francos (europeos de
diverso origen) con dedicación mercantil, y aquellas comunidades judías
(actividades económicas y artesanales) y mudéjares (musulmanes, a
quienes se respetó su modo de vida y religión aunque se les impuso un
tributo) que permanecieron tras la conquista cristiana.
La sociedad castellana en la Meseta sur se organizó a partir de los dos
modelos básicos de repoblación aplicados: el primero, consistía en la
concesión regia de límites territoriales y jurisdiccionales -alfoz-,
privilegios (cierto autogobierno y elección de alcaldes, alguaciles,
jueces y otros auxiliares) y condiciones básicas de poblamiento a un
lugar (cartas-pueblas y fueros) y a las gentes que lo habitaran,
directamente dependientes de su autoridad; en la región fueron pocas las
ciudades de realengo importantes, y en algunos casos bajo influencia
señorial o que llegaron a constituir parte de señoríos: Toledo,
Talavera, Villa Real, Alcaraz, Cuenca, Guadalajara. En el segundo, el
rey concedía estas tierras -señoríos- a nobles, iglesias, monasterios y
órdenes militares -como recompensa- para su aprovechamiento (acompañada
en diferentes grados de competencias jurídicas), que a su vez otorgaban
cartas de población y terrenos a sus habitantes a cambio de rentas y
tributos anuales; la gran mayoría correspondió a las órdenes militares
(San Juan, Calatrava y Santiago), y a sedes episcopales y cabildos
catedralicios (Toledo, Cuenca), con reducida presencia nobiliaria (los
Mendoza -duques del Infantado- en la comarca de Hita-Guadalajara, los
Pacheco -marqueses de Villena- con enclaves entre Cuenca y Almería, los
Álvarez de Toledo -señores de Oropesa entre otros títulos- a occidente
de Toledo), y nula de los monasterios (excepto en el norte de
Guadalajara).
En ambos casos, rey o señor delegaban en una autoridad local (concejo o
representante señorial) sobre lo relacionado con el asentamiento de
pobladores y reparto de tierras y su defensa (ordenanzas), y se ocupaban
de organizar la vida eclesiástica. La actividad económica se repartió
entre la agricultura y la ganadería, menos importante la artesanía y el
comercio; los principales cultivos agrícolas fueron el cereal (trigo y
cebada), el olivo y la vid (con creciente importancia), con algunas
huertas y árboles frutales en las vegas de los ríos (Tajo y afluentes,
en menor medida el Guadiana). La ganadería, ovina y de carácter
transhumante, adquirió progresivamente mayor importancia: requería menor
mano de obra, poco numerosa en la región y, después de la gran Peste
Negra de mediados del s. XIV, muy escasa; el traslado de los rebaños
desde la Meseta norte a los pastos de invierno, en el sur, se realizaba
por cañadas controladas por la Mesta (agrupación de todas los grandes
propietarios de oveja merina), de las cuales dos cruzaban por la actual
Castilla-La Mancha, la soriana al oeste (por Toledo), y la conquense
-que se bifurcaba hacia Murcia y Andalucia, al este; también destacó la
apicultura en los Montes de Toledo y La Alcarria, obtención de leña y
madera, minería en Almadén) y salinas (Atienza, Belinchón y Espartinas).
La artesanía, para abastecimiento local, y el comercio, de corto
alcance, se concentró en unos pocos núcleos; la industria más importante
fue la textil, y existió cuero (Ciudad Real), alfarería y cerámica
(Talavera) y armas (Toledo); Toledo fue el mercado más frecuentado,
cabeza del tráfico comercial entre el norte y el sur y centro de demanda
de productos de lujo proporcionados por mercaderes extranjeros, mientras
que en el resto del territorio se ubicaron ferias temporales con diversa
importancia (Brihuega, Alcaraz).
En el s. XIV y parte del XV, el proceso de construcción social tuvo
grandes problemas, con relación entre sí: demográficos, por las
epidemias de peste; económicos, por la pérdida de cosechas; sociales y
políticos por las discordias civiles, entre monarquía y nobleza, o entre
dinastías y familias rivales, cada bando con su propia gente armada. La
contienda entre Pedro I y su hermanastro Enrique II de Trastámara por el
trono resumió la vida política del momento; la inicial revuelta
nobiliaria por el autoritarismo regio (Toledo se sublevó en 1354-55, con
graves consecuencias para la comunidad judía, protegida por Pedro I), se
extendió al buscar la aristocracia apoyo en la Corona de Aragón (las
comarcas castellano-manchegas lindantes -Atienza, Molina, Cuenca-
sufrieron repetidos ataques -también en el s. XV-), y se transformó en
abierta guerra civil entre el rey legítimo y el pretendiente, en torno a
los cuales se agruparon nobleza, ciudades (Toledo fue petrista, sitiada
en 1368-69; Cuenca, enriqueña), y ayuda inglesa y francesa,
respectivamente; finalmente, Pedro I fue muerto, posiblemente a
traición, junto al castillo de Montiel (Ciudad Real) en 1369, mientras
se dirigía a socorrer a sus partidarios toledanos. El alineamiento de
las ciudades en diferentes bandos se repitió en los años siguientes
(Albacete y Cuenca apoyaron a Isabel la Católica a finales del s. XV),
lo que en algunos casos supuso nuevos privilegios en recompensa; no
disminuyó por ello la importancia de los señoríos de las órdenes
militares y los de las familias nobles (en 1320 se había constituido en
mayorazgo el marquesado del Infantado).
Edad Moderna
A finales del s. XV se establecieron las bases de la Monarquía
Hispánica, con la unión dinástica entre Isabel I de Castilla y Fernando
II de Aragón (1469), la renovación y puesta en funcionamiento de las
instituciones, y la regulación de la actividad política de nobleza y
ciudades; no se crearon aún instituciones comunes, pero las de cada
reino y los grupos sociales con poder fueron puestos al servicio de la
Corona: nuevo sistema fiscal (revisión de rentas nobiliarias y emisión
de deuda pública en forma de juros para recaudar fondos) y elevados
ingresos procedentes de los territorios de las órdenes militares, cuyos
maestrazgos asumió el rey (las presentes en territorio
castellano-manchego, antes del s. XVI: Santiago, en 1493, Calatrava, en
1498; el Papa Alejandro VI otorgó en 1523 la administración perpetua);
se buscó una mayor claridad jurídica con la recopilación de las
Ordenanzas Reales de Castilla, en 1484, por Alonso Díaz de Montalvo y se
centralizó la administración de justicia (chancillerías, la del sur
instalada en Ciudad Real entre 1494 y 1505) y los servicios de orden
(con la unificación de hermandades locales, incluida la Hermandad Vieja
de Toledo) y ejército (Guardias Reales, de carácter profesional);
también se otorgó a la unidad religiosa un papel importante: se
estableció la Inquisición para vigilar la sinceridad de los
judeoconversos al catolicismo, se expulsó a aquellos que no aceptaron el
cambio de fe (1492), y se apoyó la reforma de las órdenes religiosas
promovidas por el cardenal-obispo de Alcalá Cisneros, franciscano.
Tras la muerte de Isabel la Católica (1504) hubo que superar las
tensiones entre los herederos de Castilla, Felipe I el Hermoso y su
esposa Juana I, y el regente Fernando el Católico; la temprana muerte de
Felipe y la enfermedad mental de Juana entronizó al hijo de éstos,
Carlos de Habsburgo (1517), de origen flamenco, cuyas primeras
decisiones y corte propia de extranjeros no fueron bien vistos; Toledo
encabezó en 1520 la rebelión de las Comunidades, (complejo movimiento de
protesta compuesto por miembros de todas las clases sociales): hizo un
llamamiento a las dieciocho ciudades participantes en Cortes para formar
una Santa Junta (presidida por el toledano Pedro Lasso de la Vega),
proclamó la Comunidad y expulsó de la ciudad al corregidor y partidarios
reales; una vez que los comuneros fueron derrotados en la Meseta norte
(Villalar), en Toledo continuó la lucha hasta 1522, dirigidos por María
de Pacheco (viuda de Padilla, jefe comunero ejecutado) y Antonio de
Acuña (obispo de Zamora); la derrota restó importancia política al
gobierno local toledano y al resto de ciudades castellanas, en favor de
la monarquía universal del emperador Carlos I, cuyas empresas por el
predominio en Europa, la guerra contra los turcos y la colonización del
Nuevo Mundo fueron financiadas por los nuevos impuestos pagados por sus
habitantes (alcabalas -sobre las ventas-, o los millones -impuesto
inicialmente extraordinario que se recaudó regularmente en el s. XVII) y
por la venta de títulos y terrenos (a veces comunales) a la nobleza (las
minas de mercurio de Almadén fueron arrendadas a los Fugger, banqueros
alemanes al servicio del emperador). No obstante, las dos Castillas y
Andalucía se convirtieron en las regiones más dinámicas de la Península
en el s. XVI; los territorios castellano-manchegos, encuadrados
administrativamente en el Reino de Toledo (cuatro de las cinco
provincias actuales, excepto el sureste de Albacete, en el Reino de
Murcia), fueron el centro político de la Corona, al instalar
temporalmente Carlos I la capital en Toledo, hasta 1561, cuando Felipe
II la trasladó definitivamente a la vecina Madrid. La población creció
durante este siglo en toda la región: un millón y cuarto en 1591, más
numerosa en las llanuras de Toledo (Toledo ciudad: unos 60.000 hab. en
1571), Cuenca (ciudad: alrededor de 17.000 en 1561) y Guadalajara
(ciudad: 10.000 hab., los mismos que Ciudad Real), aunque la gran
mayoría (un 80 % ) vivía en el campo, lo que tenía su equivalente en la
economía; la base continuó siendo la ganadería ovina (Montes de Toledo,
La Mancha y Serranía de Cuenca), y la agricultura de cereales, vid (en
crecimiento) y olivo (todavía no muy numeroso, concentrado en el alto
Tajo), muy expuesta a las variaciones del clima: fue frecuente que, a
consecuencia de la pérdida de la cosecha, los campesinos pasaran hambre,
cuyo organismo podía quedar expuesto a las periódicas epidemias. La
actividad industrial estaba vinculada al campo: textil de lana en
Cuenca, de seda en Toledo, Talavera, Cuenca y Pastrana, curtidos en
Ocaña y Ciudad Real, y también cerámica en Talavera y damasquinados y
armas en Toledo; la llegada de oro y plata americanos fue cuantiosa en
Toledo, pero se empleó en empresas guerreras, mientras las manufacturas
extranjeras competían con ventaja sobre las locales (como advirtieron
los arbitristas a comienzos del s. XVII).
La señorialización de tierras de realengo dificultó el desarrollo de una
industria que les hiciese frente: la mayor parte continuaba en manos de
las órdenes militares, ahora pertenecientes a la Corona, por la llanura
manchega; el realengo se concentró entre La Sagra y los Montes, en
Toledo, y al sur de Cuenca; la Mesa arzobispal de Toledo en el
Jarama-Tajuña, y La Jara; los señoríos laicos fueron siempre poco
numerosos, pero de gran extensión los existentes, en Guadalajara (duques
del Infantado) y oeste de Toledo (duques de Maqueda y Escalona). La
caballería, grado inferior de nobleza, ocupó los cargos de regimiento
urbanos, con mayor poder decisorio que los jurados parroquiales
(populares); ambos eran supervisados por un corregidor real; cuatro
ciudades de Castilla-La Nueva tenían voto -poco decisivo- en Cortes:
Madrid, Toledo, Cuenca y Guadalajara.
El s. XVII fue difícil por múltiples motivos para la región: peste
(1596-1602), hambre (1631, 1659-1662, 1684 y 1699), emigración (a
América y otras regiones españolas, forzosa para las moriscos, no muy
numerosos, en 1609), crecimiento y competencia de la nueva capital, y
las guerras europeas; la de los Treinta Años (1618-1648) sacudió
profundamente a la monarquía hispana (movimientos secesionistas de
Portugal y Cataluña, peste en 1648): el reparto desigual del peso de la
guerra perjudicó a Castilla en su población y economía: las capitales
perdieron más de la mitad de sus habitantes (Toledo, de 54.000 -1591- a
25.000 -1646-; Cuenca, de 15.000 a 4.000; Ciudad Real, de 10.000 a
4.000). La débil recuperación iniciada durante el reinado de Carlos II
quedó frustrada a su muerte, por la guerra de Sucesión (1700-1714) al
trono entre el heredero, Felipe de Borbón, y el pretendiente, el
archiduque Carlos de Austria; Castilla apoyó a Felipe V, y los reinos
periféricos al archiduque; las batallas decisivas tuvieron lugar en
Castilla-La Mancha: la de Almansa (1707) posibilitó la ocupación del
Reino de Valencia, y las de Brihuega y Villaviciosa (1710), la de
Aragón; en sí misma la guerra no fue catastrófica, menos para
Guadalajara -saqueada en 1706 y 1710 por los ejércitos del archiduque-,
pero coincidió con pérdida de cosechas (1708) y hambre. La nueva
dinastía concebía el gobierno como absoluto y central, origen de las
reformas administrativas que suprimieron fueros particulares y
dividieron el país en provincias; se dotó de intendente (1718) a la
provincia manchega creada en 1691 con los partidos de Alcaraz, Almagro,
Ciudad Real e Infantes, incrementada con la Mesa de Quintanar y el
priorato de San Juan; la capital se fijó en Almagro de 1750 a 1761; en
1785, el conde de Floridablanca realizó una nueva división de España en
31 provincias, estableciendo para la Meseta sur las de Toledo, La
Mancha, Cuenca y Guadalajara (la actual Albacete estaba repartida entre
La Mancha, Cuenca y Murcia).

La crisis del siglo anterior, que desapareció en las tierras costeras,
se mantuvo en la ruralizada Castilla la Nueva, estancada como el resto
de la Meseta, a pesar de algunas iniciativas reformistas reales (Carlos
III), de sus ministros (Campomanes), y de algunos eclesiásticos
ilustrados (como el cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo). A pesar de
las crisis de escasez de grano de 1766 y la epidemia de fiebres
palúdicas en 1785-1787, la población creció muy lentamente, hasta
alcanzar un millón a finales de siglo, en pequeños núcleos rurales de
menos de 5.000 habitantes, y ligeramente en las capitales (Toledo,
15.000-20.000; Talavera. 7.500; Almagro y Ciudad Real, entre 5.000 y
10.000; Cuenca, unos 7.000, y Guadalajara, hacia los 6.000); no hubo
grandes cambios de propiedad, por lo que el crecimiento demográfico se
tradujo socialmente en el aumento de jornaleros. La reducida industria
se sostuvo por el apoyo de la monarquía y las Sociedades Económicas de
Amigos del País, mediante la constitución de escuelas técnicas y
fábricas: Fernando VI fundó en 1748 la Compañía de Fábrica y Comercio de
Toledo y la Real Fábrica (de seda) en Talavera; otra, de Paños, se había
creado en 1718-19 en Guadalajara, y más tarde (1750) en Brihuega; en
Riopar (Albacete), se fundó la primera industria metalúrgica de España;
pero, a excepción de la feria de Albacete, de importancia nacional, no
hubo iniciativas privadas. El cambio de siglo interrumpió la tímida
línea ascendente, abandonadas las reformas por temor a que originasen
una radicalización similar a la de la Revolución Francesa; la labor
asistencial de algunos eclesiásticos fue insuficiente ante las epidemias
agudas de principios del s. XIX, y la guerra de la Independencia contra
Francia (1808-1812) que destrozó la economía de la región conjuntamente
con la de todo el país. A la ocupación de la Península por las tropas de
Napoleón y la designación de su hermano José como rey de España,
respondió el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid,
pronto imitado en provincias: Toledo, Ciudad Real y Albacete nombraron
Juntas de gobierno ante la ausencia de Carlos IV y su hijo Fernando. Se
organizó rápidamente la defensa: se constituyó un batallón de
voluntarios en la universidad de Toledo, mientras Albacete formaba un
regimiento. Los combates con las tropas francesas fueron numerosos en la
Meseta Sur: en el mismo 1808, el general Moncey saqueó Albacete y
Cuenca, pero José I tuvo que abandonar Madrid, Toledo y Guadalajara tras
el desastre de Bailén; Napoleón tomó la dirección de la guerra y entró
de nuevo en estas poblaciones. En 1809 el ejército de La Mancha fue
derrotado varias veces, en Guadalerzas, Ciudad Real y, aunque otro
ejército de angloespañoles venció en Talavera, de nuevo en El Puente del
Arzobispo y Almonacid, lo que imposibilitó la recuperación de Madrid; se
intentó aún, pero la derrota de Ocaña permitió a José I asentarse en
Madrid e iniciar su gobierno. Entre 1809 y 1812 las escaramuzas fueron
constantes: las tropas acantonadas en diferentes puntos de la región -a
veces con penosas consecuencias para el patrimonio cultural de esos
lugares- fueron hostigadas por la guerrilla (Juan Martín Díaz, el
Empecinado, en Guadalajara; el Locho; el héroe del Tajo ). Finalmente,
la retirada de tropas para la campaña de Rusia facilitó la victoria a
los españoles y sus aliados. Después de la guerra, el gobierno
absolutista de Fernando VII impidió la puesta en práctica de la
Constitución de Cádiz de 1812 (véase Constitucionalismo español), que se
aplicó únicamente durante el Trienio Liberal (1820-1823), apoyada en
Castilla La Nueva por el cardenal-arzobispo de Toledo Borbón, hasta la
entrada sin resistencia de las tropas francesas en ayuda del rey, los
Cien Mil Hijos de San Luis (en Toledo, junto con el Ejército de la Fe
español comandadas por el Locho, antiguo guerrillero).
Edad Contemporánea
La sucesión de Fernando VII recayó en su hija Isabel II (que no reinó
hasta 1843, tras la regencia de su madre, María Cristina, hasta 1840, y
del general Espartero -nacido en Granátula de Calatrava, hijo de un
carretero- ); su reinado, que sería de tintes liberales moderados
(constitucionalismo, desamortizaciones), fue rechazado por su tío,
Carlos María Isidro de Borbón, que fue proclamado rey por sus
partidarios en Talavera y otros lugares (1833); milicias carlistas
realizaron incursiones en los Montes de Toledo y La Mancha, y un
ejército se internó en 1837 en Cuenca con dirección a Madrid; hasta el
final de la guerra (1840), toda la franja oriental de la región se vio
afectada por las tropas de Cabrera. Los ministros liberales aplicaron
una política de reorganización administrativa y económica; Javier de
Burgos, en 1833, estableció una división en provincias, que configuró
las provincias de Castilla La Nueva de manera muy parecida a las
actuales); las desamortizaciones de tierras eclesiásticas y nobiliarias
se repitieron en las décadas siguientes (de órdenes religiosas por
Mendizábal, en 1836-37; del clero regular en 1841; de terrenos laicos
por Madoz, en 1855): las hoy provincias castellano-manchegas ocuparon
puestos importantes en el nivel de ventas; sin embargo, su venta
favoreció a una burguesía de comerciantes e industriales, que
suplantaron en el papel de grandes propietarios a los anteriores dueños,
sin que la creciente clase campesina pudiese favorecerse. Una vida
política estable fue difícil en los paréntesis del reinado de Amadeo I
de Saboya (1870-1073) -la monarquía fue el sistema de gobierno más
votado en la región, con veintiseis diputados sobre un total de
veintiocho- y de la I República (1873-74) -con veintinueve diputados
favorables sobre treinta, con grandes dificultades internas a causa del
cantonalismo, que en Castilla La Nueva se manifestó en el levantamiento
del cuerpo de guardia de Ciudad Real, y las conquistas del nuevo
pretendiente carlista, Alfonso de Borbón, en Toledo, Guadalajara y
especialmente en Cuenca y Albacete-.
La restauración en el trono de la dinastía borbónica con Alfonso XII
(1874) significó un periodo de paz e importante crecimiento económico
sobre una creciente industria y desarrollo comercial, pero a costa de
una alternancia preestablecida de poder entre conservadores y liberales
(1876-1918), cuyos principales componentes dirigían las elecciones;
eran, además grandes propietarios desde las desamortizaciones y con gran
influencia en zonas rurales (los Gasset y los Medrano en Ciudad Real,
los Ochando en Albacete, el conde de Romanones en Guadalajara). El
sistema quedó roto tras la irrupción de fuerzas obreras: congreso
anarquista en Toledo, en 1873 -aunque tuvo poca importancia en la
región-; fundación del PSOE en Guadalajara , Madrid y Barcelona;
secciones de UGT en todas las provincias excepto en Cuenca; y el
regionalismo, que en Castilla La Nueva -de doble dirección castellanista
y manchego- fue sostenido sólo por minorías, por el Centro Regional
Manchego en Madrid, la Juventud Central Manchega o algunos periódicos
(Vida Manchega, Ecos de la Mancha). El golpe definitivo fue la asunción
del poder por el general Primo de Rivera (1923), con la oposición en
Castilla La Nueva de republicanos en Albacete y el cuartel de artillería
de Ciudad Real (1929) y la movilización obrera de Puertollano (1930).
La dictadura cayó en 1930, proclamándose la II República el siguiente
año; en la región habían vencido en las elecciones previas las
candidaturas republicano-socialistas. Las reformas económicas del
gobierno de Alcalá Zamora afectaron en gran medida a Castilla-La Nueva,
pero su incumplimiento originó numerosas huelgas entre 1931 y 1932, que
fueron paralizadas tras el triunfo del centro-derecha en las elecciones
de 1933 (ganó en Toledo -conde de Mayalde-, Albacete, Cuenca y
Guadalajara -Romanones-); nuevas huelgas se convocaron en 1934, con
participación de todas las provincias. La ley de Reforma Agraria fue
retomada por el gobierno formado por el Frente Popular (1936), sin gran
éxito por los enfrentamientos entre campesinos y propietarios (Toledo,
Ciudad Real y Albacete). Tras el Alzamiento de 1936 de parte del
ejército, la región permaneció en el bando republicano; la Guerra Civil
de 1936-39 afectó a Toledo y Guadalajara, por su importancia
estratégica: el ejército de África entró en Talavera (agosto de 1936) y
se dirigió a Toledo a socorrer al general Moscardó, que resistía en el
Alcázar a las tropas republicanas (liberado el 28 de septiembre); el año
siguiente, 1937, se intentó tomar Guadalajara para poder presionar
Madrid desde el este, pero los ejércitos italianos y las del general
Moscardó fracasaron en la meseta alcarreña.
El fin de la guerra y el cambio de régimen político incidió en el sector
agrario de Castilla La Nueva, suprimiendo la ley de Reforma Agraria y
creando en su lugar el Servicio de Reforma Económico-Social de la Tierra
(1938-1939) y luego el Instituto Nacional de Colonización, que promovió
las mejoras técnicas, pero no la reforma de la propiedad; se complementó
el establecimiento del Servicio Nacional del Trigo (1937). El Instituto
Nacional de Industria, promovió por medio de la empresa nacional Calvo
Sotelo, el complejo petroquímico de Calvo Sotelo. Los beneficios de la
apertura al exterior que siguió al periodo de autarquía no mejoró la
región hasta la puesta en marcha de los Planes de Desarrollo de 1964,
con el establecimiento de industrias en Toledo, Manzanares, Alcázar de
San Juan y Guadalajara; la elevada emigración desde 1959 (casi medio
millón de habitantes) vació una región ya despoblada anteriormente. En
el periodo de transición a la democracia, Castilla La Nueva votó
favorablemente al cambio de sistema político en el Referéndum para la
Reforma Política; en las elecciones generales de 1977 y 1979, UCD fue el
partido mayoritario, mientras que, en vísperas de ser aprobada la
autonomía castellano-manchega, venció el PSOE.
La Comunidad Autónoma actual
La Constitución Española de 1977 otorgaba la posibilidad a las regiones
españolas de constituirse en comunidades autónomas; Castilla La Nueva se
acogió a ello y decidió configurarse como Castilla-La Mancha (sin Madrid
y con Albacete) en la Junta celebrada en Guadalajara el 21 de noviembre
de 1980; su Estatuto de Autonomía fue aprobado, finalmente, el 17 (por
el Congreso) y el 26 de julio (por el Senado) de 1982. En las elecciones
autonómicas de noviembre del 8 de mayo de 1983 venció el PSOE con 23
escaños (sobre 44) en las Cortes de Castilla-La Mancha, un triunfo
repetido en las elecciones autonómicas posteriores. El socialista José
Bono Martínez presidió el Gobierno regional desde 1987 hasta 2004. Los
órganos de gobierno autonómico son: las Cortes de Castilla-La Mancha,
integrada por 47 diputados elegidos por cuatro años por los ciudadanos
castellano-manchegos, que controlan la actividad del Consejo de Gobierno
y aprueban las leyes y presupuestos regionales reunidos en Pleno -esta
institución edita el Diario de Sesiones y el Boletín Oficial de las
Cortes-; la Presidencia de la Junta de Comunidades, elegido por las
Cortes y nombrado por el rey de España, dirige la acción del Consejo de
Gobierno regional, cuyas Consejerías determina (con un máximo de 10)
-publica el Diario Oficial de Castilla-La Mancha-; por último, el
Consejo de Gobierno, que vierte las soluciones a los problemas de la
región en proyectos de ley que se envían a las Cortes para su examen.
Las Cortes de Castilla-La Mancha tienen su sede en el convento de San
Gil, Toledo. El pasado de la joven Comunidad está simbolizado en su
bandera: el castillo sobre campo rojo de su mitad izquierda hace
referencia a su tradición castellana, mientras que el blanco de la
derecha representa a las antiguas órdenes militares y la llanura
manchega.
Aún existen problemas por atajar y soluciones que mantener: la débil
población, heredada de tiempos anteriores, todavía es insuficiente
aunque ya no existe la emigración a otras provincias; existe un
importante patrimonio natural y artístico que cuidar (el acuífero de Las
Tablas de Daimiel está declarado Parque Natural, mientras que Toledo es
Patrimonio de la Humanidad; existe un programa de rehabilitación, "A
plena luz"); la tecnificación permite un buen aprovechamiento agrícola,
a pesar de las poco favorables condiciones impuestas por el suelo y el
clima, este sector ocupa un puesto importante en la estructura económica
a la industria alimentaria (vinos, aceite, lácteos, conservas
vegetales), complementado con la industria artesana (la mayor de toda
España) textil y del cuero y la actividad industrial de pequeñas
empresas y turismo, aún por desarrollar (existen sólo unos pocos núcleos
en Puertollano -Ciudad Real-, Almansa y Hellín -Albacete-, Tarancón
-Cuenca- y Azuqueca de Henares -Guadalajara-). La red de comunicaciones
e infraestructuras se completa poco a poco: por su proximidad a Madrid,
está conectada por carretera y tren (la línea de Alta Velocidad Española
-AVE- entre Madrid y Sevilla tiene estaciones en Ciudad Real y
Puertollano) con el resto de regiones españolas, aunque depende del
aeropuerto de Madrid-Barajas para el tráfico aéreo; el agua y la
electricidad abastecen a toda la región, al igual que la línea
telefónica. No hay problemas de vivienda, pero pueden mejorarse algunos
servicios de tipo educativo y cultural, mejorada con la creación de la
Universidad de Castilla-La Mancha en 1985 (con campus en Toledo,
Albacete, Cuenca y Ciudad Real); existen convocatorias culturales de
importancia nacional: el Festival de Teatro Clásico de Almagro
(celebrado en julio), y la Semana Internacional de Música Religiosa de
Cuenca (durante la semana anterior a Semana Santa).
Volver al inicio de Castilla la Mancha
La cultura (el arte forma parte de ella) es la manifestación de la
visión humana del mundo, según las posibilidades materiales y técnicas.
Así pues, su examen ofrece, no sólo sugerencias estéticas, sino también
conocimiento del ambiente personal y social de quienes la aportaron. En
el caso de Castilla-La Mancha, hay momentos en que tal aporte cultural
fue visiblemente importante: los siglos XVI a XVIII, indicador de una
situación dinámica en otras áreas de la vida humana.
De la Prehistoria y la Antigüedad apenas quedan unos restos que sólo
dejan intuir rasgos de sus autores: de la época prehistórica, lo más
sobresaliente son las pinturas rupestres de Los Casares, la cerámica
neolítica y algunas esculturas ibéricas (Bicha de Balazote, y Gran Dama
Oferente del Cerro de los Santos, en Albacete). De los romanos, pueblo
constructivo y pr áctico, se han conservado obras públicas: restos del
circo de Toledo, del s.I -422 x 100 m y 13.000 espectadores- ; del
teatro -2.000 espectadores-, del anfiteatro, y de un templo a Diana en
Segobriga; la presa y parte del acueducto en Consaburum (Consuegra), y
villas rurales con su decoración (mosaicos y esculturas) y utensilios:
Carranque (Toledo), Balazote (Albacete). El cristianismo usó las formas
romanas con un contenido religioso nuevo: quedan basílicas ( Segobriga;
Zorita de los Canes) y sarcófagos con personajes de la Biblia (Hellín,
Albacete). Del periodo visigodo, los vestigios más importantes son
iglesias -herederas de la tradición paleocristiana junto con influencias
bizantinas y norteafricanas-, por la importancia que adquirió la Iglesia
hispana tras la conversión de Recaredo al catolicismo: se sitúan la
mayor parte en Toledo, en elementos constructivos y decorativos
-círculos entralzados y motivos vegetales- de iglesias (Santa Leocadia,
S. Pedro de la Mata); también son notables las ruinas de la ciudad de
Recópolis (Guadalajara) y orfebrería (tesoros de Guarrazar -con la
corona votiva de Recesvinto- y Albendea). La conquista musulmana aportó
un nuevo lenguaje -arco de herradura, celosías, inscripciones- y
materiales -ladrillo, yeso- a las realizaciones culturales de la región,
en la que Toledo sobresalió por su riqueza: las puertas de las murallas
(Bisagra Vieja, Cambrón), el tono musulmán del trazado urbano y la
pequeña mezquita de Bib-al Mardum (Cristo de la Luz, 999), además de
numerosos detalles decorativos y constructivos. Existen restos de
fortificaciones y murallas en toda la tierra castellano-manchega:
Talavera, Maqueda, Calatrava la Vieja, Alcolea de Calatrava, Cuenca,
Uclés; se conserva el plano urbano de Huete o Guadalajara, y el puente
de Alcántara. En Cuenca hubo un taller especializado en la talla del
marfil, con una característica fauna fantástica y motivos decorativos.
Bajo dominio musulmán se desarrolló un arte cristiano en el contenido
pero islamizado en sus formas, el mozárabe: la iglesia de Santa María de
Melque (San Martín de Montalbán, Toledo) es un ejemplo; de esta cultura
son las miniaturas en vivos colores que ilustran Biblias y libros
litúrgicos (Biblia Hispalense y Codex Toletanus), con importante
influencia posterior en la escuela leonesa. A la conquista cristiana de
Castilla-La Mancha siguió la implantación de su cultura; pervivieron
elementos musulmanes (técnicas, decoraci ón) que se integraron en la
manifestación local de una corriente europea común, que aportó numerosas
creaciones militares, religiosas y civiles; la monarquía, la
aristocracia, y la Iglesia fueron los grandes patrocinadores y clientes
del arte durante seis o siete siglos.
El primer estilo del arte cristiano medieval, el románico, se encuentra
representado en Guadalajara: los edificios son sencillos, caracterizados
por los pórticos de entrada decoradas con iconografía religiosa de
sentido pedagógico, el uso del arco de medio punto, el empleo de ábsides
semicirculares en la cabecera, y gruesos muros sin grandes aberturas
para soportar el peso de la cubierta a dos aguas. Son destacables las
iglesias de la comarca de Sigüenza, Atienza y Molina de Aragón. Hay
algunos restos en Valeria y Arcas (Cuenca), el puente de La Iglesuela
(Toledo). Los temas de la pintura y escultura eran religiosos
mayoritariamente (existen representaciones sobre labores agrícolas),
formalmente muy sencilla: ábsides del Cristo de la Luz y murales de San
Román (Toledo), y Valdeolivas (Cuenca). Una variante del románico se
halla presente en el resto de la región: el románico-mudejar, en los que
aparece claramente la influencia musulmana en el uso de arcos de
herradura enmarcados por alfices y el empleo del ladrillo, y que perduró
durante el gótico; presente en el ábside de la iglesia de Arenas de San
Juan (Ciudad Real) y de El Cubillo de Uceda (Guadalajara). Aún se
construyó una mezquita en Toledo durante el s. XII, la de Tornerías. Las
mejoras técnicas como el apuntamiento de los arcos o el uso de la bóveda
de nervios aportaron los medios para la aparición del nuevo estilo
gótico que se interesó por la altura y la iluminación de los edificios;
las posibilidades materiales de algunas sedes episcopales se tradujeron
en grandes catedrales, obra de varios siglos de duración, como las de
Toledo (de estilo franco-normando, desde 1226, en la que participaron
arquitectos como Hanequin de Bruselas, Juan Guas o Antón y Enrique
Egas), Cuenca (escuela anglo-normanda, iniciada a fines del s.XI) y
Sigüenza; son numerosas las iglesias parroquiales de este estilo: ermita
de Alarcos (Ciudad Real), iglesia de Santiago (Sigüenza) o la de Santa
Clara (Molina de Aragón), en el s. XIII; San Pedro y Santiago (Ciudad
Real) del s. XIV; catedral de Nuestra Señora del Prado de Ciudad Real,
Valdepeñas (Ciudad Real), San Blas y Villarrobledo y de la Trinidad en
Alcaraz (Albacete), Carboneras y Moya (Cuenca) del s. XV. Todavía se
mantuvo, a principios del s. XVI, como gótico isabelino en la Puerta de
los Leones, la terminación de la torre y la capilla de don Álvaro de
Luna en la catedral y la girola de Cuenca, S. Juan de los Reyes
(Toledo), el palacio de Escalona o el del Infantado (Guadalajara) y el
hospital de Santa Cruz. Algunos castillos de esta época son los de
Escalona, Maqueda, Orgaz y Oropesa (Toledo), Almansa, Yeste y Chinchilla
(Albacete) y Belmonte (Cuenca). El puente de San Martín de Toledo es un
ejemplo de la ingeniería del momento. La escultura y la pintura góticas
desarrollaron una iconografía con un elaborado mensaje, difundidas por
toda la región por maestros y talleres: el franco-gótico está
representado por varios códices miniados (Biblia de San Luis, de gran
colorido); en italo-gótico se realizaron las tablas de la capilla de San
Eugenio (catedral de Toledo) por Gerardo Starmina, y el retablo de la
catedral de Cuenca por el maestro de Horcajo ; a fines del s. XIV
apareció el gótico-internacional, el propio del retablo de San Juan
Bautista y Santa Catalina, obra del maestro de Sigüenza; en el s. XV
Jorge Inglés, el maestro de los Luna y el de Sopetrán introdujeron el
gótico flamígero. Muy propio de Castilla-La Mancha es el gótico mudejar,
con arcos de herradura apuntados, lobulados, y mixtilíneos, muros de
ladrillo y mampostería, abundante decoración en yeso de motivos
epigráficos; ejemplo de ello es la sinagoga de Santa María la Blanca
(s.XIII), la sinagoga del Tránsito (1355), San Román (Toledo) y la
puerta de la sinagoga de Ciudad Real; los palacios toledanos de los
siglos XIII a XV son de este estilo: palacio de Fuensalida (Toledo), de
Gutiérrez de Cárdenas (Ocaña); algunos conventos e iglesias como los de
Santa Isabel la Real y de la Concepción Francisca (Toledo), y la iglesia
de Santa Clara (Guadalajara); torres mudéjares: Santo Tomé y San Román
(Toledo) y la de Illescas; puertas de acceso a las ciudades, como la de
Toledo en Ciudad Real, o la del Sol en Toledo. Son interesantes algunos
sepulcros realizados con yeserías mudéjares (el de Fernando de Gudiel en
la catedral de Toledo).
El Renacimiento, que rehizo la visión del mundo a partir de las
novedades (descubrimientos geográficos, recuperación del humanismo
clásico, tambaleo del orden social y tensión religiosa) se reflejó en el
arte: se buscó la realidad, la figura humana y el equilibrio de las
proporciones; si los contenidos eran parecidos, cambiaron las formas,
fruto de la particularidad del artista. En Castilla-La Mancha, el primer
tercio del s. XVI correspondió al plateresco: el palacio de los Mendoza
en Guadalajara, el palacio de Cogolludo y la iglesia de San Antonio de
Mondéjar (Guadalajara), obra de Lorenzo Vázquez y primeras muestras de
este estilo en la Península; la iglesia de la Piedad (añadida al palacio
de los Mendoza) y el patio y escalera del Hospital de Santa Cruz
(Toledo); el convento de la Asunción de Almagro, la fachada del
Ayuntamiento de Alcaraz (Albacete) y obras de la catedral de Cuenca. En
Toledo el mudéjar se integró nuevamente (estilo Cisneros): sala
capitular de la catedral y claustro de San Juan de la Penitencia
(Toledo). Numerosas obras de pintura y escultura son trabajadas con gran
calidad, obra de artistas individuales o de talleres: Sansovino, Maestro
Gil, Juan de Talavera, Juan de Albis, o el taller de la catedral de
Cuenca y el de Sigüenza; muchos de los pintores aprendieron en Italia,
como Fernando Yáñez de la Almedina, posible discípulo de Leonardo, que
realizó trabajos en Cuenca; Fernando de los LLanos, que trabajó con el
anterior; Martín Gómez el Viejo; Pedro Berruguete; Juan de Borgoña.
En el segundo tercio del siglo, se adoptaron formas más sobrias, de
influencia italiana, introducidas por Alonso de Covarrubias: en Toledo,
fachada del Palacio Arzobispal, fachada del Alcázar, puerta nueva de
Bisagra, obras en la catedral, el Hospital de Santa Cruz o el palacio
ducal de Pastrana; Andrés de Vandelvira, que participó en la Torre del
Tardón de Alcaraz; el convento de Carmelitas Descalzas en Toledo; los
Jerónimos en Talavera; Juan de Herrera (proyecto para la plaza de
Zocodover, trabajos en el Alcázar) modificó el estilo de la capital
toledana al introducir formas particulares del clasicismo italiano
(manierismo) con algunas formas preherrerianas en la obra de Bartolomé
Bustamante (Hospital de Afuera); esta influencia se observa en la Plaza
Mayor de Alcaraz, o en el conjunto urbano de Villanueva de los Infantes
(Ciudad Real); pintura y escultura tuvieron buenos ejemplos en Toledo:
obras de Alonso Berruguete, Nicolás de Vergara el Viejo o Felipe Vigarny
(escultores) y Juan Correa de Vivar -pintor-, con tablas en las Oblatas
de Toledo y Calzada de Calatrava (Ciudad Real). El último tercio de
siglo fue ya predominio del manierismo: el palacio de Álvaro de Bazán en
el Viso del Marqués (Ciudad Real); el monasterio de Uclés, de Francisco
de Mora; la obra de Covarrubias en la sacristía de las Cabezas de la
catedral de Sigüenza. En pintura sobresale el expresivo Greco, que
realizó obras en numerosas iglesias y la catedral, en Toledo, y
alrededores. El manierismo también se manifestó en la rejería, la
orfebrería (custodias toledanas del maestro Arfe) o el grabado. A partir
de finales del s.XVI, hasta principios del s. XVIII, las anteriores
formas renacentistas fueron el material para crear un nuevo estilo más
emocional, con sentido fundamentalmente religioso, impulsado por las
órdenes religiosas: la escultura y la pintura se integraron en la
arquitectura. La iglesia jesuítica, a partir del modelo del Gesú de Roma
(1584), se halla en San Bartolomé de Almagro (Ciudad Real) y en San Juan
Bautista en Toledo, obra de Francisco Bautista (1629). Existen numerosos
conventos e iglesias carmelitas del s. XVII, con gran actividad de fray
Lorenzo de la Madre de Dios: Toledo, Malagón (Ciudad Real), la catedral
y convento de s. José (Cuenca) y la iglesia de la Epifanía
(Guadalajara). El agustino fray Lorenzo de s. Nicolás construyó la
fachada de S. Agustín en Talavera y numerosas obras en Guadalajara. Los
trinitarios se hallan presentes en Valdepe ñas y Villanueva de los
Infantes. Otras muchas iglesias se levantaron en en toda la región,
especialmente en el s. XVIII, con una nueva estética recargada; también
se observa en edificios civiles (palacios y ayuntamientos), de manera
moderada: palacio de los condes de Valdeparaíso en Almagro, de los
condes de Villarreal en La Roda (Albacete), el ayuntamiento de Toledo y
el de Chinchilla (Albacete); la arquitectura popular está representada
en las plazas mayores de Almagro, San Carlos del Valle y Tembleque; las
Casas Colgadas de Cuenca y el Corral de Comedias de Almagro; son
originales los santuarios-plazas de toros de Nuestra Señora de las
Virtudes (Santa Cruz de Mudela) y de las Nieves (Almagro). De la
abundante escultura barroca destaca el Transparente de la catedral de
Toledo, Narciso Tomé. La pintura sobre tabla es también numerosa: Luis
Tristán realizó los retablos de Santa Clara de Toledo y Brihuega
(Guadalajara); de tema no religioso fue la obra (naturalezas muertas y
retratos) de Sánchez Cotán. Las grandes transformaciones sociales y
políticas del último tercio del s. XVIII y XIX modificaron la cultura de
la época; la p érdida de relevancia de la nobleza y la Iglesia en favor
de la burguesía hizo que el arte se adaptara a las exigencias de éstos,
más preocupados por la naturaleza, el urbanismo y la técnica: el arte se
secularizó. La Ilustración en La Mancha, a través de la iniciativa real
y en algún caso privada (Sociedades Económicas de Amigos del País),
impulsó las construcciones urbanas : barrio de San Roque en Sigüenza,
Real Hospital de Mineros de Almadén, y obras de ingenier ía: Reales
Fábricas de Toledo y Brihuega; obras hidráulicas (Argamasilla de Alba);
explotaciones de salinas (Imón y Saelices, en Guadalajara). Se recuperó
el estilo clásico, más sencillo (neoclásico): un ejemplo claro es la
Universidad de Toledo, por Ignacio de Haam, patrocinada por el cardenal
Lorenzana (desde 1792). Algunos edificios religiosos del periodo son la
iglesia de la Inmaculada en Almuradiel (Ciudad Real) y la Asunción en
Almansa; el seminario de Toledo, de Ivan Miguel de Inclán (ya en el s.
XIX). El siglo XIX retomó todos los estilos del pasado para adaptarlos a
nuevas funciones, a veces mezclándolos entre ellos (historicismo y
eclecticismo); en Castilla-La Mancha se adoptó el neomudéjar: la
Diputación de Toledo, del toledano Agustín Ortiz de Villajos; la
Audiencia Territorial de Albacete (neogriega) y la Plaza de Toros de
Toledo, del albacetense Francisco Jareño; y, todavía existente a
principios del s. XX, en la Escuela de Artes y Oficios, y la Estación de
Ferrocarril de Toledo, de Narciso Clavería. Eclécticas son las
diputaciones de Albacete (Justo Millán) y Ciudad Real (de Sebastián
Rebollar). Comenzó a utilizarse el hierro en puentes, estaciones
-Guadalajara, por Ugarte en 1858- y mercados. La burguesía se construyó
palacetes urbanos de estilo ecléctico y gran atención a la fachada. El
historicismo -romántico y nacionalista- fue el componente básico de la
pintura: Alejo Vera y Casto Plasencia fueron dos representantes nacidos
en Guadalajara; el paisajismo lo cultivó el ciudarreale ño Ángel
Andrade, y el costumbrismo, Ángel Lizcano (de Alcázar de S. Juan). Las
ilustraciones en los periódicos introdujeron facilmente una nueva
estética . El s. XX supuso una amplia diversificación cultural que tomó
el nombre de vanguardismo: la mejor manifestación en la región fue la de
la Escuela de Vallecas (1927) creada por el escultor Alberto Sánchez
-toledano- y el pintor Benjamín Palencia -Barrax, Albacete-, con temas
populares y líricos; de su misma época son García Maroto -La Solana,
Ciudad Real-Gregorio Prieto -nacido en Valdepeñas- y Victorio Macho -que
murió en Toledo-. En la segunda mitad de siglo son numerosos los
artistas de importancia: pintores como Antonio López Torres y su sobrino
Antonio López (ambos de Tomelloso), con fama internacional, M.
López-Villaseñor, Rafael Canogar, y la creación del museo de Arte
Abstracto de Cuenca (1966); escultores como J.A. Giraldo o G. Cruz
Marcos; y las obras de Chueca Goitia (hostal del Cardenal en Toledo) y
Miguel Fisac en la región (Casa de Cultura en Valdepeñas, ermita de
Santiago en Almagro). Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A.
1995-2004.
Himno de Castilla la Mancha
El artículo quinto del Estatuto de Autonomía dice en su apartado 3º,
que “la Región de Castilla-La Mancha tendrá escudo e himno propios.
Una Ley de Cortes de Castilla-La Mancha determinará el escudo y el
himno de la región.”
Mientras que lo relativo al Escudo se cumplió con bastante celeridad,
la aprobación del Himno no ha corrido la misma suerte, estando
pendiente desde entonces. Durante este tiempo se han formulado
diferentes propuestas para cumplir este mandato estatutario, sin
embargo ninguna de ellas ha merecido el beneplácito de las
autoridades regionales.
Entre estas propuestas se pueden citar la de convertir en Himno
regional la “Canción del Sembrador” de la zarzuela “La rosa del
azafrán”, compuesta por el toledano Jacinto Guerrero, con letra de
Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, y estrenada en 1930; el
“Canto a la Mancha” de Tomás Barrera; y alguna otra propuesta, como
la presentada por un grupo de ciudadanos de Villarrobledo, de un
Himno con el título de “Patria sin fin”.
Volver al inicio de Castilla la Mancha
La
economía castellano-manchega está muy influenciada por la proximidad
de la ciudad de Madrid, la capital de la Comunidad Autónoma de
Madrid y del Estado español.
En líneas generales podemos decir que el sector primario tiene gran
peso, el sector industrial ha experimentado un escaso crecimiento y
el desarrollo de la economía se produce muy lentamente.
Sector primario
En general, las actividades del sector primario en la Comunidad de
Castilla-La Mancha tienen importancia. Once de cada cien personas
que forman parte de la población activa trabaja en el sector
primario y la mayoría se dedica a la agricultura y a la ganadería.
La distribución del uso del suelo indica claramente la orientación
productiva del sector primario en la Comunidad. Así, el 26% del
suelo se destina a matorrales y pastizales; el 15% a los bosques; el
52% a los cultivos de secano; el 3% a los cultivos de regadío y el
4% es suelo improductivo.
La
agricultura tiene gran importancia, aunque los rendimientos siguen
siendo escasos debido, fundamentalmente, a la aridez del suelo, a la
altitud y al clima riguroso y extremo de la región.
Los
cultivos agrícolas más extendidos son los de secano, en especial, la
tradicional trilogía mediterránea, es decir, el trigo, la vid y el
olivo.
El cereal más cultivado es el trigo, le sigue la cebada. El viñedo
es uno de los más extensos de Europa y aunque se extiende por toda
la región, se concentra especialmente en el oeste y suroeste de La
Mancha. El olivo ha sido sustituido en parte por algunos cultivos
industriales como el girasol, del que se obtiene aceite en fábricas
como la de Tarancón (Cuenca). Otros cultivos de secano importantes
son el champiñón, el azafrán, las legumbres (garbanzos y lentejas),
etc.
A
partir del año 1970 se ha incrementado el regadío en la Comunidad
gracias al aprovechamiento del agua de los embalses, sobre todo el
de Rosarito en el Tiétar y los de Peñarroya y Vicario en el Guadiana,
e incluso el de los acuíferos subterráneos.
Los cultivos de regadío más importantes son los forrajes para
alimentar al ganado, como la alfalfa, así como la remolacha, el maíz,
el melón, la patata y los ajos.
Otros productos agrarios de interés son el mimbre, que representa el
94% del total nacional, el azafrán, que supone el 25% del total
nacional y las lentejas, con el 73%.
La ganadería es variada y se practica por toda la Comunidad, aunque
cada vez ocupa a menos gente. El ganado más numeroso es el ovino y
el caprino, que se destina a la producción de carne, leche y lana.
Se concentra principalmente en las zonas llanas. Le siguen por orden
de importancia el ganado bovino, del que se obtiene carne, leche y
cuero; y el porcino, del que se obtiene carne, embutidos y jamones.
En los últimos años se han desarrollado considerablemente las
granjas avícolas dedicadas a la cría de gallinas y pollos, así como
de perdices, codornices, pavos y avestruces. Todos ellos están
destinados a la producción de carne y huevos.
También ha aumentado la apicultura, que consiste en el cuidado de
las abejas para obtener productos como miel, cera, polen y jalea
real. Esta actividad está especialmente desarrollada en la comarca
de La Alcarria (Guadalajara).
La minería no es importante en Castilla-La Mancha, aunque sí lo fue
en el pasado. Destacan las minas de mercurio en Almadén (Ciudad
Real), de hulla en Puertollano (Ciudad Real) y de plata en
Hiendelaencina (Guadalajara). De todas ellas, tan sólo el cinabrio
de Almadén tiene hoy día posibilidades de extracción. En Puertollano
las vetas de mayor calidad ya se han agotado; sin embargo, la
extracciones se utilizan para alimentar una central térmica a
bocamina, una refinería y un importante centro petroquímico.
La
piscicultura se dedica a la cría de peces en estanques artificiales
conocidos con el nombre de piscifactorías. En las piscifactoría de
Castilla-La Mancha se crían sobre todo truchas, tencas y carpas.
La explotación de los bosque (silvicultura) para la obtención de
madera, corcho o resina es una actividad de escasa importancia.
Buena parte de los bosques castellano-manchegos hace tiempo que
fueron talados por el hombre.
Sector secundario
En Castilla-La Mancha, la industria no está muy desarrollada. Se
concentra en los lugares donde existen abundantes materias primas y
buenas comunicaciones y, sobre todo, alrededor de los mayores
núcleos de población.
El primer puesto en valor de producción lo ocupan las industrias
alimentarias, seguido de las químicas. A mayor distancia se sitúan
la industria del corcho, madera y muebles; la de material eléctrico
y electrónico, y la industria textil y de confección.
Entre las industrias alimentarias destacan las de productos lácteos
(leche y queso, fundamentalmente el queso manchego); las vinícolas
(bodegas y almazaras); las cárnicas (embutidos y jamones); las
harineras; las productoras de mazapán, que se elabora con almendras,
azúcar y miel; las de conservas de berenjenas, muy importantes en
Almagro (Ciudad Real), y otros vegetales; las azucareras, cuya
materia prima es la remolacha; y las cerveceras, que se distribuyen
por toda la región.
Las principales industrias alimentarias se localizan en los
polígonos industriales de las cinco provincias, pero
fundamentalmente en Ciudad Real, Toledo y Albacete.
La industria textil y del calzado y del cuero tiene sus centros
tradicionales en Almansa (Albacete) y Toledo.
La industria del mueble se desarrolla cerca de los lugares donde se
obtiene madera en la serranía de Cuenca y en los Montes de Toledo.
La industria cerámica es importante en Talavera de la Reina. Se
fabrican azulejos, tejas, ladrillos y todo tipo de materiales que
abastecen a la industria de la construcción, también muy
desarrollada en toda la región.
La industria química se dedica a transformar las materias primas en
productos químicos, tales como carburantes, abonos, detergentes,
etc. El complejo más importante de industrias químicas se encuentra
en Puertollano (Ciudad Real). Así, por ejemplo, en la refinería de
Puertollano se obtienen derivados del petróleo como gasolina, gasoil,
etc.
La industria del metal se dedica a la transformación de los metales
y a la fabricación de motores, herramientas, maquinaria agrícola e
industrial, etc. Destacan las fábricas de maquinaria agrícola de
Albacete y Ciudad Real, las de material ferroviario de Alcázar de
San Juan (Ciudad Real) y la cuchillera de Albacete.
La industria energética obtiene electricidad a partir de otras
formas de energía. En Castilla-La Mancha es una actividad importante.
Existen centrales térmicas, centrales nucleares y centrales
hidroeléctricas, que producen gran parte de la electricidad que se
consume en la región.
Las centrales térmicas producen electricidad a partir del carbón y
del petróleo, tal y como ocurre en la de Puertollano (Ciudad Real).
Las centrales nucleares producen electricidad a partir del uranio.
Aquí se encuentran la de Trillo y la de Zorita de los Canes, ambas
en Guadalajara. La de Zorita fue la primera central nuclear que se
construyó en España.
Las centrales hidroeléctricas producen electricidad a partir de la
energía del agua de los ríos represada en las centrales hidráulicas
construidas a tal efecto, fundamentalmente en las márgenes de los
ríos Tajo y Júcar (Entrepeñas y Buendía en la cuenca del Tajo, y
Alarcón y Contreras en la del Júcar).
En Castilla-La Mancha también se produce energía mediante centrales
eólicas y solares.
Sector Terciario
El sector terciario tiene cada vez mayor importancia en la economía
castellano-manchega. Predominan las actividades comerciales,
seguidas de los servicios públicos, los transportes y las
comunicaciones. A mayor distancia se colocan los sectores de crédito
y seguros, hostelería, enseñanza y sanidad.
El comercio está bastante desarrollado. Existen tiendas pequeñas
especializadas en la venta de determinados productos (zapaterías,
papelerías, tiendas de muebles, etc.); así como grandes centros
comerciales que han impulsado considerablemente esta actividad.
Estas grandes superficies comerciales se localizan en las
principales localidades y en los últimos años han experimentado un
importante desarrollo.
También son importante los mercados y ferias que se celebran en
fechas fijas. Entre los más conocidos figuran los mercados de
Talavera de la Reina (Toledo), Pastrana (Guadalajara) y Manzanares
(Ciudad Real).
Además, en casi todos los municipios castellano-manchegos hay
mercadillo un día fijo de la semana.
El transporte, tanto de mercancías como de pasajeros, se realiza por
vía terrestre. La mayor parte del transporte se realiza a través de
las autovías y de las carreteras nacionales y comarcales que cruzan
la Comunidad y que, sin embargo, confluyen en un núcleo exterior al
territorio de la Comunidad, la ciudad de Madrid. Como consecuencia,
las comunicaciones entre las principales capitales de provincia de
la región son en algunos casos deficientes.
La red de ferrocarril atraviesa toda la Comunidad, pero las
capitales castellano-manchegas también se encuentran deficientemente
comunicadas entre sí por tren. Las líneas férreas van desde Madrid a
Talavera de la Reina (dirección a Extremadura), Alcázar de San Juan
(desde donde se divide en dos tramos, uno hacia Andalucía y otro
hacia Valencia por Albacete) y por Ocaña en dirección a Cuenca. Por
el norte, otra línea férrea enlaza Guadalajara con Sigüenza en
dirección a Aragón. En el año 1992 se inauguró la línea de Alta
Velocidad (AVE) que pasa por Ciudad Real y Puertollano.
El turismo cuenta con una gran variedad de parajes naturales,
artísticos, monumentales y culturales, que atraen a numerosos
viajeros cada año. En Castilla-La Mancha se puede realizar turismo
cultural (visitas a monumentos, ciudades monumentales, yacimientos
arqueológicos, etc.) y turismo rural (visitas a pequeños pueblos de
interés paisajístico, histórico, cultural, espacios protegidos,
etc.).
Pero además en esta Comunidad se pueden descubrir profundas
peculiaridades mediante el recorrido de rutas alternativas ya
establecidas, como son la Ruta de los Pueblos Negros, con una típica
arquitectura popular realizada con material de pizarra; la Ruta por
los Campos de Azafrán; la Ruta de Don Quijote, que descubre los
paisajes y lugares que Miguel de Cervantes describió en su famosa
obra el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha; la Ruta por la
Mancha Esteparia; la Ruta por los Castillos, etc. Enciclopedia
Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006.
Volver al inicio de Castilla la Mancha
Castilla-La Mancha está situada en el corazón de la Península
Ibérica. Dos tipos de paisajes son los que se diferencian claramente:
la llanura y la montaña. Casi el 80% de la superficie regional no
supera los 1000 metros de altura. La mayor parte del espacio
geográfico pertenece a los tramos alto y medio de las cuencas de 4
de los ríos peninsulares más importantes: El Tajo y el Guadiana, que
desembocan en el Atlántico, y el Júcar y el Segura que pertenecen a
la cuenca mediterránea. Por regla general el clima en la región es
mediterráneo con variaciones que van desde el clima semiárido hasta
el húmedo.
Castilla-La Mancha está situada en el dominio climático mediterráneo.
Los factores más significativos en este aspecto son: inviernos
rigurosos, veranos cálidos, sequía estival, irregularidad en las
precipitaciones, fuertes oscilaciones térmicas y notable aridez.
Estos rasgos son resultado de las interrelaciones entre unos
factores geográficos y otros dinámicos como son la latitud, la
situación de la región dentro de la Península, la disposición del
relieve y la altitud.
Las temperaturas en Castilla La Mancha son muy extremas debido al
efecto de la continentalidad; la amplitud térmica anual es muy
elevada, normalmente entre 18º y 20º. Las precipitaciones no son muy
abundantes debido al carácter continental y mediterráneo del clima.
Castilla La Mancha se pueden incluir dentro de la denominada
tradicionalmente "España Seca".
Los ríos de la región castellano-manchega se reparten entre siete
cuencas hidrográficas diferentes: Tajo, Guadiana y Guadalquivir, que
vierten sus aguas en el Océano Atlántico; y Júcar, Segura, Ebro y
Turia que drenan hacia el Mar Mediterráneo. El principal carácter de
nuestro sistema hidrológico es su complejidad, tanto por su
estructura geológica, relieve, evolución y, sobre todo, del clima.
Las características geológicas han condicionado el trazado y el
desarrollo de la red fluvial y sus rasgos geomorfológicos. La
estructura y evolución geológica determina la gran disimetría entre
la vertiente atlántica y la mediterránea.
En líneas generales son ríos de contrastes, con aguas altas en
primavera y un acusado estiaje en verano. Presentan una gran
variedad en sus caudales. El régimen natural se ha visto alterado
con la construcción de numerosos embalses cuyos aprovechamientos
para regadío y electricidad son compartidos en gran medida con otras
regiones. La litología desempeña un papel decisivo en el sistema
fluvial en relación a la permeabilidad y la resistencia a la erosión.
Podemos diferenciar entre acuíferos detríticos y acuíferos
carbonatados. En Castilla la Mancha pueden diferenciarse una serie
de áreas cuyos paisajes van a estar relacionados con las
características geológicas y geomorfológicas.
La "Unidad Geoestructural hercínica". Ésta ocupa la parte Oeste y
Suroeste de la Región, aflora también al Norte de Guadalajara, así
como en algunos parajes del Sistema Ibérico. Está compuesta, por un
lado, por rocas de naturaleza eruptiva y metamórfica y por otro, por
rocas sedimentarias de desigual dureza que se plegaron durante la
orogenia Herciniana (Paleozoico).
La "Unidad Geoestructural Alpina". Los materiales fueron plegados
por las fases de la orogenia Alpina. En el caso del Sistema Ibérico
la dirección de las estructuras es NW-SE; así, en el paisaje de esta
subunidad, son frecuentes y prolongadas parameras (Maranchón, Molina
de Aragón, Cuenca, etc.) incididas por profundos y estrechos valles
labrados por la erosión fluvial de las aguas del Tajo, Júcar y sus
respectivos afluentes; sobre ellas se advierten importantes
manifestaciones kársticas en algunos parajes (Serranía de Cuenca,
etc.). El dominio prebético presenta estructuras orientadas de NE-SW
que arman una serie de relieves que cobran una mayor envergadura al
S. de Alcaraz.
La tercera subunidad, el altiplano del "Campo de Montiel". La
disposición de los estratos del Secundario es horizontal por no
haber tenido la orogenia Alpina una especial relevancia en este
sector; la ausencia de tectónica y el desarrollo de distintas etapas
erosivas ha originado la presencia de varias superficies de erosión
escalonadas. El alto valle del Guadiana incide en este territorio
con una dirección SE-NW; en su interior se instala uno de los
complejos travertínicos más importantes de Europa, como son las "Lagunas
de Ruidera", con edificios de barrera y terrazas tobáceas muy
notables.
La "Unidad Neógena" se encuentra repartida por diversas zonas de la
región, destacando la gran mancha de materiales neógenos del centro
del mapa, interrumpidos de N-S por el gran umbral mesozoico de la
Sierra de Altomira.
Volver al inicio de Castilla la Mancha
Castilla-La Mancha cuenta con numerosos espacios naturales
protegidos. Castilla-La Mancha es una de las zonas de España y de
Europa con mayor número de espacios naturales bajo protección. Así,
por ejemplo, cuenta con dos parques nacionales, el Parque Nacional
de Cabañeros, en los Montes de Toledo, y el Parque Nacional de las
Tablas de Daimiel, entre La Mancha y Campo de Calatrava.
- El Parque Nacional de Cabañeros tiene una superficie de 39.318 ha.
Es una de las mejores y más extensas representaciones del bosque
mediterráneo ibérico. Destacan los encinares y alcornocales con
quejigos, melojares y formaciones de ribera. Entre los matorrales
sobresalen jarales y jaral-brezales. Además, son abundantes los
pastizales, tanto de formaciones vivaces como anuales.
- El
Parque Nacional de las Tablas de Daimiel comprende una superficie de
apenas 19 km2 (1.928 ha), por tanto, es el Parque Nacional menos
extenso de España.
La
enorme riqueza ecológica de Las Tablas de Daimiel deriva de su
condición de corazón de La Mancha húmeda. Este Parque constituye un
gran humedal asentado sobre una base caliza y formado por los
aportes de los ríos Guadiana (permanente, de aguas dulces), Cigüela
(estacional, de aguas salobres), Záncara y Riansares, así como por
el afloramiento de aguas procedentes del acuífero subyacente (aguas
subterráneas).
En este espacio tiene gran importancia la vegetación sumergida, por
ser alimento de numerosas aves acuáticas, en especial del pato
colorado. Se trata de praderas de diferentes especies de algas (Chara
spp), conocidas en la región como “ovas”, de color verde intenso,
con filamentos muy largos que forman madejas de aspecto sedoso.
También son importantes las plantas flotantes o vegetación palustre.
Generalmente forma marjales de herbáceas, que enraizan en el fondo y
llegan a alcanzar una altura considerable y otros lugares...
Volver al inicio de Castilla la Mancha
Volver al inicio de Castilla la Mancha
Datos básicos
Nombre oficial: Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.
División administrativa: Cinco provincias.
Capital: Toledo.
Extensión: 79.461 km².
Población
Población: 1.760.516 (2001)
Natalidad: 16.281 (2000)
Mortalidad: 16.071 (2000)
Crecimiento vegetativo: 210
Residentes extranjeros: 15.835 (2000)
Gentilicio: castellano-manchego.
Desarrollo económico y laboral
PIB a precios de mercado: 20.788 millones de € (2000)
Índice de bienestar: 4 (media nacional 2001: 5 sobre 10)
Población activa: 689.600 (2001)
Población inactiva: 722.200 (2001)
Población ocupada: 607.100 (2001)
Población parada: 82.400 (2001)
Tasa de paro: 11,9 % (2001)
Paro registrado: 69.346 (2001)
Administración y Gobierno
Estatuto de autonomía: LO 9/1982, de 10 de agosto (BOE nº195, de 16 de
agosto de 1982). Reformado por LO 3/1997 y por LO 7/1994, de 24 de marzo.
Órganos autonómicos:
Ejecutivo:
Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Presidente: José María
Barreda.
Legislativo: Cortes de Castilla-La Mancha: 47 diputados.
Judicial: Tribunales Superiores de Castilla-La Mancha.
Partidos políticos con representación parlamentaria (elecciones 25 de
mayo de 2003):
PSOE: 29 escaños; PP: 18 escaños.
Funcionarios de la administración pública (año 2001): 102.722
Admón. Estatal: 35.781
Admón. Autonómica: 36.690
Admón. Local: 27.866
Universidades: 2.385
Enlaces en Internet:
http://www.jccm.es; Página oficial de la Junta de Castilla-La Mancha.
http://www.cortesclm.es; Página oficial del Parlamento de Castilla-La
Mancha.
Fiesta autonómica: 31 de mayo, Día de la Región de Castilla-La Mancha.
Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006.
Fuente de algunos de estos artículos:
ENCICLONET
- La Enciclopedia Universal
Volver al inicio de Castilla la Mancha

Ver mapa más grande
|