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La poesía se escribe cuando ella quiere.
José Hierro
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La lectura es la gran
proveedora de argumentos, la clave para que los demás te escuchen.
José Miguel Monzón
Historia del español
El
español, castellano o lengua española es una
variante lingüística altamente flexiva, con una
rica morfología. Su sistema fonético
(especialmente el vocálico) es simple, con sólo
cinco fonemas vocálicos /a, e, i, o, u/ y
diecinueve consonánticos /b, ?, ±, d, f, g, x,
k, l, {, m, n, ?, p, ?, r, s, t, ®/. Su sistema
morfológico es en general complejo, con una
morfología nominal reducida pero un amplio
paradigma verbal. Sintácticamente, es una lengua
transitiva, con un orden preferencial o no
marcado SVO (Sujeto-Verbo-Objeto: Elvira lee
libros), SA (Sustantivo-Adjetivo: camisa
blanca), preposiciones y no posposiciones (de
papel), y numerales cardinales antepuestos
(cuatro reales).
A la lengua española se
la considera constituida como tal en el siglo X,
en una zona al norte del Ebro, en el límite con
el vasco (que entonces llegaba hasta el sur de
la actual provincia de Álava), por lo que se ha
hablado de lengua vascorrománica. Tiene como
primera documentación las Glosas Emilianenses,
anotaciones a un manuscrito latino entre las
cuales se encuentra un texto más largo, una
oración, que dice así:
"conoajutorio de
nuestro dueno, / dueno Christo, dueno Salbatore,
/ qual dueno get ena honore, / equal duenno
tienet ela mandatjone / cono Patre, cono Spiritu
Sancto, / enos sieculos delosieculos. / Facanos
Deus ompipotes tal sebitjo / fere ke denante ela
sua face / gaudioso segamus. Amem"
[con
la ayuda de nuestro señor, señor Cristo, señor
Salvador, el cual señor tiene el honor, el cual
señor tiene el poder con el Padre, con el
Espíritu Santo, en los siglos de los siglos.
Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que
delante de su rostro seamos bienaventurados.
Amén]
A lo largo de los ocho siglos de la
Reconquista fue expandiéndose hacia el sur y
abriéndose en la llamada cuña castellana,
limitando la extensión de los otros romances
peninsulares e imponiéndose como lengua
literaria y científica. Tras el descubrimiento
de América en 1492 fue llevada a este
continente, donde se habla actualmente en los
Estados Unidos de América (donde es lengua
histórica de algunos estados, como California,
Arizona, Nuevo México y Texas, o lengua más de
inmigración en otros, como Florida); al sur del
Río Grande se extiende, en convivencia más o
menos marcada con diversas lenguas amerindias,
por México, Guatemala, Nicaragua, Honduras, El
Salvador, Costa Rica, Panamá, Cuba, Puerto Rico,
República Dominicana, Colombia, Venezuela, Perú,
Ecuador, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Argentina y
Chile. También es ampliamente usada en zonas del
Brasil, por la afinidad del portugués brasileño
y el español y por la expansión de ese país por
territorios de lengua española originaria. Por
el Pacífico se llevó a las Islas Filipinas y
Marianas, donde ha dejado huellas en las lenguas
locales, además de ciertos restos en sectores
limitados de la población y, a partir del siglo
XIX, se introdujo en África, donde se habla en
Guinea Ecuatorial y en la llamada República
Árabe Saharaui Democrática, campamentos de
refugiados en la frontera entre el Sahara y
Argelia, además de en las ciudades españolas de
Melilla y Ceuta, en el Mediterráneo. El español
europeo se habla en un amplio territorio de la
Península Ibérica (en parte de la cual convive
con el vasco, el gallego, el catalán y otras
hablas románicas, como asturleonés y aragonés),
en las Islas Canarias y, junto con el catalán,
en las islas Baleares. Las diferencias locales y
dialectales no impiden una gran cohesión y una
fácil inteligibilidad entre los hablantes,
apoyada en una literatura de gran prestigio.
Existen dos normas o criterios de corrección: la
norma peninsular, con el sonido /?/ para la
grafía z (o c delante de e, i), leísmo (uso de
le por lo) y mayor frecuencia del pretérito
perfecto compuesto (he cantado), por dar una
caracterización rápida; y la norma atlántica
(que en realidad empieza en Andalucia, por lo
que históricamente se llama sevillana), con
seseo, preferencia o uso exclusivo de ustedes
sobre vosotros, tendencia al uso etimológico de
los pronombres átonos y mayor empleo del
pretérito perfecto simple (canté). Se estima que
el número de hablantes del español hacia el año
2000 rondará los quinientos millones.
La
lengua española es conocida con dos nombres,
lengua española o lengua castellana, e incluso
con términos históricos como lengua española
castellana.
En un
libro cuyo título es ya por sí significativo
(Castellano, español, idioma nacional. Historia
espiritual de tres nombres), Amado Alonso habló,
en primer lugar, de cómo las nuevas lenguas
necesitan nuevos nombres, para identificarse
frente al latín. La distinción se inicia en
latín vulgar con el término romanice,
equivalente a romana lingua, frente a latina
lingua. Esta conciencia de cambio de lengua pasa
a las designaciones en las nuevas lenguas, y
así, p. ej., el castellano diferencia lengua
vulgar o romance de lengua latina (vb. gr., en
el proemio de la traducción de la Eneida por el
marqués de Villena).
Un tercer paso se da
cuando las designaciones romances incluyen la
referencia geopolítica: al valor identificador y
peculiarizante típico de lo castellano, frente
al latín y los otros romances, corresponden
términos como lenguaje de Castilla, nuestro
lenguaje de Castilla, nuestro romanz de
Castilla, el propio romanz castellano, el
castellano, en nuestra lengua, en el lenguaje
(junto a vulgar, romance, lengua vulgar, como se
ve en los títulos de los libros).
Poco a
poco se va implantando el término español, a
cuyos aspectos formales nos referiremos luego, a
medida que se va formando el concepto de nación
(y con un amplio valor hispánico, pues los
propios portugueses se incluyen en el
gentilicio, por su sentido latino de Hispania).
El término español, por tanto, --dice A.
Alonso-- comporta en su expansión un aspecto de
la ideología renacentista. Castellano, sin
embargo, persiste, y esa persistencia requiere
una explicación. Para darla, A. Alonso recurre
al recuento de títulos de libros, con lo que
quiere apoyar su criterio de que se debe a
inercia del arcaísmo; en efecto: castellano
domina en la primera mitad del siglo XVI de modo
amplio, aunque ya desde 1495 hay títulos en los
que aparece español. La abundancia de
traducciones aporta un buen material. El propio
autor, no obstante, señala que la argumentación
pierde fuerza si notamos que gran parte de los
usos de español no están en el libro en sí, sino
en glosas, apostillas, o sólo en registros (como
el de Hernando Colón) y bibliografías.
Una serie de circunstancias constituyen los
argumentos históricos enumerados como
explicación de la extensión de español. En
primer lugar, el carácter más amplio, que
empalma con la idea renacentista-imperialista de
universalidad. El castellano se siente sucesor
del latín; como instrumento nacional y político
la lengua se vincula al Imperio, y se extiende a
todos los pueblos que sostienen la idea, es
decir, a toda Hispania, haciéndose español. La
anécdota característica es bien conocida: el 17
de abril de 1536, lunes de Pascua de
Resurrección, el emperador Carlos V, de regreso
de Túnez, se dirigió en español al papa Paulo
III, los embajadores de Francia y Venecia y el
Consistorio Vaticano, para justificar su
política de enemistad con el rey francés, aliado
de los turcos, en un famoso discurso. En su
respuesta a la protesta del obispo de Mâcon,
embajador francés, por no haber usado la lengua
internacional de entonces, el latín, el
rey-emperador replica: "Señor obispo, entiéndame
si quiere, y no espere de mí otras palabras que
de mi lengua española, la cual es tan noble que
merece ser sabida y entendida de toda la gente
cristiana".
Sin entrar en disquisiciones
acerca de si Carlos I se había visto obligado a
hablar en español como consecuencia de su
deficiente conocimiento del latín (sobre lo cual
tenemos testimonios, algunos contradictorios),
no cabe duda de que del rey de España no podemos
decir que fuera castellano: nacido en Flandes y
nieto del rey de Aragón, Cataluña y Navarra, lo
castellano es sólo una parte de su propia
herencia personal.
Esta observación
coincide con el segundo argumento en favor de la
extensión de español (y que ya fue causa del
origen de la palabra misma): más allá de los
Pirineos se ve lo que los españoles, en común,
tienen de diferente frente a los otros pueblos,
y no se precisan particularismos, ignorándose la
peculiaridad de lo castellano. Los dos términos
siguen siendo intercambiables, sin embargo, lo
que puede observarse, por ejemplo, en la
referencia de A. Alonso al libro siguiente:
"Juan de Miranda publica en Venecia, 1569,
para los italianos de la Señoría, unas
Osservationi della lingua castigliana, y en
ellas habla con evidente satisfacción de "il
nostro spagnuolo idioma", y hasta con el título
mismo se continúa así: ´divisi en quatri libri:
ne quali s´insegna con gran facilita la perfecta
lingua spagnuola´.
En favor de español
interviene también un tercer argumento, el
paralelismo con los nombres de los otros idiomas
nacionales (francés, inglés, italiano), que el
autor une a un cuarto: la concepción del idioma
nacional coincide también con un cambio de forma
interior: "El nombre de castellano había
obedecido a una visión de paredes peninsulares
adentro; el de español/ miraba al mundo (p. 31).
Pese a todo, castellano persiste, lo que
hace necesaria una segunda explicación de su
supervivencia, que vaya más lejos de la simple
inercia de un arcaísmo; se va así al contenido
sociopolítico: "millones de campesinos han
sentido siempre la entidad nacional y sus
problemas mucho más débilmente que en las
ciudades", explicación que continúa en una
tercera, que sigue a la anterior también
lógicamente: puesto que castellano cambia su
contenido, ampliándolo y haciéndolo coincidente
con español, muchos autores pueden utilizar uno
u otro nombre. A partir de ahí se llega al uso
más curioso, por lo que supone de eclecticismo,
que es la unión de ambos adjetivos, en las
combinaciones castellana-española o
española-castellana, como en el Arte de Gonzalo
Correas.
Tras estas explicaciones de la
pervivencia de castellano, queda, sin embargo,
un quinto argumento a favor de español: desde
finales del siglo XVI, salvo rarísimas
excepciones (debidas a autores españoles que
escriben fuera de su patria), el término
aceptado mayoritariamente en los países
hispanohablantes para referirse a la lengua
común de España es el de español.
En esta
situación se plantea, según A. Alonso, el
conflicto, estudiado al recoger la opinión del
anónimo autor de la Gramática de la Lengua
Vulgar de España, que nos permite situarnos ante
un aspecto del problema que condiciona su
evolución: había un grupo de autores que seguían
usando "castellano"; este grupo no debió de ser
muy polémico, porque no hemos notado señales
ostensibles de encono. Otro grupo se resistía a
usar este nombre, porque le parecía que
equivalía a colocar a Castilla en lugar
preeminente. Notemos que todavía hoy podemos
notar esta actitud (en Andalucía, por ejemplo).
Cuando
se rechaza "castellano" quedan dos opciones: o
usar "español", o crear una designación nueva.
No obstante, el uso de español pudo no resultar
satisfactorio para algunos autores que tampoco
querían usar castellano, porque la lengua de
Castilla era (y es) una entre las varias lenguas
españolas. Llamarla lengua española sería así
otorgarle un privilegio injustificado. Esta
postura también es importante, porque se traduce
hoy en aspectos del problema en las regiones
bilingües.
La tercera solución, crear un
nuevo término, tampoco ha prosperado: el anónimo
de Lovaina usó lengua vulgar, pero la evolución
del significado de "vulgar", que de contrapuesto
a "latino" ha pasado a contrapuesto a "culto",
hubiera impedido la adopción de este término, en
todo caso. Tampoco esta solución parece ser muy
necesaria, porque hay que tener en cuenta que,
en la mayoría de los casos, el hablante no se
para a medir y calibrar las diferencias entre
uno y otro término. A. Alonso dice, en concreto,
que el hispanoamericano que dice "castellano" no
piensa, cada vez que lo dice, que esa lengua se
originó en Castilla. Se puede añadir fácilmente
que el gallego o catalán que oye decir "español"
en vez de su más usual "castellano" no se para a
pensar a cada momento que así se cambia el
esquema de equivalencias de las lenguas
peninsulares. La designación se percibe así como
un nombre propio, por lo que deja de sentirse lo
que pudiera haber de hiriente en el adjetivo
especificativo pospuesto (posposición tanto más
necesaria por tratarse de un adjetivo de
relación).
Tendríamos así que un sexto
argumento en favor de "español" coincidiría con
una cuarta explicación de la pervivencia de
"castellano": ambos han pasado a tener un valor
más cercano al nombre propio que a la
especificación originaria. A ello habría que
sumar, aunque cada vez con menos fuerza y como
quinta explicación de la pervivencia de
"castellano", una vaga conciencia de los
hablantes, con una antigüedad que remonta a
varios siglos, sobre el supuesto prestigio de la
lengua hablada en Castilla. A. Alonso cita
ejemplos renacentistas a los que todos podríamos
añadir esos elogios que se oyen con alguna
frecuencia, sobre todo entre el pueblo, sobre el
habla de Burgos o de Valladolid. No hace falta
insistir en lo impreciso de tales afirmaciones
generalizadoras.
Cuando A. Alonso
insiste, a continuación, con una magnífica
exposición de las ideas de los literatos del
Siglo de Oro (especialmente los no castellanos),
en la preferencia por español, y en cómo se
siente que lo español es unitario y universal,
lo hace para luego hablar del término castellano
en el XVIII como castizo y regionalizante. No
negamos con ello, de ningún modo, el interés y
valor de los argumentos de un Fray Luis de León,
Ambrosio de Morales, Herrera o Correas, pero sí
queremos insistir en la evolución del punto de
vista. Lo que se debate ahora es, básicamente,
un problema de prestigio: cuál es el ideal, el
modelo teórico de la lengua, si es que existe, y
no cuál pueda ser la mejor designación de esa
lengua.
Los argumentos que emplea Amado
Alonso al hablar del siglo XVIII pueden
puntualizarse en lo que se refiere a la
denominación de la Real Academia, su gramática y
su diccionario. La Academia se llama Española
por imitación de la francesa, y porque con esta
denominación no hay equívocos (puede ser
académico cualquier español, y no sólo los
castellanos). El diccionario, en cambio, es de
la lengua castellana, según las Actas del
14-XII-1793, y así será hasta 1924, pues a
partir de esta fecha será de la lengua española
(cambio de denominación que se extiende a todas
las obras y documentos académicos). La decisión
primera a favor de castellano no tuvo nada que
ver con que Castilla sea el solar de su idioma y
su árbitro, ya que ese papel arbitral no aparece
en parte alguna y, además, los académicos
creían, erróneamente, que la cuna del idioma era
astur-gallega. Rechaza luego la solución
centralista borbónica, pues el Diccionario de
Autoridades (primero de la Academia) se abre con
amplitud a las voces periféricas y se preocupa
especialmente de su recolección. La Academia
Española ha desarrollado una labor en favor de
los dialectos que no tiene parangón en
instituciones normativas similares. La
diferenciación castellano/español aparece en la
designación de los documentos oficiales, ya que
en los textos de los académicos (los Prólogos
del Diccionario, p. ej.) los dos adjetivos son
intercambiables. Sin embargo, los textos de los
académicos no se hacen siempre eco de la opción
institucional.
Aunque la Academia se
llame Española, en la Aprobación del Diccionario
(1724) por don Fernando de Luján y Sylva se lee:
"He visto con todo cuidado y atención el
Diccionario de la Lengua Castellana compuesto
por la Real Académia de ella". En el prólogo, en
cambio, se altera el adjetivo: "Entre las
Lénguas vivas es la Españóla, sin la menor duda,
una de las más compendiosas y expresivas"; "La
Léngua Españóla, siendo tan rica y poderosa de
palabras y locuciones, quedaba en la mayor
obscuridad..."; "El libro del Thesoro de la
Léngua Castellana. o Españóla, que sacó a luz el
año de 1611. Don Sebastian de Covarrubias [es el
título del libro]"; "A este sabio Escritor
[Covarrubias] no le fué facil agotar el dilatado
Océano de la Léngua Españóla"; "Como basa y
fundamento de este Diccionario, se han puesto
los Autóres que ha parecido a la Académia han
tratado la Léngua Españóla con la mayor
propiedad y elegáncia". Así se sigue hablando de
la Lengua Española y de Nacion Española y su
Léngua (p. 11).
En la p. IV habla de
Orthographia Castellana, y en la V, donde se
refiere a voces no usadas en el reino de
Castilla, pero aceptadas en el diccionario, y a
las de germanía, justifica la introducción de
voces de este segundo tipo "por ser casi todas
las dichas palabras en su formación
Castellanas". Luego ya habla de "voces
Castellanas antiguas" (ibid. pár. 11) para
hablar de "Léngua Españóla" en el pár. 12 (pág.
VI). En la p. VII, 618: "convertir... la voz
Castellana en otra Latina" y, a continuación,
"por evitar no volver la voz Españóla en otra
Latina". La pág. VII, pár. 22, incluye otro
ejemplo de "Léngua Españóla".
En el
prólogo, en resumen, español domina claramente a
castellano, a pesar del lengua castellana del
título.
Una prueba más de la sinonimia
castellano/español en lo lingüístico tenemos en
el cap. V, en el primero de los estatutos de la
Real Academia (pág. XXIX del Diccionario):
Fenecido el Diccionario (que como vá
expressado en el Capítulo priméro debe ser el
primer objeto de la Academia) se trabajará en
una Grammatica, y una Poética Españolas, e
História de la léngua por la falta que hacen en
España.
Sabiendo, como sabemos, que ha
sido redactado cada uno de los discursos
proemiales del Diccionario de Autoridades por
autor distinto, no extrañará que haya ligeras
divergencias en las preferencias por uno y otro
término. Frente a la vacilación registrada en el
Prólogo, escrito por don Juan Isidro Fajardo, se
observa una preferencia clara por lengua
castellana en la Historia de la Academia,
redactada por el P. José Casani. Nuestra última
cita nos mostraba otra vacilación en los
estatutos, a la que podemos añadir ahora la
importante precisión del primer párrafo del
Discurso Proemial sobre el Origen de la Lengua
Castellana (p. XLII), obra de don Juan de
Ferreras:
La Léngua Castellana. que por
usarse en la mayor y mejor parte de España
suelen comunmente llamar Española los
Extrangéros, en nada cede a las mas cultivadas
con los afanes del arte. y del estúdio.
El mismo P. Casani, de cuya preferencia por
lengua castellana acabamos de hablar, en su
discurso de las Etimologías emplea español como
equivalente a lengua española o castellana (p.
LX):
Las partículas compositivas en
nuestro Españól son...
A estos textos, ya
suficientemente explícitos, se puede añadir un
precioso testimonio, procedente de los Papeles y
Legajos de Gramática, descubiertos en la
biblioteca de la Academia por Ramón Sarmiento.
He aquí un interesante texto del tomo 1, fol. 21
a b:
La gramática española en primer
lugar deberá tratarse en el idioma propio, esto
es en castellano, por que haviendo de ser
precisamente su fin el de enseñar a hablar, y
escribir rectamente en el no puede ofrecerse
duda en que esto principalmente mira al español,
que por lo mismo que esta es su lengua, tiene
mas necesidad que el estrangero de saberla con
perfección, y por consequencia primer derecho a
la instrucción, por cuio medio lo ha de
conseguir.
La variación de términos
--gramática española, castellano, su lengua [del
español]-- se observa de nuevo, también por
razones de alternancia estilística, en otros
textos, como, a continuación, fol 21 d:
[Traducir la gramática al latín] puede hacerse
con la Gramatica española para hacerla mas
universal. Nuestro Maestro Correas puso en
español su Arte Castellana, y tambien Paton sus
instituciones.
No quiere esto decir que
la alternativa hoy se vea como una simple
variación estilística (aunque sea así en algunos
autores). Ya hemos indicado algunas preferencias
por castellano o por español: otras distinciones
históricas pueden haberse perdido, como la
preferencia del campo por "castellano" y de la
ciudad por "español", señalada por Amado Alonso.
Es probable que la cuestión, para las
generaciones más jóvenes, haya perdido interés
y, desde luego, virulencia. En el fondo, a menos
que se use uno de los términos con carácter
especificador e intención poco clara, casi nadie
se ofende porque su interlocutor emplee uno u
otro. Hay también otros usos, menos extendidos,
como idioma nacional, que en Argentina y México
alternó con castellano en cierta época y que
ahora pervive sin ciertas connotaciones pasadas,
salvo para los nostálgicos. También existen
idioma patrio, lengua patria, lengua nacional e,
incluso, idioma nativo. Otra solución puede ser
la apuntada por Menéndez Pidal en "La lengua
española", artículo inaugural de la revista
Hispania (California), 1918, publicado de nuevo
en el Cuaderno I del Instituto de Filología de
Buenos Aires. Don Ramón dejaba "castellano" para
la lengua del Cantar de mio Cid y "español" para
la lengua en cuyo florecimiento estético
colaboraron todas las regiones de España. Como
uso muy curioso de estratos rurales, entre
indios y criollos, tenemos hablar la castilla,
entender la castilla, y el uso de castilla como
adjetivo.
La pasión desatada en torno a
la denominación no ha sido motivada por un
nominalismo bizantino, sino porque detrás de
cada designación puede haber, en muchos casos,
una manera de interpretar la historia de España.
La historia espiritual de estos nombres
--concluye Amado Alonso-- no es nada más que la
enredada historia de los sentimientos y de los
anhelos, de la fantasía y de los impulsos
activos, nuestros y de nuestros antepasados
lingüísticos, con relación al idioma común.
La tendencia a la interpretación
regionalista de la constitución de España se
opone, por ejemplo, al centralismo de un país
fuertemente unitario, como Francia, cuya lengua,
hablada por senegaleses, polinesios, canadienses
o belgas, es tan "francés" como para los mismos
franceses. Coincide, sólo parcialmente, el
probiema de la denominación de la lengua (quizá
más en América) con el problema de designación
del inglés: English es el término general, y
también England es una región del Reino Unido,
región aglutinadora por más señas. En cambio,
los americanos diferencian su acento del de los
insulares con la oposición American
accent/British accent (y no English accent).
La conclusión pueden ser las palabras de
Camilo José Cela en el discurso inaugural del
Ateneo, que no llegó a pronunciar:
España
es país, o puzzle de países, con tantos
meridianos como vientos tiene la rosa de los
vientos, y ahí, precisamente ahí, reside su
riqueza. La cultura española, que es lo que debe
preocuparnos, puede y debe expresarse en
cualquiera de las cuatro lenguas españolas, y su
serena contemplación y su flexible convivencia
ha de ser el denominador común de nuestro
interés culto.
La diversidad
terminológica que hemos repasado, si se toma
como signo de riqueza, y no de disgregación,
ennoblece; por ello debe actuarse con la máxima
tolerancia en estos problemas de denominación, y
dejar que cada hablante, en cada región o país,
emplee la que considere más adecuada, sin
sobresaltos anacrónicos. Lo que no conviene
olvidar es que la designación de lengua oficial
no añade nada al lustre cultural de una lengua.
Con palabras de Cela, en el discurso citado,
podríamos decir que el castellano "es la lengua
común de todos los españoles. Repárese que es
más importante, bastante más importante, y
duradero y glorioso, ser la lengua de Cervantes,
de Quevedo y de Fray Luis, que ser la lengua del
Boletín Oficial del Estado.
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de Historia del Español
Español: palabra
extranjera
Fue el
suizo Paul Aebischer, en 1948, quien señaló
primero este origen necesario, tras insistir en
la imposibilidad de que de uno de los tres
gentilicios latinos (Hispanus, Hispaniolus,
Hispaniensis) pueda salir español. Esta última
palabra puede proceder, según las dos distintas
teorías, de *hispanionem o de *hispaniolem,
formas ambas reconstruidas, no documentadas en
latín. La primera forma, con evolución explicada
por el paso disimilatorio n - n > n - l,
difícilmente aceptable, fue apuntada,
dubitativamente, por Friedrich Diez y aceptada
por Meyer-Lübke y Menéndez Pidal. La forma
españón, sin disimilar, existe (aunque no muy
abundantemente documentada), pero falta
cualquier lazo que la conecte con español. Habrá
que volverse, por razones que Aebischer
desarrolla, a la segunda forma, lo que supondría
una derivación desde lenguas extrapeninsulares
y, concretamente, desde el provenzal, donde la
terminación -ol, sin diptongar, es abundante.
Esta es la tesis aceptada por Américo Castro y
Rafael Lapesa, para quien el romanista suizo
Paul Aebischer dilucidó el asunto de manera
definitiva. La prueba de Aebischer es
irrebatible, pues se apoya en testimonios de
español en el Languedoc desde el siglo XI,
incluso como nombre propio, lo que prueba un
arraigo de la denominación indiscutible. Desde
Provenza vuelve a entrar en la Península
Ibérica, con la oleada de términos que los
"francos" introducen en el siglo XII por las
vías de peregrinación y el dominio religioso de
Cluny. Así, M. Coll i Alentorn y Manuel Alvar lo
documentan en Aragón desde 1129 y 1131. En Soria
aparece en 1141; Ricardo Ciérvide lo halla en un
texto navarro de 1150, en Cataluña lo recoge
Aebischer desde 1192, Lapesa lo documenta en
Castilla a partir de 1191. Maravall señala,
utilizando el Cartulario de la Catedral de
Huesca, veinticuatro menciones de ´Español´, con
variantes en la grafía (variantes que no
incluye), que se extienden desde 1139 a 1211, lo
que daría una gran difusión nortearagonesa, en
coincidencia con el Bearne, anterior al paso a
la zona de Toulouse. Esta documentación nos
ofrece la forma español antes incluso que
españón (h. 1240-1250), lo que puede hacer
pensar que esta segunda forma sea acomodación de
la primera, según el tipo gascón, bretón.
La aplicación del término, por tanto, se da
primero a catalanes y aragoneses y más tarde a
los castellanos. Al rey Enrique III (r.
1390-1406) se refiere un decir de Alfonso
Álvarez de Villasandino, en el fol. 64 r del
Cancionero de Baena (h. 1445-54):
Rey de
grant /. magnjficencia muy poderoso /.
español pues / non escallenta el sol
otro de mayor / . prudençia sabet que / .
con mj dolencia yo no valgo /. un caracol
antes me juggan por ffol los dela / .
gaya çiençia
Español, pues, perteneció a
la misma oleada que aportó palabras que hoy son
tan castizas como solaz, donaire, fraile, monja,
homenaje o deleite. La razón por la que fue
necesario que viniera de fuera está ligada a una
visión también externa de la historia de España.
Los habitantes del norte de la Península eran,
todos ellos, cristianos, frente a los moros del
sur; entre sí eran leoneses, castellanos,
catalanes, etc., y con estas denominaciones
satisfacían sus necesidades comunicativas. Al
norte de los Pirineos, sin embargo, se imponían
otras denominaciones: el particularismo de
leonés o castellano no tenía ya objeto, lo que
el habitante de la antigua Galia buscaba era un
nombre que cuadrase a los habitantes de Hispania
(diferenciados de los moros). Cristiano no era
término que pudiera emplear, puesto que
franceses y provenzales eran también cristianos
y, por otro lado, a diferencia de los cristianos
de Hispania, para los de Francia y Provenza este
término era sólo religioso, no político:
necesitaban un término, por decirlo así, laico,
y español satisfizo esta necesidad. El término,
luego, hizo fortuna y fue adoptado por aquellos
a quienes designaba.
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de Historia del Español
La base del español
Al
estudiar históricamente una lengua (entidad que,
necesariamente, es histórica), tenemos que
considerar cuál es su antecedente lingüístico,
es decir, de qué otra lengua procede en lo
fundamental, de cuál deriva su léxico, han
evolucionado su Morfología y su Sintaxis, y
desde dónde se ha transformado su Semántica. En
el caso del español, debemos tener en cuenta que
su base es el viejo dialecto castellano
medieval, procedente del latín de Hispania. En
este latín hispánico perduran restos de las
lenguas prerromanas, anteriores a la
colonización itálica; restos no sólo en el
léxico (donde tampoco son demasiado abundantes),
sino en condicionamientos estructurales,
especialmente, parece, en la Fonología. Estos
son los llamados fenómenos sustratísticos, y las
lenguas prerromanas las lenguas de sustrato. El
ibérico, el vasco y el celta son los principales
sustratos del latín hispánico que evolucionó
hasta el castellano.
Esta evolución ha
sufrido, además, dos tipos de influencias: la
superestratística de la lengua, distinta,
hablada por la clase dominante durante una
época, pero que no llegó a desplazar a la lengua
latina evolucionada hablada por el pueblo en las
distintas regiones peninsulares; y la
adstratística o de contacto en inmediata
vecindad territorial, o parcial superposición.
Caso de superestrato es, en relación con las
hablas del sur, el griego bizantino hablado en
la Bética por los conquistadores del Imperio de
Oriente (desde la época de Atanagildo hasta la
de Suíntila, siglos Vl-VII) durante unos sesenta
años, o --asimismo-- el del germánico (en
distintas variedades) hablado por los pueblos de
esta etnia que conquistaron la Hispania Romana
(suevos, vándalos, alanos, visigodos). La
penetración e influencia real de estos
superestratos lingüísticos es bastante
discutible, porque, al menos en el caso de los
visigodos, parece poco probable que no hablaran
latín --más o menos germanizado--, teniendo en
cuenta que su larga migración hasta la Península
Ibérica les hizo recorrer, durante siglo y
medio, el Imperio Romano, desde el Danubio al
Tajo.
Después de estos superestratos, el
romance hispánico estuvo sometido a la compleja
influencia del árabe, que actuó de dos maneras;
como superestrato, en las zonas en las cuales
los sometidos hablaban romance y los
conquistadores musulmanes árabe, y como adstrato
o lengua vecina de contacto, en aquellas otras
en las que no se hablaba árabe (como lengua
natural de la sociedad), pero se sufría la
tremenda influencia del modo de vida y la
cultura de los musulmanes andalusíes,
arabizados, mucho más desarrollados y refinados
que los cristianos del norte. Ésta fue la última
gran influencia, por contacto directo, sufrida
por las lenguas romances peninsulares, que luego
irían recibiendo aportaciones de otros idiomas,
sobre todo italiano, francés e inglés, pero ya
sin la penetración en la constitución de la
morada vital que caracteriza a las aportaciones
del árabe.
Las lenguas de sustrato
A.
Tovar postuló, con razones bastante
convincentes, la existencia de una base
lingüística norteafricana que se extendería
hasta la Irlanda precéltica. Relacionados con
esta base estarían los dialectos iberos, y quizá
el vasco, lengua no ibérica.
Los iberos
ocupaban la zona suroriental de la Península, en
el centro estaban los celtíberos (que escribían
su lengua céltica con alfabeto ibérico), y en la
zona noroccidentai tendríamos que colocar
primero unos pueblos paracélticos, a los que se
sobreponen luego los celtas. Para Tovar es
fundamental el bilingüismo latino-celta de esa
zona noroccidental para explicar una serie de
fenómenos romances posteriores: lenición
(sonorización de sordas intervocálicas y
fricación de oclusivas sonoras), palatalización
e inflexión por yod (sonido palatal semivocálico
o semiconsonántico). La identidad de estos
pueblos anteriores a los celtas es muy discutida
y está en relación con el complejo problema de
los ligures, ilirio-ligures o ambroilirios,
pueblo cuya existencia y extensión habían sido
rechazadas por los investigadores, aunque ahora
parece necesario admitirlas.
Entre los
rasgos que parecen típicamente ligures podemos
citar el sufijo -asco de Viascón (Pontevedra),
Tarascón (Orense), Balasc (Lérida), Benascos
(Murcia), nombres que tienen relación con otros
topónimos que se extienden hasta el norte de
Italia. También parece ligur el conocido
Velasco, formado sobre bela ´cuervo´.
Ilirio-ligures parecen Badajoz y aquellos cuya
raíz es *borm, *bord o *born, así como el -ona
de Barcelona, Ausona y los derivados de *carau
´piedra´. Los ambrones aparecen en los topónimos
Ambrona, Ambroa, Hambrón de Soria, Coruña y
Salamanca.
Los celtas nos han dejado
nombres de antiguas ciudades fortificadas en las
que aparecen los sustantivos briga o dunum
´fortaleza´, como Coimbra, Besalú o sego segi
´victoria´, como Segovia. También es celta el
sufijo -acu de Buitrago (con sonorización). De
los ártabros de La Coruña es propio el sufijo
-obre muy frecuente en topónimos entre Coruña y
Ferrol.
Por medio de la escritura ibérica
se representan dos lenguas: el ibero (para la
que fue creada) y el celtíbero (para la que se
utilizó, aunque tiene sonidos irrepresentables
con la escritura ibera). Los intentos para
descifrar esta escritura, antes de Gómez Moreno,
se hicieron sólo sobre la escritura ibérica. El
primero fue Antonio Agustín (1587); en los
siglos XVII y XVIII varios investigadores de
origen nórdico intentaron clasificar monedas
hispánicas, suponiendo que estaban en letra
visigoda; en 1752, Luis José Velázquez (Ensayos
sobre los alfabetos de letras desconocidas)
señaló que debían hacerse comparaciones con
otros alfabetos y realizó una distinción entre
el celtibérico, fenicio y turdetano. Por fin, en
1922, Gómez Moreno publica su primer trabajo,
Epigrafía ibérica: el plomo de Alcoy, donde
aporta ya resultados, aunque sin decir cómo los
ha obtenido. Habrá que esperar a 1943, cuando,
en La escritura ibérica y su lenguaje explica
los pasos que fue dando hasta llegar a descifrar
la escritura ibérica.
El
ibero
Gómez Moreno llegó a la conclusión de que su
escritura era un semisilabario. Restableció las
cinco vocales y, después, las seis consonantes
(l, r, m, n y dos tipos de s), partiendo de
textos latinos donde aparecían nombres ibéricos,
sobre todo del Bronce de Áscoli, plancha que se
conoció en 1808 ó 1809.
Vio que no
aparecían consonantes aspiradas y que había seis
oclusivas sordas y seis sonoras, aparte de
cuatro signos claramente silábicos: ka, ke, ko,
ku. La p era muy rara y existía una nasal de
correspondencia no bien determinada. Recogiendo
todos estos datos, puede decirse que el
semisilabario consta de los siguientes
elementos: -- Un signo diferenciado para las
vocales. -- Un signo diferenciado para
líquidas y nasales. -- Dos tipos de [s]
-- Un signo único para cada grupo de oclusivas
combinadas con las vocales, sin distinción de
sordas y sonoras. -- La [p] no existía,
salvo en ejemplos escasos como luspana.
Fue aplicando el sistema, comprobándolo con los
topónimos conocidos y leyendo otros textos donde
había nombres parecidos o idénticos a los que se
leían en inscripciones hispanorromanas.
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de Historia del Español
El tartesio
Gómez
Moreno, en este caso, dudó en interpretar su
escritura como un semisilabario. En su última
obra, publicada en 1961, llamó a esta escritura
bástulo-turdetana. Recoge un texto de Estrabón
en el que se dice que los tartesios eran el
pueblo más culto de Hispania; otros autores
antiguos hablan de que tenían escritura y de que
ésta era de gran antigüedad. Puede dividirse
esta escritura en dos grupos:
a) La que
se encuentra en textos de la parte de Levante y
del sur (Murcia, Albacete, Almería..., hasta la
zona de Jaén). b) La puramente turdetana o
tartesia (Algarbe). Los textos de esta zona son
los que más problemas plantean, sobre todo
respecto a la carencia de uniformidad en las
opiniones sobre la antigüedad de los textos (se
consideran del siglo V o VI, pero Maluquer opina
que se debe pensar en los siglos II ó III; la
diferencia, pues, es muy grande).
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de Historia del Español
El plomo de Alcoy
La
escritura jónica del sureste (en terminología de
Gómez Moreno) o greco-ibérica (según Maluquer).
En Alcoy se descubrió un plomito hacia 1920 ó
1921 en el que se creyeron ver signos ibéricos.
Sin embargo, Gómez Moreno llegó a la conclusión
de que los dieciséis signos que tenía no podían
ser nada más que griegos. Es una adaptación
indígena de un alfabeto jónico.
Problema del celtibérico
En
Hispania no se hablaba un solo tipo de lengua
cuando llegaron los romanos. Algunas de ellas no
son indoeuropeas (el ibero) y de otras no se
sabe con seguridad si lo son (es el caso de los
textos del Algarbe, emparentados, según unos,
con las lenguas orientales y, según otros, con
la indoeuropea). Los demás restos lingüísticos
han de relacionarse con las lenguas
indoeuropeas, con un rasgo común a todos: un
cierto arcaísmo, ya que en Hispania acaban todas
las inmigraciones.
Sólo dos grupos de
lenguas se conocen por textos: el celtibérico y
el lusitano. Las demás se pueden estudiar
indirectamente, mediante la onomástica, la
toponimia, etc.
Centrándonos en el
celtibérico, los textos conocidos se encuentran
en el valle del Ebro, zonas próximas a Soria,
Guadalajara, Zaragoza, Burgos, Palencia, una
estela en Ibiza, Teruel y Segovia, y están
escritos en la misma escritura ibérica (los más
tardíos, en latina). Hay incluso monedas con las
dos escrituras: latina e ibérica. Nos
encontramos aquí con el terreno mejor conocido
desde el punto de vista lingüístico, ya que
aparecen desinencias casuales, formas verbales,
partículas..., que, por lo que sabemos del
latín, griego u otras lenguas indoeuropeas,
pueden reconstruirse aunque no traducirse.
Contamos con dos bronces: el de Luzaga
(relativarnente reciente) y el de Botorrita. Con
el celtiberismo del primero no ha habido
problemas; sí con el de Botorrita, texto
considerado como el más largo del celta
continental. Posee dos caras, con 11 y 9 líneas
escritas respectivamente. Como es tardío, no es
de extrañar que contenga algunos latinismos (ya
estaban los romanos en Hispania). El problema
esencial que plantea el bronce de Botorrita no
es el de la lectura, sino el de la traducción
del texto leído. Muchos especialistas (Lejune,
Tovar, Hoz, Michelena) opinan que corresponde a
una lengua indoeuropea. La cuestión se relaciona
con la extensión de los celtíberos y su lengua,
que pudo llevarse hasta cerca del Ebro, pero que
utilizó el alfabeto ibérico y que, en la época
tardía en que fue labrado el bronce se habría
insertado en un nuevo sistema. (Se data en el
siglo I a.C.). La publicación del bronce hallado
por Antonio Beltrán en Botorrita, cerca de
Zaragoza, es, sin duda, el testimonio más
importante de las lenguas prerromanas de
Hispania que se nos ha conservado.
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de Historia del Español
Vascoiberismo
Desde
el siglo XVI se ha hablado del parentesco entre
el ibero y el vasco. Antonio Beltrán opina que
las coincidencias no han llegado a permitirnos
traducir el ibero por el vasco actual y bien
podría afirmarse que no existe identidad entre
uno y otro idioma en la forma que los conocemos.
Es difícil que se trate del mismo idioma o que
el vasco moderno derive directamente del ibero;
pero es innegable que tiene relaciones que, a
veces, son muy profundas, lo que nos obliga a
pensar en una raíz común que explicaría las
lecturas que él aporta.
"En cuanto a los
lazos que existieran entre el vascuence y los
otros idiomas prerromanos de la Península --nos
dice Rafael Lapesa--, el problema lingüístico
suele aparecer mezclado con cuestiones étnicas.
Hoy no suele admitirse una comunidad racial; hay
quien admite que los dos pueblos son ramas
distintas de origen caucásico, pero la
procedencia africana de los iberos parece
indudable", e incluso se puede pensar en un
posible influjo de los iberos sobre los vascos,
pueblo menos elevado culturalmente.
Así
pues, hoy predomina una inclinación por separar
el vasco del ibero, atribuyendo el primero a la
capa hispano-caucásica y el segundo a la
euroafricana. Se suma a ello el problema de que
no sabemos casi nada del vasco arcaico y que la
lengua que hoy se habla, llena de latinismos,
castellanismos y galicismos, bien puede estar
también llena de iberismos, lo que explicaría
las coincidencias (más bien escasas, según
Tovar), que han dado pie a la tesis vasco
ibérica, del tipo iri/ili ´ciudad´, berri
´nuevo´. Una idea de la complejidad de la
cuestión puede darnos este párrafo de Tovar:
"Especialmente resonante ha sido la
coincidencia señalada ya hace más de veinte años
entre la inscripción ibérica gudua deisdea (...)
y las palabras vascas gudu guerra y dei >
llamada => deitu ´llamar´. La dificultad mayor
es que gudu parece ser un préstamo germánico en
el vasco, y dei, sobre todo en la forma verbal
deitu, recuerda demasiado al románico dictu. Sin
embargo, A. Beltrán ha señalado otras formas
iberas (bangudur iradiar: otro gudua aparece hoy
en Ensérune LXVII 15) que podrían probar, al
menos, la vitalidad de una raíz gud(u), en
ibero."
Tras señalar una serie de
coincidencias, Tovar se inclina por un
parentesco ibero-vasco, pero en un nivel
proto-histórico, profundamente diverso al de las
lenguas resultantes, en familia genealógica, de
la expansión de un dialecto más o menos unitario
y que forman los grandes troncos que han ocupado
el viejo continente.
En relación con
estas lenguas están los sufijos -occu, que dará
la terminación -ueque -ueco de Aranzueque,
Barrueco, y el sufijo -enus -ena -én, muy
abundante en los topónimos.
Al sustrato
vasco-ibérico (pues ambas lenguas coinciden en
ello) se debe la aspiración inicial y pérdida
posterior de la f- inicial latina, como demostró
Menéndez Pidal (lat. filiu, cast. hijo; lat.
filu, cast. hilo vasco iru), así como la
inexistencia en vasco y castellano de una v
labiodental, similar a la francesa o italiana.
Ibero, vasco y castellano tienen cinco fonemas
vocálicos idénticos. Otros rasgos son propios de
las zonas dialectales más inmediatamente en
contacto con el vasco y aparecen abundantemente
documentados en la Historia de la Lengua de
Rafael Lapesa.
Para completar esta
situación sustratística hemos de decir que
aparece en el español una cierta tendencia a
formar derivados mediante un sufijo cuyo único
rasgo permanente es que lleva una vocal a y es
átono: relámpago. Las alternancias prueban que
las consonantes son indiferentes: murciélago,
murciégalo, murciégano. Como una breve nota
referente al léxico, del índice de palabras del
Diccionario Etimológico de Corominas y Pascual
(Vasco, Ibérico e Hispánico no Indoeuropeo)
podemos seleccionar cueto, chabola, izquierdo,
gabarra, a las que podemos añadir barro,
manteca, nava, perro. Una serie de palabras
célticas penetraron en el latín, como camisia
´camisa´, lancea ´lanza´ y cereuisia ´cerveza´ .
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de Historia del Español
Onomástica
Cuando
se trata de lenguas poco o nada documentadas, es
imprescindible recurrir a medios indirectos: el
estudio de los nombres propios, la onomástica, y
sus variedades (toponimia, teonimia,
antroponimia, etc.). Señala Mª Lourdes Albertos
Firmat que "tal vez uno de los problemas que
presente la onomástica no sólo a nivel de
toponimia, sino más aún en cuanto a la
antroponimia y a los nombres de instituciones o
de dioses, es que hay que tener en cuenta que su
significación no es exclusivamente lingüística,
sino que tiene un contenido sociológico, étnico,
cultural, y esto hace que aquí la investigación
roce otras ciencias, principalmente la etnología
y la arqueología".
Para ella, el
testimonio antroponímico debe presentar ciertas
condiciones: tratarse de nombres correctamente
leídos, que no se trate de hallazgos aislados,
tener en cuenta los nombres latinos que pueden
ser homófonos, traducciones o acomodaciones de
los nombres indígenas.
El documento más
importante para conocer la onomástica personal
ibérica es el Bronce de Áscoli, texto fechable
en el año 89 a.C., y en el que se mencionan
treinta jinetes indígenas --la Turma
Salluitana-- a los cuales fue concedida la
ciudadanía romana, así como otras recompensas
militares. Los elementos característicos de
estos nombres se repiten en otros conocidos por
la epigrafía latina de la Península, y sirven
para comprobar los que se pueden recoger de los
textos en lengua ibérica. (Una de las pocas
veces que aparece la p lo hace en este bronce.)
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Toponimia
Los
principales especialistas en los nombres de
lugares han sido Joan Corominas, para el catalán
y los topónimos de esa área y la pirenaica
(muchos de ellos prerromanos), Miguel Asín y
Elías Terés para al-Andalus; pero son muchos los
estudiosos que han contribuido con menor número
de trabajos. La preocupación es muy antigua.
Humboldt, ya en 1821, se ocupó de manera
especial de los topónimos, pero llegó a la falsa
conclusión de que la Península era un dominio
lingüístico uniforme, a causa de no disponer de
una gramática histórica vasca y de no poder
recurrir a inscripciones ibéricas (no
descifradas todavía). Se interesó especialmente
por los nombres compuestos de -briga encontrados
en los territorios donde se hallaban celtas,
celtíberos y otros pueblos.
Posteriormente, D´Arbois consideró la lengua de
los ligures como indoeuropea y creyó encontrar
restos del idioma en los topónimos: "La
presencia de los ligures en España está
atestiguada por veintiún topónimos modernos
terminados en -asco -asca -ascon -usco y que se
encuentran en el Noroeste, Centro y Este de
España." (Los celtas en España 1904).
En
los años siguientes a las investigaciones de
Menéndez Pidal, los autores se han venido
ocupando más de las inscripciones en lenguas
vernáculas y de la antroponimia que de la
toponimia. Los resultados fueron resumidos por
Ulrich Schmoll en Las lenguas de los
indoeuropeos precélticos de Hispania y el
celtíbero (1959) donde también tiene en cuenta
los topónimos.
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de Historia del Español
Otros aportes
Además
de estas lenguas prerromanas peninsulares que
hemos ido viendo, tenemos que tener en cuenta
que las colonizaciones fenicia, griega y
cartaginesa aportaron elementos lingüísticos
propios, que hoy vemos reflejados en la
toponimia: Cádiz, Málaga, Ampurias, Rosas.
El latín de Hispania
Dos
notas esenciales parecen caracterizar el latín
hispánico: arcaísmo y dialectalismo itálico.
Para explicar su carácter arcaizante se han
aducido razones diversas, algunas basadas hasta
en supuestos psicológicos, poco seguros, dada la
lejanía de la época. Factor determinante de ese
arcaísmo, en el que coinciden la mayor parte de
los investigadores, es, al parecer, la
antigüedad de su colonización; pensemos que el
desembarco romano tiene lugar en el 218 a.C. Por
otra parte, el apartamiento geográfico de la
Península respecto del centro del Imperio fue
otra causa favorecedora de que su latín cambiase
con menos rapidez. Ese alejamiento puede
explicar las coincidencias léxicas que existen
entre el español y los romances que, como él,
estaban más alejados de la metrópolis. Así, las
coincidencias del español con el rumano son
abundantes: R. Lapesa señala cómo, en lugar del
latín clásico inuenire, el lenguaje vulgar
acudió a una metáfora propia de la caza: afflare
´resollar el perro al oler la presa´ pasó a
significar ´encontrar´ (cast. hallar port. achar
dialectos meridionales de Italia ahhari, asá,
siciliano asari, dálmata aflar rum. afla). De
los adjetivos de igual significación pulcher y
formosus, el primero no pasó al latín vulgar,
mientras que formosus, más popular, subsistió en
el cast. hermoso port. fermoso y rum. frumos
frente al centro de la Romania, donde triunfó el
vulgar y más reciente bellus (fr. beau, ital.
bello) que en castellano (bello) es literario.
Estos ejemplos serían aumentados fácilmente.
Estas coincidencias entre el español y los
romances meridionales, orientales y de zonas
aisladas no sólo tienen lugar en el plano
léxico, sino también en el gramatical. Así, para
sustituir a los comparativos sintéticos latinos,
dulcior, nitidius, los romanos, siguiendo la
forma latino vulgar, tenían opción a perífrasis
del tipo magis o plus + adjetivo en grado
positivo, magis o plus dulcis; mientras plus
triunfaba en el centro de la Romania, magis era
preferido por el rumano y los romances
peninsulares, aunque la comparación con plus no
fuera desconocida en España (plus aspero glosa a
asperius en las Glosas Emilianenses). En el
verbo, por poner otro tipo de ejemplos,
castellano, catalán y portugués conservan el
pluscuamperfecto latino en -eram total o
parcialmente convertido en subjuntivo; este
fenómeno, fuera de la Península, sólo se observa
en provenzal y en dialectos del sur de Italia.
También Sicilia y el sur de Italia se unen a los
romances peninsulares en la conservación de los
tres demostrativos, este ese aquel, a partir de
iste ipse y *atque eccum ille o *atque ille,
frente a la reducción a dos, para indicar
proximidad y lejanía, característica del resto.
En otras ocasiones, las lenguas romances
peninsulares y las de la Romania oriental
concuerdan en usos ajenos al latín clásico,
frente a la Romania central, aquí conservadora.
R. Lapesa interpreta estas coincidencias como
resultados casuales de evoluciones
independientes entre sí, o bien como
innovaciones generales en toda la Romania, en un
momento dado, olvidadas en la Galia y en Italia,
pero no en el resto: es lo que sucede con
quaerere como sustituto de velle ´querer´; el
francés y el italiano actuales tienen derivados
de volere (vulgar por uelle), si bien en épocas
anteriores la situación pudo ser más parecida a
la del castellano actual; así, el francés
antiguo conoció también querre ´desear, querer´,
ahora obsoleto. También se manifiesta el
arcaísmo del español al comprobar que algunos
rasgos de la época clásica, desaparecidos en el
resto del Imperio, se conservan en la Península:
por ejemplo, los numerales de decena conservaron
la acentuación clasica -agínta y derivaron en
-enta, frente al resto de la Romania, donde hubo
cambio de acento, -áginta, y evolución posterior
a -anta.
Antonio Tovar, al estudiar los
aspectos léxicos de la romanización en el latín
hispánico, recoge como arcaísmos léxicos de los
dialectos románicos de Hispania las voces, oír,
hermoso, mesa, comer, hablar, feo, heder,
enfermo, ir, malo, madera, mujer, preguntar,
querer (de ´desear´ y de ´amar´), trigo, barrer,
pedir, ciego, cojo. Insiste en el carácter
arcaizante, al tiempo que trata de conciliar la
tesis de la uniformidad del latín vulgar con la
de una distinta evolución regional que sería
continuación de las diferencias existentes entre
los dialectos de los colonizadores. Cree que
existió una unidad básica, que permitia la
intercomunicación; pero con una serie de rasgos
peculiares de unas regiones, no compartidos por
otras. Los escritos de los autores romanos que
estuvieron en la conquista de Hispania son, en
este sentido, una valiosa fuente de información
en la que rastrear palabras o usos hispánicos
introducidos en el latín general. En Catón, por
ejemplo, pueden recogerse términos que descubren
algunos rasgos de la implantación del latín;
así, en la agricultura y el menaje, tenemos
lebrillo, trapiche ´molino de aceite, luego de
azúcar´ y pocillo, palabra que, según Corominas,
no tiene correspondencia en ninguna otra lengua
románica y que no figura en el Diccionario
etimológico románico de W. Meyer-Lübke. Otra voz
recogida en Catón pero que ya no pertenece a la
agricultura, sino a la cocina popular, es
mostachón ´pasta de mazapán´.
Un fenómeno
curioso es el de las palabras tomadas de la
jerga soldadesca que han sufrido un proceso
semántico de ennoblecimiento. En Lucilo se
encuentra rostro, que originariamente tenía el
valor de ´morro´, ´jeta´. Hay algo similar en
varón, cuyos valores eran los de ´necio´
´bruto´, ´ganapán´ o ´atleta´, en el sentido
peyorativo que hoy damos a hércules o tarzán.
Como términos insultantes se recogen también
gumia, esp. gomia ´tragón´, y comedone
´comilón´. Este verbo comedere, más antiguo, ha
sido conservado en español y portugués, frente
al tardío manducare que pasa al resto de la
Romania.
Otros términos arcaicos que se
han ennoblecido son cabeza y pierna desde
´cabezón´ y ´pernil´, respectivamente. Para
berrido, que Corominas y García de Diego harán
derivar de uerres ´verraco´, señala Tovar que
pudo quedar en España la voz barritus con que
los romanos designaban el "berrido" del
elefante. Cansar y harto pertenecen también a
estos elementos léxicos.
Desde el punto
de vista morfológico destacan otros dos
arcaísmos, el relativo cuius ´cuyo´, que se
encuentra en la literatura de los siglos de la
conquista, y el adverbio demagis ´demás´. De
formas antiguas provienen asimismo nada, nadie,
ninguno y sendos. Nada y nadie son formas
originadas, al parecer, en el latín del teatro,
en Plauto y Terencio, en cuyas obras aparece la
expresión res nata con el sentido de
´circunstancias, tal como están las cosas´; por
su empleo en negaciones, según señala Corominas,
pudo tomar el valor del español actual nada.
Nata causa aparece en un documento leonés del
siglo X, y tiene un paralelo en natus nemo, del
cual provendría el antiguo nadi (actual nadie).
Para el origen de ninguno acude Tovar a la forma
ningulus, que se encuentra en Ennio, rechazando
la opinión de Meillet según la cual esta última
forma era una creación del poeta, a lo que
replica que también se encuentra en Marcio.
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de Historia del Español
La colonización
suritálica
En lo
que respecta a los orígenes dialectales del
latín de Hispania, hemos de considerar la tesis
de Menéndez Pidal, aceptada básicamente por A.
Tovar y R. Lapesa, pero no así por Sebastián
Mariner, de una colonización osco-umbra de la
Península Ibérica, a la que llega al comprobar
que tanto Hispania como el sur de Italia
coinciden en los resultados de una serie de
fenómenos. En la Península Itálica esa zona
estaba habitada por pueblos indoeuropeos, oscos
y umbros, hablantes de lenguas muy próximas al
latín, pero diferenciadas en una serie de rasgos
característicos. La tesis de esta colonización
se basa en varios argumentos, de distinto valor:
La Tarraconense, una de las primeras
regiones conquistadas, y el sur de Italia
ofrecen una importante cantidad de topónimos
idénticos. Tomemos algunos ejemplos de Menéndez
Pidal: en la región del Ebro hallamos Lavern,
pueblo, y Lavernia, apellido, que repiten un
nombre frecuente en Italia, Lavernium en la
Campania, y Lavernae. Tres pueblos con el nombre
de Abella, en Lérida y Huesca, repiten el nombre
de Abella, fortaleza de Campania, etc. Uno de
los más discutidos (y discutibles) es Osca,
correspondiente al gentilicio de los oscos y al
topónimo hispano de donde podría haberse
originado Huesca. Que el Osca antecedente de
Huesca sea itálico es discutido por algunos
investigadores, especialmente Rohlfs, partidario
del origen céltico: osca ´huerto´. En monedas de
Huesca en alfabeto ibérico aparece (b)olscan.
Tenemos también las asimilaciones y
sonorizaciones consonánticas en las que
coinciden Hispania, Gascuña y el sur de Italia.
La asimilación MB > mm > m se inicia, en la
Península, en la cuenca del Ebro. Los documentos
de los siglos X y XI nos muestran ejemplos de
Cataluña, Cantabria y de la meseta del alto
Duero hasta Sahagún. Desde Castilla se extiende
el fenómeno hacia el sur. Los ejemplos de
asimilación que se encuentran en el territorio
mozárabe (romance en tierra musulmana) son
escasos y tardíos, debidos probablemente a
influjo castellano. La reducción de mb a mm se
da en toda la Italia central y meridional,
incluida Sicilia. El vasco no presenta
asimilación, aunque se oyen reducciones
ocasionales en pronunciación rápida.
La
asimilación de ND > n es general en gascón; fue
abundante en aragonés antiguo y escasa en el
antiguo castellano del norte y en leonés
antiguo. Es rasgo característico del antiguo
osco-umbro y es corriente, hoy, en el centro y
sur de Italia y Sicilia.
Un tercer grupo
evolucionado es LD > ll > l, mucho menos
frecuente. Se encuentra algún ejemplo en
Cataluña, como Besalú (Gerona, de Bisaldunum,
con un dunum céltico), en Aragón, en Castilla y
León y en textos de la Alta Edad Media; pero son
siempre casos aislados. En las lenguas del
nordeste de Hispania se encuentran las formas
Iluro, Ilerda ?Lérida?, y Salluie, Saluie junto
a Salduie. En Italia la asimilación, que se da
en el centro, sur y las islas, es más
importante; pero es, a su vez, menos frecuente
que la de MB, ND.
Otro punto en el que
la Península Ibérica y el Sur de Italia
presentan coincidencias de resultados es el de
la sonorización de las sordas t p k tras n l r.
El área de extensión de este fenomeno es más
restringida que en los casos anteriores. Tiene
alguna vitalidad en alto aragonés, en el gascón
del Sur de Bearne y en el del valle de Arán;
tuvo, en otro tiempo, más importancia en Jaca,
Cataluña y en territorio valenciano. En Italia,
el antiguo osco-umbro sonorizaba tras n; hoy la
sonorización suritaliana es característica del
centro y sur, aunque sin demasiada extensión. En
cuanto al vasco, para el que Menéndez Pidal
señala algún ejemplo aislado de sonorización en
el caso de nt y lt, hay que tener en cuenta las
investigaciones de Fernando González Ollé. El
análisis de algunas formas de las Glosas, del
vocabulario actual dialectal y de la toponimia,
aunque restringido a un corto muestreo (5 casos
de NK, 3 de NT, 1 de NP y otro de RP), le lleva
a concluir que el fenómeno de la sonorización
fue también conocido en riojano. Este fenómeno
le parece indudablemente relacionado con el
vascuence (aunque señala, remitiendo a la
Fonética Histórica Vasca de Luis Michelena, las
limitaciones geográficas y contextuales de la
sonorización de NT en las palabras latinas y
romances primitivas incorporadas al eusquera).
En este sentido, señala este argumento como una
de las pruebas del carácter euskaldún
(vasco-hablante) del glosador, a quien también
se deben, como glosas, las primeras frases que
conservamos en lengua vasca. Estos datos no
contribuyen precisamente a reforzar la tesis
suritálica, a menos que las supongamos rasgo
italico en el latín de colonización y de ahí
extendido al vasco.
Curtis Blaylock,
aunque fundamentalmente opuesto a la tesis
suritálica, afirma que en relación con este
hecho se sitúa también la repetición de los
pronombres personales con la misma función en el
mismo contexto, como sucede en los casos:
"Le he dicho a él lo que querías" "Le he
dicho a ella lo que querías"
Con esta
repetición de pronombres, perfectamente
correcta, se soluciona la anfibología de la
forma de objeto indirecto a tras nasal donde
etimológicamente había una sorda. Para la
reducción de ND a nn conviene tener en cuenta
que esta nn no evolucionó a nasal palatal, lo
que puede ser indicio de asimilación tardía.
Finalmente, en otras dos circunstancias más
se observan coincidencias entre los dialectos
del sur de Italia, Sicilia y Cerdeña y los
romances hispánicos: el caso de r- inicial de
palabra que se refuerza en rr- (múltiple), en
catalán, castellano, portugués y gascón, igual
que en siciliano, sardo e italiano meridional, y
el de l- inicial de palabra que, junto a la
geminada -ll- interior da, en unas zonas (no en
castellano, donde tienen evolución distinta)
resultado palatal (tipo -ll- o tipo -y-) y en
otras un resultado cacuminal (con la lengua
vuelta contra el cielo del paladar (dd, ts, d,
t, ch vaqueira). De este modo los resultados que
aparecen actualmente en el sur de Italia (lluna,
luna, dana, ddengua) se corresponden con
dialectos románicos hispánicos (catalán lluna,
llana, llengua, asturleonés lluna, llana,
llingua, romance andalusí yengua). Menos
importancia tiene el refuerzo de N- inicial,
hasta Y-, en astur-leonés regional y en el sur
de Italia, esporádicamente.
Menéndez
Pidal es insistente en señalar cómo, si bien
algunos de los fenómenos vistos pueden
encontrarse en zonas distintas de las
mencionadas (como el paso de mb a mm en
dialectos franceses), nunca tiene la misma
firmeza y extensión que en las dos penínsulas
mediterráneas.
A los argumentos citados
podemos añadir que Rafael Lapesa y Silva Neto
han señalado la importancia de formas como las
catalanas, nu, uytubre, cast. nudo, octubre,
port. outubro, que exigen una U larga, nudus
octuber en vez de la latina normativa nodus,
october con O larga. Este hecho podría ponerse
en relación con el vocalismo osco, que tenía u
donde el latín presentaba O. La forma OCTUBER
aparece ya en el año 119 en una inscripción de
Pamplona. En favor del elemento itálico en el
latín hispanico, E. Vetter señaló el precedente
umbro fui como pasado a la vez de esse y de ire.
Otro dialectalismo léxico, señalado por Tovar,
es, probablemente, tierno port. terno para el
cual supone una evolución desde la forma sabina
(otro dialecto itálico) terenum en vez de una
metátesis del latín tener. Dialectalismo de
colonización sería también el uso de tenere en
vez de habere en español y portugués, como ha
señalado Meillet, así como la conservación del
neutro de materia (sidra nuebo) en asturiano
central. Dámaso Alonso, en la Enciclopedia
Lingüística Hispánica, además de recoger estos
rasgos apuntados, insiste en la coincidencia
entre el español y las hablas del sur de Italia
en el uso de preposición ante objeto directo
personal: ha visto a tu padre. Al otro extremo
de la Romania, el rumano especializa en este uso
no la preposición a sino pe (á PER): vad pe
Petru ?veo a Pedro?.
En lo que concierne
a la metafonía (inflexión de la tónica por la
final), tal como se da en asturiano central:
pirru/perros, de gran incidencia en el sur de
Italia, donde condiciona la diptongación, sería
necesario determinar previamente si la metafonía
asturiana, que parece un fenómeno relativamente
moderno, puede remontarse hasta un influjo de
colonización.
Por último, un dato
importante podría ser el suministrado por la
antroponimia, estudiada por P. Aebischer y que,
al parecer (según carta de éste a Menéndez
Pidal, en 1954), permite concluir que la inmensa
mayoría de los gentilicios latinos usados en
Hispania provienen de la mitad sur de Italia.
Estos rasgos afectan al latín básico,
impuesto, a su vez, sobre las lenguas de
sustrato, y al que se fueron imponiendo las
sucesivas capas de colonizadores romanos, hasta
llegar a una uniformidad lo suficientemente
grande como para permitir la intercomprensión
entre las distintas variedades regionales,
progresivamente diferenciadas, especialmente
como consecuencia de la fragmentación de la
Romania por las invasiones bárbaras y,
particularmente, por las alteraciones
sociopolíticas de la Península Ibérica a lo
largo de la Reconquista y la acción
diferenciadora del más eusquerizado de todos los
dialectos románicos peninsulares, el castellano.
Germanismos
El
elemento germánico en español ha sido
sobrevalorado, en parte por el designio de
"borrar la mancha semítica" de ciertos
investigadores, y parte de la conciencia
general, y en parte también por su propia
importancia parcial, literaria, sobre todo en la
épica, muy superior a su aportación lingüística,
aunque aquí también conviene deslindar muchos
terrenos.
La mayor parte de los
elementos germánicos que sobreviven en español
provienen directamente del latín vulgar, o de
otras lenguas románicas, principalmente del
francés, siendo escasas las formas que han sido
tomadas directamente de un idioma germánico.
Gamillscheg, en la Enciclopedia Lingüística
Hispánica afirma: "Las palabras germánicas,
atestiguadas hasta el año 400, en los escritores
latinos o en inscripciones, son muy raras y no
desempeñan ningún papel en el vocabulario
español". Palabras como *marrire, superviviente
en esp. antiguo como marrido ´apenado´,
´afligido?, hoy amarrido, pueden pertenecer a
este período. Gamillscheg considera, teniendo en
cuenta que no existe en la Península el verbo
(a)marrir, que este participio (a)marrido ha de
proceder directamente del provenzal marrit.
Esmagar ´apretar´, ´estrujar´, que se encuentra
en Salamanca, en gallego y en portugués, puede
pertenecer al estrato más antiguo de los
germanismos. Corominas afirma que se encuentra
en todas las lenguas romances occidentales, y lo
explica desde un gótico magan ´tener fuerzas´, o
forma emparentada, con un prefijo ex- que cambia
el significado de un radical en su contrario:
sería una formación latino vulgar.
La
penetración de elementos germánicos en el mundo
románico aumenta notablemente a partir del siglo
V, con la fundación de los estados visigodos en
el sur de la Galia, con Tolosa como capital, y
la extensión de los francos en el norte. De ahí
penetrarán en español estos elementos.
Las voces de la jurisdicción, administración y
organización germánica penetran primero en el
latín vulgar, medio natural de entendimiento
entre los pobladores romanos y los germanos
invasores ("federados"); una vez latinizadas, su
extensión es rápida y tiende a la uniformidad.
Después, con la romanización de los germanos,
pasarán al latín de éstos una serie de voces que
se extienden luego a la población autóctona, que
imita el modelo de sus dominadores. Son estos
los que denomina Gamillscheg reliquias del
lenguaje.
Las formas germánicas que
penetran más tempranamente en el latín vulgar
provienen de los visigodos, quienes, no
olvidemos, se encontraban muy romanizados ya al
llegar a Aquitania, por su estancia anterior en
la Dacia y oriente del Imperio. El conocimiento
que poseían de la lengua vulgar hizo que
integraran en el sistema latino algunos
radicales de su idioma. Así, el verbo garêdan
´abastecer´ se latiniza en corredare (el prefijo
cum latino sustituye al germánico ga) cast.
correar. En otros casos, es el prefijo latino ad
el que se construye con un radical gótico, como
rêths ´cuidado´ ´provisión´: arredare esp.
arrear ´adornar´.
La población franca,
más numerosa que la goda, tiene una gran
influencia en la fragmentación y evolución de la
Romania; en el latín vulgar penetran también
voces francas, tan influyentes que incluso
llegarán a eliminar germanismos góticos ya
implantados: sucede así con yelmo, que era elmo
en antiguo español, procedente del gótico hilms
y que fue sustituido progresivarnente por la
forma yelmo, derivada desde el franco hëlm. Esta
misma influencia franca se muestra en la
existencia de formas dobles (dobletes) como
espía (gót. spaíha) al lado de espión, de origen
franco-francés. San Isidoro de Sevilla usa la
forma latinizada guaranem, warranem procedente
del gótico *wrainja, pero es el franco *wrainjo
el que sobrevive en el español garañón.
Los elementos francos han podido penetrar en los
romances hispánicos en dos períodos, antes de la
invasión musulmana y desde el siglo XII. El
Cantar de mío Cid trae huesa, ?bota alta´,
procedente de un préstamo antiguo, hosa ´calzón
corto´; también es antiguo frasca, del que
frasco es forma regresiva. Los prestamos por
intermedio del francés, u otra lengua románica,
pueden producirse con adaptación fonética, o con
mantenimiento de rasgos fónicos de la lengua
intermediaria; así, en faraute ´intérprete´, la
f- castellana responde a la h- del francés
heraut, que respeta la aspiración germánica. El
grupo germánico hr- da en francés fr-, como se
ve en froncir, cast. fruncir. La literatura,
especialmente la épica, ha sido una importante
vía de penetración de germanismos: blandir,
dardo, estandarte, bohordo/bofordo ´lanza corta
arrojadiza´, guante, fardido ´intrépido´, y
otros muchos. En los siglos XV y XVI, sobre
todo, aumenta la penetración de términos
náuticos: bao, boya, escota, estrave, estrenque,
guindar. También han podido penetrar los
germanismos francos por las vías indirectas de
las rutas medievales, Aragón y Cataluña, de un
lado, Gascuña y Asturias, de otro. Así penetró
jaquir ´dejar´, ´desamparar´, por el catalán,
como bala, buque, blandon, brafonera, blanco,
esmalte. Los visigodos hicieron ya prestamos
desde su primer asentamiento en la Galia; en
esta época sitúa Gamillscheg vocablos como
albergue, amagar, embajada (a través del
provenzal). Mientras que muchas de estas
expresiones se encuentran también en las lenguas
galorrománicas, las palabras visigóticas
prestadas en la época de la monarquía visigótica
hispánica ya no aparecen al norte de los
Pirineos: álamo, del gótico alms, amainar,
ataviar, casta, encastar, esquilar, ganso, y
tantos más.
En la morfología quedan
restos visigodos en el sufijo -ing > -engo, y en
unos cuantos derivados de voces latinas, como
abadengo, realengo, abolengo.
Los
suevos, que se habían separado de los restantes
pueblos germánicos hacia el año 400, traen un
idioma más arcaico que los francos o los
visigodos. Los restos son escasos; Gamillscheg
recoge labio ´parral de poca altura´, en
gallego, como topónimo, o laverco, cuya -o final
se conserva en portugués, frente al gall.
laverca. Por razones no sólo fonéticas, sino
también geográficas, se considera suevo el
origen del gallego brétema, ´niebla, vapor a
modo de nube rastrera´.
En todo caso,
hay que tener en cuenta la afirmación de
Gamillscheg de que la influencia directa
germánica en el romance hispánico no llegó a
alterar ningún rasgo de éste, al no ser grande;
tampoco afectó al abrumador predominio del
léxico latino, ni a la gramática. Ahora bien, lo
que está por estudiar es el influjo que pudo
tener sobre el latín de la Península Ibérica el
latín hablado por estos germanos.
La
influencia germánica es notable en la
antroponimia. Sobre todo los antropónimos
visigodos tienen una gran importancia, nada de
extrañar si tenemos en cuenta la escasa
imaginación de que hacían gala los romanos a la
hora de poner nombres a sus hijos (Primus,
Secundus, Secuntinus, Tertius... Decimus). Hasta
el siglo XII, en que la corriente a favor de
nombres de santos cristianos los relegará a
segundo plano, los antropónimos germánicos
logran extraordinaria difusión, todavía notable.
Uno de los más destacados investigadores de este
campo, J. M. Piel, señala que estos nombres se
componen de dos elementos del léxico común
(Teodo-rico), de los que el segundo puede
suprimirse (Teoda) o cambiarse por un sufijo
(Teod-illa). En el primer caso se trataría de
nombres bitemáticos o plenos, y en el segundo de
nombres acortados o monotemáticos. Los
bitemáticos, más generales, admiten diversas
combinaciones:
sustantivo-sustantivo:
Ar-ulfo ´águila-lobo´. sustantivo-adjetivo:
Frede-nando ?paz-audaz´.
adjetivo-sustantivo: Berto-sendo
´brillante-expedición´. adjetivo-adjetivo:
Baldo-miro ´audaz-famoso´.
adverbio-adjetivo: Ala-rico ´todo-poderoso´.
Existe una restricción fonológica, que
obliga a comenzar por consonante al segundo
elemento (así tenemos Arnulfo, y no Arulfo).
De los monotemáticos podemos señalar Ala(n),
Bera, Cendo, Eudo, Codo, Nando, Tello, o Sindo.
Entre los sufijos que sustituyen al segundo
elemento de un compuesto el más importante es
-ila (Favila, Danila, Emila, Andila, Froila,
Gaudila, Quintila, Teodila, etc.). Menos
importante es el también destacable -inus/-ino:
Fonsinus, Godinus, Randinus, Sandinus, Sendinus.
(Doña Godina o Sandino son famosos por distintos
motivos). Como este último sufijo es abundante
en latín, puede pensarse que el godo lo tomara
de él, aunque puede pensarse también en una
latinización de un sufijo germánico parecido.
Relacionada con la frecuencia de los
antropónimos está la importancia del elemento
germánico en la toponimia peninsular. Hoy
subsisten pueblos llamados Godos, Revillagodos,
La Goda, testigos en toda la península de unos
asentarnientos de población diferenciada de la
que habitaba en La Romana, Romanos, Romanillos.
Los nombres de propietarios, expresados en
genitivo latino de posesión, dan origen a
Guitiriz, Mondariz, Gomariz, Hermisende, etc.,
también en compuestos híbridos, muy extendidos,
como Castrogeriz, Villasandino, Villafáfila,
etc. Tal vez esta latinización de genitivos
góticos (rici- > -riz) haya contribuido a la
formación del típico patronímico español en -ez
(Pérez, González, Suárez).
Respecto a la
huella de los otros pueblos invasores en la
toponimia, los alanos la han dejado en Villalán
(Valladolid), Puerto del Alano y Bandaliés
(Huesca), y Campdevanol (Gerona). Los suevos en
Suevos y Suegos abundantes en Galicia, y en
Puerto Sueve (Asturias). Algunas de estas
etimologías, aceptadas por Menéndez Pidal y
Lapesa, pueden tener sus reparos.
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de Historia del Español
Arabismos
El
estudio de las palabras y estructuras de origen
árabe presentes en la lengua española --las
segundas en número, aunque a considerable
distancia, después de las latinas-- está
inevitablemente vinculado a nuestro concepto de
la Historia de España. Toda la obra de Américo
Castro, tras el fin de la guerra civil, no ha
sido sino una permanente llamada de atención
hacia el hecho de que del conocimiento de su
historia los españoles no sólo han de sacar
motivos de queja, sino también lecciones de
varios tipos, especialmente de armonía y
convivencia.
Si la Reconquista
peninsular duró tanto como ocho siglos, fue
precisamente porque hubo mas períodos de
tolerancia con el "infiel" (epíteto mutuo) que
de enfrentamientos sangrientos. Si, a la postre,
triunfó la intolerancia y los mozárabes fueron
deportados al sur por los "invasores" musulmanes
norteafricanos, asustados por la extensión de la
frontera del Tajo al Guadiana o, siglos después,
al fin de la guerra, primero los judíos y luego
los moriscos hubieron de abandonar un suelo tan
suyo como de los cristianos, ahora llamados
"españoles", no es menos cierto que, para ver el
aprecio que la cultura del sur despertó en el
norte, no hace falta ir a Sevilla, Granada o
Córdoba, ni a la misma Toledo: llenas están
Aragón y Castilla, hasta León, de esas iglesias
mudéjares, más pobres materialmente, pero no
menos elegantes que sus lejanos modelos
andaluces.
El estudio exhaustivo del
léxico español, como se llevaba a cabo para la
preparación del Diccionario Histórico de la
Lengua Española, el gran proyecto abandonado por
la Real Academia, permite descubrir una gran
cantidad de arabismos, usados esporádicamente,
que no habían sido recogidos con anterioridad;
estas nuevas apariciones de arabismos permitirán
ampliar el caudal léxico árabe en el español al
menos en un tercio. Además, sabemos ahora que no
sólo entran sustantivos (el grupo dominante),
sino que también hay adjetivos, más verbos de
los que se suponía, y alguna partícula, como
hasta.
La conservación de este léxico no
ha sido uniforme. Hay algunos términos que
pertenecen al lenguaje de todos los días, como
zaguán, alcoba, almirez, aceite, azúcar; otros,
como alambique, almazara, jaraiz, llegan hasta
nuestros días, pero ya no tienen la misma
vigencia. En otros casos, como alcántara,
alfayate, aleve (como sustantivo, por lo que hoy
decimos alevosía), han muerto hace tiempo.
Algunos, como alcozcode, han pasado sólo por un
texto y ni siquiera sabemos bien lo que
significan.
Tan importante como la
fijación del número de arabismos de la lengua es
su distribución en distintos campos de la
actividad vital de los españoles. Se ha dicho, y
no sin cierto fundamento, que predominan los
arabismos de actividades y seres concretos. Hay
que tener en cuenta que el árabe sólo posee la
categoría nombre, y no distingue entre
sustantivo y adjetivo. Esto corresponde a una
visión muy concreta de los fenómenos. Por otra
parte, tampoco el nivel cultural de la época era
tan elevado y no hay que olvidar que el
importantísimo papel de los árabes en la
historia de la cultura es el de conservadores y
transmisores del pensamiento clásico y la
ciencia oriental. Hay quien ha tratado de
minimizar por ello su aportación; para quienes
sufran esa tentación conviene recordar que
mientras los cristianos hispanos y los europeos
alfombraban sus casas y castillos de paja y
estiércol para calentarse y sufrían atroces
epidemias por falta de higiene personal y
publica, los árabes disponían de sistemas
rudimentarios de calefacción central y de
abundantísimos baños públicos, y no estará de
más repetir, aunque ya se haya dicho muchas
veces, que el alumbrado y el alcantarillado no
eran extraños a las ciudades importantes del
mundo islámico.
Además de los términos
agrícolas, nombres de profesiones, mercaderías y
otras denominaciones de este tipo hay algún
arabismo perteneciente a la esfera del derecho,
como aleve, con la significación de alevosía,
del ár. al Caib ´vergüenza´, ´afrenta´. Es
importante destacar este caso porque a pesar de
haber probado Leo Spitzer de modo concluyente
esta etimología, se da como supuesto germanismo
formado a partir del anglosajón laeva ´traidor´,
para inventar un supuesto gótico *levian
´traicionar´ cuando se disponía de este término
árabe, cuyos valores coinciden con los de los
primeros textos castellanos, como atestigua el
Diccionario Histórico; Corominas y Pascual, por
fin, se inclinan por la etimología árabe,
evidente tras el examen de los testimonios,
abundantísimos, que el Diccionario Histórico ya
ha aceptado.
No obstante, ante la
evidencia, hasta los estudiosos más antiárabes
han tenido que rendirse y admitir la presencia
del léxico de este origen. Esta influencia, a
fin de cuentas, es externa (dicen) y no afecta
al espíritu de la lengua. Para estos autores lo
difícil de admitir son las otras dos
influencias, la de la manera de concebir la
realidad, y la gramatical, de las estructuras
lingüísticas.
Los calcos semánticos
demuestran que en algunos puntos la manera árabe
de concebir la realidad pasó al castellano. Un
término latino recubre un significado árabe.
Esto es lo que sucede en expresiones como tener
un hambre de lobo o en la consideración de la
casa como lo interno y lo externo, lo material y
lo social, aplicable incluso a una ubicación en
el firmamento (la casa en astrología), que
coincide plenamente con el árabe där. También
está presente la idea de la persona como hijo de
sus obras o sus circunstancias que aparece en
hidalgo, que responde al mismo esquema mental de
Ibn al-layla ´hijo de la noche´, ´ladrón´, Ibn
al-madimma ´hijo de la deshonra´, ´deshonrado´,
o Ibn al-harb ´hijo de la guerra´, ´guerrero´.
Finalmente hay que indicar que algunos
verbos castellanos, como los impersonales
amanecer y anochecer, se han personalizado, como
sus correspondientes árabes hacen en forma IV en
la lengua clásica y en forma II en los dialectos
(a causa de la debilidad del ataque vocálico
inicial, del hamza), Aunque E. Coseriu haya
tratado de negar que esto se debiera a arabismo,
y pretendido apoyar sus argumentos con ejemplos
rumanos, la verdad es que el rumano no cubre
todos los campos que amanecer o anochecer, como
verbos personales, tienen en español, usos en
los que coinciden completamente con las formas
árabes. Además, el rumano es, precisamente, una
lengua románica poco segura para estas
comparaciones, por sus muchos elementos no
románicos. Casos como amanecí pobre, anochecí
rico, amanecí en Madrid, anochecí en Barcelona
muestran la absoluta coincidencia del castellano
y el árabe, aunque el segundo tipo también pueda
encontrarse en rumano y Coseriu documente usos
románicos intermedios.
En relación con
estas interferencias semánticas están las formas
de bendición o saludo (Dios te guarde, quedad
con Dios, vaya usted con Dios), clichés como
ojalá (evolución fonética castellana de la frase
árabe equivalente a ´Dios lo quiera´, ´si Dios
quiere´), amén de una serie de actitudes
artísticas, desde la arquitectura a la
gastronomía, o vitales, e incluso
político-religiosas: el Rey que se salva por
haber sostenido a la Religión en un traspiés, en
el auto calderoniano de El gran teatro del
mundo, no está distante de las vinculaciones
político-religiosas que proliferan en el mundo
islámico actual.
En el
campo poco trabajado de las relaciones entre el
español y el árabe hay que señalar, con un
planteamiento romanista, el estudio de A. Galmés
sobre Influencias sintáctico-estilísticas del
árabe en la prosa medieval castellana, limitado
a un estudio parcial de un texto alfonsí, en el
que se señalan una serie de rasgos comunes al
árabe y al castellano, explicables también a
partir del latín. Esta puede ser, precisamente,
una de las vías de investigación más válida:
estudiar los rasgos sintácticos que el
castellano no tiene en común con otros romances,
aunque reaparezcan en algún tipo de latín, y que
también se dan en árabe, es decir, buscar más el
influjo del árabe como circunstancia
concomitante de una evolución románica
distintiva del castellano que el árabe como
única causa. Más moderna es la vía de la
reconstrucción del continuum sociolingüístico
andalusí, desde el árabe clásico hasta el
romance andalusí, mal llamado "mozárabe", que es
un término sólo religioso. Ésta es la línea de
investigación abierta por Federico Corriente.
Sabemos, por otra parte, que existieron
híbridos morfológicos, recogidos en las jarchas
romances y en otros textos. En el romance
andalusí toledano de los documentos editados por
González Palencia, entre otros muchos ejemplos,
puede citarse el caso de qandil ´candil´, que
construye su plural como los plurales fractos
del árabe, con modificación vocálica: qanadil,
o, entre los femeninos, especialmente
abundantes, el caso de toca, que no hace su
plural tocas, sino, al igual que un femenino
árabe normal, toqat.
Poco a poco van
apareciendo nuevos ejemplos de estas
interferencias, que nos demuestran que la
influencia del árabe fue más profunda de lo que
se ha venido diciendo y afectó a todos los
sistemas de la lengua.
Principales diferencias entre el castellano y otros romances
peninsulares
En el siglo XVIII el castellano y el
portugués parecían ser las únicas lenguas
peninsulares. Se hablaban también el catalán
(con sus variedades de Cataluña, Valencia y
Baleares), el gallego, dialectos aragoneses,
asturianos y leoneses, pero se los consideraba
lenguas rústicas y poco dignas de atención.
Fuera de las lenguas románicas, el vascuence
estaba en situación similar de descuido, o de
ignorancia social (no sólo oficial). El uso
erróneo del término dialecto, referido a estas
lenguas, se ha utilizado por escrito hasta hace
poco y perdura todavía en ciertos ámbitos. La
situación, sin embargo, ha mejorado
notablemente; desde el Romanticismo se ha
producido un renacer de todas las lenguas de
España a la escritura, la literatura, o la
ciencia, a pesar de los difíciles años que la
mayoría de ellas han tenido que sufrir.
Hemos tenido ocasión de aludir, en páginas
anteriores, a cómo el latín hispánico se
caracterizaba por una cierta unidad, observable
en los protorromances, y cómo el castellano, en
célebre imagen de Menéndez Pidal, ha actuado
como una cuña, abierta hacia el sur, más
diferenciada, con su peculiar carácter
vascorrománico.
Las lenguas extremas, es
decir, catalán y gallego, tienen una serie de
rasgos comunes, diferentes de los castellanos.
En cuanto al vocalismo, la diferencia
fundamental es la reacción de la vocal tónica
abierta del latín vulgar ante la yod
(semiconsonante o semivocal palatal), y la
diptongación en general. Mientras que el gallego
no diptonga nunca, y el catalán, o bien no
diptonga (según unos), o diptonga sólo ante yod,
en epoca prehistórica, monoptongando luego en
vocal cerrada extrema (según otros), el
castellano diptonga la vocal tónica abierta E,
O, del latín vulgar, salvo en presencia de todos
los tipos de yod segunda, tercera o cuarta. así,
lat. CAELU, gallego ceo, castellano cielo,
catalán cel (con -e- abierta), frente a, con
acción de yod, lat. PECTU(S), gall. peito,
castellano pecho, cat. pits. La diferencia entre
el catalán y el gallego, además de ese cierre
extremo en i, u (lat. OCULU, cat. ull) del cat.
ante yod, se manifiesta en que el catalán ha
alterado, en muchas ocasiones, el timbre de la
vocal latina, conservado en gallego, salvo
acción de la metafonía.
Rafael Lapesa ha
señalado, en su Historia de la Lengua Española,
las coincidencias gallego catalanas (y dialectos
intermedios, frente al castellano) en el sistema
consonántico. La G palatalizada y la I
consonántica latina, iniciales, ante e, i,
átonas, se conservan, en castellano se pierden:
lat. clas. IANUARIU, lat. vulg IENUARIU, gall.
janeiro, cat. giner, pero castellano enero. La
F- inicial latina, que se aspira y pierde en
castellano, se conserva en gallego y catalán:
lat. FILIUS, gall. fillo, cat. fill; pero en
cast. hijo. Los grupos L + yod, C´L, que en
cast. dan j (fricativa velar sorda), dan en
gallego y catalán la lateral palatal ll, como
hemos visto en fillo, fill, frente a hijo y
vemos también en lat. OCULU, lat. vulg. oC´LU,
gall. ollo, cat. ull, cast. ojo. En el grupo
latino -KT-, el castellano completa la evolución
a ch mientras que el gallego y el catalán
conservan el segundo elemento, es decir la -T-,
y se diferencian en la evolución del primero, en
algunos casos; así, lat. OCTU, cast. ocho, gall.
oito, cat. uit (vuit), lat. FACTU, cast. hecho,
gall. feito, cat. fet. Los grupos -SC?
(palatalizada) o -SC + yod-, que en castellano
dan zeta (tras etapas intermedias en la lengua
medieval y clásica), dan en gallego y en catalán
una prepalatal fricativa sorda (como la ch
francesa o portuguesa, o sh en inglés), lat.
PISCE, cast. pez, pero gall. peixe, cat. peix.
En otras ocasiones, se observa cómo el
castellano presenta una situación intermedia
entre el gallego y el catalán; tal sucede en la
evolución de las vocales finales latinas: el
catalán las pierde (salvo la -a), el gallego las
conserva, por regla general, mientras que el
castellano pierde más que el gallego pero menos
que el catalán, como puede comprobarse por los
ejemplos de arriba. Las distintas etapas de la
evolución se aprecian también en otro rasgo del
consonantismo. El gallego conserva la L- inicial
latina, como el castellano, mientras que el
catalán la palataliza en ll- (lua, luna, llua)
el gallego pierde la -N- latina intervocálica,
que se conserva en castellano y catalán (cf. el
ejemplo anterior). El castellano y el catalán
van también de acuerdo en la evolución de -NN-
latina a -ñ- (grafía catalana -ny-), que el
gallego simplifica en -n- (a menos que vaya
precedida de i, como en VINU, viño); así lat.
ANNU, gall. ano, cast. año, catalán any; sin que
falten ejemplos en los que el catalán sea
conservador y el castellano y gallego
innovadores, como en el caso de los grupos
iniciales PL-, KL-, FL-: lat. FLAMMA, cat.
flama, cast. llama, gall. chama, o lat. PLICARE,
cat. plega(r), cast. llegar, gall. chegar.
La modernización de
la lengua
La
consideración histórica tradicional de una
lengua se fija en ella como algo abstracto que,
pasivamente, reciben los hablantes, y se observa
gracias a distintos cortes sincrónicos,
perpendiculares al eje de la diacronía. No
obstante, por muy útil que sea este tratamiento,
cabe también otra posibilidad: la de ver en los
hablantes --y, especialmente, en algunos de
ellos-- agentes modificadores de la lengua, que,
deliberadamente, tratan de adaptar a las
necesidades expresivas de cada tiempo.
Hemos de reducirnos a señalar alguna de las
características fundamentales de la
modernización de nuestra lengua.
Hay --a
nuestro juicio-- cuatro momentos en los que se
ha producido una serie de actuaciones coherentes
y relativamente conscientes sobre el español,
con el propósito de modernizarlo.
El
primero de ellos corresponde al rey Alfonso X el
Sabio, en la segunda mitad del siglo XIII. Es
una época de triunfo de la lengua romance, en la
que se escriben todos los documentos públicos,
con una grafía de tipo fonológico, en la que se
fija el español, básicamente, hasta el siglo
XVIII (con la excepción de la f- inicial latina,
sustituida definitivamente por h- en los casos
de aspiración y pérdida, a principios del siglo
XVI). El rey, que interviene directamente en la
corrección de su ingente obra, nos da ya una
buena muestra de una de las características
fundamentales de las modernizaciones del
español: la persistencia de sus estructuras
fundamentales (obviamente, no exentas de
cambios) y el empleo de todos los recursos
posibles para el enriquecimiento del léxico. De
éstos, por su futura trascendencia, debemos
destacar el doble papel del préstamo: por un
lado, se introduce léxico de lenguas en contacto
(el árabe y los romances de la Galorromania,
francés y provenzal, pero también los otros
romances hispánicos) y, por otro, se recurre a
la lengua madre, al latín, y se inicia un
fecundo acopio de cultismos. Así, la herencia
romana se revitaliza en las palabras,
construcciones y rasgos estilísticos que
enriquecen, no sólo la obra de Alfonso X, sino,
antes y a continuación, la de los autores del
Mester de Clerecía, para, a lo largo del XIV,
hasta el XV, pasar a un desmedido empleo de
giros latinos, que llegan a alterar la fisonomía
del castellano, enredado en sintagmas no
progresivos y otras construcciones humanísticas,
pseudolatinizantes.
El siglo XVI ve una
segunda modernización de esta lengua, superada
pronto la pueril discusión en torno a qué
romance, al ser más próximo al latín, es más
puro. Aunque falte una cabeza directora, como la
del Rey Sabio, hay figuras e instituciones
(Garcilaso, Herrera con su grupo de poetas
sevillanos, Fray Luis y su influjo
universitario, la espléndida floración de
nuestros gramáticos) que aglutinan estos aires
modernizadores y rompen la pesada osamenta del
latinismo sintáctico, con la misma facilidad que
pasan del lento y pesado dodecasílabo al ligero
endecasílabo. El contacto con los pueblos de
Europa, la conquista de América, proporcionan
nuevas fuentes de ampliación del léxico: las
lenguas americanas nos darán desde la canoa al
maíz, el tomate o el chocolate, sin contar la
variopinta diversidad lingüística de las
regiones americanas. El italiano, el francés, y
hasta el inglés, el holandés y el alemán,
enriquecerán el léxico castellano llevándose, a
cambio, palabras españolas que, en el suyo,
darán idea de la grandeza y jactancia que se
entremezclan en el Imperio Español: habler,
grandee, picaroon son la cara y la cruz de esa
presencia europea de España. Nuestra lengua,
además, mantiene, como en la Edad Media, su
capacidad de adaptación de los préstamos, luego
perdida: las voces extranjeras se reforman según
la fonología española: si de jalifa se había
hecho califa o de maison, mesón, las ciudades
del norte, como Tübingen, Groningen, son Tubinga
y Groninga para los soldados españoles y, a su
regreso, para sus paisanos.
Surge
también la realidad americana, como hemos dicho,
y, para afrontarla, son necesarias más
innovaciones del léxico, en dos momentos: en el
primero de ellos los conquistadores, en la
creencia de que las tierras descubiertas eran
las Indias y que, por tanto, la lengua de
aproximación a ellas sería el árabe (pues los
viajes de los árabes a la India eran bien
conocidos), utilizarán los viejos arabismos para
designar los objetos nuevos o las variantes de
los ya conocidos (almadía, gandul): poco a poco,
el mejor conocimiento de la realidad de América
hará que se impongan las palabras americanas
(almadía, v.gr., será sustituida por el ya
citado canoa).
El siglo XVIII, con la
fundación de la Real Academia Española
(1713-1714), supone una nueva etapa de
modernización, bien dirigida, de la lengua. Pese
a discusiones y reticencias, la Academia, con el
favor real y el testimonio de su gigantesco
esfuerzo, se convierte en la primera institución
lingüística española, modelo de otras muchas. En
el breve espacio entre 1726 y 1739 publica el
Diccionario de Autoridades, en el cual, no sólo
recoge, con citas abundantes de ejemplos
comprobatorios de las autoridades del idioma, un
inventario léxico de primer orden, sino que,
también, reforma la ortografía, con un reajuste,
aunque incompleto, a la fonología dieciochesca,
matizado por la presión etimológica, y trata de
sistematizar una Historia de la Lengua, todavía
muy deficiente. La presión social sobre la
institución causa, por otra parte, que la
segunda obra importante de la Academia, la
Gramática, no resulte tan avanzada como hubiera
podido serlo, según nos hacen suponer los
proyectos y legajos de preparación de la misma.
También es el siglo XVIII la centuria en la
que España necesita recurrir a la ciencia y la
técnica extranjeras, sin tiempo para adaptar la
oleada de préstamos que ello comporta. Con éstos
entran también los términos que corresponden a
los nuevos modos de vida. Además de la Academia,
también pensadores de talla, independientes,
como el P. Feijoo, tratan de evitar que este
enriquecimiento necesario desvirtúe la lengua, y
que la reacción de los puristas impida su
oportuna modernización. El francés es la gran
fuente de estos préstamos, y los galicismos
léxicos y sintácticos se extienden por España y
América, con una afortunada uniformidad que no
daña gravemente la unidad del idioma. (Gracias,
en América, al juicio claro de hombres como, ya
en el XIX, Andrés Bello, para quienes el ideal
de libertad e independencia era compatible con
el orgullo por la cultura común, propiedad de
todos, no sólo de los españoles o de los
realistas.) El inglés, por otra parte, empieza
su influencia; los anglicismos serán visitantes
frecuentes de nuestro léxico y estructuras,
colocando al español ante su cuarta
modernización, en la hora presente.
Problemas del español
actual
Las dificultades aparecen por dondequiera que
abordamos la cuestión: en la fase inicial, en el
desarrollo de las tendencias o en el posible
paso que vayan abriéndose las transformaciones
venideras. Tampoco podemos dar importancia a los
cambios del momento, ya que la proximidad de
ellos nos priva de la debida perspectiva. Aparte
de esto, ¿podemos estar seguros de los cambios
observables ahora no van a terminar siendo
intentos frustrados?
-
El acento
-
En
primer lugar, llama la atención el contraste que produce el
acento entre la norma y la expresividad. Ciertas minorías marcan
el énfasis de una palabra acentuando prosódicamente sílabas de
ordinario átonas, bien sea en vocablos que llevan su acento
normal en otra, bien palabras desprovistas de acento (artículo
el, la, posesivos antepuestos al nombre, relativos,
preposiciones, conjunciones, etc.). Esto ya se había observado
en Argentina desde mediados del siglo XX, aproximadamente.
Aunque está documentado mucho antes en francés y se podría
pensar en un influjo galicista, puede ser que haya surgido
espontáneamente y no debemos necesariamente pensar que la causa
sea el contagio.
Como este tipo de acentuación no opone palabras entre sí, la
función es exclusivamente expresiva (la atención viene marcada
por su colocación en lugares poco corrientes).
Algunas minorías tales como los conferenciantes, predicadores,
oradores políticos, locutores, etc. tienden asimismo a atenuar o
eliminar acentos particulares para destacar sólo uno en la
secuencia de discurso comprendida entre dos pausas --en cada
grupo fónico--. Este acento de frase suele ser el último. Rafael
Lapesa lo ejemplifica de la siguiente forma: En vez de ´nó nos
engañémos: la cuestión no está resuélta: acáso nó lo esté núnca´,
se llega a oír ´no nos engañémos: la cuestion no esta resuélta:
acaso no lo este núnca´. La consecuencia puede ser que lleguemos
a generalizar un acento de frase, tal como en francés.
-
Vocales y consonantes
-
Un
segundo cambio observable lo tenemos centrado en el equilibrio
existente entre vocales y consonantes. Por un lado, una de las
tendencias se dirige hacia la relajación, ensordecimiento y
pérdida de las vocales átonas, sobre todo ante -s (dient(e)s, k-stán
´que están´), en México y otras zonas, principalmente sierras y
altiplanos. Las vocales finales se debilitan ante pausa, sobre
todo tras consonante sorda, en Puerto Rico, Cuba y Colombia (och,
grasis o grass ´gracias´, en casos extremos). Tampoco es
desconocido en las Castillas el ensordecimiento de la -e en
palabras como anoch(e). Por otro, una segunda tendencia tiende a
eliminar --o, por lo menos, debilitar-- consonantes
intervocálicas o colocadas a final de sílaba o de palabra (-ado
> -ao se documenta en el habla madrileña en 1700 y hoy está muy
extendido).
La eliminación de ll lateral puede generalizarse en España y en
América, aunque no con resultados uniformes, ya que el yeísmo
ofrece soluciones diferentes: y abierta (gallina > gayina), en
Nuevo México, gran parte de México, Guatemala y judeo-español;
rehilamiento chicheante (gayyina), en Extremadura, sur de
España, alguna zona de México y, sobre todo, del Río de la
Plata, donde llega al ensordecimiento (gashina): y esto sin
entrar en las variantes del rehilamiento (con [y] africada o
fricativa, por ejemplo).
-
Otro de los fenómenos que afectan al consonantismo español es la
aspiración o pérdida de la -s implosiva. Afecta a los sistemas
vocalico y consonántico, a la morfología e incluso a la sintaxis
(p. ej., a la concordancia de número en el español dominicano).
Lo tenemos limitado al sur de España, Canarias, Antillas y
tierras llanas o costeras de América, ya que la -s implosiva se
mantiene firmemente en el resto del dominio hispano. Como dice
Lapesa, la aspiración de la -s parece más capaz de ahondar
diferencias que de servir a la unidad .
Los grupos consonánticos de concepto, victoria, leccion, etc.,
debido a la fidelidad respecto a las lenguas clásicas,
prevalecieron sobre las simplificaciones, pero hoy ya se
advierte una relajación de la presión culta. Las causas pueden
ser que la masa ha ascendido a otros niveles de vida y actividad,
que tendemos a la comodidad y que se va perdiendo la selección y
el esmero. Ahora bien. contrariamente, nuevos cultismos se
extienden por todos los estratos sociales (¿no provocó muchas
protestas el hecho de que la Real Academia diera la posibilidad
de elegir entre, por ejemplo, psíquico y síquico?). Llaman la
atención. en este sentido, el mantenimiento de ultracorrecciones
del tipo de contricción y el nacimiento de otras nuevas, como
inflacción.
Extranjerismos
-
Los
extranjerismos o barbarismos aportan nuevos vocablos que no
terminan en vocal o en las consonantes r, l, n, s, d o z. El
ejemplo de club es bastante ilustrativo. Unos hablantes lo
acomodan a la forma clube y otros a clu, extendidas en América y
España respectivamente. Caben dos soluciones: a) la paragoge o
adición de una vocal espuria al final de la palabra (block ha
dado bloque, aunque usamos bloc, y en filme la -e, aconsejada
por la Academia, parece arraigar ya; por otro lado, términos
como troca < ing. truck o mopa < ing. mop están muy extendidos
en México y el español de EE.UU.); y b) la simplificación de
grupos (mitin, esmoquin, estándar, gon, récor) y omisión de la
consonante final única (bisté, conu. picú < pick up (hoy ya
histórico), tique < ticket).
Los préstamos de nombres propios --geográficos y personales--
extranjeros se respetan, fonológicamente, hoy más que antes.
Recordemos que la latinización de los antropónimos cayó en
desuso a partir del siglo XVIII, aunque todavía la practicaba
Feijoo.
Finalmente, la fonología normal del idioma se ve modificada por
los grupos de consonantes formados artificialmente en la
composición de las siglas (Campsa, Sniace, etc.).
Rafael Lapesa resume el panorama en los siguientes términos: "A
la internacionalización representada por los grupos de
consonantes de los cultismos grecolatinos han venido a sumarse
las consecuencias de un mayor respeto a la contextura fónica de
las voces extranjeras y de la plaga, internacional también, de
las siglas."
Asimismo se admiten con facilidad los extranjerismos léxicos y
semánticos, bien disimulados por la forma y origen latinos (discriminar,
emergencia), bien con inyección de significados nuevos en
vocablos españoles preexistentes (asumir ´suponer´, estimar ´calcular´),
pero lo más frecuente es la aparición de nuevos significantes de
claro cuño foráneo.
El extranjerismo, desde el punto de vista puramente lingüístico,
puede beneficiar o dañar la tipología fonética nominal del
español; es difícil juzgar las consecuencias. Aunque desfiguran
los caracteres tradicionales, son enriquecedores porque dan
vigor a nuevas posibilidades. Partiendo de los datos que aporta
Navarro Tomás "[en] el discurso español las palabras acentuadas
suman el 59 por 100 del total, frente a un 41 por 100 de átonas;
ese 59 por 100 comprende un 39 por 100 de palabras llanas, un
10,66 por 100 de agudas, un 7,54 por 100 de monosílabos tónicos
y un 1,90 por 100 de esdrújulas. Los sustantivos agudos y
monosílabos terminan casi siempre en consonante y escasas veces
en vocal (albalá, maravedí)", podemos ir viendo que los
sustantivos agudos engrosaron su número gracias al galicismo y
muchos tuvieron final vocálico. Los sustantivos graves
terminados en -er se reducían antes a un grupo de latinismos y
helenismos (páter, máter, prócer, cáncer, etc.), pero han
recibido el refuerzo de mester, repórter, líder, gángster,
führer, búnker... Los sustantivos no agudos en -on, unos pocos
grecismos cultos (canon, colon, plankton...) cuentan ahora con
anglicismos como claxon, nailon. Un nuevo tipo es el de los
nombres llanos en -in (mitin, living, camping, dumping, no
habiendo simplificado los tres últimos, en la grafía, su grupo
consonántico final).
-
Morfología
-
Otros influjos se dirigen a la Morfología; es el caso de un
nuevo tipo de plural. Los sustantivos y adjetivos tomados de
otras lenguas añadían una -e al singular originario y formaron
en -es su plural (árabe az-zait > aceite / aceites, ingl. boat >
bote / botes). La situación cambió desde que se comenzaron a
introducir voces extranjeras sin -e en singular, desde el siglo
XIX o incluso antes. Bello menciona frac / fraques, lord / lores
y latinismos como exequátur, déficit, álbum, carentes, según él,
de plural. Lo más previsible es que, en el nivel más elevado,
tengamos consonante + s y, en el nivel más popular,
acomodaciones simplificadas. Las palabras que ya lo han hecho (carnés,
chaqués, vermús) representan, frente al plural extranjerizante,
algo parecido a luto, fruto frente a los grupos consonánticos de
los cultismos.
-
Metábasis simplificadoras: aposición y adjetivo adverbial
-
Si
tomamos como punto de comparación al inglés, donde un solo
significante puede englobar significados y funciones
correspondientes a distintas clases de palabras (p. ej. iron
puede ser sustantivo en iron is hard, adjetivo en iron curtain o
verbo, to iron ´planchar´), vemos que el español ofrece un
morfema distintivo en cada una de estas clases de palabras (férreo,
herrar, férreamente, hierro). No obstante, existen usos
sintácticos que permiten lograr resultados parecidos al que
ofrece el inglés.
Lapesa nos explica que el recurso, conocido secularmente, de
formar unidades léxicas complejas mediante aposiciones (un
sustantivo modifica a otro para representar conjuntamente un
solo concepto: pez espada, pájaro mosca, etc.) y que empezó
siendo creación literaria de metáforas condensadas, se ha
convertido en un procedimiento cotidiano (lengua madre, hora
punta), siendo patente la adjetivación del segundo elemento en
tipos como peso mosca, peso pluma, peso gallo. De aquí se deduce
que el sustantivo, sin sufijos y sin transpositor, asume
funciones de adjetivo.
A su vez, se extiende el uso del adjetivo en función adverbial
sin el elemento compositivo -mente. Recordemos que en latín
tenía esta función el adjetivo neutro y otros adverbios
coincidieron formalmente con los correspondientes adjetivos en
el paso a las lenguas romances (subito, vero, etc.). Ejemplos
actuales son leer claro, acabar pronto, hablar alto o bajo. En
pasarlo bomba se ejemplifica cómo hasta los sustantivos
adjetivados pueden tener función adverbial.
Concluye R. Lapesa: "Tanto las metábasis de sustantivo >
adjetivo como las de adjetivo > adverbio contribuyen a agilizar
la sintaxis y pueden conducir, andando el tiempo, a una
simplificación de la Morfología. Quién sabe si las faltas de
concordancia que abundan en el coloquio y pasan con cierta
frecuencia a la escritura obedecerán a inconsciente economía de
los morfemas de género y número pródigamente redundantes en
nuestra sintaxis normal."
El verbo
En
la sintaxis verbal se tienden a flexibilizar los
usos y a simplificar los paradigmas. Alguno de
estos fenómenos lleva largo tiempo de existencia
latente, como el del presente de acción venidera
(mañana te traigo el libro) competidor del
futuro y espontáneo sustituto suyo. Ahora se
descubre que las perífrasis "haber de", "tener
que", "ir a + infinitivo" suelen indicar la
inadecuación o inoportunidad de una acción o
pregunta, o deberse al desagrado o sorpresa ante
ellas (¿siempre me has de llevar la contraria?,
¿cómo se lo iba a decir sin hablar contigo
antes?). El presente de indicativo, desde el
Cantar de mio Cid, parece como expresión vivaz
que da apariencia de realidad a hipótesis
contingentes: "Si convusco escapo sano o bivo, /
aún çerca o tarde el rey querer me ha por amigo"
(vv. 75-76). También el copretérito y el
pospretérito de indicativo invaden el terreno
del condicional y de los tiempos en -ra o -se
del subjuntivo en hipótesis y consecuencias
irreales (ya ves, tú ahora te casas y, si tu
madre hubiera seguido viuda, bien sola la
dejabas). El copretérito asimismo sustituye al
pospretérito, llamado también ?condicional?, en
expresiones de posibilidad sugerida (¿por qué no
vienes a casa esta tarde?, tomábamos café, me
leías tu proyecto y lo discutíamos con calma) o
equívocas entre la contingencia futura y la
irrealidad presente (si tuviese dinero, te lo
daba).
En el lenguaje periodístico de hoy es
frecuente el uso del condicional de información
no asegurada, donde el pospretérito tiene la
función de dar a entender que se trata de
aseveraciones ajenas, suposiciones cuya
veracidad no se asegura o rumores no confirmados
(el conflicto quedaría solucionado mañana). El
condicional se convierte en signo de un
enunciado ajeno e impersonal, semejante al que
marca la probabilidad (aquella mujer tendría
cuarenta años), frente a la realidad objetiva
(tenía cuarenta años). Sin embargo, hay una
diferencia notable en la correspondencia con los
tiempos no marcados: el condicional simple de
probabilidad corresponde a los pretéritos
simples de indicativo, y el compuesto, al
pluscuamperfecto, según vemos en los últimos
ejemplos; en cambio, los correlatos sin reserva
mental son, para el condicional simple de aserto
ajeno, el presente o el futuro de indicativo (el
conflicto quedará resuelto mañana) y para el
condicional compuesto o antepospretérito, el
perfecto compuesto (las fuerzas armadas habrían
(han) manifestado su disgusto...).
Ahora,
por influjo de traducciones del inglés o del
francés, crece el uso de la pasiva perifrástica
con ser + participio. En el nivel culto
encontramos frecuentemente la construcción
pasiva con el auxiliar venir + participio: "La
perduración de tales hábitos viene determinada
por las condiciones de la vida comarcal. Y, en
la correspondencia comercial de países vecinos
de los Estados Unidos, cunde el presente
perifrástico le estoy escribiendo por le
escribo, calco de I am writing to you.
El regreso de América
En la
adopción de hispanoamericanismos léxicos, el
empleo de canté por he cantado no es la
manifestación más importante. Los préstamos
léxicos unifican con mayor eficacia. Algunos
ejemplos pueden ser dictaminar, presupuestar,
departamental, intencional, novedoso, propiciar,
ubicar, impartir, receso ´vacación´, ´suspensión
de actividades´, etc. El papel de la televisión,
especialmente los llamados culebrones, ha sido
destacado por Gregorio Salvador. La transmisión
por satélite y el desarrollo de las redes
informáticas son también factores poderosos de
riesgo, por una parte, y de cohesión, por otra.
Por ello parece oportuno finalizar con estas
palabras de Rafael Lapesa:
"La buena
política idiomática consistirá en fomentar que
cada uno de los pueblos hispánicos se
familiarice con las aportaciones lingüísticas de
los demás, y en procurar que éstas se extiendan
en amplia convivencia con las propias. Frente al
narcisismo localista hay que impulsar la
formación de una koine hispanófona que
neutralice divergencias y asegure por unos
siglos más la unidad de nuestra lengua."
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Recopilado
de: Wikipédia
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