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ANTIGUA PATRIMONIO
HISTÓRICO DE LA HUMANIDAD
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ORÍGENES DE LA ANTIGUA
Si hemos de creer en esa
disciplina que la antropóloga Dorothy Vitaliano denominó
geomitología, nos será posible exponer los mitos y leyendas
antigüeños a la luz de acontecimientos geológicos tan
evidentes como las erupciones volcánicas y los movimientos
sísmicos que han definido el destino de esta ciudad. Según
propia confesión, el juego intelectual de Vitaliano deriva
del evemerismo, un protocolo de análisis que sirve de
homenaje al filósofo siciliano Evémero de Mesina, quien
hacia el año 300 a. C. ya juzgaba a los dioses como humanos
deificados. Obviamente, es muy tentador explicar los mitos
según esta regla. Despejando buena parte de sus incógnitas
metodológicas, Robert Graves consigue descifrar por esta vía
las mitologías griega y galesa. No hay duda de su triunfo,
aunque, a decir verdad, la solución del enigma siempre
deriva hacia claves poéticas. Para salir del atolladero —y
acaso para penetrar en uno nuevo—, Graves nos inspira una
urdimbre distinta, rica en sugerencias narrativas. Y así,
aun cuando abundan las crónicas y los registros, la idea de
utilizar los mitos para colorear la historia de Antigua nos
permitirá dar libre curso a la fantasía, según las
misteriosas exigencias del acervo cultural prehispánico.
Cuenta Bernal Díaz del Castillo que don Pedro de Alvarado
partió de Tenochtitlán el 13 de noviembre de 1523,
acompañado por soldados y asimismo por un buen número de
guerreros tlaxcaltecas. Tras una batalla en los márgenes del
río Tilapa, los incursores marcharon hacia Zapotitlán, que
pronto quedó a su merced. Después de unos dramáticos
avatares, Tecún Umán vino a liderar las huestes quichés,
pero este héroe, digno de figurar en los emblemas, sucumbió
durante las luchas en Quetzaltenango. No hay duda de que la
escena adquiere tintes legendarios. A la llegada de los
españoles, tal y como lo relata Miguel Ángel Asturias:
«Se cuenta que combatieron cuerpo a cuerpo, don Pedro de
Alvarado y Tecún Umán, el jefe de los indios. Durante el
combate, es narración que pasa por verídica, un quetzal
volaba sobre la cabeza del jefe indio, atacando a picotazos
al conquistador, y ‘enmudeciendo’, dice la narración, cuando
éste atravesó con su lanza, desde su caballo (...) el pecho
de aquel valiente».
Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala,
Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 145.
La capitulación indígena fue seguida de las muertes de los
reyes Belejeb Tzii y Oxib Quej, acusados de traición por
Alvarado. Bajo esa luz incierta del pasado, podemos evocar a
la caballería española en el altiplano guatemalteco,
llegando primero a Iximché, capital de los cakchiqueles, y
fundando sobre ella un nuevo emplazamiento, esta vez bajo la
advocación del Apóstol Mayor Santiago, cuyo perfil guerrero
enardece las pasiones de la España reconquistada. Y es que,
dentro del espacio mitopoético, el santo de los peregrinos
basa su propio dominio en la lucha contra el infiel, visible
bajo los cascos de ese corcel blanco que da lugar al famoso
dicho que pregunta por su color. Por consiguiente, no ha de
extrañar que algunos relatos de conquista, cual si fueran un
entramado de Chrétien de Troyes o de Garci Rodríguez de
Montalvo, parezcan más bien la aventura de un Amadís en liza
con los peones de algún reino caníbal.
Pero abandonemos la digresión para volver al suelo firme de
la historia: pese a que en principio se establece una
alianza de intereses entre los lugareños y los castellanos,
una justificada insurrección cakchiquel impide el
asentamiento en Iximché, y los españoles han de encaminarse
primero hacia Xepau y luego hasta Chixot (Comalapa). Al fin,
la conquista prevalece, y el ejército aborigen, aunque
valeroso y bien pertrechado —no lo olvidemos: defienden uno
de los grandes imperios de Mesoamérica—, ha de rendirse. Lo
cuenta el Memorial de Sololá: su rey, Belejep-Qat, no bien
fue despojado de privilegios, se vio forzado a lavar oro en
el lecho de los ríos.
Este episodio, aunque situado en los umbrales menos claros
de la historia antigüeña, nos permite citar algún detalle en
torno a esa obra del siglo XVI, el Memorial de Sololá o
Anales de los cakchiqueles, escrita por un maya de la
nobleza, Francisco Hernández Arana, y por otro autor de su
mismo linaje, Francisco Díaz. Hallados en las postrimerías
del siglo XVII por fray Francisco Vázquez, estos Anales que
habían sido el secreto de Sololá fueron vertidos por dicho
religioso en un texto suyo. Ya en 1855, Charles Etienne
Brasseur de Bourgbourg dio forma francesa al documento, y
Juan Gavarrete nos lo devolvió en expresión castellana
dieciocho años después. Para mayor felicidad de los
estudiosos, el texto confluía en ciertas informaciones con
el Popol Vuh, otro tesoro literario del siglo XVI, atribuido
al indio Diego Reynoso y hallado en este caso por el
dominico fray Francisco Ximénez, quien era párroco en
Chichicastenango y buen conocedor del quiché, un dialecto
del maya-quiché muy extendido en Guatemala. Por lo que
sabemos, Ximénez tradujo el escrito y lo añadió, junto a su
original, a su gran obra gramatical, Arte de las tres
lenguas, relacionada estrechamente con el Tesoro de las
lenguas cakchiquel, quiché y zutuhil, en que las dichas
lenguas se traducen a la nuestra española, del propio
Ximénez, y con el Arte de la lengua metropolitana del Reyno
Cakchiquel o Guatemalíco, con un paralelo de las lenguas
metropolitanas de los Reynos Kiché, Cakchiquel y Zutuhil que
hoy integran el Reyno de Guatemala, de fray Ildefonso Joseph
Flores, cura doctrinero por el Real Patronato de Santa María
de Jesús.
Sufriendo un errático destino, el manuscrito del Popol Vuh
pasó por muy diversos anaqueles. En 1855 lo adquirió el
abate Brasseur en la Biblioteca de la Universidad de
Guatemala. Atento a su jugoso contenido, Carl Scherzer lo
editó en Viena en 1876. Más tarde, una biblioteca
norteamericana, la Newberry, se hizo con el Arte de las tres
lenguas, y pasó a convertirse en la depositaria de una de
las joyas bibliográficas más notables de toda la historia
del continente. Entre un revuelo de mitos, y por recurrir de
nuevo al evemerismo, cabe aclarar que el Popol Vuh que nos
llegó gracias a Ximénez atesora un copioso caudal de datos
históricos. Así, junto a la peripecia legendaria y el gesto
interrogativo que ésta suele fruncir, el libro menciona
linajes y dinastías, venturas y encrucijadas que se amoldan
a la verdad del pasado maya.
Un mitólogo e historiador de la talla de Mircea Eliade no
duda en citar la colección mitológica del Popol Vuh entre
las variantes del Génesis que la humanidad ha recitado con
mejor inspiración. En esas páginas encontramos un comienzo
de rasgos a la vez misteriosos y evocadores:
«No había más que inmovilidad y silencio en las tinieblas y
en la noche. Estaba solo el Creador, el Hacedor, Tepeu, el
Señor, y Gucumatz, la Serpiente emplumada, los que engendran,
los que dan vida, solos sobre las aguas como una luz
henchida. (...) Fue entonces cuando vino la palabra a Tepeu
y a Gucumatz, en las sombras y en la noche, y habló con
Tepeu y con Gucumatz. Y hablaron ellos y consultaron y
meditaron, y unieron sus palabras y sus consejos. Entonces
apareció la luz mientras se aconsejaban; al momento de
amanecer apareció el hombre mientras ellos hacían planes
para producir y extender los bosques y las plantas rastreras,
allí en la sombra y en la noche, por virtud del que es el
Corazón del cielo, cuyo nombre es huracán».
Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas
Religiosas, trad. De J. Vicente Malla, Ediciones Cristiandad,
Madrid, 1980, p. 105.
De manera muy sutil, Alfonso Reyes comprende por qué son tan
escasas las reliquias de esta poesía prehispánica,
reconstruida a partir de traducciones casuales y hallazgos
que aún llenan de asombro a curiosos y eruditos.
«La gente conquistadora ¿qué había de cuidarse de respetar
los documentos de aquella vetusta poesía, cuando los mismos
tlaxcaltecas, aliados del invasor, dieron fin a los archivos
de Texcoco y Tenochtitlán? Ella, transmitida de boca en boca,
tal vez se refugia en los rincones más inaccesibles; huye o
se disimula entre los últimos vates y sacerdotes (...). El
soldado no era folclorista ni erudito. El misionero era, al
menos, caritativamente curioso. Pero toda la piadosa
comprensión de un Sahagún o la un tanto desconcertada de
Durán no bastaban para detener el derrumbe histórico, ni
tampoco se lo proponían».
Alfonso Reyes, Letras de Nueva España, en Obras completas,
tomo XII, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1997,
pp. 284-285.
No obstante, en cada episodio hay siempre un reverso. No
hace falta caer en el relativismo más extremado para
apreciar que, frente a los avances aportados tras la llegada
de los españoles, la sociedad local disponía de un asombroso
legado, perdido en buena parte bajo el dominio colonial. Una
manera justa y poco hiriente de comprender los desniveles
culturales entre conquistadores y conquistados puede ser la
literatura. En todo caso, nadie como Augusto Monterroso para
ironizar sobre ese encuentro entre dos mundos, singularmente
en el plano de los mitos y de la ciencia, un par de virtudes
básicas que conducen inexorablemente a la civilización.
Ahora que el lector ha comprendido este juego tan rebelde
ante las leyes de la objetividad, vale la pena transcribir,
sólo en parte, un sugestivo cuento monterrosiano, cuyo
efecto se asemeja a un fundido en negro entre dos secuencias
de la historia. Dice así:
«Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que
ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo
había apresado, implacable y definitiva. (...) Al despertar
se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro
impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar que
a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al
fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. (...)
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su
talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento
de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un
eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse
de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar
su vida. (...) Dos horas después el corazón de fray
Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la
piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un
sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin
ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las
infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y
lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían
previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de
Aristóteles».
Augusto Monterroso, «El eclipse», Obras completas (y otros
cuentos), Anagrama, Barcelona, 1998, pp. 55-56.
Es aquí evidente que la cosmovisión de los antiguos abarca
fórmulas expresivas que vuelan a diversas alturas, desde el
folclore tradicional hasta las supersticiones que resurgen a
cualquier hora, desde manuscritos como el mexicano Chilam
Balam de Chuyamel hasta esos mitos menores, residuos de la
antigua religión, que todavía alimentan creencias
subterráneas, tanto en Guatemala como en territorios vecinos.
Por este camino, es inevitable un fenómeno clave en el
proceso transcultural: la traducción.
«A la llegada de los españoles encontramos dos grandes
tradiciones escriturarias en el territorio de la actual
Guatemala. Una es la escritura maya de las Tierras Bajas
(...). La otra es una escritura totalmente nueva utilizada
en Tierras Altas, que procedería de una tradición más tardía
(...). La llegada de los españoles a la región en la primera
mitad del siglo XVI supuso la desaparición paulatina de las
escrituras indígenas. (...) De buen grado o por la fuerza,
los indígenas fueron poco a poco adoptando los nuevos
sistemas de escritura derivados del alfabeto de la tradición
latina.»
Alfonso Lacadena, «La escritura en Guatemala: Jeroglíficos y
alfabeto como vehículos de una tradición cultural», El país
del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para
la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 85.
Añade Lacadena un dato bien significativo: los mayas no
dejaron de ser pueblos letrados, y cita como ejemplos de esa
continuidad los textos del Chilam Balam, escritos en lengua
yucateca, así como obras elaboradas en lenguas mayas de
Tierras Altas, caso de los Anales de los cakchiqueles, el
Título de Totonicapán y el Popol Vuh.
Sobre la relación de dos culturas tan diversas como la
española y la cakchiquel se formulan los orígenes de
Santiago de Guatemala, luego llamada «Antigua». No hay, por
ello, ciudad más propensa a repasar su identidad en los
atisbos de la existencia de ayer, turgente de materia vital,
conductora de tramas, multiplicada en las plazas, las
cúpulas y los campanarios. Al fin y al cabo, éste es el
diseño de su plano: la cuadrícula sobre la planicie del
valle, y en su seno, los extremos de lo cotidiano, entre el
fervor y las más íntimas pasiones.
Escribe Miguel Ángel Asturias:
«En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de
horizonte limpio y viejo vestido colonial, el espíritu
religioso entristece el paisaje. En esta ciudad de iglesias
se siente una gran necesidad de pecar. Alguna puerta se abre
dando paso al señor obispo, que viene seguido del señor
alcalde. Se habla a media voz. Se ve con los párpados caídos.
La visión de la vida a través de los ojos entreabiertos es
clásica en las ciudades conventuales. Calles de huertos.
Arquerías. Patios solariegos donde hacen labor las fuentes
claras. Grave metal de las campanas. ¡Ojalá se conserve esta
ciudad antigua bajo la cruz católica y la guarda fiel de sus
volcanes!».
Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala,
Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 16.
Claro que todo ese impulso renacentista penetra en los
senderos de la historia. Tiempo habrá para recorrerlos en
otros espacios de esta muestra. Por ahora, aún suscita
nuestra curiosidad ese primer encuentro de culturas que
luego cedieron paso al mestizaje. Con mayor desenvoltura
para vérselas con este fenómeno, Monterroso nos da una clave
inspiradora. Cierta mañana, en algún rincón de la
Universidad de México, René Acuña regala a nuestro escritor
un ejemplar del Thesaurus verborum, igualmente rotulado
Vocabulario de la Lengua cakchiquel, v Guatimalteca
Nuevamente hecho y recopilado con summo estudio, trauajo y
erudición por el Pe. F. Thomás Coto, Predicador y Padre de
esta Provja. De el Ssmo. Nombre de Jesús de Guatemala. En
que se contienen todos los modos y frases elegantes con que
los Naturales la hablan y d q se pueden valer los ministros
estudiosos para su mejor educación y Enseñanza (1656). La
obra contiene un enorme número de palabras, frases y citas
de autoridades del español del siglo XVI, acompañadas por
sus equivalencias en cakchiquel, una lengua del mismo linaje
quiché en que está imaginado el Popol Vuh. Al concentrar en
sus páginas esa cadena de relaciones, el volumen cumple una
función mediadora que Monterroso no limita a un estado
territorial. Muy al contrario, lo deja abierto al universo:
«Viernes y Robinson, Próspero y Calibán, fray Thomás de Coto
y el primer indígena cakchiquel que se encontró en Guatemala
y le enseñó que vuh significaba ‘libro’ a cambio de aprender
que libro era vuh, en un (supongo que debió de haberlo sido)
divertido intercambio que aún no termina. Quizá también a
Samuel Johnson le hubiera gustado saber, cien años más tarde,
que book y vuh (se pronuncia vuj) eran la misma cosa al otro
lado del mundo».
Augusto Monterroso, «Cakchicoto», La letra E, en Tríptico:
Movimiento perpetuo, La palabra mágica, La letra E,
Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1996, p. 369.
Para concluir, y tras conocer las propiedades más solapadas
de la fábula, volvamos al territorio de lo simbólico para
glosar un detalle heráldico de frondoso significado:
Santiago de Guatemala adoptó el mismo escudo otorgado por
Carlos V en Medina del Campo el 28 de julio de 1532:
«El fondo está dividido por una línea horizontal, ostentando
en el campo superior la figura de Santiago vestido de blanco,
blandiendo su espada y montando su corcel, también blanco,
todo sobre fondo rojo; en el campo inferior, aparece un
paisaje con tres volcanes en el fondo; de estos tres
volcanes, el del medio arroja llamas y piedras, o sea que
está en erupción y los de los lados ostentan dos cruces de
oro sobre sus cimas, rodeando las faldas de los volcanes
algunos árboles y viviendas, teniendo el fondo del paisaje
también el color rojo. Como orla del escudo, se extiende en
torno una banda adornada con veneras o conchas doradas,
aludiendo al patronazgo de Santiago».
José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján
Muñoz, Guía de La Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e
Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra,
Guatemala, 1969, pp. 89-90.
El gusto por este tipo de conceptos —uno de los tópicos
favoritos de Mario Praz, para quien cada imagen poética
contiene un emblema potencial— concierne asimismo a un
cronista muy apegado a las calles antigüeñas, Rafael Vicente
Álvarez Polanco. Dicho con sus palabras:
«Antigua dispone de dicho escudo de armas según queda
refrendado con la Real Cédula que así dice:
“Llevará dos campos, de la mitad arriba rojo, con la efigie
del Apóstol Patrón, Santiago, montado airosamente a caballo,
en ademán de someter a una tropa de indios que huye, en otro
campo de la mitad abajo, tres volcanes, el uno, el más
eminente, se encuentra en medio de los otros lanzando llamas
y piedras, remembranza del esfuerzo y victoria que los
cristianos españoles tuvieron; y dos colaterales con cruces
de oro en sus cimas en memoria de la fe y cristiandad con
que la conquistaron”».
«Los nombres y títulos son congénitos a una ciudad, y nadie
puede arrogarse el derecho de alterarlos». La Hora,
Guatemala de la Asunción, 22 de noviembre de 2002.
En este caso, como en general sucede con la heráldica y
otros dibujos alegóricos, es breve la distancia que media
entre la metáfora, el compás de la política y el discurso de
valores que cristaliza en virtud de esta ciencia de las
imágenes. La intención que subyace bajo lo descrito por
Álvarez Polanco podría comentarse con facilidad, pues limita
el mapa del universo a las precisas fronteras de una ciudad.
Urdiendo mediante símbolos el proyecto histórico de Antigua,
caben en un blasón como éste los peligros que debe afrontar
el conquistador en tierras lejanas, su encaje en un nuevo
territorio al cual lleva las evidencias del cristianismo, el
dominio sobre la población aborigen y, a modo de
resplandeciente toque escenográfico, la presencia de unas
chimeneas volcánicas en las que quizá pervive, emerge y se
rehace a sí misma la mítica infinidad de los viejos dioses.
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LA ANTIGUA EN LA
HISTORIA
Fue en diciembre de 1523 cuando
Pedro de Alvarado llegó de México, al frente de su ejército,
con el propósito de conquistar Guatemala. Como había
sucedido en otros lugares, la rivalidad entre distintas
comunidades locales resultó extremadamente útil a la hora de
dominar el territorio. Culminando la aventura, lo que cabría
llamar primera capital guatemalteca fue fundada sobre el
radio de Iximché, a la sazón capital del dominio cakchiquel.
El emplazamiento, demasiado provisional como para recibir el
nombre de pueblo, fue establecido el 25 de julio de 1524, y
bajo la advocación del santo del día, recibió el sonoro
nombre de Santiago de los Caballeros, evocativo de una
cruzada guerrera, propia de la nobleza cristiana. No hay
duda de que esta transposición del ideal caballeresco a la
crónica de Indias halla su más justo reflejo en Bernal Díaz
del Castillo, soldado e historiador, casado en Antigua con
Teresa Becerra y fallecido en Guatemala el 3 de febrero de
1584.
En su poderoso y violento avance, las tropas españolas
exploraron la región cakchiquel, a la búsqueda de un espacio
mejor donde localizar ese poblado principal, que habría de
ser núcleo de una ulterior expansión. Para decepción de
todos ellos, no hallaron riquezas mineras y tampoco fueron
esperanzadores los primeros contactos con la población, que
pronto hostigó a los recién llegados. Finalmente, al ganarse
con su trato no poca desconfianza de los naturales del país,
los hombres de Alvarado tuvieron que enfrentarse a una
hostilidad que se prolongó, básicamente, hasta noviembre de
1526, aunque los años de la rebelión cakchiquel transcurren
entre 1524 y 1530. En apariencia, el conquistador había
fundado Santiago en Iximché
«para estar cerca de sus aliados de ese entonces los
cakchiqueles, pero (...) las presiones constantes de los
españoles condujeron a la evacuación de Iximché y los
aliados muy pronto se convirtieron en enemigos».
Christopher H. Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago
de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de
Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984,
p. 38.
Al fin, tras el tanteo de varias posibilidades para el
asentamiento (entre ellas, Olintepeque y Comalapa), optaron
los españoles por trasladarse a un viejo puesto cakchiquel,
en Almolonga. En virtud de esa mudanza de tropas y
pertrechos, Santiago de Guatemala pasó a reubicarse en las
faldas del Hunahpú o Volcán del Agua el 22 de noviembre de
1527, día de Santa Cecilia. Cumpliendo con los lazos de
sangre, el encargado de administrar su funcionamiento, Jorge
de Alvarado, era hermano y lugarteniente del jefe de los
expedicionarios, quien, gracias a esta delegación de poder,
pudo al fin concentrarse en la expansión territorial del
nuevo poblamiento, procurando en sus avances pacificar el
territorio.
Acompañando a los hombres armados, llegaron al valle varios
religiosos encargados de evangelizar a los mayas. Muy
probablemente llegaran con Alvarado los dominicos Juan
Godínez y Juan Díaz. Consolidando la empresa eclesial, se
fundó una diócesis en 1534, y el primer obispo en Guatemala
pasó a ser Francisco Marroquín, que a su vez atrajo a
tierras guatemaltecas a otros cuatro dominicos, Rodrigo de
Ladrada, Pedro de Angulo, Luis Cáncer y Bartolomé de las
Casas, todos ellos de suma importancia en las tareas
misioneras y copartícipes en la fundación de un convento
dominico en Almolonga.
Bajo la cruz y la espada, fue tomando forma una nueva
sociedad civil en la segunda Santiago. Los indígenas que
laboraban en sus milpas fueron, poco a poco, reunidos en lo
que dio en llamarse «pueblos de indios», cristianizando de
ese modo el entorno de la capital. En cuanto a los límites
del partido, seguimos lo dicho por Francis Gall, presidente
de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala:
«Hacia el sur, una línea trazada sobre el lindero más bajo
de la milpa Pompeya, hasta un punto sobre el río Guacalate;
hacia el norte, el establecimiento llegaba desde la línea
Guacalate-Almolonga-Pensativo, hasta un punto bajo Pompeya;
hacia el oeste, la avenida del volcán que atraviesa la
presente población hacia el Guacalate; y, hacia el este, una
línea trazada entre el extremo este de la milpa Pompeya y el
río Pensativo. El centro —con la plaza, catedral, Casa Real,
etcétera— estaba en el área de la actual Iglesia de San
Miguel Escolar, llegando hasta la falda del volcán hacia el
sur; por el oeste aproximadamente hasta la principal avenida
del volcán y, hacia el norte, la línea de la actual
carretera».
José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján
Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e
Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra,
Guatemala, 1969, p. 17.
En 1538 un pavoroso incendio causó gran dolor entre los
pobladores. No fue la única desgracia. El 29 de agosto de
1541, llegaba al ayuntamiento de la capital de la Colonia
una carta del virrey de Nueva España, don Antonio de
Mendoza. En ella se informaba del fallecimiento del
adelantado don Pedro de Alvarado. Tras el fallecimiento de
éste, su doliente viuda, Beatriz de la Cueva, pidió ser
nombrada Gobernadora de Guatemala, y su deseo se cumplió el
9 de septiembre de 1541. Justo es mencionar que todo el
asunto se desenvolvió con impulso melodramático, y no en
germen, sino bien desarrollado ya, como si el libreto fuera
del género trágico. Todo empezó durante la madrugada del 11
de septiembre de 1541, con una tormenta que cobró solidez
con el barro del Volcán de Agua. Furioso e imparable, el
flujo de lodo destruyó Santiago, mató a muchos vecinos y
ahogó a su infeliz gobernante. Al bajar el telón, del sueño
de Alvarado sólo quedaban escombros y guijarros, realizado
así por vez primera ese ideal destructivo que habría de
marcar el carácter antigüeño.
Manuel José Arce y Valladares, en su Romance de la Fondación
de la Cibtat de Santyago de los Caballeros de Goathemala,
había descrito con detalle legendario los orígenes de la
capital:
Ya la tierra conquistada
punto a punto e palmo a palmo,
ve a los soldados de fierro
gran júbilo demostrando,
en la falda de Hunapuh,
baxo el pendón castellano.
La Antigua Guatemala en la poesía. Antología, CCCLA, 2000,
p. 18.
Por desgracia, según ha quedado dicho, la realidad desmintió
esas glorias y dio la victoria a las fuerzas de la
naturaleza. Para ubicar la nueva capital, aún llamada
Santiago de Guatemala, los supervivientes escogieron el
Valle de Panchoy.
En la Historia General de las Indias Occidentales y
Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala, impresa
en Madrid en 1618, Antonio de Remesal especifica el plan
urbanístico que marcó el porvenir de los colonizadores:
«Volviendo a la traza nueva de la ciudad, primero edificaron
la plaza y las cuadras que están cerca de ella y luego se
extendieron más a todas partes, como parece por el asiento
de muchos cabildos, en que pidiendo los vecinos solares, se
les respondía (...). En esta segunda traza se repartieron
los solares conforme a la calidad de los vecinos. Y en el
cabildo que se tuvo a diez y ocho de noviembre de mil
quinientos cuarenta y uno, dice el Secretario: Este día, los
dichos señores proveyeron y mandaron que todas las personas
que tuvieran solares por cercar, los cerquen de aquí al día
de San Juan de junio primero de mil y quinientos y cuarenta
y dos de tapia o adobe».
David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala
por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones
Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 9.
El primer cabildo de Santiago de Guatemala en el Valle de
Panchoy se celebró el 10 de marzo de 1543, ejerciendo como
alcaldes Sancho de Baraona y Santos de Figueroa, como
síndico procurador Alonso Pérez y como secretario de
cabildos Diego Hernández. El 5 de agosto de 1545 el
Ayuntamiento asignó rentas para la construcción de la
catedral, y el 7 de julio de 1550 el Rey aprobó el traslado
de la Audiencia de los Confines a esta población. No mucho
después, el 31 de enero de 1552, el monarca dispuso nuevas
rentas para que la catedral pudiera, al fin, ser edificada.
Como queda de manifiesto, y aunque su entorno natural siguió
dando muestras de agresividad, la pujanza fue una cualidad
de la que se apropió la capital por mucho tiempo. No en vano,
durante más de dos siglos, según aclara Elizabeth Bell:
«Fue el centro político, religioso, comercial y cultural del
istmo centroamericano, abarcando lo que corresponde a las
regiones de Chiapas, parte de Yucatán, Guatemala, Belice, El
Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica».
Elizabeth Bell, La Antigua Guatemala: La ciudad y su
patrimonio, Impresos Industriales, 1999, p. 10.
Teniendo en cuenta las cadencias de sismos y erupciones que
han definido la evolución del trazo urbano, Bell insiste en
las cualidades renacentistas de este último, coherentes con
lo estipulado por las Leyes de Indias: esto es, un plan de
calles tiradas a cordel, con orientación norte-sur y
oriente-poniente, tomando como centro la Plaza Mayor. En el
margen de lo administrativo, ese procedimiento coincidió en
su diseño con la legislación colonial. De acuerdo con ésta,
tomaba forma la ya mencionada Audiencia de los Confines o
Capitanía General de Guatemala y se establecía su capital en
Santiago. Para consolidar ese rango, Felipe II le dio el
título de «Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los
Caballeros de Guatemala», el 10 de junio de 1566. Poco
después, el 14 de octubre de ese mismo año, la custodia de
la provincia de Guatemala de la Orden de San Francisco elevó
su jerarquía y adquirió el nombre de «Provincia del
Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala». Concibiendo un
nuevo rango institucional gracias a los oficios de fray
Bartolomé de las Casas y del Ayuntamiento, el 21 de
diciembre se restableció la Real Audiencia en Santiago. (Nos
sirve de referencia en este y otros puntos la minuciosa obra
del profesor José Joaquín Pardo, Efemérides de la Antigua
Guatemala 1541-1779, Consejo Nacional para la Protección de
la Antigua Guatemala, 1984, p. 12).
Permítasenos en este punto una digresión histórica. Dado su
gusto por las peripecias de capa y espada, los lectores de
novelas aventureras bien pudieran estar familiarizados con
la ciudad que protagoniza estos párrafos, pues en ella se
acometieron desembarcos piratas de notable importancia,
propios de la imaginación de Stevenson o Sabatini. Recuerda
el profesor Pardo que, el 7 de marzo de 1604, el piloto
Francisco de Navarro pidió que fuera fortificada la rada de
Santo Tomás, al objeto de evitar el desembarco de bucaneros
y corsarios. Pasado un tiempo, el 6 de mayo de 1606, el
Ayuntamiento informaba a su Católica Majestad acerca de la
necesidad de guarnecer y afianzar las defensas de dicho
puerto, pues ya había sido tomado, a sangre y fuego, por
esos «Hermanos de la costa» a quienes Philip Gosse consagró
su famoso estudio sobre la piratería. Para desgracia de los
lugareños, aún prosiguieron los asaltos, y el 29 de marzo de
1680, el Ayuntamiento pidió a la Corona que dos fragatas
defendieran esa franja de mar. Aunque idealizados por el
folletín, es de suponer la ferocidad de tales incursores.
A lo largo del siglo XVII, dominicos, franciscanos, jesuitas
y mercedarios —por citar cuatro órdenes principales—
respaldaron tanto la evangelización de la zona como la
apertura de centros religiosos, luego distintivos de la
capital.
Un cronista de genio, Agustín Mencos Franco, reflexiona, no
sin ironía, acerca del vínculo que se estableció entre los
frailes y las comunidades indígenas que los siguieron en la
fe y en los ritos:
«Cuando el ilustre fray Bartolomé de las Casas vino a
Guatemala en 1535 a establecer la orden de nuestro Gran
Padre Santo Domingo de Guzmán, fue precisamente con el
objeto de trabajar en la conversión y progreso de estos
países; y cuando el convento se fundó definitivamente,
primero en Ciudad Vieja y después en Antigua, se crearon
clases no sólo de artes y teología; sino también de idiomas
indígenas. (...) No mentiré, pues, si digo que el
patriotismo y el progreso del antiguo Reino de Guatemala,
exigían que esos estudios, en vez de disminuir y extinguirse,
vivieran y prosperaran cada vez más. Y ahora se comprenderá
por qué, allá por los años de 1659, las autoridades y los
vecinos del Reino andaban inquietos y disgustadillos al ver
que sus reverencias, los discípulos de Santo Domingo, habían
aflojado mucho en eso de aprender y enseñar las sonoras
lenguas de Belehé Qat y Tecún Umán».
A. Mencos Franco, «¡Por un espanto!», Crónicas de la Antigua
Guatemala, Ministerio de Educación Pública, 1956.
Esta crítica entraña, sin embargo, una realidad, y es que
los eclesiásticos ocupaban un lugar de privilegio en la vida
ciudadana. A ello no era ajena la religiosidad popular,
puesta de manifiesto en actos de tanta solemnidad como aquél
que se celebró el 6 de noviembre de 1680, con motivo de la
dedicación del templo de la Iglesia Catedral de Guatemala.
Desde una jerarquía paralela y acaso más entrañable, figuras
como la del hermano Pedro de San José de Betancur encarnaron
en Santiago los efectos más sinceros de la compasión
cristiana.
Al florecimiento religioso se sumó, a modo de consecuencia y
de sostén intelectual, un auge de las instituciones
académicas. Ocupando el sexto lugar cronológico entre los
centros universitarios del Continente, la Real y Pontificia
Universidad de San Carlos de Guatemala dio su primer paso el
7 de enero de 1681. Meses atrás, el 2 de diciembre de 1680,
se había celebrado una reunión de la Junta universitaria con
el fin de nombrar catedráticos, determinar el horario para
la lectura de las lecciones, fijar el periodo de matrícula,
y asimismo disponer que en la fecha antes mencionada se
iniciaran los cursos.
Como es notorio, la vida universitaria propicia las
actividades editoriales y los talleres tipográficos. Este
caso no fue una excepción: gracias al obispo Payo Enríquez
de Ribera, hasta Santiago llegó en 1660 una imprenta —la
tercera en América— desde Puebla de los Ángeles (Gall, op.
cit., p. 20). Muy pronto se darían a conocer en Santiago
impresores de la talla del pionero José de Pineda Ibarra,
cuya interacción con el mundo intelectual es un hecho que
hoy no admite afinidades que le hagan justicia.
Por otro lado, al proliferar en su trazado templos, colegios
mayores y menores, oratorios, campanarios y ermitas, la
ciudad acabó por convertirse en un bellísimo muestrario de
la arquitectura religiosa guatemalteca, aún más sugestivo si
cabe durante el siglo XVIII.
Un arquitecto, Diego de Porres, encabeza la nómina de
artistas que volcaron su talento en ese afán. Deslizando la
balanza en sentido contrario, a tamañas prosperidad y
hermosura se opone la tragedia causada por terremotos como
los del 12 de febrero de 1689, que dañó casas, comunidades
de religiosos y templos. Cuando el terrible seísmo del 29 de
julio de 1773, llamado el de Santa Marta, destruyó Santiago
de Guatemala, el Muy Ilustre Presidente, Gobernador y
Capitán General Martín de Mayorga admitió la orden de
trasladar la capital. Aunque los vecinos mostraron su
desacuerdo, este dramático trasiego tuvo por destino el
Valle de la Ermita. Respaldando dicha decisión, una Real
orden de Su Majestad aprobaba esta medida el 22 de enero de
1774. Meses después, el 21 de julio de 1775, la Corona daba
su visto bueno al traslado formal de la sede capitalina. En
lo sucesivo, Santiago de Guatemala pasó a denominarse «La
Antigua Guatemala», según consta en un documento oficial
fechado el 24 de julio de 1774. Muy significativamente, esa
página burocrática, donde queda registrado el nombre por el
cual conocemos hoy a esta metrópoli, exponía el auto fijado
por el cabildo para celebrar una misa de acción de gracias «por
los beneficios experimentados en la ruina de la Antigua
Guatemala» (Gall, op. cit., p. 21).
Si bien los propietarios, forzados por la orden real, debían
demoler las edificaciones que formaban parte de su
patrimonio, éstos se mostraron renuentes a una reubicación
en el Valle de la Ermita. No obstante, el mobiliario y
adornos que antaño habían enriquecido los edificios de la
capital pasaron a formar parte de la ambiciosa mudanza, y
ello restó brillo a las construcciones más notables,
sometidas ya a los ritmos del abandono, el desmantelamiento
y la decadencia. Similar menoscabo sufrió la suma de sus
habitantes. Menciona Bell un cálculo de Christopher H. Lutz,
según el cual la población de Santiago durante los últimos
años en que ésta fue Capitanía General de Guatemala ascendía
a unas 33 000 almas. Una vez completado el trasplante de la
capital, el censo no pasaba de 8000 personas.
Sin embargo, por la fuerza de los hechos, La Antigua
Guatemala no llegó a convertirse en un municipio fantasma.
Una Real Cédula del 4 de agosto de 1786 le otorgaba el
título de Villa, que en lo sucesivo lució con orgullo. Pasó
el tiempo y el 12 de abril de 1799, siendo alcalde Lorenzo
Montúfar, se celebró un muy significativo cabildo. A partir
de esa fecha, el mayor afán de los antigüeños fue el de
recuperar la hermosura de sus edificios más distintivos.
Comenzó a restaurarse la catedral en 1813, y los fondos
obtenidos a partir de la explotación cafetera animaron la
economía local, que asimismo repercutió en el
embellecimiento de construcciones por largo tiempo
abandonadas. En este propósito cumplió una labor destacada
el corregidor José María Palomo y Montúfar, impulsor de
tareas específicas en este campo.
Pero aún hubo otras señas de este progreso. El 21 de abril
de 1838, un decreto de la Asamblea Legislativa ratificaba el
traslado de la sede del Gobierno guatemalteco a Antigua.
Aunque el asunto no se prolongó en el tiempo —el 31 de julio
de ese mismo año, la ciudad de Guatemala recuperaba este
privilegio—, lo cierto es que bien vale como síntoma de una
creciente mejoría en todos los órdenes.
Recompensando el tesón de sus protectores, y gracias a un
estudio arquitectónico de Verle Lincoln Annis, La Antigua
Guatemala fue declarada Monumento Nacional el 30 de marzo de
1944 de acuerdo con el decreto legislativo núm. 2772. En
1946, la formación del Instituto de Antropología e Historia
favoreció un método conservador más ordenado.
El 25 de septiembre de 1958,
Antigua fue, durante un solo día, capital de la República;
un acuerdo que volvió a adoptarse el 7 de diciembre de 1962.
Pero volvamos atrás, pues el 12 de octubre de 1958, un nuevo
decreto —con número 1254— la nombraba Ciudad Emérita. Sin
embargo, el deterioro no comenzó a frenarse con un protocolo
adecuado hasta que el Congreso de la República aprobó una
Ley Protectora el 25 de noviembre de 1969. Gracias a esta
reglamentación, comenzó a actuar el Consejo Nacional para la
Protección de La Antigua Guatemala, cuya labor fue
indispensable para preservar la monumentalidad colonial. El
nombramiento de los cuatro miembros del Consejo, presidido
por el alcalde, depende de las Facultades de Arquitectura y
Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala, la
Academia de Geografía e Historia y el Instituto de
Antropología e Historia.
En julio de 1965, la villa fue declarada Ciudad Monumento de
América por la VIII Asamblea General del Instituto
Panamericano de Geografía e Historia, de acuerdo con una
Resolución de la VI Reunión Panamericana de Consulta de este
organismo de la Organización de Estados Americanos. Para
culminar el homenaje internacional, desde noviembre de 1979,
Antigua forma parte de la lista de ciudades que integran el
Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la UNESCO, por
decisión de la Asamblea General de dicho organismo,
celebrada en Luxor. Con todo ello, no sólo se manifiestan
los méritos extraordinarios que adornan a esta capital, sino
la necesaria protección que han de gestionar las autoridades
en el núcleo urbano y en sus aledaños.
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Antigua Guatemala
ARQUITECTURA DE LA
ANTIGUA
RELIGIOSA
«Como los humanos —escribe Michel
Serres—, las ciudades se reconocen por sus andares» (El paso
del noroeste, traducción de Sarah Mirkovitch, Debate,
Madrid, 1991, p. 28). La idea es afortunada y, siguiendo a
este filósofo francés, podemos identificar a Antigua con el
intrincamiento de sus sonidos y con el movimiento de sus
calles. En definitiva, la imagen tiembla y refleja el fluir
de los días, los decires y discursos, el remolineo del
viento y toda desviación con respecto al engañoso equilibrio
que aseguran las tarjetas postales. La falta de espacio nos
impide adentrarnos en toda esa gozosa complejidad antigüeña.
No obstante, sirva este apunte para contextualizar la
energía que rodea y habita los monumentos, no solamente en
el sentido físico, sino en ese plano inefable que compete a
la interacción humana.
Ahora bien, muchos caminos de lo humano conducen a la
arquitectura, y de ellos, la espiritualidad es uno de los
que mejor resuelve, en la práctica, el diseño de ermitas,
conventos y catedrales. No obstante, bajo la definición de
arquitectura religiosa hay propósitos variopintos,
a partir de los que ha cuajado una notable bibliografía con
el fin de glosarlos y responder a su lógica. A modo de
orientación que amplíe los escasos datos que acá reunimos,
cabe recomendar un texto de Ernesto Chinchilla Águilas,
Historia del arte en Guatemala (Editorial José Pineda
Ibarra, Guatemala, 1965) y otro de Antonio Bonet Correa, Las
iglesias barrocas de Guatemala (separata de Anuarios de
Estudios Americanos, vol. XXII, Sevilla, 1965). De Carlos
Ayala es el libro Las formas y los días. El barroco en
Guatemala (Turner, Madrid, 1989) y otro volumen de
importancia para este asunto, El arquitecto mayor Diego de
Porres 1677-1741, lleva firma de Luis Luján Muñoz (Editorial
Universitaria, Guatemala, 1982). Del mismo autor, es muy
recomendable la Síntesis de la arquitectura en Guatemala
(Universidad de San Carlos, Guatemala, 1972). Con sus
variantes, no hay duda de que este repertorio configura un
excelente acompañamiento para estudiar la arquitectura de
motivación religiosa en Antigua. Conviene, en cualquier caso,
concentrar en las siguientes líneas las texturas, refuerzos
y tensiones que caracterizan esa oferta monumental, por más
que el lector ya quede avisado de ofertas literarias más
expertas y jugosas.
En primer término de ese listado se sitúa la catedral. Sus
primeros esbozos son tan antiguos como la ciudad. De 1543
data la la primitiva construcción. En fecha muy posterior,
1618, sitúan las crónicas el fin de los trabajos del
arquitecto Martín Casillas. Aceptados los aportes precisos,
Casillas «terminó la catedral —escribe Manuel Lucena—, que
tenía tres naves (sin capillas laterales) y con la mayor
cuadrada, cubiertas a la misma altura con bóvedas de
crucería» («La ciudad de Santiago de los Caballeros de
Guatemala a través de los terremotos», en Javier Aguilera
Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría
de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 28). Más adelante el
ciclo catedralicio se prolonga: un nuevo edificio fue
completado en 1669 por Manuel Andújar, quien luego cedió
esta misión a José de Porres. Por fin, el 6 de noviembre de
1680 se celebró con toda solemnidad la dedicación de la
catedral. En 1773 nos situamos de nuevo ante un fuerte
arrebato geológico, capaz de arruinar lo que tantos años
había costado edificar. Y aunque en 1780 se pretendió la
reconstrucción, lo cierto es que, en todos los movimientos
que hemos citado, el templo catedralicio resume el vaivén a
que se vieron sometidos muchos conventos e iglesias en la
ciudad: erigidos durante una luminosa secuencia, dañados en
jornadas de espanto y en muchos casos, expuestos finalmente
al abandono.
Prosigamos ahora hacia episodios más felices. Con habilidad
para el esquema, Elizabeth Bell resume la pujanza de las
órdenes religiosas de acuerdo con la fundación de recintos
conventuales. En el siglo XVI, hay en Antigua tres conventos
de hombres; los de Santo Domingo, San Francisco y La Merced,
y uno femenino, La Concepción. Cien años más tarde, se suman
cuatro conventos de hombres, San Agustín, La Compañía de
Jesús, Belén y La Recolección; y tres conventos de mujeres,
Santa Catalina Mártir, Santa Teresa y Santa Clara. Dice la
tratadista que los edificios correspondientes al siglo XVII
corresponden a una arquitectura sujeta a la formalidad y el
rigor de dicho arte, y la razón hay que buscarla en la
presencia en Guatemala de manuales técnicos de alto
prestigio. Cita esta autora entre los tratados que llegaron
a estas tierras los de Diego de Sagredo (1526), Juan de Arfe
(1535), Sebastiano Serlio (1552), León Bautista Alberti
(1582), Giacomo de Vignola (1593) y Andrea Palladio (1625)
(La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, Impresos
Industriales, 1999, p. 14). Como se ve, las indicaciones
presentes en estos tratados de arte y arquitectura fueron de
provecho para los artífices del barroco antigüeño.
«Si no frecuentes, las obras de Vitrubio, Alberti y Vignola
fueron citadas por los arquitectos de retablos del siglo
XVII Agustín Núñez y Sebastián de Carranza o aparecen
consignadas, junto a las de Vicente Carducho y Juan de Arfe,
en las bibliotecas de otros artistas como el pintor Blas de
Polanco. Sin embargo, son el Tercero y Quarto libro de
Architectura de Sebastiano Serlio, en sus ediciones
españolas, los más recurridos como fuente de referencia por
ser el primer tratado de arquitectura profusamente ilustrado
y que proporcionaba, por tanto, un magnífico repertorio de
modelos.»
Miguel Ángel Castillo Oreja, «Arquitectura y arquitectos de
Antigua», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del
‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura,
Madrid, 2002, p. 35.
A. Serlio (1475-1554), sin dudarlo, ha de agradecérsele ese
Tratado de Arquitectura, elaborado en varios tomos mientras
diseñaba construcciones en Fontainebleau para el rey
Francisco I. En 1575, una vez muerto el maestro, fue impreso
el Libro VII, al cuidado de Jacopo Strada.
Principios de exuberancia decorativa como los proclamados
por Serlio respondían al gusto e inquietudes de Diego de
Porres, miembro de una saga de magníficos arquitectos y
alarifes que dejaron huella en Antigua. Era Diego el hijo de
José de Porres (1635-1703), quien completó las tareas de
edificación en la iglesia de San Pedro y la catedral, en
Santa Teresa y en la Compañía de Jesús. Asimismo, realizó la
primera parte de los trabajos que llevaron a construir La
Recolección. Hijos de Diego y nietos de José fueron Diego
José de Porres, que edificó en Nicaragua la catedral de León
y el Colegio Seminario, y Felipe de Porres, quien intervino
en las obras de San Agustín y la Casa de la Moneda, además
de construir la iglesia de Esquipulas, en Chiquimula. Junto
a los integrantes de esta familia, creadores como el
ingeniero Luis Diez Navarro, los alarifes Juan Pascual, José
Manuel Ramírez y Bernardo Ramírez, y el arquitecto de
retablos Agustín Núñez solicitan un recuento más minucioso
que lleve a comprender debidamente el carácter monumental de
la ciudad.
Pero dejemos a un lado la genealogía y volvamos a un motivo
ornamental propio de Serlio, la pilastra abalaustrada, el
cual sirvió al principal artista de la mencionada saga,
Diego de Porres, para caracterizar edificaciones como la
Escuela de Cristo y Santa Clara. A dicho elemento hay que
sumar una serie de características habituales en las
construcciones antigüeñas, y que tienen su causa en los
terremotos. Así, aparte de unas proporciones rebajadas, el
uso de contrafuertes y de muros vigorosos identifica no
pocas construcciones religiosas, que de ese modo
contrarrestaban el poder destructivo de los seísmos.
Centrando su interés en el siglo XVIII —un periodo de
esplendor durante el cual se cimentaron construcciones tan
admirables como Las Capuchinas—, Luis Luján Muñoz sitúa en
la etapa posterior a 1717 el comienzo de un periodo
ultrabarroco, entre cuyas propiedades resaltan las
apoyaturas arquitectónicas como esa pilastra abalaustrada
serliana a la que más arriba hacíamos referencia. De entre
todos los ingredientes de la arquitectura local, esa
pilastra es, en opinión de Luján:
«La más característica e importante, pues llegaría su uso
hacia el norte hasta Ciudad Real de Chiapas, que era la
provincia más septentrional y hacia el sur hasta Costa Rica,
que era la más meridional, en donde encontramos dichas
soluciones en los retablos de la iglesia de Orosi; pero en
Nicaragua, Honduras y El Salvador, además de la propia
Guatemala, las hallaremos no sólo en los retablos, sino
además en la arquitectura, como motivos ornamentales del
mobiliario, mayólica, hierro forjado, así como grabados,
entre otros».
Luis Luján Muñoz, «Santiago de Guatemala: visión de su arte
a través del tiempo», en Antigua, fotografías de Daniel
Gluckmann, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991, p. 31.
Aunque importante, dicho elemento no es el único en la serie
de constantes que cabría identificar en la arquitectura
religiosa de Antigua. Las plantas, por lo común
rectangulares, suelen ser de una sola nave y sus
proporciones tienden a alargarse. A ese detalle añade
Aguilera otros de similar interés:
«Los claustros tienen cubiertas abovedadas con columnas de
gran diámetro y fustes cortos. Las cúpulas de media naranja
y sin tambor. Los patios cuadrados con espectaculares
fuentes y estanques de geometría estrellada. Los muros de
cal y canto y ladrillo revestidos de estuco o revoco».
«Antigua. Modelo de Ciudad Hispanoamericana» en Javier
Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’,
Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 150.
Por añadidura, aunque ello no sea responsabilidad de los
alarifes, hemos de citar la decoración, profusa y oportuna,
que solían exhibir los espacios interiores. Si hablamos de
pintura piadosa —lenguaje dominante en este ámbito—, el
ejemplo más idóneo es el capitán don Antonio de Montúfar
(1627-1668), autor de los seis cuadros de la Pasión de
Cristo que ornaron el Calvario:
«Poca ocupación tenía don Antonio con la espada —escribe
Pedro Pérez Valenzuela—, pues los pinceles eran todo su
deleite y a ellos consagraba las horas del día y a veces
hasta las de la noche. Tanta era su inclinación a ellos que,
cuando en Guatemala aprendió cuanto aquí podía aprender, se
marchó a España y allá se comunicó con los maestros del
bello arte perfeccionando su habilidad».
«Le avisaba el corazón», en Canturías a Santiago (Crónicas),
Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1967, p. 101.
Como él, otros pintores dedicaron su talento a las obras de
la Iglesia, con un temario más bien unívoco aunque repleto
de ambición estética. Del repertorio disponible, elegimos a
los hermanos Francisco y Pedro de Liendo, situados en la
línea de Miguel Ortega, Pedro Martín, Tomás de Merlo y
Francisco García. En otra cuerda, aunque sin abandonar el
asunto que nos importa, citaremos un óleo sobre lienzo de
Antonio Ramírez Montúfar, Construcción de la catedral de
Santiago de los Caballeros (1678), aceptable como resumen de
las variantes aquí comentadas. Desde luego, en este cuadro
se combinan detalles arquitectónicos, ingenios técnicos y
apuntes de cotidianidad, que dan ocasión a una visión
bastante certera de la ciudad en tiempos de la Colonia (Luis
Luján Muñoz, «Construcción de la catedral de Santiago de los
Caballeros», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana,
Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid,
2002, pp. 370-372).
Aparte de la pintura, la decoración de los templos y
conventos involucró a otras artes. De ahí que este breve
escrutinio quede incompleto sin la mención de plateros como
Luis de Cuevas y Gonzalo de Nájera. Como es obvio, también
deben aprovechar la escena escultores como Pedro de Brizuela,
Alonso de Paz, Miguel de Aguirre y Mateo de Zúñiga. Incluso
viene al caso aludir a un fabricante de órganos, Francisco
Mariano López, de gran relevancia en cuanto atañe a la
musicalidad de la liturgia barroca.
Restan, por fin, los efectos más negativos del entorno
geológico sobre toda esa monumentalidad, de los cuales se ha
ocupado Manuel Lucena Salmoral, catedrático de Historia de
América de la Universidad de Alcalá, en un breve ensayo que
lleva por título La ciudad de Santiago de los Caballeros de
Guatemala a través de los terremotos. Siguiendo a otros
estudiosos de la arquitectura guatemalteca, fija Lucena
cuatro etapas, montadas sobre la sucesión de terremotos que
más hondamente afectaron a la ciudad. De este modo, los
grandes seísmos del 10 de septiembre de 1541, el 23 de
diciembre de 1586, el 12 de febrero de 1689 y el 29 de julio
de 1773, corresponden al periodo Fundacional (1524-1541), al
de Formación Urbana (1541-1586), al de Aculturación
Artística (1587-1689) y al de Arquitectura Sísmica-Barroca
(1689-1773):
«El primero corresponde a una ciudad errante en busca de
asiento. El segundo es de formación del modelo de nueva
ciudad indiana, hecha bajo la inspiración de Antonelli. El
tercero es de creación de una arquitectura guatemalteca
mediante la asimilación de las modalidades foráneas
gótico-románico, renacentistas (italiano-herreriano y
plateresco) y manieristas (Serlio, Vignola y Palladio), así
como también mexicanas (...). El cuarto es el de
florecimiento de la arquitectura sísmica-barroca (earthquake
la denominó Pál Kelemen), un modelo propiamente regional con
una arquitectura barroca pegada al suelo para soportar los
terremotos».
Javier Aguilera Rojas, ed., Antigua. Capital del ‘Reino de
Guatemala’, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte,
Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 25.
De la variada oferta bibliográfica que relaciona
arquitectura y terremotos, hemos elegido como fuente
principal para esta exposición, acaso por sus modulaciones
inesperadas, un folleto firmado por don Juan González
Bustillo en el establecimiento provisional de la Ermita el
16 de mayo de 1774. Como oidor decano de la Audiencia,
González Bustillo resumió en ese escrito la sesión que
decidió el traslado de la ciudad al Valle de la Ermita el 14
de enero de ese mismo año. Como puede advertirse mediante su
lectura, su larguísimo título integra y comprende datos y
sensaciones:
«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de
edificios públicos y por mayor del número de los vecinos de
la capital de Guatemala; y del deplorable estado a que se
hallan reducidos por los terremotos de la tarde del veinte y
nueve de julio, trece y catorce de diciembre del año próximo
pasado de setenta y tres, y de la razón puntual de los
sucesos más memorables, y de los estragos, y daños que ha
padecido la ciudad de Guatemala y su vecindario desde que se
fundó en el paraje llamado de Ciudad Vieja, o Almolonga, y
de donde se trasladó a el en que actualmente se halla.»
«Apéndice», en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de
la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades,
Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968.
Ni que decir tiene que haremos uso de los adjetivos del
oidor, pues éstos fluyen sobre el doble modelo de la
grandeza y la decadencia que tan bien se ajusta al plano de
Antigua.
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Antigua Guatemala
CIVIL
Exponer con algún detalle las
cualidades de una ciudad barroca del siglo XVIII es una
empresa que le cuadra al estudioso de Antigua. Más allá de
los métodos de manual o del tanteo de los viejos registros,
esta metrópoli dispone de un patrimonio monumental en buen
estado de conservación, que permite pintar bien las antiguas
costumbres urbanas, y asimismo contemplar, haciendo
abstracción de las ruinas, aquello que en otro tiempo fue un
entorno esplendoroso y lleno de vitalidad. Esta preservación,
sin embargo, es mérito de un efecto destructivo. David L.
Jickling aclara la paradoja cuando indica que la mudanza de
la capital hasta la Nueva Guatemala de la Asunción, a
consecuencia del devastador seísmo de 1773, favoreció el
hecho de que Antigua quedase al margen de un fenómeno que
suele variar irremisiblemente el aire y el temperamento
estético de cualquier urbe: la construcción moderna. De ahí
que lo natural de ese diálogo con el ayer aún sea propio de
las calles antigüeñas. «Antigua —nos dice— persiste para
nosotros como un eslabón viviente con el pasado». Luego de
ser declarada Monumento Nacional, Monumento de las Américas
y Monumento Mundial, los programas de conservación han
servido para preservar su arquitectura, y por consiguiente,
planes como los diseñados bajo los auspicios del Consejo
Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala (CNPAG)
«merecen apoyo, tanto para nuestro beneficio como para el de
las generaciones futuras» (La ciudad de Santiago de
Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de
Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. IV).
Antes de comunicar los rasgos principales de la arquitectura
local, conviene aclarar que el trazo de Santiago de
Guatemala se atribuye al ingeniero Juan Bautista Antonelli,
si bien hay autores que explican las razones según las
cuales parece dudoso que allí estuviera el citado diseñador.
Cosa indiscutible es la influencia de quienes eran
gobernadores en aquellos inicios, el obispo Francisco
Marroquín y el licenciado don Francisco de la Cueva. Un
reputado analista, Antonio Bonet Correa, comenta que la
traza antigüeña coincide con esa variedad urbanística que
Jorge E. Hardy consideró el modelo clásico, y que consiste
en una cuadrícula de damero regular. «De calles rectilíneas
y derechas —añade Bonet— , la traza original es de forma
cuadrangular, delimitada al noroeste por la alameda de Santa
Rosa y al oeste por la de Santa Lucía. Fuera de la traza y
perpendicular a ésta, al sureste, se encuentra la alameda
del Calvario». Incluimos en este punto, otros detalles
aportados por el citado ensayista: en ese diseño inicial,
componen la ciudad cuarenta manzanas cuadradas en la parte
central y rectangulares en la perimetral. Como es habitual,
la plaza mayor domina el centro. Singularmente, la periferia
de la traza original es ocupada por los monasterios de las
órdenes mendicantes, caso de Santo Domingo y San Francisco.
«Esta forma de ubicar los edificios se debe a una tradición
nacida del hecho que, en el siglo XIII, cuando en Europa
nacieron estas nuevas órdenes religiosas era imposible, en
las amuralladas ciudades medievales, encontrar un solar
intramuros. Al igual que en Europa, los monasterios
generaban en su entorno un nuevo barrio.»
Antonio Bonet Correa, «Ciudad y arquitectura en Guatemala.
Siglos XVI, XVII y XVIII», El país del quetzal. Guatemala
maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural
Exterior, Madrid, 2002, p. 126.
Siguiendo lo dicho por Bonet, con un interés ampliado por el
perímetro de la Plaza Real o Plaza de Armas, conviene
señalar que en ese entorno se alzaron edificios
gubernamentales, construcciones de naturaleza eclesiástica y
también comercios de importancia. Aunque el rastro de todo
ello ha ido difuminándose con el paso del tiempo, ese perfil
institucional y mercantil aún prevalece en el centro de
Antigua.
Desde un punto de vista infraestructural, es interesante
saber que el agua llegó a la Plaza Real en 1555, gracias a
una obra que la trajo desde una quebrada que se abre no
lejos de la Ermita de San Juan. De acuerdo con las crónicas,
el 15 de febrero de ese año se dispuso la construcción de
una pila, esencial para el desarrollo del área. Y en cuanto
al abasto de los vecinos, éste quedó resuelto gracias a una
carnicería mayor que se abrió al poco tiempo en la plaza. La
Fuente de las Sirenas, seña específica de ese lugar desde
1737, es un legado de Diego de Porres, Arquitecto Mayor de
la Ciudad.
Las oficinas gubernamentales encontraron acomodo en el
fabuloso Palacio Real o de los Capitanes Generales, diseñado
por Luis Díez Navarro. Ese espacio, en constante crecimiento,
fue acogiendo nuevas instalaciones oficiales a medida que la
ciudad crecía en importancia. Por ejemplo, una Real Cédula
de 17 de enero de 1731 comprometía la fundación de la Real
Casa de la Moneda, cuyos trabajos de edificación en un
costado del antedicho Palacio comenzaron en 1733. Otro
palacio de notable hermosura, el del Ayuntamiento, fue
inaugurado en 1743. Con ello, el centro antigüeño
concentraba todas las instancias de la administración
colonial, en un seguro esfuerzo por conducir el orden
burocrático de todo el territorio.
Otra muestra admirable de arquitectura civil, la Real y
Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala, tiene una
historia de cierta complejidad, que principia cuando el Papa
Inocencio XI confirmó su fundación el 18 de junio de 1687.
Los terremotos de 1751 destruyeron las instalaciones que se
habían alojado en el convento de Santo Domingo, pero a modo
de feliz contrapartida, el Rector donó las casas colindantes
con el Colegio Tridentino. De esa forma, y gracias a un
talento arquitectónico sin igual, en 1763 quedó inaugurada
la edificación universitaria que hoy conocemos, tan
armoniosa por su línea como por su estructura, aunque
castigada por más de un seísmo.
La cita de Diego de Porres parece inevitable a la hora de
glosar la arquitectura antigüeña, tanto civil como religiosa.
Al decir de Miguel Ángel Castillo, el empleo de elementos de
raigambre gótica o manierista es un signo de identidad que
atañe a toda su obra. En cierto modo, y siempre de acuerdo
con la evaluación del tratadista, Porres maneja con
inteligencia la tradición americana de «integrar libremente
las formas, despreocupándose de los problemas de
originalidad y significado que las mismas podían tener en su
contexto estilístico original». De ahí que, aun ciñéndose a
una idea de conjunto:
«la utilización artificiosa y selectiva de elementos
singulares
—arcos conopiales, rematados horizontalmente en la parte
superior, de gran efectividad visual, estípites, pilastras
abalaustradas con funciones de orden, etc.— no polemizan con
otros de más clara estirpe barroca, con tal de que se
sometan adecuadamente a la composición general».
«Arquitectura y arquitectos de Antigua», en Javier Aguilera
Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’,
Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 36.
Como tendrá oportunidad de comprobar el lector, iremos
ampliando la glosa de tales cualidades en otros márgenes de
esta muestra, pues la presencia de Porres, en gradación
creciente, no puede soslayarse durante el recorrido
arquitectónico antigüeño.
Sin la minucia deseable, vamos asimismo a mencionar las
características de las casas de habitación, tan típicas del
callejero de Antigua. Todo en ellas, incluso la viveza de su
color, nos recuerda que deambulamos por una tierra de
terremotos y volcanes. Así, suelen ser edificaciones de una
sola planta, dado que un seísmo desestabilizaría con
facilidad las construcciones de más pisos. Dentro del
tipismo colonial, su diseño incluye hasta tres patios: el
primero y principal, rematado con una fuente central o
búcaro; un segundo patio que sería propio de la servidumbre,
y que dispondría de la correspondiente pila de lavado, usual
en las labores cotidianas; y un tercer patio, ya reservado a
las clases más pudientes, donde hallaremos un corral para
las aves domésticas, acaso una caballeriza, y puede que
también un pequeño huerto.
Una vez franqueada su entrada, según refiere José Joaquín
Pardo, el hogar colonial resulta muy acogedor, «con sus
pisos de ladrillo de barro cocido, muros con revoque
encalado y techo con viguería de madera, complementada a
veces con el mismo material o con ladrillos que
ocasionalmente se decoraban con pintura». Ni que decir tiene
que a más de un visitante le traerá a la memoria el perfil
interior de la casa andaluza, modelo de tantas
construcciones del nuevo mundo, incluidas aquellas que se
reclaman tributarias del spanish style californiano. Para
confirmar esa imagen desde el patio:
«la terraza española con sus gárgolas y la teja, era lo que
podía ver cualquier espectador así como sus pilares de
madera con zapatas de ondulante perfil y basas de piedra».
José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján
Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Editorial José de
Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 59.
Claro que aún es posible disfrutar de ese ambiente. Es más,
el turista que no logre la amistad de propietarios privados
dispuestos a admitir visitas, puede cautivarse —lo cual no
es asunto menor— en espacios tan notables como la Casa
Popenoe, la Casa Landívar, la Casa de los Leones o la Casa
de la Cuarta Calle, hoy pastelería Doña Luisa Xicotencatl.
Hablábamos de la pila de lavado dentro de este tipo de
hogares, y no está de más relacionarla con los lavaderos
públicos. De ellos, el más conocido es el Tanque La Unión,
que fue inaugurado por el corregidor José María Palomo y
Montúfar el 3 de febrero de 1853. Para reparar sus graves
deficiencias, fue sometido a un proceso de reconstrucción en
1979, y desde esa fecha sigue en uso, allí donde las faenas
de limpieza requieren de este tipo de instalación pública.
Aunque no se trata de monumentos civiles relevantes, los
museos forman parte de este conjunto de edificaciones, a
veces fruto de proyectos de remodelación y reubicación.
Preservar y mostrar lo más soberbio del arte maya es el
objeto del Museo Arqueológico, cuyas puertas se abrieron en
junio de 1999. Con un diseño afín, una colección de
instrumentos precolombinos y coloniales se custodia en la
Casa K’ojom desde 1988. También cabe contemplar un
muestrario de piezas coloniales en el Museo de Santiago o
Museo de Armas, que fue inaugurado en 1956 por el Instituto
de Antropología e Historia de Guatemala, dando así un nuevo
uso a la Cárcel de Pobres en el Palacio del Ayuntamiento.
Ese mismo año, el público local y foráneo tuvo a su
disposición el Museo del Libro Antiguo, significativamente
ubicado en el mismo lugar donde estuvo en funcionamiento la
imprenta de José de Pineda Ibarra.
Otro caso de aprovechamiento idóneo —puestos a proporcionar
tales fines a viejas instituciones— lo configuran el
claustro del Convento de Santo Domingo y algunas de sus
dependencias anejas, hoy sede del Centro Cultural Casa Santo
Domingo. Con semejante aplicación, también ocupa un espacio
de Santo Domingo el luminoso Museo Colonial. De parecido
nombre y celo divulgativo, el Museo de Arte Colonial (1937)
se aloja en un edificio mudéjar que antaño formó parte de la
Universidad de San Carlos. En sus salas, a poco que pasee
por ellas, el curioso ha de admirar obras de Cristóbal de
Villalpando y de Tomás de Merlo, bien significativas de lo
que fue la época de máximo esplendor de la ciudad.
Con todo, al margen de este tipo de exposiciones y de los
nuevos planes de arreglo y embellecimiento —partes de un
ajuste armónico que sólo desestabiliza la naturaleza—,
parece claro que Antigua Guatemala registra una memoria que
ya expiró en otros lugares. Un recuerdo que hoy es
revitalizado por el mejor de los ornamentos: la cotidianidad
de los antigüeños y, por añadidura, ciertas clases de
encanto que sólo atañen a los cruces de caminos.
«Frente a sus muros caídos —afirma el arquitecto Joaquín
Ibáñez Montoya— se manifiesta un discurso paradójico de
anticipación: lo destruido, custodiando el recuerdo de un
dolor como la evocación de una desventura, se vuelve en ella
signo de una alegría (del) porvenir.»
Javier Aguilera Rojas, ed., op. cit., p. 21.
En todo caso, no hay objeción contra esto; es una norma
segura para el gozo admitir la tentación de estas ruinas, y
de ese modo comprobar en los menores adornos los relieves de
una historia hecha a cincel.
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Antigua Guatemala
FIESTAS Y FOLCLORE
Llegado el momento de hablar sobre festejos y celebraciones,
nada más adecuado que seguir a Johan Huizinga, en especial
cuando éste pone de relieve que el carácter lúdico puede ser
propio de la acción más sublime. Al decir del gran
historiador holandés, cabría seguir hasta la acción cultural
y afirmar que también el sacerdote sacrificador, al
practicar su rito, sigue siendo un jugador.
«Si se admite para una sola religión, se admite para todas.
Los conceptos de rito, magia, liturgia, sacramento y
misterio entrarían, entonces, en el campo del concepto ‘juego’».
Johan Huizinga, Homo ludens, traducción de Eugenio
Imaz, Alianza Editorial, Madrid, 2000, p. 34.
Así, una vez demarcado el espacio del juego, podemos ubicar
su tiempo, y ningún periodo le cuadra mejor a Antigua que el
barroco, tan rico en momentos celebrativos. De ello no hay
duda: en las grandes manifestaciones lúdicas cabe una
articulación de la ceremonia litúrgica y de las expansiones
populares. Además, ya en el plano físico, aquéllas
significan la ocupación espectacular de la calle, por usar
una feliz expresión de José María Díez Borque. La estrecha
conexión entre lo sagrado y lo profano cobra diversas formas
en el perímetro antigüeño. Un espacio éste en el cual se da,
por cierto, una colorista porfía entre ingredientes
prehispánicos y coloniales.
Si se observa con atención el modo en que el aporte indígena
se entrevera en la trama festiva, se verá que dicha
conversación con el pasado es un hecho incontestable y
enriquecedor. En cualquier forma que el viejo legado se
perpetúa hay una actitud que reafirma la identidad del
pueblo. De otro lado, sin caer en perspectivas museísticas,
algunos festejos antigüeños poseen un contenido estético que
permite evocar los años dorados de la Colonia, coincidentes
con el auge barroco. Dice Díez Borque:
«Junto a las fiestas de calendario fijo (aunque algunas
fueran móviles, incluido el propio Corpus) hubo en los
Siglos de Oro (...) muchas fiestas ocasionales, de carácter
civil y religioso, que, con características propias (...),
especialmente en cuanto a la separación de participar y
contemplar según la pirámide social, iban rompiendo también
el calendario del tiempo ordinario con los regocijos del
extraordinario».
Díez Borque, «Fiesta sacramental barroca de El gran mercado
del mundo de don Pedro Calderón de la Barca», Fiesta barroca,
Compañía Nacional de Teatro Clásico, Ministerio de Cultura,
s.f., p. 26.
En el aspecto aquí tratado es oportuno poner de manifiesto
que la literatura idealiza el juego y coaliga sus
evoluciones. Con ella y gracias a ella, volvemos a
internarnos en un pasado previo a 1773, a la vez luminoso y
solemne. Así como los monumentos en ruinas conservan las
trazas de la primitiva hermosura, ciertas celebraciones
revelan similitudes con una horma festiva que sólo cabe
recrear mediante un arranque lírico. Basta a veces un salto
del sentido para evocar el cortejo. Escribe Miguel Ángel
Asturias:
«Luego, fiestas reales celebradas en geniales días, y
festivas pompas. Las señoras, en sillas de altos espaldares,
se dejan saludar por caballeros de bigote petulante y traje
de negro y plata. Esta une al pie breve la mirada lánguida.
Aquélla tiene los cabellos de seda. Un perfume desmaya el
aliento de la que ahora conversa con un señor de la
Audiencia. La noche penetra... penetra... El obispo se
retira, seguido de los bedeles. (...) La música es suave,
bullente, y la danza triste a compás de tres por cuatro».
Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza
Editorial, Madrid, 1981, p. 16.
En La Antigua de nuestros días, la fiesta y la feria se
enuncian como costumbre, y pasan a primer plano según un
calendario fijo, cuyo orden y detalle tomamos de Elizabeth
Bell (La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio,
Impresos Industriales, 1999, pp. 174-183). El día de Corpus
Christi es una fecha piadosa en que sale del templo el Santo
Sacramento, animándose la gastronomía local con recetas como
el pepián. El 25 de julio, día de Santiago Apóstol, los
antigüeños festejan a su patrón con desfiles cívicos,
concursos y procesiones que deparan momentos de fervor
popular. Un día antes, los gigantes y cabezones pasean por
las calles al son de la marimba, cumpliendo con ello un rito
que cuenta con numerosas equivalencias en España.
El 29 de julio, San Cristóbal, la pirotecnia cobra
protagonismo y los taxistas conmemoran a quien es
considerado patrón de los viajeros. El 15 de septiembre, Día
de la Independencia, los antigüeños comparten con los demás
guatemaltecos la fiesta de su emancipación, obtenida en
1821. El 1 de noviembre, Día de los Santos, vuelan los
barriletes o cometas gigantes y multicolores, y el
cementerio de San Lázaro acoge a las familias que adornan
las tumbas de sus seres queridos. El 7 de diciembre, a las
seis de la tarde, la quema del diablo inaugura el periodo
navideño: arden frente a los hogares pequeñas cantidades de
papel, desechos y madera —un rito al estilo purificador de
las hogueras de San Juan—, estallan cohetes, petardos y
buscapiés, y aparte de todo ello, acaso oponiendo un
registro infernal a la bendición que se aproxima, los
habitantes del barrio de la Concepción exhiben un demonio
hecho de madera.
Con la Navidad, se abre un periodo de bullicio y alegría: a
las doce del día 24 repican las campanas y la pólvora
chispea. Un desfile de gigantes y cabezones, de ésos que
concitan el humor y la sátira populares, parte de la Escuela
de Cristo a las tres. Con ello se anuncia la procesión de la
Virgen de la O, cuyo recorrido comenzará en dicha iglesia el
día 25, a las cuatro de la tarde. A medianoche, cuando los
católicos de diversos territorios acuden a la Misa del
Gallo, los antigüeños celebran la Natividad colocando la
figurita del Niño Jesús en los belenes. También entregan y
reciben regalos, escogen el solaz del ponche y, ya puestos a
apropiarse del ruido y de las centellas, disparan toda
suerte de fuegos de artificio. Una vez llegados al día 25,
los habitantes de Antigua asisten a la mencionada procesión
de la Virgen de la O y, una vez más, adornan las calles y
requieren el estruendo de la pólvora. Lo propio del 1 de
enero, Año Nuevo, es que arda otra vez la pólvora y se saque
en procesión al Niño Jesús. Para alegría de los más pequeños,
el 6 de enero, Día de Reyes, se generaliza el intercambio de
obsequios, en un vehemente alegato de prodigalidad y ternura.
Con ello, tras el agolpamiento de imágenes, acaba la etapa
navideña.
Además de todas estas celebraciones, la Semana Santa,
portadora de intensas metáforas, también emociona a los
lugareños y, por otro lado, configura un atractivo turístico
de primera magnitud. Quien brindó esta tradición a Guatemala
fue el conquistador Jorge de Alvarado, hacia 1524. Como
sucede en tantas otras ciudades del entorno hispanohablante,
se alternan aquí los devotos vestidos de nazareno, llamados
en Guatemala cucuruchos, y los celebrantes que se atavían
cual si fueran legionarios romanos en tiempos de la Pasión.
En cuanto a fechas, el rito sigue una norma habitual: el
primer domingo tras el primer plenilunio primaveral
corresponde al Domingo de Resurrección.
Bell, muy interesada por los pormenores de la Semana Santa
antigüeña, describe cómo durante la vigilia del viernes
previo a la procesión dominical se adorna el interior de los
templos con alfombras de flores y serrín coloreado. Otra
autora, Sara Martínez Juan, coincide en ese interés y
escribe al respecto:
«Las alfombras se realizan en un ambiente de cordial
competencia entre diferentes calles y barrios, todos ponen
lo mejor de su talento y el diseño varía cada año. Entre las
mejores alfombras están las de la calle ancha de Jocotenango,
las de la Séptima calle, las de la Cuarta calle poniente y
las de la Quinta avenida norte».
Sara Martínez Juan, Antigua Guatemala,
Ediciones Júcar, 2002, p. 75.
El Viernes Santo de la Semana Mayor, el recorrido
procesional avanza sobre este tipo de diseños, cuyo origen
se remonta a la época de Pedro de Alvarado. De ese modo, con
trasplantes de proveniencia española, la estética de los
colores y las formas se inmiscuye como un alegre folclore
durante este periodo de recogimiento, sentido tan
íntimamente por todos los cristianos.
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LA ANTIGUA EN LA
LITERATURA
En ninguna obra
de Miguel Ángel Asturias (1899-1974) es lo mítico tan
importante como en sus Leyendas de Guatemala, muy mentadas
en otros márgenes de esta muestra y forzosa referencia a la
hora de discutir el perfil novelesco y poético de dicho país.
Con la misma firma, el poema Claridad lunar enlaza ese
mágico acervo con el devenir de la historia, manifiesto en
las calles y plazas de la Antigua Guatemala: «Te eternizas,
claridad lunar, / en las calles de Antigua, meditada / por
los viejos aleros del solar / de Pedro de Betancur y más
aseada / que el agua torcaz en el palomar / de los arroyos y
como en Granada, / te eternizas, claridad lunar / en esta
ciudad de agua destilada».
Necesariamente triunfa, en un ámbito semejante, esa visión
literaria que acarrea aportes del pasado precolonial, por lo
demás indispensables para trazar ciertos rasgos de las
letras guatemaltecas y, por extensión, de las obras que dan
referencia sobre Antigua y su avatar, Santiago, capital de
la Colonia. Y puesto que la tradición prehispánica aún
resurge en la literatura oral de los habitantes de
Sacatepéquez, no está de más traer a colación otra pieza
editada por Asturias en 1927: Los dioses, los héroes y los
hombres de Guatemala Antigua o El libro del Consejo,
Popol-Vuh de los indios quichés, cuya traducción firmaban el
escritor y J. M. González Menéndez según la versión francesa
de Georges Raynaud. Puestos a prestigiar pesquisas como la
antedicha, cabe recordar el modo en que uno de los eruditos
y polígrafos más notables en la cultura hispanohablante,
Alfonso Reyes, elogió las muy felices formulaciones de la
Poesía prehispánica.
Junto a este tipo de homenajes al acervo cultural indígena,
la crónica suele ser considerada por los especialistas como
la variedad literaria que mejor le cuadra a la multiforme
realidad de Antigua. De acuerdo con esa preferencia, en 1987
el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica daba
a conocer una meticulosa colectánea llevada a término por
David L. Jickling. Bajo el rótulo general La ciudad de
Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, dicho
estudioso recopiló un discreto número de escritos en torno a
la capital, firmados por viajeros y cronistas que visitaron
sus calles entre 1543 y 1773. Gracias a esa fuente, el
curioso puede hacerse una idea de la bibliografía que
establece una relación más precisa con esta ciudad. Abre el
repertorio la Geografía y Descripción Universal de las
Indias, compilada en 1574 por el cronista mayor y cosmógrafo
Juan López de Velasco, cumpliendo así un deseo que formuló
el propio Felipe II. De la serie de Documentos Inéditos para
la Historia de España, conocida por su edición de 1872, cabe
mencionar el perfil de Santiago descrito por su autor, Fray
Alonso Ponce, quien fue Comisario General de los
Franciscanos y pasó por allá en 1586. En la misma remesa,
figura una obra elaborada en México por Juan de Pineda, juez
contador de indios: Avisos de lo tocante a la provincia de
Guatemala (1594).
Ni Jickling ni otros bibliógrafos y estudiosos del pasado
guatemalteco —destaquemos entre nuestras fuentes a Miguel
Ángel Castillo Oreja— pasan por alto a quien fue el primer
historiador de Santiago, Antonio de Remesal. Fue en 1618
cuando este cronista dio a conocer su relato de la fundación
de la capital en el Valle de Panchoy, incluido en las
páginas de la Historia General de las Indias Occidentales y
Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala. Hacer
justicia a las bellezas arquitectónicas que pronto adornaron
sus calles fue el deseo de Antonio Vázquez de Espinoza, cuyo
Compendio y Descripción de las Indias Occidentales incluye
buena parte de las experiencias que el cronista vivió entre
1613 y 1621, cuando ejercía como misionero carmelita en Perú
y la Nueva España. Dicho virreinato es asimismo el escenario
que describe Thomas Gage en su Nueva relación, impresa en
Inglaterra en 1648 y reeditada en ese país con el título A
Survey of the Spanish West Indies (1702). Llevado por el
recuerdo, Gage cuenta los pormenores del espacio antigüeño
que habitó en 1626: el convento de los dominicos.
Precisamente a esta orden perteneció Fray Antonio de Molina,
quien supo del terremoto acaecido en 1651, y lo detalla con
viveza y dramatismo en Memorias del M. R. P. Maestro Fray
Antonio de Molina, escritas en 1677.
Confirmando las pervivencias de su estirpe —no en vano era
descendiente de Bernal Díaz del Castillo—, Francisco Antonio
de Fuentes y Guzmán asume la esencia religiosa y
universitaria de Santiago de Guatemala en Recordación de la
Florida. Discurso historial, natural, material, militar y
político del Reino de Goathemala (1690). Mucho más lejos
llega Fray Francisco Ximénez (1666-1729), quien hizo propia
la mitología prehispánica y la tejió sobre el programa
cultural que llegó de España. La señal más temprana de ese
propósito fue la traducción que hizo del Popol-Vuh en Santo
Tomás de Chichicastenango. En paralelo, el libro séptimo de
su Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y
Guatemala es una propuesta literaria ligada a su
conocimiento de Santiago.
Ya en el siglo XVIII, el teólogo dominico Fray Felipe de la
Cadena hizo pública una Breve descripción de la noble ciudad
de Santiago de los Caballeros de Guatemala y puntual noticia
de su lamentable ruina ocasionada de un violento terremoto
el día veinte y nueve de julio de mil setecientos setenta y
tres, en cuyo título se adivina el rastro del pavoroso
seísmo ocurrido en esa fecha, cuyo registro figura asimismo
en un texto de Juan González Bustillo, Razón particular de
los templos, casas de comunidades, y edificios públicos y
por mayor del número de vecinos de la capital de Guatemala;
y del deplorable estado a que se hallan reducidos por los
terremotos de la tarde del veinte y nueve de julio, y trece
y catorce de diciembre del año próximo pasado de setenta y
tres (1774). Tiempo atrás, gracias al editor Antonio de
Pineda Ybarra, Tomás Ignacio de Arana había dado a conocer
una Relación de los estragos y ruynas que ha padecido la
ciudad de Santiago de Guathemala por terremotos y fuego de
sus bolcanes en este año de 1717. Semejante contenido aborda
Tomás de Estrada en Trágica descripción del lamentable
estrago que ocasionó el terremoto de el día quatro de marzo
en el año 1751 en la ciudad de Santiago de Goathemala
(1781).
A no dudarlo, ese efecto destructivo también conmovió a
Rafael Landívar (1731-1793), uno de los literatos más
importantes de la Colonia. El jesuita Landívar fue profesor
en el colegio de San Francisco de Borja, y tuvo que
abandonar su tierra tras la promulgación del edicto real por
el que se expulsaba a los de su Orden. En la placidez de
Bolonia dio forma latina a un magistral poema, Rusticatio
Mexicana (1781), donde figura una dedicatoria a su ciudad:
Urbi Guatemalae. Un admirador de esos cinco mil hexámetros
fue Augusto Monterroso (1921-2003). En una página
autobiográfica, Mi relación más que ingenua con el latín,
recuerda al gran versificador que fue Landívar, asimismo
glosado sabiamente por Pedro Henríquez Ureña, por Miguel
Ángel Asturias e incluso por Alfonso Reyes en uno de sus
Capítulos de literatura mexicana.
De acuerdo con los medios propios de la historiografía en el
siglo XVIII, la Imprenta de San Francisco se encargó de
divulgar dos títulos muy ilustrativos del carácter de su
autor, Fray Francisco Vázquez: Chrónica de la provincia del
Santissimo nombre de Jesús de Guatemala (1714) y Chrónica de
la provincia del Santissimo Nombre de Jesús de Guatemala del
Orden de N.S.P.S. Francisco en el Reino de Nueva España.
Segunda Parte (1716). Si fuese dable extenderse todo lo que
solicita el asunto, sería de interés comprobar cómo fue
fijándose en escritos como los de Vázquez la imagen del
entorno antigüeño.
Dentro de estas fronteras, la crónica decimonónica
constituye una fórmula ya de por sí atractiva, y tiende a
recoger la inmediatez de las experiencias que vivieron
aquellos que pasaron por Guatemala durante ese siglo
crucial. Por ejemplo, el traslado que condujo a identificar
la Nueva Guatemala de la Asunción fue descrito por el padre
Domingo Juarros en su Compendio de la Historia de la Ciudad
de Guatemala (1808-1818), divulgada entre los bibliófilos en
la edición en tres volúmenes que imprimió Ignacio Beteta.
Durante el siglo XIX, escribieron sobre Antigua Guatemala
visitantes extranjeros como el francés Larenaudiére, el
ingleses Henry Dunn, Anne Cary Maudslay y George Alexander
Thompson, el alemán G. F. Von Tempsky, el holandés Jacobo
Haefkens y los estadounidenses Elisha Oscar Crosby, William
T. Brigham, y John Lloyd Stephens (1805-1852). Este último
conoció Guatemala durante los años 1839 y 1840, gracias a su
cargo diplomático. Con intensa expresión, Stephens hace
memoria de los terremotos de 1773 en Incidentes de Viaje en
Centro América, Chiapas y Yucatán. Otro visitante foráneo
fue el libertador cubano José Martí (1853-1895), quien
advirtió la contradictoria naturaleza de la ciudad en uno de
sus escritos, Guatemala.
Claro que si hablamos de cronistas de costumbres, resulta
inevitable citar a don Agustín Mencos Franco, autor de unas
Crónicas de la Antigua Guatemala (1895) entre cuyos
episodios destaca El perro del hospital de Betlén. Aunque
afamado entre los modernistas que frecuentaron el
orientalismo y la bohemia, Enrique Gómez Carrillo
(1873-1927) también atendió a las peculiaridades de Antigua.
Caso distinto es el de un romántico al estilo de José Batres
Montúfar (1809-1844). Es más: en sus Tradiciones de
Guatemala figura la siguiente declaración de intenciones,
expresada en octavas reales:
A las crónicas soy aficionado,
a las de Guatemala sobre todo,
y he grande copia de ellas registrado
del frontispicio al último recodo.
No sólo el Juarros leo con agrado,
que también me deleitan a su modo
Ximénez, Vásquez, Remesal, Castillo,
Fuentes y algunos más cuando los pillo.
Estos versos, reunidos en la antología que lleva por título
La Antigua Guatemala en la poesía. Antología (CCCLA), nos
llevan a repasar otros poemas que recoge ese volumen, muy
valioso para entender la mirada lírica sobre la ciudad. Cabe,
por ejemplo, leer un bellísimo poema que José Santos Chocano
(1875-1934) tituló Serenata:
Noches de Guatemala silenciosas,
en las que, sobre la ciudad dormida,
la luna se deshace en blancas rosas
y llega un soplo desde la otra vida;
noches evocativas de almas muertas,
llenas de un religioso anacronismo.
De igual modo, admirados por el hechizo de su palabra, es
oportuno repasar otra de sus poesías, Ciudad Vieja (Antigua
Guatemala).
Al hilo de estos versos de Santos Chocano, entre los muchos
apuntes sobre la ciudad colonial, es agradable advertir los
perfiles que José Milla y Vidaurre (Salomé Jil) delineó en
las novelas Los nazarenos (1867) y El visitador (1868). Por
medio de la digresión libresca, un breve ensayo sobre Milla,
integrado en el volumen Guatemala, las líneas de su mano
(1955) nos lleva a conceder protagonismo a su autor, Luis
Cardoza y Aragón (1904-1992). En Ciudad natal. Guatemala la
Antigua, rebusca este poeta un inventario decadente:
Se oyen crecer las uñas de tus muertos,
los chorros de las fuentes que sostienen
bailando un tiempo de oro redondo
y sin valor ninguno;
tus días desmayados en cojines
de miel y aburrimiento,
y mis gritos que se hacían añicos
con las lentes acústicas creciendo
de arcadas y de cúpulas.
De ánimo similar, el poema Ciudad natal es otra obra
cardoziana que delata el gentilicio de este afamado escritor.
Para obtener eso que llamamos un sello genuino, el poemario
antigüeño adquiere vigor gracias a César Brañas (1899-1974).
Las razones quedan desveladas en los versos de Antigua mía:
Ciudad de las consejas.
Florón de la colonia
que fecundara el beso de sátiro el sol,
vibrante a la manera de un vaso de Sajonia
o al modo de la espada, de un pálido infanzón...
Aunque sólo sea de paso, conviene dedicar algunos párrafos a
poetas de fecha más reciente. Por esta vía, la elección es
clara: cuando en 1968 se formó el Grupo Nuevo Signo, quedó
claro que sus integrantes principales defendían la libertad
expresiva. No obstante, en medio esa plétora de estilos y
materiales cabe hallar una coincidencia en las intimidades
de la ciudad colonial. Prestando carácter a la evocación,
Francisco Morales Santos (1940-) escribió las estrofas de
Ciudad vieja:
Vengo a ti, ciudad pristina,
espoleando mis corceles
en el polvo de la gloria
y entre el cósmico portento
de tu incólume nobleza.
Se levanta de la arcilla
la epopeya de Alvarado
y la huella de los potros,
y de los conquistadores,
para hacerme más poeta
de tu sangre y tu pasado.
En la aventura de Nuevo Signo fueron compañeros de Morales,
muy destacados poetas como Julio Fausto Aguilera (1929-),
Luis Alfredo Arango (1935-), José Luis Villatoro (1932-1998)
y Roberto Obregón (1940-1971). Figuran asimismo entre los
fundadores del grupo Antonio Brañas y Delia Quiñónez de
Tock, autora de Antigua Guatemala, otro poema que evoca el
carácter especial de ese emplazamiento:
Tras la tempestad,
inmóvil golondrina,
se abrieron gusanos de luz
en tu costado.
Sepultaste tu llanto
en cada noche invencible,
en cada hora profunda,
en cada misterioso arrebol que te inundó.
Como responsable del Departamento de Actividades Literarias
de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes, Delia
Quiñónez impulsó la edición de la antología compilada por
Morales Santos, Los Nombres que nos nombran: Panorama de la
poesía guatemalteca, de 1782 a 1982 (1983).
Repasar las páginas de esa colectánea, sobre todo en su
tramo inicial, adorna de cuadros la evocación de una villa
como la que motiva estas líneas. Una ciudad que agrada con
su armonía y con la excelencia de su arte. En resumen, hay
en ella una ráfaga de lirismo o acaso una alucinación
visionaria que Carlos Wyld Ospina (1891-1956) supo expresar
con verso penetrante:
En la ciudad Antigua,
un mediodía cálido
en que abrazaba el fuerte
respirar del verano,
me refugié a la sombra
de los muros de un claustro
que, del sol majestuoso
a los ardientes rayos
presentaba sus llagas,
sus muros desconchados,
su aspecto lamentable
de luchador inválido
que sueña en el prestigio
de los días lejanos...
Enteramente caprichosa y heterogénea, la lista de poetas que
logran devolvernos las imágenes de ese pasado adquiere
carácter inusitado por su extensión. Citemos, en apretada
serie, a escritores como Anaris Sirana, Atala Valenzuela,
Augusto Meneses, Carlos A. López, Carlos Murciano, Carlos
Rodríguez Cerna, Cristóbal de Hincapié Meléndez, David Vela,
Enrique Estrada Sandoval, Enrique Polonsky Celcer, Ernesto
La Orden Miracle, Flavio Atilano González, Hector Felipe
Cruz Corzo, José García Bauer, José María Bonilla Ruano,
Juan de Mestanza, Máximo Soto Hall y Rigoberto Bran Azmitia.
Claro que muchos faltan en este catálogo, de modo que
aconsejamos la visita a alguna de las antologías previamente
citadas, pues acá las generalizaciones fallan.
Aunque ajeno a las letras guatemaltecas, también sintió los
ecos profundos que la historia presta a la Antigua un
soberbio escritor inglés, Aldous Huxley. En una de sus
crónicas, Beyond the Mexique Bay (1934), hallamos esta
descripción que resume el espíritu de la ciudad:
«Antigua puede parecer uno de los pueblos más románticos del
mundo. No pretendo decir que contiene obras maestras de
arquitectura, pero hay mucho que es encantador, mucho que es
sorprendente y extraño, mucho —de hecho, todo— que es
pintoresco y romántico en el más extravagante sentido estilo
del siglo XVIII».
David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala
por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones
Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 75.
En clave metafórica, Antoine de Saint Exupéry reflejó su
percepción de Antigua en un paisaje ficticio: el asteroide
631, donde el protagonista de El Principito deshollina tres
volcanes que, obviamente, hallan su cabal referencia en el
paisaje antigüeño.
A modo de conclusión, no podemos prescindir de recordar a
Rafael Vicente Álvarez Polanco. Breves y generosas crónicas
como La capital del apodo, incluida en el volumen Antigua
por los siglos de los siglos (1987) dan la medida de este
admirador de cuanto concierne a la ciudad. Lejos de ser un
historiador al uso, Álvarez opta por la espontaneidad y
emplea su espejo de aumento para observar matices
inexplorados, a veces ocultos por el rigor académico. Lo
demuestran obras suyas como Cartilla del antigüeño, Los años
del 1600 en Santiago de Guatemala, Terremotos en Antigua:
secuencias y secuelas, Diez arrechadas de Bernal Díaz del
Castillo y Consejas que cuentan de Antigua los antigüeños.
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Antigua Guatemala
LAS GENTES DE LA ANTIGUA
A modo de ejemplo en lo que a mestizaje étnico e hibridación
cultural concierne, viene al caso abrir este apartado con un
detalle literario que conocemos por boca de Alfonso Lacadena.
Se refiere a los Anales de los cakchiqueles, o mejor dicho,
a sus autores.
«Estos son Francisco Hernández Arana y Francisco Díaz,
quienes se suceden en la composición del texto tras la
muerte del primero en 1582. Pese a la castellanización del
nombre y los apellidos, los autores son indígenas, del
importante y antiguo linaje de los Xahil, una de las
parcialidades en que se dividía antiguamente la etnia
cakchiquel.»
Alfonso Lacadena, «Anales de los cakchiqueles», El país del
quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la
Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 349.
Añade el autor que los autores eran conscientes de
pertenecer a un pueblo antiguamente poderoso, y que tal
sentimiento empapa cada línea del documento. Conmemorando
ese mismo orgullo, los antigüeños ennoblecidos por dicha
ascendencia exhiben aún el orgullo de su legado. Como ya
hemos citado en otros rincones de esta muestra, la
traducción fue una actividad esencial para conservar una
herencia semejante. No en vano,
«dentro de la política seguida en Indias por las órdenes
religiosas sobre la evangelización de los indígenas en sus
propias lenguas, se necesitó disponer de material
lingüístico para el aprendizaje de las mismas. Parte
fundamental de este material eran las artes y gramáticas con
descripciones de las lenguas, así como los vocabularios».
Alfonso Lacadena, «Sermones sobre las excelencias y
alabanzas de los misterios y festividades de la Santísima
Virgen, Reina de los Ángeles, María, compuesto y traducidos
en lengua cakchiquel», op. cit., p.351.
A otro nivel, es preciso atribuir a historiadores y
arqueólogos la sagacidad en el estudio de las poblaciones
que habitaron Guatemala antes de la conquista. Como fruto
del proyecto colonial, Antigua Guatemala exige una
combinación de dichos análisis con los derivados de crónicas
y registros, atribuibles en buena medida a clérigos y
funcionarios municipales. Por supuesto que aquí se impone
una aclaración que Nancy M. Farriss formuló claramente:
«Si los indígenas y los españoles hubieran vivido la época
colonial completamente aislados los unos de los otros, el
análisis del contexto colonial acabaría aquí. La división no
fue, sin embargo, tan precisa y nítida. En primer lugar, la
sencilla dicotomía entre indígenas y españoles se complicó
con la llegada de los negros, y se embarulló enormemente con
la aparición de las diversas combinaciones de cruces. En
segundo lugar, la división geográfica entre ciudad española
y campo indígena nunca fue categórica. Había puntos de
contacto más allá de la jerarquía formal de las
disposiciones políticas. (...) Desde los primeros días que
siguieron a la conquista, la separación territorial de las
castas se vio socavada por la necesidad de mano de obra maya
en los centros urbanos».
Nancy M. Farriss, La s |