Josep Antoni
Coderch (26 de noviembre de 1913 - 1984) fue un arquitecto español. Nació en
Barcelona con el nombre completo Josep Antoni Coderch i de Sentmenat.
Estudió en la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona donde tuvo como
profesor a Josep Maria Jujol.
Comenzó a trabajar en Madrid con Pedro Muguruza y más tarde con Secundino
Zuazo. A los dos años de terminar sus estudios Coderch estableció en
Barcelona su despacho de arquitectura junto con Manuel Valls. En los años
siguientes diseñó numerosos edificios, algunos de los cuales ya fueron
representativos del conjunto de su obra, como la Casa Ugalde, y el Edificio
de Viviendas de la calle Johann Sebastian Bach en Barcelona. Recibió varios
premios de arquitectura y de diseño y Josep Lluís Sert lo propuso como
miembro representante de España en el CIAM, el Congreso Internacional de
Arquitectos Modernos.
Su Pabellón de España para la IX Trienal de Milán obtuvo un gran éxito de
crítica.
En 1965 Coderch inició su actividad como profesor en la Escuela Superior de
Arquitectura de Barcelona.
Fue miembro del Team 10 participando en discusiones junto a Peter Smithson,
Alison Smithson, Aldo Van Eyck y otros.
Murió en Barcelona el 6 de Noviembre de 1984.
Arquitectos y críticos de renombre en el campo de la arquitectura como
Ricardo Bofill y Vittorio Gregotti, lo consideran, por encima de todos, el
auténtico protagonista del renacimiento de la arquitectura española en la
época de la posguerra.
ARTÍCULO DE JOSÉ ANTONIO CODERCH
No son genios lo que necesitamos ahora. por José Antonio Coderch
Al escribir esto no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de
hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de veinte años de oficio,
circunstancias imprevisibles me han obligado a concretar mis puntos de vista
y a escribir modestamente lo que sigue:
Un viejo y famoso arquitecto americano, si no recuerdo mal, le decía a otro
mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho
más sencillo de lo que imaginas." También le decía: "Detrás de cada edificio
que ves hay un hombre que no ves." Un hombre; no decía siquiera un
arquitecto.
No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios
son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos
pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre
dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas
viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro
oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor
sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición
constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más
hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera
significación.
Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen
menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año
2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al
pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen
raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base
firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).
Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días,
medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto también
puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo
más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo
en apariencia de orden superior.
Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser
diversas en muchos aspectos, pero que habrán sido llevadas a cabo con un
profundo conocimiento de lo fundamental y con una gran conciencia, sin
preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos
escapa y no es un fin en sí, sino una consecuencia.
Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas
falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en
uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza, más
que en doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar
vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a
equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la
inmoralidad o el frío cálculo del trepador.
Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide
estuvieran los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay
una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen
conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en
consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellos depende todo. Ellos
enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la
base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o
mimetismo. Esta aristocracia, hoy, prácticamente no existe, ahogada en su
mayor parte por el materialismo y la filosofía del éxito. Solían decirme mis
padres que un caballero, un aristócrata es la persona que no hace ciertas
cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las
permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos
individualmente constituir una nueva aristocracia. Este es un problema
urgente, tan apremiante que debe ser acometido en seguida. Debemos empezar
pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar
a trabajar y entonces, sólo entonces, podremos hablar de ello.
Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza,
la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la
dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y,
sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A
esto hay que aferrarse.
Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o
conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores
de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio
los mismos procedimientos de clasificación que se emplean (signos exteriores
de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos
de que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la
mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones
resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se
destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como
decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.
Es por lo menos curioso que se hable y se publique tanto acerca de los
signos exteriores de los grandes maestros (signos muy valiosos en verdad), y
no se hable apenas de su valor moral. ¿No es extraño que se hable o escriba
de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas y se oculte como tema
prohibido o anecdótico su posición ante la vida y ante su trabajo?
¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo
conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra y
tan poco de su posición moral y de su dedicación?
Es más curioso todavía el contraste entre lo mucho que se valora la obra de
Gaudí, que no está a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de la moral
o la posición ante el problema de Gaudí, que esto sí está al alcance de
todos nosotros.
Con grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se
admiran sus obras, o , mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin
profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que
es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone
aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi
todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto
el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién
salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso
en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla
así.
La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido
patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es
patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco
el comportamiento cultural, que debería ser obligatorio y estar en la
conciencia de todos.
Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas
cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como
inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas
sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba
lentamente. Existía, por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una
tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases
elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se
equivocaban en la elección de los arquitectos de valía; así, la cultura
espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como
plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida
colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se
realizaban obras de todas clases que tenían un valor humano que se da hoy
muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban
problemas de crecimiento, pero afortunadamente sin esa sensación, que hoy no
podemos evitar, de que la evolución de la sociedad es muy difícil de prever
como no sea a muy corto plazo.
Hoy día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto
la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la
de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo
rarísimas y personales excepciones contribuyen decisivamente, por su
inutilidad, espíritu de lucro, ambición de poder y falta de conciencia de
sus responsabilidades al desconcierto arquitectónico actual.
Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro
trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales,
sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía,
etcétera, que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura
de nuestra sociedad (son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos
escapa) y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.
Como he dicho ya en líneas anteriores, no tenemos la clara tradición viva
que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas
a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado
una gran aportación, no son suficientes para que de ellas se desprenda el
camino imprescindible que haya de seguir la gran mayoría de los arquitectos
que ejerce su oficio en todo el mundo. A falta de esta clara tradición viva,
y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la
aplicación rigurosa del método o la rutina y en los tópicos de gloriosos y
viejos maestros de la arquitectura actual, prescindiendo de su espíritu, de
su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y
magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es
falta de pensar), nuestra ambición y nuestra ligereza. Es ingenuo creer,
como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden
condensarse en slogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social
y tantos otros. Una base formalista y dogmática, sobre todo si es parcial,
es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se
deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto
consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos
nosotros. Y aquí vuelvo al principio de esto que he escrito, sin ánimo de
dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción.
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ARTICULO DE EL PAIS SOBRE LA
MUERTE DE JOSÉ ANTONI CODERCH |
El
arquitecto José Antonio Coderch murió anteayer en
Barcelona a los 71 años. Sus propuestas innovadoras
en arquitectura chocaron con otros planteamientos
renovadores. Su importante trayectoria profesional
se ha empañado recientemente con un expediente por
los defectos en 54 casas de Sant Feliu de Guíxols
(Gerona), proyecto firmado por el arquitecto
fallecido y su hijo Gustavo, sin que se haya
precisado el grado de participación de Coderch en el
mismo. Este episodio, no obstante, no se considera
entre los arquitectos argumento para desautorizar su
labor.
José Antonio Coderch trabajó tanto en proyectos de
viviendas unifamiliares como en propuestas de mayor
incidencia colectiva (bloques de viviendas o
despachos, naves industriales... ) y también se
interesó por el diseño. Su atención a la
arquitectura popular se demuestra, a en la casa
Ferrer Vidal (Mallorca), de la que el propio Coderch
afirma que buscó la tradición arquitectónica balear
"sin caer en el folklorismo". Los materiales
utilizados fueron los habituales en la zona. Un año
antes, en 1945, su propuesta de urbanización de Las
Forcas, en Sitges (Barcelona), despertó el interés
del arquitecto finlandés Alvar Aalto. En 1951 diseñó
unas viviendas en la Barceloneta en las que su
empeño innovador asumía los lógicos condicionantes
del encargo. En este caso, su diseño partió de la
obligación de incluir dos viviendas de tres
dormitorios en cada rellano. El uso de
revestimientos de azulejos estuvo inspirado, como
reconoció el propio,José Antonio Coderch, en la obra
del arquitecto Josep Maria Sert.En 1952, junto a
Federico Correa, Alfonso Milà y Manuel Valls diseñó
la chimenea Capilla. El arquitecto explicó que la
motivación inicial fue la evidencia de que "a
principios de los años cincuenta no había fabricante
de chimeneas de obra que garantizara su
funcionamiento". En 1955 diseñó la chimenea Polo y
dos años más tarde propuso la lámpara Coderch, Cuya
luz intimista se parecía al fuego de una chimenea.
En 1958, sus viviendas en la calle barcelonesa de
Juan Sebastián Bach chocaron con el rechazo de
varios compradores por la interrelación total entre
zonas de estar, reposo y servicios.
En 1960, diseñó la casa del pintor Antoni Tàpies en
Barcelona. En un libro sobre su obra, de los
arquitectos Antón Capitel y Javier Ortega, se
reproduce un texto del propio Coderch que reconoce
que el encargo del pintor "y su generosa ayuda nos
permitió salir de la situación en que estábamos",
sin trabajo, "y supuso la recuperación profesional".
Los escalonamientos de la fachada, muy definitorios
de su estética, aparecen ya, por ejemplo, en la casa
Uriach de 1961. En 1965 construyó los edificios
Trade en Barcelona, monumental bloque de oficinas
que Coderch salvó a base de un diseño
fundamentalmente curvilíneo "para evitar la
agresividad exterior, para compensar la sensación de
pesadez en el volumen".
Sensación de vértigo
También restauró, en 1966, la ermita de Santa María
de Queralt, donde asumió pefectamente la humildad de
una tarea consistente en recuperar y realzar un
trabajo ajeno. En 1968 construyó los bloques de
Sarriá, en Barcelona.
En Madrid proyectó, entre otros, el edifico Girasol
del barrio de Salamanca, y la casa Entrecanales.
En sus textos, Coderch se aleja de las propuestas de
Le Corbusier de grandes bloques ajardinados, "que
dan una sensación de vértigo", y plantea un espacio
más habitable sin agobios por la masa y la altura,
con jardinería interior inspirada, según el propio
arquitecto, en las casas inglesas gregorianas. El
centro técnico de Seat en Martorell o la actual sede
del Instituto Francés de Barcelona son proyectos
suyos. Su última obra realizada ha sido la
ampliación de la Escuela de Arquitectura de
Barcelona, una parte de la cual fue inaugurada a
finales del pasado mes de octubre.
El arquitecto Oriol Bohigas considera que se trata
de un arquitecto poco valorado en España, que ha
sufrido un lamentable olvido y destaca tanto su
talante innovador como su espíritu contradictorio,
que le impedía la aceptación indiscriminada de las
recetas vanguardistas.
José Antonio Coderch fue profesor en diversas
universidades norteamericanas y académico electo de
Bellas Artes de Sant Jordi, y su trabajo tuvo el
reconocimiento de varios galardones internacionales.
Casa Ugalde (Caldes
d'Estrac, Cataluña, España)
Pabellón de Exposiciones, IX Trienal de Milán (Milán, Italia)
Casa Rozès (Rosas, Gerona)
Casa Senillosa (Sitges, Cataluña, España)
Edificio Banco Transatlántico (Barcelona)
Edificio de Viviendas en la calle Joahann Sebastian Bach (Barcelona)
Casa Uriach (L'Ametlla del Vallés, Cataluña)
Edificio Trade (Barcelona)
Hotel del Mar (Palma de Mallorca)
Casa Catasús (Sitges, Cataluña)
Urbanización Can Pep Simó (Ibiza)
Edificio de Viviendas Girasol (Madrid)
Conjunto de Viviendas del Banco Urquijo (Barcelona)
Edificio del Instituto Francés (Barcelona)
Ampliación de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura (Barcelona)
Centro Técnico de Seat (Martorell)
Premis Ramon Planas del Ayuntamiento Sitges
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