
ALCALÁ DE HEANARES -
PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD
¿No encuentras lo que buscas? HAZLO EN EL BUSCADOR GOOGLE
¿No encuentras lo que buscas? HAZLO EN EL BUSCADOR GOOGLE
ORIGEN DEL
NOMBRE ALCALÁ DE HENARES - CIUDAD
PATRIMONIO
Situado en la vía de comunicación natural
que pone en contacto los valles del Ebro, Duero y Tajo,
posiblemente bien fortificado y además aprovechando las
defensas naturales en la cima de San Juan del Viso, el
núcleo poblacional indígena de Alcalá de Henares, durante la
Segunda Edad del Hierro, estaba encuadrado en la región
conocida como 'Carpetania' y ha sido denominado por la
tradición con el nombre de 'Iplacea', ciudad mítica y
literaria, supuestamente fundada por troyanos derrotados en
la guerra contra los aqueos.
Esta pequeña urbe es la que encontrarían las tropas del
Cónsul romano Catón que anduvo por el valle del Henares
hacia el 195 a.C., o el Pretor Fulvio Nobilior que derrotó,
hacia el 193 a.C., a una coalición de pueblos carpetanos
junto al Río Tajo, posiblemente no muy lejos de Toledo. Con
la romanización y el crecimiento posterior la nueva
población deja las alturas y se desplaza hasta el valle.
Se convierte de este modo en una ciudad
estructuralmente romana, organizada en torno a un 'Decúmano'
(calle con orientación este-oeste en un campamento militar o
colonia) y un 'Cardo' (con orientación norte-sur), con
edificios públicos típicamente romanos. Recibe entonces el
nombre latino de 'Complutum', 'lugar donde se reunen las
aguas' y era considerada el sexto descanso en la vía que
comunicaba 'Augusta Emerita' (Mérida) con 'Caesar Augusta'
(Zaragoza).
Cuando los musulmanes conquistan la ciudad a finales del
siglo IX, construyen en la orilla del río una fortaleza,
para vigilar y defender el territorio frente al acceso de
las huestes cristianas, que intentaban descender al valle
del Jarama desde los altos de Somosierra, o llegar hasta el
valle del Henares desde Atienza y las zonas orientales de
Castilla o desde Zaragoza. Recibe entonces el nombre de 'Al
Qalat Nahar' o 'Al-Qul’aya', 'fortaleza para defender el
río'.
A pesar de la histórica conquista de Toledo por Alfonso VI
en 1085 y de su dominio de la comarca inmediata, la
fortaleza de Alcalá la Vieja continuaría bajo el dominio
musulmán hasta que en 1118 el arzobispo de Toledo, Don
Bernardo, llevó sus ejércitos al importante enclave de
Alcalá, en donde consiguió rendir la plaza. Así se convirtió
definitivamente en Alcalá de Henares.
Henares se denomina el río que cruza su término, llamado en
época romana 'Faenarius', o corriente que atraviesa campos
de heno.
En un documento signado en la ciudad de Valladolid, a 20 de
mayo de 1293, el rey Sancho IV otorgaba los privilegios
fundacionales del 'Estudio General' de Alcalá de Henares,
origen de la 'Universitas Complutensis', fundada en los
últimos años del siglo XV por el Cardenal Ximénez de
Cisneros.
Para acabar debemos resaltar que la ciudad de Alcalá de
Henares, que vio nacer al inmortal Miguel de Cervantes
Saavedra en 1547, fue declarada 'Ciudad Patrimonio de la
Humanidad' por la UNESCO el 2 de diciembre de 1998.
HISTORIA
Ante nosotros, una estación de
tren. Desde ella, según relata el escritor Andrés Trapiello,
sale un tren hacia Alcalá de Henares. La estación suele
estar vacía y nuestro autor, biógrafo de Cervantes, sube al
vagón que habrá de conducirlo hasta la villa complutense. El
placer que le depara esta visita a la vieja Compluto guarda
íntima relación con el hecho de que allí naciera don Miguel.
Aclara Trapiello:
«Este dato tan sencillo, que Alcalá de Henares sea la patria
chica de Cervantes, ha costado siglos dilucidarlo. Ha habido
disputas, los eruditos se han tirado cuchilladas en los
callejones de sus boletines, algunos acopiaron falsas
pruebas, otros exhumaron archivos, muchos se perdieron en el
Dorado. (...) Sabemos, pues, que Cervantes nació en Alcalá,
pero, extremando las cosas, lo único de veras trascendente
es que Cervantes naciera y, para nosotros, que lo hiciera en
España, y no tanto en una patria, como en la lengua llamada
España. Con eso nos habría bastado».
(Las vidas de Miguel de Cervantes, Barcelona, Planeta, 1993,
pp. 17-20)
Desahogando esta pasión por el autor del Quijote, comprueba
el ensayista cómo, hasta hace cuarenta o cincuenta años, los
paisajes que se veían desde el tren podían pasar por
cervantinos. Otro magnífico escritor, Juan Perucho, toma la
palabra a Trapiello y recorta con cuidado este horizonte:
«Un paisaje aterido, enharinado por una luz difusa, con
vastos y sórdidos caserones y corralizos a la salida de los
pueblos, con sus reatas de mulas y sus carros. He aquí un
paisaje que todavía conseguí ver a lo largo y ancho de
España, pues hasta hace cuarenta años, ésta “era todavía
cervantina” y sus paisajes eran los que recorrieran don
Quijote y Sancho y recorrieron todavía Azorín, Solana o
Unamuno. (...) Pero ahora, naturalmente, no lo es, y los
corrales se han convertido en fábricas y desangeladas naves
industriales. La entrada a Alcalá es desoladora, como en
todas las ciudades, anunciada con bloques de viviendas
ofreciéndonos bombonas de butano en las ventanas».
(La puerta cerrada, Madrid, Huerga & Fierro, 1995, p. 269).
Y sin embargo, a pesar de que el presente continúe hablando
el lenguaje de la prisa y el cemento, basta con llegar al
núcleo histórico de la ciudad para reconocer la sobriedad
del barroco, la exuberancia renacentista y, apurando el
calendario, el semblante de las ruinas romanas. La puerta
del ayer se abre de improviso, en cada rincón, y el
transeúnte, cortésmente interesado, empieza a oír el
murmullo de la historia.
En una breve exploración bibliográfica, subrayamos los
grandes titulares de esa cronología complutense. La
concisión resulta explicable, sobre todo si tomamos en
cuenta que nuestro relato ha de iniciar su andadura en la
remota Edad del Hierro. Nada es seguro desde el punto de
vista documental, pero resulta posible imaginar la población
de carpetanos que se instaló en el cerro de San Juan del
Viso.
La romanización de la Carpetania,
fechada en torno al año 195 a.C., debió de iniciarse en
dicha ciudadela, que muy pronto cedió paso a otra de nueva
planta, cuyos fundadores nombraron Complutum. Bajo la
administración romana, se complicó bastante esa actitud
burocrática que consiste en delimitar competencias. Así, los
complutenses figuraron primero en las fronteras de la
Hispania Citerior. Luego, bajo el mandato de Augusto,
Complutum pasó a integrarse en la provincia Tarraconense.
Finalmente, los delegados de Diocleciano aplicaron a la
ciudad el Convento Jurídico de Caesararaugusta. En todo
caso, el vestigio latino permanece en placas de bronce,
tabletas de barro, mosaicos y estelas. Rastros de una
prosperidad que puede advertir el visitante en espacios tan
sugerentes como la Casa de Hippolytus.
En su Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid,
Luis Sánchez, 1611), Sebastián de Covarrubias nos habla de
Alcalá de Henares, «dicha así por el río que pasa cerca de
ella: por otro nombre se dijo Complutum: y viene bien con lo
que dice Esteban de Garibay, que Alcalá en arábigo vale
congregación de aguas». Añade Covarrubias que
«alegóricamente se podría entender por el concurso de tantas
gentes que acude a ella», y explica que «por ventura
debieron de ser muchos pueblos comarcanos que acudían a este
como al principal: porque Plinio hace mención a los pueblos
Complutenses, y Abraham Ortelio refiere lo que se sigue:
Coplutum, Ptolomeo & Prudentio, Carpetanorum urbe est, in
Hispania Tarraconensi, Alcala de Henares, esse ex vetustis
marmorum eius loci inscriptionibus docer Carolus Clusius
insignis hic omnium disciplinarum academia est, &c.». Sin
duda, es oportuna la referencia al flamenco Abraham Ortelio
(1527-1598), por su prestigio como geógrafo oficial de
Felipe II y autor de uno de los primeros atlas de los que
tenemos noticia, el llamado Theatrum orbis terrarum; Theatri
orbis terrarum parergon, sive veteris geographiae tabulae;
Synonimya geographica.
Pero pasemos página, pues los días de Complutum, si bien
gloriosos, desembocaron en los tiempos de la monarquía
visigótica, señalados por la devoción a los Santos Niños
Justo y Pastor. Ese perfil cristiano es descrito así por
Covarrubias: «A esta Alcalá de Henares viene bien la
etimología que un gran arábigo me dijo. Significa ultra de
lo dicho ‘campo cultivado, de donde se han arrancado malas
hierbas y maleza’: oficio que hace la doctrina y disciplina,
arrancando de los pechos cristianos la ignorancia y los
errores, y extirpando las herejías (...) En tiempo de los
godos fue Alcalá de Henares catedral, según lo refiere el
padre Mariana en su Historia de España, lib. 4, capítulo
21».
Otro tratadista más reciente, Cayetano Enríquez de
Salamanca, pormenoriza en los detalles que atañen a la
arabización de la ciudad. Cuando las tropas de Tarik toman
Toledo en 719, la empresa guerrera trae como consecuencia la
caída de Complutum, que pasa a formar parte de las dilatadas
posesiones musulmanas. Quizá por un reflejo filológico, en
el momento de escribir estas líneas, acudimos de nuevo al
anaquel y releemos a don Cayetano para comprobar cómo la
ocupación tuvo su efecto en la nomenclatura de la localidad:
«Así en el año 920, Al-Bayan-al Mugrib relata una derrota
sufrida por los leoneses en Alcalá en un encuentro sostenido
con el gobernador de Wad-il-Hachara (Guadalajara). En otras
crónicas posteriores se la cita con el nombre de Al-Medina
Chancida (Mesa verde) y de Kalat-Abd-al-Salam (Castillo de
Abd-al-Salam); y, más tarde aún, con el de Al-Ka’a-Nahar
(Castillo del Henares), antecedente más próximo del actual
topónimo de la ciudad y motivo de su escudo de armas»
(Alcalá de Henares y su Universidad Complutense, Escuela
Nacional de Administración Pública [Antigua Universidad de
Alcalá de Henares], 1973, p. 53).
Este periodo musulmán, digno de abrir nuevas
investigaciones, concluye en 1085, cuando Alfonso VI vence
al rey Cadí y devuelve a la capital su dignidad de Corte y
Sede Arzobispal. Un tanto desconcertante es el hecho de que
tan noble ciudad fuese llamada de formas tan diversas:
Campum Laudabile, según unos; Neo-Compluto, según otros;
Alkalaga, Alcalá de San Yuste, Santiuste, e incluso Alcalá
la Nueva, afirmando su originalidad frente a esa Alcalá la
Vieja, de sesgo musulmán. Toponimias al margen, lo cierto es
que en 1126 Alfonso VII, el Emperador, convirtió a la villa
en señorío prelaticio, dependiente de los arzobispos
toledanos. El depositario de tan alto honor fue Don
Raimundo, quien concedió a la ciudad el Fuero Viejo,
denominado también Fuero de Alcalá.
Uno de los ilustres sucesores de
don Raimundo fue don Rodrigo Ximénez de Rada, quien fue
arzobispo de Toledo entre 1208 y 1247. Un año después de
adquirir su responsabilidad eclesial, el prelado dio por
comenzadas las labores que llevaron a la construcción del
Palacio Arzobispal, y en 1223, al objeto de aumentar los
honores de Alcalá, convirtió a la ciudad en Corte de los
arzobispos toledanos. Puestos a resumir el periodo que sigue
a tal decisión, acudimos de nuevo a la biblioteca para
repasar otra ilustre enciclopedia. Elías Zerolo, en su
eficiente Diccionario enciclopédico de la lengua castellana
(París, Garnier Hermanos, 1895) comenta que «en 1088 la tomó
a los moros el arzobispo de Toledo; después fue atacada por
los almohades, sin que pudieran tomarla. En la misma hizo
testamento D. Sancho el Bravo a favor de su hijo Fernando.
En 1348 reunió Cortes en Alcalá Alfonso XI; allí se reformó
el cuerpo de leyes bajo el nombre de «ordenamiento de
Alcalá» y se declaró ley del Reino el Código de las Siete
Partidas. En 1390 murió allí D. Juan I de Castilla, de una
caída del caballo. En 1405 recibió, en Alcalá, Enrique III a
los Embajadores del conquistador tártaro El Gran Tamerlán».
Merced a las notas de Zerolo, podemos repasar
acontecimientos de indudable interés. Así, el citado
Ordenamiento de Alcalá impone en el ánimo de los
historiadores la certeza de un gran cambio, pues gracias a
su cuerpo de leyes alcanzó a unificarse la administración de
justicia.
Tras ocupar su sitio en Toledo el cardenal Gil de Albornoz,
heredó su responsabilidad el arzobispo don Pedro Tenorio,
muy preocupado por mejorar el urbanismo alcalaíno. En el
ámbito eclesiástico, destaca Tenorio por haber presidido el
Concilio Nacional convocado en 1379. El motivo de dicho
encuentro no era otro que adoptar desde España una decisión
ante el Cisma de Occidente. La resolución, muy divulgada,
consistió en no reconocer a ninguno de los dos Papas en
conflicto: Urbano VI y Clemente VII.
Otro detalle recogido por Zerolo
está fechado en 1402. Fue entonces cuando Enrique III
recibió en el Palacio Arzobispal la muy exótica embajada que
le envió el Gran Tamerlán, y que, por su estampa, aún exalta
la imaginación.
Los siguientes ocupantes de la sede arzobispal, don Alonso
Carrillo y Acuña y don Pedro González de Mendoza, también
dejaron su sello en la configuración de Alcalá. Merece
estudio aparte un encuentro que se celebró durante el
mandato de Mendoza, concretamente el 20 de enero de 1486. En
el solemne escenario del Palacio Arzobispal, se
entrevistaban por vez primera Isabel la Católica y Colón. La
anécdota, bien significativa, nos permite resaltar la
dimensión ultramarina de la villa, cuna de virreyes y
cronistas de Indias. Piénsese en el cronista Francisco López
de Gómara, en el administrador colonial Diego Ladrón de
Guevara o en el navegante Pedro Sarmiento de Gamboa.
En 1495 fue nombrado arzobispo de Toledo el Cardenal
Cisneros, figura sin duda substancial para comprender el
devenir de Alcalá de Henares. Responsable, entre otros
méritos, de la fundación de la Universidad en 1498 y de la
reconstrucción de la Colegiata en 1497 —recibió el título de
Magistral en1519—, también fue el encargado de conceder a
los alcalaínos, en 1509, el denominado Fuero Nuevo. Poco
después nacía un historiador pionero, Jerónimo Zurita, que
más adelante se instaló en la villa.
No deseamos escapar de las
enciclopedias, así que consultamos en este tramo el
Diccionario enciclopédico de la lengua española, con todas
las vozes, frases, refranes y locuciones usadas en España y
las Américas Españolas (...) (Madrid, Imprenta y Librería de
Gaspar y Roig, editores, 1853). En sus páginas, un tanto
enmohecidas, hallamos noticia de monumentos como «la Iglesia
Magistral, única de este título en España, donde se veneran
las reliquias de San Justo y Pastor, y a donde se
trasladaron en 1850 el sepulcro y restos del cardenal
Cisneros, que se hallaban en la Universidad; y la Parroquia
de Santa María la Mayor, que tiene en sus naves laterales
varias pinturas al fresco de Juan de Cano, y en la cual fue
bautizado el 9 de octubre de 1547 Miguel de Cervantes
Saavedra». Aparte de citar la fertilidad de su campiña, el
Diccionario de Gaspar y Roig describe Alcalá con detalles
del pasado:
«Esta ciudad, célebre en la Historia por las Cortes tenidas
en ella, y por varios concilios diocesanos y uno nacional
que se han celebrado allí, es patria del obispo Gregorio,
teólogo ilustre del siglo IV; de Gerónimo de Florencia,
famoso predicador del siglo XVII; del poeta Figueroa [Se
refiere a Francisco de Figueroa, el Divino, nacido en 1536 y
fallecido en 1617, poco después de que ordenase quemar toda
su obra]; del naturalista Juan Bustamante de la Cántara; del
jesuita Alonso Deza; del arquitecto Pedro Gumiel, y otros
varones insignes, entre los cuales ocupa el primer lugar
Miguel de Cervantes Saavedra».
Como sucede en obras similares, también ésta convierte a
Cisneros en invitado solemne, depositario de las glorias
humanísticas que ahora adornan la villa. A su vera, figuras
como Nebrija contribuyen a dar importancia al proyecto
complutense. Precisamente se refiere a este último Luis Gil,
cuando explica cómo Cisneros lo llamó a Alcalá para que
participase en la elaboración de la Biblia Políglota en
1499, «y ni las discrepancias de criterio ni la renuncia de
Nebrija a formar parte del equipo editor en 1503 fueron
óbice para que en 1514 le concediera una cátedra de
retórica, con el insólito privilegio de percibir su salario
diera o no diera clase, ya que no se lo mandaba dar porque
trabajase, sino por pagarle lo que le debía España» («Guerra
a los bárbaros», ABC Cultural, 14 de agosto de 1992, p. 8).
También se refiere a Nebrija el erudito mexicano Alfonso
Reyes, cuyo testimonio, si lo tomamos en su amplio sentido,
parece resumir el verdadero valor de la experiencia
alcalaína:
«Gramáticas latinas y castellanas, diccionarios,
traducciones, libros de cosmografía, crónicas sobre el
reinado de los Reyes Católicos, y hasta el fin de sus días,
las mil actividades diarias de la enseñanza: amplia es la
labor de Nebrija, como buen hijo del Renacimiento. No les
bastaba a aquellos hombres universales el trecho pasado de
una vida, ni todas las horas del día y la noche para su sed
de conocimiento y acción».
(Retratos reales e imaginarios, Barcelona, Bruguera, 1984,
p. 35).
Todas estas reflexiones y anécdotas sirven para probar la
delicada eficacia del humanismo, foco de todos los impulsos
de la Universidad Complutense. Al elogiar tan poderoso
enunciado intelectual, sólo cabe coincidir con Víctor García
de la Concha en la afirmación siguiente:
«En su base —y esto era lo nuevo— había colocado el
Humanismo italiano el estudio del latín y la recuperación de
los clásicos. No se agotaba aquél en un método más práctico
de aprendizaje de la lengua, sino que iba mucho más allá al
proponerse como objetivo la adquisición de un hábito de
razonamiento crítico. Eso permitía, entre otras cosas, leer
a los clásicos en su propio contexto y tomarlos como
paradigma y estímulo en la restauración de otra edad de oro.
Latín y cultivo de los clásicos venían así a identificarse
con audacia en el saber, y en definitiva con modernidad. La
gramática se convertía de este modo en instrumento clave
para la reforma del hombre y de la sociedad».
(«El hombre que aquí alumbró», ABC Cultural, 14 de agosto de
1992, p. 7).
Habrá ocasión de comprobarlo en otros apartados de esta
muestra: el humanismo se acomodó a la ciudad como una clave
explicativa de su destino, y es asombroso el modo en que
todo el aporte científico e intelectual que la Universidad
deparó a los colegiales fue invariablemente acompañado de un
sobrio esplendor.
Sucede además que el ritmo interno de la ciudad fue
acostumbrándose a los protocolos más elevados, también en lo
que concierne al ámbito cortesano. En el Palacio Arzobispal
de Alcalá nació Catalina de Aragón, hija de Fernando II de
Aragón y de Isabel de Castilla, y protagonista del drama
amoroso que provocó el cisma de la Iglesia Anglicana.
También vino al mundo en esta villa Fernando I de Habsburgo,
futuro emperador de Alemania. En 1678 Carlos II, confirmando
los honores, le concedió el título de ciudad. Por desgracia,
la historia tiende a remedar a los mismos fantasmas, y el
declive siempre sucede al esplendor. No sorprende por ello
que los siglos XVIII y XIX transmitan la penosa sensación de
una urbe decadente.
En esta línea de descenso, Alcalá
fue golpeada por dos sucesos históricos tristemente eficaces
a la hora de deteriorar su hermosura: la invasión
napoleónica y la desamortización de Mendizábal. De la lucha
contra las tropas francesas, queda el recuerdo heroico de
Juan Martín, el Empecinado, que combatió a los incursores
con tácticas de guerrilla. En cuanto al proceso
desamortizador, cabe añadir que su carga se añadía a otra:
el traslado a Madrid de la Universidad en 1836. Tan sólo la
constitución en 1851 de una Sociedad de Condueños limitó los
desmanes y la especulación que se ensañaron con los
monumentos de la ciudad. Con todo, para que el lector se
haga una idea del nuevo destino de Alcalá —un
acuartelamiento en toda regla—, transcribimos unas líneas de
Elías Zerolo, quien comenta estos avatares en su Diccionario
enciclopédico de la lengua castellana (París, Garnier
Hermanos, 1895):
«De Alcalá puede decirse hoy que es una colonia militar. En
diferentes formas ha tenido varios establecimientos de
instrucción del arma de caballería, el Colegio de cadetes de
esta arma al separarse del Colegio general militar. En este
concepto ha tenido importancia en los movimientos
político-militares de España. De allí salieron los
regimientos de caballería que a las órdenes de los generales
O’Donnell y Dulce hicieron la revolución de 1854, y en el
movimiento republicano del 19 de septiembre de 1886, un tren
insurrecto con una escolta del regimiento infantería de
Garellano, salió de Madrid y llegó a Alcalá de Henares,
conducido por un jefe del ejército».
Poco antes de llevarse a cabo ese movimiento republicano, en
1880, nacía en Alcalá don Manuel Azaña, intelectual y
político de gran importancia en la historia de España.
Probablemente, el joven Azaña debió de advertir esa
infravaloración que sufría Alcalá, y que de forma tan
atinada supo reflejar Unamuno por escrito.
Como sucedió en el resto de la geografía española, la guerra
civil dejó un rastro infernal en la villa. Sin duda, los
alcalaínos sufrieron la contienda, y ésta fue asimismo fatal
para muchos de sus bienes artísticos. Naturalmente, los años
siguientes dejaron claro que hacía falta remodelar y
restaurar ese patrimonio, pero esta empresa no era nada
fácil. En 1968 el casco histórico fue declarado Conjunto
histórico-artístico. Con la llegada de la democracia, la
ciudad recuperó su Universidad, y ese año 1977 consolidó el
nuevo ciclo de prosperidad que se había iniciado una década
antes. Animada por la presencia de profesores,
investigadores y estudiantes, Alcalá de Henares volvió a ser
un enclave cultural, y esta línea de acción fue capaz de
contrarrestar la erosión, la ruina y el mal uso de no pocos
monumentos. El proceso de rehabilitación, cuyo éxito estaba
destinado a originar un efecto más allá de nuestras
fronteras, culminó en 1998, cuando la villa fue catalogada
como Ciudad Patrimonio de la Humanidad. A partir de aquí, la
historia de Alcalá sigue su curso, y del mismo modo que en
otro tiempo, continúa imprimiendo su huella en el devenir
cultural de los hispanohablantes
ARQUITECTURA
RELIGIOSA
En 1209, el
arzobispo don Ximénez de Rada dio la orden para que
comenzasen las tareas de construcción del Palacio
Arzobispal. Sus trazas de fortaleza mudéjar se perdieron con
las llamas de un incendio, y don Pedro Tenorio pensó activar
la empresa reconstructora con el fin de fortificarlo. Los
aportes de don Juan Martínez de Contreras en el ala oriental
tienen el sello gótico-mudéjar. Distinto es el caso del ala
occidental, diseñada por Alonso de Covarrubias por orden de
don Alonso de Fonseca, quien fue sucedido por otro promotor
de las obras, el Cardenal Tavera. A Covarrubias se deben los
patios y la escalera de honor. Sin duda, los sucesivos
autores de este conjunto podían alardear de un alto sentido
de la belleza. Lamentablemente, no es mucho lo que nos ha
llegado tras el incendio de 1939, que destruyó elementos que
ninguna restauración, por muy cuidadosa que ésta sea, podrá
recuperar del todo.
Como ejemplo eficiente de la arquitectura religiosa en
Alcalá, el Palacio Arzobispal muestra cómo fueron
superponiéndose los estilos, a veces forzados por la ruina o
el desastre. No en vano, la Civitas Dei, afín al ideario de
la Contrarreforma, se caracterizó por conjuntos monumentales
como éste, rodeados por conventos y claustros, iglesias,
capillas y ermitas —mezquitas y sinagogas aparte—. Semejante
profusión es lo que llevó a muchos a llamarla Roma chica, y
no es de extrañar, pues la lista de edificios religiosos,
comenzando por la Magistral, obedece a un plan que convierte
a Alcalá en un vigoroso centro católico. De hecho, si
pudiéramos retroceder hacia el pasado, podríamos visitar
numerosas ermitas que han sido tratadas desigualmente por
los siglos. Los ejemplos menudean: cuéntense las ermitas de
la Moraleja, de la Vera Cruz, de la Virgen del Val, de San
Isidro, de San Jerónimo, de San Juan de los Caballeros, de
San Lázaro, de San Sebastián, de Santa Lucía, del Ecce Homo
y del Santo Sepulcro, entre otras.
De igual modo, la Universidad emprendió su vida muy próxima
a las órdenes religiosas, y no escasean los
colegios-convento, cuya función alternaba el cuidado de la
fe y el de los saberes. Citemos, en apretada sucesión, el
Colegio-convento de Capuchinos, el de Carmelitas Descalzos
de San Cirilo, el de Dominicos de la Madre de Dios, el de la
Merced Descalza, el de la Trinidad Descalza, el de Mínimos
de Santa Ana, el de San Basilio Magno, el de Santo Tomás de
los Ángeles y el del Carmen Calzado.
Empresas tan caudalosas como ésta que alterna estudio y
recogimiento nos hablan de una cuidadosa distribución de las
órdenes en la villa. En esta línea, tampoco faltan los
conjuntos monumentales, en su mayoría privados del sobrio
esplendor que antaño los caracterizó. Con todo, aún podemos
ilustrar esta tendencia con la cita del Convento de
Agustinas Descalzas de Nuestra Señora de la Consolación o de
la Magdalena (también llamado Convento de Agustinas o de
Santa María Magdalena), el Convento de Carmelitas de Afuera
o del Corpus Christi, el Convento de Carmelitas Descalzas de
la Concepción o de la Imagen, el Convento de Dominicas de
Santa Catalina de Siena, el Monasterio de las Franciscanas
de Santa Clara, el Monasterio de San Bernardo, el Convento
de Franciscanas de la Purísima Concepción y Santa Úrsula o
de las Úrsulas, el Convento de las Clarisas de San Diego y
el Convento de San Juan de la Penitencia.
Las iglesias y capillas también tienen una significación
especial en la arquitectura de ciudad. Conjuntos como el de
la Iglesia de la Compañía, hoy parroquia de Santa María la
Mayor, y el de la Iglesia Magistral de los Santos Justo y
Pastor ejemplifican rasgos de adecuación a un estilo que ya
mencionamos al comentar la arquitectura civil. Una vez más,
hemos de referirnos a esa interpolación de elementos que se
van sumando al sistema constructivo gótico. Y en ello cabe
un apunte simbólico, relacionado con el gusto de Cisneros;
un gusto cultivado artísticamente cuando él fue capellán en
la Catedral de Sigüenza y vicario del obispo don Pedro
González de Mendoza, y aún más refinado cuando el Cardenal
se vinculó a la Corte. En palabras de Víctor Nieto, «para
Cisneros el gótico era un lenguaje legitimado por los
programas de la monarquía, y de la Iglesia, símbolo del
poder, y un lenguaje que (...) encarnaba la idea de
modernidad. La connotación «tradicional» que se aplica al
gótico, carecía de sentido, a una escala universal, en los
primeros años del siglo XVI» («Renovación e indefinición
estilística, 1488-1526», Arquitectura del Renacimiento en
España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, p. 75). Así, pues,
atendiendo a este protocolo, cabe relacionar una parte de
esa monumentalidad con ese estilo morisco renaciente,
identificado por un tiempo con el nombre del Fundador.
CIVIL
La primera caracterización que cabe indicar sobre la
arquitectura alcalaína de uso civil, viene descrita en
cualquier plano. Más que en obras aisladas, debemos fijarnos
en el recinto amurallado y en las vías de entrada a la
villa, cualidad aún más destacable si tenemos en cuenta que
fueron construyéndose puertas para ornar los pasos
principales. Si bien es cierto que muchas no han dejado otro
rastro que el documental, conviene recordar nombres como los
de la Puerta de Burgos, la Puerta de Aguadores o de las
Tenerías Viejas, la Puerta de Guadalajara o de los Mártires,
la Puerta de la Judería, la Puerta de Madrid, la Puerta de
San Julián, la Puerta de Santa Ana, antes llamada del
Postigo, la Puerta de Santiago, la Puerta del Vado y la
Puerta Nueva o del Teatro, llamada luego de Tenerías Nuevas.
Idéntica consideración merecen los palacios, cuyo registro,
sin necesidad de otro sagaz examen, delata por doquier la
presencia de familias de alta cuna, capaces de contratar a
los más hábiles arquitectos y maestros de obras.
Este rasgo se extiende también a las edificaciones
destinadas a cumplir un propósito educativo. Las crónicas
explican esta abundancia. Ya en 1293 Sancho IV otorgó
permiso a Gonzalo Gudiel para que construyese un Estudio
General. Gracias a Cisneros, ese proyecto germinó al amparo
de una inteligencia privilegiada, dando lugar a la Antigua
Universidad (1499-1836), en cuyo entorno llegaron a
funcionar hasta 31 colegios universitarios. Esta generosa
presencia implica inclinación a la enseñanza por parte de
las órdenes religiosas que acá se aposentaron, escogiendo
por símbolo de su labor el estudio y el perfeccionamiento
moral de los colegiales. Este modelo de arquitectura
mayoritaria —el diseño de colegios— nos ofrece aún muestras
como el Colegio de San Martín y Santa Emerenciana o de
Aragón, el Colegio de San Patricio o de los Irlandeses, el
Colegio Menor de San Nicolás de Tolentino —actual Convento
de San Juan de la Penitencia—, el Colegio Máximo de la
Compañía de Jesús, el Colegio Menor de la Madre de Dios, el
Colegio Menor de los Santos Justo y Pastor y de Santa María
de la Regla o de León, el Colegio Menor de San Ciriaco y
Santa Paula o de Málaga, el Colegio Menor de Santa Catalina
Mártir o de los Verdes, el Colegio de Teólogos de la Madre
de Dios, el Colegio Menor de San Felipe y Santiago o del
Rey, el Colegio Menor de San Jerónimo o Trilingüe, el
Colegio Menor de San José o de Clérigos Menores, también
llamado Colegio-convento de San José de los Caracciolos, y
el Colegio Menor de San Pedro y San Pablo. De todos ellos,
el que requiere mayor atención por parte de los estudiosos
es el Colegio Mayor de San Ildefonso, que sirve de núcleo a
la comunidad universitaria. A su vera, se edificó la Iglesia
de San Ildefonso (1510), cuyo propósito era servir de
Capilla al Colegio. Completando dicho conjunto, se erigió en
1516 el Teatro o Paraninfo.
En opinión de
Víctor Nieto, en el conjunto de San Ildefonso prevalece una
interpenetración de estilos y soluciones —góticas,
renacentistas, mudéjares—, que induce a observar un fenómeno
de indefinición estilística. «Las obras realizadas bajo el
auspicio de Cisneros, señala, ponen de manifiesto con
énfasis la aludida pérdida del sistema y norma en la
arquitectura y la heterogeneidad lingüística que se produce
en la arquitectura española de estos años». Caracterizando
esa confluencia y catalogándola como un estilo, se dio
importancia al empuje del Cardenal. De ahí que esta variante
comenzara a denominarse estilo Cisneros, perpetuando así una
acepción que usó E. Tormo y Monzo en su obra Alcalá de
Henares (Cartillas excursionistas, Madrid, 1917). Con menos
apasionamiento, Nieto se encarga de aclarar que «en las
obras impulsadas por Cisneros no se plantea una tendencia
orientada a configurar un estilo. Si desde un punto de vista
estético y perceptivo estas obras pueden resultar más o
menos afortunadas, desde una perspectiva arquitectónica
ponen de manifiesto su identidad con el fenómeno de
indefinición estilística que venimos analizando en relación
con el problema del plateresco». («Renovación e indefinición
estilística, 1488-1526», Arquitectura del Renacimiento en
España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, pp. 72-73). La
arquitectura alcalaína conserva, al menos en parte, ese
individualismo formal. Por evaluar con palabras expertas
esta línea característica, tomamos de la monografía
mencionada un párrafo de R. Díez del Corral Guernica, donde
este tratadista considera que el llamado estilo Cisneros se
convierte «en la primera ocasión donde apreciamos una
incorporación de elementos renacentistas a nuestra
arquitectura, que tendrá un desarrollo posterior en el
llamado plateresco. En última instancia, ambos estilos no
son más que la adaptación de un nuevo lenguaje foráneo a las
formas arquitectónicas anteriores en las cuales, durante los
últimos años del siglo XVI, la influencia de lo mudéjar era
aún muy fuerte» (Arquitectura y mecenazgo. La imagen de
Toledo en el Renacimiento, Madrid, Alianza Editorial, 1987,
p. 68). Cualquiera que observe con ojo atento las
edificaciones alcalaínas, no tardará en reconocer esos
detalles en su trazado.
Naturalmente,
dichos caracteres están lejos de ser los únicos que ofrece
la villa, aunque sí figuran entre los más notables. Con sus
característicos patios de soportales de madera y su fachadas
ornadas con escudos heráldicos, aquella ciudad complutense
que soñó el Cardenal contaba con otras edificaciones
civiles, como el Hospital de Nuestra Señora de la
Misericordia o de Antezana y el Hospital de Estudiantes de
San Lucas y San Nicolás.
Añádase aquí, por último, la arquitectura alcalaína propia
del XIX, representada por el Edificio del Círculo de
Contribuyentes, el Matadero Municipal, el Quiosco de la
Música, y sobre todo, por el Palacio de Laredo (1881-1884).
Diseñada por Manuel José de Laredo, esta obra incide en esa
interpolación que ya comentamos a propósito del estilo
Cisneros. Sólo que esta vez, libre de prejuicios, el
arquitecto suma elementos góticos, renacentistas,
neomudéjares, modernistas y pompeyanos. Todo en este palacio
contradice la sencillez, e incluso sus ornamentos, sobre
todo los más selectos, revelan el gusto de Laredo por la
arqueología. No en vano hallamos bóvedas y columnas que
antes fueron del Castillo de Santorcaz, azulejos que
anteriormente adornaron el Palacio jiennense de Pedro I el
Cruel y columnas que se alzaron en el jardín de la
Penitenciaría de Jesuitas del Monte Loranca. En suma, un
arte bifurcado en todas las direcciones de la historia.
FIESTAS Y FOLKLORE
Santos Justo y
Pastor, el 6 de agosto.
San Bartolomé, el 24 de agosto.
Virgen del Valm, el 16 de septiembre. Romería.
Conmemoración de la Muerte de San Diego, el 13 de noviembre.
Este día se abre el arcón de plata para contemplar su cuerpo
incorrupto.
ALCALÁ EN LA LITERATURA
Vaya por
delante la aclaración de que Alcalá no sólo figura por
impreso en las letras hispánicas. Desde hace siglos, los
viajeros extranjeros han alabado las virtudes de este
enclave humanista, y sin duda, mucho ayudaron a propagar las
excelencias alcalaínas. A título de ejemplo, recuérdese a
Jerónimo Münzer, admirador a carta cabal de la villa en su
Itinerarium sive peregrinatio per Hispaniam, Franciam et
Alemaniam, 1494-1495. Otros autores abonan lo dicho. En 1546
el portugués Gaspar Barreiros describió la ciudad en su
Chorographia, y en 1585, Enrique Cock hizo lo propio en La
relación del viaje hecho por Felipe II a Zaragoza, Barcelona
y Valencia. Y eso no es todo. Muchos otros visitantes han
asistido al prodigio de este lugar. No obstante, conviene
insistir en la floración literaria autóctona, dado que
estimula en sí misma la imagen de una población volcada en
lo cultural.
Ciudad de invenciones inagotables, Alcalá de Henares da los
rumbos de nuestra literatura desde hace siglos, e incluso
acoge uno de sus ritos más venturosos cada 23 de abril,
cuando en el Paraninfo de la Universidad se entrega del
premio Cervantes, aún más resonante por otorgarse en la cuna
del más grande novelista español. Porque —y esto es cosa en
la cual parece obvio insistir— Alcalá es la patria chica de
Cervantes, quien por cierto la menciona en una página de El
Quijote. Subrayando las glorias de esta cantera de
literatos, cabe añadir que quizá también fuese alcalaíno el
Arcipreste de Hita, aunque esto último es cosa que los
sabios discuten.
Fuera de toda
duda está la presencia de muchos letraheridos en los días
del rey Felipe IV. Naturalmente, hablamos de colegiales como
Pedro Calderón de la Barca y Agustín Moreto, que le
dispensaron a la ciudad complutense sus aptitudes singulares
y la memoria de los días que en ella vivieron. A ello
conviene añadir los nombres de eruditos, escritores,
cronistas y polígrafos como Antonio de Solís y Ribanedeyra,
Gabriel Bocángel, Francisco López de Gómara, Jerónimo
Zurita, Juan de Mariana, Pedro Sánchez Ciruelo y Juan de
Valdés.
Si nos fijamos en un intelectual tan admirable como Gaspar
Melchor de Jovellanos, incluso hallaremos un jardín que
lleva su nombre y conmemora su inteligencia.
Al hacer balance de los estudiantes ilustres, suele
mencionarse a Lope de Vega, quien quizá anduviera por la
Universidad mientras servía al obispo de Ávila, Jerónimo
Enrique. No hay constancia definitiva de que Lope obtuviese
grado alguno en sus aulas, pero el solo indicio de su
matriculación merece ser citado. Por retomar el discurso de
lo probado, añadiremos a la fabulosa galería el nombre de
Francisco de Quevedo. Ya dicen sus biógrafos que el
anecdotario alcalaíno del escritor es memorable, y es
evidente cómo registró en su obra la incertidumbre de los
pícaros estudiantes y esa descripción tan afilada de las
posadas de hambre. El quevediano Buscón señala muy diversas
experiencias en esta dirección, tan propia de los libros de
picardía. Quien además lea la vida del pícaro Guzmán de
Alfarache entenderá bien a qué nos referimos, dado que su
autor Mateo Alemán, también hizo estudios en Alcalá.
Como natural consecuencia, ese enlace de la ciudad con la
picaresca origina nuevos y gozosos ejemplos. Tal es el caso
del Lazarillo de Tormes o, por mejor decir, de sus
continuaciones. Se fecha en 1555 la impresión de una segunda
parte, muy fantasiosa, y en 1620, la edición por parte de
Juan Cortés de Tolosa de El Lazarillo de Manzanares. Pero la
pieza que aquí nos importa es otra de ese mismo año,
publicada en París, y que es divulgada como segunda parte
del antiguo Lazarillo. El autor, Juan de Luna, profesor de
español en Francia, no escatimó en su ficción las críticas a
los valores de su tiempo bajo el punto de vista social y
religioso. Como se ve, otra vez estamos en el escenario
complutense.
Luego es fuerza preguntarse: ¿es cosa del siglo XVI esa
atención de los escritores por Alcalá? ¿Con qué se
realimentó dicha curiosidad? Ciertamente, pasada la gran
aventura cultural del Siglo de Oro, las menciones a la villa
no son tan frecuentes, pero quedan bien lejos de la escasez.
Entre ellas, citaremos la que propone Marcelino Menéndez y
Pelayo en su Antología de poetas líricos castellanos, muy
significativa por lo que concierne a la importancia
intelectual de la ciudad. Tampoco ha de faltar en estas
líneas don Benito Pérez Galdós, entre cuyos Episodios
nacionales hay uno dedicado a «El Empecinado», famoso
guerrillero que el 22 de mayo de 1813 atacó a las tropas
napoleónicas que ocupaban este lugar.
En fecha
posterior, hallamos la evocación de José Martínez Ruiz,
«Azorín», en Al margen de los clásicos, y una anécdota
alcalaína consignada en las memorias del poeta Rafael
Alberti, La arboleda perdida, donde el malagueño da libre
rienda a su sentido del humor. La suma y sigue de títulos
continúa con dos libros viajeros de Camilo José Cela, Nuevo
viaje a la Alcarria y Flor de vagabundaje, en los cuales
nuestro premio Nobel demuestra conocer bien la villa. El
solemne pasado de Alcalá es la materia que interesa al
heterodoxo Fernando Arrabal en Un esclavo llamado Cervantes,
y a Fernando Sánchez Dragó en esa historia mágica de España
que su autor titula Gárgoris y Habidis. Es el mismo pasado
que, con visajes folletinescos, halla su referencia en ese
subgénero tan exitoso que llamamos novela histórica, y que
aún hoy no escatima menciones a la población complutense.
ENTORNO NATURAL DE LA
CIUDAD
La naturaleza
alcalaína nos ofrece una visión mansa y tupida de la fauna y
flora mediterráneas. Desde el alba hasta medianoche, el
excursionista aficionado a este tipo de placeres puede
disfrutar de parajes llenos de vida, que distan muy poco de
la capital complutense y de su entorno industrial.
Polarizando esa sensibilidad, el contorno de la villa y sus
parques solicitan del viandante que atienda sus reclamos,
libres por esta vez de las sugestiones de los libros y
también ajenos al espíritu de la historia. En este tramo, el
relieve terrestre se sobrepone a los monumentos y las aguas
del Henares despliegan un manto de pormenores fugaces, donde
se espesa la vegetación e importa menos la agitación humana.
En la tierra alcalaína se practica una agricultura muy
similar a la que, a primera vista, aún define las estaciones
en Torres de la Alameda, Mejorada del Campo, Ajalvir,
Camarma de Esteruelas, Cobeña y otras poblaciones del
entorno. La condición cerealera de su siembra se advierte
cuando los campos comienzan a amarillear, si bien no
extrañan por acá cultivos de otro orden —hortalizas, sobre
todo—, favorecidos por el regadío inteligente. No obstante,
unir en estas líneas el centeno, la cebada y el trigo
significa resaltar una tradición castellana —la del grano en
los surcos— que antes perteneció a la reja del arado y que
hoy es perpetuada por los modernos artilugios de cosecha.
Todo ello sin olvidar un complemento inseparable de este
paisaje madrileño: la ganadería ovina, sobre la que aún
pesan el oficio de la lana y un impulso trashumante que en
otro tiempo dio sentido a las cañadas.
En consonancia
con la belleza del Valle del Henares, cabría diseñar una
ruta que cruzase el puente de Zulema, rastreando las ruinas
de Alcalá la Vieja para luego buscar un ensanche en el cerro
del Ecce-Homo, en la zona donde se yergue el Gurugú o en las
laderas terrosas del barranco de la Zarza.
De ese modo, entre pinos carrascos y matas de esparto,
hallamos una vista que cuadra bien a la personalidad de la
región. Acaso turbando la serenidad del paseo, encontraremos
fauna menor, de la que apasiona a los entomólogos. No se
olvide que en 1856, Luis Mendes de Torres editó en Alcalá su
conocido tratado, El cultivo y cura de las colmenas y las
ordenanzas de los colmenares.
Haciendo su morada en la cuenca del Henares, la población
animal es generosa, en consonancia con el mayor verdor que
incitan las aguas.
El río Henares es afluente del Jarama, nace en Sierra
Ministra, en la rama castellana del Sistema Ibérico, entre
Soria y Guadalajara, y dirige su curso hacia el suroeste,
internándose en pos de lindes bien conocidas por los
alcalaínos. No en vano, la ciudad protege —en lo
administrativo y en lo sentimental— el Soto del Henares, un
área que comprende tanto el río como los barrancos
adyacentes. El ecosistema, animado por la presencia de
álamos, sauces y chopos, merece la atención de todo aquel
que pase por Alcalá.
Desde el
humedal llega hasta la llanura cultivada un perímetro
faunístico repleto de sorpresas, sobre todo si se tiene en
cuenta la proximidad de núcleos industriales muy poblados.
De ordinario, los cazadores tradicionales, que llevan sobre
las espaldas bastantes horas de monte, conocen los refugios
de perdices y codornices. Esto no es óbice para que ambas
especies, la perdiz común o roja (Alectoris rufa), con su
gorguera blanca ribeteada de negro, y la pardoamarillenta y
muy menuda codorniz (Coturnix coturnix), sean irrespetuosas
con los cotos señalizados y prefieran lucir su plumaje ante
cualquier viajero, sobre todo si éste carece de lebrel y
escopeta.
Antaño muy perseguida y hoy librada de la extinción por
leyes muy severas, la avutarda (Otis tarda) luce
ocasionalmente su porte majestuoso. El enorme tamaño de los
machos —hasta un metro de altura—, convierte a este ave en
un robusto vigía de los páramos y trigales, camuflado
gracias a su color ocráceo y a un saludable recelo de los
hombres. De mucho menor calibre, pajarillos como la cogujada
común (Galerida cristata) y el zorzal común (Turdus
philomelos), emplean el mismo colorido para ocultarse.
Sobrevolando este paisaje, también es posible reconocer la
silueta del cernícalo vulgar (Falco tinnunculus), un pequeño
halcón, de unos 34 centímetros, cuyas alas apuntadas suelen
verse en toda la franja castellano-leonesa. De gran belleza,
esta ave ofrece un dimorfismo sexual característico. El
macho tiene la cabeza, el obispillo y la cola, de color
gris, y sus partes superiores lucen un color castaño
adornado por motas. En contraste, las partes superiores y la
cola de la hembra son de color pardo rojizo, listadas
transversalmente. Habitual morador de terrenos de cultivo,
el cernícalo es asimismo un inesperado inquilino en la
ciudad. Demostrando malas costumbres de vecindad, veces
aprovecha en los árboles el lugar de nidificación propio de
las urracas.
Mencionamos un córvido, la urraca (Pica pica), cuyo plumaje
pío y larga cola, teñida con lustre azulado-verdoso, nunca
pasan desapercibidos. Animal vivaracho, muy sagaz, se le
atribuyen picardías notables, como el robo de joyas y
objetos brillantes y la imitación del habla humana. En todo
caso, su presencia siempre añade un punto de barullo a los
jardines y las tierras de cultivo.
Descendientes
de la paloma bravía (Columba livia), las palomas domésticas
que revolotean por Alcalá han heredado de aquélla su
obispillo pálido y el plumaje gris azulado. Muy dañina en
todo sentido, esta especie anida en grietas de los
edificios, donde sus pichones, torpes y deslucidos, engordan
hasta que son capaces de seguir el ritmo de la bandada. No
es extraño que a esos grupos se una otro simpático
merodeador, el gorrión común (Paser domesticus), aficionado
a las mismas costumbres de nidificación y subsistencia.
De grandes patas y cuello largo, la cigüeña común (Ciconia
ciconia) picotea su plumaje blanco sobre el tejado de los
mayores edificios alcalaínos. Anda con pausa, como si se
supiera parte del grupo arquitectónico. No es raro escuchar
el batir de sus mandíbulas —el crotoreo— en los periodos de
cría y fecundidad, ya sin disimulos de ninguna clase frente
a los humanos, que la respetan cual si de un símbolo
eclesiástico se tratase. Aquí el razonamiento es obvio,
puesto que no son aves a las que se pueda separar de
cornisas y campanarios. Ésta es, en el pasado y el porvenir,
una presencia muy deseada, tan afín al paisaje complutense
que cuesta imaginarlo sin ella.
Como su nombre indica, el humedal del río Henares nos
permite acudir a sus aguas, que han de servirnos de
contrapunto a este paseo por la ciudad. Allí donde se
ofrecen los regatos, encontramos una población bulliciosa,
amante de la fronda y los rincones accidentados.
Los cangrejos
americanos ocupan las corrientes que otrora habitaban los
crustáceos autóctonos. Entre junio y julio, se produce la
freza de la carpa (Cyprinus carpio), cuyos huevos hacen
eclosión entre tres y seis días después. Un buen festín, sin
duda, para un avecilla cada vez más rara de contemplar por
estos lares, el martín pescador (Alcedo atthis), que se
zambulle en pos de sus pequeñas presas con una energía
súbita y nerviosa. Mucho más frecuente es observar las
evoluciones de la lavandera blanca común (Motacilla alba
alba), afanosa en picotear por las orillas. Tampoco es raro
encontrarse con el pato más habitual en este paisaje, el
ánade real (Anas platyrhynchos), al que también suele
llamarse azulón por el espejuelo que brilla en sus alas,
destacado entre dos barras blancas. El macho tiene su cabeza
de color verde irisado y su pico es amarillo, y en todo ello
es muy distinto de otras aves que surcan esta corriente,
como la focha común (Fulica atra) y la polla de agua
(Gallinula chloropus), que además pertenecen a otra familia,
las Rallidae, que sólo se asemeja a las anátidas en el
hábitat que comparten: los márgenes de agua dulce que
enriquecen esta comarca.
PATRIMONIO HISTÓRICO
Alcalá de
Henares es una ciudad monumental por excelencia, con gran
cantidad de edificios tanto civiles como religiosos que se
pueden admirar en un recorrido por sus calles. Su casco
antiguo ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad, por la
UNESCO, en diciembre de 1998.
Colegio de San
Ildefonso, o Universidad que fue fundada en 1498 por el Cardenal
Cisneros, y cuyas obras de edificación fueron dirigidas por don
Pedro Gumiel, concluyéndose en 1508. De su edificio original
sólo se conserva el aula artesonada y un curioso estrado de
estilo plateresco. Su fachada principal del mismo estilo, fue
construida por Rodrigo Gil de Hontañón y data de 1543. Es
mencionada como una de las más bellas de nuestro país y tanto
ésta, como las ventanas y balcones, están ricamente adornados
con elementos renacentistas. El edificio también hace gala de
dos patios, uno de estilo barroco de José Sopeña, 1662, y otro
de 1551 de estilo renacentista, obra de José de Cótera.
En cuanto a
edificios civiles se refiere, existen en esta bella ciudad una
gran cantidad de ellos, lo que nos da una idea del grado de
desarrollo económico al que llegó durante varios siglos.
El Palacio de los
Arzobispos, un primer edificio fue construido en el siglo XIII,
para posteriormente ser reformado a la vez que restaurado entre
los siglos XIV y XVI. Está rodeado de murallas y torres con
almenas y barbacanas, en sus tres fachadas se pueden distinguir
estilos arquitectónicos diversos; las del costado longitudinal
claramente se exponen como estilo gótico-mudéjar, mientas que la
fachada principal luce como plateresca, con un bellísimo escudo.
El Hospital de
Antezana, es otra muestra de la esplendorosa arquitectura civil
de esta ciudad, fundado por Luis de Antezana, si bien en 1702
sufrió en su reforma bastantes modificaciones. Luce el estilo
gótico en todo el edificio.
La Casa de
Cervantes, de la que no quedan apenas restos del antiguo
edificio, aunque en su lugar existe una suntuosa construcción
del siglo XVI.
El Hotel Laredo,
construcción de principios de siglo, aunque para la misma fueron
empleadas piezas arquitectónicas de edificios antiguos.
Ruinas de un antiguo Castillo árabe, en los arrabales de la
ciudad.
En la calle de los
colegios, hay edificios que sirvieron para este fin. Son de gran
capacidad debido a que funcionaban como internados; deben casi
todos su fundación al Cardenal Cisneros, y muchos de ellos
fueron ampliados durante el siglo XVII. Digno de mención entre
todos es el Colegio Málaga, posiblemente obra de Sebastián de
Plata.
La Iglesia de San
Ildefonso, en la que está situado el sepulcro del Cardenal
Cisneros (comienzos del siglo XVI). Su construcción fue
comenzada por Domenico Fancelli, aunque llevada a cabo de por
Bartolomé Ordóñez.
La Iglesia
Magistral o de los Santos Justo y Pastor, templo de estilo
gótico, obra de Pedro Gumiel, por encargo del Cardenal Cisneros.
Su construcción comenzó en 1490 y concluyó en 1509. Consta de
tres naves y girola, bajo su altar mayor se halla una cripta con
los restos de los niños Justo y Pastor y la piedra del martirio.
En uno de los laterales del templo se pueden contemplar dos
capillas de estilos bien diferenciados: su bella torre es de
estilo herreriano y se adosó al edificio en el siglo XVII.
Convento de las
Bernardas, fundado en 1618, cuya fachada es de ladrillo y tiene
un pórtico con un nicho donde luce la imagen del San Bernardo,
atribuido a Juan Bautista Monegro. Su iglesia es de planta
ovalada y posee varias capillas; la central, a modo de pequeño
templo con cuatro altares, engalana obras del pintor Angelo
Nardi.
La Iglesia de los
Jesuitas se construyó entre 1602 y 1625 según planos de Juan
Gómez de Mora. Su fachada es obra del mismo arquitecto y está
enmarcada por grandes columnas corintias y un frontón
triangular. En las cuatro hornacinas esféricas hay sendas
imágenes creadas por Manuel Pereira.
Oratorio de San
Felipe de Neri o los Filipenses, en su interior se puede admirar
una maravillosa colección de pinturas de los siglos XVII y XVIII
además de una imagen de Santa Teresa de Jesús, de la que no se
puede definir la autoría, ya que ha sido atribuida según
criterios, a Gregorio Fernández o a Manuel Pereira.
Murallas, de las
que quedan en la actualidad solamente cuatro torres en voladizo.
Aunque en origen se remontan al siglo XIV, han sido reformadas
en numerosas ocasiones. La puerta de Madrid es de construcción
casi reciente de muy entrado el siglo XVIII y la de San
Bernardo, que es bastante más antigua, data del siglo XVII.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
PERSONAJES CÉLEBRES
Miguel de
Cervantes Saavedra. (1547-1616) genial escritor, figura
cumbre de la Letras españolas, autor de la obra El Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la Mancha, entre otras.
ECONOMÍA
Los recursos
económicos de esta localidad son variados, desde su
proximidad a Madrid, que la convierte en ciudad-dormitorio,
a un potenciado sector de servicios que fluye en torno al
desarrollo obligado de su Universidad, pasando por una
creciente industria.
ARTESANÍA
Vidrio,
miniaturas en metal, esmaltes a fuego, cerámica y talla de
madera.
GASTRONOMÍA
'Una
olla de algo mas vaca que carnero, salpicón las mas noches,
duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún
palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
partes de su hacienda'
(El Quijote, I, 1)
Para merendar
es típico el chocolate con migas y picatostes.
OTROS PATRIMONIO DE
ESPAÑA
Volver al inicio de
Alcalá de Henares

Ayuntamiento
Expresión fiel del
respeto de los alcalaínos por su pasado, el edificio del
Ayuntamiento fue antaño el Colegio convento de San Carlos
Borromeo, al que llamaron «de los Agonizantes» por un motivo no
difícil de imaginar, y es que sus ocupantes eran religiosos
comprometidos con el auxilio a quienes agotaban su tiempo de
vida. Es muy probable que ese quehacer, entre otros de idéntico
sacrificio, permita reunir un anecdotario tan amplio como
ejemplarizante. Pero la escasez de espacio nos lleva a limitar
esta glosa a las funciones de la casa consistorial desde 1870,
año en que dicho colegio fue reformado para aposentar al
gobierno de la ciudad. Entre quienes, a lo largo de los años,
contribuyeron a diseñar sus espacios, cabe destacar al
arquitecto Adolfo Fernández Casanova.
Repleto de hermosos
rincones, el edificio viene a ser una galería donde quedan
resumidas la cultura y el arte locales. A ello contribuye la
excelente colección que allá se cobija. Por ejemplo, en la Sala
de Sesiones cabe admirar un repostero y su baldaquino, con fecha
en el siglo XVII, e iluminados mediante las armas del marqués de
Bedmar, quien fuera embajador del Reino de España en la Soberana
República de Venecia. Con un sesgo aún más admirable, reposan
tras una reja los seis volúmenes de la Biblia políglota
complutense, mencionada en diversos apartados de esta muestra.
Otro volumen histórico que se puede hallar en el Ayuntamiento es
el Libro de bautismos de la Parroquia de Santa María la Mayor,
donde queda registrado el nacimiento de Miguel de Cervantes.
Atención
especialísima merece el despacho de la Alcaldía, dado que lo
adornan dos tablas flamencas de los siglos XV y XVI: Virgen
amamantado al Niño y Adoración de los Magos. La misma sala
ofrece al visitante dos ejemplos de pintura histórica: La
procesión de las Santas Formas (1896), de Félix Yuste, y Felipe
III de Francia, moribundo (1862), de Manuel Ferrán. Al mismo
género corresponden varios óleos de la planta noble, entre ellos
¡A la guerra! (1895), de Alberto Pla y Rubio; La reina María
Cristina (1887), de Manuel Laredo, y Cisneros y los grandes
(1864), de Víctor Manzano. Bien puede culminar esta visita en
ese Salón Noble, cuyo estucado semeja las texturas del mármol,
con medallones que retratan a personalidades históricas de la
ciudad.
Capilla de San
Idelfonso
Cuando en 1501
Pedro Gumiel comenzó a dirigir la edificación del Colegio Mayor
de San Ildefonso, el maestro constructor aprovechó un solar
adyacente para erigir la Capilla universitaria, que asimismo
quedó bajo la advocación del patrono de la Archidiócesis, San
Ildefonso. Antes de continuar describiendo este monumento, es
preciso considerar que buena parte de las riquezas allí reunidas
no ha llegado hasta nosotros. Como sucedió con otras
instituciones alcalaínas, las leyes desamortizadoras despojaron
a este lugar de sus tesoros. No obstante, mitigó en parte ese
desposeimiento la restauración que se llevó a término en 1960,
cuando en el Colegio Mayor vino a establecerse la Escuela
Nacional de Administración Pública.
La fachada se debe
a Juan de Ballesteros y la portada de sillería blanca es obra de
Rodrigo Gil. La remata una espadaña de frontón triangular que
alberga dos huecos, donde por cierto resonaban las campanas que
el Cardenal hizo fundir con el bronce de los cañones que tomó
durante la campaña de Orán. Gracias a las leyes
desamortizadoras, el conde de Quinto se hizo con esas campanas:
una de ellas voltea en el colegio de los escolapios de Caspe, en
Zaragoza, y las otras tres acabaron animando las iglesias de
otros tantos pueblos aragoneses.
Estimando otras
bellezas de la Capilla, Cayetano Enríquez de Salamanca escribe
que «el interior es de una sola nave cubierta por un decorado y
polícromo alfarje morisco, muy bien conservado y restaurado. Los
muros están decorados con bellas yeserías en el llamado «estilo
Cisneros», que combina el plateresco con el mudéjar y los
últimos estertores del gótico florido. «(...) En esta nave hubo
enterramientos de algunos de los más ilustres profesores
complutenses, tales como Antonio de Nebrija, fallecido en Alcalá
en 1522; Diego López de Estúñiga; Juan de Vergara; Demetrio
Lucas, el Cretense; Fernando Pinciano; Alonso de Zamora; Pablo
Coronel; Alonso, el Complutense; los médicos Francisco Vallés y
Antonio de Cartagena y los arquitectos del Colegio, Pedro Gumiel
y José Sopeña». (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense,
Escuela Nacional de Administración Pública, 1973, p. 136). A esa
lista, como es natural ha de añadirse otro nombre ilustre, pues
en el presbiterio de esta Capilla mayor hallamos el sepulcro del
Cardenal Cisneros, elaborado en mármol de Carrara por Bartolomé
Ordóñez en el año 1521.
El estilo
renacentista resume la estética decorativa de este lugar. No
obstante, conviene tener en cuenta algunas variables. Por
ejemplo, el retablo original, del cual se adueñó el conde de
Quinto, fue sustituido por otro de la escuela navarra de Juan de
Ancheta, atribuido a un discípulo de éste, Ambrosio de
Bengoechea. En cuanto al resto de pinturas que iluminaban el
templo, cabe hacer mención de La Imposición de la casulla a San
Ildefonso, de Juan de Borgoña, una tabla adquirida por el
potentado estadounidense Algur Meadows, quien la donó en 1962 a
la Universidad de Dallas.
Capilla del Oidor
Es bastante
conocida para los alcalaínos la historia de este rincón de la
villa, en el cual se dejan oír los ecos de un pasado rico en
detalles. Fue a principios del siglo XV cuando, por mandato de
Pedro Díaz de Toledo, a la sazón relator u oidor del reino, se
edificó la capilla en la cual debían descansar los restos
mortales de este personaje y también los de otros miembros de su
estirpe. Luego, los cambios se acumulan. Atento a las
necesidades eclesiásticas, el arzobispo Carrillo ordenó en 1453
que bajo la arquitectura de la Parroquia de Santa María la Mayor
se fundase el Convento de Santa María de Jesús o de San Diego.
En ese trasiego, la citada parroquia quedó ubicada en el espacio
que albergaba tanto la Ermita de San Juan como la Capilla del
Oidor. La fusión originó una nueva estructura de tres naves con
ábsides semicirculares.
Pero esa
edificación volvió a modificarse, en un sentido que decidió, no
sin cierta grandilocuencia, el maestro Gil de Hontañón. Las
enmiendas se llevaron a término entre los años 1552 y 1553, pero
los planos del arquitecto no se vieron del todo cumplidos en la
realidad. Suelen los especialistas llamar la atención sobre la
yesería del arco de acceso, y también procuran atender un
detalle cuya posición central en el recinto connota otro tipo de
brillos. Nos referimos, claro está, a esa pila donde Miguel de
Cervantes recibió el sacramento bautismal el 9 de octubre de
1547. Se trata de una reproducción, pero aún cabe distinguir los
restos de la original.
La capilla del
Cristo de la Luz, la torre y la sacristía figuran entre los
añadidos posteriores. Por desgracia, los horrores de la guerra
civil también dejaron su rastro entre estas paredes, devorando
las llamas el templo y perdiéndose las pinturas de Cano Arévalo.
Si bien la Parroquia de Santa María la Mayor se llevó luego
junto al Colegio Máximo de los Jesuitas, la restauración
desarrollada en 1982 permitió que el espacio acogiese un centro
cultural, con su correspondiente sala de exposiciones.
Gracias a esas
reformas, en el interior de la Capilla del Oidor aún podemos
admirar la decoración en yeso. Incluso cabe hallar tres arcos
donde se alojaron en silencio los sepulcros familiares. Como en
otros rincones de Alcalá, aquí también se ha reproducido con
fidelidad el artesonado mudéjar que antaño adornaba el techo.
Casa de
Miguel de Cervantes
Sabemos que Miguel
de Cervantes Saavedra vino al mundo en Alcalá de Henares, el 29
de septiembre de 1547. Pero en cuanto al detalle hogareño de
aquel nacimiento, tenemos una deuda con el erudito conquense
Luis Astrana Marín (1889-1960), biógrafo y traductor de
Shakespeare (1930), autor de Vida ejemplar y heroica de Miguel
de Cervantes Saavedra (1948-1958), editor de las Obras completas
de Quevedo (1932) y de Calderón (1932), y por tanto buen
conocedor de los pormenores alcalaínos durante los Siglos de
Oro. En ese esfuerzo profundo, fue don Luis quien ubicó la casa
natal de Cervantes. Con todo, Andrés Trapiello evidenció una
duda que otros compartieron:
«Las mismas conjeturas en las que se sumieron los eruditos para
establecer la casa de Miguel de Cervantes, rodean la fecha de su
nacimiento. Sabemos que le dieron las aguas el 9 de octubre de
1547 por el acta de bautismo. Se sospecha que nació el día de
San Miguel, el 29 de septiembre, por el nombre que llevó. (...)
Su casa natal en la calle de la Imagen, siempre y cuando creamos
que esa casa, después de transformaciones y remodelaciones sin
cuento, fue su casa, no guarda ningún parecido con la que
conoció Cervantes, y en el caso también de que a eso podamos
llamarlo conocer, ya que Cervantes abandonó la casa y el pueblo
cuando todavía no contaba cuatro años.»
Las vidas de Miguel
de Cervantes, Barcelona, Planeta, 1993, p. 20.
Mirándolo desde un ángulo menos estricto, preferimos observar
ese edificio como un testimonio cervantino. Un testimonio, en
fin, cuya substancia debe mucho a la ilusión de todos los
alcalaínos que desean evocar a su ilustre paisano.
Repasemos, por lo
tanto, aquellos detalles que no dejan entrever la sospecha.
Mucho tiempo después de que Cervantes lo ocupara —debemos
situarnos en 1953—, el Ayuntamiento de Alcalá de Henares decidió
adquirir el inmueble, que en lo sucesivo, y tras las
correspondientes disposiciones, alojó lo que hoy conocemos bajo
el nombre de «Casa de Cervantes», en la que también hallamos la
Biblioteca y el Museo Cervantino. Un año después, el Ministerio
de Educación encargó la muy laboriosa restauración del conjunto
al arquitecto José Manuel González Valcárcel. En lo que
concierne a su vínculo administrativo, la gerencia de este
rincón corresponde a la Consejería de Cultura y Deportes de la
Comunidad de Madrid desde 1985. Posteriormente, ya en 1998, los
arquitectos Juan José Echeverría y Enrique de Teresa dirigieron
unas obras de ampliación que mejoraron sensiblemente el
recorrido interior de este museo cervantino.
Diseñada en torno a
un patio cuadrangular, esta casa ejemplifica las normas de
edificación propias de la tradición toledana, con esa
mampostería de ladrillo que confiere personalidad a la fachada.
Al margen de los detalles arquitectónicos, conviene reseñar los
contenidos que atesora el museo, lleno de muebles, enseres,
tallas y demás piezas artísticas que reflejan la cotidianidad en
tiempos del escritor. En este campo, las colecciones de
bargueños y de braseros son de especial interés. Por otro lado,
el visitante puede disfrutar de una notable colección
bibliográfica, y asimismo puede recorrer las distintas salas que
dispone el trayecto: la Sala despacho del padre, la Sala de
aparato, la Sala del estrado de las damas, la cocina, el comedor
y los dormitorios.
Colegio de
San Patricio o de los Irlandeses
Sin lugar a dudas,
el Colegio Menor de San Patricio, conocido entre los alcalaínos
como «de los Irlandeses», señala una huella de cosmopolitismo en
la vida complutense. La fama internacional de la Universidad,
sumada al ciclo histórico protagonizado por el Reino de España
durante su periodo de mayor pujanza, explican el atrayente
esplendor de Alcalá, a la que llegaron estudiantes desde los más
apartados rincones.
Nuestra historia
comienza en 1630, fecha en que se procuró poner en
funcionamiento un nuevo colegio. Su incierta financiación
dificultó este proyecto, que sólo resultó viable cuando un barón
portugués, don Jorge de Paz Silveira, legó parte de sus bienes
para que fuese posible edificarlo. Bajo el criterio del
arquitecto Antonio Jordán, las obras se finalizaron
satisfactoriamente. Fundado en 1645 por la baronesa Beatriz de
Silveira, el centro que nos ocupa recibió, por fin, a
estudiantes de Teología procedentes de Irlanda y de Flandes.
Sin embargo, no
acabaron ahí los avatares de este edificio. De nuevo las
contrariedades económicas enturbiaron su porvenir. En 1785 el
colegio figuraba entre las propiedades del Conde de
Revillagigedo. Diez años después, se procedía a la demolición de
la capilla. Afortunadamente, éstas y otras penurias posteriores
fueron mitigadas gracias a la restauración. Esta última,
posibilitada por la Fundación Colegio de los Irlandeses,
devolvió al conjunto buena parte de su esplendor original. Ya en
lo administrativo, conviene aclarar que en dicha entidad,
formada en 1988, colaboran estrechamente la Universidad de
Alcalá y la Embajada de Irlanda en España. A ello cabe añadir
que en 1996 se firmó un acuerdo entre la Universidad, el
embajador irlandés y el grupo Jefferson Smurfit, en virtud del
cual el Colegio Menor de San Patricio pasó a emplearse como
centro académico de intercambio estudiantil.
El papel
preponderante que en su aspecto desempeña la fachada lo explican
sus siete balcones, que con su frontón triangular dan un aspecto
característico a la edificación. Por debajo, en los laterales de
la fachada, seis ventanas enrejadas, con frontón curvo, invitan
a imaginar la misión académica que tras ellas fue
desarrollándose.
Colegio de San
Idelfonso
No tenemos
necesidad de insistir sobre el valor de esta edificación, pues
figura en todos los manuales y monografías como una de las joyas
del patrimonio complutense. Por otro lado, el paralelo con la
institución universitaria alcalaína es aún más exacta si tenemos
en cuenta que fue la sede del rectorado y el epicentro de su
expansión. «Existía en Alcalá —escribe Marcel Bataillon— desde
fines del siglo XIII un colegio incorporado desde mediados del
XV a un monasterio franciscano. Pero todo estaba por hacerse si
se pensaba en una verdadera universidad. El arquitecto Pedro
Gumiel trazó el plano del Colegio de San Ildefonso, centro de la
fundación, cuya primera piedra colocó Cisneros el 14 de marzo de
1498: diez años habían de transcurrir para que el edificio de
Gumiel fuese habitable, y aun entonces no pasaba de ser una
humilde construcción provisional de ladrillo y mampostería; sus
primeros ocupantes entran en ella no antes del 26 de julio de
1508 y la enseñanza no parece haber funcionado de modo normal
hasta el otoño de 1509». (Erasmo y España. Estudios sobre la
historia espiritual del siglo XVI, Madrid, Fondo de Cultura
Económica, 1991, p. 11). Por lo demás, estos principios
directivos del proyecto cisneriano despliegan una cronología que
Cayetano Enríquez de Salamanca se encarga de precisar en los
siguientes términos: «Anticipándose [Cisneros] a la bula de
Alejandro VI —el español Rodrigo de Borja, para que todo fuese
español en esta magna obra—, que no se otorgaría hasta el 13 de
abril de 1499, por la que se confirmaban y ampliaban los
privilegios de los Estudios de Sancho IV, y ante el vivo deseo
de ver materializada su genial idea, dado lo avanzado de su
edad, procede a colocar la primera piedra del Colegio Mayor de
San Ildefonso, núcleo matriz de la Universidad, un mes antes, es
decir, el 13 de marzo de 1499». (Alcalá de Henares y su
Universidad Complutense, Escuela Nacional de Administración
Pública, 1973, p. 133). La construcción del Colegio comienza en
1501, bajo la dirección de Pedro Gumiel, quien ya había diseñado
las labores de explanación.
Si bien la
construcción de sillería fue elaborada por Juan Ballesteros
entre 1599 y 1601, las urgencias que impuso el Cardenal a Gumiel
obligaron a emplear inicialmente materiales de mucha menor
nobleza: madera, ladrillo y yesería. Ese el el aspecto que tenía
el Colegio en su fundación, el 26 de julio de 1508, y de ahí
proviene asimismo la famosa anécdota que sitúa a Cisneros
soportando las chanzas del Rey, y respondiendo a éste que «otros
harán en mármol y piedra lo que yo construyo con barro».
Originalmente, la
fachada fue realizada entre 1537 y 1553, bajo las órdenes del
maestro Rodrigo Gil de Hontañón. «La edificación —según detalla
Alfredo J. Morales— fue iniciada en 1537, como continuación del
programa constructivo que durante las dos primeras décadas del
siglo había dirigido el toledano Pedro Gumiel. Los preparativos
de la obra fueron rápidos, pero la colocación de la primera
piedra no se produjo hasta 1542. Once años más tarde se ponía
fin a la obra, que sufrió una serie de transformaciones a lo
largo del proceso constructivo. Los cambios supusieron un mayor
enriquecimiento ornamental y la aceptación de ciertos elementos
de carácter más clásico. Como causantes de las alteraciones se
considera a los entalladores que trabajaron en la edificación,
especialmente a los franceses, bastante numerosos en algunos
momentos. Junto a ellos desempeñó un papel destacado Claudio de
Arciniega, el cual labró parte de las ventanas superiores,
medallones altos y pilares, además de las figuras de atlantes y
alabarderos. Rodrigo Gil compuso la fachada en tres módulos,
desiguales en altura» («Tradición y modernidad, 1526-1563»,
Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599, Madrid,
Cátedra, pp. 206-207). Flanquean la portada dos columnas jónicas
y la remata un medallón rectangular donde se muestra la
imposición de casulla a San Ildefonso, quien es patrono de la
Archidiócesis. Obsérvese que el interior es de una sola nave y
no ha sufrido alteraciones de importancia desde la fundación.
Integran la planta dos elementos yuxtapuestos, divididos entre
sí por un arco toral. Asimismo, queda cubierta por un bellísimo
artesonado de estilo mudéjar. Los muros están cubiertos por
yesos trabajados a cuchillo, y resumiendo esta profusión
decorativa, conviene hacer aquí mención de ese estilo Cisneros,
donde se aúnan elementos del plateresco, el mudéjar y el gótico
florido.
Quien admire estas
y otras riquezas del Colegio Mayor, ha de tener en cuenta que
también fue Pedro Gumiel quien, aprovechando el espacio de un
solar adyacente, dirigió la construcción de la Capilla
universitaria, que asimismo fue dedicada a San Ildefonso.
Colegio
Menor de Santa María de la Regla
Tras haber sido fundado en 1568 por don Francisco de Trujillo,
obispo de León y antiguo colegial de San Ildefonso, el Colegio
de Santa María de la Regla y de los Santos Justo y Pastor,
conocido popularmente entre los alcalaínos como «de León»,
inició su actividad académica acogiendo en su seno a dieciséis
estudiantes de Teología.
Aproximándose a
esos mismos conocimientos, las generaciones de colegiales se
sucedieron hasta el año 1780, fecha que marca la inclusión de
este centro entre las responsabilidades del Colegio de Málaga.
En ello queda de manifiesto el proceso de esplendor y decadencia
de los colegios, si bien se trata de un ocaso visible tras una
muy longeva trayectoria educativa.
Su aspecto actual
deriva de la naturaleza de las reformas que sobre el edificio se
planearon y llevaron a término. Las dos torres que adornaban sus
extremos fueron eliminadas en 1840, pues entre ambas se dio
forma a otro piso que se elevaba sobre los dos ya existentes. Un
claro rastro de esos trabajos se advierte en el interior del
conjunto, ya que los ornamentos y el jardín son contemporáneos
de esta enmienda. Con todo, cabe admirar detalles de otro
tiempo, como el cenador, el pozo y la pila, que se han
conservado desde el siglo XVI.
Colegio
Menor de San Jerónimo o Trilingüe
Entre los autores calificados para estudiar la historia de
Alcalá durante el siglo XVI, figura el hispanista Marcel
Bataillon. Esa condición, íntimamente ligada al humanismo y a su
análisis, nos llevará, en no pocas ocasiones, a convocar la
presencia de este pensador en nuestro paseo. Examinando el
fervor humanista, señala Bataillon que de él «nace el Colegio
Trilingüe de Alcalá, dos años antes que el Collège de France.
Carecemos desgraciadamente de documentación precisa sobre los
orígenes de esta institución. Se suele decir que es obra del
aragonés Mateo Pascual; pero podría creerse más bien que se debe
a la iniciativa de todo el Colegio de San Ildefonso, cuyo rector
era entonces Pascual, y que si a éste se atribuye el honor es
una simple manera de fechar la fundación. (...) El nuevo
colegio, puesto bajo la advocación de San Jerónimo, patrono del
humanismo cristiano, concedía doce becas para retórica, doce
para griego y seis para hebreo. (...) Es lícito suponer que el
colegio Trilingüe vino a reforzar el atractivo que ejercía
Alcalá sobre los jóvenes que se destinaban a la Iglesia, y que
su espíritu deja mayor o menor huella en los que por entonces
hacían en la Universidad sus estudios de Artes y de Teología»
(Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del
siglo XVI, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 343). Al
repasar el registro de grados entre 1527 y 1531, observa el
tratadista cómo en aquél figuran personajes destinados a tener
importancia en la Iglesia española: entre otros, Juan Gil, Luis
de la Cadena, Antonio de Porras y Martín de Ayala. También
subraya que en la promoción de los bachilleres en Artes de 1531
se hallan —en curioso contraste— Diego Laínez, futuro General de
la Compañía de Jesús, y Agustín Cazalla, condenado a la hoguera
en Valladolid.
Sabiendo que en
vida no podría ver desarrollado todo el proyecto complutense, el
cardenal Cisneros dejó escritos en su testamento detalles acerca
de su futura evolución. Buena muestra de ello es este colegio
menor, cuya fundación en 1528 quedó prevista en el testamento
del prelado. En este caso, poca explicación requiere el nombre
que se dio al centro. Al enseñar sus profesores latín, griego y
hebreo, el colegio fue denominado mediante esa obviedad. Por lo
que sabemos, ocupó primero la plaza de San Diego, y a partir de
1557, sus instalaciones gozaron de una nueva planta, junto al
Colegio Mayor de San Ildefonso. El arquitecto Pedro de la Cotera
dirigió las obras desde 1564 hasta 1570. Clausurado en 1780,
pasó a formar parte del Colegio de la Inmaculada Concepción. A
partir de 1929, la edificación dio un giro en sus funciones y
albergó la Hostería del Estudiante.
El Colegio tiene
significación especial en el campo de la arquitectura. Muestras
de ello son su portada y, en especial, el Patio Trilingüe
renacentista, llevado a término entre 1564 y 1570. Como otras
edificaciones, también ese patio sufrió la ingrata presencia del
conde de Quinto, quien eliminó en 1850 la balaustrada, con el
propósito de embellecer su palacio madrileño.
El Paraninfo o
Teatro Universitario (1516-1520) se hace presente en la crujía
meridional del Patio Trilingüe. Diversos tratadistas lo
mencionan como ejemplo del heterodoxo y equívoco «estilo
Cisneros». Diseñado por Pedro Gumiel y erigido por Pedro de
Villarroel, Gutiérrez de Cárdenas y Andrés de Zamora, el
Paraninfo presenta una ornamentación de primera importancia. Su
espacio principal sirve hoy de escenario a la entrega del Premio
Cervantes de Literatura.
Ubicado en el
número 13 de la calle de los Libreros, y por tanto vecino del
Colegio de San Felipe y Santiago, o del Rey, el Colegio de León
desempeña hoy una labor académica que, en cierto grado, viene a
evocar los esplendores de su etapa fundacional. Y es que, de
acuerdo con los actuales protocolos dispuestos por los
responsables de la Universidad de Alcalá de Henares, el
edificio, debidamente acomodado para tal fin, se ha convertido
en sede de dos organismos de orden educativo: el Centro de
Estudios Universitarios Norteamericanos y el Instituto de
Ciencias de la Educación. De ese modo, el mismo ámbito donde los
colegiales memorizaron durante siglos las antiguas asignaturas
teológicas continúa hoy siendo un espacio para el aprendizaje,
si bien despojado de la formalidad barroca.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
Colegio
Menor de San José de Caracciolos
El Colegio de Caracciolos fue fundado en 1508. El proyecto
fue puesto en marcha por San Francisco Caracciolo, y bien
puede decirse que su propósito era pragmático, pues las
instalaciones alojaron a los novicios de su orden,
colegiales todos de Alcalá y, por tanto, partícipes del plan
universitario dispuesto por Cisneros.
Como el resto de
ramificaciones que partieron de San Ildefonso, también este
colegio quedó sometido a las disposiciones que regían la vida en
el entorno complutense. «La creación ex nihilo —escribe Marcel
Bataillon— tenía, cuando menos, la ventaja de permitir el libre
desenvolvimiento de la nueva institución. Salamanca se había
alarmado, y había hecho los mayores esfuerzos para decidir a
Cisneros a que englobase en la antigua universidad castellana la
fundación que proyectaba. Trabajo perdido. No se trataba de
completar a Salamanca, ni mucho menos de imitarla para hacerle
la competencia. La nueva Universidad estará animada por un
espíritu muy distinto. Autónoma en principio, en la medida de lo
posible, será gobernada por el rector electivo del Colegio de
San Ildefonso, sin la férula disciplinaria de un maestrescuela
episcopal. Al lado del rector, la única autoridad superior que
puede otorgar la investidura de la ciencia se encarnará en un
cancelario, a quien se encomendará, como en París, la colación
de los grados». (Erasmo y España. Estudios sobre la historia
espiritual del siglo XVI, Madrid, Fondo de Cultura Económica,
1991, p. 12). Resulta difícil no evocar ese orden ante la
fachada barroca de la iglesia de los Caracciolos, testigo de
tantos y sabios avatares. Es perfectamente concebible que la
historia aún muestre acá su huella. En la portada, flanqueada
por pilastras, hallamos la hornacina donde se yergue una figura
de San José.
Una vez en el
interior, el visitante podrá comprobar los efectos de la
restauración, muy necesaria si se tiene en cuenta que las llamas
arruinaron la cúpula en 1966, aparte de causar otros males. En
todo caso, se trata de males sumados a los que el tiempo había
efectuado con menos aparatosidad.
Después de ocupar
distintas demarcaciones de la villa, el Colegio de Caracciolos
se alzó desde 1604 en la calle de la Trinidad. Tras dos siglos
de actividad, fue clausurado en 1836, fecha en que ya es
efectivo el declive de la ciudad, despojada de su Universidad.
No en vano, la villa fue dañada durante la invasión napoleónica
y luego se vio sometida a los rigores de la Desamortización.
Como un símbolo de ese mal trato institucional, el edificio del
Colegio alojó una prisión y más adelante fue empleado como
almacén militar. En la actualidad, el conjunto acoge a
estudiantes de biblioteconomía y también a visitantes
interesados por las exposiciones que aquí se celebran.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
Colegio
convento de la Trinidad Descalza
Historias como la del Convento de Trinitarios Descalzos
hacen que cualquier lector alcance a comprender el dramático
fin del proyecto complutense, cuando éste sufrió las
clausuras que se arbitraron en el siglo XIX. Pero vayamos
por partes. Nuestro breve relato da comienzo en 1601, cuando
el beato Juan Bautista de la Concepción fundó ese convento
que, al decir de los estudiosos, fue erigido por el maestro
Sebastián de la Plaza.
Edificio destacado
en la zona conventual, este convento —luego sede de la
Comandancia Militar— puede ser visitado, y a él entramos
recorriendo su característica escalinata, penetrando en la
lonja. El proyecto se llevó a cabo junto al Colegio de Málaga, y
tan largo fue el proceso que aún cabe distinguir los distintos
estratos de la obra. En 1626 se inició la primera etapa de la
edificación, que no estuvo concluida hasta 1639. Diez años
después, el potentado italiano Octavio Centurión patrocinó una
nueva etapa en los trabajos, y ese nuevo impulso permitió que
fuese concluida la iglesia. Cercada por un hermoso muro, la
lonja que antes mencionábamos viene a caracterizar la entrada
principal. El templo, cuyo interior adopta la forma de cruz
latina, luce asimismo una cúpula en su crucero, mientras que el
convento se alza en torno a un patio de doble planta.
Vienen luego otros
argumentos que permiten describir la arquitectura del conjunto.
Por ejemplo, la fachada barroca, con ese frontón que la remata;
y los relieves sobre el pórtico, fijados en muy distintos
momentos. Perdidos aquéllos que lució el colegio originalmente,
podemos ver hoy el escudo de la Orden Trinitaria, el de la
Universidad alcalaína, el del rico Centurión y el de la
Comandancia Militar.
La Desamortización
de Mendizábal hizo que el templo y el convento pasasen a
acuartelar dependencias guerreras en 1839. Así, tras pertenecer
al cuerpo de Caballería, el antiguo convento fue luego ocupado
por las instalaciones de la Comandancia Militar. Procurando
limitar los daños sufridos en ese brusco tránsito, un equipo de
restauración ha intentado que su aspecto sea el que en principio
le correspondió. Una vez remozado, se incorporó a la nueva
Universidad de Alcalá. En sus dependencias funciona el Centro de
Estudios Norteamericanos.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
Edificio del Círculo de Contribuyentes
Pese a que la ciudad complutense pasó por un periodo de
esplendor durante los Siglos de Oro, no cabe duda de que en
épocas posteriores ha ido acumulando una producción
artística notable, más consistente de lo que a primera vista
pudiera parecer.
Eso es lo que cabe
pensar a propósito del XIX, una centuria que nos dejó algunas de
las edificaciones características de la ciudad, como es el caso
del Hotel Laredo, muy afín al gusto burgués, cuya decoración
neogótica mueve a una saludable melancolía. En la misma linde se
sitúa el Casino, un edificio ubicado en el número 2 de la Plaza
de Cervantes y que sirve de sede al Círculo de Contribuyentes,
el órgano económico de la Sociedad de Condueños.
El Círculo de
Contribuyentes fue fundado en 1893 y los obreros trabajaron en
la construcción del edificio a lo largo de 1901, de acuerdo con
los planos que trazó el arquitecto Martín Pastells. Elaborada
con ladrillo rojo, la fachada está diseñada según la
interpretación que Pastells hizo del estilo neomudéjar. El
acceso queda abierto mediante dos terrazas, a las que se llega
por sendos tramos de la escalera exterior.
Por lo que
concierne al interior del edificio, sobresale por su brillantez
decorativa el Salón Noble, cuyos lienzos simulan la textura y
disposición ornamental de los tapices. Llevados a cabo por el
pintor Félix Yuste en 1901, estos lienzos reflejan el paisaje
alcalaíno y ciertas alegorías de la Villa. De todos ellos,
destaca el titulado Apoteosis de Alcalá, en el cual queda
resumido el devenir cultural de la ciudad, pues suministra un
modelo, o mejor dicho, una identidad a propósito de la tradición
histórica que defienden los alcalaínos.
Igualmente notable
es la pintura que ilumina el techo, y que fue realizada en el
año 1906 por Samuel Luna López. Con todo, una observación
resulta inevitable: acumulando este muestrario, el edificio del
Círculo de Contribuyentes se traduce en respeto por esa pacífica
burguesía local, a la cual bien podemos imaginar, por
coincidencia literaria, con un oportuno sesgo galdosiano.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
Ermita de
Santa Lucia
Junto a la Iglesia Catedral Magistral, se alza discretamente
la Ermita de Santa Lucía, donde se reunió hasta 1515 el
Concejo abierto, antecedente de lo que luego fue el
Ayuntamiento y conmemorado por medio de dos escudos. Si bien
este detalle es de importancia en lo que concierne a la
historia de la sociedad alcalaína, permítasenos penetrar en
el costado más legendario de la hagiografía para comentar
algún episodio de la vida de la virgen y mártir Lucía. Con
ello, ofreceremos un ejemplo de la exaltada religiosidad del
pasado, propensa a cierto fantaseo simbólico que sirve aquí
de contrapunto a los rigores del humanismo
contrarreformista. Y es que la santa siciliana pereció
durante la persecución del emperador Galerio, en torno al el
año 304, víctima del crueldad del cónsul Pascasio. A juzgar
por la rica tradición que rodea a esta figura, los tormentos
a que fue sometida fueron recogidos con toda diligencia y
pronto se extendieron por la cristiandad. Dice Santiago de
la Vorágine:
«El Espíritu Santo
fijó al suelo los pies de la doncella de tal modo que cuanto
empeño pusieron por removerla del sitio en que se encontraba
resultó vano. En vista de ello, ordenó Pascasio que la ataran
con cuerdas y que tiraran de ella hasta mil hombres al mismo
tiempo; mas tampoco éstos consiguieron desplazarla del lugar que
ocupaba. Tras este fracasado intento, los mil hombres fueron
sustituidos por mil parejas de bueyes; los animales,
aguijoneados, hicieron denodados esfuerzos tirando de la joven,
pero ésta permaneció donde estaba. Entonces recurrieron a unos
magos, para ver si con sus encantamientos eran capaces de
movilizarla. Este procedimiento no surtió efecto alguno. (...)
Pascasio, desesperado, ordenó que embadurnaran el cuerpo de la
doncella con pez y resina, que acumularan montones de leña en su
derredor y que prendieran fuego a la enorme hoguera, para que la
joven pereciera abrasada. Ardió la leña, consumióse toda ella,
pero no se consumió ni ardió Lucía (...) Después de que los
ministros se llevaran al cónsul [acusado de saquear la
provincia], todavía quedó Lucía viva e inmóvil en el sitio donde
tanto la habían atormentado, hasta que acudieron unos sacerdotes
que le dieron en comunión el Cuerpo de Cristo y, en cuanto hubo
comulgado, entregó su espíritu a Dios».
(La leyenda dorada,
traducción del latín de Fray José Manuel Macías,
tomo I, Madrid, Alianza Editorial, 1982, pp. 45-46).
Probablemente algún
estudioso de estos contenidos pueda contradecir el detalle
relacionado con la advocación de la ermita —pedimos disculpas si
en ello hay descuido o desacierto—, e incluso pueda explicar con
mejor criterio las metáforas del asunto.
No obstante, es también posible que el aficionado a las
curiosidades agradezca este pequeño desvío, pues ahonda en un
muy divulgado interés por el acervo literario medieval.
Así, pues, tras la
digresión, volvemos a la certeza arquitectónica, menos proclive
al estraperlo de leyendas. Aunque la antigua fábrica
correspondía en sus trazas al estilo románico-mudéjar, ésta dejó
su espacio a una nueva edificación, llevada a cabo durante el
siglo XVII de acuerdo con las típicas directrices del barroco
complutense. De la ermita, construida con humilde ladrillo,
daremos noticia de su sobriedad. A modo de remate de la portada,
una hornacina con frontón triangular alberga la figura de Santa
Lucía, cuya mirada parece perderse en el infinito. La iglesia,
de una sola nave, sigue en su disposición y ornamento las mismas
premisas de simplicidad y mesura.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
Palacio Arzobispal
El famoso polígrafo
Benito Arias Montano, doctor en lenguas semíticas, consejero de
Felipe II, bibliotecario mayor en la Real Biblioteca del
Escorial y laureado en la Universidad alcalaína, escribió unos
versos que bien pueden servir de inspiración a quien visite el
Palacio Arzobispal: «Tanto nombre mi lengua, y mi sentido / Con
nueva voz celebre, y nuevo aliento, / Y en la tierra, y el mar
sea aplaudido / Por los nuestros, y extraños; pues sin cuento /
En sí virtud encierra y don subido; / Y es del hombre salud,
vida y contento, / Porque al mundo entre vicios sepultado /
Levanta a nuevo ser, y nuevo estado» («Voto de Arias Montano a
Cristo», Humanae Salutis Monumenta. Monumentos de la salud del
hombre desde la caída de Adán hasta el Juicio Final, versión de
Benito Feliú de San Pedro, Madrid, Editorial Swan, 1984, pp.
317-318). Discúlpesenos este comienzo tan hermético, pero la
edificación aquí comentada merece un ánimo semejante, proclive
al recogimiento y al misterio.
¿Cuál es el motivo
de ese afán evocador? Bien sencillo. En agosto de 1939 un
incendio destruyó la práctica totalidad del palacio. Con ello,
se perdió también la documentación del Archivo Central del
Reino, así como una colección artística de incalculable valor.
Tan sólo han llegado hasta nuestros días las fachadas norte y
este, testimoniando en su firmeza pasadas glorias: desde los
nacimientos de la hija menor de los Reyes Católicos, Catalina de
Aragón, y del emperador Fernando I, hijo de Juana la Loca, hasta
la firma del Tratado de Alcalá y la primera entrevista entre Sus
Majestades Católicas y el descubridor de América, Cristóbal
Colón.
La historia de este
bellísimo conjunto arquitectónico reúne a muchos de los artistas
y personajes influyentes de la villa. El arzobispo don Ximénez
de Rada ordenó en 1209 el comienzo de los trabajos de
construcción. Diseñado a la manera de una fortaleza mudéjar,
perdió esas trazas a causa de un incendio. La reconstrucción
gestionada por el arzobispo don Pedro Tenorio fortificó los
viejos muros y dispuso la realización de un amplio patio de
armas de planta rectangular, custodiado por una muralla dilatada
por veintiún torreones defensivos. Aún se conserva el llamado
Torreón de Tenorio, que nos recuerda la figura del Prelado
español, arcediano de Zaragoza, obispo de Coimbra y arzobispo de
Toledo. El cisma de 1378 entre los papas Urbano VI y Clemente
VII lo llevó a organizar un concilio en Alcalá, para decidir una
opción española al respecto. Curiosamente, el primer concilio
provincial se había llevado a cabo en este mismo lugar, el 11 de
diciembre de 1325.
En el siglo XV, don
Juan Martínez Contreras elaboró los planes de ampliación que
dieron lugar al costado oriental, el antesalón y el salón de
concilios, hoy desaparecido. Por encargo del arzobispo don
Alonso de Fonseca, Alonso de Covarrubias inició en 1524 la
edificación del ala occidental. Covarrubias había nacido en la
localidad toledana de Torrijos en 1488, y murió el 11 de mayo de
1570 en Toledo. En 1534 fue nombrado Maestro mayor de la
Catedral y Diócesis de Toledo. Con esta responsabilidad sobre
sus espaldas, proyectó en 1535 la fachada, las dos galerías del
patio central, las escaleras y los jardines del Palacio
alcalaíno. Sin duda, aquella fachada destacaba por sus dos pisos
de ventanas —las inferiores adinteladas y las superiores de
medio punto—, dispuestos con maestría. Al suceder a Fonseca el
cardenal Tavera, los trabajos que aún no habían sido concluidos
se llevaron a buen fin.
Una de las cuestiones que más llama la atención es el rico
ornamento de cada uno de los rincones palaciegos. El Patio de
Fonseca o de Covarrubias, de planta rectangular, ofrecía
ejemplos hermosísimos de filigrana plateresca. Con idéntico
propósito decorativo, la escalera lucía almohadillado con
bajorrelieves. Al Patio de la Fuente lo circundaban tres
crujías. Por el contrario, el Patio del Aleluya contaba con una
sola crujía, y ese tránsito quedaba resuelto mediante una serie
de arcos platerescos. Igualmente bellos eran la Fachada del Ave
María, diseñada según las directrices del estilo herreriano, y
el jardín del Vicario. Tan admirable composición, por desgracia,
sólo admite un recorrido virtual, fruto de añejos documentos.
Desde que la guerra
civil acabó con buena parte del conjunto, la fachada principal,
de estilo renacentista, aún invita a soñar con una restauración
que vuelva a dar forma a los tesoros perdidos. Afortunadamente,
desde que en 1991 Alcalá recuperó su obispado, el Palacio
comenzó a ser objeto de muy atinadas reformas.
Volver al inicio de
Alcalá de Henares
Puerta de Alcalá
La Puerta de Alcalá
es un monumento que se halla en la plaza de la Independencia de
Madrid (España), en pleno centro de la ciudad, a dos pasos de la
entrada principal a los jardines del Retiro. Atraviesa la plaza
la calle de Alcalá y de ella nacen las calles de Alfonso XII,
Serrano y Olózaga. Su nombre proviene de la anterior salida de
Madrid hacia Alcalá de Henares.
Vista nocturnaLa
Puerta de Alcalá fue mandada construir por el rey Carlos III,
con el fin de sustituir a otra que había anteriormente en estado
ruinoso, formada por dos torrecillas. El ingeniero arquitecto
que la construyó fue Sabatini.
La obra se inauguró
en 1778, no como monumento, sino como auténtica puerta, en
sustitución de la otra nombrada anteriormente. A un lado y a
otro seguía existiendo la cerca que protegía la ciudad por el
este y que seguiría en pie hasta 1869, año en que se remodeló la
actual plaza llamada "Plaza de la Independencia".
Consta de 5 vanos,
3 con arco de medio punto y 2 con arco adintelado. En cada uno
de los vanos había una reja (verdaderas puertas), que se
cerraban todos los días al atardecer. En el centro, en el ático,
hay una lápida que dice en latín: Carlos III. Año 1778. Un poco
más arriba puede verse el escudo de armas sostenido por la Fama
y un genio. Está construida en piedra caliza de Colmenar
(Madrid) sobre un fondo de piedra berroqueña.
Fuente de
algunos de estos artículos: Wikipedia.com
/ CVC.cervantes.es
/
Madridpedia
.
Esta es una página de recopilación de los mejores datos del
idioma español
que he encontrado en Internet. He intentado
dentro de mis posibilidades poner todas las fuentes relacionadas con
artículos y fotos, pero, puede que me haya olvidado de alguna, de
ser así, os pido que por
favor me ayudéis, avísandome de la autoría de los mismos enviándome
un correo a:
esf@espanolsinfronteras.com
|