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La literatura es el arte de la
palabra.
Manuel Gayol Fernández
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Ante la poesía, tanto da
temblar como comprender.
Baldomero Fernández Moreno
EL ESPAÑOL
EN LA FLORIDA: LOS CUBANOS DE MIAMI
Introducción - H. López Morales
Muchos son ya los investigadores que en los últimos lustros se han
encargado de estudiar desde diversas perspectivas el «fenómeno
hispano» en Estados Unidos y, consecuentemente, la situación
lingüística de los inmigrantes que constituyen esos núcleos
demográficos. Morales (1999), en un reciente y muy documentado
análisis del estado de la cuestión, ha trazado un perfil exacto de
la situación general.
No es nueva en la bibliografía especializada la afirmación de que
los únicos lazos de unión que pueden observarse entre los diferentes
grupos de inmigrados hispánicos están en la lengua —aunque se trate
de diferentes variedades dialectales del español— y, si bien en
menor grado, en la religión católica. Esta circunstancia hace muy
recomendable que, además de los siempre útiles trabajos de conjunto,
otros exámenes se centren monográficamente en determinadas entidades
democulturales, o incluso en aspectos muy concretos de ellas, en
especial, los lingüísticos. Estos estudios aparecen hoy cada vez con
mayor frecuencia, por lo que van siendo abundantes los datos,
análisis y predicciones de que disponemos. El propósito de estas
páginas no es otro que ofrecer una detallada síntesis de uno de los
componentes de mayor interés en todo este amplio proceso que ha
llegado a convertir a Estados Unidos en el cuarto país
hispanohablante del mundo, solo superado, en cuanto al número de
usuarios del español, por México, España y Argentina.
Aunque la diáspora cubana ha llevado a esos hombres y mujeres a
lugares muy diversos y distantes, un 85 % de ellos —algo más de un
millón— ha terminado por radicarse en suelo estadounidense, donde
constituyen un 4,7 % del total de la población de ese país.2 Es
verdad que, a veces en proporciones muy modestas, podían y pueden
encontrarse cubanos en casi todos los estados de la Unión, pero
también lo es el hecho de que la gran mayoría haya decidido vivir en
el Gran Miami, bien en el mismo corazón de la ciudad, bien en zonas
periféricas. La preferencia por Miami es cada vez más explicable: la
cercanía geográfica a las costas cubanas, la semejanza climatológica
y, sobre todo, la creciente «atmósfera» cubana que domina este
enclave,3 y en la que ocupa un lugar destacado el manejo asiduo del
español en la vida pública, que han dado a esta ciudad, desde el
principio de las inmigraciones, una cohesión sociocultural única
entre los núcleos hispánicos de Estados Unidos: Miami es la «capital
del exilio» y su meca, la ciudad «cubana» de mayor población,
inmediatamente después de La Habana.
Aunque en esta ciudad floridana conviven inmigrantes procedentes de
otros países de habla española, en su mayoría centroamericanos y
caribeños, los cubanos constituyen hoy algo más de un 70 % de los
hispanohablantes de la ciudad; aun en el condado de Dade, extenso
territorio en el que está enclavado Miami, la población cubana es de
un 30 %, cifras que por fuerza acarrean influencias culturales y
económicas de gran peso.
En 1961, el recién fundado Cuban Refugee Program, deseando aliviar
las «presiones» generadas por el gran número de cubanos en Miami, y
en el sur de la Florida en general, diseñó y ejecutó un amplio plan
de relocalizaciones. Entre febrero de ese mismo año y agosto de
1978, 300.232 personas fueron trasladadas a diferentes estados,
principalmente a Nueva York, Nueva Jersey, California e Illinois. El
Programa obtuvo un éxito sobresaliente en aquel momento, pues logró
alejar del enclave miamense a un 64 % de todos los cubanos llegados
en esa época.5 Pero a partir de 1972 comenzó a producirse un fuerte
proceso de retorno. El abandono de aquellas residencias —convertidas
de facto en provisionales— logró que en 1980, el porcentaje de
cubanos que vivía en la zona subiera de un 48 a un 52% (Pérez, 1985:
30).
La concentración cubana en el sur de la Florida aumentó en 1980 con
la llegada de los marielitos, la mayoría de los cuales permaneció en
Miami. La década siguiente ha hecho crecer aún más estas
proporciones, gracias a la llegada de nuevos inmigrantes, los
balseros, y a los jubilados, que tras años de trabajo en otros
lugares del país, regresaban a la «meca». En 1990, Miami era ya la
tercera gran concentración de hispanos de Estados Unidos, solo
superada por Los Ángeles y Nueva York, cuyos primeros asentamientos
databan de mucho tiempo atrás. Miami es hoy la primera zona
metropolitana de Estados Unidos de más de dos millones de habitantes
con una mayoría hispana (Wallace, 1991: 1A).
Esta importante concentración marca una diferencia radical con
respecto a mexicanos y puertorriqueños, los grupos más populosos de
inmigrantes hispanos en Estados Unidos, que, por el contrario, han
venido dispersándose cada vez más de sus lugares de origen.
MIAMI,
EL GRAN COMPLEJO DEMOSOCIAL
La población cubana del Gran Miami es hoy un abigarrado conglomerado
de gentes procedentes de zonas urbanas y de campesinos y pescadores,
de blancos, negros y mulatos, de pobres, clase media y millonarios,
de profesionales altamente especializados, de grandes empresarios y
de trabajadores de todo tipo, incluyendo los de categoría más
modesta, de individuos con escasa instrucción y de otros con títulos
universitarios superiores. Todo ello es el resultado de cuarenta
años de olas inmigratorias, cada una de ellas, en términos generales,
con unas características específicas. Estamos, pues, ante una
especie de gran palimpsesto demosocial situado al otro lado del
estrecho de la Florida, a unos 166 kilómetros de La Habana.
La emigración siguió un claro patrón social: los primeros en salir
eran los que tenían fuertes lazos con el gobierno derrocado, y los
pertenecientes a la clase alta; siguieron después los de las clases
medias: hombres de negocios, ejecutivos y profesionales,
principalmente médicos, abogados, ingenieros y maestros. Tan
temprano como en 1962 le tocó el turno a la clase trabajadora:
oficinistas, empleados de fábricas, artesanos y obreros con
especialización y sin ella.
2.1. De 1959 a 1962: el «exilio dorado»
Un total aproximado de 248.070
cubanos entraron en Estados Unidos entre los últimos días de 1958 y octubre de
1962, cuando se suspenden los vuelos regulares entre La Habana y Miami, a causa
de la llamada «Crisis de los misiles».6 Se trataba de gentes procedentes de la
capital o de otras grandes ciudades, con un alto grado de escolarización, y que
habían venido desempeñando profesiones bien remuneradas. El grupo estaba lejos
de ser homogéneo, pues aunque las citadas eran las características más
sobresalientes, no dejaban de encontrarse en él pescadores, campesinos,
conductores de camiones, mecánicos y vendedores, es decir, representantes de
todo el espectro laboral. Entre los que llegaron entonces, figuraban 14.000
niños sin sus padres y sin familia alguna.
En efecto, un elevado 62 % de estos refugiados procedía de La Habana; un 25 %,
de otra ciudad grande (de más de 50.000 habitantes); un 11 %, de pueblos (entre
50.000 y 250 habitantes); y solo un 2 %, del «campo» (localidades de menos de
250 habitantes).7 Al comparar estos porcentajes con los de los lugares de
residencia que muestra el censo de población cubano de 1953 (N = 5.829.000) se
observan grandes desigualdades. Aquí, la cifra mayor, un 43 %, es la de los
habitantes de zonas rurales, y le sigue, con un 26 %, la población que habitaba
en pueblos o en pequeñas ciudades. Los residentes habaneros aparecen con un 21
%, y los de otras ciudades de importancia, con un 10 %.
Además del carácter eminentemente urbano de estos refugiados, hay que destacar
también la abundancia de profesionales de alto nivel y de educación avanzada
(Cuadro 1).
Mientras que la fuerza laboral de la Cuba de 1953 descansaba en los renglones
más bajos, esta muestra de refugiados cubanos habla de la existencia de grupos
mucho más nutridos en los niveles altos. Los profesionales y semiprofesionales,
por ejemplo, están superrepresentados por un factor superior a 5, y en cambio,
las personas dedicadas a la agricultura y a la pesca, están infrarrepresentadas
por un factor cercano a 14.
Esto explica sobradamente el paralelismo que se observa entre estos datos y los
relativos a la educación. En este primer grupo de exiliados (N = 1.085),9 un
escaso 4 % no ha completado sus estudios primarios, un 60 % tiene años de
bachillerato, un alto 23,5 % ha llegado a la universidad, y un 12,5 posee alguna
diplomatura o licenciatura. El contraste con la realidad cubana de principios de
la década de 1950 es notable. Según los datos del Censo (N = 2.633.000), un 1 %
de la población adulta disponía de un título superior, y apenas un 3 % había
cursado años de universidad, mientras que un 44 % se encontraba entre la
primaria y el bachillerato, y un altísimo 52 % no había logrado terminar los
estudios de la primera etapa.
Los contrastes entre los exiliados de esta primera ola y la comunidad de origen
se hacen también patentes al examinar el factor ingresos; los sujetos
entrevistados (N = 199) informaron de haber recibido durante 1958 los sueldos
expuestos en el gráfico 2.
El análisis llevado a cabo por Fagen, Brody y O’Leary (1978: 20-21) indica que
menos de un 23 % ganó sueldos inferiores a los 2.000 pesos; un 56 %, obtuvo
entre 2.000 y 8.000, y un 21 %, recibió más de 8.000. La media de ingresos fue
de 5.960 pesos. Para 1957, la renta per cápita en Cuba fue de 431 pesos, pero
teniendo en cuenta que entonces solo uno de cada tres adultos estaba empleado,
el producto nacional bruto de cada trabajador era de 1.293 (Russett y otros,
1964).Se supone que si los cubanos llegados a Miami ofrecieran un paralelo con
la situación cubana general, su media de ingresos debería haber estado por
debajo de esta cifra, pues los sueldos constituyen solo uno de los componentes
del producto nacional bruto; en cambio, la media de aquellos recién exiliados
multiplica los 1.293 pesos por un factor superior a 4. Un estudio monográfico
sobre este asunto (Álvarez Díaz y otros, 1963) pone de manifiesto que en 1958,
un 60,5 % de los hombres empleados ganaba menos de 900 pesos al año. En cambio,
obsérvese que en la muestra miamense de cabezas de familia, solo un 7 % tiene
ingresos inferiores a los mil dólares.
Es de lamentar que no se tengan datos precisos sobre la composición racial de
estos primeros exiliados, pero el Research Institute for Cuba and the Caribbean
de la Universidad de Miami ha calculado que, aproximadamente, un 2 % de ellos
eran negros y un 3,5, mestizos. Según el censo de 1953, el total de la población
negra ascendía en Cuba a un 12,4 %, y la mulata, a un 14,5 (Center for Advanced
International Studies, 1967). Estas cifras indican que el grueso de esta primera
ola inmigratoria era preponderantemente blanca.
La mayoría de estos exiliados
llegaba a Estados Unidos con la firme convicción de que allí estarían por breve
tiempo, hasta el momento preciso en que una nueva situación política les
permitiera la vuelta a la isla. Lejos de sus mentes, pues, el convertirse en
«americanos» y comenzar una nueva vida: eran exiliados políticos, no
inmigrantes.
La situación para ellos no fue fácil, pero tampoco demasiado difícil. Es verdad
que los profesionales, excepción hecha de los maestros, como se verá, se
enfrentaron a contratiempos muy duros al no poder dedicarse a sus respectivas
profesiones: era necesario revalidar títulos, pero ello significaba presentarse
a exámenes de gran complejidad en inglés, y pasarlos, por supuesto. Aun los que
tenían un buen dominio de esa lengua se veían obligados a tomar cursos y
seminarios para actualizarse en diversos temas y disciplinas. Los demás debían
comenzar por adquirir la lengua. Entre tanto había que sobrevivir, de manera que
empezaron a desempeñar trabajos de cualquier tipo: fregando platos, ayudando en
las tareas más simples de la construcción, etc. No faltó tampoco la práctica
ilegal de médicos y dentistas, que prestaban sus servicios a clientes también
cubanos a precios muy módicos. Las mujeres, por su parte, se emplearon con mayor
facilidad como costureras, cocineras, domésticas, camareras, cajeras, manicuras
y oficios similares que no requirieran un aceptable manejo del inglés.
Al mismo tiempo, sin embargo, había aspectos positivos. Estados Unidos en
general y Miami en particular eran lugares relativamente conocidos de antes: los
viajes turísticos habían acercado a algunos a estas realidades; para otros, eran
las producciones cinematográficas de Hollywood, la televisión, las revistas y
otros medios de presentar la American way of life, muy frecuentes en la Cuba que
acababan de dejar, los que se habían encargado de producir una cierta
familiaridad con el nuevo entorno. Un número mucho más limitado había estudiado
en escuelas y universidades norteamericanas y tenían por ello una idea más
adecuada del país anfitrión. Aún menor era la cantidad de hombres de empresa que
mantenían desde antes relaciones económicas con Estados Unidos.
Otro elemento altamente positivo
fue la ayuda que recibieron del Estado, la más generosa de cuantas el país había
brindado a inmigración alguna. Se les concedió un estatus especial, el de parole,
que les permitió trabajar, aun sin ser residentes permanentes; se fundó el Cuban
Refugee Program, dependiente del Department of Helth, Education and Welfare
—trabajaba conjuntamente con los Departamentos de Estado, Trabajo, Defensa y
Agricultura— que suministraba a los recién llegados pequeños cheques mensuales,
servicios médicos, formación para nuevos empleos, cursos para adultos y
productos alimenticios. El gobierno otorgó un fondo especial para que el
distrito escolar del condado de Dade pudiese acoger a los más de 35.000 niños
que para entonces (enero de 1961) asistían a sus escuelas públicas.
También llegó, y de manera igualmente generosa, la ayuda privada: se estableció
el Centro Hispano Católico (1959) e inmediatamente después, el Catholic Relief
Services, el Protestant Latin American Emergency Committee y la United HIAS (en
cooperación con el Greater Miami Jewish Federation); todas estas instituciones,
más algunas iglesias y sinagogas particulares, ofrecían desde información hasta
asistencia económica en pequeña escala. Otra institución que se volcó con los
cubanos fue la Cruz Roja. A la Iglesia Católica había que agradecerle, además,
que recibiera en sus escuelas parroquiales a tres mil niños, a los que ayudaba
con becas diocesanas (García, 1996: 18-24).
2.2. De 1965 a 1973:
los «Vuelos de la libertad»
En los tres años que mediaron entre la «Crisis de los misiles» y la inauguración
de los llamados «Vuelos de la libertad», la emigración hacia la Florida fue
menos abundante: entre el 22 de octubre de 1962 y el 28 de septiembre de 1965
entraron en Estados Unidos unos 56.000 cubanos más. El fin del contacto aéreo
directo entre La Habana y Miami propiciaba casi en exclusiva la llegada a través
de terceros países, principalmente México y España, o bien mediante vías
clandestinas.
La mayoría de estos nuevos exiliados eran familiares de los que estaban
establecidos o padres de los niños que habían sido enviados solos a suelo
estadounidense. Cinco mil, casi todos prisioneros tras el frustrado episodio de
bahía de Cochinos, llegaron en vuelos especiales organizados por la Cruz Roja, y
unos cuatro mil, entre hombres, mujeres y niños, cruzaron el estrecho a bordo de
una buena variedad de «objetos flotantes». Sus características sociales eran muy
similares a las de los refugiados de la primera ola; ellos también recibieron la
simpatía y la colaboración, tanto del gobierno como de instituciones privadas.
Pero, a pesar de las relocalizaciones, que llevaron a un buen número de
inmigrantes lejos de Miami y sus alrededores, el aumento de la población que se
produjo con esta nueva llegada, y los altos índices de desempleo —un 6 %— que
sufría entonces la zona comenzaron a producir un cierto malestar entre grupos
nativos: suponían que los cubanos, al aceptar retribuciones inferiores a las
establecidas, estaban desplazando a los anfitriones de sus puestos de trabajo.
Sin embargo, tanto Washington como el estado de la Florida se apresuraron, con
estadísticas en la mano, a desmentir la suposición. El resumen que ofrece García
(1966: 37) del resultado de los estudios llevados a cabo sobre el asunto deja en
claro que los inmigrantes cubanos, no solo no estaban usurpando el sustento a
los residentes nativos, sino que habían establecido muchos negocios que creaban
nuevas posibilidades de empleo. Los informes también subrayaron otros hechos: el
flujo de cubanos no tenía incidencia alguna en los índices de criminalidad de la
zona; el turismo, a pesar de la delicada situación económica, había
experimentado un notable avance, y no se habían creado barrios de chabolas,
aunque el aumento demográfico había hecho difícil el tema de la vivienda, sino
que, por el contrario, florecían las empresas de bienes raíces. Se insistía
también en que los millones de dólares enviados al sistema escolar público del
condado habían mejorado considerablemente las escuelas, pese al aumento de la
población estudiantil, y como colofón, se explicaba que el dinero que Washington
había enviado a la zona (para tener una idea aproximada: 70 millones de dólares,
solo entre enero y mayo de 1963) había fortalecido la economía local, a despecho
de la recesión que se sufría. Las cosas parecieron quedar en su sitio.
Del 30 de septiembre al 30 de noviembre de 1965 es el puente marítimo, que tuvo
por base a Camarioca, pequeño pueblo pesquero de la costa norte de Matanzas,
creado gracias a presiones internas. Se logró así que los cubanos de Miami
pudiesen llevar consigo a 2.866 familiares en los más de 150 botes que lograron
atravesar el estrecho en sus viajes de regreso. Según Portes, Clark y Manning
(1985: 42), un 80,1 % de estos emigrados salían de Cuba por razones políticas,
un 12,3 % perseguía la reunificación familiar, un 3,7 % huía por imperativos
económicos, y el restante 3,9% había sido expulsado por las autoridades del
país. A pesar del alto porcentaje de individuos que escapaban debido a una
frontal discrepancia con el gobierno isleño, a los de este grupo no les fue
concedida automáticamente la condición de refugiados, ni recibirían, por lo
tanto, los beneficios que tal estatus llevaba aparejados. Los casos, previa
solicitud, deberían ser estudiados uno a uno, ya que el procedimiento de entrada
era completamente irregular.
El fugaz episodio de Camarioca se cerró con algunas tristezas: los varios
naufragios que se sucedieron por lo inadecuadas de ciertas embarcaciones y el
sobrepeso. Estas muertes, las primeras de una larga historia, produjeron, al
menos, una feliz decisión: la firma de un Memorandum of understanding entre Cuba
y Estados Unidos, por el cual se iniciaron los llamados «Vuelos de la libertad».
Inaugurados el 1 de diciembre de 1965, duraron ocho años; en los dos aviones que
a diario despegaban del aeropuerto de Varadero salieron del país otras 297.318
personas (Clark, 1977: 75).
La prioridad para obtener asiento en estos vuelos era para los parientes de
quienes ya vivían en Estados Unidos, aunque las autoridades cubanas no
permitieron la salida de presos políticos, de jóvenes en edad militar (entre los
quince y los veintiséis años) ni de aquellos profesionales o técnicos que fueran
necesarios para la producción económica de la isla. Una condición esencial era
que el destino final no fuera Miami ni su entorno, y efectivamente, más de la
mitad de estos inmigrantes fundaron sus hogares en diversos estados de la Unión.
Mientras esto ocurría permanecían en unas barracas prefabricadas que albergaban
a unos cuatrocientos individuos, levantadas junto al aeropuerto internacional
miamense; pronto fueron bautizadas la Casa de la libertad. Mientras esperaban la
salida para sus destinos recibieron, además de la ayuda oficial, la de firmas
comerciales y la de las iglesias.
Las características sociales de los
llegados anteriormente comenzaron a cambiar con los nuevos exiliados. Solo un 12
% eran profesionales o administrativos, mientras que un alto 57 % eran
oficinistas, empleados múltiples y trabajadores agrarios. Como resultado de las
restricciones impuestas por Cuba, las mujeres y los viejos constituían mayoría.
La novedad era, sin duda, la importante representación de la comunidad china y
de la judía —procedente esta última de países centroeuropeos—, asentadas en Cuba
durante largos años. Los primeros, dueños de pequeños negocios (puestos de
fruta, restaurantes y lavanderías), los segundos, enfrascados en actividades
comerciales de más vuelo. La comunidad negra, sin embargo, seguía con una
representación mínima.
A la terminación de estos vuelos, la población cubana del exilio era ya muy
heterogénea, con representantes de todas las clases sociales, todas las
profesiones y oficios, varios grupos étnicos y religiosos, y aunque seguían
primando los de la provincia de la Habana, había nutrida representación de las
demás. García (1966: 44) subraya el hecho de que, junto a esta variedad, también
existían en el exilio diferencias políticas que cubrían un amplio espectro
ideológico.
Los «Vuelos de la libertad»
hicieron renacer entre los residentes anglos de Miami un gran malestar; en
periódicos y en cartas enviadas a la Casa Blanca volvían a esgrimirse los
argumentos de antaño, a los que se añadían ahora el descontento con las ayudas
entregadas a los exiliados, superiores a las de los anglos pobres, negros
especialmente, ciudadanos de Estados Unidos. No obstante, las autoridades
federales, estatales y locales continuaban manteniendo sus programas de
cooperación y, además, crearon otros nuevos, entre los que figuraban los de
educación bilingüe para integrar a los estudiantes cubanos y cursos de formación
para adultos, con los que poder conseguir empleo. De todos, el proyecto estrella
fue, sin duda, el llamado «Aprende y supérate», concebido especialmente para
mujeres sin familia: clases intensivas de inglés y diversos cursos de formación
profesional (costura, manejo de equipos de oficina, secretariado, enfermería,
etc.). La asistencia a estos programas era obligatoria; se requería que las
participantes estuvieran dispuestas a abandonar Miami, en caso de que no hubiese
trabajos disponibles en la ciudad. Muchas de ellas no tuvieron que ausentarse.
2.3. 1980: el éxodo de Mariel
Aunque entre octubre de 1978 y abril de 1980 el gobierno cubano permitió la
salida de unos catorce mil presos políticos y sus familiares, fue necesario
esperar unos meses más para que la emigración pudiera protagonizar otro capítulo
de gran alcance: el episodio de Mariel. La antesala de esta experiencia fue, en
marzo de ese mismo año de 1980, la violenta entrada (empotrando sus automóviles
contra las verjas) de un grupo de cubanos en la Embajada del Perú en La Habana,
solicitando asilo político. Cuando el gobierno permitió su salida, un aluvión de
más de diez mil personas entraron en la sede diplomática para solicitar visados.
Ante este sonadísimo hecho, las autoridades cubanas informaron de que
permitirían la salida a todos los que la desearan. Así nació Mariel.
Pese a que la guardia costera estadounidense realizó 988 operaciones de rescate,
que salvaron la vida a miles de pasajeros, 25 de las más frágiles embarcaciones
zozobraron en el estrecho. La historia volvía a repetirse: al conocerse la
noticia, los cubanos de Miami zarparon hacia el puerto de Mariel en cualquier
cosa que pudiera navegar con tal de recoger a su familia, e incluso a
desconocidos que estuvieran deseosos de marchar de la isla. Las penalidades y
los infortunios de estos viajes, algunos escalofriantes, han sido descritos con
pormenor por algunos de sus protagonistas, entre ellos Reinaldo Arenas en su
obra Necesidad de libertad.
Cayo Hueso, el primer puerto de llegada a la Florida, improvisó oficinas para
inscribir a los recién llegados, someterlos a exámenes médicos, fotografiarlos,
tomar sus huellas dactilares y llenar los largos cuestionarios preparados al
efecto. Pero pronto estas instalaciones fueron insuficientes y se crearon otras
dos, una en el parque Tamiami y otra en las barracas de Opa-Locka. Los centros
de procesamiento que proseguían con los trámites trabajaban día y noche, y
clasificaban a los inmigrantes en dos grandes grupos: los que se reunirían con
sus familiares y aquellos que debían ser reclamados por un patrocinador
(individual o institucional). Estos, que tenían que esperar algo más de tiempo,
fueron instalados en una gran variedad de lugares disponibles: iglesias,
gimnasios, estadios, hoteles... y hasta en tiendas de campaña, levantadas debajo
de los puentes de las autopistas.
En poco más de cinco meses habían salido de la isla 124.776 personas (Bowen,
1980), entre las cuales el gobierno insular tuvo cuidado de incluir —sin que
Estados Unidos tuviese ningún control sobre ello— un número de indeseables
sociales, desde ladrones y asesinos hasta prostitutas, más un grupo menor de
enfermos y deficientes mentales y de gentes con algún tipo de invalidez.10 Se
comprende que esta circunstancia, estupendamente magnificada por los medios de
comunicación estadounidenses e internacionales, terminara con el estatuto de
refugiados (a pesar de que muchísimos declararan que salían del país por causas
políticas), que se concedía a la mayoría de los cubanos, anulando, a manera de
excepción, todas las restricciones aplicadas a las demás nacionalidades: en su
defecto, fueron considerados entrants, término novedoso y ambiguo al mismo
tiempo, hasta que pudiesen alcanzar un estatus más permanente, si es que acaso
podían lograrlo. Se comprende que la opinión pública reaccionara en términos muy
negativos y que también fuera desfavorable el recibimiento dado por los
inmigrantes cubanos de antes, que veían peligrar la buena imagen que tanto les
había costado construir. Algunos confesaban que se sentían más discriminados por
sus propios compatriotas que por los «americanos». No puede olvidarse que la
impresión de ver a miles de estos cubanos deambulando por las calles sin hogar y
sin trabajo era desalentadora, pero mucho más lo fue el hecho de que en ese
mismo año de 1980, los latrocinios y los crímenes cometidos por algunos
marielitos alcanzaran cotas alarmantes. No eran pocos los que se preguntaban si
aquellas gentes, nacidas y criadas bajo otro sistema, serían capaces de
adaptarse a un régimen democrático.
Cuando terminaron las investigaciones, estas arrojaron un primer saldo de 1.500
individuos subnormales o con problemas mentales; 1.600 alcohólicos, adictos a
drogas, tuberculosos o con trastornos cardiovasculares, y 4 leprosos; pero lo
más asombroso de todo era que 26.000 poseían expedientes carcelarios (García,
1996: 64). Todos ellos fueron internados en campamentos especiales, mientras se
determinaba si se trataba realmente de criminales. Muchos fueron puestos en
libertad, al comprobarse que su estancia en las cárceles cubanas obedecía a
motivos políticos o a pequeños delitos, pero 1.769 —un 1,4 % del total— fueron
enviados a cárceles federales. Por último, se decidió, sin demasiado éxito,
devolver a Cuba a algo menos de mil delincuentes (Hoobler, 1996).
Un 73 % de los que integraban el
grupo de los marielitos logró quedarse en la Florida, y de ellos, un 75 %
consiguió trabajos y fundó hogares en la zona metropolitana de Miami, llevando
una vida completamente normal, que en nada se diferenciaba de la de los llegados
con anterioridad. Cuando todo quedó esclarecido, el antiguo exilio extendió su
mano.
En ciertos aspectos, este grupo mostraba diferencias importantes: un 70 % eran
hombres jóvenes, de una media de treinta años, procedentes de muy diferentes
zonas de la isla, entre los que se encontraba una gran proporción —cerca de un
40 %— de negros y mulatos. Sus índices de educación eran ligeramente más altos
que los de los cubanos llegados a través de los «Vuelos de la libertad», pero su
perfil laboral era paralelo a los de la clase trabajadora de aquellos: obreros
manuales, empleados de fábrica, trabajadores profesionales y técnicos.
2.4. La década de 1990: los «balseros»
La emigración permitida tuvo su último capítulo hasta la fecha en 1987. Un
acuerdo especial entre Cuba y Estados Unidos, firmado en 1984, posibilitó
entonces que otros 20.000 cubanos al año pudieran abandonar la isla y a cambio,
el gobierno insular se comprometía a aceptar 2.746 marielitos indeseables. Se
dio prioridad a aquellos que reunían los requisitos para recibir asilo, la
mayoría de ellos presos políticos y sus familiares. No llegó a salir el número
pactado, ya que en mayo de 1985 Cuba suspendió el acuerdo como medida de
protesta por la fundación de Radio Martí. Para entonces habían sido repatriados
solo 201 marielitos. Entre 1988 y 1993, otros tres o cuatro mil individuos
lograron alcanzar la Florida a través de vuelos regulares. El resto de la
historia pertenece al trágico capítulo de los «balseros».
Durante estos años, con muy pocas excepciones, el único puente disponible hacia
la Florida era el extremadamente frágil y peligroso construido por los balseros:
125.000 personas han logrado sobrevivir al fatídico viaje. Solo en 1994, clímax
de esta arriesgada operación, huyeron unos treinta mil individuos entre hombres,
mujeres, niños y ancianos, como todos los demás, a través de unas balsas de
manufactura casera, algunas de las cuales llegaron a flotar por puro milagro. No
todos llegaron directamente a la Florida; un nutrido grupo de ellos fueron
llevados a la base norteamericana de Guantánamo, en el oriente de la isla, y
allí permanecieron a la espera de que pudiesen ser acomodados en terceros países
o de que Cuba permitiera su regreso. Poco tiempo después se instalaban todos en
Estados Unidos.
Este último éxodo está integrado por individuos de todas las características
sociales, pero predominan los obreros de las ciudades, los jóvenes profesionales
y los trabajadores agrarios, la mayor parte de ellos, nacidos tras el triunfo de
la revolución. Los balseros llegados después de 1994 tienen estatus de
«inmigrantes ilegales», por lo que se enfrentan a la posibilidad de ser
devueltos al país de origen, como cualquier otro inmigrante de igual
condición.11 Entre tanto se regulariza su situación, permanecen en campamentos
de refugiados, bien «protegidos» por cercas de alambres de púas. La situación se
ha ido normalizando. Hoy, la inmigración cubana de Miami ha llegado a constituir
un núcleo amplio y muy heterogéneo, y si en un principio esta población
discrepaba significativamente de la composición social de la de la isla, en la
actualidad los paralelos son casi perfectos.
HACIA EL PODER
ECONÓMICO Y POLÍTICO
Durante mucho tiempo se ha venido describiendo la inmigración cubana al sur de
la Florida con tintas muy extremas e irreales, sobre todo cuando se la compara
con otras, concretamente con la mexicana y, en menor proporción, con la
puertorriqueña.
De la cubana se ha dicho que no es una inmigración impulsada por factores
económicos sino políticos, y que está integrada por una elite profesional y
culta. La primera de estas premisas dio lugar a una política de recepción de
brazos abiertos y de ayudas de todo tipo, como pruebas de la admiración de los
anfitriones por quienes abandonaban una vida de bienestar por rechazar
principios políticos inadmisibles para la democracia. Estas ventajas, unidas a
la formación alta, moderna y especializada de los inmigrantes, fueron
responsables de su éxito económico inmediato.
Tal concepción fue sin duda inspirada por la situación reinante hasta mediados
de la década de 1970, cuando todavía era posible hablar, aunque con las
precisiones de rigor, de un «exilio dorado». A partir de estos años, y aun de
antes, aunque en proporciones más modestas, las cosas empezaron a cambiar. A
medida que aumentaban los índices de depauperación de la isla, proceso galopante
bien estudiado, no eran únicamente motivos políticos, sino también económicos (a
veces, fundamentalmente económicos) los que impulsaban a los cubanos al éxodo.
El perfil de los inmigrantes más recientes se acercaba al de los demás hispanos.
Es verdad que, a pesar de ciertas inyecciones desestabilizadoras, como la
llegada de los marielitos, la economía cubana de Miami se mantuvo en alza. Pero
ello fue debido a factores muy específicos que solo en cierta medida estaban
influidos por las primeras etapas. Al margen del aprovechamiento de las viejas
ventajas adquiridas en la época dorada, que permitía la obtención intragrupal de
empleo, el lento y trabajoso éxito se debió a varios factores: la estructura
familiar trigeneracional, el control de la natalidad, la incorporación masiva de
la mujer a la fuerza laboral, y el aprovechamiento de las oportunidades
brindadas para reincorporarse a la vida profesional y para la fundación de
negocios.
La presencia de los abuelos en los núcleos familiares, que aparte de colaborar
con sus cheques de asistencia social, se dedicaban al cuidado de los niños y a
las tareas domésticas, permitía a la mujer entrar de lleno en el mundo del
empleo, a veces hombro con hombro con sus maridos, lo que posibilitó, en el más
modesto de los casos, redondear la economía del hogar, esto sin contar con
firmas comerciales familiares, en las que la mujer desempeñaba con frecuencia el
papel protagonista.12
Los profesionales fundaron firmas de trabajo y consultoría, las más notables,
las clínicas médicas y odontológicas, muchas de las cuales recordaban las
estructuras que las sostenían en Cuba. Los que se dedicaron a los negocios
pudieron adquirir préstamos de pequeños bancos de dueños cubanos o hispanos,
apoyados principalmente en una firme historia empresarial de los tiempos de
Cuba. En general, se fundaron empresas modestas: restaurantes, tiendas de
comestibles, estaciones de gasolina, farmacias, estudios fotográficos, tiendas y
bares, y no tan modestas: tiendas por departamentos, fábricas, cines y salas de
fiesta. En ambos extremos de este espectro estaban los vendedores callejeros
—guarapo, jugo de caña y granizados— y los muy ricos, que entraron directamente
en las industrias bancaria y bursátil, y en otras grandes empresas.
Muy importante dentro del mundo del empleo ha sido la presencia de las estrechas
redes sociales que los cubanos han ido construyendo y fortaleciendo en Miami a
lo largo de estas últimas décadas. En contraste con otros inmigrantes que tienen
ante sí fundamentalmente un mercado de trabajo abierto en sectores periféricos
de la economía, los cubanos encontraron trabajo con facilidad en los negocios,
también cubanos, cuyos dueños o administradores habían llegado de la isla en
situación parecida a la de ellos, solo que antes. Puede que en estos casos, la
compensación económica que recibían por su labor no haya sido muy alta, al menos
en los inicios, pero esto quedaba compensado por el hecho de que, gracias a los
lazos étnicos existentes, el proceso de aprendizaje de nuevas destrezas se hizo
mucho más fácil, a la par que se borraban o difuminaban las rígidas estructuras
jerárquicas en los puestos de trabajo.
Los negocios propiedad de hispanos —cubanos en una gran proporción— se han
multiplicado casi por ocho en quince años: de 3.447 en 1969 a 24.898 en 1982 (Cuban
American Policy Center, 1988), y estos no están circunscritos a los típicos «negocitos»
étnicos, sino que muchos constituyen hoy, después de muchos años de trabajo,
grandes empresas de manufactura, construcción, seguros, bienes raíces, banca,
publicidad y exportación-importación (Portes y Bach, 1985). Consecuencia de ello
es que el Gran Miami sea una de las zonas de los Estados Unidos que más ha
crecido económicamente, y con mayor rapidez.
Todo esto ha dado por resultado que la posición económica de los cubanos sea la
mejor de entre los grupos de inmigrantes hispanos: la media de ingresos
familiares (Gráfico 3), que está a punto de alcanzar los 50.000 dólares anuales,
por una parte, y los 2,5 miles de millones que estos pagan al año en impuestos
en el condado de Dade, por otra, así lo demuestran.13
Aunque otros éxitos económicos no son atribuibles a los cubanos en exclusiva, no
cabe duda de que, constituyendo ellos la amplia mayoría de los hispanos del
lugar, tienen una buena parte de la responsabilidad: Miami es la zona
metropolitana de Estados Unidos con el más alto índice per cápita de negocios
hispanos (O’Hare, 1987: 33); a partir de 1980, trece grandes bancos y más de
cien corporaciones nacionales y multinacionales abrieron sucursales en la
ciudad; para ese mismo año, el puerto de Miami había desplazado al de Nueva
Orleans en el comercio con Hispanoamérica; por esas fechas, el tránsito de
pasajeros aumentó en un cien por cien en el aeropuerto internacional de Miami, y
las cargas, en un 250 %, cifras que lo han convertido en el noveno aeropuerto
del mundo; las importaciones y las exportaciones han crecido en un 150 %.
Añádase, como colofón a este pequeño muestrario, que el Senado de Estados Unidos
acaba de votar por unanimidad que sea Miami, desbancando a Chicago y a San
Antonio, la futura sede del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La
ciudad misma ha experimentado en su urbanismo y sus servicios públicos un cambio
sin precedentes.
Junto al poder económico se desarrolló el político. Aunque los cubanos no se
consideraban a sí mismos inmigrantes, sino refugiados políticos, pronto se
dieron cuenta de que nunca ejercerían una verdadera influencia política si no
disponían de un arma importante: el voto. Pero para ello se necesitaba la
ciudadanía estadounidense.
En 1974 solo 200.000 cubanos eran ciudadanos de Estados Unidos. Entonces, a dos
años de las festividades del bicentenario de su independencia, dio inicio la
campaña Cubans for American Citizenship, que se proponía conseguir 10.000 nuevas
«naturalizaciones». Se obtuvo un éxito rotundo: solo en un día, el 4 de julio de
1976, 6.500 cubanos se convirtieron en ciudadanos; al final de ese año la cifra
subió a 26.275. A pesar de los reparos de muchos a adquirir la ciudadanía
estadounidense, para 1980 un 55 % de todos los exiliados había jurado la nueva
nacionalidad (Arboleya, 1985); en tan solo una década, las proporciones se
habían más que duplicado. A pesar de su nuevo estatus, continuaban
considerándose «cubanos».
Las consecuencias fueron casi inmediatas: el crecimiento de cubanos en los
puestos políticos a todos los niveles de gobierno. Llegaron a ser cubanos los
alcaldes de las principales ciudades del Gran Miami: Miami, Hialeah, West Miami
y Hialeah Gardens, además de ser mayoría en los concejos y comisiones de estas
ciudades. A principios de la década de los noventa, 10 de los 28 puestos de la
delegación del condado de Dade en la legislatura del estado de la Florida eran
cubanos, siete en la Cámara y tres en el Senado. Pronto llegó la representación
a la Cámara Nacional en Washington.
LA COHESIÓN SOCIOCULTURAL
Esta comunidad, de unos tres cuartos de millón de personas, se muestra muy
fuertemente cohesionada en aspectos socioculturales. Se parte de la base de que
los cubanos son parte integrante, y así se sienten, de la tradición cultural
hispánica, muy reconocida en todos sitios; el hispanismo estadounidense mismo
es, desde principios del siglo XX, de los más sólidos que existen. Ahí están los
centros universitarios, las revistas científicas especializadas, los centenares
de libros impresos, los congresos, simposios y otros encuentros de gran relieve
(Anaya-Las Américas, 1974). Hay que reconocer, sin embargo, que esta
incuestionable marca de estatus cultural no suele descender al hombre de la
calle.
Las manifestaciones socioculturales más visibles en la comunidad son de tres
tipos: a) la importancia que los estudios oficiales preuniversitarios conceden,
a través de programas bilingües, a la lengua de los inmigrantes; b) el
despliegue de toda una serie de actividades públicas de tipo cultural, en las
que el español actúa de protagonista: teatro, conferencias, certámenes
literarios, mesas redondas, etc., actividades a las que es preciso añadir la
publicación de libros, con el natural desarrollo de firmas editoriales, y c) la
más importante de todas, el intenso uso de la lengua emigrada en los medios de
comunicación pública (Fishman y otros, 1985).
En 1963 Miami creó su programa de educación bilingüe. Es muy significativo que
aunque en Nueva York, California y el Suroeste existían grandes concentraciones
hispánicas desde hacía ya bastante tiempo, el condado de Dade fue pionero en
este tipo de actividad educativa: Coral Way Elementary School enseñó inglés y
español a los hispanohablantes y español a los anglos. Este magnífico sistema de
enseñanza bilingüe, que no perseguía solo conseguir la transición de los
inmigrados hacia el inglés, sino también el fortalecimiento de su lengua
materna, y que también se enseñaba a los alumnos anglohablantes, fue extendido
pronto a otras escuelas del sistema del condado. La gran cantidad de maestros
cubanos que se hallaban en el exilio miamense contribuyó en gran medida a
facilitar las cosas. Más tarde, sirvió de modelo a otros estados de la Unión.
En cuanto a las manifestaciones culturales, debe anotarse que las
representaciones teatrales son constantes, incluyendo la puesta en escena de
zarzuelas, una tradición muy arraigada en Cuba. Los festivales de teatro que se
celebran año tras año alcanzan notables cotas de éxito. Se anuncian con alta
frecuencia conferencias y mesas redondas, en las que participan intelectuales
prestigiosos, muchos de los cuales intervienen en peñas literarias y en
tertulias, y se realizan presentaciones de libros con asombrosa asiduidad.
Instituciones como la Sociedad Pro-Arte Grateli y locales como el Teatro de
Bellas Artes se ocupan de excelentes actividades musicales, y son varios los
museos y salones que acogen exposiciones de arte. Incluso centros ajenos a la
cultura cubana, como el Koubek Memorial Center de la Universidad de Miami, el
Miami-Dade Community College y la Florida International University, organizan
seminarios de música, literatura, historia y folclore, y exposiciones varias. De
todo ello quedan pruebas abundantes en la rica colección de carteles que ha
inventariado Varona (1993).
Por otro lado, la otrora incipiente industria editorial va en aumento y el
consumo de libros en español supera fácilmente las cotas del año anterior.14 Un
ejemplo sobresaliente es el de la Enciclopedia de Cuba, que a principios de los
años setenta contaba con ocho volúmenes y que hoy consta de catorce. El
sorprendente éxito de las últimas ediciones de la Feria del Libro es un buen
índice de esta realidad. La comunidad de Miami, que desde muy pronto se unió a
la producción creativa y crítica de los cubanos en el exilio (Lindstron, 1982;
Fernández y Fernández, 1983; Hospital, 1988; Kanellos, 1989, García, 1996:
171-207), ha comenzado a aportar nombres a las nóminas de importantes premios
literarios españoles: Matías Montes Huidobro, premio Café Gijón de novela 1997,
y Daína Chaviano, premio Azorín 1998.
Los medios de comunicación, por su parte, sin olvidar la faceta publicitaria (Jong
Davis, 1988; Soruco, 1996) han presenciado un auge realmente espectacular. En
1959 solo existía el Diario las Américas, de propiedad nicaragüense; diez años
después, se publicaban muchos periódicos, periodiquitos ‘tabloides’, revistas y
boletines. Es verdad que algunos llegaron solamente a publicar un número, pero
otros, en cambio, han vivido durante veinte años.15 Algunas de estas
publicaciones tenían su historia cubana (Alerta, El Mundo, Bohemia, El Avance
Criollo, El Imparcial, Isla, Occidente) y renacían ahora en el exilio, mientras
que las demás nacían de nuevo cuño. El Diario las Américas amplió
considerablemente su estructura y, en consecuencia, su plantilla en 1960; muchos
de los nuevos periodistas eran cubanos, y cubanos eran los temas a los que más
atención se dedicaba, en especial los relativos al exilio. La recién fundada
versión española del Miami Herald llegaba a 36.000 hogares en 1979. En 1987 se
reorganizó del todo, convirtiéndose en un periódico independiente; en 1990
vendía 102.289 ejemplares de la edición diaria, y 118.799 de la dominical. Sus
directores y una gran parte de sus profesionales eran cubanos. Entre tanto, se
fundaba el Colegio de Periodistas.
Algo similar sucedió con la radio y la televisión. En 1963, tres estaciones
locales transmitían algunas horas diarias en español. Muy poco después se
inauguraba WQBM, La Cubanísima, y en 1965, WFAB, La Fabulosa, con transmisión
completa en español. En 1973 nace la primera estación radial de propiedad
cubana, WRHC Cadena Azul, con 24 horas de constante programación. Ya para 1980
había diez emisoras. En 1998 se traslada por completo a Miami, desde Washington,
Radio Martí. Las encuestas ponen de manifiesto que la WQBM es la más escuchada
en todo el sur de la Florida.
La primera cadena de televisión en fundarse es WLTV, Canal 23, asociada a
Univisión, que comenzaba y cerraba su programación con el himno nacional cubano
y vistas de la añorada isla. En 1980 consiguió los índices más altos de
audiencia de todas las cadenas que operaban en la Florida, sobrepasando
ampliamente a la ABC, la NBC y la CBS; en 1986 recibió 23 nominaciones del
premio Emmy, más del doble que ninguna otra cadena de la zona. Al Canal 23 se le
unieron más tarde otras dos cadenas que también transmitían exclusivamente en
español, el Canal 51, asociado a Telemundo, y el Canal 40, conocido como
TeleMiami.
Tampoco puede desconocerse la fundamental actividad de los «municipios». En
principio son organizaciones sociales de ayuda mutua, pero también llevan a cabo
actividades culturales y recreativas. De los 126 que existían en Cuba, 114 están
representados en Miami. Su principal misión es ayudar, incluso económicamente, a
los amigos y vecinos que los conforman, fomentando y conservando entre sus
asociados, en su mayoría de la clase obrera, una camaradería especial. Algunos
de ellos son famosos por sus programas musicales e históricos, también por sus
tertulias, sus ferias y sus fiestas; son varios los que publican sus propios
periodiquitos. Todos tienen en común un objetivo básico: recordar a todos que
son cubanos, no «americanos».
Por otra parte, la Miami hispánica muestra orgullosa sus museos y sus
monumentos: el Museo de Bahía de Cochinos, el Museo Cubano de Arte y Cultura, el
Monumento a la Herencia Cultural Cubana, el Cuban Memorial Boulevard, el Club de
Dominó, situado en el parque Máximo Gómez, la torre de la Libertad, el parque
José Martí, la Casa del Beisbol Cubano, la plaza de la Cubanidad, la ermita de
la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba y, por supuesto, la Pequeña Habana, que
se extiende a ambos lados de la calle 8, y en la que destaca su paseo de la
Fama.
Sin embargo, con excepción de los medios de comunicación, todo lo anotado hasta
aquí no puede compararse, en cuanto a medios de fomentar la cohesión
sociocultural, con las actividades populares. El calendario es muy denso, pero
entusiasma y hermana a una notable cantidad de asistentes y participantes. Hay
conmemoraciones patrióticas (parada del aniversario [del nacimiento] de José
Martí, héroe nacional por antonomasia, celebración del «Grito de Baire»,
ceremonia de aniversario de bahía de Cochinos, celebración del 20 de mayo, día
de la independencia, y celebración del «Grito de Yara»), religioso-festivas
(parada de los Reyes Magos, televisada a todo el país), festivas (la Gran
Romería Hispano-Americana y, sobre todo, el gran carnaval de Miami, junto a sus
famosas comparsas y otras muchas actividades, que atraen a miles de visitantes y
que también se televisa de costa a costa) y culturales (Festival Ernesto Lecuona
y el Hispano Heritage Festival); los cubanos participan también, muy
activamente, en el Hispanic Festival of the Americas, en el Inter-American
Festival y en el Miami Film Festival, que incluye muchas películas en español (Cuban
Heritage Trail, 1994).
ENGLIS ONLY?
Una serie de razones importantes llevaron al grupo entonces dominante, los
anglos blancos, a votar a favor de una medida que suprimía el carácter bilingüe
y bicultural del condado. En 1980, cuando se llevó a cabo el referéndum, era ya
evidente que se estaba incumpliendo la expectativa, muy asentada
tradicionalmente, de la subordinación sociocultural de la inmigración, y la
mayoría nativa veía peligrar su identidad y su poder en todo el sur de la
Florida y, en particular, en Miami. La reacción que esto produjo desembocó en
una contienda que pronto alcanzó tintes etnocéntricos y hasta xenófobos. La
lengua española fue la protagonista indiscutible.
Castro (1992), que ha estudiado con detenimiento este asunto, ha señalado los
factores que desencadenaron el triunfo del «English only» en el condado de Dade,
el primero de una serie de episodios similares producidos en otros lugares del
país.
Entre 1960 y 1980 el crecimiento de la población hispana, cubana esencialmente,
fue excepcional: de un 5,3 % a un 35,7. Ya en 1970 los hispanos se habían
convertido en la primera minoría de Miami, al superar a los anglos negros, que
no pasaban de un 15 %. La tendencia de este perfil demográfico parecía hacer
evidente que en la década de 1990 llegarían a ser el factor predominante de la
zona metropolitana.16 Se trataba de una población que aumentaba de forma
continua, aunque a diferentes tempos, gracias a inmigraciones sucesivas, lo que
ayudaba a mantener las costumbres, las lealtades y los rasgos culturales del
lugar de origen, entre ellos y de los más importantes, la lengua.
Una situación tan particular ofrecía un formidable reto al principio de
«americanización» que ese país había visto cumplirse una y otra vez. Desde los
primeros momentos en Miami se hablaba más español que en otras ciudades
estadounidenses en las que también existía una gran cantidad de inmigrantes
hispanos. Lo común era que la lengua materna se hablara en casa, y así ocurría
también con los cubanos: un 91,9 % hablaba solo español, y un 4 % más, lo usaba
mayoritariamente (Cuban American Policy Center, 1977). Lo extraordinario era que
allí el español se oía también en el mundo de los negocios y en todo tipo de
actividades sociales (Strategy Research Corporation, 1984). El español era, por
lo tanto, una lengua pública; la ciudad se había convertido de facto en una
comunidad bilingüe.
Lo chocante de este continuo oír hablar español no era tanto su frecuencia como
las características de quienes lo hablaban. Didion (1987: 63) resume la cuestión
en unas pocas palabras: «En Los Ángeles, por contraste, el español era una
lengua apenas sentida por los anglos, solo formaba parte del ruido ambiental: la
lengua hablada por la gente que trabajaba limpiando automóviles, podando árboles
o recogiendo mesas de restaurantes. En Miami, el español era hablado por la
gente que comía en los restaurantes y que eran los dueños de los automóviles y
de los árboles». En la escala socioauditiva, el contraste ofrecía una diferencia
muy considerable.
El poder económico de la comunidad, además de ser fuerte y diverso, estaba
integrado. Las empresas cubanas eran una fuente de trabajo y de consumo para los
negocios anglos, trataban comercialmente con ellos y, en ocasiones, mantenían
con estos una fuerte competencia, de la que a menudo resultaban vencedores
(Wilson y Martin, 1982). El reflejo de todo esto en las esferas política y
cultural era palpable.Otros hechos contribuyeron también a crear el ambiente de
inconformidad que dio paso a la decisión favorable al «English only». Además del
establecimiento del Programa de Educación Bilingüe en 1963, influyeron
fundamentalmente dos factores: la declaración del condado de Dade, diez años
después, en la que reconocía oficialmente su carácter bilingüe y bicultural, por
un lado, y por otro, la creación, en 1976, de la edición española del poderoso e
influyente rotativo Miami Herald.
La mencionada legislación de 1973
afirmaba como consideración básica que «un largo y creciente porcentaje del
condado de Dade es de origen hispano [...] muchos de los cuales han mantenido la
cultura y la lengua de sus tierras nativas [y por lo tanto] se enfrentan a
especiales dificultades en comunicarse con departamentos gubernamentales y
oficiales». La resolución concluía que «nuestra población hispanohablante se
había ganado, a través de su siempre creciente participación en el pago de
impuestos y de su participación activa en los asuntos comunitarios, el derecho a
ser servida y oída en todos los niveles del gobierno» (Metro-Dade County, Board
of County Commissioners, 1973).
La fundación de El Herald constituyó el único caso en que un gran periódico
estadounidense lanzara una tirada diaria en español, sorprendente, sobre todo en
Miami, siendo esta no la primera, sino la tercera ciudad de la Unión —tras Los
Ángeles y Nueva York— en cuanto a la proporción del mercado hispano (Strategy
Research Corporation, 1984). En la toma de esta decisión no fueron ajenos dos
factores contundentes: los bajos índices de suscripción hispana del periódico y
el poder consumidor de los hispanos del condado. Pero lo cierto fue que El
Herald, que nació como un encarte ofrecido gratis al solicitarlo, que disponía
de un presupuesto y un personal muy limitados, y que carecía de independencia
editorial, se convirtió con el tiempo en lo que es hoy: un poderoso miembro de
las empresas Herald, una institución periodística de primer orden, un actor
cívico sobresaliente y la voz editorial más influyente del Miami latino.
Estos tres notables sucesos, educativo (1963), político (1973) y periodístico
(1976), fueron para algunos pruebas innegables de la «invasión» hispana de la
comunidad. Si ya los ánimos de muchos nativos estaban algo exacerbados, estos
acontecimientos provocaron mayor malestar aún. Si bien no entre la elite.
Castro (1992, 117-118) subraya el hecho de que los cubanos, a diferencia de
otros grupos de inmigrantes hispanos, eran mayormente blancos, de procedencia
urbana, de clase media, relativamente educados, que en la década de los sesenta
habían sabido incorporarse a los mecanismos económicos del poder. Además, no
causaban conflicto de clase ni mostraban diferencias relevantes de cosmovisión
con las elites del país. Con mucha frecuencia, estos recién llegados eran de la
misma clase y de las mismas profesiones que ellas y manejaban el mismo lenguaje
social y profesional.
La creciente presencia de los cubanos se hizo cada vez más influyente. Los
cubanos se convirtieron en excelentes interlocutores de los poderosos anglos,
con los que mejor que nadie «negociaban» la conservación de su herencia
lingüística y cultural. Los éxitos se iban consiguiendo paso a paso. En
definitiva, estos recién llegados, con los que se podía convivir socialmente,
eran una buena clientela política y consumidora: se habían ganado el «derecho» a
ser servidos y escuchados en su propia lengua.
Si no la elite, una parte importante de la población nativa aumentó su
resentimiento ante la nueva situación: en lugar de asimilarse con rapidez a la
cultura dominante, o al menos, mostrar su subordinación a ella, estos cubanos
recién llegados parecían adueñarse de todo. Algunos anglos decidieron abandonar
el campo de batalla;17 otros, por el contrario, iniciaron la lucha: dio entonces
comienzo el movimiento antibilingüismo.
En noviembre de 1980 se sometió a referéndum la medida que revocaba la política
oficial de bilingüismo y biculturalismo aprobada en 1973 por el condado
metropolitano de Dade, al tiempo que se declaraba el inglés como única lengua
del gobierno. La medida fue aprobada por una gran mayoría, dando vida al
movimiento conocido como «English only».18 Un 71 por ciento de los anglos
blancos dio su aprobación al proyecto, siguiendo las pautas del «Citizens of
Dade United», nombre del grupo de acción política inscrito oficialmente para
este propósito. En contra, un 56 % de los negros19 y un 85 % de los hispanos. La
elite anglo, que no se sentía amenazada por el avance de los inmigrantes,
también se opuso.
La medida prohibía (Sección 1) «la asignación de fondos del Condado para el
propósito de utilizar alguna otra lengua que no fuera el inglés o alguna otra
cultura que no fuera la de Estados Unidos», y ordenaba (Sección 2) que «todas
las reuniones gubernamentales del Condado, audiencias y publicaciones deberían
ser en la lengua inglesa únicamente» (Metro-Dade County, Board of County
Commissioners, 1980).
No cabe duda de que detrás de estos votos positivos había también razones
económicas: la terrible competencia que ofrecían los negocios hispanos, sobre
todo los pequeños y medianos, por una parte, y por otra, las dificultades que
entrañaba para muchos el tener que manejar una lengua extranjera, el español,
para poder conseguir un trabajo, por modesto que fuera. Esta especie de
inversión de papeles (eran los extranjeros los que tenían que saber inglés)
resultó ser, además, particularmente irritante para muchos, como también lo eran
los carteles de «English spoken here» que mostraban algunos establecimientos
hispanos.
La realidad es que la lucha contra el bilingüismo en Estados Unidos nació
precisamente en Miami porque la ciudad había sido pionera en su reconocimiento y
porque los hispanos constituían allí un grupo numeroso y de gran éxito. La
lengua resultó ser el caballo de batalla, pero la guerra era por el dominio
étnico y la supremacía cultural. La lengua era, desde luego, el constituyente
axial de la cultura, la identidad y la nacionalidad.20
El triunfo del «English only» en el condado (y también en otros lugares) hacía
imposible la traducción al español de documentos públicos y la continuación de
una amplia gama de servicios bilingües. Los que se veían más afectados por estas
consecuencias, sobre todo por la última, era la parte más débil de los
inmigrantes: los viejos, los pobres, los recién llegados y los individuos sin
educación. Se perjudicaban también, pero en menor grado, algunas actividades
culturales, que no podían conseguir financiamiento oficial.
En 1984, George Valdés, entonces el único comisionado hispano del Board condal,
consiguió que la medida excluyera los servicios hospitalarios y otras
prestaciones médicas, servicios especiales para ancianos y minusválidos, la
promoción turística, la policía de urgencia, bomberos y ambulancias, rescates y
servicios preparatorios antihuracanes, todo a cambio de aceptar que el inglés
era la única lengua oficial del condado. A partir de aquí, sin embargo, el «English
only» perdió considerable poder e importancia. Pero los hispanos, con los
cubanos al frente, no estaban decididos a quedar como perdedores. Todo era
cuestión de esperar la ocasión propicia. Entre tanto, el avance económico
continuaba y los hispanos iban alcanzando puestos administrativos de relieve: a
sus manos pasó la superintendencia del Sistema Escolar Público del condado, la
presidencia de la Florida International University, la presidencia de la South
Florida ALFCIO, la alcaldía de la ciudad de Miami y la gerencia del condado
metropolitano de Dade.
Desde principios y mediados de 1980 los cubanos empezaron a ganar un número cada
vez más alto de cargos públicos en municipalidades de gran población hispana,
incluyendo la alcaldía de las dos mayores ciudades del Gran Miami, y en
distritos legislativos estatales. En la Metro Commission y en el Dade County
School Board, dos importantes cuerpos gubernamentales del condado, había ahora
hispanos, y también en la Greater Miami Chamber of Commerce, en la Dade Comunity
Foundation y en el Dade Public Education Fund. La primera mujer hispanocubana
llega al Congreso de Estados Unidos en 1988 (Malone, 1988).
La suerte estaba echada. En 1993 se revoca la medida de 1980 del «English only»,
y se vuelve a la situación de 1973: un condado oficialmente bilingüe y
bicultural.
PRESENTE Y
FUTURO DEL ESPAÑOL EN MIAMI
El español es hoy lengua pública importante en Miami y su crecimiento y
expansión parece imparable. Según un estudio de la Strategy Research Corporation
(1989), en la ciudad se hablaba más español en ese año que en 1980, y la
investigación no se refiere solo al ámbito doméstico, sino al del trabajo y al
de las relaciones sociales.22
No causa mucha sorpresa el que esto sea así, primero porque, en general, se
trata de una inmigración reciente, de la que casi un 70 % ha nacido en la isla,
y segundo, porque las sucesivas olas inmigratorias han contribuido a reforzar
los lazos lingüísticos y culturales con la hispanidad. Por otra parte, el
enclave es muy poderoso y está muy cohesionado socioculturalmente, factores
estos que también contribuyen a reforzar la lengua y las costumbres patrias.
Pérez (1992: 93) subraya el hecho de que «los cubanos en Miami pueden comprar
una casa o un automóvil, obtener un tratamiento médico especializado o consultar
a un abogado o a un contable, todo, utilizando únicamente el español». No debe
olvidarse que muchos cubanos piensan regresar algún día a su país, por lo que
sienten que su estancia en Miami es provisional, y que necesitan mantener muy
viva su «cubanidad» para cuando vuelvan «a casa». A lo largo de estos últimos
cuarenta años de historia, los cubanos han insistido —quizás ahora menos que
antes—23 en que no se los clasifique como inmigrantes, sino como exiliados
políticos.
Sin embargo, esta situación de que goza hoy el español podría cambiar a medida
que se vayan sucediendo las nuevas generaciones, nacidas ya en suelo floridano,
con bastante menos lazos afectivos con la patria de sus padres y sus abuelos. Es
lo que ha ocurrido con otras inmigraciones hispanas de más antiguo asentamiento.
Se trata de un complejo proceso con dimensiones que desbordan lo propiamente
lingüístico y que se mueve en un parámetro que va desde el nacionalismo de la
primera generación hasta la posible «desetnización» de sus descendientes,
pasando por etapas intermedias como el biculturalismo y la transculturación. Es
muy ilustrativo que estudiosos de múltiples disciplinas (antropólogos,
sociólogos, psicólogos, lingüistas, historiadores, educadores, etc.) vengan
ocupándose de estos asuntos desde hace ya algún tiempo.
Desde el punto de vista lingüístico, las hipótesis generales que se manejan
pueden resumirse de la siguiente manera: los núcleos de inmigrantes van
perdiendo su lengua materna paulatinamente, a medida que crecen las nuevas
generaciones; un alto índice de lealtad lingüística sería, sin embargo, un
importante elemento retardatario en este proceso, que incluso podría
paralizarlo.24 Para que se cumplan estas predicciones, tantas veces corroboradas
por la historia, se necesita, sin embargo, contar con ciertas circunstancias
favorables, de las cuales, una de las más notables es el crecimiento de los
índices de deslealtad lingüística.
Las marcas que llevan a este crecimiento nos son bien conocidas: a) las
características sociales que adquiere el contacto entre ambos grupos; b) las
marcas de estatus cultural de la inmigración, presentes en la nueva comunidad;
c) las actitudes lingüísticas de los inmigrados; d) sus índices de inseguridad
lingüística, y por último, e) la fluidez del proceso migratorio (López Morales,
1998). No cabe ninguna duda de que si el contacto nace con tintas negativas
(como la ilegalidad de la inmigración misma) o la adquieren con el tiempo; si no
existen o no se ven marcas de estatus de la cultura inmigrada en el nuevo
contexto; si las actitudes hacia la lengua materna son negativas (no existe
autoestima lingüística) y, en cambio, la inseguridad lingüística es alta, las
condiciones resultan muy favorables para el nacimiento de la deslealtad. Si,
además, se interrumpe la inmigración, el consecuente aislamiento de estos
núcleos es otro factor propiciatorio.
Cuando se revisa el caso cubano de Miami, se observa que entre el grueso de la
población existe una sólida autoestima cultural y lingüística, ninguna
inseguridad, en general, buenas condiciones del contacto (debido principalmente
al éxito económico), notables índices de estatus del español y la cultura
hispánica, y procesos migratorios fluidos. Todo ello debe llevar a altos índices
de lealtad lingüística.
Una de las investigaciones de Solé (1979: 8) dejó ver en su momento que la
actitud hacia el español entre los jóvenes de quince a dieciocho años de edad,
estudiantes de escuela secundaria, primera generación entonces de cubanos
criados y educados en Estados Unidos, era muy positiva, al extremo de confesar
que su desplazamiento progresivo por el inglés «representaría una pérdida
lamentable». El autor, tras subrayar que el español constituía para ellos un
referente positivo, sustentado este en motivos afectivos y pragmáticos, explica
que «conscientes de las circunstancias que los llevaron al exilio y conscientes
también del fuerte sentimiento de lealtad a las tradiciones e instituciones de
sus antecesores, no es de extrañar, entonces, que para ellos el español sea
símbolo y vehículo integral de su herencia hispánica».
En un trabajo posterior, el mismo autor (Solé, 1982), trabajando también con
adolescentes y jóvenes, indica que un 96 % pensaba que el mantenimiento del
español era necesario, puesto que se trataba de un componente importante de su
herencia cultural; un 75 % creía que el español debería ser fortalecido en la
comunidad, y un 72 % no veía ninguna desventaja en utilizarlo. Un 55 % de esa
misma muestra señalaba que los más jóvenes estaban olvidando su lengua materna y
usando demasiado el inglés, y que eso les preocupaba. Otras estadísticas
interesantes observadas en este estudio nos dicen que un 75 % de estos jóvenes
aseguraba hablar tanto español entonces como lo hacían cinco años antes, y lo
que es muy interesante: en materia de preferencia idiomática, un 25 % prefería
el inglés al español, un 30 %, el español al inglés, y un 42 % estimaba ambas
lenguas en igual grado; en este último caso, la elección de una u otra estaba
determinada por la lengua del interlocutor, por el tema de la conversación o por
el contexto comunicativo. Del 30 % que favorecía sobre todo el español, la
mayoría lo hacía basándose en factores afectivos. En general, un importante
número de estos sujetos veía el bilingüismo como una situación ideal: un 91%
confesaba que el inglés era indispensable, y un 81 % respondía que no sentía
ninguna molestia social al hablar español. El bilingüismo es, sin duda,
enriquecedor (25 %); el inglés debe manejarse porque es la lengua oficial, el
español también, pues si no, se perdería una señal sobresaliente de identidad y
de orgullo étnico (32 %), y porque podría correrse el riesgo de que esta lengua
llegara a desaparecer (16 %).
Con respecto, no a las actitudes lingüísticas, sino a la selección de ambas
lenguas en la comunicación habitual, Solé (1979) había encontrado que en los
diálogos de estos jóvenes (entre quince y dieciocho años) con sus abuelos, un 92
% de aquellos usaban español; los abuelos utilizaban con ellos igualmente
español, un 90 % de los hombres y un 98 % de las mujeres. Cuando los jóvenes
hablaban con miembros de la segunda generación —padres y tíos— el uso del
español disminuía: un 62 % usaba exclusivamente la lengua materna, un 21 % la
empleaba «casi siempre» y un 12 %, la alternaba con el inglés. En el trato
recíproco, lo utilizaban en exclusiva un 73 % de los padres (un 74 % en el caso
de las madres) y un 21 %, «casi siempre».
Los usos lingüísticos entre jóvenes muestran otros patrones: entre hermanos, el
español se maneja en un 25 %, un 41 % usa ambas lenguas y un 38 %, prefiere
«casi siempre» el inglés. Al hablar con niños, un 43 % emplea ambas lenguas, un
30 % usa con preferencia el inglés y un 62 %, exclusivamente el español. De
estos datos principales se pueden sacar varias conclusiones: no cabe duda de que
ya existía un cierto grado de desplazamiento del español por el inglés entre los
miembros de la generación más joven, en el uso que de él hacen, no en la
competencia que puedan tener de aquel idioma. El hecho que demuestra que
preferencia de uso y competencia lingüística no siempre van de la mano se deja
ver en las comunicaciones efectuadas en el ámbito familiar.
Sin embargo, a pesar de que para un 75 % de los sujetos de esta muestra el
español fue lengua aprendida desde la infancia, tan solo un 26 % de los
entrevistados afirma que tiene un mayor dominio del español que del inglés, un
39 % confiesa lo contrario, y un 35 % indica que posee igual competencia en
ambas. El 25 % restante aprendió español conjuntamente con el inglés. Esto se
explica porque un 12 % de los entrevistados nació ya en Estados Unidos y porque
del 88 % de los nacidos en Cuba, un 48 % salió de la isla con edades
comprendidas entre uno y tres años. En cuanto a la competencia lingüística en
español, un 90 % de estos jóvenes confiesa que entiende español perfectamente, y
el 10 % que queda asegura que lo entiende «bastante bien»; un 68 % lo habla con
«completa fluidez», un 30 %, con «bastante fluidez». Un 56 % lo escribe con
facilidad, mientras que para un 32%, en cambio, la escritura ofrece
dificultades.
Años más tarde, Ramírez (1992) vuelve sobre el tema. Se trata de una
investigación muy amplia realizada con adolescentes de diez ciudades
norteamericanas con altos índices de población hispana; junto a Carlson y Chico,
en California; Albuquerque, en Nuevo México; San Antonio y Laredo, en Texas;
Amsterdam y Bronx, en Nueva York, y Perth Amboy, en Nueva Jersey, se encontraba
también Miami. El autor buscaba saber las causas que impulsaban a estos sujetos
a cambiar al uso del inglés. Tres fueron los factores tomados en consideración:
a) la localidad a la que pertenecieran, b) el lugar de nacimiento (fuera o
dentro de los Estados Unidos) y c) el grupo étnico lingüístico. La variable
«género», que también formó parte del estudio, quedó neutralizada, en especial,
cuando la comunicación se establecía entre miembros de la familia, amigos o
vecinos. Las cinco respuestas posibles eran; «solamente en español», «mayormente
en español», «en ambas lenguas», «mayormente en inglés» y «solamente en inglés».
En el caso de la submuestra miamense, todos respondieron «mayormente en español»
cuando se trataba de hablar con sus abuelos y sus padres, incluso con sus
hermanos, aunque la media es aquí algo menor. Para comunicarse en distintos
contextos lingüísticos (vecindad, escuela, iglesia, recreo), los datos son más
heterogéneos: «mayormente en español» en la iglesia y «en ambos idiomas», al
hablar con los vecinos; en la escuela y en el recreo, «mayormente en inglés». En
todos los casos, los mensajes recibidos a través de los medios de comunicación
fueron «mayormente en inglés», situación que coincide con la encontrada por Solé
varios años antes.
Ambos conjuntos de datos —los de actitudes y los de selección idiomática en la
comunicación— no son enteramente comparables, pero, con todo, existen unas
coincidencias notables. Recuérdese que en la investigación de Solé, los jóvenes
veían en el bilingüismo una situación ideal y que un 42 por ciento confesaba que
prefería usar ambas lenguas en igual grado, dependiendo del interlocutor y de
ciertas condiciones del acto comunicativo. Resulta coherente que los
adolescentes de Miami hablen español o inglés con los individuos de su
vecindario, según quienes sean, y que usen mayoritariamente el inglés en la
escuela, puesto que se trata de un ámbito que así lo requiere, a menos de que se
trate de programas bilingües, que ya son minoritarios.
El que prefieran los medios de comunicación en inglés tampoco tiene por qué ser
un dato contradictorio, pues los medios en esa lengua sonmucho más numerosos y
variados. Este asunto requiere un mayor estudio, pero es posible que tanto la
radio como la televisión en español ofrezcan programaciones algo alejadas del
gusto del adolescente y del joven.
Existen datos elocuentes más cercanos a nosotros. De 1998 es la información
sobre aculturación lingüística que trae el informe de la Strategy Research
Corporation (Cuadro 2).
Se observará que Miami ofrece los índices más bajos de aculturación alta y
parcial; en cambio, los más altos en la aculturación escasa. Ese mismo año, la
consulta hecha a una muestra adulta, integrada por hispanos y por anglos, se
expresaba en abierto contraste (Gráfico 4).
Mientras que para los anglos era «muy importante» que los niños leyeran y
escribieran perfectamente en inglés, pero mucho menos en español, para los
hispanos era igualmente importante que lo hicieran en ambos idiomas.
Dos años después, una investigación realizada por Castellanos (1990) sobre el
uso de las dos lenguas por los cubanos de Miami concluye que el español seguirá
siendo tan importante como el inglés en el condado de Dade porque continuará el
flujo migratorio y porque va en aumento el volumen de turistas
hispanoamericanos. Esto, desde luego, es una buena parte de la verdad.25
Las razones más importantes para que el español se siga hablando en Miami en el
futuro son emotivas y prácticas. De una parte, el mantenimiento de la cubanidad,
una demostración del orgullo étnico y cultural de quienes tienen una alta
autoestima, auxiliada por el éxito económico; de otra, los beneficios materiales
que trae el poder hablar español en la zona.
El mantenimiento de la cubanidad ha sido una preocupación constante desde los
primeros tiempos del exilio. No solo las organizaciones culturales estables se
dedicaban a la labor, sino también los programas de acción que se diseñaron y se
llevaron a cabo con jóvenes y adultos: la Cruzada Educativa Cubana y sus
enseñanzas de historia y cultura «patrias» son el mejor ejemplo de ello. La
gestión no terminó aquí, sino que se transmitió a los niños cubanos en las
escuelas, e incluso en iglesias, a través de programas especiales realizados
después del horario oficial. En 1967 surgió un experimento en la iglesia de san
Juan Bosco, más ambicioso, que ofrecía cursos de historia, de geografía y de
cultura cubanas a niños y adolescentes. A todo esto hay que añadir la creación
de las escuelitas cubanas, en las que, además de la enseñanza reglada, se
dictaban enseñanzas patrias, se recitaban poemas y se hacían discursos junto al
busto de Martí, se cantaba el himno y se izaba la bandera. En 1990 funcionaban
unas 30 de ellas. Muchas de las grandes escuelas privadas de Cuba, tanto
religiosas como laicas, refundadas en Miami, también «recordaban» asiduamente
los valores de la cubanidad.
Por otro lado, el español, aparte de ser un medio de comunicación internacional,
en Miami es un idioma de una indiscutible utilidad económica (Resnick, 1988).
Miami, como gran centro comercial que es, como núcleo importante de inversiones
y de actividades bancarias, como nueva meca de servicios médicos y estéticos muy
refinados, ofrece al visitante mucho más que playas soleadas y hoteles
suntuosos. Es un destino, y no solo turístico, que entusiasma, sobre todo, en
Hispanoamérica. En esa ciudad el español sirve para bastante más que para hablar
con familiares y amigos del entorno. Saber español es, entre otras cosas, un
negocio y una fuente de trabajo.
Pero esta, desde luego, es una hipótesis, fundamentada, pero hipótesis.
Deberemos esperar unos años más para verla confirmada o arrumbada.
LA SITUACIÓN DEL ESPAÑOL EN ESTADOS
UNIDOS
Carmen Silva-Corvalán
HISPANOS EN ESTADOS UNIDOS: ASPECTOS DEMOGRÁFICOS
La situación del español en Estados Unidos está estrechamente ligada a los
movimientos migratorios del siglo XX, y así como en este país se han debatido
desde los comienzos de su historia las ventajas y desventajas de la inmigración,
también la presencia del español y otras lenguas, además del inglés, ha causado
ásperos debates. Al empezar el tercer milenio, las actitudes hacia la
inmigración y el bilingüismo o multilingüismo no son del todo positivas, en gran
medida debido al enorme aumento de las tasas de inmigración desde países no
europeos sucedido en las últimas décadas. Mientras el censo de 1960 indica que
un 75 % de la población nacida fuera de Estados Unidos había nacido en Europa,
un 9,8 % en Asia y un 9,4 % en Latinoamérica2, el censo de 1990 muestra, en
cambio, que sólo un 22,9 % ha nacido en Europa, un 26,3 % en Asia y un elevado
44,3 % proviene de Latinoamérica (Schmidley & Gibson, 1999: 11). La tabla 1
muestra el sólido aumento de la población latinoamericana en Estados Unidos
entre 1960 (9,4 %) y 1997, año en que esta población alcanza un 51,3 % del total
de individuos nacidos fuera de Estados Unidos.
Cuatro países latinoamericanos están entre los que han aportado los grupos más
numerosos de inmigrantes a Estados Unidos en la última década: México, Cuba,
República Dominicana y El Salvador. México es, con diferencia, el país de origen
de la mayoría de los latinoamericanos residentes en Estados Unidos, como puede
deducirse de la tabla 1, y a partir de 1980 es el país de donde proviene el
mayor número de inmigrantes en general. De hecho, en 1997 la población
estadounidense nacida en México (unos siete millones) es seis veces mayor que la
del país que le sigue en número de inmigrantes, Filipinas, de donde han venido
alrededor de un millón de personas (Schmidley & Gibson, 1999: 12).
La visión del inmigrante mexicano en particular ha sido diferente de la del
europeo e incluso de la del asiático en cuanto a que aquél, como los
puertorriqueños y los franco-canadienses que emigraban a Estados Unidos a
principios del siglo XX, se consideraban «inmigrantes temporales». Para estos
tres grupos no era difícil mantener contacto con su pasado geográfico, bastaba
un viaje de a lo sumo dos o tres días para estar ya en el país natal, donde
muchos habían dejado a su familia o donde otros iban en busca de una esposa. La
temporalidad de la inmigración es, sin embargo, una percepción equivocada. Una
minoría insignificante regresa definitivamente a México después de haber
residido legalmente en Estados Unidos. Además, los méxico-americanos nacidos en
Estados Unidos se identifican fácilmente con la cultura americana y no
demuestran interés en invertir el camino hecho por sus padres. A pesar de esta
realidad, la percepción de que los hispanos resisten la asimilación, reforzada
en publicaciones que datan desde la primera mitad del siglo XX (v. Taylor 1932),
tiende a mantenerse.
Por otro lado, la tendencia a mantener contacto frecuente con el país de origen
se mantiene viva, especialmente en el caso de México, Puerto Rico, e incluso
algunos países centroamericanos. Los inmigrantes buscan, además, establecerse en
regiones y barrios donde existen ya grupos de paisanos, lo que conduce al
establecimiento de comunidades en las que es posible desarrollar las actividades
diarias (laborales, comerciales, sociales, domésticas) en español, sin que
resulte necesario el uso del inglés. El contacto regular con los países de
origen y el alto porcentaje de población hispanohablante en extensos sectores
urbanos ciertamente contribuyen a la consolidación y expansión del español en
Estados Unidos. El visitante hispanohablante a ciudades tales como Miami, Los
Ángeles, San Antonio, Chicago, Nueva York, sentirá la presencia del español en
la prensa, la televisión y la radio; en los anuncios que se leen en las calles;
en conversaciones que se oyen en parques y calles; en los comercios,
restaurantes y hoteles; en fin, en la vida cotidiana de muchas ciudades de
Estados Unidos.
Según el censo de 1990, la población hispana de Estados Unidos constituía
entonces un 8,9 % de la población total, lo que equivale aproximadamente a 22,5
millones de hispanos. Se calcula que quedaron sin censar poco más de un millón
de hispanos y que el censo del 2000 (el censo se realiza cada diez años)
indicará que la población hispana constituye más de un 11 % de la población
total. Se estima que en 1996 la población hispana era ya de 28,4 millones o 10,8
% de la población de Estados Unidos (Reed, 1997). Más de la mitad de estos
hispanos reside en lo que se conoce como el «Suroeste», los estados de
California, Arizona, Colorado, Nuevo México y Texas. Además de en el Suroeste,
hay concentraciones altas de población hispana en los estados de Nueva York y
Florida, como se puede ver en la tabla 2. Les sigue el estado de Illinois, con
cerca de un millón de hispanos y Washington D.C., con poco más de seiscientos
mil. La tabla 2 indica además el número de personas, entre los mayores de cinco
años, que declaran hablar español en casa.
En los ocho estados mencionados, así como en la capital, Washington D.C., poco
más de catorce millones de personas mayores de cinco años declara hablar español
en casa. Este número corresponde a un 14 % de la población total, un porcentaje
un tanto engañoso ya que la población total incluye a personas de cinco o menos
años de edad, mientras que la pregunta del censo sobre la lengua hablada en el
hogar no se aplica a éstos sino sólo a «personas mayores de cinco años».
La relevancia social del español en las comunidades hispanas es más evidente si
se considera el porcentaje solamente de la población hispana que usa este idioma
en el hogar. La tabla 3 muestra estos porcentajes en los ocho estados incluidos
en la tabla 1; el cálculo se ha hecho a partir de los datos proporcionados por
el censo de 1990. Nótese aquí también que el porcentaje de hispanohablantes
mayores de cinco años se calcula sobre la población total, incluyendo aquéllos
que tienen cinco o menos años de edad.
La proporción de hablantes de español no tiene una relación directa con la
densidad de la población hispana en los diferentes estados. En Florida, los
hispanos constituyen un 12,1 % de la población total (ver tabla 2); sin embargo,
un 92 % de los hispanos habla español en casa. Por el contrario, como queda
reflejado en la tabla 3, en el estado con el mayor porcentaje de hispanos, Nuevo
México, sólo un 69 % de éstos usa el español en casa; el mismo porcentaje se
obtiene en Arizona, donde la población hispana constituye sólo un 18,8 % de la
población total. Colorado y Nueva York tienen una proporción de población
hispana casi idéntica a la de Florida (12,8 % y 12,3 %, respectivamente); sin
embargo, el porcentaje de usuarios del español es de un 48 % en Colorado y llega
hasta un 84 % en Nueva York. Levemente más bajo que en Nueva York es el
porcentaje de hablantes de español en Illinois, cuya población hispana es
solamente un 7,9 % de la total. Sólo Texas y California muestran una relación
similar entre porcentaje de población hispana, 25,5 % y 25,4 %, y porcentaje de
hispanos que usan el español en casa, 79 % en Texas y 72 % en California. Queda
claro que la proporción de hispanos en la población general no es un factor
predictivo de la realidad del idioma español en los estados examinados. Esta
realidad no depende solamente de números totales de hispanos, sino de factores
más complejos, como el peso económico y político de los hispanos en diferentes
regiones, la antigüedad de residencia y la compacidad de la población hispana en
estas regiones, así como también de las actitudes hacia el español y el inglés.
La proyección oficial para el año 2010 es que los hispanos serán el grupo étnico
minoritario más grande (13,8 %) y que para el 2050 constituirán un 25 % de la
población total, estimada para entonces en unos cuatrocientos millones de
habitantes (Day, 1996). El aumento se pronostica tomando en consideración la
tasa de nacimientos en la población hispana, más alta que la de otros grupos, y
el número de individuos que emigran desde países hispanos, número también
superior al de otros grupos. En 1997, por ejemplo, cerca de la mitad de los
aproximadamente 800.000 inmigrantes fueron hispanos.
La representación que tendrán los individuos de origen hispano en el conjunto de
Estados Unidos no se corresponde necesariamente con un crecimiento paralelo de
los hablantes de español. En el contexto demográfico descrito, la utilización
del español como instrumento habitual de comunicación y, por tanto, su
importancia social, dependen en gran medida del uso que de esta lengua haga la
población hispana y, en este sentido, se observa un desplazamiento masivo hacia
el inglés a partir del establecimiento permanente en Estados Unidos.
De hecho, comparando datos de los censos de 1970, 1980 y 1990, se ha observado (Hernández,
1997) que el porcentaje de hablantes de español no crece al mismo ritmo que el
de la población hispana. La tabla 4 indica claramente que el porcentaje de
hispanohablantes dentro de la población hispana ha bajado paulatinamente a
partir de 1970 en cuatro de los cinco estados del Suroeste. Solamente en
California ha habido un pequeño aumento con respecto a 1980, pero no con
respecto a 1970. El descenso relativo del número de hispanohablantes ocurre a
pesar de que el número de hispanos ha llegado casi a triplicarse entre 1970 y
1990 en California y Arizona.
Aun con todo, la relevancia del español en el Suroeste es innegable. Un 82,6 %
de los hispanos mayores de cinco años utiliza el español en la vida cotidiana.
Este alto porcentaje es un indicador de la espléndida realidad que tiene el
idioma español en la sociedad estadounidense a principios del tercer milenio.
Aunque la tabla 4 indica una baja en el porcentaje de hispanohablantes en el
Suroeste, una comparación de los datos globales para Estados Unidos
correspondientes a 1980 y 1990 muestra que en relación a la población general,
el porcentaje de hispanohablantes ha aumentado.
Los resultados de los dos últimos censos oficiales (1980 y 1990, U.S. Bureau of
the Census 1982 y 1993) coinciden en indicar que, tras el inglés, la lengua
hablada por el mayor número de personas es el español. En 1980, la población
total de Estados Unidos era de 226.545.805. De éstos, 14.603.683 —o sea, un 6,4
%— eran hispanos y 11.116.194 mayores de cinco años declararon hablar español en
casa. Es decir, un 4,9 % de la población total declara que habla español en
casa. Como indicamos en la tabla 5, este número aumenta a más de diecisiete
millones de hispanohablantes en 1990 (7 % de la población total). Se argumenta,
sin embargo, que este incremento no es resultado del mantenimiento y transmisión
del español a las nuevas generaciones, nacidas en Estados Unidos, sino más bien
consecuencia de la llegada de nuevos grupos de inmigrantes, especialmente
mexicanos y centroamericanos, durante la década de los ochenta.
Esta interpretación más pesimista es la que sustenta un detallado análisis
estadístico realizado por Bills en 1989 (cf. Bills, 1989), es decir, sin
considerar aún el censo de 1990. La tabla 6 presenta cifras más detalladas,
tomadas del censo de 1990, pero no resulta fácil especular sobre el futuro del
español a partir solamente de ellas.
Como se observa en la tabla 6, el porcentaje de niños y jóvenes que hablan
español en casa (9,2 %) es superior al de los mayores de 18 años (7,1 %), pero
al mismo tiempo un porcentaje mayor de hispanos entre los 5 y los 17 años habla
también inglés, 84,6 %, comparado con un 70,7 % para los mayores de 17 años.
Esto, sumado al hecho de que la instrucción escolar es de transición hacia el
monolingüismo en inglés, podría interpretarse como indicador de un
desplazamiento más acelerado de la población más joven hacia la lengua
mayoritaria. Es interesante comparar estos porcentajes con los de todas las
otras lenguas habladas en casa en Estados Unidos, las que en conjunto no superan
el porcentaje de hispanohablantes. Nótese que el porcentaje de jóvenes con buena
competencia en inglés es casi igual en los dos grupos de jóvenes, 84,6 % y 86,0
%. Este es un dato comparativo importante dada la falsa percepción entre la
población en general de que son los hispanohablantes quienes no aprenden la
lengua mayoritaria.
En los últimos veinte años, el contacto con nuevos grupos de inmigrantes
hispanos se ha intensificado en Estados Unidos (ver tabla 1). Así pues, a pesar
del éxito de los esfuerzos por establecer el inglés como lengua oficial única en
ya dieciséis estados y la falta de apoyo a las lenguas minoritarias, la
importancia del español en la sociedad estadounidense se ha mantenido gracias al
aumento de la población hispana, a su relevancia económica y a su creciente
poder político. La tabla 7 lista los estados en los que se ha aprobado la ley
que establece el inglés como lengua oficial.
Es interesante notar que de cuarenta y cinco estados que en la década de 1980
votaron la proposición de establecer sólo el inglés como lengua oficial, sólo
catorce la aprobaron. En estos catorce, sin embargo, están incluidos cuatro
estados en los que la población hispanohablante es bastante numerosa (ver tabla
2): California, Arizona, Colorado y Florida.
La situación social y lingüística que caracteriza a las comunidades hispanas
bilingües español-inglés es de una gran complejidad, complejidad que refleja la
intrincada situación demográfica y social propia de estas comunidades.
Frecuentes movimientos migratorios de zonas rurales a urbanas y continuas olas
de inmigrantes, ya sea por motivos políticos o económicos, son causa de cambios
demográficos que remecen la estructura familiar y comunal a la vez que renuevan
el contacto con variedades funcionalmente completas del idioma español. En lo
lingüístico se desarrolla el típico continuo de competencia bilingüe y en lo
social es evidente también una amplia gama de niveles socioeconómicos. Esta gama
se extiende desde el nivel más bajo de trabajador indocumentado hasta las
esferas más altas, donde encontramos hispanos desempeñando quehaceres de
importancia en círculos políticos, educativos, comerciales, industriales,
artísticos, etcétera.
A pesar de ello, como veremos más adelante, comparados con otros grupos «minoritarios»
en Estados Unidos, los hispanos en general parecen experimentar mayores
problemas de aculturación. No existen, que sepamos, estudios científicos que
sostengan una relación entre estas dificultades y factores tales como
diferencias culturales o bajo nivel de ingresos, pero sí se culpa a menudo, sin
apoyo empírico confiable, al bilingüismo, con o sin dominio completo del inglés,
de ser la causa de los males sociales que aquejan a grandes grupos de hispanos.
EL ESPAÑOL EN ESTADOS UNIDOS: PERSPECTIVA HISTÓRICA
La lengua española ha tenido una larga historia en lo que es hoy Estados Unidos.
Fue llevada primero a La Florida, en 1513, por Juan Ponce de León. Gradualmente,
los conquistadores españoles ocuparon lo que llegaría a denominarse Spanish
Borderlands (Territorios Españoles Fronterizos), que incluían La Florida,
Luisiana y el Suroeste (Craddock, 1992), donde el español pasó a ser la lengua
de prestigio y continuó siéndolo por un período de entre dos y tres siglos (desde
mediados del siglo XVII hasta la primera mitad del siglo XIX).
El período colonial español fue más largo en Texas y Nuevo México, territorios
que fueron explorados por españoles a partir de 1536. Los primeros asentamientos
permanentes fueron establecidos en Nuevo México en 1598, y en Texas en 1659. En
Colorado, por otro lado, el primer asentamiento permanente fue establecido por
campesinos nuevo-mexicanos más tardíamente, en 1851.
Los españoles ya habían comenzado a explorar Arizona desde la década de 1530,
pero no sería hasta 1700 cuando misioneros jesuitas que ejercían su labor en el
sur de la región fundaron la primera misión. El primer presidio permanente fue
fundado en 1752.
California fue la última de las regiones colonizadas por España en el Suroeste.
La primera misión en Alta California se fundó en San Diego en 1769. En la década
de 1840 había 21 misiones de San Diego a Sonoma, 4 presidios y 3 pueblos, pero
la población no indígena tan sólo llegó a alcanzar una cifra máxima de siete mil
personas.
México se independizó de España en 1821, pero la administración mexicana de las
regiones del Suroeste duraría poco. Texas se declaró independiente quince años
después, y la subsiguiente guerra entre Estados Unidos y México (1846-1848)
terminó con el tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, por el cual se cedía a la
nación victoriosa todo el territorio al oeste de Texas. Texas y California
pasaron a ser estados de la Unión en 1845 y 1850, respectivamente, seguidos de
Colorado en 1876. Una vez se constituyeron como nuevos estados, el inglés fue
declarado inmediatamente como lengua única en la enseñanza en las escuelas
públicas, así como la lengua de uso en los tribunales y en la administración.
Arizona y Nuevo México, por el contrario, tuvieron que esperar mucho más tiempo,
hasta 1912, para que se les admitiera como estados, posiblemente porque la
mayoría de la población era hispana y básicamente hispanohablante, lo cual hacía
difícil imponer el inglés como lengua única en la enseñanza y en la
administración.
Hacia el final del siglo XIX el número de hispanos en el Suroeste posiblemente
alcanzó los cien mil, concentrados principalmente en Texas (Mc. Williams, 1990:
152). Esta situación cambió en el siglo XX: dos olas masivas de inmigración
desde México, la una a partir del comienzo de la Revolución mexicana en 1910, la
otra, después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, así como un número
significativo de inmigrantes de Centro y Suramérica han rehispanizado el
Suroeste. La inmigración desde Cuba y Puerto Rico ha tenido un efecto similar en
Florida y el Noreste (García & Otheguy, 1988; Zentella, 1988). Hoy día, está
claro que los hispanos han extendido su lengua y cultura a todos los estados de
Estados Unidos.
Los dialectos coloniales hablados en Florida, Luisiana y el Suroeste han dado
paso a las variedades traídas por los que han llegado durante el siglo XX, pero
tales dialectos no desaparecerían sin dejar una huella importante en las lenguas
indígenas, especialmente en forma de préstamos léxicos, y en el inglés,
incluyendo un amplio espectro de palabras desde términos geográficos a
políticos, que empezaron a ser adoptados desde los primeros momentos de contacto
entre las dos culturas.
Por su parte, el español tomó préstamos en abundancia de las lenguas indígenas,
especialmente del nahuatl; por ejemplo, ‘coyote’, ‘chocolate’, ‘tiza’,
‘mesquite’, ‘aguacate’ y ‘tomate’. La influencia mutua del español y el inglés,
especialmente en Nueva York, Florida y el Suroeste, es, por otro lado, una
realidad ininterrumpida, aunque la dirección de la influencia ha cambiado: en
los primeros momentos de contacto el inglés tomó más préstamos del español,
mientras que durante el siglo XX el español ha tomado prestado mucho más del
inglés, como sería de esperar en una situación en la que una lengua está
subordinada a la otra tanto política como socialmente.
Los colonos anglos no pudieron sustraerse a la influencia de la lengua y cultura
de los que les habían precedido en la colonización del Suroeste. En el siglo
XVIII, la vida en el Suroeste tenía un sabor rural; se desarrollaba
principalmente en pequeñas poblaciones, y en ranchos en los que la cría de
ganado era vital. Por entonces, los españoles y mexicanos ya estaban
familiarizados con la flora y fauna de la región y con las prácticas de los
vaqueros que el cine mitificaría más adelante. Los recién llegados pronto
aprendieron muchas de las palabras españolas características del medio y las
adaptaron a las reglas fonéticas y morfológicas del inglés: canyon (de ‘cañón’),
‘mesa’, ‘sierra’, ‘arroyo’, ‘adobe’, ‘chaparral’, ‘saguaro’, ‘patio’,
‘hacienda’, ranch (de ‘rancho’), ‘sombrero’, ‘vaquero’, ‘rodeo’, ‘vigilante’,
desperado (de ‘desesperado’), ‘burro’, ‘bronco’, y muchas otras pasaron a formar
parte del vocabulario inglés. Los nombres de los estados y de muchas ciudades,
pueblos, ríos y montañas son también españoles: las ciudades de El Paso,
Amarillo, Santa Fe, San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Palo Alto, los ríos
Colorado, Brazos, Río Grande, las «Montañas Sandía» en Albuquerque, la «Sierra
Nevada» en California, las «Montañas Sangre de Cristo» en Colorado y Nuevo
México.
Otro tipo de préstamo que penetró en el inglés antes del siglo XX es lo que Hill
(1993) denomina «Nouvelle Southwest Anglo Spanish», usado para promover
comercialmente el Suroeste como la tierra del «déjalo para mañana», relajada,
despreocupada. Estos préstamos están relacionados con la industria turística,
sobre todo en Nuevo México, Arizona y la costa del sur de California, y han
experimentado un considerable incremento en los últimos cincuenta años. Entre
ellos se incluyen principalmente nombres de comidas, lugares, calles y
celebraciones, como por ejemplo guacamole, enchilada, taco, tostada, tamale,
margarita, fiesta; frecuentemente a los bares de los hoteles se les denomina «La
Cantina» (que paradójicamente se refiere a un bar de poca categoría en
Hispanoamérica), La Fiesta de los Vaqueros (un rodeo en Tucson), Cinco de Mayo,
y lugares como La Villa, Calle de Paz, Playa del Rey. También son frecuentes las
combinaciones de nombres españoles e ingleses, como Redondo Beach (Playa
Redondo), Palos Verdes Estates (Fincas de Palos Verdes) o El Conquistador Hotel.
ESTADOS UNIDOS HISPANOS
- por Eduardo Lago - Instituto Cervantes
CRECIMIENTO
DEMOGRÁFICO Y LINGÜÍSTICO
En 1968 el presidente
Lyndon Baines Johnson propuso al Congreso de los Estados Unidos la
proclamación de una Semana Nacional de la Herencia Hispánica. La
idea arraigó y en 1988 se decidió que las celebraciones tuvieran
lugar a lo largo de todo un mes, del 15 de septiembre al 15 de
octubre. La finalidad era poner de relieve la fuerza del legado
cultural hispánico, sin el que no es posible entender los Estados
Unidos. Este año, con ocasión del Mes de la Herencia Hispánica, la
Oficina norteamericana del Censo hizo públicos una serie de datos
que reflejan la fuerza que está adquiriendo la comunidad hispana de
aquel país.
En 1990 había 22,4
millones de hispanos en los Estados Unidos, cifra que se duplicó en
un período de 25 años, con lo que la minoría hispana pasó a ser la
más numerosa. A fecha del 1 de julio de 2006, el número de hispanos
alcanzó los 44,3 millones, es decir el 15% del cómputo nacional, que
no incluye a los 3,9 millones de puertorriqueños que viven en el
Estado Libre Asociado. Según los últimos datos publicados por la
Oficina del Censo en agosto de 2008, en el año 2050 habrá 132,8
millones, cifra que equivaldrá al 30% de la población total.
Esta explosión demográfica
obedece a dos factores: a) la elevada tasa de natalidad que se da en
la comunidad hispana, y b) la fuerza de los flujos migratorios
procedentes de Hispanoamérica. En cuanto al primer vector, la tasa
de natalidad de los hispanos es cuatro veces superior a la media
nacional. En el período comprendido entre el 1 de julio de 2005 y el
1 de julio de 2006, de cada dos niños que nacían en los Estados
Unidos uno era hispano. Durante el mismo período de tiempo su número
se incrementó en un 3,4%, la mayor tasa de crecimiento de todos los
grupos de población estadounidense. Por otra parte, en 2006 la edad
media de los hispanos era de 27,4 años, en tanto que la media
nacional era de 36,4, factor que influirá en el crecimiento numérico
de la comunidad hispana.
Este fuerte aumento
demográfico es causa directa de la formidable expansión que está
experimentando el español en Norteamérica. En estos momentos los
Estados Unidos son el segundo país del mundo por lo que a población
hispánica se refiere, tan solo por detrás de México. Por otra parte,
se calcula en algo más de 32 millones el número de habitantes que
residen en territorio norteamericano cuya primera lengua es el
español. Dada la superioridad del crecimiento demográfico de la
comunidad hispana con respecto al de Colombia, España y Argentina,
se prevé que en un período breve de tiempo los Estados Unidos
pasarán también a ser el segundo país del mundo en cuanto a cantidad
de hispanohablantes.
EL
ESPAÑOL COMO TERRITORIO DE AFIRMACIÓN Y RESISTENCIA
En mayor o menor grado, ya
que hay una considerable fluctuación por lo que se refiere al
dominio del inglés o del español, una buena parte de los hispanos de
los Estados Unidos son bilingües. Lo llamativo, dentro de esta
situación, es que, independientemente del grado de dominio de una u
otra lengua, en todos los puntos de la escala bilingüe, se está
dando un claro desplazamiento hacia el refuerzo del español. En el
vértice superior de la ecuación, el de los bilingües perfectamente
equilibrados, grupo constituido por profesionales con titulación
superior, existe una razonable preocupación por un dominio
cualificado del español. En el punto más bajo, el de los inmigrantes
recién llegados, el desconocimiento del inglés tiene dos efectos
beneficiosos para la expansión del español: por una parte, renuevan
la vitalidad de la lengua en el seno de la comunidad hispana; por
otra, provocan un24 aumento de la demanda de español como lengua
extranjera entre la población anglohablante, que necesita
comunicarse con ellos en el ámbito laboral.
En los puntos intermedios
de la escala, como es el caso de los que han perdido en mayor o
menor medida el español, se observa una preocupación creciente por
recuperar la lengua de sus ancestros. Este fenómeno tiene un efecto
positivo colateral, por cuanto supone un refuerzo de la retención
del español entre los inmigrantes de primera generación, quienes a
su vez ponen particular empeño en mantener la lengua viva entre sus
hijos.
Todo ello obedece a un
fenómeno relativamente reciente: el cambio de actitud de los
hispanos hacia su lengua de origen por razones de orgullo cultural.
En las dos últimas décadas la actitud de los hispanos hacia su
asimilación en la sociedad norteamericana ha experimentado un cambio
dramático. Hasta hace poco, la tendencia era a abandonar el español,
como parte de un proceso de asimilación urgente a la cultura
dominante, proceso que pasaba por abrazar el inglés a expensas del
español. Cada vez es menos así. No es que nadie considere que el
inglés no sea importante; tal figura no se da (aunque hay regiones
de los Estados Unidos, como Miami, donde hay bolsas enteras de
población hispana que habitan en un universo paralelo donde no hace
falta el inglés). Lo que sí ocurre de manera notoria es una
resistencia cada vez mayor a renunciar a la lengua de sus ancestros
y a las culturas de que es vehículo.
Hoy día se constata entre
ellos un vivo deseo por preservar y reforzar la cultura en español,
legado que se considera como un territorio de afirmación y
resistencia. Cuando hablo de afirmación y resistencia, me refiero a
la adherencia a una visión del mundo distintivamente hispánica, por
contraposición a una anglosajona. El español es la marca de
identidad más visible de una cultura panhispánica, que es el
resultado de una amalgama e integración de elementos de diverso
origen nacional.
LENGUA MATERNA, LENGUA EXTRANJERA, LENGUA FRONTERIZA
En los Estados Unidos el
español goza de un estatus fronterizo entre las categorías de lengua
materna y lengua extranjera. En realidad es y no es las dos cosas a
la vez, y cuando es una u otra, lo es de una manera sumamente
peculiar. Que el español no es ni ha sido nunca una lengua
extranjera en América del Norte lo ponen de relieve la toponimia y
la historia. Una fugaz mirada al mapa basta para constatar la
inconfundible filiación de nombres como Colorado, San Francisco,
Nevada o Los Ángeles, por citar solo unos pocos lugares. El primer
texto jamás escrito acerca de cualquier parte de lo que es hoy
territorio estadounidense no se redactó en inglés, sino en español.
Se trata de una descripción de la Florida, debida a Gaspar Pérez de
Villagrá (1610). Hoy día, el español se habla en el 12% de los
hogares norteamericanos, lo que lo convierte por derecho propio en
la segunda lengua materna del país. En cuanto que lengua extranjera,
el estatus del español es también sumamente peculiar. El primer dato
que debe ser resaltado es que la demanda de su enseñanza se sitúa
muy por encima del resto de las lenguas extranjeras. Tanto dentro
del sistema educativo como fuera de él, e independientemente del
nivel que se considere, la predominancia del español sobre las demás
lenguas es tan absoluta que en círculos políticos y académicos ha
habido quienes han expresado preocupación por un posible descuido
con respecto a la enseñanza de los demás idiomas.
No hay tal cosa. Lo que
hace que la demanda de español se sitúe tan por encima del de otras
lenguas, es que las razones que llevan a los norteamericanos a
estudiarlo no son las que normalmente se tienen para querer adquirir
una lengua extranjera. De hecho, los norteamericanos siguen teniendo
la misma falta de curiosidad por aprender idiomas que siempre. Su
interés por el español es muy real —no hay duda de ello— pero no
obedece al deseo de adquirir una nueva lengua, sino a la acuciante
necesidad por parte de amplios sectores de la sociedad de
comunicarse con el ingente número de hispanos que no habla inglés.
Esta urgencia ha sido causa directa de la creación de una industria
dedicada a la 25 enseñanza rápida de un español básico. Se calcula
en un centenar el número de empresas cuyo objetivo es facilitar a
profesionales cualificados las destrezas mínimas que les permitan
comunicarse a nivel elemental con trabajadores hispanos que no saben
inglés. Se trata de una enseñanza que no se ajusta en absoluto a
estándares académicos de calidad. Su objetivo es satisfacer
necesidades primarias de comunicación en el mundo laboral, en
ámbitos como las finanzas, la sanidad y las instancias legales o
gubernamentales, entre otras.
CONFIGURACIÓN DE
UN NUEVO MAPA NACIONAL
A la fuerza numérica de la
inmigración de origen hispanoamericano hay que añadir su dispersión
geográfica, fenómeno relativamente reciente. Hasta hace poco, la
población hispánica estaba circunscrita a enclaves perfectamente
localizados, en su mayoría urbanos. Hoy día se encuentran
distribuidos por la totalidad del territorio nacional, incluidas
amplias zonas rurales. En una zona tan remota como el estado de
Washington, al extremo occidental de la frontera con Canadá, la
población hispana, no hace mucho inexistente, ronda ya el 10%. La
dispersión por todo el país de sucesivas oleadas de inmigrantes que
no hablan inglés está transformando de manera dramática el mapa
nacional estadounidense, confiriéndole un rostro cada vez más
hispano.
La dispersión demográfica
lleva consigo la diseminación lingüística y cultural. Por toda la
geografía nacional surgen sin cesar nuevos medios de comunicación y
de expresión cultural, en sus formas más diversas. En este ámbito
también hay que hablar de una verdadera explosión. Las emisoras de
radio han doblado su número en una década. En la actualidad rondan
las 550. El aumento de emisoras de televisión es de un 70%, unas 55,
según estimaciones de la industria. Estas cifras no incluyen la
televisión por cable o por satélite, ni las numerosas radios y
televisiones que emiten un segmento de su programación en
español.Walt Disney World —lo digo a título de síntoma— tiene una
página electrónica en español.
Las cifras que manejo,
incluidas las del censo, son aproximativas, en el sentido de que
crecen a tal velocidad que se quedan casi instantáneamente
obsoletas, pero, por llamativo que resulte, no se trata de una mera
cuestión de números. Uno de los aspectos más interesantes de la
expansión del español en los Estados Unidos tiene que ver con la
mejora de su calidad. De manera gradual, el español se está
convirtiendo en una lengua de prestigio.
Hasta hace poco, se tendía
a pensar en lo hispánico, lingüística y culturalmente, como una
manifestación de segundo orden, en parte porque la inmigración se
debía a razones de extrema pobreza, y porque la inmensa mayoría de
los recién llegados había tenido un acceso muy limitado a la
educación y a la cultura.
Por poner un ejemplo, el
establecimiento de una sólida comunidad hispanohablante está
reforzando el uso y mejora del español literario. La existencia de
un público lector ha hecho que la industria editorial en español
tenga cada vez más peso. Es en esta área donde se hace más patente
la preocupación por la calidad de esta lengua. De hecho, cada vez
hay más lectores. Hace unos meses la organización America Reads
Spanish y el Instituto Cervantes de Nueva York publicaron una guía
esencial de los 500 títulos de obras literarias más importantes de
todos los tiempos escritas en español. La publicación está en inglés
porque responde a una demanda urgente por parte de los
bibliotecarios que tienen que atender a usuarios que leen en nuestra
lengua. Otro fenómeno que vale la pena destacar es la existencia de
un número considerable de escritores que escriben en español y
residen en los Estados Unidos.
NACIÓN HISPANA: LENGUA Y
CULTURA
No se puede hacer una
reflexión de conjunto sobre lo que está sucediendo con el español en
los Estados Unidos sin señalar que el País del Norte es agudamente
consciente del valor 26 de nuestra lengua como vehículo de expresión
de las distintas culturas de Hispanoamérica. La lengua española
alcanzó su plenitud y verdadero ser cuando se trasladó al otro lado
del Atlántico y se hizo americana. La fuerza del español es
consecuencia directa del hecho de que es la lengua de expresión de
una veintena de países americanos. Desde mi punto de vista, los
Estados Unidos están experimentando un proceso creciente de
hispanización y la expansión de la lengua es parte esencial de dicho
fenómeno.
Al contrario de lo que
ocurrió con el latín medieval, que se disgregó dando origen a las
diversas lenguas romances, en los Estados Unidos de hoy está
surgiendo una segunda latinitas de signo integrador. Postulo que se
está forjando en aquel país una nueva nacionalidad hispanoamericana
y una nueva variedad lingüística del español. La comunidad hispana
de los Estados Unidos es un conglomerado resultante de la fusión de
los que llevan tiempo instalados en el país (algunos más de siglo y
medio) con los emigrantes que siguen llegando sin cesar de las más
diversas regiones del Caribe, América Central y Sudamérica. Las
distintas culturas nacionales tienden a relacionarse entre sí de
manera espontánea, y están creando una entidad híbrida de signo
panhispánico, claramente diferenciada de la de los países
originarios.
Se trata de un fenómeno en
pleno proceso, y tardará en cristalizar, pero ya son palpables
muchos signos de la nueva identidad. De manera semejante a lo que
sucede con la cultura, postulo que en los Estados Unidos se está
forjando una variedad de español autóctona, resultante de la
amalgama de sus distintas variedades regionales. La necesidad de dar
con una modalidad de español con la que se sientan cómodos todos los
hispanos empieza a ser perceptible en los medios de comunicación. Un
buen ejemplo son las emisiones de CNN en español que se retransmiten
desde Atlanta para todo el mundo hispanohablante, en las que se
recurre a una suerte de español general. Otros ejemplos son el
lenguaje que se busca en ciertos sectores de la prensa escrita (como
ocurre en Nueva York), o el de las traducciones de las obras
escritas por narradores hispánicos cuya lengua de expresión es el
inglés, y que buscan verterse a un español que trascienda las marcas
de identidad regional.
Por supuesto, lo tangible
es la existencia de enclaves específicos ocupados por comunidades
diferenciadas: méxico-americanos, dominicanos, puertorriqueños,
colombianos o cubanos, entre otros. Se podría considerar que grandes
zonas de California, Texas, Nuevo México o Miami, así como barrios
enteros de Washington, Chicago, Nueva York y otras ciudades, son
provincias o comarcas delimitadas por fronteras porosas, que forman
parte de una macrorregión panhispana estadounidense. En todas ellas
se está dando de manera incipiente un movimiento transversal de
acercamiento lingüístico y cultural.
Se puede considerar que
estas regiones son zonas de fricción donde está en marcha, junto a
los procesos de unificación lingüística, un proceso de
uniformización cultural. Así como se puede hablar de cine español,
literatura chilena o teatro argentino, se puede hablar de arte,
cine, teatro, música y literatura específicamente
hispano-norteamericanos. En general en todas las áreas de expresión
artística y cultural se están creando movimientos autóctonos, que
llevan el sello de lo hispano. Se puede considerar que en los
Estados Unidos constituyen una nación dentro de una nación, una
unidad con una entidad cultural propia, integrada sin traumas y de
manera positiva en la gran nación norteamericana, a la que se
sienten orgullosos de pertenecer. Los Estados Unidos son,
crecientemente, un país bilingüe y bicultural. Cuanto tiene que ver
con la lengua española y una visión hispánica de las cosas es parte
integral de la realidad de cada día de una manera cada vez más
poderosa y prestigiada.
EL ESPAÑOL EN EL SIGLO XX
Durante el siglo XX las Tierras Fronterizas Españolas se han rehispanizado
debido a la inmigración y el español colonial está dando paso a las variedades
traídas por los inmigrantes. El persistente empobrecimiento económico ha seguido
enviando millones de ciudadanos mexicanos principalmente de áreas rurales a
través de la frontera norte. Ellos constituyen el grupo más numeroso entre los
inmigrantes de origen hispánico en Estados Unidos. Asimismo, miles de individuos
de Centro y Suramérica y de España motivados por factores de tipo político y
económico han emigrado a Estados Unidos. California, Los Ángeles en particular,
ha sido elegida como el destino preferente de los refugiados políticos
procedentes de Centroamérica. Estos inmigrantes han traído consigo muchos
dialectos diferentes del español, pero las variedades dominantes siguen siendo
sin duda las mexicanas, que representan formas variadas de hablar el español que
abarcan desde lo rural a lo urbano, del norte de México a lugares tan al sur de
la frontera como Puebla y Oaxaca, y de dialectos no estándares a estándares.
Hay que dejar claro que hablar del español en Estados Unidos no es fácil, dado
el gran número de variedades de esta lengua habladas en este país. Por ejemplo,
al menos en California, el constante flujo de centroamericanos con su
característico voseo —uso de vos en lugar de tú—, aspiración de ‘s’ en final de
sílaba (‘costa’ se pronuncia /cohta/) y también frecuentemente en inicial de
sílaba (‘sopa’ se pronuncia /hopa/), rasgos desconocidos en la mayor parte de
los dialectos mexicanos, además de numerosas diferencias de vocabulario, debe
ser tenido en cuenta a la hora de identificar su dialecto como una variedad
importante del español, al menos en California.
De acuerdo con el censo de 1990 hay más de trescientos mil salvadoreños en
California (de ellos, más de la mitad en el condado de Los Ángeles), y otros
trescientos mil individuos originarios de otros países centroamericanos. La
tabla 8 muestra el número de hispanos en Estados Unidos según su origen
geográfico.4 La información se da también, con menos detalle, para California,
el estado con la mayor población hispana. Exceptuando a los centroamericanos,
que se hallan muy concentrados en este estado, se puede esperar que los
porcentajes relativos de lugar de origen sean similares en el resto del
Suroeste, en el Sur y en el Medio Oeste. El porcentaje de puertorriqueños y
cubanos, por otro lado, es mucho más alto en el Noreste y en Florida,
respectivamente.
Hasta la primera mitad del siglo XX, se podría afirmar que eran dos las
variedades principales del español en Estados Unidos: un dialecto de tipo
puertorriqueño hablado en la costa este y otro dialecto con rasgos compartidos
con la variedad del norte de México, hablado esencialmente en los estados del
Suroeste, aunque hoy en día extendido a todo el territorio de la nación. A estas
variedades más relevantes, se agregan en la segunda mitad del siglo XX muchas
otras: la cubana, hablada principalmente en Florida, las centroamericanas, la
colombiana, etc.
Todas estas variedades del español tienen en común una acusada influencia del
inglés, que se manifiesta en mayor o menor grado según la longitud del tiempo de
residencia en Estados Unidos. Se han acuñado varios términos peyorativos para
referirse a estos dialectos «anglizados» del español: Tex-Mex, border lingo,
pocho, Spanglish, junto al más neutral US Spanish, término obviamente preferible
para significar «español de Estados Unidos». La pregunta que surge es si sería
posible caracterizar esta variedad dada no sólo su heterogeneidad sino también
los diversos niveles de dominio del idioma que muestran sus hablantes.
Entre los inmigrantes de primera generación, por ejemplo, es muy posible que la
confluencia de dialectos lleve a la formación de una koiné o variedad
lingüística que emerge cuando varios dialectos en contacto pierden sus rasgos
diferenciadores y se hacen más similares. Esta es una cuestión que prácticamente
no ha sido investigada, con la sola excepción de un estudio de un grupo de trece
hondureños en El Paso que muestra convergencia de tipo fonético hacia la
pronunciación del norte mexicano (Amastae & Satcher, 1993). Por ejemplo, los
hondureños velarizan ‘n’ en final de palabra (‘en agua’ será /eng agua/),
mientras que los mexicanos del norte pronuncian sin velarizar. Después de veinte
meses de contacto con la variedad del norte de México, los hondureños muestran
una frecuencia mucho más baja de ‘n’ velarizada en su habla. Existen abundantes
pruebas, si bien anecdóticas, de acomodación al léxico mexicano por parte de
sudamericanos del Cono Sur (por ejemplo, uso de ‘elote’, ‘aguacate’, ‘yarda’,
‘zacate’ o ‘pelo chino’, en lugar, respectivamente, de ‘choclo’, ‘palta’,
‘patio’ o ‘jardín’, ‘césped’ y ‘pelo crespo’). Todavía queda la cuestión de si
los mexicanos convergen de alguna manera hacia, por ejemplo, los dialectos de
Centroamérica, que es el segundo dialecto más hablado en California, o si todos
los «dialectos inmigrantes» se desplazan hacia una variedad anglizada del
español mexicano, incluso los inmigrantes de primera generación.
Es importante repetir que en Estados Unidos, como en cualquier otra área
lingüística, hay diversidad tanto por hablante como por uso; el español abarca
desde formas de estándar culto a estándar coloquial y variedades no estándar, a
caló, y a español reducido drásticamente entre hispanos nacidos en Estados
Unidos.
Si la llegada de inmigrantes es el factor que asegura la creciente presencia del
español en Estados Unidos, podemos preguntarnos si es posible hacer predicciones
acerca del futuro de la lengua española en este país. A este respecto, un grupo
de estudios sobre el censo realizados por Bills, Hernández-Chávez y Hudson
(Bills, 1997; Bills y otros, 1995; Hernández-Chávez y otros, 1996; Hudson y
otros, 1995) revela que el incremento del número de hispanohablantes se debe al
influjo masivo y continuo de inmigrantes procedentes de países de habla hispana
durante los últimos diez a veinte años, y no tanto a la transmisión del español
a las nuevas generaciones de hispanos nacidos en Estados Unidos, hecho que
revela falta de «lealtad» lingüística.
Hudson, Hernández y Bills (1995) han propuesto algunas medidas para estimar la
posibilidad del mantenimiento o desaparición de una lengua minoritaria: entre
ellas, densidad y proporción de hablantes de la lengua minoritaria en la
población total, y proporción de hablantes de esta lengua en el grupo étnico
correspondiente, lo que ellos denominan «índice de lealtad lingüística». Estas
medidas tienen también relación con factores sociales como: nivel de ingresos,
estudios, profesión y grado de integración en la cultura dominante.
Los estudios realizados por estos autores se limitan a los estados del Suroeste.
En esta región, afirman que California es el único estado en el que no ha habido
una baja importante en la proporción de hablantes de español en las comunidades
hispanas (Hernández, 1997 y Hernández y otros, 1996). Desalentadora también en
cuanto a que claramente refleja el rápido proceso de cambio hacia el inglés
típico de Estados Unidos es la observación de que menos individuos en los grupos
de menor edad están reteniendo el español.
Hernández y otros (1996) comparan el valor de lealtad lingüística entre una
generación joven (5 a 17 años) y una adulta (18 años y más). La tabla 9, en la
que se ha agregado Arizona, se ha adaptado de la tabla 4 de Hernández y otros
(1996: 666). En esta tabla se observa que el porcentaje o índice de lealtad
lingüística entre los jóvenes es en cada estado menor que el del grupo adulto,
con diferencias que van desde 9,5 puntos de porcentaje en Arizona a 37 puntos de
porcentaje en Colorado.
La tabla 10 presenta los índices de lealtad lingüística para 1990, esta vez
incorporando la población hispana total y el número de hispanohablantes en cada
estado. Tal como en 1980, el índice entre los jóvenes es en cada estado menor
que el del grupo adulto, con diferencias que van desde 10 y 11,6 puntos de
porcentaje en Arizona y California, a 35 puntos de porcentaje en Nuevo México,
el estado que ha recibido un número más bajo de inmigrantes en la última década.
La tabla 11 indica que solamente en California y, sorprendentemente, en
Colorado, no ha bajado el índice de retención intergeneracional entre 1980 y
1990. Hernández y otros (1996) sugieren, a nuestro parecer acertadamente, que
estos resultados reflejan procesos de inmigración hispana diferencial a los
varios estados del Suroeste.
En esta región, el tamaño de la población de origen hispano y el número de
personas nacidas en México son las variables más sólidas a la hora de predecir
el uso del español en el hogar. Por ello, no es sorprendente el que, a la vez
que la inmigración desde México aumentó en la década de 1980 a 1990, sucedió lo
mismo con el número de individuos que, en el censo de 1990, declaraban que el
español era la lengua usada en el hogar. La retención del idioma está además en
correlación con el nivel de ingresos y de estudios: los hispanos más pobres y
con menos estudios tienden a mantener más el español. Los resultados de estas
investigaciones llevan a Hudson y otros (1995: 182, traducción propia) a decir
que, al menos en el Suroeste, «en la medida en que [las comunidades que se
declaran hispanohablantes] ganen mayor acceso a una enseñanza de calidad, poder
político y prosperidad económica, lo harán, al parecer, a expensas de mantener
el español, incluso en el entorno familiar».
Sin el influjo constante de nuevos inmigrantes, el resultado podría ser el final
del español como lengua de importancia social en Estados Unidos. No obstante,
parece claro que la inmigración tanto temporal como permanente no está próxima a
terminarse, ni las ocasiones de interacción con amigos o parientes en
Hispanoamérica disminuirán de forma tan drástica como para evitar la
revitalización del español.
La posibilidad de que una lengua minoritaria se mantenga a través de las
generaciones está ligada también a un factor que se conoce como «aislamiento
lingüístico». El censo define un hogar como lingüísticamente aislado si ninguna
persona de catorce o más años de edad habla solamente inglés y ninguna de estas
personas habla inglés «muy bien». En este caso, todos los miembros de este hogar
se consideran lingüísticamente aislados, incluso los menores de catorce años que
sean monolingües en inglés. La tabla 12 compara el aislamiento lingüístico de
los dos grupos con el mayor número de inmigrantes en la última década,
hispanohablantes y hablantes de idiomas asiáticos o de islas del Pacífico, y de
un tercer grupo que corresponde a todos los demás idiomas (Censo de 1990).
De todos los hogares donde se habla español, sólo un 23,4 % está
lingüísticamente aislado, comparado con un 30,3 % de aislamiento lingüístico de
los hogares de hablantes de idiomas asiáticos o de islas del Pacífico. Esta
diferencia se puede interpretar, otra vez, como indicadora de la mayor
competencia en inglés que caracteriza a las comunidades hispanas comparadas con
otras no de origen europeo en Estados Unidos.
En el Suroeste, el porcentaje de aislamiento, tanto de hogares hispanos como de
aquéllos donde se hablan idiomas asiáticos o de islas del Pacífico, no se aleja
demasiado de la media nacional, como indica la tabla 13. Los resultados son
además armónicos con los presentados en la tabla 10, en el que se observa que
California y Texas son los estados con el mayor porcentaje de hablantes de
español en el grupo de adultos. Así también, la tabla 13 muestra un mayor
porcentaje de aislamiento lingüístico para los hispanohablantes en estos dos
estados (recordemos que el aislamiento no toma en consideración la competencia
lingüística en inglés de los menores de catorce años).
Aunque es metodológicamente problemático considerar aislado un hogar en el que
los menores hablan solamente inglés, el hecho de que poco más de cuatro millones
de hispanos entre cinco y diecisiete años hablen español en una población
hispana total de cerca de veintidós millones (Censo de 1990) es señal de que no
son numerosos los hogares aislados en los que los niños y jóvenes hablan
solamente inglés.
Con todo, la presencia significativa del inglés en los hogares hispanos no es
buen pronóstico para el futuro del español. Por poner un ejemplo, examinemos por
un momento la situación en Los Ángeles. El condado de Los Ángeles es el más
grande en California y tiene la mayor concentración de hispanos del Suroeste.
Aquí, un 37 % de los aproximadamente nueve millones de habitantes son hispanos
de origen. Los méxicoamericanos constituyen con diferencia el grupo más numeroso
(2.519.514), seguidos por los salvadoreños. De hecho, la concentración de
población mexicana en el Condado de Los Ángeles se ve superada solamente por la
de México Distrito Federal. La densidad de la población hispana en el este de
Los Ángeles, por ejemplo, oscila entre un 30 % y un 80 %. De la población
hispana total del condado, un 78 % declara hablar el español en casa. Ésta es
una cifra que impresiona y que podría llevarnos a pensar que el español se
mantiene de forma sólida, y que la suposición de que «los hispanos no quieren
aprender inglés» es correcta. Sin embargo, estas afirmaciones parecen estar muy
lejos de la realidad.
Ya hemos insistido en que la inmigración constante es el factor fundamental que
mantiene la alta relevancia social del español en Estados Unidos; datos
oficiales del gobierno federal mantienen que un 38 % de la población hispana ha
nacido fuera de Estados Unidos. Si suponemos que la mayoría de éstos han
adquirido la lengua española antes de su entrada a este país, el efecto que su
desplazamiento tiene en el mantenimiento vivo del español en las comunidades
hispanas en Estados Unidos es evidente.
Los datos del censo de 1990 en el condado de Los Ángeles apoyan la importancia
de los procesos de emigración: 53,3 % de los hispanos en el condado han nacido
en el extranjero. Esto significa que tan sólo alrededor de un 25 % de aquéllos
que declaran hablar español en casa son nacidos en Estados Unidos. Además, el
censo no pide a los encuestados que estimen con qué frecuencia hablan la lengua
de sus antepasados, ni les pregunta hasta qué punto dominan el idioma. ¿Acaso
hablan español en casa todos los días, o tan sólo a veces o raramente? ¿Es su
uso del español completamente funcional, es de alguna manera limitado, o no es
sino una variedad muy reducida?
Por otro lado, el censo sí da información sobre el dominio del inglés. En el
caso particular del condado de Los Ángeles, con la mayor concentración de
hispanos en el Suroeste, con una alta proporción de hispanos nacidos en el
extranjero, y situado cerca de la frontera mexicana, es decir, tres factores que
deberían resultar en una sólida lealtad lingüística hacia el español que irían
de la mano de un dominio pobre del inglés, el censo de 1990 ofrece la
información de que un 65 % de los hispanos que declaran hablar español en casa
habla inglés bien o muy bien, y sólo un 35 % no lo habla bien (lo cual no
implica que no pueda comunicarse en inglés en ciertos ámbitos o situaciones) o
no lo habla en absoluto (ver tabla 14). Esto demuestra que un porcentaje
sustancial de los que han nacido fuera de Estados Unidos (teniendo en cuenta que
sólo un 25 % ha nacido en Estados Unidos) aprende inglés lo bastante bien como
para participar de manera apropiada en la sociedad estadounidense y es muy
probable que no transmita a su descendencia una variedad de español
completamente funcional.
En los cinco estados del Suroeste, la región más intensamente poblada por
hispanos en todo el país, con una alta tasa de inmigración, sólo un 27 % de los
que declaran hablar español en casa no saben inglés bien o no lo saben en
absoluto, y este porcentaje corresponde, podríamos decir, casi exclusivamente a
hispanos no nacidos en Estados Unidos. La tabla 15 presenta los datos del censo.
Lo más destacable de estos datos es el bajísimo porcentaje de individuos con
poco dominio del inglés en los estados de Colorado y Nuevo México, precisamente
aquellos estados que han recibido un número menor de inmigrantes en la última
década.
El deseo de aprender el inglés que se da a través de las generaciones de
hispanos, compartido por otros grupos de inmigrantes, se ha formalizado en el
apoyo que muchos miembros de estos grupos han dado al movimiento English Plus
(ver Epic News, circular del English Plus Information Coalition, Washington
D.C., EPIC.). El movimiento English Plus («Inglés y Más») reconoce el estatus
prominente del inglés en el ámbito nacional e internacional y el mérito
indiscutible de elevarlo a la categoría de lengua común de Estados Unidos, pero
también promueve el mantenimiento de las lenguas ancestrales como medio de
enriquecer el entramado cultural y lingüístico de la nación.
Sin embargo, los números pesan y la presencia de millones de hispanohablantes en
el Suroeste de Estados Unidos para muchos representa una amenaza. Como hemos
dicho ya, la percepción del ciudadano medio es que los inmigrantes y sus
descendientes no están aprendiendo el inglés. Esta percepción errónea es quizás
uno de los factores que han motivado la promulgación de leyes que fortalecen el
papel del inglés y debilitan la posibilidad de mantener el español (y otras
lenguas ancestrales) más allá de la primera generación de inmigrantes.
ASPECTOS EDUCATIVOS
En Estados Unidos se hablan más de 135 idiomas diferentes. La tabla 16 lista los
diez idiomas minoritarios, además del español, con el mayor número de hablantes.
Las demandas de los usuarios de éstas y otras lenguas, tanto en cuanto a la
publicación de documentos oficiales como al ofrecimiento de instrucción escolar
en estas lenguas, imponen obviamente una gran carga administrativa y económica a
los sistemas educativos del país. La mayor parte de los estados se ajustan de
una manera u otra a la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos en el caso
judicial Lau contra Nichols (1974), según la cual para salvaguardar el derecho a
la igualdad de oportunidades educativas, los hablantes de lenguas minoritarias
cuya competencia en inglés es limitada deben recibir instrucción escolar en su
propia lengua. El problema de la educación de estos niños se ha tratado de
solucionar con el desarrollo y ejecución de programas de educación bilingüe o de
instrucción en inglés como segunda lengua a través de todo el país.
Así pues, el estado de Nueva York, por ejemplo, plantea que los distritos
escolares tienen la obligación de adoptar las medidas necesarias para la
educación de los niños con competencia limitada en inglés (estudiantes «LEP»).
Los distritos reciben apoyo estatal a través del Office of Bilingual Education
(Departamento de Educación Bilingüe), que se estableció en 1969, y que en Nueva
York debe guiar la educación de casi 200.000 niños que hablan más de 135 idiomas
diferentes, entre los que el español es el que tiene el mayor número de
hablantes.
Texas, por su parte, plantea que el objetivo de la educación bilingüe es el
desarrollo de la lectura, la escritura y otras habilidades académicas tanto en
inglés como en el idioma del hogar (o idioma primario del niño). Todo distrito
deberá ofrecer educación bilingüe en inglés y otra lengua cada vez que ésta sea
la primaria de veinte o más niños LEP en un curso determinado. Los programas de
instrucción en inglés como segunda lengua, en cambio, tienen como objetivo el
desarrollo de competencia en inglés solamente. En Texas es también el español el
idioma en el que un mayor número de niños recibe educación bilingüe.
El Ministerio de Educación y Cultura de España ha colaborado de manera eficaz
con las administraciones educativas de los estados y distritos en todo lo
referente a la enseñanza del español como lengua extranjera o como parte de
programas bilingües. Se han suscrito acuerdos de cooperación educativa con
alrededor de quince estados, entre los que se encuentran California, Illinois,
Nuevo México y Texas, que cuentan con asesores técnicos enviados por el
Ministerio de Educación y Cultura de España con el propósito de asesorar y
colaborar en todo tipo de actividades relacionadas con la enseñanza del español.
Mediante acuerdos con universidades estadounidenses, el Ministerio ha creado
además centros de recursos para la enseñanza del español en la University of
Southern California (Los Ángeles), Florida International University (Miami),
Indiana University (Bloomington), Houston University (Houston), y University of
New Mexico (Albuquerque). Las funciones de estos centros, tales como la
elaboración de material de apoyo para la enseñanza del español, la organización
de seminarios y talleres, la provisión de recursos bibliográficos, audiovisuales
e informáticos, han sido de gran beneficio para las regiones y las universidades
donde se encuentran.
Obviamente, los Departamentos de Educación de los diferentes estados han asumido
la responsabilidad central en el desarrollo de las políticas educativas que
regulan la preparación de profesores bilingües o de inglés como segundo idioma,
los programas de educación bilingüe, etc. En lo que respecta al español, después
de varios años de experimentación con diferentes modelos de enseñanza bilingüe
(cf. Fishman & Keller, 1982) que aspiraban a ofrecer una atención más o menos
paralela a las dos lenguas, durante los últimos quince a veinte años se ha ido
implantando un modelo de transición paulatina hacia el inglés, de tal manera que
a partir del tercer o cuarto año de escuela, el español como lengua de
instrucción queda reducido a la materia de «lengua española».
En California se ha llegado a ofrecer educación bilingüe de transición en
dieciséis idiomas, según información proporcionada por la National Clearinghouse
for Bilingual Education. A pesar de las ventajas metodológicas del nuevo modelo,
el hecho de que se trata de un modelo de transición más o menos rápida hacia el
inglés, sumado a la falta de apoyo oficial a las lenguas de minorías, conduce
frecuentemente a la pérdida, en nuestro caso, del español en el nivel individual
o familiar, especialmente en los centros urbanos tales como Los Ángeles,
Chicago, Filadelfia o Nueva York.
Los estudiantes que provienen de hogares hispanos y que han estado expuestos al
español en su casa o en la comunidad con frecuencia logran desarrollar un nivel
aceptable de competencia comunicativa después de completar sólo uno o dos años
de español como segunda lengua en la escuela secundaria.
Algunas escuelas secundarias y además muchas universidades ofrecen cursos
especiales de español «para bilingües» o «para hablantes nativos» (cf. Hidalgo,
1990). Estos cursos, que se proponen como objetivo central el desarrollo de la
escritura y la lectura, las dos destrezas consideradas en general menos
consolidadas, se han enfrentado a veces con dificultades. La naturaleza de estas
dificultades se vislumbra en las observaciones hechas por Valdés, Pagán y
Teschner (1982) en el prefacio de su libro, donde establecen que el propósito de
enseñar español a hablantes bilingües no es cambiar el dialecto del español
hablado por los estudiantes. Apuntan los autores que «los estudiantes hispanos
bilingües son el producto de su entorno, de su comunidad, de su clase social y
de sus experiencias como miembros de un grupo étnico minoritario. No podrán
hablar como latinoamericanos de clase media a menos que dediquen su vida a este
objetivo» (traducción propia). Además, se preguntan los autores, ¿por qué
habrían de querer hablar estos estudiantes como latinoamericanos de clase media
si no lo son? No es difícil ver aquí la base de las polémicas y protestas que
han surgido en torno a estos cursos especiales. Para evitar mayores
dificultades, se ha recomendado que los profesores de español encargados de su
formación reciban a su vez una buena preparación en sociolingüística, que les
permita al menos apreciar la validez de los diferentes dialectos del español,
así como su lugar y relación con modelos llamados estándares.
En 1986, California declaró el inglés como lengua oficial del estado (ver tabla
7), una decisión política que reflejaba el clima general de oposición al uso de
lenguas aparte del inglés (es decir, el proveer servicios y traducir documentos
oficiales a otras lenguas). Doce años más tarde, los californianos acudieron a
las urnas de nuevo y refrendaron la proposición 227, una medida que oficialmente
suprime la enseñanza pública bilingüe y la reemplaza con un programa de un año
de «inmersión protegida» en inglés, después del cual a los alumnos se les pasa a
aulas normales donde las clases se imparten completamente en inglés. La
aprobación de esta iniciativa (un 61 % a favor frente a un 39 % en contra, que
en el caso de los hispanos se distribuyó casi a la inversa, con un 60 % a favor
de la enseñanza bilingüe, y un 40 % en contra) revela el temor injustificado a
que Estados Unidos llegue a verse dividido por una frontera lingüística, y el
mito de que el hablar solamente una lengua, conducirá a un idílico crisol
«anglizado» donde todas las culturas inmigrantes se harán una sola.
La proposición 227, llamada English Language in Public Schools [El idioma inglés
en las escuelas públicas], aprobada el 2 de junio de 1998, exige que toda la
instrucción se dé en inglés en las escuelas públicas, pero permite que los
padres soliciten que la escuela ofrezca instrucción en la lengua del hogar del
niño, siempre y cuando puedan demostrar que el niño ya sabe inglés o que tiene
alguna necesidad especial. Sin embargo, la alternativa de solicitar una
excepción no ha sido fácil en la práctica.
No es fácil tampoco predecir las consecuencias de prohibir la enseñanza en las
lenguas ancestrales de los inmigrantes. A muchos niños el nuevo sistema les va
bien, pero no serán capaces de desarrollar un nivel de dominio del idioma
plenamente funcional ni llegarán a alfabetizarse en la lengua de sus
antepasados. Richard Rodríguez (1982: 27), un conocido escritor
mexicano-americano ha dicho que «mi extraña niñez no demuestra la necesidad de
la enseñanza bilingüe» (traducción propia). Rodríguez experimentó el método de
inmersión en el inglés en un colegio religioso en California, dejó de usar el
español, la lengua de su hogar, y en consecuencia resultó alienado de su familia
y de su medio cultural.
La legalidad de la proposición 227 es en estos momentos cuestionada en las
cortes de justicia. Sus opositores argumentan que esta proposición atenta contra
la igualdad de derechos educativos y, por tanto, viola los derechos
constitucionales de los ciudadanos. El texto de la proposición, además, se
presta a diferentes interpretaciones y ha dado lugar a tantos sistemas
diferentes de instrucción como distritos hay en el estado, lo que contribuye a
frustrar al profesorado. En Los Ángeles, por ejemplo, más de mil quinientos
profesores firmaron un documento comprometiéndose a cometer civil disobedience
(desobediencia civil) antes de dar instrucción exclusivamente en inglés, y las
escuelas en la ciudad de San José, California, han sido declaradas una excepción
a la proposición 227 (Crawford, 1998-1999).
Otros dos estados del Suroeste, Arizona y Colorado, y otros trece más entre los
que se encuentra Florida pero no Nueva York, han declarado al inglés como lengua
oficial. ¿Seguirán estos estados la misma política que California y suprimirán
la educación bilingüe? En Arizona circula ya una petición para llevar una
proposición similar a la 227 a referéndum público. ¿Seguirán Texas y Nuevo
México por el mismo camino? Si es así, la pérdida del español entre los
inmigrantes de segunda generación se produciría aún mucho más rápidamente de lo
que se ha venido produciendo hasta ahora, y la población hispanohablante así
como el uso del español se verían limitados a los muy reducidos círculos de los
parientes y las amistades, con la consecuente reducción del vocabulario,
gramática y recursos estilísticos. Amenazados por leyes que restringen el uso
del español fuera del hogar, temerosos de perder sus trabajos si hablan español
en el lugar de trabajo, y ante el rígido monolingüismo impuesto en la escuela,
los hispanos que hablan español podrían pasarse al inglés incluso más
rápidamente de lo que lo han hecho en el pasado.
Por otra parte, el español es la lengua extranjera más estudiada en las
escuelas. De acuerdo con las estadísticas proporcionadas por el Departamento de
Educación de Estados Unidos para el año 1994, de un total de 4.813.000
estudiantes matriculados en una lengua extranjera en los niveles 9 al 12, están
matriculados en español 3.220.000, es decir, dos tercios del total, un 67 %. La
tabla 17 muestra las estadísticas nacionales para los cursos 9 al 12 en los
colegios públicos en el otoño de 1994 para español, francés y alemán (las tres
lenguas minoritarias con el mayor número de hablantes en Estados Unidos, ver
tabla 16) entre 1990 y 1994 (National Center for Education Statistics, 1997:
69).
La tabla 17 deja clara la relevancia del español en las escuelas secundarias,
pero las estadísticas disponibles no dan información sobre el tipo de estudiante
incluido en ese 67 %. Si son solamente los hispanos los que se matriculan en
cursos de español, dada la mayoría abrumadora de este grupo sobre el resto de
las minorías y el aumento en las tasas de inmigración, esto podría explicar
también el aumento en la matrícula. Es necesario, por tanto, averiguar qué
porcentaje de la población no hispana estudia español, ya que esta información
permitiría evaluar más adecuadamente el nivel de interés en aprender esta lengua
entre la población general.
En las universidades, la cantidad de diplomas de licenciatura que se conceden es
mucho mayor para la especialidad de español que para ninguna otra lengua: un 38
% de los 14.378 licenciados en Lenguas y Literaturas extranjeras en el año
académico 1993-1994; el segundo fue el francés, con un 22 % (National Center for
Education Statistics, 1997: 281).
Más impresionantes son las cifras que corresponden al total de alumnos de
enseñanza superior que se matriculan en español: esta lengua triplica el número
de la que le sigue, francés, en 1995. El mayor número de matrículas en español
se da en instituciones que ofrecen sólo dos años de enseñanza superior, donde
alcanzan un 69 % del total de matrículas en lenguas extranjeras. En
instituciones de cuatro años, que conceden licenciaturas, la matrícula en
español corresponde a un 50 % del total, y sólo un 28 % en escuelas de posgrado
(Brod & Huber, 1997: 57). La disminución a través de diferentes niveles de
enseñanza superior se corresponde, me parece, con la disminución en el número de
hispanos que completa estos diferentes niveles de estudios. La tabla 18 presenta
la información para 1990 y 1995 y los porcentajes de cambio de matrícula en las
lenguas con matrículas superiores a 4.400 en instituciones de enseñanza superior
en el país.
El grupo de «Otros idiomas» incluye la lengua americana de signos American Sign
Language, coreano, hawaiano, hindú, navajo, polaco, swahili, tagalo y vietnamés.
El total de otros idiomas muestra el mayor aumento en la matrícula, 42 %,
aumento que se debe principalmente al número mayor de individuos interesados en
aprender la lengua americana de signos, coreano, hawaiano y vietnamés.
Considerados individualmente, el chino está en primer lugar, 35,8 % de aumento,
lo que posiblemente tenga relación con el aumento de la inmigración,
especialmente desde Hong Kong. El segundo lugar lo ocupa el árabe (27,9 %),
seguido por el español (13,5 % de aumento), el portugués (5,2 %) y el hebreo (1
%). El resto de los idiomas más enseñados en instituciones de tercer ciclo ha
sufrido una disminución considerable en las matrículas: el ruso ha perdido un
44,6 %, el francés y el alemán alrededor de un 25 %, y el italiano casi un 12 %.
Los factores que causan fluctuaciones en las matrículas tienen relación no
solamente con las tasas de inmigración desde países donde se hablan, sino
también con cuestiones de economía y política internacional que motivan un mayor
o menor interés en aprenderlos.
Cualesquiera que sean las razones, los porcentajes de aumento y disminución en
las matrículas en las tres décadas anteriores a 1990 para las cuatro lenguas más
enseñadas en el tercer ciclo indican que el español aumentó sustancialmente su
matrícula en la década de 1960, que sufrió un retroceso importante de 1970 a
1980 y que tuvo una recuperación también importante entre 1980 y 1990. El
aumento continuó después de 1990, como indica la tabla 18. La información para
las décadas anteriores se presenta en la tabla.
Otro factor que ha incidido en el aumento de las matrículas en español es el
prestigio que el español ha adquirido, especialmente entre los jóvenes, como
símbolo de sus raíces étnicas y culturales, lo que ha motivado interés en
revivir la lengua ancestral. Así pues, en los cursos que muchas universidades
han instituido para hablantes nativos de español se pone énfasis en el
desarrollo de la escritura y la lectura, dos áreas que tienden a ser bastante
débiles en una lengua básicamente restringida al entorno familiar, y en aspectos
culturales del mundo hispánico.
De hecho, el español en Estados Unidos es un ejemplo de desplazamiento hacia el
inglés pero también de notable persistencia. A pesar de los esfuerzos para
limitar el uso de lenguas minoritarias, la inmigración desde países
hispanohablantes ha reforzado el uso del español. Esta lengua es hablada, tanto
en el hogar como en público, por grupos cada vez más numerosos; nuevas
publicaciones en español aparecen en el mercado; los programas de televisión y
de radio en español ven aumentada su audiencia; las grandes empresas se anuncian
en español y ofrecen servicios al cliente en esta lengua (por ejemplo, compañías
de teléfonos, oficinas legales, hospitales y otros centros de salud, grandes
almacenes); muchos políticos no hispanos hacen notar su competencia en español
como un medio de atraer el voto hispano
ASPECTOS LINGÜÍSTICOS DEL ESPAÑOL
Pero esa situación de lengua minoritaria, ¿qué consecuencias lingüísticas tiene
sobre el español? La ausencia de un proceso de estandarización del español en
Estados Unidos alimenta aún más la heterogeneidad que se da entre los
inmigrantes de primera generación. Por el contrario, los hispanos nacidos en
Estados Unidos representan una variedad de español relativamente más homogénea
en el sentido de que se caracteriza por fenómenos típicos de una situación de
bilingüismo intenso y extendido: simplificación gramatical y léxica, préstamo
masivo del inglés, e intercambio de códigos, es decir, alternancia entre el
español y el inglés en el mismo turno de habla (Silva-Corvalán, 1994; Zentella,
1997).
Mientras que en el ámbito social el mantenimiento del español es incuestionable,
en el ámbito individual o familiar, por el contrario, es muy común el cambio
hacia el inglés. Los hijos de inmigrantes de la primera generación pueden
adquirir el español en casa pero la gran mayoría se hace gradualmente dominante
en inglés al pasar bien por un programa bilingüe de transición o por un programa
de inmersión en inglés.
En estas situaciones de bilingüismo social puede llegar a formarse un continuo
respecto al grado de dominio de las dos lenguas en contacto. Este continuo
comprende desde un español estándar sin restricciones a un uso meramente
emblemático del español, y viceversa, de inglés ilimitado a emblemático. Esto
apunta claramente al hecho de que no hay un único idioma español de Estados
Unidos, sino muchos.
En la situación familiar típica, el hijo o la hija mayor adquiere en casa
solamente el español, y mantiene un buen nivel de competencia comunicativa en
esta lengua durante toda su vida, con mayores o menores limitaciones dependiendo
de un número de factores extralingüísticos, mientras que los hijos menores
adquieren ambos español e inglés en casa. Estos hijos menores tienen una mayor
tendencia a desarrollar y mantener una variedad de español en contacto
caracterizada por tener diferencias más acusadas con respecto a la norma
lingüística de los padres. Cuando un niño nacido en Estados Unidos vive en
contacto con los abuelos, puede llegar a adquirir español en casa; pero muy a
menudo su dominio del español es limitado y su nivel de comprensión de la lengua
es más desarrollado que el de producción, tal como ilustra el siguiente ejemplo,
sacado de una conversación con José, joven de diecisiete años:
Investigadora: ... ¿Pero con quién hablas en español tú, a veces, digamos?
José: Hable yo, yo, a ver... yo hable con mi a... abue... abuela, más de mi
abuelo, porque cuando yo hable con mi abuelo él no entende, él tiene uno
problema, eso, ears. So whenever I have a chance to speak, I speak to my
grandparents. So, I don’t speak, I just -listen to what they’re saying, and then
I, I— hear it in my brain and, and - and try to understand instead of speaking
back at them because I... -they understand English as much.
(... oídos. Así que cuando tengo la oportunidad de hablar, hablo con mis
abuelos. Así que no hablo, sólo escucho lo que dicen, y luego yo, yo, lo oigo en
mi cerebro y, y, y trato de entender en vez de hablarles en español, porque
yo... ellos entienden inglés bien.)
Es obvio que José, tercera generación en Estados Unidos, está haciendo un
esfuerzo para hablar con la investigadora en español. Muchos inmigrantes de
segunda generación, por otro lado, hablan español con cierta fluidez y su
variedad parece tener solamente «un sabor diferente»: incorpora calcos léxicos,
hay intercambio de códigos (el uso del inglés y el español por el mismo hablante
dentro de un turno de habla), pero su español es completamente inteligible.
Hay excepciones a esta situación típica. Uno puede a veces dar con un hablante
de segunda generación que o bien nunca adquirió el español, o lo adquirió pero
lo perdió completamente, o dejó de usarlo por unos años y está en el proceso de
reactivarlo, un fenómeno que ha recibido el nombre de bilingüismo cíclico
(Torres, 1989). Asimismo, un hablante de tercera generación, en casos
excepcionales, puede haber adquirido el español de nacimiento y haberlo
mantenido.
Otro ejemplo muestra un fragmento de una hablante de tercera generación que ha
experimentado bilingüismo cíclico. Esta mujer dejó de usar el español durante la
adolescencia, pero lo había activado de nuevo dos años antes de ser grabada, ya
que se había casado con un inmigrante de primera generación, un tipo de
matrimonio intergeneracional bastante frecuente que favorece el mantenimiento
del español. En este pasaje se refiere a cuando su marido perdió su trabajo, por
lo que decidieron mudarse a otra ciudad.
They were laying off. So, I didn’t get laid off. Ramón, Ramón got laid off. And
I quit because he got laid off. Because I was working, and he was working at
nights... Dije, «No, si lo van a descansar a él, ¿pa’ qué me quedo yo, especial
yo?» Yo, de aquí, como, ‘onde puedo agarrar trabajo. El, es más difícil, porque
he’s not reglado [él no está arreglado] para ‘garrar trabajo.
(Estaban despidiendo. Pero a mí no me despidieron. Ramón, a Ramón lo
despidieron. Y yo me salí porque lo despidieron a él. Porque yo estaba
trabajando, y él estaba trabajando de noche...)
Los hablantes con dominio muy reducido del español hablan el inglés con fluidez
y se ven forzados a utilizar el español en muy raras ocasiones. Por lo tanto, el
español que usan, frecuentemente insertado dentro de enunciados en inglés,
retiene algunas flexiones verbales, y morfemas de género, número y caso como
ilustra el ejemplo. No hay elementos foráneos que penetren en la gramática del
español, que por otro lado sí sufre reducción y simplificación.
Además de la simplificación de categorías gramaticales y la transferencia de
formas y significados del inglés, los bilingües desarrollan otras estrategias
encaminadas a aligerar el peso cognitivo que acarrea el tener que recordar y
usar dos sistemas lingüísticos diferentes. Al usar el español, regularizan
formas, desarrollan construcciones perifrásticas que reemplazan formas verbales
simples y, como bien ilustra el ejemplo, con frecuencia, cambian de una lengua a
otra. Es de esperar que cuando dos o más hablantes poseen la habilidad de
comunicarse en dos o más lenguas hagan uso de esta ventaja tanto en conversación
como en expresión escrita.
El resultado de aplicar estas estrategias conduce a cambios más o menos
insignificantes en inglés (el inglés de los latinos ha recibido poca atención de
los estudiosos), pero produce cambios más o menos grandes en español. La
transferencia del inglés al español está claramente atestiguada en préstamos y
calcos de expresiones del inglés, y en la transferencia de funciones pragmáticas
del discurso, como por ejemplo, «Cuídate» y «ai te guacho» (vernáculo) o «Te
veo» (coloquial), de las expresiones inglesas Take care y See you, que se
convierten en fórmulas para despedirse en español.
El sistema verbal resulta más o menos simplificado a través de las generaciones.
Se pierden los tiempos compuestos y las formas de subjuntivo se usan cada vez
menos, como se ilustra en los siguientes ejemplos.
Y estábamos esperando a mi ‘amá, porque ella fue a llevar (por «había llevado»)
mi hermano a la dentista.
AM: Yeah, porque no lo he quitado yo porque como está tan bonito. Ahí [‘ai] lo
voy a dejar hasta que se cae (por «caiga»).
Muchos usos de los pronombres átonos (me, te, lo, se, etc.), aunque considerados
«desviados» de la norma, se encuentran sin embargo en otras variedades
plenamente funcionales del español en España e Hispanoamérica; por ejemplo, usos
que denotan pérdida de marca de caso (vg.. «A María le vieron en la
biblioteca»), género o número (vg..«Le mandé el libro a ellos»), o incluso la
ausencia del pronombre (cf. Urrutia, 1995). Una diferencia importante es que
estos fenómenos no afectan a todas las personas gramaticales ni ocurren todos en
un solo dialecto fuera de Estados Unidos, en cambio sí ocurren todos en algunas
variedades muy simplificadas del español en este país.
Una pregunta que surge en relación con esto es si se puede justificar la tan
oída afirmación de que el español de Estados Unidos es muy diferente o incluso
que es una aberración. Es importante tener en cuenta que no hay un español de
Estados Unidos sino muchos; tal afirmación podría ser dirigida a los niveles más
bajos de dominio del idioma, pero en todo caso, los hablantes que se encuentran
en estos niveles usan el español muy raramente y solamente cuando se ven
forzados por circunstancias especiales. Con respecto al español de los hispanos
nacidos en Estados Unidos que lo usan más regularmente y con cierto grado de
fluidez, me parece que lo que crea la impresión negativa, en nuestra opinión
exagerada, es básicamente la simplificación de la morfología de tiempo, modo y
aspecto y de concordancia de género, así como confusiones en el uso de
preposiciones. El hecho de que casi cada oración contenga uno o más de estos
fenómenos, y por tanto un punto de posible desviación de la norma de los
inmigrantes de primera generación, parece ser un factor en la creación de
estereotipos de errores generalizados y falta de sistematicidad.
La gran cantidad de préstamos léxicos tomados del inglés hacen que a menudo, y
además con un tono de cierta desaprobación, se evalúe al español como una lengua
mezclada, sin prestar la debida atención a su complejidad sociolingüística ni
considerar, entre otros, que los tipos de préstamo y su frecuencia varían según
los niveles de dominio lingüístico y la situación comunicativa.
Así como el castellano incorporó préstamos del árabe y las lenguas amerindias,
el español ha incorporado libremente préstamos del inglés, especialmente para
aquellos conceptos que representan diferencias culturales y no tienen
correspondencia exacta en español: ‘cama tamaño king’ (cama muy ancha), ‘master
suite’ (dormitorio y baño principal, suite matrimonial), ‘lonche’ (un almuerzo,
una comida ligera), ‘esnak’ (un refrigerio, un piscolabis), ‘dompe’ (una
escombrera para plantas). Se toma prestado, además, mucho vocabulario técnico o
especializado asociado con profesiones o actividades; algunas palabras se han
extendido más allá de Estados Unidos. Algunos ejemplos son: en deportes: ‘jit’
de hit (golpe), ‘juego’ de game (partido), ‘jonrón’ de home run (en béisbol,
carrera completa de un solo golpe); en jardinería: ‘nersería’ de nursery
(vivero), ‘graftear’ de to graft (injertar), ‘espreyar’ de to spray (fumigar);
en informática: ‘estorear’ de to store (guardar), ‘fail’ de file (archivo),
‘imeil’ de e-mail (correo electrónico), ‘formatear’ de to format (inicializar un
disquete); en telecomunicaciones: ‘biper’ de beeper (busca personas), ‘espíker’
de speaker (altavoz), ‘intercom’ de intercom (teléfono interno); en mecánica de
automóvil: ‘cloche’ de clutch (embrague), ‘brecas’ de brakes (frenos), ‘mofle’
de muffler (silenciador), etcétera, y cientos de palabras más que se refieren a
objetos o acciones de la vida diaria, adaptados del inglés, y quizás así
recordados más fácilmente, como por ejemplo ‘puchar’ de to push (empujar),
‘mapear’ de to mop (pasar la fregona), ‘dostear’ de to dust (sacudir el polvo),
‘cuitear’ de to quit (darse por vencido), ‘liquear’ de to leak (gotear), ‘fensa’
de fence (reja), ‘pipa’ de pipe (cañería), ‘traques’ de tracks (rieles),
‘suiche’ de switch (interruptor), ‘biles’ de bills (cuentas), ‘bildin’ de building (edificio).
CONCLUSIÓN
Podríamos preguntarnos si los cambios lingüísticos y la reducción en el uso del
español en el ámbito familiar predicen un trasvase completo hacia el inglés y la
desaparición del español. La respuesta a esta pregunta va en relación con
factores políticos, económicos, educativos y demográficos, además de las
actitudes hacia las lenguas en cuestión. Obviamente, el mantenimiento del
español no depende solamente de actitudes individuales o de grupo sino también,
y esto es más importante, de actitudes políticas, que son las que determinan las
normativas gubernativas y educativas.
Aunque está claro que no se están resistiendo al cambio hacia el inglés, la
mayoría de los hispanos, ya de manera espontánea al conversar o cuando responden
a cuestionarios, expresan una actitud positiva hacia el español y el deseo de
mantenerlo y transmitirlo a sus descendientes (Mejías & Anderson, 1988;
Silva-Corvalán, 1994). Pero estas expresiones de lealtad se ven en contradicción
con una conducta poco comprometida; es decir, hay una falta de voluntad a la
hora de convertir estas actitudes positivas en acciones concretas. Así, entre
los factores extralingüísticos que parecen cruciales a la hora de dar cuenta de
los casos de mayor pérdida dentro de los diferentes grados de dominio del
español, destacan el que la lengua esté restringida al ámbito de la familia y
las amistades, y el tener una actitud subjetiva neutra con respecto al
mantenimiento del español.
En un estudio que llevamos a cabo en Los Ángeles, la actitud hacia el español de
la primera generación de inmigrantes parecía ligeramente más positiva que la de
los de la segunda y tercera generación de inmigrantes. En estos dos grupos hay
una tendencia levemente más favorable entre los jóvenes, los cuales rechazan más
abiertamente y con mayor fuerza que sus mayores afirmaciones negativas acerca
del español. Esto puede deberse a cambios de actitud causados por la enseñanza
bilingüe de los últimos treinta años. De hecho, aunque ya hacia mediados del
decenio de 1980 la lengua inglesa se había convertido en un problema ideológico
en Estados Unidos (Rodby, 1992: 198) y movimientos como English Only (Sólo
Inglés) habían comenzado su guerra contra los servicios públicos y la educación
bilingües (García, 1997; Gynan, 1997), los bilingües jóvenes no han sentido el
mismo grado de presión contra el uso del español, por ejemplo en la escuela,
como sufrieron sus mayores. Entre los bilingües más jóvenes, algunos han
asistido a colegios que ofrecían algún tipo de educación bilingüe. Así pues, a
pesar de las recientes reacciones contra la multiplicidad lingüística en Estados
Unidos, los hispanos de todas las edades se sienten hoy día más libres a la hora
de hablar en español y defender este derecho, como ilustra el siguiente ejemplo.
R: Hombre de cuarenta y seis años, tercera generación.
C: Investigador.
C: Fíjate. Tú poco a poco has ido viendo que ha llegado más y más gente a la
policía que son latinos.
R: Latinos. Como ahora, estaba en el catering wagon [quiosco rodante] y, y, y
estaba hablando… Un mecánico mexicano le dijo una a la, al que está cocinando en
el catering wagon, le dijo una de doble sentido, una palabra de doble sentido
nomás. «Nothing serious [nada tan malo], nothing serious, you know [sabes], just
a [sólo].» No me acuerdo qué era ni nada. So le hablé yo p’atrás en español. «Ya
te agarré la movida», le dije, «Ya te, ya te estoy escuchando». Y luego este
gringo estaba a un lado y luego «Eh», dice, «don’t speak that foreign language
around here» [«no hablen ese idioma extranjero aquí»]. Es lo que me dice a mí, you know. ‘What do you mean «foreign language»? That sucker was around here
before the English were!’ [¿Cómo que «idioma extranjero»? ¡Ese mamón estaba aquí
antes que llegaran los ingleses!] [R se ríe]. And he says, «Man, you’re right!»,
he says, «You’re right!» [Y dice, «¡Oye, tienes razón!», dice, «¡Tienes
razón!»], OK? [R y C se ríen].
Este ejemplo muestra bien algunas de las características del español de un
hablante méxico-americano, tercera generación en Estados Unidos (sus abuelos
fueron los emigrantes), que ha podido mantener un buen grado de fluidez en su
lengua ancestral. Su discurso incorpora préstamos —catering wagon, un quiosco
rodante que también se denomina «lonchera» en Los Ángeles, la conjunción so,
«así que»— , expresiones perifrásticas que reemplazan a verbos simples —hablar p’atrás por «contestar»— , alternancia de códigos, que ocurre típicamente en
expresiones evaluativas —nothing serious— y en el discurso directo.
A pesar de las actitudes positivas, es obvio que el uso del español declina a
través de las generaciones. Esta situación parece ser la norma no sólo en el
trabajo, la iglesia y otros lugares públicos, sino también en el ámbito
familiar. Mientras que los hablantes de la primera generación declaran un uso
prácticamente exclusivo del español con sus padres, abuelos y hermanos, algunos
hablantes de segunda y tercera generación de inmigrantes utilizan esta lengua
con sus padres y hermanos tan sólo frecuentemente, algunas veces, o incluso
nunca.
Es también algo frecuente el que en hogares en los que los padres han
establecido la norma de que en casa sólo se habla español, tal regla deje de
observarse en el momento en que nacen hermanos menores. Como consecuencia, los
más jóvenes no aprenden suficiente español como para interactuar con soltura en
esta lengua y los hermanos acaban por usar inglés entre ellos.
Fuera de las comunidades hispanas, la actitud hacia el español y sus hablantes,
normalmente inmigrantes con pocos medios, no es siempre positiva. Se ha
propuesto que la imagen estereotipada del hispano como de raza impura, holgazán
(los vocablos ‘siesta’ y ‘mañana’ se suelen insertar en discursos en inglés para
connotar pereza y despreocupación), ha sido reforzada en préstamos recientes del
español al inglés (Hill, 1993). Estos préstamos, usados por hablantes de etnia
anglo, se corresponden con lo que Hill denomina español anglo del Suroeste o
español burlesco, que la autora define como «toda una serie de adaptaciones de
expresiones del español en un registro chistoso, irónico y paródico» (Hill,
1993: 147, traducción propia). Una de las expresiones que Hill considera español
burlesco, por ejemplo, es «Hasta la vista, baby» dado que se trata de un saludo
español utilizado de forma denigrante, popularizado por la película Terminator
II, usado para despedirse de o mandar lejos de sí a alguien a quien el hablante
odia o al menos rechaza.
Hill pide a sus lectores que eviten el uso del español burlesco dado el contexto
actual de oposición contra los inmigrantes y contra lenguas que no sean el
inglés. Ciertamente, esta es una buena recomendación: en estos momentos el
estatus de los hispanos y del español en Estados Unidos es demasiado vulnerable
como para convertirlos en blanco de burlas. Por el contrario, es necesario
destacar las ventajas que para cualquier estadounidense tiene el comprender e
incluso acceder a la pluralidad cultural y lingüística de Estados Unidos.
También es imperativo que los hispanos de dentro y fuera de Estados Unidos
respeten y acepten el español de Estados Unidos, al menos aquellas variedades
características de hablantes de segunda generación de inmigrantes que tienen una
buena competencia comunicativa.
Es importante mencionar que la prensa de habla inglesa ha diseminado también
algunos artículos con una visión positiva de los hispanos. Algunos editoriales
han alabado el hecho de que un número relativamente numeroso de hispanos ejercen
su derecho al voto, que los hispanos han contribuido positivamente a la
economía, que los hispanos son trabajadores y leales, que son religiosos y
dedicados a sus familias y que incluso los de primera generación están haciendo
realidad el sueño americano de ser propietarios de sus viviendas. Por otro lado,
no hemos encontrado editoriales que alaben el enorme valor de tipo lingüístico
que poseen los hispanos bilingües.
Tampoco debe pasarse por alto el impacto que suponen los medios de comunicación
en español a la hora de crear una imagen más positiva y de promover el español.
La década de 1990 ha visto el crecimiento de las comunicaciones en español,
mejor representadas por las tres cadenas nacionales de televisión. La primera
emisora de televisión en español en Estados Unidos comenzó a retransmitir desde
San Antonio en 1955. Galavisión hizo lo propio en 1979. Dos cadenas más fueron
establecidas en 1987, Univisión Televisión y Telemundo Group. Estas cadenas
están afiliadas con casi un millar de sistemas de cable en Estados Unidos, y
poseen y operan emisiones por ondas en el Suroeste, Florida, Nueva York y muchos
otros estados (Kanellos, 1995).
Música, películas, noticiarios, telenovelas, coloquios y telediarios en español
llegan a Estados Unidos a través de la televisión y fortalecen lazos culturales
y lingüísticos con los casi cuatrocientos millones de personas que hablan
español hoy día alrededor del mundo. También son numerosas las emisoras de
radio. Además, todas las ciudades grandes cuentan con un periódico en español, y
se puede encontrar revistas escritas en español para latinos en quioscos dentro
y fuera de comunidades hispanohablantes. La expansión de los medios de
comunicación en español hace necesario que los hispanos estadounidenses
adquieran alguna variedad de español estándar si su propósito es obtener trabajo
en el floreciente campo laboral de la radio, la prensa y la televisión.
En Los Ángeles, la sexta ciudad del mundo en cuanto a población hispana, los 5,5
millones de hispanos han hecho cambiar el panorama del mercado televisivo. La
estación afiliada a Univisión, KMEX-TV, ha mejorado sus índices de audiencia,
sobrepasando a varias de las cadenas nacionales que transmiten en inglés. Por
ejemplo, en los programas en hora preferente (primetime) es el tercer canal más
sintonizado por aquéllos entre los dieciocho y los treinta y cuatro años de
edad; mejor aún, el programa de noticias locales de las 23 horas ocupa el primer
lugar en este grupo de edades, dejando atrás al mismo tipo de programa
transmitido en inglés a la misma hora por las filiales de las cadenas nacionales
más prestigiosas (ABC, NBC y CBS). Uno de los factores que incide en el éxito de
la televisión en español es el énfasis que se pone en lo hispánico en el nivel
nacional e internacional. Son los únicos canales que ofrecen diariamente
información sobre los hispanos en Estados Unidos, sobre México y sobre
Latinoamérica en general.
En Los Ángeles se publica también el diario que tiene la mayor circulación en el
país de los escritos en español, La Opinión, que cuenta con cerca de medio
millón de lectores diariamente. No puede quedar ninguna duda, por tanto, de que
los medios de comunicación en español favorecerán el mantenimiento del español
en Estados Unidos como lengua con una sólida importancia social.
Además, los hispanos se han convertido en un enorme y atractivo mercado para
todo tipo de empresas, las cuales, a pesar de los esfuerzos para suprimir el
español (y otras lenguas de inmigrantes) en contextos públicos, apoyan la
publicidad en español en los medios escritos y audiovisuales, publican manuales
de instrucciones y circulares en español, y ofrecen servicios en español.
La importancia del mercado latino y de la lengua española ha sido puesta de
manifiesto en un artículo del Los Angeles Times de 3 de agosto de 1998, que
informa de los resultados de una encuesta de alcance nacional sobre cómo gasta
su dinero la población hispana, señalando que el condado de Los Ángeles es el
mayor centro del mercado latino. En ella, casi un 80 % de los hispanos
entrevistados declara hacer uso de los medios de comunicación en ambas lenguas,
pero en enclaves con alta densidad de inmigrantes, como es el caso de Los
Ángeles, entre un 55 % y un 60 % de los adultos responde que prefiere la
publicidad en español y que comprende los anuncios en español mejor que en
inglés. Estos resultados animan a comerciantes, políticos y oficinas
gubernativas, entre otros, a tratar de llegar a los millones de hispanos menos
anglizados a través de los medios en español.
En conclusión, a las puertas del siglo podemos afirmar que el español y el
bilingüismo hispanoinglés no están desapareciendo en Estados Unidos. Más bien,
las comunidades hispanas a lo largo y ancho de esta nación son una prueba del
fenómeno sociolingüístico tan complejo que representa el bilingüismo de
sociedad. El español ilustra un continuo con niveles múltiples de dominio del
idioma por el que los hablantes van moviéndose hacia arriba o hacia abajo, ya
sea a lo largo de su vida o a través de generaciones, íntimamente entrelazados
con la lengua y cultura anglosajonas. Se trata de una situación dinámica que, en
caso de que se den condiciones sociopolíticas favorables, puede prolongarse por
muchos siglos y puede requerir, no a largo plazo, la normalización de una
variedad estándar de español de Estados Unidos.
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Recopilado
de: CVC Centro Virtual Cervantes
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